Miércoles, 07 Diciembre 2011 14:45

Bocas del tiempo

El sol


En algún lugar de Pennsylvania, Anne Merak trabaja como ayudante del sol.
Ella está en el oficio desde que tiene memoria. Al fin de cada noche, Anne alza sus brazos y empuja al sol, para que irrumpa en el cielo; y al fin de cada día, bajando los brazos, acuesta al sol en el horizonte.
Era muy chiquita cuando empezó esta tarea, y jamás ha faltado a su trabajo.
Hace medio siglo, la declararon loca. Desde entonces, Anne ha pasado por varios manicomios, ha sido tratada por numerosos psiquiatras y ha engullido muchísimas pastillas.
Nunca consiguieron curarla. Menos mal.

El banquero ejemplar


John Pierpont Morgan Junior era dueño del banco más poderoso del mundo y de otras ochenta y ocho empresas. Como estaba muy ocupado, se había olvidado de pagar sus impuestos.
Llevaba tres años sin pagar, desde el estallido de la crisis de 1929. Cuando se supo, ardieron de furia las multitudes arruinadas por la catástrofe de Wall Street y se desató un escándalo en todo el país.
Para cambiar su imagen de banquero rapaz, el empresario recurrió al experto en relaciones públicas del circo Ringling Brothers.

El experto le recomendó contratar a un fenómeno de la naturaleza, Lya Graf, una mujer de treinta años, que medía sesenta y ocho centímetros de alto pero no tenía cara ni cuerpo de enana.
Así se lanzó una gigantesca campaña de publicidad, centrada en una foto. La foto mostraba al banquero en su trono, cara de buen papá, con esa miniatura humana sentada en sus rodillas. El símbolo del poder financiero amparando a la población, encogida por la crisis: ésa era la idea.

No funcionó.

Una clase de Medicina


Rubén Omar Sosa escuchó la lección de Maximiliana en un curso de terapia intensiva, en Buenos Aires. Fue lo más importante de todo lo que aprendió en sus años de estudiante.

Un profesor contó el caso. Doña Maximiliana, muy cascada por los trajines de una larga vida sin domingos, llevaba unos cuantos días internada en el hospital, y cada día pedía lo mismo:

–Por favor, doctor, ¿podría tomarme el pulso?

Una suave presión de los dedos en la muñeca, y él decía:

–Muy bien. Setenta y ocho. Perfecto.

–Sí. doctor, gracias. Ahora, por favor, ¿me toma el pulso?

Y él volvía a tomarlo, y volvía a explicarle que estaba todo bien, que mejor imposible.

Día tras día, se repetía la escena. Cada vez que él pasaba por la cama de doña Maximiliana, esa voz, ese ronquido, lo llamaba, y le ofrecía ese brazo, esa ramita, una vez, y otra vez, y otra.

Él obedecía, porque un buen médico debe ser paciente con sus pacientes, pero pensaba: Esta vieja es un plomo. Y pensaba: Le falta un tornillo.

Años demoró en darse cuenta de que ella estaba pidiendo que alguien la tocara.

La palabra


En la selva del Alto Paraná, un camionero me advirtió que tuviera cuidado:

–Ojo con los salvajes –me dijo–. Todavía andan algunos sueltos por aquí. Por suerte, quedan pocos. Ya los están encerrando en el zoológico.

Él me lo dijo en idioma castellano. Pero no era ésa su lengua de cada día. El camionero hablaba en guaraní, en la lengua de esos salvajes que él temía y despreciaba.

Cosa rara: el Paraguay habla el idioma de los vencidos. Y cosa más rara, todavía: los vencidos creen, siguen creyendo, que la palabra es sagrada. La palabra mentida insulta lo que nombra, pero la palabra verdadera revela el alma de cada cosa. Creen los vencidos que el alma vive en las palabras que la dicen. Si te doy mi palabra, me doy. La lengua no es un basurero.

El mercado global


Árboles de color canela, frutos dorados.

Manos de caoba envuelven las semillas blancas en paquetes de grandes hojas verdes.
Las semillas fermentan al sol. Después, ya desenvueltas, el sol las seca, a la intemperie, y lentamente las pinta de cobre.

Entonces, el cacao inicia su viaje por la mar azul.

Desde las manos que lo cultivan hasta las bocas que lo comen, el cacao se procesa en las fábricas de Cadbury, Mars, Nestlé o Hershey y se vende en los supermercados del mundo: por cada dólar que entra en la caja, tres centavos y medio van a las aldeas de donde el cacao viene.

Un periodista de Toronto, Richard Swift, estuvo en una de esas aldeas, en las montañas de Ghana.
Recorrió las plantaciones.

Cuando se sentó a descansar, sacó de su mochila unas barras de chocolate. Antes del primer mordisco, se encontró rodeado de niños curiosos.

Ellos nunca habían probado eso. Les encantó.

El nacimiento


El hospital público, ubicado en el barrio más copetudo de Río de Janeiro, atendía a mil pacientes por día. Eran, casi todos, pobres o pobrísimos.

Un médico de guardia contó a Juan Bedoian:

–La semana pasada, tuve que elegir entre dos nenas recién nacidas. Aquí hay un solo respirador artificial. Ellas llegaron al mismo tiempo, ya moribundas, y yo tuve que decidir cuál iba a vivir.

Yo no soy quién, pensó el médico: que decida Dios. Pero Dios no dijo nada.

Eligiera a quien eligiera, el médico iba a cometer un crimen. Si no hacía nada, cometía dos.

No había tiempo para la duda. Las nenas estaban en las últimas, ya yéndose de este mundo.

El médico cerró los ojos. Una fue condenada a morir, y la otra fue condenada a vivir.

La buena salud


En alguna parada, un enjambre de muchachos invadió el ómnibus.

Venían cargados de libros y cuadernos y chirimbolos varios; y no paraban de hablar ni de reír.

Hablaban todos a la vez a los gritos, empujándose, zarandeándose, y se reían de todo y de nada.

Un señor increpó a Andrés Bralich, que era uno de los más estrepitosos:

–Qué te pasa, nene? ¿Tenés la enfermedad de la risa?

¿A simple vista se podía comprobar que todos los pasajeros de aquel ómnibus habían sido, ya, sometidos a tratamiento, y estaban completamente curados.

Mano de obra


Mohammed Ashraf no va a la escuela.

Desde que sale el sol hasta que asoma la luna, él corta, recorta, perfora, arma y cose pelotas de fútbol, que salen rodando de la aldea paquistaní de Umar Kot hacia los estadios del mundo.

Mohammed tiene once años. Hace esto desde los cinco. Si supiera leer, y leer en inglés, podría entender la inscripción que él pega en cada una de sus obras: Esta pelota no ha sido fabricada por niños.

A contramano


Las ideas del semanario Marcha revelaban cierta inclinación al rojo, pero más rojos estaban los números. Hugo Alfaro, que además de ser periodista hacía las veces de administrador y cumplía la insalubre tarea de pagar las cuentas, saltaba de alegría en raras ocasiones:

–¡Tenemos la edición financiada!

Había llegado publicidad. En la historia universal del periodismo independiente, siempre se ha celebrado semejante milagro como una prueba de la existencia de Dios.

Pero al director, Carlos Quijano, se le ponía verde la cara. Horror: no había peor noticia que aquella buena noticia. Si entraba publicidad, se iba a sacrificar alguna página, o varias, y cada pedacito de página era un sagrado espacio imprescindible para cuestionar certezas, arrancar máscaras, alborotar avisperos y ayudar a que mañana no fuera otro nombre de hoy.

Al cabo de treinta y cuatro años, la dictadura militar irrumpió en el Uruguay y acabó con Marcha y otras locuras.

La cárcel


En 1984, enviado por alguna organización de derechos humanos, Luis Niño recorrió las galerías de la cárcel de Lurigancho en Lima.

Luis se hundió en aquella soledad amontonada. A duras penas se abrió paso entre los presos haraposos o desnudos.

Después, pidió hablar con el director de la cárcel. El director no estaba. Lo recibió el jefe de los servicios médicos.

Luis dijo que había visto algunos presos en agonía, vomitando sangre, y a muchos humeando fiebres y comidos por las llagas, y no había visto ningún médico. El jefe explicó:

Los médicos solo entramos en acción cuando nos llaman los enfermeros.

¿Y dónde están los enfermeros?

No tenemos presupuesto para pagar enfermeros.

Asaltado asaltante


En América Latina, las dictaduras militares quemaban los libros subversivos. Ahora, en democracia, se queman los libros de contabilidad. Las dictaduras militares desaparecían gente. Las dictaduras financieras desaparecen dinero.

Un buen día, los bancos de la Argentina se negaron a devolver el dinero de los ahorristas.

Norberto Roglich había guardado sus ahorros en el banco, para que no se los comieran los ratones ni los robaran los ladrones. Cuando fue asaltado por el banco, don Norberto estaba muy enfermo, porque los años no vienen solos, y la jubilación no daba para pagar los remedios.

De modo que no le quedaba otra: desesperado, penetró en la fortaleza financiera y sin pedir permiso se abrió paso hasta el escritorio del gerente. En el puño, apretaba una granada:

–O me dan mi plata o volamos todos.

La granada era de juguete, pero hizo el milagro: el banco le entregó su dinero.

Después, don Norberto marchó preso. El fiscal pidió de ocho a dieciséis años de cárcel. Para él, no para el banco.

Fábricas


Corría el año 1964, y el dragón del comunismo internacional abría sus siete fauces para comerse a Chile.
La publicidad bombardeaba a la opinión pública con imágenes de iglesias quemadas, campos de concentración, tanques rusos, un muro de Berlín en pleno centro de Santiago y guerrilleros barbudos llevándose a los niños.

Hubo elecciones.

El miedo venció. Salvador Allende fue derrotado. En esos días de dolor, yo le pregunté qué era lo que le había dolido más. Y Allende me contó lo que había ocurrido ahí nomás, en una casa vecina, en el barrio de Providencia. La mujer que allí se deslomaba trabajando de cocinera, limpiadora y niñera a cambio de un sueldito, había metido en una bolsa de plástico toda la ropa que tenía y la había enterrado en el jardín de sus patrones, para que no la despojaran los enemigos de la propiedad privada.

La información global


Unos meses después de la caída de las torres, Israel bombardeó Yenín.

Este campo de refugiados palestinos quedó reducido a un inmenso agujero, lleno de muertos bajo las ruinas.

El agujero de Yenín tenía el mismo tamaño que el de las torres de Nueva York.

Pero, ¿cuántos lo vieron, además de los sobrevivientes que revolvían los escombros buscando a los suyos?

*Escritor uruguayo. Este texto está extraído de su última obra en francés: Bocas del tiempo, Lux, Montreal, 2011.
Miércoles, 21 Septiembre 2011 17:28

Editorial "Cuerpo de Letras Nº2"

Desde, al menos, el siglo XIX la literatura vive bajo los efectos de la mercantilización del arte de la escritura. Charles Dickens era un apasionado de las multitudes; algunas de sus obras se vendían en una tarde, en medio del clamor de sus lectores. Hizo de la conferencia un medio extático de entrega al público de masas. En el “Prólogo en el teatro” del Fausto de Goethe se controvierten los intereses entre el empresario teatral y el poeta. El empresario exige obras para entretener, hacer reír y llorar. Walter Benjamin advierte las significativas cifras entre un poeta consentido por los lectores como Lamartine y un marginal como Baudelaire. En Las ilusiones perdidas de Balzac se pone de presente la temprana especulación de la compra de los manuscritos de las novelas, incluso para no comercializarlas y matar así el escritor en ciernes. Los abusivos talleres literarios de los Dumas especulaban, ya abiertamente, con sus nombres y sus temas “medievales”. La nostalgia vacía por la sociedad feudal del público de la época del Segundo Imperio de Napoleón III, alimentó esta pretensión literaria y el afán de lucro –sin medida- de los autores de El conde de Montecristo.

En lengua española Benito Pérez Galdós, gracias a su ciclo de los “Episodios Nacionales”, llegó a conquistar un público impresionante de 20.000 lectores en las dos Españas. Pérez Galdós era el editor de sí mismo –tenía una imprenta en su casa– y publicaba una novela cada dos meses. Era pues una máquina literaria. Esta mercantilización fue criticada por Rubén Darío, quien a su vez no escapó del contagio, como corresponsal de “La Nación” de Buenos Aires. En el Modernismo se perfila el escritor por profesión en Hispanoamérica, ya no el ocasional. Profesión quiere decir: dominio del material literario, no de la chequera. Solo hasta el llamado “boom” de los años sesenta, se puede hablar de una auténtica “desromantización” del escritor latinoamericano, una entrega a la pesada industrial editorial, al marketing, a despecho de la calidad literaria, de la literatura. Miguel Ángel Asturias fue acaso el primero que supo conscientemente explotar la nostalgia exotista del público europeo para obtener su Premio Nobel. Gabriel García Márquez mismo sucumbió tempranamente al demonio del enriquecimiento, bien o mal habido. Como el comandante de “La viuda de Montiel” se contaminó de “la fiebre del oro”, a partir de Crónica de una muerte anunciada. Los demás secundan el ejemplo; todos ganan, autores, editores, distribuidores, impresores, diagramadores, libreros, menos el lector.

Colombia entró con Kataraín y la compra de la Oveja Negra, a finales de los setenta, a este ciclo comercial de capitalismo rampante. La idea no fue literaria: era comercial. Se quería prevenir la piratería nacional. Ofrecer libros tan baratos que no compitieran con el natural socio: Morgan. Fueron Morgan disfrazados y terminaron hasta auto-pirateándose. Folclore tropical en la era del imperialismo y la abundancia. Uno de los últimos episodios –efecto de la globalización en las letras de los países eternos postulantes al desarrollo en forma– lo tenemos con la decisión de Norma de suprimir la sección literaria. No es rentable. Leamos la opinión del editor César Cardozo:

“El grupo editorial Norma, que desde los años 60 ha publicado títulos en diversos campos, y que gracias a la presencia en otros países, podría ser considerado como uno de los más importantes en nuestro ámbito, ha decidido cerrar sus áreas de ficción y no ficción en todos los países donde tenía filiales. La decisión responde al interés de enfocarse exclusivamente en el desarrollo de productos vinculados con el mercado de la educación. Este anuncio reciente, y que por cierto ha recibido escasa difusión en los medios, responde al interés de la empresa de reorientar el negocio empresarial. Aunque desde el punto de vista financiero sea una decisión ‘racional’, supone, desde el punto de vista literario, una gran pérdida. El grupo continuará trabajando con sus colecciones de literatura infantil y juvenil, y los títulos editados bajo licencias, y hasta diciembre de 2012 distribuirá y venderá el ‘inventario’ de sus colecciones de ficción y no ficción.

Valga decir que no hace mucho Norma decidió apostar fuerte para fortalecer su catálogo de escritores de ficción, por ejemplo, contratando por una importante suma a William Ospina, que hace poco había tenido un éxito de ventas con su novela histórica Ursúa, y que había adquirido también los derechos de algunas de las obras de García Márquez para ciertos territorios. Además contaba con autores de autoayuda, otra de las líneas afectadas con la decisión, que para nuestro medio podrían ser considerados como superventas, a saber Santiago Rojas o Walter Riso. Por eso resulta ahora desconcertante que no mucho tiempo después hayan decidido dejar de apostar por estas líneas editoriales, a pesar del renombre de algunos de sus autores.

La razón parece ser evidente en estos tiempos de grandes conglomerados y de feroces exigencias de rentabilidad, algunas líneas editoriales no dan el suficiente margen de ganancia o no pueden cubrir con sus ventas la inversión (un mal generalizado hoy en día en la práctica editorial, los elevados anticipos para autores de renombre) que se realiza para publicarlos.

Estos tiempos en los que, como dice el conocido editor André Schiffrin, “los editores verdaderos han sido arrinconados por los departamentos financieros y de marketing” se hace inevitable sentir nostalgia de un oficio que gozaba de reconocimiento en las esferas culturales, que estaba comprometido primordialmente con la calidad de los textos que se publicaban, y que podía incluso llegar a influir en los procesos culturales de la sociedad, y que ahora se ve relegado y convertido simplemente en agente de los intereses comerciales y con la imperiosa necesidad de ser rentable para evitar desaparecer. Hace ya años, cuando estaba al frente de Pantheon Books, uno de los sellos que posibilitó la entrada de los grandes autores europeos al mercado americano luego de la Segunda Guerra Mundial, Schiffrin quedó atónito cuando los contables de Random House, uno de los grandes conglomerados y que había comprado a Pantheon, le preguntaron que quién diablos era Sartre que solo vendía 25 000 ejemplares al año.

El cierre de Norma tiene y tendrá sus consecuencias en el ámbito cultural y del libro en un país. Si a esto se le suma que las bibliotecas públicas no pasan de ser estructuras arquitectónicas llamativas donde escasean los libros (se dice que en el caso de Bogotá, con el número de ejemplares que hay en todas las bibliotecas públicas, no se podría asignar ni siquiera un libro por habitante) cualquiera podría preguntarse cómo se formarán nuevos lectores en un ambiente plagado de problemas y con una oferta editorial reducida e incluso cuestionable.”


Dígase lo que se quiera: si algo hace falta en Colombia –no son negociantes– sino editores responsables; y ahora escritores con conciencia.

Miércoles, 21 Septiembre 2011 16:58

Virginia Gutiérrez de Pineda (1922 - 1999)

En los años sesenta la investigadora, antropóloga y socióloga, Virginia Gutiérrez de Pineda publica un par de libros reveladores en nuestras ciencias sociales, a saber, La Familia en Colombia: estudio antropológico (1962) y La familia en Colombia: transfondo histórico (1963). Una década después, Familia y cultura en Colombia (1975) y ese mismo año Estructura, función y cambio de la familia en Colombia. Estas importantes contribuciones, con todo, pasaron casi desapercibidas para el público colombiano y tuvieron un efecto discreto en el mundo universitario. Hoy se hace forzoso rememorar su nombre y una exigencia elemental sacarlo del olvido. Incluso en las aulas universitarias de todo el país, su nombre “no suena” y su obra, mucho menos, se enseña.

La repercusión de los libros mencionados no se comparó, en esas décadas, con las suscitadas por La violencia en Colombia: estudio de un proceso social (1962) de Germán Guzmán Campos, Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda, por los folletos sobre la pobreza o revolución cristiana de Camilo Torres Restrepo o, algo más tarde, por Introducción a la historia económica de Colombia (1971) de Álvaro Tirado Mejía. Las razones de este disimulado abandono en que quedó la contribución de Gutiérrez de Pineda, pertenece al universo de las conjeturas inviables. Forzar una respuesta, luego de casi medio siglo de solapados desconocimientos y homenajes condicionados, parece una exigencia intelectual y una tarea de la hora.

Una coyuntura cultural, de significación continental y hasta universal, hubiera podido favorecer la primera atención a su exigente y rica obra. Por esas años se publicó, con una resonancia sin precedentes para nuestras letras, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Tras el deslumbrante epos de la familia de los Buendía, el buen lector, nacional y fuera de las fronteras colombianas, tenía el derecho de hacerse la pregunta por la realidad social –familística, cultural- que soportaba la fantasía cautivante de la novela. La pregunta no se formuló y el embriagador círculo mágico de la narración atrapó la atención bajo la exclusiva especie “real-maravilloso”. Lo real maravilloso tenía un “transfondo histórico” inquietante y desconocido que, justamente, la proporcionaba la obra de Virginia Gutiérrez de Pineda. La estructura social, la función y los hondos resortes religiosos, pero también económico-sociales, se despejaban por la escrupulosa investigadora colombiana.

La obra de Virginia Gutiérrez de Pineda también se hubiera podido favorecer de los impulsos de los que ella misma procedía: daba respuesta a un anhelo de comprensión de la vida nacional “profunda”, en sus años de la Escuela Normal. Superar el férreo monolito proto-hispánico y cerreramente católico con que había asfixiado la comprensión de Colombia la Regeneración de Miguel Antonio Caro, el país había ensayado múltiples y provisionales respuestas. De Problemas colombianos de Alejandro López a los ensayos de historia social de Jaime Jaramillo Uribe las ciencias sociales habían dado pasos hacia adelante. Virginia Gutiérrez de Pineda regalaba una flor fresca y un fruto maduro a la expectante actualidad colombiana a la altura de las demandas de las ciencias sociales continentales. A la pregunta anacrónica de: ¿Existe una ciencia nacional?, la respuesta estaba al alcance del lector más exigente. No hubo, al aparecer, ese lector. Es decir, el lector que pusiera de relieve que la obra de Virginia Gutiérrez de Pineda se encumbraba en la mejor tradición continental de las ciencias sociales, a saber, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana de José Carlos Mariátegui, Casa grande y senzala de Gilberto Freyre, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz, Estructura social de la colonia de Sergio Bagú, entre las de mayor significación, y que con ella se consolidaba una tradición científica genuina. Nada de esto ocurrió.

Las siguientes razones son casi adjetivas o perecen serlo, según se piense. 1. La obra de Virginia Gutiérrez de Pineda aparece en medio de una agitación política y estudiantil –los años del Ché y de Camilo Torres– que concitaron el entusiasmo masivo y apenas dieron respiro para reparar en su importancia. 2. La obra de Virginia Gutiérrez de Pineda adolece de una extrema aridez prosística, es decir, su prosa obliga concentración y desgaste neuronal, es decir, no es fácil, no es superficial, no hace parte de la amena literatura. 3. La obra de Virginia Gutiérrez de Pineda es, en fin, anacrónica porque ella no habla de las sociedades urbanas de masas, no atiende a los procesos de la traumática transición urbana, que hoy es el paisaje social colombiano dominante, y por ello sus observaciones y estadísticas suenan obsoletas. Las tres tentativas (pesudo)-respuestas a este acertijo se resumen: la universidad no se ha consagrado, con la seriedad que ella demanda, al estudio de una obra que abre horizontes de inusitada actualidad a las raíces multiculturales de la nación. Ninguna obra como ésta formula y postula y demuestra los complejos núcleos culturales o regionales y ninguna ha atendido con tantos detalles y con tanta fineza a los hábitos, costumbres y prácticas de la sociedad patriarcal o rural, base de la vida cultural nacional.

El problema de la inactualidad de la obra de Virginia Gutiérrez de Pineda es solo aparente, no solo porque la metodología empleada para socavar esta información es modélico, sino porque gracias a este fresco de la cultura regional –como se exhibe con maestría en Familia y cultura- se puede reconstruir con seguridad nunca antes lograda, los problemas contemporáneos colombianos. No es hiperbólico afirmar la indiscutible plenitud científica de esta obra; es una vergonzosa deuda de la universidad colombiana y de sus académicos el haber descuidado, rezagado y aplazado, como hasta ahora se ha hecho, una obra magna de nuestra inteligencia continental. Su seriedad es, cierto, intempestiva: es seria, profunda, actual. Hoy, ante la hegemonía del posmodernismo, es contracultura.


Una vida de pasión, investigación y docencia*

Martha Cecilia Herrera C. y Carlos Alfonso Low P.**



Virginia Gutiérrez de Pineda nació en Socorro (Santander), estudió en el Instituto Pedagógico Nacional e ingresó en la Escuela Normal Superior (1940-1944), institución decisiva en su formación, donde estudió ciencias sociales y etnología. Pionera en los trabajos sobre la familia en Colombia y de antropología médica, sus invaluables aportes han sido reconocidos ampliamente por el mundo intelectual. Se ha hecho merecedora al otorgamiento por el gobierno nacional de las condecora¬ciones “Camilo Torres”, “Orden Presidencial del Mérito” y medalla al mérito “Ester Aranda”. Sus treinta años de cátedra universitaria han sido coronados con la categoría de “Profesora Honoraria de la Universidad Nacional”.

Después de largos días de espera, por causa de las múltiples tareas de Virginia Gutiérrez de Pineda, mujer prodigiosa que ha sabido combinar sabiamente las funciones de esposa, madre, ama de casa, investigadora, docente y conferencista en los más importantes foros internacionales y nacionales sobre la mujer, hemos llegado a su casa, proyectada con una arquitectura particular, en donde se advierte la mano del antropólogo en la réplica de diseños indígenas. A través Virginia Gutiérrez de Pineda, de una distribución espacial de varios niveles, ascendemos a su estudio y, rodeados de su extensa biblioteca, iniciamos en medio de la penumbra esta cálida charla. 

Virginia, quisiéramos que nos contara sobre su formación intelectual y su trayectoria, los motivos que la llevaron a vincularse a la Escuela Normal Superior y el significado que esta institución tuvo en su vida. 
Parece que el doctor José Francisco Socarrás iba a los colegios de bachillerato buscando personal idóneo para realizar su proyecto. Entonces las mujeres que queríamos seguir carrera y que en esa época encontrábamos la universidad cerrada a estas aspiraciones, recibimos información de que podíamos estudiar en la Escuela Normal Superior, donde existía desde 1936 la coeducación. Yo dudaba mucho entre matemáticas, ciencias sociales o medicina, porque el bachillerato es todero. Era muy buena en matemáticas, pero sin una consejería académica no sabía qué camino coger. Entonces Ester Aranda, la directora del  Instituto Pedagógico Nacional, donde hice mi bachillerato - que era una  mujer muy inteligente y muy graciosa -, me dijo: Las ciencias sociales son las ciencias del porvenir. No se ha empezado a estudiar al hombre ni a las sociedades. Estas son disciplinas nuevas. Además, a matemáticas no ingresan sino mujeres muy feas (era el concepto entonces). A ella le pareció que no estaba tan feíta para estudiar sociales; por lo tanto, me sentí halagada por esas dos razones y me metí a estudiar sociales sin saber qué futuro me esperaba. 

Nos seleccionaron a unas tres, y yo, ni corta ni perezosa, aproveché la ocasión. En la Normal Superior me encontré muy a gusto, ya que no sentí la transición entre un bachillerato estricto y muy exigente y esta institución rigurosa y de alto nivel académico. Además, para tranquilidad de nuestros padres, que veían a sus niñitas de provincia en la ciudad y por primera vez metidas con señores, era una garantía la figura de Socarrás, porque Socarrás, pese a los detractores que tuvo, era la figura más sacra en el respeto dentro de la relación de los sexos. Fue él quien nos enfiló hacia el camino de la amistad del hombre y la mujer, porque en esa época la mujer tenía o novio, o amante, o hermanos, padres o hijos, pero no podía tener amigos. Al llegar a la Normal y encontrar compañeros con los que no teníamos atracción de sexo ni de parentesco, se nos creó un nuevo lazo, un nuevo territorio afectivo. Nos dimos cuenta de que con el hombre se podía dialogar, discutir, competir, y así lo hicimos. 

Competimos, nos quisimos, nos apreciamos y nos respetamos. Después vino el reto académico, pues las calificaciones eran sumamente estrictas. Se necesitaba 3,6 para poder pasar. Llegar a cinco, i olvídese! Cuando más, llegábamos a 4,8 y era con trabajo teórico, práctico y de investigación. Nosotros tuvimos que aprender a enseñar y a investigar. Socarrás recalcaba que uno no podía ser como el Catecismo del padre Astete, siempre la misma pregunta, siempre la misma respuesta: "¿Sois cristiano?". "Sí, por la gracia de Dios". ¡No! Uno debe hacer siempre nuevos programas de clase. Por eso yo me acostumbré tanto, que en la Universidad Nacional presentaba unas guías de cátedra cada año y las quemaba en diciembre, para hacer unas nuevas el año siguiente; de otro modo, uno se siente como un disco cantando el mismo bolero. 

¿Cómo podría definir la orientación en los contenidos de las ciencias sociales en los que ustedes se formaron? 
Nosotros tuvimos la suerte de recibir una formación que nos vino directo de Europa. En ese momento era más teórica, no tan empírica como la que recibí posteriormente en la Universidad de Berkeley, en California, en donde el hecho tenía que dar respaldo a lo que usted hipotetizara. En la Normal tuvimos la influencia de la escuela francesa en etnología, más filosófica, más para lucubrar, racionalizar y sugerir que para demostrar, y empezamos a voltear los ojos hacia el país, ya que en el bachillerato sabíamos más de Europa, Asia, África y Oceanía y poco de Colombia. Yo tuve una buena formación en el Pedagógico; de tal manera que cuando entré a la Normal Superior ya muchas cosas las sabía. Pero para la época estos planteamientos eran nuevos, no sólo los contenidos sino la metodología. Por ejemplo en la geografía, el profesor Pablo Vila nos enseñó la asociación entre lo físico y el hombre; cada pueblo con un hábitat determinante de sus actividades; la vinculación entre el clima, la fisiografía y la vegetación, y todo con la producción humana. En este sentido, se veía la geografía en forma dinámica y lógica, y no como lista de lugares y productos. En historia empezamos no a ver fechas, nacimientos, muertes, matrimonios ni nombres de héroes, sino pueblos en movimiento. 

¿Quién les dictaba historia? 
El profesor Rudolf Hommes, inolvidable, nos dio historia y economía. Nos abrió un mundo que nosotros no entreveíamos antes; por ejemplo, lo que era el pueblo romano en su dinámica; lo que fue la cultura griega; la Edad Media nos la hizo vivir, nos la entregó activa y atractiva. Luego nos dio teoría de las doctrinas económicas, lo que ensamblaba una cosa con la otra. Nos dieron sociología por primera vez, con Martínez. También etnografía, que nos permitía ya no ver las comunidades de afuera sino lo que estaba ocurriendo aquí. Vino el profesor Justus Wolfrang Shottelius, investigador y sabio. Con estos y otros profesores, una se sentía en una atmósfera nueva, aunque muy discriminada socialmente, porque las ciencias sociales y la Escuela Normal Superior no tenían el prestigio que luego sus obras les dieron. La Escuela fue aislada por los gobiernos conservadores, porque allí se practicaba la coeducación y porque cuestionábamos todo el tradicionalismo -la colonia, propiamente- y además porque su gestor y director había sido un hombre con ideas de izquierda, abierto a todos los influjos: José Francisco Socarrás. 

Haciendo un paralelo, yo veo que en el alboroto de la universidad colombiana en la década del sesenta faltó una enseñanza seria, científica y racional que les diera a los estudiantes "peso en la cola "; es decir, ciencia y reflexión. Ellos se llenaron de doctrina política, quizás solo de eslóganes y fanatismo, que no pudieron estructurar dentro de la misma vida social, económica y cultural del país, porque no se les dio su conocimiento, y así lo foráneo político lo tragaron entero, sin asimilar. En la Normal no ocurrió esto. Recuerdo, y esto no es un chiste, que un día el profesor Hommes puso un trabajo de investigación en religión. Ese estudio de las religiones nos abría horizontes a nosotros, que no conocíamos sino la católica. Estudiamos las creencias y valores de la religión mahometana, el confucianismo, el sintoísmo y algo de culturas criollas. Cada alumno estudiaba una fe y hacíamos una especie de seminario en el cual cada estudiante exponía las similitudes y diferencias halladas en cada creencia, su percepción del hombre y la mujer, sus principios y sus valores, lo que nos daba mucha apertura mental, nos permitía hacer análisis comparativos. Entonces un día, cuando uno de los estudiantes que exponía hizo una afirmación de ateísmo muy abrupta -además éramos adolescentes y rebeldes-, el profesor lo paró en seco y le dijo: "Usted no puede ser, como científico, un ateo vulgar: usted debe ser, y eso se lo respeto, un ateo racional; tiene que darnos razones serenas, lógicas, no subjetivas, bien expresadas y con respeto". 

¿Quién les dictaba sociología y filosofía? 
Sociología nos la dictaba el profesor Manuel Martínez Mendoza, egresado de la misma Normal Superior. Rafael Bernal Jiménez era el profesor de filosofía, era nuestro rincón oscuro. Propiamente el no nos enseñó filosofía, sino vidas de filósofos. Nosotros queríamos algo mejor y empezamos, entre Roberto (mi esposo) y yo, a cuestionarlo hasta que lo sacamos de quicio, pero nos dio un – tatequieto - con la amenaza de "rajarnos”, el único, porque, imagínese, en esa ¿poca un profesor que te pusiera un cero ... Pero en la Normal Superior había libertad académica y uno podía hacer toda su exposición contrariando al profesor, aunque eso sí, respaldándose con hechos, con documentos. El profesor evaluaba nuestro escrito, que se leía en clase, se hacía la discusión y se volvía foro participante. Uno sentía que salía triunfante o iluminado, rebatido pero nunca derrotado sino con el pensamiento aclarado y con nuevas inquietudes. 

¿Y cómo eran las clases con el etnólogo Paul Rivet? 
Eso fue otra cosa. Etnología fue una licenciatura regular que tuvo la suerte de contar con los aportes de Paul Rivet y Justus Wolfrang Shottelius, aunque ya en el país había tenido un inicio con Gregorio Hernández de Alba. Se fue formando el equipo y se creó el Instituto Etnológico Nacional. De manera que nosotros hicimos dos carreras: etnología y ciencias sociales y económicas. Paul Rivet tenía una personalidad muy generosa, muy del espíritu francés de aquel entonces. Después, cuando fuimos a los Estados Unidos ese espíritu quedaba cuestionado con el énfasis en los hechos que hacían los norteamericanos. La ciencia francesa se basaba más en el raciocinio y la especulación. Muchas hipótesis, especulación y poca comprobación en y con los hechos reales. 

¿Ustedes hacían trabajo de campo en la Escuela Normal Superior? ¿Con Paul Rivet cómo trabajaban? 
En la Normal hacíamos trabajo de campo y de investigación bibliográfica en todas las materias. Con Paul Rivet utilizamos mucho tiempo para aprender los basamentos teóricos y luego aplicarlos. Hicimos estudio de grupos sanguíneos y de antropometría en diferentes comunidades, pero tocaba investigar de acuerdo con las limitaciones, haciendo grupos sanguíneos dentro de la misma Escuela Normal o en las pequeñas poblaciones cercanas, para que la plata del traslado nos alcanzara, porque éramos bien pobres. También hicimos trabajo antropométrico en algunas comunidades indígenas. Yo fui a donde los motilones en esa forma. Los que eran afines a la arqueología se dedicaban a "escarbar", Yo no, porque les tengo alergia a la tierra y a los huesos; no me gusta escarbar en las ruinas. 

¿Cuando Paul Rivet viene a Colombia ya tenía estructurada toda su teoría sobre el origen del hombre americano? 
Sí, a nosotros nos la dio de primicia y creo que aquí se publicó. Tenía su teoría totalmente elaborada, pero él hizo trabajos de campo para corroborar algunas cosas. Fue al Ecuador y allegaba todos los testimonios etnográficos, arqueológicos que podía. Creo que esta visión múltiple es lo que le da modernidad y respaldo a sus planteamientos, al complementarlos con datos de lingüística, etnografía, arqueología y paleontología. Por eso se hicieron muchos estudios de grupos sanguíneos, tratando de ver el factor Diego, que parece es un indicador de sangre polinésica. Los trabajos realizados en el Tolima y en Venezuela señalan que hasta allá llegaron ciertos grupos asiáticos que luego se mezclaron. Se estudió también la Sierra Nevada; Milcíades Chaves estudió a los pijaos y Roberto y yo estudiamos la Guajira. 
 
El profesor Jaime Jaramillo Uribe -también egresado de la Normal Superior- parece decir que la escuela antropológica que trajo Rivet en esa época había sido ya un poco revaluada, ¿Estaría de acuerdo con esto? 
Sí, eso es lo que quiero decir, era más nueva la de Shottelius. Por eso hicimos una etnografía más avanzada con él. Parangonando la escuela francesa de Rivet con el pensamiento de Boas, Kroeber y Lowie, de esa misma época, Rivet era atrasado. Por eso cuando salimos a especializarnos en Estados Unidos, se nos amplió el horizonte académico y cuestionamos y renovamos nuestra alforja académica. 

¿En la actualidad qué quiere ser la antropología. Qué escuela es más avanzada o más actualizada en este momento? 
Tenemos enseñanza de antropología en Medellín, Popayán y dos centros en Bogotá, pero no hay escuelas antropológicas, desafortunadamente. Y si me deja ser terriblemente franca, a lo santandereano, nuestra enseñanza no está formando el antropólogo que el país y la ciencia necesitan. Con visión nacional e internacional, la antropología afronta tres retos de urgente respuesta: una metodología obsoleta, como el corsé de las abuelas para las adolescentes de hoy. Con ella estamos abocados a expresarnos en adjetivos, y es urgente que podamos cuantificar los fenómenos culturales. Ello exige que seamos capaces de manejar la tecnología del computador y de las matemáticas. Con adverbios de cantidad no se puede presentar un rasgo diciendo que es más, un poquito más que otro con el que mantiene relación. O establecerla, verificarla, analizarla. Sin verificación cuantitativa, nuestros hallazgos pierden validez académica y son inservibles ante las necesidades institucionales. Con la metodología tradicional somos incapaces de asumir el estudio de las sociedades modernas, y creo que ahora ni las más elementales. Y el país está pidiéndonos a gritos que le demos los estudios de sus estructuras institucionales. Que le demos los perfiles de sus grupos regionales, por ejemplo; intento que está llevando a cabo mi esposo en el ICAN. Forzar a los jóvenes a que se comprometan en estudios modernos, dejando el picoteo superficial de las comunidades indias, o el "guaquear” sin un criterio muy profundo en los planos nacional y teórico de la ciencia arqueológica en todo el país. No generando pequeños y aislados feudos que nada dicen académicamente, como visión estructurada nacional. Finalmente, necesitamos capacitarnos para echar mano del apoyo de las demás ciencias sociales. No podemos aislarnos de ellas, sino saber utilizarlas. Pero ello requiere una preparación rigurosa y avanzada del estudiante en estas ramas del saber, una actualización permanente y una autocrítica profunda. ¿Algo más? Mucha modestia. 

¿En dónde estudió usted antropología médica? 
En los Estados Unidos, en Berkeley (California). Pero cuando retorné sabía mucha teoría, y estaba muy pobre de conocimiento de la comunidad colombiana. Estaba dando esa cátedra en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, y cada vez que estudiaba en el terreno de la provincia la familia, combinaba su estudio Con análisis regionales de antropología médica, para poder dar ejemplos nuestros que ilustraran lo que planteaba la teoría antropológica. Así les exponía: En la región tal se presenta tal fenómeno "doctores" que está asociado con las diarreas infantiles, con la desnutrición, magia, religión, economía, con cada actitud cultural, y les preguntaba: ¿Y usted, “doctor" de dónde es, dónde está su tierra, se presentan allí tales prácticas? ¿Cuáles otras? Algunos eran del litoral del Cauca, de los Santanderes, no faltaban paisas, boyacenses ni nariñenses o vallunos, estaba todo el país, y por tanto todas las posibilidades de ejemplarizar las creencias médicas populares patrias, confrontándolas con los principios teóricos. Traté de repetir con ellos lo mismo que los profesores de la Normal motivaron en mí: la reflexión y el análisis crítico. Motivarlos para que dirigieran la inquietud al conocimiento de lo propio, no tragar lo foráneo sino usarlo para aplicarlo en nuestro campo, para interpretarlo y sacar partido. Tengo unos discípulos médicos, muy lindos. Enseñé ocho años en medicina en la Universidad Nacional y después en la facultad de medicina de la Universidad del Rosario a dos generaciones de psiquiatras, enseñándoles antropología de la familia, ubicando los cambios y los traumas de la personalidad. Ellos traían fichas clínicas y las explicaban con síntomas específicos que interpretábamos a la luz de la cultura como determinante de muchas patologías. Venían a mi casa, trabajábamos y hacíamos el seminario en el cuarto de música. 
 
Nosotros encontramos que una de las primeras cosas que empiezan a hacer ustedes es estudiar al indígena colombiano, que hasta ese momento se veía de manera peyorativa. Se decía que la degeneración de la raza se debía a que éramos de origen negroide e indio. 

Toda dominación conlleva principios de etnicidad para el vencido. Y en el régimen de dominación española, indios, negros y sus mezclas sufrieron este proceso que se percibe social y culturalmente hasta hoy. Yo he oído, en foros nacionales e internacionales, a compatriotas pedir que se abra la inmigración de sajones y germanos "para mejorar la raza". En la Normal Superior se hizo consciente esta problemática. Por la orientación etnográfica de la antropología en aquel momento y queriendo dar los perfiles reales de los llamados despectivamente "indios", mi esposo y yo hicimos nuestras primeras armas con estudios entre los motilones, los guajiros y los noanamas. Mis compañeros antropólogos pasaron también por la misma experiencia. Todavía el ICAN sigue estudiando las comunidades americanas. Pero, como lo comprobara allí mi esposo, después de más de treinta años de sucesivas “entradas” de antropólogos a las culturas americanas, no somos capaces de mostrarle al país su realidad objetiva. El inventario que Roberto logró acopiar, me ha dicho muestra mucha pobreza. Mea culpa y la de mis colegas, en esta carencia. 

Superada la etapa etnográfica y reencauchada con antropología social en Estados Unidos, nos lanzamos a abrir campos para nuestra ciencia. Roberto y Chaves se proyectaron en el estudio de comunidades campesinas y produje ron con Guhl y otros, los atlas departamentales que ustedes conocen. Luego abrió caminos a la antropología en vivienda, en el Inscredial, donde muchas directrices actuales fueron trazadas por él. Culminó en la OEA con el Sindu y su sistema de información, creación suya. Está tratando de hacer del lCAN una alma máter científica para la antropología; estimulando sus estudios campesinos, regionales y los de arqueología con criterio nacional, con hipótesis vertebradas, no piezas sueltas al impulso del capricho individual. Yo me especialicé en dos áreas: familia y antropología médica, con los trabajos que ustedes conocen. 

El negro padece parecida discriminación, seguramente más profunda por sus condiciones raciales y diferentes estatus con que se estableció entre nosotros. A excepción de los estudios de Jaramillo, Friedemann y Arocha, no existen análisis objetivos que muestren lo que trajo; lo que logró crear y lo que hoy podemos denominar negro. 
Se puede decir también que ha habido movimientos indigenistas más que africanistas. Los primeros aparecieron permeados de posiciones políticas, cuyas corrientes aún pueden sentirse en las luchas que las comunidades americanas están empujando para el alcance de una mejor ubicación sociocultural, como la que se libra en el Cauca. Algunos de estos intentos de mis colegas tienen un contenido mesiánico en el que perdura la posición del encomendero o la del cura doctrinero, no una posición objetiva, académica. Algunos asumen liderazgos jugando a los blancos del paseo frente a la comunidad nativa, a finales del siglo XX. Creo que para indio y para negro aún no hemos sido capaces de revaluar totalmente su imagen, y permanecen vivos muchos principios de etnicidad. 

Una de las hipótesis que nosotros manejamos en la investigación sobre la Escuela Normal Superior es que allí se formó una elite intelectual bajo unos valores modernos que contrastaban con los de la época. 
Ya algunos se los he señalado; por ejemplo, la posición racionalista ante los hechos vertidos hacia el conocimiento del país, no de lo foráneo; apreciar en su valor real las propias estructuras y las personalidades; borrar hasta donde podíamos los estigmas de etnicidad; revaluar los conceptos del hombre colombiano tratando de dar un perfil más objetivo; hacer un inventario de la realidad nacional en sus pros y sus contras; no sólo decir que Colombia es el país del café, las esmeraldas y el oro, sino el país de tantas cosas positivas latentes y negativas vigentes. 

¿Qué relación percibe en este momento entre lo que era el régimen liberal y la formación de ustedes como intelectuales en unos nuevos valores? 
Yo sí creo que lo liberal era la libertad de pensamiento solamente controlada por los principios racionales y la responsabilidad de la afirmación. Mientras que lo otro era el enclaustramiento y la permanencia en el pasado. Nunca me he detenido a pensar en eso, pero creo que eso era: lo secular se aceptaba sin cuestionamiento: acepta, traga entero y muévete en esa línea. En esa época todo estaba tocado de sagrado, y en nosotros, estudiantes de la Escuela Normal Superior de Socarrás, era atrevernos a cuestionar lo tabuizado, ¿Pero quién se atrevía antes a cuestionar sobre religión, sobre sexo, para mencionar dos temas que eran tabúes en la cátedra? 

¿Qué sintió cuando la Escuela Normal Superior fue desmontada? ¿Usted estaba aquí en el país? 
Como a quién le apalean la madre, con una profunda sensación de frustración y de incapacidad para defender lo propio, creo, no sabría explicarlo. Nos encontrábamos en Colombia y perseguidos a morir. 

¿Cómo se expresaba esa persecución? 
¡Santo Dios! Desde todos los frentes. Botándolo del puesto, de cualquier sitio y no dejándolo hacer nada. Nos cercaron a todos. Nos quitaron el derecho al trabajo. Sobre todo porque teníamos un estigma: normalistas; vale decir comunistas, manera de lanzarnos a las tinieblas exteriores. Es que hoy decir que se es de izquierda es un crédito positivo, no en aquella época. Hoy da estatus a la persona. Decir: este profesional es de izquierda -y se espera que los jóvenes lo sean- es común; en cambio, decir: este estudiante es "godo”  es como raro. Haber sido normalistas, era un inri que nos perseguía. Un día de estos le decía yo a Roberto -mi marido-: ¿qué epíteto existe hoy para denigrar a una personalidad? porque no vale ni homosexual, ni comunista, ni guerrillero, ni ateo" ¿No es cierto? Tal vez que sufre de sida. Así era por lo menos el ostracismo social que padecimos. 

¿Y a ustedes cómo los señalaban?, ¿cómo normalistas? 
¡No! como comunistas. El hecho de estudiar ciencias sociales era cosa peligrosa, estudiar la problemática era tabú, y más si nos atrevíamos a develar críticamente la realidad nacional. Hoy en día quién no lo haga no está "in”. Aunque lo importante ahora, y todos lo sabemos hasta el hartazgo, es plantear soluciones ante los grandes conflictos del país, porque su realidad ya es evidente.
 
Para nuestra investigación hemos mirado mucha información de prensa, y hemos encontrado desde 1946 y en el mismo 9 de abril de 1948 publicaciones de El Siglo de este estilo: "Comunistas sabotean las clases en la Normal". ¿En la Escuela Normal Superior había grupos de saboteadores? 
 
Ni de saboteadores ni de comunistas. ¡No! Estudiantes que pudieran manejar una ideología que se llamara comunista, ¡no! había grupos minoritarios cercanos a esa ideología, pero ellos no permeaban la cátedra en el sentido de boicotearla o destruirla. Si planteaban su posición, lo hacían con mucha lucidez y se cuestionaba y se discutía sin caer en el grito escueto, en la ofensa, o en la revuelta, como en el sesenta en la Universidad Nacional. Nunca fuimos anárquicos. Sí nos ponían a leer El Capital de Marx y estudiábamos la teoría del valor, sin que por eso fuéramos objeto y sujeto de la demagogia verbal. Por eso un día en clase, con tanta habladera de los muchachos sobre el cambio de estructuras, al fin dije: ¡Paremos esta clase, que no tiene sentido! Vamos a escribir en el tablero: ¿qué es estructura? Nadie lo sabía. Al fin, ayudando, empujando y obligando, logré que en la clase siguiente cada uno me trajera una definición de estructura desde el punto de vista sociológico y antropológico. Luego definimos cambio. ¿Qué vamos a cambiar, "doctores"? ¡Todo! Bueno, empecemos por todo, pero como no se puede cambiar todo al tiempo. ¿Cuáles cambios primero? La tenencia de la tierra. ¿Cómo está caracterizada en nuestro país? Claro, nadie sabía. Posteriormente, estando en México, uno de los institutos de altos estudios de allí proyectó unos seminarios dos veces al año con un profesor alemán, especializado exclusivamente en Marx. Por relaciones de amigos, pude entrar en esos cursos. Nos enseñaba cogiendo cada punto de la teoría, cogiendo cada definición, especulando, proyectando y jugando con ella a la manera weberiana. Entonces me decía: este es el "tatequieto" que los muchachos de la Nacional necesitan. Esto lo hemos debido saber todos los profesores para poder catalizar y dirigir las inquietudes de nuestros muchachos. No es que ser de izquierda, maoísta, "mamerto" o lo que sea fuera pecado. Era un pecado que los profesores no supieran enseñar; los muchachos pidiendo cuerda, y los profesores como unas piedras que no alcanzaban a dar cuerda. Ese es el problema: no sabemos enseñar, ni tenemos qué enseñar. Estamos huecos, vacíos. 

¿Por qué cree que están tan "vacios " los profesores ahora? 
Porque no los formaron, y si quiere lo digo en primera persona del plural: porque no estudiamos, porque no nos actualizamos, porque no investigamos. Fíjate que cuando sabes una cosa y la trajinas y la "muerdes y la comentas, la lanzas y la recoges, ahí no eres vulnerable, o cada vez eres más modesto, porque al ahondar cada vez sabes menos queriendo saber más. Pero puedes dar algo cuando enseñas. Hay una mística que te empuja, un sentido de responsabilidad que tanto te martillaron Socarrás y Ester Aranda. Ellos nos inculcaron estos sentimientos y que la gratificación está en la entrega al discípulo y al país. 

Estamos de acuerdo con usted en ese sentido; hay en todos nosotros un conformismo impresionante. 
Tal vez en nosotros los profesores. No en los jóvenes que sí quieren saber. Lo lindo de esa generación nuestra, tan inquieta, era también su cuestionamiento. Lo malo fue que al momento social dado de la Universidad Nacional no podíamos responder a sus interrogantes. A nosotros sí nos respondieron, porque en la Escuela Normal Superior, cuando nosotros inquiríamos al profesor, él tenía atrás, en la maleta de su trasfondo mental, un bagaje cultural grandísimo y nos encendía el fuego de nuestra inquietud o nos lo apagaba con la respuesta precisa. Pero cuando al muchacho no hay quien le dé la respuesta sigue preguntando, o se pierde una inteligencia. Como cuando en el niño empieza el despertar del sexo y pregunta por qué crece una barriga. Entonces le dice la mamá que porque tiene lombrices, pues no puede o es incapaz de responderle con la verdad que inhibimos o ignoramos. Esa era más o menos la angustia de esos muchachos del 60 y 70 en la Universidad Nacional, una generación bellísima sin duda. Yo decía que allí llegó también la elite del talento nacional como llegó a la Normal Superior, pero que, a diferencia de ésta, faltaron mentes que la guiáramos a más fértiles destinos. Ellos los de la Nacional, no tuvieron un Socarrás y un equipo de profesores como el nuestro. 
La otra vez usted contó en la Universidad Pedagógica, en un panel, que la prensa, en la etapa del desmonte de la Escuela Normal Superior, empezó a hablar mal de las mujeres, a cuestionar la moralidad de quienes estudiaban con hombres. ¿Salía algo en la prensa? 

Yo no recuerdo si eran editoriales, pero en El Siglo se escribía que nosotras éramos promiscuas solo porque en la Escuela Normal Superior hombres y mujeres estudiaban juntos, y para afrenta sacaban iniciales de las estudiantes. Eran los editoriales más sucios que se puedan imaginar, la manera de extender la deshonra a la institución y acabarla. Eso debió de ocurrir en 1942 ó 1943. Pero nosotros no promiscuábamos; era, hagamos de cuenta, las monjitas adoratrices, en la pureza más completa. Viendo ahora lo que son las universidades y las relaciones hombre-mujer del momento, nosotras éramos las vírgenes del Sol, de acuerdo con las normas del momento. Nosotros queríamos era saber, estudiar, avanzar, y allí no se hacía ninguna rumba. Éramos ascéticos, con votos de pobreza, castidad y obediencia, como se nos inculcaba que debía ser el maestro. 

¿Hasta qué punto una de las razones del bloqueo a la Escuela Normal Superior tiene que ver con el acceso que allí se daba a las corrientes modernas del pensamiento, en contraste con una sociedad que no evolucionaba? 
Lo que estás señalando es evidente. Eso lo vivimos. Por ello muchos retomaron al pasado y se quedaron en sus puestos. Otros nos fuimos a las tinieblas exteriores. Eso mismo pasó en la generación mexicana de Tlatelolco: a unos se los tragó la droga, a otros los compró el gobierno y otros se perdieron y eran sólo unas elites de talento que cuestionaban un sistema. 

Una de las herramientas que ayudó a la formación de ustedes como elite intelectual fue las bibliotecas de la Escuela Normal Superior, que tenía 50.000 volúmenes en 1951, y parece que no existe el inventario y que parte de la colección se perdió. 

Cierto, parte de la colección debió de perderse, quién sabe a dónde fue a parar. 
Otro egresado que entrevistamos nos dijo que se hizo una purga de libros y que tal vez algunos fueron quemados. 

Pues seguramente. Yo, en ese campo, no podría asegurar nada, porque salimos de la Normal y no pudimos ver más, pero eso es muy posible. 

Muchos de los libros fueron llevados a Tunja. Unos los botaron, otros los regalaron. Hubo libros de antropología que hablaban de evolución, del origen del hombre, que nunca fueron desempacados de las cajas, que después se perdieron. Por ejemplo, hemos estado buscando una revista que aparece en la ficha catalográfica de la biblioteca y se ha buscado en las estanterías y no aparece. 

Se perdieron hasta las fichas de inscripción y todo el registro nuestro de calificaciones. 
¿Cómo hacían ustedes para pedir un certificado de notas? ¿Qué problemas tuvieron? 
Cuando nosotros nos fuimos a estudiar a los Estados Unidos, pedimos el certificado y no lo pudimos conseguir. Nos tocó llevar como constancia la libreta de calificaciones. Fue un hecho gravísimo. La respuesta era que esas notas no aparecían. Seguramente las quemaron, ¡qué demonios!, lo hicieron. 

¿Tenían que ir ustedes a Tunja a pedir sus certificados? 
¡Pues claro! Y en todo ese proceso, yo no sé qué hicieron todo. Eso es un suspenso ... Luego viene la etapa más aciaga, de la violencia, posteriormente el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla y perdimos de vista el alma máter, mejor dicho, creo que sentí que ya no era, como cuando se le muere la mamá a uno y le ponen una madrastra. 
Sí, esa es una de las cosas que más perplejidad nos ha causado: ver la destrucción de una institución tan valiosa. 
La pulverizó desde fuera la pugna politiquera, como casi ocurre con la Nacional desde dentro. Se vivían momentos de intenso fanatismo. Lo que ustedes oyeron a Socarrás en el panel de la Universidad Pedagógica fue cierto. Ustedes lo vieron conmocionarse cuando se mencionó el nombre de Laureano Gómez.

Desafortunadamente él destruyó la obra de Socarrás, su creación fértil para un país que la necesitaba como el que más. El cierre de la Normal Superior clausuró el mejor comienzo científico del país, experimento que no ha podido repetirse. Desmembraron el alma máter, y su tradición no perduró  en ningún segmento. Creo que fue resultado de uno de tantos momentos políticos del país en que la obnubilación partidista de sus líderes puede más que la razón. Era una época de despertar nacional, con una lucha entre fuerzas  seculares y vientos nuevos. Y el ayer tuvo más poder. Sobre nuestra generación de la Escuela Normal Superior había renovaciones académicas venidas de  Europa que nuestras estructuras políticas no pudieron asimilar. Había un equipo docente con grandes maestros dispuestos a enseñar. Y al comando la mística y la visión de Socarrás, con una juventud común de nuestra patria, que actuó como cera para dejarnos moldear y como esponjas para chupar conocimientos. Éramos lo joven frente a lo viejo y, repito, perdimos la pelea. ¡Qué maravilloso sería profundizar acerca de estos momentos políticos tan nuestros que se repiten cíclicamente! 

A excepción de los antropólogos, los otros egresados han hecho muy poca mención de la Escuela Normal Superior y otros no volvieron a decir que eran egresados de allá. ¿Qué opina de esto? 
Fue por el estigma y la persecución que nos siguieron. Solamente la racionalidad puede revaluar estas cosas. Quiero recalcar que la Escuela Normal Superior fue un experimento insólito para olvidarlo. En la Escuela Normal Superior no habían diferencias raciales, clasistas. Eramos normalistas. Era una institución donde había gente de todas las regiones del país, de todos los estratos sociales: negros, indios, pobres y desharrapados. Muchos de mis compañeros que luego desempeñaron un gran papel, duraron dos años con el mismo traje, y para cambiarse tenían que ponerse el vestido de dril con que llegaron de la tierra caliente. Pero Socarrás no dejaba presentar a un muchacho sin afeitarse; el maestro le decía: "tiene que hacer respetar su imagen; pobre, pero decoroso". Eso de la ruana y toda esa parafernalia que apareció luego y todo ese caché de los antropólogos jóvenes desgarbados y sucios, como vestidos por el enemigo. ¡No! Cuando fui profesora en la Universidad Nacional, cada vez que dictaba clase iba lo más elegante que podía; para mantener la imagen del maestro que nos inculcó Socarrás, porque el ejemplo educa más que el sermón. Los estudiantes me preguntaban el porqué y yo les contestaba: 

"Porque tengo mucho respeto por ustedes, y una de las maneras de mostrar a ustedes mi profundo respeto es presentándome no con lujo pero sí decorosamente. Yo no voy a venir como gitana que dejó la carreta, ni con ruana y con sandalias, sin medias, porque eso es de mal gusto”. Esas excentricidades son los bandazos de una generación sin dirección, cuasi adolescente, producto del ambiente social y urbano de unas ciudades crecidas demográficamente, donde se borraron los patrones de comportamiento, donde no aparecieron otras pautas definidas. Al contrario, en la época de la Normal, en Bogotá, una ciudad más pequeña y menos convulsionada, el maestro con menos alumnos era accesible, cariñoso y afectuoso, dentro de unos límites de respeto y distancia, y se proyectaba directa y personalmente sobre nosotros. O esta era su pedagogía. 

¿Con qué personas egresadas de la Escuela Normal Superior mantiene usted relaciones en la actualidad? ¿Se acuerda de sus compañeros de promoción? 
¡Oh, claro que sí! Nosotros formamos un clan, una tertulia que llamábamos "Seminario”, en la época de mayor violencia política. Ello significó nuestra tranquilidad racional. Para olvidar y estudiar lo que ocurría nosotros hacíamos una reunión cada semana. El grupo estaba constituido por Darío Mesa, Julio César Cubillos, Miguelito Fornaguera, Carlos Trujillo, Milcíades Chaves, Roberto Pineda y yo. Nos reuníamos solos, sin esposas ni compañeras, para discutir tradicionalmente hasta las dos de la mañana. Después tomábamos un chocolate con pan y queso y cada uno se despedía y se iba para su casa habiendo presentado un tema de profundización que había hecho y sometido a nuestro dictamen acerbo. 
 
¿Qué temas presentaban? 
Comenzamos con un estudio de Nariño, su economía, sus grupos indígenas y mestizos, sus carencias; luego sucesivamente otras temáticas. En el momento más pugnaz de la lucha política, eso nos reconfortaba ante la violencia y la falta de libertad. Éramos verdaderos hermanos, eran los lazos de amistad más hondos que tuvimos siempre y éramos los mejores censores el uno del otro. Presentábamos el trabajo que se iba a publicar y todos le caíamos como gallinazos a cuestionarlo y tenían que presentar documentos que confirmaran los asertos. Antes de lanzar una publicación la presentábamos ante el grupo intelectual y nos sometíamos a su acerbía. 
 
¿Constituyeron ustedes un equipo interdisciplinario? 
Interdisciplinario no, sí una familia disciplinaria, para reflexionar sobre problemas concretos que cada uno estudiaba, o tenía en su mira. Era una especie le grupo  literario pero dentro sólo de las ciencias sociales. Repito, eso nos confortó mucho, nos mantuvo vivos. Eran mis hermanos intelectuales y los sigo  adorando y respetando a todos ellos. 
 
Hablando de ese tema, alguien nos comentaba que ustedes también hacian unas reuniones, unas tertulias con algunos profesores. 

Sí. Por ejemplo, Paul Rivet, Hommes, Cirre, Vila, Martínez, etc., iban a nuestras pensiones de estudiantes pobres. Pero sin embargo, compartían nuestra hospitalidad muy modesta, sin tragos y sin nada; se discutían los temas, se hablaba con cierto nivel intelectual. Esta comensalidad no fue cuando primíparos. Ocurrió cuando éramos un poquito más cuajaditos y nos llevaron sus casas también. De hombre a hombre en el mundo intelectual nos comunicábamos como pares pero con respeto. Nuestros profesores fueron nuestros amigos, nuestros reales amigos. 

¿Qué opina usted del profesor Daría Mesa? 
Es un hombre maravilloso, es una gran personalidad. El no ha querido publicar siquiera algo de lo que sabe, porque se lo tragó la docencia en la Universidad Nacional, pero la ha hecho con alma, vida y sombrero. Tiene verdaderos discípulos. Mi hijo es creación suya y dice que en Berkeley para su master y su doctorado lo que le sirvió fundamentalmente fue la enseñanza de Darío Mesa. Mi esposo y yo seguimos comentando y discutiendo nuestros trabajos con él y su esposa. El está muy actualizado siempre y sus criterios tienen la validez de lo racional, lástima que se retrae tanto. 
 
Orlando Fals Borda llamaba a muchos de los egresados de la Escuela. Normal Superior a trabajar en la recién creada facultad de sociología de la  Universidad Nacional. 

El, un místico de la sociología, tenía mucha claridad en lo que le podíamos aportar. iLógico! yo fui la primera. Trabajaba en el Instituto Colombiano de Antropología de planta y dictando una cátedra de antropología en la Universidad Nacional, y entonces me dijo: "¿Quiere venirse para acá?" y conociéndolo me trasladé. La Universidad Nacional sustituyó mi alma máter, la Escuela Normal Superior, y entonces yo me hice entraña de la Nacional. Yo reconozco la maravillosa tarea de Orlando Fals Borda y le doy mi gratitud a su apoyo. El no censuraba ideas, daba oportunidades dentro de una gran liberalidad de pensamiento. El me ayudó mucho en mis dos primeros libros de familia, que los hice mientras enseñaba, gracias a sus estímulos. 

¿Entonces la Universidad Nacional hereda un poco el espíritu de la Escuela Normal Superior? 
Yo sí creo. Porque allá vamos a trabajar Roberto Pineda, Darío Mesa, Milcíades Chaves, Jaime Jaramillo Uribe, Blanca Ochoa de Molina, Ernesto Guhl y yo. 
 
Virginia, para finalizar, ¿por qué no nos cuenta alguna anécdota que le haya ocurrido en su extensa vida de antropóloga? 
Empezando mi primera investigación, sobre "Organización social en la Guajira,” me encontraba una tarde en la casa de una de las mujeres más importantes de la zona de Maicao, Cristina, recién casada, me contaba con orgullo que su esposo había pagado por ella una dote de cientos de vacunos, mulares, caprinos, más collares, piedras de turne, bolívares, etc.; y mientras hacía alarde de ello, yo como mujer de otra cultura me sentía triste y adolorida de que: todavía en el país existiera la compra de mujeres. Cuando ella terminó se  quedó esperando mis elogios, pero yo, que no conocía todavía esa cultura a fondo, ni el significado profundo de lo que oía, guardé profundo silencio. Entonces me preguntó: Virginia, ¿y tú cuánto costaste? ¡Nada! le respondí orgullosa e indignada, y ella sintió una gran lástima por mí: "Pobrecita, no le costaste ni siquiera unas chivas a Roberto". Después de este suceso se distanció la comunicación entre nosotras. Más tarde, sabiendo más, comprendí que cada una de nosotras veía las cosas desde su cultura y que en este sentido tenía mucho que aprender. 
 
PRODUCCION INTELECTUAL 

Notas de campo sobre los indios motilones, Bogotá, 1945, manuscrito. 
"Organización social en la Guajira", Revista del Instituto Etnológico Nacional (Bogotá), 3, 1948. 
"Causas culturales de la mortalidad infantil". Revista Colombiana de Antropología (Bogotá), 7: 1-125, 1955. 
Alcohol y cultura en una clase obrera; Bogotá, en Academia Colombiana de Historia, Homenaje al profesor Paul Rivet, Bogotá, ABC, 1958, págs., 117-168 (Biblioteca de Antropología). 
En colaboración con Roberto Pineda Giraldo, En el mundo espiritual del indio Chocó. Miscelánea Paul Rivet, Octogenario Dicadata (México), 2: 435-462, 1958. 
El país rural colombiano; ensayo de interpretación. Revista Colombiana de Antropología (Bogotá), 7- 1-125, 1959. 
Tensiones de odio en la pequeña comunidad; antagonismos en los estratos sociales. Revista Colombiana de Antropología (Bogotá). 9: 277-299,1960. 
La medicina popular en Colombia; razones de su arraigo, Bogotá, Universidad Nacional, 1996, 117 págs. (Monografías Sociológicas, núm. 8). 
La familia en Colombia; estudio antropológico. Bogotá, Centro de Investigaciones Sociales, 1962,86 págs. (Serie Socioeconómica, núm. 7). 
La familia en Colombia; trasfondo histórico. Bogotá, Universidad Nacional, 1963,444 págs. 
En colaboración con FALS BORDA, Orlando y ZAMORA, J., Las ciencias sociales en la enseñanza y en la investigación médica, en Medicina y desarrollo social, Bogotá, Ascofame. Tercer Mundo, 1964. 
Familia y cultura en Colombia. Bogotá, Tercer Mundo-Facultad de Sociología, Universidad Nacional, 1968,415 págs. 
Tradicionalismo y familia y trasfondo familiar del menor, Bogotá, Ascofame, 1973. 
La condición jurídica y social de la mujer como factor que influye en la fecundidad, Ponencia, Reunión de Países del Hemisferio Occidental sobre Condición de la Mujer, Santo Domingo, 1973. 
"Imágenes y papel de hombres y mujeres en Colombia", en La mujer en América Latina, México, Septentas. 1975. 
Estructura, función y cambio de la familia en Colombia, Bogotá. Ascofame, 1975-1976,2 vols. 
"Status de la mujer en La familia, en León de Leal", Magdalena (directora), La mujer y el desarrollo en Colombia. Bogotá, Asociación Colombiana para el Estudio de la Población (Acep), 1977, págs. 317·394 
El gamín, su albergue social y su familia. Bogotá, Unicef, 1978,3 vols. 
Medicina tradicional de Colombia; el triple legado, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 198: 2 vols. 
Antropología médica, Bogotá, 1985. 
Medicina tradicional y salud pública. Bogotá, Universidad Nacional, 1986 (Cuadernos de Antropología) 
El patríarcalismo, dinámica y conflictos, en preparación. 
Martes, 21 Junio 2011 18:42

Editorial

Aparece, sin un signo astral que lo anuncie, el segundo “Cuerpo de Letras”. Viene con el Número Uno en la frente. Deja atrás las vicisitudes que rodearon su bautizo de fuego. Deja atrás la sobreexcitación del parto prematuro o, acaso, de la gestación demasiado prolongada. El ciclo de su primera aparición y los efectos en los colaboradores son el pasado; los lectores que se asomaron a sus páginas, sobreviven en los recuerdos de la redacción como ansia y expectativa. Solo la leyenda oral retrospectiva puede tejer domésticamente los hilos perdidos de sus diversos sentidos y sentimientos. Nadie nos escribió a la redacción. No es queja; simple corroboración de un estado de ánimo de un público que se desacostumbró, simplemente, a revirar en forma abierta. El guardar silencio es también una forma de responder; tiene la ventaja de estimular la imaginación conjetural sobre la aceptación, la indiferencia o el rechazo. Solo la vanidad nos sugiere que hubo más sorpresa y disfrute instructivo por parte de los diseminados lectores que agresión disimulada. Si algo caracterizó, eso sí la reacción de los lectores con que nos tropezamos, en la calle, universidad, café, fue el sentimiento casi unánime que no nos habíamos equivocado rotundamente. “Parezco trasportada al siglo XIX”, dijo una profesora de literatura. “De eso se trata, de acertar a base de anacronismos vigilantes”.

Fueron, sea dicho de paso, muchas personas las que se acercaron a los redactores en forma personal y a los colaboradores, para poner de manifiesto la buena ocurrencia de revivir una tradición cultural que se ha perdido desde la muerte del Magazín de “El Espectador”. “Todos los magazines dominicales de Colombia se parecen a Carrusel”, nos aseguró una connotada artista, al hacerle entrega de nuestro “Cuerpo” en su fase germinal. Esperamos no haber defraudado sus expectativas como exigente lectora. “He salido de mi sonambulismo habitual de lector”, nos dijo un desconocido, con gesto de aprobación. No menos franca satisfacción nos causó la acogida entusiasta del artículo de Selnich Vivas. Su discusión polémica sobre la Ley de protección de las lenguas indígenas nos hizo descubrir vetas insospechadas para nuestro “Cuerpo” inicial.

Confiamos en que esta segunda entrega continúe por el camino trazado; insinúe que las tareas son los propósitos y que ellos son las realizaciones, que toman cuerpo en cada artículo, en cada línea de cada artículo y en cada página de cada ejemplar, en la letra menuda y en la letra gruesa; que ellas trazan su destino implícito, que es espíritu profano y acción prevenida, que la palabra crece en forma de espiral, oruguita caprichosa, mimada y cruel. O languidece sin chance de reencarnación o metamorfosis alguna.

Las tareas siguen abiertas; los colaboradores están por multiplicarse, las secciones dependen de nuestros colaboradores y lectores. “Cuerpo de letras” no tuvo quien le escribiera. Bien seguimos: atentos, diligentes, empecinados… con la adusta paciencia del coronel retirado.
Leo Löwenthal nace en Fráncfort (1900-1993) en el seno de una familia judía, cuyo padre era médico liberal, ilustrado y hasta irreligioso. Su padre lo introduce tempranamente en lectura de Schopenhauer, Darwin y la ópera. En su adolescencia, se vincula al sionismo, no tanto por su contenido religioso, sino por ser un movimiento de “oposición”. Rompe rápidamente con él, por considerar que la política de asentamiento de la Organización Central era muy injusta respecto a la población campesina árabe en Palestina. Estudia en el Goethe-Gymnasium de su ciudad, con excelentes profesores de literatura, filosofía e historia. Es acuartelado para la guerra como soldado raso. Hacia 1920 hace parte activa de las organizaciones socialistas del ASTA (Unión general de estudiantes) de la Universidad Heidelberg contra grupos reaccionarios. Se desilusiona de la revolución rusa, por no colaborar en la alemana, y luego por los procesos de Moscú (contra los trotskistas particularmente) y el pacto Hitler-Stalin. Se aficiona a las matemáticas, a la filosofía, a la historia, psicología, en fin, pasa por todas las facultades menos por la de medicina. En Heidelberg entra en contacto con Karl Mannheim (autor de Ideología y utopía), Ernst Bloch (de Principio esperanza), Friedrich Gundolf, del círculo del poeta Stephan George. Se consagró intensamente a estudiar el ala izquierda de la Ilustración: Holbach, Helvetius, Lametrie y Diderot.

En 1930 se integra al Instituto de Investigaciones Sociales (Institut für Sozialforchung) de la Universidad de Fráncfort que llegó a ser conocido como Escuela de Fráncfort o, coloquialmente en esos años, como “Café Marx”, que empezaba a dirigir Max Horkheimer. Allí emprende sus investigaciones sobre sociología de la literatura. Entra en íntima conexión con Erich Fromm y el psicoanálisis. Por la creciente amenaza nazi, que se cernía en toda Europa, se traslada en 1934 con los miembros del Institut a Estados Unidos, donde la Columbia University de Nueva York. Gracias a este apoyo incondicional, se instala con Horkheimer, Herbert Marcuse, Fromm y Pollock. Llegó a ser el Jefe de redacción de la revista, la hoy legendaria Zeitschrift für Sozialforschung. “Los primeros años del Instituto, por otra parte”, recuerda Löwenthal a finales de los años setenta, “fueron una especie de utopía anticipada: nosotros éramos diferentes y conocíamos mejor el mundo. Trabajábamos a partir de un estilo de pensamiento y de vida que operaba un corte transversal sobre el conjunto de la sociedad… Precisamente lo negativo era lo positivo, aquella conciencia de colaboración, de la negatividad; el análisis implacable de lo existente, hasta donde éramos competentes para llevarlo a cabo, tal es el sentido propio de la teoría crítica”.

Löwenthal desarrolló una serie de trabajos sobre la sociología de la literatura como sus Estudios sobre la literatura europea del Renacimiento a la Modernidad, que comprenden tanto a los escritores españoles del Siglo de Oro, como a Shakespeare, Goethe, Ibsen, Stringberg y Hamsun; sus Estudios sobre la novela alemana del siglo XIX, que comprenden los Románticos, la Joven Alemania, Mörike, Freytag, Spilhagen, Meyer y Keller; y muy particularmente sus ensayos sobre Literatura y cultura de masas, del que se traduce aquí uno de ellos, a saber, “Tareas de la sociología de la literatura” (1948). Estos últimos ensayos o estudios revolucionarios en su materia están motivados por un doble condicionamiento: primero, comprender las relaciones de la literatura y la sociedad de masas que él experimentó al llegar a los Estados Unidos y que solo más tarde encontró una extraordinaria interpretación sociológica en La multitud solitaria (1950) de David Riesman; segundo, servir de soporte a la labor docente de la universidad norteamericana. La claridad expositiva como la documentación crítica empírica se convirtió a la postre, en una forma ensayística sobria en sus recursos expresivos y eficaz como método sociológico.

Los efectos múltiples del consumo, –de la cultura democrática que muy tempranamente llegó a intuir poderosa y genialmente Tocqueville en el siglo XIX–, sirven de escenario o marco para comprender e iluminar las relaciones complejas, cambiantes y equívocas entre la literatura, –entendida como obra de arte y mercancía–, y la sociedad de prosperidad y derroche. La literatura es un fenómenos social, crecientemente modelado por las mediaciones institucionales de un mercado o casas comerciales que estimulan el tiempo vacío –ocio– de un cliente lector cada vez más indiferente a los procesos propios del acto creativo y del conflicto. Desde el “Prólogo en el Teatro” del Fausto de Goethe, recuerda Löwenthal, se da esta tensión –entre el artista y el empresario del arte–, con la salvedad de que tal vez acaso el fenómeno haya terminado por anular, definitivamente, las exigencias subjetivas del poeta a favor de una industria apoteósicamente exitosa y el público –el tercero en discordia– consagrando este aparato comercial atento solo al best seller.

Entre nosotros, tan fervorosamente aficionados a las nebulosas metafísicas y a la oscuridad consagrada como profundidad, la obra de Löwenthal no ha contado con lectores atentos ni acuciosos (hasta que venga una poderosa editorial española y les diga que vale comprarlo). Esta obra ensayística conserva –no obstante el llegar a un compromiso decoroso con el “delirio de la normalidad” universitaria–, un trasfondo intacto de los propósitos seminales del grupo de Fráncfort. Si los ensayos de Adorno y Benjamin seducen por su fuerza y su carácter de especial sugerencia y profundidad “iluminante”, los de Löwenthal no debe frustrarnos por su claridad sugerente y su comprensibilidad inmediata.
La interpretación sociológica de la literatura –y ciertamente tanto de la culta como también la  determinada para las masas– es un campo al que las ciencias sociales no han consagrado hasta ahora una especial atención.

Desde que el estudio de la literatura se emancipó de las estrechas prescripciones metodológicas Y de la forzosa normatividad histórica de la filología, se siente autorizado, todo el que es suficientemente instruido y culto, a ejercer una crítica desde el punto de vista histórico, estético o sociológico o sacar las consecuencias generales de ello. Las disciplinas académicas, cuyas tareas tradicionales descansaban en la exposición de la historia de la literatura y en el análisis de las obras literarias, fueron completamente sorprendidas por la avalancha de la literatura de masas, de los bestsellers, de las revistas populares, de los comics, etc. Hasta ahora también ellas han tomado una posición de arrogante indiferencia frente a todas las obras de tercera y cuarta categoría. Por tanto un campo de conocimiento importante está aún inexplorado, una demanda aún incumplida, y ya es tiempo que los sociólogos se ocupen de estos problemas no solucionados. (2).

Las siguientes consideraciones no pretenden ser sistemáticas o completas. Ellas significan un ensayo destinado a ofrecer un panorama de los trabajos hasta ahora más significativos y de trazar nuevas, tareas futuras.

l. Literatura y sistema social

La cuestión de la relación entre literatura y sistema social nos conduce a un doble planteamiento. La primera tarea consiste en clasificar la literatura en el sistema de ordenamiento funcional dentro de una sociedad y de aquí de nuevo dentro de las diversas capas de esa sociedad. En muchas sociedades primitivas, pero también en algunas sociedades culturales altamente desarrolladas está integrada la literatura a otras formas de expresión social. Ella no posee allí una existencia autónoma frente al ceremonial ritual y religioso. Es ella más bien una emanación de las instituciones del culto y de la religión, como se muestran por ejemplo en los coros (canciones o estrofas que se repiten) de la temprana tragedia griega o en los misterios medioevales. Completamente diferente a esto, la literatura en el mundo burgués está separada de otras actividades culturales y puede ella misma cumplir tareas muy diferentes. Puede ella servir como en el Romanticismo de huída al escapismo de los grupos políticamente desilusionados, o puede convertirse en huída de las masas socialmente frustradas como se muestra en el fenómeno de la literatura de entretenimiento de la actualidad. Pues de nuevo puede convertirse la literatura en un instrumento de una ideología en el sentido preciso del término, en el que ella glorifica un sistema de poder determinado o contribuye a la consecución de sus objetivos educativos, como fue el caso de los dramaturgos españoles y franceses en la época del Absolutismo. Otra tarea consiste en la investigación de las formas literarias. Si el material de investigación de este trabajo es todavía menos rico, éste conduce, sin embargo, a un examen tan significativo en las relaciones sociales como las investigaciones arriba mencionadas. La poesía tanto épica como lírica, el drama como la novela están en una relación muy específica respecto al destino social particular del hombre. La soledad del individuo o el sentimiento de la seguridad colectiva, el optimismo o la incertidumbre social, el interés en la autoreflexión psicológica o la perseveración en una escala de valores objetivos son todos estas expresiones del hombre que deben ser consideradas como punto de partida para nuestras reflexiones, si investigamos renovadoramente las formas literarias del pasado a la luz de las situaciones sociales correspondientes. (3) El capítulo IV es un ejemplo de investigación de este estilo.

II. La posición del escritor en la sociedad

El escritor creador es el intelectual en sí. El material objetivo de fuentes no es para él otra cosa que un cofre enorme de estímulos que él, en caso de que (lo haga), usa caprichosamente conforme a sus propios objetivos estéticos. El encarna, pues, el prototipo del proceder intelectual, y la viva discusión entre los sociólogos sobre el papel de los intelectuales podría tal vez ser elevada a un nivel mucho más alto de hechos comprensibles, si se considera con mayor intensidad una de los oficios más viejos del espíritu.

Para ello se debería realizar ante todo un análisis documentado históricamente tanto de las funciones específicas como de las autocomprensión del escritor -en la medida en que fue relevante socialmente.

Basta enumerar aquí algunos pocos puntos de partida. Al lado de la autocomprensión subjetiva encontramos el fenómeno del escritor profético, el misionero, el que entretiene, el estrictamente artístico, el político y el que busca sólo beneficios. En el ámbito objetivo tenemos que investigar las fuentes de prestigio e ingresos, además la presión de los órganos institucionales de control social, no importa si actúan pública o anónimamente, y finalmente las influencias que son ejercidas por la técnica y el marketing. En estas se hace válida nuestra observación del estímulo y difusión de las obras literarias, como de la situación social, económica y cultural en las que el escritor se encuentra en las diferentes épocas históricas. Como ejemplo de temas importantes que requieren de una investigación sistemática, indicamos aquí sólo la relación de las cortes principescas, de las academias y salones, de los clubes de libros y la industria del cine con los escritores (4). Al lado de ello hay también problemas en los que se entrecruzan los aspectos subjetivos y objetivos, en qué medida, por ejemplo, bajo las condiciones de la producción moderna de libros y periódicos, es el escritor aún un individuo independiente de una profesión libre o más bien un dependiente de su editorial.

III. Sociedad y problemas sociales como materia literaria.

Con este tema entramos al campo tradicional de la sociología de la literatura. Hay un número incontable de libros y contribuciones sobre cómo escritores de cualquier país o lengua han tratado el Estado, la sociedad, la economía o este o aquel fenómeno social. No obstante que estas relaciones más o menos seguras de hechos proceden en gran parte de los escritores y que están más o menos arbitrariamente en todas las formulaciones de la teoría de las sociedades, sin embargo, no se puede sin más dejarlas a un lado. Ellas usan la literatura como fuente secundaria, y su valor es tanto más alto cuanto más escasas sean las fuentes originales de la época. Además contribuyen a nuestro conocimiento de la idea que tiene un determinado grupo social - en este caso el escritor- de determinado fenómeno social, y pertenecen por ello a los estudios propedeúticos de una historia y sociología de la conciencia social.

Pese a ello el sociólogo, que tiene intereses literarios y experiencia analítica en el campo de las bellas letras, no puede satisfacerse con interpretar el material literario, que es per definitionem sociológico. Su tarea también es la de investigar las implicaciones sociales de esos temas y motivos literarios que están muy apartados de los fenómenos estatales y sociales. El tratamiento específico que un escritor aplica a la naturaleza o el amor, a determinados gestos o sentimientos, a la sociabilidad o soledad humana, además del peso que en su obra ocupan las reflexiones, descripciones o diálogos- todo estos fenómenos pueden parecer a primera vista poco provechosos sociológicamente. Ellos son en realidad fuentes puras y originales, si queremos investigar en qué medida los ámbitos privado e íntimo de la vida individual están penetrados del clima social, en el que esa vida en últimas se realiza plenamente. Para las épocas pasadas es la literatura frecuentemente la única fuente disponible de la cual podemos obtener conocimientos de las costumbres y usos privados.

La miseria de las biografías populares contemporáneas consiste en parte en el intento de aclarar el personaje literario (y en gran medida también toda la situación social en la que él fue creado) a través de la psicología del hombre de nuestro tiempo. Pero mujeres como Madame Bovary, Anna Karerina o la Grechen del Fausto no se pueden explicar por simple analogía: sus problemas no pueden ser hoy fácilmente revivibles, porque la atmósfera en la que surge el conflicto, pertenece al pasado. Los fenómenos sociales de la época, en la que ellas se crearon, y el análisis social de los caracteres mismos nos proporcionan el material con cuya ayuda puede ser entendidos el sentido y la función de la obra de arte. Si los presuntos psicólogos de la literatura fueran honestos, deberían ellos reconocer que cada una de esas mujeres si viviera hoy, sería  vista como una estúpida, frustrada, neurótica que debería buscarse un trabajo agradabilísimo o someterse a un tratamiento psiquiátrico, para liberarse de sus de sus sugestiones e inhibiciones.

La tarea de la sociología de la literatura consiste en poner en relación los personajes imaginarios de la literatura con las situaciones históricas específicas de las que ellos surgen, y hacer de la hermenéutica literaria una parte de la ciencias sociales. En cierta medida, debe transferir los componentes privados de los temas y medios estilísticos a los componentes sociales (5). ( ... )(6)

Como ejemplo de un análisis pormenorizado de un escritor moderno, hago mención de un estudio que yo emprendí hace casi 30 años sobre Knut Hamsun y más tarde se manifestó como un exitoso pronóstico sociológico en el campo de la literatura (7). La tarea principal descansó en el análisis de los temas y motivos que no tenían una relación inmediata con los problemas sociales, pues ellos eran propios de la esfera privada. La investigación mostró que Hamsun era un fascista por disposición natural. Los resultados demostraron esta vez que al menos para un sociólogo de la literatura son posibles los pronósticos. Para sorpresa de la mayoría de los contémporáneos se reveló Hamsun como un colaborador voluntario del Nacionalsocialismo.

Aquí sólo puedo dar un par de ejemplos de esta forma de análisis. Especialmente instructivo es el tratamiento de Hamsun de la naturaleza. En el Estado autoritario al individuo se le obliga a la fuerza a ver el sentido de su vida en los factores naturales como la raza y la tierra. Siempre se le repite que él no es nada más que naturaleza, raza y la comunidad de vida "natural" a la que él pertenece. El lirismo panteísta de la naturaleza tal como es descrito y aceptado por Hamsun, conduce directamente a esta identidad predeterminada de individuo y fuerza  natural. El camino de uno al otro es sólo en apariencia algo más largo.

El tránsito del mundo de ensoñaciones del lirismo de la naturaleza a la realidad social de fascismo está fundada ya en el giro con el que el llamamiento de los elementos, la brutal violencia de la naturaleza, es descrito. Hamsun escribe (y lo siguiente es sólo una muestra que se repite en infinitas variaciones):

"Un viento se eleva, y de pronto retumba a lo lejos ...
Entonces centellea, y... el rayo retumba como una enorme avalancha allá entre las montañas ... Nuevamente relampaguea, y el trueno se acerca, empieza a llover; un chubasco, el eco es muy fuerte, toda la naturaleza es convocada... Más rayos y truenos, más aguaceros ... " (8).

Kant había demostrado en la experiencia de la tormenta el concepto de la majestad en la naturaleza, y por cierto examinó detenidamente que el hombre, en la experiencia de su impotencia como simple ser natural frente al poder de los hechos naturales, tiene precisamente la experiencia de la futilidad de lo que en el hombre no es más que naturaleza. Cierto que el hombre puede sucumbir a las fuerzas naturales, pero ello constituye una contingencia y una exterioridad frente a sus fuerzas espirituales y a su riqueza intelectual (9).


La conciencia social de Kant hace silenciar, por así decirlo, la naturaleza sobre lo que recibe del hombre y lo que ella puede hacer al hombre. En Hamsun, por el contrario, la tormenta no puede bramar lo suficiente como para hacer olvidar la incapacidad individual y social. La tormenta ofrece la ocasión de experimentar y formular la insignificancia del individuo. La concepción de Hamsun es, pues, justamente, la contraria de la de Kant. "Cuando me invade un instante de tristeza y la conciencia de mi propia futilidad frente a todas las fuerzas de mi alrededor, protesto y pienso: ¿qué clase de persona soy yo, o me he extraviado o acaso no soy más que esto? Y hablo fuerte y pronuncio mi nombre, para oir si él todavía está ahí" (10). Como afecto oculto, el miedo parece ser inseparable de este panteísmo tardío. El orgullo burgués de la autonomía del hombre de Kant no cede ningún espacio al miedo sentimental que se oculta pavorosamente ante la tormenta y que en Hamsun aparece como una mezcla indiferenciada de compasión sentimental y penuria moral. Los estrépitos de los truenos de Hamsun permiten vislumbrar la estrecha afinidad entre sentimentalismo y brutalidad que son inseparables en el fascismo.

De especial significación para la concepción de la naturaleza en Hamsun frecuencia, como si se tratara de una imitación del fenómeno mismo, "y así llegó el otoño, y así el invierno" (12). " ... pero la vida sigue, era primavera y verano en el mundo ... " (13).Finalmente el principio rítmico adopta un carácter normativo. El error de muchos hombres es "que ellos no desean ir al compás con la vida... pero nadie debe ir en contra de la vida". También las relaciones eróticas se orientan por el ciclo de la naturaleza. En otoño pasa de largo la pastorci11a con toda seguridad por la cabaña del cazador, como ella en primavera va hacia él. "El otoño, el invierno la había dominado, ya sus sentidos dormitaban" (15).

Si el ciclo natural no puede ni debe ser quebrantado en ninguna de sus momentos, la autoconciencia del hombre frente a la naturaleza queda completamente subrogada. En esta nueva ideología, en la que impotencia y subordinación buscan glorificarse, el individuo rinde las armas en una forma aparentemente voluntaria ante un poder más elevado. Al hombre le espera el horror dentro de una vida sin sentido, si él no acepta sumisamente primero la ley de la naturaleza antes que la suya propia. La solución social del acertijo por el ritmo natural es la disciplina ciega, los ritmos y los compases de las marchas y desfiles.

La concepción de Hamsun del amor y el puesto de la mujer se puede formular así: la mujer logra su propia determinación y su propia felicidad sólo si ella, en su función de ama de casa y madre aúna a la intimidad del hogar, la adherencia de la naturaleza de la vida natural. Inconfundiblemente se encuentran en Hamsun tendencias que reducen el papel de la mujer a sus puras funciones biológicas, a la obligación a dar una numerosa prole. Esas (tendencias) completan otro rasgo de Hamsun como contraimagen de la sociedad liberal que llegó a ser una realidad en el fascismo: "Una verdadera muchacha debe casarse, debe llegar a ser mujer de su marido, debe ser madre, debe tener mucha prole" (16). De esta fetichización de las funciones naturales hay incluso maliciosas observaciones sobre la reforma, emancipación y capacidad intelectual a que aspiran las mujeres, y aun burlas sobre la "mujer moderna" (17). Pura satisfacción individual parece darse sólo en la esfera de la sexualidad. Pero no es que esta felicidad sensual signifique que ella está en una determinada relación con el desarrollo de la individualidad; por el contrario, domina aquí una repugnancia y una malicia, frecuentemente vinculadas con un especial desprecio a la mujer: "Ven y muéstrame donde crecen las moras, dijo Gustaf. ¡Quién hubiera podido resisitir a ello!...¡Quién no lo hubiera hecho! Las mujeres no pueden diferenciar un hombre de otro, no siempre, no frecuentemente" (18).

Hamsun arropa esta sexualidad gozada indiferenciadamente dentro del ritmo natural. Pero también en esta concesión no hay interés en el compañero de felicidad y satisfacción; domina una completa pasividad, por así decirlo, una ley del servicio que ejecuta el hombre:"…deja al lado todos los escrúpulos y se vuelve cariñoso, Heuhalme lee sobre su pecho, Heuhalme le pasa las manos por su rodillas, acaricia, acaricia, la abraza. Algunos llaman esto la libre volunt.ad " (19). Donde los hombres están determinados por el amor, son ellos considerados por Hamsun, alumno aplicado del Relativismo moral del Fascismo, solapadamente como condenados a la pura naturaleza.

Aparece en Hamsun un tipo (personaje), que, al lado del campesino, despierta evidentemente su especial simpatía: el vagabundo. Como en los comienzos del Nacionalsocialismo alemán juega un papel una capa altiva individualista de literatos -que se las daban de héroes- de ningún modo autóctonos, así también en la antesala de la realidad nacionalsocialista es en la obra de Hamsun el vagabundo, un precursor del tipo del hombre brutal que llora en el bosque sobre los leños secos y muestra a su mujer los puños. En el coqueteo con el carácter anarquista del vagabundo se esconde una expresión social frívola y espiritualizada de la veneración de la fuerza heroica. Se encuentra en todos los periodos de Hamsun muchos documentos de ello. Por ejemplo, en una de las últimas novelas, donde August, el vagabundo, aspira a dispararle a "un hombre que deseaba robar billeteras, le quita el cuchillo de las manos", lo que sin duda hubiera significado un "milagro para los hombres de esta época" (20); o más aún, en sus escritos de poco antes de la Primera Guerra Mundial, donde él maneja un similar jugueteo con la carencia de los criminales demoníacos (21) o donde el concepto de la astucia burguesa es escarnecido por verdaderamente miserable –"nunca cae el rayo" (22)–, pero ya en los comienzos donde él vocifera igual que "semidioses gigantes" y divulga inconcientemente una praxis política, en la que toda esta ideología heroica es el paso previo y preparación: "El gran terrorista es lo más grande, su dimensión es una palanca fabulosa que puede levantar el mundo" (23). A la glorificación del Führer hay sólo un paso.

Para terminar basta un palabra sobre la relación de Hamsun con la humanidad como un todo. Es un ironía increíble que una comparación biológica que había sido elegida con complacencia en la literatura liberal cándidamente reformista como el signo de una de las más altas y útiles organizaciones sociales, contribuya a representar en Hamsun precisamente lo contrario: la falta de plan de la totalidad del género humano: "¡Oh, el pequeño cúmulo de hormigas! Todos los hombres son soportados por sí mismo, se encuentran en el camino, uno empuja al otro hacia un lado, a veces pasan por encima del otro. No pasa nada distinto, a veces pasan por encima del otro." (24)

Esta imagen de la vida y del hormiguear sin sentido del hombre cierra el círculo de la ideología antiliberal. El punto de partida, el mito de la naturaleza, ha quedado atrás.

IV. Determinaciones sociales del éxito

La verdadera contribución de la sociología de la literatura a la investigación de los medios de comunicación de masas está preferentemente en el desarrollo de las hipótesis para la indagación empírica de la significación de la lectura para el hombre. Pero él no puede satisfacerse tan sólo con el trabajo histórico, biográfico y analítico y dejar a cargo de sus colegas todo el resto de la investigación empírica. Pues hay determinados factores de una gran significación social que son de decisiva influencia en los efectos de gran escala, que requieren, empero, para su investigación sociológica de una indagación teorética y documentada.

Esto es válido, en primer lugar, para poner de relieve lo que nosotros sabemos sobre la influencia de toda la complejidad social sobre el escritor y el lector. ¿Son la guerra o la paz, las coyunturas económicas o las depresiones más favorables para la producción literaria? ¿Predominan obras literarias más o menos de determinado nivel, de determinada forma o determinado contenido? ¿Cómo aparece en torno al mercado de consumo, las editoriales, las tiradas y la competencia entre el libro y las revistas en las diferentes épocas? ¿Qué sabemos nosotros sobre el número de lectores de las bibliotecas populares y universitarias, en el ejército y en los hospitales -y por otra parte, sobre su distribución según las cambiantes relaciones sociales? ¿Qué sabemos cuantitativa y cualitativamente sobre las relaciones entre el consumo de la literatura y otros medios masivos dentro de las formas no habladas de la estructura organizada del tiempo libre? (26).

Una segunda tarea complementaria hace referencia al campo de los controles sociales. ¿Qué sabemos nosotros de la influencia de los productores y distribuidores de la literatura? Tenemos que ocuparnos, sólo para mencionar un par de ejemplos, con el fenómeno extendido en todo el mundo, a saber, los impuestos gastados para las bibliotecas públicas, además con la praxis (europea) de la subvención de teatros estatales y con la experiencia (norteamericana) en el apoyo de escritores con recursos oficiales (durante el New Deal). Debemos investigar la influencia que ejercen los premios públicos exclusivos y codiciados, desde los premios Nobel hasta concursos que dan las editoriales, desde los premios Pulitzer hasta los premios que otorgan las ciudades y Estados a autores exitosos que tienen la suerte de haber nacido en esa región. Naturalmente se debe también investigar los "controles manipuladores": la publicidad de las editoriales, las perspectivas de ganancias que son dadas por los clubes de lectores o la filmación, el enorme mercado de las novelas seriadas en las revistas, las editoriales que edita libros de bolsillo, etc. También el complejo problema de la censura no podría ser descuidado. El comprende las barreras institucionales, desde los comienzos del Index de la iglesia católica hasta los ordenamientos locales que prohiben la venta de determinados libros y revistas. Finalmente, debemos analizar y sistematizar lo que nos es conocido sobre los controles informales, la influencia de las reseñas y emisiones radiales, de los artículos de divulgación de los escritores, de los agitadores políticos, de los chismorreos literarios y conversaciones privadas.

Un tercer determinante social y seguramente el no menos significativo del éxito de un escritor tiene que ver con las transformaciones técnicas y sus consecuencias sociales y económicas (27). El desarrollo sorprendente del mundo editorial que hoy se permite ofrecer productos literarios de toda calidad a precios muy bajos, es superado sólo por los procedimientos de producción impresionantes de los otros medios de comunicación de masas. Valdría la pena investigar si los ingresos del escritor durante las últimas décadas pueden ser abonados en gran medida al mejoramiento de los procesos técnicos, dentro del ambiente de trabajo mismo de los autores, o si este desarrollo de las técnicas ha cambiado el estatus social del escritor como grupo. Proporcionalmente es poco conocido en qué medida el mejoramiento técnico en uno de los medios de masas produce un efecto acumulativo en otro. ¿Lee un número grande de personas más libros porque ellos ven más cine u oyen más radio, o es precisamente lo contrario? ¿O no hay ningún efecto de intercambio? (28). ¿Hay una relación entre la fácil accesibilidad de los productos editoriales en el mercado y los métodos de que se sirven las instituciones de enseñanza en todos los niveles?

Como ejemplo de los determinantes sociales que están condicionados para el éxito de un escritor, puede servir de ejemplo la amplia recepción, fuertemente matizada y claramente reconocible, de Dostoweski en Alemania. Una investigación del material disponible en libros, revistas y periódicos mostró que evidentemente ciertas necesidades psicológicas de la burguesía alemana se satisfacieron en una alta medida con la lectura de Dostoweski (29). A diferencia de la investigación en el caso de Hamsun nuestro interés no se orientó en la obra, sino en el trasfondo social de su recepción.
La burguesía alemana no había podido ganar aún en la época clásica del liberalismo una influencia decisiva en la política. Ello condujo a una permanente vacilación entre la identificación con los grupos dominantes agresivos e imperialistas y una actitud de derrotismo y pasividad que llevó una y otra vez, pese a toda la tradición de la filosofía idealista, a una sumisión voluntaria, tan pronto se creía percibir una personalidad directiva dominante. Las reacciones sadistas y masoquistas de ello resultantes encontraron en los héroes de las novelas de Dostoweski, que se torturaban a sí mismo y a los otros, un rico material para experiencias de identificación.

Desde el campo visual de amplias capas de la burguesía alemana, estuvo proscrito el proceso de vida activo de la sociedad humana, todas las fuerzas impulsoras fundadas en ella e, incluso, el ámbito general de las fuerzas productivas. En la recepción de Dostowiski se expresa ello, por ejemplo, aun en uno de los vacíos de su obra: falta la categoría de la felicidad terrena. La felicidad, en escala social, exige propiamente una transformación activa de la realidad en sentido del apartamiento de sus contradicciones extremas. Para ello sería necesario no sólo una transformación completa de las relaciones de poder existentes, sino también una reconstrucción de la conciencia social. En esencia, su impulso último se dirige a la realización de la felicidad social, cayendo en oposición inmediata con todo el aparato de poder existente. El papel insignificante que juega la categoría de la felicidad en toda conciencia social burguesa, debe ser entendido desde la totalidad de las relaciones de esta clase. Una constitución social satisfactoria le estaba cerrada como clase en ascenso y por tanto tenía que clausurársele la conciencia de la felicidad, en la significación propia de la palabra.

Esta concepción, que mostraba a Dostoweski como justificante de una ideología inactiva sustraída de la acción moral y de la solidaridad social, podría ser objetada, ya que era justamente muy poco propia de Dostoiwiski, pues él era el profeta de amor y la compasión para los hombres. De hecho, casi todas las manifestaciones literarias sobre Dostowiski varían este tema del amor y la compasión, pudiendo expresarse con elegancia en fórmulas como: "el descanso provechoso, por el que palpita no sólo algo así como una honda tristeza, como una compasión infinita" (30), o popularmente penosas como:"le temblaba el corazón de misericordia, de compasión" (31). Un pasaje muy ingenuo puede servir como indicativo de la significación social:
"Su debilidad por los oprimidos y corruptos adopta la forma enfermiza de la "compasión rusa", de una compasión que aparta a todos los hombres honrados, verdaderos trabajadores, y se limita sólo a las prostitutas, asesinos, alcohólicos y a otros de la misma especie del género humano" (32).

Por más simple que sea esta manifestación, apunta a algo ciertamente correcto. La recepción no se escandaliza de ninguna manera con que en Dostowiski el amor sea un asunto de puros sentimientos, una débil palpitación del alma, que sólo es de entender bajo el presupuesto de la defensa furiosa de todo cambio social, bajo el presupuesto de la pasividad fundamental frente a cualquier acción moral fáctica. En la pretensión hacia el amor y la compasión, podría descansar en sí una indicación de las contradicciones sociales y la necesidad de reforma; con esto se podría, igualmente, tender una salida afectiva hacia la actividad del hombre en sus pensamientos y obras. Aquí descansa tal vez la más precisa característica del lugar ideológico de este concepto del amor. El permanece como fenómeno de puro sentimiento: un tolerar, pero sin exigencias. A la conciencia social de capas relativamente impotentes no puede adherirse la exigencia -que ellas deberían manejar- y la idea que tendrían del poder. Igualmente tampoco pueden hacer una confesión de justicia que debería romper no sólo su solidaridad con la clase dominante, sino al contrario apuntar a sus intereses generales de clase con los dominados.

V. Algunas tareas urgentes.

Si el sociólogo de la literatura desea llegar a ser tomado en cuenta en la moderna investigación en la campo de los medios de comunicación de masas, tiene él que suministrar al menos un programa investigativo, cuya planteamiento de tareas se refiera a un círculo de problemas que surjan de de este campo, y al mismo tiempo él considere los conocimientos ya trabajados científicamente para los otros medios masivos. Si hasta ahora hemos señalado cuatro temas para los análisis teóricos, a continuación bosquejaremos igualmente cuatro campos sobre los cuales es posible emprender una investigación empírica.

Análisis funcional del contenido

Si se quiere conocer qué satisfacción esperan los hombres de la literatura de masas en una determinada situación social, o mejor, en un determinado momento histórico, es el presupuesto fundamental el que se tenga un conocimiento preciso del contenido de estas obras. Para ello requerimos de un inventario cuantitativo y cualitativo del contenido de la literatura de masas; ella tendría que proceder comparativamente y podríamos introducirnos no antes de los comienzos del siglo 19. Hay hasta ahora pocas investigaciones de este tipo (34), pese a que no se carece de descripciones especulativas del contenido hipotético de estas obras.

Si aceptamos tan sólo la opinión generalmente común que la tarea fundamental de la literatura de masas está en el proporcionar una salida a los impulsos escapistas del hombre frustrado, queda la pregunta de: ¿cómo sabemos que ello fue realmente cierto o si aún hoy es correcto? Tal vez el contenido funcional de la novela actual es más bien aleccionadoramente escapista: la literatura se ha convertido en una medio muy barato y fácilmente asequible, que se orienta hacia un mundo exterior e interiormente perturbado. El lector busca recetas para la superación de sus problemas interiores, él se confía, en alguna medida, a una cura muy breve y psicoanalítica entendible, que le posibilita encontrar una salida de sus perturbaciones internas por medio de la identificación e imitación. Pertenece a la huída de la realidad una conducta conciente que pude ser encontrada más en épocas en las que el individuo está integro que en nuestra época, en la que las debilidades del yo, la autoconciencia debilitada, requiere de muletas para su afirmación. No importa si esta hipótesis está confirmada o no, en todo caso ella puede proporcionar estímulos provechosos para la investigación de los esquemas de identificación e imitación que ofrecen la literatura de masas al lector. Seguramente se llegaría al resultado que, en oposición a las obras anteriores, la novela contemporánea revela un entretejido de acciones mucho más fuerte y veloz, mientras la reflexión y las descripciones son cada vez menores.

Sería muy interesante, por ejemplo, comparar las novelas históricas populares con las de las generaciones anteriores. Tal vez descubriríamos que las obras anteriores intentan ofrecer una pintura panorámica de la época, en la que el lector puede sentarse sosegadamente y cerca de los héroes históricos, en medio del cual se le amplia el panorama. Hoy, por el contrario, se disuelve la pintura en un complejo de figuras, situaciones y acciones, que le impide al lector el placer de sentarse imperceptiblemente al lado del héroe, que servía como medida y como norma para los otros personajes evocados por el escritor. La presión de la vida moderna cuyo producto es un yo profundamente debilitado que está expuesto a nuevas presiones, hace necesario el renunciar a la identificación con sólo un personaje o con los procesos psíquicos interiores o con ideas y valores teóricos.

De esta manera va en disminución la situación clásica de la lectura en la que el lector compartía la soledad -que algunas elecciones o el destino podían imponerle- con la soledad y particularidad de la obra de arte, una e irrepetible. En su lugar, entra la experiencia colectiva de una actividad bien organizada que resulta de la adaptación y el provecho de los trucos necesarios para la automanipulación. Cada día otras investigaciones proporcionan nuevo material (35), pero la profundización de la investigación sistemática- sociológica no está elaborada.

La conducta del escritor

Se debe diferenciar entre lo que el lector busca en las obras literarias y lo que, además, transmiten sin que el lector sea conciente de ello. El caso de Knut Hamsun es un ejemplo de un problema de esa clase.

Si y en qué grado las opiniones y conductas de los hombres son influidas por el escapismo de los obras literarias, depende no sólo de su contenido manifiesto, sino también de sus implicaciones ocultas. El deslindar las implicaciones, del contenido formulado, es ciertamente una tarea para la que no está elaborado ningún método. Pero desearíamos indicar que hay un laboratorio social sumamente barato que no hace necesario entrevistar personas con grandes gastos de tiempo y de dinero. Todo autor ejerce una influencia más o menos conciente (usualmente), buscando transmitir unos determinados "mensajes", que refleja su propia personalidad y sus problemas. Para determinar su punto de partida, valdría la pena revivirlo a él y a sus personajes, por decirlo así, con ayuda de la respiración artificial y subsumir los problemas y experimentos psicológicos que correspondan al estado de la investigación más reciente. Por ejemplo, podríamos con ayuda de un cuestionario estandarizado examinar una selección representativa de obras de literatura de masas y determinar la concepción de los autores, sus opiniones sobre la naturaleza del hombre, sobre las tensiones entre los grupos sociales, sobre las catástrofes históricas y naturales, sobre la sexualidad, sobre la oposición entre masas y grandes hombres, etc. Así podríamos contar las respuestas y ganaríamos, de esta forma, una medida cuantitativa y cualitativa con la que podríamos determinar la posición del escritor en la sociedad. Incluso podríamos atrevernos a pronosticar sobre su conducta como persona y la clase de obras que hasta ahora no ha escrito. Si ampliamos suficientemente nuestra selección, se nos permitiría saber algo sobre cómo se ven a sí mismos estos representantes de los medios masivos y sobre la posible influencia de este autoimagen oculta en el lector.

Un experimento de laboratorio de esta clase podría ser complementado, analizando la estructura de carácter de los personajes principales de su material literario. Las más recientes investigaciones de psicología social nos han proporcionado unos síndromes estructurales evidentes que pudieron ser obtenidos a partir de reacciones frente a procedimientos-entrevistas ideológicos y proyectivos. Con su ayuda podemos diagnosticar con un alto grado de probabilidad, si una persona, por su tipo, es autoritaria o no. Estas comprobaciones tienen para nosotros una significación inapreciable para pronosticar la conducta política, moral y emocional (del autor). Simples descripciones inducen frecuentemente a errores y pueden ser corregidas por medio de estos nuevos métodos.

Herencia cultural

En la investigación del contenido social (explícito y no explícito) de la literatura de masas merecen determinados fenómenos marginales una mayor consideración de la que hasta ahora ha tenido. Pensamos aquí, especialmente, en los Comics (37) y también en otros productos, en los cuales adultos y adolescentes encuentran por igual una diversión. Un análisis de contenido exhaustivo de este material deberá conducir a un gran número de valiosas hipótesis sobre la significación persistente de ideas, valores y sentimientos que proceden de situaciones que son hoy completamente superadas.

Para ello se debería investigar no sólo los motivos inconfundiblemente arcaicos e infantiles en el mundo fantástico infra y sobrehumano de los seriados, sino también todos los materiales en los cuales, bajo el pretexto de placeres y sufrimientos cotidianos, son visibles valores que están vinculados con los estadios de evolución anteriores de la sociedad moderna y especialmente con el estilo de vida más tranquilo del siglo 19. Si se compara, pues, este material con el contenido ideológico y material de la literatura tradicional, burguesa, se podría poner aún más en claro cómo el lector moderno se mueve de aquí para allá entre la necesidad de aprender los mecanismo de tensión y conformismo, y los sueños diurnos de un estilo de vida más feliz, a pesar de ser inalcanzable o históricamente ya no ser posible. Si se determinan contenidos propios para adultos y contenidos propios para adolescentes y se comparan unos con otros, se podrían desarrollar presumiblemente hipótesis que abrirían el camino a investigaciones sistemáticas de tendencias y rechazos en diferentes niveles de conciencia y en capas psicológicas que descansan más profundamente.

El papel de la situación social

En la descripción del ámbito temático para el análisis teórico, ya demostramos que hay tres diversos grupos de determinantes sociales para el éxito de las obras literarias. A dos de ellos queremos regresar aquí, para aclarar más precisamente qué investigaciones serían necesarias en este contexto.

En primer lugar, se trata del problema de si diferentes fases de los ciclos económicos y políticos influyen diferenciadamente en las obras literarias. La tarea de la investigación exigiría una transformación de las investigaciones funcionales de contenido. Teniendo a la mano una selección representativa de obras literarias de diferentes períodos de depresión y de coyunturas favorables, de tiempos de paz y de guerra, sería de elaborar un inventario completo que debería delimitarse ciertamente no sólo a un contado número de temas, sino que tendría ante todo que observar los modelos de conducta emocional, desde los cuales pueda aceptarse con gran seguridad que en ellos se reflejan especialmente claro las experiencias específicas de satisfacción y frustación del lector. Es posible aventurar la hipótesis, por ejemplo, que en el empleo del "Happy end", es decir, en una conclusión satisfactoria, se pueden comprobar diferencias específicas. En el punto más agudo de una crisis económica, posiblemente identificaciones escapistas -con agradables sueños diurno llenos de felicidad transparente- debieron dominar el escenario literario. Hoy, por el contrario, la solución pseudotrágica, que deja abierto los problemas insolubles, no es tan extraña, pues el relativo bienestar admite experiencias literarias que nos adhiere más a la realidad e incluso nos proporcionan una determina mirada sobre nuestras carencias psicológicas y culturales.

Aún otras relaciones tendrían que ser entresacadas y analizadas, antes que se pueda decir qué formas de contenido y cuáles motivos, en cada caso, son preferidos en las diferentes situaciones sociales en general. Una investigación que, a partir de los últimos 45 años, compare las dos coyunturas de postguerra con las dos crisis de preguerra, nos podría conducir de hecho a un punto desde el cual podríamos preveer hacia el futuro qué temas y qué contenidos se preferirán en la literatura. Las consecuencias que el educador y escritor pudieran sacar de ello, son tan evidentes que no requieren de una discusión más detallada.

En el campo de las determinaciones técnicas valdría la pena investigar y determinar la capacidad de lectura del hombre promedio, en qué forma ella se ha modificado a través de la experiencia con la radio, el cine y la televisión. Sabemos bastante sobre las incapacidades de lectura patológicas, pero proporcionalmente sabemos muy poco sobre la selectividad cultural en la lectura (38). En forma similar sería muy interesante investigar qué se lee y qué se recuerda y qué se lee a la carrera o no se lee de ninguna forma. Un conocimiento más preciso de en qué medida el lector es capaz o incapaz de interpretar el contenido, podría conducir hacia un ahorro de tiempo al escritor; por el contrario, los sociólogos ganarían un material que podría confirmar los resultados del análisis de contenido.

La reelaboración teórica de las tareas de la investigación está afectada de todas las carencias que tienen siempre las promesas incumplidas. Pero confiamos en que en el experto de las investigaciones en la comunicación se despierte el interés en los resultados y las tareas inquietantes de una rama investigativa vecina y se abra su visión hacia las posibles contribuciones a sus campos de investigación.

Quisiera concluir con una experiencia personal. Cuando el sociólogo analiza en seminarios o en cátedras las obras literarias, se tropezará con dos reacciones en dos sentidos: los estudiantes muestran, al principio, un vivo interés por las nuevas experiencias científicas, pero después de un tiempo, empiezan algunos de ellos a protestar contra la "disección" analítica de la obra estética. Los estudiantes exigen vivamente una conducción en un campo para ellos oscuro, pues no les ha quedado completamente claro qué es lo verdaderamente bueno o lo menos bueno. Esperan obtener una "fórmula infalible" que les alumbre de una vez para siempre un campo indeterminado y gigantesco, que se ubica en cualquier parte entre la cultura y el simple esparcimiento. Los estudiantes no saben que ya en él se manifiesta a su deseo el estadio de desarrollo propio sobre el cual se encuentra la interpretación sociológica de la literatura.

NOTAS.
(1) Este trabajo apareció por primera vez bajo el título "The Sociology of Literature" en "Communications in Modern Society" , ed. por Wilbur Schramm, Urbana, TII. 1948. Aquí se traduce de su versión alemana "Aufgaben der Literatursociologie" (págs. 328- 349) del libro "Literatur und Massenkultur". Editorial Suhrkamp, 1ra. ed. Fráncfort, 1990.
(2) Es sintomático que no haya (en Estados Unidos) hasta ahora ninguna bibliografía actualizada y global de la sociología del arte y la literatura. Las fuentes más valiosas se publicaron hace casi 10 años. Véase "General Bibliography" en "Language and Literature in Society" por Huhg Dalziel, Duncan, Chicago, 1953. Pág. 143- 214.
(3) La investigación más penetrante de este aspecto es la "Theorie des Romans" de Georg Lukacs, (2 ed.) Neuwied, 1962. Temáticamente también se expuso el problema en "The Philosophy of Literary Form" (Batan Rouge, Lousiana, 1941) de Kenneth
(4) Para la este campo se pueden encontrar veliosas indicaciones en "Literature and Society" de Albert Guérard, Bastan, 1935.
(5) Según mi opinión la obra de Eric Bentley, "The Playwright as Thinker", Nueva York (1946), es un exitoso intento de traducir los presupuestos privados en presupuestos sociales e interpretarlos como elementos sociológicamente relevantes.
(6) A diferencia de la redacción original en "Literatur und Gesellschaft" (Berlín- Neuwied, 1964) fue omitido en este pasaje el ejemplo de Shakespeare. Una exposición completa se encuentra en el capítulo "Shakespeare", Tomo II de los escritos (del autor).
(7) Véase Leo Lowentbal, "Literature and Image of Man", Boston, 1957, Capítulo VII. (Originalmente bajo el título "Knut Hamsun. Zur Geschichte der autoritärien Ideologie" en la "Zeitschrift für Sozialforschung", Año VI , 1937. Págs. 295 – 345).
(8) K. Hamsun, "Die Erzalungen". Tomo II,
letzte Freude. Samtliche Romane und Deutsche Buchgemeinschaft, Berlín, Darmstadt, Viena, 1959. Pág. 661.
(9) Véase Kant, "Kritik der Urteilskraft", Edición Reclam. pág. 140.
(10) "Die letzte Freude". Pág. 661.
(11) Véase, por ejemplo, "Pan", en op. cit., Tomo I. Pág. 880. "Levanto una rama seca y la sostengo en mi mano y la veo, mientras estoy sentado y pienso en mis cosas; la rama está casi podrida, su pobre corteza me produce una gran impresión, una compasión ronda por mi corazón. Cuando me levanto y me voy, no tiro la rama muy lejos, sino la dejo caer y permanezco parado y descubro su agradecimiento; al final, la veo por última vez con los ojos aguados, antes de que abandone el lugar".
(12) "Nach Jahr und Tag" , obra citada.
(13) "Der Ring schlielSt sich" op. cit., Tomo V, Pág. 516.
(14) "Segen der Erde"r op. cit., Tomo I. Pág. 961. Véase también "Rosa", op. cit. Tomo II: "¿Para qué está sentado aquí? ¡Oh, joven! dijo él y dejó su palma de la mano en alto. ¿Para qué estoy sentado? Me siento aquí y me adapto a mi existencia. Muy bien, eso hago".
(15) "Pan", op. cit. Tomo I. Pág. 961.
(16) "Die letzte Freude" , op. cit. pág. 691.
(17) "Das letzte Kapitel" , op. cit. Tomo V. pág. 107- 108.
(18) "Segen der Erde" , op. cit. Pág. 1053.
(19) "Das letzte Kapitel" , op. cit.
(20) "Nach Jahr und Tag" , op. cit.
(21) Compárese con: "Ve y roba una bolsa con dinero y objetos de plata en el pueblo y esconde la bolsa en las montañas que en las tardes de otoño una llama azul puede flotar sobre el lugar. Pero no me vengas con tres pares de guantes de boxeo y una tajada de tocino" ("Die letzte Freude", Pág. 645).
(22) "Kinder ihrer Zeit" , op. cit. Tomo II. Pág. 71.
(23) "Mysterien", op. cit. Tomo I. Pág. 222.
(24) "Die Frauen am Brunnen" , op. cit. Tomo III. Pág. 583.
(25) Véase el trabajo pionero de Douglas Waples, Bernard Berelson y Franklyn R. Bradshaw: "What Reading Does to People", Chicago, 1940.
(26) Véase Paul F. Lazarsfeld, "Radio and the printing Page", Nueva York, 1940.
(27) La contribución "Art and Mass Culture" de Max Horkheimer, publicada en "Studies in Philosophy and Social Science", Tomo IX" 1941 (en alemán "Neue Kunst und Massenkultur" en "Internationale Revue Umschau", Año III,1948, Pág. 445 Y siguientes) da los fundamentos teóricos para la investigación de los cambios de la técnica moderna y sus consecuencias sociales en el campo del arte. Las investigaciones del autor en este campo de la sociología de la literatura han sido incitadas, en buena medida, por esa contribución.
(28) Para el campo de la música, Adorno, y para el campo del cine, Walter Benjamin, han puesto de manifiesto magistralmente la influencia del desarrollo técnico sobre la producción y reproducción en el arte fílmico y musical. Compárese, por ejemplo, el artículo de Adorno "On popular Music" en "Studies in Philosophy and Social Science", Tomo IX, Nr. 1 (1941) Y el artículo de Benjamin "L'oevre d'art a l'époche de sa reproduction mécanisée" en "Zeitschrift fúr Sozialforschung", Tomo V, Nr.1 (1936) - Ahora en alemán, "Das Kunstwerk im Zeitalter seiner technischen Reproduzierbarkeit", en W. Benjamin, "Schriften", Tomo I, Fráncfort, 1955. Pág. 366 Y siguientes. Información valiosa sobre los efectos mutuos entre el cine y la producción literaria se encuentran en S. Kracauer, "From Caligari to Hitler Psychological History of German Film", Princeton, N.J.1947.
(29) Compárese Leo Lówenthal, "Die Auffassung Dostojewkijs im Vorkriegsdeutschland", Cap. IV de la primera parte del tomo I. (30) Hermann Conradi, "Dostojewski", en "Die Gesellschaft", Tomo 6. (1889)pág. 528.
(31) L. Brehm. "Dostojewskijs "Damonen"" en "Der Deutsche", Tomo 5. (1906), Pág. 346.
(32) C. Busse, "Geschichte der Weltliteratur", Tomo II, Bielefeld y Leipzig, 1913. Pág. 346.
(33) Los libros y artículos sobre Dostowiski que han aparecido desde la última guerra en Estados Unidos, ofrecen una buena ocasión para compararlos con la experiencia europea. Tengo la impresión que muchas de estas publicaciones muestran una atmósfera llena de confusiones y frustraciones en las que el sociólogo reconoce rasgos de necesidad y perturbaciones interiores, que estuvieron caracterizando la experiencia europea con Dostowiski durante las generaciones anteriores.
(34) Estoy agradecido com Ralph H. Ojemann de la Universidad Estatal de Iowa, quien me indicó el notable trabajo de doctorado que bajo su dirección escribió Evelyn Peters, "A Study of the Types of Behavior toward Children approved in Fiction Materials", 1946.
(35) Véase, por ejemplo, Frank Luther Mott, "Golden Multitudes", Nueva York, 1947; Alice Payne Hackett, "Fifty Years of Best Sellers", Nueva York, 1945; Edward H.O'Neil, "The History of American Biography", Philadelphia, 1935.
(36) Véase, por ejemplo, Th. Adorno, entre otros, "The Authoritarian personality" , Nueva York, 1950.
(37) Véase, sin embargo, Coulton Waug, "The Comics", Nueva York, 1947. Compárese con el capítulo I, nota 5.
(38) Compárese con Rudolf Flesch, "The Art of Plain Talk", Nueva York, 1946.

El crítico literario y filósofo Rafael Gutiérrez Girardot murió el 27 de mayo de 2005, a la edad de 77 años en la ciudad de Bonn. Desde 1970 regentó, como profesor titular, la cátedra de hispanística en la universidad de esta ciudad, desde la que ejerció una gran influencia en el desarrollo de los estudios literarios en América Latina. Su estilo polémico y sus juicios críticos caracterizaron esta labor.
 

Pocos meses antes de morir, a finales del verano de 2004 tuve la ocasión de visitar en su apartamento en Beuel, a orillas de Rin, justo al frente de las torres barrocas de la Universidad de Bonn, al profesor Rafael Gutiérrez Girardot. Se encontraba especialmente entusiasta, pese a las dolencias derivadas de un grave accidente automovilístico ocurrido cinco años antes y de los achaques de una vida de estudios, en la que el sedentarismo, el cigarrillo y el buen vino renano eran su sana compañía.  Con 76 años, su temperamento, su humor y sus dotes críticas quevediano-volteriano-heiniano lo seguían como sombras y como alicientes de una espontánea y larga charla. Hablamos como si nos conociéramos largo tiempo atrás y sin las inhibiciones, naturales, que produce la visita acordada con un personaje con que uno se encuentra por primera vez. Con un “Piel Roja” en la mano, traído por algunos de sus discípulos que saben de su gusto por este tabaco fuerte –“que si sabe a tabaco de verdad”, me dijo-,  y vestido con su camisa blanca, corbatín a rayas y ligero saco a cuadros, pese a que era domingo, me invitó en seguida a tomar una copa de vino blanco, “para soportar este clima endemoniado y húmedo”. El fresco licor hizo su efecto inmediato, y contribuyó en seguida a allanar toda traba real o imaginada. Entre las afables sonrisas del encuentro –y puesta la grabadora en play record- le pregunté:
 
Rubén H. Romero. Volvamos al pasado, a su época de agregado cultural de la Embajada de Colombia en Bonn. Hacia mediado de los sesenta usted organizó un encuentro en Berlín germano-latinoamericano de escritores. ¿Qué recuerdo tiene de ello y qué valor le concede? 
Rafael Gutiérrez Girardot. Bueno, este encuentro fue clave. Se hizo en 1962; hubo otro en 1964. Cierto que hubo grandes contratiempos y muchos autores nos fallaron. Hubo desorganización por parte de muchos. Pero le puedo decir que este encuentro fue una ocasión excepcional para brindar a los alemanes –que siempre nos miran con su irreprimible sentido colonizador- una imagen de América Latina que no solo somos un continente que produce café, banano y ganado. Este encuentro tuvo gran importancia porque allí asistieron autores como Gilberto Freire, autor de este gran libro Casa grande y senzala, Carlos Rama, Borges, Mallea, Asturias, Arguedas, Rosario Castellanos, Juan Lizcano. De Colombia vinieron León de Greiff, Caballero Calderón y Arciniegas. Esto fue una oportunidad grande. También por esa época estuvieron por Alemania José Luis Romero y Héctor A. Murena, José Medina Echavarría; algunos de ellos vinieron luego, como parte de este encuentro que entabló serias relaciones, por ejemplo, entre la Universidad de Munster y otras universidades latinoamericanas. Este encuentro o encuentros sirvieron para establecer relaciones más estrechas entre nosotros, y sobre todo mostrar a los alemanes que nosotros tenemos una literatura y una sociología e historia de alto nivel. Esa década era importante porque era una década peculiarmente conflictiva, de expansión de la universidad, y sobre todo de retos o desafíos científicos como la investigación atómica y de avances en la tecnología industrial. Nosotros no podíamos quedarnos al margen, esta marginación era subdesarrollo. Lo esencial era comprobar que Latinoamérica no se conocía, que los países latinoamericanos se habían aislado. Hoy ha cambiado la situación, pero hace falta mucho por hacer, y sobre todo por recuperar la memoria cultural de nuestros países. También muchos están interesados en mantenernos aislados. El primer paso es la integración cultural, porque no despierta el recelo de intereses económicos y políticos, esta integración cultural es el camino de la Utopía bolivariana. Pero esa integración tiene un aspecto técnico-diplomático, debe ser serio, planificado, y no puede darse el lujo de dejarlo en manos de poetas y novelistas.
 
RHR. Usted ha insistido en la necesidad de modernizar nuestro sistema universitario. Esta insistencia viene de esta época de los sesenta. ¿Qué se discutió o mejor cuáles fueron sus tesis a propósito del papel de la universidad ya desde los años sesenta?     
RGG. La universidad debía estar a la altura de sus exigencias. En América Latina vivíamos –y vivimos- en perpetuo atraso. Estos encuentros estaban destinados a favorecer los intercambios; pero nosotros debemos estar a la altura de ellos. Sin una planificación sensata, toda colaboración es decorativa. Escribí por esos años algunos escritos para “Lecturas Dominicales” de “El Tiempo”. Aduje que teníamos una idea presociológica de la universidad, porque considerábamos sus conocimientos como si fueran producidos por fuera de la sociedad. Es decir, que los sabios o científicos producen saberes herméticos, especie de alquimistas, sin el piso social en que se mueven y fundamentan su saber. Los resultados confirmaban, más bien, la permanencia de la estructura universitaria tradicional y anquilosada, esto es, de una universidad substancialmente elitaria, en la que no la estructura y la organización, sino el investigador son los que logran el resultado. Se plantearon muchos planes; hay muchos planes de reforma. Todos ellos parecen desconocer lo fundamental. Estos planes son planes que afectan siempre la estructura interna de la universidad: los programas de estudios, la introducción de nuevas asignaturas, nuevas divisiones de materias, disolución o reorganización de las facultades en departamentos, enseñanza de los métodos de trabajo (generalmente insostenibles), creación de nuevas “carreras”, invención de sistemas por los cuales un estudiante que abandona prematuramente la universidad está en capacidad, sin embargo, de servir a la sociedad con algún título universitario. Si se contemplan algunos de estos planes, se verá que la creación del “studium generale” es solo una ocurrencia –era la ocurrencia del señor Rudolph Atcon, secundado, entre otros por un Sanín Echeverri- porque el “studium generale” no puede cumplir ninguna función sensata en un sistema coherente y dominante, y que para que ese agregado pueda cumplir una función más aceptable que la de enseñar generalidades a quienes siempre han conocido generalidades y seguirán conociendo en la universidad generalidades es necesario reformular el sistema, que no es simplemente educativo, es decir, que no se reduce a la conexión habitual y consagrada entre bachillerato y universidad.
 
RHR. De este encuentro, que considero de importancia para su vida intelectual, entró en contacto con grandes escritores, con Borges, Asturias, Roa Bastos, Mallea. ¿Qué nos puede decir?
RGG. Con cada uno de ellos tuve unas relaciones de especial afecto y admiración. Bueno esa admiración venía de tiempo atrás con el descubrimiento de Alfonso Reyes en Madrid, a principios de la década de los cincuenta, cuando estudiaba en el Colegio guadalupano. El contacto con Borges viene de atrás, es decir, tuve la suerte de obtener una beca en Gotemburgo a finales de 1955, en el Instituto de Estudios Latinoamericanos, que dirigía un espléndido hombre, Nils Hedberg, quien además fue padrino de mi hija Bettina. Luego vino mi nombramiento, a  principios del año siguiente, en Alemania. Quedé con el compromiso de hacer un libro sobre Borges, que resultó hasta 1959 publicado por Ínsula, con los recortes de la censura inquisitorial franquista. Hedberg fue la mano mágica que me salvó del desespero. Sí, conocí personalmente a Borges por el 64.  Borges era modesto, tímido como un niño, se sonrojaba  cuando le hablan de sus cosas. Borges me conmovió enormemente. Nunca le hablé de lo que he escrito sobre él, que era bastante. No sé si sabía quién era yo, un ciego como él, que vivía encerrado en la mitología escandinava, en sus laberintos, en un mundo fantástico, que para él era real, no conocía a la gente, me parece, no era de éste universo nuestro. Su órgano de comunicación con la realidad era o su madre o en ese momento su secretaria, y él reaccionaba de acuerdo con la persona que lo acompañaba, es decir, si su madre era altiva, él seguía ese camino, si su secretaria era más de mundo y generosa, él era entonces así. Con toda honradez, aunque políticamente me sentía más cerca de Asturias, encontraba más contactos humanos con gente como Borges o Mallea. Comprobé además que los colombianos simpatizamos, mutuamente, más con los argentinos, cuando estos son urbanos, no superporteños. Eran personas encantadoras, llenas de cordialidad y sencillez y serias. Mallea era un gran caballero y me causó una excelentísima  impresión por su cordialidad, calor humano, modestia y caballerosidad. Mantuvimos una estrecha correspondencia. Me comprometí  a escribir un libro sobre él, parecido al que había hecho sobre Borges, pero al fin, cuando tenía el plan trazado, decidí no hacerlo. Fueron muchas las razones de no hacerlo, pero sigo pensando que Mallea posibilitó el boom, que gracias a su novelística, tan humana y penetrante, se estableció un puente vivo entre el realismo novelístico, digamos de Carrasquilla o Federico Gamboa, y Carpentier y Cortázar y García Márquez. Creo que Mallea merece mucha atención. Con Roa Bastos, también mantuvimos una cálida correspondencia, tal vez menos cercana que con Mallea. Hacia 1965 año organicé una venida de Augusto Roa Bastos del Paraguay, exiliado en ese momento en Argentina. Organicé unas lecturas para que dictara en Kiel, también en Bogotá para “El Tiempo” lo publiqué como una de las grandes promesas. Eran mediados de los sesenta, no había escrito Yo el Supremo. Muy simpático, muy cálido, sobre todo de gran modestia y seriedad.  Con Asturias la relación fue más profesional, o sea, serví de vínculo con las editoriales, consideraba mis juicios sobre sus traducciones al alemán, que eran deficientes.  Fue la época en que fracasó para conseguir la presidencia del PEN Club, pero al año siguiente le otorgaron el Nobel. 

RHR. Sin embargo estos contactos, estas relaciones interculturales, germano-latinoamericanas, usted ha sido siempre un crítico de la forma en que el público alemán hizo recepción de nuestra literatura. Fue acrítica, bajo las consignas del “realismo mágico”. ¿Qué nos puede reiterar o ahondar sobre ello?
RGG. (Movimiento brusco de mano y señala hacia el techo de su biblioteca). Mire el asunto es complejo. Piense en una tal Rudolf Grossmann, o una tal Michi Straussfeld. Han sido una calamidad para las letras latinoamericanas. Publiqué hace años en una revista de Barcelona, por el entusiasmo de mi amigo Rafael Humberto Moreno-Durán, un artículo en que pongo los acentos sobre las íes, en esta comedia de errores. La recepción de la literatura latinoamericana en Europa está plagada de prejuicios racistas y culturales. El primer prejuicio es que ellos no conocen la tradición latinoamericana. No conocen a Bello o Sarmiento, por ejemplo. Prejuicio e ignorancia y dogmatismo van de la mano. Estas son las condiciones de la recepción comentada. Grossmann, por ejemplo, derivó del lugar de nacimiento el estilo de los escritores. Grossmann se inspiraba en Nadler, quien “justificó” científicamente el racismo. Esto se aplicó a la literatura latinoamericana, y Revista de Occidente lo publicó. También los escritores latinoamericanos han contribuido a ello. Se han inventado una poética, lo real maravilloso. Esta no tiene justificación ni coherencia. Los críticos latinoamericanos, por no conocer además las literaturas europeas,  alimentan el prejuicio del “buen salvaje”, esto se convierte en agresividad nacionalista y complejo de inferioridad frente a Europa. La pseduconciencia de su realidad social convierte la radical alteridad como base de su afirmación estética… ella invita a soluciones sentimentales de problemas concretos.  Ellos desconocen, por ejemplo, el sentido épico de las “Silvas” de Bello; que no son celebración de la Naturaleza. El motivo virgiliano del poeta venezolano se interpretó con alcance reducido y se coloca como simple declaración de independencia, bajo el efecto de la naturaleza. Pero el realismo mágico viene del surrealismo francés.  También los escritores europeos, como Kipling o Stevenson, buscaron salida al encierro civilizatorio con consuelo alejados del mundo industrial. Es nocivo lo que ofrecen las letras latinoamericanas a los europeos: hieratismo indígena, mitologías retocadas y exotismo, o sea, huida. Asturias explotó este exotismo conscientemente. Pero esto no era propio de América Latina, sino más bien un juego comercial producido por el mercado europeo del libro. No aconteció con obras anteriores de Gallegos, o Rivera, pese a que estos contaron con la recepción fundada de Petriconi. No fueron bien vistas porque para esa época el nacionalsocialismo inundaba a sus lectores de su ideología de “sangre y terruño”, de su propio exotismo. Con la revolución cubana, con el hálito revolucionario de Ernesto Ché Guevara, se llevó a una situación equívoca. Se comparó literatura con revolución latinoamericana y así se anunció un nuevo humanismo, un nuevo mundo, la recuperación del mito, en otras palabras, lo que había muerto en las sociedades altamente industrializadas. Esto que hizo Grossmann o Lorenz (el Eckermann de Asturias) o la Straussfeld después es algo no solamente contradictorio, sino lamentablemente escandaloso.
        
RHR. Pero este no es propiamente el caso de Francia. Ella tiene una larga tradición, a diferencia de Alemania, como usted anota. ¿Qué opinión le merecen lo estudios franceses sobre América Latina?
RGG. En realidad, en Alemania se supone que la literatura latinoamericana se inició con el boom y con otros autores como Octavio Paz. Pero modificar la actual visión alemana de nuestra literatura es un caso perdido.  Mis estudiantes Flammersfeld o Scheben que escribieron sobre Macedonio Fernández o Valdelomar son la esperanza. Lo otro suele ser mediocridad prepotente, miopía histórica. Con Francia, hay que decirlo, la relación es diferente. Las relaciones con Francia vienen del siglo XVIII. Los estudios hispánicos en Francia han producido los trabajos de Marcel Bataillon sobre Las Casas, o a Noel Salomon importantes aportes sobre Martí, Fernández de Lizardi, Juan Montalvo o César Vallejo. También está el estudio de François Bourricaud sobre las élites en el Perú. También hay que nombrar a Chevalier, Bonneville, Verdovoye… que contribuyen a la clarificación de la historia y de la cultura latinoamericana. 

RHR. ¿Qué pasa con García Márquez? Cree usted, como yo creo, que desde La crónica de una muerte anunciada lo que quedó anunciado fue su definitivo ocaso como novelista. Que ya con “El amor en los tiempos del cólera se echó la soga al cuello y se entregó definitivamente a promocionarse como una multinacional del libro. ¿No le parece curioso que coincidió su muerte literaria con el momento en que cenó con un expresidente, cuya memoria se lo tragó la historia, César Gaviria?       
RGG. Con los grandes escritores hay que proceder, para su crítica, con gran ceremonia. Lo recuerda Heine al escribir de Goethe: que para hablar de él en forma negativa hay que proceder como el verdugo de Carlos I, quien antes de cortarle el pescuezo, se inclinó y le ofreció los debidos respetos. Para hablar de García Márquez hay que considerar el daño que han hecho los estudios latinoamericanos en Alemania. Ya mencioné  a Grossmann, pero también están los pontífices como Günter W. Lorenz o Peter Schulze-Kraft en Austria. Estos estudios han fabricado sus feudos universitarios... son feudos europeos con vasallos latinoamericanos. También hace parte de este entramado un suizo Gustav Sibemann… No menos caótico es la llamada “teoría de la dependencia” que viene de una mala copia de los libros de un Sergio Bagú por parte de André Gunder Frank, que revendió la idea. Pero el caso de García Márquez, como le dije, es cosa de matices y da lugar a una consideración curiosa. Cierto que él también se auto-promociona, hasta legítimamente, bajo el manto estético de lo real maravilloso o cas parecida. Este auto-caracterización estética es pueril, pero eficaz, hasta cierto grado. Luego Cien años de soledad es una novela excepcional escrita con humor y amor por Colombia. 
 
García Márquez dio un ejemplo del realismo mágico en una entrevista con algunas anécdotas como cuando en Comodoro Rivadavia, un remoto pueblo de Argentina, se apareció un electricista a las ocho de la mañana: “Usted tiene que arreglar la plancha”, le dijo al dueño de casa.  Más tarde a su mujer se le dañó la plancha. Se pueden multiplicar los ejemplos a discreción, pero ellos no harían la teoría más consistente. Pues esta teoría sostiene, aunque en forma inconsciente, que se podría extraer de tales acontecimientos –independiente de la interpretación de los mismos- la conclusión de que toda la historia de Latinoamérica está acuñada por tales fenómenos. Pero el problema es cuando se toma ello como fundamento de la historia y de la historia cultural. Allí opera la demencia. Los gitanos, por ejemplo, no son un símbolo de ello o aquello; son un trozo de la realidad histórica de nuestros países. De allí no se deduce que seamos un pueblo desplazado, migrantes eternos. García Márquez recreó estos grupos, como recreo con gran humor e ironía a la figura de Miguel Antonio Caro en Fernanda del Carpio. Fernanda del Carpio no es una figura “inventada” del imaginario sin par del “realismo mágico”; es una trasfiguración irónica o parodia de una personalidad histórica, Caro, con todos los signos que negativamente lo identifican, su hispanismos regresivo, su catolicismo contrareformista, su afán de civilizar el país desde la Sabana. Habría que decir algo sobre el humor, además. El humor no es invención de García Márquez. El da la clave para entenderlo cuando dice que narra como su abuela y tías. Es decir, toca la base popular. El humor tiene varias razones. La primera razón es de naturaleza histórica y remite a la actitud frente a la autoridad, es decir, a las complejas relaciones que condujeron en España y en las colonias a la debilidad del Estado y de las instituciones estatales. El segundo es de naturaleza sociológica: la resignación ante la situación social, en la que nada ha de perderse, se vuelca en humor. El tercer fundamento es histórico-literario: el Modernismo latinoamericano que puso en tela de juicio las normas -que la Academia de la Lengua por así decirlo había promulgado como condiciones de calidad literaria –y postuló la libertad sin límite del artista y el poeta, es decir, que él no exceptuó al Modernismo mismo y por tanto lo puso en tela de juicio, relativizó la alta estilización de su precedente, y opuso al lujo de su lenguaje y a su imagen del mundo el humor. Como lo muestra la prosa de su novela El otoño del patriarca, García Márquez es un buen conocedor de la obra lírica de Rubén Darío, del fundador del Modernismo. García Márquez utilizó en esa novela versos de Rubén Darío que puede reconocer solo un conocedor de la obra lírica de Rubén Darío. La desfiguración, por así decirlo, fantástica de la realidad histórica es el sustrato –con todo su regionalismo- de la obra de García Márquez. Este procedimiento literario también, con sus acentos propios, se puede encontrar en Tomás Carrasquilla, que la insularidad antioqueña, una variante del particularismo español, no ha sabido comprender.  

RHR. Su relación con la literatura y la cultura latinoamericana, viene, como nos dijo, desde sus años de Madrid. ¿Cómo descubrió a Alfonso Reyes, a Pedro Henríquez Ureña y demás autores, cuya atención crítica ha sido como el signo distintivo de su carrera intelectual? Sería útil recordar que la distinción del Premio Internacional de Ensayo Alfonso Reyes, concedido por el gobierno mexicano en 2002 fue el reconocimiento a una trayectoria de más de medio siglo insistiendo en esta tradición…
RGG. Mi relación con Alfonso Reyes empieza a comienzos de los cincuentas. Lo descubrí en España, gracias al ambiente de intercambio español-latinoamericano del Colegio guadalupano. Allí conocí a quienes han seguido siendo amigos toda la vida, Gonzalo Sobejano, José Agustín Goytisolo, Carballo. También entré en contacto con Ernesto Mejía Sánchez. Era terrible la sensación de incomunicación. Porque yo en Colombia no me había ocupado ni siquiera de comprar libros hispanoamericanos sobre cuestiones nuestras, pues ni miraba los libros. Esta sería una muestra de nuestra incomunicación. Y como esta hay miles y miles. Cuando hablé con Mejía Sánchez, pude apreciar la labor que desarrollaba el Colegio de México en este sentido. Me dio ganas de escoger como objetivo de mi viaje a México. Pero en España me atraía Xavier Zubiri. Y fue una suerte en encontrarlo. Con él aprendí lo que significa dominar los textos filosóficos y hacer un seminario. Asistí a sus seminarios, de 1951 al 53, Cuerpo y alma, La libertad humana, Filosofía primera, otro sobre Heidegger, que fue extraordinario. Fue una pena que no hubiera dado a luz sus reflexiones. Corregía sobre lo corregido, y así dejó que Ortega y Gasset dominara el ambiente filosófico.  Andaba siempre muy ocupado, tenía mucha prisa de acabar algo, y dejaba apenas el tiempo para preparar sus lecciones. Tenía cerca de seis mil páginas inéditas que, según decían, esperaban su revisión para ser publicadas. Pero cuando las revisaba, las trasformaba de tal manera que quedaban nuevas en esperaban de otra revisión. Y ese círculo vicioso nos dejaba en espera de sus libros, sin poder saborearlos y meditarlos. Si Zubiri hubiera publicara sus cursos, pensaba en ese momento y lo sigo pensando, los discípulos hispanoamericanos de Ortega se hubieran quedado con la boca abierta, sin saber qué decir de su maestro. Hace mucho tiempo el pensamiento de Ortega estaba superado por Zubiri. Era nervioso, pequeño, de figura ascética. Subrayaba enérgicamente con la mano sus frases. Era maravilloso. Y después de una lección suya uno sacaba otra conclusión: que a los filósofos o se los lee en su idioma original, o mejor no se los lee. 
 
Este fue el ambiente en que descubrí  a Alfonso Reyes. Empecé a leerlo, o me ocupé de lleno a su lectura. Aficioné a mi esposa, que conocí más tarde en Alemania, de su obra. Me llegó remitido por él Trazos de la historia literaria y La experiencia literaria. Compartimos por años sus lecturas, los volúmenes de sus obras completas que en ese momento publicaba en Fondo de Cultura Económica.  Me empeñé en sacar La imagen de América en Alfonso Reyes, en Ínsula de Madrid, libro que logró conmoverlo. Había una auténtica relación intelectual, una reverencia, por así decirlo sin que se oigan resonancias sacrales, un culto a la prosa del mexicano. Luego me incliné más por Henríquez Ureña. Su obra crítica resultó más afín a la ciencia literaria, a mis intereses intelectuales. Al tratar de traducir a Reyes al alemán, me resultó difícil poder hacerlo. Deseé luego escribir un libro sobre Henríquez Ureña. No lo hice, pero sus lecturas y referencias fueron permanentes. En las obras de Bello, Sarmiento, González Prada, Martí, Rubén Darío, o de Reyes, Henríquez Ureña, Picón Salas o José Luis Romero, Jorge Basadre está lo mejor de nuestra inteligencia americana, de “Nuestra América”. Pero esta herencia se socava, se regatea o se oculta. En ello la universidad colombiana ha cumplido un papel nocivo. La novedad y confusión, en unos, y el afán de lucro e ignorancia en otros, han jugado contra esa tradición y su renovación… La falsa aristocracia bobotana ha conducido al país a este callejón sin salida, a un aislamiento internacional que se expresa en sus universidades, en el currículo inactual de sus universidades privadas.
 
RHR. Hablemos de su relación con Hugo Friedrich, de quien Ud. fue discípulo en Friburgo en los cincuenta. En general se le pregunta a usted por Martin Heidegger, pero consideramos que la presencia de Friedrich en su formación como estudioso de la literatura debe mucho a este gran romanista alemán.
RGG. Conocí a Hugo Friedrich, en Friburgo, cuando me matriculé a estudiar con Heidegger, ya en 1953. Él me dirigió mi tesis doctoral que fue sobre Antonio Machado. Sus conceptos poetológicos de su Estructura de la lírica contemporánea fueron decisivos. Asistí primero a un seminario sobre Calderón en 1955, del que salió su folleto, “El extraño Calderón”, que traduje después. También deseo anotar que al publicar el libro sobre la lírica moderna, se interesó Friedrich por la obra de Reyes, de quien admiraba sus interpretaciones sobre Góngora y sobre Mallarmé. Recuerdo que Friedrich invitó por esa época a Dámaso Alonso a Friburgo a dar una charla –que resultó difusa- sobre la lírica española que interesó al mismo Heidegger, quien se contó entre los asistentes. Trabajé bajo su guía algún tema sobre Quevedo-Séneca que luego no proseguí. Entre tanto, me ocupé de los asuntos de sus traducciones en español, como era corregir la de la Estructura, seguir la hecha por Olga Costa para Tres clásicos de la novela francesa y la traducción de una serie de ensayos que emprendí para “Estudios Alemanes”, que desafortunadamente le impusieron el título grandilocuente de Humanismo Occidental. Se pensó traducir su monumental obra Montaigne para Guadarrama, que no concretaron los peninsulares. Culminé el doctorado sobre Machado, como le dije, del que había muy escasa bibliografía, a mediados del 68. A Friedrich le divirtió mucho mi burla sobre el no-sabio Dámaso Alonso y le llegó a interesar la dialéctica filosofía/poesía y el concepto de poesía de Machado que le recordaba a Mallarmé.  Años más tarde, en 1978 muere Friedrich, y deja tras de él una obra de primer rango. Su estilo intelectual casi no tiene paralelo en los estudios literarios alemanes. Como romanista supera a sus maestros Curtius y Vossler. Él enseñó el arte de la interpretación de los textos, con su concepción de filología que fue más que enunciado: “Filología es el conocimiento de lo producido por el espíritu humano. Filología es conocimiento de lo conocido”, es decir, que filología es filosofía. El Montaigne de Friedrich es extraordinario, pues da dignidad filosófica a lo que era tenido como campo estrecho de los estudios literarios, en él se integra el conocimiento histórico en la problemática de Montaigne, en el camino de la autoreflexión, desafiando a la ciencia literaria a ser más que simple manejo de textos. La fineza, la elegancia y la renovación de su método se muestra con claridad en una obra que ha llegado a ser paradigmática, la Estructura de la lírica contemporánea, ya mencionada arriba. Además Friedrich traduce los poetas, no para alemanizarlos, sino para dar a la lengua alemana nueva flexibilidad, con su congenialidad con los poetas de lengua románica. La profundidad del concepto va de la mano aquí con la erudición y la elegancia expositiva. No es casual que Friedrich haya ganado el Premio Sigmund Freud, a la Academia alemana de lengua y poesía…
 
RHR. ¿Qué diferencia encuentra Ud. entre crítica literaria y estudios literarios?
RGG. La “crítica literaria” o, como se la ha llamado también “crítica de libros” no pretende conocer un objeto, sino juzgarlo de acuerdo con medidas propias del órgano en el que se publica, esto es, el diario o determinadas revistas: su interés es comprobar su actualidad, su innovación en el movimiento literario del momento. Esta “crítica” es parte de del objeto del análisis de la “recepción”. Y la recepción forma parte de del objeto de una historia social de la literatura. Pues el crítico juzga según valoraciones propias de su sociedad, para la que escribe con la intención de informarla y orientarla. Otra cosa es la “ciencia literaria”. Su objeto es no prioritaria, sino simplemente la descripción del texto. El problema central de la descripción consiste en el método, y consiguientemente por lo que se entiende por descripción. Una descripción formalista, filológica, reduce el texto a las figuras retóricas, a los procedimientos estilísticos, a los mecanismos de producción, y suele concluir en una inflación terminológica. El texto es pretexto de un esquema a priori. Es el caso de Carlos Bousoño. Por el contrario. La descripción de un texto debe partir del texto para llegar a la teoría. El punto de partida es la pregunta por los diversos estratos del texto, comenzando por el más elemental de la comprensión común. “Leer entre líneas” decía Nietzsche para ir llegando a otros estratos, hasta llegar a los elementos históricos, sociales, políticos, culturales, religiosos, que están presentes de diversa manera en el lenguaje mismo. El texto mismo pone en tela de juicio la validez de los conocimientos previos. Este es el fundamento de descripción de estirpe fenomenológica, que pone entre paréntesis todo lo que se ha dicho del texto. Y así se llegará a conclusiones muy diferentes.    
 
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Luego de una merecida pausa, o recreo de casi una hora, en que tomamos un coñac y lo pasamos con rodajas de salmón, retomamos el diálogo. En el entretanto me mostraba algún manuscrito inédito de Heidegger adquirido en Suiza. Me hizo recorrer su vasta biblioteca, atestada de ediciones de Hegel, Marx, Nietzsche, literatura alemana, de literatura, historia y sociología latinoamericana, libros y libros que sembraban todas las paredes del apartamento y que no pocas veces se vieron amenazadas de naufragar en las crecidas desaforadas del Rin. El sol caía lentamente, prolongado las horas de la tarde estival, sin querer irse atento a esta conversación entre colombianos. Reanudé, sin otra perífrasis, la pregunta por la situación del país.
 
RGG. Desde hace décadas, y ello no cambia casi nada, la situación general del país en el terreno político es, como todo el mundo lo ve, realmente destructiva. Ello se debe al crecimiento y fortalecimiento del egoísmo cada vez más brutal y desconsiderado. La educación privada es, aunque no se crea, un elemento esencial de la destrucción de la sociedad colombiana. Esto se hace desde que el individuo empieza a socializarse. Cuando en otros países la escuela primaria y secundaria es elemento de integración social, nuestras escuelas son de clase, y en ellas se pone muy fuertemente el acento sobre el carácter aristocrático o popular de los alumnos. Igualmente ocurre con las universidades. Hay de pobres y hay de ricos. También hay ahora privadas de clases medias y medias bajas. Es solo un aspecto o matiz de la cuestión. En lugar de señalar la forma como se debe superar las diferencias y como se debe buscar una convivencia armónica, se profundizan los abismos de una manera radical. Se ha ahondado en el egoísmo del liberalismo del siglo XIX, se ha fomentado una sociedad esencialmente egoísta. Ello ha producido o fomentado o favorecido el narcotráfico, por ejemplo. Las clases altas han favorecido este fenómeno. Esto no es reciente, por supuesto. Mire solo las páginas sociales en los años treinta y cuarenta del “El Tiempo”. El Doctor Santos invita a seguir estas pautas de elegancia. Pero ¿cómo? Este liberalismo santista fue destructivo; destruyó con la “pausa” (que era retroprogreso) los fundamentos del liberalismo socialista –o socializante- de López Pumarejo. Esta historia se le ha negado al colombiano común y corriente. Con esta actitud social ambigua e ideológica equívoca se echaron las bases de la Violencia en Colombia de los años cincuenta. Dicha ambigüedad se convierte en una tensión que va amargando y frustrando cada vez más a todos aquellos que la viven, quienes a su vez soportan una tensión entre respeto y engaño, entre verdad y mentira. El fundamento de este egoísmo brutal tiene su origen y causa en el catolicismo practicado en los países de lengua española. En Colombia no se ha dado el paso decisivo para su secularización, cuyo primer paso es reconocer esta dependencia y este trasfondo cultural profundo.
 
RHR. Ante una situación tan calamitosa ¿por qué no regresó al país?
RGG. Lo hice en 1965, pero prácticamente las puertas estaban cerradas. Mi actividad docente en la Universidad Externado, en los Andes no tenía eco. Allí brillaban otras luminarias. Con personajes  rectores como Fernando Hinestrosa o Mario Laserna yo no tenía cabida en la universidad colombiana. Pero no se le olvide que también frecuente Colombia, en los cincuenta con el contacto permanente con “Mito”, con “Eco”, con “Ideas y valores”, con el Banco de la República, con “El Tiempo”, con la Casa Poesía Silva, con “Estravagario” de Cali…. En los ochenta y noventa, hice seminarios, como uno extraordinario sobre Hegel, por el nivel crítico y el entusiasmo de los estudiantes, en la Universidad Nacional. Éste fue en el 87. Allí estuvo Rubén Jaramillo y la revista “Argumentos” siempre me apoyó. También tuve presencia con “Quimera” que dirigía a su regreso a Colombia Moreno-Durán.  Hubo otros grupos que me publicaron en Medellín –mi libro sobre el Fin de la filosofía- y luego más tarde “Crítica” o en Manizales con “Aleph”. Así que he estado siempre presente, de alguna manera, en Colombia. Regresar a Colombia hubiera sido muy difícil luego de mi jubilación. Cargar con la biblioteca y luego un ambiente en que no hay casi librerías, ni verdadero contacto intelectual. Y luego viene el manoseo.      
RHR. ¿Qué opinión le merece a usted el presidente Uribe Vélez?
RGG. El actual presidente es un siervo de Estados Unidos y encuentra el apoyo de Bush en la “terrorización” de la guerrilla, que por otra parte se sirve de métodos terroristas (el secuestro, el asesinato a mansalva). No sé si la guerrilla ha tomado conciencia de esa lucha mundial, que no la afecta, porque con la terrorización ha sido hasta ahora un bautizo sin mayores efectos. Estados Unidos no pueden ya dar más dinero a Uribe: tiene un déficit presupuestario inmenso y está concentrados en Irak. Con el neoliberalismo se ha iniciado una lucha sutil e hipócrita contra la democracia, en todos los campos. La guerra contra el Irak tiene la firma reaccionaria de Bush. El conflicto colombiano ha afectado naturalmente la atmósfera del país, y ha servido a los de arriba para concentrar sus esfuerzos principalmente en la seguridad de la sociedad. Pero son los de arriba los que han elaborado un arte mezquino y eficaz de mantener a nuestro país en un estado de atraso condicionado por sus negocios. Que nadie sobresalga, pues puede despertar resistencias a su hábil mediocridad. Con justicia social, los muchos talentos que tiene nuestra gente, educación sólida, con todo esto que crea una moral solidaria, nuestro país ya no tendrá un atraso estructural ni coyuntural. La tarea de los jóvenes responsables es heroica: consiste en mostrar que el cliché del atraso estructural es falso y nocivo, en difundir honradez y saber buscar cómo calman su sed de saber en un medio pertinazmente mediocre.
 
RHR. Y las FARC ¿qué papel juegan? ¿Tienen futuro?
RGG. Las FARC han perdido su fundamento teórico. La financiación de la guerrilla –un callejón sin salida- con secuestros y narcos y su táctica de mantener en vilo al gobierno la hace impopular y delata que lo único que le interesa es el protagonismo. Porque hasta ahora no han presentado una alternativa coherente y fundada al país. No se sabe qué reformas hará si llega al poder: qué reforma de la educación, indispensable para la sociedad: qué reforma agraria, qué reforma del complejo de la propiedad, del crédito, del mercado de trabajo, etc. El marxismo-leninismo (no el de Marx renovado) nebuloso en ella y además anacrónico no es alternativa, ni siquiera tan vaga como la representa ella. Antes de tratar de liberarnos o de liberar o independizar a los de abajo, a los indígenas, primero tenemos que independizarnos del catolicismo o ser conscientes de la tradición dogmático en que estamos atados.  “El indígena es bueno; los otros malos”. Esta forma de argumentar es católica, española, contrareformista. Hay que argumentar; saber argumentar. Suponer la bondad de unos y la maldad de otros, no tiene sentido. O solo en la tradición del padre Astete.
 
RHR. Ud. ha insistido en dos marxismos, por así llamarlos. Uno libre, heterodoxo, y otro dogmático leninista-estalinista.  ¿Qué futuro le ve al marxismo, tras el desmantelamiento de la Unión Soviética?
RGG. Habría que remontarse a la llamada era Adenuaer para poder entender una evolución del marxismo en Alemania, muy característica de ella. Tras la derrota nazi, se buscaron nuevas formas de pensar el pasado alemán.  Rechazar este pasado negativo alemán y buscar una conexión con el presente europeo fue, durante los primeros años después de la derrota, la callada consigna de muchos intelectuales alemanes, y fue la causa remota de un internacionalismo abierto que ha caracterizado la producción bibliográfica alemana y que tuve la oportunidad de ver de cerca, durante los años cincuenta. Paradójicamente, los intelectuales de la zona soviética pretendieron hacerse los representantes de la tradición clásica y encontrar en Lessing, Herder, Schiller y Goethe los primeros anunciadores de un orden político y social que ellos veían encarnado en la llamada República Democrática Alemana. Es cierto que muchos de estos intelectuales “liberalizantes” –así los llamaban las directivas del partido- como Wolfgang Harich, Hans Mayer, Ernst Bloch y Alfred Kantorowicz habían sido condenados a prisión, privados de sus cátedras y condenados al silencio u obligados a la huida. Pero sus sumisos sucesores siguieron editando a Herder, Lessing, Jean Paul, Goethe etc. y es evidente que estas eran las únicas ediciones completas y críticas de que disponen las Bibliotecas y los estudiosos de la literatura alemana en todo el mundo.  Baste mencionar la famosa edición crítica de Goethe, editada por la Academia de Ciencias de Berlín (zona soviética), la edición crítica de Lessing, hecha por el comunista Paul Rilla y publicada en la editorial oficial Aufbau de Berlín, la edición de Jean Paul publicada en Weimar etc.etc. El restablecimiento paulatino de una atmósfera de normalidad y el imperio de la libertad de expresión y de pensamiento, única condición indispensable de todo desarrollo cultural, permitieron que los intelectuales pusieran en claro los confusos sentimientos de culpabilidad sin temor de denunciaciones nacionalistas, y al cabo de pocos años fue deshaciéndose el insensato prejuicio de que toda la cultura moderna, que se inicia con la traducción de la Biblia por Lutero, estaba condenada a desembocar en el nacionalsocialismo. El año Schiller -1955- y el de Heine -1957- fueron oportuna ocasión para revisar esta presunta tradición culpable. Las muertes de Ernst Robert Curtius, Ludwig Klages, Hans Carrosa, Gottfried Benn, Bert Brecht y Alfred Döblin, ocurridas todas entre 1956 y 1957, sirvieron para hacer revisar el pasado inmediato y en su balance tomar nota de que el vacío que han dejado estos nombres sólo puede llenarse en años, y si la tarea intelectual se encamina, como lo hicieron aquellos, a la conciliación del pasado con el presente y al establecimiento de un diálogo libre con las culturas del mundo.
 
Este ambiente fue propicio para que emergiera una nueva interpretación del marxismo, a partir de la recuperación de los Manuscritos parisinos del 44, que se habían dado a conocer en 1932, y fue el punto de partida para los marxistas no comunistas. Erich Thier en su libro  de la época sobre el joven Marx (1957) y Erwin Metzke en Marxismusstudien (1957) aseguraban que una cabal comprensión de Marx sólo era posible si se lo considera como filósofo y si se estudiaba El Capital no como un tratado de economía sino como un desarrollo de sus primeras teorías: como una teoría del hombre y de sus condiciones de vida en una sociedad técnica. Parecidos puntos de vista defendían Ernst Bloch en sus libros Das Prinzip Hoffung  (el tercer tomo fue prohibido por las autoridades soviéticas) y Georg Lukács en sus libros escritos sobre el joven Marx y la Destrucción de la razón. Lukács, húngaro, fue también prohibido en la zona. Bloch afirmaba que la realización de la utopía marxista, es decir, la sociedad justa, se lograba dentro del Estado, a base del establecimiento de la libertad. De este modo negaba Bloch el principio de la fatalidad histórica y destruía la marcha de la dialéctica materialista que asegura que la realización de la utopía marxista va por etapas determinadas por leyes de la historia que no admiten la libertad individual. También por esos años estaban en boga los estudios del jesuita Gustav Wetter –que se tradujeron en “Estudios Alemanes”, en donde sea dicho de paso se tradujeron por vez primera a Walter Benjamin, Marcuse, o la Dialéctica de la ilustración de Adorno y Horkheimer al español- que sostenía una afinidad en el modo de argumentar de la escolástica y del leninismo. 
 
Pero la crisis del marxismo no se contrae siquiera a esta alusión bibliográfica. Ella está en todas partes y se enfrenta a muchos retos y prácticas que desacreditan a la izquierda en Latinoamérica y en el mundo. Basta pensar el maridaje entre marxismo y teología, que dio lugar a la lacrimosa teología de la liberación. Su talante sentimental favoreció el revolucionarismo lacrimoso del tango-marxista Eduardo Galeano, por ejemplo. Pero más grave fue la condena que, en el plano internacional, hicieron los funcionarios del Partido Comunista, ya en los años veinte, de obras marxistas como Historia y conciencia de clase de Lukács o Marxismo y filosofía de Karl Korsch, no en virtud a su adhesión al pensamiento de Marx, sino como funcionarios. El PC se erigió en juez y guarda supremo del pensamiento de Marx en la versión de Lenin. La consecuencia práctica fue: crear un conflicto de conciencia y un complejo de comunismo que condujo a la izquierda o bien se redujera a corrientes disidentes, como el mismo trotskismo, o bien se suprimiera de los partidos de izquierda no comunista la palabra marxismo. La izquierda marxista no discutió críticamente –como lo hizo Adorno con el positivismo norteamericano- las nuevas corrientes de la llamada ciencia “burguesa”, sino que las rechazó dogmáticamente. Así se petrificó el pensamiento de Marx, en un resultado paradójico que consistió en el florecimiento de abundantes “teorías”. La renuncia a la verdadera refutación condujo precisamente a inflar el vocabulario, a hacer hábiles construcciones con conceptos claves y flexibles (relaciones de producción, modo asiático de producción, base-superestructura etc.), que no eran teorías sobre la realidad sino un perpetum mobile. La abundancia económica capitalista favoreció este mercado editorial; se publicó casi cualquier “paper” con sus infinitas discusiones. El esfuerzo del concepto se convirtió en un mecanismo más. La abundancia encubría la carencia de teoría marxista. Desacralizar el marxismo es sustraerlo de su dependencia de la Unión Soviética y los que ella significó y sigue gravitando pese al derrumbe del muro. Es someterlo a la prueba de la realidad presente, y dar respuesta a problemas que se ha negado analizar como la subsunción del proletariado en la clase media, en los países desarrollados, y aun en algunos no industrializados; las relaciones más complejas entre las instituciones, las personas y los sistemas, como el de la ciencia, que escapa a la relación base-reflejo; los múltiples efectos de la técnica que no caben en el concepto alienación; la comunicación de masas, las nuevas corrientes historiográficas (que estudian la muerte, la infancia, la juventud como fenómeno político); el ascenso de culturas no europeas que influyen en la cultura europea y que en sus esfuerzos de independencia solo verbalmente se cubren con lenguaje marxista, etc. etc.  Solo la burocratización del pensamiento de Marx por la Unión Soviética lo condenó a convertirlo en un mausoleo, a un adorno como emblema de textos oficiales y clásicos del pensamiento. El dominio amenazador de la Unión Soviética fracasó teóricamente, mucho antes que lo hiciera en la práctica. El de los Estados Unidos se mantiene, pero no se sabe cuánto tiempo más.         
 
Afuera ya había caído la noche. El crepúsculo había venido casi sin anunciarse. Un negro manto, con estrellas y una luna de Félix Arabia, era aromado por un vientecillo suave. Bajé al Rin, a rendir tributo a su majestuosa corriente. Me soporté sobre una baranda metálica, a sus orillas. Sus aguas corrían entre leves olas  nerviosas como pintadas de malva-plata. Dos enormes buques de carga se cruzaron a mi vista. El capitalismo hacía presencia con su marcha incesante, como hace siglos. Sentí que las horas pasadas, arrullado en palabras, eran ensueño o ficción. 
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Martes, 22 Marzo 2011 18:46

Suplemento Cultural Cuerpo de letras

Este es el Suplemento Cultural Cuerpo de letras, del periódico desde abajo, otra posición para leer, escribir y pensar la realidad. Es un medio propositivo detonador de conciencias frente a una sociedad pragmatica, hedonista y utilitaria, cuyos valores de vida solo son competir, producir y acumular. 
 
 “Cuerpo de Letras” es una publicación trimestral. El (¿ella, más bien?) quiere ser el hijo pródigo de múltiples deseos aplazados. La distancia entre su anhelo y la circunstancia de su primera circulación apenas cabe anticipar como promesa contenida. “Cuerpo de Letras” se forjó, como invención crítica, quizá ya hace dos décadas. Quizá solo hace unas pocas semanas era una quimera, un conjunto de ideas encontradas y no del todo razonablemente definidas por su directora y el consejo editorial. Entre imaginables aciertos y una improvisación, dada por descontado, se fue definiendo su perfil provisional, sus secciones imaginadas, el bestiario que la componía, y todos los factores conjeturales y controversiales, para empezar su registro nominal, “Cuerpo de Letras”, con que se decidió bautizar a la creatura literaria. Nada parece más fácil que poner en desacuerdo a media docena de amantes de la literatura que, por azar y necesidad, se juntan para intercambiar las más difusas opiniones de qué debe contener un magazín de esta naturaleza y sacar en conclusión que todo lo que se haga o se deje de hacer o se haga a medias, tiene estos o aquellos efectos o consecuencias colaterales. Asunto no menos natural. Luego viene la consideración de que el tiempo hará que el Sujeto –que es solo papel entintado- se dispone a morirse en el parto, víctima de su enredo umbilical, o tener vida propia, sea por efecto de sus felices malformaciones congénitas o a causa y caridad del público, indulgente y hasta arbitrario, que decide ser padre putativo del “Emilio”, mecido en los brazos de este Rousseau colectivo.

Hablando sin metáforas, de engañosa factura, “Cuerpo de Letras” quiere ser lo que aquí esbozamos: un Magazín cultural que se ofrece como una aventura intelectual, en que se comprometen varias personas, que desean exponer y divulgar, y compartir y reproducir, con un amplio público lector de literatura, de artes, de ciencias, una nueva experiencia en este tipo de publicaciones literarias en nuestro medio colombiano. Nos guía, si así cabe y se permite decir, una intención pedagógica, una intención crítica y una intelección intelectual compartida. La tarea de la crítica literaria, las funciones del intelectual, los grandes problemas y debates de la cultura intelectual-literaria colombiana, latinoamericana, europea encuentran en estas páginas su espacio privilegiado.
 
“Cartas del Lector”, “La Entrevista”, “Letras Universales”, “Pajinas Libres”, “En Obra”, “Las Otras Voces”, “Proyecciones” son, entre otras secciones, que en principio diseñamos y que esperamos que con la marcha y avance de los números siguientes ampliemos, modificamos o rectifiquemos. La oruga de letras que se mueve lentamente tiene en su caminado lento y de mil patas –unas que se estorban a otras, por el momento– sus metamorfosis inéditas. Esa oruga esperanzadora es este “Cuerpo de Letras”, que hoy el “indulgente, distinguido y normalmente impaciente lector” tiene entre sus diez dedos y lo extiende sobre su mesa y se ajusta las gafas y, como en buena compañía, le precisa de un café fuerte, del cigarrillo para el que lo fuma, y de concentración, silencio y su tiempo. 

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 Invitación a la historia de la lectura en Colombia
Siempre optimista por el futuro del libro y sus lectores Umberto Eco afirma que “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo… Quizá evolucione en sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”1. Una afirmación que permite ubicarse en tres preocupaciones, que si bien no aparecen de manera explícita sí parecen agobiar los diversos ambientes que competen a la comunidad de escritores, lectores y productores de libros. 
 
Por una parte, se ubica la necesidad de reflexionar sobre el libro y en tanto la lectura, como incuestionable e indispensable para todos los individuos, expresada socialmente por el afán en la multiplicación de los lectores y que genera un marcado interés en los índices de cobertura. Una preocupación, que regularmente conduce a alertar sobre los estados, las formas y los procesos de promoción de la lectura, en las políticas públicas frente a los planes de desarrollo, en la educación frente a sus programas y métodos, en las editoriales en sus proyectos, en los espacios alternativos como las bibliotecas, con el surgimiento de mediadores y promotores de lectura. 
 
La segunda preocupación, actual y ya no tan reciente, es la generada por la construcción (algunos dirán la destrucción o desaparición) de formas y prácticas lectoras bajo la fuerza social que han adquirido las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Infinidad de búsquedas desde los propios medios tecnológicos, desde las editoriales, desde las bibliotecas, que frente a la duda por la desaparición del libro, por los cambios en las formas de leer, se arman en los ámbitos en los que surge la preocupación anterior, de estrategias de legitimación. 
 
Umberto Eco al enfatizar en el carácter práctico del libro, al señalarlo como objeto indispensable y perfecto, sin duda exige una tercera, la preocupación y el interrogante por el paso del tiempo para el libro y sus lectores. Estas preocupaciones, siguiendo las insinuaciones de Eco, se entremezclan en preguntas quizá más amplias sobre la herramienta que hace posible la práctica de la lectura: ¿Qué es leer? y ¿cómo se debe leer? y el necesario desplazamiento en el tiempo ¿qué se ha leído? y ¿cómo se ha leído?, interrogantes que convocan a la necesidad de pensar en la historia del libro, la lectura y los lectores.
 
En este horizonte, la literatura juega un papel preponderante. Sin duda alguna, ella exige y se consolida en formas particulares de lectura, desde su función como práctica social en su articulación con las diversas estrategias que legitiman socialmente la lectura y a la vez se convierte en una acción positiva e indispensable. La literatura se activa así en el modo como los lectores asumen su vida cotidiana y sus formas de su representación tanto individual como colectiva. Las lecturas, no solo literarias, participan de la manera como una sociedad se ve y se observa a sí misma y es desde esta perspectiva que lo escrito, interviene bien sea de manera crítica o a modo de identificación con los horizontes de vida de sus lectores. 
 
De esta manera es posible plantear que la literatura hace parte de las funciones que constituyen la sociedad y sus individualidades, lo que permite abordar su función social en cuanto va más allá de la práctica inicial del acto de leer. Así, surge la importancia de reflexionar sobre cómo históricamente se ha visto su participación en determinados cambios sociales, –ya se ha estudiado la participación de la lectura en los movimientos estudiantiles de los años 70 del siglo XX– o en la manera como se integra lo individual a lo colectivo; en las consolidaciones y permanencias de imaginarios, por ejemplo las constantes en la construcción de héroes patrios en las múltiples composiciones sobre Bolívar y su diálogo con las historias patrias, las historias oficiales, en la consolidación de símbolos y parnasos; o en procesos que vinculan diversas colectividades como lo nacional y lo letrado, por ejemplo en la consolidación de la nacionalidad en el siglo XIX colombiano o la denominada en la actualidad novela del narcotráfico.
 
Lo anterior permite pensar en la participación de la literatura en la construcción de memorias colectivas, como partícipe de un mundo letrado que se toma otros espacios y a veces permea y se deja permear por otros lenguajes. Si bien esto ha sido pensado en cuanto a las demás producciones artísticas –pintura, música, cine, entre otros– puede desplazarse también a la relación con otras formas como por ejemplo la de la oralidad con la que no se pueden marcar límites exactos. Si bien la lectura es una práctica social, ella queda presente en diversos sustratos y espacios tanto de lo que se recuerda como lo que se olvida colectivamente. Así, se van consolidando una tradiciones lectoras, que marcan la oficialidad, lo canónico, la innovación, la revolución, en últimas la permanencias y los cambios resultado de su tensión con el discurso de la historia y con otros discursos sociales, ideológicos o políticos. Es así como surgen otras preguntas necesarias cargadas de temporalidad y qué sin duda requieren de una historia: ¿quién decide que debe o no debe ser leído? ¿Quién dice que un escrito es literatura o no? ¿qué literatura debe (quizá entre comillas) enseñarse en la escuelas y en las universidades?
 
En una perspectiva concreta, directa, la literatura se puede pensar en el umbral intermedio entre lo público y lo privado. Sin duda han ejercido mucho poder en la construcción de tradiciones, las historias de la literatura. Ellas participan en la consolidación de una fuerte tradición dominante, precedida por ejemplo, por la historia conservadora, hispanizante, de José María Vergara y Vergara de 1867, reproducida por su carácter fundacional hasta mediados del siglo XX y su participación en la construcción de la literatura nacional. Así, con variantes permiten nuevas propuestas, se establece aquello que se considera la literatura nacional, los soportes a un canon, una tradición literaria y sus principios, y la manera como la memoria cultural, en su vía letrada consolida unos valores de lo que se considera una literatura que representa a una colectividad, factores que a la vez entrarán en diálogo con los que mueven la educación, las academias y porque no, los procesos editoriales.
 
Parte de las respuestas pueden darse al pensar por ejemplo que las diversas tradiciones marcan horizontes en permanente afirmación y tensión en la organización de bibliotecas ideales, entendidas como aquellas que se construyen con lo que es, ha sido y debe ser la literatura para un individuo, una comunidad determinada y quizá en un momento dado. Pensar dichas bibliotecas enmarcadas en proyectos no sólo institucionales sino también en constante tensión con los demás ámbitos o campos que revisan lo que debe o no ser posible socialmente. Muchos son los ejemplos, quizá el que aparece a primera vista como el más extremo es el de la censura o de la exclusión de la lectura de algunos textos tanto nacionales como extranjeros y la aceptación firme de otros. Son múltiples los casos de libros señalados por la Iglesia católica durante el siglo XIX colombiano, que manteniendo la tradición del Index de libros prohibidos, adaptó sus listas frente a las publicaciones contemporáneas, lo que delimitó para determinados grupos, entre otros los femeninos, algunos procesos lectores o la apropiación de obras. El siglo XX iniciará esta tradición con la publicación de Libros buenos y libros malos del jesuita Pedro Ladrón de Guevara. 
A la vez los lectores, consolidarán bibliotecas en la selección de sus lecturas, y asumirán este hecho como una forma de diferenciación social. Puede verse en cómo se asume la cercanía o distancia del polémico y excomulgado José María Vargas Vila. La consolidación de bibliotecas desde la presencia o el olvido en el caso los lectores del poeta Candelario Obeso, poeta negro que a pesar de haber sido leído por sus contemporáneos, posterior a su muerte pasó bastante desapercibido por los lectores y volvió a recordarse sólo hasta la década de los ochenta, fundamentalmente por estudiantes de doctorado en los Estados Unidos y los grupos que más que por su poesía se interesaban por la participación de un afrodescendiente en la comunidad letrada bogotana; o crearán sus propias bibliotecas en la constante búsqueda de expresión regional en el pasado y en la necesidad de rescatar, y ese es el término –usado por algunos lectores–, obras que contribuyan a consolidar la identidad a nivel local, en la que, aunque con otras connotaciones, sobresale la construcción del sentido de lo regional desde autores como Tomás Carrasquilla.
Surge entonces también la pregunta de cómo algunos libros han moldeado las representaciones colectivas del pasado y desde allí tradiciones como por ejemplo, las construidas por los valores de la infancia en las Fábulas de Rafael Pombo; la tradición romántica, con la imagen de una literatura considerada fundacional, el caso de María de Jorge Isaacs, que a la vez se consolida en la tradición ideal del personaje femenino, frente a su contemporánea y olvidada hasta no hace poco Dolores, de Soledad Acosta, o las de poquísimo recuerdo por parte de los lectores Manuela, Tránsito o Aura, o en la actualidad la continuidad o ruptura de una tradición con Rosario Tijeras. 
Otros horizontes, quizá otras tradiciones se dan en la relación de la literatura y los procesos de recepción con lo ético, lo político y lo religioso, en el diálogo con otros discursos. Así, es posible pensar en la participación de la literatura en el sentido crítico de la memoria, en la cercanía o distancia frente a una memoria éticamente colectiva, por ejemplo contra la esclavitud, en la manera como interviene en el dialogo en la prensa periódica de novelas por entregas extranjeras publicadas en los periódicos colombianos como la norteamericana La cabaña del Tío Tom y la francesa, El mendigo negro difundidas a mediados de siglo en el momento de discusión sobre la abolición. 
Pero si bien la relación entre bibliotecas ideales y la consolidación de tradiciones permite una aproximación a la función social de la lectura, esta sin duda no es posible si no se tiene en cuenta que la literatura tiene un valor simbólico que adquiere en el mundo de lo letrado y este en el conjunto de los lenguajes y las prácticas sociales. ¿Qué es ser un lector? ¿Cómo se hace un lector? ¿Cómo se hace un lector de literatura? Sin duda alguna los autores son los principales artífices del proceso como los son aquellos que hacen de sus manuscritos productos, bien sean libros, periódicos o folletos. Pero quizá, la pregunta remite al espacio privilegiado para la consolidación de lectores: la escuela y el sinnúmero de preguntas frente a lo literario desde ella propuestos. Qué concepto se ha consolidados en las diversas tradiciones educativas sobre la literatura, no sólo en las cartillas y textos didácticos a partir de los cuales se enseñan, por señalar alguno, el curso de Literatura y lengua castellana. A la vez, qué factores intervienen en la selección de aquellas obras del canon que todos leemos como parte de aquel difuso conjunto denominado clásicos o las literaturas nacionales.
Leer y escribir es quizá la intención primaria que se ha señalado a los espacios educativos, pero la educación permea a su vez todos los espacios sociales. Cómo, en el siglo XIX a veces tan distante y a veces no tanto, se representaba el libro en los textos directos de las educación formal, o en los que en el pasado eran pensados para la educación impartida por la familia en la que la mujer jugaba un papel principal, o en los documentos oficiales, en los artículos de prensa tanto católicos como de sus opositores que le daban un carácter civilizador, son entonces interrogantes para la historia de la lectura en Colombia. Se podrá entonces indagar, por la presentación y reiteración de discursos sobre el libro que se van institucionalizando en dichas representaciones, que a la vez van dando un espacio social a la imagen de lo que se consideraba un autor, un editor, un impresor, un lector y por supuesto la actividad lectora. 
De esta manera la educación quiere generar y proponer usos colectivos del impreso, el problema está en comprender cómo se propone el libro en su representación simbólica, en los discursos que desde esta se emiten sobre él y cómo se representa el libro para ser leído, dado que tanto en uno como en otro caso las representaciones provienen a su vez de una práctica lectora. 
Por otra parte, está la imagen del autor articulada a la del libro, el lector y la lectura. La imagen del escritor se convierte en partícipe del grupo lector, como integrante de un grupo de recepción productiva en la elaboración de nuevas obras y que a la vez, participa en la actividad social. En el siglo XIX se ve representado por ejemplo en el político gramático o en el XX y XXI por algunas formas de escritor mediático. La figura de autor interviene así en la relación de los lectores con las obras y con la materialidad del libro. No se podría simplificar que la selección de las lecturas contemporáneas está mediada solamente por las reseñas, los premios y los eventos masificados. Pero sin duda alguna, las transformaciones en la figura del autor, las transformaciones en sus procesos de escritura, de la producción objetos llamados libros y su relación con los demás lectores producen históricamente cambios significativos en las prácticas sociales de la lectura.

Un lector se construye entonces fundamentalmente a partir de la obra y en su diálogo con ella, pero además está armado –si se permite la dureza del término– de la imagen del autor, y a partir de su experiencia educativa. Pero sin duda alguna existen otras mediaciones que hacen compleja su práctica. La representación que la sociedad hace del mundo de las letras y la posición que asume frente a ellas y que tiende a volverse dicotomías cuestionables desde la mirada histórica: las altas y bajas letras, lo culto y lo popular, lo alfabetizado y lo que no lo es, están también en diálogo con el libro y la lectura como forma de producción material en la que se prefigura el encuentro entre el mundo del texto y el mundo del lector. Tal vez esta es la preocupación principal de aquellos productores de lectores, que además de los ya mencionados espacios educativos y los mediadores institucionales, son los editores, los encargados de dar una expresión material a las obras y difundirlas o venderlas a quienes, ya desde un tiempo atrás, se denomina el público lector.
 
Están abiertas así, diversas formas de pensar la historia de la lectura que pueda contribuir de manera permanente a dilucidar problemas de una historia cultural amplia que permite retornar desde otra perspectiva a las preguntas formuladas inicialmente ¿Y si leer, incluso leer todos los libros fuese prácticamente inútil? ¿Por qué importa la lectura?2 Nuevamente volvemos a las preocupaciones iniciales, ¿cómo es posible llegar a comprender la lectura como una práctica social y en ese espacio la literatura? Como al estudiar la cultura del libro, de la literatura, de lo letrado se comprenden algunas prácticas sociales y como pensar la lectura desde su historia en Colombia y en particular a la de la literatura, permite aproximarse a la construcción de tradiciones que en el presente surge de la construcción de bibliotecas ideales, de procesos educativos, la figura social del autor, la materialidad del libro y los lectores como aquellos que hacen de su práctica una actividad justificada y socialmente activa.
 
Probablemente la historia de la lectura abra un espacio de comprensión sobre cómo afrontar social y en tanto culturalmente los retos que exigen las transformaciones de las prácticas. ¿Bajo qué tradiciones se han construido los lectores en Colombia y a qué tradiciones nos estamos enfrentando como lectores, escritores, docentes, estudiantes editores e investigadores? ¿Qué se ha leído, cómo se ha leído, para qué se ha leído? ¿Quién decide que o que no se debe leer? De allí quizá se desprende la posibilidad de ver, al menos parcialmente, cómo las diversas formas de circulación de los textos y la práctica de la lectura están participando en la configuración de unas constantes en la manera en que las comunidades o los diferentes grupos arman su concepción sobre lo social, lo individual, y en tanto sobre sus actos.
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Al enfrentarse a la Independencia política, la inteligencia hispanoamericana, partícipe de una doble raíz cultural, a saber, la hispánico-barroca y la ilustrada atemperada, se propuso encaminar las naciones emergentes hacia un futuro inédito. El terreno de lo desconocido, que se abría ante sí lleno de esperanzas, pero también de incertidumbres, se pretendió descifrar con fórmulas ideológicas conocidas e improvisadas a la vez. De alguna manera la tarea de construir la nación cultural significaba rebasar los límites, en todo caso, contraídos y estrechos, que le había impuesto a este Nuevo Mundo el desvencijado imperio español.
 
Como en la experiencia occidental, las naciones hispanoamericanas tuvieron que abocarse a una recreación intelectual de los postulados de la nación moderna y entender que tenían que equiparse de nuevos argumentos interpretativos, con una irreversible vocación divulgativa. Una cita del sociólogo Edward Shils (Los intelectuales en los países en desarrollo, 1974), pese a referirse a situaciones contemporáneas de países africanos o asiáticos en busca de su entidad nacional, favorece una comprensión global de este proceso de occidentalización o europeización a que se sometieron a su turno –hace ya doscientos años- nuestras naciones: “La cultura heredada no basta en sí misma para servir de complemento cultural de una sociedad moderna ni para crear el auto-respeto que exige el modernismo. El cultivo de las formas populares de arte y de la medicina tradicional no habrá de satisfacer a las clases dominantes de los nuevos estados, por mucho que les guste presentarse como respetuosas de las tradiciones en todas las ceremonias oficiales. Habrá que contar con la creatividad en los géneros específicamente modernos en la producción literaria y artística, en la investigación científica, en las ciencias sociales, en la historia, así como en el estudio de la literatura, el idioma y las artes. El auto-descubrimiento en gran escala es parte esencial de la formación de una sociedad nacional o translocal, y para tal fin resulta necesaria la investigación humanística y social. Deberá ser como un auto-descubrimiento donde los elementos míticos y ficticios sean tratados con simpatía y sin apasionamientos, ya que en este caso contrario los despreciarán las personas inteligentes, incluso las que se sirvan de ellos con propósitos demagógicos. Para este fin resultan indispensables las modernas técnicas de investigación”. 1 

Podemos, en principio, establecer tres periodos que corresponderían a tres “tipos puros” de la historia de los intelectuales latinoamericanos desde la Independencia. Así: I. Primer Periodo. El intelectual y el político (1792-1880); II. Segundo Periodo. El intelectual puro (1880-1930); III. Tercer Periodo. El intelectual como científico social (1930-1980).
 
I. Primer periodo 
 
Socio-históricamente se enmarca en la llamada “ciudad patricia”, es decir, una categoría acuñada por el historiador argentino José Luis Romero, en su obra ya clásica Latinoamérica: las ciudades y las ideas (1976). En ella se establece una élite comercial que, de algún modo, quiere profundizar los efectos liberadores de la Ilustración. En un momento anterior a la Independencia, en la última década del siglo XVIII, se quiso imponer una forma de conocimiento. El periódico “El Mercurio Peruano”, fundado por la Sociedad de Amantes del País” (1790) o “El Semanario de la Nueva Granada” (1808-1810) ofrecen un claro ejemplo de una tendencia dominante en esta generación. Los nombres de José Hipólito Unanue o de Francisco José de Caldas son representativos, y les cabe las palabras del historiador peruano Jorge Basadre: “En el Mercurio Peruano aparecido en 1791 acaso no hubo una novedad temática; pero haya características singulares. En primer lugar, la lucidez, la claridad y la exactitud, o sea, el racionalismo superando lo confuso, lo arbitrario, lo informe… Ese conocimiento va a ser divulgado no como erudición muerta, ni a través de disertaciones abstrusas, sino a través de estudios exactos sobre la historia ‘contraída a la dilucidación y conocimiento práctico de nuestros principales establecimientos’, sobre el comercio, la industria, la geografía, la vida social del Perú viviente”2. El amor y el estudio a las cosas nacionales, a la patria se impone como proyecto: “Esta es la obra a que se disponen unos hombres estudiosos, y verdaderos amantes de la patria…”, se lee en el prospecto del primer periódico mencionado.
 
Con el proceso de Independencia y por sus inestimables consecuencias, –inestabilidad concomitante que empieza con levantamientos realistas como los de Boves–, se impone retos y desafíos nuevos. El caudillismo emerge como el fenómeno político más característico y visible. A él se asocia la permanencia e incluso fortalecimiento del sistema hacendario, es decir, ese núcleo básico de la vida económica, de las relaciones familísticas extensas y del poder clientelar. La Iglesia como fuerza espiritual tradicional, pero igualmente dueña de extensos territorios productivos –y no- ejerce una no poca resistencia al cambio. Caudillos son Rosas, Quiroga, Gamarra, López de Santa Ana, Mosquera.
 
El hombre de letras se presenta en su papel de civilizador. Continúa, hasta cierto grado con los ideales ilustrados –entendido como de divulgación de conocimientos racionales y científicos– pero se amplifica el espectro de sus tareas, de sus temas y de sus medios expresivos. Ante todo, el hombre de letras se siente o es un hombre de estado, un político que influye con las armas de la persuasión escrita y hablada. Política y vida intelectual se fusionan en la misma persona. Las preocupaciones emergentes en la fase constructiva de las nuevas repúblicas –independientes de España– imponen los temas, los ritmos, las formas de la palabra. La lucha contra el caudillo, es decir, contra una manifestación “aberrante” del autoritarismo y el dominio en nuestras sociedades precariamente “civilizadas”, constituye abierta o implícitamente el primer desafío por superar. 
 
El liberalismo criollo, amplificado por lecturas con Tocqueville, Guizot y los socialistas utópicos como Saint-Simon o Fourier, Pierre Leroux o Lerminier, capta nuevos fenómenos, aprende a describir con mayor vigor y comprender con nuevos conceptos las causas del drama americano pos-independentista. Si los nombres de la primera época de la Independencia de España, son Viscardo, Teresa de Mier, Hidalgo, Bolívar, San Martín o Mariano Moreno, ahora los hombres que captan la atención de la opinión pública culta son José J. Fernández de Lizardi, Andrés Bello, García del Río, Olmedo, D. F. Sarmiento, Juan B. Alberdi, Francisco Bilbao, Esteban Echeverría, Lucas Alamán…, entre muchos más.
 
Su órgano o medio de expresión es la prensa. La prensa se concibe como divulgadora, como maestra –siguiendo la tradición ilustrada– pero ahora el tono polémico, de abierta o atenuada crítica, se amplifica a temas no estricta o prioritariamente, mercantiles o científicos. El análisis social se impone: el estudio de la lengua, de nuestra literatura, de nuestra historia, de las costumbres, ocupan a los hombres de letras. Se escribe, con todo, a prisa; al calor de las circunstancias. En ellos emerge constantemente el tema de España. Este núcleo de la formación de la nacionalidad criolla es decisivo. Liberarse políticamente de España fue el primer paso. Ahora falta enfrentarse a la Madre patria en sus múltiples consecuencias sociales, culturales, literarias. Se ha insistido mucho –por muy serios estudiosos como Pedro Henríquez Ureña– que estas décadas se caracterizaron por su dependencia cultural-literaria de España. Hay razones para pensar lo contrario, o al menos para matizar el juicio. La obra de Sarmiento –a quien un español de apellido Mendivier en una famosa polémica quiso motejarlo con el sobrenombre de Sarmentier, simplemente por su afición a la literatura francesa- no solo se puede entender como una obra de imitación de un modelo anti-hispánico. Curiosamente fue un periodista español Larra, quien proporcionó los argumentos y tonos renovados para atacar la España tradicional. Los hispanoamericanos, como siempre, mostraron ser fieles a sus maestros y superaron el ejemplo. Ejemplo de superación: Facundo. Civilización o barbarie (1845). 
 
Esta obra no nace en el vacío lo había anticipado sus polémicas, a veces feroces, contra todo y contra todos. Nacido en la oscura provincia, en medio de la pobreza, hecho a fuerza de voluntad y un autodidactismo indeclinable, Sarmiento es un tipo nuevo de hombre de letras. La encarnación más cumplida del nuevo ideario post-independentista. Ególatra, caprichos, loco: así fue tildado. Hoy se puede llamar genio de las letras –así lo calificó el español Unamuno, no sin equívocos– sin aporrear la semántica. Al lado de Sarmiento –maestro del ímpetu y la creación prosística– están los más conservadores, por edad y formación, por razones de credo político y sentido mesurado de la tarea intelectual: Bello y García del Río. Antes que la obra de Sarmiento, debe figurar en este brevísimo recuento la de estos hombres de letras, La Biblioteca (1823) y El Repertorio Americano (1826/27). Ellas contienen en su núcleo, insinuada, prevista, anticipada los enormes desafíos para nuestra civilización republicana en ciernes. El poema “Silvas Americanas” de Bello alienta una pasión continental que prosigue o acentúa la tarea bolivariana; su vocación continental expresada por el Libertador en la “Carta de Jamaica” (1815). Su matiz clasicista era también un esfuerzo renovador. Luego concluye su tarea en “El Araucano”, o con la redacción del “Código Civil” o de la “Gramática de la lengua castellana”. 
 
También cabría mencionar para este periodo, la labor de “El Mosaico” en Santafé de Bogotá, que fue tertulia y periódico. De allí nace María de Jorge Isaacs y Manuela de Eugenio Díaz. También es de mencionar la “Asociación de Mayo” en Buenos Aires, “Las veladas literarias” en Ciudad de México, las reuniones del partido de la Unión Nacional en Lima. 
 
Muchos de estos hombres fueron ministros, parlamentarios, algunos presidentes. Redactaron constituciones, leyes, gramáticas, trazaron fronteras y decidieron políticas educativas… también fueron perseguidos, encarcelados y calumniados. Hubo eruditos –cultivaron la ciencia histórica anticuaria o crítica– como el argentino Juan María Gutiérrez, el mexicano Joaquín García Icazbalceta o el colombiano Rufino José Cuervo. 
 
II. Segundo periodo
 
El segundo periodo se puede enmarcar en las calificadas también por Romero, “ciudades burguesas”. En ellas se respira un clima de civilismo, tras la superación de las guerras civiles y en búsqueda de la quimera dorada del progreso. Se intensifica los fenómenos propios de la sociedad burguesa; es decir, se aclimata una nueva mentalidad impulsada por la adquisición de riquezas por vía de la sistemática explotación de materias primas y mano de obra salariada. Se consolidad el estado nacional. Surgen los primeros brotes de nacionalismo (como en Ricardo Rojas). El lujo se impone, como forma de vida doméstica; “el interior burgués”. El cosmopolitismo, o la intensificación del proceso de europeización se hacen visibles, por lo menos en las nuevas clases ricas. En Buenos Aires se hace más visible y primero. Pero ya en el Bogotá de 1896 –tal como no los describe un Tomás Carrasquilla en su primera visita a la capital– se percibe en los salones sociales elegantes. Hay confianza en este nuevo modo de vivir. Hay también motivos de nueva crítica social, por los fenómenos emergentes que no se conocían en esa dimensión: locura, drogadicción, delincuencia, prostitución. La Iglesia pierde su papel preponderante, o se disminuye al menos. 
 
El artista capta –como en el Azul de Rubén Darío, 1888– los claroscuros de esa fascinante y repulsiva situación. Se observa allí una nueva dimensión de artista o el hombre de letras y la sociedad. Se pone de presente una desarmonía o disonancia, que significa o impele al escritor a refugiarse en su interioridad. Es el “Culto al Yo”. Esto repite o replica a su modo, el problema del “fin del arte”, es decir, en momento en que el artista o escritor se margina de los centros o resortes centrales de la vida social, porque la sociedad ya no precisa de esta fuente de cohesión social. Entre la sociedad burguesa y el intelectual se abre un abismo. Esto lleva a un cultivo de la subjetividad que se traduce como un refinamiento de sus expresiones. El crítico Henríquez Ureña –ya mencionado- lo caracteriza en la figura del ensayista uruguayo José Enrique Rodó, autor del libro-símbolo Ariel: “… su prosa es la trasfiguración del castellano, que abandonando los extremos de lo rastrero y lo pomposo, alcanza un justo medio y se hace espiritual, sutil, dócil a las más diversas modalidades, como el francés de Anatole France o el inglés de Walter Pater o el italiano de D’Annunzio”.3

La consolidación de los partidos políticos, la centralización de la burocracia estatal, las nuevas fuerzas económicas, el crecimiento de las metrópolis urbanas, las formas de nuevas estratificación social, la especialización, etc., forman ese complejo que determina la marginación del artista. Como el resto de la sociedad, el artista, por así decirlo, se especializa. Esta nueva división del trabajo lo impele a seguir a su vocación. Frente a un mundo que juzga vulgar, quiere hacerse una existencia estética. Es tanto un Carrasquilla, pero también, un José Asunción Silva, un Darío, un Herrera y Reissig. También están educadores como Hostos o Varona. El nuevo tipo acabado de estos artistas puros, no surge como ruptura, sino como una acentuación. Los precede por ejemplo un Juan Montalvo –con su “Cosmopolita”-, o Ignacio Manuel Altamirano –con su “Renacimiento”- o sobre todo un Manuel González Prada, con un libro que marca un hito de la nueva ensayística latinoamericana, Páginas Libres (1895). La existencia de estos tres últimos autores mencionados están como en el medio: luchan todavía contra los dictadores, pero a la vez desean fervientemente consagrarse a sus horas de estudios, a su anhelo de perfección estética. Hay novelas notables: Ídolos rotos de Manuel Rodríguez o Ifigenia de Teresa de la Parra. 
 
Las lecturas, por supuestos se amplifican. Ya no son solo los temas sociales los dominantes. Ya aparecen preocupaciones de nuevo orden, que marca los vientos intelectuales del fin de siglo. Nietzsche, su poderoso y difuso influjo, se hace sentir, de las más diversas maneras. También se impone el gusto por el simbolismo o parnasianismo. Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y, sobre todo, el “oscuro” Mallarmé son leídos con gran pasión. Estas lecturas rinden sus frutos positivos, en algunos, en otros son modas que arruinan sus vocaciones y estragan sensibilidades.
 
El ensayista mayor dominicano ya citado, nos ofrece un ejemplo del ambiente cosmopolita de lecturas de su primera adolescencia: “!Qué multitud de libros recorrimos durante el año en que concurrí a vuestra casa, y, sobre todo, qué río de comentarios fluyó entonces! Vuestro gusto, sin olvidar el respeto debido a los clásicos, a Shakespeare (que entonces releímos casi entero), a los maestros españoles, nos guió al recorrer la poesía castellana de ambos mundos, el teatro español desde los orígenes, del romanticismo, la novela francesa, la obra de Tolstoi, la de D’Annunzio, los dramas de Hauptmann y de Sudermann, la literatura escandinava reciente, y, en especial, el teatro de Ibsen, cuyo apasionado culto fue el alma de vuestras reuniones.”4 
 
Este cosmopolitismo, esa universalización de las letras –en realidad siempre ha existido una curiosidad por la producción europea desde la Ilustración- significó, paradójicamente, una reconciliación –parcial, sea dicho de paso– con las letras españolas. La tensión acérrima, pro o anti-hispánica, si cabe, fue atenuándose. Al par de esta consagración a las letras españolas, que fue característica de Henríquez Ureña o Alfonso Reyes (que no fue beatería reaccionaria como en Miguel Antonio Caro), se insinúan o emergen nuevas formas de sociabilidad. Mientras el libro hace una irrupción más notable, frente a la prensa (aparece Barcelona como capital editora), ciertos ambientes “equívocos”, como la bohemia y la tertulia se imponen. Se impone el poeta dandy, ya no el anterior atildado hombre de Estado. Se impone un modelo de extravagancia, de épater de la bourgoise, es decir, de escandalizar al burgués. 
 
También se encuentra en este período los llamados positivistas. Parecen éstos ir en contravía, del anhelo estetizante modernista. Son dos versiones del proceso de secularización. El positivismo es la Latinoamérica, lo que el krausismo para España. Vía de escape del asfixiante dogmatismo católico y del fanatismo de las confrontaciones liberal-conservadores. México, Argentina, Brasil, en menor medida Colombia tuvo positivistas. Son Gabino Barreda o Carlos Arturo Torres. También se debe mencionar a Justo Sierra. Ellos incrementan la fe por el progreso material, el amor por las ciencias. 
 
III. Tercer periodo. El intelectual científico social
 
La aparición de las ciudades masificadas, de estas conglomeraciones gigantescas que desafiaban el orden burgués anterior, fue y es uno de los fenómenos sociológicos más impactantes y definitorios de la estructura social de siglo XX en América Latina. Hacia los años veinte y treinta la inminencia de sus efectos más visibles no escapaba a nadie. El desconcierto que ello pudo producir, y que aún produce, es de consecuencia múltiples. La gran urbe arrastraba y sobre todo intensificaba todas las adversidades que se conocieron en el periodo anterior. Pero en el periodo anterior estos fenómenos fueron juzgados, como parte de un mal racial, o al menos como una forma muy particular –en una suerte de “herderianismo” criollo– con que se identificó “nuestra manera de ser racial”. 
 
Las ciudades masificadas no solo atraían sobre sí la mano de obra no calificada del campo a la ciudad. La miseria cobró una dimensión pavorosa; los barrios marginales crecieron y desbordaron toda posible planificación, en caso de que ella fuera prevista. La estructura urbana se resquebrajó por la fuerza de esta presión demográfica inmensa. Pero paralelo a ello surgieron fenómenos políticos desconcertantes. La aparición del populismo, como efecto de esta oleada incontenible de masas desarraigadas, puesto de presente que los fundamentos de lo nacional estaban en cuestión y que el orden anterior precisaba un ajuste o una refacción profunda. Las masas se hacían sentir desesperadamente, y la democracia ilustrado o institucional tradicional –el modelo constitucional y jurídico liberal– apenas podía responder con eficacia a los desafíos gigantescos que la abrumaban.
 
Un nuevo voluntarismo y una forma audaz, anteriormente desconocida, se imponían. La “hora de las espadas”, como las llamó un poeta argentino, Leopoldo Lugones, reclamaba su espacio. También hay otro caudillo de las letras: José Vasconcelos. Las revoluciones rusa, mexicana, la Reforma de Córdoba, la resistencia anti-yanqui de Mella o Sandino, las agitaciones en todos los frentes, no dan tregua. Frente a ello, el poeta modernista, el anterior hombre de letras cultivado en la sofisticada literatura europea, aunque no fue ajeno a las voces del pueblo rural (como José Hernández con su Martín Fierro o luego Ricardo Guiraldes con su Don segundo Sombra o incluso un José Eustasio Rivera con su Vorágine), parecía incapaz de ofrecer una imagen y un análisis sólido de la nueva situación. El intelectual amateur o simplemente el diletantismo cedieron ante la realidad abrumadora. Una de las primeras obras que puso en claro los límites de la anterior inteligencia –sin condenarla- fue José Carlos Mariátegui con Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1927). Mariátegui parecía cumplir lo que prometió el “Mercurio peruano”, 140 años después. Descendiente de la prosa de Rodó, vía Henríquez Ureña, es Jorge Luis Borges. Es Borges algo más, hijo de su siglo, de las vanguardias, de la Biblioteca de Babel, en fin, pero en su sustancia y núcleo es hijo adelantado, plenitud y superador de la estética modernista. 
 
Con el surgimiento de la sociedad de masas, en el filo de una experiencia nacional traumática, se dieron a luz otras obras que captaban, con nuevos conceptos e instrumentos críticos, la realidad nacional. En Mariátegui, el marxismo sirvió de soporte a su trabajo de investigación social. Mariátegui improvisaba, o mejor, ensayaba otras maneras de ver la realidad natal. La anterior crítica acerva de González Prada, parecía insuficiente a las demandas del un público más exigente y volcado a dar soluciones propositivas al gran drama nacional, el del indio. El tema, en efecto, lo había planteado correctamente González Prada mismo, en su famosa conferencia, “Nuestros indios” (de Horas de lucha). Pero el estudio de la comunidad indígenas, sus aspectos socio-económicos, sus formas de asociaciones familiares o comunitarias, habían escapado al incisivo anarquista. Esta obra de Mariátegui es eslabón o mejor es parte de obras que en ese mismo momento surgían en otros lados y por otros autores. Basta recordar Problemas colombianos (1927) de Alejandro López o Perú: problema y posibilidad (1927) de Jorge Basadre.
 
Casa grande y senzala (1933) del brasilero Gilberto Freire constituye o encarna el libro de ciencias sociales más determinante de estas décadas. Freire, hijo de una poderosa familia de hacendados del norte del Brasil, pinta una poderosa imagen dinámica, multicultural, de su país, que es símbolo de comprensión y recreo intelectual. Sus sólidos conocimientos antropológicos –estudió antropología en Estados Unidos con Franz Boas-, su gigante y desmesurada erudición y manejo técnico de las fuentes documentales de todo género, y su prosa cautivante, constituyen los ingredientes centrales de este monumento de la inteligencia latinoamericana. Si a ella le cabe un espacio en este epos intelectual, no es menos cierto que sus –hoy por hoy- discutibles tesis –con cierto tono de racista- apenas opacan el conjunto. Su estudio de la sociedad esclavócrata de la época colonial, la fuerte imbricación de elementos culturales –indígena, negro, portugués-, y la fina y pormenorizada historia de las costumbres sexuales de la vida de hacienda en el siglo XVII, de alguna manera no conoce par.

Si Freire marca un hito, de indisputable prestancia universal, a su lado cabe mencionar a Fernando Ortiz con su Contrapunteo del tabaco y el azúcar –acuña el concepto transculturación adoptado por Malinoswski-, Estructura social de la colonia de Sergio Bagú, o los trabajos históricos de Basadre o Silvio Zabala, los sociológicos de Gino Germani o Medina Echavarría o de Carlos Rama, los económicos de Prebish o Faletto y Cardoso. Críticos literarios como Ángel Rama. Para Colombia cabe anunciar los estudios de Luis Eduardo Nieto Arteta, Antonio García, Jaime Jaramillo Uribe, Orlando Fals Borda y, sobre todo, Familia y cultura en Colombia de Virginia Gutiérrez de Pineda. En todos ellos domina el mismo o similar espíritu científico, todos ellos son fuentes de comprensión renovada de nuestras nacionalidad y responden a la pregunta implícita, sugeridas de las violentas tensiones sociales y políticas del siglo XX, de dónde venimos, qué podríamos hacer y que es de esperar de la ciencia en la modela racional –o racionalizante- de nuestras convulsas sociedades. La universidad es el centro de sus actividades. También fundan editoriales como Fondo de Cultura Económica, Losada, luego Monte Ávila o Biblioteca Ayacucho. También Flacso, que es un anhelo de la institucionalización de la nueva tecnocracia del conocimiento científico. 
 
También se “normalizan” los estudios filosóficos; se traduce a Kant –sobre la primera versión de José del Perojo. Se lee a Husserl, Scheler, Heidegger; a Russel. Misteriosamente a Ortega y Gasset. 

Para concluir, basta mencionar dos nombres que ocupan un lugar de singular “rareza” en la inteligencia del último medio siglo. Me refiero al historiador argentino ya aludido, Romero, por ese despliegue universal de su obra, que cubre desde la Antigüedad, Edad Media y época burguesa, que lo habilitó a dar una versión revivificadora de la experiencia histórica argentina y latinoamericana. Y en segundo término, el del crítico, ensayista y filósofo colombiano Rafael Gutiérrez Girardot. Estos dos nombres, van de la mano, pues de alguna manera, son los más conscientes y consecuentes herederos de la prosa –y el anhelo de perfección- modernista, y a la vez cumplidos “especialista” en su campo disciplinar. 

Luego queda el capítulo abierto y equívoco bajo el impacto de la Revolución cubana. El intelectual se convierte nuevamente en anti-intelectual: el leninsimo capta las mejores mentes. La praxis de los comandantes se impone como meta de la inteligencia. Los movimientos estudiantiles jerarquizan sus nombres: Marta Harnecker, Eduardo Galeano, etc. Es mezcla de marxismo de segunda mano con populismo; de leninismo en su diversas variantes (es estalinismo, jesuitismo proletario) con sancocho…
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