Martes, 22 Marzo 2011 18:46

Suplemento Cultural Cuerpo de letras

Este es el Suplemento Cultural Cuerpo de letras, del periódico desde abajo, otra posición para leer, escribir y pensar la realidad. Es un medio propositivo detonador de conciencias frente a una sociedad pragmatica, hedonista y utilitaria, cuyos valores de vida solo son competir, producir y acumular. 
 
 “Cuerpo de Letras” es una publicación trimestral. El (¿ella, más bien?) quiere ser el hijo pródigo de múltiples deseos aplazados. La distancia entre su anhelo y la circunstancia de su primera circulación apenas cabe anticipar como promesa contenida. “Cuerpo de Letras” se forjó, como invención crítica, quizá ya hace dos décadas. Quizá solo hace unas pocas semanas era una quimera, un conjunto de ideas encontradas y no del todo razonablemente definidas por su directora y el consejo editorial. Entre imaginables aciertos y una improvisación, dada por descontado, se fue definiendo su perfil provisional, sus secciones imaginadas, el bestiario que la componía, y todos los factores conjeturales y controversiales, para empezar su registro nominal, “Cuerpo de Letras”, con que se decidió bautizar a la creatura literaria. Nada parece más fácil que poner en desacuerdo a media docena de amantes de la literatura que, por azar y necesidad, se juntan para intercambiar las más difusas opiniones de qué debe contener un magazín de esta naturaleza y sacar en conclusión que todo lo que se haga o se deje de hacer o se haga a medias, tiene estos o aquellos efectos o consecuencias colaterales. Asunto no menos natural. Luego viene la consideración de que el tiempo hará que el Sujeto –que es solo papel entintado- se dispone a morirse en el parto, víctima de su enredo umbilical, o tener vida propia, sea por efecto de sus felices malformaciones congénitas o a causa y caridad del público, indulgente y hasta arbitrario, que decide ser padre putativo del “Emilio”, mecido en los brazos de este Rousseau colectivo.

Hablando sin metáforas, de engañosa factura, “Cuerpo de Letras” quiere ser lo que aquí esbozamos: un Magazín cultural que se ofrece como una aventura intelectual, en que se comprometen varias personas, que desean exponer y divulgar, y compartir y reproducir, con un amplio público lector de literatura, de artes, de ciencias, una nueva experiencia en este tipo de publicaciones literarias en nuestro medio colombiano. Nos guía, si así cabe y se permite decir, una intención pedagógica, una intención crítica y una intelección intelectual compartida. La tarea de la crítica literaria, las funciones del intelectual, los grandes problemas y debates de la cultura intelectual-literaria colombiana, latinoamericana, europea encuentran en estas páginas su espacio privilegiado.
 
“Cartas del Lector”, “La Entrevista”, “Letras Universales”, “Pajinas Libres”, “En Obra”, “Las Otras Voces”, “Proyecciones” son, entre otras secciones, que en principio diseñamos y que esperamos que con la marcha y avance de los números siguientes ampliemos, modificamos o rectifiquemos. La oruga de letras que se mueve lentamente tiene en su caminado lento y de mil patas –unas que se estorban a otras, por el momento– sus metamorfosis inéditas. Esa oruga esperanzadora es este “Cuerpo de Letras”, que hoy el “indulgente, distinguido y normalmente impaciente lector” tiene entre sus diez dedos y lo extiende sobre su mesa y se ajusta las gafas y, como en buena compañía, le precisa de un café fuerte, del cigarrillo para el que lo fuma, y de concentración, silencio y su tiempo. 

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 Invitación a la historia de la lectura en Colombia
Siempre optimista por el futuro del libro y sus lectores Umberto Eco afirma que “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo… Quizá evolucione en sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”1. Una afirmación que permite ubicarse en tres preocupaciones, que si bien no aparecen de manera explícita sí parecen agobiar los diversos ambientes que competen a la comunidad de escritores, lectores y productores de libros. 
 
Por una parte, se ubica la necesidad de reflexionar sobre el libro y en tanto la lectura, como incuestionable e indispensable para todos los individuos, expresada socialmente por el afán en la multiplicación de los lectores y que genera un marcado interés en los índices de cobertura. Una preocupación, que regularmente conduce a alertar sobre los estados, las formas y los procesos de promoción de la lectura, en las políticas públicas frente a los planes de desarrollo, en la educación frente a sus programas y métodos, en las editoriales en sus proyectos, en los espacios alternativos como las bibliotecas, con el surgimiento de mediadores y promotores de lectura. 
 
La segunda preocupación, actual y ya no tan reciente, es la generada por la construcción (algunos dirán la destrucción o desaparición) de formas y prácticas lectoras bajo la fuerza social que han adquirido las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Infinidad de búsquedas desde los propios medios tecnológicos, desde las editoriales, desde las bibliotecas, que frente a la duda por la desaparición del libro, por los cambios en las formas de leer, se arman en los ámbitos en los que surge la preocupación anterior, de estrategias de legitimación. 
 
Umberto Eco al enfatizar en el carácter práctico del libro, al señalarlo como objeto indispensable y perfecto, sin duda exige una tercera, la preocupación y el interrogante por el paso del tiempo para el libro y sus lectores. Estas preocupaciones, siguiendo las insinuaciones de Eco, se entremezclan en preguntas quizá más amplias sobre la herramienta que hace posible la práctica de la lectura: ¿Qué es leer? y ¿cómo se debe leer? y el necesario desplazamiento en el tiempo ¿qué se ha leído? y ¿cómo se ha leído?, interrogantes que convocan a la necesidad de pensar en la historia del libro, la lectura y los lectores.
 
En este horizonte, la literatura juega un papel preponderante. Sin duda alguna, ella exige y se consolida en formas particulares de lectura, desde su función como práctica social en su articulación con las diversas estrategias que legitiman socialmente la lectura y a la vez se convierte en una acción positiva e indispensable. La literatura se activa así en el modo como los lectores asumen su vida cotidiana y sus formas de su representación tanto individual como colectiva. Las lecturas, no solo literarias, participan de la manera como una sociedad se ve y se observa a sí misma y es desde esta perspectiva que lo escrito, interviene bien sea de manera crítica o a modo de identificación con los horizontes de vida de sus lectores. 
 
De esta manera es posible plantear que la literatura hace parte de las funciones que constituyen la sociedad y sus individualidades, lo que permite abordar su función social en cuanto va más allá de la práctica inicial del acto de leer. Así, surge la importancia de reflexionar sobre cómo históricamente se ha visto su participación en determinados cambios sociales, –ya se ha estudiado la participación de la lectura en los movimientos estudiantiles de los años 70 del siglo XX– o en la manera como se integra lo individual a lo colectivo; en las consolidaciones y permanencias de imaginarios, por ejemplo las constantes en la construcción de héroes patrios en las múltiples composiciones sobre Bolívar y su diálogo con las historias patrias, las historias oficiales, en la consolidación de símbolos y parnasos; o en procesos que vinculan diversas colectividades como lo nacional y lo letrado, por ejemplo en la consolidación de la nacionalidad en el siglo XIX colombiano o la denominada en la actualidad novela del narcotráfico.
 
Lo anterior permite pensar en la participación de la literatura en la construcción de memorias colectivas, como partícipe de un mundo letrado que se toma otros espacios y a veces permea y se deja permear por otros lenguajes. Si bien esto ha sido pensado en cuanto a las demás producciones artísticas –pintura, música, cine, entre otros– puede desplazarse también a la relación con otras formas como por ejemplo la de la oralidad con la que no se pueden marcar límites exactos. Si bien la lectura es una práctica social, ella queda presente en diversos sustratos y espacios tanto de lo que se recuerda como lo que se olvida colectivamente. Así, se van consolidando una tradiciones lectoras, que marcan la oficialidad, lo canónico, la innovación, la revolución, en últimas la permanencias y los cambios resultado de su tensión con el discurso de la historia y con otros discursos sociales, ideológicos o políticos. Es así como surgen otras preguntas necesarias cargadas de temporalidad y qué sin duda requieren de una historia: ¿quién decide que debe o no debe ser leído? ¿Quién dice que un escrito es literatura o no? ¿qué literatura debe (quizá entre comillas) enseñarse en la escuelas y en las universidades?
 
En una perspectiva concreta, directa, la literatura se puede pensar en el umbral intermedio entre lo público y lo privado. Sin duda han ejercido mucho poder en la construcción de tradiciones, las historias de la literatura. Ellas participan en la consolidación de una fuerte tradición dominante, precedida por ejemplo, por la historia conservadora, hispanizante, de José María Vergara y Vergara de 1867, reproducida por su carácter fundacional hasta mediados del siglo XX y su participación en la construcción de la literatura nacional. Así, con variantes permiten nuevas propuestas, se establece aquello que se considera la literatura nacional, los soportes a un canon, una tradición literaria y sus principios, y la manera como la memoria cultural, en su vía letrada consolida unos valores de lo que se considera una literatura que representa a una colectividad, factores que a la vez entrarán en diálogo con los que mueven la educación, las academias y porque no, los procesos editoriales.
 
Parte de las respuestas pueden darse al pensar por ejemplo que las diversas tradiciones marcan horizontes en permanente afirmación y tensión en la organización de bibliotecas ideales, entendidas como aquellas que se construyen con lo que es, ha sido y debe ser la literatura para un individuo, una comunidad determinada y quizá en un momento dado. Pensar dichas bibliotecas enmarcadas en proyectos no sólo institucionales sino también en constante tensión con los demás ámbitos o campos que revisan lo que debe o no ser posible socialmente. Muchos son los ejemplos, quizá el que aparece a primera vista como el más extremo es el de la censura o de la exclusión de la lectura de algunos textos tanto nacionales como extranjeros y la aceptación firme de otros. Son múltiples los casos de libros señalados por la Iglesia católica durante el siglo XIX colombiano, que manteniendo la tradición del Index de libros prohibidos, adaptó sus listas frente a las publicaciones contemporáneas, lo que delimitó para determinados grupos, entre otros los femeninos, algunos procesos lectores o la apropiación de obras. El siglo XX iniciará esta tradición con la publicación de Libros buenos y libros malos del jesuita Pedro Ladrón de Guevara. 
A la vez los lectores, consolidarán bibliotecas en la selección de sus lecturas, y asumirán este hecho como una forma de diferenciación social. Puede verse en cómo se asume la cercanía o distancia del polémico y excomulgado José María Vargas Vila. La consolidación de bibliotecas desde la presencia o el olvido en el caso los lectores del poeta Candelario Obeso, poeta negro que a pesar de haber sido leído por sus contemporáneos, posterior a su muerte pasó bastante desapercibido por los lectores y volvió a recordarse sólo hasta la década de los ochenta, fundamentalmente por estudiantes de doctorado en los Estados Unidos y los grupos que más que por su poesía se interesaban por la participación de un afrodescendiente en la comunidad letrada bogotana; o crearán sus propias bibliotecas en la constante búsqueda de expresión regional en el pasado y en la necesidad de rescatar, y ese es el término –usado por algunos lectores–, obras que contribuyan a consolidar la identidad a nivel local, en la que, aunque con otras connotaciones, sobresale la construcción del sentido de lo regional desde autores como Tomás Carrasquilla.
Surge entonces también la pregunta de cómo algunos libros han moldeado las representaciones colectivas del pasado y desde allí tradiciones como por ejemplo, las construidas por los valores de la infancia en las Fábulas de Rafael Pombo; la tradición romántica, con la imagen de una literatura considerada fundacional, el caso de María de Jorge Isaacs, que a la vez se consolida en la tradición ideal del personaje femenino, frente a su contemporánea y olvidada hasta no hace poco Dolores, de Soledad Acosta, o las de poquísimo recuerdo por parte de los lectores Manuela, Tránsito o Aura, o en la actualidad la continuidad o ruptura de una tradición con Rosario Tijeras. 
Otros horizontes, quizá otras tradiciones se dan en la relación de la literatura y los procesos de recepción con lo ético, lo político y lo religioso, en el diálogo con otros discursos. Así, es posible pensar en la participación de la literatura en el sentido crítico de la memoria, en la cercanía o distancia frente a una memoria éticamente colectiva, por ejemplo contra la esclavitud, en la manera como interviene en el dialogo en la prensa periódica de novelas por entregas extranjeras publicadas en los periódicos colombianos como la norteamericana La cabaña del Tío Tom y la francesa, El mendigo negro difundidas a mediados de siglo en el momento de discusión sobre la abolición. 
Pero si bien la relación entre bibliotecas ideales y la consolidación de tradiciones permite una aproximación a la función social de la lectura, esta sin duda no es posible si no se tiene en cuenta que la literatura tiene un valor simbólico que adquiere en el mundo de lo letrado y este en el conjunto de los lenguajes y las prácticas sociales. ¿Qué es ser un lector? ¿Cómo se hace un lector? ¿Cómo se hace un lector de literatura? Sin duda alguna los autores son los principales artífices del proceso como los son aquellos que hacen de sus manuscritos productos, bien sean libros, periódicos o folletos. Pero quizá, la pregunta remite al espacio privilegiado para la consolidación de lectores: la escuela y el sinnúmero de preguntas frente a lo literario desde ella propuestos. Qué concepto se ha consolidados en las diversas tradiciones educativas sobre la literatura, no sólo en las cartillas y textos didácticos a partir de los cuales se enseñan, por señalar alguno, el curso de Literatura y lengua castellana. A la vez, qué factores intervienen en la selección de aquellas obras del canon que todos leemos como parte de aquel difuso conjunto denominado clásicos o las literaturas nacionales.
Leer y escribir es quizá la intención primaria que se ha señalado a los espacios educativos, pero la educación permea a su vez todos los espacios sociales. Cómo, en el siglo XIX a veces tan distante y a veces no tanto, se representaba el libro en los textos directos de las educación formal, o en los que en el pasado eran pensados para la educación impartida por la familia en la que la mujer jugaba un papel principal, o en los documentos oficiales, en los artículos de prensa tanto católicos como de sus opositores que le daban un carácter civilizador, son entonces interrogantes para la historia de la lectura en Colombia. Se podrá entonces indagar, por la presentación y reiteración de discursos sobre el libro que se van institucionalizando en dichas representaciones, que a la vez van dando un espacio social a la imagen de lo que se consideraba un autor, un editor, un impresor, un lector y por supuesto la actividad lectora. 
De esta manera la educación quiere generar y proponer usos colectivos del impreso, el problema está en comprender cómo se propone el libro en su representación simbólica, en los discursos que desde esta se emiten sobre él y cómo se representa el libro para ser leído, dado que tanto en uno como en otro caso las representaciones provienen a su vez de una práctica lectora. 
Por otra parte, está la imagen del autor articulada a la del libro, el lector y la lectura. La imagen del escritor se convierte en partícipe del grupo lector, como integrante de un grupo de recepción productiva en la elaboración de nuevas obras y que a la vez, participa en la actividad social. En el siglo XIX se ve representado por ejemplo en el político gramático o en el XX y XXI por algunas formas de escritor mediático. La figura de autor interviene así en la relación de los lectores con las obras y con la materialidad del libro. No se podría simplificar que la selección de las lecturas contemporáneas está mediada solamente por las reseñas, los premios y los eventos masificados. Pero sin duda alguna, las transformaciones en la figura del autor, las transformaciones en sus procesos de escritura, de la producción objetos llamados libros y su relación con los demás lectores producen históricamente cambios significativos en las prácticas sociales de la lectura.

Un lector se construye entonces fundamentalmente a partir de la obra y en su diálogo con ella, pero además está armado –si se permite la dureza del término– de la imagen del autor, y a partir de su experiencia educativa. Pero sin duda alguna existen otras mediaciones que hacen compleja su práctica. La representación que la sociedad hace del mundo de las letras y la posición que asume frente a ellas y que tiende a volverse dicotomías cuestionables desde la mirada histórica: las altas y bajas letras, lo culto y lo popular, lo alfabetizado y lo que no lo es, están también en diálogo con el libro y la lectura como forma de producción material en la que se prefigura el encuentro entre el mundo del texto y el mundo del lector. Tal vez esta es la preocupación principal de aquellos productores de lectores, que además de los ya mencionados espacios educativos y los mediadores institucionales, son los editores, los encargados de dar una expresión material a las obras y difundirlas o venderlas a quienes, ya desde un tiempo atrás, se denomina el público lector.
 
Están abiertas así, diversas formas de pensar la historia de la lectura que pueda contribuir de manera permanente a dilucidar problemas de una historia cultural amplia que permite retornar desde otra perspectiva a las preguntas formuladas inicialmente ¿Y si leer, incluso leer todos los libros fuese prácticamente inútil? ¿Por qué importa la lectura?2 Nuevamente volvemos a las preocupaciones iniciales, ¿cómo es posible llegar a comprender la lectura como una práctica social y en ese espacio la literatura? Como al estudiar la cultura del libro, de la literatura, de lo letrado se comprenden algunas prácticas sociales y como pensar la lectura desde su historia en Colombia y en particular a la de la literatura, permite aproximarse a la construcción de tradiciones que en el presente surge de la construcción de bibliotecas ideales, de procesos educativos, la figura social del autor, la materialidad del libro y los lectores como aquellos que hacen de su práctica una actividad justificada y socialmente activa.
 
Probablemente la historia de la lectura abra un espacio de comprensión sobre cómo afrontar social y en tanto culturalmente los retos que exigen las transformaciones de las prácticas. ¿Bajo qué tradiciones se han construido los lectores en Colombia y a qué tradiciones nos estamos enfrentando como lectores, escritores, docentes, estudiantes editores e investigadores? ¿Qué se ha leído, cómo se ha leído, para qué se ha leído? ¿Quién decide que o que no se debe leer? De allí quizá se desprende la posibilidad de ver, al menos parcialmente, cómo las diversas formas de circulación de los textos y la práctica de la lectura están participando en la configuración de unas constantes en la manera en que las comunidades o los diferentes grupos arman su concepción sobre lo social, lo individual, y en tanto sobre sus actos.
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Al enfrentarse a la Independencia política, la inteligencia hispanoamericana, partícipe de una doble raíz cultural, a saber, la hispánico-barroca y la ilustrada atemperada, se propuso encaminar las naciones emergentes hacia un futuro inédito. El terreno de lo desconocido, que se abría ante sí lleno de esperanzas, pero también de incertidumbres, se pretendió descifrar con fórmulas ideológicas conocidas e improvisadas a la vez. De alguna manera la tarea de construir la nación cultural significaba rebasar los límites, en todo caso, contraídos y estrechos, que le había impuesto a este Nuevo Mundo el desvencijado imperio español.
 
Como en la experiencia occidental, las naciones hispanoamericanas tuvieron que abocarse a una recreación intelectual de los postulados de la nación moderna y entender que tenían que equiparse de nuevos argumentos interpretativos, con una irreversible vocación divulgativa. Una cita del sociólogo Edward Shils (Los intelectuales en los países en desarrollo, 1974), pese a referirse a situaciones contemporáneas de países africanos o asiáticos en busca de su entidad nacional, favorece una comprensión global de este proceso de occidentalización o europeización a que se sometieron a su turno –hace ya doscientos años- nuestras naciones: “La cultura heredada no basta en sí misma para servir de complemento cultural de una sociedad moderna ni para crear el auto-respeto que exige el modernismo. El cultivo de las formas populares de arte y de la medicina tradicional no habrá de satisfacer a las clases dominantes de los nuevos estados, por mucho que les guste presentarse como respetuosas de las tradiciones en todas las ceremonias oficiales. Habrá que contar con la creatividad en los géneros específicamente modernos en la producción literaria y artística, en la investigación científica, en las ciencias sociales, en la historia, así como en el estudio de la literatura, el idioma y las artes. El auto-descubrimiento en gran escala es parte esencial de la formación de una sociedad nacional o translocal, y para tal fin resulta necesaria la investigación humanística y social. Deberá ser como un auto-descubrimiento donde los elementos míticos y ficticios sean tratados con simpatía y sin apasionamientos, ya que en este caso contrario los despreciarán las personas inteligentes, incluso las que se sirvan de ellos con propósitos demagógicos. Para este fin resultan indispensables las modernas técnicas de investigación”. 1 

Podemos, en principio, establecer tres periodos que corresponderían a tres “tipos puros” de la historia de los intelectuales latinoamericanos desde la Independencia. Así: I. Primer Periodo. El intelectual y el político (1792-1880); II. Segundo Periodo. El intelectual puro (1880-1930); III. Tercer Periodo. El intelectual como científico social (1930-1980).
 
I. Primer periodo 
 
Socio-históricamente se enmarca en la llamada “ciudad patricia”, es decir, una categoría acuñada por el historiador argentino José Luis Romero, en su obra ya clásica Latinoamérica: las ciudades y las ideas (1976). En ella se establece una élite comercial que, de algún modo, quiere profundizar los efectos liberadores de la Ilustración. En un momento anterior a la Independencia, en la última década del siglo XVIII, se quiso imponer una forma de conocimiento. El periódico “El Mercurio Peruano”, fundado por la Sociedad de Amantes del País” (1790) o “El Semanario de la Nueva Granada” (1808-1810) ofrecen un claro ejemplo de una tendencia dominante en esta generación. Los nombres de José Hipólito Unanue o de Francisco José de Caldas son representativos, y les cabe las palabras del historiador peruano Jorge Basadre: “En el Mercurio Peruano aparecido en 1791 acaso no hubo una novedad temática; pero haya características singulares. En primer lugar, la lucidez, la claridad y la exactitud, o sea, el racionalismo superando lo confuso, lo arbitrario, lo informe… Ese conocimiento va a ser divulgado no como erudición muerta, ni a través de disertaciones abstrusas, sino a través de estudios exactos sobre la historia ‘contraída a la dilucidación y conocimiento práctico de nuestros principales establecimientos’, sobre el comercio, la industria, la geografía, la vida social del Perú viviente”2. El amor y el estudio a las cosas nacionales, a la patria se impone como proyecto: “Esta es la obra a que se disponen unos hombres estudiosos, y verdaderos amantes de la patria…”, se lee en el prospecto del primer periódico mencionado.
 
Con el proceso de Independencia y por sus inestimables consecuencias, –inestabilidad concomitante que empieza con levantamientos realistas como los de Boves–, se impone retos y desafíos nuevos. El caudillismo emerge como el fenómeno político más característico y visible. A él se asocia la permanencia e incluso fortalecimiento del sistema hacendario, es decir, ese núcleo básico de la vida económica, de las relaciones familísticas extensas y del poder clientelar. La Iglesia como fuerza espiritual tradicional, pero igualmente dueña de extensos territorios productivos –y no- ejerce una no poca resistencia al cambio. Caudillos son Rosas, Quiroga, Gamarra, López de Santa Ana, Mosquera.
 
El hombre de letras se presenta en su papel de civilizador. Continúa, hasta cierto grado con los ideales ilustrados –entendido como de divulgación de conocimientos racionales y científicos– pero se amplifica el espectro de sus tareas, de sus temas y de sus medios expresivos. Ante todo, el hombre de letras se siente o es un hombre de estado, un político que influye con las armas de la persuasión escrita y hablada. Política y vida intelectual se fusionan en la misma persona. Las preocupaciones emergentes en la fase constructiva de las nuevas repúblicas –independientes de España– imponen los temas, los ritmos, las formas de la palabra. La lucha contra el caudillo, es decir, contra una manifestación “aberrante” del autoritarismo y el dominio en nuestras sociedades precariamente “civilizadas”, constituye abierta o implícitamente el primer desafío por superar. 
 
El liberalismo criollo, amplificado por lecturas con Tocqueville, Guizot y los socialistas utópicos como Saint-Simon o Fourier, Pierre Leroux o Lerminier, capta nuevos fenómenos, aprende a describir con mayor vigor y comprender con nuevos conceptos las causas del drama americano pos-independentista. Si los nombres de la primera época de la Independencia de España, son Viscardo, Teresa de Mier, Hidalgo, Bolívar, San Martín o Mariano Moreno, ahora los hombres que captan la atención de la opinión pública culta son José J. Fernández de Lizardi, Andrés Bello, García del Río, Olmedo, D. F. Sarmiento, Juan B. Alberdi, Francisco Bilbao, Esteban Echeverría, Lucas Alamán…, entre muchos más.
 
Su órgano o medio de expresión es la prensa. La prensa se concibe como divulgadora, como maestra –siguiendo la tradición ilustrada– pero ahora el tono polémico, de abierta o atenuada crítica, se amplifica a temas no estricta o prioritariamente, mercantiles o científicos. El análisis social se impone: el estudio de la lengua, de nuestra literatura, de nuestra historia, de las costumbres, ocupan a los hombres de letras. Se escribe, con todo, a prisa; al calor de las circunstancias. En ellos emerge constantemente el tema de España. Este núcleo de la formación de la nacionalidad criolla es decisivo. Liberarse políticamente de España fue el primer paso. Ahora falta enfrentarse a la Madre patria en sus múltiples consecuencias sociales, culturales, literarias. Se ha insistido mucho –por muy serios estudiosos como Pedro Henríquez Ureña– que estas décadas se caracterizaron por su dependencia cultural-literaria de España. Hay razones para pensar lo contrario, o al menos para matizar el juicio. La obra de Sarmiento –a quien un español de apellido Mendivier en una famosa polémica quiso motejarlo con el sobrenombre de Sarmentier, simplemente por su afición a la literatura francesa- no solo se puede entender como una obra de imitación de un modelo anti-hispánico. Curiosamente fue un periodista español Larra, quien proporcionó los argumentos y tonos renovados para atacar la España tradicional. Los hispanoamericanos, como siempre, mostraron ser fieles a sus maestros y superaron el ejemplo. Ejemplo de superación: Facundo. Civilización o barbarie (1845). 
 
Esta obra no nace en el vacío lo había anticipado sus polémicas, a veces feroces, contra todo y contra todos. Nacido en la oscura provincia, en medio de la pobreza, hecho a fuerza de voluntad y un autodidactismo indeclinable, Sarmiento es un tipo nuevo de hombre de letras. La encarnación más cumplida del nuevo ideario post-independentista. Ególatra, caprichos, loco: así fue tildado. Hoy se puede llamar genio de las letras –así lo calificó el español Unamuno, no sin equívocos– sin aporrear la semántica. Al lado de Sarmiento –maestro del ímpetu y la creación prosística– están los más conservadores, por edad y formación, por razones de credo político y sentido mesurado de la tarea intelectual: Bello y García del Río. Antes que la obra de Sarmiento, debe figurar en este brevísimo recuento la de estos hombres de letras, La Biblioteca (1823) y El Repertorio Americano (1826/27). Ellas contienen en su núcleo, insinuada, prevista, anticipada los enormes desafíos para nuestra civilización republicana en ciernes. El poema “Silvas Americanas” de Bello alienta una pasión continental que prosigue o acentúa la tarea bolivariana; su vocación continental expresada por el Libertador en la “Carta de Jamaica” (1815). Su matiz clasicista era también un esfuerzo renovador. Luego concluye su tarea en “El Araucano”, o con la redacción del “Código Civil” o de la “Gramática de la lengua castellana”. 
 
También cabría mencionar para este periodo, la labor de “El Mosaico” en Santafé de Bogotá, que fue tertulia y periódico. De allí nace María de Jorge Isaacs y Manuela de Eugenio Díaz. También es de mencionar la “Asociación de Mayo” en Buenos Aires, “Las veladas literarias” en Ciudad de México, las reuniones del partido de la Unión Nacional en Lima. 
 
Muchos de estos hombres fueron ministros, parlamentarios, algunos presidentes. Redactaron constituciones, leyes, gramáticas, trazaron fronteras y decidieron políticas educativas… también fueron perseguidos, encarcelados y calumniados. Hubo eruditos –cultivaron la ciencia histórica anticuaria o crítica– como el argentino Juan María Gutiérrez, el mexicano Joaquín García Icazbalceta o el colombiano Rufino José Cuervo. 
 
II. Segundo periodo
 
El segundo periodo se puede enmarcar en las calificadas también por Romero, “ciudades burguesas”. En ellas se respira un clima de civilismo, tras la superación de las guerras civiles y en búsqueda de la quimera dorada del progreso. Se intensifica los fenómenos propios de la sociedad burguesa; es decir, se aclimata una nueva mentalidad impulsada por la adquisición de riquezas por vía de la sistemática explotación de materias primas y mano de obra salariada. Se consolidad el estado nacional. Surgen los primeros brotes de nacionalismo (como en Ricardo Rojas). El lujo se impone, como forma de vida doméstica; “el interior burgués”. El cosmopolitismo, o la intensificación del proceso de europeización se hacen visibles, por lo menos en las nuevas clases ricas. En Buenos Aires se hace más visible y primero. Pero ya en el Bogotá de 1896 –tal como no los describe un Tomás Carrasquilla en su primera visita a la capital– se percibe en los salones sociales elegantes. Hay confianza en este nuevo modo de vivir. Hay también motivos de nueva crítica social, por los fenómenos emergentes que no se conocían en esa dimensión: locura, drogadicción, delincuencia, prostitución. La Iglesia pierde su papel preponderante, o se disminuye al menos. 
 
El artista capta –como en el Azul de Rubén Darío, 1888– los claroscuros de esa fascinante y repulsiva situación. Se observa allí una nueva dimensión de artista o el hombre de letras y la sociedad. Se pone de presente una desarmonía o disonancia, que significa o impele al escritor a refugiarse en su interioridad. Es el “Culto al Yo”. Esto repite o replica a su modo, el problema del “fin del arte”, es decir, en momento en que el artista o escritor se margina de los centros o resortes centrales de la vida social, porque la sociedad ya no precisa de esta fuente de cohesión social. Entre la sociedad burguesa y el intelectual se abre un abismo. Esto lleva a un cultivo de la subjetividad que se traduce como un refinamiento de sus expresiones. El crítico Henríquez Ureña –ya mencionado- lo caracteriza en la figura del ensayista uruguayo José Enrique Rodó, autor del libro-símbolo Ariel: “… su prosa es la trasfiguración del castellano, que abandonando los extremos de lo rastrero y lo pomposo, alcanza un justo medio y se hace espiritual, sutil, dócil a las más diversas modalidades, como el francés de Anatole France o el inglés de Walter Pater o el italiano de D’Annunzio”.3

La consolidación de los partidos políticos, la centralización de la burocracia estatal, las nuevas fuerzas económicas, el crecimiento de las metrópolis urbanas, las formas de nuevas estratificación social, la especialización, etc., forman ese complejo que determina la marginación del artista. Como el resto de la sociedad, el artista, por así decirlo, se especializa. Esta nueva división del trabajo lo impele a seguir a su vocación. Frente a un mundo que juzga vulgar, quiere hacerse una existencia estética. Es tanto un Carrasquilla, pero también, un José Asunción Silva, un Darío, un Herrera y Reissig. También están educadores como Hostos o Varona. El nuevo tipo acabado de estos artistas puros, no surge como ruptura, sino como una acentuación. Los precede por ejemplo un Juan Montalvo –con su “Cosmopolita”-, o Ignacio Manuel Altamirano –con su “Renacimiento”- o sobre todo un Manuel González Prada, con un libro que marca un hito de la nueva ensayística latinoamericana, Páginas Libres (1895). La existencia de estos tres últimos autores mencionados están como en el medio: luchan todavía contra los dictadores, pero a la vez desean fervientemente consagrarse a sus horas de estudios, a su anhelo de perfección estética. Hay novelas notables: Ídolos rotos de Manuel Rodríguez o Ifigenia de Teresa de la Parra. 
 
Las lecturas, por supuestos se amplifican. Ya no son solo los temas sociales los dominantes. Ya aparecen preocupaciones de nuevo orden, que marca los vientos intelectuales del fin de siglo. Nietzsche, su poderoso y difuso influjo, se hace sentir, de las más diversas maneras. También se impone el gusto por el simbolismo o parnasianismo. Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y, sobre todo, el “oscuro” Mallarmé son leídos con gran pasión. Estas lecturas rinden sus frutos positivos, en algunos, en otros son modas que arruinan sus vocaciones y estragan sensibilidades.
 
El ensayista mayor dominicano ya citado, nos ofrece un ejemplo del ambiente cosmopolita de lecturas de su primera adolescencia: “!Qué multitud de libros recorrimos durante el año en que concurrí a vuestra casa, y, sobre todo, qué río de comentarios fluyó entonces! Vuestro gusto, sin olvidar el respeto debido a los clásicos, a Shakespeare (que entonces releímos casi entero), a los maestros españoles, nos guió al recorrer la poesía castellana de ambos mundos, el teatro español desde los orígenes, del romanticismo, la novela francesa, la obra de Tolstoi, la de D’Annunzio, los dramas de Hauptmann y de Sudermann, la literatura escandinava reciente, y, en especial, el teatro de Ibsen, cuyo apasionado culto fue el alma de vuestras reuniones.”4 
 
Este cosmopolitismo, esa universalización de las letras –en realidad siempre ha existido una curiosidad por la producción europea desde la Ilustración- significó, paradójicamente, una reconciliación –parcial, sea dicho de paso– con las letras españolas. La tensión acérrima, pro o anti-hispánica, si cabe, fue atenuándose. Al par de esta consagración a las letras españolas, que fue característica de Henríquez Ureña o Alfonso Reyes (que no fue beatería reaccionaria como en Miguel Antonio Caro), se insinúan o emergen nuevas formas de sociabilidad. Mientras el libro hace una irrupción más notable, frente a la prensa (aparece Barcelona como capital editora), ciertos ambientes “equívocos”, como la bohemia y la tertulia se imponen. Se impone el poeta dandy, ya no el anterior atildado hombre de Estado. Se impone un modelo de extravagancia, de épater de la bourgoise, es decir, de escandalizar al burgués. 
 
También se encuentra en este período los llamados positivistas. Parecen éstos ir en contravía, del anhelo estetizante modernista. Son dos versiones del proceso de secularización. El positivismo es la Latinoamérica, lo que el krausismo para España. Vía de escape del asfixiante dogmatismo católico y del fanatismo de las confrontaciones liberal-conservadores. México, Argentina, Brasil, en menor medida Colombia tuvo positivistas. Son Gabino Barreda o Carlos Arturo Torres. También se debe mencionar a Justo Sierra. Ellos incrementan la fe por el progreso material, el amor por las ciencias. 
 
III. Tercer periodo. El intelectual científico social
 
La aparición de las ciudades masificadas, de estas conglomeraciones gigantescas que desafiaban el orden burgués anterior, fue y es uno de los fenómenos sociológicos más impactantes y definitorios de la estructura social de siglo XX en América Latina. Hacia los años veinte y treinta la inminencia de sus efectos más visibles no escapaba a nadie. El desconcierto que ello pudo producir, y que aún produce, es de consecuencia múltiples. La gran urbe arrastraba y sobre todo intensificaba todas las adversidades que se conocieron en el periodo anterior. Pero en el periodo anterior estos fenómenos fueron juzgados, como parte de un mal racial, o al menos como una forma muy particular –en una suerte de “herderianismo” criollo– con que se identificó “nuestra manera de ser racial”. 
 
Las ciudades masificadas no solo atraían sobre sí la mano de obra no calificada del campo a la ciudad. La miseria cobró una dimensión pavorosa; los barrios marginales crecieron y desbordaron toda posible planificación, en caso de que ella fuera prevista. La estructura urbana se resquebrajó por la fuerza de esta presión demográfica inmensa. Pero paralelo a ello surgieron fenómenos políticos desconcertantes. La aparición del populismo, como efecto de esta oleada incontenible de masas desarraigadas, puesto de presente que los fundamentos de lo nacional estaban en cuestión y que el orden anterior precisaba un ajuste o una refacción profunda. Las masas se hacían sentir desesperadamente, y la democracia ilustrado o institucional tradicional –el modelo constitucional y jurídico liberal– apenas podía responder con eficacia a los desafíos gigantescos que la abrumaban.
 
Un nuevo voluntarismo y una forma audaz, anteriormente desconocida, se imponían. La “hora de las espadas”, como las llamó un poeta argentino, Leopoldo Lugones, reclamaba su espacio. También hay otro caudillo de las letras: José Vasconcelos. Las revoluciones rusa, mexicana, la Reforma de Córdoba, la resistencia anti-yanqui de Mella o Sandino, las agitaciones en todos los frentes, no dan tregua. Frente a ello, el poeta modernista, el anterior hombre de letras cultivado en la sofisticada literatura europea, aunque no fue ajeno a las voces del pueblo rural (como José Hernández con su Martín Fierro o luego Ricardo Guiraldes con su Don segundo Sombra o incluso un José Eustasio Rivera con su Vorágine), parecía incapaz de ofrecer una imagen y un análisis sólido de la nueva situación. El intelectual amateur o simplemente el diletantismo cedieron ante la realidad abrumadora. Una de las primeras obras que puso en claro los límites de la anterior inteligencia –sin condenarla- fue José Carlos Mariátegui con Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1927). Mariátegui parecía cumplir lo que prometió el “Mercurio peruano”, 140 años después. Descendiente de la prosa de Rodó, vía Henríquez Ureña, es Jorge Luis Borges. Es Borges algo más, hijo de su siglo, de las vanguardias, de la Biblioteca de Babel, en fin, pero en su sustancia y núcleo es hijo adelantado, plenitud y superador de la estética modernista. 
 
Con el surgimiento de la sociedad de masas, en el filo de una experiencia nacional traumática, se dieron a luz otras obras que captaban, con nuevos conceptos e instrumentos críticos, la realidad nacional. En Mariátegui, el marxismo sirvió de soporte a su trabajo de investigación social. Mariátegui improvisaba, o mejor, ensayaba otras maneras de ver la realidad natal. La anterior crítica acerva de González Prada, parecía insuficiente a las demandas del un público más exigente y volcado a dar soluciones propositivas al gran drama nacional, el del indio. El tema, en efecto, lo había planteado correctamente González Prada mismo, en su famosa conferencia, “Nuestros indios” (de Horas de lucha). Pero el estudio de la comunidad indígenas, sus aspectos socio-económicos, sus formas de asociaciones familiares o comunitarias, habían escapado al incisivo anarquista. Esta obra de Mariátegui es eslabón o mejor es parte de obras que en ese mismo momento surgían en otros lados y por otros autores. Basta recordar Problemas colombianos (1927) de Alejandro López o Perú: problema y posibilidad (1927) de Jorge Basadre.
 
Casa grande y senzala (1933) del brasilero Gilberto Freire constituye o encarna el libro de ciencias sociales más determinante de estas décadas. Freire, hijo de una poderosa familia de hacendados del norte del Brasil, pinta una poderosa imagen dinámica, multicultural, de su país, que es símbolo de comprensión y recreo intelectual. Sus sólidos conocimientos antropológicos –estudió antropología en Estados Unidos con Franz Boas-, su gigante y desmesurada erudición y manejo técnico de las fuentes documentales de todo género, y su prosa cautivante, constituyen los ingredientes centrales de este monumento de la inteligencia latinoamericana. Si a ella le cabe un espacio en este epos intelectual, no es menos cierto que sus –hoy por hoy- discutibles tesis –con cierto tono de racista- apenas opacan el conjunto. Su estudio de la sociedad esclavócrata de la época colonial, la fuerte imbricación de elementos culturales –indígena, negro, portugués-, y la fina y pormenorizada historia de las costumbres sexuales de la vida de hacienda en el siglo XVII, de alguna manera no conoce par.

Si Freire marca un hito, de indisputable prestancia universal, a su lado cabe mencionar a Fernando Ortiz con su Contrapunteo del tabaco y el azúcar –acuña el concepto transculturación adoptado por Malinoswski-, Estructura social de la colonia de Sergio Bagú, o los trabajos históricos de Basadre o Silvio Zabala, los sociológicos de Gino Germani o Medina Echavarría o de Carlos Rama, los económicos de Prebish o Faletto y Cardoso. Críticos literarios como Ángel Rama. Para Colombia cabe anunciar los estudios de Luis Eduardo Nieto Arteta, Antonio García, Jaime Jaramillo Uribe, Orlando Fals Borda y, sobre todo, Familia y cultura en Colombia de Virginia Gutiérrez de Pineda. En todos ellos domina el mismo o similar espíritu científico, todos ellos son fuentes de comprensión renovada de nuestras nacionalidad y responden a la pregunta implícita, sugeridas de las violentas tensiones sociales y políticas del siglo XX, de dónde venimos, qué podríamos hacer y que es de esperar de la ciencia en la modela racional –o racionalizante- de nuestras convulsas sociedades. La universidad es el centro de sus actividades. También fundan editoriales como Fondo de Cultura Económica, Losada, luego Monte Ávila o Biblioteca Ayacucho. También Flacso, que es un anhelo de la institucionalización de la nueva tecnocracia del conocimiento científico. 
 
También se “normalizan” los estudios filosóficos; se traduce a Kant –sobre la primera versión de José del Perojo. Se lee a Husserl, Scheler, Heidegger; a Russel. Misteriosamente a Ortega y Gasset. 

Para concluir, basta mencionar dos nombres que ocupan un lugar de singular “rareza” en la inteligencia del último medio siglo. Me refiero al historiador argentino ya aludido, Romero, por ese despliegue universal de su obra, que cubre desde la Antigüedad, Edad Media y época burguesa, que lo habilitó a dar una versión revivificadora de la experiencia histórica argentina y latinoamericana. Y en segundo término, el del crítico, ensayista y filósofo colombiano Rafael Gutiérrez Girardot. Estos dos nombres, van de la mano, pues de alguna manera, son los más conscientes y consecuentes herederos de la prosa –y el anhelo de perfección- modernista, y a la vez cumplidos “especialista” en su campo disciplinar. 

Luego queda el capítulo abierto y equívoco bajo el impacto de la Revolución cubana. El intelectual se convierte nuevamente en anti-intelectual: el leninsimo capta las mejores mentes. La praxis de los comandantes se impone como meta de la inteligencia. Los movimientos estudiantiles jerarquizan sus nombres: Marta Harnecker, Eduardo Galeano, etc. Es mezcla de marxismo de segunda mano con populismo; de leninismo en su diversas variantes (es estalinismo, jesuitismo proletario) con sancocho…
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Martes, 22 Marzo 2011 18:09

Otro tipo de trabajo

Si “Trabajo Confidencial” (“Inside Job”), el documental del estadounidense Charles Ferguson que se ganó el Oscar en la 83ª edición de los premios de la Academia de Cine de Estados Unidos, fuera una tesis académica o hasta una investigación policíaca, se merecería muchos más elogios de los que viene cosechando desde que su director recibió la estatuilla de las manos de la presentadora Oprah Winfrey, el pasado 27 de febrero. 
Dedicada a retratar –y sobre todo a explicar– la crisis financiera del 2008, responsable por el colapso mundial que se inició con la quiebra del banco norteamericano Lehman Brothers, la película ofrece una serie de entrevistas a ejecutivos de Wall Street, banqueros, académicos y miembros del gobierno de los Estados Unidos, además de gráficos e imágenes ilustrativas, hiladas por una narración en off –tarea delegada al actor Matt Damon– que básicamente se encarga del gran objetivo detrás de este trabajo: causar revuelta.

Hay dos resultados que “Trabajo Confidencial” alcanza en su acometido. El primero es positivo y tiene que ver con la intensa investigación que emprende Ferguson, que, vale la pena resaltar, llegó al cine después de obtener un PhD en Ciencias Políticas en el MIT y de una exitosa carrera como empresario de informática, volviéndose millonario al vender su empresa a la Microsoft en 1996. ¿Quiénes son los agentes del sector financiero que están detrás de las decisiones que culminaron en la crisis? ¿Qué políticas del gobierno estadounidense desembocaron en las consecuencias devastadoras de la crisis para la sociedad, como el desempleo y el quiebre de sistema de préstamos? ¿Cuáles son las causas de todo eso? Charles Ferguson y su película, en gran parte, lo contestan. Más que eso, inyectan un estímulo, envolviendo a el espectador en una sensación de revuelta –considerando la palabra en su mejor sentido, el del impulso transformador.
Así llegamos al segundo resultado, mucho menos reluciente que el anterior. 

El trabajo de un documentalista no se parece a los de un policía, promotor o juez, como da a entender “Trabajo Confidencial”. Al realizar entrevistas acusatorias con los personajes “malos” y entrevistas esclarecedoras con los “buenos” y al tratar el público de su obra de manera didáctica, el director asume un rol similar al que, en el siglo XIX, Jules Michelet atribuyó al historiador: el de inquisidor de los problemas del mundo. 

Son varios los aspectos que revelan detrás de las intenciones del documental una función, como ya se dijo, de generar revuelta –en este caso, la revuelta del espectador al sentirse guiado por un camino forzado, excesivamente parcial. De la banda sonora construida para arrancar emociones a cada rato a la introducción de la película con el ejemplo de Islandia (un pequeño país pacífico y desarrollado que hoy se ve en la “ruina” gracias a la avaricia de grandes corporaciones y de agentes financieros inescrupulosos), pasando por la secuencia de créditos que congela rostros y frases ejemplares de distintos personajes, uno siente que está delante no de un documental, sino de una telenovela basada en hechos reales, y poco verosímil.
 
Hay un “mundo nuevo” de documentales igualmente pertinentes pero estética y narrativamente superiores a “Trabajo Confidencial” que tanto Charles Ferguson como la Academia parecen desconocer. Un cineasta, naturalmente, tiene la libertad de hacer sus historias de la manera que le parezca más efectiva o conveniente. De eso se trata la libertad artística. Lo incómodo sea, tal vez, que su trabajo resulte premiado por una vitrina del cine de la talla de los Oscar. Para la premiación, un buen documental parece ser una película sentimentaloide, que destaca la situación difícil de unos “pobrecitos”. Imaginémonos lo que pasa cuando los pobrecitos son “ellos”, los gringos. 
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Hemos celebrado el Día Nacional de las Lenguas Nativas con una danza karijona-minika de armonización, de dos días y una noche de duración, en dos universidades, y en una ciudad y un pueblo al mismo tiempo. Tomamos en serio –aunque con escepticismo ante el silencio del Ministerio de Cultura– lo consignado en la Ley 1381 del 25 de enero de 2010. Allí se dice que el 21 de febrero será en adelante el día de las 65 lenguas indígenas, dos afrodescendientes y la lengua gitana. Tal fecha será de reconocimiento a todas las culturas que no piensan ni sienten en español la historia del país. Hecho inusitado. Por fin se reconoce que la Colombia real es una invención excluyente en la que falta espacio para muchas formas de pensar e imaginar el mundo, que no se ajusten al europeísmo del siglo XVIII, en el que seguimos atrapados. Parece que el país toma conciencia –al menos unos grupos sociales– de que vivimos en una república unidimensional e ilegítima, apartada de su diversidad. Leyendo la Ley 1381 se tiene la terrible sensación de ser una nación seudoincluyente que cosecha y promueve el desprecio de otras racionalidades y elogia la identificación servil con el invasor del siglo XVI. Vivimos aún de la visión del vencedor en lo social y lo moral. Se esperaría de un país libre que no hable la lengua de los asesinos de sus antepasados. Es impensable imaginar hoy a un Egipto hablando inglés como lengua oficial, a una Corea hablando japonés, a una Afganistán hablando ruso. Pero en Colombia la lengua del invasor fue respetada y hasta elogiada con demencia.
 
Luego de la independencia, tal vez por pereza o incapacidad de la élite criolla, el español se impuso como única lengua para toda experiencia vital, con una efectividad tan alta que los etnocidios perpetrados por la joven república en estos 200 años llegan a ser mayores y más sistemáticos que los del conquistador. Los crímenes contra los nativos y los esclavos se justifican por la escritura alfabética y una supuesta superioridad sobre las culturas ágrafas. Pero este modo de explicar la historia se torna por suerte obsoleta e indecente, por no decir fascista. Nadie con un grado de formación en las lenguas y las diferentes plataformas comunicativas se atreviera a decir que hay lenguas superiores, y mucho menos que algunas son más apropiadas para el pensar. Si algo así sucediera, sería la expresión de la arrogancia y la ignorancia supinas, de la barbarie ilustrada del siglo XIX que condujo al mundo a las guerras universales. Cada lengua (y entiéndase por lengua el sistema simbólico verbal que la constituye y aquellas expresiones culturales que la acompañan: música, danza, pintura, rituales, ciencia, comida) se constituye en una forma especial y muy compleja de imaginar mundos posibles, esto es, producir y sistematizar con cierta aplicabilidad conocimientos sobre el mundo. 

Que hoy celebremos el derecho de nuestras otras lenguas vivas a seguir siendo habladas, enseñadas, aprendidas, empleadas cotidianamente y en la vida pública, tal como hacemos y queremos seguir haciendo con las lenguas europeas, significa que hoy tratamos de alcanzar una madurez histórica que hasta hoy nos negamos. Somos culpables, por vasallaje a la escritura, de nuestra pobreza mental y social. ¿Cuántos hablamos un idioma indígena, o cantamos un ruaki o danzamos con una coreografía karijona? ¿Acaso leemos las molas, las mochilas, las manillas, la pintura corporal, los petroglifos? ¡Con qué facilidad despreciamos y denigramos el jibie (mambe) y el yera (ámbil), plantas utilizadas siempre! Por eso debemos preparemos para abolir el genocida monolingüismo cultural. Sólo así abriremos un boquete en la olvidadiza conciencia colectiva. Es urgente poner en tela de juicio los clichés y las estigmatizaciones de las culturas no occidentales que habitan aquí y siguen masacradas en nuestros días. A falta de misioneros, que aún los hay; de encomenderos, que aún los hay, a nuestras culturas indígenas les resulta hoy un nuevo conquistador entre guerrillas, paramilitares y narcotráfico, atrapados, al igual que el Estado colombiano, en una misma ideología leucocentrista. Por eso están impedidos para ver opciones ecológicas, políticas, económicas, estéticas, desde el mundo pensado por un mama, un jaibaná, que de hecho logran legitimidad entre pensadores europeos alternativos.

La Ley 1381 es un valioso instrumento que permite devolverles a los pueblos nativos la dignidad cultural que merecen. Es hora de acabar la torpeza de la escuela obsesionada con la tiranía de la alfabetización; de volver la vista a la multiplicidad de formas de conocimiento que aún tenemos y no acogemos en la vida cotidiana y la academia. ¡Qué bueno que nuestros hijos, indígenas o no, afrodescendientes o no, gitanos o no, aprendieran desde temprano una de estas lenguas y de paso a danzar, cantar, contar los relatos ancestrales que no conocimos!

Se inicia un momento de transformación cultural hacia adentro, hacia el interior de nuestro ser y aquellas culturas que hemos borrado más por vergüenza que por inexistencia. Una sociedad europeizada a la fuerza por el discurso de civilización o barbarie no es una digna de sus ancestros asesinados ni de sus herederos asesinos. No podemos estimular más una sociedad que se satisface por partida múltiple con el desprecio de lo premoderno o lo antimoderno, e institucionaliza sus venenos en la guerra. Se requieren naciones interconectadas cuyas diferencias no sean invisibilizadas sino aprendidas. Una sociedad que reconozca sus olvidos voluntarios y los fragüe con el plurilingüismo. No una ley muerta para estigmatizar más a indígenas y afrodescendientes sino un país donde la reglamentación de la ley facilite que sus habitantes hablen varios idiomas y se comuniquen con gusto entre ellos, donde los medios masivos y las instituciones sean promotores de esa riqueza. 

Esta nueva nación imaginada fuera camino para sanar heridas, dar fe a la justicia y el respeto aprendidos en la convivencia con tales culturas. Que la historia sea contada en otros idiomas y con diferentes formas narrativas, en especial las que se alejan de la linealidad temporal, nos abriría otras perspectivas para repensar lo que hasta ahora entendemos por vida; que las artes recuperen la estética de tantos rituales y géneros discursivos (el ˆshiga, el jagagi o el rafue), igual de bellos y elaborados como la novela, el ensayo y el código penal, pero que aún nos resultan lejanos aunque a la vuelta de la esquina, en alguna finca cercana a la gran ciudad, se preservan en una danza de armonización o una toma de achiote. Tal vez, sólo tal vez, supiéramos quiénes podemos llegar a ser; o, aunque fuera, recordar, por ejemplo, que en la lengua andoque un muerto no es un muerto sino todos los muertos, pues “un muerto”, en singular, no existe: siempre es pluralidad de seres. Claro, todo si nosotros, sin dejar de ser lo bueno que somos, nos dejamos ser de otro modo forma. Chujuuu! 
 
* Doctor en literaturas latinoamericanas y alemanas de la Universidad de Freiburg, Alemania.
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Como lo explica Jorge Alberto Naranjo (1996) en su libro, Medellín en la temprana literatura antioqueña, el primer indicio de las tertulias culturales y literarias en Antioquia se da en los inicios del siglo XIX. Para la descripción de este proceso resulta primordial el trabajo histórico elaborado durante gran parte del siglo XIX por Juan José Molina, Antioquia literaria (1878), éste es el referente más importante de la historiografía en la región, ya que inicia el sendero, y es eco frecuente de los estudios actuales. 
 
Las tertulias están relacionadas estrechamente con la llegada de la imprenta al territorio de Nueva Granada en 1738, las tertulias coinciden con otros logros culturales de gran magnitud como la Expedición Botánica, la Biblioteca Pública, y el Papel Periódico Ilustrado.
 
En el caso de Antioquia existe la misma relación entre la imprenta y las tertulias, ya que, con la adquisición de la imprenta, se hace paralela la instauración de la tertulia de José Félix Restrepo en 1812, en ella participaron personajes ilustrados de renombre como lo fueron: Francisco José de Caldas, Francisco Antonio Ulloa, José Manuel Restrepo, Juan del Corral. Según los datos que Jorge Alberto Naranjo Mesa brinda en su estudio sobre la literatura temprana, el nacimiento de estas en Antioquia tuvo mayor dinámica a partir de 1830, en este período, puede observarse el nacimiento de la de Juan Uribe y Juan Santa María. Otro hecho significativo es el nacimiento de la primera revista literaria en la ciudad de Medellín, El ciudadano (1831 - 1832). 
 
La tertulia El Pueblo es la más representativa en cuanto a la relación estrecha entre publicaciones periódicas y tertulias culturales, los pertenecientes son representantes importantes de la literatura antioqueña, en primer instancia, se encuentra el poeta canónico de Antioquia en el siglo XIX, Gregorio Gutiérrez González al de él participan: Camilo Antonio Echeverri, Juan de Dios Restrepo, entre otros. Allí está la semilla de una posterior que fue llamada El Oasis (1868 - 1873), en la que tomaron parte, Demetrio Viana y Epifanio Mejía;de donde surgió una de las publicaciones periódicas más importantes para Antioquia, ya que en la Revista Oasis se publicaron escritos de gran valor literario.
 
El periodo de Guerras Civiles produjo una trasformación social del país, que se encontraba bajo un entorno de profunda división política y social, acarreando un inevitable rezago económico; con estas perspectivas de modernización, tanto las prácticas sociales, como los medios culturales y literarios, presentan otro tipo de enfoque, de tal manera que se da una puja entre la “mentalidad ilustrada y simbolista” frente al “pensamiento modernista”.
Para el año de 1887, aparece una tertulia que corresponde al estereotipo social de los primeros intelectuales modernos, inmersos en el entorno de crisis social y política. En El Casino literario iniciaron prácticas sociales, culturales y literarias, varios hombres de Estado que a travesaron el siglo, sembrando la semilla de una nación que apenas se integraba, dejando atrás el peso de la herencia colonial y aportando con su labor la consolidación de la república colombiana. Participaron hombres decisivos para la cultura y el desarrollo social: Carlos E Restrepo, Nicanor Restrepo, Eduardo Zuleta, Sebastián Mejía, Enrique White Fernández, Tomás Carrasquilla, Francisco de Paula Rendón, Camilo Botero Guerra, entre otros. 
 
Finalizando el siglo XIX, aparece la revista y la tertulia El Montañés (1898 - 1899), a pesar del poco tiempo de trabajo, es una revista influenciada directamente por el modernismo, fue integrada por hombres antioqueños de talento continental: Efe Gómez, Gabriel Latorre, Mariano Ospina, Saturnino Restrepo, Tomás Carrasquilla. El Montañés tiene el privilegio de publicar gran cantidad de los escritos narrativos de Tomás Carrasquilla y Efe Gómez; quienes son los iniciadores del relato moderno en nuestra región.
 
A finales del siglo XIX, las tertulias salen de las bibliotecas y los salones familiares para llegar a lugares públicos como lo son las librerías o los cafés, es así como, la tertulia de la Bastilla es reconocida por la música y la calidad de la comida y la buena bebida, esto se sabe gracias a la memoria de Ciro Medía quien dejo constancia de las veladas en aquel recinto. Así se da fin a la etapa dorada de la tertulia decimonónica, los lugares públicos ya mencionados, comienzan a ser habitados por jóvenes generaciones con nuevas propuestas estéticas. Es así como la ciudad de Medellín entra en plena etapa de crecimiento, y como centro de operaciones, se convierte en referente urbano.
 
En última instancia, es importante destacar, que durante éste período nace una nueva generación que no pertenece a la Colombia decimonónica. A finales del siglo XIX nacen los futuros Panidas, estuvo compuesto por jóvenes entre los 18 y los 19 años de edad los pertenecientes al grupo frecuentaron lugares populares, el Café el Globo fue sitio de encuentro, estaba ubicado cerca al Parque de Berrío,. en estos lugares se discutía, y se polemizaba con artistas de renombre o de ideas clásicas, la consolidación del grupo se da en el año de 1914.
 
Revista Panida duró unos pocos meses (febrero–junio), pero fue importante el aporte de la revista para la renovación y dinamización de las publicaciones en la región. El aporte del grupo Panida a la ciudad, radica en el aire de renovación juvenil, en un estilo propio que fue absorbido por la ciudad, ya que conectaron a la misma con las ideas mundiales, generando un sentido y un criterio autónomo, pues los Panidas “que eran trece”, no tenían la ambición de repetir lo hecho por las otras vanguardias o parecerse a los europeos, sin embargo, buscaban un diálogo entre vanguardias, reconociéndose a sí mismos producto de la tierra americana. La revista contribuirá posteriormente, a conformar el movimiento de Los Nuevos, grupo de carácter nacional, del cual sus mayores figuras son: León de Greiff y Luis Vidales.
El Nadaísmo en Medellín empieza a gestarse a partir de 1951 con la llegada de Gonzalo Arango a la ciudad, Jaime Jaramillo Escobar, es otro nadaista, poeta y crítico literario que ha elaborado a través del tiempo un trabajo importante. Los jóvenes nadaistas vivieron desde su más tierna infancia los horrores de la violencia política en Colombia. El grupo de Medellín estaba conformado por Jaime Jaramillo Escobar, Darío Lemos, Humberto Navarro, Amílcar Osorio, Jaime Espinel, Diego León Giraldo y Moisés Melo. Los anteriores se conocieron en el ambiente universitario de El Alma Mater y luego en los espacios citadinos de la Bastilla, La Soma, La Librería Aguirre, El Parque de Bolívar o el Paseo Junín. De la papelería y tipografía la Amistad salé en 1958 el Primer manifiesto nadaista. El Movimiento Nadaista no hizo nada que no hayan hecho anteriormente Los Panidas, sin embargo su radio de acción llegó a todo el país, pues éste, tenía unos medios de masificación y de comunicación consolidados, radio, prensa y televisión; los medios masivos de comunicación fueron fundamentales para poner en primera plana al grupo juvenil que fue visto por los hombres de alta cultura como un grupo superficial sin mayor fundamentación. Sin embargo, el nadaísmo influyo en los jóvenes colombianos y en las clases populares, que también encontraron elementos de identidad. Los periódicos más importantes del país seguían cada una de las acciones del grupo o de sus participantes, principalmente de Gonzalo Arango, quien aprovechó la publicidad de manera estratégica para posicionar el grupo y su imagen. 
 
Por último se tiene en cuenta La Revista Acuarimántima (1973-1983) que es el resultado de la amistad y la tertulia de una generación que se encontró en los corredores de la Universidad de Antioquia, sus fundadores principales son Elkin Restrepo y José Manuel Arango. Los escritores nacidos en la década de los años cuarenta se destacan por su frecuente participación en la revista, lo que indica una generación caracterizada por la cercanía al género poético, aspecto determinante en la historia de la literatura para este período. En la Revista Acuarimántima publicaron: Harold Alvarado Tenorio, Santiago Mutis, Juan Manuel Roca, Mario Rivero; los anteriores son poetas renombrados a nivel nacional pues hacen parte del canon actual, en términos de región figuran la mayoría de poetas afiliados o hermanados al Nadaísmo, como lo son: Amílcar Osorio, Eduardo Escobar, J. Mario Arbeláez, Darío Lemos, Humberto Navarro, entre otros. 
 
La Revista Acuarimántima fue punto de encuentro de generaciones y regiones, siendo ejemplo de integración cultural. Por la revista hubo toda una confluencia de distintas voces, sus fundadores Elkin Restrepo y José Manuel Arango hacen parte de las antologías de la generación sin nombre. Junto a estos poetas del orden nacional, también se destacan importantes intelectuales de la región, como lo son los profesores y artistas de las diferentes universidades de Medellín. Puede nombrarse entre muchos otros a Jaime Alberto Vélez, Carlos Vásquez, Luís Iván Bedoya, Luís Fernando Macías, Óscar Castro. La revista se destacó por la inclusión, siendo punto de encuentro nacional, dándose un espacio representativo de muchas de las generaciones y las corrientes literarias durante la vigencia de la revista en el marco de la creación poética. La Revista Acuarimántima reconoció el desarrollo literario y cultural del país, promovió el género de la poesía, y mantuvo estrecho contacto con los movimientos culturales y grupos literarios más representativos del momento.
 
Bibliografía
Mesa Naranjo. J. Alberto. (2009, ene. – jun.). Medellín en la temprana literatura antioqueña. Revista Con – textos, núm. 42. Págs. 67 – 97.
Molina, J. José. (1878). Antioquia literaria. Medellín: Colección de autores antioqueños.
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Último round de una leyenda: escribir también es callarse, aullar sin ruido. El era el macho que se había creado a sí mismo cazando, pescando, boxeando, toreando y combatiendo. Esa estampa virilizada no podía ser contaminada por el soplo crepuscular de la degradación física y mental, tanto más radical cuanto menos advertida. “El hombre puede ser destruido, pero jamás derrotado.” Esta frase de uno de sus personajes más paradigmáticos, Santiago de El viejo y el mar, podría ser su divisa antropológica. Como los héroes de sus ficciones –guerreros, cazadores, toreros, contrabandistas, aventureros de toda suerte y clase social– no claudicaría. Ya lo había intentado en otras ocasiones, como si hubiera pretendido encarnar lo escrito en uno de sus cuentos, “Un lugar limpio y bien iluminado”. Esta vez no admitiría otra prórroga al knock out que deseaba. Pero el silencio hace ruido. Siempre. Como un cajón cerrándose de golpe. Eso creyó escuchar su mujer, entre sueños, la madrugada del 2 de julio de 1961. Uno de los escritores norteamericanos más importantes del siglo XX, curtido en el fino arte de la necrológica antes de tiempo, esta vez lo hizo. Tal vez su cara era como una fiesta de la cual ya se habían ido todos. Ernest Hemingway, el autor de Adiós a las armas, decidió volarse la cabeza de un certero escopetazo, en su casa de Ketchum (Idaho), hace 50 años.

¿Cuántas veces estuvo en el umbral del knock out este nómada indómito con ganas de comerse el mundo, que había nacido en Oak Park, un suburbio de Chicago, en 1899? Pudo sortear casi todos los golpes fuertes, pudo esquivar a los heraldos negros que le mandó la Muerte, parafraseando al poeta César Vallejo. Hacia el final de la Primera Guerra Mundial, Hemingway se enroló como chofer de ambulancias en el frente de Italia. Una granada de mortero lo hirió de gravedad. El gran desafío de la escritura, postularía en un futuro lejano, sería “la lucha entre la cosa viva que es la experiencia y la mano muerta del embalsamador”. El jovencito impetuoso, convaleciente en el hospital de Milán, se enamoró de la enfermera Agnes H. von Kurowski, que le serviría luego de modelo para la protagonista de Adiós a las armas. Su pasión etílica le propinó otro porrazo. Hacia 1928 sufrió un accidente cuando se asomó al tragaluz del baño. Ezra Pound, medio en broma, medio en serio, comentaba que “debía estar muy borracho para caer hacia arriba”. Al anecdotario de tropezones habría que agregar el impacto que le provocó el suicidio de su padre y el palo que se pegó cuando chocó con su auto, acompañado por John Dos Passos. Pero la mejor –sin dudas– es que el propio escritor, antes de obtener el Premio Nobel de Literatura (1954), leyó las perentorias necrológicas que se redactaron, después de dos accidentes de avión consecutivos que sufrió mientras participaba en un safari africano.

Conviene eclipsar a esos tentadores heraldos de Hemingway para zambullirse en su formación y en sus obras. A los 18 años, entró a trabajar en el Kansas City, uno de los grandes diarios norteamericanos de posguerra. En las mesas de redacción aprendió a escribir frases breves que capturaron de inmediato la atención de los lectores, desechó el barroquismo retórico y desterró esos adjetivos inútiles que cuando no dan vida matan; recursos que pronto se erigirían en la columna vertebral de su poética. Siempre quiso ser escritor; el periodismo sería un ámbito de fogueo. La afectación lo irritaba. Prefería construir las frases como un cristal que logra provocar la emoción, pero sin anunciarla, relatando de manera precisa la experiencia capaz de causarla. “Si de algo sirve saberlo, siempre trato de escribir con el principio del iceberg –confesaba el escritor a la revista Paris Review, en 1958–. Hay nueve décimos bajo el agua por cada parte que se ve de él. Uno puede eliminar cualquier cosa que sepa, y eso sólo fortalecerá el iceberg. Si un escritor omite algo porque no lo sabe, habrá un agujero en su relato.” En el cuento, precisamente, aplicará esta técnica nueva: mostrar sólo una mínima parte de la historia y hacerla depender de una sólida realidad oculta bajo la diáfana superficie. Hemingway forjó una sólida escuela en la narrativa norteamericana que se prolongaría en autores como Raymond Carver o Richard Ford, herederos legítimos de la teoría del iceberg.

Mucho antes de transformarse en uno de los maestros del cuento, frecuentó la París de los años ’20. Desembarcó en esa ciudad gracias a las cartas de recomendación que Sherwood Anderson le había escrito para Gertrude Stein, Ezra Pound y Sylvia Beach. Una vez más estaba en el lugar indicado, donde se escribía la historia. Hemingway acudía, puntual, a la cita con la bohemia. Por los cafés de Montparnasse y las buhardillas a la orilla del Sena, circulaban también James Joyce, Henry Miller, John Steinbeck, Scott Fitzgerald. París era la meca para los norteamericanos de entreguerras que anhelaban escribir o simplemente beber y realizar un ajuste de cuentas con la vida. Ya era un “piel roja”, el gran macho de la tribu de escritores. En esa época, una de las más prolíficas, publicó dos de sus novelas, Fiesta (1926) y Adiós a las armas (1929), donde consiguió, gracias a la distancia que tanto ponderaba, plasmar sus experiencias en el frente de batalla. En una de sus más célebres recomendaciones sugería: “Nunca escribas sobre un lugar hasta que no estés lejos de él porque ese alejamiento te da mayor perspectiva”.

“Para escribir sobre la vida, ¡primero hay que vivirla!”, es una frase ciento por ciento de Hemingway. A contrapelo del emblema instaurado por Flaubert –quien advertía que para poder crear una obra un escritor necesitaba establecerse en un lugar tranquilo–, “el más borracho del mundo” viviría en una especie de nomadismo frenético. Si la guerra fue uno de los principales tópicos literarios de Hemingway, una década después tropezaría otra vez con una confrontación bélica mayúscula –quién dijo que no se vuelve a tropezar dos veces con la misma piedra– cuando asistió al estallido de la Guerra Civil Española (1936-1939), donde se comprometió con los republicanos españoles. No era un novato extraviado en un territorio desconocido. España fue un cimbronazo existencial mucho antes de esa contienda y de la publicación de ¿Por quién doblan las campanas? (1940), considerada una obra maestra de la literatura universal. Robert Jordan, el protagonista, es un dinamitero de las Brigadas Internacionales que comprenderá tempranamente que su intervención será inútil porque la guerra como tragedia colectiva seguirá su curso inexorable. “La guerra es el mejor tema: ofrece el máximo de material en combinación con el máximo de acción. Todo se acelera allí y el escritor que ha participado unos días en combate obtiene una masa de experiencia que no conseguirá en toda una vida”, escribió Hemingway en una carta dirigida a su máximo contrincante literario, Fitzgerald.

El mundo de los toros lo subyugó en el preciso momento en que lo descubrió, en los sanfermines de 1923. Hasta los años ’50, era común y corriente ver al escritor norteamericano asistir a las corridas de toros, a veces del brazo de otros mitos vivientes como Ava Gardner o Lauren Bacall. La prosa de Hemingway devino, si se permite la metáfora, en un toro de cuernos afiladísimos. Su cornada magistral –quien no ha sentido, al leerlo, que las letras bailan y arden delante de sus ojos– exalta el instante, a través de la repetición de palabras y frases, con una cadencia rítmica tan imitada como bastardeada. Pudo haber emulado, durante buena parte de la década del ’40, a los bartlebys que ha rastreado Enrique-Vila Matas, esos escritores cuya gloria o mérito consiste en no escribir más. Diez años estuvo sin publicar; recién en 1950 llegaría Al otro lado del río y entre los árboles –autoparódica narración de amor otoñal despreciada por la crítica de entonces– y dos años después el clásico El viejo y el mar, novelas escritas en Finca Vigía, la casa en La Habana (Cuba) donde vivió 21 años, entre 1939 y 1960.

“Su vida estuvo determinada por un sentido, a veces épico, a veces infantil, de la contienda”, afirma Juan Villoro en el prólogo a la reedición de El viejo y el mar, novela con la que obtuvo el Premio Pulitzer en 1953. El protagonista es un viejo pescador, Santiago, que lleva casi tres meses sin pescar; hasta que captura, luego de una titánica lucha de dos días y medio, un gigantesco pez al que ata a su pequeño bote. El anciano perderá ese botín al día siguiente, en otro combate no menos heroico, en las mandíbulas de los voraces tiburones del mar Caribe. En las ficciones de Hemingway cabalga una constante: hombres que se enfrentan, en una pulseada sin cuartel, a un adversario brutal. Más allá del resultado, el triunfo o la derrota, esas criaturas acceden a otra instancia gobernada por el orgullo y la dignidad. Aun en las peores tribulaciones y reveses, la conducta de un hombre puede mudar la derrota en victoria. Los imperativos categóricos de la ficción pronto perforarían los límites de las páginas. Aunque antes del fin, hubo un atajo inesperado.

En el sótano del Hotel Ritz de París aparecieron unos baúles viejos con manuscritos mohosos: los cuadernos de notas que Stein aconsejaba llevar consigo a Hemingway. El hallazgo lo animó a pasar en limpio lo que sería París era una fiesta, publicado póstumamente en 1964, texto en el que evocó sus inicios literarios en los cafés del Barrio Latino y sus contactos con los miembros de la Lost Generation. Las enfermedades minaban el cuerpo del escritor: ligera diabetes, hipertrofia del hígado, un curioso mal conocido como hemocromatosis, hipertensión, problemas serios en la vista. En 1960 se fotografió con el joven Fidel Castro para colocarse del lado bueno de la historia, donde no podía ni debía faltar. Pero se avecinaba una larga despedida. Partía de Cuba y regresaba al país donde había nacido para sumergirse en la ruta de la muerte: pérdida de la memoria, entradas y salidas de hospitales y una seguidilla de intentos de suicidios abortados. “Le demostraré lo que puede hacer un hombre y lo que es capaz de aguantar”, decía Santiago. Tal vez con la última chispa de conciencia de la dimensión ética y metafísica de ese combate, la sombra de Hemingway conquistó la inmortalidad de un tiro.

Por Silvina Friera
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Fue especialmente significativo para el mundo, que poco y mal nos miraba, el hecho de que, desde lo femenino, hubiesen venido el golpe moral y la acusación más irrefutable contra la última dictadura cívico-militar en la Argentina. Juntando retroactivamente símbolos, todo ese impulso y lo que lo movió podrían condensarse en aquellos versos de John Donne, el mayor poeta metafísico inglés del siglo XVII: “For graves have learn’d that Woman-head / To be to more then one a Bed” (“Pues las tumbas han aprendido esa condición femenina / De ser lecho para más de uno”).
 
Desglosándolos, y recogiendo de ellos sólo la alusión a la función materna, la circunstancia de que fueran madres las que reclamaran por la ausencia de signos de los secuestrados por la Junta multiplicó, sin duda, el ya enorme horror de la represión de un Estado en situación de ilegalidad absoluta, y marcó para siempre a sus detentadores con la señal del genocidio. Constituyó un alerta, un punto de partida, un sacudón imprescindible para nuestra propia sociedad (no siempre consciente ni siempre atenta a las atrocidades que se cometían), y para la sociedad internacional: aquella imagen de las Madres dando vueltas en silencio en la Plaza de Mayo recorrió el planeta, desbarató cualquier maniobra publicitaria de la Junta, desnudó el oprobio, ayudó de modo primordial, en fin, a su desenmascaramiento, a su impopularidad, a su caída.
 
La participación de la mujer en la vida civil argentina databa de largo tiempo antes, y en los últimos se había registrado una inmersión casi masiva de jóvenes que, verbal y corporalmente, fueron engrosando agrupaciones sociales, estudiantiles y políticas y pagando también su tributo frente a la represión. La presencia femenina, pues, no era ya especialmente novedosa. Sin embargo, nunca un hecho que no podía dejar de ser político (el reclamo y la acusación a gobernantes) había alcanzado tan alta dimensión moral. Podría agregarse que en la historia de la humanidad han sido contadas las veces en que política y ética han confluido naturalmente, y que esta ocasión puede figurar entre ellas.
 
Nuevas Antígonas reclamando por el derecho a enterrar a sus muertos o, como no dejaron de exigirlo durante mucho tiempo, su aparición con vida, encerraban en sus demandas, si no la posibilidad fáctica de que su satisfacción fuese ya posible, los únicos términos adecuados para la alta dignidad que investían. Por ser las “Madres” (también, hoy, las “Abuelas”), y por cubrir y asumir con ello la conciencia huérfana de toda una sociedad que, a veces cómplice, otras indiferente, no siempre demasiado democrática ni respetuosa del otro, había permitido la entronización de la barbarie.
 
Intuyendo que tan profundo y vasto movimiento tenía que representar y ser consecuencia de procesos internos muy significativos en el seno de una sociedad y, a su vez, que arrastrar otros cambios, supuse alguna vez que se encontraría en la literatura escrita por mujeres la visión más cabal de lo que había sucedido durante estos años.
 
Hace bastante tiempo, en octubre de 1989, al escribir todavía desde Francia para la revista Babel, de Buenos Aires, una columna que titulaban “La mesa de luz”, y comentar mis lecturas del momento (entre otras, la del libro de George Steiner, justamente titulado Les Antigones), decía respecto de éste: “Varios cientos de páginas que no agotan, claro está, todas sus repercusiones, pero que dan sólidas pautas para empezar a comprender a nuestras Madres, clamando por esos cuerpos fuera del tiempo y de la tierra, del territorio que a ellos les pertenece y al que deben todavía recuperar con la debida inhumación, la consustanciación en humus, la justicia”. Y luego de formularme la pregunta de siempre (“¿Cómo entender, cómo entender?”), y de intentar contestarla por distintas vías, concluía: “Celebro también que, por diversos azares, se hayan concentrado últimamente libros escritos, en su mayoría, por mujeres. Trato de leerlos y de entenderlos en su casual conjunto, como si el ojo femenino, detenido en la ficción, fuese el único capaz de darme claves que en otro caso escaparían. Canon de alcoba, de Tununa Mercado (el eros cotidiano tratado con un lenguaje espléndido); Ciudades, de Noemí Ulla (viajes poco compulsivos por el difícil terreno de las formas); Abisinia, de Vlady Kociancich (misterioso relato en el cual el manejo de los pronombres y del procedimiento construye prácticamente “el tema”); La sueñera, de Ana María Shua (juegos nada inocentes con la palabra, donde su soberanía lo confunde todo); La rompiente, de Reina Roffé (la historia que nunca podrá, realmente, ser contada)”.
 
Han venido a sumarse desde entonces tantos y tantos otros libros que siguen dibujando esa cartografía interior: los de poemas de Diana Bellessi, de María Negroni, de Laura Klein; los textos de Griselda Gambaro; numerosos relatos y novelas (de la misma Tununa Mercado, de Rosalba Campra, de Luisa Valenzuela, de Liliana Heer, de Perla Suez). Seguramente en aquella nota, y aun ahora, omito, por injusto olvido, algunos nombres, pero este conjunto me parece suficientemente representativo de lo que estoy tratando de entender, que no es una antología literaria más o menos reciente, sino un proceso de vinculación muy íntima entre política y literatura, entre feminidad e historia.
 
Como decía, en estilos diferentes, con voces diferentes, con pertenencias políticas ciertamente diferentes, nuestras escritoras trabajan sobre una herencia y un destino comunes. Tal vez el significante que más las vincula, la memoria, represente el núcleo conceptual, ideológico y simbólico alrededor del cual giran muchas de las vicisitudes de esta trama. Un núcleo que, además, parece bien asentado en lo femenino. Depositarias, diría antropológicas, de la memoria (porque son las que engendran, porque son las que alimentan y guardan el fuego, las que continúan la especie, las que quedan cuando casi nada queda), las mujeres estarían destinadas a cumplir, entre muchos otros, este papel. La memoria, entonces, se presenta como su patrimonio: ese ejercicio de salvación y de conservación de restos, fragmentos del pasado, de recuperación de vivencias, de figuras, en un señalamiento inapelable de responsabilidades. La memoria como lo que se rescata en la lucha, para asegurar una permanencia sin la cual nada nuevo puede siquiera empezar a construirse.
 
La memoria, pues, cual lo incanjeablemente femenino. Porque, para volver al principio de la reflexión, debería recordar que, como tan bien ha señalado alguna vez Charles P. Segal, conocido estudioso del mundo antiguo, “el conflicto entre Creonte y Antígona no solamente opone la ciudad a la casa, también opone el hombre a la mujer. Creonte identifica su autoridad política con su identidad sexual”. Y el propio Steiner agrega en Les Antigones: “En última instancia, se trata entonces de un conflicto entre las concepciones masculinas y las femeninas, entre la manera como cada sexo conduce la vida humana, conflicto hecho, como ningún otro, de semejanzas paradójicas y de contradicciones implacables. Antígona habla, casi literalmente, “a partir de la matriz”, desde un punto central atemporal de impulsión carnal y de intimidad con la muerte”. Y es, me parece, desde ese centro que la madre siente la necesidad de hacer entender a los otros el valor de los gestos, de las actitudes, de las palabras y, sobre todo, de la vida.

Por Mario Goloboff, escritor, docente universitario.
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Sábado, 19 Marzo 2011 10:14

Aquel Vargas

Empezaban los ’90. América latina era algo muy distinto. Estaba llena de indígenas, eso sí, como ahora, aunque ellos no estaban en la agenda de ningún aspirante a presidente con chances ni entre sus electorados militantes. De hecho, no se usaban los militantes. Comenzaba el culto al “independiente”. Los grandes medios y los dirigentes políticos celebraban el crecimiento abrumador de esa categoría de ciudadanos. Eran en muchos casos ex adherentes a partidos políticos que los habían traicionado, pero en muchos otros eran ciudadanos en retirada, ciudadanos inorgánicos que se veían a sí mismos casi siempre como otra cosa: vecinos, consumidores, clientes, usuarios, lectores, socios, pagadores de impuestos en el mejor de los casos.

Recuerdo una imagen desoladora de Mario Vargas Llosa un día después la primera vuelta electoral en la que el resultado lo obligaba a un ballottage con Alberto Fujimori. El hombre caminaba por una playa, con una sobrina. La foto robada lo mostraba de espaldas. Caminaba encorvado, con la cabeza gacha, sosteniendo el saco que se había sacado con una mano sobre su hombro. El viento le revolvía el pelo abundante. Las marcas en la arena daban cuenta de que arrastraba los pasos. Esa imagen que publicaron esa mañana los diarios peruanos nos dio a los periodistas que teníamos que mandar despachos urgentes el material necesario: Vargas Llosa estaba deprimido. Después de escuchar el resultado se había ido de Lima con rumbo desconocido. Eso se confirmaría con su derrota en el ballottage, un mes y medio después, y con su rápido abandono del país. Más tarde, con su renuncia a su ciudadanía.

Estuve en Lima en las dos vueltas electorales y aquélla fue la cobertura política más curiosa que me tocó en la vida. Había llegado al Perú con la certeza del triunfo de Vargas Llosa, como todos. El Sheraton, donde el escritor había ubicado su bunker de campaña, hacía un descuento del 50 por ciento a los periodistas acreditados, de modo que con una colega que conocí en el avión allí nos fuimos, a ver lo más cerca posible el espectáculo de una victoria. Alojarnos juntas también tuvo que ver con la tensión de Lima en esos años: había guerrilla y había paramilitares, había cortes de luz a cada rato, había atentados. Cuando llegamos al hotel nos impresionó la hilera de soldados de caras encapuchadas y armas largas que lo rodeaban. Adentro, en el centro de prensa del candidato escritor, todo era canapé, exquisitez y cierto exotismo refinado.

Apenas tres días antes de las elecciones, el nombre de Fujimori empezó a emerger entre el puñado de candidatos presidenciales. Nadie sabía quién era. Me llamaron del diario y me pidieron que ese mismo día mandara una nota sobre él. A todos nos pasaba lo mismo: las agencias internacionales habían difundido las últimas encuestas, y Fujimori, que hasta entonces casi ni figuraba, rozaba a Vargas Llosa.

Fujimori esa tarde improvisó una conferencia de prensa en la sala de un hotel que estuvo abarrotada. No había credenciales plastificadas, como en el Sheraton, sino cuadraditos de cartulina cortada a mano que los parientes de Fujimori nos prendían en los sacos con alfileres. Fujimori era un ingeniero mediocre que después hizo un gobierno desastroso, absolutamente a tono con la época. Viéndolo a la distancia, uno advierte que el FMI seguía con tranquilidad aquellas elecciones: en materia de política económica, ningún candidato era preocupante.

Una de las explicaciones sobre aquel resultado inesperado, o mejor dicho, sobre la pobre performance de las encuestas, era que el Perú es un país muy difícil de encuestar. Su población indígena suele considerar las preguntas de un encuestador como una pregunta de hombre blanco. Y ellos a los blancos le dicen lo que se imaginan que quieren escuchar. Por eso las encuestas le daban tan bien a Vargas Llosa.

Sobre la relación entre los pueblos originarios y el escritor peruano, habla una carta abierta a Vargas Llosa que publicó en estos días la agencia Paco Urondo. La escribió a fines del año pasado el indígena peruano Hugo Blanco, en ocasión del Nobel, y tiene algunos párrafos notables, en las que el director de Lucha Indígena considera ese premio como “un golpe más del neoliberalismo a las poblaciones indígenas, ya que difícilmente podrá encontrarse mayor enemigo de ellas que su persona”.

Para ubicar a Vargas Llosa en ese contexto, Blanco da un par de ejemplos. Uno de ellos fue lo ocurrido el 5 de junio de 2009, Día Mundial del Medio Ambiente, cuando el gobierno de Alan García reprimió y masacró a 200 indígenas de la selva amazónica. Hubo fuertes protestas en Lima, y el gobierno debió retroceder cajoneando dos decretos reclamados por el ALCA, por los cuales, contra la legislación internacional vigente, se abría la Amazonia para nuevos negocios.

“¿Cuál fue la actitud de usted? Al contrario de la mayoría del pueblo peruano, escribió ‘Victoria pírrica’, manifestando que futuros gobiernos peruanos no osarán ‘volver a meter mano’ en la Amazonia para alentar la inversión privada y el desarrollo económico de esta región (...). No se detiene ahí, considerando a los habitantes amazónicos como retardados mentales, no concibe que la resistencia pueda haber sido pensada por ellos, dice que fueron instigados por Hugo Chávez y Evo Morales.”

El otro ejemplo que da Blanco para ubicar a Vargas Llosa en el marco de este tema es el Seminario “Las amenazas de la Democracia en América Latina: Terrorismo, Debilidad del Estado de Derecho y Neopopulismo”, un evento cuyo nombre exime de describir su orientación política, desarrollado en Bogotá entre el 19 y el 22 de noviembre de 2009. Blanco cita a Vargas Llosa, que dijo: “El desarrollo y la civilización son incompatibles con ciertos fenómenos sociales y el principal de ellos es el colectivismo (...). El socialismo, el nazismo y el fascismo son los fenómenos colectivistas del pasado. Hoy se expresa en América latina de una manera muy sinuosa y revistiéndose con ropajes que no parecen ofensivos sino prestigiosos (...). El indigenismo de los años ’20 que parecía haberse rezagado es hoy día lo que está detrás de fenómenos como el señor Evo Morales en Bolivia. El indigenismo en Ecuador, Perú y Bolivia está provocando un verdadero desorden político y social, y por eso hay que combatirlo”. Más adelante, con un cinismo a prueba de blindex, afirmó: “En el movimiento indígena hay un elemento profundamente perturbador que apela a los bajos instintos, a los peores instintos del individuo, como la desconfianza hacia el otro, al que es distinto”. Es muy interesante que de la carta de Blanco se desprenda que un debate intelectual, político y literario, que debería ser abordado en la Feria del Libro, es el paradigma que se expresa en la obra de Vargas Llosa y en el de José María Arguedas. Y hablándose del Perú, aquí debe mencionárselo a modo de homenaje a Manuel Scorza, cuya revisita es urgente.

Le contesta Blanco a Vargas Llosa: “Es la sociedad que usted defiende la que aplasta la individualidad y exalta el individualismo, que es el egoísmo supremo. El mejor ejemplo de esto es que las grandes empresas multinacionales están dirigidas por personas que saben que con la desbocada emisión de gases de invernadero están conduciendo a la extinción a la especie humana, pero ya no les importan sus nietos ni sus hijos, sino cumplir con el sagrado mandamiento neoliberal: ganar la mayor cantidad de dinero posible en el menor tiempo posible”.

A Vargas Llosa, por su racismo, que lo hace opinar que los pueblos originarios deberían abandonar sus tradiciones en pos del desarrollo, le han contestado ya líderes de muchos pueblos, cuyas voces se acallan, pero también intelectuales como José Saramago, que se hizo una pregunta cuyo eco sigue rebotando: “Que alguien haya podido decir que el movimiento indígena es un peligro para la democracia me parece algo increíble. ¿Cómo de una cabeza inteligente puede salir una afirmación tan monstruosa como ésa?”.

Por Sandra Russo
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Martes, 18 Enero 2011 06:00

Pagando una deuda imposible

Cien años han pasado desde aquel 18 de enero de 1911 en que vino al mundo el fundacional escritor peruano José María Arguedas, un centenario que me permite, por primera vez, confesar que tengo con él una deuda que no acabo de pagar.

Muchos de los que tuvimos el privilegio y el goce de ser sus amigos tenemos una deuda parecida: este novelista y antropólogo que revolucionó el campo literario latinoamericano y modificó drásticamente la manera en que percibimos a los pueblos originarios del mundo terminó, desesperado y deprimido, suicidándose en Lima a la edad de 68 años –la misma edad que, extrañamente, tengo yo ahora que por fin asumo públicamente la culpa personal que me toca en su prematura desaparición.

Pese a que me llevaba más de tres décadas de ventaja, fuimos entrañables amigos. Gracias a los buenos oficios de Pedro Lastra, y de los Arredondo, la familia chilena de la mujer de José María, pude intimar con él después de haberlo leído con encanto y también con algo de desasosiego ante el abismo de perversidad que revelaba en un Perú que maltrataba y despreciaba a las candentes mayorías indígenas. Tuvimos largas conversaciones, lo escuché cantar huaynos en quechua, lo vi danzar hasta el amanecer, llegué a entrevistarlo varias veces y finalmente produje un ensayo sobre su obra que él refrendó, y esa empatía mía con su literatura y persona lo llevaron a llamarme hermano, parte de la misma lucha por la belleza y la justicia y la verdad.

Apreciaba mis opiniones. No lo digo para vanagloriarme, sino porque es indispensable para asomarse al desenlace de nuestra relación. Apreciaba mis opiniones, repito, y fue por eso que, en octubre de 1969 –¿o puede haber sido en septiembre o a principios de noviembre?– me avisó que venía a Santiago y que quería verme, “por algo importante”.

Lo que lo desvelaba, me explicó, cuando finalmente nos encontramos, era su nueva novela, El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo, aún inconclusa. “Necesito saber lo que piensas, Ariel. No se asemeja a nada que haya escrito antes.” Y me pasó un grueso manuscrito, pidiéndome que lo leyera pronto para que pudiéramos conversar antes de su retorno al Perú.

Me pasé los siguientes días, y buena parte de las noches, sumergido en las arenas de ese libro monumental. Mi primera impresión fue de espanto: comenzaba José María por advertir al lector, en un diario de vida que no tenía nada de fingido, que recientemente había tratado de suicidarse. Similares revelaciones sobre su crisis, su incapacidad de seguir escribiendo, se reiteraban en el resto de la novela, cuyo núcleo central, sin embargo, estaba constituido por una ardua y alucinada narración sobre Chimbote. Me sentí atraído –no lo pude evitar– más por el dolor lúcido del amigo fidedigno e histórico que por los personajes que deambulaban por un puerto degradado y a la vez mítico, una insaciable ciudad de pescadores en que figuras legendarias se cruzaban con locos y prostitutas y enviados del imperio y migrantes de la sierra. Si entendía demasiado bien lo que pasaba con mi querido José María, sus hombres y mujeres ficticios carecían, en cambio, de la envergadura emocional de sus escritos anteriores, y la prosa en que respiraban me pareció desconcertante, opaca, enmarañada. Algo que siempre me había fascinado de Arguedas era su estilo espléndido, fruto, como su vida misma, de su ser mestizo, su existencia precaria a horcajadas entre dos mundos, el blanco y el indio, forjando en el lenguaje mismo un modelo de cómo la cultura autóctona podía revertir el sentido y flujo de la conquista, podía apoderarse de la palabra. En todos sus libros precedentes había construido una sintaxis deslumbrante, tensionada entre la luz y la oscuridad, la alegría y el desconsuelo, permitiendo que sus lectores se asomaran, sin dejar el castellano, al mundo andino prohibido y ultrajado. Leerlo siempre había sido, por lo tanto, una experiencia inolvidable y única. Pero Arguedas, aparentemente, había llegado a la conclusión de que era una experiencia demasiado cómoda, hasta acomodaticia. Porque en la novela de los Zorros abandonaba toda pretensión de que se lo entendiera con claridad, entorpecía ese placer transcultural, había decidido salirse de las fronteras habituales de lo reconocible para un lector sumido, como yo, en la tradición occidental y moderna. Era, para ser franco, una novela quechua y, para mi mala fortuna, me sentí extranjero, dislocado, en ese mundo.

Se lo dije. Haberlo callado habría sido más piadoso con un hombre que sufría una depresión psicológica tan catastrófica; más piadoso, sí, pero indigno de él y de nuestra relación basada en la lealtad y la transparencia. Le conté, entonces, durante una larga tarde que pasamos, recuerdo, al interior del auto que mi padre me había prestado para que lo visitara, desmenucé lo que me había conmovido en su obra nueva y también lo que estimaba confuso y enrevesado, aquello que necesitaba –sí, eso es lo que le dije yo, a los veintisiete años de edad, a este magnífico escritor que había hecho cantar a los ríos y era hermano de las montañas– más trabajo, más coherencia, más organicidad narrativa.

Si le dolió mi opinión fue demasiado gentil para hacérmelo saber. Dijo que tomaría en cuenta esos comentarios, y que le había dado mucho que pensar. Y nos despedimos con el abrazo de siempre, como si nada.

Unas semanas más tarde, un mes más tarde, más tarde, más tarde, demasiado tarde y demasiado temprano, a fines de noviembre de 1969, me llegó la noticia de que se había disparado un tiro en la sien en la Universidad Agraria de Lima. Recordé algo que me había susurrado en alguna lejana madrugada: “Si no puedo escribir, mejor es no estar vivo”. En efecto, había completado su novela con su propia muerte.

No soy tan arrogante como para pensar que si le hubiera alabado, ay, si le hubiera entendido, su texto, podría haber evitado su sacrificio. Pero de todos modos me reproché entonces y me seguí reprochando durante décadas el hecho de que no me rajé el corazón, no abrí los ojos hasta el cielo, no me desgarré el alma, no salté el despeñadero que nos separaba. No supe estar a la altura de su visión y su amistad, no fui capaz de aceptar con humildad el regalo híbrido y ambicioso y trastornante que me estaba ofreciendo a mí y al mundo.

Pero el centenario de su nacimiento no debería ser ocasión únicamente para expiaciones. Debe ser, ante todo, una celebración, el recuerdo de que su obra y su vida se fundaban en una apuesta primordial: que la cultura de los Andes –imbuida de amor a la naturaleza, moral y estéticamente superior a quienes la sojuzgaban– era capaz de salvar a la humanidad contemporánea presa de un progreso avaro e insensato que se erige sobre la explotación de la tierra y de nuestros semejantes, la apuesta todavía vigente de que hay otra humanidad posible.

¿Hay alguien más vivo que Arguedas hoy? ¿Hay alguien más relevante en este tiempo en que la especie se encamina hacia el apocalipsis? ¿Hay alguien que haya escrito con más lucimiento y grandeza sobre lo que significa vivir y morir y sobrevivir en nuestra encrucijada inacabable?

Tengo una deuda contigo, José María. Lo que he descubierto, ahora que tengo la edad tuya cuando nos dejaste, es que es también una deuda que tenemos todos, he descubierto que nos toca volver a leer los profundos ríos de tu literatura para rescatarte, esta vez sí, de la muerte que dicen que te devoró.

Por Ariel Dorfman, autor de
 Americanos: Los Pasos de Murieta  
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