Como lo explica Jorge Alberto Naranjo (1996) en su libro, Medellín en la temprana literatura antioqueña, el primer indicio de las tertulias culturales y literarias en Antioquia se da en los inicios del siglo XIX. Para la descripción de este proceso resulta primordial el trabajo histórico elaborado durante gran parte del siglo XIX por Juan José Molina, Antioquia literaria (1878), éste es el referente más importante de la historiografía en la región, ya que inicia el sendero, y es eco frecuente de los estudios actuales. 
 
Las tertulias están relacionadas estrechamente con la llegada de la imprenta al territorio de Nueva Granada en 1738, las tertulias coinciden con otros logros culturales de gran magnitud como la Expedición Botánica, la Biblioteca Pública, y el Papel Periódico Ilustrado.
 
En el caso de Antioquia existe la misma relación entre la imprenta y las tertulias, ya que, con la adquisición de la imprenta, se hace paralela la instauración de la tertulia de José Félix Restrepo en 1812, en ella participaron personajes ilustrados de renombre como lo fueron: Francisco José de Caldas, Francisco Antonio Ulloa, José Manuel Restrepo, Juan del Corral. Según los datos que Jorge Alberto Naranjo Mesa brinda en su estudio sobre la literatura temprana, el nacimiento de estas en Antioquia tuvo mayor dinámica a partir de 1830, en este período, puede observarse el nacimiento de la de Juan Uribe y Juan Santa María. Otro hecho significativo es el nacimiento de la primera revista literaria en la ciudad de Medellín, El ciudadano (1831 - 1832). 
 
La tertulia El Pueblo es la más representativa en cuanto a la relación estrecha entre publicaciones periódicas y tertulias culturales, los pertenecientes son representantes importantes de la literatura antioqueña, en primer instancia, se encuentra el poeta canónico de Antioquia en el siglo XIX, Gregorio Gutiérrez González al de él participan: Camilo Antonio Echeverri, Juan de Dios Restrepo, entre otros. Allí está la semilla de una posterior que fue llamada El Oasis (1868 - 1873), en la que tomaron parte, Demetrio Viana y Epifanio Mejía;de donde surgió una de las publicaciones periódicas más importantes para Antioquia, ya que en la Revista Oasis se publicaron escritos de gran valor literario.
 
El periodo de Guerras Civiles produjo una trasformación social del país, que se encontraba bajo un entorno de profunda división política y social, acarreando un inevitable rezago económico; con estas perspectivas de modernización, tanto las prácticas sociales, como los medios culturales y literarios, presentan otro tipo de enfoque, de tal manera que se da una puja entre la “mentalidad ilustrada y simbolista” frente al “pensamiento modernista”.
Para el año de 1887, aparece una tertulia que corresponde al estereotipo social de los primeros intelectuales modernos, inmersos en el entorno de crisis social y política. En El Casino literario iniciaron prácticas sociales, culturales y literarias, varios hombres de Estado que a travesaron el siglo, sembrando la semilla de una nación que apenas se integraba, dejando atrás el peso de la herencia colonial y aportando con su labor la consolidación de la república colombiana. Participaron hombres decisivos para la cultura y el desarrollo social: Carlos E Restrepo, Nicanor Restrepo, Eduardo Zuleta, Sebastián Mejía, Enrique White Fernández, Tomás Carrasquilla, Francisco de Paula Rendón, Camilo Botero Guerra, entre otros. 
 
Finalizando el siglo XIX, aparece la revista y la tertulia El Montañés (1898 - 1899), a pesar del poco tiempo de trabajo, es una revista influenciada directamente por el modernismo, fue integrada por hombres antioqueños de talento continental: Efe Gómez, Gabriel Latorre, Mariano Ospina, Saturnino Restrepo, Tomás Carrasquilla. El Montañés tiene el privilegio de publicar gran cantidad de los escritos narrativos de Tomás Carrasquilla y Efe Gómez; quienes son los iniciadores del relato moderno en nuestra región.
 
A finales del siglo XIX, las tertulias salen de las bibliotecas y los salones familiares para llegar a lugares públicos como lo son las librerías o los cafés, es así como, la tertulia de la Bastilla es reconocida por la música y la calidad de la comida y la buena bebida, esto se sabe gracias a la memoria de Ciro Medía quien dejo constancia de las veladas en aquel recinto. Así se da fin a la etapa dorada de la tertulia decimonónica, los lugares públicos ya mencionados, comienzan a ser habitados por jóvenes generaciones con nuevas propuestas estéticas. Es así como la ciudad de Medellín entra en plena etapa de crecimiento, y como centro de operaciones, se convierte en referente urbano.
 
En última instancia, es importante destacar, que durante éste período nace una nueva generación que no pertenece a la Colombia decimonónica. A finales del siglo XIX nacen los futuros Panidas, estuvo compuesto por jóvenes entre los 18 y los 19 años de edad los pertenecientes al grupo frecuentaron lugares populares, el Café el Globo fue sitio de encuentro, estaba ubicado cerca al Parque de Berrío,. en estos lugares se discutía, y se polemizaba con artistas de renombre o de ideas clásicas, la consolidación del grupo se da en el año de 1914.
 
Revista Panida duró unos pocos meses (febrero–junio), pero fue importante el aporte de la revista para la renovación y dinamización de las publicaciones en la región. El aporte del grupo Panida a la ciudad, radica en el aire de renovación juvenil, en un estilo propio que fue absorbido por la ciudad, ya que conectaron a la misma con las ideas mundiales, generando un sentido y un criterio autónomo, pues los Panidas “que eran trece”, no tenían la ambición de repetir lo hecho por las otras vanguardias o parecerse a los europeos, sin embargo, buscaban un diálogo entre vanguardias, reconociéndose a sí mismos producto de la tierra americana. La revista contribuirá posteriormente, a conformar el movimiento de Los Nuevos, grupo de carácter nacional, del cual sus mayores figuras son: León de Greiff y Luis Vidales.
El Nadaísmo en Medellín empieza a gestarse a partir de 1951 con la llegada de Gonzalo Arango a la ciudad, Jaime Jaramillo Escobar, es otro nadaista, poeta y crítico literario que ha elaborado a través del tiempo un trabajo importante. Los jóvenes nadaistas vivieron desde su más tierna infancia los horrores de la violencia política en Colombia. El grupo de Medellín estaba conformado por Jaime Jaramillo Escobar, Darío Lemos, Humberto Navarro, Amílcar Osorio, Jaime Espinel, Diego León Giraldo y Moisés Melo. Los anteriores se conocieron en el ambiente universitario de El Alma Mater y luego en los espacios citadinos de la Bastilla, La Soma, La Librería Aguirre, El Parque de Bolívar o el Paseo Junín. De la papelería y tipografía la Amistad salé en 1958 el Primer manifiesto nadaista. El Movimiento Nadaista no hizo nada que no hayan hecho anteriormente Los Panidas, sin embargo su radio de acción llegó a todo el país, pues éste, tenía unos medios de masificación y de comunicación consolidados, radio, prensa y televisión; los medios masivos de comunicación fueron fundamentales para poner en primera plana al grupo juvenil que fue visto por los hombres de alta cultura como un grupo superficial sin mayor fundamentación. Sin embargo, el nadaísmo influyo en los jóvenes colombianos y en las clases populares, que también encontraron elementos de identidad. Los periódicos más importantes del país seguían cada una de las acciones del grupo o de sus participantes, principalmente de Gonzalo Arango, quien aprovechó la publicidad de manera estratégica para posicionar el grupo y su imagen. 
 
Por último se tiene en cuenta La Revista Acuarimántima (1973-1983) que es el resultado de la amistad y la tertulia de una generación que se encontró en los corredores de la Universidad de Antioquia, sus fundadores principales son Elkin Restrepo y José Manuel Arango. Los escritores nacidos en la década de los años cuarenta se destacan por su frecuente participación en la revista, lo que indica una generación caracterizada por la cercanía al género poético, aspecto determinante en la historia de la literatura para este período. En la Revista Acuarimántima publicaron: Harold Alvarado Tenorio, Santiago Mutis, Juan Manuel Roca, Mario Rivero; los anteriores son poetas renombrados a nivel nacional pues hacen parte del canon actual, en términos de región figuran la mayoría de poetas afiliados o hermanados al Nadaísmo, como lo son: Amílcar Osorio, Eduardo Escobar, J. Mario Arbeláez, Darío Lemos, Humberto Navarro, entre otros. 
 
La Revista Acuarimántima fue punto de encuentro de generaciones y regiones, siendo ejemplo de integración cultural. Por la revista hubo toda una confluencia de distintas voces, sus fundadores Elkin Restrepo y José Manuel Arango hacen parte de las antologías de la generación sin nombre. Junto a estos poetas del orden nacional, también se destacan importantes intelectuales de la región, como lo son los profesores y artistas de las diferentes universidades de Medellín. Puede nombrarse entre muchos otros a Jaime Alberto Vélez, Carlos Vásquez, Luís Iván Bedoya, Luís Fernando Macías, Óscar Castro. La revista se destacó por la inclusión, siendo punto de encuentro nacional, dándose un espacio representativo de muchas de las generaciones y las corrientes literarias durante la vigencia de la revista en el marco de la creación poética. La Revista Acuarimántima reconoció el desarrollo literario y cultural del país, promovió el género de la poesía, y mantuvo estrecho contacto con los movimientos culturales y grupos literarios más representativos del momento.
 
Bibliografía
Mesa Naranjo. J. Alberto. (2009, ene. – jun.). Medellín en la temprana literatura antioqueña. Revista Con – textos, núm. 42. Págs. 67 – 97.
Molina, J. José. (1878). Antioquia literaria. Medellín: Colección de autores antioqueños.
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Último round de una leyenda: escribir también es callarse, aullar sin ruido. El era el macho que se había creado a sí mismo cazando, pescando, boxeando, toreando y combatiendo. Esa estampa virilizada no podía ser contaminada por el soplo crepuscular de la degradación física y mental, tanto más radical cuanto menos advertida. “El hombre puede ser destruido, pero jamás derrotado.” Esta frase de uno de sus personajes más paradigmáticos, Santiago de El viejo y el mar, podría ser su divisa antropológica. Como los héroes de sus ficciones –guerreros, cazadores, toreros, contrabandistas, aventureros de toda suerte y clase social– no claudicaría. Ya lo había intentado en otras ocasiones, como si hubiera pretendido encarnar lo escrito en uno de sus cuentos, “Un lugar limpio y bien iluminado”. Esta vez no admitiría otra prórroga al knock out que deseaba. Pero el silencio hace ruido. Siempre. Como un cajón cerrándose de golpe. Eso creyó escuchar su mujer, entre sueños, la madrugada del 2 de julio de 1961. Uno de los escritores norteamericanos más importantes del siglo XX, curtido en el fino arte de la necrológica antes de tiempo, esta vez lo hizo. Tal vez su cara era como una fiesta de la cual ya se habían ido todos. Ernest Hemingway, el autor de Adiós a las armas, decidió volarse la cabeza de un certero escopetazo, en su casa de Ketchum (Idaho), hace 50 años.

¿Cuántas veces estuvo en el umbral del knock out este nómada indómito con ganas de comerse el mundo, que había nacido en Oak Park, un suburbio de Chicago, en 1899? Pudo sortear casi todos los golpes fuertes, pudo esquivar a los heraldos negros que le mandó la Muerte, parafraseando al poeta César Vallejo. Hacia el final de la Primera Guerra Mundial, Hemingway se enroló como chofer de ambulancias en el frente de Italia. Una granada de mortero lo hirió de gravedad. El gran desafío de la escritura, postularía en un futuro lejano, sería “la lucha entre la cosa viva que es la experiencia y la mano muerta del embalsamador”. El jovencito impetuoso, convaleciente en el hospital de Milán, se enamoró de la enfermera Agnes H. von Kurowski, que le serviría luego de modelo para la protagonista de Adiós a las armas. Su pasión etílica le propinó otro porrazo. Hacia 1928 sufrió un accidente cuando se asomó al tragaluz del baño. Ezra Pound, medio en broma, medio en serio, comentaba que “debía estar muy borracho para caer hacia arriba”. Al anecdotario de tropezones habría que agregar el impacto que le provocó el suicidio de su padre y el palo que se pegó cuando chocó con su auto, acompañado por John Dos Passos. Pero la mejor –sin dudas– es que el propio escritor, antes de obtener el Premio Nobel de Literatura (1954), leyó las perentorias necrológicas que se redactaron, después de dos accidentes de avión consecutivos que sufrió mientras participaba en un safari africano.

Conviene eclipsar a esos tentadores heraldos de Hemingway para zambullirse en su formación y en sus obras. A los 18 años, entró a trabajar en el Kansas City, uno de los grandes diarios norteamericanos de posguerra. En las mesas de redacción aprendió a escribir frases breves que capturaron de inmediato la atención de los lectores, desechó el barroquismo retórico y desterró esos adjetivos inútiles que cuando no dan vida matan; recursos que pronto se erigirían en la columna vertebral de su poética. Siempre quiso ser escritor; el periodismo sería un ámbito de fogueo. La afectación lo irritaba. Prefería construir las frases como un cristal que logra provocar la emoción, pero sin anunciarla, relatando de manera precisa la experiencia capaz de causarla. “Si de algo sirve saberlo, siempre trato de escribir con el principio del iceberg –confesaba el escritor a la revista Paris Review, en 1958–. Hay nueve décimos bajo el agua por cada parte que se ve de él. Uno puede eliminar cualquier cosa que sepa, y eso sólo fortalecerá el iceberg. Si un escritor omite algo porque no lo sabe, habrá un agujero en su relato.” En el cuento, precisamente, aplicará esta técnica nueva: mostrar sólo una mínima parte de la historia y hacerla depender de una sólida realidad oculta bajo la diáfana superficie. Hemingway forjó una sólida escuela en la narrativa norteamericana que se prolongaría en autores como Raymond Carver o Richard Ford, herederos legítimos de la teoría del iceberg.

Mucho antes de transformarse en uno de los maestros del cuento, frecuentó la París de los años ’20. Desembarcó en esa ciudad gracias a las cartas de recomendación que Sherwood Anderson le había escrito para Gertrude Stein, Ezra Pound y Sylvia Beach. Una vez más estaba en el lugar indicado, donde se escribía la historia. Hemingway acudía, puntual, a la cita con la bohemia. Por los cafés de Montparnasse y las buhardillas a la orilla del Sena, circulaban también James Joyce, Henry Miller, John Steinbeck, Scott Fitzgerald. París era la meca para los norteamericanos de entreguerras que anhelaban escribir o simplemente beber y realizar un ajuste de cuentas con la vida. Ya era un “piel roja”, el gran macho de la tribu de escritores. En esa época, una de las más prolíficas, publicó dos de sus novelas, Fiesta (1926) y Adiós a las armas (1929), donde consiguió, gracias a la distancia que tanto ponderaba, plasmar sus experiencias en el frente de batalla. En una de sus más célebres recomendaciones sugería: “Nunca escribas sobre un lugar hasta que no estés lejos de él porque ese alejamiento te da mayor perspectiva”.

“Para escribir sobre la vida, ¡primero hay que vivirla!”, es una frase ciento por ciento de Hemingway. A contrapelo del emblema instaurado por Flaubert –quien advertía que para poder crear una obra un escritor necesitaba establecerse en un lugar tranquilo–, “el más borracho del mundo” viviría en una especie de nomadismo frenético. Si la guerra fue uno de los principales tópicos literarios de Hemingway, una década después tropezaría otra vez con una confrontación bélica mayúscula –quién dijo que no se vuelve a tropezar dos veces con la misma piedra– cuando asistió al estallido de la Guerra Civil Española (1936-1939), donde se comprometió con los republicanos españoles. No era un novato extraviado en un territorio desconocido. España fue un cimbronazo existencial mucho antes de esa contienda y de la publicación de ¿Por quién doblan las campanas? (1940), considerada una obra maestra de la literatura universal. Robert Jordan, el protagonista, es un dinamitero de las Brigadas Internacionales que comprenderá tempranamente que su intervención será inútil porque la guerra como tragedia colectiva seguirá su curso inexorable. “La guerra es el mejor tema: ofrece el máximo de material en combinación con el máximo de acción. Todo se acelera allí y el escritor que ha participado unos días en combate obtiene una masa de experiencia que no conseguirá en toda una vida”, escribió Hemingway en una carta dirigida a su máximo contrincante literario, Fitzgerald.

El mundo de los toros lo subyugó en el preciso momento en que lo descubrió, en los sanfermines de 1923. Hasta los años ’50, era común y corriente ver al escritor norteamericano asistir a las corridas de toros, a veces del brazo de otros mitos vivientes como Ava Gardner o Lauren Bacall. La prosa de Hemingway devino, si se permite la metáfora, en un toro de cuernos afiladísimos. Su cornada magistral –quien no ha sentido, al leerlo, que las letras bailan y arden delante de sus ojos– exalta el instante, a través de la repetición de palabras y frases, con una cadencia rítmica tan imitada como bastardeada. Pudo haber emulado, durante buena parte de la década del ’40, a los bartlebys que ha rastreado Enrique-Vila Matas, esos escritores cuya gloria o mérito consiste en no escribir más. Diez años estuvo sin publicar; recién en 1950 llegaría Al otro lado del río y entre los árboles –autoparódica narración de amor otoñal despreciada por la crítica de entonces– y dos años después el clásico El viejo y el mar, novelas escritas en Finca Vigía, la casa en La Habana (Cuba) donde vivió 21 años, entre 1939 y 1960.

“Su vida estuvo determinada por un sentido, a veces épico, a veces infantil, de la contienda”, afirma Juan Villoro en el prólogo a la reedición de El viejo y el mar, novela con la que obtuvo el Premio Pulitzer en 1953. El protagonista es un viejo pescador, Santiago, que lleva casi tres meses sin pescar; hasta que captura, luego de una titánica lucha de dos días y medio, un gigantesco pez al que ata a su pequeño bote. El anciano perderá ese botín al día siguiente, en otro combate no menos heroico, en las mandíbulas de los voraces tiburones del mar Caribe. En las ficciones de Hemingway cabalga una constante: hombres que se enfrentan, en una pulseada sin cuartel, a un adversario brutal. Más allá del resultado, el triunfo o la derrota, esas criaturas acceden a otra instancia gobernada por el orgullo y la dignidad. Aun en las peores tribulaciones y reveses, la conducta de un hombre puede mudar la derrota en victoria. Los imperativos categóricos de la ficción pronto perforarían los límites de las páginas. Aunque antes del fin, hubo un atajo inesperado.

En el sótano del Hotel Ritz de París aparecieron unos baúles viejos con manuscritos mohosos: los cuadernos de notas que Stein aconsejaba llevar consigo a Hemingway. El hallazgo lo animó a pasar en limpio lo que sería París era una fiesta, publicado póstumamente en 1964, texto en el que evocó sus inicios literarios en los cafés del Barrio Latino y sus contactos con los miembros de la Lost Generation. Las enfermedades minaban el cuerpo del escritor: ligera diabetes, hipertrofia del hígado, un curioso mal conocido como hemocromatosis, hipertensión, problemas serios en la vista. En 1960 se fotografió con el joven Fidel Castro para colocarse del lado bueno de la historia, donde no podía ni debía faltar. Pero se avecinaba una larga despedida. Partía de Cuba y regresaba al país donde había nacido para sumergirse en la ruta de la muerte: pérdida de la memoria, entradas y salidas de hospitales y una seguidilla de intentos de suicidios abortados. “Le demostraré lo que puede hacer un hombre y lo que es capaz de aguantar”, decía Santiago. Tal vez con la última chispa de conciencia de la dimensión ética y metafísica de ese combate, la sombra de Hemingway conquistó la inmortalidad de un tiro.

Por Silvina Friera
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Fue especialmente significativo para el mundo, que poco y mal nos miraba, el hecho de que, desde lo femenino, hubiesen venido el golpe moral y la acusación más irrefutable contra la última dictadura cívico-militar en la Argentina. Juntando retroactivamente símbolos, todo ese impulso y lo que lo movió podrían condensarse en aquellos versos de John Donne, el mayor poeta metafísico inglés del siglo XVII: “For graves have learn’d that Woman-head / To be to more then one a Bed” (“Pues las tumbas han aprendido esa condición femenina / De ser lecho para más de uno”).
 
Desglosándolos, y recogiendo de ellos sólo la alusión a la función materna, la circunstancia de que fueran madres las que reclamaran por la ausencia de signos de los secuestrados por la Junta multiplicó, sin duda, el ya enorme horror de la represión de un Estado en situación de ilegalidad absoluta, y marcó para siempre a sus detentadores con la señal del genocidio. Constituyó un alerta, un punto de partida, un sacudón imprescindible para nuestra propia sociedad (no siempre consciente ni siempre atenta a las atrocidades que se cometían), y para la sociedad internacional: aquella imagen de las Madres dando vueltas en silencio en la Plaza de Mayo recorrió el planeta, desbarató cualquier maniobra publicitaria de la Junta, desnudó el oprobio, ayudó de modo primordial, en fin, a su desenmascaramiento, a su impopularidad, a su caída.
 
La participación de la mujer en la vida civil argentina databa de largo tiempo antes, y en los últimos se había registrado una inmersión casi masiva de jóvenes que, verbal y corporalmente, fueron engrosando agrupaciones sociales, estudiantiles y políticas y pagando también su tributo frente a la represión. La presencia femenina, pues, no era ya especialmente novedosa. Sin embargo, nunca un hecho que no podía dejar de ser político (el reclamo y la acusación a gobernantes) había alcanzado tan alta dimensión moral. Podría agregarse que en la historia de la humanidad han sido contadas las veces en que política y ética han confluido naturalmente, y que esta ocasión puede figurar entre ellas.
 
Nuevas Antígonas reclamando por el derecho a enterrar a sus muertos o, como no dejaron de exigirlo durante mucho tiempo, su aparición con vida, encerraban en sus demandas, si no la posibilidad fáctica de que su satisfacción fuese ya posible, los únicos términos adecuados para la alta dignidad que investían. Por ser las “Madres” (también, hoy, las “Abuelas”), y por cubrir y asumir con ello la conciencia huérfana de toda una sociedad que, a veces cómplice, otras indiferente, no siempre demasiado democrática ni respetuosa del otro, había permitido la entronización de la barbarie.
 
Intuyendo que tan profundo y vasto movimiento tenía que representar y ser consecuencia de procesos internos muy significativos en el seno de una sociedad y, a su vez, que arrastrar otros cambios, supuse alguna vez que se encontraría en la literatura escrita por mujeres la visión más cabal de lo que había sucedido durante estos años.
 
Hace bastante tiempo, en octubre de 1989, al escribir todavía desde Francia para la revista Babel, de Buenos Aires, una columna que titulaban “La mesa de luz”, y comentar mis lecturas del momento (entre otras, la del libro de George Steiner, justamente titulado Les Antigones), decía respecto de éste: “Varios cientos de páginas que no agotan, claro está, todas sus repercusiones, pero que dan sólidas pautas para empezar a comprender a nuestras Madres, clamando por esos cuerpos fuera del tiempo y de la tierra, del territorio que a ellos les pertenece y al que deben todavía recuperar con la debida inhumación, la consustanciación en humus, la justicia”. Y luego de formularme la pregunta de siempre (“¿Cómo entender, cómo entender?”), y de intentar contestarla por distintas vías, concluía: “Celebro también que, por diversos azares, se hayan concentrado últimamente libros escritos, en su mayoría, por mujeres. Trato de leerlos y de entenderlos en su casual conjunto, como si el ojo femenino, detenido en la ficción, fuese el único capaz de darme claves que en otro caso escaparían. Canon de alcoba, de Tununa Mercado (el eros cotidiano tratado con un lenguaje espléndido); Ciudades, de Noemí Ulla (viajes poco compulsivos por el difícil terreno de las formas); Abisinia, de Vlady Kociancich (misterioso relato en el cual el manejo de los pronombres y del procedimiento construye prácticamente “el tema”); La sueñera, de Ana María Shua (juegos nada inocentes con la palabra, donde su soberanía lo confunde todo); La rompiente, de Reina Roffé (la historia que nunca podrá, realmente, ser contada)”.
 
Han venido a sumarse desde entonces tantos y tantos otros libros que siguen dibujando esa cartografía interior: los de poemas de Diana Bellessi, de María Negroni, de Laura Klein; los textos de Griselda Gambaro; numerosos relatos y novelas (de la misma Tununa Mercado, de Rosalba Campra, de Luisa Valenzuela, de Liliana Heer, de Perla Suez). Seguramente en aquella nota, y aun ahora, omito, por injusto olvido, algunos nombres, pero este conjunto me parece suficientemente representativo de lo que estoy tratando de entender, que no es una antología literaria más o menos reciente, sino un proceso de vinculación muy íntima entre política y literatura, entre feminidad e historia.
 
Como decía, en estilos diferentes, con voces diferentes, con pertenencias políticas ciertamente diferentes, nuestras escritoras trabajan sobre una herencia y un destino comunes. Tal vez el significante que más las vincula, la memoria, represente el núcleo conceptual, ideológico y simbólico alrededor del cual giran muchas de las vicisitudes de esta trama. Un núcleo que, además, parece bien asentado en lo femenino. Depositarias, diría antropológicas, de la memoria (porque son las que engendran, porque son las que alimentan y guardan el fuego, las que continúan la especie, las que quedan cuando casi nada queda), las mujeres estarían destinadas a cumplir, entre muchos otros, este papel. La memoria, entonces, se presenta como su patrimonio: ese ejercicio de salvación y de conservación de restos, fragmentos del pasado, de recuperación de vivencias, de figuras, en un señalamiento inapelable de responsabilidades. La memoria como lo que se rescata en la lucha, para asegurar una permanencia sin la cual nada nuevo puede siquiera empezar a construirse.
 
La memoria, pues, cual lo incanjeablemente femenino. Porque, para volver al principio de la reflexión, debería recordar que, como tan bien ha señalado alguna vez Charles P. Segal, conocido estudioso del mundo antiguo, “el conflicto entre Creonte y Antígona no solamente opone la ciudad a la casa, también opone el hombre a la mujer. Creonte identifica su autoridad política con su identidad sexual”. Y el propio Steiner agrega en Les Antigones: “En última instancia, se trata entonces de un conflicto entre las concepciones masculinas y las femeninas, entre la manera como cada sexo conduce la vida humana, conflicto hecho, como ningún otro, de semejanzas paradójicas y de contradicciones implacables. Antígona habla, casi literalmente, “a partir de la matriz”, desde un punto central atemporal de impulsión carnal y de intimidad con la muerte”. Y es, me parece, desde ese centro que la madre siente la necesidad de hacer entender a los otros el valor de los gestos, de las actitudes, de las palabras y, sobre todo, de la vida.

Por Mario Goloboff, escritor, docente universitario.
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Sábado, 19 Marzo 2011 10:14

Aquel Vargas

Empezaban los ’90. América latina era algo muy distinto. Estaba llena de indígenas, eso sí, como ahora, aunque ellos no estaban en la agenda de ningún aspirante a presidente con chances ni entre sus electorados militantes. De hecho, no se usaban los militantes. Comenzaba el culto al “independiente”. Los grandes medios y los dirigentes políticos celebraban el crecimiento abrumador de esa categoría de ciudadanos. Eran en muchos casos ex adherentes a partidos políticos que los habían traicionado, pero en muchos otros eran ciudadanos en retirada, ciudadanos inorgánicos que se veían a sí mismos casi siempre como otra cosa: vecinos, consumidores, clientes, usuarios, lectores, socios, pagadores de impuestos en el mejor de los casos.

Recuerdo una imagen desoladora de Mario Vargas Llosa un día después la primera vuelta electoral en la que el resultado lo obligaba a un ballottage con Alberto Fujimori. El hombre caminaba por una playa, con una sobrina. La foto robada lo mostraba de espaldas. Caminaba encorvado, con la cabeza gacha, sosteniendo el saco que se había sacado con una mano sobre su hombro. El viento le revolvía el pelo abundante. Las marcas en la arena daban cuenta de que arrastraba los pasos. Esa imagen que publicaron esa mañana los diarios peruanos nos dio a los periodistas que teníamos que mandar despachos urgentes el material necesario: Vargas Llosa estaba deprimido. Después de escuchar el resultado se había ido de Lima con rumbo desconocido. Eso se confirmaría con su derrota en el ballottage, un mes y medio después, y con su rápido abandono del país. Más tarde, con su renuncia a su ciudadanía.

Estuve en Lima en las dos vueltas electorales y aquélla fue la cobertura política más curiosa que me tocó en la vida. Había llegado al Perú con la certeza del triunfo de Vargas Llosa, como todos. El Sheraton, donde el escritor había ubicado su bunker de campaña, hacía un descuento del 50 por ciento a los periodistas acreditados, de modo que con una colega que conocí en el avión allí nos fuimos, a ver lo más cerca posible el espectáculo de una victoria. Alojarnos juntas también tuvo que ver con la tensión de Lima en esos años: había guerrilla y había paramilitares, había cortes de luz a cada rato, había atentados. Cuando llegamos al hotel nos impresionó la hilera de soldados de caras encapuchadas y armas largas que lo rodeaban. Adentro, en el centro de prensa del candidato escritor, todo era canapé, exquisitez y cierto exotismo refinado.

Apenas tres días antes de las elecciones, el nombre de Fujimori empezó a emerger entre el puñado de candidatos presidenciales. Nadie sabía quién era. Me llamaron del diario y me pidieron que ese mismo día mandara una nota sobre él. A todos nos pasaba lo mismo: las agencias internacionales habían difundido las últimas encuestas, y Fujimori, que hasta entonces casi ni figuraba, rozaba a Vargas Llosa.

Fujimori esa tarde improvisó una conferencia de prensa en la sala de un hotel que estuvo abarrotada. No había credenciales plastificadas, como en el Sheraton, sino cuadraditos de cartulina cortada a mano que los parientes de Fujimori nos prendían en los sacos con alfileres. Fujimori era un ingeniero mediocre que después hizo un gobierno desastroso, absolutamente a tono con la época. Viéndolo a la distancia, uno advierte que el FMI seguía con tranquilidad aquellas elecciones: en materia de política económica, ningún candidato era preocupante.

Una de las explicaciones sobre aquel resultado inesperado, o mejor dicho, sobre la pobre performance de las encuestas, era que el Perú es un país muy difícil de encuestar. Su población indígena suele considerar las preguntas de un encuestador como una pregunta de hombre blanco. Y ellos a los blancos le dicen lo que se imaginan que quieren escuchar. Por eso las encuestas le daban tan bien a Vargas Llosa.

Sobre la relación entre los pueblos originarios y el escritor peruano, habla una carta abierta a Vargas Llosa que publicó en estos días la agencia Paco Urondo. La escribió a fines del año pasado el indígena peruano Hugo Blanco, en ocasión del Nobel, y tiene algunos párrafos notables, en las que el director de Lucha Indígena considera ese premio como “un golpe más del neoliberalismo a las poblaciones indígenas, ya que difícilmente podrá encontrarse mayor enemigo de ellas que su persona”.

Para ubicar a Vargas Llosa en ese contexto, Blanco da un par de ejemplos. Uno de ellos fue lo ocurrido el 5 de junio de 2009, Día Mundial del Medio Ambiente, cuando el gobierno de Alan García reprimió y masacró a 200 indígenas de la selva amazónica. Hubo fuertes protestas en Lima, y el gobierno debió retroceder cajoneando dos decretos reclamados por el ALCA, por los cuales, contra la legislación internacional vigente, se abría la Amazonia para nuevos negocios.

“¿Cuál fue la actitud de usted? Al contrario de la mayoría del pueblo peruano, escribió ‘Victoria pírrica’, manifestando que futuros gobiernos peruanos no osarán ‘volver a meter mano’ en la Amazonia para alentar la inversión privada y el desarrollo económico de esta región (...). No se detiene ahí, considerando a los habitantes amazónicos como retardados mentales, no concibe que la resistencia pueda haber sido pensada por ellos, dice que fueron instigados por Hugo Chávez y Evo Morales.”

El otro ejemplo que da Blanco para ubicar a Vargas Llosa en el marco de este tema es el Seminario “Las amenazas de la Democracia en América Latina: Terrorismo, Debilidad del Estado de Derecho y Neopopulismo”, un evento cuyo nombre exime de describir su orientación política, desarrollado en Bogotá entre el 19 y el 22 de noviembre de 2009. Blanco cita a Vargas Llosa, que dijo: “El desarrollo y la civilización son incompatibles con ciertos fenómenos sociales y el principal de ellos es el colectivismo (...). El socialismo, el nazismo y el fascismo son los fenómenos colectivistas del pasado. Hoy se expresa en América latina de una manera muy sinuosa y revistiéndose con ropajes que no parecen ofensivos sino prestigiosos (...). El indigenismo de los años ’20 que parecía haberse rezagado es hoy día lo que está detrás de fenómenos como el señor Evo Morales en Bolivia. El indigenismo en Ecuador, Perú y Bolivia está provocando un verdadero desorden político y social, y por eso hay que combatirlo”. Más adelante, con un cinismo a prueba de blindex, afirmó: “En el movimiento indígena hay un elemento profundamente perturbador que apela a los bajos instintos, a los peores instintos del individuo, como la desconfianza hacia el otro, al que es distinto”. Es muy interesante que de la carta de Blanco se desprenda que un debate intelectual, político y literario, que debería ser abordado en la Feria del Libro, es el paradigma que se expresa en la obra de Vargas Llosa y en el de José María Arguedas. Y hablándose del Perú, aquí debe mencionárselo a modo de homenaje a Manuel Scorza, cuya revisita es urgente.

Le contesta Blanco a Vargas Llosa: “Es la sociedad que usted defiende la que aplasta la individualidad y exalta el individualismo, que es el egoísmo supremo. El mejor ejemplo de esto es que las grandes empresas multinacionales están dirigidas por personas que saben que con la desbocada emisión de gases de invernadero están conduciendo a la extinción a la especie humana, pero ya no les importan sus nietos ni sus hijos, sino cumplir con el sagrado mandamiento neoliberal: ganar la mayor cantidad de dinero posible en el menor tiempo posible”.

A Vargas Llosa, por su racismo, que lo hace opinar que los pueblos originarios deberían abandonar sus tradiciones en pos del desarrollo, le han contestado ya líderes de muchos pueblos, cuyas voces se acallan, pero también intelectuales como José Saramago, que se hizo una pregunta cuyo eco sigue rebotando: “Que alguien haya podido decir que el movimiento indígena es un peligro para la democracia me parece algo increíble. ¿Cómo de una cabeza inteligente puede salir una afirmación tan monstruosa como ésa?”.

Por Sandra Russo
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Martes, 18 Enero 2011 06:00

Pagando una deuda imposible

Cien años han pasado desde aquel 18 de enero de 1911 en que vino al mundo el fundacional escritor peruano José María Arguedas, un centenario que me permite, por primera vez, confesar que tengo con él una deuda que no acabo de pagar.

Muchos de los que tuvimos el privilegio y el goce de ser sus amigos tenemos una deuda parecida: este novelista y antropólogo que revolucionó el campo literario latinoamericano y modificó drásticamente la manera en que percibimos a los pueblos originarios del mundo terminó, desesperado y deprimido, suicidándose en Lima a la edad de 68 años –la misma edad que, extrañamente, tengo yo ahora que por fin asumo públicamente la culpa personal que me toca en su prematura desaparición.

Pese a que me llevaba más de tres décadas de ventaja, fuimos entrañables amigos. Gracias a los buenos oficios de Pedro Lastra, y de los Arredondo, la familia chilena de la mujer de José María, pude intimar con él después de haberlo leído con encanto y también con algo de desasosiego ante el abismo de perversidad que revelaba en un Perú que maltrataba y despreciaba a las candentes mayorías indígenas. Tuvimos largas conversaciones, lo escuché cantar huaynos en quechua, lo vi danzar hasta el amanecer, llegué a entrevistarlo varias veces y finalmente produje un ensayo sobre su obra que él refrendó, y esa empatía mía con su literatura y persona lo llevaron a llamarme hermano, parte de la misma lucha por la belleza y la justicia y la verdad.

Apreciaba mis opiniones. No lo digo para vanagloriarme, sino porque es indispensable para asomarse al desenlace de nuestra relación. Apreciaba mis opiniones, repito, y fue por eso que, en octubre de 1969 –¿o puede haber sido en septiembre o a principios de noviembre?– me avisó que venía a Santiago y que quería verme, “por algo importante”.

Lo que lo desvelaba, me explicó, cuando finalmente nos encontramos, era su nueva novela, El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo, aún inconclusa. “Necesito saber lo que piensas, Ariel. No se asemeja a nada que haya escrito antes.” Y me pasó un grueso manuscrito, pidiéndome que lo leyera pronto para que pudiéramos conversar antes de su retorno al Perú.

Me pasé los siguientes días, y buena parte de las noches, sumergido en las arenas de ese libro monumental. Mi primera impresión fue de espanto: comenzaba José María por advertir al lector, en un diario de vida que no tenía nada de fingido, que recientemente había tratado de suicidarse. Similares revelaciones sobre su crisis, su incapacidad de seguir escribiendo, se reiteraban en el resto de la novela, cuyo núcleo central, sin embargo, estaba constituido por una ardua y alucinada narración sobre Chimbote. Me sentí atraído –no lo pude evitar– más por el dolor lúcido del amigo fidedigno e histórico que por los personajes que deambulaban por un puerto degradado y a la vez mítico, una insaciable ciudad de pescadores en que figuras legendarias se cruzaban con locos y prostitutas y enviados del imperio y migrantes de la sierra. Si entendía demasiado bien lo que pasaba con mi querido José María, sus hombres y mujeres ficticios carecían, en cambio, de la envergadura emocional de sus escritos anteriores, y la prosa en que respiraban me pareció desconcertante, opaca, enmarañada. Algo que siempre me había fascinado de Arguedas era su estilo espléndido, fruto, como su vida misma, de su ser mestizo, su existencia precaria a horcajadas entre dos mundos, el blanco y el indio, forjando en el lenguaje mismo un modelo de cómo la cultura autóctona podía revertir el sentido y flujo de la conquista, podía apoderarse de la palabra. En todos sus libros precedentes había construido una sintaxis deslumbrante, tensionada entre la luz y la oscuridad, la alegría y el desconsuelo, permitiendo que sus lectores se asomaran, sin dejar el castellano, al mundo andino prohibido y ultrajado. Leerlo siempre había sido, por lo tanto, una experiencia inolvidable y única. Pero Arguedas, aparentemente, había llegado a la conclusión de que era una experiencia demasiado cómoda, hasta acomodaticia. Porque en la novela de los Zorros abandonaba toda pretensión de que se lo entendiera con claridad, entorpecía ese placer transcultural, había decidido salirse de las fronteras habituales de lo reconocible para un lector sumido, como yo, en la tradición occidental y moderna. Era, para ser franco, una novela quechua y, para mi mala fortuna, me sentí extranjero, dislocado, en ese mundo.

Se lo dije. Haberlo callado habría sido más piadoso con un hombre que sufría una depresión psicológica tan catastrófica; más piadoso, sí, pero indigno de él y de nuestra relación basada en la lealtad y la transparencia. Le conté, entonces, durante una larga tarde que pasamos, recuerdo, al interior del auto que mi padre me había prestado para que lo visitara, desmenucé lo que me había conmovido en su obra nueva y también lo que estimaba confuso y enrevesado, aquello que necesitaba –sí, eso es lo que le dije yo, a los veintisiete años de edad, a este magnífico escritor que había hecho cantar a los ríos y era hermano de las montañas– más trabajo, más coherencia, más organicidad narrativa.

Si le dolió mi opinión fue demasiado gentil para hacérmelo saber. Dijo que tomaría en cuenta esos comentarios, y que le había dado mucho que pensar. Y nos despedimos con el abrazo de siempre, como si nada.

Unas semanas más tarde, un mes más tarde, más tarde, más tarde, demasiado tarde y demasiado temprano, a fines de noviembre de 1969, me llegó la noticia de que se había disparado un tiro en la sien en la Universidad Agraria de Lima. Recordé algo que me había susurrado en alguna lejana madrugada: “Si no puedo escribir, mejor es no estar vivo”. En efecto, había completado su novela con su propia muerte.

No soy tan arrogante como para pensar que si le hubiera alabado, ay, si le hubiera entendido, su texto, podría haber evitado su sacrificio. Pero de todos modos me reproché entonces y me seguí reprochando durante décadas el hecho de que no me rajé el corazón, no abrí los ojos hasta el cielo, no me desgarré el alma, no salté el despeñadero que nos separaba. No supe estar a la altura de su visión y su amistad, no fui capaz de aceptar con humildad el regalo híbrido y ambicioso y trastornante que me estaba ofreciendo a mí y al mundo.

Pero el centenario de su nacimiento no debería ser ocasión únicamente para expiaciones. Debe ser, ante todo, una celebración, el recuerdo de que su obra y su vida se fundaban en una apuesta primordial: que la cultura de los Andes –imbuida de amor a la naturaleza, moral y estéticamente superior a quienes la sojuzgaban– era capaz de salvar a la humanidad contemporánea presa de un progreso avaro e insensato que se erige sobre la explotación de la tierra y de nuestros semejantes, la apuesta todavía vigente de que hay otra humanidad posible.

¿Hay alguien más vivo que Arguedas hoy? ¿Hay alguien más relevante en este tiempo en que la especie se encamina hacia el apocalipsis? ¿Hay alguien que haya escrito con más lucimiento y grandeza sobre lo que significa vivir y morir y sobrevivir en nuestra encrucijada inacabable?

Tengo una deuda contigo, José María. Lo que he descubierto, ahora que tengo la edad tuya cuando nos dejaste, es que es también una deuda que tenemos todos, he descubierto que nos toca volver a leer los profundos ríos de tu literatura para rescatarte, esta vez sí, de la muerte que dicen que te devoró.

Por Ariel Dorfman, autor de
 Americanos: Los Pasos de Murieta  
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Este escritor singular es oriundo del mundo de las ciencias. Orfebre de los números y las palabras, convive en los dos universos y los combina para dar lugar a una obra única. Compañero de ruta de Italo Calvino, Georges Pérec, Marcel Duchamp o Julio Cortázar, sorprende por su visión de la poesía.
    
Números y palabras. O a la inversa. Poesía y matemática, irracionalidad imaginaria y racionalidad científica. Sólo un poeta convive en esos dos mundos y traza una relación entre las cifras y las palabras: Jacques Roubaud. Este escritor singular y exquisito es oriundo del mundo de las ciencias. Matemático de profesión, Roubaud desarrolló una obra poética, narrativa, ensayos y traducciones de una originalidad sorprendente. El lector lo espera en un ángulo, Roubaud aparece en otro. Figura sobresaliente de ese invento matemático literario que es el Oulipo –taller de literatura potencial– y en cuyo seno desfilaron autores como Italo Calvino, Raymond Queneau, Georges Pérec, Marcel Duchamp o Julio Cortázar, Roubaud tiene una extensa y divertidísima obra poética. El Oulipo es un movimiento que postula el trabajo de la escritura como un desafío a la arbitrariedad de la creación. En la seriedad del postulado casi científico que Roubaud defiende, “si no nos fijamos reglas podemos terminar repitiendo lo que ya escribimos”, se esconde una libertad plena, un prodigioso viaje a través de los sentidos y las combinaciones inusitadas de las palabras. ¿Qué es un autor del Oulipo? Sus integrantes responden: “Es una rata que construye por sí misma el laberinto del que se propone salir”. La obra maestra de esa disciplina es la novela de Georges Pérec, La desaparición, en la cual no figura la letra “e”. Nada define mejor la obra de este poeta genial y humilde como ese enunciado de la rata: sus poemas son construcciones de rigurosos laberintos en los cuales las palabras vienen a ser las llaves que van abriendo los pasillos. Jacques Roubaud, a sus casi 80 años, es un mega híper moderno: al adjuntar a su experiencia poética la herencia y la cultura de su profesión de matemático el autor francés hace cohabitar en su obra los números que nos rigen y las palabras con que nos expresamos. No puede haber nada más moderno: cifras, combinaciones, números y palabras. Obra deliciosa, juvenil, juguetona y profunda, la poética de Jacques Roubaud alegra la vida y los oídos. El modelo de Roubaud es musical y matemático: su matriz son los trovadores del siglo XII. Sus composiciones le sugieren la rima y el tejido matemático del poema. ¿Matemático o poeta? La poseía es un descanso de las matemáticas, las matemáticas, un descanso de la poesía, dice Roubaud.

Juego, arte, disciplina, ironía y juventud. Este poeta francés, cuyos libros han sido escasamente traducido al español, plantea una idea a la vez anacrónica y original: “la poesía, para seguir existiendo, debe defenderse del olvido, de la desaparición, de la irrisión a través de la elección de un arcaísmo. El arcaísmo del trovador es el mío”. Trovar, cantar, jugar, combinar con inocencia y pasión, sin meta comercial o beneficio, esa hazaña en un siglo de velocidad y superficialidad aún existe, tangible y mágica, en la obra poética de este autor. “La idea de poesía como arte, como artesanía y como pasión, como juego, como ironía, como búsqueda, como saber, como violencia, como actividad autónoma, como forma de vida, esa idea la hice mía.” Para quienes se preguntan para qué sirve la poesía, cómo es aún posible su existencia, y qué tienen que ver los números con las palabras, Jacques Roubaud es una introducción rigurosa y epifánica para saborear el olvidado asombro.

Números y palabras

–Usted aúna en su obra poética dos universos aparentemente inconciliables: las palabras y los números, la matemática y la poesía. ¿Qué lazo hay entre estas dos invenciones geniales de la humanidad?

–A diferencia del lenguaje corriente, en la mayoría de las poesías del mundo, de los relatos, se utiliza mucho los números. La poesía tradicional francesa se apoya en los números. En cada idioma hay números que gustan más que otros. A los japoneses, por ejemplo, no les gustan los números pares. En Francia, por el contrario, hemos tenido una pasión por el 12, un número desechado en España o en Italia. Hay como una suerte de número amado en los idiomas. Profesionalmente, mi vida fue la de un matemático, y, como poeta, muy rápidamente me ocupó la relación entre poesía y número.

–Estamos sitiados por los números, por los códigos. Los números han entrado a formar parte de los instrumentos cotidianos de relación con la realidad. ¿Acaso la poesía puede salvarnos de los números?

–Los números son como el mismo idioma, pueden hacerse cosas buenas y cosas malas. Hay una manera de tratar los números como cantidad, es decir la acumulación, o, al contrario, se los puede usar para censar a la gente, un principio muy apreciado por las autoridades pero que no constituye un uso agradable de los números. Los números se usan también para los códigos, pero aquí la codificación tiene un destino más bien de protección del secreto bancario. Sin embargo, en la vida se emplean muchos códigos, y en la poesía también. Los poetas usan los números de forma mucho más simpática. La poesía puede emplear los números desde este ángulo, más lúdico, y no del lado maléfico.

La poesía como memoria del idioma

–En un mundo tan plano, tan brutal, tan escasamente poético, dominado por la imagen comercial y la función de beneficio, la poesía aparece como una suerte de arte gratuito, espontáneo, sin especulación.

–Hay una lucha constante entre la tendencia de la sociedad por olvidar la poesía porque no es comercial, y la poesía misma que busca medios de existencia donde el aspecto comercial sea secundario. La poesía tiene una función especial, tanto para quienes la componen como para quienes la reciben. La poesía ofrece a los individuos lo que es más precioso en su idioma. Es lo que yo llamo la función memoria del idioma, es decir, la poesía como una memoria del idioma. La poesía no apunta a contar esto o lo otro, a demostrar una u otra tesis política, sino que apunta a hacer que el lazo de cada individuo con su memoria, con su idioma, sea lo más precioso posible. Desde la infancia misma, a los niños les gusta la poesía porque, a través de ella, los niños entran en su propio idioma. Mediante la poesía, el idioma les pertenece. La poesía trata de preservar esa dimensión y de emplear el idioma de una forma que evite que se vuelva mediocre. Los discursos políticos, comerciales, son extremadamente mediocres. La poesía conserva esa función de preservación de la calidad del idioma y de la memoria del lenguaje. Ahora bien, por otra parte, no estoy seguro de que la poesía esté contenta con ese estatuto de arte completamente gratuito. Quien habla de un arte que no se inscribe en el mundo comercial está aceptando que ese arte tiene dificultades para ser visible. Claro, los poetas no buscan el éxito comercial. Si alguien decide a los 20 o 25 años ser poeta sabe perfectamente que nunca hará fortuna. Pero los progresos de la técnica torna posibles, mucho más que antes, la difusión de la poesía. Se pueden realizar pequeñas ediciones y también hacer que los poemas existan en una pantalla, gracias a Internet. Es muy difícil leer una novela en una pantalla, pero no la poesía. La existencia visual y oral de la poesía puede perfectamente servirse de los progresos técnicos. La poesía debe poder existir tanto en una página como en el oído y en la boca.

–Estamos tan lejos de Dios como de la naturaleza y del lenguaje. ¿La poesía podría ser un lazo, una resonancia, con esas entidades?

–La poesía debe ser la resistencia del idioma ante su corrupción, ante su descrédito, su mal uso, ante la tendencia a usar un idioma para cosas feas, malas. Haciendo que el idioma sirva para lo bello, lo precioso, la poesía mantiene la existencia del idioma. Salvo en un caso, la poesía no interviene en la sociedad. Si estamos en una situación en la cual la gente no puede hablar porque existe una prohibición dictatorial o política, en ese caso la posibilidad de hablar pasa por la poesía. Pero en los países donde uno puede expresarse, donde no hay dictadura, la resistencia de la poesía se expresa por su actitud a no rebajar el idioma. El pasado y el presente de la vida surgen en la poesía. Todo lo que hemos atesorado en la memoria empapa la poesía. Los poetas tienen un papel importante para desempeñar en relación con el idioma en el que viven. ¡El idioma es un instrumento muy importante!: a través de él se transmite el pensamiento, la esperanza en el porvenir. La poesía es uno de los caminos para salvarnos. Y digo UNO y no EL camino. Hay otros. Cuando el idioma se acuerda de su pasado mediante la poesía se adelanta a lo que será. Muchas evoluciones del idioma fueron previstas por los poetas.

–Ahora bien, esa pureza del idioma que persiste gracias a la poesía, ¿acaso no desautoriza su traducción?

–Existe una tesis sobre la naturaleza de la poesía que dice: “un poema debe ser considerado definido por el conjunto de sus traducciones”. Cada lectura que hacemos de un poema es una traducción. Traducimos el poema que está en nuestro idioma hacia la forma en que comprendemos el idioma y los sentidos de las palabras. En realidad, hay una simpatía general entre los idiomas. Los oponemos mucho pero es un error. Y esa simpatía general va a transitar de poesía en poesía. Es entonces esencial que las grandes poesías se traduzcan a otros idiomas.

Las propiedades poéticas de los números

–¿Y los números?

–Si no se la utiliza con fines puramente pragmáticos, la matemática también puede servir para esto. Hay investigaciones puras sobre la belleza de los números que restauran la integridad y la pureza de los números. La belleza de las palabras se plasma en sus asociaciones. Las palabras serán tanto más bellas cuanto que las asociaciones y construcciones en las cuales las introducimos sean acertadas. Y es precisamente allí donde intervienen los números. Esto no es nuevo, muchas tradiciones poéticas han basado la poesía en los números. En mi caso, mi fuente han sido los trovadores. Los trovadores concibieron la poesía a través de los números. Para ellos, no todos los números son iguales porque existen familias de números que son más bellas que otras. Y de esas familias bellas, los trovadores definían formas poéticas. También son los últimos que plasmaron la unión del texto y la música.

–Resulta extraño concebir la existencia de esos dos mundos: la extrema racionalidad de la matemática combinada con la dimensión imaginaria de las palabras y la poesía.

–La imaginación matemática, en particular la imaginación que se sustenta en los números, no se asemeja a la racionalidad ordinaria. Los números tienen propiedades asombrosas. Uno de los grandes matemáticos del siglo XX, Ramanujan, decía: “Cada número tiene que ser nuestro amigo personal, pero entre éstos hay números que son mejores amigos que otros”. Se cuenta que, en su lecho de muerte, Ramanujan recibió la visita de un matemático amigo suyo, Hardy. Hardy le dijo: “Vine a verte en taxi pero el número del taxi no era interesante”. Ramanujan le dijo: “Amigo, es el número más pequeño que puede escribirse de dos formas como la suma de dos cubos”. Existen así estas maravillas de relación entre los números. Desde luego, cuando hablo de números, los más prestigiosos son los números enteros. Hay muchas maneras de pasar de la palabra a los números. Hay por ejemplo una manera de situar la letra de las palabras y su correspondencia en el abecedario con los números. Cada letra quedará sí asociada a un número. También es posible descomponer la palabra en sílabas y asociarle una familia de números. Podemos realizar un retrato de la palabra con números. Como hay muchos caminos para ir de las palabras a los números, el trabajo de la poesía consiste en abrir esos caminos.

–Hay algo paradójico en ese postulado. Si leemos poesía en una pantalla, en realidad, detrás de la imagen que vemos hay números. La producción de la imagen es numérica.

–Así es. La poesía viene a colonizar esa sopa de números. Pero esos números están arreglados por razones puramente técnicas. Pero cuando la poesía se apodera de la configuración de los números lo que hace es dotarlos de un rostro. El ascenso de la matemática no es más que la emergencia del sector de la matemática más utilizable, comercial, y no es la mejor. Es necesaria, desde luego. Pero ese segmento de la matemática no tiene que llevarse la exclusividad. Hay sectores de la matemática que son tan difíciles de imponer como la poesía. En particular, el campo de las propiedades de los números. Aquí estamos ante corrientes más profundas y más finas. Este sector está fuera de los números cuantitativos. ¡Los números cualitativos poseen propiedades inverosímiles! No confundo las dos cosas: la poesía es la poesía y la matemática la matemática. Ambas conservan su dimensión libre. Hay, con todo, un sector de la matemática que conserva su libertad, que no puede ser reducido a la utilización comercial.

Los números también hacen llorar

–Intuyo un límite en la función del número que usted propone: la poesía alivia el alma. Si estamos solos o tristes, una poesía puede reconciliarnos, los números no.

–A uno de mis amigos con el que trabajé mucho sobre la matemática le preguntaron por qué hacia estudios matemáticos basados en números extraídos de poemas que producían un gran efecto emocional. El respondió: “Quiero comprender por qué los números hacen llorar”. Lo mismo que en la poesía y la música, muchos de esos efectos de la emoción también pasan a través de los números. Por eso mi amigo se pregunta “por qué los números hacen llorar”. Desde luego, nadie ve a los números de esa manera, pero si los miramos de una manera profunda vamos a encontrar esas emociones. Podríamos hablar de un esqueleto de números vestido con palabras.

–¿Por qué la gente no reconoce la poesía que existe en la racionalidad extrema?

–Porque la gente sólo se relaciona con un tipo de racionalidad, la racionalidad económica, que está exenta de dimensión poética. La poesía está construida también de forma muy racional. Como decían los trovadores, es un trabajo de herrero, se trabaja con las manos, que manipulan las palabras. En apariencia, y sólo en apariencia, las palabras tienen más sentidos, más propiedades que los números. Es falso. Todo depende del conjunto de propiedades que hemos extraído de un número. Muy a menudo sólo conocemos de un número sus propiedades muy pobres, pero, sin embargo, ese mismo número tiene otras propiedades, una familia inmensa, con un montón de primos que desconocemos. Los números son más ricos de lo que creemos. Yo escribo caminando, en mi cabeza. Camino, me acuerdo de cosas, observo, percibo, compongo. En esa caminata también interviene una suerte de batería de cocina de números, que siempre tengo en reserva. La matemática entra así en la poesía. En esa batería de números que tengo en la cabeza voy a poner las palabras con las que construyo el poema. El ritmo de la marcha influye en las sílabas y los versos. Ahora, con los años, mis caminatas son más cortas y lentas. Mis poemas son también más breves.

–¿Cuál es su número preferido?

–No tengo un número preferido sino una familia de números. Es la familia compuesta por los llamados números de Raymond Queneau: están el seis, nueve, el 11, el 14, el 23. Trabajo mucho con esos números porque son mi gran familia.

Por Eduardo Febbro
Desde París
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Los editores de Cataluña se tienen que apurar. “Dentro de poquito van a ser como el cóndor de los Andes, una especie en extinción. Y no por catalanes, sino por editores”, pregona y aclara Fernando Vallejo en el Fórum Atlántida, un encuentro organizado por el gremio de editores de Cataluña y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). Ya está: lo consigue apenas arranca. El escritor colombiano desata con cada una de sus diatribas una catarata de carcajadas. Elena Ramírez, directora de Seix Barral, que lo acompaña para entablar un diálogo, también ríe. A veces parece que quiere que el público explote de la risa. Que se ría con él y de él. “Cuando cunda en serio el libro electrónico, esta profesión tan honorable que empezó algo después de Gutenberg, hace quinientos años, va a quedar más discontinuada que la de relojero o la de deshollinador.” El autor de La virgen de los sicarios recicla un estribillo. No es nuevo para quien lo haya oído: compone un personaje radicalmente provocador. Y, en su rabia desmesurada, risiblemente escatológico. “Todo cambia, todo pasa, todo se acaba y se lo lleva el viento, ¡qué le vamos a hacer!”, proclama con esa vocecita empinada por un nihilismo feroz.

“Si el viento les pudiera pasar las hojas a los libros electrónicos, el mundo habría empezado a andar bien. Pero no –aclara, por si algún confiado o ingenuo cree que a Vallejo le picó el bicho del optimismo–. Va mal, barranca abajo, irremediablemente, con uno de estos largos adverbios en ‘mente’ que tanto ofuscaban a Borges. Dichoso él, que descansó de ellos. Yo todavía no descanso de la música disco.” Los editores españoles siguen en plena fiesta, publicando libros a lo loco. El escritor apunta al blanco. Y dispara. El año pasado se lanzaron 76.000 títulos. “Oigan bien –pide–: títulos, no ejemplares, o ‘copias’ como dicen ahora los anglizados, que son todos menos yo, por terco.” En cuanto a los ejemplares, calcula que puestos los unos sobre los otros “alcanzan para llegar a la Luna, dar la vuelta y volver a la Tierra como si nada”. En su demoledor “informe de situación”, recuerda que los editores catalanes –que no suelen editar en su idioma, sino en uno ajeno, en español– son “los grandes artífices de esa hazaña y los que hoy mandan la parada”. A estos señores que lo invitaron, a los editores catalanes, les reclama que proscriban los anglicismos de los libros que editan en español, para “salvar a este pobre idioma en bancarrota”.

El escritor colombiano apela a un puñado de anécdotas personales para llevar agua al molino de una certeza: el fin del libro. Un amigo le trajo hace cinco años un ipod, que entonces en México, donde vive el escritor, no se conseguían. En apenas unos segundos le pasó todo Gluck, Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Wagner, Malher, Debussy, Richard Strauss. Y lo que le importa más: todo José Alfredo Jiménez y toda Chavela Vargas, los que más quiere. “El ipod era la piratería de la piratería. La madre de todas las piraterías, como diría el difunto Saddam Hussein”, ironiza el autor de El don de la vida. Otro amigo, en diez minutos, le pasó 3000 películas. “¡Pero para qué quiero yo tres mil películas si detesto el cine! Más que a Castro. Más que al Papa. Ah no, menos... Ah no, más...” Como si tuvieran convulsiones, unas quinientas cabezas que se agitan por el temblor que provoca la risa. “¿Quién le puede impedir a uno compartir su tesoro con el prójimo? Eso no es piratería; es amor cristiano”, define Vallejo. CD y DVD ya pasaron a engrosar “la lista de los discontinuados junto con los deshollinadores y el disco de acetato”. ¿Qué va a ser del libro? Se adivina la respuesta. “Se va a morir, como yo, como ustedes.” Un primer detalle que preocupa a Vallejo es que en el libro electrónico “el viento no puede pasar las hojas”. La flechita para que con el cursor se pase de página en página, siempre bajando, le parece un retroceso: “es como ir desenrollando un rollo de pergamino de los tiempos de Cicerón”. Al colombiano le gusta clavar el aguijón del desencanto. “El hombre avanza retrocediendo –afirma–. Por eso vamos tan bien. Y al que no le guste, se pega un tiro o se jode. Todo es cuestión de acostumbrarse; se acostumbra uno a vivir en un planeta atestado, con las calles atestadas, las carreteras atestadas, las conferencias atestadas, y siete mil millones de bípedos sabios comiendo y demás, ¡no se va a acostumbrar a pasar las hojas con un cursor! Eso es peccata minuta.”

Cuando irrumpe lo que se podría llamar un “matiz” en el pensamiento de Vallejo, una pequeña grieta por la que se cuela un poco de aire, pronto se esfuma. El personaje nunca descansa. “Por ahí he leído que el libro es como las tijeras y como la rueda, que no se pueden mejorar. No se podrán mejor, pero se pueden empeorar. ¡Cuál futuro del libro! ¡Si la que no tiene futuro es la humanidad!” Para el colombiano el libro digital acabará con el libro impreso. Los libros electrónicos se pueden manipular. Ese es el problema; que se pueda cambiar el texto es “gravísimo”. “Por ahí va a empezar el acabose –asegura–. ¿Se imaginan cuando a la canalla de Internet le dé por poner en un libro ajeno y firmado por otro las calumnias y miserias propias y lo echen a andar por el mundo?”

Aunque suene tan drástico sobre el futuro del autor, fundamenta con un ejemplo. El escritor detesta usar el verbo “escuchar”, que significa oír con atención. “Si los libros míos los pasan del papel a lo digital y a un lector malintencionado le da por manipular lo que yo escribí y donde puse ‘oír’ me cambia a ‘escuchar’ y mete mi libro en Internet y lo echa a andar por el mundo, acaba conmigo; está poniendo en boca mía palabras que nunca uso, que es lo que me pasa cuando doy entrevistas. Los periodistas aniquilan al escritor. Todo lo tergiversan, todo lo banalizan, todo lo estupidizan. Si uno dice algo bien, lo repiten mal; si uno se equivoca, dejan la equivocación; si dice uno una frase genial, la borran.” Los principales enemigos del escritor, según el colombiano, son: el corrector de pruebas, el periodista, el editor y el lector. En ese orden.

“En el libro manuscrito de antes de Gutenberg, y después en el impreso, también se podía manipular el texto. Pero no era fácil. Pasar al pergamino o al papiro un libro manuscrito para después echarlo a circular con una falsedad tomaba mucho esfuerzo y mucho tiempo”, compara Vallejo. “Los CD no son modificables, ni los DVD; uno no puede, por ejemplo, quitarle trompetas o clarinetes a un CD, o la ropa a una actriz de un DVD. Pero el libro electrónico sí lo es.” Además de esta diferencia, precisa otra: el soporte. “Mientras el material de un CD o un DVD no cuesta casi nada, el papel de un libro pirateado cuesta mucho, tanto o casi tanto, según su calidad, como el del libro auténtico”, subraya el escritor. Y a eso hay que sumarle la impresión del libro pirateado.

Vallejo interpela a los editores. Quiere saber por qué están cobrando en Europa 15 euros por un libro impreso y 10 por uno electrónico, si el libro virtual no tiene los enormes gastos de papel, impresión, almacenaje, distribución y transporte. “Se me hace un abuso para con el lector –advierte–. Tendrían que cobrarle un centavo de euro.” Que le paguen al autor del libro electrónico el mismo porcentaje del libro impreso, algo así como el 10 por ciento, le parece “injusto” para con el escritor. “El único dueño del libro electrónico tiene que ser el escritor”, plantea. “Por mí que se roben todos los libros míos; me hacen un honor. Pero eso sí, que no me los toquen: ni una tilde, ni una coma. Eso para mí es sagrado. Yo un trueno lo oigo, no lo escucho.”

Más que la piratería electrónica, que ya está a la vuelta de la esquina, Vallejo percibe que lo “terrible” es la posibilidad de que “un cualquiera, la chusma de Internet”, pueda modificar los libros. “Para escritores y editores el panorama lo veo sombrío. Que Dios nos agarre confesados.” Elena Ramírez le pregunta si aceptaría el libro electrónico en caso de que no se puedan manipular los textos. “No hay forma de proteger el libro electrónico. Si el libro se modifica, se acaba”, responde el escritor, quien añade que algo similar está ocurriendo con la prensa impresa y su “lenta” desaparición. El último reducto, intuye, será Francia, país que por su amor a los libros ofrecerá más resistencia. Protesta el escritor colombiano, con más o menos razón según el cristal con que se mire, porque los editores “defienden el último libro del autor y no los anteriores, que parece que fueran de dominio público”. Le retruca Ramírez: a pesar del diagnóstico, que evidentemente no comparte, considera que la figura del editor “será necesaria”.

Vallejo también le retruca. “La chusma escribe y calumnia en Internet y quién la controla. El editor desaparece. Yo no me preocupo por ustedes.” La directora de Seix Barral, estoica en su afán de preguntar, le promete que no bien termine la charla buscará empleo. “El mundo anglosajón nos colonizó el alma. Eso es una realidad; después nos colonizarán los chinos, si es que hay tiempo”, pronostica Vallejo. Un estudiante le pregunta qué pueden hacer los jóvenes para cambiar esta situación. “Si nos metemos en plan de consejos, mi postura ante la vida es que no hay que reproducirse. ¡No tengan hijos!” Una muchacha lo agarra en una “contradicción”. Le recuerda al escritor, un vegetariano militante, que contó en una entrevista que le da de comer pollo a su perro. “Ese es un conflicto que no puedo resolver, pero tú no puedes tratar de derrumbar mi moral”, le contesta. 

Por Por Silvina Friera
Desde Guadalajara
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Las generosas proporciones de Gioconda Belli conquistan admiradores silenciosos en el lobby del hotel. Los ojos tildados de ese puñado de hombres no pueden evitar –ni se esfuerzan por disimular– el efecto hipnótico que genera ese físico voluptuoso. Tal vez no sepan que esa mujer de pelo volcánico y boca sensual espantó a la sociedad nicaragüense de los años ’70, que la acusó de celebrar en exceso los misterios del cuerpo, el sexo, el erotismo y el goce íntimo, cuando se atrevió a hablar de “vientres y humedades” en sus primeros poemas. Quizá tampoco sepan que fue guerrillera en tiempos en que había que luchar contra la dictadura de Anastasio Somoza; que fue madre y tuvo a tres de sus cuatro hijos en medio de la revolución sandinista, de la que fue una de las máximas protagonistas. La escritora pide una botella de vino tinto y responde un imperioso mensaje de texto que le llega desde Lima, Perú. No importa que recién sean las 6 de la tarde. Necesita un poco de alcohol para transitar el final de una gira que la tiene viajando por toda América latina con El país de las mujeres (editada por Norma y ganadora del Premio La Otra Orilla 2010), novela en la que postula, con alta dosis de humor, cómo sería llevar a la práctica un gobierno sin varones en un país imaginario, Faguas, al que recurrió para explorar la realidad a la que se enfrentan las mujeres, tanto en Latinoamérica como en otras regiones del mundo. “Me quieren poner una entrevista muy temprano; pero a las 7 de la mañana no sé quién soy”, se excusa Belli.

“Prometemos limpiar este país, barrerlo, lampacearlo, sacudirlo y lavarle el lodo hasta que brille en todo su esplendor. Prometemos dejarlo reluciente y oloroso a ropa planchada”, se lee en el Manifiesto del Partido de la Izquierda Erótica (PIE), movimiento quizá más libertario que feminista, cuyo llamativo emblema está representado por dos pies con las uñas pintadas de rojo. La protagonista de El país de las mujeres, Viviana Sansón, ha sido elegida presidenta apoyada por el PIE, un partido que existió en Nicaragua y que ahora Belli está impulsando a través de una página web: www.partidoizquierdaerotica.com. “Las eróticas”, como las llaman peyorativamente a la presidenta y al grupo de mujeres que la acompañan, deciden tomar una medida “revolucionaria” en Faguas, espacio imaginario que aparece en la primera novela de Belli, La mujer habitada: envían a todos los funcionarios hombres del gobierno a sus casas por seis meses para que se entrenen en las tareas del hogar. La presidenta quiere revertir la idiosincrasia de ese país que tiene la mentalidad de “una mujer dependiente y abusada”. En pocos meses la presidenta trastrueca las costumbres y convierte al Estado en un ejecutor de políticas que algunos consideran “disparatadas”, como que el agua llegue gratis a los barrios, para que se mantengan limpios; la inauguración de la carrera de Maternidad en la universidad y en escuelas secundarias (para hombres y mujeres); la alfabetización obligatoria para las mujeres analfabetas del campo y la ciudad; y los talleres de “respeto y poder” para las parejas víctimas de la violencia doméstica, entre otras medidas.

–Más allá de la historia que se cuenta en la novela, ¿cómo cree que se puede revertir esa mentalidad de dependencia y abuso en países latinoamericanos que han tenido, para colmo de males, tantas dictaduras?

–Mire, los gobiernos autoritarios en general son paternalistas para mantenerse en el poder. El paternalismo lo viví en Nicaragua y se sigue reproduciendo; es muy negativo para la formación política de los pueblos: genera dependencia y abusos. Creo que se revierte rompiendo ese círculo de dependencia para recuperar el sentido de tener el poder para cambiar las mentes. El sistema te obliga siempre a estar dividiéndote, a escindirte como persona, a vender tu libertad por comida, a vender tu dignidad para avanzar políticamente. Lo que se está planteando en El país de las mujeres es un gobierno que no solamente atienda la dignidad de las personas, sino que atienda una concepción más integral, donde la gente no se tenga que estar partiendo en dos, donde la vida no tenga que estar separada entre lo privado y lo público, sino que el ejercicio del poder tenga otra característica; que no sea un ejercicio de dominación, sino un ejercicio de “cuido”, de alimentación del alma, que consiste en brindar felicidad a la gente, incorporándola plenamente en la solución de sus propios problemas.

–Para solucionar problemas como la dominación, ¿es necesario tomar medidas extremas, que incluso pueden resultar “antipáticas” o “autoritarias”, como la de enviar a los hombres durante seis meses al hogar?

–Bueno, depende. En algunos casos es necesario ejercer el poder de otra manera. En la novela, la medida no es tan drástica en cuanto a las consecuencias que va a tener sobre la gente, porque no es que los están mandando a un campo de concentración ni nada por el estilo. Están mandando a los hombres a sus casas y con un salario. No podemos gobernar si no tenemos el aire, el espacio, si no tenemos realmente la posibilidad de decidir qué es lo que vamos a hacer sin la interferencia, la crítica, el cuestionamiento constante de los hombres. Hay estudios que demuestran que después de los diez años, en las clases donde hay niños y niños, las niñas empiezan a inhibirse; este estudio se hizo en el marco de una discusión sobre si eran más convenientes los colegios de un solo sexo. Aunque no siempre se justifica tomar una medida extrema, en el caso de la novela me parece que tiene su razón de ser. Pero muy rara vez en la vida se justifican estas medidas.

El paladar exigente de la escritora no perdona. El gesto de Belli se torna drástico, inapelable. Después de probar un sorbo del vino que le acaban de servir, frunce la cara como si le hubieran dado un jarabe para la tos. “Es malo”, se queja enérgica y pide otro suavizando el tono. “Durante la Revolución –recuerda–, en Nicaragua festejamos el Día Internacional de la Mujer, que consistía en que los hombres hicieran todas las tareas domésticas. En los hospitales estaban los hombres limpiando y cocinando; las mujeres no hacían nada. Y era divertido porque ellos se reían todo el rato, ¿no?, como que era una cosa que estaba por debajo de ellos hacer esas tareas. Pero no se trata de cambiar los roles; lo que se plantea en la novela es que los roles no sean asignados por géneros, como la maternidad. Si bien es cierto que la mujer concibe al niño, la crianza y el amor es de los dos. La sociedad necesita de la participación de la mujer en el trabajo, en la política, y para eso se necesita cambiar la organización de la vida cotidiana.”

–En la novela, el testimonio de Patricia, la joven abusada y vendida por su tío, recuerda al de Zoilamérica Narváez, que fue violada por el actual presidente de Nicaragua, Daniel Ortega. La inclusión de este “testimonio” en la novela, ¿puede leerse como un acto de justicia literaria ante la falta de justicia real?

–Es un deseo de justicia para muchos casos, no sólo ése. Pero que no se hiciera justicia con Zoilamérica y que el abusador llegara a la presidencia de Nicaragua da una medida del nivel de machismo y lo “común” que resulta ese tipo de suceso, de tal manera que no es considerado atroz. La inclusión de ese testimonio es un juicio a este tipo de comportamiento, así que sí hay “justicia literaria”; igualito que en la novela mi planteo sobre el castigo a los violadores de exhibirlos públicamente y avergonzarlos; de hacerles un tatuaje en la frente para que padezcan el escarnio público. Sé que es muy dura la imagen, pero las mujeres que sufren ese tipo de abuso sienten una vergüenza terrible; es un atropello tan grande a su dignidad, a su sentido de privacidad, a su propio cuerpo, que lo que les hacen a los hombres es muy poco comparado con lo que le pasa a una mujer.

–¿Cree que Ortega debería haber renunciado a la presidencia?

–El no era presidente entonces, recién había lanzando su candidatura; después hubo una campaña para culpabilizar a Zoilamérica y lo más terrible fue que su madre estaba en contra de ella. Se dijo que fue un ardid político para dañar la imagen de Daniel Ortega...

La sola mención del nombre y apellido del actual presidente de Nicaragua consigue hacer tambalear el aplomo con el que habla la escritora. Pero el vino llega a tiempo para eclipsar la decepción y el disgusto que le genera Ortega. En la novela, el Partido de la Izquierda Erótica propone un sistema diferente llamado el “felicismo”. “La felicidad per cápita y no el crecimiento del Producto Interno Bruto como eje del desarrollo”, se explica en una de las páginas. “Medir la prosperidad no en plata sino en cuánto más tiempo, cuánto más cómoda, segura y feliz vive la gente”.

–¿El “felicismo” que proponen “Las eróticas” es un rescate de la utopía por otros medios?

–Todo es posible cuando hay voluntad, energía y dinamismo. No estoy pensando solamente en Nicaragua; me parece que esta novela plantea una ilusión, un reto: qué nos ha pasado que nos hemos quedado estancados en la imaginación, como si ya no existiera más posibilidad que el socialismo, el capitalismo o el comunismo. ¿Qué pasó? ¿Ya dejamos de pensar en Marx, en Lenin, en los utopistas? ¿Ya la humanidad no tiene más que producir? Estoy convencida de que la mujer tiene unas calidades bien importantes para este momento histórico de la humanidad por su propia experiencia, y que es urgente que nos movilicemos para lograr incluir más dentro de la sociedad. Las propuestas que hay en mi novela son factibles: pedir guarderías infantiles, que se estudie la maternidad como una asignatura en los colegios y que se reformen los sistemas educativos, es algo de lo que se ha hablado mucho; son cuestiones que están siempre sobre la mesa. ¿Por qué no pensar en el perfeccionamiento de la democracia? Yo quiero desafiar la imaginación (risas).

–En este sentido, la novela parece más cercana al imaginario del Mayo Francés que a la militancia latinoamericana de los ’70.

–Sí, es cierto, pero eso viene del deseo de cambiar gozosamente; quizá se perciba más porque en la novela hay mucho humor, algo que nos ha faltado en la izquierda. A pesar de que me cae más simpática, la izquierda es tan seria, tan solemne y tan dogmática...

–¿Por qué cree que le falta humor a la izquierda?

–La gente oprimida tiende a tener menos sentido del humor, creo. La mentalidad de lucha clandestina, de persecución, de sacrificio, impedía que el humor surgiera. Es como cuando pensás en la victimización que existe en las mujeres: una puede criticarlas, pero tienen asidero en la realidad, como lo que hacen los talibán. Que sigamos tolerando estas cosas es lo que considero intolerable y me parece que tenemos que movilizarnos para que esto no siga sucediendo; por eso estoy proponiendo que hagamos un partido global, como el Partido de la Izquierda Erótica, a través de una página web que se llama www.partidoizquierdaerotica.com, un lugar sin jerarquía donde simplemente nos alimentamos de ideas, nos apoyamos y nos damos ánimo.

–¿Se postularía como candidata a presidenta de Nicaragua?

–No, porque no hay posibilidades por el momento. No necesito ese tipo de poder, porque el poder de la palabra es el que yo manejo, y cada quien tiene el poder que tiene. Hay mucha gente capaz en Nicaragua; pero lo que realmente quiero es agitar la cosa, ser una provocadora, como siempre en mi vida (risas). Eso es lo que he hecho mejor: provocar.

–¿Encuentra en las nuevas tecnologías un nuevo modo de hacer política?

–Hay un nuevo horizonte que se abre para la política con las nuevas tecnologías, que rompen barreras y son muy democráticas para los que tienen acceso a ella. Estamos avanzando tan rápido que la idea de votar electrónicamente, no solamente en las elecciones nacionales sino a través de la participación en el Parlamento, es posible. Todo depende de la voluntad política de quienes quieran empezar a trabajar en esa dirección, para crear un sistema participativo en el que puedan tener acceso los ciudadanos. Las posibilidades que te da la tecnología son muchas; lo que falta es que la aprovechemos para organizarnos. La gente todavía tiene el esquema mental jerárquico, que es patriarcal, y las mujeres podemos generar un esquema diferente, un esquema horizontal.

–Las mujeres que integran el PIE son llamadas peyorativamente “las eróticas”, como si el erotismo fuera objeto de vergüenza. ¿Cómo explica este pudor de los hombres hacia el erotismo?

–Me alegro de que diga eso. Creo que los hombres piensan que nosotras somos más pudorosas (risas). Durante mucho tiempo funcionó el pudor, la decencia y la espiritualidad; la figura que se opuso a Eva fue la Virgen santísima; la virginidad como paradigma de la decencia, como paradigma de una mujer pura, limpia y buena. El erotismo era todo lo contrario: la mujer seductora, la pecadora. Para vencer el temor que inspira el poder sexual de las mujeres, lo que hicieron los hombres fue objetivizar la sexualidad de la mujer y vulgarizar el erotismo; pero las mujeres hemos tratado de liberar al erotismo de esa tara.

Gioconda Belli alza la copa de vino y se despide. “La gran amenaza, el gran recurso que tenemos las mujeres, es hacer lo que hizo Lisístrata: no hacer el amor con los hombres, quitarles el placer, como una manera de forzarlos a acceder a cosas en las que no están de acuerdo”, subraya medio en broma, medio en serio. “Unanse al PIE para que no sigamos metiendo la pata”, invita a las mujeres del mundo. “¡Matria libre y a vivir felices!”

Por Silvina Friera
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Mario Vargas Llosa estaba exultante. Pero no perdía esta tarde ni el sentido del humor ni el equilibrio que le ha dado rigor a su obra. Estaba sorprendido de haber sido galardonado con el premio, y estaba agradecido, aunque temeroso aún de que fuera una broma. Durante 14 minutos tanto él como su mujer, Patricia, que están en Nueva York porque el nobel 2010 da clases en Princeton, pensaron que el secretario de la Academia Sueca era "un impostor". Y le dieron 14 minutos para que ratificara que no era una tomadura de pelo. "Cuando pasaron los 14 minutos ya pude disfrutar de esta sorpresa".

¿Una sorpresa, de veras? "Déjeme que le diga antes por qué creía que era broma. Hace años le hicieron una trastada así a Alberto Moravia, el novelista italiano. Fue una noticia fea, que a él le cogió desprevenido. Entonces, inmediatamente que me dijo Patricia que habían llamado de la secretaría del Nobel nos pusimos en guardia".

Además, ya no estaba en las listas. "Y no crea, eso me tranquilizó. Estar en las listas era una pesadilla anual, porque mucha gente llamaba para indagar si era cierto que iba a ganar el Nobel. Todo eso abonaba la idea de que pudiera ser una broma una noticia que luego resultaría tan grata".

Mario Vargas Llosa se había convencido, a lo largo de los años, de que él no era un escritor para este premio. ¿Y por qué? "¿Por qué? Porque llegué a la conclusión de que yo no estaba en la identikit del Nobel; yo soy un escritor conflictivo, tomo posiciones incómodas, me equivoque o no siempre digo lo que me parecen las cosas, y todo eso me hizo creer que no era el escritor que encajara con la manera de ver la literatura por parte del jurado".

Pero la Academia Sueca ha hablado de usted, de su obra, le decimos a Mario Vargas Llosa, teniendo en cuenta precisamente esas posiciones suyas. "Aún no he visto esa declaración. ¿Me la puede leer?" Dice que le dan el Nobel a Mario Vargas Llosa "por su cartografía de las estructuras del poder y sus incisivas imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota".

"¿Dicen eso? Es magnífico. Me alegro mucho. ¡Ojalá fuera verdad. En efecto, de eso va mi obra, de la resistencia del individuo ante el poder, de la lucha de los hombres por salvar su individualidad en un mundo en el que la libertad está tan acosada. Esa nota expresa muy bien lo que yo pienso".

Y desmiente muchas cosas, muchos tópicos que se dicen sobre usted. ¿Se quedarán sorprendidos sus críticos, enmudecidos, quizá? "No creo que los deje más enmudecidos que a mí; para mí esa nota es una sorpresa. Pero no creo que mis críticos enmudezcan nunca, de todos modos".

¿Y cuál fue su primer pensamiento, la primera reflexión sobre su historia como escritor? "Fíjese que pensé, primero que nadie, en Carlos Barral; él hizo que recibiera un estímulo formidable cuando me presenté al premio Biblioteca Breve con La ciudad y los perros; hizo lo imposible porque yo saliera adelante. Y Carmen Balcells, claro; Carmen me empujó literalmente a la literatura; los dos dieron por mí una batalla inolvidable. Los he citado en todas partes ahora que me han dado el Nobel. Y he citado a España, porque sin ese país hubiera sido imposible la difusión de mi obra, y por tanto el entusiasmo que me dio para seguir escribiendo. Y algo que quiero que recoja, Carmen Balcells e Isabel de Polanco fueron en las últimas épocas de mi vida, cuando ya se aceleró la publicación de mis obras en España y en América, fundamentales en mi trayectoria editorial. Y nunca olvido eso. No olvide usted de hacerlo constar".

Vargas Llosa está a punto de publicar El sueño del celta, en la que se exige otra vez, como autor, una disciplina que es propia de los buenos periodistas. A ese valor, el del periodismo, alude en esta respuesta. "El periodismo me ha dado la obligación de confirmar, de verificar, me ha enseñado lo importante que es la perseverancia. Si no hubiera tenido esa disciplina no hubiera sido un escritor; sigo verificando, sigo corrigiendo, obsesivamente. Es un gozo para mí escribir, sin duda, pero si detrás no hubiera este esfuerzo no hubiera escrito las historias que ahora forman parte de mi vida. Es una servidumbre y un gozo, un gran gozo".

Es un momento para resumir. ¿Qué ha sido su escritura, qué será ahora? "Mi escritura", dice Vargas Llosa, "es mi vida, es lo que soy. Soy la literatura que he hecho. Toda, y el periodismo también. Con respecto al futuro, voy a hacer todo lo posible para que la vida no cambie. Esta es una inyección de entusiasmo; pero mi vida no va a cambiar. Seguiré teniendo iniciativas, posiciones; esa libertad que ejercito seguirá siendo mi libertad como escritor, como periodista y como ciudadano. Siempre tendré los mismos compromisos; ahora, además, habrá más obligaciones, que someteré al orden que siempre me ha dado la escritura, mi trabajo".

"La literatura", terminó Mario Vargas Llosa, "es mi manera de vivir, como decía Flaubert. No tendré otra, con sus sumas y sus restas, esa es la felicidad de mi vida. La literatura me ha dado lo mejor que tengo; los amigos, las experiencias. La entraña de mi vocación no es otra que la literatura, y de ella sale todo lo que soy y todo lo que tengo. Es lo mejor que me ha pasado".
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El escritor peruano Mario Vargas Llosa ha ganado esta mañana el Premio Nobel de Literatura, que concede la Academia sueca.

El último autor hispanohablante que lo recibió fue el mexicano Octavio Paz, que lo recibió en 1990. En la nómina de aspirantes para este año de habla hispana se situaban, además de Mario Vargas Llosa, el argentino Juan Gelman, el mexicano Carlos Fuentes, los españoles Javier Marías y Juan Marsé y el paraguayo Néstor Amarilla, entre otros.

Uno de los nombres favoritos para este garlardón era Cormac McCarthy, mientras que el poeta sueco Tomas Tranströmer escaló de la quinta a la segunda posición. El sueco protagonizó un ascenso vertiginoso de última hora en las listas de apuestas de la casa británica Ladbrokes, que encabeza el autor de Meridiano de sangre y La carretera. El que se descolgó a última hora de la competición fue el japonés Haruki Murakami, que baja de la segunda a la quinta posición. El keniano Ngugi wa Thiong'o perdió fuelle y bajó al tercer puesto. El primer autor hispanohablante es el peruano Mario Vargas Llosa, en el lejano puesto dieciocho.

Las quinielas previas al Nobel de Literatura son una tradición pero no suelen acertar casi nunca. La Academia sueca cuenta con una solvente costumbre de refutar todos los pronósticos premiando a autores casi desconocidos para el gran público como Herta Müller o Elfriede Jelinek o rescatando a otros prácticamente olvidados, como Doris Lessing y veteranos ilustres como Harold Pinter.

La prensa sueca auguraba que el ganador podría ser un poeta. La crítica literaria Maria Schottennius, que apostó por el Nobel para Herta Müller el año pasado y para Le Clezio en 2008, vaticinó que el premio se lo iba a llevar un poeta o un periodista. "En realidad son todo conjeturas, porque no tengo un conocimiento privilegiado [de las deliberaciones], pero pertenezco a la misma generación que los miembros de la Academia y sé cómo razonan", señaló Schottennius al rotativo noruego Dagbladet. "En esta edición, sin embargo, no sé si tengo tan buenas apuestas". Menciona a los poetas Ko Un, surcoreano, y Adonis, sirio, como candidatos destacados. En caso de que el premio fuera para un periodista, la crítica señala que, fallecido Ryszard Kapuscinsky, apuesta por el británico Robert Fisk, corresponsal del rotativo británico The Independent en Oriente Medio.

Casi 20 años desde el último Nobel estadounidense

Si McCarthy hubiera conseguido el galardón hoy, habría sido el primer Nobel de Literatura para Estados Unidos desde hace 17 años, cuando lo obtuvo la afroamericanaToni Morrison. La representación estadounidense es nutrida y se completa con candidatos habituales como Joyce Carol Oates y Don DeLillo, además de Thomas Pynchon, Philip Roth (sube al sexto lugar), que acaba de publicar Nemesis, y E. L. Doctorow.

Otros narradores como el alemán Ulrich Holbein, la canadiense Alice Munro, el húngaro Peter Nadas y el australiano Gerald Murnane aparecen bien situados en las quinielas, que hace años que apuntan también al triunfo de un poeta, algo que no se produce desde que la polaca Wislawa Szymborska ganó en 1996.

Tras los pasos de Müller y Le Clézio

Quizá la entrada más inesperada es la de Wa Thiong'o, que ha ascendido rápidamente durante los últimos días en las listas de Ladbrokes, algo similar a lo que ocurrió en 2009 con la rumano-alemana Herta Müller y en 2008 con el francés Jean Marie Le Clézio, que finalmente lograron el galardón. Algunos medios suecos atribuyen la subida del keniano a que participó en la reciente Feria del Libro de Gotemburgo, la más importante de Suecia, y que en esta edición estuvo dedicada a África.

Los italianos Antonio Tabbucchi y Claudio Magris, el austríaco Peter Handke, el albanés Ismail Kadaré, el holandés Cees Nooteboom, el checo Milan Kundera, la argelina Assia Djebar, el israelí Amos Oz y el polaco Adam Zagajewski forman también parte de la interminable lista de supuestos candidatos.

La Academia insiste siempre en que sólo premia a autores y no a literauras ni países, aunque sus elecciones parecen llevarse a veces más por cuestiones políticas o por el criterio de rotación geográfica que por la calidad literaria.

EL PAÍS - Madrid - 07/10/2010
 
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