Una de las mentes críticas más certeras y lúcidas de México se apagó ayer poco después del mediodía: Carlos Monsiváis falleció a las 12:47 de la tarde, luego de más de dos meses en terapia intensiva debido a complicaciones por una fibrosis pulmonar.

La noticia del deceso abrió una herida más profunda en el ánimo de lectores, amigos, seguidores y entusiastas de sus ideas que aún lloraban la muerte del Nobel portugués José Saramago, ocurrida el viernes.

Este sábado –en el que se conmemoró el Día del Idioma Español, así como el aniversario 89 de la muerte del poeta Ramón López Velarde– los restos de Monsiváis fueron recibidos por la noche por una multitud en el Museo de la Ciudad de México. Numerosas personas expresaron ahí una misma petición: “¡Monsi, al Zócalo; homenaje popular, no oficial!”

Monsiváis y Sergio Pitol se unieron al movimiento de Andrés Manuel López Obrador contra el fraude electoral de 2006. El 16 de julio de ese año participaron en el mitin multitudinario realizado en el Zócalo, donde el también cronista advirtió: el manipulador pierde la oportunidad de gobernar.

Monsiváis fue aclamado por la multitud cuando atacó directamente al partido en el poder y señaló: “la violencia ha partido de la derecha. Una violencia ideológica de mentiras, calumnias, difamaciones y fraudes hormiga.

No abandonemos nuestros votos en la fosa común de la resignación o la apatía. Voto por voto y casilla por casilla.

Cronista indispensable de los principales hechos políticos y sociales del país, coleccionista de arte popular, periodista, Carlos Monsiváis Aceves nació en la ciudad de México el 4 de mayo de 1938. Su pasión por las letras lo llevó a colaborar desde muy joven en suplementos culturales y medios periodísticos del país.

Lo irrenunciable para mí es ver cine y leer, solía decir, mientras para sus seguidores era importante escucharlo en persona. Su nombre en las presentaciones y en los programas de las ferias de libros garantizaba una asistencia masiva. “¡Ahí va Monsi!”, era casi el grito de guerra en los pasillos, en los museos, en las escaleras. Aquí le pedían un autógrafo, allá una foto, por allá que fuera a algún evento de causa social, más allá que escribiera un prólogo para el libro de algún escritor en ciernes.

Con comentarios irónicos provocaba la risa de sus escuchas, pero sobre todo la reflexión. Ironía nada gratuita y sí consciente del efecto que su discurso, sus chistes, sus frases de doble sentido tenían en el público, en su lector.

No pocas veces el espacio destinado para sus charlas resultó insuficiente. Mejor sentados en el suelo que irse, mejor parados que abandonar la sala. La escena se repitió decenas de veces en distintas ciudades de la República, en diversas conferencias, en distintos escenarios.

Sus últimas presentaciones en público fueron una conferencia de prensa el lunes 8 de marzo, en la que habló de su libro publicado recientemente, Apocalipstick (Debate), y en la inauguración de la muestra México a través de las causas en el Museo del Estanquillo, que él fundó.

Durante su encuentro con la prensa Monsiváis advirtió que “la esperanza está siendo triturada masivamente y reconvertida en frustraciones. La indignación y la esperanza individual no bastan. Se requiere de un proceso organizativo social, el cual hoy se aprecia en muchas partes. Una palabra que revela hoy día lo que pasa en el país es: el empoderamiento crítico. Es armar la esperanza a título individual y en beneficio colectivo”.

Por la noche acudió al Museo del Estanquillo. Ahí expresó que muchas de las causas se han catalogado como perdidas, pero hay que reconocer que de las causas perdidas también se alimenta la resistencia de hoy.

Diez días después acudió al centro cultural Bella Época para la presentación del libro Armando Herrera. El fotógrafo de las estrellas, donde estuvo acompañado por Yolanda Montes, Tongolele.

Ya no pudo acudir a una nueva presentación de Apocalipstick en el Museo de la Ciudad de México, libro dedicado a Omar A. García Cervantes.

A finales de 2009 revisó y actualizó su libro Los mil y un velorios, crónica de la nota roja, que se regaló con motivo del Día Nacional del Libro, informó Random House Mondadori, una de sus casas editoras.

Monsiváis estudió en las facultades de Economía y de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Una inagotable y vigorosa curiosidad intelectual le permitió no sólo ser testigo de los principales hechos culturales y políticos de la segunda mitad del siglo XX, sino opinar con singular acidez y humor.

Nunca se negó a participar en revistas, mesas redondas, programas de radio y televisión, periódicos, coloquios, museos, películas, antologías, prólogos, con su palabra mordaz.

El escritor Adolfo Castañón, en su ensayo Un hombre llamado ciudad, lo consideró el último escritor público en México, resaltando que no sólo cualquier mexicano lo ha escuchado o leído, sino que muchas personas eran capaces de reconocerlo en la calle.

Entre sus más de 50 libros publicados destacan Días de guardar (1971), Amor perdido (1977), Nuevo catecismo para indios remisos (1982), Escenas de pudor y liviandad (1988), Los rituales del caos (1995), Salvador Novo. Lo marginal en el centro (2000) y Aires de familia: cultura y sociedad en América Latina (2000).

Monsiváis lo mismo fue puntual cronista del movimiento estudiantil de 1968 que del acontecer en torno a ídolos populares como El Santo o Cantinflas, o del desarrollo del movimiento feminista nacional. Siempre manifestó su rechazo a toda posición intolerante y retrógrada. Fue incansable promotor de los derechos de las minorías sociales, la educación pública y la lectura.

Una de sus pasiones fue el cine nacional, acerca del que escribió varios ensayos, algunos incluidos en el libro Rostros del cine mexicano. Dirigió por más de 10 años el programa El cine y la crítica en Radio UNAM.

Fue secretario de redacción en las revistas Medio Siglo (1956 a 1958) y Estaciones (1957 a 1959). Dirigió el suplemento La cultura en México de la revista Siempre! (entre 1972 y 1987) y coordinó la edición de la colección de discos Voz Viva de México de la UNAM.

Autor de la columna Por mi madre, bohemios (que lleva décadas editándose en diversas publicaciones del país), en la cual compiló declaraciones de políticos, empresarios, representantes de la Iglesia y otros personajes de la vida pública, mofándose de su ignorancia o su visión limitada del mundo, exhibiendo la demagogia de las clases gobernantes.

Recibió los premios Nacional de Periodismo, Mazatlán, Xavier Villaurrutia, Lya Kostakowsky, Anagrama de Ensayo y el FIL de Guadalajara (antes Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo).

Fue becario del Centro Mexicano de Escritores y del Centro de Estudios Internacionales de Harvard. En agosto de 1992 recibió una beca del Fideicomiso para la Cultura, organización creada un año antes por la Fundación Rockefeller en colaboración con instituciones mexicanas.

Impartió cursos en la Universidad de Essex y en el King’s College, ambos en Gran Bretaña, y fue profesor invitado en la Universidad de Harvard.

También recibió los doctorados honoris causa de las universidades estatales de Sinaloa, Puebla, Hidalgo, Veracruz, Nuevo León, San Luis Potosí y Arizona, así como de la Autónoma Metropolitana y Nacional Autónoma de México. También, de la Nacional Mayor de San Marcos, Perú. De la Universidad Autónoma de la Ciudad de México recibió un Honoris Causas Perdidas.
Publicado enInternacional
Domingo, 20 Junio 2010 07:04

Un hombre llamado Saramago

Caín, la última novela de José Saramago, me llegó un día de lluvia y el sobre que contenía el libro venía medio deshecho, pero la tinta de bolígrafo es por fortuna resistente y la dedicatoria no había sufrido daños. También llovía hace dieciocho años en Bad Homburg, un lugar cercano a Frankfurt donde, cada año, empezaba realmente la Feria del Libro, la mítica Buchmesse, durante una cena ofrecida por Ray-Güde Mertin, nuestra agente literaria. Y en esa tarde de lluvia, mientras todos bebíamos estupendos vinos alemanes, mientras escritores y editores de todo el mundo nos encontrábamos, tocábamos, narrábamos lo que en ese momento nos ocupaba, nadie se percató de que el timbre de la casa no funcionaba.

De pronto, uno de los camareros se acercó a la anfitriona y le susurró: “en la puerta hay un hombre llamado Saramago”. Entonces entró ese hombre flaco acompañado de un ángel llamado Pilar, ese hombre que miraba a los ahí reunidos con ademanes de estar perdido, hasta que reconoció al novelista uruguayo Mario Delgado Aparaín y ambos se fundieron en un abrazo. A partir de ese momento se formó el rincón de los latinoamericanos que tratábamos de responder a las mil preguntas que nos hacía José Saramago, que sabía de nuestros países más que muchos de nosotros mismos.

José Saramago entendía la solidaridad como un hecho consustancial a vivir, nadie se jugó tanto por tantas causas justas y en tan poco tiempo. Los que alguna vez lo invitamos a Chiapas, a los campamentos del Tinduf, a la Araucanía, a cualquier territorio del continente americano donde se precisara, no un mensajito esperanzador carente de médula, sino un discurso fuerte sobre los derechos humanos, la justicia y la dignidad de los pobres, sabíamos que lo más probable es que aceptara, poniendo en juego su propia salud y su precioso tiempo de escritor enorme.

José Saramago llegó a todos los lugares a los que creyó que tenía que llegar. Supo definir mejor que nadie lo que significaba ser un comunista en el confuso siglo XXI: es una cuestión de actitud, dijo, una cuestión de ética frente a los acontecimientos y la historia.

Y ahora llueve también en Asturias cuando la radio me informa del deceso de ese hombre llamado Saramago, cuyo ejemplo es un icono de la decencia social, y autor de libros que permanecerán en la memoria de los siglos.

Será dura y difícil la senda de los preocupados por la ética sin la presencia de José Saramago. Será duro saber que no está cuando precisemos de su voz alentadora en las mil batallas pendientes contra un sistema feroz. Pero sé que una voz en nuestras conciencias, en los momentos de dudas o peligros, nos recordará que con nosotros todavía sigue el ejemplo de ese hombre, de ese hombre llamado Saramago.

Por Luis Sepúlveda
Le Monde Diplomatique
Publicado enInternacional
Viernes, 18 Junio 2010 18:37

La felicidad era una isla para Saramago

En las últimas semanas José Saramago hablaba apenas, pero reía, seguía riendo. Pilar del Río, su mujer, con la que convivió más de 20 años, le seguía preparando cenas y desayunos, y aunque ya parecía que la comida era de otro mundo o de otras necesidades, él estaba en todos los ritos que esta andaluza preparaba para que él siguiera anudado al hilo de la supervivencia.
 
Estaba y no estaba, pero reía. Hoy por la mañana amaneció mejor, como si resurgiera, y departió con Pilar, con el médico, como si se despidiera una a una de la vida y de las personas que le acompañaron hasta el final. A veces -ocurrió cuando estuvimos por última vez con ellos, hace una semana, en su casa de Tías, Lanzarote- escuchaba solo música; pero estos días Saramago escuchaba en silencio y entre risas los programas de humor de la televisión.
 
Tenía el semblante sereno, como si viniera de una larga lucha; pero ya los médicos habían abandonado la esperanza de lo que él mismo llamó su resurrección, ocurrida a finales de 2007, cuando la Fundación César Manrique organizó una exposición magna sobre su vida y sobre sus sueños. La construcción de los sueños.
 
Gravemente enfermo, Saramago parecía despedirse ya de la vida. Pero en la primavera siguiente volvió José a retomar unos bríos que no venían solo de la sangre renovada, sino de la dedicación eficaz de sus médicos y, sin duda, él lo dijo en este periódico, de la fuerza increíble de Pilar del Río. La fuerza con la que regresó a la vida le dio aún para dos libros más, El viaje del elefante y Caín, una especie de cuento largo que convirtió en leyenda y un diálogo raro sobre el extraño caso del hombre malo al que él quiso convertir en el bueno de la historia. En cierto modo, hasta en esa obra de la resurrección Saramago fue como era: paradójico, melancólico y sobrio, como un Quijote de Portugal que no se asombraba de nada porque ya vino del asombro.
 
Lanzarote le dio mucha felicidad, desde que Pilar lo llevó allí por vez primera, en 1993, un año después de que muriera allí un héroe cuya estela él contribuyó a prolongar, César Manrique, otro Quijote, en este caso insular, que había abrazado causas que fueron siempre familiares para Saramago: el respeto a los hombres y a la tierra, la lucha contra la injusticia de los hombres contra los hombres. De manera intermitente, vivió en Lanzarote (donde se curó de un desengaño, el que le produjo su país cuando le impidió concursar a un premio internacional con su El evangelio según Jesucristo) y siguió viviendo en Lisboa, en cuya casa que amó tanto guardaba lo más central de su corazón: el amor a los otros, y el amor a sus antepasados. Su abuelo, analfabeto, le enseñó a amar a los hombres y a la tierra, y a él dedicó, en un discurso memorable, el Premio Nobel que su literatura mereció en 1998.
 
Y en Lisboa -adonde llegarán mañana sus restos en un avión C-130 de la Fuerza Aérea portuguesa, cuyo Gobierno ha declarado mañana y pasado luto nacional- será incinerado el domingo José Saramago, cuyo carácter portugués y quijotesco le aupó a la grupa de todas las causas civiles de su tiempo; comunista convencido, periodista contra la dictadura y a favor del cambio de los claveles en Portugal, fue en todos los países que visitó (desde México a Brasil, desde España a Israel o Palestina) un firme defensor de los derechos humanos, contra las guerras (la de Irak, en los últimos años), contra el avasallamiento (de Israel sobre Palestina), a favor de personas (como Baltasar Garzón) acosadas por defender lo que él defendió, la memoria civil de los perdedores.
 
Todo se lo tomó con filosofía espartana, como si el honor o la gloria fueran pelusa en la chaqueta. Supo que había ganado el Nobel por una azafata de Francfort, cuando ya dejaba la Feria del Libro. Entonces se sintió solo, "a mi alrededor no había nada, nadie, nada, nadie, nada", y empezó a caminar sin rumbo, hasta que se encontró con su editora, Isabel de Polanco, a quien le dio la noticia. Ese abrazo de los dos, distintivo de la relación que mantuvieron, adquiere ahora el aroma triste de la melancolía, porque los dos protagonistas de esa hermosa escena están muertos.
 
Hace una semana, Pilar del Río nos dijo a Francisco Cuadrado, su editor en Santillana, y a este corresponsal, que su marido se había levantado una de esas mañanas con ganas, otra vez, de escribir, de retomar el hilo de una de sus historias, en las que estaba enfrascado cuando la gravedad de su estado hizo que perdiera la voz pero no la risa. Pilar le aconsejó que esperara, y ella misma esperaba que el milagro de dos años antes amaneciera otra vez en el escenario discreto de la vida de Saramago, que volviera otra vez el autor de Las intermitencias de la muerte a ocupar el sitio preferido de la casa, la biblioteca de la Fundación. Pero ya solo le animaban las bromas de Pilar, la persistencia de ella en continuar los hábitos cotidianos, el pan con aceite, las verduras, el bacalao portugués, la vida viva que Saramago siempre quiso. La misma Pilar que ha leído hoy, ante el féretro del escritor, un fragmento de su libro El evangelio según Jesucristo y la que ha puesto bajo la cabeza de su marido un paño bordado con la frase "Estaremos extrañamente conectados a la bondad del mundo" que envió un lector desde Argentina.
 
Ya había poco que decir, tras tanto sueño y tanta escritura. Le fuimos a ver donde esperaba las imágenes de la tele y el sueño que ya se interrumpía poco. Le dijimos hasta mañana, y él dijo, acariciándonos con sus manos ya transparentes: "Até a amanhá".

Por JUAN CRUZ | Lanzarote 18/06/2010
Publicado enInternacional
“El Paraíso es de los extraños.” La frase le pertenece al “extraño” Amin Maalouf, “optimista inquieto” y flamante ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Letras por su capacidad “para abordar con lucidez la complejidad de la condición humana y tender un puente hacia la tolerancia y reconciliación entre pueblos y culturas”. Esa frase premonitoria de su destino literario la escribió en su celebrada novela León el Africano. El escritor francolibanés de 61 años, una de las voces más importantes de la literatura árabe, adoptó el francés como lengua literaria en su adolescencia, sin sospechar que se transformaría también en su lengua cotidiana cuando tuvo que exiliarse en París, a mediados de la década del 70, donde reside desde entonces. La mayoría de sus libros, ficciones y ensayos, que han sido traducidos a más de veinte idiomas, orbitan en torno del mundo árabe. “Con un lenguaje intenso y sugerente, Maalouf nos sitúa en el gran mosaico mediterráneo de lenguas, culturas y religiones para construir un espacio simbólico de encuentro y entendimiento”, fundamentó el jurado. Como corresponde, el ganador se declaró feliz, honrado y orgulloso de recibir la distinción.

“España siempre ha estado presente en mi obra. No sólo porque es la patria del héroe de mi primera novela, León el Africano, sino también, y sobre todo, porque ha sido el lugar de un encuentro emblemático, que se ha mantenido durante siglos, entre las tres grandes religiones del Mediterráneo”, señaló Maalouf, ese “optimista inquieto”, como se define, al que le interesa “contar la historia desde el lado de los perdedores”. “Intento comprender la realidad sinceramente, sin ponerme orejeras para escuchar sólo lo que quiero oír. Una vez que hago el diagnóstico me digo que la realidad no es inmutable y que hay que transformarla, imaginar el mundo de otra manera y eventualmente reinventarlo”, subrayó. Novelista con fama de ermitaño que se encierra literalmente durante meses para urdir sus libros, Maalouf nació en Beirut, en 1949. En su árbol genealógico están los desplazamientos. Y las casas abandonadas. “Pertenezco a una tribu que, desde siempre, vive como nómada en un desierto del tamaño del mundo”, se lee en Orígenes (2004). “Nuestros países son oasis de los que nos vamos cuando se seca el manantial; nuestras casas son tiendas vestidas de piedra; nuestras nacionalidades dependen de fechas y de barcos. Lo único que nos vincula, por encima de las generaciones, por encima de los mares, por encima de la Babel de las lenguas, es el murmullo de un apellido.”

La familia materna de Maalouf, originaria de Turquía (de donde escapó durante las masacres de 1915), se estableció en El Cairo, ciudad que también se verían forzados a dejar en los ’50, cuando la fiebre nacionalista nasserista se centró en los no egipcios. Aunque el escritor pasó varios años de su infancia en el país de los faraones, no guarda recuerdos de esa experiencia, “salvo una enorme frustración”, según le confió a su traductor al italiano Egi Volterrani. “Mi condición de exiliado determina mi paso a la escritura. La tinta, como la sangre, escapa forzosamente a las heridas.” Su padre, un conocido periodista bisnieto de un predicador presbiteriano, le contagió el amor por las letras; de su madre heredó la educación francófona que le facilitaría con los años el exilio definitivo. En el mito original hay un niño de seis años que escribió su primer artículo en árabe. Pero a los 16 todas sus notas estaban en francés. “El árabe era mi lengua social; el francés, por el contrario, era la lengua de mis notas íntimas, con la vocación de quedar para siempre escondidas”, recordó el escritor que durante muchos años trabajó como periodista en el diario An Nahar, en la sección de política internacional.

La guerra civil que desangró al Líbano durante quince años lo expulsó a París en 1976. La lengua íntima de Maalouf se convirtió en su lengua cotidiana y definitiva. En 1993 obtuvo el prestigioso Goncourt con la novela La roca de Tanios, ambientada en el siglo XIX en un Líbano dividido por el enfrentamiento entre Egipto y el Imperio Otomano. En los primeros años en Francia continuó con el oficio periodístico en Jeune Afrique, cubrió la guerra de Vietnam y la revolución de Irán, entre otros conflictos. Pero también comenzó a escribir y cuando llegó a la página 100 de León el Africano, publicado en 1986, decidió dedicarse por completo a la literatura. Antes de esa novela bisagra en su destino publicó Las Cruzadas vistas por los árabes, libro en el que relata cómo se vivieron las cruzadas del lado musulmán, un punto de vista hasta entonces olvidado. Mario Vargas Llosa dijo del escritor francolibanés: “Cuando le insisten en que confiese si, en el fondo de su alma, se siente más francés que libanés, o a la inversa, a Amin Maalouf le sobrecoge la angustia porque comprueba lo extendida que está la costumbre, mejor dicho el prejuicio, de imponer a los seres humanos una identidad unívoca, para entenderlos mejor”.

El año pasado se publicó en España el último ensayo de Maalouf, El desajuste del mundo. Cuando las civilizaciones se agotan, en el que cuestiona el convulso período actual y se pregunta si la humanidad ha alcanzado el techo de su incompetencia moral. Lejos de caer en un nihilismo sin fondo o en una demoledora visión apocalíptica, Maalouf está convencido de que hay que recuperar las ganas de luchar para hacer del mundo un lugar de convivencia. “La diversidad es a la vez fuente de riqueza y de tensiones. Si se gestiona de forma inteligente, la cultura calma las tensiones, pero si la diversidad se organiza de un modo caótico, aumentan. No debemos pensar en términos de comunidades, sino de personas. Encerrar a la gente en comunidades no es bueno para la sociedad de acogida ni para los inmigrantes”, aseguró con el respaldo que le brinda ser “la voz de la experiencia”.

Autor de las novelas Samarkanda (1988), Los jardines de Luz (1991) y El viaje de Baldassare (2000), entre otras, Maalouf se manifiesta preocupado por el retorno a la idea militante de la identidad en su ensayo Identidades asesinas (1996). “La identidad ha de ser una ocasión para enriquecerse y no una excusa para hacer prevalecer una parte. Se trata de asimilar, de aceptarse, de tolerar”, ha explicado el escritor, consciente de que “la identidad está en el centro del debate del siglo XXI”. La pulsión de una lucha íntima, pero también pública y política, está en cada una de sus páginas. “En todo lo que escribo, tengo la sensación de llevar a cabo un combate, mi combate, siempre el mismo. Contra la discriminación, la exclusión, el oscurantismo, las identidades limitadas, la pretendida guerra de civilizaciones y contra las perversiones del mundo moderno, como las manipulaciones genéticas azarosas.”

Maalouf cree que la literatura “puede ser una herramienta de paz”. “Tenemos que reinventar el mundo. La literatura tiene la obligación de hacerlo, en todas las lenguas”, afirmó el escritor, que no se cansa de repetir que conocer la cultura y la literatura de otros pueblos allana el camino para la convivencia. “Podemos imaginar perfectamente una solución donde todos los pueblos de la región, los israelíes, los palestinos y los de alrededor sean ganadores. Todo el mundo puede ser ganador, tener paz, prosperidad, seguridad. Mucha gente cree en ello.” El murmullo de su apellido, ese sonido que lo vincula al mundo y a sus lectores, se amplificará.

Por Silvina Friera
Publicado enInternacional
Domingo, 25 Abril 2010 09:40

Un estante llamado “Kapuscinski”

Gabriel García Márquez, en un texto escrito después de la muerte de su amigo Julio Cortázar, lamentaba que se dejó engañar por las editoriales en busca de una ganancia fácil: en uno de los estantes de la librería, entre las rediciones de las obras del autor de Rayuela, encontró un libro que bien podía haber sido el último opus del argentino, pero resultó ser sólo una insignificante compilación, una trampa tendida a los lectores distraídos.

Si el autor de Cien años de soledad hubiera entrado a una librería en Polonia después de la muerte del otro amigo suyo, el reportero y escritor polaco Ryszard Kapuscinski (fallecido en 2007) hubiera encontrado una situación parecida: estantes igualmente llenos de rediciones y de compilaciones de textos de Kapu y alrededor de él, mantenidos, por lo general, en un tono insoportablemente hagiográfico.

Fue una trampa que nos tendimos a nosotros mismos: los libros póstumos reproduciendo una imágen mitificada y deformada de Kapuscinski, que nos dedicamos a construir, impedían el verdadero conocimiento de Kapu; éste muchas veces se limitaba sólo a mirar al monumento que se le erigió o a la colección de libros en el estante que permanecían allí sin leer.

Sólo cuando hace un mes en las librerías apareció Kapuscinski non-fiction, biografía escrita por Artur Domoslawski, discípulo de Kapu, surgió una oportunidad de aproximarse a su persona y su obra. Sin embargo, la manera en que lo mitificamos hizo que todo intento de discutir en serio sobre él, o tocar los temas que él mismo a veces prefería callar, tuvo que ser visto en principio como sacrilegio o “parricidio”, como la viuda de Kapuscinski había calificado el trabajo de Domoslawski, al intentar –sin éxito– bloquear la distribución del libro.

La biografía ha desatado polémicas y suscitó un debate poco visto en Polonia, país de muy baja cultura de discusión pública (quizás sólo comparable con la reacción al libro Los vecinos, de Jan Tomasz Gross, sobre el antisemitismo polaco). La noticia también dio vuelta al mundo, aunque muchas veces se señalaban controversias donde no las había, por ejemplo, al tildarla como ataque al escritor.

Pero el libro no atenta contra Kapuscinski ni daña su memoria; al contrario: mostrar a Kapu por primera vez, a contrapelo de su visión idealizada, como ser humano de carne y hueso, con contradicciones e imperfecciones, ayuda a comprenderlo. El biógrafo, en vez de dedicarse a mostrar las grietas en el monumento, señala que toda la idea del monumento es absurda y revalora la idea de la “grandeza”: no necestimos a Kapuscinski símbolo, sino a Kapuscinski observador vivaz, de fuerte convicción ética y política reflejada en sus trabajos. Al ofrecer una visión múltiple de él –habla de su taller profesional, de su experiencia de trabajo, de la vida privada y de su pensamiento social y político– el autor rescata también algunas facetas que quedaron invisibles de Kapu, como su vocación izquierdista que, en Polonia, país conservador, con fuerte hegemonía neoliberal, ha sido censurada para poder desarrollar su culto general.
Después de haber hecho un significativo trabajo de documentación e investigación, el autor trata varios temas con los cuales se había topado, y lejos de acusar a su maestro ofrece las explicaciones con mucha empatía. Por ejemplo, el tema de la vida privada, siempre mantenida en secreto por Kapuscinski, es abordado con mucha delicadeza; respecto de las fabulaciones en su propia vida, como las historias de supuestas amenazas de fusilamientos o presuntas amistades con Lumumba o Che Guevara, señala que a veces fuimos nosotros, los kapumaniacos, que nos dedicamos a reproducirlas ayudando a crear su leyenda (nota bene: leer esta biografía junto con la de Gabo, de Gerald Martin, muestra que la actitud de Kapu no ha sido tan inusual, ya que el Premio Nobel colombiano había ido mucho más lejos en la recreación de su vida); a los contactos de Kapu con los servicios secretos de la Polonia socialista, el autor contrapone los contactos de los periodistas estadunidenses con la CIA, que tienden a ser vistos como “normales”, etcétera.

Algo semejante sucede con las supuestas “acusaciones” de falta de objetividad en su oficio o de fabular en sus reportajes, como se había informado. La lectura de la biografía muestra algo distinto: primero, no se puede decir que Kapuscinski careció de objetividad, porque nunca creyó en un “periodismo objetivo”, al afrimar que siempre había que declararse por algún lado; segundo, Domoslawski no cuestiona el valor periodístico de Kapuscinski, sino más bien, siendo él mismo reportero, abre un debate acerca del límite entre el periodismo y la literatura, hechos y ficción, frontera que Kapuscinski cruzaba al optar por la metáfora para resaltar a menudo la dimensión universal de sus historias (por ejemplo, el tema del poder en El emperador o en Sha) –¿demasiado a menudo?

El autor de la biografía bromeó al decir que habría que cambiar los libros de Kapu del estante fact al estante fiction, sino que debería haber un estante separado, llamado “Kapuscinski”; quizás en el mismo podría caber también Kapuscinski non-fiction.

Es probable que Kapu no estaría encantado con algunas cosas allí contenidas. Pero este libro es una propuesta seria a un lector atento, dispuesto a revalorar su mirada hacia él; al fin y al cabo, quien sale ganando aquí es el mismo Kapuscinski.

Maciek Wisniewski *
* Periodista polaco
Publicado enInternacional
En 1957, Albert Camus recibió el Premio Nobel de Literatura. Pocos años antes o pocos años después, nacieron los muchachos que veinte años adelante serían mis mejores amigos. Fue a mediados de los setenta cuando escribíamos en los muros de la universidad algunas frases inspiradas en la obra del escritor francés y argelino. Ni dioses ni amos era una de nuestras pintas predilectas. Entonces, junto a un maestro de lógica y otro de filosofía, nos interrogábamos si la esencia precedía a la existencia o si todo era al revés; y, aunque todavía faltaban más de quince años para que se viniera abajo el muro de Berlín, gracias a la obra de Camus teníamos claro que junto a la bestialidad de Pinochet había que denunciar los crímenes de las burocracias marxistas en la Europa del Este. Sabíamos que, por más que la militancia de una izquierda mexicana algo más que ingenua argumentara lo contrario, los guardias rojos de la Revolución cultural china tenían rasgos siniestros y que también existían claroscuros en el proceso revolucionario cubano. Mientras escribía este breve ensayo, recordé que por aquellos días una joven se escapaba del Liceo Franco Mexicano para traducirnos del francés L´Etranger y Le Mythe de Sysiphe. Enseguida le telefoneé para que me contara qué era lo que había sobrevivido en ella de la obra de Camus. Me dijo que gracias a su obra terminó por entenderse a ella y al mundo a través de la poesía; de paso me contó que otro amigo común se había convertido en un pintor de cuadros al más puro estilo del hombre absurdo. En cuanto a mí, le dije que desde que leí La Chute (La caída , 1956) el escritor y militante de la resistencia francesa me dejó en un estado de exaltación profundo. Así, contemplando con asombro un circo de tres pistas, fui llegando a las siguientes conclusiones.

Hoy, igual que hace treinta años, y como dice Robert de Luppé en el prefacio de su biografía de Camus, sé que es a partir de un momento privilegiado de conciencia, a la vuelta de una esquina o en la barra de un restaurante, que se suprimen los decorados de la vida cotidiana y se abre el corazón a la poesía del mundo. Justo estoy sintiendo y contemplando esas palabras mientras tomo una taza de café en el negocio de una amiga francesa, cuando sé que no existe mejor remedio que volver a empezar con el absurdo, cuando sé que tengo que ir de regreso a El extranjero. Esa mañana le platico a mi psicoanalista que tengo la mente ocupada en el antihéroe argelino; me dice que en la cinta que filmó Visconti hubiera estado mucho mejor el frío Alain Delon en el papel de Meursault que el cálido Marcello Mastroiani. Estoy de acuerdo, sobre todo en la primera parte de la historia, cuando el personaje se encuentra sumergido en el estupor –indiferencia tan absoluta como sospechosa– en que lo deja la noticia de la muerte de su madre, la reacción verosímil –aunque igualmente sospechosa– de la relación sin amor que sostiene con una chica, la amistad extremadamente significativa con un nuevo personaje y, finalmente, el crimen. Todas estas son las aristas de una historia que propiciarán el despertar del personaje antes de morir.

Begin to begin es el nombre de una canción tan bella como famosa, que ahora me sirve para definir la esencia de el Mito de Sísifo, o a la clase de hombres absurdos en que mi amigo el pintor y yo mismo, y sin conciencia de ello, nos fuimos convirtiendo. Entonces ansiábamos vivir a semejanza de ese héroe mítico que había desafiado a los dioses griegos, o más cerca, como nuestro Jaime Sabines, el gran poeta para el que cada día era el primero y era el último; apostándolo todo a la paradoja de una vida sin sentido pero eso sí, muy intensita, no sólo como metáfora sino como la realidad de un juego permanente, de un juego vital fundamentado en una actitud cercana a la de un filósofo existencialista, que dijo que si la vida tenía algún sentido, éste tenía que surgir y al mismo tiempo ser propiciado desde lo ignoto, profundo y espontáneo.

EL SALTO

Hace veinticinco años dibujé un extraño personaje que por su naturaleza debería permanecer en posición horizontal, y al cual, mediante un acto de violencia (no exento de sensualidad), obligaba a levantarse en una perspectiva vertical. Ese dibujo fue titulado El salto y hacía referencia a ese concepto tan caro para el pensamiento de los existencialistas (no ese remedo que actualmente utilizan ciertas escuelitas terapéuticas de quinta) para hacer referencia a ese salto que funda al ser, aquello que es inaprehensible para la razón (Jaspers), donde se acepta que es inútil la razón (Chestov), cuando se piensa que Dios se ha vuelto un anarquista que se mueve a capricho (Kierkegaard), cosas que algún día me hicieron pensar en estos versos: Oh qué será qué será, que anda pregonando en versos y trovas [...] que no tiene sentido ni nunca tendrá / porque no tiene juicio; era la ya legendaria canción de batalla que escuchaba con mis compañeros al amanecer, mientas discutíamos sobre la santa cruz de la amistad o sobre el futbol que tanto le gustaba a Albert Camus, a Chico Buarque y a nosotros; que para apretar la trama del absurdo solíamos jugar algunos partiditos de fut al amanecer contra los más increíbles adversarios. Camus solía decir que el sentido de la ética lo conoció mientras jugaba futbol. Extraña navegación filosófica y vital en la que ya no quisieron continuar algunos de los nuestros cuando decidimos trabajar (o perdernos) en un proyecto interdisciplinario de taller al que llamamos Rumbo a lo desconocido; espacio o tiempo donde algún día, si teníamos perseverancia y suerte, habríamos de arribar al absurdo máximo, al sinsentido de la existencia, del cual habríamos de liberarnos mediante una capacidad de meditación y contemplación que entonces no teníamos y que intentábamos explicar mediante la resolución de imágenes plásticas y verbales. Pero antes había que entender por qué Albert Camus había escogido la figura de Don Juan para explicar las características del hombre absurdo. Un poco a partir de ese torrente de sensaciones que se despiertan en El extranjero y en el Don Juan de Mozart, que en buena medida eran semejantes a lo que habíamos experimentado, intentando darle a nuestra vida alguna clase de significado, intentando llenar un vacío sin fondo. Entonces teníamos una actitud parecida a la de ese héroe amoroso al que sólo la muerte podía poner un límite a sus aventuras de recámara. Habíamos emergido libres de las ideologías y del poder de seducción de la derecha, pero también de las izquierdas, para sólo tenerle fe, con Camus, al poder de la creación, a eso por lo que el creador de la conciencia absurda y rebelde fue acusado por Sartre, de hacer que la rebeldía derivara en una estética, es decir en una poética, en eso que ahora, con la globalización y las prácticas dogmáticas y primitivas de algunas izquierdas, se ha convertido en una especie de ridículo histórico. Volviendo a Don Juan, sabemos que para Camus quien es uno de los máximos representantes del hombre absurdo; y del cual Julia Kristeva nos dice en su libro Historias de amor, que esa figura tan ridícula como irresistible es la más perfecta que nos haya legado la leyenda occidental a propósito de la sexualidad masculina. Ese Don Juan, creado hacia 1630 por Tirso de Molina y que tuvo que esperar hasta que en 1787 Mozart creara en Praga su ópera bufa, para que la temible seducción del noble español se liberara de la condena moral que la había acompañado. Julia Kristeva se pregunta: ¿qué es lo que atrae a las mujeres hacia él?, pero sobre todo, ¿qué es lo que reúne en torno a Don Juan a esos hombres que se imaginan, se desean y se comportan como si fueran él? Sin lugar a dudas, esos hombres (y nosotros) encuentran a través de la música del hijo de las musas el lenguaje directo para expresar un erotismo amoral, un himno a la libertad, una expresión del hombre absurdo que ha descubierto Camus en el mito de Sísifo, y que al mismo tiempo es experimentado por el sentimiento y la inteligencia que suele presentarse de manera imprevista. Exactamente igual a esa emoción que nos sacude a la vuelta de una esquina o en la barra de un restaurante, cuando la emoción surge de lo cotidiano, que sin embargo brota de lo ignoto, profundo y espontáneo; eso que es tan parecido a un despertar espiritual, más allá del principio del placer o de la pulsión de muerte, cuando nuestra sola razón no logra hacer que el mundo sea transparente, cuando la vida se presenta más hostil y repugnante. Por eso, cuando la conciencia se encuentra atascada, busca dar un salto para alcanzar su liberación, un salto espiritual que vuelva a fundarla en otro plano. El hombre rebelde representa un plano superior en la conciencia de Camus, por eso dice que el suicidio es el tema más importante al que debe dar respuesta la filosofía, porque es el suicidio lo que plantea en su más justa y profunda dimensión el problema del absurdo y del sentido de la vida. Si en el mito de Sísifo el hombre se enfrenta al destino y a los dioses, ante la sociedad y el tiempo concreto de la existencia. Como en la película El sacrificio de Tarkovski, en donde la entrega del héroe y gracias a su fe, los hombres son capaces de cambiar el sentido completo de la historia. Es entonces cuando el héroe actúa como si efectivamente fuera capaz de cambiar el sentido del universo. En El hombre rebelde Camus propone que la actitud crítica debe ser permanente, previniendo, desde un punto de vista histórico y social, a las infaltables dictaduras que en nombre de la libertad se han erigido a lo largo del tiempo. El individuo se ha convertido en un ente solidario, es el tipo de héroe que encontramos en La peste, donde el pensamiento y la acción solidaria se expresa con gran fuerza ante el dolor y el sufrimiento humano que se desarrollan en una sociedad alienada e incluso enfrentada a muerte consigo misma. Si Dios, los partidos, la sociedad y las ideologías son injustos, el hombre rebelde debe ser capaz de enfrentarlos con su ingenio y creatividad para defender simple y sencillamente al hombre.

EL VERDADERO TIRANO

Después de alcanzar una posición exitosa, aparentemente humana y responsable con él mismo y con su sociedad, el héroe de La caída se da cuenta de que su vida ha terminado por convertirse en una farsa. Nos encontramos de nuevo con un Don Juan que, al final de todas sus aventuras amorosas, no encuentra más que vacío y soledad. Es un personaje que ahora tiene la certeza de que justamente le ha faltado echar mano de las virtudes y características del hombre rebelde para encontrarse otra vez con él mismo, sólo que esta vez en un plano superior y al mismo tiempo más profundo. Camus parece decir que el verdadero tirano es aquel que llevamos dentro, ése que nos impide vivir con autenticidad, que nos empantana para dar el salto que nuevamente le dé sentido y funde al ser, mediante una experiencia personal humanizada y solidaria.

Tal vez al final de su vida Camus se encontrara cerca de proponer una actitud desapegada y compasiva cercana a la de cierto príncipe hindú, que después de salir del sueño en el que se encontraba encerrado en un palacio salió a practicar, como el mismo Don Juan, una violentísima experiencia; sólo que el hindú lo hizo en el reino del ascetismo y de la búsqueda espiritual.

Hoy, como hace treinta y cinco años, suscribo junto a mis amigos que la obra de Albert Camus tiene una respuesta para el único problema filosófico realmente serio: el suicidio. Al igual que Sísifo –el más astuto e inteligente de los hombres, fundador de Corinto, embaucador de dioses y vencedor de Ades–, al igual que el hombre rebelde, ético y solidario con los hombres, pensamos que es preferible, que es necesario volver a empezar una y mil veces las tareas en el centro del absurdo, antes que dejarse someter por la melancolía o por un falso optimismo. Eso que nos han prometido como una forma de vida insustancial, gris y prosaica hasta el cansancio y hasta el fin de nuestra vida.

Por Antonio Valle
Publicado enInternacional
Lunes, 02 Noviembre 2009 11:49

Saramago: "No quiero salvar la humanidad"

Casi veinte años después de su polémico libro El evangelio según Jesucristo, el Premio Nobel de Literatura José Saramago ha vuelto a sacar las uñas para abordar una cuestión que nunca deja indiferente, la religión, en Caín, su más reciente novela.

La obra, que ya está a la venta en España, ha sido presentado hoy por el Premio Nobel en Madrid. Saramago defiende en Caín que "Dios no es de fiar" por mucho que sea una invención humana: "Hemos inventado a Dios a nuestra imagen y semejanza. Por eso es tan cruel", sostiene, informa Peio H. Riaño.

En la nueva novela, una ficción sobre Dios y los hombres, Saramago redime a Caín del asesinato de Abel y señala a Dios como "autor intelectual" al despreciar el sacrificio que Caín le había ofrecido.

Caín no fue escrita como un ejercicio de redención: "No quiero salvar la humanidad, suficiente tengo con salvar mi propia conciencia", ha asegurado el autor, que enmarca su literatura en el ámbito del "desasosiego".

Saramago y la Biblia

Pese a estar todavía caliente en las estanterías de las librerías españolas, la cabeza de Saramago sigue pergeñando ideas que, tarde o temprano, se acabarán trasladando al folio en blanco. Ya tiene en la cabeza el argumento de su próximo libro: la industria del armamento, quién fabrica las armas, quién trafica con ellas y quién muere. Hoy en día, "la vida humana no tiene ninguna importancia", sentencia el autor.

Mientras en España 'Caín' ocupa un sitio preeminente en las mesas de novedades, en Portugal se ha optado por colocar la novela junto al mayor best seller de la historia: la Biblia. Opción que a Saramago no le parece del todo mal: es posible que la gente compre ahora más biblias, lo que podría repercutir sobre el incremento en el número de creyente. Saramago salvando la fe católica.

Cabeza lúcida que en dos semanas se topará con su 87 cumpleaños, Saramago ya tiene ideas para la que será su próxima novela. No avanza título, aunque sí temática: las armas. El autor portugués está preparado para todo: "No busquéis hematomas, tengo la piel dura", ha avisado.

Contra Saramago

Saramago reconoció que no esperaba una reacción tan "violenta" de la Iglesia, teniendo en cuenta "que el libro se está distribuyendo a ahora y no han tenido tiempo para leerlo", alegó. Las críticas también le han llegado de los partido de extrema derecha.

"No sabía que eran tan bíblicos", reconoció el autor, para quien la lectura de libro es totalmente compatible con ser creyente.

"Con mi libro no estoy negando el derecho elemental a tener una creencia", explicó José Saramago, para quien el "Dios de compasión, es al mismo tiempo, un Dios de maldad".

Publicado enInternacional
El hombre de abundante cabellera blanca tiene un pañuelito de seda en el cuello y un traje gris que le confieren la fisonomía de un compadrito que ha sabido cultivar el coraje por los arrabales de la ciudad. Pero no es un porteño que peina canas y espera a un viejo amigo para tomar unos tragos. El hombre que está en el bar de una librería de Palermo es Oswaldo Reynoso, un clásico de la literatura peruana que ha semblanteado hasta las últimas consecuencias una Lima proletarizada, con “ese maldito olor a pescado podrido”, y hostil hasta la náusea. Aguijoneados por la sordidez y la injusticia, los pobres, los jóvenes y los viejos son cuerpos que gravitan en torno de la atracción y el temor hacia la homosexualidad.

El escritor peruano llegó a Buenos Aires, ciudad a la que le debe su formación como lector, para presentar En octubre no hay milagros (Ediciones El Andariego), novela publicada originalmente en 1965, descalificada por “obscena e inmoral”, que generó un escándalo mayúsculo en el ambiente literario peruano de la década del ’60. Las voces indignadas cacareaban: “eso” no era literatura. Cómo un escritor podía cometer la grosería de llamar a las cosas por su nombre y poner “conchaetumadre”; cómo se atrevía a concluir esa vertiginosa narración con una frase admisible en ese contexto de padecimientos: “La puta que lo parió”. Pero lo peor del asunto, lo que no le perdonaban, era que se mostrara a los jovencitos masturbándose en la escuela y se explicitara la homosexualidad del poderoso Don Manuel, el empresario golpista que conspira contra el gobierno de turno mientras se deleita con su joven mancebo, Tito.

“Reynoso, usted va a sufrir... no están preparados aún”, le dijo Martín Adán en el mítico bar Palermo después de leer el manuscrito de los cinco relatos que integran Los inocentes, publicado en 1961. Vapuleado por las mezquindades del establishment peruano, que no sólo se ensañó con su obra sino con su intimidad, Reynoso modula los recuerdos con la tranquilidad del veterano que ha ganado la batalla final con su obra. “El mejor crítico de la literatura es el tiempo y la persistencia de los lectores”, subraya a Página/12 con un tono sereno que por momentos declina en un susurro. Asociado con la bohemia y el alcohol, el escritor que ha dicho que el trago es sagrado porque “entramos en contacto con la divinidad del vegetal” pide un café y esboza una sonrisa como si adivinara los pensamientos de su interlocutora. “Si bien es cierto que han cambiado algunos ambientes y modas de la Lima de los años ’60, los problemas sociales se han agravado, y creo que esta crisis internacional está golpeando duro”, cuenta Reynoso. “Cuando se habla de la novela de un país, hay una mirada dirigida fundamentalmente a detectar si ese libro refleja o no una realidad social, política o económica. Este enfoque sociológico, hasta cierto punto necesario, me parece un error –aclara–. Si se trata de reflejar la realidad social y política, el escritor debe escribir un ensayo. Yo considero que la novela es una expresión artística, un objeto artístico hecho con trabajo. De manera que la atención tiene que estar puesta en el logro estético de la obra. Este enfoque sociológico de los estudiosos europeos y norteamericanos es un menosprecio hacia la obra.”

Don Manuel, dueño y señor del país amparado en su impunidad para manejar los resortes del poder, rescata a su joven de la calle; lo compra a Tito y a su madre. Pero el joven se rebela. “Tito fue comprendiendo que Don Manuel lo usaba como un jabón, como un whisky: entonces, comenzó a odiarlo –revela el narrador de En octubre no hay milagros–. Ya no quiso nada con él: lo rechazaba con asco. Don Manuel, acostumbrado a tomar y a dejar lo que le viniera en gana, al sentir la resistencia de ese zambito engreído, entró en cólera: quiso botarlo de su casa sin ropa, sin plata; pensó ordenar a sus abogados que le quitaran, de inmediato, el departamento y le suspendieran, al instante, la pensión a la madre del malagradecido. Pero su voluminoso cuerpo ansiaba, necesitaba, el reposo y la delicia que le brindaba la limpia y fresca juventud de Tito. Si había derrocado presidentes de la república, lo de menos sería quebrar la voluntad de su indispensable Tito.” La novela transcurre en Lima, de las 8 de la mañana a las 9.22 de la noche, el día del Señor de los Milagros, la multitudinaria peregrinación que congrega al pueblo peruano. Lejos de la atmósfera religiosa, lo que impera es la represión de las manifestaciones, las bombas lacrimógenas, la policía montada que arremete con sable. A punto de ser desalojado con su esposa y sus tres hijos, don Lucho no tiene paz. Desde temprano patea la ciudad en busca de una nueva casa. “No estoy en condición de pagar un alquiler por encima de los mil, ni puedo llevar a mi familia a una barriada ni a un barrio de maleantes”, se queja don Lucho. Reynoso muestras las vísceras, interpelando al lector. “Y así como a don Lucho, mañana, a ti, también, pueden sacarte los muebles a la calle. Será como abrirte el estómago y dejar, a la mirada pública, tus intestinos: lo más íntimo que tienes”.

“En lo que se refiere a mis creaciones, me movilizo en dos líneas: lo ético y lo estético. No puede haber ética sin estética, no puede haber estética sin ética”, plantea Reynoso. “No me considero un escritor, yo soy un creador. La diferencia entre un escritor y un creador está en que el escritor domina algunas técnicas de escritura que le permiten poder escribir cuentos, novelas, poemas, ensayos y obras de teatro. Octavio Paz decía que un hombre culto puede escribir un buen poema, pero no es poeta. Partiendo de esta idea, mi misión es hacer una obra de arte guiado por unas pulsaciones internas. Uno escribe para saber qué es lo que impulsa tu escritura. La literatura es una búsqueda de los ritmos de esas pulsaciones”, precisa el escritor.

–¿Por qué mantiene esa ética marxista?

–Sigo siendo marxista fundamentalmente porque veo todos los días que hay clases sociales, aunque los medios de comunicación ya no hablen de clases sino de sectores o de la gente. Soy marxista porque creo que la solución para la supervivencia del ser humano en la Tierra ya no es el capitalismo. El hombre se encamina de alguna o de otra forma hacia la constitución de un estado socialista con libertad y respeto. Los experimentos anteriores en China y en la ex Unión Soviética han sido experiencias equivocadas, pero estoy convencido de que en los seres humanos subsiste todavía la idea de que la sobrevivencia para la especie es alcanzar un estado socialista.

–¿Pero cómo hizo para superar el desencanto de esos fracasos?

–Yo nunca me desencanté porque siempre consideré que eran experiencias que podían resultar o no. La caída del muro o la destrucción de un camino socialista a través del modelo neoliberal no significa en absoluto una derrota definitiva de las ideas socialistas o marxistas.

A falta de alcohol para ahogar la timidez, la mirada de Reynoso se fuga por las paredes de la librería hacia la conservadora sociedad peruana de los años ’60 que no estaba preparada para aceptar su transgresora propuesta. El lenguaje se agita como un animal salvaje; el argot callejero estalla con una potencia lírica que estremece. Cuando se publicaron los cuentos de Los inocentes, José María Arguedas destacó que Reynoso había creado un estilo nuevo: “La jerga popular y la alta poesía reforzándose, iluminándose”. El escritor señala que a pesar de que muchos escritores decían que eran de izquierda fueron conservadores en la vida y en la literatura. “Los escritores peruanos eran muy pudorosos. Presentaban personajes populares y describían sus vidas, pero en el momento en que los hacían hablar parecía que el autor estuviera hablando y no el personaje. Había un desprecio por la lengua popular y los diálogos eran muy pobres”, recuerda el escritor. “Cuando escribían un relato de niños o de jóvenes muy pobres, la palabra más fuerte que aparecía era ‘¡caray!’. O cuando un muchacho le pegaba a otro, éste le decía ‘por favor, no me friegues el forro de los bolsillos’. Yo que andaba mucho por los bares me daba cuenta de que la gente no hablaba de esa manera. En mis cuentos y en mi novela, los personajes se expresan en el español peruano popular.”

–Exceptuando el poema del final, la frase de la novela es una gran puteada.

–Claro, es una gran puteada. No iba a decir “váyanse, no molesten...”. No quedaba otra expresión que decir “la puta que lo parió” por todo lo que ha pasado. Cuando aparecieron mis libros, la crítica fue muy dura conmigo por el lenguaje, porque ponía las malas palabras completas, sin los puntos suspensivos como hacían antes. Pero además se decía que la literatura tenía que hacerse con palabras finas, no podían concebir que se utilizaran palabras groseras, eso no era literatura. La otra crítica que recibí fue de carácter moral; decían que yo promovía abiertamente la masturbación y una sexualidad perversa, y que mis obras eran pornográficas. Recuerdo que en mis clases de biología y anatomía en la escuela secundaria se detenían en el ombligo y continuaban en las rodillas (risas).

–Hoy causa mucha gracia, pero debe haber sido muy molesto, sobre todo para un joven escritor.

–Esa crítica oficial no solamente se ensañó conmigo, sino que se metieron en mi vida, a tal extremo de dirigir una carta al ministro de Educación para que se me quitara el título y se me prohibiera el ingreso a la universidad. Algunos escritores referentes del Perú en los años ’60, como Arguedas, salieron en defensa del libro; el mismo (Mario) Vargas Llosa publicó un artículo. Aunque estaba muy disgustado porque se habían metido con mi vida privada, sabía que la crítica literaria no iba a modificar mi voluntad de escribir. De ninguna manera la crítica puede ser tan poderosa para cortar una vocación.

Una anécdota confirma la guapeza literaria de Reynoso. Cuando presentó Los inocentes en el bar Palermo, que aparece en la novela, había estudiantes, profesores y obreros. A las doce de la noche, en pleno hervor de las cervezas, algunos cantaban; otros guitarreaban. Un gran escritor peruano, Eleodor Vargas Vicuña, se paró sobre una mesa y habló de todo. La multitud festejaba. “Luego me tocó a mí, agarré el libro y dije: ‘Lo único que puedo decir esta noche es que me cago en los críticos literarios sin ninguna excepción’.”

–¿Con esa declaración de principios contra los críticos entró por la puerta de servicio del canon de la literatura peruana?

–Sí, me decían que era un escritor marginal. Pero hoy mis libros se leen en las escuelas secundarias. Soy una especie de best seller clandestino del Perú; después de tanto tiempo, mis libros se siguen vendiendo, aunque no salgan en las listas de los más vendidos. Todo esto demuestra que esos fueron aspectos circunstanciales, que lo que queda es la esencia. La literatura está por encima de lo circunstancial.

–¿De dónde viene esa prosa poética tan agitada, vertiginosa, pero al mismo tiempo honda y luminosa?

–No lo sé. Cuando escribo soy una especie de sonámbulo (risas), escribo lo que siento. Tengo 78 años y la memoria se está convirtiendo en una especie de recuerdo muy lejano; meto a Proust en lo que escribo, pero llega un momento en que ya no me sirve. Ahora estoy escribiendo y me aparece un videoclip: la música como columna vertebral con imágenes que giran.

Por Silvina Friera

Publicado enInternacional
La escritora rumano-alemana Herta Müller es la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2009, comunicó hoy la Academia Sueca. El nombre de Müller es una habitual entre los aspirantes a ganar este galardón, dotado con diez millones de coronas suecas (980.000 euros o 1,4 millones de dólares).

Müller se ha declarado sorprendida por el galardón y ha dicho que de momento se ha quedado sin habla aunque espera recuperarla a más tardar el 10 de diciembre, cuando sea la premiación en Estocolmo. "Estoy sorprendida y todavía no me lo puedo creer. De momento no puedo decir más", ha dicho la escritora en una primera reacción difundida por su editorial alemana Hanser.

El director de la editorial Hanser -el editor, ensayista y poeta Michael Krüger- ha dicho, por su parte, que con Herta Müller había sido premiada una autora que "veinte años después del fin de la guerra fría insiste en mantener el recuerdo del lado inhumano del comunismo".

"Su gran trabajo de duelo literario es un ejemplo impresionante de una literatura europea comprometida que, con agudeza analítica y precisión poética, hace presente nuestra historia", ha agregado Krüger.

La obra de Müller encarna en buena parte el destino de las minorías alemanas en los países del centro de Europa que, tras el fin de la II Guerra Mundial, en muchas ocasiones tuvieron que pagar por partida doble las culpas del nacionalsocialismo.

En castellano tiene traducidas tan sólo cuatro de las 19 novelas que ha escrito: En Tierras Bajas (Niederungen), Siruela, 1990; El hombre es un gran faisán en el mundo (Der Mensch ist ein grosser Fasan auf der Welt), Siruela, 1992; La piel del zorro (Der Fuchs war damals schon ein Jäger), Plaza&Janés, 1996; y La bestia del corazón (Herztier), Mondadori, 1997.

La escritora, que vive en Berlín desde 1987, nació en una familia de la minoría alemana en Rumania -a la que pertenecieron otros escritores emblemáticos alemanes como Paul Celan u Oska Pastior- y desde muy pronto trató de tender puentes entre las dos culturas a las que pertenecía.
Filologías germánica y rumana

Herta Müller estudió filología germánica y filología rumana simultáneamente, tratando de profundizar los conocimientos a las dos literaturas a las que se sentía perteneciente.

Con la Rumania oficial, regida por el dictador Nicolai Ceacescu, entró en conflicto muy pronto al ser despedida de su primer trabajo, como traductora en una fábrica de máquinas, por negarse a colaborar con la Securitate, el servicio secreto de la Rumania comunista.

Su primer libro, Niederungen (En tierras bajas, Siruela), también fue motivo de conflicto. El manuscrito reposó durante cuatro años en la editorial antes de que finalmente pudiese publicarse, en 1982, con recortes impuestos por la censura rumana.

Dos años después, la versión original del libro apareció en Alemania, ante lo que las autoridades rumanas reaccionaron imponiéndole a Herta Müller la prohibición de publicar.

En Alemania, en cambio, Niederungen le valió un reconocimiento literario inmediato y la novela recibió el premio Aspekte, al mejor debut en lengua alemana del año.
La mirada de un niño

En ese libro, compuesta de una larga narración de unas ochenta páginas y de otras narraciones breves, Müller enfoca, con la mirada de un niño, la vida de un pueblo alemán perdido en Rumania.

Se trata de un pueblo venido a menos tanto en lo económico como en lo moral.

"No soportamos a los demás ni nos soportamos a nosotros mismos y los otros tampoco nos soportan", dice en algún momento la voz de la niña que narra la historia.

La historia que cuenta Herta Müller en Niederungen es, en buena parte, una historia de represión permanente y de incomunicación que empieza por la vida familiar y sigue con las relaciones de los individuos con el estado.

Las descripciones cotidianas se mezclan con historias tomadas de supersticiones populares y con leyendas lo que hizo que en su momento la forma de hacer literatura recordará al crítico Friedrich Christian Delius los recursos utilizados por el mexicano Juan Rulfo en Pedro Páramo.

Niederungen había acabado con las posibilidades de Herta Müller de hacer carrera literaria en Rumania pero le había abierto a la vez todas las puertas en Alemania.

Instalada en Berlín

En 1987 la escritoria logró abandonar Rumania y se instaló en Berlín, donde vive y trabaja desde entonces. La Rumania de Ceacescu - y el destino de la minoría alemana allí- es el tema de buena parte de sus obras.

En Der Mensch ist ein groses Fasan auf der Welt (El ser humano es un gran faisán en el mundo) aborda el destino de una familia alemana que espera con ansiedad la autorización para abandonar Rumania.

En otra novela, Atemschaukel, se cuenta la historia de una mujer joven, casi una niña, que después de la guerra es llevada por los rusos para ayudar en un campo de trabajo a la reconstrucción de la Unión Soviética en un destino que compartieron muchos miembros de la minoría alemana.

Sin embargo, lo que resalta en las obras de Herta Müller no es tanto el trasfondo histórico como la agudeza para percibir detalles y sentimientos cotidianos. En Atemschaukel, por ejemplo, hay un capítulo dedicado a describir la sensación de hambre.

En 2009, Atemschaukel forma parte de las seis finalistas al Deutscher Buchpreis, el premio a la mejor novela en lengua alemana del año.

AGENCIAS - 08/10/2009 12:59
Publicado enInternacional
Ella dice que no, pero a Isabel Allende le sigue doliendo su último libro. Aunque sea un poco. Ese poco que justifica la tisana caliente con la que calma sus entrañas en lo que a simple vista es una agradable mañana de verano en Sausalito, California (Estados Unidos). La razón de su dolor tiene título: La isla bajo el mar, su última obra. "Me enfermé del estómago. Fue brutal. Estuve mal casi dos años y no me sabían decir de qué. Hasta que terminé de escribir el libro, y ahora estoy sana como un peral", afirma esta chilena menuda de 66 años. Es autora de 19 libros y ha vendido más de 51 millones de ejemplares en 27 idiomas (además de esas otras ediciones piratas que sabe que existen aunque no tiene ni una copia). Pero escribir todavía duele. "La isla bajo el mar es sin duda el libro más doloroso que he escrito nunca. Paula fue doloroso, pero en otro sentido. También fue una terapia, una redención", afirma de la obra que dedicó a su hija muerta. "Pero aquí no hay redención. La esclavitud no tiene redención. Y sigue sin tenerla porque en la actualidad hay millones de mujeres que siguen siendo esclavas". La isla bajo el mar es Guinea, es ese lugar con el que los esclavos soñaban cuando les sacaban hasta la sangre en las colonias, ese paraíso donde al menos sus espíritus encontraban la paz tras la brutalidad con la que se veían acortadas sus vidas. También es la evocación que hace soportable la vida de Zarité, la protagonista de la última novela de Allende, una joven esclava del Congo que nos hará ver el Saint Domingue de 1770 a 1793, antes de ser Haití o República Dominicana, y el Nueva Orleans de principios del siglo XIX. "Lo que allí pasó en esos años fue para enfermar al más sano", agrega con otro sorbo de manzanilla antes de hacerse ella misma la pregunta sobre qué se le había perdido en ese momento de la historia, en esos parajes, para dedicarle dos años de su vida. Nada o todo. Así son las novelas de Isabel Allende. Semillas que están en ella y que un día, no sabe cómo, florecen. "No me acuerdo si fue durmiendo o recién despertada, pero un día tuve un sueño muy poderoso donde vi a Zarité. Así, como está descrita en el libro, alta, segura. Y ya no la tuve que inventar", recuerda de ese momento de inspiración del que nació un personaje que en su opinión no tiene nada que ver con ella.

Rascando más hondo es fácil dar con el momento en el que la semilla de La isla bajo el mar fue plantada en el seno de la escritora chilena. Data de la investigación que hizo para El Zorro (2005). Fue entonces cuando descubrió la existencia de esa Nueva Orleans de principios del XIX donde existía una clase media negra, libre y educada, fruto de la llegada de los más de 10.000 exilados que salieron huyendo de la revolución de Haití, "un colectivo que incluía a las familias blancas, sus concubinas de color y los hijos de sangre mezclada". El tema, obviamente, se quedó con ella. "Te hace entender todo el odio y el resentimiento racial que existe en este país", afirma de ese Estados Unidos al que mudó su residencia en 1988 y donde tiene su hogar. Y en cuanto a que Isabel Allende, sobrina del asesinado presidente de Chile Salvador Allende, nacida en Lima en 1942, que se exilió en 1975 a Venezuela, periodista, feminista y una de las escritoras más populares en español de las últimas décadas, no se parece a Zarité, habría mucho que hablar. Menciona la palabra libertad y sus ojos se iluminan. "Tienes razón. Me parezco a ella en esa búsqueda de la libertad que siempre me ha motivado. Mi obsesión desde pequeña con ser independiente, que nadie me mandara, que nadie me pagara la cuenta en el restaurante, que nadie me pregunte dónde he estado", deja salir de su estómago liberando lo que queda del libro en su interior.

Isabel Allende encontró la libertad en sus libros. Primero en esos que leyó de chica, cuentos de hadas, clásicos rusos o, por siempre, las obras completas de Shakespeare. "Las leí incluso cuando no podía entenderlas, cuando para mí no eran más que historias de amor", se deleita. Henri Troyat y su Mientras la tierra exista le hizo pensar que quería escribir. Pero fue bastantes años más tarde y cuando no sabía muy bien qué hacer con su vida cuando encontró su propia voz. "La literatura me dio esa voz que se va profundizando o afianzando con cada libro. Puedo decir con certeza que mi vida cambió con La casa de los espíritus. Sin su éxito completamente milagroso nunca sería escritora. Antes me sentía muy frustrada, atrapada en un destino mediocre. Pero La casa de los espíritus me dio la oportunidad de escribir y con cada libro encuentro un universo nuevo, un sitio donde me siento cómoda", afirma cual declaración de independencia de ese momento en el que se separó para siempre de la sociedad "católica, conservadora, patriarcal y cerrada" en la que se crió.

La isla bajo el mar también acerca a la escritora una vez más a ese mundo espiritual que tanto le interesa. O le intriga. Aquí es el vudú, las loas. En La casa de los espíritus fue esa carta que se puso a escribir a su abuelo moribundo la que instigó el cambio. En Paula, su hija, fallecida en 1992 víctima de un ataque de porfiria. "En mis libros hay una presencia de la muerte muy fuerte porque soy de la opinión de que el mundo es más de lo que vemos. Se muere mi hija y no puedo creer que se muera todo. No hablo de religión ni de fantasmas pero, como dice mi madre, la inteligencia es ser capaz de ver las cosas detrás del espejo", intenta explicar de ese otro hilo de conexión que enlaza su obra. Libertad, espiritualidad y maternidad. Ésa es la tercera constante que se repite con Allende y a mucha honra porque, como la escritora no se cansa de repetir, sus logros no son sus libros sino el amor que comparte con los suyos. "Para mí la maternidad es muy importante. Soy madre, abuela, suegra, hija y matriarca", asegura en esa oficina que comparte con su segundo marido, el abogado y ahora también escritor William Gordon, rodeada de las diferentes ediciones de sus libros así como de las fotografías de todos aquellos que significan algo en su vida.

Se trata de una oficina excesivamente ordenada, como quien dice para las visitas, aunque Allende recibe más bien pocas. Hasta la llegada del verano la escritora se encierra en esa caseta junto a la piscina que reserva para escribir en su casa de San Rafael (Estados Unidos). Una hibernación literaria que empieza como un reloj cada 8 de enero. "El 7 saco todo lo que tiene que ver con el libro anterior para que no me contamine y me encierro con el nuevo", dice de unas jornadas en ocasiones de hasta 12 horas desde que su perra Olivia la despierta temprano ("a las 6.30 ya estamos en pie") hasta que su esposo la llama para cenar y disfrutar juntos del atardecer y un vaso de vino. A veces ni eso. "Si Willie tiene algún programa, me dan las 12. Uno ya no tiene vida", suspira. Es un proceso metódico y donde sólo conviven con la escritora su ordenador, el diccionario de sinónimos, el de inglés-castellano para evitar los anglicismos propios de alguien que lleva tanto tiempo en Estados Unidos y el silencio. Con mayúsculas. Un extraño silencio que no acepta el sonido de una radio ni una nota de música, pero es inmune al ruido que puedan hacer sus nietos en la piscina. Ése hasta le gusta para escribir. También invita a su retiro al resultado de toda la investigación que ha ido recopilando sobre su futuro libro, un proceso de dos años que en esta ocasión incluyó la obra de Alejo Carpentier y la de Madison Smartt Bell, Toussaint-Louverture: A Biography. Siempre prefiere buscar sus referencias históricas en otras novelas más que en libros de texto o buscadores de Internet. "Una información más orgánica", dice. Y lo suyo sigue siendo las anotaciones y los subrayados. Nada de complicarse la vida con tecnologías más modernas. La domina la misma razón que la frena a la hora de escribir en inglés. "La ficción ocurre en el vientre y si lo proceso demasiado se me pone duro", afirma, como si no supiéramos todavía que Allende escribe desde sus entrañas.

Eso no evita las críticas. Los que la descalifican por ser demasiado popular. O esos otros que ni la llaman escritora y prefieren el término de "escribidora". La autora no pierde el tiempo con esas críticas, segura de que no pueden acabar con su marcado sentido de la independencia. "Por eso he sido tan feliz en California. Porque a nadie le importa un pepino lo que haga", se explaya, alejada de las críticas más sarnosas. Le alegra haber escrito de todo, "ficción, infantil, memorias; cada libro es un experimento", y sabe sus limitaciones. "Me costaría mucho escribir la historia de una señora de un suburbio de Chicago", reconoce. Lo suyo, admite, es mágico. Como la realidad. No confundir con un tipo de literatura. "Lo del realismo mágico era antes. Ahora no sé hacia dónde estamos evolucionando, pero sí sé que existe una generación urbana de escritores que se reencuentra. La de Gabriel García Márquez no era urbana", perfila de las nuevas voces de la literatura latinoamericana influidas por lo visual y por lo inmediato.

Para Allende, los años de profesión no hacen el proceso más fácil. Quizá si siempre hiciera lo mismo. Pero cada libro tiene sus necesidades. Y hay que encontrar esa voz que a veces no aparece. Como tras la muerte de su hija, que no pudo escribir durante tres años. O cuando empezó esa otra novela, una historia que transcurría en la Segunda Guerra Mundial y en los años de la resistencia española mezclada con los recuerdos de su madre. "No pude dar con el tono", se lamenta del reciente fracaso. En ese momento, todo a la papelera y a empezar de nuevo. "Si no lo boto de la computadora tendré la tentación de reutilizarlo y nunca queda bien". La edad tampoco facilita las cosas. "A mi edad la gente se jubila", dice con un mohín, aunque no suena muy convencida de que ése sea su futuro. De momento piensa bajar el ritmo. En lugar de un libro por año, uno cada dos para tener más tiempo para su familia. Pero abandonar la literatura, nunca. "Hay algo maravilloso en el lenguaje. ¡Cómo nos vamos a comunicar tan sólo por mensajes de texto!", se rebela de un medio en el que encuentra su nirvana. Menos cuando duele. Pero eso es pasajero. "Cada novela se queda conmigo hasta el próximo libro. Y luego, chao pescao".

Por ROCÍO AYUSO 05/09/2009
Publicado enInternacional