La literatura colombiana sobresale en este momento a raíz de varios premios otorgados a escritores (novelistas y poetas) de reconocido talento estético.

Este año ha sido pródigo en galardones para Colombia. William Ospina ganó el Premio Rómulo Gallego con su novela El país de la canela; Evelio Rosero Diago recibió un premio internacional, The Independent, por su novela Los Ejércitos; Juan Manuel Roca es Premio de Poesía Casa de América por su obra Biblia de pobres; y Ángela Becerra, con su obra Ella que todo lo tuvo, recibió el Premio Planeta Casa América en México.

En todos estos galardones, varios colombianos fueron finalistas. Roberto Burgos Cantor, con La ceiba de la memoria (Rómulo Gallegos); Víctor Paz Otero con Bolívar. Delirio y pasión (Rómulo Gallegos); Juan Gabriel Vásquez, con Los informantes (The Independent).


Verdadera efervescencia literaria


Evelio Rosero Diago construye en Los ejércitos una narración en que el autor refleja la crudeza de esa guerra donde hay varios ejércitos que cercan a la gente común y corriente. Se trata de una de las más innovadoras revisiones en torno del tema de la violencia.

Biblia de pobres es un poemario acerca de los orillados, los desplazados, los mendigos, los desaparecidos, los masacrados, los falsos positivos, en el cual Roca hace una analogía con los grabados de la Biblia Pauperum sin el carácter religioso, mas sí con el pagano. El libro de Roca no le da la espalda a la guerra y la violencia: es un libro un tanto áspero en esa visión. Por su parte, con El país de la canela, Ospina retrata la conquista violenta del continente americano por los españoles.

Estas novelas y poemarios indican que en Colombia hay una literatura viva, con gente que escribe y que publica. Los premios son sólo un signo, una expresión de algo que es mucho más grande, con gran calado y de mayor hondura en nuestra cultura. Al profundizar en el tema, los críticos literarios identifican escritores agrupándolos a partir de ciertos cánones que los articulan en sus metáforas, metonimias y tropos. Se identifican románticos, centenaristas, cuadernícolas, costumbristas, desencantados, piedracielistas, modernos, dadaístas, nadaístas, posmodernos y mutantes.

O. Media Rivera (1) propone caracterizar a los novelistas colombianos de este principio de siglo como la Generación mutante, una especie de hibridación de géneros, mixtura de códigos culturales que han sido aprehendidos y superación de los límites clásicos de lo que es la literatura y de lo que no es. Son lo que en el argot juvenil estudiantil de clase media se conoce como “nerds chéveres”, o sea, aquellos estudiantes buenos, interesados por múltiples campos intelectuales que incluían las matemáticas, las ciencias biológicas, la filosofía y la literatura universal, pero que, a la vez, eran excelentes jugadores de fútbol, basquetbol, béisbol, ajedrez, cartas, así como bailarines de salsa y de disco al estilo travolta.

Estas características se reflejan hoy en esta generación de escritores que tienen uno o más títulos universitarios de campos humanísticos y tecnocientíficos, y asimismo son jugadores activos de ajedrez y en general nunca han padecido el síndrome de “escritores malditos”.
 
Son mutantes Juan Diego Media, Julio César Londoño, Rigoberto Gil Montoya, Santiago Gamboa, Jorge Franco, Octavio Escobar Giraldo, Philip Potdevin, H. Abad Faciolince, Laura Restrepo, Piedad Bonnett, Pedro Badrán, Dora Mejía, Ángela Becerra, E. Rosero Diago, William Ospina, J.M. Roca, Darío Jaramillo, Elkin Restrepo, Rafael Chaparro, Enrique Serrano, Mario Mendoza, Fernando Quiroz, Juan Carlos Botero, Roberto Burgos Cantor, Víctor Paz, Gonzalo Mallarino, Fernando Rendón, Julio Paredes, Efraín Medina, Rigoberto Gil Montoya, Eduardo García Aguilar, Juan Gabriel Vásquez, Boris Salazar, Cecilia Caicedo, Gustavo Colorado, Fernando Macías, Fernando Vallejo, Guimar Cuesta, Marco Antonio Valencia, Horacio Benavides, Alonso Sánchez, Harold Alvarado Tenorio, Mario Rivero, Giovanni Quessep, Héctor Escobar Gutiérrez, Hernando López Yépez, Dora Castellanos, Conrado Zuluaga, Mauricio Gamboa, David Jiménez, Jaime Alberto Veles, Juan Carlos Moyano, Óscar Torres, Fernando Herrera, Rómulo Bustos, Marta Patricia Mesa, José Raúl Jaramillo, Amparo Romero, Enrique Serrano y otros.

La Generación mutante retoma temas capitales, desde muchas sensibilidades y voces, consagrando su energía a la escritura, sabiendo que en Colombia, como lo expresa Ospina, hoy todavía vivimos el sabor del descubrimiento por muchas razones distintas, una de las cuales es la guerra; otra, la fragmentación del territorio por falta de una presencia verdadera del Estado.

Este núcleo de nuevos escritores actúa asumiendo que la literatura es capaz de narrar, en ocasiones dramáticamente, la ambigüedad propia de un “mundo interpretado”, un mundo que muda velozmente y acerca del cual realizamos múltiples redescripciones. Sabiendo que el principal instrumento de cambio cultural es el talento de hablar en forma diferente respecto del mundo y sus instituciones, más que el talento de argumentar bien. Sabiendo además que el lenguaje y la cultura no son más que una contingencia, en expresión de Rorty, el resultado de miles de pequeñas mutaciones (2). Y sabiendo que el cambio de juegos de lenguaje y de otras prácticas sociales puede producir seres humanos de una especie que antes nunca había existido.

Con la Generación mutante, la literatura contribuye en esta cultura a la ampliación de nuestra capacidad de imaginación moral, porque nos hace más sensibles en la medida en que profundizamos nuestra comprensión de las diferencias entre las personas y la diversidad de las personas. Es la literatura, en la pulsión mutante, lo que hoy promueve un sentido genuino de solidaridad humana, pues la razón literaria, en la medida en que es una razón estética, es una razón sensible al sufrimiento del otro.

Con la Generación mutante estamos entendiendo que sin una imaginación literaria no es posible conmoverse ante el mal. La educación sentimental y literaria busca constituir individuos capaces de indignarse ante el horror que produce una masacre, una desaparición, un desplazamiento, un falso positivo, la venalidad de los políticos.

En la Generación mutante es posible entender que la fuente original del lenguaje y del conocimiento no está en la lógica sino en la imaginación, en la capacidad radical e innovadora que tiene la mente humana de crear metáforas, enigmas y modelos. Por eso, las convicciones más profundas son el resultado de un logro poético y creador del pasado.

Acercarse a la obra de la Generación mutante y difundirla bien puede ser un formidable emprendimiento que convoque la voluntad popular y democrática de los colombianos, en un proyecto que tenga una referencia asentada en la realidad cotidiana, por encima de la mezquina manipulación de los dueños ocasionales de un decadente y excluyente poder político.
Publicado enEdición 147