A los cincuenta años –y contando– de publicación y éxito inmediato de “Cien años de soledad”

¿Cómo podría uno imaginarse el mundo en 1967?

 

La revolución cubana no tenía diez años y al año siguiente un oscuro escritor de la isla generaría un cisma entre el boom de escritores latinoamericanos respecto a la libertad de expresión en Cuba.

Estos autores agrupados por el prestigio y las facilidades de viajar, más la última edad de oro de una excelente relación entre periódicos y editoriales, los había beneficiado. Al repasar la biografía de Gabo de Gerald Martin uno encuentra que el año 67 fue de viajes y comentarios y asombros entre colegas por la magia del libro. Fue el año de la guerra de los Seis Días, el 5 de junio; también fue el momento en que ése escritor colombiano –nunca profeta en su tierra– recibiría en agosto, en el teatro del Instituto Luca de Tella, una ovación que según el testigo presencial y gran escritor Tomás Eloy Martínez describió como “que la fama bajaba del cielo, envuelta en un deslumbrador aleteo de sábanas, como Remedios la bella y dejaba caer sobre García Márquez uno de esos vientos de luz que son inmunes a los estragos de los años”.

En efecto, la fama lo cubrió y el escritor estuvo totalmente preparado y al mismo tiempo todo lo contrario, para recibirla. En la revista Visión de México afirmo que todo libro terminado es un león muerto, recordando al amado Hemingway.

El glorioso y envenenado final de la Segunda Guerra Mundial y las bombas de Estados Unidos sobre Japón eran apenas trece años anteriores a la revolución cubana y a la inminente crisis de los misiles. Gabo era Nasserista. Me lo refirió personalmente en México en 2003. Gamal Abdel Nasser líder egipcio había propuesto una liga de naciones no alineadas con los dos enemigos de la Guerra Fría: capitalismo y comunismo. Esa liga de países llamados así los No Alineados prestarían un servicio enorme a la causa mundial de la paz disminuyendo la toxicidad que para América Latina tenía la tal Guerra Fría y sus consecuencias en el subcontinente: la invasión a Cuba, el asesinato de J.F. Kennedy y el ascenso de Allende al poder en Chile en 1970. La denuncia del escritor cubano Padilla sobre la situación dictatorial de Castro con los escritores partió el Boom. Gabo y Cortázar se pusieron del lado de la revolución cubana y el resto gradualmente en contra. El libro de Vargas Llosa sobre Gabo Historia de un deicidio se dejó de imprimir por orden del autor y así se termina la década del sesenta.

Faltaban años para destapar los secretos de Estados Unidos, del informe Hersch sobre los daños horripilantes de las bombas atómicas sobre Japón y la perdida de una bomba de hidrógeno en el mar del Norte. No sobra referir que Gabo le había hecho un reportaje en los cincuenta el padre Arrupe, sacerdote jesuita vasco, papa negro, y quien por razón de sus menesteres estaba en Hiroshima el año de la bomba.

Asturias dijo que “cien años” era un plagio de una novela de Balzac por las reminiscencias alquímicas, Neruda dijo que era el Quijote de América y una novela de Caballería y Borges en privado, con sorna, comentaba , como lo hizo conmigo en el 80, en Buenos Aires, que le gustaban más los primeros cincuenta años. El –hasta ese momento– íntimo amigo y compatriota de Gabo, Plinio Mendoza, publicaría una novela premiada por la editorial Plaza y Janés, Años de Fuga y de su desvaído recuerdo queda que era sobre Camilo, el comienzo de la guerrilla del Eln y los pasos santandereanos y caraqueños de todos ellos.

Pero Gabo no había quedado tranquilo: quería escribir La novela sobre los dictadores latinoamericanos. Y se fue a Barcelona y se puso en la tarea. Era una larga epopeya sin puntuación que sólo terminaría en el 75 y de la que hablaba interminablemente con Fidel en la casa que la Revolución le había adjudicado. Eran los años de las continuadas luchas anticoloniales en Africa de las que Gabo había escrito crónicas precisas y en las que el Che había participado como parte de su lucha foquista “uno y muchos Vietnam” que lo llevarían a la muerte en Bolivia en octubre de 1967.

Cien años de soledad, pues, se transforma en menos de dos años en la piedra de toque de la política continental, de los avatares de la Guerra Fría, de las incógnitas de ésa aldea feliz e infeliz llamada Macondo y en fundamento del alegato anti inventos y progreso más sibilino y cáustico de un escritor. Con el antecedente de Faulkner Primero debe ser la solidaridad y luego el progreso. Se abre así un utopía tan lejana como la aldea traducida y recreada por una pléyade de traductores a todas las lenguas del mundo, para que lo aspavientos de Melquíades fueran escuchados y lamentados en todo el planeta. Se habría de embarcar (1971) en la aventura periodística de la Revista Alternativa. Jorge Villegas la diseñó desde las luchas populares y la habilidad investigativa con Gabo y al poco tiempo se retiró; lo siguieron acompañando los niños bien (hijos de la élite liberal y primos lejanos) que estaban aprendiendo cosas como locos y algunos periodistas sindicalistas.

 

¿Y de la obra en sí misma, qué? El núcleo de los sucesos de las Bananeras

 

Algunos lectores de las Tesis de filosofía de la historia de Walter Benjamin, hemos encontrado que “Cien años” es una enorme metáfora de la fortaleza de la literatura al no permitir que la verdad de la historia sea explicada por triunfalismos infantiles o luchas partidistas materialistas. El olvido, esa peste, y el insomnio ese mal de no poder soñar, van envolviendo a los Buendía en una nube ya no de fama sino de olvido. Y el vendaval propio del Caribe arrasará a los pueblos y de sus historias quedará tan sólo una resiliencia común a la del huracán de New Orleans de 2006 y común a la metáfora de La Tempestad de Shakespeare aplicada a la isla de Cuba, como lúcidamente lo enunció Fernández Retamar en los setentas (Ver Philip, pág. 8).

El tren de las alegrías y las calamidades de Macondo, definido como una cocina que arrastraba a un pueblo, será el punctum de las relaciones de producción en la Colombia de la United Fruit Company.

Las relaciones entre la Compañía y el Gobierno, las visitas reales de María Cano a la zona bananera, los dolorosos eventos del 6 y 7 de diciembre de 1928 y la condición de empleado de la Compañía del abuelo de Gabo, harán, con el huracán del 27, año de nacimiento del escritor y fuente de la crisis de la United por los tropiezos para cumplir los compromisos de suministro de la fruta, como lo narra la historiadora Catherin Legrand, todo lo anterior culminará con el viaje mortuorio de los cadáveres de los masacrados para ser echados al mar. La imagen dialéctica benjaminiana se cumple a cabalidad: Aureliano Segundo, el que recuerda, no lo hace mediante palabras, lo hace con sus pasos, recorriendo los vagones del tren que ha equivocado su carga, que ya no lleva los frutos de la tierra y el trabajo sino los frutos de la muerte, los cadáveres de la masacre. A contrapelo del sentido del tren finalmente este Aureliano se arroja del mismo y busca una lucecita de vela en la madrugada. Allí afirma que los muertos eran más de tres mil y la señora que le brinda una taza de café lo refuta: “desde los tiempos de tu tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo”. Aureliano segundo es el mismo que le regala los minutos que faltan o que sobran a la orden perentoria de los militares de despejar la plaza.

Mientras tanto Meme, la amante del obrero Mauricio Babilonia que iba siempre perseguido por mariposas amarillas, las que en la vida visual de nuestros ojos de antiguos pasajeros de tren danzaban entre los charcos de aceite de las estaciones ferroviarias y las sedes de las incipientes industrias de la tierra caliente, esa misma Meme, morirá en Cracovia sin volver a hablar como la virgen muda de la catedral de la virgen negra, esa patria chica de Wojtyla el que realmente desarmó a los sindicatos comunistas, con un sindicalista católico a quien no le habría gustado ser comparado con Mauricio Babilonia.

 

¿Cuáles son las ideas de literatura de este escritor?

 

Desde 1947 comienza una obra coherente, signada por la presencia del cadáver, vivo en La Tercer Resignación, a medio morir, como el Coronel, en Cien Años de Soledad o francamente muerto y descompuesto en El otoño del patriarca. Anunciado en La Crónica de una muerte Anunciada o cadáver con caprichos en Memorias de mis putas tristes. El tema de La Hojarasca será el que mejor se entienda con “Cien años”. La referencia a las Bananeras es explícita y en clave. El médico francés de La Hojarasca es el representante de las mores cruzadas o quiasmadas. El hace lo contrario. Contraría al pueblo y sus costumbres y así se acopla con la comunidad. Vence todas las prohibiciones y se vuelve más que indígena. El Coronel, Isabel y el niño lo recuerdan como es: un cadáver insepulto al que el coronel por un juramento sofocleano debe darle sepultura contra la voz del pueblo, ese Creonte.

La espina dorsal es la dialéctica casi imposible entre la vida y la muerte. La crisis humanitaria que sofoca Colombia y a la vez le da el ritmo de su respiración, cincuenta años después se convierte en unos acuerdos de paz.

Estamos esperando un mañana después de la tragedia pero poseedores nominales de la tierra, como plagiando al maestro Rulfo, Nos han dado la tierra pero es yerma. Acuerdos de paz, que el niño Gabo oyó que se habían realizado en unos buques de la United en los que se abuelo había tenido que ver.

De esos acuerdos está saturada la historia nacional. Una Comisión de la verdad, una Justicia especial y una recomposición de la tenencia de la tierra son los cimientos para un país imposible. Los Buendía estamos condenados a cien años de soledad. Vértigo de avalancha o de vendaval, estamos atónitos frente a la fosa común. Desmemoriados, sopesando el agravio del cadáver insepulto y a la vez del desaparecido.

A veces me imagino a Jacques Derrida preparando su ponencia de 1993 sobre Los espectros de Marx y seleccionando apartes de Los miserables de Víctor Hugo en la lucha de las barricadas de 1850 y siguientes. Son los mismos cadáveres, son los mismos asedios, el fantasma nos ronda y como le confeso Gabo a Germán Castro en una entrevista del 72 en T.V. a él siempre lo han asediado. Es su miedo a los muertos.

Deberíamos los colombianos y los latinoamericanos tenerle miedo a los muertos, al cadáver insepulto del hijo de Clemente Silva, de La Vorágine de Rivera de 1924; a los cloqueantes huesos que trae Remedios de su Guajira natal, niña y mujer. Y también a su metáfora contemporánea, las fosas comunes y los desparecidos para quienes la vida no ha sido sagrada.

Cien años de Soledad nos ha dejado semejante legado. Y contando. Otros cincuenta sin cuenta, por lo menos.

Abril 2017

*Profesor durante más de treinta años de literatura colombiana en la Universidad de los Andes, entre otras materias
dictó repetidas veces un García Márquez I y II.

Publicado enColombia
Sábado, 27 Mayo 2017 08:28

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes


Capítulo 12

 

Las oficinas del diario El espacio, ocupan un viejo edificio blanco de la zona industrial, al lado de una bodega, aparentemente vacía, y de una pequeña fábrica de velas. El movimiento en el interior del edificio contrasta abruptamente con la calma de la calle que a esa hora permanece en una quietud casi fantasmagórica. En la recepción Marlowe pide hablar con el director del periódico. “¿Tiene cita marcada?”, dice la recepcionista con una mirada irónica. “Sí, claro”, dice Marlowe mostrándole la placa muy cerca de los ojos. “Un momento, por favor”. La recepcionista aprieta un timbre debajo de la mesa y en pocos segundos aparece un hombre bajo y calvo que camina directamente hacia Marlowe con una sonrisa exagerada en la boca. “Detective, mucho gusto, mi nombre es Raúl Borja, el director no se encuentra en este momento en la ciudad, yo soy su asesor, ¿en qué puedo ayudarle?”. Marlowe pensó en decirle que quería hablar con el dueño del circo y no con los payasos, pero se contuvo, tal vez podría ayudarle realmente. “¿Podemos hablar en otro lugar?”, dice Marlowe. “Claro, pase por aquí por favor”, dice Borja mientras le señala el camino hacia una sala lateral

 

En mitad de la pequeña sala hay una mesa redonda con tres sillas. En la pared del fondo una estante adornada con artesanías y algunas placas que hacen referencia a premios obtenidos por el periódico. “Mejor crónica Año 1999”. “Mejor Fotografía Periodística Año 2003”, “Mejor Entrevista Año 2005”. Increíble, piensa Marlowe, premios para un periódico que chorrea sangre por todas sus páginas. Borja se sienta en una de las sillas, de espalda al estante y Marlowe en la silla de enfrente. “Estoy buscando a uno de sus colaboradores”, dice Marlowe directamente mientras siente en la espalda el duro respaldo de madera que una espuma demasiado fina no logra disimular. “¿De quién se trata?”. “De Quincey”. Borja lo mira como si el nombre no le fuera familiar. “Usa el pseudónimo de Thurtel en su columna de crónica”. “Ah, Thurtel”, dice Borja, haciendo un extraño chasquido con la boca. “¿Está metido en algún problema?”. “Sólo quiero hablar con él, aclarar algunas dudas”, dice Marlowe. “Le aseguro que se trata de un hombre decente, excéntrico tal vez, algunos incluso lo tildan de loco, ¿pero quién no está un poco loco estos días cierto?”, dice Borja al tiempo que emite una especie de carcajada que no parece natural. “Le confieso una cosa, para mí es uno de los mejores cronistas de policiales que ha pasado por este diario en años, yo diría en décadas”. “¿Dónde lo encuentro?”, dice Marlowe cortando el entusiasmo de su interlocutor. “Imagino que ya fue a su casa, ¿cierto?”. Marlowe lo mira a los ojos. “Claro. Hace días tampoco aparece por aquí, pero es normal”. “¿Cómo así?”, pregunta Marlowe. “Thurtel no tiene una rutina convencional como el resto de nuestros colaboradores. Suele trabajar en la noche y en la madrugada, duerme de día, a veces pasa varios días sin dormir recorriendo las calles como un sonámbulo... además está lo del opio”. “¿Opio?”. “Ah, eso ya no es un secreto, él mismo lo ha confesado de manera pública. Thurtel es adicto al opio”. “¿Hace cuántos días no aparece por el periódico?”. “Creo que la última vez que estuvo aquí fue la semana pasada. Vino en la noche, entrego su crónica, recogió el cheque y volvió a salir sin hablar con nadie, como es su costumbre. Aquí adentro no tiene amigos. Yo creo que los demás lo envidian. Por su forma de escribir, quiero decir. Muchos de estos periodistas, formados en algunas de las mejores facultades del país, no tienen ni el diez por ciento del talento de Thurtel. Lo digo en serio.” “Bien, es todo lo que necesito saber. Si aparece por aquí dígale que quiero hablar con él”, dice Marlowe al tiempo que le entrega una tarjeta. “Claro, con todo gusto”, dice Borja con la misma fingida y exagerada amabilidad.

Publicado enEdición Nº235
Miércoles, 10 Mayo 2017 07:12

Del misterio del mester y otros menesteres

Del misterio del mester y otros menesteres

El lector es el fantasma del libro.


¿Quién habla en el poema sino el poema mismo?


Uno tiene que saber respetar lo que el trabajo trabaja en uno.


Le digo a uno de mis talleristas: –Lo que estamos haciendo es leer sentimientos, y no sabemos de quién, pero son; más que nosotros, son.


Antes eran buenas conciencias, ahora son políticamente correctos.


Lo digo desde mi mal gusto: –Si me epitafian, que por lo menos lo hagan con buen gusto.


A mi sentir, el Diablo no anda suelto: nos lo soltaron, nos lo echaron, nos lo cuchilearon.


Tanta felicidad no es inocente.


Una soledad que se presume, ¿a quién convence?


Es tan fácil hacerse la vida difícil –como difícil facilitarse la autenticidad de la propia.


Todo mal es el mal, por menor que sea –o se haga o quiera hacerse pasar–, y todo bien, sin más, entiendo, es todo el bien.


El horror, de eso se trata el horror, no tiene límites.


Hay los premios y hay la poesía. A veces coinciden, pero los primeros tienden a deslumbrar mientras que la segunda, que debiera ser lo primero, nada más a alumbrar.


Digo: –Les voy a decir algo –y se me olvida el decir que iba a decir.


Quien no tiembla ante Dios, qué va a temblar ante la poesía.


La poesía nunca es eso que pensamos, ni siempre eso que sentimos; es algo más (y nos rebasa, y colma, y –contenidamente– nos desborda).


Sentir la poesía no es sentirse poeta, sino sentir qué lejos se está del suelo de la poesía.


Alado es aquel que no necesita alas.


Deriva no es naufragio, acuérdate de eso, me dijeron.


Los mil ojos del pavorreal no ven más que los dos, torcidos, del camaleón.


¿Quién que no sea feliz puede felicidad dar? Por más infeliz que sea, si en alguna parte de sí el infeliz es feliz, puede.


Si alguien llega a saber de mí, y puede o quiere decírmelo, es el poema.


El cielo suele mostrarse vacío antes de llenarse de estrellas.

Publicado enCultura
Fan Yusu, la Charles Dickens china de la era internet

El relato online de la difícil situación de millones de chinos han convertido a su humilde autora en una sensación literaria de la noche a la mañana



De niña, Fan Yusu se escapaba de su vida de pobreza rural gracias a Charles Dickens. Se sumergía en las fatigas de Oliver Twist escapándose de un albergue para pobres de la época victoriana y dirigiéndose hacia la gran nube de humo —Londres—.


Pero es la historia del propio vuelo de Fan a la gran ciudad el que se ha ganado los corazones y las mentes en su China natal. Tras publicar en la red las luchas de los trabajadores migrantes, Fan se ha convertido de la noche a la mañana en una nueva sensación literaria.


Según medios chinos, más de un millón de personas ha leído el texto autobiográfico de la autora desde la semana pasada, cuando fue publicado en la red social WeChat. En el relato, Fan traza sus intentos de construir una vida en Pekín.
La historia, titulada Yo soy Fan Yusu, ha sido eliminada de la red, posiblemente como consecuencia de los temas políticos que toca, incluyendo la mala situación de los 281 millones de trabajadores migrantes de China.


Sin embargo, la fama de la autora, de 44 años, que ha sido calificada por un periódico como 'La escritora china más candente', continúa aumentando. Tanto que Fan ha abandonado su casa en un barrio pobre de inmigrantes a las afueras de Pekín para huir de las hordas de periodistas que quieren entrevistarla. “Me estoy escondiendo”, declaró a un periodista, según recoge Xinhua, la agencia de noticias oficial del país.


La historia de la última estrella literaria de China comienza en un pueblo del interior a comienzos de los setenta, llegaba a su fin la turbulenta Revolución Cultural del presidente Mao y el país se sumergía en una nueva era de agitación económica y social.


Fan, nacida en el seno de una familia de cinco hijos en una comunidad rural desfavorecida tuvo que empezar a trabajar a los 12 años y soñaba con mudarse a una de las ciudades en repentino auge de China.


Pero también era un ratón de biblioteca: Además de Oliver Twist y Grandes Esperanzas, de Dickens, devoró las obras de Daniel Defoe, Julio Verne y Maxim Gorky, así como autores chinos como Jin Jingmai. Con 20, Fan viajó a Pekín esperando encontrar trabajo y vio “el gran y amplio mundo”.


No solo no encontró trabajo, sino que cayó en un matrimonio abusivo con un hombre del noreste de China con quien tuvo dos hijas. “Se volvió un borracho y violento. No pude soportar su violencia machista y decidí coger a mis dos hijas y regresar a mi pueblo natal”, recuerda Fan en su relato, que continúa con su vuelta a la capital china, donde encontró trabajó de niñera del hijo ilegítimo de un millonario. “Mi vida es como un libro miserable y conmovedor”, explica Fan. “El destino me ha atado de una forma absolutamente desastrosa”, añade.


Zhang Huiyu, profesor de literatura que trabajó como voluntario en el curso de escritura para trabajadores inmigrantes al que asistió Fan, afirma que su exalumna era una fanática de la literatura, y que sus “palabras simples y sinceras” han tocado la fibra a la gente común. “Hoy en día la gente está atrapada en el ajetreo de la vida pero la historia de Fan Yusu nos muestra el lado bonito y romántico de la vida”.


El periódico oficial del Partido Comunista, the People's Daily, se hizo eco de estos sentimientos y afirmó que había emocionado a los lectores por su prosa “objetiva pero provocadora”.


“Es como una antropóloga que, observando a la gente y todas sus formas de vida, ofrece a los lectores una nueva perspectiva”, afirmó un crítico.


“No tengo ni idea, y ¿tú?”, respondió a un periodista que le preguntaba por qué sus palabras han resonado entre los lectores. Antes de esconderse Fan concedió varias entrevistas en las que se veía obligada a explicar su éxito repentino.
“No tengo talento”, indicó en otra ocasión, acallando así los rumores de que busca perseguir una carrera en la escritura. “Nunca he soñado en cambiar mi destino con un bolígrafo”.


Fan se describe a sí misma como “una mujer que lucha por sobrevivir en el fondo de la sociedad” y afirma que los libros le han ayudado a afrontar los retos de ser un miembro de la clase baja explotada de China. “Cuando la vida era extremadamente difícil, leía para dejar de pensar en la adversidad”.


Tras ser catapultada al estrellato literario, han emergido otros textos de Fan, incluido un poema llamado Monólogo de una madre migrante:


“Solo me atrevo a llorar en las profundidades de la noche
soy una inmigrante, y también lo son mis hijas
Si es posible, dejadme afrontar sola las adversidades
dejando a mis queridas hijas la felicidad”.

 

Tom Phillips
03/05/2017 - 20:21h
Traducido por Javier Biosca Azcoiti

Publicado enSociedad
Martes, 02 Mayo 2017 17:12

Ataques de Risa

Ataques de Risa

Que un libro de cuentos alcance la tercera edición en menos de dos años es un hecho insólito dentro de la panorámica editorial nacional dado que estamos en una industria reacia a publicar relatos. Además, si el mismo libro ha sido premiado en dos concursos de reconocida reputación en el país, como el de cuento de la Universidad Industrial de Santander y el Jorge Gaitán Durán, de la Gobernación de Norte de Santander, pues tanto más. Ataques de Risa, del joven escritor antioqueño David Betancourt, tiene esta doble cualidad. Por otra parte, las calificaciones del autor son sobresalientes. Su cuento “Beber para contarla” ganó en el 2016, entre más de mil doscientos cuentos, el premio de La Cueva, organizado por ese grupo literario de Barranquilla. La Universidad de Antioquia también acaba de publicar Bebestiario otro volumen suyo de cuentos, encabezado por el antes mencionado, en donde Betancourt se consolida como uno de los mejores escritores contemporáneos de nuestro país. Estamos ante un escritor maduro, pero no muy serio, pues el humor atraviesa toda su obra; un género a veces soslayado por muchos escritores.


Betancourt tiene facilidad para narrar historias, para atrapar al lector en una vertiginosa prosa que está llena de parodias, de ironías, de salidas inesperadas, de dotar a sus personajes de un irreverente desparpajo en la puesta en escena para rayar en lo absurdo y por supuesto en lo risible. No es casualidad que la protagonista de los cuentos de este libro se llame precisamente Risa. A través de los ojos de Risa conocemos los diversos personajes de su familia, su madre, la abuela, la amiga, el abuelo, sus novios, sus novias, sus maestros, su sicólogo.


Lo importante es saludar y darle la bienvenida a las letras nacionales a Betancourt; un aire fresco en la arena literaria, un autor que propone un estilo personal; aquel que sabe, como el mejor juglar, reírse de sí mismo (en gran parte, la iconoclasta Risa parece ser un alter ego de Betancourt, ambos son filólogos –filólogos son aquellos que aguantan filo, dice la misma Risa–) y que hace reír, a veces a las carcajadas, al lector con sus historias y salidas.


El libro contiene diez cuentos de gran factura, aquí abunda la fluidez narrativa, el adecuado manejo de la tensión, los juegos de palabras, las referencias literarias, los guiños y los reconocimientos a autores.


El jurado de uno de los concursos mencionados dijo sobre Ataques de Risa: «Se destaca el uso de un lenguaje ágil e irónico, a partir del cual se construye cierto universo cotidiano no exento de humor y de las situaciones absurdas que envuelven a Risa –personaje protagónico– y a una serie de personajes secundarios, cuyas actuaciones ingenuas y divertidas refrescan un interesante cuadro de costumbres. Ataques de Risa constituye un libro con unidad formal, en el que su autor logra darle valor estético y literario al desparpajo y la mordacidad, a través de la escenificación de hechos comunes».


Para Ediciones Desde Abajo es un orgullo presentar al público lector este volumen de cuentos de David Betancourt. Un libro para leer, reír y disfrutar, sin lugar a dudas; y para estar atentos a la obra que ha de venir de parte de este escritor.

 

Philip Potdevin

Publicado enRíos de letras
Viernes, 28 Abril 2017 15:19

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes

Capítulo 11

 

Antes de subir a su auto Marlowe marca un número en su celular. “Alicia, ¿pudiste averiguar la dirección que te pedí?”. “Marlowe, no me digas que hoy tampoco vas a venir a la oficina. El jefe te anda preguntando”. “Dile que sigo en el último caso. ¿La dirección?”. “Mira, no fue fácil conseguirla, todo lo que rodea este tipo es bastante misterioso. La secretaria de la Facultad dice que no está segura que sea la dirección de su residencia, pero es a donde le envían la correspondencia: Calle 33, número 16-88”. “Gracias Alicia”, dice Marlowe y cuelga el teléfono.

 

Después de una hora luchando con otros conductores en medio a un tráfico infernal, Marlowe estaciona frente al lugar indicado. El número corresponde a una casa antigua de una sola planta con un pequeño jardín delantero. Las paredes del frente son de ladrillo a la vista y en algunos lugares están cubiertas por una hiedra mal cuidada. Las cortinas de las ventanas del frente están cerradas. Marlowe toca el timbre dos veces. Espera un poco pero no parece haber ningún movimiento en la casa, como lo esperaba. Intenta darle la vuelta a la cerradura pero no cede. Mira a ambos lados de la calle y no ve a nadie. Camina rodeando la casa hasta la parte posterior. Allí hay otro jardín más descuidado que el anterior. Dos sillas de madera a punto de quebrarse en medio a la hierba crecida completan la sensación de abandono y decadencia. Marlowe se acerca a la puerta de atrás de la casa e intenta abrirla pero tampoco cede. Se quita el sobretodo y le da varias vueltas alrededor de su brazo derecho. Luego le da un golpe con el codo a la ventana superior de la puerta quebrando el vidrio. Algunos restos caen al suelo haciendo un ruido seco que se pierde en el vacío del jardín. Marlowe mete la mano por el hueco de la ventana y le quita el seguro a la puerta.

 

La casa está en silencio y en penumbra. Hay un olor fuerte y desagradable, como si el aire no hubiera circulado en el lugar hace tiempo. A la derecha hay una cocina pequeña y desordenada. Hay platos sucios con algunos restos de comida. Dos cucarachas de tamaño considerable caminan tranquilamente sobre los platos. Cerca de la cocina hay una mesa de madera de cuatro puestos. Sobre la mesa hay varios libros y cuadernos abiertos y una máquina de escribir antigua. Un poco más adelante está la sala con un sofá de cuero y una poltrona junto a una lámpara de pie. A un lado del sofá hay un narguilé que aparenta bastante uso. Las paredes tienen estantes repletos de libros. Y hay varias columnas más de libros y periódicos por el piso. Hacia la derecha hay un corredor y dos puertas cerradas. Marlowe saca su pistola y le quita el seguro. Abre con cuidado la puerta de la derecha. Es el cuarto principal. Hay una cama de soltero en un extremo, más libros y ropa tirada por todas partes. Marlowe coloca su mano sobre la cama y la nota completamente fría. Sale del cuarto y abre la segunda puerta.

 


Marlowe no está incluido precisamente en la clase de personas que suelen asombrarse con facilidad pero la visión que tiene en frente logra causarle al menos un leve impacto. Todas las paredes del cuarto están repletas de fotografías de cuerpos ensangrentados o mutilados, noticias de crímenes, accidentes, masacres. Al lado de cada fotografía o de cada noticia de periódico hay papeles pegados a la pared con anotaciones a mano. Marlowe lee palabras como “sublime”, “perfecto”, “mediocre”, “grandioso”, “mal ejecutado”, “memorable”. Sobre un escritorio en la mitad del cuarto Marlowe ve un recorte de periódico con la noticia del asesinato de Zubiria y un signo de interrogación marcado a mano a un lado.

 

Antes de que pueda tomar el recorte de la mesa siente el caño frío de una pistola en su nuca. “Coloque el arma sobre la mesa”, dice una voz firme y contundente a su espalda. Marlowe obedece. “Identifíquese”. “Phillip Marlowe, detective de la policía Metropolitana”. El hombre revisa los bolsillos de Marlowe y saca su billetera. Después de confirmar la información baja el arma de su nuca y permite que Marlowe se voltee aunque no deja de apuntarle. Es un tipo alto, un poco más alto que Marlowe, de complexión gruesa. Tiene la piel clara y ojos verdes. El pelo muy corto, cejas espesas y nariz aguileña. “¿Qué está haciendo aquí?” le dice. “Estoy acostumbrado a ser yo el que hace las preguntas”, dice Marlowe. “No se ponga con chistes estúpidos”. “Investigo un asesinato ¿y usted?”. El hombre saca un radio del bolsillo, dice el nombre y el número de la placa de Marlowe. Espera un poco. “Está limpio”, se escucha que alguien dice al otro lado. El hombre baja la pistola. “Se puede ir”, le dice en tono de orden. Marlowe mide por un instante la posibilidad de dominarlo pero se da cuenta que sería inútil. “Sólo por curiosidad”, dice antes de salir del cuarto, “¿por qué el ejército está tan interesado en la muerte de un filósofo?”. El hombre no dice nada y con la pistola en la mano le señala el camino hacia la puerta de la casa.

Publicado enEdición Nº234
Viernes, 21 Abril 2017 14:23

El que ya no vendrá

El que ya no vendrá

En el centenario de la muerte de José Enrique Rodó, cuánto queda de su legado en la cultura y la mente de sus compatriotas, y de aquellos otros americanos, herederos de España, a los que dedicó lo más significativo de su pensamiento.

 

El mote que durante un tiempo le había quedado asignado a José Enrique Rodó fue el de “Maestro de juventudes”. Hoy la evocación de su apellido trae de inmediato a la mente de un ciudadano de a pie, por asociación espontánea, un parque, una calle, un bar y un barrio montevideanos. Luego, y con un poco de esfuerzo, la misma mente podría lograr referir la figura de un intelectual y escritor de la generación del 900.

 

Por alguna razón, no estoy seguro de si político-partidaria, ideológica o de indiferencia o despreocupación generalizada, los niveles de visibilidad e invisibilidad de nuestros referentes culturales mantienen a José Enrique Rodó en un plano de nebulosa, en una especie de olvido por amnesia colectiva. Pero... ¿por qué suponer, de antemano, que este olvido es injusto? ¿Rodó sigue teniendo algo para decirnos?


EL PERIPLO DE UNA VIDA INTELECTUAL

 


Nació el 15 de julio de 1871 en Montevideo. En 1897 llevó adelante la publicación de una colección de opúscu­los literarios titulados “La vida nueva”: en el primero publicó “El que vendrá” y “La nueva novela”. En enero de 1900, en el tercero de estos opúsculos, se editó Ariel, que representó un éxito en el panorama intelectual hispanoamericano.


A partir de 1902, y durante dos períodos, ocupó una banca como diputado en la Cámara de Representantes. En 1906 salió Liberalismo y jacobinismo, un folleto donde reflexiona sobre la eliminación de los crucifijos en los hospitales. Más adelante, Pedro Díaz publicaría una contestación a este escrito de Rodó y se generaría una intensa polémica. También en 1906 fundó y presidió la Asociación Internacional de Prensa. En 1909 se publicó Motivos de Proteo y se agotó en una semana. Rodó ya era un intelectual de peso a nivel nacional y regional.


Su carácter melancólico, sin embargo, le jugó malas pasadas. En la primera década del siglo sufrió una crisis depresiva y sopesó la idea de suicidarse. Colaboró, entre tanto, con medios de prestigio, como Caras y Caretas, Plus Ultra y Diario del Plata. En 1913 salió a la luz El mirador de Próspero, un conjunto de artículos y ensayos históricos, literarios y sociológicos donde confirmó nuevamente la lucidez y el talento de su pluma. Pero conoció de cerca la pobreza. Los usureros lo rondaban para cobrarse sus préstamos, y muchas veces no tuvo para un par de zapatos o para el café.


El 1 de mayo de 1917, a las 10.15, falleció en Palermo (Italia), en el hospital San Severio. En 1950 hubo una rimbombante conmemoración por el cincuentenario de Ariel, su obra cumbre.


CALIBÁN TAMBIÉN EXISTE

 

El siglo XX hispanoamericano se inició, literalmente hablando, con la publicación de un texto que sentaría las bases de un proyecto, o más bien de una proyección cultural de suma importancia para el continente. Se trata de Ariel (1900), de José Enrique Rodó. Dice Alberto Methol Ferré: “Rodó es nuestro Fitche, y su Ariel el ‘Discurso a la nación latinoamericana’, en un plano ético e ideal. Fue un reguero de pólvora. Desde su balcanización, América Latina soñaba otra vez su unidad”.1


Dos años antes, en 1898, España había perdido su última colonia en América (Cuba) y comenzaba a tener lugar, por lo tanto, una atmósfera de libertad e independencia más auténtica. Sin embargo, al mismo tiempo, Estados Unidos llevaba a cabo invasiones a países latinoamericanos, acordes a la “doctrina Monroe”. Entonces irrumpe el discurso de Ariel, un texto a caballo entre la narrativa y el ensayo, con sutiles pinceladas de análisis cultural y sociológico. En breves palabras, se trata de la última lección que Próspero debe dictar a sus jóvenes alumnos, la esperanza del futuro, antes de despedirse de ellos. Y la lección consiste en el análisis del espíritu americano, que tiene sus raíces en la reflexión contemplativa latina, y que debe evitar el influjo cada vez más creciente de la sociedad estadounidense, de cariz pragmático-materialista. En síntesis, que Ariel debe resistir a las garras de Calibán. Todos los personajes que Rodó convierte en conceptos (Ariel, Calibán, Próspero) los toma prestados del drama shakespeariano La tempestad. Resulta curioso, en una primera instancia, que Rodó no recurriera a un escritor de un país de lengua romance para adoptar personajes que simbolizaran la crítica a la sociedad pragmática anglosajona. Un inglés tuvo que ser el modelo para criticar un aspecto de la cultura angloestadounidense. Raro y paradójico. Es cierto que los autores más mentados en Ariel son franceses (Renan y Guyau), pero los símbolos centrales son de la mente sajona de Shakespeare. Lo mismo sucede cuando Rodó, en el propio Ariel, analiza a Edgar Allan Poe: se ve obligado a decir que es una excepción en su sociedad. Tal vez el influjo de la cultura anglosajona no lleve necesariamente a las bajezas de Calibán, ni éstas sean necesariamente “bajezas”.


Al igual que las aclamaciones, las críticas no se demoraron. Alberto Zum Felde fue uno de sus grandes detractores: “El arielismo de Rodó no produce más que galanos declamadores del ideal, de la belleza, de la armonía, de la virtud; pero no suscitará ni un solo hombre mejor, ni será factor de una sola mejora social. Entre la prédica de Rodó y la vida real no hay relación alguna; por eso su idealismo es estéril. Su arielismo no tiene brazos ni piernas, por eso no anda ni labora. Es un ente paralítico con cabeza de dios griego. Para ser maestro de hombres le faltaba a Rodó una cualidad imprescindible: conocer a los hombres. Rodó era una mentalidad de gabinete, de aula, de libros. Sus conceptos de la vida y de los hombres los había extraído totalmente de sus libros de estudio. En el plano ideal y abstracto de las ideas, habíase así formado su noción de un hombre abstracto y convencional. Ignoraba al hombre real, vivo, en acción; y sobre todo al hombre moderno, tan complicado, tan diverso, tan multiforme”.2


Zum Felde propone entonces que no hay que despreciar a Calibán, que tiene un papel complementario en las dinámicas de la vida social. Y que Shakespeare se había dado cuenta de ello, no así Rodó: “El Próspero original, el de Shakespeare, buen conocedor del hombre, se sirve de Calibán, a quien domina con su ciencia mágica. Rodó no ha comprendido el secreto de Calibán, y lo excluye. Error fundamental, porque Ariel solo es como una cabeza sin cuerpo. Ariel necesita de Calibán. Calibán es la materia; y de materia estamos hechos, y en la materia obramos”.3


El cubano Roberto Fernández Retamar, en 1971, dirige su crítica en sentido análogo a la de Zum Felde: “Nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino Calibán”,4 escribe en su ensayo titulado, precisamente, Calibán.


La lista de críticos de Rodó no culmina, si bien nadie alcanza el nivel de agonismo que adopta Zum Felde. El peruano Luis Alberto Sánchez evidencia los logros estéticos sin demasiado contenido conceptual en la prosa del autor de Ariel:“(...) en Rodó lo primordial, lo imperante, era la forma, muy por encima del pensamiento. Sarmiento, Martí, Prada, más que por cómo dicen, valen por lo que dicen. Rodó, fundamentalmente, no. De ahí que, en tiempos cargados de interrogantes y angustia como el nuestro, la juventud, a la que él tendió tan elocuente y reiteradamente los brazos, se le encoja y, si no rechazo, le demuestre público y casi unánime desapego”.5


Sánchez continúa su crítica, proclamando que Ariel presupone una visión elitista y antidemocrática en un momento en que Uruguay buscaba sentar las bases de las instituciones para evitar que el país continuara en un cúmulo de querellas civiles.


Y, para terminar con las aseveraciones de Sánchez, la siguiente cita resume la inadecuación de Ariel:“(...) no quiso ver más que meros dilemas ahí donde reinaba la complejidad. Por remarcar el materialismo de Calibán (Estados Unidos) exaltó en demasía el idealismo de Ariel (América Latina); divinizó la mistificación latinista de nuestros países mestizos; ilusionó a los jóvenes, haciéndoles creer en las grandes palabras antes que en los mezquinos hechos, y dio patente de idealismo a muchos oportunistas que se abroquelaban tras de aquellas declaraciones. No fue tal su propósito, por cierto, pero las prédicas se miden más bien por los efectos que por las intenciones de quienes las enuncian”.6


En el fondo la propuesta intelectual de Rodó fue una y sencilla: introdujo en el ambiente positivista uruguayo una variante, el neoidealismo.“Somos los neoidealistas”, dice en El mirador de Próspero. Sarah Bollo reafirma este concepto de “neoidealismo”, como una revitalización romántica, una nostalgia de la idea, en un contexto positivista y cientificista en lo epistémico, y una lengua modernista, fría, marmórea, distante, en poesía y estética.7

 

EL MESÍAS QUE VENDRÁ


Cuando Sánchez, al final de la cita previa, dice “prédicas”, utiliza la palabra justa. No solamente Rodó, sino gran parte de esa generación cumplió, según Ángel Rama, las funciones espirituales de guía mesiánica que ya la Iglesia, por impopularidad, no cumplía ni podía cumplir.


“La función ideologizante que germina entre los escritores de la modernización cumple el cometido fijado por sus maîtres penseursfranceses: Renan, Guyau, Bourget, etcétera. Al declinar las creencias religiosas bajo los embates científicos, los ideólogos rescatan, laicizándolo, su mensaje, componen una doctrina adaptada a la circunstancia y asumen, en remplazo de los sacerdotes, la conducción espiritual. La fórmula preferida de Rodó traduce el proyecto de su generación: ‘cura de almas’. Médicos que se aplican al espíritu, por lo tanto nuevos sacerdotes de la humanidad (...).”8


En este contexto de “maestros del pensamiento”, en esta caterva de sacerdotes laicos, cabe destacar el papel intelectual de un libertario como Carlos Vaz Ferreira, quien descreyó de ese rol rector de “un” letrado, de ese arcángel iluminador de las pobres mentes débiles: ese “el que vendrá” será, para Vaz Ferreira, “los más posibles”, una multitud que cambiará la estética por innovación espontánea, sin programas, reglas o fórmulas, a diferencia de lo que gustaba esperar Rodó: “El hermosísimo estudio de Rodó El que vendrá tiene indudablemente un defecto, que es el título: hacer suponer que debe venir uno, y que se necesita que venga uno a dar la fórmula; que vengan los más posibles –sobre todo si son genios– con los más modos posibles, que no conviene que sean fórmulas; y que tengan los menos discípulos o, en todo caso, los menos imitadores posibles”.9

 

LIBERAL, PERO NO TANTO

 

En la ya mentada polémica con Pedro Díaz, con motivo de la resolución tomada por la Comisión Nacional de Caridad y Beneficencia Pública de eliminar los crucifijos de las “casas de beneficencia”, Rodó manifestó una posición contrapuesta a la oficial, que lo alejó definitivamente del ala liberal más jacobina, que era la que, a juzgar por la resolución susodicha, predominaba en el liberalismo reinante en Uruguay.
El de Rodó siempre resultó ser un liberalismo a medias, condescendiente con el espíritu popular más afecto a las creencias religiosas y al conservadurismo moral; apoyó, por ejemplo, la dictadura de Juan Lindolfo Cuestas. José Pedro Barrán también lo considera un conservador.


Carlos Real de Azúa, justamente, define los “ideales” rodonianos como una convivencia forzada de elementos disímiles, o débilmente asociados:“Los ‘ideales’ resultan muchas veces sólo verbal, literaria, precariamente armonizados; están ‘asociados’, no ‘integrados’. Término medio religioso, filosófico y político: racionalismo-helenismo-cristianismo, aristocracia-democracia, se juntan mediante la treta ecléctica”.10
Esta “treta ecléctica” de su pensamiento es lo que, probablemente, empuje a Luis Alberto Sánchez (citado un poco más atrás) a expresar que el verdadero valor de los escritos de Rodó estriba en su estilo, en su forma, y no en su contenido, en lo que tiene para decir, que es siempre ambiguo.


EL ESTILO COMO (POSIBLE) LEGADO


Pasados cien años de la muerte de Rodó, no creo que sea desmedido suponer que el mayor valor de sus escritos radica en su estilo. Y no hay que malinterpretar esto: hay una connotación bastante negativa del “estilo” en un ambiente cultural como el nuestro, en el que los narradores más actuales han aprendido la concisión de la frase breve y ágil de estadounidenses como Raymond Carver o Bukowski. En este sentido, la obra de Rodó sigue siendo un llamado de atención para no olvidar que nuestras letras supieron alcanzar un nivel retórico y estilístico que no sería perjudicial que volviera a reactivarse, al menos en parte. La riqueza del lenguaje, su belleza y complejidad, son valores estéticos que pueden pensarse como fines en sí mismos, independientemente de contenidos e ideas.


No obstante, incluso en el ámbito estilístico se pueden plantear reparos a la prosa rodoniana. Hay en Rodó una desconfianza del español rioplatense: sus viajes finales, por ejemplo a Barcelona, confirman una visión apologética de la lengua castiza peninsular (o catalana, en este caso) contrapuesta a nuestro imperfecto, siempre imperfecto, idioma, derivado inculto de la casta dicción europea.


“He aquí que descubro mi apellido en la muestra de una casa de comercio, y por vez primera aprendo a pronunciarlo bien (...). Parece ser, según me explica concienzuda y prolijamente mi homónimo, que, en buena prosodia de esta lengua, la primera ‘o’ no suena como la clara y neta vocal castellana, sino de una manera que participaría de la ‘o’ y de la ‘u’. Agradezco la revelación de mi homónimo, y pienso cuán cierto es que cada hora trae una enseñanza.”11


La “revelación” del origen puro de su apellido sólo le confirma lo pútrido que devino en su pronunciación sudamericana.


Indica Bollo, en este mismo sentido, la devoción de Rodó por la lengua castiza: “Su léxico siempre fue castizo, rico, muy español”.12
Además, si bien Rodó no ignoraba lo que se escribía y discutía en su generación, siempre se sentía nostálgico de los aires culturales y la retórica desvencijada de la generación precedente, la del Ateneo: “El Ateneo era (...) el mausoleo de una época. La generación intelectual que le dio vida, provecta ya, entregada a la política, al foro, a la diplomacia, frecuentaba muy poco su recinto. La nueva generación no se congregaba en él. Y en su vasta biblioteca solitaria Rodó era el único visitante”.13


En este sentido, Rodó tiene un destino romántico de soledad similar al del Tabaré de Zorrilla de San Martín: es un indio de ojos celestes, ni pertenece totalmente al pueblo autóctono ni al conquistador; ni a la generación del Ateneo, que ya no existe, ni a la del 900, que es, en algún sentido, bastante más “moderna” que él.


Quizá Próspero se despide porque, luego de su discurso, ya no queda nada más para modificar o corregir: quiere que su despedida quede esculpida con una lección definitiva y eterna, “como el sello estampado en un convenio de sentimientos y de ideas”,14 dice en Ariel. Pero los sentimientos cambian, las ideas cambian, y su sello se diluye ante la fuerza del presente.

 

1. Alberto Methol Ferré, El Uruguay como problema. Montevideo: Hum, 2012, pág 97.
2. Uruguay Cortazzo, Zum Felde, crítico militante. Montevideo: Arca, 1981, págs 2-3.
3. Cortazzo, op cit, pág 4.
4. Roberto Fernández Retamar, Calibán. Montevideo: Aquí Testimonio, 1973, pág 31.
5. Luis Alberto Sánchez, Nueva historia de la literatura americana. Buenos Aires: Americalee, 1944, pág 333.
6. Sánchez, op cit, pág 335.
7. Sarah Bollo, Sobre José Enrique Rodó. Montevideo: Impresora Uruguaya SA, 1946, pág 35 y siguientes.
8. Ángel Rama, La ciudad letrada. Montevideo: Arca, 1998, págs 86-87.
9. Carlos Vaz Ferreira, Inéditos XXII. Montevideo: homenaje de la Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay, 1963, pág 20.
10. Carlos Real de Azúa, “Rodó en sus papeles” en Escritura, año 2, núm 3, Montevideo, pág 95.
11. José Enrique Rodó, El camino de Paros. Montevideo: Cedal, 1968, pág 15.
12. Bollo, op cit, pág 45.
13. Alberto Zum Felde, Proceso intelectual del Uruguay. Montevideo: Claridad, 1941, págs 227-228.
14. Rodó, Ariel. Buenos Aires: Kapelusz, 1962, pág 8.

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Viernes, 14 Abril 2017 06:57

En el nombre del padre

En el nombre del padre

Esta semana recién pasada hemos celebrado en San Salvador una jornada que viene a ser un preámbulo de Centroamérica Cuenta, el encuentro internacional de escritores que tendremos por quinta vez en Managua en mayo de este año. A esta primera jornada la hemos llamado En el nombre del padre, y sus fundamentos vale la pena contarlos.


En el encuentro de hace dos años tuvimos en Managua a los escritores colombianos Héctor Abad Faciolince y Juan Gabriel Vásquez, y una tarde, después de almorzar juntos, me tocó llevarlos a una entrevista con Carlos Fernando Chamorro, quien conduce el programa independiente de televisión Esta Semana.


En las paredes de la oficina de Carlos Fernando hay fotos de su padre, el periodista Pedro Joaquín Chamorro, asesinado el 10 de enero de 1978 en una calle solitaria de las ruinas de Managua, devastada tras el terremoto de 1972. Viajaba siempre al volante de su auto, sin ninguna escolta, a pesar de ser el enemigo número uno marcado por la dictadura de la familia Somoza, y unos sicarios le cortaron el paso y lo mataron a escopetazos. Ese asesinato encendió la chispa que haría posible el triunfo de la revolución al año siguiente, y el derrocamiento del asesino intelectual de Pedro Joaquín, el propio Anastasio Somoza.


Héctor recorrió las paredes, mirando cuidadosamente aquellas fotos. Estaba en la oficina de un hermano de sangre. Su padre, Héctor Abad Gómez, médico, profesor universitario, defensor apasionado de los derechos humanos, fue asesinado en las calles de Medellín, por órdenes del jefe paramilitar Carlos Castaño, el 25 de agosto de 1987.
Su muerte, como el mismo Héctor dice, no provocó una revolución; fue un asesinato entre miles durante aquel periodo terrible de la historia de Colombia. Pero sí dio pie a su formidable libro El olvido que seremos, que busca fijar en su propia memoria, y en la de los demás, la historia de aquel médico que pagó con la vida su tarea humanista de defender y proteger a las víctimas de la violencia y la represión, cuando la guerra sucia estaba instalada en las calles de Medellín.
Carlos Fernando pudo ver el cadáver de su padre acribillado de perdigones, en la morgue del hospital de Managua. Héctor corrió junto con su madre al lugar del crimen al saber la noticia de que habían abatido al suyo, y alcanzó a retirar de uno de sus bolsillos un papelito donde había copiado a mano un soneto de Jorge Luis Borges que empieza: “ya somos el olvido que seremos...”. Ahora este poema sirve como epitafio en su tumba.


Héctor le pidió entonces a Carlos Fernando que le contara cómo habían matado a su padre, y Carlos Fernando le hizo la narración. Escuchaba ávido, volvía a preguntar. Uno quiere saber siempre los detalles, nos dijo. Como en un espejo ensangrentado, la historia que Carlos Fernando le contaba, reflejaba la suya propia. Eran hermanos de sangre.
En la mesa inaugural de la jornada que organizamos en San Salvador, y que me tocó moderar, sumamos a un tercer hermano de sangre, Alejandro Poma, para un diálogo entre los tres. Su padre, el empresario Roberto Poma, fue secuestrado el 27 de enero de 1977, en un operativo organizado por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una de las facciones de la guerrilla salvadoreña, cuando estaba por estallar la guerra civil.


Herido durante el secuestro, murió en cautiverio, y aun así sus captores siguieron adelante las negociaciones con su familia para el cobro del rescate, que fue pagado. Casi dos meses después, fue descubierto el sitio donde había sido enterrado su cadáver.


En una de sus intervenciones durante la mesa, frente a un público variado y nutrido, Alejandro dijo que cuando asesinaron a su padre apenas tenía cuatro años, y a tan corta edad no es posible fijar detalles que uno pueda después recordar. Peor, hay una diferencia, para él sustancial, entre recuerdo y memoria. Él guarda la memoria de aquellos hechos, aunque no los recuerda, una memoria construida a lo largo de los años, cultivada con el ánimo de mirar hacia el futuro. Su convicción es que el futuro entre todos, en un país por años polarizado, no se puede construir con rencor.
En 2012, al celebrarse el vigésimo aniversario de los Acuerdos de Paz de Chapultepec que pusieron fin a la guerra civil, Alejandro había escrito en un artículo titulado Dejemos a la Paz en paz: Rompamos el ciclo vicioso del resentimiento y la acritud; rechacemos a todos aquellos que lo fomentan y manipulan en detrimento de la sociedad. Librémonos de las actitudes y prejuicios que nos mantienen anclados a los aspectos nocivos del pasado. Actuemos juntos para que éste sea el mejor legado a las futuras generaciones y un homenaje a los que se fueron y que hoy gozan de la Gloria de Dios.
Héctor, cuando se dio la amnistía que beneficiaba a los paramilitares, entre ellos los asesinos de su padre, la respaldó como una necesidad para conseguir la paz, igual que promovió el sí en el plebiscito de los Acuerdos de Paz negociados en La Habana entre el gobierno del presidente Santos y las FARC.


Aquella vez del primer encuentro en Managua entre Héctor y Carlos Fernando, antes de que entraran al estudio, Daniel Mordzinski, quien es el fotógrafo oficial de Centroamérica Cuenta, hizo salir a Carlos Fernando y a Héctor a un patio, y pidió a los dos hermanos de sangre que se situaran frente a frente, mirándose a los ojos, y que se agarraran de los brazos. Y tomó la foto.


Ahora los hermanos de sangre son tres. Daniel está otra vez allí. Les pide que permanezcan en el escenario del teatro, vestido con cortinajes de cámara oscura, y que se agarren de los brazos, mirando a la cámara que va a dejarnos ésta imagen para siempre. Los hijos que han hablado en el nombre del padre.


San Salvador, abril 2017
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Sábado, 25 Marzo 2017 10:06

Rifles por todos lados

Rifles por todos lados

Recuerdo la primera vez que me topé con Daniel Ángel, juntos, entrábamos a trabajar al instituto de don Pedro. La primera impresión que me llevé al ver al joven escritor fue esa, pensar que, por lo joven no sabía nada, pensé que en escritura todas me las sabía; pero cómo andaba de equivocado.

 

En el 2014, Daniel Ángel, al son de unas cervezas, me esbozó, lo que iba ser su obra maestra. Todo el argumento recogía la Guerra de los mil días, el bogotazo y parte de la vida del joven escritor. Aquella tarde escuché, asombrado, cómo iba a escribir capítulo por capítulo su novela épica colombiana.

 

Entre mi ignorancia le hacía preguntas escuetas, todo para concluir que, el proyecto iba viento en popa. Lo único que pensaba era que, a Daniel Ángel, le corría nuestra historia por las venas. Porque de algo que sufrimos los colombianos es de la peste del olvido y, el adagio popular dice: «que quien olvida su pasado tiende a repetirlo en un círculo vicioso». Y por lo visto a este joven escritor no le gustan para nada remachar las mismas historias.

 

Al año de este suceso, recibí vía mail, el primer boceto de la obra. Daniel Ángel me llamó. Me dijo que la leyera y que diera una opinión. Al principio fui reacio, nunca me ha exaltado la novela histórica. Duré, como mula resabiada, unos buenos días viendo el archivo en la pantalla de mi laptop. Sin embargo, razoné que esto no se le hace a un amigo de letras, así que, un sábado por la mañana comencé la empresa.

 

Rifles bajo la lluvia, el título me gustó. Linda metáfora del conflicto armado colombiano que llevamos a cuestas desde que Colombia es Colombia. Al introducirme en el primer diálogo no quise dejar de leer. Escrita de una manera sencilla y puntual. Entre más me iba introduciendo a la historia más me identificaba con Pablo, uno de sus protagonistas. Asimismo, me gustó la forma con qué nos cuenta, con horror, los asesinatos de la Guerra de los mil días. Y no sobra decir que no conocía, esta parte oscura del país. Jamás había leído a un general Uribe Uribe (no confundir con el Uribe de nuestra época) batallando por lo que Simón Bolívar alguna vez soñó. Fue bueno sentir la angustia de saber que esa Colombia pasada es la misma Colombia de nuestros días. Y luego, en medio de la lectura, ojear cómo se abre la burbuja del Bogotazo. Cincuenta años después de la Guerra de los mil días y volvemos a caer en la monotonía de la violencia. Sentir como mueren los personajes al frente de uno. Me sentí como un viajero del tiempo, incluso sentí la Calle Real de aquel tiempo, transportando en su tranvía a los cachacos urgidos de tiempo. Y, por último, primera vez que leo una historia humana y desgarradora. E imaginé por unos cuantos días su final sorprendente y revelador.

 

Eso es en resumen Rifles bajo la lluvia, un libreto escrito con pan y agua. Un libreto que debemos mascullar concienzudamente, ya que, nosotros, los colombianos, estamos girando y girando sin pensar que la historia se nos repite todos los días. Desde que leí la novela, creí que tal vez hay esperanza, que tal vez el cambio si lo debemos hacer nosotros. Con la lectura de Rifles bajo la lluvia se debe cortar de raíz la peste de la duplicación. Ha llegado por fin un libro que nos da una bofetada en la cara.

Publicado enEdición Nº233
Sábado, 25 Marzo 2017 09:59

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes

Capítulo 10

 

Aunque el sol todavía no logra imponerse a la niebla, el día ya ha comenzado con toda su actividad frenética cuando Marlowe sale del edificio. Los trabajos en varias avenidas hacen que la ciudad parezca un inmenso laberinto en medio a un paisaje de posguerra. Cada nuevo desvío lleva a un nuevo congestionamiento. Algunos conductores irritados tocan la bocina desesperadamente como si eso sirviera de algo. En esos momentos especiales, Marlowe suele preguntarse por qué diablos dejó su soleada California para venir a parar a este infierno congelado del tercer mundo. Aunque en el fondo sepa muy bien los motivos y eso sea algo por lo cual no se siente particularmente orgulloso.

 

Después de casi una hora de viaje estaciona frente al edificio Solar en la esquina de la calle 12 con Avenida Jiménez. El edificio fue remodelado recientemente. Tiene la forma de un triángulo terminando de manera arredondeada en el vértice. La parte frontal del edificio está cubierta con grandes ventanales de vidrio lo que le da una apariencia moderna que contrasta con la arquitectura colonial de las casas vecinas. En el edificio funcionan varias firmas de abogados, consultores financieros y una agencia de viajes. Marlowe atraviesa la puerta giratoria y pregunta por Eduardo Contreras. El hombre de uniforme atrás del balcón de la recepción revisa un cuaderno cuadriculado de tapas rojas. “Oficina 618”, dice, “tiene que dejar un documento”. Marlowe le muestra la placa y el hombre asiente con una mirada cómplice.

 

Hombres de corbata impecablemente vestidos y mujeres de sastre oliendo a perfume caro suben con Marlowe en el ascensor. Todos permanecen en silencio. El ascensor para en el cuarto piso, algunos ocupantes salen y se despiden educadamente. En el sexto y antes de que la puerta se abra por completo Marlowe alcanza a ver la figura de un hombre que se precipita por las escaleras a toda velocidad. Marlowe sale del ascensor y comienza a correr detrás de él. A pesar del esfuerzo del hombre la distancia entre los dos se va haciendo cada vez más pequeña. El que corre adelante es un poco gordo, lleva saco y pantalón de color gris y unos zapatos negros de charol que no son los más indicados para escapar de una persecución policial. En el tercer piso el hombre gira sorpresivamente hacia el corredor tratando de alcanzar la puerta de servicio. En ese momento y haciendo un gran esfuerzo, Marlowe aprovecha para dar un salto y caer sobre él. “Estoy muy viejo para hacer esto”, piensa Marlowe sintiendo el dolor a un costado de la espalda. Los dos caen al piso y rápidamente Marlowe lo domina y lo levanta sujetándolo por las solapas del saco. “¿Por qué la prisa Contreras?”, le dice. “Por favor no me mate, yo no sé nada”, dice Contreras asustado. “¿Y por qué lo iba a matar?”. “Ya mataron a Carlos...”. “Cálmese, soy de la policía, no le va a pasar nada”. Contreras recupera un poco la calma y mira a Marlowe aún incrédulo. “Estoy investigando la muerte de Carlos, por eso estoy aquí”. Contreras respira tres veces de forma profunda y cierra los ojos un instante. Marlowe lo suelta. “¿Por qué Carlos se sentía amenazado?”. Contreras saca un pañuelo blanco del bolsillo de atrás de su pantalón y se seca el sudor de la frente. Después mira a ambos lados como si existiera la remota posibilidad de que alguien los estuviera escuchando. “Carlos me dijo que su profesor, el tipo que mataron en el centro, le había contado algo sobre un grupo...”. “Eso ya lo sé”, dice Marlowe impaciente, “necesito saber si Carlos le dio algún detalle que pueda ayudarnos a encontrar a esa gente, un nombre, un lugar de encuentro, cualquier cosa”. Contreras se queda pensativo un momento. “¿Pueden darme protección, al menos por un tiempo?”. “Veré qué se puede hacer”. “Zubiria llegó a decirle a Carlos dónde se reunía el grupo. Es un lugar en el barrio Cabrera, sobre la calle 86. Aparentemente es un bar-restaurante muy exclusivo, pero en el subsuelo funcionan varias salas clandestinas. En una de ellas se hacían las reuniones del grupo.” “Algo más. ¿Algún nombre?”. “Carlos siempre hablaba de De Quincey, decía que era el líder del grupo, nunca mencionó ningún otro nombre”. “Esta bien, llame a este número, pregunte por el subteniente García y dígale que llama de mi parte, él sabrá qué hacer”. Marlowe le entrega un papel con un número y baja por las escaleras hacia la salida del edificio.

Publicado enEdición Nº233