Martes, 24 Enero 2017 15:45

Capítulo 8

Capítulo 8

Marlowe no acababa aún de incorporarse de un sueño intranquilo donde se mezclaban imágenes del asesinato en medio a la manifestación, la sala de estudio en penumbra de la facultad de filosofía y el cadáver desnudo de Zubiria sobre la mesa de autopsias, cuando suena su teléfono celular. “¿Detective Marlowe?”, dice una voz desconocida para él del otro lado. “Sí, ¿qué pasa?”. El reloj sobre la mesa de noche marca las 4 y 20 de la mañana. “Soy Martín Cruz de la Estación Norte. Encontramos un cadáver esta madrugada que tal vez le interese.” “¿Y por qué podría interesarme?”, dice Marlowe alzando el tono de su voz. “El hombre tenía su tarjeta en el bolsillo”.

 

Dos patrullas de la policía, con las luces rojas del techo encendidas, permanecen estacionadas afuera de un edificio de clase media en el barrio El Polo, al norte de la ciudad, llamando la atención de los vecinos que se asoman por las puertas y ventanas de sus casas y apartamentos, algunos aún en pijama, otros listos para comenzar otro aburrido día de trabajo. Marlowe entró sin saludar a nadie. Se dirigió a uno de los policías de la entrada que interrogaba al portero del edificio mostrándole su placa. “¿Qué apartamento?”. “402”.

 

Al entrar la luz del flash de una cámara deslumbra momentáneamente a Marlowe. Poco a poco el contorno vuelve a hacerse perceptible y distingue el cuerpo de un hombre en un costado de la sala, junto a una mesa de madera de cuatro puestos con varios libros encima. La sangre, cerca a la cabeza y el cuello ha dejado una mancha oscura sobre un gastado tapete café. A un costado hay un estante con libros. En una esquina un pequeño televisor que a Marlowe le parece tan antiguo que piensa en imágenes en blanco y negro. El fotógrafo de la pericia continúa con su trabajo y el constante reflejo del flash hace que Marlowe tenga que cerrar los ojos con frecuencia.

 

“¿Lo conocía?”, dice el agente Cruz, un hombre de altura media, hombros anchos y rostro de facciones indígenas. “Levemente”, dice Marlowe mientras observa el cadáver. “Lo interrogué esta tarde por otro caso, ¿y eso?”, dice Marlowe señalando un enorme martillo a un lado del cadáver. “El arma del crimen probablemente”, dice Cruz. “Le dieron primero con el martillo en la cabeza y una vez inconsciente le abrieron la garganta con eso”. El agente Cruz señala una especie de bisturí antiguo untado de sangre que permanece a un lado del martillo como si hubiese sido colocado allí con cuidado, como piezas de un cuadro, o elementos de una instalación artística. Marlowe observa el martillo y ve que en la empuñadura están marcadas las letras “J.P.”

 

“¡Agente Cruz!”, grita alguien desde el cuarto de servicio, en la parte posterior del apartamento. “¡Tiene que ver esto!”. Cruz y Marlowe se dirigen hacia el cuarto. En su interior, en la esquina derecha, debajo de una pequeña ventana que da hacia una calle paralela, hay una caja de cartón con piso de arena. La arena tiene ahora una coloración oscura en varios lugares, formando manchas irregulares. En el centro de la caja hay un gato negro con el cuello cortado. La cabeza está casi desprendida del resto del cuerpo. Cruz mira a Marlowe incrédulo. “¿Qué tipo de loco es este?”, le dice. “Todavía no lo sé”, dice Marlowe, mientras camina buscando la puerta de salida del apartamento.

Publicado enEdición Nº231
Patti Smith canta en la entrega del Nobel marcado por la ausencia de Bob Dylan

Marcó esta entrega de los Premio Nobel la presencia de Patti Smith (uno de los pocos contrapuntos femeninos en el muy heteropatriarcal panorama de la velada) en representación de Dylan.

 


La emoción de la cantante Patti Smith ha contagiado este sábado a los asistentes a la ceremonia de entrega de los Nobel en Estocolmo, donde ha interpretado de manera muy sentida el tema “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” de Bob Dylan, galardonado con el premio de Literatura.


Una enorme ovación premió a la cantante estadounidense, de 69 años, que interrumpió la canción en una ocasión y tuvo un pequeño tropezón una segunda vez.


Vestida con un traje de pantalón y chaqueta negros y camisa blanca de largos puños, cantó acompañada únicamente por una guitarra el tema de Dylan, que tuvo que interrumpir. “Lo siento, lo siento, estoy nerviosa”, dijo la veterana artista.
La directora de la Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo, la joven Marie Rosenmi, advirtió del error a la cantante, que pidió retomar la estrofa y recibió el primer aplauso del auditorio, entre los que estaban los reyes de Suecia, Silvia y Caros Gustavo, y la princesa heredera, Victoria, con su esposo, el príncipe Daniel.


Posteriormente, la cantante, embargada por la emoción, tuvo un segundo tropiezo con la larga y compleja letra de la canción de Dylan, pero supo reponerse para dar más potencia a su voz mientras algunos de los asistentes no podían retener las lágrimas.


El auditorio le dedicó una enorme ovación al finalizar un tema muy significativo en la carrera de Dylan, compuesto en 1963, un himno de la canción protesta que fue escrita en los años del miedo ante una posible guerra nuclear.


Es un tema repleto de visiones inquietantes, como la que habla de un recién nacido rodeado de lobos, y al que la cantante de Chicago (EEUU) imprimió de una gran emoción.


El rey Carlos Gustavo de Suecia ha sido el encargado de hacer entrega de los premios Nobel en Estocolmo en una ceremonia de la que tuvo que ser retirado uno de los premiados, el británico David Thouless, galardonado de Física junto a sus compatriotas Duncan Haldane y Michael Kosterlitz.

 

 


Bob Dylan agradece el Nobel: “Mis posibilidades de ganar eran tantas como

ir a la Luna”

 

El famoso discurso de agradecimiento de que prometió Dylan para que lo leyera Smith quedó para la privacidad del banquete real.Dylan no estaba presente para pronunciar el discurso de agradecimiento, cosa que hizo en su lugar la embajadora de EEUU en Suecia Azita Raji, pero aseguró que estaba “totalmente en espíritu” y que se sentía honrado por haber recibido “un premio tan prestigioso”.


Recibir el Premio Nobel de Literatura era algo “que nunca habría podido imaginar, ni verlo venir”, aseguró Dylan y recordó que desde pequeño ha “leído y absorbido” las obras de algunos laureados, “gigantes de la literatura” como Rudyart Kipling, George Bernard Shaw, Thomas Mann, Pearl S. Buck, Albert Camus o Ernest Hemingway.


“Que ahora yo me una a semejante lista de nombres realmente va más allá de las palabras”, afirmó el cantautor.
“Si alguien me hubiera dicho que tenía la más mínima oportunidad de ganar el Premio Nobel, habría pensado que tenía las mismas que de estar en la luna. De hecho, en el año en que nací (1943) y en otros después nadie en el mundo fue considerado lo bastante bueno para lograrlo”.


Sin embargo, “ni una sola vez he tenido tiempo de preguntarme: ‘¿son mis canciones literatura?”, aseguró Dylan, quien agradeció a la Academia Sueca “por tomarse el tiempo de considerar esa cuestión tan concreta y, en última instancia, por dar una respuesta tan maravillosa”.


El nuevo premio nobel señaló que sus canciones, que “son el centro vital de casi todo”, parece que “han encontrado un lugar en la vida de mucha gente en muchas culturas diferentes” y está agradecido por ello.


En su texto recordó que cuando empezó a escribir canciones, siendo adolescente, e incluso al tener algo de fama, soñar a lo grande suponía esperar grabar discos y que sus canciones sonaran en la radio, es decir, llegar “a una gran audiencia” y poder “seguir haciendo lo que te habías propuesto”.


Al final, ha grabado docenas de discos, tocado miles de conciertos en todo el mundo, “ante 50.000 personas, pero también ante 50” y aseguró que es “más difícil” hacerlo en el segundo caso.50.000 son una persona única, pero 50 no. “Cada persona tiene una identidad individual separada, un mundo dentro de ellas mismas. Pueden percibir las cosas con mayor claridad”. En ese caso, “se pone a prueba tu honestidad y cómo se relaciona con la profundidad de tu talento. El hecho de que el comité Nobel sea tan pequeño no me pasa desapercibido.”


Cuando Dylan supo que había logrado el Nobel, tras “más de varios minutos para procesarlo de manera adecuada”, se acordó de William Shakespeare y en las cosas que pensaría al escribir y poner en pie una obra, no solo desde el punto de vista de la escritura sino de detalles cotidianos.


“Apuesto a que la última cosa que Shakespeare tenía en mente era la pregunta de si esto es literatura”, indicó Dylan.Y como Shakespeare, el cantautor también está ocupado “con frecuencia” en la búsqueda de sus esfuerzos creativos y “lidiando con todos los aspectos mundanos de las cosas mundanas de la vida” como quiénes serán los mejores músicos para una canción o si está grabando en el estudio adecuado. Y es que -concluyó- hay cosas que “nunca cambian, ni en 400 años”.


También hubo una laudatio del comité literario de los Nobel, leída por el crítico e historiador sueco Horace Engdahl. El texto tuvo un tono de justificación y de autodisculpa ante el pequeño despropósito. “¿Qué causa los grandes cambios en el mundo de la literatura? A menudo suceden cuando alguien se apodera de una forma simple, pasada por alto, desechada como arte superior, y la hace mutar”, arrancó su intervención.


“Así, La Fontaine tomó las fábulas de los animales y Hans Christian Andersen los cuentos de hadas desde la guardería para llevarlos a las alturas de Parnaso. Cada vez que esto ocurre, nuestra idea de la literatura cambia”.
“En sí mismo, no debería causar tanto furor que un cantautor sea ahora receptor del Premio Nobel de literatura”, adujo Engdahl.


“En un pasado lejano, toda la poesía fue cantada o recitada melodiosamente y los poetas eran rapsodas, bardos, trovadores. Lyrics [“letras”, en inglés] viene de lira. Pero lo que Bob Dylan ha hecho no ha sido volver a los griegos o los provenzales”.


En su lugar, “se dedicó en cuerpo y alma a la música popular americana del siglo XX, la que sonaba en las estaciones de radio y en los discos de gramófono para la gente común, blanca y negra: canciones de protesta, country, blues, rock primitivo, gospel, música comercial. Escuchaba día y noche, probando el material en sus instrumentos, tratando de aprender”.


Pero cuando empezó a escribir canciones similares, éstas “salieron de otra manera. En sus manos, el material cambió. De lo que descubrió entre reliquias y chatarra, en la rima banal y el ingenio rápido, en las maldiciones y las oraciones piadosas, en las palabras dulces y las bromas crudas, él extrajo el oro de la poesía. Si fue a propósito o por accidente es irrelevante; toda la creatividad comienza en la imitación”.


Engdahl comparó su mito al de El holandés errante. “Él hace buenas rimas, dijo un crítico, explicando la grandeza. Y es verdad. Su rima es una sustancia alquímica que disuelve contextos para crear otros nuevos, difícilmente contenibles por el cerebro humano. Todo un shock. Con el público que esperaba cancioncitas pop-folk surgió un joven con una guitarra, fusionando el lenguaje de la calle y la Biblia en un compuesto que habría hecho que el fin del mundo parezca una repetición superflua”, tiró luego de hipérbole.


“Al mismo tiempo, cantó al amor con un poder de convicción que todos quieren poseer. De repente, gran parte de la poesía de los libros de nuestro mundo se sentía anémica, y las letras de canciones rutinarias que sus colegas seguían escribiendo eran como pólvora anticuada después de la invención de la dinamita”, añadió después, en una metáfora conectada con el impulsor de los premios.


“Pronto, la gente dejó de compararlo con Woody Guthrie y Hank Williams y se volvió a Blake, Rimbaud, Whitman, Shakespeare”.


“En el escenario más improbable de todos -el disco gramofónico comercial- devolvió al lenguaje de la poesía su estilo elevado, perdido desde los románticos”, prosiguió luego el discurso.


“No para cantar las eternidades, sino para hablar de lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor. Como si el oráculo de Delfos leyera las noticias de la tarde”.Y en una nueva justificación, apuntó: “Reconocer la revolución al otorgar a Bob Dylan el Premio Nobel fue una decisión que sólo parecía atrevida de antemano y que ya resulta obvia. ¿Pero ha sido premiado por trastornar el sistema de la literatura? Realmente no”.


La explicación es la que dio en su momento Nicolas Chamfort: “¿Qué importa el rango de una obra cuando su belleza es del más alto rango?”.


Ésa “es la respuesta directa a la pregunta de cómo Bob Dylan está dentro de la literatura: igual que la belleza de sus canciones es del más alto rango”.


Por eso, sostiene la academia sueca, “a través de su obra, Bob Dylan ha cambiado nuestra idea de lo que la poesía puede ser y cómo puede funcionar. Es un cantante digno de un lugar al lado de los ‘aoidoi’ griegos, junto a Ovidio, junto a los visionarios románticos, junto a los reyes y reinas del blues, junto a los maestros olvidados de los ‘standards’ brillantes”. Y un último recado: “Si la gente del mundo literario se queja, hay que recordarles que los dioses no escriben, sino que bailan y cantan”.

 

10 diciembre 2016
(Tomado de EFE y El Mundo)

 

 

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Lunes, 28 Noviembre 2016 14:44

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes

Capítulo 7

 

Donde antes se concentraba el lumpen de la ciudad, formando a su vez una pequeña ciudad paralela construida con restos de basura, cajas de cartón y tejas de zinc destrozadas, hay ahora una plaza en forma circular con caminos en cemento, estatuas abstractas y árboles de media altura. El progreso, vestido con el uniforme de la fuerza de choque policial, desplazó al lumpen que ahora deambula por otros barrios y duerme debajo de los puentes o en el espacio que dejan algunas casas y edificios frente a la acera. Junto a esta nueva plaza, en una construcción de una sola planta, pintada de color rosado, funcionan las instalaciones de Medicina Legal.

 

Son casi las diez de la noche cuando Marlowe entra al lugar y sigue directamente a la sala de autopsias. Dos potentes lámparas fluorescentes arrojan una luz blanca hacia el cadáver sobre la mesa en el centro de la sala. Otras cuatro mesas, dos a cada lado de la mesa del centro, con cadáveres tapados con una manta blanca ocupan el resto del espacio. Un hombre de unos sesenta años, de pelo y barba blanca hace anotaciones en un block que sostiene en un soporte de madera en la mano derecha. “¿Cómo andas Estévez?”, dice Marlowe al entrar. El hombre de barba blanca ni siquiera se voltea para verlo. “Feliz, como siempre. ¿Qué te trae esta vez por aquí o es sólo por placer?”. “Ya te dije que no quiero volver hablar de ese asunto, ¿entendido?”. “Tranquilo, es una broma, relájate”. “¿Encontraste algo raro en la autopsia de este tipo?”, dice Marlowe mirando hacia el cadáver de Zubiria acostado boca abajo sobre la mesa. “Mira esto” dice Estévez mientras le muestra el lugar de una herida profunda en la parte baja de la espalda. “¿Y?”, dice Marlowe. “¿Qué tipo de arma puede producir esa forma? No es un cuchillo normal, una navaja, un destornillador, un picahielos, nada que se le parezca.” “Yo no soy el experto”. “Bueno, después de hacer una investigación en mis archivos logré descubrir el tipo de arma usado en el crimen y no lo vas a creer...”. “No estoy para misterios Estévez, tengo sueño, hambre y dolor en la espalda, así que vayamos al punto”. “Ese tipo de herida debe haber sido causada por un arma antigua, una pequeña cimitarra, similar a las acinacoe persas o las sicoe romanas”. “Mi griego no es muy bueno Estévez, ¿qué mierda significa eso?”. “No lo sé exactamente, tú eres el detective. Parece que tu asesino tiene algún gusto particular por las antigüedades. Pero hay algo más interesante”. Marlowe espera que Estévez continúe y al mismo tiempo observa de reojo el cadáver de Zubiria. Sin que pueda evitarlo su mirada empieza a recorrer lentamente el cuerpo desnudo sobre la mesa de aluminio lo que le proporciona las primeras punzadas de placer localizadas en la boca del estómago. Marlowe debe hacer un esfuerzo para concentrarse nuevamente en las palabras del médico que parecen venir de un lugar distante. “Ese tipo de arma era usada por los Sicarios Judíos, un grupo de asesinos que actuaba en Siria durante los primeros años del Emperador Nerón. ¿Y adivina cuál era el método usado en los asesinatos de los Sicarios Judíos?”. “Asesinaban en medio a la multitud”, dice Marlowe con desgano. “¡Exacto detective! La multitud les servía de cómplice como la oscuridad en un callejón solitario. Los Sicarios Judíos consideraban que las grandes multitudes eran una especie de densa oscuridad donde no era posible descubrir quién había dado el golpe mortal. El historiador romano Josefo afirma que fue de este modo, en medio a la gran fiesta pascual en Jerusalén como asesinaron a Jonatán el Máximo Pontífice”. “Interesante”, dice Marlowe mientras camina hacia la puerta, no sin antes darle una última mirada a la espalda desnuda sobre la mesa. “Ah, otra cosa”, dice, “¿has oído hablar de un tal De Quincey?”. “¿Thomas De Quincey, el periodista?”. “El filósofo”, dice Marlowe. “Sí, también es periodista y escritor. Tiene una columna de crónica roja en El Espacio. Firma con el seudónimo de Thurtel. Creo que te gustarían sus detalladas descripciones de los crímenes. Pasa frecuentemente por aquí para tomar fotografías. Un tipo algo excéntrico, si me permites usar esta palabra. ¿Por qué?”. La pregunta de Estévez se queda sin respuesta, flotando en el aire como las partículas de polvo que se reflejan bajo la luz de las lámparas fluorescentes del techo.

Publicado enEdición Nº230
"Con Rulfo hallé nuevas formas de ver y abordar la realidad"

“Pedro Páramo, una manzana de oro que ya nadie puede tocar”, sentenció

Sólo García Márquez pudo hacer esa literatura, aseguró. Ambos, libros venerables, que "aún nos dicen cosas nuevas"

Guadalajara, Jal.

En la mesa dedicada al boom latinoamericano que organizó el Fondo de Cultura Económica (FCE), el escritor Sergio Ramírez se dijo absolutamente sorprendido de cómo autores como Juan Rulfo vinieron a reivindicar la literatura de esta región del planeta con estructuras totalmente novedosas en temáticas que parecían agotadas.

"Cuando uno ve un bordado ve las flores bonitas, pero cuando se asoma al otro lado del bastidor lo que ve son las puntadas y uno, como escritor, es eso lo que busca. Yo las encontré con Rulfo, de la literatura que veníamos era la vernácula, localista regionalista", dijo.

Recordó que en la literatura anterior a los años 50 del siglo pasado, cuando los campesinos o los indígenas hablaban en las historias, el autor solía poner sus palabras entre comillas, una forma de tomar distancia y remarcar que el escritor no era el que hablaba así.

“Rulfo borra completamente esa distancia; para mí esa fue una nueva manera de ver y abordar nuestra realidad. Cuando uno se fija en la maravilla que es Pedro Páramo, libro pequeñito que no era La guerra y la paz o El conde de Montecristo, nota que es un libro breve, que para unos escritores está lleno de muchísimas enseñanzas”, explicó.

Dijo que la sencillez con que se inicia la narración de Pedro Páramo, la voz de un arriero que dice haber llegado a Comala porque le dijeron que ahí vivía un tal Pedro Páramo, poco a poco adquiere otro sentido cuando el lector se da cuenta de que todos los que hablan están muertos, que es un libro contado por muertos, por voces de gente enterrada, que por aburrimiento se pone a contar cosas del pueblo.

“Se trató de una manera absolutamente distinta de narrar y de la cual se podía aprender muchísimo, pero entre la última gran novela vernácula que se escribe en América Latina, que es Pedro Páramo, y la primera urbana, que es La región más transparente, de Carlos Fuentes, sólo median dos o tres años.”

En su reflexión, Ramírez recordó que Fuentes escribió alguna vez diciendo que Pedro Páramo era como "una manzana de oro" y que ya nadie podría volver a tocarla, pues con esa obra se había cerrado esa literatura.

“El único que pudo abrir otra vez ese cofre cerrado fue Gabriel García Márquez con Cien años de soledad, novela absolutamente rural con los mismos elementos tradicionales de guerras civiles. Así como tuvimos un ciclo de novela bananera en la primera mitad del siglo, porque la United Fruit Company reinaba, también podríamos decir que Cien años de soledad es bananera, por la masacre de la ciénega ejecutada por el ejército de Colombia”, agregó.

Señaló que por eso, aunque sea la misma materia prima, el lenguaje y estructura de ambas obras es lo que las hizo diferentes; nuevas novelas, a pesar que se trata, a estas alturas, de libros muy venerables, que forman parte del canon universal, pues, aunque una ya cumplió 60 años y la otra está por cumplir 50, "nos siguen diciendo cosas nuevas".

El escritor nicaragüense dijo que para los escritores Cien años de soledad fue “veneno puro, ya que la influencia de García Márquez va más allá de simple influencia y logra que se le trate de imitar, como ha habido muchísimos ejemplos, sobre todo en la literatura europea reciente.

“Pero un escritor del que nunca tuve temor de contaminarme es de Mario Vargas Llosa, porque él siempre enseñaba cómo están las puntadas al revés del bordado; es toda una escuela de estructura y de aprender a escribir. La modernidad, realmente, de cómo comenzar a escribir en espacios y tiempos continuos, estaba en Vargas Llosa, y ya no se diga en Conversación en la catedral o La casa verde, grandes obras maestras.”

Deuda impagable

En su disertación, Ramírez estuvo acompañado por Adriana Romero Nieto, Fernando Iwasaki y Guadalupe Nettel, quienes señalaron la importancia que Vargas Llosa y García Márquez tuvieron para definir su vocación de escritores y afirmar su gusto por la lectura.

"Fuimos abducidos por la magia de la literatura. La deuda que tenemos con esa generación es impagable", expresó Iwasaki.

Nettel, en cambio, quien se dijo seducida por la primera novela que leyó, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, encontró entre los claroscuros del boom latinoamericano el impulso viril de esa literatura, una "actitud profundamente machista" dentro de ese movimiento, pues no hubo escritoras que formaran parte de él.

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Jueves, 24 Noviembre 2016 06:26

Música y letra

Música y letra

Rubén Darío fue un músico que, como él mismo dice, vivía "loco de armonía". No lo ocultaba. En su novela inconclusa El oro de Mallorca, el protagonista es un famoso compositor latinoamericano, Benjamín Itaspes, pero de inmediato reconocemos que se trata de él mismo, disfrazado así para hacer una confesión autobiográfica, amarga y triste. O más bien que un disfraz, es su verdadera alma la que muestra en esos capítulos. El alma del músico que siempre cargó con su piano Pleyel, y que terminó perdiendo en una casa de empeño, agobiado por las deudas.

Su preferido entre los personajes de la mitología griega es Orfeo, músico, y entre los dioses del panteón latino, Pan, músico también. Y su poesía que más nos gusta, la que entra por el oído, es pura música, si no oigamos los compases que tiene la Marcha Triunfal, clarines, trompetas de guerra, y donde los timbales marcan el ritmo en el desfile de los vencedores.

Y aquel poema A Margarita: ¿Recuerdas que querías ser una Margarita/ Gautier? Fijo en mi mente tu extraño rostro está,/ cuando cenamos juntos, en la primera cita,/ en una noche alegre que nunca volverá... tiene la medida y la cadencia de un tango. Sin olvidar que Borges escribió letras de milongas, a las que Piazzola puso música.

Pero contra lo que alguien pudiera pensar, en la prosa tiene que haber música, y el que escribe en prosa debe tener oído musical, para la melodía y para el ritmo. Esto podría parecer contradictorio en mi caso, pues mi tío Alberto Ramírez, chelista y compositor de boleros, nos declaró sordos a mi hermana Luisa y a mí tras sus esfuerzos frustrados en enseñarnos solfeo. Quizás era el horario de las lecciones. Las dos de la tarde es la peor hora para enseñar a solfear, igual que para aprender mecanografía, en lo que también fracasé, pues nunca aprendí a escribir con todos los dedos, como Dios manda, sino que me quedé usando los dos índices que picotean en el teclado, un anacronismo en esta era de los dedos pulgares.

Desde entonces he inventado la teoría, muy a mi favor, de que hay dos oídos: el que reproduce entonando, en lo cual confieso mi sordera, pues si me atrevo a cantar lo hago en un solo tono, y el oído que oye y puede recordar un quinteto de cuerdas o una sinfonía a la primera frase, el mismo oído que distingue los compases de un tango o de un bolero y reconoce cada instrumento en un concierto, y sobre todo, el que me da la medida al escribir.

Vengo de una familia de músicos, abuelo y tíos paternos, todos miembros de una orquesta, y esa es mi vena artística, mi punto de partida. No me son extraños los monótonos ejercicios de clarinete de mi tío Carlos José en las tardes tranquilas de Masatepe, ni la figura de mi abuelo Lisandro inclinado sobre el papel pautado que él mismo rayaba con un curioso instrumento de cinco filos al que llamaba "pata", componiendo tal como se lo dictaba su cabeza, porque nunca pudo ser dueño de un piano.

Músicos pobres, pero que hallaban siempre felicidad en los "toques", esos viajes a caballo por los pueblos vecinos tocando en las misas de gloria, los rosarios rumbosos y las procesiones, lo mismo que en las barreras de toros y en bailes de gala; o ponían serenatas persiguiendo amoríos.

La literatura se emparenta, pues, con la música, o mejor dicho, ambas comparten la misma sustancia. Y un buen ejemplo es el nicaragüense Carlos Mejía Godoy, quien recibe este mes en Las Vegas el premio Grammy Latino que le ha sido otorgado en reconocimiento a su carrera de compositor, palabra que hay que descomponer de manera debida, en su sentido completo: compositor es el que crea música y letra. Es decir, un artista que sabe oír y sabe escribir. Y al escribir, lo hace en pocas líneas, para lo cual se precisa de maestría.

La polvareda que despertó la concesión del premio Nobel de Literatura a Bob Dylan aún no se asienta, y yo siento que Leonard Cohen se haya muerto sin recibirlo. Si se trata de premios literarios, además de musicales, como el Grammy, Carlos Mejía Godoy merecería más de uno, igual que Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez o Pablo Milanés. Todos ellos son poetas de la altura de Jacques Prévert, quien escribió la letra de Hojas muertas, o el poema que fue a dar a la canción. Un poema que cubre toda la melodía, igual que Volvió una noche, de Alfredo Lepera, en la voz de Carlos Gardel.

Conocí a Carlos en León en 1960. Yo estudiaba derecho y él llegó a estudiar medicina. Recuerdo un viaje que hicimos una noche a la playa de Poneloya a bordo de un jeep sin techo, de aquellos de la Segunda Guerra Mundial; los dos atrás, hablando de música. Para entonces él empezaba a componer y yo a escribir, dos caras de la misma moneda, y él asegura que critiqué mal una de sus canciones primerizas. Cada vez que me lo recuerda, entre risas, yo prefiero responderle que ese episodio nunca existió.

La imagen de Carlos es inseparable de su acordeón, pero entonces tocaba también el serrucho, al que sacaba arpegios de película de vampiros. Su obra empezaba apenas a crecer, y hoy sus centenares de canciones tocan sentimientos de nostalgia y rebeldía que componen lo que podría llamarse el alma nacional de Nicaragua. Él le puso música y letra a la revolución, sin cuya música aquella gesta de todos no se explica, como tampoco se explica sin la poesía de Ernesto Cardenal.

Bastaría la Misa campesina para que su obra quedara en la memoria. La grabación de 1979, en la que entra la Orquesta Sinfónica de Londres, con las voces de Miguel Bosé, Ana Belén, Sergio y Estíbaliz, hay que oírla siempre.

Carlos es un poeta con los dedos en las teclas del acordeón.

sergioramirez.com

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Manuel Zapata Olivella. Un legado cultural. Perspectiva intelectual, literaria y política de un afrocolombiano cosmopolita

Manuel Zapata Olivella se movió en muchas prácticas discursivas, en muchos saberes, siendo él mismo una red para que autores, escuelas, pensamientos y tendencias establecieran un diálogo multi, inter, pluricultural de Colombia para la América, indo, afro, iberoamérica vía el Caribe, y camino a Estados Unidos; y desde allí para el África Sub-sahariana, el África como padre y madre, donde la aventura humana del antropos (homosapiens, demens, ludens) en su manifestación física fuese un hecho. Allí, puede decirse, empezó todo. Es por ello que titulamos a estas memorias de coloquio internacional, “Un legado intercultural. Perspectiva intelectual, literaria y política de un afrocolombiano cosmopolita”, pues lo más característico de él fue propiciar diálogos y entrecruzar los saberes, desde donde Zapata Olivella ejerció maestría, inteligencia y creatividad.

Un novelista universal y un literato cosmopolita. “Todo le interesaba”, como dijo Ernesto Sábato de sí mismo; cosmopolita como Edgar Morín o Enrique Dussel. El mensaje de su obra, de su pensamiento y reflexión a la humanidad y del destino del ser humano en su conjunto, con sus valores y cosmovisiones, es lo más palmario y característico en él; y fue esa la razón porque le llamé un humanista de la diáspora afro, llevando un mensaje de fraternidad para la especie desde la filosofía del Muntu.

 

 
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Dylan no acudirá a recibir el Nobel por “otros compromisos”

Bob Dylan no irá a Estocolmo a recibir su Premio Nobel de Literatura en la ceremonia del 10 de diciembre.

La Academia Sueca, que otorga el reconocimiento, informó que Dylan dijo que "desearía poder recibir el premio personalmente, pero desafortunadamente otros compromisos lo hacen imposible".

La naturaleza de esos "compromisos" del galardonado es un misterio. Y el rechazo representa un giro respecto de sus declaraciones al Daily Telegraph a finales de octubre, cuando proyectaba asistir. "Por supuesto, si es posible", dijo entonces.

La secretaria permanente, Sara Danius, señaló a la agencia noticiosa sueca TT que la academia recibió "una carta personal" de Dylan en la cual expresa que "se siente extremadamente agradecido por el Premio Nobel".

El artista estadunidense señala lo "honrado" que se siente por el prestigiado galardón y la Academia dijo que respeta su decisión.

En su sitio de Internet el artista tiene programados conciertos hasta el 23 de noviembre en su natal Estados Unidos.

Bob Dylan, de 75 años, fue galardonado el 13 de octubre "por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadunidense".

El de literatura y otros cinco premios serán entregados a los galardonados en Estocolmo, el próximo mes, en el aniversario luctuoso de Alfred Nobel.

Los detalles sobre quién recibirá el premio en nombre de Dylan no estaban claros, se espera más información al respecto el viernes.

Nada saben del discurso del poeta

Al principio hubo silencio de Bob Dylan ante el anuncio del premio. Eventualmente dijo que el reconocimiento lo dejó "sin palabras".

En el 2000 Dylan viajó a Estocolmo para recibir el Premio Polar de Música, entregado por el rey Carlos XVI Gustavo de Suecia.

Dylan se convirtió en octubre en el primer cantautor en recibir el Premio Nobel de Literatura por la poesía de sus canciones y su aporte a la canción estadunidense.

El artista ya había generado resquemor en la Academia por no expresarse sobre el galardón durante semanas. Sólo a finales de octubre comunicó a la Academia que "por supuesto" aceptaba el premio y que si podía iba a asistir a la entrega.

Aunque Dylan no asista a la ceremonia del 10 de diciembre no perdería el galardón. "Estamos ilusionados con el discurso por el Nobel de Dylan que deberá brindar", indicó la Academia Sueca.

El premio consiste en un certificado –el llamado diploma Nobel–, una medalla y un documento en el que se consigna la dotación de 8 millones de coronas suecas (unos 865 mil dólares).

Aún no queda claro de qué forma recibirá Dylan la medalla y los certificados.

Respecto del discurso que Dylan debe pronunciar para recibir el Nobel de Literatura, "no sabemos nada todavía", dijo Danius a la agencia TT.

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Viernes, 11 Noviembre 2016 07:18

Hereje sin máscaras

Hereje sin máscaras

El policial como novela social. El embargo y los cambios en Cuba. El período especial y la censura. El periodismo y la literatura. La guerra de Angola y la condición humana. Leonardo Padura, una de las voces centrales de la literatura cubana actual, estuvo en Montevideo y habló con Brecha.

 

No se lo ve cansado. Son las siete y cuarto de la tarde. Casi el final de otra jornada en la cantera. Impecable, sin una gota de polvo encima a pesar de que en todo el día no ha parado en su trabajo con el cincel y la barrena, recibe al enésimo periodista.


Así son las giras de promoción literaria.


Manos a la obra, entonces.


Rechaza una taza de café –ya han sido demasiadas–, comprueba que el agua esté en la mesa de al lado, pide un minuto y, como un bateador que se recoge un instante para una plegaria, sale al minúsculo jardín interior de la sala de desayunos de su hotel. No es más que una estrecha pecera a cielo abierto en la que debe esforzarse para caber y dar dos caladas a su cigarrillo, pero después del shot de nicotina regresa más despejado todavía.


Nadie diría que la noche anterior se quedó despierto hasta las dos de la madrugada mirando el partido decisivo de la Serie Mundial de béisbol porque había un cubano, Aroldis Chapman, como relevista de los Cachorros de Chicago. El trasnoche no evitó que estuviera listo a tiempo para llegar a la Intendencia y recibir el reconocimiento de visitante ilustre de Montevideo a las nueve y media de la mañana, ni que en este momento, mil horas más tarde, se apreste a responder, otra vez, las preguntas de rigor.


Un AK 47 y muchas corbatas polacas


—¿Cómo fue su experiencia en Angola?


—En el año 1985 yo estaba trabajando en el periódico Juventud Rebelde y se creó, sin contar con nosotros por supuesto, una especie de compromiso de que iba a ir un joven escritor a Angola a trabajar en un periódico de la colaboración civil que allí existía. Le correspondía a otra persona, pero hizo un juego de malabares para que no le tocara y me llamaron a mí. Yo dije que sí con absoluta tranquilidad, porque no había otra opción que decir que sí. Ocho días después de llegar cumplí los 30 años, allí en Angola, en un campamento donde hacíamos el entrenamiento militar previo. Yo no era un militar, pero todo cubano que estaba en Angola tenía que estar dispuesto a participar de acciones militares si era necesario. Al salir nos entregaban un fusil AK con cuatro cargadores, que estuvo allí al lado de mi cama durante esos 12 meses que viví en Angola. Afortunadamente no tuve que usarlo, pero viví la tensión de un país en guerra civil, que era un poco más que guerra civil, porque el ejército sudafricano estaba en Namibia y había la posibilidad de una invasión. Esto yo lo cuento en uno de los relatos de Aquello que estaba deseando ocurrir. Esa sensación de miedo que teníamos siempre de que pudiera pasar a mayores. Conocí un país en guerra, pero sobre todo, lo más aleccionador –porque aunque tú no participes de ellas, las guerras son terriblemente aleccionadoras, en el peor sentido de lo que puede aprender un hombre– fue algo fundamental para mi aprendizaje sobre la condición humana: cómo en situaciones extremas el ser humano es capaz de mostrar lo peor y lo mejor de sí. Tuve allí pruebas de solidaridad, de cariño, de fraternidad, y pruebas de mezquindad mayúsculas. Y creo que al final, a pesar de haber sido una experiencia dolorosa, fue una experiencia muy útil para mí como escritor y como ser humano.


—¿Ha tenido tiempo de leer a Svetlana Aleksiévich?


—Leí Los muchachos del zinc.


—¿Hay alguna similitud entre lo que ella cuenta sobre la guerra soviética de Afganistán y lo que usted vivió en Angola?


—La hay en el sentido de que es un ejército foráneo en un país que tú entiendes poco y mal. Curiosamente, en Los muchachos del zinc vi que ocurría una cosa que pasaba también en Angola. Para nosotros, comprarnos un jean en Cuba era imposible, porque era un artículo prácticamente inexistente, y ahí, en Angola, las candongas vendían jeans y relojes plásticos digitales, y nosotros los cambiábamos por ron y por comida. Lo que más precio tenía en las candongas angoleñas eran las corbatas, y en Cuba había unas tiendas como estas de “todo por un peso” donde había una enorme cantidad de corbatas polacas, entonces yo le pedía a mi esposa Lucía que me comprara corbatas y me las enviara para cambiar por otras cosas. Tuve la suerte además de que el hombre que llevaba la valija de los documentos secretos del Ministerio del Interior era un amigo con el que jugábamos béisbol de pequeños. Así que en esa valija llevaba unos documentos que eran de alto valor estratégico... y también llevaba mis corbatas para ser cambiadas en las candongas.


LAS FRONTERAS DEL PERIODISMO


—Sobre Aleksiévich se ha discutido mucho si lo que hace es periodismo o es literatura.


—No quiero ser absoluto, porque sólo he leído Los muchachos de zinc. Pero yo sentí que le sobraba la mitad del libro. Es un periodismo bastante poco elaborado, en comparación con los grandes periodistas que hemos conocido, algunos de los cuales han colaborado con Brecha. Creo que en el periodismo latinoamericano y en el periodismo norteamericano, Truman Capote, Tom Wolfe, (Eduardo) Galeano, e incluso en el que hace Emmanuel Carrère, el periodista o escritor francés –no se sabe qué cosa es lo que escribe Carrère, si es una novela o es periodismo–, en todos ellos hay una voluntad de estilo que en ella no veo. El premio Nobel de Aleksiévich el año pasado y ahora el Nobel de Bob Dylan me hacen pensar en una búsqueda de simpatía de la Academia sueca. Porque creo que ser escritor es un oficio muy complicado y el Nobel de literatura significó durante muchos años un reconocimiento que ganaron grandes, y que lo dejaron de ganar grandes, porque no siempre estuvimos de acuerdo, pero esto último... como que me desconcierta.


—¿Qué tanto de aquel periodista, no sólo del que iba a la Semana Negra de Gijón antes de ser escritor de novelas policiales, sino también del periodista que fue a Angola, qué tanto hay de ese Padura de los inicios en este Padura escritor?


—Creo que mucho. Un periodista es un poco un detective que está buscando una verdad, establecer una verdad. Sigues unas pistas, interrogas a unos testigos y llegas a una conclusión. Eso es un reportaje periodístico y también es una novela policial. En mi caso, la investigación histórica de personajes, de acontecimientos del pasado, más o menos cercanos más o menos remotos, tiene mucho que ver con investigaciones periodísticas que hice en los años ochenta. Si tengo un libro del cual estoy muy orgulloso es ese libro mío de reportajes de los años ochenta que todavía se lee y se publica: El viaje más largo. Aquellas historias de la Virgen de la Caridad del Cobre, de los catalanes en Cuba, del ron Bacardí, del barrio chino de La Habana fueron como una especie de Aquello estaba deseando ocurrir, porque la investigación para escribir periodismo se parece mucho a la investigación para escribir novelas. A diferencia del historiador, que el historiador tiene que tener el dominio total sobre el contexto del cual va a escribir, el novelista o el periodista tiene que tener el dominio de los personajes y las situaciones que ocurrieron en un momento determinado para poder contar una historia. El resto de la historia está en el contexto, pero no tenemos que contarla porque no somos los historiadores. Somos apenas una gente que muestra un fragmento de una realidad, en un caso de una perspectiva objetiva y, en otro caso, de una perspectiva subjetiva, novelesca.


—¿Nunca tuvo la tentación de que el personaje central de sus novelas no fuera un detective sino un periodista?


—El problema es que cuando yo escribo la primera de estas novelas de Mario Conde (Pasado perfecto) y ya decido escribir una serie de cuatro (la tetralogía “Las cuatro estaciones”, que completan Vientos de cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño) es el año 90. Las ubico todas en el año 89, porque a partir del 90 y el 91 la sociedad cubana cambió tanto, que montar una novela en la que un personaje tuviera que moverse en una sociedad más o menos coherente era imposible.

—El período especial.


—El período especial. Si tenías que llamar por teléfono, no había teléfono. Si Conde quería fumar, no había cigarrillos. Si tenía que coger una guagua, no había guagua. Entonces, tengo que dejar esto en el año 89, porque si no, este pobre no va a poder hacer nada. Pero cuando hay un crimen de sangre en Cuba no es verosímil que no sea un policía quien lo resuelva. Después de que terminé esa serie y cuando decido escribir Adiós, Hemingway, ya Conde no es policía. ¿Y entonces? ¿Qué coño hago? Pues me cagué en la verosimilitud. Y lo que hago es buscar un recurso por el cual Conde pueda hacer una investigación sin ser el investigador principal, y se convierte más en un periodista en el sentido de que es un buscador de una verdad, un buscador de una información. Contrastar esa información es lo que le permite solucionar un caso en el cual él no es quien ejerce el papel de la encarnación oficial de la justicia, sino simplemente alguien que encuentra una verdad, que la constata.


DE GÉNEROS Y CAMISAS DE FUERZA


—En una entrevista con El País de Madrid usted definió a Mario Conde como un detective literario, alguien creado para ser intermediario entre la realidad como es y como usted querría que fuera.


—Si tú analizas con un pequeñísimo rigor, eso se ha hecho en el caso de Holmes y Conan Doyle, demostrando que criminalísticamente Holmes no sabía prácticamente nada, si lo haces te das cuenta de que Conde sabe menos. Como policía es mentira. Por eso es un policía de literatura. No debe de haber cosa más aburrida que un expediente de una investigación criminal. Porque hay que seguir una serie de protocolos y de pasos que son antidramáticos por completo. Cuando escribes una novela policial organizas y escribes todo de la manera que quieres, y de los recursos de la investigación utilizas los que te convienen. Por lo tanto, es una apuesta literaria, totalmente literaria. En mis novelas mucho más, porque la acción prácticamente no existe, es más la reflexión.


—Se ha dicho que la narrativa de género se puede terminar transformando en un corsé.


—Puede serlo si tú eres obediente a las reglas que te imponen el uso, el mercado, la academia. Hay autores como Donna León, que vende muchísimos libros en el mundo, que tienen un esquema que tú sabes cómo va a funcionar, con todas las características para establecer una comunicación fácil con el lector. Pero creo que también la novela policial es capaz de permitirte ser absolutamente irreverente, renovador y creador en el sentido más amplio. Lo importante que te da el género policial, desde mi punto de vista, es que en el propio proceso de develamiento de la verdad, de descubrimiento de una información, hay un proceso de conocimiento de un contexto de una sociedad que permite que esa camisa de fuerza tú la inviertas, y en vez de ella atraparte a ti, tú la utilices a ella.


—Petros Márkaris decía que sus libros, sobre todo los de los años de la crisis griega, son más libros políticos que policiales...


—Yo trato de utilizar la novela policial como una forma de indagación de la sociedad, y al final como un tipo de novela social. No sé si a estas alturas que yo me ande proclamando como novelista social sea algo que me beneficie o me perjudique. Porque decir esto ya a estas alturas puede sonar un poco pasado de moda, pero creo, sigo creyéndolo, que la literatura tiene una función social. Que el escritor la cumpla o no la cumpla, eso es problema de su voluntad. Pero en el caso cubano es una necesidad, yo lo asumo de esa manera. También hay que tener en cuenta algo importante: que en Cuba la prensa hace muchos años que no cumple un papel periodístico, cumple un papel propagandístico, como todas las prensas que responden a unos intereses, que en este caso son los intereses de un Estado, de un gobierno, de un partido, que son lo mismo, porque en Cuba se ha unificado todo y el secretario del partido es el presidente del consejo de ministros y el jefe de gobierno. Entonces, esta prensa tiene una posición, una postura oficial con respecto a la presentación de la realidad, y muchas veces la literatura ha sido la que ha venido a problematizar esa realidad. No sólo la mía, creo que en general la de las dos últimas generaciones de narradores, y en cierta forma también de dramaturgos cubanos, han servido para complejizar la visión que se tiene de la realidad cubana. Y es definitivamente una postura social con respecto a las funciones del arte.


DEL PERÍODO ESPECIAL A LA VISITA DE OBAMA


—¿Cómo es ese tira y afloje? En el reportaje sobre Cuba que hace Jon Lee Anderson para el New Yorker cuenta que muchos escritores cubanos esperaban los libros de Padura porque ahí veían hasta dónde se podía ir...


—No sé hasta qué punto esto que dice Jon puede ser así. Creo que el hecho de que hayamos ganado un espacio de expresión, que hayamos levantado el techo de tolerancia, ha sido una obra colectiva. Para nada es mi mérito y para nada soy protagonista. Creo que formo parte de un ejército de escritores, cineastas, pintores, dramaturgos que se han propuesto levantar ese techo de tolerancia y poder incluir en la reflexión desde el arte aspectos que son propios de la vida social, incluso política, pero sobre todo de nuestra vida ética de una sociedad como la cubana. Una sociedad en la que muchas personas, y lamentablemente entre esas personas muchos periodistas, piensan de una forma y hablan de otra. En el caso de los periodistas piensan de una forma y escriben de otra. Entonces, creo que la literatura y el arte en general son mucho más sinceros.


—¿Cuándo se empezaron a empujar esos límites?


—En los años noventa. Fue un momento crucial, porque con el período especial vivimos el peor momento de la vida cotidiana cubana. Como no había nada, tampoco había papel para imprimir, ni película para el cine, y se detuvo la industria cultural cubana. Entonces, para que el escritor o el actor pudiera trabajar, no quedaba otra posibilidad que dejar que buscara en el mercado internacional. A partir de ahí creo que comienza esta revisión, esta renovación, esta revolución en el mundo cultural cubano.


—¿Qué pasa después? ¿Qué pasa con la generación que viene luego del período especial?


—Creo que nosotros le abrimos la puerta a esa generación en un momento muy complicado. Recuerda que mi primera novela la escribo en los años noventa y la envío a un concurso cubano de novelas policíacas que organizaba nada más y nada menos que el Ministerio del Interior, que era el que promovía la novela policial en Cuba. Los tres jurados, uno, otro y otro, con diferencia de unas horas, me contaron que esa novela iba a ser la ganadora del premio, pero el premio se declaró desierto porque, la noche antes, uno de los organizadores dijo que no podía ser premiada. No porque la novela fuera contrarrevolucionaria, sucedía simplemente que Mario Conde no era el policía que ellos querían que fuera. La novela se publica en México, porque esa primera versión se la doy a Paco Ignacio Taibo. Él se la lleva a México y en el interín logro comprarme una computadora, paso la novela en limpio y al pasarla la reescribo. Paco publicó la primera versión de la novela en México, y cuando cobré el dinero por esa primera edición, que creo que fueron 800 dólares o algo así, el director de la agencia literaria cubana me dijo que por esa vez me iban a perdonar, pero que eso yo no lo podía hacer y que yo sabía que no lo podía hacer. A partir de ahí creo que todos rompimos con esa agencia literaria. Empezamos a buscar por otros lados y afortunadamente hubo una política oficial comprensiva ante esa entrada de los escritores, los actores, los músicos en el mercado internacional.


—Más allá del terreno de la literatura, ¿cambió algo la reapertura de relaciones con Estados Unidos, la visita de Barack Obama?


—Muy poco. Yo tuve la esperanza de que se produjeran más cambios en un principio. Hay un elemento cierto, se han restablecido las relaciones diplomáticas, pero las relaciones comerciales están casi en el mismo punto, porque las relaciones comerciales dependen del embargo. Las relaciones diplomáticas y los cambios políticos permitieron, por ejemplo, que saliera de la cárcel Alan Gross, que estaba detenido en la isla, y se trajeran los cuatro agentes cubanos que estaban detenidos en Estados Unidos. También permitieron restablecer el correo normal y los vuelos comerciales, pero no son los cambios económicos y políticos que se esperaban. Cambios políticos difícilmente los haya en ese contexto de falta de diálogo económico. Obama tiene muy claro que si quiere cambiar algo en Cuba tiene que quitar el embargo, y Cuba está muy clara que si quitan el embargo pueden cambiar muchas cosas en Cuba. Entonces ahora hay una lucha de dos fuerzas que van en un mismo sentido, pero que se oponen a la vez, es un raro ejemplo de acción y reacción. Hoy, a pesar de que el propio Raúl Castro ha exigido un periodismo diferente y le ha exigido a los políticos cubanos, al equipo político cubano, un cambio de mentalidad, ese cambio de mentalidad no se acaba de producir. Siguen actuando con los mismo métodos que se aplicaron en los años sesenta y setenta. Métodos de censura, de suspicacia, de marginación, de invisibilización de los artistas.

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Bob Dylan rompe silencio sobre el Nobel: “¿Que si acepto el premio? Por supuesto

Bob Dylan rompió el silencio. Finalmente el músico y compositor estadounidense se ha pronunciado respecto al Nobel de Literatura que la Academia Sueca le otorgó el pasado 13 de octubre. “La noticia sobre el premio Nobel me dejó sin palabras”, dijo Dylan a Sara Danius, secretaria permanente de la Academia sueca. “Agradezco mucho el honor”.


Según informó un comunicado de la institución este viernes, el músico y poeta los llamó esta semana para aceptarlo. “¿Que si acepto el premio?, les preguntó Dylan. “Por supuesto”, respondió.


Estas palabras rompen el largo y polémico silencio de Dylan, que inclusive llegó a provocar que un miembro de esa institución lo calificara de “descortés y arrogante”.


Dylan ha asegurado que acudirá a la ceremonia de entrega de los reconocimientos, pero no ha confirmado si asistirá a alguno de los eventos previos al evento en la llamada semana del Nobel, en la que los premiados y otros artistas invitados suelen rendir conferencias,encuentros y recitales.


Dylan también ofreció una entrevista al periódico británico The Daily Telegraph, en la que también se refirió al Nobel. “Es difícil de creer”, es algo “asombroso” e “increíble”.


(Con información de agencias)

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Martes, 25 Octubre 2016 14:18

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes

Capítulo 6

 

Está oscureciendo cuando Marlowe sale de la oficina del decano. La luz que comienza a extinguirse forma extrañas figuras contra la pared de las fotografías del corredor. Marlowe siente a ambos lados la mirada inquisitiva y un tanto diabólica de los filósofos, lo que le produce una sensación poco confortable. La sensación de extrañeza aumenta cuando ve hacia la derecha un bulto apenas perceptible, escondido atrás de una puerta de madera. El bulto mueve una de sus manos y se pierde en las sombras. Marlowe lo sigue sin pensar demasiado. Detrás de la puerta de madera hay una sala de estudio en penumbra con varias mesas ubicadas lado a lado, cada una con una pequeña lámpara simétricamente localizada en la esquina superior derecha. Todas las mesas están vacías. Hacia el fondo, al lado de una estante con libros gruesos de tapa oscura el bulto le hace señas para que se aproxime. Marlowe observa rápidamente hacia los lados y con una mano en el bolsillo le quita el seguro a su arma. Al acercarse se da cuenta que envuelto en un sobretodo gris, tapándose casi toda la cara, está el mismo joven que había salido un poco antes de la sala del decano. “¿Por qué tanto misterio?”, pregunta Marlowe. “Hable bajo, por favor”, dice el joven con una expresión de pavor en el rostro. “¿A qué le tiene tanto miedo?”. “Esto no es un juego, detective. Mi vida puede estar en riesgo por hablar con usted”. “Veamos si es verdad”. “Es sobre el asesinato del profesor Zubiria”. “¿Sí?”, dice Marlowe escéptico. “Yo sé quién está detrás de su muerte”. “¿Y por qué está tan seguro?”. “Porque él mismo me lo dijo, días antes de su muerte en...”. Se escucha un ruido a lo lejos, como de un vaso que se rompe contra el piso, lo que hace temblar un poco más al joven. “Tranquilo”, le dice Marlowe, “continúe”. “El profesor Zubiria estaba a punto de denunciar al Club del Fuego del Infierno y me confesó que su vida corría peligro.” “¿El Club del Fuego del Infierno, está bromeando?”. “No, no es ninguna broma. Así se hacía llamar el grupo de DeQuincey”. Otra vez De Quincey, pensó Marlowe, algo no andaba bien. “¿Y qué clase de grupo es ese?”. “No lo sé exactamente, Zubiria no me lo dijo. Pero dijo que lo que hacían era antiético y peligroso.” “¿Qué más sabe usted del grupo?”. “Sé que hay gente muy importante involucrada, intelectuales, políticos, militares. Se reúnen una vez por semana. Aparentemente es un grupo de estudios pero no sé cuál es su objeto”. “¿Y por qué un grupo de estudios de filosofía iba a ser tan peligroso. Me parece que está jugando conmigo joven y créame, no me gusta para nada que jueguen conmigo”. “No estoy jugando detective. No sé por qué sería peligroso, sólo le digo lo que el profesor Zubiria me dice”. Marlowe pensó que el joven decía la verdad, era demasiado nervioso e ingenuo para estar inventando todo. “¿Sabe usted dónde se reúne el grupo?”. “No, no lo sé y Zubiria no me lo dijo”. “Está bien”, dice Marlowe, “agradezco su colaboración”. “Un momento”, dice el joven, tomando a Marlowe por el brazo. “No me puede dejar aquí, necesito protección policial, un arma, algo...”. A Marlowe la actitud de aquel joven comenzaba a irritarlo. Con un movimiento brusco soltó su brazo, le dio un golpe en el rostro con la mano abierta y lo sacudió

 

Conferencia Williams Primera parte

 

“Damas y Caballeros, he tenido la honra de pronunciar en esta fría noche bogotana la conferencia anual Williams sobre el asesinato considerado como una de las bellas artes. En primer lugar quiero agradecer al comité por haberme elegido este año para tan importante tarea. Espero sinceramente estar a la altura de sus expectativas. Especialmente me siento muy honrada de hablar hoy en presencia de uno de nuestros principales maestros y conocedores, el señor Thurtel.” [Los miembros del comité aplauden e inclinan un poco la cabeza en señal de respeto hacia Thurtel. Thurtel devuelve el saludo con otra leve inclinación de cabeza]. “Déjenme comenzar estas palabras esta noche refutando algunas acusaciones que nuestra sociedad ha recibido recientemente”. [Algunos miembros del comité observan de reojo hacia la esquina de la sala donde el profesor está sentado junto a su esposa]. “Se ha dicho que las actividades de nuestra sociedad poseen un carácter inmoral. ¡Inmoral! Damas y caballeros. ¿Puede haber una acusación más absurda? Aunque parezca innecesario decirlo tendré que recordar algunos de nuestros principios básicos. Afirmo en voz alta, como creo que es el sentimiento general de nuestra sociedad, que el asesinato es una línea de comportamiento inconveniente y no dudo en afirmar que cualquier persona que comete un asesinato debe seguir formas de pensar incorrectas y principios equivocados”. [Se escuchan algunos murmullos en la sala y gestos de aprobación]. “El asesinato, queridos amigos y amigas, como todo en este mundo posee dos maneras de aproximación y de entendimiento. El asesinato puede ser comprendido desde un punto de vista moral, lo que sucede con demasiada frecuencia y constituye, en mi opinión, su lado más débil. O el asesinato puede ser tratado estéticamente, es decir, en relación al buen gusto. Cuando un asesinato está en el tiempo futuro que está a punto de llegar –no ejecutado, ni siquiera siendo ejecutado sino apenas próximo de ser ejecutado– y un rumor sobre él llega a nuestros oídos, tratémoslo moralmente. Pero supongamos que terminó, que ya fue ejecutado, es un hecho consumado. Supongamos que el hombre o la mujer asesinados ya no sufren más y que el villano que realizó el acto desapareció, veloz como una flecha. Supongamos también que hicimos hasta lo imposible por tratar de detener al villano pero no lo conseguimos. ¿Cuál sería, queridos colegas, después de este momento, la utilidad de cualquier uso de la virtud? Ya bastante fue dado a la moralidad. ¡Llegó la vez del Gusto y las Bellas Artes! [Al terminar la frase hay una explosión de júbilo entre los presentes. Con excepción del profesor que continúa con el rostro tenso en el fondo de la sala].

Publicado enEdición Nº229