Dylan no acudirá a recibir el Nobel por “otros compromisos”

Bob Dylan no irá a Estocolmo a recibir su Premio Nobel de Literatura en la ceremonia del 10 de diciembre.

La Academia Sueca, que otorga el reconocimiento, informó que Dylan dijo que "desearía poder recibir el premio personalmente, pero desafortunadamente otros compromisos lo hacen imposible".

La naturaleza de esos "compromisos" del galardonado es un misterio. Y el rechazo representa un giro respecto de sus declaraciones al Daily Telegraph a finales de octubre, cuando proyectaba asistir. "Por supuesto, si es posible", dijo entonces.

La secretaria permanente, Sara Danius, señaló a la agencia noticiosa sueca TT que la academia recibió "una carta personal" de Dylan en la cual expresa que "se siente extremadamente agradecido por el Premio Nobel".

El artista estadunidense señala lo "honrado" que se siente por el prestigiado galardón y la Academia dijo que respeta su decisión.

En su sitio de Internet el artista tiene programados conciertos hasta el 23 de noviembre en su natal Estados Unidos.

Bob Dylan, de 75 años, fue galardonado el 13 de octubre "por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadunidense".

El de literatura y otros cinco premios serán entregados a los galardonados en Estocolmo, el próximo mes, en el aniversario luctuoso de Alfred Nobel.

Los detalles sobre quién recibirá el premio en nombre de Dylan no estaban claros, se espera más información al respecto el viernes.

Nada saben del discurso del poeta

Al principio hubo silencio de Bob Dylan ante el anuncio del premio. Eventualmente dijo que el reconocimiento lo dejó "sin palabras".

En el 2000 Dylan viajó a Estocolmo para recibir el Premio Polar de Música, entregado por el rey Carlos XVI Gustavo de Suecia.

Dylan se convirtió en octubre en el primer cantautor en recibir el Premio Nobel de Literatura por la poesía de sus canciones y su aporte a la canción estadunidense.

El artista ya había generado resquemor en la Academia por no expresarse sobre el galardón durante semanas. Sólo a finales de octubre comunicó a la Academia que "por supuesto" aceptaba el premio y que si podía iba a asistir a la entrega.

Aunque Dylan no asista a la ceremonia del 10 de diciembre no perdería el galardón. "Estamos ilusionados con el discurso por el Nobel de Dylan que deberá brindar", indicó la Academia Sueca.

El premio consiste en un certificado –el llamado diploma Nobel–, una medalla y un documento en el que se consigna la dotación de 8 millones de coronas suecas (unos 865 mil dólares).

Aún no queda claro de qué forma recibirá Dylan la medalla y los certificados.

Respecto del discurso que Dylan debe pronunciar para recibir el Nobel de Literatura, "no sabemos nada todavía", dijo Danius a la agencia TT.

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Viernes, 11 Noviembre 2016 07:18

Hereje sin máscaras

Hereje sin máscaras

El policial como novela social. El embargo y los cambios en Cuba. El período especial y la censura. El periodismo y la literatura. La guerra de Angola y la condición humana. Leonardo Padura, una de las voces centrales de la literatura cubana actual, estuvo en Montevideo y habló con Brecha.

 

No se lo ve cansado. Son las siete y cuarto de la tarde. Casi el final de otra jornada en la cantera. Impecable, sin una gota de polvo encima a pesar de que en todo el día no ha parado en su trabajo con el cincel y la barrena, recibe al enésimo periodista.


Así son las giras de promoción literaria.


Manos a la obra, entonces.


Rechaza una taza de café –ya han sido demasiadas–, comprueba que el agua esté en la mesa de al lado, pide un minuto y, como un bateador que se recoge un instante para una plegaria, sale al minúsculo jardín interior de la sala de desayunos de su hotel. No es más que una estrecha pecera a cielo abierto en la que debe esforzarse para caber y dar dos caladas a su cigarrillo, pero después del shot de nicotina regresa más despejado todavía.


Nadie diría que la noche anterior se quedó despierto hasta las dos de la madrugada mirando el partido decisivo de la Serie Mundial de béisbol porque había un cubano, Aroldis Chapman, como relevista de los Cachorros de Chicago. El trasnoche no evitó que estuviera listo a tiempo para llegar a la Intendencia y recibir el reconocimiento de visitante ilustre de Montevideo a las nueve y media de la mañana, ni que en este momento, mil horas más tarde, se apreste a responder, otra vez, las preguntas de rigor.


Un AK 47 y muchas corbatas polacas


—¿Cómo fue su experiencia en Angola?


—En el año 1985 yo estaba trabajando en el periódico Juventud Rebelde y se creó, sin contar con nosotros por supuesto, una especie de compromiso de que iba a ir un joven escritor a Angola a trabajar en un periódico de la colaboración civil que allí existía. Le correspondía a otra persona, pero hizo un juego de malabares para que no le tocara y me llamaron a mí. Yo dije que sí con absoluta tranquilidad, porque no había otra opción que decir que sí. Ocho días después de llegar cumplí los 30 años, allí en Angola, en un campamento donde hacíamos el entrenamiento militar previo. Yo no era un militar, pero todo cubano que estaba en Angola tenía que estar dispuesto a participar de acciones militares si era necesario. Al salir nos entregaban un fusil AK con cuatro cargadores, que estuvo allí al lado de mi cama durante esos 12 meses que viví en Angola. Afortunadamente no tuve que usarlo, pero viví la tensión de un país en guerra civil, que era un poco más que guerra civil, porque el ejército sudafricano estaba en Namibia y había la posibilidad de una invasión. Esto yo lo cuento en uno de los relatos de Aquello que estaba deseando ocurrir. Esa sensación de miedo que teníamos siempre de que pudiera pasar a mayores. Conocí un país en guerra, pero sobre todo, lo más aleccionador –porque aunque tú no participes de ellas, las guerras son terriblemente aleccionadoras, en el peor sentido de lo que puede aprender un hombre– fue algo fundamental para mi aprendizaje sobre la condición humana: cómo en situaciones extremas el ser humano es capaz de mostrar lo peor y lo mejor de sí. Tuve allí pruebas de solidaridad, de cariño, de fraternidad, y pruebas de mezquindad mayúsculas. Y creo que al final, a pesar de haber sido una experiencia dolorosa, fue una experiencia muy útil para mí como escritor y como ser humano.


—¿Ha tenido tiempo de leer a Svetlana Aleksiévich?


—Leí Los muchachos del zinc.


—¿Hay alguna similitud entre lo que ella cuenta sobre la guerra soviética de Afganistán y lo que usted vivió en Angola?


—La hay en el sentido de que es un ejército foráneo en un país que tú entiendes poco y mal. Curiosamente, en Los muchachos del zinc vi que ocurría una cosa que pasaba también en Angola. Para nosotros, comprarnos un jean en Cuba era imposible, porque era un artículo prácticamente inexistente, y ahí, en Angola, las candongas vendían jeans y relojes plásticos digitales, y nosotros los cambiábamos por ron y por comida. Lo que más precio tenía en las candongas angoleñas eran las corbatas, y en Cuba había unas tiendas como estas de “todo por un peso” donde había una enorme cantidad de corbatas polacas, entonces yo le pedía a mi esposa Lucía que me comprara corbatas y me las enviara para cambiar por otras cosas. Tuve la suerte además de que el hombre que llevaba la valija de los documentos secretos del Ministerio del Interior era un amigo con el que jugábamos béisbol de pequeños. Así que en esa valija llevaba unos documentos que eran de alto valor estratégico... y también llevaba mis corbatas para ser cambiadas en las candongas.


LAS FRONTERAS DEL PERIODISMO


—Sobre Aleksiévich se ha discutido mucho si lo que hace es periodismo o es literatura.


—No quiero ser absoluto, porque sólo he leído Los muchachos de zinc. Pero yo sentí que le sobraba la mitad del libro. Es un periodismo bastante poco elaborado, en comparación con los grandes periodistas que hemos conocido, algunos de los cuales han colaborado con Brecha. Creo que en el periodismo latinoamericano y en el periodismo norteamericano, Truman Capote, Tom Wolfe, (Eduardo) Galeano, e incluso en el que hace Emmanuel Carrère, el periodista o escritor francés –no se sabe qué cosa es lo que escribe Carrère, si es una novela o es periodismo–, en todos ellos hay una voluntad de estilo que en ella no veo. El premio Nobel de Aleksiévich el año pasado y ahora el Nobel de Bob Dylan me hacen pensar en una búsqueda de simpatía de la Academia sueca. Porque creo que ser escritor es un oficio muy complicado y el Nobel de literatura significó durante muchos años un reconocimiento que ganaron grandes, y que lo dejaron de ganar grandes, porque no siempre estuvimos de acuerdo, pero esto último... como que me desconcierta.


—¿Qué tanto de aquel periodista, no sólo del que iba a la Semana Negra de Gijón antes de ser escritor de novelas policiales, sino también del periodista que fue a Angola, qué tanto hay de ese Padura de los inicios en este Padura escritor?


—Creo que mucho. Un periodista es un poco un detective que está buscando una verdad, establecer una verdad. Sigues unas pistas, interrogas a unos testigos y llegas a una conclusión. Eso es un reportaje periodístico y también es una novela policial. En mi caso, la investigación histórica de personajes, de acontecimientos del pasado, más o menos cercanos más o menos remotos, tiene mucho que ver con investigaciones periodísticas que hice en los años ochenta. Si tengo un libro del cual estoy muy orgulloso es ese libro mío de reportajes de los años ochenta que todavía se lee y se publica: El viaje más largo. Aquellas historias de la Virgen de la Caridad del Cobre, de los catalanes en Cuba, del ron Bacardí, del barrio chino de La Habana fueron como una especie de Aquello estaba deseando ocurrir, porque la investigación para escribir periodismo se parece mucho a la investigación para escribir novelas. A diferencia del historiador, que el historiador tiene que tener el dominio total sobre el contexto del cual va a escribir, el novelista o el periodista tiene que tener el dominio de los personajes y las situaciones que ocurrieron en un momento determinado para poder contar una historia. El resto de la historia está en el contexto, pero no tenemos que contarla porque no somos los historiadores. Somos apenas una gente que muestra un fragmento de una realidad, en un caso de una perspectiva objetiva y, en otro caso, de una perspectiva subjetiva, novelesca.


—¿Nunca tuvo la tentación de que el personaje central de sus novelas no fuera un detective sino un periodista?


—El problema es que cuando yo escribo la primera de estas novelas de Mario Conde (Pasado perfecto) y ya decido escribir una serie de cuatro (la tetralogía “Las cuatro estaciones”, que completan Vientos de cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño) es el año 90. Las ubico todas en el año 89, porque a partir del 90 y el 91 la sociedad cubana cambió tanto, que montar una novela en la que un personaje tuviera que moverse en una sociedad más o menos coherente era imposible.

—El período especial.


—El período especial. Si tenías que llamar por teléfono, no había teléfono. Si Conde quería fumar, no había cigarrillos. Si tenía que coger una guagua, no había guagua. Entonces, tengo que dejar esto en el año 89, porque si no, este pobre no va a poder hacer nada. Pero cuando hay un crimen de sangre en Cuba no es verosímil que no sea un policía quien lo resuelva. Después de que terminé esa serie y cuando decido escribir Adiós, Hemingway, ya Conde no es policía. ¿Y entonces? ¿Qué coño hago? Pues me cagué en la verosimilitud. Y lo que hago es buscar un recurso por el cual Conde pueda hacer una investigación sin ser el investigador principal, y se convierte más en un periodista en el sentido de que es un buscador de una verdad, un buscador de una información. Contrastar esa información es lo que le permite solucionar un caso en el cual él no es quien ejerce el papel de la encarnación oficial de la justicia, sino simplemente alguien que encuentra una verdad, que la constata.


DE GÉNEROS Y CAMISAS DE FUERZA


—En una entrevista con El País de Madrid usted definió a Mario Conde como un detective literario, alguien creado para ser intermediario entre la realidad como es y como usted querría que fuera.


—Si tú analizas con un pequeñísimo rigor, eso se ha hecho en el caso de Holmes y Conan Doyle, demostrando que criminalísticamente Holmes no sabía prácticamente nada, si lo haces te das cuenta de que Conde sabe menos. Como policía es mentira. Por eso es un policía de literatura. No debe de haber cosa más aburrida que un expediente de una investigación criminal. Porque hay que seguir una serie de protocolos y de pasos que son antidramáticos por completo. Cuando escribes una novela policial organizas y escribes todo de la manera que quieres, y de los recursos de la investigación utilizas los que te convienen. Por lo tanto, es una apuesta literaria, totalmente literaria. En mis novelas mucho más, porque la acción prácticamente no existe, es más la reflexión.


—Se ha dicho que la narrativa de género se puede terminar transformando en un corsé.


—Puede serlo si tú eres obediente a las reglas que te imponen el uso, el mercado, la academia. Hay autores como Donna León, que vende muchísimos libros en el mundo, que tienen un esquema que tú sabes cómo va a funcionar, con todas las características para establecer una comunicación fácil con el lector. Pero creo que también la novela policial es capaz de permitirte ser absolutamente irreverente, renovador y creador en el sentido más amplio. Lo importante que te da el género policial, desde mi punto de vista, es que en el propio proceso de develamiento de la verdad, de descubrimiento de una información, hay un proceso de conocimiento de un contexto de una sociedad que permite que esa camisa de fuerza tú la inviertas, y en vez de ella atraparte a ti, tú la utilices a ella.


—Petros Márkaris decía que sus libros, sobre todo los de los años de la crisis griega, son más libros políticos que policiales...


—Yo trato de utilizar la novela policial como una forma de indagación de la sociedad, y al final como un tipo de novela social. No sé si a estas alturas que yo me ande proclamando como novelista social sea algo que me beneficie o me perjudique. Porque decir esto ya a estas alturas puede sonar un poco pasado de moda, pero creo, sigo creyéndolo, que la literatura tiene una función social. Que el escritor la cumpla o no la cumpla, eso es problema de su voluntad. Pero en el caso cubano es una necesidad, yo lo asumo de esa manera. También hay que tener en cuenta algo importante: que en Cuba la prensa hace muchos años que no cumple un papel periodístico, cumple un papel propagandístico, como todas las prensas que responden a unos intereses, que en este caso son los intereses de un Estado, de un gobierno, de un partido, que son lo mismo, porque en Cuba se ha unificado todo y el secretario del partido es el presidente del consejo de ministros y el jefe de gobierno. Entonces, esta prensa tiene una posición, una postura oficial con respecto a la presentación de la realidad, y muchas veces la literatura ha sido la que ha venido a problematizar esa realidad. No sólo la mía, creo que en general la de las dos últimas generaciones de narradores, y en cierta forma también de dramaturgos cubanos, han servido para complejizar la visión que se tiene de la realidad cubana. Y es definitivamente una postura social con respecto a las funciones del arte.


DEL PERÍODO ESPECIAL A LA VISITA DE OBAMA


—¿Cómo es ese tira y afloje? En el reportaje sobre Cuba que hace Jon Lee Anderson para el New Yorker cuenta que muchos escritores cubanos esperaban los libros de Padura porque ahí veían hasta dónde se podía ir...


—No sé hasta qué punto esto que dice Jon puede ser así. Creo que el hecho de que hayamos ganado un espacio de expresión, que hayamos levantado el techo de tolerancia, ha sido una obra colectiva. Para nada es mi mérito y para nada soy protagonista. Creo que formo parte de un ejército de escritores, cineastas, pintores, dramaturgos que se han propuesto levantar ese techo de tolerancia y poder incluir en la reflexión desde el arte aspectos que son propios de la vida social, incluso política, pero sobre todo de nuestra vida ética de una sociedad como la cubana. Una sociedad en la que muchas personas, y lamentablemente entre esas personas muchos periodistas, piensan de una forma y hablan de otra. En el caso de los periodistas piensan de una forma y escriben de otra. Entonces, creo que la literatura y el arte en general son mucho más sinceros.


—¿Cuándo se empezaron a empujar esos límites?


—En los años noventa. Fue un momento crucial, porque con el período especial vivimos el peor momento de la vida cotidiana cubana. Como no había nada, tampoco había papel para imprimir, ni película para el cine, y se detuvo la industria cultural cubana. Entonces, para que el escritor o el actor pudiera trabajar, no quedaba otra posibilidad que dejar que buscara en el mercado internacional. A partir de ahí creo que comienza esta revisión, esta renovación, esta revolución en el mundo cultural cubano.


—¿Qué pasa después? ¿Qué pasa con la generación que viene luego del período especial?


—Creo que nosotros le abrimos la puerta a esa generación en un momento muy complicado. Recuerda que mi primera novela la escribo en los años noventa y la envío a un concurso cubano de novelas policíacas que organizaba nada más y nada menos que el Ministerio del Interior, que era el que promovía la novela policial en Cuba. Los tres jurados, uno, otro y otro, con diferencia de unas horas, me contaron que esa novela iba a ser la ganadora del premio, pero el premio se declaró desierto porque, la noche antes, uno de los organizadores dijo que no podía ser premiada. No porque la novela fuera contrarrevolucionaria, sucedía simplemente que Mario Conde no era el policía que ellos querían que fuera. La novela se publica en México, porque esa primera versión se la doy a Paco Ignacio Taibo. Él se la lleva a México y en el interín logro comprarme una computadora, paso la novela en limpio y al pasarla la reescribo. Paco publicó la primera versión de la novela en México, y cuando cobré el dinero por esa primera edición, que creo que fueron 800 dólares o algo así, el director de la agencia literaria cubana me dijo que por esa vez me iban a perdonar, pero que eso yo no lo podía hacer y que yo sabía que no lo podía hacer. A partir de ahí creo que todos rompimos con esa agencia literaria. Empezamos a buscar por otros lados y afortunadamente hubo una política oficial comprensiva ante esa entrada de los escritores, los actores, los músicos en el mercado internacional.


—Más allá del terreno de la literatura, ¿cambió algo la reapertura de relaciones con Estados Unidos, la visita de Barack Obama?


—Muy poco. Yo tuve la esperanza de que se produjeran más cambios en un principio. Hay un elemento cierto, se han restablecido las relaciones diplomáticas, pero las relaciones comerciales están casi en el mismo punto, porque las relaciones comerciales dependen del embargo. Las relaciones diplomáticas y los cambios políticos permitieron, por ejemplo, que saliera de la cárcel Alan Gross, que estaba detenido en la isla, y se trajeran los cuatro agentes cubanos que estaban detenidos en Estados Unidos. También permitieron restablecer el correo normal y los vuelos comerciales, pero no son los cambios económicos y políticos que se esperaban. Cambios políticos difícilmente los haya en ese contexto de falta de diálogo económico. Obama tiene muy claro que si quiere cambiar algo en Cuba tiene que quitar el embargo, y Cuba está muy clara que si quitan el embargo pueden cambiar muchas cosas en Cuba. Entonces ahora hay una lucha de dos fuerzas que van en un mismo sentido, pero que se oponen a la vez, es un raro ejemplo de acción y reacción. Hoy, a pesar de que el propio Raúl Castro ha exigido un periodismo diferente y le ha exigido a los políticos cubanos, al equipo político cubano, un cambio de mentalidad, ese cambio de mentalidad no se acaba de producir. Siguen actuando con los mismo métodos que se aplicaron en los años sesenta y setenta. Métodos de censura, de suspicacia, de marginación, de invisibilización de los artistas.

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Bob Dylan rompe silencio sobre el Nobel: “¿Que si acepto el premio? Por supuesto

Bob Dylan rompió el silencio. Finalmente el músico y compositor estadounidense se ha pronunciado respecto al Nobel de Literatura que la Academia Sueca le otorgó el pasado 13 de octubre. “La noticia sobre el premio Nobel me dejó sin palabras”, dijo Dylan a Sara Danius, secretaria permanente de la Academia sueca. “Agradezco mucho el honor”.


Según informó un comunicado de la institución este viernes, el músico y poeta los llamó esta semana para aceptarlo. “¿Que si acepto el premio?, les preguntó Dylan. “Por supuesto”, respondió.


Estas palabras rompen el largo y polémico silencio de Dylan, que inclusive llegó a provocar que un miembro de esa institución lo calificara de “descortés y arrogante”.


Dylan ha asegurado que acudirá a la ceremonia de entrega de los reconocimientos, pero no ha confirmado si asistirá a alguno de los eventos previos al evento en la llamada semana del Nobel, en la que los premiados y otros artistas invitados suelen rendir conferencias,encuentros y recitales.


Dylan también ofreció una entrevista al periódico británico The Daily Telegraph, en la que también se refirió al Nobel. “Es difícil de creer”, es algo “asombroso” e “increíble”.


(Con información de agencias)

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Martes, 25 Octubre 2016 14:18

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes

Capítulo 6

 

Está oscureciendo cuando Marlowe sale de la oficina del decano. La luz que comienza a extinguirse forma extrañas figuras contra la pared de las fotografías del corredor. Marlowe siente a ambos lados la mirada inquisitiva y un tanto diabólica de los filósofos, lo que le produce una sensación poco confortable. La sensación de extrañeza aumenta cuando ve hacia la derecha un bulto apenas perceptible, escondido atrás de una puerta de madera. El bulto mueve una de sus manos y se pierde en las sombras. Marlowe lo sigue sin pensar demasiado. Detrás de la puerta de madera hay una sala de estudio en penumbra con varias mesas ubicadas lado a lado, cada una con una pequeña lámpara simétricamente localizada en la esquina superior derecha. Todas las mesas están vacías. Hacia el fondo, al lado de una estante con libros gruesos de tapa oscura el bulto le hace señas para que se aproxime. Marlowe observa rápidamente hacia los lados y con una mano en el bolsillo le quita el seguro a su arma. Al acercarse se da cuenta que envuelto en un sobretodo gris, tapándose casi toda la cara, está el mismo joven que había salido un poco antes de la sala del decano. “¿Por qué tanto misterio?”, pregunta Marlowe. “Hable bajo, por favor”, dice el joven con una expresión de pavor en el rostro. “¿A qué le tiene tanto miedo?”. “Esto no es un juego, detective. Mi vida puede estar en riesgo por hablar con usted”. “Veamos si es verdad”. “Es sobre el asesinato del profesor Zubiria”. “¿Sí?”, dice Marlowe escéptico. “Yo sé quién está detrás de su muerte”. “¿Y por qué está tan seguro?”. “Porque él mismo me lo dijo, días antes de su muerte en...”. Se escucha un ruido a lo lejos, como de un vaso que se rompe contra el piso, lo que hace temblar un poco más al joven. “Tranquilo”, le dice Marlowe, “continúe”. “El profesor Zubiria estaba a punto de denunciar al Club del Fuego del Infierno y me confesó que su vida corría peligro.” “¿El Club del Fuego del Infierno, está bromeando?”. “No, no es ninguna broma. Así se hacía llamar el grupo de DeQuincey”. Otra vez De Quincey, pensó Marlowe, algo no andaba bien. “¿Y qué clase de grupo es ese?”. “No lo sé exactamente, Zubiria no me lo dijo. Pero dijo que lo que hacían era antiético y peligroso.” “¿Qué más sabe usted del grupo?”. “Sé que hay gente muy importante involucrada, intelectuales, políticos, militares. Se reúnen una vez por semana. Aparentemente es un grupo de estudios pero no sé cuál es su objeto”. “¿Y por qué un grupo de estudios de filosofía iba a ser tan peligroso. Me parece que está jugando conmigo joven y créame, no me gusta para nada que jueguen conmigo”. “No estoy jugando detective. No sé por qué sería peligroso, sólo le digo lo que el profesor Zubiria me dice”. Marlowe pensó que el joven decía la verdad, era demasiado nervioso e ingenuo para estar inventando todo. “¿Sabe usted dónde se reúne el grupo?”. “No, no lo sé y Zubiria no me lo dijo”. “Está bien”, dice Marlowe, “agradezco su colaboración”. “Un momento”, dice el joven, tomando a Marlowe por el brazo. “No me puede dejar aquí, necesito protección policial, un arma, algo...”. A Marlowe la actitud de aquel joven comenzaba a irritarlo. Con un movimiento brusco soltó su brazo, le dio un golpe en el rostro con la mano abierta y lo sacudió

 

Conferencia Williams Primera parte

 

“Damas y Caballeros, he tenido la honra de pronunciar en esta fría noche bogotana la conferencia anual Williams sobre el asesinato considerado como una de las bellas artes. En primer lugar quiero agradecer al comité por haberme elegido este año para tan importante tarea. Espero sinceramente estar a la altura de sus expectativas. Especialmente me siento muy honrada de hablar hoy en presencia de uno de nuestros principales maestros y conocedores, el señor Thurtel.” [Los miembros del comité aplauden e inclinan un poco la cabeza en señal de respeto hacia Thurtel. Thurtel devuelve el saludo con otra leve inclinación de cabeza]. “Déjenme comenzar estas palabras esta noche refutando algunas acusaciones que nuestra sociedad ha recibido recientemente”. [Algunos miembros del comité observan de reojo hacia la esquina de la sala donde el profesor está sentado junto a su esposa]. “Se ha dicho que las actividades de nuestra sociedad poseen un carácter inmoral. ¡Inmoral! Damas y caballeros. ¿Puede haber una acusación más absurda? Aunque parezca innecesario decirlo tendré que recordar algunos de nuestros principios básicos. Afirmo en voz alta, como creo que es el sentimiento general de nuestra sociedad, que el asesinato es una línea de comportamiento inconveniente y no dudo en afirmar que cualquier persona que comete un asesinato debe seguir formas de pensar incorrectas y principios equivocados”. [Se escuchan algunos murmullos en la sala y gestos de aprobación]. “El asesinato, queridos amigos y amigas, como todo en este mundo posee dos maneras de aproximación y de entendimiento. El asesinato puede ser comprendido desde un punto de vista moral, lo que sucede con demasiada frecuencia y constituye, en mi opinión, su lado más débil. O el asesinato puede ser tratado estéticamente, es decir, en relación al buen gusto. Cuando un asesinato está en el tiempo futuro que está a punto de llegar –no ejecutado, ni siquiera siendo ejecutado sino apenas próximo de ser ejecutado– y un rumor sobre él llega a nuestros oídos, tratémoslo moralmente. Pero supongamos que terminó, que ya fue ejecutado, es un hecho consumado. Supongamos que el hombre o la mujer asesinados ya no sufren más y que el villano que realizó el acto desapareció, veloz como una flecha. Supongamos también que hicimos hasta lo imposible por tratar de detener al villano pero no lo conseguimos. ¿Cuál sería, queridos colegas, después de este momento, la utilidad de cualquier uso de la virtud? Ya bastante fue dado a la moralidad. ¡Llegó la vez del Gusto y las Bellas Artes! [Al terminar la frase hay una explosión de júbilo entre los presentes. Con excepción del profesor que continúa con el rostro tenso en el fondo de la sala].

Publicado enEdición Nº229
Jueves, 20 Octubre 2016 06:56

De la cítara a la guitarra

De la cítara a la guitarra

La concesión del Premio Nobel de Literatura de este año a Bob Dylan ha turbado a muchos, porque la Academia Sueca abre sus puertas augustas a los cantantes de música popular. Ya había roto sus cánones tradicionales el año pasado, al galardonar a la periodista Svetlana Alexievich, lo cual asombró también a no pocos, y quisiera empezar mis reflexiones por este rumbo, el periodismo como género literario, antes de entrar a las canciones, también como legítimo género literario.

La extrañeza vino en aquel caso de que no se premiaba una obra de ficción. La Academia dijo de Svetlana que "su obra polifónica es un monumento al valor y al sufrimiento de nuestro tiempo"; y esa obra, de verdad polifónica, está compuesta de páginas en las que se relatan verdades, reportajes maestros que no tienen nada que ver con la imaginación, como es regla en el periodismo. Una escritora que trabaja con las palabras y consigue de ellas que resplandezcan por su belleza, y nos revelen historias de sufrimiento y esperanza que trascienden por su belleza.

Eso es la literatura, se trate de hechos inventados o de hechos reales. Si la Academia se ha adelantado un tanto, pudo haber dado el Nobel por estas mismas razones a Ryszard Kapuscinski, muerto en 2007, quien hizo del periodismo un arte de sorprendente aliento y belleza, amparado en el rigor de la investigación fatigosa del reportero que va de país en país, de los palacios de los tiranos a los campos de batalla, de las ciudades abigarradas a los guetos y a los campamentos de refugiados.

Es la literatura que Rubén Darío creó en la lengua española en la crónica periodística donde retrató, también de manera polifónica, el mundo que le tocó vivir; la crónica como relato que no pierde el vuelo literario, retomada después por Gabriel García Márquez, un género que hoy se multiplica con vigor y rigor entre los jóvenes periodistas del siglo XXI.

Y ahora, las canciones. ¿Por qué un músico?, se extrañan muchos, ¿un cantante pop, un roquero? Es como si el olimpo de los dioses de la literatura se rompiera a pedazos ante una profanación semejante. Pero la decisión no es el fruto de un capricho, ni de una provocación, sino que ha sido detenidamente meditada, y asumida por unanimidad. La secretaria permanente de la Academia, Sara Danius, al anunciar el premio para Dylan declaró algo que me parece fundamental: "Si miramos miles de años hacia atrás, descubrimos a Homero y a Safo. Escribieron textos poéticos hechos para ser escuchados e interpretados con instrumentos. Sucede lo mismo con Bob Dylan. Puede y debe ser leído".

Tampoco improvisa cuando dice que "Dylan es un gran poeta en la gran tradición de la lengua inglesa desde William Blake en adelante, un creador que ha mezclado la música popular del blues del Delta y el folclor de los Apalaches con el simbolismo de Rimbaud, además de reinventarse de forma continua y construir una nueva identidad".

Para muchos es una forma desconcertante de distinguir la literatura de Estados Unidos, ausente de los premios Nobel desde la extraordinaria novelista Toni Morrison, galardonada en 1993, una literatura a la que la misma Academia había señalado de ser demasiado "insular", a pesar de nombres que siempre están en el oído, como Joyce Carol Oates y Philip Roth.

Y para que quedemos aún más claros de la seriedad de esta decisión, Per Watsberg, otro de los académicos, afirma que Dylan es "probablemente el más grande poeta vivo". Y estamos hablando de la misma entidad que en los últimos treinta años ha puesto en su lista de premiados a Joseph Brodsky, Octavio Paz, Derek Walcott, Seamus Heaney y Wisława Szymborska. Una lista indiscutible.

Pero me interesa volver al tema de los aedas. Ciertamente, la poesía, en sus orígenes, fue cantada en los atrios, en las plazas y en los mercados, y sus versos relataban historias de héroes y dioses, viajes, batallas, amores y tragedias. Salman Rushdie, el reconocido novelista hindú que permanece con justicia en las quinielas del Premio Nobel, dice que Bob Dylan "encarna la condición del aeda, esa figura fundamental de la cultura antigua griega que fundía en su persona poesía, música, baile, canto, teatro, artes plásticas".

Por siglos, la poesía siguió siendo cantada, un cantor acompañándose de un instrumento de cuerdas, y por eso tiene un metro, un ritmo, una cadencia. Los bardos, juglares, trovadores, son los poetas errantes que seguirán cantando la poesía, creándola y recreándola. No tenían enfrente un micrófono, ni sus canciones se grababan en discos, pero quienes los escuchaban guardaban en la memoria letra y melodía y podían recordarlas y repetirlas. Música y poesía. Volvemos a lo mismo cuando oímos a Paco Ibáñez, a Joan Manuel Serrat o a Amancio Prada, cantar a los poetas que leemos a solas.

Y es aquí adonde quería llegar. Aunque con ruidos disonantes, las puertas de la legitimidad poética se abren con esta decisión a la poesía popular cantada en todos los idiomas. Las letras de las canciones que lo merezcan empezarán a entrar en las antologías de poesía, como debe ser. El Premio Nobel para Bob Dylan ayudará a borrar ese doble rasero que hipócritamente hemos inventado, el de exaltar la poesía escrita y despreciar la poesía cantada, tangos, boleros y baladas, aunque nos conmueva y lloremos al oírla.

Ya Jorge Luis Borges nos había enseñado que no debe ser así. Escribió letras de milongas a las que Astor Piazzola puso la música. Hay poesías de Rubén Darío que pueden ser cantadas como tangos, o como boleros, pues tienen la medida justa para eso.

En adelante debemos hablar de las poesías de José Alfredo Jiménez y de Alfredo Le Pera, de Homero Expósito y Álvaro Carrillo. Es un largo viaje a través de los milenios, de la cítara a la guitarra. Por primera vez, un rapsoda recibirá el Premio Nobel con la guitarra en bandolera.

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Cuando las canciones son un vehículo para la literatura

La decisión de la Academia sueca despertó reacciones de toda clase, pero sus fundamentos parecen claros: “Dylan se inscribe en una larga tradición que remonta a William Blake. Un gran poeta en la tradición de la lengua inglesa, muy original”.

 

Es de manual: exceptuando recortes interesados, lo objetivo dura siempre lo que el hecho. Nada más. El resto, como decía Nietzsche, es pura interpretación, subjetividad, opinión o capricho. El hecho, en este caso, es que a Robert Allen Zimmerman (más conocido por Bob Dylan) le otorgaron ayer el Premio Nobel de Literatura. Fue a través de la Academia Sueca y lo anunció su secretaria de tal ente, Sara Danius, a través de la televisión pública del país nórdico. “Bob Dylan se inscribe en una larga tradición que remonta a William Blake”, dijo Danius, en referencia al legendario poeta inglés muerto en 1827. La secretaria general de la Academia Sueca agregó que el premiado es “un gran poeta en la tradición de la lengua inglesa, muy original” y que “ha logrado reinventarse muchas veces a sí mismo, creando una nueva identidad”. Como cabía esperar ante tal nombramiento, provocó que el mundo de la cultura estallara en posiciones encontradas. ¿Un músico recibiendo un Nobel de literatura? ¿Qué es esto? ¿A quién se le ocurrió? ¿Cómo se atrevieron?, se dijo, tomando como punto de partida la “caprichosa” postura de los guardianes de la tradición a quienes tal vez se les escape que el hombre de las pocas y sarcásticas sonrisas –además de estar nominado para recibir el mismo premio desde hace veinte años– ya ha recogido galardones notables como un Pulitzer otorgado por sus composiciones líricas “de extraordinario poder poético”; un Oscar y un Príncipe de Asturias de las Artes (2007).


Mucho antes, allá por junio de 1970, Dylan había sido nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Princetown. Su nombre también figura en el Salón de la fama de compositores de Nashville, además de contar con otro antecedente: el título de caballero de la Orden de las Artes y las Letras con el que fue investido por el ex Ministro de cultura de Francia Jack Lang. Más cerca de este derrotero, el jurado tomó la decisión precisamente por las experiencias poéticas del hombre nacido en Minnesota en 1941. Puntualmente –o una de las causas contundentes– fue aquella recopilación de escritos, dibujos y acuarelas (como Drawn Blank, que a principios de este siglo se expondrían en varias galerías europeas) que el propio Dylan comenzó a delinear en épocas del controversial Pat Garrett & Billy the Kid (el de la genial “Knockin' on heaven´s door”, grabado en 1972, que da nombre a una de las películas en las que actuó). Pero también por un libro poco conocido como Tarántula, quizás eclipsado tras las estelas de grandes discos del segundo lustro de la década del sesenta como fueron Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde.


Tarántula es un libro en el que el músico cuenta acerca de sus hábitos y costumbres, durante el período que lo escribió, y sería como una especie de antecedente lejano de otro de los factores que justificaron la elección de la Academia para legitimar el premio: el perfil original de las letras de varias de sus canciones publicadas en el libro Lyrics y, sobre todo, en otro libro: el Volumen uno de Crónicas en el que, de manera mucho más ordenada y sistemática que el viejo y espontáneo Tarántula, Dylan cuenta su propia vida, tal vez cansado de que lo hicieran otros. De que “lo construyeran” bajo subjetividades ajenas. “Si miramos miles de años hacia atrás, descubrimos a Homero y a Safo escribiendo textos poéticos hechos para ser escuchados e interpretados con instrumentos. Sucede lo mismo con Bob Dylan. Puede y debe ser leído”, fue otra de las declaraciones de la Academia a través de su portavoz Danius, tomando en cuenta el libro publicado en el que Dylan dedica varios capítulos a sus primeros años de estadía en Nueva York, y también escribe profundo sobre los disco New Morning y Oh mercy. Aquellas crónicas, además, alcanzaron el segundo puesto en la lista de libros de no ficción más vendidos y fueron nominadas al Premio Nacional del libro. Pero cabe agregar que el modelo de estas Crónicas ya lo había anticipado unos treinta años, a través del disco Desire, cuyo estilo narrativo en sus letras lo acercaba al tipo de crónica de viajes.


También se ha tomado en cuenta el vínculo inquieto de Dylan con el cine, además de la versatilidad del artista en su impronta musical. “Como artista ha sido altamente versátil, y ha trabajado como pintor, actor y autor de guiones (...) se ha convertido en un icono. Merece el premio por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”, se anunció también a través de la red social de la institución, y acá entra el vínculo mencionado. Las performances cinéfilas de Mr. Zimmerman, por caso, en Corazones de fuego, de Richard Marquand (1987) donde hizo de Billy Parker, y en el largometraje Anónimos en el que, además de participar del guión, cumplió con creces el papel de Jack Fate.


Dylan recibirá por el premio la nada despreciable suma de 832 mil euros, además del diploma y la medalla de oro, algo que muchos –incluyendo a las casas de apuestas que suelen hacer su agosto ante estos acontecimientos– pensaban que recibirían el escritor japonés Haruki Murakami, el albanés Ismail Kadare o el estadounidense Philip Roth, que también repartían simpatías entre algunos de los dieciocho miembros del jurado.


Por supuesto que, teniendo en cuenta el talante de los competidores, las reacciones, los pro y los contra, no se hicieron esperar. Al contrario de la “pax romana” que se mantuvo con la ganadora anterior (la bielorrusa Svetlana Alexijevich), este premio suscitó sorpresas y posiciones disímiles entre hombres y mujeres de letras, de diversas latitudes. Entre los polos de sentido, cuando ocurre una novedad como esta, aparecen los negros, los blancos y los grises. Unos, revisionistas culturales de los buenos, celebraron la apertura de un criterio de elección que muchos pensaban hermético, mientras otros vieron al premio como una afrenta al libro como objeto, y al “escritor o narrador” como sujeto. Entre los primeros, uno de los que se hizo oír fuerte fue el novelista mexicano Alvaro Enrique, que escribió en su cuenta de Twitter sobre la antigua relación entre la poesía y la canción. Y fue a más, incluso. “La canción es un género literario mucho más antiguo que la novela, un bebé de cuatrocientos años”. En parecida línea se pronunció el escritor de Los versos satánicos, Salman Rushdie, quien se expresó en términos de gran elección y pensó a Bob como el heredero de la tradición bárdica. En el otro rincón se sentó el célebre novelista Irvine Welsh, autor de Trainspotting: “Me encanta Dylan, pero este premio es para mí una nostalgia mal concebida, arrancada de la próstatas rancias de hippies seniles”, pegó duro el hombre.


La verdad relativa –como “casi” toda verdad–, es que los literatos y críticos parecen apoyarse, en general, en compartimentos estancos para dar su interpretación del hecho. Por supuesto que si a Dylan se lo encorseta en la amalgama de sonidos folk, blues, rhythm & blues y rockeros que, por presentar un caso sintomático, convierten a Blonde on Blonde en uno de sus discos emblemáticos, este tipo de reconocimiento queda corto. Ahora, si por ejemplo se va a la letra de uno de las catorce canciones que pueblan aquella placa (“Just like a woman”, por caso), el sentido cambia: “Y tus insultos que perduran me lastiman, pero lo que es peor es el dolor que tengo acá adentro. ¿No se nota que no encajo?”, desgranaba un Dylan con un timbre de voz menos nasal que el de hoy pero igual de áspero, en el tema dedicado a su principal difusora por entonces, Joan Baez. Mucho mayor es la justificación si se toma como ejemplo literario la intrépida y larga “Sad eyed lady of the Lowlands” (“La dama triste de las tierras bajas”) cuyo texto casi barroco está construido desde imágenes tan intrincadas como conmovedoras.


Hay otros ejemplos de la época que los jurados pro Dylan tal vez no hayan pasado por alto, como la vieja “Dear Landlord”, parte de aquel nodal disco, muy en la línea folk rock, llamado John Wesley Harding. “Todos hemos trabajado demasiado duro / para conseguir lo que queremos / pero nadie puede llenar su vida / con las cosas que ve y no puede tocar”, canta Dylan. O la tremenda y surrealista “All along the watchtower” (“A lo lejos en la distancia / un gato montés gruñó / dos jinetes se acercaban / el viento empezó a ulular”) que cantó en el festival de la Isla de Wight, ante tres de los cuatro Beatles: John, George y Ringo, en quienes –viene al caso recordarlo– insufló inclinaciones poéticas, al menos en los primeros dos. “Acabábamos de escucharlo, y nos trasladó. El contenido de las letras de las canciones y simplemente la actitud, era increíblemente original y maravilloso”, comentó Harrison, luego de aquel concierto.


Otra pata que engancha a Dylan con la belleza poética se lee a través de quienes lo nutrieron e influyeron más allá de lo estrictamente musical. De quienes fueron sus antorchas. Por este camino andan Woody Guthrie, , el patriarca folk de quien prometió ser su heredero y a quien le dedico “Song to Woody”, una de las dos composiciones que incluyó en su disco debut, editado en 1962. Otras musas fueron Ramblin’ Jack Elliott, Pete Seeger o el mismo Dylan Thomas, de quien el músico tomó su apellido artístico, según consta en sus crónicas. También Allen Ginsberg, el poeta beat que una vez definió el tema “Chimes of Freedom” como una sucesión de cadenas de imágenes intermitentes; T.S Eliot, Ezra Pound, Sam Shepard, William Blake y Andrew Motion, por mencionar solo algunos. En suma, la sociedad, la política, la contracultura, el amor, el poder de la imaginación, la filosofía, el humor, la religión (como en la dupla Slow train coming / Saved), lo secular, el sexo, la carne, lo etéreo, y lo estrictamente estético–literario jamás estuvieron ausentes en la producción artística del nuevo Nobel de literatura y, aunque a veces pasa, es difícil que se equivoquen los que saben. O los que solo saben que no saben. Por caso, los que organizaron, como una prueba más por la positiva, simposios sobre su obra en las universidades de Maguncia, Bristol y Viena, cuando el futuro Nobel cumplía setenta años. Ahora tiene 75. Y estatura de gigante.

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Dario Fo, irreverente maestro del teatro subversivo, murió cantando

"Fue su gran final, resistió y siguió trabajando hasta que fue hospitalizado; hay que ponerlo en los manuales de medicina: el arte, la pasión y el compromiso político sirven", dice su hijo Jacopo

 

Milán.

El dramaturgo italiano Dario Fo, reconocido con el Nobel de Literatura 1997, artífice de una extensa obra irreverente y creativa, murió cantando.

Ayer en la mañana, en el hospital Sacco de Milán, falleció debido a problemas respiratorios y a complicaciones por una vértebra fracturada, el que fue un intelectual comprometido y referente moral para la izquierda de Italia. Él se definía como clown, pero era un maestro del teatro subversivo.

Los médicos del servicio de neumología dijeron que el paciente estuvo lúcido y cooperativo prácticamente los 10 días que permaneció en el nosocomio. Incluso se mostraron sorprendidos, pues hasta el miércoles, antes de que se agravara y tuvieran que sedarlo, Dario Fo cantó "horas", además de preguntar al personal sobre las noticias del país y el mundo, pues no podía ya leer los diarios.

Como rúbrica a una vida siempre a contracorriente, il arlecchino de Italia se fue un par de horas antes del esperado anuncio del ganador de Premio Nobel de Literatura 2016, como un último e involuntario acto antisolemne.

Él mismo fue reconocido en 1997 por la Academia Sueca por "la fuerza de sus textos, que simultáneamente divierten, atraen y brindan perspectivas".

El también actor festejó hace siete meses sus 90 años, rodeado de amigos y familiares en el Piccolo Teatro de esa ciudad, donde además presentó su libro Dario e Dio, escrito a cuatro manos con Giuseppina Manin, como reseñó La Jornada el pasado 24 de marzo, día del cumpleaños del dramaturgo.

Entonces se mostró vital y sorprendido de llegar a las nueve décadas "y no estar chocho. Se me olvidan ciertas cosas, pero nunca he producido tanto ni me ha apasionado y divertido como en estos tiempos", dijo a la prensa.

También participó en la apertura del Museo Franca Rame-Dario Fo, ubicado en el archivo de estado de la ciudad de Verona, que resguardará el acervo de Fo y de su esposa, fallecida en 2013, reunido a lo largo de 50 años, que contiene textos teatrales, manuscritos inéditos, manifiestos, libros y fotografías, además de vestuario, escenografía, marionetas y, en suma, toda su vida en 70 años de carrera.

Además, luego de 40 años de ausencia, Fo regresó a la televisión el pasado diciembre con un espectáculo dedicado a Maria Callas, protagonizado por Paola Cortellesi, última obra coescrita con Franca Rame, en la que quiso borrar la historia frívola de la vida de la cantante.

Autor de 70 libros, Dario Fo (1926-2016) dio voz y dignidad a personajes o hechos ignorados o manipulados por la historia, incluso corrigiéndola en sus textos teatrales de sátira política y social. Incomodó a más de uno por su empeño político de izquierda y por su constante desafío al poder y la hegemonía cultural.

Conocido en el mundo, y en particular en América Latina, donde participó en varios Festivales de teatro como el de Bogotá y Caracas a comienzos de los años 90 del siglo pasado, el teatro de Fo se caracteriza por un lenguaje absurdo en el que mezcla dialectos, latín, italiano y citas literarias.

Anticonformista, simpatizante comunista, admirador de la experiencia chilena con Salvador Allende, la comunidad teatral en el mundo lo llamaba "el maestro", y era uno de los autores teatrales más representados después de Goldoni.

Tan sólo en los recientes 12 meses publicó cuatro libros, además de Dario e Dio: Razza di zingaro, dedicada a Johann Trollmann (1907-1943), el mejor boxeador de Alemania, discriminado en el nazismo por ser gitano, que terminó en un campo de concentración, donde fue asesinado; Storia proibita dell’America, que muestra a algunos de los personajes estadunidenses que desafiaron el poder, empezando por el pueblo de los semínolas, única tribu india que jamás se rindió ante los colonizadores; Hay un rey loco en Dinamarca, novela histórica, en la que Fo recupera documentos inéditos que le permitieron reconstruir la manera en que Dinamarca alcanzó, durante el iluminismo, las bases para la construcción de un Estado moderno, en una historia de pasión amorosa, amargura y lucha por el poder.

Émulo de bufones medievales

Cuando Dario Fo recibió el Nobel de Literatura, la Academia Sueca dijo que Fo merecía el epíteto de bufón "en el verdadero sentido de la palabra. Con una exquisita mezcla de risa y seriedad abre nuestros ojos a los abusos e injusticias de la sociedad y también a la más amplia perspectiva histórica en que pueden ser ubicadas. Emula a los bufones del Medievo cuando critica a la autoridad y sostiene en alto la dignidad de los oprimidos".

El juglar y agitador político nació en Laggiuno-Sangiano, Varese, en el norte de Italia, hijo de un jefe de estación de tren y madre campesina. Desde temprana edad fue reconocido como "joven cascarrabias"; fue militante del Partido Comunista Italiano y mimo. Estudió pintura y arquitectura en la Academia de Bellas Artes de Brera, en Milán; sin embargo, la irrupción de la Segunda Guerra Mundial cambió sus planes de dedicarse al arte, pues dejó todo para unirse a la resistencia contra Mussolini.

Dario Fo comenzó su carrera colaborando en revistas satíricas en pequeños teatros y cabarets. Escribió su primera pieza dramatúrgica en 1944. En 1954 se casó con la actriz y escritora francesa Franca Rame, con quien fundó su propia compañía teatral en 1959.

Rame, su compañera de vida, con la que se casó por la iglesia, murió hace tres años de un derrame cerebral, a los 83 años. Fo no se repuso del todo del golpe: "soy ateo, pero Franca se me aparece todas las noches", comentó hace poco a sus allegados.

Procesado 40 veces por "delitos de opinión", es autor de la célebre obra de teatro Muerte accidental de un anarquista (1970), traducida y representada en muchos idiomas; uno de sus muchos textos por los que fue censurado por la cultura oficial y perseguido por la ultraderecha hasta el punto de que Franca Rame fue víctima, en 1973, de secuestro con violación por una banda fascista.

En 1980 las autoridades migratorias de Estados Unidos negaron a Fo permiso para entrar a ese país a causa de sus ideas políticas.

"Soy uno de los últimos marxistas que quedan, los otros se pasaron al Polo (coalición derechista encabezada por el ex fascista Gianfranco Fini)", ironizó alguna vez durante la presentación de sus puestas en escena.

Severo crítico de Berlusconi

Por supuesto, Dario Fo fue uno de los críticos más duros del ex premier Silvio Berlusconi, al que interpretó y ridiculizó en la comedia El anómalo bicéfalo (2003).

Sus obras siguen siendo "incómodas" en países como Turquía, donde hace apenas un par de meses fueron prohibidas por el presidente Erdogan. Cuentan que Fo, al enterarse, estalló en risas al comentar el hecho en una entrevista con el diario La Stampa: "Es como si me hubieran dado otro premio Nobel", dijo.

Misterio bufo, escrita en 1969, es considerada la obra más importante de Dario Fo, donde interpretaba él solo múltiples personajes y mostraba grandes dotes de mímica. En total escribió alrededor de 47 comedias, tres películas y más de 60 canciones.

Otras de sus obras son Los arcángeles no juegan al flipper (1959) y La mariguana de mamá es la más bonita (1976), farsa sobre el problema de la droga, inscrita en el llamado teatro de agitación.

El diario Corriere della Sera menciona que Jacopo, hijo de Fo, dio la noticia del fallecimiento del dramaturgo a la televisora RAI: "Ocurrió esta mañana a las ocho; fue su gran final, se ha ido. La única cosa sensata que puedo decir es que resistió y siguió trabajando entre ocho y 10 horas al día hasta que fue hospitalizado. Hay que ponerlo en los manuales de medicina: el arte, la pasión y el compromiso político sirven".

El concejal de Cultura del ayuntamiento de Milán, Filippo del Corno, informó que el funeral de Fo será en el Piccolo Teatro, donde el Nobel celebró en marzo con sus amigos, familiares, artistas y músicos sus 90 años. Ahora el foro será abierto al público para que se despida al escritor.

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Lunes, 26 Septiembre 2016 11:31

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes
Capítulo 5

 

Después de redactar a toda prisa algunos informes urgentes, Marlowe vuelve a salir y sube en su auto. Ha dejado de llover pero el cielo continúa gris y la atmósfera pesada. Marlowe conduce algunas cuadras hasta la sede de la Universidad Central que ocupa un amplio campus cerca al Palacio de Justicia. Después de preguntar en la recepción camina hasta la Facultad de Filosofía ubicada en el costado oriental del campus en un edificio colonial que ha pasado por varias reformas. A lo largo del corredor Marlowe observa varias fotografías lujosamente enmarcadas de filósofos eminentes. Una de las fotografías le llama la atención. El hombre de la imagen tiene algo particular en la mirada. Algo que lo hace distinto. Una mirada que Marlowe reconoce, que ha visto otras veces en el pasado. De súbito recuerda que el nombre bajo la foto es el mismo del libro sobre la mesa de Zubiria.

 

Al final del corredor, una secretaria rubia habla animadamente por teléfono. Marlowe estira el brazo y corta la llamada. La mujer lo mira indignada. Intenta decir algo pero Marlowe la interrumpe mostrándole su placa. “Philip Marlowe de la policía metropolitana, necesito hablar con el decano Ruiz”. La rubia lo encara por algunos segundos y después marca un número en el conmutador. “El señor Philip Marlowe de la policía...”. Se queda en silencio un instante. Después cuelga y mira a Marlowe. “En un momento lo atiende, señor Marlowe”. Pasados algunos minutos un hombre joven cargado de libros sale de la oficina del decano y pasa rápidamente a su lado lanzándole una mirada furtiva. El decano Ruiz se asoma a la puerta y hace un gesto con su mano derecha. “Puede seguir detective”.

 

Ruiz es un hombre de unos sesenta años, negro, de complexión delgada. Todavía restan algunos cabellos en su cabeza que brilla bajo la luz de una lámpara de cristales. Está vestido con saco y corbata oscuros y lleva unas gafas doradas con pequeños aros redondos. Sus maneras son delicadas, lentas y elegantes. “Es terrible lo que ha pasado con Eliseo”, dice Ruiz sentándose en su silla atrás del escritorio y mostrándole una de las sillas del frente a Marlowe. “Es terrible”, dice Marlowe, “sabe usted de alguna amenaza, de algún motivo para asesinarle”. “No, por Dios”, dice Ruiz moviendo las manos en el aire. “No entiendo quién pudo haber hecho algo así. Eliseo era un excelente profesor. Un ser humano excepcional”. Ruiz habla de manera pausada y melódica como si estuviera dando una lección o recitando un poema. “¿Tenía problemas con algún colega en particular o con algún estudiante?”. “Había diferencias de opiniones sí, pero nada que llegara a configurar un enfrentamiento violento más allá de la confrontación puramente intelectual”. “¿Con quién, por ejemplo?”, pregunta Marlowe de manera directa. Ruiz duda un instante. “Bueno... Eliseo discordaba de algunas líneas de pensamiento propuestas por otros colegas de la Facultad”. “¿Quién?”, repite Marlowe. “No podría decirle un nombre...”. “¿Por qué no?”. “Bueno... no quiero que se piense que estoy señalando algún sospechoso”. “Lo que se diga en esta sala no saldrá de esta sala, no se preocupe”. Ruiz se queda pensativo un instante. Junta ambas manos sobre el escritorio. “Eliseo discordaba radicalmente de las tesis defendidas por De Quincey y su grupo de investigación. Llegaron a tener algunos altercados en congresos y seminarios. Todo, como le digo, dentro de un espíritu académico y de confrontación de ideas”. “De Quincey”, piensa Marlowe, el hombre misterioso de la fotografía. “Pero eso no quiere decir que el doctor De Quincey fuera capaz de algo así. De ninguna manera”, dice Ruiz, como arrepentido de haber señalado a su colega, “las discusiones entre el doctor Zubiria y el doctor De Quincey estuvieron siempre pautadas dentro de las normas académicas e intelectuales más rigurosas. Era una disputa de ideas, restringida exclusivamente al campo teórico de la filosofía y siempre con el mayor respeto y cordialidad que existe entre colegas”. “No se preocupe decano, no soy alguien que saca conclusiones a la ligera”. “Eso espero detective. La Facultad y la Universidad tienen una reputación que mantener. Estamos en un centro tradicional de formación de pensadores y profesionales. De hombres que han servido al país en muchos campos. Usted entiende lo que quiero decir...”. “Lo entiendo. Muchas gracias”, dice Marlowe levantándose de su asiento de improviso y alargando la mano hacia el decano. “Quisiera pedirle que me mantenga informado sobre la investigación, detective. Es muy importante para mí y para la Universidad”. “Lo mantendré informado”, dice Marlowe al salir.

Publicado enEdición Nº228
Sábado, 17 Septiembre 2016 11:26

Aún creemos en los sueños

Aún creemos en los sueños

 

La presente obra ilustrada contiene el texto de la intervención de Luis Sepúlveda durante el lanzamiento de la editorial chilena Aún creemos en los sueños, el 16 de abril de 2002 en la Biblioteca Nacional.

Allí, el autor de Un Viejo que leía novelas de amor, recuerda, con emoción, sus años de estudiante secundario, cuando soñaba con quedarse, escondido, todo un fin de semana en una biblioteca. Soñaba que los libros le hablaban con su lenguaje silencioso y le mostraban cada una y todas las palabras impresas.

Luis Sepúlveda también se refiere a sus otros sueños, "los de un mundo en donde el pilar fundamental de la existencia sea la fraternidad, en donde las relaciones humanas estén sustentadas en la solidaridad, un mundo en el que todos compartamos la necesidad de la justicia social y actuemos en consecuencia. Mis sueños son irrenunciables, son tercos, porfiados, resistentes, y se anteponen al horror de la pesadilla dictatorial. La defensa de esos sueños tiene que ver con el viejo debate entre lo bello y lo atroz, entre el bien y el mal en el sentido más pleno e intenso".

Con su particular y entretenido estilo, Luis Sepúlveda cuenta diversas anécdotas, recuerda el viaje a Chile del poeta español Marcos Ana y se refiere a su relación con los libros y también a los autores que lo marcaron, como Francisco Coloane, Lautaro Yankas, Nicomedes Guzmán y tantos otros que le enseñaron "que la patria era mucho más que una bandera".

Una de las características más sobresalientes de Luis Sepúlveda, además de su indiscutible calidad literaria, es su generosidad y su intenso compromiso con los actos de resistencia, con las causas justas o "causas perdidas", con todos los que sueñan con un mundo mejor.

 

Edición 2008. Formato: 22 x 22 cm, 40 páginas
Ilustrado por: Lewis

 

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Miércoles, 27 Julio 2016 17:59

Crímenes sublimes

Crímenes sublimes
 
 
Capítulo 3

 

La casa de Eliseo Zubiria y Martha Braun está ubicada en el barrio Colina, al occidente de la ciudad, en un condominio cerrado formado por un conjunto de casas blancas de dos pisos, con techos de tejas rojas en forma triangular. Después de identificarse en la entrada y de esperar por algunos minutos, Marlowe es autorizado a seguir. El portero le indica la ubicación de la casa y le dice que puede estacionar el auto en el garaje de la propiedad. El cielo ya se ha puesto negro de nuevo y es probable que empiece a llover en cualquier momento. Antes de bajarse del auto, Marlowe piensa en lo difícil que se pondrá el tráfico cuando tenga que regresar al centro en medio de la lluvia.

 

Una empleada vestida con uniforme gris abre la puerta y le pide para esperar en la sala. “La señora ya baja”, dice. “¿Quiere tomar algo, un café, agua?”. “No, gracias”, dice Marlowe mientras observa un cuadro que ocupa casi toda la pared del fondo de la sala. En el cuadro el cuerpo desmembrado de un hombre reposa sobre una pequeña mesa de metal. El fondo de la pintura es de un rojo intenso. Alrededor del cuerpo aparecen algunas figuras abstractas que remiten a animales mitológicos y objetos litúrgicos. “Es un regalo del pintor”, dice una voz femenina. Marlowe se voltea. “Philip Marlowe, detective de la policía metropolitana”. “Martha Braun”, dice la mujer mientras aprieta firmemente la mano de Marlowe.

 

Martha Braun es una mujer alta, de tez blanca y cuerpo delgado pero compacto, como el de una mujer que practica algún deporte o va al gimnasio con frecuencia. Está vestida enteramente de negro y lleva gafas oscuras. Las uñas de ambas manos están pintadas de negro. Su rostro y su cuerpo aparentan dureza, pero en el fondo, piensa Marlowe, parece como si estuviera a punto de derrumbarse. “¿En qué le puedo ayudar detective?”. “Sé que es un momento difícil señora Braun, pero quisiera saber si el señor Zubiria había recibido alguna amenaza, si había notado algo sospechoso en los últimos días”. La señora Braun se sienta en el sofá de la sala y se queda mirando en silencio hacia el frente. Marlowe no sabe si mira el cuadro o si tiene los ojos cerrados. Pasan algunos segundos en que el silencio parece abarcar la atmósfera por completo. De repente la señora Braun dice: “No sabía de ninguna amenaza. Eliseo siempre fue un hombre pacífico. Odiaba la violencia. No entiendo por qué alguien quisiera asesinarlo.” “¿No tenía problemas políticos?”. La señora Braun esboza una leve sonrisa. “¿Políticos? Ustedes del gobierno creen que toda persona pensante es un terrorista ¿no es cierto?”. Marlowe no sabe qué responder. Odia tanto el gobierno como sus enemigos más acérrimos. “No, Eliseo no era ningún terrorista, era sólo un hombre con ideales, quizás era eso, demasiado idealista”. “¿Tenía problemas con algún colega de la universidad?”. “Siempre los hay. La academia está llena de enfrentamientos. Pero son luchas teóricas. No es motivo para asesinar a nadie.” Marlowe piensa que cualquier motivo es suficiente para asesinar a alguien, pero no dice nada. “¿Su marido frecuentaba algún grupo, algún lugar en particular?”. “Iba algunas veces a un grupo de estudio con algunos colegas y estudiantes. Discutían filosofía y estética. No sé si es eso a lo que se refiere. Eliseo no salía mucho y últimamente no viajábamos a causa de su enfermedad.” “¿Enfermedad?”, pregunta Marlowe interesado. “Eliseo había sido diagnosticado con cáncer de pulmón, estaba muy avanzado cuando lo descubrieron...”. Después de estas palabras la señora Braun mueve la cabeza de un lado a otro. De repente se lleva las manos al rostro y empieza a sollozar. Marlowe la observa en silencio. Ella señala con el brazo una sala contigua. “Puede revisar su estudio. Me disculpa”. Se levanta del sofá, camina un tanto apresada por el corredor y sube las escaleras hacia el segundo piso.

 

El estudio de Zubiria es un espacio amplio e iluminado. Las paredes están llenas de estantes con libros que llegan hasta el techo. En un extremo hay un escritorio de madera con algunos libros y papeles encima. Marlowe se acerca a los estantes. Ve algunos títulos que reconoce pero la gran mayoría son libros desconocidos para él.

 

Sobre el escritorio de madera ve varios libros en inglés de un autor que no conoce, un par de diccionarios, un block de notas y una agenda. Abre la agenda y revisa las anotaciones de los últimos días. Reuniones en la universidad, visitas al médico y una sigla, CFI, que se repite varios jueves en la noche. Toma la agenda y el block de anotaciones e instintivamente los guarda en un bolsillo de su chaqueta. Sale del estudio y busca a la señora Braun o a la empleada de uniforme pero no ve a nadie. La puerta de entrada no tiene llave, así que la abre, sube a su auto y va a enfrentarse con el tráfico caótico de la ciudad mientras gotas enormes comienzan a precipitarse desde lo alto como un castigo divino.

 


Capítulos 1 y 2 : http://www.desdeabajo.info/ediciones/item/28864-crimines-sublimes.html

 

 

 

Publicado enEdición Nº226