Sábado, 20 Febrero 2016 06:22

Se ha apagado un Eco extraordinario

Se ha apagado un Eco extraordinario

Umberto Eco fue durante décadas un filósofo e intelectual inquieto, que se hacía preguntas y merodeaba las respuestas con voracidad de curioso insaciable. Sobre todo, fue siempre un gran apasionado de la cultura. En 1964 publicó un libro que marcó época y que es referente para cualquiera interesado en entender qué demonios es eso a lo que llamamos cultura: Apocalípticos e integrados. Ahí fijaba una discusión que llevaba en marcha, como mínimo, desde la Revolución Francesa: la de quienes defendían la cultura como un saber que había que preservar por una elite de entendidos que la mantuvieran a salvo de las tentaciones de la vulgarización que terminaría por destruirla (los apocalípticos) o los que creían que la cultura debía hacerse popular, hacerse accesible y llegar a más gente para hacer que sus vidas fueran extraordinarias (los integrados), a pesar del riesgo de convertirla en un producto de masas. Eco se movía entre los dos territorios con su aguda mirada inconformista: cuando estaba en territorios apocalípticos se mostraba sarcástico con esa aristocracia cultural que hacía de la cultura algo estático y apolillado. Cuando tocaba acercarse a la cultura de masas era muy crítico con la banalización de la prensa y los efectos de internet como caja de ruido donde los mensajes perdían el sentido.


Eco era un hombre de una inteligencia pasmosa. Le acusaban desde algunos sectores de ser un gran profesor de teoría de la comunicación y las estructuras narrativas, pero que era fácil criticar los toros desde la barrera. Y decidió demostrar que construir una novela no era tan difícil. Y escribió en 1980 El nombre de la rosa, que inauguró lo que podría denominarse “thriller cultural”. Una denominación kitsch que le habría encantado y horrorizado al mismo tiempo. Lo que podía haber sido la veleidad de un profesor de poner su pica en Flandes en la narrativa resultó un libro maravilloso. Y además tuvo un efecto sorprendente: gustó a los críticos exigentes y encandiló al público en general. Una pirueta fantástica entre alta y baja cultura en la que introducía una trama policiaca en un contexto tan culto como una abadía benedictina dotada de una gran biblioteca y de las muertes que empiezan a acontecer alrededor de un libro eternamente buscado por los especialistas: La Poética de Aristóteles. Inolvidable el investigador –el franciscano Guillermo de Baskerville- y su fiel ayudante Adso. Eco tomó todos los clichés de la novela negra y la novela histórica: la ambientación de época, la pareja de investigadores, los crímenes seriados, las pistas falsas y los convirtió en una obra de gran altura literaria para demostrar que la cultura es algo poroso y que, en realidad, las propias calificaciones estrictas entre “apocalípticos” e “integrados” son tan relativas como la vida misma.


A continuación, cuando los que no lo conocían esperaban una carrera de novelista de éxito, se encontraron con nuevos artículos y ensayos en el entorno de la narrativa, la semiótica y la comunicación. Tardó 8 años en publicar su siguiente novela. El péndulo de Foucault fue otra de sus monumentales bromas serias, un pastiche entre lo cultural, lo científico y lo esotérico, con cargas de profundidad hacia la religión, mucho más compleja de lectura que El nombre de la rosa. Porque él siempre fue un ensayista y un reflexionador. Las novelas eran prácticas de laboratorio de sus ideas y maneras de introducir artefactos singulares y provocadores en el debate.

En sus últimos años Eco vivió tratando de buscar el sentido de la belleza en las artes y batallando en su crítica a unos medios de comunicación que habían arrinconado la cultura. Hace unos años publicó un cruce de cartas con Emmanuelle Carrère que dio lugar a delicioso un ensayo titulado Nada acabará con los libros. Ya con 80 años, Eco seguía alzando la voz para decir que la lectura es una de las actividades no solo más nobles, sino más necesarias para la Humanidad: “el libro es como la cuchara, la rueda, las tijeras... una vez inventadas no se puede crear ya nada mejor” y defendía con pasión que, fuese en hoja de papel o en el soporte que fuese, “el libro había superado la prueba del tiempo y nunca dejaría de ser lo que es”. Nos ha dejado a los 84 años y deja uno de esos silencios que no sabemos si podremos llenar.

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Martes, 22 Diciembre 2015 06:46

Cisnes de verdad y cisnes de mentira

Cisnes de verdad y cisnes de mentira

En la poesía de Rubén Darío hay dos mundos que se distancian, aunque aparezcan no pocas veces juntos en la forma: uno insondable, de misterios siempre por descifrar, donde la correspondencia de los significados se vuelve infinita: la sinestesia, ese juego verbal profundo donde el sol es sonoro y los sonidos son áureos; la búsqueda constante de lo diverso, que es la clave de la unidad de los significados pitagóricos, los números como signos del universo que nos dicen al Dios que no se nombra. Y también Rubén, igual que Borges, adoraba la idea de la metempsicosis, la transmigración de las almas de un cuerpo a otro, no importa la distancia de las edades, una idea que es pitagórica y es órfica. Pitágoras y Orfeo. Los números y el canto. En el poema que lleva precisamente ese nombre, Metempsicosis, cuenta la historia de Rufo Galo, el soldado que durmió en el lecho de Cleopatra, y lo pagó con la vida, comido por los perros, para volver a rencarnar.


De allí su fascinación por la mitología, cuyos personajes híbridos, más allá de poblar su imaginería verbal, entran en sus poemas como criaturas apasionadas, contradictoras y feroces. En Rubén, los monstruos de esa zoología fantástica provienen de la culpa. La pasión es la causa de su deformidad, o de su anormalidad, o más que una envoltura carnal tienen una presencia espiritual, la única capaz de ser testigo o partícipe de la epifanía. Y los saca del friso de mármol para expresar a través de ellos sus propias incertidumbres existenciales, como en El coloquio de los centauros.


El otro de sus dos mundos es musical, fácil al oído y a la memoria, y, además, bendecido por la rima. Como bien dice Stendhal, la memoria necesita de la rima. Y como son generalmente poemas que cuentan historias, las aprendimos a recitar en nuestra infancia: El negro Alí, La cabeza del Rawí, La sonatina, Los motivos del lobo, Margarita. Es una poesía que viste ropas brillantes, igual que el papá de la princesa de este último.


Esos brillantes ropajes son verbales, muy coloridos y por tanto llamativos, y provienen de la literatura francesa del siglo XIX. Son ropajes musicales. La novedad consistió en dar una nueva música, atrevida, briosa y resonante al idioma y, por tanto, una nueva estructura verbal. El modernismo fue una escuela poética; también fue una escuela de baile, un campo de entrenamiento físico, un circo y una mascarada, como señala Octavio Paz.


Pero el músico ya estaba desde antes en Rubén, dueño de un espléndido oído para identificar ritmos y copiar melodías, y descubrir nuevas y viejas métricas, hasta dar, como los verdaderos músicos, con su propia clave creadora singular. Supo escuchar bien las novedades del verso simbolista francés, pero también las cadencias de la poesía popular, desde los himnos religiosos de su infancia a los endecasílabos olvidados de la gaita gallega. Fue una aventura verbal, y la entrada en territorios antes proscritos, sobre todo aquella escandalosa intimidad con otras lenguas, sobre todo la francesa, y formas métricas e idiomáticas que sonaban trasgresoras.


Un músico de nacimiento, que no en balde cargaba de domicilio en domicilio con su piano Pleyel, huésped forzado, con no poca frecuencia, de las casas de empeño, y que terminó vendiendo cuando, nombrado embajador de Nicaragua ante la Corte de Madrid en 1907, no pudo afrontar los gastos que demandaba mantener su residencia y legación en la calle de Serrano, porque su gobierno le atrasaba los sueldos, o no se los pagaba. Y a la hora de su muerte, se le debían casi todos.


En su frustrada novela autobiográfica El oro de Mallorca, Rubén se disfraza, o se trasmuta, en la figura de un compositor latinoamericano célebre, Benjamín Itaspes, "un temperamento erótico atizado por la más exuberante de las imaginaciones, y su sensibilidad mórbida de artista, su pasión musical, que le exacerbaba y le poseía como un divino demonio interior...", según se retrata a sí mismo.


Su poesía se encendió, así, de una pirotecnia verbal deslumbrante llena de imágenes vistosas y atrevidas, de osadías melódicas, de novedades rítmicas, una puesta en escena cuyas bambalinas y decorados se come de manera implacable la polilla: quioscos de malaquita, lagos de azur y mantos de tisú, y lo mismo sus numerosos figurantes: faunos, náyades, ninfas, bacantes, centauros, cisnes y pavorreales, mandarines y califas de oriente, y hadas madrinas, elfos y princesas encantadas: "veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer...", dice en las Palabras liminares de Prosas profanas.


Semejante parafernalia identificó al modernismo, préstamos, decorados, efectos de color, novedades que se acercaban peligrosamente a la cursilería, y aún podemos asomarnos con curiosidad a ese museo de cera. Pero sin aquel ejercicio lúdico nunca habría existido la ruptura que trajo la modernidad que desentumió a la lengua española.


Algunos de los escritores modernistas que acompañaron a Rubén en aquella aventura colorida, perecieron junto con ese modernismo decorativo, porque se atuvieron a las calidades exteriores y no a la esencia verdaderamente moderna que había dentro de la envoltura modernista, donde se hallan los temas que han alimentado a la literatura a través de los tiempos, nacidos de la exploración sin subterfugios de la condición humana, empezando por el amor y la muerte, esa dualidad tan perturbadora para Rubén: Eros y Thánatos. El primero de sus dos mundos.


El cisne que conduce la barca de Lohengrin es un cisne de utilería, pero los de Rubén, además de su simbólica majestad erótica, su cuello entre los muslos de Leda, con ese mismo cuello no dejan de abrir interrogantes acerca del sentido de la vida. Y en el poema Los cisnes de Cantos de vida y esperanza, se dejan interrogar por el poeta en tiempos de incertidumbre: ¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
Masatepe, septiembre 2015


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Los dos ejes de la comprensión de los sistemas vivos

La literatura, en toda la extensión de la palabra, no es otra cosa que el esfuerzo por verbalizar, comprender y explicar el mundo humano, que no es, al cabo, sino la expresión más inmediata del universo de los sistemas vivos.



Sin la menor duda, uno de los últimos problemas en ciencia como en la vida es el de la comprensión y explicación de los sistemas vivos. Pues bien, cabe destacar dos polos de trabajo, investigación, esfuerzo, de este problema. El primer eje es la biología.


Originada a partir de la obra de Darwin de 1859 —el Origen de las especies por medio de la selección natural—, la biología comprende inicialmente dos capítulos: la zoología y la botánica. Durante cerca de cincuenta años la biología no será otra cosa.
Sin embargo, en el curso del siglo XX, ésta se complejiza y comprende, además de los dos campos ya mencionados, la biología celular, la biología marina, la ecología, la fisiología, la genética y la histología. Esta es, digamos, la biología normal (kuhnianamente hablando). Ello, no obstante, la biología se ha desarrollado ampliamente en años recientes, y llega a abarcar, además de las áreas mencionadas, la malacología (el estudio de los moluscos), la mastozoología (el estudio de los mamíferos), la ictiología (el estudio de peces), la herpetología (el estudio de los reptiles), la ornitología, la entomología, la ficología (el estudio de las algas), la pteribiología (el estudio de helechos y afines), la protozoología, la bacteriología y la virología.


Y ello para no mencionar algún desarrollo vinculado con la astronomía y la cosmología, como la exobiología, esto es, la búsqueda de vida en el espacio exterior, un área estrechamente vinculada a los programas SETI (búsqueda de inteligencia extraterrestre) y la terraformación.


Más recientemente, la mejor comprensión de la biología se conoce como biología de sistemas. O bien, dicho en otros términos, pero de forma equivalente, se trata del enfoque Eco–Evo–Devo, y que quiere significar: la ecología evolutiva del desarrollo.
Como se aprecia, la biología ha ganado en muchas áreas o campos en un espacio que abarca, a la fecha, bastante menos de doscientos años. Con esas áreas, el espectro de comprensión de la vida se ha enriquecido y ampliado al mismo tiempo, y todo ello con una idea de base, a saber: la teoría que funda a la biología es la teoría de la evolución, la cual puede ser entendida en un dúplice sentido, así:


De un lado, es el hecho de que todo en biología tiene sentido a partir de la evolución y nada tiene sentido sin ella. Al mismo tiempo, de otra parte, la teoría de la evolución es, propiamente dicho, una teoría del cambio de los sistemas vivos. En un espectro más amplio, por ejemplo, el de la filosofía de la ciencia, la teoría de la evolución es una de las dos teorías más sólidas y robustas en toda la historia de la humanidad. (La otra es la teoría cuántica).


El otro polo en la comprensión de los sistemas vivos tiene sentido a partir del hecho de que, para los seres humanos, la experiencia más inmediata de la vida y de los sistemas vivos son ellos mismos, esto es, los propios seres humanos. Pues bien, el segundo polo puede ser entendido como el esfuerzo por comprender la condición humana. Ahora bien, ningún área es mejor y más propicia para entender la condición humana que la literatura.


La literatura es, de lejos, la mejor de las formas como logramos entender a los seres humanos. Nombres tan diversos como Shakespeare o Dostoievski, Tolstoi o Murasaki Shikibu, Durrell o Rulfo, Longus o Musil, entre muchos otros, tienen la grandeza de permitirnos alcanzar mejores luces sobre el corazón humano y sus avatares.


Bien entendida, la literatura no sabe de géneros. Éstos son el resultado de clasificaciones —usualmente artificiosas— de orden reciente. Así, por ejemplo, la novela y el cuento, o la propia literatura y la poesía. En la antigüedad y durante mucho tiempo no existía la división de géneros literarios, y acaso la forma más básica, era tan sólo la distinción entre prosa y verso.


La literatura, en toda la extensión de la palabra, no es otra cosa que el esfuerzo por verbalizar, comprender y explicar el mundo humano, que no es, al cabo, sino la expresión más inmediata del universo de los sistemas vivos.


En este sentido, saber narrar (story-telling) es, de todas, la experiencia humana fundamental constitutiva de grupo, comunidad o mundo. Desde cuando nos sentábamos, allá en el paleolítico, alrededor del fuego a escuchar las historias de los mayores, hasta cuando cada quien comparte las tribulaciones de un personaje en la intimidad del libro, físico o digital.


Incluso los científicos olvidan que lo verdaderamente determinante no son las ecuaciones ni las fórmulas, los argumentos ni las demostraciones de cualquier tipo. Desde el punto de vista cultural, social e histórico, lo que queda de la ciencia es el relato, la historia, el cuento. Y es la apropiación de ese relato lo que hace de la ciencia una realidad social y cultural. Gracias a un buen relato la gente llega a comprender la ciencia y apropiársela. Pero si ello es así, el científico se orienta entonces hacia la literatura, como al espacio en el que la ciencia se hace realidad cultural para cada quien.


Pues bien, entre ambos polos, entre la biología y la literatura, se sitúan en algún lugar intermedio, las ciencias sociales y las humanas, dos expresiones de origen decimonónico (y al cabo, arcaicas). Como bien lo decía, en otro contexto y lugar, R. Merton, todas las teorías de las ciencias sociales y humanas no son más que "teorías de rango medio"; una expresión refinada para significar que son simplemente teorías imperfectas e imprecisas, provisorias y artificiosas.


Biología y literatura: dos caras de una misma moneda, cuyas fases son los sistemas vivos en general, o la comprensión de la experiencia humana. Dos formas de señalar a uno de los últimos problemas de la ciencia y el conocimiento.

Fernando Vallejo: "El cristianismo y el Islam son una empresa criminal"


El escritor colombiano ajusta cuentas con el presente en '¡Llegaron!', un texto sobre su historia. Con humor, con saña y con voz propia, lanza dardos a Dios y a su país

Hay libros que se escriben para morir en el punto final. Otros forman un interrogante. Y sólo unos pocos se elevan entre exclamaciones. Este es el caso de ¡Llegaron!, la última y exuberante obra de Fernando Vallejo (Medellín, 1942), que ahora publica la editorial Alfaguara. Su historia es la de su autor, su familia y, sobre todo, los recuerdos de infancia en la colombiana finca de Santa Anita, junto a sus abuelos. Pero lejos de quedarse en un paseo por un tiempo perdido, el texto sirve para un ajuste de cuentas con el presente. Ese universo amorfo e inagotable al que el narrador pasa a cuchillo página tras página. Desde Colombia hasta Dios. A veces lo hace con humor, otras con saña, pero siempre con voz propia. Una primera persona (el autor detesta el uso del narrador omnisciente) que, sentada en un avión con destino desconocido, rememora la vida y muerte de los suyos, se muestra a sí mismo sin pudor y hace estallar con su torrencial estilo todo lo que toca.


—Hablo como pienso y escribo como hablo.


Vallejo vive en la Ciudad de México. Allí, en la frondosa avenida de Ámsterdam, pasea cada día a su perra, Brusca. Es un hombre elegante, de talante bondadoso, pero que, en su conversación, guarda siempre una navaja bien afilada. Preguntarle es verla brillar. Salvaje y tropical.


PREGUNTA. El libro se abre y cierra con exclamaciones. ¿Hay algo así como un ritmo exclamativo?
RESPUESTA. Exacto. Con exclamaciones. Solo que antitéticas. La de entrada es "¡Llegaron!". Y la de salida "¡Se fueron!". Claro que llegamos, claro que nos fuimos, como llegamos todos y nos habremos de ir todos. La literatura se escribe en prosa y la prosa antes que nada es ritmo. Pero del bueno. No los octosílabos asonantes y sonsonetudos de García Lorca. Esto que le digo es uno de los grandes descubrimientos míos, hecho después del agua tibia, que se lo debo a México, ya cumplidos mis 27 años, pues en Medellín nos bañábamos siempre con agua fría.


P. Su estilo es enormemente fluido. ¿Cómo trabaja un texto?
R. Lavando platos y paseando a mi perra, Brusca, por el camellón de la avenida de Ámsterdam de la Ciudad de México para que haga en público sus necesidades porque en privado, en la casa, no le gusta a la maldita. O mejor dicho bendita, porque la amo.


P. ¿Se identifica con la voz central del libro?
R. Mil por mil. Cien por cien. Ciento por ciento.


P. ¿Es un viaje por sus recuerdos?
R. Sí. Un viaje en avión tratando de ganarle la carrera a mi médico, el doctor Alzhéimer.


P. ¿Le gusta viajar en avión?
R. Mucho. Ahí o cuando lavo platos se me ocurren los libros. Viajo en clase turista y lavo platos más que por falta de dinero por humildad. A mí que no me venga el papa Francisco a dárselas de humilde, que él no lava platos y viaja en jet privado. Ah, no, perdón, calumnio, miento. Lava patas.


P. El libro tiene mucho humor. ¿Cómo se consigue?
R. Esa es una interpretación errada. Yo nunca escribo en burla: siempre en serio.


P. A la Iglesia le dedica constantes dardos. Por ejemplo: "Dios, como Pablo Escobar, no mata por mano propia, Él no se ensucia: para eso tiene sus sicarios". ¿Le falta humor a la religión?
R. Según Marx, la religión es el opio del pueblo. ¡Qué va! Ojalá. Me la fumaría enterita. La religión es una plaga. Todas, empezando por el cristianismo y el mahometismo, a las que hoy pertenece la mitad del género humano. El cristianismo no es una civilización, es una empresa criminal, y lo mismo eso que llaman pomposamente el islam: mahometanos asesinos y rezanderos. No hay Dios, Bergoglio, y nunca ha habido un Cristo de carne y hueso, sacado de una costilla de Adán o de un chorro de luz de las entrañas de la Virgen fecundada luminosamente por el Espíritu Santo. A la religión no le falta humor, lo que le falta es castigo.


P. Cuando ataca, lo hace con nombre y apellidos. Putin, Sarkozy y hasta Santos ("más estúpido que una película de avión")... ¿Le gusta la polémica?
R. Yo con nadie polemizo. No soporto que me contradigan.


P. Dice usted de los colombianos que son "chusma carnívora y paridora, cristiana y futbolera". ¿Existe posibilidad de que usted se reconcilie con Colombia?
R. Nunca me he peleado con esa mala patria. Simplemente, le ajusto cuentas cada vez que puedo.


P. ¿Es Santa Anita su infancia, la otra Colombia?
R. Así es. La más hermosa.


P. Dice su protagonista sobre Colombia: "Ya sé que por maldición eterna habré de volver a morir a ese moridero". ¿Lo cree usted?
R. Estoy seguro, porque como yo soy el que voy a decidir mi muerte... A mí no me va a matar Diosito con un cáncer de páncreas o mandándome un sicario. No le pienso dar gusto a ese Viejo.


P. "El Homo sapiens es una fábrica de mierda". ¿No le gusta el género humano?
R. Me gusta que haya dicho "género humano" y no "raza humana" como muchos ignorantes traduciendo del inglés the human race; o "especie humana" como dicen los escrupulosos aduciendo que la del Homo sapiens es una especie y no un género. Sí, reparones, pero en términos biológicos, no de lenguaje. Las lenguas son caprichosas. Y la española ni se diga. Este es un idioma loco.


P. ¿De dónde le viene el interés por la gramática?
R. De Colombia, que está loca. Durante 50 años la gobernaron presidentes gramáticos del partido conservador, que creían en Dios y vivían en guerra permanente contra el que y los gerundios galicados. Y que no se le podía quitar la preposición a a las ciudades ni a los países cuando eran complemento directo. "Mas independizó Cataluña". ¡Qué horror! Eso es incorrectísimo. Debe ser: "Mas independizó a Cataluña". Cuando se consume esta separación vuelvo a España. Antes ni muerto.


P. No se fía de los políticos, o eso parece. ¿Pero se puede vivir sin ellos?
R. Los políticos son corruptos; los dictadores, corruptos; los tiranos, corruptos; los reyes, zánganos y corruptos; los curas, maricas y corruptos; el Papa, farsante y corrupto; los ayatolás, asesinos y corruptos; Castro, traidor y corrupto; Berlusconi, pederasta y corrupto; Putin, asesino y corrupto... Y así. Y todos ellos carnívoros.¡Hideputas!, les habría dicho don Quijote.


P. Colombia, la Iglesia, la podredumbre política, la muerte... ¿Se puede decir que forman parte de sus obsesiones?
R. La Iglesia y los políticos son roñas incurables. Y Colombia, una mala patria. Esta es la hora en que no acabo de ajustarle las cuentas.


P. ¿Cómo ve Colombia ahora? ¿Y México?
R. Igual de jodidos. Casi como España. En ese par de paisuchitos la gente se reproduce como animales, y se come a los animales. "¡No se reproduzcan como conejos!", dijo Bergoglio. ¡Ah, sí! ¿Y la encíclica Humanae vitae de su predecesor Pablo VI en que este Papa prohibía el sexo no solo por fuera del matrimonio sino también dentro de él cuando no estaba destinado a la reproducción? Así que si usted quiere tener 20 coitos en su vida tiene que tener 20 hijos. Mi papá y mi mamá fabricaron 24. En la portada de ¡Llegaron! puede ver usted unos cuantos de ellos. Ahí estoy yo con gafitas. Mi papá, manejando. Mi mamá, con su benjamincito en brazos.


P. Dentro del libro hay otro libro: 'La libreta de los muertos'. ¿Los cuenta y recuerda usted?
R. Voy en el 858, que se dicen rápido pero que me costaron una vida y años de esfuerzos de la memoria. Son los que vi por lo menos una vez, pero en persona (no en el periódico o por televisión), y que sé con certeza que se murieron. Me dicen que Buñuel llevaba una libreta así. La llevaría, pero no como la mía, ni de lejos: en la mía hay putas, gigolós, travestis, políticos, atracadores, ladrones, sicarios. Y dos papas: Giovanni Battista Montini, alias Pablo VI, y Karol Wojtyla, alias Juan Pablo II. A uno lo vi con la capa al viento, a 20 metros, en la plaza de Bolívar de Bogotá; y al otro pasando en papamóvil por la avenida de los Insurgentes de la Ciudad de México, también a tiro de piedra. No sabe la alegría con que los anoté.


P. La muerte es una constante en su texto. ¿Le produce miedo? ¿Angustia? ¿Sensación de absurdo? ¿Soledad?
R. Terror, porque dejaría a mi perra, Brusca, huérfana.


P. ¿Es usted un hombre familiar? En el libro le da mucha importancia a la familia.
R. Toda mi familia tiene cuentas pendientes conmigo que no acaban de saldar. De libro en libro se las voy cobrando.


P. "Vivo para contener el caos", dice su protagonista. ¿Es la literatura una forma de poner orden en las cosas?
R. No. Por el contrario. Nada de orden. Que se acabe la humanidad y volvamos al caos, que el orden cuesta mucho, inmenso esfuerzo, no paga el sacrificio.


P. ¿Cuándo sabe que ha terminado un libro? ¿Cuándo lo supo de este?
R. Cuando llego a la página 180. Más es mucho y menos poco

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Miércoles, 28 Octubre 2015 20:01

La vitalidad del impacto local

La vitalidad del impacto local

Numerosas revoluciones locales están teniendo lugar permanentemente en el mundo hoy en día. A nivel de intercambios académicos, artísticos o culturales, o bien a nivel de una ingente producción local de reflexiones, pensamientos y estudios.

 

En ecología, las escalas en orden descendiente son la biosfera, los ecosistemas, los biomas, la ecología de paisajes y los hábitats. Para los sistema vivos, los fenómenos más acuciantes suceden a nivel de sus hábitats. Análogamente, en meteorología, cabe distinguir en general los climas y temperaturas, pero cualquier persona conocedora sabe que los acontecimientos verdaderamente significativos acontecen a nivel de los microclimas. Es aquí en donde emergen y se expanden los más fabulosos fenómenos que ocupan a los meteorólogos.


Pues bien, basta con algunos viajes caprichosos alrededor del mundo, o con una buena lectura, para comprobar una magnífica vitalidad de pensamiento, ciencia y cultura a nivel local, de un lugar a otro, de una latitud a la siguiente.


En efecto, numerosas editoriales locales, o también numerosas publicaciones de universidades en un país o en otro, en una región u otra, da muestra de una producción apasionante de pensamiento, reflexión, análisis y crítica con un evidente impacto inmediato local y, en el mejor de los casos, regional. Y, sin embargo, a nivel nacional, internacional o mundial, esa vitalidad local pasa desapercibida y, finalmente, ignorada, como inexistente.


La inmensa mayoría de tirajes universitarios e independientes rondan las centenas de ejemplares. Incluso en los Estados Unidos, los tirajes universitarios son generalmente del orden de 1000 ejemplares por título. Se busca, con diversos criterios, consumos locales, y al cabo, regionales o nacionales. Los editores, habitualmente conservadores, apuestan a un mercado fijo, o al menor de los riesgos en las inversiones. Esta es, sin lugar a dudas, la principal motivación de los tirajes locales, libros, revistas y demás.


Sólo las grandes trasnacionales de la cultura le apuestan a varios miles de ejemplares, y poseen sus propios circuitos de promoción y circulación. A decir la verdad, estadística y culturalmente hablando, las ediciones de las grandes industrias de la cultura constituyen la excepción. Una notable excepción, a decir verdad. Pues la norma es la existencia de autores, pensadores, científicos y artistas de impronta local; en cada caso.


Hace poco leía en Researchgate (un portal académico; o también una de las más importantes redes sociales de académicos en el mundo), que un profesor de Indonesia con frecuencia es invitado por universidades de Nyanmar, Vietnam, Laos, Tailandia, Cambodia y Laos a dictar cursos y conferencias. En otro espectro, por ejemplo, algún prestigioso investigador o autor latinoamericano es invitado con frecuencia a países como Costa Rica, México, Perú, Ecuador, Venezuela y San Salvador. En otro espectro del mapamundi, un prestigioso investigador nigeriano es invitado con frecuencia a participar en eventos académicos y culturales a países como Camerún, Benin, Togo, Ghana, Costa de Marfil, o Gabón. Pues bien, sin duda alguna, los tres profesores, desconectados entre sí, observan el mismo fenómeno que aquí comentamos.


Tres ejemplos conspicuos de tres fenómenos similares de escala local, o regional; según se mire.


La vitalidad local es, asimismo, una enorme dinámica regionalmente concentrada. Se requieren varias circunstancias para que un texto sea traducido a otros idiomas, eufemísticamente llamados mayores o menores. Las traducciones contribuyen mucho a des–localizar el pensamiento y la vida. Y, sin embargo, el gran catalizador de la cultura y la vida es, hoy por hoy, internet.


Un texto o una obra subida a la web se hace virtualmente inmortal. En contaste con la fabulosa producción local impresa a nivel local en numerosos lugares. Internet permite romper la vieja clasificación de las ciencias sociales del siglo XIX entre geografía e historia. Al fin y al cabo, la propia noción de "cultura" remite siempre a experiencias locales, particulares, concretas. La "cultura" es un concepto conservador por particularista. El polo a tierra, en cada caso, de la experiencia humana.


Numerosas revoluciones locales están teniendo lugar permanentemente en el mundo hoy en día. A nivel de intercambios académicos, artísticos o culturales, o bien, igualmente, a nivel de una ingente producción local de reflexiones, pensamientos y estudios. Se trata de revoluciones que pasan desapercibidas ante la gran mirada superficial de los grandes medios de comunicación masivos. Que siempre tienden a uniformar el mundo y la realidad, a verlos como acontecimientos planos y lineales.


En contraste, la vitalidad local en cada caso es la evidencia de que, análogamente a lo que enseña la geología, los movimientos telúricos siempre acontecen a nivel local, y que lo verdaderamente significativo de los mismos son las réplicas que tienen o pueden tener. Las réplicas y no la fuerza. Las consecuencias y no el primer impacto.


Ahora bien, ¿qué es lo que hace de un texto, un libro o una obra un acontecimiento de orden internacional o mundial? Esta pregunta no tiene una única respuesta. Sin embargo, con seguridad, se trata de las redes, conexiones y repercusiones que, siempre desde la esfera local, tiene o puede tener en otras esferas, redes, lugares y momentos.


Para el autor, se trata, siempre, de una apuesta. En ocasiones, una intuición. Desde luego que van habiendo indicios en el camino. Como quiera que sea, actuamos a nivel local, en ocasiones, con desconocimiento del espectro global del mundo, o bien, igualmente, por momentos, como una apuesta de un impacto mayor. Hoy por hoy se distinguen dos niveles: el impacto social y el impacto científico. El primero apunta exactamente a las expresiones locales que aquí consideramos. ¿El segundo? Bueno, es el objeto de otro texto aparte.


En cualquier caso, los microclimas y los hábitats: las raíces de la acción local.

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Lunes, 12 Octubre 2015 14:05

Vallejo en el FMI

Vallejo en el FMI

La directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, dijo en la reciente reunión conjunta de esa institución y el Banco Mundial, en Lima, que ya no estamos en una crisis económica, pero este es un tiempo de cambio. Los viejos paradigmas ya no se sostienen y surgen nuevas relaciones económicas. Esto significa que es también un tiempo de oportunidad y acción.

 

El discurso advertía que nada puede darse por sentado, pues hay una serie de retos y restricciones, además de que prevalece la incertidumbre sobre la economía global.


Estos conceptos son, todos, bastante convencionales y vacíos. En materia política siempre es tiempo de oportunidad y acción. La incertidumbre, sobre todo aquella que se denomina como radical, está siempre presente, y apelar a los riesgos y las limitaciones es propio del discurso político más llano, en especial en esta época de austeridad a ultranza.


Y aquí, para halagar a sus anfitriones, la directora introdujo el verso final del poema de César Vallejo, Los nueve monstruos, que dice: hay, hermanos, muchísimo que hacer.


El verso citado remata un pensamiento más amplio del poeta, que escribió: ¡Cómo, hermanos humanos/ no deciros que ya no puedo y/ ya no puedo con tanto cajón/ tanto minuto, tanta/ lagartija y tanta/ inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!/ Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?/ ¡Ah! desgraciadamente, hombre humanos/ hay, hermanos, muchísimo que hacer.


No sabemos quién sea el asesor literario de la señora Lagarde, pero sí sabemos que cometió un exceso al usar a Vallejo, quien seguramente se habría sentido bastante incómodo con la cita y más en el escenario de la reunión de los organismos financieros que han sido protagónicos en la economía mundial desde 1945 y el final de la Segunda Guerra.


En términos estrictos como los que definen técnicamente qué constituye una crisis como la registrada en 2008, el decir de la directora no es falso. Pero ello no significa que los desajustes se hayan superado y nadie admite, incluso ella, que el estado de la economía mundial hoy sea positivo.


Basta ver lo que ocurre en Estados Unidos, donde el efecto de la enorme expansión monetaria de la Reserva Federal ha provocado una apropiación de la liquidez concentrada, en especial, entre los grandes bancos. Al mismo tiempo se desordenó el mercado de la deuda, en particular la hipotecaria, afectando el patrimonio de muchas familias. La recuperación productiva no se consolida y el crédito no fluye a las pequeñas y medianas empresas. Hay una profunda transformación en el mercado laboral sin que se absorba la población que quedó desempleada, muchos de los cuales han salido del mercado laboral, o solo consiguen ocuparse temporalmente. Así que no se alcanza una tasa de desempleo que permita reanudar o normalizar, la política de tasas de interés.


Pero el dólar sigue siendo la moneda más demandada por los inversionistas y se revalúa.


En Europa la recuperación ha sido lenta y los costos sociales de la austeridad muy elevados. Ahí también prevalecen altas las tasas de desempleo y subempleo y bajos los niveles de ingreso de la población. En la zona euro hay un sustrato de endeudamiento no resuelto que aun determina la condiciones financieras del conjunto del sistema bancario, con algunas instituciones cargadas de deudas que no serán pagadas, pero que mediante los distintos rescates aplicados en varios países se ha conseguido aplazar su aplicación en los balances. El caso de la deuda de Grecia, las condiciones pactadas del ajuste económico, luego del famoso referendo, la división del partido y la renuncia de Tsipras, es ilustrativo de las restringidas opciones que tiene la población.


En Asia, la economía japonesa no se repone de mucho más de una década de estancamiento y, finalmente, la china ha sucumbido a la especulación y se reduce la larga y fuerte expansión que registró. En América Latina, por diversas razones, como la baja del precio de las materias primas, la tasa de crecimiento del producto y del empleo se reduce de nuevo; la informalidad es creciente. Hoy Brasil es el caso más sobresaliente.


La austeridad no cesa como factor dominante de las políticas públicas en todas partes. Y hay un asunto que no puede pasar de largo. Este tiene que ver con las elecciones de gobierno. Los griegos refrendaron a Syriza a pesar de la manera como se administró la negociación de la enorme deuda y el ajuste –aun pendiente– con el resto de los miembros de la Unión Europea. En Portugal el gobierno socialdemócrata de Passos Cohelo retuvo el gobierno hace apenas unos días, aunque redujo su proporción del voto y sus asientos en el parlamento. Los otros gobiernos, de derecha e izquierda no salen del cartabón, y en España los populares toman esto como signo de que sus políticas son las buenas.


La expectativa no es favorable para una alteración de la política económica y, en general de las políticas públicas para recomponer una estructura social muy deteriorada en todas partes en el entorno de una crisis que en el fondo no ha sido superada.


Hay que sumar a todo esto los conflictos político militares que marcan sobre todo la situación en el Medio Oriente, y que llegan con estrépito a Turquía. También sobresale el renacimiento del nacionalismo en Europa acicateado por las masas de inmigrantes.


Vallejo iba más allá de todo esto. Dejemos al poeta en paz.

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Viernes, 09 Octubre 2015 08:19

"Vivo con el sentimiento de derrota"

"Vivo con el sentimiento de derrota"

La decimocuarta mujer en recibir el premio de la Academia Sueca dedicó buena parte de su obra a la realidad y el drama de mucha de la población de la antigua Unión Soviética: "Yo estudio a la gente real y trasmito su experiencia", señala.


El problema no es que sea una autora desconocida con cinco libros periodísticos publicados –en más de veinte idiomas– y uno solo traducido al castellano, Voces de Chernóbil, disponible hasta ahora únicamente en e-book. El minucioso montaje de los testimonios y las voces en una crónica, por más bien escrito que esté, se mueve en las aguas de la actividad periodística. Un periodismo que está siempre en explícito cortocircuito con el territorio de la ficción como "antropología especulativa", en los términos formulados por Juan José Saer. La periodista bielorrusa Svetlana Alexievich, de 67 años, ganó el Premio Nobel de Literatura –dotado con 8 millones de coronas suecas, algo más de 860.000 euros– por "sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo", según anunció ayer Sara Danius, secretaria permanente de la Academia Sueca desde Estocolmo, donde la ganadora recibirá el galardón el próximo 10 diciembre. La cronista bielorrusa –la decimocuarta mujer en ser premiada, la primera periodista– ha retratado, en lengua rusa, la realidad y el drama de gran parte de la población de la antigua Unión Soviética, así como los sufrimientos de Chernóbil, la guerra de Afganistán y los conflictos del presente en una región tan compleja como conflictiva. "Es maravilloso recibir este premio", reconoció Alexievich al canal sueco SVT, y añadió que se sentía orgullosa de estar ahora en una lista de escritores a la que pertenece Boris Pasternak, a quien en su momento las autoridades soviéticas le impidieron recoger el Nobel de Literatura.


El grupo Penguin Random House, que publicó en formato digital el único libro traducido al castellano, Voces de Chernóbil, anunció que en noviembre lanzará una edición de papel y en diciembre La guerra no tiene rostro de mujer; Los chicos de latón para el 2016 y Los últimos testigos en 2017. "Respeto el mundo ruso de la literatura y la ciencia, pero no el mundo ruso de Stalin y Putin", afirmó Alexievich durante una conferencia de prensa en la sede del PEN Internacional de Minsk, la capital bielorrusa. "Tampoco me gusta ese 84 por ciento de rusos que llama a matar ucranianos", dijo la periodista que se mostró convencida de que con su campaña de bombardeos en Siria, el presidente ruso, Vladimir Putin, está llevando a su país a "un segundo Afganistán".


De padre bielorruso y madre ucraniana, Alexievich nació el 31 de mayo de 1948 en el oeste de Ucrania. Su familia emigró a la vecina Bielorrusia, donde ella ejerció como profesora de Historia y de lengua alemana. Pero pronto eligió dedicarse a su verdadera pasión: el periodismo. En 1972 se licenció en la Facultad de Periodismo de Minsk y trabajó como redactora en diversos diarios de su país. En La guerra no tiene rostro de mujer, el primer libro que escribió en 1983, inauguró su itinerario crítico al cuestionar el heroísmo soviético. Recién en 1985, de la mano del proceso de reformas conocido como Perestroika, pudo publicar este libro que todavía permanece inédito en castellano. Ese mismo año se estrenó la versión teatral de aquella crónica descarnada en el teatro de la Taganka de Moscú, estreno que marcó un hito en la apertura iniciada por Mijaíl Gorbachov. Influida por el escritor Alés Adamóvich, al que considera su maestro, Alexievich despliega la técnica del montaje documental. Su especialidad –informan quienes la leyeron en su idioma– es dejar fluir las voces en torno del las experiencias del "hombre rojo" o el "homo sovieticus". En Los chicos del zinc (1989) –conviene aclarar que al no estar traducido el título aparece con variantes como Los muchachos del zinc o Los chicos de latón– aborda la guerra de Afganistán, hecho que precipitó la desintegración soviética, desde el punto de vista de los veteranos y de las madres de los caídos en esa contienda. "En la Unión Soviética nos enseñaban a morir por el país, pero no a ser felices. Nuestra experiencia vital es la de resistirnos a la violencia", advirtió la cronista.


"La URSS fue un intento fallido de crear una civilización alternativa", planteó la autora bielorrusa en una entrevista con el diario El país de España hace dos años. Luego de haber residido varios años en Alemania, volvió a la capital bielorrusa y confesó sentir "un gran vacío". En Minsk fue ignorada por los medios de comunicación del régimen de Alexander Lukachenko –que ejerce el poder desde hace más de veinte años– y mirada con frialdad o desconfianza por los nacionalistas locales por escribir en ruso y no en bielorruso. "Vivo con el sentimiento de derrota, de pertenecer a una generación que no supo llevar a cabo sus ideas", admitía Alexievich en la misma entrevista. "Nadie quería el capitalismo, queríamos el socialismo con el rostro humano. En los años noventa éramos muy ingenuos y muy románticos, creíamos que existía una nueva vida y que éramos capaces de crearla, que la culpa de nuestros males estaba tras los muros del Kremlin y era de los comunistas, no nuestra. ¿Y qué tenemos más de dos décadas después?: un líder medio bandido y autoritario y un entorno provinciano en Bielorrusia".


En otra entrevista que concedió a la agencia AFP en 2013 agregó: "Vivimos bajo una dictadura, hay opositores en la cárcel, la sociedad tiene miedo y al mismo tiempo es una vulgar sociedad de consumo, la gente no se interesa por la política". Cuando regresó a Minsk, se asombró porque Lukachenko detuvo el tiempo. "La dictadura hace que la vida sea primitiva", reflexionaba. "En Rusia el tiempo se mueve pero en una dirección inquietante". De viaje por ese país, tras una ausencia de varios meses, se sorprendió al encontrarse con "gente que se habían transformado de repente en patriotas, que llevan enormes cruces y se creen muy importantes". "En las provincias rusas han surgido grupos agresivos, ortodoxos, nacionalistas, de jóvenes fascistas", comentó la cronista que en los noventa salió a la calle para hacer caer la estatua de Félix Dzherzhinski –el fundador de la Cheka o policía soviética–, y expresó su perplejidad ante "los jóvenes rusos que idealizan la Unión Soviética."


Quienes han leído Voces de Chernóbil (1997) subrayan que es uno de los libros periodísticos más impresionantes que se han escrito sobre el tema, una investigación exhaustiva de las consecuencias de la catástrofe nuclear sobre la población ucraniana y bielorrusa. No fue fácil para Alexievich localizar a los afectados porque fueron repartidos por todo el territorio soviético –"divide y reinarás"–, para evitar que se unieran y reclamaran cualquier tipo de compensación. Alvaro Colomer opina en un artículo publicado en El mundo de España que este libro de la ganadora del Nobel "cae como una losa sobre el llamado Nuevo Periodismo". "Su autora jamás hizo alarde de la tremenda labor emprendida para confeccionar dicho volumen, su autora no se convirtió en la protagonista de la historia narrada, su autora no pretendió ser más importante que aquello que contaba. Alexievich cedió su estilográfica a los testigos directos de la catástrofe y convirtió sus voces en un documento estremecedor que, de alguna manera, nos recuerda no sólo el dolor que todavía padecen las víctimas de la explosión nuclear, sino el silencio que continúan obligándolos a mantener". Y pone como ejemplo uno de los capítulos, "Entrevista de la autora consigo misma sobre la historia omitida", en el que ella narra cómo fue su trabajo: "Este libro no trata sobre Chernoyl, sino sobre el mundo de Chernobyl. Sobre el suceso mismo se han escrito ya miles de páginas y se han sacado centenares de miles de metros de película. Yo, en cambio, me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma".


En 2013 salió El tiempo de segunda mano. El final del hombre rojo, publicado en ruso y en alemán. En este nuevo documento la cronista bielorrusa se propone "escuchar honestamente a todos los participantes del drama socialista", según cuenta en el prólogo. Alexievich señala que el "homo sovieticus" –nomenclatura que responde al laboratorio "experimental" del marxismo–leninismo– sigue todavía vivo en Rusia, Bielorrusia, Turkmenistán, Ucrania, Kazajistán y el resto del territorio de la resquebrajada Unión Soviética. "Creo que conozco a este hombre, que lo conozco muy bien, que he vivido con él muchos años. El soy yo, yo y mis conocidos, amigos, padres. (...) Ahora vivimos en distintos Estados, hablamos en distintas lenguas, pero no nos puedes confundir con nadie. Nos reconocerás enseguida. Somos la gente del socialismo, iguales y diferentes del resto de la gente, tenemos nuestro léxico, nuestras ideas del bien y del mal, de los héroes y los mártires, tenemos una relación particular con la muerte (...) estamos llenos de envidia y de prejuicios. Venimos de allí donde existió el Gulag...", escribe en el prólogo esta autora que ha recibido varias distinciones: el Premio Ryszard Kapuscinski de Polonia (1996), el Premio Herder de Austria (1999), el Premio Nacional del Círculo de Crítico de Estados Unidos por Voces de Chernóbil (2006), el Premio Médicis de Ensayo en Francia por Tiempo de segunda mano (2013) y el Premio de la Paz de los libreros alemanes (2013), entre otros premios. La periodista reveló que quiere "mucho" a Ucrania y recordó que estuvo en la revolución que tuvo lugar el año pasado en Kiev –la capital ucraniana– en la que fue derrocado el presidente Víktor Yanukóvich.


No le importa que la etiqueten como "escritora soviética". "Soy investigadora de aquel período y tanto yo como mis héroes hemos pasado de aquella época a otra nueva", aclaró la flamante premio Nobel de Literatura. "Escribo en ruso, mi país es Bielorrusia y he vivido una simbiosis que ha afectado a muchos en este país, donde el 90 por ciento de la población habla en ruso. La identidad bielorrusa no se ha formado y está bajo gran presión de la identidad rusa, y yo estudio a la gente real y trasmito su experiencia".

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Sábado, 27 Junio 2015 08:53

Comprender cómo nos manipulan

Comprender cómo nos manipulan

Se cumplen 80 años de la primera edición (1935) en lengua española de la gran novela rupturista Un mundo feliz (se había publicado tres años antes en inglés), del filósofo y escritor visionario Aldous Huxley.

Y ante tanta felicidad artificial en nuestros días, tantas manipulaciones y tantos condicionamientos contemporáneos, cabe preguntarse: ¿será útil releer hoy Un mundo feliz? ¿Es acaso necesario retomar un libro publicado hace más de 80 años, en una época tan alejada de nosotros que Internet no existía e incluso la televisión aún no había sido inventada? ¿Es esta novela algo más que una curiosidad sociológica, un best seller ordinario y efímero del que se vendieron, en el año de su publicación, en inglés, más de un millón de ejemplares?


Estas cuestiones parecen tanto más pertinentes cuanto que el género al que pertenece la obra –la distopía, la fábula de anticipación, la utopía cientifico-técnica, la ciencia ficción social– posee un grado muy alto de obsolescencia. Pues nada envejece con mayor rapidez que el futuro. Sobre todo en literatura.


Sin embargo, si alguien, superando estas científico, se vuelve a sumergir en las páginas de esa novela se quedará estupefacto por su sorprendente actualidad. Constatando que, por una vez, el pasado ha atrapado el presente. Recordemos que el autor, Aldous Huxley (1864– 1963), narra una historia que transcurre en un futuro muy lejano, hacia el año 2 mil 500, o, con mayor precisión, hacia el año 600 de la era fordiana, en alusión satírica a Henry Ford (1863-1947), el pionero estadunidense de la industria automovilística (de la que una célebre marca de coches sigue llevando su nombre), inventor de un método de organización del trabajo para la fabricación en serie y de la estandarización de las piezas. Método –el fordismo– que transformó a los trabajadores en poco menos que autómatas o en robots que repiten a lo largo de la jornada un único y mismo gesto. Lo cual suscitó, ya en la época, violentas críticas; pensemos, a este respecto, por ejemplo, en las películas Metrópolis (1926), de Fritz Lang, o Tiempos modernos (1935), de Charles Chaplin.


Aldous Huxley escribió Un mundo feliz, visión pesimista del porvenir y crítica feroz del culto positivista a la ciencia, en un momento en el que las consecuencias sociales de la gran crisis de 1929 afectaban de lleno a las sociedades occidentales, y en el que la credibilidad en el progreso y en los regímenes democráticos capitalistas parecía vacilar.


Editado en inglés antes de la llegada de Adolf Hitler al poder en Alemania (1933), Un mundo feliz denuncia la perspectiva pesadillesca de una sociedad totalitaria fascinada por el progreso científico y convencida de poder brindar a sus ciudadanos una felicidad obligatoria. Presenta una visión alucinada de una humanidad deshumanizada por el condicionamiento a lo Pavlov y por el placer al alcance de una píldora (el soma). En un mundo horriblemente perfecto, la sociedad decide totalmente, con fines eugenésicos y productivistas, la sexualidad de la procreación.


Una situación no tan alejada de la que conocen hoy algunos países en donde los efectos de la crisis de 2008 están provocando (en Europa sobre todo) la subida de partidos de extrema derecha, xenófobos y racistas. Donde las píldoras anticonceptivas permiten ya un amplio control de la natalidad. Y donde nuevas píldoras (Viagra, Lybrido) dopan el deseo sexual y lo prolongan hasta más allá de la tercera edad. Por otra parte, las manipulaciones genéticas permiten cada vez más a los padres la selección de embriones para engendrar hijos en función de criterios predeterminados, estéticos, entre otros.


Otra sorprendente relación con la actualidad es que la novela de Huxley presenta un mundo donde el control social no da cabida al azar, donde, formadas con el mismo molde, las personas son clónicas, pues se producen en serie, la mayoría tiene garantizado el confort y la satisfacción de los únicos deseos que está condicionada a experimentar, pero donde se ha perdido, como diría Mercedes Sosa, la razón de vivir.


En Un mundo feliz, la americanización del planeta, ha culminado; la historia ha terminado (como lo afirmara más tarde Francis Fukuyama), todo ha sido estandarizado y fordizado, tanto la producción de los seres humanos, resultado de puras manipulaciones genético-químicas, como la identidad de las personas, producida durante el sueño por hipnosis auditiva: la hipnopedia, que un personaje en el libro califica de la mayor fuerza socializante y moralizante de todos los tiempos.

Se producen seres humanos, en el sentido industrial del término, en fábricas especializadas –los centros de incubación y condicionamiento–, según modelos variados, que dependen de las tareas muy especializadas que serán asignadas a cada uno y que son indispensables para una sociedad obsesionada por la estabilidad.


Desde su nacimiento, cada ser humano es además educado en unos centros de condicionamiento del Estado, en función de los valores específicos de su grupo, mediante el recurso masivo a la hipnopedia para manipular el espíritu, crear en él reflejos condicionados definitivos y hacerle aceptar su destino.


Aldous Huxley ilustraba así, en esa obra, los riesgos implícitos en la tesis que venía formulando desde 1924 John B. Watson, el padre del conductismo, esa pretendida ciencia de la observación y control del comportamiento. Watson afirmaba, con frialdad, que podía elegir al azar en la calle a un niño saludable y transformarlo, a su elección, en doctor, abogado, artista, mendigo o ladrón, cualquiera que fuera su talento, sus inclinaciones, sus capacidades, sus gustos y el origen de sus ancestros.


En Un mundo feliz, que es fundamentalmente un manifiesto humanista, algunos vieron también, con razón, una crítica ácida a la sociedad estalinista, a la utopía soviética construida con mano de hierro. Pero también hay, claramente, una sátira a la nueva sociedad mecanizada, estandarizada, automatizada que se montaba en esa época en Estados Unidos, en nombre de la modernidad técnica.


Sumamente inteligente y admirador de la ciencia, Huxley expresa, sin embargo, en esta novela, un profundo escepticismo respecto de la idea de progreso, una desconfianza hacia la razón. Frente a la invasión del materialismo, el autor entabla una interpelación feroz a las amenazas del cientificismo, el maquinismo y el desprecio a la dignidad individual. Claro que la técnica asegurará a los seres humanos un confort exterior total, de notable perfección, estima Huxley con desesperada lucidez. Todo deseo, en la medida en que podrá ser expresado y sentido, será satisfecho. Los seres humanos habrán perdido su razón de ser. Se habrán transformado a sí mismos en máquinas. Ya no se podrá hablar en sentido estricto de condición humana.


Pero sí de condicionamiento, que no ha cesado de intensificarse desde la época en que Huxley publicó este libro y anunció que, en el futuro, seríamos manipulados sin que nos diésemos cuenta de ello. En particular, por la publicidad. Mediante el recurso a mecanismos sicológicos y gracias a técnicas bien rodadas, los Mad men de la publicidad consiguen que compremos un producto, un servicio o una idea. De ese modo nos convertimos en personas previsibles, casi teledirigidas. Y felices.


Confirmando esas tesis de Huxley, a mediados de la década de 1950, Vance Packard publicó The hidden persuaders (La persuasión clandestina), y Ernest Dichter y Louis Cheskin denunciaron que las agencias de publicidad intentaban manipular el inconsciente de los consumidores. En particular mediante el uso de la publicidad subliminal en los medios de comunicación masivos. El 30 de octubre de 1962 se llevó a cabo una verdadera prueba que demostraba la eficacia de la publicidad subliminal: durante una película se lanzaba cada cierto tiempo mensajes invisibles acerca de unos productos. Las ventas de dichos productos aumentaron.


Actualmente, la publicidad subliminal ha avanzado y existen técnicas más sofisticadas y hasta más perversas para manipular la mente del ser humano. Por ejemplo, mediante los colores que modifican nuestras percepciones e influyen sobre nuestras decisiones. Los especialistas en marketing lo saben y utilizan sus efectos para orientar nuestras compras.


En un experimento conocido de finales de los años 60, Louis Cheskin, director del Color Research Institute, pidió a un grupo de amas de casa que probaran tres cajas de detergentes y que decidieran cuál de ellas daba mejor resultado con las prendas delicadas. Una era amarilla, la otra azul y la tercera azul con puntos amarillos. A pesar de que las tres contenían el mismo producto, las reacciones fueron distintas. El detergente de la caja amarilla se juzgó demasiado fuerte, el de la azul se consideró que no tenía fuerza para limpiar. Ganó la caja bicolor.


En otra prueba se dieron dos muestras de cremas de belleza a un grupo de mujeres. Una en un recipiente rosa, y otra en uno de color azul. Casi 80 por ciento de las mujeres declararon que la crema del bote rosa era más fina y efectiva que la del bote azul. Nadie sabía que la composición de las cremas era idéntica. "No es una exageración decir que la gente no sólo compra el producto per se, sino también por los colores que lo acompañan. El color penetra en la psique del consumidor y puede convertirse en estímulo directo para la venta", escribe el publicista Luc Dupont en su libro 1001 trucos publicitarios.


Cuando la empresa productora del jabón Lux empezó a vender en color rosa, verde, turquesa, sustituyendo la pastilla habitual de color amarillo, se convirtió en número uno de jabones de belleza en el mercado. Los nuevos colores sugerían delicadeza y cuidado, intimidad y cariño, y los consumidores se mostraron entusiastas. Recientemente, McDonald's dejó su mítico color rojo (tonalidad apreciada por los más pequeños y que suele estimular el hambre) a favor del verde, en un intento por reposicionar su marca hacia la comida saludable y un estilo de vida sostenible.


La lectura de Un mundo feliz nos alerta contra todas estas agresiones. Sin olvidarse de las manipulaciones mediáticas. Esta novela también puede verse como una sátira muy pertinente de la nueva sociedad delirante que se está construyendo hoy día en nombre de la modernidad ultraliberal. Pesimista y sombrío, el futuro visto por Aldous Huxley nos sirve de advertencia y nos alienta, en la época de las manipulaciones genéticas, a la clonación y la revolución de lo viviente, a vigilar de cerca los actuales progresos científicos y sus potenciales efectos destructivos.


Un mundo feliz nos ayuda a comprender mejor el alcance de los riesgos y peligros que se presentan ante nosotros cuando de nuevo, en todos lados, progresos científicos y técnicos nos enfrentan a desafíos ecológicos que hacen peligrar el futuro del planeta. Y de la especie humana.

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"Ha fracasado Europa, la Democracia, la UE, el sistema monetario"

El escritor y ensayista Félix de Azúa acaba de ser elegido para ocupar el sillón "H" de la Real Academia Española. De su manera de entender el mundo ha ido dando cuenta en obras como "Autobiografía de papel", a raíz de la cual mantuvimos en su día una conversación que recuperamos ahora para entender sus claves. Dice Félix de Azúa en ese libro que aún estamos "emergiendo del Antiguo Régimen del mundo industrial, en el cual los grandes relatos y las utopías (la venta de felicidad) sosegaban la ausencia de sentido"; "que aún estamos ensayando cómo se sobrevive en una sociedad sin dios y sin ayuda externa, después de veinte siglos de religión cristiana y sobreprotección divina".

 

Analiza el autor los cambios vertiginosos experimentados en la cultura, concretamente en los distintos ámbitos en los que se ha desenvuelto su carrera como escritor: la poesía, la novela, el ensayo y el periodismo. Es una original manera de hablar de sí mismo y de su generación, tal vez la última que creyó en la fuerza, en el poder sagrado de la palabra artística.

 

Un viaje hacia el pasado que permite mirar por una pequeña rendija el nuevo paisaje por venir, un paisaje altamente tecnificado donde los jóvenes del futuro han de reinventar el significado de palabras como libertad. Contar las verdades, provocar al lector, enfrentándolo a prejuicios y mitos asumidos, es la manera que Azúa pone en práctica tanto en este ensayo como en "Contra Jeremías", un volumen publicado por Debate que reúne gran parte de sus artículos periodísticos. Unos artículos que, "buscan al lector que quiera encontrar algún consuelo en una posición totalmente marginal, la de no creer una sola palabra gubernamental y construir su propia vida como si no existiera la España oficial". Una defensa del individualismo que se convierte en el tronco central de su pensamiento.

 

– ¿Es "Autobiografía de papel" el retrato de un hombre decepcionado?

- Para nada. En este libro he intentado ser lo más objetivo posible, no dejarme engañar por nada y si tenía que ser un poco cruel, pues lo era, pero sin ninguna decepción. El mundo, la vida, no sólo no me ha decepcionado, sino todo lo contrario. Me ha llenado de gozo y de alegría. Para mí la vida es una fiesta; dicho lo cual no me puedo engañar en absoluto sobre las condiciones en las que se desarrolla esa vida, que no tiene nada de fácil. Una cosa es que yo no esté decepcionado y otra que no sepa exactamente cuáles son las condiciones que se imponen de una manera férrea desde el exterior. Dicho incluso de una manera más simple: no hay decepción porque todo el mensaje del libro es: "Hazme el favor de creer en ti, deja de creer en colectivos, cosas gregarias, ideologías, partidos, religiones. Haz el favor de creer en ti..."

 

– Pero, ¿no es cierto que vivimos con una sensación de fracaso permanente: fracasados como sociedad, fracasados como país, fracasados como europeos...?

– Bueno, sí, pero ¡ojo!, porque esta sensación la ha habido siempre, aunque tendamos a olvidarlo porque también existen pequeños momentos de fiesta. No te quiero decir la sensación de fracaso que teníamos los de mi generación cuando vivíamos en Madrid con 20 o 30 años, esa sí que era una sensación de fracaso. ¿Qué hago yo aquí, bajo este paraguas de militares y curas? La sensación de fracaso nunca es verdadera. Hay momentos difíciles, claro, y son los momentos en los que hay que inventar cosas. Precisamente en la España de Franco, aquella España espantosa, yo y la mayoría de mis amigos y compañeros de generación nos fuimos fuera, aprendimos francés e inglés fuera de nuestro país y vimos cómo funcionaba Europa cuando España era África. Luego todo eso se aplicó. En el momento eufórico, cuando Felipe González ganó las elecciones en el 82, mucha de la gente con la que contó, venía de esa experiencia.Maravall había estado conmigo en Oxford dos años antes... Ese momento de euforia duró un tiempo y nos hizo olvidar el fracaso, pero luego llegó el episodio de los GAL y recuperamos la misma sensación ácida. Decíamos que la izquierda había fracasado, que aquello era un desastre. Todo es un ir y venir y ahora estamos de nuevo metidos de lleno en la pérdida de la euforia. Lo que sucede es que es mucho más grave porque es global. Antes estábamos acostumbrados a echar toda la culpa a España, a Franco, al presidente de turno. Ahora estamos en un momento en el que la infelicidad es general, global. Ha llegado a toda Europa, también a EEUU, aunque lo disimulen mejor... Es algo muy gigantesco; la sensación de fracaso es enorme.

 

– Pero hay otra variante importante. Cuando hablas de la España de Franco, de la dictadura, en esa etapa existía la esperanza del cambio, de ir hacia un modelo de Estado diferente; pero ahora sabemos que no; que el problema no es la crisis económica sino el pudrimiento de todo el sistema. Y desde los poderes establecidos se ponen todo tipo de cortapisas al recambio, a la transformación...

– Estoy de acuerdo: no hemos fracasado nosotros. Ha fracasado Europa, la Democracia, la Unión Europea, el sistema monetario. Es una enormidad. ¿Y eso qué quiere decir? Quiere decir que estamos cambiando de paradigma, como se decía antes, de era, de civilización. Estamos yendo hacia otra cosa. Seguro que esa otra cosa les provocará a los más jóvenes un momento de euforia tarde o temprano, pero todavía no ha aparecido. Por eso yo insisto siempre en estos libros que pueden parecer tan negativos: "Cuidado, lo que tienes que hacer es cuidar de ti mismo. Es verdad que los tiempos son malos, pero eso lo que exige es simplemente más esfuerzo, más imaginación y menos queja".

 

- En la "Autobiografía de papel" dices que "algo está feneciendo y una cosa nueva está a punto de nacer". Viéndolo así parece muy estimulante. ¿Te lo parece?

– Por supuesto que sí, que me parece estimulante. A la gente que me dice que yo lo veo todo muy negro les contesto que está equivocada. No lo veo negro, todo lo contrario. Es verdad que hay mucho dolor, mucho sacrificio, pero, por otro lado, me parece una época interesantísima. Cada cinco años el mundo cambia a una velocidad de vértigo. Yo me acuerdo de lo que era viajar en avión hace nada, 15 años. Era algo elegante, lujoso. Pero ahora los aviones parecen autobuses de línea donde la gente va como ganado. Ahora lo lujoso realmente es ir en tren. Y si esto, que parece tan simple, ha pegado este cambiazo, no tenemos ni idea de lo que va a suceder dentro de 10 años.

 

– El placer de viajar en tren es como una vuelta al pasado. ¿El cambio puede venir recuperando cosas del pasado que ya dábamos por inútiles, por perdidas?

– Sí. Puede suceder que lo que llamamos pasado sea el futuro. Vayamos a la Venecia del Renacimiento. El Renacimiento es una época muy curiosa. Los humanistas eran unos tipos de la Italia del Norte, florentinos, milaneses, que veían un futuro esplendoroso, pero con la forma del pasado. Entonces empezaron a hacer cosas muy graciosas. Se iban, por ejemplo, a los montes, por los Alpes, medio muertos de frío, para llegar a monasterios donde compraban las viejas ediciones manuscritas de las obras grecolatinas. Y lo hacían porque su idea del futuro tenía la forma del pasado. Eso puede volver a suceder. Uno de los errores más grandes de la izquierda que tenemos, y que ha perdido todas las ideas y toda la capacidad de pensar, es el progresismo mecánico que ha aplicado sin tregua. Eso ha sido un error, una falacia, la práctica de un lenguaje de la Guerra Fría. No todo lo del pasado es horrible. Al cargarse el pasado y la Historia, han maltratado la educación y la han dejado en manos del totalitarismo nacionalista. En el Renacimiento sucedió todo lo contrario y puede aparecer de nuevo, perfectamente, una forma de hacer futuro utilizando cosas del pasado. ¿Por qué no?...

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Galardonan a Padura con el Princesa de Asturias de las Letras

El escritor cubano Leonardo Padura obtuvo el Premio Princesa de Asturias de las Letras este miércoles por el diálogo y la libertad de su obra, que recurre a la ficción para diseccionar la realidad cubana.


Desde la ficción, Padura muestra los desafíos y los límites de la búsqueda de la verdad, afirmó el presidente del jurado y director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, al leer el acta de concesión del premio, al que optaban 27 candidaturas de 18 países.


El narrador de 59 años agradeció el gran honor que me conceden y que asumo como reconocimiento a tantos años de trabajo, llenos de las incertidumbres, las dudas, los temores de la creación.


El galardón, expresó Padura en un comunicado, "me llena de satisfacción y orgullo como ser humano, como escritor, como cubano... Mil gracias.


Hay premios que uno a veces espera y los gana o no los gana. Éste, de verdad, no esperaba ganarlo.
Interés por las historias de los otros


Leonardo Padura (La Habana, 1955) fue definido por el jurado como un autor arraigado en su tradición y decididamente contemporáneo; un indagador de lo culto y lo popular; un intelectual independiente, de firme temperamento ético.
En la escritura del galardonado destaca un recurso que caracteriza su voluntad literaria: el interés por escuchar las voces populares y las historias perdidas de los otros, añadió el acta del galardón.


Su obra es una soberbia aventura del diálogo y la libertad, agregó el jurado de un premio cuya concesión coincide con el acercamiento entre La Habana y Washington, algo por lo que siempre había abogado el autor.


En una entrevista con La Jornada (26/6/01), Padura dijo:


Yo sólo soy un hombre que escribe, en una esquinita de La Habana, cada vez más retirado de todo lo que no sea el acto mismo de la escritura, que es lo que más me gusta hacer en la vida. No soy importante ni académica ni políticamente, y tampoco me interesa serlo. Prefiero esta relativa independencia de escribir mis libros y vivir de lo que ellos me aporten económicamente, sin convertir mi literatura en un instrumento que otros utilicen, en ningún sentido.


Su obra literaria va más allá de cualquier crítica al gobierno de Raúl Castro y se distanció de una lectura sólo política de sus libros, explicó a la agencia Dpa.


Soy un escritor cubano que escribe sobre Cuba, sobre todo, los problemas de Cuba y los de mi generación, añadió Padura, quien también deploró que lo definan como un escritor crítico con el régimen de la isla.


No me gusta que me pongan esa etiqueta, dijo Padura.


Me gusta que valoren mis libros por lo que son literariamente, pidió.


Destacar que es ante todo un crítico del gobierno me abarata como escritor, consideró.


Trato de que la política sea un componente que pongan los lectores, manifestó el autor de El hombre que amaba a los perros, novela sobre la vida de Ramón Mercader, el asesino del revolucionario ruso León Trotsky.


Vecino del barrio Mantilla


Padura ha vivido toda su vida en el barrio Mantilla, en el sur de La Habana. En 2012 recibió el Premio Nacional de Literatura de Cuba, que las autoridades culturales de la isla le otorgaron por haber enriquecido el legado de la cultura cubana en general y de su literatura en particular. También ha sido distinguido con la Orden de las Artes y las Letras de Francia.


Alcanzó el reconocimiento internacional con su serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Mario Conde, que le han servido para interpretar y reflejar la realidad cubana, según el mismo escritor ha manifestado.


Aprendí de Hammett, Chandler, Vázquez Montalbán y Sciascia que es posible una novela policial que tenga relación real con el ambiente del país, que denuncie o toque realidades concretas y no sólo imaginarias, afirmó el autor, refirió la Fundación Princesa de Asturias.


El premio, que el pasado año recayó en el novelista irlandés John Banville, está dotado con 50 mil euros y una escultura creada por Joan Miró.


La ceremonia de entrega tendrá lugar en octubre, en Oviedo, y estará presidida previsiblemente por los reyes de España, Felipe VI y Letizia.


El escritor, la soledad y los lectores


(Artículo publicado el 10/6/2015 por la agencia SPUTNIK)


Hemingway, que a lo largo de su vida dijo tantas tonterías que se han hecho célebres (como aquella historia del editor del Toronto Star que lanzaba máquinas de escribir por la ventana del periódico), también expresó algunas de las grandes verdades del oficio de escritor, sin haberse propuesto nunca (afortunadamente) teorizar sobre el arte de la escritura, sino más bien sobre la experiencia del trabajo con las palabras y las historias.

Fue el autor de El viejo y el mar quien advirtió con mayor claridad del peligro que representa para el novelista, en un determinado momento de su carrera, depender del oficio periodístico, tan absorbente y devorador. Fue también quien comparó la novela con un iceberg, que apenas muestra una octava parte de su volumen, pero que debe sostenerse sobre las otras siete que están sumergidas. Y resulto ser Hemingway quien formuló, con similar certeza, una de las más dramáticas realidades del trabajo del novelista, cuando aseguró que en la medida en que el escritor avanza en su labor a lo largo del tiempo, se va quedando solo. Y no por una maldición intrínseca a su tarea, sino por una necesidad: la soledad es indispensable para el trabajo del novelista, y debe buscarla u olvidarse de lo que pretende ser.

García Márquez, que solía acuñar también este tipo de frases rotundas, aunque con la levedad y la gracia de un hombre del Caribe, decía al respecto que el mejor lugar para vivir un escritor es un burdel: fiesta en la noche y silencio sepulcral en las mañanas. O lo que es lo mismo: distracción sin compromiso y soledad para el trabajo.

Cuando se escribe una novela las exigencias de concentración del escritor deben alcanzar sus máximos niveles, y únicamente la soledad del estudio de trabajo pueden garantizar la satisfacción de esa necesidad. Fuera deben quedar muchas de las atracciones o distracciones del mundo, sin que eso signifique que el individuo que escribe novelas deba ser un anacoreta (como lo fue Onetti durante años), pues de su contacto con su realidad surge o puede surgir una parte de su alimento literario.

En el mundo contemporáneo tal imperativo del oficio de novelista es cada vez más difícil de obtener. Los compromisos promocionales y sociales, las exigencias económicas y las peticiones personales ocupan un tiempo precioso aunque a la vez necesario para una labor que se inicia en el estudio de trabajo pero que se materializa en la librería a la que llega un lector y, entre cientos, miles de ofertas que abarrotan los estantes, decide comprar un libro determinado... ¿Cómo se llega a ese lector? ¿Quién es ese lector?

Las presentaciones de libros en ferias y diversos tipos de eventos promocionales suelen colocar al escritor necesitado de soledad en un escenario donde forma parte de un espectáculo indispensable, pues si no promueve y vende sus libros, difícilmente podrá aspirar a un poco de soledad para escribir, pues tendrá que gastarse y desgastarse en otras labores de las cuales arañar el sustento. Pero esos eventos públicos suelen tener una importante gratificación –al menos así lo asumo yo-: el encuentro personal con el lector, esa posibilidad de ponerle rostro y voz a ese ser difuso y múltiple para el que, en definitiva, uno se encierra durante horas, a lo largo de meses y años, para escribir la novela que, así lo espera, será leída por... ese lector que se acerca y nos pide una firma o algo más.

Cuando ese ente casi abstracto e imprescindible que es lector se materializa e individualiza frente al escritor y le elogia su trabajo, todas las semanas y meses de soledad a que ha debido someterse el escritor cobran su mejor y más amable sentido... Pero cuando ese lector, apenas dichas las primeras palabras se convierte en alguien singular (por lo que dice como lector, por lo que es como persona, por lo que representa como individuo) entonces se abre un mundo de conexiones y posibilidades a los que nunca, en la soledad del estudio de trabajo, pensó llegar al escritor.

Algo así es lo que me ha ocurrido recientemente en Madrid cuando en una presentación de mis libros se me acercó una señora, ciega, y me dijo que era una gran admiradora de mis libros y que mi novela Herejes había sido la última selección del club de lectores ciegos al que pertenece. De inmediato supe que Guadalupe Iglesias no era un lector más, deseoso de un breve diálogo con un escritor, sino alguien especial... que resultó ser muy especial.

De aquel breve encuentro con Guadalupe, surgió un compromiso: asistir a una tertulia con el Club de Lectura del grupo Retina Madrid (que forma parte de la Fundación Retina España) compuesto por personas afectadas por diversas afectaciones de la retina que les provocan ceguera parcial o total, como es el caso de Guadalupe.

Pocas veces en mi vida de escritor –que se va haciendo larga, mientras pierdo pelo y se me oxidan las rodillas- he tenido un encuentro tan cálido y cercano como el que, en medio de decenas de compromisos y trabajos, al fin efectué con este club de lectores en el restaurante madrileño Rías Baixas. Pocas veces he conversado con lectores tan ávidos y apasionados, que han hecho de la literatura una de las formas de comunicarse con un mundo a cuyo acceso se han visto limitados por la pérdida parcial o total de la visión... Pero, sobre todo, pocas veces he estado con gentes con tantos deseos de vivir y de encontrar la plenitud del disfrute de la belleza del mundo como entre estas personas ciegas que leen libros, asisten a cines y museos, viajan por el mundo pues no se han dejado derrotar por la adversidad de un terrible padecimiento.

Si alguna vez he sentido que la soledad de mi trabajo, las dudas desgarradoras del proceso de creación, los temores de todo tipo que anteceden y preceden a mis partos literarios han tenido algún sentido, una invaluable recompensa, ocurrió en esa noche, en un restaurante gallego, con un grupo de lectores ciegos, voraces y suspicaces, que para completar el ensalmo de una noche definitivamente mágica, casi literaria, efectuaron la ceremonia de la queimada del aguardiente, con el tradicional pronunciamiento del conjuro de las brujas... hecho por una Guadalupe Iglesias vital e invencible, vestida de meiga (bruja) gallega para celebrar y brindar por la vida y por los libros.

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