Una lista negra de 7.000 sacerdotes acusados de abuso sexual en EE UU

Los fiscales investigan por su cuenta la pederastia en la Iglesia estadounidense y dejan cortas las cifras reveladas por las diócesis

Las diócesis de Estados Unidos han adoptado una práctica en los últimos meses: publicar un listado de los sacerdotes con "acusaciones creíbles" de abuso sexual a menores. La mayoría de los religiosos ya no viven o fueron removidos de sus labores eclesiásticas. BishopAccountability.org, un sitio web que rastrea todos los crímenes de esta índole en la Iglesia, afirma que la institución ha revelado hasta ahora cerca de 7.000 curas denunciados desde 1950, pero que seguramente la cifra es mucho mayor. Según los informes que maneja el portal, dedicado a recabar las cifras desde hace más de una década, el porcentaje de abusadores oscila entre el 6 y el 10%, lo que supondría hasta 11.000 curas pederastas. Las fiscalías estatales que investigan actualmente estos crímenes también han concluido que los listados están incompletos.


En la misa católica celebrada el primero de diciembre en Siracusa, Nueva York, el obispo Robert J. Cunningham hizo un anuncio parroquial que llamó la atención de los feligreses. Primero reconoció las divisiones que existen dentro de la Iglesia sobre si publicar o no los nombres de los sacerdotes con “acusaciones creíbles” de abuso sexual a niños, argumentando que algunas víctimas no quieren que se sepan quiénes fueron sus abusadores. “Tras reflexionar y orar seriamente, he llegado a la conclusión de que esta práctica se ha convertido en un obstáculo para hacer avanzar a nuestra Iglesia local”, afirmó el cura antes de informar de que en los próximos días el sitio web de la diócesis publicaría el listado de los clérigos denunciados en los últimos setenta años.


Cunningham cumplió con lo prometido. Pero su decisión está lejos de ser un caso aislado en Estados Unidos. Desde que se dio a conocer en agosto el brutal informe de Pensilvania en el que se revelaba que más de 300 sacerdotes abusaron de menores en las últimas siete décadas, los obispados se han visto presionados por laicos y feligreses a emprender acciones concretas en favor de las víctimas. La primera lista de este tipo se publicó en 2002. Hasta el 2017 solo 35 de las 187 diócesis que componen el cuerpo eclesiástico estadounidense habían hecho lo propio. Pero a partir del pasado agosto la cifra se disparó. En diciembre ya se habían registrado 90 listados y se sabe que la cifra es mayor, ya que casi a diario hay diócesis que se adhieren. También órdenes religiosas como los jesuitas.


BishopAccountability.org sostiene que la Iglesia ha revelado que hay cerca de 7.000 curas denunciados, pero solo 4.500 con nombre y apellido. Terry McKiernan, fundador de la organización, aclara que ese número es impreciso: “Conozco casos de sacerdotes abusadores que deberían aparecer en las listas y no están. Seguramente hay muchos que no sabemos”. Según los informes que maneja el experto, el porcentaje de profanadores oscila entre el 6 y el 10% de cada establecimiento.


El último escándalo eclesiástico respalda su planteamiento. Las seis diócesis de Illinois publicaron hace un tiempo un listado en el que identificaban a 185 religiosos con acusaciones creíbles. La fiscal general del Estado, Lisa Madigan, alertó en diciembre de la falsedad de la cifra y adelantó que, según sus investigaciones preliminares, la realidad es que al menos 500 sacerdotes han sido denunciados por haber abusado de menores. “Esperábamos que las cifras fueran así de dispares”, sostiene el abogado Jeff Anderson, quien lidera el bufete que lleva su nombre. “Cuando ellos dicen que no quieren publicar los nombres porque las víctimas no quieren que se sepa es una gran mentira. Llevo 25 años representando a sobrevivientes de abusos y nunca he conocido a uno que no quiera. Ese argumento es una excusa para no hacer lo que corresponde”, agrega.


En 2002 el cuerpo completo de obispos católicos de EE UU aprobó la Carta para la Protección de Niños y Jóvenes, que incluía la realización de un estudio descriptivo con la cooperación de las diócesis para conocer el alcance de los abusos sexuales a menores por parte del clero. El análisis reveló que el rango de depredadores era de entre un 3 y 6%, lo que supone 6.600 de los 110.000 miembros de la Iglesia en las últimas siete décadas. “La investigación de Pensilvania y de Illinois demuestran dos cosas: que si queremos saber la verdad son los fiscales los que tienen que hacer y publicar sus propios informes, y que la proporción de denunciados está mucho más cerca del 10%. Estamos hablando de unos 11.000 curas”, plantea McKiernan.


A pesar de los peros, el paso al frente de las diócesis ha sido bien recibido por aproximarse a la respuesta que merecen las víctimas. El informe de Pensilvania fue un punto de inflexión y parece no tener marcha atrás. El documento de 1.356 páginas, la investigación más exhaustiva que se ha llevado a cabo sobre el abuso sexual de la Iglesia católica en EE UU, se adentró en las cloacas clericales y destapó desde redes de sadomasoquismo hasta violaciones en hospitales. “No provocó un cambio cultural, ese está todavía por venir, pero sí logró un despertar en la gente. Inyectó coraje a las víctimas y ahora seguiremos presionando hasta que digan toda la verdad”, apunta Anderson.


El informe de Pensilvania ha llevado al menos a una docena de fiscales generales estatales pusieran en marcha investigaciones sobre abusos sexuales en sus respectivos territorios. En muchos casos, las acusaciones "no han sido investigadas adecuadamente por las diócesis o no han sido investigadas en absoluto", apuntaba la Fiscalía de Illinois. Para el abogado Anderson, la diferencia entre lo que publican las diócesis versus las fiscalías responde en parte a la colaboración de las víctimas, que tienden a ser más abiertas con los segundos.
En medio de la presión, los obispos estadounidenses se reunieron en noviembre para redefinir sus códigos. Entre las medidas propuestas figuraban nuevos “estándares de conducta episcopal”, la creación de una comisión para manejar las denuncias de abuso contra los obispos, y nuevos protocolos para los religiosos que son destituidos o que renuncian debido a una conducta sexual inapropiada. Antes de votar recibieron una carta del Vaticano en la que se les pedía que no acataran reformas hasta después de la cumbre que se celebrará en Roma en febrero con todas las Conferencias Episcopales del mundo para abordar la crisis desatada por los abusos a menores. Este viernes el papa Francisco aseguró que la Iglesia "no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes”. Porque este año la bomba no solo estalló en Pensilvania. Ni en Illinois. También lo hizo en Chile, Irlanda y Australia. Y la lista, al igual que la de los clérigos acusados, no deja de crecer.

Por ANTONIA LABORDE
Washington 15 ENE 2019 - 10:11 COT

Publicado enInternacional
Lunes, 07 Enero 2019 06:43

Las agresiones en las redes sociales

Las agresiones en las redes sociales

Los ataques de trolls y cuentas falsas buscan disciplinar, limitar la libertad de expresión y degradar el debate público, señalan los expertos. Un análisis de los casos #Maldonado, #AbortoLegal, #MiráCómoNosPonemos y #Bolsonaro. Qué hacer con las fake news y cómo regular los contenidos.

La violencia online disciplina, encorseta las narrativas, limita la libertad de expresión y baja la calidad del debate público. Contra la “política de tierra arrasada” impulsada por la coordinación de trolls y cuentas falsas en redes sociales –con especial saña en conmociones públicas tales #Maldonado, #AbortoLegal, #MiráCómoNosPonemos o #Bolsonaro–, diversas instituciones públicas y de la sociedad civil trabajan en estrategias de regulación viables. PáginaI12 dialogó con los investigadores Martín Becerra y Ernesto Calvo sobre el mapa de interacciones y las prácticas discursivas que se despliegan en el escenario virtual actual.


–¿En qué consiste la investigación que están realizando desde Anmesty Internacional acerca de las agresiones en el escenario virtual? ¿Sobre qué aspectos avanza respecto del informe anterior?


M.B.: En el marco de la discusión sobre el proyecto de Ley de interrupción voluntaria del embarazo (IVE) tanto en Diputados como en Senadores, nos proponemos sistematizar y analizar las agresiones y la violencia online a mujeres que participaron de ese debate público, que estuvo en el tope de la agenda, comprometió a fuerzas políticas y sociales y movilizó la temperatura de la sociedad. El estudio no será solo un mapeo del modus operandi de esas agresione


–¿Qué consecuencias prevén que han tenido estas agresiones en redes sociales, tanto en términos de libertad de expresión como en la calidad del debate público?


M.B.: Hay un efecto disciplinador del abuso y la violencia que hace que uno, cuando es una víctima directa, ecualice mucho su intervención en el espacio público. Pero hay también una vía indirecta –el efecto disciplinador sobre los demás–, que en el espacio virtual es muy clara y requiere ser investigada. En las entrevistas nos encontramos con que algunas mujeres muy identificadas en su papel de políticas creen que las agresiones no les afectan. Pero al indagar indirectamente sobre esos efectos vemos que subieron los estándares de privacidad para tener menos cantidad de interacciones o que tomaron medidas en su vida privada, con su familia, sus hijos, sus parejas.


–¿Creen que el debate sobre la legalización del aborto en el plano virtual tuvo los rasgos de lo que denominan “política de tierra arrasada”, como consecuencia de la acción coordinada de trolls?


E.C.: A diferencia de lo que ocurrió con #Maldonado, #Nisman o #Tarifazo en Twitter, el diálogo virtual en #Aborto estuvo dominado por activistas que no son los habituales de las redes políticas. Al mismo tiempo, el sujeto de la agresión está “genderizado” (sic). En la red de #Aborto se ve violencia dirigida a la mujer, por un lado, y un esfuerzo por cuidar al otro que es poco común en las redes. Leí en un tuit la siguiente frase: “es tétrico e increíble que, a pesar de que recién nos conocemos, las mujeres nos preguntamos si llegamos bien”. Esa dinámica, ser blanco de ataques y cuidarse recíprocamente, era muy clara en la red de #Aborto. Es una dinámica que vemos también con claridad en las redes que tienen que ver con casos de abuso, como en el reciente caso de Darthes y el hashtag #MiráCómoNosPonemos. Otro hecho que distingue a la red de #Aborto en Twitter es que los tuits que dominaban la red eran explicativos. Es decir, frente a las agresiones no se respondía con contraagresiones sino que había un esfuerzo, proveniente de la onda verde, de explicar, analizar, discutir y reconstruir un lenguaje menos trollero.


M.B.: En torno del hashtag #MiráCómoNosPonemos, que fue tendencia global, confluyeron los reclamos feministas y del debate público promovido y protagonizado por mujeres, tanto en forma organizada como de modo espontáneo. Aun cuando el detonante haya sido la denuncia por abuso de Fardin contra Darthes, pero su trascendencia es mucho mayor y cala hondo en la sociedad porque acompaña la resignificación en curso de los vínculos entre mujeres y hombres y, en ese marco, tributa de modo directo al reclamo #NiUnaMenos. Es un ejemplo paradigmático de asociación entre la experiencia “analógica” y la “virtual”.


–¿Qué diferencias encuentran entre la red de #Aborto y la red #Maldonado en la conversación en Twitter?


M.B.: Una característica de la campaña a favor de la legalización del aborto fue que se le hablaba a un “paradestinatario” con un esfuerzo de explicación pedagógica y no solo al convencido o al “contradestinatario” con una lógica beligerante (N. de la R.: En el acto de enunciación, el “paradestinatario” ocupa la figura del indeciso, son sectores de la ciudadanía fuera del juego a los que hay que persuadir). Hablar a un “paradestinatario” –en el sentido de que no todos están encuadrados– es un esfuerzo que en Argentina se ve poco en el espacio público. Es un rasgo que se vio en los inicios de la discusión sobre la desaparición de Santiago Maldonado y después se fue desdibujando. En #Aborto se vio de manera más permanente. Incluso después de la derrota en el Senado, se observa un esfuerzo pedagógico de convencer.


–Después de esa etapa inicial más “pedagógica” en la red #Maldonado, ¿qué cambió para que se convirtiera en una conversación de trinchera?


E.C.: Para pensar la función de los trolls en #Maldonado hay que imaginar una jauría de perros de ataque. Hay un espacio en el cual la jauría interactúa y se divierten produciendo mensajes. No es un ataque coordinado en el sentido de que se les diga qué hacer sino que simplemente se les da un objetivo. Los trolls comparten un sentimiento de comunidad y acuerdo tácito sobre el tipo de objetivo político y de campañas a ejecutar. Como los perros, están esperando esa señal: “ataque, quédate quieto, ataque, quédate quieto”. En el caso #Maldonado, la coalición oficialista tenía muy claro el tipo de intervención que le cabía en el terreno y cómo distorsionar el discurso virtual. En #Aborto, en cambio, el oficialismo estaba dividido y eso inhibió a los trolls. Hay una parte de la actividad oficialista que dice: “No estamos de acuerdo con trollear este evento”, y esa actitud corta la sinergia de agresión de ese grupo intenso de trolls. En #Aborto hay dos comunidades de ataque y agresión, las dos son pequeñas y no están coordinadas; se ubican relativamente en la misma zona pero se distinguen una de la otra.


–Considerando que la conversación en Twitter tiende más a la polarización que al consenso y que en ese escenario se vigoriza la violencia virtual coordinada, ¿cómo se puede regular este tipo de agresiones online?


M.B.: Bueno, hay una parte de esa regulación que las plataformas ya empezaron a hacer por sí mismas de manera creciente; lo peligroso es que lo hacen sin ningún tipo de auditoría pública. Es una iniciativa de las plataformas dado el impacto que tiene en su valorización bursátil y en los negocios en general, como los escándalos por venta de datos y desmanejos de sus plataformas. Tanto en el caso #Maldonado como en #Aborto o #Bolsonaro, esa actividad violenta no es porcentualmente la más grande. Entonces las compañías disminuyen eso porque es absolutamente artificial. Pero hay algo más profundo: la libertad de expresión no es absoluta, tiene límites. Es antipático decirlo porque es un derecho, pero también hay otros derechos, como el derecho a no ser abusado, violentado o discriminado.


–Lo cierto es que las regulaciones exceden la implementación de una normativa. La pregunta es: ¿con qué criterio se regula?


M.B.: Las empresas están ejerciendo de facto una reglamentación sin auditoria pública. Otro elemento es que cuando se reporta una situación de violencia en Facebook o Twitter, las compañías no contestan. Allí podría haber un tímido inicio de regulación: si alguien reporta un abuso amerita que haya un seguimiento acerca de cuántos reportes hubo, qué hizo la empresa con eso... Entender la casuística de ello y que sedimente en algún tipo de normativa; pero es cierto que la legislación normativa de prepo puede ser peor que la situación actual.


–¿Qué podría resolver la vía judicial en este tipo de abusos?


M.B.: Resuelve las garantías procesales: derecho a la defensa, presunción de inocencia, un debido proceso. Esto significa que no sepuede remover contenido porque a alguien no le gusta, así que ese procedimiento es fundamental. El Poder Judicial es lento y funciona mal. Entonces, hagamos que funcione bien, creemos un foro. Pero mientras no hacemos nada, el poder de policía lo tienen Google, Facebook y Twitter. ¡Y eso es un espanto!


E.C.: Hace cuatro años empezamos a ver el cambio de posicionamiento de las redes sociales para transformase en el ecosistema dominante en el área de noticias políticas. Los medios tradicionales son figuras dominantes dentro de ese ecosistema aunque la gente ahora accede a noticias a través de redes sociales. En estos cuatro años pasamos de un espacio que estaba totalmente desregulado y era muy jerárquico a una estratificación que ha ido mutando muy rápidamente. Se introdujeron actores externos que impulsan fake news, grupos que se organizan políticamente para producir sinergias y trollear. En este tiempo, estos ecosistemas se fueron estratificando y hay una mayor cantidad de bolsones distintos. ¿Cuál es la respuesta? Cuando uno tiene un ecosistema complejo, la regulación tendrá que ocuparse de un montón de pequeñas aristas.


–¿Cómo coordinar esas regulaciones?


E.C.: Lo que observamos ahora es la proliferación de distintos mecanismos de autoregulación por parte de las compañías y los usuarios. Lo difícil es encontrar un modelo de responsabilización democrática en las redes que no afecte la libertad de expresión.


–¿Qué singularidad aporta el diálogo político en Twitter durante la campaña electoral de los recientes comicios en Brasil, en el que ganó Jair Bolsonaro?


E.C.: La red #Bolsonaro muestra que ciertos mecanismos de regulación inciden en la propagación de mensajes y en cómo se estructuran estas redes sociales virtuales. En el momento en que se da de baja una gran cantidad de cuentas de WhatsApp y de cuentas de Twitter que distribuían noticias falsas, cambia la dinámica de propagación de mensajes en ciertas áreas de la red. Esa regulación produjo efectos en la difusión de narrativas. Eso quiere decir que podemos aprender cómo administrar esos efectos para producir redes que sean más saludables. Es una tragedia para la democracia que haya ganado Bolsonaro pero eso habla de otra dinámica política, que es el crecimiento de movimientos políticos de derecha, antisistema y conservadores. Esa dinámica no depende simplemente de la polémica que observamos en las redes sociales. Desde el punto de vista mediático virtual, la comunidad pro-Bolsonaro es más pequeña que la comunidad anti-Bolsonaro. Y todo el ecosistema de noticias falsas que lo sostiene fue identificado y dado de baja, de manera que hay mecanismos posibles de regulación.


–¿El debate y la coordinación de noticias falsas influyeron en el resultado de las elecciones en Brasil?


E.C.: Todo influye, pero las redes sociales activan a un votante que ya está inclinado. Sin las redes sociales, ¿se habrían inclinado esos votantes a votar por otro candidato? No puedo asegurar que el resultado electoral en Estados Unidos habría sido distinto, pero el margen de victoria de Trump en varios Estados fue tan pequeño que es posible que las redes incidieran. El amplio margen de victoria de Bolsonaro en Brasil, en cambio, me hace dudar de que las redes sociales hayan sido las responsables. Las redes sociales virtuales solo pueden incidir en elecciones que se definen por muy bajos márgenes e incluso esto es extraordinariamente difícil de probar.


–Volviendo a los criterios para la regulación de contenidos, ¿cuál es la concepción de información noticiosa para decidir si un contenido puede o no ser dado de baja tildándolo de “falso”?


M.B.: Hay una gran dificultad para llevar adelante ese propósito, que es la definición misma de noticia y de noticia falsa. No se trata de una definición universalmente estable. Y creo que es peligroso operar sobre un concepto que es inestable reclamando sanciones en torno a contenidos. Yo sería muuucho más cauto de lo que hasta ahora se viene viendo en redes sociales y organizaciones periodísticas y de la sociedad civil a la hora de etiquetar como noticia falsa un contenido. El segundo punto es que buena parte de los contenidos que en el registro coloquial llamamos “noticias” son opiniones o interpretaciones con condimentos noticiosos, así que es imposible desguazar y analizar a nivel átomo cada pieza para decir “esto es noticia y esto es interpretación”.


–¿Cómo evalúa el caso de Primereando las noticias, cuyo artículo “El FMI exige liquidar el Anses y vender las acciones del Fondo de Garantía de Sustentabilidad” fue dado de baja con el argumento de que se trató de una noticia falsa?


M.B.: Según mi lectura, es legítimo que pueda decir eso como que pueda decir todo lo contrario. Por cierto, en la última renegociación con el FMI, columnistas económicos del mainstream argentino decían cosas opuestas. Para algunos era una gran noticia para la Argentina por ser un respaldo inequívoco del FMI. Para otros, una mala noticia porque –dentro del mismo encuadre ideológico– le dan la mitad de lo que prometieron y produce condicionamientos asfixiantes. En definitiva, la de Primereando las noticias era una noticia cargada de interpretación como la mayoría de las noticias que vemos publicadas en portales y sitios webs que circulan en nuestra sociedad. Son pocas las noticias que afirman: “Obama es musulmán”. Es falso: Obama no es musulmán sino que es cristiano. O decir que Cristina no es abogada; resulta que se hace una investigación periodística y tiene el título de abogada. Pero pocas veces vemos eso. La mayoría de las noticias no son dicotómicamente clasificables, por lo tanto el riesgo es muy alto y creo que hay que ser precavidos porque se está afectando el derecho a la libertad de expresión lisa y llanamente. Y después hay otros problemas derivados.


–¿Cómo cuáles?


M.B.: Quienes producen estas piezas informativas en muchos casos son instituciones muy consolidadas. ¿Aceptarán las sanciones que ellas mismas y su entorno proponen para terceros cuando difunden noticias fake? Los productores de fake news no son piratas anónimos que están en un subterráneo clandestino sino grandes organizaciones, algunas de medios, otras políticas, otras religiosas. La mayor producción de fake news en elecciones proviene de los partidos políticos que, paradójicamente, dicen querer regular la contaminación del espacio público por las fake news que ellos mismos producen. Acá, en Francia y en Estados Unidos.


E.C.: No hay nadie que sea más promotor del término fake news que Donald Trump, que es la usina más importante de noticias falsas en Estados Unidos. Sin embargo, él popularizó el concepto de fake news aduciendo que los demás mentían.


M.B.: Es la misma estrategia de Bolsonaro en Brasil quien, además, acusa a Folha de Sao Paulo de ser fake media. Lo interesante acá es que mucha acusación de que el otro es fake se basa no tanto en lo que este haya publicado sino en lo omitido.


E.C.: Totalmente. Ahora, hablando de los mecanismos para lidiar con este tipo de cosas, algunas formas de regulación son posibles utilizando “sello de calidad” provisto por organizaciones que les aseguran a los lectores que es válido lo que están leyendo. Hay formas de organización de la sociedad civil que pueden definir los parámetros a través de los cuales aquello que es noticioso, si es controversial, igual satisfaga los requerimientos periodísticos. Una posible solución a estos problemas requiere de la consolidación de comunidades intersubjetivas –como afirma Habermas– que validen contenidos que son aceptables, de modo tal que el que no lo hace pague un precio. En lugar de prohibir las noticias falsas, su precio de mercado debería caer en relación con el precio de las noticias que no son falsas. Por ejemplo, la problematización de que existen noticias falsas ha hecho que la gente sea más reticente a distribuir información porque dentro de las propias comunidades de redes sociales o de WhatsApp se dice: “che, esto no es cierto, tené cuidado que estás distribuyendo fake news”. Ese control intersubjetivo que está apareciendo puede tener un correlato institucional que valide lo noticioso.


M.B.: Los medios tradicionales funcionaban sobre estas convenciones con autoridad. El problema es que hoy tratan de reeditar aquella etapa con viejas herramientas y viejos reflejos. Tengo dudas de que una campaña como la de Adepa –“tenemos editor responsable”– dé buenos resultados. Por dos motivos: uno es porque ellos también producen fake news y están muy desacreditados. El segundo motivo es más general y desborda las condiciones argentinas, en el sentido de que esas instituciones no tienen las raíces sólidas que tuvieron, entonces el acuerdo social acerca de su legitimidad para ofrecer puntos de vista validados es un acuerdo que está cada vez más descompuesto.


E.C.: El que menciona Martín era exactamente el mismo problema que tenían los medios tradicionales a fines del siglo XIX o principios del XX, antes de que se fuera institucionalizando un conjunto reglas periodísticas. Hay organizaciones de FactChecking que, más allá de si uno acuerda o no con ellas, dan cuenta de que hay un espacio de organización civil que procura reconstituir ese tipo de validación intersubjetiva. Ello muestra que estamos en un momento de clara descomposición, que las redes sociales fueron un golpe a la estructura de la organización económica del periodismo en estos países. Creo que el New York Times tendrá más posibilidades de supervivencia que Fox News.


–¿En qué sentido, qué diferencia a ambas organizaciones periodísticas?


E.C.: Hay cierta inconsistencia entre el mensaje de Trump que dice “todo es fake news” y el grupo que le tiene que creer eso, que es el mismo grupo que consume el producto de Fox News. Mientras que el otro grupo que dice “esto no es fake news” es el que consume el New York Times. Hay un mecanismo de estabilización de la reputación periodística que permite defender al New York Times; Fox News no cuenta con ese mecanismo. Entonces, el salvaje Oeste de las redes sociales afecta primariamente a sus promotores. No estamos en el espacio desregulado de hace tres años, tampoco estamos en el espacio mediático que a uno le interesaría tener; pero al menos el actual es un espacio un poco más inhóspito para los trolls. Ello sugiere que algo está pasando independiente de que llegue a buen término o sea exitoso.

 

 

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"El arte de Banksy, Kapoor o Hirst no se opone a los inquietantes progresos de la extrema derecha, al contrario”

La crítica literaria publica un manifiesto titulado Lo que no tiene precio, en el que reflexiona sobre el "realismo globalista" y retrata la "colisión que se produce desde hace años entre el mundo de las finanzas y el arte contemporáneo"


Le Brun ve en estos autores admirados por las multitudes "la base inconsciente de la nueva servidumbre exigida por el capital"

Ocurrió el pasado 6 de octubre. La pieza Niña con globo, de Banksy, se autodestruyó al pasar por una trituradora poco después de haber sido vendida en una subasta en Sotheby's por un millón de libras (más de un millón de euros). Al día siguiente, el artista subió la imagen de la destrucción a Instagram con el texto "se va, se va, se fue" al que sumó una cita de Picasso: "El impulso de destruir también es un impulso creativo". Obtuvo millones de 'me gustas'.


¿Fue una broma? Seguro que no demasiado para el comprador de la obra. ¿Fue arte? Los días siguientes hubo artículos que discutieron aquel acto de Banksy,artista que no se sabe ni quién es ni cómo es, pero que tiene millones de adeptos por todo el mundo. Una exposición ahora en Madrid se hace la misma pregunta:¿Es un genio o un vándalo?


Para la escritora y crítica literaria Annie Le Brun (Rennes, 1942), experta en Sade e inmersa en los últimos años del movimiento surrealista de André Breton, la respuesta es evidente: tiene que ver con una dimensión política de la mercantilización capitalista del arte.


Le Brun acaba de publicar en español el manifiesto Lo que no tiene precio(Cabaret Voltaire) en el que expresa su teoría del realismo globalista, movimiento en el que ubica a creadores como Damien Hirst, Anish Kapoor y el propio Banksy. Como señala en una conversación con eldiario.es, estos artistas son muestra de "la colisión que se produce desde hace veinte años entre el mundo de las finanzas y el arte contemporáneo. Un síntoma particularmente esclarecedor, porque nos hace asistir a la transmutación del arte en dinero y del dinero en arte".


La pensadora teje una comparativa con la presencia de las mismas tiendas y marcas en todas las ciudades del mundo con la de estos artistas, también presentes en los museos de todas las capitales occidentales. "Me parece difícil no ver en ello el arte oficial del neoliberalismo cuya intención no es otra que la de hacer que aceptemos la brutalidad de este mundo así como su deshumanización", sostiene.


La etiqueta de 'realismo globalista' parte de un juego de palabras con el 'realismo socialista' de la Unión Soviética. "En este la intención era imponer la ideología comunista a través de las imágenes de una realidad edificante", manifiesta Le Brun, que, sin embargo, en el arte actual de los Hirst y compañía lo que observa es "una ideología que impone dispositivos e instalaciones, jugando con las sensaciones fuertes a través del gigantismo de obras que actúan a la manera de los efectos especiales. Ello conlleva la suspensión del juicio crítico. Su función es convencer de que no hay manera de salir de ese mundo".


Saatchi, Thatcher y la extrema derecha


En este sentido, Le Brun, que siempre se ha distinguido por ser una crítica incómoda –en los setenta tuvo varios desencuentros con neofeministas al criticar "el jesuitismo de Marguerite Duras" y "el feminismo encorsetado y mojigato de estas militantes", como escribió en el libro Lachez tout- recuerda la historia de Charles Saatchi y Margaret Thatcher.
Saatchi, antes de convertirse en el publicista universal que después fue, era su director de campaña. Él creó el eslogan "There's no alternative" (no hay alternativa). "Y poco después se convirtió en uno de los mayores promotores y coleccionistas de arte contemporáneo. Como si ese arte contemporáneo constituyera la mejor escuela de adiestramiento, susceptible de reconfigurar nuestra sensibilidad para obligarnos a aceptar lo que hay", afirma Le Brun.


Este pensamiento entronca con la última broma de Banksy: "Constituye la mayor victoria del capital de estas últimas décadas. Porque se trata de una destrucción que, en lugar de acabar con el valor de la obra, lo multiplica de forma vergonzosa", sostiene la escritora a la que ha molestado particularmente que hubiera poca indignación ante esta extravagancia. "Es una prueba más de que la domesticación mediante un cinismo compartido se ha convertido en una de las armas más seguras del neoliberalismo para instaurar su orden, excluyendo a todos aquellos que pudieran oponerse a él", asegura.


Para ella, la peor consecuencia de este cinismo ante las obras gigantes de Kapoor o Hirst y la autodestrucción de la obra de Banksy es política. No sólo tiene que ver con el gusto ni es algo baladí sino que detrás subyace una intención. "Como en toda empresa totalitaria, se trata de acabar con la escala individual y por supuesto con todo lo que dependa intelectual y psíquicamente de ella. Es un arte contemporáneo que no se opone a los inquietantes progresos de la extrema derecha, antes al contrario", manifiesta. Le Brun analiza que es ese gigantismo de las obras y el hecho de que las admiren multitudes–todo son siempre grandes números- "la base inconsciente de la nueva servidumbre exigida por el capital".
La búsqueda de la belleza


Le Brun ahonda más allá y también habla en su manifiesto del engaño al que la sociedad está siendo sometida mediante cierta estetización del mundo que no es tal. Un engaño del que, para ella, es responsable la industria de la moda que lo que está provocando, más que un embellecimiento del mundo, es todo lo contrario. Es ahí, además, donde introduce la desaparición de las ideas de Sade sobre el cuerpo y el triunfo del neopuritanismo actual que acaba con cualquier singularidad. En términos más prosaicos: lo que hoy nos venden como belleza es algo uniforme y paradójicamente feo.


"El neopuritanismo participa de esa cosmetización del mundo que multiplica el afeamiento porque, de los labios botoxados a la industria del turismo, del body bouilding a la agricultura bio… todo se reduce a mercados de reparación", manifiesta. Y alerta de que "el cuerpo es la víctima principal. Pues si es remodelado, formateado, aseptizado, como ya lo fue en ciertas épocas, para simbolizar la belleza anodina y superficial de un mundo sin negatividad, se ha convertido al mismo tiempo en rehén absoluto de esa mercantilización". Esta es la clave para que las multinacionales de la moda "neutralicen cualquier signo de rebelión", añade.


¿Qué hacer entonces? ¿Cómo escapar de la servidumbre de este arte y estas formas de la moda? Le Brun se queja de la irresponsabilidad de intelectuales, artistas y agentes culturales por seguir contribuyendo a la exaltación del realismo globalista. Ante ello, conmina: "Nos queda el lujo de rechazar la fealdad de la conformidad que se nos impone. A menudo basta con un pequeño desvío, con pararnos un momento, para evitar las trampas de la percepción cautiva que quieren imponernos". En definitiva, buscar lo que no tiene precio.

30/12/2018 - 20:43h

 

Publicado enCultura
Sábado, 15 Diciembre 2018 06:27

“Estoy cansado de las mentiras”

“Estoy cansado de las mentiras”

En sus primeras declaraciones tras ser sentenciado a tres años de prisión el jueves, Cohen reiteró que está arrepentido de haber ayudado a Trump a encubrir dos relaciones sexuales y dijo que se cansó de mentir para proteger al presidente.

El ex abogado de Donald Trump, Michael Cohen, volvió a la carga ayer y afirmó que el entonces candidato sabía que estaba mal ordenar el pago de dinero para silenciar a dos mujeres que afirman haber tenido una relación amorosa con Trump. Al ser preguntado por la ABC News sobre los pagos a la ex actriz porno Stormy Daniels y a la ex modelo Karen McDougal durante la campaña de 2016 el exabogado contestó: “Por supuesto. Trump actuó porque estaba muy preocupado sobre cómo afectaría esto a la elección.” Estas fueron las primeras declaraciones que hizo Cohen luego de ser sentenciado a tres años de prisión el jueves, una condena que comenzará en marzo. “Estoy enojado conmigo mismo porque sabía que lo que estaba haciendo estaba mal”, dijo con los ojos húmedos. El ex abogado presidencial confirmó además que aceptó colaborar con la justicia porque dice estar cansado de las mentiras del presidente: “estoy cansado de las mentiras. Estoy cansado de ser leal al presidente Trump. Di lealtad a alguien que, en verdad, no merece lealtad”, confesó.


El ex confidente del mandatario fue condenado por evasión de impuestos, falsas declaraciones a un banco y violaciones de la ley de financiación de campañas electorales. Los cargos fueron presentados por los fiscales federales en Nueva York y por la oficina del fiscal especial Robert Mueller, el exdirector del FBI que está investigando además la injerencia de Rusia en las elecciones de 2016. El jueves los fiscales calificaron los pagos a las dos mujeres como contribuciones ilegales de campaña destinadas a influir en la elección. Sin embargo el acusado recibió una sentencia reducida por colaborar con Mueller.


Por su parte, Hogan Gidley, uno de los portavoces de la Casa Blanca, acusó a la prensa dar credibilidad a un criminal convicto. “Cohen admitió el mismo haber sido un mentiroso”, contraatacó. “Él ha admitido mentir. Todos lo saben y que ahora haya dicho que va a dejar de hacerlo es un poco tonto”, respondió el vocero de la Casa Blanca al ser preguntado por las supuestas pruebas documentales que acreditarían los pagos de Trump a las dos mujeres en un intento de comprar su silencio.


Al conocerse la sentencia, Trump marcó distancias con los dichos de Cohen asegurando que nunca le ordenó violar la ley y denunció que el abogado aceptó esos cargos para avergonzar al presidente y obtener una sentencia de prisión muy reducida. Además, Trump descartó la importancia de las acusaciones de financiamiento de la campaña y dijo que eran, en el mejor de los casos, violaciones civiles.


“No es cierto en absoluto”, respondió Cohen en la entrevista de ABC. “Bajo ninguna circunstancia quiero avergonzar al presidente”, se defendió para luego agregar que tiene esperanzas de ser recordado por la historia como una ayuda para volver a unir a Estados Unidos.


El abogado que empezó a trabajar para la Organización Trump en 2007 dijo que el mandatario no se parece en nada a la persona que era cuando lo conoció. “Fue sólo un cambio. Les diré que el caballero que está sentado ahora en la Oficina Oval, 1600 Pennsylvania Avenue, no es el Donald Trump que recuerdo de Trump Tower”, denunció. Una posible razón, agregó, es que la presión del trabajo es mucho más de lo que él pensaba que iba a ser. El letrado dijo que se considera a sí mismo como una pieza fundamental para ayudar al destino del país: “nunca es bueno estar del lado equivocado del presidente de los Estados Unidos de América, pero de alguna manera u otra esta tarea ahora ha caído en mis hombros.” Luego agregó que pasará el resto de su vida intentando solucionar el error que acepta haber cometido.


En el final de la entrevista le preguntaron si creía que Trump estaba diciendo la verdad sobre la injerencia de Rusia en las elecciones y respondió que no y luego se negó a hacer más comentarios. “No quiero poner en peligro ninguna investigación”, alegó.


A su vez, los diarios The New York Times y Wall Street Journal informaron que los fiscales federales abrieron otra línea de investigación relacionada con las elecciones, acerca de si extranjeros canalizaron ilegalmente donaciones a la campaña de Trump. Según fuentes cercanas a las investigación citadas por el Times, ésta se centra en determinar si personas originarias de Catar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos utilizaron prestanombres para hacer donaciones con la esperanza de comprar influencia sobre la política de Estados Unidos.

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Miércoles, 05 Diciembre 2018 05:39

Articulación social

Articulación social

Los cuarteles de la simulación política y la manipulación emocional se han puesto a trabajar para modelar el escenario electoral de 2019. Se disponen a agitar fantasmas y barrer la crisis bajo la alfombra para intentar prolongar el actual modelo de concentración económica y descarte social. El ejército se equipa con armas informáticas y de mapeo social para reclutar voluntarios que intervengan los territorios y siembren semillas de discordia en la población. Su estado mayor funciona como brazo político del nuevo modelo de liberalismo digital basado en la información y en su procesamiento mediante algoritmos.


La palabra algoritmo tiene un insospechado origen árabe, legado por un matemático del Asia Central que se radicó en Bagdad hace más de un milenio. Desde entonces, el vocablo transitó un largo camino, asociado siempre a los pasos que orientan un proceso matemático para obtener un resultado. Uno de los investigadores más famosos vinculados con el tema es el criptógrafo inglés Alan Touring, que construyó la máquina que lleva su nombre y que lo hizo famoso por su desempeño durante la Segunda Guerra Mundial, cuando trabajó en descifrar los códigos nazis, particularmente los de la máquina Enigma. El análisis de aquellos datos permitió anticipar bombardeos y salvar vidas.


La teoría matemática de la información redujo luego los procesos a puros intercambios de datos y más tarde la cibernética empezó a reemplazar los humanos por el intercambio entre computadoras. Esa convergencia fue vaciando la comunicación de su contenido social para confinarla al campo de la pura instrumentación tecno económica, base del modelo productivo en ascenso. La concentración empresarial de medios y plataformas bajo un sesgo monopólico amenaza ahora con teledirigir los discursos y narrativas que debieran alimentar el debate público.


El esquema productivo y el informacional se complementan. La economía de nube se basa en el trabajo invisible, no remunerado, desprovisto de estatuto y sin territorio, que simula ofrecer un servicio gratuito a los usuarios para convertirlos en virtuales “esclavos” –como lo define el sociólogo español Angel Luis Lara– al producir enormes ganancias que benefician a plataformas remotas intercambiando emociones, compras, preferencias, viajes y datos biométricos.


Los actores sociales pueden entonces ser reemplazados por un celular y sus acciones dirigidas por control remoto. Es la militancia 2.0 en la que el PRO deposita todas sus fichas para ganar el próximo mandato. Buscan “voluntarios territoriales” en las redes para cubrir su vacío en las barriadas del conurbano y las provincias. Procuran captar perfiles afines en la nube para organizar el desembarco con audios, videos y mensajes que los algoritmos repartirán según el ID digital a partir de la información que suministra cada vecino con sus contactos. Saben que la manipulación individual está al alcance de la mano. La secuencia matemática busca -en este caso- neutralizar las críticas e inocular mensajes de odio o superstición que espanten al electorado de opciones populares.


La oposición al modelo no debería correr en esa cancha enjabonada, donde reinan los grandes procesadores de big data, a menos que solo se aspire a un cambio cosmético. El algoritmo opositor debería ser en este caso el de articular la organización social con todas las mediaciones de comunicación en el territorio (incluyendo las digitales) para restituir el vínculo entre los ciudadanos y su representación política. Volver a unir lo social y lo político, lo individual con lo masivo, las bases con los dirigentes, los medios y las agendas locales con sus audiencias, el capital con el consumo, la universidad con la producción. Recuperar el tejido social con un proyecto que pueda gobernar el salto tecnológico con un modelo inclusivo.


No se trata de renunciar a la batalla tecnológica, sino de replantear el problema desde el contacto personal, la reunión barrial, la ronda de mate y las instancias que articularon históricamente el territorio y la representación política. Ese tejido es el espacio que puede resistir frente a una lógica externa que lo atraviesa todo y que interfiere las relaciones sociales oponiendo a los pobres entre sí o enfrentando a los trabajadores en el mundo laboral uberizado. Es hora de resignificar lo tecnológico desde lo social. De apropiar el algoritmo como la secuencia de acciones humanas que puedan conectar la organización social y política alrededor de la resolución de un problema central: el de construir un modelo productivo que nos incluya a todos.


* Docente de Derecho de la Comunicación Undav-UNM

 

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Miércoles, 21 Noviembre 2018 05:52

El terror de la desinformación

El terror de la desinformación

Desde la perspectiva de Occidente, Medio Oriente es sinónimo de fanatismo religioso y terrorismo. Bajo esta premisa, la investigadora del Conicet reflexiona sobre los discursos hegemónicos que crean estereotipos e impiden comprender la riqueza de su diversidad.


Saddam Hussein, Osama Bin Laden, Palestina, Israel, Irak, Afganistán, el Islam, Egipto, Gaza, el Estado Islámico. A los ojos de Occidente todos los condimentos forman parte de la misma ensalada. Se trata de naciones, escenarios y figuras que participan de conflictos sectarios, tribales, políticos y económicos, en los que Estados Unidos –y sus aliados de siempre– se oponen o apoyan de acuerdo a la conveniencia de turno. Desde la perspectiva que se construye desde los medios hegemónicos de comunicación y las agencias internacionales de noticias, los hombres barbudos de mirada penetrante y las mujeres con velos que recubren sus rostros solo equivalen a una cosa: “fanatismo religioso” y “terrorismo”.
Hay quienes señalan que “la muerte iguala a los seres humanos”, sin embargo, algunas muertes pesan más que otras. Por caso, cuando la TV muestra imágenes de los atentados en Medio Oriente, el público las recibe como si se tratara de un nuevo capítulo en la saga de terror. El televidente se lamenta al paso y cambia de canal. No obstante, cuando los fallecidos son europeos, las redes se colman de imágenes y frases de condolencia. En apariencia, mientras los argentinos –todavía– se sienten unidos por un extenso cordón umbilical que cruza el Atlántico y conecta con el viejo continente, no sucede lo mismo con Medio Oriente: un paisaje de costumbres arcaicas, exotismos y plagado de seres irracionales. En esta entrevista, Mariela Cuadro –doctora en Relaciones Internacionales (UNLP), docente e Investigadora del Conicet en la Escuela de Política y Gobierno (Unsam)– da cuenta de sus investigaciones al respecto.


–¿Qué es Medio Oriente?


–Es una construcción realizada desde Europa, una categoría que sirve para definir la mitad de camino entre el continente europeo y el Oriente. Las diversas conceptualizaciones dependen del país que las realiza y también del momento. Por ejemplo, para Estados Unidos, el conflicto en Medio Oriente remite a lo que sucede entre Palestina e Israel; sin embargo, en el marco del gobierno de George W. Bush, ese concepto servía para delimitar a un territorio mucho más extenso que abarcaba desde Marruecos hasta Pakistán. De modo que se trata de una categoría bastante maleable y que permite entrever que las formas del decir, también, incluyen posturas políticas al respecto.


–La mirada, entonces, está mediatizada por las noticias que llegan desde agencias europeas y estadounidenses. ¿Qué mitos se tejen acerca de esta región?


–Lo primero que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en esta región es en el conflicto ininterrumpido, el terrorismo y la falta de derechos para las mujeres. A través del islam se edifica una percepción relacionada a lo cultural y lo simbólico; mientras que mediante el petróleo el enfoque se vuelve de corte materialista. Otra de las miradas subraya la inexistencia de democracia en Medio Oriente, a partir de la primacía de administraciones totalitarias. Por eso tiendo a pensar que es una enorme construcción de la cual participan los medios, las agencias, pero también las organizaciones internacionales y los académicos. No diría que se trata exactamente de mitos sino de una tendencia que solo se preocupa por exhibir y resaltar los rasgos negativos.


–De manera que Medio Oriente es todo eso junto pero también muchas cosas más.


–Por supuesto, es una región sumamente compleja habitada por tribus, sectas y naciones absolutamente distintas entre sí. Hace poco, por ejemplo, estuve en Arabia Saudita y es fascinante; un sitio donde reina una generosidad que no experimenté en ningún otro lado del mundo. No obstante, nuestra perspectiva tiende a englobar toda esa diversidad y adscribirle características únicas –a etiquetar– como si todo fuera lo mismo.


–Esto sucede porque siempre se tiende a homogeneizar la marginalidad y se utilizan esos límites para definir la propia identidad.


–Los estereotipos sobre Medio Oriente producen un alejamiento. Tendemos a pensar que los argentinos no tenemos nada que ver con una región donde solo hay fanatismo, religión y terrorismo. Sin embargo, se podrían generar vínculos muy interesantes y no me refiero solo a los lazos económicos, sino también a los políticos y sociales.


–¿Qué factores son necesarios tener en cuenta para comprender los conflictos armados?


–Los conflictos se han incrementado conforme el paso del tiempo. En este sentido, una de las condiciones que posibilitan este fenómeno, sin dudas, es la intervención constante de los países de Occidente. Por caso, una de las razones que podrían explicar la situación actual en Siria y la emergencia del Estado Islámico –Dáesh– está vinculada con el desastre producido en 2003 en Irak, cuando se intervino la región con la excusa de que el presidente iraquí (Saddam Hussein) tenía relaciones con los terroristas de Al Qaeda y, en efecto, poseía armas de destrucción masiva. Ello sumado al autoritarismo del Ejecutivo llevó a la intervención y a su desestabilización absoluta.


–¿Cómo se conecta el fanatismo religioso con el terrorismo?


–Hay un rasgo religioso que identifica a los movimientos islamistas, que se vincula con el propósito de “islamizar” a los estados y la sociedad, a partir del restablecimiento social de una cultura que, desde la perspectiva de estos grupos, ha quedado relegada con el proceso de modernización. Algo similar, aunque a otra escala, ocurre con los evangelistas en Latinoamérica que basan su agenda social en la restauración de los valores tradicionales. La idea de “terrorismo” tomó más vigor a partir del atentado a las Torres Gemelas en 2001 y fue construida como la amenaza internacional por excelencia.


–En reemplazo del “terror soviético” que dominó la escena durante la Guerra Fría.


-Sí, pero con la diferencia de que, en este caso, la amenaza está globalizada. En este marco, el fanatismo religioso funciona muy bien para el discurso de Occidente en la medida en que justifica la supuesta irracionalidad de sus acciones. Si las decisiones de Medio Oriente se fundamentan a partir de la sinrazón no hace falta comprender ni explicar mucho más, pues todos estarán de acuerdo en que hay que combatir todo lo que allí sucede.


–Cómo si no tuvieran agenda política.


–Exacto, como si el único propósito fuera instaurar un califato mundial, convertirnos a todos al Islam a partir de los atentados. En este sentido, como el término “terrorismo” no está definido a nivel internacional en ningún documento, para lo único que sirve es para referirse a un otro, al que se lo busca deslegitimar completamente. Bajo esta premisa, restringir el problema de la violencia política ilegítima a la religión es un simplismo que evita reflexionar acerca de la trama subyacente de relaciones económicas, políticas y sociales que operan de manera subyacente. El factor de intervención internacional está naturalizado pero Medio Oriente no se involucra en la política interna de Estados Unidos, como sucede a la inversa. Sería un escándalo si así ocurriera.


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Panamá: Lo que no se dice de la separación de Colombia

Érase una vez una empresa de capital francés que inició las obras para construir un canal por el istmo de Panamá, allá por 1880. Pero la Compañía Universal del Canal Interoceánico, como la llamaron, fue dando tumbos hasta que, en 1888, paralizó la construcción. 

¿Por qué? Los niños de primaria en Panamá saben que “la culpa fue del mosquito que producía la fiebre amarilla”. Los de secundaria, los que estudian, caen en cuenta que también le falló el diseño a Fernando de Lesseps, que intentó un canal a nivel que se estrelló contra el Corte Culebra. Muy pocos, a nivel universitario, se enteran de que hubo u tercer culpable: la corrupción.


Sí. Los gerentes franceses de la compañía resultaron ser unos pillos que le robaron millones de francos a los incautos inversionistas de clase media en Francia que compraron acciones de esta empresa creyendo que el canal los inundaría de riquezas. El escándalo, que fue asociado al nombre de Panamá, llegó a los estrados judiciales siendo condenados a penas de cárcel varios directivos.


Pero los pillos siguen siendo pillos y no se componen ni con la cárcel. Algunos de los directivos y accionistas mayoritarios idearon un plan para seguir chupándole la sangre al Canal de Panamá. En 1892 – 94, se dieron a la tarea de reorganizar la empresa bajo otro nombre, la Compañía Nueva del Canal Interoceánico. Lo primero que gestionaron fue una prórroga para terminar la obra. Una prórroga de diez años que culminaba en 1904. Anote la fecha.


Pero un sinvergüenza nunca deja de serlo, así que estos señores nunca pretendieron, ni juntaron capital suficiente para completar la obra. Solo buscaban ganar tiempo para vender sus “derechos” a un tercero, y así sacar hasta la última gota del negocio. ¿Quién tenía interés, capacidad para comprarles las acciones y continuar la obra? El gobierno de Estados Unidos de América.


En 1894, los franceses tuvieron la buena idea de contratar a uno de los abogados más influyentes en la política y en los negocios del naciente imperio norteamericano: William Nelson Cromwell. La firma Sullivan and Cromwell, que todavía existe, estaba bien ligada a capitalistas como J. P. Morgan, la General Electric y otros negocios de alto peso en Wall Street. De su seno salieron políticos influyentes como los hermanos Allan y John Foster Dulles, que dirigieron la Agencia Central de Inteligencia (CIA).


Gracias a ese contrato que hizo la Compañía Nueva, y a que en manos de ese bufete estaban las acciones de la Panama Rail Road Co., o Compañía del Ferrocarril de Panamá, tanto Cromwell como la firma de abogados jugaría un papel inconfesable en los sucesos de 1903.


La última década del siglo XIX se caracterizó por lo que se ha llamado fase imperialista del capitalismo, cuando las grandes potencias se repartieron el mundo para asegurarse fuentes de materias primas y mercados. Estados Unidos terminó de dar su salto con la Guerra de 1898 contra España a la que le arrebató sus últimas colonias: Cuba, Puerto Rico y Las Filipinas. Al poseer territorios e intereses en Asia, los norteamericanos se vieron compelidos a dar urgencia a la construcción de un canal que permitiera a su armada naval cuidar sus intereses en ambos océanos.


Entre1894 y 1903 las autoridades norteamericanas negociaron con franceses, colombianos y nicaragüenses. Aquí es donde el papel de Cromwell se hizo clave. Por un lado, unió a un grupo de capitalistas norteamericanos para comprar en secreto un gran grupo de acciones de la Compañía Nueva, que estaba devaluadas. Plan que denominó “Americanización del Canal”. Se afirma que invirtieron 3.5 millones de dólares por unas acciones que revenderían a su gobierno por 40 millones de dólares. Buen negocio, ¿verdad?


La participación de prominentes empresarios y políticos norteamericanos en este negociado fue lo que en verdad inclinó la balanza a favor del canal por Panamá, y no como pinta el mito de las supuestas estampillas con volcanes de Nicaragua que habría regalado Bunau Varilla a los senadores.


Una vez listo el grueso del asunto había que proceder con los detalles, así que Teodoro Roosevelt, buen amigo de Cromwell, exigió a Colombia el cese de la Guerra de los Mil Días, sentó a los dos partidos, liberales y conservadores, en la mesa y con su mediación salió el Pacto de Neerlandia y el del acorazado Wisconsin en noviembre de 1902.


Siguiente paso, obligar al embajador colombiano a firmar un tratado sin mucha consulta con su país. El 22 de enero de 1903 se firmó el Tratado Herrán-Hay, que contenía: lo que se llamaría Zona del Canal con jurisdicción norteamericana; un pago de 40 millones de dólares a los accionistas “franceses” (y norteamericanos); 10 millones de adelanto a al estado colombiano, y Panamá por supuesto; y una anualidad de 250 mil dólares cuando el canal estuviera en funcionamiento.


Los colombianos y panameños decentes de aquel tiempo sabían leer y sumar, y no eran menos listos que los actuales, así que empezaron con los cuestionamientos: ¿Cómo vamos a partir el Istmo por la mitad y ceder la soberanía a una potencia extranjera allí? ¿Eso no contradice la constitución y el derecho internacional? ¿Por qué a Colombia le tocan 10 y a los accionistas 40? ¿Con qué derechos si ellos solo poseen una concesión que vence en un año y un poco de chatarra en un hueco a medio excavar? ¿Pero si la Compañía del ferrocarril ya paga 250 mil de anualidad, ahora que se quedarán con ella y tendrán el canal seguirán pagando lo mismo?


Todo esto se lo preguntaban panameños tan ilustres como los liberales Carlos A. Mendoza y Belisario Porras, y conservadores como Juan B. Pérez y Soto y Oscar Terán, entre otros. Esa era su opinión a mitad de 1903, al margen de si algunos cambiaron posteriormente. El crecimiento del rechazo al tratado, a nuestra manera de ver, llevó al juicio sumario y fusilamiento de Victoriano Lorenzo, el 15 de mayo de 1903, fue una advertencia para acallar cualquier intento de resistencia.


Cuando Comwell advirtió que podía fracasar el tratado en el Congreso colombiano, empezó a montar el Plan B: separar a Panamá de Colombia y nombrar una Junta de Gobierno leal a sus intereses que legitimara el tratado. Para ello recurrió a sus subalternos en la Compañía del Ferrocarril: José A. Arango, abogado residente de la empresa, y Manuel Amador Guerrero, funcionario a sueldo del ferrocarril.


Prepararon el plan, pero dándole hasta el último momento la oportunidad al Congreso colombiano de aprobar el Tratado Herrán-Hay. La separación sólo sucedería si no se aprobaba el tratado y no tenía otro móvil que el tratado. Todo el cuento de que los colombianos nos tenían “olvidados” fue inventado después y no era verdad, éramos uno de los departamentos más importantes y con mayor influencia en Colombia.


Cuando el senado colombiano resolvió no aprobar el tratado, sino proponer a Estados Unidos esperar hasta 1904, a que los franceses perdieran su concesión, sacarlos del medio, para que le pagaran 25 millones de dólares al estado colombiano, Cromwell empezó a ejecutar su Plan B y convocó a Amador Guerrero a Nueva York a finales de agosto.
Esperaron para actuar hasta el 30 de octubre, cuando el Congreso colombiano cerró sus sesiones sin aprobar el tratado. En ese momento, Roosevelt dio la orden de mover sus acorazados al Istmo por ambos mares. Diez acorazados y miles de soldados norteamericanos invadieron Panamá desde el 3 de noviembre y días sucesivos. Detallito que no cuentan a los niños en la escuela.


Quienes hacen frente a los soldados colombianos que llegaron a Colón la madrugada del 3 de noviembre, son el administrador yanqui de la Compañía del Ferrocarril, coronel Shaler y las tropas del acorazado Nashville, que instalaron nidos de ametralladoras. El 5 de noviembre fue decisiva la llegada del acorazado Dixie a Cristóbal con 500 soldados norteamericanos.
Quien se imagina a los “próceres” dirigiendo al pueblo contra los “opresores colombianos”, mejor que deje de leer cuentos infantiles. La foto que describe el hecho es que la izada de la bandera panameña en Colón el 6 de noviembre estuvo a cargo de un oficial de inteligencia norteamericano vestido de gala, llamado Murray Black.


La otra foto está dada por el Tratado Hay-Bunau Varilla, firmado no por casualidad 15 días después, que contenía todo lo repudiable del Tratado Herrán-Hay, pero empeorado. La otra foto la encontramos el artículo 136 de la Constitución de 1904, que permitía que Estados Unidos interviniera en todo el territorio ístmico con la excusa de imponer el orden público.
Cromwell y sus socios obtuvieron los 40 millones de dólares, pero además él recibió del estado norteamericano otra cantidad millonaria por laPanama Rail Road Co. Para coronar sus ambiciones y probar su control sobre el gobierno panameño, fue nombrado como cónsul y agente fiscal de Panamá en Nueva York. A alguien del gobierno panameño se le ocurrió que de los 10 millones de dólares que le tocaban a Panamá, convenía separar 6 millones para crear un Fondo de la Posteridad, que sería invertido en bienes inmobiliarios y especulación financiera en Estados Unidos. Adivinen quién administró ese fondo por décadas.


Es evidente que el 3 de noviembre de 1903, ni nos hicimos independientes ni soberanos, nos convertimos en colonia o protectorado de Estados Unidos. Situación contra la que tuvieron que pelear generaciones de panameños que sí lucharon por la independencia, como los jóvenes heroicos del 9 de Enero de 1964.

Olmedo Beluche
03/11/2018
sociólogo y analista político panameño, profesor de la Universidad de Panamá y militante del Partido Alternativa Popular.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 3 de noviembre 2018

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Miércoles, 31 Octubre 2018 04:55

Comunicación y cultura

Comunicación y cultura

A partir del hecho de las noticias falsas, Marta Riskin sostiene que mientras unos mienten a sabiendas otros se niegan a aceptar que el proceso de socialización moldea patrones de conducta, se creen inmunes a los fenómenos colectivos y a sus efectos económicos y políticos sobre cuerpos y comportamientos.

“Ningún hombre mira jamás el mundo con ojos prístinos. Lo ve a través de un definido equipo de costumbres e instituciones y modo de pensar.”. Ruth Benedict


Son tiempos en los cuales el derecho a la información veraz está en peligro. La mayoría de los ciudadanos del planeta desconfía de medios de comunicación y redes sociales y dicen estar al tanto de los efectos del deterioro de la libertad de expresión sobre la vida democrática, la paz mundial y hasta la supervivencia planetaria.
Sin embargo, y aún descartando el porcentaje de quienes mienten a sabiendas; pocos aceptan responsabilidad o registran las contradicciones entre enunciadas preferencias éticas o políticas y sus elecciones concretas.


El mero señalamiento provoca incomodidad y justificaciones en contradicciones… ajenas.


Hábitos, prejuicios, preferencias de consumo, elecciones (de pareja, profesionales, electorales) y hasta argumentos, dependen en buena medida de decisiones mucho más inconscientes y automáticas de lo que creemos pero, rara vez detectamos los factores socioculturales que condicionan opiniones y decisiones personales, desde las más íntimas a las comunitarias.


Quizá porque solo aceptamos en teoría, que el proceso de socialización moldea patrones de conducta, creencias y rutinas sociales pero, nos creemos inmunes a los fenómenos colectivos y a sus efectos económicos y políticos sobre cuerpos y comportamientos.


Según Ruth Benedict construimos nuestra identidad dentro de un modelo cultural y cada civilización selecciona y utiliza apenas un segmento del gran arco de potenciales (y contradictorios) propósitos y motivaciones humanos. Su comparación de los pueblos Zuñi de Nuevo México, Dobu de Nueva Guinea y los Kwakiutl de la costa noroeste americana, continúa siendo reveladora.


En apretada síntesis. Los Zuñi eran muy religiosos, valoraban la cooperación y no entendían la idea de guerra; los Dobu consideraban a todo hombre un enemigo y sus mayores virtudes la agresividad y la traición; los Kwakiutl eran famosos por los Potlacht, grandes fiestas donde cada hombre destruía todas las riquezas que había acumulado en el año para demostrar su propia grandeza individual y la inferioridad de los otros.


Los tres pueblos construyeron pautas de comportamiento individual completamente diferentes, partiendo de actitudes presentes en todas las sociedades.


La agresividad y la competencia, la solidaridad y la cooperación son tendencias humanas pero su presencia conductual depende en buena medida, de los criterios de valoración que hacemos como comunidad a lo largo de la ¿evolución?


La coexistencia de los diferentes patrones de vida que la humanidad ha creado con las materias primas de la existencia requiere del cultivo inteligente de cada comunidad para continuar eligiendo los propios para una buena vida. Una elección que exige el reconocimiento sobre la poderosa influencia que hoy ejercen redes, medios, instituciones y referentes culturales para direccionar los cambios culturales en favor de mezquinos intereses.


Cuando, por ejemplo, Mario Vargas Llosa dice “la opinión pública ha llegado al convencimiento de que la política es un quehacer de personas amorales, ineficientes y propensas a la corrupción” construye opinión pública.


Acompañado por el eco mundial de repetidores seriales y eludiendo amplios y profundos debates, la idea alcanzará a cada persona hasta imponerse como principio de la vida social.
La manipulación mediática de quienes abusan del poder económico para comprar casi cualquier cosa (herramientas tecnológicas incluidas), está edificando mundos subjetivos a su triste imagen y semejanza.


Mientras se multiplica y reproduce a sí mismo en espejos de odio, miedo y violencia; no es casual que las invitaciones a individuos aislados a habitar exclusivos refugios tengan éxito.
La capacidad de reflexión y el auto cuestionamiento, un rasgo pedagógico incentivado por numerosas y antiguas culturas y sin duda, por la educación pública nacional (y descartado por todos los autoritarismos) cuestiona los objetivos del Gran Hermano; el cual ya ha demostrado su poder para construir un mundo hostil e inhabitable y, al mismo tiempo, su incapacidad para crear culturas cooperativas e integradas donde las personas puedan desarrollar sus mejores potencialidades.


El pensamiento crítico que ha dado frutos gigantescos, tales como las ciencias y las artes, es herramienta imprescindible para que una cultura utilice sus propios saberes y experiencias para interrogarse e investigar los resultados de sus acciones y para elegir entre felicidades personales edulcoradas, solitarias y abstractas o alcanzar desarrollos precisos en sus libertades y derechos individuales y colectivos.


* Antropóloga, Universidad Nacional de Rosario.

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Brasil: las democracias también mueren democráticamente

Nos hemos acostumbrado a pensar que los regímenes políticos se dividen en dos grandes tipos: democracia y dictadura. Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, la democracia (liberal) pasó a considerarse casi consensualmente como el único régimen político legítimo. A pesar de la diversidad interna de cada uno, son dos tipos antagónicos, no pueden coexistir en la misma sociedad, y la opción por uno u otro supone siempre lucha política que implica la ruptura con la legalidad existente.


A lo largo del siglo pasado se fue consolidando la idea de que las democracias solo colapsaban por la interrupción brusca y casi siempre violenta de la legalidad constitucional, a través de golpes de Estado dirigidos por militares o civiles con el objetivo de imponer la dictadura. Esta narrativa era, en gran medida, verdadera. No lo es más. Siguen siendo posibles rupturas violentas y golpes de Estado, pero cada vez es más evidente que los peligros que la democracia hoy corre son otros, y se derivan paradójicamente del normal funcionamiento de las instituciones democráticas.


Las fuerzas políticas antidemocráticas se van infiltrando dentro del régimen democrático, lo van capturando, descaracterizando, de manera más o menos disfrazada y gradual, dentro de la legalidad y sin alteraciones constitucionales, hasta que en un momento dado el régimen político vigente, sin dejar de ser formalmente una democracia, aparece como totalmente vaciado de contenido democrático, tanto en lo referido a la vida de las personas como de las organizaciones políticas. Unas y otras pasan a comportarse como si estuvieran en dictadura. Menciono a continuación los cuatro principales componentes de este proceso.


La elección de autócratas. De Estados Unidos a Filipinas, de Turquía a Rusia, de Hungría a Polonia se han elegido democráticamente políticos autoritarios que, aunque sean producto del establishment político y económico, se presentan como antisistema y antipolítica, insultan a los adversarios que consideran corruptos y ven como enemigos a eliminar, rechazan las reglas de juego democrático, hacen apelaciones intimidatorias a la resolución de los problemas sociales por medio de la violencia, muestran desprecio por la libertad de prensa y se proponen revocar las leyes que garantizan los derechos sociales de los trabajadores y de las poblaciones discriminadas por razones étnicas, sexuales o de religión. En suma, se presentan a elecciones con una ideología antidemocrática y, aun así, consiguen obtener la mayoría de los votos. Los políticos autocráticos siempre han existido. Lo nuevo es la frecuencia con la que están llegando al poder.


El virus plutócrata. La forma en la que el dinero ha venido descaracterizando los procesos electorales y las deliberaciones democráticas es alarmante. Al punto de preguntarse si, en muchas situaciones, las elecciones son libres y limpias y si los responsables políticos actúan por convicciones o por el dinero que reciben. La democracia liberal se basa en la idea de que los ciudadanos tienen condiciones de acceso a una opinión pública informada y, sobre su base, elegir libremente a los gobernantes y evaluar su desempeño. Para que esto sea mínimamente posible, es necesario que el mercado de las ideas políticas (los valores que no tienen precio, porque son convicciones) esté totalmente separado del mercado de los bienes económicos (los valores que tienen precio y sobre esta base se compran y venden). En tiempos recientes, estos dos mercados se han fundido bajo la égida del mercado económico, hasta tal punto que hoy, en política, todo se compra y todo se vende. La corrupción se ha vuelto endémica.


La financiación de las campañas electorales de partidos o de candidatos, los grupos de presión (o lobbies) ante los parlamentos y los gobiernos tienen hoy en muchos países un poder decisivo en la vida política. En 2010, la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, en la sentencia Citizens United v. Federeal Election Commission, asestó un golpe fatal a la democracia estadounidense al permitir el financiamiento irrestricto y privado de las elecciones y decisiones políticas por parte de grandes empresas y de super ricos. Se desarrolló así el llamado dark money, que no es otra cosa que corrupción legalizada. Ese mismo dark money explica en Brasil una composición del Congreso dominada por la bancada armamentista ("de la bala"), la bancada ruralista ("del buey") y la bancada evangélica ("de la Biblia"), una caricatura cruel de la sociedad brasileña.


Las fake news y los algoritmos. Durante cierto tiempo Internet y las redes sociales que generó se vieron como una posibilidad sin precedentes para la expansión de la participación ciudadana en la democracia. En la actualidad, a la luz de lo que sucede en Estados Unidos y Brasil, podemos decir que serán más bien las sepultureras de la democracia, en caso de que no se regulen. Me refiero en particular a dos instrumentos: las noticias falsas y el algoritmo.


Las noticias falsas siempre han existido en sociedades atravesadas por fuertes divisiones y, sobre todo, en periodos de rivalidad política. Hoy, sin embargo, su potencial destructivo a través de la desinformación y la mentira que propagan es alarmante. Esto es especialmente grave en países como la India y Brasil, en los que las redes sociales, sobre todo WhatsApp (cuyo contenido es el menos controlable por estar encriptado), son ampliamente usadas, hasta el extremo de ser la más grande, e incluso la única, fuente de información de los ciudadanos (en Brasil, 120 millones de personas usan WhatsApp). Grupos de investigación brasileños denunciaron en el New York Times (17 de octubre) que de las cincuenta imágenes más divulgadas (virales) en los 347 grupos públicos de WhatsApp en apoyo a Bolsonaro, solo cuatro eran verdaderas. Una de ellas era una foto de Dilma Rousseff, candidata al Senado, con Fidel Castro en la Revolución cubana. Se trataba, de hecho, de un montaje realizado a partir del registro de John Duprey para el diario NY Daily News en 1959. Ese año Dilma Rousseff era una niña de once años. Apoyado por grandes empresas internacionales y por servicios de contrainteligencia militar nacionales y extranjeros, la campaña de Bolsonaro constituye un monstruoso montaje de mentiras a las que la democracia brasileña difícilmente sobrevivirá.


Este efecto destructivo es potenciado por otro instrumento: el algoritmo. Este término, de origen árabe, designa el cálculo matemático que permite definir prioridades y tomar decisiones rápidas a partir de grandes series de datos (big data) y de variables, considerando ciertos resultados (el éxito en una empresa o en una elección). Pese a su apariencia neutra y objetiva, el algoritmo contiene opiniones subjetivas (¿qué es tener éxito?, ¿cómo se define el mejor candidato?) que permanecen ocultas en los cálculos. Cuando las empresas se ven obligadas a revelar los criterios, se defienden con el argumento del secreto empresarial. En el campo político, el algoritmo permite retroalimentar y ampliar la divulgación de un tema que está en boga en las redes y que, por ello, al ser popular, es considerado relevante por el algoritmo. Sucede que lo viral en las redes sociales puede ser producto de una gigantesca manipulación informativa llevada a cabo por redes de robots y de perfiles automatizados que difunden entre millones de personas noticias falsas y comentarios a favor o en contra de un candidato, convirtiendo el tema en artificialmente popular y ganando así incluso más destaque por medio del algoritmo. Este no tiene condiciones para distinguir lo verdadero de lo falso, y el efecto es tanto más destructivo cuanto más vulnerable sea la población a la mentira. Fue así como en 17 países se manipularon recientemente las preferencias electorales, entre ellos Estados Unidos (a favor de Trump) y, ahora, Brasil (a favor de Bolsonaro), en una proporción que puede ser fatal para la democracia.


¿Sobrevivirá la opinión pública a este envenenamiento informativo? ¿Tendrá la información verdadera alguna posibilidad de resistir ante tal avalancha de falsedades? He defendido que en situaciones de inundación lo que más falta hace es agua potable. Con una preocupación paralela respecto a la extensión de la manipulación informática de nuestras opiniones, gustos y decisiones, la investigadora en computación Cathy O’Neil designa los big data y los algoritmos como armas de destrucción matemática (Weapons of Math Destruction, 2016).


La captura de las instituciones. El impacto de las prácticas autoritarias y antidemocráticas en las instituciones ocurre paulatinamente. Presidentes y parlamentos electos mediante los nuevos tipos de fraude (fraude 2.0) a los que acabo de aludir tienen el camino abierto para instrumentalizar las instituciones democráticas; y pueden hacerlo supuestamente dentro de la legalidad, por más evidentes que sean los atropellos y las interpretaciones sesgadas de la ley o de la Constitución. En los últimos tiempos, Brasil se ha convertido en un inmenso laboratorio de manipulación autoritaria de la legalidad. Esta captura ha hecho posible la llegada a la segunda vuelta del neofascista Bolsonaro y su eventual elección. Tal como ha ocurrido en otros países, la primera institución en ser capturada es el sistema judicial. Por dos razones: por ser la institución con poder político más distante de la política electoral y por ser constitucionalmente el órgano de soberanía concebido como “árbitro neutro”. En otra ocasión analizaré este proceso de captura. ¿Qué será de la democracia brasileña si esta captura se concreta, seguida de las otras capturas que esta hará posible? ¿Será todavía una democracia?

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

 

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“Los datos que entregas acabarán por estrangularte en el sistema”

Ranga Yogeshwar, conocido divulgador en Alemania, alerta de la falta de control político y moral sobre muchas innovaciones de la era digital

Ranga Yogeshwar (Luxemburgo, 1959) es una especie de canario en la mina, capaz de analizar y alertar de los desafíos que nos deparan las innovaciones. Él piensa que en el campo de la inteligencia artificial, innovamos sin ser capaces de comprender los sistemas que creamos y las consecuencias que pueden tener.


Yogeshwar recibe a El PAÍS en su casa de Lanzenbach, una aldea cerca de Colonia, en pleno campo. El habitáculo vital de este conocido físico divulgador en Alemania es, sin embargo, el mundo. Lo recorre impartiendo conferencias y conociendo de primera mano las innovaciones que regirán el futuro y nos cambiarán como sociedad. Políticos y empresarios alemanes y de medio mundo le llaman para que les cuente a dónde vamos. Él lo explica en su libro Próxima estación: futuro (Arpa), en el que alerta del mal uso de los datos y de que podemos acabar siendo esclavos de la digitalización de nuestro comportamiento. Pero Yogeshwar no pertenece al club de los agoreros, ni propone ninguna vuelta atrás. Él lo que cree es que la política puede y debe moldear una innovación que no debe dejarse en manos solo de ingenieros e inversores. “Al final será bueno, porque nos haremos las preguntas fundamentales y encontraremos respuestas mejores de las que habíamos encontrado hasta ahora”.


Pregunta. ¿Cómo nos está cambiando la innovación?


Respuesta. Hay cosas esenciales que permanecerán. No queremos vivir en un estado de miedo permanente, ni morir de hambre, pero hay que ver cómo nos ha cambiado por ejemplo la comunicación, qué pasa ahora en las familias. Cuando yo era joven y me iba de viaje era un tiempo de separación de mis padres, de crecer, pero ahora cuando los chicos se van, están conectados todo el tiempo con su familia. ¿Cómo va a influir esto en su personalidad? O las ecochambers, si te rodeas todo el tiempo de gente que piensa como tú, te encierras en una burbuja y eso también modela la personalidad. Me pregunto si acabaremos en una sociedad muy diferente, que no se parece nada a la idea de sociedad cohesionada que teníamos hasta ahora, sino una en la que sean islas con unas reglas elementales para relacionarnos.

P. La filosofía ha dedicado mucho tiempo a analizar la diferencia entre los humanos y los animales. ¿De las máquinas inteligentes, en qué nos diferenciaremos?

R. El desarrollo de la inteligencia artificial nos fuerza a repensar qué somos y qué nos hace humanos. Podemos perdonar, nos encantan las excepciones. Es decir, aspiramos a tratar a todo el mundo por igual, pero si es tu amigo, haces algo especial por él. A veces eres irracional. Fumas aunque no tenga sentido, las máquinas no hacen eso. Puede que gracias a la innovación acabemos replanteándonos cosas esenciales, como el estar enfocados hacia la productividad y el rendimiento económico; puede que haya transformaciones de las que ahora ni siquiera somos conscientes. Puede, por ejemplo, que vayamos hacia una era postextual en la que contemos y escuchemos historias en lugar de leer y escribir, que es un proceso muy complejo. Ahora ya no lees las instrucciones de un aparato, ves un tutorial. Tal vez, nuestra inteligencia puede disminuir porque la de las máquinas crezca.

P. No parece un futuro muy prometedor.

R. Yo soy optimista. Vemos, por ejemplo, que empezamos a querer pasar tiempo desconectados, lo que los británicos llaman digital detox [desintoxicación digital]. Al final, aprenderemos cómo utilizar bien la innovación. Nuestra relación con el progreso, para mí, es como los niños en Navidad: abren los paquetes y tratan de hacer funcionar el juguete. Cuando no lo consiguen, es cuando miran las instrucciones. Tratamos de ir muy rápido, pero ahora poco a poco estamos empezando a estudiar las instrucciones de la revolución digital. Los conquistadores llegaron a América, se hicieron con el lugar y mataron a los indígenas y esa es la misma mentalidad cowboy que vemos en la era digital. Google y Facebook son los conquistadores que se apoderan de los contenidos, pero estamos entrando en una fase en la que empezamos a civilizar estos contenidos y creo firmemente que seremos capaces de hacerlo. Estableceremos reglas, entenderemos tendencias y, tal vez, en los próximos años nos demos cuenta de que hay que partir los googles y los amazons porque sean demasiado grandes. Estableceremos reglas por las que no utilizaremos tecnologías que no entendamos completamente, porque habrá reacciones en contra. La historia nos demuestra que siempre hay un proceso de civilización. Al final será bueno, porque nos haremos las preguntas fundamentales y encontraremos respuestas mejores de las que habíamos encontrado hasta ahora.

P. Usted explica que nuestro futuro no es lineal, que no hay una continuidad desde el pasado, que hay disrupciones. ¿Qué consecuencias tiene este tipo de progreso?

R. La velocidad es una nueva cualidad. La electricidad, por ejemplo, se introdujo poco a poco o el teléfono, que tardó 75 años en llegar a 100 millones de usuarios. Antes había tiempo para adaptarse; era un proceso orgánico. A veces se tardaba incluso una o dos generaciones, lo que significaba que no era una intrusión en tu vida personal, porque era la siguiente generación la que lo tenía que gestionar. Ahora, si miramos a Facebook u otras redes sociales, o los teléfonos inteligentes, en apenas 11 años, todo el mundo tiene uno. Es decir, las cosas suceden de manera tan rápida que no hay tiempo para adaptarse de una manera civilizada. Las innovaciones se implantan y, de repente, nos damos cuenta de que necesitamos leyes. Empezamos a regular la privacidad, pero es un proceso muy lento comparado con la velocidad de la innovación. En la inteligencia artificial surgen multitud de dilemas éticos.

P. ¿Cómo pueden convivir los algoritmos y la ética?

R. Es un tema que va a estar muy presente, pero no se puede tratar de una forma tradicional porque la ética es cambiable. Hace 50 años, por ejemplo, se aceptaba que se pegara los hijos, pero cambiamos. Necesitamos trabajar con una ética que tenga en cuenta cómo nos va a cambiar la tecnología. Por ejemplo, nuestro concepto de privacidad no va a ser el mismo en unos años. Es una situación muy dinámica y como no podemos anticipar los cambios, tal vez haya que diseñar un proceso ético que continuamente cuestione y adapte las cosas.

P. ¿Es posible impedir que la moral y la ley vayan siempre por detrás?


R. Necesitamos una cultura en la que el progreso sea el resultado de un proceso de reflexión de la sociedad y no el resultado exclusivo de la ingeniería y los inversores. ¿Queremos tener máquinas que tomen decisiones cruciales? Y si las tenemos, ¿cómo de transparentes deben ser las decisiones? Me refiero, por ejemplo, al sesgo de los datos que proporcionas a los sistemas, porque el problema es que nadie comprende realmente cómo funcionan. No sabemos qué pasa en las capas más profundas y, por lo tanto, desconocemos si se adoptan las decisiones adecuadas. Por ejemplo, Google empezó a etiquetar fotos, pero de repente, las personas negras aparecían etiquetadas como gorilas, porque los datos que habían introducido en el sistema estaban sesgados, porque probablemente no habían suministrado suficientes imágenes de personas negras. En algunas aplicaciones no pasa nada por que haya errores, pero en las que están íntimamente ligadas con nuestra democracia, no es una opción. No se puede detener a alguien sin decirle exactamente por qué, no quiero que me detengan porque un algoritmo lo ordene. Al final, se reduce a la cuestión de si optamos por la correlación o por la causalidad, que es la base de nuestra democracia.


P. ¿A qué se refiere?


R. Establecemos y comercializamos sistemas a pesar de que no los comprendemos. No sabemos si son estables o sesgados. Todo va muy rápido. Estuve en una conferencia con jefes de recursos humanos y me explicaron que utilizaban inteligencia artificial para las entrevistas de trabajo. Tienen un sistema que analiza qué palabras utilizan los aspirantes para definir un perfil. Si utiliza ciertas palabras, concluyen que es un tipo optimista y proactivo o al revés. En Estados Unidos, por ejemplo, el sistema Compas predice si un detenido va a cometer un nuevo crimen a través de algoritmos. Lo que pasó fue que encontraron un sesgo importante hacia los detenidos negros, porque habían metido los datos sesgados. No me cansaré de decirlo: los datos son un problema.


Robots fuera del armario


Yogeshwar deja de hablar y muestra en el ordenador de su estudio una invención que da una idea de lo avanzado que está el procesamiento de voz. Una máquina pide una cita para ir a la peluquería haciéndose pasar por una persona y es capaz de mantener una conversación, respondiendo a las preguntas de la recepcionista. “Es inmoral. No puedes tener máquinas que se hacen pasar por humanos. Falta una reflexión ética. Los robots del futuro tienen que salir del armario y decir: 'Hola, soy un asistente de inteligencia artificial”.

P. Usted habla de velocidad y de complejidad. Mucha gente se siente alienada y rechaza un progreso que no comprende. Hay un movimiento reaccionario.

R. Hay que preguntarse cuál es nuestro objetivo. ¿Tener una sociedad digitalizada que nos haga la vida más fácil? o ¿ser más felices? Porque si queremos eso, puede que no haya mucha relación, porque poco a poco el ser humano se adentra en la categoría de las máquinas. Podemos acabar sometidos a la dictadura del comportamiento. Es decir, tu móvil, por ejemplo, controla el ejercicio que haces. Ya hay aseguradoras que te piden tus datos para calcular tu póliza. Dentro de cinco años veremos a un tipo corriendo por un parque y le preguntaremos si le gusta salir a correr y responderá que no, pero que tiene que hacerlo para que quede reflejado en sus datos. La libertad que se prometió puede terminar en justo lo contrario, en una dictadura de tu comportamiento. La libertad de comportarte como te de la gana, de beberte un vaso de vino por la noche, de fumarte un cigarro va a desaparecer porque todos los datos que entregas, acabarán estrangulándote en un sistema. Empieza con los seguros médicos y rápidamente se extiende a muchas otras áreas. Y eso genera un cierto sentimiento de desconfianza hacia el futuro, es la segunda fase de la era digital.


P. A usted también le preocupa la evolución de los medios de comunicación.


R. Los pilares de la democracia son los medios, el lugar donde se pone en ejecución y los medios se han vuelto populistas porque se rigen por los clics, por la audiencia medida con algoritmos que amplifican resultados. Ahora la pelea está por la atención no por las ideas. En un periodo de tiempo muy corto hemos visto un cambio en la prensa que desconcierta a mucha gente. Vemos muchos cambios en muy poco tiempo y nos hace plantearnos hacia dónde nos dirigimos, quién está controlando el cambio o si alguien lo está controlando. Para muchas personas, la respuesta es que el cambio se gestiona a sí mismo y sienten que ellos no tienen nada que aportar. Las élites no son capaces de comunicar la esencia de los cambios y la gente siente que vive en una democracia en la que no puede participar. Por eso, aunque a la gente le vaya bien, sienten cierto desasosiego y miedo fruto de la transformación, que afecta también a sus negocios. Porque igual han trabajado un montón de años para llegar a una posición y de repente eso no vale nada. Desconfían de la innovación y se entregan al populismo. Y culpan a los extranjeros, piensan que la solución es encerrarse como si viniera un huracán, que en realidad es la innovación. Es puro miedo

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P. ¿Puede hacer algo la política?


R. La política puede hacer mucho pero desafortunadamente la europea y alemana han hecho muy poco. La mayoría de los políticos no entienden lo que está pasando, son literalmente ignorantes. Yo les explico por ejemplo que la fisonomía de las ciudades va a cambiar por el monopolio de Amazon y que van a desaparecer las librerías y es algo en lo que ni han pensado. Hay una enorme ignorancia sobre el cambio más crucial que está sucediendo.


P. ¿Y la industria?


R. Viven enamorados de su pasado y no piensan en el futuro. En Estados Unidos, el 70% de las empresas tienen un jefe de transformación digital, que estudia cómo va a cambiar la empresa con la digitalización o si va a seguir existiendo. En Alemania, no llega al 20%. Aquí vienen las empresas extranjeras y se llevan a los jóvenes con más talento. Si miramos a EE UU y a China, nos damos cuenta de que Europa va a morir en el proceso de la innovación de inteligencia artificial. ¿Por qué nada nace en Europa con contadas excepciones? Le cedemos nuestros datos a EEUU y desde Snowden sabemos que nos tratan de manera diferente. Internet, la carta Magna de la era digital se creó para ser utilizado por todo el mundo y ahora lo único que vemos es negocio.


P. ¿Qué cambios geopolíticos va a traer la innovación?


R. Si analizamos de dónde van a venir los científicos en 2030, vemos que el 37% vendrá de China y el 1,4% de Alemania. Dejemos de creer que los chinos son estúpidos. Son muy innovadores y tienen ambición.

 

Por Ana Carbajosa 

Colonia 17 OCT 2018 - 11:22 COT

 

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