Brasil: las democracias también mueren democráticamente

Nos hemos acostumbrado a pensar que los regímenes políticos se dividen en dos grandes tipos: democracia y dictadura. Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, la democracia (liberal) pasó a considerarse casi consensualmente como el único régimen político legítimo. A pesar de la diversidad interna de cada uno, son dos tipos antagónicos, no pueden coexistir en la misma sociedad, y la opción por uno u otro supone siempre lucha política que implica la ruptura con la legalidad existente.


A lo largo del siglo pasado se fue consolidando la idea de que las democracias solo colapsaban por la interrupción brusca y casi siempre violenta de la legalidad constitucional, a través de golpes de Estado dirigidos por militares o civiles con el objetivo de imponer la dictadura. Esta narrativa era, en gran medida, verdadera. No lo es más. Siguen siendo posibles rupturas violentas y golpes de Estado, pero cada vez es más evidente que los peligros que la democracia hoy corre son otros, y se derivan paradójicamente del normal funcionamiento de las instituciones democráticas.


Las fuerzas políticas antidemocráticas se van infiltrando dentro del régimen democrático, lo van capturando, descaracterizando, de manera más o menos disfrazada y gradual, dentro de la legalidad y sin alteraciones constitucionales, hasta que en un momento dado el régimen político vigente, sin dejar de ser formalmente una democracia, aparece como totalmente vaciado de contenido democrático, tanto en lo referido a la vida de las personas como de las organizaciones políticas. Unas y otras pasan a comportarse como si estuvieran en dictadura. Menciono a continuación los cuatro principales componentes de este proceso.


La elección de autócratas. De Estados Unidos a Filipinas, de Turquía a Rusia, de Hungría a Polonia se han elegido democráticamente políticos autoritarios que, aunque sean producto del establishment político y económico, se presentan como antisistema y antipolítica, insultan a los adversarios que consideran corruptos y ven como enemigos a eliminar, rechazan las reglas de juego democrático, hacen apelaciones intimidatorias a la resolución de los problemas sociales por medio de la violencia, muestran desprecio por la libertad de prensa y se proponen revocar las leyes que garantizan los derechos sociales de los trabajadores y de las poblaciones discriminadas por razones étnicas, sexuales o de religión. En suma, se presentan a elecciones con una ideología antidemocrática y, aun así, consiguen obtener la mayoría de los votos. Los políticos autocráticos siempre han existido. Lo nuevo es la frecuencia con la que están llegando al poder.


El virus plutócrata. La forma en la que el dinero ha venido descaracterizando los procesos electorales y las deliberaciones democráticas es alarmante. Al punto de preguntarse si, en muchas situaciones, las elecciones son libres y limpias y si los responsables políticos actúan por convicciones o por el dinero que reciben. La democracia liberal se basa en la idea de que los ciudadanos tienen condiciones de acceso a una opinión pública informada y, sobre su base, elegir libremente a los gobernantes y evaluar su desempeño. Para que esto sea mínimamente posible, es necesario que el mercado de las ideas políticas (los valores que no tienen precio, porque son convicciones) esté totalmente separado del mercado de los bienes económicos (los valores que tienen precio y sobre esta base se compran y venden). En tiempos recientes, estos dos mercados se han fundido bajo la égida del mercado económico, hasta tal punto que hoy, en política, todo se compra y todo se vende. La corrupción se ha vuelto endémica.


La financiación de las campañas electorales de partidos o de candidatos, los grupos de presión (o lobbies) ante los parlamentos y los gobiernos tienen hoy en muchos países un poder decisivo en la vida política. En 2010, la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, en la sentencia Citizens United v. Federeal Election Commission, asestó un golpe fatal a la democracia estadounidense al permitir el financiamiento irrestricto y privado de las elecciones y decisiones políticas por parte de grandes empresas y de super ricos. Se desarrolló así el llamado dark money, que no es otra cosa que corrupción legalizada. Ese mismo dark money explica en Brasil una composición del Congreso dominada por la bancada armamentista ("de la bala"), la bancada ruralista ("del buey") y la bancada evangélica ("de la Biblia"), una caricatura cruel de la sociedad brasileña.


Las fake news y los algoritmos. Durante cierto tiempo Internet y las redes sociales que generó se vieron como una posibilidad sin precedentes para la expansión de la participación ciudadana en la democracia. En la actualidad, a la luz de lo que sucede en Estados Unidos y Brasil, podemos decir que serán más bien las sepultureras de la democracia, en caso de que no se regulen. Me refiero en particular a dos instrumentos: las noticias falsas y el algoritmo.


Las noticias falsas siempre han existido en sociedades atravesadas por fuertes divisiones y, sobre todo, en periodos de rivalidad política. Hoy, sin embargo, su potencial destructivo a través de la desinformación y la mentira que propagan es alarmante. Esto es especialmente grave en países como la India y Brasil, en los que las redes sociales, sobre todo WhatsApp (cuyo contenido es el menos controlable por estar encriptado), son ampliamente usadas, hasta el extremo de ser la más grande, e incluso la única, fuente de información de los ciudadanos (en Brasil, 120 millones de personas usan WhatsApp). Grupos de investigación brasileños denunciaron en el New York Times (17 de octubre) que de las cincuenta imágenes más divulgadas (virales) en los 347 grupos públicos de WhatsApp en apoyo a Bolsonaro, solo cuatro eran verdaderas. Una de ellas era una foto de Dilma Rousseff, candidata al Senado, con Fidel Castro en la Revolución cubana. Se trataba, de hecho, de un montaje realizado a partir del registro de John Duprey para el diario NY Daily News en 1959. Ese año Dilma Rousseff era una niña de once años. Apoyado por grandes empresas internacionales y por servicios de contrainteligencia militar nacionales y extranjeros, la campaña de Bolsonaro constituye un monstruoso montaje de mentiras a las que la democracia brasileña difícilmente sobrevivirá.


Este efecto destructivo es potenciado por otro instrumento: el algoritmo. Este término, de origen árabe, designa el cálculo matemático que permite definir prioridades y tomar decisiones rápidas a partir de grandes series de datos (big data) y de variables, considerando ciertos resultados (el éxito en una empresa o en una elección). Pese a su apariencia neutra y objetiva, el algoritmo contiene opiniones subjetivas (¿qué es tener éxito?, ¿cómo se define el mejor candidato?) que permanecen ocultas en los cálculos. Cuando las empresas se ven obligadas a revelar los criterios, se defienden con el argumento del secreto empresarial. En el campo político, el algoritmo permite retroalimentar y ampliar la divulgación de un tema que está en boga en las redes y que, por ello, al ser popular, es considerado relevante por el algoritmo. Sucede que lo viral en las redes sociales puede ser producto de una gigantesca manipulación informativa llevada a cabo por redes de robots y de perfiles automatizados que difunden entre millones de personas noticias falsas y comentarios a favor o en contra de un candidato, convirtiendo el tema en artificialmente popular y ganando así incluso más destaque por medio del algoritmo. Este no tiene condiciones para distinguir lo verdadero de lo falso, y el efecto es tanto más destructivo cuanto más vulnerable sea la población a la mentira. Fue así como en 17 países se manipularon recientemente las preferencias electorales, entre ellos Estados Unidos (a favor de Trump) y, ahora, Brasil (a favor de Bolsonaro), en una proporción que puede ser fatal para la democracia.


¿Sobrevivirá la opinión pública a este envenenamiento informativo? ¿Tendrá la información verdadera alguna posibilidad de resistir ante tal avalancha de falsedades? He defendido que en situaciones de inundación lo que más falta hace es agua potable. Con una preocupación paralela respecto a la extensión de la manipulación informática de nuestras opiniones, gustos y decisiones, la investigadora en computación Cathy O’Neil designa los big data y los algoritmos como armas de destrucción matemática (Weapons of Math Destruction, 2016).


La captura de las instituciones. El impacto de las prácticas autoritarias y antidemocráticas en las instituciones ocurre paulatinamente. Presidentes y parlamentos electos mediante los nuevos tipos de fraude (fraude 2.0) a los que acabo de aludir tienen el camino abierto para instrumentalizar las instituciones democráticas; y pueden hacerlo supuestamente dentro de la legalidad, por más evidentes que sean los atropellos y las interpretaciones sesgadas de la ley o de la Constitución. En los últimos tiempos, Brasil se ha convertido en un inmenso laboratorio de manipulación autoritaria de la legalidad. Esta captura ha hecho posible la llegada a la segunda vuelta del neofascista Bolsonaro y su eventual elección. Tal como ha ocurrido en otros países, la primera institución en ser capturada es el sistema judicial. Por dos razones: por ser la institución con poder político más distante de la política electoral y por ser constitucionalmente el órgano de soberanía concebido como “árbitro neutro”. En otra ocasión analizaré este proceso de captura. ¿Qué será de la democracia brasileña si esta captura se concreta, seguida de las otras capturas que esta hará posible? ¿Será todavía una democracia?

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

 

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“Los datos que entregas acabarán por estrangularte en el sistema”

Ranga Yogeshwar, conocido divulgador en Alemania, alerta de la falta de control político y moral sobre muchas innovaciones de la era digital

Ranga Yogeshwar (Luxemburgo, 1959) es una especie de canario en la mina, capaz de analizar y alertar de los desafíos que nos deparan las innovaciones. Él piensa que en el campo de la inteligencia artificial, innovamos sin ser capaces de comprender los sistemas que creamos y las consecuencias que pueden tener.


Yogeshwar recibe a El PAÍS en su casa de Lanzenbach, una aldea cerca de Colonia, en pleno campo. El habitáculo vital de este conocido físico divulgador en Alemania es, sin embargo, el mundo. Lo recorre impartiendo conferencias y conociendo de primera mano las innovaciones que regirán el futuro y nos cambiarán como sociedad. Políticos y empresarios alemanes y de medio mundo le llaman para que les cuente a dónde vamos. Él lo explica en su libro Próxima estación: futuro (Arpa), en el que alerta del mal uso de los datos y de que podemos acabar siendo esclavos de la digitalización de nuestro comportamiento. Pero Yogeshwar no pertenece al club de los agoreros, ni propone ninguna vuelta atrás. Él lo que cree es que la política puede y debe moldear una innovación que no debe dejarse en manos solo de ingenieros e inversores. “Al final será bueno, porque nos haremos las preguntas fundamentales y encontraremos respuestas mejores de las que habíamos encontrado hasta ahora”.


Pregunta. ¿Cómo nos está cambiando la innovación?


Respuesta. Hay cosas esenciales que permanecerán. No queremos vivir en un estado de miedo permanente, ni morir de hambre, pero hay que ver cómo nos ha cambiado por ejemplo la comunicación, qué pasa ahora en las familias. Cuando yo era joven y me iba de viaje era un tiempo de separación de mis padres, de crecer, pero ahora cuando los chicos se van, están conectados todo el tiempo con su familia. ¿Cómo va a influir esto en su personalidad? O las ecochambers, si te rodeas todo el tiempo de gente que piensa como tú, te encierras en una burbuja y eso también modela la personalidad. Me pregunto si acabaremos en una sociedad muy diferente, que no se parece nada a la idea de sociedad cohesionada que teníamos hasta ahora, sino una en la que sean islas con unas reglas elementales para relacionarnos.

P. La filosofía ha dedicado mucho tiempo a analizar la diferencia entre los humanos y los animales. ¿De las máquinas inteligentes, en qué nos diferenciaremos?

R. El desarrollo de la inteligencia artificial nos fuerza a repensar qué somos y qué nos hace humanos. Podemos perdonar, nos encantan las excepciones. Es decir, aspiramos a tratar a todo el mundo por igual, pero si es tu amigo, haces algo especial por él. A veces eres irracional. Fumas aunque no tenga sentido, las máquinas no hacen eso. Puede que gracias a la innovación acabemos replanteándonos cosas esenciales, como el estar enfocados hacia la productividad y el rendimiento económico; puede que haya transformaciones de las que ahora ni siquiera somos conscientes. Puede, por ejemplo, que vayamos hacia una era postextual en la que contemos y escuchemos historias en lugar de leer y escribir, que es un proceso muy complejo. Ahora ya no lees las instrucciones de un aparato, ves un tutorial. Tal vez, nuestra inteligencia puede disminuir porque la de las máquinas crezca.

P. No parece un futuro muy prometedor.

R. Yo soy optimista. Vemos, por ejemplo, que empezamos a querer pasar tiempo desconectados, lo que los británicos llaman digital detox [desintoxicación digital]. Al final, aprenderemos cómo utilizar bien la innovación. Nuestra relación con el progreso, para mí, es como los niños en Navidad: abren los paquetes y tratan de hacer funcionar el juguete. Cuando no lo consiguen, es cuando miran las instrucciones. Tratamos de ir muy rápido, pero ahora poco a poco estamos empezando a estudiar las instrucciones de la revolución digital. Los conquistadores llegaron a América, se hicieron con el lugar y mataron a los indígenas y esa es la misma mentalidad cowboy que vemos en la era digital. Google y Facebook son los conquistadores que se apoderan de los contenidos, pero estamos entrando en una fase en la que empezamos a civilizar estos contenidos y creo firmemente que seremos capaces de hacerlo. Estableceremos reglas, entenderemos tendencias y, tal vez, en los próximos años nos demos cuenta de que hay que partir los googles y los amazons porque sean demasiado grandes. Estableceremos reglas por las que no utilizaremos tecnologías que no entendamos completamente, porque habrá reacciones en contra. La historia nos demuestra que siempre hay un proceso de civilización. Al final será bueno, porque nos haremos las preguntas fundamentales y encontraremos respuestas mejores de las que habíamos encontrado hasta ahora.

P. Usted explica que nuestro futuro no es lineal, que no hay una continuidad desde el pasado, que hay disrupciones. ¿Qué consecuencias tiene este tipo de progreso?

R. La velocidad es una nueva cualidad. La electricidad, por ejemplo, se introdujo poco a poco o el teléfono, que tardó 75 años en llegar a 100 millones de usuarios. Antes había tiempo para adaptarse; era un proceso orgánico. A veces se tardaba incluso una o dos generaciones, lo que significaba que no era una intrusión en tu vida personal, porque era la siguiente generación la que lo tenía que gestionar. Ahora, si miramos a Facebook u otras redes sociales, o los teléfonos inteligentes, en apenas 11 años, todo el mundo tiene uno. Es decir, las cosas suceden de manera tan rápida que no hay tiempo para adaptarse de una manera civilizada. Las innovaciones se implantan y, de repente, nos damos cuenta de que necesitamos leyes. Empezamos a regular la privacidad, pero es un proceso muy lento comparado con la velocidad de la innovación. En la inteligencia artificial surgen multitud de dilemas éticos.

P. ¿Cómo pueden convivir los algoritmos y la ética?

R. Es un tema que va a estar muy presente, pero no se puede tratar de una forma tradicional porque la ética es cambiable. Hace 50 años, por ejemplo, se aceptaba que se pegara los hijos, pero cambiamos. Necesitamos trabajar con una ética que tenga en cuenta cómo nos va a cambiar la tecnología. Por ejemplo, nuestro concepto de privacidad no va a ser el mismo en unos años. Es una situación muy dinámica y como no podemos anticipar los cambios, tal vez haya que diseñar un proceso ético que continuamente cuestione y adapte las cosas.

P. ¿Es posible impedir que la moral y la ley vayan siempre por detrás?


R. Necesitamos una cultura en la que el progreso sea el resultado de un proceso de reflexión de la sociedad y no el resultado exclusivo de la ingeniería y los inversores. ¿Queremos tener máquinas que tomen decisiones cruciales? Y si las tenemos, ¿cómo de transparentes deben ser las decisiones? Me refiero, por ejemplo, al sesgo de los datos que proporcionas a los sistemas, porque el problema es que nadie comprende realmente cómo funcionan. No sabemos qué pasa en las capas más profundas y, por lo tanto, desconocemos si se adoptan las decisiones adecuadas. Por ejemplo, Google empezó a etiquetar fotos, pero de repente, las personas negras aparecían etiquetadas como gorilas, porque los datos que habían introducido en el sistema estaban sesgados, porque probablemente no habían suministrado suficientes imágenes de personas negras. En algunas aplicaciones no pasa nada por que haya errores, pero en las que están íntimamente ligadas con nuestra democracia, no es una opción. No se puede detener a alguien sin decirle exactamente por qué, no quiero que me detengan porque un algoritmo lo ordene. Al final, se reduce a la cuestión de si optamos por la correlación o por la causalidad, que es la base de nuestra democracia.


P. ¿A qué se refiere?


R. Establecemos y comercializamos sistemas a pesar de que no los comprendemos. No sabemos si son estables o sesgados. Todo va muy rápido. Estuve en una conferencia con jefes de recursos humanos y me explicaron que utilizaban inteligencia artificial para las entrevistas de trabajo. Tienen un sistema que analiza qué palabras utilizan los aspirantes para definir un perfil. Si utiliza ciertas palabras, concluyen que es un tipo optimista y proactivo o al revés. En Estados Unidos, por ejemplo, el sistema Compas predice si un detenido va a cometer un nuevo crimen a través de algoritmos. Lo que pasó fue que encontraron un sesgo importante hacia los detenidos negros, porque habían metido los datos sesgados. No me cansaré de decirlo: los datos son un problema.


Robots fuera del armario


Yogeshwar deja de hablar y muestra en el ordenador de su estudio una invención que da una idea de lo avanzado que está el procesamiento de voz. Una máquina pide una cita para ir a la peluquería haciéndose pasar por una persona y es capaz de mantener una conversación, respondiendo a las preguntas de la recepcionista. “Es inmoral. No puedes tener máquinas que se hacen pasar por humanos. Falta una reflexión ética. Los robots del futuro tienen que salir del armario y decir: 'Hola, soy un asistente de inteligencia artificial”.

P. Usted habla de velocidad y de complejidad. Mucha gente se siente alienada y rechaza un progreso que no comprende. Hay un movimiento reaccionario.

R. Hay que preguntarse cuál es nuestro objetivo. ¿Tener una sociedad digitalizada que nos haga la vida más fácil? o ¿ser más felices? Porque si queremos eso, puede que no haya mucha relación, porque poco a poco el ser humano se adentra en la categoría de las máquinas. Podemos acabar sometidos a la dictadura del comportamiento. Es decir, tu móvil, por ejemplo, controla el ejercicio que haces. Ya hay aseguradoras que te piden tus datos para calcular tu póliza. Dentro de cinco años veremos a un tipo corriendo por un parque y le preguntaremos si le gusta salir a correr y responderá que no, pero que tiene que hacerlo para que quede reflejado en sus datos. La libertad que se prometió puede terminar en justo lo contrario, en una dictadura de tu comportamiento. La libertad de comportarte como te de la gana, de beberte un vaso de vino por la noche, de fumarte un cigarro va a desaparecer porque todos los datos que entregas, acabarán estrangulándote en un sistema. Empieza con los seguros médicos y rápidamente se extiende a muchas otras áreas. Y eso genera un cierto sentimiento de desconfianza hacia el futuro, es la segunda fase de la era digital.


P. A usted también le preocupa la evolución de los medios de comunicación.


R. Los pilares de la democracia son los medios, el lugar donde se pone en ejecución y los medios se han vuelto populistas porque se rigen por los clics, por la audiencia medida con algoritmos que amplifican resultados. Ahora la pelea está por la atención no por las ideas. En un periodo de tiempo muy corto hemos visto un cambio en la prensa que desconcierta a mucha gente. Vemos muchos cambios en muy poco tiempo y nos hace plantearnos hacia dónde nos dirigimos, quién está controlando el cambio o si alguien lo está controlando. Para muchas personas, la respuesta es que el cambio se gestiona a sí mismo y sienten que ellos no tienen nada que aportar. Las élites no son capaces de comunicar la esencia de los cambios y la gente siente que vive en una democracia en la que no puede participar. Por eso, aunque a la gente le vaya bien, sienten cierto desasosiego y miedo fruto de la transformación, que afecta también a sus negocios. Porque igual han trabajado un montón de años para llegar a una posición y de repente eso no vale nada. Desconfían de la innovación y se entregan al populismo. Y culpan a los extranjeros, piensan que la solución es encerrarse como si viniera un huracán, que en realidad es la innovación. Es puro miedo

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P. ¿Puede hacer algo la política?


R. La política puede hacer mucho pero desafortunadamente la europea y alemana han hecho muy poco. La mayoría de los políticos no entienden lo que está pasando, son literalmente ignorantes. Yo les explico por ejemplo que la fisonomía de las ciudades va a cambiar por el monopolio de Amazon y que van a desaparecer las librerías y es algo en lo que ni han pensado. Hay una enorme ignorancia sobre el cambio más crucial que está sucediendo.


P. ¿Y la industria?


R. Viven enamorados de su pasado y no piensan en el futuro. En Estados Unidos, el 70% de las empresas tienen un jefe de transformación digital, que estudia cómo va a cambiar la empresa con la digitalización o si va a seguir existiendo. En Alemania, no llega al 20%. Aquí vienen las empresas extranjeras y se llevan a los jóvenes con más talento. Si miramos a EE UU y a China, nos damos cuenta de que Europa va a morir en el proceso de la innovación de inteligencia artificial. ¿Por qué nada nace en Europa con contadas excepciones? Le cedemos nuestros datos a EEUU y desde Snowden sabemos que nos tratan de manera diferente. Internet, la carta Magna de la era digital se creó para ser utilizado por todo el mundo y ahora lo único que vemos es negocio.


P. ¿Qué cambios geopolíticos va a traer la innovación?


R. Si analizamos de dónde van a venir los científicos en 2030, vemos que el 37% vendrá de China y el 1,4% de Alemania. Dejemos de creer que los chinos son estúpidos. Son muy innovadores y tienen ambición.

 

Por Ana Carbajosa 

Colonia 17 OCT 2018 - 11:22 COT

 

Miércoles, 03 Octubre 2018 07:41

Soros vs Netanyahu

Soros vs Netanyahu

Se ha decantado un organigrama forense que representa en el mundo occidental dos relevantes ejes que están al borde de una guerra civil en EU y en Israel, con metástasis globales, donde colisionan dos incompatibles cosmogonías israelíes: 1. El eje Kissinger/Sheldon Adelson/Netanyahu, vinculado a los banqueros Rockefeller y a Trump, quienes operan una agenda de "nacionalismo económico" y de supremacismo talmúdico mezclado con el supremacismo WASP (White-AngloSaxon Protestant); y 2. El eje de los esclavistas banqueros Rothschild, creadores del Estado de Israel, y su marioneta George Soros, desestabilizador de la CIA (https://goo.gl/F6h7sC), quienes maniobran la agenda "globalista" con Obama y los Clinton.

Trump y Soros libran una batalla de destino por el alma de EU, mientras que en Israel el choque entre Soros y Netanyahu es más prístino.

Yair, hijo del primer ministro israelí, se burló de que Soros "controla el mundo (sic)" y de "encontrarse detrás de los crecientes problemas legales de su familia" (http://bit.ly/2FMZNsV).

El irreverente Yair afirma que Soros controla a Ehud Barak, ex primer y ex ministro de Defensa, hoy consultor de una trasnacional de marihuana (http://bit.ly/2NWNNOu).

¿Tan "estratégica" es la marihuana para el control mundial de los encéfalos?

Nati Tucker, del rotativo Haaretz, cercano a Soros, divulgó que Facebook y Netanyahu "serán citados en la Corte como codefensores en un juicio por diseminar información falsa", entablado indirectamente por Soros, quien fue acusado de "cooperar con Irán".

Justamente, el grupo de Netanyahu se consagra en demoler el acuerdo de Obama con Irán que pasó de un P5+1 a un P4+1 sin Trump (http://bit.ly/2NWJhj0).

Netanyahu subió a su cuenta de Facebook la "historia de Soros con Irán" propalada por Israel Hayom, rotativo de mayor circulación, cuyo dueño es Sheldon Adelson, mafioso dueño de casinos en Las Vegas y Macao, además de mecenas financiero del primer israelí” (http://bit.ly/2NXDJEM).

Dada la cercanía familiar del talmúdico Jared Kushner, yerno de Trump, sus alianzas con Kissinger/Sheldon Adelson/Netanyahu son motivo de un estrecho escrutinio, más aún cuando se ostenta como el "gran negociador" con el “México neoliberal itamita” y en su polémica intervención en el contencioso palestino, lo cual no obsta para que hayan existido vibrantes tensiones intra-familiares en el lapso de nueve días.

Jared Kushner fue imputado de ser el pérfido "Anónimo" (http://bit.ly/2O0wB6w) quien incitó a un golpe de estado contra su suegro Trump (https://dailym.ai/2IwMPCs). ¡Uf!

A los dos días, Eric Trump, segundo hijo del presidente, arremetió contra Bob Woodward quien hubo ganado "tres shekels (nota: divisa israelí) extra" por su explosivo libro (https://amzn.to/2Iz7whh), lo cual fue criticado por los medios adictos a Soros de "antisemitismo" (http://bit.ly/2IyR4NY).

Una semana después, Trump acusó de “no ser suficientemente agradecidos a los judíos de EU (según Haaretz)” –en su mayoría pro-Soros/Partido Demócrata–, quienes "no tienen aprecio por sus políticas con Israel" cuando "¡les dio Jerusalén!" (http://bit.ly/2NYHREP).

En la doble guerra civil, desde EU hasta Israel, ¿dónde quedan los otrora omnipotentes neoconservadores straussianos?

El militarismo unilateral global de los "neoconservadores straussianos (neo-cons)" –en su aplastante mayoría israelí-estadunidenses– colisiona con el "soberanismo" de Kissinger (https://amzn.to/2IzAwoW), cuando su fracasado Proyecto de un Nuevo Siglo Estadunidense (http://bit.ly/2Ix1TA8) y la Guía de Planeación de Defensa, de Paul Wolfowitz (http://bit.ly/2IzNZNR) dominaron el pensamiento geoestratégico de EU desde 1992.

Los neo-cons manejan traslapes con Netanyahu (http://bit.ly/2Iyohck) y ahora con Trump, mediante su aliado bushiano John Bolton, asesor de Seguridad Nacional.

En la "Era de la Post-Verdad" (http://bit.ly/2IzEcae) cualquier "mentira" puede ser transmutada en "verdad" por la alquimia de los intereses de los multimedia. El problema es que tanto Netanyahu como Soros son notables propaladores de fake news. Uno de los dos va a perder.

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“Es necesario que la gente reconozca el seudoperiodismo”

Jaime Abello Banfi, director de la FNPI, admite que es un momento atractivo para el encuentro de profesionales de países diferentes pero con debates similares, y un contexto en el que el periodismo adopta nuevas formas... incluyendo algunas que son pura manipulación.

El término “Festival” suele asociarse a lo artístico, a la música, el cine, el teatro, la danza. Pero desde 2013, la capital de Antioquia es la sede de un festival del periodismo, una celebración de la palabra y la imagen que se corresponde con las “obsesiones” que caracterizaron a la figura legendaria que inspira todo. Mañana a las 9, en el Jardín Botánico de esta bella ciudad colombiana, será el puntapié inicial del Festival Gabo, el encuentro que propicia la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano creada en 1994 por Gabriel García Márquez: una cita a la que acuden profesionales de todo el continente y España para celebrar el oficio en tiempos turbulentos, en lo que todo se está reformulando y -en más de un sentido- el periodismo parece a veces un deporte extremo.


El Festival Gabo es un auténtico desafío para la organización de agenda: durante tres días habrá 75 actividades de entrada libre y transmitidas en directo a través del sitio oficial festivalgabo.com y su página de Facebook. El menú incluye charlas, talleres, proyecciones de documentales, exposiciones fotográficas y muestras culturales en varias sedes; además, el jueves se anunciarán los ganadores del Premio Gabo (ver aparte), que cada año va sumando más y más postulantes en sus cuatro categorías. Las actividades están agrupadas en ejes temáticos que dan cuenta de sus intenciones: “La cocina del periodismo” explora temas que preocupan al periodismo actual y expone nuevos formatos, tendencias, narrativas y enfoques para contar historias; “Periodismo de tú a tú” presenta a gestores de proyectos innovadores que hablarán del “detrás de cámara” de sus trabajos; “Mentes curiosas” propone un espacio íntimo para conversaciones informales pero profundas con dos o tres invitados; “Obsesiones de Gabo” explora los temas favoritos de García Márquez, la música, la literatura, el idioma, el cine, la paz y la ética periodística, con dos temáticas nuevas propuestas para esta edición, la sátira y lo culinario. En el apartado “Muestras”, en tanto, se incluye la exposición fotográfica Africamericanos, tres largometrajes del documentalista brasileño Caio Cavechini (Cartas para un ladrón de libros, Carne y hueso y Entre los hombres de bien), y una tertulia pensada como homenaje a Gabo, su pasión por el vallenato y su amistad con el músico Leandro Díaz: junto a su hijo Ivo Díaz, tres estudiosos de las obras de ambos maestros recorrerán fragmentos, recuerdos, fotografías, videos y poemas.


Es un momento especialmente adecuado para esta nueva edición de un encuentro de profesionales que en poco tiempo adquirió la estatura de clásico. Dado el modo en que las formas periodísticas se reformulan en el nuevo siglo y aparecen temáticas antes no tan destacadas, este año el Festival pone el foco en cuestiones presentes en la agenda diaria del periodismo: la necesidad de explorar nuevos formatos de expresión y autogestión, la influencia de las redes sociales, la hiperinformación y las “fake news”, el rol de las mujeres en la era del #MeToo y Ni Una Menos, la diversidad sexual y la siempre compleja relación entre la prensa y los mecanismos de poder. Es uno de los puntos que destaca Jaime Abello Banfi, director general y cofundador de la FNPI, que aun en la previa de tres días de altísima intensidad se las arregla para lucir relajado. “El Festival ha crecido en número de eventos y participantes, hay nuevas sedes, pero son detalles accesorios ante la idea de lo que realmente significa: un espacio de proposición de nuevos referentes, de aprendizajes de las tendencias y de encuentro entre periodistas, estudiantes, ciudadanos, gente que sabe que necesitamos de un buen periodismo para una sociedad mejor informada, más democrática y activa”, dice el periodista y gestor cultural.


Para Abello, el Premio Gabo es el “radar” que indica las tendencias en el periodismo de América Latina, y su alcance va más allá de lo económico o el reconocimiento profesional. “Más que un cambio profundo de esquemas, en esta edición ha habido una consolidación y ampliación de temas, y la decisión de que sea un festival que, gracias al radar que representa el premio, responda a la capacidad de encontrarse con los temas fundamentales para el periodismo de estos momentos”, explica. “Hay temas que se insinúan como transversales: las maneras de relacionarse con las audiencias, que es cada vez más fundamental para el periodismo y su futuro, es uno. El futuro de la sostenibilidad de los medios va a depender mucho de eso, sobre todo en el contexto de audiencias muy volátiles. También será importante la presencia de temas de ética periodística, el periodismo de investigación contra la corrupción, el papel de las mujeres y el periodismo desde la diversidad sexual. Y cosas que quizá deberían haber llegado antes como la cocina, la alimentación, un tema que ocupa cada vez más espacio, está en el día a día de los intereses de la gente.”


–Es un momento interesante para que se encuentren periodistas de países con idiosincracias muy distintas, pero cruzados por debates similares: encontrar audiencias, los debates éticos, las noticias falsas, la reformulación de los medios, la lenta desaparición del papel...


–Y además hay un componente de motivación muy importante que tiene que ver conque el periodismo responde a un ideal de servicio público, y muchas veces se hace en condiciones de adversidad. Aunque haya contextos culturales diversos parece que la historia se repite en todas partes: hay un cambio que se está dando y tiene que ver con una serie de factores, pero entre ellos es muy importante la manera en que los medios digitales se instalaron en la economía y en la sociedad. Se están transformando muchas cosas, empezando por la manera en que el periodismo se hace y le llega a la gente. Entonces, ver ejemplos inspiradores, a quienes pudieron superar condiciones adversas, sentir que hay colegas con motivaciones similares, con una idea de contar historias y servirle a la sociedad, de desmitificar las mentiras, es muy inspirador. Una de las funciones del premio no es tanto la recompensa individual sino también la inspiración colectiva y la proposición de modelos útiles para toda la comunidad periodística. Pero no le sirve solo al mundo del periodismo sino a la ciudadanía, porque estamos en una fase en la que también hay un cuestionamiento y una crítica muy fuerte del papel de los medios. Como decía Gabo, “no basta ser bueno sino también que se sepa”. Y es necesario que se sepa para que la gente, la ciudadanía, pueda distinguir el buen periodismo del seudoperiodismo.


–Pero también la gente hoy tiene un poco más claro que detrás de lo que recibe hay empresas e intereses, antes lo tenía un poco más difuso, ¿o no?


–No, así es, porque el periodismo es más plural en la forma en que se practica y manifiesta ante las audiencias. Pero antes quizá se identificaba con una marca, en el contexto de una organización, de una empresa periodística. Hoy en día encontramos muchas maneras: ese periodismo visual que circula con tanta velocidad por las redes sociales, o el periodismo colaborativo de grandes proyectos de investigación o lo que llamamos periodismo de autor, que se plantea proyectos individuales que se convierten en libros. O la manera en que las redes han servido para diferenciar y darle identidad de marca a periodistas con sus nombres porpios... podríamos dar una lista muy larga de esa variedad que caracteriza este momento y que es un espacio para la creatividad. El problema es que las herramientas de la creatividad y de la proyección personal del periodista son las mismas que explican que se hayan desbaratado las bases del negocio que sostenían las empresas e introducido una gran incertidumbre en el sector. Al mismo tiempo dieron lugar a maneras de buscar la sostenibilidad, nuevos emprendimientos. Lo vamos a ver en el caso de Eldiario.es, un periódico totalmente digital sostenido por los lectores. Hay una gran variedad, y es cierto que la gente distingue más pero también que muchas veces se confunden porque hay fake news, mucha información y contenido circulando que parece periodismo y no lo es o responde a campañas de manipulación informativa. Hay que seguir haciendo el esfuerzo pedagógico de separar y mostrar los valores del buen periodismo. Es en parte lo que buscamos con el festival.


–¿En esas nuevas posibilidades se abre un cierto camino de libertad, que el periodista pueda serlo no solo en función de un medio y una empresa? Se están dando muchos experimentos de autogestión...


–Hay una libertad pero también es más complejo el ecosistema informativo, hay más voces y algunas de esas son voces interesadas, poderes comunicacionales como los que tienen los gobiernos o distintos sectores. Lo que estamos viendo es que hay una guerra de narrativas, y muchas veces el periodismo independiente termina aplastado por campañas mediáticas opuestas que se hacen a través de redes sociales, y eso se complica más cuando encima hay censura y hay utilizaciones judiciales o físicas. No necesariamente estamos en un ambiente más relajado: es un ambiente con más posibilidades, más creatividad y libertad... y nuevos peligros que están surgiendo.

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El juez Brett Kavanaugh se victimizó e imputó al "clan de los Clinton" de montar una campaña de desprestigio.F

Parafraseando a Clausewitz, la pornocracia de Estados Umidos es la continuación de la política por medios sicalípticos.La guerra civil en EU se manifiesta ahora en salvajes escándalos sexuales donde salen afectados sus dos partidos, Demócrata y Republicano: desde Harvey Weinstein (https://bit.ly/2xKv8va), pasando por la vida disoluta de Trump, hasta las acusaciones de acoso sexual contra el juez Brett Kavanaugh de hace 36 años cuando era estudiante a sus 16 años de edad.

Más que la dúctil confirmación del juez ultraconservador Neil Gorsuch, nominado por Trump, llama la atención la ferocidad del Partido Demócrata que usa todos los inmundos medios a su alcance para torpedear la llegada del juez Brett Kavanaugh a la Suprema Corte.

El "clan de los Clinton", que cuenta con enorme influencia con los demócratas del Senado, se cobra una venganza de 20 años atrás con el ya mancillado juez Kavanaugh .

El sulfuroso escándalo sexual de Bill Clinton del hediondo vestido azul de la becaria Mónica Lewinsky, que estuvo a punto de defenestrarlo, tuvo como uno de los principales actores judiciales, tras bambalinas, nada menos que a Brett Kavanaugh quien redactó la acusación del fiscal especial Kenneth Starr.

NYT arguye que "al haber aceptado el retardo de la nominación del juez Kavanaugh en el corto plazo, el presidente Trump y los republicanos del Senado operan dos apuestas en el largo plazo" (https://nyti.ms/2NQYkuF): asegurar una mayoría conservadora en la Suprema Corte y tener mejores oportunidades para conservar el control del Senado el 6 de noviembre.

Los estrategas republicanos dan por descontado que la confirmación del juez Kavanaugh provocará una reacción del voto "femenino e independiente" en las competidas elecciones de la Cámara de Representantes donde, al corte de caja de hoy, lleva ventaja el Partido Demócrata en las encuestas.

El juez Brett Kavanaugh se victimizó e imputó al "clan de los Clinton" de montar, 36 años más tarde, una campaña de desprestigio y linchamiento.

Los estrategas del Partido Republicano arremeten contra la "izquierda radical" del Partido Demócrata y su "caterva (sic) liberal en colusión con los multimedia".

La actriz pornográfica Stormy Daniels ofrece su versión erótica de su affaire en su explosivo libro Plena Revelación” (https://amzn.to/2xISVvq) donde humilla la virilidad del presidente Trump.

Más allá de su descripción urológica del presidente, Stormy Daniels alega el carácter pueril y la inseguridad de Trump.

El implacable abogado italo-estadunidense Michael Aventtis –nada casualmente del Partido Demócrata del que pudiera ser candidato a la presidencia en 2020– agita paroxísticamente los alegatos sexuales contra Trump y Brett Kavanaugh.

Quizá lo más relevante sea que Trump le confesó a Stormy Daniels que no quería ser presidente, lo cual es más que dudoso cuando hoy busca como fiera herida su relección.

The Washington Post analiza cómo #MeToo –movimiento "viralizado" en las redes sociales por el acoso sexual del cineasta israelí-estadunidense Harvey Weinstein, gran aliado de los Clinton– "ha transformado la estructura de poder en la capital de EU" (https://wapo.st/2xO5Vjw).

La comediante Chelsea Handler fustiga que “la violación sexual es correcta para todos (sic) los blancos (sic) del Partido Republicano con el fin de tener sometidas a las minorías y a las mujeres (https://bit.ly/2y3LRcm)”, mientras que la jerarquía del Partido Republicano desecha el "circo" que han montado los demócratas, comparable a la "era de McCarthy" (https://bit.ly/2R5amOZ).

En vísperas del 6 de noviembre se ha desatado una guerra civil de los sexos: las mujeres volcadas con el Partido Demócrata y los "machos blancos" con el Partido Republicano –sin contar la condena sexual del actor afroestadunidense Bill Cosby con 60 denuncias de mujeres a cuestas (https://usat.ly/2FoRaV8), escamoteadas por los demócratas.

La degradación de la pornocracia de EU derrapa en una dicotomía atroz: el Partido Demócrata pintado como andrófobo y el Partido Republicano como misógino.

Lo peor sería creer que los acusadores de hoy, acusados ayer, son menos pecaminosos 20 años después.

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Un hombre, un móvil: ¿la democracia del futuro o un mundo orwelliano?

Los informes financieros de diferentes marcas de móviles alertan del riesgo para la salud del uso de la telefonía móvil.

Las compañías de telefonía móvil saben que su producto implica riesgos para la salud. Los usuarios no son informados pero los accionistas sí reciben información sobre los riesgos financieros asociados a este riesgo para la salud. Las tecnologías de la información ofrecen posibilidades para el desarrollo, pero, de hecho, su influencia está más en el mercado de consumo que en el interés social de los usuarios.


Que el móvil mata, no cabe ninguna duda; lo decía el consejero delegado de la compañía Telefónica Móviles en 2002 para TVE en el no emitido documental Contracorriente . “Mire usted, no me voy a morir de esto; esto contribuye a que me muera. Pero, como todas las cosas”, expresaba Javier Aguilera para el programa Documentos TV de la televisión española. El reportaje, tras las presiones de la industria, finalmente no vio la luz, aunque se filtró y está disponible en todo el mundo. Y añadía con gracejo el ejecutivo de la multinacional: “Coño, que uno se muere por 38.000 cosas. ¿Que esta es una más? Indiscutible. ¿Que esta es una más incluso para los que no usan la telefonía móvil? Indiscutible. ¿Y que los que usan la telefonía móvil no deberían tener este factor? Sin duda. Pero joder, el mundo es como es. A mi me gustaría no respirar el humo que echan los autobuses, pero ¿no vamos a tener autobuses?”.


Cabe suponer que Javier Aguilera recibiese algún tirón de orejas por su ejercicio de sinceridad en un reportaje que acabó siendo censurado. Valga el ejemplo para ilustrar el hecho de que las compañías de telefonía móvil son conscientes de que el móvil es perjudicial para la salud, aunque su política no ha sido la de informar de que se trata de un riesgo que hay que asumir como parte del progreso, sino la de ocultar a la opinión pública e, inclusive, mentir sobre los efectos de la radiación electromagnética utilizada en las telecomunicaciones.

Ya en 1995, por medio de una circular interna filtrada, tenemos noticia de que la compañía Motorola ponía en marcha una campaña de desprestigio contra el científico Henry Lai. ¿Su pecado? Haber desarrollado una investigación, al amparo del WTR —Wireless Technology Research—, en la que se demostraba que una radiación semejante a la de telefonía móvil producía daños en el ADN. Desde la asociación de la industria de telecomunicaciones —CTIA— primero se decía que las frecuencias no eran las mismas y que, por lo tanto, no afectaba a la telefonía móvil, y luego se afirmaba que esa investigación nunca había podido ser replicada. Las compañías financiaron estudios en los que no se encontraron efectos en el ADN, aunque a lo largo de los años diversas investigaciones han ido confirmando los trabajos de Henry Lai. En el año 2000, financiado por la compañía T-Mobile, el estudio Ecolog, que revisó 220 artículos científicos, encontró efectos inductores del cáncer, efectos genotóxicos, así como alteraciones en el sistema nervioso, inmunitario y hormonal.


Informes financieros


Aunque los usuarios no son informados, las compañías sí recogen en sus informes financieros las implicaciones de los riesgos para la salud de la telefonía móvil. Telefónica en su informe anual para la Comisión de Valores de los EE UU dice: “La industria de las telecomunicaciones puede verse afectada por los posibles efectos que los campos electromagnéticos, emitidos por dispositivos móviles y estaciones base, puedan tener en la salud humana. [...] Las preocupaciones sobre las emisiones de radiofrecuencia pueden desalentar el uso de dispositivos móviles, lo que podría provocar que las autoridades públicas implementen medidas que restrinjan dónde se pueden ubicar los transmisores y sitios celulares, cómo funcionan, el uso de teléfonos móviles y el despliegue masivo de dispositivos móviles, medidores inteligentes y otros productos que usan tecnología móvil. Esto podría llevar a que Telefónica no pueda expandir o mejorar su red móvil”. Vodafone, que en su informe anual 2017 incluye los riesgos para la salud entre sus principales riesgos financieros, dice: “Las señales electromagnéticas emitidas por los dispositivos móviles y las estaciones base pueden presentar riesgos para la salud, con un potencial impacto que incluye: cambios en la legislación nacional, reducción del uso del móvil o litigación”.


Las legislaciones para proteger a los ciudadanos frente a los riesgos de los campos electromagnéticos de las telecomunicaciones existen; el problema es que su base teórica es de tiempos de la guerra fría y que numerosos grupos científicos independientes están diciendo que los límites de exposición son insuficientes y están hechos a medida de la industria. Inclusive estas poco estrictas normas de seguridad no son cumplidas por las compañías de teléfonos, como el límite según la SAR —tasa de absorción específica— que la mayoría de móviles que hay en el mercado superan, algo sabido a través del caso 'phonegate', que, a pesar de su gravedad, ha recibido muy poca atención por parte de la opinión pública.
Se cantan las bondades de la tecnología móvil; la sociedad civil podrá organizarse con facilidad para reivindicar sus derechos y propiciar las transformaciones sociales. Las aplicaciones podrán gestionar un mejor uso de servicios y recursos, poniendo directamente en contacto a profesionales y usuarios en una nueva economía más participativa. Podrás acceder a la información en todo momento y los alumnos aprenderán a su ritmo interactuando directamente con los contenidos online. Las aplicaciones móvil monitorizarán tu salud y te avisarán antes de que los problemas aparezcan... Sin embargo el uso dado a la tecnología ha resultado menos transformador y ha formado parte del planteamiento del mercado capitalista. Algunos consideran inclusive que la actuación digital es un falso activismo al crear la sensación de que se está haciendo algo al dar un like o firmar una petición, cuando la participación implicaría un grado de organización en la vida real. La economía colaborativa se ha convertido en una nueva forma de explotación de los trabajadores por parte de grandes empresas, que camuflan la relación laboral mediante resquicios legales. Las tecnologías de la información aplicadas en la enseñanza no han conseguido frenar la pérdida de nivel académico de los últimos años y problemas como el déficit de atención están en expansión. Inclusive estamos asistiendo a un descenso del Cociente Intelectual detectado en algunos países. En cuanto a la salud, los datos no favorecen el optimismo: el cáncer —vinculado a la exposición electromagnética— crece a un ritmo casi de epidemia; a pesar de los avances en la medicina, la esperanza de vida está prácticamente estancada en los países occidentales y en EE UU está en retroceso, y la llamada esperanza de vida saludable está en descenso.


Al respecto de la influencia de las tecnologías en el funcionamiento político, propuestas para la democracia digital, con participación directa a través de internet de la ciudadanía en los Parlamentos, no se han puesto en marcha; y mecanismos de transparencia en la gestión por medio de la apertura y monitorización en tiempo real de la gestión pública apenas se están desarrollando. Por contra, hemos tenido noticias como la del caso Cambridge analytica por las que hemos sabido que información personal robada de las redes sociales ha sido utilizada para diseñar campañas de manipulación dirigidas específicamente a cada usuario y que han ayudado a ganar las elecciones a gobernantes como Donald Trump.
No podemos decir que las tecnologías en el pasado garantizasen el mejor funcionamiento democrático y calidad de la información, pero, antes de continuar por un camino sin sentido cautivados por los avances de la electrónica, deberíamos sopesar las implicaciones sociales, de salud y psicológicas que los usos de las distintas posibilidades tecnológicas están poniendo en nuestras manos.

 

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“El fascismo de hoy es una sonrisa en la televisión”. Entrevista a Michael Moore

“Fahrenheit 11/9”, desde esta semana en los cines de EE. UU. Entrevista de Luca Celada, Il Manifesto, con el director: “El triunfo es el resultado lógico de cinco décadas de lenta degradación de la democracia. Marca la ventaja definitiva de Wall Street en los derechos de los ciudadanos”.

Se trata de un Apocalipsis Now de Michael Moore, que comenzó la noche de las elecciones (del 11 de noviembre - “11/9”) que secuestró el país en los carriles populistas nacionalistas que amenazan con descarrilar permanentemente el experimento americano. Fahrenheit 11/9 no es solo un ataque a Trump, sino que también fotografía una democracia que ya se encuentra en avanzado estado de descomposición en el momento de su llegada. Por supuesto, Moore comenzó su jeremiada con un recorrido por la psicopatología Narciso que, a pesar de todo, hace dos años, antes de que él destruyera el Partido Republicano, y luego ganó la elección presidencial de “la última superpotencia “. Un viaje que el director considera al principio casi como un juego perverso, y un acto de demostración del propio Trump para convencer al NBC de aumentar su token como el propietario del reality show The Apprentice. El magnate de bienes raíces habría decidido ejecutar sólo después del éxito inesperado de los primeros mítines


El prólogo de su ascenso resistido representa a Trump por un lado como presidente por accidente, y por otro, la inevitable terminal de una degradación democrática de larga data bajo el régimen del liberalismo financiero tardío. Este es el punto de partida de uno de los temas principales que atraviesan Fahrenheit 9/11: la invectiva contra el Partido Demócrata acusó a los conservadores por haber renunciado a cualquier oposición real.


Cómplice y coludida, esclavizados a los mismos jefes financieros, la oposición "moderada" de los demócratas no ha encontrado nada mejor que sabotear la campaña de Bernie Sanders y desairar al electorado de la clase trabajadora de los estados desindustrializados (Wisconsin, Pennsylvania, Michigan), que le costó la derrota.


Y a su Michigan conduce la denuncia del sucio asunto de las aguas envenenadas de Flint. Moore regresa a su ciudad, la de Roger and Me, en un segmento que recuerda la fuerza mordaz de su primera película. La historia de la privatización del agua de la ciudad (el trabajo del proto trumpista gobernador Rick Snyder) y la población resultante de los niños fueron envenenados por una mayoría afroamericana, es el paradigma de la guerra contra los pobres en la era de la desigualdad abismal - y la parte más efectiva de una crítica que no escatima ni la ignorancia de Barack Obama.

Gran parte de la película, diseñada como un post en vista de las elecciones de mitad de período en noviembre, está dedicada a los signos de vida de la izquierda. Parece Alejandría Ocasio Cortez, candidato socialista en el Bronx, Rahsida Tlaib, musulmán, favorecido por una banca en el Congreso de Michigan, Richard Ojeda, un veterano y la unión de los mineros de Virginia Occidental y maestros en huelga, David Hogg, Emma González y los otros dos sobrevivientes de la masacre de la escuela secundaria Stoneman Douglas Florida, que organizó la campaña anti-NRA (la Asociación Nacional del Rifle), llevando a millones de personas a las calles.

Los jóvenes, las mujeres, las minorías, la clase trabajadora - pruebas para una posible nueva coalición - que Roosevelt Moore argumenta es la única salvación posible en vista a la elección de noviembre crucial, para Estados Unidos y el planeta. La alternativa, a la que se dedica el final, es la normalización definitiva de un fascismo del tercer milenio del que forman parte Trump, Brexit y el resurgimiento soberanista europeo.


- ¿De qué nace “Fahrenheit 11/9”?


-Desde el principio me pareció obvio que Trump fue el resultado lógico de cinco décadas de lenta degradación de la democracia y del “sueño americano”. La superación definitiva de los intereses financieros y de Wall Street sobre los derechos de los ciudadanos y la idea de que todos tenemos un asiento en la mesa y un trozo de tarta. Tal vez en realidad nunca ha existido, pero Trump es realmente el último clavo en el ataúd. Lo llamo el último presidente de los Estados Unidos porque realmente podría serlo. Tampoco hay un mecanismo claro ahora para eliminarlo: nos enfrentamos al adversario más peligroso de la historia.


- ¿Cómo se explica la propagación de fenómenos similares en el mundo?


-Me parece que en muchos países las personas están hartas de cómo están las cosas en su vida cotidiana y ven que Trump, Brexit u otros fenómenos similares como Molotov son arrojados al sistema para vengarse. Después del Brexit, participé en el programa Bill Mahre diciendo que Trump ganaría y que ganaría en Michigan, Pennsylvania y Wisconsin. Y el público de ese programa, que es principalmente liberal, me silbó: nadie lo creyó. Bueno, lamento darte malas noticias, pero harías bien en escucharme. Después de todo, fui yo, el que le dijo al Óscar que no habría armas de destrucción masiva en Iraq, el que hizo un documental sobre Columbine diciendo que los disparos serían cada vez más, y mire dónde estamos hoy. A veces me pregunto cuánto más película tengo que hacer, ¿Cuánto tengo que golpear mi cabeza contra la pared para explicar lo que está sucediendo en este país? Porque ahora que hemos llegado a este punto, le hemos dado la Casa Blanca a alguien que no respeta la ley y la decencia humana.


-Hay algo de lo que debemos desanimarnos ...


-Como todos los demás, casi me rindo. La gente está desesperada, somos una nación desmoralizada. Tendremos que reaccionar todos juntos, en las calles, en los asientos, somos más numerosos que nosotros. Sabemos que Hillary ha ganado, que hay al menos tres millones más de nosotros, así que podríamos hacerlo.


- ¿Alguna vez Estados Unidos logrará lavar la vergüenza del triunfo?


-Es importante que las personas de otros países recuerden que la mayoría de los estadounidenses no deseaba a Trump, que logró tomar el poder solo gracias a una oscura cláusula constitucional insertada hace 200 años para proteger a los estados esclavistas (la circunscripción electoral, ed.). Y ahora todos estamos pagando el precio: debemos deshacernos de él lo antes posible. No hay mucho lugar para el optimismo, pero como un monstruo en la película algo se mueve, vamos a enviar a la primera mujer musulmana, una madre soltera al Congreso, la gente comienza a decir: “Entonces nos desharemos de Trump, así que resistiremos”. “Y tal vez, tal vez digo, tendremos éxito”.


- ¿Su mensaje a sus conciudadanos?


-No te rindas, deja de “esperar”, la esperanza no arregla nada, no puedes basar una revolución en la esperanza. La esperanza nunca ha derrotado a un presidente en el cargo, esperanza, ahora, solo hay enemigo. Esto es lo que los demócratas continúan repitiendo: “Hay esperanza para 2020 ...”, pero ni siquiera logramos este paso para 2020. Debemos levantarnos ahora, tenemos que participar en las urnas en noviembre, hacer todo lo necesario para poner fin a esta locura. Pero si nos quedamos en casa con esperanza, entonces no habrá más esperanza. La nueva generación, como los muchachos que sobrevivieron al tiroteo de Parkland (escuela secundaria en Florida) no esperan, se movilizan y esa es la única forma en que podemos ganar. Tal vez la esperanza te hace sentir mejor, pero me opongo a anestesiar con esperanza. El único remedio es la acción y el enemigo es más grande que Donald J. Trump. El adversario es el capitalismo estadounidense. Para recuperar el país tendremos que ir contra Wall Street, contra la misoginia. Será necesario mantener a los racistas en su lugar para evitar que tengan voz.


- ¿El sueño americano realmente está en peligro de muerte.


-Nos encontramos en una especie de pesadilla a cámara lenta que parece haber comenzado hace mucho tiempo, mucho antes de Trump, el “sueño” estadounidense para muchos fue una pesadilla. Tenemos entre 40 y 50 millones de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza, que no pueden leer más allá del nivel de un niño de 10 años. Y cuanto más mantienes a la población ignorante y fomentas el miedo, más cerca está el control. En este contexto, el partido demócrata el papel de Vichy, son colaboradores. Si somos moderados como nos aconsejan, será nuestro fin. En lugar de ello, debemos actuar como si fuéramos la resistencia francesa y los tanques alemanes se encuentran a 30 km de París .... En los 80 años leí un libro titulado Friendly Fascism de Bertrand Gross, escribió proféticamente que el fascismo del siglo XXI no tendría la cara de la del XX. Eso no se presentaría con campos de concentración y cruces gamadas, sino con una sonrisa y un programa en la televisión, para que la gente se convenza de seguirlo. El fascismo en progreso ahora no tiene tanques sino compañías de Wall Street


-Hay paralelos históricos demasiado obvios


-En la película quería poner la portada de un periódico judío en Frankfurt después de la toma del poder de Hitler. Pidieron calma, explicaron que los nazis no podían llevar a cabo sus planes, que la constitución los impediría. Un optimismo que me recuerda a muchos de los que tranquilizan sobre el futuro o invocan la acusación y la investigación del FBI como una solución


- ¿Lo entendieron los estadounidenses


- ¿Sabes quién lo entiende? Las mujeres, jóvenes, las minorías étnicas. Creo que habrá un tsunami de votantes en noviembre, negros, hispanos, que llegarán a niveles récord. Si lo hacen, los republicanos serán derrotados. Si no lo hacen, esto no sucederá y Trump será reelegido nuevamente en 2020.


Michael Moore es director de cine

Traducci{on de Carlos Abel Suárez

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“Las redes sociales son una amenaza para la democracia”

El filósofo británico A. C Grayling reflexiona sobre los fallos de las sociedades contemporáneas

No hay desafío intelectual que acobarde a A.C. Grayling. Porte y habla elegantes, mirada curiosa y discurso que mezcla teorías, alguna broma y ejemplos epatantes, el filósofo británico se sumerge en cada charco que se le pone delante durante la mañana que comparte con EL PAÍS en Segovia, donde es uno de los intelectuales invitados al Hay Festival. Primero por los pasillos del Convento de Santa Cruz la Real, luego en una conferencia ante varias decenas de adolescentes que solo rompen su silencio para reír y finalmente durante la entrevista, Grayling ataca y defiende las redes sociales y el mundo digital, busca soluciones a las fallas de la democracia y levanta la voz contra el Brexit.

“Todo lo relacionado con las redes sociales tiene dos caras, como el dios Jano, la buena y la mala. El problema es que la mala está empezando a ganar por paliza”, asegura este activo usuario de Twitter con más de 51.000 seguidores. “Existen noticias falsas y gente sexista, racista, fascista que ahora tiene una voz amplificada. Las redes son una amenaza para la democracia porque son tan fáciles de manipular, tan fáciles de usar para desinformar, para difundir propaganda y mentiras… Lo hemos visto en la elección de Trump y más todavía en el referéndum sobre el Brexit. Ha ido todo a peor desde los griegos. Ahora los sofistas tienen un enorme altavoz para sus mentiras y sus trucos retóricos”, añade.


Cuando Grayling (Zambia, 1949) ataca no le importa caer en contradicciones aparentes. Fundador de la Nueva Universidad de Humanidades en Londres, el autor de Democracy and Its Crisis viaja de Tito Livio a la actualidad para buscar respuestas: “Sí, la democracia fue hecha para fracasar en múltiples vías, pero ha funcionado. ¿Por qué? No porque sea un buen sistema sino porque lo era la gente que trabajaba en él. Las instituciones están sustentadas en ideas sólidas pero creo que han sido atacadas desde dentro y desde fuera. La política ha dejado de ser lo que era en los viejos tiempos, ya no es un gran debate ideológico entre la izquierda y la derecha. Ahora se trata de ver quién puede conducir mejor el coche”, explica, siempre pendiente de captar al interlocutor.


Ahora bien, si mezclamos el avance de las tecnologías –”la existencia de algoritmos que lo saben todo sobre nosotros porque así lo hemos querido”– con la crisis hay gente que se ha quedado en la cuneta del progreso y se echa en brazos del Brexit, Viktor Orbán (primer ministro húngaro), Trump o quien sea menester, reflexiona el autor. ¿Qué puede hacer la democracia? “Frenar la desigualdad exacerbada y poner fin a la austeridad que está castigando a tanta gente. Invertir en los ciudadanos y ser conscientes de las oportunidades que existen. Y, también, necesitamos una conversación de más nivel, aunque ya sé que esto es muy optimista”.


“Todo puede volver a ir mal, muy mal”, reflexiona después de un rato de conversación sobre las teorías de Steve Pinker –"amigo mío y profesor en mi universidad”– que aseguran que estamos viviendo el momento más pacífico de la historia de la humanidad. Aquí no hay dos caras, Grayling apuesta por esa idea pero se pregunta por qué la gente no lo percibe así. “Lo que Pinker asegura está muy fundamentado. Ahora, ¿por qué nos preocupamos tanto por la violencia? Porque, como ya sabemos, las buenas noticias no son noticias y nos pasamos el día recibiendo información negativa desde los medios”.

Ateo confeso, Grayling es un azote impenitente de lo religioso. “Estamos viviendo el final de la influencia de la religión, no de la religión en sí misma. Pasa en todas las sociedades avanzadas: el secularismo domina, con independencia de que la mayor parte de la gente tenga creencias religiosas. Ahora bien, cuando la bestia está amenazada, lanza sus zarpazos y eso es lo que estamos viendo, especialmente en el mundo islámico”, cuenta sin ceder un centímetro. “Sí que ha habido algo positivo: el gran arte y la gran música que generó la Iglesia porque era la que tenía el dinero. Ahí tienes a Stalin usando las mismas técnicas que empleó el inquisidor Tomás de Torquemada, que trabajó bajo estos muros”, asegura, como quien pone un ejemplo casual, presto a meterse en el siguiente lío dialéctico. Le da igual que sea en un pasillo de un convento convertido en universidad, o en un periódico, o en un aula. Qué más da. “Esto es lo que me gusta hacer. Es mi vida y es una gran vida”.

 

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Lunes, 10 Septiembre 2018 07:35

Michael Moore planta cara a Trump

Michael Moore planta cara a Trump

El cineasta estrena en el festival de Toronto ‘Fahrenheit 11/9’, su análisis de cómo EE UU puso a “un bufón y un mentiroso” en la Casa Blanca


 Michael Moore ama Canadá. Y los canadienses aman a Michael Moore. El festival de Toronto fue donde estrenó su primer documental, Roger & Me, en 1989. Y, desde entonces, siempre intenta empezar el tour de sus películas por este certamen. Lo ha hecho de nuevo este año con Fahrenheit 11/9. La noche del estreno, en la inauguración, el público canadiense le recibió en pie al grito de “Michael for President”. Él les dio las gracias por existir y por su primer ministro. El país vecino de EE UU sería su refugio si las cosas se pusieran tan feas como en la serie basada en la novela de Margaret Atwood, El cuento de la criada. "Por suerte aún no", bromeó.

Del miedo al apocalipsis a un futuro esperanzador. Por ahí va su Fahrenheit 11/9, un título que juega con el de que hasta hoy es su documental más taquillero, Fahrenheit 9/11, el que dedicó a Bush y a su guerra del terror. Si aquel usaba la fecha del 11 de septiembre como inicio, este parte del 9 de noviembre, el día en que Donald Trump ganó las elecciones. ¿Cómo y por qué llegaron a ese punto?


“Si la gente espera una película sobre Trump, no lo es”, dice. Su objetivo, en cambio, es responder a una pregunta. “¿Cómo coño ha sucedido esto?”. ¿Cómo llegó “el bufón de Trump” a la Casa Blanca? En su habitual tono cómico, Moore señala primero a una persona, no es ni Steve Bannon, ni Putin… “Es Gwen Stefani”, la cantante de No Doubt. Cuando Trump se enteró de que ella cobraba más como jurado de La voz que él en su reality show, The Celebrity Apprentice, decidió presentarse a las elecciones como prueba de su popularidad a la NBC. Ya había amenazado otras veces, “desde 1988”, dice el director, pero esta vez se creció ante el apoyo y el ruido mediático.


Los medios de comunicación fueron algunos de los culpables de su éxito, sostiene Moore. Las audiencias se disparaban cada vez que le sacaban en pantalla hablando del muro que iba a construir en la frontera con México. “Donald J. Trump no cayó del cielo”, escribió el director de Bowling For Columbine justo antes del estreno en Toronto. “Era el resultado lógico de una larga espiral cuesta abajo que culminó con uno de nuestros más odiados ciudadanos conquistando nuestra oficina más poderosa”.


Fahrenheit 11/9 es la película “con mayor sentimiento de urgencia” que ha dirigido Moore. La ideó tras las elecciones, y en menos de dos años la ha acabado para estrenarla en EE UU, justo a tiempo de las elecciones legislativas al Congreso del próximo noviembre. “Creo que el estreno de la película será el principio del fin de Trump" –dice– "y quizá, más importante, el posible final del sistema podrido y corrupto que nos dio a Trump”.


Ya sin bromas, Moore culpa en el documental al establishment del Partido Demócrata, por cómo trampeó los resultados de la elección de Hillary Clintonfrente a Bernie Sanders. Culpa a Obama y su “falsa esperanza”. Culpa a los medios por hacer como hicieron con Hitler, no viendo el peligro que amenazaba –presenta montajes en el filme con imágenes del líder nazi y la voz de Trump–. Y habla de una corriente de permisividad corrupta como la que permitió la crisis del agua contaminada de Flint (Michigan), la ciudad del cineasta. O la defensa incondicional de las armas como derecho que ha llevado a nuevas masacres, como las de Parkland.


“Trump es nuestro Frankenstein y nosotros somos su doctor Frankenstein”, dice. Aunque por muy fatídico que se ponga –fue de los pocos que, públicamente, vio claro y anunció la victoria de Trump meses antes–, Moore sigue viendo esperanza. Más ahora. Al final, en Fahrenheit 11/9 aparece acompañando a los nuevos candidatos al Congreso, como la aspirante latina por el Bronx, Alexandria-Ocasio Cortez, o junto la primera musulmana en presentarse: Rashida Tlaib por Detroit.


Moore le da voz a la mujer que filtró los engaños de Flint, April Hawkins, y al grupo de estudiantes que comenzó el movimiento March for Our Lives, después de la masacre en su instituto en Parkland. También sigue la histórica huelga de los profesores de West Virginia, que después se ha propagado a otros estados.


A algunos representantes de estos grupos los trajo con él a Toronto, al estreno mundial, y prefirió que hablaran ellos después de la proyección. Moore también llenó la sala de pañuelos rojos, el símbolo del red neck estadounidense, la clase trabajadora, “no porque se les quemara el cuello con el sol, sino por su afiliación sindical”, aclaró. Otro golpe de efecto para su objetivo de acabar con Trump.
Moore está confiado: Fahrenheit 11/9 se estrenará el 21 de septiembre en más salas que ninguno de sus títulos anteriores (1.500 en todo EE UU). Y tras el tibio éxito de su anterior filme, ¿Qué invadimos ahora?, este documental ya lo ha vendido a muchos territorios. El cineasta no solo tiene un mensaje para sus conciudadanos, sino para todo el mundo, como aseguró antes de entrar en la proyección en Toronto: “Por favor, confiad en que hay millones de americanos trabajando lo mejor que saben para deshacer el daño que Trump está infligiendo al mundo”.

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Lunes, 03 Septiembre 2018 08:14

Ficciones oficiales

 Los ex presidentes de Estados Unidos Barack Obama y George W. Bush, así como el ex vicepresidente Al Gore (al centro), en el funeral del senador John McCain, en la Catedral de Washington, el pasado sábado. Algunos medios describieron la ceremonia como la reunión más grande de la resistencia contra Donald Trump

Las cosas están tan mal aquí que una reunión de algunos de los principales responsables de guerras ilegales, crímenes de lesa humanidad, tortura, golpes de Estado, desaparecidos, vigilancia masiva de ciudadanos, crisis económicas que destruyeron las vidas de millones, y de la impunidad por todo esto, fue elogiada como un llamado a la recuperación de la decencia, la integridad y la verdad, ante el enfant terrible en la Casa Blanca.

En las ceremonias funerarias del senador John McCain se presentó casi toda la cúpula política estadunidense (incluidos los altos mandos militares). Los ex presidentes Barack Obama y George W. Bush fueron las estrellas, junto con líderes legislativos de ambos partidos, diplomáticos, asesores y periodistas de esos que admiran a y se hacen amigos de (y a veces se incorporan a) esa cúpula. Y, de pilón, entre los oradores estaba nadie menos que Henry Kissinger.


Se volvió –y así se cubrió– como un festejo de la real “grandeza” de este país; algunos medios liberales lo describieron como la reunión más grande de la “resistencia” contra Trump. Con ello fue proyectado como una manifestación muy bien vestida y portada contra el actual régimen. El “presidente non grato”, como lo nombró el Washington Post, expresamente desinvitado de todas las ceremonias, se fue a jugar golf.
Lo que se mostró, afirmaban muchos, era esa America pretrumpiana tan respetada y respetable. Richard Haass, presidente del venerable Council on Foreign Relations, comentó que la ceremonia fue “una importante declaración de política exterior al mundo, de que la America que habían conocido y admirado tanto, aún existe”.


McCain era un gran militarista. Para él, señala Matt Taibbi, en Rolling Stone, dondequiera que “Estados Unidos tenía un problema de política exterior, la solución siempre era bombardearlos hasta la chingada”. Fue bautizado como “héroe” por su servicio militar en la guerra de Vietnam, donde su avión fue derribado mientras estaba bombardeando a civiles (como en toda guerra moderna). Aunque asumió algunas posiciones loables (contra la tortura extrema y por una reforma migratoria integral), uno de sus últimos actos en el Senado fue votar en contra de poner fin al papel estadunidense en la guerra en Yemen (donde recientemente una bomba fabricada y proporcionada por Estados Unidos mató a 40 niños en camiones escolares) y a lo largo de décadas fue opositor de medidas de derechos civiles. También puede decirse que al seleccionar a la patética ultraconservadora Sarah Palin como compañera de fórmula en su campaña presidencial, en 2008, abrió algunas de las puertas que llevaron a Trump al poder.


Bush y su gente son responsables de guerras ilegales libradas con justificaciones fabricadas, el uso de la tortura, el campo de concentración extralegal de Guantánamo y, para acabar, la peor crisis económica desde la Gran Depresión. Obama es responsable de continuar esas guerras y de dejar impunes a los que habían violado las leyes nacionales e internacionales de derechos humanos; de rescatar y dejar impunes también a los responsables de la crisis económica provocada por el fraude más grande de la historia –dejando un saldo de más de 8 millones de desempleados, la pérdida de vivienda de millones más– e implementar políticas que aceleraron la desigualdad económica beneficiando al 1 por ciento más rico de este país (no es tan misterioso entender por qué muchos trabajadores blancos que sufrieron las consecuencias y votaron por Obama se sintieron defraudados otra vez, y votaron por Trump en la pasada elección). Y de Kissinger, ni hablar, su currículum antivitae se cuenta por volúmenes.


Aun más, en esta era trumpiana, la disputa entre la cúpula por la versión oficial de Estados Unidos no necesariamente es lo mismo que la lucha por la verdad.


“El resultado de una total sustitución de la verdad basada en hechos con mentiras no es uno donde la mentira ahora será aceptada como verdad y la verdad será difamada como mentira, sino que el sentido por el cual nos ubicamos en el mundo real se está destruyendo”. Hannah Arendt.

 

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