Domingo, 22 Enero 2017 05:59

Mito y realidad de la posverdad

Mito y realidad de la posverdad

Desde la victoria de Donald Trump hay un nuevo concepto que persigue a los lectores de los medios de comunicación: “posverdad”. Hasta los diccionarios de Oxford han elegido post-truth como la palabra del año a causa del incremento en su uso en 2016. El aumento es del 2 mil por ciento. Es decir, muy pocos la usabanantes y ahora está en todos los sitios.

 

En su definición, el diccionario de Oxford explica que posverdad “se refiere a las circunstancias en que los hechos objetivos son menos influyentes a la hora de condicionar a la opinión pública que las apelaciones a las emociones y creencias personales”.

La definición es correcta, aunque uno siente la tentación de pensar que podría encontrar múltiples ejemplos de esa situación en un número no pequeño de países en épocas en que nadie sabía que existía ese término.


Si se habla ahora tanto de posverdad es principalmente a causa de dos acontecimientos políticos: el referéndum del Brexit en Reino Unido y las elecciones de Estados Unidos. En ambos casos, una parte muy importante del poder político, económico, cultural y periodístico estaba a favor de un resultado que fue derrotado en las urnas (eso es más cierto en el caso británico que en el estadounidense). Esa derrota no se debió sólo a errores propios –y muy evidentes, como se ha visto después– de las campañas a favor del Sí a la UE o de Hillary Clinton, sino también al triunfo, entre el electorado, de ciertos prejuicios muy arraigados y no confirmados por los hechos y la realidad económica. Por ejemplo, la xenofobia y el rechazo a la inmigración fueron factores decisivos en ambos resultados, pero no los únicos.


La apelación a “hechos objetivos” en la definición nos lleva a pensar en uno de los ámbitos profesionales en los que más se habla de objetividad, que no es otro que el periodismo. La extensión del concepto de posverdad no puede desligarse de la crisis de credibilidad de los medios de comunicación, en especial de las grandes cabeceras periodísticas, lo que años atrás se llamaba la “prensa seria”, para diferenciarla de los tabloides.


En Reino Unido todos los periódicos que llevan ese sello, menos el Daily Telegraph, pidieron el voto a favor de continuar en la UE. En Estados Unidos, medios que durante décadas habían apoyado a candidatos presidenciales republicanos, en algún caso desde hacía un siglo, rechazaron como absurda la idea de votar a Trump.


Es obvio que los votantes del candidato republicano no prestaron mucha atención a esas recomendaciones.


La discusión sobre la posverdad se vio acompañada en la campaña por la polémica de las fake news, noticias falsas que la gente comparte gracias fundamentalmente a Facebook. Varios artículos han demostrado que su origen está en una perversa variante del libre mercado. Hay demanda en Estados Unidos para ciertas “noticias”, y desde varios países de Europa del este unos cuantos emprendedores (pocas veces ha resultado tan adecuada esta palabra) ganaban mucho dinero produciéndolas. A veces las inventaban, a veces utilizaban artículos de otras páginas web y los manipulaban para lograr el efecto deseado en los lectores.


Esa demanda existe desde hace tiempo entre votantes conservadores que desconfían de los grandes medios estadounidenses. La oferta es nueva, pero ha resultado mucho más efectiva que la dieta informativa que facilita cada día Fox News.


Esa combinación de posverdad y fake news ofrece un panorama sombrío para las democracias occidentales. Es también cualquier cosa menos nuevo. Y las fuentes no son siempre aquellas en las que están pensando los que denuncian alarmados este panorama.


The Economist dio antes del referéndum italiano un buen ejemplo de posverdad. En un editorial criticó los planes de Matteo Renzi y pidió el voto negativo en la consulta (que terminó triunfando por una amplia mayoría). Todos los partidos de la oposición, de diferentes ideologías, pedían el No, por lo que la postura de la revista no debe extrañar. Son los argumentos los que chirrían.


The Economist está a favor de reformas institucionales en Italia, pero no las que propuso Renzi. Confunde esa reforma constitucional ahora fracasada con el sistema electoral, abunda en estereotipos típicos sobre Italia (“el país que produjo a Benito Mussolini y Silvio Berlusconi”), comete errores gruesos (sobre la inmunidad de los senadores y sobre la posibilidad de que Beppe Grillo se convierta en primer ministro; no puede), y dice que la idea de que futuros senadores procedan no del voto directo sino de las asambleas regionales “ofende los principios democráticos”. Esto último sería toda una sorpresa para los alemanes, por el método de elección del Bundesrat, por no hablar del país donde se publica The Economist, que cuenta con una segunda institución legislativa llamada Cámara de los Lores, cuyos miembros son designados por el gobierno.


Es sólo un editorial y la revista tiene todo el derecho de criticar a Renzi o a cualquier otro político. Pero sus argumentos están más allá de la posverdad. Son una manipulación de la realidad política italiana y ocultan demasiada ignorancia como para pasarla por alto.


Dejemos a un lado The Economist y veamos otro artículo de finales de noviembre de otra institución periodística de larga trayectoria, The Washington Post. Bajo el titular “Russian propaganda effort helped spread ‘fake news’ during election, experts say”, el reportaje de 2 mil palabras, que fue destacado en primera página, denunciaba que “un diluvio de noticias falsas recibió apoyo de una sofisticada campaña de propaganda rusa que creó y difundió artículos manipuladores con el objetivo de perjudicar a la demócrata Hillary Clinton, ayudar al republicano Donald Trump y socavar la fe en la democracia estadou¬nidense, según investigadores independientes que han rastreado esa operación”.


Esta guerra de propaganda psicológica no estaba dirigida sólo contra Clinton, sino que pretendía “atacar la democracia estadounidense en un momento especialmente vulnerable”, decía el artículo en otro párrafo. Para llegar a esa alarmante conclusión se basaba en dos informes. Uno de la página web War on the Rocks, con el nada ambiguo título “Cómo Rusia está intentando destruir nuestra democracia”. El segundo informe era obra de un grupo desconocido llamado Prop Or Not, que si bien tiene su web y cuenta de Twi¬tter, es anónimo, porque el periódico no dio los nombres de sus responsables. Sólo dijo que son “investigadores independientes con experiencia en asuntos de política exterior, defensa y tecnología”.


Ese informe contaba cosas conocidas sobre la política propagandística del gobierno ruso, otras no sustentadas en ninguna prueba, y una lista de 200 páginas web de derecha e izquierda que habían colaborado con esa operación de guerra psicológica contra Estados Unidos. Por ejemplo: Wikileaks, Drudge Report, Zero Hedge, Truthout, Truthdig, Naked Capitalism y Antiwar.com. Y decía el artículo del Post: “Algunos participantes en esa cámara de difusión digital, concluyeron los investigadores, intervinieron voluntariamente en la campaña de propaganda, mientras otros eran ‘tontos útiles’, un término originado en la Guerra Fría para describir a personas e instituciones que sin saberlo ayudaron a las campañas de propaganda de la Unión Soviética”.


No había más pruebas que los típicos análisis que se realizan a través de las conexiones de enlaces entre distintas páginas web, que a veces sirven para establecer el origen de las informaciones entre varios medios y otras no explican nada, a menos que se piense que enlazar un determinado artículo te convierte en cómplice de las intenciones del artículo original.
Lo más alarmante es que la gravedad de la acusación estaba respaldada por un informe hecho por una organización desconocida y de intenciones obviamente partidistas que ocultaba la identidad de sus responsables con el argumento de que no quería ser atacada “por legiones de experimentados hackers rusos”. Sea o no cierto, el Post dio cobertura a una denuncia anónima de la que sus lectores no tenían derecho a conocer el origen. Ni sus lectores ni los medios que fueron acusados de traición o estupidez.


La lista de medios ya no aparece en el informe de Prop Or Not (pero sí en su web), probablemente porque varios de ellos amenazaron con presentar una demanda.


A causa de la polémica generada, el Post terminó incluyendo una aclaración en su artículo en la web, no una rectificación. Afirmó que no había dado los nombres de esos medios señalados ni suscribía las acusaciones concretas realizadas por Prop Or Not contra esos medios. No lo había hecho, pero sus lectores habían conocido a esa organización anónima gracias a su artículo, y habían leído en él que había una larga lista de medios que estaban colaborando con un intento de acabar con la democracia estadounidense o eran lo bastante idiotas como para picar en el anzuelo tendido por Moscú. Todo ello empleando un viejo truco de la prensa estadounidense, que es añadir al titular las palabras “experts say”, como si no fueran ellos quienes eligieron a los expertos entrevistados.


Por mucho que luego intentaran marcar distancia, habían ayudado a difundir una lista negra de la que el senador McCarthy hubiera estado orgulloso en los años cincuenta.


El artículo del Post fue criticado en varios medios y blogs, pero esa reacción tuvo mucha menos repercusión en las redes sociales que la historia original, lo que no debe sorprendernos. A dos semanas de las elecciones en Estados Unidos, recibió una amplia difusión en Twitter y Facebook, en primer lugar a través de las cuentas del periódico y de sus periodistas. Entre ellos su director, Marty Baron, más conocido por su gran trabajo como responsable del Boston Globe en la historia que contó la película Spotlight.


No nos engañemos. El gobierno ruso tiene una serie de medios de comunicación a su servicio cuya función es desacreditar a los adversarios de Putin en Europa y Estados Unidos. Otra institución que comparte un estilo similar es el Partido Republicano, cuyos dirigentes han propagado en los últimos años historias falsas o manipuladas sobre, por ejemplo, el certificado de nacimiento de Obama, su ley de reforma de la salud o el ataque al consulado estadounidense en Bengasi con la intención de minar a sus rivales. Y en esta última campaña electoral, y tras la victoria de Trump, hemos visto al Partido Demócrata intentar presentar la derrota de Clinton no como la suma de una serie de factores políticos y económicos, además de los errores de su candidata, sino como el resultado de una gran conspiración cuyo origen –al igual que en la época de McCarthy– está en Moscú. Y los medios más cercanos a esos dos partidos, además de hacer con otros temas un gran trabajo, han bebido de esa fuente conspirativa para producir historias insostenibles.


Hay poco material nuevo en el debate sobre la posverdad y las fake news. No hay que remontarse al incidente del Golfo de Tonkín o al hundimiento del Maine. Todos tenemos que recordar la campaña de desinformación con que se vendió en 2003 en Estados Unidos y Europa la imperiosa necesidad de invadir Irak. En cada país podemos encontrar ejemplos similares, hasta cierto punto, de algo que se repite con frecuencia y que hay que definir de esta manera: nadie tiene más capacidad de difundir hechos falsos con intencionalidad política que los gobiernos. Y su herramienta principal suelen ser los medios de comunicación de toda la vida. Los ejemplos que he dado de The Economist y The Washington Post llaman la atención porque no son nada originales.


Ahora hay nuevos protagonistas en eso que podríamos llamar el mercado de la información (y probablemente ninguno es tan poderoso como Facebook), y cuentan con una audiencia que está dispuesta a creerse cualquier cosa si eso confirma sus prejuicios o ideas políticas. Obviamente, el hecho de que esa situación no sea nueva no la hace menos alarmante.
No conocíamos la palabra posverdad, pero lo que esconde nos acompaña desde hace mucho tiempo. Quizá si estuviéramos menos obsesionados por la palabra “verdad” y dedicáramos más tiempo a la palabra “hechos”, nos iría mejor, pero estamos muy condicionados por eso que solemos llamar la naturaleza humana.

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Sábado, 24 Diciembre 2016 07:28

Transgénicos, toxicidad y cáncer

Transgénicos, toxicidad y cáncer

El maíz transgénico no es igual que otros maíces. Ya lo sabíamos por muchas razones, pero ahora un nuevo estudio científico, publicado el 19 de este mes, muestra que además un tipo de maíz que está en amplia circulación para forraje y alimentación contiene elementos tóxicos, que incluso pueden ser cancerígenos para humanos y animales. Se trata del maíz transgénico NK603, el mismo que Monsanto y otras trasnacionales pelean por plantar en cientos de miles de hectáreas en México.

El estudio fue realizado por un equipo internacional, liderado por Michael Antoniou, del King’s College de Londres y publicado en Scientific Reports de la revista Nature (www.nature.com/articles/srep37855). Usaron tecnologías de última generación para establecer el perfil molecular del maíz NK 603 y compararlo con variedades no transgénicas del mismo maíz. Encontraron variaciones altamente significativas, que dan por tierra llamar al maíz transgénico "sustancialmente equivalente" a otros maíces.

Análisis en profundidad de la composición proteínica (proteómica) y otras moléculas bioquímicas (metabolómica) revelaron que el maíz transgénico analizado tiene 117 proteínas y 91 metabolitos que son diferentes del maíz no transgénico.

El hecho es profundamente significativo, porque todas las regulaciones sobre transgénicos en el mundo, usando métodos más antiguos y superficiales, se basan en afirmar que los cultivos transgénicos son "sustancialmente equivalentes" a los no transgénicos de la misma especie y, por tanto, aptos para su consumo.

Este estudio no sólo muestra que esta comparación es una falacia –algo que muchos científicos responsables han afirmado durante años– sino además que esas diferencias pueden ser muy riesgosas. En el caso estudiado, el maíz NK603 tenía un alto nivel de poliaminas, especialmente cadaverina y putrescina. Si los nombres les resultan un poco repugnantes, es justamente porque son las sustancias que intervienen en la descomposición de cadáveres y materia orgánica, dándole el olor fétido o pútrido.

Antoniou explicó que las poliaminas tienen efectos benéficos en ciertos contextos, pero que estas dos en particular producen además "varios efectos tóxicos. Por ejemplo, aumentan el efecto de la histamina, elevando las reacciones alérgicas y ambas han sido implicadas en la formación de sustancias carcinogénicas, como las nitrosaminas y los nitritos en la carne." (www.gmwatch.org/news/latest-news/17378)

La organización GMWatch de Reino Unido recuerda que el NK603 es el mismo tipo de maíz transgénico que fue usado para el experimento de alimentación prolongada de ratas de Gilles-Eric Séralini en 2012, que mostró que ratas alimentadas con ese maíz transgénico desarrollaban tumores cancerosos en alto procentaje. El estudio de Séralini fue ferozmente atacado por la industria de los transgénicos y científicos ligados a ésta, provocando incluso la retracción de su artículo por parte de la revista donde se publicó originalmente. Pero en ningún caso, tampoco por parte de esa revista, pudieron rebatir de fondo sus argumentos, por lo que su artículo fue republicado un año después y sigue siendo una importante referencia. (www.enveurope.com/content/26/1/14/abstract)

Las diferencias ahora encontradas y la presencia de estas dos sustancias tóxicas, podrían explicar parte de los resultados de Séralini. Antoniu afirma que esta es una cuestión que necesita ser analizada, "con nuevos estudios de alimentación a largo plazo, usando métodos que cuantifiquen la presencia de estas poliaminas y sus efectos".

En cualquier caso, Antoniou explica que este estudio deja en claro que el proceso de modificación transgénica "resulta en profundas diferencias de composición del maíz NK603 y por tanto no es sustancialmente equivalente al maíz no transgénico. Nuestros resultados llaman a una evaluación mucho más cuidadosa sobre la seguridad del consumo de maíz NK603 a largo plazo".

El estudio muestra el potencial dañino y carcinogénico de ese maíz por ser transgénico. Recordemos además que la transgenia del NK603 es para hacerlo resistente al glifosato, sustancia que también fue declarada cancerígena por la Organización Mundial de la Salud en 2015.

Este mismo maíz transgénico y otros tipos que usan el mismo gen son la mayor parte de las solicitudes de siembra de maíz transgénico en cientos de miles de hectáreas en el norte de México que presentaron Monsanto, PHI México (DuPont) y Dow, y que junto a otras de Syngenta, están paralizadas desde 2012, tanto por la amplia oposición popular, como por la acción legal colectiva de organizaciones e individuos que logró paralizar su liberación comercial desde octubre de 2013. Esas trasnacionales, junto a Sagarpa y Semarnat, han presentado más de cien recursos en múltiples juzgados para revertir esa suspensión y asegurar que ese maíz tóxico y potencialmente carcinogénico se pueda plantar en México.

Otro autores han encontrado ese tipo de variaciones moleculares en la soya y otros transgénicos autorizados en México. Todos conllevan además enorme uso de agrotóxicos cancerígenos y la contaminación de aguas, suelos y alimentos, al tiempo que producen deforestación, daños a la apicultura campesina y a la salud de todos. Y como vemos, no existen ni siquiera formas adecuadas para su verdadera evaluación de bioseguridad.

Es hora de que los juzgados que tienen el tema en trámite den por terminados esos costosos procesos y sentencien que los transgénicos, incluidos soya y maíz transgénicos, por sus impactos en la biodiversidad en México, centro de origen del maíz, así como por sus impactos en ambiente y salud de la población, deben ser prohibidos.

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

No te preocupes más por las noticias falsas; lo que viene es mucho peor

En un futuro no muy lejano, los gigantes tecnológicos decidirán qué fuentes de información podremos consultar, y las voces alternativas serán silenciadas

En mi investigación sobre “noticias falsas”, descubrí algunas cosas inquietantes. Y no son las cadenas de noticias de derechas las que me preocupan. Hace poco di un vistazo al ecosistema de medios de izquierdas e intenté relacionar los hipervínculos entre estos sitios web. Así que no estoy intentando establecer una causalidad o culpar al tipo de contenido que circula en estos sitios web. Ya hay muchas personas que quieren hacer esto. Lo que yo quiero es pensar hacia adelante.
Estoy interesado en la gran red que hizo posible que el tema de las noticias falsas se vuelva tan importante. Lo que más me preocupa hasta ahora de las noticias falsas no son los datos falsos, la desinformación o la propaganda que implican. Ni siquiera es la política. Y no, lo que más me preocupa no es Trump.


Lo que más me asusta de las noticias falsas es cómo se están convirtiendo en una frase amalgama que la gente utiliza contra cualquier cosa con la que no está de acuerdo. En este sentido, las noticias falsas son como hermanastras de los “post-hechos” y la “post-verdad”: aunque no están relacionados directamente, forman parte de la misma familia disfuncional.


Se ha acusado a plataformas como Facebook y Twitter de ser responsables del resultado de las elecciones generales en Estados Unidos, el desenlace del referéndum por el Brexit y eventos como el Pizzagate, que llevó esta semana a Hillary Clinton a referirse a las noticias falsas como “un peligro que se debe atender”. Lo peor de este debate ha sido ocultado por los representantes de la vieja política, los tecnodistópicos al estilo Fahrenheit 451 y, en cierta medida, más desinformación.
¿Podríamos decir que la secuencia de eventos que llevaron al incidente del 4 de diciembre en la ciudad de Washington conocido como #Pizzagate marcó el punto en el cual las noticias falsas se volvieron reales? Yo creo que no. Las noticias falsas han sido reales desde que tenemos la capacidad de comunicarnos con el lenguaje y contar historias. La triste realidad es que el trabajo periodístico a menudo está en las antípodas de los intereses de la política, las ganancias económicas y la opinión pública.


Lo que ha cambiado todo es internet, que ha alterado la escala del problema de la información falsa y lo ha llevado a otro nivel. Si bien en el pasado, las noticias falsas eran menos visibles, siempre han estado con nosotros. Donde hoy encontramos bots de Twitter, mañana habrá asistentes virtuales e interfaces con lenguaje natural e inteligencia artificial (como Alexa, Siri y Google Home).


Las noticias falsas serán nuestro amigo virtual.


De alguna forma, ya hemos llegado a este punto. ¿Podemos considerar que cuando Google Maps no puede ofrecernos la ruta más rápida para llegar a nuestro destino se produce una noticia falsa? ¿Debemos exclamar “noticia falsa” cuando una crítica engañosa en Amazon nos lleva a comprar un mal producto? ¿Y qué pasa cuando regresamos de una mala experiencia y descubrimos críticas tendenciosas en Yelp?


Las noticias falsas determinan lo que podemos confirmar como real, más que lo que podemos identificar como falso. Las noticias son el tejido que forma nuestra realidad, y Google, Facebook, Twitter –a través de las siempre encendidas pantallas de los móviles, los rastreadores de actividad, los GPS y los espías de Bluetooth– representan nuestra interconexión con este “mundo feliz”.


Mientras las corporaciones tecnológicas piensan soluciones para protegernos –a nosotros y a sus ingresos por publicidad– del flagelo de las noticias falsas, deben asegurarse de que los sitios periodísticos alternativos, más pequeños y menos visibles, no desaparezcan con la limpieza operativa.


De alguna forma, ya hemos llegado a este punto. ¿Podemos considerar que cuando Google Maps no puede ofrecernos la ruta más rápida para llegar a nuestro destino se produce una noticia falsa? ¿Debemos exclamar “noticia falsa” cuando una crítica engañosa en Amazon nos lleva a comprar un mal producto? ¿Y qué pasa cuando regresamos de una mala experiencia y descubrimos críticas tendenciosas en Yelp? Las noticias falsas determinan lo que podemos confirmar como real, más que lo que podemos identificar como falso.


Los medios de comunicación independientes que buscan distribuir sus propios contenidos periodísticos ya están amenazados por los sistemas de entrega de contenido exclusivo como el Instant de Facebook, los vídeos 360, y AMP de Google. Los filtros industriales para depurar las noticias falsas podrían marcar el fin de los pequeños medios de noticias legítimas que hacen un gran esfuerzo para llamar la atención sobre temas que sienten que están invisibilizados o directamente ocultos intencionalmente por los medios de comunicación convencionales.


Los nuevos pornógrafos


Las noticias falsas se parecen mucho a la pornografía, especialmente respecto de cómo sus guardianes clasifican ciertos contenidos (y fuentes conocidas de contenido) que consideran inapropiado para el público. Tomemos como ejemplo la foto de la guerra de Vietnam ganadora del premio Pulitzer que fue eliminada de Facebook. Si un sistema de detección medio humano y medio automático no puede diferenciar entre pornografía infantil e imágenes de la guerra de Vietnam, espera a que comencemos a prefiltrar (o sea, a censurar preferencialmente) noticias basándonos en marcos temáticos y autoevaluaciones de la comunidad.


Es verdad que las noticias falsas han llamado la atención últimamente, incluso de los legisladores nacionales. Marsha Blackburn, congresista estadounidense, ha llegado al punto de sugerir que se debería responsabilizar a las empresas proveedoras de internet por no cerrar los sitios de noticias falsas. “Si alguien está subiendo información falsa a internet, las empresas proveedoras del servicio tienen la obligación en cierta forma de eliminar estos sitios de la red".


“En cierta forma” son las palabras clave, pero para ser justos, Blackburn también sugirió que es hora de que las plataformas como Facebook tengan editores humanos, y sabemos qué ha pasado con eso en el pasado reciente.
Sin embargo, contratar a un equipo de edición para moderar contenido va en dirección opuesta a los modelos de metanegocios algorítmicos deshumanizados que sostienen la mayoría de las empresas virtuales. ¿Por qué? Porque lo que venden es la atención de la gente. Facebook ya ha remarcado que no es, ni piensa convertirse, en un medio de comunicación.


¿Existe una solución práctica a las noticias falsas? No lo sé. Pero sí veo hacia dónde estamos yendo: hacia la eliminación de las voces alternativas y hacia la censura de contenido sobre ciertos temas.


En las guerras informáticas de 2016, si no tenemos cuidado, el resultado de la información falsa será otro filtro más. Y esta vez los filtros no estarán puestos para segmentar al público con objetivos publicitarios ni para identificar potenciales votantes. No estarán puestos para mostrar artículos periodísticos, “me gusta” y respuestas a comentarios que los algoritmos piensen que son lo que queremos ver primero.


En el futuro, los filtros no estarán programados para suprimir contenido pornográfico ni para protegernos del acoso y el abuso. En la próxima era de la infoguerra aparecerá el filtro más penetrante que hayamos conocido: se normalizará la eliminación de puntos de vista que se opongan a los intereses convencionales.


Y éste no es un problema que se limite a derecha, el centro o la izquierda. Esta es una nueva realidad. Así, mientras todos nos sumergimos más y más en los silos de información algorítmica, los servicios de información encriptada, las redes sociales a las que sólo se ingresa con invitación, vale la pena ponernos a pensar un poco. En la próxima década, filtros con inteligencia artificial desarrollados por corporaciones tecnológicas valorarán la legitimidad de la información antes de que el público pueda siquiera evaluarla por sí mismo.


Traducción de Lucía Balducci
12/12/2016 - 20:18h

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"Era Trump": suicidio de encuestadoras, multimedia y gurús de pacotilla

Ya estaba vacunado contra el engaño deliberado de las encuestadoras (http://goo.gl/NakHSG), por lo que nunca tomé en serio el supuesto aplastante triunfo de Hillary. Mucho menos después de los escalofriantes fracasos de las encuestas en México –cuando los presstitutes/loro-cutores abultaron el apretado triunfo de Peña–, del Brexit –en el cual todo el mundo se equivocó, con la notable excepción de la reina de Inglaterra y el tabloide The Sun– y de Colombia, donde el domingo futbolero, el huracán Mathew y el voto de castigo a Santos desecharon el loable acuerdo de paz con las FARC.

En la radio me atreví a rechazar, a contracorriente, el veredicto adelantado, con la frase del poeta español García Llorca: "Los muertos que vos matáis gozan de cabal salud", aplicado al trumpismo (http://goo.gl/8PLjky) y sugerí en mis redes sociales seguir el tracking poll de Los Angeles Times (feudo "mexicano" de Hillary) que resultó el único acertado sobre el triunfo tectónico de Trump en el océano de las encuestas tradicionales: exageradamente distorsionadas, debido a las lubricaciones pecuniarias de la triada de Wall Street de Goldman Sachs/los Rothschild/George Soros, cuyos palafreneros en EU/Europa/México rechazan los resultados e incitan a una revuelta, que incluya el magnicidio.

Lo grave y antidemocrático de los engaños de las encuestadoras, desde Estados Unidos hasta México, es la creación de una falsa realidad que propicia una ambientación de linchamiento contra cualquier contrapunto despreciado como "políticamente incorrecto", por lo que existió 20 por ciento de "indecisos", que en una atípica elección tan polarizada era aberrante, pero que refleja(ba) la proclividad hierática por el supremacismo populista WASP y ocultaba su verdadera "decisión", incluso, al momento de salida de los cada vez más inexactos exit polls, que a las 17 horas daban como triunfadora a la derrotada Hillary: trampa en la que cayó la aplastante mayoría de los desinformadores aquende y allende el río Bravo, como Televisa y Univision.

Will Gore (WG), de The Independent (que se equivocó en forma grotesca con el Brexit y Hillary), acepta que la victoria de Trump "colocó el último clavo en el féretro de los principales multimedia" anglosajones, el “MSM: Main Stream Media (http://goo.gl/yaVuB5)”. Tales equivocaciones "constituyen una evidencia más del grado en el que el MSM está fuera de la realidad que experimenta la gente ordinaria", cuando hoy “la verdad (sic) se encuentra en los foros online; en los tuits de los trolls que odian al MSM; en comentarios bajo la línea; en las llamadas de los radioescuchas; en las características de los medios sobre la declinación de las comunidades industriales; en los análisis académicos (nota: como el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM (http://goo.gl/ekHqnj) y Casa Lamm, donde un día antes, con datos duros, exhibí el ascenso irresistible del trumpismo)”.

Nadie de los MSM detectó la "angustia y frustración" de los furibundos desempleados WASP, sólo se (en)cargó de promocionar los desvaríos eróticos de Trump en lugar de concentrarse en la fractura de la sociedad en todos sus segmentos, lo cual se reflejó en el apabullante triunfo de Trump en el Colegio Electoral: 306 votos (30 estados) frente a 232 de Hillary (20 + Washington DC).

Daily Mail, portal del MI6, siempre tuvo en el radar el triunfo tectónico de Trump y se dio el lujo de ser el primero en el mundo en dar la primicia.

Quartz dictamina la defunción de las encuestas políticas (http://goo.gl/lj8bpL) y reconoce que existe un "giro cultural y tecnológico que no miden las encuestas", las cuales, a mi juicio, deben ser abolidas, ya que sólo sirven para engañar y ajustar sus imaginarios hallazgos a los intereses del cliente.

Hasta el otrora legendario NYT, insensatamente pro Hillary, pidió "disculpas" por su pésimo manejo de la elección (http://goo.gl/DpnEZ9), mientras el "consagrado" encuestador Nate Silver, muy abultado por el NYT y quien se autodenomina "medio judío (sic)", fue vapuleado por la cruda realidad.

El anterior parlamentario británico George Galloway se burla de los "expertos" en encuestas –como el neoconservador straussiano israelí-estadunidense Bill Kristol, editor de Weekly Standard, quien se la pasa día y noche en la televisión (¡para lo que sirvió!)–, quienes fueron humillados, como en el Brexit (http://goo.gl/9rSmWZ).

Todo el veneno vertido por los gurús de pacotilla, desde Estados Unidos pasando por la anglosfera hasta el “México neoliberal itamita”, no pudo desactivar la furia supremacista populista del trumpismo.

Con todos sus consustanciales defectos racistas, DEBKA Weekly (Nº 731; 11/11/16), portal del Mossad, planteó el escenario del triunfo tectónico del trumpismo; hoy sentencia la "muerte de las encuestas tradicionales" y catapulta la prospectiva basada en la "fuente de inteligencia abierta (Osint, por sus siglas en ingles)" que toma en cuenta a los usuarios de Internet y las redes sociales, que definen "nuevos algoritmos", como el que realizó Sanjiv Rai, de MogIA (http://goo.gl/YthkZq), que usa la inteligencia artificial on line para analizar y evaluar frases comunes y palabras recolectadas en motores de búsqueda; la frecuencia y la naturaleza del contenido en las cadenas de los tuits y los posteos en las redes sociales; como los comentarios sobre artículos en los sitios de noticias; y el nivel del compromiso de usuarios de Internet respecto al tema de su encuesta”.

Tendencias, de Infobae, analiza “Cómo funciona el software inteligente MogIA que predijo el triunfo de Trump (http://goo.gl/I9VO7K)”.

Más que de un racismo, para Breitbart (portal pro-Trump) se trata de un “movimiento económico nacionalista, tan excitante como el de la década de los 30 y mayor a la revolución de Reagan (http://goo.gl/P6Ocj5)”, en lo que concuerda Robert Gibbs, anterior secretario de prensa de Obama (http://goo.gl/EVjExc).

Los engaños de las encuestadoras globales –con sus caricaturas locales que el sarcasmo popular denigra de "para mi tía"/”mientofsky”/"mi lana"– ascienden a "crímenes de desinformación" todavía no punibles que afectan la vida de los ciudadanos.

Sobre el decadente “México neoliberal itamita”, vacunado contra la autocrítica, no haré leña del bosque derrumbado de sus encuestadoras y sus "gurús de pacotilla".

Más allá de la inaceptable frivolidad aventurera e infantiloide del esquizofrénico Senado –que parece más un manicomio para la subasta colectiva de la idea más insensata, como la amenaza de abolición del Tratado de Guadalupe Hidalgo y el porte de camisetas de la derrotada Hillary ante el letrero: "La Patria (sic) es Primero"–, prolifera e intoxica en forma preocupante el grave primitivismo/aldeanismo en un ambiente de maniqueo linchamiento cacofónico de tiránico "pensamiento único" sin pluralidad dialéctica, ausente de crítica cartesiana y kantiana: dos pilares del pensamiento "occidental", hoy huérfano de verdaderos intelectuales –que confunden con vulgares publicistas– y contaminado de mercaderes de la noticia y, peor aún, carente de sindéresis epistemológica.

 

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Viernes, 18 Noviembre 2016 06:37

El poder de los medios

El poder de los medios

Los medios más influyentes del mundo llegan a ese lugar trenzándose con los poderes económicos y políticos y, por lo tanto, defienden y reproducen esos intereses. El País de Madrid es un buen ejemplo, con notable capacidad para vetar a quienes pueden poner en riesgo los privilegios. Hay alternativas.

 

“Determinados medios progresistas, como El País, me han dicho que si hubiera habido un acuerdo entre el Psoe y Podemos, lo criticarían e irían en contra.” Cuando Pedro Sánchez, ex secretario general de los socialistas españoles, acusó directamente al diario El País y al ex presidente de Telefónica César Alierta de haber evitado un gobierno de izquierdas, estaba apuntando a uno de los centros de poder intocables en el Estado español. Entrevistado para el programa televisivo Salvados, Sánchez reveló que desde el diario de Juan Luis Cebrián se le hizo llegar que no le iban a dar su respaldo si no llegaba a un acuerdo para que el Partido Popular siguiera siendo gobierno (Público.es, 30-X-16).


En la entrevista añadió que “el Psoe y Podemos están condenados a entenderse. Y el Psoe debe reconciliarse con el votante de izquierdas”, una afirmación temeraria para los capitostes del poder. Sánchez sostuvo que fue traicionado por el portavoz del Psoe en el Congreso, Antonio Hernando, y atacó a Felipe González, de quien dijo que ya se reconoce en él.
Apenas dos días después El País dedicó su editorial a lanzar un duro ataque contra Sánchez. Recordó que el líder socialista visitó al presidente de Telefónica para pedirle que presionara a su favor en la línea editorial de El País, ya que la empresa de telecomunicaciones posee 13 por ciento de las acciones del matutino. El diario asegura que “confundir el derecho de los medios de comunicación a tener una línea editorial y expresarla libremente, con el ejercicio de una presión inmoral e ilegítima sobre los partidos políticos sólo puede deberse a la ignorancia acerca del papel de los medios de comunicación en una democracia” (El País, 2-XI-16). El editorial concluye que “la única presión visible en esto es la que se deriva de nuestro ejercicio de la libre expresión”.


FACTOR DE PODER.


El periodista Roberto Montoya analiza en una serie de artículos las relaciones entre El País y el Psoe, centradas en el vínculo personal entre Juan Luis Cebrián y Felipe González.


Recuerda que El País fue fundando en 1976 por Jesús de Polanco, “un hombre que había militado en el Frente de Juventudes del (franquista) Movimiento Nacional y que luego trabajaría para la editorial Escelicer, vinculada a la secretaría del movimiento falangista”, que “llegó a convertirse en la tercera fortuna de España, y apostó por montar un imperio mediático” (Viento Sur, 5-XI-16).


El director de El País desde su fundación fue Juan Luis Cebrián, quien “de joven fue redactor jefe de Pueblo, el diario vespertino del Movimiento Nacional, y terminó siendo nombrado por el último gobierno de la dictadura franquista en 1974 como jefe de los servicios informativos de Radio y Televisión Española (Rtve)”. Según Montoya, ambos siguieron los pasos de muchos franquistas que al estrenarse la democracia desembarcaron en partidos como el Centro Democrático, del ex presidente Adolfo Suárez, y en un Psoe que había estado ausente en la resistencia al franquismo y renació en 1976 con fuerte apoyo de la socialdemocracia alemana, que “se volcaba de lleno económica y políticamente –con la bendición de Washington– para catapultar a los socialistas españoles al poder”. El objetivo era bloquear al poderoso Partido Comunista, sobre el que había recaído la resistencia a la dictadura.


En los 14 años que Felipe González estuvo en La Moncloa, tanto el partido como el diario se convirtieron, de forma ya abierta, en defensores acérrimos de las elites. La composición accionaria del grupo Prisa, propietario de El País, así lo revela: el fondo buitre Amber Capital detenta el 18,3 por ciento, la familia Polanco el 17,5, Telefónica el 13 por ciento del capital del grupo, seguidos por el millonario qatarí Ghanim al Hodaifi al Kuwari, el Hsbc, el grupo Iamsa, Caixabank y el Banco Santander.


Las áreas de negocios del millonario de Qatar, que tiene derecho a dos asientos de los 13 del consejo de administración que preside Cebrián, incluyen empresas de la construcción, petróleo y gas, comercio, ingeniería eléctrica y mecánica, industria, alimentación, agricultura, los sectores de tecnología de la información y la consultoría de proyectos (El Confidencial, 15-XI-16). Es la más reciente incorporación al grupo Prisa, luego de que el balance de 2014 revelara 2.000 millones de euros de pérdidas. Pero muestra también el tipo de alianzas de la prensa “progresista” española.


El grupo Prisa, fundado en 1972 por Polanco, es propietario no sólo de El País sino del diario deportivo AS, Cinco Días y Hu-ffington Post, posee la española Cadena Ser y alrededor de 1.250 emisoras entre propias y asociadas en diversos países de América Latina. Cuenta con canales de televisión, con la editorial Santillana (una red de editoriales en realidad) y con empresas de publicidad. Tiene parte del capital de Le Monde y en Argentina es socio de Papel Prensa junto a Clarín y La Nación, ha hecho inversiones en el grupo Televisa, de México, es propietario de la colombiana Caracol Radio y de Ibero Americana Radio Chile, un consorcio de 11 cadenas que concentran más de la mitad de la programación y que está presente en la mayor parte de los países de la región, incluyendo Estados Unidos.


Cebrián se ha convertido en uno de los hombres más poderosos del mundo. Es miembro del Club de Bilderberg, el grupo de las 130 personas más influyentes del planeta que se reúnen todos los años y en el que participan banqueros, políticos, militares y propietarios de grandes medios de comunicación. En ese selecto grupo figuran junto a Cebrián el estadounidense Donald Rumsfeld, ex secretario de Defensa; Peter Sutherland, presidente de Goldman Sachs y British Petroleum; Paul Wolfowitz, ex presidente del Banco Mundial; David Rockefeller y miembros de la familia Ford, entre otros.


Por todo lo anterior, suena a risa cuando el editorial de El País asegura que “la única presión” que realiza el medio “se deriva de nuestro ejercicio de la libre expresión”. Montoya recuerda que “el diario El País tapó todo lo posible los asesinatos de los Gal durante la posdictadura; protegió a ultranza al ‘Señor X’ y a toda la cúpula de Interior implicada mientras otros medios destapaban todos los días detalles del terrorismo de Estado; intentó minimizar sonados casos de corrupción del gonzalismo, como el de Filesa y otros, y fue cómplice fiel de la neoliberalización acelerada que iba experimentando el aparato del Psoe”.


PERIODISMO O PROPAGANDA.


“El Times se ha convertido en un apologista de los poderosos”, escribe Robert Parry, quien destapó el escándalo Irán-Contras (Consortiumnews.com, 7-XI-16). En un extenso informe, el periodista de investigación repasa varias situaciones en las cuales el célebre The New York Times “ha extraviado su camino periodístico, convirtiéndose en una plataforma de propaganda”, al aceptar siempre los argumentos del poder.


Rememora la invasión a Irak en 2002, cuando el Times avaló las mentiras de la Casa Blanca sobre las inexistentes armas de destrucción masiva del régimen de Saddam Hussein, hasta la guerra en Siria. Un caso ejemplar sucedió el 21 de agosto de 2013, cuando un ataque con gas sarín en las afueras de Damasco mató a varios cientos de personas. Nuevamente “el Times se alineó detrás del gobierno de Estados Unidos para culpar al gobierno del presidente sirio Bashar al Asad”. Según Parry, había razones para dudar de la versión oficial, y poco después quedó demostrado que se trató de una provocación de los yihadistas, aunque el periódico no se disculpó ante sus lectores.


“Eso no es periodismo –enfatiza Parry–, es la sumisión sin sentido a la autoridad.” Los viejos criterios de objetividad e imparcialidad que “se supone deben estar en el centro del periodismo” han desaparecido en aras de la propaganda.
Quien se asome estos días a las páginas del Times observará una virulenta ofensiva contra el presidente electo Donald Trump y una sobreexposición de las manifestaciones en su contra, algo inusual en el diario de la Gran Manzana. Este hecho ha llevado a otros analistas a asegurar que las protestas contra Trump son convocadas y apoyadas por páginas adictas al megaespeculador George Soros, inventor de las “revoluciones de color” que propician “cambios de régimen”.


Más allá de la opinión de cada quien sobre Trump, no parece lícito que los medios se sumen a conspiraciones amparados en la “libertad de expresión”. Algo similar ocurrió cuando diarios como The Washington Post, el Times, El País y The Guardian repitieron el aserto de Hillary Clinton de que Trump es “un títere de Vladimir Putin”. ¿Demasiado? Estos días El País asegura, sin pudor, que Europa “está amenazada” por la victoria de Trump, ataca “la estupidez” de sus votantes y dice que su triunfo fue “una rebelión contra la razón y la decencia”. ¿Acaso la invasión y destrucción de Libia y el obsceno asesinato de Gaddafi, que nunca condenaron, fueron racionales y decentes?


“En los tiempos actuales ya no es el valiente periódico que publicó los papeles del Pentágono y la historia secreta de la guerra de Vietnam”, escribe Parry, en relación con The New York Times. La mutación de los grandes medios en apologistas del poder está íntimamente relacionada con su conversión en grandes empresas monopólicas que engordaron gracias a sus relaciones con el poder político.


¿ALTERNATIVAS?


Es tan grande el poder del grupo Prisa que consiguió que a la reunión del Club del Bilderberg de 2015 no fuera invitado ningún representante del gobierno español. Ese año el grupo de los “amos del mundo” debía tratar “asuntos como la situación política europea, la deriva de la crisis griega y las relaciones de Occidente con Rusia a propósito del conflicto de Ucrania” (El Confidencial, 10-VI-15). El club apoyaba a la entonces vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría para sustituir a un desgastado Mariano Rajoy. Desde el gobierno no ahorraron críticas a Cebrián, que “ha sido uno de los principales impulsores de la supuesta candidatura de la vicepresidenta”.


El último tic del grupo Prisa consiste en poner en una misma bolsa a Trump y a Podemos, un libreto en el que insisten en cada edición desde que se abrieron las urnas en Estados Unidos. Acusando de “populistas” a todos los que cuestionan el neoliberalismo, pretenden igualar el fascismo de Marine Le Pen con el izquierdismo de Pablo Iglesias. Víctimas y victimarios, opresores y oprimidos, equiparados por el rodillo mediático de la prensa del poder.


Como señalaba Fernand Braudel, lo que caracteriza al capitalismo no es la competencia sino los monopolios. No es posible desmontar o regular los monopolios mediáticos como si fueran algo aislado del resto del sistema. Los escasos intentos han fracasado, y todo indica que seguirán fracasando, porque el capital que los controla está tan diversificado que cuando se le corta una cabeza, como a la hidra mitológica, se reproducen varias más.


Tal vez la política para constreñir a los monopolios mediáticos deba ser complementada por otra, que es tan interesante como poco atendida. El último censo de la Asociación de Revistas Culturales e Independientes de Argentina revela que en ese país existen casi 200 publicaciones autogestionadas, donde trabajan más de mil personas. Las ediciones en papel tienen un millón de lectores y, si se suman las plataformas digitales, llegan en total a cinco millones, un 15 por ciento de la población del país y un porcentaje mucho mayor de los lectores de medios.


Pese a la crisis económica y al escasísimo aporte estatal, el apoyo a los medios no monopólicos parece ser un camino fértil que, sin embargo, las autoridades uruguayas prácticamente ignoran.

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Corte colombiana: pueblos indígenas y libertad de expresión

Pocas veces contamos con la evidencia de una sentencia constitucional en favor de los pueblos indígenas y más destacable aún por tratarse de un caso en el que está de por medio la libertad de expresión. La Corte colombiana sigue dando ejemplo. El 25 de septiembre de 2015 el señor Luis Fernando Arias, en calidad de representante legal de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), presentó una acción de tutela (T-5336862). Solicitó la protección de los derechos al buen nombre, a la honra, a la rectificación de la información, a la autonomía, a la no discriminación y a recibir información veraz e imparcial de los pueblos indígenas asociados en dicha organización.

Sostuvo que si bien la libertad de expresión tiene una posición constitucional privilegiada, posee también un límite en los derechos de los pueblos indígenas, vulnerados por el director del programa Séptimo Día, el director del canal Caracol y la Agencia Nacional de Televisión (Antv), al transmitir tres programas los días 26 de julio, 2 y 9 de agosto de 2015 como parte de una serie denominada Desarmonización, la flecha del conflicto: 1. Abusos sexuales, prostitución, drogadicción. ¿Es suficiente la justicia indígena? 2. ¿La corrupción llegó a los cabildos indígenas?, y, 3. El dilema jurídico de la recuperación de tierras por parte de los indígenas. En la sentencia (T-500 de 2016, 14 de septiembre de 2016) se reproducen las afirmaciones esenciales denigrantes avaladas por "testigos" y los alegatos jurídicos de la televisora reivindicando su libertad de expresión.

La magistrada ponente solicitó un peritaje de la destacada antropóloga Esther Sánchez Botero, quien colocó en el centro del problema el tema del estigma sustentando teóricamente que es una especie de naturaleza que vuelve a una persona "menos apreciable", "inferior". En el caso de los indígenas, se les endilgan atributos infames para afirmar que su "naturaleza" es diferente a la de otras personas que comparten en la sociedad colombiana, pues es el medio social el que establece las categorías de personas que se encuentran en la nación. Enfatizó: el estigma se manifiesta por medio de una actitud hacia otros, acompañada por una opinión, mientras la discriminación es una conducta que se desprende de esas afirmaciones para distinguir, en este caso al indígena, al otro, como sujeto al que se le pueden privar arbitrariamente sus derechos y oportunidades debido al estigma.

La quinta sala de la Corte colombiana decidió conceder el amparo en los términos solicitados por la ONIC. Si bien deslindó a la Antv y ordenó al director del programa Séptimo Día y al canal Caracol rectificar la información presentada en el episodio del 26 de julio de 2015, con el reconocimiento de que tanto el presentador y director como la reportera desconocieron lo dicho por el consejero mayor del Consejo Indígena Regional del Cauca en relación con su concepción del delito de violación, atribuyeron injustamente a todos los pueblos indígenas de Colombia y a su justicia creencias y convicciones en torno al delito de violación contra menores de edad sin tener prueba de ello y en contravía de las declaraciones hechas para el programa por una de sus autoridades, con lo cual violaron el derecho de los pueblos indígenas y de su audiencia de recibir información veraz, y utilizaron la imputación de tales creencias para justificar su opinión en torno a la justicia indígena, con lo que vulneraron el derecho de los pueblos indígenas y de su audiencia a recibir información imparcial.

Finalmente, les ordenó rectificar lo dicho y reconocer que el medio de comunicación y la periodista carecen de la evidencia para sustentar que en ciertas partes del Cauca "la distinción entre ser indígena y ser guerrillero no sea tan clara". También les ordenó adoptar un manual de ética escrito para autoevaluar sus contenidos, que incluya reglas mínimas para abordar temas relacionados con grupos étnicos (sic), minorías sexuales y demás sujetos tradicionalmente estigmatizados dentro de nuestro contexto social.

De igual forma, deberán adoptar un mecanismo para ponderar los eventuales riesgos que implique la difusión de la información o de las opiniones transmitidas por el mismo sobre el grupo social, en particular en cuanto tiene que ver con el conflicto armado interno. Por otra parte, la ONIC deberá acceder a un programa para sustentar su defensa.Y en adelante, si el medio pretende difundir una acusación contra las autoridades, líderes o miembros de los pueblos indígenas, deberá identificar adecuadamente el pueblo al que pertenecen, el resguardo o parcialidad de la que hacen parte, sin acusaciones genéricas contra un pueblo o comunidad, o hacer afirmaciones más allá de lo que las fuentes debidamente corroboradas efectivamente les permitan confirmar. En México lo sabemos nada de estigmas, discriminación y racismo. Nos es ajeno.

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Ciudadanos del No, movilícense por la paz

Nunca olvidaremos el 2 de octubre de 2016. Tras conocer los resultados del plebiscito, mi sentimiento inmediato fue de desolación y soledad. Verse de repente dentro de un colectivo que no tiene el don de la compasión y la solidaridad fue devastador. Es aterrador caminar sin dirección y tropezarse constantemente con el vecino, el familiar o el pasante y tener miedo a sentir empatía por el otro, por existir un abismo infranqueable entre nuestros principios y valores fundamentales.

Supongo que ante tanta desolación el cuerpo y el inconsciente reaccionan para evitar su desplome. Por acto de fe en la humanidad la explicación que más aceptó mi espíritu fue la que no todos los que votaron por el No están realmente a favor de la guerra. Todos compartimos, o al menos la inmensa mayoría, principios fundamentales a favor de la paz y la compasión. Así lo compartí con mi hijo.


Bajo estas circunstancias me fue posible reconocer con humildad la victoria del No y superar el resentimiento y la desesperanza. Compartimos el fin y debemos afinar los medios, las condiciones, las consecuencias para lograrlo de la mejor manera.


Indudablemente durante el proceso de paz se protegió con terquedad la confidencialidad de los diálogos, con el altísimo costo de sacrificar una participación abierta de diferentes sectores sociales y políticos. Las partes lograron efectivamente un corpus de acuerdos que, a pesar de contener elementos que uno quisiera fueran diferentes, en su integralidad configuran un país posible, éticamente aceptable, vivible, en donde a todos nos correspondería aportar desde nuestras pasiones y posibilidades, un grano de arena hacia la convivencia.


Solo en su conjunto y no desde la visión fragmentada de sus partes, era posible digerirlos. Así mismo, los resultados del plebiscito mostraron como mayoritariamente las víctimas votaron con amplias mayorías a favor del Sí. Su dolor vivido en carne propia, el deseo profundo de no repetir estas experiencias y evitar a toda costa que algo similar ocurriera a sus hijos y su enorme voluntad y capacidad de perdón y resiliencia, se reflejan en ese voto mayoritario. Ellas votaron esperanzadas por el Sí a la paz y de repente las mayorías de nuestra sociedad miraron hacia otro lado o las condenaron nuevamente a una posible reanudación de la confrontación. Esas mayorías que, si acaso, sentirán los coletazos de la violencia, mientras que ante su indolencia, volverá la sangre y el miedo a las casas de los más humildes.


En la conciencia de quienes votamos por el Sí, intentar la perfección de esta ecuación ponía en riesgo principios supremos. Y esto no valía la pena ni era moralmente aceptable. Creo que el voto por el Sí, en su gran mayoría fue un voto ético, enmarcado en el ideal de la paz.


Ahora, con inmenso temor de que el sueño se desvanezca frente a nuestros ojos, y mientras actuamos apasionadamente a favor de nuestras convicciones, miramos expectantes a quienes votaron por el No, a quienes afirman con vehemencia que votaron por la paz. Y nos preguntamos “¿Si este no es el camino hacia la paz, entonces cuál es?” “¿Si este no era el mejor acuerdo posible, entonces como lo mejoramos?”, “¿Dónde están esas renombradas propuestas de una paz posible y mejorada?”


Y entonces me lleno de confianza en que aquello que nos une a todos los ciudadanos, a los del Sí y a los del No, es el deseo profundo por alcanzar la paz. Confío, quiero confiar, en que cada uno de quienes votaron por el No, luchará incansablemente para que sus dirigentes, en quienes ellos depositaron su confianza y el futuro de Colombia, presenten sus propuestas de manera generosa. Propuestas destinadas a construir la paz y no a sentar las mismas posiciones irreconciliables que nos han condenado por décadas a la guerra.


Miro nuevamente a mi alrededor y quisiera ver a los votantes por el No, marchando decididos en las calles levantando su voz, defendiendo masivamente ese principio supremo que es la paz. Reclamando, exigiendo de sus dirigentes las propuestas concretas, posibles, viables que nos conduzcan a salvar los acuerdos. Aportando y construyendo desde sus conciencias el camino que permita que la crisis generada haya valido la pena y se convierta realmente en un escenario de acuerdo nacional por la paz y finalmente seamos todos quienes la defendamos.


Si cada una de esas personas no invierte hasta su último aliento en esta tarea, lastimosamente se demostrará que no somos iguales. Que al final solo nos robaron el discurso de la paz de manera descarada, y lo que es peor, nos robaron la posibilidad de construir entre todos, con ellos, un país en paz para nuestros hijos. Y eso lo llevarán en su conciencia.


Nosotros mantendremos incansables nuestra voluntad de paz y revisaremos nuestras acciones del pasado para no incurrir en los mismos errores en el futuro.


Confío aún.

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Juan Manuel Santos: Política, falsedad y manipulación

Lo han dicho una y otra vez pensadores y guerreros: “La política es el arte de engañar” (1), o de otra manera, cuando la política asume otras formas: “El arte de la guerra se basa en el engaño” (2). Y esta verdad de apuño gana evidencia cuando ante la pregunta: ¿Qué pasa si gana el no (en el plebiscito)?, se escucha a Juan Manuel Santos decir que: “Muy sencillo: se devuelve la guerrilla a la selva y continúa el conflicto armado” (3)

Aunque es una respuesta de cajón, una respuesta que acude al miedo como recurso para presionar la opinión de propios y ajenos, lo que resalta acá es que los políticos no tienen reparos para acudir a la mentira cuando las circunstancias lo obligan. Así la mentira sea evidente o fácilmente detectable.

Y en la respuesta de Santos el “desliz” es evidente. Ante un posible voto por el No en el plebiscito la verdad es que la guerra con las Farc no retornaría por doquier; pero lo que sí devendría de tal suceso es una crisis de legitimidad del régimen político, del gobierno de turno y de las negociaciones adelantadas en la capital cubana. Y la guerra no ascendería a sus extremos por queni uno ni otro actor anda en ese plan, aunque sus dispositivos para un posible Plan B así lo consideren.

De alguna manera, el escenario de un triunfo del No en el plebiscito, totalmente perjudicial para la Farc, pues inmovilizaría sus tropas en un letargo que las podría llevar a la desmoralización, le sirve al Gobierno que sometería a su enemigo a un desgaste prolongado a través del cual presionaría la mente de sus mandos, obligándolos a ceder más en el escritorio. Sobre esto también aconsejó Sun Tzu: “Es mejor conservar a un enemigo intacto que destruirlo” (4).

 

Persisten, ¿hasta cuándo?

 

Esta capacidad de mentir vuelve y gana luz cuando en la misma entrevista interrogan al presidente Santos por la posibilidad del triunfo del No, y sacándole el cuerpo a lo preguntado por el periodista contesta que “...si se vive pendiente de ellas (las encuestas) no se toman decisiones”.

El arte del engaño, y de la simulación, esa es la política: en muchas ocasiones cuando se dice una cosa realmente se pretende decir otra. En la guerra, aconsejan amagar por el norte y atacar por el sur. En política, se alaba al enemigo cuando en verdad se le odia y pretende someter. Y con esta respuesta el Presidente niega algo real y central de la política moderna, de la política de esta época de las comunicaciones en tiempo real: todos los políticos, mucho más las cabezas de los gobiernos, viven pendiente de las encuestas; y no solo esto, antes de tomar ciertas decisiones las mandan a hacer. En la época del reinado de la opinión pública, hay que moldearla, pero ella también obliga a ciertos procederes desde el alto gobierno.

La mentira, la simulación, el engaño, en la política y en la guerra, nos recuerdan que vivimos en una época de apariencias donde lo que parece no es, así los medios de comunicación oficiosos, la escuela y los grandes relatos nos hayan habituado a ver lo falso como lo verdadero.

Ante esta realidad, y con la necesidad de transformar las sociedades para alcanzar un buen vivir, los movimientos sociales y políticos alternativos están ante el reto de invertir el espejo que les extienden los gobiernos de turno para no errar a la hora de tomar sus decisiones.

 

1 Maquiavelo, Nicolas, El Principe
2 Tzu, Sun, El arte de la guerra
3 http://internacional.elpais.com/internacional/2016/09/03/colombia/1472916991_531673.html
4 Tzu, Sun, op. cit.

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“La utopía más importante de esta época es el neoliberalismo”

El analista político y periodista cuestiona la “antipolítica tecnocrática” e impugna el optimismo de artistas como Bono y economistas como Jeffrey Sachs en la lucha contra el hambre. Y dice: “Tenemos que poner fin al triunfo de las multinacionales sobre los Estados”.


La elegancia del provocador de sombrero negro –extranjero fascinado con la cultura argentina, aunque rechaza la obsesión por el psicoanálisis de los porteños– reside en el placer de cuestionar la filantropía capitalista de las grandes empresas multinacionales, la “antipolítica tecnocrática” que bosqueja los programas de ayuda al desarrollo de los organismos internacionales y fundaciones, esa especie de nueva religión que proclama que la innovación del sector privado puede terminar con la desnutrición. El martillo del feroz pesimismo de David Rieff en El oprobio del hambre (Taurus) desbarata la trampa de las “buenas intenciones”, como sucede en el cuento de Antón Chéjov, citado en uno de los epígrafes: “Es necesario que en la puerta de cada hombre satisfecho, feliz, esté parado alguien con un martillo, y le recuerde con un martillazo de modo constante, que hay hombres infelices, que, por muy feliz que él sea, la vida tarde o temprano le enseñará sus garras, llegará la desgracia, la enfermedad, la pobreza, la pérdida, y nadie lo verá ni lo oirá a él, como él no ve ni oye ahora a los otros”. En el libro, un excepcional trabajo de investigación y escritura de largo aliento, impugna el optimismo de un conjunto de personalidades públicas influyentes, desde estrellas populares como Bob Geldof y Bono, hasta economistas como Jeffrey Sachs, que están convencidas de que la pobreza extrema y el hambre serán erradicadas en la primera mitad del siglo XXI. “Seis siglos antes del comienzo de la era cristiana, el profeta Ezequiel declaró que el hambre era el oprobio de las naciones. Lo que sobre todo quería decir con hambre era hambruna, el hambre que mata. Y durante buena parte de los dos mil seiscientos años transcurridos desde los tiempos de Ezequiel, en casi todas partes del mundo sus palabras han seguido siendo tan convincentes como cuando las escribió”, plantea Rieff, analista político, periodista y crítico cultural, hijo de la escritora Susan Sontag (1933-2004).


Nada más alejado de lo empírico que el anhelo de estar en el backstage del fin de la pobreza. “La dura realidad es que para evitar la hambruna recurrente en todo el mundo, que ahora cuenta con siete mil millones de habitantes, a los que se sumarán casi sin duda otros dos mil millones en 2050 y quizás mil o dos mil millones más en las dos décadas siguientes, la producción agrícola tendrá que incrementarse sin cesar”, argumenta Rieff desde una especie de rescate neomalthusiano. “Los orígenes de El oprobio del hambre me llevan a recordar que he estado veinte años trabajando en asuntos humanitarios, sobre todo con Médicos sin Fronteras. No fui exactamente corresponsal de guerra, sino una persona que escribía sobre los aspectos humanitarios en zonas de guerra. Estuve en Bosnia, Congo, Ruanda, Sudán, Kosovo e Irak... Yo quería escribir sobre el desarrollo y cuando vino la crisis económica y alimentaria de 2007 me di cuenta de que había cambiado muchos mis opiniones. La crisis de 2007 es parte de una historia mucho más larga. He estado dos años pensando que iba a escribir un libro de reportaje, y finalmente escribí un libro bastante curioso porque tiene un aspecto polémico”, advierte Rieff en la entrevista con Página/12.


–Cuando empezó a escribir acerca del hambre, ¿tenía una mirada más “ingenua”? ¿Estaba más cerca de los utopistas?
–No, nunca estuve del lado de los utopistas, pero seguramente tenía una mirada más ingenua. Si tengo una política, una perspectiva moral, es el antiutopismo tanto contra la derecha como contra la izquierda. La utopía más importante de nuestra época es el neoliberalismo. Alguien me podrá decir que está (Nicolás) Maduro en Venezuela y (Evo) Morales en Bolivia, pero creo que estamos en un momento terminal de la utopía socialista en esos países. Por desgracia, la utopía neoliberal está más fuerte que nunca. Empecé a escribir cuando tenía 30 años, ahora tengo 63, y si hay un vínculo entre mis libros es el antiutopismo. Hay estructuras, civilizaciones, sociedades, ambientes políticos más o menos horribles y sé que hay cosas por hacer. Mi conclusión es que tenemos que poner fin al triunfo de las multinacionales frente a los Estados. Esta fue la victoria de una cierta línea política, la de (Margaret) Thatcher y (Ronald) Reagan, pero estoy seguro de que es posible acabar con eso. No me refiero a la caída del capitalismo, que es otra cosa. No creo que en este momento podamos terminar con el capitalismo. Quizá sí dentro de cien años. Los movimientos antiglobalización dicen que otro mundo es posible, pero yo digo que no es muy probable. Supongamos que estoy equivocado y que va a venir la revolución entre comillas. Pero no será mañana y mientras tanto, ¿qué hacemos con la hambruna, que yo creo que va a regresar? ¿Qué hacemos con la desnutrición, que es terrible en muchas partes del mundo, sobre todo en India?
–En el primer capítulo del libro, titulado con un interrogante, “¿Por fin un mundo mejor a nuestro alcance?”, formula varias preguntas, entre otras, si es el capitalismo la respuesta o la raíz del problema, y si es posible una transformación nutricional sin una transformación política. ¿Qué respuestas puede dar hoy?
–En este momento, el capitalismo ganó. No digo que el capitalismo del 2030 será el mismo. No digo que los Estados Unidos van a imponer la actual versión norteamericana del capitalismo; es muy posible que el capitalismo dentro de treinta años sea a la manera de China o de Vietnam. No sé si será peor o mejor, este es un asunto para hablar en otra conversación. Pero no veo que haya una verdadera alternativa al capitalismo en este momento, sobre todo por la victoria del capitalismo en Asia y en India. Si hablo de China, India y Vietnam, me refiero más o menos al 40 por ciento del mundo. Si incluyo a Brasil, Argentina, Chile, México y los Estados Unidos, sería un 30 por ciento más. Puede haber versiones más simpáticas y más crueles del capitalismo. Yo preferiría una versión menos cruel. Pero el capitalismo es nuestro futuro. La cuestión es cómo hacer para que ese capitalismo, que para mi gusto es demasiado cruel, tenga un rostro más humano. Esto es lo que trato de pensar en el libro, desde una óptica muy pesimista. Me gustaría que Noami Klein tuviera razón, pero no veo cómo. Hay una diferencia entre el optimismo y la esperanza. Terry Eagleton acaba de publicar un libro muy interesante que se titula Esperanza sin optimismo (Hope without Optimism)
–¿Cuál es la diferencia entre esperanza y optimismo?
–La esperanza es una categoría moral, es el argumento de Eagleton, y estoy totalmente de acuerdo. El optimismo es una constatación empírica: hay o no hay razones para el optimismo. Para mí, escritores como Noami Klein confunden esperanza y optimismo. Yo creo que no se puede cuestionar a alguien porque tenga esperanza. Al contrario, pienso que es absolutamente legítimo. He leído atentamente los libros de Klein, conozco a muchas personas en el Right to Food (Derecho a la Alimentación) en Delhi y Bombay, he pasado mucho tiempo de mi vida en la India, pero no veo la justificación empírica para un optimismo sobre el desarrollo o sobre un cambio de sistema.
–¿Por qué en El oprobio del hambre cuestiona a la fundación Bill Gates?
–El déficit democrático es el fantasma en el banquete del filantrocapitalismo. No tengo ninguna duda de que la fundación Gates hace muchas buenas cosas, no quiero poner en cuestión las intenciones de Bill Gates ni de la fundación en tanto institución. Pero tienen una confianza absolutamente equivocada en el papel central de los descubrimientos científicos y de las tecnologías. Las proposiciones de Gates en torno a la tecnología son correctas, pero no puedes resolver la crisis de la alimentación con soluciones tecnológicas porque es una crisis de injusticia y desigualdad. Gates no quiere pensar en estos términos y es por eso que creo que su proyecto no puede tener el éxito que él cree que tendrá en unos años. No tengo nada en contra de Gates, aunque reconozco que me da cierto placer criticar a los grandes (risas).
–En uno de los capítulos del libro, “Promesas a los pobres”, cuestiona el consenso imperante en los años 80 y 90 sobre la adopción de políticas de libre comercio de amplio alcance que podían llevar al desastre. Y cita al geocientífico Laurence Becker porque dice que “no existe en el mundo un mercado verdaderamente libre”. Este es uno de los grandes debates del presente: si hay que proteger los mercados internos, para que puedan desarrollarse y crecer, como han hecho la mayoría de los países, o liberalizar los mercados. ¿Qué opina usted?
–No creo en ningún absolutismo. El neoliberalismo es un absolutismo; el marxismo, también. Cada país exitoso ha insistido al inicio de su desarrollo en proteger a varias industrias, a los bancos o a los agricultores. No formo parte de la religión del neoliberalismo ni del marxismo: las dos son versiones de fe. Como no creo en revoluciones ni de izquierda ni de derecha, busco una síntesis. Lo que hizo (Luiz Inacio) Lula (da Silva) en Brasil con el programa “Hambre Cero” me pareció una solución interesante y exitosa porque la única respuesta posible es el fortalecimiento del Estado y la responsabilidad de la política democrática. Hablar de un mercado completamente libre es una tontería.
–¿Qué le interesa de Hambre Cero?
–Para empezar había un consenso y Lula tenía confianza en el Estado, pero también sabía que no podía gobernar sin el acuerdo de los capitalistas de San Pablo. Lula logró un compromiso histórico y para mí es la única respuesta realista en nuestra época. El programa “Hambre Cero” redujo drásticamente la malnutrición y la desnutrición. Tengo un enorme respeto y he aprendido mucho de Amartya Sen, pero creo que desgraciadamente se equivocó cuando planteaba que únicamente las sociedades democráticas podrían resolver las hambrunas. Es una ilusión muy sentimental, para contestar honestamente... Muchas dictaduras han conseguido reducir la pobreza, mejorar la sanidad pública y hacer más eficiente el funcionamiento de sus sociedades.
–Uno de los temas que trabaja en el libro es la desigualdad como una condición del sistema capitalista mundial. ¿Por qué crece la desigualdad?
–Lo que vemos es que crece la desigualdad más al interior de los países que entre los países. Hay una versión del capitalismo que favorece, como dice Thomas Piketty, el aspecto financiero y no el aspecto productivo. El capitalismo es una fábrica de desigualdades.
¿Cómo cambiarlo? Es muy difícil... Los perdederos de la globalización en Gran Bretaña votaron por el Brexit.
–¿Por qué toda la derecha del mundo, desde Marine Le Pen en Francia a Donald Trump en Estados Unidos, salió a celebrar la salida de Gran Bretaña de la Unión Europa?
–El neoliberalismo está en guerra contra el populismo de derecha porque el capitalismo no quiere que gane Trump. El 99 por ciento del capitalismo quiere que gane Hillary Clinton. Hace treinta años era posible hablar de la derecha global como una unidad. Ahora hay verdaderamente una ruptura casi completa entre el populismo de derecha –para no decir fascismo– y el neoliberalismo globalizador. Trump y Le Pen siguieron la línea del Brexit, pero el capitalismo no. Ni Trump ni Le Pen podrían ganar las elecciones porque, ¿cómo puede ganar la derecha cuando el capitalismo se opone?
–¿Es posible que Trump gane las elecciones en Estados Unidos?
–No, es imposible. No se puede hablar de una victoria de Trump cuando el capitalismo y los jóvenes negros se oponen a él. Desde el punto de vista matemático no veo posibilidades. El fascismo histórico tenía una versión anticapitalista como en Italia y en la Alemania nazi; pero cuando tomaban el poder, lo hacían con el acuerdo de la clase capitalista. Trump no tiene este acuerdo... Pero si gana Trump, me voy a vivir a Toronto (risas).
–Sería bastante curioso, adjetivo por cierto benévolo, un mundo con Trump como presidente de Estados Unidos y Le Pen como presidenta de Francia, ¿no?
–Es más posible Le Pen en Francia, aunque no creo que vaya a ganar porque el Frente Nacional no es un verdadero partido, sino un negocio de familia. Para mí es más probable que gane (Nicolas) Sarkozy o (Alain) Juppé, la derecha clásica. Y van a adoptar algunas propuestas del Frente Nacional para atraer a más votantes. Al menos Le Pen no está loca y es una persona ideológicamente sincera. Trump no tiene ningún principio; es un cínico.

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Tres manifestaciones de un mismo fenómeno


El pasado 23 de junio tuvieron lugar las elecciones en el Reino Unido, para decidir su permanencia en la Unión Europea. El resultado, como es conocido, fue mayoritario a favor de abandonar el organismo multinacional. Un resultado previsto por algunos. Aunque durante los días previos las encuestas daban un empate técnico entre el sí y el no, e incluso daban como ganador al sí.

 

Como en otras muchas ocasiones, las encuestas, propiciadoras de ciertos giros en la opinión pública –algunos pudieran decir que son manipuladoras–, dejaron ver el cobre. Configuran una democracia manipulada. Fenómeno importante, para no dejar pasar sin reparar en él, pero esta no es nuestra preocupación en esta nota.

 

Pretendemos resaltar que al día siguiente de este referendo, comenzaron a circular noticias, acerca de que una numerosa población inglesa reclama una nueva consulta sobre el tema votado. ¿El motivo? Estaban mal informados sobre las consecuencias derivadas del abandono, por parte de su país, de la Unión Europea. Al final, cuatro millones de personas firmaron una solicitud ante las instancias pertinentes, para que una nueva consulta tome cuerpo. La respuesta del órgano consultado es que “la decisión ya está tomada”.

 

¡Estaban mal informados! Esta realidad no es inédita ni ocasional en las llamadas democracias modernas. Sucede que los candidatos a algún cargo, con bastante frecuencia, ofrecen a sus electores una cosa y terminan realizando otra. Evidente trampa y manipulación, por las cuales debiera ser destituido el elegido, sin necesidad de consulta jurídica alguna. Simplemente, demandando ante los jueces pertinentes por el engaño ocurrido.

 

Pero también es común, que los electores opten por uno u otro candidato, por una u otra oferta de gobierno, movidos en su decisión, simplemente por las emociones. Es decir, por el espectáculo, las formas, los colores, los ritmos, la escenografía, que acompaña cada acto de campaña. Decorado que termina por despertar en quienes votan, su confianza y finalmente la inclinación del voto. ¿Manipulación psicológica?

 

¡El espectáculo! ¡La farándula! Para sorpresa de pocos o de muchos, es el aspecto que finalmente determina la conciencia de las mayorías. El asunto que termina por ser importante en cada consulta electoral, no son las razones. Ni es la explicación profunda de cada una de las promesas de campaña, o el debate sobre tales ideas. Predomina entonces, la forma como habla el candidato, como sean los decorados en sus actos, los colores, el ritmo de las frases, etcétera. Todo esto con detalle, independiente del mensaje, es finamente estudiado y preparado por agencias de publicidad y mercadeo, que resultan siendo el soporte fundamental de las campañas.

 

¿Gobierno de mayorías? No puede ser, ni tener tal calidad, cuando así resulta que tenemos a la cabeza de las sociedades, no unos gobiernos, en verdad, democráticamente elegidos; sino un remedo de tales. Las elecciones terminan por ser una farsa de la voluntad popular. Farsa cocinada con toda conciencia en los laboratorios de los mercaderes, tanto de jabones o cremas dentales, como de candidatos a cualquier instancia. De ahí que quien más dinero tenga, termine en la mayoría de los casos, como el que cuenta con más opciones para ser elegido.

 

¡Democracia de casino! Y este tipo de democracia, que es la realmente existente, está en crisis en todos los países, incluso, en la primera potencia del norte, donde la campaña en curso para elegir a quien regirá la Casa Blanca durante los próximos años, está determinada por el aval de los millonarios, los financiadores de uno y otro candidato, que son sus verdaderos electores. El 1 por ciento, correspondiente a quienes tienen sumida en la total pobreza a miles de millones de personas a lo largo del globo, también determina las políticas locales y la geopolítica del primer imperio mundial.

 

¡Democracia en crisis! ¡Democracia de apariencia! ¡Democracia secuestrada! Actuando como soporte de este secuestro, los opinadores de oficio y los periodistas complacientes. No es casual que así sea. Desde siglos atrás es sabido que los reyes y los príncipes tenían a su lado a los aduladores. Encargados de insuflarles ego. A quienes el poder real protegía con la razón divina, con el poder del discurso o con el poder del miedo. El tiempo ha transcurrido y las circunstancias no son diferentes.

 

Cada día, a través de los medios de comunicación, algunos quienes se hacen llamar periodistas adulan al poder, desinforman sobre sus actos –sus razones, intereses, aliados, maniobras, manipulaciones, etcétera–, incluso, entrevistan a uno y otro funcionario o dirigente empresarial, facilitándoles que oculten sus reales intereses. Facilitan las coartadas, mediante un conjunto de preguntas que propician no ahondar las cosas, de interés público y social. Periodistas protectores del poder.

 

Agentes de un periodismo complaciente, que ‘olvidan’ la función del periodista: informar a toda costa. Facilitar la confrontación de visiones y versiones entre los agentes de un mismo suceso. De este modo, permitir que quien lee, ve o escucha, tenga suficientes elementos de juicio para opinar y tomar su decisión con cabeza propia. Periodismo veraz que obliga y hace necesario a quien informa, que en ocasiones, entregue un contexto de los hechos. Que descubra y brinde datos. Que ofrezca detalles no conocidos de la noticia pertinente, de manera que, quien no conoce las razones profundas de uno u otro tema, pueda finalmente construirse un mapa de las causas y consecuencias que realmente están en juego.

 

Cuando la información no se presenta así, cuando lo informado sirve es para desinformar, la democracia, para la cual el derecho a la información es fundamental, también padece la desinformación. Se deforma. Refleja otra parte de su crisis, evidencia su ‘secuestro’ por los agentes del poder político y económico. En medio de los hechos actuales, tal sensación es el desasosiego que no pocos sentimos en Colombia.

 

¿Cómo no?, cuando escuchamos las declaraciones o respuestas de ciertos personajes por una cadena radial –¡el mayor opinador del país!– para exigirle al Gobierno, “ante la prolongación del paro camionero”, que le meta mano dura. Es decir, que militarice, que violente a quienes protestan. ¡Un ‘periodista’ que no informa sino que opina, en favor de alguien! ¡Un ‘periodista’ que manipula a quienes dice informar”! ¡Un ‘periodista’ que, como agente del Estado, que como parte del poder, toma posición con total desfachatez por una de las partes! ¡Un ‘periodista’ que opta por atizar el fuego en vez de contribuir para que no tome fuerza! ¿Qué quiere proteger?

 

Decía un gran periodista polaco: “Los cínicos no sirven para este oficio”*, pero en manos de estos, en boca de estos, están los medios oficiosos en el país. Es claro que este periodismo palaciego y complaciente con intereses financieros e inversionistas, contribuye a debilitar y destruir la democracia, la realmente existente. Realidad inocultable e innegable que plantea un reto mayúsculo.

 

Tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos, en Colombia y en el resto del mundo, hay un desafío: Construir una democracia realmente incluyente, radical, refrendataria, que les abra espacio y poder, en verdad decisorio y soberano, a las mayorías de quienes dice depender.

 

*Ryszard Kapuscinski, Anagrama, España, 2014.

 

 

Publicado enEdición Nº226