Los 88 años de Costa-Gavras no se reflejan en la intensidad de las expresiones.

 

El director franco-griego presenta "A puertas cerradas", su film más reciente

La nueva película del director de "Z" es una exploración ficcional de los desafíos del gobierno de Alexis Tsipras, presidente de Grecia electo en 2015, en plena crisis económica. El punto de vista es el de su ministro de finanzas, Yanis Varoufakis. 

 “Buenas tardes. Para vos es la tarde, ¿no?”. El acento de la voz en el teléfono es particular, como si un extranjero en España se animara a imitar el voceo rioplatense. La conversación con Página/12 alternará el español y el inglés, dependiendo de la complejidad de los conceptos a expresar. El cineasta franco-griego Costa-Gavras, políglota y cosmopolita, cuyos 88 años no se reflejan en la intensidad de las expresiones y la jovialidad del tono, está en la ciudad de Cannes disfrutando del festival de cine de esa ciudad, y acaba de ver un discurso en vivo del presidente Emmanuel Macron. Cine y política, un combo inseparable a lo largo de su filmografía. Entre-nous, el festival de cine francés que continúa hasta el próximo miércoles 21 en formato presencial y online, está ofreciendo como parte de la programación su último largometraje, A puertas cerradas, una exploración ficcional de los desafíos del gobierno de Alexis Tsipras, presidente de Grecia electo en 2015, en plena crisis económica. El punto de vista excluyente es el de su ministro de finanzas, Yanis Varoufakis, interpretado por el actor Christos Loulis, a quien el film sigue en infinitas reuniones con enviados de la Unión Europea, el FMI y los bancos internacionales, en un intento desesperado por salvar a su país del desastre social.

Nacido en Atenas en febrero de 1933 como Konstantinos Gavras, Costa-Gavras –su nom de plume, que muchos aún confunden con un apellido compuesto–, comenzó a trabajar en el seno de la industria del cine francés luego de recibirse en el parisino IDHEC (Institut des hautes études cinématographiques). Como asistente de dirección de cineastas como René Clair, Henri Verneuil, René Clement y Jacques Demy a comienzos de los años 60, el joven aspirante a director se forjó un nombre como mano derecha profesional, confiable y creativa, entrando en contacto además con una importante cantidad de estrellas de la pantalla gala, que luego aportarían su talento en Crimen en el coche cama (1965), su ópera prima. Basado en la novela del escritor Sébastien Japrisot, Costa-Gavras escribió una primera versión de ese guion en soledad, sin poseer los derechos de adaptación al cine, que luego fueron adquiridos por el productor Julien Derode. Protagonizado por Simone Signoret, su hija Catherine Allégret, Michel Piccoli, Yves Montand, Jean-Louis Trintignant y Jacques Perrin, además de participaciones breves pero jugosas de figuras de la talla de Bernadette Lafont, Compartiment tueurs es un policial whodunit (la identidad del asesino sólo se conoce en el final) que parte de un misterioso homicidio en un tren de larga distancia y que bien podría definirse como un proto giallo.

“En cierto modo, lo que intenté probar con Crimen en el coche cama es que podía hacer una película. Y, al mismo tiempo, hacer algo diferente a lo que se producía en aquella época en Francia, particularmente los colegas de mi generación”. En cuanto al nutrido reparto, Costa-Gavras recuerda que “los conocía por mi trabajo como asistente y al preguntarles si deseaban participar la mayoría aceptó. Incluso algunos de ellos tienen roles muy pequeños. Debe haberse corrido la voz de que la historia era interesante”. Si se tiene en cuenta la temática de sus films más conocidos, no resulta sencillo definir ese debut como un film político. “Pero de alguna manera lo es: intenté hablar de la gente que mata por dinero. Esas también son personas a las que no les interesa la sociedad (risas). Sólo les preocupan sus propios problemas”. Luego de un segundo largometraje hoy algo olvidado, Un homme de trop (1967), la consagración internacional llegaría con Z (1969), el primero en una serie de thrillers políticos que tendrían en La confesión (1970), Estado de sitio (1972) y Desaparecido (1982) sus descendientes más potentes. En más de un sentido, esos son los films que cimentaron las claves de toda su obra creativa.

En su largometraje más reciente, Costa-Gavras vuelve a reflejar el estado de las cosas en su país natal. Aunque ahora el trasfondo no es ahora la inestabilidad política previa a la Dictadura de los coroneles descripta indirectamente en la novela Z de Vassilis Vassilikos, origen de la adaptación cinematográfica, sino la Grecia del siglo XXI, rotundo ejemplo del fracaso de las medidas de austeridad impuestas por los organismos internacionales. Basada en el libro Comportarse como adultos: mi batalla con el establishment europeo, escrito por el propio Varoufakis luego de dimitir como ministro, A puertas cerradas conjuga la sátira con los mecanismos del cine de suspenso político. “Es una película sobre las reuniones en Europa, en teoría muy serias e importantes, durante las cuales se tomaron muchas decisiones. Pero nunca sabremos bien cuáles fueron esas decisiones. Toda esa gente habla en nombre de los europeos y hay algo allí que podría definirse con la frase ‘somos serios, pero no tan serios’. Por eso intenté que hubiera un sentido de ironía presente durante la mayor parte del tiempo. Era importante mantener cierta distancia con la realidad de esas reuniones, que en el fondo no son otra cosa que una realidad falsa”.

-Precisamente, los espectadores que vieron sus películas más reconocidas en los años 70 y 80 seguramente lo recuerdan como un cineasta serio, pero A puertas cerradas tiene un tono diferente, muy irónico, incluso poco naturalista en varios momentos.

-Tuve presente todos los elementos de esas discusiones y la mayoría de los presentes no eran grandes especialistas, a pesar de haber sido presentados de esa manera. Lo importante era estar cerca de la realidad de lo que dicen y hacen los personajes.

-¿Qué cosas han cambiado en Grecia entre los tiempos de Z y los de A puertas cerradas?

-Es un país diferente, con una población diferente, más joven. También es un país con menos esperanza que el de los años 60. En aquella época había mucha esperanza, aunque todo fuera muy traumático. Ahora no se sabe hacia dónde están yendo las cosas, hay una suerte de posición negativa sobre todo: la política, la pertenencia a Europa, etcétera. Aunque la mayoría de los griegos desean permanecer en Europa. Por otro lado, la situación económica es muy dramática. No tanto como en el período que describe el film, pero aun así es preocupante.

-En varios momentos de su carrera la recepción política de algunas de sus películas ha sido muy diversa. Tal vez el mejor ejemplo de ello sea La confesión, que fue incomprendida y atacada tanto desde la derecha como por la izquierda. ¿Cómo fue recibida A puertas cerradas?

-Fue algo especial. Por ejemplo, en Francia algunos socialistas que vieron la película no fueron tan positivos, incluso en varios casos la recepción fue negativa. Todo depende del partido y de la ideología del periodista. En Grecia fue diferente: hubo algunas posiciones muy negativas y también todo lo contrario. Pero allí es muy particular la situación, porque todos vivieron estos hechos y cada habitante tiene en la cabeza su propia película. Así que hubo respuestas muy entusiastas y otras no tanto. Políticamente, la película no tiene una postura subrayada, no toma partido por Varoufakis o por aquellos en el gabinete que tenían otras ideas, sino que trata de estar cerca de la realidad, de lo que le ocurrió a la gente. Intenté hacer la película con dos cosas en la cabeza: la situación de los europeos en general y la de los griegos en particular. Han pasado diez años desde los momentos más dramáticos a nivel económico y muchos han hecho dinero gracias a ese período trágico. Es muy fácil hacer dinero cuando hay gente que está vendiendo todo lo que tiene para sobrevivir.

-El título internacional en inglés del film es Adults in the Room (“Adultos en la habitación”), el mismo título del libro de Yanis Varoufakis, que suena un poco más irónico que el español A puertas cerradas.

-Es posible. Sin embargo, el título en español está cerca de la realidad, porque dentro de esos lugares la gente puede decir cualquier cosa y luego salir y decir todo lo contrario. “A puertas cerradas” quiere decir que no se sabe lo que pasa adentro. De hecho, no se sabe exactamente qué se decía en esas reuniones, porque no se tomaban notas precisas.

-El reparto de la película está conformado por actores de diversos orígenes –griego, francés, alemán– y se escuchan muchos idiomas, no solamente el griego. Valeria Golino, actriz políglota nacida en Italia, de padre italiano y madre griega, tiene un rol secundario importante y habla perfecto griego. ¿Cómo fue el proceso de casting?

-Para poder encontrar dinero y financiar el film era importante tener actores reconocidos, y varios de ellos estaban listos para hacer la película… pero si la filmábamos en inglés. Y eso me parecía completamente ridículo, así que la decisión fue la de tener, en los papeles centrales, actores griegos para los personajes de ese origen, y actores de diversos países que representaran el origen de los personajes. Hay alemanes, italianos, españoles, y cada uno de ellos proviene de su país. Fue muy importante para mí, porque si bien en ciertos momentos hablan inglés, cada uno tiene su propio acento.

-¿Siente que es más sencillo o difícil hacer películas hoy cuando lo compara con los años 70? En particular cuando hablamos de películas que podrían definirse como thrillers políticos, aunque muchos espectadores sigan pensando en el concepto “cine de denuncia”.

-Siempre digo que no hago películas políticas. Yo hago películas sobre la gente, sobre lo que le ocurre a la gente bajo el poder. Y sobre cómo alguna gente utiliza ese poder. Pero todo es político, esta discusión que estamos teniendo es política, en cierto sentido. Todas las películas, desde el nacimiento del cine, desde Georges Méliès, son políticas, porque hablan sobre la gente. Todo film puede ser analizado políticamente. No hay ninguna duda sobre eso. Tampoco me gusta decir que tengo una “carrera”. Eso es para los militares y los políticos. Simplemente hago películas. En cuanto a las dificultades para hacer cine… hoy es más difícil, sin duda. Sobre todo cuando se quiere producir películas que hablan sobre las dificultades de la sociedad. La razón es que la gente que financia el cine hoy en día son las plataformas o la televisión, al menos en Europa, y esa gente lo que quiere es películas donde todo el mundo sea feliz, para poder venderlas fácilmente. Y la mayoría de ellos, sobre todo en las plataformas, no posee un programa cultural, sino simplemente un plan económico. Al mismo tiempo, creo que hoy muchos directores, mucho más que antes, quieren hablar de la sociedad, de cómo vive la gente en una sociedad que ha cambiado drásticamente y en la cual la religión es el dinero.

-Sigue existiendo esa falsa dicotomía entre el cine de entretenimiento y un cine supuestamente serio…

-No debería. Creo que una película, además de ser política, es un espectáculo. La gente va al cine a ver un espectáculo, no a escuchar un discurso político o académico. Van al cine a pasar dos horas sintiendo cosas: a llorar, a reír, a odiar. Todo eso que forma parte de la vida. No se trata de entenderlo como entertainment, como dicen los estadounidenses, sino como espectáculo: un drama o una comedia que hablan de la vida.

-Estado de sitio transcurría en Uruguay en el período de mayor actividad del Movimiento de Liberación Nacional. Desaparecido, en tanto, narraba hechos ocurridos poco después del golpe de Pinochet. ¿Sigue interesando en la coyuntura latinoamericana? ¿Se imagina filmando una película nuevamente en el continente?

-Sigo interesado, desde luego. Pero ustedes tienen realizadores extraordinarios en Argentina. Por supuesto que me gustaría encontrar una historia que me interesara directamente, pero al mismo tiempo hay tantas cosas ocurriendo en Europa… Y además, no es necesario mentir: a mi edad es muy difícil encarar ese tipo de producciones.

20 de julio de 2021

Publicado enCultura
XIX Congreso del Partido Comunista Chino. Xinhua/Ju Peng

El 1 de julio de 2021 marca el primer centenario del PCC, una de las organizaciones más importantes de nuestro tiempo. Al reflexionar sobre el significado de este centenario, lo primero que se me ocurrió es que el presente altera el significado del pasado. Antes de 1991, cuando se produjo el colapso del Estado soviético, yo habría apostado sin pensarlo dos veces que el acontecimiento más importante del siglo xx fue la Revolución Rusa de 1917. Ahora, debido a la despiadada intolerancia de la historia con los experimentos fallidos, aparece la Revolución China como el hecho más destacado del siglo pasado, y su consecuencia paradójica ‒el ascenso de China al centro de la acumulación capitalista global‒ constituye muy probablemente el fenómeno más significativo también del siglo actual.

De la liberación nacional a la Revolución Cultural

In 1949, China logró dejar atrás el largo siglo de vergüenza que había comenzado con su derrota en la primera Guerra del Opio de 1839 a 1842, que concluyó con la cesión de Hong Kong al imperio británico. En las décadas siguientes, la China imperial colapsó, el país se sumió en una profunda crisis social y espiritual y en una desgarradora guerra civil entre un gobierno nacionalista corrupto y débil y un partido comunista revolucionario puritano, dirigido por Mao Zedong.

Otros países habrían experimentado una consolidación posrevolucionaria después de 1949, pero no así China. Revolucionario incansable, Mao llevó al país al desastroso Gran Salto Adelante de 1958 a 1962, y después, tras una breve pausa, a los diez años de Revolución Cultural, en la que llamó a la juventud a declarar la guerra a sus mayores y a todo lo antiguo y tradicional. Incluso los empujó a “bombardear las sedes”, es decir, al Partido Comunista, mientras el Ejército de Liberación Popular controlaba los contornos del campo de batalla. A comienzos de la década de 1970, China estaba exhausta. O quizá sería mejor decir que Mao había dejado exhausta a China.

El llamado milagro asiático se desarrollaba junto a las fronteras orientales de China ‒en Japón, Corea y Taiwán‒, pero como escribieron Roderick MacFarquhar y Michael Schoenhals en 2009, “la propia China se halla ahora tumbada con brazos y piernas abiertas, esta vez por obra de ella misma, no debido a una invasión extranjera o una guerra civil convencional”. Para Deng Xiaoping y otros supervivientes del bombardeo de las sedes maoísta, el mensaje estaba claro, como escribió MacFarquhar en 2010:

Tenían que embarcarse en una política de rápido crecimiento económico para recuperar el tiempo perdido y la legitimidad del poder del PCC. Tenían que abandonar el utopismo maoísta y construir la nación fuerte y próspera con la que habían soñado cuando se unieron al naciente PCC en la década de 1920. De lo contrario, puede que el propio PCC no durara. De este modo, la práctica, no la ideología ‒no el marxismo-leninismo, no el pensamiento Mao Zedong‒ pasó a ser el único criterio de la verdad. Si funcionaba, se conseguiría.

Nación y clase siempre han tenido una difícil coexistencia en el comunismo chino. Reconciliadas durante el combate por liberar al país del imperialismo, el conflicto de clase tomó la delantera durante la Revolución Cultural. Sin embargo, muerto Mao y con Deng al mando, el acento se desplazó decisivamente a la solidaridad nacional a finales de la década de 1970, cuando se proclamó la “modernización nacional” como nuevo objetivo de China. Sin embargo, este propósito colectivo de lograr la prosperidad común mediante el rápido crecimiento económico no pasaba por sumergir al individuo en la empresa cooperativa de las masas virtuosas, sino por activar el espíritu latente de la competencia que las dividía.

Del socialismo al capitalismo

Deng no dijo, como se piensa comúnmente, que “enriquecerse es glorioso”. Pero comoquiera que expresara la nueva perspectiva, se situaba claramente en la tradición de Adam Smith, quien dijo que el bien común se lograría, paradójicamente, mediante la competencia entre individuos. Sin embargo, había una diferencia, y no menor: mientras que Smith dijo que un Estado reducido a su mínima expresión, un Estado vigilante nocturno, sería lo que más favorecería la competencia y el logro del bien común, Deng y el PCC pensaron que hacía falta un Estado fuerte, capaz de controlar los contornos de la batalla, como hizo el Ejército de Liberación Popular durante la Revolución Cultural, para conseguir el bienestar común en una sociedad en que la competencia también desataría la corrupción y en un mundo que seguía estando dominado por las depredadoras sociedades capitalistas occidentales.

Era una diferencia importante que marcaría los contornos de la tercera revolución china desde la fundación del Partido Comunista en 1921: la vertiginosas transformación capitalista del país. La revolución socialista de Mao se fue apagando, pero había creado el Estado que hizo posible el éxito de la revolución capitalista. Porque con este Estado, su sucesor Deng se sintió empoderado para cerrar un pacto con el diablo. El pacto fue que a cambio del desarrollo general del país sobre una base capitalista, el PCC ofrecería la fuerza de trabajo de China para su sobreexplotación por las empresas multinacionales estadounidenses. Este Estado poderoso, no obstante, aseguraría que el ímpetu del capitalismo generado por el pacto se doblegaría a favor de China, y no de las empresas multinacionales. Y este Estado, en virtud de sus orígenes revolucionarios, era mucho más fuerte que los míticos Estados desarrollistas de Japón y Corea del Sur, que habían impulsado las milagrosas economías asiáticas.

Al cabo de 40 años, Deng y sus sucesores han hecho sin duda un buen negocio a costa del diablo capitalista occidental. Es cierto que ha habido costes, en absoluto insignificantes. La desigualdad de rentas en China se aproxima a la de Estados Unidos. Las crisis medioambientales van en aumento. La parte occidental de China se ha quedado rezagada con respecto a las regiones costeras. El impulso a favor de la igualdad de género ha perdido fuerza. Los derechos democráticos han quedado supeditados a la estabilidad del Estado.

Sin embargo, no hay nada más exitoso que el propio éxito, como probablemente se habrá percatado el nonagenario Mijaíl Gorbachov con amargura, completamente olvidado ahora en su país, mientras que Deng asciende a los altares en el suyo. China se ha convertido en el centro de la acumulación capitalista mundial ‒o, según la metáfora popular, en la locomotora de la economía mundial‒, acaparando el 28 % del crecimiento económico mundial en el quinquenio que va de 2013 a 2018, más del doble de la cuota de EE UU, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. En este proceso, más de 800 millones de personas han salido de la pobreza, según el Banco Mundial, si bien la afirmación de Pekín de que ha “acabado con la pobreza extrema” se contempla con cierto escepticismo.

Pese a las numerosas protestas sobre el terreno ‒a menudo toleradas y no reprimidas‒ y al distanciamiento con respecto a las autoridades que se pone de manifiesto ampliamente en internet, no existe ninguna amenaza sistémica para el PCC. Puede que el miedo a la represión influya en ello, pero mucho más significativo es un fenómeno más mundano. Como lo expresa un economista occidental, “durante la mayor parte de las últimas tres décadas, todos los botes han ascendido, y la mayor parte de la gente presta más atención a su propio bote que a los botes que han subido más… En suma, parecen haber interiorizado el lema de Deng Xiaoping del comienzo de la reforma de que ‘habrá que aceptar que algunas personas y algunas regiones prosperen antes que otras’”.

¿China como modelo?

Tras una visita a la joven Unión Soviética en la década de 1930, el periodista estadounidense Lincoln Steffens escribió aquello de que “he visto el futuro y funciona”. De un modo similar, el sorprendente éxito de China ha cautivado a muchas personas de fuera de China. Una de las más hipnotizadas es el profesor de economía de la Universidad de Columbia Jeffrey Sachs. Este ha dado un giro de 180 grados con respecto a su primera época como campeón del Consenso de Washington por el libre mercado en las décadas de 1980 y 1990. En una reciente conversación con funcionarios de Naciones Unidas, Sachs afirmó que “China muestra cómo es posible llevar a cabo profundas transformaciones a favor del bienestar en un breve espacio de tiempo”.

Sachs, quien ha sido acusado por algunos de sus colegas de ser “vocero de Xi Jinping”, no es más que uno entre numerosos economistas occidentales liberales y progresistas que han perdido toda esperanza de que la economía de EE UU, arruinada por las políticas neoliberales que han favorecido la desindustrialización, la especulación financiera descontrolada y una desigualdad espectacular (con un 50 % de la población que tiene acceso a tan solo el 12 % de la riqueza), tenga mucho que ofrecer al Sur global. China, en cambio, se considera la nueva estrella del Norte, el país más capacitado para asumir el liderazgo mundial de una estrategia que Sachs denomina “desarrollo sostenible”.

Sin embargo, China no es abanderada del “desarrollo sostenible” de Sachs ni ha promovido lo que algunos economistas occidentales ilusos consideran la respuesta de China al Consenso de Washington neoliberal: el llamado Consenso de Pekín. En cuanto a lo que tiene que ofrecer al mundo, China ha salido al paso diciendo que no prescribe un modelo para otros países. En efecto, siempre ha insistido en afirmar que lo que Deng Xiaoping llamó “socialismo con características chinas” es un sistema capitalista dirigido por el Estado, específico de China y probablemente intransferible.

En cambio, lo que quiere el heredero de Deng, Xi Jinping, es que China sea reconocida como líder de la globalización en su última fase de conectividad, o la interconexión completa de vastas zonas del planeta mediante infraestructuras físicas, económicas y digitales. Concebida originalmente como un medio que permitiera a China reducir la capacidad excedentaria que estaba mermando la rentabilidad de su industria, la tan cacareada Nueva Ruta de la Seda (NRS) ha pasado a ser el buque insignia de Pekín en su proyecto de conectividad, destinado a lograr la compresión, en términos de tiempo y espacio, de la masa terrestre eurasiática, africana y latinoamericana, mediante una red de instalaciones físicas y digitales.

En lo tocante a los compromisos financieros reales y futuros en forma de ayuda al desarrollo o de acuerdos comerciales más directos, Pekin ya ha reservado, según algunas estimaciones, hasta 3 a 4 billones de dólares actualmente ‒cuando originalmente Xi había comprometido 1 billón‒ para proyectos de la NRS, destinándose la parte principal a países en vías de desarrollo. En efecto, la NRS puede concebirse como un colosal proyecto de ayuda exterior al Sur global que es sumamente competitivo con la ayuda bilateral y multilateral prestada por Occidente, sujeta a condicionalidades neoliberales y de respeto de los derechos humanos.

Grupo de los Siete a punto de desmoronarse

La disparidad entre el poder blando de EE UU y de China se vio claramente durante la reciente cumbre del G7 en Cornualles, Reino Unido, y los días inmediatamente posteriores. El presidente estadounidense, Joe Biden, hizo todo lo que pudo por recrear la antigua alianza occidental tras la acción destructiva de Donald Trump, invocando una lucha entre la “democracia occidental” y la “China autoritaria”. El suspiro de alivio post-Trump se palpaba en el ambiente, pero la retórica del G7 escamoteaba duras realidades. Los aliados de Washington sabían que Biden se enfrenta a una guerra civil larvada en casa, donde el Partido Republicano supremacista blanco, liderado por Trump, trata activamente de desestabilizarlo. Los gobiernos europeos sabían que la propia Unión Europea se halla inmersa en una crisis muy real, con a salida del Reino Unido. El Japón expansivo de las décadas de 1970 y 1980 ahora es el pequeño Japón de la de 2020, que no ha logrado zafarse de sus más de 30 años de estancamiento económico.

La asociación B3W (Better World Partnership), concebida para contrarrestar la NRS y anunciada a bombo y platillo, es una iniciativa puramente reactiva, con programas puramente reactivos reunidos a toda prisa, con escasa intención de darles una continuidad real. El problema principal, desde luego, es el dinero. Y con todos esos países sumidos en sendas crisis fiscales y de endeudamiento, con la posible excepción de Alemania, ¿de dónde sacarán los gobiernos occidentales los billones de dólares que harían falta para contrarrestar los 4 billones que se calcula que piensa invertir China actualmente y en el futuro en proyectos de la NRS? Washington, de momento, ya ha prometido 250.000 millones de dólares, que por otro lado podrían reservarse para su harapiento programa de ayuda bilateral a favor del nuevo proyecto industrial de alta tecnología, centrado en EE UU, aprobado por el Senado y pendiente de aprobación segura en la Cámara de Representantes.

El caso es que por mucho que proclamen retóricamente la B3W, la mayoría de los países del G7, con la excepción de Japón y EE UU, han aceptado participar en el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII), liderado por China, a pesar de los esfuerzos del gobierno de Obama por disuadirles hace unos años. Estos gobiernos saben muy bien dónde están sus intereses. Al tiempo que son conscientes de que la retórica sale barata, especialmente la destinada a tener contento a Washington. No es extraño que Pekín apenas pudo ocultar su desdén por el espectáculo insulso cuando calificó el número zalamero del G7 en Cornualles de manifestación de una “política de poca monta”.

Consejos a China

Pero tengo algunos consejos urgentes que dar a Pekín.

Un primer consejo tiene que ver con la famosa NRS. Los proyectos de la NRS deberían concebirse de manera que fueran más compatibles con el medio ambiente y el clima y más ajustados a las necesidades de la gente, en vez de ser lo que Arundhati Roy ha llamado proyectos “ciclópeos” de arriba abajo, reminiscencias de mediados del siglo xx. Asimismo, el compromiso de China de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero debería ser más radical en alcance y ritmo de aplicación, como se exige de la potencia que actualmente emite más gases de invernadero que cualquier otra.

Por otro lado, Pekín debería poner fin a la práctica de enviar a miles de trabajadores chinos a trabajar en proyectos que financia en África y otras partes y contratar y formar aceleradamente a más mano de obra local. Además, China debería dejar de apropiarse de formaciones marítimas como el arrecife Mischief y el atolón de Scarborough, que pertenecen a la zona económica exclusiva de Filipinas, y de insistir en la estrafalaria afirmación de que el 90 % del mar de China Meridional le pertenece. Estas acciones son ilegales e injustificables, por muy comprensibles que resulten como medidas defensivas estratégicas frente a la amenaza militar muy real que comporta la presencia dominante de la viiª flota de EE UU en el mar de China Meridional y el mar de Filipinas. En su lugar, debería colaborar con la ASEAN con vistas a establecer un tratado de desmilitarización del mar en cuestión y disipar la amenaza estadounidense.

Finalmente, Pekín tiene que poner fin a la asimilación cultural forzosa de la población uigur en Xinjiang. Y aunque Hong Kong y Taiwán forman parte indiscutiblemente de China ‒un hecho que no cuestiona la comunidad internacional, dicho sea de paso‒, tiene que respetar el derecho de las poblaciones de estos territorios a participar en la decisión de cómo han de gobernarse, especialmente dadas la cuestiones inevitables de identidad nacional generadas por su prolongada separación del resto del país por obra del colonialismo.

Por tanto, China tiene problemas reales, tanto internos como en algunas de sus relaciones con el Sur global. Sin embargo, a fin de cuentas el ascenso de Pekín ha favorecido ampliamente a la mayor parte del mundo. Se ha convertido en una fuerza económica mundial que refuerza las economías de países más pequeños, y lo ha logrado empleando una porción muy pequeña, o incluso nula, de la fuerza y violencia que marcó el ascenso a la hegemonía de Occidente. Ha proporcionado a los países del Sur global oportunidades alternativas de obtener ayuda y financiación, lo que ha contribuido a que dependan mucho menos de EE UU y del resto de Occidente.

Pero más allá de esto, ha dado una lección inspiradora a muchos países: que con tesón, coraje y organización es posible no solo quebrar la dominación occidental, sino utilizar a Occidente para lograr la resurrección nacional. En perspectiva, el ascenso de China no es sino la última fase de la lucha sesquicentenaria del Sur global contra la colonización, para deshacerse del yugo de la hegemonía capitalista occidental que sufre desde hace 500 años.

¿Peligro en cierne?

Pero templemos nuestro optimismo, sobre todo por el hecho de que los poderes hegemónicos como EE UU suelen volverse todavía más agresivos cuando están en declive. EE UU es absolutamente superior a China en cuanto a su capacidad bélica, ya que China ha decidido dedicar la mayor parte de sus recursos económicos disponibles a sus prioridades económicas y la diplomacia económica. La enorme diferencia en este terreno crea una situación sumamente peligrosa, ya que Washington se sentirá tentado de compensar su rápido declive económico con nuevas aventuras militares, esta vez no en Oriente Medio, donde sus tropas siguen atrapadas en combates que no se pueden ganar, sino frente a China.

De ahí que la situación en el mar de China Meridional sea tan volátil. En una región en que no hay reglas de juego, salvo un equilibrio de fuerzas inestable, no es descabellado pensar que una simple colisión naval entre dos flotas que juegan al ratón y al gato entre ellas, como por lo visto hacen a menudo las fuerzas estadounidenses y chinas, podría desencadenar fácilmente una guerra convencional.

¿Somos demasiado alarmistas al calibrar los peligros de la absoluta superioridad militar de Washington? EE UU ha sido probablemente el país más belicoso del mundo en los últimos 245 años, expandiéndose constantemente y apoderándose de territorios mediante aventuras militares en sus primeros 150 años, y después utilizando la fuerza militar para alcanzar y mantener la hegemonía militar durante los siguientes cien años. Ha habido pocos periodos en que este país no ha estado en guerra. En efecto, la nación estadounidense ha estado combatiendo continuamente a lo largo de los últimos 20 años en Afganistán, y desde luego no es seguro que el poderoso grupo de presión de la guerra contra el terrorismo vaya a permitir al presidente Biden culminar su retirada total prevista de este país en septiembre de este año.

Compárese esto con China, que la última vez que desplegó una fuerza de guerra más allá de sus fronteras fue hace más de 40 años, en una operación transfronteriza de castigo a Vietnam que acabó en desastre para el Ejército de Liberación Popular, que Pekín preferiría olvidar. En efecto, el gran temor de los estrategas militares chinos es que sus fuerzas carecen de la experiencia bélica que tienen las de EE UU, un factor que sería crucial en cualquier conflicto. Como discípulos de Clausewitz, el gran teórico de la guerra, los comunistas chinos saben que hay un gran trecho entre prepararse para la guerra y entrar realmente en guerra, y que en este último caso, la experiencia bélica real sería decisiva. En su último libro, Graham Allison, decano del cuerpo de estudios de seguridad de EE UU, se pregunta retóricamente si China y EE UU están “destinados a la guerra”, como dice el título del libro. Lean el libro con atención, y pese a sus periódicas aseveraciones de que se ha escrito para permitir a Pekín y Washington evitar el conflicto, uno no puede evitar la sensación de que esta obra, que es de lectura obligada en [las academias militares de] West Point, Annapolis y Colorado Springs, está pensaba en realidad para exponer varias maneras de contener militarmente a China.

Esto no sorprende a quienes conocen a fondo, desde hace tiempo, la historia belicosa de la sociedad estadounidense, incluso antes de su declaración formal de independencia en 1776. Y no sería extraño que China, que por experiencia ha aprendido a ser muy realista con respecto a las relaciones entre Estados, considere que un golpe preventivo o provocador por parte de Washington no solo es posible, sino más bien probable. Seguramente los líderes del PCC, que ha vivido cien años de crisis y conflictos, no se preguntan si este golpe se producirá, sino cuándo, dónde y cómo.

01/07/2021

https://fpif.org/the-three-revolutions-of-the-chinese-communist-party/

Traducción: viento sur

Por Walden Bello, profesor adjunto de Sociología de la Universidad del Estado de Nueva York en Binghamton y copresidente del Consejo del instituto Focus on the Global South, con sede en Bangkok.

Publicado enInternacional
El desfile por el centenario del Partido Comunista chino

Xi Jinping habló de "un proceso histórico irreversible"

El presidente indicó que el PCCh debe "continuar desarrollando el socialismo con características chinas" y advirtió que el país no permitirá nunca que cualquier fuerza extranjera los "atropelle, oprima o esclavice".

 

Con un gigantesco desfile militar frente a la Puerta de Tiananmen y un potente discurso del presidente Xi Jinping, el gobierno chino celebró este jueves el centenario del Partido Comunista (PCCh). Desde un palco levantado en el mismo lugar en el que Mao Tse-Tung proclamó la República Popular en 1949, Xi indicó que el PCCh debe "continuar desarrollando el socialismo con características chinas" y advirtió que el país no permitirá nunca que cualquier fuerza extranjera los "atropelle, oprima o esclavice". Fue uno de los momentos más festejados de su intervención frente a las más de 70 mil personas que llenaron las gradas instaladas en la plaza de Tiananmen, en un momento en el que China se siente especialmente atacada por Occidente y acusa a Estados Unidos de intentar impedir su progreso. Con un crecimiento exponencial en los últimos 40 años, el PCCh puede estar orgulloso de haber sacado al país del subdesarrollo, aunque la dirigencia china se enfrenta a la desaceleración económica mundial, los desafíos climáticos y el envejecimiento de su población.

Xi aprovechó la ocasión para declarar que China pudo convertirse en "una sociedad moderadamente próspera a todos los niveles", el principal objetivo fijado en 2012 para el centenario del partido. "Esto significa que hemos logrado una resolución histórica al problema de la pobreza extrema en China, y ahora avanzamos con paso decidido hacia el objetivo del segundo centenario: convertir a China en un gran país socialista y moderno a todos los niveles", aseguró. El segundo centenario es el de la fundación de la República Popular China (RPC), que se cumplirá en 2049 y para el que también se fijó esa meta a largo plazo en el XVIII Congreso del partido.

El discurso de Xi duró poco más de una hora. La muchedumbre, que se levantó en plena noche para asistir a la ceremonia y atravesar innumerables puntos de control, escuchó en estricto silencio al presidente, quien supo levantar la voz para robarse algunos aplausos. En un momento de la tarde se levantó el viento y llegó la lluvia. Religiosamente, los presentes se pusieron el impermeable rojo que se les entregó al llegar a Tiananmen. 

Pero el sol volvió sobre el final del discurso de Xi y estalló entonces la Internacional, antes de que se soltaran palomas y globos de distintos colores. La gente agitó sus banderas y se separó entonando en coro la popular canción "Oda a la patria", considerado el segundo himno de la RPC. Por la mañana, como preludio de las palabras del presidente,  la patrulla acrobática del ejército aéreo sobrevoló la plaza de Tiananmen, dejando en el cielo estelas rojas, amarillas y azules. 

Li Luhao, un estudiante de 19 años presente en Tiananmen, comentó: "Gracias al partido tenemos una sociedad como esta y el país ha podido desarrollarse rápidamente. Tenemos que darle las gracias". Fundado por un puñado de militantes en julio de 1921 en Shanghai, el PCCh dirige la segunda potencia mundial y tiene la firme intención de seguir imponiéndose a nivel internacional en el plano económico y político. Se trata del mayor partido gobernante del mundo, con más de 95 millones de militantes que dirigen a un país de más de 1.400 millones de habitantes.

Wang, habitante de Beijing, también saludó agradecido al partido en su centenario: "Cuando era pequeño había cortes de corriente todas las noches. Hoy tenemos comida, ropa, educación, transporte. Todo va mejor". El monumental evento en Tiananmen fue el punto culminante de semanas de ceremonias y exhibiciones que elogiaron el papel del PCCh en traer grandes mejoras a la calidad de vida y expandir la influencia económica, política y militar de China.

Como en el discurso de Xi de este jueves, la narrativa oficial del partido pasa hábilmente por alto manchas del pasado como la hambruna masiva del Gran Salto Adelante a fines de la década de 1950 y principios de la de 1960, la guerra de clases violenta y la xenofobia de la Revolución Cultural entre 1966 y 1976, y la intervención militar de 1989 que aplastó un movimiento democrático en la Plaza de Tiananmen. En cambio se enfoca en el desarrollo, la estabilidad y la eficiencia chinas, incluyendo su éxito a la hora de controlar el coronavirus, en contraste con lo que describe como las disputas políticas, la desigualdad de clases y la torpeza del control de la pandemia en las democracias occidentales.

02 de julio de 2021

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"Quien trate de intimidarnos quedará con la cabeza rota": Pekín celebra con una masiva ceremonia el centenario del Partido Comunista (FOTOS, VIDEO)

El presidente chino, Xi Jinping, destacó que China ha logrado construir una sociedad modernamente próspera "en todos los aspectos", hasta alcanzar el ideal de 'xiaokang', una vida pacífica y feliz.

Una gran ceremonia tuvo lugar en la mañana de este jueves en la capital de China, con motivo del centésimo aniversario de la fundación del Partido Comunista de ese país (PCCh).

En el evento, que se centró en la plaza de Tiananmén, participaron miles de personas, entre ellas militares, miembros de organizaciones sociales y líderes del PCCh, incluido el presidente chino, Xi Jinping.

El mandatario destacó que China ha logrado construir una sociedad modernamente próspera "en todos los aspectos", al aumentar el PIB en 2,5 veces entre 2010 y 2020. Afirmó que ese avance culmina la persecución, a lo largo de 2.500 años, del ideal de 'xiaokang', una vida pacífica y feliz.

"Estamos más cerca, más confiados y más capaces que nunca de hacer realidad el objetivo del rejuvenecimiento nacional. Pero debemos estar preparados para trabajar más duro que nunca para llegar allí", declaró Xi.

Asimismo, el presidente chino resaltó que el país no busca una confrontación internacional, pero está decidido a defender su soberanía. "El pueblo chino no permitirá en absoluto que ninguna fuerza extranjera nos intimide, oprima o esclavice, y cualquiera que lo intente se enfrentará a cabezas rotas y derramamientos de sangre frente a la Gran Muralla de hierro de los 1.400 millones de chinos", dijo, y agregó: "Nunca hemos intimidado, oprimido o subyugado a la gente de ningún otro país, y nunca lo haremos".

Al caracterizar el Ejército chino como "un pilar fuerte para defender el mundo rojo y mantener la dignidad nacional" y "una fuerza poderosa para salvaguardar la paz regional y mundial", Xi llamó a fortalecer las fuerzas armadas del país para convertirlas en unas de las más potentes del mundo.

La ceremonia se inició con un espectáculo aéreo. La plaza fue sobrevolada por helicópteros que formaron en el cielo la cifra '100', seguidos por un ala de cazas. Luego, una batería de cañones disparó en saludo.

La parte simbólica del acto terminó con el izamiento de la bandera de China, acompañado por el canto del himno nacional del país por todos los presentes.

El congreso fundacional del PCCh tuvo lugar en Shanghái a finales de julio de 1921. Entre sus líderes iniciales destacaban Li Dazhao y Chen Duxiu. Este último fue elegido como el primer secretario general. Uno de los actores activos en la creación del partido fue el revolucionario ruso Grigori Voitinski, como agente de la Internacional Comunista.

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Imagen: EFE

El centenario del Partido Comunista de China

A un siglo de la fundación del PCCh, el marxismo más dogmático devino en pragmatismo tecnocapitalista con rasgos chinos que apunta a liderar el mundo. Del semifeudalismo a la Cuarta Revolución Industrial 4.0 a velocidad de la luz

 

Xi Zhongxun y su hijo Xi Jinping --Presidente de China-- abarcan la historia casi completa del primer centenario del PCCh creado el 1 de Julio de 1921 en una casa clandestina de la concesión francesa de Shanghái con doce delegados, entre ellos Mao Zedong más dos rusos de la Tercera Internacional. Xi padre se incorporó en 1926 y tendría un rol clave en la guerra civil. Más tarde fue encarcelado por su partido que lo paseó con un cartel de “traidor”, lo rehabilitó y convirtió en Secretario General, un ciclo cumplido por gran parte de aquellos líderes.

Los primeros 50 años

En sus primeros 50 años el PCCh estuvo a punto de ser exterminado, se alió y divorció de los nacionalista del Kuomintang, se retiró a las montañas de Jinggang traicionado por Chiang Kai Shek –quien fue apoyado por Hitler-- desde donde hicieron la epopéyica Larga Marcha en 1934 con el Ejército Rojo recorriendo 12.500 kilómetros. Fundaron soviets extensos, se aliaron otra vez a sus adversarios para expulsar a los japoneses y retomaron la guerra revolucionaria hasta entrar victoriosos en Beijing el 1 de octubre de 1949. Tuvieron éxitos en alfabetización, salud, derechos de la mujer y esperanza de vida. Y fracasos como el Gran Salto Adelante --1958/62-- que terminó en hambruna. Sus primeros 50 años encontraron al PCCh enfrascado en la paranoica Revolución Cultural: Xi padre estuvo a cuatro días de ser fusilado hasta que Mao intercedió. Estos dos episodios históricos generaron millones de muertos.

Muerto Mao –con el país ya sin hambre, convertido en potencia nuclear con un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU y hechas las paces con EE.UU-- llegó al poder en 1978 su camarada Deng Xiaoping (reivindicado luego de un encarcelamiento). Se dedicó a suavizar el fallido dogmatismo maoísta. Y fue Deng --junto con Xi padre-- quien rompió las estructuras: hizo el experimento de la Zona Especial en Shenzhen. El injerto de un nodo capitalista en pleno comunismo funcionó y comenzaron a replicarlo por todo el país bajo una nueva premisa: “hacerse rico es glorioso” (10 años antes escuchar a Beethoven convertía a alguien en burgués). Pero cuando los estudiantes le reclamaron más libertades en 1989, Deng miró hacia la URSS en descomposición y no le tembló la mano: los masacró en Tiananmen.

El segundo cincuentenario 

El segundo cincuentenario encuentra hoy al posmaoísmo en el lugar más inesperado: en la vanguardia de la nueva Revolución Industrial 4.0 y a la cabeza de la tecnología 5G de la mano de Xi hijo, cuya hija se graduó en Harvard. Un dato da la pauta de la metamorfosis: en 1978 el 100% de la producción económica era pública (hoy es el 20%). Según el serbio Branko Milanovic, China cumple los rasgos básicos de una economía capitalista: mayoría de la producción en manos privadas a quienes el Estado no les impone decisiones sobre producción y precios. El crecimiento chino refuta la tesis occidental de que el éxito económico requiere un vínculo entre capitalismo y democracia liberal (el origen del modelo tigreasiático sugeriría lo contrario).

La ecuación política china sería --según Milanovic-- que el Estado se ve obligado a generar crecimiento para legitimarse, limita el acceso de la clase capitalista a cuotas de poder propio y lidia con altos niveles de corrupción. Su hipótesis es que los regímenes comunistas de China y Vietnam solidificaron las condiciones para una transformación capitalista: “jugaron funcionalmente el mismo papel que el ascenso de la burguesía en Europa en el siglo XIX”. El PCCh transformó la sociedad semifeudal en capitalista con un uso arbitrario de la ley en beneficio de las nuevas elites, manteniendo la autonomía del gobierno respecto de ellas. Así pueden guiar y ordenar la economía de acuerdo a planes estratégicos centrales, algo muy difícil en el capitalismo occidental. El PCCh parece seguir la teoría marxista que había visto un rol progresivo en la burguesía: se dio a sí mismo la burguesía de la que carecía.

El confucianismo 

En el modelo político confuciano que prima en China por 5000 años nunca se aceptó que el poder económico fuese independiente del central. Los ricos ascienden en calidad de individuos y no como clase social: carecen de agenda política propia. A Jack Ma --megaempresario digital dueño de Alibabá-- le han recortado las alas por insinuar autonomía: casi no ha vuelto a aparecer en público. 

Habiendo perdido China el tren de la Revolución Industrial y desmembrada por potencias extranjeras hasta 1945, entró con Mao a un complicado laberinto del que parece estar saliendo airosa en apenas 40 años de “socialismo con características chinas” (aunque “capitalismo con rasgos chinos” suene más exacto). Su plataforma de despegue será la nueva Ruta de la Seda con la que se conectará al mundo por tierra y mar.

Todo este ciclo sucedió en escasos 100 años en el contexto de la única civilización antigua con cierta continuidad hasta hoy, desde que fuera unificada hace 2.242 años por Qin Shi Huang, enterrado con 8500 soldados de terracota que aun custodian su tumba secreta en Xian. Según se lo mire, Xi Jinping se piensa como un nuevo emperador que vino a “rejuvenecer” China y relanzarla como potencia mundial.

El ying y el yang

Desde nuestra perspectiva binaria es difícil entender esos cambios. El raciocinio de Occidente viene del principio aristotélico de no contradicción: algo no puede ser una cosa y su contrario a la vez. Pero el pensamiento chino --al margen de la ideología-- tiene raíz taoísta. En el símbolo de ying y yang, el negro entra en el blanco y viceversa en armonía complementaria: es una unidad. La dualidad griega es A o B. La china: A y B. Por eso el Lejano Oriente asimila mejor el cambio y se adapta a la circunstancia. Ya el marxismo había tenido que trocar allí proletariado por campesinado --cambiando su fundamento-- y ahora suplantaron “economía planificada” por otra de “mercado a la manera china”: un capitalismo de Estado. Quien empezó esta fase fue un héroe de la Larga Marcha --Deng Xiaoping-- y la sigue el hijo de otro gran revolucionario: Xi Jinping. Y nadie ve contradicción. Son comunistas que ejecutan el capitalismo con una eficiencia y velocidad nunca vistas (similar a sus vecinos japoneses, surcoreanos y taiwaneses). La Razón occidental considera que el ser de las cosas es una sustancia rígida perdurable, una pureza a mantener para que no pierda su esencia. Pero el Este de Asia no es esencialista: Lao Tse teorizó: “lo único permanente es el cambio”. Si en el devenir algo falla, se toma el camino contrario con naturalidad. Cuando “el gran timonel” Mao se volvió dogmático, encalló: lo quisieron eclipsar y para defenderse generó la trágica Revolución Cultural. Una vez ausente el heroico líder que se había apartado de la “fluidez del tao”, China se reencaminó. Un dicho popular dice: “Mao acertó un 70% y erró un 30%".

El éxito económico con estabilidad política del PCCh es indiscutible --412% creció el PBI desde 1978--, más allá de la falta de libertades. Occidente se queja por formalidad sobre los derechos humanos, pero rápido los deja de lado: prima la lógica comercial. Este año se anunció la erradicación de la pobreza extrema, un concepto relativo. Pero nadie discute que unos 770 millones de chinos ascendieron a clase media o alta desde 1949 (99 millones desde 2012). De ser exactos los datos, son record en la historia humana. Este es un pilar de un partido que en 1922 tenía 300 miembros y en 2021 alcanza 92 millones, aunque los exámenes para entrar sean exigentes e insuman años. Cuando Xi Jinping quiso afiliarse, su padre penaba 7 años de cárcel y lo rechazaron nueve veces. Claro que hoy todo es distinto: en sus orígenes, ser comunista podía costar la vida. Ahora, para que un empresario disfrute de suma flexibilidad laboral y sindicatos amigos, necesita estar afiliado al PCCh.

Lo impresionante es que todo esto lo hizo un mismo partido con una cintura política tan flexible que pudo girar 180º sobre su torso sin quebrarse la columna, siguiendo postulados del Arte de la guerra de Sunzi: un constante sopesar del potencial abierto, adecuándose a un diagrama de situación y no a un plan a la manera occidental: un objetivo inamovible se vuelve obstáculo.

El PCCh es hoy coherentemente chino: dúctil y adaptable, amoldándose a la pendiente facilitadora como el agua: tiene poco en común con el de Mao. Los niveles de consenso parecen ser altos por el éxito económico en una suerte de matrimonio por conveniencia de mutuo acuerdo. La línea patrilineal Xi padre-Xi hijo es una continuidad divergente que confluye, no una contradicción (el primero ejecutó un plan A y el segundo un “opuesto” plan B). Ésta historia familiar ilustra los últimos 100 años en China, ese breve instante en una civilización que mide el tiempo a escala milenaria, mientras el paciente dragón rojo va tomando posición para su gran salto al cetro global, a partir de un diagrama situacional nunca prefijado. 

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Miércoles, 30 Junio 2021 05:59

Una memoria energizante

Una memoria energizante

Hoy 27 de junio de 2021, nuestra Comunidad de Paz de San José de Apartadó renovó la memoria de EDUAR LANCHERO, al cumplirse 9 años de muerte. Como de costumbre, a las 2:00 de la madrugada comenzaron a sonar con gran volumen las marchas fúnebres de los grandes clásicos de la música y la Comunidad se fue reuniendo junto a su tumba para la celebración eucarística. Su madre y sus hermanos se hicieron presentes desde Bogotá con sentidos mensajes y las lecturas de la Misa resaltaron nuevamente su talante de profeta y de servidor.

Eduar acompañó a nuestra Comunidad de Paz desde sus inicios. Cuando el ejército y los paramilitares bombardearon casi todas las veredas de San José, en respuesta a la Declaratoria pública de no participación en la guerra y de negativa a colaborar con cualquier estructura armada, provocando un gigantesco éxodo hacia el pequeño centro urbano, Eduar se ofreció a acompañar a los desplazados corriendo enormes riesgos en su vida, pues el caserío fue cercado inmediatamente por militares y paramilitares y fueron numerosas las víctimas fatales. Eduar fue detectado inmediatamente como inspirador de una resistencia que buscaba impedir el despojo masivo de tierras, que era el objetivo del bloque militar/paramilitar, y durante sus 15 años de acompañamiento tuvo que hacer frente a 25 intentos de asesinato, de los cuales salió ileso gracias a la protección de gentes de la Comunidad que detectaban a tiempo el peligro. Los montajes y calumnias urdidos por la Brigada XVII del ejército no tuvieron treguas y sus grados de suciedad no tuvieron parangón. Su salud se vio progresivamente comprometida y finalmente un cáncer muy agresivo lo llevó a la tumba el 27 de junio de 2012. Sus restos reposan en el centro del parque monumento a las víctimas de nuestra Comunidad y su memoria constituye una fuente de energía permanente que recuerda los ideales que le dieron nacimiento a nuestro proyecto de vida.

Eduar llegó a nuestra realidad impulsado por un fuerza interior que él mismo definió muchas veces como un deseo ardiente de “convertir el dolor en esperanza”. Y realmente lo logró. Su gran sabiduría, que supo compartir con todos nuestros líderes, lo llevaba a descubrir las trampas perversas mediante las cuales un sistema criminal busca cooptar a sus víctimas. Así se fue tejiendo nuestra resistencia que aún mantenemos con firmeza.

Al recordar con gratitud el regalo de su vida y su presencia entre nosotros, también hemos repasado el cuerpo de principios que le fue dando identidad a nuestra Comunidad de Paz y que él compendió en una exposición magistral que en este aniversario volvimos a escuchar para que continúen sirviéndonos de guía.

No repetimos la acostumbrada fórmula “paz en su tumba”, cuando esa “paz” se entiende como pasividad e inacción. Su tumba es más bien un lugar energizante de permanente cuestionamiento a todos nuestros intentos de ajuste pasivo al statu quo de muerte que nos envuelve. Repetimos, por el contrario, con convicción: EDUAR, SIGUES MÁS VIVO QUE NUNCA EN NUESTRA COMUNIDAD DE PAZ.

Comunidad de Paz de San José de Apartadó

                                                          Junio 27 de 2021

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Martes, 29 Junio 2021 06:10

El siglo del PCCh

El siglo del PCCh

La defensa de la soberanía es el elemento definitorio por excelencia del comunismo chino. La soberanía del PCCh frente a otros partidos. La soberanía de China frente a cualquier otro país. Deviene de su orgullo civilizatorio pero también de la firme conciencia de un cosmos peculiar. Los avatares del maoísmo, el denguismo o ahora el xiísmo, tienen ese mismo denominador común por más que las tácticas o sesgo ideológico de cada etapa arrojen matices y hasta contradicciones.

El PCCh es un partido secular. Las décadas transcurridas le han permitido engrasar y afinar una maquinaria que hoy admite pocas comparaciones en el mundo. Su militancia supera a la población total de Alemania. Y aun así, con la exhibición de todos sus meteóricos logros, su reconocimiento internacional es débil, lastrado hoy día no tanto por los desvaríos del lejano pasado maoísta como por su obstinación, real o infundada, al negarse a seguir el diktak liberal. Pese a la persistente simbología y adjetivación del discurso, muchos quisieron creer que iba camino de ello cuando la reforma parecía acentuar un determinado perfil, indispensable para congraciarse con la globalización pilotada por los países desarrollados de Occidente.

Superada esa etapa, el PCCh dirige de nuevo la mirada hacia sus raíces y, en paralelo, también el anticomunismo regresa a la agenda global. Y lo hizo a lo grande, de la mano del ex director de la CIA y ex secretario de Estado, Mike Pompeo, quien apeló en la Biblioteca Presidencial Richard Nixon en julio de 2020 a derrocar al PCCh. Las espadas siguen en alto, aunque en Beijing todo suene a argumentos extemporáneos para asegurar un dominio imperial en entredicho.

En una celebración de este calibre quizá no sea el momento más idóneo para expiar pecados. El PCCh tiene ciertamente mucho que celebrar. No obstante, merece prestarse atención al viraje introducido por Xi en un discurso ideológico que a partir de 1981 eludió cualquier revisitación del maoísmo tal como ahora acontece con la propia reescritura de la historia del Partido alentada por figuras personalmente muy próximas al secretario general como Zhuang Rongwen. Hay un severo riesgo en todo ello de una recidiva en comportamientos que se antojaban sentenciados para siempre. El ex primer ministro Wen Jiabao, quien ya en 2012 erguía su dedo acusatorio contra los peligros del neomaoísmo, regresó en abril pasado con una carta a su madre desde la prensa de Macao diciendo mucho entre líneas…

El centenario del PCCh mira hacia el futuro con toda la esperanza puesta en un siglo XXI crucial para glorificar su gesta y su modelo. En lo inmediato, la mirada está puesta en los juegos de poder que acompañan los preparativos del XX Congreso, previsto para el otoño de 2022, no solo de importancia subjetiva para Xi, sin sucesor a la vista, sino también para calibrar la capacidad del PCCh para defender una institucionalidad labrada con sacrificio y que podríamos definir como una de las mayores aportaciones del denguismo: las reglas de una sucesión civilizada. Pende de un hilo.

Pasando a mejor vida el legado de Deng y abrazando el pensamiento de Xi, el PCCh  ciertamente se adentra en una nueva era. Ojo con la impaciencia que tan cara resultó siempre al PCCh. Sin olvidar que solo puede haber algo más nefasto que esa soberbia occidental que no para de señalar con el dedo a otros despreciando las taras propias y es esa capacidad de engreimiento sin límite de quien embelesado por la eficiencia alcanzada cree estar en su derecho de arrebatar al cielo su mandato.

 Por Xulio Ríos

Director del Observatorio de la Política China y autor de 'La metamorfosis del comunismo en China. Una historia del PCCh'

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Alberto Tena Álvaro Minguito

De la mano de los autores Thomas Paine y Thomas Spencer, el investigador y activista de la renta básica universal, Alberto Tena, indaga en las ideas y planteamientos que acompañaron al origen de esta propuesta, hace más de dos siglos.

 

Thomas Paine y Thomas Spencer vivieron en el siglo XVIII, y no solo compartieron nombre y época si no también el anhelo de que el nuevo mundo que despuntaba lo hiciera garantizando el acceso de todas las personas a un sustento. En torno a esta idea, escribieron artículos y elaboraron propuestas. Más de dos siglos después, el investigador Alberto Tena, un activista a favor de la renta básica inmerso en los debates sobre su pertinencia y factibilidad, rescata algunos de sus textos en el libro Los orígenes revolucionarios de la renta básica (Postmetrópolis, 2021).

Mediante la genealogía de esta propuesta,  el autor consigue reubicar el debate extrayéndolo de la urgencia del presente, y recordando el contexto de transición hacia otro modelo en el que estas primigenias defensas de diversas formas de renta básica fueron publicadas y difundidas.

Parece un poco exótico ponerse a leer estas cosas a estas alturas, ¿cómo llegas a estos autores?
Que Paine y Spencer están en el origen de la idea lleva siendo tiempo consenso académico. Pero en concreto, en el último libro que sacan Van Parijs y Vanderborght del 2017 [Ingreso básico: una propuesta radical para una sociedad libre y una economía sensata], que es ya como el super manual, hablan de la prehistoria y la historia de la renta básica, es ahí cuando cuentan un poco de lo que yo desarrollo en el libro. También en Capital e Ideología Thomas Pikkety cita a Paine, está en muchos lados este autor.

Los textos seleccionados tienen mucha resonancia en la actualidad, ¿qué aporta esta perspectiva histórica cuando mucha gente piensa que la renta básica universal es una idea relativamente nueva, una herramienta para afrontar problemas del presente?
De hecho, muchos de quienes defienden la renta básica piensan que es un idea que surge en los años 80 y a menudo se la acusa incluso de neoliberal, por aparecer (según creen) justo en el momento en el que hay un retroceso en la hegemonía socialdemócrata y el neoliberalismo va ganando terreno. Una idea, dicen los críticos, que además se centra mucho en el individuo y todas estas cosas. Entonces, echar esta mirada atrás y además, en un momento histórico que es cuando el capitalismo está empezando a asentarse como forma dominante de organización social y mezclado con la Revolución Francesa, con la independencia de Estados Unidos, es muy interesante. Implica ver cómo en este contexto de mucho cambio y efervescencia de repente está surgiendo una idea que —vista con los ojos de ahora— es la idea de fondo que hay de las propuestas de renta básica en general, planteada como una especie de defensa de la vida frente a la propiedad, o lo que ahora llamamos capitalismo, que en este momento aún no tenía ese nombre.

Claro, porque cuando pensamos en la renta básica hay quienes la entienden o defienden como reacción a la robotización o la crisis de empleo. ¿Qué potencia crees que tiene recuperar este debate que en aquel momento no era reacción ante unos factores que por entonces no existían, sino como creación, como propuesta?
A mi lo que me llama y me engancha mucho es que justo ahí, la justificación de la renta básica, en un momento en el que los conceptos de robotización o desempleo no existen, la discusión está totalmente centrada en la idea teísta de que la propiedad de la tierra dios nos la ha dado en herencia a todo el mundo por igual y que, por lo tanto, las propuestas de renta básica o capital básico de Paine es una manera de devolvernos esta herencia de lo común, y la propiedad común de la tierra. Mirar a ese pasado da una perspectiva más comunitaria y menos individualista de la renta.

En uno de los textos, Paine habla de igualdad en conexión con libertad, apela a los franceses y su revolución a los que recuerda que la desigualdad no es un problema de caridad sino de justicia. Son las mismas palabras que  se usan ahora para defender la renta básica.
Paine es un tipo muy interesante, que yo conocí gracias a sin permiso, Daniel Raventós, etc porque a parte de que tiene estas frases colosales que se te quedan como “es justicia y no caridad, es cuestión de derecho”, el tipo vive en primera persona la independencia de Estados Unidos y escribe uno de los textos llamado Sentido Común, que es el mayor best seller de la historia, y se vuelve un personaje muy importante dentro del proceso de independencia. Pero luego se va a Francia y vive también en primera persona la revolución francesa. Lo curioso e interesante es que el texto de Justicia Agraria, que es el más conocido, surge en medio de los debates tan profundos que hay en medio de la revolución francesa sobre qué hacemos con el tema de la propiedad y la redistribución de la riqueza.

Todo esto, como señalas, sucede en un momento de construcción, de cambio de régimen ¿cómo retomar estos debates en momentos de reacción, cuando muchos esfuerzos se van en no perder lo conseguido, más que en transformar lo que hay?
Es difícil hacer paralelismos muy claros, pero lo que sí creo que es un paralelismo que se puede hacer, o que es interesante pensarlo de este modo, es que aquel era un momento de transición entre dos mundos: el inicio de la modernidad.  Y ahora estamos en transición hacia otra cosa que todavía no está escrito lo que puede ser. Creo que no es casualidad que en este tipo de momentos surjan ideas similares.

También —esto lo cuento al final del libro en el contexto de Paine y también de Spencer en Inglaterra— están las leyes de pobres que con todas las salvedades del mundo son sistemas similares a las rentas mínimas que podemos tener ahora. Los autores las conocen y están en muchas momentos en conflicto con ellas. Paine había sido administrador de estas leyes de pobres: estaban ejerciendo una función dentro de este proceso de transición, de sostenimiento de la gente a las que habían dejado sin tierras para poder producir, tras privatizarlas. De ahí la necesidad de estas leyes que daban sustento a las familias pobres. Viendo los problemas que estaban surgiendo ahí, e incluso los problemas que había en EE UU, llegar a Norteamérica era llegar a un mundo entero abierto a todas las posibilidades, esta idea aparece y parece razonable. Así, creo que existe un paralelismo interesante en cómo es razonable en ese momento y es razonable ahora pensar en que podemos tener una herramienta de seguridad de las características de la renta básica.

Leyendo tu libro he recordado Calibán y la Bruja de Silvia Federici, y cómo los cercamientos de tierras despiertan gran resistencia en la época porque la gente entiende que esos espacios son comunes y de ellos dependen. Cuando Paine y Spencer escriben estos textos la memoria de los comunes está más reciente. Parece que más de dos siglos después se haya diluido esta idea.
Este es uno de los puntos clave por los que me parece útil volver a leer a esta gente. Por ejemplo, el texto de los derechos de los infantes de Spencer gira en torno a la misma idea de cómo el derecho a la vida debe y puede ser garantizado en una sociedad. Es un razonamiento teológico el que ellos hacen pero que es de sentido común defender esto. Lo plantean en muchos sentidos como una defensa frente a lo que está apareciendo en estos momentos, a la economía dominante, a mi me parece muy potente.

Me llamó mucho la atención ver que el debate en contra del proceso de cercamiento de tierras de Federici —que lo retoma de Marx— es uno de los inputs principales para empezar a escribir y terminar introduciendo la idea de la necesidad de una renta básica. Spencer lo cuenta como un problema local de New Castle, que es una ciudad del norte de Inglaterra, lo presenta como un problema muy acotado pero que con la perspectiva histórica sabemos la importancia que tuvo ese debate para la conformación de lo que llamamos capitalismo.  Creo que ese es de los puntos que me ha llevado a pensar que tenía sentido traducir estos textos.

Es un poco estremecedor ver cómo la idea del republicanismo: que la libertad y la igualdad están ligadas y que no hay libertad sin seguridad material, tan evidente ya hace dos siglos, parezca casi una proclama revolucionaria en estos tiempos
Una de las cosas que ves cuando estudias el texto de Justicia Agraria es que se escribe en un contexto de debate, ya a casi 10 años del inicio de la Revolución Francesa cuando a los jacobinos les han conseguido echar y ha empezado este momento que se llama la revolución termidoriana, cuando se dan una serie de pasos atrás, uno de ellos es el de volver a ligar —en la nueva constitución que quieren realizar los termidorianos— el derecho al voto, los derechos políticos con los derechos de propiedad, que esto es una  cosa que lo jacobinos habían quitado.

Cuando Paine está escribiendo Justicia Agraria, entra en este debate diciendo: no, la revolución solo puede seguir siendo la grandiosa revolución en la que yo he participado si sigue manteniendo la idea de que sin derechos materiales, los derechos políticos no son posibles, y por lo tanto la redistribución en forma de capital básico de la propiedad es fundamental para que todo el mundo tenga los mismos derechos políticos. Mezcla las dos cosas de una forma muy intuitiva, de hecho no habla de derechos políticos y derechos económicos porque es una cosa muy posterior. Pero lo explica de esta manera: no podemos desviar una cosa de la otra porque si no los principios de la revolución se van a caer.

Es muy interesante, además, que en los debates sobre la renta que mantienen Paine y Spencer, sobre todo el primero, hay una misma estructura:  primero una especie de debate ético normativo de lo positiva y filosóficamente justa que es la medida, pero luego el tío se pone a  hacer cuentas —igual que han hecho Daniel Raventós, Lluis Torrens y Jordi Arcarons—,  se va a ver los presupuestos de Inglaterra, saca el dinero en las proyecciones y te explica cómo se implementa, a partir de parroquias locales, etc, que eran las que sustentaban en ese momento las ayudas de pobres.

También llama la atención cuando hablan de dar una cantidad de dinero a los mayores de 21 años en Estados Unidos, para que puedan empezar con su vida. Manifiesta que no es lo mismo empezar teniendo un poquito que no teniendo nada. Algo que parece una perogrullada y sin embargo, aún andamos con la discusión de la meritocracia por aquí.
El texto en el que Paine habla de esto lo escribe en 1775, más de 20 años antes de Justicia Agraria y antes de la revolución francesa, cuando llevaba poco tiempo en Estados Unidos. El dato de un décimo [que una décima parte de lo heredado pase al común] lo da en el de Justicia Agraria pero en este que firma como Amicus habla como inglés recién llegado a Estados Unidos que dice: aquí estamos haciendo una revolución, vamos a ganar dentro de poco la guerra de independencia, cómo no vamos a tener una propuesta que diga que a todos los jóvenes que empiezan su vida en este nuevo país hay que darles un mínimo básico para que después puedan desarrollarse  y hacer su vida con libertad. El artículo es muy bueno porque lo cuenta con total naturalidad, dice: en Inglaterra tenemos una serie de cosas que no están funcionando muy bien. Pero ya que hemos venido aquí y estamos haciendo una cosa nueva, pues vamos a intentar hacer esta propuesta

Claro, pero ahora y entonces, una cosa son las ideas, los debates entre los intelectuales o en la academia. Y otra cosa es quién las pelea.
Lo que estoy estudiando ahora es cómo surgen estos debates en EE UU, una cosa que tampoco solemos recordar es que Martin Luther King y el movimiento por los derechos sociales —una parte del movimiento se llamaba movimiento por el bienestar—  tenían proyectos de renta básica o, si se quiere matizar, medidas como rentas garantizadas en sus agendas. Luego estaban también los técnicos o los economistas que estaban elaborando propuestas, pero esta vía se defendía desde la movilización popular. Sobre todo el movimiento afroamericano, aparecen y dicen: nos estáis dejando a un cuarto del país fuera del bienestar.

También dentro del feminismo ves que hay una historia de debates sobre este tema. A principios del siglo xx, también en Inglaterra, con los salarios de ama de casa y todos esas discusiones, aparecen propuestas de renta básica. De hecho yo creo que el sujeto de movilización son los movimientos más fuertes ahora: el feminismo y el ecologismo, creo que son dos grandes movimientos que podrían incorporar en sus propuestas formas de renta básica. Pero hay tensiones en la izquierda con apoyar o no la renta básica, en el feminismo también hay controversia, mientras en el ecologismo creo que está empezando a surgir ahora el debate sobre cuál podría ser la función de una renta básica. En mi opinión, por ahí tienen que ir los tiros.

Ahora que estamos con la Iniciativa Ciudadana Europea, parece que está costando conseguir las firmas, un millón en toda Europa. En firmar solo se tarda un momento, ¿por qué crees que hay esta especie de desinterés? ¿Se ve poco posible?  ¿o poco deseable?
Creo que las dos cosas. A nivel de no verlo como algo deseable, creo que la épica del trabajo es clave: ahí hay una pelea de la renta básica que es cultural, y es muy fuerte. Por ejemplo, con las ayudas universales por hijo o las pensiones universales la gente sí que acepta que si tu eres mayor, de una cierta edad, hayas cotizado mucho o poco tú tengas derecho a una pensión. Y tenemos las pensiones no contributivas que cubren ese espacio aunque sean muy bajas. Habría un cierto sentido común para aceptar que si tú eres menor de edad también deberías tener la existencia garantizada. La traducción de los derechos de los infantes es súper interesante en este debate: Spencer es el que escribe, pero lo hace como si fuese una mujer discutiendo con un aristócrata, y precisamente apunta al derecho a la existencia de los infantes, como una pelea básica que tienen que dar las mujeres contra los terratenientes en ese momento. Lo más difícil es defender esta idea con quienes están en edad de trabajar porque aquí sí que esa épica del trabajo opera de forma muy fuerte, el tema de las paguitas y demás.

Por eso son súper potentes para mí los debates sobre la renta básica, porque van a tocar puntos clave de la ideología dominante. Y sobre la financiación yo creo que el mayor éxito de las propuestas que han hecho Raventós, Torrens y Arcarons es que han demostrado que matemáticamente se puede, han ayudado a romper un poco esta idea de la imposibilidad, además haciendo unos casos muy específicos, poner cifras aproximadas para hacernos una idea:  obviamente es una medida cara y compleja de hacer, pero creo que se ha dado mucha pelea para combatir esa idea de que no es financiable.

Para cerrar, ¿qué focos de esa retrospectiva histórica crees que pueden ser más fértiles para nuestro presente y futuro?
Volviendo a los cercamientos, algo que hacen los historiadores marxistas ingleses —el grupo integrado por gente como Eric Hobsbawm, E.P. Thompon o Christopher Hill— en los años 60 es empezar a reconstruir e investigar todos estos movimientos populares de Inglaterra, que son super visibles a finales del siglo XVII, la Commonwealth of England, Cromwell y demás. Rescatan estas tradiciones que son muy conocidas como los Levellers, o los True Levellers que vienen de una serie de sectas protestantes que se oponían a la iglesia oficial de ese momento a partir de nociones comunitaristas de la tierra. El libro lo termino con una cita de uno de estos tíos del siglo XVII que básicamente vienen a promulgar ya la idea de los derechos humanos a la propiedad común de la tierra, y que de ahí surja también la idea de la renta básica me parece una idea importante, de la que no se habla.

Frente a la acusación que se hace a esta herramienta de querer disolver lo comunitario, la intención que yo tenía al rescatar estos textos es romper esa idea. Como Milton Friedman hizo su propuesta del impuesto negativo que es una idea similar a la renta básica en muchos sentidos, pues hay mucha gente que acusa a la renta básica de ser una propuesta neoliberal porque surge en los 80, pero no, hay ideas de fondo que están en la base de la renta básica que vienen de un mundo que lo que está haciendo  es resistir a la llegada del capitalismo y encontrar formas alternativas de vida y de existencia que no sean solo trabajar para otra persona, para el propietario.

Por Sarah Babiker

26 jun 2021 06:00

Publicado enSociedad
Lunes, 21 Junio 2021 05:39

El generalísimo del brazo largo

El generalísimo del brazo largo

En septiembre de 1956 se celebró en Panamá una cumbre de las Américas a la que asistió el presidente Dwight Ei­senhower, de Estados Unidos, quien se vio rodeado de la conspicua fauna de dictadores latinoamericanos, todos en sus más vistosas galas militares, y el pecho sobrados de medallas.

Era el tiempo de las repúblicas bananeras, cuando en plena guerra fría los hermanos John Foster y Allen Dulles, el uno jefe de la CIA, el otro secretario de Estado, quitaban y ponían presidentes en el Caribe, si así lo quería la United Fruit Company.

Las fotos tomadas en aquella ocasión son memorables. Disputando el sitio más próximo a Eisenhower, aparecen, entre otros, el general Anastasio Somoza, de Nicaragua; el coronel Carlos Castillo Armas, de Guatemala; el general Marcos Pérez Jiménez, de Venezuela; el general Gustavo Rojas Pinilla, de Colombia, y el general Fulgencio Batista, de Cuba.

Falta, sin embargo, el más notable de todos aquellos sátrapas en traje de opereta, el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. Por razones protocolarias no podía estar presente en el cónclave, pues había dado en préstamo temporal la presidencia de la República Dominicana a su hermano, el general Héctor Bienvenido Negro Trujillo, quien ocupa su lugar en la foto de familia.

El generalísimo, que no había tenido empacho en llamar a la capital Ciudad Trujillo, en su propio homenaje, aparentando pudor había dejado en depósito la banda presidencial a Héctor Bienvenido, el más dócil y apagado de sus hermanos, mientras él preservaba en su puño todos los poderes, empezando por el de vida o muerte.

Esta fauna tan peculiar no tardaría mucho en desaparecer del mapa. Somoza fue muerto a tiros, al apenas regresar a Nicaragua, por un poeta desconocido; Rojas Pinilla fue obligado a renunciar por un paro nacional en mayo de 1957; en julio del mismo año, Castillo Armas cayó bajo las balas de un custodio del palacio presidencial; Pérez Jiménez fue derrocado en enero de 1958, y Batista huyó de Cuba la nochevieja de ese año. Y el gran ausente, el generalísimo Trujillo, fue emboscado y muerto el 31 de mayo de 1961, hace ahora 60 años.

El generalísimo se consideraba situado en un sitial más alto que el de sus demás colegas del zoológico. Somoza, tras una visita oficial a Ciudad Trujillo en 1952, regresó quejándose de que en las reuniones oficiales, el sillón de su anfitrión se hallaba siempre colocado en lo alto de una tarima, lo cual lo obligaba a mirar hacia arriba. Tampoco se conformaba Trujillo con reinar solamente en su isla; y fueron sus ambiciones de poder más allá de las fronteras, y su sed de venganza, llevada también más allá de las fronteras, lo que terminó perdiéndolo. Y, astuto como era, tampoco pudo leer el cambio de los tiempos.

El primer clavo de su ataúd lo puso con el secuestro, en plena Quinta Avenida de Nueva York en 1956, del profesor Jesús Galíndez, un exiliado vasco que tras la caída de la república española había vivido en República Dominicana. Fue trasladado en un vuelo clandestino a Ciudad Trujillo, y asesinado por la policía secreta, en venganza porque Galíndez había revelado en un libro un secreto de alcoba: Ramfis Trujillo, heredero del generalísimo, no era hijo suyo.

En 1957 extendió su largo brazo hasta Guatemala para asesinar a Castillo Armas, también por venganza ante la vanidad herida: Trujillo lo había apoyado con armas y dinero para derrocar al coronel Jacobo Árbenz en 1954, y esperaba que lo invitara a presenciar el desfile de la victoria; o que, una vez en la presidencia, lo condecorara con la Orden del Quetzal. La tarea de dirigir el complot la confió nada menos que el jefe de sus servicios secretos, Johnny Abes García, a quien acreditó como diplomático en Guatemala.

Y por último, el atentado contra el presidente Rómulo Betancourt, de Venezuela, en junio de 1960, lo cual lo llevó a meterse en aguas profundas, y fatales. Betancourt era un respetado líder, electo democráticamente tras la caída de Pérez Jiménez. Sobrevivió, con quemaduras, a la carga de explosivos que estalló al paso de su caravana en una avenida de Caracas; pero Trujillo pagó esa cuenta, y muchas otras, antes de que se cumpliera un año.

Como la historia se suele contar mejor en las novelas, hay tres que leer sobre la era Trujillo: Galíndez, formidable y poco frecuentado libro de Manuel Vázquez Montalbán; La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, y La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz.

Tres enfoques diferentes, pero que concurren a develar la figura del dictador de bicornio emplumado que se propuso él mismo como candidato al Premio Nobel de la Paz, y se dio a él mismo una infinita cauda de títulos entre los que se hallaban los de Padre de la Patria Nueva, Paladín de la Libertad, Primer Agricultor Dominicano, Primer Maestro de la Patria, Protector de Todos los Obreros, Primer Anticomunista de América.

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Publicado enCultura
Sábado, 19 Junio 2021 05:58

El juez y el indio

El juez y el indio

Quienes lo hayan leído seguramente se alegrarán de recordarlo, porque hay pocos lectores que pasaron por Manuel Scorza y que lograron después sacárselo del corazón. Los personajes de la saga de La guerra silenciosa --repartida en cinco novelas-- siguen adheridos al espíritu profundo de América Latina, y eso es lo que uno le agradecerá siempre a Scorza: que nos haya dejado entrar y sentirnos involucrados en las protestas campesinas de las sierras peruanas contra la Pasco Corporation en los años ´60.

Scorza se había criado allí, porque su asma decidió a sus padres a irse de Lima, y a instalarse en Huancayo. Cuando comenzaron las protestas él ya había pasado por el mismo Liceo Militar que Vargas Llosa, ya había cursado Filosofía en la Universidad de San Marcos, ya había comenzado su militancia clandestina en el naciente APRA, que cuando viró a la derecha sufrió gran merma de afiliados, entre ellos Scorza, que escribió el documento de renuncia al partido que comandaba Haya de la Torre. El documento quedó allí para la historia. Se llama GoodBy, Míster Haya.

El primer libro de la saga que Scorza escribió un poco en Lima y otro en París fue Redoble por Rancas. Había cubierto las revueltas para un diario de Lima y para sí mismo, para un ensayo que tenía en mente. Pero cuando después el desenlace sangriento y su propio involucramiento emocional le hicieron sentir que cualquier ensayo por bueno que fuera iba a ser incapaz de transmitir la verdad de las protestas y la estatura de esos héroes cholos del Perú profundo, recurrió a la narrativa.

Ahora Pedro Castillo y el Perú invisible vuelve a pelear por sus derechos, porque el Perú racista y corrupto que se agazapa tras Keiko Fujimori quiere invalidarles sus actas electorales: es un país que convivió con una mayoría indígena y mestiza cientos de años, y cuya elite es como Vargas Llosa: todos renunciarían a su nacionalidad de ser confrontados como lo fue el agitador de la ultraderecha liberal, auspiciadora de golpes de Estado y amparadora de delincuentes de toda laya: están convencidos de que ellos son el Perú, y que el electorado de Castillo hace fraude simplemente porque gana: nunca dejaron de verlos y tratarlos como seres inferiores.

Por la misma esquina de la plaza de Yanahuanca por donde, andando los tiempos, emergería la guardia de Asalto para fundar el segundo Centenario de Chinche, un húmedo septiembre, el atardecer exhaló un traje negro. El traje, de seis botones, lucía un chaleco surcado por la leontina de oro de un Longiness auténtico. Como todos los atardeceres de los últimos treinta años, el traje descendió a la plaza para iniciar los sesenta minutos de su imperturbable paseo.

Es el primer párrafo de Redoble... Ese traje que exhaló el atardecer es el juez Montenegro. Scorza hace girar la presentación de esa comunidad de Yahahuanca oponiéndola en valores, espíritu, ética, a la de un juez corrupto como casi todos, que eran amigos de los alcaldes y parientes de los coroneles y de los diputados o gobernadores. Así sigue siendo el mundo blanco, aunque el traje negro con el que Scorza inviste y recorta al juez, que será así nombrado siempre, corre la connotación de “negro” de la piel de los cholos a la conducta de Montenegro, descripta en ese primer capítulo en una parábola perfecta.

Esa misma tarde al traje negro se le cae un sol del bolsillo, una moneda. Y en el pueblo corre como un reguero la noticia, porque quién sabe qué podría pasarle a quien tocara o peor, que se apropiara del sol del traje negro. Mucha gente había muerto por menos. Todo el pueblo se pone en alerta para que nadie mueva el sol de su lugar: era un pequeño relieve en una vereda de la plaza central.

Pero pronto surge el orgullo. Ya no era por temor, sino por dignidad, que Yahahuanca se había vuelto obsesiva con no tocar lo ajeno. Vienen de otros pueblos a ver el sol del traje negro, que se había vuelto una enorme atracción. Y los yanahuaqueños se desvivían por hacer custodia día y noche para a nadie lo tocara, porque en Yahahuanca no se robaba.

Pasó un año y el único que no estaba al tanto de cómo había cambiado la vida en el pueblo era el traje negro. Nunca se dio cuenta de que se le había caído un sol del bolsillo. Pero un día caminando por la plaza, 365 días después de haberlo perdido, los ojos del traje negro dieron con la moneda tirada en el piso. Se agachó, vio la moneda, miró para ambos lados y como creyó que no había nadie, sencillamente lo embolsó y siguió su camino.

Así son las cosas. A esos pueblos serranos de indígenas persistentes en sus modos de vida y sus creencias, hace cientos de años los blancos les vienen robando todo. Porque creen que tienen derecho, como el traje negro al que no se le ocurrió que ese sol podría tener un dueño, cuando todo el pueblo hacía un año que se turnaba para evitar que alguien se lo robara.

Scorza decía que la oligarquía peruana se había condenado a sí misma a vivir una vida a medias, al haber esclavizado a los pueblos indígenas. El negacionismo hoy explica fenómenos nuevos pero explica también fenómenos históricos.

Estos que están en las calles en varios países en los que el neoliberalismo les quiso dar su toque se gracia, eran lo más genuino, lo más intenso de América Latina. Aquí las luchas se libran y se pierden muy seguido, pero no se abandonan. En las novelas de Scorza eso sucede porque los vivos reciben instrucciones de sus muertos.

La figura del juez, el amigo o pariente del diputado o del gobernador, sigue siendo el traje negro, que condena a su antojo a los indios que osan reclamar cualquier especie de igualdad. Scorza decía que el Perú blanco se parecía a esa tortura china que consistía en hacerle cargar a un hombre vivo un hombre muerto, hasta que enloquecía.

Hay un tipo de locura supremacista en toda esta región. Nunca dejó de haberla. Y hablo de quienes --Mauricio Macri y el desquiciado Iván Duque incluidos, firmantes de una carta “contra la corrupción” a favor de Keiko Fujimori, o sea a favor del golpe-- siguen viendo al indio o a la india como poco más que objetos descartables que se pueden matar o encerrar sin ningún problema de conciencia. Hablo además del TOF de Jujuy, que condenó a Milagro Sala a 3 años y medio por los huevos que le mancharon el traje negro al gobernador Morales en 2009. La condena llegó en 2021 y cinco días antes de las elecciones. Locura supremacista y corrupción insoportable.

19 de junio

Publicado enInternacional
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