Sábado, 27 Julio 2013 06:35

Hace sesenta años

Hace sesenta años

Hace sesenta años vivía yo en el número 456 de la calle San Miguel, en el apartamento 2 del primer piso. Nuestro balconcito daba a los altos de La Valenciana, el bar de Aurelio el asturiano, donde Memo era El Rey de los Batidos y se servía en la barra la mejor sopa de sustancia de todo San Leopoldo. Entre aquella joya culinaria y una olorosa panadería estaba la entrada de mi edificio, que aún alza sus tres pisos a unos metros de la famosa esquina donde quedaba La Casa Prado.


 
En el noviembre anterior había cumplido siete años. Cuando no estaba en mi escuela –por entonces la Academia Bravo, en Lucena y Neptuno–, vivía condenado a aquel apartamento de puntal alto, una de esas viviendas que abundan en la populosa Centrohabana, donde los cuartos están dispuestos en hilera, dando todos a un patio que va desde la saleta de recepción hasta el remoto comedor.


 
El primer cuarto era el de mis padres. La luna de la cómoda me dejaba ver cuando Dagoberto estaba echado, casi siempre leyendo, lo que me permitía no molestarle y tomar por el patio, si tenía que ir a mi cuarto, que era el segundo de la casa.


 
La tercera habitación era la de mi tío Angelito, el ser que me llevaba al cine, a ver películas de aventuras, y después a cenar a los chinos de Cuatro Caminos. La misma persona que me hizo probar los ostiones y aficionarme para siempre.


 
Mi abuela Isabel vivía al fondo, aún más allá de la cocina, en el cuartico de criados, con su catre revuelto, su reloj de pared y su Biblia –prendas, las dos últimas, que todavía conservo.


 
Era La Habana de 1953, una ciudad coronada por anuncios lumínicos, repleta de vidrieras ilusorias que mi madre y muchas otras amas de casa solían repasar. “Vamos a ver las tiendas”, decía Argelia al anochecer, y siempre era el mismo recorrido por la deslumbrante Belascoaín hasta el parque Maceo, para luego cruzar al Malecón y sentarse un ratico allí, “cogiendo fresco”, mientras mi hermanita María y yo correteábamos.


 
Hace sesenta años, quizá un par de semanas después de un día como hoy, en el cesto del baño de aquel apartamento de la calle San Miguel, hallé, sumergida bajo un montón de ropa sucia, una revista Bohemia que decía: “Sin censura”. Primero me extrañó encontrar allí una revista, pero en cuanto la abrí me di cuenta de que la habían escondido de mis ojos, porque sus páginas estaban llenas de fotos de cuerpos yacentes, irreconocibles bajo tanta sangre, bajo un título que anunciaba: “Los sucesos de Santiago de Cuba”.


 
No me atreví a continuar mirando o a leer mucho más, confundido por el hallazgo y por la conciencia de estar violando la voluntad de mis mayores, pero más que nada por la impresión profunda que me causaron aquellas imágenes que todavía me estremecen.


 
Muchos años después comprendí que aquellos cuerpos eran los mártires del Moncada.

 

26 julio 2013

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El conflicto armado en Colombia deja 220.000 muertos desde 1958

Los colombianos que han nacido en los últimos 60 años lo han hecho en un país en guerra. Son pocos los que pueden afirmar que recuerdan a una Colombia sin violencia. Pero contar la historia de ese conflicto no ha sido fácil y se ha hecho de forma fragmentada. Por eso, desde hace seis años el Centro Nacional de Memoria Histórica se dio a la tarea de reconstruirla, de explicar el origen y la evolución de los actores armados ilegales en Colombia, para tener por fin la memoria de un conflicto tan viejo que supera las cinco décadas, pero también por la dignidad de sus víctimas.


 
El resultado es un informe desgarrador que ayer fue entregado al presidente Juan Manuel Santos. Es el ¡Basta ya! —como ha sido titulado— “de una sociedad agobiada por su pasado, pero esperanzada en su porvenir”. Así se lee en su presentación. Es la radiografía de una guerra profundamente degradada, un rompecabezas finalmente armado con datos y testimonios que reflejan la brutalidad de lo que ha sucedido en Colombia y del sufrimiento acumulado.


 
Estremece, por ejemplo, saber que el conflicto ha dejado unos 220.000 muertos entre 1958 y 2012, de los cuales el 81,5% por ciento eran civiles. Y que por cada combatiente han muerto cuatro civiles. También, que de cada 10 colombianos que murieron en los últimos 54 años, tres perdieron la vida por causa de la guerra.

 


El grupo de Memoria Histórica calcula que la cifra de desaparecidos llega a 25.000, algo que rebasa los crímenes de las dictaduras del Cono Sur. Además, hay un saldo de 6.000 niños reclutados, 10.000 personas amputadas por las minas antipersona y casi cinco millones de desplazados. La cantidad de personas que tuvieron que abandonar su hogar a punta de bala y miedo dobla la población de Medellín, que es la segunda ciudad más poblada de Colombia, después de Bogotá.

 


 
La lista de horrores es larga. Entre 1980 y 2012 ocurrieron 1.982 masacres, el 59% cometidas por paramilitares, el 17% por las guerrillas y el 8% por agentes del Estado. En total, dejaron más de 11.000 víctimas. Los investigadores también concluyeron que los asesinatos selectivos han sido la modalidad de violencia que más muertos ha dejado, cerca de 150.000. Esto quiere decir que nueve de cada 10 homicidios fueron asesinatos selectivos. Lo más grave es que el 10% los cometieron miembros de la fuerza pública. Ahora también se sabe que a los cuerpos de 1.530 personas sus victimarios les dejaron marcas de sevicia y fueron exhibidos públicamente como una estrategia para infundir terror. Se llegó a la crueldad tal de despedazar los cuerpos con motosierra y machete, a tener hornos crematorios y escuelas de tortura y descuartizamiento, como fue el caso de los paramilitares.

 


“Después de amarrarlos les llenaban la boca de agua y ahí comenzaban con una motosierra a cortarles todos los miembros del cuerpo. También llegaban y los cogían con unas navajas y les cortaban el cuerpo, los miembros, les echaban ácido, y de ahí con un soplete les quemaban las heridas”, dice una víctima de la masacre de Trujillo (valle del Cauca), uno de tantos testimonios que recoge el informe.


 
Se suma la práctica del secuestro protagonizada principalmente por las guerrillas, que llegó a convertirse en una especie de epidemia. 27.000 secuestros se cometieron en el marco de la guerra. “Vivimos como animales, encadenados (…), dormimos en el piso por años, sin poder limpiarnos, enfermos, sin saber a qué horas lo van a matar a uno”, dice otro testimonio de un exsecuestrado.


 
El filósofo e historiador Gonzalo Sánchez, director del informe y una de las personas que más ha estudiado la violencia en Colombia, resume así esta avalancha de barbarie: “Las cifras que nosotros ahora oficializamos van más allá de los registros que tenían las propias víctimas. Uno va sumando cifras y todos son récords ignominiosos”.


 
El informe también explica las formas de violencia utilizadas por cada uno de los actores del conflicto. “Los paramilitares asesinan más que las guerrillas, mientras que los guerrilleros secuestran más y causan más destrucción que los paramilitares”, dice. Y agrega que la prolongación y degradación que han empleado los grupos armados deja al descubierto uno de los rasgos característicos del conflicto: “La tendencia a no discriminar sus métodos y sus blancos”.


 
El extenso informe se concentra en las dimensiones y modalidades de la guerra, en lo que la motivó y las transformaciones que ha tenido a lo largo de 50 años, en la impunidad y en el gravísimo impacto que ha tenido sobre las víctimas. A estas últimas, este reporte les da por primera vez el espacio que se merecen, luego de haber sido ignoradas. “Las víctimas han tenido que contarse su dolor entre ellas mismas”, dice Sánchez, que trabajó con un grupo de especialistas en el conflicto colombiano.


 
A la soledad de las víctimas se suma que, por haber sido una guerra que se ha concentrado en el campo colombiano y por tan largo tiempo, parece haber sido olvidada. Para quienes viven en las ciudades se trata de una guerra lejana, que está metida entre las montañas. Esto ha provocado una actitud de indiferencia que se ha alimentado por una cómoda percepción de que al país le está yendo bien y de que, a pesar de todo, hay institucionalidad.


 
Al final, este gran examen de la violencia colombiana no se trata de una historia lejana sino de una “realidad anclada al presente”, que busca, como dice el director del informe, convertirse en una herramienta de reflexión para construir —con todos— esa memoria que tanto necesita Colombia.

 


Por Elizabeth Reyes L. Bogotá 24 JUL 2013 - 16:53 CET


 

“Las cifras del conflicto colombiano son el récord de la ignominia”
 

Gonzalo Sánchez, director del informe Basta ya, Colombia: Memorias de guerra y dignidad, habla de por qué se degradó el conflicto colombiano

 

 ¿Cómo es posible? se pregunta una y otra vez el filósofo e historiador Gonzalo Sánchez (1945) a medida que explica lo que el grupo de académicos de Memoria Histórica –que él dirige– encontró a lo largo de seis años. Esta es una entidad pública que se creó cuando ni siquiera se vislumbraba la posibilidad de una salida negociada al conflicto y cuyo objetivo era elaborar este informe que cuenta el origen y la evolución de los actores armados ilegales.


 
Sánchez aclara que lo que le están entregando hoy al país se aparta totalmente de la idea de una memoria oficial y que lo que busca es generar debate. Hoy Colombia recorre otro camino. “Es una afortunada coincidencia. Se materializó aquello que pensábamos desde el principio y era que el informe se pudiera inscribir en algún momento en un horizonte de paz”, dice.


 
Pregunta: ¿Colombia y el mundo se sorprenderán por la dimensión de la violencia?


 
Gonzalo Sánchez: Con una particularidad, las cifras que nosotros ahora oficializamos van más allá que los registros que daban las propias víctimas.


 
P: El prólogo del informe arranca afirmando que el conflicto colombiano rompe todos los cánones de los países en conflicto. ¿Por qué?


 
R: Por el acumulado de expresiones de victimización. En todas hay récords tremendos, dolorosísimos. Cuando decimos que en Colombia hay proyecciones –porque no tenemos los datos exactos- de 39 mil secuestrados, de los cuales 27 mil están relacionados con el conflicto armado, esa es una cifra grande comparada con cualquier conflicto en el mundo. O cuando proyectamos que hay 25 mil desaparecidos. Argentina se sacudió con una tercera parte. Y si se habla del desplazamiento forzado también estamos con otro record con más de 5 millones. Uno va sumando y todos son récords ignominiosos que van más allá de la complejidad de cualquier otro conflicto.


 
P: Se suma la larga duración.


 
R. Es el conflicto –no negociado– más largo en el mundo. Cuando arrancó la investigación tuvimos toda una discusión para definir por dónde arrancábamos. Decidimos por 1958, para decir que esta violencia de hoy está anclada en la de los años 50. Es un conflicto demasiado largo, con demasiadas víctimas y eso hace muy difícil negociarlo.


 
P: ¿Cuáles son las causas del conflicto colombiano?


 
R: El tema agrario es uno de ellos y hay que celebrar que sea tema central en los diálogos de paz. El otro es la exclusión política. Colombia tiene un enorme formalismo democrático, pero que a la hora de la verdad no se practica. Nos cuesta mucho asumir que la diferencia, que la controversia, que el pensar distinto debe ser algo consustancial y natural al debate político. La tercera causa, que hoy se está reconociendo, son los altos niveles de desigualdad. Colombia es un país que prospera pero para muy pocos y eso provoca irritación.


 
P: Una de las grandes conclusiones del informe es que la sociedad civil terminó en el medio ¿Por qué?


 
R: Las guerrillas centroamericanas y las de muchos países se montaron, de alguna manera, más o menos consecuente, con la idea de que eran expresiones de la voluntad de sus pueblos, de sus campesinos. Pero en Colombia el discurso rebelde, que inicialmente fue así, gradualmente se fue desdoblando en apoyo forzado de las poblaciones. Primero acudieron al secuestro y luego a otras formas, como el narcotráfico, que le generaron un flanco de ilegitimidad. Se suma la duración del conflicto. Una comunidad local soporta a un grupo armado dos y hasta cinco años, pero cuando empieza a volverse un conflicto de 10 y más años, ¿cómo aguanta? Los actores armados empiezan a sostenerse a costa de la población, que obviamente reacciona en contra.


 
P: Se suma la degradación de la guerra. ¿Cada grupo lo ha hecho a su manera?


 
Es como una competencia de horrores. Todos masacran, también secuestran y desaparecen a sus víctimas. Pero sí hay unas zonas dominantes de unos sobre otros. Uno de los rasgos de la violencia colombiana es esa multiplicidad de actores y la transformación de unos en otros. Por ejemplo, guerrilleros del EPL y miembros del Ejército se pasaron a ser paramilitares. Aun así hay diferencias. Los ‘paras’ masacran más, mientras la guerrilla secuestra más. Sin embargo, a la opinión pública en este país le irrita más la acción de la guerrilla que la de los paramilitares. Creería que por la fatiga con la insurgencia y el desespero porque el Estado no las atendía.


 
P: ¿Por qué Colombia se demoró tanto tiempo en reconocerlas?


 
R: Me pregunto, cómo es posible que, cuatro o cinco años atrás, no admitiéramos que hubiera conflicto armado cuando las cifras son de ese tamaño. Se necesitaba un cambio mental, un viraje en la manera de ver políticamente lo que estaba pasando. Lo que teníamos en Colombia era un universo gigante de víctimas ignoradas por la institucionalidad, que se contaban su dolor entre ellas mismas. Nos vamos a demorar para entender el sentido del viraje de lo que se materializó con la Ley de Victimas.


 
P: ¿Qué hacer con tanta barbarie?


 
R: El momento (proceso de paz) le da a uno esperanzas. Este conflicto ha llegado a un nivel tal que si se ponen en un contexto latinoamericano resulta totalmente fuera de contexto. El país quiere pensar en otras cosas, hay esta luz política de las negociaciones y uno piensa que aunque no lo va a resolver todo, de pronto si nos puede poner en la ruta de comenzar a asumir de manera distinta los conflictos que vivimos

 

Elizabeth Reyes L. Bogotá 24 JUL 2013 - 21:12 CET2

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185.000 kilos de oro y 16 millones de plata, primer préstamo de América a Europa

El que hubieran impedido a Evo Morales volar sobre países europeos echó una cortina de humo sobre el discurso que pronunció al asistir a la reunión de jefes de Estado, que fue el objeto de su viaje. Para perplejidad de sus anfitriones, el documento sitúa en sus verdaderos términos las relaciones entre Europa e Indoamérica. Exposición del presidente boliviano ante la reunión de jefes de Estado de la Comunidad Europea (30-VI-13). Con lenguaje simple, que era trasmitido en traducción simultánea a más de un centenar de jefes de Estado y dignatarios, el presidente Evo Morales logró inquietar a su audiencia cuando dijo:


“Aquí pues yo, Evo Morales, he venido a encontrar a los que celebran el encuentro.

 

“Aquí pues yo, descendiente de los que poblaron la América hace 40 mil años, he venido a encontrar a los que la encontraron hace sólo 500 años.

 

“Aquí pues, nos encontramos todos. Sabemos lo que somos, y es bastante.

 

“Nunca tendremos otra cosa.

 

“El hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa para poder descubrir a los que me descubrieron. El hermano usurero europeo me pide pago de una deuda contraída por Judas, a quien nunca autoricé a venderme.

 

“El hermano leguleyo europeo me explica que toda deuda se paga con intereses aunque sea vendiendo seres humanos y países enteros sin pedirles consentimiento.

 

“Yo los voy descubriendo. También yo puedo reclamar pagos y también puedo reclamar intereses. Consta en el Archivo de Indias, papel sobre papel, recibo sobre recibo y firma sobre firma, que solamente entre el año 1503 y 1660 llegaron a San Lucas de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata provenientes de América.

 

“¿Saqueo? ¡No lo creyera yo! Porque sería pensar que los hermanos cristianos faltaron a su séptimo mandamiento. ¿Expoliación? ¡Guárdeme Tanatzin de figurarme que los europeos, como Caín, matan y niegan la sangre de su hermano!

 

“¿Genocidio? Eso sería dar crédito a los calumniadores, como Bartolomé de las Casas, que califican al encuentro como de destrucción de las Indias, o a ultrosos como Arturo Uslar Pietri, que afirma que el arranque del capitalismo y la actual civilización europea se deben a la inundación de metales preciosos.

 

“¡No! Esos 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata deben ser considerados como el primero de muchos otros préstamos amigables de América, destinados al desarrollo de Europa. Lo contrario sería presumir la existencia de crímenes de guerra, lo que daría derecho no sólo a exigir la devolución inmediata, sino la indemnización por daños y perjuicios.

 

“Yo, Evo Morales, prefiero pensar en la menos ofensiva de estas hipótesis.

 

“Tan fabulosa exportación de capitales no fueron más que el inicio de un plan Marshalltesuma, para garantizar la reconstrucción de la bárbara Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los cultos musulmanes, creadores del álgebra, la poligamia, el baño cotidiano y otros logros superiores de la civilización.

 

“Por eso, al celebrar el Quinto Centenario del Empréstito, podremos preguntarnos: ¿Han hecho los hermanos europeos un uso racional, responsable o por lo menos productivo de los fondos tan generosamente adelantados por el Fondo Indoamericano Internacional? Deploramos decir que no.

 

“En lo estratégico, lo dilapidaron en las batallas de Lepanto, en armadas invencibles, en terceros reichs y otras formas de exterminio mutuo, sin otro destino que terminar ocupados por las tropas gringas de la OTAN, como en Panamá, pero sin canal.

 

“En lo financiero, han sido incapaces, después de una moratoria de 500 años, tanto de cancelar el capital y sus intereses, cuanto de independizarse de las rentas líquidas, las materias primas y la energía barata que les exporta y provee todo el tercer mundo.

 

“Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman según la cual una economía subsidiada jamás puede funcionar y nos obliga a reclamarles, para su propio bien, el pago del capital y los intereses que, tan generosamente hemos demorado todos estos siglos en cobrar.

 

“Al decir esto, aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarles a nuestros hermanos europeos las viles y sanguinarias tasas del 20 y hasta el 30 por ciento de interés, que los hermanos europeos le cobran a los pueblos del tercer mundo. Nos limitaremos a exigir la devolución de los metales preciosos adelantados, más el módico interés fijo del 10 por ciento, acumulado sólo durante los últimos 300 años, con 200 años de gracia.

 

“Sobre esta base, y aplicando la fórmula europea del interés compuesto, informamos a los descubridores que nos deben, como primer pago de su deuda, una masa de 185 mil kilos de oro y 16 millones de plata, ambas cifras elevadas a la potencia de 300.

 

“Es decir, un número para cuya expresión total, serían necesarias más de 300 cifras, y que supera ampliamente el peso total del planeta Tierra.

 

“Muy pesadas son esas moles de oro y plata. ¿Cuánto pesarían, calculadas en sangre?

 

“Aducir que Europa, en medio milenio, no ha podido generar riquezas suficientes para cancelar ese módico interés, sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del capitalismo.

 

“Tales cuestiones metafísicas, desde luego, no nos inquietan a los indoamericanos.

 

“Pero sí exigimos la firma de una Carta de Intención que discipline a los pueblos deudores del Viejo Continente, y que los obligue a cumplir su compromiso mediante una pronta privatización o reconversión de Europa, que les permita entregárnosla entera, como primer pago de la deuda histórica”.

 

Evo Morales
Forum en Línea

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 Que el legado de Mandela sirva para arrojar luz sobre las injusticias en Estados Unidos

Mientras el mundo celebra esta semana los 95 años de Nelson Mandela, resulta oportuno reflexionar sobre su vida, dedicada a luchar por la igualdad de la población negra de Sudáfrica, que sufrió durante largos años la segregación racial impuesta por el régimen del apartheid. Mandela fue arrestado en 1962, un año antes de que Martin Luther King Jr. pronunciara su famoso discurso “Tengo un sueño” en Washington D.C. Tras haber pasado 27 años en prisión, Mandela fue liberado en 1990. Cuatro años más tarde se convertiría en el primer presidente de Sudáfrica elegido democráticamente.


 
La increíble vida de Mandela debería servirnos para arrojar luz sobre las injusticias que ocurren a diario en Estados Unidos, en especial esta semana, tras la absolución de George Zimmerman por el asesinato del adolescente afroestadounidense Trayvon Martin, y mientras en la prisión militar estadounidense de Bahía de Guantánamo cientos de hombres continúan en huelga de hambre, tras permanecer detenidos allí sin acusación en su contra durante más de diez años.


 
Durante su reciente visita a Sudáfrica, el Presidente Barack Obama llevó a su familia a la Isla Robben, la tristemente célebre prisión de los tiempos del apartheid, cerca de la costa de Ciudad del Cabo. La primera dama Michelle Obama dijo acerca de la experiencia: “Fue increíble ver la celda de Mandela, una pequeña habitación de alrededor de dos metros de ancho donde pasó 18 de los 27 años que estuvo en prisión. Dormía en el piso en un colchón muy delgado, y cuando se estiraba para dormir por la noche los dedos de los pies tocaban una pared y la cabeza rozaba la otra. Sin embargo, a pesar de las terribles condiciones, Mandela y sus compañeros de prisión nunca perdieron la esperanza. Como Mandela dijo una vez: ’La prisión, lejos de quebrantar nuestra moral, nos hizo más fuertes para seguir en esta batalla hasta lograr la victoria`”.
 


El Presidente Obama firmó el libro de visitas de la Isla Robben, donde escribió lo siguiente: “En nombre de nuestra familia, es un gran honor para nosotros estar aquí donde hombres tan valientes sufrieron la injusticia y no se dieron por vencidos. El mundo agradece a los héroes de la Isla Robben, que nos recuerdan que no hay cadenas ni celdas que puedan más que la fuerza del espíritu humano”.


 
“Lamentablemente, no necesitamos que el Presidente nos aleccione, necesitamos un líder”, me dijo el Coronel Morris Davis. Davis es un Coronel retirado de la Fuerza Aérea que fue el principal fiscal militar en Bahía de Guantánamo hasta que renunció en 2007 por negarse a obtener declaraciones mediante la tortura. Davis agregó: “Cuando el Presidente Obama visitó Sudáfrica junto a su familia, llevó a Sasha y a Malia a visitar la celda. celda. Salió en todos los medios que el Presidente y sus hijas habían visitado la prisión en la isla donde Mandela pasó 18 años preso. Y, al mismo tiempo, administra una prisión en una isla, en la Bahía de Guantánamo, Cuba, donde personas como Shaker Aamer y otros están detenidos. Y la mayoría de ellos tienen autorización para ser liberados o transferidos de allí. Y si bien no han llegado a pasar 18 años en prisión como Mandela, hay gente que ha estado allí durante once años y medio, y se les ha dicho que tienen autorización para regresar a sus hogares y, sin embargo, permanecen en prisión”.


 
Si bien las dos elecciones de Obama como Presidente hicieron que muchos declararan que estamos ante una era post-racial en Estados Unidos, el veredicto del juicio contra Zimmerman de la semana pasada demuestra que se trata de una falacia. Phillip Agnew es el director ejecutivo de Dream Defenders, una red de jóvenes negros y mestizos de Florida que lucha por la igualdad de derechos y el acceso igualitario a la educación. Tras el veredicto del juicio contra Zimmerman, Agnew me dijo: “Como país no queremos reconocer que en Estados Unidos aún existe un problema racial que genera las condiciones para que un hombre como George Zimmerman ande suelto, como está ahora, con una pistola, esperando matar a jóvenes de raza negra”.


 
Al enterarse de la absolución de Zimmerman, el grupo Dream Defenders se movilizó de inmediato. Se trasladaron a Tallahassee, la capital del estado de Florida, donde ocuparon la oficina del gobernador republicano Rick Scott. Quieren que Scott convoque una sesión legislativa extraordinaria para derogar la ley de legítima defensa denominada “Stand Your Ground” en Florida, que amplía el derecho de una personas de aplicar una fuerza mortal contra otra, en caso de un enfrentamiento. Prometieron continuar ocupando la oficina hasta que el gobernador responda a sus reclamos.


 
La abogada por los derechos civiles y escritora Michelle Alexander dijo en Democracy Now!: “Creo que está claro que George Zimmerman no solo mató a un joven inocente, sino que además Trayvon Martin estaría hoy con vida si hubiera sido blanco. Si hubiera sido blanco, Zimmeran nunca lo hubiera perseguido, no hubiera habido pelea, ni juicio ni veredicto, ni cadáver. Y mientras reflexionamos sobre lo que significa el fallo para nuestra democracia y para nuestro presente en términos raciales, creo que debemos tomar distancia y pensar en la mentalidad de Zimmerman, la mentalidad de un tipo que considera que un adolescente que camina por su barrio llevando un paquete de dulces y té helado representa una amenaza. Es una mentalidad que considera que los hombres y adolescentes de raza negra son un problema eterno con el que debemos lidiar. Esta mentalidad ha contaminado a nuestro sistema judicial, a nuestras escuelas, a nuestros políticos de modos que han tenido consecuencias desastrosas, como la creación de un sistema penitenciario sin precedentes en la historia del mundo, que despoja a millones de personas de sus derechos humanos y civiles fundamentales una vez que han sido etiquetados como delincuentes o criminales. Es la mentalidad que considera que algunas personas, que están definidas en gran medida por su raza y clase, no merecen gozar de las protecciones básicas y que merecen un trato hostil impune”.


 
Mientras tanto, en California, miles de prisioneros están realizando la mayor huelga de hambre en la historia del estado. Sus demandas: poner fin al confinamiento solitario. Actualmente, en California hay más de 3.000 prisioneros detenidos en aislamiento total en unidades en las que no mantienen ningún tipo de contacto humano y donde no hay ventanas. Algunos de ellos permanecen detenidos en esas condiciones desde hace más de diez años.


 
Nelson Mandela dijo en una entrevista en 1993: “Nelson Mandela dijo en una entrevista en 1993: “Nadie quiere ir a prisión, nadie quiere que lo arresten. Pero, al estar en prisión uno se libera del miedo al opresor. Cuando te has liberado del miedo al opresor, no pueden hacer nada. Una vez que has alcanzado ese estado, no te interesa realmente lo que te hagan. Eres libre”. De Sudáfrica a Florida, de la prisión de la Bahía de Pelícanos, en California, a la de Bahía de Guantánamo, hay personas valientes que están defendiendo sus ideales, luchando por la justicia. Es un homenaje muy adecuado al Presidente Mandela en su cumpleaños.
 
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Publicado el 19 de julio de 2013

 

Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.
 
 
Texto en inglés traducido por Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Sábado, 13 Julio 2013 06:45

El llano en nylon

El llano en nylon

Arde el llano en llamas, herido por la codicia de trasnacionales como Monsanto, Nutrilite y empresas de producción de hortalizas con cínicos nombres como Desert Glory y Bioparques, cuyos viveros de plástico y su contaminación se extienden más allá de donde alcanza la vista. Si Juan Rulfo escribiera, ahora lo llamaría el llano en nylon”, dicen los comuneros de San Isidro, Jalisco, que tercamente insisten en la lucha por su tierra. Los nombres cambiaron, las heridas siguen abiertas. Apenas en junio de este año, 275 jornaleros –hombres, mujeres, niños– fueron liberados de la esclavitud a la que los sometía Bioparques de Occidente, empresa que desde 2010 recibió 10 millones de pesos en subsidios estatales y federales y hasta certificación de “empresa socialmente responsable” (La Jornada, Proceso, junio 2013).

 

Atravesando el llano, el sol cae a plomo en el camino hasta el ejido San Isidro, donde refresca la calidez de los comuneros y comuneras que se afanan en ofrecer lo mejor de sí a los participantes de la preaudiencia “Territorios, subsistencia y vida digna”, del Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP), que sesionó allí del 28 al 30 de junio.

 

Entre 23 casos y testimonios de varios estados del país, denunciando entre otros los impactos de la devastación ambiental, supervías, minería, maíz transgénico, violencia obstétrica y de género, despojos de empresas y gobiernos; San Isidro presenta su historia. Tienen una resolución presidencial de dotación de tierras ejidales desde 1939, pero las autoridades nunca le entregaron 280 hectáreas. Han sufrido manipulaciones, artimañas leguleyas de los ex hacendados, ocupación de empresas que aprovechan el conflicto y la colusión entre funcionarios del gobierno estatal y secretarías federales. Aunque no había validez jurídica para operaciones de compraventa, la empresa Nutrilite, subsidiaria de la trasnacional Amway, se posesionó de esas 280 hectáreas, para producción hortícola de exportación, en el llamado rancho El Petacal, que vende como producción orgánica. Los comuneros de San Isidro denuncian que desde la instalación de Nutrilite, han secado diversidad de árboles, “órganos, guamúchiles, mezquite, nopal… no había fronteras, toda la gente gozaba los frutos. Arrasaron con todo, acabaron con los animales: la malcoa, víbora, camaleón, iguana, ardilla, codorniz, conejo, liebre, coyote, tejón. Se apropiaron del agua de las presas que abastecían la región y destruyeron la red de agua potable sustituyéndola por pozos de agua de mala calidad.”

 

El llano en llamas, la tierra que nadie quería, ahora la disputan empresas para producción en viveros, por la estabilidad de temperatura y la falta de lluvia (prefieren regar dentro los viveros, abusando las fuentes locales del líquido). Por ello, continúa el testimonio de San Isidro, después de Nutrilite llegaron otras empresas, todas con impactos graves en el ambiente y las comunidades de la región. “Empresas que manejan tecnología de punta, a base de despojo, de explotación, hasta esclavos como en Bioparques”.

 


Otro caso cercano llega a la preaudiencia como denuncia anónima, porque se sienten amenazados. Se trata de una instalación de Monsanto en El Petacal, donde producen semillas de hortalizas, también en viveros, con alto uso de agrotóxicos. Como el negocio es vender semilla, el resto de frutas y hortalizas las descartan en pilas que se pudren generando una plaga infernal de moscas y enfermedades a los vecinos, o en el arroyo, contaminándolo y con olor nauseabundo. Además, agregan en su denuncia, los viveros están a pocos metros de una guardería infantil donde usan químicos continuamente; las enfermedades de los niños van en aumento.

 

Pese a estos y otros horrores, los que traen los casos a esta audiencia siguen resistiendo y contagian. Más que resistir, afirman la defensa de la vida comunitaria, la lucha por el territorio y todo su entorno, por su derecho a decidir y mantener las bases de su sustento. Por ejemplo, los colectivos de jóvenes Caracol Psicosocial y Juxmapa de Palos Altos, Jalisco, la mayoría aún en secundaria, presentaron un detallado testimonio de cómo los jóvenes del medio rural son compelidos a dejar el campo, cómo la educación formal avasalla los saberes de sus comunidades, cómo lo que les ofrecen para su futuro es “migrar, estudiar una carrera para salir del campo, hacer carrera política para ganarse algún cargo, o dedicarse al narcotráfico”. Pero reivindican con argumentos y entusiasmo ante el tribunal su derecho a quedarse en el campo, a sus culturas y a otra educación, a la producción sin transgénicos, sin agrotóxicos, con sus propias semillas. Junto a Jóvenes ante la Emergencia Nacional, Yo soy 132 Ambiental y otros, planean una pre-audiencia de jóvenes, transversal a todos los temas del TPP en México.

 

La lucha de la comunidad de San Isidro que lleva más de 70 años, atraviesa varias generaciones y no se explica por 280 hectáreas de tierra, sino porque son parte de algo muy profundo, del derecho a ser pueblos campesinos, a tener asambleas para decidir sobre los bienes comunes, a cuidar y compartir los medios y fuentes de la subsistencia, a la vida digna. Además del mapa de abusos que va constituyendo el expediente general de acusación del TPP capítulo México, el dictamen de esta preaudiencia, elaborado por Jean Robert (Suiza), Fernanda Vallejo (Ecuador), Dora Lucy Arias (Colombia) y Alfredo Zepeda (México), reconoce esta actitud como una particularidad de los pueblos en México, esencial para recuperar el derecho a la subsistencia de todos.

 


Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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Ocurrió en el período 1963-1966: Israel adquirió a Argentina mediante un pacto secreto de 80 a 100 toneladas de óxido de uranio concentrado para continuar con su proyecto nuclear. El óxido de uranio, debidamente procesado, se utiliza para alimentar los reactores nucleares que permiten producir la bomba. Esta información, basada en documentos de la época, fue dada a conocer la semana pasada por primera vez. El Archivo Nacional de Seguridad de EE.UU. (www.gwu.edu), el Proyecto de historia de la proliferación nuclear internacional y el Centro James Martin de estudios contra la proliferación nuclear (//cns.miis.edu) la dieron a conocer conjuntamente.

 

La operación se llevó a cabo bajo el gobierno del presidente radical Arturo Illia (12-10-63 a 28-6-66), quien fue elegido con el peronismo proscripto, y la concretó el entonces almirante Oscar A. Quihillalt, director de la Comisión Nacional de Energía Nuclear. A comienzos de los '60 Argentina contaba ya con dos reactores de investigación y planeaba la construcción de un reactor capaz de proporcionar energía eléctrica. El óxido de uranio es esencial para su funcionamiento.

 

El propósito israelí de convertirse en un país nuclear se remonta a su creación. En 1949-50, Israel realizó estudios geológicos para determinar en qué medida se podía extraer uranio de los depósitos de fosfato del Néguev. En los '50 y comienzos de los '60 exploró la viabilidad de esa opción, la descartó por demasiado costosa y comenzó la búsqueda de abastecedores extranjeros.

 

El primero que halló fue Francia, que además construyó la central de Dimona en el desierto del Néguev a 35 km al oeste del Mar Muerto. París se convirtió en proveedor de elementos nucleares a Israel, ignorando que bajo las instalaciones construidas los israelíes habían excavado un vasto sótano de investigación nuclear, pero en 1963 prohibió esas exportaciones. Israel no se arredró, buscó en otros países, como Sudáfrica y Gabón, y el conocimiento público, hoy detallado, de las compras de óxido de uranio a la Argentina arroja cierta luz sobre el oscuro proceso de cómo, de manera decididamente secreta, Israel consiguió materiales para su programa nuclear.

 

Los servicios secretos de Canadá detectaron la operación y vacilaron antes de compartirla con EE.UU., que fuentes de su embajada en Buenos Aires corroboraron. En 1964, revelan los documentos, funcionarios estadounidenses trataron de persuadir a Argentina de que aplicara restricciones severas a las futuras exportaciones de uranio, pero no se concertó ningún acuerdo. A esas alturas, EE.UU., Canadá, Gran Bretaña y hasta la ex URSS tenían sospechas fundadas de que Israel perseguía la obtención de armas nucleares. ¿Qué hicieron las grandes potencias? Muy poco: enviaron expertos a Dimona que no encontraron nada pero a quienes se les prohibió el ingreso a una extensa instalación.

 

Alan Goodison, funcionario del Foreign Office, envió el 29 de abril de 1964 una carta –calificada de "secreta"– a Arthur Kellas, consejero de la embajada británica en Tel Aviv, informándole que "Israel y Argentina firmaron un acuerdo de venta a Israel de toda la producción argentina de uranio concentrado que entrañaba el envío de 80-100 toneladas en 33 meses" y señalando que Israel poseía ya la capacidad de reprocesar plutonio y de obtener el suficiente para construir armas nucleares, "la ansiedad (israelí) por obtener uranio sugiere... motivos siniestros".

 

Israel insistía en que su programa nuclear era de naturaleza pacífica. En el cable 555 que la embajada estadounidense en Buenos Aires envió al Departamento de Estado el 23 de octubre de 1964 se recogen declaraciones del almirante Quihillalt: señaló que los acuerdos con Israel sólo tenían salvaguardias generales, es decir, que el uranio sería empleado con fines pacíficos y que Argentina no requería informes, inspecciones o verificaciones independientes para comprobar si así era.

 

En tanto, en Israel, la Embajada de EE.UU. insistía inútilmente en conocer la ubicación del óxido de uranio argentino. El 2 de junio de 1966 recibía el cable 1052 del Departamento de Estado: ordenaba que se debía mostrar satisfacción por la inspección de Dimona y recordaba que el entonces secretario de Estado Dean Rusk había señalado a Abba Eban, su contraparte israelí, con quien se reunió en febrero de ese año, que aparentemente Israel seguía una política destinada a crear "ambigüedad" sobre sus intenciones nucleares.

 

Un acuerdo secreto de 1969 entre la primera ministra israelí Golda Meir y el presidente Nixon resolvió que la "ambigüedad" continuara hasta que Israel resolviera hacer pública la posesión de su arsenal nuclear (www.foreignaf fairs.com, septiembre/octubre de 2010), "Israel es el único país democrático de Medio Oriente", no se cansan de decir los presidentes de EE.UU., republicanos o demócratas, saben –porque es notorio– que Israel posee unas 200 cabezas nucleares como mínimo, pero la Organización Internacional de Energía Atómica nunca envía inspectores molestos. Para qué. Salir de la ambigüedad la daña mucho.

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Día de la Independencia: un día para agradecer a los movimientos populares

Este fin de semana en que se conmemora el 4 de Julio se han planificado más de 100 manifestaciones en todo Estados Unidos en contra de los programas de vigilancia de la NSA.


Hace más de 160 años, el mayor abolicionista de la historia de Estados Unidos y esclavo fugitivo, Frederick Douglass, habló ante la Sociedad de Damas de Rochester Contra la Esclavitud. Douglass le preguntó a las presentes: “¿Qué significa el 4 de julio para un esclavo estadounidense?”. Sus palabras continúan resonando hoy, al conmemorarse una vez más el Día de la Independencia, en un momento en que Estados Unidos reafirma un poder sin precedentes para desatar guerras a nivel mundial y espiar a todas las personas en todas partes. El Día de la Independencia no debería ser una mera celebración oficial, sino un momento de reflexión sobre el lugar central que ocupan los movimientos de base por la democracia en la historia de Estados Unidos. Son los movimientos los que han preservado y promovido los derechos proclamados en el inicio de la Declaración de la Independencia “a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

 

Frederick Douglass respondió él mismo la pregunta que hizo sobre el 4 de Julio ante las abolicionistas que estaban allí reunidas: “Para ese esclavo, su celebración es una farsa. La libertad de la que tanto se jactan es una licencia impía; su grandeza nacional, vanidad exagerada; sus gritos de regocijo son vacíos y desalmados; su denuncia de los tiranos, descarada impudencia; sus gritos de libertad e igualdad, una burla vacía; sus plegarias e himnos, sus sermones y agradecimientos, su desfile religioso y solemne son, para él, mera grandilocuencia, fraude, engaño, impiedad e hipocresía, un fino velo para encubrir crímenes que avergonzarían a una nación de salvajes. En este momento, ninguna otra nación del planeta es culpable de prácticas tan horribles y sangrientas como Estados Unidos”.

 

Douglass no solo denunció la hipocresía de la esclavitud dentro de un sistema democrático, sino que trabajó diligentemente para construir un gran movimiento abolicionista. También luchó por el sufragio de la mujer. Estos movimientos conformaron lo que es hoy Estados Unidos. El movimiento por los derechos civiles de las décadas de 1950 y 1960 fue un ejemplo duradero de lo que puede lograr la acción de las bases, incluso ante la represión violenta y sistemática.

 

En la actualidad, los movimientos sociales siguen configurando nuestra sociedad. El juicio a George Zimmerman, que está acusado del asesinato del joven afroestadounidense Trayvon Martin, no estaría desarrollándose ahora en Florida si no fuera por la movilización popular. Las protestas a nivel nacional que surgieron en respuesta a la aparente indiferencia oficial ante el asesinato de otro joven afroestadounidense en Estados Unidos provocaron el nombramiento de un fiscal especial. Un mes y medio después del asesinato de Martin, Zimmerman fue acusado de homicidio culposo.

 

El movimiento de gays y lesbianas ha logrado importantes avances en sus derechos. Tras la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en varios estados, las fuerzas armadas de Estados Unidos decidieron abandonar la política oficial de prohibir a personas homosexuales enlistarse en el servicio. A esto se suma que la Ley de Defensa del Matrimonio fue recientemente declarada inconstitucional. Nuevamente, detrás de estos avances hay décadas de construcción de movimientos sociales y de organización de base.

 

En Egipto, continúa la revolución que ha sido denominada ‘Primavera árabe’, donde las manifestaciones masivas de la población forzaron la salida del Presidente Mohamed Morsi. Mientras los militares están en el poder, aún está por verse qué sucederá. En la noche del golpe militar, mi colega de Democracy Now! Sharif Abdel Kouddous publicó en Twitter desde las calles de El Cairo: “Tras dos años y medio, Egipto vuelve al punto cero en la transición posterior al régimen de Mubarak”.

 

Durante más de doscientos años, Estados Unidos ha sido un ejemplo para los países del mundo que padecen regímenes tiránicos, pero también ha sido el principal adversario de los movimientos de base que luchan por la democracia a nivel mundial. Es sorprendente que, recién en 2008, el ex Presidente sudafricano Nelson Mandela y el Congreso Nacional Africano hayan sido eliminados de la lista de sospechosos de terrorismo de Estados Unidos. Cuando el pueblo chileno eligió a Salvador Allende, Estados Unidos apoyó un golpe de Estado en su contra el 11 de septiembre de 1973, que dio paso a la instalación de la dictadura de Augusto Pinochet, responsable del asesinato de miles de ciudadanos y de la violenta represión de quienes se oponían a su régimen. Lamentablemente, los ataques con aviones no tripulados y la prisión estadounidense en Bahía de Guantánamo no son referencias históricas, sino actos criminales cometidos actualmente por el propio gobierno de Estados Unidos.

 

Por lo que sabemos hasta el momento, el informante de la Agencia de Seguridad Nacional Edward Snowden se encuentra varado en el aeropuerto de Moscú y su pasaporte estadounidense ha sido anulado. Snowden reconoció ser la fuente que reveló un amplio programa de espionaje mundial del gobierno de Estados Unidos que indignó a ciudadanos y gobiernos del mundo entero. En una situación similar de apremio se encuentra el informante Bradley Manning, que está en prisión y podría ser condenado a cadena perpetua. Manning aftonta un consejo de guerra por haber filtrado la mayor cantidad de documentos clasificados en la historia de Estados Unidos. El fundador de WikiLeaks, Julian Assange, permanece encerrado hace más de un año en la Embajada de Ecuador en Londres. Estos tres hombres desempeñaron un papel fundamental en la revelación de algunas de las prácticas más antidemocráticas del gobierno estadounidense.

 

Este fin de semana en que se conmemora el 4 de Julio se han planificado más de 100 manifestaciones en todo Estados Unidos en contra de los programas de vigilancia de la Agencia de Seguridad Nacional. Las protestas son parte de la persistente lucha por la democracia en todo el mundo. Al culminar su discurso en Rochester, Nueva York, Frederick Douglass cerró con un comentario optimista: “A pesar del sombrío panorama que he presentado hoy sobre la situación del país, aún creo en esta nación”. Los movimientos de base por la justicia son la esperanza, el ejemplo a seguir y la fuerza que salvará a Estados Unidos.

 

Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

 

Texto en inglés traducido por Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Lunes, 01 Julio 2013 06:56

Elogio de Nelson Mandela

Elogio de Nelson Mandela

Nelson Mandela, el político más admirable de estos tiempos revueltos, agoniza en un hospital de Pretoria y es probable que cuando se publique este artículo ya haya fallecido, pocas semanas antes de cumplir 95 años y reverenciado en el mundo entero. Por una vez podremos estar seguros de que todos los elogios que lluevan sobre su tumba serán justos, pues el estadista sudafricano transformó la historia de su país de una manera que nadie creía concebible y demostró, con su inteligencia, destreza, honestidad y valentía, que en el campo de la política a veces los milagros son posibles.
 


Todo aquello se gestó, antes que en la historia, en la soledad de una conciencia, en la desolada prisión de Robben Island, donde Mandela llegó en 1964, a cumplir una pena de trabajos forzados a perpetuidad. Las condiciones en que el régimen del apartheid tenía a sus prisioneros políticos en aquella isla rodeada de remolinos y tiburones, frente a Ciudad del Cabo, eran atroces. Una celda tan minúscula que parecía un nicho o el cubil de una fiera, una estera de paja, un potaje de maíz tres veces al día, mudez obligatoria, media hora de visitas cada seis meses y el derecho de recibir y escribir sólo dos cartas por año, en las que no debía mencionarse nunca la política ni la actualidad. En ese aislamiento, ascetismo y soledad transcurrieron los primeros nueve años de los veintisiete que pasó Mandela en Robben Island.


 
En vez de suicidarse o enloquecerse, como muchos compañeros de prisión, en esos nueve años Mandela meditó, revisó sus propias ideas e ideales, hizo una autocrítica radical de sus convicciones y alcanzó aquella serenidad y sabiduría que a partir de entonces guiarían todas sus iniciativas políticas. Aunque nunca había compartido las tesis de los resistentes que proponían una “África para los africanos” y querían echar al mar a todos los blancos de la Unión Sudafricana, en su partido, el African National Congress, Mandela, al igual que Sisulu y Tambo, los dirigentes más moderados, estaba convencido de que el régimen racista y totalitario sólo sería derrotado mediante acciones armadas, sabotajes y otras formas de violencia, y para ello formó un grupo de comandos activistas llamado Umkhonto we Sizwe, que enviaba a adiestrarse a jóvenes militantes a Cuba, China Popular, Corea del Norte y Alemania Oriental.

 


Debió de tomarle mucho tiempo —meses, años— convencerse de que toda esa concepción de la lucha contra la opresión y el racismo en África del Sur era errónea e ineficaz y que había que renunciar a la violencia y optar por métodos pacíficos, es decir, buscar una negociación con los dirigentes de la minoría blanca —un 12% del país que explotaba y discriminaba de manera inicua al 88% restante—, a la que había que persuadir de que permaneciera en el país porque la convivencia entre las dos comunidades era posible y necesaria, cuando Sudáfrica fuera una democracia gobernada por la mayoría negra.


 
En aquella época, fines de los años sesenta y comienzos de los setenta, pensar semejante cosa era un juego mental desprovisto de toda realidad. La brutalidad irracional con que se reprimía a la mayoría negra y los esporádicos actos de terror con que los resistentes respondían a la violencia del Estado, habían creado un clima de rencor y odio que presagiaba para el país, tarde o temprano, un desenlace cataclísmico. La libertad sólo podría significar la desaparición o el exilio para la minoría blanca, en especial los afrikáners, los verdaderos dueños del poder. Maravilla pensar que Mandela, perfectamente consciente de las vertiginosas dificultades que encontraría en el camino que se había trazado, lo emprendiera, y, más todavía, que perseverara en él sin sucumbir a la desmoralización un solo momento, y veinte años más tarde, consiguiera aquel sueño imposible: una transición pacífica del apartheid a la libertad, y que el grueso de la comunidad blanca permaneciera en un país junto a los millones de negros y mulatos sudafricanos que, persuadidos por su ejemplo y sus razones, habían olvidado los agravios y crímenes del pasado y perdonado.


 
Habría que ir a la Biblia, a aquellas historias ejemplares del catecismo que nos contaban de niños, para tratar de entender el poder de convicción, la paciencia, la voluntad de acero y el heroísmo de que debió hacer gala Nelson Mandela todos aquellos años para ir convenciendo, primero a sus propios compañeros de Robben Island, luego a sus correligionarios del Congreso Nacional Africano y, por último, a los propios gobernantes y a la minoría blanca, de que no era imposible que la razón reemplazara al miedo y al prejuicio, que una transición sin violencia era algo realizable y que ella sentaría las bases de una convivencia humana que reemplazaría al sistema cruel y discriminatorio que por siglos había padecido Sudáfrica. Yo creo que Nelson Mandela es todavía más digno de reconocimiento por este trabajo lentísimo, hercúleo, interminable, que fue contagiando poco a poco sus ideas y convicciones al conjunto de sus compatriotas, que por los extraordinarios servicios que prestaría después, desde el Gobierno, a sus conciudadanos y a la cultura democrática.


Hay que recordar que quien se echó sobre los hombros esta soberbia empresa era un prisionero político, que, hasta el año 1973, en que se atenuaron las condiciones de carcelería en Robben Island, vivía poco menos que confinado en una minúscula celda y con apenas unos pocos minutos al día para cambiar palabras con los otros presos, casi privado de toda comunicación con el mundo exterior. Y, sin embargo, su tenacidad y su paciencia hicieron posible lo imposible. Mientras, desde la prisión ya menos inflexible de los años setenta, estudiaba y se recibía de abogado, sus ideas fueron rompiendo poco a poco las muy legítimas prevenciones que existían entre los negros y mulatos sudafricanos y siendo aceptadas sus tesis de que la lucha pacífica en pos de una negociación sería más eficaz y más pronta para alcanzar la liberación.


 
Pero fue todavía mucho más difícil convencer de todo aquello a la minoría que detentaba el poder y se creía con el derecho divino a ejercerlo con exclusividad y para siempre. Estos eran los supuestos de la filosofía del apartheid que había sido proclamada por su progenitor intelectual, el sociólogo Hendrik Verwoerd, en la Universidad de Stellenbosch, en 1948 y adoptada de modo casi unánime por los blancos en las elecciones de ese mismo año. ¿Cómo convencerlos de que estaban equivocados, que debían renunciar no sólo a semejantes ideas sino también al poder y resignarse a vivir en una sociedad gobernada por la mayoría negra? El esfuerzo duró muchos años pero, al final, como la gota persistente que horada la piedra, Mandela fue abriendo puertas en esa ciudadela de desconfianza y temor, y el mundo entero descubrió un día, estupefacto, que el líder del Congreso Nacional Africano salía a ratos de su prisión para ir a tomar civilizadamente el té de las cinco con quienes serían los dos últimos mandatarios del apartheid: Botha y De Klerk.
 


Cuando Mandela subió al poder su popularidad en Sudáfrica era indescriptible, y tan grande en la comunidad negra como en la blanca. (Yo recuerdo haber visto, en enero de 1998, en la Universidad de Stellenbosch, la cuna del apartheid, una pared llena de fotos de alumnos y profesores recibiendo la visita de Mandela con entusiasmo delirante). Ese tipo de devoción popular mitológica suele marear a sus beneficiarios y volverlos —Hitler, Stalin, Mao, Fidel Castro— demagogos y tiranos. Pero a Mandela no lo ensoberbeció; siguió siendo el hombre sencillo, austero y honesto de antaño y ante la sorpresa de todo el mundo se negó a permanecer en el poder, como sus compatriotas le pedían. Se retiró y fue a pasar sus últimos años en la aldea indígena de donde era oriunda su familia.


 
Mandela es el mejor ejemplo que tenemos —uno de los muy escasos en nuestros días— de que la política no es sólo ese quehacer sucio y mediocre que cree tanta gente, que sirve a los pillos para enriquecerse y a los vagos para sobrevivir sin hacer nada, sino una actividad que puede también mejorar la vida, reemplazar el fanatismo por la tolerancia, el odio por la solidaridad, la injusticia por la justicia, el egoísmo por el bien común, y que hay políticos, como el estadista sudafricano, que dejan su país, el mundo, mucho mejor de como lo encontraron.

 

Por Mario Vargas Llosa 30 JUN 2013 - 00:00 CET

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Ciudad Bolívar

El próximo mes de octubre se cumplen 20 años del Paro Cívico que obligó al gobierno distrital a volcar sus ojos sobre esta parte de la ciudad. Una mirada a esos hechos nos sitúa sobre las exigencias que los actores sociales que nos expresamos en esta parte de la ciudad tenemos para el presente y el futuro inmediato.

 

En Ciudad Bolívar, llena de historias de lucha y protesta social, el próximo 11 de octubre se conmemoran 20 años del Paro Cívico que la conmocionó en 1993.

 

Para recordar cómo se conformó esta localidad, y cómo se concentraban en ella todos los problemas e injusticias que padecen los pobres producto de las políticas oficiales que definen los más ricos, es necesario recordar que este sector de Bogotá se transformó en localidad producto de una decisión del Banco Mundial, que facilitó para ello a la ciudad un préstamo de más de 100 millones de dólares. El trasfondo de la medida era sencillo: constituir un imán territorial desde el cual atraer a la inmensa mayoría de desplazados internos de la urbe –y los que iban llegando a la misma–, evitando de esta manera que la pobreza y la miseria se continuara instalando por doquier. Evitar el ahondamiento de múltiples focos de tensión. Se inicia así un largo proceso de reubicación poblacional, el cual se extiende a otras partes de la urbe, sacando a sus habitantes –entre otros– de los alrededores del centro del poder político.

 

Activismo intenso

 

El proyecto del Banco Mundial floreció. Desde un helicóptero se escogieron y negociaron las tierras de las haciendas y el Acuerdo 11 del Concejo de la ciudad le definió el marco jurídico y administrativo de lo que por ese entonces se conoció como el Plan Ciudad Bolívar, territorio que por su extensión estaba a cargo de los otrora municipios de Usme y Bosa, cubriendo la localidad de Tunjuelito otra parte del mismo.

 

Con estas formas legales y económicas en marcha, nacería en poco tiempo el barrio La Candelaria (del Instituto de Crédito Territorial), el Manuela Beltrán y otros, y a su alrededor se desfogaría la presión social. Loma arriba, decenas de familias comprarían lotes, instalando tela asfáltica (paroy), dibujando sueños y trazando calles. Poco a poco, a la vuelta de unos cuantos años, el entorno del sector sería otro totalmente distinto.

 

Por doquier ya se veían florecer los nuevos barrios, hechos a pulso, sin ayuda oficial. El agua, la energía, y otras necesidades sustanciales para el buen vivir estaban ausentes. Cada día era una inmensa lucha para cada una de las familias allí instaladas: cargar el agua desde los arroyos que cruzaban en sus alrededores, cargar desde Candelaria el combustible para la estufa, buscar un punto de conexión para el tendido eléctrico, correr con los hijos en busca de un sitio para estudiar, bajar a pie desde lo más alto de estas lomas y hasta la parte plana (Candelaria) para poder abordar un bus que lo acercara al centro para abrir la chaza, o para llegar hasta el norte de la ciudad, con sus manos listas para mezclar y construir edificios que luego habitarán otros, etcétera.

 

En resumen: todo estaba por hacerse, todo faltaba. Pero la persistencia –presionada por la necesidad– estaba allí, alimentando cada hogar. Y así, a los pocos años muchas necesidades estaban resueltas, pero otras muchas aún exigían a gritos ser solucionadas, entre ellas: centros de salud, de estudio, pavimentación de calles, conservar el cocinol mientras el gas no fuera instalado para el sector, etcétera.

 

Esas eran parte de las necesidades, las mismas que se sentían en cada hogar pero para ser resueltas requerían coordinación, organización, fuerza. Tras este propósito los activistas se movían con denuedo por el sector, motivando la participación comunitaria. Las organizaciones juveniles y comunitarias se multiplicaban, las exigencias se comentaban de boca en boca, y las coordinaciones populares tomaban cuerpo. Surgió así la Unidad Cívico Popular que articuló diferentes esfuerzos comunitarios, sociales y políticos.

 

La hora cero

 

Antes de ellas, muchas fueron las cartas radicadas ante las entidades de gobierno distrital y nacional, los sueños compartidos, la rabias contenidas, así como las reuniones de coordinación comunal, las asambleas barriales, los diagnósticos levantados en los territorios, los proyectos diseñados para superar las necesidades de las familias, etcétera.

 

La acción y los encuentros eran constante, pero también la dilación gubernamental. Cansados de tanto esperar la respuesta oficial, la comunidad tomó la decisión de hora cero, la misma que se hizo realidad aquel 11 de octubre a las 4 a.m. En algunos barrios el himno nacional despertó a la comunidad, en otros los voladores y de todas las casas fue saliendo la gente, loma abajo, para ocupar las vías centrales, y desde allí hacerse sentir. Su objetivo: conseguir la destinación legítima de recursos estatales para invertir en la solución de las múltiples problemáticas de la localidad y el desacuerdo con los altos costos en los impuestos.

 

Hombres y mujeres, jóvenes y adultos, con sus manos rodaron grandes rocas y cerraron las principales vías del sector. Cuando la luz del día alumbró la ciudad, ya estaban taponas la autopista sur –a la altura de Guadalupe hasta la zona del actual Olarte–, la avenida Villavicencio –entre los sectores del Cruce y sus alrededores–, la avenida Boyacá –a la altura de San Francisco y el sector de Meissen, donde funcionaba la alcaldía local–, y mientras estos rebeldes lograban el control de calles y avenidas como rechazo manifiesto a la desidia oficial –tanto distrital como nacional– el Estado habla con la única voz que tiene para los negados: la represión.

 

Por cientos llegaron los antimotines, los carabineros, los "paisanos los cientos de heridos, detenidos, además de varios exiliados, dejaron imborrable testimonio de su brutal proceder. Pero miles de miles no retroceden a pesar del bolillo, la bala, los chorros de agua, las motorizados atemorizantes. De esta manera, entre piedra y "corre que te cojo", trascurrió el día, hasta que la administración distrital –encabezada entonces por Jaime Castro– aceptó la instalación de una comisión de negociación.

 

En horas de la noche de este mismo día se encuentran los representantes de las partes en la sede de la Acacia. Concretándose de esta manera el primer triunfo para los manifestantes. Ocho días –como nos lo recuerda Leo, líder comunitario actor de esta jornada– estuvo instalada la comisión, con sus mesas de trabajo, discutiendo y tomando decisiones. Los temas que no eran del resorte distrital –como el cocinol– contaron con la presencia del gobierno nacional. Y mientras adentro se discutía, afuera la comunidad acompañaba, cocinando, agitando, deliberando, brindando energía y confianza a sus voceros.

 

El pliego que recogía las demandas de los habitantes de este sector de la ciudad fue abocado en su totalidad: estratificación, acueducto y alcantarillado, empresa comunitaria de recolección de basura, energía, teléfonos, madres comunitarias, casas vecinales, proyectos Inurbe, legalización de barrios, gas natural y cocinol, vías, educación, tránsito, salud, programa Conpes, juventud, lo comunal, tercera edad, derechos humanos, medio ambiente y presupuesto local.

 

Pero, además, en el acta de compromisos firmada se hace la siguiente claridad y reconocimiento "Las autoridades distritales reconocen que el movimiento cívico del día 11 de octubre de 1993 en Ciudad Bolívar, fue convocado por organizaciones cívicas y comunales de reconocida trayectoria en esta zona. Este proceso y la posterior negociación en la que participaron, la administración distrital, las autoridades locales, la veeduría popular, los organismos de control para la defensa de los derechos humanos y la comisión negociadora, se llevó a cabo dentro de un espíritu democrático y de clara defensa de los intereses de la comunidad. En esos términos se alcanzaron acuerdos y conclusiones valiosas para el futuro de Ciudad Bolívar"*.

 

Para garantizar el cumplimiento de lo firmado el Movimiento Cívico le estableció una comisión de seguimiento a cada una de las decisiones allí acordadas, para que verificara su cumplimiento sobre el terreno. De esta manera, el Paro se escenificó el 11 de octubre, las negociaciones se extendieron por varios días, y su concreción se llevó a cabo bajo la vigilancia y el seguimiento estricto de la comunidad.

 

Aunque con retraso, la mayoría de los acuerdos se hicieron realidad. La fuerza social, su poderío, quedaría así refrendada. Pese a ello, en tanto no se solucionaban los problemas estructurales que hacen posible y potencian la pobreza y la exclusión, la antidemocracia y las necesidades que afectan a las familias que habitan esta parte de la ciudad, permanecen sin resolución.

 

Hoy se cuenta con todos los servicios públicos, los barrios están en su mayoría legalizados, los centros de salud y los de educación se han construido –aunque en número y insuficiente capacidad para atender la gran demanda del sector–, los barrios están cubiertos por distintas rutas de buses para su transporte, etcétera, pero el desempleo y los bajos ingresos de las familias es palpable, la desnutrición que padecen no pocos menores de edad es inocultable, el medio ambiente está afectado, las empresas mineras siguen desgajando el territorio día tras día, las micro-cuencas que conforman esta parte de la ciudad mueren lenta pero de manera inexorable, la falta de oportunidades para las nuevas generaciones se conserva como norma, la violencia liderada por las "fuerzas oscuras" es cada día más palpable o inocultable, el basurero doña Juana sigue afectando su entorno inmediato y mediato, pero además los programas oficiales de contención social invisibilizan las capacidades de los habitantes del sector, y un porcentaje no pequeño de la juventud del sector sigue captura por el microtráfico, el mismo que campea sin solución por la geografía local.

 

Es decir, hoy, como ayer, se necesita de un reencuentro popular que además de lo inmediato para cada familia, se pregunte y decida movilizarse por lo necesario para todos, desde una reivindicación estructural que desnude los poderes que mantienen en el marginamiento a las mayorías, no sólo de Ciudad Bolívar, sino de toda la ciudad y del país.

 

Este debe ser un propósito que nos aglutine a todas las personas que vivimos en estas laderas. Y la concreción de este sueño debe ser la manera de celebrar el aniversario 20 del paro de 1993, recogiendo de él sus lecciones y derroteros claramente marcados, pero en deuda de ser realizados: romper el localismo y el activismo sin proyección estratégica.

 

Es por ello que hoy requerimos en Ciudad Bolívar un nuevo movimiento de movimientos que exija –reuniendo la voz de todos y todas bajo un solo grito–, vida digna, y conjugue sus fuerzas para ser poder y gobierno, aquí y ahora.

 

* Ver cartilla de trabajo de la Escuela Simón Rodríguez.

Publicado enEdición 192
Las tramas civiles de los golpes de Estado en AL

La muerte del dictador argentino Jorge Rafael Videla y el enjuiciamiento fallido de otro, el guatemalteco Efraín Ríos Montt, nos retrotraen a una de las etapas más negras de la historia de América Latina: la guerra contra la subversión, el socialismo-marxista y el comunismo. Para llevarla a cabo se fortaleció la alianza cívico-militar entre las clases dominantes y las fuerzas armadas, convirtiendo a la institución castrense en el partido político de la burguesía. Ya no se trataba simplemente de reponer a las viejas oligarquías en el sillón presidencial. Se buscaba asegurar el proceso de acumulación de capital dentro de una nueva versión del capitalismo trasnacional, cuya esencia suponía desarticular los partidos políticos de izquierda, los sindicatos de clase, los movimientos sociales y también a las burguesías de corte nacionalistas. Quienes pensaron en esta perspectiva tenían claro que se trataba de inducir una revolución para refundar el orden político. Era obligado soltar lastre, deshacerse del sobrepeso contenido en el discurso seudodemocrático de las burguesías desarrollistas de corte keynesiano y, sobre todo, quebrar la ciudadanía, fomentando la despolitización y persiguiendo a militantes, sindicatos de clase e intelectuales de la izquierda política y social. En esta guerra se declararon ilegales las formaciones políticas de ideario marxista y socialista. De esta forma se profundizó el combate hasta el exterminio, si era posible, o en su defecto hasta conseguir una derrota total de todo cuanto oliese a socialismo. La doctrina de la seguridad nacional sirvió de anclaje y la geopolítica del fascismo dependiente le facilitó el encuadre teórico.

 

El Estado, cuerpo vivo, se encontraba amenazado por fuerzas que buscaban su destrucción bajo la égida de una ideología, el marxismo y el comunismo, cuyo objetivo era esclavizar a los pueblos y convertir los estados latinoamericanos en satélites de la Unión Soviética. Identificado el problema, se procedió a depurar el cuerpo social de sus “enemigos internos”. Gustavo Leigh, general de las fuerza aérea chilena, miembro de la junta militar constituida el 11 de septiembre de 1973, fue muy gráfico al señalar el motivo que inspiró el golpe: “Había que extirpar el cáncer marxista de raíz”. Y Videla, en Argentina, habló de una acción de “salubridad pública”. Así, las fuerzas armadas se transformaron en actores relevantes, ocupando el sitio político que les cedía, de buen grado, una timorata burguesía, que prefería lavarse las manos ante la represión y pasar a un segundo plano, no importándole en absoluto los métodos que se debían utilizar para llevar a cabo la tarea. Las fuerzas armadas eran la institución idónea para tal función quirúrgica. Constituyen una organización jerárquica, tienen el monopolio “legítimo” de la violencia y gozan de superioridad en las maneras de emplear la fuerza.

 

La guerra contra la subversión y el socialismo marxista fue definida como una guerra global y permanente. El general brasileño Golbery do Couto Silva, ideólogo de la geopolítica latinoamericana, fue claro al señalar que “de estrictamente militar, la guerra se ha convertido en una guerra total, una guerra económica, financiera, política, sicológica y científica..., de la guerra total a la guerra global y de la guerra global a la guerra indivisible, y, por qué no reconocerlo, a la guerra permanente”.

 

Sin embargo, las fuerzas armadas no actuaron por decisión propia. Fueron avaladas por los partidos conservadores, liberales y democristianos. No se sublevaron contra el poder civil en abstracto, lo hicieron contra los gobiernos populares que afectaban los intereses de las burguesías, las multinacionales y el imperialismo. Bajo su paraguas impusieron el orden neoliberal. Pinochet, será explícito: “No hay plazos, hay metas”. Todos los ministros de Economía, Hacienda, Trabajo o Justicia fueron civiles. Ellos manejaban los hilos de las transformaciones económicas, las reformas constitucionales y las políticas de ajustes.

 


No es posible entender el actual orden político neoliberal sin desentrañar el papel que cupo a los civiles en la elaboración del nuevo orden neoligárquico. La labor de “limpieza política”, genocidio y exterminio contó con su inestimable colaboración. Videla no se ruborizó al señalar que el asesinato de miles de ciudadanos argentinos, a manos de los servicios de inteligencia y las fuerzas armadas, fue confeccionado por empresarios, ejecutivos, profesores universitarios, jueces, dirigentes sindicales y funcionarios adscritos a la derecha peronista y las organizaciones anticomunistas. Durante la transición, los civiles tomaron distancia y se alejaron de los militares. Videla captó su alejamiento al señalar cómo “los empresarios se lavaron las manos. Nos dijeron: ‘hagan lo que tengan que hacer’, y luego nos dieron con todo. Cuantas veces me dijeron: ‘se quedaron cortos, tenían que haber matado a mil, a 10 mil más’”.

 

Los conspiradores civiles, entre otros la Iglesia católica, cuyos sacerdotes actuaban en la sesiones de tortura buscando confesiones y los empresarios de medios de comunicación que ensalzaban las razias cubrían los hallazgos de los cuerpos torturados, negando su existencia o los trasformaban en delincuentes comunes. En Chile, salvo excepciones, no hay civiles detenidos o encausados. Me refiero a ex ministros y altos cargos que durante la dictadura estuvieron vinculados con los crímenes de lesa humanidad y a la represión. La ministra de Justicia Mónica Madariaga declaró, en una especie de mea culpa, “haber vivido en una burbuja y no haberse enterado de la violación de los derechos humanos”. Igualmente, el primer portavoz de la junta militar, Federico Willoughby, coautor del libro blanco de la junta militar que justificó la matanza de miles de chilenos bajo un supuesto plan Z elaborado por la Unidad Popular para instaurar una dictadura comunista, lo encontramos, años más tarde, en las listas como candidato en la concertación, junto a los socialistas. Willoughby será reciclado por el presidente Aylwin como asesor de imagen. Todo un despropósito que deja a las claras la impunidad de quienes participaron en las tramas civiles de los golpes de Estado.

 

Y qué decir de aquellos países donde sin recurrir a la técnica del golpe de Estado, como México, Venezuela y Colombia, sus fuerzas armadas se cebaban contra la población campesina en la guerra contrainsurgente. En Centroamérica, el genocidio se convirtió en práctica habitual en Honduras, Guatemala o El salvador. Efraín Ríos no fue el primero ni el último en cometer genocidio en el país centroamericano. Sólo su saña, tanto como el silencio de sus aliados civiles, marca la diferencia. Fueron miles las personas que sufrieron la saña de militares y fuerzas paramilitares. Les cortaban las orejas, les quitaban los dientes, los mutilaban con una crueldad enfermiza y luego podían darse el lujo de jugar futbol con las cabezas, obligando a los sobrevivientes a presenciarlo. Guatemala es un caso de extrema violencia y de genocidio amparado por la trama civil. El mejor ejemplo es que sus fuerzas armadas siguen intactas. Al dejar sin efecto la condena por genocidio a Efraín Ríos, el poder político y el poder judicial mandan un claro mensaje: no van a permitir ningún juicio que ponga en cuestión su papel durante la guerra contra el socialismo-marxista y la subversión. Civiles y militares marcharon juntos. En eso no se diferencian de ningún otro país de América Latina.

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