Viernes, 13 Septiembre 2013 05:55

“Esto no es un conjunto de recetas”

“Esto no es un conjunto de recetas”

El ex ministro de Economía de Aylwin, ex senador por el socialismo y padrastro del candidato independiente Marco Enríquez Ominami, acaba de editar Radiografía crítica del modelo chileno, sobre la economía chilena.

 


Carlos Ominami perteneció al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) –crítico por izquierda del gobierno de Salvador Allende–, se marchó al exilio con el golpe de Estado de Augusto Pinochet, fue ministro de Economía con el primer gobierno de la Concertación –el del democristiano Patricio Aylwin tras el regreso a la democracia– y senador entre 1994 y 2010. Con este bagaje a cuestas preside la Fundación Chile 21, que acaba de editar Radiografía crítica del modelo chileno, un conjunto de 25 ensayos sobre la política económica del golpe pinochetista a nuestros días. Página/12 dialogó telefónicamente con Ominami.

 

–El 11 de septiembre se cumplieron cuarenta años del golpe. ¿Por qué usted prefiere hablar de experiencia y no de modelo?

 

–Yo creo que hay que asumir como un hecho de la realidad que se implementó una serie de reformas que ha marcado el Chile actual, pero creo que la idea de modelo transportable a otros países es totalmente errónea. Esto no es un conjunto de recetas. Es una experiencia que no se entiende sin una dictadura de diecisiete años que no le recomiendo a nadie, en la que no había sindicatos ni libertad de expresión. Ahora bien, cuando se da el golpe, había un proceso de agotamiento del modelo de sustitución de importaciones que venía ya desde gobiernos anteriores al de Salvador Allende. Al principio hay dos posiciones en el seno de la junta militar. Una posición que buscaba cambios graduales frente a la otra, liderada por los Chicago Boys, de que se requería un shock. En el ’74 se buscó restablecer ciertos equilibrios macroeconómicos, pero sin introducir cambios mayores. El cambio mayor se hace en el ’75. Ahí toman el mando los Chicago Boys. El modelo ortodoxo a ultranza que llevaron adelante colapsó a principios de los ’80. En 1982, el PBI cayó un 14 por ciento, prácticamente lo mismo que en la crisis del ’29, y el desempleo alcanzó una tasa oficial por sobre el 25 por ciento. De manera que la experiencia a partir del golpe fue mucho menos lineal de lo que se presenta. Lo que viene a partir del ’83/’84 es un modelo que, si bien sigue siendo de corte neoliberal, tiene importantes correcciones, con estímulos para el desarrollo de ciertos sectores, entre otras medidas que chocan de frente con la ortodoxia neoliberal.

 

–Además, el principal recurso de Chile, el cobre, siguió en manos del Estado. No parece la típica receta neoliberal.

 

–Es una diferencia muy importante. En Chile lo que se hizo fue darle al sector empresarial las mejores condiciones. Se rebajaron los impuestos, se privatizaron compañías a precio vil y en condiciones ventajosas, se suprimió toda oposición sindical. Pero al mismo tiempo la nueva Constitución estableció el carácter público del cobre y el petróleo. La estatal Codelco es la principal empresa productora de cobre del mundo y la primera de Chile. Y es esto por una razón muy sencilla: había un vínculo histórico entre los ingresos del cobre y el de las fuerzas armadas. Lo que hizo la junta fue modificar la cantidad de ingresos que iba a recibir, cambiando una palabra. En vez de recibir el 10 por ciento de las utilidades del cobre, pasaron a recibir el 10 por ciento de las rentas del cobre. Lo que es multiplicar por siete u ocho sus ingresos. Esto sólo se podía hacer en el marco de una empresa pública. Hoy, Codelco es la espina dorsal de las finanzas públicas de Chile. Esta política es la parte más heterodoxa, pero no la única. Hubo también políticas de aranceles diferenciados en algunos casos, políticas de estímulo al sector productivo, con subsidios sectoriales.

 

–¿Cuáles son las patas más flojas de esta experiencia?

 

–Una de las cosas más bochornosas fue la venta a precio vil de las empresas públicas. Había muchas durante la época de Allende. Y muchas de las personas que eran ejecutivos de las empresas públicas terminaron como dueños de las empresas privadas. Otro aspecto fue el desmantelamiento del sector público y su capacidad de regulación. Tenemos todos los servicios públicos privatizados, pero la fiscalización de estos sectores sigue siendo muy pobre o inexistente, con lo cual los consumidores chilenos quedan expuestos a grandes niveles de abuso.

 

–La privatización del sistema previsional fue una de las partes más publicitadas del modelo y no sólo en América latina: también en el Reino Unido y en otros países europeos fue presentado como ejemplo a seguir.

 

–Yo creo que lo mejor del sistema previsional privatizado fue su marketing. Es lo único que hace que un sistema tan defectuoso tenga buena reputación. La realidad es que el actual sistema paga pensiones muy bajas. En segundo lugar es un sistema que cubre a un sector muy bajo de la ciudadanía. Tal es así que durante el gobierno de Bachelet se tuvo que desarrollar un pilar solidario, es decir, que el Estado se hiciera cargo de un conjunto muy amplio de personas que no podía jubilarse a través del sistema de capitalización privado. Todo esto se hizo con el beneplácito del mismo sector, porque eso significó que el Estado se hacía cargo de ese sector de la población que no es negocio para el sector previsional privado. Es interesante constatar que el problema de este sistema está hoy muy alto en la agenda, porque las jubilaciones son muy bajas desde la crisis financiera de 2008 y el deterioro internacional del último tiempo.

 

–¿Habría que estatizar el sistema, como hizo el kirchnerismo en la Argentina?

 

–Tuve la oportunidad de dialogar sobre el tema con Néstor Kirchner y contarle sobre las debilidades del sistema chileno y la cantidad de plata que había perdido a partir de la caída del Lehman Brothers, unos ocho mil millones de dólares. Sé que ese dato lo usó en un discurso. Y le conté que el sistema tenía unos costos de funcionamiento muy altos, que además dejaba a las mujeres fuera del sistema. Este sistema más o menos funcionaba con trabajadores que tienen altos ingresos y un trabajo permanente, pero ésa no es la situación de la mayoría de la población chilena. Creo que Kirchner tomó en cuenta estas observaciones a la hora de plantear la nacionalización de las AFJP. En Chile creo que hay que desarrollar un sistema mixto. El sistema requiere una inyección de nuevos recursos y que al sistema de capitalización privado se le agregue un sistema público.

 

–Esta experiencia chilena ha tenido niveles de crecimiento positivos y una disminución de los niveles de pobreza.

 

–Yo creo que el modelo generó un dinamismo importante a partir del ’84 en adelante, una vez que se superó la brutal caída de principios de los ’80 por el modelo de los Chicago Boys. El crecimiento desde la segunda mitad de los ’80 a mediados de los ’90 estuvo por encima del 6 por ciento. Chile tenía un nivel de pobreza de casi el 40 por ciento al fin de la dictadura. Con la democracia eso bajó a un 15 por ciento. Pero, desde fines de los ’90, el crecimiento decayó, influido por la crisis asiática de esos años y la de Lehman Brothers en 2008, pero también porque el modelo fue perdiendo dinamismo. Se terminó el crecimiento fácil y se empezaron a notar niveles de concentración económica que hacen que la competencia disminuya.

 

–¿Se plantean reformas serias de cara a las presidenciales de noviembre?

 

–Yo tengo bastante inquietud por el futuro porque veo que la antigua Concertación que gobernó del ’90 al 2006, hoy rebautizada como Nueva Mayoría, ha generado expectativas con Michelle Bachelet de una reforma tributaria y educacional, de una nueva Constitución, pero es más que posible que la mayoría presidencial no venga con una mayoría parlamentaria, con lo que muchas cosas no serán votadas. Creo que Chile tiene que tomar medidas drásticas para resolver las desigualdades y financiar las cosas que la gente está pidiendo que se financien. Para eso se necesita una reforma tributaria que pueda recaudar de 4 a 5 puntos más del producto, equivalente a unos ocho mil millones adicionales. Y también se necesita reformar la legislación laboral chilena. Lo que hay hoy en día es una relación muy asimétrica entre el mundo empresarial y el laboral. Los trabajadores que pueden negociar colectivamente no son más del 7 por ciento. Todo lo cual hace que tengamos un salario mínimo muy bajo y que, a diferencia de los países desarrollados, uno puede ser un trabajador con un empleo estable y con cobertura y, a pesar de eso, ser pobre. Hoy, el salario mínimo son unos 10 mil pesos, unos 380 dólares.

 

–Un economista chileno de la Universidad de Cambridge, Gabriel Palma, dice que Chile está desperdiciando de manera drástica el alto precio del cobre.

 

–Yo comparto su punto de vista. Chile necesita transformar su estructura productiva. Cuando fui ministro de Economía, al principio de la transición, con el presidente Aylwin, planteé mucho la necesidad de una transformación para agregar valor a las materias primas; en el caso del cobre, construir una gran industria del cobre. La realidad es que ha habido unas rentas mineras muy grandes y que la parte principal se la han apropiado las empresas extranjeras y la parte minoritaria ha quedado en el país. No ha habido una política para aprovechar esto para el desarrollo y la diversificación de la estructura productiva, hemos tenido royalties muy pequeños, lo cual ha hecho que grandes empresas privadas como La Escondida haya amortizado toda su inversión en tres años, todo esto en el marco de una creciente dependencia de la actividad minera.

 

–Esto está planteado en la campaña como tema de debate.

 

–Yo creo que hay signos muy claros de que lo que viene será una desaceleración económica. Hay un cierto fundamentalismo de mercado que impera en Chile y ha penetrado a la misma concertación. Todo esto lleva consigo un enfoque que hace difícil enfrentar estos problemas. El equipo económico que está trabajando con Bachelet es extremadamente conservador y ortodoxo y no es de ninguna manera garantía de que Chile pueda producir una reforma importante de su modelo económico.

Publicado enInternacional
Jueves, 12 Septiembre 2013 14:24

Chile: A 40 años del golpe cívico-militar

Chile: A 40 años del golpe cívico-militar

ALAI AMLATINA, 11/09/2013.- Los 40 años del golpe cívico militar encuentran a Chile gobernado por una parte de los civiles que lo promovieron y en vísperas de elecciones presidenciales y parlamentarias a efectuarse el 17 de noviembre.

 

Sorprendentemente, hay un clima muy distinto al que se vivió en los aniversarios 30º y 20º. Una suerte de destape nacional de la verdad, acicateado por el creciente interés de la gente en debatir quiénes fueron los civiles que lo promovieron, mientras crece el afán por conocer pormenores de la represión terrible a los más pobres y las políticas económicas a favor del segmento de los más ricos.

 

Presionada por el nuevo estado de ánimo de la sociedad, y también porque lo pide el rating, la televisión entró de lleno a un tema evadido por décadas, pero que ahora vende sintonía y publicidad. Hay diversos enfoques, desde el conservador –sustentado principalmente por la televisión pública (TVN) y el canal 13, del grupo Luksic con la iglesia católica (Canal 13)– que repite las viejas monsergas sobre el caos y el desabastecimiento “por culpa de Salvador Allende”, oculta el desabastecimiento provocado por los empresarios y comerciantes financiados por EEUU, el rol desestabilizador de El Mercurio y los grandes medios, el boicot económico y financiero estadounidense y criollo, la actividad terrorista contra el gobierno (voladura de trenes, torres de alta tensión, gasoductos, etc., algunos planificados por la Marina ejecutados por la mano de obra barata del grupo extremista Patria y Libertad, mucho antes del golpe), el financiamiento de EEUU de la huelgas de los camioneros, etc, etc.

 

La óptica más novedosa la aplican los canales de propiedad extranjera, como Chilevisión (del grupo Turner-CNN-Times) con una serie muy bien titulada Las Imágenes Prohibidas. Muestra todo lo que algunos sabíamos pero que el grueso de los chilenos nunca conoció por la censura mediática y los “cuentos chinos” de los montajes periodísticos, con víctimas de lesa humanidad que figuraban asesinados en hechos variados de crónica roja, falsos suicidios por amor de mujeres lazadas al mar, gente caída en enfrentamientos que nunca existieron, etc. Muchos periodistas que lograron credibilidad bajo la dictadura, se prestaron para mostrar en TV estos escenarios ficticios, de falsos enfrentamientos, sin muertos, sin sangre. Sólo vegetación, casquillos vacíos y el relato oral de un guión inventado por los esbirros de la DINA/CNI.

 

Hoy pocos dudan que los detenidos desaparecidos realmente existen, que en Chile no hubo ninguna “guerra”, que la dictadura fue cívico-militar (no sólo castrense), que los uniformados fueron llamados por los civiles que tocaron la puerta de sus cuarteles, que sin el apoyo del Partido Demócrata Cristiano (PDC) –y por supuesto, del entonces esmirriado Partido Nacional, de extrema derecha– el golpe no hubiera sido viable, que el Poder Judicial no cumplió su rol institucional y que los medios tampoco informaron la verdad.

 

La Corte Suprema se hizo una severa autocrítica el viernes, después de una petición de perdón, por sus «acciones y omisiones», formulada el miércoles por los jueces (Asociación de Magistrados del Poder Judicial de Chile), y de un cuestionamiento del Presidente Piñera. Un distinguido senador de la Unión Demócrata Independiente (UDI), Hernán Larraín, también pidió disculpas, a título personal, por “omitir lo que debía hacer”. La senadora Evelyn Matthei, candidata presidencial de la derecha, dijo el sábado que “todos los chilenos pedían el golpe”, pero el lunes llegó tarde a una curiosa “conmemoración” convocada por el Presidente Piñera frente a La Moneda, para entregar una declaración escrita diciendo "nunca se debe usar la violencia para alcanzar el poder" y "no son aceptables las violaciones a los derechos humanos".

 

El 31 de agosto Piñera dijo: “El Poder Judicial no cumplió su rol de proteger el estado de derecho y proteger la vida. Sistemáticamente negaba los recursos de amparo que pudieron haber salvado muchas vidas (…) O por ejemplo la misma prensa, que muchas veces no informó con la debida veracidad de los hechos que estaban ocurriendo, y en cierta forma también contribuyó a que estos hechos no fueran conocidos como debieron haber sido conocidos" (1). Esta última frase la omitieron en la versión oficial (2), pero millones alcanzaron a oírla en vivo.

 

Evidentemente, se vive una época en que los políticos de todos los colores se inclinan a desdecirse y a pedir perdón, además de elucubrar nuevas frases, más gratas a los oídos de los electores. Y éstos son un enigma, con cerca de 10 millones de nuevos votantes por efecto de la nueva ley de “inscripción automática (a los 18 años) y voto voluntario” que incluye a gente de más de 40 años habilitada para sufragar con sólo presentarse e identificarse ante la urna que le corresponda.

 

La mayor curiosidad por el pasado reciente proviene de la gente más joven. Según datos de 2010 (pues el censo 2013 fracasó y se discute cuándo se hará de nuevo), el 65% de la población actual tenía menos de 19 años cuando ocurrió el golpe, o nació después. Y hoy éstas son personas tienen 15 a 59 años y un renovado interés por reconstruir su propio pasado.

 

También se desmoronan todas las grandes mentiras que por 17 años fueron la armazón ideológica y mediática de una dictadura que intervino los textos escolares, eliminó para siempre la educación cívica como ramo de enseñanza obligatoria, redujo y censuró la enseñanza de la historia y tuvo siempre la complicidad de la gran prensa, radio y televisión en la difusión y fabricación de historias falsas.

 

Por ejemplo, ya nadie cree la historia falsa de que hubo una “guerra” y que en Chile había de 10.000 a 20.000 hombres armados hasta los dientes, llegados de Cuba, Checoslovaquia, Bulgaria, no importaba mucho de dónde y exactamente cuántos eran: vinieron a poner al país tras la cortina de hierro comunista y había que buscarlos y matarlos. Por xenofobia anticomunista asesinaron también muchos extranjeros de los llamados “países tropicales”, incluso brasileños, mexicanos y argentinos. Los militares que hacían hogueras con libros no distinguían a un guatemalteco de un dominicano: todos los que hablaban con otra tonada eran “cubanos”.

 

Lo mismo ocurrió con el Plan Z, inventado por la CIA para exacerbar la venganza contra los izquierdistas por supuestas listas de ciudadanos que serían eliminados cuando el gobierno de Allende, con la fuerza que no tenía, impusiera un gobierno marxista. Este plan de guerra psicológica, divulgado por los militares tras el golpe, jamás existió, según los archivos desclasificados de la CIA desde el gobierno de Bill Clinton. Hasta lo descartó como una «falsedad» el periodista Federico Willoughby-MacDonald, que fue una suerte de “ministro de información” del dictador y, después, de Patricio Aylwin, el primer presidente en “democracia”.

 


La huella de Allende

 

A 40 años de su partida, adquiere más fuerza la profunda huella que dejó Salvador Allende en la sociedad chilena. Su pensamiento de reformador social sigue plenamente vigente agrandado por la imagen del Presidente que dio la vida en su intento de profundos cambios, demasiado parecidos a las actuales demandas de distintos sectores del pueblo, en una sociedad remecida de cuajo por los estudiantes y los movimientos sociales, no así por los partidos políticos cuya aceptación bordea el 20%.

 

Resulta evidente que en los últimos años la sociedad chilena se ha desplazado hacia la izquierda. El entendimiento de la gente joven se sacudió bozales, tabúes y “cortinas de humo” impuestas sucesivamente por la dictadura cívico-militar y los gobiernos civiles interesados sólo en expandir la libertad del gran capital, nacional y extranjero.

 

Allende murió justamente porque esos sectores no toleraron su acción de gobierno ni sus reformas sociales, legales y pacificas. ¿Hubo, o no, una “santa alianza” del gran capital, EEUU y la clase política reaccionaria de la época, tristemente bajo el liderazgo del Partido Demócrata Cristiano (PDC) de Eduardo Frei Montalva y Patricio Aylwin Azócar, la cúpula de la fallida “Revolución en Libertad” alentada en los ’60 por la “Alianza para el Progreso” de Kennedy? ¿Llamaron, o no, al partido militar para el trabajo sucio, y luego lo abandonaron a su suerte en cualquier esquina del basurero de la historia? El debate sobre estos temas recién comienza.

 


El factor PDC

 

El PDC fue el factor clave del golpe en Chile. Convencido de que el poder terminaría finalmente en sus manos, la cúpula de ese partido mayoritario (29,1%) activó a sus generales del ejército Sergio Arellano Stark y Oscar Bonilla Bradánovich, ex edecanes de Frei, más Augusto Lutz, jefe del Servicio de Inteligencia Militar, entre otros gestores precoces del golpe.

 

Después del gobierno de Jorge Alessandri Rodríguez (1958-1964), el segundo y último elegido por la derecha en el siglo 20 –el tercero en 52 años fue el de Piñera–, el PDC se convirtió en una nueva cara de la derecha, honrando su origen de desprendimiento del Partido Conservador llamado Falange Nacional en 1938 y transformado en PDC en 1957.

 

La alianza encabezada por el Partido Conservador Unido (PCU) y el Partido Liberal (PL) en 1964 retiró a su candidato presidencial Julio Durán, del entonces derechista Partido Radical (PR), para cerrarle el paso a la tercera postulación del Dr. Salvador Allende, y asegurar el triunfo de Eduardo Frei Montalva (1964-1970), pero los dos partidos de la derecha fueron prácticamente barridos del mapa en las elecciones parlamentarias de marzo de 1965. El PL obtuvo 7,31% de los votos, con 6 diputados de un total de 147, mientras el PCU alcanzó 5,18%, con 3 legisladores, en tanto el PR sobrevivió con 13,29% y 20 parlamentarios. Conservadores y liberales se fusionaron en el Partido Nacional (PN) en 1966.

 

En las elecciones parlamentarias de marzo de 1969, previas a la presidencial que el 4 de septiembre de 1970 ganaría Allende con el 36,6%, el Frente de Acción Popular (Frap) –antecesor de la Unidad Popular (UP)– sacó 29,89% y eligió 37 diputados. El PDC eligió a 57, con el 30,72%. El PN alcanzó al 20,6% con 33 diputados.

 

En las elecciones municipales del 4 de abril de 1971, la UP de Allende alcanzó el 50% y eligió al senador reemplazante de Salvador Allende, el socialista Adonis Sepúlveda. Pero en las elecciones de marzo de 1973, la UP redujo su votación al 44,11% y eligió a 63 diputados de 150 (PS 28, PC 25, PR 5, IC 1, API 2, Mapu 2). La Confederación de la Democracia, que aglutinó a la vieja y nueva derecha, alcanzó el 55,6% y eligió 87 parlamentarios (PDC 50, PN 34, Democracia Radical, DR 2; Partido Izquierda Radical, PRI, 1).

 

La derecha unida alcanzó mayoría en el Congreso, pero los resultados no alcanzaron los 2/3 del Senado para destituir al Presidente. Sólo pudo allanar el camino al golpe militar con diversas iniciativas parlamentarias, como la Ley de Control de Armas y declarar “inconstitucional” el gobierno de Allende semanas antes del golpe.

 

La cúpula del PDC, como principal partido de oposición, promovió múltiples iniciativas para desestabilizar y, por último derribar, al gobierno de Salvador Allende. A través de su senador Juan de Dios Carmona, impuso la Ley N° 17.798, que a partir del 20 de octubre de 1972 dio atribuciones propias de las policías a las 4 ramas de las Fuerzas Armadas (FA). Así, los militares golpistas pudieron amedrentar a los trabajadores y allanar fábricas bajo el pretexto de buscar armas.

 

Esta ley del PDC también le sirvió a los militares para sopesar psicológicamente la actitud de los obreros al cometer allanamientos sangrientos y premonitorios de lo que vendría muy pronto, como el de la industria Lanera Austral de Punta Arenas, el 4 de agosto de 1973, donde las tropas dirigidas por el general Manuel Torres de la Cruz asesinaron al obrero Manuel González Bustamante.

 

El 22 de agosto de 1973, la Cámara de Diputados declaró “inconstitucional" el gobierno de Allende, por 81 votos (63.3%) contra 47. Allende fue acusado de instaurar "un sistema totalitario", una dictadura comunista. Al día siguiente, bajo el título a 8 columnas: Declaró Acuerdo de la Cámara de Diputados: El gobierno ha quebrantado gravemente la Constitución, El Mercurio publicó el texto íntegro. La sesión fue presidida por el PDC Luis Pareto. El PN Gustavo Lorca era vicepresidente de la Cámara.

 

El mismo partido mayoritario que apoyó en masa este acuerdo, con el ex presidente Eduardo Frei Montalva como su líder indiscutido, apenas tres años antes, el 24 de octubre de 1970, contribuyó con todos sus votos a elegir Presidente a Salvador Allende en el Congreso Pleno.

 

Sólo 13 dirigentes del PDC se opusieron públicamente al golpe cívico-militar el 13 de septiembre de 1973, recordados como “los 13 del 13”: 1) Bernardo Leighton Guzmán, diputado, ex ministro, ex vicepresidente de la República; 2) José Ignacio Palma, ex diputado, ex ministro, ex presidente del Senado; 3) Renán Fuentealba Moena, senador, ex diputado, ex delegado de Chile ante la ONU; 4) Sergio Saavedra, diputado, ex intendente de Santiago; 5) Claudio Huepe G., diputado, ex intendente de Arauco; 6) Andrés Aylwin Azócar, diputado; 7) Mariano Ruiz-Esquide, diputado; 8) Jorge Cash M., profesor, periodista; 9) Jorge Donoso, abogado, periodista; 10) Belisario Velasco, economista, ex gerente de la Empresa de Comercio Agrícola, ECA); 11) Ignacio Balbontín, sociólogo, profesor universitario; 12) Florencio Ceballos, abogado, asesor sindical; y 13) Fernando Sanhueza Herbage, arquitecto, presidente de la Cámara de Diputados desde el 15 al 29 de mayo de 1973.

 

“Condenamos categóricamente el derrocamiento del Presidente Constitucional de Chile, señor Salvador Allende, de cuyo Gobierno, por decisión de la voluntad popular y de nuestro partido, fuimos invariables opositores. Nos inclinamos respetuosos ante el sacrificio que él hizo de su vida en defensa de la Autoridad Constitucional”, reza esta declaración que hoy algunos PDC pretenden atribuírsela a todo el partido.


El rol de los medios

 

El PDC tuvo también un activo rol en la desestabilización mediática del gobierno de Allende a través de sus medios periodísticos, como el diario La Prensa (ex Diario Ilustrado) y la radioemisora Presidente Balmaceda.

 

En 1970 la televisión era universitaria y estatal, mientras la prensa escrita y la radio estaban controladas por diez grupos hegemónicos:

 

1) El Mercurio/Lord Cochrane, 2) Empresa Editora Zig Zag, 3) Radio Minería, 4) Radio Portales, 5) Consorcio Periodístico de Chile, COPESA, 6) Compañía Chilena de Comunicaciones, 7) Emisora Presidente Balmaceda, 8) Sociedad Periodística del Sur, SOPESUR, 9) Sociedad Nacional de Agricultura) y 10) Radioemisoras Unidas.

 

Durante la preparación del golpe hubo irrestricta libertad de prensa y de expresión. La supuesta opresión del periodismo fue una ficción proclamada como "verdad" por El Mercurio y sus otros dos diarios de la capital, Las Ultimas Noticias y La Segunda, así como La Tercera, Tribuna (creada con fondos CIA) y La Prensa. Los diarios de oposición sumaban 541.000 ejemplares diarios, más el efecto multiplicador de 3 lectores por ejemplar, según un reporte de Chile Hoy Nº 14, 1972, distribuidos de la siguiente forma:

 

La Tercera 220.000, El Mercurio 126.000, Las Últimas Noticias 81.000, La Segunda 55.000, Tribuna 40.000 y La Prensa 29.000. Los diarios favorables al gobierno año totalizaban 312.000 ejemplares al día: Clarín 220.000, El Siglo 29.000, Puro Chile 25.000, La Nación 21.000 y Última Hora 17.000.

 

El informe "Covert Action in Chile, 1963-1973" (3), emitido en 1975 por el comité senatorial estadounidense presidido por Frank Church e integrado por otros diez senadores, señala que la CIA sobornó a ejecutivos y periodistas de El Mercurio; fundó publicaciones como el diario Tribuna y revista Sepa, entre otras; e infiltró a lo menos la mitad del mundo periodístico entre 1970-1973. En su investigación de documentos secretos estadounidenses desclasificados, Soberanos e Intervenidos, Joan E. Garcés concluyó que en junio de 1964 la CIA producía 24 informativos radiales diarios en Santiago y provincias, 26 programas de "debate" por semana y subsidiaba a "medios de información afines".

 

El "Covert Action in Chile", conocido también como "Informe Church", apunta que en 1970-73 la CIA:

 

● "Incluía un grupo de apoyo periodístico que suministraba artículos sobre política, editoriales y noticias para colocar en la prensa y en la radio".

 

●"Otro de los proyectos proporcionaba fondos para fichas (nombre eufemístico de agentes) individuales en la prensa".

 

● "Otras fichas, empleados todos de El Mercurio, permitían que la Estación CIA publicara más de un editorial al día basado en sus orientaciones".

 

● "La campaña de propaganda tenía varios componentes. Las pre dicciones del colapso económico con Allende eran reproducidas por periódicos europeos y latinoamericanos en artículos originales de la CIA".

 

● "El Mercurio fue uno de los principales canales de propaganda en 1970-73, como lo había sido en las elecciones de 1970 y en el período anterior a la posesión de Allende" (4/ 11/70).


El Mercurio recibió financiamiento de Estados Unidos para su campaña contra Allende, aprobado por el Comité de los 40, integrado por el Asistente del Presidente para Seguridad; el Subsecretario de Estado, el Secretario Adjunto de Defensa, el Director del Estado Mayor Conjunto y el Director de la CIA. El 25 de marzo de 1970, el Comité aprobó 125.000 dólares para "operación de descrédito de la Unidad Popular"; el 27 de junio se acordaron 300.000 dólares adicionales; el 9 de septiembre se aprobaron 700.000 dólares para El Mercurio.

 

El 11 de abril de 1972 se aprobaron otros 965.00 dólares para El Mercurio. Según el "Informe Church", entre 1965 y 1973 se gastaron en Chile 12,3 millones de dólares solamente en el "rubro prensa".


El rol de Eduardo Frei Montalva

 

El ex presidente dejó un escrito de 7.000 palabras que justifican la adhesión del PDC al golpe. Cualquiera puede consultar hoy en Internet (4) su carta al italiano Mariano Rumor, presidente de la Unión Mundial de la Democracia Cristiana, fechada el 8 de noviembre de 1973 y publicada oportuna y extensamente por El Mercurio.

 

Eduardo Frei Montalva intentó convencer a Rumor de que la “terrible catástrofe económica y política, haya producido tal desesperación en las Fuerzas Armadas y en el pueblo chileno -pues éstas jamás podrían haber actuado sin la aquiescencia de la mayoría- hayan quebrado una tradición tan larga y tan honrosa que constituía nuestro orgullo”.

 

Consideró ridícula la afirmación de que Neruda fue asesinado y trató de venderle a Rumor la idea de una presencia militar extranjera en largos párrafos dedicados a supuestos arsenales de variada marca y procedencia que tendría la UP, incluidos “cañones antitanques”:

 

“Se trata de armas de todo tipo, no sólo automáticas, sino que pesadas, ametralladoras, bombas de alto poder explosivo, morteros, cañones antitanques de avanzados modelos y todo un aparato logístico de comunicaciones, de telefonía, clínicas médicas, etc., para poder concretar esta acción. Se había establecido así un verdadero ejército paralelo. Nos preguntamos, una vez más, y preguntamos a los dirigentes de la Unión Mundial de la Democracia Cristiana: ¿Qué democracia puede resistir esta situación? ¿Acaso la Democracia Cristiana, sin armas y en consecuencia inerme frente a esta embestida, debía quedar silenciosa? ¿Merece el calificativo de fascista o golpista por el hecho de haber denunciado esta realidad? ¿Pretenden acaso que lo democrático era permanecer mudos, amparando la preparación desembozada de una dictadura impuesta por la fuerza de las armas?”

 

Otros párrafos explican cómo el golpe libró a Chile –con “la aquiescencia de la mayoría”– de la fagocitosis geopolítica del comunismo: “¿Por qué la reacción de la Unión Soviética ha sido de tal manera violenta y extremada? ¿Por qué el comunismo mundial ha lanzado esta campaña para juzgar lo ocurrido en Chile y para atacar a la Democracia Cristiana? La razón es muy clara. Su caída ha significado un golpe grave para el comunismo en el mundo. La combinación de Cuba con Chile, con sus 4.500 kms de costa en el Pacífico y con su influencia intelectual y política en América Latina era un paso decisivo en el control de este hemisferio. Por eso su reacción ha sido tan violenta y desproporcionada. Este país les servía de base de operación para todo el continente. Pero no es sólo esto. Esta gigantesca campaña publicitaria tiende a esconder un hecho básico: El fracaso de una política que habían presentado como modelo en el mundo. ¿Cómo explicar que esta experiencia que mostraban como camino a otros partidos democráticos y al socialismo europeo haya conducido a un país organizado y libre a tan terrible catástrofe económica y política, haya producido tal desesperación en las Fuerzas Armadas y en el pueblo chileno - pues éstas jamás podrían haber actuado sin la aquiescencia de la mayoría - hayan quebrado una tradición tan larga y tan honrosa que constituía nuestro orgullo?”

 

Frei Montalva expresó a Rumor su deseo de que “el gobierno actual tenga éxito” y para eso, muchos cuadros del PDC se convirtieron en asesores, funcionarios y ministros. El economista Juan Villarzú Rohde fue director de Presupuestos del ministerio de Hacienda hasta enero de 1975 (después, en “democracia”, fue ministro Secretario General de la Presidencia de Eduardo Frei Ruiz-Tagle y presidente ejecutivo de Codelco, con Frei y Ricardo Lagos). El ingeniero y economista Jorge Cauas fue ministro de Hacienda (1974-1976). William Thayer, ex ministro de Trabajo, Justicia y Educación de Frei Montalva fue colaborador en el sector público, asesor del ministerio de Relaciones Exteriores y "legislador" de la dictadura en la Comisión Legislativa II (1976-1978). El general Bonilla fue ministro del Interior (1973-1974) y de Defensa (1974-1975. El ex senador Juan de Dios Carmona integró el Consejo de Estado de la dictadura y fue embajador en España.

 

En su carta a Rumor, Frei Montalva también dijo:

 

“Las Fuerzas Armadas -estamos convencidos- no actuaron por ambición. Más aún, se resistieron largamente a hacerlo. Su fracaso ahora sería el fracaso del país y nos precipitaría en un callejón sin salida. Por eso los chilenos, en su inmensa mayoría, más allá de toda consideración partidista, quieren ayudar, porque creen que ésta es la condición para que se restablezca la paz y la libertad en Chile. Cuanto más pronto se destierre el odio y se recupere económicamente el país, más rápida será la salida.

 

“La Democracia Cristiana está haciendo, a mi juicio, lo que está en su mano en esta perspectiva, sin renunciar a ninguno de sus valores y principios, siendo en este instante sus objetivos más fundamentales:

 

“-Pleno respecto a los derechos humanos

 

-Pleno respeto a las legítimas conquistas de los trabajadores y campesinos


.
“-Vuelta a la plenitud democrática.

 

“Sabemos que esto no es fácil. La situación entera no es fácil. Y por eso mismo debemos actuar con la mayor responsabilidad”.

 

El epílogo

 

La Unión Soviética no mostró mayor interés en sostener el gobierno de Allende. En diciembre de 1972, el líder chileno fue a pedir un crédito a Moscú para apuntalar la economía y abastecer los mercados con bienes de consumo de primera necesidad, pero regresó con el 10% de sus aspiraciones, unos 30 millones de dólares en ayuda alimentaria, y una reprogramación de la deuda con la Unión Soviética. No fue real la amenaza hegemónica y geopolítica de traer tan al sur la llamada cortina de hierro del comunismo soviético.

 

Los PDCs utilizaron a los militares para regresar al poder con el pretexto de salvar a la patria del comunismo, pero resultó al revés. La Marina promovió su propio plan, los generales adictos al PDC no alcanzaron influencia real en el poder y el control terminó tomándolo el último general que se plegó a la conspiración, Pinochet, quien terminó por levantar el proyecto propio de psicópata y asesino loco que todos conocemos. Al poco andar, se agudizaron las discrepancias políticas entre estos civiles (PDC/PN y derechistas sueltos), y también de los generales Bonilla y Lutz con el jefe real de la dictadura, hasta que en 1975 el PDC resolvió retirarse, y quienes se quedaron fueron expulsados del partido, entre otros, Juan de Dios Carmona, William Thayer y Jorge Cauas.

 

Eduardo Frei Montalva se convirtió en un brillante líder opositor a la dictadura de proyección internacional y hoy existe la convicción judicial de que fue asesinado en la Clínica Santa María (privada) por envenenadores expertos de la CNI en enero de 1982, igual que Neruda y en el mismo hospital privado. El general Augusto Lutz tuvo un final parecido en el Hospital Militar, en noviembre de 1974, mientras el general Oscar Bonilla pereció en marzo de 1975 en un sospechoso accidente de helicóptero y también murieron de manera extraña los expertos franceses que vinieron a investigar por cuenta del fabricante. El general Sergio Arellano sobrevive en su casa hasta hoy, en solemne impunidad, después de haber mostrado buena conducta y sumisión al dictador desde que en octubre de 1973 recorrió el país matando gente en un helicóptero que nunca se cayó: el de la Caravana de la Muerte.

 

Por Ernesto Carmona, periodista y escritor chileno

 

Referencias y citas:

 

1) http://www.cnnchile.com/noticia/2013/08/31/presidente-pinera-se-refirio-a-los-40-anos-del-golpe-militar-en-chile-

2) http://www.gob.cl/destacados/2013/08/31/mandatario-y-conmemoracion-de-los-40-anos-del-golpe-militar-tenemos.htm

3) 1) Covert Action in Chile, 1963-1973, ver http://www.fas.org/irp/ops/policy/church-chile.htm

4) Carta de Eduardo Frei Montalva a Mariano Rumor, ver http://es.wikisource.org/wiki/Carta_de_Eduardo_Frei_Montalva_a_Mariano_Rumor,_Presidente_de_la_Uni%C3%B3n_Mundial_de_la_Democracia_Cristiana URL de este artículo: http://www.alainet.org/active/67252

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Miércoles, 11 Septiembre 2013 05:51

El día en que todo cambió

El día en que todo cambió

Si estoy con vida, si cuarenta años más tarde puedo contar la historia del golpe del 11 de septiembre de 1973, es gracias a la ciega generosidad de mi amigo Claudio Jimeno.

 

Lo recuerdo ahora tal como lo vi entonces, cuando me despedí de él sin saber que se trataba de una despedida final, sin saber que en poco tiempo él estaría muerto y yo iba a sobrevivir, ninguno de los dos anticipando que los militares lo matarían a él en vez de ensañarse conmigo.

 

Nos conocimos en 1960, cuando los dos cursábamos el primer año de estudios en la Universidad de Chile. Incisivos sobresalientes y una mata de pelo negro erizado le habían merecido un apodo, Conejo, que luciría hasta el día de su muerte. Estaba de novio con Chabela Chadwick, una estudiante de química, y cuando yo comencé a salir con Angélica, mi futura mujer, los cuatro participábamos, junto a otros entusiastas condiscípulos, en un raudal de actividades: bailes y paseos a la playa y, sobre todo, sumándonos a manifestaciones de protesta. Porque lo que en última instancia más nos unía, más allá de compartir confidencias y esperanzas, era una feroz necesidad de batallar por la justicia social en un continente de extrema pobreza y desarrollo frustrado.

 

Como millones de otros chilenos, Claudio y yo éramos fervientes seguidores del socialista Salvador Allende, que proclamaba –en una época en que la guerrilla se alzaba con furia en toda América latina– que era posible una revolución en nuestro país sin recurrir a la violencia, que podíamos crear una sociedad más justa y soberana por medios democráticos y pacíficos. Nuestros sueños se hicieron realidad cuando, diez años más tarde, Allende ganó las elecciones presidenciales de 1970.

 

Los sueños y la realidad, sin embargo, no siempre van de la mano.

 

Ya a mediados de 1973, el gobierno de Allende estaba asediado por sus enemigos internos y externos y la creciente amenaza de un pronunciamiento militar. De manera que cuando Fernando Flores, el secretario general de Gobierno del Presidente, me pidió que sirviera como su asesor de prensa y cultura, no tuve la menor duda. Una de mis responsabilidades más urgentes era que debía hacer guardia una vez, cada cuatro noches, en La Moneda, para que pudiera comunicarme con Allende en caso de alguna emergencia. Las otras noches se rotaban entre tres otros asesores, uno de los cuales era Claudio Jimeno.

 

De manera que cuando me di cuenta de que me tocaba dormir en La Moneda la noche del lunes 10 de septiembre, nada más natural, entonces, que canjear ese turno con mi viejo amigo, pedirle si era posible hacerme cargo de su guardia del domingo 9 de septiembre. Me convenía ese domingo porque era la única ocasión que tenía para mostrarle a Rodrigo, mi hijo de seis años, la galería de retratos de los primeros mandatarios de Chile y para que experimentara, antes de que su madre viniera a buscarlo, ese momento mágico en que las luces del Palacio se prendían al crepúsculo.

 

Claudio asintió sin la menor vacilación. En esos tiempos azarosos, pasar aunque fuera una hora extra con el hijo al que no teníamos la certeza de ver al día siguiente constituía un regalo insuperable. De hecho, me agradeció el trueque, ya que le permitía gozar de un domingo tranquilo con Chabela y sus dos hijos.

 

Y entonces quiso la buena y la mala suerte que fuera Claudio Jimeno el que respondió el teléfono en la madrugada del 11 de septiembre de 1973, recibiendo la noticia de que el golpe, liderado por el general Augusto Pinochet, había comenzado. Y fue Claudio el que llamó a Allende y Claudio el que luchó a su lado en La Moneda y Claudio el que terminó siendo apresado y luego torturado y finalmente muerto, convirtiéndose en uno de los primeros chilenos desaparecidos. Mientras que yo desperté al lado del amor de mi vida, de Angélica, y traté de llegar a La Moneda y no pude lograrlo y heme aquí, cuarenta años más tarde, conmemorando a mi amigo y lo que se perdió y lo que se aprendió, y recordando, porque Claudio no lo puede hacer, cómo mantuvimos viva la esperanza en medio de la oscuridad. Heme aquí, todavía sin poder visitar la tumba de Claudio porque los militares que lo mataron todavía no revelan dónde echaron su cuerpo vejado.

 

El destino de Claudio prefiguró el de su país.

 

Nos aguardaban décadas de represión y pavor, de pesadumbre y combate. Aun cuando terminamos derrotando a la dictadura, nuestra democracia restaurada se vio severamente restringida. La siniestra Constitución de Pinochet, aprobada en un referéndum fraudulento en 1980, sigue siendo hasta el día de hoy la ley suprema de la república, obstaculizando tantas reformas imprescindibles que el país reclama.

 

Si bien aquel 11 de septiembre de 1973 fue trágico para tantos chilenos, también tuvo consecuencias más allá de nuestras orillas remotas. El naufragio de la revolución chilena repercutió en forma significativa en Europa, donde llevó a una fundamental reorientación de la izquierda en varios países (notablemente España, Francia e Italia), la certeza de que no bastaba con una mayoría electoral exigua para llevar a cabo transformaciones sustanciales en la sociedad, sino que se necesitaba un consenso amplio y profundo. En los Estados Unidos, la intervención de la CIA en la caída de Allende fue uno de varios factores que condujeron a investigaciones del Congreso, estableciendo leyes limitando las intromisiones del Poder Ejecutivo norteamericano en los asuntos internos de otras repúblicas, abriendo una discusión que es en este momento más perentoria que nunca, en vista de que los presidentes norteamericanos siguen adjudicándose el derecho a inmiscuirse ilegalmente en cualquier rincón de la Tierra donde sus intereses podrían peligrar, es decir, matar y espiar en todo el mundo.

 

El legado más crucial, sin embargo, del 11 de septiembre chileno fueron las estrategias económicas implementadas por Pinochet. Mi país se convirtió, en efecto, en un laboratorio para un salvaje experimento neoliberal, una tierra donde la avaricia desmedida, la extrema desnacionalización de los recursos públicos y la supresión de los derechos de los trabajadores fueron impuestas con virulencia a un pueblo desamparado. Muchas de estas políticas fueron adoptadas más tarde por Margaret Thatcher y Ronald Reagan (así como por líderes en el resto del globo), acarreando una disparidad escandalosa en la distribución del ingreso y la riqueza y, podría argüirse, creando condiciones para las últimas crisis financieras que han sacudido al planeta. Por cierto, este modelo chileno de un libre mercado exorbitante y sin frenos no ha perdido hoy su atractivo. La drástica y desastrosa privatización del sistema previsional sufrida en Chile es enaltecida por derechistas de todas las estampas como una “solución” al “problema” de las pensiones de los jubilados. Y recientemente, The Wall Street Journal, en un editorial, sugería que “ojalá los egipcios tuvieran la buena suerte de que sus nuevos generales reinantes resultaran ser como Augusto Pinochet de Chile”.

 

Afortunadamente, Chile no exportó únicamente las peores experiencias surgidas de la asonada militar. También ha servido como un modelo de cómo un pueblo desarmado puede, a través de la no violencia y una ardua campaña de desobediencia civil, conquistar el miedo y liquidar a una dictadura. Los alentadores movimientos de resistencia y en favor de la democracia que han brotado en todos los continentes durante estos últimos años prueban que el futuro no tiene que ser despiadado, que el 11 de septiembre chileno no marcó el final de la búsqueda de libertad y justicia social por la que murió Claudio Jimeno, que tal vez su sacrificio no fue enteramente en vano.

 

Y, sin embargo, no me puedo consolar. Cuarenta años más tarde todavía recuerdo su sonrisa de conejo cuando me dijo adiós en La Moneda aquella noche del 10 de septiembre de 1973.

 

Al día siguiente, ese martes desbordante de terror en Santiago, muchas cosas cambiaron para siempre, cambios políticos y económicos que alteraron a Chile y, se podría aventurar, también al mundo. Pero cuando contemplamos el pasado, lo que necesitamos recordar es que finalmente la historia la hacen y padecen seres humanos reales, hombres y mujeres que quedan penosamente afectados. La historia consiste de muchos Claudios y muchos Jimenos de nuestra especie, uno más uno más uno.

 

Esa es la historia irreparable, la que nos duele y conduele: no puede Claudio despertar, como lo hago yo cada mañana, al canto interminable de los pájaros.

 

Claudio Jimeno, el amigo que murió en mi lugar cuarenta años atrás, nunca ha de ver a sus nietos crecer, nunca podrá sonreírse cuando lo llamen Abuelo Conejo.

 

Por Ariel Dorfman, escritor chileno. Su último libro es Entre sueños y traidores: un striptease del exilio.


 

Allende, el cambio y la codicia

 

Por Martín Granovsky

 


La reunión fue en Washington. Se realizó cuando el ataque de los Estados Unidos al gobierno de Salvador Allende estaba por conseguir el jaque mate. Por los Estados Unidos participaron siete funcionarios del Departamento de Estado, con su jefe William Rogers al frente. Por Chile otros siete. Encabezaba la delegación chilena el entonces embajador en Washington, el socialista Orlando Letelier, que terminaría como ministro de Defensa de Allende y en 1973 sufriría prisión y tortura antes de que una campaña internacional obtuviese su liberación y le permitiese viajar al exterior. También participó un joven diputado de la Unidad Popular, Luis Maira. El encuentro fue áspero y duro. Por si alguno tenía dudas, al final de dos días de discusiones bilaterales, Rogers y Kissinger mantuvieron una reunión a solas con Letelier. Como consejero de Seguridad Nacional, el cargo desde donde Washington articula la política exterior y la de inteligencia de la presidencia, Kissinger no tenía obligación funcional de encontrarse con los chilenos. Pero quiso hacerlo.

 

Rogers se quejó del trato de Allende a las empresas norteamericanas nacionalizadas. Y luego de Rogers, Kissinger habló sin vueltas: “América latina es una región de casi ninguna importancia... Chile no tiene ningún valor estratégico. Nosotros podemos recibir cobre de Perú, Zambia, Canadá. Ustedes no tienen nada que sea decisivo. Pero si hacen ese proyecto de camino al socialismo del que habla Allende, vamos a tener problemas serios en Francia e Italia, donde hay socialistas y comunistas divididos, que con este ejemplo podrían unirse. Y eso afecta sustancialmente el interés de Estados Unidos. No vamos a permitir que tengan éxito. Tengan eso en cuenta”.

 

Maira, que fue embajador del gobierno de la Concertación en la Argentina, suele contar el episodio para ilustrar hasta qué punto la situación chilena era clave para Washington en el tablero mundial de la Guerra Fría. Y también cuenta Maira que pocos meses después de esa reunión en Washington, él y otros sobrevivientes del golpe de Augusto Pinochet terminaron en el exilio. (Refugiado primero en Caracas y después en los Estados Unidos, Letelier fue asesinado por un comando pinochetista en Washington el 21 de septiembre de 1976.)

 

Un día, cenando en Buenos Aires con Ricardo Lagos y un grupo de argentinos, narró Maira: “Cuando llegamos a México nos dimos cuenta de que nos había derrocado una potencia a la que no conocíamos bien por dentro. En 1974 fundamos el Centro de Investigación y Docencia Económicas, el CIDE. Y nos pusimos a estudiar todo. Todo. Desde la Constitución de los Estados Unidos hasta su historia. Desde sus mecanismos de decisión hasta el papel del Congreso. No podíamos seguir ignorando en detalle una realidad tan decisiva”.

 

No solo los exiliados chilenos se hicieron cargo de analizar en profundidad qué había ocurrido en Chile y por qué. También la izquierda europea buscó entender el mensaje enviado por Washington sobre todo a Italia, donde el Partido Comunista había crecido hasta ser el más grande de Occidente y ya representaba a uno de cada tres votantes.

 

Enrico Berlinguer era el secretario general del PCI. En 1980, diez años después del triunfo de la Unidad Popular y siete años después del golpe, Berlinguer analizó el papel obligatoriamente bivalente de Allende. Primer papel: el Compañero Presidente debía ser “el supremo aval de la legalidad vigente”. Segundo papel: estaba obligado a convertirse en “el líder del movimiento popular para su profunda renovación”.

 

Según Berlinguer, esa contradicción que el propio Allende encarnaba en sí mismo “podía resolverse en la medida en que la Unidad Popular hubiese logrado mantener aislado al ‘enemigo principal’, por un lado, y por el otro fundir en la sociedad la alianza entre las masas inorgánicas, el proletariado y las capas medias, además de mantener en el Parlamento un entendimiento mínimo entre las fuerzas que habían elegido a Salvador Allende”. De ese modo, “la realización del programa habría dado origen al nacimiento de una mayoría social –antes que electoral–, o sea la formación de un bloque histórico que, en su proceso de desarrollo, fundaría la nueva legalidad, la nueva democracia chilena”.

 

Para Berlinguer, un gran mérito de Allende es que “murió ejerciendo su papel de magistrado supremo de una legalidad pisoteada por traidores, por fascistas”, y su ejemplo significó lo contrario de lo que el dirigente italiano llama “grandes cinismos”.

 

Y otra virtud del gobierno de la Unidad Popular que señalaba el secretario del PCI fue “haber abstraído por primera vez la noción de ‘justo provecho’ del contexto ético-religioso medieval, precapitalístico, en que nació, para instalarlo como principio jurídico internacional: con la ley de nacionalización del cobre chileno, que fija en el 12 por ciento anual los márgenes de provecho reconocido a las compañías que habían explotado las minas, sustrayendo de la indemnización debida a raíz de la nacionalización lo que ellas habían percibido más allá de ese plafond”. Leída desde hoy, parece una crítica a la agresión contra la humanidad por parte de un sistema financiero hipertrofiado.

 

El mundo es otro, pero dos desafíos parecen vigentes a cuarenta años del golpe en Chile y el suicidio de Allende, el 11 de septiembre de 1973: cómo lograr una gobernabilidad que permita cambiar las cosas y cómo colocar un límite a la codicia desenfrenada.

 

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Martes, 10 Septiembre 2013 06:01

Allende y su “ardiente paciencia”

Allende y su “ardiente paciencia”

En vísperas de elecciones en Chile, las palabras del presidente en sus horas finales evocan resonancias útiles para la reflexión contemporánea, aunque las realidades del siglo XXI en América Latina sean otras
 

Hace 40 años el drama de Chile conmovió al mundo. Terminaba bajo un golpe de Estado el intento nunca antes registrado en la historia: hacer cambios profundos de inspiración socialista, manteniendo el respeto a las normas democráticas. Caían, junto con los muros del palacio de la Moneda bombardeado de tierra y aire por la insubordinación armada, los sueños de una generación que creyó posible avanzar entonces, en tiempos de guerra fría, hacia una sociedad más justa e igualitaria, donde la libertad también estuviera vigente.


 
Ahora, cuando Chile se encamina hacia una elección presidencial llamada a poner las bases de un nuevo tiempo en su devenir político y democrático, las palabras de Allende en sus horas finales transmiten resonancias que —más allá de sus cuatro décadas— alumbran la reflexión contemporánea. Por cierto, estamos en el siglo XXI y las realidades son otras, pero vemos cómo rige hoy el peso de la desigualdad, de las desprotecciones y las exclusiones que castigan, especialmente, a los jóvenes. Por eso, hay en aquella retórica solemne de Allende una mirada anticipatoria a otros tiempos donde la búsqueda de una vida digna, humana y justa seguirá latiendo como una meta mayor. Una tarea solo abordable con “ardiente paciencia”, al decir de Pablo Neruda cuando recibe su Premio Nobel.


 
Solo 12 días separaron la muerte de Allende y de Neruda en aquel septiembre de 1973. Ya solo eso nos dice por qué el recuerdo de aquella fecha es tan conmocionante para la sociedad chilena y se la rememora en tantas partes del mundo. Allende no fue Neruda, pero cuando hoy leemos sus últimas palabras encontramos en ellas un eco de lo que dijera el poeta en el final de su discurso, en 1971, al recibir el Premio Nobel: “Solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres”.


 
Allende terminará de dirigirse a los chilenos y al mundo con una frase que hará historia. Recordémosla: “Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.

 


Sin duda, Allende fue el hombre de la “ardiente paciencia” que por décadas buscó cumplir con sus anhelos y entregas, siempre colocando coherencia y consecuencia en la búsqueda de hacer realidad sus sueños. No pudo lograrlo. Los marcos de la guerra fría hicieron que interna y externamente se buscara abortar aquel intento, sofocándolo más allá de sus propios errores y supuestos equivocados. Aquel mundo, de bipolaridad extrema determinado por la tensión entre Washington y Moscú, no tenía espacio para un proyecto de esas características y al final la frontera de la guerra fría cruzó por Chile.


 
Se escucha el último discurso con el corazón apretado porque esas palabras nacen de las entrañas mismas de Allende. Sin un compromiso político con la oposición, el golpe emerge como una posibilidad: ya en junio de 1973 se había dado un intento fallido. Son palabras premonitorias donde prevé que una larga tragedia caerá sobre Chile; por eso siempre he creído que estaban largamente meditadas. Al conversar con él se intuía que, llegado el momento, sus decisiones tendrían un sentido profundo de responsabilidad con Chile, con su pueblo y su historia: no saldría vivo del palacio de la Moneda. “Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”, se le oye decir con total tranquilidad, pero sin dejar dudas de que su voluntad es defenderse en el palacio. Lo afirma como algo que está asumido de mucho antes.


 
Pero también en sus palabras asoma dos conceptos esenciales que cruzan toda la búsqueda de nuestro tiempo: construir sociedades donde rija la “libertad” con la misma fuerza que la “igualdad”. Y en quienes vengan después, libres para construir su propia historia, recaerá la tarea de abrirse paso hacia un tiempo donde se abran “las grandes alamedas”, imagen poética que evoca una idea de perspectiva larga, de persistencia en otear el horizonte teniendo clara la meta que se busca. Son alamedas con raíces profundas, derivadas “de la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos”, como también lo dice esa mañana.

 


El siglo XX, el siglo corto según Eric Hobsbawm, es una búsqueda para conciliar libertad con igualdad. Unos por privilegiar la libertad olvidaron la igualdad y otros preguntaron: ¿de qué sirve la libertad si el ser humano se va a dormir con hambre cada noche? Y entonces, en nombre de la igualdad, se extinguió la libertad para pensar, crear, emprender y buscar nuevas ideas y hacer realidad otros sueños. ¡Cuántas guerras se justificaron en nombre de uno u otro principio, como si ellos fueran antagónicos e incompatibles y no complementarios! Esta es la gran lección del siglo XX.


 
Allende vive su tiempo diciendo que la izquierda debe luchar por los cambios respetando la Constitución y las leyes —lo afirma en sus últimas palabras— a la vez que transformándolas para dar garantías a todos. Pero también debe saber oír el sentido de las demandas mayoritarias del pueblo. Por eso levantó su voz cuando los tanques entraron a Budapest en 1956 o en Praga en 1968, poniendo fin a aquella primavera.


 
Si en 1989 caen los socialismos reales con el fin del muro de Berlín, en 2007 y 2008 se derrumba el otro gran andamiaje: el del neoliberalismo extremo. Se viene al suelo esa otra ideología, cuyo dogma ha sido construir sociedades en torno al consumidor como expresión de libertad. En su promesa de privilegiar “el acto de elegir”, creó condiciones para que grandes ganancias y beneficios se concentraran en pocas manos: la libertad económica sin reglas ahogó las posibilidades de una mayor igualdad. Como nos lo recuerda el Banco Mundial, actualmente el 10% más rico del mundo recibe el 56% de la renta, mientras el 10% más pobre recibe el 0,7%. Y esto lo escribimos desde América Latina, no la región más pobre, pero si la región más desigual del mundo.

 


Ante eso, ¿no es válido ver en el discurso de Allende, un brochazo iluminador que llama a crear sociedades donde se garantice la libertad del ser humano para “construir una sociedad mejor”, con más igualdad? La creciente desigualdad de hoy no pueden perdurar, a la larga un sistema democrático no lo resiste. Son los ciudadanos y no los consumidores los que a través del voto exigirán a sus representantes un cambio de políticas y la libertad para luchar por otro orden social. Y Allende advierte que esto tendrá lugar “más temprano que tarde”.


 
Escuchar sus últimas palabras es escuchar un discurso tranquilo, sereno, calmo. Allende habla ya desde y para la historia. Allende está consciente que su sacrificio marcará un antes y un después, entiende que ese después llegará trayendo otros desafíos. Pero nos recuerda que hay un saber persistente y profundo cuando se lucha por una humanidad mejor: “Sigan ustedes sabiendo…”. Allí está la continuidad.


 
Hace 40 años se intuía que la defensa de los derechos humanos era importante, pero hasta no vivir en carne propia su violación se llegó a sentir profundamente su falta. Es como el aire que se respira: solo cuando se convierte en irrespirable extrañamos el cielo azul que tuvimos. Y por eso hoy sabemos que los derechos humanos son un todo: son la vida y su diversidad; son la libertad en todas sus expresiones; son las grandes estrategias y la vida cotidiana; son, en suma, el derecho a ser. Y así surgen los llamados derechos de tercera o cuarta generación, en donde también nos cabe asumir la ecología, el medio ambiente, junto a formas nuevas de democracia donde a la representación cabe dar espacio a formas nuevas de participación. Y con la presencia de las redes sociales por todo el mundo uno vuelve la mirada a Allende y se pregunta: ¿estamos ahora frente a las grandes alamedas virtuales por donde navegue el hombre libre?


 
Hoy, 40 años después, escribo desde otra América Latina. Una América Latina que encontró una senda democrática, que se sabe con otros desafíos y donde se construyen sociedades más justas, más libres y más tolerantes. Falta mucho por hacer, pero si los desafíos son distintos, los sueños y las utopías permanecen. Y hacer realidad estos sueños requiere de esa ardiente paciencia que nutrió la vida de Salvador Allende hasta el último suspiro.

 

Por Ricardo Lagos* 10 SEP 2013 - 00:01 CET
 
*Ex presidente de Chile.

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"Cuando Pinochet fue arrestado en Londres empezó la verdadera transición chilena"

"Salvador Allende marcó mi vida. No sería el que soy, si él no hubiera encarnado aquella utopía de un mundo más justo y más libre que recorría mi país en esos tiempos". Así comienza el documental Salvador Allende de Patricio Guzmán, expresando en primera persona lo que fue para él, como testigo ilusionado de la victoria y el inicio del gobierno de la Unidad Popular, la aparición de un presidente con un mensaje diferente, socialista, de igualdad y justicia social.

 

Una victoria conseguida pueblo a pueblo y persona a persona, como se observa en la película, que permitió a Salvador Allende conocer la realidad de su país y de los chilenos. Escuchar sus deseos y necesidades. Esa cercanía hizo confiar a muchos de ellos en un político que, por primera vez, les miraba a la cara.

 

Qué llevo a Allende a luchar por los ideales socialistas, que luego intentó convertir en su proyecto político como Presidente de Chile, es la cuestión que Guzmán intenta descifrar en este documental. Desde su infancia, con la influencia de su abuelo y el amor por su madre de leche, Mama Rosa, cuya hija Anita nos recuerda la niñez junto a Chicho (el apodo que le pusieron), hasta sus cuatro intentos para intentar llegar a la presidencia, que logró al fin en 1970.

 

Tras repasar los tres años de un gobierno sacudido por las huelgas organizadas por la patronal y las amenazas constantes de un golpe de Estado, la cinta muestra cómo se fraguó el fin de Salvador Allende. Queda perfectamente claro en la entrevista que realiza Guzmán al embajador estadounidense de aquella época. De igual manera, la forma en que Allende gestionó el bombardeo a La Moneda, con su trágico fin, da una muestra del concepto de responsabilidad política que tenía y que le hizo ganarse el favor de la mayoría de chilenos.

 


Patricio Guzmán fue uno de los que confió en él y ha dedicado gran parte de su obra como documentalista a recuperar la imagen y el mensaje de un presidente que marcó a una generación. También ha denunciando los crímenes cometidos por el régimen militar de Pinochet y la importancia de recordar lo que ocurrió desde el 11 de septiembre de 1973 en adelante.

 

Con Salvador Allende, Guzmán consiguió uno de sus mayores éxitos. El documental recorrió varios de los festivales más importantes del panorama cinematográfico, como Cannes (Sección Oficial Fuera de Competición) o San Sebastián (Perlas de otros festivales). También compitió en los Goya de 2005 como Mejor Documental.

 

¿Cómo cree que han ayudado sus obras en la recuperación y difusión de la imagen de Salvador Allende?

 

La película Salvador Allende tuvo 75.000 espectadores en las salas de Chile, lo que es una cifra muy alta. Para que te hagas una idea, las películas de Michael Moore han alcanzado 13.000 espectadores. Fue un estreno positivo. Se proyectó en 22 salas del país. Otro de mis documentales, La batalla de Chile, que igual que Salvador Allende nunca se ha pasado por televisión porque los canales son todavía muy conservadores y temen cualquier problema político, tuvo una buena repercusión. Aunque ningún distribuidor se atrevió a proyectarla, yo introduje copias en cintas Umatic (un soporte anterior al BetaCam) durante la dictadura. La gente reprodujo las copias en VHS por miles y jugó un papel importante de contra información sobre lo que había pasado en el gobierno de Allende y en el Golpe de Estado.

 

Hay que tener en cuenta que durante los 18 años del régimen de Pinochet, la época de la Unidad Popular fue borrada del mapa. Nadie publicó que había pasado día a día, y La Batalla de Chile muestra jornada tras jornada el último año de Allende. Este película contribuyó mucho a mantener la memoria reciente de lo que había sido su gobierno, el boicot de parte de la sociedad chilena (la burguesía y grandes fortunas) y el apoyo del gobierno de Nixon y Kissinger al golpe militar.

 

Usted expone el documental como una forma de descubrir quién era Salvador Allende e intenta responder a esa dicotomía que suponía su intención de ser "revolucionario y demócrata a la vez" ¿Cree que hoy en día es posible esa combinación, la revolución dentro del juego democrático?

 

Una de las cosas que sorprendían en Allende era su larga trayectoria como político, que obviamente siempre fue dentro de la ley. El era un reformador social dentro de la ley. Siempre me llamo la atención su independencia. A pesar de que dentro de su coalición estaba el Partido Comunista condenó las invasiones de la URSS a Hungría y Checoslovaquia. No le gustaba la idea del partido único, sino tener muchas voces. La dictadura del proletariado era un concepto que nunca apareció en el programa de su partido.

 

En la base ideológica de Lula, Kirchner, Chávez o Correa están las ideas de Allende. Frenar las injusticias, la pobreza y transformar el reparto de los bienes del país, pero siempre desde dentro del propio sistema democrático. El se adelantó a ellos, se adelantó en el tiempo. El pensamiento de Allende tiene un peso grande en ellos, pero no lo mencionan. Y no sólo en América Latina, sino en Europa también. La influencia de Allende fue muy grande y por eso la solidaridad que recibió de Europa fue enorme. Para que te hagas una idea, yo participo en unos 25 actos esta semana en Francia y en Alemania por la conmemoración de los 40 años del Golpe. Por eso creo que estamos bastante más cerca de esta utopía que hace 10 años.

 

Usted vivió en primera persona lo que en este documental define como "ese sueño despierto que vivimos con Allende", explíquenos ¿qué hacía de él y de su proyecto algo en lo que el pueblo confiaba?

 

 Allende es la culminación de 100 años de trabajo social en Chile. Desde la fundación del Partido Comunista y el Partido Socialista en los años 20, hay un enorme trabajo de hormiga de estos dos partidos y de muchas organizaciones independientes que luchaban por un mejoramiento de la sociedad.  Entre esas fuerzas también estaba la Democracia Cristiana. Los hechos se precipitan cuando Eduardo Frei toma el gobierno en los 60 y hace una tímida reforma agraria y otras reformas sociales. El gobierno de Frei hace que la gente quiera ir más lejos, y en las siguientes elecciones Allende gana con un 36%, que es muy poco, tan sólo la mayoría relativa. Y la Democracia Cristiana, cuyo candidato llevaba un programa muy parecido al de Allende, le cede el voto en el Parlamento para evitar una guerra civil.


Tres años más tarde, en las elecciones municipales, Allende logra llegar al 44% de votos en unas circunstancias muy complicadas. No había casi víveres en las casas y la electricidad fallaba gracias a una campaña de desabastecimiento organizada por la derecha. A pesar de todas estas  dificultades Allende gana. Cuando ocurre esto la derecha decide dar el golpe de Estado porque ven que no pueden acabar con él mediante vías políticas. Entonces EEUU da el visto bueno al golpe y lanza huelgas en todas las industrias para crear el desorden social que era necesario para justificarlo.

 

"Los que tienen memoria, son capaces de vivir en el frágil tiempo presente. Los que no la tienen, no viven en ninguna parte". Es una frase de su documental Nostalgia de la luz. ¿Por qué cree que países que se dicen democráticos, como Chile o España, tienen tantos problemas a la hora de revisar y juzgar su pasado más reciente?

 

La memoria es un problema complicado. Es un proceso muy lento. Antes de ayer el Jefe de Estado alemán, Joachim Gauck, estuvo en un pequeño pueblo en Normandia por primera vez desde hace 70 años. Fueron a una iglesia donde las SS realizaron una matanza brutal y se abrazó con los familiares de las víctimas. Aunque pase mucho tiempo es necesario este tipo de gestos. Hay que reconocer la culpa. El presidente alemán dijo "la culpabilidad que tenemos nunca podrá ser borrada". En Chile no hay ningún militar que haya dicho algo ni remotamente parecido. Hay 3.200 personas ejecutadas y desaparecidas y no se sabe quiénes fueron los ejecutadores ni donde están los cuerpos.

 

Mi camarógrafo Jorge Muller, que era también mi íntimo amigo, desapareció en 1974 y todavía no sabemos dónde está. Hubo un reconocimiento por parte del presidente Lago sobre lo que paso, se han realizado dos comisiones para analizarlo y eso es positivo. Pero todavía el 60% de los casos de violaciones a los derecho humanos no han sido juzgados, y el otro 40% si, pero con pena muy leves. Falta ese 60%, y eso hace que  aunque Chile es un país económicamente interesante, con rascacielos y grandes ciudades, no juega ningún papel en el concierto de naciones porque no tiene un pasado limpio. La memoria no es un concepto universitario, abstracto o que esté sólo en los libros. La memoria transforma la dinámica de una sociedad. Cuando una sociedad tiene  una memoria fresca es capaz de crear más, de jugar un mejor papel en el concierto de las naciones. La memoria es algo tan dinámico como la sangre que recorre el cuerpo.

 


¿Cree que se puede avanzar como sociedad sin condenar cosas tan graves como las desapariciones, las torturas, los asesinatos políticos a manos del propio Estado?

 

Yo creo que igual que un ser humano que olvida lo que ha hecho sigue trabajando y avanzando, un país también. Pero mientra no se libere la memoria, las limitaciones de ese país quedarán patentes.

 

La desaparición de personas la inventó un colaborador directo de Hitler, el mariscal Keitel. Según decía él, desapareciendo a una persona, creas una ola de terror a su alrededor y  provocas la incertidumbre total que la misma desaparicion causa. Es un método de terror que pusieron en practica los nazis y que la CIA aplicó. Francia también los usó en la guerra de Argelia. A través de los militares que estudiaron en el Escuela de las Américas pasó a América Latina.

 

Yo creo que mientras no aparece el cuerpo de una persona, queda flotando en la sociedad un vacio que no se borra y que se va extendiendo. Siempre sale a la luz. ¿Cuánta gente del Ejercito está involucrada en los crímenes? Se dice que directamente están involucrados 500 ó 600 personas. Podrian ser juzgados si el Ejército nos diera la lista. Nos evitaríamos otros 100 años de dolor. No lo hacen porque hay un falso concepto de protección de grupo sobre un gravísimo error que cometieron compañeros suyos.

 

"La figura de la desaparición es una de las mayores torturas a las que uno puede someter a una persona". Esta afirmación la hace usted, que estuvo detenido en el Estadio Nacional tras el golpe de Estado y que perdió a compañeros que fueron asesinados o desaparecidos. ¿Una represión tan brutal y cruel puede superarse?

 

Yo creo que los únicos que tienen que dar el perdón son las víctimas directas. Los familiares de desaparecidos. Son los únicos que pueden decir si perdonan o no. No somos nosotros. Hay que respetar ese derecho. Es el principio para no deslizarse en reconciliacioens retoricas. Aquí se ha cometido un crimen de Estado que hay que castigar. Si no se hace, la sociedad entre en una autodestrucción moral. No se puede contemporizar.

 


Los militares golpistas pensaron que habían armas entre los seguidores de Allende y se requisó durante un mes y medio todas las fabricas de Santiago. No había nada, ni para reistir medio día. Sólo había en el sótano del Palacio del Gobierno y Allende no lo quiso utilizar. Su camino era distinto. "Nadie me va a apartar de la presidencia ni de mis ideas a pesar de los ataques que recibo. Hay que resolverlo con la política" dijo. La represión fue brutal. Un Ejército entero cayó sobre un población que sólo tenía libros, eran militantes pacíficos. Sólo el MIR quería iniciar la lucha armada, y fueron asesinados. Cuando una echa hacia atrás la máquina del tiempo, el crimen fue espantoso.

 

El movimiento estudiantil que actualmente sale a las calles a protestar es la primera vez que esta formado por gente sin miedo. En Chile durante 40 años ha existido miedo. Y no hay nada peor que el miedo para conformar un país aunque esté lleno de tarjetas de crédito.

 

¿Qué opinión le merece que los jueces chilenos hayan pedido perdón por sus omisiones y acciones, al no proteger los Derechos Humanos y a las personas, durante la dictadura de Pinochet?

 

Es enormemente positivo. Porque cuando uno analiza los Habeas Corpus o Recursos de Amparo que presentaron los abogados de la Vicaría de la Solidaridad (la oficina de la Iglesia chilena que repesentaba a los presos), estaban muy bien hechos. Con datos muy específicos. Los jueces no consideraron ninguno, hasta que Pinochet cayó preso en Londres ningún Habeas Coprus fue respondido y no atendieron a ninguna familia. El juez Garzón fue el primero que escucho a las madres de los desaparecido. Cuando Pinochet fue arrestado en Londres es cuando comenzó la verdadera transición chilena. Lo anterior era un acuerdo entre el Ejército de Pinochet y la clase política para guardar silencio.


Usted ha insistido en diferentes artículos y entrevistas en la necesidad de crear un partido que represente de verdad los intereses de los trabajadores, como lo hizo en su día Allende. ¿Es posible hoy en día recuperar un gobierno que representa esas ideas?

 

Sí, estoy convencido de que sí. No se puede construir futuro pensando sólo en el mercado. El momento en que la URSS cae y Cuba entra en una profunda crisis, el peor sector del capitalismo internacional toma el poder y nos precipita en un mundo que nadie cree. Mucha gente está de acuerdo en que no es posible una vida tan inhumana donde la cultura está en un espacio tan rezagado. No se discute, se acusa. El principio de la civilización se ha perdido. Si no se recupera vamos hacia un lugar de conflicto muy peligroso. Hay que dialogar. Hay que restablecerel diálogo, la confianza en nosotros mismos. Hay una capacidad de reacción en el ser humano y es posible recuperar la ilusión.

 


Aun habiendo similitudes económicas, sociales y políticas a las de la época previa a la victoria de Allende, da la sensación de que hoy en día sólo unos pocos luchan por mejorar las cosas. ¿Hay tanta diferencia entre esa generación que aupó a Allende a la presidencia y la actual?  

 

Falta que aparezca una proposición política de acuerdo a los tiempos de hoy. Agotado el leninismo, el socialismo real, el nacionalismo de las Revoluciones Árabes, el movimiento de Países No Alineados, falta un planteamiento ideológico que nos conduzca a un renacimiento político diferente. Creo que se está gestando, pero falta tiempo. La primavera árabe demuestra el enorme deseo colectivo de cambio, pero no hay un modelo que algutine las fuerzas desatadas.

 

Creo que la existencia de 5 ó 6 regímenes políticos que defienden las riquezas básicas y tratan de modernizar el Estado en América Latina no está mal. Es la primera vez que EEUU está preocupado por problemas internos, y América Latina tiene libertad de hacer cosas que no podía hacer antes porque EEUU se lo impedía. Hay mucho signos positivos, pero hay que organizarlos. En Chile hay un movimiento estudiantil potente, muy potente y ya se está habalando de organizar un partido. Eso se hará. Hay una nueva generación de historiadores que están en esta línea de renovar a la clase política, porque la actual es la que después del referéndum de Pinochet aceptaron esa ley del silencio.

 

La visualización del documental Salvador Allende está disponible en la plataforma online Filmin.

 

BLANCA CAMBRONERO Madrid09/09/2013 08:00

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Lunes, 02 Septiembre 2013 06:14

“La feroz urgencia del ahora”

“La feroz urgencia del ahora”

Cuentan que el 28 de agosto de 1963 fue un día de verano soleado y caluroso, y que aun antes de iniciar la Marcha sobre Washington por Empleos y Libertad asustó no sólo a Washington, sino a gran parte de Estados Unidos. El sueño” que estaba por proclamarse era subversivo y quien ofrecería ese mensaje era considerado el hombre desarmado más peligroso de Estados Unidos.

 

El gobierno de John F. Kennedy intentó persuadir a los organizadores de suspender su acto y ese día colocó 4 mil elementos antimotines en los suburbios y 15 mil en alerta; los hospitales se prepararon para recibir víctimas de la violencia potencial, y los tribunales para procesar a miles de detenidos, cuenta el historiador Taylor Branch. Colocaron agentes con instrucciones de apagar el sistema de sonido si los discursos incitaban a la sublevación. La idea de que la capital sería sitiada por oleadas masivas de afroestadunidenses provocó alarma entre la cúpula política y los medios tradicionales.

 

El orador principal, el reverendo Martin Luther King, era considerado un radical peligroso y estaba bajo vigilancia de la FBI de J. Edgar Hoover. El jefe de inteligencia doméstica de la FBI calificó al reverendo que encabezaba esa marcha de “el negro más peligroso para el futuro de esta nación desde la perspectiva del comunismo, el negro y la seguridad nacional”. Todos esperaban “desorden” masivo. Pero ese día cientos de miles –un tercio de ellos blancos, algo nunca visto– llegaron pacíficamente a participar en un momento que muchos dicen “cambió a Estados Unidos”.

 

“King no era peligroso para el país, sino para el statu quo… King era peligroso porque no aceptaba en silencio –ni permitía que un pueblo cansado aceptara silenciosamente ya– las cosas como estaban. Insistió en que todos nos imagináramos –soñáramos– lo que podría y debería ser”, escribió Charles Blow, columnista del New York Times.

 

Es allí, dicen muchos, donde se inauguró lo que se recuerda como “los 60”, uno de los auges democráticos (en su sentido real) más importantes de la historia estadunidense.

 

Hace unos días la cúpula política, la intelectualidad acomodada y los principales medios festejaron el 50 aniversario del acto con la versión oficial pulida y “patriótica” de la marcha que King ofreció uno de los discursos más famosos de la historia de este país, Yo tengo un sueño.

 

Al festejar el aniversario, se ha debatido sobre el significado de esa marcha y el discurso de King, tanto en su momento como hoy día. Algunos concluyen que el “sueño” de King está expresado en el hecho de que el primer presidente afroestadunidense, Barack Obama, ofreció un discurso para celebrar el aniversario en el Monumento a Lincoln, el mismo lugar donde King ofreció históricas palabras hace cinco décadas. Ahí habló de los cambios que King promovió, también reconoció que esa lucha no ha concluido.

 

Aunque nadie disputa los cambios dramáticos y los logros en cuanto a la lucha frontal contra la segregación institucional, tampoco se puede disputar que mucho de lo que dijo King en 1963 tendría que repetirlo 50 años después.

 


Hoy día hay más hombres negros encarcelados que esclavos en 1850 (según el trabajo de la extraordinaria académica Michelle Alexander); varios estados han promovido nuevas medidas para obstaculizar el acceso de las minorías a las urnas; el desempleo entre afroestadunidenses es casi el doble que entre blancos, casi igual que en 1963; el número de afroestadunidenses menores de edad que viven en la pobreza es casi el triple que el de los blancos en la misma condición; uno de cada tres niños afroestadunidenses nacidos en 2001 enfrentan el riesgo de acabar en la cárcel.

 

A la vez, la desigualdad económica entre pobres y ricos ha llegado a su nivel más alto desde la gran depresión. Mientras las empresas reportan ganancias récord, los ingresos de los trabajadores continúan a la baja. Más aún, una de las demandas de la marcha de 1963 fue un incremento al salario mínimo federal, que hoy se ubica en 7.25 dólares la hora, lo que es, en términos reales, inferior al que prevalecía hace 50 años, según el Instituto de Política Económica. Ejemplo de ello fue la protesta de trabajadores de restaurantes de comida rápida en más de 50 ciudades que exigieron el doble de dicho salario, la semana pasada.

 

Al conmemorar el aniversario, Obama destacó la brecha económica entre pobres y ricos, pero no asumió la responsabilidad de que durante su presidencia se sigue ampliando, y evitó mencionar otras políticas que ha promovido o tolerado con consecuencias terribles para comunidades minoritarias y/o pobres como las deportaciones sin precedente de inmigrantes latinoamericanos, y el sistema penal más grande y tal vez más racista del mundo.

 

Muchos opinan que no es justo comparar a King con Obama, ya que uno era “profeta” y el otro es sólo un político.

 

Pero la omisión más notable durante los elogios al profeta por los políticos en estos días –justo cuando la cúpula política estadunidense contempla abiertamente otro ataque militar contra otro país (Siria)– fue cualquier referencia a las guerras.

 

King vinculó cada vez más la lucha de los derechos civiles con la injusticia económica y, peor, con las políticas bélicas de su país. Advirtió en 1967 que la democracia estadunidense estaba amenazada por “el terno gigantesco del racismo, el materialismo extremo y el militarismo”. Y declaró que no podría seguir llamando a sus seguidores a emplear la no violencia si no condenaba las políticas de guerra de Washington: “Sabía que nunca más podría elevar la voz contra la violencia por los oprimidos en los guetos sin primero hablar claramente ante el más grande proveedor de violencia en el mundo hoy día, mi propio gobierno”.

 

King, en su discurso del “sueño” en 1963, insistió en que las injusticias se tenían que abordar en lo que llamó “la feroz urgencia del ahora”. Cincuenta años después, ese ahora es más urgente que nunca.

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El sueño Martin Luther King es aún el de millones de negros en Estados Unidos

Cincuenta años después del histórico discurso de Martin Luther King, durante la “marcha por la liberad y el empleo” los afroamericanos se enfrenta a una implacable realidad: los negros estadounidenses siguen siendo, de lejos, las primeras víctimas del desempleo.


 
Prohibidas en otros países, las estadísticas “étnicas” traducen en Estados Unidos ese estado de cosas. La tasa de desempleo de los afroamericanos (12,6% en julio) y es de casi el doble que la de la población en general (7,4%).


 
Comparativamente, la minoría hispana sufre un desempleo menor (9,1% en julio) por no hablar de la tasa de desocupación entre los asiáticos de Estados Unidos que ese mes ascendió a 4,3%.


 
“Las discriminaciones contra los afronorteamericanos siguen estando muy extendidas”, dijo a la AFP Heather McGhee, vicepresidente de Demos, un grupo de reflexión sobre la igualdad en Washington.


 
Esa brecha no es nueva y atraviesa tanto los períodos de expansión económica como los de recesión. En enero de 1972, al que refieren los registros más viejos sobre el asunto, 5,8% de la población activa estaba sin trabajo, una tasa que ascendía a 11,2% para los trabajadores negros.


 
Incluso a fines de 2000, en el pico de pleno empleo en Estados Unidos (3,9% de desempleo), los afroamericanos tenían una tasa de desempleo de 7,3%.


 
Resulatado: son el grupo más numeroso de los que viven en la pobreza (27,%) cuando sólo representan al 13% de la población.


 
“Hay que poner atención en no hacer como si la historia del Estados Unidos negro fuera trágica”, advierte, sin embargo, McGhee.


 
Cerca de cincuenta años después del fin de la segregación, un afroestadounidense dirige la Casa Blanca, mientras que los negros que acceden al sistema educativo experimentó “inmensos progresos”, destaca.


 
El 86% de ellos llegó al colegio secundario, contra 38% en 1963, y 20% accedió a la universidad, contra 5% cicuenta años atrás, rercuerda.
 


Pero esto no alcanza. “Solo una parte de esa brecha se explica por diferencias en el nivel educativo”, asegura a la AFP Ioana Marinescu, profesor en la Universidad de Chicago y especialista del mercado de trabajo de Estados Unidos.


 
- Discriminación positiva pero no cuotas


 
Según los expertos, los estereotipos negativos asociados a los negros se mantienen, al igual que en otras partes de Occidente.


 
“Los prejuicios se han hecho inconscientes. Es raro que alguien diga explícitamente que no quiere contratar a un negro, pero sabemos cuánto influyen los estereotipos en las personas que toman decisiones”, asegura McGhee, ella misma afronorteamericana. “Cuando es inconsciente, es mucho más difícil combatirlos”, se lamenta.


 
Las estadísticas por minorías permiten, sin embargo, “aclarar el debate público” en Estados Unidos y sensibilizar al mundo del trabajo respecto de la discriminación, destaca Marinescu.


 
Las empresas que tienen contratos con el Estado federal deben tener políticas de “discriminación positiva” y favorecer el avance de las minorías sin recurrir, no obstante, a las cuotas.


 
Las empresas estadounidenses con más de 100 asalariadas deben publicar cada año un informe indicando el origen étnico y el sexo de sus empleados.
 


La situación podría ser peor, señala la socióloga Nancy DiTomaso, docente en la escuela de Comercio Rutgers de Newark (este).


 
“Una mayoría de las personas consigue un empleo porque alguien las ayudó dándoles información o usando su influencia con recomendaciones del tipo ‘es un amigo, haz algo por él’ o simplemente encontrándole un puesto de trabajo”, declara a la AFP.
 


Según esta investigadora, que dedicó una obra a este tema, la importancia de esas “conexiones” y “redes” en el mundo profesional supone una gran desventaja para los negros. “La dinámica no consiste en que los blancos discriminen a los negros, sino en que los blancos ayudan a otros blancos”, subraya.

 

27 agosto 2013
 
(Con información de AFP)

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Lunes, 26 Agosto 2013 06:25

Lecciones de una dictadura

Lecciones de una dictadura

1.- Paradoja chilena


 
A fines de la década de los años 80 del siglo XX, Chile y el mundo parecen inaugurar un nuevo tiempo histórico. Por aquellos años, cae el muro de Berlín, poniendo fin a la llamada Guerra Fría. Un cambio macro político destinado a abrir un nuevo curso a la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, en Chile, un plebiscito sacaba al dictador Augusto Pinochet de la primera magistratura del país. Un cambio micro político que significó el inicio de un proceloso camino hacia la restauración democrática, un camino que después de 40 años todavía no termina.


 
Sin tener plena conciencia de ello, el nuevo escenario nacional, e internacional, nos ofrecía lo que podemos llamar “la paradoja chilena”. Si bien el dictador se retiraba de la Moneda, refugiándose como comandante en jefe de su ejército, había dejado todo “atado, bien atado” para que la institucionalidad dictatorial siguiera presidiendo la política nacional por décadas. Con ello se garantizaba la impunidad de civiles y militares que habían actuado como verdugos, Pinochet el primero. Asimismo, se mantuvo un orden económico tremendamente ventajoso para banqueros e inversionistas criollos y extranjeros. Por último, se estructuró una legislación que dio garantías a los sectores de derecha para preservar mayorías parlamentarias mediante el llamado sistema binominal.


 
En pocas palabras, mientras el planeta entero enfrentaba una apertura inédita en la historia, preparándose para ingresar en procesos de mundialización, la institucionalidad chilena operó una clausura. Lejos de prepararse para cambios democráticos en la sociedad chilena, las elites locales se aferraron a una constitución heredada de la dictadura, acomodándose a ella. En una sociedad que hasta el presente se estructura casi como un régimen de castas, la constitución de Pinochet cristalizó una democracia oligárquica: clasista, excluyente y anti democrática.


 
De este modo, la dictadura de Augusto Pinochet fue el instrumento de una clase social para realizar el “trabajo sucio”, descabezando un movimiento popular ascendente a sangre y fuego, sembrando el territorio nacional de cadáveres. La barbarie en que se ha sumido la derecha chilena se prolonga hasta el presente bajo la forma de impunidad para los responsables –civiles y militares- de crímenes de lesa humanidad. Pero también en impedir la expresión democrática de las mayorías ciudadanas y en la represión de amplios sectores de chilenos que reclaman sus derechos, estudiantes, trabajadores.


 
En la hora presente y superada ya la falsa dicotomía que nos proponía como únicos modelos posibles el “socialismo real” de cuño soviético o el “neoliberalismo” de estilo occidental; surge en Chile, como en otros países de la región, la verdadera contradicción histórica y social que nos acompaña desde la independencia: Una democracia oligárquica que legitima la injusticia de los más o una democracia participativa que restituya la soberanía de nuestros pueblos.


 
2.- Dolores y enseñanzas


 
Las circunstancias históricas más aberrantes y trágicas han sido también una ocasión propicia para el aprendizaje y la reflexión. El sufrimiento individual y colectivo pareciera ser un acicate que nos muestra el significado de ciertos acontecimientos, más allá de lo intelectual, más allá de la emoción. Ni entender la racionalidad política de una acción militar ni la consternación ante la barbarie parecen suficientes ante tanto dolor y tanta muerte. Para entender cabalmente ciertos acontecimientos se requiere además “comprenderlos en su profundidad”. Esta comprensión está más allá de los conceptos y las emociones e implica una aprehensión que reclama un compromiso integral, pleno de intensidad y radicalidad, una genuina experiencia espiritual.


 
Desde una perspectiva tal, todo lo acontecido en Chile desde 1973 representa una degradación moral que solo puede avergonzar al género humano. El fatídico golpe de Estado protagonizado por Augusto Pinochet ha significado, ni más ni menos, poner en entredicho la “dignidad humana”, violentando los cuerpos y la vida de hombres y mujeres, muchos de ellos, desaparecidos hasta hoy. Los actos inspirados en el fanatismo homicida, en la codicia y el egoísmo solo multiplican el sufrimiento en víctimas y victimarios. La barbarie pervive cuando sigue impune, pues solo la justicia humana puede redimir parcialmente la ignominia.


 
Ningún uniforme es suficiente para ocultar lo que somos. Abusar o asesinar a otro, sea en nombre de cualquier ideología o creencia, es abusar o asesinar a un semejante. Este “saber moral” es aceptado por laicos y creyentes y se inscribe por derecho propio entre los derechos humanos fundamentales: el derecho a la vida. Chile ha debido compartir su tragedia con muchos otros pueblos de la tierra, el momento amargo de su dolorosa degradación. Un dolor que se expresa en miles de torturados, asesinados, desparecidos y en el luto de sus familiares. Un dolor que también se expresa en la vergüenza que ensombrece nuestro país hasta nuestros días, un dolor que se llama impunidad y se llama desigualdad e injusticia.


 
Las nuevas generaciones de chilenos deben aprender a vivir con las cicatrices de un pasado triste y vergonzante. Sin embargo, por lo mismo, se les impone el desafío de restituir la “dignidad” a la vida en nuestra sociedad. La dimensión profunda de nuestra historia, espiritual si se quiere, nos concierne a todos y atañe a nuestra estatura humana. No se trata de una cuestión etérea, lejana y ajena, la “dignidad” se realiza en la vida concreta de los pueblos donde cada individuo encuentra un lugar para su realización. En el presente, los chilenos estamos llamados a construir nuevos horizontes democráticos, inclusivos, participativos, que conjuguen el crecimiento material con el desarrollo moral, dejando atrás la tristeza y el rencor del siglo precedente.


 
3.- Fuerzas Armadas: Tarea Pendiente


 
Democratizar un país consiste en lo fundamental en ajustar las instituciones al amplio tejido social de la nación a la que sirve. En este sentido, se hace indispensable reconfigurar la institucionalidad chilena y eso pasa por una nueva constitución para nuestra república. Este nuevo diseño solo puede emanar de la voluntad soberana de un pueblo, cualquiera sea la forma en que ésta se exprese. Democratizar Chile es poner todas las instituciones de un estado responsable como garantía de una vida digna para hombres, mujeres y niños nacidos en este país, sin importar su condición social, su credo, ideología u origen étnico. En un Chile democrático todos deben encontrar su lugar, sin exclusiones.


 
En ese Chile democrático corresponde abordar el complejo problema de nuestras fuerzas armadas. Hasta el presente, se trata de un tópico que nadie quiere abordar, es un tabú político que los diversos partidos y figuras eluden, ignorando un aspecto fundamental para el presente y el futuro histórico del país. Plantear el problema de una profunda democratización de las fuerzas armadas es políticamente incorrecto, sin embargo, se trata de una cuestión insoslayable en los años venideros. Esto se explica, en parte, en el hecho evidente de que han sido las instituciones castrenses las que han protagonizado una dictadura atroz que nos avergüenza hasta hoy.


 
El papel de las fuerzas armadas en un Chile democrático no puede estar disociado del curso histórico del país en su conjunto. La dictadura de Augusto Pinochet y su constitución de facto politizó en extremo a los institutos armados, llegando al grotesco de asegurar a los comandantes en jefe un sillón parlamentario, formando a generaciones de oficiales en doctrinas foráneas y anti patrióticas de “seguridad nacional”, que conciben a los sectores sociales oprimidos como un “enemigo interno”. Esta profunda distorsión de la herencia de nuestros héroes sigue pesando en los cuarteles, convirtiendo a las fuerzas armadas en verdaderos gendarmes de un Estado policial.


 
El Chile del mañana requiere de unas fuerzas armadas democráticas, garantizando el acceso a sus institutos de todos los jóvenes chilenos sin exclusiones clasistas como acontece en la actualidad. Las instituciones de la defensa nacional requieren recuperar un nuevo sentido de patriotismo, tan profundo como generoso. En tanto instituciones del Estado chileno, no es aceptable que sean convertidas en cotos cerrados donde reina el nepotismo, como una entidad parásita y ajena a los problemas del país. Una democracia robusta no puede desarrollarse mirando al mundo militar como una amenaza presente o futura. Construir una nueva relación con los uniformados en un país democrático es uno de los grandes desafíos de Chile en el presente siglo, una nueva relación que deje atrás la triste historia que ya conocemos.


 
4.- Lecciones de una dictadura


 
Suele acontecer en la historia que tras muchas décadas se vuelve en espiral al mismo punto de partida, pero en un nivel cualitativamente distinto. El caso del golpe de Estado en Chile, pareciera confirmar esta sentencia. Al observar las últimas décadas se constata que las razones profundas que llevaron en su momento, a la elección de Salvador Allende y su singular “vía chilena al socialismo” nunca han desaparecido. El fundamento último de la llamada Unidad Popular fue la aspiración de una parte importante de la población de ver realizadas sus aspiraciones de justicia social frente a una democracia oligárquica por definición desigual y excluyente.


 
Si bien el pasado, el presente y el futuro constituyen categorías temporales, lo cierto es que el imaginario histórico y social se define más bien como una “experiencia histórica”, esto es, como un tiempo vivido. En este sentido, todo “ahora”, tal y como nos enseña Benjamin, actualiza su pasado histórico como un “otrora” un presente diferido que adquiere una nueva significación en una circunstancia actual. Ese “otro ahora” no ha desaparecido de la subjetividad colectiva, está allí cristalizado en recuerdos, testimonios, imágenes, en fin, está inscrito simbólicamente como una posibilidad cierta. No se trata desde luego, de reeditar experiencias históricas sino de reconocer en ella su fundamento histórico y moral.
 


Desde esta perspectiva, la superación de la Guerra Fría y su falsa oposición entre un socialismo de cuño soviético o un capitalismo al estilo occidental, torna más nítido el carácter histórico político de la fisura latinoamericana. En efecto, en este “ahora” del siglo actual surge con mayor claridad el imperativo de dejar atrás las formas arcaicas de una democracia oligárquica sedimentada desde los albores de nuestra independencia y cuya expresión más reciente es la constitución de facto impuesta por una dictadura militar.


 
La guerra de Augusto ha sido el intento más acabado de refundar un país, afirmando, al mismo tiempo, su tradición oligárquica. Esta empresa, empero, está llegando a su fin. Como señaló el mismo Allende aquel histórico 11 de septiembre de 1973: “Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. Tales palabras adquieren hoy su sentido más pleno y profundo, pues las nuevas generaciones retoman los pasos de un proceso democrático cuyo sentido es el mismo de hace cuarenta años: el anhelo de una mayor justicia social para las mayorías.


 
Es cierto, otros son los protagonistas, otras las voces. Es cierto, muy diversas las circunstancias del mundo y de nuestro país. Otros los matices de la historia presente, mas los gritos y demandas en las calles nos traen los ecos de ese otrora que reclama su presente. Hay un sutil hilo de seda que atraviesa el tiempo aparente, diríase un mismo espíritu que anima dos épocas separadas por tanto dolor, por tanto silencio. Es la marcha humana de muchedumbres en las calles, hombres, mujeres, niños, construyendo su destino en el océano infinito de tiempo y de historia, su propia historia.


 

Por Álvaro Cuadra , investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS, Chile.

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Jueves, 22 Agosto 2013 15:55

La antiética del estigma

Un nuevo proceso de negociaciones abierto entre Gobierno y un sector de la insurgencia, abre la posibilidad de aclarar una larga historia de violencia y terror. Una oportunidad para superar el estigma con el que se ha marcado, y se continúa señalando, a todo aquel que se opone al poder vigente, pero también para correr el velo sobre el terror de Estado, y el uso de la violencia por parte de su contrario, con sus nefastos efectos sobre la memoria colectiva. Una mirada al pasado con fuerza y retos presentes.

 

Con frecuencia se habla del conflicto armado de la época actual como continuación del que tuvo lugar en la década de los 50 del siglo XX, la llamada Violencia. Sin embargo pocos se ocupan de argumentar en dónde reside esa línea de continuidad. La mayoría se limita a citar el nombre de alguno o, a lo sumo, algunos, de los líderes históricos de la guerrilla de autodefensa de los 50 que murieron de viejos, ostentando títulos como los de "el guerrillero más antiguo" del mundo.

 

Este es un aspecto, pero en verdad, el estigma es el elemento más importante de esa línea de continuidad porque garantiza la renovación permanente de la guerra; tal y como opera hoy en día en Colombia es el resultado de la Inquisición de Laureano Gómez, que veía en judíos y masones a los corruptores de la catolicidad hispanizante y franquista; inmediatamente después Rojas Pinilla pierde el apoyo de los EEUU, en parte a causa de su intento de sumarle al estigma vigente el rasgo del protestantismo: dejó sin embargo para el Frente Nacional el rasgo del comunismo como articulador con la estrategia de guerra fría. Lo que tienen de común denominador esos rasgos del estigma es que aluden a rivales religiosos de la catolicidad y/o son ateos. Pasadas unas décadas se repite este fenómeno con el de terrorismo, aportado por la doctrina Bush, al cual se adhiere Uribe. Como no se construye ni se borra de un día para otro ni constituye un discurso coherente, el estigma no es despreciable.

 

En el 2013

 

El gobierno de Santos estigmatiza a un líder de los campesinos del Catatumbo1, como miembro de las farc; la exigencia de los manifestantes al respecto de las zonas de reserva campesina2, que coincide con la de la insurgencia en la mesa de negociaciones de La Habana, constituiría la prueba. La autonomía necesaria para que la erradicación de cultivos ilícitos no deje a los campesinos en una situación absolutamente precaria3 justifica su resistencia pero al mismo tiempo delata la inmovilidad negociadora del gobierno, propia de su prolongada sumisión en el mismo tema.

 

Pero aunque esto no es poco hay mucho más. Días después, la comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Colombia es amenazada con impedírsele el ejercicio de sus funciones por haber criticado la actuación de la fuerza pública en el Catatumbo; aunque el gobierno parezca retractarse casi de inmediato, prolongándole la autorización para que opere durante un año más, la estigmatización había sido hecha, los medios de comunicación dominantes tuvieron insumos suficientes para hacer la tarea y la opinión que responde al estigma como un reflejo condicionado quedó satisfecha.

 

Otra expresión del mismo fenómeno. Cuando las protestas se extienden a regiones donde no opera la insurgencia armada de izquierda, la estigmatización apela de nuevo a la figura de la infiltración en este caso de políticos del mismo signo; es el caso de los vínculos entre un dirigente gremial de los cafeteros y mineros con un senador del Polo4. Es el estigma elaborado durante el Frente Nacional que sumó a los rasgos precedentes el de que los movimientos sociales tenían que ser "cívicos", es decir apolíticos. Aunque ya se entreveía una negociación con los campesinos del Catatumbo, la secuencia estigmatizante se repite por cuarta vez en menos de un mes: diez heridos y cuatro capturados acusados de formar parte de pertenecer "a las redes de apoyo de las farc"5. Sin embargo el no uso del adjetivo "terrorista" es un indicio de regresión6 al período que va desde el primer intento de negociaciones de paz de Belisario Betancur (1982) hasta el dado en el Caguán (1998), en el que la insurgencia armada era vista como consecuencia de las desigualdades sociales; no se trata de la visión laureanista de que la violencia y la guerra constituirían la marca indeleble del "inepto vulgo". Forma esta de regresión que implica una forma de olvidar.

 

La forma de olvidar que sigue al fin de la violencia de los años 50 es la de una amnistía –por parte del gobierno de Rojas Pinilla– del terrorismo practicado por la para-policía chulavita y respondido en términos similares por la "chusma". A las guerrillas que no se acogen les es retirada su filiación política de conservadores o liberales que hasta entonces la prensa partidista utiliza, para ser renombradas con el apelativo único de "bandoleros", los cuales arrastrarán el peso muerto de la crueldad con la que se había librado la confrontación bipartidista. Es algo similar a lo ocurrido con el cambio, en el pasado reciente, de la denominación de "guerrilla" a la de "terroristas" y actualmente con la sindicación a las farc de crímenes de lesa humanidad. El cambio de nombre y la transferencia7 de los autores es una forma del olvido, la que puede estarse fraguando en la mentalidad de los colombianos, revestida del lenguaje científico propio de la época, el reforzamiento del estigma bajo la forma de un fatalismo del ser colombiano, que permitiría ocultar al sujeto que hay en el perpetrador y resaltar en cambio sus rasgos genéticos o culturales8.

 

La respuesta de la insurgencia de que, empezando por el propio Estado, nadie es inocente9 y por consiguiente sería mejor olvidarse de responsabilidades y culpas, es paradójica porque forma parte de las salidas expres que en otros temas rechaza. La mayor beneficiaria de un examen ético y, por consiguiente, político del conflicto sería la misma insurgencia. Entre otras razones porque el estigma al que ha sido sometida no saldría bien librado en un examen integral y comparativo del conflicto armado, que debe contar con la participación de la academia en esa área de su especialidad que es la precisión conceptual. Sin embargo la academia no pronuncia fallos; con ocasión de otros conflictos la salida ha pasado por autoridades morales como fueron los casos de los tribunales Russell y Sábato.

 

Aportes a la conceptualización

 

La caracterización del otro como encarnación del mal propia del estigma facilita su eliminación sin distinguir entre formas caballerescas o atroces. Forman parte de esas generalizaciones apelativos en boga, como los de víctimas y victimarios, en la medida en que contribuyan a la igualación de conductas y actividades de la guerra. ¿Víctimas de qué? O ¿Cómo fueron victimizad(a)os? No son preguntas de segundo orden. De allí a la afirmación de que "Todos los actores del conflicto armado son iguales porque violan los derechos humanos" no hay sino un paso. De la misma manera el abuso de expresiones, como la de "terrorismo" –nunca fueron rigurosamente definidas por parte de aquellos que la implantaron a nivel imperial ni nacional–, indica que se está en el camino de la construcción del estigma. La precisión de la noción de terrorismo como familiar de la de crueldad, que aquí se intenta parte de la idea de que al ser humano lo aterroriza más una muerte deliberadamente prolongada, llena de dolor por el atropello y el destrozo causados al cuerpo y a la psiquis, sin ninguna compasión y con evidente complacencia por parte de los que la causan, que la muerte misma10.

 

Pareciera que la práctica de la crueldad es una manifestación exclusiva de condiciones psíquicas particulares del victimario, sin embargo tanto criminales seriales como los colectivos requieren de privacidad o dominio territorial. El criminal colectivo de la masacre suele contar con una elaboración también perteneciente a un colectivo a menudo mayoritario, consolidada en el tiempo: el estigma, articulado de esta manera a la crueldad. A veces el estigma se asocia a regímenes de Estado tal y como ocurrió con ocasión de la "solución final" del nazismo o con el terrorismo de Estado de las dictaduras militares del Cono Sur de América en los años 80 del siglo XX. Entre esas dos situaciones tiene ocurrencia la Violencia en Colombia de los años 50, caracterizada como de "frágil legitimidad o debilidad del Estado"11. La inoperancia del estigma constituye la "frágil legitimidad" y la creación de fuerzas armadas paralelas que practican el terror compensan la "debilidad".

 

Ética, guerra y paz

 

Hay analogías bien documentadas entre la mentalidad de los políticos partidarios a ultranza de la solución armada de los años del Frente Nacional, que crearon la denominación de "Repúblicas independientes" para los reductos de autodefensa campesina, y sus pares de hoy en día que esgrimen argumentos similares contra las zonas de reserva campesina12. Si se parte de la idea, tal vez ingenua, de que en la reconstrucción de la verdad histórica del conflicto reside una de las posibilidades de restarle eficacia al dispositivo mortífero del estigma, habría que compensar el déficit que existe en la documentación del campo de los estigmatizados. Desde estudios tempranos como el de "La violencia en Colombia" de Fals Borda, Umaña y el padre Guzmán, hasta otros recién aparecidos, la crueldad impacta con gran intensidad, especialmente a los observadores extranjeros13.

 

Sin embargo el acto cruel por excelencia, la masacre, ha caracterizado a la contrainsurgencia, mientras que el del secuestro lo hace con la insurgencia. Lo dicen las cifras14, como siempre a su manera no necesariamente la mejor. Es así como el concepto más usual de masacre tiene que ver con la cantidad de víctimas, es decir lo objetivo verificable, pero no a los aspectos subjetivos de crueldad y terror. La política de auto restricción de la crueldad tenía un contenido ético concomitante con lo político; en efecto las más conocidas de las guerrillas liberales del Tolima (denominadas por los sobrenombres de sus jefes, Desquite, Sangrenegra) practicaban sistemáticamente la violación de las mujeres del contrario político pero cuando empiezan a hacerlo con las del propio son rechazadas por la población que inicialmente las veía como sus defensoras naturales15.

 

Para entonces ya habían aparecido, en guerrillas y regiones que constituyen el germen de las actuales farc16, restricciones formales ante actos de crueldad A pesar de que amnistía e indulto en la violencia de los 50 se aplicaron a prácticamente todos los contendientes y actos, los decretos 1823 y 2062 de 1954 se preocuparon de excluir para esos efectos a aquellos "cuyos caracteres de atrocidad revelen una extrema insensibilidad moral"17, por lo menos en el papel. No se conocen casos en los que haya sido alguien condenado en virtud de esa excepcionalidad.

 

Sin embargo, dicha salvedad legal es indicativa del consenso ético que, así sea en el papel, siempre ha estado presente en el repudio a la crueldad. Transcurridos 42 años y en un medio geográfico y cultural distante los datos existentes acerca de las violaciones efectuadas por el actor de la guerra (farc) que sigue la línea del de Yacopi y otro relativamente nuevo (eln), sugieren que se ha mantenido una prohibición semejante. El acto del secuestro –que no el de la retención de prisioneros de guerra concepto más apropiado para el caso de militares capturados en combate– merecería ser objeto de un examen igualmente somero al de la masacre, así sea por ser característico de la guerrilla: lo dicen las cifras18. Algunos actos como el de amarrar al secuestrado, parecen estar en la lógica de impedir la fuga pero también en la del castigo cruel. Sin embargo el retorno de secuestrados –bajo poder guerrillero durante diez o más años– evidencia que, a pesar de lo duro de la situación a que fueron sometidos, no se produce en ellos el trauma físico o mental propio de la masacre, la tortura o la violación. Forma parte del secuestro una operación análoga de estigmatización a la de la masacre, que se ve en expresiones consagradas del catecismo de una izquierda rudimentaria como la de prescribir a los nuevos adeptos el "odio de clase".

 

Epílogo

 

La existencia de algunos programas oficiales de memoria histórica –de reciente apertura– parecieran introducir cambios en esta situación pero su impacto no es muy significativo por razones que tienen que ver con el estigma y el miedo que éste remueve. El estigma no se manifiesta exclusivamente al nivel de lo público sino en la ruptura de la tradición oral entre generaciones de la población desplazada y entre ésta y la población receptora. Una salida del tipo Tribunal Rusell o Sábato es digna de consideración. Además es de esperarse que la realidad colombiana cree mecanismos nuevos, que por lo menos nos dejen la ilusión de no repetición.

 

A este último respecto creemos que es el tiempo de abordar por parte de los nietos la historia familiar, hasta la generación de los abuelos, de manera sistemática, es decir desde el sector educativo, como un programa nacional. Constataríamos, sobre todo los habitantes de las ciudades, que la guerra no es una realidad lejana y ajena sino que tarde o temprano atraviesa la historia familiar y personal de la mayoría de los colombianos. Tal vez si esta generación se sensibiliza en ese sentido la siguiente pueda retomar la historia de nuestro doloroso presente.

 

Notas

 

1 http://www.semana.com/nacion/articulo/farc-niegan-infiltracion-catatumbo/350069-3
2 "...nunca se había producido un acuerdo de esta magnitud y mucho menos dando prioridad a la población rural. "Mientras en acuerdos anteriores, se daba prelación a las garantías y los beneficios a los miembros de los grupos armados dispuestos a desmovilizarse." http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/index.php/noticias/1418-ique-tan-importante-es-el-acuerdo-agrario-en-los-dialogos-de-paz
3 Periódico Desde abajo.
4 http://www.semana.com/nacion/articulo/oscar-gutierrez-defiende-acusa-santos/351359-3
5 http://www.elespectador.com/noticias/nacional/protestas-de-mineros-continuan-disturbios-y-detenciones-articulo-437897
6 En el sentido de que se constituye en un retorno a un camino sin salida o con una salida conocida por lo frustrante.
7 Utilizamos la expresión "transferencia" en el sentido psicoanalítico de poner en el otro lo propio.
8 "...los extremos inhumanos a que se llegó en materia de ejercicio de la violencia en periodos y regiones concretas del país, sobre todo, en las coyunturas 1950-1960 y 1990-2000, por ejemplo, sugieren que... debe haber entrado algo "intrínsecamente maligno" capaz de posibilitar esos "productos sociales" tan perversos." Es decir, que estamos ante la posible y "peligrosa" hipótesis de la sociedad colombiana como potencialmente victimaria. http://fundacionecopais.blogspot.com/
9 Es controvertible o susceptible de alguna discusión (el tema de lesa humanidad y el impedimento para participar en política) porque nosotros podríamos decir que la ilegalidad ha capturado al Estado colombiano, entonces no podrían hacer política. http://www.elespectador.com/noticias/paz/el-fiscal-atraviesa-palos-al-proceso-de-paz-ivan-marque-articulo-433677#comments
10 Derrida Jacques. Estados de ánimo del psicoanálisis. Paidós 2000.
11 El texto citado -Bandoleros, gamonales y campesinos. Gonzalo Sánchez, Donny Meertens. p. 9- no alude directamente a la crueldad si se hace a las condiciones generales de existencia del "bandolerismo", particularmente a la búsqueda de dominio territorial.
12 A este respecto el artículo de Héctor-León Moncayo en el Periódico Desde abajo es bastante ilustrativo.
13 "hay una dimensión, dijo, que me impacta: cuando vemos como se atacan los derechos humanos en Colombia, y veo muchos ataques en el nivel mundial, -estuve en Asia, en Palestina, en Africa, en Chechenia, lo que me impacta de la situación colombiana no es solamente la violencia y la pobreza, o los desplazamientos masivos, es la crueldad. (Subrayado nuestro) En Palestina...no se descuartiza la gente". "El Tiempo" a finales del 2009 por Francoise Zimeray, Embajador de Francia. Citado en: http://fundacionecopais.blogspot.com, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
14 "El informe ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y de dignidad, del Grupo de Memoria Histórica, contiene estos y otros datos tan escalofriantes como el que sigue: en las últimas tres décadas se perpetraron 1.982 masacres. En el 59% de los casos los responsables de semejante brutalidad fueron los paramilitares, un 17% correspondió a las gue-rrillas y en el 8% los perpetradores fueron agentes del Estado." http://www.elespectador.com/noticias/temadeldia/220000-colombianos-han-muerto-55-anos-de-violencia-articulo-435591.
15 Bandoleros, gamonales y campesinos. Gonzalo Sánchez, Donny Meertens. p. 19.
16 "Como se han encontrado cadáveres sin orejas, todos deben saber que aquí no se puede hacer lo mismo. Los comandantes de guerrilla darán cuenta, al Comando General de cualquier guerrillero que corte orejas o haga mutilaciones en el cadáver de un hombre enemigo." Yacopí el Comando General del Cuartel de San Luis a la fecha de enero 15 de 1953 Ibíd.
17 Citados en La violencia en Colombia. Germán Guzmán, Orlando Fals, Eduardo Umaña. p. 351.
18 De nuevo las cifras no hablan por sí solas: en efecto el concepto de secuestro se confunde, en Colombia especialmente, pero al parecer en el DIH, con el de los militares puestos en prisión como resultado de un combate o toma de instalaciones. "De los más de 27.000 secuestros perpetrados entre 1970 y 2010, la mayoría fueron realizados por las Farc. ...entre 1996 y 2002 se cometieron 16.040 plagios, de los cuales 8.578 fueron realizados por las farc y los demás por el eln" http://www.elespectador.com/noticias/temadeldia/220000-colombianos-han-muerto-55-anos-de-violencia-articulo-435591

Publicado enEdición 194
Jueves, 22 Agosto 2013 15:01

El estigma de la zona de distensión

El estigma de la zona de distensión

Una correría por una parte de la otra Colombia nos acerca a la realidad que se vive más allá de las grandes centros urbanos, donde los campesinos aún habitan como en la época de la colonia, donde la guerra se manifiesta a diario de diversas manera, donde el coraje se palpa en carne viva, y donde los sueños de paz sí son anhelo ferviente de sus pobladores.

 

Cuando el entonces presidente Pastrana acabó la zona de distención, fue cuestión de horas para que el ejército nacional retomara la extensa región. El país escandalizado por los reportes de los medios de comunicación aplaudió la presencia de los militares, pero ese mismo país nunca supo que pasó inmediatamente después del fracaso de los diálogos de paz del Caguán.

 

Tras más de diez años de lo sucedido, Desde Abajo recorrió parte de ese territorio que un día pretendió ser la zona donde se encubaría la paz que pondría punto final a la guerra que 'desde siempre' ha sacudido al país, habló con los campesinos y dirigentes cívicos que contaron las historias que Colombia nunca conoció.

 

El doctor López, es un veterinario que llegó a la región como todos, abriendo trocha, cuenta como pocos meses después del fracaso de Pastrana, el recién elegido Álvaro Uribe realizó el Consejo Comunitario en la región.

 

Con su voz ronca, el veterinario pidió la palabra y después de concedida dijo: "Presidente, yo le quiero decir que nuestros jóvenes están siendo asesinados. Sus cuerpos aparecen cortados con motosierras a orillas de los ríos, pero nadie sabe por quién. Yo sí sé quién los está asesinando: Sus hombres, los soldados de nuestro país, los están matando".

 

La denuncia dejó en silencio todo el auditorio. Ni el mismo Uribe fue capaz de interrumpirlo. Después levantó su mano y señaló a un hombre de civil que estaba sentado en la mesa directiva, la misma mesa donde se encontraba el Presidente, y dijo: "Ese hombre es John. Es el jefe de los paramilitares de esta región que entró con el ejército y si usted lo hace requisar le encontrará una pistola que esconde en la manga del pantalón, cerca al zapato". Y en efecto, se la encontraron.

 

Antes de terminar su intervención, sentenció: "Señor Presidente, si me pasa algo fueron sus hombres, esos hombres uniformados los que me mataron. Solo les pido que cuando lo hagan le entreguen mi cadáver a mi esposa para que no tenga que sufrir buscándome", entonces un fuerte aplauso estalló en el auditorio y varios campesinos respaldaron con vivas al denunciante.

 

Hoy, el doctor López cuenta esta anécdota con orgullo, como si hubiera vivido casi setenta años para hacerlo. Su acto le refrendó el reconocimiento de un pueblo que siempre lo ha querido.

 

El legendario San Vicente del Caguán

 

Llegar a San Vicente de Caguán no es fácil. Con el derrumbe de la carretera Neiva–Florencia, es obligatorio virar y tomar la trocha que conduce de Neiva a San Vicente. Si esta vía estuviera buena, los transeúntes se economizarían una vuelta de más de seis horas, pero es una trocha digna de la época de Bolívar.

 

De La Chorrera a La Campana, unos 25 kilómetros, nos bloquearon 19 derrumbes. Los campesinos tienen que desmontar las cargas de los carros, pasar el derrumbe como puedan y hacer transbordo al otro lado de la sopa de barro que transitaron, enterrando sus piernas más arriba de las rodillas.

 

Es una zona completamente abandonada por el Estado. No hay riego para los cultivos, ni carreteras, ni puentes no hay nada que recuerde que ese territorio también pertenece a Colombia. Paradójicamente, lo quebrado de la geografía permite todo tipo de cultivos. Desde plátano, arroz o aguacate típico de tierra caliente, hasta verduras de tierra fría, de todo, pero no hay quien compre.

 

Solo se recuerda a que país pertenece esta región por la gran cantidad de militares que se atrincheran sin permiso en las tierras de los campesinos. Su presencia hace parte de la pesadilla que viven los habitantes de esta tierra que un día intentó ser el laboratorio de paz de Colombia.

 

El gusto del comandante de turno

 

El control de los militares es tan marcado que hasta el color de la ropa de los habitantes es controlado por el comandante de turno. Negro, gris, café o carmelito y, por supuesto, verde, todos son prohibidos. Su uso puede generar una grave "equivocación" que le puede costar la vida.

 

Con las primeras sombras de la noche, el tránsito es restringido. Generalmente las seis de la tarde es el límite de tiempo para utilizar las trochas. Una moto que circule después de la hora establecida genera un operativo que se inicia con roquetazos contra las montañas vecinas al sector donde se detectó el transito "ilegal".

 

Una tras otra las explosiones retumban entre las montañas y son seguidas por el eco que agudiza el terror de los habitantes. Después, para completar la escena, varias horas de sobre vuelo de aviones de combaten y, finalmente, el silencio. El amanecer mostrará cuántos morteros impactaron en el ganado que, destrozado, servirá solo como alimento de los chulos. Así trascurren todas las noches.

 

Los derrumbes nos atrasaron en la llegada a San Vicente, así que nos tocó pedir posada en una cabaña cerca de la carretera. "Yo perdí recientemente una marrana que estaba ya a punto de parir y la mejor vaca lechera fue destrozada dos noches después. No pude salvar ni una pierna para comérmela porque los soldados estaban acampados muy cerca de donde explotó el disparo y no me dejaron pasar, pese a ser parte de mi finca", nos comentó el espontaneo samaritano.

 

Entre asombrados y asustados, muy temprano retomamos el camino bloqueado por otros dos derrumbes, tres horas después ingresó el vehículo al legendario San Vicente del Cagúan, que antes de ser la capital de la distensión tenía seis barrios y siete mil habitantes, hoy suman 61 los barrios habitados por sesenta mil personas.

Publicado enEdición 194