Jueves, 14 Marzo 2013 06:35

Recordando con ira

Recordando con ira

El rol del ahora cardenal Bergoglio en la desaparición de sacerdotes y el apoyo a la represión dictatorial es confirmado por cinco nuevos testimonios. Hablan un sacerdote y un ex sacerdote, una teóloga, un seglar de una fraternidad laica que denunció en el Vaticano lo que ocurría en Argentina en 1976, y un laico que fue secuestrado junto con dos sacerdotes que no reaparecieron. La iracunda reacción de Bergoglio atribuye al gobierno el escrutinio de sus actos

 

Cinco nuevos testimonios, ofrecidos en forma espontánea a raíz de la nota "Su pasado lo condena", confirman el rol del ahora cardenal Jorge Bergoglio en la represión del gobierno militar sobre las filas de la Iglesia católica que hoy preside, incluyendo la desaparición de sacerdotes. Quienes hablan son una teóloga que durante décadas enseñó catequesis en colegios del obispado de Morón, el ex superior de una fraternidad sacerdotal que fue diezmada por las desapariciones forzadas, un seglar de la misma fraternidad que denunció los casos al Vaticano, un sacerdote y un laico que fueron secuestrados y torturados.

 

Teóloga con minifalda

 

Dos meses después del golpe militar de 1976, el obispo de Morón, Miguel Raspanti, intentó proteger a los sacerdotes Orlando Yorio y Francisco Jalics porque temía que fueran secuestrados, pero Bergoglio se opuso. Así lo indica la ex profesora de catequesis en colegios de la diócesis de Morón, Marina Rubino, quien en esa época estudiaba teología en el Colegio Máximo de San Miguel, donde vivía Bergoglio. Por esa circunstancia conocía a ambos. Además había sido alumna de Yorio y Jalics y sabía del riesgo que corrían. Marina decidió dar su testimonio luego de leer la nota sobre el libro de descargo de Bergoglio.

 

Marina Rubino vive en Morón desde siempre. En el Colegio del Sagrado Corazón de Castelar daba catequesis a los chicos y formaba a los padres, que le parecía lo más importante. "Una vez por mes nos reuníamos con ellos. Era un trabajo hermoso. Esta experiencia duró quince años". También dio cursos de iniciación bíblica "en todos los lugares no turísticos de la Argentina. Teníamos una publicación, con comentarios a los textos de los domingos, queríamos que las comunidades tuvieran elementos para pensar". Desde que se jubiló da clases de telar, en centros culturales, sociedades de fomento o casas.

 

No quiso ingresar al seminario de Villa Devoto porque no le interesaba la formación tomista, sino la Biblia. En 1972 comenzó a estudiar teología en la Universidad de El Salvador. La carrera se cursaba en el Colegio Máximo de San Miguel. En primer año tuvo como profesor a Francisco Jalics y en segundo a Orlando Yorio. Mientras estudiaba, coordinaba la catequesis en el Colegio del Sagrado Corazón de Castelar, donde también estaba la religiosa francesa Léonie Duquet. "Eran tiempos difíciles. Por hacer en el colegio una opción por los pobres tomándonos en serio el Concilio Vaticano II y la reunión del Celam en Medellín perdimos la mitad del alumnado. Pero mantuvimos esa opción y seguimos formando personas más abiertas a la realidad y al compromiso con los más necesitados, sosteniendo que la fe tiene que fortalecer estas actitudes y no las contrarias." El obispo era Miguel Raspanti, quien entonces tenía 68 años y había sido ordenado en 1957, en los últimos años del reinado de Pío XII. Era un hombre bien intencionado que hizo todos los esfuerzos por adaptarse a los cambios del Concilio, en el que participó. Después del cordobazo de 1969 repudió las estructuras injustas del capitalismo e instó al compromiso con "la liberación de nuestros hermanos necesitados". Pero el problema más grave que pudo identificar en Morón fue el aumento de los impuestos al pequeño comerciante y al propietario de la clase media. "Muchas veces hubo que discutir y sostener estas opciones en el obispado, y monseñor Raspanti solía terminar las entrevistas diciéndonos que si creíamos que había que hacer tal o cual cosa, si estábamos convencidos, él nos apoyaba", recuerda Marina. Sus palabras son seguidas con atención por su esposo, Pepe Godino, un ex cura de Santa María, Córdoba, que integró el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

 

Marina cursaba teología en San Miguel de 8:30 a 12:30. No le habían dado la beca porque era mujer, pero como era la coordinadora de catequesis en un colegio del obispado, Raspanti intercedió y obtuvo que una entidad alemana se hiciera cargo del costo de sus estudios. Tampoco le quisieron dar el título cuando se recibió, en 1977. El director del teologado, José Luis Lazzarini, le dijo que había un problema, que no se habían dado cuenta de que era mujer. Marina partió en busca de quien la había recibido al ingresar, el jesuita Víctor Marangoni:

 

–Cuando me viste por primera vez, ¿te diste cuenta o no de que soy mujer?

 

–Sí, claro, ¿por qué? –respondió azorado el vicerrector ante esa tromba en minifalda.

 

–Porque Lazzarini no me quiere dar el título.

 

Marangoni se encargó de reparar ese absurdo. Marina tiene su título, pero nunca se realizó la entrega oficial.

 

La desprotección

 

Un mediodía, al salir de sus cursos, “encuentro a monseñor Raspanti parado en el hall de entrada, solo. No sé por qué lo tenían allí esperando. Estaba muy silencioso; le pregunté si esperaba a alguien y me dijo que sí, que al padre provincial Bergoglio. Tenía el rostro demudado, pálido, creí que estaba descompuesto. Lo saludé, le pregunté si se sentía bien, y lo invité a pasar a un saloncito de los que había junto al hall”.

 

–No, no me siento mal, pero estoy muy preocupado –le respondió Raspanti.

 

Marina dice que tiene una memoria fotográfica de aquel día. Habla con voz calma, pero se advierte el apasionamiento en sus ojos grandes y expresivos. Pepe la mira con ternura.

 

"Me impresionó ver solo a Raspanti, que siempre iba con su secretario", dice. Marina sabía que sus profesores Jalics y Yorio y un tercer jesuita que trabajaba con ella en el colegio de Castelar, Luis Dourron, habían pedido pasar a la diócesis de Morón. Yorio, Jalics, Dourron y Enrique Rastellini, que también era jesuita, vivían en comunidad desde 1970, primero en Ituzaingó y luego en el Barrio Rivadavia, junto a la Gran Villa del Bajo Flores, con conocimiento y aprobación de los sucesivos provinciales de la Compañía de Jesús, Ricardo Dick O’Farrell y Bergoglio. "Le dije que Orlando y Francisco habían sido profesores míos y que Luis trabajaba con nosotros en la diócesis, que eran intachables, que no dudara en recibirlos. Todos estábamos pendientes de que pudieran venir a Morón. Ninguno de los que conocíamos la situación nos oponíamos. Raspanti me dijo que de eso venía a hablar con Bergoglio. A Luis ya lo había recibido, pero necesitaba una carta en la que Bergoglio autorizara el pase de Yorio y Jalics."

 

Marina entendió que era una simple formalidad, pero Raspanti le aclaró que la situación era más complicada. “Con las malas referencias que Bergoglio le había mandado él no podía recibirlos en la diócesis. Estaba muy angustiado porque en ese momento Orlando y Francisco no dependían de ninguna autoridad eclesiástica, y me dijo:

 

–No puedo dejar a dos sacerdotes en esa situación ni puedo recibirlos con el informe que me mandó. Vengo a pedirle que simplemente los autorice y que retire ese informe que decía cosas muy graves.

 

Cualquiera que ayudara a pensar era guerrillero, comenta Marina. Acompañó a su obispo hasta que Bergoglio lo recibió y luego se fue. Al salir vio que tampoco estaba en el estacionamiento el auto de Raspanti. "Debe haber venido en colectivo, para que nadie lo siguiera. Quería que la cosa quedara entre ellos dos. Estaba haciendo lo imposible por darles resguardo."

 

La teóloga agrega que le impresionó la angustia de Raspanti, "que si bien no podía ser calificado de obispo progresista, siempre nos defendió, defendió a los curas cuestionados de la diócesis, se llevaba a dormir a la casa episcopal a los que corrían más riesgo y nunca nos prohibió hacer o decir algo que consideráramos fruto de nuestro compromiso cristiano. Como buen salesiano, se portaba como una gallina clueca con sus curas y sus laicos; cobijaba, cuidaba aunque no estuviera de acuerdo. Eran puntos de vista distintos, pero él sabía escuchar y aceptaba muchas cosas". Uno de esos curas es Luis Piguillem, quien había sido amenazado. Regresaba en bicicleta cuando se topó con un cordón policial que impedía el paso. Insistió en que quería pasar, porque su casa estaba en el barrio, y un policía le dijo:

 

–Vas a tener que esperar, porque estamos haciendo un operativo en la casa del cura.

 

Piguillem dio vuelta con su bicicleta y se alejó sin mirar hacia atrás. De allí fue al obispado de Morón, donde Raspanti le dio refugio. Los militares dijeron que se había escondido bajo las polleras del obispo. Pero no se atrevieron a buscarlo allí.

 

–¿Raspanti era consciente del riesgo que corrían Yorio y Jalics?

 

–Sí. Dijo que tenía miedo de que desaparecieran. No pueden quedar dos sacerdotes en el aire, sin un responsable jerárquico. Pocos días después supimos que se los habían llevado.

 

De Córdoba a Cleveland

 

Otro testimonio recogido a raíz de la publicación del domingo es el del sacerdote Alejandro Dausa, quien el martes 3 de agosto de 1976 fue secuestrado en Córdoba, cuando era seminarista de la Orden de los Misioneros de Nuestra Señora de La Salette. Luego de seis meses, en los que fue torturado por la policía cordobesa en el Departamento de Inteligencia D2, pudo viajar a Estados Unidos, adonde ya había llegado el responsable del seminario, el sacerdote estadunidense James Weeks, por quien se interesó el gobierno de su país. Este año se realizará en Córdoba el juicio por aquel episodio, cuyo principal responsable es el general Luciano Menéndez. Ahora Dausa vive en Bolivia y cuenta que tanto Yorio como Jalics le dijeron que Bergoglio los había entregado.

 

Al llegar a Estados Unidos supo por organismos de derechos humanos que Jalics se encontraba en Cleveland, en casa de una hermana. Dausa y los otros seminaristas, que estaban iniciando el noviciado, lo invitaron a dirigir dos retiros espirituales. Ambos se realizaron en 1977: uno en Altamont (estado de Nueva York) y otro en Ipswich (Massachusetts). Recuerda Dausa: "Como es natural, conversamos sobre los secuestros respectivos; detalles, características, antecedentes, señales previas, personas involucradas, etcétera. En esas conversaciones nos indicó que los había entregado o denunciado Bergoglio".

 

En la década siguiente, Dausa trabajaba como cura en Bolivia y participaba de los retiros anuales de La Salette en Argentina. En uno de ellos los organizadores invitaron a Orlando Yorio, que para esa época trabajaba en Quilmes. "El retiro fue en Carlos Paz, Córdoba, y también en ese caso conversamos sobre la experiencia del secuestro. Orlando indicó lo mismo que Jalics sobre la responsabilidad de Bergoglio."

 

Los asuncionistas

 

Yorio y Jalics fueron secuestrados el 23 de mayo de 1976 y conducidos a la Esma (Escuela de Mecánica de la Armada), donde los interrogó un especialista en asuntos eclesiásticos que conocía la obra teológica de Yorio. En uno de los interrogatorios le preguntó por los seminaristas asuncionistas Carlos Antonio Di Pietro y Raúl Eduardo Rodríguez. Ambos eran compañeros de Marina Rubino en el Teologado de San Miguel y desarrollaban trabajo social en el barrio popular La Manuelita, de San Miguel, donde vivían y atendían la capilla Jesús Obrero. De allí fueron secuestrados 10 días después que los dos jesuitas, el 4 de junio de 1976, y llevados a la misma casa operativa que Yorio y Jalics. A media mañana Di Pietro llamó por teléfono al superior asuncionista Roberto Favre y le preguntó por el sacerdote Jorge Adur, que vivía con ellos en La Manuelita.

 

–Recibimos un telegrama para él y se lo tenemos que entregar –dijo.

 

De ese modo, consiguió que la orden se pusiera en movimiento. El superior Roberto Favre presentó un recurso de hábeas corpus, que no obtuvo respuesta. Adur logró salir del país, con ayuda del nuncio Pio Laghi, y se exilió en Francia. Volvió en forma clandestina en 1980, convertido en capellán del autodenominado Ejército Montonero, y fue detenido-desaparecido en el trayecto a Brasil, donde procuraba entrevistarse con el papa Juan Pablo II. El mismo camino del exilio siguió uno de los detenidos en la razzia del barrio La Manuelita, el entonces estudiante de medicina y hoy médico Lorenzo Riquelme. Cuando recuperó su libertad la Fraternidad de los Hermanitos del Evangelio le dio hospitalidad en su casa porteña de la calle Malabia. En comunicaciones desde Francia con quien era entonces el superior de los Hermanitos del Evangelio, Patrick Rice, Riquelme dijo que quien lo denunció fue un jesuita del Colegio de San Miguel, quien era a la vez capellán del Ejército. Está convencido de que ese sacerdote presenció las torturas que le aplicaron; cree que en Campo de Mayo.

 

El ablande

 

También como consecuencia de la nota del domingo aceptó narrar su conocimiento del caso un fundador de la fraternidad seglar de los Hermanitos del Evangelio Charles de Foucauld, Roberto Scordato. Entre finales de octubre y principios de noviembre de 1976, Scordato se reunió en Roma con el cardenal Eduardo Pironio, quien era prefecto de la Congregación vaticana para los religiosos, y le comunicó el nombre y apellido de un sacerdote de la comunidad jesuita de San Miguel que participaba en las sesiones de tortura en Campo de Mayo, con el rol de "ablandar espiritualmente" a los detenidos. Scordato le pidió que lo transmitiera al superior general Pedro Arrupe, pero ignora el resultado de su gestión, si tuvo alguno. Consultado para esta nota, Rice, quien también fue secuestrado y torturado ese año, dijo que eso no hubiera sido posible sin la aprobación del padre provincial. Rice y Scordato creen que ese jesuita se apellidaba González, pero a 34 años de distancia no lo recuerdan con certeza.

 

Iracundia

 

Como cada vez que su pasado lo alcanza, Bergoglio atribuye la divulgación de sus actos al gobierno nacional. Esta semana reaccionó con furia durante la homilía que pronunció en una misa para estudiantes. En lo que su vocero describió como "un mensaje al poder político", dijo que "no tenemos derecho a cambiarle la identidad y la orientación a la patria", sino "proyectarla hacia el futuro, en una utopía que sea continuidad con lo que nos fue dado", que los chicos no tienen otro horizonte que comprar un papelito de merca en la esquina de la escuela y que los dirigentes procuran trepar, abultar la caja y promover a los amigos. Con este ánimo iracundo inaugurará mañana en San Miguel la primera asamblea plenaria del episcopado de 2010.

 


Por Horacio Verbitsky, periodista del diario Página12, de Argentina.

 

Texto publicado el 18 de abril de 2010

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Lunes, 11 Marzo 2013 06:46

Perdimos nuestro mejor amigo

Perdimos nuestro mejor amigo

El 5 de marzo, en horas de la tarde, falleció el mejor amigo que tuvo el pueblo cubano a lo largo de su historia. Una llamada por vía satelital comunicó la amarga noticia. El significado de la frase empleada era inconfundible. Aunque conocíamos el estado crítico de su salud, la noticia nos golpeó con fuerza. Recordaba las veces que bromeó conmigo diciendo que cuando ambos concluyéramos nuestra tarea revolucionaria, me invitaría a pasear por el río Arauca en territorio venezolano, que le hacía recordar el descanso que nunca tuvo.


 
Nos cabe el honor de haber compartido con el líder bolivariano los mismos ideales de justicia social y de apoyo a los explotados. Los pobres son los pobres en cualquier parte del mundo.


 
“Déme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo.”, proclamó el Héroe Nacional y Apóstol de nuestra independencia, José Martí, un viajero que sin limpiarse el polvo del camino, preguntó donde estaba la estatua de Bolívar.


 
Martí conoció el monstruo porque vivió en sus entrañas. ¿Es posible ignorar las profundas palabras que vertió en carta inconclusa a su amigo Manuel Mercado víspera de su caída en combate?: “…ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas…”.


 
Habían transcurrido entonces 66 años desde que el Libertador Simón Bolívar escribió: “…los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la Libertad”.


 
El 23 de enero de 1959, 22 días después del triunfo revolucionario en Cuba, visité Venezuela para agradecer a su pueblo, y al gobierno que asumió el poder tras la dictadura de Pérez Jiménez, el envío de 150 fusiles a fines de 1958. Dije entonces:


 
“…Venezuela es la patria de El Libertador, donde se concibió la idea de la unión de los pueblos de América. Luego, Venezuela debe ser el país líder de la unión de los pueblos de América; los cubanos respaldamos a nuestros hermanos de Venezuela.


 
“He hablado de estas ideas no porque me mueva ninguna ambición de tipo personal, ni siquiera ambición de gloria, porque, al fin y al cabo, la ambición de gloria no deja de ser una vanidad, y como dijo Martí: ‘Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.’”


 
“Así que, por tanto, al venir a hablarle así al pueblo de Venezuela, lo hago pensando honradamente y hondamente, que si queremos salvar a la América, si queremos salvar la libertad de cada una de nuestras sociedades, que, al fin y al cabo, son parte de una gran sociedad, que es la sociedad de Latinoamérica; si es que queremos salvar la revolución de Cuba, la revolución de Venezuela y la revolución de todos los países de nuestro continente, tenemos que acercarnos y tenemos que respaldarnos sólidamente, porque solos y divididos fracasamos.”


 
¡Eso dije aquel día y hoy, 54 años después, lo ratifico!


 
Debo solo incluir en aquella lista a los demás pueblos del mundo que durante más de medio siglo han sido víctimas de la explotación y el saqueo. Esa fue la lucha de Hugo Chávez.


 
Ni siquiera él mismo sospechaba cuán grande era.


 
¡Hasta la victoria siempre, inolvidable amigo!
 


Fidel Castro Ruz
 
Marzo 11 de 2013
 
12 y 35 a.m.

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Claves y enigmas en el funeral de Caracas

Sus 14 años en el poder no pasaron inadvertidos para el mundo. Y su funeral tampoco. El desfile incesante ante el ataúd de Hugo Chávez y el horizonte electoral, más las presencias internacionales, permiten descubrir datos importantes de la historia de Venezuela y quizás, al margen de simpatías o antipatías, comprender el universo chavista.

 

- Por qué Lula escribió lo que escribió. Desde la muerte de Hugo Chávez salieron dos notas firmadas por Luiz Inácio Lula da Silva. Los lectores de Página/12 conocen una. Fue publicada el viernes en este diario. La otra apareció en las páginas de opinión de The New York Times. El hecho tiene significado político en sí mismo. El líder político del país más importante de Sudamérica y uno de los más populares del mundo eligió explicar a los norteamericanos su valoración sobre Chávez. Para quienes, en general por ignorancia, menemizan a Lula del mismo modo que a Pepe Mujica, y después elogian a un Lula timorato que no existió ni existe, conviene recordar dos datos. Uno, que durante su presidencia y la de Néstor Kirchner, en 2005 la Argentina, Brasil y Venezuela hicieron imposible la formación del ALCA, el Area de Libre Comercio de las Américas. Otro, que el supuesto Lula melindroso, en 2004, expulsó a Larry Rother, el corresponsal del The New York Times en Brasil. Rother lo trataba de alcohólico. En su artículo sobre Chávez, el ex presidente brasileño eligió la “energía sin desmayo” de Chávez en la integración y “su compromiso con las transformaciones sociales necesarias para mejorar la miseria de su pueblo”. Y agregó: “Uno no necesita estar de acuerdo con todo lo que Chávez dijo o hizo. No hace falta negar que fue una figura controvertida, a menudo polarizante, que nunca huyó del debate y para quien ningún tema era tabú. Debo admitir que a menudo sentí que habría sido más prudente que Chávez no hubiera dicho todo lo que hizo. Pero ésa era una característica personal que no debería desacreditar sus méritos”. Hay un párrafo que una figura como Lula no regala a nadie. Cuando afirma que de todos los dirigentes que conoció en su vida, “pocos creyeron tanto en la unidad de nuestro continente y sus diversos pueblos –indígenas, descendientes de europeos o de africanos, inmigrantes recientes– como creía él”. La columna elogia también el espíritu concreto de Chávez. Cita el tratado de la Unasur, la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe, el Banco del Sur y las relaciones más estrechas entre la región y Africa y el mundo árabe. Para Lula, las ideas de Chávez tal vez inspiren a los jóvenes como las de Bolívar inspiraron a Chávez. Pero para que sus sueños no queden en un papel, sus simpatizantes en Venezuela “tienen mucho trabajo por delante para construir y fortalecer las instituciones democráticas”. Es decir, que el sistema político sea “más orgánico y transparente”, “que la participación política sea más accesible”, que se fortalezca el diálogo con los partidos de oposición y que se consoliden los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil. Para no quedarse, tampoco, en los papeles, Lula hizo más por Chávez muerto. Grabó un mensaje televisado de homenaje y viajó con la presidenta Dilma Rousseff a Caracas.

 

- Dilma y Cristina. En un caso el argumento oficial fue la agenda. En otro, la hipotensión. Lo cierto es que Dilma Rousseff y Cristina Fernández de Kirchner fueron las únicas ausencias sudamericanas en el funeral oficial del viernes. El resto se quedó, incluyendo a los afines Rafael Correa y Evo Morales y a los ideológicamente distintos Sebastián Piñera y Juan Manuel Santos. Las especulaciones periodísticas en cada país apuntaron a hipótesis distintas. En el caso de Dilma, a un supuesto disgusto con el embalsamamiento de Chávez y con los detalles de la convocatoria a nuevas elecciones. En el caso de Cristina, a la presunta decisión de no formar parte de la misma foto colectiva con el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad justo después de la promulgación del memorándum de entendimiento con Teherán. Más allá de las especulaciones, Rousseff no le concedió al iraní una entrevista personal en la cumbre de Río+20 de junio de 2012, negativa que fue atribuida por funcionarios brasileños al rechazo de Dilma por violaciones a los derechos humanos en Irán, en especial en la discriminación hacia las mujeres. Y, a la vez, este diario pudo establecer que altos funcionarios de Brasilia continúan la política establecida en su momento por Lula de encuadrar en forma pacífica toda supervisión del programa nuclear iraní, sospechado de planes bélicos. Lula llegó a encarar un diálogo con Irán junto con Turquía como alternativa negociadora a la presión de los Estados Unidos e Israel.

 

- Irán en Venezuela. Convertir el funeral de Chávez protagonizado por los desposeídos venezolanos sólo en un recorte –la presencia en Caracas del negacionista del Holocausto MahmudAhmadinejad– sonaría arbitrario. Pero sería tonto desaprovechar una ocasión para analizar la política iraní hacia América latina. Ahmadinejad besó dos veces el ataúd de Chávez. La segunda vez cerró el puño y lo agitó horizontalmente, como si fuera un símbolo de fuerza. Al menos según los micrófonos de Telesur, y viendo la tele, el presidente iraní fue el más aplaudido cuando el locutor iba nombrando a los presentes en el funeral, acaso seguido por Mujica. En uno de los pocos trabajos argentinos sobre el tema, “Irán en el actual escenario internacional: el ascenso de las relaciones con América latina”, al que puede accederse utilizando la biblioteca virtual de Clacso, la investigadora Mabel Córdoba explica que el fuerte vínculo entre Irán y Venezuela data de los inicios de la Organización de Países Exportadores de Petróleo. En el gobierno del socialdemócrata Rómulo Betancourt Venezuela fue cofundadora de la OPEP junto con Irán, Irak, Kuwait y Arabia Saudita. Era 1960 y gobernaba Irán el sha Reza Pahlevi, soberano-dictador desde que en 1953 fue derrocado el primer ministro Mohamed Mo-ssadegh, un político que irritó a Washington no por su carácter secular sino por haber nacionalizado el petróleo. En 1960 faltaban 19 años para el alzamiento islamista de Ruhollah Khomeini, a quien hoy reivindica Ahmadinejad por su fundamentalismo. Por el lado iraní, el mismo presidente aclaró el objetivo. Palabras de Ahmadinejad que cita Moreno: “En lugar de responder pasivamente hacia el intento de Estados Unidos de aislar a Irán –política y económicamente– y convertirse en el jugador dominante en la región de Medio Oriente, Irán debería movilizarse, agresivamente, en el propio terreno de Estados Unidos como medio para ponerlo nervioso o, al menos, proponérselo”. En cuanto a Venezuela, apuesta a sumar un aliado en su estrategia de confrontar con los Estados Unidos, sobre todo después del golpe contra Chávez de 2002, a pesar de que todavía el mercado norteamericano es el principal destino de su petróleo.

 

- Militares. “Nunca me imaginé que vería generales llorar como chicos cuando pierden a su padre”, dijo Pepe Mujica en Caracas. Las imágenes de estos días mostraron a los generales venezolanos no solo llorando sino aplaudiendo (otra vez Ahmadinejad concentró el mayor entusiasmo), gritando “Alerta que camina/ la idea de Bolívar por América latina”, levantando el puño en alto y abrazando a funcionarios civiles de todo rango y origen. La versión sobre un encontronazo entre Nicolás Maduro y el presidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello, de extracción sindical y política uno, de extracción militar otro, quedó sólo en humo. No solo Cabello respaldó a Maduro como presidente encargado y como candidato del chavismo. También, de entrada, el ministro de Defensa, Diego Molero, dijo que la Fuerza Armada Bolivariana es “antiimperialista, socialista y chavista” y que apoyará a Maduro. El trabajo hacia una mayor cohesión militar lleva once años. Los que pasaron desde el golpe, al final revertido, del empresario Pedro Carmona.

 

- Agradecimientos. Evo Morales dijo a Telesur que “cada vez que había un problema, Chávez llamaba a ver si necesitaba algo”. Mujica dijo que “Chávez fue el presidente que más ayudó a Uruguay”. Cristina Fernández de Kirchner dijo lo mismo. Agregó que lo hizo con la Argentina “mientras otros le soltaban la mano”. Mujica y su ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, que fueron dos de los fundadores de Tupamaros, en la década del ’60, integran el sector del Frente Amplio de mejor relación con el chavismo. Cuando Tabaré Vázquez ganó la primera presidencia del Frente, Chávez protagonizó un gran acto en Montevideo. Luego respaldó a Mujica, pero bajó su perfil público en Uruguay para no agregar un elemento irritativo ante un sector de los votantes justo en medio de una campaña sucia que buscaba presentar a Mujica como un Che Guevara de la Ciudad Vieja.

 

- Cristianismo. Fueron visibles las muestras de religiosidad popular desde el principio de los funerales. Cristo estuvo en boca de muchos de los manifestantes, de los funcionarios y, antes, del propio Chávez. El biógrafo del presidente muerto, Modesto Emilio Guerrero, que acaba de publicar edición actualizada de Chávez, el hombre que desafió a la historia, opina que en Venezuela existe “una religiosidad desaparatizada”, o sea sin peso de la jerarquía de la Iglesia Católica. Aportó un dato: los evangélicos representan más de un millón de votos chavistas. En el oficio interreligioso frente al ataúd de Chávez, el viernes, participó el reverendo Jesse Jackson. Ex precandidato demócrata a la presidencia en 1984 y 1988, militante de los derechos civiles con Martin Luther King en los ’60, Jackson elogió la figura de Chávez y hasta dijo que a los norteamericanos y a los venezolanos los unía el béisbol, la gran pasión de Chávez antes de llegar a la política. Ayer, entrevistado por Telesur, Jackson dijo que el presidente fallecido “dio energía a quien no la podía pagar, comida a los hambrientos y ropa a los desnudos”.

 

- “Maisanta”. Los que creen que Venezuela es sólo Caribe deben haberse llevado una sorpresa con la música tocada en homenaje a Chávez. Fueron melodías llaneras de la sabana de Venezuela, lo más parecido a las pampas rioplatenses. Una de las canciones, que el propio Chávez solía entonar después del recitado, es “Maisanta”. Cualquiera puede verla en YouTube poniendo los nombres correspondientes. Cuenta la historia de Pedro Pérez Delgado, apodado Maisanta, contracción de las palabras madre santa, bisabuelo de Chávez. Según Guerrero, un nieto de Maisanta le regaló el escapulario de su ancestro cuando Chávez estaba preso después de la rebelión de 1992. Llanero opuesto a la aristocracia de Caracas, Maisanta murió asesinado en 1924. Chávez acostumbraba contar que había investigado la vida de Maisanta a través de las tradiciones orales de los llanos. “Porque fue como un Emiliano Zapata, como un Pancho Villa, fueron los últimos de la caballería que salieron lanza en mano, machete en alto, a decir ¡Viva la Patria! Fueron los últimos de a caballo”, escribió en sus textos “Cuentos del arañero”.

 

- Rockero. El presidente encargado y candidato al que Chávez, todavía en vida, señaló como su mejor delfín es una muestra de cómo fue construyéndose el chavismo como movimiento político. Conductor de un metrobús de Caracas, Maduro fue dirigente sindical y luego dirigente político con Chávez. Oscar Laborde, el funcionario de la Cancillería argentina que lo trató mucho en estos años por su tarea en la Representación Especial para la Integración Económica Regional, lo describió como un interlocutor amable y bien formado que suele narrar sus orígenes en el grupo Liga Socialista, que en 2007 se disolvió dentro del chavista Partido Socialista Unificado de Venezuela, y su paso por la música. Lo suyo no era la melodía llanera. Tocaba en el grupo rockero Enigma.


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Cuatro días de despedidas, llanto, reflexión y compromiso

 

Cincuenta y cinco presidentes le rindieron honores de Estado, entre ellos líderes de diferente signo político como Juan Manuel Santos, Sebastián Piñera, Rafael Correa, Raúl Castro y, desde más lejos, el iraní Mahmud Ahmadinejad.

 

Por Mercedes López San Miguel

Desde Caracas

 

Nadie que haya presenciado los funerales de Estado en la capilla ardiente de la Academia Militar puede decir que Hugo Chávez era un líder aislado o que “no tenía una imagen favorable en Latinoamérica”, como tituló ayer el diario opositor El Universal. Cincuenta y cinco presidentes le rindieron honores de Estado, entre ellos, líderes de diferente signo político como Juan Manuel Santos, Sebastián Piñera, Rafael Correa, Raúl Castro y, desde más lejos, el iraní Mahmud Ahmadinejad, al que se lo vio secarse algunas lágrimas y besar el féretro. Hasta el rey Juan Carlos envió a su heredero a la Corona a rendirle un solemne tributo.

 

Nadie que haya visto llegar a Caracas a la presidenta Cristina Fernández, su par uruguayo José Mujica y su mujer Lucía Topolansky, embargados de emoción e impulso, puede decir que sus colegas más cercanos no le pusieron el corazón. Dijo la mandataria argentina: “En esta ocasión, lo mío no es protocolar. No vine a despedir a un presidente sino a un compañero y un amigo”. Durante el velatorio, Mujica se abrazó con fuerza al ataúd y en ese momento no era más que un hombre mayor acongojado.

 

En las palabras de Correa se plasmó el sentimiento de muchos de sus pares. “Venezuela ha perdido a su presidente. América latina, a un líder histórico. Nosotros, a un queridísimo amigo, a un hermano.” En opinión del ex mandatario brasileño Lula da Silva, quien vivía con soltura su amistad con el líder bolivariano: “No basta un siglo para producir un hombre de las cualidades de Chávez”. Lula y Dilma también vinieron a Caracas a despedirse.

 

Pasó por delante del féretro Nidia Díaz, la ex comandante de la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y ahora diputada salvadoreña, el viernes, Día Mundial de la Mujer. Y rescató la política del gobierno de Chávez en favor de la igualdad. “Con la Misión Milagro se ayudó a tratamientos de la vista a los pacientes, siendo que un 70 por ciento eran mujeres. Chávez siempre tenía un enfoque de género –dijo Díaz–. En las políticas públicas y en el trabajo de base social son las mujeres las protagonistas.”

 

Nadie excepto Obama habrá entendido por qué el orador invitado, el reverendo norteamericana Jesse Jackson, usó las mismas dos palabras que usan las embajadas de Estados Unidos para referirse a países con los que mantienen relaciones tensas: transición ordenada. “La transición tiene que ser ordenada; contamos con una gran nación; es lo correcto políticamente.” Claro que el referente en la defensa de los derechos de los afroamericanos también deseó, a través de su fe, que entre Washington y Caracas se tendieran puentes. “Esperamos que podamos avanzar en paz y mejorar los puentes.”

 

Se sabe la relación de complicidad y el mutuo cariño que se tenían Fidel Castro y Hugo Chávez. Vale recordar una anécdota que contó el líder venezolano una vez en su programa, que tanto ilustra ese vínculo. “Lo que me dijo Fidel un día por teléfono:

 

–Chávez, ¿dónde estás tú ahora?

–No, salí a caminar por ahí.

–Ah, bueno, andas por ahí.

Y me dijo para despedirse:

 

–Bueno, yo también ando por aquí y es que tú y yo, Chávez, no somos presidentes, sino somos dos tipos que andamos por ahí.”

 

Nadie, excepto una madre, puede estar en la piel de lo que sintió Elena Frías de Chávez. La madre del presidente no cesaba de llorar durante el funeral. Con frecuencia se colocaba sobre el rostro un pañuelo blanco con el que secaba sus lágrimas. La tristeza de Frías pareció aún más profunda cuando Maduro colocó sobre el féretro la espada de Simón Bolívar.

 

Dijeron que el cuerpo de Chávez va a ser embalsamado, colocado en una urna de cristal y llevado al Museo Histórico Militar, en el popular barrio 23 de Enero, como recordatorio del 4 de febrero de 1992, cuando el grupo de paracaidistas entre los que estaba Chávez tuvo que rendirse ante el frustrado golpe contra Carlos Andrés Pérez.

 

Escribió Chávez desde la cárcel. “Aviones rasantes/centellas enemigas/miles de ojos miran inocentes/niños enjaulados en latas y cartones/ a las faldas de la colina...”

 

Nadie que haya recorrido los kilómetros y kilómetros de fila de personas que fueron a despedirse de su presidente durante los últimos cuatro días y que pasaron hasta 24 horas de espera puede negar que se trata de un fenómeno de masas e histórico como pocos. Hasta hubo quien pasó dos veces a ver el féretro. Era el caso de una mujer de nombre Zulay Pérez. “Nunca será suficiente el esfuerzo que pueda hacer para venir acá. El nos abrió los ojos y hasta descuidó su salud por el amor que le tenía a Venezuela.”

 

Desde el primer día del velatorio quedaba claro que si no lo prolongaban muchísima gente no podría darle el último adiós y se frustrarían por la impotencia. Las vallas casi no podían contener el aluvión rojo y algunos guardias las sostenían haciendo un gran esfuerzo.

 

Por el Paseo de los Próceres, donde se encuentran en lo alto los enormes monumentos de héroes de la patria como Simón Bolívar, resonaron con fuerza bocinas, canciones de Alí Primera y audios con la voz de Chávez cantando o contando un relato. A lo largo de las filas, frases como “lo amo demasiado”, “se me quedó aquí en el pecho”, “siento un vacío muy grande” se mezclaban con sollozos y cánticos y aplausos. El cineasta Carlos Azpurúa lloró como un niño viendo por la pantalla grande los honores que se le rendían al mandatario y cantó el segundo himno venezolano, “Alma llanera”: “Yo nací en esa ribera del Arauca vibrador/soy hermano de la espuma/de las garzas, de las rosas y del sol.”

 

En medio de tantas expresiones de dolor, el diario El Universal especulaba con que el cuerpo de Chávez comenzó a ser preparando para ser embalsamado antes de que lo anunciara Nicolás Maduro, el jueves. Y el otro diario opositor de mayor circulación, El Nacional, decía –citando a O Estado de São Paulo– que Dilma Rousseff habría comentado que Chávez debió haberse tratado en Brasil. Una crítica velada que el periódico hizo a Cuba, país que el líder venezolano eligió desde el comienzo para darle batalla a su enfermedad y que es reconocido mundialmente por su sistema de salud.

 

Nadie que no sea venezolano puede sentir lo que hoy vivencian millones.

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Una noche con Chávez en la Plaza Bolívar

Poco después de que el sol se escurriera por la espalda de los cerros de Caracas, la Plaza Bolívar era ya un pandemónium, un círculo dantesco donde la gente humilde de esta ciudad lloraba a su presidente y exorcizaba la consternación como podía.


 
Todos allí se habían enterado hacía muy poco de la muerte de Hugo Chávez, pero al cerrar la noche nadie podía responder cómo había llegado hasta esa plaza donde un Bolívar de negro cabalga un relincho eterno.
 


Secretamente, este reportero sabía cómo. Los había visto caminar, llegar como autómatas, absortos en el dolor, con el apuro de los que saben que ya no llegarán a tiempo, hablando incoherencias sin parar o silenciosos, sellados como tapias.
 


Pero en la plaza la gente se encontraba con la gente y estando juntos ya era otra cosa. Entonces se ponían a contar cómo los había ayudado Chávez, quien en sus bocas se elevaba a la altura del mismo Bolívar y, luego, crecía y crecía hasta convertirse en el Cristo pequeño que llevan las matronas en su escapulario y los hombres en lo oscuro de sus carteras.


 
“Van a venir 200 años más y ya nosotros no tendremos un hombre como ese”, me dijo Alberto, un negro grande que cuando por fin me presenté como periodista dejó de contarme lo que me estaba contando; o sea, que había salido corriendo del baño con la cabeza y el rostro enjabonado porque eso que le decían, que su “comandante” había muerto, no podía ser.


 
“Ese es el único hombre por el que a Venezuela le dolía el corazón”, confesó cuando ya le daba la espalda y enfilaba hacia la multitud que rodeaba al diputado Freddy Bernal, quien arengaba a cientos de hombres, mujeres y niños.

 


 Allí estaban, rodeando el pedestal de la misma estatua ante la que se inclinó en 1881 José Martí con todo el polvoriento peso de su camino sobre los hombros.


 
Una galería de rostros turbios, una jungla de gemidos, gritos pelados, canciones de lucha y dolor y, solo si uno aguzaba el oído, algún que otro silencio pequeñito, como esos puntos inestables del espacios que en un abrir y cerrar de ojos pueden transportarnos a otra dimensión de este Universo.


 
Chávez estaba en todas las imágenes, pero la gente en la Plaza Bolívar no hacía demasiado caso de las imágenes. Las enseñaban resignados, porque ya es algo natural que uno haga eso, que, por ejemplo, se deje retratar con un afiche de su ídolo.


 
Pero la gente, creo, sospechaba que las imágenes mienten, que las imágenes son solo eso, y que Chávez en realidad andaba con ellos donde no se ve.


 
Tal vez por eso, aquel viejo caminaba en círculos, como buscando una compañía invisible; y aquel levantaba el brazo con la fuerza justa para levantar dos brazos; y aquellos niños sonreían –incluso allí, en ese momento-; y tal vez por eso aquella mujer miraba a la noche como si mirara un par de ojos negros.


 
Cuando dejaba la plaza, pensé que aquello había sido como vivir por una noche la convulsión, la virulencia y la pasión de los años sesenta. Pensé en esa palabra: “Revolución”.


 
Una mujer decía a alguien a través de su móvil: “No es justo, no es justo, no es justo…”.


 
Sobrevino entonces un gesto instintivo, pero, en realidad, este reportero no la fotografió, porque su mal no parecía estar allí, sino en todas partes, y eso es algo que asusta.


 
Por el megáfono seguían gritando una de tantas frases acuñadas en tantas marchas durante los últimos años. La muchedumbre, ya se sabe, devolvía los “Vivas”.
 


Más adelante una señora le decía a quien la escuchara: “Yo sé que donde esté, Dios lo va a recibir bien, porque es el mejor líder del mundo”.

 


Por Jesús Adonis Martínez

6 marzo 2013


 
(Tomado de Prensa Latina)


UNA MULTITUD ACOMPAñO EL CORTEJO FUNEBRE DE CHAVEZ HASTA LA ACADEMIA MILITAR, DONDE ES VELADO

Un río de dolor desbordó el último adiós

 

Familiares de Chávez, los principales dirigentes del gobierno venezolano y dignatarios extranjeros como Evo Morales, José Mujica y Cristina Kirchner se confundieron entre los miles de venezolanos que salieron a dar la despedida.

 

Por Mercedes López San Miguel


Desde Caracas

 

El Paseo de los Próceres de Caracas se colmó de venezolanos y venezolanas de todas las edades que caminaban cantando o en silencio, algunos secándose las lágrimas de sus mejillas, otros gritando “uh, ah, Chávez no se va”, mientras los incesantes bocinazos de fondo de las motos y algunos vehículos pedían el paso hacia la Academia Militar del Fuerte Tiuna, adonde fueron llevados los restos de Hugo Chávez. Puertas adentro de la Academia Militar se celebró una ceremonia religiosa en la que participaron los familiares del presidente venezolano fallecido el martes tras una larga batalla contra el cáncer, acompañados de los principales dirigentes del gobierno, entre ellos, el vicepresidente Nicolás Maduro, el canciller Elías Jaua y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. Estaban allí presentes frente al féretro cubierto por la bandera venezolana la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner –junto a su hermana Giselle–; sus pares de Uruguay y Bolivia, José Mujica y Evo Morales, así como la senadora y esposa de Mujica, Lucía Topolansky.

 

La Academia Militar fue elegida para las exequias porque para Chávez era su segundo hogar. Allí comenzó todo, había dicho el líder venezolano en una entrevista con José Vicente Rangel. El mundo militar, la nostalgia de su pueblo Barinas a sus 17 años, cuando era cadete, sus ascensos, su conciencia del poder. Un lugar que dejó huella en la vida del líder bolivariano. En el salón Simón Bolívar se instaló una capilla ardiente, en donde será velado hasta el funeral de mañana viernes. Durante la ceremonia de ayer en la tarde, Kirchner, Mujica, Morales y Topolansky fueron los primeros en pararse alrededor del féretro como guardia de honor; sus rostros mostraban un absoluto sobrecogimiento. Cuando les tocó el turno a las hijas de Chávez, el aplauso fue prolongado. La Presidenta argentina tenía previsto un encuentro con las hijas de Chávez, María Gabriela, Rosinés y Rosa Virginia, y otros integrantes de la familia del líder venezolano al término de la ceremonia.

 

Afuera, en las inmediaciones, los seguidores del mandatario que gobernó 14 años lo recordaban con el slogan de campaña de octubre pasado: “Chávez corazón del pueblo”, muchos vestidos con remeras y boinas rojas. “¿Eres argentina, no?”, preguntó un hombre de mediana edad que dijo haber llorado desde que supo que Chávez murió. “Tú tienes una tremenda presidenta. Se compara con Eva Perón, ¡nos sentimos argentinos, tú eres venezolana!”, dijo con el ánimo exaltado Joaquín Pineda, un herrero y soldador de Pdvsa, la petrolera venezolana.

 

“¡Arriba Nicolás Maduro, carajo!”, gritó un joven mientras caminaba con paso firme para despedir al mandatario. Antes de su última operación Chávez había señalado al vicepresidente Maduro como su delfín político en caso de que él no siguiera en el poder a causa de su enfermedad. Por el Paseo de los Próceres, la despedida se mezclaba con consignas políticas de campaña, como si entre las muestras de cariño y dolor existiera la conciencia de que el legado del presidente fallecido debía continuar. Parado entre la gente, el joven Irving Berlotti dijo que tras la partida de Chávez, cuando se haga un llamado a elecciones anticipadas, él va a votar por el oficialismo. “Uno va a seguir con la línea que dejó Chávez. Es triste haber perdido un líder a nivel internacional, el presidente que más ha influido en la historia de Venezuela que conocí en mi corta edad”, dijo Irving, de 32 años y empleado administrativo. Maduro, de 50 años, será el candidato oficialista para las elecciones presidenciales que deberán “proceder” en un plazo de 30 días, según indica la Constitución, probablemente contra el líder opositor Henrique Capriles, de 40 años, quien perdió ante Chávez en octubre pasado como líder de la Mesa de la Unidad Democrática.

 

 

A una mujer que esperaba en la fila para poder pasar y decirle adiós a Chávez se le humedecieron los ojos al recordarlo. “Nos duele en el alma que se haya ido. Estoy muy triste”. dijo Rosa Aldana. Y siguió: “Chávez dejó enseñanzas, nos dejó las misiones sociales para ayudar a los pobres, se ocupó de las viviendas. Algunas personas no lo quieren aceptar”. La acompañaba unos pasos atrás su vecina, Sofía Bordones, conmovida. “Siento que es algo demasiado triste. Y espero que el gobierno siga con sus proyectos, con sus misiones”, agregó la empleada de un laboratorio clínico, de 52 años, vestida con una remera roja y una visera al tono.

 

Poco tiempo antes había pasado por ahí el auto con el féretro rodeado de una multitud que lo saludaba. La madre de Chávez, Elena Frías, se apoyaba en él, llorando. Maduro, vestido con una campera deportiva con los colores venezolanos, había participado del cortejo junto al presidente boliviano Evo Morales, ministros y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. La marcha había salido del Hospital Militar, donde estuvo internado Chávez las últimas dos semanas desde que regresó de Cuba y poco a poco las calles se fueron llenando de seguidores. Chávez estuvo en La Habana desde el 9 de diciembre hasta el 18 de febrero, cuando regresó a su país.

 

Un señor de gorra con una V dijo que caminó desde el Hospital Militar porque quería despedir físicamente al comandante. “En mi mente va a estar presente siempre. Tenemos que seguir pá’lante los lineamientos que dejó, sea con Maduro o Diosdado”, dijo Dany Avila, refiriéndose a los dos pesos pesado del chavismo, de quienes se comenta que existe una rivalidad por ganar espacios de poder. De hecho, los medios resaltaron durante el día que no quedaba claro quién asumirá la presidencia hasta que se llame a elecciones. Como no hubo una jura de un nuevo gobierno, los “maduristas” sostienen que este momento forma parte del gobierno anterior y por eso le corresponde al vicepresidente ocupar ese cargo. En cambio, los “cabellistas” afirman que cuando se produce la ausencia absoluta del mandatario en los primeros cuatro años del gobierno, la Carta Magna estipula que es el presidente de la asamblea quien asume.

 

“Si viene otro presidente va a ser Maduro, seguiremos con él”, dijo Aloisa Aldana, ama de casa que apoya al vicepresidente “porque Chávez lo eligió a él”. A la mujer le quedaba un buen rato para poder despedirse de Chávez. Secándose los ojos con un pañuelo, Aloisa dijo que estaba agradecida por las misiones sociales. “Este gobierno me ayudó con la operación de mi nieta y para que pueda comprarle la medicina.” Otros como ella juntaban recuerdos y añoranzas para estar allí presentes. Como un pedacito del poema que escribió Chávez en sus días en la Academia Militar y que una vez leyó en su programa Aló Presidente: “Adelante centauros / al galope con la lanza en alto / hacia el horizonte del siglo XXI”.

 

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Después de Chávez

 Por Juan Gabriel Tokatlian *


Ha muerto una de las personalidades políticas del mundo más singulares e influyentes de comienzos del siglo XXI: Hugo Chávez inauguró un régimen político híbrido en su país, Venezuela, y se proyectó –él y su modelo– mundialmente mediante una estrategia de inusitada visibilidad para un país del Sur. Intentó fundar un nuevo orden hegemónico interno recurriendo a una particular mezcla de nacionalismo, populismo y socialismo que aún debe evaluarse con mejores instrumentos de análisis y cierta mayor ponderación, al tiempo que, con un estilo simultáneamente carismático, mesiánico y provocador logró trascender la política venezolana y convertirse en un punto de referencia obligado en el continente y hasta en algunos temas de la política mundial. La aspiración de cambio que enarboló Chávez y su centralidad casi excluyente en el escenario político de Venezuela hacen que, naturalmente, todo sea frágil después de su muerte.

 

A partir de ahora habrá una transición política en Venezuela. Nada indica que será una transición de sistema (de presidencialismo a parlamentarismo) o de régimen (de autoritarismo a democracia o de democracia a autoritarismo). Tampoco pareciera que se producirá una transición de partido (una coalición hoy oficial sustituida, en lo inmediato, por una futura coalición opositora). Se trata, en esencia, de una transición de mandatarios (Hugo Chávez será sucedido por un nuevo presidente del “chavismo”).

 

 

Sin embargo, el impacto de esa transición supera el nivel personal: la estructura institucional, la política pública, la relación gobierno–oposición y hasta la diplomacia venezolana pueden ingresar en un proceso cambiante y contradictorio de impredecibles consecuencias para el país (y para sus vecinos próximos, aliados políticos y oponentes ideológicos). La experiencia de transición previa que tuvo el país –la de 1958, sellada con el pacto de Punto Fijo– poco tiene que ver con la actual: aquélla representaba la salida del mandato autoritario de Marcos Pérez Jiménez, se firmó entre tres partidos (AD, Copei y URD) democráticos pro-sistema, procuró establecer un gobierno de unidad y asegurar un programa mínimo de gestión. La presente transición no apunta a crear un nuevo régimen, no se da entre partidos relativamente próximos en su orientación, no se guía por la búsqueda de unidad en el manejo del Estado, ni parece dirigida a concertar un programa básico y compartido de gestión gubernamental.

 

No hay en América latina muchas “buenas prácticas” de transición de hombres fuertes que autoproclamaron una revolución para su país; sea ese proyecto revolucionario de corte marxista o nacional popular. En realidad, la disolución (vía golpes de Estado y proscripciones políticas, por ejemplo), la contención (vía estrategias coercitivas especialmente auspiciadas por Washington y acompañadas por algunos países del área, por ejemplo) y la reversión (vía “guerras de baja intensidad” y el despliegue de proxies, por ejemplo) –y no la transición– han sido los esquemas más usuales ante experiencias revolucionarias en la región. Por lo tanto, es importante destacar que Venezuela –los venezolanos– deberá nutrirse de pocas experiencias exitosas fuera del continente y aprender de los fracasos que han afectado por años a algunos países del área.

 

En esa dirección, hay dos planos claves. En el nivel interno, un proceso electoral solo no dirime, per se, la sucesión de un liderazgo revolucionario y su legado. Es indispensable un doble tipo de acuerdo. Por un lado, uno hacia adentro, en el seno del oficialismo (para controlar el alto nivel de faccionalismo imperante) y otro en el seno de la oposición (para que sus expresiones más moderadas y modernas no queden atrapadas por lo más vetusto del bipartidismo convencional). Por otro lado, un acuerdo de garantías para la oposición (para eludir que se torne antisistémica) y para el propio oficialismo (por ejemplo, respecto de la continuidad de ciertas políticas públicas) y el compromiso en torno de unas pocas reglas de juego fundamentales que profundicen y no socaven la democracia. En esta hora y las próximas los tejedores de potenciales compromisos serán más importantes y valiosos que los protagonistas retóricamente más efusivos, ya sea a favor o en contra de Chávez y sus casi tres lustros de gobierno.

 

En el nivel internacional, lo importante es no incidir negativamente en aquella transición (por ejemplo, en el caso de Estados Unidos) y estar dispuesto a facilitar lo que eventualmente pueda pactarse domésticamente (por ejemplo, el aporte de los países de Latinoamérica). En esta dirección, hay que recordar que la incorporación de Venezuela como miembro pleno del Mercosur tuvo menos que ver con el comercio o con una presunta compensación por la suspensión de Paraguay y más con la política y la diplomacia. Lo más probable es que en el cálculo de Argentina y Brasil, principalmente, prevaleciera la idea de prepararse para eludir un eventual clima de descontrol en lo que iba a ser –y hoy ya es– la transición venezolana. Si se produjera allí una situación turbulenta e inmanejable o un quiebre del orden democrático o una reversa revanchista del actual proyecto político, el problema para Sudamérica será monumental. Si, por otro lado, se asentara un “chavismo sin Chávez” aun más radicalizado o se manifestara una pugna feroz en el corazón del chavismo haciendo ingobernable el país, entonces el problema para la región sería igualmente grave. Si Buenos Aires y Brasilia quisieron que Caracas estuviera en el Mercosur, éste es el momento para, con discreción y realismo, contribuir a que Venezuela viva una transición efectivamente incruenta y potencialmente positiva.

 

En realidad, para los venezolanos de uno y otro bando y para los actores externos próximos o distantes, aliados u oponentes de Caracas, ésta debiera ser la coyuntura de la mesura y la sindéresis.

 

* Director del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella.

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Jueves, 28 Febrero 2013 06:26

La Justicia en su laberinto

La Justicia en su laberinto

La Suprema Corte de Justicia de Uruguay acaba de consolidar la consagración de la impunidad para los peores criminales de lesa humanidad de la historia moderna de ese país.

 

El proceso que ha llevado a este resultado es claro.

 

Un primer paso consistió en la decisión de trasladar a la Dra. Mariana Mota al ámbito de lo civil, desafectándola de su titularidad en el Juzgado Penal. La Dra. Mota tenía en su sede más de cincuenta causas referidas a las gravísimas violaciones a los derechos humanos durante el período del terrorismo de Estado en los años ’70. El Estado y el propio Poder Judicial pusieron toda clase de obstáculos a sus investigaciones, además de cuestionar su compromiso con la lucha por la vigencia de los derechos humanos, cuando deberían ser su principal garante. Con esta medida, la Corte de Justicia confirmó la ausencia de justicia que víctimas, allegados y la sociedad toda viene padeciendo desde hace décadas. Al mismo tiempo, la Corte uruguaya ignoró la sentencia pronunciada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso Gelman vs. Uruguay, además de cuestionar la independencia del Poder Judicial.

 

En línea con el mismo propósito o resultado, la Suprema Corte acaba de declarar inconstitucional la recientemente promulgada ley interpretativa que intentaba superar la llamada “ley de Caducidad” que desde 1986 impide el proceso de todos los autores de crímenes amparados por la pasada dictadura militar. Esta ley fue declarada inconstitucional por la misma Corte años atrás.

 

El argumento sobre el cual se basó esta nueva decisión radica en que no se puede aplicar una ley de forma retroactiva, cosa que sí realiza la propia ley de Caducidad. Se ha argumentado que la retroactividad se aplica sólo cuando la ley beneficia al reo. No es posible condenar retroactivamente a alguien por algo que hizo cuando en su momento no era definido como delito. No obstante, la ley de Caducidad es retroactiva desde el momento en que contradice las leyes que regían cuando se cometieron los delitos.

 

En otro momento, la misma Corte Suprema de Justicia de Uruguay define las violaciones cometidas en una dictadura y con la complicidad del Estado de la época como “delitos comunes”. Lo cual automáticamente transforma un delito de lesa humanidad en una causa prescriptible. No obstante, estos “delitos comunes” fueron cancelados, precisamente, por una ley promulgada para proteger a un grupo específico de criminales, la ley de Caducidad de 1986. Ni siquiera se otorgó un perdón a reos condenados por sus crímenes: el Estado renunció a someterlos a investigación y a juicio.

 

No obstante, más allá de una disputa técnica y sobre la filosofía que rige y cambia cada cierto tiempo las obviedades jurídicas, nuestro reclamo se basa en valores más universales y permanentes, como lo son la garantía de los derechos individuales más básicos, como la integridad física, la libertad y la reparación moral.

 

Por lo expuesto, como intelectuales y trabajadores de la cultura y el conocimiento, repudiamos estas decisiones de la SCJ y exigimos el fin de la impunidad y la condena de todos los criminales del terrorismo de Estado en Uruguay.

 

Todo Estado y toda institución de cualquier país existen para proteger la integridad física y moral, el derecho a la libertad y la verdad de cada uno de sus ciudadanos. Nunca al revés. Aceptar la violación de uno solo de los derechos humanos contra uno solo de los ciudadanos de un país con la complicidad del Estado o de alguna de sus instituciones, afecta y lesiona la legitimidad de todo el Estado.

 

Rechazamos cualquiera de las excusas que niegan el derecho a la justicia y la verdad. Sin verdad no hay paz; sin justicia no hay democracia.

 

Los derechos humanos no se mendigan. Se exigen.

 


 Por Emilio Cafassi, Eduardo Galeano, Juan Gelman y Jorge Majfud

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Jueves, 21 Febrero 2013 07:04

La masacre de Santa Bárbara, Antioquia

La masacre de Santa Bárbara, Antioquia

En la historia colombiana del siglo XX se presentaron muchas huelgas en diversos sectores de la actividad económica. Algunas de esas huelgas terminaron en forma sangrienta, debido a la represión a que fueron sometidas por el Estado. Esta pauta se había iniciado en el país desde finales de la década de 1910, cuando fueron reprimidas las huelgas de los puertos de la Costa Atlántica, con un saldo trágico de varios obreros muertos. Después, en numerosas ocasiones, fueron abaleados por las tropas oficiales los huelguistas que realizaban movimientos reivindicativos de protesta laboral.

 

Durante el Frente Nacional (1958-1974) se acentuó esta tendencia represiva del Estado colombiano para impedir la protesta de los trabajadores y sabotear o terminar de manera abrupta con las huelgas. Eso sucedió con los trabajadores de Rio Paila en 1959 que fueron tiroteados por el Ejército, lo que causó dos muertos y numerosos heridos. Lo mismo aconteció en Puente Rojo, en el Valle del Cauca, cuando el 26 de agosto de 1962 fueron masacrados 11 trabajadores por parte del ejército, que atacó a mansalva una pacífica reunión que había sido convocada por la Federación de Trabajadores del Valle (FEDETAV). En el mismo sentido, el 23 de febrero de 1963 en la pequeña población de Santa Bárbara, Antioquia, el Estado colombiano masacró a trabajadores, campesinos y habitantes de ese municipio, que participaban en la huelga de Cementos El Cairo. Sea esta una ocasión propicia para describir y analizar estos acontecimientos, como se hace en este artículo.

 

La huelga

 

El municipio de Santa Bárbara se encuentra situado en el flanco Occidental de la Cordillera Central, en el suroeste antioqueño, a 57 kilómetros de distancia de Medellín. La fábrica de Cementos El Cairo está localizada a 13 kilómetros de la población de Santa Bárbara, en la depresión formada por el río Buey y la quebrada Sabaletas. En 1963 laboraban en esta planta de cementos 230 trabajadores de planta, 221 de los cuales estaban organizados en un sindicato (SINTRACAIRO), afiliado a la Federación de Trabajadores de Antioquia (FEDETA).

 

Ante la difícil situación económica que afrontaba el país y que afectaba de manera directa a los trabajadores por la galopante inflación y el deterioro del poder adquisitivo de sus salarios, Sintracairo presentó un pliego de peticiones en el mes de octubre de 1962. En ese pliego se solicitaba aumento general de salarios, prima de vacaciones, auxilio escolar, servicio médico y odontológico, préstamos para adquisición de vivienda, mejoras en la calidad del servicio en el casino, remuneración de dominicales y festivos trabajados, entre otros aspectos. La Empresa dilató las discusiones del pliego por varios meses, y no atendió la mayor parte de las solicitudes del Sindicato, en especial las relativas a aumento salarial. Por esta circunstancia, los trabajadores se fueron a la huelga, que se inició el 23 de enero de 1963.

 

Desde un principio, la empresa saboteó la huelga con el fomento de los esquiroles y rompehuelgas. Para sabotear la huelga, la empresa continuaba movilizando cemento y clinker –materia prima del cemento- desde la factoría de El Cairo hacia la fábrica de Cementos Argos en Medellín, como si no existiera un cese legal de actividades. Su acción de rompehuelgas se vio facilitada por el respaldo del gobernador Fernando Gómez Martínez y por la activa participación de las Fuerzas Militares en el transporte del cemento. Esto, obviamente, desencadenó la protesta de los obreros de El Cairo, quienes a los pocos días de iniciada la huelga instalaron una carpa en la carretera central, con el fin de oponerse a la maniobra patronal.

 

Los trabajadores comenzaron el saboteo activo a las volquetas que transportaban cemento o clinker hacia Medellín obstaculizando la vía entre El Cairo y Santa Bárbara, con el uso de tachuelas y lanzándoles piedras. Este mecanismo de resistencia se aplicó hasta que los choferes de las volquetas se vieron presionados a entregar los vehículos a la empresa para evitar problemas con los huelguistas, quedando temporalmente suspendido el suministro de la mercancía.

 

El sábado fatal

 

Tras quedar paralizado totalmente el transporte de materia prima para la fábrica de cementos Argos, el 22 de febrero el Gobernador del Departamento, Fernando Gómez Martínez, dio a conocer la determinación de transportar cemento y clinker “costara lo que costara”, aunque fuera necesario pasar por encima de los cadáveres de los trabajadores.

 


En las horas de la tarde de ese viernes 22 de febrero, el sindicato convocó a una Asamblea Extraordinaria en las carpas de la huelga, para presentar una propuesta de los inspectores de trabajo en materia salarial, que no satisfizo a los trabajadores porque no tenía en cuenta las solicitudes del pliego de peticiones. En esa misma reunión, el Inspector del Trabajo comunicó a los obreros que se había ordenado a la empresa que cancelara los salarios que adeudaba a sus trabajadores, según la Ley primera de 1963, con retroactividad al primero de enero.

 

Por esa razón, el sábado 23 de febrero de 1963 desde tempranas horas los trabajadores se congregaron en las carpas de la huelga para esperar el pago del salario adeudado. En efecto, el pago se efectuaría, pero no en dinero, sino con plomo y metralla, como una respuesta represiva y cobarde para los obreros y el pueblo de Santa Bárbara.

 

A las 9 de la mañana de ese fatídico sábado 23 de febrero de 1963 se trasladaron al municipio de Santa Bárbara el comando del Batallón Girardot, un pelotón de la Compañía Militar y dos pelotones de la compañía B que estaban en guarnición, con el fin de transportar el cemento de la fábrica El Cairo hasta la ciudad de Medellín. A las diez y media de la mañana, la caravana pasó por el sitio donde estaban los integrantes de la huelga, en las afueras de la población de Santa Bárbara, quienes manifestaron que permitirían el paso de los carros que fueran a traer el cemento, pero que no los dejarían regresar. La caravana atravesó el lugar en donde se encontraban los huelguistas y ningún carro fue apedreado. Tan pronto llegaron las volquetas a las instalaciones de la empresa se inició la carga del material, labor que fue asumida por algunos esquiroles y por los soldados del ejército nacional siguiendo las órdenes de sus superiores.

 


Mientras tanto, los obreros decidieron bloquear la carretera central en el punto donde se encontraba la carpa obrera, en inmediaciones del municipio de Santa Bárbara, en cercanías a la bomba de Gasolina Codi. El bloqueo de esa carretera fue hecho por grupos de obreros que se acostaron sobre el pavimento, una estrategia que en semanas anteriores funcionó para impedir la salida de las volquetas de la fábrica.

 

A las 4 de la tarde partió la caravana de 40 volquetas con cemento y clinker, desde las instalaciones de la fábrica con rumbo a la ciudad de Medellín. En esa caravana se encontraban volquetas, con placa oficial, pertenecientes al Municipio de Medellín, y volquetas particulares conducidas por esquiroles, escoltadas por más de 100 efectivos del ejército, que se habían desplegado para que trasladaran el cargamento. La caravana se ubicó aproximadamente a unos 300 metros antes de llegar al sitio donde se encontraban los huelguistas, muchos familiares de los trabajadores, algunos campesinos, mujeres, niños, curiosos y toda clase de personas del pueblo de Santa Bárbara, que se habían congregado en este lugar, pendientes del paso de las volquetas. Miembros del ejército empezaban a tomar posiciones estratégicas a lado y lado de la carretera y el Coronel Valencia Paredes exigió a los huelguistas que se dispersaran para dar paso a la caravana que prácticamente llevaba todas las existencias de clinker que se encontraban en las instalaciones de Cementos El Cairo.

 

Ante la negativa de los obreros, el oficial se comunicó con el gobernador Gómez Martínez, quien le respondió tajantemente: “‘¡Hombre, coronel, si no es capaz de pasar ese cemento, véngase inmediatamente que yo mando a otro!’”. Al mismo tiempo, los militares comenzaron a insultar a los trabajadores, diciéndoles que si no despejaban la carretera serían despedidos y que tenía más valor el clinker que todos los huelguistas allí presentes. Ante la provocación, los obreros lanzaron también gritos ofensivos y desafiantes contra los militares y se proveyeron de piedras, canecas llenas de agua y toallas, e intentaron desinflar las llantas de las volquetas; los ánimos y el espíritu de lucha de los obreros se exasperaban ante la actitud amenazadora y de rompehuelgas asumida por el ejército.

 

Cuando, el reloj señalaba las 4 y 45 de la tarde, el comando del Batallón emitió la siguiente orden: “dispersión con gases”. Enseguida, el Capitán Álvaro Guzmán Bastidas y el Teniente Víctor J. Jaramillo, avanzaron con los soldados, carretera arriba y llegaron a la bomba de gasolina Codi, (propiedad de Raúl Moreno, administrador de la fábrica Cementos El Cairo). Desde allí se produjo la primera descarga de gases sobre la multitud y un pelotón del ejército empezó a capturar a los dirigentes de la huelga. Ante la arremetida de las Fuerzas Armadas, la multitud respondió con una nutrida lluvia de piedras, los únicos objetos con que contaba para defenderse. Había confusión y miedo y, ante los ataques aleves de la tropa, la gente se cubría la cara con toallas y pañuelos húmedos. Los huelguistas intentaban repeler la embestida de las fuerzas militares e impedir el paso de las volquetas.

 

En forma inesperada, el ejército empezó a disparar balas de pistola, de ametralladora y de fusil dirigidos a mansalva y a sangre fría contra los inermes trabajadores y contra la multitud presente en el lugar, Ante la agresión violenta e indiscriminada de las fuerzas represivas, la multitud comenzó a correr, unos hacia los cafetales aledaños a la carretera, otros hacia las casas vecinas en busca de refugio. En las ventanas del hospital que daban a la bomba se hallaban varios médicos, que alcanzaron a tomar algunas fotos del accionar represivo de la tropa. Tan pronto los miembros del ejército se percataron de las cámaras dispararon hacia el hospital y enviaron soldados a arrebatarles los rollos fotográficos. A las 5:15 de la tarde se observaban los primeros heridos y varios muertos y el ejército continuaba la inmisericorde persecución contra los obreros y los habitantes de Santa Bárbara trataban de huir del lugar de la masacre.

 

El Teniente Víctor J. Jaramillo, al frente de un pelotón de soldados, cruzaba por un callejón que unía la calle de la casa de Luis Eduardo Zapata con la Bomba Codi, para continuar la persecución de los huelguistas. Allí después de recibir varias descargas de fusiles y pistolas, cayó muerta con un impacto de bala en su cabeza la niña de 10 años María Edilma Zapata, quien huía aterrorizada por la balacera que el ejército desplegaba contra los trabajadores. Esta niña era hija del obrero y sindicalista de la fábrica Cementos El Cairo, Luis Eduardo Zapata, quien había sido detenido esa mañana en desarrollo de uno de los primeros altercados ocurridos en la carpa de los obreros. La persecución prosiguió. El ejército empezó a allanar domicilios, en busca de los obreros, mientras otros pelotones de soldados se dispersaban por el hospital, el camino del Cauca, los cafetales, los almendros y el llano, continuando con la masacre. Los obreros estaban acorralados y muchos habían sido concentrados por el ejército en las carpas de la huelga.

 

Otros muertos y heridos se encontraban en cercanías de la bomba de gasolina Codi, enfrente y diagonal al Hospital Santa María, en el cafetal, y en las calles del barrio obrero, denominado Los Almendros. La masacre finalizó a las 5:30 pm aproximadamente. A las 6 de la tarde, cuando la noche comenzaba a caer, los comandantes del operativo dieron la orden de pasar las volquetas con el clinker, cuando todavía estaba fresca la sangre de los obreros cementeros que habían sido masacrados. Sin embargo, el cobarde ataque del ejército sobre la población de Santa Bárbara se extendió hasta las 7 de la noche cuando se decretó el toque de queda. Entre las 6 y las 7 de la noche los militares patrullaban las calles de Santa Bárbara, allanaban casas y capturaban a los líderes de la huelga.

 

En Santa Bárbara unas 80 personas fueron privadas de su libertad y en varios vehículos fueron trasladadas al Batallón Girardot. Incluso, el ejército empleó un bus de color rojo, propiedad de Cementos El Cairo, para transportar a los detenidos. Se capturaba en forma indiscriminada a todos los habitantes de Santa Bárbara. El balance final de ese trágico sábado 23 de febrero de 1963 fue terrible: 12 muertos, más de cien heridos y decenas de detenidos.

 

Los responsables y la impunidad

 

A las ocho de la noche de ese sábado sangriento, la gobernación de Antioquia negó que en Santa Bárbara haya habido una masacre y expidió un comunicado en el que aseguraba que el ejército “fue atacado sorpresivamente en un punto vecino a Santa Bárbara. El ataque se hizo desde los barrancos de la carretera, desde los cafetales, y desde la misma vía y en él se usaron revólveres, fusiles, armas automáticas y piedras. Las Fuerzas Armadas repelieron el ataque y del choque resultaron tres sub-oficiales heridos con bala, ocho soldados con piedra, ocho muertos civiles, entre ellos una niña que recibió una pedrada, y numerosos heridos más”.

 

Así se fraguaban las mentiras oficiales para justificar la masacre y responsabilizar a los trabajadores de una supuesta emboscada al ejército. Era también el comienzo de la impunidad, como producto de la cual los responsables directos de la masacre se presentaban como defensores de la patria contra los “embates del comunismo internacional”. Entre esos responsables se encuentran el gobernador de Antioquia, Fernando Gómez Martínez, dueño de El Colombiano, un periódico desde donde se calumnió a los huelguistas; los militares, que cumplieron el papel de rompehuelgas y accionaron sus armas contra pacíficos habitantes de Santa Bárbara; Belisario Betancur, Ministro de Trabajo, quien respaldó a la empresa cementera; Eduardo Uribe Botero, Ministro de Gobierno y accionista de Cementos El Cairo; las camarillas sindicales de la UTC y la CTC, por su complicidad directa con la política antiobrera del Frente Nacional…

 

El crimen cometido por estos personajes quedó en la impunidad absoluta puesto que la “exhaustiva investigación” que se realizó los declaró inocentes y como compensación por sus “múltiples servicios a la patria” (es decir al capitalismo criollo) fueron premiados con altos cargos en la administración pública, tales como embajadores en Washington, Ministros y uno de ellos alcanzó la Presidencia de la República, y fue responsable directo en la masacre del Palacio de Justicia en 1985.

 

La pregunta final es obvia: ¿podía haber investigación imparcial en el proceso de Santa Bárbara bajo un régimen antidemocrático, excluyente, represivo y anticomunista que observaba cualquier protesta social como una acción subversiva contra el Estado? Evidentemente no, la investigación fue toda una farsa y nunca se condenó a los responsables de la masacre. Más exactamente, nunca se realizó una investigación de verdad, sino un simple simulacro, por lo demás propio de un país de leguleyos santanderistas.

 

Con en este caso se comprueba que los actos judiciales no pueden convertirse en veredictos de tipo histórico, porque como lo ha dicho Carlo Ginzburg: “Un historiador tiene el derecho de percibir un problema allí donde un juez decidiría un ‘no ha lugar a proceder’”.

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Sábado, 16 Febrero 2013 07:15

¿El viejo Club inmortal de la Serpiente?

¿El viejo Club inmortal de la Serpiente?

Este febrero se cumple medio siglo de la aparición de Rayuela, publicada en Buenos Aires por la Editorial Sudamericana. Julio Cortázar, que ya en 2014 alcanzará el siglo, tenía entonces 50 años de edad, con lo que podemos decir que la novela más experimental, novedosa y provocadora que se escribió en los tiempos del boom, fue la obra de un viejo que nunca dejó de crecer, siempre de atrás hacia delante, botando años por el camino, hasta quedarse en una figura de adolescente que se va haciendo niño, como aquel personaje de William Faulkner en Desciende, Moisés.

 

Para los nostálgicos del Club de la Serpiente, que aprendimos en las páginas de Rayuela a despreciar el orden establecido y a ver el mal gusto delictivo que había en apretar el tubo de pasta dentífrica desde abajo, no deja de ser una ofensa el silencio casi completo que se cierne sobre este aniversario. He contado en Internet las referencias que hay sobre artículos de prensa para recordar el fasto, y no pasan de cinco o seis. ¿Será que envejeció Rayuela junto con todos nosotros? Supongo que no, y me consuelo diciendo que a lo mejor se trata más bien de otro clásico olvidado.

 

Extraño los congresos de escritores y especialistas para celebrar el cumpleaños; las ediciones críticas especiales; los suplementos literarios dedicados a examinar la obra, a medir su vigencia, a explorar sus consecuencias en la literatura contemporánea, a indagar entre los escritores jóvenes qué piensan de su atrevido sentido de ruptura; la escritura como una aventura siempre al borde del abismo que es alternancia perturbadora entre lo cómico, la inefable Berthe Trépat, y lo trágico, la muerte del niño Rocamadour en el sórdido amanecer de París, mientras sesiona el Club de la Serpiente, que es una de las escenas sentimentales mejor escritas de nuestra literatura.

 

Lo experimental, lo que parece desmedido porque rompe las reglas o se burla de ellas, se vuelve corriente un día porque ya es clásico y viene a convertirse en un modelo que se cuela de manera imperceptible en la escritura del futuro. Y entonces, apagado el ruido de la novedad de los capítulos intercambiables o suprimibles, el léala como quiera y pueda, lo que queda es la majestad de la prosa, la belleza, en fin, que es la que de verdad hace sobrevivir un libro a través de las edades.

 

“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua….” De los libros inolvidables uno aprende de memoria el primer párrafo, o esa lectura nunca existió, se la llevó el agua del tiempo en su fluir incesante donde tantos libros van a parar a la mar, que es el morir. ¿Encontraría a la Maga? Ese párrafo puede leerse ya, pasado medio siglo, créanme, como el de cualquier otro de los grandes libros que vuelven siempre a la memoria envueltos en su propio resplandor, esas epifanías de la lectura que nos rencuentran con el milagro.


He discutido el tema Cortázar con escritores muy jóvenes que se abren camino en este siglo XXI de tan pocas certezas y demasiadas incertidumbres, y alguno me ha dicho que lo que pasa es que Rayuela fue a mi generación lo que Los detectives salvajes es a las nuevas, una biblia laica de enseñanzas acerca de cómo romper todos los platos de la alacena con el mayor escándalo posible. Puede ser que también sea eso. Pero en la literatura que no perece hay necesariamente bastante más.

 

Rayuela, nuestra biblia de tapas negras, que yo recuerde, no contenía propuestas políticas en aquellos años 60, cuando lo que había era precisamente propuestas políticas, los movimientos de liberación, el fin de los régimenes coloniales, la primavera del 68 en Francia y la masacre de Tlatelolco en México y la lucha por la igualdad racial en Estados Unidos. Pero contenía una propuesta ética, una propuesta para vivir.

 

Enseñaba formas de inconformidad y rebeldía en contra del statu quo. Aquellos despreocupados ácratas, Oliveira a la cabeza, que hablaban de todo y venían de todas partes, entraban por su cuenta en el paisaje de inconformidad general donde Rayuela cabía junto a los ruidos que aún no se apagaban del concierto de Woodstock, los gritos de histeria que recibían a los Beatles en los escenarios, las protestas por la guerra de Vietnam, las marchas encabezadas por Martin Luther King. No eran tiempos de sosiego y Rayuela tampoco era una novela tranquila que se pudiera leer en un par de días y luego meter en un estante y olvidarla.

 

Y entre dictaduras militares y mediocridad cultural, gobiernos corruptos y malos escritores, opresión económica y opresión cultural, no había diferencias perceptibles para quienes velábamos nuestras armas entonces. Y Rayuela ofrecía reglas útiles para quienes en aquellos años fervorosos empezábamos a la vez el camino de la acción política y el de la acción literaria. Entre ambos, no podíamos percibir muchas diferencias; desde luego que la palabra compromiso y la palabras causa hacían de la acción política y de la acción literaria una sola acción.

 

Cortázar colocó cargas de dinamita en toda aquella armazón fosilizada. Y no era solamente un asunto de melenas largas, alpargatas, y boinas de fieltro con una estrella solitaria. Todos queríamos ser cronopios, nos burlábamos de los esperanzas y repudiábamos a los famas. Y a los cronopios tocaba intentar las revoluciones, en nuestras propias vidas y en la vida de todo lo que nos rodeaba.

 

Un libro de iniciación que igual que su autor seguirá botando años por el camino. Sólo hay que leerlo, o volver a leerlo empezando, eso sí, por el primer capítulo. Allí comienza su eternidad.

 

Masatepe, enero 2013.

 

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Sábado, 02 Febrero 2013 07:35

El “Nise Wieder”, el “Nunca má

El “Nise Wieder”, el “Nunca má

Alemania acaba de recordar, con dolor y vergüenza, dos acontecimientos trágicos de su reciente pasado. Los ochenta años de la asunción de Hitler al poder y los setenta años de la trágica derrota de la batalla de Stalingrado, donde el ejército germano fue aniquilado por el llamado Ejército Rojo de los soviéticos, en la cual fueron muertos doscientos mil soldados alemanes y otros cien mil cayeron prisioneros. De ellos –al fin de la guerra– volvieron a su país apenas seis mil sobrevivientes.

En los dos actos se recordó a las víctimas del racismo y la asunción inexplicable de ese personaje llamado Hitler y su conjunto de colaboradores, uno más extraño y ridículo que el otro en sus personalidades: Goering, Goebbels, Hess, Himmler...


A Hitler, su pueblo lo llegó a escuchar con devoción. Hoy, aquí, en la misma Alemania, se lo ve como a un personaje increíble, digno de ser una caricatura en una revista de comics. Sí, con su lenguaje a veces trágico, a veces de actor dramático de una comedia de folletines baratos. Un escritor alemán ha calificado la toma del poder por Hitler como una “fantochada” de la Historia, como para no creerlo. Y a Hitler, un “fantoche” de opereta. Mirando a ese personaje en los noticieros de la época, con sus gestos y sus discursos, uno va coincidiendo más y más con ese calificativo de fantoche. Pero, nos preguntamos de nuevo, ¿cómo fue posible que el pueblo alemán aceptara como un arcángel salvador a un personaje con ese lenguaje agresivo e irracional y esos gestos teatrales, nada menos que después de haber tenido la trágica experiencia de la Primera Guerra Mundial, donde habían perdido la vida como ratas miles y miles de sus jóvenes? ¿En la irracional contienda de trincheras entre dos pueblos –Alemania y Francia–, países “occidentales” y “cristianos”, con una experiencia de siglos con respecto a la insuperable crueldad de las guerras? Los dos pueblos habían sido capaces de voltear a sus monarcas absolutistas y proclamar las repúblicas y ahora, Alemania, daba el poder a un personaje que como máximo programa traía el racismo y el nacionalismo a ultranza.


Y aquí viene lo de siempre. El poder económico lo puso en el poder político ante una izquierda fuerte que por el reiterado fracaso de los partidos de la burguesía amenazaba con llegar a ese poder. Se le dio ese poder a Hitler, que lo hizo bien suyo y terminó llevando a su país a la catástrofe más grande de su historia. Eso sí, aquellas empresas del poder económico más importantes de aquella época siguen siendo actualmente las mismas.


Hoy están bien marcados los campos de concentración de Hitler: una realidad, sí, que jamás va a poder superar el pueblo alemán a través de sus generaciones. Ahí están, en la actualidad, los museos de la crueldad, de la irracionalidad más perversa de toda la historia, hoy convertidos en advertencia. Los seres humanos como insectos nocivos de la salud pública en laboratorios de la muerte. Las cámaras de gases. Hay que estar allí. No están ni las lágrimas, ni los ayes, ni los gritos de las madres cuando las separaban de sus hijos, o el silencio de los hombres en ese último momento de perplejidad ante una realidad nunca pensada. Y el personaje ridículo de bigotito cuadrado hablando de la Patria.


Lo que de alguna manera salva al pueblo alemán es que Hitler, mientras hubo elecciones democráticas, nunca obtuvo ni siquiera la mitad más uno de los votos. En las últimas elecciones libres obtuvo el 37,4 por ciento, y luego, ya con el poder, recibió el 42 por ciento del total. No fue poco pero no era la mayoría. Los estados que más apoyaron a Hitler fueron los del sur, los católicos, sobre todo Baviera, especialmente porque la Iglesia Católica apoyó a los nazis. Por ejemplo, siempre se recuerda que a principios de febrero de 1933, para festejar la toma del poder por Hitler, la Iglesia Católica abanderó el interior del templo berlinés de Marienkirche con banderas nazis, y allí el párroco Joachim Hossenfelder agradeció en la misa principal a Dios por haber permitido la llegada de Hitler al poder. El hecho fue reconocido justo el domingo pasado por el obispo católico de Berlín, Markus Dröge, quien señaló: “En ese entonces, el llamado de Jesús al amor entre todos se convirtió justo en lo contrario”. Además, lamentó que la Santa Sede no haya hecho una profunda autocrítica sobre esa conducta amistosa del catolicismo ante el nazismo.


Poco a poco se va llegando a saber por qué tuvieron tan poca o ninguna oposición de las iglesias regímenes de máxima violencia como el nazismo alemán, el fascismo de Mussolini y el régimen de Franco en España.


También ahora, ochenta años después, entre los actos que se acaban de realizar, uno de ellos se llevó a cabo en el monumento que recuerda a los miles de homosexuales asesinados por los nazis durante los doce años de dictadura. Ese lugar se encuentra en el Tiergarten, en Berlín, y al acto concurrieron representantes del gobierno, del Parlamento y de diversos sectores sociales. Distintos oradores relataron el destino de los perseguidos, que fueron detenidos, enviados a campos de concentración y asesinados, la mayoría de ellos en las cámaras de gas. Un crimen atroz y sin ninguna explicación, como los de todo ese régimen. También se llevó a cabo otro acto recordatorio ante el monumento de los gitanos de las minorías de los Sinti y los Roma, exterminados por orden de Hitler.


Pero el acto central se llevó a cabo en el Parlamento Nacional, en el cual se dio lugar como orador central a la escritora judeo-alemana Inge Deutschkorn, quien, niña de once años en 1933, fue perseguida junto a sus padres por los nazis, pero se salvó por la ayuda de veinte familias alemanas no judías que la escondieron durante los doce años de la dictadura nazi. Ella puso de manifiesto además su agradecimiento a todos aquellos alemanes que ayudaron a los perseguidos por el régimen. Y ha escrito un libro sobre esa experiencia, que en la actualidad ha pasado a ser una de las obras más leídas en Alemania.


Un régimen que hasta de los niños hacía sus víctimas. La última dictadura militar argentina también victimizó a los niños de los desaparecidos. Les quitó la identidad.


También se recordó en estos días al 27 de enero de 1945, cuando el ejército soviético liberó el campo de concentración nazi de Auschwitz. Ese día ha pasado a ser el Día del Holocausto. Se calcula que en Auschwitz fueron asesinados por los nazis 1.300.000 seres humanos, la mayoría judíos, provenientes de Alemania, Polonia, Rusia, Rumania y otros países ocupados por las tropas alemanas.


El “Nie Wieder”, el “Nunca más” alemán, ha penetrado profundamente en la sociedad. Se notó en estos días por la concurrencia multitudinaria a los actos de la Memoria contra los crímenes cometidos desde 1933 a 1945. Algo que tienen que tener en cuenta todos los pueblos para así jamás apoyar ni a dictadores ni a políticos que no tienen como principio ineludible la defensa de los derechos humanos, y recordar siempre, todos los años, los actos de salvajismo contra las vidas humanas cometidos desde el poder en la historia del mundo. Dedicar, en ese sentido, museos, monumentos en plazas y exposiciones anuales sobre los crímenes llevados a cabo por el hombre con el hombre. Hacer del “Nie Wieder” alemán y del “Nunca más” argentino una ley universal.

 

Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn, Alemania

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Miércoles, 30 Enero 2013 06:46

Martí y la Revolución Cubana

ALAI AMLATINA, 29/01/2013.- La última semana de enero se conmemorará en La Habana, patrocinado por la Unesco, el 160 aniversario del nacimiento de José Martí, sobre el equilibrio del mundo.

 

La historia de América Latina es rica en líderes sociales que encarnaron, en sus ideas y actitudes, utopías libertarias. Sin embargo son raros los que, si por milagro resucitaran del sepulcro, verían aplicados efectivamente sus sueños y proyectos. Uno de ellos es José Martí, que vería en la Revolución Cubana, que su sacrificio no fue en vano. José Martí murió con las armas en las manos, en 1895, defendiendo la emancipación de Cuba del dominio español.

 

Su lucha echó raíces que florecieron en el proyecto de soberanía y liberación nacionales, con una expresiva resonancia internacionalista, llevado a cabo por el pueblo cubano en las seis últimas décadas, bajo el liderazgo de los hermanos Fidel y Raúl Castro.

 

Gracias a Martí la Revolución Cubana preservó su cubanidad, su originalidad, sin dejarse encorsetar por conceptos dogmáticos, que en otros países socialistas produjeron tan nefastas consecuencias. Martí tenía el don de ser un hombre de acción sin dejar de ser un intelectual refinado, un pragmático y un espiritualista. Nunca perdió el sentido crítico e incluso autocrítico.

 

Martí vivió quince años en los Estados Unidos, en Nueva York, entre 1880 y 1895, cuando allí se estaba gestando una transformación que imprimiría al capitalismo su carácter agresivo. Al mismo tiempo le posibilitó el contacto con lo que había de más avanzado en los pensamientos filosóficos, científicos y espirituales. En la sociedad norteamericana Martí constató lo que significa desarrollo económico centrado en la apropiación privada de la riqueza, indiferente a las reales necesidades humanas, y cómo esa concepción egocéntrica limitaba la vida espiritual

.

El papel de Cuba en el equilibrio de América Latina y el Caribe tiene sus raíces en el siglo 18, cuando, gracias a la influencia del enciclopedismo, la cultura cubana adquirió identidad y expresión. En ese proceso destacaron hombres de profundo sentido espiritual, como el obispo Espada, Félix Varela, Luz y Caballero, para culminar en Martí y en los que él formó, como Enrique José Varona, mentor de los jóvenes universitarios en los comienzos del siglo 20.

 

Lo que marcó la generación de Varela, Luz y a continuación la de Martí fue la capacidad de asimilar las nuevas ideas iluministas sin sacar los pies del suelo latinoamericano y caribeño. Hay un principio de educación popular que se aplica muy bien a esas figuras históricas, y que también explica la originalidad de sus pensamientos: la cabeza piensa donde pisan los pies.

 

En las motivaciones del ideario que los movía estaba el sufrimiento de los pueblos indígenas y de los esclavos, la saña colonialista, la lucha pionera de mi hermano de hábito fray Bartolomé de las Casas, los principios cristianos de la sacralidad radical de cada ser humano, considerado como hijo amado de Dios, independientemente de su clase, etnia o actividad social.

 

La lucha por la libertad y la justicia fue iniciada, en nuestro continente, por los pueblos indígenas. Millones de ellos fueron encarcelados, ahorcados, quemados vivos, decapitados y descuartizados. Tupac Amaru clamó contra la opresión colonialista. Hatuey, líder indígena de Cuba, fue quemado en una hoguera; consta que cuando le preguntaron si quería aceptar la religión de sus verdugos españoles, para de ese modo asegurarse un lugar en el cielo, preguntó si ellos también irían al cielo al morir, y al responderle que sí, Hatuey dijo que entonces no quería estar con ellos en el paraíso… También las mujeres indígenas, como Bartolina Sisa y Micaela Bastidas, lucharon y murieron en defensa de los derechos de sus pueblos.

 

Todos estos antecedentes explican la Revolución Cubana y el por qué ella destaca como factor de resistencia en América Latina. Antes de la victoria en Sierra Maestra nuestro continente era zona de ocupación y extorsión, de explotación y sumisión a los países más poderosos de Occidente. La Revolución Cubana puso un ‘basta ya’ al imperialismo, recató el espíritu de soberanía de los pueblos caribeños y latinoamericanos, despertó la conciencia crítica de nuestra gente, fomentó movimientos libertarios, comprobó que la utopía puede transformarse en topía y que la esperanza nunca es en vano.

 

Cuba venció al colonialismo español eliminando la esclavitud y asegurando su independencia como nación. Con la victoria de la Revolución le impuso límites a la expansión imperialista de los Estados Unidos.

 

Y se dio luego un movimiento de liberación nacional que abrazó el proyecto socialista. Pero el equilibrio se mantiene. Martí no fue remplazado por Marx; la fe religiosa de los cubanos no fue eliminada por el materialismo histórico y dialéctico; el arte no se dejó desvirtuar por los estrechos límites del realismo socialista. Lo que en el pensamiento europeo sonaba como antagónico, acá, en América Latina y el Caribe, se reveló paradójico. Lo que parecía irreconciliable del otro lado del océano acá representa convergencia, como el marxismo privado de dogmas o el cristianismo desprovisto de arrogancia elitista, pero sensible al clamor de los pobres, lo que desembocó en la Teología de la Liberación. (Traducción de J.L.Burguet)

 

Por Frei Betto, escritor, autor de “Conversación sobre la fe y la ciencia”, junto con Marcelo Gleiser, entre otros libros.

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Ríos Montt será procesado por genocidio; histórica decisión judicial en Guatemala

Guatemala, 28 de enero. Un juez guatemalteco resolvió enviar a juicio al ex dictador Efraín Ríos Montt, de 86 años, para enfrentar cargos por el genocidio de poblaciones indígenas durante su régimen (1982-1983), en una decisión calificada de “histórica” por tratarse del primer ex gobernante en ser procesado por este delito en Guatemala.

 

Durante la audiencia en una pequeña sala del juzgado primero B de mayor riesgo de ciudad de Guatemala, abarrotada por familiares de víctimas, activistas y militares retirados que apoyan al ex dictador, el juez Miguel Gálvez determinó que existen fundamentos serios para someter a juicio oral y público a Ríos Montt, quien permaneció ecuánime al escuchar la decisión.

 

Ríos Montt llegó al poder tras un golpe de Estado en 1982. Durante su régimen el ejército aplicó la política de “tierra arrasada” sobre poblaciones indígenas acusadas de colaborar con guerrilleros.

 

En un informe de la Organización de Naciones Unidas de 1999, su régimen fue descrito como “el más violento” en los 36 años de guerra civil guatemalteca (1960-1996).

 


Al finalizar la audiencia, los aplausos en la sala de quienes claman por justicia se desataron ante la molestia de los allegados al militar.

 

El ex dictador está acusado de genocidio por la matanza de alrededor de mil 770 indígenas mayas ixiles ocurrida en el departamento deQuiché, en la etapa más cruenta de la guerra civil guatemalteca que en más de tres décadas dejó unos 200 mil muertos y desaparecidos.

 

En el mismo proceso, el juez Gálvez también decidió abrir juicio por genocidio contra el general retirado José Rodríguez, ex miembro de la cúpula militar de entonces, quien llegó al juzgado en silla de ruedas.

 

Gálvez citó a las partes para comparecer en una audiencia para la aportación de pruebas el próximo 31 de enero. Tras esta audiencia el juez definirá la composición del tribunal que llevará el juicio en un fecha aún por precisarse.

 

El juez dispuso que Ríos Montt permanezca bajo arresto domiciliario y que Rodríguez siga internado en el hospital militar por problemas de salud, a la espera del juicio.

 

Afp y dpa

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