Cabos sueltos en la historia sobre Goulart

Desde Río de Janeiro

 

La Comisión de la Verdad decidió exhumar los restos de João Goulart, el presidente derrocado por un golpe militar el 1964 y que murió exiliado en la provincia argentina de Corrientes el 6 de diciembre de 1976. La familia, que desde 2006 pide reiteradamente que se investigue la verdad de la muerte de Goulart, dice que hay razones consistentes para creer que él fue envenenado. La versión oficial de los peritos argentinos es tan corta como absurda: 'enfermedad'. No aclara qué tipo de enfermedad. Vale recordar que en 1976 Argentina vivía su propio infierno bajo la dictadura de Jorge Rafael Videla, el general genocida. No había razón para tener mayor cuidado a la hora de registrar lo que causó la muerte de un ex presidente constitucional derrocado doce años antes en el vecino Brasil.

 

Goulart era vigilado noche y día por los servicios argentinos, atendiendo a pedidos de sus pares brasileños. Querían saber cada paso del hombre que pretendió impulsar reformas de base en Brasil y terminó barrido por un golpe que entronizó a los militares en el poder a lo largo de una larga noche que duró 21 largos años.

 

Goulart, un progresista que quiso llevar a cabo una reforma agraria profunda, universalizar la educación pública laica y gratuita, estrechar lazos del país con el resto del continente y controlar la ganancia de rapiña de las multinacionales, terminó exiliado primero en Uruguay y, luego del golpe de 1973, buscó abrigo en el interior de Argentina. Heredero de una familia de poderosos hacendados en Brasil, tenía tierras en la provincia de Corrientes.

 

Al decidir abrazar el pedido de los hijos del presidente muerto, la Comisión de la Verdad se lanza en la más importante de sus investigaciones. Hay muchos cables sueltos en esa historia, y ahora surge la posibilidad de aclarar un panorama de tinieblas.

 

Al día siguiente de la muerte de Goulart, el entonces dictador brasileño, general Ernesto Geisel, autorizó que sus restos fuesen sepultados en Brasil, a condición de que no se realizara ninguna autopsia. Empezaron ahí las sospechas: el presidente muerto era uno de los nombres más sonoros en la lista del Plan Cóndor, el macabro operativo que reunía a los servicios de inteligencia de las dictaduras de Chile, Argentina, Paraguay, Bolivia, Uruguay y Brasil para perseguir, reprimir y liquidar opositores en sus territorios. El Cóndor se formalizó en 1975, pero fue a partir del golpe de Argentina, en marzo de 1976, que sus acciones se multiplicaron.

 

En mayo de aquel año fueron secuestrados y muertos en Buenos Aires dos nombres de proa de la resistencia uruguaya, el senador Zelmar Michelini y el diputado Héctor Gutiérrez Ruiz. Los dos fueron sacados de sus habitaciones del hotel Liberty, en plena avenida Corrientes, el mismo en que Goulart se hospedaba cuando iba a la capital argentina. El había salido dos días antes.

 

En junio, el general Juan José Torres, un militar boliviano de espíritu abierto y generoso, un izquierdista que había presidido su país por un corto y esperanzado año –entre octubre de 1970 y agosto de 1971– hasta ser derrocado por el siniestro Hugo Bánzer, fue muerto en la silla de un peluquero de barrio, en una ciudad de provincia, a unos 100 kilómetros de Buenos Aires.

 

En agosto, un dudoso accidente mató, en la ruta que une Río y San Pablo, a Juscelino Kubitschek, un demócrata que presidió Brasil entre 1955 y 1960, creó Brasilia, trajo la industria automovilística al país y era extremamente popular.

 

En septiembre, fue asesinado en Washington el ex canciller de Salvador Allende, Orlando Letelier, voz poderosa e incansable en las denuncias contra las barbaridades de Augusto Pinochet. Y en diciembre murió, también en Argentina y "de enfermedad", Goulart, último presidente constitucional antes de que se implantara la dictadura en Brasil.

 

Esa formidable secuencia de muertes puede sonar a cualquier cosa menos a coincidencia. La eficacia del Plan Cóndor estaba comprobada. Lo que llama la atención en la decisión de exhumar los restos de Goulart es el nuevo rumbo y la clara profundización de los trabajos de la Comisión de la Verdad en Brasil.

 

La iniciativa cuenta con la aprobación de la presidenta Dilma Rousseff, que pasó a exigir más osadía de la Comisión y determinó que se pusieran todos los esfuerzos necesarios para aclarar la participación del país en el Plan Cóndor.

 

Son décadas de indiferencia de la sociedad brasileña sobre su pasado, desde el retorno de la democracia, en 1985. De poco valieron, en ese sentido, los movimientos iniciados en las presidencias de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002) y Lula da Silva (2003-2010), ambos perseguidos por la dictadura.

 

Pues hay señales de que ahora, con Rousseff, la primera mujer que preside el mayor país latinoamericano y que, más que persecución, padeció cárcel y tortura, Brasil buscará la verdad que sigue sepultada en una tierra oscurecida e indigna, la del olvido cobarde y cómodo.

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Ríos Montt, culpable de genocidio y delitos de lesa humanidad

Por haber ordenado, supervisado y permitido la destrucción parcial de un grupo étnico de Guatemala, el pueblo ixil, diezmado hasta en 5.5 por ciento de su población total (mil 771 indígenas) durante los 17 meses que gobernó de facto en 1982 y 1983, el general Efraín Ríos Montt fue declarado culpable de genocidio y violación a los deberes con la humanidad. En total, su sentencia suma 80 años de prisión.

 

Se ordena la inmediata detención por la naturaleza de los delitos y se ordena el ingreso directamente a prisión. Cuando la juez Yasmin Barrios, quien presidió la audiencia, terminó de leer la resolución de los magistrados, en la sala del tribunal primero de alto riesgo de Guatemala, se desató el pandemónium. Las primeras fotografías que empezaron a circular por Internet de la escena muestran a un Ríos Montt que se quita los audífonos, por primera vez sin la máscara de la sonrisa que exhibió a lo largo del juicio, el cual empezó el pasado 19 de marzo, con una mirada de desconcierto.

 

El muro de la impunidad en Guatemala, que padeció un conflicto armado de tres décadas con un registro de más de 200 mil muertes y ningún imputado hasta la fecha, había registrado una visible fractura.

 

Y más aún, en sus conclusiones, la magistrada adelantaba que este episodio, con toda su fuerza histórica, es apenas un primer capítulo. Dijo en el momento climático de su intervención: El reconocimiento del delito de genocidio afecta a todos los guatemaltecos. Al reconocer la verdad ayuda a sanar las heridas del pasado. La aplicación de la justicia es un derecho que asiste a las víctimas. Estos hechos no deben volver a repetirse, porque el pueblo de Guatemala desea vivir en paz.

 

Acto seguido ordenó: El tribunal ordena al Ministerio Público que continúe la investigación en contra de las demás personas que pudieran haber participado en los hechos que se juzgan.

 

Y en ese momento, a casi dos horas de haberse iniciado la sesión final del juicio por genocidio, se soltó el pandemónium en la sala, que había sido abarrotada desde las primeras horas de la mañana. Centenares de indígenas de todas las etnias, activistas de la sociedad civil, defensores de derechos humanos, prensa, cineastas, políticos, diplomáticos y familiares, tanto de las víctimas en los años de la guerra como de los militares juzgados, prefirieron esperar horas dentro de la sala que perder su lugar y su oportunidad de vivir aquellos minutos.

 

¡Cordura, cordura!, pedía la juez. Una nube de periodistas bloqueaba la vista del acusado, quien acababa de ser sentenciado en un proceso judicial de dimensiones históricas. Ríos Montt es el primer ex jefe de Estado sentenciado por genocidio en Latinoamérica. Quizá en el mundo.

 

En la sala, entre el público que se movía agitado, gritaba de júbilo o, en el caso del sector que ocupaban los familiares y simpatizantes de Ríos Montt, proferían amenazas por lo bajo, se escucharon gritos de advertencia: ¡Se va, se fue!

 

La juez Barrios ordenaba: El señor acusado no puede abandonar la sala, sus abogados no pueden llevarse al imputado, sus escoltas no lo pueden sacar de la sala, porque la sentencia es en firme.

 

Acto seguido, la juez pidió que se llamara de inmediato a la comisaría de la policía más cercana para que se trasladaran de inmediato a la torre de tribunales para detener al general imputado de genocidio. Y ante la insistencia de la defensa de desacatar la orden judicial y sacar del lugar al atarantado militar, la juez tuvo que recurrir a una advertencia: Señores abogados, no obstruyan la acción de la justicia.

 

La escena, que se transmitió completa en los canales livestream de Internet que pusieron a disposición de los navegantes de todo el mundo las organizaciones querellantes, mostraba de manera sorprendente la fragilidad del sistema judicial del país centroamericano. La juez, ya con visos de desesperación ante la debacle que se anticipaba, pedía por el micrófono el auxilio de los integrantes de la Procuraduría de Derechos Humanos, ya que los elementos de seguridad del órgano judicial se habían hecho invisibles. Que hagan una valla para evitar que se vaya, hay que evitar una posible fuga. Nadie se lo puede llevar, que los agentes de seguridad controle las dos entradas, clamaba la juez.

 

Yasmin Barrios, presidenta del tribunal primero A de mayor riesgo, quien presidió la audienciaFoto Xinhua

 

Y a la prensa hiperactiva, que contribuía al caos, le pedía: Háganse para atrás, porque el acusado necesita aire para respirar.

 

Minutos después se recuperaba el control. La Policía Nacional ingresó al recinto y escoltó al general declarado culpable de genocidio hacia las patrullas que le esperaban en la calle. Y a bordo de una, en medio de un convoy con las sirenas abiertas, se lo llevaron. Preso, hacia el cuartel de Matamoros. Antes, Ríos Montt logró lanzar un par de declaraciones. Dijo que apelaría la sentencia y que todo era una farsa internacional.

 

Así, la sala se fue vaciando. Primero fueron desalojados los familiares y simpatizantes de Ríos Montt, del general José Mauricio Rodríguez, ex jefe de inteligencia militar, coacusado y absuelto en esta misma sesión, empujado en su silla de ruedas. Luego salieron los asistentes que acudieron en apoyo del Ministerio Público y a la parte querellante. Pero antes de que los indígenas salieran de la sala, sin gritos, bajando la cabeza, pronunciaron al unísono: "¡Tantixh! (gracias, en ixil). Desde la tribuna, la juez les envió un emocionado abrazo.

 

La sesión había iniciado a las cuatro de la tarde, cuando los ministros Barrios, Patricia Bustamante y Pablo Xitimul ingresaron a la atiborrada sala del tribunal.

 

Acto seguido la juez hizo un apretado repaso, que le tomó cerca de dos horas, de los peritajes presentados por los querellantes, sobrevivientes de las masacres en los municipios de Santa María Nebaj, San Gaspar Chajul y San Juan Cotzal en los 17 meses que gobernó Ríos Montt a principios de los 80.

 

Al efectuar el análisis doctrinario del delito de genocidio y confrontarlo con la prueba producida en el debate, con lo dicho por los hombres y las mujeres ixiles de la región, se comprobó hasta la saciedad que eran comunidades civiles dedicadas a la agricultura. Quedó comprobado en forma objetiva que la población del grupo ixil en las aldeas fue objeto de asesinatos, masacres, torturas, degradación, violaciones masivas, desplazamiento forzoso, traslado de niños de un grupo a otro. Los juzgadores estamos totalmente convencidos de la intención de la destrucción física del grupo ixil. Se produjeron delitos constitutivos del genocidio.

 

Para esta conclusión fue fundamental el análisis especializado de los planes operativos generados durante el régimen de Ríos Montt, el Plan Victoria 82, los planes Firmexza 82 y 83 y el Plan Operativo Sofía.

 

Según el perito Rodolfo Robles Espinosa, que analizó los documentos militares, el alto mando, ente éste Ríos Montt, tuvo el dominio del hecho y podían detener los ataques a la población civil de sus subordinados. El Estado avaló la existencia del enemigo interno, existiendo operaciones de combate, planificación y control. Demostró la responsabilidad del jefe de la organización.

 

Por lo tanto, concluyeron los juzgadores, el acusado tuvo conocimiento de todo lo que estaba ocurriendo y no lo detuvo, a pesar de tener el poder de evitar su perpetración.

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Lunes, 06 Mayo 2013 06:12

El secuestro que falló por el lujo

El Achille Lauro era un crucero italiano salido del infierno. Bautizado en honor al presidente de la compañía que llegó a ser su propietaria, el barco –su quilla fue levantada en 1939– sufrió una explosión a bordo en 1965, se incendió en 1972, chocó con un carguero en 1975 y volvió a incendiarse en 1981.

 

Luego, en octubre de 1985, cuando se dirigía al puerto israelí de Ashdod con más de 400 vacacionistas y tripulantes a bordo, fue secuestrado por cuatro palestinos armados cuyo propósito inicial era abrir fuego sobre soldados israelíes al tocar tierra.

 

El plan salió horriblemente mal. Frente a la costa de Siria los asaltantes perdieron los estribos con quien menos se hubiera imaginado: un anciano pensionista judío estadunidense condenado a una silla de ruedas, Leon Klinghoffer. Uno de ellos lo mató de dos disparos y ordenó a la tripulación tirarlo por la borda con todo y silla.

 

Cuando el Achille Lauro arribó a Puerto Said y los hombres armados se rindieron por órdenes del líder del Frente de Liberación de Palestina, Abu Abbas, al cual pertenecían, yo estaba junto con muchos otros periodistas en el muelle. Vimos algo horripilante: la sangre de Klinghoffer aún manchaba el costado del barco.

 

Fue una tragedia, dijeron los palestinos, pero ¿acaso los israelíes no habían enviado a su milicia libanesa asesina a los campos de Sabra y Chatila, tres años antes, en una "operación" en la que hasta mil 700 palestinos fueron masacrados? No era un paralelismo que el mundo estuviera dispuesto a aceptar. El cruel asesinato de Leon Klinghoffer indignó hasta a naciones que habían tratado de apoyar la causa palestina.

 

En torno al secuestro se tejieron muchas historias míticas. Pero ahora la viuda de Abu Abbas, Reem Nimer, ha escrito su propio relato, próximo a publicarse, de la vida de su marido y del ataque al Achille Lauro. Mujer tan leal a la causa palestina que alguna vez trató de vengar la "traición" del régimen de Assad a los palestinos volando en pedazos el ministerio sirio de defensa, en Damasco –proeza que los rebeldes anti Assad repitieron en forma más espectacular el año pasado–, Nimer revela en su relato nuevos e intrigantes detalles acerca de la travesía fatal del Achille Lauro, y no sólo porque uno de los secuestradores, Bassam Ashkar –quien supuestamente entrenó más tarde a los rebeldes que atacaban a las fuerzas de ocupación estadunidenses en Irak– le dio su propia versión de la historia en Beirut.

 

En ese tiempo Ashkar tenía apenas 17 años. Abu Abbas concibió el secuestro al contemplar el puerto de Argel. Quedó impactado por lo fácil que sería atacar Israel por mar, más que desde Líbano, Siria o Jordania, y envió a los cuatro palestinos a hacer dos travesías de entrenamiento en el crucero en el curso de 11 meses. Reem Nimer nada sabía de los planes; sólo se dio cuenta de la participación de su esposo al ver un folleto promocional de los cruceros del Achille Lauro en el departamento donde vivían, en Túnez.

 

Según la investigación de Nimer, y su entrevista con Ashkar el año pasado, los cuatro hombres se disfrazaron de pasajeros latinoamericanos ricos. Lejos de "sorprender" a los secuestradores, los tripulantes fueron alertados por el olor de gasolina en el barco. “Antes de abordar –escribe Nimer en el manuscrito que me dio hace unos días–, las armas estaban escondidas en el tanque de un automóvil estacionado en territorio italiano. Olían a gasolina, y eso levantó sospechas entre los encargados del mantenimiento. Los cuatro jóvenes palestinos, que sufrían por el mismo olor dentro de sus camarotes, sacaron las armas para secarlas con una secadora de pelo.”

 

Los tripulantes abrieron la puerta no porque sospecharan, sino porque querían dar fruta de cortesía a los pasajeros. Descubiertos con sus armas, éstos decidieron de inmediato secuestrar el barco.

 

Abu Abbas dijo más tarde a su esposa que su intención era “llevar a cabo una operación honorable contra el ejército israelí… quería que llegaran a Ashdod, no que lucharan contra los pasajeros a bordo”. Más tarde les gritó a los cuatro: "¿Por qué demonios arreglaron las armas sin echar cerrojo a la puerta primero?"

 

Pero Reem Nimer tiene otra explicación. “Los jóvenes se acobardaron cuando llegó la hora de morir. Venían de los campamentos palestinos de Jordania y Siria, y nunca en la vida habían visto nada tan lujoso como lo que experimentaron en el Achille Lauro... De la noche a la mañana, esos chicos de la calle se veían tomando champán en fiestas al lado de la alberca, rodeados de hermosas italianas en bikini. Antes… siempre habían sonreído a la muerte, pues nunca vieron un día de confort en su vida… (Ahora), comenzaron a entender que había lujos de los que nunca supieron. De pronto la vida comenzó a tener un significado dulce.”

 

Hoy eso no importa mucho. Cuando juntaron a los pasajeros, "Klinghoffer hizo tanto ruido a bordo que les metió un susto tremendo a los atacantes. Entraron en pánico, lo mataron y lo arrojaron por la borda".

 

Es una frase incómoda. ¿En verdad los palestinos estaban "muertos de miedo" (sic) por un anciano discapacitado?

 

Fue un acto despreciable que no sólo indignó a Occidente –la familia de la víctima demandó a la OLP por millones de dólares–, sino que, según Abbas, "fue un desastre financiero y político para la causa palestina". Ese crimen lo persiguió por el resto de sus días. Y cuando murió bajo custodia estadunidense, en un campo de prisioneros de Bagdad, luego de la invasión de 2003 a Irak, todo lo que el mundo recordó de Abbas fue a un inválido llamado Leon Klinghoffer. A nadie le interesó saber cómo fue que un hombre al parecer saludable murió en manos estadunidenses.

 

El Achille Lauro continuó haciendo travesías sin pena ni gloria, y en 1994 volvió a incendiarse frente a la costa de Somalia. Esta vez se hundió para siempre bajo las olas.

 

Traducción: Jorge Anaya

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Lunes, 06 Mayo 2013 05:59

El vocero

El vocero

El punto es que todos cantemos, insiste Pete Seeger, trovador que se ha dedicado durante siete décadas a dar voz a todos, especialmente a eso que está a la vista pero relegado a la invisibilidad: la lucha por la dignidad del pueblo estadunidense.

 

Sus conciertos nunca se tratan de él, sino de todos los que están ahí; el coro colectivo es, para él, expresión esencial de la solidaridad humana. Siempre invita a cantar a todos: "la participación, de eso se trata todo mi trabajo", dijo.

 

Y esa solidaridad nace del amor y la ira contra toda injusticia: "si quieres tener un gran amor, tienes que tener mucha ira", canta en Carta a Eva, que acaba: "Eva, ve a decirle a Adán, tenemos que construir un jardín para todos los hijos de Dios".

 

Seeger cumplió 94 años el pasado 3 de mayo. Ha sido participante y acompañante musical de los grandes movimientos sociales de este país, los laborales y la lucha antifascista de los 30 y los 40, blanco del macartismo en los 50, en las luchas por los derechos civiles en los 60, y continúa en estas últimas décadas en el movimiento ambientalista, contras las intervenciones estadunidenses en América Latina, en los movimientos contra las guerras y hasta en el movimiento Ocupa Wall Street.

 

El mayor impulsor de la música folk en el último siglo, inspirado por su amigo y mentor Woody Guthrie, ha grabado más de 60 discos, incluidos varios para niños; ha enfrentado a golpeadores y sufrido persecuciones que intentaron callarlo, ha enseñado a generaciones cómo tocar el banjo (su libro didáctico es considerado el mejor para aprender ese instrumento) y ha sido inspiración para músicos de todo tipo, desde Bob Dylan hasta Bruce Springsteen.

 

También ha sido condecorado con los Honores del Centro Kennedy (por el entonces presidente Bill Clinton), la Medalla Presidencial de las Artes, un Grammy por su carrera, como tantas más aquí y en el extranjero, por ejemplo la Medalla Félix Varela de Cuba, y hasta ha sido incluido en el Salón de la Fama del Rock & Roll, donde fue presentado por Harry Belafonte y Arlo Guthrie, el hijo de Woody.

 

Su banjo tiene un lema: "esta máquina rodea al odio y lo obliga a rendirse".

 

"La música puede distraerte un rato de tus penas, la música puede consolarte de tus penas, la música puede expresar tus penas, y, a veces, la música puede hacer algo para superar tus penas", afirmó una vez Seeger.

 

Cuando cumplió 90 años, más de 40 artistas famosos (Dave Matthews, Joan Baez, Tom Morello...) festejaron el cumpleaños con un magno concierto en Madison Square Garden. Ahí estaba Springsteen, quien declaró: "No se vayan con la finta: se ve así como si fuera tu abuelito, pero sólo si tu abuelito te puede partir la madre. Él canta en la voz del pueblo" y "apuñala con un cuchillo las falsas ilusiones de nuestro país", pero mientras "revela sus grandes fracasos, también festeja a sus mejores ángeles".

 

Hijo de un profesor de música y de una violinista de concierto, fue un ratito a Harvard pero se hartó y se fue a viajar por todo Estados Unidos con un musicólogo que rescataba las canciones populares del sureste del país.

 

Su carrera musical exitosa como integrante de The Weavers fue interrumpida por el macartismo. Obligado a presentarse ante los comités anticomunistas del Congreso, fue uno de los pocos que rehusaron invocar una ley para protegerse, y simplemente rehusó responder al interrogatorio sobre si era miembro o aliado del Partido Comunista; en lugar de eso, los acusó de violar principios democráticos como la libertad de expresión. Como resultado, en 1961 fue legalmente declarado en desacato del Congreso y un tribunal federal ordenó su encarcelamiento, y en prisión ofreció tal vez la primera y única conferencia de prensa musical en la historia para comentar su caso. En 1962 su condena fue revocada, pero durante todo ese tiempo y más Seeger, como tantos más, fue colocado en las listas negras y ya no podía presentarse, ni sus canciones, en radio, televisión o conciertos.

 

Fue en esos años cuando participó en el creciente movimiento de los derechos civiles encabezado por el reverendo Martín Luther King Jr. Él, con otros músicos reunidos en el Highlander Center, compuso una nueva versión de una antigua canción de gospel que se convirtió en el himno del movimiento: We Shall Overcome. En 1963 cantó ante el Monumento a Lincoln en la famosa marcha del reverendo King en Washington, donde ofreció su discurso "Yo tengo un sueño".

 

El 20 de enero de 2009, 46 años más tarde, de nuevo estaba ante ese mismo monumento, esta vez como invitado al concierto oficial de celebración por el primer presidente afroestadunidense. Junto a Bruce Springsteen cantó, frente a Obama, This Land is My Land, de su amigo Woody Guthrie, con los versos originales y subversivos que casi siempre se dejan fuera, como éste: “Al caminar/había un anuncio ahí/De un lado decía ‘propiedad privada’/pero del otro no decía nada/Ese lado esta hecho para ti y para mí”.

 

A finales de los 60 impulsó lo que se ha convertido en una de las iniciativas ambientalistas más famosas de este país que aún prospera. Por medio de conciertos, siempre acompañado, recaudó fondos para construir un buque velero como los que existían en el siglo XIX y desde entonces el Clearwater viaja por el río Hudson con el objetivo de limpiar uno de los ríos más majestuosos y más contaminados. Más de 40 años después, esa iniciativa ha ayudado recuperar la vida acuática en ese río.

 

En su versión de la Oda a la Alegría, tocada en su banjo, pone nueva letra: “Ninguno dejará al otro caerse… todos para uno, uno para todos”.

 

Es el vocero del otro Estados Unidos

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Sábado, 27 Abril 2013 06:43

Por qué sí hubo genocidio en Guatemala

Por qué sí hubo genocidio en Guatemala

El histórico juicio por genocidio contra Efraín Ríos Montt y Mauricio Rodríguez Sánchez como máximos responsables de masacres atroces fuesuspendido, hasta que la Corte de Constitucionalidad dictamine el camino a seguir. Hemos escuchado, por conducto de más de 100 testigos y víctimas, vejaciones que estremecerían al mismo Himmler. Sin embargo, una vez más, a parte de la sociedad guatemalteca, la urbana, letrada e instruida, aquella que escribe en la prensa diaria, estos hechos la dejan indiferente.

 

La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 define como genocidio “cualquier acto perpetrado con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal”. Sus debilidades y ambigüedades han sido debatidas en los últimos años. Sin embargo, por sus características internas, el juicio se realiza por las leyes nacionales y el código penal guatemalteco, en el que la definición es: “Comete delito de genocidio quien con el propósito de destruir total o parcialmente un grupo nacional, étnico o religioso efectuare muerte de miembros de grupo; lesión que afecte gravemente la integridad física o mental de miembros del grupo; sometimiento del grupo o de miembros del mismo a condiciones de existencia que puedan producir su destrucción física total o parcial; desplazamiento compulsivo de niños o adultos del grupo, a otro grupo; medidas destinadas a esterilizar a miembros del grupo o de cualquiera otra manera impedir su reproducción”. (Código Penal. Artículo 376).

 

He participado en el juicio aportando pruebas para demostrar por qué sí hubo genocidio en Guatemala. Resulta una evidencia, a la luz de los hechos y por los testimonios escuchados, así como por lo que se deduce de los planes elaborados por el ejército –Plan Victoria 82, Firmeza 83, Plan de operaciones Sofía– y las tesis de ascenso escritas por militares, que hubo planes y campañas destinadas a llevar a cabo un aniquilamiento de la guerrilla y de los grupos étnicos que habitaban esa región, con el objetivo de “quitar el agua al pez”, “quitar el mar humano a la guerrilla” o con la frase “cada mazorca es un guerrillero”.

 

Estos proyectos fueron diseñados, planificados y concebidos hasta el detalle desde el alto mando con campañas como la que contempla el Plan Sofía, con el fin de exterminar a los guerrilleros y a la población civil que supuestamente era su base de apoyo. En muchos de los informes del ejército se afirma que hay muy poca presencia guerrillera en determinada zona; no obstante, en la región ixil, denominada por los militares “triángulo Ixil”, se decide hacer una “intervención roja”, acabar con la población civil para “quitar el mar humano a la guerrilla”, “las hojas y raíces al árbol”.

 


La estigmatización de los grupos étnicos como subversivos y comunistas, que convierte a los indígenas en una “amenaza pública”, es una de las razones principales por las cuales se llevó a cabo la aniquilación de un grupo étnico como tal. La construcción histórica del prejuicio contra el indio, primero como haragán, maleante, ladrón; después, en el siglo XIX, como raza inferior, degenerada e irredimible. Cuando estalla el conflicto armado se añaden los tópicos de comunista, subversivo y guerrillero. Es cuando “todos los indios” se conviertan en “amenaza pública”.

 

La ideología racista es uno de los instrumentos para que actos y prácticas de violencia racista se conviertan en genocidio, porque para implementarlo es imprescindible justificarlo y considerar a “ese otro” como genéticamente inferior, un lastre o un obstáculo para el desarrollo.

 

En Guatemala, el racismo es el mecanismo simbólico y justificativo que hace posible que los aparatos ideológicos y represivos del Estado decidan exterminar a unos ciudadanos frente a otros en función de un discurso biológico-racial. El discurso racista justifica sus prácticas y lleva a la eliminación de un grupo étnico al considerarlo inferior, enemigo interno, “prescindible” o no normalizable.

 

El genocidio va dirigido a un grupo étnico, racial o religioso. Durante el conflicto armado se cometieron actos de genocidio contra los ixil, achi, chuj, q’anjobal y k’iché. El proceso de aniquilamiento fue de una violencia letal y continuada, con coordinación y planificación desde el alto mando, cuyo objetivo fue la destrucción total o parcial de un grupo étnico en un área geográfica aislada y cercana adonde estaba la guerrilla, pero que no era zona de combates, la población no era combatiente y estaba desarmada.

 

Es evidente cómo operó el racismo en Guatemala, además de que las condiciones propuestas como presunciones de intencionalidad permiten declarar este juicio por el genocidio contra la población ixil y por crimen de lesa humanidad. Sólo si hacemos justicia podremos cerrar las heridas de una guerra atroz y sin cuartel contra la población desarmada y contra un grupo étnico, y ayudar a que la población sane sus mentes y sus corazones y pueda mirar el futuro con esperanza.

 


Por Marta Elena Casaús Arzú, socióloga y escritora guatemalteca, catedrática de la Universidad Autónoma de Madrid. Presentó el peritaje sobre racismo y genocidio durante el juicio contra los militares Rodríguez Sánchez y Ríos Montt.

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Viernes, 26 Abril 2013 06:24

Ríos Montt en Guatemala

Ríos Montt en Guatemala

Sentado en la sala del Palacio de la Justicia, observando el proceso de Efraín Ríos Montt, el general retirado y presidente de facto 1982-1983, y de su jefe de inteligencia Mauricio Rodríguez Sánchez, acusados de genocidio, es quizás lo más cerca que uno puede estar del “Eichmann en Jerusalén”.

 

No es una comparación directa: el juicio del encargado de organizar el transporte de los judíos a los campos de concentración, realizado en Israel en 1961 (retratado por Hannah Arendt en su Eichmann en Jerusalén, un informe sobre la banalidad del mal, 1963), y el juicio de los militares guatemaltecos que en una campaña contrainsurgente arrasaron con la población civil, no son lo mismo.

 

Los separan las particularidades de los hechos (los guatemaltecos eran más “rústicos”: asesinando en el lugar, abriendo vientres de mujeres y sacando tripas de niños) y sus contextos, pero los unen las dimensiones históricas (es el primer juicio por genocidio en Guatemala tras el conflicto interno 1960-1996, que arrojó unos 200 mil muertos, y el único así del mundo en una corte nacional) y la esencia del delito.

 

Tiene razón Ricardo Falla, antropólogo y jesuita, autor de un libro-denuncia, Masacres en la Selva (1993), que, analizando las bases jurídicas del genocidio (según la ONU) y poniéndolas en el contexto de Guatemala, subraya que el genocidio allí tenía sus propios rasgos: “Sería una trampa ideológica compararlo con el genocidio nazi y concluir que aquí no ocurrió”. Según él, éste se realizó por dos vías: 1) masacres de aldeas y 2) desplazamiento y sometimiento al hambre, enfermedades, etcétera ( Plaza Pública, 19/3/13).

 

La acusación se limita al área ixil en el departamento del Quiché, dónde los asesinatos eran más sistemáticos, revelando una política del Estado (plasmada en los planes militares: Sofía/Victoria 82/Firmeza 83) para exterminar a los mayas-ixiles, considerados un “enemigo interno”, que fueron: 1) masacrados (con saldo de mil 771 muertos), 2) desplazados (unos 30 mil), 3) y los demás recluidos en condiciones de campos de concentración en las “aldeas modelo”.

 

Según la defensa, ex militares y la derecha agrupados en la Asociación de Veteranos Militares (Avemilgua) o en la Fundación contra el Terrorismo, que financió un sintomático panfleto producto de la propaganda de la guerra fría: La farsa del genocidio en Guatemala, una conspiración marxista desde la iglesia católica I-II ( El Periódico, 14 y 21/4/13), se trata de una “fabricación jurídica”.

 

Un buen ejemplo de este negacionismo han sido los testimonios de los testigos de Ríos Montt, que siguieron después de casi 100 víctimas ixiles y peritos que hablaron de masacres, violaciones, torturas, desplazamiento, quema de casas y milpas.

 

Según Alfred Kaltschmitt, ex director de una fundación que gestionaba “proyectos de desarrollo” en el área ixil, miembro de la misma Iglesia del Verbo que Ríos Montt (es interesante cómo los círculos evangélicos y el “desarrollo” se insertaban en la política contrainsurgente), “el ejército protegía y salvaba a los ixiles” (sic), “las aldeas modelo no eran campos de concentración” (sic) y los años 1982-1983 “eran los mejores tiempos del ejército” (¡sic!), versión repetida por otros testigos, curiosamente todos ladinos que se lamentaban por “pobres ixiles manipulados por la guerrilla”...

 


No testificó ningún ixil “salvado” por el ejército: ¿será que –igual que en aquella caricatura de un marine– la mayoría de ellos fue “salvada del comunismo” hasta la muerte? (como apunta Falla, desde el racismo imperante del Estado la población indígena fue considerada “desechable”, con tal de “salvar a la patria del comunismo”).

 

Paradójicamente la negación proviene también de la izquierda que le hace el juego a la derecha y al ejército que cierran filas en torno a Ríos Montt: el documento “Traicionar la paz y dividir a Guatemala”, firmado por intelectuales, ex guerrilleros y negociadores de paz ( Prensa Libre, 16/4/13), no difiere mucho de uno firmado por el presidente, general retirado Otto Pérez Molina ( Prensa Libre, 23/4/13), que durante el proceso fue señalado como participante de matanzas.

 

Todo esto parte de la estrategia mediática para descarrillar el proceso, que consiste en: 1) polarizar a la sociedad en torno al genocidio, 2) asegurar que el proceso corresponde a la “presión internacional”, 3) descalificar a las víctimas, 4) cuestionar la imparcialidad de la corte, 5) afirmar que a los acusados se les negó la defensa, 6) que el fallo ya está emitido 7) y que “atentará contra la paz” y “dividirá el país”.

 

Algo de esto funcionó ya, pues, cuando parecía que ya no le faltaba mucho al juicio, el 18 abril el tribunal de primera instancia anuló todo... Aunque la juez del caso “anuló lo anulado”, la Corte de Constitucionalidad (CC) hasta ahora mantiene todo en un limbo.

 

Mirando a Ríos Montt, ya a sus 86 años –sonriente y respetuoso con la corte–, hace pensar en la tesis central de Arendt sobre la “banalidad del mal”: los genocidas nazis no eran “malos por naturaleza”, sino productos de ciertas circunstancias. Quizás él tampoco (sic), siendo en parte un producto –igual que el genocidio– de las presiones de Washington para “frenar el comunismo”.

 

Más allá de las controversias en torno al juicio de Eichmann, criticado por Arendt en su recuento, también cuestionado ( El Puercoespín, 9/4/11), o las prácticas (¿casi genocidas?) del mismo Israel hacia los palestinos, y más allá, pero sin olvidar el apoyo israelí a Ríos Montt ya cuando Carter le retiró la ayuda militar por violaciones de los derechos humanos, “Eichmann en Jerusalén”, como un hecho histórico, sigue siendo símbolo y sinónimo de la justicia y triunfo de las víctimas.

 

¿Símbolo y sinónimo de qué será “Ríos Montt en Guatemala”?

 

Por Maciek Wiesniewsk, periodista polaco

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Sábado, 20 Abril 2013 07:22

Frenan juicio a un genocida

Frenan juicio a un genocida

En un fallo que causó indignación en los organismos de derechos humanos, una jueza guatemalteca ordenó suspender el juicio contra el dictador Efraín Ríos Montt y el ex general José Mauricio Rodríguez Sánchez, acusados por los delitos de genocidio. Tras el fallo de la jueza del Tribunal Primero A de Mayor Riesgo de Guatemala, Carol Patricia Flores, la continuidad del proceso deberá ser resuelta por la Corte de Constitucionalidad (CC), máximo tribunal del país, en las próximas 48 horas.

 

Flores afirmó el jueves que la Corte de Constitucionalidad y la Corte Suprema de Justicia ordenaron que el proceso judicial regrese a la etapa en que se le recusó a la jueza. La magistrada explicó que el proceso deberá reiniciarse a lo actuado al 23 de noviembre de 2011, por lo que el caso regresa a una etapa intermedia, dejando las audiencias del juicio sin validez. “No lo hago porque yo quiero sino porque lo ordenó la Corte de Constitucionalidad y la Corte Suprema de Justicia (CSJ)”, argumentó. Pero el Tribunal Primero A de Alto Riesgo, presidido por la jueza Jazmín Barrios, envió ayer una consulta a la CC para que defina el procedimiento a seguir para la continuación del proceso, luego de que por unanimidad los miembros de ese cuerpo rechazaran por ilegal la anulación del juicio decretada el jueves por un juzgado de primera instancia.

 

La audiencia programada para ayer por el Tribunal A de Mayor Riesgo, a cargo del juicio contra Ríos Montt y su ex jefe de inteligencia militar, Rodríguez Sánchez, no pudo realizarse por ausencia de los abogados defensores de ambos ex generales, señalados de haber conocido los planes militares para ejecutar al menos 15 matanzas en comunidades del pueblo maya ixil entre el 23 de marzo de 1982 y el 8 de agosto de 1983, cuando Ríos Montt ejerció de facto el poder en Guatemala, estimando que durante los ataques perdieron la vida al menos 1771 indígenas de esa etnia maya.

 

Barrios dejó claro su rechazo a la resolución “ilegal” de la jueza Flores. Además de la consulta del tribunal, los magistrados de la CC deberán resolver la apelación presentada por la Fiscalía en contra de la resolución de la jueza Flores, así como los amparos solicitados ayer por el Centro de Acción Legal en Derechos Humanos (Caldh) y la Asociación Justicia y Reconciliación (AJR), entidades que actúan como querellantes. “Este tribunal es independiente y ningún órgano jurisdiccional puede obligarlo a suspender el juicio o retrotraerlo a una etapa anterior”, informó Barrios en una breve exposición antes de levantar la frustrada audiencia. Ante la ausencia de los letrados de los dos acusados, Barrios ordenó a la Defensa Pública Penal nombrar a dos abogados que los representen en el juicio.

 

Ante lo ocurrido, activistas humanitarios que habían colmado la sala de visitas de la CSJ iniciaron ayer de inmediato una marcha rumbo a la sede de la CC lanzando consignas como “sí hubo genocidio” y “justicia, justicia”. Los organismos internacionales también se manifestaron sobre lo sucedido. Mediante un comunicado, la Oficina de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (Oacnudh) expresó su preocupación por la suspensión del juicio y advirtió que la suspensión fue ordenada por un juez distinto del que escuchaba el juicio, hecho que consideró como una afrenta para las numerosas víctimas. “Este importante retroceso unos días antes de la sentencia esperada es una bofetada para muchos hombres y mujeres indígenas que tuvieron el coraje de participar como testigos en las audiencias públicas”, señaló. Asimismo, Amnistía Internacional pidió ayer revocar el fallo que anuló el juicio. “La decisión de anular el juicio por genocidio debe ser revocada con urgencia”, afirmó la entidad humanitaria a través de un comunicado.

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Viernes, 19 Abril 2013 06:24

Celsius 232: una instantánea

Celsius 232: una instantánea

I

 

Arden. Doscientos treinta y dos grados Celsius, la temperatura a la que el papel se incinera, se consume en el fuego, se volatiliza en la noche la ceniza. La fecha se grabará en la memoria: 10 de mayo de 1933.

 

Originalmente planeada para hacerse simultáneamente en 26 ciudades, la lluvia impidió algunas de las ceremonias, pero en Berlín, en Munich, en Hamburgo, en Frankfurt, los libros ardieron.

 

A finales de enero habían tomado el poder los nazis y se acababa la República de Weimar, un mes más tarde ardía el Reichstag y se iniciaba la cacería de socialistas y comunistas, anarquistas y sindicalistas. Comenzaban a llenarse cárceles y campos de concentración.

 

Para las ceremonias de quema de libros se puso en marcha el ritual. To­da la parafernalia del nazismo: bandas de música, desfiles de antorchas, carros de bueyes cargados con volúmenes, convocados para el gran acto purificador de la juventud contra el intelectualismo judío: una gran quema pública de libros.

 

Las fotos mostrarán a miembros de las SA, policías, estudiantes, sonrientes, felices, cargando libros para llevarlos a la hoguera; arrojando libros en las afueras de las bibliotecas, depurando los anaqueles, censurando por el camino del fuego. La fiesta de la barbarie.

 

En Berlín, en la Opernplatz, no arde el papel, arden las palabras. Arden los libros con los poemas de Bertolt Brecht, pero sobre todo arden los versos, las magníficas palabras: no os dejéis seducir, no hay retorno alguno. El día está a la puerta, hay ya viento nocturno. No vendrá otra mañana. No os dejéis engañar con que la vida es poco.

 

Interviene el ministro de propaganda del Reich, Joseph Goebbels, pura energía maligna, elegante, delgado, histriónico. Su voz crece en los altavo­ces, raspa un tanto: “Hombres y mujeres de Alemania, la era del intelectualismo judío está llegando a su fin. Están haciendo lo correcto en esta noche al entregar a las llamas el sucio espíritu del pasado. Este es un acto grande, poderoso, simbólico. De estas cenizas el fénix de una nueva era renacerá. ¡Oh siglo! ¡Oh ciencia! ¡Es un placer estar vivo!”

 

¿De qué ciencia habla? ¿De la primitiva ciencia de quemar en la hogue­ra?

 

Arden las maravillosas geometrías doradas y humanas de Gustav Klimt. Arden los brillantes textos de Sigmund Freud sobre la histeria y los sueños. Un Freud que respondió al hecho desde el exilio diciendo que había tenido suerte, que en el medievo lo hubieran quemado también a él, sin darse cuenta que bromeaba sin conocer hasta qué punto intentaba exorcizar a los demonios. Los que quemaban sus libros terminarían quemando a 6 millones de judíos como él.

 


Arden en la hoguera los textos de Einstein, los cuentos de Sholem Asch, los textos del checo Max Brod, las novelas de los hermanos Mann, incluso la relativamente inocente Vicky Baum es incinerada. Se queman las geniales novelas sociales de Jack London, Theodere Dreiser, John Dos Passos, quizá en esos momentos el mejor novelista de lo que iba del siglo XX.

 

Encabeza la lista la obra maestra de Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente. Arden las novelas históricas de León Feuchtwanger, arden las grandes novelas antibélicas de Barbusse, El fuego, incluso el Hemingway de Al otro lado del río y entre los árboles. Imperdonable para los verdugos del fuego eso del pacifismo.

 

Arden las reproducciones de las fantasmagorías de Marc Chagall y los cuadros de Paul Klee. Arden, claro está, las reproducciones del neorrealismo terrible y drástico de George Grosz y Otto Dix, los más implacables críticos de la Alemania de entreguerras.

 

Arden los libros de la futura premio Nobel Anna Seghers.

 

Las orquestas tocan marchas militares, los estudiantes saludan con el brazo derecho rígido y la palma abierta.

 

Queman libros, arden páginas, palabras, imágenes. En la hoguera se inmolan los libros de Heinrich Heine, poeta alemán del siglo XIX, quien en 1822 había profetizado: donde queman libros, al final terminarán quemando seres humanos.

 

Sin darse cuenta, Goebbels y sus chicos habían creado la lista básica de la cultura de la mitad de siglo XX, estaban construyendo las recomenda­ciones que adolescentes ansiosos buscarían y encontrarían: los libros, los cuadros, los artículos de filósofos y científicos, los poemas.

 

Sin darse cuenta los nazis que la temperatura a la que arde un libro no sólo es la temperatura del fuego en el papel, es también el fuego de la mirada sobre la palabra.

 

II

 

Recuento esta historia para recordar. Para no olvidar. Pero también para que sirva de prólogo a una invitación. En el contexto del Día Mundial del Libro, que se celebra dos días más tarde, el domingo 21 de abril, a las 12 de la mañana en la glorieta del Metro Insurgentes, un grupo de escritores estaremos diciendo “No, al IVA al libro”, y exponiendo nuestras razones. Aprovecharemos para regalar el primer libro quemado por los nazis: Sin novedad en el frente, de E. M. Remarque, a los primeros mil ciudadanos que lleguen. Repetiremos la acción el día 23 a las 13 horas en la Feria del Libro de Ciudad Universitaria que organiza Para Leer en Libertad, a espaldas de rectoría.

 

PD. Lleven un libro para donar, con él formaremos nuevas bibliotecas de barrio en el área metropolitana.

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La masacre de Carajás y el pacto del latifundio con el poder judicial

ALAI AMLATINA, 17/04/2013.- Una marcha pacífica con más de mil trabajadores rurales organizados por el MST recorría una carretera que une Parauapebas con Marabá el 17 de abril de 1996. Fueron emboscados por dos batallones de la Policía Militar, en una localidad conocida como Curva de la S, en el municipio de Eldorado de Carajás. Un batallón salió de Parauapebas y otro de Marabá, apoyados por camiones, que trancaron la carretera por los dos lados.

 

Así comenzó una masacre premeditada, ejecutada para dar una lección a aquellos "vagabundos venidos del Maranhão", como expresaron los policías en los autos de los procesos. Los policías salieron de los cuarteles sin identificación en el uniforme, con armamento pesado y balas verdaderas. El comando de Marabá dio aviso al Auxilio Inmediato y al Instituto Médico Legal (IML) para que estén de servicio…

 

El juicio demostró que, además de las órdenes explícitas de Paulo Sette Cámara, secretario de seguridad del gobierno tucano de Almir Gabriel, la empresa Vale do Rio Doce financió la operación, cubriendo todos los gastos, porque la protesta de los sin-tierra en la carretera interrumpía la circulación de sus camiones.

 

El resultado fue 19 muertos en el acto, sin derecho a defensa, 65 heridos incapacitados para el trabajo y dos muertos días después. El líder Oziel de Silva, con sólo 19 años, fue apresado, esposado y asesinado a culatazos, frente a sus compañeros, mientras un policía le ordenaba que gritara “Viva el MST”.

 

Esos episodios están registrados en más de mil páginas de los autos del proceso y fueron descritos en el libro "La Masacre", del periodista Eric Nepomuceno (Editora Planeta). Pasados 17 años, fueron condenados sólo los dos comandantes militares, que están recluidos en algún apartamento de lujo de los cuarteles de Belén.

 

El coronel Pantoja aún intenta librarse de la prisión y pide cumplir la pena de 200 años en régimen domiciliario. Los demás responsables del gobierno federal y estadual y de la empresa Vale fueron declarados inocentes. La Justicia se contentó con presentar a la sociedad dos chivos expiatorios.

 

Impunidad de los latifundistas

 

En todo Brasil, el escenario es el mismo: desde la redemocratización, han sido asesinados más de 1700 líderes de los trabajadores y simpatizantes de la lucha por la tierra. Solamente 91 casos han sido juzgados y apenas 21 autores intelectuales han sido condenados.

 

La Masacre de Carajás se inscribe en la práctica tradicional de los latifundistas brasileños, que con sus pistoleros fuertemente armados o por medio del control de la Policía Miliar y del Poder Judicial, se apropian de tierras públicas y mantienen privilegios de clase, cometiendo sistemáticamente crímenes que permanecen en la impunidad.

 

La actuación del latifundio responde a la correlación de fuerzas políticas. Durante el gobierno de José Sarney, frente al avance de las luchas sociales y de la izquierda, organizó la UDR (Unión Democrática Ruralista). Tras ello, se armó hasta los dientes, irrespetando todas las leyes. Fue el periodo con el mayor número de asesinatos. Los latifundistas llegaron a la petulancia de lanzar su propio candidato a la Presidencia, Roberto Encalado, que fue solemnemente condenado por la población brasileña al recibir sólo 1% de los votos.

 

En los gobiernos de Fernando Collor y Fernando Henrique Cardoso, tras la derrota del proyecto democrático-popular y de la lucha social que se aglutinaba alrededor de la candidatura de Luiz Inácio Lula de Silva en 1989, los latifundistas se sintieron victoriosos y utilizaron su hegemonía en el Estado para controlar manu militari la lucha por la tierra. En ese periodo, se ejecutaron las masacres de Corumbiara (RO), en 1995, y la de Carajás.

 

Lula llegó al gobierno en 2003, cuando parte de los latifundistas se había modernizado y prefirió hacer una alianza con el gobierno, a pesar de haber apoyado la candidatura de José Serra. A cambio, recibió el Ministerio de la Agricultura. Un sector más truculento e ideológico resolvió dar una demostración de fuerza y envío mensajes para demostrar "quién de hecho mandaba en el interior y en las tierras", más aún después de que Lula se colocara el gorro del MST.

 

En ese contexto, hubo dos nuevas masacres, con tintes perversos. En 2004, a pocos kilómetros de Planalto Central, en el municipio de Unaí (MG), una cuadrilla de latifundistas mandó a asesinar a dos fiscales del Ministerio del Trabajo y al conductor del vehículo, cuando el grupo se dirigía a una hacienda para hacer una inspección de trabajo esclavo. Uno de los hacendados fue electo alcalde de la ciudad por el PSDB y, hasta hoy, el crimen está impune. El Estado no tuvo el coraje de defender a sus servidores.

 

La segunda masacre fue en noviembre de 2005, en el municipio de Felisburgo (MG), cuando el hacendado-grileiro Adriano Chafik resolvió acabar con un campamento del MST. Chafik fue con sus pistoleros a la hacienda y comandó personalmente la operación un sábado por la tarde. En el ataque, dispararon directamente a las familias, e incendiaron las barracas y la escuela. El saldo fue el asesinato de cinco trabajadores rurales más y decenas de heridos. Tras ocho años de espera, el Tribunal de Justicia de Minas Gerais fijó el juicio del hacendado para el 15 de mayo, en Bello Horizonte. Esperamos que se haga justicia.

 

Los hacendados tramposos –que felizmente no son la mayoría– actúan así, porque tienen la certeza absoluta de su impunidad, gracias al pacto que mantienen con los poderes locales y con el Poder Judicial. En los últimos años, su atención está centrada en el Poder Legislativo, donde mantienen la llamada Bancada Ruralista, con la que pretenden modificar las leyes y protegerse de la ley vigente.

 

Ya introdujeron cambios al Código Forestal e impiden la implementación de la ley que obliga la expropiación de las tierras de los hacendados que explotan el trabajo esclavo. Cada año, la Policía Federal libera en promedio dos mil seres humanos del trabajo esclavo. Sin embargo, los latifundistas continúan con esa práctica, apoyados en la impunidad del Poder Judicial.

 

Tuvieron el coraje de encaminar proyectos de ley que contrarían la Constitución para impedir la demarcación de las tierras indígenas ya reconocidas, legalizar el arrendamiento de las áreas demarcadas y permitir la explotación de los minerales existentes. También presentaron proyectos para poner trabas a la titulación de las tierras de las comunidades quilombolas.

 

Una serie de proyectos se han presentado para liberar el uso de agrotóxicos prohibidos en la mayoría de los países, clasificados por la comunidad científica como cancerígenos, y para impedir que los consumidores sepan cuáles productos son transgénicos. ¿Por qué no quieren etiquetar los productos transgénicos, ya que garantizan seguridad total para la salud de las personas?

 

El ansia de ganancias de los hacendados no tiene límites. En el interior, usan con más frecuencia la violencia física y los asesinatos. Sin embargo, esta ansia tiene consecuencias directas para toda la población, pues posibilita la apropiación de las tierras públicas, la expulsión de los campesinos del medio rural que engrosan las favelas y el uso indiscriminado de los agrotóxicos, que van a parar a su estómago y causan cáncer. Lamentablemente, todo eso es encubierto por una mídia servil y manipuladora de la opinión pública. (Traducción ALAI)

 

Por João Pedro Stedile, miembro de la Coordinación Nacional del MST y de la Vía Campesina Brasil.
Fuente: http://www.brasildefato.com.br/node/12681

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Martes, 09 Abril 2013 18:51

"Sobreviví para contar mi historia"

"Sobreviví para contar mi historia"

Moisés Borowicz pasó por siete campos de concentración y logró sobrevivir. Está en Argentina desde 1947 y a los 86 años fue distinguido por la Legislatura porteña. Volvió a su tierra natal.

 

Después de 70 años, Moisés Borowicz, sobreviviente del Holocausto y siete campos de concentración, está nuevamente en Polonia, donde nació y fue perseguido por los nazis que mataron a su familia. Hoy activista por los derechos humanos, Borowicz fue recientemente distinguido por la Legislatura porteña y en estos días viajó con alumnos de secundario para contarles sus vivencias y cumplir su último deseo: volver a ver la casa de su infancia en un pequeño pueblo, Sokoly, y viajar a Israel.

 

Borowicz tiene 86 años, pasó por siete campos de concentración, perdió a toda su familia, y volvió a empezar en Argentina en 1947, donde luego se casó y enviudó dos veces y tuvo tres hijos varones que le dieron nueve nietos. A pesar de esto, aún hoy brinda charlas en el Museo del Holocausto y Generaciones de la Shoá y ahora se fue de viaje a Polonia, para estar allí el Día del Holocausto, que se celebró ayer, y a Israel para transmitir su experiencia a estudiantes secundarios. Todo pudo haber sido el resultado de la profecía de un nazi que él hizo suya: su destino era vivir.

 

De chico, Moisés vivía en un pequeño pueblo de Polonia llamado Sokoly, junto a sus padres y dos hermanos mayores. Su papá tenía una casa en las afueras con un molino y doce empleados a cargo con lo cual la familia tenía un buen pasar. Sin embargo, este bienestar se rompió cuando Alemania rompió el tratado Ribbentrop-Molotov e invadió Polonia para perseguir a la población judía, en lo que después pasaría a la historia como la Segunda Guerra Mundial. De esta forma, Borowicz y los suyos tuvieron que recluirse en un bunker bajo tierra, en un bosque. Pero los encontraron.

 

"Un día salí a hacer mis necesidades detrás de un árbol y vi de lejos que venían los nazis con un montón de campesinos, entonces fui al bunker a avisarle a mi familia. Empezamos a correr pero nos rodearon. Un alemán levantó el fusil y disparó contra un árbol y cayó un pájaro. Luego, la miró a mi madre y le preguntó si yo era su hijo y dijo: 'Este muchacho tiene destino de vivir porque cuando él se escapaba yo lo quería matar y se me trabó el fusil y ahora, para el pájaro, la bala salió'. Esa fue como una premonición, porque a toda mi familia la mataron y yo me salvé, sobreviví, para contar mi historia", relató.

 

Después fueron llevados al gueto de Bialystock, donde los dividieron: por un lado quedaron sus padres y por otro, él con sus dos hermanos. "Cuando nos cargaron en el tren a los que servíamos para trabajar nos pusieron en los vagones delanteros y a las personas mayores, mujeres y niños en los traseros. Cuando pasamos por el campo de concentración Treblinka, desengancharon los vagones traseros. Ahí entraron mis padres, donde los gasearon y los quemaron, porque nadie salía vivo de ahí. El tren siguió andando y muchos empezaron a abrir las puertas para tirarse. Cuando uno se lanzaba se escuchaba el tiroteo de armas automáticas porque detrás de cada vagón venia un guardia con un fusil. Uno de los primeros que se tiró fue mi hermano mayor, de quien nunca supe más nada. Después de la liberación, circulaban listas de la Cruz Roja y algunos pocos se volvieron a encontrar con algún hermano, con el padre o la madre, pero de mi hermano nunca supe nada", continuó.

 

De ahí, él y el hermano que le quedaba fueron a dar al campo de concentración Majdanek y luego a Blyzin, donde enfrentaron una epidemia de tifus. "Trabajamos un tiempo ahí como talabarteros y un día estalló la epidemia de tifus y se enfermó mi hermano. Lo llevaron a un lugar que dijeron era un hospital pero sólo lo tiraron a una barraca en el piso. Todos los días le llevaba su porción de pan, que tenía más aserrín que harina, y un poco de agua negra que decían era café. Hasta que encontré a mi hermano muerto. Ahí ya me quedé sólo. Después de un tiempo pesqué también la epidemia, me tiraron ahí en la barraca y como dijo aquel, sobreviví, otra vez me salvé y volví a trabajar."

 

Luego Moisés estuvo en el campo Plaszow hasta que lo trasladaron a Austria, donde pasó por Wieliczka, Mauthausen, Melk y Ebensee, de donde fue liberado por los Aliados el 6 de mayo de 1945.

 

"Yo nunca quise volver a Polonia porque tenía muy malos recuerdos de allá, de lo que pasé y de los habitantes. Yo tenía un montón de amigos no judíos que, cuando Hitler subió al poder, se dieron vuelta completamente y me insultaban. Pero ahora, en los últimos años que me quedan, quiero regresar y ver si existe mi casa y cómo está mi pueblo y la gente. Vamos a estar siete días en Polonia donde recorreremos varios campos de concentración donde yo estuve y después iremos a Israel para el 16 de abril para celebrar el Día de la Independencia", contó Borowicz.

 

"Pienso que va a ser un lindo viaje. Todo el mundo me pregunta '¿Cómo te animás? ¿Cómo vas? Es muy fuerte'. Con lo que yo pasé ya no hay nada fuerte, no creo que tenga problemas. Lógicamente que va a ser muy emocionante, muy triste, pero tengo muchas ganas de hacerlo. Es mi último deseo."

 

Informe: María Julieta Rumi.

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