"Dirty Wars": El infierno de las guerras de Obama

PARK CITY, Utah —Mientras el Presidente Barack Obama se preparaba para asumir su segundo mandato como el presidente número 44 de Estados Unidos, dos valientes periodistas estrenaban su nuevo documental en el Festival de cine de Sundance. “Dirty Wars: The World Is a Battlefield” (literalmente: “Guerras sucias: el mundo es un campo de batalla”) confirma el papel fundamental que desempeñan los periodistas independientes como el director de la película, Rick Rowley, y su narrador y figura central, Jeremy Scahill. Los cada vez más frecuentes ataques estadounidenses con aviones no tripulados y la utilización del gobierno de Obama de fuerzas especiales secretas para realizar ataques militares que escapan a la vigilancia y la rendición de cuentas fueron omitidos por completo durante el fin de semana de asunción de Obama por los medios masivos, que estaban demasiado ocupados cubriendo el nuevo peinado de la primera dama Michelle Obama. El documental “Dirty Wars”, junto con el próximo libro de Scahill de igual título, pretende romper ese silencio y centrar la atención en asuntos más importantes.
 


Scahill y Rowley, que conocen muy bien las zonas de guerra, se atrevieron a ir más allá de Kabul, en Afganistán, y viajaron a la localidad de Gardez, en la provincia de Paktia, una región repleta de talibanes armados y de sus aliados de la red Haqqani, para investigar uno de los miles de ataques nocturnos sobre los que los medios no suelen informar.


 
Scahill me dijo: “Lo que sucedió en Gardez fue que las fuerzas de operaciones especiales de Estados Unidos tenían información de que una célula del Talibán estaba reunida preparando a un atacante suicida. Entonces irrumpieron en la supuesta casa en medio de la noche y terminaron matando a cinco personas, entre ellas a tres mujeres, dos de ellas embarazadas, y a Mohammed Daoud, un alto jefe de la policía afgana que había sido entrenado por Estados Unidos, particularmente, por la empresa de seguridad privada Military Professional Resources Incorporated, una empresa de mercenarios”.


 
Scahill y Rowley viajaron al lugar de los hechos para escuchar los testimonios de las personas que viven en la mira de la política exterior estadounidense. En Gardez entrevistaron a los sobrevivientes de aquel violento ataque ocurrido en la madrugada del 12 de febrero de 2010. Tras haber visto a las fuerzas especiales estadounidenses matar a su hermano, su esposa, su hermana y su sobrina, Mohammed Sabir fue esposado al suelo. Desde allí observó, indefenso, cómo los soldados estadounidenses extirparon las balas del cadáver de su esposa con un cuchillo. Sabir y los hombres que sobrevivieron fueron luego trasladados en helicóptero a otra provincia.


 
Sabir describió su calvario ante la cámara de Rowley: “Tenía las manos y la ropa manchadas de sangre. No nos dieron agua para limpiarnos. Los interrogadores estadounidenses tenían barba y no vestían uniforme. Eran musculosos y tenían ataques repentinos de ira”. Y prosiguió: “Cuando regresé a mi casa mis familiares muertos ya habían sido enterrados, y en el hogar tan solo quedaban mi padre y mi hermano. Ya no quería seguir viviendo, quería ponerme un chaleco suicida e inmolarme frente a los estadounidenses. Pero mi hermano y mi padre no me dejaron. Quería una yihad contra los estadounidenses”.


 
Antes de partir, Scahill y Rowley realizaron copias de los videos captados por los teléfonos celulares de los sobrevivientes. Uno de los videos muestra que no se trataba de una reunión del Talibán, sino de una celebración muy animada del nacimiento de un niño que fue interrumpida por el ataque. Rowley describió otro de los videos: “La imagen está movida y pensamos que se trataba de otro video de los cadáveres, pero luego se escuchan voces con acento estadounidense que hablan de unificar la versión de los asesinatos ocurridos esa noche, de que todos contaran la misma versión de los hechos. Se oye que intentan inventar una historia para mostrar que lo sucedido no había sido una masacre”.


 
El documental también muestra una imagen tomada en Gardez por el fotógrafo Jeremy Kelly poco después de la masacre en la que puede verse a un almirante estadounidense, llamado McRaven, rodeado de soldados afganos a quienes les ofrece una oveja como gesto tradicional para pedir perdón por la masacre. El encubrimiento de los incidentes no había funcionado.


 
William McRaven dirigía el Comando de Operaciones Especiales Conjuntas (JSOC, por sus siglas en inglés). La labor periodística de Scahill, junto al increíble trabajo del camarógrafo Rowley, le sigue la pista al JSOC e investiga minuciosamente los ataques nocturnos perpetrados por esta fuerza, que rara vez llegan a la prensa. De Afganistán a Yemen, pasando por Somalia, su documental brinda, por primera vez, una imagen real y exhaustiva del JSOC y del “mundo no tan feliz” del Comandante en Jefe Obama.


 
El ataque con avión no tripulado perpetrado en Yemen el día de la segunda asunción de Obama fue el cuarto realizado en pocos días. Desde comienzos de año también se produjo un aumento similar de estos ataques en Pakistán. El Washington Post informó que Obama tiene un que detalla las autorizaciones para realizar ataques con aviones no tripulados, pero aparentemente exime de esa autorización a los ataques realizados por la CIA en Afganistán y en Pakistán. El día de la asunción de su segundo mandato, Obama nombró oficialmente a John Brennan como director de la CIA. Brennan es un ferviente defensor de las denominadas “técnicas de interrogatorio mejoradas”, que muchos denominan tortura, y es además el artífice del programa de ataques con aviones no tripulados.


 
Mediante el documental “Dirty Wars”, realizado en coautoría con David Riker y con la dirección de Rowley, Jeremy Scahill denuncia al JSOC, que recientemente ha salido a la luz pública tras el estreno de la película nominada al Oscar “Zero Dark Thirty”, que trata acerca de la cacería de Osama bin Laden y ha generado controversia por su apoyo de la tortura. Vean “Dirty Wars” en cuanto se estrene en su cine más cercano. El documental muestra que, lamentablemente, el drama de la guerra está en todas partes, o como dice su propio título que “el mundo es un campo de batalla”. Jeremy Scahill concluyó: “En nuestro documental verán una realidad totalmente diferente, y verán el infierno que se ha creado tras diez años de guerra encubierta”.


 
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Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.
 
Por Amy Goodman

 

Publicado el 25 de enero de 2013


 
Texto en inglés traducido por Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Segundo aniversario de la revolución en Egipto

El Cairo, 25 de enero. Decenas de miles de manifestantes coparon la Plaza Tahrir (Libertad) para denunciar la concentración de poder del gobierno encabezado por el mandatario Mohamed Mursi y políticos de la Hermandad Musulmana, al cumplirse el segundo aniversario de la movilización popular que obligó al entonces gobernante Hosni Mubarak a renunciar a la presidencia.

 

Al menos siete personas murieron en choques entre manifestantes y,  policías en las inmediaciones de la plaza, así como en otras localidades del país, particularmente en Alejandría, donde los opositores quemaron llantas y lanzaron piedras a los uniformados, quienes dispararon gas lacrimógeno contra los amotinados.

 

En la ciudad de Ismailia –ubicada en la margen occidental del canal de Suez–, las oficinas de la Hermandad Musulmana fueron incendiadas y varias docenas de personas y policías resultaron heridos.

 

Las marchas fueron organizadas por los partidos políticos liberales e izquierdistas que han perdido los procesos electorales celebrados en los últimos dos años para reformar el Estado egipcio, dominado por élites militares durante más de medio siglo.

 

Los opositores reclaman el cumplimiento de los ofrecimientos de desarrollo económico y social hechos por Mursi y el Partido Libertad y Justicia, considerado el brazo político-electoral de la Hermandad Musulmana, organización de inspiración panárabe fundada a principios del siglo XX.

 

Egipto ha sido afectado en los últimos años por un alto incremento de los precios y, a partir del ascenso político de la Hermandad en los poderes Legislativo y Ejecutivo, ha resentido ataques a la libertad de expresión. Los opositores acusan a Mursi y a la Hermandad Musulmana de haber “traicionado la revolución”, al haber redactado y aprobado una nueva carta fundamental en el congreso constituyente celebrado el año pasado.

 


“El pueblo quiere la caída del régimen”, gritaron repetidamente liberales e izquerdistas, quienes se hicieron eco del lema que cantaron durante las protestas de hace dos años contra Mubarak, actualmente en prisión, acusado de haber provocado la muerte de opositores en la Plaza Tahrir y en Alejandría.

 

Hussein Gohar, del recién creado Partido Socialdemócrata, dijo que su organización no quiere la renuncia de Mursi, “pero tiene que comportarse como un verdadero presidente para todos los egipcios y no sólo para la Hermandad Musulmana”.

 

Este año, los egipcios volverán a las urnas para elegir nuevos legisladores bajo el manto de la nueva Constitución, pero se prevé que el Partido Libertad y Justicia ratifique su mayoría.

 

Antes de que concluyeran las movilizaciones, Mursi conminó a sus simpatizantes a mantenerse lejos de las manifestaciones opositoras para evitar enfrentamientos y pidió a todos los ciudadanos que “se adhieran a los nobles valores de la revolución para expresar libre y pacíficamente sus opiniones”.

 

Por la noche tropas del ejército se desplegaron en la entrada del canal de Suez, con el fin de impedir ataques a las instalaciones.

 

The Independent, Dpa y Afp

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Miércoles, 23 Enero 2013 10:37

Barricadas de maíz

Barricadas de maíz

Desconectados de España

 

 

En la lucha por la independencia de España, en La Nueva Granada se vivió una dinámica múltiple. Por un lado el llamado "Grito de Independencia" (20 de julio de 1810), manifestación de indisposición de los criollos (conocidos hoy como oligarcas) con respecto a sus pares metropolitanos por el trato desigual que recibían para comerciar y por la representación política ante la Corte. En este año se produce, por tanto, la independencia formal.

 

Por otro lado, desde ese mismo 20 de julio, y hasta pasados algunos años, los criollos clamaron para que el Rey de España los asumiera con sus derechos plenos, a la par de lo cual habían voces minoritarias, pero con identidad popular, que presentaron resistencia y presionaron por hacer efectiva la desconexión total de nuestro país con respecto al reino español.

 

La lucha entre unos y otros fue constante e intensa. En el curso de la misma –para el caso de Cundinamarca– fueron sindicados, perseguidos y encarcelados los líderes más consecuentes, hasta llegado 1813, cuando la disputa se saldó a favor de quienes pugnaban por la independencia total. Se redactan y publican, entonces, las constituciones donde se sella la suerte de nuestro territorio como soberano. Pero es conocido por todos/as que tras la "reconquista", tal estatuto se tuvo que lograr a través de una cruda guerra que duró varios años y tras la cual quedó devastado lo que hoy se conoce como Colombia, Ecuador, Venezuela, y luego Perú y Bolivia, a los que habría que agregar, por aquello de las maniobras imperiales que azotarían nuestra región a lo largo de décadas –sin aún terminar– Panamá.

 

En este 2013, por tanto, conmemoramos 200 años de la desconexión total de nuestro territorio de España, se recuerda y se celebra, en especial, los hechos sucedidos en Cundinamarca (julio 16), liderados por José María Carbonell y Antonio Nariño, y en Antioquia (agosto 11). Desde ahí y hacia delante vendrían otras muchas.

 

Las consecuencias y debilidades que se suscitaron en estos procesos los veremos en próximas ediciones. Por ahora, anunciarle a quienes nos leen, que este año daremos a luz 6 separatas, donde trataremos éstos y otros temas relacionados con la historia de nuestra nación, con su pasado y presente, y también, como no, con los retos que depara el futuro para los herederos de la disputa social y política que se libró en 1813 contra personajes como Camilo Torres y Jorge Tadeo Lozano.

 

"Barricada de maíz", la primera entrega de esta nueva serie sobre el bicentenario, a través de una mirada histórica, de juego literario entre el pasado y el presente, abordamos el tríptico hambre, identidad y soberanía alimentaria. Una provocación para encontrar las raíces de algunos de los males que azotan a nuestro país, retándonos para superarlos.

 


 

Barricadas de maíz

 

 

 

Introducción

 

"Barricadas de maíz" es un título convocante para un desafío político que por 200 años ha permanecido aplazado: la seguridad y la soberanía alimentarias; es decir, que con los frutos mismos de nuestro generoso suelo, se elimine el hambre de todos los habitantes del terruño patrio.

 

El presente ensayo parte de un análisis de la situación de hambre en 1810 y años siguientes de la Nueva Granada y avanza hacia una veloz caracterización del mismo problema y su agudización doscientos años después. Con una especie de lúdica como pedagogía y método, se revisa la manera como guerras y barricadas, sueños y esperanzas en derrota de los pueblos se han batido sin pausa en una guerra que no cesa. Con ese mismo espíritu lúdico se descubre al milenario maíz haciendo historia y culturas en el continente y, particularmente, en el suelo colombiano.

 

El juego conduce a un desenlace programático que, con la propuesta de un acuerdo político como "Pacto del maíz", dé legitimidad a una única nueva forma de las barricadas, las "Barricadas de maíz", barricadas contra el hambre, por el bienestar integral y equitativo, por la dignidad y la soberanía. Esas nuevas barricadas pelecharán por doquier, garantizando el fin del hambre y provocando alfabetización, palabra y pensamiento en comunidades. Y, como resultado final, el alumbramiento de una nueva Colombia, definitivamente independiente.

 

Para un desenlace propositivo eficiente, las "Barricadas de maíz" plantean unas demandas y unas características que les serán necesariamente inherentes.

 

1. El hambre guiando nuestra historia en 1810

 

 

Como un estigma cruel, en 1810 el hambre estaba bien enquistada en la geografía social de Colombia. Desde la turbia mañana de 1492 en que Occidente desembarcó en nuestra historia, en equívoco símil con el "Verbo" gnóstico del evangelista Juan, el hambre habitó sin falta entre nosotros y puso su morada entre las nuestras. Provocar el hambre era elemento esencial para dar soportes al sistema; no es que la tierra no alcanzara, la población era bajamente densa en relación con el inmenso territorio; no es que no hubiese posibilidad de buen balance nutricional; el hecho es que, como lo relata Triana, la conquista y la colonia hicieron bien la tarea para llegar a su fin: quebraron el régimen social pacientemente construido por los indios y desorganizaron su sistema económico y, en vez del reconocimiento del indio como sujeto de pensamiento que había creado y modificado sistemas, lo redujeron a su sola fuerza bruta y a su sola resistencia fisiológica, "y del hombre inteligente se hizo una bestia de carga, cuyo rendimiento aumentaba con el número de azotes que recibía y con la merma cicatera de su alimentación" (Triana, 1921: 11).

 

El hambre era sistemática y provocada en orden a obtener un beneficio y un producto final. Así estaban las cosas en 1810 y así estarán un siglo más tarde. Por eso el niño medio desnudo que el mismo Triana dibujó en su obra, apenas al cabo de cien años de la primera independencia de Colombia; ese niño indio no es otra cosa que el retrato de las viejas hambres que, como un destino funesto, han poblado insistentemente este país de desconsuelos. Para ese entonces, los perfiles del hambre colombiana tenían más crudeza y desencanto: el niño que controla los rigores del páramo, cubierta su espalda "con un fleco de pingajos"; "la techumbre escueta del hogar paterno", el "azadón ya sin paleta", el "viejecillo harapiento", la "mujer desgreñada" que atiza el fogón "formado por tres piedras, los niños de corta edad que gatean "bajo la vigilancia de un perro sarnoso", "los nietos mozos, la nuera y los muchachos que trabajan a jornal" en la inmensa hacienda ajena; en fin, la entera "familia indígena en éxodo hacia las cumbres del páramo, cuyo abuelo vendió su derecho de tierra al patrón que hoy le cobra en trabajo la obligación por vivir en su retazo estéril al pie del peñasco" (p. 16).

 

Hay que decirlo: así como era sistema reducir a la ignorancia para lucrarse de la imbecilidad, ¡el hambre también era sistema! Era herramienta y era conditio sine qua non de las grandes haciendas de la primera república:

 

Los hijos sin padre, crecidos a la intemperie, hambreados y harapientos que lloran bajo el alero del rancho en compañía de un gozque flaco como único guardián mientras la madre trabaja a jornal en el lejano barbecho para suministrarles por la noche una ración de mazamorra; tal ha sido en lo general la base de la familia indígena en nuestros campos desde la época de la Conquista. Cuatrocientos años de esta germinación social, durante la Colonia y en peores condiciones (..) durante la República, debieron arrasar, debilitar y prostituir una raza robusta, cuyas virtudes y energías quedan comprobadas con la mera supervivencia de un gran número de ejemplares y con las condiciones de moralidad que los adornan (1).

 

Ancho y largo era el territorio del por ese entonces llamado Nuevo Reino de Granada. Anchas y largas eran también las hambres de Colombia, antes, durante y después de 1810. La Nueva Granada, según cálculo de Humboldt, tenía una extensión de "58.300 leguas cuadradas" (2); Caldas estimó que en esa extensión vivían 1'400.000 habitantes en 1810; el censo del Virrey Caballero y Góngora había encontrado 1'046.000 habitantes en 1782; mientras tanto, el censo de 1825 del General Santander contó 1'327.000 habitantes. Son más precisos, sin embargo, los datos sobre población aportados por Enrique Caballero Escobar en su estudio Historia económica de Colombia, donde sostiene que: "según el censo de 1778 la población total del actual territorio de Colombia se acercaba a una cifra de 750.000 habitantes", de los cuales, entre mestizos, indígenas y negros esclavos, la franja poblacional que aportaba peonazgo y esclavitud y donde, por la misma razón, hacía su cuna el hambre, sumaban el 74.28% de la población total (Caballero: 1971, 64). En un ordenamiento social legitimador, como ése, de todas las discriminaciones posibles, lo único garantizado era el hambre. De tal modo que, como concluye Caballero, "las condiciones de vida de los trabajadores rurales sufrieron un proceso continuo de deterioro al finalizar la época colonial" (Caballero: 1971, 65). Y eso es comprensible en el caso de la Nueva Granada que no tuvo un desarrollo de la agricultura de plantación porque la Colonia le había asignado, en su economía, el papel de productora de oro mientras especializaba a Cuba y Puerto Rico en el azúcar, a Venezuela en el cacao, a Río de Plata en cuero y carne, a Chile en trigo, a México y Perú en plata. Ese rol se convirtió en un factor agravante de los problemas de abastecimiento y hambre de las clases bajas, inmensa mayoría, del Nuevo Reino de Granada.

 

 

El hambre fue el acicate del incendio revolucionario. En esa tesis, sin embargo, no concuerdan todos los investigadores. Pero los hechos, al igual que, y no con menos vehemencia, la realidad social y económica de las mayorías del pueblo hablan claro. Tal vez haya un camino para conciliar en ese tópico, para nuestra tesis esencial, a Adolfo León Atehortúa con Jaime Jaramillo Uribe; en aparente contravía con el primero, Jaramillo Uribe sostiene que a la insurgencia del 20 de julio de 1810 y a las varias décadas que le siguieron le faltó pueblo y que el movimiento generador de nuestra independencia fue un movimiento netamente español y en nada, por lo demás, influenciado por la revolución francesa. Ese camino, el del hambre, que es chispa siempre pronta al incendio, está sugerido en ambos investigadores; es el propio Jaramillo quien dice: "y miradas las cosas desde el punto de vista puramente económico, casi desapareció la economía de subsistencia o pan llevar" de los indios, en los tres primeros siglos de conquista y colonia (Jaramillo: 1987, 70); por eso, según el mismo, "para el divorcio definitivo con España existían motivos múltiples de raigambre jurídica, social, política y, sobre todo, económica" (Jaramillo: 1987, 71). A la desaparición de la economía elemental del pan coger, tabla casi única de sobrevivencia de la escala social más baja, le sigue necesariamente el hambre. Y el hambre estaba en modo superlativo, como lo retrató Atehortúa, en la vecindad del español José González Llorente, hombre odiado por el pueblo bajo (Atehortúa: 2010, 50 – 58).

 

Había tierra para todos los proyectos y hubiera habido también abundancia y generosidad para todos los apetitos y para todas las necesidades. Pero el sistema no estaba fabricado ni pensado para esas equidades. En su estudio sobre economía y sociedad en la Nueva Granada, Adolfo León Atehortúa (2010: 37) trae el testimonio del propio Humboldt, quien al referirse a las miserias de la población artesana del sur del país, afirma que "los desdichados habitantes de estos desiertos no tenían otro alimento que las papas" (3).

 

2. El empobrecido pueblo se levanta

 

 

 

 

El empobrecido pueblo que se levanta en lucha en el episodio incendiario del 20 de julio de 1810 es básicamente un pueblo hambreado. Según el testimonio de Atehortúa:

 

"Con la "gleba" la relación de González Llorente no era cristalina. Exportador de quina, se convirtió a principios del siglo XIX en uno de los comerciantes más prósperos del virreinato, gracias a la explotación de naturales y esclavos. González Llorente era, para su desgracia, el suntuoso y boyante comerciante situado al frente del vendedor humilde del mercado. Cuando "los guarnetas del pueblo bajo" levantaban la vista de su ventana hambreada y paupérrima, se encontraban de frente con la más hermosa casa de balcón de la plaza mayor, en cuyo interior el negociante opulento hacía también las veces de expoliador prendario y prestamista a altos intereses (4).

 

Este ensayo husmea la presencia y los rostros del hambre por esos años de revueltas, a pesar de que no es del todo fácil leerla estadísticamente en aquellas fechas. Pero el hambre estaba, y galopante. El hambre estaba, y omnipresente. Por el Sur, en el altiplano central y en las provincias del Norte, ¡el hambre! El hambre estaba, incluso, en los ejércitos que eran el pueblo mismo pero hambreado. En su reconstrucción histórica del 20 de julio de 1810, Indalecio Liévano reconoce sin rodeos que fue "la dinámica de la miseria y de la injusticia" la que indujo al alzamiento de la inconformidad popular; y la violencia de las turbas se volcó a las calles hasta cuando, atardeciendo, el frío y la oscuridad los devolvieron a sus casuchas de miseria (Liévano: 1974, 571). Allí estaba, pues, la dinámica del hambre que el historiador llama, con rigor, "la dinámica de la miseria y la injusticia". Así, pues, aunque la historiografía convencional se empeña en mostrar el alzamiento como un acto valiente y rebelde de patricios e intelectuales nacidos criollos pero venidos de sangre española, el que realmente le ponía chispa y fuego al alzamiento era el pueblo hambreado de indios, mestizos y mulatos secularmente vilipendiados. Un testigo del tiempo, José María Espinosa Prieto, aunque calificándola como "causa coadyuvante y secundaria" y posterior a la muy ilustrada decisión patricia de replicar la revolución de Francia y la independencia de Norte América, reconoce y afirma la participación del pueblo hambreado de pan y de argumentos, del "pueblo ignorante y rudo" y la "justa ojeriza de éste contra sus opresores" (Espinosa: 2010, 30). Es, de hecho, el mismo Espinosa quien da cuenta de la situación económica que tocaba la canasta y los estómagos: "han subido los comistrajes a precios nunca vistos; entre ellos la miel, la panela, los alfandoques, el maíz, las arracachas, los plátanos, la harina, el azúcar, la botella de aguardiente, la múcura de chicha, el arroz, los garbanzos, la manteca y los huevos, cuyos importes se habrían incrementado a partir de 1809" (5).

 

De tal modo que sí fue el hambre, es decir, los vendedores y las vendedoras de la plaza, los tenderos y las tenderas, los artesanos y las artesanas, los y las indígenas de los resguardos de la sabana, los campesinos y las campesinas, los cortadores de leña, los recolectores de esmeraldas con las uñas, los matanceros, los pulperos, las verduleras y yerbateras, los chicheros, los trabajadores y las trabajadoras domésticas, los desocupados, la "plebe" que chapetones y criollos miraban con desconfianza, quienes asumieron la agitación contra los chapetones (...), los actores principales del levantamiento" (6).

 

El hambre, unida a otro agravante –que, juntos, se potencializan–, el analfabetismo, auparon el amotinamiento: "los indígenas, los esclavos, los labradores y los artesanos, quienes podrían sumar las cuatro quintas partes del total de la población, eran analfabetas" (Atehortúa: 2010, 92).

 

El hambre abunda y las barricadas estan de moda

 

 

Ya desde el siglo XIII se confeccionaban en Europa cadenas con obstáculos para impedir el paso de los ejércitos y de los pueblos enemigos. En ese marco, la primera acción francesa de barricada en forma pudo ser la del jueves 17 de mayo de 1588. El conde de Brissac, favorable al duque de Guisa que enarbolaba las banderas del interés católico y que sublevaba cuarteles y pueblo en contra del rey Enrique III y de los 6.000 soldados suizos y franceses con los que se había dotado, construyó una inmensa barricada en la parisina plaza Mauvert. La línea de barricada se extendió hasta unos pocos pasos antes del Louvre. En esa fecha corrió mucha sangre de ambos lados de la batalla pero el pueblo francés aprendió a parapetar sus esperanzas de victoria detrás de las barricadas. Así, según la Enciclopedia francesa. Según Biagini, en su Diccionario del pensamiento alternativo, son las luchas revolucionarias del pueblo francés en las calles de París en el siglo XIX las que consagran las barricadas como artefacto de lucha popular y de defensa de los espacios y los intereses del pueblo levantado en revolución. En ese orden de ideas, fue el luchador Louis Auguste Blanqui (1805 – 1881) quien, después de 30 años de cárcel por su pasión revolucionaria popular, enseñó por doquier el arte de las barricadas (Biagini: 2008, 77 – 79).

 

El concepto y la práctica de las barricadas es sumamente importante para los propósitos de este ensayo. Sin embargo, ha venido resultando sumamente difícil documentarse sobre ese particular aspecto en las guerras de independencia iniciadas en nuestra patria ese 20 de julio. Se puede suponer que, habiendo bebido en las fuentes libertarias de la Revolución Francesa, la nuestra aprendió también la práctica de las barricadas, tan de la historia de ese pueblo y tan de los siglos XVIII y XIX franceses. Se puede suponer, así mismo y en sentido contrario, que la particular y muy quebrada topografía colombiana, y dado que los habituales escenarios de confrontación fueron los campos abiertos más que las ciudades y pueblos de algún desarrollo, actuaba como trincheras naturales que hacían compleja a la vez que inoperante la ardua tarea de mover estorbos y artefactos pesados para hacerse a barricadas. A esa carencia documental podríamos salirle al paso con creativo espíritu de novelista, como lo hace Darío Ortíz Vidales en su novela Otro encuentro con la historia, en la que habla sin más, de los restos humeantes de estorbos y barricadas después del enfrentamiento en la plaza central (Ortíz, 1992). De todos modos, indudablemente hubo barricadas, así como las ha habido en todos los pueblos del continente que a lo largo del siglo XX y en lo que va del XXI se han declarado en rebelión.

 

El hecho es que para el 20 de julio de 1810 las barricadas ya eran cosa usual en la máquina de guerra de occidente y sus colonias. Y la palabra "barricada" se identificaba, ya en ese entonces, como un vocablo de defensa y de combate. Y ya por esas fechas, detrás de las barricadas, confeccionadas con piedras y desechos, con fantasía y con malicia bien ejercida, se escondía y se protegía el proyecto de vida de quienes se entendían y asumían como víctimas de un agresor. Los pueblos en resistencia ya habían aprendido a construir sus barricadas, con alma y artefactos eficientes: una primera para que el miedo no entrara a paralizar; otra para que la dignidad y la esperanza no se fueran, muertas de vergüenza, de las casas ni de los corazones; y una más, la última, para que el enemigo no pasara a llevarse la vida en sus carros de muerte y de infinitas ambiciones.

 

3. Tiempos de hambre, rabia y barricadas

 

 

El maíz, que se había consagrado como el alma de la casa y de la vida diaria, se iba con vértigo de allí: de las casas y de la vida. El que había sido el alimento ancestral de los indios y luego el invitado primero de las mesas de esclavos y "siervos de la gleba", de criollos, chapetones, patricios y españoles, empezaba a ser escaso en las prioridades de la economía colonial. Aunque a punta de maíz habían crecido y se habían hecho capaces de resistencia y lucha, tribus, fratrías, aldeas, pueblos y culturas, escaseaba, como dijimos arriba, por la especialización del suelo neogranadino para la explotación del oro y de la plata, según mandato de la corona española. Atinadamente lo analiza Antonio García: "la crisis de la esclavitud expresaba la decadencia de la minería neogranadina a finales del siglo XVIII y las tremendas limitaciones de una agricultura latifundista o campesina reducida a la precaria satisfacción de los consumos locales" (García, 2010: 110). Es obvio que cuando aquí se dice "maíz" se está asumiendo un producto de la tierra simbólico capaz de hacer la síntesis de nuestras historias y culturas y se está cubriendo con su nombre a todos los frutos soberanos de la tierra. Hecha esa aclaración necesaria digamos, entonces, que sí, que fue el maíz lo que empezó a faltar. Y cuando los frutos soberanos de la tierra escasean, el hambre abunda, las culturas se derrumban y la rabia entra campante por la casa. La rabia de la vasta legión de empobrecidos y hambreados se enconaba.

 

Después de tres siglos del arribo de la conquista de Occidente a nuestras costas marinas, selvas, montañas y valles, el malestar había crecido y empezaba a convertirse en intentos de organización para la resistencia. Sin embargo, porque, entre muchísimas otras razones, cuando las barricadas son de hambre, se tornan inoperantes y enclenques, a finales del siglo XVIII ya habían sido derrotados o forzados a ostracismo y acción clandestina los movimientos insurreccionales de toda la América colonial: la insurrección de los Comuneros de Paraguay en 1721, la de los Comuneros de Corrientes de 1755, el levantamiento campesino de Juan Santos Atahualpa en 1742, la valiente e inteligentísima insurrección cuzqueña de Tupac Amaru a partir de 1767 en el Perú, con su esposa Micaela Bastidas y la Cacica de Acos, los disturbios de 1777 en Arequipa contra el despotismo fiscal de la corona. Y más: el alzamiento de Tupac Katari en Bolivia, el de Tiradientes en Brasil; el de Galán, con todo el movimiento comunero en Colombia (García: 2010, 19 – 32). Saltadas sus barricadas míseras por la máquina de guerra del ibérico, esas primeras formas de resistencia organizada de las gentes "del común" habían sido desmembradas. Las causas del movimiento comunero de toda la América colonizada por España y particularmente de la Nueva Granada, empero, quedaban intactas y pendientes. Se olía en el ambiente, sin embargo y a pesar de su debilitamiento por las expansiones napoleónicas, que la monarquía española daba por seguro su dominio perpetuo sobre estas comarcas de miseria. La parafernalia bélica de los ejércitos realistas era de vanguardia, mientras que las barricadas de la dignidad insubordinada eran de hambre.

 

4. El maíz, artífice de pueblos y culturas

 

 

El maíz, en tanto, había empezado a irse de las casas, el hambre se había enquistado en los cuerpos y en el resentimiento. Se habían hecho inteligentes y fuertes las barricadas bélicas, ¡no existían, en absoluto, las barricadas de maíz! Y cuando las barricadas son de hambre, está seguro que el enemigo pasa.

 

Como el gran sacramento de idiosincrasia y soberanía, de identidad y de historia construidas antes de las invasiones de Occidente, el maíz era la hebra más sutil y bella de nuestra urdimbre de tierra. Nos relata Triana que hasta perderse de vista, el campo de maíz ondulaba sus espigas. (Triana: 1921, 85). La historia de nuestros antecesores Chibchas, desde siglos antes de la llegada de las invasiones del Occidente judeocristiano, se había tejido y se tejía con matas de maíz y se cocía con el oro de sus granos.

 

El universo teogónico de los Aztecas, los Mayas y los Incas señala en sitiales encumbrados a los dioses del maíz: Centeotl de los primeros, Hun Nal Yel de los Mayas. En su veneración a los Apus o dioses de la montaña, los Incas honraban al agua que desciende de las altas cumbres y hace germinar el maíz. El Popol Vuj o "Libro sagrado de los Maya", después de idear una primera creación de "la gente de barro" y una segunda de "la gente de madera", ingenia una tercera creación, la de "la gente de maíz". Como había que crear al ser humano que les daría sustento, decidieron los dioses que la carne del hombre debía ser "carne de maíz":

 

De maíz blanco y maíz amarillo se hicieron los brazos y piernas de los cuatro hombres que fueron creados. Luego la abuela Ixmukane molió las mazorcas blancas y amarillas e hizo nueve jícaras de bebida. De este alimento provino la fuerza de los hombres [...]. Sólo por un prodigio fueron creados los primeros padres con maíz blanco y amarillo. Estos primeros hombres pudieron hablar, ver y oír; y agarraban las cosas pues eran sensibles. Fueron dotados de inteligencia y su visión alcanzaba grandes extensiones. Podían ver todo lo que había en el cielo y sobre la tierra desde el lugar donde estaban (7).

 

Por muchísimas razones, indudablemente, inmiscuyeron nuestros antecesores a los dioses en las gestas del maíz. Pero se puede decir que, sobre todo, porque necesitaban el argumento y la protección de lo divino para poner talanqueras, barricadas decimos, a pueblos extraños que, urgidos por el hambre o por las ansias de poder, vinieran por su maíz, emblema y razón primaria de la vida misma. Lo cierto, eso sí, es que la historia del maíz es tan vieja, y tan larga, tan significativa y profunda, como la historia misma de los pueblos que han habitado y habitan estas comarcas nuestras que suman a sus desgracias la de provocar las más protervas ambiciones de propios y de extraños.

 

Hoy el maíz, –realidad y símbolo de lo latinoamericano y de lo colombiano–, como hace unos 27 siglos, hecho pan con la ayuda de budares, comales, callanas y caningas, trillas y molinos de distinta índole, sigue representando las formas como la vida avanza y se hace, con masa de granos bien cocidos, pareciéndose a ellas y haciendo reales y posibles esas formas de la vida: Arepas de huevo, de carne, de queso, de garbanzo, arepas con casi todo o con todo; tortillas, tamales, ayacas, mote, bollos, envueltos, mazamorra, natillas, garullas, mantecadas, galletas, colaciones, y almojábanas; sopas, atoles, masato, chicha, erequipes, tortas, mute (8) y mil expresiones más, el maíz es omnipresente y omnisignificativo y, por poco, culturalmente omnipotente; es el convidado primero de la vida cotidiana de nuestros pueblos, de sus fiestas y ritos, de sus encuentros y convites, es fuerza en las mingas, aliento antes, en y después del trabajo arduo y emblema de todos los paisajes. Sin la presencia del maíz perdería su tejido la cultura y estaríamos, como pueblo con identidad, perdidos para siempre. Tal vez el maíz, si sobrevive, nos haría capaces de entender y hacer real entre nosotros el viejo sueño de autonomía nacional de Triana: que nos consideremos como hijos del terruño [...] para establecer el debido equilibrio entre nuestras inclinaciones y necesidades propias y las reacciones y productos del suelo (Triana: 1921, 24).

 

5. El fatalismo histórico hegeliano

 

 

Como un anticipo dialéctico a las prédicas hegelianas sobre la trágica fatalidad histórica de los pueblos subyugados de América, el maíz ha sido siempre en Colombia, motor de cultura y garantía de pensamiento, es decir, de historia. Es necesario que a esta altura entre en escena el filósofo alemán porque en 1837, seis años después de su muerte, se publicó un ensayo suyo escrito algunos años atrás; se trata de un discurso carente de toda objetividad científica y del más mínimo asomo filosófico que hace una flaca presentación de la madurez intelectual de Occidente en cuanto se refiere a apertura al mundo (9). Hegel construye un andamiaje histórico y geográfico que le sirva de soporte a la afirmación categórica y sin paliativos de la absoluta inmadurez de los pueblos de América, inmadurez continental y geográfica, antropomórfica, cultural, espiritual, social y política. Según él, los pueblos y habitantes de Hispanoamérica carecen de significación y de proyecto de vida y su existencia cobra sentido sólo a partir del momento en que es tocada por la redentora mano europea; América –así Hegel– es inconsciente, esclava y salvaje; ¡sus indios carecen de espíritu! Cualquier asomo de proyecto histórico y político se lo enseñó a América la Europa espiritual y culta, civilizada y civilizadora. América, según él, y es lo más grave, carece de pasado y de presente y por eso no se encuentra en el escenario de los pueblos históricos: "la zona tórrida, al igual que las polares, no son suelo adecuado para que en él se fragüe la historia", ya que ni las zonas frías ni las calientes son suelo abonado para la libertad humana (10). A la hora de esbozar su libertad frente a España, la América nativa y negra era incapaz siquiera de pensamientos de libertad y absolutamente todo se lo debe en este campo de la independencia a la sangre europea que la habitaba. La América nativa, en fin, y para completar la perla hegeliana, ni siquiera es capaz de intuir las artes amatorias ni de practicar como Dios manda los deberes conyugales y esto debió ser enseñado a los pueblos nativos ¡por los castos frailes jesuitas españoles!

 

Tal vez Hegel estaba ya contaminado del virus que casi dos siglos después denunciaría Ivonne Bordelois como la "permanente invasión de los idiomas imperiales en el mundo" (Bordelois, 2006: 85). A ese Hegel, legitimador del genocidio y del etnocidio americano con el argumento de que "se trataba de una cultura natural que había de perecer tan pronto como el espíritu se acercara a ella" (11), la misma Bordelois le sale al paso: "lejos de ser la lengua la compañera del imperio, como quería Nebrija, enarbolando así la consigna que condujo a la desaparición de tantas lenguas indígenas en Latinoamérica, el imperio ha dejado de existir y es la lengua la que reúne la conciencia cultural –no precisamente imperial de 400 millones de hablantes" (Bordelois, 2006: 85).

 

Si esto fuera así y tan simple como eso, y si no hubiera sido desvirtuado por la propia filosofía europea y universal y por las ciencias, el ensayo que nos ocupa y estas reflexiones carecerían en absoluto de sentido. Pero es que Hegel no conoció los milagros del maíz, ni su potencia creadora y sus virtualidades espirituales; de lo contrario, su manera de nombrar a América hubiera sido bien otra.

 

Leer, debatir y controvertir a ese Hegel hoy y desde las perspectivas libertarias del maíz, vale decir, de nuestros pueblos, tiene sentido en orden a confirmar nuestra vocación de jamás dejarnos sepultar en seculares ámbitos de muerte impuesta desde fuera. Contra la pseudo historia y la pseudo ética hegelianas, los pueblos del maíz tienen que seguir avanzando por los caminos de una ética raizal cuyos goznes principales han de ser la comunión amorosa con la tierra como derecho y como deber y, de su mano, la garantía constitucional de seguridad y soberanía alimentarias. Para construir esa ética, los pueblos de América, y Colombia en particular, tienen la tarea insoslayable de ¡construir barricadas de maíz! Y así empezamos a entendernos, leídas las cosas doscientos años después, en términos de soñar con una nueva independencia en la que confluyan y conversen a la misma mesa el pan –el maíz– y la palabra, ambos como derechos constitucionalmente consagrados, lo que Caballero llamó "la hermosa calamidad de pensar" que siempre está convocando legítimas exigencias libertarias (Caballero: 1980, 247).

 

6. Controvertir a Hegel y construir barricadas de maíz

 

 

Cuando el conquistador arriba a las playas del Caribe descubre con sorpresa que esta tierra está poblada y que sus habitantes tienen una rica historia y un rico proyecto político-comunitario. Es por eso que hay que oponerles tanta fuerza y tanta violencia: porque nada es más inconveniente a un proyecto de dominación que la constatación de que se confronta a una sociedad humana con historia y con robustas expresiones culturales. Considerar a las sociedades humanas como sociedades sin historia es el presupuesto de base de la conciencia colonizadora para la cual la historia es la del occidente cristiano. Para imponer un proyecto de dominación en el continente "descubierto" fue necesario negar lo autóctono; y para negarlo, ¡lo silenciaron! Esta negación, iniciada con la llegada del sujeto invasor occidental será reasumida por las minorías criollas nacionales que heredarán el poder después de las guerras de independencia del dominio español: "la negación del indio ha sido un requisito formal paralelo a la constitución de la nación colombiana en tanto unidad independiente" (Bonilla: 1978, 134).

 

De acuerdo con Bonilla, ésta es la nueva fenomenología que existe en el mundo indígena latinoamericano como consecuencia de la negación del derecho a la palabra: se niega su pasado para poder negar su presente y su futuro; se niega su significación social para poder negar su capacidad de formular sus proposiciones políticas propias y sus experiencias políticas válidas y para proveerse de perspectivas políticas para su acción; se niega su cultura para poder negar su actual presencia en tanto alteridad enriquecedora, crítica, constructiva y fecunda. El proceso de negación de lo indígena latinoamericano ha sido, entonces, el fruto de la negación de su historicidad. Con la misma lógica, el nuevo proceso de afirmación de lo latinoamericano debe retomar su historicidad en sus formas más concretas. Es convicción de Orlando Fals Borda que ni lo indio ha sido exterminado ni su cultura liquidada (Fals: 1989, 17), ni la historia de los indios americanos comienza con la llegada del conquistador europeo, ni su larga y secular astucia en las selvas, en las planicies y en las altas montañas americanas puede meterse sin más en el generoso e irresponsable cajón de la "prehistoria"; con Fals Borda concuerda Luis Guillermo Vasco Uribe, quien controvierte las lamentables convicciones de Hegel con respecto a nuestra historia y a nuestro destino como pueblo (Vasco: 1978, 134).

 

De cara a la negación de lo autóctono latinoamericano y en constructiva postura ante la misma hay que asumir el desafío, la convicción y la tarea de la afirmación de aquello que comporta, la afirmación del derecho humano a ser de manera diferente y, simplemente, a ser y existir. Nuestra experiencia histórica nos muestra que un pueblo que ha perdido el derecho a proferir su propia palabra es un pueblo condenado a perderse en la amnesia histórica, a ser un pueblo sin memoria. Y un pueblo sin memoria histórica es un pueblo sin proyecto de presente ni de futuro, condenado solamente a la repetición de todo cuanto se le ha impuesto. Y entonces, Hegel tendría absoluta razón.

 

De acuerdo con lo dicho, como todo aquello que es nuevo es generado en el milagro de la palabra humana, solamente será posible que nuestros pueblos silenciados, -como todos los pueblos colonizados de la tierra-, se empeñen en un compromiso histórico transformador en la medida en que en sus movimientos populares y de base y en su vida cotidiana haya lugar para la retoma del derecho secularmente negado a la palabra y para la rica dinámica social y antropológica que se desencadena alrededor de la palabra. En ello estriba exactamente la propuesta que lanzamos del nuevo "pacto del maíz" posibilitado en la construcción decidida y nacionalmente universal de "barricadas de maíz".

 

7. El hambre sigue gobernando a Colombia 200 años después

 

 

Un siglo después de la primera independencia y hasta nuestros días, ¡a los doscientos años!, la historia de Colombia se ha seguido haciendo y contando como la historia del maíz arrebatado. Las hambrientas bocas, crecientes en número y en dramatismo, cuentan la historia de todo el siglo XX. Pero nunca antes como en estos primeros diez años del siglo XXI, el maíz había sido prostituido. Castamente comprendido, el maíz había sido y sigue siendo interpretado por nuestros pueblos como elemento esencial para alimentar la vida y para hacer de ella rito, fiesta y comunión. Pero jamás había pensado que sus granos, concebidos por la tierra y por milenarias culturas como tejedores de sustancia vital, pudieran cultivarse masivamente como insumo básico de la producción de biocombustibles a gran escala, ante la crisis mundial en la oferta del petróleo (Gabetta: 2008, 18-19).

 

En las últimas décadas de la historia colombiana, la biodiversidad de nuestro suelo se ha sentido y vivido como "la nueva maldición". Lo que hace 518 años empezó a ser la maldición del oro, ahora se convierte, en la alquimia todopoderosa de la sociedad de mercado, en la maldición de la diversidad biológica. Y de la mano de esa maldición posmoderna, se va el territorio. Las gentes, sobretodo campesinas, se quedan de repente, sin la historia de sus terruños ancestrales y sin un pedazo de tierra donde saberse también hijas e hijos de la historia de la nación; se quedan con hambre y sin esperanzas ciertas de poder volver a los rituales de la mesa y al milagro cotidiano del maíz y el alimento. Son responsables de ese brutal desarraigo del suelo ancestral, el estado "que debería representarnos en la construcción y defensa de lo público pero que ha venido dejándose instrumentalizar de manera privatizante para beneficio de sectores dominantes de las esferas económica y política", y los inversionistas extranjeros que se adueñan de la biodiversidad, arruinan el ambiente y horadan sin miramiento las culturas; "las transnacionales que dominan las reglas de la economía suelen tener influencia en los organismos multilaterales que definen las políticas del mundo globalizado de hoy" (Vélez: 2004, 28 y 29).

 

A esa fiebre estatal por la privatización de la tierra, los recursos y la biodiversidad y a esa voracidad de propios y de extraños por apropiarse de lo que es derecho humano fundamental y bien público corresponde hoy, en nuestra Colombia bicentenariamente libre, la destinación masiva de la tierra al cultivo de palma africana, soya, caña de azúcar ¡y maíz! para transformarlos en etanol, bioetanol o etanol de biomasa, que son tres formas distintas de nombrar lo mismo. Ante la fiebre de varios países latinoamericanos por destinar esos alimentos históricos de sus pueblos a la producción de biocombustibles, capitaneados por Brasil y Colombia, el mundo escuchó en abril de 2008 la exclamación airada de Óscar Arias, expresidente de Costa Rica y Nobel de la Paz, "es absurdo que dejen de llenar el estómago de los humanos por llenar de combustible sus motores". Lo más lamentable de la discusión y del debate es que no se esgrima en contra de esa política económica, la prioridad que ha de darse a la seguridad y a la soberanía alimentaria de los pueblos, sino, y solamente, factores de rendimiento y eficiencia como éste: "el maíz produce una energía neta que está en serio debate; genera un 100% o un 40% más de lo necesario frente a su implementación"; y esto no le permite competir con, por ejemplo, la soya que produce el 300% de la energía invertida entre la siembra y la obtención del etanol final (Martínez: 2007).

 

Qué bueno fuera que Colombia, afirmando soberanía e independencia, decidiera con voluntad política y como un pacto unívoco nacional, tomar el histórico maíz, defenderlo con amor patrio y sentimiento humano universal y hacer de él el garante de seguridad alimentaria para las mayorías que hoy están empobrecidas y hambrientas. Lo podríamos llamar, como se anunció arriba, el "pacto del maíz" y revertir sus indicadores: "mientras en 1986 se producían 788.100 toneladas y se importaban 31.500, para 2006 la producción era de 1'340.000 toneladas y la importación alcanzaba 3'244.368" (Gutiérrez: 2009, 3). Y cambiarle sustancialmente su destino: ¡Todo él para las bocas humanas, nada para el estómago insaciable y tragón de los motores!, como lo soñó y gritó con audacia profética el Nobel de la Paz centroamericano. Porque, avanzando este siglo XXI, después de doscientos años de muy cantada y celebrada independencia, el pueblo que se canta libre en homenajes y en conciertos ve crecer las cifras y los rostros de su hambre y de su desnutrición: "El 68% de la población rural es pobre (ocho millones de habitantes del campo), y el 27.5% (un poco más de tres millones) de los campesinos vive en la miseria (...). La situación vivida en las ciudades no es mucho mejor: el 43% de los habitantes (un poco más de 14 millones de personas) vive en la pobreza" (Gutiérrez: 2009, 3).

 

Si algo grave se anuncia en la negación de la seguridad y la soberanía alimentarias es la pérdida de legitimidad de un Estado: Por la puerta por donde entra el hambre de un pueblo, huyen los derechos fundamentales; en esa nación, casa de puerta abierta al hambre, los derechos humanos se pasan por alto y el poder omnímodo del mercado se cuelga, enmarcado y en lugar de los dioses tutelares, en el centro de la sala; desde fuera de la casa, los augures y teólogos del mercado seducen a los habitantes de la casa para el suyo, el único culto que salva. Eso era para el bíblico Elías la evidencia de evidencias de fracaso del proyecto histórico y político del reino de Israel; le decía al rey Acab: "un solo pobre, un solo hambriento en la nación es una señal inequívoca de que algo esencial se ha roto y de que el rey ha perdido legitimidad (12)". En Colombia la pobreza y el hambre no han hecho más que crecer en estos últimos doscientos años.

 

En las muchas guerras internas colombianas de estos dos siglos, las barricadas han estado siempre a punto. Hoy, desesperados de guerras y de sus barricadas disuasivas, en Colombia no se quiere otra cosa que seguridad y soberanía alimentarias. El pueblo colombiano quiere comer, comer con dignidad, comer con soberanía lo que siempre ha sembrado, cultivado, cosechado y llevado a sus mesas, comer sabiendo que también sus cercanos y vecinos comerán, y que toda la nación comerá. Lo enseñó un muchacho de 17 años en clase de filosofía. En abril de 2002, cuando el candidato Uribe se perfilaba como el más seguro vencedor en la campaña por la presidencia de la república, en clase se dio conversación sobre la propuesta del candidato de exterminar la guerra colombiana y sus focos guerrilleros en los tres primeros años de su eventual gobierno. El avisado muchacho preguntó si eso se veía posible. Él mismo reflexionó en voz alta y ante el grupo: "Yo tengo una certeza: si el presidente Uribe derrota a los distintos movimientos guerrilleros y no descansa hasta no exterminar al último de sus militantes, ese día por la tarde habrá nuevas guerrillas por distintos lados de la geografía nacional. Porque la guerrilla no es la causa del problema colombiano sino una de las muchas consecuencias del hambre; el hambre que abunda y se multiplica, el hambre que es la marca de nuestra historia. Si el hambre persiste, persistirán las guerrillas. Y, por el contrario, si el hambre se extingue de nuestra historia, todo movimiento armado irregular del pueblo quedará deslegitimado per se" (13). Ese día nació para muchos un nuevo desafío: proponer y promover por distintos lados de la Colombia hambrienta y desde distintos ámbitos y predicaderos, la construcción decidida y vehemente de nuevas barricadas, ya no de odio y repudio, sino barricadas de vida y por la vida, barricadas de dignidad y de autoafirmación, ¡barricadas de maíz!

 

Cuando se asume ese reto humano, espiritual y político, conviene evocar a Triana y su sueño por una bien construida autonomía colombiana. Y sentir que ese su sueño y su realización no son lejanos en el tiempo y que tienen, en cambio, plena actualidad y vigencia: "Que en un sentido ampliamente metafórico nos consideremos como hijos del terruño y que sobre esta base fundamental de criterio orientemos nuestros estudios, nuestra sicología, nuestra estética y nuestras industrias, para establecer el debido equilibrio entre nuestras inclinaciones y necesidades propias y las reacciones y productos del suelo; tal debe ser nuestra aspiración patriótica, con el propósito de constituirnos en pueblo autónomo" (Triana: 1984, 24). Queda claro, entonces, una vez más: ¡Barricadas para que la afirmación de soberanía no se nos vaya por donde entren la altivez de los invasores extraños y la prepotencia de los de la propia casa!, ¡Barricadas para que la inteligencia popular bien convocada y con buenos niveles de pensamiento nos enseñe a defender la soberanía de nuestros proyectos de vida y de historia popular!

 

8. Demandas de las barricadas de maíz

 

Cuando se dice que hay que construir barricadas de maíz por donde el hambre no pase, por donde la dignidad no pueda escaparse más, se está lanzando a los cuatro vientos de la soberanía nacional, del empoderamiento político de los sectores populares y aún de la buena voluntad de los actores políticos formales que puedan ser sujetos de honradez y buena voluntad, la propuesta de construirlas con las siguientes demandas:

 

  1. Bajar la concentración de las riquezas, en el índice de Gini, del 0.59 al 0.25. El día que esto se logre habremos hecho la más incruenta, noble, altruista, inteligente, profunda y duradera revolución. Con millones de granos de maíz fluyendo, sin el derramamiento inútil y humillante de una sola gota de sangre. Sin atisbos de confrontación de clases. Apenas, y sobre todo, por la única vía revolucionaria posible en tiempos de miseria creciente: Cuando el estado garantice que todos los habitantes de su suelo comen y satisfacen buenamente sus necesidades básicas, la patria quedará abierta a la dignidad y sobrarán todas las formas y apariencias de la guerra. De la mano de este descenso y para garantizarlo, que desciendan también los fatídicos 85 puntos de concentración de la tenencia de la tierra en Colombia que nos ponen en vergonzoso sitial en toda la América Latina (14) y que conllevan "prestigio social, desigualdad social, violencia y narcotráfico" (Gutiérrez: 2009, 3).
  2. Que esos 33 y 45 puntos descendidos en infamantes escalas y ascendidos por la escala de la dignidad nacional y de la desconcentración de bienes y riquezas en poquísimas manos, se apliquen, en una primera fase, a la alfabetización universal del pueblo colombiano. Por donde pasan las letras, pasa el pensamiento. Y cuando es el pensamiento el que gobierna las relaciones y los destinos de una nación, todas las decisiones son espirituales y hondas, sanadoras de heridas y promotoras de idea y numen creador.
  3. Que este pueblo nuestro, universalmente alfabetizado y pensante, se dedique a perfeccionar lo que tanto le gusta y que florece tan a sus anchas en estos trópicos amables y fiesteros: el ejercicio de la palabra. Por eso, que donde antes abundaron el hambre y las miserias, abunden ahora los comedores populares en los que la palabra sea sueño y donde el maíz, servido para todas y todos en la mesa, sea fiesta sin paliativos. Que al mismo tiempo que se comen las deliciosas fantasías del maíz, se asuma la comunión y el ritual de la palabra condividida.
  4. Que asumamos el mandamiento esencial del maíz: Nunca más guerreará un pueblo que lo reparte y comparte, lo come y lo celebra mansamente y sin mezquindades, sentado a la misma mesa y bien avenido con los proyectos de vida en abundancia con los que muchas mentes y manos preparan el presente y los tiempos que vendrán.
  5. Que cada barricada de maíz que se levante en los puntos neurálgicos del hambre y de las mínimas o nulas condiciones de desarrollo humano integral sea un lugar para pensar, proponer y construir, a través de la palabra hermanada y compartida, proyectos de presente y de futuro para las comunidades, proyectos de dignidad entendida como autoafirmación y soberanía, proyectos de la nueva y real independencia, la pendiente, la postergada, la auténticamente nacional.
  6. Que en todas las mesas populares –barricadas de maíz-, la palabra y el maíz sean los primeros invitados y el alimento esencial que se tomará; que la gente coma y piense y converse sobre las formas y caminos para garantizar que la soberanía y la seguridad alimentarias se queden en la casa y para siempre; que se piense y se hable sobre la forma de darle sostenibilidad al proyecto local de barricada; que se piense, se hable y se haga relato, memoria y poesía sobre el derecho de todas y todos a comer y a tener un puesto indefectible en la fiesta de la vida.

 

Conclusión

 

Las nuevas barricadas, las del maíz, se piensan y proponen en el marco de la reflexión que se acaba de esbozar y a partir de experiencias que simultáneamente se dan en geografías y en contextos bien diferentes, como estas dos: El movimiento Slow food de Carlo Petrini que desde Italia profesa que la gastronomía "puede constituirse en una herramienta política de afirmación de las identidades culturales y en un proyecto virtuoso de confrontación contra el tipo de mundialización actualmente en curso" (Petrini: 2006, 47-51), y el movimiento Red solidaria de comedores comunitarios y escolares que, en la localidad Rafael Uribe Uribe de Bogotá "ha tenido como objetivos esenciales dos principios claves: la sostenibilidad y la visibilización del trabajo, gestión y esfuerzo comunitarios, aplicados a proveer de alimento a las personas más necesitadas en las diferentes zonas de la localidad" (Alameda: 2005, 51-56). Esas dos experiencias y la larga práctica de supervivencia mancomunada de los sectores más empobrecidos en tiempos en que las guerras colombianas han arreciado, perfilan a continuación las características esenciales de las nuevas barricadas, las de la paz, las que protegerán la nueva lucha colombiana por una nueva y más limpia independencia, las barricadas de maíz:

 

  1. Serán espacios en los que se prioricen y se garanticen el bienestar colectivo y la equidad. En las mesas allí servidas con maíz y otros frutos de la tierra se hará todos los días el milagro siempre posible del buen reparto, de la buena acogida, de la mansa escucha y del delicioso disfrute de la palabra.
  2. Serán espacios para la memoria de las muchas, largas e históricas negaciones y humillaciones y de las fecundas prácticas de lo comunitario, es decir, para "el refrescamiento de la conciencia y de la intuición, (...) un entrar en sí mismos y navegar por nuestras venas ancestrales, reconociendo caminos olvidados de solidaridad, cooperación, autoestima, bienestar" (Alameda, 2005: 52).
  3. Serán espacios naturales para, por la vía de la palabra compartida, la recuperación de la esperanza. Las barricadas de maíz se inscriben en la freireana "pedagogía de la esperanza" que fluye naturalmente por donde fluye la conciencia del propio ser y del propio deber ser (15).
  4. Serán espacios para la palabra empeñada en la construcción de una nueva historia y de una nueva independencia que privilegien el espíritu cooperativo y colaborativo y las propuestas de nueva cultura desde los sectores históricamente empobrecidos.
  5. Como en la Red Solidaria de Comedores populares, las barricadas de maíz serán un lugar privilegiado para la "recuperación de la confianza, (el) fortalecimiento de la autoestima individual y comunitaria, (el) estímulo consecuente al proceso de participación activa, (la) apertura de espacios democráticos, (el) entendimiento de conceptos como: justicia social, equidad, democracia, participación, sostenibilidad, medio ambiente, planeación, seguimiento, impacto, cooperativismo, solidaridad, amor, perseverancia" (Alameda, 2005: 56).
  6. Como en Slow Food, las barricadas de maíz serán comunidades del maíz, es decir, "comunidades del alimento" al tiempo que comunidades de la palabra. Hay que reconocer con entusiasmo que ya la humanidad se puso de acuerdo al establecer, en los objetivos del milenio, la imperiosa y urgente necesidad de empezar a erradicar el hambre de todos los países y de todos los pueblos de la tierra, con claras metas cualitativas y cuantitativas antes de finalizar el año 2015 (16). Esa política mundial que se convierte en política de Colombia al igual que de cada país firmante del acuerdo, es condición indispensable para que sobreviva la vida en el planeta. Es urgente que Colombia, la nueva, la de doscientos años de una primera independencia, con todos sus grupos y colectivos, oficiales y no gubernamentales, formales y no formales, como un solo cuerpo y conjunto, se ponga de acuerdo en un generoso y creativo "pacto del maíz" o pacto por la erradicación del hambre. Ese pacto deberá empezar por el compromiso de respetar y salvaguardar enteramente la dignidad de la vida y la soberanía de cada vida individual. Y deberá especificarse y detallarse luego en otros pactos derivados: Pacto por la racionalidad y la racionalización de la natalidad; este pacto es conversable y dable en un pueblo globalmente alfabetizado y pensante; pacto por el manejo y la utilización sostenible de los recursos del suelo y del subsuelo nacionales en forma de uso sin abuso, es decir, de beneficio sin explotación (17), pacto por el derecho a la salud.

 

La segunda independencia se inaugurará en Colombia, nación soberana y segura, a partir del momento en que se afirme y ejecute un gran acuerdo nacional por la soberanía y por la seguridad alimentarias; y esa segunda independencia se proclamará como causa cumplida y empezará a celebrarse el día en que el hambre se haya borrado radicalmente de toda la geografía nacional, de todas las bocas, de todas las posibilidades y de todas las expresiones de autoctonía patria. Se seguirá celebrando, entonces, en lo sucesivo, a la nueva Colombia, territorio libre del rencor político del hambre, justa y en paz. Tal vez así, en el año 2210, doscientos después de hoy, quienes habiten estos suelos de libertad nos recuerden con gratitud y digan nuestros nombres sin morirse de ira y de vergüenza.

 

1 TRIANA, Miguel. La civilización Chibcha. 1921. Bogotá: Biblioteca Banco Popular, 5ª. Edición, 1984, p. 13.

2 Citado por ATEHORTÚA, Adolfo León. 1810. Ni revolución ni nación. Medellín: La Carreta Editores, 2010, p.38.

3 ATEHORTÚA, Adolfo León. op. cit., p.37

4 Ibídem, p. 55.

5 Citado por Atehortúa, op. cit., p. 58.

6 Ibídem.

7 Popol Vuj, el libro sagrado de los Mayas: 1999, pp. 61 - 63.

8 Esta memoria y descripción de los rituales del maíz se encuentra en: PATIÑO, Víctor Manuel. Historia de la cultura material en América Equinoccial. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1990, p. 99.

9 HEGEL, Georg Wilhelm Friedrich. "Lecciones sobre filosofía de la historia universal - Discurso: La conexión de la naturaleza o los fundamentos geográficos de la historia universal, 1837". En: Revista de Occidente, traducción de José Gaos, Madrid, 1928.

10 Ibídem.

11 Ibídem.

12 El relato del llamado "ciclo de Elías", profeta bíblico del siglo IX a.C., se inicia en el libro I de Reyes, Capítulo 17, versículo 1 y va hasta el libro II de Reyes, capítulo 1, versículo 18.

13 Experiencia del autor como profesor de filosofía en la educación media del Colegio Soleira.

14 Ver: Equipo desde abajo. "Reforma agraria, portón de la paz". En: Soluciones agrarias, Nº 7/8, Julio–Octubre 2008, Bogotá, 2008.

15 Ver: Freire, Paulo. Pedagogía de la esperanza. México: Siglo veintiuno editores, 2005.

16 En los "Objetivos de desarrollo del milenio" los 192 países miembros de las Naciones Unidas acordaron:

"OBJETIVO 1: Erradicar la pobreza extrema y el hambre: - reducir a la mitad, entre 2000 y 2015, la proporción de personas que sufren hambre; reducir a la mitad, entre 200 y 2015, la proporción de personas cuyos ingresos son inferiores a un dólar diario; conseguir pleno empleo productivo y trabajo digno para todos, incluyendo mujeres y jóvenes".

17 La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó en Junio de 1997 "la carta de la tierra". Es la tierra la que en esa carta grita y suplica a la humanidad, en la voz de los representantes de las naciones. El llamamiento es a todos los pueblos del planeta, viejos y nuevos, grandes y pequeños. Se les invita a "reinventar la civilización". Que esa nueva civilización sea capaz de tecnología e industria armonizadas con el individuo y con todas las comunidades de individuos que se juntan sobre la redondez de la tierra.

Grita el planeta y pide a los pueblos todos, a sus dirigentes y empresarios, a sus organizaciones de base y a sus asociaciones civiles, que creen con urgencia modelos económicos y sociales que protejan los derechos humanos y las capacidades de regeneración del ecosistema global.

Dice la tierra en su amorosa carta que somos una sola y única comunidad de vida los habitantes del presente y que, igualmente, hacemos una sola y única comunidad de vida con los habitantes del futuro. Que el futuro es sangre de nuestra sangre y proyección de la historia que escribamos hoy. Que, en fin, somos un solo y único lazo comunitario que se hila y entreteje con la familia humana, con toda la comunidad terrestre, con todos los seres vivos, con el planeta mismo.

La tierra escribe su carta esperanzada a la humanidad y le recuerda que somos un único mundo y un mismo y único destino que se hace y escribe en increíble diversidad pero en necesaria interdependencia. Por eso, nos dice la tierra, es urgente que todos los pueblos declaremos nuestra responsabilidad colectiva y compartida en que ella, la tierra, viva y nosotros con ella o en que, con ella, perezcamos todos.

 


Bibliografía

 

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ATEHORTÚA Cruz, Adolfo León. 1810 ni revolución ni nación. Medellín: la carreta editores, 2010. pp. 43-86.
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El derecho humano a la alimentación, 64 años después*

 

David Rodríguez-Arias y Carissa Véliz**

 

El día 11 de diciembre, hace 64 años se firmó en París la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Su artículo 25 reconoce el derecho a la alimentación como un bien primordial que debe ser protegido.

 

Jean Ziegler, el ex-relator especial de la ONU para el derecho a la alimentación, alerta de que, de todos los Derechos Humanos, el derecho a la alimentación, siendo uno de los más fundamentales, es al mismo tiempo el más constante y ampliamente violado en nuestro planeta (Destrucción Masiva, 2012). La desnutrición está asociada a la aparición de enfermedades como el kwashiorkor, la tuberculosis y la diarrea, responsables de la mayoría de las muertes que se producen en los países menos desarrollados. El hambre es, a día de hoy, la principal causa de muerte en el mundo: más que las guerras, las enfermedades cardiovasculares, o el cáncer.

 

La infancia constituye el sector de la población más vulnerable a la desnutrición. La desnutrición no es lo mismo que la falta de alimento. Además de la ingestión de una cantidad de calorías diaria aceptable—que hace que el menor tenga un peso adecuado—es preciso que su alimentación sea rica en micronutrientes: vitaminas, minerales y oligoelementos. Las deficiencias en micronutrientes generan la llamada hambre silente, responsable de millones de casos anuales de ceguera (causada por la falta de vitamina A), beriberi (enfermedad que destruye el sistema nervioso y que es causada por la falta de vitamina B), escorbuto y raquitismo (causados por falta de vitamina C), múltiples trastornos del crecimiento y desórdenes mentales. La desnutrición prolongada destruye el cuerpo y las habilidades mentales. Quien no puede comer, sencillamente, deja de poseer su vida. Son el hambre y la enfermedad los que poseen la vida del hambriento.

 

Entre 2010 y 2012 ha habido 870 millones de personas en el mundo subalimentadas, es decir, el 12,5% de la población global. ¿Soportaríamos vivir en una sociedad en la que una de cada ocho personas con las que nos cruzáramos estuviera al borde de la muerte por inanición? Nos consolamos pensando que la inmensa mayoría de esas personas –852 millones– viven en los lejanos países "en desarrollo", donde la desnutrición alcanza el 15% de la población. Sin embargo, en la era de la globalización, nuestra capacidad para afectar y vernos afectados por lo que ocurre a miles de kilómetros hace que esa distancia sea cada vez más virtual.

 

Comparando dos realidades: en España la esperanza de vida es superior a ochenta años, en Swazilandia es de treinta y dos. Cuando en Madrid una familia gasta al mes aproximadamente el 15% de la renta familiar en la compra de alimentos, en los suburbios de Manila la parte dedicada a la alimentación representa más del 80% de los ingresos familiares, sin que ello les permita a los filipinos disfrutar de una alimentación equilibrada.

 

Aunque la proporción de la población mundial subalimentada haya descendido ligeramente en los últimos veinte años, no ocurre lo mismo con el total de personas que pasan hambre. Hoy, a pesar de las innovaciones agroalimentarias y de las mejoras alcanzadas en los sistemas de producción agrícola y los transportes, hay 78 millones más de hambrientos que en 19901.

 

Como ocurre con casi todas las injusticias planetarias, el hambre también tiene un rostro femenino. Las mujeres la sufren más que los hombres; las niñas más que los niños. En algunas regiones de Pakistán, por ejemplo, las mujeres y las niñas solo pueden comer las sobras que los hombres y los hijos varones les dejan. Una embarazada subalimentada no puede transmitir los nutrientes necesarios al feto. La subalimentación fetal provoca daños cerebrales y deficiencias motoras. Millones de bebés nacen cada año determinados a tener una vida incompleta, privada de las necesidades más básicas. Incluso la lactancia, la única capacidad propiamente humana –materna– de generar alimento, se ve afectada. En Malí, poco más del 25% de las madres consigue amamantar a sus bebés de un modo normal y durante el tiempo necesario. La anemia causada por la falta de hierro en los menores de dos años es fatal en esa fase crucial de su desarrollo neurológico e inmunitario. En ausencia de todo sucedáneo lácteo, las madres que no pueden dar de mamar asisten al espectáculo insoportable de la degradación progresiva de la salud de sus bebés. En 2007, en Angola, Burundi, Congo, Costa de Marfil, Etiopía, Guinea, Liberia, Uganda, Somalia y Sudán, uno de cada diez niños murió antes de cumplir los cinco años de edad. La situación fue incluso peor en otros países, acechados por las guerras, como Afganistán, Chad o Sierra Leona, donde llegó a morir hasta uno de cada cuatro niños menores de cinco años. Estos datos encierran cantidades intolerables de sufrimiento y desesperación.

 

Por ello resulta crucial recordar que se trata de un sufrimiento evitable. Es cómodo pensar la pobreza y el hambre como fenómenos necesarios. Sin embargo, no son ninguna fatalidad. Ni siquiera es legítimo asimilarlos a desastres naturales. La subalimentación y la desnutrición hoy en día son creaciones humanas. Erradicarlas también está a nuestro alcance. Se calcula que se necesita sumar 19000 millones de dólares anuales a la actual ayuda oficial al desarrollo para eliminar el hambre y la malnutrición a nivel mundial. Cada año, los habitantes de los países del norte preferimos gastar esa misma cantidad en perfumes. Los cien mil millones que, solo en España, se han empleado para rescatar a la banca, habrían servido para eliminar un tercio de la pobreza mundial.

 

¡El 1% de la población más rica del mundo (grandes empresarios multinacionales y banqueros) disfruta del 39,9% del capital mundial! Los 18 millones de muertes anuales relacionadas con la pobreza podrían prevenirse con medidas muy baratas: una mejor distribución del alimento (el 40% de los cereales los consumen animales, que son a su vez consumidos por los ricos del mundo), medidas de rehidratación, vacunas, antibióticos y agua potable.

 

Si existe hambre es porque permitimos que exista. Opina Ziegler que el hambre tiene un cierto parentesco con el crimen organizado. Un puñado de grandes transnacionales agroalimentarias –Aventis, Monsanto, Pioneer, Syngenta, Cargill– controlan el mercado de semillas, abonos, así como el almacenaje, la distribución y la venta de los productos alimentarios. El control que ejercen sobre el precio de los productos les permite obtener beneficios muy sustanciosos. Por otro lado, ese control deja a merced de su codicia a millones de personas pobres cuyo acceso a los alimentos esenciales –el trigo, el maíz, el arroz– se ve mortalmente restringido. Los recursos financieros de estas transnacionales, a menudo superiores al producto interior bruto de los países en los que están implantadas, hacen desaparecer todo poder de negociación por parte de estos. Incluso en los países pobres donde los dirigentes han sido elegidos democráticamente y velan por los intereses sociales, los políticos están atados de manos para garantizar el acceso al derecho a la alimentación.

 

La eliminación de las barreras de comercio proteccionistas con las economías desarrolladas y los aranceles a las exportaciones del Sur, la eliminación de la agricultura extensiva y los monocultivos, la eliminación de los latifundios, la redistribución de las tierras arables, la subvención pública de los alimentos básicos, la eliminación del dumping y otras formas de especulación oligopólica con los alimentos básicos, la preservación del suelo, la equidad en la adquisición del alimento y una prohibición de los monopolios de las sociedades multinacionales del sector agroalimentario sobre los mercados de semillas, abonos y comercio, bastarían para interrumpir la hambruna que sufre el Sur ante nuestra indiferencia.

 

Los habitantes de las sociedades desarrolladas y democráticas tendemos a tener la conciencia tranquila: no somos nosotros los que provocamos las violaciones de derechos, las hambrunas y la explotación. Sin embargo, esas violaciones y daños no solo los llevan a cabo personas. Como señala el filósofo Thomas Pogge, también se producen a través de las instituciones: "Los ciudadanos podrían estar implicados cuando las instituciones que mantienen producen de manera previsible y sistemática un déficit evitable de derechos humanos" (Politics as usual, 2010, 29). La violación del derecho humano a la alimentación se reproduce cada vez que contribuimos con nuestros hábitos de consumo al enriquecimiento de las empresas multinacionales cuyo lucro pasa por pisotear la legítima aspiración de los más pobres al alimento. Además del deber moral de contribuir eficazmente con nuestro propio dinero (cuando nuestra situación económica lo permite) a los que menos tienen, los ciudadanos de los países medianamente democráticos tenemos, además, la responsabilidad de presionar a nuestros gobiernos para que no se dobleguen ante los poderes económicos establecidos por esos oligopolios asesinos. Mientras no cumplamos con nuestra parte de responsabilidad, careceremos de argumentos para rebatir la desafiante insinuación de que cada persona que muere por hambre, muere asesinada.

 

* Tomado de: http://blogs.publico.es/dominiopublico/6243/el-derecho-humano-a-la-alimentacion-64-anos-despues/

** Consejo Superior de Investigaciones Científicas y City University of New York

1 "Informe sobre la inseguridad alimentaria en el mundo", Roma, FAO, 2012.

 


 

Así nacieron los hombres de maíz*

 

"Ha llegado el tiempo del amanecer", dijeron Tepeu (el dios del cielo) y Gucumatz (padre y madre de todo lo que hay en el agua), los Progenitores, los Formadores. "Es hora de que aparezca el hombre sobre la tierra". Se juntaron e hicieron consejo en medio de la noche, y entonces vinieron el Yac (un gato de monte), el Utiú (el coyote), el Quel (una cotorra)",y el Hoh (el cuervo) y les dieron la noticia de las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, les dijeron que fueran a Paxil y Cayalá a buscarlas y les enseñaron el camino.

 

Cuando los creadores llegaron se llenaron de alegría porque habían descubierto una hermosa tierra llena de abundantes mazorcas amarillas y mazorcas blancas y de pataxte y cacao y zapotes, anonas, jocotes, nances, matasanos y miel. Abundancia de sabrosos alimentos había en aquel pueblo de Paxil y Cayalá. Así encontraron la comida que entró en la carne del hombre creado por Tepeu y Gucumatz. Así entró el maíz en la formación del hombre.

 

Luego, Ixmucané (la abuela diosa del maíz) molió las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas e hizo nueve bebidas y de este alimento provino la fuerza y la gordura y los músculos del hombre. De maíz blanco y maíz amarillo se hizo la carne del hombre, de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas. Únicamente masa de maíz entró en la carne de los cuatro hombres que fueron creados por los formadores. Estos son sus nombres: el primero: Balam-Quitzé, Balam-Acabel segundo, el tercero: Mahu-cutah y el cuarto Iqui-Balam.

 

*Adaptación basada en el Popol Vuh.

Martes, 22 Enero 2013 15:13

Martí y la Política Espiritual

Martí y la Política Espiritual

Al cumplirse 160 años del nacimiento de José Martí el 28 de enero de 2013, nos hemos propuesto alentar una siembra de su espíritu ético en el corazón de la sabana muiska andina. Con este propósito organizamos un evento múltiple para tratar su obra, el cual incluye: el Coloquio Internacional sobre la vigencia de la vida y obra de Martí, la exposición itinerante que recoge facetas luminosas de su trasegar, y una muestra de la obra audiovisual realizada en torno a la figura de Martí. Todas y todos están invitados a la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, desde el 28 de enero, donde se disertará, se expondrá su obra y se proyectarán los audiovisuales.

 

Mientras no se rinda culto pleno a la dignidad de cada ser, la vida y el pensamiento de Martí estarán vigentes. El secreto de su intemporalidad habita en su visión espiritual, no de credo religioso, que maduró tempranamente en su interior. Además, Martí comprendió, como pocos, el sentido de su época, las esencias del tiempo germinal de nuestro tiempo en el que discurrió su breve y luminosa parabola vital.

 

En 1873, en su primer destierro en Madrid cuestiona a la Primera República española por mantener su dominio imperial sobre las islas de Cuba y Puerto Rico, por no reconocer los estragos causados por el régimen colonial y contribuir a su curación, y por continuar soportando el crimen de la esclavitud: La honra puede ser mancillada. La justicia puede ser vendida. Todo puede ser desgarrado. Pero la noción del bien flota sobre todo y no naufraga jamás. España no puede ser libre mientras tenga en la frente manchas de sangre (La república española ante la revolución cubana).

 

En 1880, cuando recién arribó a los Estados Unidos, país en el que vivirá durante 15 años, se declaró impresionado con la atmosfera de libertad que allí se respiraba, pero poco a poco su conciencia captó lo que llamaría la enfermedad del dinerismo: En la médula, en la médula está el vicio, en que la vida no va teniendo en esta tierra más objeto que el amontonamiento de la fortuna.

 

Junto a ese materialismo romo que convierte la vida en una regata funesta por la riqueza material, e impide captar que la muerte no es fin, sino tránsito, Martí comprendió a Cuba como el fiel de la balanza hemisférica, observó la violenta tendencia expansiva de la que sería la primera potencia planetaria, y consagró su acción y su escritura a impedir con la emancipación de Cuba y Puerto Rico que el norte revuelto y brutal se abalanzara sobre Nuestra América: la unidad geográfica y cultural de los pueblos que habitan desde el norte de México hasta la Patagonia. En diciembre de 1882, escribe una carta a Bartolomé Mitre, en la que declara no confundir lo que piensa un cenáculo de ultraaguilistas con el pensar de todo un pueblo heterogéneo, trabajador, conservador, entretenido en si, y por sus mismas fuerzas varias equilibrado [...]

 

Ya en 1882, Martí había percibido el rumbo que se impondría al mundo entero: Ha echado por caminos la existencia moderna, en que la serenidad de animo, la claridad de lo interior y la vida legitima van siendo imposibles (Cartas a La Nación, julio de 1882). Se da cuenta de que habita en un país donde la conciencia de la fuerza y el apetito de la fortuna tienen en riesgo el decoro nacional, la independencia de los pueblos vecinos y la independencia del mismo espíritu humano acaso [...] (Cartas a La Nación, agosto 12 de 1885).

 

Martí se ocupó entonces de organizar un proceso insurrecional que culminará con éxito la independencia política de Cuba, a través de un acción militar sin odio, y veloz por estar acompañada de manera conciente por el pueblo cubano, sin exclusión por clase, raza, sexo, o credo. Pero, al mismo tiempo, plasmó los principios y los métodos que deberían garantizar una democracia radical, un orden político propio, no calcado de realidades diferentes, un orden soberano en las que las decisiones que se tomaran sobre el devenir colectivo fuesen fruto del pensamiento conciente y la expresión de la comunidad.

 

En los Estados Unidos percibió que tras el disfraz democrático en realidad se operaba el control de las instituciones públicas por parte del poder financiero y las nacientes redes intermonopolicas: donde ven un débil comen de él, y veneran en si la fuerza, única ley que acatan, y se miran como sacerdotes de ella [...] Forman sindicatos, ofrecen dividendos, compran elocuencias e influencia, cercan con lazos invisibles al congreso, sujetan de la rienda la legislación como un caballo vencido, y, ladrones colosales, acumulan y se reparten las ganancias en la sombra. Son los mismos de siempre [...]. Tienen soluciones dispuestas para todo: periódicos, telégrafos, damas sociales, personajes floridos y rotundos, polemistas ardientes, que defienden sus intereses con palabra de plata y magnifico acento. Todo lo tienen se les vende todo: cuando hallan algo que no se les vende, se coaligan con todos los vendidos y lo arrollan [...] Un deseo absorbente les anima siempre, rueda continua de esta tremenda maquina: adquirir: tierra, dinero, subvenciones, el guano del Perú, los estados del norte de México [...]. En cuerda pública, descalzos y con la cabeza mondada debían ser paseados por las calles estos malvados que amasan su fortuna con las preocupaciones y los odios de los pueblos –Banqueros no: bandidos (Cartas a La Nación, octubre de 1885).

 

En ese momento, en Colombia, el itsmo de Panama y los yacimientos petrolíferos, iban identificándose como objetivos de conquista por parte del poder hemisférico. En 1889, los Estados Unidos organizan en Washington la primera Conferencia Panamericana y Martí comprende y revela la naturaleza imperial del convite que realizan: Creen en la necesidad, en el derecho bárbaro, como único derecho: 'Esto será nuestro, porque lo necesitamos'. Creen en la superioridad incontrastable de la raza anglosajona contra la raza latina. Creen en la bajeza de la raza negra, que esclavizaron ayer y vejan hoy, y de la india que exterminan (Cartas a La Nación 1891).

 

Martí habitó y recorrrió Cuba, Mexico, Guatemala, Haití, República Dominicana, Venezuela, Colombia, y percibió el espíritu de estas tierras, de la grandeza destrozada, del valor extraordinario de la independencia apenas iniciada y de la necesidad de completarla, de escribir la última estrofa del poema de 1810: ¿Qué importa que vengamos de sangre mora y cutis blanco? El espíritu de los hombres flota sobre la tierra en que vivieron, y se les respira. ¡Se viene de padres de Valencia y madres de Canarias, y se siente correr por las venas la sangre enardecida de Tamanaco y Paramaconi [...].

 

Robaron los conquistadores una página al universo. Con Guaicapuro, con Paramaconi, con Anacaona, con Hatuey hemos de estar, y no con las llamas que los quemaron ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los degollaron, ni con los perros que los mordieron (La América, abril de 1884).

 

Martí percibe la naturaleza singular, unitaria y germinal de un pueblo de pueblos indígena, negro, mestizo, y su resistencia a Europa, primero, y a la América europea, después: El primer criollo que le nace al español, el hijo de la malinche fue un rebelde. El glorioso criollo cae bañado en sangre, cada vez que busca remedio a su vergüenza, sin mas guía ni modelo que su honor, hoy en Caracas, mañana en Quito, luego con los comuneros del Socorro; [...] muere como el admirable Antequera, profesando su fe en el cadalso del Paraguay, iluminado el rostro por la dicha "exhortando a las razas a que afiancen su dignidad" (Madre América, 1890).

 

Su visión temprana sobre el significado germinal de Bolívar y Venezuela, suspenden el aliento: Cuando se tienen los ojos fijos en lo alto, ni zarzas ni guijarros distraen al viajador en su camino: los ideales enérgicos y las consagraciones fervientes no se merman en un ánimo sincero por las contrariedades de la vida. De América soy hijo: a ella me debo. Y de la América, a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro, esta es la cuna; [...] Déme Venezuela en que servirla: ella tiene en mí un hijo (Carta a Fausto Teodoro Aldrey, 1880).

 

Martí conjuga su observación serena y penetrante en el sentido de su tiempo, con una acción esclarecedora y organizativa febril. En 1892 funda el periódico Patria dirigido a comunicar las ideas, los principios, los sueños que guían la emancipación: el odio no funda, sólo el amor engendra maravillas. Al mismo tiempo Martí acomete la comunicación ejemplar y por escrito de lo que el considera decisivo: la revolución que ha de desarrollarse una vez lograda la independencia: la que permita el florecimiento de un ser humano con más ala que garra.

 

En 1889 Martí escucha a un republicano en la Casa Blanca presidida por Harrison decir: El continente es nuestro, y a las buenas o a las malas nos ha de comprar lo que le tenemos que vender. Entiende y se horroriza ante la vileza del designio imperial que para imponer sus intereses siembra la división y la guerra entre quienes tendrían que laborar unidos en la defensa de la soberanía y la construcción del hogar colectivo [...]. En su formidable ensayo Nuestra América, plasmó la necesidad de la unidad de nuestros pueblos y de una educación propia y no plegada a la dominación.

 

[...]

 

Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes. (Nuestra América, 1891).

 

¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes del mundo, con antiparras yankis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen...Gobernante en un pueblo nuevo quiere decir creador. [...] Tenemos cabeza de Sócrates y pies de indio, pies de llama, pies de Puma y de jaguar; pies de bestia nueva. El sol nos anda en las venas. Nuestro problema es nuestro, y no podemos conformar sus soluciones a las de los problemas de nadie. Somos pueblo original: un pueblo desde los Yakis hasta los patagones (Nuestra América).

 

En su vivencia en Nueva York, Martí percibió la manera en que la ciudad ejecuta, y la forma en que la vida urbana enceguece y enferma. Apreció las mejores expresiones del espíritu norteamericano: Emerson, Whitman, Longfellow, y encontró coincidencias profundas con nuestros pueblos nativos en el amor por la tierra y la naturaleza; de Emersón señalo: Para él un árbol sabe más que un libro; y una estrella enseña más que una universidad; y una hacienda es un evangelio; y un niño de la hacienda está más cerca de la verdad universal que un anticuario, para él no hay cirios como los astros, ni altares como los montes, ni predicadores como las noches palpitantes y profundas [...] para ser bueno no necesita más que ver lo bello (Crónica sobre Emerson, La opinión Nacional, 1892).

 

El bosque vuelve al hombre a la razón y a la fe, y es la juventud perpetua. El bosque alegra, como una buena acción. La naturaleza inspira, cura, consuela, fortalece y prepara para la virtud al hombre. Y el hombre no se halla completo, ni se revela a sí mismo, ni ve lo invisible, sino en su intima relación con la naturaleza.

 

Martí captó la naturaleza espiritual del ser humano y bregó por un porvenir colectivo que cuidase esa esencia y la potenciara. Labró un verbo dirigido a encender almas, elevar espíritus, y preservar la belleza moral, la belleza interior. Comprendió que no puede haber revolución social, sin revolución interior, política revolucionaria sin ética, sin amor sin tregua.

 

Unos días antes de ofrendar su vida en Dos Ríos, Martí escribió una carta a su madre en la que le dice : Madre mía: Hoy, 25 de marzo, en víspera de un largo viaje, estoy pensando en Vd. Yo sin cesar pienso en Vd. Vd se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de UD con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre esta allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía el recuerdo de mi madre. [...] Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición.

 

Su José Martí.

 

Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Vd. pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.

Publicado enEdición N°187
El fin del mundo y los hombres y mujeres de maíz

El 21 de diciembre 2012 marcó el inicio de un nuevo baktún, un periodo de 394 años solares, según la cuenta larga de los mayas y su sofisticado conocimiento astronómico. En una época donde la cultura dominante banaliza todo, el momento se cargó de significados contradictorios, para algunos el fin del mundo” (ante la falta de sentido, el apocalipsis vende), para otros el inicio de una “nueva era”, o simplemente, un momento de reflexión. Para los pueblos que aún conservan una relación de respeto con la tierra y el entorno, el tiempo es definitivamente mucho más que un sexenio, no es lineal, la memoria colectiva y el horizonte común abrazan el presente, justamente, siempre presentes.  

 

Desde el corazón del mundo maya, la vasta movilización silenciosa y en perfecto orden de más de 40 mil comuneros zapatistas en Chiapas, recordó contundentemente al planeta que ahí siguen, construyendo, creando y resistiendo, mientras el sistema se derrumba. Mensaje callado de enorme resonancia, que como espejo nos devuelve la esperanza, no la que espera, sino la que construye.

 

Los mayas, escribe Carlos Lenkersdorf, como toda cultura, tienen una historia cambiante a través de los siglos y milenios. La oficialidad y la industria del turismo resaltan de ellos el periodo clásico (aproximadamente del año 300 al 900), épocas de teocracia y fuertes diferencias sociales, que es también cuando se construyeron pirámides y sitios como Palenque, Yaxchilán, Tikal y otros. Esos lugares fueron abandonados cerca del fin del periodo, en lo que muchos investigadores y la historia oficial consideran un “colapso” de la civilización maya. Pero Lenkersdorf señala que los mayas siguen existiendo y por tanto no “colapsaron”. Lo que terminó fue la estructura social altamente elitista que existía en ese periodo. Por tanto, se trató más bien de rebeliones de campesinos, que abandonaron esos suntuosos sitios para habitar lugares más adecuados a la vida comunitaria y a la siembra. A través del tiempo, los mayas han seguido resistiendo al sojuzgamiento, así como a los conquistadores –que a diferencia de otras culturas donde había estructuras jerárquicas centralizadas, tuvieron que enfrentarse con la prolongada resistencia de cada región maya, ya que aunque unas fueran derrotadas, las demás seguían resistiendo e incluso las que los españoles consideraban vencidas, se volvían a levantar. “A lo largo de 500 años, desde la llegada de los europeos, no hubo ningún siglo sin levantamiento maya. La ‘guerra de castas’, así llamada por los no mayas y que ocurrió en el siglo pasado, duró unos 50 años. El primero de enero de 1994 es fecha memorable de otro levantamiento maya al terminar el siglo XX. Dura ya años y la problemática de la rebelión no se ha resuelto”, nos recordaba Lenkersdorf y sigue vigente. Complementariamente, Nelson Reed, en La guerra de castas en Yucatán, señala que un detonante crucial de la rebelión en la península fue justamente haberles impedido seguir su vida como campesinos libres y plantar su maíz.
Estamos ahora en otra vuelta de la misma tuerca, pero en todo el mundo, incluido el mundo maya: el ataque despiadado a la vida campesina-indígena y a las fuentes independientes de producción de alimentos, bases de su sustento y el de la mayoría de la humanidad. Como resume la demanda de la audiencia sobre Maíz y Soberanía Alimentaria del Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP), este ataque se despliega tanto a través del avance sobre sus territorios para acceder a los recursos que existen o puedan plantarse allí (entre otros, maderas, minería, agua, biodiversidad, monocultivos de palma, jatrofa y ahora soya y maíz transgénico) como por la destrucción provocada por los sistemas de infraestructura, carreteras, transporte y energía que éstos y otros “desarrollos” demandan, o por los desplazamientos a que obligan a sus habitantes destrozando sus medios de vida, sus culturas y sus asambleas, junto a los muchos problemas asociados al crecimiento salvaje de ciudades, basureros, contaminación, marginación.

 

La debacle se puede ver desde muchas aristas y “sólo entre todos sabemos todo”, como dicen los sabios wixárika. Por el trazado de un mapa colectivo en el TPP. Uno de los puntos de mira paradigmáticos es la destrucción de los sistemas alimentarios independientes, comenzando por la apropiación corporativa de las semillas. Todas las guerras tratan de destruir las fuentes de alimentación del enemigo. Para ello, los transgénicos, con la contaminación inevitable que conllevan y las patentes que criminalizan a las víctimas, son un arma privilegiada. Los conquistadores son ahora empresas transnacionales, que cuentan con ejércitos y gobiernos, para avanzar y defender sus intereses, paliar algunos impactos sociales si les da mejores mercados, o avasallar territorios y reprimir la defensa comunitaria.

 

Y aunque para las trasnacionales los campesinos y la gente en general no somos “enemigos” sino clientes potenciales (en realidad sólo les interesa la ganancia), apropiarse de las bases de la alimentación les da ambas ventajas: fabricar dependencia y destruir resistencia.

 

Pese a los ataques, la alimentación de cerca de 70 por ciento de la humanidad sigue estando en manos de la agricultura campesina y de pequeña escala, de pescadores artesanales, recolectores, huertas urbanas. En todas partes, las luchas se siguen tejiendo, en silencio a veces, en estruendo otras, mientras los hombres y mujeres de maíz siguen sembrando y el baktún apenas comienza. Tejiendo también culturas, dicen los indignados: no es que avancemos poco, es que vamos muy lejos.

 


Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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Jueves, 06 Diciembre 2012 06:44

Procesan a trece represores chilenos

El ministro especial para causas de derechos humanos, Alejandro Solís, remeció los viejos y gastados cimientos en que aún se afirman los militares que sistemáticamente abusaron de su poder cuando Augusto Pinochet gobernaba Chile. Ayer, el magistrado procesó a 13 ex agentes de la DINA (policía secreta de la dictadura, responsable de asesinatos, secuestro y tortura entre 1974 y 1977), entre ellos a su ex director, el ex general Manuel Contreras, y el ex coronel Marcelo Moren Brito que, según testimonios, habría asesinado a un sobrino, informaron ayer fuentes judiciales chilenas.

 

El magistrado encausó a los ex agentes en el marco de la investigación de delitos de lesa humanidad cometidos “por una organización criminal que tenía como único objetivo reprimir a los opositores, que consideraba enemigos políticos”. Para ello, utilizó “como medios de destrucción armas de fuego, explosivos y otros idóneos”, explica la extensa resolución del magistrado. Agrega que los militares retirados están imputados como autores de homicidios y secuestros calificados (desapariciones) en los primeros meses de 1975.

 

Todos los procesados (cercanos colaboradores del dictador chileno) están hoy tras las rejas, cumpliendo condenas por otros casos de violaciones a los derechos humanos. Sólo en el caso de Contreras, las penas significan más de 270 años efectivos de cárcel.

 

Entre este grupo “selecto” de militares figuran los brigadieres en retiro Miguel Krassnoff Martchencko (quien el año pasado recibió un homenaje en la derechista comuna de Providencia en Santiago y que, a la postre, le significó al alcalde, Cristian Labbé, otro ex militar, perder su cargo), Pedro Espinoza Bravo y el coronel Moren Brito. Este último fue “el jefe” del campo de torturas de “Villa Grimaldi”, al que según diversos testigos fueron llevadas las víctimas.

 

Los procesamientos se enmarcan en la dura represión impulsada por la dictadura contra el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (grupo político radical de la resistencia contra Pinochet). En 1975, los nombres de las víctimas, que incluían varias mujeres y jóvenes profesionales o estudiantes universitarios, aparecieron en la lista de 119 nombres de la llamada “Operación Colombo”. Esta incluyó publicaciones en periódicos argentinos y brasileños que buscaban encubrir la desaparición de los opositores presos, con el argumento de que habían muerto en rencillas internas del MIR. La falsedad de esos escritos ha ido quedando de manifiesto en los últimos años. De esta forma, ocultaron la desaparición de las 119 personas en el marco del Operativo Cóndor, realizado entre los gobiernos militares de ese entonces para “combatir la subversión” de acuerdo con la doctrina de seguridad nacional implementada por Estados Unidos en la región. Se estima que por “Villa Grimaldi” pasaron cinco mil personas.

 

Según recuerda la prensa chilena, uno de los desaparecidos en la “Operación Colombo” fue el ingeniero civil Alan Roberto Bruce Catalán, de 24 años, sobrino del coronel Moren Brito, quien, han dicho los testigos, lo torturó y asesinó personalmente. Relatos de prisioneros supervivientes cuentan que días antes le comentaron a Alan Bruce lo afortunado que era porque su tío era el jefe del campo y que se salvaría. Este respondió que estaban equivocados y que seguramente moriría, porque a Moren lo que más le preocupaba era que sus superiores no lo consideraran débil.

 

En diciembre de 2007, en el penal Cordillera, donde cumplen condenas los ex jefes de la DINA, el coronel (R) Maximiliano Ferrer Lima se peleó con Moren Brito y le echó en cara, según el informe del incidente elaborado después por las autoridades carcelarias, haber asesinado a su sobrino. Moren, según el citado informe, ahorcó a su sobrino con un alambre y para asegurarse le introdujo enseguida la cabeza en una bolsa de plástico.

 

Durante la dictadura de Augusto Pinochet, según datos oficiales, unos 3200 chilenos murieron a manos de agentes del Estado, de los que 1192 figuran aún como desaparecidos y más de 33.000 fueron torturados o estuvieron presos por causas políticas.

 

“A julio de 2012, eran unos 800 los ex agentes (militares, policías y civiles) procesados y/o condenados a partir del año 2000 en Chile por crímenes relacionados con terrorismo de Estado cometidos en la dictadura”, explica a Página/12 Cath Collins, profesora e investigadora de la escuela de Ciencia Política de la Universidad Diego Portales. Agrega que de los 250 ya condenados en firme, menos de un tercio ha ido en algún momento a la cárcel. “Los demás logran sentencias bajas (de menos de cinco años).” El contraste con Argentina es el siguiente: 66 por ciento de las penas en Chile son de cinco años o menos (lo que significa que son no carcelarias), mientras que el 50 por ciento de las penas en Argentina son a perpetuidad”, concluye.

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Martes, 20 Noviembre 2012 10:35

Navidad en el asilo de noche*

Un acontecimiento acaba de turbar cruelmente la atmósfera de fiesta de nuestra capital. Las almas piadosas venían justamente de entonar el bello canto tradicional: “Navidad de alegría, Navidad de misericordia”, cuando se esparció bruscamente la noticia de que un envenenamiento en masa acababa de producirse en el asilo municipal. Las víctimas eran de diversas edades: Joseph Geihe, empleado, 21 años; Karl Melchior, obrero, de 47 años; Lucien Scieptarorski, 65 años, etcétera. Cada día se traían nuevas listas de hombres sin albergue, victimas del envenenamiento. La muerte los finiquitaba por todas partes: en el asilo, en la prisión, en el chaufoir público o simplemente en la calle, acurrucados en cualquier rincón. Antes que el año nuevo naciera, al son de las campanas, 150 se retorcían presas de los espantos de la agonía y 70 estaban ya muertos.

 

Durante muchos días, el modesto edificio de la calle de Froebel, que todo el mundo rehúye en tiempo ordinario, concentra hoy sobre él la atención general. ¿Cuál era, pues, la causa de este envenenamiento en masa? ¿Se trataba de una epidemia o de un envenenamiento provocado por el consumo de alimentos en descomposición? La policía se dio prisa en restablecer la tranquilidad de la población: no se trataba de una enfermedad contagiosa. Mejor dicho, el hecho no presentaba ningún peligro para la población decente, para las gentes distinguidas de la ciudad. La muerte no tocaba más que a los habitués del asilo de noche, los cuales, con ocasión de la fiesta de Navidad habían ingerido arenques podridos o aguardiente infectado, a trés bon marché. Pero aquellas gentes, ¿dónde habían conseguido esos arenques podridos? ¿Los habían comprado a un vendedor ambulante de pescado? ¿o los habían recogido de los montones de basura en el mercado? Esta última hipótesis fue inmediatamente descartada por la perfecta razón de que los desechos de los mercados no constituyen, como pudieran imaginarlo las gentes superficiales ignorantes de las sanas medidas de la economía política, un bien sin dueño, del cual el primer vagabundo que llega se pueda apropiar. Estos desechos son reunidos y vendidos a grandes empresas que les utilizan para el engorde de puercos. Se les desinfecta y muele cuidadosamente. Así sirven de alimento a ese rebaño. Individuos vigilantes de la policía de mercados velan para evitar que los vagabundos vengan a tomar sin autorización el alimento de los puercos, para comerlo así sin desinfectar y sin moler. Era, pues, imposible que, como algunos imaginan fácilmente, los sin albergue hubieran recogido su festín de Navidad entre los montones de basura de los mercados. Es por esto que la policía buscaba al vendedor ambulante o al pulpero que ha vendido el aguardiente infectado, que determinó el envenenamiento.

 

 

En el transcurso de toda su existencia, Joseph Gehie, Karl Melchior, Lucien Sciptoriopski, no habían nunca atraído la atención tanto como hoy. Piensen, pues, que ¡gran felicidad! Verdaderas juntas médicas secretas investigan prolijamente entre los intestinos de las recientes víctimas. El contenido de sus estómagos, para los cuales el mundo hasta entonces había manifestado tanta indiferencia, es ahora examinado minuciosamente y hecho objeto de apasionadas discusiones en toda la prensa. Los periódicos anuncian que diez de ‘esos’ señores se ocupan en preparar líquidos para el cultivo del bacilo, causa del envenenamiento. Por otro lado, se quiere saber de una manera precisa dónde cayó enfermo cada uno de esos miserables. ¿En el Tenil, donde la policía encontró muerto a alguno de ellos o en el asilo donde otros habían pasado la noche? Lucien Sciptierovski, ha devenido súbitamente una importante personalidad, y, si él no fuera en este momento cadáver de olor nauseabundo sobre la mesa de disección, seguramente tendría para inflarse de vanidad.

 

Sí, el emperador mismo –que ¡Dios sea bendito!, está preservado de peores males, gracias al aumento de por vida de tres millones de marcos que le ha sido acordada sobre su pensión civil que recibe en calidad de Rey de Prusia– pide insistentemente noticias de los envenenados en tratamiento en el hospital municipal. Y su alta esposa, femenina y enternecidamente, hace, por intermedio del chamberlán von Winterfeld, expresar su condolencia a M. Kirschner, burgomaestre de la ciudad. En verdad, el burgomaestre Kirschner no ha comido arenque a pesar de su baratura y se encuentra él con su familia en excelente salud. No es tampoco que nosotros lo sepamos parientes o relacionado de Joseph Gehie o de Lucien Sciptierovski. Pero, después de todo, ¿a quién el señor chamberlán Von Winterfeld debía expresar las condolencias de la emperatriz? No podía evidentemente transmitir las salutaciones de su majestad a los pedazos de cadáveres que yacían sobre la mesa de disección. En cuanto a los miembros de sus familias, ¿hay alguien que los conociera? ¿Quién podría encontrarlos en los cabarets, los hospicios, los barrios de prostitución, y también en las usinas y las minas donde ellos trabajan? Es por esto que el burgomaestre M. Kirschner acepta en nombre de ellos la condolencia de la emperatriz, lo que le da fuerzas para hacer suyo y soportar estoicamente el dolor de los parientes de Scipterovski.

 

Ante la catástrofe, en el Concejo Municipal igualmente se dieron pruebas de sangre fría viril. Se hicieron investigaciones. Se redactaron comunicados cubriendo de tinta innumerables hojas de papel. Pero, a pesar de todo, se tuvo siempre la cabeza en alto, y, contra los espantos de la agonía en los cuales otros hombres se debatían, él permaneció con valor, con el estoicismo de los héroes antiguos delante de su propia muerte.

 

Y sin embargo, todo este suceso ha puesto una nota discordante en la vida pública. Ordinariamente, nuestra sociedad conserva cierto carácter de decencia exterior. Ella observa la honorabilidad, el orden y buenas costumbres. Aunque es cierto que hay lagunas o imperfecciones en la estructura y en la vida del Estado.

 

Pero, después de todo, ¿el Sol también no tiene manchas? ¿Y existe aquí, abajo, alguna cosa perfecta? Los obreros mismos –yo entiendo los mejor pagados, los que están organizados– creen de buena voluntad que la existencia y la lucha del proletariado se prosiguen dentro de límites de honorabilidad y compostura. ¿La gris teoría del pauperismo no ha sido refutada ya desde hace tiempo? Todos saben bien que hay asilos de noche, mendigos, prostitutas, ‘soplones’, criminales y otros elementos de perturbación. Pero se piensa ordinariamente en esto, como en algo lejano, existente en alguna parte, fuera de la sociedad propiamente dicha.

 

En la clase obrera creciente y sus parias hay un muro y se piensa raramente en los miserables que se arrastran en el fango, al otro lado del muro. Pero bruscamente algo sucede, algo que hace el mismo efecto que si en un círculo de gentes bien educadas, amables y distinguidas, alguien descubriera por casualidad, en medio de los muebles caros y preciosos, las huellas de un crimen abominable o de innobles corrupciones. Bruscamente, un horrible espectro arranca a nuestra sociedad su máscara de compostura y les enseña a todos que su honorabilidad no es más que el atavío de una prostituta. Bruscamente aparece que la superficie brillante de la civilización cubre un abismo de miseria, de sufrimiento y de barbarie. Verdaderos cuadros del infierno surgen en los cuales se ven criaturas humanas hurgando en los montones de basura. Buscan los desechos, retorciéndose en los espantos de la agonía. Se les ve así, agonizando, enviar a lo alto su aliento pestilente. Y el muro que nos separa de este siniestro reinado de sombras aparece bruscamente como un simple decorado de papel pintado.

 

¿Quiénes son, pues, estos habitués del asilo de noche envenenados por el arenque podrido o el aguardiente infecto? Un dependiente de almacén, un albañil, un tornero, un herrero, obreros, obreros, nada más que obreros. ¿Y quiénes son, pues, los sin nombre que no han podido ser identificados por la policía? Obreros, siempre; nada más que obreros, en todo caso que lo eran todavía no hace mucho tiempo.

 

Y, en verdad, ningún obrero está garantizado contra el asilo o el arenque podrido. Ahora, vigoroso todavía, honesto, trabajador, ¿qué devendrá mañana si ya no es recibido en su trabajo porque habrá alcanzado el fatal límite de edad o que su patrón lo declara inutilizable? ¿Qué será de esta vida si mañana cae víctima de un accidente que hará de él un inválido, un mendigo? Se dice: las gentes fracasadas en el asilo no son en su mayor parte más que débiles y malos elementos. Viejos con el espíritu débil, jóvenes criminales, de atenuada responsabilidad. Es posible, pero los malos elementos de las clases superiores no caen nunca en el asilo sino que son enviados a los sanatorios o al servicio de las colonias donde puedan satisfacer con toda libertad sus perversos instintos en las personas de los negros y de las negras. Ancianas reinas y grandes duquesas que devienen idiotas, pasan el resto de sus días en palacios suntuosos rodeadas de una muchedumbre de respetuosos servidores. Para el viejo sultán Abdul Amid, ese monstruo abyecto que tiene sobre su conciencia millares y millares de víctimas y en el que sus crímenes innumerables y sus excesos sexuales han entorpecido sus sentidos, la sociedad lo tiene preparado como último refugio una esplendida villa con magnificas jardines, cocineros de primer orden y un harem de florecientes mujeres, de 12 años para arriba. Para el joven criminal Prosper Eherenberg, una prisión confortable, bien provista de champagne, de ostras y una gozosa sociedad. Para los príncipes de instintos pervertidos, la indulgencia de los tribunales, la abnegación de esposas heroicas y la dulce consolación de una buena y añeja cara. Para Madame d’Kbestein, esa mujer que tiene sobre su conciencia un asesinato y un suicidio, una confortable existencia burguesa, toilettes de seda y la simpatía discreta de la sociedad.

 

Pero los viejos proletarios en quienes la edad y el trabajo y las privaciones han debilitado el espíritu, revientan como los perros de Constantinopla, en las calles, contra las palizadas, en los asilos, el arroyo, y al lado de ellos se encuentra por todo rastro una cola de arenque podrido. La división de clases se prosigue duramente, cruelmente, hasta en la locura, hasta en el crimen, hasta en la muerte. Para la canalla aristocrática, la indulgencia de la sociedad y los goces hasta el último sorbo. Para el Lázaro proletario, el hambre y el bacilo de la muerte en los montones de basura.

 

Es así como se acaba la existencia reservada al proletario en la sociedad capitalista. Apenas sale de la infancia, comienza como obrero trabajador y honesto en el infierno del servicio paciente y cotidiano, en provecho del capital. Por millones y decenas de millones la recolecta de oro se aumenta en las granjas de los capitalistas. Una ola de riquezas de más en más formidable se vierte en los bancos y las bolsas de valores. En tanto, los obreros en masas grises y silenciosas atraviesan cada tarde las puertas de las usinas y de las construcciones, como las pasaron en las mañanas, miserables, vagabundos, comerciantes eternos que llezan al mercado el solo bien que poseen: su propia piel.

 

De tiempo en tiempo un accidente, una tempestad los barre por docenas y por centenas de la superficie de la Tierra. Una pequeña interlínea en el periódico, una cifra redonda, hacen conocer brevemente el accidente. Al cabo de algunos días se les ha olvidado y su último suspiro es apagado por el jadeo y las trepidaciones de la carrera de las ganancias. Al cabo de algunos días, nuevas decenas y centenas ocupan sus plazas bajo el yugo del capital.

 

De tiempo en tiempo sobreviene una crisis, semanas y semanas de paro, de lucha desesperada con el hombre. Siempre el obrero consigue prenderse a cierta capa infernal, feliz de poder tender de nuevo sus músculos y sus nervios al servicio del capital.

 

Sin embargo, las fuerzas disminuyen poco a poco. Un prolongado chómage, un accidente, la vejez que se aproxima, y he aquí al obrero obligado a aceptar la primera ocupación que encuentra. Pierde su profesión y cae cada vez más bajo irremediablemente. El azar domina bien pronto su existencia, la desgracia lo persigue. El encarecimiento de la vida lo golpea cada vez más duramente. La energía constantemente desplegada en la lucha por el pan se relaja al fin; su amor propio desaparece, y he aquí que muy pronto se encuentra ante la puerta del asilo de noche y en otros casos ante la de la prisión.

 

Todos los años, millares de existencias proletarias se desplazan así, fuera de las condiciones de existencia normal de la clase obrera, hacia los bajos fondos de la miseria. Se desplazan insensiblemente como un sedimento, sobre el suelo de la sociedad, igual que las sustancias inútiles, de los que el capital no puede sacar ya ningún provecho: igual que un montón de basura humana que la sociedad barre despiadadamente con su escoba de fierro. El brazo de la ley, el hambre y el frío proceden aquí a su entera comodidad. Y, en fin de cuentas, la sociedad burguesa tiende a sus parias la copa de veneno que hace desaparecer.

 

“El sistema de asistencia pública –dice Carlos Marx en El capital– está representado por la casa de inválidos, los obreros ocupados y el peso muerto de los ‘sin trabajo’. En la sociedad capitalista, el trabajo está indisolublemente ligado al paro. El uno y el otro son igualmente necesarios; el uno y el otro son una condición indispensable de la producción capitalista. Mas son considerables la riqueza social, el capital explotador, las dimensiones y la velocidad de su crecimiento, y por consecuencia la plenitud absoluta del proletariado y del rendimiento de su trabajo y más considerable es la capa de sus desocupados. Pues, mientras más considerable es esta capa de desocupados en relación a la masa de obreros ocupados, es más considerable también la capa de obreros en excedente, reducidos a la miseria. Es ésta una ley ineluctable de la producción capitalista”.

 

Lucien Scipterovski, que muere en la calle, envenenado por un arenque podrido, pertenece al proletariado, tanto como el obrero calificado que recibe buen salario, compra cartas postales de nuevo año y una dorada cadena de reloj. El asilo de noche y el violon son los dos pivotes de la sociedad actual, así coma el palacio del canciller del Reich y la banca de Alemania. Y el festín de arenque podrido y de aguardiente envenenado en el asilo de noche es el fierro invisible del caviar y del champagne en la mesa del millonario. Esos señores de los consejos médicos secretos pueden seguir buscando mucho tiempo al microscopio el germen de muerte en los intestinos de los envenenados y preparar líquidos de cultivo. El verdadero bacilo del que ha muerto la gente del asilo municipal es la sociedad capitalista con sus cultivos.

 

Cada día los sin albergue mueren de hambre y de frío. Nadie se ocupa de ellos, a no ser el parte cotidiano de la policía. La emoción provocada esta vez por el fenómeno banal se explica únicamente por su carácter de masa. Pues no es más que cuando su miseria adquiere un carácter de masa que el proletario puede obligar a la sociedad e interesarse por él. Hasta el sin albergue mismo, en su aspecto de masa a simplemente tomada como un montón de cadáveres, adquiere una verdadera importancia pública.

 

En tiempo ordinario, un cadáver es una cosa muda, sin la menor importancia. Pero hay cadáveres que hablan más alto que las trompetas e iluminan aventajando a las antorchas. Después del combate de barricadas del 18 de marzo de 1848, los obreros de Berlín, levantando en sus brazos los cadáveres de sus hermanos caídos en el curso de la lucha, los condujeron delante del palacio real y obligaron al despotismo a saludar a sus víctimas. Ahora se trata de levantar los cadáveres de los sans-logis de Berlín envenenados, que son la carne de nuestra carne, y la sangre de nuestra sangre, sobre nuestros brazos, nuestros millones de brazos proletarios. Hay que conducirlos en la nueva jornada de lucha que se abre ante nosotros, a los gritos mil veces repetidos: “¡Abajo el orden social infame que engendra tales horrores!”.

 

*    Fuente: Amauta, Nº 22, abril de 1929, Lima, Perú.

Publicado enEdición N°186
Los derechos de los trabajadores: ¿un tema para arqueólogos?

Este mosaico ha sido armado con unos pocos textos míos, publicados en libros y revistas en los últimos años. Sin querer queriendo, yendo y viniendo entre el pasado y el presente y entre temas diversos, todos los textos se refieren, de alguna manera, directa o indirectamente, a los derechos de los trabajadores, derechos despedazados por el huracán de la crisis: esta crisis feroz, que castiga el trabajo y recompensa la especulación y está arrojando al tacho de la basura más de dos siglos de conquistas obreras.

 

La tarántula universal

 

Ocurrió en Chicago, en 1886.

 

El 1º de mayo, cuando la huelga obrera paralizó Chicago y otras ciudades, el diario Philadelphia Tribune diagnosticó: El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal, y se ha vuelto loco de remate.

 

Locos de remate estaban los obreros que luchaban por la jornada de trabajo de ocho horas y por el derecho a la organización sindical.

 

Al año siguiente, cuatro dirigentes obreros, acusados de asesinato, fueron sentenciados sin pruebas en un juicio mamarracho. Georg Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons y Auguste Spies marcharon a la horca. El quinto condenado, Louis Linng, se había volado la cabeza en su celda.

Cada 1º de mayo, el mundo entero los recuerda.

 

Con el paso del tiempo, las convenciones internacionales, las constituciones y las leyes les han dado la razón.

 

Sin embargo, las empresas más exitosas siguen sin enterarse. Prohíben los sindicatos obreros y miden la jornada de trabajo con aquellos relojes derretidos que pintó Salvador Dalí.

 

 

Una enfermedad llamada trabajo


 

En 1714 murió Bernardino Ramazzini.

 

El era un médico raro, que empezaba preguntando:

 

–¿En qué trabaja usted?

 

A nadie se le había ocurrido que eso podía tener alguna importancia.

 

Su experiencia le permitió escribir el primer tratado de medicina del trabajo, donde describió, una por una, las enfermedades frecuentes en más de cincuenta oficios. Y comprobó que había pocas esperanzas de curación para los obreros que comían hambre, sin sol y sin descanso, en talleres cerrados, irrespirables y mugrientos.

 

Mientras Ramazzini moría en Padua, en Londres nacía Percivall Pott.

 

Siguiendo las huellas del maestro italiano, este médico inglés investigó la vida y la muerte de los obreros pobres. Entre otros hallazgos, Pott descubrió por qué era tan breve la vida de los niños deshollinadores. Los niños se deslizaban, desnudos, por las chimeneas, de casa en casa, y en su difícil tarea de limpieza respiraban mucho hollín. El hollín era su verdugo.

 

 

Desechables


 

Más de noventa millones de clientes acuden, cada semana, a las tiendas Wal-Mart. Sus más de novecientos mil empleados tienen prohibida la afiliación a cualquier sindicato. Cuando a alguno se le ocurre la idea, pasa a ser un desempleado más. La exitosa empresa niega sin disimulo uno de los derechos humanos proclamados por las Naciones Unidas: la libertad de asociación. El fundador de Wal-Mart, Sam Walton, recibió en 1992, la Medalla de la Libertad, una de las más altas condecoraciones de los Estados Unidos.

 

Uno de cada cuatro adultos norteamericanos, y nueve de cada diez niños, engullen en McDonald’s la comida plástica que los engorda. Los trabajadores de McDonald’s son tan desechables como la comida que sirven: los pica la misma máquina. Tampoco ellos tienen el derecho de sindicalizarse.

 

En Malasia, donde los sindicatos obreros todavía existen y actúan, las empresas Intel, Motorola, Texas Instruments y Hewlett Packard lograron evitar esa molestia. El gobierno de Malasia declaró union free, libre de sindicatos, el sector electrónico.

 

Tampoco tenían ninguna posibilidad de agremiarse las ciento noventa obreras que murieron quemadas en Tailandia, en 1993, en el galpón trancado por fuera donde fabricaban los muñecos de Sesame Street, Bart Simpson y Los Muppets.

 

En sus campañas electorales del año 2000, los candidatos Bush y Gore coincidieron en la necesidad de seguir imponiendo en el mundo el modelo norteamericano de relaciones laborales. “Nuestro estilo de trabajo”, como ambos lo llamaron, es el que está marcando el paso de la globalización que avanza con botas de siete leguas y entra hasta en los más remotos rincones del planeta.

 

La tecnología, que ha abolido las distancias, permite ahora que un obrero de Nike en Indonesia tenga que trabajar cien mil años para ganar lo que gana en un año un ejecutivo de Nike en los Estados Unidos.

 

Es la continuación de la época colonial, en una escala jamás conocida. Los pobres del mundo siguen cumpliendo su función tradicional: proporcionan brazos baratos y productos baratos, aunque ahora produzcan muñecos, zapatos deportivos, computadoras o instrumentos de alta tecnología además de producir, como antes, caucho, arroz, café, azúcar y otras cosas malditas por el mercado mundial.

 

Desde 1919, se han firmado 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo. Según la Organización Internacional del Trabajo, de esos 183 acuerdos, Francia ratificó 115, Noruega 106, Alemania 76 y los Estados Unidos... catorce. El país que encabeza el proceso de globalización sólo obedece sus propias órdenes. Así garantiza suficiente impunidad a sus grandes corporaciones, lanzadas a la cacería de mano de obra barata y a la conquista de territorios que las industrias sucias pueden contaminar a su antojo. Paradójicamente, este país que no reconoce más ley que la ley del trabajo fuera de la ley es el que ahora dice que no habrá más remedio que incluir “cláusulas sociales” y de “protección ambiental” en los acuerdos de libre comercio. ¿Qué sería de la realidad sin la publicidad que la enmascara?

 

Esas cláusulas son meros impuestos que el vicio paga a la virtud con cargo al rubro relaciones públicas, pero la sola mención de los derechos obreros pone los pelos de punta a los más fervorosos abogados del salario de hambre, el horario de goma y el despido libre. Desde que Ernesto Zedillo dejó la presidencia de México, pasó a integrar los directorios de la Union Pacific Corporation y del consorcio Procter & Gamble, que opera en 140 países. Además, encabeza una comisión de las Naciones Unidas y difunde sus pensamientos en la revista Forbes: en idioma tecnocratés, se indigna contra “la imposición de estándares laborales homogéneos en los nuevos acuerdos comerciales”. Traducido, eso significa: olvidemos de una buena vez toda la legislación internacional que todavía protege a los trabajadores. El presidente jubilado cobra por predicar la esclavitud. Pero el principal director ejecutivo de General Electric lo dice más claro: “Para competir, hay que exprimir los limones”. Y no es necesario aclarar que él no trabaja de limón en el reality show del mundo de nuestro tiempo.

 

Ante las denuncias y las protestas, las empresas se lavan las manos: yo no fui. En la industria posmoderna, el trabajo ya no está concentrado. Así es en todas partes, y no sólo en la actividad privada. Los contratistas fabrican las tres cuartas partes de los autos de Toyota. De cada cinco obreros de Volkswagen en Brasil, sólo uno es empleado de la empresa. De los 81 obreros de Petrobras muertos en accidentes de trabajo a fines del siglo XX, 66 estaban al servicio de contratistas que no cumplen las normas de seguridad. A través de trescientas empresas contratistas, China produce la mitad de todas las muñecas Barbie para las niñas del mundo. En China sí hay sindicatos, pero obedecen a un estado que en nombre del socialismo se ocupa de la disciplina de la mano de obra: “Nosotros combatimos la agitación obrera y la inestabilidad social, para asegurar un clima favorable a los inversores”, explicó Bo Xilai, alto dirigente del Partido Comunista chino.

 

El poder económico está más monopolizado que nunca, pero los países y las personas compiten en lo que pueden: a ver quién ofrece más a cambio de menos, a ver quién trabaja el doble a cambio de la mitad. A la vera del camino están quedando los restos de las conquistas arrancadas por tantos años de dolor y de lucha.

 

Las plantas maquiladoras de México, Centroamérica y el Caribe, que por algo se llaman “sweat shops”, talleres del sudor, crecen a un ritmo mucho más acelerado que la industria en su conjunto. Ocho de cada diez nuevos empleos en la Argentina están “en negro”, sin ninguna protección legal. Nueve de cada diez nuevos empleos en toda América latina corresponden al “sector informal”, un eufemismo para decir que los trabajadores están librados a la buena de Dios. La estabilidad laboral y los demás derechos de los trabajadores, ¿serán de aquí a poco un tema para arqueólogos? ¿No más que recuerdos de una especie extinguida?

 

En el mundo al revés, la libertad oprime: la libertad del dinero exige trabajadores presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de todas las cárceles. El dios del mercado amenaza y castiga; y bien lo sabe cualquier trabajador, en cualquier lugar. El miedo al desempleo, que sirve a los empleadores para reducir sus costos de mano de obra y multiplicar la productividad, es, hoy por hoy, la fuente de angustia más universal. ¿Quién está a salvo del pánico de ser arrojado a las largas colas de los que buscan trabajo? ¿Quién no teme convertirse en un “obstáculo interno”, para decirlo con las palabras del presidente de la Coca-Cola, que explicó el despido de miles de trabajadores diciendo que “hemos eliminado los obstáculos internos”?

 

Y en tren de preguntas, la última: ante la globalización del dinero, que divide al mundo en domadores y domados, ¿se podrá internacionalizar la lucha por la dignidad del trabajo? Menudo desafío.

 

 

Un raro acto de cordura

 

 

En 1998, Francia dictó la ley que redujo a treinta y cinco horas semanales el horario de trabajo.

 

Trabajar menos, vivir más: Tomás Moro lo había soñado, en su Utopía, pero hubo que esperar cinco siglos para que por fin una nación se atreviera a cometer semejante acto de sentido común.

 

Al fin y al cabo, ¿para qué sirven las máquinas, si no es para reducir el tiempo de trabajo y ampliar nuestros espacios de libertad? ¿Por qué el progreso tecnológico tiene que regalarnos desempleo y angustia?

 

Por una vez, al menos, hubo un país que se atrevió a desafiar tanta sinrazón.

 

Pero poco duró la cordura. La ley de las treinta y cinco horas murió a los diez años.

 

 

Este inseguro mundo

 

 

Hoy, abril 28, Día de la Seguridad en el Trabajo, vale la pena advertir que no hay nada más inseguro que el trabajo. Cada vez son más y más los trabajadores que despiertan, cada día, preguntando:

 

–¿Cuántos sobraremos? ¿Quién me comprará?

 

Muchos pierden el trabajo y muchos pierden, trabajando, la vida: cada quince segundos muere un obrero, asesinado por eso que llaman accidentes de trabajo.

 

La inseguridad pública es el tema preferido de los políticos que desatan la histeria colectiva para ganar elecciones. Peligro, peligro, proclaman: en cada esquina acecha un ladrón, un violador, un asesino. Pero esos políticos jamás denuncian que trabajar es peligroso, y es peligroso cruzar la calle, porque cada veinticinco segundos muere un peatón, asesinado por eso que llaman accidente de tránsito; y es peligroso comer, porque quien está a salvo del hambre puede sucumbir envenenado por la comida química; y es peligroso respirar, porque en las ciudades el aire puro es, como el silencio, un artículo de lujo; y también es peligroso nacer, porque cada tres segundos muere un niño que no ha llegado vivo a los cinco años de edad.

 

Historia de Maruja

 

Hoy, 30 de marzo, Día del Servicio Doméstico, no viene mal contar la breve historia de una trabajadora de uno de los oficios más ninguneados del mundo.

Maruja no tenía edad.

De sus años de antes, nada decía. De sus años de después, nada esperaba.

No era linda, ni fea, ni más o menos.

Caminaba arrastrando los pies, empuñando el plumero, o la escoba, o el cucharón.

Despierta, hundía la cabeza entre los hombros.

Dormida, hundía la cabeza entre las rodillas.

Cuando le hablaban, miraba el suelo, como quien cuenta hormigas.

Había trabajado en casas ajenas desde que tenía memoria.

Nunca había salido de la ciudad de Lima.

Mucho trajinó, de casa en casa, y en ninguna se hallaba. Por fin, encontró un lugar donde fue tratada como si fuera persona.

A los pocos días, se fue.

Se estaba encariñando.

Desaparecidos

Agosto 30, Día de los Desaparecidos:

los muertos sin tumba,

las tumbas sin nombre,

las mujeres y los hombres que el terror tragó,

los bebés que son o han sido botín de guerra.

Y también:

los bosques nativos,

las estrellas en la noche de las ciudades,

el aroma de las flores,

el sabor de las frutas,

las cartas escritas a mano,

los viejos cafés donde había tiempo para perder el tiempo,

el fútbol de la calle,

el derecho a caminar,

el derecho a respirar,

los empleos seguros,

las jubilaciones seguras,

las casas sin rejas,

las puertas sin cerradura,

el sentido comunitario

y el sentido común.

El origen del mundo

Hacía pocos años que había terminado la guerra española y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República.

Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros, le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo.

Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó.

Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio.

Me lo contó: él era un niño desesperado, que quería salvar a su padre de la condenación eterna, pero el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones.

–Pero papá –preguntó Josep, llorando–. Si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?

Y el obrero, cabizbajo, casi en secreto, dijo:

–Tonto.

Dijo:

–Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.

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Lunes, 12 Noviembre 2012 07:17

Guerreros

Guerreros

Desfiles, banderas, himnos, medallas, conciertos, reconocimientos en espectáculos deportivos, elogios y homenajes a los que se sacrificaron” para “defender la libertad” decoran el panorama estadunidense para festejar el Día de los Veteranos, aquellos jóvenes que los políticos escondidos detrás de sus escritorios enviaron a matar a otros jóvenes en grandes batallas y guerras que han marcado de manera incesante la historia de este “país imprescindible” para el mundo, como suele decir el comandante en jefe recién relecto.

 

Pero detrás del festejo, los ritos y los honores, está el rostro de los veteranos de guerra, casi siempre de clases populares, que han regresado a un país cada vez más cansado de guerras y que en su gran mayoría ni se fija ya en esos conflictos, ofreciéndoles una bienvenida poco entusiasta con menos empleo y sin remedio para sus heridas tanto abiertas como ocultas. El presupuesto de “defensa” de Estados Unidos es de más de 700 mil millones de dólares al año, lo que representa algo así como la mitad del gasto militar mundial, pero para demasiados veteranos el costo es incalculable, hasta inaguantable.

 

Los veteranos de ese poder militar supremo hoy día suman 21 millones 500 mil (cifras de 2011, las más recientes del censo de Estados Unidos), un millón 600 mil mujeres, 2 millones 300 mil afroestadunidenses, un millón 200 mil latinos. Los veteranos vivos de los tiempos de la guerra de Vietnam suman 7 millones 500 mil (no todos fueron a la guerra, pero sirvieron en las filas armadas en esa época); un millón 800 mil son de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, 2 millones 400 mil de la guerra en Corea y sólo 5 millones 400 mil son veteranos de tiempos de paz.

 

Los más recientes son los que estaban en el servicio militar en el periodo de las largas guerras del Golfo y Afganistán (de 1990 a 2012), que suman más de 5 millones; dos y medio millones de ellos participaron en las guerras de Irak y Afganistán.

 

Pero estas estadísticas no cuentan todo el cuento.

 

Según una investigación de la Alianza para la Política sobre Drogas, aproximadamente 30 por ciento de los veteranos de las guerras de Irak y Afganistán reportan síntomas de estrés postraumático, daños traumáticos al cerebro, depresión, enfermedad mental o algún tipo de discapacidad cognitiva. Si no obtienen tratamiento, estas condiciones contribuyen al abuso y adicción de drogas, y con ello están más expuestos a ser “víctimas de la guerra más larga del país: la guerra contra las drogas”.

 

Para Daniel Robelo, coordinador de investigaciones de esa organización, los integrantes del servicio militar han tenido que pagar un alto precio durante la última década de guerra, “y los militares les han recetado cualquier droga que necesiten para que sigan luchando, pero el cuento es diferente cuando regresan a casa. Arrestamos a muchos veteranos por cuestiones de drogas, los encarcelamos durante demasiado tiempo y los dejamos con fichas criminales que les hacen casi imposible conseguir empleo, vivienda, educación y otros servicios, creando frecuentemente un círculo vicioso de adicción y encarcelamiento”.

 


Por otro lado, más veteranos militares se suicidan cada año que todos los soldados muertos en Irak y Afganistán combinados desde que iniciaron esas guerras, reportó hace unos meses el columnista Nicholas Kristof del New York Times; esto es, más de 6 mil 500 cada año. Por cada soldado muerto en los campos de batalla este año, aproximadamente 25 veteranos se suicidan. Los veteranos se suicidan a un ritmo promedio de uno cada 80 minutos.

 

Casi una de cuatro personas sin techo en el país es veterano militar y casi un tercio de los hombres sin techo son veteranos, según la Coalición Nacional para Veteranos sin Techo. La Secretaría de Vivienda y Desarrollo Urbano del gobierno federal calculó en 2011 que 67 mil veteranos militares estaban sin techo en cualquier noche en Estados Unidos. De éstos, 47 por ciento sirvieron en Vietnam, y 17 por ciento en la era postVietnam.

 

Ni hablar de los veteranos que regresan sólo para encontrar que han perdido sus casas por la crisis hipotecaria, o que al retirarse no encuentran empleo por la crisis económica. Y esto empeora con el retiro de tropas de los campos de batalla en Irak y Afganistán, al sumarse más de un millón de veteranos a la fuerza laboral en los próximos cinco años, según cálculos oficiales. La tasa de desempleo en los veteranos militares entre 20 y 24 años de edad ha registrado promedios hasta de 30 por ciento, y 12 por ciento en general, comparada con 8 por ciento en la población en general.

 

¿Y quién da las órdenes para crear a los veteranos? Los dos comandantes en jefe durante los últimos 12 años de guerras –George W. Bush y ahora Barack Obama– no son veteranos militares y no participaron en ninguna guerra. Como señala Aaron O’Connell, profesor en la Academia Naval de Estados Unidos y oficial de reserva de los marines, “la mayoría del discurso político sobre asuntos militares proviene de civiles, quienes son más vehementes sobre ‘apoyar a nuestras tropas’ que las propias tropas”. En un artículo publicado en el Times, señala que hay menos veteranos en el Congreso hoy día que en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial. Aproximadamente 4/5 de todos los legisladores federales son no veteranos.

 

Muchos veteranos han cuestionado las guerras y las políticas bélicas de las que fueron parte durante las últimas décadas, incluidos los Veteranos de Irak contra la Guerra (www.ivaw.org), así como sus compañeros Veteranos de Vietnam contra la Guerra, que se fundó en 1967 (www.vvaw.org) y los Veteranos por la Paz (www.veteransforpeace.org). De hecho, la creciente rebelión de veteranos en Vietnam fue parte clave del movimiento de paz hace más de 40 años, algo que sus contrapartes intentan hacer hoy día. Cada vez más desean festejar un día en el cual ya no haya veteranos de guerra.

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Domingo, 11 Noviembre 2012 06:15

“No tengo respuestas, sólo las preguntas”

“No tengo respuestas, sólo las preguntas”

Tiene 79 años y lleva 54 haciendo cine, pero conserva la energía de un principiante. Konstantinos Gavrás, mejor conocido como Costa-Gavras, nacido en Arcadia, Grecia, el 12 de febrero de 1933, volvió estos días a su país natal a presentar –en el Thessaloniki International Film Festival– su película más reciente, Le capital. Una película que desde su título mismo ya eriza la piel de los espectadores griegos, sometidos en estos días a más y mayores medidas de ajuste por parte de un gobierno que ve como única salida someterse a las demandas de los acreedores internacionales y a la banca europea. “Abro los diarios y veo que el Parlamento vota medidas muy, pero muy negativas para el pueblo griego. Es una situación muy triste porque muchas personas ya viven en extrema pobreza”, dice el director de Estado de sitio y Desaparecido.

 

Radicado en Francia desde sus años de estudiante de Literatura, disciplina que luego cambió por la carrera de cine en el Idhec de París, Costa-Gavras nunca fue indiferente a la realidad política y social. De hecho, el que sigue siendo su film más famoso, Z (1969), protagonizado por Yves Montand y Jean-Louis Trintignant, fue una invectiva contra la llamada Dictadura de los Coroneles que en ese momento se enseñoreaba en su país, del que él había emigrado. Y su nueva película –planteada a la manera de un thriller ambientado en el mundo de las altas finanzas– viene a poner el dedo en la llaga, sobre todo en la Grecia de estos días, que acaba de atravesar 48 horas de huelga general en respuesta a los recortes de salarios y pensiones y del presupuesto del sector público.

 

En medio de este marasmo, Costa-Gavras, como presidente honorario de la Cinémathèque Française (desde 1982 a 1987 y desde el 2007 hasta el presente), se dio el lujo de inaugurar la Cinemateca de Tesalónica, como un gesto de apoyo a la cultura y un símbolo de la importancia de aunar el pasado con el futuro. “Hay un agotamiento que no es solamente económico. Los jóvenes que abandonan el país para trabajar en otro lugar son jóvenes graduados, jóvenes que pueden ser una verdadera riqueza para el país”, dice Costa-Gavras. En diálogo con Página/12, el director explica por qué eligió hacer esta película sobre un arribista que llega a ser la máxima autoridad de un importante banco europeo, un hombre que juega a hundir a sus competidores, a despedir trabajadores para que suban las acciones de la entidad y a desviar sus ingresos a paraísos fiscales.

 

–¿Cómo nació El capital?

 

–En primer lugar, a causa de la situación que está viviendo Europa ya desde hace varios años, con esta crisis que se venía anunciando. Esa preocupación por el tema me llevó a leer muchos materiales, entre ellos una novela titulada justamente El capital, escrita por Stéphane Osmont, que resultó ser asesor financiero de algunas de las principales compañías de Europa, pero que por razones de seguridad decidió escribir bajo seudónimo. Es un caso similar a otro libro que también me sirvió de inspiración, titulado Capitalismo total, también escrito por un banquero europeo, un “insider” que conoce todos los mecanismos desde adentro. Y estas lecturas me llevaron a pensar la posibilidad de hacer la película, describir ese mundo desde su interior y asegurarme de que lo iba a hacer con conocimiento de causa.

 

–¿El título de la película es una referencia a Marx?

 

–En principio, es el mismo título de la novela de Osmont, que a su vez refiere evidentemente a la obra más famosa de Karl Marx. En los dos casos, se habla de dinero y del peligro de su acumulación. Por eso le terminamos pidiendo prestado también el título de la película a Marx: es simple y claro, uno comprende inmediatamente de qué se trata.

 

–En una escena fundamental de la película, el protagonista, durante un almuerzo familiar, tiene un enfrentamiento muy duro con su padre, antiguo militante socialista. Allí se dice que finalmente “el internacionalismo ha triunfado”, porque ahora ya no hay una producción nacional, las corporaciones y los bancos son transnacionales...

 

–Es una ironía, porque el primer internacionalismo colapsó completamente, como todos sabemos, y al segundo tampoco le está yendo demasiado bien, tal como lo estamos experimentando estos días. Por eso creo que es importante encontrar una tercera vía. Esa discusión entre padre e hijo se da a partir de un juguete de marca europea pero fabricado en Asia. ¿Eso es bueno? ¿Para quiénes? No tengo las respuestas, pero me parece necesario formular las preguntas.

 

–A su vez, el protagonista tiene la idea de deshacerse de sus rivales potenciales dentro del banco apelando a estrategias de poder que lee en un libro sobre Mao, durante una noche de insomnio. ¿Cómo llegó a esa idea?

 

–De la manera más simple, porque en ambos casos se trata de retener el poder y los recursos para hacerlo muy bien pueden ser los mismos. Me pareció interesante que el consejo directivo de un banco funcione un poco de la misma manera en que lo hace el buró político del Partido Comunista chino. En ambos hay intrigas palaciegas. La vieja guardia de la que se libró Mao también estaba formada por burócratas como de los que se quiere desprender mi protagonista, Marc Tourneille. Y no es una casualidad que los chinos hayan sabido crear un nuevo capitalismo, el capitalismo comunista, que en muchos aspectos funciona de manera más eficiente que el capitalismo occidental. En principio es mucho más redituable, porque no hay reclamos laborales de ningún tipo. Es el viejo sueño del capitalismo hecho realidad.

 

–Siendo usted griego de nacimiento, ¿cómo ve la situación de su país?

 

–Es trágica, completamente trágica. La dirigencia política griega, tanto de derecha como de izquierda, tiene mucha responsabilidad, por supuesto, con lo que está pasando. Pero no se está diciendo lo suficiente, o de manera lo suficientemente fuerte, que países como Alemania, Francia y Gran Bretaña empujaron también a Grecia a esta crisis. Fueron estos países los que estimularon el endeudamiento griego, con el único objetivo de colocar sus productos y recibir las ganancias. Y no cualquier producto. Alemania le vendió hace poco a Grecia dos submarinos de guerra de última generación. ¿Para qué los necesita Grecia? Empujaron al país a asumir estas deudas enormes y, por supuesto, ahora quieren cobrar ese dinero. Pero antes de venderle estos productos a Grecia y antes de otorgarle esos créditos gigantescos para poder llevar a cabo estas ventas debieron haberlo pensado mejor. ¿Cómo se suponía que Grecia lo iba a pagar? Es un país pequeño, que nunca fue rico. Entonces, las responsabilidades, creo, son compartidas, por la dirigencia griega que aceptó este camino, pero también por las potencias europeas que pensaron únicamente en sus beneficios. El problema es que quienes están sufriendo las consecuencias –salvo algún ministro que puede ir preso por corrupción– no son quienes se enriquecieron con estos negocios sino la gente de la calle, la gente sin recursos, que está cada vez más pobre y desvalida. Hay una obscenidad del poder que es indignante.

 

–Hablando de la obscenidad del poder... ¿Pensó en el affaire Dominique Strauss-Kahn mientras hacía la película? Su protagonista también tiene una ambición sexual equivalente a su ambición de riqueza.

 

–No necesariamente. En Francia, todos sabíamos que Strauss-Kahn se acostaba muy tarde (risas). Pero eran rumores, no era algo que saliera publicado en la prensa. Era un personaje muy influyente y muy seductor, en todo sentido. Pero para responder a su pregunta, cuando se destapó el asunto de DSK en Nueva York nosotros ya habíamos empezado a hacer la película. En todo caso, la coincidencia se da en el mundo que retratamos.

 

–Hace unos años el espectador común no hubiera entendido el vocabulario financiero de la película, con el que ya está bastante familiarizado. ¿Piensa que ahora hay suficiente información?

 

–Pero es que nadie sabe realmente qué está pasando. Yo tampoco entiendo demasiado y la gente con la que habla en los bancos me dicen que tampoco entienden. En un momento de la película un personaje le pregunta a otro “¿Qué vendemos?” Y el otro no sabe qué responderle. Esta falta de información y de interés por conocer las causas reales detrás de la crisis está muy generalizada. Hace falta una visión global. Cada uno se preocupa de su gente, de su banca y de su economía, pero hay que globalizar la visión para entender por qué el sistema no funciona bien.

 

–En su película pareciera haber una diferencia entre la manera de actuar de los bancos estadounidenses y los europeos. ¿Es realmente así?

 

–En la crisis de las hipotecas de alto riesgo que atravesó Estados Unidos hace poco el único banco que no ejecutó las deudas fue un banco francés. Por eso dicen que en Europa hay otra manera de ver las cosas, a la antigua, y que son más éticos que los bancos americanos. Yo no creo del todo en que lo sean, por lo menos no todos ellos. Hace poco, un joven ejecutivo de un banco francés perdió miles de millones de euros con los fondos de inversión, como si jugara a la ruleta. Y esa cuenta siempre alguien la termina pagando. No puede ser que un Estado democrático salga a rescatar a esos bancos, cuando hay tanta gente que necesita ayuda y que podría beneficiarse con una mejor inversión de ese dinero.

 

–Una curiosidad... ¿Por qué eligió para su protagonista, un personaje tan siniestro, a un comediante como Gad Elmaleh?

 

–Afuera casi nadie lo conoce, pero en Francia es verdad que es uno de los comediantes más populares del país, con películas muy taquilleras, como La fiesta de Coco. Lo elegí porque lo imaginé como mi protagonista y porque entiendo que, cuando un actor de comedia se compromete con un papel dramático, estoy seguro de que va a dar todo de sí mismo. El mismo Gad me preguntó, antes de aceptar, por qué lo había elegido, y yo, como única respuesta, le mandé el dvd de Desaparecido. Cuando vio la interpretación de Jack Lemmon entendió mi punto de vista. Y aceptó inmediatamente.

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