Martes, 17 Enero 2012 10:36

Eloy Alfaro: internacionalista

Eloy Alfaro: internacionalista
El 28 de enero se recordará en Ecuador a Eloy Alfaro (1847-1912), en el centenario de su escandalosa muerte.
 
Alfaro encabezó la revolución liberal, la más importante transformación del país después de la revolución independentista, porque consolidó el Estado Nacional, separó Iglesia y Estado, introdujo la educación pública laica, secularizó la cultura, proclamó los más amplios derechos individuales, profesionalizó al Ejército, promovió la modernización “proto-capitalista” y trató de mejorar las condiciones de vida y trabajo de la población.
 
Alfaro también fue un consecuente latinoamericanista. No solo trató con prestantes liberales de la región para afirmar solidaridades y recursos por la causa común del liberalismo, sino que tuvo acciones específicas a favor de Venezuela por la Guayana Esequiva y de Cuba por su independencia.

  
No fue “enemigo” de los Estados Unidos, pero advirtió su expansión imperialista sobre el continente. Precisamente con el propósito de crear un Derecho Público Americano que frene la manipulación de la Doctrina Monroe (“América para los americanos”) por parte de los EEUU, Alfaro convocó a un congreso continental que debía reunirse en México, el 10 de agosto de 1896, fecha que recordaría al Primer Grito de Independencia proclamado en Quito, el 10 de agosto de 1809.
 
Ese congreso fue boicoteado por los EEUU. Su Secretario de Estado, Mr. Olney, exigía que el Congreso se realizara en Washington y bajo la condición de que asistieran todas las repúblicas americanas. El Ministro mexicano Matías Romero informaba a su gobierno la "ninguna disposición" de Washington para la celebración del Congreso. Y el Encargado de Negocios de México, Miguel Covarruvias, informaba que Olney sostenía que “el Ecuador no tenía el prestigio bastante para acometer ni para llevar a cabo una empresa de la importancia que debía tener un Congreso americano”.
 
Como resultado de las presiones ocultas o las influencias directas, el día fijado solo se reunieron en el Palacio de Chapultepec de México los representantes de ocho países. Sin embargo, ellos aprobaron una contundente Declaración, reconociendo que la Doctrina Monroe era una simple regla de conducta internacional aplicada a conveniencia de los EEUU. Y que, por tanto, era necesario someterla a un verdadero Derecho Público continental.
 
Pero la declaración quedó en el aire y el “americanismo” continuó largamente
como norma al servicio de los intereses norteamericanos. 
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Una década del argentinazo: impunidad en democracia
Días antes del décimo aniversario de los levantamientos populares del 19 y 20 de diciembre, que abrieron una nueva etapa política en Argentina, se realizó en la ciudad de Rosario el primer Encuentro Nacional de Familiares de Víctimas de Diciembre de 2001. Esos días fueron asesinadas 37 personas, incluyendo niños y niñas de 13 y 14 años. Crímenes de la democracia que permanecen impunes.

Debieron pasar 10 años para que los familiares se reunieran, se reconocieran en un dolor común ensanchado por la impunidad, volvieran a llorar a sus muertos y denunciaran que buena parte de los responsables políticos de la masacre perpetrada por el gobierno democrático de Fernando de la Rúa, o sea gobernadores e intendentes (alcaldes), pero también diputados y senadores, siguen ostentando cargos institucionales. Muchos se han travestido adoptando los modales propios de los nuevos tiempos.

En el encuentro que duró tres días, del 8 al 10 de diciembre, confluyeron el padre y la madre del motoquero Gastón Riva, asesinado cuando enfrentaba con su moto las balas policiales; los familiares del niño cordobés David Moreno, de 13 años, muerto por capricho policial; el tío de la niña Eloísa Paniagua, asesinada en Paraná, y decenas de familiares y personas que fueron heridas de gravedad en los días en que la banca se llevó miles de millones del país. Hubo más rabia que congoja y muchas ganas de seguir adelante.

La familia de Claudio Lepratti, Pocho, un militante social que tejía solidaridades territoriales desde su bicicleta, recordó que fue asesinado cuando se paró en el techo de la escuela donde trabajaba como cocinero para decirles a los policías que dejaran de disparar, que allí sólo había niños y niñas. Una bala le perforó la garganta.

Jesús, el tío de Eloísa, un trabajador sencillo, puso el dedo en la llaga cuando dijo con ingenua sinceridad: "No entiendo por qué en todos estos años los derechos humanos no se ocuparon de nosotros". Un chico muy joven, integrante de una banda de rock, se animó con una frase que resume un tiempo histórico: "El 20 de diciembre, en el centro las clases medias y los sindicatos protestaban y no había policía. Pero en los barrios disparaban a matar". En esos barrios, pobres y periféricos, se produjeron los nueve muertos que hubo esos días en la provincia de Santa Fe, la más castigada por la represión.

Frases sencillas que desnudan un modelo de dominación. En esta década el Estado adoptó la defensa de los derechos humanos como una de sus más destacadas políticas. Se focaliza en los crímenes de la dictadura, lo que supone un reconocimiento a las víctimas y el señalamiento de los victimarios. Quedan en la sombra los 3 mil 93 muertos de la democracia (1983-2010) denunciados por la Correpi (Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional), asesinados por las fuerzas de seguridad bajo la modalidad del "gatillo fácil".

Esto, por no hablar de la represión masiva contra los pobres. En la ciudad de Córdoba se detiene a más de 54 mil personas todos los años por la aplicación del Código de Faltas, que permite arrestar y maltratar a los jóvenes pobres cuando salen de sus barrios usando gorros, acusados de "merodeo" porque incomodan a las clases medias. Miles de personas participan desde hace cinco años, en esa ciudad, en la Marcha de las Gorras para exigir la derogación de un código que convierte el paseo en delito por "portación de rostro".

Prácticas de las dictaduras que ahora están focalizadas hacia los barrios periféricos donde se amontonan los ni-nis, chicos que ni trabajan ni estudian y que no tienen futuro en este sistema. Son desechables, números sin rostro.

Recordar los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001 sin incluir a los asesinados y los heridos, dejando de lado a los desechables de ayer y de hoy, sería un vano ejercicio de macropolítica, de una sociología que sólo analiza lo que le sucede a otros y nunca incluye a los de debajo de carne y hueso. Ellos pusieron buena parte de los muertos de aquellas jornadas y los siguen poniendo diez años después.

Por eso, no tiene sentido conmemorar el ayer sin traerlo hasta el hoy, sin denunciar un modelo minero-soyero que convierte la naturaleza en mercancía y condena a los pobres a vivir en campos de concentración, allá lejos, en las periferias inundables y contaminadas que por ahora no interesan a la especulación inmobiliaria. Si se atreven a salir, son detenidos a razón de uno cada 10 minutos (sólo en Córdoba) o son asesinados, a razón de uno cada 28 horas en todo el país, según los últimos datos de la Correpi.

Es hora de sincerarse y dejarnos de dobles discursos. Eso que llamamos democracia y derechos humanos tiene vigencia para una parte de la sociedad, quizá menos de la mitad. Un solo ejemplo: en 2009 un vigilante privado que asesinó a un joven discapacitado física y mentalmente en el conurbano de Buenos Aires fue condenado días atrás a dos años y 10 meses, ya que el juez le aplicó la figura de "homicidio cometido en situación de error en el ejercicio de la legítima defensa" (Página 12, 19 de noviembre). Creatividad jurídica para avalar la impunidad.

Los familiares de las víctimas del argentinazo constataron, en sus testimonios durante el encuentro en Rosario, que la impunidad no es una anomalía sino un patrón común. En el mejor de los casos, los que dispararon a sus hijos fueron condenados a unos años de prisión y ya están en libertad. En 2004 el gobierno de Néstor Kirchner les ofreció reparaciones materiales que la mayor parte rechazaron.

La reflexión sobre la impunidad, sobre todo la de los responsables políticos, impone reflexiones más profundas. ¿Podemos pensar a los policías y a los políticos como guardianes del campo de concentración? Si así fuera, los que gozamos de ciertas libertades estamos ante un dilema ético que supone elegir de qué lado de las alambradas nos vamos a colocar, aun sabiendo que esa elección no tiene marcha atrás, porque el sistema no perdona a los que están abajo ni a los que se colocan a la izquierda.
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Jueves, 24 Noviembre 2011 19:55

Discurso de (des)orden (Segmento)

Discurso de (des)orden (Segmento)
La cultura es una pasión sin freno. Está entre los hombres para sembrar la discordia.

Nélida Piñon

 
¿Existe vida más allá de la revolución ciudadana y del socialismo del siglo XXI? Formulo esta interrogante porque los organizadores, los autores, los participantes y el público estudiantil y ciudadano de este XI Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla” cohabitamos en una red concreta de relaciones familiares, comunitarias y sociales de la cual no podemos escapar; menos aún, hacernos los desentendidos. La reestructuración del Estado ecuatoriano, iniciada en 2007 por lo que entonces se llamó Acuerdo PAIS y hoy Alianza PAIS, es algo que nos implica a todos de distinta manera en nuestras actividades cotidianas, productivas y familiares, pues la política se relaciona con nuestro futuro inmediato y mediato. Está en nuestras casas; los hermanos se pelean. Y es tan central que incluso compromete a seres que no han nacido todavía, pero que enfrentarán las consecuencias de nuestras acciones, o inacciones, sin ni siquiera nosotros haberlos consultado.

En una reunión de personas que se las ven a diario con la creación y la lectura de textos literarios –que son universos verbales que resisten o que asimilan una realidad material que determina nuestras conciencias–, no podemos soslayar la pregunta por la manera en que los escritores, los estudiosos de las letras, los profesores de lengua y los intelectuales conectamos los paisajes imaginarios que leemos con el mundo duro, real, palpable, del entorno social. ¿Y cuál es la gran afirmación por fuera de las paredes de este auditorio? El gobierno nacional ha desplegado una extendidísima obra pública – ese es su deber– pero también, y esto nos concierne a quienes trabajamos con las palabras, una grandísima maquinaria proselitista que, en televisión, radio y prensa, pretende dotarle al país de una realidad de la que no estamos seguros si es completamente cierta o si constituye una especie de realidad virtual. Se trata de la creencia de que avanza la marcha hacia la revolución y el socialismo donde la patria es de todos.

Frente a este eslógan, se recicla una de las inquietudes más firmes del siglo XX en el XXI: ¿Tienen qué decir los escritores, los intelectuales, la gente de pensamiento, los universitarios, los hombres y las mujeres que leen y que se instruyen? ¿Hemos de dar por válidas, sin análisis y sin razonamientos, las conclusiones que el poder político propone –daría la impresión– casi a la fuerza? ¿No estamos viviendo una época en la que, paradójicamente se va dificultando la posibilidad de expresar lo que se piensa? Para mí, este es un verdadero drama, pues, en nuestras aulas, ¿no señalamos que la literatura es un arte con el que es posible decirlo todo para desmontar aquellas verdades que las distintas clases de poderes quieren hacer pasar como edictos inmutables y eternos? ¿No insistimos en que la palabra de la literatura no puede ser contenida por ninguna cortapisa?

¿Por qué, entonces, ahora, sin más, los escritores –y las escritoras– tendrían que concederle todo el crédito a las aseveraciones de los políticos profesionales? ¿A cuenta de qué los escritores, entrenados para escudriñar los rincones de la paradoja y la contradicción humanas, en aras de un nueva época construida al parecer en el idealismo, tendrían que entregar toda su confianza a los dirigentes de este anunciado cambio social? Una mayor inversión en infraestructura pública en escuelas, hospitales, vialidad y prevención de riesgos no le da a nadie el derecho para constituirse en una nueva deidad que reclame adoración ciega e incondicional. No veo razones para que los escritores dejen a un lado el escepticismo si, con Albert Camus (1), todavía pensamos en las dos tareas que dan grandeza al oficio de escritor: “el servicio a la verdad y el servicio a la libertad”. La literatura y todas las actividades posibles alrededor de ella pueden ser entendidas también como un servicio público, que tendría el propósito de posibilitar la revelación de la interioridad de un sujeto, por medio de un ejercicio responsable y cuidadoso con la lengua, e instalarla en la mente y en los corazones de los lectores, a través de los tiempos, las culturas y las civilizaciones.

Por tanto, quienes estudian, resguardan y atesoran el bien decir y la elegancia y fortaleza de las palabras, ¿no debemos solicitar al gobernante que no desdibuje el significado ya conocido de los vocablos? ¿Es que el contenido de los significantes revolución y socialismo, semánticamente hablando, se compadece con la realidad que moramos? De otra parte, ¿no nos han mostrado los historiadores sobre el destino trágico que han tenido las revoluciones –sólo para hacer un recorte cercano– en el siglo XX? Casi todos los procesos políticos destinados a redimir a las masas, ¿no terminaron en situaciones que nos parecen indignantes y penosas? ¿Dónde ponemos a la Revolución mexicana del relato Los de abajo o de La región más transparente? ¿Dónde a la Revolución rusa de las observaciones y escritos de Máximo Gorki? ¿Dónde a la Revolución china –Revolución cultural incluida– de las novelas Gao Xingjian? ¿Dónde a la Revolución cubana de las novelas detectivescas de Leonardo Padura? ¿No sería revolucionario, más bien, extraer una meditada lección de esos pasados y tratar de vivir el presente con los cambios que sean posibles, sabiendo de que se trata de una tarea en la que se involucrarán también las generaciones futuras? ¿Es que basta con endilgarle un nuevo nombre a la misma realidad para que esta empiece a transformarse? ¿Cuál es la garantía de que la Revolución ecuatoriana sí será triunfante a lo largo de 300 años?

No estoy dudando de la dimensión performativa de la palabra, que produce efectos en los humanos, aunque también instala el malentendido y la dificultad en las relaciones; pero los políticos profesionales –los primeros educadores del país, dada su continua exposición en los medios– deben retornar a la responsable pero sencilla sensatez por medio de la cual deben asumir que no es cuestión de un líder, ni siquiera de una generación, peor aún de un solo movimiento político o de una ideología, cambiar y levantar el Ecuador que nos hace falta.

¿No nos ha enseñado la historia que es imposible cambiarlo todo? Los escritores, que se nutren de referencias de libros, viajes y de otras manifestaciones culturales, sí queremos un país mejor, sin inequidad, con claras oportunidades para la mayoría; anhelamos una ciudadanía con talento, educada, culta; una sociedad que erradique su miseria y que le dé a todos la dignidad que se merezcan. Sí estamos junto a esta visión; sí somos conscientes de la urgencia de las transformaciones que pueda emprender un buen gobierno. Dado que el valor de las palabras constituye un elemento crucial de nuestros modos de ser –Felipe Aguilar ha recordado la delicadeza con la cual Maria Eugenia Moscoso, presidenta de este Encuentro, escoge su vocabulario–, bien nos merecemos un poder político decente que no tergiversara el contenido y el alcance de sus palabras. Este uso inopinado de la lengua es tan contagioso que hoy podemos ver un spot de la Alcaldía de Guayaquil que reclama: “En Guayaquil todos los días vivimos la revolución del bienestar”. La revolución deviene, pues, en cualquier cosa.

* * *


No hay ninguna ordenanza ni decreto alguno que autorice a los escritores para erigirse en vigilantes de la sociedad (aunque P. Shelley dijo que “los poetas son los legisladores no oficiales del mundo”). Lo que sí existe –ya que los escritores pulen y fortalecen las palabras para darles un brillo que en el lenguaje corriente o en el diccionario no tienen– es una necesidad existencial de defender los usos de la lengua. ¿No es un relato un dispositivo que desmonta los mecanismos del poder al intentar una explicación distinta, al proponer entrar en la otra escena para entender los actos humanos? ¿No se le ha concedido al poema, en la teoría literaria, el lugar de la reinvención no sólo de un lenguaje sino de novedosas realidades?

¿Por qué, entonces, los escritores y todo el circuito que se desarrolla alrededor de la producción literaria tendrían que acoger sin más la existencia supuestamente primorosa y primaveral de una realidad política y social que, como país, nos está lacerando y fracturando porque se enseñorea con una incapacidad para ampliar los espacios para la democracia? Hasta escribirán por nosotros si el poder continúa concentrando tanto poder en un solo vértice. Ya el gobierno nacional es el más potente emisor de mensajes. Como autor, me angustia el desajuste basto entre la palabra gubernamental y la realidad; brecha que es salvada, es de lamentar, llamando a las cosas con otros nombres. Acá la revolución no es la revolución, el socialismo no es el socialismo. Y lo peor que nos puede suceder como comunidad es que las palabras se vacíen de sus significados para adquirir usos irresponsables, ligeros o ahistóricos. No podemos aceptar que el político profesional ecuatoriano tergiverse la lengua para ajustarla a dimensiones utilitarias y triunfalistas.

También debemos grabar en nuestra mente, como señala Martha Nussbaum, la idea de que “los artistas no son los servidores incondicionales de ninguna ideología, salvo cuando están sujetos a la intimidación o a la corrupción” (46).2 Por eso la enseñanza que proporciona la literatura puede ser peligrosa ya que “Un ser humano capacitado para seguir los argumentos en lugar de seguir al rebaño es un ser valioso para la democracia” (79). La cultura política que nos ayudará a crecer es la del disenso individual, que favorece la responsabilidad personal, que nos ayuda a tener voz propia; aquella de “un ser activo, crítico, curioso y capaz de oponer resistencia a la autoridad y a la presión de los pares” (105). Insisto: no hay mejor escuela para la democracia que la imaginación literaria, que nos brinda la posibilidad de ponernos en el lugar de otra persona y, así, entender sus sentimientos.

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Es difícil que el poder político –cuyo objetivo más que el bien común parecería ser el de obtener más victorias en las urnas– considere la necesidad de reflexionar a partir de otras lógicas que no sean las del poder mismo. Es una lástima, porque otras lógicas son básicas para preservar la rica diversidad social y mental en la que estamos sostenidos.

Pero, por ejemplo, ¿no sería una transformación –esta sí radical– que los ministerios de Educación y de Cultura ya no obedezcan al Ejecutivo y que actúen bajo unas políticas independientes del poder de turno? ¿No son estas carteras de Estado, que tienen que ver con el saber, las cunas más sensibles a partir de las cuales se darán (o no) los cambios trascendentes en el Ecuador? ¿No son la mejor educación y la mejor cultura, educación para la crítica y cultura para la crítica? ¿Educación para no servir al poder, cultura para no servir al poder? Si los políticos profesionales no modifican la lógica del poder con que somos gobernados, mediante la cual una nueva ideología utiliza exactamente las mismas prácticas de ejercicio de autoritarismo que hemos visto desde siempre, no nacerá una cultura política esperanzadora, necesaria para impulsar, con otra dinámica, las modificaciones imaginadas. Al acaparar cada vez más espacios y funciones, el poder revolucionario corre el riesgo de quedarse atascado en los argumentos del pasado que dice combatir. Necesitamos asegurar un cambio real de las mentalidades y de las prácticas sociales cotidianas. Esta es la revolución, y debería empezar por asignarle al poder funciones más tolerantes, más creativas y más silenciosas.

Así, ¿qué papel han jugado –y jugarán– los escritores que están ahora haciendo uso del poder en secretarías de Estado, embajadas, y organismos de comunicación y asesorías del Estado? ¿Podemos pedirles que sean consecuentes con el espíritu de las artes que antes practicaron, con las que anhelaban conquistar una libertad y una verdad distintas a las del poder político? ¿No es tarea de la gente pensante, pero especialmente de esos escritores que tienen una figuración pública, impedir que la llamada revolución se convierta en el nuevo statu quo? ¿Por qué ellos se han sometido calladamente al poder? José Saramago nos ha alertado: “Lo primero que se le dice al poder es no. No un no porque sí, sino porque el poder debe ser vigilado permanentemente. El poder siempre tiende a abusar, a excederse” (15 marzo 1990: 421).3 Además: “Quien piensa sabe decir no y esa palabra consituye una revolución, pero ese no tiene un sentido cuando se trata de un no colectivo, de una voluntad colectiva. No obstante, todos sabemos que también el no se corrompe, se acomoda y se convierte poco a poco en un sí. Cuando eso ocurre, no hay más remedio que volver a decir otra vez no” (22 nov. 2001: 423). Con Saramago, lo revolucionario consiste en un examen autocrítico permanente e interminable.

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Lo grato y aleccionador de las reuniones sobre literatura –ya lo han comunicado otros– es que no están obligadas a concluir con consensos absolutos; sólo nos es suficiente que en la escucha surja algo diferente de lo que pensamos y salgamos de la reunión algo distintos de cómo entramos. Mauricio Wiesenthal, al estudiar la obra de León Tolstoi, un escritor que procuraba una autoridad moral, nos ha recordado la obligación de interrogarnos, para empezar, a nosotros mismos: “Ahí estamos los escritores, orgullosos de nuestros premios y nuestras cifras de venta. ¿Qué ideas aportamos? ¿Qué significamos para la Fe de los hombres? ¿Qué valores proponemos a la sociedad? ¿Qué somos más que vendedores de historias de papel?”.4 Considero que ninguno de los que estamos aquí, atraídos por la estética de las palabras, cree que la práctica literaria se manifiesta como un simple adorno o una decoración para simplemente sentirnos más cultos. Nosotros, que dudamos de la noción de progreso en la historia, que hemos leído que no hay épocas mejores, que no hay creencias más avanzadas, ¿qué intervenciones estamos compelidos a realizar en la perspectiva de ofrecer una visión de la realidad que se compadezca con las esperanzas del presente?

A diferencia de la política, que únicamente ve la elección de mañana, la mirada analítica de los escritores es realmente profunda. La sociedad de los lectores debe demandar más calidad y más responsabilidad en los políticos. La literatura nos enseña esto: a ser insumisos. Los escritores estamos llamados a intervenir, ciertamente no comprometiendo el arte de nuestras ficciones –en el sentido de que tienen su propia dimensión y autonomía–, sino con el conocimiento de la libertad que nos otorgan esas ficciones, que son formas de conocimiento, indagación y transformación de la realidad. ¿Existe vida, pues, más allá de la revolución ciudadana y del siglo XXI? Yo diría que sí.

1. Albert Camus, citado en Roberto Saviano, La belleza y el infierno [2009], trad. Juan Vivanco, Barcelona, DeBols!llo, 2011, p.186.
2. Martha C. Nussbaum, Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades [2010], trad. MaríaVictoria Rodil, Buenos Aires, Katz, 2010.
3 José Saramago, En sus palabras, ed. Fernando Gómez Aguilera, Madrid, Alfaguara, 2010.
4 El viejo León: Tolstoi, un retrato literario, Barcelona, Edhasa, 2010: p. 162.
5 Damián Tabarovsky, Literatura de izquierda [2004], Cáceres, Periférica, 2010.
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Historia viva. El llegar del bicentenario es una bella oportunidad para que todos aquellos que cargan con la responsabilidad de llevar luces a las nuevas generaciones propicien una reflexión permanente entre ellas, motivándolas para que asuman el reto de concretar una gesta por la Independencia, que, a pesar de haber recorrido buena parte del continente dos siglos atrás, aún está por llevarse a buen término. Es a los docentes, con sus estudiantes, a quienes corresponde en primerísimo lugar asumir y liderar este proceso.
 
Pasado y presente. Ayer que extiende sus raíces hasta nuestros días. Así es la vida: nada se destruye, sólo se transforma. El bicentenario nos abre el balcón para otear con ojos vivos una libertad que supuestamente fue, y el ideal y sueño de la Gran Colombia frustrado por una parte de la oligarquía o mantuanos, liderados entonces en Colombia, Venezuela y Ecuador, respectivamente por Santander, Páez y Flórez.
 
¿Cómo surgió Colombia? Es una respuesta que durante este año gana noticia y lugar. El bicentenario de la Independencia es tema de actualidad. Han transcurrido 200 años desde cuando las ascendentes élites criollas o mantuanas reclamaron a la Corona española mayor espacio político y económico para sus intereses. Pero es en unos cuantos años menos el momento en el cual una parte del pueblo se sumó a la gesta que en sus inicios no fue más que una pugna entre poderes: el tradicional –monárquico– y el ascendente –criollo–, lucha que en sus primeros soplos no pretendió cambios sociales.

 
 
Bicentenario, tiempo de memoria. Y no es un propósito menor. Más aún en un país como el nuestro, determinado por una cruenta guerra que trata de borrar su origen y sus causas reales, y de este modo la memoria de la trágica confrontación en curso, de sus actores económicos, políticos, militares, sociales e internacionales que impulsan, sostienen y determinan esta larga beligerancia que expulsa millones de humildes del agro a la ciudad, llena el campo –y ahora, a no pocos barrios– de fosas comunes, concentra la tierra en cada vez menos manos; dispone el Estado, al servicio de una capa cada vez menor de la sociedad; militariza y extrema el control social por doquier y hace que la sociedad renuncie a un proyecto de desarrollo nacional. Llega al extremo de enajenar la soberanía misma, precisamente bandera heredada de varios de los levantamientos nacionales (así se les puede catalogar pasados estos dos siglos) que antecedieron y estimularon los “gritos de independencia” que llamamos hoy.
 
Bicentenario, tiempo para reencontrarnos con nuestro propio ser. Tiempo para la relectura de nuestra historia nacional y para precisar la conformación de nuestro ser igualmente nacional. ¿Qué y quiénes somos? ¿Cómo se constituyeron la Nación y el Estado entre nosotros? ¿A qué se deben las particularidades que nos hacen diferentes de los estadounidenses o los europeos? ¿Por qué, después de 200 años, aún no podemos crear el necesario clima económico, social, político e internacional para consolidarnos como nación viable?
 

Bicentenario, tiempo de oportunidad para el movimiento social. Ese protagonista histórico es negado y excluido siempre como factor fundamental de la nación. ¿Cuál es la historia real que acontece y aconteció en nuestras tierras durante estas dos centurias? ¿Por qué en la historia oficial no aparecen con la fuerza merecida los hombres y mujeres, miles, millones, que forjaron la nación? ¿Dónde están los pueblos indios y su agricultura intensiva que, como hijos de la tierra y sus culturas y civilizaciones urbanas en México y el altiplano andino, con su cosmovisión, su dignidad y sus flecheros resistieron a todo tipo de negación y violencia, hasta llegar al presente con reclamo de todas sus reivindicaciones negadas insistentemente por los poderes de turno, pero también con aporte a la humanidad de su visión sobre la vida en toda su implicación? ¿Dónde los negros esclavos, arrancados de su África, humillados y considerados “sin alma” –ya mambíes o con sus palenques, cumbes, patucos y rochelas–, tratados como mercancía por un poder fundado y sostenido en una sola visión del mundo: los valores oligárquicos del blanco, y el poder religioso en Roma y sus diezmos? ¿Dónde están los campesinos y arrieros, que con su tesón abrieron y contribuyeron a sembrar el país cordilleras abajo y de cumbre en cumbre? En fin, donde están esas manos, esos vientres, esos ojos, esos cuerpos, que por miles, por millones, han hecho posible –a pesar de todos los designios predeterminados allá, en la aristocracia y el poder– que haya Patria, así sea adolorida, riqueza en la Nación, y que la vida en este país sea un tanto más llevadera.
 

Ayer, dos centurias atrás, éramos colonia de la metrópoli española –que con invasión, despiadada conquista y comercio de esclavos imponía el saqueo del oro, los minerales y las riquezas, la mita y las encomiendas, y se daba ínfulas de cristianización; con su Armada y su ejército que llegó a nombrarse ‘pacificador’–, estancada entre reinos de poderes vitalicios. Una potencia arrollada por los ritmos de la economía y el tiempo con las características que le impregnaban otros vecinos o imperios en declive o en gestación: Inglaterra, Portugal, Francia, Austria, sus competidores, sus enemigos y patronos de piratas, corsarios y filibusteros que a sangre y fuego asaltaron puertos y ciudades. Reino que ante los desafíos comerciales, de deudas con banqueros alemanes y del control de sus nuevas rutas, para sostener la supremacía marítima, sin acomodarse a las demandas y retos de su tiempo, cayó arrollado por las nuevas prácticas sociales e históricas que supuso la doble Revolución (la Industrial y la Francesa) con triunfo y ascenso de la burguesía con sus banderas de Libertad, Igualdad y Fraternidad sobre la nobleza terrateniente, y la independencia y la Constitución de Estados Unidos y sus primeros 13 estados frente al reino de la Gran Bretaña, la disputa y ampliación de los mercados, los contrabandos, el anquilosamiento feudal barrido por las nuevas comprensiones de una ciencia cambiante, por la economía emergente y por las novísimas clases que emergían por doquier.
 
Tiempos y ritmos emergentes. Para entones, 40 años antes del Grito de Independencia, y obligado por los afanes de su menguado fisco, el Imperio afligió aún más a los habitantes de estas sus colonias. La respuesta no se dejó esperar y, en contra de su cálculo, en aprendizaje y continuidad de las sublevaciones indígenas de motilones y guajiros, y negras que en nuestro país recuerdan a Biohó y al negro Miguel y “su república de mulatos y zambos de Nirgua” en Venezuela, en la tercera década de 1600, la muchedumbre comunera se alzó en las tierras de Santander y del Táchira y Mérida. Tiró abajo los nuevos impuestos y reclamó buen gobierno. Sin embargo, la traición impidió que sus objetivos se concretaran, y Zipaquirá y otros pueblos del oriente colombiano vieron cómo el poder destrozó y puso en picota la cabeza y las extremidades de los voceros de una causa de justicia, sin impedir por esto su repercusión con levantamientos en Pasto, Neiva, Guarne, Tumaco, Casanare y Mérida, en San Antonio del Táchira y La Grita, Lobatera y Bailadores andinos en el occidente de Venezuela, sin alcanzar un avance hasta Trujillo; embrionaria manifestación de los novísimos movimientos sociales que tomarían cuerpo con el capitalismo. Poder. Violencia. Venganza. Ésta, que en sus más viles métodos tomó posición en nuestro país y aún mancha con su marca a centenares de comunidades, infinidad de pueblos, dejando tirados y destrozados por caminos y comarcas los restos de infinidad de líderes que, como José Antonio Galán y sus compañeros de lucha, no han pretendido más que justicia y buen gobierno.
 
Esa causa, igual que la liderada por Túpac Amaru en Perú, Tiradentes en Brasil y Eugenio Espejo Chusig en Ecuador, por los comuneros del oriente o del sur en Colombia, marca el comienzo de una lucha que sólo se vería parcialmente realizada pasadas cuatro décadas. Sin este antecedente, como los ya enunciados y sin la inmensa gesta de negros libertos que en 1804 le hicieron morder el barro al ejército francés en Haití, la libertad no habría esparcido su fresco halo de fuerza y decisión entre nosotros, ni logrado posicionarse –así haya sido sin todos sus atributos– entre cordilleras y valles orinocos, andinos, caribes, pacíficos, amazónicos, y en las pampas y el río de la Plata.
 
Bajando por uno de los valles que bañan las aguas del río Magdalena, para luego vadear otras aguas y surcar otros cerros –con sorpresa para el enemigo–, caserío tras caserío, hasta Caracas llegaron Simón Bolívar y su improvisado primer ejército. Llegaba cargado de las nuevas técnicas apropiadas de los ejércitos napoleónicos, hijos de una nueva era. La rigidez de las formaciones, a imagen de los sistemas sociales donde habían surgido, daban paso a la flexibilidad, la rapidez, el envolvimiento, la sorpresa, la iniciativa individual, a semejanza del nuevo sistema político que ya arrollaba con sus vapores y sus nuevas tecnologías todo lo que encontraba a su paso. La I, y luego la II República venezolana, y sus respectivas derrotas tras las atrocidades de los militares españoles Juan Domingo Monteverde, nombrado Capitán General, y Boves, el asesinato de casi toda la inteligencia neogranadina, la ocupación de Cartagena tras su heroica defensa, fueron el precio que se debió pagar para poder comprender que vencer al Imperio español requería una revolución social.

 
 

Alejandro Petión en Haití dio la clave. Su desprendimiento y su ayuda económica, con embarcaciones, armas y una imprenta, así como conocer por parte de Bolívar aquella revolución, y entender y rectificar frente a la necesidad de la libertad de los negros, así como presenciar los logros de un pueblo de esclavos que no condicionaba la libertad y los derechos al poder económico de cada uno de sus integrantes, fue condición sine qua non para cumplir su juramento del Monte Aventino y trastocar el curso de los sucesos en la Venezuela que lo vio nacer y en todas las demás patrias que lo adoptaron.
 
Era un tiempo de contradicción en el cual el blanco criollo y el mantuano luchaban por más poder y más fortuna, el indio y los mestizos por la igualdad y su identidad, y el esclavo por su libertad. Sólo el genio de Bolívar pudo comprender esa condición fundamental para vencer en la guerra. Renunciar a la esclavitud, avanzar hacia la hermandad de todos y todas, brindaron a la guerra de independencia la masa, la fuerza y el carácter y la marca social, necesarias para sobreponerse a los Boves y Morillos que, a nombre del rey, el orden y la tradición asolaban el virreinato de la Nueva Granada, su Capitanía en Caracas y la Real Audiencia de Quito en el territorio que es hoy de Colombia y Panamá, Venezuela, Ecuador, Perú, y Alto Perú o Bolivia.
 
Entonces, ya se hacía evidente que no sólo la fuerza es necesaria para derrotar al contrario. Ya en aquellos años se hacía axioma que la legitimidad procede de la justeza de la causa defendida, pero también de la manera como ésta se irradia entre todos aquellos a quienes pretende reivindicar. El sujeto se hace llama y con su energía transforma el entorno que lo rodea. Fue así como un pueblo se levantó, no sólo para dejar atrás al Rey –representación de Dios en la Tierra– sino asimismo para abrazar la igualdad, la libertad y la fraternidad, propósito sobre el cual sembraron las bases de la nación que aún pretendemos ser.
 
Son ellos, campesinos, indios y negros, zambos, mulatos y mestizos, y una porción de criollos con vergüenza ante el poder injusto, hombres y mujeres, quienes hacen posible el sueño bolivariano. Son sus brazos los que acopian abastos y cabildos, portan las lanzas o disparan los arcabuces y cañones que rompen la tradición y la sumisión. Es su energía, insuflada por el proyecto bolivariano, y el brío que derrotó unos ejércitos mejor dotados y formados.
 
Debemos preguntarnos hoy, transcurrido este doble centenar de años: ¿Qué impidió que finalmente se concretara ese anhelo de igualdad, de fraternidad, de justicia? ¿Por qué, a pesar de la derrota de las tropas monárquicas, la libertad no cubre a los negros, la mita no se elimina, y la tierra no se entrega a manos llenas a quienes con su dedicación propician que la misma brinde sus frutos?
 
Todos conocemos las respuestas. Y precisamente son esos intereses económicos y políticos dominantes, conservados, enconchados, enquistados desde entonces, lo que no permite que, 200 años después, el proyecto bolivariano se haga realidad, pero además, y muy por el contrario, la “República señorial” que emanó de esa lucha libertaria se extienda con graves consecuencias para las mayorías sociales, hasta nuestros días.
 
Son esos intereses lo que ha propiciado y permitido que se prolongue hasta nuestros días y se ahonde la concentración de la tierra, la desigualdad social, el clientelismo, la violencia como factor de control social; que sobreviva la desintegración de la región andina, y se abandone y renuncie, incluso, el ‘santo’ y obligado derecho de la soberanía nacional.
 
Razones, causas, sucesos, intereses, realidad, que deben ser examinadas, conocidas, reinterpretadas, para poder comprender a cabalidad el porqué de nuestro ser social, el porqué de la incapacidad para poner en marcha un proyecto de desarrollo propio pero también el porqué de nuestro signo trágico en la región que integramos.
 
La descolonización del continente americano, y con él de nuestro país, encontró soporte en la muerte de un sistema político a manos de la revolución industrial. La novísima revolución de la electrónica y las comunicaciones –con todas las transformaciones en la producción y las relaciones sociales que propicia– crea hoy los factores para la muerte del sistema político que ha impedido, a pesar de la abundancia creada, la realización plena del ser humano.
 
Bolívar no alcanzó, quiso llevar su bandera contra el español a Cuba y Puerto Rico que aún espera su derecho de nación. En la mayor de las Antillas tras la caída de José Martí, su independencia condicionada, intervenida, por una Enmienda Platt del senado de los Estados Unidos junto con la intromisión militar, tardó hasta 1902, o mejor hasta 1932, cuando la enmienda con excepción de la Base de Guantánamo se derogó. Hoy todavía, la deuda colonial y de sometimientos del reino español tiene ancestrales y actuales saldos: en el Sahara Oriental –donde con una resolución de la Onu, bregan el Frente Polisario y la República Árabe Saharahui–, en Canarias; y en el País Vasco, Galicia y Cataluña con sus lenguas que no mueren y su lucha por la Independencia uno y la Autonomía verdadera, nacional, las otras.
 
El Bicentenario es oportunidad para reencauzar la práctica de la juventud y los actores sociales, que, abrumados por la institucionalización de muchas de las expresiones comunitarias y los efectos de las transformaciones sociales, propiciadas por la revolución técnico-científica en marcha, pierden el faro de su potencial.
 
A todos ellos, hombres y mujeres, les extendemos la invitación para que a través de una amena y participativa labor en el centro de estudio, en su sitio de vivienda, en los lugares de trabajo o en los espacios para el parche y la diversión, comparta con sus iguales estas reflexiones acercándose con dedicación a lo que es su país, su continente y el mundo, imaginando lo que cada uno de estos territorios deberían ser. 

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Miércoles, 06 Julio 2011 08:51

Hallan una fosa en España

Con el descubrimiento en Burgos se puso en evidencia a los historiadores franquistas, quienes informaron sobre menores cifras de cuerpos de los que efectivamente se encontraron, dijo la ONG que condujo la búsqueda.

Sesenta cuerpos de un grupo de trabajadores fusilados durante la Guerra Civil Española fueron exhumados ayer de una fosa en la ciudad de Burgos.

El hallazgo en la localidad norteña es muy significativo, destacó ayer la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH). Con el descubrimiento se puso en evidencia a los historiadores franquistas, que informaron sobre menores cifras de cuerpos de los que efectivamente se encontraron, señaló la ARMH en un comunicado. Entre lunes y martes, los arqueólogos y forenses de la Sociedad de Ciencias de Aranzadí dieron con los cerca de sesenta cuerpos durante los trabajos para intentar encontrar la llamada fosa de los ferroviarios, agregó el comunicado.

Por la ubicación y la cantidad de restos humanos encontrados, los investigadores manejan la hipótesis de que se trataría de La Legua, la fosa con los cuerpos de un grupo de trabajadores sindicalizados del ferrocarril asesinados a comienzos de la Guerra Civil Española (1936-1939). Los trabajos en esta fosa, situada cerca de la población de Gumiel de Izán, incluyen la identificación de los cuerpos y la búsqueda de familiares.

Para la ARMH, las víctimas en esta región fueron más de 700 personas. El investigador José Ignacio Casado también habla de 700 muertos no identificados en Burgos en 1936. El monte de Costaján, en Aranda de Duero, fue una de las zonas calientes de la represión franquista. Esta parte de la provincia de Burgos fue utilizada para asesinar de forma masiva y organizada a cientos de civiles desde el verano de 1936, afirmó José María Rojas, autor de varias investigaciones sobre la represión en Burgos y que colabora en los trabajos de exhumación de la fosa en las proximidades del monte.

La cercanía de este espacio natural con la cárcel de Aranda de Duero facilitó las llamadas sacas, en las que las autoridades franquistas sacaban a los presos del penal y, amparados en la impunidad del anonimato, fusilaban a los civiles detenidos sin dejar constancia.

Pero algunos vecinos de los pueblos de esta zona de la ribera burgalesa recuerdan estos episodios y pueden indicar el lugar de las fosas comunes. “Es una fosa muy conocida en la zona pero hay poca información sobre ella”, explicó Rojas. “Un vecino me indicó el punto exacto y comenzamos la investigación”, recuerda. Rojas participó en varios de los trabajos de exhumación que, desde 2003, recuperaron centenares de cuerpos en la provincia de Burgos. “Sabemos que asesinaron en la zona a un grupo el 18 de agosto de 1936, tras una detención masiva de trabajadores del gremio”, dijo Rojas.

La fosa tiene 40 metros de largo y se encuentra junto a la antigua Ruta Nacional. Los ferroviarios eran en su mayoría militantes de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y la Unión General de Trabajadores (UGT) de España. El próximo paso será buscar señales que brinden pistas para identificar a los restos, tales como uniformes u objetos relacionados a la profesión de los fusilados. En otras fosas encontradas en los alrededores de Aranda de Duero se descubrieron cuerpos uniformados con insignias y distintivos de ferroviarios pero no en número tan masivo, informó la ARMH. Luego, la tarea de localizar a las familias es el paso más difícil, ya que en su mayoría no eran vecinos de Aranda, sino trabajadores trasladados a ese pueblo por razones laborales. Muchas de esas familias abandonaron la zona cuando terminó la guerra.

A 500 metros de la fosa abierta ayer, en 2003 fueron exhumados los restos de 83 civiles fusilados hace 75 años. “Esta fue una zona de excesos”, explicó Rojas. Desde entonces, el equipo de la ARMH ha localizado a 429 cuerpos en una veintena de entierros clandestinos y exhumado a más de 800 en toda la provincia de Burgos.

La ARMH, formada por familiares de víctimas y voluntarios, comenzó hace 10 años la apertura de fosas comunes en toda España para buscar e identificar a desaparecidos de la Guerra Civil, principalmente del bando perdedor, y desde entonces ha abierto unas 150 y exhumado más de 1500 cadáveres con muy poca ayuda pública y del Estado.

El Parlamento español aprobó en 2007 la Ley de Memoria Histórica para reconocer a las víctimas, pero la ARMH y otras asociaciones reclaman al gobierno una participación más activa para la búsqueda de los desaparecidos, 114.000 personas durante la Guerra Civil y los primeros años del franquismo según datos de una investigación iniciada por el juez español Baltasar Garzón en 2008.

El gobierno español publicó en mayo un mapa con más fosas comunes que contabilizaron con víctimas de la Guerra Civil y de la represión franquista posterior, de las cuales sólo se han abierto 329. Ese mapa identifica 2246 fosas comunes en toda España, donde podrían hallarse los restos de unas 100 mil personas. La mayoría se ubica en las regiones de Aragón y Andalucía, aunque también en Asturias, Castillas y León, Cataluña, Galicia y Madrid, entre otras. En el sitio de Internet del gobierno español, Memoria Histórica, pueden distinguirse según una clave entre distintos colores las fosas exhumadas, las exhumadas de manera parcial, las que desaparecieron bajo alguna infraestructura o las que aún no fueron halladas. Para la ARMH estos cuerpos de Gumién de Izán –que se suman a los 84 hallados en 2003 en el cercano monte de Costaján– desmienten las cifras reveladas por historiadores franquistas, que indicaban que en la provincia de Burgos se habían producido 761 asesinatos. Con la exhumación de ayer, ya se superaron los 800 cuerpos encontrados en la provincia.
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Miércoles, 29 Junio 2011 07:03

Eterno resplandor de los recuerdos

La memoria nos ayuda a no cometer dos veces los mismos errores. También es la responsable de que recordemos las situaciones emocionalmente negativas. En este diálogo, Eliana Ruetti nos cuenta sobre la relación física entre la frustración y la memoria.
 
–Usted trabaja en el Instituto de Investigaciones Médicas, en el laboratorio de psicología experimental y aplicada, y yo siempre empiezo estos diálogos preguntando ¿qué hace allí? y me criticaron por eso. Entonces esta vez no empiezo preguntando ¿qué hace allí?

–Mi tema de investigación tiene que ver con la modulación de la memoria emocional. Trabajamos en un modelo animal. Y lo que hacemos es exponer a los animales a una situación de aprendizaje y manipular farmacológicamente la consolidación del recuerdo de ese aprendizaje, con drogas que facilitan o drogas que bloquean esa memoria.

–Cuénteme bien...

–La situación con la que trabajamos es la de ansiedad o frustración, en la que los animales reciben durante una serie de ensayos diarios una recompensa (una solución con azúcar). Luego de determinada cantidad de ensayos, de repente se les devalúa la recompensa que reciben...

–¿Esa recompensa se les da por algo?

–No. Se los coloca en una situación experimental, en la que los animales (ratas, por supuesto) están levemente privados de alimentos. Como tienen hambre, la recompensa es muy valiosa para ellos. Cuando se devalúa la recompensa lo que ocurre es que los animales presentan una reacción emocional (neuronal, endocrina, conductual, química) similar a la que ocurre cuando reciben un estímulo aversivo, como si fuera una descarga eléctrica.

–¿Y en qué se manifiesta?

–Animales que venían consumiendo suprimen el consumo. Y ese cambio es el que nosotros estudiamos. Esa reacción de los animales se la define como “frustración”. Nosotros, particularmente, trabajamos con la devaluación de los incentivos.

–¿Y qué pasa allí?

–Lo que vimos es que, si inmediatamente después de que se hiciera el primer cambio, administrábamos una droga que facilita la memoria (como la corticosterona, la hormona del estrés), los animales persistían en el comportamiento de la frustración. Es decir que esta hormona les potenciaba el recuerdo de la anterior experiencia de una recompensa muy alta. Este estudio, justamente, surge de la pregunta de por qué hay situaciones que se recuerdan más que otras.

--¿Y por qué?

–Porque uno, en esas situaciones con alto contenido emocional, libera esta hormona del estrés (en humanos se llama cortisol). Es este cortisol el que ayuda a consolidar el recuerdo.

–¿Y cómo hace?

–Eso es justamente lo que estamos investigando ahora. ¿Con qué está interactuando a nivel sistema nervioso para que ese recuerdo se fije más que otro? Se saben algunas cosas, pero otras no. Por ejemplo, en paradigmas donde se trabaja con estímulos físicos que generan dolor, está demostrado que si se administra un bloqueante beta-adrenérgico se impide que se produzca el efecto facilitador de la memoria de la corticosterona.

–A ver, vamos a aclarar. Se produce el hecho que debe recordarse. Ese hecho sube al cerebro y mediante la activación de corticosterona se fija mejor. Usted lo que hace es bloquear la activación de corticosterona. O sea que lo que hace es que esa experiencia no se fije. Entonces: si alguien tiene una experiencia desagradable y usted le bloquea la corticosterona, esa experiencia desagradable no se va a fijar para la próxima vez.

–Exacto. Lo que queremos determinar es si funciona para procesos de dolor psicológico. ¿Funcionará cuando se pierde un ser querido? Ya sabemos que el recuerdo tiene que tener una carga emocional muy fuerte. La corticosterona, ya se ha visto, facilita la consolidación de memoria cuando se trata de un estímulo peligroso (como quemarse o sufrir una descarga eléctrica) y cuando se trata de pérdidas psicológicas (como perder una recompensa). Ahora queremos saber los mecanismos de este dolor psicológico.

–Ahora bien: en el caso de la frustración psicológica, ¿puede tener un valor evolutivo o adaptativo?

–Bueno, probablemente sí. Por ejemplo, recordar que uno perdió algo ayuda a no persistir en la conducta. Si uno no tiene la recompensa, ¿para qué seguiría yendo al bebedero? En este caso, de todos modos, los animales no persisten: es tanta la aversión que sienten que dejan de consumir, incluso cuando tienen hambre. Esto tiene que ver, justamente, con la relación entre los recuerdos y las emociones, o las frustraciones, o el estrés.

–¿Cuál es la relación entre recuerdo y estrés?

–Si lo que administramos es la droga del estrés, y sabemos que ante situaciones que son emocionalmente significativas algunas cosas se recuerdan más que otras, el estrés funcionaría como un modulador de la memoria, que vendría a “clasificar” qué cosas se recuerdan más y qué cosas se recuerdan menos.

–¿Y dónde se fijan? ¿Y cómo se fijan? ¿Y qué es lo que se fija? En definitiva: ¿qué es un recuerdo?

–¿Cómo hago para responderle? ¿Qué es lo que se está fijando, por ejemplo, en el caso del ratón? Yo le diría que todo. ¿Y dónde se fija? No hay un lugar. Probablemente sea un conjunto de sistemas que están gobernando propiedades sensoriales, emocionales, comportamentales... El recuerdo está formado por todos estos componentes.

–La pregunta, entonces, es: ¿en qué se transforma mi mano quemada una vez que la tengo que transformar en recuerdo?

–En una señal. En una transmisión sináptica entre neuronas. Tu mano envía una señal de dolor al sistema nervioso, que activa el sistema opiáceo. A su vez, el cerebro tiene estructuras que se encargan de almacenar ese recuerdo.

–¿Y cómo hacen? ¿Dónde está el tope de los recuerdos? Porque la cantidad de recuerdos que se generan diariamente es pavorosa.

–Y por eso es necesario filtrar lo que no hace falta recordar. Si no, nos convertimos en Funes el memorioso. Pero lo importante es que no hay un cofre de los recuerdos donde se almacena todo. Hay muchos sistemas implicados.

–Claro. Ahora: el hecho empírico de la quemadura tiene que tener una traducción en un código que es el que finalmente se almacena. Ese código que se almacena: ¿qué es? ¿Una distribución de cargas?

–Yo le diría que es la activación neuronal en sí misma. Si usted me pone un resonador en el cerebro ahora, se va a dar cuenta de que determinadas áreas se están activando más que otras, van a consumir más glucosa. Y eso es lo que se guarda. O sea: se guarda la activación entre grupos de neuronas de distintos lugares. Es decir que el código al que usted se refiere es la activación de distintos conjuntos de neuronas. A mí me interesan las situaciones que tienen algún tipo de contenido emocional.

–¿Y trabajan con voluntarios humanos?

–Yo ahora tengo un proyecto similar con participantes humanos. Algunos datos de investigadores de otros lugares demuestran que las situaciones emocionalmente significativas se recuerdan más que las neutras.

–¿Y ustedes qué piensan hacer? ¿Borrar esos recuerdos?

–No, todo lo contrario. La idea que nosotros tenemos es facilitar el recuerdo, no bloquearlo. Y siempre con técnicas no invasivas. La facilitación en humanos, por ejemplo, es darles determinada tarea después de otra, que ayuda a consolidar. De este tipo de investigación básica, de todos modos, pueden surgir estrategias para tratamientos de, por ejemplo, estrés post-traumático (donde se puede querer manipular la vivencia negativa que el paciente puede reprimir).

–Esto puede servir para alimentar una dominación hegemónica, ¿no?

–Como todo. Como la radiactividad, o la fusión nuclear, o cualquier otro descubrimiento científico. Pero depende del uso que se le dé.

Por Leonardo Moledo
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Domingo, 19 Junio 2011 06:18

Crímenes, secretos y estocadas a Dilma

Ataquen a Dilma. Desde el inicio de su carrera hacia la presidencia, un año y medio atrás, Dilma Rousseff fue objeto de al menos tres embestidas para disuadirla de echar luz sobre los crímenes de la dictadura, la última de ellas la semana pasada.

Declaraciones de un senador y una militante de derechos humanos así como documentos secretos a los que tuvo acceso Página/12 indican que detrás de toda la alharaca desplegada para impedir la apertura de los archivos de la dictadura hay un objetivo inconfesable: ocultar la participación brasileña en el Plan Cóndor, más prolongada y comprometedora de lo que se sospecha.

En 2010, militares en retiro bramaron ante el “riesgo” que representaba para la Nación la llegada de una ex guerrillera al Palacio del Planalto; este año un general en actividad, y con rango de ministro, formuló comentarios antipáticos a cualquier averiguación sobre el pasado, presión a la que se sumaron la semana pasada dos ex presidentes civiles, ambos con simpatías cuarteleras.

José Sarney y Fernando Collor de Mello hicieron crujir la por momentos frágil alianza gobernante, en la que ellos ocupan el ala conservadora, al proponer que se sancione el secreto interno de los documentos del régimen y de otros gobiernos del pasado, exactamente en los antípodas del compromiso de trabajar por la verdad asumido por Dilma en su discurso de toma de posesión el primero de enero pasado.

Saber quién mató y torturó a disidentes de la dictadura es inconveniente pues “abrirá heridas” del pasado, dejando al país expuesto a escándalos equiparables a los causados por Wikileaks a los organismos de defensa y diplomáticos de Estados Unidos, sermoneó con voz tambaleante el octogenario Sarney.

Ventilar las historias desconocidas del régimen sería una amenaza a los altos intereses del Estado, comunicó en estilo solemne Collor de Mello, recordado por su efímero paso por el Palacio del Planalto, en el cual permaneció menos de 3 años debiendo renunciar en 1992, minutos antes de que el Congreso le abriera un juicio político por corrupción.

Dilma acusó el impacto de la estocada de Sarney y Collor, refrendada por su vicepresidente Michel Temer, tan derechista como aquéllos, e hizo saber que, en aras de la gobernabilidad iba a declinar abrir los archivos militares.

Pero luego de un par de días de vacilaciones, y sendos tirones de orejas de su compañero Luiz Inácio Lula da Silva y del Partido de los Trabajadores, la presidenta se rehizo y el viernes prometió que “en materia de derechos humanos no existe ningún documento ultra secreto” cegado a la requisa pública.

No hay una sino varias razones que explican tamaña presión para mantener lejos del ojo público los entretelones del poder de facto.

Los periódicos Estado y Folha, basados en fuentes diplomáticas y de Defensa, publicaron ayer que en los papeles hasta hoy ocultos se detallan proyectos nucleares cuya divulgación podrían resentir la relación con Argentina, así como datos sobre los sobornos pagados a la dictadura paraguaya para construir Itaipú.

Este diario consultó sobre el sacudón político de la semana pasada al senador Cristovam Buarque y Janaina Teles, de la Comisión de Familiares de Muertos y Desaparecidos Políticos. “No estoy en condiciones de afirmar todas las razones de Sarney y Collor para presionar tan fuerte como lo hicieron, pero uno sabe que ellos son sensibles ante un lobby histórico de las fuerzas armadas e Itamaraty (Cancillería) contra varios temas y el Plan Cóndor es algo que incomoda a mucha gente”, responde Buarque.

“Hay mil motivos para tanta coacción contra la presidenta Dilma, pero es obvio que también quieren esconder la gravísima participación de Brasil en el Cóndor, los militares están por detrás de las presiones de Sarney, él siempre fue servil con las fuerzas armadas; ya en 1975 pronunció un discurso amenazante, diciendo que nadie tenía derecho a investigarlas”, reseñó Janaina Teles.

Cientos de documentos rotulados como “secretos”, “confidenciales” y “reservados”, que fueron analizados por este diario refuerzan las afirmaciones del senador Buarque y la historiadora Teles. Tres de esos papeles, fechados el 3 de abril de 1978, el 5 de abril de 1973 y el 17 de junio 1971, aportan claros indicios de que Brasil fue una parte nada secundaria de la red de secuestros y asesinatos tejida por los generales sudamericanos.

El primero de esos papeles reporta el seguimiento de un grupo de miembros de la organización Montoneros que se reuniría en el interior brasileño para retornar a Argentina durante el Mundial de 1978. Se desprende de otros informes que los servicios secretos brasileños montaron un dispositivo especial para impedir el regreso guerrillero.

El segundo papel, rotulado como “secreto”, demuestra el posible seguimiento realizado por los agentes brasileños, acaso abastecidos por informaciones de los servicios argentinos, de altos dirigentes políticos brasileños en Argentina y Europa, y las negociaciones que éstos mantuvieron con el general Juan Perón antes de su radicación definitiva en Buenos Aires.

El tercero, también clasificado como “secreto”, fue reportado el 17 de junio de 1971 y es el más revelador de los tres documentos: describe minuciosamente el secuestro en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, en un operativo con agentes de ambos países, del guerrillero brasileño Edmur Pericles Camargo, procedente de Chile. El informe fue elaborado por el agregado militar en Buenos Aires y lleva impreso el sello de la “Embajada de Brasil”.

“El Cóndor brasileño trabajaba desde mucho antes de 1975, cuando se oficializó el Cóndor regional en Chile (sumando a los servicios de Argentina, Uruguay y Paraguay), estaba organizado y contó con un esquema muy profesional de diplomáticos/espías pertenecientes a la Cancillería, donde se creó especialmente para estos fines el CIEX (Centro de Informaciones en el Exterior)”, explica Janaina Teles.

“Muchos militantes que habían sido detectados por los diplomáticos del CIEX estando prófugos en Argentina, Chile o Uruguay, luego fueron secuestrados y asesinados por la dictadura.”

Ese modus operandi, que articularon diplomáticos y servicios de inteligencia, posiblemente fue aplicado en uno de los casos más enigmáticos que hasta hoy no fue esclarecido en la trama terrorista trazada entre Brasil y Argentina.

El cordobés Antonio Pregoni, el francés Jean Henri Raya Ribard y el brasileño Caipy Alves de Castro dejaron Buenos Aires a mediados de noviembre de 1973 y el 24 de ese mes los tres desaparecieron en el barrio carioca de Copacabana, según el informe elaborado por Teles, investigadora de la Universidad de San Pablo.

“Estas desapariciones de Río de Janeiro son como la punta de un ovillo represivo que será muy difícil reconstruir si no tenemos acceso a los archivos que siguen ocultos. Brasil está a contramano de la historia, es el país más atrasado en la lucha por la verdad y la justicia”, pondera Teles.

Para ella y las organizaciones de derechos humanos “Dilma simboliza una esperanza”, tal vez la última de que Brasil acabe con la amnesia
 

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En el 140 aniversario del establecimiento de la Comuna de París, el ayuntamiento de la capital francesa montó una impactante exhibición en su histórico edificio de gobierno (Hôtel de Ville), del 18 de marzo al 28 de mayo de este año: La Commune 1871, Paris capitale insurgée. Por medio de fotografías, documentos, pinturas y cédulas museográficas, complementados por conferencias de especialistas, conmemoró ese efímero pero trascendente "asalto al cielo", el primer gobierno autogestionario de los trabajadores en la época contemporánea.

La exhibición contaba con una introducción: París combativo y humillado, que cubría el periodo de septiembre de 1870 a febrero de 1871, en el que Napoleón III declara una guerra contra Prusia que lo hace capitular y provoca la caída del imperio; la proclamación de la República; el sitio de los alemanes sobre la capital, defendida por las milicias ciudadanas organizadas en la Guardia Nacional que se niegan a aceptar la rendición incondicional. Es el París patriota y republicano, de la defensa nacional, que se rebela frente al sometimiento de la Asamblea de Versalles.

París libre e insurreccionado y la formación de la Comuna se inician el 18 de marzo, cuando Adolfo Thiers, "jefe del Poder Ejecutivo de la República Francesa", ordena el envío de tropas para el rescate de los cañones emplazados en Montmartre y comprados por los habitantes de la ciudad por suscripción popular. Oficiales y soldados se niegan a disparar sobre la multitud y fraternizan con los insurrectos, fusilando incluso a dos de los generales que venían al mando.

El Comité Central de la Guardia Nacional se instala en el Hôtel de Ville y convoca a elecciones para el gobierno de la Comuna el 26 de marzo. Se eligen 83 miembros con un perfil social excepcional: 33 obreros, cinco pequeños patrones, 14 empleados y 12 periodistas, artistas y miembros de las profesiones liberales, con el acompañamiento de activistas blanquistas, que forman el elemento motor, los revolucionarios independientes y los miembros de la I Internacional. Se estima que al menos 300 mil parisinos, entre hombres, mujeres y niños, denominados "comuneros", dieron sustento y participaron en el movimiento.

La exhibición mostraba los decretos del gobierno revolucionario: autonomía de las comunas y alianza de las adheridas al pacto federal para garantizar la unidad francesa; autogestión de las fábricas abandonadas por sus propietarios; laicidad del Estado; regreso de las herramientas empeñadas por los trabajadores; abolición del trabajo nocturno, la guillotina y los intereses de las deudas; establecimiento del derecho a la educación gratuita; igualdad de salario entre hombres y mujeres; concesión de pensiones a las viudas de los miembros de la Guardia Nacional; remplazo de la leva y el ejército regular por la integración de las milicias populares a través de la Guardia Nacional, entre otros.

Dirigentes y seguidores de la Comuna daba cuenta de los nombres y fotografías de los más connotados líderes (incluyendo mujeres como Luise Michel), mientras que París de las barricadas: la capital construye sus defensas daba inicio con el decreto del 8 de abril que crea una comisión a cargo de la construcción de las barricadas; esto se hace posible con el trabajo conjunto de obreros bajo la dirección de jóvenes ingenieros unidos al movimiento. Más tarde, cuando las tropas de Thiers emprenden la represión, los comuneros levantan más de 900 barricadas en la batalla para defender su barrio, o simplemente su calle.

La semana sangrienta: París a fuego y sangre es la sección en la que se narran los acontecimientos trágicos de los siete días que van del 21 al 28 de mayo, cuando son masacrados más de 20 mil parisinos por el ejército regular y tiene lugar la más importante destrucción de edificios y monumentos que la ciudad haya sufrido en toda su historia. Las ejecuciones masivas de federados se multiplican en todas las barricadas, reducidas una a una por la acción mortífera de las tropas, que inexorablemente avanzan en la toma de la ciudad. Los postreros combates se libran en el cementerio de Père Lachaise, donde son fusilados sumariamente los últimos insurrectos. Thiers ordena dejar en exhibición los cadáveres "como un espectáculo que servirá de lección."

París reprimido: arrestos, condenas y deportaciones da cuenta de las secuelas represivas que siguieron, con un estado de sitio que perduró por cinco años. Los miles de prisioneros, hombres, mujeres y niños, mantenidos hacinados en las cárceles existentes que, al rebasar su capacidad, son sustituidas por los primeros "campos de concentración" que se registran en la historia contemporánea. La mayoría de los miembros del consejo de gobierno son condenados a muerte o caen durante los combates, miles de personas son deportadas y sometidas a trabajos forzados en las más lejanas colonias francesas de ultramar, como Nueva Caledonia.

La exhibición cerraba con París en ruinas, borrando las trazas de un drama, que mostraba el más importante conjunto iconográfico de los inmuebles incendiados durante la semana sangrienta, así como los esfuerzos de las clases dominantes por reconstruirlos como una "revancha" contra la memoria de la insurrección de los trabajadores de París. La construcción de la Basílica del Sagrado Corazón, en las combativas alturas de Montmartre constituyó una suerte de exorcismo para hacer desaparecer los demonios libertarios de las clases populares y recordar a la posteridad que la autoridad, el orden y la propiedad de los poderosos deben prevalecer, a cualquier costo.

Flores rojas fueron depositadas en el Muro de los Federados, que perpetúa el recuerdo de los hombres y las mujeres que se atrevieron a soñar en un mundo de libertad, justicia e igualdad.

Por Gilberto López y Rivas
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A horas de las elecciones presidenciales en Perú. el líder del Frente Progresista destaca la importancia de los juicios por la violación de los derechos humanos, plantea el lugar que tendrían las políticas sociales en su gobierno y por qué la opción de Keiko Fujimori representaría una vuelta al pasado.

“Voy a ganar mañana”, dice Ollanta Humala. Se lo ve tranquilo, confiado. El candidato del frente progresista Gana Perú, que mañana define la presidencia con la derechista Keiko Fujimori, concedió una entrevista exclusiva a Página/12, haciendo un espacio en su agitada agenda. Humala venía de rechazar en conferencia de prensa la acusación que el jueves lanzó en su contra Roger Noriega, el subsecretario de Estado para América latina de la administración de George W. Bush, quien aseguró que Hugo Chávez financiaba a Humala. “Esa es una patraña, una calumnia. No hay ninguna prueba para esa afirmación”, dijo Humala. En el diálogo con este diario, el candidato habló de sus principales propuestas, de lo que sería un eventual gobierno suyo sin mayoría parlamentaria propia, de derechos humanos, de su rival Keiko Fujimori y de el rol que jugaría la Unasur en su política internacional.

–Usted ha dicho que el presidente Alan García apoya la candidatura de Keiko Fujimori. ¿Confía en la limpieza del proceso electoral?

–Nosotros vamos a respetar la voluntad popular y la vamos a defender. Hay indicios que nos hacen ver con preocupación la transparencia del proceso electoral. Hay una clara intervención del presidente García a favor del proyecto autoritario de Keiko Fujimori. Está el hecho de que la Diroes (cuartel policial donde se encuentra detenido Alberto Fujimori) sea el principal local de campaña del fujimorismo, desde donde Alberto Fujimori, que está preso por corrupto y violaciones a los derechos humanos, decide la estrategia de su partido. Otro hecho preocupante es la denuncia que hoy (ayer) ha hecho el diario La República sobre las interceptaciones de mis conversaciones y las de mi entorno familiar y político. Nosotros reconocemos esas conversaciones y algunas de ellas han sido hechas en el local del partido y no por teléfono. La única institución con capacidad de hacer estas interceptaciones es el servicio de inteligencia y para que haga esas interceptaciones tiene que tener luz verde del presidente de la República. El gobierno debe explicar esto.

–Si usted gana la elección lo hará por un margen estrecho en un país polarizado y dividido en dos, y no tendrá mayoría en el Congreso.

–Como fuerza política responsable y con memoria hemos entendido el mensaje de la primera vuelta, en la que el pueblo nos dio la primera mayoría, pero no una mayoría absoluta, como un pedido para que ampliemos nuestra convocatoria, y eso implica un gobierno de concertación nacional, para lo cual hay que consensuar propuestas. En ese esfuerzo de concertación hemos logrado el apoyo de fuerzas sociales, laborales y políticas importantes, como el partido Perú Posible (partido del ex presidente Alejandro Toledo), con el cual podemos garantizar la estabilidad democrática en el Congreso, ya que con Perú Posible tendríamos mayoría parlamentaria, lo que no puede garantizar la congresista Fujimori, porque ella no tiene mayoría. En el grupo de ella hay gente que trabajó directamente con Alberto Fujimori y cuando no tuvieron mayoría cerraron el Congreso.

–Usted ha hablado de hacer concesiones para lograr esa concertación. ¿Hasta dónde va a hacer concesiones en sus propuestas? ¿Qué es lo no negociable?

–En lo que no vamos a retroceder es en hacer que el crecimiento económico vaya acompañado de inclusión social. Para que haya inclusión social tenemos que asegurar políticas sociales como el Programa Pensión 65, para los mayores de 65 años que no tienen una pensión; un programa de nutrición infantil en los colegios; un programa de guarderías infantiles; defender los derechos laborales; elevar el salario básico de 600 a 750 soles (unos 220 dólares) en el primer año de gobierno; un aumento salarial a los policías para mejorar la seguridad; invertir en infraestructura, como aeropuertos, puertos, carreteras, escuelas, hospitales, vías férreas, porque ahora el país tiene un déficit de 40 mil millones de dólares en infraestructura pública, a través de asociaciones públicas y privadas; consolidar el proceso de descentralización para mejorar la inversión pública; ampliar el programa Juntos (de entrega de unos 35 dólares mensuales a los sectores más pobres) de cerca de 500 mil beneficiarios a 900 mil; ampliar los presupuestos de los programas sociales de comedores populares y del vaso de leche; entregar becas a los mejores estudiantes de las escuelas públicas para que accedan a una carrera universitaria; trabajar una política para el retorno de los tres millones de peruanos que viven en el extranjero, la mayor parte de los cuales son ilegales. En esas políticas sociales no vamos a retroceder.

–Como ex militar, ¿cuál es su posición frente a los juicios a militares por violaciones a los derechos humanos?

–Para que haya reconciliación primero tiene que conocerse la verdad. Las autoridades deben dar todas las facilidades a la Justicia para que se aclaren las denuncias y se sepa la verdad. Los soldados que combatieron con honor quieren que se aclaren las denuncias, porque cuando se sospecha de uno se sospecha de todos. Los interesados en que no se conozca la verdad son aquellos que dieron las directivas, las órdenes para violar los derechos humanos. Nunca más debemos regresar a la dictadura fujimorista en la que se desaparecían estudiantes, se mataba, se esterilizaba contra su voluntad a las mujeres. Lo que se ha hecho en el país en materia de derechos humanos es una vergüenza. El Estado tiene una deuda con su población en derechos humanos. Nosotros defendemos los derechos humanos.

–En su opinión, ¿cómo sería un futuro gobierno de Keiko Fujimori?

–Ella lleva a las mismas personas que gobernaron con su padre. Con ella está el doctor Alejandro Aguinaga, que haciéndonos recordar las épocas de la Alemania nazi como ministro de Salud de Fujimori esterilizaba a las mujeres en contra de su voluntad. Más de 300 mil mujeres pobres fueron esterilizadas contra su voluntad. Su vocera en temas de derechos humanos (Milagros Maraví) coordinaba en el gobierno de Fujimori con Vladimiro Montesinos (brazo derecho de Fujimori y encargado de los trabajos sucios) cómo lavarle la cara al régimen por las violaciones a los derechos humanos. Ella misma reivindica a su padre como el mejor presidente del Perú. El deslinde que ella ha hecho con el gobierno de su padre recién se da en la campaña de esta segunda vuelta. Dígame usted: dice cuac, tiene pico, tiene cola... ¿es o no pato?

–Alberto Fujimori goza de una serie de privilegios en el cuartel policial donde está detenido. ¿Qué haría su gobierno frente a esta situación?

–Nadie debe tener privilegios. Cuando una persona es condenada debe ir a una cárcel y no a un cuartel policial.

–¿Cuáles serán las prioridades de su política internacional?

–Vamos a participar con entusiasmo en la consolidación de la unidad latinoamericana. El fortalecimiento de la Unasur será una prioridad de nuestra política exterior. Nosotros vemos con mucho interés la consolidación de la Unasur. Vamos a afianzar las relaciones políticas y económicas y de hermanamiento con los países de la región. No vamos a ideologizar las relaciones internacionales, sino que vamos a construir una agenda positiva con todos los países hermanos.

–Usted ha resaltado sus coincidencias con el ex presidente Lula. ¿Brasil es el modelo a seguir por su gobierno?

–El de Brasil es un modelo exitoso, pero el Perú es diferente al Brasil. Tenemos economías distintas, realidades diferentes. De Brasil hay que rescatar un manejo prudente, adecuado de la política económica, y un crecimiento económico que ha permitido la inclusión social y achicar la brecha de la desigualdad.

–El acuerdo del Arco del Pacífico (acuerdo de cooperación económica de Perú con Chile, Colombia y México) que ha firmado el presidente García pero no está ratificado, ¿usted lo va a continuar o lo va a revisar?

–Los acuerdos firmados por el Estado tienen que pasar por el Congreso y ahí tiene que entrar a un debate para ser ratificado. Este acuerdo tendrá que ser debatido en el Congreso.

–¿Cómo ve el gobierno de Cristina Kirchner?

–Es un gobierno democrático que viene resolviendo sus problemas. Nosotros queremos mejorar nuestras relaciones con Argentina, respetando la política interna del gobierno argentino. Parte de la buena vecindad es no meterse en los asuntos internos de otros países.

–¿Por qué que quiere ser presidente?

–Yo soy padre de familia. Tengo tres hijos, el menor de cinco meses, y me pongo en la posición de millones de peruanos que están iniciando una familia y que quieren que sus hijos tengan oportunidades a través de una educación de calidad y una buena salud, y que cuando salgamos a la calle con nuestras familias no nos asalten. Y si nos roban queremos encontrar justicia. No queremos un país corrupto. Quiero ser presidente porque quiero que el crecimiento económico que tenemos se convierta en calidad de vida. Quiero construir el futuro.

–¿Desde que era oficial del ejército pensaba en ser presidente?

–No, yo quería ser comandante general del ejército. La circunstancia que cambió mi vida fue el levantamiento que hice en Locumba contra la dictadura fujimorista. Fue un levantamiento dentro de un proceso de convulsión social en el que el pueblo peruano se había levantado contra la dictadura. Pero incluso después de eso quise recuperar mi carrera militar y estuve en el ejército hasta el año 2004 como militar en actividad y cuando me pasan a retiro decido replantear mi vida y es ahí cuando ingreso a la política.

Por Carlos Noriega
Desde Lima
Publicado enInternacional
Jueves, 02 Junio 2011 06:19

Ríos que van a dar en la mar

Mientras más me adentro en los meandros de la escritura literaria, cada vez me convenzo mejor de que la novela es un género total que se presta poco a clasificaciones y discriminaciones. Es la forma de organizar la invención y nada más. Dentro de esa ciudad infinita, en la que determinado callejón va a dar a puertas desapercibidas, o se sube por escaleras ocultas, todo es posible, y no hay manera de atajar la exploración que cada autor elige según sus propias concepciones y preferencias.

En este sentido, la novela no es un género, sino todos los géneros. Dentro caben todas las simulaciones y los disimulos, las mentiras contadas a medias y las mentiras contadas de manera completa; el uso premeditado de la verdad como simple mampara, el abuso de las realidades de la historia, la deformación de los hechos verdaderamente ocurridos, la transformación de personajes verdaderos en imaginarios, las biografías trastocadas para que parezcan biografías auténticas.

El novelista dispone de un catálogo abierto, y puede tomar justo lo que prefiera de las vidas ajenas, elegir lo más atractivo o lo más despreciable de una persona que conoció, o de la que oyó hablar, o de la que se cuenta en las páginas de la historia; y puede mezclar distintas personas en una sola como quien agrega capas de pintura hasta dar con un retrato que sea más atractivo que los modelos de que está compuesto.

Es decir, convertir a una persona en personaje, hacer que dé el paso que saca a esa persona del territorio de la realidad, donde para todos pasa desapercibida, a lo mejor, menos para el escritor, y la lleva hacia el territorio de la invención donde ya no se valen reglas. El arte de contar bien es el arte de mentir bien para que todo parezca verdadero a los ojos del lector, que de manera consciente compra falsedades y cree en ellas, en la medida en que estas falsedades sean lo suficientemente atractivas.

¿Por qué una novela no puede parecerse a una biografía, o imitar una biografía, o hacer de una biografía real una biografía inventada? Esto no es una moda de la escritura, sino una de las reglas más antiguas del oficio. Es un procedimiento que procura el engaño, y de engañar se trata. Me atrevo a decir entonces que existe dentro de la novela una estética de la mentira, el único espacio donde la mentira es lícita, y no tiene agobios ni pesadumbres morales.

¿Y qué pasa si un día la biografía falsa, que es la del novelista, llega a ser más creíble que la escrita por el biógrafo riguroso que nunca alteró un solo dato, y se atuvo de manera circunspecta a los hechos, o a lo que creyó que eran los hechos? No pasa nada, sólo que la imaginación habrá llegado a tener mayor credibilidad. ¿Cuál es la biografía de Eva Perón? La que escribió Tomás Eloy Martínez en su novela Santa Evita. Es la que va a quedar, la que va a ser citada. ¿Cuál es la mejor biografía de Bolívar? La que está en El general en su laberinto, de García Márquez. ¿Y la del generalísimo Leónidas Trujillo? La fiesta del chivo, de Vargas Llosa. ¿Y cuál es el mejor homenaje que se tributa a esas novelas? Los alegatos de que esas vidas no fueron realmente así, que los hechos ocurrieron de manera diferente, que los autores mienten. Claro que mienten.

¿Cuántas biografías verdaderas se han escrito de Eva Perón, de Bolívar, de Trujillo? Supongo que muchas. Y cuando digo verdaderas, me refiero al afán de contar esas vidas conforme a hechos verificables. Pero eso no las hace verdaderamente reales. No llevan el sello de la novela, pero sí el de las verdades a medias, o el de las verdades interesadas, según el biógrafo, a pesar de su pulcritud, cuando la tiene; unos querrán destruir al personaje, otros querrán exaltarlo, otros querrán ser imparciales. Es asunto del uso que se quiera dar a los ficheros.

Una biografía real no es para el novelista sino un pie musical, el clavo donde se cuelga la novela, como diría Alejandro Dumas; un punto de partida para construir un personaje de una manera más aventurada y atractiva de como ha sido construido en la biografía. Y el novelista, para su propia tarea de invenciones, puede servirse de los biógrafos más aburridos y cansinos, o de los que se comportan como novelistas al escribir, es decir, aquellos que están dotados de la virtud de fijarse en los detalles; pongamos por caso Suetonio, que en Las vidas de los doce césares da pruebas en cada página de su poder de percepción, que es lo que distingue a un novelista. Cuando asesinan a Julio César, cuenta Suetonio que como era pudoroso tuvo el cuidado de arreglarse las ropas de modo que, al caer acuchillado, su cuerpo no quedara en ninguna situación obscena.

En una vieja revista de la Academia de Historia de Nicaragua leí alguna vez un relato sobre un personaje que espera por una novela, el general Cleto Ordóñez, que para el tiempo de la independencia se alzó en rebelión contra la aristocracia, en lo que se llamó "la guerra contra los dones", es decir, contra los señores, cuyos escudos nobiliarios, falsos o verdaderos, hizo arrancar de los portales de sus casas en la ciudad de Granada.

Luego, ya viejo y derrotado, y exiliado, quiso regresar a morir a su patria pero sus enemigos, entonces en el poder, se lo impidieron, y lo obligaron a regresar a El Salvador, desde donde podía divisar Nicaragua al otro lado de las aguas del golfo de Fonseca. Una mañana se levantó temprano, se puso su mejor ropa, se afeitó cuidadosamente, y se sentó bajo un árbol para morir.

Estoy contando esta historia de memoria, y no sé exactamente cuáles fueron las palabras que un día leí. Sólo sé que es algo que ya entró en la cabeza del novelista dispuesto a saquear sin piedad al biógrafo.

Por  Sergio Ramírez

Panamá, mayo 2011.

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