Sábado, 15 Septiembre 2012 06:49

La masacre olvidada

La masacre olvidada
Persisten los recuerdos, por supuesto. El hombre que perdió a su familia en un matanza anterior y luego vio cómo los jóvenes de Chatila eran formados después de la nueva masacre y los hacían marchar hacia la muerte. Pero –al igual que la mugre acumulada en el basurero, entre las casuchas–, la peste de la injusticia persiste en los campamentos donde mil 700 palestinos fueron ejecutados hace 30 años, fecha que se cumple la semana próxima.


Nadie ha sido juzgado ni sentenciado por aquella carnicería, que hasta un escritor israelí comparó en ese tiempo con la matanza de yugoslavos por simpatizantes nazis en la Segunda Guerra Mundial. Sabra y Chatila son un monumento a los criminales que evadieron la justicia y salieron impunes.


Jaled Abú Noor era un adolescente que había dejado el campamento para ir a las montañas a adiestrarse en la milicia antes que los falangistas aliados de Israel entraran en Sabra y Chatila. ¿Siente culpa por ello, por no haberse quedado a luchar con los violadores y asesinos? “Lo que siento hoy es depresión”, comenta. “Exigimos justicia, procesos en tribunales internacionales… pero no hubo nada. Nadie fue declarado responsable, nadie compareció ante la justicia. Y por eso tuvimos que sufrir en la guerra de los campamentos de 1986 (a manos de libaneses chiítas), y por eso los israelíes pudieron dar muerte a tantos palestinos en la guerra de Gaza de 2008-2009. Si se hubiera juzgado a los asesinos de hace 30 años, esas otras matanzas no habrían ocurrido.”


No le falta razón. Mientras en Manhattan presidentes y primeros ministros han formado fila para llorar a los muertos en los crímenes de lesa humanidad de 2001 en el World Trade Center, ni un solo gobernante occidental se ha atrevido a visitar las frías y sucias fosas comunes de Sabra y Chatila, donde unos cuantos árboles zarrapastrosos dan sombra a las borrosas fotografías de los muertos. Tampoco, hay que decirlo, en esos 30 años un solo líder árabe se ha molestado en visitar la última morada de al menos 600 de las mil 700 víctimas. Los potentados árabes sangran en el corazón por los palestinos, pero un boleto de avión a Beirut sería demasiado para ellos en estos días… ¿y quién querría ofender a los israelíes o los estadunidenses?


Es una ironía –importante, a final de cuentas– que la única nación que realizó una investigación oficial seria, aunque fallida, sobre la masacre fue Israel. El ejército israelí envió a los asesinos a los campamentos y luego observó, sin hacer nada, mientras se cometía la atrocidad. Un teniente israelí llamado Avi Grabowsky dio la más reveladora evidencia de ello. La Comisión Kahan dictaminó que el entonces ministro de Defensa Ariel Sharon era personalmente responsable por haber enviado a los despiadados falangistas antipalestinos a los campamentos para “limpiarlos de terroristas”, los cuales resultaron tan inexistentes como las armas de destrucción masiva de Irak 21 años después.


Sharon perdió el cargo, pero más tarde llegó a primer ministro, hasta que fue víctima de un ataque al corazón al cual sobrevivió, pero lo privó del habla. Elie Hobeika, líder miliciano cristiano libanés que encabezó las matanzas –después de que Sharon dijo a los falangistas que los palestinos acababan de ejecutar a su líder, Bashir Gemayel–, fue asesinado años más tarde en Beirut oriental. Sus enemigos afirmaron que los sirios le dieron muerte, sus amigos culparon a los israelíes. Hobeika, quien se había “pasado” a los sirios, acababa de anunciar que “revelaría todo” sobre la atrocidad de Sabra y Chatila ante un tribunal belga que deseaba someter a juicio a Sharon.


Desde luego, quienes entramos en los campamentos en el tercer y último día de la masacre –el 18 de septiembre de 1982– tenemos nuestros propios recuerdos. Yo guardo en la mente la imagen de un hombre tirado en la calle principal, vestido con piyama y con su inocente bastón a su lado; la de dos mujeres y un niño baleados al lado de un caballo de muerto; la de una casa particular en la que me protegí de los asesinos con mi colega Loren Jenkins, del Washington Post, y donde encontramos una mujer que yacía en el patio a nuestro lado. Algunas de las mujeres fueron violadas antes de que las mataran. Los ejércitos de moscas, el hedor de la descomposición… uno se acuerda de esas cosas.


Abú Maher tiene 65 años –como Jaled Abú Noor, en un principio su familia huyó de sus hogares en Safad, en el Israel actual– y permaneció en el campamento durante la masacre. En un principio no daba crédito a los hombres y mujeres que lo apremiaban a huir de su casa. “Una vecina se puso a gritar; me asomé y vi cómo la mataban a tiros. Su hija echó a correr; los asesinos la persiguieron gritando ‘¡Mátenla, mátenla, no la dejen escapar!’ Ella me gritó, pero no pude hacer nada. Al final logró escapar.”


Viajes repetidos de vuelta al campamento, año tras año, han permitido construir una relación en asombroso detalle. Investigaciones de Karsten Tveit, de la radio noruega, y mías han demostrado que muchos hombres a quienes Abú Maher vio que se llevaban vivos después de la primera matanza fueron entregados de nuevo por los israelíes a los asesinos falangistas, quienes los tuvieron prisioneros unos días en Beirut oriental y después, al ver que no podían canjearlos por rehenes cristianos, los ejecutaron junto a las fosas comunes.


Se han presentado despiadados argumentos en pro del olvido. ¿Por qué recordar a unos cientos de palestinos asesinados cuando en Siria han perecido 25 mil personas en 19 meses? Partidarios de Israel y críticos del mundo musulmán me han escrito en años recientes acusándome de hacer continuas referencias a la masacre de Sabra y Chatila, como si mi testimonio presencial de esa atrocidad ya hubieran prescrito. Al comparar esos informes míos con mis relatos sobre la opresión turca, un lector me ha escrito su conclusión de que en este caso (Sabra y Chatila) soy parcial contra Israel, “con base sólo en el número desproporcionado de referencias que hace a esta atrocidad”.


Pero, ¿pueden hacerse demasiadas? La doctora Bayan al-Hout, viuda del ex embajador de la OLP en Beirut, ha escrito el recuento más autorizado y detallado de los crímenes de guerra de Sabra y Chatila –porque eso es lo que fueron– y concluye que en los años posteriores la gente temía recordar. “Luego, grupos internacionales comenzaron a hablar e investigar. Debemos recordar que todos somos responsables por lo que ocurrió. Y las víctimas aún llevan las cicatrices de esos sucesos –hasta los que no habían nacido las tienen– y necesitan amor.” En la conclusión de su libro, la doctora Al-Hout hace preguntas difíciles y de hecho peligrosas: “¿Fueron los perpetradores los únicos responsables? ¿Los que ejecutaron los crímenes fueron los únicos criminales? ¿O lo son quienes dieron las órdenes? ¿Quién en verdad es responsable?”


En otras palabras, ¿acaso Líbano no tiene responsabilidad junto con los falangistas, Israel con su ejército, los árabes con su aliado estadunidense? La doctora al-Hout termina su investigación con una cita del rabino Abraham Heschel, quien tronó contra la guerra de Vietnam: “En una sociedad libre algunos son culpables, pero todos somos responsables”.


The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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Sábado, 15 Septiembre 2012 06:43

El mundo que nos toca vivir

El mundo que nos toca vivir
El camino para la salvación del euro está libre. En ese tono titularon los diarios el jueves pasado. Es que la Corte Suprema de Alemania había aprobado la resolución del Parlamento por la cual se proponía la ayuda financiera al Banco Central Europeo. Con eso se ratificaba la posición de la jefa del gobierno germano, Angela Merkel y, de alguna manera, se respaldaba la existencia del Mercado Común Europeo.


Grecia, Italia, España, Portugal e Irlanda respiraron con optimismo luego de tantos meses de un panorama económico más que dramático. Pero la Justicia alemana limitó la ayuda de su país a la suma de 190 mil millones de euros. Todo préstamo más allá de esa suma debe ser aprobado antes por el Parlamento alemán, así se le da cabida a la opinión de la minoría.


Sí, un respiro para la agotada Europa y un gesto de Alemania para salvar al euro y un no al regreso a las fronteras económicas de antes y a la moneda propia de cada país. Pero hay muchas protestas, en especial de la derecha alemana –mismo en sectores del propio partido gobernante demócrata cristiano–, que se preguntan por qué Alemania siempre es la que tiene que pagar los platos rotos que rompen los otros europeos. Pero cualquier aislamiento de Alemania hubiera podido ocasionar una verdadera catástrofe económica continental. Esta misma semana se publicaron pronósticos de que la crisis económica llegará también a Alemania a comienzos del 2013, cuando el crecimiento sea sólo del 1,1 por ciento, en vez del 1,7 pronosticado antes.


Otra vez el sistema capitalista con sus crisis y un mundo que no encuentra la paz ni puede cumplir con el principio del trabajo para todos o por lo menos pan para todos. Y justo, con la información de la aprobación de la ayuda alemana a los países europeos en crisis, apareció la noticia oficial de la Agencia Federal de Estadísticas alemana, de que va creciendo en este país la cuota de gente que cae en estado de pobreza. Se señala que en 2005 la gente pobre llegaba al 14,7 por ciento del total de la sociedad; en 2010 bajó al 14,5, pero en 2011 ha llegado ya al 15,1 por ciento. Una cifra para pensar. ¿Por qué si aumenta la producción aumenta al mismo tiempo la pobreza, y eso que se trata de un país del “primer mundo”? ¿Por qué no se investiga si la fortuna de los acaudalados va cada vez más en aumento y la pobreza avanza al mismo tiempo? Los estudios oficiales señalan, por ejemplo, que el riesgo de pobreza en Berlín creció del 19,7 en el 2005, a 21,1 en el 2011.


Recuerdo cuando en la década del cincuenta se nos enseñaba que la “economía de mercado” iba a solucionar todos los problemas del mundo. Pues bien, las cifras que presentó Unicef nos dicen que todos los días fallecen en el mundo 19.000 niños menores de cinco años. Todo eso a pesar del progreso de las ciencias médicas. De acuerdo con ese estudio, cada tercer niño que muere es por desnutrición crónica o aguda. De enfermedad pulmonar fallece el 18 por ciento del total; de colitis, el 11 por ciento, y de malaria, el 7 por ciento.


¿Qué dice Naciones Unidas ante estas cifras? ¿Qué es en esencia el ser humano que permite así la muerte de esos seres indefensos? Y aquí viene la otra cara de la moneda. La producción de armas. Las armas cada vez más mortíferas. Los mayores exportadores de armas son Estados Unidos, luego Rusia y el tercero es nada menos que Alemania. Sí, el país que perdió la última Guerra Mundial perdió millones de seres que encontraron la muerte –no sólo como soldados, sino mujeres y niños– en las ciudades bombardeadas. A pesar de ello, acaba de publicarse la información de que esta Alemania actual vendió armas al exterior por 1,1 mil millones de euros en el 2004, y subió esa exportación a 2,1 mil millones seis años después. Negocio perfecto. Negocios son negocios, no importa la moral. Los autores de este estudio, Nicolas Büchse y Hauke Friedrichs, señalan que “la venta de tanques de guerra a regímenes políticos autocráticos (dictaduras, en el verdadero sentido) ya no es más un tabú”, y agregan (textual): “Jamás en la historia fue tan fácil vender armas al exterior”. Ultimamente, esas armas han sido empleadas en la guerra de Afganistán, en Kosovo, en Macedonia. También en maniobras militares de Arabia Saudita y en la Unión de Emiratos Arabes. Por ejemplo, la ametralladora MP5 dispara 8000 proyectiles por minuto y ha sido comprada por Irán, para uso policial, y por la India (que tiene el 24 por ciento del total de muertes de niños en el mundo), por Turquía y por Indonesia. El tanque Leopard II, al que la empresa que los fabrica llama “la nave insignia de los ejércitos”, cuesta 9 millones de euros por unidad. De esta arma –se dice que es la más codiciada del mundo– ya Arabia Saudita ha comprado 800 unidades; Qatar, 200 e Indonesia, 100. También viene dotado con un cañón de caño corto “para ser utilizado en las ciudades”. Y una ametralladora “vertical” con la cual puede atacar “enemigos en los techos de las casas”. Y un lanzagranadas para gases y nieblas. El estado-ciudad de Singapur compró 168 tanques de este tipo.


También Alemania produce el submarino Dolphia, que cuesta cada uno 550 millones de euros. Israel ya ha comprado seis de ellos y los ha dotado de armas nucleares. Todo parece una novela de perversa imaginación; que los judíos que sufrieron uno de los genocidios más grandes de la Historia a manos de los nazis alemanes, ahora compren a Alemania justamente armas.


En total, Alemania produce actualmente las ocho armas más efectivas de la Historia. El recorrido que ha hecho el mundo humano parece ser una obra de ficción inigualable. Pobres autores de libros de ficción, ¡qué cortos se han quedado! Mejor escriban la actual realidad del mundo y van a encontrar los temas de más fantasía. Tal vez los lectores de mis contratapas se digan: ¡otra vez Bayer escribiendo sobre el hambre de los niños y la venta de armas, basta! Pero no. Voy a cerrar esta página con el otro aspecto de la humanidad. Los que no se rinden: la gente bien de abajo que lucha por más dignidad, por ejemplo, las mujeres de Vernon Yankee en Estados Unidos. Allí existe una central atómica que ya ha tenido varios problemas. Un conjunto de abuelas –todas abuelas– se han reunido y comenzado la lucha para su cierre. Se llaman a sí mismas “las Ladys radicales”, y marchan y cantan himnos: “Stand up” y “I will Survive”. Todas visten blusas con inscripciones antinucleares y “molestan” día por día a los responsables. Y están seguras de que triunfarán.


Otro caso es el de las colectividades armenias en todo el mundo, que han salido nuevamente a la calle ahora por la vergonzosa y pérfida medida llevada a cabo por el gobierno de Azerbaiján. Armenia y Azerbaiján tienen un largo conflicto desde la década del noventa. En el 2004, en Budapest, se realizó el seminario “Colaboración para la Paz”, de ayuda para encontrar soluciones, con invitaciones a militares de ambos países. Allí, el teniente azerbaijano Ramil Safarow aprovechó la oportunidad para entrar en la habitación del oficial armenio Gurgan Makarian y cortarle la cabeza de un hachazo. La Justicia húngara condenó al asesino a cadena perpetua. Entonces, el gobierno azerbaijano pidió la extradición del culpable para hacerle cumplir la pena en su país natal. Hungría se lo entregó y el mismo día en su país se le dio la libertad, se lo nombró oficialmente “héroe” nacional” y se lo ascendió a Mayor. La protesta mundial de los armenios ha tenido un gran eco. Piden que el asesino sea devuelto a Hungría y cumpla la pena. Han dejado así el desnudo ante el mundo al gobierno encubridor de un asesino feroz.


Y allá, en mi país, Argentina, en la ciudad bonaerense de Balcarce, hombres y mujeres que no admiten lo injusto han iniciado acciones para que se quite a la ciudad el monumento al dictador Uriburu, sí, el dictador que inició los golpes militares contra los gobiernos constitucionales y fue fusilador de obreros. Es increíble ese monumento. Un insulto a la vida y a la democracia. Pero hay seres nobles que ponen la cara para el triunfo de la Etica. Para lograr ese mundo soñado sin armas y con niños que sonrían eternamente.


Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn, Alemania

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Domingo, 09 Septiembre 2012 06:01

Los últimos días de Arafat

Un grupo de obreros remoza llana en mano el impresionante mausoleo de Yaser Arafat. El líder palestino por excelencia lleva ocho años enterrado aquí en Ramala, junto a la Muqata, el palacio presidencial en el que pasó sitiado sus tres últimos años de vida. Cientos de escolares, familias palestinas repeinadas en el fin de semana, y turistas de medio mundo visitan a diario este inmenso cubo de piedra beis que aloja en su interior la tumba y el cuerpo del hombre-símbolo de la causa palestina. Encierra además un preciado secreto: la verdadera causa de la muerte del rais palestino.

 
El paso de los años no ha conseguido aminorar el interés por el asunto. Al contrario. El misterio que rodea a la muerte de Arafat ha cobrado fuerza después de que Suha, la viuda del líder, autorizara el análisis de su ropa interior y su kefiya, su célebre pañuelo palestino. Un instituto de radiofísica suizo ha encontrado dosis anormales de polonio 210, la sustancia radioactiva que envenenó al disidente ruso Alexander Litvinenko en 2006.

 
Los resultados, advirtieron los suizos a la cadena Al Yazira, promotora de la investigación, no son concluyentes. Si Suha quiere saber la verdad debe exhumar el cadáver y tomar más muestras. Después vino la demanda de Suha en Francia y los preparativos del viaje de los expertos franceses a Ramala, donde aterrizarán en las próximas semanas para desenterrar a Arafat.

 
Tawfiq Tirawi preside la comisión palestina que investiga la muerte de Arafat y anuncia que no pondrán trabas a los franceses. En su despacho de Ramala explica que para tomar las muestras hay que desenterrar el cuerpo y llevarlo al hospital. Y que los enviados de Francia deberían estar trabajando en menos de un mes.


Tirawi es el hombre de confianza de Arafat, que le siguió desde Beirut en los ochenta y que dirigió los servicios secretos en Cisjordania durante la segunda Intifada. Una de las bestias negras israelíes. Se refugió en la Muqata junto a Arafat hasta que se lo llevaron en volandas al hospital de París en el que murió el 11 de noviembre de 2004, a los 75 años. Ahora Tirawi recuerda los últimos días de asedio. Qué comieron, qué bebieron y qué respiraron resulta, en su opinión, determinante a la hora de esclarecer la muerte.
 

“El Ejército israelí nos tenía rodeados. Faltaba el oxígeno. Unas 200 personas convivíamos en 300 metros cuadrados. No había agua potable y la comida escaseaba. Los alimentos venían de fuera”. Tirawi continúa: “Eran los palestinos los que traían el agua para beber y los alimentos. Pero antes de introducir nada, debían entregar las mercancías a los soldados que cercaban la Muqata y que lo examinaban sin permitir la presencia de palestinos”. Ése es uno de los momentos que los abonados a la tesis del envenenamiento israelí podrían considerar idóneo para inyectar polonio 210. Tirawi no lo descarta, pero tampoco le resulta demasiado creíble porque la comida entraba en grandes cantidades. “Si traían diez pollos, ¿cómo iban a saber los israelíes cuál se iba a comer Arafat?”.

 
Durante el encierro, Arafat llevó una dieta saludable. Comía pollo y algo de pescado. Carne en contadas ocasiones. Verduras, casi siempre las mismas: maíz y guisantes. La miel y las manzanas eran sus postres favoritos. La comida era escasa pero sana. El problema eran las condiciones sanitarias y el monumental estrés que sufrieron, rodeados por tanques noche y día. Dormían unos encima de los otros. Arafat, rodeado de sus colaboradores más cercanos. El resto, repartido por donde podía. El agua que utilizaban para las abluciones previas al rezo estaba sucia. Varios de los que compartieron encierro con Arafat enfermaron y dos de ellos murieron después.

 
“La situación allí dentro era penosa”, cuenta desde Ammán Munib Al Masri, el multimillonario palestino e inseparable de Arafat. “Aquello era espantoso. Estaba lleno de escombros. Se tuvieron que trasladar al segundo piso donde estaban más protegidos de los bombardeos”, recuerda Al Masri, tesorero de la Fundación Arafat, quien visitó a su amigo con regularidad en la Muqata, nietos incluidos, para levantar la moral del líder. Después, viajó con él hasta el hospital de París y de allí de vuelta a Ramala para el entierro.

 
Preservar el ánimo era crucial. Resalta Tirawi cómo le afectó a Arafat la suerte de guerra psicológica que dice le declararon estadounidenses e israelíes. “La presión de Washington era tal que ni siquiera los líderes árabes se atrevían a llamarle. En el último año, sufrió un aislamiento total”.

 
Llegó un momento en el que Arafat fue consciente de que estaba enfermo, a pesar de que trataba de restarle importancia de cara a la galería. “No quería que le vieran deprimido. Tenía una mancha roja al lado de la nariz. Le decíamos que tenía que intentar salir para que le trataran, pero él bromeaba”, cuenta Tirawi. Al Masri asegura que Arafat “nunca tuvo miedo. Cuando estábamos asustados, él era el que nos animaba”. Pero, pese a mantener el tipo, el guerrillero que en el pasado había conseguido burlar la muerte como pocos, acabó sus días como la mayoría de los mortales; sin mayor heroísmo. Debilitado, adelgazado. Un buen día, en una cama de hospital, simplemente se fue.

 
Los informes médicos del hospital francés en el que murió hablan de una hemorragia y una infección de origen indeterminado. No aportan por tanto excesiva luz a las causas de la muerte. Algunos de los síntomas de Arafat coinciden con los del envenenamiento por Polonio, pero otros no casan, dicen los suizos y explica el físico nuclear Norman Dombey, profesor emérito de la Universidad de Sussex. “Es muy improbable que fuera envenenado con Polonio 210. Se le habría caído la barba y el pelo y no hay noticia de que eso sucediera. Además, en estos ocho años, el polonio se habría reducido en masa en un factor de un millón”, sostiene Dombey. Detalla, además, que el polonio 210 se fabrica en Sarov, Rusia, aunque hay una posible pero no confirmada fabricación israelí hace décadas.
 

Pero para Tirawi no hay duda de que “a Arafat lo mataron los israelíes”. Agita un documento en el que ha recopilado las amenazas de muerte verbalizadas por los políticos israelíes de la época. Pero también añade un elemento que aporta toneladas de intriga palaciega y que ha sido tema de conversación en los territorios palestinos. “Si alguien puso polonio tuvo que ser un palestino por encargo israelí”, se ha dicho. El baile de nombres de rivales políticos del rais es constante, aunque algunos suenan con más insistencia que otros. Israel niega tajante la autoría y asegura que no piensa obstruir la investigación francesa. “No tenemos nada que ver con este asunto; nada que ocultar”, asegura Yigal Palmor, portavoz del ministerio de Exteriores israelí. “Lo que no es serio es que los palestinos tengan sus conclusiones antes de que haya empezado la investigación”, señala. En la calle, la inmensa mayoría de los palestinos cree que Arafat no falleció de forma natural. “Los palestinos sabemos que Israel le asesinó. Que probablemente algún agente del Mossad entró en la Muqata fingiendo ser uno de los cooperantes que le visitaban. Otra cosa es que vayan a pagar por ello. ¿Pasó algo después de Sabra y Chatila, de Gaza?, pregunta escéptico Samer Karaka, regente de un ultramarinos cercano a la tumba.

 
Murad y Osama, en cambio, se frotan las manos. Vestidos de camuflaje militar y armados hasta los dientes custodian el mausoleo. Ellos también estaban allí los años del cerco israelí y ofrecen un retrato de la vida en la Muqata muy similar al de Tirawi. La idea de que la rumorología que habla desde hace años de muerte por envenenamiento se haya convertido en investigación judicial les entusiasma.


Por Ana Carbajosa 9 SEP 2012 - 09:13 CET

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Miércoles, 05 Septiembre 2012 07:01

Israel y los observantes del templo

Israel y los observantes del templo
Friedrich Gulda se presentaba en el teatro Colón, y yo sin un peso partido al medio. Avisado de tan horrenda situación, un crítico de música me rescató del pozo. Mostrando dos entradas para el concierto, dijo: ¿Cuál te gusta?” Elegí una corbata, y allí estuvimos.

En el intermedio, mi benefactor comentó:


“No es para tanto, che… musicalidad sin resonancia, acordes fallidos… ¡qué se yo!… ¿no lo sentiste algo desafinado? ¡Y esa ocurrencia de tocar sin pedal!”


Con rara mezcla de fastidio y agradecimiento, regresé a la sala. ¡El experto oidor amagaba con arruinarme la velada! Felizmente, el piano de Gulda se impuso con su magia, y el exigente auditorio del Colón quedó en estado de levitación. Con excepción del oidor, claro.


Caí en cuenta de que mi benefactor pertenecía al gremio de los observantes, legendaria cofradía de origen persa-pitagórico cuya catequesis consiste en negar una verdad absoluta (el goce del auditorio), oponiéndola a una verdad relativa (el sufrimiento del oidor experto). O bien, cuando la gente putea porque los huevos están carísimos, y los gobernantes responden “qué bueno que haya libertad de expresión”.


Así transcurrían los gloriosos días de mi juventud, entre reflexiones, lecturas, música, estudios, deportes y tertulias políticas, en las que un pelirrojo peinado con fijador y raya al medio, trosco, cácaro, bizco y observante, miraba a mi novia de un modo sospechoso.


Punto de agenda: “Guerra de los Seis Días” (1967). Asunto que obligaba a desmenuzar el origen del sionismo, doctrina que la ONU de los años 70 calificó de racista, y que en el decenio siguiente la “revolución conservadora” de Margaret Thatcher y Ronald Reagan vio con otros lentes. Hoy, la observante Wikipedia advierte que la crítica del sionismo conlleva nuevas formas de “antisemitismo”.


Los observantes pueden ser creyentes o ateos, pero no son, exactamente, optimistas o pesimistas. Son cínicos. Y cómo no, si no viven y no permiten vivir para “cumplir con lo mandado”. En otras épocas, los observantes echaban paja a la hoguera de los réprobos, y en la nuestra se hacen la paja buscándolos con frenesí inquisitorial.


Salvo honrosas excepciones (Albert Einstein, Hannah Arendt y otros), los judíos de posguerra creían que la fundación de Israel traería algo de paz y concordia a la humanidad. Sin embargo, a la utopía siguió el desengaño.


Los alemanes han reconocido su complicidad en la “solución final”, y que los nazis usurparon la identidad de la cultura que inspiró a Bach, Mozart, Goethe, la Bauhaus. Los israelíes, en cambio, viven cautivos de la “histeria colectiva” (Ilan Pappe), negándose a entender que los sionistas usurparon el legado de Maimónides, Spinoza, Marx, Buber y tantos pensadores, luchadores y artistas judíos.


¿Cuál ha sido el aporte del sionismo a la cultura universal? ¿Los delirios chovinistas de Teodoro Herzl? ¿El fascismo judío del guerrero Zev Jabotinsky? ¿El magnífico fusil de asalto Galil, versión mejorada del AK-47 ruso? ¿Sus asesores militares y “eficientes” métodos de tortura? ¿El mesianismo de Benjamin Netanyahu, quien propone erigir el “tercer templo” sobre la mezquita de Omar?


Nunca hubo “conflicto” árabe-israelí. Lo que hubo y lo que hay es una guerra de conquista impulsada por un Estado que carece de constitución, rige sus leyes con lecturas mañosas de la Biblia, expande sus fronteras ocupando territorios, y educa a los niños en el odio a islámicos y árabes, que se conjuga con el desprecio a los judíos de África, Asia y Medio Oriente (mizrahim).


¿Hay diferencias entre Israel y las teocracias de Irán y Arabia Saudita? Aprobado: la democracia. Mas una democracia donde los ciudadanos deben jurar lealtad al “Estado judío”, resignándose a elegir entre candidatos de “izquierda” que son de extrema derecha, y los de ultraderecha que son mesiánicos.


¿Y el 25 por ciento de la población que no es judía? ¿Terminarán amurallándola como en Cisjordania, o le aguarda la suerte de los palestinos de Gaza, el campo de concentración a cielo abierto más grande del mundo?


A los guardianes que en Wall Street cuidan el único templo realmente existente les vale si los observantes de Tel Aviv son humillados como en julio de 2006, cuando la milicia libanesa de Hezbolá obligó al repliegue de su “invencible” Ejército “de Defensa” (sic).


Conformada por un complejo mosaico nacional, la sociedad israelí ya no sabe cómo evitar la autodestrucción. Y los judíos y no judíos conscientes piensan que la razón triunfará cuando los sionistas dejen de endosar su propio terrorismo armado y verbal a los que luchan contra la ocupación, dándose un Estado auténticamente democrático, laico y generoso con los millones de refugiados palestinos.


¿Histeria o historia? Frente a las “guerras preventivas” que en Washington y Tel Aviv los políticos impulsan con más entusiasmo que los militares, la parábola del “buen samaritano” y las enseñanzas del judío Hillel, maestro de Jesucristo, seguirán siendo necesarias. Y la música de Friedrich Gulda, también.

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Sábado, 11 Agosto 2012 07:28

Peligran pasado y futuro de Siria

Ahora que el gobierno sirio alardea de su control total de Damasco –hasta el momento va ganando la batalla final” que anunciaban los rebeldes–, al menos se podría evitar a esa capital la destrucción cultural que tiene lugar en gran parte del resto del país. Krak des Chevaliers, el glorioso castillo de las Cruzadas, ha sido atacado con proyectiles luego que los rebeldes se refugiaron en él; tropas sirias han ocupado el castillo de Palmira y bombardeado la ciudadela de Al-Mudiq, y saqueadores han arrancado con buldózer los bellos mosaicos romanos de Apamea. Pero los tesoros de Damasco continúan intactos.


Es de suponer que los salafistas, entre los opositores armados al régimen de Assad, no tendrán escrúpulos para destruir la tumba de Saladino y el manto de seda verde con que fue cubierta por el káiser Guillermo, ni el que según la leyenda es el cuerpo decapitado de Juan el Bautista junto a la mezquita de los Omeyas, “construida en el aire” en la Ciudad Vieja de Damasco. Pero el problema de todas las autocracias de Medio Oriente –y no olvidemos a los nada democráticos señores del Golfo– es que deben inscribir su presencia en la historia de su país.


Ninguna institución hace esto con más asiduidad que la Biblioteca Assad, vasta fortaleza de piedra ocre frente a la cual hay una escultura sedente en hierro del presidente Hafez Assad –padre del presidente Bashar– en un vasto sillón de hierro y con un libro muy grande también de hierro abierto en la mano derecha. La Biblioteca Assad no está precisamente en la ruta turística, pero yo he estado dentro de sus 22 mil metros cuadrados de galerías de concreto y he rondado por sus 19 mil 300 manuscritos originales que se remontan al siglo XI; sus 300 mil volúmenes, su centro de cómputo y las salas donde se restauran manuscritos antiguos con la más moderna tecnología. Hasta libros prohibidos por el régimen están abiertos para estudiantes sirios. Entre ellos están, sobra decirlo, las obras de Michel Aflaq, el cofundador secular-socialista del partido Baaz que murió en el exilio en Irak, pero cuya memoria evocará poco amor entre los opositores armados al régimen actual.


La Biblioteca Assad tiene un director de “actividades culturales” –un leve tufo a Europa oriental impregna este título–, y cuando él me acompañó a recorrer las galerías, hace años, se podía entender cómo el régimen intentaba vincular al partido Baaz con los antiguos califatos: una colección completa de los discursos de Hafez Assad desde 1970, junto con un juego computarizado de cada filme sirio y palestino desde 1948 y una masa de literatura árabe de los siglos XII y XIII. En el departamento de manuscritos, a 15 centímetros de mi rostro, había una obra filosófica de Bin al-Marzubán al-Azerbaiyani, escrita en el oeste de Irán en 1066. Mientras en Gran Bretaña Haroldo se preparaba al martirio a manos de Guillermo de Normandía, Azerbaiyani terminaba su texto, el cual, nueve siglos después, sería colocado en una base de datos en la Biblioteca Assad.


Llené mi cuaderno con estos retazos de historia en éste, el más baazista de los monumentos. Una traducción del Corán al francés, de 1649; una Biblia de 1671 en latín y árabe, un diccionario árabe de 500 años de antigüedad, los discursos reunidos del califa Alí, fechados en 1308, y un estudio de 1466 de cómo un guerrero árabe debe jinetear su caballo al tiempo que lucha con lanza y espada. Como escribí más tarde, la Biblioteca Assad tiene la clara intención de dar una continuidad que conecte al califato con el Baaz, a las antiguas filosofías islámicas con Hafez Assad y su familia, con el mismo cuidado con que las mujeres del archivo pegan las páginas arrancadas de los libros del siglo XV.


Y podemos, supongo, reflexionar en cómo la “batalla por la historia de Siria” –cito a Bashar, claro– se ha librado muchas veces antes, cómo la crueldad de masas existía en una sociedad culta y refinada, cómo la exégesis árabe de caballeros armados fue estudiada por nuestros propios reyes y caballeros. Ricardo I, claro, conocía bien estas tierras, mientras Eduardo II –asesinado cobardemente a la edad de 43 años– habría encontrado cierta espantosa relevancia en las atrocidades de la tragedia siria; Ricardo III y Enrique VIII no creían más en la democracia y los derechos humanos que el rey Abdalá de Arabia Saudita.


Pero eso fue entonces, como dicen, y esto es ahora, y cuando los inocentes mueren en lo que el mundo –excepto el gobierno sirio– llama una guerra civil, la historia toma un papel secundario, salvo por su utilidad en manos de propagandistas y merolicos. Y regresamos a la vieja y lacerante pregunta: ¿cómo nos atrevemos a temer por los tesoros de la historia cuando los jóvenes de Siria se desangran y mueren, cuando cuerpos amortajados de niños son sepultados en Alepo? ¿Qué valen los baluartes de Krak des Chevaliers contra el tormento de Idlib y Homs y –por unos días– Damasco?


Pero la herencia siria –que es nuestra también– sí importa. Será el patrimonio de los futuros pobladores de Siria, sea quien fuere el vencedor de esta deplorable, sucia y cínica batalla de hoy. Su mensaje de renovación cultural y de persistencia teológica y persuasión filosófica es tan relevante ahora como hace 900 años. Quien “gane” –y las guerras civiles rara vez tienen triunfadores claros– debe estudiar esos manuscritos para aprender sobre la locura humana. Incluyendo la propia.


Traducción: Jorge Anaya

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Sábado, 04 Agosto 2012 07:36

Los civiles cómplices de la dictadura

Los civiles cómplices de la dictadura
Los archivos incluyen planes, memorandos, circulares y coordinaciones de los ministerios del Interior y de Relaciones Exteriores y textos emitidos por varios organismos de Defensa en el período 1978-1989, entre otros papeles.


“Voy a hacer todas las indagaciones respecto de la eventual existencia de estos archivos, y si existen, obviamente que los voy a entregar”, aseguró ayer el ministro de Defensa, Andrés Allamand, sobre miles de documentos escaneados y contenidos en tres CD. Según la documentación, las autoridades civiles coordinaron durante años acciones con la policía secreta, ordenaron seguir o pidieron información sobre opositores, periodistas, sacerdotes, académicos y diplomáticos, acciones que se realizaron dentro y fuera de Chile, incluyendo tres atentados explosivos en Italia, la Argentina y Estados Unidos.


Algunos de esos documentos revelan que el actual jefe del bloque del oficialista Renovación Nacional, Alberto Cardemil, envió a las autoridades castrenses “antecedentes completos” de los funcionarios de la Vicaría de la Solidaridad, órgano de la Iglesia Católica que asistía a víctimas de la represión. Como viceministro del Interior hasta su salida del poder, el 11 de marzo de 1990, Cardemil también estuvo a cargo de informar qué chilenos podían volver al país y cuáles debían permanecer en el exilio.


Las acciones coordinadas entre los ministerios y el aparato represivo, encabezado por la policía secreta pinochetista, tuvieron también un blanco sistemático sobre los periodistas, según se desprende de los documentos.


En un único memorando secreto del 2 de noviembre de 1976 aparecen para ser seguidos y vigilados los nombres de 761 corresponsales de medios de Japón, Alemania, Estados Unidos, Holanda, Argentina, Brasil e Israel. Allí están enlistados periodistas de las agencias de noticias France Press, ANSA, Reuters, AP y EFE; de las teleemisoras británica BBC y las alemanas Westdeutscher Rundfunk y TVZDF; de los semanarios Stern y The Economist y de los diarios Le Monde, The New York Times y Frankfurter Allgemeine Zeitung, entre otros. Las embajadas chilenas remitían copias periódicas de artículos, columnas o reportajes sobre Chile y, en especial, sobre las violaciones a los derechos humanos, y de las transcripciones palabra por palabra de programas de radio o televisión.


Uno de los ejemplos del control sobre la prensa extranjera es el oficio secreto que remitió en 1975 el entonces secretario general de Gobierno, general Hernán Mejares, al canciller, vicealmirante Patricio Carvajal, sobre la conveniencia o no de autorizar el ingreso de periodistas de las cadenas estadounidenses CBS y NBC. En 1986, marcado por los paros en el país, además de un frustrado atentado contra Pinochet por parte del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, la Cancillería pide elevar la cooperación y propone crear un grupo de trabajo con la policía secreta y los ministerios del Interior, Agricultura, Gobierno, Presidencia, Salud y Hacienda. El objetivo era contrarrestar las informaciones y denuncias que circulaban en Naciones Unidas, en medio de un clima adverso en la prensa, e investigar a todo el que hablara contra el régimen en los medios extranjeros, como ocurrió con el escritor Ariel Dorfman, exiliado en Francia y también en Estados Unidos.


El contenido de los archivos revelados no sorprendió a algunas personalidades del área de Defensa de Derechos Humanos, como el abogado Roberto Garretón, ex jefe del área jurídica de la Vicaría de la Solidaridad, quien resaltó que todos los integrantes del organismo sabían que eran espiados y que la información pasaba por el hoy diputado Cardemil. “Cardemil es la evidencia de lo que hemos señalado acerca de cómo a través de componendas políticas se dejó en la impunidad a los civiles que fueron parte del aparato de la dictadura”, señaló la presidenta de Agrupación de Familiares de Detenidos Desa-parecidos, Lorena Pizarro. “La participación de civiles como el diputado de Gobierno, Alberto Cardemil, pero también el senador Jovino Novoa y otra serie de sujetos que ejercieron distintos cargos en democracia” también quedó en evidencia, añadió. “Es necesario una acción judicial que los imposibilite del ejercicio de cargos públicos”, exigió Pizarro.


El diputado de Izquierda Ciudadana Sergio Aguiló, integrante de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, afirmó que muchos de estos antecedentes se conocían y calificó de insólito que personas involucradas en los documentos sean hoy legisladores. El diputado del opositor Partido Socialista, Carlos Montes, sobreviviente de las cárceles secretas, señaló que la información no le sorprende por cuanto la dictadura quería controlar todo el país. “Lo más novedoso es que se involucre a Cardemil. Yo espero que él clarifique la situación, aunque dijo que no se acuerda y que no es cierto”, afirmó el diputado. Aguiló señaló que “no hay que olvidarse de lo que fue la dictadura de Pinochet. Hasta ahora no he visto a ninguno de los civiles retractarse de lo ocurrido. No sólo hay amnesia, sino hipocresía”, enfatizó, y apuntó que esperaba como mínimo que dijeran que “se arrepienten de lo que hicieron”.

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“Somos los Estados Unidos de Amnesia”: Vidal, el crítico feroz

Nueva York, 1º de agosto. “He vivido a través de tres cuartos del siglo XX, y como un tercio de la historia de Estados Unidos de América. Brevemente, ¿cuál ha sido su impresión hasta ahora, señor Vidal? Como suelen preguntar entrevistadores afanosos. Bueno, podría haber sido peor….”, escribió Gore Vidal en su segundo libro de memorias, Point to Point Navigation.
 

Vidal, quien falleció el martes en Los Ángeles a los 86 años, fue un gran boxeador verbal con una lengua-navaja que provocó maravilla, furia, risa y hasta golpes. Norman Mailer, a quien detestó, le dio un cabezazo y un golpe, pero Vidal no se rindió, respondiendo: “Norman, ¿otra vez te fallan las palabras?” Después de mucho alcohol, Vidal tuvo una riña con Robert Kennedy en la Casa Blanca de donde, se dice, fue expulsado, sólo para escribir después una crítica devastadora contra la familia real.
 

Su circuito de cuates y amigos –Paul Newman, Tennessee Williams, Orson Welles, Marlon Brando, Frank Sinatra, Tim Robbins, Mick Jagger– y enemigos –Truman Capote, Andy Warhol y varios autores más– incluye algunos de los nombres más reconocidos del último siglo –pero con su muerte, tal vez ya no queda nadie como él en la escena estadunidense contemporánea.
 

El autor de 25 novelas, entre ellas las historicas Julián y Lincoln, y la controvertida Myra Breckenridge, guionista de cine (incluidauna colaboración en el guión de Ben Hur), dramaturgo (su obra Best Man está de regreso en Broadway) y uno de los mejores ensayistas de la historia de este país, es frecuentemente comparado con Mark Twain, tanto por su talento literario como por su crítica social y política. Pero sobre todo, su feroz y crítica a la política interna y externa de este país marcó su vida tanto como su obra literaria. No fue un revolucionario, pero sí un tipo de rebelde por atreverse a revelar los secretos detrás de la pantalla de este país.
 

Para Vidal, la ausencia de memoria pública era la clave para entender su país. “Somos los Estados Unidos de Amnesia. No aprendemos nada porque no recordamos nada”, escribió. Resucitar la memoria, rescatar la historia, era la tarea necesaria para enfrentar la cultura anulada de su pueblo. Preguntado por La Jornada en 2007 por qué había tal amnesia, respondió que “es una cultura de televisión”, pero también que prevalecía una “carencia de curiosidad”, culpando, en parte, al “vil” sistema educativo.
 

En esa misma entrevista calificó la situación en Estados Unidos: “Todo es trampa en este país, corrupción y robo. Mire nuestras elecciones: uno recauda suficiente dinero, compra suficiente tiempo en televisión y puede resultar electo aunque nadie lo conozca y a nadie le importe”. Apuntó que, aunque “muchos sí desean un cambio, y da la impresión de que algo puede ocurrir, no ocurre. No tenemos país, nadie tiene la sensación de vivir en un país: vivimos en un lugar donde si tienes dinero estás bien, y si no estás en la mierda”.
 

Con la llegada de George W. Bush, Vidal declaró que “hemos sufrido un golpe de Estado y Bush ha demolido a la Constitución”. Insistió en que con la llegada de lo que bautizó la “junta Cheney/Bush”, se “perdió la república y nuestras instituciones”. La elección de 2000, como la de 2004, denunció, fue ganada por un fraude.
 

Vidal generó reacciones casi histéricas cuando afirmó que los atentados del 11-S no eran sorprendentes y, en gran medida predecibles, como una acción en respuesta a las políticas de Estados Unidos en Medio Oriente. Más aún, sugirió que Bush y su gente probablemente estaban de alguna manera involucrados, por lo menos en saber que algo así estaba por suceder, ya que era lo que más les convenía para su guerra ya preparada contra Irak y para legitimar su presidencia.
 

Para Vidal, el “imperio autoritario” establecido por el grupo de Bush fue posible en parte por el papel de los medios masivos. “Esto es lo que ocurre cuando se tiene control de los medios, y yo jamás había visto medios más despiadados, estúpidos y corruptos que los actuales”, dijo a The Independent. Reiteró en otra entrevista que “si el pueblo estadunidense hubiera tenido una verdadera prensa libre y medios de comunicación alertas, este hombre (Bush) jamás habría sido electo”.


Vidal estaba obsesionado con la destrucción de la “república” estadunidense. “El principal trozo de sabiduría que aprendí de Thomas Jefferson, y éste de Montesquieu, es que no se puede mantener una república y un imperio al mismo tiempo. Desde 1846, en guerra con México, somos imperialistas rapaces”, declaró.
 

Fue un crítico feroz de las guerras de Estados Unidos, desde Vietnam hasta Irak. También condenó las guerras no declaradas y las políticas intervencionistas del país. Viajó en 2007 a Cuba, donde denunció las políticas de Washington, y también mostró solidaridad con Venezuela. Fue vocero crítico del trato de Israel a los palestinos.
 

El embajador Bernardo Álvarez, actual representante de Venezuela en España y antes en Washington, recuerda que luego que el presidente Hugo Chávez hiciera su famoso comentario ante la Asamblea General de la ONU de que “aún huele a azufre”, en referencia a Bush, quien había estado en el podio antes que él, Vidal defendió al venezolano, y calificó lo que dijo no sólo como “apropiado”, sino como “necesario”.
 

En los últimos años, Vidal continuaba trabajando, entre otras cosas, en una investigación sobre la guerra de Estados Unidos contra México de 1848 (no se sabe si la terminó).
 

También fue un crítico de las políticas que después serían bautizadas como “guerra contra las drogas” hace más de 40 años. En 1970 en un artículo en el New York Times escribió; “nadie en Washington recuerda hoy lo que sucedió durante los años en que el alcohol le fue prohibido al pueblo por un Congreso que pensaba que tenía una misión divina para hacer desaparecer al demonio del ron, y con ello lanzó la ola de crimen más grande de la historia del país, causó miles de muertes por alcohol adulterado, y creó un desdén general (que persiste) para las leyes de Estados Unidos. Eso es lo mismo que ocurre hoy (con las drogas)”. Acusó que “la lucha contra las drogas es casi tan gran negocio como promoverlas”.
 

Una vida llena de arte... y amantes
 

Su trabajo en televisión (apareció hasta en Los Simpson), cine (además de elaborar guiones, también apareció en algunas películas, entre ellas Roma, de Federico Fellini) y en infinidad de proyectos más, incluidas dos fallidas campañas para ser legislador federal, no fue lo único que definió su existencia. Gozó de una vida personal rodeada de arte, amantes (contó haber tenido más de mil relaciones sexuales con hombres y mujeres), y una relación de 53 años con su compañero Howard Austen (el secreto para mantenerla, dijo, fue la ausencia de sexo), y una nostalgia de un amor trágico con Jimmie Trimble, muerto en la batalla de Iwo Jima en la Segunda Guerra Mundial.
 

Vidal rechazaba la etiqueta “gay”. Para él no había personas homosexuales ni heterosexuales, sólo actos homosexuales o heterosexuales. Sin embargo, su novela La ciudad y el pilar publicada en 1948, una de las primeras con una relación abiertamente gay, no sólo provocó protestas, sino que el New York Times, Time y Newsweek, entre otras, rehusaron reseñar éste y sus siguientes libros (obligándolo a buscar trabajo en televisión y cine, y también a escribir cuentos de misterio bajo seudónimo).
 

“Ahora que avanzo, con gracia, espero, hacia la puerta marcada con ‘salida’, se me ocurre que la única cosa que de verdad me gustaba era ir al cine. Naturalmente, sexo y arte siempre tenían precedencia sobre el cine, pero ninguno jamás probó ser tan confiable como el filtro de luz presente a través del celuloide que proyecta imágenes y voces del pasado a la pantalla. Así, en un proceso que parece simple, poniendo historia en pantalla…”, escribió en sus memorias.
 

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Lecciones de historia: la política de austeridad en Europa
El mundo está ya en lo que deberíamos ir llamando la Segunda Gran Depresión. Mientras Estados Unidos entra de lleno en una nueva recesión, la crisis en Europa va de mal en peor. La economía china pierde velocidad y los mal llamados mercados emergentes comenzarán a sufrir las consecuencias de la crisis dentro de pocos meses.


La política de austeridad que hoy se aplica en Europa está hundiendo el continente en una profunda recesión. En un escenario tan sombrío es bueno echar un vistazo a las lecciones de la historia. Después de todo, no es la primera vez que se recurre a los dogmas de corte ortodoxo para buscar la salida en una crisis. En lo que sigue, los lectores pueden apreciar los paralelismos con la crisis actual y la política de austeridad en Grecia, España, Italia y Portugal.


Una referencia pertinente es el libro de Peter Temin, historiador de la economía y del cambio técnico. En su libro Lecciones de la Gran Depresión Temin examina la evolución de los gobiernos de la alemana República de Weimar (1919-1933) y sus esfuerzos por enderezar una economía devastada por la guerra y los altos costos de las reparaciones impuestas por los aliados en el Tratado de Versalles. Tal y como había anunciado Keynes, las reparaciones impuestas sobre Alemania resultaron ser impagables. En 1921 Francia y Bélgica enviaron 70 mil tropas para ocupar el valle del Ruhr en represalia por la falta de pago y los efectos fueron desastrosos. En reacción, el gobierno alemán hizo un llamado a una huelga general. La resistencia fue sofocada con lujo de violencia por las tropas francesas.


La economía se colapsó. La producción se redujo drásticamente y el desempleo se disparó (a más de 23 por ciento). La recaudación se desplomó y el gobierno recurrió a financiar su déficit a través de la monetización. Estaban dadas todas las condiciones para el episodio de hiperinflación que dejó una profunda cicatriz en las percepciones del pueblo alemán.


Para 1923 era evidente que la economía alemana estaba a punto de explotar. Estados Unidos e Inglaterra presionaron para aliviar la situación. En 1924 el famoso comité Dawes presentó sus recomendaciones para retirar las tropas francesas del Ruhr, recalendarizar el pago de reparaciones y restructurar el banco central. El objetivo era dar un respiro a la economía alemana para que pudiera recuperar un ritmo de crecimiento aceptable. La prosperidad (algo artificial) de los años veinte le brindaba a Estados Unidos suficiente margen de maniobra para intervenir en la reconstrucción de la economía alemana: Washington comprometió una cantidad importante de recursos para invertir en la economía alemana.


Todo esto implicaba que cualquier descalabro en Estados Unidos significaría el colapso de la economía de la república de Weimar. Por otra parte, las recomendaciones del comité Dawes eran de corto plazo y la carga de las reparaciones siguió siendo un gravamen muy pesado. En 1929, poco antes del colapso en Wall Street, se estableció otro mecanismo para aligerar el peso de las reparaciones. El resultado fue el llamado plan Young, anunciado en 1930. Pero ya era demasiado tarde pues era claro que Estados Unidos ya no podría proporcionar el oxígeno que necesitaba la maltrecha economía de Weimar y Alemania nunca podría pagar las reparaciones.


Las autoridades en Berlín se manejaban dentro del marco de referencia de las finanzas ortodoxas y del sistema de pagos internacionales que imponía el patrón oro. Tuvieron que responder a las restricciones que este entorno internacional imponía con una fuerte depresión interna. Hjalmar Schacht, presidente del Reichsbank y su sucesor, Hans Luther, aplicaron políticas restrictivas y mantuvieron la tasa de descuento muy por arriba de las tasas de Londres y Nueva York con el fin de reducir la pérdida de oro. Las autoridades fiscales fueron aún más agresivas en su afán deflacionario: desde principios de 1930 el canciller Heinrich Brüning mantuvo recortes fiscales brutales y una política deflacionaria (reducciones salariales y de la ayuda por desempleo) para restablecer un “equilibrio” en el contexto del patrón oro.


En vista de que Alemania tenía que pagar sus cuentas externas con poder de compra equivalente al patrón oro, el ajuste debía pasar por la deflación en el plano interno hasta alcanzar ese objetivo. Las políticas deflacionarias y el revanchismo cristalizado en las reparaciones de guerra acabaron por hacer añicos la república de Weimar. Entre 1929 y 1932 el partido nacional socialista pasó de 12 a 107 diputados.


Los dogmas de la ortodoxia en materia financiera y fiscal carecen de sentido económico. Se apoyan en algunas ideas que suenan lógicas pero que son falsas. Y cuando se les traduce en política macroeconómica, el resultado es un desastre: no sólo son capaces de hundir una economía en la depresión más profunda, sino que conducen a destruir el tejido social y a un paisaje de violencia desoladora. En México y en Europa las lecciones de la historia no deben olvidarse.

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Víctor Carranza
En su momento, al elegirlo como Personaje del Año por su labor, la extinta revista Cambio registró el éxito de este defensor de los Derechos Humanos, Iván Cepeda Castro, con la marcha que el 6 de marzo de 2008, sacó a millones de colombianos a las calles para protestar contra la violencia paramilitar y los crímenes cometidos por agentes del Estado:


“Iván Cepeda libró dos batallas y venció en las dos: derrotó el escepticismo de quienes creían que el modelo de movilización ciudadana contra la violencia se había agotado el 4 de febrero, cuando el país marchó contra las Farc y el secuestro. Y logró contrarrestar la arremetida del asesor presidencial José Obdulio Gaviria que quiso estigmatizar la marcha diciendo que era promovida por la guerrilla.”


Forjado por pruebas tan duras como el asesinato de su padre, el líder de la Unión Patriótica (UP) Manuel Cepeda, Iván se ha convertido en caracterizado defensor de los Derechos Humanos y su campo de acción ha sido la defensa de los derechos de las víctimas de la violencia paramilitar y de los agentes estatales. Como portavoz de la Asociación de Víctimas de Crímenes de Estado, ha denunciado la desaparición de más de 20.000 personas y se puso al frente de una cruzada que lo ha llevado a los más diversos escenarios: desde foros locales e internacionales sobre Derechos Humanos, hasta las puertas mismas de las Cortes de Justicia de Washington, para exigir que los jefes paramilitares extraditados confiesen la verdad y reparen a sus víctimas.


En esta entrevista, relativa, entre otros temas, al libro que acaba de publicar sobre uno de los hombres más controvertidos del país, Iván Cepeda hace revelaciones escalofriantes.


¿Qué lo llevó a escribir, junto con el padre Giraldo, el libro sobre el ‘Zar’ de las Esmeraldas, Víctor Carranza?
Javier Giraldo es un sacerdote jesuita, que ha acompañado desde hace muchos años a las comunidades en distintas partes del país, especialmente en el Meta. Es pionero en la documentación de los grandes bancos de datos estadísticos sobre violación de los derechos humanos en el país, y es quien conoce de la manera más profunda y detallada muchísimos de esos contextos de desapariciones, masacres, despojos, asesinatos, paramilitarismo, guerrilla.


¿Y usted, cómo llegó al tema?
Una de las primeras cosas que hice como representante a la Cámara, fue un debate sobre una situación que se presentó en la región de La Macarena, donde se descubrió que había enterradas unas 600 personas, como NN. No había una fosa ahí, pero sí una realidad muy concreta de cadáveres, supuestamente de guerrilleros muertos en combate, pero también de personas que no se sabe de dónde vienen. Podrían ser también falsos positivos o desapariciones forzadas. Después descubrimos cinco cementerios más. Estando allí, e investigando en profundidad, me di cuenta de que todos los caminos conducían a Carranza. Me metí también en el tema de tierras y empezaron a llegarme datos de que Carranza era dueño de un millón de hectáreas. Si 6 millones de hectáreas fueron arrebatadas en dos décadas, Carranza tendría, ni más ni menos, que el 20%.


Carranza ha querido siempre proyectar una imagen de “pacificador” de Boyacá...
Precisamente. Una de las cosas que más impactó mucho fue el desfase entre la imagen pública de este hombre y la historia de su vida y de su enorme poder. Con el padre Giraldo nos dimos cuenta de que allí había un vacío muy grande y decidimos escribir el libro a pesar de las muchas advertencias de los peligros que implicaba hacer estas pesquisas.


¿Cuál fue el hilo conductor?
Hay un capítulo llamado La Metamorfosis: es el contraste que hay entre la historia de Carranza, las guerras que él ha librado en Boyacá y en el Meta, cómo ha construido un verdadero imperio en Puerto López y Puerto Gaitán, territorio que es prácticamente suyo –y la cercanía que ha tenido por décadas a sectores muy poderosos del país. Carranza dice ser amigo de buena parte de presidentes y ex presidentes de Colombia, y de familias muy poderosas. Entonces salta la pregunta obvia: ¿cómo una persona que fue un fundadora del paramilitarismo en Colombia puede tener tal nivel de aceptación y aparente legitimidad en la sociedad?


Sobre eso se ha murmurado mucho, pero nadie le ha probado nada...
Yo creo que en cierta forma sobre él ha habido un velo mediático porque de otra manera no se entiende el desfase entre la imagen de un hombre que ha surgido de abajo, un empresario exitoso, y alguien ligado –por lo menos en algunos testimonios- al narcotráfico, y que ha ido monopolizando la minería de la esmeralda. Y como si esto fuera poco, en la más reciente investigación que presentamos, está el despojo de tierras, utilizando el robo de baldíos de la Nación y haciendo negocios muy lucrativos en términos de especulación con las tierras que tiene. El país no conoce la historia de Carranza como fundador del paramilitarismo, ni su rol en las guerras que hubo entre los clanes mafiosos con el cartel de Medellín y toda esa historia atroz. Se le presenta como el hombre que trajo la paz a Boyacá, y, a través de esa idea, como alguien que merece reverencia y que, inclusive se ha presentado como víctima.


¿Esto último qué quiere decir?
A él lo indemnizaron como parte de una sentencia de un proceso contencioso administrativo, como si fuera una víctima.


¿Es cierto que los jefes paras le dijeron a usted que Carranza es hoy el jefe de los paramilitares en Colombia?
Cuando yo estaba en Nueva York haciendo una de las visitas a los jefes paramilitares, les pregunté: ¿quién es hoy el jefe de los paramilitares en Colombia, vivo, y que no está extraditado? Ni siquiera se miraron y dijeron al unísono: “Don Víctor”, como si se tratara del hecho más evidente.


Debe ser difícil y peligrosa una investigación de este tipo.
Nuestro libro está construido básicamente sobre dos casos que son, a su turno, procesos que se han acumulado y que han terminado en grandes investigaciones. ¿Qué ha pasado con esto? Pues el saldo es que buena parte de los testigos están muertos, que hay alrededor mucha gente intimidada, y que, después de haber fallado, jueces y fiscales terminan enredados y con investigaciones, o en el exilio. Lo que se ve detrás es un gran manto de impunidad, y que allí ha operado una concienzuda estrategia para borrar todos los rastros. Uno de los paramilitares que hacen parte de esos grupos, que se llaman “Carranceros”, cuenta que en la organización de Carranza hay gente encargada de matar a quienes a su vez cometen los asesinatos y así se van “limpiando” y borrando hechos y rastros.


¿Qué descubrieron en torno al tema de la colosal concentración de tierras, de Carranza?
El testaferrato en muchos de sus negocios. Hicimos una investigación que hace pocos días llevó a la Notaria Cuarta de Villavicencio a investigar cómo opera el mecanismo a través del cual Carranza se ha hecho a esa enorme cantidad de tierras. Lo que se ha descubierto es que muchas personas son invasores de baldíos de la Nación y después terminan vendiéndole a testaferros de Carranza y de su clan, a precios irrisorios. Luego, cuando se engloban esos predios y parcelas se hacen los grandes negocios. Por ejemplo, La Fazenda, que es un proyecto gigantesco en la Altillanura. Cuando uno llega a Puerto López, a cien kilómetros de Villavicencio empieza a ver todas las fincas de Carranza, que se reconocen porque él les pone un distintivo: una rueda metálica en la entrada. Después de Puerto López, donde hay una guarnición militar al lado de la casa principal que ocupa Carranza, se llega a la Altillanura que es el sueño de la economía a escala a través de este proyecto agro industrial, y entonces todo el paisaje cambia y empiezan a aparecer pinos y tecas. Es prácticamente otro país, en una gran hacienda con tecnología muy sofisticada.


¿Y esa hacienda es de Carranza?
Por lo menos hemos identificado un predio que englobó Carranza a través del mecanismo que le he descrito. Un predio en el cual, además, la Fiscalía encontró fosas comunes. A ese proyecto que entre otras cosas es de un consorcio cuyo origen no está muy claro, porque hay capital del Brasil, pero también hay ciudadanos colombianos involucrados. La observación que hacemos es que todo esto ocurre en el vecindario inmediato del imperio de Carranza.


¿Cómo es posible que no se sepa cuáles son las cabezas visibles del proyecto de La Fazenda?
Ese tipo de conglomerados se van estructurando de tal forma que al final es muy difícil saber de dónde vienen los capitales y quiénes son los verdaderos dueños. El testaferrato en Colombia ha hecho que aquí sea muy difícil determinar la propiedad de la tierra. En el debate que le hicimos con el senador Jorge Enrique Robledo al ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, yo partía del hecho de que en un proceso de restitución de tierras la pregunta básica es qué ciudadanos o empresas tienen más de veinte o treinta mil hectáreas de tierra en Colombia. Nosotros presentimos que en Colombia hay gente que tiene 500.000 y más hectáreas, es decir un territorio que correspondería a un país centroamericano. Si no resolvemos esa pregunta es muy difícil avanzar en un proyecto como el de Restitución, ya que Colombia tiene uno de los mayores índices de concentración de tierras en el mundo. Por lo menos deberíamos saber en manos de quién están esas tierras.


¿No es ese un palo en la rueda a la Ley de Tierras, y a los buenos propósitos del gobierno?
Sí, esa es una pregunta de fondo y yo creo que está bien que el gobierno esté comenzando hacer esfuerzos puntuales como en el caso de Las Pavas, por ejemplo, que es una de estas propiedades en litigio, pero no basta con los casos simbólicos. El fenómeno de la usurpación y desalojo de tierras en Colombia es de tal magnitud, que si no hay una base sólida, estadística e informática, será muy difícil avanzar en esos procesos. Otro cosa increíble es que el gobierno no tiene el dato, indispensable para este proceso, de cuántos son, ni dónde están, los baldíos de la Nación. Desde ese punto de vista yo quisiera saber cómo una política de restitución puede tener un alcance serio.


Volviendo a Carranza, si, como dicen, “pacificó” Boyacá, si se terminara esa concesión, ¿habría riesgo de volver a la violencia anterior?
El asunto es que es necesario desmontar muchos poderes enquistados en el país. La gran pregunta para el Gobierno es si está dispuesto a tocar esos intereses, esas estructuras de poder. No más una hacienda, Las Pavas, está generando semejante proceso de litigio y de intervención. Y no es necesario hacer un gran esfuerzo investigativo para darse cuenta del control que tienen cierta clase de personajes de la vida pública en regiones como la Costa Atlántica. Yo hice una petición a los siete gobernadores de esta región para que acaben con los contratos de los juegos de azar, que siempre se le adjudican a las empresas de la señora Enilce López, La Gata. En las licitaciones nunca hay competidores, y, si los hay, regularmente resultan muertos.


Hace un momento mencionó su visita a los jefes paramilitares extraditados en Nueva York, ¿qué hacía usted allá?
Yo en ese momento era vocero del movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado. Nos oponíamos a la extradición de los jefes paramilitares, que significaba una inmensa traba al desarrollo de los Procesos de Verdad y de Justicia y Reparación. Entre otras cosas, nunca ha sido claro porqué el gobierno extraditó a una parte de los jefes y no a todos. Los jefes que vimos en Nueva York nos dijeron que había un grupo que se disponía a hacer unos señalamientos en el momento preciso en que los extraditaron. Por su parte, Piedad Córdoba había hecho debates en el Congreso sobre esas extradiciones, y creó una comisión en el Senado para hacerles seguimiento. El objeto de nuestra visita a las cárceles era hablar sobre por qué se había producido la extradición y cuál era la información que ellos querían suministrar y no pudieron. Todo lo que ha ocurrido a partir de ahí, ha correspondido a nuestros temores: se detuvieron las investigaciones, hubo grandes dificultades para activar ese proceso y digamos que el costo de esta situación es que ha ido creciendo en el plano internacional y ha ido involucrando a los Estados Unidos cada vez más. Una muestra de esa situación es la extradición del General Santoyo, jefe de Seguridad de la Casa de Nariño, durante la presidencia de Álvaro Uribe. Precisamente lo que quería evitar el ex presidente: que esas cosas se hablaran en Justicia y Paz, ahora se están hablando en Estados Unidos.


¿Si los jefes estaban dispuestos a hablar, por qué no lo han hecho desde allá?
Sí lo han hecho, pero yo veo que aquí hay una especie de sordera voluntaria o, digamos que lo que dicen despierta tal asombro, que no se les cree. Tanto alias ‘Don Berna’ como el señor Mancuso han hablado clara y reiteradamente de cómo apoyaron la campaña de elección de Uribe, mencionando los dineros que pusieron, la manera cómo se presionó al electorado, e incluso han hablado de un pacto que hicieron, anterior al de Ralito conocido por la opinión pública, que fue un pacto que suscribieron dirigentes políticos muy cercanos al presidente Uribe con los paramilitares y que decía: “ustedes nos dan la impunidad y nosotros les ponemos los votos”. Ellos dicen que cumplieron y que los políticos no. Son cosas muy graves, pero en Colombia desde hace rato se vienen denunciando cosas gravísimas y fácilmente comprobables, pero no se quiere escuchar la verdad. Por ejemplo que el ex presidente Uribe tenga una cuñada y una sobrina narcotraficantes. Eso en cualquier país del mundo daría lugar a una investigación muy seria.


¿Pero qué culpa tiene el presidente Uribe de que una sobrina y una cuñada suya hayan traficado?
Él tiene responsabilidades políticas. Ese hecho no hay que verlo aislado del caso del General Santoyo. Si es cierto lo que se está investigando, el señor Santoyo sería el eslabón entre lo que se sabía en la llamada Oficina de Envigado y los carteles en los cuales estaban la cuñada y la sobrina del ex presidente Uribe.


El presidente Uribe dice que usted está empeñado en una campaña de desprestigio contra él y su familia...
Yo a lo que me he referido es a hechos puntuales, y cuando me refiero a casos que puedo documentar y sustentar, no hago simplemente acusaciones sino que inmediatamente los remito a las autoridades judiciales. Por otra parte, cuando creo que esos hechos ameritan una denuncia, he denunciado al ex presidente. Ahora, yo, por supuesto, estoy en total divergencia de su modelo de sociedad, de país, de su política de seguridad y de la forma como concibe el país. Pero si eso parara allí yo me limitaría a ser un contradictor político y a argumentar mis razones filosóficas y mis visiones diferentes. Pero es que el problema es que detrás de todo esto hay un rastro de sangre, unas estructuras criminales inmensas, un organigrama que, cuando el país descubra su verdadera dimensión, se va a quedar atónito. Lo único que le puedo decir es que, cada vez que uno investiga uno de esos rastros, indefectiblemente lo lleva al presidente Uribe, a su hermano, a su primo, a su entorno político, a su entorno familiar.


¿Eso que usted pinta tan terrible, se descubrirá algún día?
Yo creo que esa es una verdad que no va a poder ser acallada, ni seguir en la penumbra por mucho tiempo. No sé, aparte de lo que está pasando, qué más es necesario que suceda, pero el hecho es que ya en los Estados Unidos hay un funcionario de altísimo nivel, de gran responsabilidad y cercano no solamente desde el punto de vista de sus funciones como agente del estado, sino en la vida personal y familiar del presidente Uribe, investigado por narcotráfico. Detrás de la historia de Santoyo hay mucho más. Nosotros hemos investigado lo que pasó en Antioquia en la época de la gobernación Uribe y cuando fue asesinado el padre del ex presidente, que se le atribuye al Frente V de las Farc. En ese frente había dos personas al mando, uno de ellos, de apellido Úsuga. Después de que ocurrió el hecho fueron perseguidos y asesinados 16 miembros de esa familia. Santoyo aparece ligado a eso.


El presidente Uribe también lo tiene a usted demandado...
Sí, ante la Corte Suprema por abuso de poder, por manipular supuestamente testimonios y por calumnia. Yo sencillamente cumplo con mi deber.


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Publicado enColombia
Argentina condena a 50 años de cárcel al dictador Videla por el robo de bebés
Dieciséis años después de que las Abuelas de la Plaza de Mayo denunciaran la “apropiación sistemática” de los nietos desaparecidos durante la dictadura, un tribunal integrado por dos hombres y una mujer les dio ayer la razón. El dictador Jorge Rafael Videla, de 86 años, el hombre que gobernó Argentina desde 1976 a 1981, fue condenado a 50 años de cárcel. Y su sucesor, tras la guerra de las Malvinas, Reynaldo Bignone, de 84 años, a 15 años de prisión. Además, fueron condenados también los altos mandos militares Jorge El Tigre Acosta, a 30 años y Antonio Vañek, a 40. En total, fueron 11 los acusados, de los cuales quien obtuvo la pena menor fue la única mujer, Inés Susana Colombo, condenada a cinco años.


Hasta ahora se habían condenado en Argentina a unas 25 personas por apropiación de menores. Pero se trataba de casos concretos en los que el acusado respondía por su propio delito. Lo que las Abuelas han intentado probar en esta causa es que los 500 robos de niños que ellas estiman que se perpetraron en la dictadura militar (1976-1983) obedecieron a un plan sistemático diseñado desde la cúpula del Estado. Y así lo reconoció la sentencia al considerar que se ejerció el “terrorismo de Estado” mediante “la práctica sistemática y generalizada de sustracción, retención y ocultamiento de niños menores de 10 años”, bajo un “plan general de aniquilación”.

 
Los imputados habían asumido en sus declaraciones que hubo apropiaciones, pero las achacaron a la decisión particular de mandos medios o inferiores que actuaban por su cuenta y riesgo. Ayer, escucharon impávidos la sentencia. Cuando la jueza María del Carmen Roqueta, presidenta del tribunal, leyó que la condena de Videla era de 50 años, en la sala, repleta de familiares de desaparecidos, se escucharon gritos y aplausos.


“Es verdad que no hemos encontrado una orden escrita que pruebe que hubo un plan, pero la reconstrucción de varios elementos nos llevó a la conclusión de que hubo un plan sistemático”, indica Alan Lud, abogado de las Abuelas. “A pesar de que Videla dijo que las apropiaciones solo se produjeron en la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires, en realidad se registraron también en otras provincias. Otra prueba es que había oficiales y médicos destinados al cuidado de las mujeres embarazadas, para que se garantizara que se produzca el parto… Eso tenía que haberlo decidido alguien”. Ese alguien, llámese Videla (1976-1981) o Bignone (1982-1983), nunca reconoció la legitimidad del tribunal. En sus últimas palabras de defensa, Videla alegó que las presas eran terroristas y que usaban a sus bebés como escudos humanos.
 

En este juicio se abordaron los casos de 35 nietos, de los cuales solo 20 se prestaron a declarar. Durante el año y medio en que se han prolongado las sesiones de la vista oral, muchas abuelas confiaban en que alguno de los encausados asumiera su culpa y, sobre todo, revelase el paradero de algunas de las personas desaparecidas. Pero no fue así.


Desde que se inició el juicio en 1996, ya murieron varios de los acusados, como el dictador Emilio Eduardo Massera, fallecieron también algunas abuelas, se jubilaron los abogados que iniciaron la causa y el letrado que representa ahora a las Abuelas, Alan Lud, de 31 años, no había nacido cuando se perpetraron los robos de bebés. Desde entonces, 105 nietos han recuperado su identidad biológica gracias, en buena parte, a la búsqueda de las Abuelas.

 
Muchas de ellas celebraron ayer abrazadas la satisfacción de haber vivido al menos para ver cómo se hacía justicia. “Videla estaba cumpliendo ya cadena perpetua tras una sentencia de 1985”, explicó el letrado de las Abuelas. “Pero el Código Penal argentino establece que a partir de un número determinado de años en prisión se puede acceder a la condicional. Si la condena hubiese sido de 25 años o inferior, podría haber accedido a ella. Pero al ser de 50 años, su petición de libertad condicional será denegada”.

 “Muchos de ellos aún siguen dando misa”

 
F. PEREGIL
 
Victoria Montenegro, de 36 años, hija de padres desaparecidos, cree que el juicio contra el plan sistemático de robo de bebés ha dejado en evidencia la participación que tuvo la Iglesia en los hechos. “Todavía muchos de ellos siguen dando misa, y eso es lo que más perturba. Yo soy creyente y creo en la Iglesia, pero hay personas que han hecho muchísimo daño. En mi caso, mi apropiador me contó que a mí me retiraron de una comisaría de la provincia de Buenos Aires. Había varios bebés, todos hijos de desaparecidos, cuidados por monjas. De hecho, a mí me bautizó en el cuartel Campo de Mayo un cura, no castrense, sabiendo plenamente que mis apropiadores no eran mis papás”.
 
“La apropiación vino desde el Estado. Todos sabemos lo que es la cadena de mando y nadie en el Ejército se apropia de un bebé y lo cría porque tiene ganas. Pero además de eso, se produjo la colaboración de un montón de personas que también aportaron para que existiera ese manto de impunidad y para que 36 años después todavía estemos buscando nietos”, añade Montenegro. Colaboró desde el que tomaba la inscripción en silencio en el registro civil y todos los que callaron e ignoraron las denuncias de nuestros familiares. Colaboraron los curas que bendecían las armas y les daban fuerzas a los hombres antes de los vuelos de la muerte”.
 
“Cuando estábamos a tientas y no sabíamos a dónde acudir, la Iglesia católica no nos ayudó en nada; al contrario, estuvo en contra”, recuerda la vicepresidenta de las Abuelas de la Plaza de Mayo, Rosa Roisinblit, de 92 años. “Pero otras iglesias cristianas sí que colaboraron”.


Por Francisco Peregil Buenos Aires 6 JUL 2012 - 11:14 CET