Mi historieta favorita (antes de aficionarme a la Biblioteca Ilustrada de la Guerra) siempre fue Eagle, y mi héroe favorito era Dan Dare, el más valiente e inteligente hombre del espacio, quien desde la primera página del primer número de la revista luchó contra Mekon, una versión de Osama Bin Laden encarnado en una perversa burbuja en forma de huevo del espacio exterior. Me parece recordar que cada nueva entrega de la historieta anunciaba que era “la más emocionante aventura de Dan Dare hasta ahora”, y yo me creía la leyenda como si fuera verdad absoluta. Después de todo, Dan Dare era un hombre del espacio y cualquier cosa podía ocurrir en el espacio.

Sin embargo, existe un nuevo uso frecuente para la palabra “espacio” que me distrae mucho. Los artistas lo utilizan, los gerentes de oficina la usan, así como arquitectos, periodistas y, de manera incomprensible, hasta académicos.

Me encuentro con este miserable término todos los días y empiezo a preguntarme si los escritores creen que es una especie de palabra clave del genio; un indicio de su “pensamiento elevado” que hace que quien la usa parezca educado, al día, plausible, filosófico e impresionante. Es el tipo de palabra usada por escritores de lo que yo llamo los “tink-tanks”*.

Hay muchos otros términos que se me quedan atorados en el cogote. “Percibir” y “percepción” estuvieron de moda hace un cuarto de siglo (el comentarista de noticieros Jonathan Dimbleby siempre lo sacaba a relucir) y el término “Tipping Point” (punto de inflexión) que empezó a circular desde hace unos ocho años me pone de malas.

Pero “espacio” me vuelve loco. “El espacio público es compartido”, dijo uno de mis escritores favoritos el otro día. ¿Por qué no decir simplemente “en público”, que es lo que en realidad quiso decir?

“...Esto no implica que se recurra al reduccionismo o que no haya espacio para un fraseo poético (es decir, escritura poética), leí en una reseña de un libro científico publicada en la edición dominical de The Independent. Otro artículo en el mismo periódico se refería a una “trilogía que explora el espacio interno de una sensibilidad post religiosa”, lo cual me noqueó. ¿Cuál era el propósito?

También está la agencia publicitaria con sede en San Francisco que este mes propuso rentar completo el país de Liechtenstein para que sus visitantes “tengan acceso a espacios exclusivos”. Me noquean otra vez. ¿Significa esto que el amo del palacio de Vaduz abrirá las habitaciones del lugar a la medianoche, o que habrá acceso a la iglesia local a las 3 de la madrugada?

El director de un documental próximo a salir sobre los procesos de paz me solicitó una entrevista. Yo se la hubiera concedido si no me hubiera escrito en su carta que quería “dar espacio a una prolongada visión sobre los conflictos en Israel y Afganistán”. Simplemente no sé a qué se refiere. Creo, y enfatizo en que tan sólo creo, que su intención es dar perspectiva sobre los conflictos, ¿pero espacio? No gracias, yo paso.
En Al Jazeera, un comentarista anuncia que la oposición en Yemen necesita “tiempo y espacio para organizarse”. Qué falsedad. Independientemente de que los terapeutas de pareja usan la misma frase hecha de darse “tiempo y espacio”, ¿qué fue lo que intentó decir? ¿Que la oposición yemenita necesita tiempo para estar sola con el fin de producir una organización coherente?

Luego, en la sección de reseñas literarias de la revista Católica Americana me encuentro a una tal Marissa Valeri, quien declara: “Los espacios para que las mujeres jóvenes podamos encontrarnos para reflexionar sobre nuestras experiencias son pocos y alejados”. ¿No habrá querido decir “oportunidades” en vez de “espacios”?

¿Se dan cuenta a qué me refiero? Bueno, esperen. Está la revista de la Universidad Carleton, una institución con excelente nivel de cátedra y que me ha otorgado un título honorario, que publicó una carta en que el autor se queja de que la pantalla de una computadora, con la ayuda de un ratón, “elimina la experiencia táctil y la sensación de espacio de la experiencia de lectura”. Creo que el autor de la carta, Rick Hippolite, tiene razón en cuanto a lo “táctil”, pero agregó la idea del “espacio” porque sonaba más académica, de más alto nivel. En la misma revista, el editorial fue escrito por la vicerrectora de la universidad en que afirma que “necesitamos espacio para el estudio. Necesitamos espacio para leer y refexionar. Todos estos ejemplos tienen en común que señalan la necesidad de espacio adicional”.

La última frase es correcta. Las anteriores veces que habla de “espacios” en realidad debían ser “salones”, o “corredores”, o “bibliotecas”. Pero esto no es nada comparado con una entrevista, en la misma revista, con una arquitecta estadunidense, quien proclama que “en realidad deseamos estar juntos, y los espacios laborales se volverán más críticos en lo que respecta a darnos las respuestas que necesitamos”.

Posteriormente, el entrevistador escribe: “Su empresa diseñó su espacio de trabajo. Es un espacio altamente seguro. Había una necesidad de espacio que no se había programado con anticipación. Su compañía se enfocó originalmente en el espacio de vivienda. Convencida de que los espacios de vivienda y trabajo se estaban volviendo uno solo”. Disculpen amigos, ya me perdí. ¿No habrán faltado las palabras “edificio” o “habitación”?

Debo agregar que los orígenes de miserable uso del “espacio” llevan algún tiempo. En la edición británica del excelente libro Ritos de Sangre: Orígenes e historia de la pasión por la guerra, Barbara Ehrenreich cita al historiador George Mosse, quien en 1993 afirmó que los cementerios militares y memoriales sirven como “espacios sagrados para una nueva religión civil”. Disculpen, seguramente Mosse se refería a simples “lugares” y no a “espacios”.

Y así seguiremos. Acabo de tropezarme con “ese penoso espacio entre la vida real y la muerte verdadera”. Sospecho que el verdadero significado es “penoso momento” o “penoso lapso”.

Hasta en francés se topa uno con el “espacio” La nueva prohibición de que las mujeres se cubran con velos en “public spaces”, lo que significa “espacios públicos”. ¿Qué tiene de malo, por Dios, para los franceses, decir “cubrirse en público”, que es exactamente lo que se quiere decir?.

Supongo que esto es lo que sucede cuando se vive en un mundo en que la secretaria de Estado estadunidense, Hillary Clinton, queda impune por mencionar una “declaración conclusiva” durante una conferencia de prensa sobre los bombardeos contra Muammar Kadafi en que se refirió también a las sorties aéreas, es decir “salidas” en francés. Ya todo se vale.

Recomiendo a mis lectores que la próxima vez que vean publicada la palabra “espacio”, despedacen la maldita página que tienen en sus manos. A menos, claro, que se trate de una vieja historieta Eagle, y esté inmerso en la más emocionante aventura de Dan Dare.

Por Robert Fisk
The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca
* Burla onomatopéyica referente a los “tanques de pensamiento” (Think-tanks)
Publicado enInternacional
«Si el pueblo algún día aspira a la vida,
inevitablemente sucederá lo que tiene que ocurrir
inevitablemente desaparecerán las noches,
inevitablemente se romperán las cadenas».

La historia del Sahara Occidental se ha mantenido bajo diversos silencios, especialmente aquel que surgió al momento en que Marruecos se anexionó una parte de su territorio hace ya más de treinta años. Sin embargo, no es sino hasta el 2005 que se produce un golpe de timón que transformará a la palabra en su principal actor. La palabra empieza a escucharse; se inicia un nuevo proceso en el que, el pueblo saharaui derriba el muro del silencio. Incorpora elementos que les permitirán configurarse como un solo frente: la comunidad saharaui que resiste, se enfrenta al desafío del fuerte, camina con un semblante único y especial,  su carácter cultural

La palabra, elemento vital en la comunidad saharaui

Los saharauis existen a través de la vitalidad que les otorga la palabra, pero no la palabra como unidad del discurso o de la retórica, sino como símbolo verbal que abre la puerta a la cosmovisión. Un movimiento que lleva al ser y  las diferentes culturas a la interioridad de la propia comunidad saharauis. Para comprender la definición del concepto de la palabra es necesario estar al tanto que su análisis no es una tarea simple. La palabra representa la unidad gramatical de una lengua, donde se toman las formas conciencia de las cosas, pero para aquellos que son ajenos a esa palabra les representa un desconocimiento que impide ver la riqueza del otro. La mayor dificultad al aprender un idioma radica en separar los grupos de sonidos, hallar las unidades a partir de las que se construyen las frases gramaticales. La palabra es de la misma manera, la unidad lógica del pensamiento completo que corresponde al mundo conceptual de la experiencia filtrada a través de los sentidos esta se complementa con el sendero bidireccional en la intercomunicación. La palabra está viva, ella se responde al movimiento y el cambio de la sociedad, tiende a modificar o ampliar sus significados. Cuando crece la necesidad de definir el pensamiento con valores más rígidamente establecidos la palabra se vuelve menos útil.

 “Allí donde la escritura no existe, el hombre depende de su expresión oral, de su palabra.  Ella le vincula y le compromete.  Él es su palabra y su palabra da fe de lo que él es.  La cohesión misma de la sociedad descansa en el valor y el respeto de la palabra.”. 
En sociedades de tradición oral, la palabra lo es todo: es lo que permite explicar a los individuos  de dónde son y quiénes son.  Cada pueblo posee un lenguaje de símbolos propio, pero en los pueblos que dependen de la tradición oral, la palabra es tal vez uno de los símbolos que mayor significado tiene pues está ligada al origen y fin de las cosas, a su creación pero también a su destrucción. Es la que sustenta y da forma al origen de su existencia, la que permite afianzar su identidad la que encara el destino de la comunidad.
En este sentido, la palabra, y por ende el lenguaje, es una de las claves más valiosas para entender una sociedad, para descubrir sus orígenes y su esencia.  Basta con partir de palabras claves o esenciales para cada pueblo en la descripción de su entorno para empezar a entender su cosmovisión.  Los usos de la palabra y su rol nos permiten descubrir cómo pueblos de tradición oral aprehenden y explican su entorno, creando un sentido de la vida. 

Las historias que llegan a través de la memoria oral tienen la función de enseñar y de entretener. La palabra no es solo la portadora de estas historias sino que también puede ser uno de sus personajes o elementos esenciales.  La palabra en el mundo africano esta viva y en el saharaui en particular, es parte de su memoria histórica. Las fronteras coloniales y la posterior crisis con Marruecos y Mauritania han dado como resultado otra separación de este pueblo la cual ha sido superada en gran medida por la memoria histórica y el reconocerse más allá de cualquier frontera. La palabra da permanencia a su cultura, la palabra es.

Tiempo y espacio en la comunidad saharaui

Dentro del conocimiento histórico, toda sociedad está situada en el tiempo y espacio y tiene un vocabulario preciso. El estudio del pueblo saharaui en una época tan determinante en el desarrollo y cambio de sus estructuras sociales, políticas y culturales, nos ha planteado la utilización exacta de términos políticos e históricos, especificando su temporalidad aunque ya no son considerados “correctos” pero en la práctica se mantiene. Los conceptos de espacio, tiempo, clan, frontera, tributo, autonomía, nación o autodeterminación, adquieren nuevas acepciones si los situamos dentro de la sociedad saharaui o la marroquí. Las diferencias semióticas de términos universalmente conocidos varían en función de las sociedades que los utilizan, siendo esta variante un rasgo característico de las mismas.

La concepción del espacio y del tiempo del hombre sahariano es propia del ámbito particular en que se desarrolla su existencia. Según Julio Caro Baroja "El saharaui de la nube" mira al cielo, no a la tierra. Para el saharaui, la intención general de toda narración histórica es la de situarlo en el espacio, cosa que hace casi siempre, procurando realizar RESALTAR su propia unidad social frente a otras. De ahí su interés por remarcar sus diferencias frente a otros grupos tribales o sociales como los marroquíes y los propios mauritanos.

Estos dominios refuerzan el hecho de que no se puede hacer un estudio general del conflicto saharaui, ya que debemos tomar en cuenta los procesos colonizadores por los que ha atravesado la población, así como los cambios que ha sufrido a lo largo del mismo. La presencia española y posteriormente la marroquí ha reforzado muchos los elementos culturales y han fomentado una cultura de resistencia. 

En este tenor no debemos olvidar la relación entre la estructura social y cultural de una forma de organización social específica: el clan; en una coyuntura histórica que parece reorientar su evolución: la lucha de liberación nacional y la reivindicación de una identidad nacional específica.

Si seguimos el concepto de clase de E.P. Thompson, se puede pensar que los grupos sociales (incluidas las formas comunitarias) se conforman mediante un proceso histórico en el que las relaciones de producción se constituyen en cruciales, pero no en únicas, y en donde los sujetos que integran los grupos participan activamente en su formación.

La estructura social saharaui tenía como unidad básica el clan. Si los clanes se forman mediante alianzas entre los grupos familiares amplios, principalmente por parentesco, como opina Víctor Pérez Díaz, podemos pensar que esta alianza no es estática y en el clan se debe considerar esta condición dinámica, que afecta al igual las referencias primigenias míticamente establecidas por los miembros del clan. A partir de ahí, los lazos sociales son amplios y sólidos lo que les permute actuar mas allá de las fronteras impuestas.

Los análisis sobre los modelos de resistencia coinciden en señalar que existe una conexión entre la estructura social y la guerra. Un proceso que puede incidir en la transformación de sus usos y costumbres y hay un elemento que permite la consolidación de una resistencia cultural: la memoria histórica. Hecho en el que la oralidad, elemento crucial de este pueblo, es la fuente fundamental de su historia y su propia identidad.

El paso del silencio a la palabra. La memoria oral.

El Sahara Occidental se convirtió en colonia del Estado español en 1884 tras la Conferencia de Berlín. A partir de este momento la Confederación Saharaui quedó dividida entre la parte francófona y la hispanófona. Esto no impidió a los saharauis conservar muchos de los elementos de su cultura, las relaciones de parentesco y determinadas ascendencias, y por encima de todo, la solidaridad agnática. Más allá de cualquier frontera impuesta estaba el hecho de concebirse como un mismo pueblo.

La colonización española tuvo un carácter distante con la población, no así con la economía, hasta 1958, cuando se declararla provincia del estado español. A partir de este momento España mueve tropas y estamentos administrativos a la zona con el fin de replantear su presencia en el área. La resistencia saharaui se hace presente y en 1973 nace el Frente POLISARIO logrando cohesionar a los saharauis de dentro y fuera del territorio español.

Con el abandono progresivo de la tradicional vida nómada, los lazos y las relaciones tribales comenzaron a disgregarse, aunque la administración colonial mantuvo latente la división tribal mediante el reconocimiento político de los shiuj (jefes de clanes) y notables de las diversas agrupaciones tribales. El Frente POLISARIO rompería con este discurso. Más que tribus se habla de individuos, se reactiva el discurso comunitario, de unidad nacional. Aunque la memoria histórica esta latente y en ese tenor su líder el Uali Mustafa Sayed, mediante referéndum, cierra ese proyecto de unidad nacional cuando su pueblo se define como saharauis.

En tanto las reivindicaciones marroquíes y mauritanas sobre el territorio se hacen presentes en el escenario internacional. España, tras la muerte de Franco en 1975, firma un Tratado con ambos países entregando la administración del territorio. A partir de este momento inicia una nueva guerra y una nueva división, una parte del pueblo saharaui sale rumbo a Tindouf en tanto la otra se queda atrapada en la zona invadida. Poco se sabe de lo que ocurría en las zonas ocupadas hasta que en 2005 se habla de una Intifada y las denuncias sobre violaciones  los derechos humanos se escuchan en todo el mundo. La población comienza a romper el silencio, desea contar su historia. 

Desde los inicios de la ocupación ha habido una oposición conciente, están buscando lo que parecen ser metas incompatibles. La oposición del pueblo saharaui frente a la monarquía alauita, se da en el momento en que este último trató de imponer un nuevo sistema administrativo, mediante el cual se ha impuesto un nuevo orden político donde se ha marcado, de forma clara, la diferencia étnica y social. El discurso tribal se hace presente.

Los saharauis se organizan en un momento clave “[…] cuando todos estamos dispersos y parecemos extraños en nuestra propia tierra, cuando nuestra identidad nacional, tradiciones,  formas de ver el mundo y nuestras garantías como individuos son violados a cada instante; qué hacer para no perder el criterio de coger iniciativas a un nivel político, económico, social  o en nuestra propia vida. A cada momento está presente una cruda sensación de perder la vida, la familia, y los bienes; todo está en constante amenaza; te sientes inseguro¨. ¿Qué hacer? Bajar la cabeza o gritar la verdad hasta que todo el mundo la escuche”. Sus palabras empiezan a ser escuchadas.

La invasión sobre el territorio creó roces dobles que hicieron cambiar en más de una ocasión la política administrativa que se llevaba a cabo. Claro es que ha habido enfrentamientos entre civiles y fuerzas de seguridad. Sorprende que los entrevistados coincidan en señalar que la ocupación tiene un transfondo mayor, es del día a día, es desde el momento en que naces. Ahí se marca la diferencia.

“La infancia es la pavimentación hacia el futuro, un futuro de muchos colores, pero el odio de la ocupación ha hecho una amarga infancia y la caracterizado de un solo color, el color negro”.Entrevista a Hammada, e proyecto de unidad nacional cuando su ppueblo sed define como saharauis.
 
La memoria histórica esta presente, a pesar del muro, hay un discurso integral. Los lazos con su pueblo y su cultura se mantienen y preservan.

El crecimiento del descontento en la población  esta basada en un extenso sentido de la privación relativa o completa de la libertad, y trata de mostrar cómo puede extenderse. En este caso la resistencia pacífica o la supervivencia diaria. Algunos entrevistados señalan que decidieron permanecer en el Sahara cuando se dio la invasión pero que la respuesta represiva de Marruecos no es la respuesta “no importa bajo que bandera este, Marruecos, la RASD o la israelí, solo deseo vivir dignamente…”. A lo largo de mas de 30 años eso no ha ocurrido.

Marruecos reactivó el discurso tribal y una política represiva en varias fases. La respuesta es clara. Los saharauis se presentan señalando su pertenencia a las diferentes facciones saharauis. En muchos casos hacen hincapié en esto en un intento de marcar la diferencia con los pueblos del norte. Este último concepto abre la puerta a la discusión sobre las fronteras coloniales y el espacio geográfico donde se movía la Confederación saharaui antes de la llegada de España.

Los saharauis han hecho frente a una fuerza disgregadora. Las políticas del reino alauita aunadas a la presencia de un Organismo como CORCAS han dado como resultado que los saharauis reaccionen reagrupándose. Utilizando, en cierta forma, el discurso tradicionalista para consolidar su resistencia cultural frente al ocupante.
   
“Las clases subalternas mantienen las estructuras económicas de los grupos sociales preexistentes, conservando, por un cierto tiempo, la mentalidad y la ideología de las mismas, tratando de influir y conseguir sus objetivos a través de la estructura impuesta por el grupo dominante. Todo lo cual influye en los diferentes momentos de descomposición, renovación y nuevas formas de las clases subalternas. El grupo dominante una vez debilitada su estructura tiende a reconfigurar su influencia por medio de la constitución, una alternativa política, con el fin de mantener el control de los grupos subalternos”. Lo expuesto por Antonio Gramsci se ratifica en el momento en que Marrueco crea CORCAS y la administración territorial. De esta manera los saharauis se replantean sus relaciones con el ocupante reestructurando su propia identidad. Los pasos dados por la potencia ocupante se pueden calificar de miméticos de los definidos por Gramsci acerca del grupo dominante. Así como los pasos de los saharauis por retomar su rol protagónico en los asuntos territoriales, sociales y económicos de su única y directa incumbencia.

En este tipo de sociedad, en donde hay un enfrentamiento entre clases o grupos antagónicos se origina un proceso de constitución o consolidación de una identidad propia; es decir, la constitución de su propia conciencia social que les permite actuar como grupo.  Esta identidad social se va a manifestar a través de su cultura, en los comportamientos y en las mentalidades, así como en las relaciones que se establecen entre los grupos subalternos en contra de los dominantes.

La presencia de Marruecos en el Sahara Occidental no supuso una gran influencia en la forma de vida de la sociedad saharaui, ya que la misma continuó muy ligada a su cultura tradicional.

Pensar en crear una nación saharaui implica tomar en cuenta las transformaciones tribales, la descomposición del artesanado tradicional, la transformación de la economía y el contexto geopolítico en el que se desarrolla. Por ello, debemos primero pensar en la  autodeterminación, o bien, considerar la definición de Juan Jacobo Rousseau cuando dice que la nación es la determinación de un grupo de individuos de permanecer juntos y alcanzar objetivos comunes.

Los saharauis se consideran a sí, ciudadanos vinculados por los diversos lazos de solidaridad, unión de esfuerzos, formas mentales colectivas, y por la división de tareas. Por lo tanto, pasar a depender de una identidad territorial de diferente definición política, como un reino, les haría perder y retroceder teóricamente en el tiempo en su identidad individual y grupal. El pueblo saharaui en función de la evolución y desarrollo de su idiosincrasia y particularidad política, económica, social y cultural asume el concepto de ciudadanía como propio saltándose la fase de monarquía e imperio que otras identidades nacionales todavía mantienen.

En la actualidad, el problema esta presente. Los saharauis, más allá de organizaciones políticas, siguen reivindicando su derecho a una nación y a la autodeterminación. Se encuentran en una constante lucha para que su historia sea conocida.
           
En el ámbito regional, los saharauis han sido generadores de un fenómeno de resistencia  contra regímenes como el marroquí que no permite su autodeterminación y autogestión. Nuevas incidencias se han generado como la brutal ocupación marroquí a diez ciudades saharauis. Esta brutal ocupación es poco conocida para la luz pública. Los atropellos contra los derechos humanos de los saharauis no han mermado su condición de lucha y reivindicación.

Existe una identidad saharaui que se complementa con un sentimiento de nación árabe que se ha reflejado en las protestas civiles en defensa de los derechos más elementales como lo son la autorregulación, autodeterminación y fronteras seguras.

Las protestas del 2005 y las del año pasado son una clara respuesta de las condiciones de los saharauis en sus propias tierras. Una lucha que se ha gestado desde hace 35 años y que busca un espacio para que sean escuchadas sus historias. Aquellas que reclaman lo que por derecho les pertenece. El reconocimiento que la lengua, las tradiciones, la cultura y la cosmovisión les otorgan a la comunidad saharaui. El sentimiento de pertenencia a una sociedad que no encuentra identidad con la marroquí. La sociedad saharaui ha hecho suya la idea de pertenecer sólo a su pueblo cuyo sentimiento no se soslaya con armas ni con ocupaciones. Se ha trazado una guerra de ocupación más allá de las arenas del desierto y está destinada a la derrota. No hay guerra que se gane frente a una ocupación. Las vidas perdidas seguirán aconteciendo, pero el espíritu de la determinación de una sociedad encontrará la manera de seguir su auge natural, la manifestación de una cultura que determina una identidad, la saharaui.

Marzo 2011

Publicado enInternacional
El Senado uruguayo invalidó este martes la Ley de Caducidad, que perdonó las violaciones de los derechos humanos cometidas durante la dictadura militar (1973-1985), y abrió así las puertas sin excepción a los juicios contra militares y policías responsables de los crímenes.

Con 16 votos a favor, todos del izquierdista Frente Amplio (FA), y 15 en contra, uno de ellos del oficialismo, los senadores aprobaron el controvertido proyecto de ley, tras más de 12 horas de acalorado debate.

Según el texto aprobado, los tribunales uruguayos tendrán que reconocer como protegidos por la Constitución todos los tratados internacionales en materia de derechos humanos firmados por Uruguay y declarar así inconstitucional la Ley de Caducidad de forma automática, haciéndola inaplicable.

Como la norma sufrió modificaciones menores en el Senado deberá ser ratificada por la Cámara Baja, que ya votó a favor en una ocasión anterior. Para entrar en vigor deberá ser promulgada también por el presidente de la República, José Mujica, quién también señaló que aprobaría lo dictado por el Parlamento.

El pueblo votó por mantenerla 

La invalidación de la Ley de Caducidad se produce pese a que en dos referéndum convocados en 1989 y 2009 la ciudadanía votó a favor de mantenerla.

La votación en el Senado generó mucha polémica e incluso división en el seno de la gobernante coalición de izquierda Frente Amplio (FA) y derivó en la expulsión del senador oficialista Jorge Saravia de la corriente Espacio 609, que lidera el presidente Mujica, por su negativa a votar el proyecto de ley.

El senador oficialista Óscar López Goldaracena, encargado de presentar a la Cámara el proyecto de ley en representación del FA, afirmó durante su discurso que la Ley de Caducidad carece de valor jurídico y es incompatible con la Constitución y con el derecho internacional.

Goldaracena recordó que, como en la actualidad, "durante la dictadura estaba vigente una norma que prohibía la desaparición forzada de personas, la tortura y la ejecución extrajudicial, y ordenaba el castigo de estos actos criminales", y que por tanto esos delitos no pueden quedar impunes.

"Una bomba encendida"

Otro senador oficialista, Rafael Michelini, hijo de un senador asesinado en 1976 en Buenos Aires por los órganos represores de las dictaduras sudamericanas, consideró que la inhabilitación de la Ley de Caducidad permitirá restablecer "el valor de la justicia en Uruguay".

Por su parte, el senador Francisco Gallinal, que habló en representación del Partido Nacional, el principal de oposición, afirmó que la Ley de Caducidad es injusta, como la ley de amnistía a los guerrilleros que cumplieron penas de cárcel durante el Gobierno de facto, pero ambas son "hijas de un mismo tiempo".

Gallinal advirtió de que "al Poder Judicial se le aproximan momentos difíciles" porque va a recibir "una especie de bomba encendida", en alusión a los juicios que se retomarán o iniciarán contra militares y policías por violaciones a los derechos humanos.

El senador Ope Pasquet, en representación del Partido Colorado, la tercera fuerza del país, cuestionó a los legisladores del FA por "arrogarse el derecho" de desconocer la opinión "claramente mayoritaria de los uruguayos", en referencia a los referendos.

Protestas 

Durante el debate, grupos defensores de los derechos humanos y sindicalistas se congregaron en la puerta del Parlamento para mostrar su apoyo al proyecto.

El pasado 24 de marzo la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó a Uruguay por el asesinato de María Claudia García, nuera del poeta argentino Juan Gelman, y por la supresión de identidad de la hija de ésta, Macarena Gelman, tras un largo proceso que fue usado por el oficialismo como argumento para invalidar la ley.

Según organizaciones defensoras de los derechos humanos, durante la dictadura uruguaya murieron cerca de cien personas en cárceles y cuarteles, mientras que al menos 34 personas quedaron en paradero desconocido tras ser detenidas por fuerzas policiales y militares.

EFE Montevideo 13/04/2011 04:00 Actualizado: 13/04/2011 08:08
Publicado enInternacional
El Parlamento israelí (Kneset) ha aprobado una ley que penaliza la celebración de la "Nakba" (Catástrofe, en árabe), con que los palestinos conmemoran el exilio y la desposesión que sufrieron tras la creación del Estado judío en 1948.

La Cámara israelí dio esta madrugada su visto bueno, con 37 votos a favor y 25 en contra, a la controvertida "Ley de la Nakba", que determina que se multará a las autoridades locales y cuerpos con financiación pública que organicen eventos para conmemorar esa fecha, informó hoy el servicio de noticias israelí "Ynet".

La nueva legislación, propuesta por el partido de extrema derecha "Israel Nuestro Hogar", también impone penas a los organismos que apoyen la resistencia armada o el racismo contra Israel, o que profanen la bandera o los símbolos nacionales.

Los palestinos conmemoran la "Nakba" el 15 de mayo (fecha de la creación del estado judío) en los territorios ocupados y en las zonas de Israel con mayoría de población árabe con manifestaciones y actos que recuerdan el exilio forzoso de su pueblo y la pérdida de sus hogares y tierras.

Parlamentarios laboristas y de los partidos de izquierdas han criticado la ley al consideran que es antidemocrática y restringe la libertad de pensamiento y de expresión de la población árabe, que supone un veinte por ciento de los ciudadanos israelíes.

La Kneset también aprobó esta madrugada, con 35 votos a favor y 20 en contra, otra polémica ley, que permitirá a pequeñas pueblos y comunidades rechazar a residentes que deseen vivir en ellas por motivos culturales o raciales.

Las comunidades de menos de 400 familias del Negev y la Galilea (sur y norte del país, respectivamente) podrán tener "comités de aceptación" que nieguen el permiso a instalarse en ellas a las personas que, a su entender, no encajen con el tejido social y cultural de la comunidad. Entre los motivos que pueden justificar el rechazo están el que no pretendan establecerse permanentemente en la comunidad, que no tengan medios económicos suficientes o que no encajen en la forma de vida por motivos sociales o culturales. Este tipo de comités existen desde hace décadas en comunidades rurales y poblados religiosos de Israel, pero la nueva ley lo que hace es formalizarlos y facultarlos legalmente.

Los diputados de izquierdas y árabes creen que esta norma se utilizará para impedir a los ciudadanos árabes residir en esas zonas. La Asociación de Derechos Civiles de Israel ya ha anunciado que apelará la nueva norma ante el Tribunal Supremo, al considerar que "establece un mecanismo de segregación étnica entre los ciudadanos israelíes judíos y árabes", algo que consideran inconstitucional, informó el diario "Jerusalem Post" en su versión digital.

EFE JERUSALÉN 23/03/2011 10:28 Actualizado: 23/03/2011 10:40
Publicado enInternacional
Para: Don Luis Villoro. De: Subcomandante Insurgente Marcos.

Doctor, saludos.

Esperamos de veras que se encuentre mejor de salud y que tome estas líneas no sólo como vaivén de ideas, también como un abrazo cariñoso del todo que somos.

Le agradecemos el haber aceptado participar como corresponsal en este intercambio epistolar. Esperamos que de él surjan reflexiones que nos ayuden, allá y acá, a tratar de entender el calendario que padece nuestra geografía, es decir, nuestro México.

Permítame iniciar con una especie de esbozo. Se trata de ideas, fragmentadas como nuestra realidad, que pueden seguir su camino independiente o irse enlazando como una trenza (que es la mejor imagen que he encontrado para “dibujar” nuestro proceso de reflexión teórica), y que son producto de nuestra inquietud sobre lo que ocurre actualmente en México y en el mundo.

Y aquí inician estos apuntes apresurados sobre algunos temas, todos ellos relacionados con la ética y la política. O más bien sobre lo que nosotros alcanzamos a percibir (y a padecer) de ellos, y sobre las resistencias en general, y nuestra resistencia particular. Como es de esperar, en estos apuntes, el esquematismo y la reducción reinarán, pero creo que alcanzan para dibujar una o muchas líneas de discusión, de diálogo, de reflexión crítica.

Y de esto es precisamente de lo que se trata, de que la palabra vaya y venga, sorteando retenes y patrullajes militares y policíacos, de nuestro acá hasta su allá, aunque luego pasa que la palabra se va para otros lados y no importa si alguien la recoge y la lanza de nuevo (que para eso son las palabras y las ideas).

Aunque el tema en el que nos hemos puesto de acuerdo es el de Política y Ética, tal vez son necesarios algunos rodeos o, más mejor, aproximaciones desde puntos aparentemente distantes.

Y, puesto que se trata de reflexiones teóricas, habrá que empezar por la realidad, por lo que los detectives llaman “los hechos”.

En “Escándalo en Bohemia”, de Arthur Conan Doyle, el detective Sherlock Holmes le dice a su amigo, el Doctor Watson: “Es un error capital teorizar antes de tener datos. Sin darse cuenta, uno empieza a deformar los hechos para que se ajusten a las teorías, en lugar de ajustar las teorías a los hechos”.

Podríamos empezar entonces por una descripción, apresurada e incompleta, de lo que la realidad nos presenta de la misma forma, es decir, sin anestesia alguna, y recabar algunos datos. Algo así como intentar reconstruir no sólo los hechos sino la forma en la que tomamos conocimiento de ellos.

Y lo primero que aparece en la realidad de nuestro calendario y geografía es una antigua conocida de los pueblos originarios de México: La Guerra. I.- LAS GUERRAS DE ARRIBA.

“Y en el principio fueron las estatuas”.

Así podría iniciar un ensayo historiográfico sobre la guerra, o una reflexión filosófica sobre la real paridora de la historia moderna. Porque la estatuas bélicas esconden más de lo que muestran. Erigidas para cantar en piedra la memoria de victorias militares, no hacen sino ocultar el horror, la destrucción y la muerte de toda guerra. Y las pétreas figuras de diosas o ángeles coronados con el laurel de la victoria no sólo sirven para que el vencedor tenga memoria de su éxito, también para forjar la desmemoria en el vencido.

Pero en la actualidad esos espejos rocosos se encuentran en desuso. Además de ser sepultados cotidianamente por la crítica implacable de aves de todo tipo, han encontrado en los medios masivos de comunicación un competidor insuperable.

La estatua de Hussein, derribada en Bagdad durante la invasión norteamericana a Irak, no fue sustituida por una de George Bush, sino por los promocionales de las grandes firmas trasnacionales. Aunque el rostro bobo del entonces presidente de Estados Unidos bien podía servir para promover comida chatarra, las multinacionales prefirieron autoerigirse el homenaje de un nuevo mercado conquistado. Al negocio de la destrucción, siguió el negocio de la reconstrucción. Y, aunque las bajas en las tropas norteamericanas siguen, lo importante es el dinero que va y viene como debe ser: con fluidez y en abundancia.

La caída de la estatua de Saddam Hussein no es el símbolo de la victoria de la fuerza militar multinacional que invadió Irak. El símbolo está en el alza en las acciones de las firmas patrocinadoras.

“En el pasado fueron las estatuas, ahora son las bolsas de valores”.

Así podría seguir la historiografía moderna de la guerra.

Pero la realidad de la historia (ese caótico horror mirado cada vez menos y con más asepsia), compromete, pide cuentas, exige consecuencias, demanda. Una mirada honesta y un análisis crítico podrían identificar las piezas del rompecabezas y entonces escuchar, como un estruendo macabro, la sentencia:

“En el principio fue la guerra”.

La Legitimación de la Barbarie.

Quizá, en algún momento de la historia de la humanidad, el aspecto material, físico, de una guerra fue lo determinante. Pero, al avanzar la pesada y torpe rueda de la historia, eso no bastó. Así como las estatuas sirvieron para el recuerdo del vencedor y la desmemoria del vencido, en las guerras los contendientes necesitaron no sólo derrotar físicamente al contrario, sino también hacerse de una coartada propagandística, es decir, de legitimidad. Derrotarlo moralmente.

En algún momento de la historia fue la religión la que otorgó ese certificado de legitimidad a la dominación guerrera (aunque algunas de las últimas guerras modernas no parecen haber avanzado mucho en ese sentido)- Pero luego fue necesario un pensamiento más elaborado y la filosofía entró al relevo.

Recuerdo ahora unas palabras suyas: “La filosofía siempre ha tenido una relación ambivalente con el poder social y político. Por una parte, tomó la sucesión de la religión como justificadora teórica de la dominación. Todo poder constituido ha tratado de legitimarse, primero en una creencia religiosa, después en una doctrina filosófica. (…) Tal parece que la fuerza bruta que sustenta al dominio carecería de sentido para el hombre si no se justificara en un fin aceptable. El discurso filosófico, a la releva de la religión, ha estado encargado de otorgarle ese sentido; es un pensamiento de dominio.” (Luis Villoro. “Filosofía y Dominio”. Discurso de ingreso al Colegio Nacional. Noviembre de 1978).

En efecto, en la historia moderna esa coartada podía llegar a ser tan elaborada como una justificación filosófica o jurídica (los ejemplos más patéticos los ha dado la Organización de las Naciones Unidas, ONU). Pero lo fundamental era, y es, hacerse de una justificación mediática.

Si cierta filosofía (siguiéndolo, Don Luis: el “pensamiento de dominio” en contraposición al “pensamiento de liberación”) relevó a la religión en esa tarea de legitimación, ahora los medios masivos de comunicación han relevado a la filosofía.

¿Alguien recuerda que la justificación de la fuerza armada multinacional para invadir Irak era que el régimen de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva? Sobre eso se construyó un gigantesco andamiaje mediático que fue el combustible para una guerra que no ha terminado aún, al menos en términos militares. ¿Alguien recuerda que nunca se encontraron tales armas de destrucción masiva? Ya no importa si fue mentira, si hubo (y hay) horror, destrucción y muerte, perpetrados con una coartada falsa.

Cuentan que, para declarar la victoria militar en Irak, George W. Bush no esperó los informes de que se habían encontrado y destruido esas armas, ni la confirmación de que la fuerza multinacional controlaba ya, si no todo el territorio iraquí, sí al menos sus puntos nodales (la fuerza militar norteamericana se encontraba atrincherada en la llamada “zona verde” y ni siquiera podía aventurarse a salir a los barrios vecinos –véanse los estupendos reportajes de Robert Fisk para el periódico británico “The Independent”-).

No, el informe que recibió Washington y le permitió dar por terminada la guerra (que por cierto no termina aún), llegó de los consultores de las grandes trasnacionales: el negocio de la destrucción puede dar paso al negocio de la reconstrucción (sobre esto véanse los brillantes artículos de Naomi Klein en el semanario estadounidense “The Nation”, y su libro “La Doctrina del Shock”).

Así, lo esencial en la guerra no es sólo la fuerza física (o material), también es necesaria la fuerza moral que, en estos casos, es proporcionada por los medios masivos de comunicación (como antes por la religión y la filosofía).

La Geografía de la Guerra Moderna.

Si el aspecto físico lo referimos a un ejército, es decir, a una organización armada, mientras más fuerte es (es decir, mientras más poder de destrucción posee), más posibilidades de éxito tiene.

Si es el aspecto moral referido a un organismo armado, mientras más legítima es la causa que lo anima (es decir, mientras más poder de convocatoria tiene), entonces mayores son las posibilidades de conseguir sus objetivos.

El concepto de guerra se amplió: se trataba de no sólo de destruir al enemigo en su capacidad física de combate (soldados y armamento) para imponer la voluntad propia, también era posible destruir su capacidad moral de combate, aunque tuviera aún suficiente capacidad física.

Si las guerras se pudieran poner únicamente en el terreno militar (físico, ya que en esa referencia estamos), es lógico esperar que la organización armada con mayor poder de destrucción imponga su voluntad al contrario (tal es el objetivo del choque entre fuerzas) destruyendo su capacidad material de combate.

Pero ya no es posible ubicar ningún conflicto en el terreno meramente físico. Cada vez más es más complicado el terreno en el que las guerras (chicas o grandes, regulares o irregulares, de baja, mediana o alta intensidad, mundiales, regionales o locales) se realizan.

Detrás de esa gran e ignorada guerra mundial (“guerra fría” es como la llama la historiografía moderna, nosotros la llamamos “la tercera guerra mundial”), se puede encontrar una sentencia histórica que marcará las guerras por venir.

La posibilidad de una guerra nuclear (llevada al límite por la carrera armamentista que consistía, grosso modo, en cuántas veces se era capaz de destruir el mundo) abrió la posibilidad de “otro” final de un conflicto bélico: el resultado de un choque armado podía no ser la imposición de la voluntad de uno de los contrincantes sobre el otro, sino que podía suponer la anulación de las voluntades en pugna, es decir, de su capacidad material de combate. Y por “anulación” me refiero no sólo a “incapacidad de acción” (un “empate” pues), también (y sobre todo) a “desaparición”.

En efecto, los cálculos geomilitares nos decían que en una guerra nuclear no habría vencedores ni vencidos. Y más aún, no habría nada. La destrucción sería tan total e irreversible que la civilización humana dejaría su paso a la de las cucarachas.

El argumento recurrente en las altas esferas militares de las potencias de la época era que las armas nucleares no eran para pelear una guerra, sino para inhibirla. El concepto de “armamento de contención” se tradujo entonces al más diplomático de “elementos de disuasión”.

Reduciendo: la doctrina “moderna” militar se sintetizaba en: impedir que el contrario imponga su voluntad mayor (o “estratégica”), equivale a imponer la propia voluntad mayor (“estratégica”), es decir, desplazar las grandes guerras hacia las pequeñas o medianas guerras. Ya no se trataba de destruir la capacidad física y/o moral de combate del enemigo, sino de evitar que la empleara en un enfrentamiento directo. En cambio, se buscaba redefinir los teatros de la guerra (y la capacidad física de combate) de lo mundial a lo regional y local. En suma: diplomacia pacífica internacional y guerras regionales y nacionales.

Resultado: no hubo guerra nuclear (al menos todavía no, aunque la estupidez del capital es tan grande como su ambición), pero en su lugar hubo innumerables conflictos de todos los niveles que arrojaron millones de muertos, millones de desplazados de guerra, millones de toneladas métricas de material destruido, economías arrasadas, naciones destruidas, sistemas políticos hechos añicos… y millones de dólares de ganancia.

Pero la sentencia estaba dada para las guerras “más modernas” o “posmodernas”: son posibles conflictos militares que, por su naturaleza, sean irresolubles en términos de fuerza física, es decir, en imponer por la fuerza la voluntad al contrario.

Podríamos suponer entonces que se inició una lucha paralela SUPERIOR a las guerras “convencionales”. Una lucha por imponer una voluntad sobre la otra: la lucha del poderoso militarmente (o “físicamente” para poder transitar al microcosmos humano) por evitar que las guerras se libraran en terrenos donde no se pudieran tener resultados convencionales (del tipo “el ejército mejor equipado, entrenado y organizado será potencialmente victorioso sobre el ejército peor equipado, entrenado y organizado”). Podríamos suponer, entonces, que en su contra está la lucha del débil militarmente (o “físicamente”) por hacer que las guerras se libraran en terrenos donde el poderío militar no fuera el determinante.

Las guerras “más modernas” o “posmodernas” no son, entonces, las que ponen en el terreno armas más sofisticadas (y aquí incluyo no sólo a las armas como técnica militar, también las tomadas como tales en los organigramas militares: el arma de infantería, el de caballería, el arma blindada, etc.), sino las que son llevadas a terrenos donde la calidad y cantidad del poder militar no es el factor determinante.

Con siglos de retraso, la teoría militar de arriba descubría que, así las cosas, serían posibles conflictos en los que un contrincante abrumadoramente superior en términos militares fuera incapaz de imponer su voluntad a un rival débil.

Sí, son posibles.

Ejemplos en la historia moderna sobran, y las que ahora me vienen a la memoria son de derrotas de la mayor potencia bélica en el mundo, los Estados Unidos de América, en Vietnam y en Playa Girón. Aunque se podrían agregar algunos ejemplos de calendarios pasados y de nuestra geografía: las derrotas del ejército realista español por las fuerzas insurgentes en el México de hace 200 años.

Sin embargo, la guerra está ahí y sigue ahí su cuestión central: la destrucción física y/o moral del oponente para imponer la voluntad propia, sigue siendo el fundamento de la guerra de arriba.

Entonces, si la fuerza militar (o física, reitero) no sólo no es relevante sino que se puede prescindir de ella como variable determinante en la decisión final, tenemos que en el conflicto bélico entran otras variables o algunas de las presentes como secundarias pasan a primer plano.

Esto no es nuevo. El concepto de “guerra total” (aunque no como tal) tiene antecedentes y ejemplos. La guerra por todos los medios (militares, económicos, políticos, religiosos, ideológicos, diplomáticos, sociales y aún ecológicos) es el sinónimo de “guerra moderna”.

Pero falta lo fundamental: la conquista de un territorio. Es decir, que esa voluntad se impone en un calendario preciso sí, pero sobre todo en una geografía delimitada. Si no hay un territorio conquistado, es decir, bajo control directo o indirecto de la fuerza vencedora, no hay victoria.

Aunque se puede hablar de guerras económicas (como el bloqueo que el gobierno norteamericano mantiene contra la República de Cuba) o de aspectos económicos, religiosos, ideológicos, raciales, etc., de una guerra, el objetivo sigue siendo el mismo. Y en la época actual, la voluntad que trata de imponer el capitalismo es destruir/despoblar y reconstruir/reordenar el territorio conquistado.

Sí, las guerras ahora no se conforman con conquistar un territorio y recibir tributo de la fuerza vencida. En la etapa actual del capitalismo es preciso destruir el territorio conquistado y despoblarlo, es decir, destruir su tejido social. Hablo de la aniquilación de todo lo que da cohesión a una sociedad.

Pero no se detiene ahí la guerra de arriba. De manera simultánea a la destrucción y el despoblamiento, se opera la reconstrucción de ese territorio y el reordenamiento de su tejido social, pero ahora con otra lógica, otro método, otros actores, otro objetivo. En suma: las guerras imponen una nueva geografía.

Si en una guerra internacional, este proceso complejo ocurre en la nación conquistada y se opera desde la nación agresora, en una guerra local o nacional o civil el territorio a destruir/despoblar y reconstruir/reordenar es común a las fuerzas en pugna.

Es decir, la fuerza atacante victoriosa destruye y despuebla su propio territorio.

Y lo reconstruye y reordena según su plan de conquista o reconquista.

Aunque si no tiene plan… entonces “alguien” opera esa reconstrucción – reordenamiento.

Como pueblos originarios mexicanos y como EZLN algo podemos decir sobre la guerra. Sobre todo si se libra en nuestra geografía y en este calendario: México, inicios del siglo XXI… II.- LA GUERRA DEL MÉXICO DE ARRIBA.

“Yo daría la bienvenida casi a cualquier guerra porque creo que este país necesita una”. Theodore Roosevelt.

Y ahora nuestra realidad nacional es invadida por la guerra. Una guerra que no sólo ya no es lejana para quienes acostumbraban verla en geografías o calendarios distantes, sino que empieza a gobernar las decisiones e indecisiones de quienes pensaron que los conflictos bélicos estaban sólo en noticieros y películas de lugares tan lejanos como… Irak, Afganistán,… Chiapas.

Y en todo México, gracias al patrocinio de Felipe Calderón Hinojosa, no tenemos que recurrir a la geografía del Medio Oriente para reflexionar críticamente sobre la guerra. Ya no es necesario remontar el calendario hasta Vietnam, Playa Girón, siempre Palestina.

Y no menciono a Chiapas y la guerra contra las comunidades indígenas zapatistas, porque ya se sabe que no están de moda, (para eso el gobierno del estado de Chiapas se ha gastado bastante dinero en conseguir que los medios no lo pongan en el horizonte de la guerra, sino de los “avances” en la producción de biodiesel, el “buen” trato a los migrantes, los “éxitos” agrícolas y otros cuentos engañabobos vendidos a consejos de redacción que firman como propios los boletines gubernamentales pobres en redacción y argumentos).

La irrupción de la guerra en la vida cotidiana del México actual no viene de una insurrección, ni de movimientos independentistas o revolucionarios que se disputen su reedición en el calendario 100 o 200 años después. Viene, como todas las guerras de conquista, desde arriba, desde el Poder.

Y esta guerra tiene en Felipe Calderón Hinojosa su iniciador y promotor institucional (y ahora vergonzante).

Quien se posesionó de la titularidad del ejecutivo federal por la vía del facto, no se contentó con el respaldo mediático y tuvo que recurrir a algo más para distraer la atención y evadir el masivo cuestionamiento a su legitimidad: la guerra.

Cuando Felipe Calderón Hinojosa hizo suya la proclama de Theodore Roosevelt (algunos adjudican la sentencia a Henry Cabot Lodge) de “este país necesita una guerra”, recibió la desconfianza medrosa de los empresarios mexicanos, la entusiasta aprobación de los altos mandos militares y el aplauso nutrido de quien realmente manda: el capital extranjero.

La crítica de esta catástrofe nacional llamada “guerra contra el crimen organizado” debiera completarse con un análisis profundo de sus alentadores económicos. No sólo me refiero al antiguo axioma de que en épocas de crisis y de guerra aumenta el consumo suntuario. Tampoco sólo a los sobresueldos que reciben los militares (en Chiapas, los altos mandos militares recibían, o reciben, un salario extra del 130% por estar en “zona de guerra”). También habría que buscar en las patentes, proveedores y créditos internacionales que no están en la llamada “Iniciativa Mérida”.

Si la guerra de Felipe Calderón Hinojosa (aunque se ha tratado, en vano, de endosársela a todos los mexicanos) es un negocio (que lo es), falta responder a las preguntas de para quién o quiénes es negocio, y qué cifra monetaria alcanza.

Algunas estimaciones económicas.

No es poco lo que está en juego:

(nota: las cantidades detalladas no son exactas debido a que no hay claridad en los datos gubernamentales oficiales. por lo que en algunos casos se recurrió a lo publicado en el Diario Oficial de la Federación y se completó con datos de las dependencias e información periodística seria).

En los primeros 4 años de la “guerra contra el crimen organizado” (2007-2010), las principales entidades gubernamentales encargadas (Secretaría de la Defensa Nacional –es decir: ejército y fuerza aérea-, Secretaría de Marina, Procuraduría General de la República y Secretaría de Seguridad Pública) recibieron del Presupuesto de Egresos de la Federación una cantidad superior a los 366 mil millones de pesos (unos 30 mil millones de dólares al tipo de cambio actual). Las 4 dependencias gubernamentales federales recibieron: en 2007 más de 71 mil millones de pesos; en 2008 más de 80 mil millones; en 2009 más de 113 mil millones y en 2010 fueron más de 102 mil millones de pesos. A esto habrá que sumar los más de 121 mil millones de pesos (unos 10 mil millones de dólares) que recibirán en este año del 2011.

Tan sólo la Secretaría de Seguridad Pública pasó de recibir unos 13 mil millones de pesos de presupuesto en el 2007, a manejar uno de más de 35 mil millones de pesos en el 2011 (tal vez es porque las producciones cinematográficas son más costosas).

De acuerdo al Tercer Informe de Gobierno de septiembre del 2009, al mes de junio de ese año, las fuerzas armadas federales contaban con 254, 705 elementos (202, 355 del Ejército y Fuerza Aérea y 52, 350 de la Armada.

En 2009 el presupuesto para la Defensa Nacional fue de 43 mil 623 millones 321 mil 860 pesos, a los que sumaron 8 mil 762 millones 315 mil 960 pesos (el 25.14% más), en total: más de 52 mil millones de pesos para el Ejército y Fuerza Aérea. La Secretaría de Marina: más de 16 mil millones de pesos: Seguridad Pública: casi 33 mil millones de pesos; y Procuraduría General de la República: más de 12 mil millones de pesos.

Total de presupuesto para la “guerra contra el crimen organizado” en 2009: más de 113 mil millones de pesos

En el año del 2010, un soldado federal raso ganaba unos 46, 380 pesos anuales; un general divisionario recibía 1 millón 603 mil 80 pesos al año, y el Secretario de la Defensa Nacional percibía ingresos anuales por 1 millón 859 mil 712 pesos.

Si las matemáticas no me fallan, con el presupuesto bélico total del 2009 (113 mil millones de pesos para las 4 dependencias) se hubieran podido pagar los salarios anuales de 2 millones y medio de soldados rasos; o de 70 mil 500 generales de división; o de 60 mil 700 titulares de la Secretaría de la Defensa Nacional.

Pero, por supuesto, no todo lo que se presupuesta va a sueldos y prestaciones. Se necesitan armas, equipos, balas… porque las que se tienen ya no sirven o son obsoletas.

“Si el Ejército mexicano entrara en combate con sus poco más de 150 mil armas y sus 331.3 millones de cartuchos contra algún enemigo interno o externo, su poder de fuego sólo alcanzaría en promedio para 12 días de combate continuo, señalan estimaciones del Estado Mayor de la Defensa Nacional (Emaden) elaboradas por cada una de las armas al Ejército y Fuerza Aérea. Según las previsiones, el fuego de artillería de obuseros (cañones) de 105 milímetros alcanzaría, por ejemplo, para combatir sólo por 5.5 días disparando de manera continua las 15 granadas para dicha arma. Las unidades blindadas, según el análisis, tienen 2 mil 662 granadas 75 milímetros.

De entrar en combate, las tropas blindadas gastarían todos sus cartuchos en nueve días. En cuanto a la Fuerza Aérea, se señala que existen poco más de 1.7 millones de cartuchos calibre 7.62 mm que son empleados por los aviones PC-7 y PC-9, y por los helicópteros Bell 212 y MD-530. En una conflagración, esos 1.7 millones de cartuchos se agotarían en cinco días de fuego aéreo, según los cálculos de la Sedena. La dependencia advierte que los 594 equipos de visión nocturna y los 3 mil 95 GPS usados por las Fuerza Especiales para combatir a los cárteles de la droga, “ya cumplieron su tiempo de servicio”.

Las carencias y el desgaste en las filas del Ejército y Fuerza Aérea son patentes y alcanzan niveles inimaginados en prácticamente todas las áreas operativas de la institución. El análisis de la Defensa Nacional señala que los goggles de visión nocturna y los GPS tienen entre cinco y 13 años de antigüedad, y “ya cumplieron su tiempo de servicio”. Lo mismo ocurre con los “150 mil 392 cascos antifragmento” que usan las tropas. El 70% cumplió su vida útil en 2008, y los 41 mil 160 chalecos antibala lo harán en 2009. (…).

En este panorama, la Fuerza Aérea resulta el sector más golpeado por el atraso y dependencia tecnológicos hacia el extranjero, en especial de Estados Unidos e Israel. Según la Sedena, los depósitos de armas de la Fuerza Aérea tienen 753 bombas de 250 a mil libras cada una. Los aviones F-5 y PC-7 Pilatus usan esas armas. Las 753 existentes alcanzan para combatir aire-tierra por un día. Las 87 mil 740 granadas calibre 20 milímetros para jets F-5 alcanzan para combatir a enemigos externos o internos por seis días. Finalmente, la Sedena revela que los misiles aire-aire para los aviones F-5, es de sólo 45 piezas, lo cual representan únicamente un día de fuego aéreo.” Jorge Alejandro Medellín en “El Universal”, México, 02 de enero de 2009.

Esto se conoce en 2009, 2 años después del inicio de la llamada “guerra” del gobierno federal. Dejemos de lado la pregunta obvia de cómo fue posible que el jefe supremo de las fuerzas armadas, Felipe Calderón Hinojosa, se lanzara a una guerra (“de largo aliento” dice él) sin tener las condiciones materiales mínimas para mantenerla, ya no digamos para “ganarla”. Entonces preguntémonos: ¿Qué industrias bélicas se van a beneficiar con las compras de armamento, equipos y parque?

Si el principal promotor de esta guerra es el imperio de las barras y las turbias estrellas (haciendo cuentas, en realidad las únicas felicitaciones que ha recibido Felipe Calderón Hinojosa han venido del gobierno norteamericano), no hay que perder de vista que al norte del Río Bravo no se otorgan ayudas, sino que se hacen inversiones, es decir, negocios.

Victorias y derrotas.

¿Ganan los Estados Unidos con esta guerra “local”? La respuesta es: sí. Dejando de lado las ganancias económicas y la inversión monetaria en armas, parque y equipos (no olvidemos que USA es el principal proveedor de todo esto a los dos bandos contendientes: autoridades y “delincuentes” -la “guerra contra la delincuencia organizada” es un negocio redondo para la industria militar norteamericana-), está, como resultado de esta guerra, una destrucción / despoblamiento y reconstrucción / reordenamiento geopolítico que los favorece.

Esta guerra (que está perdida para el gobierno desde que se concibió, no como una solución a un problema de inseguridad, sino a un problema de legitimidad cuestionada), está destruyendo el último reducto que le queda a una Nación: el tejido social.

¿Qué mejor guerra para los Estados Unidos que una que le otorgue ganancias, territorio y control político y militar sin las incómodas “body bags” y los lisiados de guerra que le llegaron, antes, de Vietnam y ahora de Irak y Afganistán?

Las revelaciones de Wikileaks sobre las opiniones en el alto mando norteamericano acerca de las “deficiencias” del aparato represivo mexicano (su ineficacia y su contubernio con la delincuencia), no son nuevas. No sólo en el común de la gente, sino en altas esferas del gobierno y del Poder en México esto es una certeza. La broma de que es una guerra dispareja porque el crimen organizado sí está organizado y el gobierno mexicano está desorganizado, es una lúgubre verdad.

El 11 de diciembre del 2006, se inició formalmente esta guerra con el entonces llamado “Operativo Conjunto Michoacán”. 7 mil elementos del ejército, la marina y las policías federales lanzaron una ofensiva (conocida popularmente como “el michoacanazo”) que, pasada la euforia mediática de esos días, resultó ser un fracaso. El mando militar fue el general Manuel García Ruiz y el responsable del operativo fue Gerardo Garay Cadena de la Secretaría de Seguridad Pública. Hoy, y desde diciembre del 2008, Gerardo Garay Cadena está preso en el penal de máxima seguridad de Tepic, Nayarit, acusado de coludirse con “el Chapo” Guzmán Loera.

Y, a cada paso que se da en esta guerra, para el gobierno federal es más difícil explicar dónde está el enemigo a vencer.

Jorge Alejandro Medellín es un periodista que colabora con varios medios informativos -la revista “Contralínea”, el semanario “Acentoveintiuno”, y el portal de noticias “Eje Central”, entre otros -y se ha especializado en los temas de militarismo, fuerzas armadas, seguridad nacional y narcotráfico. En octubre del 2010 recibió amenazas de muerte por un artículo donde señaló posibles ligas del narcotráfico con el general Felipe de Jesús Espitia, ex comandante de la V Zona Militar y ex jefe de la Sección Séptima -Operaciones Contra el Narcotráfico- en el gobierno de Vicente Fox, y responsable del Museo del Enervante ubicado en las oficinas de la S-7. El general Espitia fue removido como comandante de la V Zona Militar ante el estrepitoso fracaso de los operativos ordenados por él en Ciudad Juárez y por la pobre respuesta que dio a las masacres cometidas en la ciudad fronteriza.

Pero el fracaso de la guerra federal contra la “delincuencia organizada”, la joya de la corona del gobierno de Felipe Calderón Hinojosa, no es un destino a lamentar para el Poder en USA: es la meta a conseguir.

Por más que se esfuercen los medios masivos de comunicación en presentar como rotundas victorias de la legalidad, las escaramuzas que todos los días se dan en el territorio nacional, no logran convencer.

Y no sólo porque los medios masivos de comunicación han sido rebasados por las formas de intercambio de información de gran parte de la población (no sólo, pero también las redes sociales y la telefonía celular), también, y sobre todo, porque el tono de la propaganda gubernamental ha pasado del intento de engaño al intento de burla (desde el “aunque no lo parezca vamos ganando” hasta lo de “una minoría ridícula”, pasando por las bravatas de cantina del funcionario en turno).

Sobre esta otra derrota de la prensa, escrita y de radio y televisión, volveré en otra misiva. Por ahora, y respecto al tema que ahora nos ocupa, basta recordar que el “no pasa nada en Tamaulipas” que era pregonado por las noticias (marcadamente de radio y televisión), fue derrotado por los videos tomados por ciudadanos con celulares y cámaras portátiles y compartidos por internet.

Pero volvamos a la guerra que, según Felipe Calderón Hinojosa, nunca dijo que es una guerra. ¿No lo dijo, no lo es?

“Veamos si es guerra o no es guerra: el 5 de diciembre de 2006, Felipe Calderón dijo: “Trabajamos para ganar la guerra a la delincuencia…”. El 20 de diciembre de 2007, durante un desayuno con personal naval, el señor Calderón utilizó hasta en cuatro ocasiones en un sólo discurso, el término guerra. Dijo: “La sociedad reconoce de manera especial el importante papel de nuestros marinos en la guerra que mi Gobierno encabeza contra la inseguridad…”, “La lealtad y la eficacia de las Fuerzas Armadas, son una de las más poderosas armas en la guerra que libramos contra ella…”, “Al iniciar esta guerra frontal contra la delincuencia señalé que esta sería una lucha de largo aliento”, “…así son, precisamente, las guerras…”. Pero aún hay más: el 12 de septiembre de 2008, durante la Ceremonia de Clausura y Apertura de Cursos del Sistema Educativo Militar, el autollamado “Presidente del empleo”, se dio vuelo pronunciando hasta en media docena de ocasiones, el término guerra contra el crimen: “Hoy nuestro país libra una guerra muy distinta a la que afrontaron los insurgentes en el 1810, una guerra distinta a la que afrontaron los cadetes del Colegio Militar hace 161 años…” “…todos los mexicanos de nuestra generación tenemos el deber de declarar la guerra a los enemigos de México… Por eso, en esta guerra contra la delincuencia…” “Es imprescindible que todos los que nos sumamos a ese frente común pasemos de la palabra a los hechos y que declaremos, verdaderamente, la guerra a los enemigos de México…” “Estoy convencido que esta guerra la vamos a ganar…” (Alberto Vieyra Gómez. Agencia Mexicana de Noticias, 27 de enero del 2011).

Al contradecirse, aprovechando el calendario, Felipe Calderón Hinojosa no se enmienda la plana ni se corrige conceptualmente. No, lo que ocurre es que las guerras se ganan o se pierden (en este caso, se pierden) y el gobierno federal no quiere reconocer que el punto principal de su gestión ha fracasado militar y políticamente.

¿Guerra sin fin? La diferencia entre la realidad… y los videojuegos.

Frente al fracaso innegable de su política guerrerista, ¿Felipe Calderón Hinojosa va a cambiar de estrategia?

La respuesta es NO. Y no sólo porque la guerra de arriba es un negocio y, como cualquier negocio, se mantiene mientras siga produciendo ganancias.

Felipe Calderón Hinojosa, el comandante en jefe de las fuerzas armadas; el ferviente admirador de José María Aznar; el autodenominado “hijo desobediente”; el amigo de Antonio Solá; el “ganador” de la presidencia por medio punto porcentual de la votación emitida gracias a la alquimia de Elba Esther Gordillo; el de los desplantes autoritarios más bien cercanos al berrinche (“o bajan o mando por ustedes”); el que quiere tapar con más sangre la de los niños asesinados en la Guardería ABC, en Hermosillo, Sonora; el que ha acompañado su guerra militar con una guerra contra el trabajo digno y el salario justo; el del calculado autismo frente a los asesinatos de Marisela Escobedo y Susana Chávez Castillo; el que reparte etiquetas mortuorias de “miembros del crimen organizado” a los niños y niñas, hombres y mujeres que fueron y son asesinados porque sí, porque les tocó estar en el calendario y la geografía equivocados, y no alcanzan siquiera el ser nombrados porque nadie les lleva la cuenta ni en la prensa, ni en las redes sociales.

Él, Felipe Calderón Hinojosa, es también un fan de los videojuegos de estrategia militar.

Felipe Calderón Hinojosa es el “gamer” “que en cuatro años convirtió un país en una versión mundana de The Age of Empire -su videojuego preferido-, (…) un amante -y mal estratega- de la guerra” (Diego Osorno en “Milenio Diario”, 3 de octubre del 2010).

Es él que nos lleva a preguntar: ¿está México siendo gobernado al estilo de un videojuego? (creo que yo sí puedo hacer este tipo de preguntas comprometedoras sin riesgo a que me despidan por faltar a un “código de ética” que se rige por la publicidad pagada).

Felipe Calderón Hinojosa no se detendrá. Y no sólo porque las fuerzas armadas no se lo permitirían (los negocios son negocios), también por la obstinación que ha caracterizado la vida política del “comandante en jefe” de las fuerzas armadas mexicanas.

Hagamos un poco de memoria: En marzo del 2001, cuando Felipe Calderón Hinojosa era el coordinador parlamentario de los diputados federales de Acción Nacional, se dio aquel lamentable espectáculo del Partido Acción Nacional cuando se negó a que una delegación indígena conjunta del Congreso Nacional Indígena y del EZLN hicieran uso de la tribuna del Congreso de la Unión en ocasión de la llamada “marcha del color de la tierra”.

A pesar de que se estaba mostrando al PAN como una organización política racista e intolerante (y lo es) por negar a los indígenas el derecho a ser escuchados, Felipe Calderón Hinojosa se mantuvo en su negativa. Todo le decía que era un error asumir esa posición, pero el entonces coordinador de los diputados panistas no cedió (y terminó escondido, junto con Diego Fernández de Cevallos y otros ilustres panistas, en uno de los salones privados de la cámara, viendo por televisión a los indígenas hacer uso de la palabra en un espacio que la clase política reserva para sus sainetes).

“Sin importar los costos políticos”, habría dicho entonces Felipe Calderón Hinojosa.

Ahora dice lo mismo, aunque hoy no se trata de los costos políticos que asuma un partido político, sino de los costos humanos que paga el país entero por esa tozudez.

Estando ya por terminar esta misiva, encontré las declaraciones de la secretaria de seguridad interior de Estados Unidos, Janet Napolitano, especulando sobre las posibles alianzas entre Al Qaeda y los cárteles mexicanos de la droga. Un día antes, el subsecretario del Ejército de Estados Unidos, Joseph Westphal, declaró que en México hay una forma de insurgencia encabezada por los cárteles de la droga que potencialmente podrían tomar el gobierno, lo cual implicaría una respuesta militar estadunidense. Agregó que no deseaba ver una situación en donde soldados estadunidenses fueran enviados a combatir una insurgencia “sobre nuestra frontera… o tener que enviarlos a cruzar esa frontera” hacia México.

Mientras tanto, Felipe Calderón Hinojosa, asistía a un simulacro de rescate en un pueblo de utilería, en Chihuahua, y se subió a un avión de combate F-5, se sentó en el asiento del piloto y bromeó con un “disparen misiles”.

¿De los videojuegos de estrategia a los “simuladores de combate aéreo” y “disparos en primera persona”? ¿Del Age of Empires al HAWX?

El HAWX es un videojuego de combate aéreo donde, en un futuro cercano, las empresas militares privadas (“Private military company”) han reemplazado a los ejércitos gubernamentales en varios países. La primera misión del videojuego consiste en bombardear Ciudad Juárez, Chihuahua, México, porque las “fuerzas rebeldes” se han apoderado de la plaza y amenazan con avanzar a territorio norteamericano-.

No en el videojuego, sino en Irak, una de las empresas militares privadas contratadas por el Departamento de Estado norteamericano y la Agencia Central de Inteligencia fue “Blackwater USA”, que después cambió su nombre a “Blackwater Worldwide”. Su personal cometió serios abusos en Irak, incluyendo el asesinato de civiles. Ahora cambió su nombre a “Xe Services LL” y es el más grande contratista de seguridad privada del Departamento de Estado norteamericano. Al menos el 90% de sus ganancias provienen de contratos con el gobierno de Estados Unidos.

El mismo día en el que Felipe Calderón Hinojosa bromeaba en el avión de combate (10 de febrero de 2011), y en el estado de Chihuahua, una niña de 8 años murió al ser alcanzada por una bala en un tiroteo entre personas armadas y miembros del ejército.

¿Cuándo va a terminar esa guerra?

¿Cuándo aparecerá en la pantalla del gobierno federal el “game over” del fin del juego, seguido de los créditos de los productores y patrocinadores de la guerra?

¿Cuándo va poder decir Felipe Calderón “ganamos la guerra, hemos impuesto nuestra voluntad al enemigo, le hemos destruido su capacidad material y moral de combate, hemos (re) conquistado los territorios que estaban en su poder”?

Desde que fue concebida, esa guerra no tiene final y también está perdida.

No habrá un vencedor mexicano en estas tierras (a diferencia del gobierno, el Poder extranjero sí tiene un plan para reconstruir – reordenar el territorio), y el derrotado será el último rincón del agónico Estado Nacional en México: las relaciones sociales que, dando identidad común, son la base de una Nación.

Aún antes del supuesto final, el tejido social estará roto por completo.

Resultados: la Guerra arriba y la muerte abajo.

Veamos que informa el Secretario de Gobernación federal sobre la “no guerra” de Felipe Calderón Hinojosa:

“El 2010 fue el año más violento del sexenio al acumularse 15 mil 273 homicidios vinculados al crimen organizado, 58% más que los 9 mil 614 registrados durante el 2009, de acuerdo con la estadística difundida este miércoles por el Gobierno Federal. De diciembre de 2006 al final de 2010 se contabilizaron 34 mil 612 crímenes, de las cuales 30 mil 913 son casos señalados como “ejecuciones”; tres mil 153 son denominados como “enfrentamientos” y 544 están en el apartado “homicidios-agresiones”. Alejandro Poiré, secretario técnico del Consejo de Seguridad Nacional, presentó una base de datos oficial elaborada por expertos que mostrará a partir de ahora “información desagregada mensual, a nivel estatal y municipal” sobre la violencia en todo el país.” (Periódico “Vanguardia”, Coahuila, México, 13 de enero del 2011)

Preguntemos: De esos 34 mil 612 asesinados, ¿cuántos eran delincuentes? Y los más de mil niños y niñas asesinados (que el Secretario de Gobernación “olvidó” desglosar en su cuenta), ¿también eran “sicarios” del crimen organizado? Cuando en el gobierno federal se proclama que “vamos ganando”, ¿a qué cartel de la droga se refieren? ¿Cuántas decenas de miles más forman parte de esa “ridícula minoría” que es el enemigo a vencer?

Mientras allá arriba tratan inútilmente de desdramatizar en estadísticas los crímenes que su guerra ha provocado, es preciso señalar que también se está destruyendo el tejido social en casi todo el territorio nacional.

La identidad colectiva de la Nación está siendo destruida y está siendo suplantada por otra.

Porque “una identidad colectiva no es más que una imagen que un pueblo se forja de sí mismo para reconocerse como perteneciente a ese pueblo. Identidad colectiva es aquellos rasgos en que un individuo se reconoce como perteneciente a una comunidad. Y la comunidad acepta este individuo como parte de ella. Esta imagen que el pueblo se forja no es necesariamente la perduración de una imagen tradicional heredada, sino que generalmente se la forja el individuo en tanto pertenece a una cultura, para hacer consistente su pasado y su vida actual con los proyectos que tiene para esa comunidad.

Entonces, la identidad no es un simple legado que se hereda, sino que es una imagen que se construye, que cada pueblo se crea, y por lo tanto es variable y cambiante según las circunstancias históricas”. (Luis Villoro, noviembre de 1999, entrevista con Bertold Bernreuter, Aachen, Alemania).

En la identidad colectiva de buena parte del territorio nacional no está, como se nos quiere hacer creer, la disputa entre el lábaro patrio y el narco-corrido (si no se apoya al gobierno entonces se apoya a la delincuencia, y viceversa).

No.

Lo que hay es una imposición, por la fuerza de las armas, del miedo como imagen colectiva, de la incertidumbre y la vulnerabilidad como espejos en los que esos colectivos se reflejan.

¿Qué relaciones sociales se pueden mantener o tejer si el miedo es la imagen dominante con la cual se puede identificar un grupo social, si el sentido de comunidad se rompe al grito de “sálvese quien pueda”?

De esta guerra no sólo van a resultar miles de muertos… y jugosas ganancias económicas.

También, y sobre todo, va a resultar una nación destruida, despoblada, rota irremediablemente.

III.- ¿NADA QUÉ HACER?

A quienes sacan sus mezquinas sumas y restas electorales en esta cuenta mortal, les recordamos:

Hace 17 años, el 12 de enero de 1994, una gigantesca movilización ciudadana (ojo: sin jefes, comandos centrales, líderes o dirigentes) paró la guerra acá. Frente al horror, la destrucción y las muertes, hace 17 años la reacción fue casi inmediata, contundente, eficaz.

Ahora es el pasmo, la avaricia, la intolerancia, la ruindad que escatima apoyos y convoca a la inmovilidad… y la ineficacia.

La iniciativa loable de un grupo de trabajadores de la cultura (“NO MÁS SANGRE”) fue descalificada desde su inicio por no “plegarse” ante un proyecto electoral, por no cumplir el mandato de esperar al 2012.

Ahora que tienen la guerra allá, en sus ciudades, en sus calles, en sus carreteras, en sus casas, ¿qué han hecho? Digo, además de “plegarse” ante quien tiene “el mejor proyecto”.

¿Pedirle a la gente que espere al 2012? ¿Qué entonces sí hay que volver a votar por el menos malo y ahora sí se va a respetar el voto?

Si van más de 34 mil muertos en 4 años, son más de 8 mil muertes anuales. Es decir, ¿hay que esperar 16 mil muertos más para hacer algo?

Porque se va a poner peor. Si los punteros actuales para las elecciones presidenciales del 2012 (Enrique Peña Nieto y Marcelo Ebrard), gobiernan las entidades con mayor número de ciudadanos, ¿no es de esperar que ahí aumente la “guerra contra la delincuencia organizada” con su cauda de “daños colaterales”?

¿Qué van a hacer? Nada. Van a seguir el mismo camino de intolerancia y satanización de hace 4 años, cuando en el 2006 todo lo que no fuera a favor de López Obrador era acusado de servir a la derecha. [email protected] que nos atacaron y calumniaron entonces y ahora, siguen el mismo camino frente a otros movimientos, organizaciones, protestas, movilizaciones.

¿Por qué la supuesta gran organización nacional que se prepara para que en las próximas elecciones federales, ahora sí, gane un proyecto alternativo de nación, no hace algo ahora? Digo, si piensan que pueden movilizar a millones de mexicanos para que voten por alguien, ¿por qué no movilizarlos para parar la guerra y que el país sobreviva? ¿O es un cálculo mezquino y ruin? ¿Qué la cuenta de muertes y destrucción reste al oponente y sume al elegido?

Hoy, en medio de esta guerra, el pensamiento crítico vuelve a ser postergado. Primero lo primero: el 2012 y las respuestas a las preguntas sobre los “gallos”, nuevos o reciclados, para ese futuro que se desmorona desde hoy. Todo debe subordinarse a ese calendario y a sus pasos previos: las elecciones locales en Guerrero, Baja California Sur, Hidalgo, Nayarit, Coahuila, el Estado de México.

Y mientras todo se derrumba, nos dicen que lo importante es analizar los resultados electorales, las tendencias, las posibilidades. Llaman a aguantar hasta que sea el momento de tachar la boleta electoral, y de vuelta a esperar que todo se arregle y se vuelva a levantar el frágil castillo de naipes de la clase política mexicana.

¿Recuerdan que ellos se burlaron y atacaron el que desde el 2005 llamáramos a la gente a organizarse según sus propias demandas, historia, identidad y aspiraciones y no apostar a que alguien allá arriba iba a solucionar todo?

¿Nos equivocamos nosotros o ellos?

¿Quién en las principales ciudades se atreve a decir que puede salir con tranquilidad ya no en la madrugada, sino apenas anochece?

¿Quién hace suyo el “vamos ganando” del gobierno federal y ve con respeto, y no con miedo, a soldados, marinos y policías?

¿Quiénes son los que se despiertan ahora sin saber si van a estar vivos, sanos o libres al finalizar el día que comienza?

¿Quiénes no pueden ofrecer a la gente una salida, una alternativa, que no sea esperar a las próximas elecciones?

¿Quiénes no pueden echar a andar una iniciativa que realmente prenda localmente, no digamos a nivel nacional?

¿Quiénes se quedaron solos?

Porque al final, quienes van a permanecer serán quienes resistieron; quienes no se vendieron; quienes no se rindieron; quienes no claudicaron; quienes entendieron que las soluciones no vienen de arriba, sino que se construyen abajo; quienes no apostaron ni apuestan a las ilusiones que vende una clase política que tiene tiempo que apesta como un cadáver; quienes no siguieron el calendario de arriba ni adecuaron su geografía a ese calendario convirtiendo un movimiento social en una lista de números de credenciales del IFE; quienes frente a la guerra no se quedaron inmóviles, esperando el nuevo espectáculo malabarista de la clase política en la carpa circense electoral, sino que construyeron una alternativa social, no individual, de libertad, justicia, trabajo y paz.

IV.- LA ÉTICA Y NUESTRA OTRA GUERRA.

Antes hemos dicho que la guerra es inherente al capitalismo y que la lucha por la paz es anticapitalista.

Usted, Don Luis, ha dicho también antes que “la moralidad social constituye sólo un primer nivel, precrítico, de la ética. La ética crítica empieza cuando el sujeto se distancia de las formas de moralidad existentes y se pregunta por la validez de sus reglas y comportamientos. Puede percatarse de que la moralidad social no cumple las virtudes que proclama” ¿Es posible traer la Ética a la guerra? ¿Es posible hacerla irrumpir por entre desfiles castrenses, grados militares, retenes, operativos, combates, muertes? ¿Es posible traerla a cuestionar la validez de las reglas y comportamientos militares?

¿O el planteamiento de su posibilidad no es más que un ejercicio de especulación filosófica?

Porque tal vez la inclusión de ese “otro” elemento en la guerra sólo sería posible en una paradoja. Incluir la ética como factor determinante de un conflicto traería como consecuencia un reconocimiento radical: el contrincante sabe que el resultado de su “triunfo” será su derrota.

Y no me refiero a la derrota como “destrucción” o “abandono”, sino a la negación de la existencia como fuerza beligerante. Esto es, una fuerza hace una guerra que, si la gana, significará su desaparición como fuerza. Y si la pierde igual, pero nadie hace una guerra para perderla (bueno, Felipe Calderón Hinojosa sí).

Y aquí está la paradoja de la guerra zapatista: si perdemos, ganamos; y si ganamos, ganamos. La clave está en que la nuestra es una guerra que no pretende destruir al contrario en el sentido clásico.

Es una guerra que trata de anular el terreno de su realización y las posibilidades de los contrincantes (nosotros incluidos).

Es una guerra para dejar de ser lo que ahora somos y así ser lo que debemos ser.

Esto ha sido posible porque reconocemos al otro, a la otra, a lo otro, que, en otras tierras de México y del Mundo, y sin ser iguales a nosotros, sufren los mismos dolores, sostienen resistencias semejantes, que luchan por una identidad múltiple que no anule, avasalle, conquiste, y que anhelan un mundo sin ejércitos.

Hace 17 años, el 1 de enero de 1994, se hizo visible la guerra contra los pueblos originarios de México.

Mirando la geografía nacional en este calendario, nosotros recordamos:

¿No éramos nosotros, los zapatistas, los violentos? ¿No se nos acusó a nosotros de pretender partir el territorio nacional? ¿No se dijo que nuestro objetivo era destruir la paz social, minar las instituciones, sembrar el caos, promover el terror y acabar con el bienestar de una Nación libre, independiente y soberana? ¿No se señaló hasta el hartazgo que nuestra demanda de reconocimiento a los derechos y la cultura indígenas socavaba el orden social?

Hace 17 años, el 12 de enero de 1994, una movilización civil, sin pertenencia política definida, nos demandó intentar el camino del diálogo para resolver nuestras demandas.

Nosotros cumplimos.

Una y otra vez, a pesar de la guerra en contra nuestra, insistimos en iniciativas pacíficas.

Durante años hemos resistido ataques militares, ideológicos y económicos, y ahora el silencio sobre lo que acá ocurre.

En las condiciones más difíciles no sólo no nos rendimos, ni nos vendimos, ni claudicamos, también construimos mejores condiciones de vida en nuestros pueblos.

Al principio de esta misiva dije que la guerra es una vieja conocida de los pueblos originarios, de los indígenas mexicanos.

Más de 500 años después, más de 200 años después, más de 100 años después, y ahora con ese otro movimiento que reclama su múltiple identidad comunal, decimos:

Aquí estamos.

Tenemos identidad.

Tenemos sentido de comunidad porque ni esperamos ni suspiramos porque vinieran de arriba las soluciones que necesitamos y merecemos.

Porque no sujetamos nuestro a andar a quien hacia arriba mira.

Porque, manteniendo la independencia de nuestra propuesta, nos relacionamos con equidad con lo otro que, como nosotros, no sólo resiste, también se ha ido construyendo una identidad propia que le da pertenencia social, y ahora también le representa la única oportunidad sólida de supervivencia al desastre.

Nosotros somos pocos, nuestra geografía es limitada, somos nadie.

Somos pueblos originarios dispersos en la geografía y el calendario más distantes.

Nosotros somos otra cosa.

Somos pocos y nuestra geografía es limitada.

Pero en nuestro calendario no manda la zozobra.

Nosotros sólo nos tenemos a nosotros mismos.

Tal vez es poco lo que tenemos, pero no tenemos miedo.

Vale, Don Luis. Salud y que la reflexión crítica anime nuevos pasos.

Desde las montañas del Sureste Mexicano.

Subcomandante Insurgente Marcos. México, Enero-Febrero del 2011

Ejército Zapatista de Liberación Nacional





Publicado enInternacional
La memoria del genocidio nazi debe ser construida por toda la sociedad, dice Peter Frey. El jefe de redacción de ZDF, el canal de televisión pública alemana, estuvo en Buenos Aires para brindar una conferencia sobre la memoria y la responsabilidad histórica en Alemania, que fue organizada por la embajada de ese país y por la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA).

Frey nació hace 53 años en Alemania, más de una década después de la caída del criminal régimen nazi, pero todavía se podían palpar las ausencias y los horrores que había generado. Estudió Ciencia Política y Pedagogía en Berlín y en Madrid. Hace meses ocupa un cargo jerárquico en la TV pública alemana. “La independencia para los medios de comunicación es lo más importante”, cuenta al pasar antes de centrarse en el tema que lo trajo a la Argentina. “Es muy emocionante poder hablarle a un público que hace 70 años debió huir de Alemania para salvar su vida”, comienza.

–¿Qué rol tiene la prensa en la construcción de la memoria de lo que ocurrió?

–Es sumamente importante que la prensa y la opinión pública en general se hagan cargo de su rol en la construcción de una memoria y que lo hagan pensando en los grandes conflictos que tiene por detrás Alemania en cuanto a la superación del período nazi. Siempre hay aspectos olvidados del Holocausto y el periodista debe rescatarlos. Uno puede decir con toda seguridad que la prensa ha tenido un rol destacado para imponer y rescatar esta memoria. También son muy importantes otras expresiones de la cultura. El cine, al ser muy masivo, llega con una película exitosa a millones de espectadores. Una de las primeras películas rodadas en Alemania sobre los crímenes del período nazi no fue una película documental. Era una ficción que llevaba por título Los asesinos están entre nosotros y eso fue en 1946. Hace poco también aparecieron películas que aportaron mucho al debate como La caída o El lector. La literatura y las artes plásticas contribuyeron a sacar el tema del olvido y a provocar.

–¿Qué pasó con la prensa que auspició al régimen nazi?

–En 1945 se produjo una ruptura en la civilización y después de eso no hubo ningún medio masivo de comunicación que defendiera la postura del régimen. Claro que hubo debates a nivel social. El ala conservadora de la política y de la prensa abogó por hacer un punto final. La discusión entre el punto final o la continuación de la memoria acuñó el debate político durante muchas décadas.

–¿Se sigue debatiendo ese punto final?

–Fue en 1985, cuando el presidente federal Richard von Weizsäcker dejó en claro que no puede haber un punto final y fue sumamente importante que este discurso viniera de boca de un político conservador porque así quedó establecido que la cultura de la memoria no se puede dividir entre derecha o izquierda. La memoria debe ser un interés de la sociedad en su totalidad.

–¿Cómo evalúa el discurso del presidente Christian Wulff semanas atrás, en el campo de concentración de Auschwitz?

–En realidad, es un buen uso que los presidentes y los cancilleres alemanes viajen a Auschwitz. Fue la primera participación de un presidente alemán durante la conmemoración del Día oficial de la Memoria. Durante muchas décadas, se pensó que en este lugar no habría que decir nada porque no existen palabras. Ahora el presidente Wulff habló, 66 años después del final de la Segunda Guerra. Para mí, esto fue un símbolo de que la política alemana comienza a expresar, en un sitio significativo como ningún otro, qué es lo que implicó esto para la historia.

–¿Cuáles son los métodos más efectivos para construir una memoria del genocidio?

–Yo creo que toda sociedad tiene que encontrar su propia expresión y cada generación tiene que hallar los medios y las formas de expresión que le resulten más adecuados. En Alemania, la cultura de la memoria ha cambiado muchísimo y se aboca ahora mucho más a la vida concreta de cada una de las víctimas. A través de la “emocionalización” y, a veces, a partir de una especie de provocación, trata de anclar la cultura de la memoria en la sociedad. Pero todavía hoy la respuesta a la pregunta de por qué pudo suceder sigue siendo poco clara y se vuelve cada vez más difusa.

–¿Cómo ve la persistencia de grupos neonazis?

–Los neonazis no son una fuerza política exitosa en Alemania. En realidad, se trata de un movimiento social más que político, que es resultado de la marginalización social, sobre todo en el Este de Alemania, donde la desocupación es muy alta. A diferencia de Francia, donde la candidata de la ultraderecha tendría buenas posibilidades de resultar electa, esto no podría pasar en Alemania.

–Usted se formó en España, ¿cómo ve la dilación que hay en ese país para que actúe la Justicia por los crímenes del franquismo?

–Mi interés por viajar a España en 1981 tuvo que ver con el tema de la superación de la Guerra Civil española, porque ésta escindió a los intelectuales europeos como ningún otro acontecimiento. Cuando yo estudiaba en España, el tema prácticamente no tenía importancia en la opinión pública. El pacto de La Moncloa implicaba un acuerdo social para no poner en peligro la transición y para hacer silencio, que también es una especie de punto final. Más de 30 años después del fin del régimen de Francisco Franco, el tema explotó en la opinión pública y hoy la sociedad española se ve obligada a tomar una postura. Pero, a diferencia de Alemania, todavía no hay una voluntad política para determinar cómo se integra esta historia en la conciencia colectiva del país. Probablemente se deba a que en España se trató de una Guerra Civil, con fracturas muy grandes en la sociedad y en las familias; en cambio, en Alemania se trató de un crimen monstruoso cometido sobre una minoría que después dejó de existir y ya no tenía voz.

Entrevista: Luciana Bertoia.
Publicado enInternacional
Miércoles, 19 Enero 2011 07:40

El asesinato de Lumumba

En la mañana del 30 de junio de 1960, en Leopoldville (hoy Kinshasa), el rey Balduino I de Bélgica pensó que tras declarar en persona la independencia de la República Democrática del Congo, pueblo y colonos quedarían eternamente agradecidos con la metrópoli colonial. Pero algo salió mal.

Patricio Lumumba, joven primer ministro del gobierno presidido por Joseph Kasavubu, tomó el micrófono y los encargados del protocolo quedaron tiesos: "Nunca más seremos vuestros monos", dijo Lumumba en las narices del rey. El monarca de la casa eeal de Sajonia-Cobenza-Gotha empalideció, y tuvo que oír las desgarradoras palabras del líder nacionalista:

“Durante los 80 años del gobierno colonial, sufrimos tanto que no podemos alejar las heridas de la memoria. Nos han obligado a trabajar como esclavos por salarios que ni siquiera nos permiten comer lo suficiente para ahuyentar el hambre, o encontrar vivienda, o criar a nuestros hijos como los seres queridos que son…

“Hemos sufrido ironías, insultos y golpes nada más porque somos negros… ¿Quién podrá olvidar las masacres de tantos de nuestros hermanos, o las celdas en que han metido a los que no se someten a la opresión y explotación? Hermanos, así ha sido nuestra vida.”

Totalmente inesperado en la agenda (una ceremonia ordenada y agradecida con el amo blanco), el discurso estremeció a los pueblos del África negra y el mundo colonial. En Bélgica, la prensa conservadora atacó a Lumumba, manifestando que su muerte sería “…una bendición para el Congo”.

El diario católico La Libre Belgique estimó que algunos ministros lumumbistas “…se han convertido como primitivos e imbéciles, o como criaturas comunistas” (12/7/1960). Marcel de Corte, profesor de moral y filosofía de la Universidad de Lieja, expresó de Lumumba: "Es un bárbaro que hace llorar de rabia a los oficiales, cuando bastaría un gesto viril de uno de éstos para librar al planeta de su sangrante despojo" (ídem, 27/7/1960).

En Los últimos 50 días de Patricio Lumumba (investigación de G. Heinz y H. Donnay) se apunta que desde antes del histórico discurso, Lumumba era considerado en los medios europeos como el político congoleño a quien había que separar a toda costa del poder.

El periodista P. de Vos, dirigente de importantes sociedades coloniales, escribió que deseaba ver al líder nacionalista “…muerto con una bala en su pellejo… Sé que habrá en uno de los asilos de Kasai, un loco que se encargará de este trabajo” (Ibérico Europea de Ediciones, Madrid 1970, p. 31).

En septiembre de 1960, el coronel Joseph Mobutu (quien de 1965 a 1997 gobernó despóticamente el país que rebautizó con el nombre de "Zaire"), dio un golpe de Estado, y Lumumba fue detenido en las afueras de Kinshasa. Liberado por su escolta y militantes del Movimiento Nacional Congoleño (MNC), el líder retornó a la ciudad, donde arengó a la multitud.

Simultáneamente, las potencias imperialistas entraban en acción. A un mes de la toma de posesión del gobierno, con el respaldo de Washington, París y Bruselas, el títere Moisé Tshombé declaraba la secesión de Katanga, ubérrima provincia minera que durante la Segunda Guerra Mundial fue la principal fuente de caucho, y minerales como el titanio y cobalto. El uranio usado para las bombas atómicas que Estados Unidos arrojó sobre Hiroshima y Nagasaki provino de la mina Shinkolobwe, una de las tantas administradas por el "Congo Belga".

Lumumba pidió ayuda a Moscú, y Allen Dulles, jefe de la CIA, sugirió quitarlo de en medio “…lo antes posible”. El presidente Dwight Eisenhower autorizó la acción. El ejército y los cascos azules de la ONU arrestaron a Lumumba el 10 de octubre. El premier consiguió nuevamente escapar, y trató de llegar a Stanleyville (hoy Kisangani), su principal base de apoyo. Finalmente, fue detenido por los hombres de Mobutu.

El 10 de enero Lumumba fue embarcado en un avión civil belga y piloteado por un belga, que lo trasladó a Elizabethville (hoy Lubumbashi), capital de la provincia de Katanga. Durante las seis horas del viaje, mercenarios belgas y soldados congoleños lo torturaron y golpearon sin piedad.

Ludo de Witte, sociólogo flamenco, quien en 2000 publicó una enjundiosa investigación con base en archivos oficiales belgas y documentación de Naciones Unidas, desbarató la versión oficial de Bruselas, que durante 30 años atribuyó el crimen a "ajustes de cuentas" entre las distintas facciones congoleñas.

La tarde del 17 de enero, Lumumba y sus colaboradores Mauricio Mpolo y José Okito, fueron amarrados a un árbol y asesinados uno tras otro por militares belgas en una ejecución supervisada a corta distancia por Tshombé. De Witte probó que la operación llamada Barracuda fue dirigida por el capitán belga Julián Gat.

Otro belga, el comisario Gerard Soete, jefe de policía de Tshombé, confesó a la televisión de Bruselas VRT (y también a De Witte) que se le ordenó hacer desparecer a las víctimas con ácido sulfúrico. De recuerdo, Soete se quedó con dos dientes de Lumumba, y una bala incrustada en el cráneo.

Por José Steinsleger
Publicado enInternacional
Haití  rindió  homenaje ayer a los 225.550  muertos que hace un año dejó un terremoto  devastador, en medio de una tormenta política y una epidemia de cólera.  

La plaza del Campo de Marte, ubicada en la capital Puerto Príncipe, que antes de la catástrofe era el parque histórico de la ciudad y que después se llenó de carpas de desplazados por el sismo, fue el mayor lugar de concentración.


Varios miles de personas, vestidas con pompa y Biblia en mano, acudieron también  a la  misa católica prevista en la destruida catedral. 

Con la llegada de los sacerdotes tras una larga procesión, los fieles cantaron himnos y muchos de ellos parados sobre las ruinas se secaron  las lágrimas al grito de “Aleluya”.

“Es un día de reflexión, un día para la oración”, expresó Roger Jean, de 64 años, quien le pidió al Señor “una oración especial para Haití, para que Haití cambie, para que Haití continúe viviendo”. Roger Jean perdió a su esposa y tres hijos en el terremoto.

Vestidos en su mayoría de blanco y negro, sus colores ceremoniales, muchos habitantes dejaron a un lado sus actividades cotidianas para dedicarse a recordar a sus parientes  fallecidos. Los negocios en su mayoría permanecieron cerrados.

“Por primera vez veo un día verdaderamente dedicado a la memoria de las víctimas del terremoto”, expresó el joven Ricardo, al constatar que los grandes y medianos comercios formales estaban cerrados en esta jornada no laborable, declarada por el gobierno Día de Recuerdo y de Recogimiento.

El bullicio se fue aplacando de a poco  hasta que, a las  16:53,   se celebró un minuto de silencio, hora exacta en que el sismo de magnitud 7 hizo temblar la tierra en la isla.

La gente comenzó a reunirse desde la madrugada en torno a los templos en pie o en carpas transformadas en centros de oración en diversos lugares de la ciudad, con las mujeres vestidas de blanco y sus niños de la mano.

Cerca del Campo de Marte, a diez  metros del Palacio Presidencial en ruinas, más de mil personas se reunieron para escuchar el testimonio de un pastor estadounidense que sobrevivió al sismo.

“Aquí estamos para celebrar la vida: El 12 de enero era la muerte, hoy es la vida que nos reclama”, expresó  Livio Dubernard, director de la radio protestante.

Así, a un año de la tragedia, sus habitantes se mantienen en pie, pero con las heridas abiertas. La economía y la infraestructura están paralizadas, una epidemia de cólera que apareció en octubre continúa azotando la población, y un millón de  personas sobreviven en campos de refugiados, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).  

Ante ello, el director del PNUD  para América Latina y el Caribe, Heraldo Muñoz, consideró  que no se ha progresado con toda la celeridad que la comunidad internacional desearía en los trabajos de reconstrucción.

Además, el encargado del organismo hizo referencia a la “demora” en la materialización de las donaciones concedidas por la comunidad internacional, ya que tan solo un 63% de los 5.600 millones de dólares comprometidos en la conferencia de donantes de marzo pasado se ha materializado. 

España  prevé donar más de 130 millones de dólares a ese país para impulsar su reconstrucción.

Haití, con balance en rojo

Las huellas que dejó el terremoto de 7 grados  hace un año en Haití siguen marcadas en las calles y en el sentir de sus habitantes. Los escombros en Puerto Príncipe continúan  visibles: apenas se ha recogido el 10% de los 10 millones de metros cúbicos de   destrozos, mientras que la reconstrucción todavía no empieza.

La situación de los damnificados del sismo, que causó 225.550 muertos y 2,3 millones de desplazados, es todavía precaria. De un millón y medio de personas que perdieron sus casas y quedaron alojadas en carpas, solo 500 mil  han sido reubicadas en viviendas temporales (casas más rígidas) o   viven con algún familiar, según el último censo  del   Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo del país caribeño (PNUD). 

Desde Puerto Príncipe, vía Skype,  la directora del PNUD en Haití, la ecuatoriana Jéssica Faieta,  considera  que el tema de  la vivienda, “que es un problema muy grande”,  va de la  mano con la remoción de escombros.

La representante de la ONU explica que  los desechos de las  edificaciones que resultaron destruidas son  de   gran magnitud. “Es veinte veces más que los escombros que se generaron en los atentados del 11 de septiembre”, ejemplifica. Por lo tanto,   la profesional precisa que este año   la ONU  aspira a   remover gran parte de los escombros y a  construir alrededor de  120 mil viviendas temporales. En 2010 apenas se hicieron  mil.

Para este tipo de ayuda, de los 5.000 millones de dólares que la comunidad internacional se comprometió a entregar, Haití ha recibido el 40%. “Estamos hablando de casi 2.000 millones de dólares  que se han gastado en  necesidades básicas”, detalla Jéssica  Faieta.  Todavía quedan por llegar los fondos para la reconstrucción, que aún no tiene fecha de inicio.

Sin embargo, las Naciones Unidas   se comprometió esta semana a acelerar la reconstrucción de Haití en  2011, en el que espera completar   3.000 millones de dólares en proyectos, tras reconocer que el proceso de recuperación del país  “podría haber ido más rápido”, según el coordinador humanitario, Nigel Fisher.

La lentitud del proceso de reconstrucción genera más críticas.  En una entrevista con El Telégrafo, el representante de  Intermon Oxfam  en la nación caribeña, Iván Muñoz,  manifiesta  que tras la eficaz respuesta  de emergencia humanitaria por el terremoto,  se debió haber  puesto en marcha un plan de reconstrucción, pero  este  se encuentra en “un  punto muerto”.

Muñoz plantea dos razones que han generado este problema: por un lado,  la descoordinación de los países donantes, “obstinados en desarrollar su ayuda humanitaria  de acuerdo con sus propios intereses y agenda”. Por ejemplo -indica- se desembolsó un gran monto  para  refugios básicos y de emergencia, y muy poco en tareas de remoción, construcción y reparación de viviendas. 

Por otro lado, la Comisión Interina de Reconstrucción de Haití (CIRH), copresidida por el ex presidente de EE.UU., Bill Clinton, y el primer ministro haitiano, Jean-Max Bellerive, no ha cumplido con su principal objetivo:  coordinar la ayuda de los países donantes, agrega el representante de Oxfam. 

Otro obstáculo que enfrentan los haitianos es la deficiente atención sanitaria, debido a que los hospitales también se derrumbaron en el sismo, complementado con  el cólera, que apareció en octubre pasado y se ha cobrado, hasta el momento,  la vida de  3.759 personas  y afectado  a 181.829. El director de la ONG Médicos Sin Fronteras en Sudamérica,   Luis Paiz Bekker, hace un balance de la situación sanitaria. El especialista manifiesta a El Telégrafo que después del sismo, la atención primaria (dolores estomacales, infecciones respiratorias) en salud ha mejorado. 

El problema radica en las atenciones secundarias y terciarias, como son las emergencias obstétricas o materno infantil, pues “la ayuda es escasa o casi nula”.  Por ello, Médicos sin Fronteras ha concentrado su atención -asegura- en la atención materno infantil, pues solo el año pasado asistieron 15 mil partos.

Haití también enfrenta   la falta de agua potable y el servicio de saneamiento. El profesional, que califica la ayuda internacional como deficiente, calcula que antes del terremoto  el 12% de la población (9’800.000 habitantes) tenía acceso a agua clorada, pero ahora  apenas el 5% de las personas lo posee, además de que no hay una disposición adecuada de las excretas. “Insisto en la parte de agua y saneamiento -enfatiza  Paiz-,  porque es  urgente. Si ya lo era antes del cólera, imaginemos ahora”.

Por Redacción Mundo

Publicado enInternacional
Domingo, 05 Diciembre 2010 08:14

Charlar en la cordillera de la poesía

Dos viejos amigos se abrazan. Dos cómplices de la palabra, que le arrancan versos inolvidables a la vida, juegan como niños. Se divierten como hermanos. Son expertos en esquivar la grandeza. Prefieren cultivar el jardín de la humildad. Juan Gelman y Antonio Gamoneda, poetas del Cervantes en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), no dejan adjetivo con cabeza cuando los someten al dardo de la ironía. “No soy un gran poeta, soy un poeta mayor, acabo de cumplir ochenta años. Lo único que me consuela es el tango, porque cuando dicen que 20 años no es nada, 80 son cuatro veces nada”, aclara Juan. En la sala no cabe un cuerpo más. El cartel con la frase “cupo lleno” flamea en la entrada como una bandera que impone un umbral. La gente de a pie y de pie festeja a puras carcajadas cada una de las ocurrencias. “Soy un poeta menor porque me faltan seis meses para cumplir 80”, bromea Antonio. La cita con la poesía comienza con el aceite del humor condimentando el diálogo. Antonio Colinas, el moderador, los presenta. En la obra de estos poetas, dice, encuentra un “afán de ir más allá con sus palabras, siempre más allá con el lenguaje, sin renunciar nunca a esa realidad, a veces muy dura, que sus ojos han contemplado o vivido”.

Gamoneda y Gelman, de menor a mayor, siguiendo la cronología, “salen indemnes de cualquier prueba generacional”, agrega Colinas. “En España como en América existen tantas poéticas en español como poetas. Y eso es un signo de libertad.” Gelman interviene. Tiene la palabra y golpea, suavemente, donde más duele. “Yo llamo a nuestra lengua castellana; sería bueno subrayar que para mí es el castellano y no el español”, corrige el poeta argentino. “Por mi parte –señala el moderador– no hay inconveniente.” El engranaje de la réplica se afila. Juan le retruca: “Mejor así, si no te esperaba a la salida”. Después de la amonestación, Colinas pregunta cómo es ser un poeta independiente dentro de una generación. Gamoneda, coetáneo de la llamada “generación del ’50”, recuerda que el concepto generación fue acuñado por José Ortega y Gasset. “Pero no se refería a la simultaneidad en las edades, sino al hecho de que se compartiera una tendencia en la comprensión de la palabra creadora”, subraya. “Mi vocación es ser un poeta menor y provinciano”, asume el autor de Libro del frío. El hecho de que Gamoneda no sienta que pertenece a la “generación del ’50 –advierte– no tiene mérito ni demérito alguno”.

Gelman relata una historia que viene a cuento del tema. “No creo en las generaciones, creo en los poetas. Hace 30 siglos, uno de los poemas anónimos que por primera vez recogió la escritura china habla de un pastor que está a una distancia infinita. En la madrugada, bajo el cuidado del ganado, piensa en su mujer que está en el hogar, al lado del fuego. El último verso dice que él escucha el sonido de sus tijeras bajo la noche profunda. Me parece un verso bellísimo y nadie sabe a qué generación o degeneración perteneció el poeta.” Colinas sugiere que Juan repase la importancia que han tenido en su poesía las lecturas de Teresa de Avila, Sor Juana Inés de la Cruz y San Juan de la Cruz. “Yo estaba en el exilio y los volví a leer desde el lugar de la presencia-ausencia de los seres amados”, recuerda. “Esa presencia de la pérdida, que nunca se ausenta, me llevó a entablar un diálogo con la lengua de ellos que me parece muy fecundo. Hay callejones de la lengua castellana que no se han cerrado todavía; están ahí, latiendo, y aún nos dan de comer.”

Los párpados de Gamoneda están en huelga por unos instantes; sus cejas parecen alborotadas como un signo de interrogación garabateado de apuro. Sus ojos, clausurados por la melancolía, no quieren lidiar con la luz de la sala. Pero descorre el velo y lo mira a Gelman, a ese compañero de ruta que tanto admira, “irremediablemente” como poeta. En él piensa y a él se dirige cuando afirma que hay poetas de raza, “como lo es un animal que tiene que responder a ciertas compulsiones biológicas; un ser humano que no puede ser otra cosa que poeta”. ¿Acepta Gelman esta clasificación? Juan está tentado. Durante unos segundos, no puede articular palabra alguna. Sólo ríe, mientras prepara una estocada. “Gamoneda realmente pertenece a la raza que acaba de definir y creo también que, a diferencia de los sofistas que intentan encontrar razón en las ambigüedades, lo que Antonio explora son las ambigüedades de la razón, con una fuerza emotiva y una lengua a mi juicio extraordinarias y nuevas.” Gelman lee un poema de Gamoneda.

“Yo quiero a Gelman, pero me hace trampa”, se queja el poeta español con esa dicción morosa y un tono de ultratumba oxidado por el tiempo. “Te he hecho una rigurosa y fuerte pregunta, te he preguntado si te incluyes en esa raza o no.”

–Lo que pasa es que yo no soy racista –responde Juan.

Ahora el que ríe es Gamoneda. “No sé qué órgano será depositario de la condición del poeta, ni siquiera sé qué órgano es depositario del cariño y la amistad. Sin embargo, no hay manera de que nos pongamos de acuerdo”, admite. El poeta español retoma su caballito de batalla y reitera algunas de las definiciones que trazó hace unos meses cuando estuvo en Buenos Aires, inaugurando el V Festival Internacional de Poesía en la Feria del Libro. “La experiencia mística es inseparable de la experiencia poética. Juan de Yepes, más conocido como San Juan de la Cruz, hablaba de un no saber, sabiendo; de un no saber que conduce al conocimiento.”

Gamoneda querría leer un poema de su compinche. “No he sido tan previsor de traer un libro de Gelman”, se disculpa, mientras revuelve unos papeles con inéditos. “Los poemas no se me dan de repente; tengo que sufrir y hacerlos vivientes”, comenta antes de leer uno inacabado, dedicado a otro hermano poeta: Juan Carlos Mestre. “Es una prueba que me hago a mí mismo porque tengo que oír mi poema”, avisa. Hasta las mesas y sillas se emocionan. “¿Cómo hago para leer después de ese poema?”, se pregunta Gelman. Juan lee. El público está levitando por las nubes. Alguien le avisa al moderador, a Colinas, que ya es la hora. Nadie puede creer cómo se escurre el tiempo entre las voces de estos poetas. Nadie se mueve, como si quisiera prolongar el trance.

–Asistimos a una sensibilidad que está a punto de desaparecer –alerta, emocionadísima, una mujer.

–Discúlpeme, por qué la entierra prematuramente. Los que estamos por desaparecer somos Antonio y yo –interviene Gelman.

“Ustedes, que son poetas mayores, ¿qué poetas nuevos nos recomendarían?”, pregunta un joven estudiante. Gamoneda confiesa que querría saber contestarle. “Me avergüenza ser un conocedor insuficiente de la poesía de lengua castellana en la otra orilla de la patria lingüística. Desgraciadamente las circunstancias que la poesía tiene que soportar, las leyes del mercado, han generado que no conozca a los autores.” Gelman se suma a esa “ignorancia”. “La poesía en lengua castellana no tiene ningún Aconcagua, pero hay una cordillera. Y eso es bueno.”

Por Silvina Friera
Desde Guadalajara
Publicado enInternacional
Viernes, 10 Diciembre 2010 06:55

Derecho a la verdad y a la justicia

Recientemente se celebró una audiencia pública en el primer caso sobre Uruguay que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos presentó ante la Corte Interamericana. Conocido como el “Caso Gelman”, trata sobre la desaparición forzada de María Claudia García Iruretagoyena de Gelman, el nacimiento en cautiverio de su hija, María Macarena, la separación involuntaria de madre e hija; las violaciones que produjo la supresión de identidad y nacionalidad de María Macarena; la búsqueda incesante del paradero de María Claudia y María Macarena por Juan Gelman y sus familiares; y la búsqueda infructuosa de verdad y justicia por parte de las víctimas y sus familiares. Estos hechos ocurrieron en un contexto de violaciones sistemáticas a los derechos humanos en los países de la región, efectuadas en el marco del llamado “Plan Cóndor” y que se caracterizó por un patrón de ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, tortura y apropiación de niños, entre otras violaciones graves a los derechos humanos.

Frente a estas graves violaciones, tanto Uruguay como otros países de la región respondieron de la misma manera: garantizaron la impunidad para los asesinos y torturadores mediante la sanción de leyes de amnistía. Así fue en Uruguay, Brasil, Chile, Argentina, Perú y El Salvador, entre otros.

La Comisión y la Corte Interamericana ya han tenido la oportunidad de referirse a la incompatibilidad de las leyes de amnistía con la Convención Americana de Derechos Humanos. Específicamente, la Corte lo ha hecho en los casos Barrios Altos contra Perú y Almonacid contra Chile. No hay motivo para pensar que la decisión en el Caso Gelman no estará en consonancia con la jurisprudencia del sistema interamericano. Muy posiblemente, la Corte vuelva a ratificar esa jurisprudencia y le pida al Estado de Uruguay que deje sin efecto la Ley de Caducidad.

El concepto central que resume esta jurisprudencia de la Corte se encuentra en el caso Barrios Altos de Perú: “Son inadmisibles las disposiciones de amnistía, las disposiciones de prescripción y el establecimiento de excluyentes de responsabilidad que pretendan impedir la investigación y sanción de los responsables de las violaciones graves de los derechos humanos tales como la tortura, las ejecuciones extrajudiciales, sumarias extralegales o arbitrarias y las desapariciones forzadas, todas ellas prohibidas por contravenir derechos inderogables reconocidos por el Derecho Internacional de los Derechos Humanos”. Este párrafo puede ser copiado en forma textual en el caso Gelman.

Los límites de la soberanía popular

Pero este caso puede, además, enriquecer aún más esta jurisprudencia del sistema interamericano. En la defensa de este caso y los otros casos en trámite ante la Comisión relacionados con la ley de “Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado”, el Estado uruguayo argumentó, entre otras cosas, la imposibilidad de derogar dicha ley debido a que la población rechazó la derogación en un referéndum en 1989 y rechazó la anulación en un plebiscito en 2009. Este argumento es insostenible. Existe una limitación general que prohíbe iniciativas populares contrarias a normas internacionales inderogables. Es decir, hay ciertos derechos fundamentales, tales como el derecho a la vida y a la integridad personal, que se encuentran fuera del ámbito de la democracia directa, porque ningún Estado de Derecho puede sustraerse de dichas normas. El mismo Estado uruguayo reconoció este principio en la sentencia de la Corte Suprema de Justicia en el caso Sabalsagaray, que reconoce claramente que la tutela de los derechos fundamentales como la vida y libertad personal caen fuera de los límites de los asuntos a ser decididos a través de consultas populares: “No hay voluntad de la mayoría, ni interés general, ni bien común o público en aras de los cuales puedan ser sacrificados” los derechos fundamentales.

El hecho de que la Ley de Caducidad no haya sido aplicada por la Justicia uruguaya en algunos casos es un avance, pero es claramente insuficiente. El derecho de las víctimas de violaciones a los derechos humanos debe estar garantizado con un procedimiento de aplicación general, no solamente para un caso individual; debe tener efectos retroactivos, debe permitir la reapertura de los casos archivados, no debe depender de la voluntad política de un gobierno y debe garantizar la permanencia en el tiempo independientemente de los cambios regulares del sistema democrático. Sólo de esta manera quedarán satisfechos los requisitos de la Convención Americana, ratificada por Uruguay 25 días después de la asunción del primer presidente electo tras el fin de la dictadura militar uruguaya.

A fin de cumplir con sus obligaciones internacionales, Uruguay debe investigar las atrocidades perpetradas y sancionar a los responsables. Las víctimas de este caso y de todas las violaciones ocurridas tienen derecho a la verdad y a la justicia. La ciudadanía uruguaya tiene derecho a la verdad y a la justicia.

Es indudable que este caso trasciende a las víctimas del mismo. Miles de personas fueron víctimas directas de las atrocidades que cometieron aquellos que creyeron tener el derecho sobre la vida y la muerte. Y millones fueron víctimas por la destrucción del sistema democrático, garantía principal para la vigencia y defensa de los derechos humanos. Terminar con la impunidad por esos hechos es uno de los principales desafíos pendientes de nuestras democracias.

La incansable búsqueda de justicia de Juan y Macarena es la búsqueda de miles de latinoamericanos que fueron víctimas de las peores atrocidades que pueda realizar el ser humano. Gracias a ellos, la verdad y la justicia están lentamente avanzando. Dependerá de nosotros y de las generaciones futuras mantener viva la memoria para evitar que el horror vuelva a reinar.

Por Santiago A. Canton
, Secretario Ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).
Publicado enInternacional