El dictador uruguayo Gregorio “Goyo” Alvarez y el ex canciller Juan Carlos Blanco declararon ayer por un caso paradigmático del Plan Cóndor. Se trata del secuestro de dos menores que aparecieron en Chile, tras la desaparición en Argentina de sus padres, de nacionalidad uruguaya.

Alvarez, gobernante de facto entre 1981 y 1985, y el ex ministro de Exteriores llegaron en móviles policiales a prestar declaración indagatoria por el secuestro de Victoria y Anatole Julien, hijos de dos uruguayos desaparecidos. “Ni sé por qué estoy citado acá. Aclaro que yo no tengo ninguna participación en ninguna actividad represiva, ni en decisiones ni en planificación”, se atajó Blanco frente a la prensa.

La causa fue iniciada en abril de 2008 por Victoria Julien. Después de que la primera jueza “extraviara” la denuncia, el expediente cambió de juzgado y empezó a avanzar. Sin embargo, la causa aún está en una etapa presumarial, es decir, los represores sólo están siendo indagados y aún no hay ningún procesado por la sustracción de los hijos del matrimonio Grisonas-Julien.

La querella presentó un documento de junio de 1976, que daba cuenta de la coordinación represiva entre Argentina y Uruguay. Pero el ex canciller Blanco negó que se tratara de instrucciones para secuestrar y desaparecer en ambas orillas del Río de La Plata. Blanco dijo que ese télex sólo hacía mención a los mecanismos convencionales para una extradición. Enseguida, aprovechó el por entonces titular de la Cancillería para escudarse en su condición de civil y declararse ajeno a los crímenes de la dictadura uruguaya.

Alvarez también hizo gala del cinismo habitual. Dijo ante los abogados y funcionarios judiciales que se había enterado de la existencia de desaparecidos por la prensa. Pero, como novedad, se quejó porque el Ejército estaba “compartimentado”, aunque no explicó qué quiso decir con esa expresión. Además, el dictador aprovechó para cargar contra José Gavazzo, dejando al descubierto en los tribunales las internas militares, que generalmente son preservadas por los represores en medio de su pacto de silencio. Gavazzo coordinaba las acciones represivas con Buenos Aires y con Santiago de Chile.

Si bien no hay imputados aún en la causa, algunos pasos está dando el expediente de la mano del juez Alejandro Guido y de la fiscal Adriana Costa. Pero no hay demasiadas alternativas frente al silencio de los represores y a lo que la fiscal Mirtha Guianze llama las “islas de facto dentro del Estado de derecho”, que siguen manteniendo los archivos de la represión más secretos que nunca. “Hay información a la que el sistema judicial uruguayo no puede acceder”, denuncia a Página/12 el abogado Pablo Chargoñia, patrocinante de Victoria Julien. “Esto se debe a que falta una decisión política del Ministerio de Defensa nacional o a que el poder civil no tiene demasiada fuerza frente a un poder militar que aún sobrevive”. Chargoñia agrega: “También se sufren los ecos de la ley de impunidad, que hace que estén paralizadas otras causas que pueden estar conectadas con ésta”.

Como explicó el abogado, hay otros integrantes del Servicio de Información de Defensa (SID) que están yendo al juzgado en calidad de indagados. Blanco y Alvarez ya están en prisión por otros casos. El ex canciller fue condenado a fines de abril a 20 años de prisión por la desaparición y muerte en 1976 de la maestra Elena Quinteros. Pero el ministro de Relaciones Exteriores del régimen militar se encuentra en la cárcel desde 2006 por otros casos de violaciones a los derechos humanos. La última sentencia contra el dictador Alvarez fue dictada en octubre pasado, cuando lo condenaron a 25 años de prisión por el asesinato de 37 opositores en 1977 y 1978.

El secuestro de los hermanos Julien es uno de los casos más aberrantes y paradigmáticos de la Operación Cóndor. El padre de los chicos, Roger Julien, era dirigente del uruguayo Partido por la Victoria del Pueblo (PVP), pero fue asesinado en Buenos Aires y su cuerpo nunca apareció. Su esposa, Victoria Grisonas, había intentado escapar con el nene de cuatro años y la nena de un año. No lo logró: fue herida y trasladada con sus hijos al centro clandestino de detención Automotores Orletti. Anatole recuerda haber pasado por allí. Después, los niños fueron llevados a Montevideo y, según testigos, pasaron un tiempo en el SID, en donde el varón recuerda haber jugado con el represor Gavazzo (El País, marzo 2009). Luego, los subieron a un avión de línea hasta Chile. A fines de noviembre de 1976, Victoria y Anatole fueron encontrados en una plaza de Valparaíso y adoptados por una familia. Victoria, principal impulsora de la causa, recién se enteró de su historia a los nueve años. Todavía resta mucho por saber y mucho más para que la Justicia haga lo que debe hacer.

Informe: Luciana Bertoia.
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¡Ah, las viejas preguntas, las viejas respuestas, nada hay como ellas! Andreas Huyssen recuerda esta frase de uno de los personajes de Beckett en la introducción de Modernismo después de la posmodernidad (Gedisa). Este gesto preliminar, con un atisbo de provocación, certifica la partida de defunción del posmodernismo en el discurso crítico y anticipa el retorno de la modernidad en los debates vigentes sobre la globalización. Pero la cita beckettiana, por lo menos agitadora, se complementa o refuerza con el “espíritu” que atraviesa los ensayos de su nuevo libro. “Bienvenidos de nuevo a una idea –proclama el autor–, frase que nunca se debió echar al cubo de la basura de la historia, como sucede en tantos discursos académicos actuales.” El crítico cultural y literario alemán intenta demostrar que la modernidad y el modernismo, con todas sus complejidades históricas y geográficas, siguen siendo unos significantes clave para quienquiera que pretenda comprender “de dónde venimos y adónde vamos”. Y lo hace a través de un puñado de artículos sobre la nostalgia de las ruinas, las obras de Guillermo Kuitca y Doris Salcedo, las zonas grises del recuerdo en el escritor alemán W. G. Sebald, la política de la memoria tal como se manifiesta en los objetos culturales y la relación entre historia y memoria –”sistema nervioso central” en su obra–, entre otros temas.

Visitante reincidente, Huyssen está una vez más en Argentina para presentar su libro y reflexionar sobre derechos humanos y políticas de la memoria. En uno de los ensayos, Usos y abusos del olvido, plantea que en la cultura contemporánea, afirmada como está con la memoria y los traumas sobre el genocidio y el terrorismo de Estado, el olvido tiene “mala” prensa. Pero el crítico alemán está lejos de postular el olvido lisa y llanamente, por si algún distraído intenta llevar agua para el molino de sus diatribas. “Una sociedad sin memoria es un anatema”, destaca en las primeras líneas de este ensayo en el que, aplicando la tentativa de Paul Ricoeur de definir los diversos modos de olvido, analiza la memoria del terrorismo de Estado en la Argentina y la memoria de los bombardeos a las ciudades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial. El español de Huyssen se activa automáticamente cuando pronuncia palabras medulares como desaparecidos, terrorismo de Estado, familiares y madres, entre otras. De tanto en tanto, anota en unas hojas sueltas “la tarea para el hogar”, ítems de alguna de las preguntas de Página/12, como el rol de la justicia y su relación con la memoria y el olvido, cuestiones sobre las que está investigando y escribiendo.

Para despejar alguna que otra esporádica nube en el cielo de dudas, el argumento de Huyssen es que “la memoria política en sí no puede funcionar sin el olvido”. Argentina le sirve de ejemplo para ilustrar este complejo mecanismo. “Desde el fin de la dictadura militar, la lucha intensa por los derechos humanos demostró ser eficiente y eficaz. Pero en el largo plazo se sacrificó la precisión histórica sobre los hechos. En una primera etapa, la de los años ’80 y también parte de los ’90, algunas dimensiones políticas de la guerrilla urbana en los ’70 no fueron directamente olvidadas, pero sí evadidas para crear un discurso que criminalizara el terrorismo de Estado, y que a su vez permitiera bloquear la violencia de la guerrilla montonera, que desde luego no es comparable con la violencia ejercida desde el Estado”, aclara el crítico alemán. “No se hablaba de la violencia de la guerrilla en el plano narrativo para poder establecer la figura del desaparecido como víctima inocente del terrorismo de Estado. El olvido de la dimensión política de los desaparecidos, necesario para derrotar el argumento de la defensa de los militares, omitía del relato las filiaciones políticas individuales.”

En la Alemania posterior a la II Guerra Mundial también hubo una construcción de silencio alrededor de los bombardeos en las ciudades alemanas para que el Holocausto fuera una responsabilidad alemana. “Se construyó ese silencio para que emergiera la responsabilidad alemana –explica Huyssen–. En los años ’50 hubo una comparación entre los bombardeos de los aliados y el Holocausto. Los bombardeos a las ciudades alemanas eran señalados como una suerte de ‘terror aliado’, pero este discurso era mucho más fuerte en Alemania oriental que en occidental, que entraba en la OTAN y tenía lazos más estables con los antiguos aliados.”

–¿Por qué cree que fue un escritor, Sebald, el que recuperó la cuestión de los bombardeos que había sido omitida dentro de la construcción de la memoria histórica alemana?

–Lo que importa, más allá de que haya sido Sebald, es que en los años ’90 el Holocausto fue reconocido en todas sus dimensiones por la Alemania unificada, por el gobierno y la clase política. El símbolo de ese reconocimiento fue justamente el Memorial de Berlín, a través del cual el Estado asumía su plena responsabilidad. Ese reconocimiento permitió que pudiera aparecer la cuestión del sufrimiento de los propios alemanes durante la II Guerra, sufrimiento que fue articulado a partir de un reconocimiento más amplio. El discurso de la memoria en la Argentina se articuló alrededor de los familiares de las víctimas; en Alemania también hay algo interesante en este sentido. La generación actual de los abuelos, los padres de mi generación, no pudo hablar sobre los bombardeos aéreos con nosotros. Pero sí pudo hacerlo con sus nietos, que volvieron a preguntar. Mi generación no preguntaba, no quería escuchar nada sobre ese tema. No se hablaba en los años ‘50 del uso político de los bombardeos por parte de los sectores conservadores. Se había producido una suerte de competencia entre distintas memorias: una memoria conservadora, que se enfocaba directamente sobre los bombardeos, y la memoria del Holocausto.

–Uwe Timm en “Tras la sombra de mi hermano” plantea que en Hamburgo se hablaba de los bombardeos, pero que después de la guerra esos relatos, contados una y otra vez, rebajaban el horror original y lo transformaban en un espectáculo “entretenido”. ¿El silencio sobre los bombardeos se produjo también por una “normalización” del horror?

–Yo crecí en los años ’50 en Dusseldorf y jugaba en las ruinas de los edificios. Recuerdo muy bien cómo nuestros padres nos decían que no fuéramos a jugar a esos lugares, que eran peligrosos. Sin embargo, para nosotros tenía un atractivo jugar ahí, aun sabiendo que había bombas que podían estar no detonadas. No tengo recuerdos tempranos en cuanto al discurso político, pero mis padres no hablaban sobre los bombardeos. Hamburgo fue un caso especial; es una pregunta interesante porque la respuesta varía de ciudad en ciudad. Cuando los bombardeos comenzaron, yo tendría dos o tres semanas y mi madre me sacó de Dusseldorf y me llevó al campo. Hay un libro interesante de Jörg Friedrich, Der Brand (que se podría traducir como “El fuego”), un texto fundamental sobre los bombardeos aéreos, a punto tal que el autor terminó hablando en varios programas de televisión. Este libro fue publicado exactamente en el momento en que Estados Unidos invadió Irak; por lo tanto el contexto fue especial. En el discurso de la memoria alemana hubo una yuxtaposición de imágenes televisivas donde los bombardeos en Irak se superponían con los bombardeos a las ciudades alemanas. En las mentes de muchos alemanes la diferencia entre pasado y presente podría ser en cierta medida reducida o anulada por esas imágenes.

–Usted señala que los trabajos de Sebald y Friedrich pueden haber alterado la cultura de la memoria alemana de forma irreversible. ¿Se refiere sólo al lugar que empezaron a ocupar los bombardeos aéreos o va más allá de este tema?

–Simplemente lo que quiero decir es que habíamos llegado a un punto en que la oposición entre la memoria del Holocausto y la memoria de los bombardeos había perdido sentido. Ya no se podía usar más el discurso de los bombardeos sobre las ciudades alemanes como una apología de lo que habían hecho los alemanes. Aunque haya una pequeña minoría que pueda servirse todavía de ese argumento, la opinión pública alemana tiene un intenso nivel de reconocimiento del Holocausto como para que ese tipo de discurso pueda perturbarla.

–En uno de sus ensayos recuerda los tres tipos de olvidos que estableció Paul Ricoeur. ¿Para que haya olvido es necesaria la intervención de la Justicia? No queda claro en esa tipología de qué modo opera, si es que opera, la Justicia.

–No creo que Ricoeur se plantee la pregunta por la justicia de manera fuerte. Voy a responder de una manera indirecta a la pregunta. Hubo una dimensión pública de la memoria en los ’90, incluso en los primeros años del 2000, en que el discurso de la memoria estuvo separado del discurso sobre la justicia y los derechos. Esta escisión es extraña porque en el ámbito académico la memoria está más ligada a los estudios culturales y literarios, mientras que la Justicia está ligada a las ciencias sociales, a la teoría política y al derecho. Tu pregunta es correcta porque en el ensayo no trato directamente la cuestión de la justicia. Con posterioridad a la publicación de este libro, he comenzado a trabajar el vínculo entre memoria y el discurso internacional de los derechos humanos porque creo que el discurso de la memoria y el discurso de los derechos humanos tienen fortalezas y debilidades, y en cierta medida vincularlos puede ser complementario. La separación conceptual entre memoria y justicia es problemática. Pero más allá de esta separación conceptual, más allá del accionar de la Justicia –que nunca puede ser total, nunca se va a poder enjuiciar a todos los responsables–, quienes sufrieron las consecuencias de la violencia estatal no podrán olvidar. La Justicia no habilita directamente el olvido de ese sufrimiento. La memoria del pasado debe mantenerse, aunque la Justicia pueda ser lograda. No se puede pensar que habrá una redención final con el logro de la Justicia. Redención es un término teológico; por lo tanto, en mi caso en particular, creo que el cumplimiento de la Justicia no tiene que ver con una redención posterior de la memoria.

–Si la dupla memoria y justicia es problemática, ¿más problemática es justicia y olvido?

–Sí, efectivamente justicia y olvido tienen una relación problemática. Pero más allá de que la Justicia pueda otorgar una satisfacción o que pueda reconfortar a quienes sufrieron directamente violaciones a los derechos humanos o a los familiares, eso no significa que la Justicia va a absolver a una sociedad. La Justicia argentina no absuelve a la sociedad de su propia responsabilidad durante la dictadura. En general se distingue entre víctimas y victimarios, pero hay que introducir una tercera distinción: la idea del beneficiario. Hay quienes se benefician de las violaciones a los derechos humanos y no son meramente espectadores imparciales, sino beneficiarios directos. En el caso de los países latinoamericanos, como Chile o Argentina, la violación a los derechos humanos benefició a las políticas del Consenso de Wa-shington y las políticas neoliberales.

–La relación entre historia y memoria se ha convertido en una manzana de la discordia. Un ejemplo serían los intensos debates políticos, jurídicos y culturales sobre la Guerra Civil y el régimen franquista en España. ¿Qué podría agregar sobre esta cuestión ahora que fue suspendido el juez Baltasar Garzón?

–No estoy al tanto de la coyuntura política actual de España. Sí puedo decir sobre la Ley de la Memoria Histórica que tengo cierto escepticismo, en el sentido de que dudo de que sea posible legislar sobre la memoria histórica. Admiro lo que ha hecho Garzón porque logró movilizar y hacer viajar el discurso de la memoria histórica y la justicia desde España hacia América latina. Sería interesante preguntarse en qué medida la intervención del juez Garzón en el caso de Pinochet aceleró los debates que surgieron en España sobre el propio pasado franquista. Podríamos hablar de una especie de boomerang en el que ese discurso de la justicia va y viene. Lo interesante del caso español es que hay que tener en cuenta el tiempo que pasó hasta que se pudo volver a debatir sobre los crímenes del franquismo. Las fuerzas militares tras la muerte de Franco seguían siendo muy fuertes. Por lo tanto no hubiera podido ser posible construir un discurso acusatorio de la manera de actuar del franquismo como sí hubo en la Argentina respecto del terrorismo de Estado.

Huyssen acomoda sus pequeñas anotaciones y promete regresar a Buenos Aires con un nuevo libro bajo el brazo. Una frase de Nietzsche, que el alemán recuerda en uno de sus ensayos, queda rebotando en el aire: “Sólo lo que no deja de herir permanece en la memoria”.
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Jueves, 13 Mayo 2010 07:23

Arrancó el juicio a Garzón

Un juez del Tribunal Supremo español mandó ayer a juicio oral una causa contra Baltasar Garzón, aguándole casi todas sus posibilidades de exiliarse en la Corte Penal Internacional de La Haya. En un extenso auto, el magistrado Luciano Varela defendió la apertura de un proceso contra Garzón por el delito de prevaricato, aunque no le puso fecha. El texto sostiene que el juez que ordenó la detención de Augusto Pinochet en 1998 actuó contra la ley diez años después, cuando intentó investigar los crímenes del franquismo. “Intentó asumir el control de las localizaciones y exhumaciones de cadáveres de víctimas de la represión civil y militar”, argumentó en el auto. Según la acusación, presentada por dos organizaciones de derecha, Garzón fue más allá de su jurisdicción e ignoró la amnistía que garantiza hace más de 30 años la impunidad de los represores franquistas. Ahora la decisión final la tendrá el Consejo Superior del Poder Judicial (CSPJ). Mañana se reunirán en una sesión extraordinaria para decidir la suspensión cautelar de Garzón. Si la aprueban, el juez no podrá ser transferido a La Haya.

La decisión de abrir el juicio oral no puede ser apelada. El anuncio sorprendió a algunos, aunque varios analistas españoles esperaban que el acusador de Garzón reaccionara ante la posible salida del juez del país, para ocupar una asesoría junto al fiscal de la Corte Penal Internacional, el argentino Luis Moreno Ocampo. La respuesta de Varela llegó justo cuando el CSPJ, el máximo órgano de decisión sobre los jueces del país, analizaba el pedido de Garzón para prestar servicios especiales ante La Haya. El consejo llegó solamente a enviar la consulta de rutina a la Cancillería. Antes de tomar una decisión debe tener el visto bueno del Ejecutivo y muy probablemente esa respuesta no llegue antes de la sesión extraordinaria, convocada para mañana. Por eso, la predicción que imperaba ayer en Madrid era que Garzón enfrentará su continuidad en la Audiencia Nacional mañana.

El juez que ganó fama mundial por perseguir, procesar y condenar a dictadores y represores de todo el mundo está siendo investigado por tres causas. Se lo acusa de haber violado los derechos de dirigentes presos del conservador Partido Popular al ordenar espiar sus conversaciones con sus abogados, y de haber provocado un conflicto de intereses, al recibir dinero del Banco Santander durante unos cursos que dio en la Universidad de Nueva York.

Pero el primero en llegar a juicio es el que más repudio causó en España y en el mundo entero, y el único en que no participa la Fiscalía Nacional. Dos organizaciones de derecha, el sindicato Manos Limpias (que no tiene representación en ninguna empresa española) y Libertad e Identidad, acusaron a Garzón de extralimitarse al ordenar la apertura de causas por los crímenes cometidos por el franquismo, tanto durante la Guerra Civil (1936-1939) como durante la dictadura, que duró hasta 1975. La Falange Española, heredera del partido único del régimen dirigido por Francisco Franco, también había presentado una querella similar, pero finalmente fue separada del proceso por no cumplir con los tiempos procesales.

El juez Varela les dio la razón a estas organizaciones y ordenó abrir un juicio, que podría terminar en una condena de hasta 20 años de inhabilitación. “El acusado no puede tratar de justificar su irresponsabilidad penal con el pretendido objetivo de favorecer a las víctimas de la Guerra Civil”, argumentó el juez en su auto de procesamiento, difundido ayer.

En cambio, la Fiscalía Nacional sostiene que no hay pruebas de prevaricato en ese caso y, por eso, no se sumó a las querellas en la acusación y había cuestionado la eventual apertura de un juicio. Según la Fiscalía, Varela no puede abrir un proceso si un fiscal de la Nación no participa de la parte acusadora. Sin embargo, en su escrito Varela se basó en un antecedente del llamado “caso Ibarretxe”, en el que el Tribunal permitió la apertura de un juicio penal a instancias sólo de una acusación popular. El pasado 7 de abril el juez Varela había instado a los querellantes a presentar sus escritos de acusación contra Garzón para abrir a partir de ese momento el juicio oral al magistrado. Cuando lo hicieron, los escritos presentaban defectos de forma y, en vez de rechazarlos, Varela se los devolvió con correcciones. Falange, según Varela, fue el único querellante que no llegó a volver a entregar el escrito a tiempo.

La actitud de Varela le valió una recusación de Garzón, que fue rechazada por el Tribunal Supremo. Sin embargo, si el juicio oral avanza y Garzón es suspendido mañana, presentará otro recurso contra Varela, esta vez ante el máximo tribunal posible, la Corte Constitucional. Garzón argumentaría que Varela vulneró sus derechos constitucionales al mostrar parcialidad a favor de sus denunciantes.
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El tiempo psicológico de algunos lectores es un raro animal que no se mueve. Está inerte –o eso parece– con la memoria surfeando sobre un puñado de textos vivos que, curiosamente, metabolizan al escritor congelando su ciclo vital. El autor, para estos lectores, sufre una especie de “síndrome de Peter Pan”, la persona que nunca crece. La edad estancada o imperceptible se desplaza entonces a los arrabales del ser. Importa poco o nada. Se sustrae de lo real, o al menos de la realidad de esos lectores. Pero de pronto llega una noticia, la de un cumpleaños, y algunos se quedan boquiabiertos cuando advierten los kilates del número. O con los ojos como platos perfectos. Redondos, ante un número redondo. Juan Gelman cumple hoy 80 años. Aunque algunos se resistan a creerlo, el tiempo pasa. Quizás aliente, sin querer, ese ateísmo cronológico el propio poeta, cuyo rostro revela muchos menos años que lo que se espera encontrar cuando se escucha el peso de la palabra “octogenario”.
 
El “pibe taquito”, apodo con el que se lo conoció por los picados que jugaba en el barrio de Villa Crespo, Juan a secas a Juanito –orgulloso hincha de Atlanta–, está averiguando, por esa manía que tiene la edad de golpear a su puerta, de qué se trata tener 80. En México, donde reside, va a festejar junto a su mujer Mara y a su nieta Macarena “como se dé”, confiesa Gelman a Página/12, recién llegado de un largo viaje por Lisboa, Galicia y Madrid. Esa voz indomable y compañera le resta importancia al asunto de la fiesta. Rehúye las pompas, los fuegos de artificio, la solemnidad. Pero sabe que muchas copas imaginarias de lectores, amigos y tantos hijos espirituales que supo cosechar se alzarán en el mundo entero para brindar por el poeta argentino más querido y reconocido, quien sigue escribiendo, a pesar de que “la señora” –la poesía– solicitada por muchos pretendientes, no lo visite todos los días. No puede ni invocarla ni convocarla. Ella llega cuando quiere.
 
La tribu de los justos
 
En su último libro, de atrasálante en su porfía (Seix Barral), asalta el sentimiento de orfandad de un par de poemas. Tal vez la orfandad, a contrapelo de lo que se cree, se intensifique con las antojadizas telarañas del tiempo. En la poesía de Gelman “cinturonea” la insuficiencia del lenguaje; la desesperación que despierta un poema, leemos en uno de sus versos, calla sabiamente entre sílabas. “También aparece la insuficiencia de la lengua y sus límites –aclara el poeta–; pero en este mundo padecemos de muchas orfandades, de una vida de verdad, sin ir más lejos”. Juan estuvo lejos de su casa mexicana. Anduvo por Lisboa para presentar la traducción al portugués de Bajo la lluvia ajena, ilustrado con aguafuertes de Carlos Alonso, publicado originalmente en 1984, pero reeditado el año pasado por Libros del Zorro Rojo. En Santiago de Compostela recibió el galardón que lo acredita como “Escritor Gallego Universal”; en Madrid asistió a la entrega del Premio Cervantes otorgado al mexicano José Emilio Pacheco, a quien se le cayeron los pantalones, casi hasta la altura de las rodillas, al ingresar al Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Gelman dio una charla en esa universidad a diez años de la muerte del poeta español José Angel Valente.
 
“¿A proceso por su intento de juzgar crímenes de lesa humanidad?”, escribió el poeta en un artículo publicado por el diario español El País, en el que expresa su estupor por el auto del Tribunal Supremo de España para juzgar al juez Baltasar Garzón, el único juez ante quien se podía denunciar la desaparición y muerte de familiares. “No había otro en el mundo dispuesto a escuchar el relato de los crímenes cometidos por la dictadura argentina”, recuerda Gelman, que se reunió por primera vez con el magistrado español en 1997. Tras años de investigación, el poeta localizó en marzo de 2000 a su nieta Macarena. A Garzón lo volvió a ver en 2000, en esa ocasión para querellar a los represores de la dictadura uruguaya que asesinaron a la nuera de Gelman y le robaron a Macarena. La esperanza de justicia está marchita; la fábrica que produce masivamente miedos y olvidos está trabajando a gran escala, esquivando fronteras, avasallando la memoria de centenares de miles de familiares. “En la Argentina hay jueces que violan el derecho de gentes, el derecho humanitario internacional, la moral y la ética más corrientes”, advierte el poeta. “Pero Garzón no pertenece a esa tribu y que lo juzguen por hacer justicia, no se entiende.” Del derecho y del revés, el asunto esquiva las hilachas de la comprensión. “No lo entendemos en América latina, tampoco en otras partes del mundo”, agrega.
 
En el discurso de aceptación del Premio Cervantes, Juan alertó sobre la equivocación de quienes afirman que “no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas”. ¿Por qué a través de los grandes medios de comunicación se está volviendo a proclamar esta retórica de “reconciliación”? ¿Se aprendió algo de la experiencia del horror de la dictadura o al poner en duda la demanda de justicia la sensación es que “todavía estamos en pañales”? “Se podría pensar en un retroceso de la lucha por la demanda de justicia, un vacío que permite la prédica de la reconciliación a la que contribuyen en la práctica ciertos jueces que todos conocemos. O en una fatiga de quienes insisten en esa demanda, o en los más de 30 años transcurridos, o en el acoso de los grandes medios al gobierno nacional. Pero no es una lucha que asumió la mayoría de la sociedad argentina. Nunca”, plantea el poeta.
 
La persecución del nombre
 
“El que siempre me revisa el ser/ es otro, disperso/, extraño. Dicta su lección/ en una calle por donde nunca pasé (...)”, se lee en el poema “Sentirlo mucho” de su último libro. El proceso poético, afirma Juan, es comparable a experiencias místicas porque, en él, “el individuo sale de sí mismo”. Pero Gelman sabe también que hay que internarse “en uno mismo” para limpiar mucha maleza hasta “llegar a la posibilidad de una expresión más verdadera de uno mismo y del mundo”. La infancia, ese tren con un solo pasajero, arremete con recuerdos que lo visitan con mayor persistencia en este último tiempo. Enumera despacio, tranquilo, esas “apariciones” de la primera infancia: “la calle Canning/Scalabrini Ortiz de tierra, el lechero con una vaca, la multitud del entierro de Gardel que pasó por la esquina de mi casa, las peleas con mi hermana, el cariño de mi hermano mayor, la juntada de papel plateado de los chocolates y los paquetes de cigarrillos para ayudar a los republicanos españoles, cuando peinaba el cabello de mi madre, azul de puro negro, los silencios de mi padre, el fútbol en la calle con una pelota de papel atado con cordones y eludiendo a los tranvías, en fin, un montón de cosas”. Y aclara: “No busco esos recuerdos, aparecen por su cuenta a veces”.
 
Si “cada libro es obediencia a una obsesión particular que buscaba agotarse”, Gelman revuelve sin cesar hasta que tiembla la lengua, el verso, la sintaxis, las certezas sobre lo que opera en su poesía, como si tuviera siempre un conejo para sacar de su galera para “hermosear” el abismo. O un resto por donde rumbear a la intemperie. Tal vez las esquirlas que deja de ese temblor estén postuladas en “Restos”: “Cuando la lengua se olvida del lenguaje/ asoman los restos nocturnos./¿Qué hace ahí la palabra/ arrastrada a pensar los siglos tristes?”. “La obsesión es la misma: la persecución del nombre que no tiene nombre”, subraya Juan, con la fortaleza del cuello inclinado “sobre los desgarrones de uno mismo”. No debería asombrar que el poeta, cuando se estaba arrimando a los ochenta, afirmara en “Raro raro”: “Extraña es la poesía./Un poema que empieza con/ las cláusulas del día sigue/ en lo que no se ve”.
 
Fantasmas
 
La lengua no alcanza a decir su trabajo. El poeta sabe que tropieza con la misma piedra. Lo aprendido no sirve; escribe en la noche y muere en cada renglón, en cada instante. Los obstáculos, lejos de paralizarlo, son el pan de cada día, un estímulo para lidiar con los fantasmas. Gelman encontró en la poesía una manera de vivir. “Poesía, apurémonos antes/ de que la oscuridad sea completa”, interpela con urgencia a sus compañeros de ruta en un verso reciente. Sin embargo, Juan no se hunde en un nihilismo sin fondo. El poeta dice que “encuentra algo de luz, si la encuentra en sí mismo, un largo trabajo”, menuda búsqueda que emprendió, cabe recordar, hace más de cincuenta años. “Los neologismos nacen de una necesidad expresiva y de ninguna otra cosa, y menos de la voluntad”, explica Gelman. “La evolución que encuentro en relación a poemas anteriores es que cada vez uso menos los neologismos”, añade. ¿Qué fantasmas, parafraseando a Juan, vuelven a la lengua en un sollozo mudo? “Los compañeros muertos, la injusticia social, la miseria, los niños menores de cinco años que mueren de enfermedades curables, felicidades perdidas y más”, señala el poeta ese inventario de fantasmas que regresan.
 
El único pergamino que le faltaría recibir es el Premio Nobel de Literatura. ¿Piensa en el Nobel de vez en cuando? Sí, responde. “Pienso en los que lo recibieron inmerecidamente y en los que merecían y no lo recibieron, como Borges.” No sabe Juan por qué se reitera en su último libro el concepto de tartamudeo y balbuceo. “Tal vez mis poemas sean tartamudos”, ironiza. ¡Salud a Juan, el entrañable poeta que hermosea la vida!

Por Silvina Friera
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Las marchas en apoyo al juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón y contra la impunidad del franquismo tomaron las calles en España, exigiendo "memoria y libertad" e "impunidad nunca más".

"¿Por qué las víctimas del franquismo van a tener menos derechos que las víctimas del pinochetismo?" El portavoz de la ONG Human Right Watch, Reed Brody, se hacía esta pregunta en una Puerta del Sol abarrotada de oyentes. Sólo eran una parte de los miles de participantes en la marcha convocada por la Plataforma contra la impunidad del franquismo en Madrid, en la que se dieron cita destacados representantes de la cultural, la política y la sociedad civil y por la que sobrevoló un grito unánime: "No a la impunidad" .

La de Madrid fue la cita más multitudinaria, pero no la única. A lo largo del día se celebraron más de una veintena de movilizaciones en defensa del juez Baltasar Garzón, acusado por el Tribunal Supremo de prevaricación por investigar los crímenes del franquismo, y como muestra de solidaridad con los familiares de las víctimas que reivindican la dignidad de sus seres queridos. Los manifestantes también salieron a la calle ante las embajadas españolas en Londres, París, Dublín, Lisboa, México DF y Buenos Aires.

Cortes tardíos


Los integrantes de la Plataforma contra la impunidad del franquismo llegaron con tiempo a los alrededores de la Plaza de Cibeles para preparar la salida, pero de poco sirvió. El tardío corte del tráfico en la calle Alcalá, que algunos asistentes consideraban intencionado, dejó atascados a un buen número de coches y obligó a cambiar el punto de partida de la cabecera hasta el Círculo de Bellas Artes. Escritores y artistas como Luis García Montero, Pilar Bardem, Charo López y Juan Diego Botto se mezclaban con víctimas como Gervasio Puerta, presidente de la asociación de ex presos políticos antifranquistas, y familiares como Ángeles Martín, a cuyo padre mataron en 1942.

En primera línea estuvieron el coordinador de IU, Cayo Lara, el diputado de la federación, Gaspar Llamazares, y, en representación de la Ejecutiva Federal del PSOE, Pedro Zerolo. También acudieron más de una quincena de diputados socialistas. Entre ellos, Delia Blanco, Antonio Gutiérrez y Manuel de la Rocha. Además asistieron varios parlamentarios autonómicos, una decena de concejales del Ayuntamiento de Madrid y la práctica totalidad de las agrupaciones locales aunque Tomás Gómez no fue. También hubo representantes de UGT. Salvo Cándido Méndez, casi todos los miembros de su Ejecutiva.

La marcha discurrió con tranquilidad, pasado el descontento inicial, entre cánticos en defensa del magistrado y en contra de la impunidad. "El genocidio no prescribe"; "Garzón, amigo, el pueblo está contigo"; "Fuera fascistas de la judicatura"; "Ni un paso atrás. Esta batalla la vamos a ganar" fueron las consignas más entonadas junto a la petición de "memoria y libertad".

Una vez en la Puerta del Sol, que se quedó pequeña para acoger a todos los participantes en la manifestación, los sentimientos de las víctimas y sus familiares estaban a flor de piel. Muchos sentían que estar ahí "era un deber". Por unos abuelos, por un padre viudo con cuatro hijos, por una madre que murieron fusilados .
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Sábado, 17 Abril 2010 09:19

Transición y democracia en España

La muerte biológica del dictador en 1975 puso al descubierto la debilidad de la izquierda para imponer una dirección al proceso de transición y constató la fuerza del franquismo. La derecha española tomó buena nota de la revolución portuguesa de los claveles, que acabó con la dictadura iniciada por Salazar y continuada por Marcelo Caetano el 25 de abril de 1974. Para los franquistas más preclaros, conducir la locomotora de los cambios políticos era necesario. Significaba controlar los tiempos y determinar el mapa de ruta. En esta dinámica su reconversión ideológica se acelera. Tocaba emprender la "modernización política". Dotar al país de un sistema competitivo de partidos y facilitar la transición del fascismo a la monarquía con la aquiescencia de las democracias occidentales. Todo fue ponerse. El diseño de Franco ganaba enteros. La reivindicación republicana de la izquierda se aparcó. El PSOE renunció sin ambages a su defensa y el Partido Comunista lo hizo a cambio de su legalización en 1977. En la primera etapa de la transición, los símbolos republicanos fueron censurados y perseguidos. También una parte de la izquierda maoísta o trotskista acabará sucumbiendo a los encantos del monarca. Su defensa del voto afirmativo a la Constitución de 1978 significaba aceptar implícitamente a la corona. Tampoco los nacionalistas catalanes se quedaron atrás. En los debates de la comisión redactora de la Constitución se rechazó explícitamente cualquier opción de plantear la idea de una España plurinacional. Autonomías sí, federalismo no. La monarquía reconoce sólo una nación: la española. Fue éste el motivo del nacionalismo vasco para no apoyar el sí a la Constitución y la causa del actual diferendo sobre el nuevo estatuto catalán, cuestionado por el PP al incluir el término nación. El caso sigue en el Tribunal Constitucional, aunque fuese aprobado en referendo y ratificado por las cortes generales.

La llamada apertura política quedó en manos del franquismo y sus aliados. En él coexistían liberales, socialcristianos, conservadores, republicanos, antimonárquicos o nacionalistas. Su lazo de unión era el anticomunismo. Ninguno de ellos albergaba convicciones democráticas. Por tanto, para entender el régimen nacido del posfranquismo debemos considerar la siguiente premisa: no todo lo que lucha contra una dictadura fascista es democrático. Ha sido esta circunstancia lo que lleva a grandes equívocos en la actualidad. No se puede hacer virtud de la necesidad.

Por otro lado, la guerra civil seguía y continúa siendo un argumento para limitar y frenar los cambios democráticos. ¿Cómo si no entender la negativa a juzgar los crímenes de lesa humanidad cometidos durante los 40 años de dictadura fascista? El miedo se utilizó y utiliza como arma arrojadiza. Se debe buscar la reconciliación y olvidar el pasado. Borrón y cuenta nueva. Franco y sus alzados ganaron la guerra civil y no es posible cuestionar su triunfo. Más aún si sus resultados han traído el bienestar a la patria.

Una sociedad desmovilizada y con miedo era y es fácilmente manipulable. El franquismo social anidaba y persiste en la cabeza de no pocos españoles. Franco no crea fobias. Su imagen se asocia a la de un viejito bonachón cuyo esfuerzo estuvo dirigido a buscar el bienestar de sus conciudadanos. No en balde la España rural, pobre y caciquil de los años 40 y 50 cedió su lugar a un país urbano, industrializado, de clases medias, en el cual impera la democracia orgánica. Los ideólogos del régimen atribuyeron los logros al desinteresado esfuerzo de su caudillo. Solamente había un requisito para vivir en paz: "no se meta usted en política", vivimos una democracia orgánica. Más demócrata que Franco, ninguno.

Esta iconografía del tirano como un hombre de Estado absorto en cuerpo y alma al servicio de España se proyecta en la actualidad en quien fuera uno de sus más cercanos colaboradores, Manuel Fraga Iribarne. Durante el franquismo fue director general de organismos públicos, ministro de Información y Turismo, embajador y académico. Su carrera continuó en el primer gobierno de la monarquía ocupando el cargo de ministro del Interior. Como tal ejerció una brutal represión contra los demócratas provocando decenas de muertos, presos y detenidos. Allí acuñó su frase "la calle es mía". Posteriormente funda Alianza Popular. En 1977 es elegido diputado, formando parte de la comisión redactora de la constitución. Eurodiputado en 1987, también fue tres veces presidente de la Xunta de Galicia, votado por mayoría absoluta de sus paisanos. Hoy es senador y presidente de honor del Partido Popular. Al referirse a Franco apostilló en 2008: "...con Franco siempre era posible entenderse. A pesar de todo, era un hombre muy inteligente...". Asimismo considera "insultar la historia de España" el retirar los bustos o imágenes del dictador de pueblos, ciudades e instituciones públicas. Pero su historial no importa. Para millones de españoles Fraga es un perfecto demócrata. Es, de igual forma, querido, respetado y venerado. Cuando muera seguramente habrá luto nacional y tendrá funerales de Estado.

Durante la "transición" Fraga fue un referente para los poderes fácticos. Sus palabras no caían en el vacío. En medio del proceso constituyente sintetizó magistralmente los términos del debate dejando claro que tras la apertura política no habría ruptura democrática, sino una reforma al propio interior del régimen. No había qué temer. Quienes mandaban lo seguirían haciendo con el visto bueno del PSOE y el PCE, y la alternancia se barajaba como parte del juego político. El mensaje tranquilizó a las fuerzas armadas y las aguas volvieron a su cauce. Suárez dejó de ser considerado un traidor. Unión de Centro Democrático ganará las dos primeras elecciones. La oposición de izquierda, liderada por el PSOE y en menor medida por el PCE, sucumbía. Domesticada y transformada en defensora de la monarquía, sus líderes, Felipe González y Santiago Carrillo, consintieron implícitamente una ley de punto final. Fraga tendría razón, el régimen franquista logró sobrevivir en otro cuerpo. Cuando los demócratas alertaban de los límites del cambio y eran conscientes de la claudicación del PCE y el PSOE, de las reivindicaciones republicanas, Manuel Fraga Iribarne salió en su defensa. Asimismo, cuando la derecha social pedía explicaciones y no entendía por qué había que desmontar el franquismo, Fraga aclaró: "no estamos en presencia de una ruptura democrática, emprendimos un camino de reformas, apuntillando, y sólo se reforma aquello que se desea y quiere preservar".

La transición fabricó un traje a la medida para que la derecha gobernara y la izquierda domesticada pudiera hacerlo sin sentirse incómoda. La derecha unió todos los retales del franquismo formando el Partido Popular y la izquierda mutó de lobo feroz a manso corderito. El gatopardismo se hizo carne. En España todo cambió, pero sus cimientos fascistas no se tocaron. Hoy, el traje está pasado de moda y deshilachado, nuevas luchas democráticas cuestionan su hechura. ¿Será la hora de nuevos sastres y de un traje democrático?

Por Marcos Roitman Rosenmann
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La Argentina procesó su pasado de plomo primero con la Justicia que comenzó a actuar con el juicio a las juntas de 1985. Luego, con la interrupción de la investigación judicial, vino la etapa de la memoria. Y la Historia llegó más tarde. Tras la muerte de Francisco Franco y la transición a la democracia, España decidió no hacer justicia y tampoco encaró políticas públicas o particulares de memoria. Los historiadores, en cambio, trabajaron desde un principio. Recién con el primer ministro José Luis Rodríguez Zapatero y su Ley de Memoria Histórica España destapó la olla de la dictadura franquista (1936-1975), a lo cual se agregó la intervención judicial de Baltasar Garzón desde el 2008.

Julián Casanova tiene la rara característica de actuar en los tres planos. Es historiador profesional y catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, Aragón. Escribió, entre otros libros, La Iglesia de Franco y Víctimas de la Guerra Civil, se interesa por las políticas de memoria vinculadas con la educación e interviene con frecuencia en el debate político cotidiano.

En un diálogo telefónico con Página/12 Casanova aceptó ponerse sus tres sombreros.

–El nacional-catolicismo español es parecido al integrismo argentino. Usted investigó a fondo al primero y su relación con el régimen de Franco.

–La Iglesia Católica se comportó como un bloque muy homogéneo durante casi todo el franquismo. Reverdeció el mito medieval y por supuesto no escuchó ni los disparos ni la represión. Pero la situación social a partir de los años ’60 empezó a modificar los esquemas. El éxodo rural a las ciudades fue cambiando las cosas y aparecieron percepciones nuevas. Antes los sacerdotes no tenían conexiones con el mundo obrero. Cuando los campesinos se convierten en obreros de las grandes ciudades también aparecieron las comunidades cristianas de base y los sacerdotes relacionados con los nuevos trabajadores, a veces todos juntos en movimientos de tono asambleario y casi libertario. No olvidemos que ya existía la Teología de la Liberación y que el Concilio Vaticano II funcionó a principios de la década de 1960.

–¿Cómo estaba la Iglesia cuando a fines de 1975 muere Franco y luego con el comienzo de la transición democrática?

–Dividida. Ya no era aquel bloque monolítico.

–¿Por la pastoral obrera?

–No solamente. También había divisiones en la jerarquía. El cardenal Vicente Enrique y Tarancón apoyó la transición democrática mientras otros dignatarios aún lloraban la muerte de Franco. Al revés de la Iglesia, el ejército sí era todavía un bloque monolítico y estaba dirigido en parte por quienes todavía reivindicaban un ejército de guerra, prolongación de las fuerzas que habían vencido en la Guerra Civil y gobernado con Franco entre 1936 y 1975. La paradoja es cómo evolucionaron las dos instituciones.

–¿Cuál sería la paradoja?

–La jerarquía de la Iglesia Católica, ya sin Tarancón, volvió a hacerse monolítica. Hoy es monolíticamente reaccionaria. Y el ejército, en cambio, no está en la batalla de reivindicación del franquismo que vemos hoy en otros sectores. Si no estaríamos oyendo ruido de sables.

–Y no los oyen.

–No, claro que no. No se escuchan desde febrero de 1981, cuando el mundo asistió a la imagen extraordinaria de Antonio Tejero, aquel personaje que entraba a tiro limpio en un Parlamento de Europa occidental.

–¿Cuáles son algunos de los signos visibles del monolitismo que usted atribuye a la jerarquía eclesiástica española?

–Su peso permanente, en buena medida en aumento durante el papado de Juan Pablo II, que ejerció una influencia de homogeneización. Por ejemplo, no quiso ni negociar en la cuestión del aborto.

–A pesar de que el Congreso la votó por mayoría.

–Exactamente.

–¿Los gobiernos democráticos atacaron a la cúpula de la Iglesia?

–No. Al contrario. Ni siquiera cortó los conciertos subsidiados en los colegios católicos. Tampoco cuestionó las beatificaciones de Juan Pablo II a figuras de la historia española.

–¿A quiénes beatificó?

–A mártires de la Guerra Civil. Pero ése no es el punto. El punto, en relación con su pregunta sobre la actitud de los gobiernos democráticos, es que ningún papa había realizado beatificaciones y canonizaciones antes, en vida de Franco. Todas ocurrieron de la transición en adelante, cuando paradójicamente se fueron muriendo todos los últimos exponentes de la cruzada franquista.

–¿Qué pasó con aquellos movimientos asamblearios dentro de la Iglesia?

–La jerarquía los fue asfixiando. Hay algunos restos. De vez en cuando alguno levanta la mano, pero no tienen espacio.

–En los años ’60 el Opus Dei actúa como fuerza modernizadora dentro del gobierno de Franco. ¿Qué ocurre después?

–Efectivamente es así. El Opus Dei ingresa al gobierno en 1957 y no lo deja hasta 1974. Controla el final del franquismo. Después abandona la política directa y no pesa en la transición democrática. Sin embargo, sigue pesando en sectores de poder y en miembros de la jerarquía, sobre todo con Juan Pablo II.

–La transición se basó, entre otras cosas, en no perseguir los crímenes del franquismo, ¿no es verdad?

–La administración del Estado franquista fue desmontada sin demasiados problemas. No se buscaron responsabilidades y no se buscó a la gente comprometida con el régimen. Salvo expresiones y atentados residuales, el proceso de transición se realizó sin grandes resistencias de grupos ultraderechistas desde dentro de la administración. Esta es la gran paradoja de la transición española: ni las fuerzas relacionadas de alguna manera con las víctimas del franquismo protestaron y exigieron que la transición fuese más allá, ni la ultraderecha, debilitada, pudo oponerse a la propia transición. Fue muy impresionante, por otra parte, el nivel de manejo y de dominio del ritmo político evidentes en los franquistas que aterrizaron en la transición, como el presidente de gobierno Adolfo Suárez.

–Y se produjo el destape.

–Pero a la vez siguió el miedo.

–¿Miedo a qué?

–No olvidemos que los españoles estuvieron educados durante muchos años en la cultura política del orden y la estabilidad. Temían los desórdenes y las protestas. Temían un nuevo trauma. Y los discursos que explotaron ese miedo fueron claves y calaron hondo en la sociedad. Pero tengamos en cuenta también una cosa importante: todos, incluso los sectores más reaccionarios, entendieron que la democracia traía beneficios. Era conveniente para todos.

–En los últimos años, con la Ley de Memoria Histórica y decisiones como la del juez Garzón, ¿volvió el miedo?

–Es distinto. Sucede como si todo el mundo hubiera acordado en un momento que el pasado estaba directamente en el olvido. Y ahora todos se comportan como si les estuvieran cambiando un poco la historia. Pensaron que la habían superado y ahí está.

–¿Fue así?

–Lo fue a nivel masivo. No se trata de miedo a volver al pasado. Es el miedo a que les cambien la historia. El miedo se refiere no tanto a la Guerra Civil sino a la posguerra, a la dictadura, a la represión sistemática. Insisto: lo digo en términos masivos, porque la verdad es que los historiadores veníamos trabajando duro y con precisión en el estudio del franquismo e incluso de sus crímenes.

–¿Cómo juega en este proceso la intervención de Garzón?

–De hecho les dio una proyección masiva e internacional a los temas que los historiadores ya veníamos trabajando. Más allá de que un juez es un juez y un historiador tiene un oficio distinto, no es lo mismo para la visibilidad de un tema la intervención de un juez con prestigio internacional que el trabajo de un historiador capaz de vender, con suerte, 20 mil ejemplares de un libro. Con definiciones como la de Garzón estaba claro que a las instituciones en general no les iba a quedar más remedio que involucrarse.

–¿Para usted es positivo el proceso?

–Al principio, cuando comenzó a discutirse el tema de la Memoria Histórica, no había dudas de que era buena oportunidad de difundir el conocimiento. Siempre hay que saber. Es una forma más de evitar que el pasado traumático pueda volver en algunas de sus formas. Y habría sido bueno para recuperar una parte larga de la historia del siglo XX. Es inconcebible que no haya en España museos, memoriales, sitios donde reflexionar masivamente sobre lo que ocurrió. Cuando se pase la bronca política de hoy, ¿qué quedará? Habrá que reconstruir en los archivos, contribuir a la memoria, dar materiales para la educación. Y hay muchas discusiones pendientes. ¿Qué debe borrarse del pasado? Es obvio que no puede vivirse con todas las calles que se llamaban Generalísimo o Francisco Franco. Pero, ¿hay que sacar todo? Quitaron todas las placas de conmemoración del franquismo. ¿No había que dejar por lo menos una parte para que se entendiera el propio franquismo? Si no, se acaba borrando las memorias de los otros.

–Incluidas las víctimas.

–Incluidas. Y ya que habla de las víctimas, permítame aprovechar para aclarar algunas cosas para los lectores argentinos. Puede ser que se haya interpretado la decisión de Garzón de sentirse en condiciones de entender en los crímenes del franquismo como algo con una consecuencia directa: que Garzón iba a por los verdugos.

–Supongo que los verdugos, en su mayoría, murieron.

–Claro. Y otro punto es el de los desaparecidos. Hubo desaparecidos en la Guerra Civil y puede haber habido algunos después, pero ésa no fue la norma represiva del franquismo.

–¿Cómo reprimió Franco?

–Lo predominante no fueron las desapariciones al estilo de la represión argentina, porque Franco fusilaba. Por supuesto que los acusados no tuvieron un juicio justo, pero no hay mayores misterios. Los investigadores registramos los asesinatos. Conocemos sus nombres. Escribimos libros.

–¿Cuántos fueron?

–Por lo menos hay registrados 50 mil asesinados después de la Guerra Civil. Es una enormidad. Y la decisión de Garzón funcionó como un modo de hacer más visible ese tema. Lo atacan porque dicen que es un juez-estrella. Pero es su forma de que las cosas aparezcan en la superficie. Y, más allá de Garzón, una sociedad no puede vivir para siempre entre miles de muertes del pasado y en medio del silencio. Las muertes siempre merecen una retribución jurídica y política. Veremos cuál es, pero la merecen.

 Por Martín Granovsky
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El juez del Tribunal Supremo español Luciano Varela, que instruye la causa más famosa de las tres que afronta el magistrado Baltasar Garzón, en la que se lo acusa de haber ignorado la ley de amnistía al abrir el proceso contra los responsables de la dictadura franquista, dio un paso definitivo para llevar al acusado al banquillo. Varela transformó ayer el procedimiento judicial en un proceso abreviado, confirmando su auto emitido en febrero en el que sugiere una pena de hasta veinte años de inhabilitación a Garzón, lo que se traduciría en la práctica en el fin de la carrera judicial del juez que ha llevado la Justicia española más allá de sus fronteras, en célebres procesos contra dictadores latinoamericanos y ejecutores de políticas represivas en medio mundo.

El acusado había solicitado la comparecencia de personalidades judiciales a nivel mundial, entre ellos algunos jueces argentinos, como el miembro de la Corte Suprema de Justicia Eugenio Raúl Zaffaroni, uno de los que anuló las leyes de punto final y obediencia debida, pero Luciano Varela ayer las declaró improcedentes. No cesan las repercusiones políticas y hasta se ha organizado una manifestación en apoyo de Garzón para el próximo 13 de abril en Madrid convocada por los sindicatos Comisiones Obreras y UGT.

La resolución de Luciano Varela hecha pública ayer es una auténtica jugada de manual sobre cómo proceder cuando se quiere reventar la carrera de un juez. Al tiempo que negaba la comparecencia de los testimonios que Garzón llamó al estrado para que lo defiendan, Varela instruyó un procedimiento abreviado con el objetivo de acelerar los tiempos de la causa y hacerla coincidir con los otros dos procesos que enfrenta Garzón, uno por haber ordenado escuchas telefónicas a los implicados en el escándalo de corrupción que afecta al PP, conocido como “el caso Gürtel”, y otro por haber recibido dinero en concepto de pago por unos seminarios que dictó en una universidad norteamericana que estaban patrocinados por el Banco Santander, al mismo tiempo que instruía una causa contra Emilio Botín, presidente de la entidad bancaria.

Esta decisión de Varela de abreviar el procedimiento es un guiño directo al Consejo General del Poder Judicial, que se reúne hoy en Madrid y que puede dictar la suspensión provisoria de Baltasar Garzón ante la inminencia del juicio, una medida considerada habitual y que en los medios judiciales madrileños se da prácticamente por descartada.

Luciano Varela es un juez que proviene curiosamente del colectivo progresista Jueces para la Democracia, pero tiene un odio personal contra Garzón al que acusa de tener demasiado ego. Amigo personal de la vicepresidenta del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, Varela ha emprendido una cruzada contra el popular magistrado sabiendo que no está solo, sino que más bien cuenta con la anuencia de gran parte del sistema judicial en el que florecen las envidias y enconos contra Garzón.

Por si fuera poco, el juez que intentó llevar al estrado al dictador chileno Augusto Pinochet se ha quedado sin amigos políticos. Los socialistas han intentado una tibia defensa, incluyendo palabras elogiosas hacia él de parte del primer ministro José Luis Rodríguez Zapatero, pero en el Partido Popular le han hecho la cruz luego de la instrucción del caso Gürtel, en el que aparecen implicados muchos de sus más importantes dirigentes.

Con la resolución tomada ayer Varela le da ahora diez días a las partes implicadas en el proceso, entre ellas el seudo sindicato ultraderechista Manos Limpias, Falange Española –una organización sobreviviente de los tiempos de la dictadura franquista– y Libertad e Identidad, otra organización de ultraderecha fundada en 2006.

Una de las organizaciones que sí salió en defensa de Garzón es Amnistía Internacional, que ayer a través de su director en España, Esteban Beltrán, consideró “insólito” que el juez se tenga que sentar en el banquillo por haber intentado juzgar al franquismo. Se estaría enviando “un mensaje tremendo a otros países”, considera la organización que recuerda además que “las leyes de amnistía que han tratado de impedir en otros países verdad, justicia y reparación para las víctimas, en la mayoría de los casos han acabado o derogadas por tribunales supremos o por tribunales internacionales”.

Los sindicatos mayoritarios españoles, UGT y Comisiones Obreras también han decidido salir en defensa de Garzón y han convocado a un acto en su apoyo en la Facultad de Medicina el próximo 13 de abril. “Es muy importante que un país no sufra amnesia”, manifestó ayer Fernández Toxo, líder de Comisiones Obreras, quien hizo además una comparación muy pertinente al afirmar que “es un escándalo que organizaciones que en Alemania estarían ilegalizadas hoy, de suceder esto en aquel país, estén a punto de sentar en el banquillo de los acusados a un juez por el hecho de intentar poner a la luz lo que sucedió después de la Guerra Civil en España”. Los sindicatos también recogerán firmas en apoyo del juez en todas sus filiales provinciales.

Por Oscar Guisoni
Desde Madrid
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Jueves, 18 Marzo 2010 06:35

Inexpugnable Afganistán

En enero de 1842 el ejército británico abandonó Kabul; de los 16.000 soldados y civiles que intentaron dejar el reino, sólo un puñado llegó a salvo a la India. El 15 de febrero de 1989 los últimos soldados del Ejército Rojo cruzaron el puente de la Amistad sobre el río Amu-Daria; más de 15.000 de ellos perecieron desde 1979. En dos años, quizás tres, el ejército estadounidense, la mayor potencia del mundo con su material de alta tecnología, sus aviones espía y sus drones, seguido por sus colaboradores de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), se retirarán a su vez. ¿Cuántos hombres y mujeres habrán perdido? ¿Cuántos afganos muertos, cuántas ciudades bombardeadas, cuántos refugiados? ¿Y en qué estado se encontrará la región desestabilizada por la ampliación de las operaciones militares a Pakistán?

La historia se repite y Afganistán permanece inexpugnable con su geografía accidentada, con sus tribus y etnias dispares, con su feroz voluntad de independencia.

Por supuesto las diversas guerras que han asolado el país no son comparables: los contextos geopolíticos, los pretextos que se invocaron para iniciarlas y las consecuencias son diferentes. Si los británicos declararon abiertamente sus objetivos –defender los intereses del imperio y los mercados de la India-, los soviéticos y los occidentales se arroparon –y estos últimos se siguen arropando- con la bandera de la ética y los grandes principios para justificar sus cruzadas: salvar a los afganos de la barbarie, contra ellos mismos si fuera necesario.

Comparadas con las destrucciones provocadas por la guerra soviética y la estadounidense, las operaciones que llevaron a cabo los británicos (que incluso quemaron el bazar de Kabul en 1841) casi aparecen como naderías.

Sin embargo cuando Estados Unidos se lanzó a la aventura afgana en 2001 disfrutaba de todas las ventajas: la indignación levantada por los atentados del 11-S, el apoyo de la comunidad internacional confirmado por las resoluciones de las Naciones Unidas, un compromiso militar de la OTAN y de decenas de países y el descrédito del régimen talibán frente a los opositores armados, especialmente entre las etnias no pastunes.

Ocho años después las ilusiones se han evaporado y el presidente Barack Obama heredó una situación desastrosa. Pero el hombre que desde 2002 se pronunció contra la guerra de Iraq también proclamó durante su campaña electoral que Estados Unidos en Afganistán estaba librando una «guerra buena» contra el terrorismo de al-Qaida –más tarde aludió a una «guerra justa»- De ahí su decisión de aumentar, desde ahora a finales de 2010, el contingente expedicionario estadounidense a más de 100.000 soldados. Obama también ha seguido a George W. Bush en su voluntad de extender el conflicto al vecino Pakistán: ya se habla «Afpak», convertido en un único teatro de operaciones.

Sin embargo, al contrario de su predecesor y a pesar de sus discursos electorales, Obama ha perdido muchas de sus ilusiones de victoria. Como escribe el comentarista ultraconservador estadounidense Arnaud de Borchgrave, «todas las negociaciones giran en torno a la forma de acabar con la guerra, no sobre la idea de que se puede ganar» (1) Pero, ¿cómo terminar con las hostilidades?

La administración de Hamid Karzai, prorrogada después de amañar vergonzosamente las elecciones presidenciales, está desacreditada; los jefes de guerra responsables de numerosos crímenes de guerra siguen al mando en muchas provincias; los talibanes, aunque no gozan de un apoyo mayoritario, han ampliado sus bases. No existe ninguna solución viable sin la reconciliación nacional, incluida con la organización del mulá Omar (2). Pero el establecimiento de un gobierno de unidad nacional implica aislar a al-Qaida de los grupos insurgentes y asociarse con los vecinos de Afganistán, cuyas ambiciones a veces son antagónicas: Pakistán, Irán, Rusia y La India. No es una tarea fácil. Recordemos que la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán en 1989, que habría podido dar lugar a una transición pacífica, desembocó en una reactivación de la guerra civil debido a la voluntad estadounidense (y paquistaní) de humillar a Moscú.

Una importante lección se desprende de la historia afgana. Las guerras extranjeras, incluso aunque se lleven a cabo en nombre de los principios más nobles, agravan las crisis más que resolverlas. Los pueblos rechazan que los sometan a tutela. Estados Unidos, país emblemático de las expediciones fuera de sus fronteras desde hace al menos un siglo, debería abandonar la idea de que «el mundo le necesita, le escucha y aspira a que le dirija para garantizar finalmente el triunfo de la libertad» (3).

Alain Gresh
Le Monde diplomatique
Traducido para Rebelión por Caty R.

Notas:

(1) «Pakistan doubting US alliance», 1 de febrero de 2010, Newsmax.com.

(2) Ahmed Rashid, «A deal with the taliban? », The New York Review of Books, 25 de febrero de 2010.

(3) Leer Andrew J. Bacevich, en el dossier sobre Afganistán de Boston Review, enero-febrero de 2010, «Can the US succeed in Afghanistan?». Leer también «Le basculement du monde», Manière de voir, nº 107, octubre-noviembre de 2009.
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Miércoles, 10 Febrero 2010 06:18

Anatomía de la memoria

Por ahora la memoria carece de anatomía. La expresión por ahora tiene fecha de caducidad: es muy probable que en el futuro los científicos describan con exactitud los circuitos celulares, subcelulares y bioquímicos de la memoria. Sin duda, se desmenuzarán las características de las personas dotadas de buena memoria y los entresijos de quienes no cuentan con esa cualidad. Es probable que cuando eso suceda el destino de la humanidad será distinto. No habrá cómo escudarse en el reino del olvido. No será tampoco factible esconder el rostro detrás de esa máscara tan detestable con la que cubren sus rostros algunos sátrapas muertos y no pocos de sus colegas vivos bajo el execrable argumento: no sabíamos.
Memoria es tiempo y tiempo es memoria. Las interconexiones entre ambos definen muchas características del ser humano. El tiempo de Haití es parte de la desmemoria de la humanidad. La realidad de la devastación que asuela a Haití suma el poder de la catástrofe y la vileza de la calamidad. Aunque no es correcto hablar de responsabilidad de la naturaleza, su ocasional capacidad destructiva es una de las razones de las muertes producidas por desastres como los tsunamis o los terremotos. La otra razón, en muchas ocasiones, es la miseria generada por el ser humano. Pobreza y desastres son sinónimos.

A diferencia de las turbulencias de la naturaleza, los seres humanos sí somos culpables de las calamidades de otros seres humanos. La pobreza, el abandono, la desmemoria y la explotación sin fin son el sustrato de la desgracia de Haití, de la devastación en África por el sida y de la miseria de las comunidades indígenas en México y el resto del continente. Lo sucedido en Haití suma la saña humana y la violencia de la naturaleza. Representa también el peso de la desmemoria y la furia del tiempo que destroza cuando no se recuerda que todo, incluyendo el mismo tiempo, se agota. Regreso: memoria es tiempo y tiempo es memoria. Y agrego: la desmemoria no perdona y el tiempo no aguarda. Kafka lo dice bien.

Al reflexionar sobre Babel, Kafka explica que es falsa la idea de que la historia de Babel no pudo terminarse por la confusión de las lenguas. De acuerdo con sus lecturas, lo que sucedió fue otra cosa: la gente nunca se animó a poner la primera piedra porque pensaba que tenía tiempo. Sabemos la lección: cuando se tiene tiempo no hay razón para actuar. El corolario, de acuerdo con la visión kafkiana, probablemente cierta, es obvia: el ser humano sólo se mueve cuando el tiempo se agota. En Haití el tiempo se consumió. La memoria de la humanidad, aunque se activó por medio de la Organización de Naciones Unidas, fue parca y tardía. El tiempo de la naturaleza, aunado a la desmemoria de la condición humana devino catástrofe. Sólo la memoria vigorosa y ética puede domeñar el tiempo, el tiempo que se va, que se pierde, que destruye cuando se le ignora.

La memoria connota muchos tiempos. Cuando la tragedia se conjuga en presente, como hoy es el caso de Haití, el dolor y las muertes de los otros son fundamentales para retrotraer al escenario de la vida, a las vidas de quienes ostentan el poder omnímodo, los reclamos de los vencidos y los alegatos de la desmemoria. Es en el presente de las tragedias cuando se debe actuar sobre el tiempo que corre sin que nadie lo toque. Es en ese tiempo cuando se debe incidir sobre la desmemoria que dicta sus sentencias ante el silencio de quienes deben hacer algo para fortalecer la voz de los vencidos.

Recordar el pasado, instalarse en él y glosarlo es la única forma de impedir que las destrucciones previsibles se repitan. Es también la única vía para desdecir a quienes ostentan el poder. Es, asimismo, la mejor arma para rebatir la visión de los vencedores, que no es otra cosa sino la visión de la desmemoria.

Tragedias conjugadas en presente como la de Haití o la de Darfur representan la enfermedad del olvido. Ante tantos muertos y tanta desolación queda claro que la vieja pregunta teológica ¿dónde está Dios? se convierte en otra: ¿dónde está el ser humano? La cuestión teológica pierde fuerza frente a la cuestión terrenal: ¿dónde está el ser humano? La pregunta carece de respuestas precisas. La enfermedad del olvido busca borrar todo. Ante las trampas de la barbarie, frente a las catástrofes producidas por la naturaleza y por las calamidades generadas por el ser humano es imperativo reconstruir el tejido humano. Tejer las redes anatómicas y éticas de la memoria y diseminarlas, atrapar el tiempo antes de que Babel y la metáfora kafkiana se apersonen con más fuerza parecen ser la única vía para contrarrestar la enfermedad del olvido.

Arnoldo Kraus
La Jornada
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/02/09/index.php?section=opinion&article=018a1pol
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