Sábado, 14 Febrero 2009 09:11

Entrevista Ari Folman. El baile del horror

El israelí Ari Folman fue uno de los invasores de Líbano en 1982. Ahora triunfa en todo el mundo con su historia animada Vals con Bashir, un relato sobrecogedor sobre la guerra y la matanza de palestinos en Chabra y Chatila que derrocha antibelicismo. El filme es uno de los grandes favoritos al Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

La fotografía en blanco y negro domina una pared del luminoso apartamento de Ari Folman en Jaffa, la antigua ciudad palestina engullida en el casco urbano de Tel Aviv. El boxeador Cassius Clay, Mohamed Alí, tras su conversión a la fe musulmana, retratado en su plenitud. A juicio del director de Vals con Bashir, "el mejor deportista de la historia". Y no por aquel juego de pies, aquella danza que enloquecía a sus rivales, sino por su valentía a la hora de defender unos principios. "Pagó por su ideología. Fue despojado del título de los pesos pesados por negarse a luchar en Vietnam. Es el primer rapero". ¿Y Michael Jordan? "No es humano. Demasiado perfecto, y políticamente correcto", explica Folman. El cineasta es autor de la película de animación sobre la guerra de Líbano de 1982 y la matanza de palestinos en Chabra y Chatila. Unos acontecimientos narrados desde la perspectiva del director -a su vez protagonista- y de sus compañeros de unidad que dejaron graves secuelas en la sociedad israelí, y cuya huella perdura porque el vals de la guerra nunca cesa en Oriente Próximo. El creador forma parte del puñado de israelíes comprometidos con causas sumamente impopulares en su país. Se considera de "extrema izquierda". No en la acepción que el término atesora en Europa. En Israel, la etiqueta alude a las posiciones políticas más tolerantes respecto al conflicto con los palestinos y los países árabes. Muchos son apestados. Folman tiene la fortuna de no serlo. Y, en todo caso, no parece preocuparle.

El artista traslada al espectador al Beirut más real, a sus edificios marcados por la metralla, a sus calles decrépitas, a su Corniche... La animación es de un realismo total. Los paisajes del sur de Líbano, los personajes -algunos de ellos renombrados políticos- son inconfundibles en una obra que derrocha antibelicismo. Pero ¿por qué el formato de la animación? "La guerra", comenta Folman, "es la cosa más surrealista de la Tierra. La película es un mensaje contra la guerra, y quería contar una historia personal. No hay ningún glamour en la guerra. La única forma de hacer esta película era mediante la animación porque trata de la memoria perdida, de los sueños y del subconsciente. La libertad artística es lo más importante para mí, y la animación me otorga esa libertad". ¿Y por qué la idea del vals? "La metáfora del baile es que Israel estuvo danzando con los falangistas cristianos libaneses, y mira cómo acabamos. Te proporciona la atmósfera de que el tiempo no tiene fin. En términos cinematográficos el baile permanece para siempre, ya dure un segundo o diez minutos".

La escena del soldado israelí que dispara enardecido en cualquier dirección, girando sobre sus pies, en medio de un intercambio de fuego, en una avenida adornada con carteles del líder de las Falanges cristianas, Bashir Gemayel, es el compendio del filme. Es el vals de Israel con Bashir, aliados en la batalla contra los palestinos. Esos carteles, ya ajados y de más reducido tamaño, todavía se observan en Ashrafiyeh, el barrio maronita de Beirut por excelencia, que sufrió -como toda la capital libanesa, como todo el país- aquel baile sangriento que arrancó con una promesa del ministro de Defensa, Ariel Sharon, a su primer ministro, Menájem Beguin: la campaña se prolongaría sólo 40 días. Los soldados permanecieron 18 años. Sharon engañó hasta a su jefe, y lanzó sus tropas hasta conquistar Beirut. Sólo en mayo de 2000 abandonaron el país árabe.

Los 26 perros contra los que disparaba un compañero de armas del protagonista de la cinta -el propio Folman- parecen perseguir al autor desde aquella invasión de Líbano, desatada en junio de 1982. Rechazaba ese uniformado apretar el gatillo contra los lugareños libaneses y sus casas, y se encargaba de abatir a los canes, porque sus ladridos advertían a los milicianos palestinos de la inminencia de un ataque de las tropas israelíes contra esos pueblos de viviendas dispersas sobre las colinas redondas del sur libanés. Pero no ha tratado Folman con su obra de superar trauma alguno. "Quise conectarme con el joven que fui porque ese joven es parte de mí", asegura.

¿Por qué 26 años después? "No quise tratar con mi pasado hasta hace cinco años, y a muchos amigos les sucede lo mismo. Pero una combinación de circunstancias que me ocurrieron en la vida me condujeron a hacer la película. Hace cinco años quise librarme de acudir a la reserva y el Ejército me eximió del servicio. Pero puso una condición: debía acudir al psicólogo para contar todo lo que hice en el Ejército. Quizás hacían un experimento conmigo, pero me conmocionó porque nunca había contado mi historia". El director, nacido en Haifa en 1962, elude criticar a quienes no llevan a cabo ese ejercicio de introspección. "A muchos soldados les brota el recuerdo de lo que hicieron en filas 5 o 10 años después. Nunca sabes cuándo aflorará. Cada cual puede hacer lo que quiera. Es una cuestión personal", afirma Folman, que sueña con regresar, tal vez para seguir investigando en su conciencia. "Quiero volver a Líbano, pero no puedo". Ni Israel ni Líbano autorizan a sus ciudadanos a visitar el Estado aún enemigo.

Las bengalas lanzadas por soldados israelíes iluminaban el cielo de los campos de refugiados de Chabra y Chatila, arrabales inmundos de Beirut, para facilitar la carnicería perpetrada por los cristianos libaneses. Folman era uno de los uniformados que luchaba en la campaña militar libanesa, ignorante de que en aquellos instantes, en septiembre de 1982, los falangistas perpetraban una brutal matanza de mujeres, niños y ancianos en venganza por el atentado con explosivos que acabó con la vida del líder de las milicias cristianas: el carismático Gemayel. Los hombres armados de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) ya habían escapado de Beirut. "Por supuesto que el Ejército israelí participó indirectamente. Los soldados no sabíamos lo que sucedía en Chabra y Chatila en aquel momento. Bastante teníamos con cuidar de nosotros y de nuestros muertos", dice el director.

Cuelgan pendientes de sus orejas, lía cigarrillos, contesta siempre con respuestas concisas e intercala comentarios sobre fútbol. Es seguidor del Liverpool y admirador del Athletic de Bilbao: "Me gusta su temperamento y que no cuente con jugadores extranjeros". Podría ganar Folman premios en un concurso sobre este deporte. Aunque más en su campo. Ya ha cosechado con Vals con Bashir galardones tan relevantes como el Globo de Oro y compite ahora para lograr el Oscar de Hollywood como mejor película de habla no inglesa. Si gana la estatuilla dorada, en Israel le aguardará una alfombra roja a la que no parece muy adicto.

"Me conmovió cómo el Gobierno israelí y el establishment apoyaron la película. Entiendo que pretenden demostrar que este país es plural, y de paso que el Ejército no ejecutó la masacre. Cuando presenté la película en el Festival de Cannes, mucha gente no sabía que los israelíes no dispararon directamente contra los palestinos en Chabra y Chatila", precisa el artista antes de añadir: "El Gobierno me ha enviado a promocionar la película por todo el mundo. No todo es malo. Esta sociedad es mucho más abierta y libre que las de los países vecinos". No hay duda al respecto. El mimo que le dispensa no es impedimento para que lance críticas feroces contra los gobiernos israelíes y su intransigencia a la hora de negociar.

"Si hubiéramos elegido hace tiempo a un socio entre los suníes de Líbano", enfatiza Folman, "podríamos haber hecho la paz. Es con los religiosos con quienes podemos conseguirlo. Pero Israel siempre escoge a los socios equivocados. En Líbano, elegimos a los cristianos y ya ves lo que sucedió. También optamos por la Organización para la Liberación de Palestina. Otro error. Había grupos musulmanes con los que negociar. Hoy tenemos a Hamás. Soy partidario de dialogar con ellos. Éste es un conflicto sobre un estúpido trozo de tierra. Pero nunca hemos hablado con ellos. Jamás les hemos dado una oportunidad".

Con ancestros en una familia polaca originaria de Lodz, supervivientes del Holocausto, el director recapacita cuando se dispone a contestar a la pregunta: ¿conocen los israelíes su historia? "Mucha gente la ignora. O dicen que lo que le han explicado es la historia, que las fronteras cambiaron... Otros muchos sí que la conocen, pero eso no cambia su mentalidad". Probablemente en este segmento de la audiencia se encuadran los espectadores que abandonaron la sala al poco tiempo de comenzar la proyección, poco después de su estreno en Jerusalén. "Creo que Israel debe aprender del Holocausto, pero no obsesionarse. Debe aprender del pasado. Los judíos no hemos sido cazados desde entonces nunca más. Los nazis son historia. No hay amenazas como aquélla. Es cierto que ahora hay amenazas diferentes, pero Israel es ahora un país fuerte, con gran apoyo internacional. Es verdad que el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, está loco. Pero son una minoría a la que no debemos dejarle el escenario. Estoy seguro de que la gente desea una vida normal, también en Gaza".

En opinión de Folman, los gobernantes hebreos tampoco atinan en la diana. "El problema de Israel es que invierte el dinero en tanques y en colonias (en territorio ocupado). Yo creo que se puede alcanzar un acuerdo con los palestinos, es sólo cuestión de liderazgo. Sin embargo, ahora no veo a ningún dirigente israelí capaz de hacerlo. A la gente que mamó su ideología en casa es a la que más le cuesta cambiar. Y eso es lo que le ocurre a Tzipi Livni. La gente educada en la ideología es un desastre". No alberga Folman demasiadas razones para la esperanza. La ministra de Exteriores es hija de un alto oficial del Irgún, el movimiento clandestino hasta la fundación del Estado y a cuyo líder, Beguin, tildaron de "fascista" sus rivales laboristas muchos años después. Benjamín Netanyahu también es hijo de un historiador fiel a las tesis más derechistas, y el candidato del Laborismo, Ehud Barak, es el militar más laureado de la historia de Israel. "Es terrible que los ex militares rijan el país. No saben lo que es la democracia. Sólo saben dar órdenes".

Al concluir la cinta, imágenes reales de la masacre de unos 1.700 inocentes palestinos son el punto final al relato animado. No vaya a ser que alguien piense que todo es fruto de la imaginación del artista. "Las guerras son estúpidas. No sirven para nada. Creo que todo lo que se haga para evitarlas es bueno. Quiero que mis líderes hagan todo lo posible por impedirlas, pero no lo hacen. Para ellos, la pérdida de vidas es parte de la vida", comenta el cineasta. "No hemos aprendido nada", prosigue. "Tenemos unos líderes inútiles. Mira la segunda guerra de Líbano, en 2006. Es un déjà vu". En aquellos días de julio de 2006, Folman se fugó. "Me escapé a una isla griega con mi esposa y mis tres hijos. Sólo regresé cuando había terminado". Nunca hay punto final. En Cisjordania, y sobre todo en Gaza, el macabro vals continúa. -

Vals con Bashir, de Ari Folman, se estrena en España el próximo viernes, día 20. El filme ha conseguido el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa, categoría para la que también opta a los Oscar, cuya ceremonia se celebra el día 22. Canal + estrena la película en junio.


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Sábado, 31 Enero 2009 10:47

Para aprender


El martes pasado se recordó en toda Alemania el Día del Holocausto. Fue el aniversario de cuando en 1945 fue liberado de los nazis el campo de concentración de Auschwitz. En una ceremonia profunda, fue el Parlamento alemán, en una sesión especial, el que le puso a esta fecha la emoción impregnada de rabia y de vergüenza de esa realidad tan cruel. El presidente alemán Köhler habló con un acento que denotaba su búsqueda de las verdaderas expresiones para describir un crimen tan ominoso como el de los campos de concentración nazis, donde fueron asesinados millones de seres humanos, niños, mujeres y hombres, judíos, gitanos, enemigos políticos, homosexuales y personas discapacitadas. En los palcos había representantes de todas esas víctimas. Pero, además, se hallaban alumnos de colegios secundarios, y universidades, docentes e integrantes de organismos de derechos humanos. Luego del discurso presidencial, ocuparon el centro de la escena cuatro niñas que leyeron trozos de cartas de las víctimas. Y luego un cuarteto musical trajo la música de Bach, que sirvió, tal vez, como búsqueda de consuelo imposible de encontrar. Sirvió para comprobar que los asesinatos no quedan impunes y que siempre hay una luz de esperanza cuando los asesinos son condenados para siempre por la Historia.

Ese mismo día me tocó hablar en la Iglesia Evangélica de Gelsenkirchen, en la cuenca del Ruhr, el núcleo fabril más potente de Alemania. Allí, en esa ciudad, un centro de educación para familias lleva el nombre de Elisabeth Käsemann, la estudiante alemana asesinada por la dictadura militar argentina en 1977. Elisabeth, luego de terminar sus estudios de sociología en la universidad de Tübingen, quiso hacer sus trabajos prácticos en Latinoamérica. Luego de estar en Perú marchó hacia la Argentina, donde realizó trabajos solidarios en una villa miseria del Gran Buenos Aires. El 8 de marzo de 1977 fue secuestrada de su domicilio por una patrulla militar y llevada al campo de concentración El Vesubio, donde fue brutalmente torturada, para luego ser asesinada, el 24 de mayo del mismo año. Su padre, Ernst Käsemann, uno de los más brillantes teólogos de Alemania, viajó a la Argentina para recuperar el cuerpo de su hija. Luego de largas negociaciones y mediante el pago de 25.000 dólares, miembros del Ejército Argentino le devolvieron los restos de Elisabeth. El peor delito: además de matar impunemente, hacer negocio con el cuerpo sin vida de la víctima. Ante su tumba, en el cementerio de Tübingen, en aquel 1977, hablé en nombre del exilio argentino. Y comencé diciendo: “No dejar nunca la última palabra a los verdugos y militares, esto lo escribió Ernst Käsemann sobre su hija Elisabeth. Y por eso estamos aquí, ante su tumba, para no dejar la última palabra a los verdugos y militares argentinos que prosiguen torturando y asesinando en mi tierra, en ese país, que Ernst Käsemann denominó ‘fascinante’ pero que al mismo tiempo en esa belleza hospeda a un verdadero infierno. Este hombre de la Palabra y la Fe no quiere que se haga de su hija una figura de mártir. No es nuestra intención, pero sin nuestra influencia, Elisabeth se ha convertido en un símbolo. En ella se ha corporizado la más hermosa de las palabras, que los pueblos del mundo exclaman en voz bien alta: Solidaridad. Detengámonos aquí y pensemos en la belleza, en la esperanzada poesía de esas sílabas, solidaridad, que con toda fuerza fue pregonada por aquellos seres humanos que con el vocablo pensaron en ayudarse mutuamente, en buscar soluciones comunes a todos, por encima de lenguas y de razas distintas. Elisabeth, como muchos otros seres de lejanos países, ha colaborado para traer una vez más la tradición humanista. De dar la mano al más débil. De desesperarse ante el dolor de los demás. De la utopía de la justa repartición de los bienes de la tierra. El prójimo. Nuestros semejantes. El compañero. La palabra contra las cámaras de gas, contra el balazo, contra la picana eléctrica, contra la desaparición, contra el robo de niños de las prisioneras”.

“Rosa Luxemburgo –proseguí aquella vez– escribía de la prisión: ‘Pese a la oscuridad de la celda, de la luz de la muerte que entra por el tragaluz del calabozo, mi corazón late pleno de una incomprensible, desconocida alegría interna como si yo caminara sobre un prado pleno de capullos regado por un triunfante rayo de sol. Y le sonrío a la vida como si yo supiera un mágico misterio, que castiga a todo lo malo y a las tristes mentiras y las convierte en pura claridad y felicidad’. Es que Rosa sabía que su lucha por los de abajo era la que le daría la razón de ser, de vivir, mientras otros acumulaban cargos o riquezas mediante el poder o la avaricia.”

Terminé mis palabras diciéndole a Elisabeth: “Elisabeth, no tengo otra cosa que ofrecerte que mi vergüenza. Pero también tengo un orgullo, angustiado, nacido de puro dolor, pero pleno de energía. Es el orgullo de poder hablar de nuestras mujeres, de aquellas que como Elisabeth perdieron sus vidas en la misma lucha. Y sé que el mejor homenaje a Elisabeth es nombrar algunas de esas mujeres, hoy desaparecidas y así recordar sus risas, sus sueños, y su fe en un futuro bien claro como las madrugadas de nuestras pampas, amplias, frescas, sin sombras, como el trinar de sus pájaros. Sí, nombrar a Liliana Isabel, Blanca Haydée, Alicia, Silvia Angélica, María Adelia, María de las Mercedes, Noemí, Raquel, María Victoria...”

Sí, María Victoria, la hija del querido Rodolfo Walsh. Recordaré siempre la alegría de él al nacer su hija: “¡Una hija, una hija...!” me repitió y sus ojos y sus labios rieron.

Y terminé diciendo: “Los vestidos de Rosa llenos de lodo en el fondo del Landwehrkanal en aquel Berlín de 1919, María Victoria Walsh que no se entregó a las bestias, y Elisabeth, Elisabeth Käsemann, la viajera de un lejano país, con su valija llena de utopías. Nuestros verdugos. Militares. No dejarles la última palabra”.

El acto del martes pasado, donde repetí aquel discurso, se hizo en la bella iglesia evangélica donde funciona el Centro de Educación Familiar Elisabeth Käsemann. Nada mejor que el nombre de la joven muerta en la Argentina para identificar a un lugar dedicado a las madres y a los niños, es decir, al futuro. Las consignas de esa institución son estos principios: “Queremos apoyar a los padres para posibilitar un sano desarrollo de sus hijos, para ofrecerles juegos propios de cada edad, para que tengan un movimiento sano, para un trato familiar libre de toda violencia, además de una sana alimentación y la alegría de cocinar para la salud. Queremos ayudar a los padres para que sientan alegría en la educación de sus hijos, para que puedan cumplir con sus necesidades y para que sepan solucionar todo conflicto familiar”. Una vez más, la ética triunfa finalmente. Los asesinos de Elisabeth, el general Suárez Mason y el teniente coronel Durán Sáenz, han pasado a la historia como miserables asesinos y torturadores. En cambio, la víctima ha sido homenajeada con este nombre a una institución que mira hacia el futuro, hacia una sociedad de sentimientos y sueños.

Lo mismo ocurrió con Auschwitz. Se recuerda todos los años a sus víctimas y se desprecia con asco a los políticos y a los uniformados que quisieron establecer un régimen basado en el odio y el racismo.

Ojalá que el 24 de marzo, el día en que comenzó la dictadura de la desaparición de personas y del robo de niños, nuestro Congreso nacional y todas las Legislaturas provinciales imiten al Bundestag alemán. Así como aquí se dedicó el día a rememorar la vergüenza más grande de este pueblo, con sus campos de concentración, sus cámaras de gas y sus seis millones de víctimas, así nuestros cuerpos legislativos deberían seguir este camino, dedicar sus sesiones de ese día a analizar el pérfido sistema de la desaparición de personas y cómo fue posible llegar a esa maldad infinita. Que hable un representante de cada bloque y luego, escuchar poesías con voz infantil de nuestros poetas desaparecidos y una música dedicada a ellos, una música propia de la tierra que los vio nacer. Y, además, que una mujer nos hable sobre nuestras mujeres de-saparecidas, sobre el dolor de las madres a quienes les quitaron sus hijos en el momento de dar a luz, y de la fuerza de las Madres que salieron a la calle a exigir Vida. Por supuesto, que en cada colegio secundario se dé una clase especial y en todas las universidades, en el aula magna, se recuerde a los estudiantes y docentes desaparecidos y se haga un análisis de aquel fracaso rotundo y criminal de nuestra sociedad.

Para aprender.

 Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn, Alemania Federal
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Sábado, 10 Enero 2009 07:07

¡Cuba está de vuelta!

En medio de una crisis económico/financiera que parece empeorar día con día, de la continuada catástrofe militar y política por todo Medio Oriente, y de la anticipación global de la presidencia de Obama, se le otorga muy poca atención mundial a un importante suceso geopolítico ocurrido a mediados de diciembre de 2008. ¡Cuba está de vuelta!

Cuatro reuniones latinoamericanas ocurrieron en Salvador de Bahía, Brasil. Por orden de número de países involucrados, fueron reuniones del Mercosur, Unasur, el Grupo de Río, y la primera Cumbre de América Latina y el Caribe (CALC). El promotor fue el presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva; el héroe de las reuniones fue Cuba. Lula lo llamó un “huracán ideológico”.

Revisemos qué fue lo que ocurrió. El Mercosur es un arreglo entre Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay para contar con un mercado común, al cual se está uniendo Venezuela. Los presidentes de estos cinco países anunciaron que absorberían todas las exportaciones de Bolivia, cuyos aranceles preferenciales fueron cancelados en septiembre por Estados Unidos con el pretexto bastante infundado de que Bolivia no hacía lo suficiente para combatir el tráfico de drogas.

Esta acción del Mercosur obtuvo el respaldo de Unasur, la unión de todos los 12 países sudamericanos (más México y Panamá como observadores). Algo aún más importante es que Unasur accedió a la propuesta de Brasil de que se cree un Consejo de Defensa Sudamericano. Dado que apenas en mayo pasado Unasur postergó su propuesta (con la que Estados Unidos no está contento), el ministro brasileño de Relaciones Exteriores, Celso Amorim, alabó la decisión como una “buena sorpresa”. Dijo que ésta encarnaba la idea de una América Latina para los latinoamericanos, un rechazo puntual del lema clásico de la Doctrina Monroe que pregonaba una “América para los americanos”.

El verdadero suceso principal ocurrió el 16 de diciembre en la reunión del Grupo de Río. Este grupo, un foro político latinoamericano creado en 1986 y que en 2008 incluyó a 22 países, admitió “por unanimidad” a Cuba como miembro. El presidente de México, Felipe Calderón, quien presidía la reunión, dio la bienvenida al “pueblo hermano” de Cuba, representado por el presidente Raúl Castro, ante un auditorio que ovacionó de pie. El foro condenó con presteza el embargo estadunidense contra Cuba y exigió que éste terminara a la brevedad.

Calderón y Castro sostuvieron una reunión privada diseñada para limar las “asperezas” de la relación entre los dos países, ocurridas debido a las acciones del predecesor de Calderón, Vicente Fox. Después de la reunión, Castro dijo que las relaciones eran ahora “magníficas”. Los dos anunciaron que intercambiarían visitas oficiales durante 2009.

La reunión culminante fue la cumbre de los 33 presidentes latinoamericanos y del Caribe, la primera en llevarse a cabo nunca. Los únicos tres presidentes que no llegaron, pero que sí encontraron excusas para enviar sustitutos, fueron Álvaro Uribe, de Colombia; Alan García, de Perú, y Elías Antonio Saca, de El Salvador; últimos amigos firmes de Estados Unidos en América Latina. Brasil fue tan intenso en conseguir la máxima participación posible que envió aviones militares para transportar a los presidentes de los países más pobres de Centroamérica y el Caribe a la reunión.

La importancia de la reunión estuvo en las exclusiones. Ni Estados Unidos ni las antiguas potencias coloniales, España y Portugal, fueron invitados. El presidente de Ecuador, Rafael Correa, dijo que la reunión marcaba el fin de los “gobiernos títeres” en América Latina.

No fue accidental el sentido de oportunidad de esta reunión. La quinta Cumbre de las Américas está programada para el próximo abril en Trinidad. Esta es una estructura lanzada por el presidente Clinton en 1994. Los mismos jefes de Estado serán invitados, excepto que habrá dos más –Estados Unidos y Canadá– y uno menos, Cuba.

Es probable que ahí Obama se enfrente con los argumentos y las propuestas surgidas en la reunión de Brasil. La primera es incluir a Cuba, revocando su suspensión de la Organización de Estados Americanos. Lula afirmó que, para poder mejorar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, es Estados Unidos quien debe dar el primer paso y levantar el embargo. Una segunda propuesta es revisar las considerables deudas nacionales. Ecuador ya anunció una moratoria de los pagos de deuda subsecuente diciendo que, después de pagar durante 28 años, sigue debiendo la misma cantidad. “Historia tétrica”, dijo el presidente Correa.

Castro dijo que está listo para entablar conversaciones directas con Obama. “Si el señor Obama quiere discutir, discutiremos… Es cada vez más difícil mantener a Cuba aislada”. De hecho, Lula fue más allá en su desafío a Obama. Dijo que su presidencia sería en verdad histórica sólo cuando levante el bloqueo a Cuba. Entretanto, lo que solía ser el traspatio de Estados Unidos –América Latina– se abre más y más a otras potencias mundiales. Rusia, China e Irán todos han incrementado su papel en América Latina en formas significativas.

El país más reciente en entrar es Francia. El presidente Nicolas Sarkozy hizo una visita oficial a Brasil el 22 y 23 de diciembre. Los dos países no sólo acordaron incrementar sus lazos comerciales sino también los militares, lo que es muy importante. Francia ayudará ahora a la armada de Brasil a construir cinco submarinos de “nueva generación”, entre ellos uno de energía atómica, primer submarino de ese tipo en América Latina. Más aún, Francia accedió a brindar a Brasil la tecnología necesaria para que en un futuro éste pueda construir más submarinos por su cuenta. Francia también le ayudará a construir los llamados helicópteros pesados, de los cuales intenta convertirse en exportador.

La pelota cubana, la pelota ecuatoriana y la pelota brasileña están ahora en la cancha de Obama. Tiene hasta abril para mostrarnos cómo va a responder.

Por, Immanuel Wallerstein

Traducción: Ramón Vera Herrera

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Miércoles, 31 Diciembre 2008 08:15

Si esto no es un hombre

Todos creemos que conocemos su historia: el sobreviviente de Auschwitz, el autor de Si esto es un hombre, el hombre que durante cuarenta años demostró que era posible la vida después de Auschwitz, hasta que se tiró por el hueco de las escaleras de su casa desde un tercer piso y se desnucó, en 1987. Pero hay infinidad de cosas más que asombran en Primo Levi. El tipo acababa de recibirse de bioquímico en Turín, cuando fue capturado por la milicia fascista y enviado al campo de detención de Fossoli (de donde sería deportado a Auschwitz). Cuando por fin logró volver a Turín, después de sobrevivir al campo y a un año de increíbles peripecias por los territorios soviéticos de posguerra, Levi retomó su puesto como bioquímico en la misma fábrica de pintura donde trabajaba antes de ser capturado y donde permaneció cuarenta años, hasta jubilarse, un año antes de su muerte.

A lo largo de esos cuarenta años, cada día cuando terminaba su jornada laboral, se quedaba escribiendo un par de horas en la fábrica vacía. Su obligación como sobreviviente era dar testimonio, decía, y escribió sus experiencias usando como modelo los informes semanales que le pedían en la fábrica, intentando la mayor claridad y precisión informativa. Uno de los méritos más asombrosos de su obra es que no muestre nunca odio ni rencor por los nazis. El lo explica así: “He preferido el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamento de la víctima ni la ira del vengador, porque mi palabra resultaría más creíble cuanto más objetiva y desapasionada fuese. Sólo así cumple su función el testigo para el juez. Y el juez son ustedes, los que leen”.

Levi tardó un año en escribir Si esto es hombre. Al terminar lo llevó a la editorial Einaudi pero se lo rechazaron. Consiguió que un sello ignoto se lo publicara, pero lo dejaron durmiendo en un depósito los ejemplares de la única edición hasta que, once años después, la misma persona que había rechazado el libro en 1947 se lo pidió para publicarlo en Einaudi: se trataba de la escritora Natalia Ginzburg, no sólo judía y antifascista sino también viuda de Leone Ginzburg, asesinado a golpes por los nazis en la cárcel de Regina Coeli en 1944.

Aunque ganó todos los premios literarios importantes de Italia (y sus diez libros son, estilísticamente hablando, formidables), Levi nunca se consideró un escritor exactamente. Seguía prefiriendo la definición inicial que había dado de sí mismo: un testigo, alguien que daba testimonio de ese medirse a la manera de los personajes de Conrad, intentando dilucidar hasta dónde llegaban sus límites y los de los demás como personas. En el capítulo más emocionante de su último libro (Los hundidos y los salvados), publicado meses antes de morir, Levi cuenta el sacudón que le produjo la noticia de que Si esto es un hombre se iba a publicar en Alemania: “Si bien yo había escrito mi libro en italiano, para italianos, sus verdaderos destinatarios eran los alemanes. Y no los alemanes del futuro sino aquellos que yo había visto de cerca, aquellos que habían creído en Hitler, o que no creyendo se habían callado, aquellos que no habían tenido el mínimo valor de mirarnos a los ojos, de murmurarnos una palabra humana”. El libro de Levi se publicó en 1960 en Alemania y se reeditó muchas veces a partir de entonces. En Los hundidos y los salvados, Levi dice que desde 1960 a 1987 recibió exactamente cuarenta cartas de alemanes que leyeron su libro. Una de ellas, escrita por una mujer, dice: “Tal vez usted no se dé cuenta completamente de cuántas cosas ha dicho implícitamente de sí mismo, y por consiguiente del hombre en general. Eso es precisamente lo que confiere peso y valor a cada página de sus libros”.

De todas las impresionantes confesiones y reflexiones sobre la condición humana hechas como al pasar por Primo Levi en sus libros, yo me quedo con dos. Una la dice cuando explica por qué no se ve a sí mismo como un intelectual, por qué el escritor que es le debe más a la bioquímica que a la literatura: “He adquirido con mi oficio una costumbre que sé que puede ser juzgada de maneras diametralmente opuestas, pero así soy: nunca he sido capaz de verme diferente de los personajes que la ocasión me pone delante”. La segunda es una divergencia que tiene con el filósofo Jean Amery, otro sobreviviente de Auschwitz que volcó sus experiencias en libros antes de suicidarse. Amery había dicho que en el lager no se pensaba si se iba a morir porque eso se daba por descontado; lo que se pensaba era cómo se iba a morir. Levi: “Quizá porque yo era más joven, o porque era más ignorante que él, o menos consciente, casi nunca tuve tiempo que dedicar a la muerte. Tenía otras cosas en qué pensar: encontrar un poco de pan, descansar del trabajo demoledor, remendarme los zapatos, robar una escoba, interpretar las caras que me rodeaban. Los objetivos de la vida son la mejor defensa contra la muerte, no sólo en el lager”.

Cuando se dio a conocer la noticia de que Levi se había matado al caer por el hueco de las escaleras de su casa, se especuló que, tratándose del hombre que había hecho del testimonio una forma de vida, debería forzosamente haber una nota si se trataba de suicidio. Pero Levi no dejó ninguna nota. Hay quienes hasta hoy sostienen que cayó accidentalmente (estaba débil, sin recuperarse aún de una operación de próstata, y la baranda de la escalera era baja) al creer oír la voz de su esposa abajo y asomarse para contestarle. Y hay quienes citan el sueño recurrente que Levi describe en el párrafo final de su libro La tregua (que narra su peregrinaje desde que fue liberado del campo por los rusos hasta que llegó de vuelta a Italia): “Estoy a la mesa con mi familia, o trabajando, o con mis amigos, ya les he contado todo lo que pasó, y de pronto el decorado va deshaciéndose a mi alrededor, estoy solo en una nada gris y turbia y de pronto sé que nada afuera del lager es verdad. Que la familia, el trabajo, los amigos, fueron una vacación breve, un engaño de los sentidos. Y oigo en mi oído una voz conocida, que dice una sola palabra. Es la orden del amanecer en Auschwitz, esa palabra extranjera, temida y esperada: Wstawaç. A levantarse”.

Por Juan Forn
 

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Basora, 22 de diciembre. Tesoros antiguos robados de museos en la anárquica secuela de la invasión encabezada por Estados Unidos a Irak, hace cinco años, han sido encontrados en Basora, en una de las más grandes recuperaciones de bienes saqueados, pudo saber The Independent.

Los inapreciables artefactos, unos 230, fueron rescatados cuando se les iba a enviar de contrabando al extranjero, en una operación de engaño organizada por investigadores.

Siete miembros de una banda que se había especializado en traficar antigüedades robadas en el país han sido detenidos y se les somete a interrogatorio. Se sospecha que también están implicados en el sistemático pillaje de sitios arqueológicos.

Durante la investigación, realizada por fuerzas de seguridad iraquíes y británicas, objetos antiguos destinados a coleccionistas privados en Medio Oriente y en Occidente se hallaron ocultos en jardines y bajo pisos de casas en los suburbios de Basora. Según autoridades iraquíes, había esculturas sumerias y babilonias, intrincadas joyas de oro, objetos decorativos de plata y cerámica. Los artefactos han sido enviados a Bagdad para analizarlos y confirmar su origen.

Los museos y sitios arqueológicos de Irak –entre ellos el Museo Nacional de Bagdad, fundado por la viajera, escritora, politóloga y administradora británica Gertrude Bell, y abierto poco después de su muerte, en 1926– fueron saqueados cuando el país se hundió en el caos.

Más de 20 mil artículos, algunas de las antigüedades más preciosas del mundo, se perdieron entonces.

En ese tiempo el doctor Donny George, director de investigación del Consejo de Antigüedades de Irak, fue al hotel Palestina, donde los marines estadunidenses habían establecido su cuartel, para implorarles que protegieran el museo. Pasaron tres días sin que enviaran ninguno.

Posteriormente Donald Rumsfeld, secretario de Defensa, describió como “desaseo” esos días de pillaje y de incendios intencionales, y comentó sobre el saqueo del Museo Nacional: “tratar de hacer pasar esa infortunada actividad como un déficit del plan de guerra me parece una exageración”. También fueron saqueados museos de Basora y Mosul, segunda y tercera ciudades del país en tamaño.

Gran parte de la herencia de Mesopotomia, cuna de la civilización, desapareció cuando los ladrones volvieron su atención a los sitios arqueológicos.

Algunos de los artefactos robados fueron recobrados tanto en Irak como fuera del país.

El Museo Nacional ha recobrado unos 3 mil 500 de los 15 mil objetos robados. Pero la feroz violencia en Irak significó que las fuerzas de ocupación y sus aliados iraquíes no tuvieran tiempo o personal suficiente para investigar los robos. Ahora el gobierno iraquí realiza esfuerzos por recobrar la herencia nacional y ofrece recompensa a quien proporcione información.

La investigación en Basora comenzó luego que las fuerzas de seguridad recibieron informes de que había llegado a la ciudad un cargamento de tesoros en ruta hacia Kuwait.

Un informante presentó a dos agentes encubiertos de la fuerza de respuesta rápida del ejército iraquí –normalmente una agencia de contrainteligencia– al grupo del bajo mundo como si fueran agentes de compradores extranjeros.

Los hampones mostraron a los agentes artefactos envueltos en papel periódico y guardados en cajas de cartón. Los agentes convencieron a la banda de que sus clientes necesitaban ver fotografías de algunos artículos.

El teniente Munir Khalid, una de los investigadores, relató: “Los criminales debían de saber que corrían un riesgo al permitir fotografiar los objetos, pero la codicia los venció y los agentes usaron sus teléfonos móviles para tomar las fotos. Ya después fue cuestión de preparar la operación y asegurarnos de que estuvieran todos los miembros de la banda y no sólo los primeros que conocimos”.

Un cateo llevado a cabo la semana pasada en la zona de Abi al-Hassan condujo a la captura de cinco hombres y al descubrimiento de 160 objetos enterrados en el jardín y bajo losas en la cocina. Una búsqueda en otra casa en Al-Ayaqub produjo el hallazgo de más artefactos enterrados en el jardín y la detención de otros dos hombres.

El coronel Ali Sabah, quien dirigió la operación, se dijo “muy feliz porque es mi civilización... Y hemos salvado parte de su historia”. Levantando un pequeño y delicado amuleto, añadió: “Me dicen que tiene más de 6 mil años de antigüedad y que no tiene precio. Estamos muy orgullosos. Cuando mis soldados vayan a los museos con su familia podrán decir: ‘nosotros los recuperamos para nuestra patria”.

También soldados británicos participaron en la operación. El capitán Laurence Roche, de la 20 brigada blindada, señaló: “fue como estar en la cueva de Ali Baba con todas esas joyas maravillosas. Fue un privilegio estar ahí y verlo todo. Hace que uno se dé cuenta de lo rica que es la herencia de Irak y la historia de la humanidad ligada a este lugar”.

Kim Sengupta (The Independent)

Traducción: Jorge Anaya

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Una mujer con mil vidas debe tener al menos tres nombres. Marcia Scantlebury (La Serena, Chile, 1945) fue también Natacha y 400. Natacha combatió el pinochetismo. 400 lo sufrió en varios centros de tortura y detención. Un día fueron a su casa, le cubrieron la cabeza y la llevaron a Villa Grimaldi, una fábrica de desaparecidos de la que pocos salían vivos. Marcia lo hizo dos veces. También sobrevivió Michelle Bachelet, la actual presidenta de Chile, que le ha encomendado que monte el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos para explicar el pasado a los del futuro y difundir valores cívicos.

–¿Nunca deseó vengarse?
–No estoy preparada ni para eso. Ni para perdonar. Tengo un odio abstracto hacia lo que pasó, pero no hacia una persona en particular. Los desprecio. No quisiera que me llenaran la cabeza ni el corazón.
Scantlebury participó en Salamanca en un encuentro sobre centros de memoria histórica, recién operada y con limitaciones dietéticas. “Es casi terrorismo que no me deje comer”, le espetó a su médico. Obedeció, sin embargo. Resume alguna de sus numerosas vidas: la pelea contra la dictadura, el periodismo, el exilio en Colombia, los años de Roma, la dirección general de Cultura, sus dos matrimonios con el mismo hombre. Habla torrencialmente. Y salpica esa lluvia de chisporroteos.

“Soy muy latinoamericana, soy de izquierda pero colecciono medallitas, me peleé con Dios pero después dejé que exista no más. Los de acuario creemos en todo. Por si acaso.” Con la astrología salta otra chispa: “El día que me hicieron la carta astral me di cuenta de que me había pasado la vida leyendo el horóscopo equivocado y calzando zapatos pequeños. Pero creía que la vida era así, que apretaba un poco”. En Cuatro Alamos, uno de los centros donde permaneció detenida en 1975, leyó el nombre de Michelle Bachelet. Las presas de Pinochet dejaban huellas. Sus sucesoras las memorizaban, por eso Marcia Scantlebury recuerda a la actual presidenta. Las técnicas de resistencia de las detenidas fueron refinadas, a la altura del sadismo de sus captores. Las bombardeaban con Julio Iglesias y Nino Bravo para acallar los gritos del suplicio. Ellas contraatacaban: “Palabras para Julia” se convirtió en su himno. Se autoprohibieron la comunicación verbal con sus carceleros –delegaban el contacto en tres representantes–, colectivizaron la comida y los cigarrillos y socializaron el dolor. “El momento más completo de mi vida lo pasé ahí. Y el peor también. Tú eres una y eres otra después de la tortura.”

Un día le arrancaron la venda adhesiva de los ojos y protestó por temor a perder las pestañas. “Te van a matar y te preocupas por las pestañas”, le espetó anonadada otra presa. Pues sí, porque también era presa de la cotidianidad del horror. Y porque Marcia Scantlebury no gasta nunca pólvora en chimangos. “Concentro el estrés en las cosas inevitables, el resto dejo que fluya.”

 Por Tereixa Constenla *
* De El País de Madrid. Especial para Página/12.
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En artículos anteriores se ha señalado que el movimiento estudiantil de 1971 comenzó en solidaridad con una huelga en la Universidad del Valle. No fue un hecho circunstancial. La política que allí se desarrollaba era manifestación de un programa de transformación que, con sus diferencias y especificidades según los establecimientos, se pretendía imponer en toda la educación superior.

Aún siendo pública –de carácter regional–, era la consentida de las multinacionales. Y del imperialismo. No era ni es un cliché mamerto. Había sido escogida, por ejemplo, en 1968, como plataforma para la formación acelerada de los “cuerpos de paz”, estos cuerpos, brigadas de jóvenes gringos que, en el marco de la “Alianza para el Progreso”, eran enviadas a diversos países de América Latina a desarrollar tareas de promoción social. Era el complemento ‘cívico’ de la estrategia de control político-militar del imperialismo en respuesta al peligro de la influencia cubana.

La beligerante respuesta estudiantil, oportuna y eficaz, consiguió en ese momento derrotar el programa. Fue el antecedente más importante de las luchas que vendrían luego. Pero la iniciativa de las multinacionales tenía mayor profundidad. Para entenderlo, es preciso recordar el significado que tenían entonces el Valle del Cauca, su economía, sus clases dominantes, sus condiciones políticas y, por supuesto, su principal universidad.

Se trataba de una región de economía abierta como la que más. Sobre todo después de la culminación, en 1915, de la obra del Ferrocarril del Pacífico. Importaciones, inversión extranjera e influencias culturales de Estados Unidos ya hacían parte del paisaje cotidiano de una región que en 1970 tenía una tasa de urbanización de más del 70 por ciento. La agroindustria azucarera –revitalizada por la reasignación de la cuota azucarera de Cuba que Estados Unidos había impuesto como resultado del bloqueo– devoraba con rapidez lo poco que iba quedando de economía campesina. Sobra decir que esta agroindustria incorporaba tecnología proveniente del Imperio. Incluso en el ordenamiento del territorio y la adecuación de tierras y aguas.

Desde 1954 se había creado la CVC (antecedente de todas las corporaciones regionales), a semejanza de la Corporación del Valle del Tennessee, en Estados Unidos, para llevar adelante proyectos como el de Anchicayá y después el de Salvajina, supuestamente para ‘regular’ caudales y sobre todo para la generación eléctrica. En el momento, además, surgían ilusiones de diversificación de cultivos también en perspectiva agroindustrial y bajo los parámetros de la “revolución verde”. Ya funcionaba en Palmira la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional, pero téngase en cuenta adicionalmente la fundación del Centro de Investigación en Agricultura Tropical, con proyección internacional. La denominación de “agricultura tropical” es de por sí reveladora de la orientación.

De otra parte, llama la atención la importancia de la inversión extranjera (estadounidense), con algunas particularidades que la diferencian de la registrada en otras regiones. En primer lugar, porque se destina a la industria manufacturera. Se configura el eje Cali-Yumbo, pero avanza igualmente el eje Palmira-Buga-Tuluá. En segundo lugar, porque, además de los tradicionales de alimentos, bebidas y confecciones, privilegia los sectores de bienes intermedios y de capital, en especial productos químicos, cartón y papel, productos de caucho y algo de maquinaria. Finalmente, porque la destinación de esos productos es el mercado nacional. Corresponde, pues, a la estrategia de las multinacionales de sortear algunas de las medidas de protección comercial entonces vigentes, por la vía de colonizar la producción industrial interna.

Se habían transformado así las clases dominantes. La vieja oligarquía terrateniente había dado lugar a una burguesía agroindustrial. Tomaron entonces fuerza las fracciones comerciales y financieras. Y, lo que es más importante: ya su existencia era inseparable de la diaria connivencia con los representantes de las multinacionales. Esta burguesía, que no abandonaba su filiación oligárquica, particularmente conservadora y oscurantista, disfrazaba su servilismo dándose aires de “modernismo americano”.

Hubiera querido esa oligarquía hacer de Cali el Miami del Pacífico. Contaba con algunos ingredientes, comenzando por la conexión con el Puerto. Y aunque no le gustara mucho el predominio de la población afrodescendiente que culturalmente había permitido que la ciudad fuese, desde los años 40, el lugar por excelencia de la música antillana, y en ese momento la capital de la salsa. Le faltaba un ingrediente: la inmigración cubana. Pero le bastaba con uno: el periodista ‘gusano’ José Pardo Llada, que le enseñaba a practicar la frivolidad en los medios escritos y radiales, revistiendo de falsa modernidad sus contenidos arcaicos. Sin pasar siquiera por el liberalismo. Era la modernidad de la ponzoña anticomunista que no sólo era alharaca sino que además tenía efectos prácticos, políticos y militares.

Desde su fundación, la Universidad del Valle había servido a las necesidades del proyecto económico descrito. De ahí la importancia de la participación directa del ‘empresariado’ en sus órganos de dirección. Sin embargo, originalmente destinada a los hijos de la burguesía y de las clases medias acomodadas del Valle y del Cauca, estaba creciendo demasiado, y tanta democracia podía hacerle perder su utilidad. Fue así como se concibió la ingeniosa estrategia. En efecto, aparentemente para resolver los problemas de financiación que ya escaseaba, se crea una organización “sin ánimo de lucro”, la Fundación para la Educación Superior (FES).

A través de la FES comienzan a recibirse fondos adicionales que provenían de donaciones de las fundaciones empresariales norteamericanas Ford y Rockefeller, o de préstamos del BID. Estos fondos ‘especiales’ se destinan, como es lógico, a un programa en particular, también ‘especial’ (y casi secreto) dentro de la Universidad, al servicio fundamentalmente de la proyección de las empresas multinacionales. Era un programa que significaba formación de profesionales (posgrados) y líneas de investigación en áreas rigurosamente seleccionadas. Se trataba, pues, de una modalidad sui generis de privatización. La infraestructura material y humana de la Universidad en su conjunto, que continuaba recibiendo menguados recursos públicos, se ponía al servicio directo de intereses empresariales nacionales y extranjeros mediante el ‘soborno’ de la financiación especial.

Esta tentativa, que logró avanzar en alguna medida, produjo una fragmentación de la Universidad. A través de este programa se creaba una categoría de profesores e investigadores –mejor pagados–, y un grupo de estudiantes seleccionados con cuidado, eventualmente porque podían pagar onerosos cursos adicionales. Como se decía entonces, era prácticamente un enclave privado y extranjero dentro de la Universidad, que por lo demás seguía funcionando para pobres1. Tal dualismo, que todos los días alimentaba el descontento y la rabia, no podía menos que resquebrajar los mecanismos regulares de administración y dirección.

Por eso, la mejor forma de gobernarla terminó siendo el autoritarismo, en cabeza de un típico y muy conservador representante de la oligarquía y de entera confianza de las corporaciones extranjeras, Alfonso Ocampo Londoño. Y fue por eso también que la reacción airada, no sólo de los estudiantes sino también de los profesores y los empleados y trabajadores, estalló inicialmente en contra de las medidas arbitrarias y abusivas del rector, para exigir alguna forma de democratización de la dirección universitaria. No obstante, se orientó en seguida hacia el cuestionamiento completo del modelo de Universidad que se quería imponer.

No es fácil concluir que era éste exactamente el modelo que se quería para todos los establecimientos públicos de educación superior. Seguro correspondía a las características específicas de la región (y en una época determinada); tal vez se hubiera podido replicar en Antioquia y Santander. En ese sentido, es claro que la situación y la posición de la Universidad Nacional, dado su carácter justamente nacional, reclamaba otro tipo de propuestas específicas2. Sin embargo, formaba parte de una concepción general que, como se ha repetido tantas veces en Colombia, se inspiraba en el Informe Atcon y el famoso Plan Básico. Una idea central que ya se agitaba desde entonces, bajo el predominio del desarrollismo y que toma fuerza ahora, en tiempos de neoliberalismo y reprimarización de la economía, es la de privilegiar en la educación pública ‘superior’ la formación técnica y tecnológica. En todo caso, el análisis de aquel histórico y de esta experiencia resulta de la mayor importancia para las discusiones y las luchas de hoy.

El viejo Marx acostumbraba citar expresiones latinas para advertir al lector sobre detalles de especial significación. Una de ellas era: De te fabula narratur, que, en versión libre significa “de ti también estamos hablando”. Lo que hoy contamos no es sólo pasado, historia antigua. Y ahora nos cae como anillo al dedo.

1    Esta idea de la universidad pública, ‘estorbo’ al que obliga la democracia, ha sido y sigue siendo característica de la mentalidad de la burguesía colombiana. En los años siguientes y hasta hoy se abandonó la idea del enclave y se ha desarrollado más bien dentro de una forma claramente privatista. Siguiendo la experiencia de la creación de la Universidad de los Andes en Bogotá, en todas las regiones se han abierto instituciones elitistas que supuestamente ofrecen la mejor formación, a tono con los más sofisticados desarrollos de la tecnología contemporánea. En Cali, el ICESI, en Medellín EAFIT, en Barranquilla la U del Norte, etcétera, para no mencionar el fortalecimiento de otras privadas, generalmente confesionales. Ya había sucedido con los colegios de secundaria. Se consagró la idea de lo público como “lo pobre para pobres”. Y aunque aquello de la alta calidad y la excelencia educativa es, por lo menos, discutible, en el imaginario social funciona de manera implacable. Sin contar con que la estrechez presupuestal, y a veces la corrupción (hasta paramilitar) han terminado por volver realidad la minusvalía de la universidad pública.
2    Algunas referencias al respecto se encuentran en la crónica que escribí para la colección de memorias publicada por la Universidad Nacional. Ver: “Miradas a la Universidad Nacional de Colombia” Nº 3. Bogotá, 2006.
Publicado enEdición 168
Con grande palpitación cogía el lápiz en la mano;/
si no se da tierra al campesino colombiano,/ tendremos una revolución,/
es tanta la preocupación/ que ya no
se puede esperar/ unidos tendremos que marchar,/
 porque ya llegó la hora/
y si no nos acompaña Incora/
rezagado se va a quedar2.


Bajo el lema “La tierra para el que la trabaja”, el movimiento campesino de los años 70 en Colombia logró alcances significativos en sus luchas sociales y políticas. Cansados de las políticas del Estado sobre el campo, y en especial de la transformación que le dio al proyecto de Reforma Social Agraria (Ley 135 de 1961) la llegada al poder en 1970 de Misael Pastrana Borrero, los campesinos colombianos organizados mediante la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc) emprendieron un duro trasegar hacia la toma y la recuperación de tierras en gran parte del territorio nacional.

La Anuc se caracterizó por tener una dinámica organizativa que partía desde sus bases. En efecto, las primeras asociaciones de usuarios campesinos nacieron en veredas y municipios, y así se logró que los distintos trabajadores del campo, arrendatarios, jornaleros, pequeños propietarios y mujeres tuvieran una participación activa frente al problema del latifundismo en Colombia, pero más importante aún, que no quedaran sujetos a los intereses de un partido político o del Estado mismo. “Fue la política de Carlos Lleras, quien lanzó la organización campesina, no sólo con fines partidistas sino para presionar con la acción del campesino el gran latifundio ganadero”3. Sin embargo, el movimiento logró rápidamente salirse de las pretensiones partidistas y conseguir una autonomía ideológica en lo social y lo político que lo llevaría a enfrentar de manera directa a terratenientes y latifundistas.

Con la llegada al poder de Pastrana y su Frente Social, el problema de la tierra en Colombia comenzó a definirse por las dinámicas propias del capitalismo mundial. Los grandes terratenientes y los ganaderos del país, junto con el Estado colombiano, firmaron en 1972 lo que se conoce como Pacto de Chicoral, el cual promovió el avance de una gran economía agraria. Por fuera de ella, el campesino vagaba en forma errante, como jornalero sin tierra y sin posibilidades de mejorar sus condiciones de vida. Pero, además, se frenó definitivamente todo intento por una reforma social agraria que respondiera a las necesidades de los sectores campesinos, reforma que todavía en nuestros días parece una utopía.

Dilación que potencia acción

Motivada por la traición del Estado y el desmonte de las políticas agrarias, la Anuc decide emprender su lucha popular mediante el mecanismo de la toma o recuperación de tierras, presionando al gobierno de Pastrana para que transforme su visión sobre el campo y el desarrollo del mismo. Es así como “en diciembre de 1970, la Anuc fija una posición radical frente a la vacilante reforma agraria del Gobierno. Justifica las ocupaciones de tierra, exige las expropiaciones sin pago y denuncia la persecución desatada contra líderes agrarios del país”4.

La toma de tierras, programada en un principio para el 28 de febrero de 1971, tuvo que ser adelantada para el 21 del mismo mes debido a algunas informaciones que se filtraron al Ministerio de Agricultura. A pesar de esto, el 21 de febrero, la dirección de la Anuc emitía el siguiente comunicado, explicando el porqué de la toma de predios: “Las tomas de tierras no son sino una protesta consciente de los campesinos por la situación inhumana de miseria y pobreza que han tenido que vivir por culpa de la injusta distribución de la propiedad de la tierra. Los campesinos sin tierra hemos sido explotados durante siglos, engañados con promesas electorales y llevados a pelear entre nosotros mismos en nombre de banderas azules o rojas. […] La tierra que hoy ha sido recuperada por nuestros compañeros es del pueblo, jamás la devolveremos a la oligarquía”5.

Según la revista Alternativa, “el año de 1971 se inicia con una gran ofensiva campesina sobre latifundios del Tolima y la costa atlántica, que denota el grado de combatividad y organización que han adquirido las movilizaciones dirigidas por la Anuc”6. Lo anterior se tradujo en un total de 645 predios invadidos, como lo recuerda el líder campesino sucreño Jesús María Pérez en sus memorias7; y, aunque la movilización no alcanzó a permear a la totalidad de la nación, sí tuvo gran incidencia en puntos críticos como aquellos donde imperaba el latifundio ganadero, en especial el litoral atlántico, y en las zonas donde se promovía un crecimiento de la hacienda agroexportadora, como lo fue en los departamentos del Valle y el Tolima. Despojados de sus tierras, los campesinos de Colombia iniciaron un retorno a la misma entre 1971 y 1974, logrando ocupar más de 984 predios, un avance que no fue fácil. En general, los campesinos no sólo tenían que luchar en contra de los terratenientes sino también en contra del Estado mismo y sus instituciones de control, como la Policía, que en la mayoría de los casos respondía a las órdenes de las oligarquías locales.

El Frente Social de Pastrana Borrero terminó siendo caótico para el campo colombiano y dilapidó las esperanzas de una reforma agraria seria. La toma de tierras fue cada día más generalizada y se convirtió en la respuesta de un campesinado que se sintió burlado y engañado por el Estado, el que a su vez lo reprimió de modo violento.

Para finales del cuatrienio de Pastrana y con la victoria de López Michelsen, en la revista Alternativa se hacía el siguiente balance sobre la situación del campo colombiano a partir de los discursos de los gobiernos saliente y entrante. “Sí con elevar el ‘nivel de vida' se entiende mandar a los campesinos al otro mundo, estamos de acuerdo. No pasó un solo mes de Frente Social sin un muerto en el campo. Dirigentes de Usuarios y de otras organizaciones populares fueron enviados al más allá, sistemáticamente, durante los cuatro años del señor Pastrana. Así, pues, ni el Presidente que sale ni el que entra se atrevieron a tocar el meollo del asunto: la liquidación del gamonalismo y el establecimiento de relaciones sociales justas en el campo”8.

El 21 de febrero se convirtió así en un hito para la memoria colectiva del campesinado colombiano. Su significado no sólo es importante por la gran cantidad de tierras recuperadas en aquella fecha sino también por que representa los inicios de la lucha campesina y la entrada como organización independiente de la Anuc al escenario político nacional.

Reforma necesaria

Entre 1971 y 1974, el territorio colombiano fue regado con las semillas de la lucha por la tierra, una lucha modificada con los años y que ha encontrado nuevos enemigos. Pero, a la vez, 40 años después de los acontecimientos, la fecha debiera servirnos para reflexionar nuevamente sobre el problema agrario en Colombia. Hoy, cuando las víctimas de nuestro pasado más reciente se enfrentan a una restitución de tierras y paradójicamente emergen nuevas bandas criminales que se pelean el control de gran parte de los territorios rurales del país, es necesario preguntarles a nuestros gobernantes si de verdad se han atrevido a tocar el verdadero núcleo del asunto, a saber, la relación entre terratenientes, clase política y nuevas formas de violencia. Pero, más allá de eso, cabe preguntarles también: ¿Por qué hoy día ya no es necesaria una reforma social agraria? ¿Por qué el tema desapareció de las agendas políticas de nuestros gobernantes?
1    Filósofo de la Universidad Javeriana. Candidato a la Maestría en Historia de la Universidad Nacional de Colombia.
2    Pérez, Jesús María, Luchas campesinas y reforma agraria. Memorias de un dirigente de la Anuc en la costa caribe. Puntoaparte Editores. 2010. p. 114.
3    Tomado de revista Alternativa Nº 3, 16-31 de marzo de 1974. El dilema del campesino: Hambre o plomo.
4    Revista Alternativa Nº 10, 24 de junio de 1974. La tierra y el Frente Social: El capitalismo la invade y el campesino la recupera.
5    Anuc 1971, reproducido en Meertens, Donny, Ensayos sobre tierra, violencia y género, Universidad Nacional, 2000, pp. 237-238.
6    Revista Alternativa, op. cit.
7    Pérez, Jesús María, op. cit., p. 39.
8    Revista Alternativa Nº 9, 10-24 de junio de 1974. Sucedió en la quincena: El día del campesino.

Anuc: memoria de una gesta por concluir



Ramón Eduardo Agudelo M.


Desde 1970 cuando la acción campesina recuperó con centenares de invasiones más tierra que la acción legal del Incora, la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos-Anuc quedó en la mira de las fuerzas retardatarias terratenientes. Primero, con la división. Una vez debilitada, el paramilitarismo, el narcotráfico y el poder, despojan de la tierra al campesinado. Agudizan su desplazamiento y crean las condiciones para que una reforma agraria tenga más obstáculos, sea más difícil que nunca.

Antes del 1962 que vio surgir la Anuc, las organizaciones con dominio conservador y liberal contrarias a una reforma agraria, asumían como esperanza para los sin tierra, los programas de colonización como destino natural de sus vidas: ir a morir a las selvas más apartadas del país. Con ausencia de voceros campesinos, la Ley 135 de reforma agraria del 13 de diciembre de 1961 se logró aprobar después de largas discusiones entre los dirigentes del partido liberal y del partido conservador, que acordaron el Frente Nacional para “acabar” con la violencia que ellos mismos desataron contra el pueblo, e imponer la impunidad sobre los 300.000 asesinatos cometidos desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

Luego, tras la autorización para organizarse en la Anuc, que provino de Lleras Restrepo en 1963, desde un primer momento, los campesinos tuvieron que enfrentar, entre otros, a los terratenientes propietarios de los ingenios azucareros del Valle del Cauca. Y ante el prolongado papeleo de adquisición de tierras, en especial en la Costa Atlántica, la acción campesina recuperó más propiedades privadas que el Incora.

Sin duda, no les da espera, a quienes tienen la necesidad inmediata de la tierra para vivir. Sin embargo, insensibles, las organizaciones campesinas existentes en la década de 1960 eran dirigidas por el partido conservador y por la jerarquía eclesiástica, y los campesinos recibían la orientación política a través de Radio Sutatenza. El partido conservador tenía en el campo su mayor respaldo político. Fanal, organización agraria nacional que era la más representativa, en ningún momento dio muestras a favor de que en alguna forma fuera afectada la propiedad privada sobre la tenencia de la tierra, incluso y a pesar de que la ley no estableciera la expropiación sin indemnización.

Dada esta influencia, y sólo un ejemplo, en 1965 durante la ejecución de los programas de reforma agraria entre Montería y Cereté, hubo campesinos negados a recibir su Unidad Agrícola Familiar por lealtad al propietario que era un “gran patrón”. Que al amanecer llevaba a su mujer a parir en Montería. Y hubo campesinos que no aceptaban conformar una cooperativa agrícola con fundamento en la propiedad colectiva de la tierra.

Revoluciones y lucha por la tierra en el continente

Con los antecedentes de Emiliano Zapata y la Revolución mexicana que en mayo de 1910 recuperó por la fuerza las tierras de Villa de Ayala, y dos décadas después del presidente Lázaro Cárdenas que armó a los campesinos para su reclamo, como también, de la revolución campesina-minera en Bolivia de 1952 y las medidas en 1954 contra la United Fruit Company de Jacobo Arbenz en Guatemala, que costó una invasión con apoyo estadounidense para derrocarlo, y tras la revolución cubana, todos los gobernantes de América Latina bajo la imposición colonial imperialista aprobaron a las carreras sus leyes de ‘reforma agraria'.

Demagogia aparte, y como parte de la Alianza para el Progreso, fueron unos conatos marcados por los acuerdos entre políticos latifundistas con asiento en los congresos, sin más que una tímida afectación sobre la propiedad rural concentrada en pocas manos. Ninguna ley definió la expropiación sin indemnización. Toda propiedad debía pagarla y adquirirla el estado. Un trámite imposible, pues ningún estado tiene la capacidad económica de comprar toda la tierra para entregarla en forma inmediata a los campesinos, cuando de verdad el propósito es construir una sociedad justa, equilibrada. Sociedad en la cual, «la tierra sea de quien la trabaja» y la producción de alimentos y de materias primas pueda ser planificada y la paz recuperada.
¿Cómo surgió la Anuc?

Como la política encarna en gobierno, poder y presidentes, la Ley dio tumbos en 1962 con Guillermo León Valencia, enemigo de la reforma, en 1964 con Carlos Lleras Restrepo impulsor principal de la ley 135 y en 1970 con Misael Pastrana Borrero, enemigo de la reforma. Por tanto, no es extraño el resultado, el fracaso total de la reforma Agraria en Colombia. Los intereses de la alternación en el poder, determinaron qué importancia y qué urgencia daban a la ejecución de una reforma agraria, qué apoyo y qué eficacia podía recibir el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria, Incora.

Previo a la aprobación de la ley 135, la ausencia del campesinado fue notoria, casi inexistente, en las discusiones políticas entre los más connotados dirigentes de los partidos. Asimismo, durante los primeros años de su ejecución entre 1962 y 1966, además de todas las trabas que tuvo el Incora para aplicarla, provenientes del sector latifundista y de los senadores y representantes que defendían la propiedad privada sobre la tierra en manos de unos pocos.

Bajo un entorno de legitimación para los liberales, Carlos Lleras Restrepo como presidente de Colombia olió que la reforma agraria institucional no avanzaría sin el respaldo político de una fuerte organización campesina. Sin tardar, decretó su organización dentro de la cual se podían sumar los Usuarios de las entidades públicas relacionadas con el sector rural, el Incora en primer término, la Caja de Crédito Agrario, el Ica, el Inderena. Fue una tarea que el Incora emprendió en solitario, con sus funcionarios de las Direcciones Regionales de Reforma Agraria regados por el país.

En pocos años, el poder y la influencia política de la Anuc creció vertiginosamente y como la ley les permitía ser miembros de las Juntas Directivas de la entidades del Estado responsables del sector rural, su influencia pudo incidir en la reforma agraria, en el crédito, en el mercadeo, en las Cooperativas Agrícolas, en las políticas ambientales y en la participación electoral. Fue paradigmático que el primer gobernador elegido por votación popular campesina fuera Apolinar Díaz Callejas, además primer gobernador del Departamento de Sucre. Carlos Lleras Restrepo fue elegido Presidente de la República en 1966 por una voluminosa votación campesina.

La presencia de los dirigentes de la Anuc en las juntas directivas amplió el conocimiento político de los campesinos. En su nuevo lugar, pudieron ver cómo los miembros de esas juntas –representantes de los intereses contrarios a los intereses del campesinado– se oponían a la reforma agraria y a toda decisión encaminada al desarrollo económico del sector rural y al intento de que la tierra fuera de quien la trabaja. Así, dedujeron que la reforma agraria por medios legales era un propósito imposible.

Los campesinos no tuvieron otra que su acción directa

La invasión de tierras fue el acto político revolucionario que guardadas proporciones podría significar síntomas de la influencia de la revolución agraria cubana y tuvo como consecuencia la división de la Anuc entre sectores campesinos que todavía creían en la acción del Incora y sectores campesinos que comprendieron que sólo la acción directa de la organización campesina podría ejecutar una verdadera y acelerada reforma agraria.

En este marco, llegó el año de 1970, durante el cual se inició el desmonte del Incora y se agudizó la división de la Anuc. No es para olvidar, que unas elecciones presidenciales signadas por el fraude electoral llevaron a la presidencia a Misael Pastrana Borrero reconocido enemigo de la reforma agraria y de la organización campesina. Fueron dos hechos que mostraron de inmediato cuáles eran sus verdaderas intenciones políticas para revertir los tímidos avances de la reforma agraria y matar en sus orígenes la radicalización de las luchas campesinas.

Pastrana padre impulsó el Pacto de Chicoral, un conciliábulo de terratenientes y políticos enemigos de la reforma agraria del cual salieron propuestas para debilitar más la ley 135 de 1961 y agudizar la división de la Anuc que había mostrado sus intenciones de comprometerse en el impulso de una reforma agraria radical durante las deliberaciones del Tercer Congreso de Usuarios Campesinos realizado en Bogotá en medio de las mayores medidas de seguridad represiva. Otra vez, con la herramienta de dividir para reinar y desde el Estado se fortaleció la Anuc-Linea Armenia de pura extracción conservadora y se combatió la Anuc-Linea Sincelejo, pues en esta capital se había realizado un congreso campesino que denunció ante el país las intenciones del Estado de dejar que el paso del tiempo diluyera la necesidad de una reforma agraria y debilitara hasta su desaparición todo intento de la organización campesina para conseguir la tierra para quien la trabaja.

Los gobiernos posteriores al de Misael Pastrana desconocieron la necesidad de una reforma agraria y apenas ahora, ante la crisis alimentaria, ante la agudización de la violencia en las ciudades, el actual gobierno presentó al Congreso de la República una iniciativa legislativa con la que pretende la recuperación de una parte de las tierras despojadas a los campesinos, las comunidades negras y los resguardos indígenas, tierras en manos de sectores violentos de extrema derecha que harán todo para no entregarlas. Así lo indican los hechos, Colombia sabe que han sido asesinados dirigentes campesinos organizados para recuperarlas. Algunas héctareas de tierra retornarán a sus verdaderos propietarios, pero el tema de la reforma agraria sigue aplazado. Así vuelve el refrán de que “el que tiene tierras tiene guerras”.
Publicado enEdición 166
En medio de un agitado clima social, el movimiento estudiantil colombiano consigue en 1971 que se ponga en marcha en las universidades de todo el país el cogobierno. Una experiencia corta pero significativa. Marcelo Torres, dirigente de los educandos en la Universidad Nacional revive esa lucha y algunas lecciones.

Yo llegué a estudiar sociología a la Universidad Nacional en una época muy especial, con muchos cambios en el mundo, en particular con muchos cambios entre la juventud. El movimiento del 71 fue el pico de esa ola, de esa secuencia de sucesos de los años 60, un tiempo de movilización, lucha y organización estudiantil que tuvieron en aquel año su gran concreción. De otro lado, sociología era un hervidero de ideas, epicentro de las actividades de la izquierda y el movimiento estudiantil. Allí estudiábamos Juan José Arango Londoño y Uriel Ramírez, miembros del Consejo Superior Universitario, que se ganó en la Nacional con las luchas del estudiantado.

El programa mínimo

Las luchas estudiantiles de finales de los años 60 y comienzos de los 70 tienen que ver con varias solicitudes de los estudiantes, problemas que no han cambiado mucho, excepto que se han agravado, como los déficits presupuestales de las universidades públicas. O la democracia dentro de las universidades. En esa época los consejos superiores eran instituciones visiblemente antidemocráticas, donde participaban sectores que no tenían que ver con las universidades, como los gremios (Fenalco, Andi, SAC, etcétera), la Iglesia y el Ministerio de Defensa, que sólo aparecían en los centros educativos para reprimir a los estudiantes.

Otra reivindicación que motivó la lucha de ese año tiene que ver con la exigencia del retiro de las agencias de cooperación norteamericanas que influían en forma directa en la Universidad: la Fundación Kellogg, la Fundación Ford, la Rockefeller, se hacían presentes y controlaban actividades de todo índole, y se inmiscuían directamente en la dirección de la Nacional. Se pedía que salieran estas fundaciones de las universidades, y yo lo documenté muy bien en ese famoso discurso a los rectores universitarios2. También recogimos reclamos por la libertad de cátedra, para acabar con la orientación confesional que campeaba en las universidades, y otras reivindicaciones más particulares; por ejemplo, en la Universidad Javeriana habían sido expulsados varios líderes de un grupo estudiantil que se llamaba Movimiento Cataluña y se pedía su reintegro.

Lo que mueve al movimiento no son sólo los sucesos de Cali. El 26 de febrero es realmente una circunstancia que le da una ampliación al problema; pongo el problema en el primer plano de la opinión pública. El gobierno de Misael Pastrana comete una masacre porque reacciona de manera violenta contra una manifestación de estudiantes y declara el Estado de sitio. Desde este momento, el Gobierno empieza a cerrar las universidades una tras otra, pensando detener así el movimiento estudiantil. Pero los estudiantes seguían yendo a las universidades a pesar de estar cerradas; no se movían de allí. Es frecuente que cuando se cierra una universidad lo muchachos se vayan para sus casas y el problema se acabe, pero aquí no ocurrió eso: las universidades estaban cerradas pero los universitarios seguían movilizados. Se hacían foros y asambleas; se realizaron siete congresos estudiantiles, un récord que no se ha vuelto a repetir, algunos de ellos en la clandestinidad. El Gobierno acuñó la idea de que éste era un movimiento anárquico, que los líderes no éramos estudiantes sino infiltrados. De esta manera, presentamos un “programa mínimo” que recogía los problemas y presentaba soluciones, y el país se dio cuenta de que no era un problema de dos o tres agitadores.

La forma organizativa que asumen los estudiantes son los “comités de base”, que elegían representes de los estudiantes de cada curso, de cada facultad y de cada universidad; y se suman en el Comité Nacional de Solidaridad Estudiantil, que en general representaba las diversas tendencias políticas con presencia en la Universidad. En la UN no se tenía un consejo estudiantil y por tanto funcionaban muy bien esos comités de base. Por otro lado, en la Universidad de Antioquia había una organización estudiantil, y en la Universidad del Valle la dirección la tenía la Federación Universitaria de Estudiantes del Valle. Fue entonces cuando el Gobierno arreció la persecución estudiantil, y en una reunión que se hizo en Barranquilla fueron detenidos varios dirigentes. Posteriormente, yo fui detenido en las afueras de la Nacional, y, pese a que una parte del movimiento estaba detenido y muchos dirigentes en la clandestinidad, el movimiento seguía, la agitación no se detenía. Entonces el Gobierno llamó a negociar y ahí logramos el cogobierno (es decir, que en la dirección de las universidades Nacional y de Antioquia los estudiantes, profesores y trabajadores teníamos representación).

Organización variopinta

La Juventud Patriótica (Jupa), perteneciente al Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (Moir), organización a la cual yo pertenecía, tuvo una presencia preponderante, como lo muestra el hecho de que en las elecciones de la UN obtiene el 70 por ciento de los votos. Decían los diarios que la participación iba a ser baja porque a los estudiantes no les interesaba el tema del cogobierno, pero la participación de los estudiantes desbordó todos los cálculos.

Desafortunadamente, había incongruencia entre algunos sectores políticos con presencia en la Universidad. Cuando se consigue esta conquista del cogobierno en Bogotá y Medellín, sectores de la izquierda les declaran un boicot a estos consejos, en una actitud muy inconsecuente porque el estudiantado había luchado todo el año para lograrlo. Entonces el Gobierno aprovecha esto y echa reversa en las conquistas estudiantiles. La izquierda fue inconsecuente en este momento. El cogobierno hubiera podido cambiar la historia de la Universidad en Colombia. Sin embargo, en el poco tiempo que duró, mostró resultados, pues se consiguió el reintegro de los expulsados, se aportaron recursos para investigación, se vigiló el presupuesto de la Universidad y se avanzó en la democratización de los claustros.

Otro hecho significativo de la lucha del año 71 tiene que ver con que la izquierda político-militar, la izquierda armada, no tiene mayor peso en el movimiento estudiantil, tal como sucedía en los 60 con la Federación Universitaria Nacional (FUN), en que varios de sus dirigentes ingresaron a las filas del Ejército de Liberación Nacional. Para 1971, hacen presencia organizaciones como el Moir y la Juventud Patriótica, la Juventud Comunista, los trotskistas del Valle, Prensa Obrera, el Bloque Socialista, los camilistas y los grupos maoístas cercanos al Partido Comunista Marxista Leninista (ML). En los 80, las organizaciones armadas vuelven a tomar fuerza dentro del movimiento estudiantil.

Es ésta la razón por la cual aquel movimiento es muy importante; no tenía como meta procesos externos al estudiantado sino que se trataba de reivindicar lo estudiantil. La izquierda veía tradicionalmente al movimiento estudiantil como una cantera de cuadros y buscaba que los estudiantes pasaran a otros sectores, como el obrero y el campesino, o que se vincularan con las organizaciones armadas. Lo estudiantil se despreciaba. Nosotros tuvimos una discusión interna en la cual repasamos la teoría y la experiencia revolucionaria de otros países, llegando a la conclusión de que la Universidad era un eslabón fundamental del sistema y se requerían reformas que posibilitaran transformarla, pues toda revolución social necesita una revolución cultural. Por tanto, defendimos las reivindicaciones estudiantiles como justas.

Ahora bien, 1971 es un año fundamental en las luchas sociales en Colombia. Para ese año, el campesinado acomete una serie de tomas de tierra en todo el país, y los trabajadores de Ecopetrol, agrupados en la Unión Sindical Obrera (USO), realizan una gran huelga donde es asesinado el sindicalista Fermín Amaya.

1    El texto completo de esta entrevista y otras sobre el movimiento estudiantil de 1971 forman parte de un trabajo más amplio que adelanta el autor y espera publicar bajo el nombre ¿Y cómo ha sido la vuelta?, breve historia del movimiento estudiantil en Bogotá.
2    Marcelo Torres intervino ante el Consejo Nacional de Rectores de la Asociación Colombiana de Universidades el 27 de abril de 1971, en representación de los estudiantes agrupados en el Comité Nacional de Solidaridad Estudiantil.
Publicado enEdición 166
A cuarenta años del más importante movimiento estudiantil que haya conocido el país, una mirada en retrospectiva de sus principales hitos.

El 26 de febrero prendimos
la ciudad de la quince
para arriba, la tropa en todas partes,
vi matar muchachos a bala,
niñas a bolillo, a Guillermito
Tejada lo mataron a culata,
eso no se me olvida.
Que dí piedra y me contestaron
con metralleta.

El atravesado, Andrés Caicedo

Al empezar la década de los 70, los hijos de los miles de desplazados que arribaron a las ciudades colombianas en los años 50 y 60 habían copado el sistema educativo básico, y muchos de ellos ya demandaban educación superior. La sociedad colombiana cambiaba vertiginosamente, y nuevos juicios y criterios estaban al orden del día. Miles de jóvenes recién urbanizados reclamaban un espacio en la sociedad y el derecho a participar en las decisiones de la nación. Es ésta la razón por la cual la universidad será el campo de confrontación entre el país conservador, feudal y mojigato, y quienes exigen una nueva sociedad.

El movimiento estudiantil de 1971 se inicia con una marcha de protesta en la Universidad del Valle el 26 de febrero. Hacia la mitad de estos sucesos, la policía intenta tomarse la Universidad y allí muere un dirigente estudiantil. Los disturbios se riegan por toda la ciudad de Cali y al final de la jornada se tiene un saldo de más de 30 ciudadanos asesinados. A partir de este momento se desarrolla una agitación que lleva al paro a 35 universidades, prácticamente todas públicas y algunas privadas, como la Javeriana, los Andes, la Tadeo, la Libre, la Santo Tomas, la Incca y la Gran Colombia. En reuniones y congresos clandestinos, los universitarios construyen un “programa mínimo” que compendia sus exigencias.

¿Qué reclamaban estos jóvenes del 71? 1. Salida de las universidades por parte de los organismos estadounidenses (Fundación Ford, Fundación Kellogg, USAID, cuerpos de paz, etcétera). 2. Reforma de los Consejos Superiores Universitarios (de los cuales formaban parte la Iglesia, la Andi, Fenalco, el Ministerio de Defensa y otras entidades que no representaban a la comunidad universitaria). 3. Mayor presupuesto para la educación superior. 4. Cogobierno en las universidades públicas (administración conjunta de gobierno, estudiantes, profesores y trabajadores de los centros educativos)1. Fue un año de grandes movilizaciones que permitió ganar este espacio en las Universidades de Antioquia y Nacional de Bogotá. En la corta primavera del cogobierno, los estudiantes lograron elevar el presupuesto de investigación, ampliar cupos, reincorporar expulsados, defender la libertad de cátedra y fortalecer financieramente la universidad pública.
1.    Federación de Estudiantes de la Universidad del Valle (FEUV). 1971-1972, Desarrollo político del movimiento estudiantil, Editado por FEUV, Cali, 1973, y revista Deslinde, año 1, Nº 1, junio de 1971, Medellín.

1971, año de los jóvenes

Autores como Jesús Martín-Barbero y Carlos Mario Perea insisten en asegurar que sólo en 1984, con el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla, “el país pareció darse cuenta de la presencia entre nosotros de un nuevo actor social, la juventud”*. Por el contrario, considero que 1971 es el año de la emergencia juvenil en Colombia. De febrero a diciembre de este año, miles de estudiantes universitarios y de secundaria paralizan 35 universidades y un centenar de colegios, desarrollando así el movimiento estudiantil más vasto de que tenga memoria el país. El resultado es una reforma al sistema educativo que un año después cae, cuando el estudiantado se desmoviliza. El Ministro de Educación que debió estar al frente de las negociaciones con los estudiantes fue otro joven, Luis Carlos Galán, que para ese momento tenía 27 años.

Otro evento que nos confirma esto es la realización del Festival de Rock de Ancón, organizado en La Estrella (Antioquia), municipio próximo a Medellín, entre el 18 y el 20 de junio de 1971, bajo el lema “Es cuestión de fe y nos unimos todos con música”. Participaron las bandas Columna de Fuego, La Planta (con Augusto Martelo y Chucho Merchán), Terrón de Sueños, La Banda del Marciano, Gran Sociedad del Estado, Carne Dura, Los Monsters, Conspiración del Zodiaco, La Banda Universal del Amor, Los Láser, Johnny Richard, Fernando Zuncho y Free Stone. El festival mostró un sólido movimiento juvenil en torno al rock al congregar más de 30.000 asistentes que permanecieron los tres días.

Es 1971 también el año en que se consolida el llamado Grupo de Cali, dirigido por Andrés Caicedo, el mayor icono literario de la juventud en Colombia. Formaban parte de esta tropa juvenil: Caicedo, Hernando Guerrero, Luis Ospina, Carlos Mayolo y Sandro Romero. Igualmente, en este año Caicedo y sus amigos abren Ciudad Solar, centro cultural que permite visibilizar los novísimas expresiones culturales que tenía la capital del Valle. En 1971, Andrés escribe cuentos tan importantes como El atravesado, Destinitos fatales, Calibanismo, Patricialinda, Angelita y Miguel Ángel, y le da cuerpo a una aviesa obra de teatro basada en Mario Vargas Llosa y Harold Pinter. Asimismo, se realizan allí los VI Juegos Panamericanos, entre el 30 de julio y 13 de agosto, con la presencia de 2.935 atletas de 32 países. El evento fue calificado por los medios como “la gran fiesta de la juventud”.

*    Martín-Barbero, Jesús, Jóvenes: des-orden cultural y palimpsesto de identidad, Viviendo a toda, Jóvenes, territorios culturales y nuevas sensibilidades, Siglo del Hombre Editores, DIUC, Bogotá, 1998.
Publicado enEdición 166