Guatemala, Bosnia, Ruanda, Irak y, ahora, Afganistán. El científico y responsable de la ONG Physicians for Human Rights, Stefan Schmitt, lleva años abriendo fosas por todo el mundo. Su objetivo es dignificar a los muertos y devolver la memoria a los vivos. La Asociación para los Derechos Humanos en Afganistán (ASDHA) lo ha invitado a Barcelona.

Se cree que cuando Estados Unidos entró en Afganistán, en 2001, hubo una matanza de talibanes en el norte del país y sus cuerpos se enterraron después en la fosa de Dash-e-Leili. ¿Se sabe algo más?

Eso se alega, pero hasta que no haya una exhumación arqueológica para determinar los hechos todo se queda en suposiciones. Aunque los testimonios son bastante buenos.

Sin embargo, se baraja la cifra de 2.000 muertos.

Eso es lo que dicen los testimonios. Pero a nivel científico no puedo decir cuánta gente hay. Incluso ahora existe la sospecha de que después [cuando el caso salió a la luz] se llevaron los restos.

¿Por qué se sospecha que los estadounidenses estuvieron al corriente de esos asesinatos?

Bueno, primero porque ya está confirmado que [los verdugos, bajo el mando de Abdul Rashid Dostum, un señor de la guerra] trabajaban con ropas de los EEUU, de eso no queda duda. La pregunta es: ¿hasta qué punto los norteamericanos eran conscientes o hasta qué grado [los estadounidenses] estuvieron involucrados? Por eso yo digo que es necesario que se lleve a cabo una investigación independiente.

El presidente Obama dijo en una entrevista a The New York Times que se investigaría el caso. ¿Se ha hecho algo?

No.

¿Cree que se hará?

[Silencio.] Espero que algún día se haga...

Esos 2.000 hombres murieron en contenedores metálicos. ¿Fue la primera vez que se utilizaba este método en Afganistán?

Supuestamente ese método ya se había utilizado antes. Se deja a la gente encerrada en contenedores metálicos a pleno sol. Y al cabo de dos horas la situación se vuelve insoportable. Quienes estuvieron allí dentro contaban que se lamían el sudor unos a otros para tener agua.

¿Eso es una forma de tortura o una manera de ahorrar balas?

Se puede decir que es un método para matar a mucha gente de una manera sencilla, sin gastar munición.

España ha tardado más de 30 años en abrir las fosas. Y todavía hay miedo. ¿Afganistán está preparado para abrir sus fosas?

Obviamente, la supervivencia es primordial, pero yo creo que no cabe duda de que los afganos quieren formar parte de algún proceso de justicia o reconciliación. Creo que así debería hacerse. Cuanto antes empiece, mejor. Porque, si no, la memoria se pierde.

Usted cuenta la importancia del testimonio oral y colectivo en la cultura afgana. ¿Es un pacto para reconstruir la historia?

No es tanto un pacto como un modo de comunicación social. En nuestros países la historia se trata a nivel académico: hay un foro público. En Afganistán, la historia es una cosa que se decide en común, que se transmite a través de una autoridad.

¿Cómo condiciona eso los análisis científicos?

[Risas] Nunca se dice, pero eso es un problema para la recuperación de una memoria histórica. Es problemático. Y, por lo tanto, la justicia es problemática. Es un reto.
Stefan Schmitt es forense y responsable de la ONG Physicians for Human Rights. Lleva años abriendo fosas por todo el mundo. 

Por L. DEL POZO - Barcelona - 
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Jueves, 21 Enero 2010 08:53

Misterios de Auschwitz

Esconder del pueblo alemán el enorme aparato de los campos de concentración no era posible, y además (desde el punto de vista de los nazis), no era deseable. Crear y mantener en el país una atmósfera de indefinido terror formaba parte de los fines del nazismo: era bueno que el pueblo supiese que oponerse a Hitler era extremadamente peligroso. Efectivamente, cientos de miles de alemanes fueron encerrados en los Lager desde los comienzos del nazismo: comunistas, socialdemócratas, liberales, judíos, protestantes, católicos, el país entero lo sabía, y sabía que en los Lager se sufría y se moría.

No obstante, es cierto que la gran masa de alemanes ignoró siempre los detalles más atroces de lo que más tarde ocurrió en los Lager: el exterminio metódico e industrializado en escala de millones, las cámaras de gas tóxico, los hornos crematorios, el abyecto uso de los cadáveres, todo esto no debía saberse y, de hecho, pocos lo supieron antes de terminada la guerra. Para mantener el secreto, entre otras medidas de precaución, en el lenguaje oficial sólo se usaban eufemismos cautos y cínicos: no se escribía “exterminación” sino “solución final”, no “deportación” sino “traslado”, no “matanza con gas” sino “tratamiento especial”, etcétera. No sin razón, Hitler temía que estas horrorosas noticias, una vez divulgadas, comprometieran la fe ciega que le tributaba el país, como así la moral de las tropas de combate; además, los aliados se habrían enterado y las habrían utilizado como instrumento de propaganda: cosa que, por otra parte, ocurrió, si bien a causa de la enormidad de los horrores de los Lager, descriptos repetidamente por la radio de los aliados, no ganaron el crédito de la gente.

El resumen más convincente de la situación de entonces en Alemania la he hallado en el libro Der SS Staat (El Estado de la SS), de Eugen Kogon, ex prisionero en Buchenwald y luego profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Munich: “¿Qué sabían los alemanes acerca de los campos de concentración? A más del hecho concreto de su existencia, casi nada. Sin embargo, no había un alemán que no supiese de la existencia de los campos. Pocos eran los alemanes que no tenían un pariente o un conocido en un campo, o que al menos no supiesen que tal o cual persona allí había sido enviada. Todos los alemanes eran testigos de la multiforme barbarie antisemita: millones de ellos habían presenciado, con indiferencia o con curiosidad, con desdén o quizá con maligna alegría, el incendio de las sinagogas o la humillación de los judíos y judías obligados a arrodillarse en el fango de la calle. Muchos hombres de negocios tenían relaciones de proveedores con la SS de los Lager, muchos industriales solicitaban mano de obra de trabajadores-esclavos a la SS, y muchos empleados estaban al corriente. No eran pocos los trabajadores que desarrollaban su actividad cerca de los campos de concentración o incluso dentro de los mismos. Profesores universitarios colaboraban con los centros de investigación médica”.

Pese a las varias posibilidades de informarse, la mayor parte de los alemanes no sabía porque no quería saber, o más: porque quería no saber. Es cierto que el terrorismo de Estado es un arma muy fuerte a la que es muy difícil resistir, pero también es cierto que el pueblo alemán, globalmente, ni siquiera intentó resistir. En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma de urbanidad: quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuesta. De esta manera, el ciudadano alemán típico conquistaba y defendía su ignorancia, que le parecía suficiente justificación de su adhesión al nazismo: cerrando la boca, los ojos y las orejas se construía la ilusión de no estar al corriente de nada, y por consiguiente de no ser cómplice de todo lo que ocurría ante su puerta.

Saber, y hacer saber, era un modo (quizá tampoco tan peligroso) de tomar distancia con respecto al nazismo; pienso que el pueblo alemán, globalmente, no ha usado de ello, y de esta deliberada omisión lo considero plenamente culpable.

Perros adiestrados

En algunos Lager hubo efectivamente insurrecciones: en Treblinka, en Sobibor y también en Birkenau, uno de los campos dependientes de Auschwitz. No tuvieron gran peso numérico: como la parecida insurrección del ghetto de Varsovia, fueron más bien ejemplos de extraordinaria fuerza moral. En todos los casos fueron planeadas y dirigidas por prisioneros de alguna manera privilegiados, por lo tanto en condiciones físicas y espirituales mejores que las de los prisioneros comunes. Esto no debe sorprender: sólo a primera vista puede parecer paradójico que se subleve quien menos sufre. También fuera de los Lager, las luchas raramente son lideradas por el subproletariado. Los “harapientos” no se rebelan.

En los campos para prisioneros políticos, o en donde éstos prevalecían, la experiencia conspiradora de éstos demostró ser preciosa, y a menudo se llegó, más que a rebeliones abiertas, a actividades de defensa bastante eficientes. Según el Lager y según las épocas, se logró por ejemplo chantajear o corromper a la SS, frenando así sus poderes indiscriminados; se logró sabotear el trabajo para las industrias de guerra alemanas; se logró organizar evasiones; se logró comunicar por radio con los aliados, dándoles noticias acerca de las horribles condiciones de los campos; se logró mejorar el tratamiento de los enfermos, sustituyendo a los médicos de las SS con médicos prisioneros; se logró “condicionar” las selecciones, mandando a la muerte a espías o traidores y salvando a prisioneros cuya supervivencia tenía, por algún motivo, particular importancia; se logró preparar, incluso militarmente, una resistencia en caso de que, al acercarse el frente, los nazis decidieran (como de hecho a menudo lo hicieron) liquidar totalmente los Lager.

En los campos en los que los judíos eran mayoría, como los de la zona de Auschwitz, una defensa activa o pasiva era particularmente difícil. Aquí los prisioneros, en general, carecían de casi toda experiencia organizativa o militar; provenían de todos los países de Europa, hablaban lenguas diferentes, y por ello no se entendían entre sí: sobre todo, tenían más hambre, estaban más débiles y cansados que los demás, porque sus condiciones de vida eran más duras y porque tenían frecuentemente tras de sí un largo historial de hambre, persecuciones y humillaciones en los ghe-ttos. Por ende, la duración de su estancia en el Lager era trágicamente breve, constituían en definitiva una población fluctuante, continuamente disminuida por la muerte y renovada por las incesantes llegadas de nuevos cargamentos. Es comprensible que en un tejido humano tan deteriorado e inestable no prendiese fácilmente el germen de la rebelión.

Podríamos preguntarnos por qué no se rebelaban los prisioneros no bien bajaban del tren, que esperaban horas (¡a veces días!) antes de entrar a las cámaras de gas. Además de todo lo que he dicho, debo agregar que los alemanes habían perfeccionado, en esta empresa de muerte colectiva, una estrategia diabólicamente astuta y versátil. En la mayor parte de los casos, los recién llegados no sabían qué se les tenía preparado: se los recibía con fría eficiencia pero sin brutalidad, se los invitaba a desnudarse “para la ducha”, a veces se les entregaba una toalla y jabón, y se les prometía un café para después del baño. Las cámaras de gas, en efecto, estaban camufladas como salas de duchas, con tuberías, grifos, vestuarios, perchas, bancos, etcétera. Cuando, por el contrario, un prisionero daba la menor muestra de saber o sospechar su destino inminente, las SS y sus colaboradores actuaban por sorpresa, intervenían con extremada brutalidad, gritando, amenazando, pateando, disparando y azuzando –contra esa gente perpleja y de-sesperada, marinada por cinco o diez días de viajes en vagones sellados– a sus perros adiestrados para despedazar hombres.

Siendo así las cosas, parece absurda y ofensiva la afirmación a veces formulada según la cual los judíos no se rebelaron por cobardía. Nadie se rebelaba. Baste recordar que las cámaras de gas de Ausch-witz fueron puestas a prueba con un grupo de trescientos prisioneros de guerra rusos, jóvenes, con entrenamiento militar, preparados políticamente y sin el freno que representan mujeres y niños; tampoco ellos se rebelaron.

Frente al olvido

Cada uno de nosotros, los sobrevivientes, se comporta de manera distinta, pero se distinguen dos grandes categorías. Pertenecen a la primera categoría los que rehúsan regresar, o incluso hablar del tema; los que querrían olvidar pero no pueden, y viven atormentados por pesadillas; los que, al contrario, han olvidado, han extirpado todo y han vuelto a vivir a partir de cero. He notado que, en general, todos estos individuos fueron a parar al Lager “por desgracia”, es decir sin un compromiso político preciso; para ellos el sufrimiento ha sido una experiencia traumática pero privada de significado y de enseñanza, como una calamidad o una enfermedad: el recuerdo es para ellos algo extraño, un cuerpo doloroso que se inmiscuyó en sus vidas y han tratado (o aún tratan) de eliminarlo.

La segunda categoría, en cambio, está constituida por los ex prisioneros “políticos”, o en todo caso con preparación política, o con una convicción religiosa, o con una fuerte conciencia moral. Para estos sobrevivientes, recordar es un deber: éstos no quieren olvidar, y sobre todo no quieren que el mundo olvide, porque han comprendido que su experiencia tenía sentido y que los Lager no fueron un accidente, un hecho imprevisto de la Historia.

Los Lager nazis han sido la cima, la culminación del fascismo en Europa, su manifestación más monstruosa; pero el fascismo existía antes que Hitler y Mussolini, y ha sobrevivido, abierto o encubierto, a su derrota en la Segunda Guerra Mundial. En todo el mundo, en donde se empieza negando las libertades fundamentales del Hombre y la igualdad entre los hombres, se va hacia el sistema concentracionario, y es éste un camino en el que es difícil detenerse. Conozco muchos ex prisioneros que han comprendido bien la terrible lección implícita en su experiencia, y que cada año vuelven a “su” campo llevando de la mano peregrinajes de jóvenes: yo mismo lo haría de buen grado si el tiempo me lo permitiese y si no supiera que logro el mismo fin escribiendo libros y aceptando comentarlos ante los estudiantes.

Comprender es imposible

Como se sabe, la obra de exterminación fue muy lejos. Los nazis, que a la vez estaban empeñados en una guerra durísima, manifestaron en ello una prisa inexplicable: los cargamentos de víctimas destinadas al gas o a ser trasladadas de los Lager cercanos al frente tenían precedencia sobre los transportes militares. No llegó a su culminación sólo porque Alemania fue derrotada, pero el testamento político de Hitler, dictado pocas horas antes de su suicidio y con los rusos a pocos metros de distancia, concluía así: “Sobre todo, ordeno al gobierno y al pueblo alemán que mantengan plenamente vigentes las leyes raciales y que combatan inexorablemente contra el envenenador de todas las naciones, el judaísmo internacional”.

Se puede afirmar que el antisemitismo es un caso particular de intolerancia; que durante siglos ha tenido un carácter principalmente religioso; que en el tercer Reich fue exacerbado por la explosión nacionalista y militarista del pueblo alemán, y por la peculiar “diferencia” del pueblo judío; que se diseminó fácilmente por toda Alemania y buena parte de Europa, gracias a la eficacia de la propaganda de los fascistas y de los nazis que tenían necesidad de un chivo emisario sobre quien descargar todas las culpas y todos los resentimientos; y que el fenómeno fue llevado a su paroxismo por Hitler, dictador maníaco.

Debo conceder, sin embargo, que estas explicaciones comúnmente aceptadas no me satisfacen: son diminutas, no tienen común medida ni proporción con los hechos que pretenden explicar. Releyendo las crónicas del nazismo, desde sus turbios inicios hasta su fin convulsionado, no logro quitarme de encima la impresión de una atmósfera general de locura descontrolada que me parece ser única en la historia. Esta locura colectiva, este descarrío, suele explicarse postulando la combinación de muchos factores distintos, insuficientes uno a uno. El más importante sería la misma personalidad de Hitler y su profunda interacción con el pueblo alemán. Es verdad que sus obsesiones personales, su capacidad de odiar, su prédica de la violencia, hallaban una resonancia desenfrenada en la frustración del pueblo alemán, y de él le volvían multiplicadas, confirmándole su convicción delirante de ser él mismo quien encarnaba al Héroe de Nietzsche, el Superhombre redentor de Alemania.

Mucho se ha escrito acerca de su odio hacia el pueblo judío. Se ha dicho que Hitler volcaba sobre los judíos su odio hacia todo el género humano; que reconocía en los judíos algunos de sus propios defectos, y que al odiar a los judíos se odiaba a sí mismo; que la violencia de su aversión provenía del temor de tener “sangre judía” en las venas.

Insisto: no me parecen explicaciones adecuadas. No me parece lícito explicar un fenómeno histórico cargando todas las culpas sobre un individuo (¡los ejecutores de órdenes horrendas no son inocentes!), y además siempre es arduo interpretar las motivaciones profundas de un individuo. Las hipótesis propuestas justifican los hechos sólo parcialmente, explican la calidad pero no la cantidad. Debo admitir que prefiero la humildad con que algunos historiadores entre los más serios (Bullock, Schramm, Bracher) confiesan no comprender el antisemitismo furibundo de Hitler y, detrás de él, de Alemania.

Quizá no se pueda comprender todo lo que sucedió, o no se deba comprender, porque comprender casi es justificar. Me explico: “comprender” una proposición o un comportamiento humano significa (incluso etimológicamente) contenerlo, contener al autor, ponerse en su lugar, identificarse con él. Pero ningún hombre normal podrá jamás identificarse con Hitler, Himmler, Goebbels, Eichmann e infinitos otros. Esto nos desorienta y a la vez nos consuela: porque quizá sea deseable que sus palabras (y también, por desgracia, sus obras) no lleguen nunca a resultarnos comprensibles. Son palabras y actos no humanos, o peor: contrahumanos, sin precedentes históricos, difícilmente comparables con los hechos más crueles de la lucha biológica por la existencia. A esta lucha podemos asimilar la guerra: pero Auschwitz nada tiene que ver con la guerra, no es un episodio, no es una forma extremada. La guerra es un hecho terrible desde siempre: podemos execrarlo pero está en nosotros, tiene su racionalidad, lo “comprendemos”.

Pero en el odio nazi no hay racionalidad: es un odio que no está en nosotros, está fuera del hombre, es un fruto venenoso nacido del tronco funesto del fascismo, pero está fuera y más allá del propio fascismo. No podemos comprenderlo; pero podemos y debemos comprender dónde nace y estar en guardia. Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también.

Por Primo Levi, fragmentos del postfacio, escrito en 1976, en Si esto es un hombre (ed. Muchnik; totalmente agotado en Buenos Aires).
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Las fotos aparecidas ayer en los diferentes diarios brasileños del presidente del país, Luiz Inácio Lula da Silva, son reveladoras de hasta qué punto le ha afectado la polémica suscitada alrededor de su reciente Programa Nacional de Derechos Humanos. Este proyecto, criticado por políticos, militares e incluso la Iglesia católica, se ha convertido ya en el texto de la discordia dentro del propio Ejecutivo. Varios de sus miembros consideran que este programa es un viraje en la postura de Lula hacia una línea más izquierdista, que algunos califican de corte bolivariano.

Según informaba ayer la apertura del diario O Globo, Lula pide ahora que sea revisada la parte del programa que prevé la creación de una Comisión de la Verdad que investigue los actos delictivos cometidos durante la dictadura militar, en un intento de evitar roces con el Ejército. La versión original ordena que sean investigadas las violaciones de los derechos humanos "practicadas en el contexto de represión política"; en la nueva versión, la expresión se sustituirá por "el contexto de conflictos políticos".

Para los tres comandantes del Ejército y para el ministro de Defensa, Nelson Jobim, que habían amenazado con presentar sus dimisiones a Lula si no cambiaba el texto, la nueva versión significa que no sólo serán investigados los militares, sino también los militantes de la izquierda armada durante la dictadura.

Lula prepara ahora una reunión con los ministros que ponen reparos al texto del programa, que, en 73 páginas, prevé la creación de 27 nuevas leyes en el ámbito de los derechos humanos.

Lula también ha escuchado las críticas de los obispos, que se oponen a una parte del texto en la que se le concede a la mujer plena libertad para disponer de su cuerpo, liberalizando así la opción del aborto. Los obispos habían dado a entender a Lula que la Iglesia podría retirar la confianza al Gobierno en las elecciones del próximo octubre.

Según Lula, la cuestión del aborto saldrá del texto del Programa Nacional de Derechos Humanos para convertirse en un tema de salud pública en el ámbito del Gobierno, mientras que el tema de la revisión de la ley de amnistía para poder procesar a los torturadores de la dictadura será objeto de una sentencia del Supremo.

El presidente aún no ha hablado sobre la posibilidad de revisar los otros puntos polémicos del proyecto, como el de la intervención del Ejecutivo en los medios de comunicación, la posibilidad de usar más los plebiscitos populares para gobernar o la libertad que se concede a los Sin Tierra para poder invadir haciendas y que ha enfrentado a los ministros de Agricultura y de la Reforma Agraria.

Según informaciones facilitadas a este diario por el entorno del Gobierno, Lula va a intentar los próximos días "apagar los diferentes fuegos" que ha encendido un ambicioso programa sobre derechos humanos que, quizás por haber querido abarcar demasiados asuntos conflictivos, ha acabado desagradando a progresistas y conservadores.

JUAN ARIAS - Río de Janeiro
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Jueves, 24 Diciembre 2009 09:00

Chile. Votar hasta que duela

“Los ricos están más ricos que nunca, así que no sé cuánto más se van a enriquecer con Piñera”.
(Escritora Isabel Allende, 17 de diciembre 2009).

En ningún otro momento del último medio siglo la derecha estuvo tan cerca -como ahora- de apoderarse del gobierno mediante el voto ciudadano. Las elecciones del 13 de diciembre dieron al empresario Sebastián Piñera una ventaja de 14 puntos sobre el senador y ex presidente Eduardo Frei: 44,05% contra 29,60%. Sin embargo, a medida que se acerca la segunda vuelta del 17 de enero, el panorama comienza a cambiar. 
Bajo la superficie triunfalista de las encuestas y de los medios de comunicación, asoman de nuevo -en ayuda de la Concertación- las maltratadas reservas de voluntad democrática para enfrentar al poder oligárquico. Se trata de la última línea de defensa de una coalición de gobierno extenuada por sus inconsecuencias, sus querellas internas y la corrupción de muchos de sus funcionarios y representantes. 
Sin embargo, a falta de una alternativa popular y democrática, transformadora de la sociedad, que aún no logra emerger, la Concertación de Partidos por la Democracia representa el “mal menor” capaz de contener la voracidad de una oligarquía arrogante e inescrupulosa. Don Dinero pretende administrar el poder total en Chile, enmascarando su dictadura con el voto obtenido a través de la manipulación de las conciencias, tal como soñó el pinochetismo con su Constitución de 1980, todavía vigente.
Un poco de historia

La tentación del gran empresariado por administrar la suma del poder político, social y económico tiene ya su historia, en el Chile moderno. El primer intento -casi exitoso- lo hizo en 1938 el millonario especulador de la Bolsa y ex ministro de Hacienda, Gustavo Ross Santa María. Pero fue derrotado en forma estrecha por el abogado y profesor radical Pedro Aguirre Cerda, candidato del Frente Popular (radicales, socialistas y comunistas) que alcanzó el 50,26% contra 49,33% de Ross.
En 1952, otro empresario -fundador de una de las principales fortunas del país-, Arturo Matte Larraín, trató también de imponer su riqueza para ser elegido presidente de la República. No tuvo éxito, pero consiguió 27,81% de los votos. Fue derrotado en forma contundente por un ex dictador (1927-31), el general (r) Carlos Ibáñez del Campo (46,8%), que también superó al radical Pedro Enrique Alfonso (19,95%) y al socialista Salvador Allende Gossens (5,44%), que hacía su primer intento de llegar a La Moneda. 
En 1958, un empresario -con más pergaminos que Piñera- ganó la Presidencia de la República. Jorge Alessandri Rodríguez, presidente de la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones (CMPC) y de la poderosa Confederación de la Producción y el Comercio, independiente afín al Partido Liberal, hijo del ex presidente Arturo Alessandri Palma (1920-25 y 1932-38), obtuvo 31,2% de los votos. Superó en forma estrecha al socialista Salvador Allende (28,91%), al democratacristiano Eduardo Frei Montalva (20,75%), al radical Luis Bossay Leiva (15,43%) y al diputado independiente Antonio Zamorano Herrera, ex cura de Catapilco (3,36%). En el Congreso Pleno el Partido Radical -el partido de la Masonería- votó por Alessandri, dándole la espalda al hermano Salvador Allende, ex ministro de Aguirre Cerda. 
 
El gobierno de los gerentes

La receta de Jorge Alessandri fue trasladar al gobierno los métodos de administración de la empresa privada para “gerenciar” la crisis que vivía el país. Por eso su administración fue conocida como el “gobierno de los gerentes”. Desde luego, la gran empresa -nacional y extranjera- fue beneficiada con las medidas de ese gobierno. 
Aunque representante de la oligarquía, Alessandri practicaba una forma de vida sobria y mesurada, bien distinta de la ostentosa conducta del actual candidato de la oligarquía.  Alessandri vivía en un departamento de la calle Phillips, frente a la Plaza de Armas, y caminaba diariamente hasta La Moneda. Los fines de semana los pasaba en una parcela cerca de Santiago a la que viajaba en su automóvil particular. Aún no llegaba al país el huracán financiero del neoliberalismo que más tarde traería la dictadura militar-empresarial, agudizando la desigualdad y provocando la transnacionalización de la economía.
En el período post dictadura, otro empresario, Francisco Javier Errázuriz, intentaría comprar el sillón de O’Higgins. En 1989 obtuvo poco más de un millón de votos (15,43%), pero fue superado por el heredero de la dictadura, el ex ministro de Hacienda Hernán Büchi (29,40%), y por el democratacristiano Patricio Aylwin Azócar (55,17%), cuya presidencia inició la ronda de gobiernos de la Concertación que se prolonga hasta hoy.
 
La Concertación en cifras

El sucesor de Aylwin, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, no tuvo problemas. Fue elegido en 1993 con mayoría absoluta: 57,98% (4 millones 40 mil 497 votos). Pero de nuevo un empresario y candidato de la UDI trató de ganar la Presidencia: Arturo Alessandri Besa (24,41%), sobrino de Jorge Alessandri, ex cónsul de la dictadura en Singapur. Entretanto, José Piñera Echenique, hermano de Sebastián, ex ministro de la dictadura, alcanzó el 6,18%. Este Piñera fue el creador de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) que entregaron al capital privado nacional y extranjero los fondos previsionales de los trabajadores chilenos. Parte considerable de esos recursos, unos 50 mil millones de dólares, los han invertido las AFP en el exterior, sobre todo en Estados Unidos. Además, como ministro de Minería, José Piñera promovió la Ley Minera que abrió las puertas a una inversión extranjera que casi no tributa en el país. Solamente en el año 2006 las compañías extranjeras del cobre ganaron 20 mil millones de dólares. Esas utilidades son colosales si se considera que superan las inversiones brutas en la minería de Chile en los 30 años anteriores. El caso más escandaloso son las ganancias de la minera La Escondida, una empresa australiana. Finalmente, como ministro del Trabajo de la dictadura, José Piñera fue autor del Plan Laboral, un conjunto de normas que hicieron polvo los derechos y conquistas de los trabajadores chilenos, desarticulando la organización sindical.
Pero la situación de la Concertación se hizo difícil a partir de Frei. Su sucesor, Ricardo Lagos Escobar, ex radical, militante part time del Partido por la Democracia (PPD) y del Partido Socialista, no alcanzó la mayoría absoluta en 1999. Llegó sólo al 47,96% (3.383.339 votos). Pisándole los talones estuvo el candidato de la UDI, Joaquín Lavín (47,51% y 3.352.199 votos). La candidata comunista Gladys Marín logró 3,19% y el humanista Tomás Hirsch 0,51%. Aunque la dirección del PC llamó a anular o votar en blanco en la primera experiencia de balotaje, gran parte de su votación apoyó a Lagos, que ganó por nariz (51,31%) a Lavín (48,69%).
Las dificultades concertacionistas se repitieron el 2005, enfrentando a una derecha dividida. La socialista Michelle Bachelet obtuvo 45,96% contra 25,41% de Sebastián Piñera (Renovación Nacional) y 23,23% de Joaquín Lavín (Unión Demócrata Independiente, UDI). La suma de los candidato de la derecha superaba a Bachelet (48,64% contra 45.96%). Pero esta vez el Partido Comunista, que había apoyado al humanista Tomás Hirsch (5,40%), llamó a votar por Bachelet. El PC le presentó algunas “condiciones”, entre ellas la reforma de la Constitución y el cambio del sistema binominal, temas de la legislación laboral y de protección del medioambiente, aceptadas de inmediato por la candidata y su comando. De esa forma -aunque Hirsch llamó a votar nulo- Michelle Bachelet pudo derrotar a Piñera por 53,50% contra 46,50%.
Así llegamos a la sombría situación que hoy encara la Concertación. Sin dudas el peor resultado de uno de sus candidatos presidenciales es el 29,60% que el 13 de diciembre obtuvo Eduardo Frei. Deberá definir en segunda vuelta con un Piñera que se presenta con el 44,05%. Sin embargo, surgen dudas si ese porcentaje es el máximo que puede alcanzar el candidato de la derecha, o si tiene posibilidades de crecer succionando la votación de Enríquez-Ominami, de la cual nunca estuvo muy distante. 
Los propios analistas de la derecha, luego de la euforia inicial, han advertido que la fortaleza de Piñera puede ser una ilusión óptica. En efecto, su 44,05% es inferior al porcentaje alcanzado por la derecha en 1989, 1999 y 2005. Asimismo, parte considerable de la votación de Marco Enríquez-Ominami (20,13%), proviene de la Concertación y de sectores de Izquierda que votarían por Frei ante el peligro de una victoria de la derecha. El desplazamiento de votos hacia el candidato de la Concertación ya comenzó con el Juntos Podemos (Partido Comunista, Izquierda Cristiana y Socialistas Allendistas) que el 20 de diciembre oficializó su apoyo a Frei. El candidato presidencial del JP, el socialista Jorge Arrate, aumentó en 60 mil los votos del sector y obtuvo 6,21% (430.824 votos) que reforzarán a Frei. 
 
La erosión ideológica de Chile

No obstante, se mantiene en pie la amenaza de que la derecha gane el 17 de enero. No sólo por la contundencia de su propaganda que incluye los medios de comunicación más influyentes del país. Ellos se encargan de mantener viva la imagen de triunfo irreversible de Piñera.  Asimismo, es un hecho que hay una percepción de agotamiento de la Concertación y un deseo de cambio que no se expresa con coherencia programática. Por ahora se orienta a reclamar “caras nuevas”, una demanda poco consistente que ningún sector político atiende hasta hoy. Sin embargo, Piñera y la derecha “enchulada” la han capitalizado y reclaman por el “cambio”, sobre todo después del eclipse de Enríquez-Ominami. 
En rigor, una eventual victoria de Piñera sería producto de un largo proceso de erosión ideológica y política, que ha preparado el terreno -después de la terrible experiencia de la dictadura- para que el país asimile un gobierno de derecha. La responsabilidad de ese proceso, destinado a borrar la voluntad democrática del pueblo, se debe al efecto en la conciencia y la cultura chilena de la economía de mercado que implantó la dictadura y que ha perfeccionado la Concertación. Esta suicida política económica y cultural, ha destrozado los cimientos humanistas y solidarios de partidos como el Socialista y el Demócrata Cristiano.  A eso hay que añadir la acción desplegada por la propia derecha, orientada a hacer creer que ya no existen ideologías ni tendencias políticas y que hay un solo sistema económico, social y cultural posible: el sistema capitalista. 
Esa línea estratégica de la propaganda de la derecha, cultivada por sus medios de comunicación, por sus centros de investigación y universidades, fue asimilada por la Concertación, que la hizo suya. Lo mismo sucedió con el movimiento “díscolo” de Enríquez.Ominami que creyó en el espejismo de un pacto social que superaría las contradicciones de clase y las diferencias ideológicas, dormidas pero más profundas que nunca. Lo de Enríquez-Ominami fue un pastiche en que ricos y pobres, explotadores y explotados, conservadores, liberales y socialistas, cohabitaban en un mismo proyecto. 
A la Izquierda también cabe responsabilidad en la indigencia ideológica, política y cultural a que nos arrastraron la dictadura, la Concertación y la derecha. No sólo se ha prolongado (y agravado) el mosaico que fragmenta a las fuerzas populares. Sus sectores más sólidos no han sido capaces siquiera de dedicar esfuerzos serios a la formación política y a la propaganda anticapitalista, prioritarias en este período.
Un tufillo fascistoide brota así de la operación política y mercantil que ha tratado de lavar el cerebro de los chilenos. Su instrumento principal es la UDI, cuyos 40 diputados la convierten en el principal partido de Chile. Su bancada parlamentaria refleja un audaz trabajo desplegado en la base social por la extrema derecha, heredera sin remilgos de la dictadura militar. Ejemplo de aquello es que Piñera recibió el 42,31% de los votos en las diez ciudades con mayor desempleo del país y el 51,02% en las diez comunas con mayor tasa de pobreza, entre ellas las comunas mapuches. (Estudio estadístico de El Mercurio, 15 de diciembre).
Es cierto que en el plano de la economía, salvo terminar de privatizar lo que han dejado la dictadura y la Concertación, un gobierno de Piñera no se diferenciaría mucho de uno de Frei. Pero habría cambios regresivos en otros ámbitos. Por ejemplo, en derechos humanos. Dictaría una amnistía para militares ya condenados o se interrumpirían los procesos de otros criminales y torturadores. En el ámbito sindical se impondrían la flexibilización laboral y otras medidas para debilitar el movimiento de los trabajadores. La represión a la lucha social sería aún más dura. Detrás de una pretendida defensa de la “seguridad ciudadana”, se levantaría un Estado policial. 
Piñera se declara admirador del gobierno de Colombia y de sus métodos. Visitó Colombia en julio de 2008 y recorrió ese país en el avión presidencial, acompañando a Alvaro Uribe y al entonces ministro de Defensa, José Manuel Santos, hoy candidato presidencial. En octubre pasado, Santos envió a Chile a tres miembros de su comando, Juan Carlos Echeverry, Tomás González y Santiago Rojas, para estudiar la campaña y el estilo de Piñera. “Los problemas en Chile y Colombia no son tan distintos. A ambos países les preocupa la seguridad ciudadana y el gasto social en salud y educación”, declaró uno de los asesores de Santos. 
El gobierno de Uribe ha generado el más delicado problema que hoy enfrenta América Latina al firmar con EE.UU. un convenio que resigna la soberanía colombiana para permitir la instalación de siete bases militares norteamericanas. Si Piñera es elegido presidente, alineará a Chile junto a Colombia y otros países de la región que han arriado la bandera de la dignidad latinoamericana. Peligrosa tendencia que viene tomando fuerza a partir del golpe de Estado en Honduras, y que busca configurar un bloque contra Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, los países de la Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América (Alba).
La peligrosa situación interna y regional que se crearía si la derecha gana las elecciones en Chile, legitima la necesidad de cerrar el paso a esta maniobra de la oligarquía. La realidad indica que no hay otro camino que votar por Frei… Y ponerse a trabajar en una alternativa de Izquierda que permita librarse del cepo del “mal menor”.
 
Por MANUEL CABIESES DONOSO
(Editorial de “Punto Final”, edición Nº 701, 24 de diciembre, 2009)
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Miércoles, 23 Diciembre 2009 07:15

Caminos históricos: la memoria y el olvido

–Usted actualmente dirige un proyecto de investigación sobre la relación entre historia y memoria. ¿Por qué no me cuenta de qué se trata?

–Bueno, en los últimos años ha habido un auge del tema de la memoria no sólo en la filosofía de la historia propiamente dicha, sino en la sociedad en general: la novela histórica, los films que tienen que ver con la reconstrucción del pasado, son sólo algunos ejemplos. Para la teoría tradicional de la historia también ha sido un desafío, porque la memoria trae al conocimiento del pasado una cuestión que no estaba muy presente en la historiografía clásica, en el sentido de que ésta tenía que ver con un discurso más anónimo, más apegado a los documentos. La memoria, mientras tanto, es otro tipo de acceso, que permite una comprensión diferente del pasado y que se complementa con la historia. El auge como fenómeno cultural tiene indudablemente que ver con el Holocausto, con el concepto de trauma, con todas estas cuestiones que han cuestionado la idea del progreso...

–La memoria individual en realidad es muy falible... La memoria social, ¿no es algo también de corto plazo? ¿Qué puede recordar una sociedad?

–Es un fenómeno muy complejo, porque entre esa memoria individual y la memoria colectiva hay una interacción. Lo que hay son ceremonias sociales del recuerdo. La noción de memoria está muy unida al concepto de identidad: todos los pueblos construyen su identidad a partir de una selección de acontecimientos, de hechos significativos que adquieren un carácter emblemático y que definen lo que uno es.

–Pero la memoria es selectiva. Decide qué guardar.

–No sólo eso: incluso hay memorias en conflicto. El historiador, por eso, trata de dar una imagen de la totalidad, aunque su discurso también puede ser sesgado. La memoria, desde el momento en que es selectiva, es conflictiva, lo cual no significa que todo sea relativo o que los hechos no hayan existido. Para eso es necesario contrastar distintos testimonios.

–¿Hasta dónde llega la memoria colectiva? ¿Qué puede recordar un colectivo de sujetos sobre Yrigoyen, por ejemplo?

–Prácticamente nada, salvo la gente muy mayor. Pero la memoria colectiva no es sólo una memoria directa, sino también legada por una generación anterior.

–Y desde el punto de vista metodológico: ¿cómo trabaja con la memoria?

–Bueno, yo soy filósofo: mi trabajo es puramente teórico y consiste en el análisis de textos, de teorías, de hipótesis. El material empírico también es la obra del historiador, y las preguntas que nos hacemos, por ejemplo, tienen que ver con la significación de términos como “objetividad” o “verdad” en Historia.

–A ver, a ver..., ¿qué son la objetividad o la verdad en Historia?

–Son temas polémicos. Existe una corriente muy fuerte de epistemología de la historiografía que se basa en el análisis del discurso del historiador, o sea, de las narraciones (porque los historiadores cuentan cosas). Esas narraciones muchas veces están vinculadas con géneros literarios específicos. Llevado esto a una posición extrema, se llega a un relativismo absoluto que le quita toda cientificidad. Yo trato de defender un punto de vista que tiene en cuenta la pretensión científica de la historia, pensando que un relato puede ser objetivo sin dejar de ser controversial y revisable.

–¿Qué controversias hay sobre la dictadura acá?

–En general, son controversias que tienen que ver con las formas de legitimación del poder. Sin duda, la dictadura es un referente central del discurso político actual. Esa época sirve como el momento al que no se debe volver, lo cual está muy bien expresado en la fórmula “Nunca más”. Pero también es cierto que todavía estamos lejos de haber elaborado históricamente lo que pasó en aquella época: tenemos discursos muy unilaterales. Habría que hacer un trabajo de memoria, en palabras de Freud...

–Yo creo que se está construyendo una imagen de la dictadura que empieza el 24 de marzo y que vino a romper un mundo idílico. Y eso no fue así. Había una situación predictatorial, con un gobierno civil que administraba las muertes... ¿Usted cree, como yo, que se está haciendo un recorte falso?

–Yo creo que la memoria hay que revisitarla y revisarla. Uno debe oponerse siempre a las llamadas “historias oficiales”, que se ofrecen como modos de legitimación de determinadas políticas. El trabajo del historiador es paradójico, porque si bien se ocupa del pasado, puede condicionar fuertemente el presente. Lo que yo creo es que la época de la dictadura aún no está bien elaborada y no se puede observar con la debida distancia crítica. La Historia, a diferencia de otras disciplinas, tiene un papel importantísimo en el ámbito del discurso público, y la revisión de la historia contemporánea es, por lo tanto, fundamental. Esto sonará a verdad de perogrullo, pero el trabajo de comprender el pasado es vital para definir el futuro.

–¿Y esta preocupación por la memoria es global o es propia de Argentina?

–Es global, es un tema muy actual en todos los campos.

–¿Por qué es tan actual?

–Es una pregunta difícil de contestar. Por un lado hay una desilusión con respecto a la esfera pública y, por lo tanto, un intento de rescatar la dimensión humana, personal, sentimental de lo que vivieron los protagonistas de determinados hechos. Hay un horror frente a lo acontecido: como paradigma de reflexión en torno de los acontecimientos del pasado, el Holocausto es central. Pareciera que, aunque estamos desorientados respecto de nuestro futuro, sabemos que hay ciertas cosas que no queremos que vuelvan a suceder...

–¿Quiénes no queremos que sucedan de nuevo esas cosas?

–Creo que hay una opinión pública formada a través de lecturas, de contemplación de obras de arte, con los museos de la memoria... Creo que es un fenómeno cultural abarcador: digamos que hay una visión actual que es compartida en el mundo. Es “lo que se piensa ahora”. De cualquier modo, no puedo explicarle contundentemente cómo es que surgió este “boom memorialista”.

–¿No tiene que ver con todos los horrores del siglo XX?

–Pero fíjese que surgió mucho tiempo después del Holocausto. Hasta los años ’60 el tema del Holocausto casi no figuraba, no se le da la importancia que se le da ahora (que se ha convertido en el acontecimiento del siglo).

–Usted trabaja con otra línea, que tiene que ver con la globalización, ¿no?

–Sí. Después de la crisis de la idea del progreso, se consideraba que toda pregunta acerca del sentido de la Historia formaba parte de una mala metafísica de la historia. Más aún después de la caída del Muro de Berlín; el marxismo había sido el gran heredero de la Ilustración, y la caída del Muro produjo un enorme escepticismo. Ya eran visibles, por supuesto, las consecuencias negativas de los regímenes proclamados marxistas...

–No fueron simplemente consecuencias negativas: hubo una masacre pavorosa.

–Exactamente. Ahí tenemos una visión de lo que aconteció que durante mucho tiempo se trató de tapar...

–Con bastante eficacia...

–Sí. Con mucha eficacia. Yo recuerdo que una vez llevé un libro sobre los crímenes de la Unión Soviética a la facultad y un alumno se acercó y me dijo: “No conviene traer esto acá, porque es hacerle el juego a la derecha”. Pero esas son cosas que, de cualquier manera, pasaron, y uno no puede darle vuelta la cara.

–Me decía lo de la mala fama que se había ganado el sentido de la historia...

–Sí, claro. Por eso los filósofos de la Historia dejaron de dedicarse a eso y empezaron a dedicarse a la explicitación de la metodología del trabajo de escritura histórica. El giro memorialista y el fenómeno de la globalización están conduciendo a algo unitario: el mundo se parece cada vez más en todos lados. Eso tiene consecuencias positivas y negativas.

–¿Existe la Historia? ¿Hay un ente, una fuerza real, existente, llamada Historia?

–La palabra Historia (con mayúscula) es una creación de la época de la Ilustración, hoy muy cuestionada. Esa visión fue muy criticada y, con el tiempo, volvió a hablarse de “historias”. El tema de la globalización vuelve a hacer plausible esa manera ilustrada de ver las cosas en la cual todo está encadenado a un fenómeno general. Hay una enorme necesidad de teorías, de abandonar viejos esquemas interpretativos y considerar nuevas maneras de dar cuenta de la realidad. Creo que en general la gente no está contenta con el mundo en el que vive...

–Tal vez muy equivocadamente, por falta de memoria... Porque si se repasa lo que era el mundo hace un tiempo, incluso hace cincuenta años, es fácil ver que vivimos una situación mucho más pacífica que antes, entre otras cosas.

–Yo creo que hemos avanzado mucho más de lo que creemos pero mucho menos de lo que deseamos. Y esa paradoja es la que impulsa el pensamiento.

Por Leonardo Moledo

www.leonardomoledo.blogspot.com
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Martes, 22 Diciembre 2009 07:03

Lula avanza con los DD.HH.

El mandatario brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, presentó ayer un proyecto de ley destinado a esclarecer los crímenes de la última dictadura militar gobernante entre 1964 y 1985. El denominado Tercer Programa Nacional de Derechos Humanos propone, entre otros puntos, la creación de una “comisión de la verdad” concebida con “mandato y plazo definidos para examinar las violaciones”, según explicó Paulo Vannucchi, secretario nacional de Derechos Humanos. Esta comisión podrá reclamar documentos públicos y privados, promover la reconstrucción histórica de las violaciones e impulsar la localización de los restos de desaparecidos políticos con el objetivo de constituir un banco de datos público.

En un acto destinado a presentar el proyecto, Da Silva elogió la actitud de sus ministros de la Casa Civil, Dilma Rousseff; de Justicia, Tarso Genro, y de Derechos Humanos, Paulo Vannuchi, quienes fueron perseguidos por el gobierno militar. “Si alguien detuvo y torturó a Dilma (Rousseff) creyendo que había acabado la lucha de ella, yo le digo que es hoy una posible candidata a la presidencia de la República de este país”, declaró en claro apoyo a su delfín en el Partido de los Trabajadores (PT). “Debemos transformar a nuestros compañeros en héroes, no en perseguidos, y decir que ellos no están porque lucharon” por un mundo mejor, expresó.

Sus dichos apuntaron a que “lo importante es saber y tener conciencia de que valió la pena” la lucha contra la dictadura. El mandatario aludió a los cerca de 200 desaparecidos y miles de torturados por causas políticas. “Una madre nunca se va a quitar de su corazón el sufrimiento de no enterrar a su hijo (...), pero lo más importante es saber que la vida de ese chico valió la pena.”

En esa línea, Lula defendió a su ministro de Comunicaciones, Franklin Martins, miembro del grupo armado en la década del sesenta Movimiento Revolucionario 8 de Octubre (MR-8), al señalar: “Franklin Martins participó del secuestro del embajador norteamericano (Charles Ellbrick, en 1969), en el marco del enfrentamiento con los militares y porque quería cambiar la situación que vivía Brasil”.

Sin embargo, el presidente brasileño no dejó de reiterar su opinión de que lo más importante no es buscar castigo para los militares.

El anuncio del programa se inscribe en el marco de la revisión de la criticada Ley de Amnistía, dictada en 1979, la cual benefició a aquellos acusados de infligir torturas durante la dictadura militar. Desde hace más de un año, la Corte Suprema dio lugar a una demanda presentada por la Orden de Abogados que sostiene que las violaciones a los derechos humanos constituyen crímenes de lesa humanidad que no prescriben y como tales deben ser juzgados.

A esto se suma el reclamo de la sudafricana Navi Pillay, alta comisaria de la ONU para los DD.HH., que en noviembre declaró que Brasil no debía dejar impunes a los torturadores de la dictadura y sugirió la puesta en marcha de una ‘Comisión de la Verdad y la Reconciliación’ como la convocada por Nelson Mandela en Sudáfrica al final del Apartheid, en la que los torturadores eran llamados a reconocer sus culpas ante las víctimas.

En otros aspectos, el programa anunciado ayer también plantea la redacción de un proyecto de ley que regularice el matrimonio de parejas homosexuales y otro que incluya en la educación pública la enseñanza de la “diversidad religiosa”.

Al proyecto de ley le espera un largo camino, ya que su creación, marco de acción y alcance deberán ser definidos y aprobados por el Congreso.

“Va a ser una sorpresa”

Lula da Silva dijo ayer que su colega norteamericano Barack Obama es consciente del papel que debe desempeñar en Latinoamérica, por lo que dijo que mantiene “una expectativa muy grande” de que “él aún va a ser una sorpresa”. “Continúo teniendo una expectativa muy grande en relación con el gobierno de Obama; él aún va a ser una sorpresa porque tiene conciencia del rol que tiene que cumplir en América latina y Africa”, dijo Lula. Luego de un encuentro cordial entre Lula y Obama ocurrido hace 8 meses en Washington, el presidente de Brasil criticó recientemente la posición norteamericana en la cumbre sobre cambios climáticos en Copenhague, así como la política de aquel país ante la crisis hondureña y la instalación de las bases militares en Colombia. Estados Unidos, por su lado, hizo saber su desacuerdo con la aproximación de Brasil y el gobierno de Irán. A pesar de todo ello, Lula afirmó ayer que la relación con Obama es “excepcional”. El mandatario sudamericano sostuvo que Obama cuenta con un margen de maniobra restringido por las presiones del Congreso norteamericano, “que siempre fue riguroso con todos los presidentes de los Estados Unidos”. En su viaje a Washington, Lula invitó a Obama a que visite Brasil. En los últimos días circularon versiones según las cuales Obama no visitaría Brasil, debido a las discrepancias recientes. Consultado sobre el tema, Lula respondió: “Si Obama no viene, el que pierde es él; cuanto antes él venga a Brasil, va a ver que éste es un país importante, desarrollado y que tiene muchas cosas para mostrar”.
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Domingo, 20 Diciembre 2009 08:06

Chile en la encrucijada

El Chile actual presenta grandes diferencias con el de hace 40 años, en tiempos de Salvador Allende.

En efecto, los dos grandes partidos obreros –comunista y socialista– que desde los años 30 del siglo anterior marcaron profundamente la historia de la sociedad chilena, se transformaron profundamente y son una sombra de lo que fueron. El primero, aunque se está reanimando en el movimiento sindical y entre el estudiantado, se debilitó al extremo y perdió sus seguridades teórico-políticas, y hoy logró, como gran conquista y al costo de su subordinación al ex presidente Frei, candidato de la Concertación, sólo tres diputados. Y el segundo, que siempre había sido una confederación de tribus, es ahora mayoritariamente social liberal y tiene apenas una izquierda residual.

El país también fue terriblemente despolitizado por la dictadura y por las políticas más que moderadas de los gobiernos del centroizquierda que sucedieron a Pinochet. Los jóvenes se alejan de la actividad política, aunque participan en luchas estudiantiles o de sector con un vigor que deja lugar a la esperanza. El número y peso político de los campesinos se redujo fuertemente y hoy 90 por ciento de la población económicamente activa es urbana y las luchas rurales se concentran en la resistencia de los mapuches, oprimidos como pobres, como campesinos y, sobre todo, en su carácter de indígenas por gobiernos que siguen siendo racistas y clasistas, incluso cuando dicen ser progresistas como los de la Concertación con presidencia socialista.

Hay 62 por ciento de trabajadores, 3 por ciento de empleados públicos, 5.5 por ciento de empleados domésticos, 16.6 por ciento de cuentapropistas, 7 por ciento de patrones, 0.5 por ciento de dirigentes estatales y 5 por ciento de dirigentes en el sector privado. Los asalariados, más los cuentapropistas son, pues, la mayoría de la población, pero muchos de ellos no votan o lo hacen incluso por los partidos de derecha y de centro derecha, y eso explica los sufragios obtenidos por el hombre más rico de Chile, Sebastián Piñera, el Berlusconi del sur, un conservador unido a la extrema derecha que trata de hacer olvidar su apoyo a Pinochet.

El repudio juvenil semianarcoide a la política, que fue la base de los votos de Marco Enríquez-Ominami es, en realidad, una especie de que se vayan todos chileno, de hartazgo de los politiqueros, pero abre el camino a los que personifican esa odiada política, es decir, a la derecha y centroderecha y a una centroizquierda que cada vez se diferencia menos de esta última.

Por eso, como era previsible, Piñera ganó la primera vuelta con 44 por ciento de los votos contra casi 30 por ciento de Eduardo Frei, ex presidente democristiano hijo de otro ex presidente también democristiano asesinado por la dictadura; casi 20 por ciento para Marco Enríquez-Ominami y 6 por ciento para el socialista Arrate, que canalizó los votos comunistas.

Sebastián Piñera, en la primera vuelta, prácticamente ya sacó todos los votos normales por la derecha y ahora está tratando de pescar en el electorado de Marco Enríquez, aprovechando el repudio del mismo a Frei o, al menos, de lograr que ese electorado se abstenga, reduciendo así la cantidad de votos necesarios para acabar con los gobiernos de la Concertación socialista-democristiana. Los votos comunistas y socialistas por Arrate sin duda confluirán en la segunda vuelta en su mayoría con los de Frei, de modo que desde ahora mismo, sin esperar el segundo turno el 17 de enero próximo, el marcador está en 44 para la derecha contra cerca de 36 para la centroizquierda. La incógnita, de este modo, reside en cómo se dividirá ese 20 por ciento de Marco Enríquez, que ahora es decisivo. Muchos, sin duda, irán a la abstención o el voto nulo porque se enfrentan dos grupos del pasado, como dijo Enríquez; otros, en cambio, irán con Frei para impedir el retorno de la derecha al poder, y no faltarán ni entre sus cuadros ni entre sus votantes los que escucharán los cantos de sirena de Piñera, que las encuestas calculan nada menos que en siete por ciento (un tercio de los votos de Marco Enríquez-Ominami).

Si del 20 por ciento de Enríquez-Ominami un 5 anula el voto o se abstiene y un 10 por ciento se tapa la nariz y le da el voto a Frei, ganaría Piñera por 49 contra 46. Sólo si la mayoría de esos votantes optase por Frei y únicamente lo hiciese por Piñera un sector pequeño, el candidato de la Concertación tendría posibilidad de ganar. O sea, que Frei tiene muy pocas probabilidades. De todos modos, incluso esa remotísima posibilidad, la Concertación estaría herida de muerte y no podría ignorar la realidad social del país que, bajo los efectos de la crisis mundial, comenzaría a latinoamericanizarse, es decir, a enfrentar agudas luchas de clase. La Democracia Cristiana (DC) ya sufrió una escisión de derecha y su electorado más conservador pasó a los pinochetistas y a los pinocheteros (pinochetistas que no osan mostrar su rostro, como Piñera). Su alianza con los socialistas dañó a ambos porque no se pueden aliar los golpistas contra Salvador Allende con los epígonos edulcorados de éste. Lo que queda de vital del Partido Socialista tratará de separarse de este abrazo mortal con sus enemigos y buena parte de los restos de la DC se irán detrás de Piñera. Habrá que ver hacia dónde va la protesta que encabeza Marco Enríquez. Lo cierto es que el panorama político chileno ha cambiado radicalmente y que un gobierno de derecha en el país influirá en el contexto sudamericano.





 
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Domingo, 20 Diciembre 2009 07:44

El Brasil de las 20.000 torturas verá la luz

Brasil, siguiendo tardíamente la estela de Argentina, Chile y Uruguay, ha decidido enfrentarse a los fantasmas de su pasado y asumir abiertamente los crímenes (y sus consecuencias) cometidos por los militares durante la dictadura que atenazó al país entre 1964 y 1985.

El presidente Luiz Inácio Lula da Silva anunciará mañana el inicio de los trabajos para la creación de una Comisión de la Verdad que reconstruya con niveles mínimos de credibilidad la memoria de los muertos, desaparecidos, presos, torturados y exiliados durante los sucesivos regímenes militares.

Sin embargo, es bastante improbable que el Gobierno y la justicia brasileña den por el momento un paso que las víctimas y sus familiares consideran crucial para que la herida pueda cicatrizar algún día: la apertura de causas penales contra los criminales de la represión militar. La dictadura brasileña, que duró más de 20 años, no fue la más letal de Suramérica, pero en términos relativos fue una de las que más torturó, a unas 20.000 personas, según datos oficiales.

El decreto ley que Lula firmará mañana y que da luz verde a este proceso, a cuyo contenido ha accedido EL PAÍS, representa un gesto inequívoco del Gobierno de Brasilia para revertir una política del silencio denunciada desde la llegada de la democracia por los grupos defensores de los derechos humanos y los familiares de las víctimas de la dictadura.

El origen de tanto encubrimiento de información está en la denominada Ley de Amnistía, diseñada por los propios militares en 1979 bajo el Gobierno de João Baptista Figueredo, el último general de una larga saga de dictadores. La Ley de Amnistía permitió el regreso a Brasil de políticos, artistas y demás brasileños exiliados y condenados por crímenes políticos, aunque esto sólo fue el barniz externo de una medida aparentemente aperturista.

La misma ley también abrió la puerta a la absolución de todos los responsables de las torturas, asesinatos y desapariciones durante los años de plomo. En la práctica, fue una ley de tabla rasa, de borrón y cuenta nueva. "Esta ley aseguró que durante la transición se produjese una reconciliación amnésica y que sólo incumbía a las élites del momento. Además, no permitió que el primer Gobierno de la democracia avanzara sustancialmente en el tratamiento de las violaciones de los derechos humanos en términos de verdad, justicia y memoria", explica el politólogo argentino y especialista en violaciones de derechos humanos durante las dictaduras suramericanas, José María Gómez.

Lula anunciará mañana la constitución de un grupo de trabajo formado por representantes de varios ministerios que deberá presentar el próximo mes de abril ante el Congreso brasileño un proyecto de ley para la creación de una Comisión de la Verdad "compuesta de forma plural y suprapartidaria, con mandato y plazos definidos, para examinar las violaciones de los derechos humanos practicadas en el contexto de la represión política".

Según el documento redactado por la Secretaría de Estado de Derechos Humanos, esta comisión se encargará, entre otras funciones, de promover la reconstrucción de las violaciones de derechos humanos, así como de localizar e identificar los restos de cientos de desaparecidos, como los miembros de la guerrilla Araguaia.

En una de las más largas y sangrientas campañas contra la disidencia armada, el Ejército brasileño hizo desaparecer a 70 integrantes del grupo guerrillero Araguaia. Sus familias aún desconocen dónde están los restos mortales.

La Comisión también aportará recomendaciones para procurar que nunca más se produzcan violaciones masivas de derechos humanos en Brasil. Este último punto concentra la quintaesencia de lo que opina el ministro brasileño de Derechos Humanos y férreo defensor de la Comisión de la Verdad, Paulo Vannuchi: Brasil no tendrá autoridad moral para afrontar las violaciones de derechos humanos perpetradas hoy por sus fuerzas policiales hasta que no juzgue a aquellos que torturaron, mataron y borraron el rastro de decenas de miles de personas durante los años de la dictadura. La reflexión viene al caso después de que la organización Human Rights Watch (HRW) denunciara hace algunos días una práctica habitual de las policías de Río de Janeiro y São Paulo, consistente en ejecutar extrajudicialmente a los delincuentes y después eliminar todo tipo de pruebas que puedan esclarecer las circunstancias de los homicidios.

"En Brasil existe una cultura de la impunidad, y la impunidad siempre realimenta la repetición del crimen", comenta a este periódico el ministro de Derechos Humanos. "Y no me refiero sólo a la impunidad del régimen militar. Tenemos una larga historia de esclavitud, y en nuestras escuelas nunca se ha discutido qué pasó durante esos periodos. Este pasado es el responsable de los sentimientos racistas que aun siguen socialmente arraigados. Lo mismo ha sucedido con el genocidio indígena, que entre 1500 y 1988 redujo la población indígena de cinco millones a 250.000 personas. Existe una conexión clara entre la falta de discusión sobre esta violencia del pasado y los problemas que tenemos en el Brasil de hoy", explica Vannuchi.

El propio Gobierno brasileño reconoce que "las violaciones sistemáticas de los derechos humanos por el Estado durante el régimen dictatorial son desconocidas por la mayoría de la población, en especial por los jóvenes". Según la Secretaría de Derechos Humanos, unas 50.000 personas fueron detenidas durante los primeros meses de la dictadura, unas 20.000 fueron torturadas, y cerca de 400 brasileños murieron o desaparecieron sin dejar rastro. Sin contar con las miles de detenciones no registradas y la cifra "incalculable" de exiliados y refugiados políticos.

Durante los últimos años, Brasil ha dado tímidos pasos hacia el rescate de la verdad sobre estos años de infamia. En el Tribunal Supremo se discute actualmente si la polémica Ley de Amnistía debe mantener la inmunidad de los mandos militares que diseñaron la máquina trituradora de derechos humanos.

El pasado mayo Lula anunció la apertura en Internet de unos exiguos archivos de la dictadura. Pero las tentativas del Gobierno brasileño para arrojar luz han tropezado con el hecho de que en las Fuerzas Armadas aseguran haber destruido los documentos clasificados en su poder, extremo que los grupos de derechos humanos niegan tajantemente.

Los más ponderados en el Gobierno, entre los que se encuentra el ministro Vannuchi, abogan porque se condene a los responsables de la barbarie por crímenes de lesa humanidad. "La Comisión de la Verdad culminará con unos informes que serán de dominio público. Después, la Fiscalía decidirá si procede dar a los delitos un tratamiento penal. Mi opinión es que el delito de tortura no prescribe y que debe ser juzgado. Ahora... mi posición no es la posición del Gobierno en su conjunto", explica Vannuchi, confirmando las diferencias que separan al Ministerio de Justicia del Ministerio de Defensa, este último partidario del borrón y cuenta nueva.

Según una de las investigaciones más fiables de la dictadura brasileña elaborada por la Archidiócesis de São Paulo, 24.000 personas trabajaron en el aparato represivo y 334 en las sesiones de tortura. Pocas tienen hoy nombre y apellido.

Por FRANCHO BARÓN - Río de Janeiro
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Sábado, 31 Octubre 2009 09:14

Noticias relevantes

En días recientes ocurrieron en nuestro país importantes acontecimientos.
El 28 de octubre, a las 7 y 30 de la mañana, se conmemoró el 50 Aniversario de la desaparición física de Camilo Cienfuegos. El triste suceso ocurrió un atardecer tempestuoso cuando viajaba en avioneta de Camagüey a la capital, por el norte de Cuba.

En Yaguajay había librado su último combate victorioso contra la tiranía a fines de diciembre de 1958. Allí se inauguró un mausoleo, donde yacen los restos de los caídos durante la guerra en el Frente Norte de Las Villas o después del 1º de Enero de 1959 y yacerán los de aquellos de su Columna Invasora o los que se unieron a ella en el centro del país y que aún viven.

Alguien lo llamó el Héroe de Yaguajay y perduró ese título. Era todavía más: el Héroe de la Columna Invasora Antonio Maceo. El audaz comandante, en el avance de su columna ligera, iba destinado a Pinar del Río, y hasta sus montañas habría llegado si no se le indicara desde la Sierra Maestra detenerse, y luchar junto al Che y bajo sus órdenes, en el centro del país. No era necesario arriesgarlo en esa misión, que constituía una interpretación incorrecta de las circunstancias históricas. El 2 de enero inició con el Che la marcha histórica hacia la capital. ¡Cuánto se podría investigar y reflexionar sobre eso!

Por decisión del Partido y el Gobierno, desde este 50 Aniversario, su silueta de acero ilumina, junto a la del Guerrillero Heroico, el fondo de la Plaza de la Revolución, montando guardia ante la estatua de Nuestro Héroe Nacional José Martí.

También el 28 de octubre, a las 9 de la mañana, quiso el azar que se iniciara el debate sobre la resolución presentada por Cuba contra el bloqueo económico, financiero y comercial de Estados Unidos a nuestra Patria. Se escucharon palabras emotivas de los representantes de numerosos países del Tercer Mundo, que dejaron constancia de su aprecio por el país indoblegable y solidario que durante medio siglo se ha enfrentado al imperio despiadado y genocida que se erigió en la vecindad de nuestra isla. Gran número de países vieron en la resistencia de Cuba una lucha por su propio derecho a la soberanía.

La obra discreta y solidaria de nuestro pueblo desde los primeros años de la Revolución, y su heroica resistencia frente al cruel bloqueo de Estados Unidos, no era olvidada por la abrumadora mayoría de los 192 Estados soberanos del mundo.

Los argumentos irrebatibles de nuestro canciller, Bruno Rodríguez, resonaban como martillazos en aquella sala ubicada en el corazón de Nueva York y muy próxima a Wall Street.
Por primera vez, en muchos años de debates, todos los Estados que integran las Naciones Unidas participaron en la discusión del espinoso y comprometedor tema.

Hasta los aliados europeos de la OTAN y los miembros de la comunidad europea, desarrollados, consumistas y ricos, se sintieron en la necesidad de expresar su inconformidad con el bloqueo económico a Cuba. La réplica de nuestro Canciller al discurso justificativo y plañidero de la representación de Estados Unidos fue contundente.

Cuando el Presidente de la Asamblea procedió a la votación, de los 192 Estados, solo tres delegaciones votaron contra el proyecto de Cuba: Estados Unidos; su aliada en el holocausto palestino, Israel, y la isla de Palau. Un abogado norteamericano con ciudadanía israelí que representa a Palau, un territorio en el Océano Pacífico de 450 kilómetros cuadrados que estuvo bajo la administración yanki por casi 50 años, votó por Estados Unidos en la ONU. Dos Estados se abstuvieron y 187 condenaron el bloqueo.

Estos hechos, sin embargo, por puro azar, no fueron los dos únicos importantes para los cubanos ese día. En horas de la tarde finalizaba la visita a nuestra Patria de la doctora Margaret Chan, Directora General de la Organización Mundial de la Salud (OMS), acompañada de Mirta Roses, Directora de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Ambas representan los dos más importantes organismos internacionales que asumen la responsabilidad por esa vital tarea. El pasado martes 27 tuve el honor de compartir con ellas.
Dado el hecho de que el tema de la epidemia de gripe A H1N1 es de gran interés para todos los pueblos, especialmente los del Tercer Mundo –que son los que más han sufrido las consecuencias de la explotación y el saqueo–, les solicité un encuentro dentro de su apretado programa.

A pesar de la preocupación y los esfuerzos de nuestro Ministerio de Salud Pública, y sus programas de información a nuestros ciudadanos, pensé en la conveniencia de profundizar en el tema de la epidemia.

La salud pública fue una de las causas que hicieron necesaria una revolución en Cuba. No pretendo exponer los avances obtenidos, que nos ubican como el país con más médicos per cápita en el mundo –un ejemplo de lo que puede hacerse por otros pueblos–, a pesar de ser una nación bloqueada y agredida por el poderoso imperio durante medio siglo. Nuestra Patria no solo fue víctima del robo despiadado de cerebros, sino también objetivo de las agresiones biológicas del gobierno de Estados Unidos, que no se limitó al empleó de virus y bacterias contra plantas y animales, sino que los utilizó contra la propia población. El dengue afectó a más de 300 mil personas, y el serotipo número 2 lo introdujeron en Cuba y el hemisferio cuando aún no estaba presente como epidemia en ningún otro país.

Omitiendo otros muchos datos, en aras de la brevedad, baste recordar a los efectos de esta reflexión que el dengue se transmite a través del mosquito, pero la gripe A H1N1 se expande mucho más fácil y directamente a través de las vías respiratorias.

Nuestra población debe conocer que, al finalizar la Primera Guerra Mundial, una epidemia de gripe mató a decenas de millones de personas en una etapa en que la población del planeta apenas rebasaba los 1 500 millones de habitantes. Los recursos científicos y técnicos de la humanidad eran mucho menores que los de hoy.

Esta realidad no nos debe inducir a un exceso de confianza. Cuando surgen epidemias de esa índole se requiere de recursos que las prevén o combaten, como ocurrió con la fiebre amarilla, la poliomielitis, el tétanos y otras, como las vacunas que desde hace años protegen a los niños y a la población en general de numerosas enfermedades sumamente dañinas.
Hoy existen además otros tipos de vacunas, en especial las que protegen a la población contra los virus gripales y se aplican a los casos de mayor riesgo por causas pasajeras o permanentes.

Nuestros ciudadanos deben tener presente que las vacunas contra determinados virus son más difíciles debido a las mutaciones genéticas de los mismos, como los asociados a la gripe A H1N1 y otros.

Los países más desarrollados y ricos cuentan con laboratorios bastante sofisticados y costosos. La propia Cuba, a pesar del subdesarrollo y el bloqueo yanki, fue capaz de crear algunos laboratorios para la producción de vacunas y medicamentos.

En la esfera internacional se ha producido un temor lógico con la mencionada gripe, por su capacidad de diseminación y sus efectos en determinadas personas más vulnerables. Aparte de los aspectos relacionados con la cooperación internacional de nuestros médicos –que le han aportado a Cuba gran autoridad moral y prestigio–, deseaba analizar con la Directora General de la OMS el tema de la epidemia A H1N1. Ella me reiteró que la dificultad con las vacunas se debe a que los laboratorios capaces de producirlas en Europa, Estados Unidos y Canadá están obteniendo mucho menos volumen de vacunas que las necesarias; la demanda en los países desarrollados era grande y las primeras vacunas disponibles para los demás países no estarían listas hasta fines de año, y sus precios tienden a crecer considerablemente. Entre los países a priorizar ella ha incluido a Cuba por su cooperación internacional y su capacidad de aplicar inmediatamente las vacunas a personas priorizadas a través de su red hospitalaria.

La doctora Chan conoce que, dondequiera que se encuentren, los médicos cubanos cooperarán en la rápida aplicación de las vacunas.

Son noticias obviamente positivas para nuestro pueblo. Sin embargo, debemos tener presente determinadas circunstancias.

Las primeras vacunas tardarán en llegar varias semanas o tal vez dos o tres meses.
Para la OMS su inquietud mayor es que la capacidad mutante del virus de la epidemia sobrepase rápidamente el efecto de las vacunas y sea necesario iniciar de nuevo la búsqueda de otra vacuna eficaz. Ello, a mi juicio, determina la importancia de una red adecuada de servicios médicos como la que existe en nuestro país, y la orientación sistemática de una población que cuenta con altos niveles de educación para que coopere con las medidas pertinentes.

La falta de servicios médicos adecuados en muchos países, incluido Estados Unidos, donde casi 50 millones de personas no reciben atención médica, eleva considerablemente el número de posibles víctimas. En ese país se ha declarado la Emergencia Sanitaria. Hace dos días escuchaba la noticia de que la Gripe A H1N1 entre noviembre y marzo podría ocasionar 90 mil muertes en Estados Unidos, ya que los meses de frío favorecen el desarrollo de la epidemia. Ojalá tales cálculos resulten equivocados y el daño sea menor. Con una población que supera por lo menos 27 veces la población de Cuba, sería equivalente a más de 3 mil fallecidos en nuestro país, y a muchos millones de personas en el mundo, a pesar de los avances de la ciencia.

Los síntomas iniciales del A H1N1 surgieron en México desde el primer trimestre del presente año y casi, simultáneamente, en Estados Unidos y Canadá. De éstos se trasladó a España, uno de los primeros países de Europa adonde se extendió la epidemia.

Cuando el Presidente actual de Estados Unidos levantó las restricciones a los cubanoamericanos para los viajes a Cuba, en gran número de Estados de esa nación ya se había extendido la epidemia. De esta forma resultó que los cuatro países que más generan turismo o viajes a nuestro país por otras causas, eran aquellos en los que, en mayor grado, se había extendido la epidemia en el mundo.

Los primeros casos portadores del virus fueron viajeros procedentes del exterior. Las personas contagiadas en nuestro país eran relativamente pocas, durante meses no se produjo un solo fallecimiento. Pero a medida que el virus se extendió a todas las provincias, principalmente aquellas con un mayor número de familiares residentes en Estados Unidos, se hizo necesario adquirir nuevos equipos de análisis para el Instituto de Medicina Tropical “Pedro Kourí”, y multiplicar el esfuerzo a la vez que se luchaba contra el dengue.

Se produjo así el extraño caso de que Estados Unidos, por un lado, autorizó los viajes del mayor número de personas portadores del virus y, por otro, prohíbe la adquisición de equipos y medicamentos para combatir la epidemia. No pienso, desde luego, que esa haya sido la intención del gobierno de Estados Unidos, pero es la realidad que resulta del absurdo y
vergonzoso bloqueo impuesto a nuestro pueblo.

Con los equipos de otras procedencias estamos en condiciones de conocer, con absoluta precisión, el total de afectados por la epidemia y el número de personas cuyo fallecimiento se relacione con la presencia del virus que la origina.

Afortunadamente, además de los servicios y el personal médico bien capacitado de nuestro país, en el mercado internacional existe un medicamento antiviral eficaz, especialmente si se aplica a las personas con inconfundibles síntomas de posibles portadores del virus y a quienes directamente los atienden.

Disponemos de ese antiviral y, adicionalmente, de la materia prima necesaria para continuar produciendo una cifra similar a la disponible, y se realizará cuanto esfuerzo sea necesario para contar con las dosis indispensables.

Aunque en muchos países, por falta de redes de servicios y personal médico, se deje de ofrecer a los organismos internacionales la información pertinente sobre la epidemia, conocemos el firme propósito de nuestro gobierno de comunicar con toda precisión, a esos organismos, el número de casos y los fallecimientos asociados a la epidemia, como hemos hecho siempre con los datos de la salud pública de Cuba.

Nuestro país, por su parte, cuenta afortunadamente con una amplia red de servicios de salud; la posibilidad de atención inmediata de las personas afectadas es real, y dispone del número suficiente y la calidad de sus médicos, muchos de los cuales han cumplido honrosas e inolvidables misiones internacionalistas.

Fidel Castro Ruz
Octubre 30 de 2009
2 y 52 p.m.
Publicado enInternacional
Sábado, 17 Octubre 2009 10:45

La era del compromiso

Cualquier parecido con hechos reales, personas vivas o muertas no es accidental, es deliberado". Esa frase figuraba al inicio de Z, el filme que abordó el asesinato del líder pacifista Grigoris Lambrakis durante la dictadura de los coroneles griegos. Han pasado 40 años y Constantin Costa-Gavras, el director de Z, que el cineasta François Truffaut ya calificó de "filme hermoso y, al mismo tiempo, útil", sigue persiguiendo sin descanso la realidad. ¿O es al revés? ¿Es la realidad la que persigue a este eterno cronista, a este hombre comprometido, de mirada valiente y clara ante las injusticias, una especie de conciencia social colectiva? "Nosotros contamos historias y las historias muestran el mundo. Muy rápidamente me di cuenta de que el explosivo más poderoso era la injusticia y la impotencia o la incapacidad para reaccionar frente a esa injusticia. Eso es lo que lleva al terrorismo, a todas las formas de terrorismo". Es temprano por la mañana y Costa-Gavras, nacido en Atenas hace 76 años y afincado en Francia desde muy joven, está en su casa de París, en pleno barrio latino, frente a la Sorbona. Las dudas en el patio que uno encuentra desde la calle sobre hacia dónde dirigir los pasos se desvanecen rápidamente cuando, antes de hacer sonar ningún timbre, se abre a lo lejos la puerta de la vivienda y aparece un sonriente y amable Costa-Gavras. Claramente, ha estado atento a los ruidos de la entrada, a pesar de que la cita se ha adelantado unos minutos.

"¿La denuncia de mi cine? A mí, la palabra denuncia me interesa, pero yo prefiero utilizar la de mostrar. A mí, más que denunciar, me gusta mostrar para que la gente mire. Luego, si uno denuncia o no es otra cosa. Es el público quien tiene que decidir, yo sólo le muestro la realidad a través de imágenes", asegura Gavras, mientras al fondo, desde unos grandes ventanales que dan a un jardín trasero, se oyen risas que proceden de alguna escuela infantil cercana. Muchos libros, bellas pinturas, dos o tres ramos de flores sencillos y un mobiliario cálido y confortable hacen de este lugar el sitio ideal para conversar con el hombre que denunció los métodos estalinistas en La confesión; relató la acción de la guerrilla tupamara de Uruguay en Estado de sitio; mostró la colaboración estadounidense en el golpe de Pinochet en Missing; habló del conflicto entre israelíes y palestinos en Hanna K, indagó en la culpa y el nazismo en La caja de música o hurgó en el silencio cómplice del Vaticano ante el Holocausto en Amen. Ahora ha puesto su mirada en los sin papeles, no sólo en la tragedia de las miles de personas que llegan a diario a las costas europeas en busca de una vida mejor, sino también en todos aquellos emigrantes instalados ya en nuestras ciudades, con trabajo pero sin derechos, y que viven con un miedo constante de que les manden de vuelta a sus países. Edén al Oeste, que mañana se proyectará en la Mostra de Valencia, donde participa en la sección oficial a concurso y que se estrena en España el próximo viernes día 23, está protagonizada por Riccardo Scamarcio, con guión del propio Gavras y de Jean-Claude Grumberg.

Es el viaje de la Odisea. A semejanza de Ulises, Elías, el personaje protagonista, cruza el Mediterráneo, luchando contra tormentas y tribulaciones y enfrentándose a mitos y monstruos de ahora. Ulises buscaba el camino de vuelta a casa. Elías va en busca de un sueño y una magia: la ciudad de París. Con apenas diálogos, Edén al Oeste narra la aventura de este hombre sin nacionalidad que recorre países y atraviesa mares, que tiene encuentros fortuitos con una turista británica, un matrimonio griego, unos camioneros alemanes o una gran dama francesa, en lo que se convierte en todo un retrato de la sociedad europea a través de ese personaje. "Quiero mostrar que antes que nada los emigrantes son hombres y mujeres. No queremos saber su nacionalidad porque son eso, hombres. Si hubiera puesto una nacionalidad a Elías, ya uno especularía y la vincularía con determinada problemática social o política concreta. Lo importante en Edén al Oeste es sólo el hombre, independientemente de dónde nace o de dónde viene", explica su realizador.

París es el sueño de Elías. También lo fue del joven Costa-Gavras. Aunque Edén al Oeste no es autobiográfica, sí que hay mucho de la experiencia personal de este realizador. "Es una aventura que conozco bien", asegura. Nació en Atenas en 1933 y su padre participó de manera activa en la resistencia contra la invasión de los alemanes en 1941. "Recuerdo a los muertos que recogíamos asesinados por los nazis, el frío y el hambre. Mi padre nos envió a un pequeño pueblo y aquello fue la libertad. No había alemanes y conocí la vida del campesino, su pragmatismo, cómo guardaban el aceite necesario para el año, también el trigo o la leña. Cómo vigilaban a las cabras y se fijaban en las veces que el macho iba a ver a la hembra para calcular luego la leche y la carne que tendrían para sobrevivir. Recuerdo también las largas misas ortodoxas de tres horas en las que había que estar de pie, con los chicos y chicas separados, y los barbudos griegos, los resistentes, a los que admirábamos muchísimo". Ante la imposibilidad del joven Gavras de proseguir sus estudios en Grecia por sus antecedentes familiares -se necesitaba un certificado de buena conducta-, abandonó su país en 1952 y se trasladó a la capital francesa.

"París era el lugar mágico donde uno podía encontrar todo, esas estatuas griegas del Louvre que yo veía en los libros, aquí estaban las cosas que a mí me interesaban, la literatura, los estudios. En aquella época, el Estado griego regalaba billetes a los jóvenes para ir a Alemania, Australia o América para enriquecerse. Yo lo que quería era estudiar. A pesar de todo fue doloroso al principio. Viví en París como extranjero, sin conocer a nadie, ni sus costumbres ni su lengua. Se produce una ruptura total con la familia, con los amigos, no teníamos muchos recursos económicos...". Gavras se detiene un segundo en su reflexión, como temiendo que el interlocutor pueda llegar a pensar o a comparar lo que está narrando con la situación que viven los sin papeles ahora en Europa. Y se explica: "En aquella época era más fácil venirse a París. Encontrabas trabajo con facilidad. Yo vine a la universidad, a la Sorbona, y en el centro de estudios había una lista enorme con puestos de trabajo, desde lavar coches, cuidar niños... Había trabajo suficiente para poder estudiar y sobrevivir al mismo tiempo".

PREGUNTA. ¿Qué le ha llevado en este momento de su carrera a fijarse en la tragedia de los sin papeles?

RESPUESTA. Lo primero de todo, yo no hablo de carrera porque un director en realidad no hace carrera. La carrera es para los políticos, los militares, los diplomáticos. Nosotros sólo hacemos películas y nunca sabemos cuándo va a llegar la siguiente. De una película a otra un realizador puede desaparecer si las cosas no van bien. Hacemos películas, no carreras.

P. ¿Cada vez es más difícil entonces hacer cine?

R. Sí, sin ninguna duda.

P. ¿Incluso para un cineasta como usted?

R. Es complicado cuando queremos tratar ciertos temas. Para las comedias, las películas de acción o los thrillers no hay problemas, uno siempre encuentra dinero. Las televisiones que están detrás de muchos de nuestros títulos aquí en Francia, y en España probablemente también, aplican la filosofía del señor Le Lay [ex responsable de la primera cadena de la televisión francesa], que decía que ellos hacen cine para preparar a sus espectadores para comprar coca-colas y no los pueden enfrentar a temas demasiado complicados. Como cada día hay más y más cadenas de televisión, la calidad está bajando.

P. Volviendo a la pregunta de antes, ¿qué le ha llevado a poner su mirada hoy en los emigrantes?

R. En París hay unas 400.000 personas sin papeles que están trabajando, que tienen familias, que llevan una vida normal. Para hacer Edén al Oeste yo me entrevisté con algunos de ellos. Una señora latinoamericana me contó que para llegar a su trabajo tenía que caminar una hora diaria de ida y otra de vuelta, que no se subía ni al metro ni al autobús porque allí hay controles policiales permanentes. "¿Y cuando llueve?", le pregunté. "Cojo un paraguas", me contestó. Y me lo dijo con una sonrisa de oreja a oreja. A los emigrantes se les presenta muchas veces como una molestia, y discursos en Francia como los de Le Pen van generando un miedo contra ellos. El hecho de recibir a alguien de fuera siempre es positivo, nunca es negativo. Con Edén al Oeste he querido mostrar que los emigrantes, los sin papeles, son gente como cualquiera de nosotros, son personas luminosas, que tienen luz propia.

P. ¿Cree entonces que ahora hay más miedo en Europa hacia la emigración?

R. Más que nunca, porque nos los presentan como si fueran una masa de gente que llega, como si fuera una invasión, nunca nos los presentan como individuos, nunca como una sola persona con sus problemas. Lo que está claro es que uno se identifica más fácilmente con una persona que con miles. Ese miedo también responde a una realidad, porque Europa tiene problemas económicos y no puede recibir a todo el mundo. Michel Rocard dijo una vez que Europa no podría recibir todas las miserias del mundo, pero que Francia debería recibir una parte de ellas. Ésa es la verdad. Ahora se suele recordar la primera parte de la frase, pero nunca la segunda, cuando la realidad está ahí, en la que cada país tiene que asumir una parte, según sus posibilidades económicas o sociales.

Habla pausado y sonríe en muchas ocasiones. Sentado en el sofá, se incorpora y se adelanta cuando quiere que sus reflexiones lleguen claro. No tiene Costa-Gavras una buena opinión sobre la política europea. Dice que la conciencia la lavan enviando dinero a dictadores africanos, un dinero que, en muchas ocasiones, va a parar a cuentas en Suiza o paraísos fiscales. "El drama europeo es que no hay una filosofía política, no hay una política única, al contrario que en la línea económica que funciona bastante bien. Tampoco la política cultural se ha desarrollado".

Todavía quedan muchos temas en la recámara de este retratista de las miserias y las injusticias, pero hay uno que le tienta especialmente. "El capitalismo, esa pasión por el dinero. Dinero, dinero, tener más coches y más grandes, una casa en el campo, piscina, eso es lo que mueve hoy al mundo. En el pasado hice una película, Consejo de familia, que creo que no me salió bien del todo porque lo que yo quería era mostrar que ahora la sociedad piensa más en la cantidad que en la calidad de la vida. ¿Y dónde está esa calidad? En las relaciones, en el amor, en el humor, en cómo recibimos al extraño. Es aquí donde Europa puede representar un papel importante y es lo que yo les reprocho a los dirigentes y políticos europeos. Europa ha vivido todo lo peor, las masacres, las guerras más terribles, junto a lo más maravilloso, el arte, la filosofía, la literatura. ¿Y qué hacemos ahora que estamos juntos en la Unión Europea? Hablar de economía, ver dónde se gana más dinero. Cuando cayó el muro de Berlín pensamos que por fin el mundo iba a ser diferente, pero no, es peor. ¿Qué le estamos diciendo a la juventud sobre la necesidad de crear un mundo mejor? Que todo, el medio ambiente, el paro, la economía, que todo es peor, que no hay esperanza. No proponemos una vida mejor, sólo que cada vez vamos hacia un mundo más oscuro".

Se interesa por la política española, por Zapatero, también está al tanto de la pensión millonaria y vitalicia de la que va a disfrutar el ex directivo del BBVA José Ignacio Gorigolzarri. "Es inaceptable cuando hay gente que tiene que vivir con 400 euros. Tengo la sensación de que estamos echando marcha atrás, de que volvemos a los años previos a la Revolución Francesa, en los que una minoría, la nobleza, lo tenía todo. Hoy parece que estamos reviviendo aquello, hay una mayoría de gente que es la que hace todo el trabajo, que es la que permite que la sociedad siga funcionando, frente a los capitalistas que son la nueva nobleza. Necesitamos otra revolución, sin sangre, para cambiar esta situación".

Se entusiasma con Obama -"su elección es algo formidable, no sólo para Estados Unidos, sino para el resto del mundo"-, aunque no oculta sus temores. "Es el político más moderno, el que se ha preocupado por todos los temas, ha tocado las cosas que verdaderamente interesan a la gente, con un enfoque positivo y sin demagogias. Pero igual que Obama ha conseguido ganarse a los estadounidenses, no lo ha hecho en Washington, que es donde está el verdadero poder. Me temo que acabe siendo aplastado por Washington". Y también aborda el espinoso y delicado tema Polanski: "Lo que sucedió en su día es algo inaceptable que hay que condenar, pero ya han pasado 30 años y los delitos prescriben. Hoy esa mujer, la víctima, ha retirado la denuncia y ha habido acuerdo. Polanski tiene casa en Suiza y va muy a menudo. ¿Por qué ahora las autoridades suizas detienen a Polanski? ¿No será que quieren mejorar su imagen internacional, después de que se haya demostrado que guardan dinero robado, riquezas de todos los dictadores del mundo?".

No le importa que le recuerden como el director de Z -"una vez comiendo con Orson Welles me habló de ello y yo le dije que sí, pero que a él le pasaba igual con Ciudadano Kane, terminamos riendo"- y habla con devoción del cine europeo. Tiene en un rincón las películas que le han enviado de la Academia de Cine Europeo para la votación de los premios del próximo mes de diciembre y asegura haberse topado con auténticos tesoros. "El cine en Estados Unidos está perdiendo terreno en cuanto a la calidad y contenido, se ha convertido un poco como el fútbol, un mero espectáculo. En cambio, en Europa hay un deseo y una voluntad de hacer cosas grandes".

Aún se oyen los gritos lejanos de los niños en la escuela. Costa-Gavras sale de nuevo hasta la puerta para la despedida. En el patio de la casa descansa un triciclo. La vida está ahí.

Por ROCÍO GARCÍA 17/10/2009


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