Sábado, 17 Abril 2010 09:19

Transición y democracia en España

La muerte biológica del dictador en 1975 puso al descubierto la debilidad de la izquierda para imponer una dirección al proceso de transición y constató la fuerza del franquismo. La derecha española tomó buena nota de la revolución portuguesa de los claveles, que acabó con la dictadura iniciada por Salazar y continuada por Marcelo Caetano el 25 de abril de 1974. Para los franquistas más preclaros, conducir la locomotora de los cambios políticos era necesario. Significaba controlar los tiempos y determinar el mapa de ruta. En esta dinámica su reconversión ideológica se acelera. Tocaba emprender la "modernización política". Dotar al país de un sistema competitivo de partidos y facilitar la transición del fascismo a la monarquía con la aquiescencia de las democracias occidentales. Todo fue ponerse. El diseño de Franco ganaba enteros. La reivindicación republicana de la izquierda se aparcó. El PSOE renunció sin ambages a su defensa y el Partido Comunista lo hizo a cambio de su legalización en 1977. En la primera etapa de la transición, los símbolos republicanos fueron censurados y perseguidos. También una parte de la izquierda maoísta o trotskista acabará sucumbiendo a los encantos del monarca. Su defensa del voto afirmativo a la Constitución de 1978 significaba aceptar implícitamente a la corona. Tampoco los nacionalistas catalanes se quedaron atrás. En los debates de la comisión redactora de la Constitución se rechazó explícitamente cualquier opción de plantear la idea de una España plurinacional. Autonomías sí, federalismo no. La monarquía reconoce sólo una nación: la española. Fue éste el motivo del nacionalismo vasco para no apoyar el sí a la Constitución y la causa del actual diferendo sobre el nuevo estatuto catalán, cuestionado por el PP al incluir el término nación. El caso sigue en el Tribunal Constitucional, aunque fuese aprobado en referendo y ratificado por las cortes generales.

La llamada apertura política quedó en manos del franquismo y sus aliados. En él coexistían liberales, socialcristianos, conservadores, republicanos, antimonárquicos o nacionalistas. Su lazo de unión era el anticomunismo. Ninguno de ellos albergaba convicciones democráticas. Por tanto, para entender el régimen nacido del posfranquismo debemos considerar la siguiente premisa: no todo lo que lucha contra una dictadura fascista es democrático. Ha sido esta circunstancia lo que lleva a grandes equívocos en la actualidad. No se puede hacer virtud de la necesidad.

Por otro lado, la guerra civil seguía y continúa siendo un argumento para limitar y frenar los cambios democráticos. ¿Cómo si no entender la negativa a juzgar los crímenes de lesa humanidad cometidos durante los 40 años de dictadura fascista? El miedo se utilizó y utiliza como arma arrojadiza. Se debe buscar la reconciliación y olvidar el pasado. Borrón y cuenta nueva. Franco y sus alzados ganaron la guerra civil y no es posible cuestionar su triunfo. Más aún si sus resultados han traído el bienestar a la patria.

Una sociedad desmovilizada y con miedo era y es fácilmente manipulable. El franquismo social anidaba y persiste en la cabeza de no pocos españoles. Franco no crea fobias. Su imagen se asocia a la de un viejito bonachón cuyo esfuerzo estuvo dirigido a buscar el bienestar de sus conciudadanos. No en balde la España rural, pobre y caciquil de los años 40 y 50 cedió su lugar a un país urbano, industrializado, de clases medias, en el cual impera la democracia orgánica. Los ideólogos del régimen atribuyeron los logros al desinteresado esfuerzo de su caudillo. Solamente había un requisito para vivir en paz: "no se meta usted en política", vivimos una democracia orgánica. Más demócrata que Franco, ninguno.

Esta iconografía del tirano como un hombre de Estado absorto en cuerpo y alma al servicio de España se proyecta en la actualidad en quien fuera uno de sus más cercanos colaboradores, Manuel Fraga Iribarne. Durante el franquismo fue director general de organismos públicos, ministro de Información y Turismo, embajador y académico. Su carrera continuó en el primer gobierno de la monarquía ocupando el cargo de ministro del Interior. Como tal ejerció una brutal represión contra los demócratas provocando decenas de muertos, presos y detenidos. Allí acuñó su frase "la calle es mía". Posteriormente funda Alianza Popular. En 1977 es elegido diputado, formando parte de la comisión redactora de la constitución. Eurodiputado en 1987, también fue tres veces presidente de la Xunta de Galicia, votado por mayoría absoluta de sus paisanos. Hoy es senador y presidente de honor del Partido Popular. Al referirse a Franco apostilló en 2008: "...con Franco siempre era posible entenderse. A pesar de todo, era un hombre muy inteligente...". Asimismo considera "insultar la historia de España" el retirar los bustos o imágenes del dictador de pueblos, ciudades e instituciones públicas. Pero su historial no importa. Para millones de españoles Fraga es un perfecto demócrata. Es, de igual forma, querido, respetado y venerado. Cuando muera seguramente habrá luto nacional y tendrá funerales de Estado.

Durante la "transición" Fraga fue un referente para los poderes fácticos. Sus palabras no caían en el vacío. En medio del proceso constituyente sintetizó magistralmente los términos del debate dejando claro que tras la apertura política no habría ruptura democrática, sino una reforma al propio interior del régimen. No había qué temer. Quienes mandaban lo seguirían haciendo con el visto bueno del PSOE y el PCE, y la alternancia se barajaba como parte del juego político. El mensaje tranquilizó a las fuerzas armadas y las aguas volvieron a su cauce. Suárez dejó de ser considerado un traidor. Unión de Centro Democrático ganará las dos primeras elecciones. La oposición de izquierda, liderada por el PSOE y en menor medida por el PCE, sucumbía. Domesticada y transformada en defensora de la monarquía, sus líderes, Felipe González y Santiago Carrillo, consintieron implícitamente una ley de punto final. Fraga tendría razón, el régimen franquista logró sobrevivir en otro cuerpo. Cuando los demócratas alertaban de los límites del cambio y eran conscientes de la claudicación del PCE y el PSOE, de las reivindicaciones republicanas, Manuel Fraga Iribarne salió en su defensa. Asimismo, cuando la derecha social pedía explicaciones y no entendía por qué había que desmontar el franquismo, Fraga aclaró: "no estamos en presencia de una ruptura democrática, emprendimos un camino de reformas, apuntillando, y sólo se reforma aquello que se desea y quiere preservar".

La transición fabricó un traje a la medida para que la derecha gobernara y la izquierda domesticada pudiera hacerlo sin sentirse incómoda. La derecha unió todos los retales del franquismo formando el Partido Popular y la izquierda mutó de lobo feroz a manso corderito. El gatopardismo se hizo carne. En España todo cambió, pero sus cimientos fascistas no se tocaron. Hoy, el traje está pasado de moda y deshilachado, nuevas luchas democráticas cuestionan su hechura. ¿Será la hora de nuevos sastres y de un traje democrático?

Por Marcos Roitman Rosenmann
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La Argentina procesó su pasado de plomo primero con la Justicia que comenzó a actuar con el juicio a las juntas de 1985. Luego, con la interrupción de la investigación judicial, vino la etapa de la memoria. Y la Historia llegó más tarde. Tras la muerte de Francisco Franco y la transición a la democracia, España decidió no hacer justicia y tampoco encaró políticas públicas o particulares de memoria. Los historiadores, en cambio, trabajaron desde un principio. Recién con el primer ministro José Luis Rodríguez Zapatero y su Ley de Memoria Histórica España destapó la olla de la dictadura franquista (1936-1975), a lo cual se agregó la intervención judicial de Baltasar Garzón desde el 2008.

Julián Casanova tiene la rara característica de actuar en los tres planos. Es historiador profesional y catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, Aragón. Escribió, entre otros libros, La Iglesia de Franco y Víctimas de la Guerra Civil, se interesa por las políticas de memoria vinculadas con la educación e interviene con frecuencia en el debate político cotidiano.

En un diálogo telefónico con Página/12 Casanova aceptó ponerse sus tres sombreros.

–El nacional-catolicismo español es parecido al integrismo argentino. Usted investigó a fondo al primero y su relación con el régimen de Franco.

–La Iglesia Católica se comportó como un bloque muy homogéneo durante casi todo el franquismo. Reverdeció el mito medieval y por supuesto no escuchó ni los disparos ni la represión. Pero la situación social a partir de los años ’60 empezó a modificar los esquemas. El éxodo rural a las ciudades fue cambiando las cosas y aparecieron percepciones nuevas. Antes los sacerdotes no tenían conexiones con el mundo obrero. Cuando los campesinos se convierten en obreros de las grandes ciudades también aparecieron las comunidades cristianas de base y los sacerdotes relacionados con los nuevos trabajadores, a veces todos juntos en movimientos de tono asambleario y casi libertario. No olvidemos que ya existía la Teología de la Liberación y que el Concilio Vaticano II funcionó a principios de la década de 1960.

–¿Cómo estaba la Iglesia cuando a fines de 1975 muere Franco y luego con el comienzo de la transición democrática?

–Dividida. Ya no era aquel bloque monolítico.

–¿Por la pastoral obrera?

–No solamente. También había divisiones en la jerarquía. El cardenal Vicente Enrique y Tarancón apoyó la transición democrática mientras otros dignatarios aún lloraban la muerte de Franco. Al revés de la Iglesia, el ejército sí era todavía un bloque monolítico y estaba dirigido en parte por quienes todavía reivindicaban un ejército de guerra, prolongación de las fuerzas que habían vencido en la Guerra Civil y gobernado con Franco entre 1936 y 1975. La paradoja es cómo evolucionaron las dos instituciones.

–¿Cuál sería la paradoja?

–La jerarquía de la Iglesia Católica, ya sin Tarancón, volvió a hacerse monolítica. Hoy es monolíticamente reaccionaria. Y el ejército, en cambio, no está en la batalla de reivindicación del franquismo que vemos hoy en otros sectores. Si no estaríamos oyendo ruido de sables.

–Y no los oyen.

–No, claro que no. No se escuchan desde febrero de 1981, cuando el mundo asistió a la imagen extraordinaria de Antonio Tejero, aquel personaje que entraba a tiro limpio en un Parlamento de Europa occidental.

–¿Cuáles son algunos de los signos visibles del monolitismo que usted atribuye a la jerarquía eclesiástica española?

–Su peso permanente, en buena medida en aumento durante el papado de Juan Pablo II, que ejerció una influencia de homogeneización. Por ejemplo, no quiso ni negociar en la cuestión del aborto.

–A pesar de que el Congreso la votó por mayoría.

–Exactamente.

–¿Los gobiernos democráticos atacaron a la cúpula de la Iglesia?

–No. Al contrario. Ni siquiera cortó los conciertos subsidiados en los colegios católicos. Tampoco cuestionó las beatificaciones de Juan Pablo II a figuras de la historia española.

–¿A quiénes beatificó?

–A mártires de la Guerra Civil. Pero ése no es el punto. El punto, en relación con su pregunta sobre la actitud de los gobiernos democráticos, es que ningún papa había realizado beatificaciones y canonizaciones antes, en vida de Franco. Todas ocurrieron de la transición en adelante, cuando paradójicamente se fueron muriendo todos los últimos exponentes de la cruzada franquista.

–¿Qué pasó con aquellos movimientos asamblearios dentro de la Iglesia?

–La jerarquía los fue asfixiando. Hay algunos restos. De vez en cuando alguno levanta la mano, pero no tienen espacio.

–En los años ’60 el Opus Dei actúa como fuerza modernizadora dentro del gobierno de Franco. ¿Qué ocurre después?

–Efectivamente es así. El Opus Dei ingresa al gobierno en 1957 y no lo deja hasta 1974. Controla el final del franquismo. Después abandona la política directa y no pesa en la transición democrática. Sin embargo, sigue pesando en sectores de poder y en miembros de la jerarquía, sobre todo con Juan Pablo II.

–La transición se basó, entre otras cosas, en no perseguir los crímenes del franquismo, ¿no es verdad?

–La administración del Estado franquista fue desmontada sin demasiados problemas. No se buscaron responsabilidades y no se buscó a la gente comprometida con el régimen. Salvo expresiones y atentados residuales, el proceso de transición se realizó sin grandes resistencias de grupos ultraderechistas desde dentro de la administración. Esta es la gran paradoja de la transición española: ni las fuerzas relacionadas de alguna manera con las víctimas del franquismo protestaron y exigieron que la transición fuese más allá, ni la ultraderecha, debilitada, pudo oponerse a la propia transición. Fue muy impresionante, por otra parte, el nivel de manejo y de dominio del ritmo político evidentes en los franquistas que aterrizaron en la transición, como el presidente de gobierno Adolfo Suárez.

–Y se produjo el destape.

–Pero a la vez siguió el miedo.

–¿Miedo a qué?

–No olvidemos que los españoles estuvieron educados durante muchos años en la cultura política del orden y la estabilidad. Temían los desórdenes y las protestas. Temían un nuevo trauma. Y los discursos que explotaron ese miedo fueron claves y calaron hondo en la sociedad. Pero tengamos en cuenta también una cosa importante: todos, incluso los sectores más reaccionarios, entendieron que la democracia traía beneficios. Era conveniente para todos.

–En los últimos años, con la Ley de Memoria Histórica y decisiones como la del juez Garzón, ¿volvió el miedo?

–Es distinto. Sucede como si todo el mundo hubiera acordado en un momento que el pasado estaba directamente en el olvido. Y ahora todos se comportan como si les estuvieran cambiando un poco la historia. Pensaron que la habían superado y ahí está.

–¿Fue así?

–Lo fue a nivel masivo. No se trata de miedo a volver al pasado. Es el miedo a que les cambien la historia. El miedo se refiere no tanto a la Guerra Civil sino a la posguerra, a la dictadura, a la represión sistemática. Insisto: lo digo en términos masivos, porque la verdad es que los historiadores veníamos trabajando duro y con precisión en el estudio del franquismo e incluso de sus crímenes.

–¿Cómo juega en este proceso la intervención de Garzón?

–De hecho les dio una proyección masiva e internacional a los temas que los historiadores ya veníamos trabajando. Más allá de que un juez es un juez y un historiador tiene un oficio distinto, no es lo mismo para la visibilidad de un tema la intervención de un juez con prestigio internacional que el trabajo de un historiador capaz de vender, con suerte, 20 mil ejemplares de un libro. Con definiciones como la de Garzón estaba claro que a las instituciones en general no les iba a quedar más remedio que involucrarse.

–¿Para usted es positivo el proceso?

–Al principio, cuando comenzó a discutirse el tema de la Memoria Histórica, no había dudas de que era buena oportunidad de difundir el conocimiento. Siempre hay que saber. Es una forma más de evitar que el pasado traumático pueda volver en algunas de sus formas. Y habría sido bueno para recuperar una parte larga de la historia del siglo XX. Es inconcebible que no haya en España museos, memoriales, sitios donde reflexionar masivamente sobre lo que ocurrió. Cuando se pase la bronca política de hoy, ¿qué quedará? Habrá que reconstruir en los archivos, contribuir a la memoria, dar materiales para la educación. Y hay muchas discusiones pendientes. ¿Qué debe borrarse del pasado? Es obvio que no puede vivirse con todas las calles que se llamaban Generalísimo o Francisco Franco. Pero, ¿hay que sacar todo? Quitaron todas las placas de conmemoración del franquismo. ¿No había que dejar por lo menos una parte para que se entendiera el propio franquismo? Si no, se acaba borrando las memorias de los otros.

–Incluidas las víctimas.

–Incluidas. Y ya que habla de las víctimas, permítame aprovechar para aclarar algunas cosas para los lectores argentinos. Puede ser que se haya interpretado la decisión de Garzón de sentirse en condiciones de entender en los crímenes del franquismo como algo con una consecuencia directa: que Garzón iba a por los verdugos.

–Supongo que los verdugos, en su mayoría, murieron.

–Claro. Y otro punto es el de los desaparecidos. Hubo desaparecidos en la Guerra Civil y puede haber habido algunos después, pero ésa no fue la norma represiva del franquismo.

–¿Cómo reprimió Franco?

–Lo predominante no fueron las desapariciones al estilo de la represión argentina, porque Franco fusilaba. Por supuesto que los acusados no tuvieron un juicio justo, pero no hay mayores misterios. Los investigadores registramos los asesinatos. Conocemos sus nombres. Escribimos libros.

–¿Cuántos fueron?

–Por lo menos hay registrados 50 mil asesinados después de la Guerra Civil. Es una enormidad. Y la decisión de Garzón funcionó como un modo de hacer más visible ese tema. Lo atacan porque dicen que es un juez-estrella. Pero es su forma de que las cosas aparezcan en la superficie. Y, más allá de Garzón, una sociedad no puede vivir para siempre entre miles de muertes del pasado y en medio del silencio. Las muertes siempre merecen una retribución jurídica y política. Veremos cuál es, pero la merecen.

 Por Martín Granovsky
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El juez del Tribunal Supremo español Luciano Varela, que instruye la causa más famosa de las tres que afronta el magistrado Baltasar Garzón, en la que se lo acusa de haber ignorado la ley de amnistía al abrir el proceso contra los responsables de la dictadura franquista, dio un paso definitivo para llevar al acusado al banquillo. Varela transformó ayer el procedimiento judicial en un proceso abreviado, confirmando su auto emitido en febrero en el que sugiere una pena de hasta veinte años de inhabilitación a Garzón, lo que se traduciría en la práctica en el fin de la carrera judicial del juez que ha llevado la Justicia española más allá de sus fronteras, en célebres procesos contra dictadores latinoamericanos y ejecutores de políticas represivas en medio mundo.

El acusado había solicitado la comparecencia de personalidades judiciales a nivel mundial, entre ellos algunos jueces argentinos, como el miembro de la Corte Suprema de Justicia Eugenio Raúl Zaffaroni, uno de los que anuló las leyes de punto final y obediencia debida, pero Luciano Varela ayer las declaró improcedentes. No cesan las repercusiones políticas y hasta se ha organizado una manifestación en apoyo de Garzón para el próximo 13 de abril en Madrid convocada por los sindicatos Comisiones Obreras y UGT.

La resolución de Luciano Varela hecha pública ayer es una auténtica jugada de manual sobre cómo proceder cuando se quiere reventar la carrera de un juez. Al tiempo que negaba la comparecencia de los testimonios que Garzón llamó al estrado para que lo defiendan, Varela instruyó un procedimiento abreviado con el objetivo de acelerar los tiempos de la causa y hacerla coincidir con los otros dos procesos que enfrenta Garzón, uno por haber ordenado escuchas telefónicas a los implicados en el escándalo de corrupción que afecta al PP, conocido como “el caso Gürtel”, y otro por haber recibido dinero en concepto de pago por unos seminarios que dictó en una universidad norteamericana que estaban patrocinados por el Banco Santander, al mismo tiempo que instruía una causa contra Emilio Botín, presidente de la entidad bancaria.

Esta decisión de Varela de abreviar el procedimiento es un guiño directo al Consejo General del Poder Judicial, que se reúne hoy en Madrid y que puede dictar la suspensión provisoria de Baltasar Garzón ante la inminencia del juicio, una medida considerada habitual y que en los medios judiciales madrileños se da prácticamente por descartada.

Luciano Varela es un juez que proviene curiosamente del colectivo progresista Jueces para la Democracia, pero tiene un odio personal contra Garzón al que acusa de tener demasiado ego. Amigo personal de la vicepresidenta del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, Varela ha emprendido una cruzada contra el popular magistrado sabiendo que no está solo, sino que más bien cuenta con la anuencia de gran parte del sistema judicial en el que florecen las envidias y enconos contra Garzón.

Por si fuera poco, el juez que intentó llevar al estrado al dictador chileno Augusto Pinochet se ha quedado sin amigos políticos. Los socialistas han intentado una tibia defensa, incluyendo palabras elogiosas hacia él de parte del primer ministro José Luis Rodríguez Zapatero, pero en el Partido Popular le han hecho la cruz luego de la instrucción del caso Gürtel, en el que aparecen implicados muchos de sus más importantes dirigentes.

Con la resolución tomada ayer Varela le da ahora diez días a las partes implicadas en el proceso, entre ellas el seudo sindicato ultraderechista Manos Limpias, Falange Española –una organización sobreviviente de los tiempos de la dictadura franquista– y Libertad e Identidad, otra organización de ultraderecha fundada en 2006.

Una de las organizaciones que sí salió en defensa de Garzón es Amnistía Internacional, que ayer a través de su director en España, Esteban Beltrán, consideró “insólito” que el juez se tenga que sentar en el banquillo por haber intentado juzgar al franquismo. Se estaría enviando “un mensaje tremendo a otros países”, considera la organización que recuerda además que “las leyes de amnistía que han tratado de impedir en otros países verdad, justicia y reparación para las víctimas, en la mayoría de los casos han acabado o derogadas por tribunales supremos o por tribunales internacionales”.

Los sindicatos mayoritarios españoles, UGT y Comisiones Obreras también han decidido salir en defensa de Garzón y han convocado a un acto en su apoyo en la Facultad de Medicina el próximo 13 de abril. “Es muy importante que un país no sufra amnesia”, manifestó ayer Fernández Toxo, líder de Comisiones Obreras, quien hizo además una comparación muy pertinente al afirmar que “es un escándalo que organizaciones que en Alemania estarían ilegalizadas hoy, de suceder esto en aquel país, estén a punto de sentar en el banquillo de los acusados a un juez por el hecho de intentar poner a la luz lo que sucedió después de la Guerra Civil en España”. Los sindicatos también recogerán firmas en apoyo del juez en todas sus filiales provinciales.

Por Oscar Guisoni
Desde Madrid
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Jueves, 18 Marzo 2010 06:35

Inexpugnable Afganistán

En enero de 1842 el ejército británico abandonó Kabul; de los 16.000 soldados y civiles que intentaron dejar el reino, sólo un puñado llegó a salvo a la India. El 15 de febrero de 1989 los últimos soldados del Ejército Rojo cruzaron el puente de la Amistad sobre el río Amu-Daria; más de 15.000 de ellos perecieron desde 1979. En dos años, quizás tres, el ejército estadounidense, la mayor potencia del mundo con su material de alta tecnología, sus aviones espía y sus drones, seguido por sus colaboradores de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), se retirarán a su vez. ¿Cuántos hombres y mujeres habrán perdido? ¿Cuántos afganos muertos, cuántas ciudades bombardeadas, cuántos refugiados? ¿Y en qué estado se encontrará la región desestabilizada por la ampliación de las operaciones militares a Pakistán?

La historia se repite y Afganistán permanece inexpugnable con su geografía accidentada, con sus tribus y etnias dispares, con su feroz voluntad de independencia.

Por supuesto las diversas guerras que han asolado el país no son comparables: los contextos geopolíticos, los pretextos que se invocaron para iniciarlas y las consecuencias son diferentes. Si los británicos declararon abiertamente sus objetivos –defender los intereses del imperio y los mercados de la India-, los soviéticos y los occidentales se arroparon –y estos últimos se siguen arropando- con la bandera de la ética y los grandes principios para justificar sus cruzadas: salvar a los afganos de la barbarie, contra ellos mismos si fuera necesario.

Comparadas con las destrucciones provocadas por la guerra soviética y la estadounidense, las operaciones que llevaron a cabo los británicos (que incluso quemaron el bazar de Kabul en 1841) casi aparecen como naderías.

Sin embargo cuando Estados Unidos se lanzó a la aventura afgana en 2001 disfrutaba de todas las ventajas: la indignación levantada por los atentados del 11-S, el apoyo de la comunidad internacional confirmado por las resoluciones de las Naciones Unidas, un compromiso militar de la OTAN y de decenas de países y el descrédito del régimen talibán frente a los opositores armados, especialmente entre las etnias no pastunes.

Ocho años después las ilusiones se han evaporado y el presidente Barack Obama heredó una situación desastrosa. Pero el hombre que desde 2002 se pronunció contra la guerra de Iraq también proclamó durante su campaña electoral que Estados Unidos en Afganistán estaba librando una «guerra buena» contra el terrorismo de al-Qaida –más tarde aludió a una «guerra justa»- De ahí su decisión de aumentar, desde ahora a finales de 2010, el contingente expedicionario estadounidense a más de 100.000 soldados. Obama también ha seguido a George W. Bush en su voluntad de extender el conflicto al vecino Pakistán: ya se habla «Afpak», convertido en un único teatro de operaciones.

Sin embargo, al contrario de su predecesor y a pesar de sus discursos electorales, Obama ha perdido muchas de sus ilusiones de victoria. Como escribe el comentarista ultraconservador estadounidense Arnaud de Borchgrave, «todas las negociaciones giran en torno a la forma de acabar con la guerra, no sobre la idea de que se puede ganar» (1) Pero, ¿cómo terminar con las hostilidades?

La administración de Hamid Karzai, prorrogada después de amañar vergonzosamente las elecciones presidenciales, está desacreditada; los jefes de guerra responsables de numerosos crímenes de guerra siguen al mando en muchas provincias; los talibanes, aunque no gozan de un apoyo mayoritario, han ampliado sus bases. No existe ninguna solución viable sin la reconciliación nacional, incluida con la organización del mulá Omar (2). Pero el establecimiento de un gobierno de unidad nacional implica aislar a al-Qaida de los grupos insurgentes y asociarse con los vecinos de Afganistán, cuyas ambiciones a veces son antagónicas: Pakistán, Irán, Rusia y La India. No es una tarea fácil. Recordemos que la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán en 1989, que habría podido dar lugar a una transición pacífica, desembocó en una reactivación de la guerra civil debido a la voluntad estadounidense (y paquistaní) de humillar a Moscú.

Una importante lección se desprende de la historia afgana. Las guerras extranjeras, incluso aunque se lleven a cabo en nombre de los principios más nobles, agravan las crisis más que resolverlas. Los pueblos rechazan que los sometan a tutela. Estados Unidos, país emblemático de las expediciones fuera de sus fronteras desde hace al menos un siglo, debería abandonar la idea de que «el mundo le necesita, le escucha y aspira a que le dirija para garantizar finalmente el triunfo de la libertad» (3).

Alain Gresh
Le Monde diplomatique
Traducido para Rebelión por Caty R.

Notas:

(1) «Pakistan doubting US alliance», 1 de febrero de 2010, Newsmax.com.

(2) Ahmed Rashid, «A deal with the taliban? », The New York Review of Books, 25 de febrero de 2010.

(3) Leer Andrew J. Bacevich, en el dossier sobre Afganistán de Boston Review, enero-febrero de 2010, «Can the US succeed in Afghanistan?». Leer también «Le basculement du monde», Manière de voir, nº 107, octubre-noviembre de 2009.
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Miércoles, 10 Febrero 2010 06:18

Anatomía de la memoria

Por ahora la memoria carece de anatomía. La expresión por ahora tiene fecha de caducidad: es muy probable que en el futuro los científicos describan con exactitud los circuitos celulares, subcelulares y bioquímicos de la memoria. Sin duda, se desmenuzarán las características de las personas dotadas de buena memoria y los entresijos de quienes no cuentan con esa cualidad. Es probable que cuando eso suceda el destino de la humanidad será distinto. No habrá cómo escudarse en el reino del olvido. No será tampoco factible esconder el rostro detrás de esa máscara tan detestable con la que cubren sus rostros algunos sátrapas muertos y no pocos de sus colegas vivos bajo el execrable argumento: no sabíamos.
Memoria es tiempo y tiempo es memoria. Las interconexiones entre ambos definen muchas características del ser humano. El tiempo de Haití es parte de la desmemoria de la humanidad. La realidad de la devastación que asuela a Haití suma el poder de la catástrofe y la vileza de la calamidad. Aunque no es correcto hablar de responsabilidad de la naturaleza, su ocasional capacidad destructiva es una de las razones de las muertes producidas por desastres como los tsunamis o los terremotos. La otra razón, en muchas ocasiones, es la miseria generada por el ser humano. Pobreza y desastres son sinónimos.

A diferencia de las turbulencias de la naturaleza, los seres humanos sí somos culpables de las calamidades de otros seres humanos. La pobreza, el abandono, la desmemoria y la explotación sin fin son el sustrato de la desgracia de Haití, de la devastación en África por el sida y de la miseria de las comunidades indígenas en México y el resto del continente. Lo sucedido en Haití suma la saña humana y la violencia de la naturaleza. Representa también el peso de la desmemoria y la furia del tiempo que destroza cuando no se recuerda que todo, incluyendo el mismo tiempo, se agota. Regreso: memoria es tiempo y tiempo es memoria. Y agrego: la desmemoria no perdona y el tiempo no aguarda. Kafka lo dice bien.

Al reflexionar sobre Babel, Kafka explica que es falsa la idea de que la historia de Babel no pudo terminarse por la confusión de las lenguas. De acuerdo con sus lecturas, lo que sucedió fue otra cosa: la gente nunca se animó a poner la primera piedra porque pensaba que tenía tiempo. Sabemos la lección: cuando se tiene tiempo no hay razón para actuar. El corolario, de acuerdo con la visión kafkiana, probablemente cierta, es obvia: el ser humano sólo se mueve cuando el tiempo se agota. En Haití el tiempo se consumió. La memoria de la humanidad, aunque se activó por medio de la Organización de Naciones Unidas, fue parca y tardía. El tiempo de la naturaleza, aunado a la desmemoria de la condición humana devino catástrofe. Sólo la memoria vigorosa y ética puede domeñar el tiempo, el tiempo que se va, que se pierde, que destruye cuando se le ignora.

La memoria connota muchos tiempos. Cuando la tragedia se conjuga en presente, como hoy es el caso de Haití, el dolor y las muertes de los otros son fundamentales para retrotraer al escenario de la vida, a las vidas de quienes ostentan el poder omnímodo, los reclamos de los vencidos y los alegatos de la desmemoria. Es en el presente de las tragedias cuando se debe actuar sobre el tiempo que corre sin que nadie lo toque. Es en ese tiempo cuando se debe incidir sobre la desmemoria que dicta sus sentencias ante el silencio de quienes deben hacer algo para fortalecer la voz de los vencidos.

Recordar el pasado, instalarse en él y glosarlo es la única forma de impedir que las destrucciones previsibles se repitan. Es también la única vía para desdecir a quienes ostentan el poder. Es, asimismo, la mejor arma para rebatir la visión de los vencedores, que no es otra cosa sino la visión de la desmemoria.

Tragedias conjugadas en presente como la de Haití o la de Darfur representan la enfermedad del olvido. Ante tantos muertos y tanta desolación queda claro que la vieja pregunta teológica ¿dónde está Dios? se convierte en otra: ¿dónde está el ser humano? La cuestión teológica pierde fuerza frente a la cuestión terrenal: ¿dónde está el ser humano? La pregunta carece de respuestas precisas. La enfermedad del olvido busca borrar todo. Ante las trampas de la barbarie, frente a las catástrofes producidas por la naturaleza y por las calamidades generadas por el ser humano es imperativo reconstruir el tejido humano. Tejer las redes anatómicas y éticas de la memoria y diseminarlas, atrapar el tiempo antes de que Babel y la metáfora kafkiana se apersonen con más fuerza parecen ser la única vía para contrarrestar la enfermedad del olvido.

Arnoldo Kraus
La Jornada
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/02/09/index.php?section=opinion&article=018a1pol
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Miércoles, 03 Febrero 2010 07:16

Haití, Cuba y la ley primera

La tiranía mediática silencia las grandes verdades porque no son relativas: cuando el terremoto del 12 de enero pasado arrasó con Haití, los médicos cubanos llevaban más de 10 años allí. Y cuando el show de la ayuda humanitaria apague sus luces, los médicos cubanos seguirán estando allí.

Veamos ahora qué entiende la enciclopedia virtual Wikipedia por ayuda extranjera en Haití: Los Estados Unidos solos han proporcionado mil 500 millones de dólares (1990-2003). Venezuela y Cuba también (sic) contribuyen con algunas (sic) ayudas a la economía de Haití.

Los perezosos del intelecto aseguran que Wikipedia es tan libre, que cualquiera puede meterle mano. Metámosle. Desde diciembre de 1998 han circulado por Haití 6 mil 94 médicos cubanos. Tareas realizadas: 14 millones de consultas médicas, más de 225 mil cirugías, más de 100 mil partos, 47 mil 273 operaciones de la vista, 570 haitianos graduados en medicina y 541 que aún cursan la carrera en Cuba.

Cálculos módicos: si Cuba cobrase 10 dólares por consulta, podría juntar 140 millones; a 100 por cirugía, más de 22 millones; a 50 por parto, 5 millones; a 25 por operaciones de la vista, un millón; a 5 mil por graduado en especialidades médicas, 5 millones y medio, a 500 mensuales por 11 años de salarios, 41 millones. Total aproximado: 215 millones de dólares.

¿A Cuba le sobran 215 millones de dólares, o la idea es compartir lo que se tiene? En 2008 la isla fue arrasada por tres huracanes consecutivos y los precios mundiales del níquel (uno de sus principales ingresos) cayeron en picada. No voy a tocar el bloqueo yanqui (condenado por todos los países, con excepción de Israel y dos islotes independientes de Oceanía), flagelo que a su economía le representó pérdidas por 100 mil millones de dólares desde 1962.

La inquietud, más bien, gira en torno a los que se preguntan qué pasará en Cuba después de Fidel, y frente a los obispos de todas las ideologías que nos explican el socialismo o la democracia pensada por los clásicos. ¿Hay muchas dudas? Si “después de…”, Cuba hace a un lado la ley primera, el futuro de todos (sin necesidad de terremotos y huracanes) se dibujará en cuadros infinitamente más desoladoras que los de Haití.

¿Qué es la ley primera? En un texto intitulado Haití y el paradigma cubano de solidaridad, el profesor Ernesto Wong Maestre recuerda que las páginas de la Constitución cubana se abren con unas palabras de Martí: Yo quiero que la ley primera de la República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

Ideales del romanticismo, dirán algunos. Posiblemente. Pero el 5 de noviembre de 1797 (14 de brumario del año VI), en un informe al Directorio, el ex esclavo y ex cochero Toussaint L’Ouverture (precursor de la independencia de Haití) le tomó la palabra a los sabios de la revolución francesa: “… cualquier retorno a la esclavitud, cualquier compromiso de los principios, sería imposible. Una declaración de libertad es irreversible: ¿Piensan ustedes que los hombres que han disfrutado la bendición de la libertad verán con calma que les es arrebatada?...”

Al igual que las primeras juntas emancipadoras en América española, L’Ouverture no aspiraba a la total independencia de Haití. Esto vino después, cuando el progresista Napoleón restauró la esclavitud en las colonias y los imperios de Europa (junto con la naciente democracia estadunidense) congelaron momentáneamente sus diferencias para sofocar y dividir a los revolucionarios haitianos.

Otros datos para los chicos libres de Wikipedia: el trabajo esclavo en las colonias americanas hizo posible el capitalismo en Europa. Al final del siglo XVIII, los productos del trabajo esclavo representaban un tercio del valor del comercio europeo. Por tanto, las potencias de la civilización no tenían interés alguno en abandonarlo.

Libertad, igualdad y fraternité para los white only. L’Ouverture pagó cara la osadía de globalizar en su patria los ideales universales de la revolución francesa. Y si a la postre el capitalismo abandonó el modo de producción esclavista, no fue por razones económicas. La rebelión política de los esclavos haitianos se había convertido en contrapoder y en referente de las masas explotadas.

A más de la exclusión física y territorial, sólo cabía excluir a los haitianos desde el punto de vista del pensamiento y los valores. O sea, el racismo. Y ahí radican las causas profundas y reales de la pobreza y el subdesarrollo crónico de Haití, y de ahí la solidaridad racional de Cuba con Haití.

En oda “A Touissant L’Ouverture”, el inglés William Wordsworth (1770-1850) avizoró las dimensiones de la tragedia haitiana, anunciándonos el único porvenir posible:

Aunque te han derribado, para que no vuelvas a alzarte,
vive y anímate. Porque has dejado detrás de ti
poderes que trabajarán por ti; aire, tierra y cielos;
no habrá ni un soplo del viento común
que te haya olvidado; tienes grandes aliados;
tus amigos son las exultaciones, las agonías,
y el amor, y la mente inconquistable del hombre.

Por José Steinsleger

 
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Lunes, 01 Febrero 2010 06:36

Las huellas vivas que el horror sembró



El barrio   Yungay,  corazón antiguo de Santiago de Chile, alberga un gran edificio. Allí, la luz natural se encarga de iluminar su interior, en el que cada espacio muestra una procesión inquietante de recuerdos nada gratos. De gente que ya no está, sí, pero también de   huellas indelebles de la vida en medio del horror.  

Se trata del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos,  inaugurado por la presidenta Michelle Bachelet para recordar a las víctimas de la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973-1990). 

“La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, escribe Gabriel García Márquez, en su libro Vivir para contarla; y Rubén  Fernández, jubilado, lo aplica. El hombre de 71 años, alto, delgado y de mirada triste, cuenta que fue una de las 28.000 personas que resultaron torturadas en esa época. Experiencia que la tiene siempre presente, pero que se pronuncia más en su memoria al visitar el museo y, paso a paso, en los tres pisos que tiene el centro cultural, con  más de 40.000 piezas documentales -entre fotos, videos y recortes de prensa-  revive lo ocurrido en la dictadura militar. 

De pie en la sala, donde un televisor plasma transmite los hechos cuando el palacio  La Moneda fue bombardeado, el 11 de septiembre de 1973, Rubén retrocede en el tiempo y cuenta cómo nueve días después de ese ataque en el que murió el presidente chileno, Salvador Allende,  su vida quedó marcada por siempre.  

En esa época, él trabajaba en una industria óptica alemana cuando, nueve días después del golpe, no regresó a casa. Un grupo de carabineros se lo llevó preso, junto a otros compañeros más, entre ellos cinco mujeres.  Así empezó su pesadilla. 

“Me pusieron una ametralladora en la cabeza,  me querían obligar a escribir una carta para despedirme de mi esposa, Norma, y de mis hijos. Pero no lo hice y me patearon”, cuenta el hombre, sereno, pero con la mirada fija en un  punto de la sala en el que se grafican los primeros años de la dictadura.

Días atrás del bombardeo, él y un grupo de compañeros solicitaron una entrevista con el entonces presidente  Allende, para prevenirlo de que se venía un golpe militar, pero el mandatario “los mandó a freír monos”, dice. 

Rubén Fernández    fue trasladado al Estadio Nacional, el mayor centro de tortura del país. En ese lugar lo colgaron con la espalda descubierta y le golpearon las nalgas. Las   mujeres también fueron agredidas. “A la más joven, le agarraron del pelo y un carabinero le pasó el miembro por la cara”, recuerda con mucha indignación.  

El hombre permaneció 45 días preso y cuando estaba destinado a ir a las minas del norte -relata- fue liberado gracias a la gestión de la Cruz Roja y del cardenal Silva Enríquez. Además, justo ese día jugaba Chile con Rusia en el estadio, por lo que los uniformados se vieron forzados a desocupar el lugar.

Así, la vida de Rubén marca un antes y un después. Un antes que nunca olvidará, pues  está lleno de memoria. Y un después que disfruta al máximo con toda su familia.

A los 23 años, la  presidenta  Michelle Bachelet,  militante socialista  en esa época, también fue torturada. Ella estuvo en Villa Grimaldi,  cárcel secreta de la Policía política de Pinochet, por lo que este  museo es  uno de los  proyectos emblemáticos de la  Mandataria, que tuvo un costo de  más de 20.000 millones de dólares y  está bajo la dirección de Marcia Scantlebury, quien también fue víctima de la dictadura militar. 

Uno de los muros que bordea la plaza del centro  cultural muestra tallados en cobre los 30 artículos de la Declaración de los Derechos Humanos. Chile fue  uno de los 48 países que  firmó el documento, aprobado por las Naciones Unidas   en 1948.

En la plaza, repasando uno a uno los artículos, se  encontraba Mary Cruz,    quien al recordar lo  vivido en  esa época se le quiebra la voz:   “Diecisiete días estuve sin saber de mi marido, que salió a comprar pan”.  

Su esposo, Ramón Prieto, de 70  años,  en 1973 se desempeñaba inspector de seguridad del  Servicio Nacional  de Salud, identificación que él  todavía guarda en su billetera. Cuando ocurrió el bombardeo de La Moneda, Prieto   estaba  en su trabajo.  “Mis compañeros y yo escuchamos todo por radio. Hubo pánico”, comenta, para luego contar que lo detuvieron, porque, supuestamente, tenía  mucha información.  Pero días después lo soltaron.  

La suerte -recalca Cruz- es que salió  vivo. Sin embargo, esa experiencia generó  que tomaran una decisión: salir de Chile. La pareja abandonó su país en 1975 y se radicaron en Argentina, desde  donde viajaron para  conocer el Museo de la Memoria. 

“Yo estaba embarazada, por lo que no podía arriesgarme. Decidimos, entonces, irnos a Argentina,  sin  nada, ni  una plancha, solo nuestras valijas”, cuenta Mary, quien  con  mucha congoja  recorre el centro cultural.

Para conocer el museo, la mujer tuvo primero que acceder  al primer piso por una escalera, en la que en el extremo derecho se aprecia un mural con la  imagen de  Víctor  Jara, cantante chileno asesinado en la dictadura, quien se encontraba en una marcha de trabajadores. 

Al fondo, Mary observa    una vitrina que  muestra  los pasaportes L (limitado), letra estampada por la dictadura en los documentos de los chilenos exiliados, la  cual patentizaba la exclusión del país por un tiempo indefinido.

Pero una vitrina que llama la atención de los visitantes está ubicada en la sala  “La  vida  cotidiana en prisión”. Es un grabado en cobre elaborado por el general Alberto Bachelet, padre de la presidenta chilena, cuando estaba detenido en la Cárcel Pública. Bajo un par de manos aferradas  a unos barrotes, Bachelet  escribió: “Estas manos son  dolor, son poesía y amor. De Pa para Ma”, así le dedicó  la obra a su esposa,  Ángela Jeria, antes de morir en 1974. 

La Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, conocida como comisión  Rettig,  informó que la dictadura dejó 3.185 muertos, incluidos los 1.197 desaparecidos, así lo explica Daniela Pasten, una de las guías del museo, en cada recorrido con los  visitantes.

El chileno Artadio Tones, jubilado de 75 años, cree que su compañero de trabajo, de quien no recuerda su nombre, solo su  apellido, Briceño,  corrió  con esa suerte.   Cuenta que su amigo  se encontraba en el hospital San Juan de Dios y un día desapareció.  

Tras ver las  83 fotografías de memoriales, ubicados sobre un mapa de Chile labrado en piedra,  Artadio  recuerda algo que dice nunca podrá borrar de su mente y es que un día cuando regresaba de trabajar vio tres cadáveres  tirados en el río Mapocho, en Santiago. Fue en octubre de 1973. 

El jubilado no experimentó la tortura de esa época ni tuvo ningún familiar que  sufrió en la dictadura,  pero igual se altera al revivir los hechos y sentencia: “Con esta obra  vamos a tener presente  siempre cómo sucedió todo y los jóvenes conocerán parte de  la triste  historia  chilena”. 

Dos de los espacios  que  más  impresionan en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos son la  sala de La  represión y tortura, y El velatorio.   En  el primero, las víctimas cuentan su historia. El visitante  puede escuchar los  testimonios grabados de quienes fueron detenidos, y ver  las formas de torturas que les aplicaban,  como la cama  eléctrica o la ruleta rusa.  

En El velatorio, en cambio, solo hay silencio. Un gran mural exhibe fotos de los muertos y desaparecidos,  como la del  presidente  Allende  y la del general  Bachelet. O también la  del  padre de un hombre que lo señala  con  tristeza y se va. Y la del abuelo de una niña, quien  recién empieza a conocer lo que pasó en esos 17 años de dictadura militar, que vivieron  muchos, entre ellos Rubén, Mary, Ramón y Artadio, y que nunca podrán olvidar.
 
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Guatemala, Bosnia, Ruanda, Irak y, ahora, Afganistán. El científico y responsable de la ONG Physicians for Human Rights, Stefan Schmitt, lleva años abriendo fosas por todo el mundo. Su objetivo es dignificar a los muertos y devolver la memoria a los vivos. La Asociación para los Derechos Humanos en Afganistán (ASDHA) lo ha invitado a Barcelona.

Se cree que cuando Estados Unidos entró en Afganistán, en 2001, hubo una matanza de talibanes en el norte del país y sus cuerpos se enterraron después en la fosa de Dash-e-Leili. ¿Se sabe algo más?

Eso se alega, pero hasta que no haya una exhumación arqueológica para determinar los hechos todo se queda en suposiciones. Aunque los testimonios son bastante buenos.

Sin embargo, se baraja la cifra de 2.000 muertos.

Eso es lo que dicen los testimonios. Pero a nivel científico no puedo decir cuánta gente hay. Incluso ahora existe la sospecha de que después [cuando el caso salió a la luz] se llevaron los restos.

¿Por qué se sospecha que los estadounidenses estuvieron al corriente de esos asesinatos?

Bueno, primero porque ya está confirmado que [los verdugos, bajo el mando de Abdul Rashid Dostum, un señor de la guerra] trabajaban con ropas de los EEUU, de eso no queda duda. La pregunta es: ¿hasta qué punto los norteamericanos eran conscientes o hasta qué grado [los estadounidenses] estuvieron involucrados? Por eso yo digo que es necesario que se lleve a cabo una investigación independiente.

El presidente Obama dijo en una entrevista a The New York Times que se investigaría el caso. ¿Se ha hecho algo?

No.

¿Cree que se hará?

[Silencio.] Espero que algún día se haga...

Esos 2.000 hombres murieron en contenedores metálicos. ¿Fue la primera vez que se utilizaba este método en Afganistán?

Supuestamente ese método ya se había utilizado antes. Se deja a la gente encerrada en contenedores metálicos a pleno sol. Y al cabo de dos horas la situación se vuelve insoportable. Quienes estuvieron allí dentro contaban que se lamían el sudor unos a otros para tener agua.

¿Eso es una forma de tortura o una manera de ahorrar balas?

Se puede decir que es un método para matar a mucha gente de una manera sencilla, sin gastar munición.

España ha tardado más de 30 años en abrir las fosas. Y todavía hay miedo. ¿Afganistán está preparado para abrir sus fosas?

Obviamente, la supervivencia es primordial, pero yo creo que no cabe duda de que los afganos quieren formar parte de algún proceso de justicia o reconciliación. Creo que así debería hacerse. Cuanto antes empiece, mejor. Porque, si no, la memoria se pierde.

Usted cuenta la importancia del testimonio oral y colectivo en la cultura afgana. ¿Es un pacto para reconstruir la historia?

No es tanto un pacto como un modo de comunicación social. En nuestros países la historia se trata a nivel académico: hay un foro público. En Afganistán, la historia es una cosa que se decide en común, que se transmite a través de una autoridad.

¿Cómo condiciona eso los análisis científicos?

[Risas] Nunca se dice, pero eso es un problema para la recuperación de una memoria histórica. Es problemático. Y, por lo tanto, la justicia es problemática. Es un reto.
Stefan Schmitt es forense y responsable de la ONG Physicians for Human Rights. Lleva años abriendo fosas por todo el mundo. 

Por L. DEL POZO - Barcelona - 
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Jueves, 21 Enero 2010 08:53

Misterios de Auschwitz

Esconder del pueblo alemán el enorme aparato de los campos de concentración no era posible, y además (desde el punto de vista de los nazis), no era deseable. Crear y mantener en el país una atmósfera de indefinido terror formaba parte de los fines del nazismo: era bueno que el pueblo supiese que oponerse a Hitler era extremadamente peligroso. Efectivamente, cientos de miles de alemanes fueron encerrados en los Lager desde los comienzos del nazismo: comunistas, socialdemócratas, liberales, judíos, protestantes, católicos, el país entero lo sabía, y sabía que en los Lager se sufría y se moría.

No obstante, es cierto que la gran masa de alemanes ignoró siempre los detalles más atroces de lo que más tarde ocurrió en los Lager: el exterminio metódico e industrializado en escala de millones, las cámaras de gas tóxico, los hornos crematorios, el abyecto uso de los cadáveres, todo esto no debía saberse y, de hecho, pocos lo supieron antes de terminada la guerra. Para mantener el secreto, entre otras medidas de precaución, en el lenguaje oficial sólo se usaban eufemismos cautos y cínicos: no se escribía “exterminación” sino “solución final”, no “deportación” sino “traslado”, no “matanza con gas” sino “tratamiento especial”, etcétera. No sin razón, Hitler temía que estas horrorosas noticias, una vez divulgadas, comprometieran la fe ciega que le tributaba el país, como así la moral de las tropas de combate; además, los aliados se habrían enterado y las habrían utilizado como instrumento de propaganda: cosa que, por otra parte, ocurrió, si bien a causa de la enormidad de los horrores de los Lager, descriptos repetidamente por la radio de los aliados, no ganaron el crédito de la gente.

El resumen más convincente de la situación de entonces en Alemania la he hallado en el libro Der SS Staat (El Estado de la SS), de Eugen Kogon, ex prisionero en Buchenwald y luego profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Munich: “¿Qué sabían los alemanes acerca de los campos de concentración? A más del hecho concreto de su existencia, casi nada. Sin embargo, no había un alemán que no supiese de la existencia de los campos. Pocos eran los alemanes que no tenían un pariente o un conocido en un campo, o que al menos no supiesen que tal o cual persona allí había sido enviada. Todos los alemanes eran testigos de la multiforme barbarie antisemita: millones de ellos habían presenciado, con indiferencia o con curiosidad, con desdén o quizá con maligna alegría, el incendio de las sinagogas o la humillación de los judíos y judías obligados a arrodillarse en el fango de la calle. Muchos hombres de negocios tenían relaciones de proveedores con la SS de los Lager, muchos industriales solicitaban mano de obra de trabajadores-esclavos a la SS, y muchos empleados estaban al corriente. No eran pocos los trabajadores que desarrollaban su actividad cerca de los campos de concentración o incluso dentro de los mismos. Profesores universitarios colaboraban con los centros de investigación médica”.

Pese a las varias posibilidades de informarse, la mayor parte de los alemanes no sabía porque no quería saber, o más: porque quería no saber. Es cierto que el terrorismo de Estado es un arma muy fuerte a la que es muy difícil resistir, pero también es cierto que el pueblo alemán, globalmente, ni siquiera intentó resistir. En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma de urbanidad: quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuesta. De esta manera, el ciudadano alemán típico conquistaba y defendía su ignorancia, que le parecía suficiente justificación de su adhesión al nazismo: cerrando la boca, los ojos y las orejas se construía la ilusión de no estar al corriente de nada, y por consiguiente de no ser cómplice de todo lo que ocurría ante su puerta.

Saber, y hacer saber, era un modo (quizá tampoco tan peligroso) de tomar distancia con respecto al nazismo; pienso que el pueblo alemán, globalmente, no ha usado de ello, y de esta deliberada omisión lo considero plenamente culpable.

Perros adiestrados

En algunos Lager hubo efectivamente insurrecciones: en Treblinka, en Sobibor y también en Birkenau, uno de los campos dependientes de Auschwitz. No tuvieron gran peso numérico: como la parecida insurrección del ghetto de Varsovia, fueron más bien ejemplos de extraordinaria fuerza moral. En todos los casos fueron planeadas y dirigidas por prisioneros de alguna manera privilegiados, por lo tanto en condiciones físicas y espirituales mejores que las de los prisioneros comunes. Esto no debe sorprender: sólo a primera vista puede parecer paradójico que se subleve quien menos sufre. También fuera de los Lager, las luchas raramente son lideradas por el subproletariado. Los “harapientos” no se rebelan.

En los campos para prisioneros políticos, o en donde éstos prevalecían, la experiencia conspiradora de éstos demostró ser preciosa, y a menudo se llegó, más que a rebeliones abiertas, a actividades de defensa bastante eficientes. Según el Lager y según las épocas, se logró por ejemplo chantajear o corromper a la SS, frenando así sus poderes indiscriminados; se logró sabotear el trabajo para las industrias de guerra alemanas; se logró organizar evasiones; se logró comunicar por radio con los aliados, dándoles noticias acerca de las horribles condiciones de los campos; se logró mejorar el tratamiento de los enfermos, sustituyendo a los médicos de las SS con médicos prisioneros; se logró “condicionar” las selecciones, mandando a la muerte a espías o traidores y salvando a prisioneros cuya supervivencia tenía, por algún motivo, particular importancia; se logró preparar, incluso militarmente, una resistencia en caso de que, al acercarse el frente, los nazis decidieran (como de hecho a menudo lo hicieron) liquidar totalmente los Lager.

En los campos en los que los judíos eran mayoría, como los de la zona de Auschwitz, una defensa activa o pasiva era particularmente difícil. Aquí los prisioneros, en general, carecían de casi toda experiencia organizativa o militar; provenían de todos los países de Europa, hablaban lenguas diferentes, y por ello no se entendían entre sí: sobre todo, tenían más hambre, estaban más débiles y cansados que los demás, porque sus condiciones de vida eran más duras y porque tenían frecuentemente tras de sí un largo historial de hambre, persecuciones y humillaciones en los ghe-ttos. Por ende, la duración de su estancia en el Lager era trágicamente breve, constituían en definitiva una población fluctuante, continuamente disminuida por la muerte y renovada por las incesantes llegadas de nuevos cargamentos. Es comprensible que en un tejido humano tan deteriorado e inestable no prendiese fácilmente el germen de la rebelión.

Podríamos preguntarnos por qué no se rebelaban los prisioneros no bien bajaban del tren, que esperaban horas (¡a veces días!) antes de entrar a las cámaras de gas. Además de todo lo que he dicho, debo agregar que los alemanes habían perfeccionado, en esta empresa de muerte colectiva, una estrategia diabólicamente astuta y versátil. En la mayor parte de los casos, los recién llegados no sabían qué se les tenía preparado: se los recibía con fría eficiencia pero sin brutalidad, se los invitaba a desnudarse “para la ducha”, a veces se les entregaba una toalla y jabón, y se les prometía un café para después del baño. Las cámaras de gas, en efecto, estaban camufladas como salas de duchas, con tuberías, grifos, vestuarios, perchas, bancos, etcétera. Cuando, por el contrario, un prisionero daba la menor muestra de saber o sospechar su destino inminente, las SS y sus colaboradores actuaban por sorpresa, intervenían con extremada brutalidad, gritando, amenazando, pateando, disparando y azuzando –contra esa gente perpleja y de-sesperada, marinada por cinco o diez días de viajes en vagones sellados– a sus perros adiestrados para despedazar hombres.

Siendo así las cosas, parece absurda y ofensiva la afirmación a veces formulada según la cual los judíos no se rebelaron por cobardía. Nadie se rebelaba. Baste recordar que las cámaras de gas de Ausch-witz fueron puestas a prueba con un grupo de trescientos prisioneros de guerra rusos, jóvenes, con entrenamiento militar, preparados políticamente y sin el freno que representan mujeres y niños; tampoco ellos se rebelaron.

Frente al olvido

Cada uno de nosotros, los sobrevivientes, se comporta de manera distinta, pero se distinguen dos grandes categorías. Pertenecen a la primera categoría los que rehúsan regresar, o incluso hablar del tema; los que querrían olvidar pero no pueden, y viven atormentados por pesadillas; los que, al contrario, han olvidado, han extirpado todo y han vuelto a vivir a partir de cero. He notado que, en general, todos estos individuos fueron a parar al Lager “por desgracia”, es decir sin un compromiso político preciso; para ellos el sufrimiento ha sido una experiencia traumática pero privada de significado y de enseñanza, como una calamidad o una enfermedad: el recuerdo es para ellos algo extraño, un cuerpo doloroso que se inmiscuyó en sus vidas y han tratado (o aún tratan) de eliminarlo.

La segunda categoría, en cambio, está constituida por los ex prisioneros “políticos”, o en todo caso con preparación política, o con una convicción religiosa, o con una fuerte conciencia moral. Para estos sobrevivientes, recordar es un deber: éstos no quieren olvidar, y sobre todo no quieren que el mundo olvide, porque han comprendido que su experiencia tenía sentido y que los Lager no fueron un accidente, un hecho imprevisto de la Historia.

Los Lager nazis han sido la cima, la culminación del fascismo en Europa, su manifestación más monstruosa; pero el fascismo existía antes que Hitler y Mussolini, y ha sobrevivido, abierto o encubierto, a su derrota en la Segunda Guerra Mundial. En todo el mundo, en donde se empieza negando las libertades fundamentales del Hombre y la igualdad entre los hombres, se va hacia el sistema concentracionario, y es éste un camino en el que es difícil detenerse. Conozco muchos ex prisioneros que han comprendido bien la terrible lección implícita en su experiencia, y que cada año vuelven a “su” campo llevando de la mano peregrinajes de jóvenes: yo mismo lo haría de buen grado si el tiempo me lo permitiese y si no supiera que logro el mismo fin escribiendo libros y aceptando comentarlos ante los estudiantes.

Comprender es imposible

Como se sabe, la obra de exterminación fue muy lejos. Los nazis, que a la vez estaban empeñados en una guerra durísima, manifestaron en ello una prisa inexplicable: los cargamentos de víctimas destinadas al gas o a ser trasladadas de los Lager cercanos al frente tenían precedencia sobre los transportes militares. No llegó a su culminación sólo porque Alemania fue derrotada, pero el testamento político de Hitler, dictado pocas horas antes de su suicidio y con los rusos a pocos metros de distancia, concluía así: “Sobre todo, ordeno al gobierno y al pueblo alemán que mantengan plenamente vigentes las leyes raciales y que combatan inexorablemente contra el envenenador de todas las naciones, el judaísmo internacional”.

Se puede afirmar que el antisemitismo es un caso particular de intolerancia; que durante siglos ha tenido un carácter principalmente religioso; que en el tercer Reich fue exacerbado por la explosión nacionalista y militarista del pueblo alemán, y por la peculiar “diferencia” del pueblo judío; que se diseminó fácilmente por toda Alemania y buena parte de Europa, gracias a la eficacia de la propaganda de los fascistas y de los nazis que tenían necesidad de un chivo emisario sobre quien descargar todas las culpas y todos los resentimientos; y que el fenómeno fue llevado a su paroxismo por Hitler, dictador maníaco.

Debo conceder, sin embargo, que estas explicaciones comúnmente aceptadas no me satisfacen: son diminutas, no tienen común medida ni proporción con los hechos que pretenden explicar. Releyendo las crónicas del nazismo, desde sus turbios inicios hasta su fin convulsionado, no logro quitarme de encima la impresión de una atmósfera general de locura descontrolada que me parece ser única en la historia. Esta locura colectiva, este descarrío, suele explicarse postulando la combinación de muchos factores distintos, insuficientes uno a uno. El más importante sería la misma personalidad de Hitler y su profunda interacción con el pueblo alemán. Es verdad que sus obsesiones personales, su capacidad de odiar, su prédica de la violencia, hallaban una resonancia desenfrenada en la frustración del pueblo alemán, y de él le volvían multiplicadas, confirmándole su convicción delirante de ser él mismo quien encarnaba al Héroe de Nietzsche, el Superhombre redentor de Alemania.

Mucho se ha escrito acerca de su odio hacia el pueblo judío. Se ha dicho que Hitler volcaba sobre los judíos su odio hacia todo el género humano; que reconocía en los judíos algunos de sus propios defectos, y que al odiar a los judíos se odiaba a sí mismo; que la violencia de su aversión provenía del temor de tener “sangre judía” en las venas.

Insisto: no me parecen explicaciones adecuadas. No me parece lícito explicar un fenómeno histórico cargando todas las culpas sobre un individuo (¡los ejecutores de órdenes horrendas no son inocentes!), y además siempre es arduo interpretar las motivaciones profundas de un individuo. Las hipótesis propuestas justifican los hechos sólo parcialmente, explican la calidad pero no la cantidad. Debo admitir que prefiero la humildad con que algunos historiadores entre los más serios (Bullock, Schramm, Bracher) confiesan no comprender el antisemitismo furibundo de Hitler y, detrás de él, de Alemania.

Quizá no se pueda comprender todo lo que sucedió, o no se deba comprender, porque comprender casi es justificar. Me explico: “comprender” una proposición o un comportamiento humano significa (incluso etimológicamente) contenerlo, contener al autor, ponerse en su lugar, identificarse con él. Pero ningún hombre normal podrá jamás identificarse con Hitler, Himmler, Goebbels, Eichmann e infinitos otros. Esto nos desorienta y a la vez nos consuela: porque quizá sea deseable que sus palabras (y también, por desgracia, sus obras) no lleguen nunca a resultarnos comprensibles. Son palabras y actos no humanos, o peor: contrahumanos, sin precedentes históricos, difícilmente comparables con los hechos más crueles de la lucha biológica por la existencia. A esta lucha podemos asimilar la guerra: pero Auschwitz nada tiene que ver con la guerra, no es un episodio, no es una forma extremada. La guerra es un hecho terrible desde siempre: podemos execrarlo pero está en nosotros, tiene su racionalidad, lo “comprendemos”.

Pero en el odio nazi no hay racionalidad: es un odio que no está en nosotros, está fuera del hombre, es un fruto venenoso nacido del tronco funesto del fascismo, pero está fuera y más allá del propio fascismo. No podemos comprenderlo; pero podemos y debemos comprender dónde nace y estar en guardia. Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también.

Por Primo Levi, fragmentos del postfacio, escrito en 1976, en Si esto es un hombre (ed. Muchnik; totalmente agotado en Buenos Aires).
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Las fotos aparecidas ayer en los diferentes diarios brasileños del presidente del país, Luiz Inácio Lula da Silva, son reveladoras de hasta qué punto le ha afectado la polémica suscitada alrededor de su reciente Programa Nacional de Derechos Humanos. Este proyecto, criticado por políticos, militares e incluso la Iglesia católica, se ha convertido ya en el texto de la discordia dentro del propio Ejecutivo. Varios de sus miembros consideran que este programa es un viraje en la postura de Lula hacia una línea más izquierdista, que algunos califican de corte bolivariano.

Según informaba ayer la apertura del diario O Globo, Lula pide ahora que sea revisada la parte del programa que prevé la creación de una Comisión de la Verdad que investigue los actos delictivos cometidos durante la dictadura militar, en un intento de evitar roces con el Ejército. La versión original ordena que sean investigadas las violaciones de los derechos humanos "practicadas en el contexto de represión política"; en la nueva versión, la expresión se sustituirá por "el contexto de conflictos políticos".

Para los tres comandantes del Ejército y para el ministro de Defensa, Nelson Jobim, que habían amenazado con presentar sus dimisiones a Lula si no cambiaba el texto, la nueva versión significa que no sólo serán investigados los militares, sino también los militantes de la izquierda armada durante la dictadura.

Lula prepara ahora una reunión con los ministros que ponen reparos al texto del programa, que, en 73 páginas, prevé la creación de 27 nuevas leyes en el ámbito de los derechos humanos.

Lula también ha escuchado las críticas de los obispos, que se oponen a una parte del texto en la que se le concede a la mujer plena libertad para disponer de su cuerpo, liberalizando así la opción del aborto. Los obispos habían dado a entender a Lula que la Iglesia podría retirar la confianza al Gobierno en las elecciones del próximo octubre.

Según Lula, la cuestión del aborto saldrá del texto del Programa Nacional de Derechos Humanos para convertirse en un tema de salud pública en el ámbito del Gobierno, mientras que el tema de la revisión de la ley de amnistía para poder procesar a los torturadores de la dictadura será objeto de una sentencia del Supremo.

El presidente aún no ha hablado sobre la posibilidad de revisar los otros puntos polémicos del proyecto, como el de la intervención del Ejecutivo en los medios de comunicación, la posibilidad de usar más los plebiscitos populares para gobernar o la libertad que se concede a los Sin Tierra para poder invadir haciendas y que ha enfrentado a los ministros de Agricultura y de la Reforma Agraria.

Según informaciones facilitadas a este diario por el entorno del Gobierno, Lula va a intentar los próximos días "apagar los diferentes fuegos" que ha encendido un ambicioso programa sobre derechos humanos que, quizás por haber querido abarcar demasiados asuntos conflictivos, ha acabado desagradando a progresistas y conservadores.

JUAN ARIAS - Río de Janeiro
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