Domingo, 21 Septiembre 2014 10:10

La economía de Brasil se atasca

La economía de Brasil se atasca

La actividad del mayor mercado sudamericano, ejemplo de empuje durante una década, se frena debido al parón de las exportaciones y la fatiga del consumo interno.

 

Muchos especialistas lo auguraban desde hacía tiempo y por fin se confirmó hace dos semanas: la economía brasileña, la séptima del mundo, encadenaba dos trimestres de retroceso del PIB y entraba en lo que en la jerga de los economistas se denomina "recesión técnica". Paralelamente, la agencia de calificación Moody's bajaba la semana pasada un peldaño la nota del país, pasando de "estable" a "negativa". Ni las cifras ni la calificación de la agencia son alarmantes, pero sí significativas: desde enero a marzo el PIB brasileño reculó 0,2 puntos porcentuales: en los últimos tres meses lo ha hecho 0,6 puntos. Más que el alcance, lo importante es la novedad. En los últimos años, Brasil sólo registró números rojos en el último trimestre de 2008 y en el primero de 2009, esto es, en los peores días la vorágine de la crisis planetaria que sacudió el mundo financiero.

 

Otros países se quedaron ahí, en el agujero, pero Brasil, animado por un consumo interno pujante, las exportaciones a China y un ciclo económico en alza, remontó de inmediato. Hasta ahora. Hoy, sin aliento, el país parece condenado a detenerse a fin de recuperar fuerzas. La mayoría de los especialistas coinciden en que es una parada casi técnica, una suerte de tiempo muerto para recomponer líneas antes de comenzar de nuevo. Pero en medio de una disputada campaña electoral a tres bandas cuyo primer asalto se resolverá el próximo 5 de octubre, la noticia de la recesión tuvo el efecto de un ladrillo en un estanque. Los candidatos a la presidencia, Marina Silva, por el Partido Socialista Brasileño (PSB), y Aécio Neves, del más conservador Partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB), se apresuraron a acusar a la presidenta Dilma Rousseff —que aspira a un segundo mandato— de no reconocer sus errores y de haber llevado al país a una vía muerta. Neves fue explícito: "Usted va a entregar un Brasil peor del que lo encontró y eso ocurre por primera vez en nuestra historia moderna".


De 2003 a 2010, coincidiendo con los dos Gobiernos del carismático Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), Brasil creció una media desaforada del 4% anual. Ni siquiera la crisis económica que entrampó a Europa y maniató a Estados Unidos significó un obstáculo insalvable en su trayectoria ascendente y sí un tropezón olvidable. Un círculo mágico de exportaciones exitosas, sobre todo de soja y principalmente a China, crédito fácil que llegaba a las familias deseosas de gastar y adquirir, un escaso desempleo tendente a desaparecer, redistribución de riqueza gracias a la acción decidida del Gobierno que empujaba la subida de salarios que a su vez revertían en las empresas gracias al gasto y al consumo, fueron los elementos clave que sirvieron para alimentar una rueda imparable que logró que el país diera un gran paso adelante. El paro descendió desde un 13% en 2004 a un 5% en 2014. Y el nivel de renta medio se elevó de 700 reales (230 euros) en 2003 a cerca de 1.100 (300 euros) en 2013. Brasil vivió el mejor de los mundos posibles. "A veces ocurre: una alineación de los astros. Lula tiene el mérito de haber sabido aprovechar las circunstancias. Pero chupó tanto la naranja que a Dilma Rousseff, que accedió al poder en 2010, sólo le quedó la cáscara. Fue una época fantástica. Pero acabó. Todo lo bueno acaba", dice Luiz Carlos Mendonça de Barros, economista, exministro de Comunicación con el Gobierno de Fernando Henrique Cardoso y actual director de la agencia Questinvest.


Durante este periodo de bonanza económica, Brasil experimentó una auténtica revolución social: más de treinta millones de personas, de una población de 200 millones, pasó de sustentar la economía sumergida a gozar de contratos de trabajo y a pagar impuestos. Con un nuevo salario mensual medio que bascula entre los 1.000 y los 3.000 reales (de 350 a 1.000 euros), esta nueva clase social (denominada la clase C) fue la que, empujada por los créditos bajos, tiró del consumo interno (que constituye el 60% del PIB total del país) y empujó la economía durante esos años de bonanza. "La paradoja es que esa franja de población, a la que el PT sacó de la pobreza y colocó con un contrato de trabajo y garantías de crédito, ahora paga impuestos y empieza a fijarse en otras alternativas políticas además de la del PT. Incluso mira a la derecha", dice Mendonça.

 

Los datos son apabullantes: en esta década prodigiosa brasileña, el porcentaje de personas que han pasado de clase D a C, con contrato de trabajo (y con posibilidades de pedir créditos y, por lo tanto, de tener vacaciones o subsidio de desempleo, hasta convertirse en auténticos aspirantes a consumidores) ha pasado de ser de 1/3 a 2/3. Una completa inversión que ha transformado el país. Entre 2004 y 2012, el consumo interno brasileño se disparó a una media del 7% anual. Un detalle: en 2004 la venta de coches (como la venta de casi todo) comenzó a aumentar: por entonces rozaba los 100.000 coches al mes. Llegaron, en enero de 2012, a sobrepasar los 300.000. Esta superproducción automovilística explica (además de ciertos desastres urbanísticos) los ingentes atascos que atenazan hoy por hoy las grandes ciudades brasileñas, especialmente Río de Janeiro o São Paulo, convirtiendo en clave el tema de la movilidad urbana en la campaña electoral.


El punto álgido de este crecimiento coincidió con la mayor protesta callejera de la historia moderna de Brasil. Miles de personas, en junio de 2013, salieron masivamente a la calle, sobre todo en São Paulo y Río de Janeiro, en una oleada imprevista que sorprendió a todo el país —incluido el Gobierno— demandando mejores servicios de transporte, de educación y de salud, y clamando contra él, según los manifestantes, despilfarrador presupuesto para el Mundial de fútbol. El detonante de la protesta fue, precisamente, una mínima subida del billete de autobús en algunas ciudades (que posteriormente fue retirada), pero que constituyó la gota que colmó el vaso de una población que aspira a ingresar de una vez en el primer mundo, harta de transitar por el tercero.


Paralelamente a las protestas, en 2013, el combustible que alimentaba buena parte de esta fenomenal maquinaria, el consumo interno, comenzaba a dar síntomas de fatiga, y acabó agotándose en 2014. En 2005, la deuda que soportaban los hogares brasileños, incluyendo las hipotecas, no pasaba del 20% de la renta total. Hoy supera el 45%. "Las familias ya han llegado a un límite de endeudamiento a partir del cual se compromete decididamente su presupuesto mensual. De ahí, entre otras cosas, el parón del consumo, una de las causas del retroceso actual de la economía", dice Fernando Sampaio, de la LCA Consultores.


Una de las herencias de esta fiebre consumista es la inflación, verdadero talón de Aquiles de la economía brasileña. El Gobierno ha respetado el límite del 6,5% establecido por el Banco Central, pero gracias a congelar artificialmente precios como el de la gasolina, lo que afecta, de rebote, a los ingresos de la mayor empresa del país, la petrolera estatal Petrobras. Con todo, los especialistas recuerdan que es un dato que coincide más o menos con la inflación del resto de los países emergentes.


El economista Antonio Correia de Lacerda añade que, además de este parón en el consumo interno, las exportaciones se ralentizaron por la crisis europea y la norteamericana. Y, especialmente, la crisis argentina, que afectó a la baja a la venta de automóviles al país vecino. Agrega además que la productividad industrial cayó en los últimos años como consecuencia no sólo del descenso de las ventas nacionales y extranjeras, sino de la falta de inversión y del peso de la ingente burocracia brasileña. Pero asegura que todo es coyuntural y que en 2015 el crecimiento volverá a Brasil a razón de un 1,5%. Es cierto que ya no se registrarán los números asombrosos de la pasada década, pero los especialistas coinciden en asegurar que, en compensación, la economía brasileña entrará o ha entrado ya —gracias a esa franja de población que se ha incorporado a la legalidad— en una fase de estabilidad duradera.


Una señal de esto último se encuentra en que a pesar del parón hay sectores que crecen ahora y que van a seguir haciéndolo. El sector de los seguros, por ejemplo. Las empresas de este ramo, tal y como explica José Carlos Macedo, de PAN Seguros, experimentan un auge gracias a la demanda de seguros de vida, de coches o de clínicas dentales. Los clientes son ese segmento de población que trata de asegurar lo que ha adquirido en los años de bonanza.


La marcha de la economía se ha vuelto uno de los temas favoritos de la campaña electoral. Dilma Rousseff aboga por un Estado intervencionista y por perseverar en las políticas de asistencia social que su partido, el PT, ha estado llevando a cabo desde 2002. El más conservador, Aécio Neves, plantea un programa más liberal, con un Banco Central menos a merced del Gobierno. Lo mismo Marina Silva, de origen humilde (aprendió a leer a los 16 años), exministra de Medio Ambiente de Lula, durante muchos años miembro del PT, hoy cabeza de lista del Partido Socialista de Brasil, y la única candidata capaz de arrebatarle el poder a la actual presidenta. "Esa franja decisiva de población, esos 30 millones de personas, ya no apoyan tanto al PT, pero jamás votarán a Neves, ya que no es uno de ellos. Por el contrario, Marina Silva, de origen muy humilde, pero con un programa económico más liberal, les atrae más electoralmente", explica Luiz Carlos Mendonça de Barros.


"En el fondo, lo que subyace en todo, además, es una gran pérdida de confianza, tanto de los empresarios como de los consumidores. Y a esa falta de confianza hay que añadir la incertidumbre. La gente no sabe qué va a pasar y no compra. ¿Y por qué cayó la confianza? Pues no se sabe. Eso no lo dicen las encuestas", se responde Sampaio. Este especialista añade que, a lo largo de los últimos años, Brasil ha sufrido crisis parecidas, pero que incluso con peores cifras relativas al desempleo o a la productividad, esa confianza no se desplomó. "Y ahora sí. Es algo inclasificable. Un pesimismo difícil de medir. Que tal vez tenga que ver con un exceso de optimismo anterior, con la certeza de que iba a ser todo tan fácil, de que no lo ha sido, y de ahí la caída repentina. Tal vez tenga que ver también con las manifestaciones de hace un año y medio, con el desencanto que destilaron y que se convirtió en algo contagioso".


Sampaio explica que será un desafío clave del próximo Gobierno, sea del color que sea, recuperar esa confianza para el país entero. "Al ser algo subjetivo, puede que se salga rápidamente y volvamos a un crecimiento económico lento, pero sin crisis alrededor, sin recesiones. Antes teníamos problemas de la balanza de pagos, de falta de dólares. Ahora no ocurre eso. Tenemos una reserva de 380.000 millones de dólares. Ahora es algo más difuso, pero también más normal. Lo de antes, ese crecimiento tan desaforado, también era anormal. Ahora ingresamos en la normalidad".

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Domingo, 07 Septiembre 2014 06:18

China se abre a una nueva era económica

China se abre a una nueva era económica

Liu Guanghai no se considera un hombre afortunado. Ya no. En sus buenos tiempos llegó a acumular una fortuna de más de cien millones de yuanes (12,3 millones de euros), una cantidad sumamente respetable en China. Hoy, a este antiguo socio de la Compañía de Productos Minerales Tianci, una empresa propietaria de dos minas de carbón de la provincia de Sichuan, en el centro de China, se le acumulan las deudas, los bancos quieren embargarle y trata desesperadamente en los tribunales de no perder su casa.


Hace tan sólo cinco años, el Gobierno municipal de Fengjie, la localidad donde tiene su sede la compañía, premió a Tianci como una de las ocho empresas que pagaron más impuestos en el sector minero en 2008. Eran buenos tiempos para la industria. La minería estaba considerada un área estratégica, una de las que alentaban aquel crecimiento prodigioso, del 10% anual y más, que era la envidia de los países occidentales. Todas las puertas se les abrían. Hombres como Liu eran los reyes.


Pero todo eso ha cambiado. "Sus minas ya no dan nada de beneficio... Está en una situación muy difícil", explica su abogado, Zhou Litai. Liu llevaba más de diez años en el sector, pero ahora debe más de setenta millones de yuanes (casi diez millones de euros). Un tribunal de Chongqing, en Sichuan, ha ordenado el embargo de las minas y de su vivienda. Su caso, asegura Zhou, famoso en China por prestar ayuda legal a grupos vulnerables, no es ni mucho menos el único en los últimos tiempos. "Es bastante general en el sector minero".


En sus últimos años de mandato el primer ministro Wen Jiabao y ahora el Gobierno que encabeza el presidente chino Xi Jinping han decidido abandonar el modelo económico basado en el crecimiento a toda costa, incluida una explotación exhaustiva e insostenible de los recursos. La prioridad está ahora en un nuevo modelo que busca potenciar el consumo interno. En noviembre del año pasado, la reunión plenaria anual del partido comunista anunció un amplio proceso de reformas de 60 puntos, mucho más ambicioso de lo que esperaban los analistas, encaminado a dar protagonismo a las fuerzas de mercado. En numerosos campos, desde una mayor apertura del sector bancario a la ampliación de la cobertura del sistema de seguridad social. Incluye, entre otras cosas, por reducir el exceso de capacidad en sectores como el carbón. Y empresarios como Liu —en casos que evocan a las víctimas de la reconversión industrial española de los años ochenta— han sido algunos de los perjudicados.


Mientras Liu batalla en los juzgados, los analistas son unánimes. Las reformas de la segunda economía del mundo son inevitables, y urgentes, ante un modelo que ha permitido sacar a más de cuatrocientos millones de personas de la pobreza y que, guiado en sus comienzos por el reformista Deng Xiaoping, se ha ido alejando gradualmente de las premisas comunistas de Mao Zedong. Pero que se había quedado anticuado y comenzaba a dar peligrosas señales de agotamiento. "La economía china se encontraba en su adolescencia y, como todos los adolescentes, registró unos años de crecimiento muy rápido. Pero en algún momento los adolescentes dejan de crecer a ese ritmo y se convierten en adultos", explica el catedrático del Instituto de Economía de la Academia de Ciencias Sociales de China (CASS), Wang Hongmiao.

Ese crecimiento rápido había creado problemas que, con la ralentización de los últimos años, han quedado cada vez más de manifiesto. Tras la crisis financiera de 2008, China ha alentado el crecimiento mediante la inversión estatal, lo que ha creado un sector inmobiliario que burbujea y ha beneficiado desmesuradamente a las grandes empresas públicas, muchas de ellas dinosaurios ineficientes.


El crecimiento por el crecimiento ha disparado la desigualdad social, la contaminación medioambiental y la inseguridad alimentaria. La oferta de China como fábrica del mundo, con una mano de obra barata y poco cualificada, se ve amenazada ante el envejecimiento de la población y el aumento de los costes de producción, especialmente por la subida de los salarios. Crece la diferencia entre la costa desarrollada y el interior rural: en 2013, la renta per capita disponible en las ciudades más que triplicaba la del campo. La inversión como arma de crecimiento se ha empleado mucho más allá de lo que era necesario y genera ahora cada vez menos rendimiento. El Fondo Monetario Internacional instaba en noviembre de 2012 a China a reducir su inversión en 10 puntos porcentuales de PIB para garantizar un crecimiento óptimo.
Ante esta encrucijada, las autoridades chinas han empezado a poner en práctica las reformas. La voluntad de cambio por parte del nuevo Ejecutivo —a diferencia de la década administrada por el binomio Hu Jintao y Wen Jiabao, llena de buenas palabras pero pocos avances— parece clara. De los 60 puntos planteados en noviembre de 2013, cuando el régimen incluyó una inédita referencia al papel "decisivo" de las fuerzas del mercado en la asignación de recursos, ya se han comenzado a desarrollar 49. "Puede haber dudas sobre su implementación, pero esta declaración es la más impresionante que hemos visto en este siglo", dijo entonces al respecto la consultora de investigación económica británica Capital Economics.


Pero si la voluntad de cambio parece manifiesta, su efectividad es aún una incógnita. De momento, el crecimiento ha bajado de aquellas alturas de dos dígitos de hace unos años a un 7,7% el año pasado, que se calcula que rondará el 7,5% cuando concluya éste. Las autoridades chinas insisten en que no se trata de crecer en cantidad, sino en calidad, y las reformas darán fruto gradualmente y conseguirán un crecimiento sostenible a largo plazo. No acometerlas, sostienen, supondría abocarse a una caída aún más fuerte, con consecuencias trágicas en la estabilidad social.


Una de las iniciativas más aplaudidas es la entrada de inversión privada en las todopoderosas empresas estatales, que dominan industrias que van desde la energía, infraestructura o telecomunicaciones y que actúan bajo un régimen prácticamente monopolístico. "Hasta ahora las empresas privadas chinas, que tienen un potencial infinito, se han enfrentado a distintas restricciones por culpa de las compañías estatales y las instituciones gubernamentales. Lo oficial y lo estatal han acumulado la riqueza del pueblo", afirma Hu Xingdou, catedrático de Economía del Instituto de Tecnología de Pekín. Cómo él, varios analistas consideran que estas empresas absorben la mayoría del crédito, crean ineficiencias y que, en definitiva, se han convertido en un lastre para el crecimiento económico del país. En julio, China anunció un programa piloto para que la inversión privada entre en el accionariado de seis de estas compañías, entre ellas el gigante alimenticio COFCO, para fomentar la propiedad mixta. Sectores como el petrolero o las telecomunicaciones están en medio de procesos similares.

Por estratégico y por su capacidad de actuar como repartidor del juego entre el resto de la economía, Pekín ha puesto especialmente énfasis en la liberalización del sector bancario. El año pasado el Ejecutivo puso fin al control estatal sobre los tipos de interés de los préstamos, algo que ha abaratado el crédito. Ha dejado pendiente, en cambio, la de las tasas de los depósitos, una reforma clave que solucionaría muchos de los problemas que acechan a la segunda economía mundial. Según Alicia García Herrero, economista jefe de mercados emergentes del BBVA, el hecho de no liberalizar por completo las tasas de interés "ha facilitado la emergencia de un sector bancario en la sombra que agrava las fragilidades estructurales del país". Ciertamente, las bajas tasas que ofrecen los bancos, el poco desarrollo de los mercados bursátiles del país y en general la falta de ingeniería financiera legal ha provocado que los ahorradores particulares chinos hayan buscado otros canales donde invertir, como el sector inmobiliario o la llamada banca en la sombra. Son dos de los mayores riesgos a los que se enfrenta China en el futuro próximo, según García Herrero, junto con el elevado nivel de deuda tanto de los entes municipales como en el ámbito corporativo.


Pekín, sin embargo, ha permitido la entrada a unos jugadores inesperados que pueden revolucionar el sector. El Gobierno ha repartido cinco licencias para crear nuevos bancos de propiedad privada. Una de ellas se la adjudicó Tencent, el dueño de la mayor red de mensajería instantánea de China (WeChat, 438 millones de usuarios), mientras que se espera que otra recaiga en Alibaba, el líder indiscutible del comercio electrónico del país y cuya próxima salida a Bolsa en Wall Street está destinada a romper todos los récords de recaudación, dicen los analistas. En teoría, estas nuevas entidades "aumentarán la competencia en el sector", según la Comisión Reguladora de la Banca de China, aunque esto está por ver dado el tamaño y el dominio de la banca estatal. Los analistas esperan, sin embargo, que al menos alivie la falta de crédito a las pequeñas empresas, uno de los problemas endémicos de China. "Lo importante es que el mercado ha ganado importancia en ciertas áreas en las que antes estaban prohibidas y que el papel del Gobierno se vaya reduciendo, que es el principio básico de este cambio de mentalidad", asegura Xu Bin, catedrático de Economía y Finanzas de la Escuela de Negocios CEIBS, con sede en Shanghái.


Estos cambios, muy lentos para unos y demasiado bruscos para otros, acarrean una cierta liberación ideológica en un país acostumbrado a que los tentáculos del Estado pasen directa o indirectamente por prácticamente todos los aspectos de la vida diaria de los chinos. Cada uno de los anuncios de nuevas reformas ha sido previamente estudiado en los más altos niveles y no se hace público sin un consenso en el seno del partido comunista. Tras el anuncio, la puesta en práctica supone otro reto en un país de 1.300 millones de habitantes reticente a cambios de cualquier índole. "El principal obstáculo a la reforma son los grupos de interés que se han formado durante todos estos años, generalmente dentro de las empresas estatales, que están bajo el control de familiares de los líderes y que son muy poderosos", señala Hu.
El aumento de la iniciativa privada y la progresiva reducción del intervencionismo del Estado implican un reequilibrio de fuerzas, en el que el consumo de ciudadanos tiene que ganar peso en la economía en detrimento de los grandes proyectos de inversión pública, algunos de ellos de dudosa rentabilidad. Según datos del Banco Mundial, en 2013 el consumo privado supuso solamente el 34% del producto interior bruto de China, una cifra muy por detrás de los porcentajes de entre el 60% y el 80% que se registran en los países desarrollados. A pesar de los bajos salarios, la tasa de ahorro de los hogares chinos es de las más altas del mundo, algo que se puede atribuir a la propia cultura —un famoso proverbio reza: "Muchos pocos hacen un mucho"—, pero sobre todo a la falta de un sistema fiable que les ayude en caso de que pierdan el empleo, cuando se retiren y sobre todo les cubra los altos costes médicos. "Cambiar la propensión al consumo de los chinos no es algo que se pueda hacer de un día para otro", apunta Niny Khor, economista del Banco Asiático de Desarrollo, "el éxito dependerá de lo bien que el Gobierno se las arregle para poner en marcha un sistema de seguridad social y de asistencia sanitaria, ya que eso es a medio plazo lo que realmente empujará a los consumidores a ahorrar menos y gastar más".


Otro de los ases en la manga que tiene el Gobierno para incentivar el consumo es el proceso de urbanización, cuyo principal defensor, el primer ministro Li Keqiang, considera como "el mayor potencial para la expansión de la demanda interna". El plan es claro: aumentar del 53,7% actual al 60% el porcentaje de la población que vive en las ciudades y llegar al 70% en 2030, con más o menos mil millones de chinos urbanitas. Para conseguirlo, las autoridades han iniciado primero una tímida reforma del sistema de permisos de residencia o hukou, implantado durante la Administración de Mao Zedong en 1958 para controlar la migración masiva. Este sistema perjudica gravemente a los trabajadores migrantes, que quedan privados de servicios sociales cuando abandonan su tierra natal y se trasladan a las ciudades en busca de una vida mejor.


"Se trata de un momento crucial. Deng Xiaoping convirtió China en un país de ingresos medios y ahora el desafío de Xi es poner las bases para la consecución de una nación desarrollada, y hacerlo con estabilidad y sin malestar social. Es un gran reto tanto para él como para el partido comunista en general", asegura Khor.

Un reto que el régimen ha consagrado en un lema, "el sueño chino", y que se ha marcado conseguir para 2020.
Como en cualquier proyecto de esta escala, no todos se verán beneficiados. Algunos sectores otrora esenciales para el crecimiento, como el minero, y algunas provincias que dependían de ellos, ven sus cifras caer estrepitosamente. Como en la reconversión española de los ochenta, los millones de personas afectadas tendrán que buscar alternativas. El empresario minero Liu será uno de ellos. Cuando termine su batalla en los tribunales.


 


La cabecera de playa de la transformación

La Zona Piloto de Libre Comercio de Shanghái se inauguró en septiembre de 2013 con el objetivo de ser un campo de pruebas de varias reformas económicas y sociales en China. Las autoridades cortaron la cinta roja con las garantías de que el enclave, de 29 kilómetros cuadrados de extensión, está concebido como un centro de desregulación financiera donde la moneda china será plenamente convertible, las tasas de interés no estarán controladas y la inversión extranjera se abrirá casi por completo, especialmente en el sector servicios.


Tras un año desde su puesta en marcha, unas 10.000 empresas —661 extranjeras— se han registrado para operar dentro de la zona, por lo que se ha notado un incremento del flujo de mercancías. Una de las últimas que ha llegado es Amazon, que establecerá un almacén logístico que le permitirá abastecer el mercado chino más fácilmente y competir con Alibaba, el gran dominador del comercio electrónico en país. En el ámbito financiero, sin embargo, no ha habido ningún cambio de fondo significativo.


"No es probable que la Zona Piloto de Libre Comercio de Shanghái sirva como un laboratorio de las reformas en China. Sí que es un avance importante para determinados sectores, pero no es factible que se experimente con las reformas económicas dada su limitada extensión geográfica y su poca representatividad de la economía real del país", señaló la economista jefe de mercados emergentes del BBVA, Alicia García Herrero.


China prometió que facilitaría en esta zona el movimiento del dinero y de materias primas hacia el exterior, paso previo a hacer lo mismo en el resto del país, donde se controla con mano dura los flujos de capitales para evitar los riesgos de las fuertes entradas o salidas de dinero especulativo. La semana pasada las autoridades de Shanghái anunciaron la creación de ocho plataformas, en 2015, destinadas al comercio de materias primas como el petróleo, el gas o el algodón. También está pendiente la creación de un panel de comercio internacional de oro.

Niny Khor, economista del Banco Asiático de Desarrollo, está a la expectativa: "Han anunciado que todas las pruebas se realizarán en esta zona, pero los inversores no saben cómo funcionará. Si en cinco años no vemos ningún resultado apreciable aparte de inversión inmobiliaria, habrá sido un fracaso".

Y ante las prisas, las autoridades piden calma, porque las reformas en China siguen el esquema de prueba y error. El proyecto en Shanghái se considera a largo plazo y decisivo para convertir la ciudad en la primera plaza financiera del continente asiático en 2020. A pesar de los pocos avances hasta ahora, otras urbes chinas como Tianjin, Chongqing, Xian o Wuhan ya han presentado candidatura para ser las próximas en albergar áreas similares. Y es que el ejemplo de Shenzhen, la ciudad fronteriza con Hong Kong que pasó de ser un pueblo de pescadores a una megalópolis de 15 millones de habitantes tras ser designada Zona Económica Especial por Deng Xiaoping, sigue cautivando a muchos líderes locales.


 


"Los cambios que aumenten la clase media nos favorecen"

El responsable de Cinco Jotas —grupo Osborne en Asia—, Jaime Pastor, se muestra prudente con las reformas anunciadas por el Ejecutivo de Xi Jinping, pero ve en ellas una oportunidad de seguir creciendo en el gigantesco mercado chino. La emblemática marca española aterrizó en China en 2010, cuando consiguió la homologación del jamón Cinco Jotas, y cuatro años después distribuye también su brandI y vino de Jerez entre los restaurantes y hoteles más prestigiosos de las principales ciudades del país.


"Todas las reformas que vayan dirigidas a aumentar la clase media en China nos favorecen a largo plazo", asegura el empresario, que cuenta con una experiencia de alrededor de una década en el gigante asiático. Se espera que proyectos como la creación de un sistema universal de seguridad social o la abolición de la rígida estructura de los permisos de residencia, con el que las autoridades calculan poder trasladar a cien millones de campesinos a las ciudades, ayuden a consagrar una sociedad más urbana, con más necesidades y más propensión a gastar. "Por ahora es difícil saber cómo se traducirán todas estas ideas", dice Pastor, que considera que, más allá de los cambios que pueda haber en la estructura del modelo chino, a las empresas de bienes de consumo les favorece también el cambio de mentalidad de la sociedad, algo que no depende solamente de que los ciudadanos tengan más ingresos: "Los chinos cada vez viajan más y aprenden cómo se vive en otros países, las nuevas generaciones consumen mucho más que sus padres...Todo esto les puede acercar a los productos de lujo".

A la espera de que la buena voluntad sobre el papel se concrete en un futuro, Pastor considera que la segunda economía mundial "es un mercado estratégico" y tiene el convencimiento de que su aventura en el país "tiene recorrido". Prueba de ello es la reciente entrada del grupo inversor privado chino Fosun en el accionariado de la compañía, que se ha hecho con una participación del 20% tras una ampliación de capital. "Ahora nos acercamos a China con un primo que nos viste mucho, los clientes y socios potenciales te reciben de otra forma", admite Pastor, quien augura que con la ayuda del nuevo socio la empresa "podrá tener acceso a planes que siempre habíamos tenido en la cabeza".


Con la premisa de que el país es ya el primer mercado del mundo, la ventaja de que la gastronomía española es cada vez más popular en el extranjero y la predilección hacia los bienes de lujo de los más adinerados, Pastor vislumbra cambios "a mejor".


A pesar de que la transformación de la sociedad ha sido mayúscula durante la última década, Pastor recuerda la China que conoció cuando llegó y coincide en que algunas cosas no han cambiado tanto: "Es un mercado a largo plazo y es absolutamente necesario estar en el país y luchar día a día para conquistarlo. Si uno quiere triunfar en China, tiene que ser perseverante".

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Viernes, 05 Septiembre 2014 08:11

Los BRICS consolidan su alianza

Los BRICS consolidan su alianza

Eficacia y hospitalidad. Brasil albergó la que se considera una de las mejores Copas del Mundo de fútbol de la historia, pero también acogió hace poco otra importante reunión internacional: la sexta Cumbre de los BRICS, una asamblea de jefes de Estado que tuvo lugar el mes pasado en Fortaleza y Brasilia.


El acrónimo BRICS se acuñó hace años para aludir a un conjunto de países emergentes —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— cuyas economías se desarrollaron rápidamente durante el cambio de siglo, para después convertirse en importantes motores del crecimiento mundial, sobre todo después de la crisis financiera de 2008 en Norteamérica y Europa.


Al inventarse el acrónimo BRICS, lo que el economista Jim O'Neill quería era llamar la atención sobre las múltiples oportunidades de negocio que ofrecían a los inversores del mundo cinco grandes países que, después de todo, albergan a casi el 20% de la población mundial, han desarrollado sólidos mercados y plataformas de exportación nacionales, y sus economías, según el Fondo Monetario Internacional, pasaron de representar el 5,6% del producto interior bruto mundial al 21,3% en menos de dos décadas.
Los innumerables proyectos de modernización que los BRICS están llevando a cabo y sus planes de mejora de infraestructuras para los próximos años suponen que los inversores seguirán teniendo lucrativas oportunidades (al llegar 2018, solo en Brasil se invertirán más de 400 millones de dólares en instalaciones industriales e hidroeléctricas, puertos, aeropuertos, refinerías, ferrocarriles, autopistas, oleoductos y otras infraestructuras). Por otra parte, en los BRICS, gracias a la incorporación de millones de residentes pobres, antes excluidos del mundo laboral y el consumo, el potencial de expansión de los mercados internos también ofrece magníficas oportunidades.


Todo esto ha provocado análisis positivos y un entorno tan favorable como los pronósticos a largo plazo para los BRICS, a pesar de la lentísima recuperación de los países desarrollados después de la crisis financiera, que está teniendo un efecto negativo en todas las economías.

 

Sin embargo, los BRICS no solo pretenden ofrecer inversiones atractivas. Recuerdo que, cuando el presidente ruso Dmitri Medvédev, el presidente chino Hu Jintao, el primer ministro indio Manmohan Singh y yo nos reunimos en Rusia durante la inauguración de la cumbre de los BRICS en 2009, decidimos partir de una idea que era poco más que un acrónimo y convertirla en un eficaz motor de crecimiento económico, geopolítico y estratégico para nuestros países y nuestros socios regionales. Al mismo tiempo, planteamos un nuevo programa de desarrollo multilateral y de reforma de la gobernanza mundial.


Los Gobiernos de los países que componen los BRICS han acometido iniciativas de integración en África, América Latina y Asia. Han desempeñado un papel clave en la creación del G-20, el primer foro multilateral de relevancia en otorgar un peso equitativo a países del hemisferio Sur. También fueron esenciales para la reforma del viejo orden establecido en Bretton Woods en 1944, cuya incapacidad para afrontar las realidades de las economías contemporáneas constituía realmente una barrera para el progreso del conjunto del mundo (basta decir que en 1944 China avanzaba hacia la guerra civil, India todavía no era un país independiente y casi todo el continente africano estaba colonizado por potencias europeas).


En los últimos años, los partidarios del statu quo internacional se han resistido con obstinación a cualquier iniciativa conducente a reportar equidad al orden económico y político mundial. Han intentado descalificar las iniciativas de los BRICS, aduciendo que la heterogeneidad y artificialidad de esa alianza la hacen poco creíble y que sus integrantes están demasiado lejanos geográficamente y que sus intereses nacionales son contrapuestos. Según esos detractores, esta razón basta para que nada concreto o relevante pueda salir de ese grupo.


Sin embargo, los asistentes a la cumbre de este año —centrada en el crecimiento, la inclusión social y la sostenibilidad— acabaron rechazando categóricamente ese diagnóstico. Demostraron que los países emergentes han dejado atrás su anterior papel, meramente retributivo, para comenzar a mostrarse más activos en el escenario internacional. En la cumbre de este año se tomaron decisiones concretas e innovadoras, que van desde la facilitación del comercio al fomento de la cooperación frente al cibercrimen. Pero la decisión principal fue la creación de un banco de desarrollo con un capital inicial de 50.000 millones de dólares, destinado a financiar proyectos de infraestructuras y a construir plantas industriales sostenibles, y también el desarrollo de un fondo de reserva de 100.000 millones de dólares que ayude a los países a sobrellevar ocasionales crisis de liquidez. Iniciativas como esas consolidan la posición financiera ya de por sí sólida de los países miembros, posibilitando la cooperación en varios sectores, entre ellos el energético, el científico y el tecnológico. La actitud innovadora expresada en la cumbre se extendió a un modelo de gobernanza democrático que adoptarán dos organismos y en el que los cinco países miembros tendrán igual peso: sus presidencias serán rotativas y las decisiones se tomarán por consenso.


Del mismo modo que Sudáfrica incorporó a líderes de otros países africanos a la cumbre anual de los BRICS, celebrada en Durban, la presidenta brasileña Dilma Rousseff, cuya decisión y capacidad negociadora fueron esenciales para lograr avances este año, invitó a Fortaleza a todos los jefes de Estado africanos, poniendo de relieve el compromiso estratégico que Brasil tiene con la integración regional. Además de dirigentes políticos, al acontecimiento asistieron cientos de figuras de los entornos empresariales, social e intelectual.


No me cabe duda de que las decisiones tomadas por los BRICS en Fortaleza, además de ser bastante beneficiosas para los países miembros y sus socios, tendrán un impacto positivo en la propia gobernanza mundial. Las decisiones tomadas este año no son relativas sino creativas, y no van contra ningún grupo, sino que, mostrándose a favor del crecimiento y el desarrollo mundiales, pretenden fomentar una comunidad internacional tan incluyente como equilibrada.

 

Luiz Inácio Lula da Silva, expresidente de Brasil, promueve en la actualidad iniciativas globales desde el Instituto Lula. Se le puede seguir en facebook.com/lula.).

Instituto Luiz Inácio Lula da Silva. Distribuido por The New York Times Syndicate.
Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

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