Hegemonía del dólar y el crepúsculo del imperio

Estados Unidos ha dejado de ser una república. Se convirtió en un imperio hace ya varias décadas. Y una parte crítica de su poderío se sustenta en el papel de moneda hegemónica que mantiene el dólar.


La divisa estadunidense comenzó su carrera ascendente en la primera mitad del siglo XX. Durante muchos años su principal contrincante fue la libra esterlina, cuya hegemonía había durado más de un siglo. Pero la libra empezó a declinar con la erosión del imperio británico y la preeminencia del dólar se reafirmó con el régimen monetario establecido al finalizar la segunda guerra mundial.


Para que una moneda aspire a la hegemonía debe ser la divisa más utilizada como reserva internacional. Además, debe tener amplia aceptación como medio de pago en transacciones internacionales y debe fungir como unidad de cuenta en los mercados internacionales de capital y en los más importantes mercados de divisas.


Los productos estratégicos más importantes del mundo, como energéticos y otros del complejo minero y agroalimentario, deben estar cotizados en esa moneda. Todas estas funciones se encuentran íntimamente relacionadas y pueden fortalecerse unas a otras.


Desde 1945 el dólar estadunidense ha desempeñado el papel de moneda hegemónica en el plano internacional, pero periódicamente surgen cuestionamientos sobre la duración de este régimen monetario. La aparición del euro en 1999 y los llamados en 2010 de funcionarios del banco central de China para apartar al dólar de ciertas actividades, han alimentado la idea de que el reinado del dólar estadunidense estaría concluyendo. La crisis financiera de 2008 generó gran inquietud sobre el futuro de la hegemonía del dólar.


Sin embargo, en casi todos los renglones el dólar sigue manteniendo su posición hegemónica. De las reservas mundiales en divisas 62.7 por ciento está constituido por dólares o títulos denominados en esa moneda, mientras las reservas en euros, el competidor más cercano, representan 20 por ciento del total. Por otra parte, de las divisas extranjeras que circulan por el mundo, el dólar estadunidense sigue siendo la más utilizada en transacciones en efectivo. El papel dominante del dólar se basa en un fenómeno de rendimientos crecientes a la adopción, lo que es un fenómeno típico de cualquier moneda exitosa. Entre más agentes en la economía adopten el uso de esa moneda y la acepten como medio de pago, más personas harán lo mismo en el futuro.


Los beneficios de ese estado de cosas no son despreciables. Se calcula que las ganancias por señoraje de esta circulación de dólares permite obtener a la Reserva Federal más de 40 mil millones de dólares anuales, lo que es, en realidad, una cantidad modesta si se le compara con las otras ventajas que la hegemonía confiere al poderío estadunidense. La capacidad de imponer sanciones a países como Irán o Venezuela, por ejemplo, y separarlos de los canales financieros globales se basa en esta hegemonía, y, como dicen algunos analistas, es tan amenazante como dos portaviones nucleares.


La realidad es que, quizás, en la fortaleza del dólar está el talón de Aquiles del imperio. Así como la aceptación del dólar como medio de pago conduce a una mayor adhesión al dólar como reserva de valor en un proceso acumulativo, los signos de debilidad pueden conducir a una mayor fragilidad en un proceso circular de agotamiento. Esos cambios pueden tardar mucho menos de lo que se cree en tiempos normales. Una combinación de acontecimientos podría traer cambios profundos en cuestión de pocos años. La importancia del dólar en las transacciones comerciales a escala mundial ha ido disminuyendo gradualmente, pero esa tendencia podría acelerarse notablemente en los próximos años.


Hoy, los contendientes del dólar más fuertes son el euro y el yuan. El euro sufrió un descalabro con la crisis de 2018, pero ha podido sobrevivir. El yuan chino se fortaleció en 2016, cuando el Fondo Monetario Internacional lo incluyó entre las divisas que sirven para determinar el valor de los derechos especiales de giro. La creación del mercado de futuros chino para el petróleo ha servido para dar un nuevo aliento al yuan, aunque se mantiene su rezago frente al dólar. En síntesis, la irritación europea por lo que se considera el privilegio exorbitante de Estados Unidos, así como las aspiraciones de China, se combinan para constituir la amenaza más seria para la hegemonía del dólar. La próxima recesión podría debilitar el papel del dólar más allá de los remedios que la Reserva Federal podría tratar de implementar.


Sin la hegemonía monetaria, el imperio estadunidense no podría sostenerse. Así, aunque parezca paradójico, la preeminencia del dólar es el talón de Aquiles de éste. Si el fin del imperio británico marcó la terminación de la hegemonía de la libra esterlina, hoy la transición hacia una nueva moneda dominante podría estar marcada por una causalidad invertida: el final de la supremacía del dólar sería el crepúsculo del imperio estadunidense.


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Viernes, 01 Febrero 2019 06:46

Una recorrida por Caracas

Una recorrida por Caracas

En Caracas se ve movimiento intenso de gente, automóviles, colectivos y motos que se hacen escuchar. Hay precios altos y especulaciones. Las cajas CLAP garantizan la subsistencia de una familia por un precio casi simbólico.

La oposición al gobierno de Nicolás Maduro tiene como uno de sus caballitos de batalla la tan mentada crisis humanitaria. Sostiene que existe una alarmante falta de alimentos y de medicamentos, entre otros. Sin embargo, un recorrido por las principales avenidas de la capital venezolana muestra un imagen que está lejos del escenario que plantean los opositores. Movimiento intenso de gente, automóviles, colectivos y motos, muchas motos hacen de Caracas una capital ruidosa. Los supermercados muestran sus góndolas completas y en las farmacias, algunas ya transformadas en esa especie de boutique donde se consigue de todo, también hay medicamentos. El problema está en los precios, muchos de los cuales son extremadamente altos, fruto de la especulación propia del comerciante que está pegada como una rémora al proceso inflacionario que se retroalimentan entre sí sin solución de continuidad. Sin embargo, Irimaira, una mujer de unos setenta y pico de años, asegura a PáginaI12 que la gente vive, viste y se alimenta porque está “la magia” del venezolano pero también por la fuerte presencia del Estado que ha logrado amainar los embates especulativos y el bloqueo económico que vive el país.


“Por suerte está Nicolás que es el hijo de Chávez, tú sabes”, dice Irimaira desnudando sus preferencias políticas. Camina lento por la avenida Urdaneta, una de las principales vías de comunicación de Caracas, hacia una de las sede de lo que se conoce como Comité Local de Abastecimiento y Producción (Clap), una suerte de caja que contiene alimentos para que una familia se sostenga durante unos 25 días. La CLAP se compra por unos 150 bolívares soberanos, un valor prácticamente simbólico si se considera que un kilo de azúcar se vende en la calle a 2500 bolívares. La caja contiene dos kilos de harina de maíz, dos kilos de caraotas (frijol) negras, un kilo de lenteja, tres kilos de arroz, dos kilos de fideos, un kilo de azúcar, un litro de aceite, cuatro latas de atún, salsa de tomate, mayonesa y un kilo de leche en polvo. Todo eso debe durar unos 25 días para una familia. En la casa de Irimaira hay tres cajas porque allí viven sus dos hijos con sus respectivas familias. “Vivimos, claro que vivimos con la Clap”, dice la mujer que además suma el dinero de los trabajos de sus hijos y un yerno. Reconoce que la situación está difícil pero afirma que “no es culpa de Nicolás”, así llama al presidente, y señala a la oposición como la responsable de los males que vive Venezuela. Cuando se le pregunta si el gobierno no tiene una cuota de responsabilidad ella sonríe. “Nicolás sigue los pasos del comandante Chávez, se puede equivocar pero, coño, es humano. Acá el peo (problema) lo hacen los del Este y el señor Trump”, afirma. ¿Pero qué es la magia a la que hizo referencia al principio? Irimaira sostiene que la magia está en las diferentes formas de ahorrar, de gastar en lo indispensable, de no derrochar y “agradecer a Dios que nos dio al gran mago que fue el comandante Chávez”.


En Caracas también hay supermercados chinos. Una mujer recorre las góndolas y se detiene frente a una caja de 15 huevos. La caja tiene escrito a mano el precio: cinco mil bolívares. Duda y mira su celular. De repente una llamada salvadora porque desde el otro lado de la línea le dicen que encontraron la misma caja a 4200. La mujer dice que está siempre comunicada con su hija y se pasan datos de dónde comprar. Es parte de la magia que decía antes Irimaira pero esta mujer no cree en eso y mucho menos en las bondades del gobierno. Isabel es opositora aunque reconoce que no participa en las marchas y acciones de la oposición porque “no les creo nada”. Es lo que acá denominan una “ni-ni”. Claro que compra las caja CLAP “a pesar de que vengan de Turquía”, dice como refunfuñando. En su casa compran dos porque su hija y su nieto viven con ella. A pesar de la molestia que le genera hablar del gobierno reconoce que las CLAP lograron resolver el momento de desasosiego que se vivió en 2016 cuando las empresas de alimentos y las grandes cadenas prácticamente boicoteaban la economía venezolana. Estas cajas resolvieron ese momento de crisis que todavía hoy la oposición afirma que continúa. La crítica, como la que hizo Isabel, es que las cajas contienen muchos alimentos importados como si fuera una novedad cuando Venezuela importa gracias al petróleo y eso es sinónimo de Pdvsa.


Ayer, las avenidas de Caracas fueron la ruta de una gran movilización de los trabajadores de la petrolera estatal que concluyó frente al Palacio de Miraflores. La empresa fue objetivo de sanciones que aplicó el gobierno de los Estados Unidos contra Venezuela. El petróleo es la principal fuente de la riqueza, ahora y desde siempre, y es lo que le permite al gobierno financiar, por ejemplo, los programas sociales. En ese contexto los trabajadores salieron a la calle a repudiar la medida de la administración de Donald Trump. Edynnsonn, con cuatro enes, enfundado en una camisa roja y Pdvsa bordado en el bolsillo, aseguró que marcha “por la soberanía de Venezuela y por la no injerencia en nuestra patria de los gringos”.

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La derecha intenta crear un bloque a su medida

El presidente de Colombia, Iván Duque, informó ayer que junto a su homólogo chileno, Sebastián Piñera, avanzan en la creación de un organismo de integración que reemplace la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).

“Con el presidente de Chile, Sebastián Piñera, hemos venido avanzando en ese final de Unasur y la creación de Prosur, que más que una organización burocrática o al servicio de un gobierno particular, sea un mecanismo de coordinación suramericano”, manifestó Duque durante una entrevista con la emisora colombiana Oye Cali.


“Hemos venido avanzando conversaciones con varios presidentes de América latina para que Unasur llegue a su final y se inicie más bien la construcción de una etapa muchos mas ágil, menos burocrática, más coordinada de cooperación”, agregó el jefe de Estado.


El mandatario detalló que ese bloque comunitario, cuya fecha de inicio de trabajo no precisó, se enfocará en el desarrollo de políticas públicas, según dijo, en defensa de la democracia, la independencia de poderes y la economía de mercados, así como en la inclusión de una “agenda social con sostenibilidad y con debida aplicación”.


En abril del año pasado, Colombia, Perú, Chile, Brasil, Argentina y Paraguay –la mitad de los países miembros– habían anunciado su intención de salirse de Unasur y el pasado 27 de agosto Duque lo hizo efectivo. En ese entonces, el mandatario colombiano había anunciado que el gobierno colombiano había notificado al organismo de integración su decisión de retirarse del bloque al considerar que no había denunciado los que calificó como los tratos brutales del Estado venezolano hacia los ciudadanos de ese país.


Duque calificó, además, la creación de Prosur como importante porque, dijo, es una muestra de que Colombia no sólo defiende la democracia, sino que busca una “mayor coordinación para que termine la dictadura de Venezuela” y para construir mejor escenario de cooperación de los países, según afirmó, comprometidos con la defensa de la democracia en la región.
La creación de este organismo forma parte del trabajo de Colombia para aislar diplomáticamente a Venezuela después de que el presidente de ese país, Nicolás Maduro, asumiera el pasado 10 de enero un nuevo período por seis años.

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Jueves, 10 Enero 2019 06:46

De la guerra a la tregua

De la guerra a la tregua

Las guerras comerciales de 2018, que enfrentaron en diversos momentos a buen número de contendientes –los otros socios del TLCAN, los miembros de la Unión Europea y, desde luego, China– con el instigador de todas ellas, Estados Unidos, se fueron aquietando a lo largo del año en alguna medida. En estas notas catorcenales se analizó su evolución y desenlace, provisional o definitvo. Recordemos, entre otras, dos notas de especial relevancia para la de hoy: Trump y Xi en Mar-a-lago, 20 de abril, y GC: una tregua desmentida, 31 de mayo. En su encuentro de la primavera de 2018 ambos líderes constataron la profundidad y anchura de los abismos que los dividen, que van mucho más allá del intercambio comercial, y acordaron negociaciones a nivel ministerial que resultaron fallidas. Desde el verano, los ruidos intimidatorios y los anuncios de nuevas o más altas barreras arancelarias por parte de Estados Unidos, así como de acciones de represalia por parte de China, fueron más frecuentes que la búsqueda de oportunidades de diálogo y negociación. El encuentro de ambos líderes en el G-20 de Buenos Aires, en diciembre, abrió un nuevo periodo para la búsqueda de entendimientos, inicialmente arruinado por las invectivas de Trump.


La llegada de 2019 tornó imposible seguir ignorando la inminencia de un deadline, que dista sólo siete semanas: a falta de acuerdo, el 2 de marzo se elevarán, en forma autómatica, de 10 a 25 por ciento los aranceles que gravan compras estadunidenses de mercancías de China con valor anual estimado en 200 mil millones de dólares. Nadie duda que las correspondientes acciones de retorsión de China serán también automáticas.


Más que otra vuelta de tuerca, una presión adicional u otra acción disuasoria, esta alza de aranceles punitivos y las inevitables represalias inmediatas constituirían la declaración formal y la primera gran batalla de la guerra comercial del Pacífico, entre las dos principales potencias del planeta. Nadie quedaría a salvo de sus repercusiones y consecuencias. Por ello, hay que pasar, ahora sí en serio, de la guerra a la tregua y a la negociación.


Del 7 al 9 de enero se reunieron en Pekín delegaciones técnicas de los dos países para intentar desbrozar el camino. Se espera que más adelante se reúnan en Washington delegaciones ministeriales. La estadunidense sería copresidida por el representante comercial Robert Lighthizer y el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin. (Quizá el secretario de Comercio, Wilbur Ross, y el asesor sobre Política Comercial e Industrial, Peter Navarro, se sientan desplazados del frente negociador con Pekín). China no ha informado quienes integrarán su delegación, quizá en espera del resultado de las pláticas preparatorias en Pekín. Se interpretó de manera positiva el hecho de que el viceprimer ministro Liu He –principal negociador económico internacional de China, con acceso directo al presidente Xi– acudiese personalmente al inicio de las negociaciones técnicas.


La aproximación de Estados Unidos a esta negociación ha estado dominada por una visión marcadamente optimista de su fortaleza negociadora ante China, subrayada en todo momento por Trump y otros funcionarios. Han dicho también que, en cambio, es muy precaria la posición de China, sobre todo como resultado de las barreras comerciales impuestas por Estados Unidos. Los aranceles han afectado absolutamente a China, la han lastimado mucho, tuiteó Trump la víspera de la reunión de Pekín, según nota de TheWashington Post.
Entre las cuestiones que Washington desearía obtener de China para proclamarse victorioso absoluto en esta guerra comercial –como Trump desea– destacan una reducción sustancial de su défict comercial bilateral, que alcanza a 375 mil millones de dólares; un compromiso formal de China para cesar las prácticas de invasión cibernética que, según acusaciones de Estados Unidos, le han permitido adueñarse de secretos técnicos en industrias de avanzada; aceptar sin reservas las medidas de protección de los derechos de propiedad intelectual de titularidad estadunidense; y, abatir los subsidios a los exportadores que según Washington significan ventajas excesivas e indebidas.


En los pasados meses, casi sin ruido, China anunció y conformó ahora una serie de medidas que, de forma indirecta, parecen responder a esas demandas: modificación de la ley de inversiones extranjeras para impedir que se exijan transferencias de tecnología a los socios locales, sujetándolas a negociación entre las partes; adopción del principio de neutralidad competitiva, impulsado por la OCDE, que asegura que las empresas de propiedad estatal no gozarán de ventajas frente a sus competidoras privadas o extranjeras, y, entre otras acciones, reabrir las importaciones de automóviles, soya y otros productos estadunidenses, afectadas por represalias comerciales.


Con las pláticas de Pekín, parece despejado el camino para la reunión ministerial, que se examinará con oportunidad.

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"El arte de Banksy, Kapoor o Hirst no se opone a los inquietantes progresos de la extrema derecha, al contrario”

La crítica literaria publica un manifiesto titulado Lo que no tiene precio, en el que reflexiona sobre el "realismo globalista" y retrata la "colisión que se produce desde hace años entre el mundo de las finanzas y el arte contemporáneo"


Le Brun ve en estos autores admirados por las multitudes "la base inconsciente de la nueva servidumbre exigida por el capital"

Ocurrió el pasado 6 de octubre. La pieza Niña con globo, de Banksy, se autodestruyó al pasar por una trituradora poco después de haber sido vendida en una subasta en Sotheby's por un millón de libras (más de un millón de euros). Al día siguiente, el artista subió la imagen de la destrucción a Instagram con el texto "se va, se va, se fue" al que sumó una cita de Picasso: "El impulso de destruir también es un impulso creativo". Obtuvo millones de 'me gustas'.


¿Fue una broma? Seguro que no demasiado para el comprador de la obra. ¿Fue arte? Los días siguientes hubo artículos que discutieron aquel acto de Banksy,artista que no se sabe ni quién es ni cómo es, pero que tiene millones de adeptos por todo el mundo. Una exposición ahora en Madrid se hace la misma pregunta:¿Es un genio o un vándalo?


Para la escritora y crítica literaria Annie Le Brun (Rennes, 1942), experta en Sade e inmersa en los últimos años del movimiento surrealista de André Breton, la respuesta es evidente: tiene que ver con una dimensión política de la mercantilización capitalista del arte.


Le Brun acaba de publicar en español el manifiesto Lo que no tiene precio(Cabaret Voltaire) en el que expresa su teoría del realismo globalista, movimiento en el que ubica a creadores como Damien Hirst, Anish Kapoor y el propio Banksy. Como señala en una conversación con eldiario.es, estos artistas son muestra de "la colisión que se produce desde hace veinte años entre el mundo de las finanzas y el arte contemporáneo. Un síntoma particularmente esclarecedor, porque nos hace asistir a la transmutación del arte en dinero y del dinero en arte".


La pensadora teje una comparativa con la presencia de las mismas tiendas y marcas en todas las ciudades del mundo con la de estos artistas, también presentes en los museos de todas las capitales occidentales. "Me parece difícil no ver en ello el arte oficial del neoliberalismo cuya intención no es otra que la de hacer que aceptemos la brutalidad de este mundo así como su deshumanización", sostiene.


La etiqueta de 'realismo globalista' parte de un juego de palabras con el 'realismo socialista' de la Unión Soviética. "En este la intención era imponer la ideología comunista a través de las imágenes de una realidad edificante", manifiesta Le Brun, que, sin embargo, en el arte actual de los Hirst y compañía lo que observa es "una ideología que impone dispositivos e instalaciones, jugando con las sensaciones fuertes a través del gigantismo de obras que actúan a la manera de los efectos especiales. Ello conlleva la suspensión del juicio crítico. Su función es convencer de que no hay manera de salir de ese mundo".


Saatchi, Thatcher y la extrema derecha


En este sentido, Le Brun, que siempre se ha distinguido por ser una crítica incómoda –en los setenta tuvo varios desencuentros con neofeministas al criticar "el jesuitismo de Marguerite Duras" y "el feminismo encorsetado y mojigato de estas militantes", como escribió en el libro Lachez tout- recuerda la historia de Charles Saatchi y Margaret Thatcher.
Saatchi, antes de convertirse en el publicista universal que después fue, era su director de campaña. Él creó el eslogan "There's no alternative" (no hay alternativa). "Y poco después se convirtió en uno de los mayores promotores y coleccionistas de arte contemporáneo. Como si ese arte contemporáneo constituyera la mejor escuela de adiestramiento, susceptible de reconfigurar nuestra sensibilidad para obligarnos a aceptar lo que hay", afirma Le Brun.


Este pensamiento entronca con la última broma de Banksy: "Constituye la mayor victoria del capital de estas últimas décadas. Porque se trata de una destrucción que, en lugar de acabar con el valor de la obra, lo multiplica de forma vergonzosa", sostiene la escritora a la que ha molestado particularmente que hubiera poca indignación ante esta extravagancia. "Es una prueba más de que la domesticación mediante un cinismo compartido se ha convertido en una de las armas más seguras del neoliberalismo para instaurar su orden, excluyendo a todos aquellos que pudieran oponerse a él", asegura.


Para ella, la peor consecuencia de este cinismo ante las obras gigantes de Kapoor o Hirst y la autodestrucción de la obra de Banksy es política. No sólo tiene que ver con el gusto ni es algo baladí sino que detrás subyace una intención. "Como en toda empresa totalitaria, se trata de acabar con la escala individual y por supuesto con todo lo que dependa intelectual y psíquicamente de ella. Es un arte contemporáneo que no se opone a los inquietantes progresos de la extrema derecha, antes al contrario", manifiesta. Le Brun analiza que es ese gigantismo de las obras y el hecho de que las admiren multitudes–todo son siempre grandes números- "la base inconsciente de la nueva servidumbre exigida por el capital".
La búsqueda de la belleza


Le Brun ahonda más allá y también habla en su manifiesto del engaño al que la sociedad está siendo sometida mediante cierta estetización del mundo que no es tal. Un engaño del que, para ella, es responsable la industria de la moda que lo que está provocando, más que un embellecimiento del mundo, es todo lo contrario. Es ahí, además, donde introduce la desaparición de las ideas de Sade sobre el cuerpo y el triunfo del neopuritanismo actual que acaba con cualquier singularidad. En términos más prosaicos: lo que hoy nos venden como belleza es algo uniforme y paradójicamente feo.


"El neopuritanismo participa de esa cosmetización del mundo que multiplica el afeamiento porque, de los labios botoxados a la industria del turismo, del body bouilding a la agricultura bio… todo se reduce a mercados de reparación", manifiesta. Y alerta de que "el cuerpo es la víctima principal. Pues si es remodelado, formateado, aseptizado, como ya lo fue en ciertas épocas, para simbolizar la belleza anodina y superficial de un mundo sin negatividad, se ha convertido al mismo tiempo en rehén absoluto de esa mercantilización". Esta es la clave para que las multinacionales de la moda "neutralicen cualquier signo de rebelión", añade.


¿Qué hacer entonces? ¿Cómo escapar de la servidumbre de este arte y estas formas de la moda? Le Brun se queja de la irresponsabilidad de intelectuales, artistas y agentes culturales por seguir contribuyendo a la exaltación del realismo globalista. Ante ello, conmina: "Nos queda el lujo de rechazar la fealdad de la conformidad que se nos impone. A menudo basta con un pequeño desvío, con pararnos un momento, para evitar las trampas de la percepción cautiva que quieren imponernos". En definitiva, buscar lo que no tiene precio.

30/12/2018 - 20:43h

 

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China suaviza sus represalias comerciales contra Estados Unidos

Pekín reduce los aranceles a la importación de coches norteamericanos para favorecer las negociaciones

Los primeros gestos derivados de la tregua comercial acordada entre Estados Unidos y China llegan desde Pekín. Las autoridades del país asiático han suavizado parte de sus represalias comerciales contra Washington, impuestas en los últimos meses, y este viernes han anunciado que suspenderán los aranceles adicionales a coches y autopartes estadounidenses durante tres meses a partir del próximo 1 de enero. La decisión busca facilitar las negociaciones de cara a un acuerdo definitivo con la Administración de Donald Trump. Se trata, más que de concesiones, de medidas destinadas a normalizar las relaciones entre ambas potencias, enrocadas en un conflicto que trasciende del mero intercambio desequilibrado de mercancías.

La tasa actual de los vehículos fabricados en EE UU, situada en el 40%, se reduce hasta el 15%, es decir, el mismo nivel que pagan los consumidores por coches producidos en cualquier otro país fuera de China. Pekín también estaría planteando la posibilidad de suavizar su polémico programa de reconversión industrial Made in China 2025 para que sea más abierto a las empresas extranjeras, según la agencia Reuters, aunque el objetivo del país de dominar las tecnologías del futuro sigue en pie.


China, según han informado desde Estados Unidos, ha reanudado también sus compras de soja, una de las grandes partidas afectadas por los aranceles que impuso Pekín como represalia a los de Washington. Es la primera gran compra de este grano (entre 1,5 y 2 millones de toneladas) desde que hace aproximadamente seis meses Pekín ordenó cerrar el grifo y las importaciones de soja estadounidenses se desplomaron en cuestión de días. Los 90 días de tregua firmados por ambos presidentes, Donald Trump y Xi Jinping, tenían que ir acompañados del compromiso de China de comprar “una cantidad sustancial” de productos estadounidenses, principalmente agrícolas, con lo que Pekín parece estar cumpliendo con su parte.


Estas medidas se interpretan como un gesto de buena voluntad por parte de Pekín para allanar el terreno a las conversaciones que probablemente comenzarán formalmente después de año nuevo. Es una forma de minimizar daños, y de volver al punto de partida en algunos casos, pero ninguna de las medidas supone una victoria para Trump. Las importaciones de soja difícilmente volverán a los niveles de hace unos meses a corto plazo y los aranceles a los coches, de finalmente ser bajados, quedarían al mismo nivel que en mayo.


El martes, Trump tuiteó que las conversaciones con China estaban siendo “muy productivas” y auguró “anuncios muy importantes” al respecto, sin dar más detalles. Lo cierto es que por ahora lo acordado entre Washington y Pekín —públicamente— es de poco calado. En mayo, ambos países fraguaron un pacto parecido basado en el aumento de compras por parte de China de productos estadounidenses, aunque sin cifras concretas. Precisamente esta vaguedad provocó que Trump lo echara abajo 10 días después.


Los movimientos de Pekín han insuflado cierto optimismo en los mercados financieros. Y muestran que ambas delegaciones han estado en contacto telefónico esta semana, según ha confirmado Pekín, a pesar de las tensiones derivadas del arresto en Canadá de la influyente vicepresidenta de Huawei, Meng Wanzhou.


Pero llegar a un acuerdo que satisfaga a ambas partes se antoja complicado. Además del desequilibrio comercial, entran en juego cuestiones como las medidas de protección de la propiedad intelectual en China o el enfoque del plan de modernización industrial del país, ambos escollos insalvables hasta ahora.


“Al final dependerá de lo que el Gobierno chino quiera conceder de esta larga lista de demandas. Creo que cualquier respuesta a Estados Unidos debería centrarse en detener esta guerra comercial, siempre con la condición de que China no aceptará ultimátums y que debe ser una negociación por fases. Si el Gobierno chino cree que son demandas aceptables, puede funcionar. No hay que olvidar que China nunca ha querido esta guerra comercial”, asegura Yu Yongding, investigador de la Academia China de Ciencias Sociales.
China aguanta el golpe de los aranceles


Los datos de aduanas de noviembre muestran que los importadores de China han sido más rápidos en adaptarse a los aranceles que impuso su Gobierno a los productos estadounidenses en comparación con sus contrapartes americanos. Las exportaciones de productos chinos a Estados Unidos crecieron un 9,8% interanual, lo que demuestra que la demanda de mercancías de este país en suelo americano se mantuvo fuerte pese a los gravámenes que afectan a muchos de ellos. En cambio, las importaciones de productos estadounidenses a China cayeron el mes pasado hasta un 25% en comparación con el mismo periodo del año anterior.


Este pronunciado desequilibrio ha provocado que el superávit comercial de China frente a Estados Unidos haya alcanzado los 35.600 millones de dólares (31.300 millones de euros), una cifra que supone un máximo histórico.

Por Xavier Fontdeglòria
Pekín 14 DIC 2018 - 09:50 COT

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En Canadá, partidarios de China con banderas frente a la Corte Suprema durante el tercer día de una audiencia de fianza para Meng Wanzhou.Foto Ap

La batalla por la hegemonía prosigue en el planeta con su nuevo binomio confrontativo entre globalistas y nacionalistas, en el que concurre la añeja dicotomía de izquierda contra derecha, donde convergen las medievales bifurcaciones de cristianos contra musulmanes –a las que se agregan subfracturas de evangelistas contra católicos y/o cristianos ortodoxos, además de sunitas contra chiítas.

Estas añejas y nuevas dicotomías serán superadas por la nueva guerra tecnológica de la inteligencia artificial que ya empezó entre EU y China, como reflejo de la Cuarta Revolución Industrial y la “Guerra High-Tech de EU vs China” mediante el secuestro judicial de la hija del dueño de Huawei” (http://bit.ly/2E6LhPA).


Réseau Voltaire considera que la verdadera causa es que Huawei utiliza un sistema de encriptación que impide a la NSA de EU interceptar los teléfonos móviles de esa marca china. Fuera del mundo occidental, los gobiernos y servicios secretos de numerosos países han comenzado a equiparse con material de telecomunicaciones de la marca china Huawei para garantizar la confidencialidad de sus comunicaciones(http://bit.ly/2zRihZi).


Existen señales encontradas en la supuesta tregua de la guerra comercial entre EU y China. The Washington Post –propiedad de Jeff Bezos, dueño de Amazon– alega que “Trump está por condenar a China sobre hackeo y espionaje económico”, como disuasión de los intentos de China para desplazar a EU como el principal líder en tecnología (https://wapo.st/2zVslQT), mientras The Wall Street Journal, muy cercano a Trump, anuncia el reinicio de una nueva ronda de negociaciones comerciales del vice-primer chino Liu He con el secretario del Tesoro Steven Mnuchin y el representante comercial Robert Lighthizer para reanudar la compra de productos agrícolas por China (https://on.wsj.com/2zRhyHy).


Asombra que China no haya suspendido las negociaciones pese al secuestro judicial, mientras el juez canadiense a cargo de la detención de la princesa tecnológica Meng Wanzhou, con falacias pueriles –sus negocios con Irán que supuestamente hubieron violado las sanciones de EU.


Según Bloomberg, China está a punto de recortar las tarifas a los carros estadunidenses de 40 por ciento a 15 por ciento, lo cual es una sonada concesión de Pekín (https://bloom.bg/2zSMiYH), y quizá constituya un quid pro quo para la liberación de la princesa china.


Ha quedado claro que lo que está en juego es el liderazgo azorante de Huawei en el mercado 5G donde casi mil 200 millones de personas en el mundo operarán sus redes en 2025, con 30 por ciento proveniente de China que se posicionará como el mayor mercado 5G del mundo, en la nueva era de la economía digital.Ya en 2017 se calcula(ba) su valor en casi 4 billones de dólares, equivalente a la tercera parte del PIB de China(http://bit.ly/2zSlebU).


El portal chino Global Times considera que la persecución de la anglósfera y sus 5 ojos espías –EU/Canadá/Gran Bretaña/Australia/Nueva Zelanda–, a quienes se ha sumado Japón, tendrá efectos negativos sobre Qualcomm, Microsoft e Intel debido a que Huawei es el mayor proveedor del equipo 5G en el mundo.


Nada veladamente Global Times amenaza de que también China puede restringir a las trasnacionales de EU de entrar al mercado chino.


A mi juicio, la verdadera batalla del 5G será librada en Europa (500millones de habitantes), hoy fracturada, e India (más de mil 300 millones de habitantes). Es curioso que la guerra digital por el alma del 5G se haya vuelto también demográfica.


Un editorial del Global Times fustiga que EU y Canadá corren el riesgo de abrir una caja de Pandora y aduce que la detención de Meng es susceptible de provocar un impacto fatal (sic) en el orden global comercial (http://bit.ly/2zRi0Wg).


A mi juicio, China en forma prudente no ha tomado aún represalias deteniendo en forma absurda a los empresarios de las trasnacionales de EU que obtienen la mayor parte de sus ganancias en Pekín (http://bit.ly/2zU5yVv) y quienes no están de acuerdo con la guerra comercial de Trump ni en su forma tan rupestre de negociar.


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Lunes, 10 Diciembre 2018 06:05

Espectros de la globalización

Espectros de la globalización

1. Escenarios. En tiempos de conjuras donde el poder económico domina, bajo atentas miradas espectrales, tanto los servicios intelectuales de la academia orgánica como el contenido de la información que se encargan de distribuir las redes sociales y medios de comunicación hegemónicos, se hace presente el desafío liberador de “atreverse a saber”. Desafío este que nos convoca para la tarea de ampliar los espacios de un pensar crítico, y situado, que contribuya a correr los velos que encubren la realidad opresora en camino a lograr transformarla. En esa perspectiva, el examen de la actual etapa del tecno-capitalismo financiero y de la operatoria que despliega, a través de sus agencias internacionales, con el fin de desmembrar el Estado-Nación, permite comprender el fundamento y sentido final del “modelo de gobernanza global” diseñado por los conglomerados oligopólicos.


2. Poder empresario trasnacional. Ante todo, siempre es ilustrativo recordar que la metáfora optimista de aquella “mano invisible” que conduce a la competencia (anunciado por Adam Smith en el mediodía de la Revolución Industrial europea) derivó, en realidad, en un proceso sucesivo de: acumulación, concentración y centralización de capitales que, desde un primer momento, estuvieron articulados con el sistema financiero y con los prestamistas internacionales “de último recurso”, conforme ya lo expusiera Rudolf Hilferding en 1910. Proceso de “centralización” ese que se ha visto reflejado en múltiples informes, entre los que podemos destacar: los producidos, a partir del año 1905, por la “Comisión de Corporaciones” estadounidense y en los resultados de una investigación realizada en la Escuela Politécnica Federal de Zurich (una de las principales universidades de Europa continental). Investigación que, a partir de cruzar datos correspondientes a 37 millones de compañías e inversores de todo el mundo, permitió establecer el alto grado de concentración e hiperconectividad de la economía mundial, en cuyas entrañas un grupo de 147 consorcios –algunos de ellos con subsidiarias o ramificaciones en Argentina– controla un 40 por ciento del ingreso total de las empresas trasnacionales.


3. Agencias de la globalización. En el devenir del capitalismo (en sus variables neoliberal, del estado benefactor o de democracia blindada fascista), el modelo estratégico de “gobierno global” desterritorializado –en lucha por controlar el aparato estatal y constituir una alternativa ante la pérdida del liderazago norteamericano de los últimos 70 años– tiene como uno de sus objetivos nucleares el desmontar las bases e instituciones del Estado y la Sociedad. Deconstrucción encaminada a conformar un sistema de gestión política, a cargo de empresarios corporativos dominantes, y legitimado en torno a la idea de “soberanía supraestatal difusa”. Proyecto este que da paso a acciones y mensajes destinados a producir subjetividad, en vías a desmantelar los enlaces históricos de identificación singular con nuestros entornos, cultura y convicciones a la vez de invisibilizar los actores colectivos, para centrarse en desacreditar, entre otras, a las instituciones políticas, judiciales, educativas, sindicales, deportivas y organizaciones libres del pueblo. De forma que todo aquello que nos constituye subjetivamente como sujetos e identifica con nuestro país, afectos, el pueblo y sus necesidades, se disuelva.

En rumbo hacia esa “gobernanza global”, las transnacionales actúan mediante agencias como el FMI, OCDE, OMC o el BM (de cuyo seno emergió “Transparencia Internacional”) a la sombra de las cuales se instalan y ejecutan –bajo presión o a cambio de ayuda financiera internacional y prebendas– los mandatos de corporaciones con asiento en EU, UE y Japón. En ese entramado, nada interfiere con un poder que, en pos de optimizar su tasa de ganancia, llega incluso a impulsar decisiones contrarias a los intereses de los propios países donde tienen asentadas sus casas matrices. Tal como ocurrió en el paradigmático caso del embargo de petróleo dispuesto por empresas multinacionales –del Grupo Aramco– sobre las entregas de combustibles al gobierno y fuerzas armadas de EE.UU., con el fin de alcanzar un aumento en el precio de hidrocarburos a resultas de la “Guerra del Petróleo” (maniobra que fuera investigada por la Subcomisión de Compañías multinacionales del Senado norteamericano)


4. Mejor hablar también de ciertas cosas. Con posterioridad a la “Gran depresión” la cuestión de regular las maquinaciones de los conglomerados oligopólicos constituyó una preocupación central en materia de estudio y vigilancia de la criminalidad empresaria. No obstante, a fines del siglo XX –a la saga de las propuestas neoliberales emanadas de la “Comisión Trilateral” y del Departamento de economía de la Universidad de Chicago– la OCDE, enarbola la bandera de los “Códigos sobre liberalización del capital” y con la colaboración de sectores del “establishment” intelectual de las academias norteamericana y alemana, batalló por desviar el eje de atención de las maniobras monopólicas hacia el control de la corrupción y de los delitos políticos de efectos económicos en el ámbito del “global south”. Traslado este que, en muchos casos ha sido impuesto o bien importado de forma mecánica (en una suerte de “tic” por “estar a la moda”) y sin mayor análisis respecto de su real génesis e implicancias. Sin duda, el abuso de poder encaminado a obtener beneficios ilegítimos, por parte del sector privado y funcionarios públicos, resulta merecedor de reproche, tanto por el perjuicio que genera en las arcas del estado como por la deslealtad –cuando no traición ideológico-política– para el conjunto de la sociedad. Pero, además, corresponde poner de relieve que el publicitado abordaje de presuntos actos corruptos o el lavado de activos, está dirigido, en realidad, a distraernos del hecho que las prácticas más perjudiciales sobre la economía, el sistema productivo, el conjunto del cuerpo social y, en especial, los más pobres, son consecuencia de maniobras silentes del oligopolio empresario. Oligopolio que se traduce no sólo en distorsiones en el nivel de precios, deterioro salarial y sobrecostos artificiales en los sistemas de comercialización (cartelizados) de productos básicos, sino que se expresa fundamentalmente en ardides como ser: abuso de información privilegiada, baja reinversión de utilidades y transferencias de dinero “negro” a paraísos fiscales (en especial Norteamérica, que no adhirió a las recomendaciones sobre inspección de cuentas bancarias depositadas en el exterior) evasión fiscal, contaminación del medio ambiente y contrabando. Complots estos que dan forma a los ilícitos económicos más graves y que sin embargo, en un giro hacia un derecho penal económico “marcha atrás”, han quedado ausentes de “atención” por parte de la justicia y la prensa, cuando no ocultados por normas (como la última Ley de “defensa” de la competencia) para pasar a quedar impunes. Los manejos delineados pujan, en definitiva, para que en el caso de gobiernos populares, se vea acotada en forma paulatina, la capacidad de decisión y para poder resolver los conflictos que se suscitan entre el interés de la comunidad y el lucro corporativo. Lo que hace reaparecer y vuelve a instalar, también, el desafío político-criminal de emprender acciones encaminadas a castigar las conjuras disvaliosas de las trasnacio

nales.


* Profesor de la materia Delitos Económicos (UBA). Presidente de la Asociación de Abogados de Buenos Aires (2011-2013).

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Martes, 04 Diciembre 2018 06:12

China y Argentina desafían a EEUU en el G20

China y Argentina desafían a EEUU en el G20

"¿Por qué Xi Jinping fue recibido con más honores que los demás líderes?", se pregunta el diario La Nación, en referencia a la llegada del presidente chino a la cumbre del G20 en Buenos Aires. El periódico constata que fue recibido "en una ceremonia especial, distinta de la que fueron objeto el resto de los jefes de Estado y de gobierno".
Además el presidente Mauricio Macri desmintió a Donald Trump, cuya vocera había asegurado que ambos compartirían que la actividad de China en la región es "depredadora". Por el contrario, Macri aseguró que "la Argentina no ve la presencia de China como una amenaza sino como una oportunidad".


Las razones de ambos hechos hay que buscarlas en la "Asociación Estratégica Integral" entre China y Argentina, rubricada en 2008, que coloca al país asiático como un aliado clave de Buenos Aires. En poco más de dos años Xi y Macri se reunieron cinco veces en las cuales decidieron profundizar la alianza "inyectando una gran fuerza motriz para la cooperación binacional en distintos ámbitos".


Luego de la cumbre del G20 se registró la reunión bilateral entre Xi y Macri, el domingo 2 de diciembre en la residencia de Olivos, donde firmaron 35 acuerdos, muchos de los cuales apuntan a proyectos de largo plazo de más de cinco años. Entre ellos uno para el intercambio de monedas por 9.000 millones de dólares, financiamiento de obras 1.200 millones de dólares y 5.000 millones en inversiones para ferrocarriles, energía térmica, solar, eólica y obras viales.


El hecho de que un gobierno conservador como el de Macri haya continuado y profundizado una alianza iniciada por un gobierno de signo opuesto, como el de Cristina Fernández, revela que estamos ante una alianza de Estado entre ambos países. Este es el primer dato a retener, ya que el tipo de relacionamiento establecido entre ambos comenzó en el terreno comercial, pero se va extendiendo a otras áreas, como las inversiones y las finanzas, y está comenzando a expresarse en el terreno político y geopolítico, como lo manifiesta el discurso de Macri.


La segunda cuestión es que China es el segundo destino de las exportaciones argentinas, luego de Brasil y por delante de Estados Unidos. El comercio creció de forma constante y firme, en particular en el área agroindustrial. China es el primer comprador de carne argentina en el mundo y sus importaciones de soja se expanden a raíz de la guerra comercial con Estados Unidos.


La tercera es que las relaciones entre China y Argentina van mucho más allá del comercio. El embajador argentino en China, Diego Guelar, destacó poco antes del G20 que "la relación con China es muy importante para Argentina, ya que es su máximo inversor y, si se excluye al Fondo Monetario Internacional (FMI), su principal acreedor".

 

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Viernes, 30 Noviembre 2018 07:50

“La cumbre es el mensaje”

“La cumbre es el mensaje”

Será muy difícil alcanzar acuerdos en la cumbre del G 20 en Buenos Aires. La institucionalidad global que acompañó la ortodoxia neoliberal de las últimas tres décadas ha sido dinamitada y las instituciones como el G 20 están perdiendo peso, afirma Jane Kelsey, catedrática en derecho internacional de la Universidad de Auckland. Brecha conversó con ella sobre el interregno en que están las relaciones internacionales comerciales y cómo los movimientos sociales pueden incidir en lo que vendrá.

—Según la agenda oficial, fijada por Argentina, la cumbre del G 20 en Buenos Aires va a tratar los temas del futuro del trabajo, inversiones en infraestructura para el desarrollo, y la agricultura sostenible ¿Pero qué temas dominarán las discusiones?


—Si nos guiamos por lo que hemos visto en recientes cumbres, podemos prever que el encuentro en Buenos Aires será dominado por la relación entre Estados Unidos y China. Ambos países se encontrarán bajo un mismo techo y Trump no querrá perder esa ocasión de pavonearse, y China sentirá que tiene que responder. Eso determinará la agenda para el resto, al igual que ocurrió recientemente en la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (Apec), en Papúa Nueva Guinea.


No estamos en una situación de “business as usual”. Trump ha dinamitado la ortodoxia neoliberal de los últimos 30 o 40 años; la política exterior y las relaciones estratégicas que la acompañaban, y el marco de la institucionalidad global. Entonces, sin duda, independientemente de lo que Argentina haya fijado en la agenda formal, esto dominará el encuentro.


Desde un punto de vista progresista, esto es algo bueno y malo. Es positivo en el sentido de que las disrupciones que hemos presenciado durante al menos una década, y durante más tiempo aun en términos sociales, han alcanzado un punto de no retorno. Las disrupciones ya son tan importantes que será difícil recomponer el viejo modelo. No se trata simplemente de las disrupciones de Estados Unidos, sino de los cambios que hemos visto de parte de China; su construcción de relaciones con otros países y su financiación de infraestructura como parte de su Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda.


Es algo negativo porque, en lo que suelo llamar el interregno –donde lo viejo muere y lo nuevo todavía está por nacer–, el vacío está siendo llenado, en el caso de Trump, por un autoritarismo popular que finge beneficiar al pueblo, mientras refuerza el poder de las elites y elimina la participación democrática. En otros lugares ese espacio ha sido ocupado por un autoritarismo puro y duro, como en algunas partes de América Latina o en Filipinas, en Asia.


El desafío para los movimientos progresistas o de izquierda en relación con el G 20 es saber aprovechar las transformaciones en este ámbito e influenciarlas.


—¿Cree que también se discutirá en Buenos Aires cómo reformar la Organización Mundial del Comercio (Omc), para restablecerla como el principal foro para negociar acuerdos comerciales internacionales?


—Absolutamente. Este es un claro ejemplo de la turbulencia internacional a la que me refería.


Una de las dinámicas interesantes de Trump es que –tanto con el Tpp (N de E: el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, del que se retiró Estados Unidos en 2017) y la nueva versión del Nafta, como con su enfoque de la Omc– ha dicho que el modelo que dominó durante los últimos 30 años no va a funcionar. Lo irónico del asunto es que sostiene que estas agendas –que fueron establecidas por Estados Unidos para favorecer a los intereses del capital estadounidense– no están generando suficientes beneficios para Estados Unidos, y que deberían generar más. La consecuencia ha sido que países como Argentina, y mi propio gobierno en Nueva Zelanda, están haciendo todo lo posible para volver a estabilizar ese viejo modelo, ya sea a través del Tpp-11 (N de E: así pasó a llamarse, por los 11 países que lo integran, el acuerdo transpacífico, luego de que Estados Unidos renunciara a él) o mediante la Omc.


Esto hace que se esté achicando el espacio para poder llevar adelante una discusión progresista sobre alternativas a la Omc y al viejo modelo de negociaciones multilaterales en materia económica.
En la cumbre del G 20 intentarán alcanzar compromisos para que Estados Unidos vuelva a negociar dentro de la Omc, y hacerla aun más beneficiosa para Estados Unidos. No cabe ninguna duda de que el rescate de la Omc será priorizado en Buenos Aires. Pero de ningún modo será una discusión progresista.


—¿Existe la posibilidad de que la tensión entre China y Estados Unidos, con su guerra de aranceles, se calme en Buenos Aires?


—No. Hay demasiado en juego en este momento. Y las dinámicas que impulsan a cada bando son muy diferentes.


Trump ha dejado claro que su único interés es doméstico, es decir interno. Sus posicionamientos están motivados por sus intereses políticos, alineados con los lobbies empresariales que influyen en su gobierno.
China desearía bajar los decibeles de la enardecida relación actual con Estados Unidos, pero el enfoque de China es externo. El país tiene sus propios objetivos estratégicos que son fundamentales para estabilizarlo internamente. Busca hacerlo a través de la creación de una clase media próspera y de su Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda, que no se basa en relaciones agresivas, sino en lo que China considera relaciones entre socios, aunque muy asimétricas y en las que China es la parte dominante.


En suma, se trata de dos enfoques muy diferentes. El choque entre Estados Unidos y China no es simplemente un choque de personalidades, ni impacta únicamente en aspectos limitados de la economía –como en el balance comercial–, sino que es un choque entre paradigmas.


Por eso no habrá ningún tipo de reconciliación en el G 20. Es posible que la retórica diluya un poco la ríspida relación, pero también es posible que continúe la guerra verbal que estalló en la cumbre de la Apec (N de E: el 17 y 18 de noviembre pasado) cuando el vicepresidente estadounidense, Mike Pence, hizo unas declaraciones verdaderamente asombrosas, afirmando que Estados Unidos, a diferencia de China, no acosa a países y no usa el endeudamiento para atraparlos.


—El G 20 pronto cumplirá 20 años y hoy parece muy difícil llegar a algún tipo de consenso dentro de este marco. ¿Se han vuelto obsoletos estos foros internacionales, incluso para alcanzar las metas que se proponían inicialmente?


—Trump ha dejado claro que no le gustan este tipo de encuentros. Todavía es difícil predecir qué ocurrirá una vez que deje la presidencia. Pero no convocar a cumbres como estas, abandonarlas, creo que sería un mensaje que generaría una verdadera desesperación en prácticamente todos los países, por mantener estos “circos”. Sobre todo porque son lugares en donde pueden desarrollarse discusiones, y no necesariamente aquellas que luego se ven reflejadas en los comunicados conjuntos con que concluyen estas cumbres.


El G 20 también es bastante importante desde un punto de vista simbólico, porque remplazó al G 7 y al G 8, y reconoció el papel de los Brics. Ahora resta ver cómo los Brics manejarán esta cumbre en Argentina, sobre todo cuando China, Rusia, India, Sudáfrica y Brasil tienen tan poco en común.


Es posible que el eventual documento final consensuado en Buenos Aires sea muy insulso. O puede suceder lo mismo que en la última cumbre de la Apec, donde Estados Unidos se negó a aceptar el documento final, y no lo hubo. También es posible que en el futuro las cumbres culminen con un comunicado final de sólo dos párrafos. En Buenos Aires va a ser difícil lograr un acuerdo sobre algo sustancial. Tal vez se pueda llegar a algún consenso sobre conectividad digital, algo que Argentina puso en la agenda. Pero incluso en este tema será difícil: Estados Unidos ha criticado duramente la estrategia digital de China.
Entonces creo que se seguirán organizando estas reuniones, aunque muchos seguirán cuestionando su utilidad, e incluso que sean funcionales a los intereses de los propios países poderosos.


La cumbre, en sí misma, es el mensaje.


—¿Qué pueden hacer los movimientos sociales críticos de estas instancias para influir en el nuevo rumbo que tomará la agenda de negociaciones internacionales a este nivel?


—Quisiera volver a mi noción de interregno; no cabe duda de que está habiendo un gran cambio. Un cambio impulsado por la turbulencia social y económica, con realineamientos geopolíticos y el auge del autoritarismo. En este interregno, los movimientos progresistas tienen que presentar alternativas capaces de sumar un verdadero apoyo popular. Esto requiere el tipo de compromisos y disrupciones a niveles múltiples, y que han generado cambios en el pasado.


Obviamente, en América Latina hay actualmente enormes procesos que dominarán las discusiones dentro de la izquierda y las respuestas progresistas que se den en Argentina. Pero creo que también es necesario pensar más allá de lo local para determinar qué tipo de programas alternativos queremos imponer en la agenda de los grandes poderes. Y tenemos que recordar que eso lo hemos hecho y logrado en el pasado, las disrupciones que hemos visto, por ejemplo, en el campo del comercio internacional han sido producto del trabajo que hemos llevado a cabo para deslegitimar los grandes tratados. Es preciso que llenemos ese espacio y no dejar que lo hagan los actores de siempre.


—¿Cree que el movimiento internacional antiglobalización tiene una clara estrategia para hacerlo?


—No creo que haya todavía una estrategia clara. De cierto modo, había mucha más unidad cuando luchábamos contra algunos de los grandes acuerdos comerciales, como el Tpp, o incluso anteriormente, por ejemplo con el Alca (N de E: Área de Libre Comercio de las Américas, cuyas negociaciones fracasaron en la cumbre de Mar del Plata, en 2005). Pero esas luchas eran opositoras. Es mucho más difícil plantear alternativas, y estamos muy lejos de formular ideas sustanciales sobre cuáles serían. Incluso en los temas en los que hay consenso, como la oposición a los grandes acuerdos comerciales o al arbitraje internacional de las diferencias entre los estados y los inversores, se están desarrollando muchas alternativas diferentes. Diferentes instituciones y países están haciendo cosas distintas. En los movimientos sociales tampoco hay una línea conjunta.


Las propuestas sobre cómo debería estar organizado el mundo tendrán influencias locales y regionales. Creo, incluso, que es necesario que así sea. Por ejemplo, aquí en Nueva Zelanda el gobierno está hablando de desarrollar una estrategia comercial progresista, pero es la misma de siempre. Entonces organizamos un encuentro con paneles que discutieron los diferentes aspectos que un acuerdo progresista debería tener para este país. Y el resultado fueron propuestas, por ejemplo, con una perspectiva indígena y maorí muy fuerte. Pero necesariamente son diferentes a las que propondría la gente en Vietnam, por ejemplo.
Es necesario que haya discusiones a diferentes niveles para presionar a los gobiernos, para que no se conformen con relegitimar los modelos viejos que han fallado. Estoy segura de que se podría llegar a un acuerdo sobre principios, aunque crear un consenso sobre un programa concreto será difícil.

 

Por Florencia Rovira
30 noviembre, 2018

 

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