Cuba y China firman acuerdo para crear empresas productoras de medicamentos

Cuba y China firmaron en Beijing un memorando de entendimiento que propiciará la creación de empresas mixtas en el sector de la salud, específicamente, para producir medicamentos creados en la isla y con reconocimiento mundial por ser efectivos.


El acuerdo lo rubricaron Eduardo Martínez, presidente del grupo BioCubaFarma; y Huang Lianshen, líder de la compañía Guang Xi Fukang Investment, en la sede de la embajada de nación caribeña en Beijing.


Martínez explicó que es un convenio abarcador, pues concibe la creación de firmas mixtas tanto en Cuba como en China para fabricar un grupo importante de medicamentos cubanos novedosos y con patente.


“Se trata de productos destinados a resolver importantes problemas de salud como los infartos del miocardio y cerebrales, el cáncer y las enfermedades neurodegenerativas”, comentó.


El funcionario caribeño destacó que el documento sienta las bases para llevar a cabo una alianza estratégica con este grupo empresarial a corto, mediano y largo plazo encaminado a introducir medicamentos en el mercado chino, pero también en Latinoamérica y otras regiones del planeta.


Añadió que en Cuba las empresas mixtas se establecerán en la Zona Especial de Desarrollo del Mariel, ubicada en el occidente y que fomenta la inversión extranjera directa.


Por su parte, Huang aseguró que la entrada de productos biofarmacéuticos cubanos en China generará un gran impacto en materia social y económica para ambos países.


A su juicio, los medicamentos de la isla tendrán buena acogida entre los pacientes del país asiático, y además servirán de ejemplo y estímulo para la
industria nacional del sector.


La delegación de BioCubaFarma está de visita en ese país con el objetivo de profundizar la cooperación bilateral en la rama de la biotecnología, vigente
desde hace más de 15 años.

15 mayo 2018
(Con información de ACN)

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Irán e Israel, una guerra militar y comercial en marcha

La guerra entre Israel e Irán ha dado esta semana un paso al frente. Se desarrolla a nivel militar y comercial prácticamente desde la fundación de la república islámica en 1979, pero se ha agudizado recientemente. El conflicto puede agravarse si el presidente Donald Trump decide asistir a Israel para acabar con el régimen de Teherán.

La respuesta iraní al ataque del pasado 9 de abril, cuando los aviones israelíes bombardearon la base aérea T4 en Siria, se demoró un mes, haciendo caso a la versión israelí que sostiene que esta semana la Fuerza al Quds de la Guardia Revolucionaria iraní disparó 20 cohetes contra posiciones militares en el Golán ocupado por Israel desde la guerra de 1967.

En el bombardeo del 9 de abril murieron 7 iraníes y Teherán prometió que habría una respuesta acorde. Los israelíes la esperaban, pero probablemente no esperaban una chapuza de tal magnitud. Según la versión israelí, cuatro de los 20 cohetes que dispararon los iraníes fueron interceptados por el sistema antimisiles Cúpula de Hierro, y los restantes 16 cayeron en territorio sirio.

Esta es al menos la versión israelí. Los iraníes aseguran que ellos no dispararon ningún cohete y que no tienen ninguna base militar en territorio sirio. Los cohetes los habría disparado el ejército sirio después de un bombardeo puntual israelí en la zona de la ciudad de Quneitra, en la frontera del Golán.


Lo que siguió fue un bombardeo masivo de los F-15 y F-16 israelíes, especialmente en el área de Damasco. Según los rusos, la mitad de 70 misiles disparados fueron interceptados por el sistema antiaéreo sirio. Los vídeos colgados en las redes sociales por los habitantes de Damasco muestran con claridad esas intercepciones, que no fueron completas pero sí muy frecuentes.

Aunque seguramente es verdad que Irán no dispone de bases militares en Siria, también es verdad que hay millares de “consejeros” iraníes en ese país. La muerte de siete de ellos en la base T4 lo prueba. Y que esos consejeros llevan a cabo una intensa actividad que refuerza la capacidad del ejército sirio también es verdad.


Los objetivos atacados por Israel esta semana figuraban en la lista que el 19 de febrero publicó el Instituto para el Estudio de la Guerra en Estados Unidos. Eran decenas de posiciones, aunque no todas, donde, según ese instituto, había actividad iraní. La operación muestra que el ejército israelí es la fuerza dominante en Siria, al menos en el sur de Siria.


Los dirigentes hebreos, con el primer ministro Benjamín Netanyahu a la cabeza, aseguran una y otra vez que no permitirán que Irán establezca una presencia militar en Siria. Lo ocurrido esta semana muestra que hablan en serio y que son capaces de mantener su promesa. Los israelíes esperan que Teherán haya tomado nota de lo ocurrido y desista de enviar fuerzas a Siria.

No está claro que Irán vaya a renunciar a Siria, en parte porque este país es una base cercana a Israel, el país que persigue al régimen islámico en todos los frentes y que de tanto en tanto también lleva a cabo acciones espectaculares en Irán. Si es así, los choques entre iraníes e israelíes están garantizados en el futuro inmediato.

Otra cuestión que se ha suscitado estos días es si estamos en el umbral de un nuevo conflicto armado regional. Es evidente que esta sería la opción más apreciada por Israel y que los israelíes están obrando de manera calculada para implicar a los Estados Unidos. En este sentido, la guerra ya ha comenzado y no es solo un conflicto armado sino que también es una guerra económica en la que los americanos están al lado del estado judío.

Las autoridades de Teherán han preguntado este viernes a los europeos si les van a vender un gran pedido de aviones civiles Airbus o si van a sumarse al boicot de Estados Unidos. Se espera que los europeos respondan esta semana, pero no hay que olvidar que los aparatos de Airbus se construyen usando algunas patentes de Estados Unidos y que si Washington se opone los europeos no podrán hacer nada.


Unas horas antes, Angela Merkel repitió que Europa ya no puede confiar en Estados Unidos. Es algo que la canciller alemana ya dijo recientemente. Sin embargo, la política europea respecto de Oriente Próximo no puede ser más nefasta para los intereses de Europa, comenzando por la cuestión palestina, y nada indica que Merkel y sus socios europeos vayan a modificarla radicalmente, que es lo que haría falta.

En el conflicto entre Israel e Irán está en juego la hegemonía militar, política y económica en Oriente Próximo, e Irán tiene las de perder. Todo apunta, y la suspensión del acuerdo nuclear por parte de Estados Unidos es otra indicación, a que los israelíes y los saudíes van a seguir acorralando a Teherán con la ayuda de Donald Trump, y van a intentar arrastrar al presidente republicano hacía una guerra militar.

Una parte de esta guerra se desarrolla en el interior de Irán. Aquí es donde entran en juego las sanciones económicas que Trump ha prometido adoptar. Los israelíes llevan a cabo una intensa actividad en el interior de Irán y confían en que las sanciones aceleren las protestas contra el régimen.


El funcionario del departamento de Estado Andrew Peek ha dejado claro esta semana que el abandono del acuerdo nuclear por parte de Trump fue coordinado con Israel. Es un punto importante porque muestra la poca influencia que tienen Ángela Merkel y sus socios europeos en Washington, y el claro ascendiente de Benjamín Netanyahu en los foros de poder americanos.

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La fortaleza del dólar pone en jaque a las grandes divisas latinoamericanas

Las monedas de Brasil, México Colombia y Chile sufren por la subida de tasas en EE UU, pero esquivan el cataclismo del peso argentino
Ignacio Fariza

El mundo emergente se había acostumbrado en los últimos tiempos a una extraña sensación de calma. Los enormes volúmenes de liquidez acumulados tras años de políticas monetarias expansivas en las economías avanzadas habían rebosado las Bolsas y los mercados de bonos, llegando también a los activos de los países en desarrollo. Pero la volatilidad es inherente a su propia naturaleza emergente y, antes o después, vuelve a tocar a su puerta. Esta vez, la causa ha sido una combinación de factores que van desde el fortalecimiento del dólar estadounidense por la subida de tipos de interés en la primera potencia mundial hasta el efecto contagio de las dificultades argentinas, pasando por las expectativas de mayor inflación y la creciente percepción de proximidad del fin de ciclo económico. Un cóctel que amenaza con convertirse en un quebradero de cabeza en América Latina.


Mayo ha traído consigo turbulencias en el mercado cambiario. La primera semana del mes fue la peor para las monedas emergentes en más de un año y esta avanza por los mismos derroteros. El nerviosismo se ha instalado sobre la tercera economía de América Latina, Argentina, un país que lleva el pánico financiero en su ADN y que ya ha tenido que pedir un rescate al Fondo Monetario. Y se ha extendido al resto de grandes países de la región. A la sangría del peso argentino se han sumado las fuertes caídas del peso mexicano, colombiano y chileno. También del real brasileño, que se deja un 14% en los tres últimos meses. "Al estar incluidos en la misma categoría de activos [emergentes y latinoamericanos], hay un cierto contagio de lo que está sucediendo en Argentina", apunta Jonathan Heath, ex economista principal de HSBC para Latinoamérica y hoy analista independiente.


Salvo inesperado cambio de rumbo, los tipos de interés de referencia en Estados Unidos llegarán en junio al 2% por primera vez desde mediados de 2008. Eran otros tiempos: Lehman Brothers aún vivía y la Gran Recesión solo empezaba a fraguarse. Y aunque el incremento en el precio del dinero ha sido telegrafiado desde el día uno después de la crisis, las consecuencias se dejan sentir en los mercados: el endurecimiento de la política monetaria y la expectativa de mayor inflación en los próximos trimestres ha llevado el interés del bono estadounidense a 10 años al filo del 3%, su nivel más alto desde 2014, introduciendo una variable nueva en el juego de equilibrios en la balanza de muchos inversores. "¿Merece más la pena depositar el dinero en activos de riesgo cuando el papel estadounidense —teóricamente exento de incertidumbre sobre su futuro pago— empieza a ofrecer rentabilidades atractivas?", se empiezan a preguntar en los cuarteles generales de las grandes firmas de inversión. Y el mero cuestionamiento agita a América Latina y el resto de emergentes.


"La combinación de mayores tasas en EE UU y perspectivas de inflación más altas es muy negativa para las monedas latinoamericanas", asevera Armando Armenta, estratega del banco de inversión suizo UBS para mercados emergentes. "La gente empieza a ver fundamentos menos sólidos y algunos entran en pánico, golpeando a los países con fundamentos más débiles, como Argentina", agrega un segundo analista de una gran firma de inversión que prefiere no revelar su nombre. "Es un año más volátil en general: lo hemos visto en la Bolsa y en el mercado de renta fija, y empezamos a verlo en el mercado de divisas". Paradójicamente, el bache de las monedas emergentes llega en momento dulce para el petróleo —una variable que suele estar positivamente correlacionada con la evolución de las monedas de la región, donde casi todos los países son productores—, que cotiza en máximos de tres años y medio impulsado por la inestabilidad geopolítica.


En poco más de 20 días, los grandes inversores han sacado 5.500 millones de dólares de los mercados emergentes de deuda, según los datos del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF, por sus siglas en inglés) recopilados por Reuters. En el caso de Latinoamérica, esa cifra asciende a 1.200 millones de dólares solamente en la última semana, cuando se han acelerado las salidas, según Bloomberg. Este movimiento tiene, inevitablemente, un efecto directo sobre la cotización de las respectivas monedas regionales: vender deuda de un país supone, también, deshacerse de moneda nacional. Todo sin que, todavía, la mayor área económica del mundo junto con EE UU, la eurozona, haya movido ficha en forma de subidas de tipos.


En este entorno, Argentina es, por mucho, el país que peor lo tiene. A su posición más débil de reservas internacionales que el resto de grandes países latinoamericanos se suma la gran proporción de deuda pública denominada en dólares, tras haber recurrido en mayor medida a emisiones en moneda estadounidense para cubrir sus necesidades de financiación. Pero no es el único. México es la economía latinoamericana más expuesta al mercado estadounidense, y el debilitamiento del peso frente al dólar —que ya ha borrado todas las ganancias cosechadas desde el pasado 1 de enero— tiene efectos de calado su economía. Negativos, como el encarecimiento de los productos importados, con el consecuente repunte de la inflación o la pérdida de valor internacional de los ahorros de sus nacionales. Y positivos, como la mayor competitividad, un factor nada despreciable en una economía tan abierta como la mexicana: las manufacturas del país norteamericano son hoy un 8% más baratas que hace tres semanas por un único factor ajeno a la cadena productiva, la depreciación del peso.


"En líneas generales, los países de la región están mejor preparados que en el pasado para afrontar una situación así", apunta Martín Castellano, economista jefe del IIF para América Latina. "Sin embargo, la posición fiscal es peor, con deudas más altas y mayores déficits en todos los países de la región". El mayor riesgo pasa, en su opinión, por un giro radical de la política macroeconómica tras las elecciones que se celebran este año en tres países clave de la región: Brasil, Colombia y, sobre todo, México. En este último caso, aunque el candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador, lleva meses tratando de tranquilizar a los mercados, los financieros no las tienen todas consigo. No, al menos, hasta no ver con sus propios ojos que la retórica cristaliza en una política fiscal prudente y en la total independencia del banco central.


"En México hay factores propios que han llevado a la depreciación del peso: la incertidumbre en torno a la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) y la cercanía de las elecciones", agrega Alberto Ramos, de Goldman Sachs. "La disputa entre el sector privado y el candidato puntero en las encuestas [López Obrador] ha creado un entorno de volatilidad que no ha sido atajado, con la consecuente salida de capitales y la pérdida de fuerza del peso", cierra José Luis de la Cruz, director del Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico de México.

México 8 MAY 2018 - 23:23 COT

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Asia y Oriente Medio impulsan el gasto militar mundial, que alcanza los 1,44 billones

Estados Unidos, China, Arabia Saudí, Rusia e India acaparan el 60% del gasto en armamento, que crece un 1,7% en 2017


El gasto militar mundial ascendió en 2017 a 1,73 billones de dólares (1,44 billones de euros), un 1,1% más en términos reales respecto al año anterior, según un informe difundido este miércoles por el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI).


El estudio destacó que el aumento experimentado en los últimos años ha estado impulsado por una subida "sustancial" en el gasto de países asiáticos y en Oriente Medio, y que el peso de la inversión armamentística se está trasladando de la región euroatlántica.


La cifra gastada en armamento el año pasado equivale al 2,2% del Producto Interior Bruto (PIB) global, según el SIPRI, que resalta que los cinco principales inversores (Estados Unidos, China, Arabia Saudí, Rusia e India) acapararon el 60% del gasto total.


Estados Unidos mantiene su hegemonía mundial, con el 35% total y una inversión que supera a la de los siete siguientes países combinados, a pesar de que los 610.000 millones de dólares (507.000 millones de euros) gastados el año pasado representan una cantidad similar a la de 2016.


"La tendencia descendente en el gasto militar estadounidense iniciada en 2010 ha finalizado. Está previsto que el gasto en 2018 crezca de forma significativa para respaldar los aumentos en personal militar y la modernización de armas convencionales y nucleares", apunta el informe.


China conserva la segunda plaza con un gasto estimado de 228.000 millones (190.000 millones de euros), un 5,6% más que en 2016 y el 13% del total mundial; por delante de Arabia Saudí, con 69.400 millones (57.685 millones de euros).


Cuarta es Rusia con 66.300 millones (55.108 millones de euros), que con un 20% experimentó la primera bajada en dos décadas, que el informe atribuye a sus problemas económicos; y quinta, India, con 63.900 (53.114 millones de euros), un 5,5% más interanual.


"Las tensiones entre China y muchos de sus vecinos siguen impulsando la subida del gasto militar en Asia", explica el SIPRI, en alusión a que otros dos países de la zona están entre los diez primeros, Japón (octavo) y Corea del Sur (décimo).


El gasto militar aumentó en Europa Central y Occidental, un 12% y un 1,7% respectivamente, debido en parte "a la percepción de la creciente amenaza de Rusia" y al hecho de que muchos de los estados europeos forman parte de la OTAN, cuyos miembros en 2017 gastaron 900.000 millones de dólares (748.000 millones de euros).
En Oriente Medio, donde la inversión supuso el equivalente al 5,2% del PIB, el gasto subió un 6,2% por los conflictos armados y las rivalidades, pese al bajo precio del petróleo.


En América del Sur el gasto subió un 4,1% a causa de los aumentos registrados en los dos principales inversores de la región: Argentina, que subió un 15%, y Brasil, un 6,3% más y undécimo país en la lista mundial.


En América Central y el Caribe se produjo sin embargo una caída del 6,6%, provocada por que México redujo su inversión militar un 8,1% con respecto al año anterior.

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Lunes, 30 Abril 2018 06:19

Crear valor

Crear valor

Para comprender el proceso de crecimiento de la economía y así provocar la expansión productiva del ingreso y su mejor distribución es necesario distinguir de la manera más clara posible el asunto del valor.


Hay tres cuestiones relevantes al respecto: ¿Quién lo crea? ¿Quién lo extrae?, y ¿Quién lo destruye? Esto es precisamente lo que plantea en un libro reciente Mariana Mazzucato. La confusión entre estos tres fenómenos, sugiere la autora, es una fuente de ineficiencia, empobrecimiento y de la desigualdad reinante en la economía global.


La noción de valor es clave en la formulación de cómo funciona una economía. Las cosas tiene valor porque sirven para algo –por su uso–, pero tienen también un valor de cambio que proviene de la necesidad de canjear unas cosas por otras; éstas son las mercancías, los servicios o los títulos financieros sean de deuda (bonos) o de propiedad (acciones) y también el trabajo.


La manera convencional de tratar el asunto del valor es por medio de las condiciones de la oferta y la demanda en el mercado. El precio, entonces, se asimila con el valor. Lo que no entra en el campo del mercado no tiene precio y, por lo tanto, tampoco un valor reconocido económicamente (el trabajo doméstico).


Mazzucato argumenta que además hay que considerar lo que ocurre en la interrelación del mercado y el gobierno para distinguir entre quienes crean valor (riqueza) y quienes sólo lo extraen y se lo apropian.


Esto tiene que ver con un aspecto de índole colectivo, como ocurre por ejemplo con el medio ambiente o las inversiones con rendimientos sociales de mediano y largo plazo, y que hoy no son rentables para el capital privado (infraestructura, educación).


Hoy, en la economía de mercado se generan grandes acumulaciones de riqueza privada a partir de la extracción de valor creada en otros segmentos de la sociedad.


Un caso que destaca la autora son ciertas actividades predominantes en el sector financiero, como fue la enorme acumulación de deuda en el mercado inmobiliario, una causa primordial de la crisis de 2008. Esto dejó un gran sobrendeudamiento de las familias mientras representó ganancias extraordinarias para los que promovieron y manipularon esas deudas. Se extrajo y se apropió valor por un lado, mientras se destruía por otro.


Buena parte de la intermediación financiera es esencialmente especulativa y de manipulación de los precios de los activos en los mercados. Esta es una práctica predominante de los bancos más grandes y significa ese mismo tipo de extracción de valor.


La pugna en torno a la regulación de las actividades financieras se ubica en este plano. Los intereses económicos que están en juego son enormes y el debate político y teórico sobre el libre mercado y la regulación es muy intenso. El efecto sobre las inversiones productivas de largo plazo es adverso y, con ello, el mismo potencial de crecimiento del producto y su distribución en la sociedad.


Mazzucato destaca también lo que sucede en el sector de las tecnologías de la información en el que se generan grandes beneficios por concepto de los derechos de la propiedad intelectual y las patentes (como lo señala en el caso de la industria farmacéutica).


Este aspecto tiene que ver igualmente con el poder monopólico de las empresas tecnológicas como Google, Facebook y otras, que restringen las opciones para los consumidores y fijan los precios y extraen valor.


La discusión sobre el carácter de la actividad económica del gobierno ofrece ángulos interesantes. Esto ocurre con cuestiones como la educación, la salud, las obras de infraestructura, el financiamiento de la investigación básica o la promoción directa de inversiones productivas. Indica el caso del gobierno de Estados Unidos que jugó un papel clave en el desarrollo de tecnologías transformadoras como Internet y el GPS, que hoy se aplican ampliamente en el sector privado.


Los puntos que señala refieren de nuevo a la distinción entre los procesos que crean valor y aquellos por medio de los que éste se extrae y destruye.


Los conceptos dominantes en el análisis económico y la misma medición del producto que se genera cada año (PIB), se refieren a las transacciones en el mercado y, por ello, a los precios a los que se intercambian. Esto provoca que casi por definición se considere que toda actividad del gobierno es improductiva y que sólo extrae valor de la sociedad.
El impacto que esto tiene en la definición de las políticas públicas (incluyendo la austeridad) es políticamente muy relevante. Por cierto que la capacidad económica de los gobiernos es muy diferente y, con ello, los efectos de la inyección de recursos para crear valor. También lo son las consecuencias en la extracción de valor de la sociedad (la inflación, los impuestos sin contraparte equivalente o la corrupción y la ineptitud), lo que tiende a situarlos en la discusión pública como entes parasitarios.


Estos son temas que habrían de estar en la agenda de las discusiones políticas en todas partes. Hoy mismo en México se ejecutan políticas de relevancia, como puede ser entre otras el caso de la estrategia comercial, decisiones de inversión, presupuestales, de la generación y asignación de recursos privados y públicos, y muchos más que se pierden en una pugna política chata y con campañas electores que parecen fuera de foco.

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Un patio que quiere seguir siendo trasero

En la evidente disputa económica y militar al interior del capitalismo, Estados Unidos enfrenta a diferentes potencias, obligándolo a consolidar nuevas formas de injerencia en nuestro continente para contener a China y a Rusia. ¿Cuál será la opción que tomarán los gobiernos latinoamericanos frente a este panorama? ¿Continuaremos con el patio trasero?


La principal característica de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina deriva del colapso de las burguesías nacionales. Primero en Argentina y ahora en Brasil, las principales clases dominantes que merecieron ese nombre fueron desarticuladas por una pinza formada por el irresistible avance de los monopolios globales y las clases obreras que dejaron de percibirse como actores subalternos.

En el lugar de aquellas burguesías fue emergiendo un sector de empresarios enriquecidos con la especulación financiera en el casino global, gentes cuyo único sentido en la vida es la acumulación rápida de dinero para esconderlo en paraísos fiscales y utilizarlo en cualquier lugar del mundo para satisfacer caprichos y vanidades.

La inexistencia de estas clases nacionales con intereses propios, ora coincidentes ora divergentes de los grandes centros de poder, tuvo tres consecuencias mayores.

La primera es la desaparición de cualquier proyecto nacional, incluso del sentido mismo de nación. En otros tiempos, durante el período de sustitución de importaciones que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía industrial (poderosa en Argentina y en Brasil, mediana en México y más débil en el resto de los países) orientó las políticas exteriores. Los casos de Perón y de Vargas, hablan por sí solos de la búsqueda de un desarrollo como naciones más allá de los dictados del imperio.

La segunda es la aparición de nuevas burguesías “plebeyas” nacidas durante los gobiernos progresistas, que llenan el hueco dejado por las burguesías nacionales. El caso más destacado es el de Venezuela, donde la llamada boliburguesía se amalgama entre altos mandos militares, funcionarios estatales de primer rango y sectores de las viejas burguesías.

Su gran problema es que, como toda burguesía naciente, necesita apelar a una versión actualizada de la “acumulación originaria”, concepto de Marx para describir cómo nace el capital del robo y la expoliación. Su fortaleza es, a su vez, su debilidad. Para legitimar su corrupción rampante, debe destinar recursos a neutralizar al campo popular a través de subsidios y traspases de fondos disfrazados de políticas sociales. El punto débil aparece cuando los recursos escasean por la caída de los precios de los productos exportables que lubricaron la gobernabilidad.

La tercera es consecuencia de las dos anteriores y es el núcleo de la coyuntura actual. La debilidad estructural de quienes deberían defender algo que alguna vez conocimos como “intereses nacionales”, facilita los modos imperiales de dominación. Observamos que el Pentágono ya no necesita, salvo excepciones, desplegar flotas y aviones para derribar gobiernos, como hizo en la primera mitad del siglo hasta, digamos, la última intervención en Haití forzando al presidente Aristide a tomar el camino del exilio.

Ahora los modos de intervención son mucho más sutiles e indirectos. Al punto que, sobre la superficie, no existirían conflictos mayores entre Washington y América Latina, con la excepción de Venezuela. En los otros casos, Honduras y Paraguay, el imperio se limitó a mirar para otro lado cuando las fuerzas locales expulsaron por la vía “legal”, aunque ilegítima, a los presidentes Zelaya y Lugo. No tuvo la menor necesidad de intervenir.

Esto no quiere decir que Washington observe de brazos cruzados lo que sucede en su patio trasero. Interviene y mucho, pero de modo muy diferente. El caso de Brasil es el más transparente. Apoyó a la nueva derecha militante, formada en instituciones vinculadas a la derecha estadounidense. Esta derecha fue capaz de ganarle la calle a las izquierdas. Lo demás fue casi natural: promover la destitución de Dilma Rousseff, dejar que un verdadero corrupto desgobierne el país y sacar del medio al único líder que podría encarar un proyecto diferente.

A falta de burguesías con intereses nacionales, Washington cuenta en cada país con núcleos dóciles, interesados en apoyarse en el imperio para ocupar espacios de poder que, en el largo plazo, beneficiarán con creces a sus promotores. En el caso brasileño, el Pentágono está consiguiendo tres objetivos estratégicos: recuperar el control de la base satelital de Alcántara, neutralizar el programa de cazas de quinta generación con la sueca Saab y enlentecer hasta paralizar la construcción del primer submarino nuclear. Todo eso operando por lo bajo, a través de terceros que son los que dan la cara, como el juez Sergio Moro que procesó a Lula, y Kim Kataguiri, el líder del Movimiento Brasil Libre.

Hay un tema mayor, aunque bien sutil, que se escapa a este análisis y a las capacidades que hoy tenemos las izquierdas de comprender la realidad. Me refiero a las iglesias pentecostales. Salvo en México, donde el catolicismo es fuerza imbatible, en varios países como Colombia, Guatemala y Brasil (además de Chile y Uruguay), las iglesias evangélicas juegan un papel en el ascenso de las derechas duras. No es ni puede ser casualidad. Es una construcción de larga duración que comenzó a mediados del siglo pasado, que arraigó en algunos pequeños países centroamericanos y fue potenciada durante la Guerra Fría como forma de combatir a las comunidades eclesiales de base y a la teología de la liberación.

El último punto se relaciona con los objetivos inmediatos del gobierno de Donald Trump. Una vez domesticado el patio trasero, y sabiendo que cuenta con una cohorte de gobernantes sumisos, se trata ahora de usarlos como peones en su estrategia geopolítica consistente en contener a China y cercar a Rusia. Días atrás la agencia Reuters aseguraba que Donald Trump planea “exhortar a los líderes de América Latina durante la Cumbre de las Américas para que cooperen con EEUU en el ámbito comercial, en detrimento de China” (Sputnik, 7 de abril de 2018).

La Cumbre se celebrará en Lima del 13 al 14 de abril y los analistas estiman que los voceros de los Estados Unidos presionarán a los gobiernos de la región para que opten por los productos de su país y reduzcan las compras provenientes de Asia. Es la misma política que está aplicando con los países europeos. Puede chantajear a Brasil, por ejemplo, con las tasas impuestas a las importaciones de acero de este país.

Desde 2013 China es el primer socio comercial de Brasil, desplazando a Estados Unidos. Un viraje que siempre anuncia cambios mayores. La incógnita es qué camino tomarán las clases dominantes de una región que parece empeñada en seguir siendo el patio trasero del imperio.

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Un patio que quiere seguir siendo trasero

En la evidente disputa económica y militar al interior del capitalismo, Estados Unidos enfrenta a diferentes potencias, obligándolo a consolidar nuevas formas de injerencia en nuestro continente para contener a China y a Rusia. ¿Cuál será la opción que tomarán los gobiernos latinoamericanos frente a este panorama? ¿Continuaremos con el patio trasero?


La principal característica de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina deriva del colapso de las burguesías nacionales. Primero en Argentina y ahora en Brasil, las principales clases dominantes que merecieron ese nombre fueron desarticuladas por una pinza formada por el irresistible avance de los monopolios globales y las clases obreras que dejaron de percibirse como actores subalternos.

En el lugar de aquellas burguesías fue emergiendo un sector de empresarios enriquecidos con la especulación financiera en el casino global, gentes cuyo único sentido en la vida es la acumulación rápida de dinero para esconderlo en paraísos fiscales y utilizarlo en cualquier lugar del mundo para satisfacer caprichos y vanidades.

La inexistencia de estas clases nacionales con intereses propios, ora coincidentes ora divergentes de los grandes centros de poder, tuvo tres consecuencias mayores.

La primera es la desaparición de cualquier proyecto nacional, incluso del sentido mismo de nación. En otros tiempos, durante el período de sustitución de importaciones que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía industrial (poderosa en Argentina y en Brasil, mediana en México y más débil en el resto de los países) orientó las políticas exteriores. Los casos de Perón y de Vargas, hablan por sí solos de la búsqueda de un desarrollo como naciones más allá de los dictados del imperio.

La segunda es la aparición de nuevas burguesías “plebeyas” nacidas durante los gobiernos progresistas, que llenan el hueco dejado por las burguesías nacionales. El caso más destacado es el de Venezuela, donde la llamada boliburguesía se amalgama entre altos mandos militares, funcionarios estatales de primer rango y sectores de las viejas burguesías.

Su gran problema es que, como toda burguesía naciente, necesita apelar a una versión actualizada de la “acumulación originaria”, concepto de Marx para describir cómo nace el capital del robo y la expoliación. Su fortaleza es, a su vez, su debilidad. Para legitimar su corrupción rampante, debe destinar recursos a neutralizar al campo popular a través de subsidios y traspases de fondos disfrazados de políticas sociales. El punto débil aparece cuando los recursos escasean por la caída de los precios de los productos exportables que lubricaron la gobernabilidad.

La tercera es consecuencia de las dos anteriores y es el núcleo de la coyuntura actual. La debilidad estructural de quienes deberían defender algo que alguna vez conocimos como “intereses nacionales”, facilita los modos imperiales de dominación. Observamos que el Pentágono ya no necesita, salvo excepciones, desplegar flotas y aviones para derribar gobiernos, como hizo en la primera mitad del siglo hasta, digamos, la última intervención en Haití forzando al presidente Aristide a tomar el camino del exilio.

Ahora los modos de intervención son mucho más sutiles e indirectos. Al punto que, sobre la superficie, no existirían conflictos mayores entre Washington y América Latina, con la excepción de Venezuela. En los otros casos, Honduras y Paraguay, el imperio se limitó a mirar para otro lado cuando las fuerzas locales expulsaron por la vía “legal”, aunque ilegítima, a los presidentes Zelaya y Lugo. No tuvo la menor necesidad de intervenir.

Esto no quiere decir que Washington observe de brazos cruzados lo que sucede en su patio trasero. Interviene y mucho, pero de modo muy diferente. El caso de Brasil es el más transparente. Apoyó a la nueva derecha militante, formada en instituciones vinculadas a la derecha estadounidense. Esta derecha fue capaz de ganarle la calle a las izquierdas. Lo demás fue casi natural: promover la destitución de Dilma Rousseff, dejar que un verdadero corrupto desgobierne el país y sacar del medio al único líder que podría encarar un proyecto diferente.

A falta de burguesías con intereses nacionales, Washington cuenta en cada país con núcleos dóciles, interesados en apoyarse en el imperio para ocupar espacios de poder que, en el largo plazo, beneficiarán con creces a sus promotores. En el caso brasileño, el Pentágono está consiguiendo tres objetivos estratégicos: recuperar el control de la base satelital de Alcántara, neutralizar el programa de cazas de quinta generación con la sueca Saab y enlentecer hasta paralizar la construcción del primer submarino nuclear. Todo eso operando por lo bajo, a través de terceros que son los que dan la cara, como el juez Sergio Moro que procesó a Lula, y Kim Kataguiri, el líder del Movimiento Brasil Libre.

Hay un tema mayor, aunque bien sutil, que se escapa a este análisis y a las capacidades que hoy tenemos las izquierdas de comprender la realidad. Me refiero a las iglesias pentecostales. Salvo en México, donde el catolicismo es fuerza imbatible, en varios países como Colombia, Guatemala y Brasil (además de Chile y Uruguay), las iglesias evangélicas juegan un papel en el ascenso de las derechas duras. No es ni puede ser casualidad. Es una construcción de larga duración que comenzó a mediados del siglo pasado, que arraigó en algunos pequeños países centroamericanos y fue potenciada durante la Guerra Fría como forma de combatir a las comunidades eclesiales de base y a la teología de la liberación.

El último punto se relaciona con los objetivos inmediatos del gobierno de Donald Trump. Una vez domesticado el patio trasero, y sabiendo que cuenta con una cohorte de gobernantes sumisos, se trata ahora de usarlos como peones en su estrategia geopolítica consistente en contener a China y cercar a Rusia. Días atrás la agencia Reuters aseguraba que Donald Trump planea “exhortar a los líderes de América Latina durante la Cumbre de las Américas para que cooperen con EEUU en el ámbito comercial, en detrimento de China” (Sputnik, 7 de abril de 2018).

La Cumbre se celebrará en Lima del 13 al 14 de abril y los analistas estiman que los voceros de los Estados Unidos presionarán a los gobiernos de la región para que opten por los productos de su país y reduzcan las compras provenientes de Asia. Es la misma política que está aplicando con los países europeos. Puede chantajear a Brasil, por ejemplo, con las tasas impuestas a las importaciones de acero de este país.

Desde 2013 China es el primer socio comercial de Brasil, desplazando a Estados Unidos. Un viraje que siempre anuncia cambios mayores. La incógnita es qué camino tomarán las clases dominantes de una región que parece empeñada en seguir siendo el patio trasero del imperio.

Publicado enEdición Nº245
Unasur: trascendente derrota de la integración sudamericana

La retirada de seis de los doce miembros de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), coloca el proceso de integración regional, que ya vivía un agudo período de parálisis, a la defensiva y sin posibilidades de reactivarse a corto plazo.


Es una victoria de EEUU, una derrota de los progresismos y de las izquierdas de la región, que no supieron pisar el acelerador cuando aún era posible.


El tratado constitutivo fue firmado el 23 de mayo de 2008 en Brasilia pero los primeros pasos se dieron ya en 2004 a instancias del gobierno de Luiz Inazio Lula da Silva. Está integrado por los doce países independientes de Sudamérica, que suman 400 millones de habitantes. La Unasur se propone construir una identidad y una ciudadanía sudamericanas en el marco de la integración regional que, a diferencia de otras instancias, trasciende lo económico para abarcar todos los aspectos de la vida de las naciones.


Se dotó de varios organismos, como el Consejo de Jefes y Jefas de Estado, un consejo de ministros y un parlamento. Cuenta también con consejos sectoriales, siendo el más importante el Cosiplan (Consejo Suramericano de Infraestructura y Planeamiento), heredero de la IIRSA (Iniciativa de Integración de la región Surameriana), que está focalizado en la construcción de redes de infraestructura, transportes y telecomunicaciones, para impulsar el desarrollo social y económico.


Entre las ambiciones de la Unasur figura la creación de una moneda suramericana, en la misma dirección que el euro en la Unión Europea. El Consejo de Defensa Suramericano es una de las creaciones más notables del organismo regional, ya que pretende no sólo promover la cooperación militar defensiva, sino la construcción de equipos y tecnologías propias para dotar a la región de autonomía en el campo de la defensa. Este consejo había sido definido como la "OTAN suramericana", una propuesta que choca con los intereses estratégicos de EEUU en la región.


Esa iniciativa había partido del presidente Lula y fue anunciada por el coronel Oswaldo Oliva Neto (uno de los cuadros estratégicos más importantes de su Gobierno), durante un seminario sobre temas de interés conjunto de Brasil y la Unión Europea en 2006. Se trataba, por un lado, de impedir una aventura militar o la presión de terceros países sobre la región. Pero también promovía la "defensa de las riquezas naturales del continente", como las reservas de petróleo, agua y biodiversidad.
La suspensión de la participación de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú alegando la acefalía del organismo, puede ser el golpe de gracia a la Unasur. La crisis se arrastra desde enero de 2017, cuando el expresidente de Colombia, Ernesto Samper, dejó la Secretaría General del organismo. Argentina ostenta la secretaría pro tempore y propuso como reemplazo a su embajador en Chile, Octavio Bordón, pero la designación fue rechazada por Bolivia y Venezuela.


Encuentro varias razones para explicar la crisis de la integración regional, ancladas en una coyuntura especial que agudiza las dificultades estructurales.
La primera es el profundo viraje político en los principales países de Suramérica. En pocos años se produjeron cambios que llevaron a los gobiernos de Brasil y Argentina, los dos principales impulsores de la Unasur, a fuerzas políticas que no tienen mayor interés en promover la integración. En paralelo, los gobiernos de Bolivia y Venezuela han quedado aislados en América del Sur y han perdido capacidad de iniciativa.


La segunda son las evidentes presiones del gobierno de Donald Trump, defendidas abiertamente en la reciente cumbre de Lima. En efecto, antes de la VIII Cumbre de las Américas, que transcurrió en Lima del 13 al 14 de abril del 2018, el gobierno de EEUU se empeñó en presionar a los asistentes para que tomaran distancias de Rusia y China porque esos países serían perjudiciales para América Latina.


Como señaló el economista peruano Oscar Ugarteche, Washington consiguió que el eje de la agenda para muchos países de la región se centrara en cerrar filas contra Venezuela. "La mitad de los países presentes están más preocupados por la agenda interamericana contra Venezuela que por la agenda regional contra la corrupción".
El viraje político regional y las presiones de EEUU explican en gran medida la decisión de seis países de abandonar la Unasur, colocando así un punto final a la más importante experiencia de integración. Deberá pasar un buen tiempo y profundas crisis, antes de que vuelvan a existir condiciones para lanzar nuevas iniciativas en esa dirección.


La tercera son los errores cometidos por los gobiernos progresistas que fueron los principales impulsores de la Unasur. Como señala el historiador uruguayo Gerardo Caetano, estos gobiernos "fueron mucho más integracionistas en la oposición que en el gobierno".


Por un lado, fueron muy tímidos a la hora de tomar iniciativas reales y realistas para avanzar en la integración y, sobre todo, pusieron por delante los pequeños intereses nacionales a los de la región suramericana. Por ejemplo, Brasil y Argentina nunca dejaron de litigar por el comercio bilateral, buscando satisfacer los intereses de los grupos de presión industriales aunque eso terminó paralizando numerosos proyectos.


Por otro lado, hubo proyectos que nunca salieron del papel, aunque parecían grandiosos. Talvez pocos recuerden el anuncio realizado para construir un Gasoducto del Sur, idea genial que debía llevar hidrocarburos desde Venezuela hacia Brasil y Argentina, quebrando la tendencia a la exportación para moverse hacia un desarrollo endógeno. Como otros proyectos, nunca salió del papel, así como la proyectada refinería que la venezolana PDVSA debía construir en la costa del Pacífico del Ecuador.


Pero hay un cuarto aspecto que me parece central. Una integración regional como la que promovía Unasur, integral, multifacética y multisectorial, debe ser una cuestión de Estado, no sólo de Gobiernos ni, menos aún, de ideologías. Para ello debe ser aceptada y consensuada por toda la sociedad, para que los procesos de integración sigan adelante más allá de los vaivenes políticos. Así fue como se construyó la Unión Europea fundada en 1993 y la Organización de Cooperación de Shanghái creada en 1996, por mencionar organismos que sobrepasan las coyunturas.

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Miércoles, 11 Abril 2018 06:05

Trump se bajó de la cumbre americana

Trump se bajó de la cumbre americana

El mandatario estadounidense canceló lo que hubiese sido su primera visita a la región para, en su lugar, evaluar la posibilidad de una respuesta militar a Siria por el presunto ataque con armas químicas, el sábado, en Guta Oriental.

 

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció ayer que no concurrirá a la octava Cumbre de las Américas que se desarrollará el viernes y el sábado en Lima. Con esa decisión, el mandatario canceló lo que hubiese sido su primera visita a la región para, en su lugar, evaluar la respuesta estadounidense a Siria por el presunto ataque con armas químicas el sábado en Guta Oriental.


“El presidente permanecerá en Estados Unidos para supervisar la respuesta estadounidense a Siria y vigilar los acontecimiento globales”, explicó ayer por la mañana Sarah Sanders, vocera de la Casa Blanca, en un comunicado en el que confirmó que Trump no irá a Lima ni tampoco a Bogotá, a donde debía seguir su viaje por la región.


El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció ayer que no concurrirá a la octava Cumbre de las Américas que se desarrollará el viernes y el sábado en Lima. Con esa decisión, el mandatario canceló lo que hubiese sido su primera visita a la región para, en su lugar, evaluar la respuesta estadounidense a Siria por el presunto ataque con armas químicas el sábado en Guta Oriental.


“El presidente permanecerá en Estados Unidos para supervisar la respuesta estadounidense a Siria y vigilar los acontecimiento globales”, explicó ayer por la mañana Sarah Sanders, vocera de la Casa Blanca, en un comunicado en el que confirmó que Trump no irá a Lima ni tampoco a Bogotá, a donde debía seguir su viaje por la región.
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La ausencia de Trump –y su reemplazo por el vicepresidente Mike Pence– significará la primera oportunidad, desde 1994, cuando empezaron estos encuentros, en que Estados Unidos no estará representado en la cumbre por su máxima autoridad.


El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, también anunció ayer que no acudirá al encuentro de mandatarios americanos porque, según dijo, había sido retirada la seguridad a la delegación de Venezuela y, por esa razón, permanecerá en su país. La ausencia del presidente venezolano y de su par estadounidense quita a la Cumbre dos figuras claves, entre quienes se esperaban cruces que, se suponía, levantarían la temperatura de las deliberaciones.


El viaje de Trump a Lima, el primero a la región desde su asunción a comienzos de 2017, iba a seguir por Bogotá, donde mantendría un encuentro bilateral con Juan Manuel Santos. Pence irá a Lima pero no a la capital colombiana.


El presidente estadounidense prometió el lunes responder de manera contundente al presunto ataque químico registrado en Siria que le adjudica al gobierno de Bashar Al Asad y dijo que tomaría una decisión en las próximas horas sobre cuál sería esa represalia. “No podemos dejar que esto ocurra en este mundo, especialmente cuando, gracias al poder de Estados Unidos, tenemos la capacidad de pararlo”, recalcó el mandatario.


Dos organizaciones apoyadas por Estados Unidos denunciaron que al menos 42 personas murieron el sábado último en la localidad rebelde de Duma, a las afueras de Damasco, con síntomas de haber sufrido un ataque químico.


Tanto Estados Unidos como sus aliados (Francia y Gran Bretaña) dijeron estar preparados para actuar contra Siria, sin depender del apoyo de las Naciones Unidas.


“Trump se saltea la Cumbre. Otro desaire más en una larga lista de desplantes hacia la región”, dijo Christopher Sabatini, experto en relaciones internacionales de la Universidad de Columbia en Nueva York. Ya desde la campaña que lo llevó a la Casa Blanca, el magnate se ha mostrado hostil, desde el discurso, con los países de América latina y se profundizó en los últimos días al desplegar a miles de oficiales de la Guardia Nacional a custodiar la frontera con México. Pero, más aún, otros analistas ven su ausencia como una jugada poco estratégica. “Que Trump no vaya a Latinoamérica es una pérdida para la administración estadounidense, especialmente cuando Washington quiere presentarse como un socio preferencial frente a China”, explicó Jason Marczak, director del centro sobre Latinoamérica del Atlantic Council. En comparación, el presidente chino Xi Jinping visitó tres veces la región desde 2013. “¿Cómo podemos presentarnos como una alternativa creíble a China cuando nuestro presidente ni siquiera puede aparecer en el foro principal?”, se preguntó Sabatini.


Sin Trump y sin Maduro, con 34 países presentes, le tocará a Pence el lugar de poco amigable en el bloque y desgranar los temas que ponen en guardia a la región: políticas inmigratorias, acuerdos comerciales, globalización.


Aunque en su historia de 14 años la Cumbre no logró avances significativos en muchos terrenos, sí consiguió que el bloque sancionara la llamada cláusula democrática, que excluye a gobiernos que violaran los términos constitucionales y que se convirtió en la Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos (OEA) hoy vigente. La cumbre también sirvió de telón de fondo para un marcado acercamiento entre Estados Unidos y Cuba, emblemas de la Guerra Fría en América durante 50 años.


La ausencia de Venezuela se debe a que lo dispuso el gobierno peruano de Pedro Pablo Kuczynski, caído luego por supuesta corrupción y sustituido por Martín Vizcarra, con apoyo de Estados Unidos y de los países que forman el Grupo de Lima, que hace un seguimiento de la crisis venezolana. Constituye una verdadera paradoja que la sede de un encuentro en el que la corrupción será tema a debatir sea Perú, que tiene a sus últimos cuatro mandatarios –Kuczynski, Ollanta Humala, Alejandro Toledo y Alan García– con procesos judiciales abiertos en todos los casos por irregularidades durante sus respectivas gestiones.


Para algunos analistas, las conversaciones de los más de 30 mandatarios restantes corren el riesgo de caer en la intrascendencia, aunque el anfitrión Vizcarra buscará seguramente de evitar que todo se convierta en una de cumbre con declaraciones de papel.


Las deliberaciones serán en el Centro de Convenciones de Lima, en el distrito San Borja, y las faltas de Trump y Maduro hacen crecer las presencias, por el peso geopolítico de sus países, de los mandatarios de Canadá, Justin Trudeau; Brasil, Michel Temer; México, Enrique Peña Nieto; Argentina, Mauricio Macri; Colombia, Juan Manuel Santos, y Chile, Sebastián Piñera.

 

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EE UU y China se adentran en una guerra comercial a gran escala

Las dos mayores economías del mundo se retan con aranceles a productos por valor de 50.000 millones de dólares cada uno. Trump y Xi Jinping se han mostrado próximos en otros terrenos, pero la disputa económica transcurre por otro cauce.

 

Los bombardeos apenas han comenzado, pero la guerra ya ha sido declarada. Estados Unidos ha anunciado aranceles sobre la importación de 1.300 productos chinos por valor de 50.000 millones de dólares y China ha contratacado poniendo sobre la mesa su propia lista, por un montante similar. La Bolsa se resiente y las industrias afectadas en cada lado del Pacífico contienen el aliento, aunque las consecuencias del enfrentamiento de las dos mayores economías del mundo son globales. Dicen que en las peleas de elefantes, la que más sufre es la hierba que hay debajo.

La relación entre Washington y Pekín es compleja. Donald Trump siente debilidad por los líderes autoritarios y ha expresado sus simpatías por Xi Jinping, de quien elogió su decisión de perpetuarse en el poder mediante una reforma constitucional. Ambos líderes, además, han conseguido coordinarse en un conflicto tan envenenado como el norcoreano, aceptando China subir la presión sobre Pyongyang y dando lugar a una posible cumbre histórica entre el presidente estadounidense y Kim Jong-un para negociar la desnuclearización de su hermético país. Pero la promesa trumpista de reducir el déficit comercial discurre por otro cauce y el republicano no está dispuesto a ceder.


El Gobierno norteamericano detalló el martes la lista de 1.300 productos chinos sometidos a aranceles del 25% y que apunta a bienes de alto valor añadido, como los aparatos electrónicos, la maquinaria industrial o los productos químicos y farmacéuticos. A las pocas horas, el Gobierno chino respondió con una lista con el mismo gravamen para solo 106 productos estadounidenses pero del mismo montante económico, ya que suponen las joyas de la exportación: aviones, automóviles, productos químicos, soja. China no especificó cuándo entrarán en vigor sus tasas y las condicionó a los movimientos de Washington, que difícilmente cambiará de parecer.


EE UU es el segundo mayor exportador del mundo pero su déficit comercial (la diferencia entre lo que importa y vende al exterior) alcanzó los 556.000 millones de dólares (452.000 millones de euros) en 2017, el máximo desde 2008. China está detrás del grueso de este desfase, con 375.200 millones, y aprovecha unas reglas de juego que Washington no ve justas. Además de operar con unos estándares laborales y sociales lejanos a los de EE UU, Trump les acusa del robo sistemático de propiedad intelectual y de adueñarse de tecnología ajena.


“No estamos en una guerra comercial con China, esa guerra se perdió hace muchos años por las personas tontas o incompetentes que representaban a EE UU”, dijo Trump en Twitter. “Ahora tenemos un déficit comercial de 500.000 millones al año, con robo de propiedad intelectual de 300.000 millones. ¡No podemos permitir que continúe!”, agregó.El régimen chino limita estrictamente los sectores en los que los extranjeros pueden invertir en el país e impone la asociación con una empresa local en otros. EE UU asegura que las empresas estadounidenses son forzadas a entregar su tecnología a los rivales locales a cambio de tener acceso al potente mercado, algo que Pekín niega. Washington, la UE y Japón sumaron fuerzas contra China en la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Buenos Aires el pasado diciembre.


Víctimas colaterales


Pero esta vez Trump actúa solo, activando una guerra comercial que en una economía globalizada deja víctimas colaterales más allá de las potencias implicadas. Hace unas semanas, en su giro proteccionista, llegó a anunciar aranceles al acero de socios como la Unión Europa, Canadá y México, aunque luego los eximió.Con la publicación de la lista, China ha querido dejar claro cuáles serán sus cartas si Trump opta por la vía dura. También espera que la nada arbitraria selección de productos obligue al presidente estadounidense a buscar una solución negociada: la mayoría de importaciones en la diana, especialmente la soja o los coches, se producen en Estados de mayoría republicana.


“Ningún intento de poner a China de rodillas a través de amenazas e intimidación ha tenido nunca éxito y tampoco lo tendrá en esta ocasión”, aseguró el portavoz del Ministerio de Exteriores, Geng Shuang, informó AFP. China, dijo, está dispuesta a dialogar en materia comercial, “pero la oportunidad de consultas y negociación ha sido omitida por EE UU una y otra vez”, en referencia a las varias solicitudes recientes que el país ha enviado a Washington a través de la OMC.


Wilbur Ross, secretario de Comercio de EE UU, quitó hierro a la escalada arancelaria y dijo el gravamen chino tendrá muy poco efecto, ya que solo representa el 0,3% del Producto Interior Bruto (PIB).


La ofensiva ya ha empezado. En los últimos días, China y EE UU ya han oficializado subidas de aranceles a mercancías por 6.000 millones de dólares (3.000 por cada banda) que incluyen los impuestos al acero y aluminio chinos de Washington, por un lado, y la carne de cerdo, ciertas frutas, vino y tubos de acero que impuso Pekín, por otro. Son cifras mínimas teniendo en cuenta que el comercio bilateral alcanzó el año pasado los 630.000 millones. Pero la entrada en vigor de esta segunda ronda de tarifas supondría agudizar el conflicto.

 

AMANDA MARS / XAVIER FONTDEGLÒRIA
Washington / Pekín 5 ABR 2018 - 01:43 COT

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