Greenwald y Keller

Recientemente el periodista Bill Keller, de The New York Times, retó a Glenn Greenwald, ex reportero del diario británico The Guardian que reveló las filtraciones de Edward Snowden. Cubadebate comparte con sus lectores esta extraordinaria esgrima verbal entre dos modelos de periodismo, texto que ha traducido el sitio Ventana Política, del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba.

 

Mucha de la especulación acerca del futuro de las noticias se centra en el modelo empresarial: ¿Cómo generaremos ingresos para pagar a quienes recopilan y difunden las noticias? Pero la prejudicial influencia del Internet da lugar a otras cuestiones profundas con respecto a lo que se está tornando el periodismo, a su carácter esencial y valores. La columna de esta semana es una conversación — una polémica (mayormente) civil — entre dos puntos de vista muy diferentes de cómo el periodismo lleva a cabo su misión.

 

Glenn Greenwald hizo público probablemente el mayor artículo periodístico del año, las revelaciones de Edward Snowden acerca del inmenso aparato de vigilancia de la Agencia de Seguridad Nacional. Además, ha criticado abiertamente el tipo de periodismo que se practica en lugares como The New York Times, y ha abogado por un tipo de periodismo más activista, más parcial. A principios de este mes anunció que pasaba a formar parte de una nueva empresa periodística, con el apoyo del multimillonario de eBay, Pierre Omidyar, quien prometió invertir 250 millones de dólares y "tirar a la basura las viejas reglas." Yo invité a Greenwald a que se me sumara en un intercambio en línea acerca de lo que eso significa exactamente.

 

Estimado Glenn:

 

Llegamos al periodismo provenientes de diferentes tradiciones. Yo he pasado mi vida trabajando en periódicos que dan mucha importancia a la cobertura progresista pero imparcial, que esperan que reporteros y redactores se reserven sus opiniones a menos que se reubiquen (como lo hice yo) en las páginas identificadas claramente como la portada de opinión. Usted proviene de una tradición más activista — primero como abogado, luego como bloguero y columnista, y más recientemente como parte de una nueva empresa periodística independiente financiada por el fundador de eBay, Pierre Omidyar. Su redacción procede de un punto de vista expuesto claramente.

 

En un anuncio publicado por Reuters este verano, el crítico periodístico Jack Shafer celebró la tradición del periodismo parcial — "De Tom Paine a Glenn Greenwald" — y lo comparó a usted con lo que llamó "el ideal empresarial." No explicó la frase, pero no creo que la haya empleado de manera positiva. Henry Farrell, bloguero de The Washington Post, escribió más recientemente que publicaciones como The New York Times y The Guardian "tienen relaciones políticas con los gobiernos, por lo que temen publicar (y por ende validar) cierta clase de informaciones", y sugirió que su nuevo proyecto con Omidyar representaría un gran escape a tales relaciones.

 

Encuentro bastante que admirar en la historia estadounidense de periodistas defensores, que van desde los autores de panfletos hasta los sensacionalistas, hasta el Nuevo Periodismo de los 60 y hasta lo mejor de los blogueros activistas de la actualidad. En el mejor de los casos, su fortaleza y pasión han estimulado las verdaderas reformas (con frecuencia, como en la Era Progresista, gracias a las "relaciones políticas de los periodistas con los gobiernos"). Espero que la cobertura que usted ofreció acerca de la vigilancia hiperactiva de la Agencia Nacional de Seguridad conlleve a alguna responsabilidad inmediata.

 

Pero el tipo de periodismo que practican The Times y otras organizaciones de prensa convencionales — en el mejor de los casos — también incluye bastante de qué enorgullecerse, revelaciones desde Watergate hasta la tortura y las prisiones secretas para la malversación de la industria financiera, e incluso algunas revelaciones previas a las de Snowden acerca del abuso de autoridad de la Agencia de Seguridad Nacional. Esos son casos que saltan a la mente, pero usted encontrará ejemplos casi en cada reportaje diario. Los periodistas en esta tradición tienen muchas opiniones, pero dejarlas a un lado para seguir los hechos — como se supone que un juez en un tribunal aparte los prejuicios para seguir la ley y la evidencia — a menudo puede tener resultados más sustanciales y más creíbles. La prensa convencional ha tenido sus fracasos — episodios de credibilidad, equivalencia falsa, sensacionalismo y falta de atención — por los que hemos sido merecidamente azotados. Espero que usted diga: no han sido suficientemente azotados. Así que le paso el azote.

 

Estimado Bill:

 

No existe cuestión alguna en que los periodistas en las sedes de los medios de prensa, ciertamente incluyendo al The New York Times, hayan producido alguna cobertura extraordinaria en las últimas dos décadas. No pienso que alguien discuta que lo que se ha tornado (bastante recientemente) el modelo estándar para un reportero — ocultando las perspectivas subjetivas propias o lo que parecen ser "opiniones" — excluya al buen periodismo.

 

Pero asimismo este modelo ha generado mucho periodismo atroz y algunos hábitos tóxicos que debilitan la profesión. Un periodista que se aterrorice de salir a expresar cualquier opinión muchas veces estará libre de frases declaratorias con respecto a la verdad, optando en cambio por una formulación cobarde e inútil de "esto-es-lo-que-ambas-partes-dicen-y-yo-no-voy-a-resolver-los-conflictos". Esto recompensa la deshonestidad por parte de los funcionarios políticos y empresariales que saben que pueden confiar en periodistas "objetivos" para ampliar sus falsedades sin desafíos (por ejemplo, la cobertura se reduce a "X dice Y" en lugar de "X dice Y, y eso es falso").

 

Lo que es peor aún, esta coacción asfixiante con respecto a cómo se permite a los reporteros expresarse genera una forma de periodismo estéril que se torna tanto incapaz como aburrido. El no llamar tortura a la "tortura" porque funcionarios del gobierno exigen el empleo de un eufemismo más agradable, o el identificar perezosamente una afirmación cuya verdad es demostrable con una cuya falsedad se puede probar, priva al periodismo de su pasión, vigor, vitalidad y esencia.

 

Lo peor de todo es que este modelo se basa en una concepción falsa. Los seres humanos no son máquinas impulsadas por la objetividad. Todos nosotros de manera intrínseca percibimos y procesamos el mundo a través de prismas subjetivos. ¿Qué sentido tiene fingir lo contrario?

 

La distinción relevante no está entre los periodistas que tienen opiniones y los que no las tienen, porque esta última categoría es mítica. La distinción relevante está entre los periodistas que revelan honestamente sus suposiciones subjetivas y valores políticos y aquellos que de manera deshonesta fingen no tener ninguna o las ocultan de sus lectores.

 

Por otra parte, todo periodismo es una forma de activismo. Cada elección periodística necesariamente comprende suposiciones altamente subjetivas — de tipo cultural, político o nacionalista — y sirve a los intereses de una facción o de otra. El antiguo abogado del Departamento de Justicia de Bush, Jack Goldsmith, en el 2011 elogió lo que llamó "el patriotismo de la prensa estadounidense", refiriéndose a su lealtad de proteger los intereses y las políticas del gobierno de los Estados Unidos, lo que pudiera (o no) ser una acción noble, pero definitivamente no es objetiva: es bastante subjetiva y clásicamente "activista."

 

Pero en última instancia, la única medida real del periodismo que debe importar es la exactitud y la fiabilidad. Yo personalmente creo que revelar honestamente en lugar de esconder nuestros valores subjetivos hace al periodismo más sincero y fidedigno. No obstante, ningún periodismo — del más "objetivo" desde el punto de vista estilístico al más descaradamente dogmático — posee ningún valor real si no se basa en hechos, evidencias, e información comprobable. La afirmación de que periodistas abiertamente dogmáticos son incapaces de producir un buen periodismo es absolutamente tan inválida como la afirmación de que la artificiosa forma de periodismo libre de perspectivas no puede hacerlo.

 

Estimado Glenn:

 

No los veo como reporteros fingiendo no tener opiniones. Los veo como reporteros, como una disciplina ocupacional, postergando sus opiniones y dejando que la evidencia hable por sí misma. Y lo que importa es que este no es sólo un ejercicio individual, sino una disciplina institucional, con redactores que tienen la tarea de desafiar a los escritores si han desestimado hechos o argumentos opuestos que los lectores pudieran querer saber.

 

Lo importante es que una vez que hayas declarado públicamente tus "suposiciones subjetivas y valores políticos", es la naturaleza humana querer defenderlos, y se torna tentador omitir o minimizar los hechos, o formular los argumentos de forma tal que apoyen el punto de vista que has declarado. Y algunos lectores, al saber que escribes desde la izquierda o la derecha, mirarán tu cobertura con justificada desconfianza. Por supuesto que lo podrían hacer de cualquier modo — pasando por alto cualquier cosa que lean porque aparezca en el "liberal" The New York Times — pero considero que la mayoría de los lectores confían más en nosotros porque sienten que hemos hecho la debida diligencia, y no sólo expuesto los argumentos. (Una vez vi una encuesta de opinión donde se preguntó a los lectores del The Times si consideraban que esta publicación era "liberal." La mayoría dijo que sí. Entonces les preguntaron si The Times era "imparcial." Una gran mayoría dijo que sí. Supongo que puedo vivir con eso). En estos momentos trabajo en el campo de la opinión, pero como reportero y redactor de noticias he definido mi trabajo no cómo decir a los lectores lo que pienso, o decirles lo que deben creer, sino decirles lo que necesitan saber para decidir por ellos mismos. Usted está en lo cierto, por supuesto, con respecto a que algunas veces los resultados de ese proceso son menos emocionantes que una fuerte polémica.

 

En ocasiones el juego limpio se convierte en equivalencia falsa, o se percibe como un eufemismo. Pero es simplista decir, por ejemplo, a menos que utilice la palabra "tortura", que usted ha fracasado ante una prueba de coraje, o que encubre al diablo. Claro que considero el waterboarding (ahogamiento simulado) una tortura. Pero si un periodista me ofrece una descripción vívida delwaterboarding, observa la larga línea de regímenes monstruosos que lo han practicado, y luego expone el debate legal en cuanto a si se viola un estatuto o acuerdo internacional específico, no me interesa si emplea la palabra o no. Yo estoy contento — y completamente equipado — para sacar mis propias conclusiones.

 

Si Jack Goldsmith, antiguo abogado de la administración de Bush, hubiera elogiado a la prensa estadounidense, citando las propias palabras que usted emplea, por "su lealtad de proteger los intereses y las políticas del gobierno de los Estados Unidos", entonces yo estaría fuertemente en desacuerdo con él. Nosotros hemos publicado muchos artículos que desafiaron las políticas e intereses declarados por el gobierno. Pero eso no es exactamente lo que dice Goldsmith. Él plantea que The Times y otros medios de difusión importantes toman seriamente en cuenta los argumentos de que publicar algo perjudicará la seguridad nacional — lo que podría significar que alguien resultara asesinado. Eso es verdad. Nosotros escuchamos con respeto tales afirmaciones, y luego tomamos nuestras propias decisiones. Si no estamos convencidos, en ocasiones publicamos a pesar de las fuertes objeciones del gobierno. Si estamos convencidos, esperamos o no damos a conocer detalles. La primera vez que me enfrenté a una decisión de esa índole fue en 1997 cuando era redactor extranjero, y un reportero aprendió de un conflicto entre Rusia y Georgia, antigua república soviética, qué hacer con un alijo de uranio altamente enriquecido dejado atrás luego de la desintegración de la Unión Soviética. El conflicto fue una noticia interesante. Pero cuando el reportero verificó resultó ser que el arsenal estaba completamente sin protección, a disposición de cualquier terrorista que quisiera fabricar una sucia bomba. Nos pidieron reservarnos el artículo hasta que se cercara y resguardara el material — y así lo hicimos. No fue una decisión difícil.

 

¿Entonces cuál sería su política con respecto a publicar información que algunos consideran pone en peligro la seguridad nacional? (Comprendo que esta no es una pregunta totalmente hipotética). ¿Usted les permitiría al menos tratar de exponer los argumentos?

 

Estimado Bill:

 

¿Por qué esos reporteros que ocultan sus opiniones habrían de estar menos tentados por la naturaleza humana a manipular su cobertura que aquellos que son honestos en cuanto a sus opiniones? En todo caso, ocultar sus puntos de vista, le ofrece a un reportero más libertad para manipular su cobertura puesto que el lector desconoce esos pareceres ocultos y por ende le es imposible tomarlos en consideración.

 

Por ejemplo, yo desconocía hasta bien transcurrido el hecho, de que John Burns [corresponsal del Times] ocultó algunas opiniones bastante favorables acerca del ataque a Irak. Él no solo admitió en el 2010 y 2011 que no logró anticipar la matanza y destrucción masiva que ocasionaría la invasión, sino que además consideró a los soldados invasores de los Estados Unidos como "ángeles del Señor" y "libertadores." ¿Eso lo hace ser un activista en lugar de un periodista? Yo no lo creo. Sin embargo, como lector, realmente desearía haber conocido sus opiniones ocultas en el momento que reportaba acerca de la guerra para haber podido tomarlas en consideración.

 

Pienso que es muy difícil argüir que el tono aparentemente "objetivo" exigido por los grandes medios de comunicación eleve la confianza pública, dada la tan baja estima que le merecen al público esas instituciones del sector de los medios de comunicación. Mucho más allá de las preocupaciones relativas a la parcialidad ideológica, el fracaso de la credibilidad de los medios de comunicación es el resultado de cosas tales como el apoyo al gobierno de los Estados Unidos a divulgar falsedades que originaron la guerra en Irak, y de manera más general, la sumisión ciega al poder político: patologías exacerbadas por la prohibición de noticias concernientes al esclarecimiento de cualquier afirmación declaratoria relacionada con las palabras y acciones de funcionarios políticos por miedo a que se nos acuse de ser imparciales.

 

En cuanto a tomar en cuenta los peligros que existen para las vidas inocentes antes de la publicación: nadie cuestiona que los periodistas deben hacerlo. No obstante, no le concedo un valor agregado a las vidas de estadounidenses inocentes en comparación con las vidas de individuos inocentes no estadounidenses, ni sentiría especial lealtad por el gobierno de los Estados Unidos con respecto a otros gobiernos a la hora de decidir qué publicar. Cuando Goldsmith elogió el "patriotismo" de los medios de difusión estadounidenses, quiso decir que los medios informativos de este país profesan especial lealtad a las opiniones e intereses del gobierno de los Estados Unidos.

 

Supongo que uno puede argumentar que así es como debe ser. Pero cualquiera que sea el modo de pensar, ciertamente no es "objetivo". Es nacionalista, subjetivo y activista, lo que es mi cuestión principal: todo periodismo es subjetivo y una forma de activismo, incluso si se intenta fingir que no lo es.

 

No tengo ninguna objeción con respecto al proceso mediante el cual se permite a la Casa Blanca hacer aportes antes de la publicación de secretos confidenciales.

 

En efecto, WikiLeaks, defensor de la transparencia radical transparencia, fue a la Casa Blanca y solicitó orientación antes de publicar los diarios de guerra de Iraq y Afganistán, pero la Casa Blanca se negóa responder, y entonces tuvo la osadía de criticar a WikiLeaks por publicar materiales que se dice deberían no ser revelados. Ese proceso previo a la publicación es tanto razonable desde el punto de vista periodístico (los periodistas deben obtener la mayor cantidad de información relevante que les sea posible antes de tomar decisiones de publicación) y sensato desde el punto de vista legal (todo abogado de la Ley de Espionaje dirá que tal consulta puede ayudar a demostrar la intención periodística a la hora de publicar dichos materiales). Para todas las coberturas de la Agencia Nacional de Seguridad que he hecho — no sólo para The Guardian sino para los medios de difusión de todo el mundo — los redactores han notificado a la Casa Blanca antes de proceder a su publicación (aunque en la inmensa, inmensa mayoría de los casos, no se tuvieron en cuenta sus exigencias de omitir información por falta de razones específicas en favor de tales supresiones).

 

Mi objeción no es con respecto a ese proceso como tal, sino a instancias específicas que conllevan a la supresión de información que debe hacerse pública. Sin rencor intencionado, considero que la decisión del The Times en el 2004 de no sacar a la luz el artículo de Risen/Lichtblau de la Agencia de Seguridad Nacional a solicitud de la Casa Blanca de Bush fue uno de los casos más atroces de esa índole, pero existen muchos otros.

 

En esencia, veo el valor del periodismo sobre la base de una misión que comprende dos aspectos: proporcionar al público una información fiel y de vital importancia, y su capacidad única de realizar una verificación verdaderamente confrontacional a quienes están en el poder. Cualquier reglamento no escrito que afecte alguno de esos dos flancos es el que considero como una antítesis al verdadero periodismo y no se debe tomar en cuenta.

 

Estimado Glenn:

 

"Nacionalista," la palabra que usted utiliza para referirse al "modo de pensar" de la prensa estadounidense, es una marca que lleva cierta carga repugnante. Es el lado oscuro de la palabra "patriótico" (igualmente superficial). Sugiere lealtad ciega y chovinismo. Supongo que no lo usa por casualidad. Y yo por casualidad tampoco lo puedo dejar así.

 

The New York Timeses global cuando se trata de recopilación de noticias (31 oficinas fuera de los Estados Unidos), de su plantilla (de entrada, nuestro funcionario ejecutivo principal es británico) y especialmente de su público. Pero es, desde sus orígenes, una empresa estadounidense. Esa identidad conlleva a beneficios y a obligaciones. Los beneficios incluyen una constitución y una cultura que, en comparación con la mayor parte del mundo, favorece la libertad de prensa. (Es por tal razón que los editores suyos en The Guardian se nos han acercado en más de una ocasión para asociarnos en empresas periodísticas delicadas — buscando refugio de la Ley de Secretos Oficiales de Gran Bretaña al amparo de nuestra Primera Enmienda). Las obligaciones incluyen, ante todo, imputar la responsabilidad al gobierno cuando viole nuestras leyes, falte a nuestros valores, o no logre estar a la altura de sus responsabilidades. Hemos consumido una gran energía periodística al poner a la luz la corrupción y opresión en otros países, pero la responsabilidad comienza en casa.

 

Como cualquier empeño de los seres humanos, el nuestro no es perfecto, y algunas veces decepcionamos. Los críticos de la izquierda, incluyéndolo a usted, se indignaron al saber que mantuvimos en secreto el artículo de la escucha clandestina de la Agencia de Seguridad Nacional por más de un año, hasta tanto estuve satisfecho de que el interés público pesara más que cualquier posible daño a la seguridad nacional. Los críticos de la derecha se enfurecieron aún más cuando publicamos en el 2005. Las personas honorables pudieran estar en desacuerdo con tales decisiones de publicar o no publicar. Pero esas opiniones fueron el resultado de un cálculo largo, difícil e independiente, de sopesar riesgos y responsabilidades, no por "lealtad al gobierno de los Estados Unidos."

 

A propósito, ya que menciona a WikiLeaks, una de nuestras principales preocupaciones al convertir esos documentos en artículos periodísticos en el 2010 era evitar poner en peligro a informantes inocentes — no a estadounidenses, sino a disidentes, eruditos, defensores de los derechos humanos o civiles corrientes cuyos nombres se mencionaron en los cables clasificados desde puestos de avanzada extranjeros. La actitud de WikiLeaks con respecto a ese asunto fue una cruel indiferencia. Según David Leigh, investigador del The Guardian a cargo de ese artículo, Julian Assange dijo: "si los matan, se lo merecen." (Assange niega haberlo dicho, pero la trayectoria de David Leigh le da bastante credibilidad). El ejecutivo de Google Eric Schmidt dijo que Assange le había comentado que hubiera preferido que no hubiera redacciones. En varias ocasiones he dicho que Julian Assange y WikiLeaks deben tener derecho a la misma libertad de prensa que The New York Times. Pero no finjamos que tienen el mismo sentido de responsabilidad.
¿Un nuevo asunto?

 

Pierre Omidyar, su nuevo empleador, cree que ha visto el futuro del periodismo, y que se parece a usted. En una entrevista para la NPR (Radio Nacional Pública), Omidyar dijo que "la confianza en las instituciones está disminuyendo" y ahora el "público quiere relacionarse con personalidades". Por eso está creando una constelación de estrellas, solistas "llenos de pasión" e investigadores defensores. Sé que usted no habla por Omidyar, pero tengo algunas interrogantes acerca de cómo usted ve este nuevo mundo.

 

En primer lugar, se ha vuelto un cliché de nuestro negocio/profesión/oficio que los periodistas se forjen como "marcas" individuales. Sin embargo, el periodismo — en particular la materia más difícil, como lo es el periodismo investigativo — se beneficia inmensamente del apoyo institucional, incluyendo a un personal técnico que sabe cómo aprovechar al máximo una base de datos, redactores y verificadores de hechos que enriquecen los artículos, diseñadores gráficos que ayudan a complicar los temas comprensibles y, no menos importantes, abogados quienes están sumidos en la libertad-de-información y en la ley de la Primera Enmienda. En la cobertura de Snowden, usted trabajó dentro de la estructura institucional del The Guardian y, por un tiempecito, del The Times. ¿Entonces qué tiene de diferente la nueva empresa? ¿Será solamente una institución periodística con otro nombre?

 

En Segundo lugar, en una entrevista con mi viejo amigo David Cay Johnston usted dijo que la cobertura de los gobiernos y de otras grandes instituciones está próxima a cambiar de manera radical debido a la omnipresencia del contenido digital. Los gobiernos y negocios dependen de inmensos tesoros de información. Todo lo que se necesita, según usted, es acceso y una conciencia atribulada para crear a un Edward Snowden o a un Bradley Manning. No obstante, me parece que se necesita algo más: una voluntad de arriesgarlo todo. Manning está cumpliendo 35 años de condena en prisión por las revelaciones en WikiLeaks, y Snowden se enfrenta a una vida en el exilio. Las mismas herramientas digitales que facilitan el leak (filtración de información) a su vez hacen difícil que puedas evitar que no te agarren. Esa es una razón por la que a mi entender la abrumadora preponderancia de la cobertura investigativa aún viene tras reporteros que cultivan fuentes confiables durante meses o años, no de aquellos con acceso a información confidencial que de repente deciden confiar un dispositivo portátil de almacenamiento lleno de secretos a alguien que no conocen. ¿En verdad cree usted que Snowden y Manning representan el futuro del periodismo investigativo?

 

Y, en tercer lugar, ¿será lo Nuevo de Pierre Omidyar una monocultura política, o espera usted que haya otros Glenn Greenwalds de la derecha a bordo?

 

De vuelta a usted.

 

Estimado Bill:

 

Para entender lo que quiero decir con "nacionalista," examinemos el ejemplo que hemos discutido: la no utilización de la palabra "tortura" por parte del The New York Times para describir las técnicas de interrogatorio de la era de Bush. Usted dice que el empleo de esta palabra es innecesario puesto que usted describió las técnicas de manera detallada. Eso está bien: pero The New York Times (junto con otros medios de comunicación) sí usó la palabra "tortura" sin reservas para referirse a las mismas técnicas — al ser empleadas por países que son adversarios de los Estados Unidos. A eso es a lo que me refiero con "nacionalismo": a tomar decisiones periodísticas para conducir y promover los intereses del gobierno estadounidense.

 

No me refiero al término despectivamente (al menos no de forma absoluta), sólo de manera descriptiva, lo que demuestra que todo periodismo responde a un punto de vista y a un grupo de intereses que representar, incluso cuando se han hecho esfuerzos para ocultarlo.

 

En lo que concierne a la diferencia entre WikiLeaks y The New York Times: The Guardian (conjuntamente con The New York Times) tiene una amarga y prolongada enemistad con Assange (ahora que ya han sacado provecho de sus documentos), así que yo personalmente no asumiría su inherente credibilidad en conflictos relacionados con lo que se dijo o no en privado. Sobre la base de todo lo que he visto, ni Assange ni WikiLeaks tienen el más remoto deseo de poner en peligro a personas inocentes. Más bien lo contrario: ellos han tratado diligentemente de redactar nombres de inocentes, y enviarlos a la Casa Blanca para sus aportes antes de la publicación (lo que fue injustificadamente negado). Además, la única vez que se hizo público un inmenso tesoro de documentos no editados fue, irónicamente, cuando el periodista que usted mencionó (no uno relacionado con WikiLeaks) publicó la contraseña del archivo en su libro.

 

No obstante, en un sentido más amplio: incluso si uno fuera a asumir como argumento que la transparencia más agresiva de WikiLeaks pudiera ocasionalmente traducirse en revelaciones excesivas (proposición que rechazo), la postura más amigable al gobierno por parte de The New York Times y de medios de prensa similares con frecuencia genera su propio periodismo bastante perjudicial. No fue WikiLeaks quien lavó afirmaciones oficiales falsas con respecto a las armas de destrucción masiva de Saddam y a la alianza con Al Qaeda en su primera página bajo la capa de "noticias" para ayudar a comenzar una guerra atroz. No es WikiLeaks quien de manera habitual ofrece anonimato a funcionarios de los Estados Unidos para permitirles divulgar mitologías que exaltan a los dirigentes o calumnias bastante tóxicas de los detractores del gobierno sin ninguna responsabilidad.

 

No es WikiLeaks quien estampa acusaciones increíblemente incendiarias acerca de aquellos estadounidenses que denuncian la existencia de prácticas ilegales dentro de su organización sin la más mínima evidencia. Y no fue WikiLeaks el que permitió al pueblo de los Estados Unidos reelegir a George Bush mientras sabía, pero ocultaba, que él escuchaba sus conversaciones a escondidas exactamente de la misma manera en que lo prohibía el derecho penal.

 

En cuanto a la nueva empresa que estamos creando con Pierre Omidyar: aún estamos ideando cómo será, cómo estará estructurada y demás, así que mi capacidad para dar respuesta a algunas de sus preguntas es limitada. No obstante, puedo abordar varias cuestiones que plantea.

 

Somos de la absoluta opinión que redactores fuertes y experimentados son vitales para el buen periodismo, y es nuestra intención tener muchos de ellos. Es necesario que los redactores garanticen el mayor nivel de fidelidad factual, verifiquen las afirmaciones claves, y ayuden a los periodistas a tomar decisiones que eviten perjudicar a inocentes.

 

Pero no necesitan imponer reglas estilísticas obsoletas, ni apagar la voz y pasión exclusivas de los periodistas, ni impedir ningún tipo de afirmación declaratoria cuando funcionarios de alto nivel recurren a evasivas, o exigen eufemismos solicitados por el gobierno en lugar de aclarar los términos según los hechos, o confieren una categoría superior a las declaraciones oficiales o exigencias oficiales de supresión. En resumen, los redactores deben estar ahí para facultar y posibilitar al periodismo acusatorio agresivo, fuerte y altamente factual, no para servir de control en aras de neutralizar o suprimir el periodismo.

 

Intentamos abordar las afirmaciones de las más poderosas facciones con escepticismo, no con reverencia. Las aseveraciones oficiales son nuestro punto de partida para investigar ("El funcionario A dijo X, Y y Z hoy: ahora veamos si esa es la verdad"), no la pura verdad sobre la que versa la creación de nuestros relatos ("X, Y y Z, dice el funcionario A").

 

En lo que a las fuentes respecta, en verdad no entiendo la distinción que usted cree que existe entre Snowden y fuentes más tradicionales.

 

Snowden acudió a periodistas que trabajan para periódicos entre los más respetados del mundo. Los "dispositivos portátiles de almacenamiento" no nos caían simplemente del cielo: trabajamos por un tiempo bastante prolongado para establecer una relación de confianza y desarrollar un marco que nos permita informar sobre estos materiales. ¿En qué difiere eso de la decisión de Daniel Ellsberg de llevar los Papeles del Pentágono al The Times a principios de 1970?

 

Habiendo dicho todo esto, usted menciona un asunto interesante e importante con respecto a los riesgos para las fuentes. Pero no sólo personas como Manning y Snowden enfrentan acusaciones y prolongados períodos en prisión. Estadounidenses que acudieron a medios de comunicación más tradicionales para denunciar la existencia de prácticas ilegales dentro de su organización — como Tom Drake y Jeffery Sterling — también enfrentan cargos por delitos graves ante una administración que, como dijo el antiguo consejero jurídico general de su diario, James Goodale, se ha mostrado más vengativa al atacar el proceso de recopilación de noticias que cualquiera desde Richard Nixon.

 

E incluso periodistas en este proceso, como el galardonado con el Premio Pulitzer de su diario, Jim Risen, enfrenta la real amenaza de ir a prisión.

 

La situación de miedo que se ha generado de manera deliberada significa que, como plantea Jane Mayer del The New Yorker, el proceso de recopilación de noticias ha llegado a un "punto muerto." Muchos reporteros de seguridad nacional del Times, tales como Scott Shane, han emitido similares advertencias: que en estos momentos las fuentes temen usar los medios tradicionales de trabajo con los reporteros a causa de la agresividad de la administración de Obama. Obviamente, la vigilancia omnipresente exacerba en gran medida este problema, puesto que la recopilación de todos los metadatos imposibilita casi totalmente la comunicación entre una fuente y un periodista sin conocimiento del gobierno.

 

Entonces sí: conjuntamente con las nuevas tecnologías para aumentar la privacidad, yo sí pienso que denunciantes valientes e innovadores como Manning y Snowden son de crucial importancia para abrir en alguna medida esta oscuridad y ofrecer algo de luz. El denunciar los actos negativos del gobierno llevados a cabo en secreto no debiera traer aparejado un coraje extremo y la voluntad de ir a prisión por décadas o incluso de por vida. Sin embargo, así es. Y ese constituye un inmenso problema para la democracia, que todos los periodistas deberían combatir de conjunto. La reclamación de las libertades básicas de prensa en los Estados Unidos constituye un impulso importante para nuestra nueva empresa.

 

Acerca de si nuestra nueva empresa estará ideológicamente homogeneizada: la respuesta es "sin dudas no." Damos la bienvenida y aceptamos a quienquiera que se dedique al verdadero periodismo acusatorio sin tener en cuenta dónde se clasifique en el espectro político, y si ha estado hablando con periodistas conservadores así: verdaderos conservadores, no la interpretación de "conservadores" de la Costa Oriental como es el caso de David Brooks.

 

La ideología que nos impulsa es el periodismo de responsabilidad basado en una rigurosa fidelidad factual.

 

Estimado Glenn:

 

Su aparente desdén por David Brooks es revelador. Supongo que lo que lo descalifica de la categoría que usted propone de "verdaderos conservadores" es que él pone la razón por encima de la pasión y en ocasiones encuentra una confluencia. De la misma forma en que Lenin despreciaba a los liberales, en que el Tea Party se resiste a los republicanos moderados, así mismo usted parece reservar su desdén más perspicaz para la moderación, para el compromiso. Eche un vistazo al Washington de hoy y dígame cómo está resultando.

 

Estamos de acuerdo, por supuesto, en que el afecto de la actual administración por la Ley de Espionaje y la disposición de apresar a reporteros que protegen a sus fuentes ha generado un clima hostil para todo tipo de cobertura investigativa. Concordamos en que eso es deplorable y perjudicial para la democracia.

 

También existen otras cosas en las que coincidimos, pero no se suponía que este intercambio fuera para encontrar nuestros puntos comunes, así que antes de cerrar me gustaría volver una vez más a lo que considero es nuestro desacuerdo fundamental.

 

Usted insiste en que "todo periodismo responde a un punto de vista y a un grupo de intereses que representar, incluso cuando se han hecho esfuerzos para ocultarlo." Y por ende, no tiene sentido tratar de ser imparcial. (Evito la palabra "objetivo," que sugiere un perfecto estado mítico de la verdad). Es más, caso tras caso, donde participan los medios convencionales, usted, Glenn Greenwald, está convencido de que sabe lo que es controlar ese "grupo de intereses". Nada es tan inocente como el sentido de juego limpio o la determinación de dejar que el lector decida; debe ser alguna fidelidad servil a fuerzas políticas poderosas.

 

A mi juicio, la imparcialidad es una aspiración que vale la pena en el periodismo, incluso cuando no se alcance totalmente. Entiendo que en la mayoría de los casos te acerca a la verdad, porque impone una disciplina de verificar todas las suposiciones, incluyendo en gran medida las propias. Esa disciplina no llega de manera natural. Considero que el periodismo que comienza desde una predisposición declarada en público es menos propenso a encontrar la verdad, y tiene menos posibilidades de convencer a los que ya no están convencidos. (Evidencia A: cadena de noticias Fox News). Y sí, los escritores son más propensos a manipular la evidencia para sostener un punto de vista declarado que uno mantenido en privado, porque el orgullo está en riesgo.

 

Usted señala acertadamente que esta búsqueda de la justicia es un principio relativamente nuevo en el periodismo estadounidense. Un lector no tiene que retroceder mucho en los archivos — incluidos los archivos de este periódico — para hallar el tipo de periodismo abiertamente dogmático que usted aprueba. Tiene el "alma" que usted ansía. Pero para un oído moderno, a menudo suena sermoneador, y sospechoso.

 

A mi entender, la necesidad de un periodismo imparcial es más grande de lo que alguna vez fue, porque hoy vivimos en un mundo de medios de difusión basados en afinidad, donde los ciudadanos pueden construir, y lo hacen, cámaras de ecos de sus propias creencias. En general, es demasiado fácil sentirse "informado" sin nunca toparse con información que desafíe nuestros prejuicios.

 

Hace poco usted señalaba que las encuestas demuestran una mala opinión del público estadounidense con respecto a los medios informativos. Afirmó — considero sobre la base de ninguna evidencia — que esta estima en decadencia es el resultado de la "sumisión ciega al poder político." ¿En serio? Me parece más verosímil que el menoscabo del respeto por los medios de comunicación de los Estados Unidos — categoría que incluye todo desde mi periódico, hasta el USA Today, el Rush Limbaugh, el National Enquirer, y los noticieros locales que se basan en noticias sensacionalistas — se explica por el hecho de que mucho de él es trivial, superficial, sensacionalista, redundante y, sí, ideológico y polémico.

 

Le ofrezco la última palabra, y entonces podemos dar paso a los usuarios, en caso de que alguno haya llegado hasta aquí.

 

Glenn, le deseo suerte en la nueva empresa, y espero que inspire a más multimillonarios a invertir dinero en el periodismo. Si me permite darle un consejo no solicitado. Hay muy poco de lo que usted ha mencionado en este intercambio que no se haya dicho antes en las páginas del The Times, aunque en un lenguaje menos cargado. La autocrítica y la corrección, de las cuales poseo gran experiencia, no son divertidas, pero son tan saludables para el periodismo como la independencia, y constituyen una reverencia a la verdad. La humildad es tan querida como la pasión. Así que mi consejo es: Aprenda a decir: "Estábamos equivocados."

 

Estimado Bill:

 

Sólo me restan un par de asuntos rápidos para concluir.

 

Mi "desdén" por David Brooks se basa en los años que lleva animando la guerra extrema y la veneración de una clase política de élite que ha generado poco más que un lamentable fracaso y corrupción. No veo en lo absoluto nada de moderado en él. Yo sólo señalaba que si usted quiere enorgullecerse de contratar a conservadores para que escriban en su periódico, mal puede él representar tal movimiento.

 

Pienso que existe algún juego semántico en la forma que escoge para resumir nuestro debate. Mi visión del periodismo sin lugar a dudas requiere tanto justicia como una adhesión rigurosa a los hechos. No obstante, entiendo que esos valores se promueven siendo honestos acerca de nuestras propias perspectivas y suposiciones subjetivas en lugar de asumir un tono de todo-lo-sabe, de neutralidad que da a entender equivocadamente que los periodistas residen más allá de los puntos de vista normales y de las lealtades a las facciones que plagan al no periodista y al "activista" pavoroso.

 

Arraigado a la perspectiva institucional y a las metodologías para hacer reportajes del The New York Times existen todo tipo de suposiciones políticas y culturales bastante discutibles y subjetivas acerca del mundo. Y salvo algunas nobles excepciones, The Times, por diseño o de cualquier otra forma, ha servido por mucho tiempo a los intereses del mismo grupo de facciones poderosas y de élite. Su manera de reportar no es menos "activista," subjetiva o motivada por las opiniones que las nuevas voces de los medios de comunicación que desdeña en ocasiones con condescendencia.

 

Gracias por sus mejores deseos y por el intercambio que exhorta a la reflexión. Se lo agradezco.

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Sábado, 23 Noviembre 2013 10:01

El poder bajo la modernidad informática

El poder bajo la modernidad informática

José Pablo Feinmann estaba solo en el escenario del Auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional. Martín Sa-bbatella, anunciado como coequiper para la presentación del libro Filosofía política del poder mediático, ya se había excusado por su ausencia debida a un "problema personal", según contó Paula Pérez Alonso, editora de Planeta. El sello "esperaba que la gente se amontonara y que hubiera algún herido", bromeó el filósofo ante un centenar de personas. "Iba a venir Zaffaroni –continuó–, pero tenía que ir a un congreso en Brasil. Le mandé cartas insultantes, porque hay que pensar mucho cuando se elige Brasil y se desdeña la Biblioteca Nacional: es elegir a los enemigos de Artigas, a los masacradores de la Triple Alianza y a las tropas que entraron con Urquiza después de la Batalla de Caseros para derrotar a Rosas." No fueron sus únicos chistes ni los más festejados: el necesario ejercicio de reflexión sobre la "colonización de las subjetividades" del "poder mediático" estuvo signado por la seductora combinación de humor y pasión.

 

Se destaca que Feinmann estaba solo porque pronto dejó de estarlo. "Apelaré a un recurso estilístico: presentar la novela en tercera persona. Si no, voy a tener que decir 'yo' todo el tiempo, y uno de los señalamientos que me persiguen es el de mi vanidad." Entonces se desdobló en "presentador" y "autor", tipos que a su vez dialogaron con los fantasmas de otros intelectuales. "El autor intentó un abordaje del poder hegemónico de esta etapa de la modernidad, que es la informática: es decir, el poder mediático", sintetizó.


Contó que Filosofía política... abre con una cita "excepcional" de Mariano Moreno: "Los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice". La introducción también menciona el Facundo, "texto que este autor no se cansa de mencionar porque desea fervientemente escribir así". Feinmann subrayó que esa obra de Sarmiento mezcla ficción y no ficción, "una separación positivista y burda que condena a los libros a uno de esos géneros".


La del escritor demediado fue una de sus aplicaciones radioteatrales: aparecería la impostación de la voz al hablar en nombre del poder mediático, en clave orwelliana. "¡Tenemos los medios más potentes para llegar a ustedes! ¡Tenemos que lograr que piensen lo que queremos, porque la verdad no existe, es una conquista del poder!", proclamó.


Después, al sumergirse en una antropología de la verdad, recreó un confesionario y un consultorio, provocando la risa. "En la Edad Media, la verdad era la que Dios revelaba al Papa, que se la revelaba a los obispos, que se la revelaban a los sacerdotes, que confesaban a los pecadores. Luego el sacerdote enviaba la información al Vaticano, con lo cual era un sistema perfecto de control, al que Foucault llamó 'poder pastoral'. Más adelante –prosiguió–, reemplazó la relación del ciervo y el pastor por la del médico y el paciente. Eso lo llevó a dos análisis formidables: Historia de la locura en la época clásica y Vigilar y castigar." A partir de El panóptico, "librito" de Jeremy Bentham, Foucault llega a la sociedad panóptica. Y de ahí la idea de Feinmann de un Big Brother panóptico. "Desde éste nos espían, tema que ha entrado en estado público con Manning, con Assange, con la rebeldía de Dilma contra Estados Unidos y con la revelación de que Internet no es un juego inocente."


"En América latina, el verdadero partido político de la derecha es el poder mediático –sostuvo Feinmann–. Los medios han tomado la acción política que erosiona a los gobiernos llamados populistas. Para el neoliberalismo, un gobierno populista es como la peste, porque el neoliberalismo se caracteriza por la búsqueda de un Estado mínimo y un mercado desregulado. ¿Por qué quiere desregular el mercado? –se preguntó–. Porque si el mercado es regulado, ese accionar estará orientado en favor de los pequeños y medianos competidores. El mercado libre concentra el poder en los poderosos, por eso es antidemocrático."


Admirador de Sartre, concedió que "se le da también por largar frases sartreanas, como 'quien vive toda la vida bajo el señorío de los otros vive muerto'". "El autor cree que el poder mediático es tan poderoso que penetra hasta en el goce", indicó. Lo graficó así: "Un tipo va a trabajar a la mañana, lo aguanta al patrón; almuerza, trabaja más, vuelve a casa escuchando esos programas de radio horribles que se llaman Usted vuelve a su hogar; llega, saluda a su mujer, come algo y enciende la televisión. ¿Qué ve? Una mujer poderosa que logra ponerse el caño entre las nalgas. El tipo se queda atónito. '¿Cómo puede existir algo así?' Gira la cabeza, mira a su patrona y se lamenta. Se van a dormir y al día siguiente empieza de nuevo". La conclusión fue dolorosamente inclusiva: "Ese tipo vivió muerto".


Al respecto, Feinmann tiró un concepto medular de Filosofía política...: el culo idiotizante. "El autor considera al trasero como la imagen hegemónica de la modernidad informática, esencial al espíritu de dominación del capitalismo del siglo XXI", postuló. "El culo se mira en la modalidad de lo imposible, de lo castrante."


El risómetro alcanzó su ápice cuando el filósofo leyó el "Poema al pedo", de Francisco de Quevedo: "Si un día algún pedo toca tu puerta / no se la cierres, déjala abierta / Deja que sople, deja que gire / a ver si hay alguien que lo respire". Pero de vuelta sobre el punto de partida, cerró: "La verdad monopolizada es una sola verdad. Cuantos más medios posea el monopolio, más impondrá su verdad como de todos. El autor intenta demostrar que cuantas más voces alternativas existan, tendremos más oportunidades de escuchar verdades diferentes".

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Viernes, 22 Noviembre 2013 08:46

¿Una presidenta es mejor que un presidente?

¿Una presidenta es mejor que un presidente?

Amenudo antes de las elecciones –como las recientes en Chile o las próximas en Honduras– se escucha que mejor votar por las mujeres, ya que éstas son más sensibles y responsables que los hombres, defenderán mejor los derechos de sus compañeras, e incluso que por la condición de su género –objeto de la discriminación– son más progresistas por naturaleza.

 

La izquierda de buenos deseos o cultural que produce este tipo de pensamiento suele argumentar también que bastaría darles el poder a las mujeres para acabar de una vez con el patriarcado, el machismo, la depredación de la naturaleza, las guerras o con el capitalismo (¡sic!), argumento que ignora las relaciones de poder e intereses reales, o se contradice cuando, por ejemplo, bajo el lema de solidaridad con las mujeres afganas se suma a las guerras imperiales.

 

Aunque todo esto surge de una buena intención de oponerse a la dominación masculina, acaba en un cul de sac de la creencia que ser mujer es hacer mejor política o que las mujeres son mejores, simple inversión del machismo y visión equivocada que bien refuta por ejemplo Sara Sefchovich en ¿Son mejores las mujeres? (Paidós, 2011), subrayando que éstas no poseen virtudes particulares, que lo que cuenta en la política son las capacidades, no el género, y que la historia abunda en mujeres-dirigentes que perjudicaban la emancipación femenina y reproducían los esquemas represivos.

 

Igual que no toda mujer es un buen político, no todo el activismo femenino es bueno: en Chile fueron las mujeres quienes abrieron el camino al golpe y Lucía Hiriart de Pinochet era más feroz que su marido, no hizo nada para parar las atrocidades y fortaleció la agenda patriarcal de la dictadura. En la política lo que hace la diferencia no es el género, sino la formación y la conciencia de clase.

 

Sandra Russo, escribiendo sobre la violencia de género, apunta que la política no es un lugar indicado para el cuerpo femenino, que resulta incómodo tanto en el poder como en la microfísica de lo cotidiano ( Página/12, 5/10/13). Sin embargo –usando el mismo lenguaje biopolítico–, el solo hecho de colocarlo allí (al elegir por ejemplo a una presidenta) no basta para cambiar las relaciones de poder. Lo que importa es cómo esté configurada la geometría política: a favor de los arriba o los de abajo.

 

En Estados Unidos las mujeres son operadoras del complejo militar-industrial igual de eficientes que los varones (tanto las mujeres fálicas: Condoleezza Rice o Hillary Clinton, como Sarah Palin). Christine Lagarde es tan neoliberal como otros jefes del FMI y Angela Merkel es igualmente feroz en su austeridad (incluso su engañosa imagen de Mutti disfraza su impacto).

 

Del otro lado, en Argentina suceden cosas progresistas no porque Cristina Fernández sea mujer sino porque en su gobierno confluyeron demandas de diferentes sectores altamente politizados. En Honduras Xiomara Castro es una esperanza no por ser mujer sino por dar cabida a las exigencias transformadoras de movimientos sociales. Dilma Rousseff es una gran estadista, pero no más progresista que Lula.

 

La más obvia prueba de que lo que cuenta no es el género, sino el proyecto político, es Chile, donde en la segunda vuelta se medirán la socialista Michelle Bachelet y la pinochetista Evelyn Matthei. Dos mujeres, dos mundos opuestos.

 

Si gana Bachelet, seguro habrá avances en lo cultural: la ex presidenta (2006-2010) y ex jefa de la ONU-Mujer promete impulsar una ley de cuotas de equidad, el aborto terapéutico y los matrimonios igualitarios. No sería poco en un país tan conservador que apenas en 2004 legalizó el divorcio y prohíbe cualquier aborto, pero los verdaderos problemas no están allí.

 

Aunque hoy Bachelet promete eliminar los vestigios del pinochetismo (la Constitución, el sistema binominal), antes no hizo nada al respeto. Tampoco cuestionó el viejo modelo productivo basado en los infrasalarios y en la legislación laboral represiva. Ahora es poco probable que toque el patrón de acumulación, y habrá que ver en qué medida reformará los pilares del capitalismo chileno –el sistema de educación, salud y previsión–, donde se concentra la lucha de clases. Si garantizara, por ejemplo, la educación gratuita no será por ser mujer progresista, sino por la presión social. Pero incluso en un caso tan injusto como el sistema privado de pensiones –que de hecho también discrimina a las mujeres– apenas propone creación de una AFP estatal, sin tocar el modelo.

 

Frente a su programa lleno de vaguedades la propuesta más avanzada fue de un hombre (Marcel Claude), aunque la candidatura más subversiva fue de Roxana Miranda, líder popular de organización de vecinos, que no por ser mujer, sino por ser una mujer pobre que aspiraba al poder para que el pueblo mande, fue objeto de violencia simbólica: el mainstream criticaba su falta de preparación y redujo a esta pobre nana al nivel biológico, indagando por ejemplo su vida íntima, algo inimaginable con otras candidatas.

 

Hace más de 40 años, igual que hoy la izquierda cultural, la Unidad Popular creía ingenuamente que las mujeres eran mejores y que su activismo naturalmente era parte de la lucha por el socialismo, con lo que falló en politizar a este sector, dejándolo en manos de la derecha.

 

Así, la izquierda no debería descuidar el tema de género, pero tampoco atribuirle el valor que no tiene. Roxana Miranda resultó peligrosa para el círculo cerrado de poder –al que tienen acceso doña Michelle y doña Evelyn, hijas rubias de generales, pero ya no una morenita, hija de un obrero– no por ser mujer, sino por su conciencia y posición ideológica de una excluida del milagro chileno.

 

La condición necesaria para la emancipación de los de abajo –como bien apunta en este contexto Luis Martín-Cabrera– no es el género (o votar por una mujer), sino la descolonización del imaginario político en todos aspectos: género, raza, sexualidad, y en lo económico (Rebelión, 16/11/13). Una observación válida más allá de Chile.

 

Por Maciek Wisniewski, periodista polaco

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Lunes, 18 Noviembre 2013 06:19

Tapicería

Tapicería

El tapiz estadunidense es cada día más difícil de describir, cuanto menos de explicar. La cúpula política está mareada con sus juegos de poder, que insisten en disfrazar de algo hecho a nombre del pueblo a pesar de que las encuestas registran que ese pueblo los reprueba y rechaza. Mientras tanto, la cúpula económica está borracha como nunca en un siglo, goza de un banquete que la ha llevado a riquezas impensables y, por ahora, sin amenaza de una respuesta de los millones que pagan sus cuentas ante la desigualdad económica más extrema desde poco antes de que estallara la gran depresión.


Tal vez por eso las noticias más locas a veces son una manera más coherente de describir el momento.


Por ejemplo, en el escándalo sobre el espionaje masivo a la ciudadanía estadunidense (como la mundial), que ha estallado gracias a las filtraciones de Edward Snowden, donde se ha demostrado que el gobierno no reconoce los derechos a la privacidad, hay respuestas como esta de uno de los defensores de la Agencia de Seguridad Nacional: no puedes tener tu privacidad violada si no sabes que tu privacidad ha sido violada, ¿verdad? Ese fue el representante republicano Mike Rogers, presidente del Comité de Inteligencia, el cual está encargado de supervisar a las agencias de espionaje. O sea, hasta lo de Snowden, nadie sabía, entonces no había bronca.


O cosas como que los encargados de la seguridad personal de presidentes, mandatarios visitantes y otros altos funcionarios parecen estar buscando amor por todas partes. Según información entregada al Senado, agentes del Servicio Secreto y sus jefes han tenido conductas sexuales inapropiadas en 17 países a lo largo de varios años, reportó el Washington Post. El más famoso de éstos, todos recordarán, fue el escándalo en Colombia el año pasado, donde varios agentes encargados de preparar la seguridad para una visita presidencial se emborracharon y contrataron prostitutas. Esta semana, el Post reportó que dos supervisores del Servicio Secreto asignados al presidente Barack Obama fueron despedidos después de que se descubrió que habían enviado correos electrónicos sexualmente explícitos a una agente del servicio. Uno de los cesados ayudó a encabezar la investigación interna del escándalo en Colombia. Los correos se descubrieron después de que accidentalmente uno dejó una bala en el cuarto de una mujer en el famoso hotel de lujo Hays Adams, a una cuadra de la Casa Blanca, y cuando regresó por ella la mujer rehúso dejarlo entrar, lo que llevó al escándalo.


Hablando de seguridad pública, está el caso de un detective de la policía de Nueva York que se infiltró en el movimiento Ocupa Wall Street, donde convivió con los activistas durante la ocupación del parque Zuccotti participó en reuniones y acciones, espiando todo el tiempo al movimiento. Fue descubierto hace un par de semanas, cuando fue arrestado junto con otros 10 motociclistas que golpearon al conductor de una camioneta después de un incidente de tránsito.


O el monitoreo de un sitio de Internet antiguerra por la FBI durante seis años por error, después de que el editor del sitio contactó a la agencia para informar que había recibido una amenaza de violencia, y algún burócrata tomó mal la información y provocó que el sitio fuera vigilado como posible amenaza a la seguridad pública de este país.


O hay noticias como la de una demora en las ejecuciones oficiales por falta de drogas letales. Los 32 estados donde se aplica la pena de muerte han sido obligados a buscar drogas nunca probadas para matar a sus reos porque empresas farmacéuticas han suspendido la producción de las drogas tradicionales, repetidamente comprobadas como eficaces. La inyección letal es la técnica más usada para las ejecuciones: de las más de 250 realizadas desde 2008, todas menos cinco usaron inyección letal, informó el New York Times. Eso ha llevado a considerar el regreso a formas más antiguas de ejecutar a reos, como la silla eléctrica o la cámara de gas.


También hay noticias de líderes espirituales muy enfocados en placeres carnales. Un nuevo libro revela lo que sabían muchos dentro de la comunidad budista estadunidense: líderes espirituales zen tuvieron relaciones sexuales clandestinas y extramaritales con muchas de sus discípulas. Por ejemplo, Eido Shimano Roshi, fundador y líder de la Sociedad de Estudios Zen de Nueva York (entre las comunidades budistas occidentales más grandes en este país, con celebridades y altos ejecutivos entre sus integrantes), tuvo relaciones sexuales con múltiples discípulas a lo largo de 30 años, todas encubiertas por el líder espiritual que es casado, y no es el único. Muchos afirman que las relaciones fueron parte de la exploración espiritual.


A la vez, hay expresiones democráticas como cuando votantes en cinco condados del estado de Colorado aprobaron, en un referendo no obligatorio, la secesión del estado para crear el estado 51 de la Unión, que sería llamado Colorado del Norte, todo porque algunos ciudadanos estaban furiosos porque la legislatura estatal había promulgado mayores protecciones ambientales y medidas para reducir la violencia por arma de fuego.


Y hablando de armas de fuego, y de que todos los días hay incidentes en que se anuncia una emergencia por alguien que porta o dispara armas en este país, cuya población es la que tiene más armas en el mundo, también hay casos chistosos: en Oklahoma, un joven escuchó un sonido detrás de él en un campo, dio la vuelta y disparó, hiriendo a su compañero. El alguacil que llegó a investigar el incidente descubrió, por confesión de los dos, que ambos estaban cazando a Big Foot, una bestia famosa, pero imaginaria.


La lista de hipocresías, locuras y tonterías cometidas por funcionarios y algunos ciudadanos son infinitas, pero ilustran cosas bastante serias que ocurren en este país. O tal vez no tan serias, sino este tapiz de locuras más bien revela que a veces no se debería tomar en serio a este país cuando pretende ser faro de la humanidad, un país tan superior que se atreve a ser juez de todos los demás.

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Preso en Guantánamo revela las dos caras de EEUU

Fue Halloween hace diez días en los Estados Unidos. Después de haber pasado los últimos 11 años en prisión de EE.UU. en Guantánamo, Cuba, he aprendido bastante sobre la cultura estadounidense. Entiendo que es habitual que las personas se vistan con máscaras y abracen diferentes identidades durante una noche. En el Campo 5 de Guantánamo, las máscaras rara vez se caen.


Veamos, por ejemplo, a uno de nuestros guardias militares aquí. Con 195 cm de alto y 114 kilos, Biggie es el nombre que los presos le han dado. Soldado joven de unos 20 años, Biggie puede ser muy cortés y servicial. A menudo hace mandados para nosotros y nos habla con respeto. Pero Biggie es también el más brutal de los guardias.


En febrero de este año, mis compañeros de prisión en Guantánamo y yo comenzamos una huelga de hambre para protestar por el encarcelamiento indefinido sin cargos. Yo también, rutinariamente, he participado en estas protestas pacíficas, negándome a salir de mi celda o ir a la zona de recreo.


Un procedimiento conocido como "Forced Cell Extraction" (Extracción Forzada de la Celda, FCE) se utiliza para transportar a los presos que protestan. Una extracción típica comienza con el equipo de FCE golpeando mi cara contra el suelo. Cuatro hombres me agarran las piernas y los brazos y un quinto toma mi cabeza. El líder del equipo pone mis pies y mis brazos junto a mi espalda en un solo punto, mientras los otros guardias presionan sobre mí, en ese mismo lugar, con todo su peso.


Biggie es el líder del equipo de la FCE en mi pabellón. Él es el que casi rompe mi espalda en cada extracción forzada. Él es también quien me pone las esposas todo lo apretado que puede, corta las ligaduras de plástico y luego me somete a un cacheo humillante. Tengo suerte si Biggie y el equipo de FCE me manejan solo como a un saco de papas.


Recientemente le pregunté a Biggie sobre esta contradicción de su personalidad. Su única respuesta es que él "simplemente hace lo que le dicen".


A menudo reflexiono sobre cómo Biggie refleja las contradicciones de su país. Los funcionarios estadounidenses electos me han tildado a mí y otros prisioneros aquí como "lo peor de lo peor". Nos llaman "terroristas". Sin embargo, a pesar de estas afirmaciones, no he sido acusado de un crimen ni se ha presentado ninguna prueba que apoye mi encarcelamiento estos largos años. De hecho, las administraciones de Bush y de Obama han ordenado mi liberación.


Por supuesto, Guantánamo no me define. Llegué aquí atado de manos y pies, con unos extraños espejuelos cubriendo mis ojos y esperando la muerte. Hasta ese momento, había sido solo un profesor de Inglés, un traductor, un voluntario de un grupo humanitario residente en Gran Bretaña, un marido y padre de cuatro hijos .


Yo sé quién soy. Pregunto al pueblo estadounidense cuál es el verdadero rostro de su país – el bueno o el malo. Rezo para que los estadounidenses no sigan permitiendo que sus semejantes sufran tales atrocidades en nombre de la seguridad. Sueño con que van a encontrar la fuerza para desafiar pacíficamente el poder. Y espero que en sus acciones muestran más humanidad que la que nosotros hemos visto.


(Traducido por Cubadebate)


*Shaker Aamer es el último residente del Reino Unido que queda preso en Guantánamo, Cuba . Él ha estado en custodia de los EE.UU. desde 2002 y fue uno de los primeros detenidos trasladados a Guantánamo y lleva el número de serie ISN 239 . Este artículo fue proporcionado por su equipo legal de la Escuela de Leyes de CUNY

 

18 NOVIEMBRE 2013
Publicado originalmente en Al Jazeera

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Viernes, 15 Noviembre 2013 06:30

La Constitución de un partido, no de un país

La Constitución de un partido, no de un país

Las numerosas reformas a la Constitución Política de Nicaragua propuestas por el partido oficial serán aprobadas sin duda de manera abrumadora, porque abrumadora es su mayoría en la Asamblea Nacional. Cuando todo se paraliza bajo el peso de una voluntad única, las discusiones se vuelven gratuitas.


La parte declarativa, donde se define la filosofía del Estado, será una extraña mescolanza de principios jurídicos tradicionales y de inserciones curiosas. Allí estarán, elevados a rango supremo, los lemas oficiales que vemos desplegados constantemente en vallas gigantescas, en las pantallas de televisión y aun en los membretes de los documentos burocráticos: la plenitud de los ideales socialistas y de los valores cristianos, el amor al prójimo y la reconciliación entre hermanos de la familia nicaragüense, ahora integrada en la red benefactora de los Consejos de Familia que pasan a ser constitucionales.


Pero hay, además, otras novedades: se establece que El bien común supremo y universal, condición para todos los demás bienes, es la misma Tierra, que es nuestra Gran Madre; ésta debe ser amada, cuidada, regenerada y venerada. El bien común de la Tierra y de la humanidad nos pide que entendamos la Tierra como viva y sujeta de dignidad. Dejemos de un lado la prosa. Entendamos nada más que viviremos en una sociedad donde el cristianismo se mezcla con el panteísmo.


Un régimen que además de panteísta será corporativo, pues se establece la participación protagónica de las cámaras, federaciones y confederaciones de empresarios, como parte de los mecanismos de democracia directa, bajo el principio de responsabilidad compartida; todo lo cual desemboca en el funcionamiento de consejos corporativos regionales y municipales, donde los representantes de empresarios y sindicatos se sentarán con los del Poder Ciudadano, otra entidad que pasa a ser constitucional, hasta llegar a los Consejos Nacionales, para la búsqueda del bien común.


Si antes la Constitución prohibía que los miembros del ejército y la policía ejercieran cargos públicos, ahora lo permitirá, con lo que el nuevo Estado viene a asentarse en una alianza del partido oficial, las cámaras empresariales, el ejército y la policía, evidencia de que los llamados partidos históricos, liberal y conservador, son dados por enterrados y no se les necesita ya como parte del nuevo consenso corporativo.
No será un avance, pero es una novedad. La familia Somoza, del partido liberal, gobernó el país manteniendo en la oposición al partido conservador mediante pactos políticos, para aparentar un sistema bipartidista; y en tiempos de consolidación de su poder, a finales del siglo anterior, Ortega se valió de un pacto con el jefe liberal Arnoldo Alemán para reformar la Constitución y rebajar el porcentaje de votos necesarios para ser elegido presidente. Hoy eso ha pasado a la historia. El sistema de pluralismo político subsiste en la letra de la Constitución, pero nada más en la letra, mientras le llega el turno de desaparecer.


Y dado que estamos ya de frente a la realidad de un partido único, que se entiende a mejor conveniencia con las corporaciones y no con otros partidos, no es sorprendente que se suprima la disposición constitucional mediante la cual los partidos que pretenden el restablecimiento de todo tipo de dictadura o de cualquier sistema antidemocrático, pierden su legitimidad. La preminencia de la defensa de la democracia, como asunto de principios, pasa a ser obsoleta.


Y como la democracia viene a volverse prescindible, es que esta Constitución, cortada tan a la medida, se muestra muy previsora de anular los espacios de libertad en las comunicaciones electrónicas, al disponer que las redes de Internet, y la emisión y transmisión de datos, quedan bajo el control del Estado, al igual que las emisiones de radio y televisión; que el almacenamiento de datos de las redes digitales sólo puede hacerse en territorio nacional; y también, que el espectro radioeléctrico y satelital que incida en las comunicaciones nicaragüenses deberá ser controlado por el Estado. Nadie podrá instalar su propio canal virtual desde su computadora, o hacer emisiones de voz, sin previo permiso.


En tiempos de globalización de las comunicaciones, se manda imponer el aislamiento del país, que queda reducido a la condición de un pequeño Estado medieval, y para controlar y someter las emisiones de Internet, lo que se emite en las redes sociales, lo que se escribe en los blogs, deberá organizarse necesariamente algo así como una ciberpolicía, que perseguirá aun a quienes, huyendo del ojo del Gran Hermano, se refugien en las nubes virtuales, que quedan igualmente prohibidas.


Sin embargo, toda esta felicidad cristiana, panteísta y corporativa que se nos promete no se conseguirá sin una mano benefactora y perpetua, la de un supremo guía que podrá ser relegido las veces que se presente a elecciones, pues la Constitución suprime esa estorbosa prohibición; y se elimina la molesta segunda vuelta electoral, de modo que el presidente podrá ser elegido con una mayoría relativa de votos, algo más que sobrancero, pues quienes cuentan los votos en el Consejo Supremo Electoral siguen siendo, y seguirán siendo, los mismos paniaguados de siempre.


Además, las reformas conceden al presidente el poder de emitir decretos administrativos con fuerza de ley, con lo que la Asamblea Nacional, que hasta ahora ha funcionado como una dócil maquinaria para hacer cumplir la voluntad suprema, podrá pasar a tener largos meses de vacaciones, hasta que llegue la hora de su disolución.


Si se me pidiera elegir un término para definir este escenario, sería el de indefensión. En las sociedades democráticas los cambios constitucionales son siempre el resultado de grandes consensos, y esta mezcolanza inconsulta viene a ser impuesta desde arriba por una voluntad omnímoda. Tampoco las instituciones pueden detener la mano que las impone, porque no funcionan sino como brazos del poder único.


El autoritarismo, con cartas marcadas, sienta a jugar a la democracia una partida amañada, y por supuesto se la gana. Nicaragua será regida por la Constitución de un partido, no de un país.


Masatepe, noviembre 2013


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Miércoles, 13 Noviembre 2013 06:42

Piñerachet-Mattheichet= Bachelet

Piñerachet-Mattheichet= Bachelet

Los políticos que en Chile ocuparon la jefatura del Estado desde 1990, han tenido expresiones recurrentes y similares a las que Michelle Bachelet y Sebastián Piñera se prodigaron a finales de 2009.


Ella: Lo felicito. Hoy Chile lo ha elegido democráticamente, y espero que siga el camino del progreso y la justicia social. Él: Le agradezco sus palabras, y le pido que me aconseje para continuar lo que está bien hecho y para emprender nuevas tareas, porque empieza un camino.
Por consiguiente, cuando el próximo domingo los chilenos concurran a las urnas para elegir nuevo presidente, el orden de los cumplidos apenas se invertirá, sin que el producto final se altere. Él dirá: "La felicito. Hoy Chile la ha elegido...", etcétera. Y ella: "Le agradezco sus palabras...", etcétera. Y como dijo el cura Hurtado: todos contentos, Señor, contentos.


¿El pinochetismo y la Concertación fueron inventados por Pinochet, o ya estaban en los genes de don Diego José Pedro Portales Palazuelos (1793-1837), el organizador de la república? Hijo del conde de Villaminaya y marqués de Tejares José Santiago Portales y Larrain y María Encarnación Fernández de Palazuelos y Martínez de Aldunate, don Diego fue nieto de Diego Portales y Andúa-Yrarrázabal y Teresa de Larraín y Lecaros, y por línea materna de Pedro Fernández de Palazuelos y Ruiz de Ceballos y Josefa Martínez de Aldunate y Acevedo Borja, descendiente directa (¡órale!), del papa Alejandro VI.


Heráldica que para cualquier interesado en conocer la verdadera historia del maridaje entre el pinochetismo y la Concertación, podría llevarlo a encontrar notables similitudes no sólo con la disoluta familia de los Borgia, sino también con las de Pedro y Celia, vástagos de Manuela Villalobos y el prócer Benjamín Vicuña Mackenna (1831-86).


Sintiéndose hijos del pueblo, Pedro y Celia recha¬zaron el apellido del padre. Pedro adoptó el de su ma¬dre de crianza (Francisca Silva), y Celia el de su madre biológica (Manuela Villalobos), encerrada hasta su muerte en un convento para desquiciados mentales, medida que el prócer ilustre tomó para vivir en paz con Victoria Subercaseux Vicuña, su segunda esposa.


No más ha sido la llamada alternancia democrática que, durante 40 años, frustró el derecho al amor a los auténticos hijos de Chile. Crimen político que empezó a fraguarse en 1973, y tomó forma legal con la Constitución pinochetista de 1980, acatada ocho años después por los partidos que en 1990 entronizaron como presidente constitucional al democristiano Patricio Aylwin, y respetaron después puntillosamente todos los políticos que, a modo de nuevo apartheid, rayaron profundamente las diferencias entre pueblo y sociedad.


En 1977, Aylwin escribió: "...El único método eficiente para gestar una Carta Fundamental que sea realmente fruto del consenso nacional, es la convocatoria a una Asamblea Constituyente que, dentro de un plazo determinado de antemano, no mayor de un año, apruebe un proyecto de nueva Constitución Política. (...) Un procedimiento de esta clase permitiría concentrar el máximo interés colectivo y los mejores aportes ciudadanos en la tarea de establecer un orden institucional representativo de la voluntad común de los chilenos" (El camino hacia la democracia, Santiago, Centro de Investigaciones Socioeconómicas (Cisec, p. 205).


Ahí quedó la cosa. Y al decir del economista Alberto Mayol, Chile se convirtió con el tiempo en "...uno de los peores países del continente en la evolución de la calidad de la democracia. El modelo económico chileno destruyó los valores de confianza y de justicia, articuló una transición democrática que no iba hacia ningún sitio y que nos entregó a una democracia pobre en democracia" (El derrumbe del modelo; la crisis de la economía de mercado en el Chile contemporáneo, LOM Ediciones, Santiago, 2012, p. 89).


Ahora bien. Todas las mujeres de Chile son hermosas. Bueno... no todas. Michelle Bachelet (ex presidente socialista y favorita en los comicios del domingo), dejó de serlo cuando a pesar de haber sido torturada junto con su mamá en el campo de concentración de Villa Grimaldi, entró por el aro de la Concertación. Y por su lado, la pinochetista y contendiente Evelyn Matthei, juró vengarse por el cartelito que su ex amigo y presidente Sebastián Piñera tenía colgado en su despacho del Senado: Detrás de todo hombre exitoso hay una gran mujer, esperando quitarle el puesto.


Aunque no sean hermosas (o iguales), las candidatas a la presidencia de Chile se parecen. Evelyn siente orgullo de hombres como su papá, el general de la Fuerza Aérea Fernando Matthei, quien bombardeó el Palacio de la Moneda y en 1978 pasó a integrar la Junta Militar presidida por Pinochet.


Y Michelle, quien de niña jugaba con Evelyn en la base de Cerro Moreno (Antofagasta), ya no recuerda que su propio papá, el general de la Fuerza Aérea Alberto Bachelet, fue detenido y torturado hasta morir, en los sótanos del edificio del Comando Central, donde el papá de su amiga ajustaba cuentas con los hombres leales al gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular.

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Lunes, 11 Noviembre 2013 06:25

El problema es mucho mayor que el 1%

 El problema es mucho mayor que el 1%

Existe hoy en amplios sectores de las fuerzas progresistas del país una postura ampliamente compartida entre sus movimientos políticos y sociales que asume que el capitalismo ha variado de tal manera que ha hecho irrelevantes los esquemas utilizados en el discurso político tradicional de las izquierdas (tales como la existencia de izquierdas versus derechas) o en el análisis social (tales como la existencia de clases y de la lucha de clases). Términos como burguesía, pequeña burguesía y clases trabajadoras han desaparecido en la narrativa de esta nueva postura. En su lugar, la lucha es entre la gran mayoría (el 99%) de la población y el 1%, que es, supuestamente, el que controla los hilos de la estructura financiera, económica y mediática del país. Esta nueva teoría se ha importado de EEUU, donde el movimiento Occupy Wall Street se hizo famoso por utilizar esta figura, el 1%, como el responsable de la crisis y continuo deterioro de la calidad de vida y bienestar de la gran mayoría de la ciudadanía.


Este 1% es lo que solía llamarse la clase capitalista e incluye el sector sumamente minoritario de la población que consigue sus ingresos de las rentas del capital y tiene un enorme poder financiero, empresarial, mediático y político, resultado de su control de los medios financieros, de producción, de información, difusión y persuasión, conseguido con la complicidad del Estado, cuyas políticas han facilitado la enorme concentración de las rentas. En EEUU este 1% poseía en 2008 el 28% de la renta nacional. Es probable que este porcentaje en España, incluyendo Catalunya, sea incluso mayor.


Ahora bien, esta teoría que asume que la lucha de clases se ha sustituido por la lucha del 99% frente al 1% es insuficiente y puede llegar, como ya está ocurriendo, a la inoperancia, tal como le ha ocurrido al movimiento Occupy Wall Street. En realidad, si el adversario fuera solo un 1%, la tarea transformadora de nuestras sociedades sería mucho más fácil. Como decía un compañero sindicalista estadounidense "firmaría enseguida si la realidad fuera tan sencilla". Pero no lo es. Y el proyecto transformador es mucho más difícil que la existencia del 1%.


Y la mayor causa de ello es que este 1% tiene como aliados, al menos, otro 9%, un porcentaje clave para la reproducción del dominio y explotación de la mayoría a costa de este 1%, y cuyos intereses están intrínsecamente ligados a los del 1%. En terminología clásica, no son capitalistas, pero reproducen el sistema capitalista con el cual están intrínsecamente ligados. En realidad, en otro sistema más sensible a las necesidades de la mayoría de la población, no existiría este 9%.


Me estoy refiriendo a todos aquellos que gestionan las instituciones reproductoras del sistema financiero, económico, mediático y político, incluyendo el poder de reproducir los valores, la ideología dominante y la promoción de imágenes, todo ello esencial y básico para la reproducción del sistema, tan o más importante que las instituciones de control y represión. Creerse que este sector es parte del 99% es erróneo y puede crear una enorme confusión. Asumir, por ejemplo, que grandes gurús mediáticos (y yo podría poner una larga lista de nombres, tanto aquí en Catalunya, como en el resto de España) son parte del 99% es estar equivocado. Su función es la de sostener el poder de este 1%. Y lo hacen exitosamente.


Es este 10% (1% + 9%) el que se ha beneficiado enormemente del incremento de las rentas del capital a costa de las rentas del trabajo. En EEUU este 10% alcanzó a tener el 52% de todas las rentas en 2008, mientras el 90% restante tenía el 48%. Lo cual me lleva a subrayar la enorme importancia de continuar utilizando las categorías de poder como clase social, categoría que ha sido deliberadamente ocultada en el lenguaje oficial y apenas utilizada incluso por las izquierdas. Y este ocultamiento, signo en sí del enorme poder del 1% (de la clase capitalista), tiene como objetivo silenciar la lucha de clases. A fin de evitarlo, se presenta una sociedad, que objetivamente está estructurada en clases sociales, como una sociedad de clases medias (que incluye desde el que es casi rico al que es casi pobre, es decir, la gran mayoría de la ciudadanía).


Pero los datos y la realidad están ahí para todo el que quiera verlos. Venga a Barcelona y paséese por la ciudad. Y verá que hay barrios burgueses, barrios pequeño burgueses, barrios de clase media y barrios de clase trabajadora. Poner toda esta variedad bajo la categoría del 99% imposibilita entender las necesidades que tiene cada clase social y sus distintos niveles de compromiso en un proyecto transformador. De la misma manera que la explotación de género configura un grado diferencial de exigencia de cambio, la explotación del mundo trabajador es distinta a la del pequeño burgués (que puede estar explotado, por cierto, por el burgués), lo cual niega estrategias distintas de transformación.


La evolución del capitalismo ha ido favoreciendo las alianzas de estos proyectos de transformación. Así, la pérdida reciente de autonomía de las clases profesionales y el deterioro de sus condiciones de trabajo (lo que solía llamarse "la proletarización de los profesionales") han hecho que amplios grupos de estos profesionales sean más afines y apoyen proyectos más transformadores, incluso radicales. En EEUU, la Asociación de Cirujanos, uno de los grupos más conservadores de la profesión médica, está apoyando la propuesta de reforma sanitaria de las izquierdas (el Single Payer), que eliminaría las compañías de seguros privados en la gestión y financiación del sistema sanitario.
Esta evolución facilita el establecimiento de amplias alianzas en las que el conflicto de intereses no es solo entre la clase trabajadora y la burguesía (que continúa existiendo), sino entre una mayoría de la población (alianza de las clases medias y de la clase trabajadora) y una minoría (el 10%) que domina y gobierna el mundo financiero, económico, mediático y político del país. Ignorar la existencia de clases (poniéndolas a todas –excepto los ricos y pobres- bajo la categoría de clases medias) y sus distintos intereses, ha llevado al movimiento Occupy Wall Street a limitar su influencia política, pues ha dejado de lado al grupo social, la clase trabajadora, que padece más la explotación y represión y que tiene mayor motivación para el cambio. El hecho de que las izquierdas no hablen de ello y hayan abandonado el análisis y narrativa de clases sociales, contribuye más y más al distanciamiento y alienación de las clases populares, incluyendo la clase trabajadora, hacia los partidos de izquierda, sustituyendo su apoyo a estos partidos con apoyos a partidos y voces radicales, incluso de carácter fascista y chauvinista, que llenan el vacío que tales partidos de izquierda crearon.


11 nov 2013

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Domingo, 10 Noviembre 2013 06:19

El mundo se libera de EU


Durante el más reciente episodio de la farsa de Washington que ha dejado atónito al mundo, un comentarista chino escribió que si Estados Unidos no puede ser un miembro responsable del sistema mundial, tal vez el mundo deba separarse del Estado rufián que es la potencia militar reinante, pero que pierde credibilidad en otros terrenos.


La fuente inmediata de la debacle de Washington fue el brusco viraje a la derecha que ha dado la clase política. En el pasado se ha descrito a Estados Unidos con cierto sarcasmo, pero no sin exactitud, como un Estado de un solo partido: el partido empresarial, con dos facciones llamadas republicanos y demócratas.


Ya no es así. Sigue siendo un Estado de un solo partido, pero ahora tiene una sola facción, los republicanos moderados, ahora llamados nuevos demócratas (como la coalición en el Congreso ha dado en designarse): existe una organización republicana, pero hace mucho tiempo que abandonó cualquier pretensión de ser un partido parlamentario normal. El comentarista conservador Norman Ornstein, del Instituto Estadunidense de Empresa, describe a los republicanos actuales como una insurgencia radical, ideológicamente extremista, que se burla de los hechos y de los acuerdos, y desprecia la legitimidad de su oposición política: un grave peligro para la sociedad.
El partido está en servicio permanente para los muy ricos y el sector corporativo. Como no se pueden obtener votos con esa plataforma, se ha visto obligado a movilizar sectores de la sociedad que son extremistas, según las normas mundiales. La locura es la nueva norma entre los miembros del Tea Party y un montón de otras agrupaciones informales.


El establishment republicano y sus patrocinadores empresariales habían esperado usar esos grupos como ariete en el asalto neoliberal contra la población, para privatizar, desregular y poner límites al gobierno, reteniendo a la vez aquellas partes que sirven a la riqueza, como las fuerzas armadas.


Ha tenido cierto éxito, pero ahora descubre con horror que ya no puede controlar a sus bases. De este modo, el impacto en la sociedad del país se vuelve mucho más severo. Ejemplo de ello es la reacción violenta contra la Ley de Atención Médica Accesible y el cierre virtual del gobierno.


La observación del comentarista chino no es del todo novedosa. En 1999, el analista político Samuel P. Huntington advirtió que para gran parte del mundo Estados Unidos se convertía en la superpotencia rufiana, y se le veía como la principal amenaza externa a las sociedades.
En los primeros meses del periodo presidencial de George Bush, Robert Jervis, presidente de la Asociación Estadunidense de Ciencia Política, advirtió que a los ojos de gran parte del mundo el primer Estado rufián hoy día es Estados Unidos. Tanto Huntington como Jervis advirtieron que tal curso es imprudente. Las consecuencias para Estados Unidos pueden ser dañinas.


En el número más reciente de Foreign Affairs, la revista líder del establishment, David Kaye examina un aspecto de la forma en que Washington se aparta del mundo: el rechazo de los tratados multilaterales como si fuera un deporte. Explica que algunos tratados son rechazados de plano, como cuando el Senado votó contra la Convención de los Derechos de las Personas con Discapacidades en 2012 y el Tratado Integral de Prohibición de Ensayos Nucleares en 1999.


Otros son desechados por inacción, entre ellos los referentes a temas como derechos laborales, económicos o culturales, especies en peligro, contaminación, conflictos armados, conservación de la paz, armas nucleares, derecho del mar y discriminación contra las mujeres.
El rechazo a las obligaciones internacionales, escribe Kaye, se ha vuelto tan arraigado que los gobiernos extranjeros ya no esperan la ratificación de Washington o su plena participación en las instituciones creadas por los tratados. El mundo sigue adelante, las leyes se hacen en otras partes, con participación limitada (si acaso) de Estados Unidos.


Aunque no es nueva, la práctica se ha vuelto más acentuada en años recientes, junto con la silenciosa aceptación dentro del país de la doctrina de que Estados Unidos tiene todo el derecho de actuar como Estado rufián.


Por poner un ejemplo típico, hace unas semanas fuerzas especiales de Estados Unidos raptaron a un sospechoso, Abú Anas Libi, de las calles de Trípoli, capital de Libia, y lo llevaron a un barco para interrogarlo sin permitirle tener un abogado ni respetar sus derechos. El secretario de Estado John Kerry informó a la prensa que esa acción era legal porque cumplía con las leyes estadunidenses, sin que se produjeran comentarios.


Los principios solo son valiosos si son universales. Las reacciones serían un tanto diferentes, inútil es decirlo, si fuerzas especiales cubanas secuestraran al prominente terrorista Luis Posada Carriles en Miami y lo llevaran a la isla para interrogarlo y juzgarlo conforme a las leyes cubanas.


Sólo los estados rufianes pueden cometer tales actos. Con más exactitud, el único Estado rufián que tiene el poder suficiente para actuar con impunidad, en años recientes, para realizar agresiones a su arbitrio, para sembrar el terror en grandes regiones del mundo con ataques de drones y mucho más. Y para desafiar al mundo en otras formas, por ejemplo con el persistente embargo contra Cuba pese a la oposición del mundo entero, fuera de Israel, que votó junto con su protector cuando Naciones Unidas condenó el bloqueo (188-2) en octubre pasado.


Piense el mundo lo que piense, las acciones estadunidenses son legítimas porque así lo decimos nosotros. El principio fue enunciado por el eminente estadista Dean Acheson en 1962, cuando instruyó a la Sociedad Estadunidense de Derecho Internacional de que no existe ningún impedimento legal cuando Estados Unidos responde a un desafío a su poder, posición y prestigio.


Cuba cometió un crimen cuando respondió a una invasión estadunidense y luego tuvo la audacia de sobrevivir a un asalto orquestado para llevar los terrores de la Tierra a la isla, en palabras de Arthur Schlesinger, asesor de Kennedy e historiador.


Cuando Estados Unidos logró su independencia, buscó unirse a la comunidad internacional de su tiempo. Por eso la Declaración de Independencia empieza expresando preocupación por el respeto decente por las opiniones de la humanidad.


Un elemento crucial fue la evolución de una confederación desordenada en una nación unificada, digna de celebrar tratados, según la frase de la historiadora diplomática Eliga H. Gould, que observaba las convenciones del orden europeo. Al obtener ese estatus, la nueva nación también ganó el derecho de actuar como lo deseaba en el ámbito interno. Por eso pudo proceder a librarse de su población indígena y expandir la esclavitud, institución tan odiosa que no podía ser tolerada en Inglaterra, como decretó el distinguido jurista William Murray en 1772. La avanzada ley inglesa fue un factor que impulsó a la sociedad propietaria de esclavos a ponerse fuera de su alcance.


Ser una nación digna de celebrar tratados confería, pues, múltiples ventajas: reconocimiento extranjero y la libertad de actuar sin interferencia dentro de su territorio. Y el poder hegemónico ofrece la oportunidad de volverse un Estado rufián, que desafía libremente el derecho internacional mientras enfrenta creciente resistencia en el exterior y contribuye a su propia decadencia por las heridas que se inflige a sí mismo.


El libro más reciente de Noam Chomsky es Power Systems: Conversations on Global Democratic Uprisings and the New Challenges to U.S. Empire. Interviews with David Barsamian (Conversaciones sobre levantamientos democráticos en el mundo y los nuevos desafíos al imperio de Estados Unidos). Chomsky es profesor emérito de lingüística y filosofía en el Instituto Tecnológico de Massachusetts en Cambridge, Mass., EU.


2013, Noam Chomsky


Traducción: Jorge Anaya

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Domingo, 10 Noviembre 2013 06:11

Dos apuntes para un país raro

Primero. Las estadísticas no son totalmente confiables. Pero, haciendo una media de las proyecciones se puede decir que en Río de Janeiro, quizá la ciudad más emblemática de mi país, y en esa amplia región a la que llaman Gran Río, existen mil y pico de favelas. En ellas viven más o menos 1.300.000 personas, de una población de 7 millones. Casi un 20 por ciento del total.


De la población de esas favelas, una parte considerable –un 60 por ciento– vive bajo el yugo del narcotráfico. Otra –un 35 por ciento– vive bajo las "milicias", grupos integrados por policías civiles, o sea, la policía judicial, policía militar y bomberos. La parte que resta, 5 por ciento, vive por cuenta propia, libre de la presión de narcos o milicianos.


O sea: en Río de Janeiro y alrededores, de una población de unos 7 millones de habitantes, poco más de un millón padecen de manera directa, a cada minuto de cada hora de cada día de sus vidas, la opresión de criminales, tanto narcos como paramilitares.
El Estado jamás supo encontrar una solución para semejante escenario. Por décadas, gobernadores intentaron determinar reglas de convivencia entre el morro, o sea las favelas, y el asfalto, o sea la ciudad. Los intentos del Estado de intervenir en esas zonas resultaron intentos y nada más.


Hace unos pocos años, el actual gobernador de Río, Sérgio Cabral, inventó la UPP –o sea, la Unidad de Policía Pacificadora– consistentes en tropas de la policía militarizada que, con previo aviso, invaden las favelas y se quedan. Con eso desaparecen de las callejuelas los tipos armados con ametralladoras y fusiles pesados, se acaba el toque de queda dictado por los narcos y termina el negocio paralelo de la venta ilegal de televisión por cable y de conexiones de luz. Uno puede circular por las callejuelas estrechas, y hasta hay fiestas para las clases medias del asfalto que suben a los morros para divertirse.


O sea, sigue a mil el tráfico, pero sin la guardia de escoltas fuertemente armados. Ya no hay toque de queda, pero los narcos saben los movimientos de cada morador.


Los jefes fueron expulsados, así como sus lugartenientes. Quedaron los gerentes de segunda o tercera línea, que informan, a quien corresponde, cada movimiento en las favelas. Ya casi no hay disputas por los puntos de venta, que antes provocaban verdaderas guerras. Pero mientras el gordinflón y parlanchín gobernador –que, a propósito, tiene los peores índices de aprobación popular entre los 27 gobernadores del país– sigue alardeando maravillas, los moradores de las favelas dicen que, en el fondo, todo sigue igual: sin puestos de salud, sin escuelas, sin atención sanitaria básica. Sin ciudadanía.


Por esos días, en la Rocinha, la mayor favela de Río (los cálculos indican entre 50 y 110 mil habitantes; pongamos 80 mil, cifra razonable), la guerra entre narcos que disputan puestos de venta de drogas volvió a sus niveles de siempre.


El grueso del contingente de los policías militares de la UPP –vale repetir: Unidad de Policía Pacificadora–, empezando por su comandante, fue detenido. La causa: secuestraron y asesinaron, en plena favela, en las mismas instalaciones de la UPP, a un ayudante de albañil llamado Amarildo. Creyeron que era cómplice de los narcos. No era. Fue asfixiado con una bolsa plástica, de esas de supermercado, luego electrocutado. Y la vida sigue, igual. Negros, pobres y favelados siempre han sido sospechosos en mi país. Siempre fueron los más muertos entre los muertos.


En Río, parte de las bandas de los narcos huye tan pronto se anuncia que determinada favela será "pacificada". La policía entra, con pompa, circunstancia y fanfarrias, y no encuentra resistencia.


A la vez, en las ciudades de la Gran Río, en los suburbios, crece y crece la violencia. Hay una lógica cruel en todo eso: al invadir y "pacificar" una favela, las fuerzas públicas de seguridad dejan una cantidad significativa de delincuentes sin trabajo. Los que huyen de una favela "pacificada" buscan otros parajes para ejercer sus labores.


En las ciudades vecinas, en los suburbios, los índices de violencia urbana crecieron, en promedio, un 30 por ciento. En las otras mil y pico de favelas no "pacificadas", pasa lo mismo. Y así la vida.


Segundo. En el lenguaje jurídico brasileño hay dos tipos de homicidio. Aquí, una cosa es el homicidio culposo y otra el homicidio doloso. Por culposo se entiende que alguien mató a otro sin intención. En cambio, cuando es doloso se supone que mató con plena intención, sabiendo muy bien lo que hacía. Es un delito mucho más grave.


Bien: en 2012, hubo 47.136 homicidios dolosos en Brasil. Una media de 24,3 por cada cien mil habitantes. Y hubo 50.617 estupros de mujeres: una media de 26,1 por cada cien mil habitantes.


Hay algo raro en un país donde esos datos disputan el ranking del horror. El año pasado, cada día fueron violadas 139 mujeres en mi país. Es decir, casi seis por hora.


¿Qué país es éste? ¿Dónde llegaremos con esa cuenta macabra de las miserias humanas?


Algo raro pasa en este raro país. En mi país.

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