Israel: un actor importante en la militarización del mundo

Israel es un importante distribuidor internacional de tecnologías y estrategias militares. Los datos del SIPRI (Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz) entre 2015 y 2019 muestran que Israel fue el octavo mayor exportador de armas del mundo y que sus ventas mundiales aumentaron un 77 % (Estados Unidos + 23 %, Rusia -18 %, Canadá + 33 %).

Jeff Halper, en su investigación crítica sobre las armas militares avanzadas de Israel, escribe que a Israel «le va bien» debido a su indispensable especialización en armas, estrategia y vigilancia mundiales.

El alcance mundial de Israel implica ahora la militarización de la policía con la venta de tecnologías de vigilancia, armas y estrategias de control de multitudes y disturbios. Gaza es un laboratorio y un escaparate para las armas y métodos probados en combate de Israel para controlar poblaciones civiles altamente concentradas a medida que la población mundial se urbaniza cada vez más y se concentra en barrios marginales urbanos. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los EE. UU. construyó el Centro de Entrenamiento de Guerra Urbana en el Negev, donde Estados Unidos e Israel se entrenan para atacar en áreas densamente pobladas. Las tecnologías y estrategias de defensa perimetral israelíes se aplican a núcleos financieros, distritos gubernamentales y centros de reuniones, embajadas y depósitos de combustible en todo el mundo.

La guerra sin fin contra el terrorismo es una mina de oro política y económica para Israel, que conduce a acuerdos bilaterales y multilaterales – en los campos de la ciencia, la tecnología, la defensa y la seguridad – y a asociaciones e inversiones industriales con los principales fabricantes de sistemas de armas / seguridad / vigilancia. La práctica israelí de librar una guerra total contra Gaza, es decir, contra la población civil altamente concentrada de Gaza, sirve como laboratorio y escaparate para el armamento y el comercio militar de Israel.

El alcance mundial de Israel también implica controles fronterizos, vigilancia, monitoreo y control de la migración. Al final de la Guerra Fría, había quince fronteras amuralladas; hoy en día, hay 77. Muchas fronteras amuralladas recientes están equipadas con tecnologías de seguridad y pacificación compradas a Israel. Al usar esta tecnología, cada vez es más común que las y los refugiados sean monitoreados y detenidos mucho antes de llegar a los cruces fronterizos. La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estimó que a mediados de 2020, 80 millones de personas, algo sin precedentes, habían sido desplazadas por la fuerza, un número que se ha duplicado en la última década.

Armas nucleares

Israel sigue una política de secreto y ambigüedad con respecto a sus armas nucleares. Israel nunca ha firmado el Tratado de No Proliferación. Por lo tanto, a diferencia de Irán e Iraq, Israel no es inspeccionado ni regulado por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Las reuniones internacionales oficiales previstas para crear una zona libre de armas nucleares en Oriente Medio incluyen a todas las naciones árabes, pero no a Israel, el único país con armas nucleares en Oriente Medio.

Según estimaciones actuales, Israel tiene entre 100 y 300 ojivas nucleares, desplegables por tierra, aire o mar. Los misiles tierra-tierra de largo alcance israelíes Jericó I, II y III tienen una capacidad nuclear y un alcance de hasta 7800 km.

Actualmente, las armas nucleares de Israel apuntan a Irán. A pesar de la falta de pruebas, los líderes israelíes desde el final de la Guerra Fría han advertido repetidamente al público israelí, a Estados Unidos y a la ONU de que Irán está a punto de producir armas nucleares. La repetida advertencia de Israel de que «todas las opciones están sobre la mesa» viola una opinión de la Corte Internacional de Justicia de que incluso la amenaza del uso de armas nucleares es una violación del derecho internacional. Los asesinatos de científicos nucleares iraníes por parte de Israel, el más reciente en noviembre de 2020, también pueden estar vinculados a la estrategia militar de Israel en Gaza y Líbano en la que Israel utiliza secuestros y asesinatos para provocar una reacción, y luego lanza un ataque de represalia masiva en nombre de la legítima defensa, como si Israel fuera la víctima.

Israel y todos los países de la OTAN se han negado hasta ahora a firmar el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, que entra en vigor el 22 de enero de 2021.

Por Judith Deutsch, extractos de un texto publicado en Socialist Project 21 de enero de 2021. http://alter.quebec/israel-an-important-player-in-the-militarization-of-the-world/

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur (https://vientosur.info/israel-un-actor-importante-en-la-militarizacion-del-mundo/)

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La ONU denuncia a Daniel Ortega por arrestos, violaciones y torturas a disidentes políticos en Nicaragua

La oficina de la Alta Comisionada de Derechos Humanos considera que el presidente no ha cumplido con las recomendaciones que le hizo el organismo tras la crisis política de 2018

El Gobierno de Daniel Ortega no ha cumplido con 14 recomendaciones emitidas por la Oficina de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos tras la crisis política de 2018, cuando el exguerrillero sandinista desató una brutal represión contra las manifestaciones que exigían el fin de su mandato. En un informe publicado este lunes, la OACNUDH cataloga de “deficiente” la respuesta gubernamental ante sus recomendaciones y advierte de que en el país centroamericano se siguen cometiendo violaciones a las libertades civiles, incluyendo arrestos y detenciones arbitrarios de personas percibidas como opositoras al Gobierno y limitaciones en el ejercicio de las libertades de reunión pacífica, expresión y asociación.

La Oficina de la ONU emitió en 2018 un demoledor informe contra el régimen, acusándolo de cometer violaciones generalizadas de los derechos humanos, incluyendo arrestos arbitrarios de manifestantes por parte de las huestes armadas bajo órdenes de Ortega. Algunas de estas personas detenidas de forma arbitraría fueron luego violadas y torturadas bajo custodia. El documento alertaba, además, del uso desproporcionado de la fuerza y de ejecuciones extrajudiciales por parte de la policía, desapariciones, detenciones arbitrarias generalizadas e instancias de tortura y violencia sexual en centros de detención. El grado de represión “tan alto”, continuaba, ha forzado al exilio a ciudadanos por el simple hecho de expresar opiniones contrarias al líder sandinista.

Tras la publicación del documento, la OACNUDH emitió 14 recomendaciones al Estado nicaragüense para mejorar las condiciones de los derechos humanos en el país, pero “la Oficina ha observado que el Gobierno ha implementado pocas medidas sin mostrar, lamentablemente, avances notables hasta el momento”, advierte el organismo. Según el informe presentado este lunes, el Gobierno solo ha “cumplido parcialmente” con poner fin a las detenciones y liberar a todas las personas “privadas arbitrariamente de libertad” en el contexto de las protestas o por manifestar opiniones críticas con el régimen. La OACHUDH reconoce que desde el 30 de diciembre de 2019, “el Gobierno ha otorgado medidas alternativas a la detención a 86 hombres y 9 mujeres”, pero afirma que, según cifras de la sociedad civil nicaragüense, “a diciembre de 2020 al menos 106 personas (103 hombres y 3 mujeres) que participaron en las protestas o que fueron percibidas como opositoras continuaban privadas arbitrariamente de su libertad”.

El informe también advierte que “los arrestos y detenciones arbitrarios de personas percibidas como opositoras al gobierno continuaron. Actualmente, el patrón principal consiste en breves detenciones policiales, tras las cuales las personas detenidas son puestas en libertad dentro de las 24 horas siguientes sin ser presentados a las autoridades judiciales”.

El organismo, además, alerta de las continuas violaciones a las libertades civiles, incluyendo la libertad de expresión. “La Policía Nacional ha impedido sistemáticamente las manifestaciones públicas de personas o grupos críticos con el Gobierno. En al menos seis casos, la ONU registró que los agentes de policía recurrieron al uso innecesario o desproporcionado de la fuerza, causando lesiones menores a manifestantes y periodistas. Desde el 1 de agosto de 2019, la OACNUDH documentó 83 casos de ataques, amenazas, acoso y actos de intimidación por parte de agentes de policía y elementos progubernamentales contra defensores y defensoras de derechos humanos. Además, registró 30 casos en los que las víctimas fueron periodistas o trabajadores y trabajadoras de los medios. Cuatro medios de comunicación sufrieron allanamientos, destrucción de equipos o sanciones administrativas”, resalta el documento.

El Gobierno de Ortega tampoco ha investigado y enjuiciado a los responsables de las violaciones a los derechos humanos en el contexto de la represión contra las protestas de 2018, ni ha garantizado el acceso a la justicia y reparación a todas las víctimas de violaciones a los derechos humanos. Por el contrario, la OACNUDH lamenta la aprobación de una amnistía que, afirma, “allanó el camino a la impunidad de los responsables de graves violaciones a los derechos humanos”.

En ese contexto, a la ONU le preocupa que el Gobierno siga negando la existencia de grupos armados paraestatales y “turbas violentas” que participaron la represión de las manifestaciones. “Desde el 1 de agosto de 2019, la OACNUDH ha documentado por lo menos 11 casos (incluido un asesinato) en los que partidarios del Gobierno atacaron físicamente y/o amenazaron a personas percibidas como opositoras. En la mayoría de esos casos, los autores vestían los colores o portaban banderas del partido gobernante y las violaciones se produjeron con la tolerancia de los agentes de policía que no impidieron ni detuvieron los ataques”, alerta el informe.

Otra de las recomendaciones incumplidas es la reactivación de un diálogo inclusivo con la oposición, así como implementar reformas electorales para garantizar unas elecciones justas y transparentes. Nicaragua celebrará comicios generales en 2022, con Ortega controlando todo el sistema electoral.

En las conclusiones del informe, la OACNUDH solicita al Gobierno que autorice la entrada al país de una misión del organismo, una solicitud hecha desde septiembre de 2020, antes de la presentación de un nuevo informe al Consejo de Derechos Humanos de la ONU. “Ello permitiría realizar una evaluación más profunda de los progresos y los desafíos relativos a la situación de los derechos humanos en Nicaragua”, concluye la OACNUDH

Por Carlos Salinas Maldonado

México - 08 feb 2021 - 10:24

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EFE/EPA/NYEIN CHAN NAING

 

La junta militar de Myanmar (ex Birmania) impuso este lunes la ley marcial en varias ciudades en respuesta a la huelga general y las manifestaciones que, por tercer día consecutivo, inundaron las calles del país para protestar contra el golpe de Estado del 1 de febrero.

 

Después de que el país quedara este lunes prácticamente paralizado por la huelga general y protestas masivas, protagonizadas y dirigidas por trabajadoras de la salud, estatales, estudiantes y las combativas obreras textiles en primera línea, los militares declararon la Ley Marcial en al menos seis localidades.

Allí se impone un toque de queda y estarán prohibidas las reuniones de más de cinco personas y discursos públicos. Una nueva medida represiva junto al corte de internet y de redes sociales. La medida, que afecta a varios distritos de Rangún, la mayor ciudad y el centro económico del país, comenzó este lunes también en Mandalay, Monywa, Loikaw, Hpsaung y Myaungmya.

El anuncio llegó después de que los militares, a través del canal de la televisión estatal MRTV, amenazaran con tomar acciones contra los manifestantes a los que acusan de “dañar la estabilidad del país, la seguridad y el Estado de derecho”.

Las protestas a nivel nacional en Myanmar son las manifestaciones más grandes del país desde la “Revolución Azafrán” liderada por monjes budistas en 2007. En aquel entonces, los militares tomaron medidas represivas contra los manifestantes, matando al menos a 31 personas. En esta oportunidad las autoridades solo han recurrido a cañones de agua para dispersar a las multitudes evitando un alzamiento mayor.

La oleada de protestas públicas contra el golpe militar de la semana pasada -cuando gran parte de los líderes políticos democráticos del país fueron arrestados en redadas antes del amanecer- ha ido creciento durante estos días. El miércoles pasado, los trabajadores médicos de todo el país se declararon en huelga, lo que provocó una primera campaña de “desobediencia civil” que se ha extendido a otras ramas de trabajadores.

Hasta ahora, los medios estatales o próximos al Ejército habían evitado cualquier noticia sobre las movilizaciones pacíficas contra los uniformados, el nuevo anuncio hace temer una escalada de detenciones y represión que puede plantear una reacción de masas aún más fuerte.

En su primer discurso a la nación, el jefe de las Fuerzas Armadas, Min Aung Hlaing, pidió hoy a los birmanos que permanezcan "unidos como país" y que se fijen "en los hechos y no en las emociones". El general golpista, que teniendo en cuenta los resultados electorales (7%) tiene poco apoyo popular, aún así continúa justificando el levantamiento militar, que calificó de "inevitable", por el supuesto fraude electoral en los comicios del pasado noviembre.

Richard Ehrlich en un artículo de Asia Times plantea que el general Hlaing llevó adelante el golpe para defender los intereses financieros de su familia y de la cúpula militar quienes controlan los principales resortes de la economía. Centralmente mantienen bajo su dominio los principales fondos de inversión vinculados a la extracción minera de jade y rubí, depósitos de contenedores, bienes raíces, construcción e industria militar entre otras ramas del país. Por otro lado, debemos tener claro que todos estos intereses fueron sostenidos por el gobierno de la Liga Nacional para la Democracia, el partido de la depuesta Aung San Suu Kyi.

Huelga General y la lucha de clases en el sudeste asiático

Millones de personas salieron a las calles a manifestarse en Myanmar culminando este lunes en un huelga general extendida por todo el país. Como señala Josefina Martínez, a la huelga se han sumado, además de los sectores textiles, médicos, enfermeras, el sector educativo, el transporte y muchos otros, como los bomberos, que participan de la movilización de Yangon.

La huelga de trabajadores que tuvo gran repercusión en Yangón, paralizó prácticamente la antigua capital mientras decenas miles de personas se concentraron en el casco histórico. Las manifestaciones estuvieron protagonizadas principalmente por jóvenes trabajadores y a trabajadores de todos sectores, incluidos bomberos y maestros uniformados, personal sanitario e incluso pancartas y banderas del colectivo LGTBI o de las minorías étnicas del país.

Una mención especial para las destacadas columnas de los jóvenes sindicatos del sector de la industria de la confección, una red de talleres que ocupan una mano de obra muy joven y super explotada, en su mayoría mujeres, que producen para las grandes marcas europeas o norteamericanas como Zara, Primark, H&M, o Dell.

Andrew Saks, un activo organizador sindical que reside en Yangon y que colabora con el movimiento de organización sindical en este sector, en una entrevista exclusiva con La Izquierda Diario nos dijo:

“Los trabajadores de la confección convocaron y dirigieron una protesta el sábado por la mañana que catalizó la ola de protestas en todo Myanmar que estamos viendo ahora. Había un cierto vacío de liderazgo, ya que la LND no convocó manifestaciones callejeras a pesar de la detención de sus líderes. El sindicato de trabajadores de la confección entró en ese vacío y asumió el liderazgo a pesar del extraordinario riesgo que supone hacerlo en este momento en Myanmar. La imagen del sindicato de trabajadores de la confección desplazando a cientos de trabajadores desde las zonas industriales al centro de Yangon inspiró y envalentonó a las masas de Myanmar”.

Esta reflexión de Sacks es muy interesante como punto de apoyo para superar a una dirección que en todo momento negoció con la dictadura y permitió que continuaran todos sus negocios y justificó la represión a las minorías étnicas como los rohingya.

La resistencia al golpe en Myanmar despertó la simpatía de los movimientos democráticos ya existentes en todo el sudeste asiático. Desde Tailandia a Corea del Sur e Indonesia se han organizado manifestaciones en apoyo con la participación de trabajadores migrantes de Myanmar. En este sentido puede ser la punta de lanza para que se levante la nueva clase obrera que sufre altos niveles de explotación y ve que los gobiernos se enriquecen extremadamente mientras sus salarios son los más bajos del planeta de toda la región. Es fundamental que los sindicatos rompan con política e ideológicamente con la líder Aung San Suu Kyi y el LND.

El tigre del sudeste asiático se está levantando.

 

Por Salvador Soler

@SalvadorSoler10

Lunes 8 de febrero | 22:20

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Fotografía: Daniel Mora/El Comercio

¿Aumentarán aún más los nacionalismos y las desigualdades? La brillante filósofa Adela Cortina, que introdujo en el pensamiento contemporáneo el concepto de aporofobia (‘fobia al pobre’), nos ayuda a anticipar los retos del mundo pospandemia, en el que será clave, dice, una gobernanza global.

“Elijamos unir el poder de los mercados con la autoridad de los ideales universales. Elijamos reconciliar las fuerzas creadoras de la empresa privada con las necesidades de los menos aventajados”. A la filósofa Adela Cortina (Valencia, 73 años) le emociona recordar estas palabras de Kofi Annan, antiguo secretario general de la ONU. Las pronunció hace más de veinte años, pero Cortina considera que nunca han estado tan de actualidad. La catedrática de Ética y directora de la Fundación Étnor, una de las mentes que más agudamente han reflexionado sobre las repercusiones sociales de las decisiones de las empresas, considera que la pandemia ofrece una oportunidad única: impulsar una auténtica gobernanza global que no dependa de los intereses de unos pocos países y corporaciones. Esto ayudaría a la recuperación económica y a recobrar la confianza en las instituciones democráticas.


XLSemanal. Habíamos visto luz con las vacunas, pero la tercera ola vuelve a ensombrecer el panorama. ¿Cuándo se acabará esta pesadilla?
Adela Cortina. Sabremos que la pandemia se ha acabado cuando los abuelos vuelvan a llevar a los nietos al colegio.


XL. Desde luego, eso sería un síntoma de normalidad. De momento cuesta imaginar cómo será ese nuevo mundo pospandemia…
A.C. Habrá un mundo ‘pos-esta pandemia’. Pero seguirá habiendo patógenos y hemos de aprender a estar preparados. Todos los países deben tener un mínimo de reservas estratégicas para hacer frente a estas situaciones. No podemos depender del exterior.


XL. ¿Estamos ante el principio del fin de la globalización?
A.C. No lo creo. Hay que mejorar algunos aspectos para generar más igualdad y ayudar a los más vulnerables. Pero la globalización nos permite estar en cualquier lugar del planeta en tiempo real gracias a la conectividad. Esto ha permitido que durante la pandemia continuasen las clases, las reuniones de trabajo… El mundo se hubiera congelado de no ser global. Cerrar fronteras solo se justifica en una situación de emergencia como esta. Pero los inconvenientes de la globalización no se solucionan volviendo a un nacionalismo pacato. Los problemas de la globalización vienen de quien la gobierna.


XL. ¿Y quién lo hace?
A.C. Ahora son unas cuantas grandes corporaciones las que dirigen la globalización. Empresas poderosas que solo buscan su propio beneficio. Por eso hay que trabajar para que haya una gobernanza global.


XL. Ahí están la ONU, la OMS…
A.C. La ONU es un buen organismo, pero son unos pocos países los que toman las decisiones y algunos tienen derecho a veto. Hay que ir un paso más allá. Me refiero a hacerlas globales de verdad, con todas las consecuencias. Que no sean las naciones las que manden sobre ellas, sino que tengan autonomía.

XL. Es todo un salto mental…
A.C. Pero hay gente trabajando en ello. Es el futuro. Un mundo global necesita una gobernanza global. No que unas naciones decidan por encima de otras.


XL. Sin embargo, también vemos una tendencia muy fuerte en sentido contrario, hacia lo que se ha llamado ‘nacionalismo estratégico’. El cierre de fronteras o incluso el brexit son dos ejemplos. ¿No cree que muchos optarán por la independencia frente a la interdependencia?
A.C. El nacionalismo estratégico no opta por la independencia. Hay una confusión ahí. De lo que se trata es de que cada país tenga unas reservas para no depender de otros. En especial, de China; o de la India, que es el mayor proveedor de medicamentos genéricos del mundo, y que al principio de la pandemia decidió restringir las exportaciones de una docena de principios activos de fármacos; entre ellos, el paracetamol. Pero eso no es nacionalismo, es necesidad de supervivencia. Y es una actitud legítima, de prudencia.


XL. ¿Y el nacionalismo, entonces?
A.C. El que me preocupa es el que subyace en el eslogan «América primero» (o «España primero»). Eso es un retroceso.


XL. Dicen que en las crisis siempre surgen oportunidades, ¿vislumbra alguna?
A.C. Tenemos una oportunidad de relanzar la España vacía. Algunos, huyendo de la peste, como sucedió en el Decamerón, de Boccaccio, se han ido al pueblo y han decidido quedarse y trabajar desde allí. Si la España vacía se va llenando de gente, les harán más caso.


XL. Dentro de las ciudades son los barrios con menos recursos los que están llevándose el peor golpe, tanto sanitario como económico…
A.C. No sé si seremos capaces de construir una sociedad sin aporofobia, sin fobia al pobre. El ser humano, casi por instinto, intenta relacionarse solo con aquellos que le van a reportar algún beneficio y deja de lado a los que le van a suponer problemas.


XL. Hemos superado los dos millones de muertos en el mundo; la mayoría, ancianos. Mientras tanto, en Silicon Valley investigan para alargar la longevidad más allá de los límites biológicos. Algo no me cuadra…
A.C. La pandemia debería ser una cura de humildad. Pero en Silicon Valley consiguen una cantidad de dinero impresionante vendiendo que el envejecimiento es una enfermedad que se puede tratar y que la inmortalidad es la meta. ¿Cuándo aprenderemos que la fragilidad y la vulnerabilidad son parte sustancial del ser humano? Nos irá mejor si dejamos de hablar de vencer a la muerte y cuidamos mejor la vida.


XL. ¿Cree que se ha agrandado la brecha generacional entre los mayores y muchos jóvenes?
A.C. Desgraciadamente, creo que hemos visto algo de gerontofobia, de fobia a los ancianos. Y empezó ya con la desescalada, que se hizo por grupos de edad. Los jóvenes no podían mezclarse con los mayores de 65. Eso va creando una cierta mentalidad.


XL. ¿La mentalidad de que los ancianos son un lastre?
A.C. Es lo que han dicho siempre los fascismos y los comunismos. El aprecio al joven por encima de todo. Los mayores están de más. Su obligación es apartarse y desaparecer… Lo peor es que mucha gente se sintió muy aliviada cuando vio que la mayoría de los afectados por el virus desarrolla síntomas leves, excepto los ancianos y los grupos de riesgo. Por otra parte, las relaciones intergeneracionales son muy importantes porque aprendemos unos de otros. Y se nos olvida que en España a los nietos los han criado los abuelos porque la conciliación familiar es difícil. Y que en la crisis de 2008 fue la pensión de los abuelos la que sostuvo a las familias.


XL. En el dilema entre salud y economía, ¿qué debe pesar más?
A.C. En la vida no hay dilemas, sino problemas. Un dilema implica que hay que elegir entre dos posibles soluciones: o salud o economía. No, mire, no hay que elegir entre las dos cosas. Hay que tratar de ver, entre dos opciones, un camino para conservar lo mejor de ambas. Hay que conservar vida y hay que hacer buena economía.


XL. ¿Y entre seguridad y libertad?
A.C. Otro falso dilema. La seguridad y la libertad son indispensables. Y compatibles. ¿Cómo puede una población ser libre si no está segura? Por otra parte, una sociedad que solamente busca la seguridad, y para ello se entrega al servilismo, es una sociedad suicida.


XL. Algunos regímenes totalitarios presumen de su gestión de la pandemia.
A.C. Da la impresión de que China ha afrontado mejor el problema. Sin embargo, es una idea falsa. Porque en un sistema totalitario no hay información fiable. En los países democráticos vamos teniendo información, más o menos, de las cosas que ocurren. Y la gente que se siente perjudicada puede protestar.

De China solo vemos lo que el régimen quiere enseñar.

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Lunes, 08 Febrero 2021 06:06

Slavoj Zizek y el coronacapitalismo

Slavoj Zizek. Imagen: Gentileza David Levene Eyevine

Experto en tirar frases contundentes, Zizek sostiene que "el capitalismo global no puede contener esta crisis" y que "en la pandemia las divisiones de clase han explotado". El pensador que construyó su obra mixturando y aggiornando conceptos de marxismo y psicoanálisis lacaniano dice que "exigir hoy una vuelta a la normalidad implica una exclusión psicótica de lo real del virus: seguimos actuando como si las infecciones no se estuvieran produciendo realmente”.

 

Algo huele a podrido en Occidente. El filósofo esloveno Slavoj Zizek practica la audacia intelectual con ese estilo que patentó desde su Liubliana natal: la combinación de marxismo y psicoanálisis lacaniano. “La pandemia ha afectado a la economía. Por un lado ha forzado a las autoridades a acciones que casi apuntan al comunismo: una forma de renta básica universal, sanidad para todos. Pero es solo una cara de la moneda. Paralelamente hay grandes corporaciones amasando riqueza y siendo rescatadas por los Estados. Los contornos del coronacapitalismo emergen y con ellos nuevas formas de lucha de clases (...) Lo que más necesitamos es un nuevo orden económico que nos permita evitar la debilitante elección entre resurgimiento económico y salvar vidas”, advierte Zizek en Pandemia 2. Crónicas de un tiempo perdido, publicado en inglés por OR Books, aún sin fecha de edición en España y América Latina.

Descarada concentración

A los 71 años, el filósofo esloveno --que en 2020 publicó el primer volumen Pandemia. La covid-19 estremece al mundo por Anagrama, en traducción de Damià Alou-- acaba de publicar Como un ladrón en pleno día (Anagrama), donde alerta sobre los cantos de sirena de la agonía del capitalismo. La covid ha hecho más visible al ladrón. “La descarada concentración de la riqueza ya no es secreta. Es repugnantemente visible. En el ultracapitalismo, Gates, Soros y el resto son presentados como el consejo de sabios, una nueva aristocracia”, afirma Zizek en una entrevista reciente con el diario El País de España. “Amazon o Microsoft no ejercen la explotación clásica —yo trabajo y tú te llevas el beneficio extra—, sino que privatizan lo que Marx llamaba el bien común, el espacio compartido donde nos comunicamos, y se benefician de las rentas. El capitalismo cambia hacia uno más feudal y digital, donde un par de megacompañías controlarán todo en complicidad con los aparatos de seguridad de los Estados. Ya no es que te tengan geolocalizado (…), eso no da miedo. Es que saben por dónde vas del libro que estás leyendo, la tele reconoce tu expresión facial para ver si te gusta un programa; en Estados Unidos, China o Israel las conversaciones privadas se graban; en Europa ya es difícil encontrar billetes de 100 euros, al final pagaremos mirando a cámara y sonriendo. Y el Estado lo sabrá todo”.

El polémico filósofo arroja preguntas que van al grano de algunas cuestiones: ¿Qué economía no puede sostener las necesarias medidas sanitarias? “El capitalismo global que pide permanente autoexpansión, obsesionado con tasas de crecimiento y beneficio”, responde Zizek. “Como explica Marinov, ‘el instinto de no herir la economía nos ha traído una economía arruinada y un virus que se ha expandido por todas partes y será muy difícil de erradicar’”. Como en el primer volumen vuelve a la carga con una idea: la crisis que generó la pandemia es una oportunidad para instalar un nuevo sistema social. “Creo que algo como una nueva forma de comunismo deberá emerger si queremos sobrevivir (...) El capitalismo global no puede contener esta crisis porque en su centro el capitalismo es sacrificial, en vez de consumir el beneficio inmediatamente debes reinvertirlo, la satisfacción completa debe ser pospuesta (...) Con la pandemia se nos solicita sacrificar nuestras vidas para que la economía continúe, como la petición de algunos trumpistas de que los mayores de 60 años deberían aceptar la muerte para salvar el modo de vida capitalista (...) ¿Puede el capitalismo sobrevivir a este giro en la vida diaria en la que estamos mucho más expuestos a la muerte? No creo. Mina la lógica de posponer el disfrute que le permite funcionar”, escribe Zizek en Pandemia 2.

La nueva clase trabajadora

Zizek (Liubliana, 21 de marzo de 1949) coincide con lo que anunció el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus: “La mayor amenaza a la que nos enfrentamos ahora no es el virus en sí. Más bien, es la falta de liderazgo y solidaridad a nivel mundial y nacional. No podemos derrotar esta pandemia como un mundo dividido (…) El virus prospera con la división, pero se frustra cuando nos unimos”. Para el filósofo esloveno hay que tener en cuenta también las divisiones de clase. “Como escribió Philip Alston en The Guardian: ‘El coronavirus simplemente ha levantado la tapa de la pandemia preexistente de pobreza. La Covid-19 llegó a un mundo donde prosperan la pobreza, la desigualdad extrema y el desprecio por la vida humana, y en el que las políticas legales y económicas están diseñadas para crear y mantener la riqueza para los poderosos, pero no para acabar con la pobreza’. Conclusión: no podemos contener la pandemia viral sin atacar también la pandemia de pobreza”, plantea el autor de Todo lo que usted siempre quiso saber sobre Lacan y nunca se atrevió a preguntarle a Hitchcock, A propósito de Lenin, El títere y el enano, Mis chistes, mi filosofía, La nueva lucha de clases y La vigencia de El manifiesto comunista, entre otros títulos.

“El verdadero problema de la pandemia no es el aislamiento social sino la excesiva dependencia de otros, de lazos sociales. ¿Podemos ser más dependientes que en una cuarentena? La crisis vírica nos ha hecho totalmente conscientes de lo que David Harvey llama la nueva clase trabajadora: cuidadores en todas sus formas, desde las enfermeras a los que nos entregan comidas y paquetes, vacían nuestras basuras. Para los que pudimos confinarnos, estos trabajadores se convirtieron en nuestra principal forma de contacto con otros en su forma corporal”, subraya el filósofo esloveno. “Contra el lema barato de que todos estamos en el mismo barco, en la pandemia las divisiones de clase han explotado (...) Somos bombardeados por celebraciones sentimentales de enfermeras en primera línea de la lucha contra el virus. Pero las enfermeras son solo la parte más visible de una entera clase de cuidadores explotados a los que la pandemia ha visibilizado”, agrega Zizek para dejar en claro las diferencias de clase.

No es la primera vez que Zizek expresa su apoyo a Greta Thunberg, la activista medioambiental sueca de 18 años. “El lazo entre la pandemia y nuestros problemas ecológicos es cada vez más claro. Podemos llegar a controlar la covid pero el calentamiento global exigirá medidas mucho más radicales. Greta Thunberg acertaba al señalar que ‘la crisis climática y ecológica no puede ser resuelta con los sistemas político y económico actuales’”, reconoce el filósofo esloveno. “No estamos ‘destruyendo la naturaleza’, solo cocreando una nueva en la que no habrá sitio para nosotros. ¿No es esta pandemia un ejemplo de nueva y siniestra naturaleza? No nos deberíamos preocupar mucho por la supervivencia de la naturaleza, sobrevivirá, solo que cambiada más allá de nuestro reconocimiento (...) Una nueva ética global es necesaria”.

Rastros del racismo y el sexismo

La corrección política “es una forma de autodisciplinamiento que no permite verdaderamente superar el racismo” para el filósofo esloveno. “Las protestas antirracistas fallan al estar dominadas por la pasión políticamente correcta de borrar los rastros de racismo y sexismo, pasión que se acerca mucho a su opuesta, el control del pensamiento neoconservador (...) ¿Qué quedará si descartamos todos los autores en los que hallemos trazas de racismo y antifeminismo? Todos los grandes filósofos y escritores desaparecerán (...) Descartes es visto ampliamente como el iniciador filosófico de la hegemonía occidental, que es inmanentemente racista y sexista. Pero no debemos olvidar que la posición de Descartes de duda universal es precisamente una experiencia multicultural de cómo la propia tradición no es mejor que las tradiciones que nos parecen excéntricas: para un filósofo cartesiano, las raíces étnicas y la identidad nacional simplemente no son una categoría de verdad (...) No hay feminismo moderno ni antirracismo sin el pensamiento cartesiano. Pese a sus ocasionales lapsus racistas y sexistas, merece ser celebrado”, escribe Zizek en uno de los capítulos de Pandemia 2. Crónicas de un tiempo perdido.

La pandemia se ha convertido en un conflicto de visiones globales sobre la sociedad. “Al inicio, parecía como si cierto tipo de solidaridad básica, con el acento en ayudar a los más amenazados, prevaldría; pero esa solidaridad ha dado paso, como dice John Authers, a ‘una amarga batalla fraccional y cultural en la que principios morales rivales silban como metafísicas granadas –recuerda Zizek-. ¿Somos libertarios que rechazan cualquier cosa que limite nuestras libertades individuales? ¿Utilitaristas prestos a sacrificar miles de vidas por el bienestar económico de la mayoría? ¿Autoritarios que creen que solo el control y la regulación estatal nos pueden salvar? ¿Espiritualistas New Age que creen que la pandemia es un aviso de la naturaleza, un castigo por nuestra explotación de los recursos naturales? ¿Creemos que Dios nos está probando y al final nos ayudará a encontrar una salida? Todas esas ideas se asientan en una visión específica de lo que son los seres humanos. Por eso, para enfrentar la crisis, primero todos debemos convertirnos en filósofos”.

Ese oscuro objeto del deseo

El filósofo esloveno busca materiales para reflexionar en películas o series. En su nuevo libro se refiere a varios títulos de Luis Buñuel que se construyen en torno a la “imposibilidad inexplicable de la realización de un simple deseo. “En La edad de oro, la pareja quiere consumar su amor, pero una y otra vez se lo impide un estúpido accidente; en La vida criminal de Archibaldo de la Cruz, el héroe quiere realizar un simple asesinato, pero todos sus intentos fallan; en El ángel exterminador, después de la conclusión de una fiesta, un grupo de ricos no puede cruzar el umbral para salir de la casa; en El discreto encanto de la burguesía, tres parejas quieren cenar juntas pero complicaciones inesperadas siempre impiden la realización de este simple deseo; y, finalmente, en Ese oscuro objeto del deseo, tenemos la paradoja de una mujer que, a través de una serie de trucos, pospone continuamente el momento final del reencuentro con su antiguo amante… Nuestra reacción a la pandemia de Covid-19 es bastante similar: todos sabemos de alguna manera lo que hay que hacer, pero un extraño destino nos impide hacerlo”, compara Zizek.

Meter el dedo en la llaga es algo que el filósofo esloveno suele hacer con cierta saña metódica. “Con las infecciones por Covid-19 nuevamente en aumento, se están anunciando nuevas medidas restrictivas, pero esta vez acompañadas de la condición implícita (y a veces explícita) de que no habrá retorno al cierre total: la vida pública continuará. Esta condición se hace eco de una protesta espontánea de muchas personas: ‘¡No podemos volver a hacerlo (cierre total)! ¡Queremos recuperar la vida normal! ‘¿Por qué? ¿Fue el confinamiento, para dar la vuelta a la ‘dialéctica en un punto muerto’ de Benjamin, un punto muerto sin dialéctica? Nuestra vida social no se detiene cuando tenemos que obedecer las reglas de aislamiento y cuarentena; en momentos de (lo que puede parecer) quietud, las cosas están cambiando radicalmente. Los rechazos al confinamiento no son un rechazo a la quietud sino al cambio”, analiza Zizek.

Las páginas de cualquier libro son un territorio donde se disputan interpretaciones. “Escucho en las protestas contra el confinamiento una confirmación inesperada de la afirmación de Jacques Lacan de que la normalidad es una versión de la psicosis –precisa Zizek-. Exigir hoy una vuelta a la normalidad implica una exclusión psicótica de lo real del virus: seguimos actuando como si las infecciones no se estuvieran produciendo realmente”.

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La libertad de expresión y su policía digital

¿Qué hacer con una red que prometía democratizar las comunicaciones, descentralizar del poder y mejorar el acceso universal al conocimiento, y que hoy parece capaz de alterar la convivencia social, agrietar la política y distorsionar la economía? Estas y otras preguntas se acumulan en estos tiempos y tomaron una acuciante actualidad tras la decisión de Twitter de suspender de manera permanente la cuenta de Donald Trump.

 

Si un presidente habla pero las vías para ser escuchado por la sociedad impiden su expresión, ¿realmente habla? Esta variable del famoso kōan zen bien puede aplicarse al bloqueo sufrido por el ex-presidente Donald Trump en el tramo último de su mandato por parte de las grandes plataformas digitales Facebook, Google y Twitter, que sumó la prohibición de Apple, Amazon y nuevamente Google de descarga para la app de la red social Parler, un foro de extremistas de derecha, supremacistas y otras tribus que encontraron en Trump un genuino vocero.

Cómo y bajo qué reglas circulan los discursos, quién puede escucharlos y cuáles son los límites de lo decible son cuestiones que remiten a la esencia de una democracia. Si a la circulación de ideas y opiniones se le imponen peajes arbitrarios, sea a través de controles gubernamentales, de corporaciones privadas (tema que no suelen contemplar los indicadores de «calidad democrática») o de sistemas mixtos de vigilancia, la capacidad de acceder y participar de los debates y decisiones públicas se resiente.

Después de capitalizar el frenesí autoritario de Trump y su incontinencia comunicacional, las plataformas digitales bloquearon sus posteos, en un giro respecto de la apacible tolerancia que tuvieron con él cuando llamó a fusilar a quienes protestaban por el asesinato de George Floyd en manos de la policía para recordar que «las vidas negras importan». Entretanto, Trump perdió las elecciones generales, y los republicanos, el control de las dos cámaras del Congreso. El giro de la política de las plataformas es copernicano: si bien hubo casos de intervención de estas en otros procesos políticos –en varios países latinoamericanos como Brasil, Venezuela, Cuba o México–, es la primera vez que la coordinación de los gigantes de internet aísla a un jefe de Estado y a sus millones de seguidores. A menos de un año del juramento de defensa radical de la libertad de expresarse del entonces presidente Trump hecho por Mark Zuckerberg (Facebook) y Jack Dorsey (Twitter), las plataformas profanan una de las utopías del credo liberal.

Las fisuras del ecosistema de información y comunicaciones quedaron al desnudo. Un puñado de empresarios y ejecutivos de Silicon Valley decidieron, de manera unilateral, cancelar la expresión del presidente de Estados Unidos. Con ello abrieron la puerta a una discusión que, si bien animaba a especialistas, hasta ahora no había concitado la atención pública ni tenía lugar en la agenda de líderes mundiales. Este enero las cosas cambiaron. Las palabras de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, sugieren una nueva tendencia: «las interferencias en el derecho de expresión no pueden ser basadas solamente en reglas internas de una empresa» sino que «es necesario un conjunto de reglas y leyes para decisiones de tal efecto», dijo la política democristiana, anteriormente ministra de varias carteras en Alemania.

La interferencia discrecional, opaca e inapelable de contenidos públicos –tal es el caso del discurso de un presidente– y la censura privada de expresiones protegidas por los estándares de libertad de expresión son dos de las múltiples cabezas de una creación que es al mismo tiempo producto de los sueños de la razón y de la evolución científica anabolizada con inversiones estatales y privadas. Del anhelo de arribar a una nueva esfera de democracia directa comparable al Ágora ateniense que profetizó Al Gore en la Asamblea de la Unión Internacional de las Telecomunicaciones en Buenos Aires en 1993, cuando internet se abría al uso civil y comercial tras un cuarto de siglo de funcionalidades militares y científicas, a la plataformización protagonizada por conglomerados globales que mercantilizan los datos de miles de millones de usuarios y generan anomalías según cualquier perspectiva que se adopte sobre defensa de la competencia, media otro cuarto de siglo, y un poco más.

¿Qué hacer con esta red cincuentona que prometía democratizar las comunicaciones, descentralizar los nodos de poderes y controles coercitivos o mejorar el acceso universal al conocimiento, y que hoy es vista por connotados líderes políticos como la Hidra de Lerna, cuyo aliento venenoso es capaz de alterar la convivencia social, agrietar la política y distorsionar la economía?

Para aproximar una respuesta a la pregunta del momento, es necesario reconocer las mutaciones de la libertad de expresión en la etapa actual de expansión global de las plataformas. En primer lugar, es claro que no hay expresión libre si no hay, a la vez, recursos para expresarse. El derecho a la expresión es una abstracción si no contiene el acceso a los recursos imprescindibles para confirmar la expresión en acto. Uno de los mayores expertos en el tema, Owen Fiss, dedicó parte de su obra a enfatizar que la desigualdad en el acceso a recursos materiales que estructura a las sociedades en ricos y pobres tiene su correlato en las condiciones en que unos y otros pueden ejercer su derecho a la expresión.

El derecho a la expresión comprende no solo la posibilidad de emitir ideas y noticias «por cualquier medio de expresión», como dice la Declaración Universal de Derechos Humanos, sino también el acceso a las ideas y noticias de terceros y la facultad de investigar. Si no median políticas que corrijan o compensen las desigualdades estructurales, las probabilidades reales de concretar el derecho a la expresión por parte de los sectores con menores recursos se diluyen.

En segundo lugar, es preciso ponderar el lugar social que hoy ocupan las plataformas digitales, en particular las llamadas «redes sociales». Si durante siglos las industrias culturales fueron las instituciones que producían y distribuían masivamente las ideas y opiniones, y si durante el siglo XX los medios electrónicos, junto a la prensa masiva, operaron como auténticos guardianes de la palabra y del entretenimiento a gran escala, hoy esas funciones migraron hacia las plataformas digitales. Es decir que el lugar social donde ocurre el encuentro entre la noticia opinada y su público, donde las personas conversan acerca de los temas de interés y donde los vendedores y consumidores transan sus productos y servicios, son centralmente –y crecientemente– las plataformas digitales.

Tan constituyente de las conversaciones públicas es el espacio de las plataformas digitales que los líderes políticos, las principales empresas y los referentes sociales son intensivos usuarios de ellas. La interpelación a la ciudadanía por parte de unos, a los consumidores, usuarios y audiencias por parte de otros, quedaría muy resentida si no aprovecharan, con estrategias variopintas, el potencial de las redes que, a diferencia de la lógica de los medios tradicionales, es simultáneamente masivo y personalizado. El alcance global, la ubicuidad y el volumen de las plataformas, junto con su extremo nivel de concentración en unas pocas corporaciones, las ubican como epicentro de las comunicaciones contemporáneas.

Retomando entonces a Fiss, hoy las plataformas son recursos imperiosos para ejercer el derecho a la expresión, para lo cual es preciso acceder a una buena conexión de internet, además de tener las capacidades, los dispositivos y el tiempo indispensables para ejercitar ese derecho como si fuera un músculo. Si las reglas de las plataformas, espacio privilegiado donde ocurren las interacciones comunicativas, informativas y comerciales, son opacas, discrecionales o herméticas; si no respetan el debido proceso que define un procedimiento respetuoso de los principios de derechos humanos, entonces el problema del ejercicio de la expresión se agrava. Por el contrario, si los criterios –es decir, la regulación– de las redes digitales fuesen democráticos, accesibles y justos, si contemplaran mecanismos de apelación y auditoría, disminuiría la desigualdad en la aspiración a que el derecho a la expresión se garantice.

«Si no te gusta Facebook, abre un blog» es una cándida respuesta a quienes observan el poderío de las grandes compañías de internet. Pero ¿hay alternativa a las plataformas dominantes en los intercambios digitales? En las circunstancias actuales, la respuesta es negativa. En efecto, las principales redes operan como barreras de entrada casi imposibles de sortear, siendo además, según la Autoridad de la Competencia y Mercados del Reino Unido, un obstáculo para la innovación y un peso para usuarios y consumidores.

Las plataformas concentran mercados masivos de usuarios (Facebook, que cumplió 17 años, supera los 2.400 millones) que ceden gratuitamente sus datos (contactos, rutinas, localización y preferencias). Pero gracias a los efectos de red de la economía digital y a su escala alcanzada, las plataformas son simultáneamente un peaje obligado para que productores de contenidos (sean industriales, como los medios de comunicación o el cine; o artesanales, como los creadores de música, literatura y obras audiovisuales) y anunciantes se encuentren entre sí y con sus audiencias. 

Esa posición es fruto del talento, sí, y también de la oportunidad de haber llegado a tiempo, de las fusiones y compras de compañías innovadoras emergentes que podrían representar una competencia, y de una regulación sumamente permisiva con la monopolización lubricada por el mayor lobby registrado en los últimos años. Los abusos de posición dominante en este cuello de botella están documentados por autoridades de la competencia en Europa y América del Norte y son el meollo de denuncias presentadas por fiscales de casi 50 estados en Estados Unidos contra Google y Facebook. Por eso, a menos que cambien las circunstancias (por ejemplo, que empiecen a aplicarse las normas antimonopolio), cualquier competencia emergente que amenace el poder de las plataformas tiene muy pocas posibilidades de prosperar sin ser fagocitada por las big tech, ya sea a través de compras (WhatsApp) o del desarrollo de funcionalidades que imiten las del competidor emergente (Snapchat).

Puesto que canalizan la comunicación pública y las interacciones privadas, y que no tienen competencia en la «economía de la atención», las reglas discrecionales que imponen las plataformas respecto de lo que puede o no decirse en ellas afectan el derecho a la libertad de expresión. La edición de sus algoritmos –cambiantes, opacos, desproporcionados e inauditables– define la suerte o la desgracia de empresas, organizaciones y personas que dependen del contacto con usuarios o consumidores y de un día para el otro, sin aviso previo, ven que el vínculo que habían creado se les va de las manos como arena seca con un simple cambio de programación decidido en Silicon Valley.

Las plataformas no son solo la vitrina de exhibición de comentarios generados por sus usuarios, sino también editoras que promueven una mayor exposición de estos jerarquizando su ubicación, destacando su acceso o, como contracara, limitándolo hasta removerlo. También han alentado la difusión de contenidos radicales para promover la permanencia de los usuarios en burbujas que funcionan como un feedlot de polarización, como mostró <span class="s2">.

Lo que han hecho con los mensajes de Trump y, en el extremo, con el bloqueo de sus cuentas, o la censura a la fotografía de valor histórico de «la niña del napalm», se repite a diario con posteos censurados sin que sus autores sepan el motivo ni puedan apelar la decisión unilateral de las big tech. En algunos casos, los contenidos removidos son reclamos sobre violaciones a derechos humanos, en otros, campañas de bien público (como la vacunación) u opiniones perfectamente legales.

Las plataformas ya no son intermediarias asépticas, sino editoras del debate social con un alcance que supera al de los medios de comunicación tradicionales. Básicamente, porque estos no conocen a su público con el nivel de precisión que sí tienen las plataformas que, además, monopolizan la explotación comercial de sus datos y condicionan desde los precios de la economía hasta la agenda de discusión política. Incluso desde el punto de vista legal (que no es el que ensaya este artículo) los medios cargan con un peso mayor que el de las plataformas digitales en cuanto a la responsabilidad ulterior por sus decisiones editoriales.

El poder que han concentrado las big tech llama la atención del estamento político en todos los países de Europa, con prescindencia de si se trata de una líder de centroderecha como Angela Merkel, un socialdemócrata como Pedro Sánchez o un conservador como Boris Johnson. La retórica libremercadista que fomentó la plataformización corporativa de internet no solo engendró monopolios que contradicen cualquier noción de competencia económica, sino que además afecta derechos (como la libertad de expresión) inalienables de la vida democrática. La guía propuesta por la Comisión Europea en diciembre pasado para que las plataformas aclaren públicamente los criterios de priorización de sus algoritmos pretende alinear ambas cuestiones (democracia y no distorsión de mercados) en una misma dirección.

La autoatribución de la facultad de cancelar de facto y sin derecho a defensa a un presidente legítimo, sin que medie una orden judicial o un pronunciamiento de otros poderes democráticos como el Congreso o agencias regulatorias creadas por este, es una representación cabal del rol de policía que esta vez descargaron contra un Trump derrotado en las elecciones, pero en esta acción anida una discrecionalidad, una opacidad, una ausencia de mecanismos elementales de apelación, de rendición de cuentas y de representación social que socava las formas elementales del Estado de derecho.

Varias razones habilitan a cuestionar el bloqueo dispuesto por las plataformas contra Trump: primero, porque cercenaron la palabra del representante de una corriente de opinión; segundo, porque obstruyeron el acceso de la sociedad a la expresión de un presidente legítimo; tercero, porque las plataformas se autoasignaron el rol de controladoras del discurso público y, con este antecedente, les resultará complejo desentenderse de las consecuencias políticas y legales correspondientes, incluida la evidente función editorial de la que tanto han renegado hasta ahora; cuarto, porque se arrogaron de facto facultades que corresponden a poderes públicos en una democracia, es decir que si Trump efectivamente era una amenaza a la convivencia y su incitación a la violencia fue dañina, entonces correspondía que los poderes instituidos y legitimados (poderes Judicial y Legislativo) adoptasen las medidas pertinentes, incluyendo el recorte de los espacios de difusión del primer mandatario; quinto, porque al presentarse como una suerte de atajo ejecutivo y veloz para decisiones que deberían tramitarse por las vías institucionales de una democracia, las plataformas se ofrecen como un sustituto posible para cuestiones que son muy ajenas a su competencia, al tiempo que sustraen de la esfera pública otras que no solo le son propias, sino que le son constitutivas.

Como reflexionan Andrés Piazza y Javier Pallero en Cenital, la cuestión central hoy es quién modera a los moderadores de contenidos, quién regula a los reguladores del discurso y quién los controla. Las restricciones al derecho a la libertad de expresión no pueden ser fruto de la evaluación impulsiva de corporaciones dueñas de las plataformas que alteran su algoritmo al calor de intereses particulares o de presiones externas para disminuir las operaciones de desinformación, la difusión de mensajes de odio o el alcance de las llamadas fake news.

Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, el sonido queda anulado. Si la conversación pública es escamoteada por las plataformas como policía privada de los discursos públicos, la libertad de expresión resulta ultrajada.

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Sábado, 06 Febrero 2021 05:09

Inútil sacrificio

Inútil sacrificio

Al desoír las advertencias, el líder opositor Aleksei Navalny, adversario irreconciliable del presidente Vladimir Putin, con su regreso a Rusia hizo un sacrificio inútil a partir de dos errores: suponer que no podían encarcelarlo, ya que la fiscalía durante seis años no solicitó prisión efectiva hasta dos días antes de que concluyera la condena a libertad condicional, y creer que, de ocurrir ese escenario, su preparado contragolpe –el video sobre el presunto palacio de Putin en el mar Negro– sacaría a la calle a millones de indignados y que las bien remuneradas fuerzas del orden le darían la espalda al Kremlin.

La represión sofocó la protesta, sin precedentes ambas, pero sin inclinar la balanza hacia los que se atrevieron a expresar su opinión pese a los riesgos: 10 mil detenidos en tan sólo dos manifestaciones. El Kremlin quedó con imagen abollada y Navalny con la sensación de que su valiente gesto de volver a su país no provocó la caída del régimen y de que no podrá recobrar pronto la libertad.

Una vez condenado a dos años y ocho meses de prisión, es de suponer que la siguiente instancia no va a satisfacer el recurso de apelación y, en consecuencia, Navalny será trasladado a una lejana colonia penitenciaria, como se denomina aquí una suerte de territorio cerrado para prisioneros donde los condenados son obligados a trabajar y duermen no en celdas, sino en barracones para decenas de personas. Ahí, sin acceso a Internet, estará aislado y no podrá influir en ninguna acción política.

Mientras tanto, la maquinaria del Estado seguirá fabricando causas contra Navalny. Ayer mismo comenzó el juicio por calumniar a un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que exhortó, en un anuncio de tv, a votar por la nueva Constitución, junto con una veintena de famosos y desconocidos.

Navalny, en Twitter y Telegram, los llamó "lacayos vendidos" y "traidores". Nadie se quejó, pero no faltó quien lo demandara por ofender al anciano que no sabe qué es Internet. Dentro de una semana continuará el juicio, que puede terminar con una elevada multa o incluso hasta dos años más de cárcel. Habrá otros procesos y Navalny no sería el primero en convertirse en moneda de cambio para, tras unos años de castigo ejemplar, expulsarlo del país y obtener alguna concesión en beneficio de la élite gobernante.

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El sistema productivo estadounidense ha quedado muy afectado por el bajo crecimiento, la acotada inversión y una polarización de empleos acorde a la agobiante desigualdad social

Este es el segundo de tres artículos del autor sobre el “Imperialismo del siglo XXI”. El primero se centra en "La recuperación imperial fallida de EE UU". Y el tercero analizará la “Indefinición imperial contemporánea”. Todo ello es, sin duda, una cuestión de gran actualidad.]

 

Estados Unidos afronta una crisis de largo plazo que corroe todos sus intentos de recuperación imperial. El retroceso económico es determinante de esa obstrucción.

La primacía militar de la primera potencia ya no se asienta en los viejos pilares productivos. El repliegue industrial ha conducido a un déficit comercial que expresa la pérdida de competitividad fabril.

Ese declive industrial es contrarrestado mediante un continuado liderazgo financiero de Wall Street, el dólar y la Reserva Federal (FED), que permite capturar grandes flujos internacionales del capital. Estados Unidos preserva también una significativa supremacía tecnológica. Invierte importantes sumas en investigación y desarrollo, genera patentes y acrecienta su presencia en los empleos calificados de la informática.

Pero esos timones de las finanzas y la tecnología no alcanzan para retomar el comando imperial. Contribuyen a sostener la delantera frente a Europa y Japón, sin frenar el avance chino y la pujanza de otras economías.

Desventuras económicas

Estados Unidos corroboró sus ventajas entre las viejas potencias durante la crisis del 2008. Definió los planes maestros del rescate bancario y mantuvo al dólar como moneda de refugio.

Esa delantera se verificó incluso frente a la economía germana. Alemania ha demostrado una renovada pujanza tecnológica, con exportaciones de bienes industriales e inversiones en el Este europeo. Pero no logró consolidar con su socio francés el estado multinacional requerido para disputar el poder transatlántico (Duménil, Levy, 2014: 87-94). Gestó una moneda común relegando al grueso de los miembros de la Unión y sin conseguir la unificación fiscal y bancaria del Viejo Continente. Europa sigue careciendo del estado históricamente consolidado que maneja Washington, para administrar las crisis con audaces socorros fiscales (Lapavitsas, 2016: 374-383).

Las ventajas estadounidenses también persisten frente a Japón, que padece un retroceso económico continuado, con sucesivos fracasos en la reactivación, burbujas recicladas y emigración de capital hacia otras localizaciones asiáticas.

Pero las adversidades de Europa y Japón sólo aportan consuelos al bloqueado resurgimiento de la economía norteamericana. Retratan cómo se distribuyen los costos en el agobiado capitalismo occidental frente al despunte asiático. El contraste entre los duros efectos de la eclosión del 2008-09 en las economías occidentales y el acotado impacto de la crisis de 1997-98 en Oriente confirma esa asimetría. La total disparidad de tasas de crecimiento al cabo de esas turbulencias corrobora esas diferencias (Harvey, 2012: 33-39).

Estados Unidos no ha podido contener la reconfiguración geográfica de la producción hacia el universo asiático. Está perdiendo la partida contra China en todos los indicadores de crecimiento, inversión, intercambio comercial y balance financiero. El dragón asiático ascendió en tiempo récord al status de economía central y disputa en el tope mundial. Washington puede marcarle el paso a Bruselas o Tokio, pero no a Beijing.

Estas adversidades se extienden también al ramillete de países intermedios que ganan peso en la producción y el comercio. Ciertamente el despunte de Turquía o la India no tiene la consistencia de Corea del Sur. Pero los avances más corrientes de las economías semiperiféricas se consuman a favor de China y en desmedro del padrinazgo estadounidense (Roberts, 2018). Washington no ha podido siquiera lucrar con la gran depredación sufrida por África y América Latina. Estos resultados impactan sobre el tejido interno del país.

Las fracturas internas

El imperialismo estadounidense ha perdido su viejo sustento de homogeneidad interna. Debe lidiar con la reconfiguración interna que generan las transformaciones demográficas y los flujos inmigratorios, en pleno declive del viejo cinturón industrial. Estas mutaciones han renovado el tradicional choque ideológico entre el anglosajonismo identitario y el multiculturalismo cosmopolita.

La fractura que Washington lograba suturar -para sostener una política externa unificada- se ha profundizado. El capitalismo globalizado requiere un comando asentado en la disciplina interna del país dominante. Esa consistencia se ha diluido y erosiona todos los intentos de relanzamiento imperial.

La grieta en curso no tiene precedentes contemporáneos. Estados Unidos logró mantener su cohesión en las coyunturas más críticas de la posguerra. Ni siquiera la derrota de Vietnam o el temblor provocado por la revolución cubana generaron una corrosión comprable a la ruptura actual.

La división político-cultural entre el americanismo del interior y el globalismo de las costas se extiende a todos los ámbitos de la sociedad. Esa cisura paraliza al sistema político y socava las estrategias externas.

Las últimas elecciones retrataron esa división, en un país fracturado entre zonas urbanas azules (Demócratas) y zonas rurales suburbanas rojas (Republicanos). Frente a semejante polarización el sistema político cruje, anulando los sustentos de la acción externa.

Trump perdió los comicios pero consolidó una base electoral plebeya de seguidores derechistas, resentidos con los gobiernos federales y enemistados con las elites globalistas. Biden canalizó, a su vez, el descontento con la fracasada gestión del magnate, sin ofrecer las reformas que aseguraban en el pasado la lealtad electoral a su partido de los asalariados, los afroamericanos y los empobrecidos. Los dos polos disputan con gran virulencia, en una estructura política obsoleta y divorciada de la población (Morgenfeld 2020a, 2020b).

Esta división político-social refleja también la irresuelta tensión entre sectores globalistas y americanistas de la clase dominante. El primer grupo reúne a los gigantes del comercio, las finanzas, la tecnología y la comunicación. El segundo sector aglutina a los proveedores del Pentágono, las petroleras, los sojeros y las empresas centradas en el mercado interno.

El proyecto neoliberal es compartido por ambas fracciones, pero con propuestas muy disímiles. Los globalistas propician la recuperación del terreno perdido, apuntalando la gravitación internacional de las firmas estadounidenses. Sus adversarios privilegian el complejo industrial-militar y el mercado interno, con iniciativas de proteccionismo y guerra comercial.

La tensión entre ambos sectores ha escalado frente a las dificultades que exhibe el país para restaurar su primacía económica. Los proyectos de competitividad librecambista han fallado con la misma frecuencia que los emprendimientos de protegido territorialismo.

La nueva etapa de capitalismo neoliberal, financiarizado, digital y precarizador despuntó bajo el padrinazgo de Reagan y fue celebrada por todo el establishment. Pero al cabo de varias décadas ha desembocado en un escenario global adverso. En lugar de revitalizar la primacía norteamericana, expandió los centros de acumulación en varios rincones del planeta. Afianzó el auge de Oriente y el crecimiento de nuevas potencias.

Los beneficios que la globalización generó al comienzo en el sector estadounidense más internacionalizado, no compensaron las pérdidas en el segmento opuesto. Por eso naufragaron los intentos de respuesta común frente al desafío asiático. Esa fractura se afianzó posteriormente con el continuado deterioro de la economía. El sistema productivo estadounidense ha quedado muy afectado por el bajo crecimiento, la acotada inversión y una polarización de empleos acorde a la agobiante desigualdad social.

El inesperado curso que siguió la globalización ha sido determinante de este resultado. El proceso que impulsó y lideró la primera potencia derivó en inmanejables desventuras. La mixtura de internacionalización económica y multipolaridad política socava la capacidad de intervención mundial de Estados Unidos.

Adversidades geopolíticas

La crisis interior impide a Estados Unidos lidiar con el tormentoso escenario del siglo XXI. Pero la inoperancia de la primera potencia fue paradójicamente desencadenada por el mayor éxito externo del Departamento de Estado: la implosión de la URSS.

Ese desmoronamiento dejó al gigante del Norte como la única superpotencia del planeta. Cerró una larga disputa entre dos contendientes que tensionaron al planeta, con jugadas de poder atómico y capacidad de exterminio masivo.

Pero la URSS no se desplomó por esa confrontación bélica. Se desmoronó al cabo de un largo declive signado por la transformación pro-capitalista de su elite dirigente. El establishment de Washington no registró esa causalidad. Interpretó el colapso de su adversario como un premio al acoso implementado durante la guerra fría. Reagan se llevó los lauros de esa victoria y Bush pretendió afianzarla con una enceguecida escalada de aventuras bélicas.

La corriente neoconservadora que tomó las riendas del Departamento de Estado imaginó el debut de un nuevo siglo americano basado en el ímpetu del Pentágono. Pero al romper todos los límites que imponía la existencia de un temido contrapeso militar el fin de la URSS incentivó el descontrol imperial.

Con una sensación de incontenible supremacía, Bush recurrió a burdos argumentos para desatar el infierno bélico en Medio Oriente. Perpetró la mayor masacre contemporánea, sepultando a Irak bajo los escombros de incontables cadáveres. Nunca aparecieron las “armas de destrucción masiva” alegadas para justificar semejante matanza.

El renacimiento imperial imaginado con esa exhibición de poder fue una fantasía de corta duración. Irak se convirtió en un pantano militar, que obligó al retiro e implícito reconocimiento del fracaso. El Pentágono sólo consiguió mantener una red de atrincheradas bases en un país administrado por su adversario iraní. Washington ni siquiera consiguió el manejo del petróleo.

Los mismos resultados se verificaron en otras incursiones. Estados Unidos no doblegó a los talibanes en Afganistán y generó en Trípoli el mismo caos que en Bagdad. Contribuyó a la destrucción de Yemen sin controlar el país y facilitó la demolición de Siria a puro beneficio de Rusia e Irán.

Los dantescos escenarios que genera el Pentágono no tienen rédito para la primera potencia. El resurgimiento imperial que parecía tan sencillo cuando se desplomó la Unión Soviética ha resultado impracticable.

Ese fiasco erosionó la red internacional de alianzas cobijada bajo la protección militar estadounidense. Muchos gobernantes, sugieren actualmente la obsolescencia de esa coraza. El fin del bloque socialista y el reflujo de la oleada popular revolucionaria de los años 60-70, afianzó la impresión que la primera potencia ya no aporta un sostén imprescindible al orden capitalista. El padrinazgo norteamericano ha perdido relevancia entre distintas elites del planeta.

La gestión de los conflictos regionales con patrones de bipolaridad ha quedado atrás. El principio de gobernabilidad en torno a las áreas de influencia ya es un recuerdo y el viejo diagrama de fronteras invulnerables se ha pulverizado

En el diversificado universo actual, el manejo imperial de las tensiones geopolíticas se ha tornado muy difícil. La desaparición del antagonista soviético le ha quitado a Estados Unidos el principal argumento para imponer sus decisiones en forma unilateral.

Esa erosión explica las tensiones con los socios. La estructura piramidal que encabezan el Pentágono y la OTAN persiste, pero Washington no tiene la palabra final. Las fricciones en la Tríada se acrecientan, tanto en el eje transatlántico como en el ordenamiento transpacífico.

El deterioro de la autoridad estadounidense se extiende también a un significativo número de súbditos. La dominación a través del temor que generaba el peligro socialista se ha diluido y varias sub-potencias regionales construyen sus propios caminos, sin solicitar autorización al Departamento de Estado.

Estados Unidos se ha convertido en una superpotencia que pierde guerras y soporta crecientes desplantes del rival asiático. En ambos terrenos se verifica la incapacidad de Washington para retomar el mando efectivo del imperialismo (Smith, A, 2018).

El significado de la multipolaridad

El capitalismo del siglo XXI funciona con gigantescos desequilibrios, que requieren la presencia de un mega-poder estatal para evitar estallidos incontrolables. La expectativa que Estados Unidos cumpliría ese rol quedó desmentida por los efectos de la crisis del 2008 y por la pandemia en curso.

Frente a esas dos eclosiones Washington privilegió la protección de su propia retaguardia, sin ejercer un rol de sostén global del sistema. En el primer caso apuntaló el dólar, los bonos del Tesoro y las acciones de Wall Street. En el segundo confiscó remedios, subsidió a sus farmacéuticas, saboteó a la Organización Mundial de la Salud y propició una guerra de vacunas para inmunizar a su población a costa del resto.

Esa conducta confirma que Estados Unidos persiste como fuerza dominante, pero sin capacidad para ejercer esa supremacía. En este divorcio entre potencialidad y efectividad se sintetiza el agotamiento del modelo comandado por Washington.

Para viabilizar la globalización productiva, comercial y financiera, el capitalismo necesita un poder geopolítico-militar más concentrado y cohesionado que en el pasado. Los esquemas previos ya no permiten gestionar el sistema actual. Quedó atrás el marco de potencias nacionales enfrentadas de la primera mitad del siglo XX y el modelo posterior de conducción norteamericana de la confrontación con la URSS.

En una economía que se mundializa -junto a Estados que preservan sus pilares nacionales- sólo un imperio consolidado junto a sus socios podría asumir un rol conductor global. Ese poder geopolítico no ha emergido bajo las riendas de Washington.

No alcanza con la FED, Wall Street y el dólar para encarrilar la armonización de procesos dispares. Los flujos financieros, las corrientes de inversión y los procesos de fabricación se han globalizado, pero la acumulación de capital continúa regida por patrones nacionales. Sólo una mega-potencia con sus acompañantes y apéndices podría brindar soportes a esa contradictoria articulación.

Estados Unidos no forjó esa estructura dominante y no logró armonizar la mundialización de la economía con la multiplicidad de estados y clases dominantes. No ha podido desenvolver un rol de intermediación entre la dinámica global del capitalismo y el ordenamiento geopolítico nacional (o regional) de ese sistema.

En el plano económico, Washington perdió esa capacidad de conexión dirigente por el retroceso de sus firmas frente a la competencia asiática. Ha exhibido la misma impotencia geopolítica para gobernar el planeta. Carece de efectividad como gendarme, no controla el desarme de sus adversarios y tampoco consigue frenar la proliferación nuclear.

El contexto multipolar prevaleciente expresa esa insolvencia. Ese escenario implica una dispersión del poder contrapuesta a la bipolaridad de los años 80. Se ha plasmado también un marco antitético a la unipolaridad del decenio posterior. El contexto actual contrasta con el ansiado papel dominante de Estados Unidos. La multipolaridad convalida una distribución de fuerzas en varias áreas, que afecta la autoridad del mandante. El Pentágono mantiene la supremacía bélica, pero no hace valer esa superioridad en el escenario geopolítico (Smith, A, 2019).

El escenario policéntrico se afianza con la expansión económica de China, el resurgimiento geopolítico de Rusia y la autonomía de varios países intermedios. Estados Unidos conserva las prerrogativas del pasado, sin lograr la obediencia total de sus socios y la contención eficaz de sus rivales (Boron, 2019).

Apologistas y críticos

Ningún pensador del establishment estadounidense ha podido explicar la crisis del imperialismo. Se limitan a ponderar la continuada centralidad de la primera potencia actualizando sus divergencias. Los estudios de la política exterior (Anderson, 2013), las evaluaciones de tendencias recientes (Chacón, 2019) y nuestras caracterizaciones de las corrientes de opinión que citamos a continuación (Katz, 2011: 121-131) confirman ese escenario.

Las visiones más apologéticas del belicismo alcanzaron su pico de predicamento durante las cruzadas de Bush. En el cenit de esas agresiones, los teóricos neoconservadores (Kaplan, Ignatieff, Kagan) realzaron las virtudes civilizatorias de las matanzas consumadas por los marines. Retomaron la mitología colonial que presenta esos crímenes como acciones correctivas del primitivismo imperante en la periferia.

Durante ese período recobró fuerza el fundamento hegemonista de la acción imperial, como una exigencia de funcionamiento del orden global (Cooper, Huntington). Esa mirada postula la conveniencia de exhibiciones de fuerza para garantizar el equilibrio geopolítico. Pondera la intimidación y el escarmiento como una forma de visibilizar la jerarquía imperial. La invasión a Irak fue un ejemplo de esas demostraciones.

Pero el fracaso de esa operación resucitó las justificaciones realistas, en desmedro de la exaltación hegemonista. Los consejeros tradicionales del Departamento de Estado (Brezinzki, Kissigner, Albright) señalaron que la política exterior debe amoldarse en forma pragmática al ajedrez geopolítico internacional. Archivaron las justificaciones civilizatorias y ponderaron la fría evaluación de la pertinencia de cada acto.

Ese enfoque elude los juicios morales y realza el uso de la violencia como forma de gestión del orden. Se limita a advertir las nefastas consecuencias de cualquier ausencia de un poder supremo. Pero subraya también la importancia de la auto-contención de Washington.

Como la mirada realista tampoco aportó soluciones a la impotencia imperial, bajo la administración de Obama reaparecieron las justificaciones liberales. Los códigos de la diplomacia reemplazaron a la prepotencia del neoconservadurismo y el militarismo fue complementado con mensajes benevolentes.

En ese clima las intervenciones externas fueron nuevamente presentadas como actos de protección de los países desguarnecidos (Ferguson). Se privilegió la justificación humanitaria de la acción imperial, como un socorro de pueblos sojuzgados y minorías perseguidas.

Pero la credibilidad de esos pretextos ha decaído en forma abrupta. Las tropas imperiales suelen encubrir la continuidad de las masacres contra las mismas (u otras) víctimas y las intervenciones quedan invariablemente sujetas a una doble vara. Los derechos humanos vulnerados en Irak, Yugoslavia, Somalia o Sierra Leona, exigen el auxilio negado a las mismas violaciones en Turquía, Colombia o Israel. Las acciones humanitarias son impostergables en regiones con petróleo o diamantes y no tienen urgencia en las zonas sin recursos naturales. Los derechos humanos a custodiar curiosamente se localizan siempre en África, América Latina o Europa del Este.

El hegemonismo, el realismo y el liberalismo se alternan en los mensajes que emite Washington. La primera concepción gana preeminencia en los períodos de intervencionismo descarado (Reagan, Bush), la segunda en los momentos de gestión corriente (Clinton) y la tercera en los contextos de replanteo (Obama).

Trump combinó todos los libretos, Desplegó un discurso hegemonista, adoptó una conducta realista de auto-limitación bélica y aceptó las adversidades internacionales señaladas por los liberales.

Pero la devastación externa y los traumas internos -que genera la política imperial- también suscitan fuertes oleadas de críticas internas. Cuando superan la simple objeción a la oportunidad de una invasión (o a sus excesos), esos cuestionamientos desbordan el patrón liberal (Johnson, Bacevich).

Esos planteos son incluso expuestos por ex funcionarios de alto nivel conmocionados por la brutalidad oficial. Postulan retiros de tropas, cierres de bases militares y anulación de los privilegios extraterritoriales de los marines. Propician el control democrático de los servicios secretos y la ilegalización de las armas peligrosas. Consideran que el imperialismo ha corroído al país generando una espiral de auto-destrucción.

Pero estas acertadas denuncias y propuestas deben completarse con una explicación del militarismo imperial. El capitalismo origina esa brutalidad bélica y Estados Unidos interviene para sostener los privilegios de las clases dominantes.

El ocaso hegemónico

Las interpretaciones de la crisis estadounidense en el pensamiento marxista y sistémico divergen radicalmente de las miradas convencionales. Los tres enfoques más significativos de esas ópticas están centrados en el ocaso, la supremacía y la transnacionalización.

La primera mirada postula la existencia de un triple declive en el plano militar, económico y financiero. Destaca que los fracasos bélicos se remontan a una derrota en Vietnam, que no fue revertida por las contraofensivas posteriores ante la URSS y el mundo árabe. Estima que la regresión fabril obedece al desarrollo de empresas transnacionales que erosionaron la cohesión territorial norteamericana. Considera que la globalización acentuó esa fractura generando mayores adversidades que a otros países (Arrighi, 1999: 192-288).

Esa tesis sostiene que la financiarización agravó el retroceso estadounidense. Retrata cómo el flujo autónomo de la liquidez mundial socavó la primacía de Nueva York, desde la desregulación de los años 60 (eurodólar) hasta la consolidación de los paraísos fiscales. Sostiene que las iniciativas de recentralización monetaria y bursátil no revirtieron ese desplazamiento.

Este enfoque postula que el neoliberalismo acentuó el ocaso de Estados Unidos, al profundizar la sobreacumulación que afecta a la economía del Norte. Resalta cómo el languidecimiento de la actividad productiva agravó la caída del beneficio (Arrighi, 1999: 288-390). Ese deterioro quedó confirmado con la nueva localización de los procesos productivos en Oriente. También destaca que el ocaso no fue contenido con exhibiciones de fuerza militar. Esas incursiones sólo alimentaron una ficción de recuperación que se disipó al poco tiempo (Arrighi, 2005).

Estas observaciones contribuyen a comprender la dinámica de la acción imperial, como un intento de sostener la primacía estadounidense frente a la creciente acumulación de adversidades. Ofrece una guía para entender la lógica de esos ensayos fallidos de recuperación del poder.

Pero interpretada como un simple postulado de decadencia, esa tesis no explicaría por qué razón Estados Unidos continúa ejerciendo un rol tan relevante en el capitalismo occidental. Tampoco ofrecería respuestas al continuado señoreaje del dólar, el protagonismo de Wall Steet, la centralidad de Google, Amazon o Microsoft o el temor que generan las amenazas del Pentágono. Estados Unidos ha perdido su capacidad para lidiar con escenarios desfavorables, pero sigue pesando en forma dominante en el escenario mundial.

La tesis del declive se fundamenta en una teoría de auge y decadencia de los imperios. Inscribe el descenso norteamericano en la secuencia ya transitada por las ciudades italianas, Holanda y Gran Bretaña (Arrighi, 1999; 322-360). Pero esa sucesión de liderazgos plantea el enigma del reemplazante. Si una potencia debe ser desplazada por otra en el mando global: ¿Quién debería sustituir a Estados Unidos?

Los desenlaces bélicos son concebidos como el factor determinante de esos recambios. Inglaterra prevaleció al derrotar a Francia y Estados Unidos al imponerse a Japón y Alemania. Esa regla de la primacía militar deja afuera en la actualidad a varios candidatos. No sólo colapsó la Unión Soviética. La Unión Europea -reorganizada bajo el comando económico alemán- carece de la autonomía bélica requerida para ocupar la vacancia. Tampoco Japón -subordinado al aparato militar norteamericano- puede pugnar por la sucesión.

China es reiteradamente señalada como el sustituto más probable de Estados Unidos. Incluso es observada como la nueva cabeza de una resurrección histórica de Oriente, que sellaría la venganza de toda esa región contra dos siglos de supremacía occidental.

Pero esas previsiones de transición hegemónica contrastan con los obstáculos que hemos descripto en el propio campo de la sociedad y el estado chinos. Una definición del irresuelto del status social de la nueva potencia debería preceder, a su eventual sucesión de Estado Unidos al comando del sistema mundial (Katz, 2020).

La principal vertiente de los teóricos del ocaso avizoró esos dilemas (Arrighi, 2009). Pero otra corriente soslayó esas disyuntivas e interpretó el declive estadounidense como un momento final del colapso del sistema capitalista. El agotamiento de la primera potencia empalmaría con la definitiva extinción del régimen económico social imperante en las últimas centurias. El rumbo seguido por China no modificaría esa próxima e inexorable auto-destrucción del sistema (Wallerstein, 2005: cap 5).

Pero los límites históricos que efectivamente enfrenta el capitalismo no implican fechas de desemboque terminal. Como todas las teorías del derrumbe, el presagio de un declive iniciado en 1960-70 que culminaría en el 2030-2050, es muy difícil de sostener. La crisis final del capitalismo es imprevisible y no debe ser concebida con la automaticidad de un mecanismo económico. Sólo las mayorías populares actuando en el plano político pueden reemplazar el actual régimen de opresión por otro más igualitario. La dinámica de esas acciones no sigue calendarios o guiones preestablecidos.

La tesis de la supremacía económica

Otra tesis marxista postula la renovada primacía económica de Estados Unidos y el consiguiente carácter meramente político de la crisis imperial. Ilustra esa superioridad con datos de inversión, productividad, desarrollo tecnológico y canalización de recursos financieros. Sostiene que el gigante norteamericano emergió como ganador de la gran convulsión de los años 70 (Panitch; Leys, 2005).

Ese enfoque subraya la centralidad del dólar y la FED en el sistema actual (Panitch; Gindin, 2005a). También estima que el aparato estatal estadounidense ha logrado enlazar la acumulación nacional con la reproducción global del capital, en una gestión unificada (Panitch; Gindin, 2005b).

Esta evaluación contribuye a comprender la capacidad exhibida por Washington para lidiar con el colapso del 2008, con políticas de rescate más audaces que Bruselas o Tokio. Refuta, además, los mitos neoliberales del retiro del Estado, ilustrando cómo el funcionamiento de la economía depende de un sostén institucional.

El papel económico del aparato estatal norteamericano es enfáticamente subrayado. Esta mirada considera que la Reserva Federal ha definido todos los parámetros de la financiarización y la política monetaria contemporánea. Esa centralidad en decisiones estratégicas de tasas de interés, movimientos de capitales, autofinanciación de empresas, titularización de los bancos o gestión familiar de hipotecas ha sido resaltada también por muchos estudios de las transformaciones de las últimas décadas.

Pero la primacía financiera -acertadamente señalada por esos autores- no se extendió al plano comercial o productivo, como lo prueba el recorte de empleos industriales y el protagonismo fabril de Oriente. Estados Unidos ha perdido la primacía de los años 50 o 60 y es un error relativizar esa evidencia, identificando el déficit comercial con la especialización de las firmas estadounidenses en actividades deslocalizadas. Tampoco es válido suponer que el endeudamiento de los consumidores expresa el sometimiento del resto del planeta a los caprichos de los compradores del Norte. Ambos desbalances simplemente reflejan la creciente flaqueza del poder económico de la primera potencia (Georgiou, 2015).

La centralidad económica de estado norteamericano efectivamente constituye un dato clave del capitalismo actual, pero esa gravitación no esclarece el escenario imperial. La tesis de la supremacía económica sitúa los problemas de la política exterior estadounidense en el terreno de la legitimidad. Resalta todos los costos de la acción imperial, pero señalando su función meramente policial o complementaria. Estima que la FED cumple un papel más relevante que el Pentágono en el sostén del capitalismo mundial (Panitch, 2014).

Pero en los hechos opera un balance más complejo. El poderío de Estados Unidos se asienta más en el ejercicio de la fuerza que en la incidencia de su economía. El imperialismo no es un instrumento meramente auxiliar. Concentra todos los dispositivos de coerción que exige el sistema. Las intervenciones de los marines son más significativas que las definiciones de tasas de interés adoptadas por la Reserva Federal.

En ambos terrenos el Estado norteamericano desenvuelve un doble rol, pero la dimensión geopolítica es un termómetro más visible de los proyectos y limitaciones de Washington (Carroll, 2013). En ese plano se verifica la continuada presencia de una potencia que ha perdido el comando de la gestión global. Esa impotencia ha sido reforzada por los fracasos del Pentágono. Esa evaluación queda desdibujada, cuando se focaliza el análisis exclusivamente en la economía.

El énfasis en el control financiero-monetario que preserva Washington, induce a también suponer que los tradicionales socios de Estados Unidos han quedado sometidos a los dictados de la FED. Esa subordinación es derivada de un proceso de canadización de muchos capitalistas del planeta. Se estima que renuncian a sus propios intereses, para participar en los negocios mundiales que maneja Washington (Panitch; Leys, 2005).

Pero la inestabilidad que afronta el dólar y los fracasos de los convenios comerciales impulsados por Estados Unidos, no condice con ese diagnóstico de sometimiento voluntario al predominio yanqui (imperialismo por invitación).

Los rivales europeos no han sido absorbidos y las potencias subimperiales operan con creciente autonomía de la Casa Blanca. La canadización constituiría en todo caso una modalidad del círculo más estrecho de apéndices de Washington.

Al presuponer que nadie desafía a Estados Unidos se pierde de vista la enorme dimensión del desafío chino (Panitch, 2018). Es cierto que el gigante oriental pulsea en desventaja, pero achicó las diferencias en forma vertiginosa. La atrofia del poder estadounidense es un dato más relevante que su eventual recomposición (Smith, A, 2014).

El imperio global

Una tercera interpretación considera que la política exterior de Estados Unidos es representativa de un imperio totalmente global. Estima que la primera potencia se ha transformado en el epicentro de la transnacionalización de los estados y las clases dominantes. Ya no actuaría al servicio de los opresores locales, sino a cuenta del capitalismo mundial (Robinson, 2007).

Esta mirada recuerda que desde los años 80 los grupos dominantes emprendieron una reestructuración, que desembocó en la formación de una clase opresora internacionalmente entrelazada, con proyectos de explotación de todos los asalariados del planeta.

Por eso destaca que los domicilios de origen de las empresas ya no expresan la realidad de esas compañías. Señala que los gerentes han perdido su relación privilegiada con cada Estado y que las firmas se han mixturado, a través de entrecruzamientos, adquisiciones y subcontrataciones. Supone que los empresarios compiten con total divorcio de su vieja pertenencia nacional.

Como esa misma disolución se extendería a los Estados, la primera potencia habría perdido su status de imperialismo estadounidense, para transformarse en un imperio mundial. Manejaría el principal aparato bélico del planeta al servicio de clases dominantes transnacionalizadas.

Esta tesis tuvo gran difusión y un connotado exponente en la década pasada, que postuló una crítica radical a la globalización, presuponiendo la generalizada extensión de esa transformación (Negri; Hardt, 2002). Ese cuestionamiento sintonizó con el auge del movimiento alterglobal y los Foros Sociales Mundiales. Pero ese contexto ha quedado actualmente sustituido por un escenario de proteccionismo, resurgimiento del nacionalismo y auge de la derecha chauvinista.

En ninguna de las dos coyunturas corresponde igualmente presentar a Estados Unidos como un imperio meramente global. La primera potencia cumple una doble función de proteger al capitalismo mundial y apuntalar los intereses de las clases opresoras de su país.

Ese segmento de dominadores no se ha transformado en una clase transnacional. Su principal división opone a sectores americanistas y globalistas, enraizados en las empresas del país. Ambos grupos favorecen a las firmas identificadas con el capitalismo estadounidense. Desde ese pilar compartido privilegian negocios más internacionalizados o más localizados. En los años 90 prevaleció el primer segmento y con Trump irrumpió una tendencia reactiva favorable al segundo.

La preeminencia de un mandatario que rompió los tratados de libre comercio, resucitó el bilateralismo y defendió a los gritos los negocios yanquis es incomprensible con una óptica de transnacionalización. Esa mutación habría imposibilitado la llegada de Trump a la Casa Blanca.

La mirada transnacionalista impide registrar el acrecentamiento de los conflictos geopolíticos. Estas tensiones involucran a estados nacionales que disputan negocios a partir de su localización. Desconociendo esa raíz territorial, resultan incomprensibles las divergencias transatlánticas, el Brexit o la fractura entre el Norte y el Sur de Europa.

Más inentendible se torna el choque entre Estados Unidos y China. En el cenit de la asociación entre ambas potencias, los desbalances financiero-comerciales se expandían sin quebrantar los enlaces vigentes. La transnacionalización hubiera supuesto una hermandad mayor, con adquisiciones mutuas de bancos y empresas. Ese enlace jamás despuntó y la convergencia inicial derivó en el conflicto actual.

Salta a la vista el protagonismo de Washington y Beijing en esos choques. Esa gravitación confirma la inexistencia de mixturas plenas entre las principales clases dominantes del planeta. La confrontación sino-americana desmiente en forma contundente la tesis transnacionalizadora.

Ese enfoque registra las novedades introducidas por la globalización productiva, la intensificación de la explotación y la mundialización del transporte y las comunicaciones. Pero supone que la apropiación del nuevo excedente se ha difundido entre un vago conjunto de dominadores deslocalizados. No registra que incentivó los conflictos entre las viejas clases y estados nacionales por la captura del apetecido beneficio.

Como el Departamento de Estado no es un pasivo custodio del capital mundial, sino el exponente de los amenazados intereses norteamericanos ha buscado retomar el timón de la globalización. Los marines no invadieron Irak, ni rodean a China para favorecer a cualquier millonario. Actúan por orden y cuenta de los acaudalados de su país.

Le teóricos transnacionalistas rechazan esas objeciones, cuestionando su familiaridad con obsoletos razonamientos “nacional-Estado-céntricos” (Robinson, 2014)

Pero el mayor equívoco se sitúa en el terreno opuesto de imaginar simples y abruptas globalizaciones, donde prevalecen complejas combinaciones de configuraciones locales y mundiales.

Los cambios en la economía no tienen traducción inmediata en la esfera social o política. Son procesos seculares y no mutaciones instantáneas. Una larga travesía de giros históricos signará, en todo caso, las mixturas entre clases y estados con raíces centenarias (Panitch; Gindin, 2014).

Hasta el momento sólo hay esbozos de estructuras para-estatales de alcance mundial y los ejércitos globalizados ni siquiera despuntan como fantasía. El imperialismo asentado en Washington es el protagonista de las tensiones en curso.

Escenarios y desenlaces

Las tres interpretaciones de la dinámica imperial estadounidense toman en cuenta procesos de largo plazo, que inciden efectivamente en la evolución de la primera potencia. Las tesis del ocaso, la supremacía y la transnacionalización incurren en equívocos o unilateralidades, pero aluden a tendencias potenciales que deberán dirimirse en la crisis del principal actor de capitalismo contemporáneo.

El imperialismo estadounidense debe lidiar con las contradicciones expuestas por esas tres miradas divergentes. No puede resignarse a la administración de su declive. Debe intentar recuperar el liderazgo, mediante cursos de entrelazamiento o confrontación con sus socios y rivales.

Las turbulencias del capitalismo empujan a Washington a retomar el comando del sistema, aunque esa pretensión choque una y otra vez con resultados adversos. El curso liberal globalizante que ensayaron Clinton y Obama y el rumbo protector americanista que intentó Trump constituyen dos variantes de esa compulsión. La reconquista de la primacía mundial es el propósito compartido por todas las vertientes de la política exterior estadunidense.

Las teorías del ocaso, la supremacía y la transnacionalización también indican eventuales cursos que modificarían el escenario actual. Si se afianza la primera tendencia, Estados Unidos perdería definitivamente el timón del sistema mundial, abriendo todas compuertas para una gran disputa por la sustitución de su primacía. Ese choque podría derivar en vertiginosas tensiones o en un contexto inverso de convivencia entre poderes equivalentes.

Un escenario de grandes conflictos reavivaría la pesadilla de la primera mitad del siglo XX. Ese escenario supondría la conversión de los imperios en gestación, en belicosos protagonistas de las sangrías que signaron al imperialismo clásico. El marco opuesto supondría en cambio una estabilización de la multipolaridad, como equilibrio perdurable entre potencias del mismo porte.

La tesis de la supremacía estadounidense presagia otro futuro. Implicaría la recomposición de ese liderazgo y el consiguiente resurgimiento del papel dominante de Washington. Ese protagonismo volvería a exhibir la nitidez del pasado. La primera potencia comandaría nuevamente la Triada, remodelando la estructura interna de esa alianza. Otra variedad del imperialismo colectivo que confrontó con la URSS durante la guerra fría volvería a emerger.

Finalmente, un avance significativo de la transnacionalización conduciría a sólidas asociaciones entre los principales capitalistas del planeta. La convergencia entre Estados Unidos y China modificaría el tablero de todas las disputas. El choque actual devendría en un empalme de contrincantes, a costa de todos los sectores rezagados o estructuralmente atados a las viejas formas de acumulación nacional.

Este ejercicio de futurología ofrece un vago diagrama de desemboques posibles en el largo plazo de la crisis actual. Indica contextos de resurgimiento de las configuraciones imperiales clásicas o del orden americano del período subsiguiente. También alude a dos cursos sin antecedentes previos: un prolongado equilibrio multipolar y una inédita configuración transnacional.

Como ninguna de estas alternativas despunta en lo inmediato, el imperialismo del siglo XXI continúa signado por la indefinición. Sólo se sabe que el desenlace surgirá de las crisis que provoca Estados Unidos en sus intentos de recuperar el liderazgo global.

El señalamiento de esos nebulosos horizontes de mayor ocaso, renovada supremacía, inédita transnacionalización o resignada convivencia, no implica una previsión del futuro. Sólo ordena las tendencias en juego. Al cabo de tantos presagios incumplidos es más sensato clarificar la variedad de escenarios y desenlaces posibles. Esas opciones tienen fundamentos teóricos e históricos que analizaremos en nuestro próximo texto.

24/01/2021

Por Claudio Katz, economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

 

Referencias

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La pandemia, la senda hacia una nueva guerra fría

Por primera vez en la historia, una pandemia ha producido más efectos económicos que médicos. Hasta este momento, sus efectos políticos han sido menos importantes. Sin embargo, con su aparición tras tres años de Gobierno de Trump y en el contexto de una radicalización de las políticas chinas, la pandemia anuncia y facilita el paso a una nueva guerra fría.

Balance del año 2020

La Covid-19 no ha cambiado las reglas del juego. La pandemia no ha sido ese disruptor que diversos comentaristas estadounidenses (Henry Kissinger, Francis Fukuyama y Thomas Friedman entre algunos de los más conocidos) esperaban a principios de este año, cuando afirmaron que “el mundo ya nunca será como antes”. Una vez más, la incapacidad para observar de modo objetivo los efectos causados por un gran acontecimiento ha llevado a muchos analistas a exagerar las probables consecuencias de la crisis.

Al mismo tiempo, eso ha sido claramente un amplificador o acelerador de tendencias ya existentes. Ha confirmado la disposición de los países más grandes de movilizar en un momento de crisis los activos de su poder (la manufactura para Beijing, las finanzas para Washington). Ha ilustrado el auge de los nacionalismos y la oposición a la globalización. El Gobierno estadounidense ha continuado con su sabotaje del sistema multilateral abandonando la Organización Mundial de la Salud (OMS). La pandemia ha sido una buena noticia para todos cuantos defendían (por razones políticas o económicas) un desacoplamiento de las economías occidentales de China. Además, como todas las grandes crisis, la Covid-19 es ya una fuente de destrucción creativa. Los pioneros entre los ganadores son los sectores digitales y los productores nacionales.

La Covid-19 no ha sido la principal causa de crisis o conflictos importantes. En general, el entorno estratégico ha demostrado ser impermeable a las consecuencias de la pandemia (en Oriente Medio, por ejemplo), aunque cabe el debate en el caso de las intenciones de Beijing, que claramente ha puesto de manifiesto a lo largo del año un comportamiento agresivo en todas sus fronteras (desde la frontera con la India hasta la del mar del Sur de China, pasando por la del mar del Japón, Taiwán y Hong Kong). Sin embargo, a escala mundial, las dinámicas nacionalistas ya existentes y la percepción de un relativo atenuamiento del poderío estadounidense han tenido más impacto que las consecuencias de la pandemia, como se puede ver, por ejemplo, en el Mediterráneo oriental (1). Las organizaciones militares, por su parte, indicaron durante la crisis que las misiones estaban en curso, por utilizar una expresión de moda entre los militares. Lo mismo se aplica en el plano multinacional: por más que los estados miembros de la OTAN fueran los más golpeados en la primavera del 2020, la organización apenas se ha visto afectada por la pandemia en términos de capacidades, aunque algunos ejercicios han tenido que ser pospuestos. Y tampoco se ha producido la tregua mundial pedida por las Naciones Unidas: las propuestas de Arabia Saudí y las fuerzas de defensa sirias para detener los enfrentamientos militares en Yemen y Siria han caído en saco roto. Lo mismo es cierto a la inversa: no hay pruebas de que los acuerdos de Abraham (la normalización de las relaciones entre Israel, Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos) no se habrían producido sin la pandemia.

La Covid-19 es también un factor de desaceleración. Ya está contribuyendo a frenar el desarrollo y modernización de los países en desarrollo; sobre todo, a causa de la disminución de las remesas, los ingresos del turismo y las exportaciones de recursos. Todo ello se traduce en un deterioro general del nivel de vida, la educación y la salud. Se puede hablar, por tanto, de un gran salto atrás para el desarrollo. Se calcula que en el 2020 habrá hasta 100 millones más de pobres (150 a finales del 2021) y más de 130 millones más de personas desnutridas (2). La única buena noticia aquí es que África, en el momento de redactar estas líneas, no se ha visto tan afectada por la Covid-19 como muchos temían a principios del 2020.

Ningún modelo político ha demostrado ser más capaz que otros para hacer frente a la pandemia. Un breve análisis elaborado por el Instituto Montaigne ya a finales de marzo llegó a la conclusión de que ni las democracias ni las dictaduras, ni los estados centralistas ni los sistemas federales podían exhibir una especial ventaja comparativa (3). Ahora bien, sí que se puede decir que los gobiernos calificados de populistas han demostrado ser aún menos capaces que otros a la hora de emprender a tiempo acciones eficaces.

La venganza del Estado ha llegado. El apego a la soberanía parece ser ya uno de los grandes ganadores de la crisis, con la ayuda de lo que Ivan Krastev llama “la mística de las fronteras”. En gran medida como el sector de la salud, la agricultura cosechará los beneficios de la reubicación. Con las lecciones aprendidas de las crisis de las décadas del 2000 y 2010, las sociedades nacionales tenderán a replegarse y a exigir una mejor protección contra las amenazas externas en el sentido más amplio: terrorismo, crisis financieras, inmigración ilegal, competencia comercial... Al afirmar en marzo que “tenemos que recuperar el control” de nuestro sistema de salud pública, Emmanuel Macron tal vez tomó prestada, y quizá de modo inconsciente, una expresión directamente asociada con el Brexit. ¿RIP para el mundo sin fronteras, 1990-2020? Como en cualquier otra crisis de seguridad (guerra, terrorismo, epidemias) el Estado se fortalece y se potencia su papel en el control sobre la población y sobre su propia intervención en la economía (en apoyo de la oferta y la demanda). Los estados contra las GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon): ¿un nuevo choque de capitalismos?

Europa ha estado a la altura de la situación. En un principio, la actitud europea no fue más brillante que la de Estados Unidos o China. Es sabido que las competencias de la Unión Europea en el sector de la salud es limitada. De todos modos, su reacción fue tardía y también lo fue la solidaridad entre sus miembros. Existe el riesgo de que una parte del acervo comunitario (el acuerdo de Schengen, el Reglamento General de Protección de Datos, la regla de 3% del déficit...) se desvanezca mañana o por lo menos sea puesta en animación suspendida. Ahora bien, en la primavera del 2020, el Banco Central Europeo (BCE) evaluó el impacto económico de la pandemia, y el histórico acuerdo de julio del 2020 marcó un paso adelante hacia la federalización económica. Además, las redes de seguridad que son características de los modelos europeos han permitido atenuar considerablemente el shock social de la pandemia en la mayoría de los países. En abril predijimos que los profetas de la fatalidad volverían a equivocarse en relación con la capacidad de supervivencia de la Unión Europea, como había ocurrido durante las crisis del euro o de las migraciones. Y es realmente lo que ha ocurrido.

Mirando hacia la década del 2020

En un documento de otoño del 2020, Joseph S. Nye previó varios escenarios posibles para el mundo pospandémico: el fin del orden liberal globalizado; un desafío autoritario similar al de la década de 1930; un orden mundial dominado por China; y una agenda internacional verde. A continuación, afirmó que cada uno de ellos no tenía más de un 10% de posibilidades de convertirse en realidad y consideró que “hay menos de la mitad de las posibilidades de que la actual pandemia de Covid-19 haya conseguido remodelar profundamente la geopolítica en el 2030” (4). Compartimos esa evaluación.

No se vislumbra un retorno a la normalidad. Si bien la pandemia no va a cambiar el mundo, es probable que su impacto en los sistemas de salud sea masivo y duradero hasta la distribución generalizada de una vacuna eficaz en un horizonte temporal que nadie puede predecir hoy en día. De hecho, tampoco se vislumbra una tendencia a la baja en las tasas de contagio y mortalidad en el momento de redactar este artículo. En cualquier caso, la reactivación económica llevará tiempo: no cabe esperar una recuperación rápida de una reducción, previsible en el 2020, del comercio, los flujos de inversión y la transferencia de fondos que puede oscilar entre un 20% y un 40% según las instituciones internacionales. Además, en un mundo en el que todos los países se ven afectados, no existe en este momento ninguna palanca para el crecimiento económico.

Por otra parte, tampoco se vislumbra el fin de la globalización. Es posible que hayamos pasado el punto culminante de la globalización en el 2008 (la crisis financiera) sin saberlo. Sin embargo, en los próximos meses y años las empresas querrán restablecer sus márgenes, por lo que seguirán obteniendo sus suministros de Asia a un costo menor. Del mismo modo que la peste negra no puso fin a los intercambios marítimos, la crisis de la Covid-19 no va a reducir la globalización y, desde luego, sólo tendrá un efecto limitado en los viajes aéreos a medio plazo. Las sociedades interconectadas ofrecen más ventajas que inconvenientes para la gestión de las epidemias: alertas y vigilancia, repatriación por motivos de salud, asistencia internacional o cooperación científica.

Ganarán importancia las preocupaciones ambientales. Es la tercera vez en veinte años que vemos la aparición de un nuevo coronavirus de género beta (con salto entre especies); y seguramente habrá más. No cabe duda de que veremos más advertencias sobre los posibles vínculos entre el calentamiento del planeta y las pandemias; de hecho, hay temores recurrentes acerca de las posibles consecuencias epidemiológicas del derretimiento del permafrost (en particular, en las zonas septentrionales de Rusia). Quizá los temores carezcan de fundamento: no hay estudios serios que indiquen que ese derretimiento pueda suponer un grave peligro para la salud. De todos modos, la ecología, en el sentido estricto de la palabra, tiene buenas posibilidades de cosechar algún éxito: la lucha contra la deforestación y la destrucción de los hábitats naturales, las cuales, según se sabe hoy, sobre todo tras la acometida del VIH/sida, son parcialmente responsables de la aparición de virus hasta ahora desconocidos. Sin duda, el tráfico y el consumo de animales salvajes se prohibirán de modo mucho más drástico. Ello no significa que vayamos a cambiar fundamentalmente nuestro modelo económico; los atractivos del consumismo seguirán intactos, y la clase media mundial, que se ha beneficiado de treinta años de globalización, no renunciará a esos beneficios de forma voluntaria. El crecimiento verde sólo se aceptará sin reparos si se demuestra que permite el mismo tipo de crecimiento que antes.

La gobernanza populista podría perder apoyos. Es probable que la credibilidad del populismo como método de gobernanza salga de la crisis en peor situación que otros modelos políticos a la hora de hacer un balance; en especial, porque uno de sus rasgos característicos es el desafío a los conocimientos técnicos y las administraciones. Ese desafío dista de haber desaparecido (como se ha observado en el ejemplo de la controversia sobre la hidroxi-cloroquina), pero al final acabará por hacerse patente su coste humano y económico. Además, la mayoría de los dirigentes que se consideran populistas (encabezados por Donald Trump, Javier Bolsonaro y Boris Johnson, todos ellos contagiados por el SARS-CoV-2) han demostrado cierta incapacidad para simpatizar con las preocupaciones inmediatas de sus conciudadanos y para expresar la dosis necesaria de empatía. Sin embargo, si la gestión económica nos lleva a un retorno de la inflación a través de la creación monetaria y el aumento de los precios de bienes hoy fabricados en el territorio nacional, el resultado sería un tipo de malestar social favorecedor de la aparición de una segunda ola de populismo a escala gubernamental.

Estamos entrando en una era de individualismo digital. En la mayoría de los países (y no sólo en los más modernos) el teletrabajo, la telemedicina y la teleeducación serán mucho más comunes en los próximos años. Crecerán aun más las compras on line y las entregas a domicilio. La transformación digital de las sociedades tendrá el apoyo de la inteligencia artificial, la robotización y la llegada del 5G. Quienes posean segundas residencias (un concepto, por cierto, cuyo rastro puede seguirse hasta las epidemias de la edad media) obtendrán un retorno de su inversión. Frente al shock de la pandemia, cuatro segmentos de la población han visto confirmadas la elección de su estilo de vida y sus preferencias ideológicas. Tienen en común una mentalidad de autosuficiencia que en ocasiones borra las diferencias, aunque sus elecciones proceden de lógicas diferentes: libertarianos, que no toleran ninguna interferencia del Estado en la forma de disponer de sus cuerpos; supervivencialistas, que comparten esa paranoia y se arman en preparación para una catástrofe; aislacionistas, firmes defensores del cierre de fronteras y partidarios de los barrios residenciales cerrados para los privilegiados; y apocalípticos, que subrayan el riesgo de colapso global de la sociedad moderna y predican una autosuficiencia individual y comunitaria.

Es probable que se produzca una reducción de las libertades. Incluso las democracias más liberales (Reino Unido, Países Bajos), que se vieron tentadas durante un tiempo por el atractivo del laissez-faire y apostaron por una especie de inmunidad de grupo que se adquiriría en pocos meses, tuvieron que dar marcha atrás cuando se vieron enfrentadas a las aterradoras cifras de la letalidad probable de semejante estrategia. ¿Vamos a entrar en una época de auténtico autoritarismo digital (vigilancia, detección, represión) caracterizado por un persistente sacrificio de las libertades individuales? Las dictaduras soñaron con ello. ¿Van a hacerlo también las democracias? En cualquier caso, es probable que la mayoría de la población acepte, como ocurrió tras el 11-S, un recorte significativo de las libertades. Y, en caso de que se produzca un resurgimiento paralelo del yihadismo, ¿veremos la imposición de una especie de estado de emergencia permanente como el que prevalece en Israel, en términos jurídicos, desde 1948? ¿Se hará realidad el todos somos israelíes?

Ninguna de las grandes potencias saldrá ganadora de la crisis. Las pandemias siempre debilitan a los grandes agentes del momento; recordemos la repercusión de la peste en Roma o Venecia. Niall Ferguson escribió que, desde enero del 2020, todas las grandes potencias han puesto de manifiesto su debilidad (5). En este terreno, de nuevo, el virus ha servido para abrir los ojos. Resulta bastante inquietante que las proyecciones elaboradas por la Universidad de Washington en septiembre del 2020 ofrecieran un escenario medio en el que las grandes democracias del mundo fueran las más afectadas a finales de año: India (600.000 muertos), Estados Unidos (400.000) y Brasil (175.000) (6). Y todos los principales agentes serán perdedores a corto plazo, según indicamos en una breve monografía publicada en la primavera de 2020 (7). Estados Unidos tendrá dificultades para presentarse como modelo a seguir, dado que su reacción tardía y desordenada tiene un impacto social masivo y amenaza con causar una catástrofe sin precedentes en la historia moderna del país. A ello no va a ayudar su negativa a proporcionar una verdadera dirección política, ilustrada por su ausencia de la cumbre del G-7 por primera vez en la historia. Ahora bien, a China no le va mucho mejor. Aunque el gobierno de Trump no logró imponer la expresión “virus chino”, China fue claramente el problema antes de intentar ser parte de la solución (a través de la ayuda internacional), y debería de haber estado más preparada. De todos modos, no estará en mejor forma cuando finalice la crisis: retrasos en la gestión de la pandemia, silenciamiento de los denunciantes, propaganda diplomática descarada (Estados Unidos, presuntos responsables de la introducción del virus en China), máscaras y tests inservibles. En conjunto, el calendario del proyecto insignia chino (la Nueva Ruta de la Seda) bien podría saltar por los aires dado que, al deterioro de su imagen pública, se le suman las dificultades económicas.

Con todo, las democracias liberales pueden tener más cartas ganadoras. En lugar de hablar de la Covid-19, como hacen algunos expertos occidentales (Stephen Walt) o asiáticos (Kishore Mahbumani), en tanto que acelerador del desplazamiento aparentemente inevitable del centro del mundo de Occidente a Asia, resulta más tentador apostar a que las democracias liberales acabarán por salir ganando. Algunas potencias medias como Alemania y Corea del Sur, por ejemplo, parecen ir por buen camino para ser consideradas como modelos, en términos relativos, en relación con la gestión médica y económica de la pandemia. En cuanto a Estados Unidos, la historia demuestra que nunca debemos subestimar su capacidad de recuperación.

Sería temerario apostar por un verdadero relanzamiento del multilateralismo. Desde luego, el probable éxito de las políticas soberanas no se traduce de forma mecánica en una cooperación internacional reducida y, de hecho, es la soberanía la que hace posible el multilateralismo (8). Sin embargo, se trata de una condición necesaria pero no suficiente. No cabe duda de que el G-20 y la Unión Europea han demostrado una capacidad infinitamente superior para comprender lo que está en juego en términos económicos en comparación, por ejemplo, con los resultados de la cooperación internacional durante la crisis de 1929. Sin embargo, la debilidad de la OMS y el papel poco convincente del G-7, así como las reacciones nacionales egoístas durante las primeras semanas de la crisis, han demostrado que, incluso cuando se enfrenta una crisis esencialmente mundial y se apela a la solidaridad internacional, la cooperación no se produce de modo espontáneo. Sería, por tanto, arriesgado esperar un auténtico relanzamiento del multi-lateralismo. Eso no significa que las instituciones ya no importen: China hace todo lo posible por maximizar su influencia en ellas, y Wa¬shing¬ton sigue valorando el hecho de colocar a sus representantes en posiciones clave. De hecho, el futuro de las grandes organizaciones multinacionales como las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la OMS, o las regionales como la OTAN o el Cuadrilátero (EE.UU., Japón, India, Australia) dependerá en gran medida del valor que les sea acordado por Beijing y Washington.

Existen aún dos riesgos para un mayor agravamiento en las situaciones de conflicto. Uno es el riesgo de una guerra interestatal como resultado de una alteración del equilibrio de poder: el debilitamiento brutal de un país clave por la Covid-19 podría engendrar la necesidad de una aventura externa para desviar la atención u ofrecer a otro gran Estado la oportunidad de aprovechar la situación. El otro riesgo es que las luchas internas den lugar a un mayor debilitamiento de un Estado que ya se halla en una posición difícil; por ejemplo, los países de América Latina, África, Oriente Medio o Asia que dependen para su crecimiento de las transferencias de dinero, los ingresos del turismo y/o la exportación de recursos.

Una nueva guerra fría está hoy en camino. Durante varios años, los especialistas y los expertos han debatido la pertinencia de la metáfora de la nueva guerra fría. Ahora parece cada vez más apropiado usarla; pues, salvo una nueva sorpresa estratégica, la pandemia está actuando como senda hacia una segunda guerra fría en toda regla. La radicalización de las políticas bilaterales entre China y Estados Unidos ya estaba en marcha, pero el mero hecho de que el SARS-CoV-2 procediera de China y de que el brote inicial en Wuhan estuviera, desde el punto de vista de la mayoría de los observadores, mal gestionado, ha acelerado mucho una tendencia ya existente. Taiwán desempeñó un papel importante en ese sentido al señalar que un gobierno chino (Taipéi) podía manejar mejor la situación y al encender la chispa publicando su correspondencia de diciembre del 2019 con la OMS.9 Tampoco ayudó la insistencia del Gobierno Trump en llamar virus chino al SARS-CoV-2. Los componentes de una guerra fría ya están presentes: la rivalidad Estados Unidos-China es política, económica y militar, y es global. Sí, es cierto que su interdependencia es mucho mayor que la existente en el contexto soviético-estadounidense; pero, justo por ello, la pandemia aumentará lo que los expertos de la Unión Europea han llamado distancia estratégica (10). La gran pregunta no es si se van a regionalizar o no las cadenas de valor, sino cómo y en qué medida. ¿Significa todo esto el fin del orden liberal? Ese destino ha sido anunciado tantas veces que debemos mostrar un poco de precaución. Todas las instituciones posteriores a 1945 siguen ahí: las destinadas a promover la paz (el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas), el desarrollo (el Banco Mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), la estabilidad de la economía internacional (el FMI), la liberalización del comercio (la OMC) o el derecho internacional (el Tribunal Internacional de Justicia, el Tribunal Penal Internacional). Son instituciones que serán atacadas por los nacionalismos, pero los países seguirán compitiendo por la influencia en esos foros. Es probable que lo que se avecina sea una mezcla de la tradicional competencia entre grandes potencias con su agresiva promoción de los intereses nacionales y una continuación del sistema multilateral. Quizá se trate del fin de la ilusión liberal de la década de 1990, pero no necesariamente el fin del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Pensamientos finales

Quedan abiertas, por supuesto, varias cuestiones, empezando por las que se refieren a los factores primarios, es decir, los epidemiológicos y médicos. Una mutación significativa del SARS-Cov-2 que lo haga más contagioso o más letal podría cambiar el panorama. A la inversa, la disponibilidad de una vacuna eficaz y accesible para todos antes de lo previsto iluminaría de modo considerable el horizonte. Y, si un descubrimiento pudiera atribuirse a los esfuerzos de un país específico, daría al país ganador una ventaja indiscutible en la competencia por la imagen de poder.

Por lo tanto, es demasiado pronto para sacar verdaderas lecciones de la crisis de la pandemia, puesto que todavía estamos sumidos en ella. La guerra contra el SARS-Cov-2 estalló a la manera de la crisis financiera del 2008, primero con algunas señales débiles, y luego de forma agravada expandiéndose rápidamente por todo el planeta. Sin embargo, esta guerra se está librando de manera muy similar a la campaña contra el terrorismo islamista tras el 11-S y es poco probable que desemboque en una victoria final. Tendremos que vivir con el virus durante mucho tiempo, al igual que con el terrorismo. La OMS no proclamará nunca un “¡Misión cumplida!” en su sitio web, o al menos no dentro del plazo de una previsión razonable. En un texto titulado “El desconfinamiento de las analogías”, el historiador francés Pierre Grosser desmantela la pertinencia de las metáforas bélicas utilizadas muy a menudo en este contexto (11). Viniendo después de dos conflictos mundiales y aunque no afecta directa y profundamente a todos los continentes, lo cierto es que la pandemia tiene un efecto global. De todos modos, si bien es una guerra, no se prestará a una declaración de victoria. Sin duda, no habrá un verdadero mundo nuevo después, o si lo hay, no será ni el mundo anterior ni un mundo totalmente diferente de él.

Es probable que la década del 2020 no se parezca a la de 1920, una época de renacimiento occidental tras una guerra y una espantosa pandemia de gripe. No vamos a ver una repetición de los años locos europeos ni de los rugientes años veinte estadounidenses. Es verosímil que la pandemia empeore todos los males existentes y añada otros nuevos (“el mismo mundo, sólo que peor”, temía el ministro de Asuntos Exteriores francés Jean-Yves Le Drian en la primavera del 2020) (12). Sin embargo, es igualmente posible que la situación geopolítica de principios de la década del 2020 y la actuación de unos agentes agotados por la pandemia no se manifiesten en forma de una prueba de fuerza, sino más bien de prueba de debilidad, como sugirió este autor en abril del 2020 (13).

Podemos tener un debate interminable sobre si el SARS-Cov-2 es un cisne negro o un cisne gris o algún otro animal del bestiario de la previsión estratégica. Lo esencial es observar de nuevo que un escenario a menudo previsto y descrito por los expertos, expuesto con detalle en todos los grandes documentos de estrategia nacional y, por lo tanto, conocido por los políticos, ha revelado la naturaleza defectuosa de nuestros sistemas de gobierno. La cuestión fundamental ahora es: ¿lo haremos mejor la próxima vez? Lamentablemente, es algo que dista de ser seguro. Existe el riesgo de estar preparados para luchar una vez más en la última guerra, es decir, de hacer todo lo posible para evitar otra pandemia de este tipo y descuidar otras posibles sorpresas estratégicas, ya sean militares, tecnológicas o geofísicas. Nunca las podremos evitar del todo. Y, si la Covid-19 nos ayudó a redescubrir el papel indispensable del Estado y las virtudes de la intervención pública, no podemos esperar que nuestros gobiernos estén permanentemente preparados para gestionar sin fallos todos los peores escenarios. Pero, sin duda, podemos hacerlo mejor. Como escribimos en la primavera del 2020, “la anticipación es una cuestión de mentalidad y agilidad mental. La aceptación de lo insondable no es incompatible con la mejora de nuestra capacidad colectiva para gestionar lo que no podíamos prever. No cabe duda de que estaremos mucho mejor preparados para la próxima pandemia. Ahora bien, no estaremos mejor preparados para otro tipo de sorpresa sin un esfuerzo adicional” (14).

Por Bruno Tertrais*

04/02/2021 06:00Actualizado a 04/02/2021 08:05

*Director adjunto de la Fundación para la Investigación Estratégica (FRS)

Bibliografía

  1. La historia nos dirá quizás un día si la ausencia, motivada por la pandemia, de portaaviones estadounidenses en el Pacífico occidental durante unas pocas semanas a principios del 2020 pudo desempeñar un papel en los cálculos geoestratégicos de China (y lo mismo con la reducción temporal, durante el verano del 2020, de las patrullas indias a lo largo de la línea de control entre los dos países).
    2. Estimaciones del Banco Mundial, octubre 2020; Informe Estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, julio 2020.
    3. Michel Duclos y Bruno Tertrais, “Covid-19 – les autoritaires vont-ils l’emporter sur les democracies?”, Blog de l’Institut Montaigne, 17 abril 2020. Para una perspectiva histórica, véase Rachel Kleinfeld, “Do Authoritarian or Democratic Countries Handle Pandemics Better?”, Carnegie Endowment for International Peace, 31 marzo 2020.
    4. Joseph S. Nye, “Post-Pandemic Geopolitics”, Project Syndicate, 6 octubre 2020.
    5. Niall Ferguson, “From COVID War to Cold War. The New Three-Body Problem”, en Hal Brands y Francis J. Gavin (eds.), COVID-19 and World Order, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 2020, pág. 425.
    6. Institute for Health Metrics and Evaluation, First COVID-19 Global Forecast: IHME Projects Three-Quarters of a Million Lives Could Be Saved by January 1, 3 septiembre 2020.
    7. Bruno Tertrais, L’Épreuve de faiblesse. Les conséquences géopolitiques du coronavirus, Tracts de Crise, 62, Gallimard, París, 30 abril 2020.
    8. Justin Vaïsse, “Derrière le triomphe de l’Etat souverain”, Le Monde, 28 mayo 2020.
    9. Viorel Mionel et al., “Pandemopolitics. How a public health problem became a geopolitical and geoeconomic issue”, Eurasian Geography and Economics, 30 septiembre 2020, pág. 3.
    10. Parlamento Europeo, The Geopolitical Implications of the COVID-19 Pandemic, septiembre 2020.
    11. Pierre Grosser, “Déconfinement des analogies””, Esprit, julio-agosto 2020.
    12. Entrevista para Le Monde, 20 abril 2020.
    13. Bruno Tertrais, L’Épreuve de faiblesse. Les conséquences géopolitiques du coronavirus, Tracts de Crise, 62, Gallimard, París, 30 abril 2020.
    14. Florence Gaub y Bruno Tertrais, “L’anticipation est une affaire de mentalité”, Le Monde, 19 mayo 2020.
Publicado enInternacional
Jueves, 04 Febrero 2021 05:27

El multilateralismo chino

El multilateralismo chino

Hace cuatro años, recién llegado Donald Trump a la presidencia estadounidense y con el conservadurismo antiglobalista en su máximo apogeo, China se presentó en la macrocita de Davos como la gran valedora de la globalización. Ahora, en la convocatoria virtual del Foro Económico Mundial, el líder chino Xi Jinping tocó a rebato por el multilateralismo, la fórmula que la Covid-19 reveló como poción indispensable para siquiera diluir los factores de incertidumbre que aun por bastantes años pueden lastrar la recuperación económica global.

Además de la pandemia, Xi hizo alarde de otro dato que trastoca el escenario: la asunción de Joe Biden y su compromiso con el regreso de los EEUU a las instancias y acuerdos multilaterales, como ya hizo con la OMS o el Acuerdo de París, desbaratando la errática trayectoria de su predecesor.

Si hubiera que destacar una característica del enfoque chino a propósito del multilateralismo es la insistencia en la desideologización. En resumidas cuentas, Beijing defiende la autoridad y eficacia del sistema multilateral pero pone pegas a su instrumentalización con fines hegemónicos en una velada alusión a los intentos de fraguar las llamadas "alianzas basadas en valores" que obviamente no irían dirigidas a países como Vietnam sino como China: aunque ambos militen en el mismo socialismo de mercado, uno es un problema y otro no en función, claro está, de la capacidad para desafiar la hegemonía occidental. Para China, apostar por alianzas de este porte equivale a rubricar la continuidad de fórmulas que considera periclitadas, de clubs exclusivos (como el G7) cuya finalidad no es otra que garantizar poder e influencia en beneficio de los estados más ricos que no pierden comba a la hora de monopolizar el derecho a establecer las reglas que deben regir el orden internacional. Quienes a menudo se erigen a sí mismos como el alter ego de la "comunidad internacional" no pasan de representar en realidad a esos pequeños grupos.

En dicho contexto, Xi alertó en Davos contra los peligros de resucitar una nueva guerra fría. Frente a tal esquema, con su actual poder, China no se amilanará. Dar forma a una nueva bipolaridad en base a la resurrección del anticomunismo estaba en la agenda de Trump y Biden debe decidir ahora si su multilateralismo prima una gestión colectiva de los asuntos globales o si lo acomoda al objetivo de preservar la misma ansiedad hegemónica global de Trump aunque por otra vía.

Pudiéramos ejemplificar muchas manifestaciones de la vocación multilateral china que se sustenta en una capacidad económica reconocida. En el contexto de la pandemia, su compromiso con el programa COVAX de la OMS bien podría ser uno de ellos. Pero quizá el reflejo más duradero bien podría ser su proyecto de rutas de la Seda, iniciado en 2013. Ha recibido muchas críticas y con seguridad muchas de ellas son certeras y deberían ser tenidas en cuenta para perfeccionar sus enfoques, sobre todo a la vista de la escasa aun experiencia internacional de China en proyectos cooperativos. Pero también tiene una virtud esencial: pone el acento no solo en el comercio sino sobre todo en las infraestructuras. Esto hace que su potencia de irradiación sea mucho mayor.

La canciller Merkel reconoció en Davos que la pandemia puso de manifiesto hasta qué punto el mundo está interconectado y como es necesario actuar de forma multilateral; pero puntualizó que "multilateralismo no significa solo trabajar juntos sino hacerlo con transparencia". Y eso no siempre sucede con China. No es un déficit puntual, sino crónico y será difícil crear una atmosfera de confianza intergubernamental en tanto no se operen cambios sustanciales en este orden. La canciller, que como Xi defendió a la OMC y la necesidad de que las empresas europeas se involucren en el mercado chino, también recordó que las distintas percepciones sobre la dignidad de la persona limitan la cooperación.

A Beijing le interesa evitar las dinámicas de confrontación y conjurar el peligro de un regreso a la política de bloques del pasado pero pudiera verse en ello solo interés en despejar obstáculos para su progreso, a expensas de los sacrificios y renuncias de terceros. Si su mensaje no se clarifica, el riesgo de abrir camino a ligas de países democráticos que le planten cara es alto.

La agenda global es de una enorme intensidad y nadie puede creer que cualquier país por si solo puede hacerle frente de forma eficaz. También es evidente que los mecanismos heredados de las dos posguerras, tanto de la IIª Guerra Mundial como de la guerra fría, son insuficientes para abordar con holgura los desafíos actuales. El multilateralismo es indispensable y China quiere que su criterio pese en su actualización, al menos en proporción a lo que representa en el mundo presente.

Por Xulio Ríos

Director del Observatorio de la Política China.

04/02/2021

Publicado enInternacional