Jueves, 20 Octubre 2016 06:56

De la cítara a la guitarra

De la cítara a la guitarra

La concesión del Premio Nobel de Literatura de este año a Bob Dylan ha turbado a muchos, porque la Academia Sueca abre sus puertas augustas a los cantantes de música popular. Ya había roto sus cánones tradicionales el año pasado, al galardonar a la periodista Svetlana Alexievich, lo cual asombró también a no pocos, y quisiera empezar mis reflexiones por este rumbo, el periodismo como género literario, antes de entrar a las canciones, también como legítimo género literario.

La extrañeza vino en aquel caso de que no se premiaba una obra de ficción. La Academia dijo de Svetlana que "su obra polifónica es un monumento al valor y al sufrimiento de nuestro tiempo"; y esa obra, de verdad polifónica, está compuesta de páginas en las que se relatan verdades, reportajes maestros que no tienen nada que ver con la imaginación, como es regla en el periodismo. Una escritora que trabaja con las palabras y consigue de ellas que resplandezcan por su belleza, y nos revelen historias de sufrimiento y esperanza que trascienden por su belleza.

Eso es la literatura, se trate de hechos inventados o de hechos reales. Si la Academia se ha adelantado un tanto, pudo haber dado el Nobel por estas mismas razones a Ryszard Kapuscinski, muerto en 2007, quien hizo del periodismo un arte de sorprendente aliento y belleza, amparado en el rigor de la investigación fatigosa del reportero que va de país en país, de los palacios de los tiranos a los campos de batalla, de las ciudades abigarradas a los guetos y a los campamentos de refugiados.

Es la literatura que Rubén Darío creó en la lengua española en la crónica periodística donde retrató, también de manera polifónica, el mundo que le tocó vivir; la crónica como relato que no pierde el vuelo literario, retomada después por Gabriel García Márquez, un género que hoy se multiplica con vigor y rigor entre los jóvenes periodistas del siglo XXI.

Y ahora, las canciones. ¿Por qué un músico?, se extrañan muchos, ¿un cantante pop, un roquero? Es como si el olimpo de los dioses de la literatura se rompiera a pedazos ante una profanación semejante. Pero la decisión no es el fruto de un capricho, ni de una provocación, sino que ha sido detenidamente meditada, y asumida por unanimidad. La secretaria permanente de la Academia, Sara Danius, al anunciar el premio para Dylan declaró algo que me parece fundamental: "Si miramos miles de años hacia atrás, descubrimos a Homero y a Safo. Escribieron textos poéticos hechos para ser escuchados e interpretados con instrumentos. Sucede lo mismo con Bob Dylan. Puede y debe ser leído".

Tampoco improvisa cuando dice que "Dylan es un gran poeta en la gran tradición de la lengua inglesa desde William Blake en adelante, un creador que ha mezclado la música popular del blues del Delta y el folclor de los Apalaches con el simbolismo de Rimbaud, además de reinventarse de forma continua y construir una nueva identidad".

Para muchos es una forma desconcertante de distinguir la literatura de Estados Unidos, ausente de los premios Nobel desde la extraordinaria novelista Toni Morrison, galardonada en 1993, una literatura a la que la misma Academia había señalado de ser demasiado "insular", a pesar de nombres que siempre están en el oído, como Joyce Carol Oates y Philip Roth.

Y para que quedemos aún más claros de la seriedad de esta decisión, Per Watsberg, otro de los académicos, afirma que Dylan es "probablemente el más grande poeta vivo". Y estamos hablando de la misma entidad que en los últimos treinta años ha puesto en su lista de premiados a Joseph Brodsky, Octavio Paz, Derek Walcott, Seamus Heaney y Wisława Szymborska. Una lista indiscutible.

Pero me interesa volver al tema de los aedas. Ciertamente, la poesía, en sus orígenes, fue cantada en los atrios, en las plazas y en los mercados, y sus versos relataban historias de héroes y dioses, viajes, batallas, amores y tragedias. Salman Rushdie, el reconocido novelista hindú que permanece con justicia en las quinielas del Premio Nobel, dice que Bob Dylan "encarna la condición del aeda, esa figura fundamental de la cultura antigua griega que fundía en su persona poesía, música, baile, canto, teatro, artes plásticas".

Por siglos, la poesía siguió siendo cantada, un cantor acompañándose de un instrumento de cuerdas, y por eso tiene un metro, un ritmo, una cadencia. Los bardos, juglares, trovadores, son los poetas errantes que seguirán cantando la poesía, creándola y recreándola. No tenían enfrente un micrófono, ni sus canciones se grababan en discos, pero quienes los escuchaban guardaban en la memoria letra y melodía y podían recordarlas y repetirlas. Música y poesía. Volvemos a lo mismo cuando oímos a Paco Ibáñez, a Joan Manuel Serrat o a Amancio Prada, cantar a los poetas que leemos a solas.

Y es aquí adonde quería llegar. Aunque con ruidos disonantes, las puertas de la legitimidad poética se abren con esta decisión a la poesía popular cantada en todos los idiomas. Las letras de las canciones que lo merezcan empezarán a entrar en las antologías de poesía, como debe ser. El Premio Nobel para Bob Dylan ayudará a borrar ese doble rasero que hipócritamente hemos inventado, el de exaltar la poesía escrita y despreciar la poesía cantada, tangos, boleros y baladas, aunque nos conmueva y lloremos al oírla.

Ya Jorge Luis Borges nos había enseñado que no debe ser así. Escribió letras de milongas a las que Astor Piazzola puso la música. Hay poesías de Rubén Darío que pueden ser cantadas como tangos, o como boleros, pues tienen la medida justa para eso.

En adelante debemos hablar de las poesías de José Alfredo Jiménez y de Alfredo Le Pera, de Homero Expósito y Álvaro Carrillo. Es un largo viaje a través de los milenios, de la cítara a la guitarra. Por primera vez, un rapsoda recibirá el Premio Nobel con la guitarra en bandolera.

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Cuando las canciones son un vehículo para la literatura

La decisión de la Academia sueca despertó reacciones de toda clase, pero sus fundamentos parecen claros: “Dylan se inscribe en una larga tradición que remonta a William Blake. Un gran poeta en la tradición de la lengua inglesa, muy original”.

 

Es de manual: exceptuando recortes interesados, lo objetivo dura siempre lo que el hecho. Nada más. El resto, como decía Nietzsche, es pura interpretación, subjetividad, opinión o capricho. El hecho, en este caso, es que a Robert Allen Zimmerman (más conocido por Bob Dylan) le otorgaron ayer el Premio Nobel de Literatura. Fue a través de la Academia Sueca y lo anunció su secretaria de tal ente, Sara Danius, a través de la televisión pública del país nórdico. “Bob Dylan se inscribe en una larga tradición que remonta a William Blake”, dijo Danius, en referencia al legendario poeta inglés muerto en 1827. La secretaria general de la Academia Sueca agregó que el premiado es “un gran poeta en la tradición de la lengua inglesa, muy original” y que “ha logrado reinventarse muchas veces a sí mismo, creando una nueva identidad”. Como cabía esperar ante tal nombramiento, provocó que el mundo de la cultura estallara en posiciones encontradas. ¿Un músico recibiendo un Nobel de literatura? ¿Qué es esto? ¿A quién se le ocurrió? ¿Cómo se atrevieron?, se dijo, tomando como punto de partida la “caprichosa” postura de los guardianes de la tradición a quienes tal vez se les escape que el hombre de las pocas y sarcásticas sonrisas –además de estar nominado para recibir el mismo premio desde hace veinte años– ya ha recogido galardones notables como un Pulitzer otorgado por sus composiciones líricas “de extraordinario poder poético”; un Oscar y un Príncipe de Asturias de las Artes (2007).


Mucho antes, allá por junio de 1970, Dylan había sido nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Princetown. Su nombre también figura en el Salón de la fama de compositores de Nashville, además de contar con otro antecedente: el título de caballero de la Orden de las Artes y las Letras con el que fue investido por el ex Ministro de cultura de Francia Jack Lang. Más cerca de este derrotero, el jurado tomó la decisión precisamente por las experiencias poéticas del hombre nacido en Minnesota en 1941. Puntualmente –o una de las causas contundentes– fue aquella recopilación de escritos, dibujos y acuarelas (como Drawn Blank, que a principios de este siglo se expondrían en varias galerías europeas) que el propio Dylan comenzó a delinear en épocas del controversial Pat Garrett & Billy the Kid (el de la genial “Knockin' on heaven´s door”, grabado en 1972, que da nombre a una de las películas en las que actuó). Pero también por un libro poco conocido como Tarántula, quizás eclipsado tras las estelas de grandes discos del segundo lustro de la década del sesenta como fueron Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde.


Tarántula es un libro en el que el músico cuenta acerca de sus hábitos y costumbres, durante el período que lo escribió, y sería como una especie de antecedente lejano de otro de los factores que justificaron la elección de la Academia para legitimar el premio: el perfil original de las letras de varias de sus canciones publicadas en el libro Lyrics y, sobre todo, en otro libro: el Volumen uno de Crónicas en el que, de manera mucho más ordenada y sistemática que el viejo y espontáneo Tarántula, Dylan cuenta su propia vida, tal vez cansado de que lo hicieran otros. De que “lo construyeran” bajo subjetividades ajenas. “Si miramos miles de años hacia atrás, descubrimos a Homero y a Safo escribiendo textos poéticos hechos para ser escuchados e interpretados con instrumentos. Sucede lo mismo con Bob Dylan. Puede y debe ser leído”, fue otra de las declaraciones de la Academia a través de su portavoz Danius, tomando en cuenta el libro publicado en el que Dylan dedica varios capítulos a sus primeros años de estadía en Nueva York, y también escribe profundo sobre los disco New Morning y Oh mercy. Aquellas crónicas, además, alcanzaron el segundo puesto en la lista de libros de no ficción más vendidos y fueron nominadas al Premio Nacional del libro. Pero cabe agregar que el modelo de estas Crónicas ya lo había anticipado unos treinta años, a través del disco Desire, cuyo estilo narrativo en sus letras lo acercaba al tipo de crónica de viajes.


También se ha tomado en cuenta el vínculo inquieto de Dylan con el cine, además de la versatilidad del artista en su impronta musical. “Como artista ha sido altamente versátil, y ha trabajado como pintor, actor y autor de guiones (...) se ha convertido en un icono. Merece el premio por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”, se anunció también a través de la red social de la institución, y acá entra el vínculo mencionado. Las performances cinéfilas de Mr. Zimmerman, por caso, en Corazones de fuego, de Richard Marquand (1987) donde hizo de Billy Parker, y en el largometraje Anónimos en el que, además de participar del guión, cumplió con creces el papel de Jack Fate.


Dylan recibirá por el premio la nada despreciable suma de 832 mil euros, además del diploma y la medalla de oro, algo que muchos –incluyendo a las casas de apuestas que suelen hacer su agosto ante estos acontecimientos– pensaban que recibirían el escritor japonés Haruki Murakami, el albanés Ismail Kadare o el estadounidense Philip Roth, que también repartían simpatías entre algunos de los dieciocho miembros del jurado.


Por supuesto que, teniendo en cuenta el talante de los competidores, las reacciones, los pro y los contra, no se hicieron esperar. Al contrario de la “pax romana” que se mantuvo con la ganadora anterior (la bielorrusa Svetlana Alexijevich), este premio suscitó sorpresas y posiciones disímiles entre hombres y mujeres de letras, de diversas latitudes. Entre los polos de sentido, cuando ocurre una novedad como esta, aparecen los negros, los blancos y los grises. Unos, revisionistas culturales de los buenos, celebraron la apertura de un criterio de elección que muchos pensaban hermético, mientras otros vieron al premio como una afrenta al libro como objeto, y al “escritor o narrador” como sujeto. Entre los primeros, uno de los que se hizo oír fuerte fue el novelista mexicano Alvaro Enrique, que escribió en su cuenta de Twitter sobre la antigua relación entre la poesía y la canción. Y fue a más, incluso. “La canción es un género literario mucho más antiguo que la novela, un bebé de cuatrocientos años”. En parecida línea se pronunció el escritor de Los versos satánicos, Salman Rushdie, quien se expresó en términos de gran elección y pensó a Bob como el heredero de la tradición bárdica. En el otro rincón se sentó el célebre novelista Irvine Welsh, autor de Trainspotting: “Me encanta Dylan, pero este premio es para mí una nostalgia mal concebida, arrancada de la próstatas rancias de hippies seniles”, pegó duro el hombre.


La verdad relativa –como “casi” toda verdad–, es que los literatos y críticos parecen apoyarse, en general, en compartimentos estancos para dar su interpretación del hecho. Por supuesto que si a Dylan se lo encorseta en la amalgama de sonidos folk, blues, rhythm & blues y rockeros que, por presentar un caso sintomático, convierten a Blonde on Blonde en uno de sus discos emblemáticos, este tipo de reconocimiento queda corto. Ahora, si por ejemplo se va a la letra de uno de las catorce canciones que pueblan aquella placa (“Just like a woman”, por caso), el sentido cambia: “Y tus insultos que perduran me lastiman, pero lo que es peor es el dolor que tengo acá adentro. ¿No se nota que no encajo?”, desgranaba un Dylan con un timbre de voz menos nasal que el de hoy pero igual de áspero, en el tema dedicado a su principal difusora por entonces, Joan Baez. Mucho mayor es la justificación si se toma como ejemplo literario la intrépida y larga “Sad eyed lady of the Lowlands” (“La dama triste de las tierras bajas”) cuyo texto casi barroco está construido desde imágenes tan intrincadas como conmovedoras.


Hay otros ejemplos de la época que los jurados pro Dylan tal vez no hayan pasado por alto, como la vieja “Dear Landlord”, parte de aquel nodal disco, muy en la línea folk rock, llamado John Wesley Harding. “Todos hemos trabajado demasiado duro / para conseguir lo que queremos / pero nadie puede llenar su vida / con las cosas que ve y no puede tocar”, canta Dylan. O la tremenda y surrealista “All along the watchtower” (“A lo lejos en la distancia / un gato montés gruñó / dos jinetes se acercaban / el viento empezó a ulular”) que cantó en el festival de la Isla de Wight, ante tres de los cuatro Beatles: John, George y Ringo, en quienes –viene al caso recordarlo– insufló inclinaciones poéticas, al menos en los primeros dos. “Acabábamos de escucharlo, y nos trasladó. El contenido de las letras de las canciones y simplemente la actitud, era increíblemente original y maravilloso”, comentó Harrison, luego de aquel concierto.


Otra pata que engancha a Dylan con la belleza poética se lee a través de quienes lo nutrieron e influyeron más allá de lo estrictamente musical. De quienes fueron sus antorchas. Por este camino andan Woody Guthrie, , el patriarca folk de quien prometió ser su heredero y a quien le dedico “Song to Woody”, una de las dos composiciones que incluyó en su disco debut, editado en 1962. Otras musas fueron Ramblin’ Jack Elliott, Pete Seeger o el mismo Dylan Thomas, de quien el músico tomó su apellido artístico, según consta en sus crónicas. También Allen Ginsberg, el poeta beat que una vez definió el tema “Chimes of Freedom” como una sucesión de cadenas de imágenes intermitentes; T.S Eliot, Ezra Pound, Sam Shepard, William Blake y Andrew Motion, por mencionar solo algunos. En suma, la sociedad, la política, la contracultura, el amor, el poder de la imaginación, la filosofía, el humor, la religión (como en la dupla Slow train coming / Saved), lo secular, el sexo, la carne, lo etéreo, y lo estrictamente estético–literario jamás estuvieron ausentes en la producción artística del nuevo Nobel de literatura y, aunque a veces pasa, es difícil que se equivoquen los que saben. O los que solo saben que no saben. Por caso, los que organizaron, como una prueba más por la positiva, simposios sobre su obra en las universidades de Maguncia, Bristol y Viena, cuando el futuro Nobel cumplía setenta años. Ahora tiene 75. Y estatura de gigante.

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Sábado, 17 Septiembre 2016 11:26

Aún creemos en los sueños

Aún creemos en los sueños

 

La presente obra ilustrada contiene el texto de la intervención de Luis Sepúlveda durante el lanzamiento de la editorial chilena Aún creemos en los sueños, el 16 de abril de 2002 en la Biblioteca Nacional.

Allí, el autor de Un Viejo que leía novelas de amor, recuerda, con emoción, sus años de estudiante secundario, cuando soñaba con quedarse, escondido, todo un fin de semana en una biblioteca. Soñaba que los libros le hablaban con su lenguaje silencioso y le mostraban cada una y todas las palabras impresas.

Luis Sepúlveda también se refiere a sus otros sueños, "los de un mundo en donde el pilar fundamental de la existencia sea la fraternidad, en donde las relaciones humanas estén sustentadas en la solidaridad, un mundo en el que todos compartamos la necesidad de la justicia social y actuemos en consecuencia. Mis sueños son irrenunciables, son tercos, porfiados, resistentes, y se anteponen al horror de la pesadilla dictatorial. La defensa de esos sueños tiene que ver con el viejo debate entre lo bello y lo atroz, entre el bien y el mal en el sentido más pleno e intenso".

Con su particular y entretenido estilo, Luis Sepúlveda cuenta diversas anécdotas, recuerda el viaje a Chile del poeta español Marcos Ana y se refiere a su relación con los libros y también a los autores que lo marcaron, como Francisco Coloane, Lautaro Yankas, Nicomedes Guzmán y tantos otros que le enseñaron "que la patria era mucho más que una bandera".

Una de las características más sobresalientes de Luis Sepúlveda, además de su indiscutible calidad literaria, es su generosidad y su intenso compromiso con los actos de resistencia, con las causas justas o "causas perdidas", con todos los que sueñan con un mundo mejor.

 

Edición 2008. Formato: 22 x 22 cm, 40 páginas
Ilustrado por: Lewis

 

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Viernes, 12 Agosto 2016 08:09

El fin de la poesía

El fin de la poesía
Los sandinistas escribieron una de las páginas más poéticas de la historia centroamericana: derrocaron al dictador Anastasio Somoza, resistieron a Estados Unidos y a la contra financiada por éste, y comenzaron la participación colectiva en la construcción de una utopía.

 

 

¿Para qué ha de servir la poesía revolucionaria? –se preguntó Roque Dalton–. ¿Para hacer poetas o para hacer la revolución? Roque ya estaba muerto cuando la respuesta llegó, en Managua, en 1979: para que los poetas hagan la revolución y para que la revolución haga poetas. Porque la sandinista fue una revolución de poetas. Un parnaso donde oficiaban Ernesto Cardenal, Mejía Godoy, Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Rosario Murillo (sí, Rosario Murillo, poeta). Escritores, periodistas, cantautores... Hasta Daniel Ortega tuvo su paso por la poesía, y más de alguno de sus poemas mereció el reconocimiento de escritores como Salman Rushdie.

 

A Rushdie, que hizo una visita de turismo cultural en 1986, Ortega le confesó: “Todo nicaragüense es un poeta hasta que demuestre lo contrario”.

 

Los sandinistas escribieron una de las páginas más poéticas de la historia centroamericana: derrocaron al dictador Anastasio Somoza, resistieron a Estados Unidos y a la contra financiada por éste, y comenzaron la participación colectiva en la construcción de una utopía. De todos los movimientos revolucionarios que nacieron inspirados en los barbudos cubanos, el sandinista fue el único que triunfó.

 

La revolución duró apenas una década. El distanciamiento con el pueblo que el poder generó en los comandantes, aunado a las ambiciones de algunos y el desorden administrativo de otros, más el desgaste de la guerra contra la contrarrevolución y la caída del muro de Berlín, llevaron a su derrota electoral en 1989. Antes de irse, Daniel Ortega distribuyó entre amigos y parientes algunas de las mansiones, ranchos de playa y tierras que la revolución había confiscado. Ese evento, conocido como “la piñata”, marcó la muerte del proyecto revolucionario.

 

La bandera sandinista sobrevivió monopolizada por Ortega. La mayoría de escritores e intelectuales que nutrieron la revolución abandonaron el partido, porque sólo servía de sombra al comandante y a su compañera, Rosario Murillo.

 

Ortega ha sido, desde 1984, el único candidato presidencial del Frente Sandinista. Perdió contra los liberales Violeta Barrios, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños. Cuando, bajo el gobierno de este último, los tribunales nicaragüenses juzgaron y condenaron a Alemán por corrupción, Ortega se alió con el corrupto y dividió a los liberales. Así recuperó la presidencia.

 

Después modificó la Constitución para poder reelegirse, y lo hizo una vez más para poder hacerlo indefinidamente. Convirtió al Frente Sandinista en el partido del Estado, imponiendo jueces, descalificando a rivales, haciéndose del control de los tres poderes del Estado. Se ha cuidado a tal grado de que nadie le haga sombra que, aun hoy, la mayoría de los nicaragüenses no sabe quién es el tercero al mando del partido, después del comandante y su compañera.

 

Puso a sus hijos al frente de inversiones públicas y privadas, a controlar medios de comunicación y, en un gesto digno de un dictador africano en un país igual de pobre, mandó traer desde Italia el Festival de Puccini para que su hijo Laureano, un aspirante a cantante de ópera, pudiera lucirse en un escenario de altura. En eso va hoy la revolución sandinista.

 

Por eso no sorprendió a nadie que Ortega, después de eliminar por decreto a sus opositores, nombrara a su esposa, Rosario Murillo, como su compañera de fórmula. Ella lleva a cabo la mayor parte de las tareas gubernamentales de su esposo, cansado y enfermo.

 

Durante los últimos años ha sido su jefa de gabinete y la vocera oficial del gobierno. Se encarga de la mayor parte de la administración pública y, en su obsesión por controlarlo todo, dispone hasta tareas municipales. Ni sus críticos más acérrimos le niegan una extraordinaria capacidad de trabajo. Pero hasta ahora la compañera Murillo era, oficialmente, la primera dama.

 

La semana pasada, cuando el matrimonio presidencial se presentó ante el Consejo Electoral a inscribir la fórmula, Ortega dijo que lo hacía para reafirmar su compromiso de mantener al menos la mitad del aparato público nicaragüense en manos de mujeres. “Y para ser consecuentes con este compromiso se hablaba, bueno, ¿quién va a asumir la vicepresidencia? Ahí no podíamos dudar de que tenía que ser una mujer, y quién mejor que la compañera que ha realizado ya una labor puesta a prueba, con mucha eficiencia, con mucha efectividad, con mucha disciplina, con mucho sacrificio, ¡sin horario!”

 

Si Murillo se convierte en vicepresidenta será la sucesora inmediata de su marido. Si algo le sucede al comandante de 70 años, cada vez más visiblemente enfermo y con escasas apariciones públicas, la familia seguirá controlando el aparato del Estado. El matrimonio controla ahora los tres poderes, más el Consejo Electoral, la policía y el ejército. Hace unas semanas el presidente rechazó a observadores electorales mientras la Corte Suprema declaraba ilegítimo el liderazgo del Partido Liberal Independiente, su mayor rival, y ordenaba entregar ese partido a aliados de Ortega. Ahora el comandante es el único candidato presidencial con opciones reales de triunfo. Y para que a nadie le quepan dudas, el Congreso de mayoría sandinista destituyó hace un par de semanas a 28 diputados opositores.

 

El comandante aprendió las lecciones de los días del gobierno revolucionario. Olvidó la utopía y la poesía, y aprendió a hacer política inescrupulosa. Se alió con el enemigo de la revolución, el cardenal Obando y Bravo; y con los grandes empresarios centroamericanos (los mayores empresarios salvadoreños, que advierten todos los días que el Fmln es enemigo de la democracia, son aliados de Ortega y hacen jugosos negocios en Nicaragua). Y la alianza la hizo basándose en un principio pragmático: ustedes hacen negocios (conmigo); guían nuestra moral (a través de mí y de mi esposa) y me dejan a mí la política, que incluye volcar todo el aparato público a hacer propaganda electoral y copar las instituciones del Estado con las banderas sandinistas.

 

El comandante es hoy la cabeza de un régimen que se parece más al de Somoza que a la sociedad utópica para el nuevo hombre que prometía la revolución. Ha destruido a la oposición; persigue a sus críticos; ha pervertido el sistema judicial, expulsado a activistas y diplomáticos extranjeros y modificado la Constitución a su antojo. A través de los programas de la Alba financiados por Venezuela, de cuyas finanzas no rinde cuentas, controla ahora gran parte de la economía nicaragüense. Sus cómplices, los empresarios centroamericanos, juegan al ciego que no ve sus excesos familiares y sus políticas autoritarias. Obando y Bravo, el cardenal retirado que aparece purpúreo y sonriente en todos los eventos de los Ortega, ha sido nombrado prócer de Nicaragua.

 

Prócer.

 

Si Ortega gana las elecciones de noviembre, y todo parece indicar que lo hará, podrá permanecer más años seguidos en el poder de los que se mantuvo el último de los Somoza, acumulando más poder que el dictador. Y, como el primer Somoza, quiere que el poder se convierta en una dinastía familiar. Si los Somoza fueron instalados y apadrinados por Estados Unidos (en Washington se atribuye al presidente Roosevelt esta frase sobre el abuelo Somoza: “Puede ser un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”), los Ortega han contado con el petróleo venezolano y las inversiones de China y Rusia. En todas esas inversiones aparecen siempre su hijos.

 

En noviembre, además de presidente, los nicaragüenses elegirán también a alcaldes y congresistas. Eliminada la oposición, el Frente Sandinista obtendrá más control, en un sistema de partido único disfrazado de democracia.

 

¿Pero acaso no era la revolución un sistema de partido único, también, en la que el directorio sandinista dictaba todas las reglas del juego? ¿Qué hay de diferencia con esto? “Para empezar, la Guerra Fría ya terminó hace décadas”, me dijo hace poco la escritora Gioconda Belli, que también fue revolucionaria (y en cuya casa, en San José, vivía Rosario Murillo cuando conoció a Ortega). “Pero, sobre todo, que nosotros trabajábamos por un sueño. Creíamos que estábamos construyendo una sociedad más justa, un mundo nuevo. Podés pensar que era muy romántico, pero eso era lo que creíamos. Estábamos dispuestos a sacrificarnos por un ideal. Pero esos ideales ya no están. Daniel acabó con el sandinismo. Lo que tenemos ahora es orteguismo.”

 

Murillo ya no es poeta. Ni siquiera cuando hace ese papel y escribe sus terribles panegíricos destinados a la demagogia y la política.

 

A principios de este año, acuerpada por todos los focos del oficialismo, recitó una oda a Sandino y Rubén Darío que sólo es memorable por mala. Un desfile cursi de clichés “aturronados”. La poeta murió con la revolución. El orteguismo la hizo burócrata.

 

Ya no quedan en Nicaragua tantos poetas como presumían hace treinta años. Si los tuvieran sabrían que el sandinismo ya no tiene poesía, ni revolución; que hoy es apenas un negocio, un gran negocio familiar.

 

El martes de la semana pasada la primera dama salió sonriente de la inscripción de su candidatura. Vestida con un chal rosa flamingo y con el cuello cubierto por collares de cuentas de madera de colores, tomó el micrófono para hablar a unas decenas de jóvenes uniformadas de jeans y camisetas blancas que aplaudían cada paso de la pareja presidencial. Dijo algunas palabras: “Las mujeres en Nicaragua somos luchadoras, batalladoras y, en la medida en que más mujeres y más mujeres están presentes en los espacios de liderazgo económico, social, político, promovemos más liderazgo de mujeres, porque sabemos que nos identificamos con mujeres que pueden, y todas nos sentimos capaces; sabemos que también podemos, y vamos llegando... Ahora, recordemos también, para nosotras es muy importante que, en un día como hoy, que el Frente Sandinista inscribe una fórmula de presidente y vicepresidente con el 50 por ciento, recordar que la revolución popular sandinista, que la lucha revolucionaria, es la que permite que en Nicaragua se reconozca el liderazgo y la capacidad de las mujeres”.

 

Después sonrió en grande, saludó uno por uno a los asistentes y se fue de la mano de su marido cansado.

 

* Director de elfaro.net, El Salvador.

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Martes, 28 Junio 2016 14:57

Del pan, la poesía y la paz

Raúl Vallejo, Recital poético en el 26 Festival Internacional de Poesía de Medellín, el 19 de junio de 2016

No me alcanzan los versos para el inventario

de tanta muerte en la memoria
viva; no me alcanza el aliento poético
y me asfixio, ya sin cielo,
pero aspiro una bocanada de aire
en los campos enverdecidos por la vida.
Y habrá reconciliación y justicia y sanarán las heridas.

 

Patricia Ariza, del grupo de fundadores del Teatro La Candelaria, conoce, debido a su propia práctica artística alternativa y su militancia política desde los sectores populares, aquello que significa ser una sobreviviente de la violencia instalada en su patria como espectro de una historia de muertos y desaparecidos. La noche del lunes 14 de marzo, ella dijo que anhelaba que Guadalupe, años sin cuenta, la icónica obra del grupo, fuera una obra cuyo tema, muy pronto en estos tiempos, perdiera finalmente vigencia. Patricia, que fue parte del equipo que investigó y montó la obra en 1975, bajo la dirección de Santiago García, expresó también que tiene la esperanza de que la violencia por motivos políticos, de que la persecución y los crímenes de Estado sean, más temprano que tarde, episodios de un pasado que ya no habrá de repetirse.

 

Pero todos sabemos que la voluntad de los espíritus no es suficiente para sanar a los cuerpos heridos. Las condiciones sociales, atravesadas por la inequidad y la sed de justicia, son las semillas para que germine la violencia y sus flores de luto sin tregua. La realidad de los pueblos olvidados, aquellos que habitan en la marginalidad y luchan por el pan de cada día, aquellos que crecen sin participar de la renta de la nación, es la más antipoética de las líneas que el poder de los grupos hegemónicos cincela en la infame piedra de la injusticia. Esa injusticia que Miguel Hernández, retrató así en “Vientos del pueblo me llevan”: “Empieza a vivir, y empieza / a morir de punta a punta / levantando la corteza / de su madre con la yunta. // Empieza a sentir, y siente / la vida como una guerra, / y a dar fatigosamente / en los huesos de la tierra”.


La violencia tiene su origen en un fallido pacto nacional incluyente, en la exclusión social, en un sistema económico que ha privilegiado la voracidad de la acumulación capitalista antes que el buen vivir de las personas y una sociedad para la que los pobres son un obstáculo para el progreso y no la consecuencia de la inequidad. Los trabajadores nos recuerdan, cada Primero de Mayo, que lo único que añade valor en cualquier modo de producción es el trabajo del ser humano. El pan recién horneado, cuya fragancia solidaria invade la mesa, es el alimento que fortalece las bases para erigir la vida de una comunidad en paz. Sin el pan compartido, difícilmente alcanzaremos la cena de la paz.

 

No me alcanzan los versos para tanta violencia
pero sí para la alegría de tu gente
buena, la de la arepa fresca
en la mesa del ajiaco y de la rumba;
tus negros del Chocó, tus indios de la Guajira,
tus ruanas de Nariño, tu pueblo.
Y habrá reconciliación y justicia y sanarán las heridas.

 

La poesía se ha vuelto tantas cosas que cualquier cosa que sea posible es poesía. Hay poesía para los gustos clásicos y para aquellos que desgranan el lenguaje mediante la dolorosa experimentación de las palabras rotas; hay poesía para la íntima deconstrucción y recomposición del sujeto posmoderno escindido para siempre en la historia, y para aquellos que todavía tiene fe en el poder seductor del poema. Hay poesía para el pan, para los tiempos de la guerra y para el momento de la paz. O, como escribió Neruda en su “Oda a la poesía”: “Yo te pedí que fueras / utilitaria y útil, / como metal o harina, / dispuesta a ser / arado, / herramienta, / pan y vino, / dispuesta, Poesía, / a luchar cuerpo a cuerpo / y a caer desangrándote”.

Pero la paz, al igual que la poesía, requiere de la palabra que fluye espontánea mas también de que la se instala precisa en el verso. La paz requiere que desarmemos el lenguaje cotidiano de la política doméstica. Requiere, no solo que los dirigentes cambien ese tipo de adjetivación en sus discursos que, como decía Huidobro, “cuando no da vida, mata”, sino que las personas desarmen sus espíritus y los abran hacia el reconocimiento de la Otredad. Hay que desarmar el lenguaje para que desaparezcan los oportunistas de la guerra: aquellos que, con una mezcla de Tartufo y Torquemada, se aprovechan de la violencia del mundo y, así, echan lodo sobre la mesa en donde se trabaja para que desaparezca la violencia de la aldea.

En términos humanos, todos somos LGBTI y es bajo la luminosidad variopinta del arcoíris que la poesía nos entrega su palabra para que seamos un poco más nosotros mismos; para que dejemos de ser aquel ente que procrea la maquinaria procesadora de la cultura del entretenimiento. Como reza Ernesto Cardenal en su “Oración por Marilyn Monroe”: “Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos, / el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo. / Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros / por nuestra 20th Century / por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado. / Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes”.

La poesía habita entre nosotros para que la libertad nazca desde el profundo cuestionamiento al yo, el que se esconde tras la máscara que somos y el que se muestra en el antifaz que vestimos cada día; para que, en medio de la violencia cotidiana, nos enfrentemos reconciliados a la verdad de nuestra insoslayable finitud. Y, sin bien existe la libertad para escribir y leer todo tipo de poesía, sigo cantando como Gabriel Celaya: “Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”.

El cadáver de Sucre quedó en un camino de Berruecos, el 4 de junio de 1830; Rafael Uribe Uribe, amigo de Eloy Alfaro, cayó bajo el hachuela enloquecida el 15 de octubre de 1914. Pero no hubo culpables, solo sicarios. El 9 de abril de 1948, Bogotá se pobló de cadáveres durante la tarde y existe un luto que perdura en el asfalto de sangre; el 17 del mes navideño del 86, la palabra de Guillermo Cano fue acribillada pero se mantiene encendida; en un avión, a treinta mil pies de altura, el 26 de abril de 1990, Carlos Pizarro voló por última vez, y su vida se marchitó en plena primavera. Pero no hubo culpables, solo sicarios. Fueron más de cinco mil pero nadie lo cree, más de cinco mil en la bananera del olvido y Bernardo Jaramillo uno de ellos, el cuerpo del 22 de marzo de 1990, un nombre que encierra a todos los nombres; el viernes 13 de agosto de 1999, Jaime Garzón fue desdibujado de seis balazos. Pero no hubo culpables, solo sicarios.

Quiero seguir pero no puedo; puedo continuar pero no quiero. ¿Para qué más sangre? Y, sin embargo, más allá de la cobardía y la mala conciencia del poeta, está la urgencia de la memoria, la verdad que requieren los deudos, la justicia que aplaca el ansia, la reparación que consuela al doliente, la promesa de no repetición que tranquiliza. La memoria es persistencia de la vida y solo con ella habremos de derrotar al olvido, para ya no temer a la muerte.

Guadalupe, años sin cuenta, es la obra paradigmática de un teatro que cultiva la memoria histórica, una propuesta teatral marcada por la confrontación ética con las prácticas políticas de los sectores hegemónicos. La obra es una crítica a los círculos oligárquicos, al poder arbitral de los militares en la sociedad, a la alienante influencia de la Iglesia en el cuerpo social y al abismo que separa el espíritu del campesinado y el de las élites de la capital. Una obra que se ubica en unos años concretos pero cuyo drama se extiende hasta los días presentes: es como si la violencia política fuera un malestar continuo de la sociedad.

Es por lo que nos enseña esta obra emblemática del teatro latinoamericano que, como en “Masa” de César Vallejo, se requiere de la solidaridad de todos los seres frente al muerte, para que aunque sea uno solo de la especie recupere la celebración de la vida: “Entonces, todos los hombres de la tierra / le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar”.


Aquella violencia de tantos años debe dar paso al perdón, a la reparación, a la reconciliación. En el espacio en donde habremos de compartir el pan, sentir la plenitud de la poesía en nosotros, y construir la paz y la justicia para la convivencia nos reconoceremos diversos, distintos, otros, pero, al mismo tiempo, nos sabremos una especie signada por la capacidad de resistir en nombre de la vida y del amor. O, como escribe José Luis Díaz-Granados en “El futuro era hoy”: “Entonces el futuro es este instante / en que volvemos a nacer / un peldaño más arriba de todo, / más arriba de todas las edades, / de los destierros y de los despojos”. Así es como nos reconoceremos sobrevivientes y podremos entender la alegría de la paz en los llamados territorios que no son otra cosa que las tierras de los campesinos; esos pobladores que viven lejanos al entendimiento de los centros de poder, aquellos que requieren tanto de los créditos y el arado como de la semilla de la esperanza.

Recordemos que, en 1959, Roberto Fernández Retamar celebraba la dignidad recuperada de su patria mediante el sacrificio de esos otros que no conocemos, haciendo uso de una palabra que es un homenaje a los que murieron, en otros ámbitos, para que nosotros estemos vivos: “¿sobre qué muertos estoy yo vivo, / sus huesos quedando en los míos, / los ojos que le arrancaron, viendo / por la mirada de mi cara, / y la mano que no es su mano, / que no es ya tampoco la mía, / escribiendo palabras rotas / donde él no está en la sobrevida?”. Y es que siempre resultará más fácil hablar de continuar la guerra cuando a ella van los hijos de los otros, y cuando esta sucede lejos, muy lejos de los clubes exclusivos en donde se habla de aquella frente a un whiskey en las rocas.

En el contexto de estos tiempos, las palabras de Patricia Ariza, aquella noche de inauguración del Festival de Teatro Alternativo, cobran relevancia. Dicen los que cantan nuestras penas: Guadalupe Salcedo es el viento del llano que silba desde la eternidad. Una memoria de fuego y flores. Él es un espectro que sobrevive en estos años sin cuenta pero que debería quedar anclado en el pasado de los años cincuenta, para que el cese de la violencia se instale al fin en la misma sociedad que produjo la guerra y comience una nueva cuenta de años para construir la paz.

 

No me alcanzan los versos pero me envuelve
la visión de tus parques florecidos,
tus campos regados con semillas de paz;
Colombia, la tierra
de la memoria, del bambuco y las mariposas
amarillas; la tierra del café, la del cacique Sopó.
Y habrá reconciliación y justicia y sanarán las heridas.

 

PS: Este texto fue leído en el XVI Festival Internacional de Poesía, de Medellín, el 20 de junio de 2016, en mesa sobre "Poesía, paz y reconciliación".

 

http://acoso-textual.blogspot.com.co/2016/06/del-pan-la-poesia-y-la-paz.html

 

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"Reinterpretar el origen de los sueños  y el mundo de la poesía”

Abordar un personaje de la magnitud de Fernando Pessoa, poeta proclamado como uno de los más brillantes de la historia universal, es una tarea mayúscula en todo el sentido de la palabra; ahora, si en vez de uno se abordan cinco poetas (sus heterónimos), cada cual con su propio universo y cosmología, aquella tarea resulta una osadía. Pues bien, este es el reto asumido por “Teatro Tierra” bajo la dirección de Juan Carlos Moyano, con su obra Los cinco entierros de Pessoa, propuesta teatral que trae a las tablas la confluencia de estos cinco poetas, en el momento culminante de la existencia de éste visionario y enigmático multi-personaje.

La obra, inaugurada en el marco del “Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá”, en el Teatro Estudio Julio Mario Santo Domingo, surge a partir de una invitación al grupo “Teatro Tierra” a Portugal para hacer un montaje de Pessoa junto con el grupo portugués “Lendias d’Encantar”*. Allí se adentran en el universo de Pessoa desde los mismos portugueses, “nutriéndose de la medula del poeta”. Este acontecimiento fue el pretexto que llevó al “Teatro Tierra” a hacer su propio montaje, concretar una idea que rondaba por la mente del director hace más de treinta años, cuando adquirió una antología bilingüe poética de Fernando Pessoa (libro que para ese entonces le costó los almuerzos de una semana). Desde ese momento, Juan Carlos Moyano supo que el libro (Pessoa), tenía que ver algo con su vida.

“La vida y obra de Pessoa es teatral, aunque es esencialmente literaria, es profundamente dramática”, dice Moyano, y agrega: “Su misma circunstancia psicocreativa nos permitía explorar laberintos humanos extraordinarios para las tentativas de la escena y de la interpretación teatral”.

 

Del “Teatro Tierra”

 

El trabajo del grupo “Teatro Tierra” se caracteriza, entre tanto, por involucrarse con grandes literatos como García Márquez, José Eustasio Rivera, Sor Juana Inés de la Cruz, Henry Miller, Dostoievski, Antonin Artaud, entre otros. “Personajes que siempre nos han parecido allegados porque son magnitudes de la expresión literaria que procrean espacios de libertad y de pensamiento crítico”. Además de lo literario, la trayectoria del “Teatro Tierra” está ligada a la memoria testimonial de la historia del país. Las obras Agualongo, Las victimas de la guerra, Los ejércitos –de Evelio José Rosero–, son muestras claras de ello.

En palabras del poeta y escritor Carlos Fajardo: “su teatro no realiza adaptaciones ni versiones de las obras literarias, son ante todo lecturas escénicas, interpretaciones poéticas, que buscan y encuentran las simbólicas secretas del autor y su obra […]”. A diferencia de algunas grandes compañías teatrales, las funciones del “Teatro Tierra” asumen una trascendencia y rigor que proveen de espíritu propio sus creaciones, distanciándose, por lo tanto, de los fútiles espectáculos comerciales. Según Moyano, todo montaje creado toma años en ser llevado al escenario. “Es la mecánica de casi todas las obras que hemos hecho, meternos con un autor, asimilarlo, soñarlo, volverse amigo de él y de sus fantasmas, y luego, entonces, dar testimonio desde la escena en forma creativa, de aquello que el autor nos ha dejado, como un sedimento creativo”.

 

“La poética de la materia”

 

Para Los cinco entierro de Pessoa se empleó la hoja en blanco como material protagónico, pues, según Moyano, la obsesión de Pessoa fue siempre escribir y tener papel. Así mismo la hoja en blanco representa una metáfora, tanto en la poesía como en la obra, “es el vértigo, el abismo, lo que no se ha dicho y tiene que decirse, es un misterio supremo para el que ejerce la poesía”.
El grupo hizo una exploración de la hoja: “como elemento sonoro y como herramienta de transmisión de contenidos sensibles”. Es por medio del papel que se expresan mundos, y sobre todo sensaciones, “estados del alma, que a través del juego con las hojas, pueden ser plasmados en imágenes escénicas, que la gente percibe a través de todos los sentidos”.

 

Montaje

 

La obra nace inspirada en la vida de Pessoa y del “sedimento” que sus lecturas les fue dejando en sus “propios espíritus”. Por que según Moyano, “Pessoa es un tipo que afecta, que se involucra con el inconciente”.

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo
Fernando Pessoa

“Fernando Pessoa es en sí mismo un drama, por que él inventa otras personalidades literarias con sus características psíquicas, físicas, espirituales y conceptuales, bien diferenciadas”. La obra, por su parte, aborda los cuatro heterónimos más conocidos del poeta, a saber: Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Bernardo Soares, los cuales son puestos en diálogo con su creador. Trabajo que se convirtió en un verdadero drama para su director quien, enclaustrado en su estudio, logró entre textos suyos y de Pessoa tejer esta compleja obra, creación formidable que incorpora lo esencial de la vida interior y poética de este gran personaje.

Pessoa, finalmente, es un personaje que a pesar de haber vivido a principios del siglo XX, está totalmente vigente; su mundo poético, aquel que transmite más que ideas, sensaciones, aun siegue perturbando a sus lectores y lectoras. Como toda gran creación, su obra trasciende en el tiempo y el espacio. Es un poeta único en su especie, y que gracias al trabajo del Teatro Tierra, podemos presenciarlo, traerlo a la vida junto con sus fantasmas, y adentrarnos en su hermético universo, quizá para descubrirnos un poco dentro de él, y reinventarnos de cara a la poesía, “en una época donde las concepciones filosóficas han entrado en decadencia, y tal vez sea necesario volver a interpretar el origen de los sueños y el mundo de la poesía”.

* Obra presentada en el Festival Internacional de Teatro do Alentejo.


Programación

Los cinco entierros de Pessoa se presentará los días 29 y 30 de abril, en el Teatro Estudio Julio Mario Santo Domingo (Bogotá) y el 26 de mayo en el Teatro Pablo Tobón Uribe de Medellín. 

Para más información: “Teatro Tierra”.

Ficha artística:

Premio: Apoyo a escritura dramatúrgica iberescena–2015
Premio: Beca de creación teatral Ministerio de Cultura–2015

Dirección y dramaturgia:
Juan Carlos Moyano
Actúan: Mario Miranda, Joan Jiménez, David Rosero, Clara Inés Ariza, Julia Rosero, Stephany Rugelis, Estefanía Torres
Escenografía: Guillermo Forero
Diseño de máscaras y vestuario: Carlos Rojas
Creación musical: David Díaz
Interpretación musical: David Díaz, Jhonatan Martínez
Elaboración de vestuario: Jaqueline Rojas y Confecciones Romanoff
Diseño de luces: Humberto Hernández
Diseño gráfico: Sol Baltazar
Co-producción: Beca Ministerio de Cultura, Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, Cooperativa Confiar, Teatro Tierra.

Publicado enEdición Nº223
Domingo, 03 Abril 2016 21:35

“El cazador de historias”

“El cazador de historias”

Este lunes 4 estará disponible en las librerías “El cazador de historias”, el libro que Eduardo Galeano dejó terminado antes de morir, hace casi un año. Como ocurrió siempre con cada uno de sus nuevos títulos, Brecha ofrece un adelanto de alguno de sus textos.

 

La viciosa

En Montevideo, a principios del siglo XIX, el capitán José Bonifacio de Toledo pagó 300 pesos por una negra de 18 años de edad, llamada Marta.
Ella era la esclava de mejor conducta, libre de vicios y defectos, pero a los pocos días el comprador exigió que le devolvieran el dinero. Marta tenía un vicio, el peor de todos: a la menor oportunidad, se escapaba sin dejar huella de sus pasos.
Al cabo de muchas fugas, su nuevo dueño la encadenó.
Atada de pies y manos con grilletes de hierro, la viciosa no se quejaba. En silencio aceptaba el castigo.
Pero pocos días después, se evaporó.
En la celda quedaron cuatro argollas de hierro y una larga cadena intacta.
De ella, nunca más se supo.

 

Esa nuca

En 1967, pasé un tiempo en Guatemala, mientras los escuadrones de la muerte, militares sin uniforme, sembraban el terror. Era la guerra sucia: el ejército norteamericano la había practicado en Vietnam y la estaba enseñando en Guatemala, que fue su primer laboratorio latinoamericano.
En la selva conocí a los guerrilleros, los más odiados enemigos de esos fabricantes del miedo.
Llegué hasta ellos, en las montañas, llevado en coche por una mujer que astutamente eludía todos los controles. Yo no la vi, ni le conocí la voz. Estaba tapada de la cabeza a los pies, y no dijo ni una palabra durante las tres horas del viaje, hasta que con un gesto de la mano, en silencio, abrió la puerta de atrás y me señaló el secreto sendero que debía seguir montaña adentro.
Años después supe que ella se llamaba Rogelia Cruz, que colaboraba con la guerrilla y que tenía 26 años cuando fue encontrada bajo un puente, después de ser mil veces violada y mutilada por el coronel Máximo Zepeda y toda su tropa.
Yo sólo había visto su nuca.
La sigo viendo.

 

La ídola

Cuando se retiró del cine, el mundo entero quedó viudo de ella.
Había nacido con otro nombre, y por su helada belleza había merecido llamarse la Divina, la Esfinge Sueca, la Venus Vikinga...
Medio siglo después del adiós, Justo Jorge Padrón, poeta español que hablaba sueco con acento canario, estaba mirando la vidriera de una tienda de discos, en Estocolmo, cuando en el cristal descubrió el reflejo de una mujer alta y altiva, envuelta en pieles blancas, parada a sus espaldas.
Él se dio vuelta y la vio, mentón alzado, grandes lentes oscuros, y dijo que sí, dijo que no, que era, que no era, que podía ser, y de puro curioso le preguntó:
—Disculpe, señora, pero... ¿usted no es Greta Garbo?
—Fui –dijo ella.
Y con lentos pasos de reina, se alejó.

 

El ídolo descalzo

Gracias a Sailen Manna, el fútbol de la India ganó la Medalla de Oro en los juegos asiáticos de 1951.
Toda su vida jugó para el club Mohun Bagan sin cobrar salario, y nunca se dejó tentar por los contratos que los clubes extranjeros le ofrecían.
Jugaba descalzo, y en el campo enemigo sus pies desnudos eran conejos imposibles de atrapar.
Él siempre había llevado, en su bolsillo, a la diosa Kali, esa que sabe pelear de igual a igual contra la muerte.
Sailen tenía casi 90 años cuando murió.
La diosa Kali lo acompañó en el último viaje.
Descalza, como él.

 

Esos ojos

Cesare Pavese había escrito:
“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.
La encontró en un hotel de Turín, una noche del verano de 1950.
Por sus ojos, la reconoció.

 

Afrodita

Hacía poco que Catalina y Felipe habían descubierto la mar, y no había quien los sacara del agua. Saltando olas pasaban sus días, mientras en las arenas de la playa yacían, olvidados, los moldes, las palitas y los baldes.
Una noche, les conté:
—Había una vez una mujer que se llamaba Afrodita. Ella había nacido de la espuma. Y a mí me parece que ustedes también.
A la mañana siguiente, escuché el griterío, que venía desde el oleaje.
Eran ellos, que gritaban a la espuma:
—¡Mamá!

 

El río raro

Eran niños venidos de tierra adentro, de muy adentro, que no habían estado nunca en la playa de Piriápolis, ni en ninguna playa, y que nunca habían visto la mar.
A lo sumo se atrevían a mojarse los pies, pero ninguno rompía las olas.
Para vencer el miedo, uno de los niños, el más sabido, explicó qué era la mar:
—Es un río de una sola orilla.

 

La Jornada

 

El cazador de Historias.

 

El Monstruo de Buenos Aires. Así lo vio, o lo imaginó, y así lo llamó, el sacerdote francés Louis Feuillée.
Este monstruo fue uno de los espantos que ilustraron el libro de memorias de su viaje por tierras sudamericanas, reinos de Satán, entre 1707 y 1712.

 

El poderoso cero

Hace cerca de 2 mil años, el signo del cero fue grabado en las estelas de piedra de Uaxactún y en otros centros ceremoniales de los mayas.
Ellos habían llegado más lejos que los babilonios y los chinos en el desarrollo de esta llave que abrió paso a una nueva era en las ciencias humanas.
Gracias a la cifra cero, los mayas, hijos del tiempo, sabios astrónomos y matemáticos, crearon los calendarios solares más perfectos y fueron los más certeros profetas de los eclipses y otras maravillas de la naturaleza.

 

La primera flauta

Un cazador se perdió, alguna vez, en alguno de los laberintos de la selva amazónica.
Después de mucho vagar, se dejó caer al pie de un cedro y allí quedó dormido.
Fue despertado por el sol y por una música jamás escuchada.
Entonces, el cazador perdido descubrió que un pájaro carpintero, de cabeza roja, largo cuello y pico poderoso, estaba picoteando una rama.
La música nacía del viento que entraba por los agujeros que el pájaro excavaba.
El cazador aprendió. Imitando al viento y al pájaro, creó la primera flauta americana.

 

La recién nacida

En el último día de abril del año 2013, Galulú Guagnini nació en Caracas.
El padre, Rodolfo, explicó:
–Ella vino para enseñarnos todo de nuevo.

 

La lluvia

Entre todas las músicas del mundo y del cielo, entre todas las que escucho desde arriba y desde abajo, yo elijo el concierto para lluvia sola.
Como en misa la oigo, cada vez que se deja sonar en la claraboya de mi casa.

 

Las nubes

Por las noches, cuando nadie las ve, las nubes bajan al río.
Inclinadas sobre el río, recogen el agua que más tarde lloverán sobre la tierra.
A veces, cuando están en plena tarea, algunas nubes se caen, y el río se las lleva.
Cuando llega la mañana, cualquiera puede ver pasar a las nubes caídas.
Ellas derivan sobre las aguas, lentos barquitos de algodón, mirando al cielo.

 

El oficio de escribir

De Onetti aprendí, también, el placer de escribir a mano.
A mano trabajo cada página, quién sabe cuántas veces, palabra tras palabra, hasta que paso en limpio, en la computadora, la última versión, que siempre resulta ser la penúltima.

 

Por qué escribo /3

Para empezar, una confesión: desde que era bebé quise ser jugador de fútbol. Y fui el mejor de los mejores, el número uno, pero sólo en sueños, mientras dormía.
Al despertar, no bien caminaba un par de pasos y pateaba alguna piedrita en la vereda, ya confirmaba que el fútbol no era lo mío. Estaba visto: yo no tenía más remedio que probar algún otro oficio. Intenté varios, sin suerte, hasta que por fin empecé a escribir, a ver si algo salía.
Intenté, y sigo intentando, aprender a volar en la oscuridad, como los murciélagos, en estos tiempos sombríos.
Intenté, y sigo intentando, asumir mi incapacidad de ser neutral y mi incapacidad de ser objetivo, quizás porque me niego a convertirme en objeto, indiferente a las pasiones humanas.
Intenté, y sigo intentando, descubrir a las mujeres y a los hombres animados por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, más allá de las fronteras del tiempo y de los mapas, porque ellos son mis compatriotas y mis contemporáneos, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido.
Intenté, intento, ser tan porfiado como para seguir creyendo, a pesar de todos los pesares, que nosotros, los humanitos, estamos bastante mal hechos, pero no estamos terminados. Y sigo creyendo, también, que el arcoíris humano tiene más colores y más fulgores que el arcoíris celeste, pero estamos ciegos, o más bien enceguecidos, por una larga tradición mutiladora.
Y en definitiva, resumiendo, diría que escribo intentando que seamos más fuertes que el miedo al error o al castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los indignados.

 

Vivir por curiosidad

La palabra entusiasmo proviene de la antigua Grecia, y significaba: tener a los dioses adentro.
Cuando alguna gitana se me acerca y me atrapa una mano para leer mi destino, yo le pago el doble para que me deje en paz: no conozco mi destino, ni quiero conocerlo.
Vivo, y sobrevivo, por curiosidad.
Así de simple. No sé, ni quiero saber, cuál es el futuro que me espera. Lo mejor de mi futuro es que no lo conozco.

 

El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015), quien compartió con los lectores de La Jornada la magistral concisión y profundidad de sus Ventanas, como se tituló su colaboración semanal para este periódico, concluyó su último libro un año antes de morir. Acechante, el cronista de los invisibles salió a cazar en esa jungla que habitamos “para mostrarnos –con crudeza, con humor, con ternura–” realidades que no todos logran ver. Así surgió El cazador de historias, que publica Siglo XXI, su editorial de toda la vida. En este libro, quien clamaba por una América Latina Unida para revertir el miedo y la resignación, obsequia un puñado de bellas y poderosas historias que ofrecen pistas de su biografía, de su infancia y juventud, de sus primeros viajes por esa región, de las personas que marcaron su vida y su escritura, así como sus ideas sobre la muerte. Con autorización del sello Siglo XXI, La Jornada ofrece a sus lectores, a manera de adelanto, algunos destellos del arcoíris legado por quien afirmaba: Obedecer a los poderosos, no es nuestro destino. El libro ya empieza a circular en México

 

 

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Martes, 22 Diciembre 2015 06:46

Cisnes de verdad y cisnes de mentira

Cisnes de verdad y cisnes de mentira

En la poesía de Rubén Darío hay dos mundos que se distancian, aunque aparezcan no pocas veces juntos en la forma: uno insondable, de misterios siempre por descifrar, donde la correspondencia de los significados se vuelve infinita: la sinestesia, ese juego verbal profundo donde el sol es sonoro y los sonidos son áureos; la búsqueda constante de lo diverso, que es la clave de la unidad de los significados pitagóricos, los números como signos del universo que nos dicen al Dios que no se nombra. Y también Rubén, igual que Borges, adoraba la idea de la metempsicosis, la transmigración de las almas de un cuerpo a otro, no importa la distancia de las edades, una idea que es pitagórica y es órfica. Pitágoras y Orfeo. Los números y el canto. En el poema que lleva precisamente ese nombre, Metempsicosis, cuenta la historia de Rufo Galo, el soldado que durmió en el lecho de Cleopatra, y lo pagó con la vida, comido por los perros, para volver a rencarnar.


De allí su fascinación por la mitología, cuyos personajes híbridos, más allá de poblar su imaginería verbal, entran en sus poemas como criaturas apasionadas, contradictoras y feroces. En Rubén, los monstruos de esa zoología fantástica provienen de la culpa. La pasión es la causa de su deformidad, o de su anormalidad, o más que una envoltura carnal tienen una presencia espiritual, la única capaz de ser testigo o partícipe de la epifanía. Y los saca del friso de mármol para expresar a través de ellos sus propias incertidumbres existenciales, como en El coloquio de los centauros.


El otro de sus dos mundos es musical, fácil al oído y a la memoria, y, además, bendecido por la rima. Como bien dice Stendhal, la memoria necesita de la rima. Y como son generalmente poemas que cuentan historias, las aprendimos a recitar en nuestra infancia: El negro Alí, La cabeza del Rawí, La sonatina, Los motivos del lobo, Margarita. Es una poesía que viste ropas brillantes, igual que el papá de la princesa de este último.


Esos brillantes ropajes son verbales, muy coloridos y por tanto llamativos, y provienen de la literatura francesa del siglo XIX. Son ropajes musicales. La novedad consistió en dar una nueva música, atrevida, briosa y resonante al idioma y, por tanto, una nueva estructura verbal. El modernismo fue una escuela poética; también fue una escuela de baile, un campo de entrenamiento físico, un circo y una mascarada, como señala Octavio Paz.


Pero el músico ya estaba desde antes en Rubén, dueño de un espléndido oído para identificar ritmos y copiar melodías, y descubrir nuevas y viejas métricas, hasta dar, como los verdaderos músicos, con su propia clave creadora singular. Supo escuchar bien las novedades del verso simbolista francés, pero también las cadencias de la poesía popular, desde los himnos religiosos de su infancia a los endecasílabos olvidados de la gaita gallega. Fue una aventura verbal, y la entrada en territorios antes proscritos, sobre todo aquella escandalosa intimidad con otras lenguas, sobre todo la francesa, y formas métricas e idiomáticas que sonaban trasgresoras.


Un músico de nacimiento, que no en balde cargaba de domicilio en domicilio con su piano Pleyel, huésped forzado, con no poca frecuencia, de las casas de empeño, y que terminó vendiendo cuando, nombrado embajador de Nicaragua ante la Corte de Madrid en 1907, no pudo afrontar los gastos que demandaba mantener su residencia y legación en la calle de Serrano, porque su gobierno le atrasaba los sueldos, o no se los pagaba. Y a la hora de su muerte, se le debían casi todos.


En su frustrada novela autobiográfica El oro de Mallorca, Rubén se disfraza, o se trasmuta, en la figura de un compositor latinoamericano célebre, Benjamín Itaspes, "un temperamento erótico atizado por la más exuberante de las imaginaciones, y su sensibilidad mórbida de artista, su pasión musical, que le exacerbaba y le poseía como un divino demonio interior...", según se retrata a sí mismo.


Su poesía se encendió, así, de una pirotecnia verbal deslumbrante llena de imágenes vistosas y atrevidas, de osadías melódicas, de novedades rítmicas, una puesta en escena cuyas bambalinas y decorados se come de manera implacable la polilla: quioscos de malaquita, lagos de azur y mantos de tisú, y lo mismo sus numerosos figurantes: faunos, náyades, ninfas, bacantes, centauros, cisnes y pavorreales, mandarines y califas de oriente, y hadas madrinas, elfos y princesas encantadas: "veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer...", dice en las Palabras liminares de Prosas profanas.


Semejante parafernalia identificó al modernismo, préstamos, decorados, efectos de color, novedades que se acercaban peligrosamente a la cursilería, y aún podemos asomarnos con curiosidad a ese museo de cera. Pero sin aquel ejercicio lúdico nunca habría existido la ruptura que trajo la modernidad que desentumió a la lengua española.


Algunos de los escritores modernistas que acompañaron a Rubén en aquella aventura colorida, perecieron junto con ese modernismo decorativo, porque se atuvieron a las calidades exteriores y no a la esencia verdaderamente moderna que había dentro de la envoltura modernista, donde se hallan los temas que han alimentado a la literatura a través de los tiempos, nacidos de la exploración sin subterfugios de la condición humana, empezando por el amor y la muerte, esa dualidad tan perturbadora para Rubén: Eros y Thánatos. El primero de sus dos mundos.


El cisne que conduce la barca de Lohengrin es un cisne de utilería, pero los de Rubén, además de su simbólica majestad erótica, su cuello entre los muslos de Leda, con ese mismo cuello no dejan de abrir interrogantes acerca del sentido de la vida. Y en el poema Los cisnes de Cantos de vida y esperanza, se dejan interrogar por el poeta en tiempos de incertidumbre: ¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
Masatepe, septiembre 2015


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"Ganamos la democracia pero no se terminó la lucha"

Está convencida de que las historias pueden cambiar a los seres humanos. Y a eso se dedica: a narrarlas y también cantarlas. Por primera vez en Buenos Aires, contó a Página/12 el origen de sus relatos. También detalló la lucha que llevó adelante contra el régimen segregacionista. Y cómo se vive hoy en Sudáfrica.


"Un día entré a una biblioteca, se me caía el agua de la boca, era la primera vez. Y una señora que estaba detrás del mostrador me dijo:


–No, vos no podés entrar porque sos negra.


Yo le dije:


–Yo no soy negra, ¡yo soy alguien a quien le gustan los libros! Esas son las cosas que te meten en la política, te guste o no te guste." Con esa pequeña historia, la poeta Gcina Mhlope sintetiza cómo se vivía el apartheid en Sudáfrica. Pero no le gusta quedarse solo con la historia de sufrimiento que fue la segregación racial en su país. "Nosotros no nos describimos como personas del apartheid, teníamos unas vidas maravillosas a pesar de todas esas cosas", dice. En esta entrevista habla además del poder de los relatos para transformar a los seres humanos. Y regala dos adorables historias para chicos y no tanto.
–¿Dónde nació y cómo era su vida allí?


–Nací en Durban en la costa sureste de Sudáfrica. Vengo de una familia que habla zulú. Soy la más chicas de una familia de ocho hermanos. Los primeros años fui criada por mi abuela, que era una muy buena cuentista, contaba muchos cuentos y eso me dio mucha suerte. El haber escuchado esas historias hizo que mi imaginación pudiera volar. También me enseñó a tomar el sabor de las imágenes que nos enseña el idioma. La forma en que mi abuela iba describiendo esas cosas era lo que me permitía volar. Como yo era una chica muy curiosa y hacía preguntas, mi abuela me decía: "tengo una historia para contarte sobre eso"...


–¿Y qué hacían sus padres?


–Mi papá trabajaba para una petrolera. Su padre había sido envenenando en la misma empresa petrolera. Antes de que a mi abuelo lo pudieran enterrar, los blancos vinieron a buscar a mi padre para ponerlo en el trabajo que había tenido mi abuelo. Tuve dos madres porque mi padre se casó dos veces. El tuvo siete chicos con su primera esposa. Mi madre biológica vino de la parte este, del otro cabo. Ella estuvo casada, tuvo también ocho chicos y tuvo una relación de un abuso muy fuerte con otro marido. Y después, cuando vino a la ciudad de Durban, conoció a mi padre y ahí nací yo. Vengo de estas dos familias y por eso uno de mis libros se llama "como el amor de un hijo". Me quedé con la familia de mi padre desde los dos años. Mi madre no venía a verme y así fue como miraba a mi padre todo el tiempo y me fui sintiendo en casa.


–¿Ahí la crió su abuela, la que le contaba cuentos?


–Sí. Cuando tenía 10 años vino mi mamá a buscarme y nadie supo dónde estaba. Eso me traumatizó mucho. Lloraba muchísimo. El pueblo donde vivía mi madre tenía unas montañas muy altas y me sentía como en una prisión. A pesar de que estaba a dos horas de distancia nada más, parecía que quedaba mucho más lejos y ahí tuve que aprender a hablar el idioma xhosa y a encajar de algún modo. Yo siempre fui buena académicamente. Era como que me tiraban a un río que estaba inundado pero yo tenía una rama de la cual agarrarme. Para mí esa rama era el libro, yo me focalizaba en los estudios todo el día, todo el tiempo que podía. Así fue como aprendí a querer ese cabo y empecé a escribir mis primeras cosas cuando tenía 17 años, todavía viviendo en ese cabo. Creo que ser de afuera y no encajar hace que uno se vuelva muy observador y ese fue el nacimiento de la escritora.


–Las biografías sobre usted destacan como una curiosidad que fue empleada doméstica, ¿cómo lo vive y cómo fue esa experiencia?


–Cuando llegué a Johannesburgo no tenía donde parar y me quedé con una de mis hermanas que era trabajadora doméstica. Yo terminé la secundaria y estaba buscando alguna beca para poder ir a la universidad, pero para tener algo para comer primero encontré trabajo en una fábrica de ropa durante algunos meses. Y luego encontré trabajo como empleada doméstica limpiando una casa de otra persona. Fueron 42 días pero a los medios les encanta decir que "ella ahora es muy famosa pero en su momento fue una trabajadora doméstica". Es muy emocionante decirlo de ese modo.


–Ya contó cómo nació la escritora, ¿cuándo nació la activista política?


–Hice muchas cosas en el medio. La parte cultural del gobierno francés empezó a enviar maestros a Johannesburgo donde yo estaba viviendo. Trabajé en hacer películas durante seis u ocho meses. Me entrenaron para ser locutora de noticias en la BBC de Sudáfrica. Y fue sorprendente ver cómo podía usar mi voz sabiendo cómo hablar correctamente. Empecé también a interactuar con grupos que estaban en Johannesburgo recitando poesía. Y cuando uno no tiene los papeles para vivir donde tiene que vivir, en una ciudad grande, siempre la policía lo está persiguiendo.


–¿Por qué? ¿Qué papeles necesitaba?


–Tenía que tener un libro de referencias, que tenía que tener un sello. Es como un pasaporte. Si vivías en un pueblo chico y tenías que ir a una ciudad grande tenías que tener un pasaporte. Y si no, ibas preso. Y a mí me arrestaron muchas veces solamente por no tener ese sello.


–¿Y por qué no lo tenía?


–Porque no había nacido en Johannesburgo. Por ser una persona negra simplemente. De eso se trataba el apartheid. Incluso si no querías entrar en política, la policía te enseñaba cómo entrar en política. Entonces cuanto más uno empezaba a tener problemas con la policía, más empezaba a ver qué es lo que sucedía en el país. Yo no pude entrar a una biblioteca hasta que tuve 21 años. Un día entré a una biblioteca, se me caía el agua de la boca, era la primera vez. Y una señora que estaba detrás del mostrador me dijo: "No, vos no podés entrar porque sos negra". Yo le dije: "Yo no soy negra, ¡yo soy alguien a quien le gustan los libros!" Esas son las cosas que te meten en la política, te guste o no te guste.


–¿Había alguna persecución especial para las mujeres negras?


–Teníamos que llevar esos pases también. Y está el hecho de que cuando a una mujer la arrestan la pueden violar. Le pueden hacer cualquier tipo de cosas. Cuando yo era parte de la Federación de Mujeres, a una de mis amigas la arrestaron. Tenía un bebé de tres meses y la separaron de su bebé. No les importaba tu bebé. A nosotros nos metían presos y nos llamaban terroristas. Yo estaba en un grupo secreto de apoyo a los detenidos. Había gente a la que la arrestaban y la dejaban detenida sin juicio y te podían tener preso todo el tiempo que quisieran.


–¿Estamos hablando de los '80?


–Sí. Y también podían arrestar a chicos de 10 años. Una de mis obras que estuvo en muchos lugares del mundo se llama Nacido en la RSA (República de Sudáfrica). El personaje que yo tenía está basado en una mujer que estaba en este grupo de detenidos y era madre de varios chicos. Siempre suplicaba que me saliera bien esa historia que yo personificaba todas las noches en el teatro. La mujer a la que yo representaba no tuvo la oportunidad de estar ante tantas audiencias en Estados Unidos, en India, en Suiza. Cuando gané el premio de mejor actriz en Nueva York, el Obie Award, sabía que no era mi premio sino que era el de muchas de estas mujeres, de muchas de estas madres. Al ser parte de este comité de defensa de detenidos la policía me arrestaba muy seguido, me hacían preguntas y me tenían presa todo el tiempo. Y cuando yo estaba haciendo otras obras la policía podía verlas o venían al suburbio donde yo estaba y me decía: "Si queremos te podemos matar". Y yo sabía que tenían razón, de hecho mataron a algunos de mis compañeros. Cuando me fui del Alexandra Township vinieron un día en un vehículo militar y dispararon hacia mi cuarto y yo por suerte ya no estaba ahí.


–¿Qué es el Alexandra Township?


–Es un suburbio, un pueblo. Estaban esos pueblos para los negros, para los indios, para los que eran de raza mixta y los suburbios lindos para los blancos. Por eso había que pertenecer a ese pueblo, no se podía vivir en la ciudad si eras una persona negra. Venías a la mañana temprano a la ciudad a trabajar y a las cinco de la tarde tenías que salir de la ciudad. A la noche la ciudad era blanca.


–¿Estas obras las hacían en la ciudad o en los suburbios?


–Era en estos pueblos. Y había un teatro en un mercado en la ciudad y ese teatro era el único en Johannesburgo en el que blancos y negros podían actuar. Había otra estación de policía que se llamaba John Foster y a veces tenías que irte a esa incluso después de haber mostrado tu libreta. Y tenías que tener un permiso extra para hacer una obra a la noche si eras una persona negra. Después de actuar te volvías en el colectivo a tu pueblo y a la entrada de ese pueblo, la policía te estaba esperando. Le mostrabas tu libro de referencias, tu permiso. Y te preguntaban: "¿Qué hacés cuando estás actuando? ¿Cantas? Vení, cantá para no- sotros". Eran las 11.30 de la noche, a veces hacía mucho frío. Yo empezaba a cantar y ellos se me reían en la cara. Tenían armas enormes y uno no tenía opción.


–¿Cuánto tiempo duró esto?


–Muchos años. Hasta el final del apartheid. Pero no nos focalizábamos en eso durante el apartheid porque nosotros vivíamos nuestras vidas también. Si ustedes miran a la gente que vive en Palestina hoy, no saben lo que es la paz porque están viviendo momentos horribles pero a veces se enamoran, a veces tienen que lavar los platos, a veces necesitan un par de zapatos.


A veces la gente mira hacia Su- dáfrica y nos pone como en la cajita del apartheid. Nosotros no nos describimos comopersonas del apartheid, teníamos unas vidas maravillosas a pesar de todas esas cosas. Si nosotros nos hubiésemos permitido ser tragados por el apartheid estaríamos ahora llenos de odio y habríamos querido matar a todos los blancos. Pero no se trata de eso, nosotros somos una nación triunfante y creo que lo mismo pasa en Sudamérica con todas las cosas horribles que pasaron. Cuando uno va caminando por Sudamérica no dice "pobre gente que fue torturada por los españoles o por los portugueses". Yo te miro a vos como un ser humano, no sé cuáles son tus ancestros. No sé si vienen de nativos americanos o si vienen del lado blanco, no sé quién sos pero te miro como una persona.


–Relata cuentos para chicos y para adultos, ¿de qué hablan?


–Yo escribo cuentos, escribo poesía y escribo música. Yo empecé a escribir cuentos tradicionales para chicos pero empecé también a crear historias porque había ciertos temas que no tenían la suficiente atención. Y hubo algunas cosas que a mí me empezaron a inspirar. Las historias que empecé a escribir son para los más jóvenes y yo nunca pensé que eso iba a ser lo que me iba a llevar a mí hacia ese lado. Hay una historia sobre una chica que se llama Zoleka a quien le piden que recite un verso de la Biblia y está aterrorizada porque piensa que va a decepcionar a la mamá y a la maestra. Y la pasa muy mal preparándose para ese día. Pero su madre la ayuda y practican. Finalmente el día del evento, cuando mencionan su nombre y todo el mundo está cantando en la iglesia y ella mira y de repente hay tantos ojos que la están mirando, se olvida de todo. Lo que ella temía que sucediera finalmente sucedió. Después su hermanito la llama: "¡Hola Zoleka! ¡Hola Zoleka!" y todos se empiezan a reír en la iglesia pero su madre la mira con mucho amor, y cuando ve ese amor que sale de la cara de la madre hace lo que tiene que hacer, lo dice maravillosamente y sale todo bien. Para mí es esa cosa de la familia, que saca lo que uno tiene adentro cuando piensa que está débil y que no lo puede lograr. Esos libros la gente los compra para sus hijos chiquitos y vienen y me dicen: "Esa historia me habla a mí". Pienso en alguien que es fantástico en las matemáticas, las ciencias, en los negocios o de repente es el CEO de una gran empresa y tiene que pararse y dar un discurso y se congela. Y ahí la historia de Zoleka empieza a tener sentido. Por eso yo escribo sobre experiencias de la vida real. Para mí es importante hablar desde mi corazón.


–¿Cómo es eso?


–Hay una historia que se convirtió en una expresión de danza. Es la historia de una chica joven a la que le gustaban las aves. Era muy hermosa y los chicos decían que era muy hermosa pero que era raro que le gustaran tanto las aves. Los hombres empezaron a venir a querer casarse con ella y ella decía "no, este no"; "no, este otro tampoco". Ricos, bien parecidos, bien vestidos, no le importaban. En un momento su papá se enojó, los hombres se cansaron de preguntar y al final ella fue la única que no se había casado de su grupo etario. Se sentó en una choza con unas señoras que le enseñaron a hacer artesanías.

Empezó a hacer unas pulseras y unos sombreros muy bonitos, cestas. Y mientras estaba trabajando con estas mujeres empezó a cantar canciones muy antiguas que la gente ya se estaba empezando a olvidar. Aprendió la poesía de las enseñanzas más antiguas. Y estas señoras le decían que su belleza se había convertido en algo mágico con todos los aprendizajes que ella había logrado. Por supuesto, otros se reían de ella, hacían bromas. Pero un día apareció el hombre de sus sueños. Estaba rodeado por cientos de pájaros. El la abrazó y los pájaros empezaron a volar y a tirar algunas plumas. Y las mujeres que estaban ahí empezaron a correr y a recolectar esas plumas y le hicieron un vestido de novia con esas plumas. La gente le decía que nunca habían visto un vestido parecido a ese. Esa para mí es una historia para niños. Y después la podemos contar a los adultos y la interpretan de otro modo. Cuento historias a distintos niveles de la educación institucional y también me invitan las empresas a dar charlas de motivación y de eso vivo.


–¿Por qué nos fascinan tanto las historias en todas las culturas?


–La razón más importante por la cual yo cuento historias es hacer despertar historias en otras personas. Porque cuando vos le contás una historia a alguien te dice "esto me recuerda a algo que mi tío me contaba a mí". Si puedo realmente lograr despertar una historia en una persona cada vez que yo cuento una, ya lo mío está hecho.


–A tantos años de terminado el apartheid ¿puede sintetizar como está Sudáfrica hoy?


–Veintiún años después del apartheid hemos crecido, somos una democracia que permite que los chicos de distintos grupos raciales vayan a la escuela juntos, la gente tiene derechos igualitarios, no hay que llevar ese pase para mostrar. Uno puede vivir donde quiera. Pero al mismo tiempo los cambios no llegaron a todo el mundo. Hay mucha gente muy pobre que no tiene electricidad, que no tiene agua corriente. Eso es una realidad. Es importante entender que nosotros luchamos por la libertad, ganamos la democracia pero todavía no se terminó la lucha. Los que estamos en una posición privilegiada ahora somos los que tenemos que ayudar a otros. Pero también llegamos a un punto que la gente quiere que el gobierno haga cosas y dice "hacé esto para mí". A los políticos les gusta hacer promesas en las elecciones: si me votás te voy a atar los zapatos de los cordones, te voy a cepillar el pelo también, voy a lavar los platos en tu casa todos los viernes. Y por supuesto no lo van a hacer. Y ahí es donde la gente empieza a ser un poco haragana. Creo que también tenemos que volver a traer ese espíritu de trabajar duro, que nosotros mismos hagamos nuestras cosas. Nuestros padres nos enseñaron a trabajar mucho, nos dieron la crianza para ser seres humanos dignos. Mi papá me decía algo así como "nunca se puede ganar una vaca si uno se queda durmiendo". Hay gente que cree que puede trabajar un poquito y ganar mucho dinero. Y es una realidad en todo el mundo, hay muchos padres que se quejan de que los chicos no quieren trabajar. Cuando tengamos una muy buena educación eso nos va a permitir crecer. Y ahí uno no les dará tanto poder a los políticos por encima de otros.


–¿Es la primera vez que viene a la Argentina?


–Sí. Vine a participar del Festival de Poesía en Argentina, me recibe la Embajada de Sudáfrica y voy a interactuar con otras universidades en distintas provincias. Y también pedí visitar el Museo de la Memoria en Uruguay. Es algo muy especial para mi corazón, porque yo quiero que se abra un museo de la memoria en Sudáfrica y quiero dirigirlo por el resto de mis días.
–Acá también hay...


–Vamos a ver el de Argentina también. Muchos ciudadanos comunes de mi país no tienen la posibilidad de escribir sus propios libros o que sus historias se cuenten con un sentido de dignidad y de respeto. Es algo que yo soñé y deseo hacer hace mucho tiempo. Y el día antes de llegar acá, hicimos un gran anuncio en Durban porque encontraron una propiedad que se va a convertir en un museo de la memoria. El 17 de abril fue un día muy emotivo para mí. Nos espera un gran trabajo. Es como un bebé que acaba de nacer y cuando uno tiene que criar un bebé trabaja muchísimo.


–¿Su abuela sigue viva?


–Ella falleció, pero siento que está con vida dentro de mí. Mantengo vivo su nombre y su forma de arte. Mi mamá y papá, los dos, fallecieron, pero los valores con los que fui criada trato de mantenerlos. Si no mantenemos esos valores la gente va a empezar a viajar y a imitar esto de acá y esto de allá. Hace 33 años que viajo por el mundo y nunca quiero ser como otra persona. Quiero ser yo misma.

Publicado enInternacional
Jueves, 23 Abril 2015 14:38

José Barros: Poeta del río universal

José Barros: Poeta del río universal

José Barros nació y murió en El Banco, municipio del departamento del Magdalena, y como buen representante de la "cultura ribereña" aportó a la construcción de la colombianía, en tanto que expresión nacional, pero cargada de un grado de universalidad en su poesía y música. Este año es de celebraciones en homenaje al maestro José Barros en los cien años de su nacimiento, suceso acaecido en el año 1915.

Hijo de un comerciante portugués, Joao María Do Barros Traveseido, y de madre banqueña, Eustasia Palomino, Barros se vio favorecido por esta simbiosis cultural desde sus primeros años, pues es muy probable que escuchara la música "fado" y los cantos nostálgicos y profundos que la caracterizan, lo que quiere decir que desde muy pequeño, el que terminaría forjado como un gran compositor, accedió a la visión mestiza de su entorno, sensibilizándose, no solamente en lo referente a la cultura ribereña sino ante una expresión más amplia y profunda de la cultura en general y de la música en particular.

Dicen que cuando sus padres murieron quedaron José y sus cuatro hermanos en una gran pobreza, y que él y su hermano, por allá en la década de 1930, salían con su guitarra a tocar en el puerto, en las plazas de mercado o debajo de los árboles, a los amigos de su papá, pero no interpretaban música de la región, sino rancheras, boleros, tangos y son cubano, pues la música caribeña tales como cumbias, porros y vallenato, era mal vista, considerada vulgar, mejor dicho "no era música para gente educada". Así que en un primer momento José Barros no cantó ninguno de los aires del Caribe que después lo hicieran inmortal.

Esto es importante porque en ese entonces en la Región Caribe se conocían las rancheras provenientes de México, los boleros y el son cubano y los tangos argentinos, ritmo y elementos culturales foráneos que llegaron hasta nosotros tanto por el mar Caribe como por ríos como el Magdalena. Esas expresiones musicales, además, no solo se escucharon en ciudades y pueblos de la costa Caribe sino también en el interior del país, en regiones como Antioquia, la zona cafetera, el Tolima y Huila.

Estos toques, más sus andanzas en su región, lo acercaron a las bandas de pueblo y grupos de danzas como las conocidas "pilanderas" y grupos de tamboras y chandes en la navidad, y en cumbiambas o cumbiones. Esta es su vena ribereña.

Cuando el maestro José sale a otras partes del país, como a Barrancabermeja, Medellín y luego a Segovia, donde compone "La nena" y "El minero":

Que será lo que busca el minero
En la oscuridad de la mina,
La muerte rápida o lenta
o su esperanza perdida

Aquí ya está procesando su capacidad poética y de composición musical, la misma que fue madurando en la medida en que fue conociendo otros países de la región y sus culturas; no es casual, por ello, que su primer tema grabado en Lima, Perú, fuese un tango: "Cantinero sirva tanda".

Sorpresa en el altiplano

Cuando José Barros llegó a Bogotá en la década de 1950, encontró que allí estaban escuchando música del Caribe o como se dice popularmente "música costeña". La ciudad estaba saliendo en las fiestas de solo bailar valses, pasillos y danzones, no porque sean 'malos' sino porque el país estaba cambiando y también su capital. La primera agrupación musical que puso a persignarse a más de un cachaco no fue la música llegada del litoral caribe sino la procedente del Tolima y de la misma ciudad capital: la rumba criolla interpretada por la orquesta de Emilio Sierra con piezas que aún hoy encuentran oídos receptivos, como "Que vivan los novios" o "Mañana nos casaremos".

Lo que queda aquí plasmado es que, así como es acertado hablar del complejo de la depresión momposina y de la "cultura ribereña" de los ríos Sinú, San Jorge, Atrato, Cauca o Magdalena, igualmente es válido hacerlo con relación a cómo el rio Bogotá también marcó a las sabanas de Bogotá.

Porque no fue ningún grupo de la llamada costa el que popularizó aires del Caribe colombiano en Bogotá, sino un cantautor bogotano, Julio Torres, y su grupo "Los alegres del vallenato", los que lo hicieron, pero aclimatándolo al interior, a la sabana de Bogotá, a la idiosincrasia capitalina.

Paradoja. Estando José Barros en Bogotá, es cuando comienza a componer música del Caribe colombiano, como aquella pieza que le abrió las puertas de la fama: "El gallo tuerto":

Se murió mi gallo tuerto
qué será de la gallina
Cocoroyó, cantaba el gallo
cocoroyó, a la gallina.

En ese entonces, década de 1950, en la capital del país se escucha a Lucho Bermúdez, Guillermo Buitrago, Abel Antonio Villa, etcétera. Bogotá, que avanzaba raudo hacia todas las formas del capitalismo, también asumía todas las manifestaciones de la modernidad, lo que incluía escuchar y bailar ritmos diferentes a los del interior del país.

Sus primeras canciones las compuso e interpretó con los Trovadores de Barú y cantando Tito Cortes; el Trío Nacional, también le interpretaron Bobea y sus vallenatos. Su capacidad de componer diferentes ritmos tiene que ver, por lo menos, con cuatro factores: la capacidad de creación propia de los 'costeños', lo mismo que de esos pueblos es la capacidad imaginativa, casi que mágica. De su fibra son diversas canciones, verdaderas "fábulas caribeñas", magia que no solo queda expresada en la música (la literatura también la recoge), su herencia del fado portugués que lo llevó a tener una visión amplia de la música, y lo que se dice de los músicos que también componen por encargo ciertas canciones debido a la moda.

También es de anotar que por ese entonces en regiones apartadas del centro del país, como esa de la depresión momposina, la lectura era un refugio al aislamiento, y por su conducto se "conocían" otras cosas del país y del mundo; José Barros fue buen lector, por ejemplo de Dostoievski y Tolstoi, tuvo una buena idea de Lenin.

A lo largo de su vida compuso más de 700 canciones, verdaderas poesías, y con trabajo musical igualmente admirable. El profesor Zumaque comenta que la obra de Barros "es moderna por la estructura musical, como sus giros melódicos y la disonancias atractivas".

Compuso paseos: El viajero, La pilanderas, Momposina (otros dicen que es un porro); pasillos: Pesares, Divagando, Dos claveles; boleros: Carnaval, A orillas del mar, Busco tu recuerdo, desgraciadamente; valses: No te vayas, Tu sombra, Canta el corazón; tangos: Ingrato amor, Cantinero sirva tanda, Vivo entre la farra; rancheras: Corazón negro; cumbias: La Piragua, Navidad negra, El pescador; porros: El gallo tuerto, Palmira señorial, El tigre de Torrencilla; cumbiones: "El patuleco", merengue: Paloma morena (otros dicen que es un currulao), Corazón atormentado, Juego infantil; chandes: "Juana Manzano"; puyas: Ají picante.

José Barros, atento a los avances del mundo y de la música, intentó medírsele a la influencia del rock, según comenta José Portaccio, en 1956 Barros se inventó el ritmo de "El boloking" que era una especie de mezcla del rocanrol y el merecumbé.

Veamos fragmentos de algunas letras de sus canciones para poder captar la poesía y la intensidad emocional del autor, y si a esto le agregamos el ritmo nos daremos cuenta de su inmensa capacidad poética y artística:

La piragua, considerada la mejor canción colombiana de todos los tiempos:

Me contaron los abuelos que hace tiempo
navegaba en el Cesar una piragua
Que partía del Banco viejo puerto
a las playas de amor en Chimichagua.
Era la piragua de Guillermo Cubillos
era la piragua, era la piragua.

El bolero, que fue considerado el himno de los despechados de América latina, Busco tu recuerdo:

Busco tu recuerdo dentro de mi pecho
de nuestro pasado que fue de alegría
Pero solo llegan a mis pensamientos
grandes amarguras para el alma mía.

El Pescador, tremendos versos de dulce realidad:

El pescador habla con la luna
el pescador habla con la playa
El pescador no tiene fortuna
Solo su atarraya.

Bueno, y algo de lunfardo, con Vivo entre la farra:

Me desprecian porque vivo entre la farra
sin amor, sin dinero, y sin hogar
Yo pregunto si es delito que mi alma
con licor mi tristeza quiera ahogar.

O, en fin el despecho latino, Corazón negro:

He venido a romper los amores
que una vez con cariño te di
Porque tengo un rencor en el alma
y no quiero saber más de ti.

O, Estas delirando:

Ya pasaron todas las quimeras
esas que me trajeron dolores
Y ahora con palabras salameras
bienes a mi vera en busca de amores.
La pasas delirando por un amor perdido.

José Barros no siempre fue escuchado, "La Piragua", por ejemplo, la popularizaron "Los Black Star" en la década de 1970, llevándolo de nuevo a la popularidad después de años de no ser escuchado.

El tiempo pasa y muchas de sus canciones aún se escuchan, como sus cumbias, boleros y paseos. Sin duda, es válido escuchar su música, pues es poesía del rio, pero también goces de talla universal.

Publicado enEdición Nº 212