Miércoles, 13 Noviembre 2013 16:47

Poéticas del Siglo XX

Este tercer tomo compila sugerentes y lúcidos textos de algunos de los más altos poetas hispanoamericanos, europeos y norteamericanos, que reflexionan sobre la creación y la poesía, el oficio y destino del poeta como hacedor de realidades a través de la palabra, el constante de trabajo con el lenguaje y la contradictoria y controversial relación del artista con la sociedad.

 

Formato: 22 x 22 cm

Tomo: 3

250 páginas

P.V.P.: $ 38.000

 

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Martes, 24 Septiembre 2013 10:30

"Es un río quien firma este poema"

"Es un río quien firma este poema"

Se celebran por estos días los 100 años del nacimiento del poeta Eduardo Carranza, acaecido el 24 de julio de 1913, en Apiay, Llanos Orientales. Su deceso ocurrió en Bogotá en 1985.

 

Él y su obra propician reacciones diversas. Unos lo definen como el derechista que no merece recordarse; otros, como el más grande poeta colombiano. Unos, como un tradicionalista pasado de moda, en fin, es polémico sin lugar a dudas. Por eso se debe echar una mirada sobre su obra.

 

Carranza fue profesor, literato, diplomático, director de la Revista de las Indias, del suplemento literario de El Tiempo y de la revista de la Universidad de los Andes. En 1939 hizo parte de los fundadores de "Piedra y cielo", movimiento literario de las décadas 40 y 50, una iniciativa que lideró con Arturo Camacho Ramírez, Antonio Llanos, Gerardo Valencia, Carlos Martín, Tomás Vargas Osorio y Darío Samper. Algunos dicen que el poeta nariñense Aurelio Arturo figuró en esa lista.

 

"Piedra y cielo", el nombre de este movimiento, es una expresión retomada de una obra de Juan Ramón Jiménez. Se encuentra allí una nueva sensibilidad en una poesía sin elementos de vanguardia, que rescató el llamado "Siglo de oro español".

 

En ese entonces contendieron en las letras y la política tres generaciones: la del "Centenario", los "Nuevos", y "Piedra y cielo".

 

El movimiento tuvo dos vertientes: una, el americanismo, con los chilenos Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Gabriela Mistral; el argentino Jorge Luis Borges, el peruano César Vallejo y el colombiano Arturo Camacho Ramírez; otra, la hispánica tradicional y neoclásica, entroncada con la poesía española, en especial la revaloración del gongorismo. Era una posición de tradición, patria y no al modernismo literario. La posición de Carranza fue de la doble temática hispánica y tremendamente americanista, y en defensa de la colombianidad.

 

Es cierto que Carranza fue en política de derecha, defensor de Primo de Rivera. Se dice que fue el primero en Colombia en entonar "De cara al sol", el himno de la falange española, e hizo parte de las juventudes nacionalistas hacia 1934, y consideró como sus símbolos la cruz latina y a Simón Bolívar como "jefe único y único jefe".


Si eso fue Carranza en política, ¿qué se le rescata? La respuesta es simple: su poesía. Hoy día ya no es unilateral la relación entre la posición política del escritor y su obra, aunque Lenin demostró en sus escritos sobre Tolstoi que esa relación necesariamente no es así. Después, por décadas, se enseñó que en casos como el del poeta Eduardo Carranza se le debía repudiar por fascista, aun sin leer su obra, pues de por sí se entendía que era reaccionaria. En la actualidad, los poetas llaneros, que no lo consideraban, lo rescatan en el sentido del significado que como poeta tuvo para el Llano. Veamos:

 

Quiero que bailes, bailes sobre el polvo
que ha de contar mi historia enardecida,
entre la luz y el viento que me oyeron,
sobre la tierra que nos vio, que bailes,
piernas desnudas, pelo delirante,
un galerón


(Galerón, 1973)

 

Pero, además, porque la obra de Eduardo Carranza en realidad son versos universales de un poeta llanero, es decir, que, además de ubicarse en un contexto geográfico y ambiental especifico –los Llanos Orientales, Tocaima y Ubaté–, al mismo tiempo fue capaz de hacerlos universales.

 

Contrario a lo que se dice –y se decía– del poeta en el sentido de que su poesía sólo se refería a lo español, "Más que lo americano, es una atmósfera de vida, de naturaleza y sentimiento característicamente colombianos, el rasgo que con frecuencia particulariza el semblante, unas veces de gozo y otras de melancolía, de sus poemas" (Charry Lara). Un rasgo de carácter típicamente colombiano, ese de gozo y melancolía alternados.

 

Su poesía, al decir de Hernando Téllez en 1948, es "un penetrante olor a jazmines colombianos, a frutas tropicales, a femenina piel tostada por calientes soles". Y amplía: "El paisaje, las perspectiva, la línea del horizonte físico de los versos de Carranza son radicalmente nacionales":

 

El bambuco, la cumbia, y el joropo,
olor de la vainilla y el cacao,
hálito de la selva y de la infancia,
la guanábana, el mango, la guayaba,
arpa llanera, silbo del turpial,
agrandando el silencio del jardín,
olor materno del corral de Apauta,
estrella terrenal, relampagueo
del negro toro y del caballo blanco,
valle dormido entre las dos colinas
y la fruta que muerde y es mordida
cuando te beso.


(Tierra-mujer, 1974).

 

Eduardo Carranza expresó en su poesía, como ninguno otro, y de acuerdo con algunos críticos, los sentimientos, los anhelos y los valores de la colombianidad. Por ejemplo, "Lección de Geografía" (1974), que llamaron himno nacional poético:

 

Limito al Norte con el mar Caribe
que me baña la frente de cristal
y nácar lánguido
Al Occidente con el Grande Océano
que alza su ramo de violeta espuma
con su mano trémula.
Peces azules nadan por mi pecho.
Al Oriente me toca el Orinoco:
pasa el río por la puerta de mi alma,
humedeciéndome los sueños.
Llevo a la espalda pájaros y vientos
de ala libérrima.
Al Sur el Amazonas me limita:
La dulce luna donde apoya el pie
la patria mía.
La selva está en la orilla de mi sangre:
orquídea y tigre.
En mi cenit en pájaro del cielo
que abre sus alas sobre mi Colombia,
quieto y volando.
Y es mi nadir la tierra que me espera:
nuestra amante final vestida de hojas
que he mordido en las frutas y he besado
En la que amo.
Soy un terrón que canta, una bandera
tricolor desbocada sobre un potro
de la llanura.

Si me abriera las venas
la palabra Colombia saltaría
a borbotones.
Es un río quien firma este poema.

 

Sus obras: Canciones para iniciar una fiesta, Seis elegías y un himno; Ellas, los días y las nubes, Diciembre azul, Lugares del sueño, Los grandes poetas americanos.

Publicado enEdición Nº 195
Lunes, 23 Septiembre 2013 09:20

Falleció el narrador y poeta Álvaro Mutis

Falleció el narrador y poeta Álvaro Mutis

Reconocido como una de las voces literarias más significativas en lengua castellana, el escritor y poeta colombiano Álvaro Mutis falleció a los 90 años de edad, este domingo en la ciudad de México, donde estableció su residencia desde 1956. El deceso ocurrió en el Instituto Nacional de Cardiología Ignacio Chávez, donde fue hospitalizado el pasado 15 de septiembre, confirmó su esposa Carmen Miracle.

 

Los restos del escritor son velados en la funeraria J. García López, ubicada en San Jerónimo 140.


La relevancia del autor en el ámbito de las letras iberoamericanas está determinada por su vigor y riqueza verbal, así como por su característico entretejido de lírica y narrativa.


Influido por Pablo Neruda, Octavio Paz, Saint-John Perse y Walt Withman, empleó la poesía como vía de conocimiento para el acceso a universos desconocidos, a nuevos mundos donde fuese posible el amor y la buena muerte, según se consigna en una de sus múltiples semblanzas.


Recientemente cumplió su novena década y por ello se realizaron celebraciones literarias en su honor en su natal Colombia, donde el Ministerio de Cultura y la Universidad Nacional realizaron un homenaje. Entre el 26 y el 29 de agosto de este año se realizaron lecturas de sus poemas, una mesa de debate, un ciclo de conferencias sobre su obra, exilio o figura, y se proyectaron los filmes La mansión de Araucaima e Ilona llega con la lluvia, basados en sus novelas.


Álvaro Mutis Jaramillo nació en Bogotá, Colombia, el 25 de agosto de 1923, si bien por cuestiones familiares debió cambiar su residencia a Bruselas, Bélgica, donde vivió entre los dos y nueve años de edad y realizó parte de sus estudios de educación básica.


Tras la repentina de muerte de su padre, el abogado Santiago Mutis Dávila, a los 33 años, quien ocupaba un puesto diplomático en aquel país europeo, la familia tuvo que regresar a Colombia, donde se estableció en una finca propiedad del abuelo materno.


Ambos hechos fueron determinantes para este carismático escritor, cuya literatura está marcada por los recuerdos de infancia entre ambos mundos: los contrastes entre Europa y América Latina, los viajes en barco trasatlántico y la exuberancia de la selva.


“Podría afirmarse que toda la obra de Mutis no es más que una apuesta por salvar esos momentos de natural y auténtica alegría de su infancia, a partir de la espesura de desesperanza adquirida con el paso irremediable de los años”, según escribió Jorge Bustamante García en la edición que La Jornada Semanal dedicó al autor el pasado 25 de agosto de 2013, con motivo de su 90 cumpleaños.


A principios de la década de los años 40 del siglo pasado, Mutis comenzó a trabajar en la radio de su país natal, donde dirigió un programa dedicado a la literatura al tiempo que se desempeñó como lector de noticias.


En ese mismo periodo fue cuando inició su carrera literaria, a partir de la influencia que ejercieron sobre él los escritores surrealistas. Sus primeros poemas y críticas fueron publicados en la revista Vida y en lo suplementos de los diarios El espectador y La Razón. La Balanza es el título de su primer poemario, publicado en 1947, en colaboración con Carlos Patino.


En los años 50, Mutis se vinculó a los jóvenes poetas que giraron en torno de la revista Mito, y en el transcurso de esa década publicó varios poemarios, entre ellos Los elementos del desastre, en el que aparece un personaje que será reincidente en su obra e incluso su alter ego, Maqroll El Gaviero, considerado un hito de la literatura contemporánea en lengua española.


En ese mismo decenio, en 1956, es cuando llega a México procedente de Bogotá, escapando de una acusación de presunto fraude. Tres años después, fue detenido por la Interpol y recluido durante 15 meses en la cárcel de Lecumberri (por cuestiones políticas), experiencia que cambió su visión del dolor y del sufrimiento humano.


No obstante su pasión por las letras, Álvaro Mutis debió trabajar durante muchos años en el área de relaciones públicas en importantes compañías. Eso no le impidió acercarse a personajes de la cultura como Octavio Paz, Carlos Fuentes y Luis Buñuel.


Entre esos trabajos ajenos a la literatura, se encuentran el de director de propaganda de una compañía de seguros, jefe de relaciones públicas de una modesta empresa de aviación y de la Esso, en Colombia.


También fue narrador en castellano de la serie de televisión Los intocables y luego, por poco más de 20 años, se desempeñó como gerente de ventas para América Latina de la Twentieth Century Fox y la Columbia Pictures.


A ello se suman sus colaboraciones periodísticas en revistas, así como su participación en el programa de televisión Encuentros, dedicado a entrevistas con escritores.


Amigo íntimo de Gabriel García Márquez, de hecho ha sido siempre el primer lector de todos sus borradores, Álvaro Mutis cuenta en su haber con los siguientes poemarios: La balanza (1947), Los elementos del desastre, (1953), Reseñas de los hospitales de Ultramar, separata en la revista Mito (1955), Los trabajos perdidos (1965) Summa de Maqroll El Gaviero (1973), Caravansary (1981), Los emisarios (1984) Crónica regia y alabanza del reino (1985), y Un homenaje y siete nocturnos (1986).


Su obra narrativa, en tanto, está comprendida por los libros Diario de Lecumberri (1960), La mansión de Araucaíma (1973), La verdadera historia del flautista de Hammelin (1982), La nieve del Almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1988), Un bel morir (1989), La última escala del Tramp Steamer (1989), La muerte del estratega (1990), Amirbar (1990), Abdul Bashur, soñador de navíos (1991) y Tríptico de mar y tierra (1993).


Entre los premios recibidos por Mutis se encuentran el Nacional de Letras de Colombia, en 1974; el Nacional de Poesía de Colombia, en 1983; el grado de Comendador de la Orden del Águila Azteca, de México, en 1988; el Premio Xavier Villaurrutia, en 1988; la Orden de las Artes y las Letras del gobierno de Francia, en el grado de Caballero, en 1989; el Príncipe de Asturias de las Letras en 1997, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1997, y el Cervantes en 2001.


(Con información de Dpa)

Publicado enColombia
Lunes, 27 Mayo 2013 06:05

El poeta inagotable

El poeta inagotable

Cada tarde, Eduardo Galeano toma un café con Dios. Se acoda junto a una ventana del Brasilero (el bar que, a estas alturas, es algo así como su segundo hogar), respira hondo el aroma a madera y espera, paciente, que la radiante andaluza que sirve las mesas -Alba Marina de nombre, Dios de apellido- le traiga, entre sonrisas, bromas y elogios a su joven divinidad, el cafecito del día. “Son pocos los que se llaman Dios -cuenta, encantado con el juego, el escritor que tantas veces se peleó con esa otra presencia divina, la de los altares y los mandamientos-. Creo que en la Córdoba española, de donde ella viene, son sólo cinco.”


 
No es tan raro que se lleve bien con Dios. La furia con la que ha escrito sobre lo religioso no es la de un ateo.


 
Fui muy creyente cuando era chico, muy místico. Y eso es como la borra en el fondo del vaso del vino, te queda para siempre. No es una cosa que se va; se transfigura, cambia de nombre. En el fondo, uno busca a Dios en los demás. O en la naturaleza, entendida como una bella energía del mundo, que es a la vez terrible y hermosa. ¿Dónde está aquel Dios que tuve de chico y un día se me cayó por un agujerito del bolsillo y nunca más lo encontré? Después supe que lo estaba llamando por otros nombres. Por eso la palabra Dios puede definir a la bella chica que nos trae estos cafés.


 
Y cómo no va a estar lo divino en un alba marina.


 
Claro. O en el crepúsculo. Cuando el sol se va y se echa a dormir en esa hamaca que es el horizonte, en la hora más bella del día. Muchas veces me pregunto cuán triste ha de ser morir y no verlo. Porque su capacidad de belleza te devuelve la fe en todo lo que puedas haberla lastimado o perdido. No hay ningún crepúsculo que se parezca a otro. Son todos diferentes, y en Montevideo somos tan afortunados que los tenemos delante. El sol cae ante nuestros ojos.


 
A los 72 años, Galeano habla como si pintara las palabras: la metáfora siempre a mano, un colorido y caudaloso fluir de imágenes que danza en su voz profunda, modulada, cautivante a conciencia. Son los mismos relatos que, en sus textos, pule con obsesión, decidido a limpiarlos hasta que de ellos no quede más que un núcleo puro y rotundo. El jovencito hambriento de mundo que a comienzos de los 60 ingresó al periodismo de la mano de la mítica Marcha, que luego dirigiría las no menos emblemáticas Crisis y Brecha y conocería también la violencia de los 70 y el desgarro del exilio, se convirtió, con el tiempo, en maestro del microrrelato, arqueólogo de la a veces esquiva poética de lo humano, ícono -lo es hoy- de una sensibilidad tan latinoamericana como universalista. Muchos de sus breves relatos han nacido en los apuntes que toma en minúsculas libretas, a veces sobre la misma mesa del Café Brasilero donde ahora charla con la Revista: una escenografía, la de este bar fundado en 1877, propuesta por el escritor con algo de elocuente presentación. “Soy hijo de los cafés -dirá-. Todo lo que sé se lo debo a ellos. Sobre todo el arte de narrar. Lo aprendí escuchando, en las mesas de los bares, a aquellos maravillosos narradores orales cuyos nombres ignoro, que contaban mentiras prodigiosas y las contaban de tan bella manera que todo lo que contaban volvía a ocurrir cada vez que ellos lo narraban. Soy hijo de esos cafés y de ese Montevideo donde había tiempo para perder el tiempo.”


LAS LUCES Y LAS SOMBRAS


 
¿En su obra reemplazó aquellas mentiras por una búsqueda concienzuda de la verdad?


 
Bueno, la verdad única no existe. Nada más en las cabezas de los nostálgicos del estalinismo, el dogmatismo que te dice que hay una única manera de entender la política o la solidaridad humana. O los que creen que este sistema que el mundo está soportando es el único posible. Yo no comparto eso para nada, lo que busco es celebrar la diversidad. Aquellas mentiras eran arte en el sentido de que el arte siempre es una mentira que cuenta una verdad. Los fusilados de Goya siguen cayendo cada vez que alguien los ve. Yo busco hechos de la realidad para que la realidad me cuente cómo son las realidades que ella esconde. Porque así como el mundo esconde, o tiene en la barriga otros munditos posibles, así también cada realidad contiene otras realidades.


 
En la diversidad también puede haber muchos demonios. Para ponerles coto, ¿la respuesta sólo puede ser política?


 
La palabra política suele tener un sentido muy restrictivo, que a mí no me gusta ni un poquito. Creo que todos hacemos política todo el tiempo. En la vida cotidiana, aunque no lo sepas, estás todo el tiempo eligiendo entre la libertad y el miedo. Y eso de algún modo hace política. Aunque lo hagas en el mínimo, microscópico espacio de tu vida privada. A veces hay que aceptar, en lo que tiene de bueno, la pelea interior de los santos y los demonios. Una pelea sana, porque cada uno tiene su cielo y su infierno propio.


 
¿Cuáles son sus infiernos?


 
Tengo un cielo y un infierno. [sonríe] que se alimentan mutuamente. ¿Te imaginás qué sería de Dios sin el diablo, pobre? Se iría a un fondo de jubilados, tendría que retirarse. Es como imaginar a River sin Boca o a Boca sin River.


 
Entiendo. Pero tiene la desgracia de que lo está entrevistando una persona muy poco futbolera.


 
Eso te salva de muchas angustias [risas]. Lo que pasa es que el fútbol da alegrías, no creas. Y da placer. Bien jugado, da placer. Ver jugar a Messi da placer.


 
Hace rato que, para usted, verlo a Messi es una fiesta.


 
Incluso inventé una teoría, que se la hice llegar a él a través del director técnico de la selección: así como Maradona lleva la pelota atada al pie, Messi lleva la pelota dentro del pie. Lo cual es un fenómeno físico [se ríe, sus propias carcajadas lo interrumpen]. inverosímil. La frase le llegó. Y se ve que le gustó, porque me mandó una camiseta de regalo. Científicamente es imposible., ¡pero es la verdad!


 
Bueno, si uno se guía por sus escritos, la verdad científica queda bastante relativizada.


 
No quiero hablar de enfermedades porque da mala suerte, pero yo mismo he sobrevivido dos veces a una enfermedad grave. Y creo que esa es la prueba científica [imposta el tono de voz, acentúa sus palabras, contiene un breve asomo de risa] de que la yerba mala nunca muere. Yo soy la prueba científica de eso.


 
Entonces se ríe, francamente, con ganas. Risa de guerrero. Después, cuando la charla continúe entre las calles que van de la Ciudad Vieja a la Rambla, contará algunas cosas más. Que tanto cigarrillo. Que el cáncer, unos años atrás. Y recientemente, otra vez. No lo comenta como algo excepcional: parece, más bien, entenderlo como parte de una serie. La que comenzó el día en que, siendo un intenso adolescente de 19 años, emergió de la profundidad de un coma y descubrió que estaba vivo -destrozado, pero gozosamente vivo- en una cama del hospital Maciel (adonde había llegado tras ingerir barbitúricos, en un rapto de furia porque el don de la escritura parecía estarle negado). O aquel otro momento, años después, en que se miró el rostro devastado por el paludismo que había contraído en Venezuela y a cuyas feroces fiebres había logrado, casi milagrosamente, sobrevivir. “He renacido muchas veces -se explaya-. En realidad uno nace y muere muchas veces en la vida. Lo que pasa es que uno está reducido a ver la muerte como una especie de pasaje, una empresa de pompas fúnebres, que te saluda el chofer y te dice hasta luego. [se ríe, divertido consigo mismo]. Y no es así, en realidad uno se muere muchas veces, y renace otras tantas. Eso es lo que tiene de bueno el arte de vivir.”


 
¿Cómo lidiar con el dolor cuando es un niño pequeño el que lo siente? Pienso en algo que cuenta en Días y noches de amor y de guerra .


 
Mi hija vino llorando, era muy chiquita, tenía 6 años. Yo la abracé, traté de consolarla. Mi hija Florencia. Al final me confesó que estaba llorando porque su mejor amiga de la escuela le había dicho que no la quería. Y en el libro pongo que le rogaba a Dios que me diera a mí todo el dolor que tenía reservado para ella [A Galeano se le oprime la voz. Las lágrimas que no derrama le incendian los ojos. Pero se recompone. Sigue]. Cuando te sentís ya cansado de todo, como descreído, ayuda saber que uno ha conocido gente que ayuda a creer en los demás, en la solidaridad, en las pasiones humanas. Que a veces son pasiones peligrosas, pero que vale la pena vivirlas. Yo era muy patialegre, como dicen en algunos lugares del interior argentino, siempre fui caminante. Caminé por todas partes, y eso me enseñó a vivir y a escribir.


 
PALABRAS VIAJERAS


 
“¡No lo puedo creer! ¡Es increíble! ¡Tengo todos sus libros!”


 
La chica irrumpe de pronto, pura emoción desbocada. Aborda a Galeano, no para de hablarle: “Sólo por usted me vine a vivir aquí, a Montevideo”. La voz la delata: es mexicana. Está, no cabe duda, muy emocionada. Conocedora de los hábitos de su ídolo, merodeaba por la zona del Café Brasilero. Sólo un detalle se le pasó por alto: no lleva encima ningún volumen donde registrar el autógrafo del escritor.
 


“Es que esto es un acontecimiento -continúa, embelesada-. Tengo todos sus libros. Y los recomiendo.”


 
Galeano sonríe y comenta: “Difundiendo el martirio…” Saca de un bolso una libretita, se la da: “Para que la llenes con tus pensamientos profundísimos. Acá te dibujo el cerdito, la prueba de autenticidad de mi firma. ¿Y cuál es tu nombre?”


 
“Daniela”, contesta ella.


 
“Bueno, Daniela, te voy a hacer el chanchito y una flor pintada de rojo”, dice mientras dibuja el hombre que dio sus primeros pasos en el mundo de la prensa no como periodista, sino como ilustrador. Y no lo olvida.


 
Daniela, en éxtasis, se queda un rato. Hablan de su país, de los viajes, de esa particular zona de creación entre el arte popular y el arte religioso: los retablos mexicanos. Galeano ya está armando un nuevo relato: “Vos sabés que el primer retablo que vi en México estaba en una iglesita en ruinas. Son obras de arte primitivo, pero arte. Me quedé deslumbrado; me explicaron que los retablos eran pagos de promesas. Me acerqué; era maravilloso, pero no me animé a robarlo. Será la infancia católica.Aunque el retablo no era muy santo que digamos. Porque decía: Gracias Virgen santísima porque cuando las tropas de Pancho Villa entraron a mi pueblo violaron a mi hermana y a mí no .


 
Estallido de risas. La fan mexicana lo abraza, lo besa. Lo vuelve a abrazar antes de partir con libreta, autógrafo y dibujito., sin todavía poder creer que todo haya realmente ocurrido.

 


¿Son frecuentes estos encuentros?


 
Sí. La gente es muy cariñosa. No sólo acá. Es verdad que también tengo enemigos, pero como decía Ambrose Bierce: “Quien no tiene enemigos, no merece tener amigos”. Aunque lo cierto es que tengo muchísimos amigos. Además de la gente que se hace amiga leyendo las cosas que uno escribe. Se ve que las palabras se escapan de las páginas y tienen dedos y tocan al que lee. Te tocan, te acarician, te golpean a veces, te arañan.


 
Las de Galeano deben resultar bastante acariciadoras. Porque caminar con él por Montevideo obliga a hacer muchas paradas. A poco que Daniela haya quedado atrás, aparece un muchacho, uruguayo, papel y lapicera en mano, listo para pedir un autógrafo. Luego, una mujer. Y varias cuadras más allá, cerca de la Academia Nacional de Letras, un hombre lo reconoce y se acerca. Con cada uno de ellos el escritor habla, intercambia simpatías, les brinda atención, palabras, tiempo. “A mí la verdad que escribir me salva -confesará, luego-. Porque me permite salir fuera de mí. Eso me ayuda a vivir y a saltar por encima de algunos obstáculos que la vida te pone, que parecen insalvables.”
 


¿Cuáles?


 
Si los defino, te miento. Peor que mentir, si los defino los convierto en obstáculos estúpidos. Y no lo son. Pero resultan muy complejos para decirlos en una sola palabra. Al escribir, yo los pongo afuera. Es como si uno contuviera vidrios rotos en el alma, que te estuvieran lastimando. Todos tenemos algún vidrio roto en el alma, que lastima y hace sangrar, aunque sea un poquito. Entonces, al escribir, siento que puedo sacar un poco de esos vidrios fuera de mí. Al ponerlos en un papel, ya no me dañan. Ya no me hacen la vida imposible, sino que la multiplican, porque me permiten entenderme mejor con los demás. Porque cada uno tiene sus vidriecitos que duelen [sonríe un poco]. Creo que la literatura es comunicación o no es nada. No escribo para mí, escribo para comunicarme con otros, para llegar a otros que van a ser mis amigos, aunque no los conozca todavía.


 
Eduardo, ¿qué piensa de la supuesta enemistad entre argentinos y uruguayos?


 
Yo te contesto diciéndote que es una estupidez. Lamentablemente, una estupidez muy difundida. Pero no es sorprendente, porque la guerra vecinal es una especialidad latinoamericana. Hemos sido diseñados, como países, para odiarnos entre nosotros. Para ignorarnos, también. Es lo peor de la herencia colonial. Hay otras herencias coloniales, como la de la impotencia. Esa que te dice: “Nunca vas a poder, eso no se puede, nunca vas a ser capaz”. La condena a ser espectadores de la historia hecha por otros, pero incapaces de hacerla con nuestras propias manos, nuestra propia cabeza, nuestro propio corazón. Con nuestras propias piernas que caminan.


 
Hay poca gente en la rambla montevideana. Falta un rato para que se ponga el sol, pero el atardecer ya se anuncia. Una luz blanda, apenas rosada, todavía protectora, envuelve al gran caminante, al admirador de los crepúsculos marinos. Cuenta que está embarcado en dos nuevos proyectos de libros. Que no duda en preparar las valijas, cuando toca presentar en el extranjero algunos de los ya editados. Comenta también que participará como asesor de una serie dedicada al fútbol, que se emitirá por el canal Encuentro. Es probable que, dentro de ese mismo ciclo, lo entreviste a Diego Maradona, quien -asegura- sólo aceptaría participar si el que lo interroga es el escritor uruguayo. Incansable, Galeano se deja acariciar por la suavidad de un sol que todavía no se deshace en llamaradas. En El libro de los abrazos supo contar que, vistos desde arriba, los seres humanos “somos un mar de fueguitos”; él mismo reluce como los más necesarios de esos fuegos: los que “arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende”.

 

26 mayo 2013


 
(Tomado de La Nación)

Publicado enInternacional
Viernes, 26 Abril 2013 10:50

In memorian

La memoria es producto de la terquedad de algunos y el olvido de otros, la memoria se lleva en el bolsillo, ese que hay junto al corazón, o se arrastra por el tiempo como un pesado fardo, pero a veces hay lagunas de memoria producidas por el engaño o por el trauma que solo las salvan quienes ejercen el don de la palabra viva y el que la escucha o la lee debe decidir si cree o no en esa verdad incompleta. Los pueblos que permanecen en el imaginario humano se empeñaron en dejar su verdad, su rastro y el tiempo se encargó de los demás.

 

Hay hombres que deciden su propio recuerdo en la mente de los otros hombres y sin embargo son susceptibles de ser consumidos por el fuego implacable del olvido, porque hay otros hombres que se empeñan en borrar sus huellas y dejar claro que nunca existieron. He aquí dos prototipos:

 

Muerte fatal

 

Ya no existes

Ni siquiera

en la mente de los hombres

¡El polvo de los años

cubrirá tu memoria!

Tu rostro se borró como

borraste los de los demás

Tu voz se apagó

Como apagaste la

de los demás

Anatema

Nadie volverá a pronunciar tu nombre jamás

Y sobre ti se edificarán otras iniquidades

¡El polvo de los años

Cubrirá tu memoria!

Pero siempre habrá un

perro faldero

Que te defienda

(perdón al perro)

Y otro déspota que intente revivirte.

 

 

Muertos vivos

 

Los locos abren los caminos

que más tarde recorren los sabios

C. Dossi

 

Hay vivos que permanecen vivos

porque estorban más de muertos

¿Y si se mueren?

Hay que erigirles una estatua

y sacar suvenir en su memoria

carteles , camisetas, calzoncillos,

portadas de cuadernos,

Volverlos un best seller

por décadas continuas

hasta confundirlos con estrellas

de Hollywood, o santos

Así se garantiza

una memoria limpia

de toda suspicacia

 

Publicado enEdición No. 190
Martes, 20 Noviembre 2012 11:11

Érase una vez lo inevitable

Nadie detenta el poder si no es endosado por otros
Humberto Maturana, en "La democracia es un arte".

 

Erase una vez un gobernante
y érase una vez
un gobernado
El gobernante: hábil, acucioso
El gobernado: dócil y dudoso
–diríamos que casi perezoso–

Transcurrían los días dulcemente
entre las leyes, perspicacias
y dobleces del uno
y los trámites, las quejas,
los reclamos
del otro

Entre los lujos, los negocios, las ganancias
y las alianzas
las deudas, ignorancias, pretensiones
y las culpas
comúnmente matizadas por fiestas y reuniones
visitas al doctor, rezos constantes
–por miedo y por estrés–
y los cumpleaños
puntualmente
algunas exigencias del gobernado al gobernante

–Por costumbre y para medir fuerzas–
un poco más de sueldo, un poco más de tiempo
audazmente
promesas de
estudiar la situación
y un último modelo de automóvil
–ofrece el gobernante–,
una cuenta de ahorros
nominales
y un crédito para
ahogarse
en pequeños
porcentajes
¡Qué tunante!

Y ahora la exigencia del gobernante
para el gobernado
trabajar un poco más
de lo hasta ahora estipulado
–garantizar la producción,
así el empleo–
y ahorrar para el futuro
–de quién, bien no se sabe–

Así será un alegre jubilado
y pagar tan solo un poco más
para que alguien le cuide
lo ganado

¿Un tercero en escena?
Complicado
¡Tampoco es suficiente!
Se necesita un cuidador
para el que cuida
¿Quién lo contratará?
El gobernante por supuesto
¡Qué talante!

Y ¿quién lo pagará?
El gobernado
¿Qué cuidará el cuidador?
–que no se entere nadie–
“Cuidará que el gobernado
No se gaste tan solo en él
Lo poco que ha ganado”
–el gobernado ha dado el queso
para que lo cuide el gato–
Tontamente

“Estoy muy ocupado, estoy cansado,
que alguien me ayude no está mal
y para eso son los gobernantes
–¿para eso?–
Para que pongan orden
para que me defiendan
Así ha sido siempre
por los siglos de los siglos
–Amén, yo agregaría–

Y si cobran por eso pues que cobren
si yo tengo trabajo
si yo ahorro…y hay crédito
todo va bien seguro”
¿Y si ya no hay trabajo?
No, ¡No me tiente!

¿Por qué la duda así tan de repente?
El gobernante me dará trabajo
A él no le conviene… yo lo voto…    
yo…


¿Y si el cuidador se lleva
lo ganado?
Para eso está el que cuida
al cuidador
–nosotros sabemos
que para eso no está–
¿Y si se juntan?
¿Quiénes?
El que cuida
y el cuidador
Para eso está el
gobernante
¿Y si se juntan?
¿Quiénes?
Ah, ya sabe usted
pues…
pues para eso…
Veo que duda
Para eso…
nosotros…

¡Un momento!
El gobernado es usted, no yo
Pues para eso…
finalmente
para eso está Ud.
¡y sus cojones!

Publicado enEdición N°186
Ernesto Cardenal: “Hace tiempo que Dios renunció a ser Dios”
No se fíen ustedes de las apariencias estéticas de la bonhomía, a menudo tapan volcanes. Y como volcán rumiando lava entra Ernesto Cardenal en la estancia, debajo de la boina calada, detrás de su barba blanca, dentro de su camisa blanca, los dedos de los pies nerviosos escapando de las sandalias de cura, aquejado esta tarde de un raro mal: esa mezcla de ansiedad y fatiga típica de las biografías sin desmayo. Sin duda, Cardenal (Granada, Nicaragua, 1925) es dueño de una de ellas. Poeta, sacerdote, teólogo, traductor, escultor, ministro de Cultura del Gobierno sandinista de Nicaragua entre 1979 y 1987, profeta irreductible de la Teología de la Liberación y de sus miserias y, por tanto, enemigo sin remedio del Vaticano y sus grandezas, el autor de El Evangelio en Solentiname enfila ya, a sus 87 años, la lógica consciencia del todo fue, aunque jura y perjura que solo el presente le interesa. No parece exagerado decir que su vida es una montaña rusa de euforias y desengaños: desengaño con la revolución perdida –“Daniel Ortega no es ni de izquierdas ni sandinista, traicionó la revolución”–, desengaño con sus jefes de Roma –“la Madre Iglesia traicionó el Evangelio”– y desengaño con la desidia y la resignación del mundo ante la injusticia –“¡estamos obligados a mucha más subversión!”–. Y de cuando en cuando, alguna pequeña alegría, como el reciente Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. La editorial Trotta acaba de publicar el libro El cántico místico de Ernesto Cardenal, de Luce López-Baralt, un replanteamiento crítico en torno a la dimensión mística del escritor. No hay ira en Ernesto Cardenal con respecto a su pasado, aunque el presente asegura que, en esta tarde calurosa de Madrid, el poeta anda cabreado.

 
Quería saber cuál es el estado de ánimo actual de Ernesto Cardenal ante las cosas, ante la vida. No entiendo.
 
¿Es capaz de mirarse desde fuera y hacerse un autorretrato con lo que fue, lo que es, lo que será…? Mmmm, no, no lo hago. No me gusta.

 
¿Mira al pasado? ¿Al futuro? ¿Solo al presente? Solo el presente.
 

¿Por qué? ¿Borró su pasado? ¿Lo aparcó y lo guardó en un armario? Esa pregunta es muy difícil, ¿por qué me la hace?
 

Las fáciles no suelen tener mucho interés… Bueno, sí, pero yo ya no estoy para preguntas difíciles.
 

No se preocupe, cambiamos de tercio. En 2009 recibió el Premio Pablo Neruda de Poesía, ahora le acaban de dar el Reina Sofía. ¿Le gusta eso de los premios? ¡Pues el primero que recibí en mi vida fue el Pablo Neruda! Así que cuando la presidenta de Chile me lo entregó en el Palacio de la Moneda, en el discurso dije que me consideraba el poeta menos premiado de la lengua castellana. Ahora ya no puedo jactarme de eso, porque he recibido dos premios. Bueno, tampoco son muchos…
 

¿Y eso le duele? No, bueno, me da lo mismo, no me interesa mucho recibir homenajes, más bien me molestan.
 

Cuando me dirigía a nuestra cita, venía pensando en lo mal que están las cosas para tanta gente. ¿Cabe decirle algo nuevo que sirva para darle esperanza? ¿Tiene usted alguna idea? Pues yo le diría lo que se ha dicho desde hace tiempo: el Evangelio, el anuncio del reino de Dios, del reino de los cielos en la tierra. Y recordar de nuevo lo que anunció el marxismo: una sociedad nueva, justa y sin clases. La sociedad comunista perfecta… que viene a ser lo mismo que el reino de Dios en la tierra. Yo no tengo otra cosa que predicar que el cristianismo y el marxismo, que para mí son la misma cosa.


¿Está la vigencia del marxismo intacta para usted en 2012? Si usted me pregunta si el marxismo fracasó, le diré que Chesterton, escritor, humorista, inglés y católico, dijo que el cristianismo no había fracasado… porque no se había puesto en práctica nunca. Yo digo lo mismo del marxismo, que nunca se puso realmente en práctica.

 
O sea, que ninguno de los dos principios fundamentales de su vida se han podido ver en marcha de verdad… ¡Ni de verdad ni de mentira! O puede que de mentira sí, pero de verdad no…

 
¿No cree usted que el marxismo incurrió en errores? O quienes lo trataron de llevar a la práctica… Sí, y el cristianismo también, que tuvo horribles versiones: las cruzadas, la Inquisición, los papas del Renacimiento…

 
¿Solo los del Renacimiento? ¿Y los de los últimos tiempos? Bueno, claro, esos son igualmente malos. Son malos. Algunos de ellos, no todos.
 

Y sin querer ser malo, de entre los malos, ¿cuál fue el más malo? Mmmm… no sé, puede que…
 

Entre Wojtyla, que le echó a usted la bronca nada más bajar del avión en su visita a Nicaragua, y Ratzinger, ¿con quién se queda? Bah, son iguales. Ratzinger ha puesto en práctica las mismas políticas pontificias del otro. Es igual que Wojtyla. O peor.
 

Revolución, Dios, poesía… ¿son una misma cosa en su vida? ¿O tres versiones de algo supremo? Para mí son lo mismo, sí. Revolución es lo mismo que predicaba Jesús. Hoy hay teólogos que dicen que el reino de Dios que él predicaba era una expresión semejante al concepto actual de revolución, es verdad. Una revolución subversiva, que en el caso de Jesús fue lo que le llevó a la muerte. Significaba también un cambio político y social. La juventud de hoy sigue diciendo “otro mundo es posible”, y yo también lo creo, como lo creyó Jesús. Es posible, y necesario. Y, como dice el obispo brasileño Casaldáliga, también otra Iglesia es posible. Hasta hay quien dice que otro Dios es posible.

 
¿Y usted qué cree? Que así es, claro.

 
Porque para usted Dios no es uno, unívoco, cerrado e indiscutible… Así es.

 
Pueden ser varios… Así es, sí. O puede no creerse en ningún Dios. Los ateos dicen lo mismo que decían los cristianos primitivos, que también fueron ateos.

 
Es relativamente fácil encontrarse con creyentes que preguntan que, si hay un Dios, ¿cómo es posible que permita todo lo malo que ocurre en la tierra, que es tanto? ¡Porque hace tiempo que Dios renuncio a ser Dios! Se apartó y nos dejó para que hiciéramos el cambio solos. Nos dejó en libertad y desapareció. Eso explica el Holocausto y las demás aberraciones de la creación del ser humano.

 
Ha dicho, hablando de Cristo, “subversión”. La subversión… ¿Falta eso en las sociedades modernas? ¿Estamos obligados a no conformarnos, aunque no hacemos otra cosa que aceptarlo todo sin protestar ni replantear? Claro que sí. Si lees la Biblia, verás todo el tiempo a un Dios subversivo. Jesús de Nazaret, lo mismo. Así que, en efecto, estamos obligados a la subversión, pero… en cuanto a lo de creyentes o no creyentes, pues no es solo eso que he estado diciendo antes de cristianismo y marxismo. También el Islam… mire, hay un teólogo sufí del siglo XIII que dice: “Para llegar a La Meca hay muchos caminos; si uno está en el Sur, La Meca está en el Norte. Si está en el Norte, La Meca consiste en ir al Sur. O al Este, o al Oeste. Pues para llegar a Dios, lo mismo. Hay muchos caminos.

 
Subversión, revolución, religión… esos ingredientes conformaron la experiencia de Solentiname. ¿Queda algo de aquello en pie? ¿Fue solo una utopía o Ernesto Cardenal de verdad creyó en aquel tiempo que se podían cambiar las cosas? La experiencia de Solentiname fue muy modesta. Acabó convertida en un mito, pero en realidad no era más que una pequeña comunidad, bueno, casi una comuna a la manera de los primeros cristianos. Éramos cristianos renovados de la Teología de la Liberación, con una orientación marxista, y así interpretamos el Evangelio. Una experiencia.


¿Por qué cree que la Iglesia, así, con mayúscula, se ha puesto tan nerviosa siempre que han surgido experiencias de ese tipo? ¿Es que le estaban tocando la finca más de lo debido? La que se autodenomina la Madre Iglesia ha traicionado el Evangelio. El Vaticano es algo muy diferente de lo que Cristo fundó con unos pescadores.

 
¿Es la revolución un concepto defendible en el siglo XXI? ¿La prefiere a la evolución? Y me refiero a una revolución que no descarte la violencia… La revolución no tiene por qué ser violenta, puede ser pacífica. En algunos casos no queda más remedio que recurrir a las armas. El papa Pablo VI, que no era ningún extremista, declaró una vez en Colombia que ante una tiranía evidente y prolongada era legítima la lucha armada. ¡Pero ya lo decía Gandhi! Dijo que su pacifismo no habría sido posible en la Alemania de Hitler, y animó a los hindúes a entrar en el ejército inglés para luchar contra el fascismo.

 
Es que la revolución pacífica, esa que consiste en convencer, es más complicada. Convencer al otro y que te convenza el otro, en estas nuestras sociedades tan seguras de sí mismas, es complicado, ¿no? ¡Y lo que me está preguntando usted también es complicado, y no quiero responder a cosas así de complicadas!

 
¿Qué recuerdos le quedan de su paso por el Gobierno sandinista de Nicaragua? ¿La deriva emprendida por el sandinismo de la mano de Daniel Ortega fue el gran desengaño de su vida? Aquello me ocasionó un gran sufrimiento. Yo lo he llamado la revolución perdida, título del tercer volumen de mis memorias. Lo que hay ahora en Nicaragua no es revolución, ni es de izquierdas ni es sandinismo. Es una dictadura personal de Daniel Ortega, su mujer y sus hijos.

 
¿Aquella experiencia demuestra que quien tiene el poder por mucho tiempo se corrompe? No es inevitable, pero sí demasiado frecuente, y desde luego es el caso de Nicaragua.

 
¿Y en qué le ha ayudado a Ernesto Cardenal la poesía? Leí una vez una frase suya: “En mi poesía cabe absolutamente todo”. ¿Era una declaración de principios contra cierta poesía elitista, contra cotos cerrados de exquisitez? Todo parte de las enseñanzas de Ezra Pound, que es una gran influencia en mi obra, en el sentido de que en la poesía cabe todo y todo es posible… como en la prosa. Si hay alguna originalidad en mi poesía, radica ahí: en que me ha cabido todo.

 
Más allá del oficio del poeta, de que usted ha trabajado escribiendo versos y los ha publicado y esos libros se han vendido… ¿ha sido para usted la poesía una cierta vía de escape personal de los problemas y las angustias? De escape, jamás.

 
¿De salvación, o de búsqueda de la salvación? Ponga usted de búsqueda de la realidad.

 
Sin embargo, ya no lee poesía, porque dice que no encuentra voces nuevas. Prefiere la ciencia. ¿Por qué? Ya José Martí dijo eso: que prefería leer ciencia que poesía, y eso que en su tiempo no había los descubrimientos científicos que después hemos tenido. Sí, yo prefiero leer cosas relacionadas con esos descubrimientos que están cambiando nuestra vida. Esos libros me están descubriendo la realidad. Aunque la realidad cada vez es más misteriosa… ahora se ha descubierto que solo una pequeña parte del universo es visible para nosotros, algo así como el nueve por ciento, creo.
 

¿No debería eso convertirse en un antídoto contra la prepotencia de muchos poderosos y la creencia de que el género humano lo controla todo, siempre y en todo lugar? Sí, pero para los poderosos y para todos nosotros. Para cualquiera.

 
Usted ha llevado a cabo talleres de poesía con niños enfermos de cáncer. ¿Qué ha descubierto a través de ellos? ¿Qué le han dado? Curiosamente, la leucemia, a los niños, les produce un gran poder creativo y de expresión. Así que nos hemos puesto con estos niños a hacer poesía… no digo escribir, porque algunos de ellos casi no pueden moverse. Los que pueden escribir, escriben, y los otros dictan. Y han empezado a producir poesía muy, muy buena, que cualquier poeta adulto podría envidiar. Ya hemos publicado dos libros y preparamos el tercero. Además, esto supone una buena terapia para esos niños y su enfermedad.


El poeta revolucionario
 

Ernesto Cardenal (Nicaragua, 1925) recibió en 2009 el Premio Pablo Neruda de Poesía y recientemente ha sido galardonando con el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. A sus 87 años solo atesora esos dos premios, aunque también considera que más bien le molestan los homenajes. Poeta, sacerdote, traductor, escultor… También fue ministro de Cultura con el Gobierno sandinista de Nicaragua entre 1979 y 1987 y profeta de la Teología de la Liberación.

 
Como tal profeta, el autor de El Evangelio en Solentiname ha sido enemigo sin remedio del Vaticano. “Ratzinger es igual que Wojtyla, o peor”, asegura en esta entrevista. También dio forma a la experiencia de Solentiname, una comuna a la manera de los primeros cristianos con una orientación marxista que les llevó a interpretar el Evangelio. Sobre su desengaño con la revolución sandinista, afirma: “Daniel Ortega no es de izquierdas ni sandinista, traicionó a la revolución”.



Borja Hermoso 1 JUL 2012 - 01:21 CET33

Publicado enInternacional
Miércoles, 31 Diciembre 2008 08:44

Aute: cuatro décadas tras la canción perfecta


Hace 41 años, un pintor llamado Luis Eduardo Aute (Manila, 1943) grabó un disco empujado por mucha gente que no era él. El éxito se le desplomó encima. Las versiones de Rosas en el mar y Aleluya número 1 sonaron en medio mundo. Atemorizado ante el torbellino, el pintor se recogió en su estudio caparazón y durante cinco años sólo cantó para sí mismo. Siguió pintando, siguió componiendo por diversión y, pasado el lustro, accedió a grabar un segundo trabajo con la condición de que la discográfica no le obligase a promocionarlo en entrevistas ni en conciertos.

Tardó otros 10 años en subirse por vez primera a un escenario. Ocurrió en Albacete, en un acto del sindicato CNT. De nuevo empujado por otros como Agustín García Calvo y Chicho Sánchez Ferlosio. "Nunca me planteé escribir canciones, ni grabar, ni cantar, ni salir al escenario. Soy más de estar entre bastidores", revivía ayer frente a la chimenea de su casa madrileña.

El pintor que nunca pensó en cantar lleva enzarzado en la música más de cuatro décadas. Y no de cualquier manera. Logró parar los relojes a las cuatro y diez, convertir una canción de amor (Al alba) en un himno contra la pena de muerte, extender Albanta -uno de sus discos- como nombre de niña, hacer poesía de una masturbación, meter a Dios en las camas y al cine en las canciones. Y eso que sólo pasaba por allí, que lo suyo eran los lienzos. "No me hago a la idea, tengo la sensación de que no han sido 41 años y de que todavía no sé nada. Está siendo un largo aprendizaje. Escribir canciones es una cosa rara, una aventura personal que no se aprende en ningún sitio".

Toma notas aquí y allá. Un día las ordena, otro las acompaña con la guitarra. Y luego, sin que sepa cómo, sale una canción. "No sabría explicar cómo se han hecho, pero tengo la sensación de que ya existían, que estaban escondidas en algún sitio". Así ha creado casi 400. Una generosa selección figura en Memorable cuerpo, una edición de lujo con siete discos, un doble DVD, un libro con canciones, fotos, pinturas y un dibujo firmado por el autor con el que su discográfica festeja sus cuatro décadas en la música. Difícil que algo así acabe en el top manta. "Supongo que es uno de los objetivos de la compañía, si tiene alguna función la industria discográfica ahora que todo el mundo se baja los CD de Internet debe ir por ahí", sostiene.

Habla con una voz tan tenue que hace temer que algo trascendente podría huir de nuevo hacia su interior. Si es pudor, sorprende en alguien que se desnuda a cada paso en cuadros y poemas; en cada una de las canciones que han guiado a varias generaciones por el enrevesado mapa de los sentimientos y de las dudas.

-¿Le da orgullo o le pesa?

-¿La banda sonora? No tengo conciencia de eso, creo que me engañan. Alguna gente me dice que hay muchas Albas y Albantas consecuencia de mis canciones. Siempre pregunto qué tal les ha ido, me aterra pensar que hayan sido desgraciados. Lo que más aprecio es cuando alguien me da las gracias porque las canciones le han rescatado y ayudado a salir de un agujero en algún momento terrible. Es más que suficiente compensación por escribir canciones.

Casi todas ellas hablan -o fabulan- sobre él, un inseguro pelín tímido que escarba en lo más íntimo para componer. "El subterfugio de comunicarte a través de un medio tal vez desinhibe. A lo mejor no sé bien de qué, pero sí de que tengo ganas de hablar con un interlocutor imaginario que está de acuerdo conmigo en todo". Nada más íntimo que el sexo, Dios o la muerte, la trinidad recurrente en la discografía de Aute. Una trinidad que comparte con Leonard Cohen y, al 66%, con Woody Allen: el cineasta que mejor ha psicoanalizado a los judíos deja fuera a Dios.

Aute no comulga con un dios institucionalizado ni reniega del todo de un creador: "No soy ateo, me parece tan falaz decir que no crees en nada como que crees en Dios. No lo sé, navego en la ignorancia, pero tengo más propensión a pensar que la vida tiene un sentido. Creo en la causalidad, no en la casualidad". Su religiosidad, siempre vinculada al sexo, se desparrama también por la pintura, poblada de ángeles, espinas y crucifixiones.

"Una canción es un estado de ánimo, soy incapaz de escribir dos palabras juntas si no tengo el estado de ánimo. Cualquiera escribe una canción, pero no cualquiera escribe una con razón de ser". Uno de los pocos poemas ajenos que ha musicado es el último que escribió el portugués Fernando Pessoa, What matters is just you. Desde entonces le da vueltas a un disco con últimos poemas (ha seleccionado ya a Machado, Rilke y Eluard). "No son nada terribles, suelen ser tremendamente inocentes, blancos, como el primero", cuenta. Aute es incapaz de elegir una canción entre las suyas, pero no duda sobre otros. Tararea unos versos en inglés de Vincent, el tema que Don Mclean escribió para Van Gogh. "Dice que este mundo no se ha hecho para alguien tan bello como tú, lo cuento y me emociona". Y se emociona con la misma naturalidad con la que antes ha confesado que le queda una canción por hacer: "La persigo desde que empecé a escribir. Cuando haga esa canción, ya no haré ninguna más".

-El poema perfecto. ¿Eso existe?

-Supongo que no, pero es lo que me hace moverme.

TEREIXA CONSTENLA - Madrid - 31/12/2008

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