Miércoles, 24 Julio 2019 06:07

Anatomía del nuevo neoliberalismo

Anatomía del nuevo neoliberalismo

Desde hace una decena de años viene anunciándose regularmente el fin del neoliberalismo: la crisis financiera mundial de 2008 se presentó como el último estertor de su agonía, después le tocó el turno a la crisis griega en Europa (al menos hasta julio de 2015), sin olvidar, por supuesto, el seísmo causado por la elección de Donald Trump en EE UU en noviembre de 2016, seguido del referéndum sobre el Brexit en marzo de 2017. El hecho de que Gran Bretaña y EE UU, que fueron tierras de promisión del neoliberalismo en tiempos de Thatcher y Reagan, parezcan darle la espalda mediante una reacción nacionalista tan repentina, marcó los espíritus debido a su alcance simbólico. Después, en octubre de 2018, se produjo la elección de Jair Bolsonaro, quien promete tanto el retorno de la dictadura como la aplicación de un programa neoliberal de una violencia y una amplitud muy parecidas a las de los Chicago boys de Pinochet.  

El neoliberalismo no solo sobrevive como sistema de poder, sino que se refuerza. Hay que comprender esta singular radicalización, lo que implica discernir el carácter tanto plástico como plural del neoliberalismo. Pero hace falta ir más lejos todavía y percatarse del sentido de las transformaciones actuales del neoliberalismo, es decir, la especificidad de lo que aquí llamamos el nuevo neoliberalismo.

La crisis como modo de gobierno

Recordemos de entrada qué significa el concepto de neoliberalismo, que pierde gran parte de su pertinencia cuando se emplea de forma confusa, como sucede a menudo. No se trata tan solo de políticas económicas monetaristas o austeritarias, de la mercantilización de las relaciones sociales o de la dictadura de los mercados financieros. Se trata más fundamentalmente de una racionalidad política que se ha vuelto mundial y que consiste en imponer por parte de los gobiernos, en la economía, en la sociedad y en el propio Estado, la lógica del capital hasta convertirla en la forma de las subjetividades y la norma de las existencias.

Proyecto radical e incluso, si se quiere, revolucionario, el neoliberalismo no se confunde, por tanto, con un conservadurismo que se contenta con reproducir las estructuras desigualitarias establecidas. A través del juego de las relaciones internacionales de competencia y dominación y de la mediación de las grandes organizaciones de gobernanza mundial (FMI, Banco Mundial, Unión Europea, etc.), este modo de gobierno se ha convertido con el tiempo en un verdadero sistema mundial de poder, comandado por el imperativo de su propio mantenimiento.

Lo que caracteriza este modo de gobierno es que se alimenta y se radicaliza por medio de sus propias crisis. El neoliberalismo solo se sostiene y se refuerza porque gobierna mediante la crisis. En efecto, desde la década de 1970, el neoliberalismo se nutre de las crisis económicas y sociales que genera. Su respuesta es invariable: en vez de poner en tela de juicio la lógica que las ha provocado, hay que llevar todavía más lejos esa misma lógica y tratar de reforzarla indefinidamente. Si la austeridad genera déficit presupuestario, hay que añadir una dosis suplementaria. Si la competencia destruye el tejido industrial o desertifica regiones, hay que agudizarla todavía más entre las empresas, entre los territorios, entre las ciudades. Si los servicios públicos no cumplen ya su misión, hay que vaciar esta última de todo contenido y privar a los servicios de los medios que precisan. Si las rebajas de impuestos para los ricos o las empresas no dan los resultados esperados, hay que profundizar todavía más en ellas, etc.

Este gobierno mediante la crisis solo es posible, claro está, porque el neoliberalismo se ha vuelto sistémico. Toda crisis económica, como la de 2008, se interpreta en los términos del sistema y solo recibe respuestas que sean compatibles con el mismo. La ausencia de alternativas no es tan solo la manifestación de un dogmatismo en el plano intelectual, sino la expresión de un funcionamiento sistémico a escala mundial. Al amparo de la globalización y/o al reforzar la Unión Europea, los Estados han impuesto múltiples reglas e imperativos que los llevan a reaccionar en el sentido del sistema.

Pero lo que es más reciente y sin duda merece nuestra atención es que ahora se nutre de las reacciones negativas que provoca en el plano político, que se refuerza con la misma hostilidad política que suscita. Estamos asistiendo a una de sus metamorfosis, y no es la menos peligrosa. El neoliberalismo ya no necesita su imagen liberal o democrática, como en los buenos tiempos de lo que hay que llamar con razón el neoliberalismo clásico. Esta imagen incluso se ha convertido en un obstáculo para su dominación, cosa que únicamente es posible porque el gobierno neoliberal no duda en instrumentalizar los resentimientos de un amplio sector de la población, falto de identidad nacional y de protección por el Estado, dirigiéndolos contra chivos expiatorios.

En el pasado, el neoliberalismo se ha asociado a menudo a la apertura, al progreso, a las libertades individuales, al Estado de derecho. Actualmente se conjuga con el cierre de fronteras, la construcción de muros, el culto a la nación y la soberanía del Estado, la ofensiva declarada contra los derechos humanos, acusados de poner en peligro la seguridad. ¿Cómo es posible esta metamorfosis del neoliberalismo?

Trumpismo y fascismo

Trump marca incontestablemente un hito en la historia del neoliberalismo mundial. Esta mutación no afecta únicamente a EE UU, sino a todos los gobiernos, cada vez más numerosos, que manifiestan tendencias nacionalistas, autoritarias y xenófobas hasta el punto de asumir la referencia al fascismo, como en el caso de Matteo Salvini, o a la dictadura militar en el de Bolsonaro. Lo fundamental es comprender que estos gobiernos no se oponen para nada al neoliberalismo como modo de poder. Al contrario, reducen los impuestos a los más ricos, recortan las ayudas sociales y aceleran las desregulaciones, particularmente en materia financiera o ecológica. Estos gobiernos autoritarios, de los que forma parte cada vez más la extrema derecha, asumen en realidad el carácter absolutista e hiperautoritario del neoliberalismo.

Para comprender esta transformación, primero conviene evitar dos errores. El más antiguo consiste en confundir el neoliberalismo con el ultraliberalismo, el libertarismo, el retorno a Adam Smith o el fin del Estado, etc. Como ya nos enseñó hace mucho tiempo Michel Foucault, el neoliberalismo es un modo de gobierno muy activo, que no tiene mucho que ver con el Estado mínimo pasivo del liberalismo clásico. Desde este punto de vista, la novedad no consiste en el grado de intervención del Estado ni en su carácter coercitivo. Lo nuevo es que el antidemocratismo innato del neoliberalismo, manifiesto en algunos de sus grandes teóricos, como Friedrich Hayek, se plasma hoy en un cuestionamiento político cada vez más abierto y radical de los principios y las formas de la democracia liberal.

El segundo error, más reciente, consiste en explicar que nos hallamos ante un nuevo fascismo neoliberal, o bien ante un momento neofascista del neoliberalismo2/. Que sea por lo menos azaroso, si no peligroso políticamente, hablar con Chantal Mouffe de un momento populista para presentar mejor el populismo como un remedio al neoliberalismo, esto está fuera de toda duda. Que haga falta desenmascarar la impostura de un Emmanuel Macron, quien se presenta como el único recurso contra la democracia iliberal de Viktor Orbán y consortes, esto también es cierto. Pero, ¿acaso esto justifica que se mezcle en un mismo fenómeno político el ascenso de las extremas derechas y la deriva autoritaria del neoliberalismo?

La asimilación es a todas luces problemática: ¿cómo identificar si no es mediante una analogía superficial el Estado total tan característico del fascismo y la difusión generalizada del modelo de mercado y de la empresa en el conjunto de la sociedad? En el fondo, si esta asimilación permite arrojar luz, centrándonos en el fenómeno Trump, sobre cierto número de rasgos del nuevo neoliberalismo, al mismo tiempo enmascara su individualidad histórica. La inflación semántica en torno al fascismo tiene sin duda efectos críticos, pero tiende a ahogar los fenómenos a la vez complejos y singulares en generalizaciones poco pertinentes, que a su vez no pueden sino dar lugar a un desarme político.

Para Henry Giroux 3/, por ejemplo, el fascismo neoliberal es una “formación económico-política específica” que mezcla ortodoxia económica, militarismo, desprecio por las instituciones y las leyes, supremacismo blanco, machismo, odio a los intelectuales y amoralismo. Giroux toma prestada del historiador del fascismo Robert Paxton (2009) la idea de que el fascismo se apoya en pasiones movilizadoras que volvemos a encontrar en el fascismo neoliberal: amor al jefe, hipernacionalismo, fantasmas racistas, desprecio por lo débil, lo inferior, lo extranjero, desdén por los derechos y la dignidad de las personas, violencia hacia los adversarios, etc.

Si bien hallamos todos estos ingredientes en el trumpismo y más todavía en el bolsonarismo brasileño, ¿acaso no se nos escapa su especificidad con respecto al fascismo histórico? Paxton admite que “Trump retoma varios motivos típicamente fascistas”, pero ve en él sobre todo los rasgos más comunes de una “dictadura plutocrática” 4/. Porque también existen grandes diferencias con el fascismo: no impone el partido único ni la prohibición de toda oposición y de toda disidencia, no moviliza y encuadra a las masas en organizaciones jerárquicas obligatorias, no establece el corporativismo profesional, no practica liturgias de una religión laica, no preconiza el ideal del ciudadano soldado totalmente consagrado al Estado total, etc. (Gentile, 2004).

A este respecto, todo paralelismo con el final de la década de 1930 en EE UU es engañoso, por mucho que Trump haya hecho suyo el lema de America first, el nombre dado por Charles Lindbergh a la organización fundada en octubre de 1940 para promover una política aislacionista frente al intervencionismo de Roosevelt. Trump no convierte en realidad la ficción escrita por Philip Roth (2005), quien imaginó que Lindbergh triunfaría sobre Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940. Ocurre que Trump no es a Clinton o a Obama lo que fue Lindbergh a Roosevelt y que en este sentido toda analogía es endeble. Si Trump puja cada vez más en la escalada antiestablishment para halagar a su clientela electoral, no trata, sin embargo, de suscitar revueltas antisemitas, contrariamente al Lindbergh de la novela, inspirada directamente en el ejemplo nazi.

Pero, sobre todo, no estamos viviendo un momento polanyiano, como cree Robert Kuttner (2018), caracterizado por la recuperación del control de los mercados por los poderes fascistas ante los estragos causados por el no intervencionismo. En cierto sentido ocurre todo lo contrario, y el caso es bastante más paradójico. Trump pretende ser el campeón de la racionalidad empresarial, incluso en su manera de llevar a cabo su política tanto interior como exterior. Vivimos el momento en que el neoliberalismo segrega desde el interior una forma política original que combina autoritarismo antidemocrático, nacionalismo económico y racionalidad capitalista ampliada.

Una crisis profunda de la democracia liberal

Para comprender la mutación actual del neoliberalismo y evitar confundirla con su fin es preciso tener una concepción dinámica del mismo. Tres o cuatro decenios de neoliberalización han afectado profundamente a la propia sociedad, instalando en todos los aspectos de las relaciones sociales situaciones de rivalidad, de precariedad, de incertidumbre, de empobrecimiento absoluto y relativo. La generalización de la competencia en las economías, así como, indirectamente, en el trabajo asalariado, en las leyes y en las instituciones que enmarcan la actividad económica, ha tenido efectos destructivos en la condición de los personas asalariadas, que se han sentido abandonadas y traicionadas. Las defensas colectivas de la sociedad, a su vez, se han debilitado. Los sindicatos, en particular, han perdido fuerza y legitimidad.

Los colectivos de trabajo se han descompuesto a menudo por efecto de una gestión empresarial muy individualizadora. La participación política ya no tiene sentido ante la ausencia de opciones alternativas muy diferentes. Por cierto, la socialdemocracia, adherida a la racionalidad dominante, está en vías de desaparición en un gran número de países. En suma, el neoliberalismo ha generado lo que Gramsci llamó monstruos mediante un doble proceso de desafiliación de la comunidad política y de adhesión a principios etnoidentitarios y autoritarios, que ponen en tela de juicio el funcionamiento normal de las democracias liberales. Lo trágico del neoliberalismo es que, en nombre de la razón suprema del capital, ha atacado los fundamentos mismos de la vida social, tal como se habían formulado e impuesto en la época moderna a través de la crítica social e intelectual.

Por decirlo de manera un tanto esquemática, la puesta en práctica de los principios más elementales de la democracia liberal comportó rápidamente bastantes más concesiones a las masas que lo que podía aceptar el liberalismo clásico. Este es el sentido de lo que se llamó justicia social o también democracia social, a las que no cesó de vituperar precisamente la cohorte de teóricos neoliberales. Al querer convertir la sociedad en un orden de la competencia que solo conocería hombres económicos o capitales humanos en lucha unos contra otros, socavaron las bases mismas de la vida social y política en las sociedades modernas, especialmente debido a la progresión del resentimiento y de la cólera que semejante mutación no podía dejar de provocar.

¿Cómo extrañarse entonces ante la respuesta de la masa de perdedores al establecimiento de este orden competitivo? Al ver degradarse sus condiciones y desaparecer sus puntos de apoyo y de referencia colectivos, se refugian en la abstención política o en el voto de protesta, que es ante todo un llamamiento a la protección contra las amenazas que pesan sobre su vida y su futuro. En pocas palabras, el neoliberalismo ha engendrado una crisis profunda de la democracia liberal-social, cuya manifestación más evidente es el fuerte ascenso de los regímenes autoritarios y de los partidos de extrema derecha, respaldados por una parte amplia de las clases populares nacionales. Hemos dejado atrás la época de la posguerra fría, en la que todavía se podía creer en la extensión mundial del modelo de democracia de mercado.

Asistimos ahora, y de forma acelerada, a un proceso inverso de salida de la democracia o de desdemocratización, por retomar la justa expresión de Wendy Brown. A los periodistas les gusta mezclar en el vasto marasmo de un populismo antisistema a la extrema derecha y a la izquierda radical. No ven que la canalización y la explotación de esta cólera y de estos resentimientos por la extrema derecha dan a luz un nuevo neoliberalismo, aún más agresivo, aún más militarizado, aún más violento, del que Trump es tanto el estandarte como la caricatura.

El nuevo neoliberalismo

Lo que aquí llamamos nuevo neoliberalismo es una versión original de la racionalidad neoliberal en la medida que ha adoptado abiertamente el paradigma de la guerra contra la población, apoyándose, para legitimarse, en la cólera de esa misma población e invocando incluso una soberanía popular dirigida contra las élites, contra la globalización o contra la Unión Europea, según los casos. En otras palabras, una variante contemporánea del poder neoliberal ha hecho suya la retórica del soberanismo y ha adoptado un estilo populista para reforzar y radicalizar el dominio del capital sobre la sociedad. En el fondo es como si el neoliberalismo aprovechara la crisis de la democracia liberal-social que ha provocado y que no cesa de agravar para imponer mejor la lógica del capital sobre la sociedad.

Esta recuperación de la cólera y de los resentimientos requiere sin duda, para llevarse a cabo efectivamente, el carisma de un líder capaz de encarnar la síntesis, antaño improbable, de un nacionalismo económico, una liberalización de los mecanismos económicos y financieros y una política sistemáticamente proempresarial. Sin embargo, actualmente todas las formas nacionales del neoliberalismo experimentan una transformación de conjunto, de la que el trumpismo nos ofrece la forma casi pura. Esta transformación acentúa uno de los aspectos genéricos del neoliberalismo, su carácter intrínsecamente estratégico. Porque no olvidemos que el neoliberalismo no es conservadurismo. Es un paradigma gubernamental cuyo principio es la guerra contra las estructuras arcaicas y las fuerzas retrógradas que se resisten a la expansión de la racionalidad capitalista y, más ampliamente, la lucha por imponer una lógica normativa a poblaciones que no la quieren.

Para alcanzar sus objetivos, este poder emplea todos los medios que le resultan necesarios, la propaganda de los medios, la legitimación por la ciencia económica, el chantaje y la mentira, el incumplimiento de las promesas, la corrupción sistémica de las élites, etc. Pero una de sus palancas preferidas es el recurso a las vías de la legalidad, léase de la Constitución, de manera que cada vez más resulte irreversible el marco en el que deben moverse todos los actores. Una legalidad que evidentemente es de geometría variable, siempre más favorable a los intereses de las clases ricas que a los de las demás. No hace falta recurrir, al estilo antiguo, a los golpes de Estado militares para poner en práctica los preceptos de la escuela de Chicago si se puede poner un cerrojo al sistema político, como en Brasil, mediante un golpe parlamentario y judicial: este último permitió, por ejemplo, al presidente Temer congelar durante 20 años los gastos sociales (sobre todo a expensas de la sanidad pública y de la universidad). En realidad, el brasileño no es un caso aislado, por mucho que los resortes de la maniobra sean allí más visibles que en otras partes, sobre todo después de la victoria de Bolsonaro como punto de llegada del proceso. El fenómeno, más allá de sus variantes nacionales, es general: es en el interior del marco formal del sistema político representativo donde se establecen dispositivos antidemocráticos de una temible eficacia corrosiva.

Un gobierno de guerra civil

La lógica neoliberal contiene en sí misma una declaración de guerra a todas las fuerzas de resistencia a las reformas en todos los estratos de la sociedad. El lenguaje vigente entre los gobernantes de todos los niveles no engaña: la población entera ha de sentirse movilizada por la guerra económica, y las reformas del derecho laboral y de la protección social se llevan a cabo precisamente para favorecer el enrolamiento universal en esa guerra. Tanto en el plano simbólico como en el institucional se produce un cambio desde el momento en que el principio de competitividad adquiere un carácter casi constitucional. Puesto que estamos en guerra, los principios de la división de poderes, de los derechos humanos y de la soberanía del pueblo ya solo tienen un valor relativo. En otras palabras, la democracia liberal-social tiende progresivamente a vaciarse para pasar a no ser más que la envoltura jurídico-política de un gobierno de guerra. Quienes se oponen a la neoliberalización se sitúan fuera del espacio público legítimo, son malos patriotas, cuando no traidores.

Esta matriz estratégica de las transformaciones económicas y sociales, muy cercana a un modelo naturalizado de guerra civil, se junta con otra tradición, esta más genuinamente militar y policial, que declara la seguridad nacional la prioridad de todos los objetivos gubernamentales. El neoliberalismo y el securitarismo de Estado hicieron buenas migas desde muy temprano. El debilitamiento de las libertades públicas del Estado de derecho y la extensión concomitante de los poderes policiales se han acentuado con la guerra contra la delincuencia y la guerra contra la droga de la década de 1970. Pero fue sobre todo después de que se declarara la guerra mundial contra el terrorismo, inmediatamente después del 11 de septiembre de 2001, cuando se produjo el despliegue de un conjunto de medidas y dispositivos que violan abiertamente las reglas de protección de las libertades en la democracia liberal, llegando incluso a incorporar en la ley la vigilancia masiva de la población, la legalización del encarcelamiento sin juicio o el uso sistemático de la tortura.

Para Bernard E. Harcourt (2018), este modelo de gobierno, que consiste en “hacer la guerra a toda la ciudadanía”, procede en línea directa de las estrategias militares contrainsurgentes puestas a punto por el ejército francés en Indochina y en Argelia, transmitidas a los especialistas estadounidenses de la lucha anticomunista y practicadas por sus aliados, especialmente en América Latina o en el sudeste asiático. Hoy, la “contrarrevolución sin revolución”, como la denomina Harcourt, busca reducir por todos los medios a un enemigo interior y exterior omnipresente, que tiene más bien cara de yihadista, pero que puede adoptar muchas otras caras (estudiantes, ecologistas, campesinos, jóvenes negros en EE UU o jóvenes de los suburbios en Francia, y tal vez, sobre todo en estos momentos, migrantes ilegales, preferentemente musulmanes). Y para llevar a buen término esta guerra contra el enemigo, conviene que el poder, por un lado, militarice a la policía y, por otro, acumule una masa de informaciones sobre toda la población con el fin de conjurar toda rebelión posible. En suma, el terrorismo de Estado se halla de nuevo en plena progresión, incluso cuando la amenaza comunista, que le había servido de justificación durante la Guerra Fría, ha desaparecido.

La imbricación de estas dos dimensiones, la radicalización de la estrategia neoliberal y el paradigma militar de la guerra contrainsurgente, a partir de la misma matriz de guerra civil, constituye actualmente el principal acelerador de la salida de la democracia. Este enlace solo es posible gracias a la habilidad con que cierto número de responsables políticos de la derecha, aunque también de la izquierda, se dedican a canalizar mediante un estilo populista los resentimientos y el odio hacia los enemigos electivos, prometiendo a las masas orden y protección a cambio de su adhesión a la política neoliberal autoritaria.

El neoliberalismo de Macron

Sin embargo, ¿no es exagerado meter todas las formas de neoliberalismo en el mismo saco de un nuevo neoliberalismo? Existen tensiones muy fuertes a escala mundial o europea entre lo que hay que calificar de tipos nacionales diferentes de neoliberalismo. Sin duda no asimilaríamos a Trudeau, Merkel o Macron con Trump, Erdogan, Orbán, Salvini o Bolsonaro. Unos todavía permanecen fieles a una forma de competencia comercial supuestamente leal, cuando Trump ha decidido cambiar las reglas de la competencia, transformando esta última en guerra comercial al servicio de la grandeza de EE UU (“America is Great Again”); unos invocan todavía, de palabra, los derechos humanos, la división de poderes, la tolerancia y la igualdad de derechos de las personas, cuando a los otros todo esto les trae sin cuidado; unos pretenden mostrar una actitud humana ante los migrantes (algunos muy hipócritamente), cuando los otros no tienen escrúpulos a la hora de rechazarlos y repatriarlos. Por tanto, conviene diferenciar el modelo neoliberal.

El macronismo no es trumpismo, aunque solo fuera por las historias y las estructuras políticas nacionales en las que se inscriben. Macron se presentó como el baluarte frente al populismo de extrema derecha de Marine Le Pen, como su aparente antítesis. Aparente, porque Macron y Le Pen, si no son personas idénticas, en realidad son perfectamente complementarias. Uno hace de baluarte cuando la otra acepta ponerse los hábitos del espantajo, lo que permite al primero presentarse como garante de las libertades y de los valores humanos. Si es preciso, como ocurre hoy en los preparativos para las elecciones europeas, Macron se dedica a ensanchar artificialmente la supuesta diferencia entre los partidarios de la democracia liberal y la democracia iliberal del estilo de Orbán, para que la gente crea más fácilmente que la Unión Europea se sitúa como tal en el lado de la democracia liberal.

Sin embargo, tal vez no se haya percibido suficientemente el estilo populista de Macron, quien ha podido parecer una simple mascarada por parte de un puro producto de la élite política y financiera francesa. La denuncia del viejo mundo de los partidos, el rechazo del sistema, la evocación ritual del pueblo de Francia, todo esto era quizá suficientemente superficial, o incluso grotesco, pero no por ello ha dejado de hacer gala del empleo de un método característico, precisamente, del nuevo neoliberalismo, el de la recuperación de la cólera contra el sistema neoliberal. No obstante, el macronismo no tenía el espacio político para tocar esta música durante mucho tiempo. Pronto se reveló como lo que era y lo que hacía.

En línea con los gobiernos franceses precedentes, pero de manera más declarada o menos vergonzante, Macron asocia al nombre de Europa la violencia económica más cruda y más cínica contra la gente asalariada, pensionista, funcionaria y la asistida, así como la violencia policial más sistemática contra las manifestaciones de oponentes, como se vio, en particular, en Notre-Dame-des-Landes y contra las personas migrantes. Todas las manifestaciones sindicales o estudiantiles, incluso las más pacíficas, son reprimidas sistemáticamente por una policía pertrechada hasta los dientes, cuyas nuevas maniobras y técnicas de fuerza están pensadas para aterrorizar a quienes se manifiestan e intimidar al resto de la población.

El caso de Macron está entre los más interesantes para completar el retrato del nuevo neoliberalismo. Llevando más lejos todavía la identificación del Estado con la empresa privada, hasta el punto de pretender hacer de Francia una start-up nation, no cesa de centralizar el poder en sus manos y llega incluso a promover un cambio constitucional que convalidará el debilitamiento del Parlamento en nombre de la eficacia. La diferencia con Sarkozy en este punto salta a la vista: mientras que este último se explayaba en declaraciones provocadoras, al tiempo que afectaba un estilo relajado en el ejercicio de su función, Macron pretende devolver todo su lustre y toda su solemnidad a la función presidencial. De este modo conjuga un despotismo de empresa con la subyugación de las instituciones de la democracia representativa en beneficio exclusivo del poder ejecutivo. Se ha hablado con razón de bonapartismo para caracterizarle, no solo por la manera en cómo tomó el poder acabando con los viejos partidos gubernamentales, sino también a causa de su desprecio manifiesto por todos los contrapoderes. La novedad que ha introducido en esta antigua tradición bonapartista es justamente una verdadera gobernanza de empresa. El macronismo es un bonapartismo empresarial.

El aspecto autoritario y vertical de su modo de gobierno encaja perfectamente en el marco de un nuevo neoliberalismo más violento y agresivo, a imagen y semejanza de la guerra librada contra los enemigos de la seguridad nacional. ¿Acaso una de las medidas más emblemáticas de Macron no ha sido la inclusión en la ley ordinaria, en octubre de 2017, de disposiciones excepcionales del estado de emergencia declarado tras los atentados de noviembre de 2015?

La aplicación de la ley en contra de la democracia

No cabe descartar que se produzca en Occidente un momento polanyiano, es decir, una solución verdaderamente fascista, tanto en el centro como en la periferia, sobre todo si se produce una nueva crisis de la amplitud de la de 2008. El acceso al poder de la extrema derecha en Italia es un toque de advertencia suplementario. Mientras tanto, en este momento que prevalece hasta nueva orden, estamos asistiendo a una exacerbación del neoliberalismo, que conjuga la mayor libertad del capital con ataques cada vez más profundos contra la democracia liberal-social, tanto en el ámbito económico y social como en el terreno judicial y policial. ¿Hay que contentarse con retomar el tópico crítico de que el estado de excepción se ha convertido en regla?

Al argumento de origen schmittiano del estado de excepción permanente, retomado por Giorgio Agamben, que supone una suspensión pura y simple del Estado de derecho, debemos oponer los hechos observables: el nuevo gobierno neoliberal se implanta y cristaliza con la promulgación de medidas de guerra económica y policial. Dado que las crisis sociales, económicas y políticas son permanentes, corresponde a la legislación establecer las reglas válidas de forma permanente que permitan a los gobiernos responder a ellas en todo momento e incluso prevenirlas. De este modo, las crisis y urgencias han permitido el nacimiento de lo que Harcourt denomina un “nuevo estado de legalidad”, que legaliza lo que hasta ahora no eran más que medidas de emergencia o respuestas coyunturales de política económica o social. Más que con un estado de excepción que opone reglas y excepciones, nos las tenemos que ver con una transformación progresiva y harto sutil del Estado de derecho, que ha incorporado a su legislación la situación de doble guerra económica y policial a la que nos han conducido los gobiernos.

A decir verdad, los gobernantes no están totalmente desprovistos para legitimar intelectualmente semejante transformación. La doctrina neoliberal ya había elaborado el principio de esta concepción del Estado de derecho. Así, Hayek subordinaba explícitamente el Estado de derecho a la ley: según él, la ley no designa cualquier norma, sino exclusivamente el tipo de reglas de conducta que son aplicables a todas las personas por igual, incluidos los personajes públicos. Lo que caracteriza propiamente a la ley es, por tanto, la universalidad formal, que excluye toda forma de excepción. Por consiguiente, el verdadero Estado de derecho es el Estado de derecho material (materieller Rechtsstaat), que requiere de la acción del Estado la sumisión a una norma aplicable a todas las personas en virtud de su carácter formal. No basta con que una acción del Estado esté autorizada por la legalidad vigente, al margen de la clase de normas de las que se deriva. En otras palabras, se trata de crear no un sistema de excepción, sino más bien un sistema de normas que prohíba la excepción. Y dado que la guerra económica y policial no tiene fin y reclama cada vez más medidas de coerción, el sistema de leyes que legalizan las medidas de guerra económica y policial ha de extenderse por fuerza más allá de toda limitación.

Por decirlo de otra manera, ya no hay freno al ejercicio del poder neoliberal por medio de la ley, en la misma medida que la ley se ha convertido en el instrumento privilegiado de la lucha del neoliberalismo contra la democracia. El Estado de derecho no está siendo abolido desde fuera, sino destruido desde dentro para hacer de él un arma de guerra contra la población y al servicio de los dominantes. El proyecto de ley de Macron sobre la reforma de las pensiones es, a este respecto, ejemplar: de conformidad con la exigencia de universalidad formal, su principio es que un euro cotizado otorga exactamente el mismo derecho a todos, sea cual sea su condición social. En virtud de este principio está prohibido, por tanto, tener en cuenta la penosidad de las condiciones de trabajo en el cálculo de la cuantía de la pensión. También en esta cuestión salta a la vista la diferencia entre Sarkozy y Macron: mientras que el primero hizo aprobar una ley tras otra sin que les siguieran sendos decretos de aplicación, el segundo se preocupa mucho de la aplicación de las leyes.

Ahí se sitúa la diferencia entre reformar y transformar, tan cara a Macron: la transformación neoliberal de la sociedad requiere la continuidad de la aplicación en el tiempo y no puede contentarse con los efectos del anuncio sin más. Además, este modo de proceder comporta una ventaja inapreciable: una vez aprobada una ley, los gobiernos pueden esquivar su parte de responsabilidad so pretexto de que se limitan a aplicar la ley. En el fondo, el nuevo neoliberalismo es la continuación de lo antiguo en clave peor. El marco normativo global que inserta a individuos e instituciones dentro de una lógica de guerra implacable se refuerza cada vez más y acaba progresivamente con la capacidad de resistencia, desactivando lo colectivo. Esta naturaleza antidemocrática del sistema neoliberal explica en gran parte la espiral sin fin de la crisis y la aceleración ante nuestros ojos del proceso de desdemocratización, por el cual la democracia se vacía de su sustancia sin que se suprima formalmente.

 

Por Pierre Dardot es, filósofo y Christian Laval es sociólogo. Ambos son coautores, entre otras obras, de La nueva razón del mundo y Común

Traducción: viento sur

Referencias

Gentile, Emilio (2004) Fascismo: historia e interpretación. Madrid: Alianza.

Harcourt, Bernard E. (2018) The Counterrevolution, How Our Government Went to War against its Own Citizens. Nueva York: Basic Books.

Kuttner, Robert (2018) Can democracy survive Global Capitalism? Nueva York/Londres: WW. Norton & Company.

Paxton, Robert O. (2009) Anatomía del fascismo. Madrid: Capitán Swing.

Roth, Philip (2005) La conjura contra América. Barcelona: Mondadori.

Notas:

1/ Prefacio a la traducción en inglés, publicada por la editorial Verso, de La pesadilla que no acaba nunca (Gedisa, 2017), obra publicada originalmente por La Découverte, París, en 2016.

2/ Éric Fassin, “Le moment néofasciste du néolibéralisme”, Mediapart, 29 de junio de 2018, https://blogs.mediapart.fr/eric-fassin/blog/290618/le-moment-neofasciste-du-neoliberalisme .

3/ Henry Giroux, Neoliberal Fascism and the Echoes of History, https://www.truthdig.com/articles/neoliberal-fascism-and-the-echoes-of-history/ , 08/09/2018.

4/ Robert O. Paxton, “Le régime de Trump est une ploutocratie”, Le Monde, 6 de marzo de 2017.

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article14984

Publicado enPolítica
 Raytheon es el mayor productor mundial de misiles, entre ellos el popular Patriot.  Bloomberg

La fusión entre Raytheon y United Technologies crea un gigante en el negocio de defensa con una facturación de 80.000 millones de dólares

 

Hace dos años, en plena escalada balística de Corea del Norte, el nuevo jefe del Pentágono se acercaba a Silicon Valley para visitar la base experimental de innovación del Departamento de Defensa en Mountain View. Se creó con Barack Obama de presidente para estar lo más cerca posible de las nuevas firmas tecnológicas y así poder resolver complejos retos estratégicos y tácticos. Una de las ideas era incorporar los avances en inteligencia artificial y tecnología autónoma al ámbito militar. “Eso ya no va a ser necesario”, afirma rotundo Thomas Kennedy, consejero delegado de Raytheon, “somos los que llevamos la ciencia-ficción a la realidad”. La contratista estadounidense que está detrás de los misiles crucero Tomahawk y el sistema de defensa Patriot acaba de anunciar una fusión entre iguales con United Technologies, que desarrolla los propulsores del caza invisible F-35. “Nos permitirá llevar los nuevos avances antes al mercado”, prevé.

La nueva Raytheon Technologies será la compañía aeroespacial y defensa más grande por ingresos después de Boeing cuando se complete la integración en 2020. Para entonces tendrá unas ventas anuales próximas a 80.000 millones de dólares, contará con 60.000 ingenieros y un presupuesto combinado en investigación y desarrollo de unos 8.000 millones anuales.

El avance tecnológico está en el corazón de la operación. Juntas tienen más de 38.000 patentes activas. La industria militar destina a I+D más que Apple, Google y Microsoft juntas. De hecho, Silicon Valley debe su origen a la defensa. “Contamos con una capacidad tecnológica sin igual que nos permitirá definir el futuro”, añade Gregory Hayes. Será quien lidere la nueva compañía, que tendrá un valor bursátil de 120.000 millones al precio actual. United Technologies tuvo unas ventas de 66.500 millones en 2018. De ese total, el 26% corresponde a la filial que fabrica aparatos de aire acondicionado Carrier y el 18% a los ascensores Otis. Raytheon empezó a tantearle precisamente cuando hace un año anunció que se desprendía de estas dos filiales. En paralelo estaba en proceso de integrar Rockwell Collins.

Los analistas de CFRA Research explican que es difícil encontrar una combinación similar. United Technologies es muy fuerte en el ámbito comercial. Entre sus principales clientes tiene a Boeing y Airbus. Raytheon, por su parte, es una de las cinco líderes en defensa. Además, son relativamente similares en escala, tamaño y márgenes de beneficio. En lo que va de año, se revalorizaron un 20% en Wall Street.

“No recuerdo la última vez que competimos por un contrato”, dice Kennedy. El solapamiento es inferior al 1%. La operación es muy parecida a la que acaba de cerrar L3 Technologies con Harris Corporation. El negocio aeroespacial y de defensa evoluciona rápido, además de ser de gran complejidad. Raytheon Technologies será, en principio, más resistente a los cambios de ciclo. El nuevo coloso estará estructurado en cuatro segmentos: inteligencia, espacio y radares; sistemas de defensa y misiles; Rockwell Collins y los motores Pratt & Whitney, que equipan los aviones comerciales de Airbus y los cazas supersónicos F-15, F-16 y F-35. Las sinergias serán de 1.000 millones. La idea es que la tecnología que utiliza Raytheon en el ámbito de defensa se combine en un mismo producto con las soluciones que United Technologies desarrolla en el ámbito aeroespacial comercial. Como ejemplo ponen el programa de misiles hipersónicos, donde su rival Lockheed Martin lleva la delantera.

Es lo que hace Boeing, que ve cómo dos grandes suministradores de sistemas se convierten en su rival directo. Tras la fusión, los ingresos de Raytheon Technologies se repartirán a partes iguales entre el negocio aeroespacial y de defensa. La mitad de las ventas se realizarán en el mercado internacional. El Pentágono será su principal cliente, con un tercio de los contratos globales.

La industria se reorganiza anticipando una moderación del gasto militar y en la aviación comercial, que hará más difícil hacer crecer los ingresos y los beneficios. Hace tres décadas eran medio centenar las compañías que competían por los grandes contratos. Ahora son cinco. Se calcula que el recorte en el gasto militar contribuyó a que 17.000 pequeñas compañías dejaran la industria entre 2001 y 2015.

Los avances tecnológicos en el sector de la defensa, señalan desde el Center for Strategic Studies, suelen hacerse desde las pequeñas contratistas hacia las grandes. Raytheon tendrá así escala y recursos financieros para elevar el gasto en I+D. Lo que no dijo Kennedy a pregunta de los analistas es si juntas destinarán el mismo o más dinero que por separado.

El presidente, Donald Trump, dice que le gusta la idea de la combinación. Pero le preocupa que reste competencia al negociar contratos de defensa. “Es razonable”, valoran en Seaport Global, “pero no será un problema mientras el Pentágono vea que el ciclo de innovación se acelera y se hace a menor coste”. Los rivales, añaden, tienen también “productos muy buenos”. El Pentágono depende del sector privado para armarse y por eso necesita poder hacer palanca para negociar buenos contratos. CFRA Research anticipa que la fusión meterá más presión a Lock­heed Martin, Northrop Grumman y General Dynamics para innovar. También pone nerviosas a Rolls-Royce, General Electric y Honeywell, que fabrican motores para aviones.

Intentos fallidos

El Departamento de Defensa bloqueó hace dos décadas ella fusión entre Lockeed Martin y Northrop Grumman porque concluyó que dañaba a la competencia. Pero la realidad ahora es muy diferente y a Washington le interesa que las compañías que le suministran sean financieramente exitosas. Más aún en un momento de preocupación creciente por China. El Pentágono, en plena batalla comercial, publicaba un informe detallando sobre la rapidez con la que Pekín está innovando en el ámbito militar. Kennedy responde a las dudas de Trump con un argumento patriótico para defender la creación de esta nueva plataforma para diseñar y producir los sistemas armamentísticos del futuro: “Nos hará mejores y más fuertes como país”.

Renaissance Strategic Advisor dice que la consolidación de la industria no debe ser una sorpresa porque fue el propio Pentágono el que decidió reducir el margen de maniobra para que varias contratistas pudieran competir a la vez.La última vez que Defensa puso objeciones a una fusión similar fue cuando Lockheed Martin adquirió el negocio de helicópteros Sikorsky a United Technologies. Northrop Grumman se hizo el año pasado con Orbital ATK, especializada en propulsores para misiles y cohetes espaciales. General Dynamics adquirió CSRA. Honey­well tanteó a United Technologies.

Nueva York 21 JUN 2019 - 09:34 COT

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La carrera espacial de los millonarios galácticos

El objetivo de Trump de enviar estadounidenses a la Luna antes de 2024 y la competencia entre emprendedores animan el efervescente sector de viajes al espacio

Artemisa. Hermana de Apolo, diosa de la Luna. Nadie podrá acusar a la NASA de escatimar en imaginación a la hora de alimentar la pasión de los aficionados al espacio. Poco más tiene para ofrecer desde que en 2011 abandonó su programa Shuttle, y aceptó la humillación de enviar sus astronautas a la Estación Espacial Internacional (EEI) con onerosos billetes para el Soyuz apoquinados al otrora archienemigo galáctico ruso.

La agencia espacial norteamericana recurrió a la diosa del terreno virgen en la mitología griega, melliza del dios que dio nombre al mítico programa que llevó el primer hombre a la Luna hace ahora 50 años, para bautizar su misión de volver a llevar estadounidenses al satélite terrestre. “Estamos emocionados de enviar a la primera mujer y al próximo hombre a la superficie antes de 2024”, tuiteó el martes Jim Bridenstine, administrador de la NASA.


De paso, Bridenstine solicitó al Congreso mil millones de dólares de presupuesto adicional para hacer realidad el deseo de la Administración Trump, expresado en marzo por el vicepresidente Mike Pence, de adelantar en cuatro años el objetivo inicial de llevar americanos a la Luna en 2028, proporcionando así a Donald Trump un glorioso colofón a un eventual segundo mandato. No contento con ello, el insaciable ego del republicano le llevó a actualizar su presupuesto, vía Twitter, con 1.600 millones para “volver a la Luna, y después a Marte” durante su presidencia. Será ahora el Congreso el que decida si aprueba la partida de gasto, a costa de un programa de becas estudiantiles.


La NASA cuenta para lograr su objetivo con las compañías privadas, menos sujetas a los vaivenes que han lastrado la carrera espacial pública, de una Administración a otra, en las últimas décadas. Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo, fundador de Amazon y de la empresa espacial Blue Origin, se adelantó en una semana a la oferta de la NASA, presentando una maqueta de nave que asegura estará en condiciones de enviar astronautas a la Luna para 2024. “Oh, deja de vacilar, Jeff”, le respondió por Twitter, acompañado del emoticono que guiña un ojo, el también multimillonario Elon Musk, jefe de Tesla y de SpaceX, que hace dos semanas lanzó con éxito desde Florida la 17ª misión de su contrato de abastecimiento con la NASA. Un cohete reutilizable Falcon, que aterrizó de pie en un barco no tripulado después de colocar en órbita una cápsula Dragon Cargo, que se enganchó a la EEI para llevar a los astronautas material científico y suministros. Para el año que viene planean llevar y traer a los propios astronautas. Meta hacia la que corre casi en paralelo con otro competidor, ULA, consorcio de Boeing y Lockhead Martin, que ha realizado ya 120 lanzamientos desde 2006.


La carrera espacial privada atraviesa tiempos de entusiasmo inusitado. A finales de 2015, SpaceX y Blue Origin lanzaron por primera vez, con un mes de diferencia, cohetes que después aterrizaron con éxito verticalmente para poder ser reutilizados. Volar al espacio es ahora, pues, más barato. Detrás del discurso altruista con el que visten sus operaciones, a nadie se le escapa que también existen extraordinarias posibilidades de negocio para quien pueda permitirse estar ahí.


Los emprendedores espaciales comparten la megalomanía y la pasión. Pero difieren en sus visiones a largo plazo, que van desde el proyecto orientado al turismo espacial de Richard Branson, hasta la colonización de Marte que persigue Musk, como seguro de vida ante las negras perspectivas de la Tierra, o la idea de Bezos de expandir la civilización al espacio, pero no en planetas sino sobre plataformas construidas por el hombre.


La sociedad no parece compartir la urgencia de avanzar en la exploración del espacio, al menos no con su dinero. El 60% de los estadounidenses, según una encuesta del año pasado, cree que la NASA debe centrarse en monitorizar el clima y detectar meteoritos que pudieran impactar en la Tierra. Solo un 18% y un 13%, respectivamente, defienden que la prioridad debe ser llevar a humanos a la Luna o Marte.


“Elegimos ir a la Luna no porque sea fácil, sino porque es difícil”, dijo el presidente Kennedy en su famoso discurso de 1962, para lograr apoyo popular al programa Apolo. Hoy son los nuevos emprendedores del espacio, ricos y visionarios, los encargados de dotar de seducción a Artemisa.

Por Pablo Guimón
Washington 18 MAY 2019 - 21:33 COT

 

La gran decepción de la Red que nunca fue lo que quisimos

La utopía de la red de redes iba a cambiar el mundo y lo ha hecho, pero no como nos habíamos imaginado. Ahora que internet celebra su 'día', constatamos cómo en su medio siglo de vida —especialmente en los últimos 30 años— nos hemos hecho dependientes de un sistema de comunicación global, supuestamente bidireccional, que nunca fue totalmente libre ni mucho menos neutro.


Miguel Pérez Subías, presidente de la histórica Asociación de Usuario de Internet (AIE), fue el hombre que convenció a todos para que el 17 de mayo se convirtiese en el Día de Internet, una efeméride reconocida por la ONU y que celebran con diferentes actos gobiernos y entidades de todo el planeta. Pero ahora, cuando la red de redes sufre su particular crisis de la mediana edad, Subías reflexiona: la esperanza para mejorar el panorama exige transparencia e innovación.


El Día de Internet se celebró por primera vez en España en Octubre de 2005 a iniciativa de la AUI. Un mes más tarde, la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información acuerdó solicitar a la Asamblea General de las Naciones Unidas que declararase un Día Mundial de Internet para celebrarlo en todo el planeta. La ONU decidió en 2006 fijar el 17 de mayo, día dedicado a las Telecomunicaciones, a la Sociedad de la Información. Desde entonces, la jornada ha sido una buena ocasión para hacer balance.


Los grandes números siempre aparecen en estas conmemoraciones. Por ejemplo, hay 4.388 millones de usuarios, según el Informe Digital 2019 de Hootsuite, citado por Toucan Toco. De ellos, 3.484 millones son usuarios de redes sociales. Y Gartner asegura que en 2021 habrá en el mundo 25.000 millones de dispositivos conectados. España ya cuenta con 6,5 millones de objetos conectados.


Pero la propia dimensión de internet, con más de media humanidad enganchada, multiplica sus problemas: vigilancia y falta de privacidad, censura, desinformación, dependencia, pérdida de soberanía, privatización de la gestión de los datos, ciberataques y guerra híbrida, colonización cultural, piratería, acoso, manipulación.


¿Qué queda de ese internet primigenio, supuestamente abierto y colaborativo? ¿Cuánto hay, si es que hubo alguna vez, de esa arcadia de libertad de expresión? De eso queda muy poco, lamenta Miguel Pérez Subías. "Eso que conocimos como web 2.0, esa red de información utópica en la que todo el mundo consumía y producía información, ya no existe", evoca. "Ahora, desde la explosión de esa cosa llamada 'red social', da igual a qué llamemos con ese nombre, todo está ahí y ya nada es mío; antes yo podía tener mi blog, tenerlo donde quisiera y decidir sobre los comentarios de terceros en él, pero ahora alguien decide por mí".


Uno de los eternos debates que han estado presente durante la historia de internet ha sido —y sigue siendo— el tramposo dilema entre privacidad y seguridad. Para Subías, parece que "estamos más concienciados, pero seguimos actuando con grandes dosis de candidez e inocencia". "Y todo lo que podamos hacer ahora en internet tiene unas implicaciones mucho más brutales que antes", recuerda.


"En el ámbito del móvil seguimos siendo totalmente confiados y descuidados, y hacemos cosas que si las pensáramos bien nos asustarían: damos acceso a los datos de nuestra agenda, a todas nuestras fotografías [incluso al micrófono y cámara del teléfono] a cualquier aplicación, y ese ejemplo muestra cómo no sólo comprometemos nuestra intimidad y privacidad, sino la de los que nos rodean".


Privacidad


Para Subías, el debate ahora mismo gira, sobre todo, en torno a la privacidad. "Parece que todo el mundo se quiere aprovechar de que es posible coger los datos de una forma muy fácil, ahora que los dispositivos móviles que gestionan y registran toda nuestra actividad, desde dónde estamos hasta con quién actuamos o cuánto dormimos".


Desde hace un par de años, las grandes plataformas —para el común de los usuarios, Facebook o Google son sinónimos de internet— tratan de convencernos de que trabajan para nuestra privacidad. Y lo hacen después de convencernos de que el futuro era compartir experiencias, alcanzar el 'engagement' y buscar la aprobación del otro, coleccionar 'me gusta' y 'clics', 'posicionarnos' como sea. Lo hacen después de que Silicon Valley nos gritase a la cara: "Ustedes no tienen nada de privacidad. Asúmanlo".


En esta inmensa campaña de imagen en la que están embarcadas, los gigantes de la red que usamos a diario se muestran ahora preocupadísimos por nuestra intimidad personal. Todo a raíz de varios hallazgos informativos, como el escándalo de Cambridge Analytica o la constatación, una y otra vez, de que trafican con nuestros datos y éstos terminan en manos de gobiernos, partidos y agencias de seguridad. Les hemos pillado.


"Antes no existía la conciencia de que los datos eran valiosos, muy valiosos; y resulta que son la parte nuclear de un inmenso negocio que, además, está gestionado por monopolios", apunta Subías, y añade: "Además, uno no se puede salir de ese ámbito porque si lo hace pierde la capacidad de relacionarse con el resto de personas o de encontrar información útil". Es decir, no podemos salir de internet, aunque queramos.


Concentración por empresas, fragmentación por países


En internet está produciendo un doble fenómeno: por un lado, existe una recentralización en torno a las grandes compañías —Amazon, Microsoft, Google, Apple, Facebook, Alibaba...—, por cuyos sistemas pasa prácticamente toda la información que vemos a través de internet.


Por otro lado, se está dando una fragmentación de la propia infraestructura mundial de la red, que comenzó con los esfuerzos de control por parte de China, y que se materializará pronto con los planes de desconexión de Rusia, que contará con una red interna para controlar qué datos viajan y cuáles no.


"Se están 'renacionalizando' los espacios de internet, cuando antes pensábamos que la red era un espacio que estaba por encima de las nacionalidades", comenta el presidente de la AUI. Porque la Red nunca fue neutral, a pesar de lo que nos vendieron en su día. Internet no es algo etéreo, sus infraestructuras son muy reales (cables, centros de datos, energía) y pertenecen a alguien. Así que vale, ya no somos inocentes. ¿Qué hacemos?


"Nadie es neutro, todo el mundo tiene intereses, pero quizá lo más interesante sería trabajar para que internet fuese transparente", razona Subías. "Saber qué es lo que haces en internet y para qué lo haces, quién va a manejar tus datos, qué datos son esos o aquellos, por dónde viajan... creo que es importante; quizá no puedas evitar usar un determinado servicio, pero al menos conocerás las consecuencias de usarlo".


Transparencia e innovación


Para el fundador de la AUI, deberíamos pelear más por la transparencia —que, además, conlleva que exista más competencia y ayuda a luchar contra los monopolios— que por una neutralidad que nunca existió.


¿Qué esperanza nos queda? "Yo creo que la innovación puede terminar cambiando de nuevo las cosas, como ya pasó precisamente con la creación de todos los protocolos y sistemas que dieron como resultado internet", opina Subías. "La propia innovación ha ido rompiendo con algunas situaciones en el pasado". "Eso sí", alerta, "lo que no parece que vaya a cambiar es que los datos y su gestión van a seguir siendo el motor de internet, y tenemos que hacer una reflexión muy profunda sobre esto".


"Al final, si no tenemos privacidad, la tendencia social es que nos comportemos como se espera que lo hagamos, y eso también puede comprometer la innovación", apunta Subías, que concluye: "Precisamente, el origen de muchas innovaciones está en la capacidad de cuestionar el sistema establecido y pensar de forma diferente; si eso no puede hacerse de una forma libre, no funciona". "Al final la innovación es lo que nos queda para cambiar el futuro y el presente".

Por Pablo Romero
@pabloromero

Estudiantes y profesores hicieron un llamado a una huelga general para el 15 de mayo

El presidente brasileño reivindica las escuelas militares y aplica un ajuste del 30 por ciento a las universidades e institutos federales.

Después de los anuncios de recortes en escuelas y universidades federales, el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, defendió a la educación como medio para mejorar la vida de las personas, al tiempo que reiteró su apoyo a los colegios militares. Además, el mandatario afirmó que la meta del actual gobierno es implantar una de estas instituciones en cada capital del país. Por los recortes en educación, estudiantes y profesores de escuelas y universidades se manifestaron ayer en Río de Janeiro e hicieron un llamado a una huelga general el próximo 15 de mayo.


“Queremos más niños y jóvenes estudiando en los bancos de estas escuelas (militares): respeto, disciplina y amor a la patria son fundamentos de estos colegios”, afirmó el presidente ultraderechista, en un discurso a propósito del 130 aniversario del Colegio Militar de Río de Janeiro, del cual es egresado el vicepresidente, el general Hamilton Mourao. “Los colegios militares son ejemplo de excelencia para la educación brasileña”, agregó.


El ex capitán del Ejército aseguró, además, que está trabajando con sus ministros de Defensa y Educación para ampliar la educación militar. El objetivo de esto, dijo, es “cambiar el destino de Brasil”. Por ello, insistió en su intención de construir un colegio militar en cada capital estadual donde todavía no haya uno. La construcción de una institución de este tipo en Campo de Marte -zona norte de San Pablo- será el primer paso, según prometió.


Durante el evento, Bolsonaro hizo una defensa a la educación como medio para mejorar la vida de las personas. “Lo que saca a un hombre o a una mujer de una situación difícil en la que se encuentre es el conocimiento”, afirmó, a pesar del escenario de recortes en el presupuesto educativo de escuelas y universidades federales.


Educación fue el sector más afectado por el plan de ajuste. La semana pasada, el Ministerio de Educación había dado a conocer el recorte de fondos del 30 por ciento de las universidades e institutos federales, como parte de la serie de medidas de restricción fiscal que ha venido anunciando a cuentagotas desde finales de abril.


Primero, fue la propuesta del ministro de Educación, Abraham Weintraub, de recortar la inversión para las facultades de Filosofía y Sociología, una medida que Bolsonaro apoyó al sustentar que el objetivo era “enfocarse en áreas que generen un retorno inmediato al contribuyente, como: veterinaria, ingeniería y medicina”.


Luego vino el anuncio del bloqueo de recursos para universidades federales con el argumento de que con la medida se dará prioridad a la educación básica. Y por último, fue el anuncio de congelar el presupuesto de colegios e instituciones federales. El bloqueo de presupuestos puede ser, sin embargo, revertido por el gobierno en el transcurso del año, indica el diario brasileño Folha de Sao Paulo. El Ejecutivo sostiene que de aprobarse la reforma previsional la economía puede mejorar y con ello la recaudación, lo que permitiría retornar a los pagos previstos en el presupuesto.


Puertas afuera del evento militar, cientos de estudiantes de escuelas federales y universidades de Río protestaron contra los recortes. Acompañados de padres y profesores, los alumnos protestaron pacíficamente por el bloqueo del presupuesto y pidieron al mandatario brasileño revertir la medida. Las universidades temen que si esto no sucede, no puedan garantizar el funcionamiento mínimo si se llega al punto de no poder pagar las facturas de agua y energía.


La mayoría de los estudiantes se manifestó por medio de mensajes que fueron exhibidos con frases como “La educación no es gasto, es inversión” o “De tanto ahorrar en educación quedaremos ricos en ignorancia”. Buena parte de los alumnos que participaron en la protesta estudian en el colegio federal Pedro II, uno de los más prestigiosos del país y que está ubicado frente al colegio militar que visitó Bolsonaro.


“Estamos aquí para decir no a la censura, no a los recortes y no a este gobierno autoritario”, aseguró Camila una estudiante de maestría en Sociología de la Universidad Federal de Río de Janeiro. “Nosotros queremos estudiar. Nosotros tenemos derecho de estudiar. Nuestras universidades, escuelas e institutos son patrimonio del pueblo brasileño y por encima de cualquier gobierno vamos a luchar para defender eso”, agregó.


El ex secretario de Educación Básica del Ministerio de Educación Cesar Callegari afirmó que los recortes indican la postura del gobierno frente a la educación. “Es coherente con la falta de proyectos en el área educacional. El gobierno da pruebas de que, para él, basta un ministro de Educación que actúe como un vector en una guerra ideológica”, afirmó Callegari, citado por Folha.


El 15 de mayo se llevará a cabo una huelga convocada por estudiantes y profesores universitarios para prostestar contra el ajuste en el campo de la Educación, pero también en el de la Cultura. Además del bloqueo a los presupuestos educativos, el gobierno de Bolsonaro impuso a fines de abril modificaciones clave a la ley de mecenazgo cultural, que permitía a las empresas realizar grandes inversiones en proyectos artísticos (espectáculos, exposiciones, películas) a cambio de que pudiesen deducir un porcentaje de esos fondos de su impuesto a la renta. El ministro de Ciudadanía, Osmar Terra, redujo el techo de 60 millones de reales de incentivo por cada proyecto a apenas un millón. La ley, antes había sido calificada por Bolsonaro como “una desgracia”, ya que según su parecer es una forma de “cooptar” a artistas alineados a la izquierda.

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Domingo, 07 Abril 2019 05:51

Cambio y continuismo económico en Cuba

Cambio y continuismo económico en Cuba

Al cumplirse el 60 aniversario de la revolución cubana es oportuno examinar lo que ha cambiado y lo que permanece. La economía de mercado existente hasta 1958 fue transformada desde 1961 en un sistema de planificación centralizada, con enorme predominio de la empresa estatal y una agricultura colectivizada. El mercado quedó supeditado al plan. Este modelo ha fracasado en el mundo, pero su esencia continúa en Cuba resultando en una monumental ineficiencia económica que ha dañado el crecimiento.


La dependencia en la venta de azúcar—75% de la exportación total en 1958—se sustituyó por una dependencia del 80% en la venta de servicios profesionales y turismo. En 1958 Cuba no exportaba servicios profesionales y el número de turistas en 2018 se había multiplicado por 18 veces y por 53 veces el ingreso por esta actividad. La producción de petróleo ha crecido 79 veces y ahora Cuba produce gas natural. La dependencia en la importación energética se ha reducido desde el 99% al 50%. Los servicios sociales antes estabanprincipalmente limitados a las zonas urbanas y eran en parte privados, ahora son estatales y virtualmente universales y gratuitos. Por el contrario, la deuda externa de Cuba entre 1958 y 2017 saltó 190 veces, y ello después de lograr importantes condonaciones con acreedores del Club de París, Rusia y otros países. La tasa de crecimiento de la población en 1953 (último censo) era de 2,1% y se desplomó a -0,2% en 2017, debido al acelerado envejecimiento; la proporción de adultos mayores en la población subió del 9% al 20%. Cuba tiene la población más envejecida de la región lo que aumenta el coste de la salud y las pensiones.


Respecto a la continuidad, en los seis decenios transcurridos, la economía socialista cubana no ha conseguido eliminar o reducir la enorme concentración del comercio, inversión, ayuda y subsidios con otra nación. De la dependencia con los EE UU (un 52% de las exportaciones) se pasó a una con la URSS (72%) y desde comienzos del siglo XXI con Venezuela (44%). Entre 1960 y 1990, la URSS otorgó a Cuba 58.500 millones de euros y solo pagó 450 millones, el resto fueron subsidios de precios y ayuda no reembolsable. La desaparición del campo socialista en los años noventa provocó una gravísima crisis en Cuba. En su cima en 2012, la ayuda, subsidios e inversión venezolana equivalían a 11% de PIB cubano.


A pesar de esa ayuda substancial, debido a la ineficiencia del sistema, la economía se estancó a un promedio anual de 1,7% en 2014-2018 y la meta para 2019 es 1,5%, un cuarto del 6% oficialmente fijado para generar un crecimiento apropiado. En 2017, la mayoría de la producción manufacturera, minera (salvo petróleo), agropecuaria y pesquera estaba por debajo del nivel de 1989. Solo el turismo ha progresado de forma notable. El comercio externo ha sufrido déficit sistemático (6.760 millones en 2017) y el excedente que generaba la primera fuente de divisas, que son las exportaciones de servicios profesionales (médicos, enfermeras, etc.), menguó un 35% en 2012-2018, debido a la crisis económica de Venezuela que compraba el 75% de dichos servicios; además redujo su comercio del 44% al 17%, el suministro de petróleo a la mitad y paró la inversión.


Estos problemas forzaron un recorte de ocho puntos porcentuales en el gasto social en 2008-2017, con el consiguiente deterioro de los servicios de salud y educación; en 1989-2017, el valor de las pensiones cayó en 50%, la construcción de viviendas en un 80%, y el salario ajustado a la inflación en el 61%.


Se culpa al embargo estadounidense por estos problemas. Esto era cierto hace 25 años, pero Cuba tiene ahora comercio con al menos 80 países, incluyendo EE UU, así como inversiones de múltiples naciones. El embargo todavía causa daño, como las sanciones a los bancos internacionales que realizan transacciones con Cuba, pero la causa fundamental de los problemas ha sido la incapacidad para generar exportaciones que financien las importaciones esenciales; ambas han declinado en años recientes.


Entre 2007 y 2018, Raúl Castro intentó resolver los problemas explicados con reformas estructurales orientadas al mercado, pero estas no tuvieron efectos tangibles debido a su extrema lentitud, desincentivos, impuestos y una reversión desde 2017. Tanto el nuevo presidente Miguel Díaz-Canel como la Constitución que se refrendó el 24 de febrero no cambian la esencia del modelo y el primero ha ratificado el continuismo. Una actitud absurda frente al colapso de la economía venezolana y el tambaleo de su régimen por la rebelión interna y la presión internacional. Una caída de Maduro agravaría aún más la actual crisis en Cuba.

Por Carmelo Mesa-Lago, catedrático de Servicio Distinguido Emérito de Economía y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Pittsburgh

5 ABR 2019 - 12:52 COT

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Viernes, 15 Marzo 2019 06:10

Duros escenarios en el planeta Trabajo

Duros escenarios en el planeta Trabajo

¿Así que usted cree que la fuerza de un hombre, su valor, ha sido creada para invertirla en echar abajo a otro hombre? ¡Magnífico! A mí me parecía que el valor de un individuo debe servirle para trabajar y hacer la riqueza colectiva, y no para usarlo como arma ofensiva contra los demás. ¡Su teoría es maravillosa!… (César Vallejo, El tungsteno)


Los resultados antiobreros de la globalización neoliberal, el transitado sendero del ecosuicidio, el inmenso poder de las grandes corporaciones y sus prácticas de evasión pueden ser ilustradas de maneras muy diversas. Una de las posibles (de un informe de Oxfam Vía Libre): en el año 2015 las grandes multinacionales trasladaron unos 600.000 millones de dólares (la mitad aproximadamente del PIB español) a paraísos fiscales. Un 30% de estas “estafas nacionales-fiscales” dentro de la UE. Las pérdida de recaudación para España, Francia, Italia y Alemania fueron de unos 35.000 millones. En seis años, más de 200.000 millones.


Una de las condiciones para ello: explotación creciente y despiadada de las clases trabajadoras. Y no sólo en territorios no desarrollados o empobrecidos. Un ejemplo: la pobreza en Cataluña afecta a más de millón y medio de personas (la población es de 7,5 millones, en torno a un 20%), de las cuales cerca de 350.000 (un 5% aproximadamente) sufren las duras y terribles penalidades de la pobreza severa.


Hay otras consecuencias del desarrollismo capitalista desbridado: las muertes prematuras por contaminación. Se calcula que son más de 800 mil en toda Europa. En el mundo la cifra asciende a 8,8 millones (el doble de lo (mal) calculado anteriormente) [1].


¿Y cuál es el futuro que se presenta a las clases trabajadoras que van perdiendo poco a poco (a veces también de golpe) sus derechos laborales conquistados, incluso los más básicos, los más esenciales?


No creo que nadie pueda tildar de economista -o pensador- radical a Joaquín Estefanía, el que fuera director de El País. Tal vez por ello convenga presentar algunas de sus consideraciones sobre el mundo obrero realmente existente en esta fase hegemónica neoliberal del capitalismo. En uno de sus últimos artículos, "El miedo y el futuro del trabajo” [2], señalaba, por ejemplo, cosas del siguiente tenor:


1. Más del 60% de la población activa mundial pertenece a la economía sumergida (es decir, a la economía ocultada y sin derechos y protección para los trabajadores).
2. El planeta Trabajo, la expresión es suya, “se halla en una de sus mutaciones más profundas desde el inicio de la revolución industrial en el siglo XVIII”. ¿Por qué? “Porque la naturaleza misma del trabajo y su relación vertebradora de la cohesión social están en cuestión”.

3. La transformación está siendo tan profunda “que genera temor en amplias capas de la sociedad”, en amplios sectores de las clases trabajadoras fundamentalmente.

4. Una de las consecuencias de ello, apunta JE, es, posiblemente, “la ola de conservadurismo (de derechas, pero también de izquierdas) que asola al mundo y que disputa, en estos momentos, la hegemonía al liberalismo y a la socialdemocracia” (dejo ahora, no entro en ello, lo del “conservadurismo de izquierdas”). Muchos ciudadanos-obreros tienen miedo “a perder su puesto de trabajo en el futuro inmediato, sustituirlo por otro de peor calidad y menor seguridad” o incluso a instalarse en la precariedad permanente. No hay más vida que esa, cualquier otro modelo es utopía, sueño. De hecho, sabido es, España encabeza las tasas de temporalidad [3].


5. Según uno de los últimos informes de la OIT -que cumple ese año su primer centenario— “se está reduciendo el paro en el planeta (173 millones de desempleados, un 5% de la población activa), pero no mejora la calidad del empleo, todo lo contrario, decenas de millones de personas se ven obligadas a aceptar condiciones muy deficientes”. El trabajo decente y en condiciones es escaso, cada vez más. No hay otra.


6. 3.300 millones son los asalariados en el mercado global. De ellos -el dato es terrorífico- más de 2.000 millones (un 61% del total) pertenecen a la economía sumergida, como decíamos. “En su mayor parte no tienen derecho a protección social, 1.100 millones de personas trabajan por cuenta propia (autónomos, verdaderos o falsos), a menudo en actividades de mera subsistencia debido a la falta de oportunidades de empleo en el sector formal”. Con problemas graves para beneficiarse de algunos de los capítulos que componen el cada vez más disminuido y demediado Estado del bienestar (mejor Estado asistencial).

7. Una de cada cinco personas menores de 25 años -la juventud sin futuro del 15M- no trabaja ni estudia ni recibe formación alguna.

8. Es en este contexto, prosigue JE, en el que se expande el capitalismo de plataformas, que abarca, en progresión geométrica, a un número creciente de sectores productivos. “De las plataformas digitales se puede afirmar que, asumida su presencia creciente, la gran tarea es regularlas sabiendo que hay una gran asimetría entre unos poderes públicos lentos en reaccionar y unas empresas tecnológicas extraordinariamente rápidas en asentarse”.

9. JE comenta que la profesora de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social María Luz Rodríguez Fernández [MLRF], una estudiosa del tema, “cree que lo novedoso está en cómo las plataformas digitales cambian la organización del trabajo y ponen contra las cuerdas las regulaciones pensadas para otros modelos de producción”. Desde un punto de vista sindical, el punto es esencial. Una de las cuestiones más urgentes, añade MLRF, sería elaborar un catálogo de derechos laborales comunes para los asalariados y autónomos, catálogo “que habría de aplicarse a los trabajadores de las plataformas”. Punto crucial igualmente desde una perspectiva sindical de resistencia.

10. Muchos trabajadores trabajan en este tipo de empresas tecnológicas porque no han encontrado un trabajo convencional, señala JE.Así es. Uno de sus temores principales “es ser desactivados de las apps que les notifican los encargos disponibles y, por tanto, perder el acceso al trabajo (despido digital) sin previo aviso ni conocimiento de los motivos”. Según MLRF, las plataformas raramente aparecen como empresas con trabajadores bajo su responsabilidad. Son “plataformas tecnológicas desprovistas de mano de obra, porque a sus presuntos financiadores (sociedades de capital riesgo) no les gusta invertir en trabajo, sino en tecnología”. Explotación a larga distancia, con fuerza de trabajo de usar y tirar y sin derechos.

11. La experiencia que tenemos de la confrontación entre las empresas del capitalismo de plataformas y el que se podría denominar capitalismo analógico, señala JE, “es que las primeras apelan a la modernidad y a la tecnología digital y crean un relato de ruptura con el pasado que no es algo inocente, sino que parece significar que la normativa y las garantías laborales vigentes no sirven para afrontar esta nueva realidad avasalladora”. La posmodernidad es un atraco en toda regla, mayor aún, a las clases trabajadoras.

12. En trabajos de la autora citada hay una recomendación genérica, muy útil en opinión de JE, para los cada vez más numerosos usuarios de las heterogéneas plataformas digitales: “cada vez que nos encontremos con un servicio o un producto especialmente barato pensemos en lo poco que tiene que haber ganado el trabajador para que ese servicio o este producto cueste tan poco”.


13. Una nota de Ignacio Vidal Folch, "Te vendo el alma por una ‘app’ sexi. El recurso a las plataformas de la economía digital suscita dilemas éticos. El autor debate con Chuky, un álter ego imaginario y diabólico, los pros y los contras de recurrir a Uber, Amazon y Airbnb” https://elpais.com/elpais/2019/02/27/ideas/1551267234_743017.html, citada por JE, ayuda a entender la situación. Algunos pasos:


¡Qué alegría, ya vuelven a circular los taxis! Los taxistas han puesto fin a su larga y enconada huelga gracias a la firmeza de la Comunidad de Madrid, que ha demostrado que… —… demostrado que le importan un bledo los intereses de los colectivos de trabajadores cuando los toma al asalto el neocolonialismo en versión digital —dice Chuky, el muñeco diabólico que vive en mí y que acaba de despertarse, como siempre, de mal humor. ¿He contado ya que en cada uno de nosotros no habita, como dicen, un niño interior al que hemos de cuidar, sino un muñeco diabólico? El mío se llama Chuky, viste levita verde y plastrón, se parece a Juan Carlos Monedero y tiene muy mal carácter. Me ha dicho:


—Y si las instituciones del Estado no amparan a los trabajadores, ¿para qué sirven, para qué tenemos que mantenerlas?


—Hombre, Chuky, no seas así. A todos nos preocupan el incierto porvenir, la destrucción de puestos de trabajo y los sueldos de miseria que contribuyen al precariado y que son consustanciales a estas megacorporaciones de servicios que operan en lo digital, pero…


—Sí, sí, “pero”, pero cuando un sector regulado, como el del taxi -que es perfectible pero funciona razonablemente, ofrece a los usuarios un servicio muy correcto y garantiza la subsistencia de miles de familias- sufre el asalto de unos inversores multibillonarios con empleados no sindicados y servicios más baratos de su coste real, con el objetivo transparente de monopolizar el mercado… ¿Dónde está la solidaridad de los intelectuales, de los periodistas, de la sociedad? ¿Qué pensabais, qué decíais, cuando los taxistas viendo a Hannibal ad portas presentaban resistencia a su extinción? ¿Dónde queda el pacto social?


[…] —Sí, cuando las abstracciones sobre la inevitabilidad del mundo digital y las bondades de la desregularización no resultan convincentes, entonces se manifiesta el clasismo del burgués acomodado —esto es: acomodado hasta que las corporaciones multibillonarias del algoritmo pongan también sus zarpas y sus infinitos recursos a apoderarse de su profesión—. El clasismo, sí. De pronto los taxistas ya no son los sacrificados currantes que pasan 12 horas en un trabajo estresante y muy poco saludable para llevar a casa un sueldo digno, sino mafiosos de medio pelo y tipos amargados que siempre tienen en la radio el Carrusel deportivo, ¿verdad? Y cuántos perjuicios causan cuando se ponen en huelga. Hay que ver lo respondón que está el servicio…


[…] —Qué comunidad más ciega y tonta formamos, iter persollicitae depravationis et caliginosissimae moralis caecitatis iam est ingressa, camina ya hacia su degradación más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera moral, Mateo 6,22, sí. Se han necesitado siglos para conquistar unos derechos y los regalamos en un cuarto de hora porque nos ponen delante una app sexi. Iamque adeo afecta est aetas, a tal punto está nuestra época quebrantada. Lucrecio, claro.


A Chuky le sobran razones en su crítica y lo que señala es la tarea de la hora: se han necesitado siglos de lucha y esfuerzo (represiones y muertes incluidas) para conquistar derechos básicos. Es necesario protegerlos y defenderlos. Las nuevas plataformas representan un enemigo impío enfrentado a esos derechos. Los quieren liquidar todos o casi todos. Piensan en los trabajadores como “empresarios” que venden su mercancía-capital, “la fuerza de trabajo”, a pelo, sin ninguna protección. Pensar de nuevo la situación y apuntar iniciativas de movilización, denuncia y defensa de lo conquistado es más urgente que nunca.


Pere Jodar y Jordi Guiu [4] han escrito en los siguientes términos refiriéndosea la unidad de los trabajadores:


[…] está claro que el mercado del trabajo ha explosionado en múltiples grupos, y que, incluso, se ha individualizado extraordinariamente, rompiendo con el mito de la homogeneidad de la clase trabajadora de los años dorados (1950-1980), pero el movimiento obrero se formó también entre los trabajadores precarios de finales del siglo XIX y principios del XX, así como en la España de los años cincuenta o sesenta. En definitiva, hay asalariados, trabajadores: uno trabajan fijos, otros temporales, otros no pueden trabajar, pero todos ellos continúan siendo trabajadores, no “precariado”, ni “clase desocupada”.

 

Notas:
(1) Cristina Sáez, https://www.lavanguardia.com/ciencia/cuerpo-humano/20190312/46999524021/contaminacion-causa-800000-muertes-prematuras-europa.html
(2) https://elpais.com/elpais/2019/03/07/ideas/1551982378_130567.html?id_externo_promo=enviar_email
(3) https://elpais.com/economia/2019/02/13/actualidad/1550088419_496910.html
(4) Pere Jodar y Jordi Guiu, Parados en movimiento. Historias de dignidad, resistencia y esperanza, Barcelona, Icaria, 2019l, p. 29.

Publicado enSociedad
Martes, 22 Enero 2019 05:46

No se va, Blackwater no se va

No se va, Blackwater no se va

Erik Prince, ex jefe de la firma de seguridad, dijo que los contratistas podrían proteger a los aliados de Estados Unidos y contrarrestar la influencia iraní en Siria después de que Estados Unidos abandone el país.

Contratistas militares privados podrían reemplazar a las tropas estadounidenses que se retiran de Siria, sugirió el fundador de Blackwater, Erik Prince. El ex jefe de la firma de seguridad dijo que los contratistas podrían proteger a los aliados de Estados Unidos y contrarrestar la influencia iraní después de que Estados Unidos abandone el país.


“Estados Unidos no tiene una obligación estratégica de largo plazo para permanecer en Siria. Pero también creo que no es una buena idea abandonar a nuestros aliados “, dijo a Fox Business. Los aliados a los que se refiere Prince son las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), una milicia principalmente kurda que ha sido un socio clave de los Estados Unidos en la lucha contra el Estado Islámico (EI) en Siria.


El presidente Donald Trump anunció repentinamente el mes pasado, que Estados Unidos retiraría tropas de Siria, lo que provocó que muchos en su propia administración expresaran su preocupación de que una salida rápida pondría en peligro a esos aliados y amenazaría con descarrilar la lucha contra el EI. La decisión hizo que el secretario de defensa de Trump, Jim Mattis, renunciara. Las SDF dijeron que una retirada de Estados Unidos los expondría al ataque de Turquía, que lo ve como una organización terrorista.


Prince dijo que usar contratistas le permitiría a Trump mantener su promesa de campaña de poner fin a las “guerras para siempre” y seguir dejando algo de protección. Y sugirió que el peligro para el SDF provenía de las fuerzas sirias e iraníes, más que de Turquía.


“La historia de Estados Unidos está llena de asociaciones públicas y privadas, de lugares donde el sector privado puede llenar esos vacíos, donde probablemente no debería haber un ejército muy costoso”, dijo Prince. “Si no hay algún tipo de fuerte capacidad para defenderse de las invasiones terrestres del poder muy convencional que tienen los iraníes y los sirios, nuestros aliados serán aplastados”, agregó Prince.


Sus comentarios sugieren cierta confusión sobre las cambiantes alianzas del campo de batalla sirio mientras Estados Unidos se prepara para retirarse. El SDF ve a Turquía como una amenaza mucho mayor que Damasco. A medida que la retirada de Estados Unidos se acerca a la realidad, el grupo ha buscado negociaciones con el gobierno sirio para permitir el retorno del ejército sirio a algunas áreas para evitar una incursión turca.


Blackwater, la compañía fundada por Prince en 1997, recibió cientos de millones de dólares en contratos del gobierno de Estados Unidos brindando apoyo durante las guerras de Irak y Afganistán, a las fuerzas de Estados Unidos, y protegiendo a los funcionarios e instalaciones.


Pero la compañía encontró notoriedad por un incidente en 2007 en el que cuatro de sus guardias mataron a 14 civiles iraquíes en la Plaza Nisour, Bagdad. Tres de los hombres fueron condenados por homicidio en 2014 y otro por asesinato. El caso provocó un intenso escrutinio al uso de contratistas militares privados estadounidenses en Irak.


En los años posteriores, la compañía sufrió varios cambios de nombre y Prince finalmente vendió sus activos a un grupo de inversores privados.


El llamado de Prince para instalar una fuerza mercenaria en Siria fue posterior a una propuesta similar para privatizar la lucha contra los talibanes en Afganistán. En 2017, The New York Times informó que el entonces asesor de Trump, Steve Bannon, le había encomendado a Prince una alternativa para enviar más tropas al país. Prince había donado 250.000 dólares a la campaña presidencial de Trump el año anterior.


Su plan incluía una fuerza de 6.000 contratistas privados, conformados por ex fuerzas especiales de Estados Unidos y Europa, y entrenamiento para las tropas afganas, con un costo de alrededor de 5 mil millones de dólares anuales. Trump fue receptivo al plan, dado que se sentía frustrado por los costos crecientes de un conflicto de 17 años.


* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Páginal12.


Traducción: Celita Doyhambéhère.

Publicado enInternacional
Lunes, 26 Noviembre 2018 06:06

EducAcción

EducAcción

El mundo está al revés y la escuela, que forma parte de ese mundo, también.

Si “(…) el plomo aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Las víboras aprenden a volar y las nubes aprenden a arrastrarse por los caminos” (Galeano) puede que el mundo definitivamente esté al revés. Es decir, Patas arriba, como titula su libro el autor uruguayo.


¿En qué situación se encuentran la universidad (la escuela) en este siglo XXI? ¿Qué educación y qué valores transmitimos desde las instituciones educativas? ¿Qué reconocimiento se les da a las y los estudiantes?


El panorama educativo no es halagüeño, el ubicuo mercado lo intenta controlar y los gobiernos contribuyen a ello desfinanciando la educación pública para justificar que no sirve y dejarla caer en manos privadas. El neoliberalismo, y su manera explotadora de entender los servicios sociales básicos, se apodera de todo, también de ese derecho humano fundamental que es la educación. Uno más de los derechos universales incumplidos. La Declaración dice en su Artículo 26 que “Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental”.


El papel y el valor de la universidad es incuestionable, las sociedades avanzan al ritmo de sus universidades, los conocimientos se universalizan en las instituciones de educación superior. Y si queremos que la educación, y la universidad es el nivel superior del recorrido educativo, sea de calidad, comprometida y crítica hay que escuchar a estudiantes y docentes en sus reivindicaciones. Hay que poner en marcha la EDUCACCIÓN.


Educacción es lo que hace por estos días en Colombia, pero también en otras partes del continente americano como en Costa Rica, el estudiantado al levantarse en “lápices y libros” contra el sistema para reclamar sus derechos, para exigir lo que les debería corresponder por ley, pero le tildan de subversivo, violento o, incluso, terrorista.


Jesús Martín Barbero siempre dice que hay que meterle país a la universidad, invitándonos a que tanto las instituciones como quienes las conformamos estemos más cerca de la ciudadanía y ahora, en estos días de demandas y manifestaciones, el país y su población se alejan de uno de los capitales humanos que dan sentido a la universidad: las y los estudiantes y sus reclamaciones. El otro capital humano, las y los docentes, parece que sí pero no, muchos respaldan, otros contrarían y una parte calla.


La acción de las y los estudiantes universitarios colombianos es opacada por el poder de los medios, que en lugar de fijar su mirada en las causas de las movilizaciones, se centra en los actos vandálicos, que los hay, pero que no deberían ser lo que más se resaltara. Que le han pintado las paredes a un medio generalista en la capital, como si ese medio no tuviera su responsabilidad en “pintar” con “sus colores” las realidades para beneficio propio y de sus intereses. ¿Por qué no dicen en esos medios de los comportamientos “salvajes” de las fuerzas del orden?


Si queremos universidades de alto nivel académico y humano debemos pedir inversión pública en ellas. En infraestructura, en materiales, en salarios, en equipos y en mejorar su funcionamiento. Y esa es la reclamación principal de las movilizaciones estudiantiles.


Estoy de acuerdo con Sergio Ramírez en que la universidad debe cumplir un papel primordial más allá de los salones de clase: “Deben volver a ser la conciencia de la nación, ahora que el sistema democrático corre tantos riesgos frente a las trampas de la demagogia, el populismo, y el fanatismo ideológico”. El escritor y político nicaragüense escribe en La Jornada que la universidad es “un todo armónico resultante de la diversidad de sus partes, articulado hacia adentro, pero que irradia hacia afuera, inserto en la propia sociedad a la que no puede ser ajena porque perdería su razón de ser”.


Debemos defender la universidad, pública y lo más gratuita que se pueda, para conformar ciudadanías críticas. Pero también tenemos que apostarle a esa defensa quienes intentamos educar desde las instituciones académicas privadas, porque tenemos nuestra parte de responsabilidad en contribuir a la formación de un espíritu crítico y porque una mejor universidad pública contribuye y empuja a que aquellas trabajen por mejorar su propia calidad. La universidad en general debe promover, hoy más que nunca, la reflexión y la liberación, la ruptura de las cadenas del pensamiento único y excluyente y tiene que apostarle a la gente y a la madre tierra.


Hay que tener conciencia y claridad de que la universidad, toda ella, con sus estudiantes y sus equipos docentes, es la base de la transformación social que necesitamos. Como dice Boaventura de Sousa Santos “el neoliberalismo no quiere que haya un proyecto de país”, porque necesitan tener el campo abierto para sus negocios privatizadores. Y la universidad colombiana es, para el intelectual portugués, de un compromiso alto con la ciudadanía. Se quiere llegar a lo que él llama el “capitalismo universitario”: transformar la universidad en una empresa, a los profesores en proletarios y a los estudiantes en consumidores, para alcanzar una universidad sin ideología, o con la ideología del mercado capitalista.
Porque una universidad fuerte y comprometida, con pensamiento propio y conciencia de lo que debe ser, es un riesgo para quienes quieren que sus ciudadanías solamente sean consumidores y votantes, pero nunca seres sentipensantes.


En su columna en El Tiempo, Adolfo Zableh afirmaba “Que marchen los estudiantes y rompan todo. (…) Que taponen vías y ataquen propiedades es un daño menor comparado con todo el mal que les hemos hecho. Que rompan la Casa de Nariño y el Congreso, sin asco y a lo ‘maldita sea’. Que se metan y lo destruyan todo. La educación es lo que permite salir adelante, decidir a conciencia, manejar la vida propia, tener oportunidades. Los políticos lo saben, por eso no dan la educación que tanto prometen; ellos necesitan soldados obedientes y votantes alienados”.


Por su parte, el profesor Carlos E. Maldonado escribe en la edición colombiana de Le Monde Diplomatique que en Colombia hay “una ausencia de respeto al conocimiento. Irrespeto que es, sin dudas, la principal característica de las élites gobernantes en la historia del país, lo que se traduce en la subvaloración de la educación en general, el desfinanciamiento de la universidad pública, en fin, la crisis de la Universidad”.


Este docente compara la teoría de la socióloga Saskia Sassen del capitalismo corporativo, el que no necesita matar a la gente, a sus rivales, sino que les basta con dejarlos morir, con la actuación de los gobiernos frente a la educación pública, que no la hace desaparecer sino que “simplemente la deja pervivir, agónicamente, apenas en el límite”. Por eso la educación pública colombiana lleva 25 años desfinanciada. El problema del futuro de las universidades es el problema del futuro del país, si no hay universidad pública financiada a la gente le tocará pagar más por un futuro incierto y probablemente peor.


Es importante formar y educar en valores, en ciudadanía, en humanidad, a educadoras (es) y a educandos (as). La formación, desde la familia a la universidad, quienes lleguen a ella, que tampoco es una condición sine qua non para una vida digna, pasando por la calle y la escuela, nos dota de sentido y entidad, nos enriquece y nos conciencia. Esa educación formativa comienza cuando nacemos y termina al morir, nos acompaña estimulando nuestro crecimiento como personas y nuestra conciencia para jugar nuestro papel en la vida. La educación no nos hace, per se, económicamente más ricos, ni políticamente más poderosos, ni más fuertes físicamente. Pero sí ciudadanas y ciudadanos más humanos. En ese sentido, y como parte fundamental del proceso educativo, ¿es la universidad uno de los problemas de hoy?, ¿o es una solución?


Para Herman Hesse la escuela solamente le sirvió para aprender latín, que no es poco, y para decir mentiras y, además, le había destrozado muchas cosas. Aún así decía que la “lectura sin amor, el saber sin respeto, la formación sin corazón” eran “uno de los mayores pecados contra el espíritu”. Creo que la universidad, pese a todos sus problemas y contradicciones, es una institución necesaria. Porque es menester universalizar la razón y el pensamiento, hacer público el conocimiento y contribuir, desde la educación superior, a la formación de seres humanos en el más amplio sentido del término. La universidad está expuesta a varios peligros que la “apartan” del lugar esencial que debe ocupar en la sociedad. Por un lado los lobos externos (capitalismo, neoliberalismo, privatizaciones,…) y, por otro, esos caballos de Troya que hacen que se fagocite a sí misma, que su endogamia le nuble el sentido y que su falta de visión le ciegue.


Si la educación es un acto político (Freire) que requiere un comportamiento ético, es en la universidad donde se debe formar política y éticamente a la ciudadanía para conformar una sociedad incluyente e integradora. Como decía Zenón de Elea: “Dichosa la ciudad donde se admira menos la hermosura de los edificios que las virtudes de sus habitantes”.
Galeano nos advierte cuando dice “La escuela del mundo al revés es la más democrática de las instituciones educativas. No exige examen de admisión, no cobra matrícula y gratuitamente dicta sus cursos, a todos y en todas partes, así en la tierra como en el cielo: por algo es hija del sistema que ha conquistado, por primera vez en toda la historia de la humanidad, el poder universal”. No permitamos que el mundo al revés nos imponga esa escuela. Y si esa es “su” escuela, luchemos, desde todos los ámbitos educativos, la familia, la calle, la academia, por otra bien distinta. Una verdadera Escuela, o una contraescuela.


Hasta Roger Waters, el que fuera uno de los miembros fundadores de los míticos Pink Floyd, dedicó una parte de su concierto en Bogotá a apoyar a las y los estudiantes colombianos en sus reivindicaciones. Que se siga reclamando que “No necesitamos no educación” (we don´t need no education), que ellas y ellos no son otro ladrillo en la pared, que hay que romper esos muros que nos marginan y nos separan. ¡Resistencia!


Como enuncia la declaración de Clacso a favor de la universidad pública en Colombia un siglo después del Manifiesto de Córdoba. Hace cien años eran las voces universitarias demandando el deseo de libertad, entonces “En sus corazones palpitaba la hora americana, el sentimiento de una revolución que se abría camino desde las aulas emancipadas y liberadas de los poderes monárquicos y escolásticos de ese tiempo. Hoy pretendemos liberarnos de los poderes neoliberales y del mercado. También sentimos como nuestro el rumor de la libertad”.


Hoy, el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, que acaba de celebrar el 1er. Foro Mundial del Pensamiento Crítico, en el marco de su 8ª Conferencia titulada “Luchas por la igualdad, la justicia social y la democracia en un mundo turbulento”, plantea que “Al defender la Universidad también defendemos el sueño de paz, democracia y justicia. Tal vez el presente nos exija reinventar el pasado del 68 y encarnar el manifiesto del 18, porque pronunciando sus palabras, los dolores que nos acompañan son las libertades que aún no conquistamos, que la consigna de una hora americana trasciende los contextos y se inscribe en nuestros deseos de debilitar el autoritarismo y alcanzar la autonomía del pensamiento; legado histórico que llamaba a renombrar la realidad social como posibilidad de emancipación: Córdoba se redime, Colombia también”.


En Colombia las y los estudiantes promueven EDUCACCIÓN y le ponen imaginación y las siete notas musicales a sus acciones, no como otros, que prefieren a “los siete enanitos” en sus inercias. Quieren luchar por una universidad crítica, popular, liberadora e inclusiva.


En la Universidad residen la discusión y el debate, el respeto y la dignidad y la lucha por una educación libre e incluyente. Es la guarida de la utopía, tan necesaria cada día como cantan Jonathan Silva y Ceumar


Si el mundo se pone pesado / Voy a pedir prestada / La palabra POESÍA


Si el mundo camina hacia atrás / Voy a escribir en un cartel / La palabra REBELDÍA


Vamos a la calle a gritar / La palabra UTOPÍA.


Por la EDUCACCIÓN.

Por Ignacio Chaves

24 Nov 2018 .

Publicado enColombia
¿El silencio del esquirol? Posgrados y universidad pública.

Los diferentes estamentos, agentes y facciones políticas que convergen en la universidad pública (profesores, administrativos, estudiantes, empleados, sindicatos, etc.) se han ido pronunciando a medida que avanza la coyuntura nacional por la que atraviesa la universidad pública de nuestro territorio. El problema de financiación es el que toma más fuerza en el escenario de la opinión pública, pero, cabe decir, reducir el problema de la universidad pública a una cuestión económica es arbitrario.

La universidad pública padece de un proceso de privatización económica que transforma, y, a su vez, reestructura su quehacer, científico, investigativo y creativo en un quehacer servil y utilitario dada su condición de empresa.

Los programas de posgrado aceleran la transformación de la universidad del siglo XXI de universidad/científica a universidad-empresa al autofinanciarse mediante la prestación de servicios.La privatización de posgrados en Colombia supone una medida de contingencia por medio de la cual se ayuda a financiar pregrados universitarios y, se aumenta la produccióninvestigativaprocurando el pensamiento científico para la regióndesde la universidad.Por el contrario, lo que ha sucedido con algunos posgrados obedece a una estrategia de marketing mediante la cual algúnagente (no necesariamente devenido del contexto investigativo) estructura un programa (especialización, maestría o doctorado) y utilizando “la marca” de una universidad lo promueve como oferta universitaria (sin contenido universitario).
Lejos de una subjetividad cognoscente, los posgrados reafirman al sujeto como productor y comprador de servicios, una subjetividad que corrobora una cultura mercantil burguesa.

Marcuse,comprendía la cultura afirmativa –burguesa- como una convención de valores de un mundo obligatorio para todos según la sociedad y el mercado, así lo expresó enEl carácter afirmativo de la cultura .Esta cultura está en apogeo a propósito de la educación como servicio y no como derecho.
Por ejemplo, en la mayoría de familias de clase media/baja colombianas se convierte en un propósito familiar enviar a un joven a la universidad para que este pueda acceder a mejores condiciones laborales una vez terminados sus estudios universitarios sin acudir a préstamos bancarios. Bajo este modelo de asistencialismo familiar, la universidad pública a graduado a muchos “primer miembro de una familia que asiste a la educación superior”. Sin embargo, el calvario empieza cuando se exigen laboralmente no solo los pregrados sino también los posgrados que cuestan X veces más que una carrera universitaria. De aquí que, si el estudiante no tuvo que acceder a créditos en su pregrado, para continuar con su formación es indispensable los mismos. Basta con mirar las innumerables ofertas de créditos para Posgrado que oferta el mismo Estado mediante el ICETEX para saber que lo dicho aquí es cierto.

El 2% de los 2,39 millones de estudiantes –aproximadamente- participan de programas de posgrado conducidos, en su mayoría, por una demanda de capacitación laboral, lejos de una motivación científica o investigativa. Tal 2% de estudiantes de posgrado ha ido en aumento en lo que va de 2016 a 2018 por lo que convierte a las especializaciones, maestrías, doctorados en el nicho de servicios más apreciado por sectores privados.

Los estudiantes universitarios pasaron de1,36 millones a 2,39 millones entre el 2007 y el 2016 ,lo que quiere decir que la universidad es un centro formativo relevante para la educación de los jóvenes y ciudadanos colombianos. Pero bajo las actuales políticas gubernamentales parece que al gobierno le pesa, le duele y le molesta el clamor por la educación de tantos ciudadanos. Aunque, por otra parte, entiende y celebra que la universidad/empresa tenga tantos clientes dispuestos a solicitar créditos para participar del “aquelarre” de la universidad con condición privada.

Mi interés no es denunciar la realidad de los posgrados de una universidad específica, considero es quehacer de todos/as el cuidar de la excelencia académica, de la formación investigativa, del progreso científico y de la pasión por la educación que ha de tener cada centro de estudios desde el grado 0 hasta el doctorado. Mi interés es señalar que sí el “ideal” gubernamental en torno a la educación superior es privatizarla no sólo volverá la educación un privilegio para quienes puedan pagar, también disminuirá la calidad de los programas, diezmará la investigación docente (actualmente algunos programas de posgrado carecen de planta profesoral propia y se caracterizan por la contratación cátedra o la vinculación de profesores de pregrado), reducirá la producción científica, y, en suma, suprimirá la capacidad creativa que tiene la universidad de plantear soluciones a los problemas sociales de nuestro territorio, todo esto en favor de las plataformas prestadoras de servicio y de capacitación laboral (del “cognitariado”) tal cual pasa con los posgrados en el territorio nacional.

Los programas de posgrado ante la coyuntura nacional no solo han guardado un silencio ensordecedor, sino que han sido esquiroles en sus propias universidades. ¿Por qué solicitamos el reconocimiento y apoyo de las universidades privadas dada la emergencia de la universidad públicay no exigimos también el apoyo incondicional de los programas de posgrado? programas que fundacionalmente deberían ser accesibles a todo aquel que tenga motivación científica, académica e investigativa, programas que saben y padecen el terrible escenario de la privatización de la universidad pública.

Ante el actual contexto de la educación superior en Colombia es imperativo apelar a los posgrados para que estudiantes, profesores, administrativos y empleados de dichos programas asuman el acontecimiento nacional de la universidad pública como suyo también. A estos agentes no solo les es propio pronunciarse sino denunciar desde su contextola metamorfosis de la universidad pública alma mater de la ciencia, la investigación, la tecnología y las humanidades en una universidad empresarial, utilitaria y paria de sus propias luchas y resistencias por su estatus público, democrático e incluyente.

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