La erradicación de la indigencia en China

Resultado de la fuerte expansión económica de las últimas décadas

Néstor Restivo y Gustavo NG presentaron su libro "“China -La superación de la pobreza” donde explican cómo hizo el gigante asiático para lograrlo. 

 

La erradicación de la pobreza extrema que recientemente anunció China es producto no sólo del derrame derivado de la impresionante expansión económica a lo largo de las últimas tres décadas sino también de un amplio número de programas enfocados en el acompañamiento de las familias indigentes, la capacitación, mejora en las redes de comercialización, acceso a la energía, infraestructura y ampliación de la protección social. Este complejo proceso representa un hito en la historia moderna, dado que China explica una quinta parte de la población mundial, y fue el motivo de la investigación plasmada en el libro “China -La superación de la pobreza”, de los autores Néstor Restivo y Gustavo NG.

El libro fue presentado en un evento virtual que organizó el grupo de estudios China y América del Centro Cultural de la Cooperación. Contó también con la participación de Wang Xiaolin, Ministro Consejero de la Embajada de China en Argentina, quien además de enfatizar el logro de la erradicación de la indigencia en el país asiático se refirió al tema de las vacunas. “China es el mayor proveedor de vacunas hacia países en vías de desarrollo. Vamos a seguir con la distribución en forma global para salvar la grieta en el acceso desigual a las vacunas entre países”, dijo.

“Entre 2016 y 2019, viajamos muchas veces a China y entrevistamos a académicos, dirigentes y militantes en territorio. Uno de los ejes que reconocemos es que el tema de la erradicación de la pobreza es un compromiso asumido por muchos actores. En primer lugar, involucra al Estado central, pero también todos los ministerios, el Partido y los estados provinciales y municipales. Y se trata de algo de particular interés para nosotros, que vemos pasar las décadas sin poder resolver este flagelo”, comenzó Restivo, historiador y director de la revista Dang Dai, especializada en China.

Gustavo NG, co-autor junto a Restivo, consideró que “el hecho de que el país más poblado del mundo, que concentra a un quinto de la población mundial, no tenga más indigencia y esté camino a erradicar la pobreza, es casi delirante. Estamos hablando de algo que es hito de la humanidad, una sociedad sin niños que se van a dormir con hambre”.

¿Cómo?

“Hay dos grandes instancias en la superación de la pobreza. La primera es generar riqueza para distribuir y la segunda distribuir de manera ecuánime. En China, la fabulosa riqueza que se generó desde la década del ’80 tuvo un lugar en un sistema fuerte de redistribución, lo cual ha permitido una repartición ecuánime, lo cual no quiere decir igualitaria, ya que en China hay una clase con mucho más poder de consumo que otras. Sin embargo, el resto de la sociedad ha ido mejorando. Pero aun así, en determinadas zonas y sectores no alcanzaba la economía socialista. Ahí aparecieron muchos programas focalizados”, explicó Gustavo NG.

Los autores relevaron las medidas puntuales adoptadas en zonas con malas condiciones para la agricultura y con situaciones de atraso estructural. “Se procuró enganchar a esos sectores a la marcha de la economía nacional. Esas poleas consistieron en la creación de caminos, provisión de energía, mejora de los sistemas de comercialización, temas incluso de marketing basados en las tradiciones locales. También capacitación para modernizar sistemas de producción que eran muy antiguos, junto con cobertura social y servicios básicos como educación, salud, vivienda, servicios urbanos y agrícolas y protección tercera edad”, continuó Gustavo NG.

Un capítulo importante se vincula al turismo, ya que a medida que las clases medias urbanas fueron aumentando su poder adquisitivo, parte de ese dinero fue al turismo internacional pero sobre todo nacional. Hubo un fuerte trabajo para que las minorías étnicas de zonas alejadas, retrasadas económicamente pero con gran tradición, pudieran ofrecer servicios turísticos culturales.

“A lo largo de dos décadas hubo programas muy ambiciosos de acompañamiento casa por casa, familia por familia, para que la gente salga de la condición de indigencia. Esto se hizo en un territorio gigantesco, con responsables por familia y seguimiento periódico. La erradicación de la indigencia es un programa multifacético, pero para mí lo fuerte es la capacitación laboral para que los pobres produzcan no solo para subsistencia diario sino para colocar en el mercado, incluso para exportar”, agregó Restivo.

Por su parte, Paule Decrop, politóloga y especialista en Derechos Humanos y Democratización, mencionó las críticas desde Occidente a China por temas vinculados a participación política y libertad de prensa y remarcó que “desde 1949 la esperanza de vida en China pasó de 35 a 77 años y la tasa de alfabetización, del 20 al 96,84 por ciento. El 95 por ciento de la población es cubierta por el sistema de salud pública y hay participación política de las minorías étnicas”.

Por Javier Lewkowicz

Mariano Ciafardini, coordinador del Grupo de Estudios de China y América latina en el CCC, enfatizó que “ningún país capitalista es capaz de hacer esto. No solo no es capaz sino que no tiene intención de hacerlo porque los gobiernos son manipulados por las grandes corporaciones financieras y económicas a quienes no les interesa la franja de excluidos. Es más, históricamente al capitalismo le viene bien que haya excluidos”.

 

17 de mayo de 2021

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Un vendedor ambulante de fruta, la semana pasada en Yakarta (Indonesia).BAY ISMOYO / AFP

El Banco Mundial avisa de la correlación entre economía sumergida, bajo desarrollo y niveles elevados de pobreza y de desigualdad

Que el manto de la informalidad sobre el mundo en desarrollo es enorme se sabe desde hace décadas, pero cuantificarlo es una tarea titánica que solo se aborda de cuando en cuando. El Banco Mundial lo ha hecho este martes en una extensísima investigación de más de 300 páginas que concluye que el sector informal supone cerca de la tercera parte del PIB y más del 70% del empleo total de los países emergentes y en desarrollo, un epígrafe bajo el que está incluida toda África y la mayor parte de Asia y América Latina, así como algunas naciones de Europa del Este.

En su primer monográfico sobre informalidad, el propio organismo con sede en Washington califica el dato de “sorprendente” por lo elevado que es. Y recuerda que el hecho de tener una fracción tan importante de la economía en zona de sombra, fuera del rango de acción de los propios Estados —que no pueden recaudar ni regular todo aquello que escapa de su control—, está altamente correlacionado con un desarrollo más bajo, así como con altos niveles de pobreza y de desigualdad y con una —lógica— peor gobernanza.

Freno para la recuperación poscovid

Con la economía aún sufriendo las penalidades de la pandemia, el Banco Mundial alerta de que la informalidad “probablemente frenará” la recuperación de los países que exhiben unas tasas mayores. El motivo: al tener una parte tan sustancial de la actividad fuera del campo visual de las autoridades, la capacidad de recaudación cae y, con ella, el margen de maniobra de los Estados para poner en marcha políticas contracíclicas. Según sus datos, en los países en desarrollo que tienen una tasa de informalidad mayor que la media del bloque los ingresos públicos rondaron el 20% del PIB. Esa cifra es entre cinco y 12 puntos inferior a la de sus pares, y está a años luz del alrededor del 50% de recaudación fiscal de los países más desarrollados del mundo, como los escandinavos.

Pero no solo la potencia de fuego de la política fiscal se ve mermada: los técnicos del ente también subrayan que la precariedad del sistema financiero, directamente aparejada a la informalidad, inhibe los esfuerzos de la política monetaria, el otro gran cortafuegos disponible contra el derrumbe de una economía cuando pintan bastos.

Rezago de los colectivos más afectados

“Los trabajadores informales son, sobre todo, mujeres y jóvenes poco calificados que en medio de una crisis como la de la covid-19 a menudo quedan rezagados y tienen un acceso limitado a las redes de seguridad social cuando pierden el empleo o sufren graves pérdidas de ingresos”, subraya Mari Pangestu, directora gerente de Políticas de Desarrollo y Alianzas del Banco Mundial.

Esa necesidad de ir al trabajo ha complicado aún más la lucha contra la pandemia, que ha contribuido a agravar en muchos países: ante la imposibilidad de desempeñarse desde casa, millones de empleados de diversos sectores (desde vendedores ambulantes hasta repartidores por cuenta propia o transportistas y conductores no registrados) se han visto abocados a seguir con su rutina ajenos a la pandemia para poder llevar algo de sustento a casa. Las rentas básicas temporales puestas en marcha por varios Gobiernos —muchos de ellos en América Latina— han ayudado a mitigar este problema, pero se han demostrado insuficientes en amplias capas de la población, que también son las que más han sufrido el azote del virus.

Mejora reciente, aunque demasiado lenta

El bloque emergente, que suma el 90% del empleo, está lejos de ser monolítico; más bien al contrario, es un abanico de realidades muy distintas entre sí. También en lo tocante a la informalidad. Los niveles más altos de economía en la sombra están en África subsahariana, con cerca del 36%, frente al 22% de Oriente Medio y el Norte de África, donde se contabilizan los niveles más bajos del bloque.

La informalidad no es un destino esculpido en piedra. Así lo demuestran las tres últimas décadas, en las que esta variable se redujo en cerca de siete puntos porcentuales en los países emergentes, hasta el actual 32% del PIB. Un descenso reseñable, aunque demasiado lento dados los todavía muy elevados niveles de economía sumergida, que los economistas del multilateral achacan “parcialmente” a las reformas aplicadas por los Gobiernos para aumentar el atractivo del sector formal a ojos de los trabajadores o para reducir el coste del tránsito de uno a otro. Aún queda un largo camino por recorrer.

Por Ignacio Fariza

Madrid - 11 may 2021 - 16:30 CEST

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«El planeta se nos va y es necesario frenar de inmediato la locomotora del crecimiento»

Entrevista al profesor y activista Carlos Taibo

 

El profesor y activista publica Decrecimiento, un libro en el que resume su «propuesta razonada» para sortear el colapso ecológico y revertir los estragos del capitalismo.

Siempre ha habido personas en la historia que han sido rechazadas, vilipendiadas e incluso ejecutadas por revelar la verdad. El asunto es tanto más desagradable cuando chocan religión y ciencia. Giordano Bruno, Miguel Servet o Galileo Galilei son ejemplos de sobra conocidos.

En Occidente, en el siglo XXI, hay una nueva religión que, sin hogueras, está tan poco dispuesta a que se cuestionen sus dogmas como las antiguas iglesias cristianas. Se trata de la religión impuesta por la economía capitalista y los mercados. Millones de vidas humanas son sacrificadas cada año en el altar de los mercados. El objetivo, siempre, es crecer. Y no crecer, o no crecer lo suficiente, provoca un reguero de víctimas en todas las especies del planeta. Antes de dejar de crecer, el capitalismo parece dispuesto a extinguir la vida en la Tierra. El dios que se esconde detrás de esta locura, tan sádico e implacable como el del Antiguo Testamento, tiene un nombre: Producto Interior Bruto (PIB).

Carlos Taibo (Madrid, 1956), conforme a lo descrito anteriormente, es un hereje. Como activista y como profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid ha denunciado los excesos del sistema señalando lo que debería ser obvio para cualquier economista: de donde no hay no se puede sacar. «Si vivimos en un planeta con recursos limitados no parece que tenga mucho sentido que aspiremos a seguir creciendo ilimitadamente», afirma al inicio de su libro Decrecimiento (Alianza Editorial, 2021). Su «propuesta razonada» para hacer frente a la emergencia climática es un cambio radical de paradigma: hay que decrecer.

Para entender la perversión que se esconde tras este sistema económico es adecuado tener en cuenta que el PIB es «un índice que considera la contaminación como riqueza». Quemar combustibles fósiles incrementa el PIB. Talar un árbol incrementa el PIB. La obsolescencia programada que exige la explotación de más y más recursos naturales incrementa el PIB. Hay que parar esta rueda infernal y hay que hacerlo ya.

Para explicar esta premura, Taibo, que en libros y conferencias gusta de citar a sus maestros y colegas dentro del movimiento decrecentista (Serge Latouche, Nicholas Georgescu-Roegen, Ivan Illich, André Gorz…), suele recurrir a una enseñanza de Cornelius Castoriadis que podríamos llamar «la parábola del hijo enfermo». Dice así: «Si a un padre le comunican que es muy posible que su hijo tenga una gravísima enfermedad, la única reacción plausible del progenitor consistirá en colocar a su vástago en manos de los mejores médicos, para que determinen si el diagnóstico es certero o no. Lo que ese padre, o esa madre, en cambio, no podrá hacer será razonar diciendo: ‘Bien, si es posible que mi hijo tenga una gravísima enfermedad, también es posible que no la tenga, con lo cual parece justificado que me quede cruzado de brazos’. Ésta es, sin embargo, la actitud que la especie humana parece haber asumido en relación con la crisis ecológica».

¿No cree que el problema es precisamente ese, que no vemos el planeta como un hijo o alguien amado, como si estuviéramos por encima de él o fuera de él? Aun a riesgo de simplificar en exceso, ¿no es el «marco cultural» impuesto por el capitalismo el peor enemigo en esta crisis climática?

Así es. O, por decirlo de otra manera, el capitalismo ha conseguido colocar dentro de nuestra cabeza un puñado de ideas de las que es difícil, muy difícil, liberarse. Ideas que, claro, generan las conductas correspondientes en terrenos como los de la competitividad, la productividad, el consumo y el crecimiento económico. Los habitantes del Norte rico nos topamos con enormes problemas para salir de ese mundo. Las circunstancias son diferentes en muchas áreas de los países del Sur en las que perviven con fuerza culturas precapitalistas mucho más marcadas por la lógica del apoyo mutuo y mucho menos hechizadas por la identificación entre consumo y bienestar. Una identificación simplota donde las haya.

Nuestra relación con el planeta no se caracteriza precisamente por el amor y los cuidados. Lo demuestra la crisis climática y el agotamiento de las materias primas energéticas. Pero es que ese marco cultural nos dificulta también entender lo que significa la explotación cotidiana de miles de millones de seres humanos en un escenario lastrado por el trabajo asalariado, por la mercancía y, naturalmente, por la plusvalía.

¿Por qué el decrecimiento es la solución más lógica?

Prefiero acogerme a la idea de que el decrecimiento, que es una propuesta de alcance limitado, constituye un agregado, un complemento. Pero este complemento es imprescindible para cualquier proyecto serio de contestación del capitalismo en el siglo XXI. He dicho muchas veces que ese proyecto tiene que ser por definición decrecentista, autogestionario, antipatriarcal e internacionalista. Yo no soy un decrecentista libertario. Soy un libertario decrecentista: el meollo de mis percepciones lo proporciona la apuesta por la autogestión, por la democracia directa y por el apoyo mutuo. Ese es un buen modelo, sobre todo ahora. En un planeta que visiblemente se nos va, es necesario poner freno de inmediato a la locomotora del crecimiento.

¿Y cómo se decrece?

En el Norte opulento tenemos que reducir los niveles de producción y de consumo, pero tenemos que asumir otras muchas iniciativas: recuperar la vida social que hemos ido dilapidando, apostar por formas de ocio creativo, repartir el trabajo, reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras que empleamos, estimular la vida local frente a la lógica desbocada de la globalización. En definitiva, apostar por la sobriedad y la sencillez voluntarias.

En su libro pone usted mucho énfasis en ese aspecto: tomar el camino del decrecimiento debe ser una decisión «colectiva y voluntaria». Pero para eso necesitamos décadas, generaciones de pedagogía. ¿Tenemos tiempo para eso?

Tal y como están las cosas, entiendo que la pregunta es legítima. No hay más que echar una ojeada a los programas, productivistas y desarrollistas, de la abrumadora mayoría de los partidos. O a lo que defiende el grueso de los medios de comunicación. Pero creo que hay dos dimensiones que no deben escapársenos. La primera ya la he señalado: la posibilidad de que muchas de las respuestas que aquí, en el Norte rico, nos faltan lleguen de habitantes de países del Sur con poblaciones mucho menos corroídas por la lógica mercantil del capitalismo. La segunda sugiere que la conciencia de la proximidad de un colapso general podría provocar, también en el Norte, cambios importantes y rápidos en la conducta de grandes grupos de población. Y ya hemos visto señales de esto. Creo que esos grupos de apoyo mutuo que proliferaron al inicio de los confinamientos, hace un año, significan que una parte de la gente común empieza a hacerse las preguntas pertinentes. Y remarco lo de «gente común». No hablo de activistas hiperconscientes de movimientos sociales críticos.

Su discurso suele incomodar a la izquierda y a la derecha. Que incomode a la derecha es lógico, ¿pero cómo quiere convencer a la izquierda de que abandone sus viejos postulados? Usted critica a los nostálgicos de la vieja normalidad, los que añoran la socialdemocracia de posguerra, la industrialización, los sindicatos, el Estado del Bienestar… Muchos de esos derechos se han perdido. ¿No merece la pena luchar por recuperarlos?

Esa es una lucha muy respetable, claro que sí, pero en el mejor de los casos, es pan para hoy y hambre para mañana. Creo que la figura del Estado del bienestar debe vincularse, y estrechamente, con un momento histórico que ha quedado atrás: la llamada era del petróleo barato.

Hay que renunciar al pasado entonces.

Es que no creo en ningún proyecto que no acarree, con claridad, la voluntad de dejar atrás el universo del capitalismo. Y eso me obliga a ser profundamente escéptico. Y hay razones históricas para serlo. Eso que llamamos Estado del Bienestar obedece a unas fórmulas de organización económica y social propias y exclusivas del capitalismo, lo que dificulta hasta extremos inimaginables la práctica de la autogestión desde abajo. No cuestionan el orden de la propiedad imperante. Beben de una filosofía mortecina, la socialdemocracia, y de un burocratizado sindicalismo de pacto. Ya hemos visto cómo esta socialdemocracia y este sindicalismo no han venido a liberar, como anunciaban, a tantas mujeres que son hoy víctimas de una doble o de una triple explotación. Y, además, no responden a ningún proyecto de solidaridad con los habitantes de los países del Sur y no exhiben ninguna condición ecológica solvente.

Globalización disparatada

Cuando Taibo subtitula su libro con la frase «una propuesta razonada» no lo hace a la ligera. En Decrecimiento hay hasta 26 páginas de citas y bibliografía. El despliegue de ejemplos, datos y fuentes es abrumador. Citemos sólo algunos.

Los detractores del decrecimiento piensan que éste nos llevará de vuelta a la Prehistoria. Está calculado y, por supuesto, no es verdad. Para salvar el planeta debemos reducir nuestra huella ecológica y situarla en niveles no tan lejanos: «La década de 1980 no es la Edad de Piedra».

Hablemos de turismo: «El número de turistas que salen de su país pasó de 25 millones en 1950 a 1.500 millones en 2019, con efectos desoladores. (…) En Goa, en la India, un hotel de cinco estrellas consume el agua equivalente al abastecimiento de cinco pueblos, mientras la tubería que lo sirve cruza numerosas localidades que carecen de agua corriente».

¿Y qué decir de la industria de la alimentación? «La lechuga que procede del valle de Salinas, en California, se desplaza por carretera 5.000 kilómetros para llegar a Washington, con lo cual consume 36 veces más energía –en forma de petróleo– que lo que contiene en calorías. Cuando la lechuga llega, en fin, a Londres, ha consumido 127 veces más energía que la que corresponde a las calorías que incorpora». Y ya ni hablamos del uso de fertilizantes tóxicos que se usan en su producción. La apuesta por los productos locales y de proximidad, por tanto, no es una extravagancia hippie. Es una necesidad y tampoco es que suponga un sufrimiento insoportable.

Bueno, pensemos que hemos dejado atrás el capitalismo. ¿Qué ocurre con el ocio? Usando un viejo sintagma de las luchas obreras, necesitamos «el pan y las rosas». Usted señala que «el pan», gracias a formas de producción más enfocadas en la economía local y de cercanía, no es un problema. ¿Pero qué ocurre con «las rosas»?

La perspectiva del decrecimiento defiende lo que se suele llamar «ocio creativo». es decir, un ocio desmercantilizado que escapa a la creación artificial de necesidades. Y con esto se consigue otra cosa: evitar la uniformización, que es un proceso habitual en el mundo del ocio. Y más allá de él, también en el de la cultura.

Entonces, ¿en un futuro decrecentista no habría espacio para Netflix, para el fútbol, para los grandes conciertos?

Parece inevitable que pierdan peso, claro. La descentralización de los procesos de creación debe permitir que rebroten las culturas autóctonas y los medios de comunicación alternativos frente al poder ejercido por los conglomerados transnacionales. En ese contexto, pierden importancia las grandes plataformas mediáticas y esas parafernalias que están tan obscenamente vinculadas con los intereses de las élites dirigentes y que, a fin de cuentas, reproducen la miseria dominante.

Usted usa en diferentes pasajes de su libro un término acuñado recientemente: «convivencialidad». Creo que es un término que está empezando a ganar adeptos en Francia. ¿Es una maniobra léxica para dejar atrás el término «comunismo», o incluso «comunismo libertario» , que está maldito en nuestro marco cultural, que parece históricamente tóxico?

El término convivencialidad fue difundido, hace ya tiempo, por Ivan Illich. En mi percepción conviene oponerlo a la mercantilización que marca el grueso de las reglas que se nos imponen. Y conviene vincularlo también con la lógica del apoyo mutuo y con la defensa de los bienes relacionales frente a los bienes materiales. No tengo nada en contra del comunismo, a pesar de la enorme perversión que ha marcado su sistema de «capitalismo burocrático de Estado». Y tampoco tengo nada contra el concepto de comunismo libertario, o contra el anarcocomunismo. Me molestan, eso sí, y mucho, las gentes que en el mundo anarquista piensan que el comunismo es, por definición, un proyecto intrínsecamente perverso. En cualquier caso, creo que es más importante lo que colocamos por detrás de estos conceptos que su formulación verbal.

Hablemos de las mujeres y de su importancia en el decrecimiento. Se ha hablado del antropoceno. Luego, para acotar más el concepto, se ha hablado de capitaloceno. Y usted afina aún más y habla de androceno. ¿Por qué?

No lo hago sólo yo. Lo hace cada vez más gente. Parece evidente que muchas de las lógicas que vinculamos con los desastres producidos durante eso que se llama antropoceno o capitaloceno tienen una dimensión masculina y se vinculan estrechamente con la sociedad patriarcal y sus reglas. Estos conceptos, antropoceno y capitaloceno, arrastran cierta dimensión simplificadora, eso es obvio. Pero creo que, a la vez, subrayan de manera más fina en dónde tenemos que buscar responsabilidades. Salta a la vista que no todos los integrantes de la especie humana son responsables por igual del colapso que se avecina. La responsabilidad de hombres y mujeres no es la misma.

¿Usted cree, como Pablo Servigne, que el colapso es inevitable y que debemos centrarnos en cómo será la sociedad después de la catástrofe o cree que aún puede pararse el golpe?

Bueno, antes de responder a eso habría que preguntarse qué entendemos por colapso y qué diferencias tendrá geográficamente. Pero dejando estos matices al margen, creo que la postura de Servigne es defendible. Lo que suelo señalar es que, conforme a mi intuición, el colapso es inevitable. Así que lo único que podemos hacer al respecto es mitigar algunas de sus consecuencias más negativas y postergar un poco en el tiempo su manifestación. Y sí, creo que ahora una de las tareas más honrosas es anticipar los rasgos de la sociedad poscolapsista desde el horizonte del decrecimiento, la desurbanización, la destecnologización, la despatriarcalización, la descolonización y la descomplejización de nuestras mentes y de nuestras sociedades.

¿Cómo afronta usted las críticas de quienes intentan menospreciar su propuesta tachándola de primitivista, ludita y poco realista?

Prefiero que me atribuyan esos adjetivos antes que pasar por frívolo. La frivolidad es una condición que suele acompañar a esas críticas. Además, esas críticas, lo que hacen en el fondo es defender la miseria existente. En cualquier caso, habría que escarbar en el sentido preciso de esos adjetivos que usted invoca. Sospecho que me quedaría con muchos de los elementos de lo que se suele entender por primitivismo o por ludismo, que son, como poco, dos propuestas que merecen atención.

¿Y con lo de «poco realista»?

Eso también me lo quedo. Soy orgullosamente no realista en la medida en que hago mía la aserción de Bernanos: «El realismo es la buena conciencia de los hijos de puta». Éstos invocan la realidad como si viniese dada por la naturaleza y fuese, por tanto, inmodificable, cuando con toda evidencia esa realidad que invocan es el producto de la defensa obscena de los intereses más ruines y mezquinos.

Para terminar, denos alguna receta, alguna clave contra el ecofascismo. Díganos por qué es inmoral afrontar el reto climático como un problema demográfico.

Eso es fácil. Ya sabemos que el ecofascismo no es un proyecto negacionista ni del cambio climático ni del agotamiento de las materias primas energéticas. El ecofascismo parte de la certeza de que en el planeta sobra gente, de tal forma que, en la versión más suave, se trataría de marginar a quienes sobran. Y en la más dura postularía, literalmente, el exterminio. La música recuerda poderosamente a la que tocaron los jerarcas nazis. Otra cosa distinta es, claro, que, habida cuenta de los límites medioambientales y de recursos del planeta, asumamos un ejercicio voluntario de autocontención como el que postulan en el terreno demográfico la mayoría de las escuelas decrecentistas. Como antídotos contra el ecofascismo me remito a lo que ya dije antes: decrecimiento, desurbanización, despatriarcalización… Todo eso combinado con la defensa de sociedades asentadas en la autogestión, en la democracia directa y en el apoyo mutuo. Cien años después de la muerte de Kropotkin, la lectura de su libro me parece, por cierto, una recomendación muy sensata.

Por Manuel Ligero | 08/05/2021

Publicado enMedio Ambiente
Joe Biden quiere “ganar el siglo XXI” con la clase media estadounidense

Marcó una agenda ambiciosa basada en la creación de empleo y el apoyo a las familias en Estados Unidos

A cien días del inicio de su presidencia el presidente de EE.UU. presentó su agenda antineoliberal y prosindical con un discurso ante las dos cámaras del Congreso.

 

Desde Washington, DC. Pasaron sus primeros 100 días de gobierno y Joseph Biden ahora tiene por delante una agenda ambiciosa. Aspira a una ley que permita una inversión billonaria en infraestructura que permita crear empleos. Quiere otra que brinde apoyo del Estado a las familias. Todo pagado con aportes que vengan del 1 por ciento más rico del país. Su mensaje es claro: dice que esas son las iniciativas que le permitirán a Estados Unidos “ganar la competencia contra el resto del mundo por el siglo XXI”, en la que China aparece como el gran rival.

Biden delineó este plan el miércoles pasado, cuando habló, por primera vez desde su asunción, ante las dos cámaras del Congreso estadounidense. No fue un discurso presidencial normal. Por la pandemia, en el recinto de la Cámara de Representantes solo hubo 200 personas, un número que no incluye ni a la mitad de los legisladores.

La imagen igualmente fue histórica: detrás de Biden se ubicaron las dos presidentas de las cámaras, la vicepresidenta Kamala Harris por el Senado y Nancy Pelosi, tercera en la sucesión presidencial, por la Cámara de Representantes. Fue la primera vez que un mandatario estadounidense estuvo escoltado por dos mujeres en un discurso ante el Congreso. “Era hora”, dijo el demócrata en una de las primeras líneas de su discurso.

Desde el podio de la Cámara baja, Biden dio las definiciones de lo que será su gobierno. Su obsesión parece ser el empleo. Dijo esa palabra 46 veces en su discurso del miércoles, el tercer concepto que más repitió después de “Estados Unidos” y “estadounidenses”.

La piedra angular para generar puestos de trabajo será su Plan de Empleo Estadounidense, un paquete de dos billones de dólares que ya envió al Congreso. Con esto, busca modernizar autopistas, calles, sistemas de transporte e invertir en tecnología de la información, vivienda, construcción y la industria de vehículos eléctricos. Un “proyecto obrero para construir Estados Unidos”, lo caracterizó en el discurso.

No es una novedad en el discurso de Biden. El presidente pasó toda la campaña que lo llevó a la Casa Blanca refiriéndose a la clase media y a sus orígenes en Scranton, una ciudad del cinturón industrial del estado de Pensilvania. “Wall Street no construyó este país. La clase media construyó este país. Y los sindicatos construyeron la clase media”, enfatizó el miércoles.

La segunda iniciativa, que Biden recién anunció esta semana, está enfocada en las familias y en el cuidado de niños. La Casa Blanca la bautizó como el “Plan para las Familias Estadounidenses”, en línea con los nombres de los paquetes que ya presentó. Implica destinar más de dos billones de dólares a cuatro áreas: acceso a la educación, con ingreso a universidades comunitarias incluido; un sistema de cuidado para niños y niñas que sea accesible y de calidad; licencias por maternidad y paternidad, que en Estados Unidos no existen, y un recorte de impuestos para las familias. “La clase media y la gente trabajadora de este país ya están pagando suficientes impuestos”, dijo.

No es el caso de otros sectores del país. Para Biden, esos 4 billones van a gastarse sin incrementar ningún déficit. “Es tiempo de que el uno por ciento más rico de los estadounidenses y el Estados Unidos empresarial empiece a hacer su aporte”, enfatizó. También prometió que la IRS, la agencia fiscal de Estados Unidos, va a tomar “medidas enérgicas” contra “millonarios y billonarios que hagan trampa con los impuestos”. “La economía del derrame nunca ha funcionado. Es tiempo de hacer crecer la economía de abajo hacia arriba y desde el centro hacia afuera”, resaltó el mandatario.

Para el Partido Republicano, las palabras de Biden son motivo de horror y preocupación. “Aburrido, pero radical”, lo definió el senador por Texas, Ted Cruz, quien se quedó dormido en medio del discurso. Para él, el mandatario solamente se dedica a “mantener contentos a los izquierdistas radicales” . “El régimen socialista está aquí”, agregó.

También Mitt Romney, senador por Utah y una de las voces más moderadas del Partido Republicano, cuestionó las iniciativas del presidente. “Representan cuatro veces nuestro presupuesto federal”, se quejó. “No vas a unificar Estados Unidos si solo le hablás al ala progresista de tu propio partido”, añadió.

Sin embargo, aunque los senadores Bernie Sanders y Elizabeth Warren elogiaron las menciones de Biden a los sindicatos y a los sistemas de cuidado en Estados Unidos, el ala más progresista del partido pide más. “Si decís que creés que la atención de la salud es un derecho y no un privilegio, entonces apoyá Medicare para todos”, se quejó en Twitter la congresista Ilhan Omar de Minnesota, en referencia a una iniciativa que el mandatario rechaza.

“No se le da suficiente crédito a los incontables activistas y organizadores cuyo trabajo incansable es la razón por la que apenas estamos escuchando algo esta noche sobre cuidado universal, supremacía blanca como terrorismo, trabajo y salarios dignos. No podemos parar hasta que se haga”, apuntó su colega Alexandria Ocasio-Cortez de Nueva York.

La agenda no tiene un camino fácil en el Congreso ante el que habló Biden. Tal como fueron presentados, los dos paquetes no alcanzarían nunca una votación. No tienen ningún tipo de apoyo del Partido Republicano, clave para evitar cualquier obstrucción en el Senado. El Partido Demócrata ahora tiene dos caminos: negociar con la oposición, que tiene sus propios planes en infraestructura y cuestiona el gasto que las dos iniciativas representan, o intentar aprobar lo que se pueda con votos propios.

Si hubo pasajes del discurso que parecían sacados de las promesas de campaña de candidatos progresistas como Sanders o Warren, también hubo propuestas que podrían haber estado en un tuit de Donald Trump. Aunque la mirada de Biden tenga escala mundial, no deja de tener el componente de “Estados Unidos primero” que tenía su antecesor. “No hay ninguna razón por la que las hélices de las turbinas eólicas no puedan construirse en Pittsburgh (Pensilvania) en lugar de en Pekín”, dijo Biden el miércoles pasado. “Todas las inversiones del Plan de Empleo Estadounidense se guiarán por un principio: Comprar productos estadounidenses”, agregó.

Para Latinoamérica, el hombre que solía hablar de una agenda de trabajo “desde Canadá hasta Argentina” hizo apenas una mención a Guatemala, Honduras y El Salvador en el tramo sobre inmigración. Habló de violencia, de corrupción, de pandillas, de inestabilidad política, de desastres naturales. “Tenemos que atender la raíz del problema por el que la gente huye hacia nuestra frontera sur”, se limitó a decir.

Por Aldana Vales

02 de mayo de 2021

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Un hombre camina ante una imagen de Fidel Castro, el lunes en La Habana (Cuba).Yander Zamora / EFE

Una nueva generación de dirigentes se encuentra frente al dilema de cómo reestructurar la economía para hacer el socialismo sostenible en la isla

 

Continuidad política y reformas económicas de calado, y más lo segundo que lo primero, he ahí donde se juega el futuro de la Cuba tras el VIII Congreso del Partido Comunista, que tuvo lugar el pasado fin de semana en La Habana. El encuentro unificó todo el poder político en el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, y en una nueva generación de líderes nacidos después del triunfo revolucionario. Su principal desafío será realizar una apertura económica e introducir transformaciones profundas, que necesariamente deben ampliar el marco del mercado y de la iniciativa privada, avanzando hacia un modelo mixto, para tratar de hacer sostenible el sistema heredado, sin negar su espíritu.

Es la primera vez que se alinean el Gobierno y las estructuras de la cúpula del partido, hasta ahora encabezado por la vieja guardia, en la figura de un civil que no luchó en la Sierra Maestra, Diaz-Canel, que ya ejercía la presidencia desde 2018. Hasta este jueves el Partido Comunista de Cuba (PCC) rendía cuentas a Raúl Castro y a los históricos, que ahora abandonan todos los cargos.

Sabido es que el modelo de partido único no va a cambiar, pero mantenerse en el inmovilismo y en las reformas rácanas sería el mejor modo de que la economía se vaya a pique, lo que equivale a decir todo el sistema, dado que la crisis y la situación por la que atraviesa la isla es de extrema gravedad. Los problemas estructurales acumulados y la ineficiencia de la empresa estatal, agravados por la epidemia y el recrudecimiento del embargo norteamericano, no se resuelven con parches, se admite en las altas instancias, y también que las reformas introducidas hasta ahora claramente han sido insuficientes para garantizar un mejor nivel de vida a los cubanos, principal reto de los nuevos dirigentes, que no cuentan con la legitimidad “histórica” sino que la valoración que se haga de ellos dependerán de lo que logren.

 “El PCC necesita ampliar las zonas de legitimidad de su mandato con un desempeño económico que lo justifique o se le va a complicar la gobernabilidad”, opina el académico cubanoamericano Arturo López-Levy, señalando que “a mediano plazo, la economía es el primer renglón para medir sus capacidades”. Hay bastante consenso en este punto, y también en otro asunto que menciona López-Levy: “Se necesita orientar prioridades y recursos hacia la seguridad alimentaria, pues sin comida no hay país, por muchos hoteles que se construyan o reparen. Díaz-Canel ha enfatizado el discurso de la continuidad para asegurar la confiabilidad de los que lo han elegido, pero para resolver las demandas y quejas de una Cuba globalizada y signada por una crisis estructural, va a tener que prometer y hacer grandes cambios, tanto sustantivos como en la forma de gobernar”.

¿Qué lectura puede hacerse del VIII Congreso? ¿Defraudó las expectativas de los que esperaban una apuesta decidida por la apertura? ¿O era lo que podía esperarse de un cónclave cargado de simbolismo en el que lo que se escenificaba era la despedida de Raúl y la generación histórica? Hay diversas opiniones. En su informe central, Raúl Castro criticó el “egoísmo” de los que demandan el ejercicio privado de algunas profesiones y reclaman la importación comercial privada para establecer un sistema no estatal de comercio, advirtiendo que hay “límites” que no se pueden rebasar porque implicarían la destrucción del socialismo. La mención cayó como un jarro de agua fría en los sectores que defienden la apertura y en muchos emprendedores, aunque pasados los días, y tras el primer discurso de Díaz-Canel, algunos de los analistas consultados se inclinan a pensar que “la reforma va” y que cada vez será más profunda. Hasta donde se llegará, sea por propia voluntad o por necesidad, es la gran incógnita.

“El VIII Congreso del PCC no ha traído grandes sorpresas, pero tampoco ha significado un retroceso en lo que al sector privado se refiere”, asegura Oniel Díaz Castellanos, fundador de Auge, empresa consultora que brinda asesoramiento a decenas de emprendedores privados. Admite que “ciertas palabras en el Informe Central alarmaron a varios colegas”, entre los que se incluye, pero dice que “una mirada serena” a las intervenciones de Díaz-Canel así como a las resoluciones emanadas de la cita, confirman que “hay una combinación de voluntad política para abrir más espacios económicos, a la vez que se establecen límites que no se deberían pasar según la lógica del PCC”. Su conclusión: “en ninguno de los Congresos anteriores se ha hablado y escrito tanto” sobre el sector no estatal, de las pymes y la iniciativa privada, de lo que deduce que “no hay marcha atrás” en la reforma.

Es de la misma opinión el economista Omar Everleny, que apunta que “el Congreso tiene varias lecturas: podría parecer que no hay cambios ya que se critica a personas que quieren obtener más ingresos y se precisa que Raúl estará presente en la toma de las decisiones fundamentales; pero por otro lado, se ha apelado a hacer ingentes esfuerzos por salir de la crisis económica, de implementar en el corto plazo medidas para potenciar el trabajo, la necesidad de descentralizar decisiones, de utilizar las formas no estatales, de implementar las pequeñas empresas….”. El camino, cree, no es inmovilista sino “reformista, pues si no será complejo producir los resultados económicos que espera la nación”.

En la composición del nuevo Buró Político, destaca Everleny la entrada de dos figuras “con un corte empresarial”: Manuel Marrero, que hoy es primer ministro, “pero que fue presidente de la corporación turística Gaviota”, y Luis Alberto López-Callejas, que al frente de GAESA (el grupo empresarial del ejército) “controla el mayor por ciento de los negocios en divisas cubanos sean tiendas, hoteles, marinas, aviación, y la zona Especial de Mariel, y no es un político al estilo de los que se conocen, sino un hombre de negocios clásico”.

Rafael Hernández, director de la revista Temas y miembro del PCC, consideró fuera de la realidad a los que pensaron que el Congreso iba a “rifar” el sector estatal y que “ahora sí era el turno de la privatización”. “Naturalmente, esos augurios no tenían sustento”, opinó, aclarando que ninguna “las resoluciones aprobadas desandan lo avanzado durante el año y pico de pandemia respecto a la legitimidad y consolidación del sector privado”. “La Resolución sobre la Conceptualización del modelo reitera ‘reconocer y diversificar las diferentes formas de propiedad y gestión adecuadamente interrelacionadas”, asegura.

Diversos economistas han puesto énfasis en que tan relevante como el Congreso fue lo sucedido justo antes de su inauguración, cuando Díaz-Canel presidió un inédito encuentro con emprendedores privados y representantes de la empresa estatal, en el que se habló del necesario impulso a las pymes y el papel creciente que ocupará el sector no estatal. En otra reunión con el sector agrícola, en la que resulto cesado el ministro del ramo, se aprobaron un conjunto de medidas para incentivar a los productores privados y reactivar esta esfera de la economía, vital en estos momentos de crisis, y allí el presidente advirtió de que no había “tiempo para pensar en el largo plazo”.

Sobre los “límites” en la apertura al sector privado de los que habló Raúl Castro —pero que no especificó—, López-Levy considera que no es la cuestión más relevante. “Los límites y las líneas rojas irán moviéndose con la vida. Las reformas traerán más presión de otras reformas, y otro tipo de cambios llegarán por carambola”. Los más escépticos indican que otros intentos de reforma se frustraron en el pasado, cierto, aunque hoy la situación es distinta, el tiempo y el ritmo son ahora vitales, pues la crisis es gravísima y las urgencias son cada vez mayores. Habrá que ver los próximos movimientos de los encargados por los ‘históricos’ en asegurar la “continuidad” y hacer sostenible el socialismo cubano.

Por Mauricio Vicent

La Habana - 22 abr 2021 - 1:04 CEST

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Un hombre con mascarilla pasa junto a un vagabundo sentado en una acera en Manhattan, Nueva York (EE.UU.), el 5 de mayo de 2020.Mike Segar / Reuters

Se estima que las economías avanzadas se verán menos afectadas por el virus, mientras que los países de bajos ingresos y los mercados emergentes sufrirán más.

De igual forma que algunos pacientes que superan el covid-19 tienen síntomas de larga duración, la economía global seguirá notando efectos negativos "una vez que se desvanezca el rebote en forma de V de este año", pronostica un artículo de Bloomberg.

Según la publicación, si bien los estímulos por valor de 26 billones de dólares y la llegada de vacunas han impulsado "una recuperación más rápida" de lo que muchos anticipaban, "el legado de la educación atrofiada, la destrucción de puestos de trabajo, unos niveles de deuda propios de periodos de guerra y las desigualdades cada vez mayores entre razas, géneros, generaciones y geografías dejarán cicatrices duraderas, la mayoría de ellas en las naciones más pobres".

Los efectos que "duran décadas"

El profesor asistente Vellore Arthi, de la Universidad de California en Irvine, que ha examinado el impacto económico y de salud a largo plazo de crisis pasadas, explica que, aunque "es muy fácil después de un año agotador, o de más, sentirse realmente aliviado de que las cosas hayan vuelto a la normalidad", muchos de los efectos que vemos históricamente a menudo "duran décadas y no se abordan fácilmente".

En total, la caída del producto interno bruto el año pasado fue la mayor desde la Gran Depresión, lo que equivaldría a 255 millones de personas en trabajos a tiempo completo, según las estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo. Entretanto, los investigadores del Pew Research Center calculan que la clase media mundial se contrajo por primera vez desde la década de 1990.

"Volver al estándar anterior al covid llevará tiempo", confirma Carmen Reinhart, economista jefe del Banco Mundial, al tiempo que recalca que las secuelas de coronavirus "no se revertirán" en muchos países.

De hecho, Bloomberg explica que no todas las naciones se verán afectadas por igual. Así, el Fondo Monetario Internacional considera que las economías avanzadas se verán menos afectadas por el virus este año y en el futuro, mientras que los países de bajos ingresos y los mercados emergentes sufrirán más.

¿"Una década de decepciones"?

El pasado mes de enero, el Banco Mundial advirtió en un informe que nos adentramos en "una década de decepciones en el crecimiento global" a menos que se tomen medidas correctivas. Los expertos consultados por la agencia matizan que no es necesario que se pierda una década si se toman las medidas políticas adecuadas, especialmente en las áreas de reconversión de las habilidades de los trabajadores y de apoyo a los más afectados por la crisis. 

Sin embargo, Adam Posen, presidente del Instituto Peterson de Economía Internacional, advierte de la existencia de "una incertidumbre genuina sobre cuánto cambia el comportamiento de la gente en términos de patrones de consumo como resultado de esta crisis". Si las personas vuelven a "comer en restaurantes, realizar viajes de placer, hacer ejercicio en gimnasios", muchas de las industrias afectadas revivirán, pero también es posible que "los gustos de la gente cambien de verdad", en cuyo caso habrá más desempleo, a lo que se une el hecho nada reconfortante de "no hay una buena solución del Gobierno para eso", recalca.

Por otro lado, como la crisis ha acelerado el uso de robots, tanto en la fabricación como en la industria de servicios, millones de puestos de trabajo se verán amenazados, con importantes interrogantes sobre si se crearán suficientes empleos nuevos en el proceso. De hecho, según McKinsey & Co, más de 100 millones de personas en ocho de las economías más grandes del mundo pueden necesitar cambiar de ocupación para 2030, viéndose más afectados los menos educados, las mujeres, las minorías étnicas y los jóvenes. 

Los efectos a más largo plazo también serán evidentes en el capital humano después de que la pandemia sacara de las aulas a niños y a los estudiantes universitarios durante un año en algunos países.

Finalmente, la forma de financiar una recuperación total será complicada por los 24 billones de dólares adicionales en préstamos que el mundo asumió en 2020, lo que eleva la deuda total a un nuevo récord de 281 billones, según el Instituto de Finanzas Internacionales.

Publicado: 19 abr 2021 02:19 GMT

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Rebota la economía en el 2021 y abre incógnitas a futuro

La reunión de primavera (del norte) del FMI y el Banco Mundial aportó nuevas proyecciones sobre la evolución de la economía mundial. Dice el organismo que el rebote será mayor al previsto hasta hace muy poco, pero con tendencia a reducir el ritmo de recuperación para el próximo año. Dice el informe de la reunión de los organismos:

“La economía mundial está recuperándose de la crisis más velozmente de lo previsto el pasado mes de octubre, gracias a una respuesta de políticas sin precedentes y a la rapidez con que se desarrolló la vacuna. Pero las perspectivas para la recuperación son muy inciertas y desiguales entre los países y dentro de cada país debido al variado margen de maniobra para la aplicación de políticas, las diferentes estructuras y rigidices económicas, las vulnerabilidades preexistentes y el acceso desigual a las vacunas. Las elevadas vulnerabilidades financieras podrían plantear riesgos en el caso de que las condiciones financieras mundiales se endurecieran bruscamente. La crisis puede dejar cicatrices duraderas y exacerbar la pobreza y las desigualdades, al tiempo que el cambio climático y otros retos comunes se están tornando más apremiantes.”[1]

El debate se centra en el rebote respecto de la caída global del 2020, en el mundo, la región y el país. La tabla que sigue incluye los datos del informe de actualización de las perspectivas económicas realizado por el FMI.[2]

Territorio

2020

2021

2022

Mundo

-3,3%

6%

4,4%

EEUU

-3,5%

6,4%

3,5%

China

2,3%

8%

5,6%

Europa

-6%,

4,4%

3,8%

América Latina y el Caribe

-7%

4,6%

3,1%

Resulta notoria la situación divergente entre EEUU y China por un lado y el resto, aun cuando en nuestra tabla solo incluimos, además de los mencionados a Europa y a América Latina y el Caribe. Lo concreto es que el rebote de la economía es desigual, con China y EEUU como motores de la economía mundial, según los organismos internacionales. La perspectiva de mediano plazo es a la ralentización del crecimiento.

Es en ese sentido que debe analizarse la capacidad de satisfacer necesidades del rebote de la economía en el ámbito mundial y en cualquier territorio.

La gran caída del 2020 operó sobre una ralentización de la economía global desde la crisis 2007/09, una tendencia que se sostendrá en el mediano plazo, agudizando los problemas sociales y la regresividad del orden económico y social.

Por casa cómo andamos

Para la Argentina las previsiones locales ubican un rebote en torno al 6%, sobre una caída del 9,9% en el 2020.

La recuperación solo podría lograrse con la evolución económica del 2021, si es que no se agrava el cuadro sanitario y económico de la “segunda ola” de contagios, postergando soluciones urgentes ante el deterioro social que se manifiesta en pobreza, indigencia, desempleo, precariedad y pérdida de expectativas en atender las necesidades cotidianas de la mayoría de la población.

Por eso hay que prestar atención a los datos de la realidad. La información sobre el impacto pueden leerse en el reciente informe sobre la distribución del ingreso.[3] Si bien los datos remiten a 28.739.630 personas, de 31 aglomerados urbanos, los montos son representativos y permiten inferir la situación global. En ese sentido hay que destacar:

  • ·         El ingreso promedio per cápita del total de la población alcanzó los $19.524, mientras que la mediana del ingreso per cápita fue de $14.357
  • ·         Un 58,6% de la población total percibió algún ingreso, cuyo promedio es igual a $33.306
  • ·         Los perceptores varones tuvieron un ingreso promedio de $37.910, mientras que el de las mujeres fue de $28.937
  • ·         En cuanto a la población asalariada, se registraron 7.943.398 personas con ingreso promedio de $36.246
  • ·         El ingreso promedio de las personas asalariadas con descuento jubilatorio fue de $44.613, mientras que, en el caso de aquellas sin descuento jubilatorio, el ingreso promedio equivalió a $18.676

Como puede apreciarse, son todos valores que no alcanzan la línea de la pobreza, explicando el porqué del 42% de pobreza y que el 57,7% de los menores de 14 años sobreviven en la pobreza.

Es mejor que haya rebote en la economía, pero como vemos, está muy lejos de resolver la desigualdad construida en tiempos de ofensiva del capital contra el trabajo.

No puede resolverse el tema de la pobreza, si no es con distribución progresiva del ingreso. En una sociedad mercantil, la satisfacción de necesidades se logra si existe ingreso distribuido al conjunto de la población.

El Ingreso es equivalente al Producto, por lo que el crecimiento del producto debe distribuirse acorde con un objetivo de política económica que priorice la eliminación de la pobreza.

Hay dos formas de medir la distribución del Ingreso, una es la funcional, que explica cuanto del producto es apropiado por los/as propietarios/as de medios de producción y cuanto por aquellos/as que ofertan su fuerza de trabajo. Otro mecanismo es la distribución personal, que explica el ingreso en agrupaciones de personas según sus ingresos, desde el 10% más rico al 10% más pobre.

La distribución funcional es más difícil de explicar desde las cuentas nacionales, pero puede inferirse una distribución del 60% para la minoría propietaria de medios de producción y un 40% para la fuerza de trabajo. En la distribución personal se destaca que el 10% más rico percibe el 22,1% del total, mientras que el 10% más pobre solo accede al 3,1%.

Solo sumando los ingresos del 40% más pobre de la población, recién se igualan los ingresos percibidos por el 10% de mayores ingresos. El 30% de mayores ingresos perciben el equivalente del 70 % de menores ingresos.

En este marco, hay que proponer una reversión de este cuadro de realidad, pero, además, modificar sustancialmente las fuentes financieras del Estado para atender esta situación. Por un lado, avanzar en una reforma tributaria y modificar sustancialmente la política relativa al endeudamiento externo.

Impuestos y deuda

Hay que avanzar en la progresividad tributaria. No alcanza con la actualización del mínimo no imponible, ahora ley y establecido en 150.000 pesos mensuales, especialmente porque el salario no es ganancia. Habrá que avanzar en aumentar las tasas de las ganancias empresarias y para ello puede inspirarnos la política tributaria estadounidense de recuperación de la tributación a las ganancias corporativas.

Si Trump redujo la tasa de imposición corporativa del 35% al 21%, la actual gestión Biden pretende llevarla al 28%, y, además, sugiere mundializar la iniciativa. Dice Yellen:

«Se trata de garantizar que los gobiernos tengan sistemas fiscales estables que generen ingresos suficientes para invertir en bienes públicos esenciales y responder a las crisis, y que todos los ciudadanos compartan de manera justa la carga de financiar al gobierno».[4]

El tema es que EEUU se propone una inversión en infraestructura superior a los 2 billones de dólares para sostener la reactivación de la economía, para lo que se requiere incrementar la imposición sobre los sectores con capacidad de ganancia pese a la crisis y para evitar que estas empresas migren de EEUU hacia otros territorios el mensaje pretende mundializarse, tal como señala la Secretaria del Tesoro:

«Estamos trabajando con las naciones del G20 para acordar una tasa impositiva corporativa mínima global que pueda detener la carrera hacia el fondo».

Argentina tendrá que tomar el ejemplo y no dejarse chantajear por aquellos que sostienen el carácter inconstitucional de la imposición a las grandes fortunas o que solicitan una menor presión fiscal. Los datos de la regresividad social imponen una carga impositiva sobre aquellos con capacidad de acumulación.

Los organismos internacionales discuten mecanismos financieros para mejorar la situación de países empobrecidos.

Entre otras cuestiones sugieren condonaciones de deudas en algunos casos; bajas de las tasas de interés para no ahogar a deudores con problemas; nuevas fuentes de financiamiento para atender la crisis sanitaria; e incluso una emisión de 650.000 millones de dólares en Derechos Especiales de Giro (DEG), la moneda del FMI.

Al mismo tiempo que el FMI sustenta el tradicional “ajuste estructural”, promueve una política de sostenimiento del gasto fiscal en la emergencia para evitar la conflictividad, en la esperanza que la producción, distribución y aplicación de las vacunas aleje a la humanidad de la situación pandémica actual.

En ese marco es que Argentina negocia la reestructuración de los pagos por desembolsos del orden de los 45.000 millones de dólares. El FMI pretende operaciones a 10 años y voces oficiales demandan el doble de tiempo. En rigor, ni 10, ni 20 resolverán el problema y tal como señala la autoconvocatoria por la suspensión de los pagos y una auditoria con participación popular, que esa es una deuda odiosa y por ende debe repudiarse el préstamo.[5]

Por Julio C. Gambina | 14/04/2021

 

Notas:

[1] FMI. Comunicado de la Cuadragésima Tercera Reunión del CMFI, 8 de abril del 2021, en: https://www.imf.org/es/News/Articles/2021/04/08/communique-of-the-forty-third-meeting-of-the-imfc

[2] FMI. La economía mundial se está afianzando, pero con recuperaciones divergentes en medio de aguda incertidumbre, en: https://www.imf.org/es/Publications/WEO/Issues/2021/03/23/world-economic-outlook-april-2021

[3] INDEC. Evolución de la distribución del ingreso (EPH). Cuarto trimestre de 2020, en: https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/ingresos_4trim20F7BE1641DE.pdf

[4] The Guardian. Janet Yellen pide una tasa impositiva corporativa mínima global, en: https://www.theguardian.com/business/2021/apr/05/janet-yellen-global-minimum-corporate-tax-rate

[5] https://www.facebook.com/autoconvocatoria.deuda/

Julio C. Gambina es presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP.

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Revolucionar y ecologizar las fuerzas productivas

Una crítica ecologista del paradigma económico marxista

Hay muchas razones para pensar que el posible hundimiento del capitalismo, al menos tal como lo hemos conocido hasta ahora, llegará antes por el choque con los límites naturales del planeta que por el desenlace de las luchas de clases, si bien éstas no desaparecerán, sino que se librarán cada vez más en torno a los conflictos ecológicos. Gracias a las contribuciones de Wolfgang Harich (1975), Manuel Sacristán (1984) y Michael Löwy (2003, 2006 y 2020), entre otros, y en particular de John B. Foster (2004), conocemos hoy la existencia en la obra de Marx y Engels de una consciencia ecológica que impide oponer Marx y ecología. Pero esto no contradice la constatación de que el corpus teórico marxista no ha hecho suyo el paradigma de interpretación ecológico: pese a aceptar la noción de metabolismo, Marx no llevó hasta sus últimas consecuencias el reconocimiento de sus interacciones con los entornos naturales en que se mueve siempre la vida, incluida la vida humana. Las sociedades humanas evolucionan, sin duda, pero modifican el medio y lo pueden alterar tanto que ya no pueda seguir siendo soporte de la vida en su forma habitual: entonces la evolución deja de funcionar como había funcionado antes y se detiene o se adapta, si puede, al nuevo entorno ecológico. Este será el punto de vista desde el cual abordaré mi revisión crítica del marxismo como teoría y de algunas de sus conclusiones políticas.

Límites de la ecología de Marx

Con el uso de la noción de metabolismo —y no en escritos inéditos o marginales, sino en el propio Capital— Marx mostró tener una visión potencialmente ecológica de la economía, que se echa de ver también en su consideración de los trabajadores en términos biológicos, muy alejada de la de los economistas clásicos, que trataban el trabajo como simple mercancía (cf. El capital, libro I, cap. 8), así como en su explicación de la fractura metabólica en la agricultura capitalista. Pero ni Marx ni Engels desarrollaron mucho más allá sus intuiciones protoecologistas. Sus discípulos tampoco, pese a las valiosas contribuciones de autores como Kautsky y Bujarin. En consecuencia, el “marxismo operativo” asumió la ecología de manera superficial, en el mejor de los casos.

Hay tres razones poderosas por las que Marx y Engels no podían ir mucho más lejos. La primera es que en los años de su madurez, la población mundial era del orden de unos 1.500 millones de personas, cinco veces menos que la de hoy. El mundo era todavía un “mundo vacío”, y la huella ecológica estaba lejos de la translimitación actual. La segunda razón es que la industria utilizaba muy pocos minerales metálicos, y lo hacía en cantidades muy modestas. Hoy los progresos científicos nos permiten conocer y utilizar prácticamente todos los elementos de la tabla periódica. En circunstancias semejantes habría sido una proeza haber concebido la idea de límites absolutos de los recursos naturales; y haber previsto que la especie humana se convertiría en un agente geológico y meteorológico capaz de transformar la naturaleza hasta el punto de provocar desastres a escala mundial.

La tercera razón es no haber comprendido que la finitud de las reservas de combustibles fósiles, que iban a convertirse en la base energética del desarrollo industrial de su época, impondrían un límite temporal a la economía que dependía de ellos, y que su agotamiento supondría un desafío fundamental para la continuidad de esa economía. Esta matriz energética, además, se componía de stocks del subsuelo, de modo que su agotamiento obligaría en el futuro a regresar a las energías de flujo —radiación solar, leña, viento, energía muscular animal y humana, etc.— del pasado, aunque a un nivel más elevado, lo que dejaba abiertos muchos interrogantes sobre las relaciones entre sistema económico y medio ambiente.

Hoy sabemos que la humanidad está cerca de los límites absolutos del planeta. Por ende, no basta con considerar que la actividad humana afecta a un único sistema, o algunos, de manera que se puedan corregir los deterioros de las fuentes de vida para que sigan proporcionando riqueza. Hay que aceptar que puede infligir al Ecosistema Global o Biosfera daños irreparables. Kenneth Boulding expresó esta idea con la imagen de la “economía del cow boy”. Esta economía es la que hoy prevalece: no hace falta ocuparse de los daños infligidos al medio natural porque cuando un territorio queda agotado, siempre hay otro un poco más lejos que podrá ser explotado. La alternativa, según este autor, en una “economía de la nave espacial Tierra”, en la que el marco geofísico en que tiene lugar la aventura humana es una unidad o totalidad cerrada (salvo respecto de la energía, que procede del Sol) que hay que contemplar como una reserva limitada de recursos que deben ser constantemente reciclados para proporcionar alimentos, agua y servicios varios a los astronautas que somos los seres humanos. En semejante visión el principio ecológico es el que prevalece.

La noción marxista de fuerzas productivas

El pronóstico según el cual el capitalismo llegaría a su fin debido a luchas de clases como expresión del conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de producción o propiedad hoy no es fácilmente aceptable por dos razones. La primera es que los grupos humanos oprimidos por el sistema —y por eso mismo llamados a luchar contra él— están fragmentados, circunstancia que les dificulta erigirse en sujeto colectivo de la lucha por un cambio. Imperialismo y desarrollo desigual han dado lugar a diferencias enormes entre las clases populares de los países ricos y las de los países pobres, de modo que las agregaciones nacionales suelen tener más fuerza que la unidad de clase por encima de las fronteras. La segunda razón es que las fuerzas productivas heredadas del industrialismo han aportado innovaciones de valor indiscutible —en particular el conocimiento científico—, pero también desarrollos técnicos mal orientados y no adaptados a un buen metabolismo con la naturaleza. Los problemas más graves derivan del uso de recursos materiales y energéticos de la corteza terrestre. Esos problemas pueden clasificarse en dos grandes categorías:

  1. Las energías de flujo (leña, radiación solar, viento, corrientes de agua, etc.) se substituyeron por combustibles fósiles (más tarde se les añadió el uranio), que son energías de stock, dotados de gran versatilidad y densidad energética. Gracias a su calidad y volumen, esas energías hicieron posible un crecimiento exponencial de la población, con una elevada esperanza de vida, y una civilización material que aportó una abundancia sin precedentes de bienes y servicios. El problema de estas fuentes de energía es que su quema causa el calentamiento de la atmósfera y el cambio climático, cargado de graves amenazas para la humanidad; y que están condenadas a agotarse —según cálculos solventes, durante la segunda mitad del siglo XXI (Riba 2011)—. Tendrán que ser reemplazadas por fuentes renovables de energía, las únicas disponibles (si se excluye el uranio por sus peligros), las cuales proporcionan energías de flujo. Estas fuentes no proporcionan tanta potencia como las fósiles, ni cabe esperar que aporten las ingentes cantidades de energía usada actualmente por la especie humana, ni, por consiguiente, sostener una economía de dimensiones parecidas a las de la economía actual.
  2. En lo que respecta a los materiales, las fuerzas productivas industriales han substituido las materias primas preindustriales —que eran sobre todo bióticas (madera, fibras vegetales o animales, pieles, hueso, cuerno…) y por ende renovables— por otras de origen mineral, abióticas y no renovables. Antes se habían empleado minerales (barro, piedra, arena, minerales metálicos…), pero se trataba de materiales que retornaban al medio natural sin contaminarlo peligrosamente, y que se usaban en cantidades pequeñas. Actualmente se usan todos los elementos de la tabla periódica en distintas industrias, mucho más desarrolladas tecnológicamente, y en grandes cantidades, de modo que la enorme demanda industrial de estos minerales supone una amenaza de agotamiento de las reservas del subsuelo del planeta. Además, la extracción y el uso de estos materiales consumen muchísima energía y producen a menudo peligrosas contaminaciones.

Hay que transformar radicalmente las fuerzas productivas

Debe añadirse algo acerca de las energías de flujo. Antes de la era industrial, no se requerían demasiados medios técnicos para captarlas. Bastaban ciertos instrumentos o máquinas: hachas y sierras para la leña, molinos de viento o de agua, velas para navegar, etc. En cambio las energías renovables modernas —eólica, fotovoltaica, solar térmica y termoeléctrica, geotermia, energía de las olas y las mareas, etc.— requieren una metalurgia compleja y otros procesos industriales (células fotoeléctricas, electrólisis, baterías, pilas de hidrógeno…) que necesitan metales y otros minerales. Con las energías renovables modernas la demanda de minerales metálicos experimenta un gran auge, sobre todo porque con el control de la electricidad, esta forma de energía se ha generalizado para numerosos usos, en los que es absolutamente insubstituible. La electricidad requiere aparatos sofisticados que consumen, en su producción y funcionamiento, grandes cantidades de metales, algunos de los cuales son escasos. Además, el uso de las nuevas técnicas se ha puesto al alcance de toda la población, y cada vez en un mayor número de países. Por esto la demanda de los minerales necesarios para satisfacer estas necesidades no cesa de aumentar y se acerca a los límites últimos de las reservas minerales de la corteza terrestre, al menos en el caso de ciertos metales escasos y a la vez estratégicos.

Por todas estas razones, las fuerzas productivas existentes no pueden constituir un fundamento viable, sino que tienen que ser revolucionadas para que resulten ecológicamente sostenibles. Como ha dicho Michael Löwy, para salir del capitalismo y construir un ecosocialismo, “la apropiación colectiva es necesaria, pero habría que transformar también radicalmente las propias fuerzas productivas” (Löwy 2020). Dada la importancia que la noción de producción tiene en este esquema, hace falta revisarla a la luz de lo que hoy sabemos de ecología.

Clasificación de las fuerzas productivas

Para Adam Smith y los otros economistas clásicos de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, había tres factores de producción: tierra, capital y trabajo. Marx, a la vez que aceptaba ese esquema, asumió la observación de William Petty según la cual, a propósito del valor, “la tierra es la madre y el trabajo el padre”, y dio importancia al metabolismo socionatural. El capital sería resultado acumulado de la producción de valor (“trabajo acumulado”), y por tanto un factor ontológicamente derivado de los otros dos. Marx dio una importancia crucial al trabajo como acción específica del ser humano en su interacción con el mundo físico y con los otros seres humanos. Con el trabajo el ser humano no sólo trasforma el mundo exterior, sino que se transforma también a sí mismo, haciendo emerger capacidades, necesidades y aspiraciones nuevas. Pero no explicó qué significa el trabajo humano —ni tampoco la tierra— desde el punto de vista biofísico, pese a reconocer la importancia del metabolismo. (Dejo aquí de lado la distinción crucial que Marx introdujo entre “trabajo” y “fuerza de trabajo”.) Como otros pensadores criticados por la economía ecológica, olvidó o subestimó los flujos físicos a favor de los monetarios.

En cierta manera, se puede aceptar, con Kenneth Boulding, que tierra, capital y trabajo son antes factores distributivos que productivos. Aluden a los tipos de ingreso característicos de las economías modernas: renta (de la tierra), beneficio (del capital) y salario (del trabajo). Esta constatación no quita valor a la fórmula trinitaria, porque en la actividad económica los distintos protagonistas concurren con aquello que están en condiciones de aportar, y esto tiene efectos económicos evidentes. Se puede añadir que los mencionados factores aluden también a la distribución social del poder: el capital da a quien lo controla un poder sobre quien no tiene ningún medio de vida y se ve obligado a trabajar al servicio de un capitalista a cambio de un salario. La observación de Boulding, además, subestima el papel del trabajo ignorando su significación antropológica profunda.

Los factores biogeoquímicos de la producción económica

En cualquier caso, el proceso productivo propiamente dicho se conceptualiza mejor, desde el punto de vista biofísico, con otras categorías. Podemos catalogarlas en ocho factores: 1) trabajo, 2) conocimiento, 3) materiales, 4) energía, 5) herramientas, 6) espacio, 7) tiempo y 8) residuos. El actor de un proceso económico, el trabajador (y/o quien le emplea), concibe mentalmente un proyecto; aplica un conocimiento, tanto del objetivo buscado como de los medios para llevarlo a la práctica; se dota de materiales y de energía de baja entropía que obtiene del medio ambiente; combina estos elementos con la ayuda de herramientas; los procesos implicados requieren espacio y tiempo; y finalmente se emiten partes sobrantes de materiales y energía en forma de residuos, que van a parar al medio ambiente. Este esquema —inspirado en Boulding (1992: 51-57) con algunos cambios— permite describir de manera más transparente las actividades económicas en el marco del entorno biogeoquímico en que tiene lugar el metabolismo socionatural: los materiales, la energía y el espacio provienen del medio natural, al que van a parar los residuos. Este inventario de factores revela así de manera clara que no hay producción al margen del medio ambiente natural.

Interesa también tener en cuenta los conceptos de flujo y fondo (o bienes-fondo). Materiales, energía, productos y residuos circulan: son flujos. Pero en toda producción —como subrayó Georgescu-Roegen (1986: 255-257)— hay elementos estables, los bienes-fondo, que se mantienen inalterables, como las máquinas, los locales, etc., aunque con el tiempo también se degradan convirtiéndose ellos mismos en residuos, y ha de ser reemplazados. Para la continuidad de toda producción hay que proteger la capacidad de los bienes-fondo para posibilitar reiteradamente los procesos de producción y reproducción sin los cuales la vida se interrumpiría.

Producción económica comporta destrucción ecológica

Cuando se habla de producción material se supone la existencia previa de una materia, sometida a una transformación que le da una forma que antes no tenía. Pero no se advierte que toda producción material comporta una destrucción. Al interactuar con el medio natural —obteniendo de él recursos materiales y energía y devolviéndole residuos— los seres humanos alteran ese medio, lo socavan, lo contaminan, lo destruyen. En los ecosistemas naturales las alteraciones provocadas por el juego entre los organismos vegetales y animales y su entorno abiótico se compensan de manera espontánea, manteniéndose la capacidad de dicho entorno para reproducir la vida una y otra vez —salvo cuando se producen mutaciones cualitativas, a veces cataclísmicas, que reorganizan el ecosistema sobre nuevas bases. En cambio, cuando la acción humana es la que actúa sobre el medio, hacen falta intervenciones conscientes y deliberadas para compensar las destrucciones y corregir constantemente las alteraciones infligidas al medio que puedan interrumpir su capacidad de proporcionar bienes y servicios a las comunidades humanas.

Esto ya lo habían descubierto los primeros agricultores y ganaderos hace milenios: sabían que después de la cosecha era preciso restituir a la tierra cultivada los nutrientes extraídos añadiendo estiércol u otros fertilizantes. Sabían que debían luchar contra la erosión de los suelos. Sabían que sólo podían obtener madera del bosque por debajo de su tasa de regeneración. Se autoimponían vedas en la pesca para permitir a las poblaciones de peces recuperarse. Sabían, en suma, que el ser humano es un intruso que no puede sobrevivir ni vivir sin causar algún tipo de heridas a la naturaleza prístina. Pero, como en todos los asuntos humanos, el saber no se aplica siempre de manera consecuente ni menos aun infalible. La ignorancia, la imprevisión, la ambición excesiva o el error de cálculo han conducido a muchas sociedades humanas a destruir su base ecológica de subsistencia y a desaparecer. La consciencia de la destrucción inherente a la producción, pues, ha estado presente a lo largo de la historia, pero siempre coexistiendo con la amenaza de una ambición excesiva que ha desembocado, en no pocas ocasiones, a dejar de aprovechar con prudencia el medio natural.

En el curso de la era moderna tuvieron lugar dos fenómenos que lo cambiaron todo: una explosión demográfica acompañada del saqueo de la biosfera y la fractura metabólica que supuso la dependencia creciente de la especie humana de los recursos minerales de la corteza terrestre.

Explosión demográfica y saqueo de la biosfera

La población mundial, que había crecido lentamente desde los 2 millones de habitantes estimados del Paleolítico hasta los 900 millones en el año 1800, se multiplicó por ocho entre el 1800 y el 2000, alcanzando los 7.500 millones. Este salto imprimió al medio ambiente una huella ecológica muy superior a la de cualquier época anterior, incrementada por unas innovaciones técnicas más agresivas con el medio natural. En un par de siglos se produjo un gran saqueo de la biosfera (Ponting 1992: 221-241). Se liquidaron cantidades inmensas de organismos vivientes, haciendo retroceder la biodiversidad y poniendo las bases de la Sexta Gran Extinción de especies vivas actualmente en curso y provocada por Homo sapiens. La especie humana disputó con un éxito aplastante el espacio vital de la Tierra a todas las restantes especies. Se pasó de un mundo vacío a un mundo lleno de pobladores humanos (Herman Daly).

Fractura metabólica y dependencia de la corteza terrestre

El segundo fenómeno fue una fractura metabólica: hasta la revolución industrial la especie humana había vivido, como los otros animales, de los bienes y recursos proporcionados por la fotosíntesis y había usado las energías libres proporcionadas por la naturaleza (radiación solar, viento, etc.). Con la revolución industrial se empiezan a quemar combustibles fósiles, primero carbón, luego petróleo y gas fósil disponibles en el subsuelo de la Tierra. La humanidad abandonó unas energías de flujo, renovables, por otras de stock, no renovables (Tanuro 2007). Pero, además, las innovaciones científicas y técnicas permiten conocer, descubrir y poner en valor muchos recursos minerales, sobre todo metálicos, antes ignorados. Empieza entonces una carrera para extraer los recursos minerales del subsuelo del planeta. A comienzos del presente milenio la industria utiliza prácticamente todos los elementos químicos de la tabla periódica.

La magnitud de la explotación de los recursos no renovables de la corteza terrestre se echa de ver en las siguientes cifras. La biomasa extraída por las actividades agrícolas, forestales, ganaderas y pesqueras en 1995, expresada en miles de millones de toneladas, ascendía a 10,6, descontando las pérdidas. Por su parte, las rocas y minerales extraídos ascendía el mismo año a 32, descontando los residuos (gangas y estériles) (Naredo 2007: 52, cuadro 1.1). En otras palabras: la humanidad actual extrae del medio natural tres veces más cantidad —en peso— de recursos abióticos del subsuelo que de recursos bióticos producidos por la fotosíntesis.

Tanto los combustibles fósiles —y el uranio— como los minerales metálicos y no metálicos son recursos no renovables, presentes en cantidades limitadas en la corteza terrestre. Si añadimos los fertilizantes de origen también mineral usados en la agricultura moderna, resulta que las sociedades humanas han dado un salto de gran transcendencia: han pasado de depender de recursos renovables y procedentes de la fotosíntesis a depender de recursos no renovables del subsuelo. Este cambio ha permitido intensificar la producción, obteniendo cantidades muy superiores de bienes (entre ellos más alimentos y medicamentos que incrementan la población humana y su esperanza de vida), proporcionando utilidades y comodidades nunca vistas. Pero intensificar la producción en el marco de un sistema socioeconómico expansivo como es el capitalismo ha supuesto intensificar también la destrucción. Las mejoras en el transporte han permitido no depender de los recursos cercanos y llegar hasta el último rincón del mundo para proveerse de lo necesario. La capacidad para no depender de los ecosistemas de proximidad alimenta la ilusión de que al ser humano todo le resulta posible, y que no hace falta reparar los daños infligidos al medio. A partir de ahí, el delirio antropocéntrico de dominación ilimitada ha desencadenado una carrera hacia una destrucción creciente de todas las condiciones de vida que no ha dejado de acelerarse.

Redefinir la noción de producción

En este contexto resulta obligado redefinir la noción de producción en la línea propuesta, asociando producción económica con deterioro ecológico (Naredo y Valero 1999) y proponiendo la tarea previa de minimizar la destrucción y la tarea ulterior de aplicar la regeneración, restauración o reposición como complemento necesario de la producción, a fin de hacer posible una economía sostenible en el tiempo. Hoy se percibe mejor que nunca que nuestros éxitos productivos son indisociables de los “efectos colaterales” destructivos que supone la sobreexplotación de la biosfera y la explotación irreversible de la corteza terrestre bajo el impulso al crecimiento incesante del sistema capitalista. La destrucción asociada a la actual abundancia ha llegado tan lejos que pone en peligro la reproducción mínima necesaria para sostener para toda la población una vida que merezca el calificativo de humana.

¿Qué cabe decir del sistema agroalimentario? Desde sus inicios la agricultura requirió alterar los ecosistemas preexistentes —sobre todo deforestando con el fuego— y reconstruir unos ecosistemas simplificados (agroecosistemas) destinados a asegurar alimentos y otros productos vegetales que han resultado (con excepciones) ecológicamente viables, aunque a menudo empobrecidos desde distintos puntos de vista. Lo mismo puede decirse de la ganadería, la pesca y el aprovechamiento forestal. A lo largo de la historia muchas comunidades agrícolas han sido conscientes de la necesidad de restauración permanente de la fertilidad de la tierra y han hallado fórmulas perdurables. Actualmente la recuperación ecologista de esta consciencia pone en entredicho las prácticas insostenibles de la agricultura llamada industrial aplicadas desde hace un par de siglos. Se está investigando y ofreciendo alternativas, pero no hay alternativa real sin una agricultura ecológica que no dependa de la energía del petróleo ni de otras aportaciones no renovables de la corteza terrestre. Las modalidades más artificializadas de agricultura moderna (cultivo sin tierra, agricultura vertical, etc.) sólo serán prácticas regenerativas viables si pueden prescindir de insumos no renovables.

Por otra parte, en un “mundo lleno” como el actual en el que habrá que renunciar a gran parte del transporte mecánico, deberá garantizarse que la provisión de alimentos sea suficiente y esté al alcance de todos, lo cual implica la máxima proximidad posible entre producción agroalimentaria y consumo, sólo viable con una redistribución espacial de las poblaciones humanas: un regreso a la tierra de millones de personas, un éxodo urbano hacia territorios rurales y ciudades medias y pequeñas más próximas a las fuentes de alimentos.

Para numerosas corrientes del pensamiento moderno agricultura, ganadería y pesca se han visto como sectores “tradicionales”, incapaces de modernizarse y contribuir significativamente al crecimiento económico por su menor capacidad para introducir aumentos de productividad. Se ha considerado a los campesinos poco menos que una rémora del pasado. Hay que superar esta visión: hay que restituir al sector agroalimentario y a sus protagonistas la importancia vital que tienen. La crisis a la que nos encaminamos los colocará en el lugar que les corresponde: un lugar central en la sociedad.

Las graves incógnitas del saqueo de la corteza mineral de la Tierra

Si persisten las tasas actuales de extracción y reciclado, se llegará a un punto en que los minerales aprovechables de la Tierra no bastarán para unas demandas industriales que no cesan de aumentar. Habrá que adaptarse a cantidades inferiores. El metabolismo industrial sólo podría imitar los procesos circulares de la biosfera si la energía usada por el ser humano fuese toda ella renovable y se reciclara el 100% de los materiales, lo cual es imposible. Es oportuno recordarlo cuando los voceros del capitalismo verde ofrecen el paso a una “economía circular” como una solución milagrosa a nuestro alcance.

El agotamiento de los combustibles y el uranio, previsto para la segunda mitad del siglo XXI, privará a la humanidad de las fuentes energéticas que han alimentado —hasta en un 85%— toda la civilización industrial. Habrá que encontrar fuentes alternativas de energía, que no podrán ser más que las renovables. Pero captar las energías renovables exige espacio y materiales, y las reservas de los metales necesarios para hacer funcionar las infraestructuras de captación no bastan para obtener la cantidad desmesurada de energía que usa la actual sociedad industrial (García Olivares, Turiel et al.: 2012). Será preciso reducir drásticamente el uso de energía y, por tanto, de recursos materiales y artefactos. Teniendo en cuenta el volumen de la población mundial y la cantidad y calidad de sus demandas, esta situación planteará retos de muy difícil solución. El drama que amenaza el inmediato futuro radica en haber construido una civilización material sumamente rica, compleja y energívora gracias a una abundancia de energía de stock de elevada densidad que se habrá agotado en el curso de pocos decenios.

El cambio climático puede parecer una amenaza más peligrosa que la perspectiva de un declive energético. Pero ello equivale a ignorar el papel estratégico que desempeña la energía en todas las actividades humanas; y a ignorar también que la emergencia climática solo puede enfrentarse eficazmente suprimiendo la quema de combustibles fósiles. McGlade y Ekins estiman que la quema entre 2010 y 2050 de todas las reservas fósiles conocidas triplicaría las emisiones de CO2 que mantendrían la temperatura del planeta por debajo de los 2 ºC, y para evitarlo proponer abstenerse de extraer del subsuelo 1/3 del petróleo, 1/2 del gas y 4/5 del carbón (Van der Ploeg y Rezai 2017). Pero en ambos casos —tanto si se adopta esta medida de autocontención como si se queman de manera irresponsable todos los combustibles fósiles a nuestro alcance— el problema del suministro de energía sería el mismo. En los dos supuestos la especie humana se encaminaría —con ritmos y efectos diferentes— hacia una dependencia decreciente de los combustibles fósiles y hacia una transición obligada (felizmente obligada) hacia un modelo energético renovable. La necesidad de adaptarse a un modelo energético renovable, dependiente de energías de flujo de densidad menor, no garantizará que se pueda mantener sin cambios importantes la actual civilización material a la que la gente se ha acostumbrado, lo cual impondrá un decrecimiento que puede resultar traumático, a menos que tenga lugar en un marco social completamente nuevo, ecosocialista.

Las estimaciones sobre disponibilidad de los materiales de la corteza terrestre indican que, si siguen los actuales ritmos de extracción, se agotarán los metales y otros materiales estratégicos en períodos que oscilan entre los 40 y los 100 años (Pitron 2019: 192). Esto augura un futuro en que ha humanidad tendrá que hacer funcionar su sistema productivo con un acervo de recursos que no sólo será limitado, sino obligadamente decreciente a partir de un punto determinado, ya que el reciclado no es posible con rendimientos del 100%, de modo que el sistema productivo deberá adaptarse a una cantidad menguante de materiales de la Tierra. Actualmente las cantidades de metales reciclados quedan lejos de las extraídas del subsuelo. El porcentaje de metal reciclado que se destina a la demanda final es para el aluminio del 34-36%, para el cobalto del 32%, para el cobre del 20-37%, para el níquel del 29-41% y para el litio de menos del 1% (World Bank 2020 [cifras de UNEP 2011]). Si prosiguen las actuales tasas de extracción y reciclado, pues, llegará un momento en que los metales disponibles no bastarán para satisfacer las demandas de unos usos industriales en expansión permanente. Será preciso adaptarse a una dotación menor. Como vio lúcidamente Georgescu-Roegen hace medio siglo, el principal obstáculo a la continuidad del industrialismo es más de materiales que de energía (cf. Naredo 2017: 75-76).

La finitud de la corteza terrestre, pues, pone un límite a los minerales aprovechables, incluyendo en este límite la cantidad de metales necesaria para un modelo energético 100% renovable y para la digitalización que requeriría dicho modelo con las actuales tecnologías de captación y control digital y con los actuales niveles de uso energético. El actual uso masivo de recursos minerales no renovables es el caso más flagrante de destrucción asociada a la producción porque su extracción es irreversible e irrepetible y la degradación entrópica asociada a su utilización reduce irremediablemente su disponibilidad futura. De cara al porvenir, será inevitable adoptar formas de existencia humana sobre una base material más reducida. ¿Será viable entonces la vida humana? ¿Y la civilización?

No hay respuestas concluyentes a tales interrogantes. La probabilidad de un estado de guerra prolongado por recursos crecientemente escasos es muy alta porque los países más ricos y poderosos tendrán la tentación de acaparar todo lo que puedan a cualquier precio. Pero incluso sin catástrofes bélicas el declive energético —y por tanto también de materiales— traerá consigo regresiones, colapsos y retrocesos en los niveles de complejidad y de civilización imposibles de pronosticar. También cabe imaginar que una pequeña parte de la humanidad pueda llegar a dominar una cantidad suficiente de fuentes de recursos del subsuelo para erigirse (al menos durante un tiempo, antes de agotar su propia base material) en potencia dominante sobre el resto de la humanidad. El desigual reparto de recursos del planeta permite imaginar escenarios de futuro muy variados, incluidas las distopías más devastadoras.

Paradójicamente, puede ocurrir que la finitud de los recursos de la Tierra sea el obstáculo insuperable que logre detener la carrera hacia el abismo. Así como la escasez de metales imposibilita construir una infraestructura de energías renovables que pueda suministrar a la humanidad las cantidades de energía usadas hoy, también hará imposible el despliegue previsto de las redes de comunicación y la digitalización que promueven y celebran los heraldos de dicho progreso. Los sistemas informático —incluso antes del despliegue del 5G— utilizan ya cantidades de energía comparables a las utilizadas por toda la aviación civil mundial, y tienen necesidades en metales escasos que alcanzarán pronto sus límites. El sistema mundial de transporte topará con límites semejantes si se pretende mantener la flota actual de vehículos pero reconvertida a energías renovables: “Transformar la actual flota de vehículos con motor de combustión (990 millones de automóviles, 130 millones de camionetas, 56 millones de camiones y 670 millones de motos) en una flota de vehículos eléctricos requeriría el 33% del litio, el 48% del níquel y el 59% del platino existentes en la corteza terrestre. Esto sería técnicamente factible, pero aun en este caso, podría provocar un aumento enorme de los precios de estos metales y bloquear la demanda de los mismos para otros usos industriales” (Bellver 2019).

En un horizonte de penuria, la ciencia puede ofrecer innovaciones útiles. La “ciencia de los materiales”, por ejemplo, puede obtener substancias artificiales con las que lograr ciertos servicios con cantidades muy inferiores de masa, como el grafeno, que se fabrica con un elemento muy abundante en la naturaleza: el carbono. La investigación deberá orientarse a la mejora de la eficiencia en energía y materiales. Constituirá sin duda una parte importante de la necesaria transformación de las fuerzas productivas hacia un metabolismo mejorado y simplificado en el seno de una economía humanista sin crecimiento.

Paradigmas ecológico y evolucionista

El corpus teórico marxista no vincula el industrialismo moderno con la fractura metabólica fosilista y la dependencia masiva de los minerales de la corteza terrestre, revelando así que se trata de una visión no ecológica. No haber comprendido la diferencia radical entre un metabolismo basado en la fotosíntesis y las energías libres y otro basado en recursos no renovables y finitos, destinado al callejón sin salida del agotamiento de los stocks del subsuelo, es una debilidad teórica que impide abordar adecuadamente la interpretación del industrialismo y sus perspectivas. Daniel Tanuro (2007) lo ha percibido correctamente cuando dice que ni Marx ni Engels “parecen haber comprendido que el paso de la leña a la hulla constituía un cambio cualitativo muy importante: el abandono de una energía de flujo (renovable) a favor de una energía de stock (agotable)”. Pero no desarrolla esta idea hasta su desenlace lógico: el paso de la leña a la hulla ha permitido un crecimiento excepcional de las fuerzas productivas que el movimiento inverso —en este caso, del petróleo a la eólica/fotovoltaica— no podrá mantener al mismo nivel y con las mismas formas. Se trata de lo que Alain Gras llama “la trampa de las energías fósiles”. La demanda de energía (de flujo) con las tecnologías modernas acarrea la demanda paralela de minerales, de manera que no se trata de pasar simplemente del uso de recursos de stock al de recursos de flujo, pues los recursos de flujo requieren también bienes de stock, y en grandes cantidades debido al nivel muy alto de consumo y de necesidades al que las poblaciones humanas se han acostumbrado. Será preciso revolucionar las fuerzas productivas, construir una matriz productiva nueva y distinta, asentada sobre un sistema de energías renovables de flujo. Y aceptar las limitaciones de la producción correspondientes.

Un elemento de la perspectiva de futuro que resulta invisible con este marco teórico es que el agotamiento de la matriz energética fosilista imposibilitará la continuidad del capitalismo como sistema socioeconómico basado en la expansión indefinida de la producción de valor y, por tanto, de la apropiación y acumulación de recursos naturales. Este tope —intrínsecamente ecológico— supone un obstáculo para la continuidad del sistema mucho más contundente que el tope social contemplado por Marx y Engels: “la burguesía produce ante todo sus propios sepultureros. Su desaparición y la victoria del proletariado son igualmente inevitables” (Manifiesto del partido comunista). Y este límite ecológico condiciona también el futuro, incluso en la perspectiva del ecosocialismo: habrá que adaptarse a un modelo energético de menor potencia y renunciar a las formas actuales de abundancia material, abundancia que no debe confundirse con bienestar.

Es posible que se haya agotado el tiempo para una salida constructiva y que no nos quede otra alternativa que prepararnos para lo peor. En todo caso, la perspectiva de una u otra forma de colapso ecosocial sólo es imaginable a partir de un paradigma ecológico, no evolucionista. (Hay que decir también que de Marx siempre cabe esperar sorpresas, pues, como sucede a menudo con los pensadores grandes, era capaz de pensar con gran libertad fuera de sus propios marcos conceptuales. Al comienzo del Manifiesto comunista dice, en efecto, que la lucha de clases a lo largo de la historia ha terminado “siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna” [cursiva añadida]. La observación contrasta marcadamente con el tono evolucionista del texto en que figura y que caracteriza el marxismo tal como se desarrolló tras la muerte de su autor…)

En algo así se resume el cambio de paradigma necesario.

Por Joaquim Sempere | 14/04/2021

 [Versión modificada del artículo publicado con el mismo título en Revista de Economía Crítica, núm. 30 (segundo semestre de 2020)]

 

Referencias bibliográficas

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Publicado enMedio Ambiente
Marxismo ecológico, elementos teóricos

Uno de los puntos de partida en la búsqueda de algún atisbo político-ecológico en la obra de Marx y Engels, es el análisis que los fundadores del materialismo histórico hacen del metabolismo entre la sociedad y la naturaleza mediada por el trabajo.

A pesar de los prejuicios en el ecologismo en relación con la teoría marxista, cabe resaltar los diversos pasajes en los cuales Marx y Engels analizaron los vínculos entre el mundo social y el mundo natural (Sabbatella y Tagliavini, 2011a), específicamente, el intercambio material que existe constantemente entre la sociedad y la naturaleza mediante la actividad productiva del ser humano, la cual se sustenta de la misma naturaleza a la que transforma y por la que es transformado(Arias Maldonado, 2004, p. 78). La teoría marxista identifica al ser humano como parte de la naturaleza, no como esta creada para el ser humano. Como menciona Schmidt: “la naturaleza es para Marx un momento de la praxis humana y al mismo tiempo la totalidad de lo que existe”(1977, p. 23).

     El trabajo permite crear las condiciones necesarias para el desarrollo de la vida humana en la naturaleza, es la actividad que permite al ser humano, a diferencia de los demás seres vivos que pueden adaptarse de manera orgánica al medio natural, sobrevivir a este medio(Bosch, Carrasco y Grau, 2005, p. 329). Por medio del trabajo se actúa sobre la naturaleza, de esa forma se crea una realidad objetiva externa la cual da sentido y fundamenta la existencia del ser humano(Ortega Hernández, 2018, p. 4). Además, como señala Arias Maldonado: “la transformación de la naturaleza a través del proceso del trabajo es, a fin de cuentas, el origen y motor de la historia en el materialismo histórico marxista” (2004, p. 63).Es decir, el estudio de la historia de la sociedad parte del análisis del intercambio material entre el ser humano y la naturaleza. “Es a partir de este a priori social como Marx puede construir toda una concepción de la sociedad, constituyendo una teoría verdaderamente comprensiva de la totalidad social” (Koppmann, 2013, p. 30).

Para Marx la transformación de la naturaleza externa al ser humano es, al mismo tiempo, una transformación de su naturaleza interna. La relación del ser humano con su naturaleza externa es dialéctica, pues el ser humano no solo transforma el medio, sino que, al hacerlo, se transforma a sí mismo en sus propias relaciones interespecíficas (Foladori, 2005, p. 123). Por ende, en la teoría marxista deja de tener fundamento la consideración del ser humano como un ente abstracto y totalmente aislado. La ciencia (marxista) de la sociedad adquiere un nuevo concepto de naturaleza, reunificando la ciencia natural con la ciencia de la sociedad en la medida en que ambas constituyen la ciencia de los seres humanos en el mundo social (Koppmann, 2013, p. 30).

La naturaleza contiene desde el punto de vista del análisis marxista un elemento objetivo y otro subjetivo. Como señala Foladori, el elemento objetivo está dado por las características materiales del medio, por ejemplo, la biodiversidad, mientras que el elemento subjetivo está dado por el hecho de que la biodiversidad sea apropiada yexplotada, y las consecuencias ambientales de su transformación y destrucción afecten de forma desigual a los diferentes grupos y clases sociales (2005, p. 123).En los Tomos I y III de El Capital, expuso Marx las consecuencias diferenciadas de la apropiación de las características materiales del medio, específicamente en relación con el desarrollo de la agricultura moderna del sistema capitalista: la acumulación en pocas manos de grandes extensiones de tierra tiene como consecuencia el desplazamiento rural y, por consiguiente, el hacinamiento urbano de los desposeídos y la disminución gradual de los medios de vida (Bellamy Foster, 2000, pp. 240-241).Marx no analizó la agricultura de manera abstracta, sino el desarrollo de la agricultura capitalista en una sociedad dividida en clases antagónicas, haciendo énfasis en la producción de plusvalía mediante la explotación tendencialmente creciente de la naturaleza y la clase trabajadora, objetivo último de las fuerzas productivas en el capitalismo (Pérez y Ramírez Chaves, 2020, pp. 61-62).

Fue Marx el primer economista en incorporar en su estudio de la sociedad capitalista las nociones de energía y entropía, que surgen de la primera y segunda leyes de la termodinámica. Por ende, su análisis de la ruptura del metabolismo entre los seres humanos y el suelo, parte del “resultado del traslado de alimentos y fibras a la ciudad, donde los nutrientes extraídos del suelo, en lugar de regresar a él, terminan contaminando el aire y el agua” (Bellamy Foster,citado en Boltvinik, 2015, p. 21). Marx subrayó la naturaleza y el trabajo como fuentes de la riqueza, distinguiendo y criticando a quiénes consideraban únicamente al trabajo como fuente de toda riqueza. En general, la naturaleza en la obra de Marx adquiere un carácter fundamental, entendida ésta como la fuente de los valores de uso, que al final son los que verdaderamente integran la riqueza material.Y especial énfasis hace Marx en la irracionalidad de la propiedad privada de los bienes naturales, cuando la función de la humanidad es su conservación para garantizar el sostenimiento (generacional) de la especie humana sobre la Tierra:

Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan absurda como la propiedad de un hombre en manos de otro hombre. Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como boni patres familias [buenos padres de familia], a las generaciones venideras (Marx, 2009, p. 987).

ParaSacristán, generaciones de marxistas profundizaron su análisis, por ejemplo, en cuestiones relacionadas con la tecnificación de la agricultura o la reducción de la población agrícola en relación con los pasajes acerca de la agricultura capitalista en El Capital, “pero sin reparar en lo que decían acerca de la relación entre la especie humana y la naturaleza” (1984, p. 46). No obstante, la desestabilización del metabolismo sociedad-naturaleza a escala planetaria debido al proceso de acumulación infinita de capital, conllevó a una fundamentación más ecológica de la teoría marxista, resaltando la importancia del intercambio material y las consecuencias en las relaciones de clase de la apropiación desigual de las condiciones materiales (Bellamy Foster, 2017, p. 96). Teniendo en cuenta que “los problemas de ecología política son problemas prácticos, no ideológicos” (Sacristán, 1984, p. 40), la teoría marxista ha influido en la práctica ecológica, y la ecología ha influido en la práctica socialista. Por ende, la relación entre la teoría marxista y la ecología ha sido compleja, interdependiente y dialéctica (Bellamy Foster, 2017, p. 88).

     Respecto al marxismo ecológico en sí, fue James O’Connor (2001) quien acuñó el término basándose en el metabolismo sociedad-naturaleza de la teoría marxista y analizando la inminencia de crisis económicas derivadas de la subproducción de capital que la apropiación y destrucción de la naturaleza suscita. Lo anterior, debido a la degradación de las condiciones naturales de producción, cuyos costos ecológicos disminuyen la rentabilidad del capital (Boltvinik, 2015, p. 25). A lo anterior, O’Connor le llamó la segunda contradicción del capitalismo.

La segunda contradicción del capitalismo

O’Connor (2001) distingue el origen de las crisis económicas en la teoría marxista tradicional del origen en la teoría marxista ecológica. Para la teoría marxista tradicional, el origen de las crisis económicas es la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Es decir, la contradicción entre la producción y la realización (o apropiación) del valor y la plusvalía. Para la teoría marxista ecológica, el origen de las crisis económicas es la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, por un lado, y las condiciones naturales de producción, por el otro. Dichas contradicciones son denominadas primera y segunda contradicción del capitalismo, respectivamente.

     Marx distinguió tres tipos de condiciones naturales de producción (O’Connor, 2001): (1) las condiciones físicas externas (condiciones naturales); (2) la fuerza de trabajo (condiciones personales); y, (3) el medio construido (condiciones comunales). Las condiciones naturales de producción no son producidas de manera capitalista, sin embargo, el capital las trata como si fuesen mercancías. Por lo tanto, “sus condiciones de oferta (cantidad y calidad, lugar y tiempo) tienen que ser reguladas por el Estado o por capitales que actúan como si fuesen el Estado”. En general, la base fundamental de la segunda contradicción del capitalismo es la apropiación autodestructiva por parte del capitalismo de las condiciones naturales de producción, que al final constituye la creación de límites físicos para la acumulación infinita del capital, generando una crisis de costos. El capital, para existir, debe expandirse de manera infinita, y, por ende, tiende a degradar las condiciones de su propia producción (Kovel, citado en Crevarok, 2006, p. 238). Para el capital no basta con apropiarse de la naturaleza para tratarla como una mercancía, sino “rehace[r] a la naturaleza y sus productos biológica y físicamente (y política e ideológicamente) a su propia imagen y semejanza” (O’Connor, 2000, p. 16).

     La sustentabilidad del capitalismo tambalea cuando se incrementan significativamente los costos de las condiciones naturales, personales y comunales, ya que además de la primera contradicción, el capitalismo enfrenta la posibilidad de una segunda contradicción, que está acompañada de una crisis económica (O’Connor, 2000, p. 21).El capital es incapaz de abstenerse de autodestruir sus propias condiciones naturales de producción, lo cual genera un aumento de los costos. Además, la cuestión del abastecimiento de las condiciones naturales de producción puede ocasionar un problema para la producción de la plusvalía, representando una barrera externa para la acumulación de capital (Sabbatella y Tagliavini, 2011). O’Connor señala que la crisis de costos se origina de dos maneras: primero, cuando el capital obtiene ganancias degradando las condiciones materiales y sociales de producción, sin lograr mantenerlas en buen estado durante largo tiempo. Por ejemplo, el incremento de los costos de las condiciones sanitarias de trabajo o el descenso de la productividad de la tierra. Y segundo, cuando la presión de los movimientos sociales obliga al capital a preservar y restaurar las condiciones naturales de producción (2000, p. 22).

     No obstante, la segunda contradicción no puede entenderse de manera abstracta, sino objetiva y subjetivamente según el análisis marxista. Es decir, la afectación diferenciada de la crisis según la clase social. Y en el marco de la globalización, según la marcada diferencia entre el Norte rico y el Sur pobre. No es un secreto que el capitalismo en su afán de acumular ocasiona la destrucción ecológica más descarada, e incluso que pueda lucrarse con la degradación de la naturaleza hasta llegar al punto de no-retorno (Boltvinik, 2015, p. 26). Cuando las condiciones naturales de producción del Norte empiezan a degradarse y generar tensión en la formación social capitalista, el problema es desplazado al Sur. El Sur es obligado, por ejemplo, a aceptar los residuos del Norte, someterse a severas limitaciones de producción industrial, e incluso desarrollar formas de producción ecológicamente más sustentables en nombre del desarrollo (Wallerstein, citado en Sabbatella y Tagliavini, 2011b). Lo anterior, es una característica del proceso de valorización infinito de la naturaleza en general que traspasa las fronteras del Estado-nación, pero que enfrenta las barreras físicas de las condiciones naturales de producción, más cuando la restauración de dichas condiciones lleva más tiempo del que se tardó en ser destruidas. Claramente la consecuencia de la destrucción de los bienes naturales afecta desigualmente según la clase social, independientemente si adquiere dimensiones globales.

La segunda contradicción que genera en un primer momento una crisis ecológica “constituye cada vez más la amenaza más obvia no sólo para la existencia del capitalismo sino para la vida del planeta” (Bellamy Foster, 1992, p. 167).

Pero mientras el capital encuentra en la práctica salidas a sus barreras físicoeconómicas, la población en general, y las clases trabajadoras con mayor razón, se ven sometidas, crecientemente, a vivir en un mundo cada vez más inhóspito por causa principal, aunque no exclusiva, de las relaciones mercantiles y capitalistas (Foladori, 1996, p. 133).

Por Juan Camilo Delgado Gaona | 02/03/2021

 

Referencias

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Bellamy Foster, J. (1992). La ley general absoluta de la degradación ambiental en el capitalismo. Ecología Política, 4, 167-169.

Bellamy Foster, J. (2000). La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza. Ediciones de Intervención Cultural / El Viejo Topo.

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Bosch, A., Carrasco, C. y Grau, E. (2005). Verde que te quiero violeta. Encuentros y desencuentros entre feminismo y ecologismo. En E. Tello.La historia cuenta: del crecimiento económico al desarrollo humano sostenible (pp. 321-346). El Viejo Topo.

Boltvinik, J. (2015). Límites objetivos del capitalismo, múltiples tendencias que anuncian el fin del capitalismo y paradoja de Lauderdale. Mundo Siglo XXI, 11(37), 11-26.

Crevarok, C. (2006). El capitalismo y la ‘crisis ecológica’. Lucha de Clases, 6, 235-246.

Foladori, G. (1996). La cuestión ambiental en Marx. Ecología Política, 12, 125-138.

Foladori, G. (2005). Una tipología del pensamiento ambientalista. En G. Foladori y N. Pierri (Coords.).¿Sustentabilidad? Desacuerdos sobre el desarrollo sustentable(pp. 83-136). Universidad Autónoma de Zacatecas.

Koppmann, W. (2013). Reflexiones sobre la naturaleza y la praxis en Marx. Hic Rhodus, 4, 27-38.

Marx, K. (2009). El Capital. Tomo III. Vol. 8. (11.a ed.). Siglo Veintiuno Editores. (Original publicado en 1894).

O’Connor, J. (2000). ¿Es posible el capitalismo sostenible? Papeles de Población. 6(4), 9-35.

O’Connor, J. (2001). Causas naturales. Ensayos de marxismo ecológico. Siglo Veintiuno Editores.

Ortega Hernández, M. C. (2018). Materialización del sujeto y subjetivación de la materia. Líneas de Fuga, 4, 3-6.

Pérez, C. y Ramírez Chaves, Y. La vorágine desarrollista y la crisis ecológica del capitalismo. Líneas de Fuga, 6, 55-66.

Sabbatella, I. y Tagliavini, D. (2011a). Marxismo ecológico: elementos fundamentales para la crítica de la economía-política-ecológica. Herramienta,47.

Sabbatella, I. y Tagliavini, D. (2011b). Apuntes para la construcción de una ecología marxista. IX Jornadas de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Buenos Aires.

Sacristán, M. (1984). Algunos atisbos político-ecológicos de Marx. Mientras Tanto, 21, 39-49.

Schmidt, A. (1977). El concepto de naturaleza en Marx. (2.a ed.). Siglo Veintiuno Editores.

Juan Camilo Delgado Gaona. Ingeniero Ambiental. Militante de la Juventud Comunista Colombiana

Publicado enMedio Ambiente
Lunes, 08 Febrero 2021 05:48

Más y más

Más y más

El caso de GameStop sigue atrayendo la atención y generando un amplio espectro de puntos de vista. Expone una relevante tendencia de la economía que se repite de diversas formas. Ésta no es una mera anécdota. El problema se centra en la constante y creciente deformación de las funciones del dinero y del crédito. O, más bien, se trata de una de sus principales manifestaciones. Esto, que no es nuevo, sesga las reglas imperfectas del juego, cargado preferentemente hacia una de las partes.

El asunto se plasma de modo claro en la expresión D-D^; dinero que se convierte directamente en dinero incrementado; es decir, pasar de una cantidad de dinero a otra esperablemente mayor, mediante una serie de transacciones, pero sin que involucre la actividad productiva y la creación de riqueza (empleo, ingreso, inversión, consumo, bienestar) y, además, en el tiempo más corto posible. Otro testimonio de la inmediatez en la que se desenvuelve, cada vez más, la experiencia vital.

Ésta es la expresión del problema central de la naturaleza del dinero como una mercancía, es más, la mercancía por antonomasia. En efecto, por ahí empieza el estudio del capitalismo hecho por Marx y, también, el análisis de lo que se convirtió en la macroeconomía formulada por Keynes tras la crisis de 1929-33 y secuestrada prácticamente tras su publicación por los teóricos neoclásicos.

Se trata de cuando el dinero adquiere un significado por sí mismo. Una buena parte del valor de la actividad financiera se centra en las transacciones de los fondos de cobertura (hedge funds). Una de sus principales operaciones por monto y nivel de rentabilidad es la apuesta de que el valor de la acción de una empresa caerá. Se trata de una operación altamente especulativa, las ventas en corto, algunas de las cuales se hacen incluso sin que medie el traspaso real o electrónico de los títulos, sino que se hacen, como dicen en el argot: desnudas.

La rebelión de los pequeños inversionistas que se comunicaron mediante la plataforma de Reddit- r/wallstreetbets y operaron con base en la de Robinhood contra los fondos de cobertura, se ha tomado como un intento de democratizar la participación en los mercados financieros y contra el poder de las grandes firmas. Una forma de hacer justicia, David contra Goliat según han dicho algunos.

Pero lo cierto es que lo ocurrido y la existencia de mayores medios para hacer transacciones financieras en Internet abrieron un espacio para que el juego de D-D^ se extendiera a los pequeños, muchos de ellos; por cierto, su número se estima en cinco millones de participantes. Querían lo mismo que los fondos a los que atacaron, querían ganar incluso más rápido y usaron de modo muy audaz los mecanismos a su disposición. Nadie se lamentará por los fondos de cobertura altamente especulativos y que tienden incluso a alentar el resultado por el que apuestan, es decir, desvalorizar a una empresa y sacar beneficio. Tampoco habría que exaltar a los otros especuladores.

En efecto, se abrió el espacio del juego hasta que las reglas de funcionamiento de los mercados, avaladas por las autoridades financieras, cerraron la llave y las operaciones se cancelaron. Funcionó, la plomería de los mercados que, al parecer, ni Robinhood ni sus usuarios tuvieron suficientemente en cuenta, craso error.

Aunque Robinhood no cobra comisiones a sus usuarios por la compraventa de títulos, sí tiene que mantener los fondos exigidos por las cámaras de compensaciones que aseguran que el dinero fluya a las cuentas que debe, lo mismo que los títulos intercambiados. Las cámaras sí cobran y ganan del margen de las transacciones de compra-venta.

Robinhood no tenía los fondos para seguir asegurando las crecientes operaciones de sus usuarios, el precio de la acción de GameStop se desplomó y el asunto acabó en una forma convencional de pirámide financiera, o sea que los que entraron al final comprando caro fueron los paganos de esta aventura. En el camino se llevaron por delante a grandes fondos de cobertura, tan sólo uno de ellos, Melvin Capital, perdió 2.8 mil millones de dólares, agujero que tapó mediante la aportación de otros fondos que lo respaldaron. En total las pérdidas en el sector se estiman en el orden de 6 mil millones. Toda la artillería se usó por ambas partes; unos ganaron y otros perdieron. GameStop eventualmente quebrará. La sociedad no mejoró ni un ápice.

Esto no descalifica, de ninguna manera, el hecho de que se desenmascaró, otra vez, el poder detrás de las grandes instituciones financieras, poder que no debe sorprender a nadie, sólo eso falta, y, también, las reglas y la permisividad en el que todo el tinglado se sostiene.

Este caso ocurre al mismo tiempo en que los mercados de valores como Wall Street están altamente sobrevaluados, los papeles se intercambian una y otra vez y, como ocurrió con GameStop y los miles de millones de dólares que todo eso involucró, ni un solo dólar se destina a la inversión productiva. Y los reguladores hacen el trabajo que los legisladores avalan. El sistema está carcomido. Muy pocos consiguen que D-D^, pero el impacto negativo es enorme.

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