Más de un millar de ciudades del mundo se suman a la revuelta generacional por el cambio climático

Las señales del impacto del cambio climático se agolpan alrededor del mundo. Y los jóvenes han dicho basta. Pertenecen a una generación que recibe como herencia un problema que ellos no han creado. Este viernes están saliendo a denunciarlo en más de un millar de ciudades del planeta (unas 50 en España). Protestan contra la inacción de los Gobiernos ante una crisis ambiental que ya no se puede revertir pero sí mitigar. La solución para que el calentamiento no tenga consecuencias tan devastadoras se conoce: eliminar los gases de efecto invernadero de la economía, según exponen la mayoría de los científicos.

"Los políticos no están haciendo lo suficiente", se lamenta desde Adelaida (Australia) Tomás Webster Arbizu, de 13 años. Este adolescente es uno de los miembros en su ciudad del movimiento Friday for Future, que se inspira en Greta Thunberg, la joven sueca que en agosto decidió parar todos los viernes como protesta por la falta de ambición de su país ante el calentamiento global.


Su gesto se fue contagiando a otros chicos a lo largo del planeta. Australia fue uno de los países en los que primero prendió la protesta. En noviembre se celebró una primera gran huelga. 15.000 personas participaron en las concentraciones, recuerda Webster por teléfono. Cuatro meses después, los organizadores esperan que se duplique la asistencia. Y ya no se trata de un movimiento de carteles cutres y lemas pintados de colores. Webster explica que tienen un listado de 30 peticiones concretas para su Gobierno. Enumera las más importantes: "Se debe impedir que se abra la mina de carbón de Carmichael, que sería la más grande del hemisferio sur. Se debe frenar la producción de combustibles fósiles en el país y en Australia en 2030 toda la energía debe ser renovable".


Mientras que en muchos países, como Australia, las protestas han sido ya masivas, en España las pocas concentraciones que se han celebrado apenas han reunido a algunos centenares de estudiantes. Y eso que, según el CIS de noviembre –que realizó varias preguntas sobre el cambio climático– parece que no hay muchas dudas sobre el problema. Hasta el 83,4% de los encuestados para ese sondeo sostuvo que existe el cambio climático y hasta un 93,4% de ellos consideró que la acción del hombre influye mucho o bastante en ese calentamiento.


La prueba de fuego para el movimiento será este viernes en España. Algunos datos parecen apuntar a la concienciación de los jóvenes. "En España, desde hace casi un año, en los estudios de opinión se ve que entre las principales preocupaciones los jóvenes figuran, además de la igualdad, el cambio climático", apunta Belén Barreiro, socióloga y directora de 40dB. Y esa preocupación disminuye cuanto mayor es la edad del encuestado, añade. Barreiro considera que este puede ser un rasgo distintivo de esa generación y que se puede achacar a que "se han socializado" en un mundo cargado de información sobre los efectos del cambio climático. "Cada vez la información es más clara sobre el cambio climático", añade Barreiro.


En los últimos años son incontables los estudios e informaciones sobre las señales del cambio climático. Y no se trata de avisos de lo que podrá ocurrir en el futuro, sino de lo que está ocurriendo ya. Por ejemplo, durante el último decenio se han dado en el planeta ocho de los 10 años más cálidos desde que hay registros fiables. Esos registros datan de finales del XIX, de la segunda Revolución Industrial, cuando se empezó a torcer la salud del planeta. En las zonas desarrolladas del mundo, gracias a los avances tecnológicos, el ser humano ha alcanzado un nivel de bienestar inédito. Pero el crecimiento se ha basado en unos combustibles fósiles –carbón, petróleo y gas natural– que al quemarse liberan los gases de efecto invernadero que guardaban en su interior.


La masiva quema de esos combustibles, aunque arrancó con la Revolución Industrial, no se disparó hasta los años cincuenta del siglo pasado. “La gran aceleración se produce a partir de la II Guerra Mundial, cuando se dispara el consumo de combustibles fósiles, los daños ambientales, el uso de agua”, explica Amaranta Herrero, profesora de Sociología Ambiental en la Universidad Autónoma de Barcelona. Esta docente e investigadora es una de las promotoras de un escrito de apoyo a la protesta de este viernes que han firmado unas 300 personas ligadas al mundo científico.


La alianza entre la ciencia y los jóvenes es otro de los rasgos diferenciadores de esta protesta. En Alemania –donde también se han producido nutridas manifestaciones en las últimas semanas– hasta 12.000 científicos han firmado un escrito similar. "Existe un desfase gigante entre el consenso científico sobre el cambio climático y la falta de acción de los políticos", señala la investigadora Herrero. "Desde la comunidad científica nos preguntábamos cómo no reaccionaba la sociedad. Hay un consenso científico brutal y hay que gritarlo", añade.

La ciencia señala, por ejemplo, a una concentración en la atmósfera de dióxido de carbono –el principal gas de efecto invernadero– que se ha disparado más de un 30% desde 1960. “Las pruebas del cambio climático actual son inequívocas (...) Desde 1880 la temperatura media de la superficie mundial ha aumentado entre 0,8 y 1,2 grados”, recordaba esta semana el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. La ONU advertía también del incremento en la frecuencia e intensidad de los fenómenos extremos –como inundaciones o sequías– asociados al cambio climático que ya se está produciendo.


"Estamos preocupadas por nuestro futuro. Nos hemos encontrado un mundo diferente al que se encontraron nuestras madres y abuelas", resume Gemma Barricarte, de 25 años y una de las estudiantes promotoras de las protestas en Barcelona.


La docente Amaranta Herrero, habla del concepto de "justicia intergeneracional" para referirse a este movimiento estudiantil que, como el cambio climático, es global. "Ellos no han causado el problema y se lo van a comer con patatas", añade.


"Los Gobiernos se comprometen a cosas y luego no cumplen", apunta Gemma Barricarte sobre los motivos de la protesta. Naciones Unidas ha vuelto a advertir esta semana de que los planes de recortes de emisiones de gases de efecto invernadero que han propuesto los países no son suficientes. Se necesita que aumenten mucho más esos compromisos. "No vamos a parar hasta conseguirlo", dice esta estudiante catalana.

Por Manuel Planelles
Madrid 15 MAR 2019 - 04:05 COT
L

 

Publicado enMedio Ambiente
Lunes, 11 Marzo 2019 05:32

Tomar en serio a Haití

Tomar en serio a Haití

Otra vez, la imagen de Haití es la de protestas, vandalismo y barricadas en las calles. Haití es retratada a menudo desde enfoques que resaltan su «singularidad», su «mala suerte», sus catástrofes naturales y sociales, y terminan por folklorizar al país que hoy vive una nueva crisis asociada en gran medida al rechazo a la corrupción. La socióloga y politóloga Sabine Manigat, de la Universidad Quisqueya, repasa la coyuntura de la nación caribeña.

-¿Qué fue lo que desencadenó la actual rebelión social en Haití?


Podemos hablar de una coincidencia en el tiempo entre el empeoramiento acelerado de la situación socioeconómica de las mayorías –incluido un sector importante de clases medias empobrecidas– y el evidente fracaso de la fórmula de gobierno que resultó de los comicios de 2016 que llevaron al poder a Jovenel Moïse, un súbdito de Michel Martelly.


Un indicio premonitorio de lo primero fueron los disturbios de principios de julio de 2018 en contra del alza del precio de los hidrocarburos pero también del alto costo de la vida. Mientras la inflación registraba nuevos récords entre abril y junio, la moneda nacional se devaluaba aceleradamente. Una pista de lo segundo la dio la política cada vez más cerrada del gobierno dirigido por Moïse, incapaz tras dos años en el poder de viabilizar siquiera algunas de sus promesas electorales, en particular las referidas a servicios básicos (electricidad) y nivel de vida (aumento del empleo y de la producción agrícola).


Todo esto ocurre dentro de un ambiente de corrupción cada vez más descarado que involucra además al Parlamento. Jean Henri Ceant, el primer ministro nombrado después de los disturbios de julio, salido de la tendencia Lavalas (del ex presidente Jean Bertrand Aristide) no pudo operar el necesario acercamiento entre la oposición (a la que pertenece) y el partido gobernante (el Partido Haitiano Tèt Kale). El empecinamiento de la presidencia, que se niega a una real apertura, combinado con la impotencia de un primer ministro, que no ha podido abordar ninguno de los problemas más candentes, provocaron la ampliación del descontento con la histórica manifestación del 17 de octubre y la también masiva del 18 de noviembre, ambas seguidas de días de incertidumbre y, sobre todo, del ensordecedor silencio de las autoridades.


La actual rebelión social abarca amplias capas del cuerpo social y concierne a diversos actores, incluido el sector privado. Por ello se puede calificar de cuestionamiento de todo un sistema, la resultante del agotamiento del mismo y de la sordera de sus dirigentes.


-Haití pasó por la decepción con el gobierno de Jean Bertrand Aristide, un terremoto que destruyó gran parte de la capital, la llegada al poder de un músico extravagante (Michel Martelly), una misión militar multinacional (la Minustah), ¿Por dónde podría pensarse una recomposición estatal?


Indudablemente, estos eventos han impactado y construido cierta imagen de Haití, su «singularidad”, su «mala suerte», un «caso desesperado». Pero más allá de esas etiquetas –que dicen algo pero distorsionan y «folklorizan» la historia y los problemas de Haití– habría que retener, y enfocar la reflexión alrededor de la débil gobernabilidad del país, particularmente tras la descomposición del orden dictatorial duvalierista.


La desaparición en 1986 del control político y social de la dictadura dejó al desnudo la amplitud de la exclusión que constituye la base de un sistema injusto, patrimonial y clientelista. Este sistema está agotado, y las experiencias de Aristide o de Martelly han sido expresiones de los fallidas intentos de cambio y de la resistencia que oponen las clases dominantes. Las sublevaciones actuales han sido precedidas de otros signos premonitorios, como la difícil transición del 2015-2016.


Si queremos «tomar este país en serio» –como gustaba decir el político y académico Leslie Manigat– y analizar Haití con las herramientas y los conceptos científicos y políticos de uso corriente, habrá que considerar el histórico fracaso de las oligarquías sucesivas en implementar un proyecto capaz de incorporar el interés general a sus intereses de grupo. La irrupción de los excluidos, es decir, de la inmensa mayoría de los 11 millones de haitianos, sobre el escenario político y sus exigencias de ser tomados en cuenta, han sido ignorados durante más de treinta años. Hoy, el lema ya no es «changer l’Etat» [cambiar el Estado], sino radicalmente «changer le systeme» [cambiar el sistema].


La analista no tiene motivos para ser optimista ya que lo que se rastrea son siglos de total ignorancia y de sistemático desprecio del interés general más básico por parte de las elites del país, y la falta de preparación para encarar un cambio, ahora que se ha tornado una apremiante necesidad . Empero, la creciente madurez demostrada por una opinión pública hoy más educada e informada, más consciente de sus derechos y más madura en sus demandas, nos da una mayor esperanza.


-¿Qué papel tuvo la corrupción en el uso de los recursos de Petrocaribe en el desencadenamiento de la crisis? ¿Cuáles fueron los beneficios de la asociación con Venezuela?


El tema de la corrupción desempeñó sin duda un papel de detonador en el estallido de la crisis. Al respecto, se soslaya a menudo un precedente importante. El sector «democrático radical», referenciado en la voz del abogado y militante André Michel, ya había iniciado hace más de un año una demanda pública contra el Estado acerca del uso de los fondos Petrocaribe.


La iniciativa, de índole legal, tenía un alcance más bien simbólico pero atestigua las preocupaciones por la amplitud que ha cobrado el fenómeno de la corrupción. De hecho, a partir de los años 2010, entre despilfarro de los fondos recibidos por Haití tras el terremoto y del maná del programa Petrocaribe, transitaron por el país centenas de millones de dólares. Se han evaluado en alrededor de 3.000 millones los fondos procedentes del programa Petrocaribe. Pero es sin duda la movilización de jóvenes a partir de las redes sociales lo que condensó las frustraciones y las demandas de diferentes sectores, algunos hasta entonces pasivos o expectantes. La manifestación del 17 de octubre pasado fue convocada para pedir rendición de cuentas sobre los fondos Petrocaribe y reunió cientos de miles de personas de diferentes grupos sociales. Fue una demostración ciudadana esencialmente pacífica, como lo fue la del 18 de noviembre. La absoluta ausencia de respuesta del gobierno contribuyó por mucho en la ampliación de las demandas y la radicalización de sus expresiones.


Sobre la relación con Venezuela, ha sido una de ayuda fraterna por parte de un país que por razones históricas ha manifestado una solidaridad especial con Haití. El régimen chavista no solo se negó a participar militarmente en la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah) sino que contribuyó en varios proyectos de desarrollo social y propuso el programa Petrocaribe. Acerca del uso de esos fondos falta información. El informe de la Corte Superior de Cuentas lista obras nunca realizadas o incompletas, como los diez complejos deportivos no funcionales, el mercado de pescados en la capital cuya construcción se interrumpió, un viaducto apenas esbozado… Esas estafas y malas prácticas involucran a personalidades e instituciones pertenecientes al más alto nivel del aparato estatal, incluido el Presidente.


-¿Qué tipo de organizaciones pusieron en marcha las protestas?


Se debe considerar una constelación de organizaciones y de sectores. El elemento desencadenante, el alza de los precios de los hidrocarburos, trajo naturalmente a colación el tema de los fondos Petrocaribe. De allí la formación en las redes sociales del movimiento «petrochallengers» (una red de jóvenes internautas) que convocó a la marcha de octubre pasado. La oposición radical, acusada de aprovecharse del movimiento para obtener réditos políticos política, tiene sin embargo cierta capacidad propia de convocatoria. Las organizaciones de derechos humanos y cívicas desempeñaron igualmente un papel. Se trata realmente de un movimiento policlasista poco organizado, enraizado esencialmente en el descontento popular. La débil tradición organizativa en Haití aunada a la falta de credibilidad de los partidos políticos confiere a esas protestas una (falsa) imagen de «espontaneidad de las bases». En realidad hay actores detrás de la cortina, lo que no se sabe es el peso de cada uno.


Por su carácter espectacular y el uso que de sus imágenes en la prensa, hay que mencionar las barricadas y los bloqueos de calles y carreteras asociadas. Son por cierto una expresión popular, barrial, de las protestas. Pero suelen ser también organizados por una fuerza disponible de desempleados, pagada muchas veces por políticos o empresarios. Cumplen una función de desacreditación de las manifestaciones, las cuales son anunciadas y luego relatadas bajo el sólo ángulo de la violencia. Pero no son ni las expresiones más importantes ni las más numerosas.


-¿Cómo es la situación actual?


Se avecina una nueva ola de protestas para este mes de marzo –cuyas formas exactas no se pueden anticipar– debido a la falta de una respuesta mínima de parte del gobierno. Hay una multitud de consultas, reagrupamientos y propuestas, formuladas tanto desde la ciudadanía como de las organizaciones políticas. Y esos grupos han empezado a dialogar. Sin embargo aún predominan las divisiones, en todos los niveles:


-Divisiones dentro del sistema político: en el seno del Poder Ejecutivo (los desacuerdos entre el presidente y el primer ministro son públicos) y dentro del aparato estatal (el Ejecutivo ignora al Parlamento que, a su vez amonesta el Ejecutivo y amenaza el Presidente con un juicio por alta traición); el aparato de justicia está dividido entre un sector politizado (allegados del gobierno) y otro impotente. La policía a su vez recibe órdenes de proteger los bienes y reprimir a los revoltosos que no siempre acata (ahí está la sospechosa pasividad de la policía durante los disturbios de julio de 2018).


-Divisiones entre las oposiciones y entre los grupos sociales (incluida la oligarquía dominante). La llamada «oposición radical» ya no tiene el monopolio de las convocatorias, pero los llamados a manifestar, tanto en noviembre como en febrero, fueron paralelos más que concertados. Hoy se suman las voces que reclaman la salida de Moïse: la oposición «moderada» socialdemócrata y de centro derecha, elementos del sector privado se están expresando en este sentido mientras que las alternativas a esa opción (diálogo, con o sin condiciones) están lejos de producir consenso.


El propio empresariado, a través del Foro del sector privado, habla de cómo una sola voz para pedir la preservación de sus intereses de «proveedores de empleos» pero está dividido sobre la mejor fórmula para salvar el sistema: ¿Conceder medidas de alivio socioeconómico para mantener el equipo gobernante?, ¿sacrificar a Moïse para salvaguardar el sistema? ¿Proponer un nuevo modelo modernizador sacrificando la economía patrimonialista? Ahora bien, lo nuevo es el carácter público de esos posicionamientos políticos de la burguesía. Uno de sus representantes, Reginald Boulos, incluso anunció la formación de una organización acorde con su visión.


De todo ello resulta la ausencia de una fórmula de salida de la crisis. Más aún, las negociaciones y consultas que día a día se desarrollan en los círculos de poder ocurren en un contexto de total opacidad. Esta incapacidad de las fuerzas nacionales para elaborar una solución endógena pone a Haití ante el riesgo de tener que aceptar (una vez más) un parcheo impuesto por sus «amigos» de la «comunidad internacional».

Por Pablo Stefanoni
Nueva Sociedad

Publicado enInternacional
Lunes, 11 Febrero 2019 19:17

Lucha de clases en Francia, año 2019

Eduardo Ramírez Villamizar,  Catedral policromada, metal pintado, 70 x 126 x 60, 1984 (Cortesía del Museo de arte contemporáneo)

Y de repente, en la amable coreografía de la alternancia en el poder republicano de dos fracciones civilizadamente enfrentadas –conservadores versus progresistas, por ejemplo– de la misma clase social, irrumpe un actor impresentable. Francia siempre supo de estos estallidos que escalan a veces a revoluciones (1789, 1830, 1848, 1871...). Hoy los “chalecos amarillos”, cansados de tantas injusticias, pretenden que la historia reinicie su marcha.

 

Miedo. No a perder una elección, a fracasar en las “reformas” o a ver caer sus activos en la Bolsa. Más bien, a la insurrección, la revuelta, la destitución. Hacía medio siglo que las élites francesas no experimentaban semejante sensación que, el sábado 1° de diciembre de 2018, paralizó repentinamente algunas conciencias: “Lo más urgente es que la gente vuelva a sus casas”, señalaba preocupada la periodista estrella de BFM TV Ruth Elkrief. En las pantallas de su canal desfilaban las imágenes de los “chalecos amarillos” muy decididos a conseguir una vida mejor.


Unos días más tarde, la periodista de un diario cercano a la patronal, L’Opinion, revelaba en un estudio de televisión hasta qué punto fue fuerte el chubasco: “Todos los grandes grupos distribuirán primas, porque realmente en un momento tuvieron miedo de ver sus cabezas clavadas en picas.

Efectivamente, ese sábado terrible, con todos los daños que hubo, las grandes empresas llamaron al presidente del MEDEF, Geoffroy Roux de Bézieux, para decirle: ‘¡Dales todo! Dales todo, porque si no...’. Se sentían físicamente amenazados”.


Sentado junto a la periodista, el director de una encuestadora recordaba a su vez a “grandes empresarios efectivamente muy preocupados”, un clima “que se parece a lo que leí sobre 1936 o 1968. Hay un momento en el que uno se dice: ‘Es necesario saber ceder grandes sumas, antes que perder lo esencial’” (1). Durante el gobierno del Frente Popular, el secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT), Benoît Frachon, recordaba en efecto que en las negociaciones de Matignon, producto de una ola de huelgas imprevistas con ocupaciones de fábricas, los patrones habían “cedido en todos los puntos”.


Este tipo de descomposición de la clase pudiente no es habitual, pero tiene como corolario una lección que atravesó la historia: quienes tuvieron miedo no perdonan ni a quienes se lo causaron ni a quienes fueron testigos de su miedo (2). El movimiento de los “chalecos amarillos” –duradero, inasible, sin líder, que habla un idioma de las instituciones desconocido, tenaz a pesar de la represión, popular a pesar de la mediatización maliciosa de los saqueos– provocó pues una reacción llena de precedentes. En momentos de cristalización social, de lucha de clases sin rodeos, uno debe elegir su bando. El centro desaparece, el pantano se seca. Y entonces, incluso los más liberales, los más cultos, los más distinguidos olvidan la tontería de “vivir juntos”.


Horrorizados, pierden su sangre fría, como Alexis de Tocqueville cuando mencionaba en sus Recuerdos las jornadas de junio de 1848. Los obreros parisinos reducidos a la miseria fueron entonces masacrados por una tropa que la burguesía en el poder, convencida de que “sólo el cañón puede resolver los problemas de nuestro siglo” (3), había enviado contra ellos. Describiendo al dirigente socialista Auguste Blanqui, Tocqueville olvidaba sus buenos modales: “Un semblante enfermizo, malvado, inmundo, una palidez sucia, el aspecto de un cuerpo enmohecido [...]. Parecía haber vivido en una cloaca de la que acababa de salir. Me daba la sensación de una serpiente a la que le pellizcan la cola”.


La misma metamorfosis de la civilidad enfurecida tuvo lugar durante la Comuna de París en 1871. Y esa vez sorprendió a muchos intelectuales y artistas, progresistas a veces, pero preferentemente en momentos de calma. El poeta Leconte de Lisle montó en cólera contra “esa liga de todos los desclasados, todos los incapaces, todos los envidiosos, todos los asesinos, todos los ladrones”. Para Gustave Flaubert, “el primer remedio sería acabar con el sufragio universal, la vergüenza del espíritu humano”. Sosegado por el castigo (20.000 muertos y alrededor de 40.000 detenciones), Émile Zola extraería las enseñanzas para el pueblo de París: “El baño de sangre que acaba de sufrir quizás sea una horrible necesidad para calmar algunas de sus fiebres” (4).


Lo que lleva a pensar que el 7 de enero pasado, Luc Ferry, profesor de Filosofía y Ciencia Política, pero también ex ministro de Educación de la Nación, podía tener en mente los excesos de personajes, al menos con tantos galones como él, cuando la represión de los “chalecos amarillos”, demasiado indolente a sus ojos, le arrancó –en Radio Classique– esa exhortación a los guardianes de la paz: “Utilicen sus armas de una buena vez [contra] esa especie de matones, esa especie de canallas de extrema derecha o de extrema izquierda o de los barrios que vienen a golpear a la policía”. Luego Ferry se fue a almorzar.


Generalmente, el campo del poder se despliega en distintos componentes, a veces simultáneos: altos funcionarios franceses o europeos, intelectuales, empresarios, periodistas, derecha conservadora, izquierda moderada. Es en este amable marco que opera una alternancia calibrada, con sus rituales democráticos (elecciones, luego hibernación). El 26 de noviembre de 1900 en Lille, el dirigente socialista francés Jules Guesde analizaba ya ese pequeño juego político al que la “clase capitalista” debía su longevidad en el poder: “Se dividen en burguesía progresista y burguesía republicana, burguesía clerical y burguesía librepensadora, de manera tal que una fracción vencida pueda siempre ser reemplazada en el poder por otra fracción de la misma clase también enemiga. Es el barco de compartimentos estancos que puede hacer agua de un lado y no por ello deja de ser insumergible”. Sin embargo, puede ocurrir que el mar se agite y la estabilidad de la nave se vea amenazada. En ese caso, las disputas deben eliminarse ante la necesidad de un frente común.


Frente a los “chalecos amarillos”, la burguesía realizó un movimiento de esas características. Sus voceros habituales, que, en momentos de calma, procuran mantener la apariencia de un pluralismo de opiniones, asimilaron al unísono a los contestatarios a una jauría de poseídos racistas, antisemitas, homofóbicos, facciosos, conspiradores. Pero, sobre todo, ignorantes. “‘Chalecos amarillos’: ¿ganará la estupidez?”, preguntaba Sébastien Le Foll en Le Point (10 de enero de 2019). “Los verdaderos ‘chalecos amarillos’ –confirmaba el editorialista Bruno Jeudy– luchan sin reflexionar, sin pensar” (BFM TV, 8 de diciembre). “Los bajos instintos se imponen en el desprecio a la civilidad más elemental”, señalaba a su vez con preocupación Vincent Trémolet de Villers (Le Figaro, 4 de diciembre).


Ya que este “movimiento de ramplones poujadistas y facciosos” (Jean Quatremer), conducido por una “minoría rencorosa” (Denis Olivennes), es fácilmente asimilado a una “ola de ira y odio” (editorial de Le Monde), donde “hordas de retrasados mentales, de saqueadores” “carcomidos tanto por el resentimiento como por las pulgas” (Franz-Olivier Giesbert) dan rienda suelta a sus “pulsiones malsanas” (Hervé Gattegno). “¿Cuántos muertos tendrán en la conciencia estos nuevos ramplones?”, decía preocupado Jacques Julliard.


También preocupado por los “odios desembozados y ciegos a su propia voluntad”, Bernard-Henri Lévy accedió, sin embargo, a firmar en Le Parisien un petitorio, acompañado por nombres como el de Cyril Hanouna, Jérôme Clément y Thierry Lhermitte, invitando a los “chalecos amarillos” a “transformar su ira en debate”. Sin éxito, pero, alabado sea Dios, suspiraba Pascal Bruckner, “la policía, con su sangre fría, salvó a la República” de los “bárbaros” y la “chusma encapuchada” (5).


De Europa Ecología Los Verdes (Eelv) a los vestigios del Partido Socialista, de la Confederación Francesa Democrática del Trabajo (Cfdt) a los dos animadores de la mañana de France Inter (una “alianza de la inteligencia”, al decir de la directora de la estación de radio), todo un universo social se unió para bombardear a las personalidades políticas solidarias con el movimiento. ¿Su error? Atentar contra la democracia sin compartir su temor. ¿Cómo oponerse a estos inoportunos? Utilizando un viejo truco: buscando todo lo que podría relacionar a un vocero de los “chalecos amarillos” con un punto de vista que la extrema derecha habría un día defendido o compartido. Pero, si va a ser así, ¿deberían también fomentarse los ataques contra periodistas, debido a que Marine Le Pen, en sus pedidos a la prensa, vio allí “la negación misma de la democracia y el respeto del otro sin el cual no existe un intercambio constructivo, ni vida democrática, ni vida social”? (17 de enero).


Nunca la reacción del bloque burgués que conforma la base electoral de Emmanuel Macron (6) se mostró tan crudamente como el día en que Le Monde publicó el retrato, empático, de una familia de “chalecos amarillos”, “Arnaud y Jessica, la vida euros más, euros menos” (16 de diciembre). Miles de comentarios furiosos invadieron entonces la página web del diario. “Pareja poco astuta... La verdadera miseria ¿no sería, en algunos casos, más cultural que financiera?”, decía un lector. “El problema patológico de los pobres: su capacidad para vivir por encima de sus recursos”, agregaba un segundo. “No piensen que se convertirán en investigadores, ingenieros o diseñadores. Esos cuatro hijos serán como sus padres: una carga para la sociedad”, afirmaba un tercero. “Pero ¿qué esperan del Presidente de la República? –reaccionaba otro–. ¿Que viaje todos los días a Sens para controlar que Jessica tome bien la pastilla anticonceptiva?”. La periodista autora del retrato tambaleó frente a esta “lluvia de ataques” con “tono paternalista” (7). ¿“Paternalista”? No se trataba, sin embargo, de una discusión familiar: los lectores de un diario reputado por su moderación encendían más bien la alarma de una guerra de clases.


La “recaída”


En efecto, el movimiento de los “chalecos amarillos” marca el fracaso de un proyecto nacido a fines de los años 80 e impulsado desde entonces por evangelistas del liberalismo social: el de una “República del centro” que habría acabado con las convulsiones ideológicas expulsando a las clases populares del debate público y de las instituciones políticas (8). Todavía mayoritarias, pero demasiado inquietas, éstas debían ceder lugar –todo el lugar– a la burguesía culta.


El “giro del rigor” en Francia (1983), la contrarrevolución liberal impulsada en Nueva Zelanda por el Partido Laborista (1984), y luego, a fines de los años 90, la “tercera vía” de Anthony Blair, William Clinton y Gerhard Schröder, parecieron concretar ese objetivo. A medida que la socialdemocracia se escondía en el aparato de Estado, se instalaba a sus anchas en los medios de comunicación y ocupaba los directorios de las grandes empresas, relegaba a los márgenes del juego político a su base popular de antaño. En Estados Unidos, apenas sorprende que, frente a una asamblea de proveedores de fondos electorales, Hillary Clinton coloque en la “canasta de gente lamentable” los apoyos a su adversario. Pero la situación francesa es apenas mejor. En un libro de estrategia política, Dominique Strauss-Kahn, un socialista que formó a muchas personas cercanas al actual Presidente francés, explicaba hace ya diecisiete años que su partido debía en adelante apoyarse en “los miembros del grupo intermedio, constituido en su inmensa mayoría por asalariados sensatos, informados y educados, que constituyen la estructura de nuestra sociedad. Aseguran su estabilidad, debido [...] a su apego a la ‘economía de mercado’”. En cuanto a los otros –menos “sensatos”–, su destino estaba sellado: “Del grupo más desfavorecido, lamentablemente no se puede seguir esperando una participación serena en una democracia parlamentaria. No es que se desentienda de la historia, pero a veces sus irrupciones se manifiestan de manera violenta” (9). Sólo se preocuparían por estas poblaciones una vez cada cinco años, en general, para reprocharles los resultados de la extrema derecha. Luego de lo cual, volverían a la nada y a la invisibilidad –la seguridad vial aún no les exige a todos los automovilistas llevar un chaleco amarillo–.


La estrategia funcionó. Las clases populares se encuentran excluidas de la representación política. También excluidas del corazón de las metrópolis: con un 4% de nuevos propietarios obreros o empleados cada año, la París de 2019 se parece a la Versalles de 1789. Excluidas, finalmente, de las pantallas de televisión: el 60 por ciento de las personas que aparecen en los programas informativos pertenecen al 9 por ciento de trabajadores activos con mayor formación (10). Y, a los ojos del jefe de Estado, no existen. Europa, estima, es sólo un “viejo continente de pequeñoburgueses que se sienten protegidos en el confort material” (11). La cuestión es que ese mundo social obliterado, estigmatizado como reacio al esfuerzo escolar, a la formación, y responsable pues de su destino, resurgió bajo el Arco de Triunfo y en los Campos Elíseos. Confundido y consternado, el consejero de Estado y constitucionalista Jean-Éric Schoettl diagnosticó en la página de internet de Le Figaro (11 de enero de 2019) una “recaída a una forma primitiva de lucha de clases”.


Transformaciones ideológicas


Si bien el proyecto de sustraer del escenario político a la mayoría de la población se ha vuelto un desastre, otro capítulo del programa de las clases dirigentes, el que apuntaba a confundir las referencias entre izquierda y derecha, vive en cambio una suerte inesperada. La idea inicial, que se tornó dominante tras la Caída del Muro, consistía en empujar a los márgenes desprestigiados de los “extremos” toda posición que cuestionara el “círculo de la razón” liberal, expresión del ensayista Alain Minc. La legitimidad política ya no se basaría entonces en una manera de ver el mundo, capitalista o socialista, nacionalista o internacionalista, conservadora o emancipadora, autoritaria o democrática, sino en la dicotomía entre razonables y radicales, abiertos y cerrados, progresistas y populistas. La negativa a distinguir derecha e izquierda, un rechazo que los profesionales de la representación les reprochan a los “chalecos amarillos”, reproduce en suma en el seno de las clases populares la política de confusión perseguida desde hace décadas por el bloque burgués.


Este invierno, los reclamos de justicia fiscal, mejora del nivel de vida y rechazo al autoritarismo del poder ocupan un lugar central, pero la lucha contra la explotación salarial y la propiedad social de los medios de producción están en gran medida ausentes. Ahora bien, ni el restablecimiento del Impuesto de Solidaridad sobre la Fortuna, ni el retorno a los 90 kilómetros por hora en las rutas secundarias, ni el control más estricto de los informes de gastos de los representantes electos, ni tampoco el Referéndum de Iniciativa Ciudadana (RIC) pondrían en tela de juicio la subordinación de los asalariados en la empresa, la distribución fundamental de los ingresos, o el carácter ficticio de la soberanía popular en el seno de la Unión Europea y en la globalización.


Desde luego, los movimientos aprenden sobre la marcha; se fijan nuevos objetivos a medida que perciben obstáculos imprevistos y ocasiones inesperadas: en la reunión de los Estados Generales, en 1789, los republicanos en Francia eran apenas un puñado. Señalar su solidaridad con los “chalecos amarillos” es actuar pues para que la profundización de sus acciones se realice en el buen sentido, el de la justicia, la emancipación. Sabiendo sin embargo que otros trabajan por una evolución inversa y esperan que el enojo social beneficie a la extrema derecha en las elecciones europeas de mayo próximo.


Este resultado sería favorecido por el aislamiento político de los “chalecos amarillos”, a los que el poder y los medios de comunicación se esfuerzan por volver intratables exagerando el alcance de cada uno de sus comentarios inadecuados. El eventual éxito de esta campaña de descalificación validaría la estrategia implementada desde 2017 por Macron, que consiste en resumir la vida política a un enfrentamiento entre liberales y populistas (12). Una vez impuesto este clivaje, el Presidente de la República podría amalgamar en un mismo oprobio a sus opositores de derecha e izquierda, y relacionar todo cuestionamiento interno con el accionar de una “internacional populista” en la que, junto al húngaro Viktor Orbán y al italiano Matteo Salvini, participarían según él conservadores polacos y socialistas británicos, insumisos franceses y nacionalistas alemanes...


Sea como fuere, el Presidente francés deberá resolver una paradoja. Apoyado en una base social estrecha, sólo podrá implementar sus “reformas” al seguro de desempleo, las jubilaciones y la función pública al precio de un autoritarismo político reforzado, represión policial y con la ayuda de un “gran debate sobre la inmigración”. Resultaría irónico que, habiendo sermoneado a los gobiernos “no liberales” del planeta, Macron termine copiando sus recetas.

 

1. “L’Info du vrai”, Canal Plus, 13-12-18.
2. Véase Louis Bodin y Jean Touchard, Front populaire: 1936, Armand Colin, París, 1961.
3. Auguste Romieu, Le Spectre rouge de 1852, Ledoyen, París, 1851, citado por Christophe Ippolito, “La Fabrique du discours politique sur 1848 dans L’Éducation sentimentale”, op. cit., N° 17, Pau, 2017.
4. Paul Lidsky, Les Écrivains contre la Commune, La Découverte, París, 1999 (1ra ed.: 1970).
5. Respectivamente: Twitter, 29-12-18; Marianne, París, 9-1-19; 4-12-18; Le Point, París, 13-12-18 y 10-1-19; Le Journal du dimanche, París, 9-12-18; Le Figaro, París, 7-1-19; Le Point, 13-12-18; Le Parisien, 7-12-18; Le Figaro, 10-12-18.
6. Véase Bruno Amable, “Lejos de las bases”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2017, y, del mismo autor, junto con Stefano Palombarini, L’Illusion du bloc bourgeois. Alliances sociales et avenir du modèle français, Raisons d’agir, París, 2017.
7. Faustine Vincent, “Pourquoi le quotidien d’un couple de ‘gilets jaunes’ dérange des lecteurs”, Le Monde, 20-12-18.
8. Véase Laurent Bonelli, “Les architectes du social-libéralisme”, Le Monde diplomatique, París, septiembre de 1998.
9. Dominique Strauss-Kahn, La Flamme et la Cendre, Grasset, París, 2002. Véase Serge Halimi, “Flamme bourgeoise, cendre prolétarienne”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2002.
10. “Baromètre de la diversité de la société franҫaise”, vague 2017, Consejo Superior del Audiovisual, París, diciembre de 2017.
11. “Emmanuel Macron - Alexandre Duval-Stalla - Michel Crépu, l’histoire redevient tragique (une rencontre)”, La Nouvelle Revue française, N° 630, París, mayo de 2018.
12. Véase Serge Halimi y Pierre Rimbert, “Liberales contra populistas, una oposición engañosa”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, septiembre de 2018.

 

*Director y redactor de Le Monde diplomatique, respectivamente.
Traducción: Gustavo Recalde

Sábado, 09 Febrero 2019 06:36

El tuerto rey

El tuerto rey

Llevan tres meses manifestándose contra el gobierno de Emmanuel Macron y a muchos de ellos se les han mutilado ojos, pies y manos en una represión brutal. El sábado pasado marcharon sobre todo contra el uso de los lanzadores de balas defensivas, con los que las “fuerzas del orden” francesas atacan a los manifestantes con una violencia inédita desde 

 

Con ese inoxidable don francés gracias al que existir y representar la existencia se enlazan y borran precedencias o jerarquías, el sábado pasado tuvo lugar el llamado “acto XII” de las protestas de los chalecos amarillos. En este caso, la denominación teatral dada a cada una de las movilizaciones de quienes desde hace tres meses llevan adelante una sabatina (re)presentación de su determinación política estuvo más justificada que de costumbre.


En esta oportunidad, falsos y verdaderos heridos desfilaban para representar la saña represiva; los falsos, disfrazados y maquillados con ojos emparchados y mejillas sangrantes de ketchup, representaban a los numerosos heridos por aproximadamente 1.900 chalecos amarillos. Porque sucede que Macron –“elegido” con el argumento extorsivo que supuso declarar preferible cualquier cosa antes que el “fascismo” de Marine Le Pen– resultó ser un presidente golpeador, que ataca a los manifestantes con una violencia inédita desde 1968.


En particular, heridos e ilesos denuncian el uso de las púdicamente llamadas “armas intermediarias” (es decir, entre los cachiporrazos y los balazos), que, prohibidas en varios países de la Unión Europea, están permitidas en Francia, país en el que su stock crece, sobre todo si se trata de los lanzadores de balas defensivas (Lbd, variante de las flash-balls), ahora lanzadas con el beneplácito del Consejo de Estado, que el viernes 1 de febrero confirmó estar conforme con su uso, a pesar de los pedidos de supresión formulados por varios organismos de derechos humanos. El tiro tendido, en lugar de parabólico, de las granadas lacrimógenas y los Lbd supuestamente reservados para defender la integridad física de los policías fueron usados contra manifestantes notoriamente pacifistas, como sucedió el sábado 26 de enero con Jérôme Rodrigues, un chaleco amarillo que recibió un tiro de un Lbd en un ojo, mientras invitaba a sus compañeros a retirarse hacia lugares sin black blocksa la vista. A fines de diciembre, en la ciudad de Marsella, mientras intentaba cerrar las persianas de su casa para protegerse de los gases lacrimógenos lanzados contra los chalecos amarillos, Zineb Rom-dhane, de 80 años, recibió en su rostro impactos de granadas que le produjeron la muerte.

EN EL PAÍS DE LOS CIEGOS.


Una de las primeras víctimas de los Lbd fue en Nantes, en 2007, cuando un liceal de 16 años, que entonces se manifestaba contra la reforma universitaria (la ley Lru) directamente inspirada en el proceso de Bolonia y en la sujeción universitaria a criterios empresariales, recibió un tiro que le dejó el ojo, pero le llevó la vista. Hoy, entre los chalecos amarillos, es alto el número de a quienes se les han mutilado pies, manos y ojos, y los grupos de socorristas voluntarios que acompañan las movilizaciones sabatinas reparten ante cada carga policial gotas y dosis de suero fisiológico para calmar la vista en compota debido a los gases.


De ahí que entre los eslóganes fatídicamente ocurrentes de estos días figuren “en el país de los ciegos el tuerto es rey” o “esto es democracia, rompe los ojos”. La diversidad e inventiva de las consignas escandidas en grupo o inscriptas en un sinfín de soportes, que incluyen los chalecos amarillos propiamente dichos y banderolas de todo tipo y forma, muestra la extensión del hartazgo que en lo inmediato produjo Macron –someramente tratado de “presidente empleado de la banca Rothschild”– y que más profundamente produce un mundo que sólo ofrece trabajo y consumo, cuando ofrece algo.


Por esto, consignas que reclaman la reimplantación del impuesto a las fortunas, suprimido por Macron, o un sistema fiscal más justo, que permita una mejor redistribución de la riqueza, coexisten junto con consignas de mayor abstracción y alcance –“si no hay justicia, no hay paz”, “quien siembra vientos recoge tempestades”, “Macron, tu jihad contra los pobres no pasará”, “primer aviso en 2005, revolución en 2019”, “barrios populares y mundo rural”, “comé, adelgazá: la publicidad vuelve esquizofrénico”, “hermoso como una insurrección impura”, “Macron = Louis XVI”–, que muestran un mundo que ya no va, crecientemente inverosímil.

En ese elenco de denuncias, reivindicaciones, burlas y bravatas, se reserva un lugar notorio para la prensa y el sistema judicial, acusados de sumisión ante un Poder Ejecutivo omnipotente. De igual modo, el también inoxidable culto francés a la singularidad habilita a que cada uno diga lo suyo a propósito de lo que a todos involucra, y de esta manera se hacen presentes entre los manifestantes de los sábados en París los manifestantes de los viernes en Gaza.


UNA MULTITUD DE POSICIONES.


La decisión macroniana de ir a paso de carga contra los respetables restos del Estado de bienestar, que a la salida de la Segunda Guerra Mundial el gaullismo concedió a los comunistas para evitar un mal que imaginaban peor (una Francia bajo batuta soviética), y el palpable sinsentido de una vida en que el espíritu fue cooptado por las industrias culturales han logrado reunir un amplio arco de voluntades dispuestas a hacer de la calle, nuevamente, un lugar de encuentros ines-


perados, en los que el espíritu se pone de nuevo a soplar. La Navidad pasada hubo chalecos amarillos que prefirieron esperar la medianoche en el frío de las rotondas, compartiendo vituallas de supermercado, antes que abotagarse en los sofás delante de la tevé.


Ese arco que incluye a quienes blanden retratos del Che Guevara en rojo y negro y a quienes piden una fiscalidad más social no sólo es extenso, sino que además abarca una multitud de posiciones intermedias o ambiguas. La prensa que quisiera separar al buen chaleco amarillo pacifista y víctima del black block enteramente concentrado en su empresa de demolición suele ignorar a quienes, sin romper vidrieras ni mobiliario urbano, permanecen en la vuelta sin alejarse mucho de los “casseurs” (rompedores), que, uniformados de negro, se manifiestan con violencia.

POLICÍAS Y FLORES

.
El sábado, horas después de que la Place de la République fuera desalojada por la Policía y el “acto XII” hubiera concluido, en el persistente tufo a gas lacrimógeno, un policía de una compañía Crs (compañías republicanas de seguridad), antaño temible y hoy superada en ferocidad por otros cuerpos policiales, intentaba obsequiar un ramo de flores a una transeúnte, mientras explicaba que, al recibirlas de regalo de manos de un chaleco amarillo, había dicho que se las ofrecería a alguna señora.


Y aunque en la víspera de la manifestación en las redes sociales se había instado a demostrar un ánimo fraterno con las “fuerzas del orden” llevándoles flores, y aunque haya quienes opinen que entre los Crs hoy hay unos cuantos que están a un paso de vestir chaleco amarillo, lo que más se oyó el sábado fue: “Todo el mundo detesta a la Policía”, eslogan escandido junto o separado de: “París, levantate, sublevate”.


En el paro general y la manifestación por la Rue de Rivoli que partieron en dos la tarde del martes, confluyeron los convocantes sindicales Cgt y Sud más una pléyade de grupos trotskistas, ecologistas, anarquistas y de chalecos amarillos. Las consignas ocurrentes volvieron a florearse, aunque probablemente la que mejor resume ese encuentro sea “fin de mes, fin del mundo”: la dificultad de tantos de llegar a fin de mes no es ajena a las dificultades planetarias, puesto que se trata del mismo sistema que depreda por igual vidas humanas y sistemas ecológicos.

Publicado enSociedad
Chalecos amarillos lanzan marcha pacifista de Marsella a París

Integrantes del movimiento de los chalecos amarillos en Francia anunciaron que realizarán una marcha pacifista desde Marsella (sur) hasta esta capital, una nueva iniciativa dirigida a reforzar la movilización en el país.


En conferencia de prensa, los organizadores detallaron que un primer grupo de seis activistas partirá el domingo de la comuna de Boulou, en la frontera con España, y el 16 de febrero saldrá una decena de personas de la ciudad costera de Marsella.


Ambos cortejos convergerán el 19 de febrero en Avignon para continuar juntos la marcha hasta París, a donde pretender llegar el 17 de marzo.


Según las precisiones ofrecidas, el objetivo es que se sumen más chalecos amarillos procedentes de otros departamentos.


‘Estamos en contacto con grupos que saldrán de Bretaña, de Dunkerque, de Bordeaux, de Estrasburgo, para que se unan a nosotros’, indicó Sarah Chabut, una de las promotoras.
El plan es hacer trayectos diarios de 25 a 35 kilómetros, y hospedarse en casa de integrantes del movimiento en cada localidad.


Con la marcha pacifista, los chalecos amarillos buscan reforzar la movilización en defensa de sus reclamos.


‘Queremos un referendo ciudadano sin restricciones, luchamos por la justicia social y fiscal, por la ecología, y para dar nuestro apoyo a los manifestantes víctimas de violencia policial y de decisiones abusivas de la justicia’, explicó la joven.


En noviembre de 2018 comenzó el movimiento de chalecos amarillos con protestas en todo el país y ya sumen 12 sábados consecutivos de acciones.


Aunque el origen de la movilización fue el aumento de precios del combustible decretado por el Ejecutivo, luego las reivindicaciones se ampliaron al aumento de impuestos en general y la pérdida del poder adquisitivo como resultado de la política gubernamental.


Los chalecos amarillos ahora reclaman también reformar la Constitución en aras de una democracia plena y que los ciudadanos tengan la posibilidad de pedir e impulsar la realización de referendos nacionales sobre temas relevantes.

8 febrero 2019 


(Con información de Prensa Latina)

Publicado enInternacional
 De izquierda a derecha, Alex Caputo-Pearl, Austin Beutner y Eric Garcetti anuncian el acuerdo. Richard Vogel AP

El alcalde de la segunda ciudad más poblada de EE UU se presenta como facilitador de un pacto "histórico" que pone la presión en el sistema de financiación estatal de las escuelas públicas


La mayor huelga que ha visto Los Ángeles en tres décadas terminará previsiblemente este miércoles después de que el sindicato de profesores y la autoridad escolar de la ciudad anunciaran un acuerdo provisional para solucionar el conflicto. El acuerdo fue anunciado este martes por la mañana después de una última jornada de negociación que duró 21 horas y acabó pasadas las seis de la madrugada. Termina así una huelga que ha dejado sin clase a medio millón de alumnos durante seis días lectivos.


La huelga de los profesores, en defensa de la educación pública, se venía gestando desde hacía meses y se hizo efectiva el pasado lunes. El segundo distrito escolar más grande de Estados Unidos tiene un alumnado en su mayoría latino y con pocos recursos, y aun así los profesores lograron que solo el 30% de los alumnos fueran a clase el primer día. El apoyo a los profesores fue creciendo durante la semana pasada y la huelga fue presentada como un símbolo de la defensa de la educación pública en general, más allá de las reivindicaciones salariales. El distrito escolar calculó que las pérdidas fueron de 125 millones de dólares en los primeros cuatro días.


“Hemos visto a toda la ciudad salir a apoyar la educación pública”, dijo este martes por la mañana el alcalde, Eric Garcetti, al anunciar el acuerdo, que calificó de “histórico”. La ciudad estadounidense, la segunda más poblada del país, no había visto una huelga indefinida de profesores desde hacía 30 años. “Es momento de empezar un nuevo día en la educación pública de Los Ángeles”.


Garcetti se erigió el pasado sábado en mediador entre el sindicato de profesores (UTLA, que representa a 34.000 profesores) y la autoridad escolar de la ciudad (Lausd, independiente del poder político y con 900 colegios públicos). Limpió su agenda y citó a las partes en su propio despacho, donde se han llevado a cabo las negociaciones durante todo el fin de semana. El acuerdo, presentado por los firmantes como una apuesta por la educación pública sin precedentes recientes que se puede tomar como ejemplo para el resto del país, es un importante capital político para Garcetti, en un momento en que está valorando presentarse a presidente de Estados Unidos.


Los protagonistas del acuerdo dieron pocos detalles del mismo. A lo largo de la tarde iba a ser distribuido entre las asambleas de profesores para que lo ratificaran en votación. Los profesores obtienen un 6% de aumento salarial. Pero el líder del sindicato UTLA, Alex Caputo-Pearl, destacó que el punto más relevante es eliminar una provisión que permitía al distrito escolar saltarse los límites en el número de alumnos por clase. Las clases en Los Ángeles se sitúan fácilmente alrededor de los 35 alumnos. Según Caputo-Pearl, el acuerdo hará que en los próximos tres años esa cifra baje hasta 7 u 8 alumnos por clase, una de las principales demandas.


Austin Beutner, comisionado del distrito escolar, insistió en que el problema no es la defensa de la educación pública sino el presupuesto. “Siempre hemos estado de acuerdo en los objetivos, el problema es como pagarlo”. Las escuelas públicas de California se financian principalmente con presupuestos estatales que reparte Sacramento. Los Ángeles recibe 16.000 dólares por alumno al año, mientras la ciudad de Nueva York (el distrito escolar más grande del país) recibe 20.000, aseguró Beutner.


La macrohuelga indefinida iba más allá de los detalles. Se trataba de encontrar un compromiso para aumentar en general y de forma sostenida la inversión en educación pública. California tenía hace 40 años las mejores escuelas públicas del país. Existe el consenso en que la revolución antiimpuestos de finales de los años 70 destruyó el sistema impositivo y eso afectó gravemente a los colegios, que hoy están entre los últimos de Estados Unidos. Las partes agradecieron al nuevo gobernador de California, Gavin Newsom, su disposición a liberar nuevos recursos para educación y se comprometieron a aportar futuras medidas que permitan más inversión. “No podemos resolver 40 años de fala de inversión en unos pocos días”, dijo Beutner.

 

Por PABLO XIMÉNEZ DE SANDOVAL
Los Ángeles 23 ENE 2019 - 02:45 COT

Publicado enInternacional
Lunes, 21 Enero 2019 08:26

Cuando todo vuelve a la superficie

Chalecos amarillos en Bourges. / https://www.airedesantafe.com.ar/noticias-internacionales/incidentes-corridas-la-novena-protesta-los-chalecos-amarillos-francia/

La rebelión de los “chalecos amarillos” hizo añicos el discreto encanto burgués del presidente Macron, obligado a retroceder ante el estallido social de grupos movilizados espontáneamente. En un mes, transporte, fiscalidad, medioambiente, educación y democracia representativa fueron puestos en cuestión en Francia.

En París, el 15 de diciembre de 2018, en la plaza de la Ópera, tres “chalecos amarillos” se alternaban para leer un comunicado dirigido “al pueblo francés y al Presidente de la República, Emmanuel Macron”. De entrada, el texto anunciaba: “Este movimiento no le pertenece a nadie en particular, sino a todo el mundo en general. Es la expresión de un pueblo que, desde hace cuarenta años, ha sido despojado de todo lo que le permitía creer en su futuro y en su grandeza”.

En menos de un mes, la bronca desatada por una tasa sobre el combustible desembocó en un dictamen general, social y democrático a la vez. Los movimientos que incorporan a ciudadanos poco organizados favorecen el aceleramiento de su politización. A tal punto que el “pueblo” descubre haber sido “despojado de su futuro” un año después de haber llevado al poder a un hombre que se jacta de haber barrido a los dos partidos que, desde hacía justamente cuarenta años, venían sucediéndose en el gobierno.


Y luego, el primero de la cordada cayó cuesta abajo. Como, antes que él, otros prodigios de su misma especie, igual de jóvenes, sonrientes y modernos: Laurent Fabius, Anthony Blair y Matteo Renzi, por ejemplo. Para la burguesía liberal, la decepción es inmensa. Las elecciones presidenciales francesas del año pasado –un milagro, una divina sorpresa, una martingala– había sembrado en ella la expectativa de que Francia se había vuelto una isla feliz en medio de un Occidente tormentoso. A punto tal que, en el momento de la coronación de Macron con la Oda a la alegría de fondo, el semanario británico The Economist, perfecto representante del sentimiento de las clases dirigentes internacionales, lo mostró con un traje resplandeciente y una sonrisa en la cara, cual Moisés caminando sobre el agua.


El mar se cerró alrededor del niño prodigio, demasiado confiado en sus instituciones y desdeñoso de la condición económica de los demás. Durante una campaña electoral, el malestar social sólo apareció como escenografía, generalmente para explicar la elección de los que votan mal. Pero luego, cuando las “viejas broncas” se acumulan y cuando, sin consideración por quienes las padecen, se generan otras nuevas, el “monstruo”, como lo llama Christophe Castaner, ministro del Interior, puede salir de su cueva (1). Entonces es cuando todo puede suceder.


Presión económica


El borramiento de una memoria de izquierda en Francia explica el hecho de que se hayan identificado tan pocas analogías entre el movimiento de los “chalecos amarillos” y las huelgas obreras de junio de 1936. Para empezar, la sorpresa de las clases superiores es la misma ante las condiciones de vida de los trabajadores y su exigencia de dignidad: “Todos los que son ajenos a esta vida de esclavo –explicaba por entonces la filósofa y militante obrera Simone Weil– son incapaces de comprender el punto decisivo de esta causa. En este movimiento, se trata mucho más que de tal o cual reivindicación, por más importante que sea. […] Después de haberse doblegado siempre, de haber sufrido todo, de haber tenido que aguantarlo todo en silencio durante meses y años, se trata de erguirse, ponerse de pie, tomar la palabra” (2). Tras evocar los acuerdos de Matignon, que dieron lugar a las vacaciones pagas, la semana laboral de cuarenta horas y a un aumento salarial, León Blum comentaría así una conversación entre dos negociadores de la patronal: “Oí al señor Duchemin decirle al señor Richemond, mientras se le mostraba la tasa de ciertos salarios: ‘¿Cómo es posible? ¿Cómo pudimos permitir que esto ocurriera?’”(3)¿Macron habría tenido la misma revelación al escuchar a los “chalecos amarillos” hablar de su realidad cotidiana? Con los ojos clavados en un teleprompter, tenso, más bien pálido, admitió en todo caso que “el esfuerzo que le habían pedido era demasiado importante” y que “no era justo”. Su “pedagogía” puede ser más jovial cuando cambia de destinatario.


“¿Cómo dejamos que esto ocurriera?”. Cada cual ahora conoce mejor, gracias a los “chalecos amarillos”, la lista de injusticias cometidas por el gobierno actual: 5 euros menos por mes desde 2017 para los beneficiarios de la Ayuda Personalizada para la Vivienda (APL, por su sigla en francés) y, al mismo tiempo, la supresión de la gradualidad fiscal sobre el capital; la eliminación del impuesto a la fortuna (ISF) y, al mismo tiempo, la pérdida del poder adquisitivo de los jubilados. Sin olvidar lo más costoso: la “simplificación contable” del Crédito de Impuesto para la Competitividad y el Empleo (CICE) concedido a las empresas. El año próximo, el Tesoro Público le pagará así pues el doble a Bernard Arnault, la fortuna número uno de Europa, propietario de Carrefour, del grupo LVMH y de los periódicos Le Parisien y Les Échos. Solamente esta medida costará cerca de 40.000 millones de euros en 2019, es decir, el 1,8% del Producto Interno Bruto (PIB) o, si se prefiere… más de cien veces el monto de la reducción de las ayudas para la vivienda. En un “video/diatriba” de cinco minutos que contribuyó al inicio del movimiento de los “chalecos amarillos”, la señora Jacline Mouraud preguntaba tres veces: “¿Pero qué es lo que hacen con la plata?”. Aquí está la respuesta.


Precios exorbitantes para llenar el tanque del auto y controles técnicos cada vez más quisquillosos hicieron que todo saliera a la superficie. Bancos que se atiborran con cada crédito que otorgan, pero que, por motivos económicos, “agrupan” sus sucursales, o sea, las cierran, y proceden al cierre de las cuentas de los clientes cuando éstos, para llegar a fin de mes, hacen un cheque sin comprobar su saldo. Jubilaciones, de por sí muy bajas, que el gobierno punciona como si fueran la cueva de Alí Babá. Mujeres que crían solas a sus hijos y que reciben con dificultad la cuota alimentaria de sus ex parejas, que a menudo son tan pobres como ellas. Parejas que deben seguir conviviendo a pesar de la discordia porque no pueden pagar dos alquileres. Nuevos gastos obligatorios: internet, computadora y smartphone, que hay que pagar no tanto por el placer de mirar series en Netflix, como por la racionalización de los servicios del correo, del fisco, y de los ferrocarriles (SNCF), también por la desaparición de cabinas telefónicas, que eliminaron cualquier posibilidad de prescindir de dichos aparatos. Y guarderías que cierran, comercios que se extinguen, Amazon que multiplica sus depósitos por todas partes. Todo este universo de anomia social, de imposiciones tecnológicas, de formularios que hay que rellenar, de productividad que se debe cuantificar, de soledad, existe también, en mayor o menor medida, fuera de Francia; se impone bajo distintos regímenes políticos, y es anterior a la elección de Macron. Pero al Presidente francés parece gustarle ese nuevo mundo y haber hecho de él su proyecto de sociedad. Es por ello también que se lo odia.

 

 


Aunque no todos lo odian: aquellos a quienes les va bien, profesionales, burgueses, residentes de las áreas metropolitanas, comulgan en el mismo optimismo que el Presidente francés. Mientras el país esté tranquilo, o desesperado, lo cual da lo mismo, el mundo y el futuro les pertenecen. Un “chaleco amarillo”, propietario de una de esas casitas en las afueras que en los años 70 eran un símbolo de ascenso social, ironiza con amargura: “Cuando los aviones pasan a baja altura por encima de las viviendas, nos decimos: ‘Mirá, ahí van los parisinos que sí pueden irse de vacaciones. Y encima nos tiran combustible’”(4).


Apoyo y protección


Macron cuenta con otros apoyos además del de los burgueses nómades de la capital, incluyendo a los periodistas. Cuenta también con el de la Unión Europea, por ejemplo. En un contexto en el que el Reino Unido vuelve a su insularidad, Hungría rezonga, Italia desobedece y la Casa Blanca los alienta en ese sentido, la UE no puede prescindir de Francia ni castigarla como a Grecia cuando sus cuentas se les van de las manos. Porque, por más debilitado que esté Macron, sigue siendo una de las pocas piezas aún valiosas en el tablero de una Europa liberal. Bruselas y Berlín procurarán, pues, que se sostenga.


A punto tal de conceder a París algunos pecados capitales. Cuatro días antes de que el Presidente anunciara que aceptaba varias de las demandas de los “chalecos amarillos”, lo cual acarrearía una revisión al alza del déficit presupuestario que excede el límite sacrosanto del 3% del PIB, el comisario europeo de Economía Pierre Moscovici, en lugar de retarlo y amenazarlo esperando disuadirlo de mostrar tal falta de previsión, dejó en claro que no veía allí ningún inconveniente: “Mi rol, como guardián del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, no es decirle a tal o cual país: ‘Tienen que cortar en este o aquel gasto social, tienen que recaudar tal o tal impuesto’. […] Esta regla del 3%, no es lo más importante. Gérald Darmanin [el ministro de Obras Públicas], decía, yo lo oí: ‘El 2,9 o el 3,1 no son ni el infierno ni el paraíso’; respecto de eso, no está del todo equivocado y le corresponde a Francia decidir lo que tiene que hacer. Yo hoy no voy a decir: ‘Francia corre el riesgo de ser sancionada porque se apartó de los procedimientos de déficit’” (Radio France Inter, 6-12-18). No podemos más que aconsejar a los españoles, italianos y griegos que traduzcan semejante declaración (nuestras ediciones internacionales se encargarán de hacerlo…), y a un futuro gobierno francés, cuya soberanía económica fuera más cuestionada y los desvíos presupuestarios no tan bien aceptados, de conservar la transcripción en sus archivos.


“En los momentos de crisis, el cálculo es algo secundario”, sostuvo Macron ante los parlamentarios de su mayoría para justificar las decenas de miles de millones de euros de déficit suplementario que acababa de anunciar. Y Angela Merkel apoyó casi inmediatamente el retroceso de su socio francés, enfocado, según ella, a “responder a las quejas de la gente”. La oposición de la derecha francesa también salió rápidamente a pedir el cese de las manifestaciones. La burguesía, que conoce bien sus intereses, sabe unirse cuando la casa está en llamas. Para “salvar al soldado Macron”, la patronal incluso instó a las empresas a pagar un bono excepcional a sus empleados... ¡su Presidente llegó incluso a pedir un aumento del salario mínimo! Y los medios de comunicación comerciales dejaron de mofarse de un poder al borde del abismo: “Por el momento –resumió el editorial del diario Le Figaro tras el discurso del Presidente de la República– hay que reconocerle al Ejecutivo el mérito de haber preservado lo esencial. […] Se mantienen las medidas fiscales a favor de las inversiones (anulación parcial del impuesto a la fortuna, flat tax para el ahorro…), así como la disminución de las cargas e impuestos que pesan sobre las empresas. ¡Esperemos que dure!” (5).


No podemos descartar que se cumpla ese deseo. El poder no cayó; se recuperó, protegido por las instituciones de la Quinta República y por su mayoría parlamentaria, que le seguirá siendo tanto más fiel cuanto que le debe todo. También dejó en claro que el liberalismo que exhibe no le impide desplegar vehículos blindados en París ni realizar arrestos preventivos de cientos de manifestantes (1.723 el 8 de diciembre), como ya lo había hecho durante dos semanas consecutivas. Tampoco reculó ante la manipulación del miedo –el Elíseo evocaba un “núcleo duro” que había ido a París “a matar”– ni ante la invocación de un complot extranjero –ruso, por supuesto–. Por último, al hacer él mismo hincapié en “el tema de la inmigración”, Macron confirmó su disposición al cinismo político.


El poder podrá jactarse de que los “chalecos amarillos” toman poco en cuenta el sistema internacional. Las pretensiones “jupiterianas” del Presidente de la República, su simbiosis con el universo financiero y cultural de los ricos contribuyeron efectivamente a dar la impresión de que su política dependía de un capricho personal, y de que tenía por lo tanto el poder de cambiarla radicalmente. Pero Francia ya no dispone de una moneda propia, sus servicios públicos están subordinados a la política europea de la competencia, su presupuesto es examinado punto por punto por los responsables alemanes, y sus tratados comerciales se negocian en Bruselas. Sin embargo, en la lista de las cuarenta y dos reivindicaciones más difundidas por los “chalecos amarillos”, el término “Europa” y el adjetivo “europeo” no figuran ni una sola vez.


Asimismo, los ocupantes de las rotondas y sus simpatizantes se mostraron más preocupados por protestar contra la cantidad de parlamentarios y los privilegios de los ministros que por acusar la impotencia de sus gobernantes. Ahora bien, como se pudo ver en el caso Ford, el patrón de una multinacional estadounidense ya ni se digna a atenderle el teléfono a un ministro francés, ni siquiera después de que su empresa anunciara el cierre de una fábrica en Blanquefort, cerca de Bordeaux, y el despido de sus ochocientos trabajadores (6).


Un abismo creciente


Veinte años atrás, en su análisis sobre el movimiento de desocupados del invierno de 1997, Pierre Bourdieu veía en éste un “milagro social”, cuya primera conquista era su propia existencia: “El movimiento permite que los desocupados, y junto a ellos, todos los trabajadores precarios, cuyo número crece día a día, salgan de la invisibilidad, del aislamiento, del silencio, en resumen, los saca de la inexistencia” (7). El surgimiento del movimiento de los “chalecos amarillos”, igual de “milagroso” y mucho más poderoso, da cuenta del empobrecimiento gradual de franjas cada vez más amplias de la población. Pero también de un sentimiento de desconfianza absoluta, cercana al asco, respecto de los canales habituales de representación: el movimiento no tiene ni dirigentes ni portavoces, rechaza los partidos, excluye a los sindicatos, ignora a los intelectuales, lucha contra los medios. Probablemente a eso se deba su popularidad, que mantuvo incluso después de las escenas de violencia de las cuales cualquier otro poder habría sacado partido.


Es inútil intentar predecir el futuro de un movimiento tan culturalmente ajeno a la mayoría de quienes hacen este periódico y de quienes lo leen. Sus perspectivas políticas son inciertas; su carácter heterogéneo, que contribuyó a ganar adeptos, pone en riesgo su cohesión y su poder: el acuerdo entre obreros y clases medias interviene más fácilmente cuando se trata de rechazar una tasa sobre el combustible o la eliminación del impuesto sobre la fortuna que cuando la revalorización del sueldo mínimo hace que un pequeño patrón o a un artesano teman por el aumento de sus aportes. No obstante, un lazo unificador es posible, en la medida en que muchas de las reivindicaciones de los “chalecos amarillos” derivan de las propias transformaciones del capitalismo: desigualdades, salarios, fiscalidad, declive de los servicios públicos, ecología punitiva, deslocalizaciones, sobrerrepresentación de la burguesía profesional en las instancias políticas y en los medios, etc.


En 2010, el periodista François Ruffin rescataba la imagen de dos movilizaciones progresistas que, en Amiens, el mismo día, se habían cruzado sin juntarse. Por un lado, una marcha de obreros de Goodyear. Por el otro, una manifestación de altermundialistas contra una ley antifeminista en España. “Es –decía Ruffin– como si dos mundos, separados uno de otro por seis kilómetros, se dieran la espalda. Sin posibilidad de unión entre los ‘duros’ de las fábricas y, como ironiza un obrero, ‘los burgueses del centro que dan un paseo’” (8). En la misma época, el sociólogo Rick Fantasia había observado también, en Detroit, Estados Unidos, la existencia de “dos izquierdas que se ignoran”, una compuesta por militantes sin perspectiva política, la otra, por realistas sin voluntad de acción (9). Aun si los clivajes de Amiens y de Detroit no coinciden totalmente, hacen referencia al mismo abismo creciente entre un universo popular que recibe los golpes e intenta devolverlos, y un mundo contestatario que (¿demasiado?) a menudo se inspira de intelectuales cuya radicalidad de papel no presenta peligro alguno para el orden social. A su manera, el movimiento de los “chalecos amarillos” hizo pensar también en dicha separación. No sólo a él le corresponde remediarla…

 

1. Christophe Castaner, “Un monstre de colères ancienne”, Brut, 8-12-18, https://brut.live/fr
2. Simone Weil, “La vie et la grève des ouvrières métallos”, La Révolution prolétarienne, París, 10-6-1936.
3. Quand la gauche essayait. Les Lecons du pouvoir (1924, 1936, 1944, 1981), Agone, Marsella, 2018.
4. Marie-Amélie Lombard-Latune y Christine Ducros, “Derrière les ‘gilets jaunes’, cette France des lotissements qui peine”, Le Figaro, París, 26-11-18.
5. Gaëtan de Capèle, “L’heure des comptes”, Le Figaro, 11-12-18.
6. Véase Ford Blanquefort même pas mort!, Libertalia, Montreuil, 2018.
7. Pierre Bourdieu, Contre-feux, Raisons d’agir, París, 1998.
8. François Ruffin, “Dans la fabrique du mouvement social”, Le Monde diplomatique, París, diciembre de 2010.
9. Rick Fantasia, “¿Dónde está la izquierda?”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, diciembre de 2010.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Victoria Cozzo.

Miles de mujeres marcharon en contra de Trump

Marcada por el movimiento #MeToo y los 131 escaños en las últimas legislativas, fue una marcha festiva y reivindicativa.

 

Decenas de miles de personas se manifestaron ayer en Washington y en casi 300 ciudades de EE.UU. en la llamada Marcha de Mujeres para protestar contra las políticas del presidente estadounidense, Donald Trump, y “para estar en el lado correcto de la historia”, como afirmó una participante.


“La situación está empeorando en el país y tenemos un presidente que desprecia a la gente y se burla de ella. Hemos venido a esta marcha porque queremos estar en el lado correcto de la historia”, dijo una de las participantes en la protesta, Whitney James, de 34 años. James había viajado junto a su madre, Karen, de 60 años, desde Michigan para tomar parte en la protesta en la capital, donde se dieron cita manifestantes, en su mayoría mujeres, de todas las edades y de distintas razas, además de algún que otro hombre.


La marcha se desarrolló en un ambiente festivo, a la vez que reivindicativo, en pleno corazón de Washington, donde se extendió por la plaza Freedom (libertad), donde la organización montó un escenario, y a lo largo de la avenida Pensilvania, que conecta la Casa Blanca con el Capitolio, y otras calles aledañas.


Esta era la primera vez que Whitney y Karen James asistían a la manifestación, que cumple su tercera edición desde 2017. “Participo por mis sobrinas y por los derechos de las mujeres”, indicó Whitney, mientras que su madre apostilló de inmediato: “Cada vez todo está más loco, necesitamos un cambio, un nuevo líder, un nuevo Gobierno, una remodelación total del Ejecutivo”, reflexionó.


Muchas de las participantes llevaban gorros de lana de color rosa, que les ayudaron también a protegerse del frío que reinaba en las calles de la capital. Las manifestantes portaban carteles con mensajes de lo más variado, como “Cuida de tu propio útero”, “Exigimos igualdad para todos” y “Sin Hermione, Harry (Potter) hubiera muerto en el libro 1”, entre otros.
En mitad de la plaza Freedom, la estudiante Serena Dimas, de 21 años, se hacía fotos con otras manifestantes con el cartel “Chingona como mi madre”.


“He venido para dar voz a mi familia, es decir, a los latinos y a todas las mujeres marginadas que han permanecido en silencio durante décadas y siglos –explicó–. Estoy aquí para contribuir a lograr un cambio y la igualdad”.


Dimas, residente en Los Angeles, visitaba Washington junto a su amiga María, al igual que ella estadounidense de origen mexicano, que repetía por segundo año. “La otra vez fui a la (marcha) de Los Angeles, siento que hay más gente aquí y que hay más mujeres enfadadas y muchas acompañadas de niñas pequeñas, y también veo a muchos hombres, aunque me gustaría ver a más”, apuntó.


De hecho no muy lejos de allí caminaba con un cartel de protesta contra Trump y junto a su novia, Nick, un afroamericano de 21 años de Carolina del Norte, que opinó en declaraciones a EFE que “los hombres cada vez son más conscientes de que hay que tratar a las mujeres por igual y no tratarlas como un objeto”.Washington no es el único lugar de EE.UU. que acoge hoy esta manifestación, ya que también se están desarrollando en otros lugares como Nueva York o Los Angeles.


En el caso de Nueva York, la protesta se escindió en dos manifestaciones rivales tras un choque entre las líderes del movimiento por las acusaciones de antisemitismo contra algunas dirigentes del movimiento nacional, lo que ha llevado al distanciamiento de organizaciones judías y otros grupos.


Sea como fuere, la jornada de hoy supone un contrapunto a la protesta de ayer en Washington, donde organizaciones antiabortistas se dieron cita para recalcar que “toda la vida tiene sentido”, apoyadas por Trump y el vicepresidente, Mike Pence.


La primera Marcha de Mujeres se celebró un día después de que el 20 de enero de 2017 Trump fuera investido presidente. Este año la protesta viene marcada por el protagonismo del movimiento #MeToo y las legislativas de noviembre pasado en las que ellas tuvieron el protagonismo obteniendo 131 escaños del Congreso.

Publicado enInternacional
Los profesores realizaron marchas y plantones en cientos de escuelas californianas en demanda de que se eliminen los recortes al gasto, que sea menos abultado el número de alumnos por clase y que se ponga un alto a las reformas privatizadoras. El paro se suma a una ola de acciones reivindicadoras de la enseñanza pública en al menos seis estados. Foto Afp

Sigue la rebelión contra el deterioro de la educación pública

Exigen mayores recursos y el fin de las reformas privatizadoras



Más de 30 mil maestros estallaron una huelga en Los Ángeles paralizando el segundo sistema escolar más grande de Estados Unidos con una serie de exigencias para restaurar recursos escolares, reducir el tamaño de los grupos, cuestionar los exámenes estandarizados y rescatar a la educación pública del proceso de privatización impulsado por las “reformas educativas” financiadas por multimillonarios.


Los maestros iniciaron marchas y plantones frente a cientos de escuelas con algunos de los más de 600 mil alumnos (72 por ciento de ellos latinos, aunque se hablan más de 90 idiomas en el sistema) y algunos padres que fueron a apoyarlos en un día de lluvia. “Estamos en una batalla por el alma de la educación pública”, declaró Alex Caputo Pearl, presidente del sindicato United Teachers of Los Ángeles (UTLA).


Esta huelga –la primera del UTLA en 30 años– se suma a una ola de acciones sin precedente en por lo menos seis estados de cientos de miles de maestros que estallaron a lo largo del año pasado en una rebelión contra las políticas de austeridad y privatización; en 29 estados hay menos financiamiento para educación que hace 10 años.


Aún más notable, muchas de estas acciones estatales se realizaron en estados conservadores con gobiernos republicanos –como Virginia Occidental, donde comenzó, Oklahoma, Arizona, Kentucky y Carolina del Norte– que sacudieron a sus cúpulas políticas, consiguieron conquistas sorprendentes y transformaron el panorama político regional. A diferencia de éstos, la huelga en Los Ángeles es en una ciudad y un estado bajo control demócrata liberal.


Esta huelga demuestra que la resistencia es contra el consenso bipartidista que impulsó lo que llamaron “reformas educativas” a lo largo del país, que incluyeron la promoción de un modelo de privatización de la educación pública mediante las llamadas escuelas chárter, e imponiendo medidas de evaluación de escuelas, maestros y alumnos por medio de exámenes estandarizados.


El UTLA exige que los gobiernos municipal y estatal (en Estados Unidos los sistemas de educación pública son administrados a nivel municipal y estatal, no federal) inviertan fondos para contratar a más personal de apoyo, reducir el tamaño de los grupos y disminuir los exámenes estandarizados. El sindicato señala que el deterioro de las escuelas públicas ha nutrido un éxodo a las escuelas chárter desviando así aún más fondos estatales. Denuncia que un grupo promedio tiene más de 32 estudiantes en las secundarias y preparatorias, con algunos casos donde superan 40 y literalmente no hay dónde sentarse más que en el piso.


Después de 20 meses de negociaciones –el contrato colectivo anterior caducó en junio de 2017– el sindicato rechazó la última oferta del comisionado de educación de la ciudad, el banquero inversionista Austin Beutner, quien argumenta que el distrito no puede aceptar las demandas de los maestros porque eso llevaría a la bancarrota.


Los mega-ricos son parte de la disputa en Los Ángeles. Las escuelas chárter –concepto promovido por todo el país financiado por multimillonarios como solución a los problemas supuestamente endémicos del sistema de educación pública– son escuelas públicas pero administradas de manera privada por diversos grupos, y en su mayoría su personal no está sindicalizado. Sus campeones en Los Ángeles incluyen al multimillonario filántropo Eli Broad y Reed Hastings, jefe ejecutivo de Netflix, junto con otros titanes que han impulsado estas escuelas a escala nacional como parte de una “reforma”, incluido al ex alcalde de Nueva York Michael Bloomberg, Bill Gates, la familia Walton (los herederos de Walmart) y un diverso grupo de especuladores financieros. Aproximadamente uno de cada cinco estudiantes en Los Ángeles está en una escuela chárter.


Mientras el gobernador (cuya campaña fue respaldada por el sindicato magisterial) llamó a las partes a regresar a la mesa de negociación, los profesores fueron acompañados por representantes de los sindicatos nacionales de docentes. Randi Weingarten, de la Federacion Americana de Maestros, declaró: “los ojos de la nación están observando esto y los educadores y enfermeros del país están respaldando a los educadores en Los Ángeles”.

 

Publicado enInternacional
Domingo, 30 Diciembre 2018 07:54

Las maneras de tomar la calle

Las maneras de tomar la calle

El inesperado volcán que tomó las calles y copó los barrios ricos de París despertó un recuerdo en Francia, el de los piqueteros argentinos. Un sociólogo explora los paralelismos y destaca las diferencias.

 

Emmanuel Macron terminó el año 2018 pintado de amarillo. Surgido desde las profundidades sociales del país, la revuelta de los chalecos amarillos trastornó en apenas un mes su mandato, al tiempo que inauguró en Europa una forma de acción social inédita. Los protagonistas son actores sociales que hasta ahora no habían provocado grandes terremotos. Los chalecos amarillos se desplegaron en todo el territorio, trasladaron la confrontación a la capital, concretamente a los barrios ricos, introdujeron la variable ecológica en el debate, llevaron a lo más alto la denuncia de la desigualdad fiscal y social, impugnaron los excesos de la riqueza y el liberalismo y obligaron al gobierno a retroceder. Todo en un tiempo breve, intenso, imprevisto, mágico a veces. Un tiempo que dejó afuera a los partidos políticos y los sindicatos. Francia se pregunta ¿y ahora qué pasará?


La respuesta vendrá en los próximos meses cuando se empiecen a deslindar las grandes incógnitas que han quedado plantadas en el corazón del país: ¿hasta dónde el movimiento de los chalecos amarillos es un freno a la aplanadora liberal que barre Europa ? ¿Quién sacará el mejor provecho electoral de este poderoso movimiento popular?


En esta entrevista realizada en París con el investigador argentino Denis Merklen se trata de ver entre tantas luces y tantas sombras. Sociólogo, profesor en el IHEAL (Instituto de Altos Estudios de América Latina), Denis Merklen es un reconocidísimo especialista de los movimientos populares. Autor de varios ensayos y responsable de ediciones criticas, Merklen ha trazado en sus investigaciones un paralelismo entre los movimientos populares de Francia y la Argentina: “La diagonale des conflits: Expériences de la démocratie en Argentine et en France”, Editions de l’IHEAL 2018; “Les classes populaires, sujet politique”, “Después de la violencia. El presente político de las dictaduras pasadas”, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2017; “Bibliotecas en llamas: Cuando las clases populares cuestionan la sociología y la política”, Buenos Aires, Ediciones UNGS, 2016; “Individuación, precariedad, inseguridad. ¿Desinstitucionalización del presente?” , Buenos Aires, Barcelona, México, Editorial Paidós, 2013).


En el caso preciso de los chalecos amarillos, Merklen traza las analogías secretas entre el movimiento de los chalecos amarillos y los movimientos populares argentinos al tiempo que retrata la composición, los orígenes y los posibles caminos políticos de los chalecos amarillos.


–¿Cuál será el mejor acercamiento para entender el levantamiento de los chalecos amarillos ? Revuelta contra la desigualdad, revuelta ecológica, contra las clases adineradas, contra la globalización.
–Se trata de un movimiento popular donde se mezclaron muchas cosas. Fue desencadenado por una protesta fiscal que se opuso con vehemencia al aumento del precio de la nafta. El primer impulso de este movimiento lo activó una fracción de las clases populares de Franciaque depende mucho del auto y cuyas condiciones de vida se veían afectadas. Eso es lo que funcionó como desencadenante. Pero, en lo fundamental, se trató de un movimiento de protesta por el deterioro de las condiciones de vida y de consumo. Fue mucho más que une reivindicación sectorial. Hay un fuerte sentimiento de injusticia social y también una demanda de democracia política. Estas cosas se fueron adicionando a medida que el movimiento surgía. Una de las características del amplio sector social que se movilizó radica en que, dentro de los grupos que componen a las clases populares, es probablemente el que se encuentra más alejado del Estado social francés. Son de hecho el grupo dentro de las clases populares que está más en contacto con el mercado. Por consiguiente, depende de su salario, es decir, del dinero. Están más expuestos al aumento de los precios, a la baja del salario o al deterioro de algunos servicios sociales.


–La presidencia de Emmanuel Macron y su política de corte muy liberal fue como el último eslabón que armó la cadena de la crisis.
–Sí, su presidencia agravó una situación que tiene muchas dimensiones. Por ejemplo, los movimientos sociales que intentaron oponerse a las medidas de corte liberal que se implementaron con esta presidencia y las dos anteriores, François Hollande y Nicolas Sarkozy, fueron, en general, derrotados rotundamente. Los últimos dos episodios fueron la reforma del código del trabajo y la de la empresa nacional de ferrocarriles, la cual es un bastión de las luchas populares francesas. Esta derrota de los movimientos sociales explican mucho el sentimiento de distanciación y autoritarismo. Esas derrotas descalificaron a los movimientos sociales tradicionales, los cuales aparecen como poco eficaces. Hubo muchas movilizaciones en el espacio público pero no obtuvieron lo que querían. Por otra parte, la llegada al poder de Emmanuel Macron es una llegada orquestada por un grupo de tecnócratas, de técnicos de alto vuelo que tienen redes de pertenencia muy sólidas entre las grandes empresas. Este grupo joven y en armonía con la globalización decidió pasar por encima de los viejos partidos políticos, tomar el poder por si solos y aplicar las medidas para que Francia avanzara hacia el liberalismo. En ese avance aparecieron como profundamente arrogantes, sordos, desconectados de la realidad y del pueblo. Esto es lo que agudizó el sentimiento de autoritarismo y de injusticia.


–Los chalecos amarillos surgieron de una Francia real pero oculta y se impusieron en el espacio público sin el respaldo de los estructuras de protesta tradicionales.
–Ninguna de las estructuras organizadas que tiene Francia tiene incidencia en este movimiento. Esto le dio muchísima fuerza y probablemente le significará un límite. Los chalecos amarillos son más un movimiento de ocupación del territorio que de ocupación del espacio público. En Francia, los cortes de ruta no son ninguna novedad, han sido muy practicados, sobre todo por los campesinos, pero nunca con tal amplitud ni con tal velocidad.


–Aquí es donde se llega a un punto convergente con algunas luchas sociales en la Argentina.
–Sí. Este movimiento de los chalecos amarillos recuerda al movimiento de los piqueteros tal y como se estructuró en los años 90 del menemismo en la Argentina. Los chalecos amarillos, como los piqueteros, parecen ser la voz confusa que dice: ustedes están yendo hacia el futuro en un proceso de progreso de la sociedad y del Estado pero ese proceso nos deja afuera. Recordemos que en la Argentina de aquella época los sindicatos y los partidos parecían no cortar ni pinchar en las decisiones del gobierno y el Estado. Es allí donde el movimiento piquetero salió a cortar la ruta. Ahí se da un parecido con la Argentina: si en la marcha en la que ustedes se mueven no hay lugar para nosotros, tampoco lo habrá para ustedes. Cortamos la ruta para todo el mundo. Otro de los éxitos de los chalecos amarillos comparado con la Argentina consistió en la capacidad de instalar une relación de fuerzas, una pulseada de poder. No fue sólo la manifestación de una idea o de un pedido al gobierno. Hay con todo una diferencia con el movimiento argentino. Los piqueteros tenían detrás un muy largo y sedimentado movimiento de lo que se llamó las organizaciones territoriales. En Francia no hubo eso.


–No hubo en la Argentina el episodio crítico de la ocupación del Arco de Triunfo en París.
–Esa ocupación fue espectacular. La violencia que la acompañó manifestaba la bronca de la gente por la sordera del gobierno durante las primeras semanas de la movilización. Esto terminó por sensibilizar al resto de la población. Se puede decir que, como los piqueteros en la Argentina, el grupo movilizado era muy pequeño. Los sindicatos movilizaron tres millones de personas contra la reforma de la jubilación mientras que los chalecos amarillos no llegaron ni al 10 por ciento de esa cifra. Sin embargo, la aceptación popular de los chalecos no tuvo límites.


–De alguna manera, los chalecos amarillos salieron a la calle con una legitimidad indestructible.
–Sí, y eso es porque, hasta ahora, las protestas sociales podían ser expulsadas hacia fuera del espacio del de la ciudadanía. Eso ocurrió por ejemplo en 2005 con la revuelta de las periferias urbanas, donde se albergan los migrantes que llegan a Francia. El discurso de entonces, muy expuesto a la percepción racista, consistió en decir: son jóvenes, delincuentes, árabes, negros, queman coches, tiran piedras y no son franceses, lo que era falso porque eran plenamente franceses. Eso le permitió al gobierno expulsarlos hacia fuera del espacio de la ciudadanía. Por sus características, los chalecos amarillos no son jóvenes, no son delincuentes, no son narcotraficantes, no son desocupados, ni árabes, ni negros. Entonces, fue muy difícil sacarlos del pueblo porque estaban en el corazón de la ciudadanía. El gobierno llegó totalmente desarmado de toda posibilidad de correrlos, tanto más cuanto que ni siquiera obedecían a ninguna ideología u organización. Era muy difícil descalificarlos. El gobierno quedó maniatado, se vio obligado a dar una respuesta porque no había manera de descalificarlos socialmente: era gente que trabajaba y que no pedía más que justicia y un poquito más de aire para respirar.


–Los chalecos amarillos acumulan acciones inéditas. Lo que pasó en Paris fue único: hasta que ellos irrumpieron, las manifestaciones y los saqueos tenían lugar en los barrios populares, en la Plaza de La Nación, de La República o La Bastilla. Esta vez, el choque mayor se produjo en el barrio de los ricos. Nunca se había visto algo así. Los chalecos amarillos hicieron de París el escenario de la confrontación contra la opulencia.
–Así como el Mayo del 68 fue novedoso porque los hechos ocurrieron en el Barrio Latino, en La Sorbona y en el Boulevard Saint Michel, que eran lugares nada frecuentes para la protesta social, este movimiento de los chalecos amarillos innovó y provocó una enorme sorpresa dirigiéndose al Arco de Triunfo y a los Campos Elíseos. El Arco de Triunfo es un monumento a la gloria del Ejército francés, pero alrededor de él se encuentran los sectores más ricos y más poderosos de la sociedad francesa, e incluso a nivel internacional. También a un paso de allí está el palacio presidencial y muchos ministerios. Entonces, la llegada de este movimiento provincial que se va allí, al corazón del lujo, de la riqueza, del turismo y la opulencia, era una manera de ir a descargar su bronca frente a la prepotencia de los ricos. Sin lugar a dudas,este fue un movimiento de denuncia muy fuerte de los excesos de la riqueza y el poder. Desde este punto de vista, se parece mucho a lo que los historiadores y los sociólogos hemos llamado “la defensa de una economía moral”. Esto quiere decir que hay reglas en las desigualdades que pueden ser aceptadas y también injusticias que todos aceptamos como consecuencia de los pactos sociales, pero, en determinado momento, esas reglas se rompen. Aquí se le esta diciendo al gobierno, a los sectores ricos y a las grandes empresas “ustedes están rompiendo las reglas del juego y nosotros no vamos a quedarnos de brazos cruzados mirando cómo ustedes establecen nuevas reglas del juego”. No es ajeno a esto que el patronato y las grandes empresas aceptaron inmediatamente distribuir dinero porque se dieron cuenta de que había algo allí que se estaba rompiendo, que podía ser peligroso tanto más cuanto que el gobierno no estaba en condiciones de manejar solo la crisis social que esta movilización estaba desatando. Recuerdo una frase del ex presidente argentino Eduardo Duhalde cuando dijo “con la gente no se jode”. Aquí apareció algo que se parecía mucho a “la gente”. No eran obreros, ni inmigrados, ni desocupados, ni funcionarios: era la gente.


–El otro tema que atravesó la revuelta es la ecología.
–En todos los sectores de la sociedad francesa hay una clarísima conciencia del problema ecológico. Hay una necesidad de cambiar de modelo de desarrollo y de consumo. Pero el problema está en que hay que encontrar energía barata para que la gente pueda acceder al consumo y mejorar su vida. Pero la paradoja es que, al mismo tiempo que hay que salir del motor, muchísima gente depende del auto para cada uno de los actos de su vida cotidiana. Por eso la ecología se coló en esta crisis y puede tener un efecto muy positivo porque, hasta ahora, la ecología estaba limitada a ciertas categorías de clases media, joven, ilustrada. En suma, gente muy cercana al electorado de Macron. Pero aquí aparece otra Francia. Por consiguiente, la necesidad de llevar juntos un programa social y un programa ecológico aparece como una oportunidad planteada por los chalecos amarillos. Este movimiento dice: no podemos ser nosotros los que paguemos el pato.


–Después de esta enorme sacudida, Francia se pregunta quién se llevará el premio en este año que comienza. En lo concreto, quién captará la atención electoral de ese sector popular del cual la izquierda y la social democracia están alejados.
–Existe el gran temor de que esta movilización favorezca electoralmente a la extrema derecha de Marine Le Pen. La salida electoral de esta crisis es con todo una incógnita. Los dos grupos políticos dominantes están desarticulados. Quedan, entonces, los dos grupos más fuertes: el gobierno y su proyecto liberal, y Marine Le Pen. Es la única que parece ser capaz de movilizar al electorado popular. Esas clases populares pueden ser reaccionarias, lo que en la Argentina no es muy difícil de entender porque han convivido dentro del peronismo sectores populares y que al mismo tiempo son profundamente reaccionarios. En Francia ocurre algo similar. Lo que pasa es que en el contexto tradicional de Europa es más difícil de entender porque aquí las clases populares fueron de izquierda. Pero para un argentino no es muy difícil de entender. En Francia, el movimiento de Marine Le Pen se mueve en ese sentido. Aquí, muchos analistas están mirando al peronismo y a los estudios históricos sobre el peronismo para tratar de entender a los movimientos que aquí se llaman populistas y que están muy pegados a la ultraderecha. El gobierno apunta por ahora a que esto sea apenas un obstáculo que hay que sortear. El movimiento no parece tener por ahora la fuerza de parar el modelo europeo de destrucción del Estado social. Puede, sin embargo, significar un límite. El gobierno está apostando muy peligrosamente por el crecimiento de la extrema derecha de Reagrupamiento Nacional (ex Frente Nacional). Aquí la analogía con la Argentina es otra vez interesante. El gobierno de Kirchner apostó durante mucho tiempo a que su enemigo fuera Macri pensando que un movimiento porteño y de clase media nunca le iba a ganar al peronismo. Pero terminó pasando. En Francia puede ocurrir algo similar con la extrema derecha.


Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enInternacional