Lunes, 21 Enero 2019 08:26

Cuando todo vuelve a la superficie

Chalecos amarillos en Bourges. / https://www.airedesantafe.com.ar/noticias-internacionales/incidentes-corridas-la-novena-protesta-los-chalecos-amarillos-francia/

La rebelión de los “chalecos amarillos” hizo añicos el discreto encanto burgués del presidente Macron, obligado a retroceder ante el estallido social de grupos movilizados espontáneamente. En un mes, transporte, fiscalidad, medioambiente, educación y democracia representativa fueron puestos en cuestión en Francia.

En París, el 15 de diciembre de 2018, en la plaza de la Ópera, tres “chalecos amarillos” se alternaban para leer un comunicado dirigido “al pueblo francés y al Presidente de la República, Emmanuel Macron”. De entrada, el texto anunciaba: “Este movimiento no le pertenece a nadie en particular, sino a todo el mundo en general. Es la expresión de un pueblo que, desde hace cuarenta años, ha sido despojado de todo lo que le permitía creer en su futuro y en su grandeza”.

En menos de un mes, la bronca desatada por una tasa sobre el combustible desembocó en un dictamen general, social y democrático a la vez. Los movimientos que incorporan a ciudadanos poco organizados favorecen el aceleramiento de su politización. A tal punto que el “pueblo” descubre haber sido “despojado de su futuro” un año después de haber llevado al poder a un hombre que se jacta de haber barrido a los dos partidos que, desde hacía justamente cuarenta años, venían sucediéndose en el gobierno.


Y luego, el primero de la cordada cayó cuesta abajo. Como, antes que él, otros prodigios de su misma especie, igual de jóvenes, sonrientes y modernos: Laurent Fabius, Anthony Blair y Matteo Renzi, por ejemplo. Para la burguesía liberal, la decepción es inmensa. Las elecciones presidenciales francesas del año pasado –un milagro, una divina sorpresa, una martingala– había sembrado en ella la expectativa de que Francia se había vuelto una isla feliz en medio de un Occidente tormentoso. A punto tal que, en el momento de la coronación de Macron con la Oda a la alegría de fondo, el semanario británico The Economist, perfecto representante del sentimiento de las clases dirigentes internacionales, lo mostró con un traje resplandeciente y una sonrisa en la cara, cual Moisés caminando sobre el agua.


El mar se cerró alrededor del niño prodigio, demasiado confiado en sus instituciones y desdeñoso de la condición económica de los demás. Durante una campaña electoral, el malestar social sólo apareció como escenografía, generalmente para explicar la elección de los que votan mal. Pero luego, cuando las “viejas broncas” se acumulan y cuando, sin consideración por quienes las padecen, se generan otras nuevas, el “monstruo”, como lo llama Christophe Castaner, ministro del Interior, puede salir de su cueva (1). Entonces es cuando todo puede suceder.


Presión económica


El borramiento de una memoria de izquierda en Francia explica el hecho de que se hayan identificado tan pocas analogías entre el movimiento de los “chalecos amarillos” y las huelgas obreras de junio de 1936. Para empezar, la sorpresa de las clases superiores es la misma ante las condiciones de vida de los trabajadores y su exigencia de dignidad: “Todos los que son ajenos a esta vida de esclavo –explicaba por entonces la filósofa y militante obrera Simone Weil– son incapaces de comprender el punto decisivo de esta causa. En este movimiento, se trata mucho más que de tal o cual reivindicación, por más importante que sea. […] Después de haberse doblegado siempre, de haber sufrido todo, de haber tenido que aguantarlo todo en silencio durante meses y años, se trata de erguirse, ponerse de pie, tomar la palabra” (2). Tras evocar los acuerdos de Matignon, que dieron lugar a las vacaciones pagas, la semana laboral de cuarenta horas y a un aumento salarial, León Blum comentaría así una conversación entre dos negociadores de la patronal: “Oí al señor Duchemin decirle al señor Richemond, mientras se le mostraba la tasa de ciertos salarios: ‘¿Cómo es posible? ¿Cómo pudimos permitir que esto ocurriera?’”(3)¿Macron habría tenido la misma revelación al escuchar a los “chalecos amarillos” hablar de su realidad cotidiana? Con los ojos clavados en un teleprompter, tenso, más bien pálido, admitió en todo caso que “el esfuerzo que le habían pedido era demasiado importante” y que “no era justo”. Su “pedagogía” puede ser más jovial cuando cambia de destinatario.


“¿Cómo dejamos que esto ocurriera?”. Cada cual ahora conoce mejor, gracias a los “chalecos amarillos”, la lista de injusticias cometidas por el gobierno actual: 5 euros menos por mes desde 2017 para los beneficiarios de la Ayuda Personalizada para la Vivienda (APL, por su sigla en francés) y, al mismo tiempo, la supresión de la gradualidad fiscal sobre el capital; la eliminación del impuesto a la fortuna (ISF) y, al mismo tiempo, la pérdida del poder adquisitivo de los jubilados. Sin olvidar lo más costoso: la “simplificación contable” del Crédito de Impuesto para la Competitividad y el Empleo (CICE) concedido a las empresas. El año próximo, el Tesoro Público le pagará así pues el doble a Bernard Arnault, la fortuna número uno de Europa, propietario de Carrefour, del grupo LVMH y de los periódicos Le Parisien y Les Échos. Solamente esta medida costará cerca de 40.000 millones de euros en 2019, es decir, el 1,8% del Producto Interno Bruto (PIB) o, si se prefiere… más de cien veces el monto de la reducción de las ayudas para la vivienda. En un “video/diatriba” de cinco minutos que contribuyó al inicio del movimiento de los “chalecos amarillos”, la señora Jacline Mouraud preguntaba tres veces: “¿Pero qué es lo que hacen con la plata?”. Aquí está la respuesta.


Precios exorbitantes para llenar el tanque del auto y controles técnicos cada vez más quisquillosos hicieron que todo saliera a la superficie. Bancos que se atiborran con cada crédito que otorgan, pero que, por motivos económicos, “agrupan” sus sucursales, o sea, las cierran, y proceden al cierre de las cuentas de los clientes cuando éstos, para llegar a fin de mes, hacen un cheque sin comprobar su saldo. Jubilaciones, de por sí muy bajas, que el gobierno punciona como si fueran la cueva de Alí Babá. Mujeres que crían solas a sus hijos y que reciben con dificultad la cuota alimentaria de sus ex parejas, que a menudo son tan pobres como ellas. Parejas que deben seguir conviviendo a pesar de la discordia porque no pueden pagar dos alquileres. Nuevos gastos obligatorios: internet, computadora y smartphone, que hay que pagar no tanto por el placer de mirar series en Netflix, como por la racionalización de los servicios del correo, del fisco, y de los ferrocarriles (SNCF), también por la desaparición de cabinas telefónicas, que eliminaron cualquier posibilidad de prescindir de dichos aparatos. Y guarderías que cierran, comercios que se extinguen, Amazon que multiplica sus depósitos por todas partes. Todo este universo de anomia social, de imposiciones tecnológicas, de formularios que hay que rellenar, de productividad que se debe cuantificar, de soledad, existe también, en mayor o menor medida, fuera de Francia; se impone bajo distintos regímenes políticos, y es anterior a la elección de Macron. Pero al Presidente francés parece gustarle ese nuevo mundo y haber hecho de él su proyecto de sociedad. Es por ello también que se lo odia.

 

 


Aunque no todos lo odian: aquellos a quienes les va bien, profesionales, burgueses, residentes de las áreas metropolitanas, comulgan en el mismo optimismo que el Presidente francés. Mientras el país esté tranquilo, o desesperado, lo cual da lo mismo, el mundo y el futuro les pertenecen. Un “chaleco amarillo”, propietario de una de esas casitas en las afueras que en los años 70 eran un símbolo de ascenso social, ironiza con amargura: “Cuando los aviones pasan a baja altura por encima de las viviendas, nos decimos: ‘Mirá, ahí van los parisinos que sí pueden irse de vacaciones. Y encima nos tiran combustible’”(4).


Apoyo y protección


Macron cuenta con otros apoyos además del de los burgueses nómades de la capital, incluyendo a los periodistas. Cuenta también con el de la Unión Europea, por ejemplo. En un contexto en el que el Reino Unido vuelve a su insularidad, Hungría rezonga, Italia desobedece y la Casa Blanca los alienta en ese sentido, la UE no puede prescindir de Francia ni castigarla como a Grecia cuando sus cuentas se les van de las manos. Porque, por más debilitado que esté Macron, sigue siendo una de las pocas piezas aún valiosas en el tablero de una Europa liberal. Bruselas y Berlín procurarán, pues, que se sostenga.


A punto tal de conceder a París algunos pecados capitales. Cuatro días antes de que el Presidente anunciara que aceptaba varias de las demandas de los “chalecos amarillos”, lo cual acarrearía una revisión al alza del déficit presupuestario que excede el límite sacrosanto del 3% del PIB, el comisario europeo de Economía Pierre Moscovici, en lugar de retarlo y amenazarlo esperando disuadirlo de mostrar tal falta de previsión, dejó en claro que no veía allí ningún inconveniente: “Mi rol, como guardián del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, no es decirle a tal o cual país: ‘Tienen que cortar en este o aquel gasto social, tienen que recaudar tal o tal impuesto’. […] Esta regla del 3%, no es lo más importante. Gérald Darmanin [el ministro de Obras Públicas], decía, yo lo oí: ‘El 2,9 o el 3,1 no son ni el infierno ni el paraíso’; respecto de eso, no está del todo equivocado y le corresponde a Francia decidir lo que tiene que hacer. Yo hoy no voy a decir: ‘Francia corre el riesgo de ser sancionada porque se apartó de los procedimientos de déficit’” (Radio France Inter, 6-12-18). No podemos más que aconsejar a los españoles, italianos y griegos que traduzcan semejante declaración (nuestras ediciones internacionales se encargarán de hacerlo…), y a un futuro gobierno francés, cuya soberanía económica fuera más cuestionada y los desvíos presupuestarios no tan bien aceptados, de conservar la transcripción en sus archivos.


“En los momentos de crisis, el cálculo es algo secundario”, sostuvo Macron ante los parlamentarios de su mayoría para justificar las decenas de miles de millones de euros de déficit suplementario que acababa de anunciar. Y Angela Merkel apoyó casi inmediatamente el retroceso de su socio francés, enfocado, según ella, a “responder a las quejas de la gente”. La oposición de la derecha francesa también salió rápidamente a pedir el cese de las manifestaciones. La burguesía, que conoce bien sus intereses, sabe unirse cuando la casa está en llamas. Para “salvar al soldado Macron”, la patronal incluso instó a las empresas a pagar un bono excepcional a sus empleados... ¡su Presidente llegó incluso a pedir un aumento del salario mínimo! Y los medios de comunicación comerciales dejaron de mofarse de un poder al borde del abismo: “Por el momento –resumió el editorial del diario Le Figaro tras el discurso del Presidente de la República– hay que reconocerle al Ejecutivo el mérito de haber preservado lo esencial. […] Se mantienen las medidas fiscales a favor de las inversiones (anulación parcial del impuesto a la fortuna, flat tax para el ahorro…), así como la disminución de las cargas e impuestos que pesan sobre las empresas. ¡Esperemos que dure!” (5).


No podemos descartar que se cumpla ese deseo. El poder no cayó; se recuperó, protegido por las instituciones de la Quinta República y por su mayoría parlamentaria, que le seguirá siendo tanto más fiel cuanto que le debe todo. También dejó en claro que el liberalismo que exhibe no le impide desplegar vehículos blindados en París ni realizar arrestos preventivos de cientos de manifestantes (1.723 el 8 de diciembre), como ya lo había hecho durante dos semanas consecutivas. Tampoco reculó ante la manipulación del miedo –el Elíseo evocaba un “núcleo duro” que había ido a París “a matar”– ni ante la invocación de un complot extranjero –ruso, por supuesto–. Por último, al hacer él mismo hincapié en “el tema de la inmigración”, Macron confirmó su disposición al cinismo político.


El poder podrá jactarse de que los “chalecos amarillos” toman poco en cuenta el sistema internacional. Las pretensiones “jupiterianas” del Presidente de la República, su simbiosis con el universo financiero y cultural de los ricos contribuyeron efectivamente a dar la impresión de que su política dependía de un capricho personal, y de que tenía por lo tanto el poder de cambiarla radicalmente. Pero Francia ya no dispone de una moneda propia, sus servicios públicos están subordinados a la política europea de la competencia, su presupuesto es examinado punto por punto por los responsables alemanes, y sus tratados comerciales se negocian en Bruselas. Sin embargo, en la lista de las cuarenta y dos reivindicaciones más difundidas por los “chalecos amarillos”, el término “Europa” y el adjetivo “europeo” no figuran ni una sola vez.


Asimismo, los ocupantes de las rotondas y sus simpatizantes se mostraron más preocupados por protestar contra la cantidad de parlamentarios y los privilegios de los ministros que por acusar la impotencia de sus gobernantes. Ahora bien, como se pudo ver en el caso Ford, el patrón de una multinacional estadounidense ya ni se digna a atenderle el teléfono a un ministro francés, ni siquiera después de que su empresa anunciara el cierre de una fábrica en Blanquefort, cerca de Bordeaux, y el despido de sus ochocientos trabajadores (6).


Un abismo creciente


Veinte años atrás, en su análisis sobre el movimiento de desocupados del invierno de 1997, Pierre Bourdieu veía en éste un “milagro social”, cuya primera conquista era su propia existencia: “El movimiento permite que los desocupados, y junto a ellos, todos los trabajadores precarios, cuyo número crece día a día, salgan de la invisibilidad, del aislamiento, del silencio, en resumen, los saca de la inexistencia” (7). El surgimiento del movimiento de los “chalecos amarillos”, igual de “milagroso” y mucho más poderoso, da cuenta del empobrecimiento gradual de franjas cada vez más amplias de la población. Pero también de un sentimiento de desconfianza absoluta, cercana al asco, respecto de los canales habituales de representación: el movimiento no tiene ni dirigentes ni portavoces, rechaza los partidos, excluye a los sindicatos, ignora a los intelectuales, lucha contra los medios. Probablemente a eso se deba su popularidad, que mantuvo incluso después de las escenas de violencia de las cuales cualquier otro poder habría sacado partido.


Es inútil intentar predecir el futuro de un movimiento tan culturalmente ajeno a la mayoría de quienes hacen este periódico y de quienes lo leen. Sus perspectivas políticas son inciertas; su carácter heterogéneo, que contribuyó a ganar adeptos, pone en riesgo su cohesión y su poder: el acuerdo entre obreros y clases medias interviene más fácilmente cuando se trata de rechazar una tasa sobre el combustible o la eliminación del impuesto sobre la fortuna que cuando la revalorización del sueldo mínimo hace que un pequeño patrón o a un artesano teman por el aumento de sus aportes. No obstante, un lazo unificador es posible, en la medida en que muchas de las reivindicaciones de los “chalecos amarillos” derivan de las propias transformaciones del capitalismo: desigualdades, salarios, fiscalidad, declive de los servicios públicos, ecología punitiva, deslocalizaciones, sobrerrepresentación de la burguesía profesional en las instancias políticas y en los medios, etc.


En 2010, el periodista François Ruffin rescataba la imagen de dos movilizaciones progresistas que, en Amiens, el mismo día, se habían cruzado sin juntarse. Por un lado, una marcha de obreros de Goodyear. Por el otro, una manifestación de altermundialistas contra una ley antifeminista en España. “Es –decía Ruffin– como si dos mundos, separados uno de otro por seis kilómetros, se dieran la espalda. Sin posibilidad de unión entre los ‘duros’ de las fábricas y, como ironiza un obrero, ‘los burgueses del centro que dan un paseo’” (8). En la misma época, el sociólogo Rick Fantasia había observado también, en Detroit, Estados Unidos, la existencia de “dos izquierdas que se ignoran”, una compuesta por militantes sin perspectiva política, la otra, por realistas sin voluntad de acción (9). Aun si los clivajes de Amiens y de Detroit no coinciden totalmente, hacen referencia al mismo abismo creciente entre un universo popular que recibe los golpes e intenta devolverlos, y un mundo contestatario que (¿demasiado?) a menudo se inspira de intelectuales cuya radicalidad de papel no presenta peligro alguno para el orden social. A su manera, el movimiento de los “chalecos amarillos” hizo pensar también en dicha separación. No sólo a él le corresponde remediarla…

 

1. Christophe Castaner, “Un monstre de colères ancienne”, Brut, 8-12-18, https://brut.live/fr
2. Simone Weil, “La vie et la grève des ouvrières métallos”, La Révolution prolétarienne, París, 10-6-1936.
3. Quand la gauche essayait. Les Lecons du pouvoir (1924, 1936, 1944, 1981), Agone, Marsella, 2018.
4. Marie-Amélie Lombard-Latune y Christine Ducros, “Derrière les ‘gilets jaunes’, cette France des lotissements qui peine”, Le Figaro, París, 26-11-18.
5. Gaëtan de Capèle, “L’heure des comptes”, Le Figaro, 11-12-18.
6. Véase Ford Blanquefort même pas mort!, Libertalia, Montreuil, 2018.
7. Pierre Bourdieu, Contre-feux, Raisons d’agir, París, 1998.
8. François Ruffin, “Dans la fabrique du mouvement social”, Le Monde diplomatique, París, diciembre de 2010.
9. Rick Fantasia, “¿Dónde está la izquierda?”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, diciembre de 2010.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Victoria Cozzo.

Miles de mujeres marcharon en contra de Trump

Marcada por el movimiento #MeToo y los 131 escaños en las últimas legislativas, fue una marcha festiva y reivindicativa.

 

Decenas de miles de personas se manifestaron ayer en Washington y en casi 300 ciudades de EE.UU. en la llamada Marcha de Mujeres para protestar contra las políticas del presidente estadounidense, Donald Trump, y “para estar en el lado correcto de la historia”, como afirmó una participante.


“La situación está empeorando en el país y tenemos un presidente que desprecia a la gente y se burla de ella. Hemos venido a esta marcha porque queremos estar en el lado correcto de la historia”, dijo una de las participantes en la protesta, Whitney James, de 34 años. James había viajado junto a su madre, Karen, de 60 años, desde Michigan para tomar parte en la protesta en la capital, donde se dieron cita manifestantes, en su mayoría mujeres, de todas las edades y de distintas razas, además de algún que otro hombre.


La marcha se desarrolló en un ambiente festivo, a la vez que reivindicativo, en pleno corazón de Washington, donde se extendió por la plaza Freedom (libertad), donde la organización montó un escenario, y a lo largo de la avenida Pensilvania, que conecta la Casa Blanca con el Capitolio, y otras calles aledañas.


Esta era la primera vez que Whitney y Karen James asistían a la manifestación, que cumple su tercera edición desde 2017. “Participo por mis sobrinas y por los derechos de las mujeres”, indicó Whitney, mientras que su madre apostilló de inmediato: “Cada vez todo está más loco, necesitamos un cambio, un nuevo líder, un nuevo Gobierno, una remodelación total del Ejecutivo”, reflexionó.


Muchas de las participantes llevaban gorros de lana de color rosa, que les ayudaron también a protegerse del frío que reinaba en las calles de la capital. Las manifestantes portaban carteles con mensajes de lo más variado, como “Cuida de tu propio útero”, “Exigimos igualdad para todos” y “Sin Hermione, Harry (Potter) hubiera muerto en el libro 1”, entre otros.
En mitad de la plaza Freedom, la estudiante Serena Dimas, de 21 años, se hacía fotos con otras manifestantes con el cartel “Chingona como mi madre”.


“He venido para dar voz a mi familia, es decir, a los latinos y a todas las mujeres marginadas que han permanecido en silencio durante décadas y siglos –explicó–. Estoy aquí para contribuir a lograr un cambio y la igualdad”.


Dimas, residente en Los Angeles, visitaba Washington junto a su amiga María, al igual que ella estadounidense de origen mexicano, que repetía por segundo año. “La otra vez fui a la (marcha) de Los Angeles, siento que hay más gente aquí y que hay más mujeres enfadadas y muchas acompañadas de niñas pequeñas, y también veo a muchos hombres, aunque me gustaría ver a más”, apuntó.


De hecho no muy lejos de allí caminaba con un cartel de protesta contra Trump y junto a su novia, Nick, un afroamericano de 21 años de Carolina del Norte, que opinó en declaraciones a EFE que “los hombres cada vez son más conscientes de que hay que tratar a las mujeres por igual y no tratarlas como un objeto”.Washington no es el único lugar de EE.UU. que acoge hoy esta manifestación, ya que también se están desarrollando en otros lugares como Nueva York o Los Angeles.


En el caso de Nueva York, la protesta se escindió en dos manifestaciones rivales tras un choque entre las líderes del movimiento por las acusaciones de antisemitismo contra algunas dirigentes del movimiento nacional, lo que ha llevado al distanciamiento de organizaciones judías y otros grupos.


Sea como fuere, la jornada de hoy supone un contrapunto a la protesta de ayer en Washington, donde organizaciones antiabortistas se dieron cita para recalcar que “toda la vida tiene sentido”, apoyadas por Trump y el vicepresidente, Mike Pence.


La primera Marcha de Mujeres se celebró un día después de que el 20 de enero de 2017 Trump fuera investido presidente. Este año la protesta viene marcada por el protagonismo del movimiento #MeToo y las legislativas de noviembre pasado en las que ellas tuvieron el protagonismo obteniendo 131 escaños del Congreso.

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Los profesores realizaron marchas y plantones en cientos de escuelas californianas en demanda de que se eliminen los recortes al gasto, que sea menos abultado el número de alumnos por clase y que se ponga un alto a las reformas privatizadoras. El paro se suma a una ola de acciones reivindicadoras de la enseñanza pública en al menos seis estados. Foto Afp

Sigue la rebelión contra el deterioro de la educación pública

Exigen mayores recursos y el fin de las reformas privatizadoras



Más de 30 mil maestros estallaron una huelga en Los Ángeles paralizando el segundo sistema escolar más grande de Estados Unidos con una serie de exigencias para restaurar recursos escolares, reducir el tamaño de los grupos, cuestionar los exámenes estandarizados y rescatar a la educación pública del proceso de privatización impulsado por las “reformas educativas” financiadas por multimillonarios.


Los maestros iniciaron marchas y plantones frente a cientos de escuelas con algunos de los más de 600 mil alumnos (72 por ciento de ellos latinos, aunque se hablan más de 90 idiomas en el sistema) y algunos padres que fueron a apoyarlos en un día de lluvia. “Estamos en una batalla por el alma de la educación pública”, declaró Alex Caputo Pearl, presidente del sindicato United Teachers of Los Ángeles (UTLA).


Esta huelga –la primera del UTLA en 30 años– se suma a una ola de acciones sin precedente en por lo menos seis estados de cientos de miles de maestros que estallaron a lo largo del año pasado en una rebelión contra las políticas de austeridad y privatización; en 29 estados hay menos financiamiento para educación que hace 10 años.


Aún más notable, muchas de estas acciones estatales se realizaron en estados conservadores con gobiernos republicanos –como Virginia Occidental, donde comenzó, Oklahoma, Arizona, Kentucky y Carolina del Norte– que sacudieron a sus cúpulas políticas, consiguieron conquistas sorprendentes y transformaron el panorama político regional. A diferencia de éstos, la huelga en Los Ángeles es en una ciudad y un estado bajo control demócrata liberal.


Esta huelga demuestra que la resistencia es contra el consenso bipartidista que impulsó lo que llamaron “reformas educativas” a lo largo del país, que incluyeron la promoción de un modelo de privatización de la educación pública mediante las llamadas escuelas chárter, e imponiendo medidas de evaluación de escuelas, maestros y alumnos por medio de exámenes estandarizados.


El UTLA exige que los gobiernos municipal y estatal (en Estados Unidos los sistemas de educación pública son administrados a nivel municipal y estatal, no federal) inviertan fondos para contratar a más personal de apoyo, reducir el tamaño de los grupos y disminuir los exámenes estandarizados. El sindicato señala que el deterioro de las escuelas públicas ha nutrido un éxodo a las escuelas chárter desviando así aún más fondos estatales. Denuncia que un grupo promedio tiene más de 32 estudiantes en las secundarias y preparatorias, con algunos casos donde superan 40 y literalmente no hay dónde sentarse más que en el piso.


Después de 20 meses de negociaciones –el contrato colectivo anterior caducó en junio de 2017– el sindicato rechazó la última oferta del comisionado de educación de la ciudad, el banquero inversionista Austin Beutner, quien argumenta que el distrito no puede aceptar las demandas de los maestros porque eso llevaría a la bancarrota.


Los mega-ricos son parte de la disputa en Los Ángeles. Las escuelas chárter –concepto promovido por todo el país financiado por multimillonarios como solución a los problemas supuestamente endémicos del sistema de educación pública– son escuelas públicas pero administradas de manera privada por diversos grupos, y en su mayoría su personal no está sindicalizado. Sus campeones en Los Ángeles incluyen al multimillonario filántropo Eli Broad y Reed Hastings, jefe ejecutivo de Netflix, junto con otros titanes que han impulsado estas escuelas a escala nacional como parte de una “reforma”, incluido al ex alcalde de Nueva York Michael Bloomberg, Bill Gates, la familia Walton (los herederos de Walmart) y un diverso grupo de especuladores financieros. Aproximadamente uno de cada cinco estudiantes en Los Ángeles está en una escuela chárter.


Mientras el gobernador (cuya campaña fue respaldada por el sindicato magisterial) llamó a las partes a regresar a la mesa de negociación, los profesores fueron acompañados por representantes de los sindicatos nacionales de docentes. Randi Weingarten, de la Federacion Americana de Maestros, declaró: “los ojos de la nación están observando esto y los educadores y enfermeros del país están respaldando a los educadores en Los Ángeles”.

 

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Domingo, 30 Diciembre 2018 07:54

Las maneras de tomar la calle

Las maneras de tomar la calle

El inesperado volcán que tomó las calles y copó los barrios ricos de París despertó un recuerdo en Francia, el de los piqueteros argentinos. Un sociólogo explora los paralelismos y destaca las diferencias.

 

Emmanuel Macron terminó el año 2018 pintado de amarillo. Surgido desde las profundidades sociales del país, la revuelta de los chalecos amarillos trastornó en apenas un mes su mandato, al tiempo que inauguró en Europa una forma de acción social inédita. Los protagonistas son actores sociales que hasta ahora no habían provocado grandes terremotos. Los chalecos amarillos se desplegaron en todo el territorio, trasladaron la confrontación a la capital, concretamente a los barrios ricos, introdujeron la variable ecológica en el debate, llevaron a lo más alto la denuncia de la desigualdad fiscal y social, impugnaron los excesos de la riqueza y el liberalismo y obligaron al gobierno a retroceder. Todo en un tiempo breve, intenso, imprevisto, mágico a veces. Un tiempo que dejó afuera a los partidos políticos y los sindicatos. Francia se pregunta ¿y ahora qué pasará?


La respuesta vendrá en los próximos meses cuando se empiecen a deslindar las grandes incógnitas que han quedado plantadas en el corazón del país: ¿hasta dónde el movimiento de los chalecos amarillos es un freno a la aplanadora liberal que barre Europa ? ¿Quién sacará el mejor provecho electoral de este poderoso movimiento popular?


En esta entrevista realizada en París con el investigador argentino Denis Merklen se trata de ver entre tantas luces y tantas sombras. Sociólogo, profesor en el IHEAL (Instituto de Altos Estudios de América Latina), Denis Merklen es un reconocidísimo especialista de los movimientos populares. Autor de varios ensayos y responsable de ediciones criticas, Merklen ha trazado en sus investigaciones un paralelismo entre los movimientos populares de Francia y la Argentina: “La diagonale des conflits: Expériences de la démocratie en Argentine et en France”, Editions de l’IHEAL 2018; “Les classes populaires, sujet politique”, “Después de la violencia. El presente político de las dictaduras pasadas”, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2017; “Bibliotecas en llamas: Cuando las clases populares cuestionan la sociología y la política”, Buenos Aires, Ediciones UNGS, 2016; “Individuación, precariedad, inseguridad. ¿Desinstitucionalización del presente?” , Buenos Aires, Barcelona, México, Editorial Paidós, 2013).


En el caso preciso de los chalecos amarillos, Merklen traza las analogías secretas entre el movimiento de los chalecos amarillos y los movimientos populares argentinos al tiempo que retrata la composición, los orígenes y los posibles caminos políticos de los chalecos amarillos.


–¿Cuál será el mejor acercamiento para entender el levantamiento de los chalecos amarillos ? Revuelta contra la desigualdad, revuelta ecológica, contra las clases adineradas, contra la globalización.
–Se trata de un movimiento popular donde se mezclaron muchas cosas. Fue desencadenado por una protesta fiscal que se opuso con vehemencia al aumento del precio de la nafta. El primer impulso de este movimiento lo activó una fracción de las clases populares de Franciaque depende mucho del auto y cuyas condiciones de vida se veían afectadas. Eso es lo que funcionó como desencadenante. Pero, en lo fundamental, se trató de un movimiento de protesta por el deterioro de las condiciones de vida y de consumo. Fue mucho más que une reivindicación sectorial. Hay un fuerte sentimiento de injusticia social y también una demanda de democracia política. Estas cosas se fueron adicionando a medida que el movimiento surgía. Una de las características del amplio sector social que se movilizó radica en que, dentro de los grupos que componen a las clases populares, es probablemente el que se encuentra más alejado del Estado social francés. Son de hecho el grupo dentro de las clases populares que está más en contacto con el mercado. Por consiguiente, depende de su salario, es decir, del dinero. Están más expuestos al aumento de los precios, a la baja del salario o al deterioro de algunos servicios sociales.


–La presidencia de Emmanuel Macron y su política de corte muy liberal fue como el último eslabón que armó la cadena de la crisis.
–Sí, su presidencia agravó una situación que tiene muchas dimensiones. Por ejemplo, los movimientos sociales que intentaron oponerse a las medidas de corte liberal que se implementaron con esta presidencia y las dos anteriores, François Hollande y Nicolas Sarkozy, fueron, en general, derrotados rotundamente. Los últimos dos episodios fueron la reforma del código del trabajo y la de la empresa nacional de ferrocarriles, la cual es un bastión de las luchas populares francesas. Esta derrota de los movimientos sociales explican mucho el sentimiento de distanciación y autoritarismo. Esas derrotas descalificaron a los movimientos sociales tradicionales, los cuales aparecen como poco eficaces. Hubo muchas movilizaciones en el espacio público pero no obtuvieron lo que querían. Por otra parte, la llegada al poder de Emmanuel Macron es una llegada orquestada por un grupo de tecnócratas, de técnicos de alto vuelo que tienen redes de pertenencia muy sólidas entre las grandes empresas. Este grupo joven y en armonía con la globalización decidió pasar por encima de los viejos partidos políticos, tomar el poder por si solos y aplicar las medidas para que Francia avanzara hacia el liberalismo. En ese avance aparecieron como profundamente arrogantes, sordos, desconectados de la realidad y del pueblo. Esto es lo que agudizó el sentimiento de autoritarismo y de injusticia.


–Los chalecos amarillos surgieron de una Francia real pero oculta y se impusieron en el espacio público sin el respaldo de los estructuras de protesta tradicionales.
–Ninguna de las estructuras organizadas que tiene Francia tiene incidencia en este movimiento. Esto le dio muchísima fuerza y probablemente le significará un límite. Los chalecos amarillos son más un movimiento de ocupación del territorio que de ocupación del espacio público. En Francia, los cortes de ruta no son ninguna novedad, han sido muy practicados, sobre todo por los campesinos, pero nunca con tal amplitud ni con tal velocidad.


–Aquí es donde se llega a un punto convergente con algunas luchas sociales en la Argentina.
–Sí. Este movimiento de los chalecos amarillos recuerda al movimiento de los piqueteros tal y como se estructuró en los años 90 del menemismo en la Argentina. Los chalecos amarillos, como los piqueteros, parecen ser la voz confusa que dice: ustedes están yendo hacia el futuro en un proceso de progreso de la sociedad y del Estado pero ese proceso nos deja afuera. Recordemos que en la Argentina de aquella época los sindicatos y los partidos parecían no cortar ni pinchar en las decisiones del gobierno y el Estado. Es allí donde el movimiento piquetero salió a cortar la ruta. Ahí se da un parecido con la Argentina: si en la marcha en la que ustedes se mueven no hay lugar para nosotros, tampoco lo habrá para ustedes. Cortamos la ruta para todo el mundo. Otro de los éxitos de los chalecos amarillos comparado con la Argentina consistió en la capacidad de instalar une relación de fuerzas, una pulseada de poder. No fue sólo la manifestación de una idea o de un pedido al gobierno. Hay con todo una diferencia con el movimiento argentino. Los piqueteros tenían detrás un muy largo y sedimentado movimiento de lo que se llamó las organizaciones territoriales. En Francia no hubo eso.


–No hubo en la Argentina el episodio crítico de la ocupación del Arco de Triunfo en París.
–Esa ocupación fue espectacular. La violencia que la acompañó manifestaba la bronca de la gente por la sordera del gobierno durante las primeras semanas de la movilización. Esto terminó por sensibilizar al resto de la población. Se puede decir que, como los piqueteros en la Argentina, el grupo movilizado era muy pequeño. Los sindicatos movilizaron tres millones de personas contra la reforma de la jubilación mientras que los chalecos amarillos no llegaron ni al 10 por ciento de esa cifra. Sin embargo, la aceptación popular de los chalecos no tuvo límites.


–De alguna manera, los chalecos amarillos salieron a la calle con una legitimidad indestructible.
–Sí, y eso es porque, hasta ahora, las protestas sociales podían ser expulsadas hacia fuera del espacio del de la ciudadanía. Eso ocurrió por ejemplo en 2005 con la revuelta de las periferias urbanas, donde se albergan los migrantes que llegan a Francia. El discurso de entonces, muy expuesto a la percepción racista, consistió en decir: son jóvenes, delincuentes, árabes, negros, queman coches, tiran piedras y no son franceses, lo que era falso porque eran plenamente franceses. Eso le permitió al gobierno expulsarlos hacia fuera del espacio de la ciudadanía. Por sus características, los chalecos amarillos no son jóvenes, no son delincuentes, no son narcotraficantes, no son desocupados, ni árabes, ni negros. Entonces, fue muy difícil sacarlos del pueblo porque estaban en el corazón de la ciudadanía. El gobierno llegó totalmente desarmado de toda posibilidad de correrlos, tanto más cuanto que ni siquiera obedecían a ninguna ideología u organización. Era muy difícil descalificarlos. El gobierno quedó maniatado, se vio obligado a dar una respuesta porque no había manera de descalificarlos socialmente: era gente que trabajaba y que no pedía más que justicia y un poquito más de aire para respirar.


–Los chalecos amarillos acumulan acciones inéditas. Lo que pasó en Paris fue único: hasta que ellos irrumpieron, las manifestaciones y los saqueos tenían lugar en los barrios populares, en la Plaza de La Nación, de La República o La Bastilla. Esta vez, el choque mayor se produjo en el barrio de los ricos. Nunca se había visto algo así. Los chalecos amarillos hicieron de París el escenario de la confrontación contra la opulencia.
–Así como el Mayo del 68 fue novedoso porque los hechos ocurrieron en el Barrio Latino, en La Sorbona y en el Boulevard Saint Michel, que eran lugares nada frecuentes para la protesta social, este movimiento de los chalecos amarillos innovó y provocó una enorme sorpresa dirigiéndose al Arco de Triunfo y a los Campos Elíseos. El Arco de Triunfo es un monumento a la gloria del Ejército francés, pero alrededor de él se encuentran los sectores más ricos y más poderosos de la sociedad francesa, e incluso a nivel internacional. También a un paso de allí está el palacio presidencial y muchos ministerios. Entonces, la llegada de este movimiento provincial que se va allí, al corazón del lujo, de la riqueza, del turismo y la opulencia, era una manera de ir a descargar su bronca frente a la prepotencia de los ricos. Sin lugar a dudas,este fue un movimiento de denuncia muy fuerte de los excesos de la riqueza y el poder. Desde este punto de vista, se parece mucho a lo que los historiadores y los sociólogos hemos llamado “la defensa de una economía moral”. Esto quiere decir que hay reglas en las desigualdades que pueden ser aceptadas y también injusticias que todos aceptamos como consecuencia de los pactos sociales, pero, en determinado momento, esas reglas se rompen. Aquí se le esta diciendo al gobierno, a los sectores ricos y a las grandes empresas “ustedes están rompiendo las reglas del juego y nosotros no vamos a quedarnos de brazos cruzados mirando cómo ustedes establecen nuevas reglas del juego”. No es ajeno a esto que el patronato y las grandes empresas aceptaron inmediatamente distribuir dinero porque se dieron cuenta de que había algo allí que se estaba rompiendo, que podía ser peligroso tanto más cuanto que el gobierno no estaba en condiciones de manejar solo la crisis social que esta movilización estaba desatando. Recuerdo una frase del ex presidente argentino Eduardo Duhalde cuando dijo “con la gente no se jode”. Aquí apareció algo que se parecía mucho a “la gente”. No eran obreros, ni inmigrados, ni desocupados, ni funcionarios: era la gente.


–El otro tema que atravesó la revuelta es la ecología.
–En todos los sectores de la sociedad francesa hay una clarísima conciencia del problema ecológico. Hay una necesidad de cambiar de modelo de desarrollo y de consumo. Pero el problema está en que hay que encontrar energía barata para que la gente pueda acceder al consumo y mejorar su vida. Pero la paradoja es que, al mismo tiempo que hay que salir del motor, muchísima gente depende del auto para cada uno de los actos de su vida cotidiana. Por eso la ecología se coló en esta crisis y puede tener un efecto muy positivo porque, hasta ahora, la ecología estaba limitada a ciertas categorías de clases media, joven, ilustrada. En suma, gente muy cercana al electorado de Macron. Pero aquí aparece otra Francia. Por consiguiente, la necesidad de llevar juntos un programa social y un programa ecológico aparece como una oportunidad planteada por los chalecos amarillos. Este movimiento dice: no podemos ser nosotros los que paguemos el pato.


–Después de esta enorme sacudida, Francia se pregunta quién se llevará el premio en este año que comienza. En lo concreto, quién captará la atención electoral de ese sector popular del cual la izquierda y la social democracia están alejados.
–Existe el gran temor de que esta movilización favorezca electoralmente a la extrema derecha de Marine Le Pen. La salida electoral de esta crisis es con todo una incógnita. Los dos grupos políticos dominantes están desarticulados. Quedan, entonces, los dos grupos más fuertes: el gobierno y su proyecto liberal, y Marine Le Pen. Es la única que parece ser capaz de movilizar al electorado popular. Esas clases populares pueden ser reaccionarias, lo que en la Argentina no es muy difícil de entender porque han convivido dentro del peronismo sectores populares y que al mismo tiempo son profundamente reaccionarios. En Francia ocurre algo similar. Lo que pasa es que en el contexto tradicional de Europa es más difícil de entender porque aquí las clases populares fueron de izquierda. Pero para un argentino no es muy difícil de entender. En Francia, el movimiento de Marine Le Pen se mueve en ese sentido. Aquí, muchos analistas están mirando al peronismo y a los estudios históricos sobre el peronismo para tratar de entender a los movimientos que aquí se llaman populistas y que están muy pegados a la ultraderecha. El gobierno apunta por ahora a que esto sea apenas un obstáculo que hay que sortear. El movimiento no parece tener por ahora la fuerza de parar el modelo europeo de destrucción del Estado social. Puede, sin embargo, significar un límite. El gobierno está apostando muy peligrosamente por el crecimiento de la extrema derecha de Reagrupamiento Nacional (ex Frente Nacional). Aquí la analogía con la Argentina es otra vez interesante. El gobierno de Kirchner apostó durante mucho tiempo a que su enemigo fuera Macri pensando que un movimiento porteño y de clase media nunca le iba a ganar al peronismo. Pero terminó pasando. En Francia puede ocurrir algo similar con la extrema derecha.


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Los de Abajo. Primer cuarto de siglo sin rendirse

Llegan vivos y vivas y esto es su primera gran victoria. Cinco presidentes de la República con sus respectivas ofensivas y no pudieron con ellos. El sexto encabeza un despliegue silencioso con manifiesta indiferencia hacia quienes hace 25 años despertaron las conciencias de este país, y deja claro que para no pelearse con la historiaintentará, mínimo, el arrinconamiento, nada que no hayan probado otros con múltiples programas, pero amparándose en una legitimidad que se espera será vigilada y cuestionada por quienes extendieron su voto crítico y no un cheque en blanco.


Nada es personal. No se trata de un gobierno contra un grupo de sublevados que no coincide con la administración progresista de lo que queda de este país. El asunto es que el olvido, la marginación, la burla y el despojo hacia los pueblos indígenas (causas de un alzamiento que ni los más conservadores pusieron en duda) no se evaporaron con el cambio de sexenio. El neoindigenismo anunciado es una regresión de más de 50 años, justo el esquema de ventanilla contra el que se sublevaron no sólo ellos, sino todos los que se unieron en un grito histórico e inédito que hoy se quiere hacer a un lado. ¿Consultarlos para despojarlos? ¿Hacer una encuesta para ver qué tanto es tantito y hasta dónde? O ni eso.


Carlos Monsiváis, crítico y nunca incondicional ni de ellos ni de nadie, vio en Chiapas el sinónimo de la marginación extrema, y en ellos la rebelión por causas justas y la resistencia real al neoliberalismo. ¿Algo estructural ha cambiado un cuarto de siglo después? Trenes y zonas económicas, guardias nacionales y punto final para quienes hirieron de muerte al país entero. Y la denostación para quienes se opongan, sin preocuparse por diferenciar a la izquierda crítica y necesaria de la mezquindad y el neofascismo prianista que no pueden ser nombrados de otra manera, pues lo son.
Ignorarlos no los desa-parece. Pedirle permiso a la Madre Tierra para destriparla tampoco. Ungirse en copal e incienso no le da la venia. Larga vida para quienes hoy cumplen su primer cuarto de siglo sin rendirse. Ellos sí, con todo en contra.
www.desinformemonos.org
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El miedo a los ‘chalecos amarillos’ sobrevuela la cumbre del clima de Katowice

Ministros y representantes políticos se esfuerzan por resaltar que la transición climática debe ser justa con los trabajadores

Los chalecos amarillos también han viajado hasta Polonia. O, al menos, el fantasma de ese descontento. El temor de los gobernantes a sufrir unas protestas como las de Francia, que tuvieron como uno de los desencadenantes la subida de las tasas de los carburantes más contaminantes, recorre la cumbre del clima de la ONU que se celebra en la ciudad polaca de Katowice, la llamada COP24.

Son continuas las referencias de los participantes a esas protestas y a la necesidad de darle una salida a los trabajadores que se vean afectados por la reconversión climática necesaria para eliminar los gases de efecto invernadero que están detrás del calentamiento global, según la mayoría de los científicos. Esa salida se engloba dentro del término "transición justa para los trabajadores", repetido una y otra vez en una cumbre que el viernes debería concluir tras dos semanas de negociaciones. Y los ministros y representantes políticos de la UE —donde el año que viene están previstas elecciones generales en nueve países, además de los comicios europeos— se muestran especialmente activos con este asunto.
"Es importante saber explicarle a la gente lo que debemos hacer", ha resaltado este miércoles la ministra de Sostenibilidad de Austria, Elisabeth Köstinger, al referirse a los chalecos amarillos. "La transición climática exige poner en marcha instrumentos para que sea justa", ha añadido el comisario europeo de Acción por el Clima y Energía, el español Miguel Arias Cañete.

Desde mediados del siglo pasado los combustibles fósiles —el carbón, el petróleo y el gas— han sido en Occidente la sangre que ha alimentado un crecimiento continuado. Pero al quemar esos combustibles se liberan cada año miles de millones de toneladas dióxido de carbono que acumulan en su interior. El sector energético emite alrededor del 80% de los gases de efecto invernadero de la actividad humana y los combustibles fósiles son los responsables.


Por eso, esos combustibles están en entredicho. Y, por supuesto, los sectores basados en esos fósiles. "Se verán afectados el sector de la minería, la extracción de combustibles fósiles y el sector automovilístico", ha recordado Arias Cañete. "No solo será el carbón", advierte el comisario.


Pero lo cierto es que la lucha contra el cambio climático tiene en el punto de mira más inmediato el carbón. El rápido avance de las tecnologías renovables y el fuerte abaratamiento de sus costes ha dejado en entredicho la viabilidad de seguir quemando carbón para producir electricidad. Muchos países de la UE le están poniendo fecha al cierre de las centrales térmicas (entre 2025 y 2030) y las minas y el entramado legal construido desde Bruselas también conduce a eso.


Aunque también hay países que se resisten, como el anfitrión de esta cumbre: Polonia. Su ministro de Medio Ambiente, Henryk Kowalczyk, ha dejado claro este miércoles que su país no tiene la intención de desprenderse del carbón a corto plazo. "Gran parte de nuestra energía viene de los combustibles fósiles", ha recordado.


Polonia es, sin duda, el gran afectado por el cierre del carbón en la UE desde el punto de vista del empleo. En Europa se perderán de aquí a 2030 alrededor de dos tercios del empleo ligado al carbón (minas y centrales térmicas), lo que supone unos 160.000 puestos de trabajo, según un informe del Joint Research Centre (JRC), órgano científico que asesora a la Comisión Europea. Casi la mitad de los empleos de este sector en la UE están ahora en Polonia, de ahí la insistencia de este país en introducir continuas referencias a la transición justa en la cumbre de este año.

Por Manuel Planelles

Katowice 12 DIC 2018 - 13:53 COT
L

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Siete reflexiones (libertarias) para apoyar la movilización estudiantil del 10 de octubre

1) El Estado constituye una forma fetichizada, falsa, de comunidad; conlleva la creación de un pueblo o nación que no se corresponde nunca con la multiplicidad, complejidad y extensión de las relaciones sociales. Es importante, por ende, no confundir lo público en general, ni lo común, con lo “público” estatal. Un aumento en el presupuesto para las universidades, obtenido a partir de la organización de estudiantes, trabajadores/as y docentes, es una manera de recuperar lo que el Estado nos roba (para nutrir y reproducir ciertos segmentos parasitarios de clase) a través de los impuestos, que, como su nombre lo indica, son impuestos mediante un ejercicio violento (donde el famoso tema weberiano del monopolio de la fuerza se ve necesariamente involucrado).


2) En la medida en que el aumento de presupuesto es una forma de devolverle ciertos “recursos” a la comunidad, la cual no debe ser confundida con el Estado, es importante que la gestión de ese dinero venga acompañada de un control efectivo mediante una combinación de formas de democracia participativa, directa, deliberativa y, en determinados asuntos, representativa.


3) En virtud de los puntos anteriores, la discusión de la financiación no puede ser desligada de la discusión sobre la democracia universitaria y la democracia en general.


4) No confundir la comunidad con el Estado implica también que los diversos grupos que intentamos reapropiarnos de lo que el Estado usurpa constantemente debemos articularnos con otros grupos que tratan de hacer algo análogo en terrenos diferentes: comunidades indígenas, campesinas, afro, de educación experimental y no institucional, etc.

5) La movilización, en consecuencia, no puede tener como objetivo la construcción de “un proyecto de país”, sino de diversos proyectos de comunidad articulados que sean capaces de rebasar las fronteras estatales. ¡La educación no pude seguir estando al servicio del Estado ni del Capital!


6) Si de reapropiarnos de la educación se trata, es de suma importancia que pensemos colectivamente cómo queremos formarnos (y/o deformarnos/transformarnos) y qué tipo de espacios físicos, técnicas, formas de organización, etc., implica eso.


7) Finalmente, no podemos dejar de lado la reapropiación de las instituciones privadas, que, como su nombre lo indica, nos privan constantemente de definir nuestra propia educación y sus objetivos. La articulación con dichas iniciativas es, asimismo, de vital relevancia.


¡Por dentro o por fuera de lo que hoy es “público” estatal, a moverse por lo que es de todas y todos!

 

Video relacionado

Crisis financiera universidad pública

https://youtu.be/C8ZHDehlU2k

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Viernes, 05 Octubre 2018 06:26

Edward W. Said: historietas

Edward W. Said: historietas

I. "No me acuerdo exactamente cuando leí mi primer cómic, pero me acuerdo bien qué tan liberado y subversivo me sentía con el resultado" (en: J. Sacco, Palestine, 2001, p. i-v). Tal vez algo inesperado para que venga de la boca de Edward W. Said (1935-2003), el gran estudioso y amante de "alta" literatura, académico cuyos conceptos entraron al lexicón de las ciencias sociales –e inauguraron toda una nueva rama: estudios poscoloniales– pero genial (¿o no...?) para conmemorar los 15 años de su muerte (25 de septiembre). No una cita de su Orientalismo (1978) que denunciaba lo racista y reduccionista del habitual discurso occidental acerca del "Oriente" o de Cultura e imperialismo (1993) que ampliaba este argumento enfatizando cómo los imperios siempre querían “silenciar a los ‘nativos’” –su ópera magna– sino de una "menor" introducción a una historieta –en sí misma un extraordinario ejemplo de periodismo en cómic– con "instantáneas dibujadas" que exponían la crueldad y cotidianidad de la ocupación israelí de su tierra: Palestina.

II. Será una de sus últimas conferencias. La leucemia que combatía por 12 años –y que consumió también a Fanon, otro gigante de la poscolonialidad– se estaba imponiendo. Y él como si nada: firme, vestido de manera inmaculada, bromeando. Entre varios otros temas expone el viejo punto de su análisis –que le traía críticas desde sus propias filas...–, el reconocimiento a la legitimidad de la pretensión sionista a Palestina (véase: Zionism from the standpoint of its victims, 1979). Pero precisa: esta es apenas "una de tantas pretensiones" que no sustituye a la árabe/palestina, y –mucho menos– justifica desposesión y desplazamiento. “Esto es muy importante: los judíos sí tienen una pretensión a Palestina. Nunca lo he negado. Pero esto no debe implicar decirle a un palestino ‘sabes qué, tienes que dejar tu casa porque esta tierra me la dio Dios hace 3 mil años y aunque yo venga de Polonia o Brooklyn tengo más derecho a ella que tú, así que ¡lárgate!’ Lo siento. Yo no acepto esta lógica” (The Walker-Ames Lecture, University of Washington, 8/5/03).

III. El otro día estaba viendo yo el speech del premier Benjamin Netanyahu en la ONU, que aparte de su eterno mensaje “ ceterum censeo Iran esse delendam” contenía una apasionante defensa de la Basic Law israelí (bit.ly/2Quv9dG) que convirtió oficialmente a Israel en "etnocracia" –un tipo de gobierno donde un grupo étnico (judíos) está por encima de los otros (palestinos-ciudadanos israelíes, drusos, etcétera), algo que existía ya en territorios ocupados, pero que ahora "llegó plenamente a casa"–, y pensando en este alegato pro-separación –para la cual por supuesto hay una palabra aparte (sic): apartheid– en la Meca (sic) del universalismo y humanismo (ONU), me acordé de Said. De cuando hace años fue invitado a un debate televisivo con el entonces embajador israelí ante la ONU –...Netanyahu– que “no sólo no quería sentarse conmigo en el mismo estudio, sino pidió estar en otro edificio con tal de sólo no quedar contaminado con mi presencia (…) una situación totalmente absurda” (Politics of dispossession, 1994, p. 113).

IV. Desde el comienzo de su involucramiento en la política –desde la Guerra de los Seis Días (1967)– y el inicio de la ocupación, Said subrayaba "la importancia de narrar sus propias historias" –un principio relevante para todos los pueblos colonizados– y de "hablar de su lado de la tragedia". En un imperdible ensayo (Permission to narrate, 1984) apuntaba a una "doble censura" en obra: el silenciar ciertas opiniones (la parcialidad pro-israelí de los medios, muy actual hoy día: bit.ly/2IA48T8) y la falta de una contranarrativa. No se cansaba de subrayar que los palestinos no sólo tenían su propia cultura, historia, actualidad y aspiraciones a la autodeterminación, sino que debían "saber contarlas", ya que –como apuntaba comentando su propio texto– "el significado político de puras imágenes de los israelíes bombardeando los campos de refugiados [o masacrando continuamente a Gaza, hoy por ejemplo] no se traduce en la idea de una patria palestina con la narrativa de expulsión y exilio detrás".

V. Y como "las imágenes no hablan por sí solas" –tal vez aquella historieta de Sacco impacta tanto porque no se nutre de puras imágenes/observaciones, sino de más de 100 entrevistas con palestinos e israelíes...– también la famosa foto de Said aventando una piedra durante un viaje a Líbano en 2000 que causó una tormenta mediática (vide: arriba) ya que supuestamente "atacaba a los soldados israelíes" igual requiere una nota de pie: "Allí no hubo nadie en frente...", contaba en una entrevista. "Era una competición entre mi hijo (Wadie) y yo: quién aventaba la piedra más lejos..." (algo captado oportunamente por un fotógrafo que los acompañaba). Pero a la vez, añadía Said –dado que justo tras 18 años acabó la brutal ocupación israelí de Líbano–, “también fue un acto de júbilo, un momento carnavalesco, un sentimiento liberatorio... de poder reunirse allí en Fatma Gate [frontera con Israel] y decir: ‘¡ganamos una!’” (Haaretz, 19/8/00). ¿Y el júbilo por el fin de la ocupación de Palestina, la más larga ocupación militar en la historia moderna: 51 años y contando...? ¿Para cuándo?

Por Maciek Wisniewski, periodista polaco

 

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Miércoles, 12 Septiembre 2018 07:01

La juventud (no) es historia

La juventud (no) es historia

La historiadora Valeria Manzano analiza la actualidad de los jóvenes a medio siglo de las revueltas del 68

Aunque el Mayo Francés fue el emblema, durante la época se produjeron movilizaciones obrero-estudiantiles similares en más de cien ciudades. La investigadora analiza a qué se debió esa sincronía, por qué no hubo revolución y qué agenda proponen los jóvenes de hoy.

Para 1960, con un Estado de Bienestar rozagante y las matriculas escolares engordadas hasta estallar, los jóvenes dominaban una escena social que, por primera vez, los tenía como protagonistas. Los consumos culturales estaban a la orden del día (jeans, rock y twist), las sexualidades florecían y las novedades se acostumbraban a viajar más rápido a partir de la expansión de la TV. Al mismo tiempo, el triunfo de la Revolución Cubana y los procesos de descolonización en África y Asia parecían ubicar el mundo patas para arriba, en tiempos donde “nada ni nadie parecía permanecer en su lugar”.


Aunque el mayo francés será el fenómeno más recordado, en verdad, fueron más de cien las ciudades que, a lo largo y a lo ancho del globo, participaron con movilizaciones obrero-estudiantiles. La efervescencia social les indicaba a los jóvenes que estaban escribiendo la historia y que la liberación del sistema capitalista opresor estaba a la vuelta de la esquina. En 2018, a cincuenta años de ese ‘68 memorable y a cien años de la Reforma Universitaria, PáginaI12 conversó con Valeria Manzano –doctora en Historia Latinoamericana (Indiana University), docente en Unsam e investigadora del Conicet– para explorar las luces del pasado y analizar, en definitiva, lo que más importa: cuál es el rol de las juventudes en la actualidad, con la reinserción de los pibes y las pibas en la política a partir de una agenda feminista que marca el pulso.


–Se recuerda el mayo francés, pero en verdad fueron unas cien las ciudades de los distintos continentes que participaron con movilizaciones de estudiantes y trabajadores. ¿Por qué esa sincronía?


–La simultaneidad es clave para comprender las revueltas del ‘68. En verdad, se trata de un momento que despega un año antes y culmina un año después con la incorporación, por ejemplo, del mayo argentino del ‘69 (Cordobazo). Desde aquí, para analizar cómo se produjeron al mismo tiempo estos fenómenos tan similares y tan distintos a la vez, es fundamental conocer al sujeto social que los protagonizaba. Se trataba de estudiantes y trabajadores –generalmente– jóvenes.


–En este sentido, ¿lo que ocurrió en Francia se replicó en el resto de las naciones, o bien, no tienen mucho que ver?


–Pienso que las manifestaciones no son producto del efecto dominó. De hecho, las diversas ciudades que organizaban sus protestas no necesariamente emulaban lo que ocurría en Francia. En Latinoamérica, por ejemplo, no existen vasos comunicantes que relacionen las explosiones domésticas con las producidas en la otra orilla del Atlántico. En Europa, tal vez, funcione un poco distinto, ya que los liderazgos estudiantiles de países centrales –como Alemania, Inglaterra, Italia, Francia– construyeron canales efectivos de interconexión y organización.


–De modo que para comprender las causas de la sincronía hay que viajar más atrás en el tiempo. ¿En qué medida los acontecimientos y fenómenos de los ‘50 sirvieron para preparar la escena que vendría una década más tarde?


–Si bien se suele pensar que el ‘68 tiene un carácter fundacional, en la medida en que Francia parece inaugurar una nueva época y el desarrollo de nuevas subjetividades, existe una multiplicidad de transformaciones socioculturales y políticas que, en verdad, despegan en décadas anteriores. La expansión de la escolarización secundaria y universitaria funciona como caldo de cultivo y conlleva demandas antiautoritarias y de transformación curricular que atraviesa a todos los movimientos. De la misma manera, la explosión de las comunicaciones (con la expansión de la TV) habilita la diseminación de nuevos sentidos y significados (modas, estilos, pautas culturales) hacia públicos masivos juveniles. Los jóvenes comienzan a problematizar el lugar que se preveía para cada quien en la sociedad, en un marco de nuevas posibilidades de movilidad social ascendente.


–Como usted comenta en alguno de sus trabajos, eran épocas donde “nada ni nadie parecía permanecer en su lugar”...


–Exacto, era legítimo pensarlo así. Se tenía la percepción de que el cambio estaba próximo y, en efecto, era necesario prepararse de la mejor manera. Señalar que “los hijos iban a estar en mejores condiciones que los padres” era una frase típica que formaba parte del lenguaje de época y del sentido común. Eran tiempos en que se privilegiaba “la búsqueda del otro” político y cultural que se explicitaba en las vanguardias. Un ejemplo contracultural básico es la exploración por parte de Los Beatles, o bien, del propio Caetano Veloso, de la filosofía oriental así como de otros espacios a los que el público no estaba acostumbrado. En la política ocurre lo mismo, el panteón de héroes del ‘68 es de referentes tercermundistas: Ho Chí Minh, Che Guevara y Mao eran las figuras preferidas y más referenciadas.


–A pesar del carácter trasnacional de las revueltas, cada movilización tuvo sus propias características. Pienso en las diferencias entre el mayo francés y el Cordobazo: mientras la primera suele definirse como “más cultural”, la segunda sería “más política”.


–En Europa, el énfasis en la trama cultural del ‘68 es parte de una oleada interpretativa que se ha sedimentado. Desde mi perspectiva, en realidad estuvieron mucho más presentes los condimentos políticos de lo que se tiende a pensar cuando se recuperan los slogans más comunes como “La imaginación al poder”, o “debajo del asfalto está la playa”. En las propias formas de contracultura cotidianas emergían dimensiones políticas muy potentes. Además, no hay que olvidar los comités de acción obrero-estudiantil distribuidos por todo el territorio francés. Por otra parte, en las experiencias latinoamericanas de México, Uruguay y Argentina, la arista contracultural no está tan visible como sí lo está el lenguaje antiestatal y antiautoritario mediado por acciones políticas de confrontación.


–En apariencia, se trataba de un contexto en que la revolución parecía estar a la vuelta de la esquina. ¿Por qué no prosperó y se evaporó tan pronto?


–Existía una autorización social para pensar en el cambio, de manera que las transformaciones eran esperadas con entusiasmo y positividad. Más allá de la izquierda, que desde su existencia insistió en modificar el estado de cosas del capitalismo, se suman vectores fundamentales. La juventud, los pueblos descolonizados y las mujeres, a su turno, cuestionan la validez del sujeto universal. Todo el mundo empleaba el término “revolución”, incluso, el propio Onganía lo utilizó para denominar su irrupción en el gobierno. El problema fue que se cargó sobre los jóvenes todas las expectativas profundas de la modificación del statu quo y se clausuraron pronto a partir de derrotas políticas y de condiciones económicas internacionales desfavorables.


–La efervescencia pasa rápido.


–Tal cual. El plan de lucha y resistencia es más fácil de diseñar; el problema es qué hacer si la revolución triunfa. Además, por supuesto, no hay que olvidar que las aspiraciones revolucionarias culminaron con la acción estatal represiva. Mientras en Europa se desarrollaron fenómenos de cooptación estatal leves, en Latinoamérica la situación fue bastante más violenta con la feroz represión (por caso, Tlatelolco en México) y la implantación posterior de las dictaduras.


–¿Qué reflexión puede hacerse a cincuenta años? ¿Qué lugar ocupan las juventudes hoy?


–Durante los ‘90 se planteaba la declinación de la participación juvenil en la política y se advertía que los jóvenes activaban sus presencias a partir de producciones culturales en murgas, sociedades de fomento, clubes y otras formas de agregación barrial. En cambio, si observamos los últimos 15 años, se percibe un retorno masivo a organismos clásicos, como el movimiento estudiantil y los partidos políticos.


–Además, con una agenda renovada.


–Sí, claro. El activismo feminista, mediado por un lenguaje inclusivo que cuestiona las prácticas tradicionales de comunicación, desde las escuelas y en una multiplicidad de contextos marca un punto de inflexión muy importante. Al mismo tiempo, y a diferencia de lo que ocurría en los sesentas, hoy la juventud es estigmatizada y sus prácticas son cuestionadas en cada intervención pública y mediática. Por eso, en 2018, la participación juvenil se torna valiosa por partida doble, en la medida en que debe ser continuamente apoyada y robustecida.


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Los presos de EEUU ponen fin a la huelga y presionan por su derecho al voto

 

• theguardian

Tras 19 días de protesta en las prisiones de todo el país, los organizadores de la protesta confían en el restablecimiento del voto para exconvictos como una forma de impulsar la reforma penitenciaria
La protesta comenzó el 21 de agosto y no se han conocido muchos detalles, pero desde Florida y Carolina del Sur hasta el Estado de Washington hay informes de huelgas de hambre

Ed Pilkington
10/09/2018 - 20:51h

Este domingo, coincidiendo con el aniversario del levantamiento de 1971 en la cárcel de Attica (norte del Estado de Nueva York), los reclusos de las superpobladas cárceles estadounidenses pusieron fin a una huelga nacional que tenía, entre otros objetivos, la recuperación del voto para seis millones de estadounidenses despojados de sus derechos democráticos.
La protesta comenzó el 21 de agosto y no se han conocido muchos detalles, pero desde Florida y Carolina del Sur hasta el Estado de Washington hay informes de huelgas de hambre, boicots a las instalaciones y presos que se negaban a trabajar.
Ahora que la huelga terminó, los organizadores esperan poder mantener el empuje y satisfacer sus demandas, la restauración del voto entre ellas. Estados Unidos es el país con más presos del mundo ( 2,3 millones de personas entre rejas) y las leyes de sus estados están entre las más severas por la privación del voto a la que someten a los exconvictos.
Según los datos del Brennan Center for Justice, en 34 estados se prohíbe votar a los expresidiarios en función de las condenas que hayan cumplido. Los Estados de Kentucky, Florida y Iowa expulsan para siempre del proceso democrático a cualquiera que haya cometido un delito grave.
Los reclusos han empezado a unirse en la campaña por el voto como una forma de avanzar en la reforma penitenciaria. Jailhouse Lawyers Speak, la red informal de mujeres y hombres encarcelados que se puso al frente de la huelga de prisiones, está liderando esa campaña.
Cuando comenzaron la protesta, los organizadores de la huelga presentaron 10 demandas. La décima decía así: "Los derechos de voto de todos los ciudadanos encarcelados... deben contar. Exigimos tener representación. Todas las voces son importantes".
Ciudadanos de segunda
Eddie, un preso que lleva cumplidos 13 de los 18 años a los que lo condenaron por robo a mano armada en Carolina del Sur, dice que cuando le den la libertad, en 2023, será condenado al ostracismo: "Pagaré impuestos pero no podré votar". Hablando con un teléfono clandestino desde su celda, Eddie dice que la privación del derecho al voto convierte a los prisioneros en ciudadanos de segunda clase. "Es una forma de decirme que no soy un ciudadano de verdad", dice. "No tendré ni voz ni voto en el proceso político, ni en los destinos de la nación".
Eddie, que ha pedido ocultar su nombre verdadero para evitar represalias de las autoridades, forma parte del equipo de Jailhouse Lawyers Speak que coordinó la huelga. Dice que en su cárcel la mayor parte de la protesta se centró en boicotear las instalaciones que generaban ingresos para el servicio penitenciario, como los economatos y las máquinas expendedoras de la sala de visitas. En su prisión también hubo una negativa generalizada a trabajar, como en otros penales de Carolina del Sur. Para los reclusos en huelga, la obligación de trabajar en la cárcel a cambio de un salario minúsculo, o de nada, es una forma de esclavitud del siglo XXI.
La reacción de las autoridades, dice Eddie, fue mantener en sus celdas a los reclusos de las prisiones de máxima seguridad de Carolina del Sur. "Suspendieron todos los entretenimientos para que estuviéramos en nuestras celdas literalmente los 7 días de la semana y las 24 horas del día", dice. "Devolvían nuestras cartas, amenazaban con aislamiento solitario a cualquier preso que fuera vinculado con la huelga, y pintaron de negro las ventanas de nuestras celdas para que no tuviéramos ni idea de si era de día o de noche".
Dice que la intimidación no logró desanimarles ni disuadirles de planificar acciones futuras. Entre ellas, dice, una de las principales se centrará en recuperar el derecho al voto.
Los prisioneros más activistas y los que organizaban la huelga han denunciado más medidas de represalia. Kevin Rashid Johnson, autor de un artículo de opinión que el periódico The Guardian publicó al inicio de la huelga de cárceles, fue citado para comparecer el 10 de septiembre ante las autoridades de la prisión estatal de Sussex en Waverly (Virginia), donde lo encerraron en régimen de aislamiento.
Las injusticias del sistema
A Johnson le dijeron que a lo mejor lo trasladaban a otro penal, repitiendo el patrón de traslados por todo el país que vienen siguiendo con él, de prisión en prisión: de Virginia a Orégano, a Texas, a Florida y, de regreso, a Virginia. "Es una forma de represalia", dice su abogado, Dustin McDaniel. "Las autoridades se resisten a su forma de exponer las injusticias del sistema y a que haga trabajo de educación política con el resto de prisioneros, lo trasladan para tratar de neutralizarlo".
Los líderes de la huelga están dispuestos a sufrir más represalias pero también están trabajando en la campaña para restaurar el derecho al voto. Janos Marton, de la American Civil Liberties Union Campaign for Smart Justice (una organización que aspira a reducir a la mitad el número de presos de Estados Unidos), dice que uno de los principales logros de los 19 días de protestas fue poner en el candelero la privación del derecho al voto que sufren las personas que han cometido delitos graves.
"La organización de la huelga en todos los estados ha unido en una voz a los presos, movilizándoles hasta un nivel que no habíamos visto antes", dice. "Tras el fin de la huelga, el impacto más tangible de esa voz amplificada es el impulso específico sobre [la recuperación de] el derecho al voto".
Es probable que la privación del voto para millones de prisioneros sea uno de los temas candentes en las elecciones legislativas de noviembre. Los votantes de Florida tendrán que contestar si quieren o no introducir una enmienda a la Constitución del Estado para devolver el derecho al voto a las personas con condenas por delitos graves siempre y cuando hayan cumplido sus sentencias y completado los períodos de libertad condicional.
Florida es tradicionalmente uno de los estados grandes donde el voto no está definido, lo que lo convierte en clave para decidir elecciones presidenciales. En 2016, Donald Trump ganó en Florida con una mayoría de solo 113.000 votos sobre Hillary Clinton. Si devolvieran los derechos de voto a los exconvictos, unos 1,5 millones de ciudadanos del Estado volverían a figurar en el censo electoral.
En otros estados, hay funcionarios del partido republicano aplicando con tanto celo las leyes de privación del voto que incluso algunos exreclusos han vuelto a la cárcel simplemente por tratar de votar. Crystal Mason vuelve a la prisión federal de Texas el 13 de septiembre para pasar allí 10 meses de encierro porque emitió un voto provisional (en Estados Unidos, si un ciudadano asegura que tiene derecho a votar, la mesa electoral recibe la papeleta de forma provisional para incluirla en el recuento una vez verificada la afirmación del votante) en las elecciones presidenciales de 2016. No sabía que, como exdelincuente, le habían prohibido votar.

 

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