El fin de la realidad ¿Qué son los «deepfakes»?

La izquierda quería transformar la realidad. La tecnología ha ayudado a burlarla. La inteligencia artificial ha permitido que un político de la India hable idiomas que no habla, ha conducido a la creación de videos pornográficos falsos de celebridades mundiales y hasta ha colaborado a que en Gabón (donde se dio por enfermo al presidente) se produzca un fallido golpe de estado. A través de los deepfakes, Internet está diseminando una nueva amenaza fantasma: que, a través de la imitación de rostros y sonidos de las personas, nunca más sepamos qué es verdad. La realidad está siendo hackeada.

 

En menos de seis años, el desarrollo de la inteligencia artificial puso a disposición de casi cualquiera la posibilidad de crear imágenes falsas indistinguibles de la realidad. Del negocio del porno a un golpe de Estado en Gabón, Internet está diseminando una nueva amenaza fantasma: que nunca más sepamos qué es verdad.

En las últimas elecciones legislativas de Nueva Delhi, el candidato Manoj Tiwari sorprendió a sus electores con un video hablando en hindi, otro en inglés y otro en haryanvi. Antes de ser la principal figura del Partido Popular Indio (BJP, por sus siglas en hindi) en la capital del país, Tiwari fue actor, cantante popular y estrella de un reality show, pero nadie sospechaba que hablara en inglés (capital valioso para las clases urbanas) y mucho menos el dialecto de la zona de Haryana. Días después se supo la verdad: una agencia publicitaria le había propuesto al BJP, al cual pertenece el primer ministro Narendra Modi, ampliar la oferta electoral utilizando inteligencia artificial para crear deepfakes de Tiwari. Con grabaciones anteriores y software de punta, pusieron en su boca palabras que desconocía y llevaron su mensaje por WhatsApp a votantes fuera de sus núcleos de apoyo. No es la primera vez que un candidato imposta su voz para acercarse a nuevos conciudadanos. Ni la primera que se utiliza inteligencia artificial en política. Sí, hasta donde se sabe, es la primera vez que un candidato cambia su propio cuerpo y voz con deep learning para mejorar su performance.

Los deepfakes aparecieron por primera vez en 2017, uno de los años del boom de las fake news. El usuario de reddit /r/deepfakes publicó sus primeras creaciones pornográficas utilizando algoritmos y librerías de imágenes de libre acceso con resultados asombrosos. En sincronía con la aparición de TikTok y las apps de envejecimiento o rejuvenecimiento facial, la técnica de este usuario anónimo se popularizó y pronto surgió la primera app abierta para incorporar un rostro cualquiera a un video existente. Desde Bolsonaro como el Chapulín colorado hasta Cristina Kirchner como una Drag Queen de Ru Paul, Internet se llenó de videos con propósitos básicamente humorísticos, aunque la abrumadora mayoría seguían siendo pornográficos. Lo más notable, a tres años de su aparición, es la mejora de su calidad. En agosto, un fan publicó su propia versión de las escenas de Robert De Niro joven en The Irishman. La comparación entre el trabajo de CGI de Netflix y el deepfake de este usuario de YouTube (y los millones de dólares de diferencia) da la pauta de la accesibilidad y potencial eficacia de esta herramienta.

Para estas creaciones se utiliza un autocodificador, que crea una imagen latente con solo algunas variables (parámetros de sonrisa, ceño fruncido, etc.) y repone con otras la imagen final (los mismos gestos con otro rostro, o el mismo rostro con otro discurso, por ejemplo). Pero no estamos hablando solo de imágenes fijas o en movimiento, sino también de sonido. La falsa primicia basada en un audio viral sobre el supuesto pase de Lionel Messi al Manchester City podría haber prescindido de un imitador talentoso. El audio bien podría haberse creado con un software como el que utiliza el Boston Chlidren’s Hospital para reecrear la voz de quienes perdieron el habla. En septiembre se conoció la primera gran estafa de un deepfake: según el Wall Street Journal, el CEO de una compañía inglesa transfirió 220.000 euros por orden de un software que imitaba la voz de su jefe alemán.

La mera existencia de esta tecnología no solo habilita la posibilidad de crear fakes -con consecuencias políticas y sociales inusitadas- sino desbancar a la realidad de su status: si lo que existe realmente puede ser adulterado o directamente inventado, todo el mundo tiene derecho a desconfiar. El ejemplo más paradigmático de este problema, relató Rob Toews en la revista Forbes, ocurrió en Gabón. Durante largos meses de 2018, su presidente, Ali Bongo, no apareció públicamente. Los rumores sobre su estado de salud e incluso su muerte obligaron al gobierno a revelar que Bongo había sufrido un accidente cerebro vascular, pero que estaba recuperándose y que daría un discurso para Año Nuevo. La rigidez y aparente artificialidad de los movimientos del líder en el mensaje grabado rápidamente despertaron la psicosis de la oposición: el video es falso, exclamaron. Una semana después, y apoyándose en la aparente acefalía, una fracción del Ejército quiso dar un golpe de Estado en Gabón, aunque luego fue reprimido... por el propio Bongo, que sigue al frente del gobierno. El video no había sido alterado.

Nada más que la verdad

La pandemia llevó nuestra relación con las imágenes virtuales a niveles insospechados. Entrevistas laborales, clases, bautismos, consultas médicas, audiencias judiciales, sesiones legislativas, y hasta sexo. La «presencia» es un requisito cada vez más prescindible en los rituales e instituciones que nos constituyen como sociedad. A la inversa, la identidad virtual, su «huella digital», se vuelve cada vez más relevante, y no solo en términos jurídicos sino también prácticos. Allí donde la vida cotidiana encuentra su cauce solo a través de una proyección digital, su autenticación es vital. Lo saben los niños de todas las latitudes que, igual que el senador argentino Esteban Bullrich lo hiciera en el Congreso, ya aprendieron a burlar a sus profesores poniendo imágenes en loop en una clase virtual.

Los deepfakes presentan problemas más complicados. La inteligencia artificial (IA) ya se utiliza en la creación masiva de comentarios para posicionar un producto o servicio en plataformas de e-commerce, y también para fines políticos, como se comprobó durante la campaña presidencial argentina en 2019. ¿Por qué no imaginar protestas o movilizaciones masivas, ejecuciones sumarias, represiones, crímenes callejeros y demás registros visuales inventados? Si las «campañas de desprestigio”» son ya una herramienta consolidada, tanto para quienes la ejercen como para quienes la enarbolan como excusa, ¿qué posibilidades abren los deepfakes? ¿Qué niveles de miseria política puede arrastrar la posibilidad de que un registro visual sea falso?

Según un un análisis del Crime Science Journal, los deepfakes con propósito criminal son el delito basado en inteligencia artificial con mayor poder de daño (o lucro) de su especie y el más difícil de derrotar. Entre sus modalidades se encuentran la falsificación extorsiva de secuestros mediante la imitación de voz o imagen en video, la imitación por voz para acceder a sistemas seguros y una amplia gama de extorsiones con videos falsos.

Estas preocupaciones ya dispararon algunas reacciones. China prohibió la difusión de deepfakes sin su correspondiente advertencia y el Estado de California prohibió su utilización con fines políticos en periodos electorales. En octubre, Facebook creó un fondo de 10 millones de dólares para desarrollar herramientas que detecten rápidamente las imágenes falsas. Microsoft, por su parte, acaba de presentar su «Video Authenticator», una herramienta para detectar deepfakes. E incluso apareció Sensity, la «primera compañía de inteligencia sobre amenazas visuales», que combina monitoreo y detección algorítmica de deepfakes.

Según Sensity, hasta julio de 2019 había menos de 15.000 deepfakes circulando por la web. Un año después, la cifra creció a casi 50.000. El 96% son pornográficos y en lo que va de 2020 ya se subieron más de mil deepfakes por mes solo en sitios de porografía, donde aparecen con cada vez más frecuencia supuestos «videos prohibidos» de celebridades e influencers. «Las compañías detrás de la web porno no consideran que esto sea un problema», le dijo a Wired el CEO de Sensity, Giorgio Patrini. Más bien al contrario. Un deepfake de Emma Watson tiene 23 millones de vistas en Xvideos, Xnxx y xHamster, tres de los mayores sitios porno del mundo, cuya lógica de monetización consiste en la derivación de tráfico masivo a contenidos pagos.

Entre las especulaciones más retorcidas se cuenta el cruce entre deepfakes y realidad virtual, donde personas reales (celebrities o no) puedan cobrar vida como esclavas sexuales virtuales de un usuario. No debería ser la preocupación principal para sociedades como las latinoamericanas, donde ni siquiera está garantizado el acceso a Internet. Pero los últimos años demuestran que el futuro nunca está demasiado lejos.

Nadie lo puede negar

Deepfake no es cualquier tipo de edición de video, sino la aplicación de una tecnología específica para un fin específico: deep learning (aprendizaje profundo) en un registro falso. A su vez, el deep learning no es cualquier tipo de inteligencia artificial. Según la definición del libro homónimo de Ian Goodfellow (2014), Deep Learning busca «resolver las tareas que son fáciles de realizar por un humano pero difíciles de describir formalmente». Por ejemplo, reconocer una imagen. El desarrollo de la informática fue en sentido contrario: ya en 1997, la computadora de IBM Deep Blue logró vencer al mejor ajedrecista vivo del mundo. Pero es mucho más reciente la capacidad de las computadoras para interpretar un estado de ánimo, distinguir a un perro de un gato o directamente «hablar», tareas que cualquier ser humano silvestre puede realizar sin entrenamiento específico. La ironía está encerrada en algunos captcha: «Demuestre que es un humano identificando este semáforo». Qué gran habilidad, señor humano. Felicitaciones.

Ian Goodfellow ya había causado revuelo entre sus colegas con su libro cuando ese mismo año ideó el invento que lo colocó en el panteón global de las mentes fundamentales de la inteligencia artificial: las redes generativas antagónicas (GAN, por sus siglas en inglés), un modelo algorítmico que posibilitó, entre otras cosas, la aparición de los deepfakes. El actual director de Machine Learning en Apple y ex investigador principal en Google Brain (quien todavía no cumplió 35 años) estaba tomando cerveza en un bar de Montreal mientras discutía con unos amigos sobre la capacidad de la inteligencia artificial para generar fotos realistas. El alcohol propulsó una idea que hubiera descartado bajo los efectos de la sobriedad.

Para que una red neuronal aprenda a crear una imagen no solo tiene que observar millones de imágenes sino saber si lo que haya creado está bien o mal. Para resolver este problema, Goodfellow propuso enfrentar a dos redes en una competencia: una red «generadora», entrenada para crear las imágenes, y una red «discriminadora», entrenada específicamente para detectar las diferencias entre una imagen real y otra creada artificialmente. A través de sucesivos rounds, las redes mejoran automáticamente los parámetros sobre los que cumplen su tarea. Y eventualmente, la red discriminadora ya no podrá detectar qué es real y qué falso. La teoría de Goodfellow se comprobó en la práctica y, entre otros usos menos publicitados, los deepfakes asomaron en los suburbios de Internet.

El invento de Goodfellow entraña una lógica fáustica: serás capaz de crear lo real, pero ya no sabrás qué es lo real. En una entrevista con la MIT Technology Review, admite que no habrá solución técnica al problema de la autenticación, sino que será un requisito social educar y concientizar a la población sobre los peligros de esta tecnología y la posibilidad de que las imágenes que observamos pueden o no ser reales. «¿Cómo probarías que eres un humano y no un robot?», le preguntó Lex Fridman en su podcast. «De acuerdo a mi propia metodología de investigación no hay manera de saberlo a esta altura», respondió Goodfellow, quien desde su apellido (que significa «buen compañero») hasta su tono monocorde y precisión discursiva podría pasar por androide. «Probar que algo es real por su propio contenido es muy difícil. Somos capaces de simular casi cualquier cosa, así que habría que servirse de algo más allá del contenido para probar que algo es real», siguió Goodfellow.

La mala reputación de la simulación, sin embargo, no debería eclipsar su potencial: el testeo de drogas simuladas sobre órganos simulados, afectados por enfermedades simuladas; la experimentación subatómica para el desarrollo de energías alternativas; la proyección algorítmica de los viajes espaciales; aplicaciones industriales, agroalimentarias, e incluso artísticas. La mayoría de estas disciplinas requieren una capacidad computacional inmensa (y en ese terreno la mayor apuesta es la computación cuántica), pero lo interesante es la premisa que subyace. Goodfellow busca que las redes «comprendan el mundo en función de una jerarquía de conceptos, cada uno de ellos definidos a partir de conceptos más simples», provenientes de la experiencia.

Si las redes neuronales de inteligencia artificial continúan con este ritmo de aceleración, la humanidad tendrá a su disposición herramientas capaces de dislocar su experiencia con el mundo. Para siempre. A diferencia de otras tecnologías, la «democratización» no resolverá los dilemas que presentan los deepfakes. ¿A quién le reclamaremos la verdad? Quizás habrá que acostumbrarse a vivir sin ella.

Publicado enCultura
Jueves, 09 Julio 2020 05:59

El fantasma de la libertad

Fuentes: Crónica popular

Un fantasma recorre el mundo: el que dice que los fantasmas son la única realidad. Pero a diferencia de lo que ocurría con el comunismo en 1848, ninguna potencia de la vieja Europa ni del Nuevo Mundo, del Este, el Oeste, el Norte o el Sur, ningún polizonte alemán, ningún robocop gringo, no digamos ya la Unión de Explotadores agazapada bajo la UE ni, mucho menos, el pato Donald (ese tuiteador de fakes que otea el mundo desde el último piso de la torre Trump, en la Quinta Avenida, cuando se aburre de estar en la Casa Blanca), se han aliado en santa jauría para darle caza. Al revés, todos ellos parecen contentísimos al ver cómo se extiende y atraviesa todas las paredes (las de piedra, ladrillo o madera y las del sentido común).

Es un fantasma con mucha solera. Empezó a aparecérsele a Descartes en el siglo XVII, y el buen Renato creyó poder conjurarlo con un simple pensamiento, un par de coordenadas y la ayuda de Dios. Pero no hizo más que darle alas. Un escocés descreído, mejor historiador que filósofo, le insufló nueva vida al reducir las cosas a haces de sensaciones, y un piadoso profesor prusiano de prolija pluma, cuyo inmenso talento se sintió intimidado por el de aquel escocés llamado Hume, le edificó (como corresponde a todo fantasma que se precie) un magnífico castillo conceptual desde el que el fantasma estableció su reinado sobre las mentes más avanzadas bajo el majestuoso título de Yo Transcendental. A partir de entonces, la especie humana (o mejor, su apariencia) empezó a vivir en una Era Fenomenal (no porque se viviera fenomenalmente bien, sino porque todo lo que la gente podía llevarse a la boca ya no eran cosas, sino fenómenos). Eso sí, aunque las cosas no podían tocarse ni comerse, sí que podían pensarse. Algo es algo.

Pero apareció entonces, ay, la nación alemana (otro fantasma, por supuesto, pero uno muy proclive, además, al exceso en todo). Y entonces sus promotores (Fichte, por ejemplo), inspirados por las teorías del piadoso profesor prusiano Kant, pero yendo más allá de ellas, decretaron que las cosas ni siquiera podían pensarse, por la sencilla razón de que todo era pensamiento, con lo que éste sólo podía pensarse a sí mismo y, a partir de sí mismo, crear su propio objeto de contemplación, que inicialmente surgiría como negación del pensamiento, pero que finalmente el pensamiento acabaría por absorber. Y el fantasma creció y creció, y, al germanizarse del todo, abandonó su modesta condición de ghost para elevarse hasta la de geist, lo que en el mundo latino le permitió entroncar con la prestigiosa tradición clásica y denominarse “espíritu”, concepto de acendrada raigambre teológica.

Hubo quien, desde dentro de esa misma corriente fantasmal, intentó darle la vuelta a la “sábana” para que se le vieran las costuras y demostrar que el pensamiento no es lo único ni lo primero, que no es antecedente, sino consecuente. Pero la fuerza del fantasma se había hecho ya muy grande y lo máximo que pudo lograr aquel hijo de un abogado judío converso, cuyo apellido era una forma sincopada de Markus (Marks o Marx), fue poner como antecedente, en lugar del pensamiento, la acción. Cosa muy sensata y provechosa, porque permitía derribar los prejuicios retrógrados que en todas las pautas sociales establecidas veían leyes naturales eternas e inamovibles (lo que era muy conveniente para el mantenimiento de los privilegios hereditarios de unos cuantos).

O sea que ese fantasma reconvertido hizo un gran servicio a la humanidad, aunque sólo fuera por meterles el miedo en el cuerpo a los detentadores de privilegios inmerecidos, algo a lo que también contribuyó decisivamente, antes de que naciera Marx, el invento de un tal doctor Guillotin al servicio de la Revolución (Francesa).

Pero la inercia adquirida por aquel Espíritu en movimiento (tan móvil que él mismo se identificaba, para muchos, con el movimiento mismo) llevaría (¿fatalmente?) con el paso de los años a sucesivas reencarnaciones de la idea de Fichte: la superación o absorción del mundo objetivo por la subjetividad.

De modo que poco a poco hemos ido asistiendo al nacimiento de teorías (que cualquier persona sensata, no contagiada por alguna de las sucesivas mutaciones del virus idealista, no dudaría en calificar de delirantes) según las cuales no sólo la sociedad es una construcción humana en vez de ser una estructura natural (como acertadamente sostenía Marx), sino que la realidad en general es toda ella una construcción. Construida ¿por quién? Obviamente, por el ser humano, quien a su vez no tiene existencia propiamente humana al margen de una sociedad. Si ese “socioantropocentrismo” absoluto se quedara ahí, la cosa ya sería bastante disparatada, pero al menos habría un mínimo de terra firma en la que apoyarse y dentro de la cual orientarse. Pero, claro, una vez eliminadas las “cosas en sí” reconocidas (aunque dejadas de lado) por Kant, no hay terra firma que valga: todo se vuelve océano, y un océano, además, sin corrientes como las que servían a los antiguos polinesios para orientarse en la inmensidad del Pacífico. De modo que no tiene por qué haber una única forma de construcción social, como tampoco hay una única sociedad. En eso consiste fundamentalmente la sociedad “líquida” descrita por Zygmunt Bauman, que otros preferimos llamar relativismo radical.

El propio marxismo ha sido víctima, en no pocos casos, de esa variante de idealismo que el historiador y filósofo marxista Domenico Losurdo, fallecido hace exactamente dos años (28-6-2018), no dudaba en calificar de “idealismo de la praxis”. La cosa viene de lejos, de Marx mismo, aunque en su obra no adquiriese ni mucho menos la dimensión que encontramos en epígonos contemporáneos. Losurdo sitúa el antecedente inmediato, como ya hemos señalado, en Fichte: “Con su insistencia en la praxis y la transformación del mundo, el pensamiento revolucionario está expuesto a lo que podríamos llamar el idealismo de la praxis. Pensemos en Fichte, que traza un paralelo entre su Doctrina de la ciencia y la enérgica acción de la Francia revolucionaria: «Así como esa nación libera al hombre de las cadenas externas, mi sistema le libera de las ataduras de las cosas en sí, de las influencias externas» (La lucha de clases, Barcelona, El Viejo Topo, 2014: p. 272).

Se trataría, pues, según Fichte, de eliminar cualquier realidad existente por sí misma, independiente del acto «creador» del Yo, sujeto éste que ni siquiera cabría adjetivar de «humano», ya que en esa concepción no hay naturaleza humana previa que pueda condicionar la absoluta y libérrima espontaneidad del Yo. Sigue Losurdo:

“Se podría decir que la presencia de Fichte y la de Hegel coexisten, en un entramado a veces contradictorio, en Marx y Engels (y en la teoría de la lucha de clases que formulan). Los dos filósofos y militantes revolucionarios se forman en unos años en que, por un lado, todavía se oyen los ecos de la Revolución Francesa y, por otro, ya se aprecian signos premonitorios de la revolución que en 1848 barrería la Europa continental. Una revolución que, como esperaban los dos jóvenes revolucionarios, además de las viejas relaciones feudales, acabaría poniendo en cuestión el orden burgués. Situados entre estas dos gigantescas olas de perturbaciones históricas que sacuden el mundo en sus cimientos y abren un horizonte ilimitado a la transformación revolucionaria impulsada por la lucha de clases, se comprende que los dos filósofos y militantes revolucionarios tiendan a caer también ellos en el idealismo de la praxis. En el futuro comunista imaginado por Marx y Engels, junto al antagonismo de las clases, también desaparecerían el mercado, la nación, la religión, el Estado y quizá incluso la norma jurídica como tal, ya superflua a causa de un desarrollo tan prodigioso de las fuerzas productivas que permitiría la libre satisfacción de todas las necesidades, con la superación de la difícil tarea que supone distribuir los recursos. En otras palabras, es como si desaparecieran los «vínculos de las cosas en sí». No es de extrañar que el tema de la extinción del Estado se asome ya en Fichte”. (ibid.: pp. 272-273).

Dados estos antecedentes, no hay que extrañarse de que cierta izquierda autoconsiderada marxista acoja hoy día sin pestañear (más bien con beatífica sonrisa y guiños de complicidad) la actuación de los secesionistas que ponen una llamada “voluntad popular” irrestricta por encima de la ley (olvidando que esa ley ha surgido a su vez de una voluntad popular voluntariamente sometida a las autoimpuestas restricciones de un marco constitucional).

Y tampoco es de extrañar, claro está, que esa misma izquierda acoja con idénticas muestras de simpatía (e incluso haga suyos con entusiasmo) los delirios burgueses made in USA de quienes pretenden comprarse un sexo a medida (convenientemente camuflado previamente como género). La premisa es la ya conocida premisa mayor del idealismo posmoderno: no hay realidad objetiva alguna, todo es construcción social. Y si uno considera que esa construcción social (por ejemplo, la llamada asignación de sexo/género) es opresiva (y, en buen idealista, como así lo considera, así es, pues no hay más ser que su consideración), entonces está perfectamente legitimado para reivindicar el derecho a la autodeterminación de género.

Que uno quiera comprarse un sexo, un género o como quiera llamar al motor de su libido es difícilmente atacable en un marco mercantilista como el que padecemos (con algún que otro rato de disfrute, cierto). Otra cosa es que pretenda que entre todos se lo paguemos. Porque, como dice la Internacional, no puede haber derechos sin deberes, y los derechos de unos se convierten automáticamente en los deberes de otros. Pues bien, “pagar” un sexo/género a medida no tiene en este contexto un sentido meramente financiero, sino sobre todo jurídico, como bien ha señalado el tan traído y llevado documento elaborado por el Partido Socialista. De modo que los sentimientos son sin duda libres (e inocentes, según el mismísimo Aristóteles), y por tanto respetables. Pero las prácticas derivadas de esos sentimientos no siempre ni necesariamente lo son. O sea que uno tiene derecho a sentirse astronauta, pero no necesariamente a que la NASA o la ESA (o la OTRA) le den plaza en el próximo vuelo espacial.

Ya sé que esto es muy difícil de entender después de tanto tiempo cultivando el mito fáustico según el cual cada uno es lo que quiere ser (en esa patraña coinciden, sin ir más lejos, todos o casi todos los libros de “autoayuda” ―absurdo concepto, por cierto, porque si brota de uno mismo, no es ayuda, sino esfuerzo). Quizá nos irían bien, burguesitos caprichosos como somos, unas pequeñas dosis del fatalismo de nuestros abuelos. Acaso la pandemia de marras pudiera ayudarnos en eso al darle la razón a John Lennon cuando dijo: “La vida es eso que pasa mientras nosotros hacemos otros planes”.

Por Miguel Candel | 09/07/2020

Fuente: https://www.cronicapopular.es/2020/07/el-fantasma-de-la-libertad/

Publicado enSociedad
Jueves, 21 Mayo 2020 06:23

Prohibido quedarse en casa

Prohibido quedarse en casa

Cuando a comienzos del siglo veinte uno de tantos volcanes de Guatemala entró en erupción, el dictador Manuel Estrada Cabrera mandó desde su encierro en el palacio presidencial a leer por las calles un decreto, donde se establecía la falsedad de la supuesta erupción, fruto mentiroso de una conspiración política para desestabilizar el país, dañar la economía y atrasar el progreso. La mentira oficial pretendía, así, sustituir a la realidad.

Pero la lluvia de ceniza ardiente arrojada por el volcán, que oscurecía la luz del Sol, impedía al empleado público a cargo de divulgar el decreto cumplir con su cometido, y a falta de claridad debía auxiliarse con una lámpara de acetileno; además de que, ante la violencia de los temblores, nadie se quedaba a oír su pregón.

En Nicaragua no existe ninguna epidemia causada por el Covid-19, porque las fronteras del país han sido blindadas, gracias al imaginario oficial, por la protección divina. Todo lo demás, es fruto de la conspiración de cerebros deformes y enfermos, que sólo buscan calumniar ydifamar. Y desestabilizar el país, dañar la economía y atrasar el progreso.

Los propagandistas oficiales empezaron diciendo que el coronavirus era una enfermedad de ricos ociosos, que no tenía por qué tocar a las puertas de los pobres, de manera que eso de quedarse en casa era una aberración de la propaganda imperialista. La pandemia, en el mundo, no es más que un castigo divino contra la explotación capitalista.

Vivimos algo así como una lucha de clases sanitaria, con lo que el virus se ha vuelto un asunto ideológico. Negar que exista en Nicaragua, un deber revolucionario; prevenir contra su diseminación, una maquinación de la derecha.

En los centros de salud se llegó a prohibir que los médicos y enfermeras usaran guantes y mascarillas para atender a los pacientes, porque eso significaba crear alarmas innecesarias. Y también se advirtió al personal no dar ninguna información sobre la enfermedad, para no crear un estado de histeria colectiva.

Para demostrar que vivimos en la nación más sana del mundo, y estamos obligados a ser felices por decreto, la propaganda oficial se ha desplegado con gran alarde para inducir a la gente a amontonarse en las playas, y se mantienen los puertos abiertos a los cruceros, con el inconveniente de que éstos dejaron de llegar por sí mismos; se inventan ferias gastronómicas y se convoca a fiestas patronales.

Y además de que se mantienen abiertas las escuelas y las universidades, se atrae hacia los estadios a los incautos; se montan veladas de boxeo, que la cadena internacional ESPN transmite, como si fueran funciones de circo pobre, rarezas "atípicas" del pintoresco tercer mundo en tiempos de pandemia.

Los resultados de las pocas pruebas que se realizan no son del conocimiento de los pacientes, y los hospitales y clínicas del Estado tienen órdenes de registrar los casos como "enfermedades respiratorias atípicas".

Pero mientras el mal es declarado inexistente, los hospitales se hallan abarrotados de pacientes que cuando mueren deben ser enterrados sin acompañamiento familiar, bajo vigilancia de la policía. Y hablar del virus puede convertirse en un acto subversivo. Los deudos de los muertos prefieren callar.

El mecanismo de falsificación de la verdad viene a ser el mismo utilizado a raíz de la represión que dejó centenares de muertos hace dos años. Los asesinados por disparos de fusiles Aka y por balazos certeros de francotiradores, equipados con fusiles Dragunov rusos, y Catatumbo venezolanos, nunca existieron. Las víctimas, enlistadas por los organismos de derechos humanos, habían muerto a consecuencia de riñas por drogas, pleitos callejeros o accidentes de tránsito. El cinismo en toda su majestad, como ahora otra vez.

Las autoridades sanitarias reconocen únicamente 16 casos, con cinco fallecidos, lo que, por una paradoja siniestra, convierte a Nicaragua en el país de más alta mortalidad en el mundo por causa de la pandemia. Pero se ha entrado ya en la fase de transmisión comunitaria del virus, y el Observatorio Ciudadano, un organismo de la sociedad civil dedicado a reunir información, reporta ya cerca de 800 casos de infección en el país. Infección clandestina.

Hace pocos días, 645 profesionales de la salud, todos especialistas reputados, firmaron un documento público de denuncia, con el respaldo de todos los gremios médicos. En este pronunciamiento sin precedentes, se exige la adopción de medidas que son del sentido común, adoptadas en otras naciones.

Es tarde, dicen, pero, "en el momento de inicio del ascenso de la curva de casos graves, aún es posible realizar acciones de mitigación que reduzcan el catastrófico impacto en la tasa de letalidad y en el sistema de salud".

Es un documento valiente, porque muchos de los firmantes se exponen a ser despedidos de los hospitales porquebrantar la imagen del Estado perpetuo de felicidad en que viven los nicaragüenses, presos dentro de este increíble y fatal espejismo en el que los altavoces oficiales te dicen que quedarse en casa no es más que un vicio burgués.

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Steve Bannon, el gurú caído de Trump: "Hemos convertido a los republicanos de EEUU en un partido de clase obrera"
  • - El que fuera estratega de Trump sigue siendo influyente pese a que en 2017 tuvo que dejar la Casa Blanca por su escandalosa radicalidad
  • - "Si queremos que el capitalismo sobreviva, necesitamos hacer que la gente sea capitalista; lo que tenemos son oligarcas y siervos"
  • - Mientras Trump sigue usando las consignas a favor de la clase trabajadora inspiradas por Bannon, sus políticas fiscales van en dirección contraria

 

Steve Bannon fue el hombre a los 63 años dirigió la campaña de Donald Trump de 2016, el que moldeó el partido republicano a imagen del presidente y el que dirigió BreitBart News, una plataforma de contenidos para alimentar a la nueva derecha americana, un movimiento caracterizado por el racismo. Tras su nombramiento en la Casa Blanca, el exlíder del Ku Klux Klan, David Duke, dijo que era una noticia "estupenda". Peter Brimelow, de la página supremacista VDAR, lo calificó de "increíble".

Bannon dejó el Gobierno en 2017 tras haber jugado un papel fundamental en la tan criticada reacción del presidente a la marcha supremacista celebrada en Charlottesville, Virginia. Aun así, sigue siendo una figura influyente en política y quiere inspirar un movimiento global de extrema derecha. Recibe a The Guardian para una entrevista en su casa de Capitol Hill (Washington DC).

"Hemos convertido a los republicanos en un partido de clase obrera", dice un relajado Bannon en su casa con una foto autografiada de Trump detrás. "Curiosamente, ahora mismo no tenemos ni un representante electo que se lo crea, pero eso se debe a nuestro legado, ya lo superaremos: tenemos que encontrar a nuestras propias AOCs [Alexandria Ocasio Cortez]". Desde que fue elegida congresista en Washington el año pasado, la excamarera neoyorquina de 30 años Ocasio-Cortez ha construido una gigantesca audiencia en las redes como miembro de 'The Squad' [el escuadrón], un grupo formado por cuatro mujeres progresistas y no blancas. Su disputado apoyo ha ido finalmente para el senador progresista de Vermont Bernie Sanders.

Entre los congresistas republicanos predominan los hombres blancos de familias acomodadas y cierta edad. Los demócratas y sus simpatizantes tienen un "casting mejor", admite Bannon. "Hicieron un trabajo increíble en 2018. Sigo diciendo que admiro a AOC. Creo que su ideología está equivocada, pero quiero tenerla. Quiero que reclutemos camareros. No quiero más abogados. Quiero camareros".

Bannon también cuenta entre los aciertos demócratas la candidatura de los veteranos del ejército Max Rose (Nueva York) y Mikie Sherrill (Nueva Jersey). Los dos consiguieron su escaño en la victoria que el Partido Demócrata en las elecciones a la Cámara de Representantes de 2018. "Un casting perfecto, por eso nos dejaron atrás".

En las elecciones de mitad de mandato del año pasado los demócratas recibieron el empujón de Mike Bloomberg. El exalcalde de Nueva York les inyectó 110 millones de dólares con su propio comité de acción política [los llamados PAC, por sus siglas en inglés] y el resultado fue impresionante: 21 de los 24 candidatos a los que apoyaba obtuvieron el escaño. Bloomberg ahora también se presenta a la candidatura demócrata para la presidencia en las elecciones de 2020.

"La gente no termina de entender lo que significa Bloomberg", dice Bannon, que también es copresentador del programa de radio War Room [Sala de guerra] sobre el impeachment contra Trump. "De no ser por Bloomberg, no habría impeachment. Son los cien millones de dólares de Bloomberg los que hicieron ganar esos escaños... El Partido Demócrata es igual que el Republicano: no hay gente cuando hace falta hacer algo. Nadie va a un Estado a tocar timbres. Pero esos grupos de activistas sí lo hacen y ahí es donde Bloomberg puso sus cien millones de dólares".

Las lecciones de Reino Unido

En una segunda entrevista telefónica la semana pasada, Bannon hace comparaciones con las elecciones generales británicas en las que el conservador Boris Johnson derrotó al laborista Jeremy Corbyn (acusado de no erradicar el antisemitismo del partido). Igual que Trump rompió el "muro azul" de los estados del medio oeste en 2016, Johnson ha caído como una una bola de demolición sobre el "muro rojo" de áreas tradicionalmente laboristas británicas.

"Es una victoria para el populismo", dice Bannon. "Cláramente, el premio no se lo iban a llevar unas ideas económicas radicales, socialismo y una mayor intervención del Estado, además de un antisemitismo virulento. Creo que en EEUU el Partido Demócrata, especialmente la extrema izquierda que representan el Squad, Elizabeth Warren y Bernie Sanders, deberían aprender la lección porque no creo que solo haya sido por la personalidad de Corbyn".

Bannon no cree que Johnson sea nacionalista ni populista y dice que el Brexit en que piensa el primer ministro británico es algo así como un "Singapur sobre el Támesis", muy diferente a la imagen que tienen en su cabeza los que votaron por él. Aún así, Bannon argumenta que tanto los conservadores como los republicanos deben atraer a la clase obrera para apoderarse del territorio de sus rivales históricos.

¿Un capitalismo para la gente?

Para sus críticos, Bannon es un nacionalista furibundo y nihilista, una persona que busca atención alterando y destrozando el establishment político. Bannon justifica su deseo de transformar a los republicanos en un partido obrero. "Toda mi teoría sobre la derecha es que si queremos que el capitalismo sobreviva, tenemos que hacer que la gente sea capitalista. El problema es que no son capitalistas. Lo que tenemos son oligarcas y siervos. Ese sistema no va a sobrevivir. Yo le digo a los donantes que tal vez me detesten, pero que toda esa mierda de Paul Ryan en la Heritage Foundation no va a ganar una elección nacional. No puede ganar en Wisconsin, ¿se entiende? Donald Trump sí puede".

Eso que dicen Trump y Bannon de defender a los trabajadores se está volviendo cada vez más difícil de creer. Hace dos años, el presidente aprobó un proyecto de ley de 1,5 billones de dólares para reducir los impuestos de las empresas y de los ricos, entre los que figuran él y los miembros de su gabinete. Según el Centro de Política Tributaria, un centro de estudios de Washington no afiliado a ninguno de los partidos, el 80% de los recortes de impuestos aliviará el bolsillo del 1% más rico mientras la clase media sigue pasando dificultades.

En una entrevista de radio de 2016, el nacionalista blanco y asesor de la Casa Blanca Stephen Miller dijo a Bannon que Estados Unidos podría perder su soberanía y ser "diezmado" por la inmigración. Pero Bannon, que en Europa ha asesorado a líderes de extrema derecha abiertamente racistas, niega que el resentimiento racial sea una parte importante del resurgimiento populista. Lo dice a pesar de que el FBI comunicó el mes pasado que los ataques personales motivados por prejuicios habían alcanzado un máximo en 16 años, con un aumento notable en los casos de violencia contra personas de origen latino.

"Cuando ganamos a finales de junio de 2016 en Londres, dije que esa era la apuesta ganadora para Trump, sólo teníamos que imponer los mismos temas", dice en relación al referéndum británico del Brexit. "Por eso, cuando me hice cargo de la campaña, quise volver a lo básico: detener la inmigración ilegal masiva, limitar la legal y proteger a los trabajadores. ¿Por qué crees que las encuestas de Emerson le dan hoy a Trump el 34% de aprobación entre los negros y el 36% entre los hispanos? Va a conseguir el 20% del voto negro y esta es la razón: todo el mundo tiene trabajo".

Otras encuestas dan una imagen muy diferente. Según un estudio publicado el 13 de diciembre por el comité de acción política BlackPac, en torno al 78% de los probables votantes afroamericanos tiene una opinión desfavorable de Trump y un 84% califica negativamente su labor como presidente. Además, el 83% de los probables votantes afroamericanos considera que las condiciones económicas no han cambiado o han empeorado durante el mandato de Trump y un 87% afirma que en noviembre de 2020 votará por el candidato demócrata.

La Administración Trump ha ido claramente en contra de los derechos de los trabajadores al reducir el número de inspectores de seguridad en los lugares de trabajo, elevar la calificación necesaria para cobrar el salario mínimo o las horas extras y arrinconar a los sindicatos, entre otras medidas.

A Bannon no parece preocuparle haber contribuido a llevar al Despacho Oval a un hombre que cuenta con el respaldo de los nacionalistas blancos. "Mira, esto es lo que me vuelve loco de la izquierda. Todo lo de la inmigración es para inundar la zona con mano de obra barata y la razón es porque a las élites les importan un carajo los afroamericanos o la clase obrera hispana. Tampoco les importa la clase obrera blanca. Sólo son números. Así que tienen una oferta de mano de obra ilimitada y pagando nueve dólares la hora. ‘Que entren más, que de paso serán más clientes’", señala.

"Están destruyendo a la clase obrera. Eso es lo que tenemos que proteger. Una vez que demostremos a la clase obrera de todas las etnias y razas que ser ciudadano da derecho a un trato especial, conseguiremos esa reconfiguración", añade.

Exbanquero de inversiones (Goldman Sachs) y exoficial de la Armada, no parece probable que Bannon y su énfasis en la ciudadanía sea suficiente para los ciudadanos de carne y hueso estadounidenses que sufren hoy inmensas desigualdades por su clase, género y raza. Según las estadísticas publicadas en septiembre, la brecha entre los que más tienen y el resto alcanzó el año pasado un máximo en los más de 50 años que la Oficina del Censo de Estados Unidos lleva midiendo la desigualdad de los ingresos. Según la fundación independiente y sin fines de lucro CDC, las mujeres negras tienen entre tres y cuatro veces más probabilidades que las blancas de morir por causas relacionadas con el embarazo.

 

David Smith - Washington D.C (Estados Unidos)

Traducido por Francisco de Zárate

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Sábado, 23 Noviembre 2019 06:34

Blade Runner 2019: la rebelión replicante

Blade Runner 2019: la rebelión replicante

Fundamental obra de la ciencia ficción, Blade Runner (1982) es comúnmente abordada desde el tema medioambiental y la tecnología. Sin embargo, la película de Ridley Scott ofrece lecturas críticas más potentes. La autonomía de los artefactos producidos, la administración de la vida desde el poder y, especialmente, las posibilidades de rebelión superan en ella la adivinación futurista

La película, basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? del escritor estadunidense Philip K. Dick, se puso de moda de nuevo al cumplirse la fecha durante la cual se localiza la trama futurista: noviembre de 2019, mes en el que, como marco para mirar, una serie de insurrecciones recorren el mundo.

Blade Runner relata una cacería (llamada con el eufemismo retiro) de replicantes, androides creados por la corporación Tyrell con cuerpo humano y recuerdos falsos insertos en el cerebro.

Con guiños al Cine Noir de los 30, la cacería se desarrolla en los interculturales bajos fondos de la megápolis losangelina, cuya barroca atmósfera oscura contrasta con el dorado y piramidal edificio de Tyrell, empresa de diseño y administración de la vida (Biopolítica).

En La guerra de las imágenes: De Cristóbal Colón a Blade Runner. (1492-2019), el historiador francés Serge Gruzinski dice que la esencia de Blade Runner se encuentra en la metrópoli como confusión de razas y lenguas: lo barroco colonial. Gruzinski inserta al filme para leer a contrapelo de las imágenes del barroco creadas por el Occidente colonizador en México: se persigue a los replicantes, arguyendo la inhumanidad de eso esclavos androides, como cinco siglos antes los conquistadores sometieron y masacraron a los indios sosteniendo que éstos no tenían alma.

Sin embargo, es en este Los Ángeles como empalme de un barroco futurista donde se pueden esconder los androides-esclavos insurrectos. Es ahí donde se da la posibilidad de un cambio de mundo.

El teórico y crítico literario marxista Joseba Buj es todavía más radical que Gruzinski. En su ensayo Mínima marginalia del libro Cartografía del desencuentro reconoce en el replicante un artefacto cultural que tiene la posibilidad para generar después su propia autonomía: si la imagen Virgen de Guadalupe, implantación del imaginario colonial por excelencia, aparece siglos después en el estandarte del cura Hidalgo, el replicante, creado por el capital como esclavo, destinado a habitar los bordes del cosmos para producir y ser desechado, puede rebelarse contra su código, su papel, y salir a rebelarse contra su creador.

En esta lectura, la categoría migrante sería una réplica: productos de las guerras en los bordes exteriores del mundo conocido; réplicas que llegan por millares a tocar con fuerza en las puertas del Occidente que las produce. También sería una réplica la categoría indio (al igual que mestizo); el indio que, como palabra interpuesta desde la colonización, aglutina a miles de personas administradas y desplazadas por siglos, negadas de alma, igual que los androides. Una réplica hoy insurrecta que bajo el nombre maya, mapuche, aimara. Es hoy, en la constelación de la categoría indígena, que se gestan los levantamientos de emancipación americana de este noviembre de 2019.

Después de arrancar los ojos a su creador, el replicante Roy Batty (interpretado por el recientemente fallecido Rutger Hauer) invierte los roles fílmicos y pregunta a su perseguidor, el detective Deckard: ¿no eras tú el bueno. En la pelea final, el androide aúlla y deviene animal. Es capaz de desnudarse del rol social interpuesto y estar más cerca de la vida que el propio detective.

Invertidos los papeles, el replicante (esclavo insurrecto-Espartaco) vence, se transforma en divinidad para después morir pronunciando uno de los monólogos más citados del cine: he visto estrellas brillar en la noche con mil colores. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, igual que el llanto en la lluvia.

Blade Runner tiene al menos cinco versiones. Curiosamente, todas son réplicas. La versión que más gusta a Ridley Scott pareciera sugerir: al final, todos podríamos ser replicantes. De vuelta a la nocturna ciudad barroca, en un noviembre de 2019, estamos ante la hora de la rebelión.

*Por Al-Dabi Olvera, cronista

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Martes, 13 Agosto 2019 05:37

En las patas de los caballos

En las patas de los caballos

El tema de la relación entre novela y política difícilmente se agota en América Latina. En la recién pasada Feria Internacional del Libro en Lima, me tocó subir dos veces al escenario para unas conversaciones literarias donde el contenido terminó siendo el mismo, o parecido: tanto en Los paraísos narrativos, con Mario Vargas Llosa, bajo la mediación de Patricia del Río; como en ¿Existe la novela política?, con J. J. Armas Marcelo, moderada por Clara Elvira Ospina.

Mi primera reflexión, en base a aquel doble ejercicio, es que desde muy temprano del siglo XIX aprendimos a ver la historia como epopeya; y a partir de entonces comenzó a ser tarea difícil fijar la distancia entre historia y literatura, bajo el fragor y los relámpagos de la epopeya, hasta que esa delgada línea de separación entre realidad y ficción quedó desvanecida.

Los libertadores arrastraron imaginación e historia en las patas de los caballos. Lo inconmensurable, lo exagerado, es la medida que siempre busca la imaginación para crear el asombro: en una trivia ideada por la BBC de Londres, se declara a Bolívar el americano más importante del siglo XIX:

Cabalgó 123 mil kilómetros, más de lo que navegaron Colón y Vasco de Gama sumados, 10 veces más que Aníbal, tres más que Napoleón, y el doble de Alejandro Magno. No vivió más que 47 años, pero fueron suficientes para pelear 472 batallas, viendo la derrota sólo seis veces; en 25 estuvo en riesgo de muerte, y liberó seis países.

Pero de las estadísticas gloriosas tenemos que pasar a las vidas humanas, los seres vistos en su individualidad, y así abrirnos paso hacia el territorio de la novela, donde el documento adquiere fulgores irisados, porque es ya el dominio de la imaginación; reconstruir vidas, y por tanto heroísmos, visiones, ambiciones, pasiones, celos, mezquindades. Traiciones.

La novela convierte a las personas en personajes. La singularidad se basa en lo extraordinario, no pocas veces en lo imposible, en todo aquello que resulta perturbador porque se sale del común. Capitanes desquiciados que buscan un absurdo, co­mo Ponce de León la fuente de la eterna juventud, convencidos de que lo que otros han imaginado es la verdad, y pueden mover una flota entera tras una mentira.

Héroes obsedidos por una idea libertaria, como Bolívar, cabalgando sin tregua, decididos a romper el yugo, unir países que surgen a una vida nueva, y que ya al nacer son díscolos, ingobernables, y al final del camino sólo espera la decepción de haber arado en el mar, frase de personaje de novela como no hay otra.

Pero el individuo que busca, no se encuentra a sí mismo, y muere generalmente en derrota, lejos de aquello que buscaba. Muertos de gangrena por causa de una flecha envenenada, como Ponce de León, o en la soledad del ostracismo, rumiando la desventura del fracaso, como Bolívar.

Por eso mismo es que la historia se puede leer como una novela, o ser reconstruida como novela. La Florida del Inca, escrita por el Inca Garcilaso, es una novela, como lo es la verdadera relación de la Conquista, de Bernal Díaz del Castillo. Y sin esta visión de la historia como novela, no serían posibles El general en su laberinto, de García Márquez, ni La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa.

La galería de personajes es infinita. Pero si me dieran a escoger a uno de entre tantos, me quedo con Francisco de Miranda. Sus diarios son eso, una novela fascinante que se lee sin respiro. Es el más exuberante de entre todos los héroes de a caballo, el más apasionado y el más apasionante, guerrero, trotamundos, aventurero, seductor.

No hay escenario de su época donde no hubiera estado, como testigo o protagonista. Capitán del ejército español, espía de la corona inglesa, perseguido por la Inquisición por lector voraz, Mariscal de Campo en Francia bajo la revolución, consejero de Catalina la Grande en Rusia, luchador por la independencia sudamericana, entregado al final de su vida a las autoridades de la corona española, el propio Bolívar de por medio, y llevado prisionero a Cádiz donde murió en las mazmorras víctima de un derrame cerebral.

Novela política, novela histórica, no existen como tales, o si existen no se salvan como géneros literarios. Existen hechos extraordinarios, y protagonistas singulares, que la historia pone a disposición de la novela, la cual, en último caso se alimenta de la realidad para crear otra paralela. Pero esta otra es ya criatura de la imaginación, no de la relación rigurosa y fehaciente de los hechos, lo que a la postre viene a resultar siempre aburrido.

Y cuántas historias para ser contadas no nos ha dado ya este siglo de caudillos iluminados, reyes del narcotráfico que se solazan en el poder del dinero y de la muerte, y democracias hundidas bajo el peso de la corrupción. Un siglo sin héroes, bajo el fulgor luciferino de lo siniestro.

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Domingo, 26 Mayo 2019 05:48

Parto de huérfano

Parto de huérfano

“En la noche del viernes al sábado una mujer de 51 años de edad, madre de familia, se suicidó tomando una dosis de somníferos”, tal la noticia, una entre tantas, en un diario de Carintia. Pero la noticia, para el hijo no puede quedar ahí por dos motivos: 1) es escritor, 2) la suicida es su madre. Y el orden de importancia de estas dos circunstancias, la literatura y la vida, no es gratuito. La información escueta contiene entre líneas una novela, una familiar. Siete semanas más tarde, el hijo siente la necesidad imperiosa de hacer algo con esa muerte, que no quede ahí. Y lo mejor que puede hacer, se dice, es trabajar en el asunto, investigar los motivos del suicidio, lo que a su vez implica asumir que ella es una desconocida. La memoria, se sabe, deforma. Tratamos de embellecer tanto las derrotas de nuestros seres queridos como las propias. Si ya es difícil conocerse a uno mismo, arriesgo. cómo se puede conocer a otro.Más aún, conjeturo, si el otro es otra, si se trata de la propia madre, y de un pasado del que no queremos ni enterarnos. Pero el hijo escarba en esa llaga. Trabajar en el asunto quiere decir también hacerlo”para no volverse loco machacando con un dedo la misma tecla de la máquina de escribir”, cuenta Peter Handke (Griffen, 1944). “Lo que también podría hacer sería marcharme; además, yendo de viaje, ese dormitar con la mente en blanco, este ir de un lado para otro sin hacer nada me pondrían menos nervioso”, escribe.

Con esta disyuntiva, entre la escritura y el viaje como sustituciones de la locura empieza a escribir “Desgracia impeorable”. Por entonces, 1974, Handke es el niño terrible de la literatura alemana, un intelectual a lo Bob Dylan. De hecho preludia la novela con dos citas, una de Dylan y otra de Patricia Highsmith, de quien fue traductor al alemán. De Dylan, lo que escribe tiene un tono entre desmañado y ruinoso. De Highsmith, el estudio penetrante de un carácter. Biográfica y autobiográfica, “Desgracia impeorable” no sólo perturba. Lastima.
Hacía más de treinta años que no leía esta novela. Ahora volví a encontrarla y acá estoy, queriendo en estas notas explicarme su efecto. Handke, lector de novela negra, aplica el riguroso método Highsmith de análisis de la protagonista y sigue con minuciosidad las pistas de una vida desdichada. Infancia campesina, huida a la ciudad, parejas por conveniencia, simpatía por el nazismo, abortos, hijos arrastrados entre los escombros de posguerra en busca de comida y finalmente, fracasada, el retorno al campo, la reclusión. La angustia y la desesperación del huérfano no incurren ni en la piedad ni en el tremendismo. En el parto de la historia materna, toda una deconstrucción, se fija una objetividad complicada por la clase de distancia que signó la relación madre-hijo y ahora, el hijo como narrador, aspira resignificarla en un relato que puede leerse también como diario, un diario escrito con urgencia donde busca expiar la culpa filial. Un desconsuelo sabido de antemano: la escritura, inescrupulosamente, habrá de funcionar como distracción provisoria, pero a condición de aceptar que llegará un momento en que las palabras ya no podrán cubrir esa ausencia, el vacío.


“No es verdad que escribir me haya servido para algo”, escribe Handke cerca del final. “Durante las semanas que estuve trabajando en la historia, ésta no dejaba de preocuparme. Escribir no fue, como creía al principio, una forma de recordar una etapa ya concluida de mi vida, sino únicamente un continuo trasiego de recuerdos en formas de frases que lo único que hacían eran afirmar unas distancias que yo había tomado. Todavía a veces sigo despertándome por las noches de un modo brusco, de golpe, como si desde dentro un contacto me arrancara del sueño y, reteniendo el aliento, de terror, experimento como si me estuviera pudriendo minuto a minuto”.


Para los escritores no resulta sencillo escribir la madre. Resulta tanto más simple medirse y medírsela con el padre, practicar, si se puede, un parricidio virtual a través de la narración, que encarar a la madre. Problema de género y no sólo, no suele ser igual, en sus variantes, la relación que establecen los escritores con sus madres que con sus padres. La bibliografía al respecto es profusa. Ante la madre las estrategias narrativas masculinas, la elección del género literario, se conflictúan entre la elegía, el lamento compasivo y la confesión de culpa. Lo que cuenta, tal vez, más que el género es cómo ficcionalizar, un acto de escritura en el que se juega una verdad, que es siempre subjetiva y compromete en su exposición. Como si “hacer literatura” fuera incurrir en la mojigatería y el melodrama, “sensiblería femenina”. Una exigencia: hurgar en los propios sentimientos a menudo contradictorios. Handke lo dice así: “Es especialmente en los sueños donde se hace palpable la historia de mi madre: porque allí sus sentimientos se convierten en algo tan físico que los vivo como si fuera su doble y me identifico con ellos, pero son precisamente estos momentos de los que ya he hablado en los que la extrema necesidad de comunicación coincide con la extrema falta de lenguaje”. Si bien estas escrituras suelen apelar a la primera persona y entonces lo que se impone es un yo que todo lo prisma: la ternura, el odio, los celos, la desolación. En esa materialidad del intimismo terminan encontrándose con aquella verdad de la que huyen. La verdad, esa verdad deseada, retorno a la lengua materna, no es sino la escritura: en consecuencia, contra su terquedad, “novelaron” a sus madres. ¿Por qué no inferir entonces que la “literatura del yo” –si es que esta etiqueta cobra algún sentido– empieza con una palabra y ésta es “mamá”?
Vuelvo a la disyuntiva que plantea Handke en el comienzo de su novela: la alternativa entre escritura y viaje, que quizás ahora, ante la muerte de su madre, desde esta perspectiva, no resulten antagónicas sino versiones de una misma acción: el viaje de la escritura que, en ráfagas, como un viento helado,depara un ahondar en la interioridad.”La descripción, naturalmente, no es más que un procedimiento mnémico”, escribe Handke. “Pero, por otra parte, tampoco la descripción es capaz de conjurar nada. Sin embargo, desde los estados de miedo, intentando una aproximación con las formulaciones más adecuadas posibles, esta descripción consigue un pequeño placer, un placer que se produce por una beatitud del miedo y del recuerdo”.


Lo que me sorprende en esta segunda lectura es otra cosa además del dolor “inenarrable” que transmite la reflexión sobre el origen y los sentimientos contradictorios con respecto a la identidad. Esa otra cosa es la puesta en tela de juicio permanente de la herramienta del escritor: el lenguaje, su potencia expresiva pero también sus límites y sus trampas. Es en esta conciencia de los riesgos donde quizá, como en ningún otro texto suyo, en Handkese dirime la cuestión sartreana de para qué “sirve” la literatura, si es que una utilidad que no sea la mercantil puede tener, esa idea de que la literatura “enriquece”. Además de exorcismo, también comunicación. Como lo declaró más tarde Handkeen un texto titulado irónicamente “Soy un habitante en la torre de marfil”, el objetivo consiste en “llegar a ser más atento y volver más atentos a los demás: volverlos más sensibles, receptivos, y llegar a serlo yo para que yo y también otros podamos existir de forma más receptiva y sensible, para que pueda comunicarme con los demás y tratarlos mejor”.

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Domingo, 17 Marzo 2019 06:17

Los modos de producción de ignorancia

Los modos de producción de ignorancia

Escribí hace mucho tiempo que cualquier sistema de conocimientos es igualmente un sistema de desconocimientos. Hacia dondequiera que se orienten los objetivos, los instrumentos y las metodologías para conocer una realidad dada, nunca se conoce todo sobre ella y queda igualmente por conocer cualquier otra realidad distinta de la que tuvimos por objetivo conocer. Por eso, y como bien vio Nicolás de Cusa, cuanto más sabemos, más sabemos que no sabemos. Pero incluso de la realidad que conocemos, el conocimiento que tenemos de ella no es el único existente y puede rivalizar con muchos otros, eventualmente más corrientes o difundidos.


Dos ejemplos ayudan. Primer ejemplo: en una escuela diversa en términos etnoculturales, el profesor enseña que la tierra urbana o rural es un bien inmueble que pertenece a su propietario y que este, en general, puede disponer de ella como quiera. Una joven indígena levanta el brazo y comenta al profesor: "Profesor, en mi comunidad la tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a la tierra". Para esta joven, la tierra es la Madre Tierra, fuente de vida, origen de todo lo que somos. Es, por tanto, indisponible. Segundo ejemplo: durante un proceso electoral en una determinada circunscripción de una ciudad europea donde es mayoritaria la población romaní (vulgarmente llamada gitana), los colegios electorales identifican individualmente a los electores censados. El día de las elecciones, la comunidad romaní se presenta en bloque en los centros de votación reivindicando que su voto es colectivo porque colectiva fue la deliberación de votar en cierto sentido o a favor de cierto candidato. Para los romaní no hay voluntades políticas individuales autónomas en relación con las del clan o la familia. Estos dos ejemplos muestran que estamos en presencia de dos concepciones de naturaleza (y propiedad), en un caso, y de dos concepciones de democracia, en el otro.


Frente a la diversidad de conocimientos y desconocimientos, hay tres modos de producción de ignorancia. El primer modo (llamémosle modo 1) reside precisamente en atribuir exclusivamente a un modo de conocimiento el monopolio del conocimiento verdadero y riguroso y despreciar a todos los demás como variantes de ignorancia, sean ellas opiniones subjetivas, supersticiones, atavismos. Este modo de producción de ignorancia sigue siendo el más importante, sobre todo desde que la cultura eurocéntrica (una cierta comprensión de ella) tomó contacto profundo con culturas extraeuropeas, especialmente a partir de la expansión colonial moderna. A partir del siglo XVII la ciencia moderna se consolidó como poseedora del monopolio del conocimiento riguroso. Todo lo que está más allá o fuera de él es ignorancia. No es este el lugar para volver a un tema que tanto me ha ocupado. Solo diré que el modo 1 produce un tipo de ignorancia: la ignorancia arrogante, la ignorancia de quien no sabe que hay otros modos de conocimiento con otros criterios de rigor y detenta el poder suficiente para imponer su ignorancia como única verdad.


El segundo modo de producción de ignorancia (modo 2) consiste en la producción colectiva de amnesia, de olvido. Este modo de producción ha sido activado con frecuencia en los últimos cincuenta años, sobre todo en países que han pasado por largos períodos de conflicto social violento. Estos conflictos tuvieron causas profundas: gravísima desigualdad socioeconómica, apartheid basado en discriminación etnorracial, cultural, religiosa, concentración de tierra y consecuente lucha por la reforma agraria, reivindicación del derecho a la autodeterminación de territorios ancestrales o con fuerte identidad social y cultural, etcétera. Estos conflictos, que a menudo se traducirían en guerras prolongadas, civiles u otras, produjeron millones de víctimas entre muertos, desaparecidos, exiliados y personas internamente desplazadas. Además de las partes en conflicto, siempre hubo otros actores internacionales presentes e interesados en el desarrollo del conflicto, y su intervención condujo tanto al agravamiento de este como (menos frecuentemente) a su término. En algunos casos hubo un vencedor y un vencido inequívocos. Este fue el caso del conflicto entre el nazismo y los países democráticos. En la mayoría de los casos tiende a ser cuestionable si hubo o no vencedores y vencidos, sobre todo cuando la parte supuestamente vencida impuso condiciones más o menos drásticas para aceptar el fin del conflicto (véase el caso de la dictadura brasileña que dominó el país entre 1964 y 1985).


En ambos casos, terminado el conflicto, se inicia el posconflicto, un periodo que busca reconstruir el país y consolidar la paz. En este proceso participan con especial énfasis las comisiones de verdad, justicia y reconciliación, muchas veces como componentes de un sistema más amplio que incluye la justicia transicional y la identificación y el apoyo a las víctimas. Por ejemplo, Corea del Sur, Argentina, Guatemala, Sudáfrica, la exYugoslavia, Timor Oriental, Perú, Ruanda, Sierra Leona, Colombia, Chile, Guatemala, Brasil, etc. En la mayoría de los procesos posconflicto, fuerzas diferentes militaron por diferentes razones para que la verdad no fuese plenamente conocida. Ya sea porque la verdad era demasiado dolorosa, ya sea porque obligaría a un profundo cambio del sistema económico o político (desde la redistribución de la tierra, el reconocimiento de la autonomía territorial y un nuevo sistema jurídico-administrativo y político). Por cualquiera de estas razones, se prefirió la paz (¿paz podrida?) a la justicia; se prefirió la amnesia y el olvido a la memoria, la historia y la dignidad. Se produjo así una ignorancia indolente.


El tercer modo de producción de ignorancia (modo 3) consiste en la producción activa y consciente de ignorancia por vía de la producción masiva de conocimientos de cuya falsedad los productores son plenamente conscientes. El modo 3 produce conocimiento falso para bloquear la emergencia de conocimiento verdadero a partir del cual sería posible superar la ignorancia. Es el dominio de las fake news. Al contrario de los modos 1 y 2, la ignorancia aquí no es un subproducto de la producción. Es la ignorancia malévola. Es el producto principal y su razón de ser. Los ejemplos desgraciadamente no faltan: la negación del calentamiento global, los inmigrantes y refugiados como agentes del crimen organizado y amenaza a la seguridad de Europa y de Estados Unidos, la distribución de armas a la población civil como el mejor medio para combatir la criminalidad, las políticas de protección social de las clases más vulnerables como forma de comunismo, la conspiración gay para destruir las buenas costumbres, Venezuela y Cuba como amenaza a la seguridad de Estados Unidos, etcétera.


Los tres modos de producción generan tres tipos diferentes de ignorancia, están articulados y tienen consecuencias distintas para las democracias. El modo 1 produce una ignorancia arrogante, abisal, que es simultáneamente radical e invisible en la medida en que el monopolio del conocimiento dominante es generalmente admitido. Las verdades que no caben en la verdad monopólica no existen y tampoco existen las poblaciones que las suscriben. Abre un campo inmenso para la sociología de las ausencias. Fue por eso por lo que el genocidio de los pueblos indígenas y el epistemicidio de sus conocimientos (valga el pleonasmo) anduvieron de la mano.


El modo 2 produce la ignorancia indolente, que se satisface superficialmente y que, por eso, permanece como herida que quema sin verse. Es la ignorancia-frustración que sigue a la verdad-expectativa. Una ignorancia que bloquea una posibilidad y una oportunidad emancipadoras que estuvieron próximas, que eran realistas y que, además, eran merecidas, al menos en la opinión de vastos sectores de la población. Esta ignorancia sugiere una sociología de las emergencias, de la emergencia de una sociedad que se afirma reconciliada consigo misma, con base en la justicia social, histórica, etnocultural, sexual.
El modo 3 crea una ignorancia malévola, corrosiva y, tal como un cáncer, difícilmente controlable, en la medida en que el ignorante es transformado en emprendedor de su propia ignorancia. Las redes sociales tienen un papel crucial en su proliferación. Esta ignorancia está más allá de la ausencia y la emergencia. Esta ignorancia es la prefiguración de la enajenación, el vértigo impensado e impensable del tiempo inmediato.


Los tres modos de producción y las respectivas ignorancias que producen no existen en la sociedad de modo aislado. Se articulan y potencian por vía de las articulaciones que las tornan más eficaces. Así, la ignorancia arrogante producida por el modo 1 (monopolio de la verdad) facilita paradójicamente la proliferación de la arrogancia malévola producida por el modo 3 (falsedad como verdad alternativa). Una sociedad saturada por la fe en el monopolio de la verdad científica se vuelve más vulnerable a cualquier falsedad que se presente como verdad alternativa usando los mismos mecanismos de la fe. A su vez, la ignorancia indolente producida por el modo 2 (amnesia, olvido) desarma a vastos sectores de la población para combatir la ignorancia producida tanto por el modo 1 como por el modo 3. La ignorancia arrogante es una de las principales causas de la ignorancia indolente, es decir, de la facilidad con que se olvida, normaliza y banaliza un pasado de muerte de inocentes, de sufrimiento injusto, de saqueos convertidos en ejercicios de propiedad, de cuerpos de mujeres y de niños abusados como objetos de guerra. Cuando la ignorancia arrogante se complementa con la ignorancia malévola, la ignorancia indolente se hace tan invisible que es prácticamente imposible de erradicar.


Por último, el impacto de estos tres tipos principales de ignorancia en las democracias de nuestro tiempo es convergente, pero diferenciado. Todas contribuyen a producir una democracia de baja intensidad. La ignorancia arrogante hace imposible la democracia intercultural, plurinacional, en la medida en que otros saberes y modos de vida y de deliberación son impedidos de contribuir a la profundización de la democracia. Hace que vastos sectores de la población no se sientan representados por sus representantes y ni siquiera participen en los procesos electorales de raíz liberal. La ignorancia indolente retira de la deliberación democrática decisiones sobre justicia social, histórica, sexual y descolonizadora sin las cuales la práctica democrática es vista por amplias capas de la población como un juego de élites, una disputa interna entre los vencedores de los conflictos históricos. Pero la ignorancia malévola es la más antidemocrática de todas. Sabemos que las deliberaciones democráticas se realizan con base en hechos, percepciones y opiniones. Ahora la ignorancia malévola priva a la democracia de los hechos y, al hacerlo, convierte la buena fe de los que de ella son víctimas en jugadores ingenuos o extras en un juego perverso donde siempre pierden y, más que eso, se autoinfligen la derrota.

 

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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Miércoles, 06 Marzo 2019 06:25

Me importa un pepino

Me importa un pepino

Sandra Massoni sostiene que los comunicadores hoy caminan en círculos y se esfuerzan por transformar su mundo pero encadenados a la noria de la palabra escindida y vacía de comunicación.

Mientras preparo mi conferencia sobre “Comunicación y Buen vivir”, las pantallas muestran a una abuela tratando de recolectar las berenjenas que quedaron esparcidas entre las botas de los policías. Mientras planteo ejes y preguntas alternativas para mi presentación, una y otra vez aparecen las imágenes vergonzosas de estas fuerzas de choque, armadas como para la guerra y rociando gas pimienta a los huerteros. Voy a Quito a disertar en el marco de un seminario latinoamericano que intenta repensar a la comunicación en el convivir y el bien transformar. Me cuesta elegir sólo dos o tres líneas de tensión en una enorme lista de interrogantes posibles. ¿Hasta cuándo insistiremos sólo y tercamente con estas retóricas mezquinas para la vincularidad? ¿Hasta cuándo trataremos sólo con la palabra? Y en la radio suena una canción: Tú que puedes vuélvete, me dijo el río llorando… Soñé que el río me hablaba… ¿El río habla?


El trabajo de los comunicadores en estos días me parece un esfuerzo que camina en círculos como un pobre burro atado a la rueda de su molino. Y este burro en particular se esfuerza por transformar su mundo, pero lo hace encadenado a la noria de la palabra escindida–vacía de comunicación– y, por lo mismo, no logra nunca salir del círculo. A veces parece que lo tiene todo tan bien pensado –y rebuzna alto, fuerte, claro– como si eso resultara suficiente para saltar de nivel. La radio insiste: Tú que puedes…


En la Teoría de la Comunicación Estratégica Enactiva, la experiencia de la multidimensionalidad de lo comunicacional no es solo ni tampoco siempre principalmente simbólica. Porque la empatía prescinde del lenguaje. Porque la emoción es anterior al lenguaje. Lo vivo no necesita ser hablado. Pero sí necesita, en cambio, ser transitado y compartido para ser habitado... Por eso la comunicación es encuentro en la diversidad y requiere una mirada que logre prescindir de esa jerarquización escindida en la que se opera un puro dominio a partir del lenguaje como punto de vista.

 


Los memes y los chistes que empiezan a circular en las redes juegan con que cómo se les ocurre a los huerteros pretender vender lechugas sin pagar impuestos: ¿se creerán sojeros? ¿se creerán mineros?


Tú que puedes... ¿será que puedes?


Nuestros pueblos originarios, con sus profundos saberes ancestrales nos han enseñado que convivir bien es saber vivir en comunidad con todos y con todo. Somos la Pacha, somos la vida. En la comunicación habitada que propiciamos desde el despliegue de estrategias de comunicación las vibraciones son resonancias que rebasan lo narrativo. No es sólo nombre, ni es sólo forma. Soy yo sintiendo, pensando y actuando frente a esto que nos ocurre a nosotros hoy. Y en esa acción comunicacional, el gozo o la congoja surgen en el corazón, que late por el trayecto compartido, sabiendo que todo siempre seguirá mutando, porque el mundo es fluido.


Tú que puedes...


Pero no sé si me animo… Sería casi impertinente, casi como preguntarle a un pez –que está nadando– si está rodeado de agua. Imagino su respuesta, boqueando, mientras piensa y nada y nada y nada…”¿Agua? ¿Qué agua?”


Me importa un pepino, mejor tomo como eje de mi conferencia en Ecuador para hablar de la comunicación desde lo vivo a Mandelbrot y la fractalidad de lo social…


* Directora de la Maestría en Comunicación Estratégica de la UNR. Experta en comunicación y nuevos paradigmas www.sandramassoni.com.ar

Publicado enCultura
Martes, 20 Noviembre 2018 06:31

El racismo no necesita racistas

El racismo no necesita racistas

En mis clases siempre intento dejar claro qué es una opinión y qué un hecho, como regla elemental, como un ejercicio intelectual muy simple que nos debemos en la era post Ilustración. Comencé a obsesionarme con estas obviedades cuando en el 2005 descubrí que algunos estudiantes argumentaban que algo “es verdad porque yo lo creo” y no lo decían en broma. Desde entonces, sospeché que este entrenamiento intelectual, esta confusión de la física con la metafísica (aclarada por Averroes hace ya casi mil años) que cada año se hacía más dominante (la fe como valor supremo, aun contradiciendo todas las evidencias) provenía de las majestuosas iglesias del sur de Estados Unidos.

Pero el pensamiento crítico es mucho más complejo que distinguir hechos de opiniones. Bastaría con intentar definir un hecho. La misma idea de objetividad, paradójicamente, procede de la visión desde un punto, desde un objetivo, y cualquiera sabe que con el objetivo de una cámara fotográfica o de una filmadora se obtiene sólo una parte de la realidad que, con mucha frecuencia, es subjetiva o se usa para distorsionar la realidad bajo la pretensión de objetividad.


Por alguna razón, los estudiantes suelen estar más interesados en las opiniones que en los hechos. Tal vez por la superstición de que una opinión informada es una síntesis de miles de hechos. Esta idea es muy peligrosa, pero no podemos escapar al compromiso de dar nuestra opinión cuando se requiere. Sólo podemos, y debemos, advertir que una opinión informada sigue siendo una opinión que debe ser probada o desafiada.


La semana pasada los estudiantes discutían sobre la caravana de centroamericanos que se dirige a la frontera de Estados Unidos. Como uno de ellos insistió en saber mi opinión, comencé por el lado más controvertido: este país, Estados Unidos, está fundado en el miedo de una invasión y sólo unos pocos han sabido siempre cómo explotar esa debilidad, con consecuencias trágicas. Tal vez esta paranoia surgió con la invasión inglesa en 1812, pero si algo nos dice la historia es que prácticamente nunca ha sufrido una invasión a su territorio (si excluimos el ataque del 2001, el de Pearl Harbor, una base militar en territorio extranjero y, antes, la breve incursión de un mexicano montado a caballo, llamado Pancho Villa) y sí se ha especializado en invadir decenas de otros países desde su fundación (territorios indios) en el nombre de la defensa y la seguridad. Siempre con consecuencias trágicas.


Por lo tanto, la idea de que unos pocos miles de pobres de a pie van a invadir el país más poderoso del mundo es simplemente una broma de mal gusto. Como de mal gusto es que algunos mexicanos del otro lado adopten este discurso xenófobo que ellos mismos sufren, consolidando la ley del gallinero.


En la conversación mencioné, al pasar, que aparte de la paranoia infundada había un componente racial en la discusión.


“You don’t need to be a racist to defend the borders”, dijo un estudiante.


Cierto, observé. Uno no necesita ser racista para defender las fronteras o las leyes. En una lectura inicial, la frase es irrefutable. Sin embargo, si tomamos en consideración la historia y un contexto presente más amplio, enseguida salta un patrón abiertamente racista.


El novelista francés Anatole France, a finales del siglo XIX, había escrito: “La Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”. Uno no necesita ser clasista para apoyar una cultura clasista. Uno no necesita ser machista para reproducir el machismo más rampante. Con frecuencia, basta con reproducir, de forma acrítica, una cultura y defender alguna que otra ley.


Dibujé una figura geométrica en la pizarra y les pregunté qué veían allí. Todos dijeron un cubo, una caja. Las variaciones más creativas no salían de una idea tridimensional, cuando en realidad lo dibujado no era más que tres rombos formando un hexágono. Algunas tribus en Australia no ven 3D sino 2D en la misma imagen. Vemos lo que pensamos y a eso le llamamos objetividad.


Cuando Lincoln venció en la guerra civil, puso fin a una dictadura de cien años que hasta hoy todos llaman “democracia”. Por el siglo XVIII, los negros esclavos llegaban a ser más del cincuenta por ciento en estados como Carolina del Sur, pero no eran siquiera ciudadanos estadounidenses ni eran seres humanos con derechos mínimos. Desde mucho antes de Lincoln, racistas y anti racistas propusieron solucionar el “problema de los negros” enviándolos “de regreso” a Haití o a África, donde muchos de ellos terminaron fundado Liberia (la familia de Adja, una de mis estudiantes de este semestre, procede de ese país africano). Lo mismo hicieron los ingleses para limpiar de negros Inglaterra. Pero con Lincoln los negros se convirtieron en ciudadanos, y una forma de reducirlos a una minoría no fue solo poniéndoles trabas para votar (como el pago de una cuota) sino abriendo las fronteras a la inmigración.


La estatua de la Libertad, donada por los franceses, todavía reza: “dame los pobres del mundo, los desamparados…” Así, Estados Unidos recibió oleadas de inmigrantes pobres. Claro, pobres blancos en su abrumadora mayoría. Muchos resistieron a los italianos y a los irlandeses porque eran pelirrojos católicos. Pero, en cualquier caso, eran mejor que los negros. Los negros no podían inmigrar de África, no solo porque estaban mucho más lejos que los europeos sino porque eran mucho más pobres y casi no había rutas marítimas que los conectara con Nueva York. Los chinos tenían más posibilidades de alcanzar la costa oeste, y tal vez por eso mismo se aprobó una ley prohibiéndoles la entrada por el solo hecho de ser chinos.
Esta, entiendo, fue una forma muy sutil y poderosa de romper las proporciones demográficas, es decir, políticas, sociales y raciales de los Estados Unidos. El nerviosismo actual de un cambio de esas proporciones es sólo la continuación de la misma lógica. Si no, ¿qué podría tener de malo pertenecer a una minoría, de ser especial?


Claro, si uno es un hombre de bien y está a favor de hacer cumplir las leyes como corresponde, no por ello es racista. Uno no necesita ser racista cuando las leyes y la cultura ya lo son. En Estados Unidos nadie protesta por los inmigrantes canadienses o europeos. Lo mismo en Europa y hasta en el Cono Sur. Pero todos están preocupados por los negros y los mestizos híbridos del sur. Porque no son blancos, buenos, y porque son pobres, malos. Actualmente, casi medio millón de inmigrantes europeos viven ilegalmente en Estados Unidos. Nadie habla de ellos, como nadie habla de que en México vive un millón de estadounidenses, muchos de ellos de forma ilegal.


Terminada la excusa del comunismo (ninguno de esos crónicos Estados fallidos es comunista sino más capitalistas que Estados Unidos), volvemos a las excusas raciales y culturales del siglo anterior a la Guerra Fría. En cada trabajador de piel oscura se ve un criminal, no una oportunidad de desarrollo mutuo. Las mismas leyes de inmigración tienen pánico de los trabajadores pobres.


Es verdad, uno no necesita ser racista para apoyar las leyes y unas fronteras más seguras. Tampoco necesita ser racista para reproducir y consolidar un antiguo patrón racista y de clase, mientras nos llenamos la boca con eso de la compasión y la lucha por la libertad y la dignidad humana.


Por Jorge Majfud, escritor uruguayo-estadounidense. Profesor en la Jacksonville University.

 

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