A la caza del aliado o la muerte de la “nueva masculinidad”

Hoy criticamos el concepto de “nuevas masculinidades”. Y para ello, dejadme que juegue a dos bandas: la de hater y la de comprensivo.

 

Pensar la masculinidad siempre tiene algo de incómodo, algo de apasionante y algo de arriesgado. Sobre todo, si se hace desde un cuerpo que ha integrado ese amasijo que es el género masculino. Es incómodo porque implica reconocer posiciones de ventaja y que, aunque suframos (y claro que lo hacemos), la nuestra es la posición social de dominación.

Es también apasionante porque desmontar las capas de cebolla de la masculinidad abre a lo diverso, a relajarse y a sentirse menos atado. Abre un mundo de posibilidades. Pero también es arriesgado, porque es fácil pensar que cuestionando algunos de los elementos que nos atraviesan estamos automáticamente “más allá” del machismo, somos “nuevos hombres” y nos olvidamos de que la dominación masculina no puede romperse mediante hombres que individualmente se sienten más libres y mejores persona.

Me gustaría abrir este genial espacio que se crea en El Salto reflexionando sobre uno de los ámbitos más mencionados, más ironizados y más cuestionables de la reflexión sobre la masculinidad. Para empezar con buen pie y las cosas claras. Hoy criticamos el concepto de “nuevas masculinidades”. Y para ello, dejadme que juegue a dos bandas: la de hater y la de comprensivo.

Lo “nuevo” de las nuevas masculinidades

Momento hater: decía que pensar las masculinidades es arriesgado por la facilidad que tenemos para confundir cambios individuales con cambios estructurales. Y con el tema de las nuevas masculinidades pasa algo parecido. Evidentemente, repensar privilegios y decidir meternos en el camino del compromiso y la responsabilidad es genial. Pero cuando la cosa se vuelve moda, se complica. Hablando en plata: se lleva hablando de las “nuevas” masculinidades desde hace más de treinta años. Y si de algo ha servido el tiempo es para enseñarnos algo que, cuando se habla de “nuevas” masculinidades, el adjetivo es certero, pero no adecuado. Me explico.

Es certero para referirse al hecho de que la masculinidad cambia, es mutable y ni de lejos hoy en día la masculinidad hegemónica (aquella que tiene el liderazgo cultural) es la misma que hace veinte años. Son nuevas masculinidades en el sentido de que la forma de expresarse estética, laboral o socialmente, es novedosa. Entonces, el adjetivo nuevo hace referencia simplemente a que es distinto a lo anterior, pero no implica, per sé, una mejora.

Pensar que nuevo es sinónimo de mejor implica una idea del progreso que ya ha sido desmontada muchas veces. La política no entiende de historia y así como el fascismo puede volver (y de hecho, lo está haciendo), las “nuevas” masculinidades pueden no ser mejores que las anteriores. De hecho, esa novedad podría ser la forma que tiene el orden patriarcal de incluir ciertas demandas de igualdad, pero sin trastocar en lo fundamental el reparto desigual de género. Serían nuevas en el sentido de adaptadas.

De hecho, ya en el 2014, Tristan Bridges y Cheri J. Pascoe hablaban de las masculinidades híbridas, formas de masculinidad que, por un lado cuestionan algunos elementos de la masculinidad hegemónica y, por otro, refuerzan la jerarquía de dominación de géneros. Son hombres que incluyen selectivamente elementos que anteriormente pertenecían a feminidades o a masculinidades subalternas (recursos estéticos como pintarse las uñas, preocupación emocional, interés en comunicación no violenta, sensibilidad, etc.) pero que no cuestionan el orden último de la jerarquía de género.

Gran parte de las críticas a las “nuevas masculinidades” viene por aquí, a que son más bien híbridas: dominantes pero blanditas. Los softboys. Y eso, queridos amigos, aunque lo podamos vivir como un gran cambio respecto a lo éramos antes, no termina de romper las dinámicas de desigualdad. También porque erramos en las formas y dedicamos mucho tiempo a la lucha individual.

Un proyecto individual

Este modelo de hombres “nuevos”, más atentos a las emociones, más blanditos y respetuosos, alternativos, de formas menos agresivas al expresarnos corporal y verbalmente, me chirría. No sólo por lo que decía al principio, de que es muy fácil pensarnos que así ya estamos “más allá” del machismo. Sino también porque parecemos no entender que el cambio de género no es una cuestión meramente individual.

El género es colectivo, son sistemas de relaciones sociales. Son símbolos, discursos, formas institucionales de funcionar. No sólo son formas individuales de expresar el género. Es mucho más. Perder de vista lo colectivo, lo social, del género es pensar que un cuerpo individualmente puede romper con el orden de género cuando no es así.

Ya lo decía Connell en su genial libro Masculinidades (Universidad Nacional Autónoma México, 2003): “El riesgo político de un proyecto individualizado de reforma de la masculinidad es que al final ayudará a modernizar el patriarcado en lugar de abolirlo”. Dar salidas individuales a problemas colectivos nunca fue solución. Lo digo siempre que comienzo un nuevo grupo de hombres: mi objetivo no es que en Barcelona haya seis hombres menos machistas. Y creo que la trampa del cambio moral individual es que nos mantiene en el mercado de revalorización individual.

Las masculinidades híbridas son posibles porque los discursos de género están cambiando y es posible incluir nuevos elementos. Pero aunque cambie, mantiene la misma lógica. Sigue siendo una competición donde los ganadores, los que poseemos el mayor capital de género, dominamos el partido. Ahora, la dominación ya no la realizan los hombres duros, insensibles, poco comunicativos (bueno, esa masculinidad sigue cotizando en algunos sectores, pero no en el mainstream), sino que la cúspide la ocupamos hombres emprendedores, dinámicos, sonrientes, estilizados, amables, sensibles.

La trampa del cambio individual es que sigue siendo la lógica de hombres queriendo ser mejores para cotizar individualmente en un mercado cambiante. La norma es adaptarse al mercado, pero intentando no cambiar tanto como para ser un perdedor.

¡A por el aliado!

Ahora bien, también necesitamos un momento comprensivo. Evidentemente, el cambio en los hombres es una buena noticia. Es genial que nos cuestionemos, de hecho, es vital que lo hagamos. Por ello, ¿es positiva tanta mofa contra las “nuevas masculinidades”?

No se me malinterprete. Estoy absolutamente de acuerdo con machacar a esos hombres que utilizan a su favor el feminismo y los nuevos modelos de masculinidad para hacerse un huequito de éxito o para mantener privilegios de otra clase (ligar más, resultar más atractivos, más aceptación social, etc.). Ahora bien, veo en redes una energía enorme y una cantidad desorbitada de horas dedicadas a reírse de estos hombres a través de memes y chistes. ¿Merece la pena?

Entiendo la gracia y, de verdad, algunos son muy graciosos, pero me preocupan algunas cosas de este escepticismo automático:

Primero, caemos mucho en un esencialismo del machismo. La sospecha a priori contra cualquier compromiso masculino hace que no parezca que haya salida a los comportamientos machistas y, si los hubiese, sólo esconden más comportamientos machistas. Casi un pecado original del que es imposible librarse.

Segundo, si todo es machista es fácil caer en lo que decía la genial Laura Macaya en el podcast de Clara Serra cuando hablaba de que no podemos denominar a todo violencia: perdemos la capacidad de distinguir matices, formas y modos, y confundimos estrategias y rigurosidad.

Tercero, esta lógica de ridiculización del aliado opera reafirmando al machista de siempre que se suma en la mofa contra los hombres que se alinean con el feminismo.

Y cuarto, es un debatazo el de la deseabilidad del cambio. ¿Cómo va a intentar un profesor meterle al discurso de la masculinidad no violenta a su alumno cuando esa masculinidad aliada es ridiculizada socialmente? ¿No es más útil defender que un cambio en los hombres es deseable y aunque sea todo un reto, el cambio es positivo?

Encontrarse con un escepticismo de primeras muchas veces desmotiva, quema y hace más difícil todo. Evidentemente, hay que tener tolerancia cero con los casos de lavado de cara. Las “nuevas masculinidades” como blanqueo del machismo merecen todo el rechazo.

Pero creo que debemos tener también tolerancia al fallo. Veo constantemente hombres que intentan cambiar y no saben cómo o hacia dónde. Evidentemente, en este lodazal, nos tropezaremos inevitablemente (un comentario indebido, hablar de más, actuar de menos, etc.). En estos casos hay que tener cuidado con ser intransigentes al error. Evitemos ver aquí una dicotomía moralista donde el fallo demuestra la verdadera identidad machista.

No se trata de no tener errores, sino de ver qué hacemos con esos errores. Tenemos que pensar que el cambio es complicado y que los fallos forman parte del proceso. Tenemos que ser responsables de ellos, integrarlos y hacerlo mejor la próxima vez. Ni caer en una autocomplacencia comodona (“estoy roto, esto no puede cambiarse”) ni en una autoexigencia culpabilizante (“soy lo peor”).

Esto no va de fórmulas individuales de bondad moral. Ser mejor persona individualmente está genial como proyecto ético, pero no es un proyecto político. Le decía a mi colega Guada hace poco, “¿Nuevas masculinidades? Somos más bien viejas masculinidades repensándonos”. Y seguimos tan en el barro como el resto. En vez de salir individualmente, intentemos drenar el lodazal.

Por ionel S. Delgado

@Lio_Delg

15 nov 2020 07:00

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Lunes, 09 Noviembre 2020 06:17

Caja vacía

Caja vacía

En un bello ensayo, por su brevedad, contenido y forma, Rafael Sánchez Ferlosio trata sobre el individuo que profesa el orden liberal y, desde ahí, plantea la tendencia progresiva del capitalismo a sustituir el "individualismo posesivo" por el "individualismo adquisitivo".

Imagina, respecto del segundo enunciado, un algo y un qué; una noción que puede expresarse como la existencia de un continente que justifique al objeto que lo llene. Esto lleva a la idea de una caja que precede a la naturaleza específica de las cosas que vayan llenándola. De ahí la denominación de caja vacía.

La caja ferlosiana no está ligada a la existencia o, incluso, a la prefiguración de algo concreto que la llene, es el punto de partida que promueve los elementos que la llenen y su justificación es, precisamente, la demanda de saciarla. "Vivimos en un mundo en que no son las cosas las que necesitan cajas, sino las cajas las que se anticipan a urgir la producción de cosas que las llenan".

En un ejercicio de alargamiento, esta noción podría aplicarse aquí a contenidos que no sean de índole material, por ejemplo, a una cuestión eminentemente política. Así, podría pensarse en las recientes elecciones en Estados Unidos que ofrecen un caso asimilable a la caja: el de la democracia; un asunto colectivo por naturaleza, pero que, finalmente, tiene por necesidad una expresión particular para los individuos.

Cuáles son hoy los elementos que exige la población, o los subconjuntos de ella, para llenar la caja de lo que todavía se llama como democracia y sobre la que al parecer se desvanece un consenso funcional.

Las circunstancias político electorales en Estados Unidos permiten formular un abanico de argumentos, obligadamente preliminares. La democracia en este caso (y otros también) puede calificarse con un adjetivo: democracia de mercado, por las enormes cantidades de dinero que exige ponerla en marcha para encontrar, primero, un candidato y luego al presidente y a los centenares de congresistas; proceso que se replica a su manera a escala estatal y municipal.

Así, la caja se va llenando. Las fuentes de ese dinero sesgan el funcionamiento del sistema político formalmente democrático. Hay personas y grupos, bien identificados, que literalmente invierten de modo abierto en la configuración de la democracia: los quienes, los qué y los cómo, incluyendo a los poderosos cabilderos de Washington. Esto no es ningún secreto, menos una conspiración, así está diseñado el sistema.

De la presidencia de Trump hay suficiente información disponible y cada uno la evaluará como prefiera. El caso es que, según los resultados de la elección, el voto mayoritario de los ciudadanos lo obtuvo Biden. Pero es una mayoría que exhibe un fenómeno social que seguirá ahí aun sin Trump. Lo relevante es que ahora podría atenderse esa situación sin un presidente manipulador, estridente, engañador y tuitero. Ésa será una condición relevante, sin duda.

Biden tiene hasta ahora una mayoría de alrededor de 4 millones del voto popular, 74 millones en total. Es obvio que el país está dividido. El triunfo es suficiente para ocupar la Casa Blanca, con obstáculos esperables para legislar y con una parte sustancial del mapa político pintado de rojo (color del Partido Republicano). Un mapa que muestra una configuración, llamémosla "translitoral", es decir, los demócratas con dominio de la costa oeste y del noreste.

Detrás de esa imagen hay un cúmulo de consideraciones, sociológicas, geográficas, religiosas, económicas, culturales y raciales. Al respecto puede verse el libro de J. D. Vance, Hillbilly Elegy : A Memoir of a Family and Culture in Crisis. Un mapa que indica que si sólo hubiese votado la población blanca, Trump habría ganado con una gran mayoría y si se tratará de la población de hombres blancos el triunfo sería completo. Esos no son datos menores en un país donde el conflicto racial sigue a flor de piel.

El triunfo de Biden no borra esas condiciones. Trump provocó al final un hartazgo en el que incidieron asuntos como la pésima gestión de la pandemia, la crisis económica asociada con ella, la permanente confrontación social; las fuertes fricciones raciales, el apoyo finalmente inequívoco al supremacismo blanco, el desdén por las repercusiones del cambio climático, las dificultades del sistema de salud, etcétera. Aun así, la mitad de los votantes lo eligieron.

En términos políticos, de los sistemas o modos de gobierno, de estilos de quienes lideran, cabe insistir en el cuestionamiento: ¿De qué se llena hoy la caja de la democracia? Una cosa parece clara y es que el contenido ha cambiado de modo significativo y por razones diversas, pero finalmente convergentes hacia un mayor tinte nacionalista, autoritario y populista. En algunas partes se aprecia todavía un mayor aguante, pero eso no conforma un dique tal que resista la marea. Habrá que ver el efecto que tenga la reciente elección estadunidense. Ésa es una gran incógnita.

El tema que desata la elección de Biden, crucial me parece, se verá con distintos ojos y con diversos ánimos en cada sociedad. Abre puertas para advertir lo que ocurre en conjuntos complejos de demografías, geografías y estructuras sociales.

1 "Las cajas vacías" en El alma y la vergüenza, Destino, Barcelona, 2000.

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Lunes, 09 Noviembre 2020 05:40

Los periodistas deben combatir la mentira

Detalle de un mural que conmemora el 'Domingo sangriento', Derry, Estados Unidos

Luego de la muerte de Robert Fisk el pasado viernes 30 de octubre, el 1 de noviembre de 2020 'The Independent' reprodujo algunos de sus mejores envíos en treinta años de labor informativa.

Publicado originalmente el 17 de enero de 2000, en este artículo Robert Fisk cuestiona por qué tantos corresponsales terminan a menudo como voceros de la propaganda militar cuando cubren guerras.

 

¿Quién podría sentirse sorprendido por los informes de que a Mark Laity, el corresponsal de defensa de la bbc, se le ha ofrecido el puesto de segundo al mando del vocero de la otan, James Shea? “No sentí que Jamie Shea me mintiera en absoluto”, anunció Laity. Esto lo dice después de una guerra en la que la otan contó mentirijillas acerca de sus ataques a convoyes de refugiados, del bombardeo en el centro de Prístina, de atacar un hospital de Surdulica, sobre el número de tanques serbios destruidos, y de que –asombrosamente– rehusó contestar las preguntas de una comisión de la onu sobre el uso de municiones de uranio deprimido en el bombardeo a Kosovo.

Pero, ¿qué pasa con los corresponsales de defensa que tan a menudo terminan en voceros de la más cruda propaganda militar? Sin duda no es nada nuevo. En la primera guerra mundial, los corresponsales informaban obedientemente sobre niños crucificados por los alemanes en las puertas de las iglesias y de cómo los alegres soldados británicos tomaron la sangrienta batalla del Somme como si fuera cosa de todos los días.

De hecho, Jamie Shea escribió su tesis de doctorado acerca de la propaganda británica en la primera guerra mundial. Se deja ver. La otan realizó su campaña de propaganda desde Bruselas como una tirada populista en la que Shea citó a Shakespeare –“incómoda descansa la cabeza que lleva una corona”– para ilustrar los problemas del líder serbio Slobodan Milosevic, a quien luego llamó Al Capone. Mientras se montaba este teatro encantador, los corresponsales de defensa que se reunían para las conferencias cotidianas eran arcilla en sus manos. Los serbios cometían crímenes de guerra, atrocidades –y de hecho lo eran–, así que, ¿quién osaría criticar a la otan?

En realidad, Laity es un tipo simpático, y sus constantes y confiadas apariciones en Bruselas eran un bálsamo para los espectadores de la bbc que, al leer periódicos más críticos, se preguntaban si podría haber algo indebido en una campaña de bombardeos de la otan que comenzó contra cuarteles militares y luego se extendió con promiscuidad hacia puentes, un tren, vías férreas, fábricas, convoyes de refugiados, hospitales y a veces hasta un tanque serbio. Así pues, cuando la otan masacró a docenas de refugiados albaneses en el primero de sus “errores” masivos, Laity sabía de qué lado estaba su juicio.

Shea apremió a los periodistas a parar el fuego, a no acusar a la otan de asesinar a los refugiados hasta que no presentara una explicación. No tuvo problemas con Laity. “Entendí desde el principio que aquí había una guerra de propaganda”, reconoció Laity más tarde. “Y mi juicio era que los serbios eran muy capaces de crear confusión deliberadamente; sabíamos –y con el tiempo los sucesos lo demostraron sin lugar a dudas– que los serbios mataban un montón de albaneses. Deliberadamente. Así que, si mataban albaneses deliberadamente y podían culpar a la otan a la vez, pues era una especie de doble golpe. Así pues, yo lo que quería era que la gente tomara las cosas con calma.”

Sólo después de que algunos periodistas fueron llevados a Kosovo por los serbios, y la evidencia que encontraron –The Independent recogió de la escena las claves de computadora de pedazos de bombas– demostró que la otan era responsable, fue cuando Shea presentó al comandante de los jets estadunidenses que bombardearon el convoy. En su mayoría, nuestros colegas en Bruselas recibieron la línea de la otan y la repitieron al aire como loros. “La otan tiene plena confianza en que atacó un convoy militar”, informó Laity en un principio. Nótese la redacción. No informó que la otan “dijo” tener confianza. Su confianza fue tomada como un hecho, exactamente como Shea quería.

Podemos entender los problemas de los corresponsales de defensa, en especial si trabajan para la bbc. No quieren perder sus contactos. “Yo hablaba con buenas personas, no con propagandistas”, diría Laity más tarde acerca de sus fuentes. Si los periodistas se volvían indebidamente escépticos, podrían ser considerados fuera de lugar, cínicos, incluso antipatrióticos. Nada nuevo en eso. Todavía recuerdo cómo un montón de corresponsales intentaron justificar la matanza del Domingo Sangriento en Derry en 1972 repitiendo las mentiras del ejército británico. Lo mismo ocurrió en la Guerra del Golfo de 1992.

El Servicio Mundial de la bbc eliminó poco a poco cualquier comentario crítico de su cobertura en el Golfo. Recuerdo haber encontrado un convoy médico del ejército británico, enviado a la frontera de Kuwait sin mapas, a punto de cruzar hacia territorio iraquí ocupado. Un montón de fuerzas especiales estadunidenses, un fotógrafo francés y yo los encontramos cuando intentaban negociar para que los dejaran cruzar la estación fronteriza saudita en Khafji, mientras su comandante –proveniente de Armagh, en Irlanda del Norte– me rogaba usar mi mapa porque no traía uno.

Cuando di cuenta de esto, la bbc optó por no entrevistarme. En cambio, dos reporteros fueron al aire para desacreditar mi reporte. “Anecdótico”, dijeron. Uno de ellos era Mark Laity.

Tal vez ese es el trabajo de un corresponsal de defensa: presentar el punto de vista del ejército. Por eso –con crueldad, pero, me temo, con veracidad– me referí en este diario al desempeño de Laity como el de “una oveja con piel de oveja”.
No he cambiado de opinión. Los corresponsales
de defensa fallaron en confrontar a Shea sobre el uso de cartuchos de uranio deprimido, sobre los civiles muertos en el hospital de Surdulica donde se escondían soldados serbios, sobre los informes de testigos de que el piloto de la otan que lanzó cohetes al tren yugoslavo en Gurdulice regresó para un segundo ataque, y sobre la crítica demanda de la otan de que los serbios permitieran que las tropas aliadas cruzaran por Yugoslavia, nación que fue simplemente abandonada al final de la guerra de Kosovo. Ningún reportero en Bruselas preguntó qué protección planeaba dar la otan a la minoría serbia en Kosovo después de la guerra. En su momento, la mayoría fueron “limpiados” por los albaneses a plena vista de la otan.

Los reporteros de la cadena británica itv tuvieron muchas más agallas. Quien haya observado la soberbia transmisión de Jonathan Dimbleby en la televisora lwt de esa cadena –desde dentro de Kosovo– puede ver de qué debe tratarse la información televisiva. Su cobertura de las expulsiones de serbios, de la intimidación del Ejército de Liberación de Kosovo a sus propios ciudadanos, y de la incapacidad de la otan de imponer orden, fue todo un modelo.

Dimbleby, junto con Keith Graves, de Sky, y otros, tal vez sean lobos en piel de lobo, pero hacen su trabajo, a diferencia de otros entre nuestros colegas durante la guerra. Veamos, por ejemplo, ese tren al que se ve acercarse a velocidad a la vista del bombardero en Gurdulice, demasiado tarde para poder evitar el ataque. ¿Parece que va demasiado rápido para ser un tren eléctrico que corre por un viaducto sobre el desfiladero de un río? En el video que Shea mostró a los chicos de la defensa, parecía moverse a la velocidad del Eurostar. Ahora resulta que la otan aumentó tres veces la velocidad del filme. Los reporteros en Bruselas no se dieron cuenta. Confiaron en la otan. Creían que la otan nunca mentía.

El 30 de agosto del año pasado, escasos dos meses después del fin de la guerra de Kosovo, los periodistas de la televisión se reunieron en Edimburgo para debatir su cobertura. Hubo algunos mea culpa y un montón de palmadas en la espalda –los chicos de la tele no se distinguen por su modestia– y, cuando sugerí que la cobertura de la otan había estado en el nivel de una revista militar para hombres, muchos menearon la cabeza. Laity calificó de “diatriba” mis críticas –yo había repetido la descripción de la “oveja”– y trató de justificar la guerra de la otan comparando el número de “errores” con el de ataques “exitosos”, proporción que, según recuerdo, supuestamente ascendía a uno por mil. En algún momento Laity reveló que, en las últimas etapas de la guerra, la otan tomó la decisión táctica de dejar de disculparse por la muerte de civiles en Yugoslavia. Era la primera vez que yo sabía de eso. ¿Por qué no nos lo dijeron en su momento?

Pero yo no estoy en contra de Laity. Estoy en contra de la cultura de la profesión de los corresponsales de guerra, como si su razón de ser fuera ofrecer el lado militar del argumento en vez de desafiar a los poderosos generales sobre un tema en el que se supone que los corresponsales son expertos. Los corresponsales de defensa trabajan duro. Recuerdo que Laity dijo que había hecho más de ochocientas transmisiones desde el cuartel de la otan durante el bombardeo; probablemente hizo muchas más en Bruselas, y a bajo costo, desde luego, para sus patrones. Pero luego, con una gran sonrisa, añadió en broma: “Yo era fácil, salía barato.”

Informes sobre la propuesta de empleo de la otan a Laity indican que todavía negocia una cifra más alta que las 100 mil libras que se piensa que le han ofrecido. Fácil, tal vez. Pero, sin duda, nada barato l

-08 Nov 2020 07:04


The Independent
Traducción de Jorge Anaya

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En Detroit, Michigan, cientos marcharon para celebrar la victoria de Joe Biden; Black Lives Matter también se movilizó para denunciar la violencia policial.Foto Afp

Nuevo York., Joseph Biden es presidente electo, pero la noticia que la mayoría festeja es que Donald Trump fue derrotado en una elección que fue, sobre todo, un referendo de su presidencia.

Biden y su compañera de fórmula, Kamala Harris, junto con gran parte de la cúpula política y económica del país, así como casi todos los medios y decenas de mandatarios que enviaron sus felicitaciones alrededor del mundo, de inmediato empezaron a preparar la transición, ignorando por completo la insistencia de Trump en que esto no ha acabado.

Trump rehusó reconocer el resultado, por ahora. Esta mañana escribió en un tuit: "Yo gané en grande", y se fue a jugar golf, donde recibió la noticia de que su contrincante fue declarado victorioso por los principales medios. Poco después agregó que "el hecho es que esta elección está lejos de acabarse", y mientras repite que la contienda "fue robada", informó que a partir del lunes su equipo la estará disputando en tribunales.

A la vez, rompiendo con la tradición, el alto liderazgo republicano guardó silencio sobre el triunfo de Biden, provocando aún más tensión sobre el conflicto que busca detonar el presidente. Pero la atención ya no giraba en torno a él, sino en el inicio de la era posTrump.

Biden ofreció su primer discurso como presidente electo esta noche cerca de su casa en Wilmington, Delaware, y nunca mencionó el nombre del actual mandatario. Declaró: "Me comprometo a ser un presidente que no busca dividir, sino unificar", y resaltó su mensaje de campaña, de buscar la presidencia "para restaurar el alma de Estados Unidos" y que ésta "es la hora para sanar".

Afirmó que el mandato de esta contienda es "promover las fuerzas de la decencia", la ciencia y la esperanza para "la batalla contra la pandemia, por la justicia racial y para salvar al mundo al controlar el cambio climático".

Aseguró que esta elección "fue una victoria por nosotros, el pueblo" (primera frase del preámbulo a la Constitución) y que se ganó con la mayor cantidad de votos (74 millones) en la historia. Indicó que su campaña fue impulsada por una coalición multirracial amplia y de identidades, incluyendo republicanos, y que como presidente gobernará para todos.

"Esta noche todo el mundo está viendo a Estados Unidos", al cual llamó "un faro para el mundo, pero no sólo por nuestro poder, sino por nuestro ejemplo", y con ello subrayó que trabajará para recuperar el respeto internacional por este país.

Ofreció una apasionada defensa del mito del "sueño americano", y aseguró que su país ofrece una oportunidad igual a todos. Insistió en que “somos un pueblo bueno… Somos Estados Unidos de América, no hay nada que no podamos hacer”. Y concluyó: "Seamos la nación que sabemos que podemos ser".

Harris, quien hace historia como la primera mujer, persona de color e hija de migrantes (su madre es de India y su padre de Jamaica) en ocupar la vicepresidencia, declaró al presentar a Biden en el acto de victoria: “Por cuatro años ustedes marcharon y se organizaron por la igualdad y la justicia, por nuestras vidas y nuestro planeta y después votaron… Optaron por la esperanza, la unidad, la decencia, la ciencia, y sí, la verdad”.

Resaltó el papel de las mujeres, sobre todo las de color, que han rescatado esta democracia constantemente. En cuanto al momento histórico de su próximo papel, dijo: "Yo seré la primera mujer en este puesto, pero no la última". Ahora empieza la tarea más difícil: combatir la pandemia, el racismo, la crisis económica. Estados Unidos "está listo, y también Joe y yo".

El festejo concluyó con fuegos artificiales, configuraciones aéreas con el número 46 y otras realizadas por drones guiados por computadora.

Después de cuatro años de ser considerado por una amplia gama como "el presidente más peligroso de la historia" de Estados Unidos, caracterizado por la persecución de migrantes, incluyendo el enjaulamiento de niños, el abierto endoso de agrupaciones supremacistas blancas y neonazis, el desmantelamiento de normas ambientales, el deterioro de los derechos civiles y el manejo irresponsable de la pandemia, Trump es ahora también el primer presidente desde 1992 en no ser relegido.

Biden será el presidente de Estados Unidos número 46. Ganó su tercera candidatura con el mensaje de restaurar la unidad y la "normalidad" política, así como su empatía personal en un país agotado debido al manejo errático de un mandatario distinguido por haber mentido y engañado más de 20 mil veces, incluso sobre su manejo de la pandemia, que fue probablemente el factor principal de su derrota.

Biden, quien cumplirá 78 años este mes, será el presidente de mayor edad al iniciar su mandato. También será el segundo católico, después de John F. Kennedy.

Pero estos comicios no fueron entre candidatos de dos partidos, sino, como repetía el senador Bernie Sanders, "entre la democracia y Donald Trump". El presidente electo, cuya carrera de 48 años en Washington lo distinguió como político centrista del Partido Demócrata y campeón de esfuerzos y negociaciones bipartidistas, nunca generó entusiasmo masivo entre el electorado.

Por lo tanto, su tarea de reparación de daños y restauración de normas también tendrá que responder a las diversas corrientes dentro y fuera del Partido Demócrata, un abanico amplio de sectores e intereses que se unieron en su objetivo de derrotar a Trump, pero que no tienen un consenso más allá de eso.

El triunfo electoral no fue de las dimensiones que deseaban los demócratas, quienes esperaban una "ola" suficientemente masiva como para ahogar la era Trump y proclamar que fue un desvío anormal de esta democracia. Pero aunque Biden obtuvo 4 millones más votos que Trump, su contrincante llegó a más de 70 millones, incrementando la cifra con que ganó en 2016. Por lo tanto, la amenaza del populismo derechista con tintes neofascistas no se ha aniquilado, sino estará más que presente al iniciar la era posTrump.

Pero aun con gran parte de Washington, Wall Street y el mundo reconociendo el resultado, Trump rehúsa ingresar a su postera y procederá a disputar la legitimidad de esta elección, tanto ante tribunales como con sus bases ultraderechistas en las calles, como empezó a suceder hoy en varias entidades, donde coreaban el lema "Alto al robo".

El nuevo presidente tiene cita el 20 de enero de 2021 para asumir su puesto. Entre hoy y esa fecha, Trump sigue como residente de la Casa Blanca y todos saben que es capaz de hacer mucho daño en lo que deben ser sus días finales.

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Bloqueos y protesta de la derecha en Santa Cruz de la Sierra  ________________________________________ Imagen: EFE

El país está en calma, con sus actividades normalizadas, sin cuarentena. Pero los focos de protesta se mantuvieron en Santa Cruz y, en menor medida,  Cochambamba.

 

Desde La Paz. Bolivia es un río revuelto de acontecimientos a menos de 48 horas de la toma de posesión de Luis Arce y David Choquehuanca. Se trata de una situación fuera de lo común: un gobierno de facto en retirada desordenada con mezcla de huida y movimientos desesperados, y un gobierno electo bajo amenazas y con gran respaldo popular.

La última de esas amenazas, pasada al acto, fue el ataque con dinamita al local del Movimiento al Socialismo (MAS) donde se encontraba Arce, que ocurrió el jueves en la noche en la ciudad de La Paz. La detonación tuvo lugar luego de un nuevo intento de movilización por parte de sectores de derecha que denuncian que tuvo lugar un fraude electoral y piden que se suspenda la toma de posesión.

El intento de generar acciones fuertes en La Paz no dio resultado hasta el momento. La ciudad está en calma, con sus actividades normalizadas, sin cuarentena. Los focos de protesta se mantuvieron en las zonas fuertes de la derecha, en Santa Cruz y, en menor medida, Cochabamba, en lo que es la geografía actual del conflicto boliviano: con fuerza en oriente, menor capacidad en el centro, hasta poco o casi nada en el centro del poder político paceño.

Las protestas tampoco demostraron un gran apoyo popular en el principal bastión cruceño. Allí, donde comenzó el viernes un “paro cívico” anunciado por el Comité Cívico, se reportaron tensiones entre quienes llevan adelante los bloqueos y habitantes de algunos barrios debido a la falta de consenso. En Cochabamba, donde la derecha desplegó grupos armados, se reportaron enfrentamientos con transportistas.

Rómulo Calvo, presidente del Comité, quien pedía a Jeanine Añez que suspendiera la toma de posesión del próximo domingo, afirmó en la tarde del viernes que “lamentablemente las acciones más importantes que tenía que haberlas dado nuestra presidenta, como parar el cambio de mano, no lo ha hecho, está dejando un país convulsionado”.

Junto a las acciones callejeras sin la repercusión esperada por sus dirigentes, se han dado nuevos intentos de desconocer los resultados electorales del pasado 18 de octubre. El principal acontecimiento tuvo lugar el jueves con una carta enviada por la vocal del Tribunal Supremo Electoral (TSE), Rosario Baptista, al secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, para solicitarle una “auditoría especializada e independiente”, debido a la “posible existencia de un bloque de data alterno, técnicamente reservado, con acceso privilegiado, restringido y secreto (…) que podría haber condicionado el resultado final”.

La carta enviada por Baptista se tradujo en que otros dirigentes de la derecha se sumaran a cuestionar el resultado del 18 de octubre, como Jorge Quiroga, quien había desistido de su candidatura presidencial poco antes de la contienda. Carlos Mesa, segundo en las elecciones -con 26 puntos menos que Arce-, pidió al TSE dar explicaciones acerca de la carta presentada por Baptista.

La Sala Plena del TSE, encabezada por su presidente Salvador Romero, volvió a ratificar los resultados de las elecciones en una conferencia de prensa. El jefe de la misión del Centro Carter, José Antonio de Gabriel, quien fue parte de la observación electoral, también respaldó el resultado: “cuando se pone en duda una elección que se ha conducido con tanta transparencia, es muy importante que de manera igualmente transparente se aporten datos concretos (…) no simplemente echar una sombra de duda”.

En ese contexto, el gobierno de facto emite diferentes mensajes. Por un lado, el ministro de la presidencia, Yerko Nuñez, también le solicitó una auditoría al TSE. Por otro lado, Añez, envió un mensaje de cierre de gestión, y en cuanto a Arturo Murillo, quien fue ministro de facto de Gobierno, se especula que podría intentar una fuga del país, suposición que toma fuerza con la notificación hecha por la justicia a migraciones sobre la prohibición de salida del país de Murillo y de Fernando López –ex ministro de facto de Defensa.

El plan de última hora de un sector de la derecha parece entonces estar en proceso de naufragar debido al poco consenso social, falta de unidad, y activación tardía de las acciones. Mientras tanto, en la mañana del viernes, Arce y Choquehuanca estuvieron en el Tiwanaku, donde se realizó una ofrenda a la Pachamama, y ambos recibieron el bastón de mando de los amautas “para gobernar en paz, prosperidad y unidad”, según afirmó el nuevo presidente de Bolivia que asumirá el domingo.

En el centro de La Paz ya han comenzado a reunirse en la Plaza Murillo los primeros movimientos sociales, indígenas, venidos de diferentes puntos del país. Se espera también la llegada de la Central Obrera Boliviana que se declaró en emergencia y vigila debido a las amenazas de sectores de la derecha golpista. La toma de posesión del nuevo gobierno estará acompañada en las calles por quienes protagonizaron meses de resistencia, primero para impedir el golpe, luego ante sus imposiciones, persecuciones y masacres, y finalmente para lograr que se realizaran las elecciones que le dieron la victoria al MAS.

La jornada del domingo será seguida de la llegada de Evo Morales a Villazón el día lunes, desde donde comenzará una caravana que se espera multitudinaria hasta llegar a Chimoré el día 11 de noviembre, con una gran carga simbólica ya que, desde ese sitio, exactamente un año antes, tuvo que dejar el país producto del golpe de Estado y la persecución desatada. Con la asunción de Arce y Choquehuanca, y el regreso de Morales, habrá comenzado una nueva etapa en Bolivia, compleja y bajo asedios anunciados de un sector de la derecha. 

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Luis Arce, el 11 de marzo de 2019.Foto Roberto García Ortiz

Al nuevo gobierno le llevará hasta dos años y medio recuperarse del desastre financiero que deja el régimen de facto

Hace menos de un año, Luis Arce, ministro de Economía del gobierno de Evo Morales, se refugió en México. Este 8 de noviembre, tomará posesión como presidente del Estado Plurinacional de Bolivia.

 

Triunfador en los pasados comicios con más de 55 por ciento de la votación, artífice del milagro económico que su país vivió durante 13 años, se enfrentará ahora al desastre financiero dejado por el gobierno golpista de Jeanine Áñez. En escasos 11 meses la economía cayó entre 8 y 11 por ciento.

En entrevista exclusiva para La Jornada, Arce anuncia que a su país le tomará hasta dos años y medio recuperar las tasas de crecimiento que tenía antes del gobierno de facto.

A continuación, una síntesis de la charla con el mandatario electo.

–Un año después de un golpe de Estado, usted toma posesión como presidente de su país. ¿Cómo explicar este vuelco en la correlación de fuerzas? ¿De qué es resultado?

–Es una suma de cosas. La primera, lo ocurrido con los movimientos sociales. Cuando dan el golpe, nos encuentra desorganizados, desunidos y con una victoria en las elecciones, empañada por la participación de la OEA, que veía un supuesto fraude.

“Las organizaciones sociales estaban en la incertidumbre ante una derecha que tenía 21 días bloqueando el país, particularmente las ciudades, con efectos en la gestión y en la economía. Ese movimiento desata el golpe de Estado.

“Nuestras organizaciones sociales se movilizaron tímidamente para defender al gobierno del compañero Evo. No pudieron reaccionar oportunamente. Cuando viene la reacción es tarde, porque el golpe se consuma. Vienen las fuerzas armadas, la policía y todos los órganos represivos del Estado y se consolida el golpe.

“Fue un golpe de Estado cruento, que instauró un régimen que no era democracia. El ascenso de la señora Áñez fue inconstitucional. La población tiene una herida de no haber podido reaccionar oportunamente. Tiene una deuda con el Movimiento al Socialismo (MAS), luego de haber hecho tantas cosas por el país: de haber crecido, hecho obras, mejorado la educación, la salud, el nivel de vida de la gente. Todo eso se acumula junto con la derrota por la fuerza del pueblo en las calles. Ahí hay una herida en el pueblo boliviano que no estaba cicatrizada.

“El segundo consiste en que el gobierno de facto, en lugar de hacer gestión, empieza a hacer persecución política a dirigentes con el pretexto de la pacificación. Mete a muchos de ellos en la cárcel por actos supuestamente sediciosos.

“Luego viene una sensación de que la economía está mal. En el último trimestre del año pasado y en el primer trimestre de este año, sin coronavirus, el manejo económico era malo.

“El tercer elemento tiene que ver con la pandemia, su mal manejo, y el uso que le dan. La derecha tenía el plan de que las elecciones se realizaran hasta 2021. La pandemia les da oportunidad de postergarlas. En una primera instancia, la fecha de elecciones era el 3 de mayo. En abril, deciden llevarlo a agosto, luego a septiembre y luego a octubre. El pueblo, a través de la Central Obrera Boliviana y el Pacto de Unidad, se moviliza en plena pandemia y logra arrancar una fecha definitiva para las elecciones: el 18 de octubre.

“Son un cúmulo de cosas, más el mal manejo de la pandemia, que puso a Bolivia en el sexto lugar en la relación de muertes con respecto a habitantes. En las elecciones se va viendo eso y a una derecha sin ideas, sin propuestas. No proponían algo nuevo. Su consigna era ‘que no vuelva el MAS’.

"En cambio, nosotros fuimos con una propuesta para salir de la crisis. Tuvimos el voto oculto de la clase media, que había participado en las jornadas de octubre del año pasado y que se volcó al MAS, porque era el único partido que le podía proponer y garantizar estabilidad económica, política y social."

–En el golpe de Estado desempeñó un papel muy importante el Ejército y la policía. Al parecer se subestimó cómo estos actores podían involucrarse en una iniciativa golpista. ¿Qué garantía hay ahora de que eso no volverá a suceder?

–Nunca existe una garantía cuando están las cosas así y además la policía es endeble. Pero ahora las condiciones son diferentes.

"Primero, tenemos una victoria contundente del pueblo boliviano con 55 por ciento, inobjetable. Con un árbitro de ellos, designado por este gobierno, por la dictadura, por los partidos políticos que participaron en el golpe Estado. Las fuerzas armadas y la policía han sido duramente criticadas por el pueblo de Bolivia por lo que ocurrió. Ellos saben que han dañado su imagen e institucionalidad. La población se está dando cuenta ahora de que en realidad estos minoritarios son los que buscan la violencia, no nosotros."

–El golpe de Estado se impuso a sangre y fuego, con masacres en Senkata y Sacaba y civiles muertos. ¿Serán juzgados y castigados los responsables de esa represión?

–La Asamblea Legislativa Plurinacional ya ha dado un paso importante, al aprobar un juicio de responsabilidades para el gobierno autor. Anteriormente, ha habido grupos civiles que han iniciado cuestiones judiciales contra los asesinatos, que superan 36, y miles de heridos. La sentencia que corresponde escapa al control del Ejecutivo.

–¿Hay posibilidades de recomponer la economía en corto plazo? ¿Qué tan mal dejaron los golpistas las cosas?

–Para darle algunas cifras de comparación. La proyección de interno bruto para esta gestión 2020 está entre menos 8 y menos 11 por ciento. Es más, de acuerdo con las cifras oficiales de este gobierno, tres meses atrás ya habríamos alcanzado menos 8. Estamos con rumbo a profundizar la crisis. Esto, cuando Bolivia crecía a 8.2 por ciento. Es una caída de 15 o 16 puntos porcentuales, que es mucho. Por otra parte, el desempleo. Teníamos un desempleo de apenas 4 por ciento. Ahora supera 30 por ciento.

“Otro elemento es el déficit fiscal. Planteamos que íbamos a llegar a 6 por ciento de déficit fiscal. Pero ellos, ya a esta altura –y no ha acabado el año–, están en 9 por ciento de déficit fiscal. ¡50 por ciento más!

“El otro tema es la deuda. Es un tema muy preocupante. La deuda la dejamos en 25 por ciento del PIB. Ahora ya está a más de 32 por ciento, acercándose a 38 por ciento.

“Lo más importante: ha crecido la deuda interna del Banco Central, es decir, la maquinita de hacer billetes. Nosotros dejamos una deuda de cerca de 3 mil millones, más o menos, y ellos, en este tiempo, ya se han prestado entre 7 mil y 9 mil millones. Sumando estos 3 mil, ya estamos entre 11 y 12 mil millones. Es la estimación, porque no hay cifras. Estamos hablando que se habría cuadruplicado la deuda interna, con sus consiguientes riesgos sobre la inflación.

“El deterioro es muy fuerte. Con las cifras que hemos visto, salir de la crisis, para retomar el nivel de crecimiento, nos va a demandar entre uno y medio y dos y medio años. Va a ser un trabajo duro.

"Felizmente tenemos un plan para sacar el país adelante. Queremos implementarlo a la brevedad. Entre el siguiente año, el año y medio que viene, vamos a estar retomando las cifras que teníamos antes del golpe de Estado y de la pandemia."

–¿El triunfo de ustedes en Bolivia anuncia un cambio en la correlación de fuerzas en toda América Latina?

–Nuestra victoria en los comicios es del pueblo boliviano que recupera la democracia, el proceso de cambio. El mensaje es claro: no se puede, con un golpe de Estado, destruir un proceso que ha estado dando prosperidad a un pueblo, en lo económico en lo social. El pueblo, al final, sabe entender y es muy justo; es muy sabio al momento de decidir.

–¿Algún mensaje para México?

–Nuestro mensaje a los amigos allá que nos recibieron con los brazos abiertos es de un agradecimiento profundo, una predisposición completa a que trabajemos con el pueblo y con el gobierno mexicano, que estrechemos vínculos. Tenemos muchas cosas en común. Esperemos que con el gobierno del MAS y con el del presidente Andrés Manuel López Obrador podamos generar un clima propicio para mejorar nuestras relaciones.

"Un gran abrazo a todo lo que ha hecho el pueblo mexicano por los bolivianos que estábamos asilados allá. A nuestra embajadora, María Teresa Mercado, a la que siempre recuerdo, un gran saludo. Ella se impuso y permitió que saliera del país. Igual, quizás la historia hubiese sido otra. Muchas gracias. Esperemos que cada vez estemos más unidos en una diplomacia de los pueblos."

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En El Alto, Bolivia, mujeres participan en los festejos por la victoria con mayoría absoluta del Movimiento al Socialismo (MAS) en las elecciones generales del 18 de octubre.Foto Xinhua

La Paz., Vestidos de azul, con banderas indígenas wiphala, danzas y música de pueblos originarios, decenas de miles de personas celebraron ayer en Bolivia la victoria del Movimiento al Socialismo (MAS), alcanzada en las elecciones del pasado domingo.

El presidente y vicepresidente electos, Luis Arce y David Choquehuanca, participaron en la gran festividad en la ciudad de El Alto, adonde llegaron también habitantes de los más lejanos territorios del país andino-amazónico.

Arce y Choquehuanca fueron recibidos en medio de un ritual andino en el que chamanes aymaras –ataviados con tradicionales ponchos y gorros de lana de alpaca– les colgaron coronas de flores al cuello, y en una mesa con palos de madera quemaron una pequeña llama para pedirle a la Pachamama (Madre Tierra) que los acompañe en su gobierno.

"El pueblo conquistó con su lucha la alegría de la victoria. Unidos, al ritmo de moseñadas, bandas musicales y grupos autóctonos, celebramos la recuperación de la esperanza para todas y todos los bolivianos. Con la fuerza del pueblo #VamosASalirAdelante", escribió el presidente electo en su cuenta en Twitter.

Asimismo, Choquehuanca, ex canciller y ex secretario de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, aseguró que el MAS, junto a los distintos pueblos ancestrales que conforman el país, organizaciones sindicales, estudiantiles y otras, logró recuperar la democracia.

Luego de casi un año de un gobierno de facto instalado en el poder vía un golpe de Estado contra el entonces presidente Evo Morales, gran parte de los bolivianos celebra la derrota del golpismo.

Las autoridades transitorias (de acuerdo con numerosas denuncias), además de cometer matanzas, perseguir a los dirigentes y simpatizantes del MAS, incurrir en delitos de corrupción y desmantelar los programas sociales y económicos a favor de las mayorías, consumó actos de racismo.

Uno de los primeros fue desconocer la bandera wiphala que ondeaba en el palacio de gobierno, símbolo de la pluriculturalidad de este país, y además, llamar "salvajes" a los indígenas.

El gobierno encabezado por la saliente mandataria de facto, Jeanine Áñez, fue incapaz de atender con eficiencia la pandemia de Covid-19, la cual sirvió de pretexto a su régimen para cometer ilícitos, como la compra de respiradores artificiales a sobreprecio, entre otros.

“¡Un jallalla para todos! Esto es una demostración cultural por la recuperación de la democracia; el pueblo ha recuperado su ajayu y su coraje, el pueblo perdió el miedo”, expresó Choquehuanca en medio de la música, los vítores y la alegría.

El pasado domingo, con una participación superior a 80 por ciento, el binomio del MAS ganó en primera vuelta y de manera rotunda los comicios en Bolivia.

Arce y Choquehuanca obtuvieron 55.09 por ciento de los sufragios, 27.10 puntos porcentuales por encima de Carlos Mesa, de Comunidad Ciudadana, y 41.9 sobre Fernando Camacho, de Creemos.

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  Mark Blyth, en una imagen reciente. Cedida por el entrevistado

Mark Blyth / Politólogo

 

Las ideas estúpidas abundan y acostumbran a dirigir la vida de la gente. Mark Blyth (Dundee, Escocia, 1967) está decidido a entender el porqué. Profesor de Ciencias Políticas, Economía Internacional y Relaciones Internacionales y director del Rhodes Center of International Economics en la Universidad de Brown, Blyth centra sus investigaciones en el papel que desempeña la incertidumbre en la configuración de los sistemas económicos, así como el de la política ideológica, y pone gran énfasis en la importancia de las políticas económicas.

Blyth, autor de varios libros, entre los que cabe destacar Great Transformations: Economic Ideas and Institutional Change in the Twentieth Century (Cambridge University Press, 2002), The Future of the Euro (Oxford University Press, 2015) y Austerity: The History of a Dangerous Idea (Oxford University Press, 2013), regresa con Angrynomics (Agenda, 2020), en el que sostiene, junto al gestor de fondos de inversión Eric Lonergan, que la creciente oleada de ira que domina la política global tiene su origen en políticas macroeconómicas desacertadas, tecnocráticas. En esta entrevista, Blyth analiza las repercusiones económicas de la crisis de la covid-19, los diversos enfoques que han adoptado los gobiernos y los bancos centrales de todo el mundo para controlarla y cuál podría ser la alternativa inteligente para lidiar con los problemas políticos a corto plazo, así como los de la civilización a largo plazo.

Empecemos por Angrynomics. Ustedes aluden a las raíces económicas que subyacen tras el profundo descontento y la rabia que han caracterizado al electorado occidental durante la última década. ¿De qué maneras la política económica perpetúa esa ira?

En el libro utilizamos la analogía de la macroeconomía como si fuera un ordenador. Todas las economías capitalistas tienen un hardware relativamente similar: todas tienen un mercado laboral y un mercado de capitales, que varían en alcance, profundidad y regulación. Todas las economías tienen software: un conjunto de ideas económicas o un guión dominante que dicta cómo se hacen las cosas en la economía. Históricamente hemos tenido tres “ordenadores” capitalistas diferentes.

El primero fue la globalización bajo el patrón oro, en el que el capital y las personas podían moverse libremente entre países y el sistema se ajustaba utilizando la balanza comercial mediante las exportaciones e importaciones. El problema derivado de esto era estructural: como todos querían ser exportadores, el sistema se sesgaba hacia la deflación. Esto supuso que los salarios se redujeran en relación con las ganancias, lo que derivó en una gran cantidad de mano de obra cabreada. Los primeros intentos de nacionalismo a principios de la década de 1900, como el socialimperialismo de Joseph Chamberlain, estaban destinados a resolverlo. La Primera Guerra Mundial fue el punto culminante, después del cual el sistema se vino abajo.

La versión 2.0 contenía economías nacionales mucho más restrictivas y un sistema monetario internacional basado en el dólar, y un tanto ligado al oro: el sistema de Bretton Woods. Teníamos economías nacionales con mercados laborales nacionales, y los países que producían lo mismo ocasionalmente comerciaban entre sí. Debido al trauma del período anterior, el objetivo de las políticas era el pleno empleo. Ahora bien, el inconveniente de hacer del pleno empleo su objetivo político es el problema de Kalecki. Si se maneja un mercado laboral de pleno empleo durante treinta años, debido a la tecnología estática, en última instancia, lo que se hace es aumentar los salarios antes que la productividad. Eso perjudicará las ganancias y las expectativas de ganancia a través de la inflación en el sistema. Esto es exactamente lo que revirtió ese orden en los años setenta.

Después de las versiones 1.0 y 2.0, hubo un restablecimiento y reconstrucción fundamentales del hardware del capitalismo y una reescritura de su software. La reconstrucción supuso el surgimiento de bancos centrales independientes y la estabilidad de precios se convirtió en el objetivo de la política. Volvimos a abrir la economía mundial, esta vez con 700 millones de personas nuevas que se unieron al mercado laboral mundial y China pasó de la indigencia a la prosperidad relativa. Y, como mostró Branko Milanović con su famosa gráfica del elefante en 2015, esto contrajo los ingresos de aquellas economías de la OCDE que se encontraban entre los percentiles 50 y 85, particularmente en las economías angloamericanas.

Ahora añadamos a esto la crisis financiera de 2008, cuyos costes se distribuyeron asimétricamente. Los propietarios de capital fueron rescatados; el coste de esta operación se incluyó en el balance público, y el sector público se restringió mediante la austeridad. En última instancia, fue una década en la que las pérdidas de ingresos reales y el estancamiento de los salarios se vieron agravados por una depresión de largo efecto, especialmente en el sur de Europa y las periferias anglosajonas. Por lo tanto, la ira política que estamos presenciando ahora se ha estado gestando durante mucho tiempo.

Los partidos de centro y centroizquierda que cedieron la responsabilidad a los tecnócratas de los bancos centrales y la OMC fueron los que no estaban preparados en absoluto para la crisis. Con la covid-19 hemos visto más de lo mismo. Los gobiernos han transferido la responsabilidad política a los bancos centrales, que saben cómo llevar dinero a las empresas, pero no cómo dar dinero a la gente. Esto, por supuesto, conduce a una reacción violenta, que se arma de diferentes maneras y que en parte ha provocado lo que en el libro llamamos la ira pública.

Sus principales propuestas para hacer frente a esta ola de ira son la creación de un fondo nacional de riqueza y un dividendo de datos. ¿Cómo podrían resolver nuestros problemas estas políticas?

Si tienes un grupo de personas enfadadas, las invitas a cenar y las sientas a todas en una mesa unas frente a las otras en filas según de qué lado estén, será una experiencia muy desagradable. Pero si divides la habitación con sofás, pufs y luz ambiente, cambiarás la dinámica. Para salir de este lío necesitamos cambiar los muebles de la habitación.

No solo queremos pensar en políticas de mejora, queremos pensar en incorporar a la economía elementos que reestructuren las interacciones políticas y económicas. Un fondo ciudadano de inversión haría exactamente eso. En estos momentos, la Reserva Federal de hecho ha fijado un nivel mínimo a los precios de los activos, lo que significa que no se permitirá que los precios de las acciones caigan más allá de cierto punto. Esto fomenta el crecimiento en el mercado de valores a pesar de que la economía ha recibido un golpe tremendo, de tal manera que casi existe un divorcio entre el mercado y la economía. Se trata de una oportunidad desperdiciada. Cuando llegó el pánico por el coronavirus, los inversores abandonaron entre el 30 y el 50 % de sus participaciones en acciones. Todo el mundo quería comprar deuda pública porque es el activo más seguro. Esto significa que, teniendo en cuenta las tasas de inflación actuales, durante un período de diez a quince años, la deuda pública cotiza en negativo. Los inversores básicamente te están pagando por pedir prestado.

Con ese tipo de demanda y coste de financiación, la Reserva Federal podría haber emitido un 20%  adicional o más del PIB, comprar todas las acciones que simplemente se desecharon en todos esos mercados de valores y colocarlas en un fondo pasivo gestionado profesionalmente. Podrían gestionarlo como un gran fondo de inversión libre con un perfil de riesgo bajo y permitir que la magia de la prima del 6% que se obtiene en las acciones obre durante una década. El 6%  anual compuesto durante diez años sobre el 20 % del PIB estadounidense les proporcionaría miles de millones de dólares.

Podríamos utilizarlo para pagar nuestra deuda, si resulta molesta, o mejor, podríamos financiar completamente la descarbonización. Por ejemplo, una de las principales causas de fugas de dióxido de carbono son los edificios. Suponen el 30% de las emisiones. Podríamos modernizar todos los edificios de Estados Unidos durante un período de veinte años, y las aptitudes necesarias para ello mejorarían al conjunto de la clase trabajadora estadounidense. O si se piensa desde el punto de vista de un país pequeño y acomodado como Dinamarca, en el que ya se están haciendo cosas buenas, imagina lo que se podría hacer con un 20% más de PIB. Aquí las posibilidades son enormes.

En esta crisis no podemos juzgar quién lo está haciendo bien porque no sabemos muy bien a qué jugamos

En cuanto al dividendo de datos, el 20% de la bolsa estadounidense está compuesta por seis firmas, las denominadas FAANG (Facebook, Apple, Amazon, Netflix y Google/Alphabet). Son lo que algunas personas llaman un negocio de coste marginal cero. Tienen enormes márgenes de ganancia sobre los costes y también tienen estatus de monopolio en muchos sectores. Esto significa que son increíblemente rentables. También significa que, debido a que pueden poner a un país en contra de otro, prácticamente no pagan impuestos.

Pero todas estas empresas funcionan porque se utiliza el producto y se les entrega los datos. Facebook es una mera plataforma. Les das los datos, que luego recolectan y venden. Entonces, ¿por qué se los regalamos? Tenemos el derecho de propiedad de nuestros datos y los datos que generaremos en el futuro para ellos. ¿Por qué no los ponemos en un fideicomiso nacional, en el que cada persona puede optar por participar o no, y después autorizar el uso de esos datos a dichas empresas por un precio muy elevado en lugar de impuestos? Si comienzan a hacer un uso abusivo, los recuperamos. De esa manera, podríamos otorgar transparencia y democracia a estas plataformas que son tan importantes pero que no rinden cuentas, y en el proceso también podríamos recaudar unos valiosos ingresos.

Muchas de las tendencias que presentan en el nuevo libro parecen haberse exacerbado durante esta crisis. El desempleo se ha disparado a nivel mundial, con 500 millones de personas en riesgo de caer en la pobreza, mientras que los multimillonarios estadounidenses han aumentado su fortuna en 565.000 millones de dólares hasta el mes de junio. En la ciudad de Nueva York, donde vivo, los apartamentos de lujo de Manhattan se vaciaron mientras que las UCI de Queens y el Bronx estaban por encima de su capacidad. Me hizo pensar en una frase suya: “Los Hamptons no es una posición defendible”. ¿Qué quiere decir con eso?

En todas las revoluciones provocadas por la desigualdad una cosa está clara: sabemos dónde están los ricos. En este momento están de fiesta en los Hamptons. Si posees capital, alguna salida y propiedades –o, para ser comprensivo, si tienes hijos y estás preocupado por la covid–, por supuesto que te irás a tu casa grande y bonita de la playa. En realidad este dato no es muy interesante, pero es representativo de cómo el mantra que se repetía al comienzo de la crisis de la covid-19 –la idea de que estamos todos juntos en esto– no es cierto. Hay grupos que tienen opciones y las van a utilizar. Y es entonces cuando las distinciones raciales, las distinciones de género, las distinciones de clase y las enfermedades salen a la luz en toda su crudeza.

Estoy sentado en la zona más rica de Providence (Rhode Island). La última vez que lo comprobé, el índice de contagio en mi barrio era del orden del 1 al 2%. Si voy a Central Falls o Pawtucket, o a algunas de las zonas más pobres de Providence, es de algo así como el 14 %. ¿Son los Hamptons una posición defendible? Quizás a corto plazo, pero a largo plazo, es una vulnerabilidad.

La crisis que surgió tras el confinamiento mundial parece muy diferente de la recesión típica. ¿Qué distingue a esta crisis de las demás?

A diferencia de las crisis financieras, esta no comenzó con una burbuja de deuda del sector privado, donde las valoraciones subyacentes no podían estar respaldadas por los flujos de ingresos en los que se basaban los activos. Le dijimos a la población activa que se fuera a casa, pero todo el capital sigue ahí. Ahora tenemos que preguntarnos: ¿podemos volver a la situación anterior? Si alguien te pregunta si a los Yankees les ha ido bien últimamente, la respuesta es bastante fácil de encontrar. Solo es necesario buscar el último partido que jugaron, verificar los marcadores y emitir un juicio basado en ese partido. Pero en esta crisis no podemos juzgar quién lo está haciendo bien porque no sabemos muy bien a qué jugamos. ¿Nos estamos jugando que nadie se quede desempleado durante los tres primeros meses? Esto tendría sentido si se cree que la economía se reactivará en tres meses. ¿Y si son seis meses? Ahí probablemente podemos hacer algo. ¿Pero qué pasa si son dos años? ¿Y si pasa a formar parte del mobiliario?

Analicemos a Boeing. Supone una parte enormemente importante de la economía estadounidense y es uno de los principales constructores de aviones del mundo, pero estaba tan obsesionado con el enriquecimiento de los altos ejecutivos y las readquisiciones que no se molestó en actualizar ninguno de sus diseños. Tenemos el 737 Max, del que todos sabemos que tuvo problemas. Volverá a un mercado en el que ya hay demasiados aviones. Luego está el 777 X: nadie lo quiere, nadie lo necesita. Esto es lo que está sucediendo en una de las empresas más grandes de Estados Unidos debido al enriquecimiento y la sobreinversión.

También podemos analizar las propiedades inmobiliarias comerciales. Digamos que las oficinas se vuelven problemáticas de cara al futuro de un modo distinto al de antes. ¿Qué sucede con los fondos de inversión inmobiliaria que dependen de los ingresos por rentas provenientes de clientes comerciales que después van a los inversores? Se aprecia que esto empieza a estar fuera de control de formas que no estamos monitoreando adecuadamente. Pero la mayor paradoja es que no destruimos nada de nuestro capital. No hubo una quiebra. Simplemente lo dejamos, y ahora, en muchos sectores, no está claro el modo en que podemos recuperarlo.

¿Podemos siquiera averiguar quién lo está haciendo bien? Se podría decir que Estados Unidos está cometiendo todos los errores: no mantuvo a la gente en ERTE, no la protegió, no protegió tanto a la economía. Los cobros por desempleo se concedieron al azar; no se puede acordar una extensión y ahora la gente perderá su casa o su trabajo. Pero ¿y si esos trabajos nunca regresan? ¿Y si necesitan aceptar nuevos trabajos a medida que resurgen los anteriores? La solución europea, lo que yo llamo el Volvo con todos sus airbags, es más amable, pero quizás no tan buena a largo plazo como el Mustang, ya que mantiene a la gente en trabajos que tal vez nunca resurjan. Entonces, ¿cuál es la mejor manera de avanzar? No lo sabemos.

¿Puede desarrollar esta distinción entre el “Volvo” y el “Mustang”? ¿Hasta qué punto se trata de una crisis de capitalismo “en el momento justo”? 

A menudo pienso en Antifragile, de Nassim Taleb, que sostiene que el despido es caro. La optimización es mucho más barata y sale mucho más rentable. Sin embargo, un sistema óptimo convulso se derrumba rápidamente. Hay un motivo por el que la naturaleza te da dos ojos y dos riñones cuando en realidad podrías vivir con uno. El despido es caro pero necesario.   

Esto enlaza con las diferencias entre un Volvo y un Mustang. Si tienes un accidente con un Volvo, no hay problema: está cubierto de airbags. Además es muy cómodo y bonito; mantenerlo cuesta una fortuna. Mientras que si tienes un Mustang, todo es rendimiento. Tienes un motor GT de cinco litros, dos asientos de verdad y algún airbag. Si se activa todo a la vez de la forma correcta, un Mustang puede alcanzar los 160 kilómetros por hora e ir por delante de los demás.

La economía estadounidense se parece mucho a un Mustang. No fabrica airbags. No se detiene. Si todo está optimizado –el mercado de trabajo es flexible, los mercados de capital y los mercados crediticios parecen proporcionar una liquidez infinita–, todo irá de maravilla. Pero si lo que importa es la supervivencia después de un accidente, un Mustang no es el ideal. Esto es lo que estamos viendo en la economía estadounidense en este momento. Cuando algo como la covid-19 alcanza a una economía que solo funciona cuando se asume que todo funciona perfectamente, el sistema se resquebraja y no está claro cómo hay que fabricar nuevos airbags para absorber los golpes. De modo que, el capitalismo “en el momento justo”, si quieres llamarlo así, no es la causa de la crisis, sino que ha exacerbado y amplificado las consecuencias.

La solución de Volvo a esta crisis sería enviar a todos a casa durante meses y pagarles el 80% de su salario original hasta que todos volvamos a nuestros puestos. Vivimos en un mundo en el que eso es posible. En primer lugar, porque todo es comercio de valor relativo, los déficits de todos los países se están disparando, motivo por el que se les culpabiliza. Todo el mundo tiene margen. En segundo lugar, por muchas razones simples y complejas, los tipos de interés llevan cayendo, según algunas estimaciones, ¡700 años! La inflación no se percibe en ninguna parte, excepto en las cestas de la compra de los pobres y en los precios de los activos. En estos tiempos de incertidumbre, se pueden emitir bonos con intereses negativos. Esta es la razón por la que el Volvo puede durarte mucho tiempo.

Sin embargo, a la larga tendrás que salir del Volvo. Ese es el problema. ¿Cómo lo haces? Los republicanos decían que el problema de dar 600 dólares semanales de prestación por desempleo es que se desincentiva a la gente para volver al trabajo. En primer lugar, no pueden volver porque los negocios siguen bajando la persiana. Y, en segundo lugar, cabe plantearse una pregunta más interesante: ¿por qué a los estadounidenses se les paga tan bajo que 600 dólares a la semana les representaría una diferencia tan grande para no incentivarles a ir a trabajar? Esto significa que se ha desarrollado una economía de salarios bajos, lo cual tiene consecuencias muy negativas.

Ya apenas se habla de una recuperación en forma de V,  ¿a qué se debe?

Una recuperación en forma de V presupone una reversión a la media. Incluso una recuperación en forma de W lo presupone. Lo que ha ocurrido es que hemos pasado por un gran bache. Se presupone que la economía volverá a su sitio. Pero ¿y si no es así?, ¿y si terminamos en una senda de crecimiento completamente nueva? En el momento en que somos conscientes de ello –la idea de que gran parte de nuestro capital tendrá que estar paralizado, otras partes deberán ser redistribuidas y que la forma en que hacemos negocios deberá replantearse–, se abandona la idea de reversión a la media.

 ¿Qué pasa con China? ¿Existe un escenario donde salga relativamente fortalecida de esta crisis?

Alguien me sugirió que China es un camión militar en lugar de un Volvo o un Mustang. En cierto modo me gusta. Es lo suficientemente grande como para pasar por encima de todos los baches de la carretera, pero hay que soportar los golpes. Solo sobrevive porque tiene una infraestructura militar. Si quieres que continuemos con la analogía, ahí es donde iría.

China tiene para su economía un sistema de mando y control muy diferente. Cuando los bancos centrales de Estados Unidos e Inglaterra, por ejemplo, dicen a los mercados financieros que lanzarán un programa que comprará activos, en realidad están jugando entre ellos. El Estado chino se dirige directamente al sistema bancario y dice: “Le prestarán tanto dinero a esta entidad. Luego dígale a la entidad qué hacer con el dinero”. Es mucho más directo.

Pero el problema, como han señalado Herman Mark Schwartz y Michael Pettis, es que el multiplicador fiscal que se obtiene del dinero disminuye con el tiempo. La primera vez que se recibe un enorme estímulo monetario, es bueno, pero al final se han construido todos los puentes que se podrían construir. Por lo tanto, China puede estar a punto de ofrecer grandes estímulos, pero la efectividad de tales programas de estímulo parece disminuir con el tiempo. De este modo, también está enormemente endeudado en su balance público. Cuenta con los activos correspondientes, pero queda la cuestión de valoración de dichos activos porque es una economía relativamente cerrada.

La pandemia tardó mucho más en asentarse en los países en vías de desarrollo, pero parece que está haciendo estragos tanto en los sistemas de salud pública como en las economías de América Latina y países como India. ¿Cómo les irá según la estructura que usted ha diseñado?

América Latina, a pesar de sus propios esfuerzos y dedicación –y a veces debido a sus propios esfuerzos, ya que se puede ganar mucho dinero con la soja y la destrucción del Amazonas–, siempre se ha integrado a nivel mundial. Los países de América Latina son exportadores de materias primas, y si la economía global se hunde, nadie quiere materias primas, ya sea petróleo o soja. Estos países también se han cargado con una gran cantidad de deuda internacional, expresada en dólares, que ahora es dos veces más cara porque las monedas locales han caído. Esto lo hemos visto en muchas ocasiones con anterioridad en América Latina, y con la covid-19 ha regresado con fuerza.

India es un caso muy distinto. Tiene casi la misma población que China, pero una huella económica mucho más pequeña, un nivel de desigualdad mucho mayor y una gran cantidad de personas que todavía viven en condiciones de subsistencia. Obviamente, la covid-19 les va a afectar mucho más. Estamos empezando a ver esto incluso en aquellas áreas del país a las que parecía que les iba muy bien, como Kerala. Cuando el Golfo Pérsico se quedó sin dinero debido al derrumbe del precio del petróleo, comenzaron a enviar trabajadores migrantes a casa. Sin embargo, todos los trabajadores migrantes habían estado viviendo en barracones, potencialmente con covid-19, y todos están regresando a sus poblaciones de origen. Pero los datos demográficos de la población sin duda parecen ayudar. Ser un país joven parece significar menos muerte.

Digámoslo así. Es bueno tener un Mustang porque aunque tengas un accidente, sigues teniendo un Mustang, aunque la reconstrucción sea dolorosa. Está muy bien estar en un Volvo si tienes un accidente de tráfico; la pregunta es si una vez que te has subido, podrás salir. Para todos los demás que conducen un camión del ejército o simplemente caminan por la carretera, es mucho más difícil.

Se ha hablado mucho de volver a trasladar la producción a Europa Occidental o Estados Unidos, que carecían de la capacidad para abastecerse de kits de pruebas y mascarillas durante la primera oleada de la pandemia. Incluso antes de que estallara la pandemia, existían muchas dudas acerca de la globalización. ¿Qué le depara a dicho proyecto político?

El libro The Leveling, de Michael O'Sullivan, sostiene que la era de la globalización ha terminado y tenemos un vacío de liderazgo mundial. ¡Olvídense del G20, hay un G0! Creo que es cierto, pero hay un problema con simplificar demasiado los efectos negativos de la globalización. El libro de Martin Sandbu, The Economics of Belonging, lo explica muy bien. Es cierto que las crisis comerciales y las atroces políticas internas de ciertos países han ahuecado la base industrial y aumentado la desigualdad. Pero no olvidemos que Apple es una empresa estadounidense que paga sus impuestos a través de Irlanda y Holanda. Prácticamente ninguna de las ganancias termina siendo remitida a Estados Unidos en forma tributable y todavía fabrican muchos de sus productos en China.

Pongamos que relocalizas Apple. ¿Qué ocurriría? Lo que Sandbu destaca es que, en la industria de la manufactura, el capital sustituye al trabajo al margen mejor que en cualquier otro sector. Si se reubica la producción de Apple, esta no pagará a más trabajadores estadounidenses de Foxconn, estos construirán robots. Cada vez se necesita menos que la gente haga cosas. Solo hay que pensar en la impresión 3D y los productos manufacturados a mayor escala. Es un problema fundamental que nos negamos a hacernos a la idea. La cuestión entonces es cómo distribuir el valor añadido de ese aumento de la producción de un modo que derive en un crecimiento sostenible. Se trata de una cuestión política, no económica.

Usted no es en absoluto aislacionista. ¿Cómo propone que orientemos la crítica de la globalización mientras mantenemos un compromiso con el internacionalismo?

El nacionalismo no es una categoría económica. Desde el punto de vista económico, uno se mete en problemas cuando se reemplaza la coherencia entre los medios económicos de producción y el área que abarca un acuerdo democrático. Ahí es donde estamos. La democracia es local, la producción es global. Si puedes diseñar un conjunto de reglas para alinear más estrechamente esos intereses, quizás puedas hacer que el juego sea más positivo.

El otro elemento que me gusta de las economías nacionales es que todos podemos probar cosas diferentes. Si algo critico de la UE, es su idea decimonónica de que solo existe un único conjunto de prácticas idóneas. Si tenemos un conjunto de instituciones encargadas del mercado y un conjunto de formas de lidiar con las crisis, entonces aplanamos todos los nichos, complementariedades y aspectos únicos de estos diferentes modelos de crecimiento, como si existiera una cosa llamada “economía europea”. No existe.

De las economías nacionales se infiere que puede haber experimentos nacionales. Como explicamos al final de Angrynomics, nadie sabe cómo llegar a la descarbonización total. ¿Deberíamos hacer un gran pacto internacional sin supervisión, como el de Copenhague? ¿O deberíamos hacer que cada uno se enfrente a la realidad a su manera y trate de hacer lo que les funcione? Los experimentos nacionales individuales nos permitirían aprender unos de otros y escalar a partir de ahí. Creo que es un modo de hacerlo mucho más sensato y que se puede sobrevivir. Si la desglobalización significa algo, eso es lo que significa para mí.

A lo largo de esta conversación ha criticado el papel de los bancos centrales, la resaca de la austeridad y la redistribución al alza de la renta antes y durante la pandemia. Todo esto se remonta al aumento del descontento social sobre el que escribió en Angrynomics. ¿Cómo sería un programa alternativo?

He escrito sobre el neoliberalismo como un conjunto de ideas, pero otro enfoque es considerarlo un conjunto de prácticas. Me refiero literalmente a las cosas que se hacen: abrir, privatizar, globalizar e integrar. Una vez que se haya tomado esa decisión, a menos que haya guerras, pandemias u otros eventos que alteren el rumbo, es muy difícil imaginar un mundo diferente. Lo que intentamos en Angrynomics es decir que no es necesario un nuevo plan completo, solo es necesario cambiar los muebles.

En la primera parte de la crisis enviamos a la población activa a casa, lo que provocó una caída del consumo y la producción. En la segunda parte nos dimos cuenta de que no hay recuperación en forma de V. No podemos volver a los cruceros, porque no habrá pasajeros. Nuestro capital todavía está allí –no ha sido destruido, a diferencia de lo que ocurre en una guerra–, pero está funcionalmente destruido en el sentido de que no podemos usarlo en estos momentos, y no estamos seguros exactamente de lo que podemos y no podemos utilizar en el futuro.

Pero entonces cabe plantearse una buena pregunta: ¿cómo reutilizamos ese capital? Tenemos una escasez crónica de viviendas, y efectivamente dejamos de construir vivienda pública en 1980. Tenemos todo estos espacios de oficinas, algunos de los cuales son muy elegantes, en lugares verdaderamente agradables. Imaginemos que se contrata a las personas de esos sectores desplazados de la descarbonización y esos edificios se convierten en viviendas neutrales en emisiones de carbono. Puesto que nuestro capital no ha sido destruido, hay que preguntarse cómo deberíamos redistribuirlo. Ese es el lado positivo de todo esto, y teniendo en cuenta el coste actual del capital, solo queda limitado por nuestra imaginación.

Pero este proceso de redistribución de nuestro capital también puede convertirse en una oportunidad para pensar sobre lo que realmente necesitamos y el modo de conseguirlo. Parte de la función del gobierno es actuar como esa financiación provisional que permite al sector privado liquidar activos malos de tal modo que no quiebren y luego reasignar ese capital de tal modo que todos obtengamos un nuevo conjunto de inversiones. Pienso en la descarbonización como la mayor oportunidad de inversión del siglo XXI. Si se hace bien, a partir de ese momento, todo será maravilloso. Si se hace mal, todo lo demás carece de importancia. Es como una opción de compra. La covid nos va a obligar a empezar a tomar esas decisiones.

Por Álvaro Guzmán Bastida Nueva York , 23/10/2020

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Esta entrevista se publicó originalmente en inglés en Phenomenal World.

Traducción de Paloma Farré.

Publicado enEconomía
Sábado, 24 Octubre 2020 06:09

La derrota del racismo

Luis Arce y David Choquehuanca, elegidos presidente y vicepresidente de Bolivia, durante la campaña electoral. AFP, MAS

El nacimiento de un nuevo ciclo político en Bolivia

 

Tras el abrumador triunfo del MAS y con el fin del régimen de Áñez, se abre un nuevo escenario que va más allá de un simple retorno de los partidarios de Evo Morales al Palacio Quemado: ahora la derecha es más fuerte que en 2005 y las bases masistas se encuentran empoderadas y movilizadas luego de su tenaz resistencia al despotismo.

 

En sus primeras declaraciones, el presidente electo, Luis Arce Catacora, esbozó modos y maneras diferentes a las practicadas por Evo Morales en sus 14 años de mandato: «Vamos a construir un gobierno de unidad nacional, vamos a trabajar y vamos a reconducir el proceso de cambio sin odios y aprendiendo y superando los errores como Movimiento al Socialismo [MAS]».

Esas declaraciones encarnan lo que siente una parte del 52 por ciento del electorado que el domingo 18 votó por la candidatura Arce-Choquehuanca. De primar ese sentimiento, es posible que Bolivia se encamine ahora en una dirección distinta a la que predominó durante los gobiernos de Morales-García Linera y, en especial, durante el año en que gobernó Jeanine Áñez.

Es que algo importante parece haber cambiado en el seno del MAS, en particular entre las dirigencias que permanecieron en el país durante un año plagado de incertidumbres y haciendo frente al odio racista desplegado por el gobierno golpista. Un cambio que se refleja en las palabras dichas el lunes 19 por la presidenta del Senado, la masista Eva Copa, sobre el anunciado retorno de Morales: «Nosotros no creemos que sea el momento adecuado, él tiene temas que solucionar todavía. Pero nosotros a la cabeza de Luis Arce y como Asamblea [Parlamento] tenemos tareas que culminar».

UN RESULTADO TRANSPARENTE

Explicar por qué el MAS, sin Morales como candidato, recogió siete puntos más que lo hecho hace un año atrás requiere una doble mirada. Por un lado, a la hora de desmenuzar los resultados, casi todos los analistas colocan en un lugar destacado la gestión del gobierno de Áñez y en particular la del ministro de Gobierno, Arturo Murillo.

«Áñez fue la gran jefa de campaña del MAS», dijo el lunes a la emisora Erbol el politólogo y docente de la Universidad Mayor de San Andrés Roger Cortez, quien agregó que habría que dar «medallas especiales a los ministros de Gobierno y Defensa». El caso de Murillo enseña los peores rasgos de un gobierno de transición que deseaba quedarse el mayor tiempo posible. El rechazo a Murillo provino no sólo de una parte importante de la población, sino también de varios ministros que renunciaron a sus cargos por disconformidad con sus declaraciones, ya que acostumbraba a lanzar amenazas e investigaciones contra oponentes, periodistas y compañeros de gabinete que osaran cuestionarlo. El racismo y las posiciones ultraderechistas enajenaron del oficialismo incluso a parte de las clases medias que se pronunciaron contra Morales en octubre de 2019.

Lo cierto es que el MAS ganó en los cinco departamentos de mayoría indígena: en La Paz superó el 68 por ciento y en Oruro, el 62 por ciento; en Cochabamba votó por encima del 65 por ciento; en Potosí alcanzó el 57 por ciento y en Chuquisaca, el 49. Ganó también en Pando, con el 45 por ciento. Carlos Mesa, sin fibra y muy escorado a la derecha, ganó en Tarija con casi diez puntos de ventaja, pero en Beni con un margen más ajustado.

La polarización territorial es evidente, tanto como el crecimiento de una nueva derecha radical. Recordemos que en las elecciones de 2014 el MAS había obtenido el 49 por ciento de los votos en Santa Cruz y que ahora quedó estancado allí en el 35 por ciento, a contracorriente de su ascenso en el resto del país con respecto a 2019. En ese departamento ganó con holgura el domingo el ultraderechista Luis Fernando Camacho, con el 45 por ciento de los votos.

Para Cortez, la victoria del MAS se explica por el predominio de un electorado conservador, pero no en el sentido ideológico de la palabra, sino en su adhesión al pragmatismo. Una buena parte de los votantes, afirma, se inclinó por Arce «por la situación que vive el país, porque, aunque conoce las fechorías del gobierno del MAS, también sabe y recuerda los resultados que este obtuvo en materia de pobreza e igualdad». En suma, votó por lo conocido, ya que «Arce tiene mejores posibilidades que sus contrincantes de hacerlo bien».

Sin embargo, el analista no se muestra nada optimista de cara al futuro inmediato. Sostiene que el MAS va a tener en contra enemigos más poderosos que los que tuvo en las elecciones: el coronavirus y la inminencia de una segunda ola, y una economía con ingresos decadentes por exportaciones de gas e inversiones en petróleo que, en vistas del actual contexto internacional, difícilmente llegarán.

EL FACTOR CHOQUEHUANCA

El vicepresidente electo tiene una extensa trayectoria política. Durante el gobierno de Morales fue canciller (2006-2017), hasta que el jesuita Xavier Albó tuvo la ocurrencia de mencionarlo como eventual candidato a la presidencia del MAS, ya que el referendo de 2016 había denegado a Evo esa posibilidad. Mantiene un largo diferendo con el exvicepresidente Álvaro García Linera (quien lo tildó de «pachamámico» por su apoyo a la espiritualidad ancestral) y Evo lo aceptó como vice para estas elecciones a regañadientes, presionado por las bases y los movimientos sociales, que se empeñaron en defender su candidatura (véase «La última palabra», Brecha, 24-I-20).

Para algunos, su presencia en la boleta fue clave para el triunfo holgado del domingo. Pablo Solón, exembajador ante la ONU por el gobierno de Morales (2009-2011), lo escribió sin matices al día siguiente de las elecciones: «El MAS no ganó por Evo, sino a pesar de Evo. Evo quería marginar a David Choquehuanca, que es el candidato elegido por las organizaciones sociales, principalmente indígenas de las tierras altas y los valles. El triunfo del MAS fue aplastante en las áreas rurales de estas regiones en gran medida debido a la candidatura de David».

En esas regiones es donde el MAS recuperó los niveles de votación más altos que tuvo en su historia y que habían caído hasta mínimos en octubre de 2019. Este domingo, en Oruro, Potosí y La Paz el voto masista creció entre 15 y 18 puntos en sólo un año. El desastroso gobierno de Áñez y Murillo parece no bastar para explicar este repunte.

Solón recuerda en su blog que en el congreso del MAS de este año «las organizaciones sociales indígenas del altiplano y los valles asumieron una determinación democrática desde las bases que hicieron prevalecer a medias frente a Evo, porque su posición original era “David presidente”». La conclusión del exdiplomático es lapidaria: los resultados de estas últimas elecciones demuestran que en 2019 el MAS se habría evitado contratiempos si hubiera dejado de insistir en la reelección de Morales, forzada a contrapelo de un plebiscito y de la propia Constitución.

Lo cierto es que el factor Choquehuanca no es un asunto de afinidades personales, sino un emergente de las relaciones entre la cúpula del MAS (Morales y García Linera) y las organizaciones sociales. Es probable que en los primeros meses no se repitan escenas de intimidación y cooptación de los movimientos como las vistas durante los gobiernos pasados del MAS, sino que la pelea interna se focalice en arrinconar al nuevo vice, contando con la neutralidad del nuevo mandatario.

«Arce está decidido a mostrar otra cara», explicó Cortez, «pero la situación interna del MAS es complicada». El analista vaticinó, incluso, que el actual presidente podría no cumplir los cinco años de su mandato, ya que a los problemas internos del partido de gobierno se debe sumar una crisis económica que no dará tregua.

MOVIMIENTOS Y PROCESO DE CAMBIO

El director del periódico Pukara, de orientación indianista, Pedro Portugal, señaló este martes que «cuando Evo Morales renunció al poder, tras las elecciones fallidas de 2019, se vislumbró que sectores populares e indígenas eran contrarios al expresidente o estaban indiferentes a su suerte» (Página Siete, 20-X-20).

Pukara reúne a buena parte de la intelectualidad aymara en evidente pugna con García Linera por el relato histórico-político del proceso político boliviano (el exvicepresidente lidera a su vez lo que los indianistas denigran como «el entorno blancoide» de Morales). Según su director, Choquehuanca se movió a sus anchas en el mundo andino durante la campaña electoral. Entre otras cosas, relata, además, que como canciller fue discriminado y excluido de un gobierno en el que se lo consideraba un mero «representante indígena». El conflicto que tuvo con Linera, e indirectamente con el mismo Evo Morales, le habría servido para congeniar con sectores indígenas que empezaban a tener una actitud crítica al MAS, sostiene Portugal.

Prueba de ello son las charlas que Choquehuanca mantuvo durante la campaña con Felipe Quispe, el Mallku, histórico dirigente aymara del altiplano que asumió el liderazgo de varios bloqueos con los que, en agosto, protestaron contra la constante postergación de las elecciones ejercida por el régimen (véase «En suspenso» , Brecha, 28-VIII-20). Días antes de los comicios, Quispe dijo que iba votar por el MAS para respaldar a Choquehuanca: «En estas elecciones tenemos que votar para nuestros propios hermanos que están como candidatos, [como es] el caso de nuestro hermano David Choquehuanca» (Eju.tv, 15-X-20).

Quispe mantuvo tensos enfrentamientos con Morales durante el ciclo de protestas del período 2000-2005, que se saldó con la llegada del MAS al gobierno. Cuando su hijo Ayar fue asesinado en mayo de 2015 en una plaza de El Alto, llegó incluso a acusar indirectamente a su excompañero de guerrilla, el entonces vicepresidente, García Linera, de haber sido el inspirador del crimen (Correo del Sur, 3-VI-15).

Lo cierto es que los vientos no corren a favor de los cuadros que encabezaron el gobierno de Evo. Las juventudes del MAS se han pronunciado en contra del retorno inmediato del expresidente, apelando a la figura andina de la rotación: «Las 20 provincias hemos propuesto que el hermano presidente Evo Morales no tenía que volver porque él ya ha trabajado» (Radio Fides, 19-X-20).

Las bases de los movimientos sociales parecen tener claro que no debe repetirse el libreto anterior, en particular en las relaciones con el gobierno. El exdirigente fabril Oscar Olivera, referente principal de la guerra del agua –que en abril del año 2000 dio inicio al ciclo de protestas antineoliberales–, dijo a Brecha que «la gente confía en reconducir el proceso de cambio» y se mostró favorable a Choquehuanca.

Solón coincide con esta apreciación: «La clave para un relanzamiento del proceso de cambio no está tanto en el futuro gobierno, sino en la capacidad de autogestión y autonomía de las organizaciones sociales y su capacidad de retomar un curso de propuestas alternativas a todos los niveles». Además, piensa que las demandas de 2003, articuladas en torno a la Agenda de Octubre que inspiró al primer gobierno de Evo, están agotadas y que es necesaria una nueva estrategia.

Un dato mayor a tener en cuenta en el nuevo período será la casi inevitable repetición del proceso de entrega de prebendas a dirigentes, una historia que se arrastra desde la revolución de 1952, en reiteración de un vínculo corrupto que ya es cultura política y práctica asentada. Esto viene agravado por el surgimiento durante los gobiernos del MAS de lo que Solón denomina «nueva burguesía», un clase social «asociada a la burocracia estatal, los contratos con el Estado, el comercio, el contrabando, las cooperativas mineras y la producción de la hoja de coca ligada al narcotráfico».

Piensa que estas nuevas elites seguirán incidiendo en el gobierno y en el partido. «El futuro gobierno del MAS es ya un espacio en disputa». Pero ahora la palabra la tendrán, una vez más, las bases sociales rurales y urbanas, esas que llevaron a Morales al gobierno, que lo dejaron caer al no movilizarse en su defensa y luego pelearon y se sacrificaron contra la derecha racista hasta doblegarla. Acumulan una larga experiencia y sabiduría y las pondrán en juego en los próximos meses.

 

Por Raúl Zibechi
23 octubre, 2020

Publicado enInternacional
Imagen: AFP

Cómo tramita el sistema de salud la muerte y el duelo en pandemia

Con la crisis sanitaria, quedó excluido el devenir social y comunitario del tratamiento de la muerte. Los límites de los hospitales y el lugar de los cuidados paliativos.

 

Una doble bolsa la separaba del cuerpo de su marido. Entre lágrimas y acuclillada, pronunció que cuidaría de sus cinco hijos y prometió que serían todos buenas personas. Luego se detuvo un instante. Levantó la cabeza para alcanzar la mirada del encargado de la morgue, y sintiendo la impaciencia del hombre, volvió la mirada a la bolsa. Se levantó, y sin mirar a nadie en particular, dijo: “No puedo, no puedo abrir la bolsa. Discúlpenme. No tengo el coraje”. Comenzaba a sacarse el equipo de protección cuando el encargado de la morgue le indicó que lo hiciera afuera y lo descartara en el tacho de bolsa roja.

Una vez en el estacionamiento, su vecina, quien la acompañaba, insistió con la necesidad de ver el cuerpo: “Yo puedo hacerlo, no me impresiona”, dijo. Contaba en su vida ya muchas pérdidas y había pasado por esa situación antes. Por mi parte, pensaba que si tenía que volver y pedirle al encargado de la morgue que volviera a sacar el cuerpo para que lo reconociera la vecina me iba a mandar a la mierda. Les aseguré, tal y como me lo habían explicado, que el protocolo de reconocimiento del cuerpo sigue pautas muy estrictas y estaba garantizado por el hospital, que no teníamos dudas de que ese fuera el cuerpo. Sostenida por el mismo tono de voz, les dije que aquello era una despedida y que si veía o no al cuerpo de su marido no era el punto. Podía elegir no verlo. Aceptaron la explicación. ”Sé que era él, por el tamaño. Es que él era petiso, doctora”.

Las invité al jardín del hospital. Era un día de sol, y nos sentamos en uno de los bancos más alejados conservando cierta intimidad. Ella pudo decir del miedo a no saber con qué se iba a encontrar si abría la bolsa y el temor a quedar capturada por una imagen horrorosa. Miedo a que no fuera su marido, pero esta vez por la diferencia entre aquello que esperaba ver y lo que iba a encontrar. El recuerdo, la descomposición, la realidad, la imagen.

La diferencia entre un reconocimiento del cuerpo y una despedida es que mientras para el primero existen protocolos, para la segundo no.

“A veces, cuando una tiene a las personas con una no dice lo que siente, y entonces después las pierde y eso duele. Hay que decir. Yo pasé por muchas pérdidas, enterré a mi nieta de un año y medio, y ahora mi nuera está embarazada. La vida te da y te quita, es así. Duele y no se entiende. Pero es así cuando uno ama”.

Ella, atenta a las palabras de su vecina, llevó su mano al pecho.

--Gracias por permitirme decirle a mi marido eso que tenía acá. Ahora ya puede descansar.

La mujer del relato, como tantas otras personas, se despidió una tarde de su marido en la Unidad de Febriles del Hospital. Veinticinco días habían pasado desde entonces.

En el relato de los familiares en duelo advertimos el dolor y las dificultades que genera la imposibilidad de acompañar en los tratamientos, la falta de despedida y en muchos casos incluso la imposibilidad de reconocimiento del cuerpo. La incredulidad ante la muerte y la fantasía de errores que pudieran desmentirla son procesos característicos de la activación de mecanismos psíquicos de defensa frente a lo traumático de la pérdida. Estos escenarios se potencian por la imposibilidad de una participación sensible y activa de los familiares: imposibilidad de ver, decir, escuchar, asistir, tocar.

Cuidados Paliativos es una especialidad interdisciplinaria que produce su conocimiento en el acompañamiento de personas con enfermedades incurables, progresivas y amenazantes para la vida. Desde sus cimientos, esta especialidad entiende la muerte como un hecho de impacto fuertemente social y habla de “unidad de tratamiento”, lo que incluye al paciente y a su entorno significativo, reconociendo la importancia de dirigir las intervenciones en ambas direcciones.

Ver es fundamental para la inscripción de lo acontecido. Se sabe de la dificultad extrema en el duelo cuando, como es el caso de los desaparecidos, no hay un cuerpo efectiva y tangiblemente fallecido que soporte la idea de su muerte. De allí la importancia de los rituales funerarios. Pero en el funeral se compone además una elaboración social hecha de fragmentos, retazos y contrastes. Podríamos aventurar que la despedida de alguien depende de la construcción de un relato respecto de su existencia: ¿de qué existencia es este desenlace?

Para que ese relato exista, son necesarios testigos que puedan soportarlo. Es imprescindible que existan otros dispuestos a acompañar, escuchar, mirar, preguntar, conmoverse, afectarse y reírse. La participación sensible desborda la tarea de ver, tanto para los familiares como para los lazos comunitarios, incluidos allí los profesionales de la salud.

Esa mañana en el jardín del hospital improvisamos un funeral y compusimos una despedida.

Ante la multiplicación de los fallecimientos y contemplando tanto el impacto emocional como el enorme costo social de las dificultades en el proceso de duelo en los familiares se publicó recientemente un protocolo para posibilitar las visitas de familiares en situación crítica o ante la proximidad de la muerte. Pese a esto, no existe aún en todos los hospitales públicos la implementación sistematizada y de forma justa de esta tarea, teniendo por consecuencia transformar eso que podría ser un derecho, en el privilegio de algunos familiares que consiguen por insistencia, querella o empatía que les sea posibilitado, lo que para otros es inviable.

Quedan dudas respecto de la disponibilidad de equipos de protección suficientes y la posibilidad de llevar el protocolo adelante en salas donde los profesionales se encuentran desbordados de trabajo. Existe también en los profesionales de la salud la pregunta por los propios recursos de afrontamiento y la capacidad de brindar contención emocional ante la difícil tarea de ser testigos del dolor, ahora también el de los familiares.

Fueron muchas las transformaciones que produjo en la tarea asistencial la pandemia y la situación de aislamiento social, preventivo y obligatorio. Entre ellas, obligó a que el tratamiento de la muerte quedara prácticamente en forma exclusiva en manos del sistema de salud, recortando su devenir social y comunitario. Es esa participación la que hoy se reclama y se pone en el centro de escena, haciendo notar las consecuencias de su falta. Sin embargo, resulta necesario observar que el tránsito por esta situación extrema y excepcional pone en evidencia la actitud que caracteriza a nuestra época y cultura frente a la muerte, lo espinoso que resulta el tema y el tratamiento sintomático que en consecuencia hace de ella el sistema de salud. Habitamos un paradigma curativo y técnico, que tiende a colocar la lucha contra la enfermedad como su objetivo y a entender los límites que encuentra como fracaso. En este contexto la tarea de curar es privilegiada por encima de la de cuidar.

A la hora de poner en práctica los protocolos, se evidencia la insuficiente preparación de las instituciones hospitalarias y sus profesionales para afrontar la difícil tarea de asistir y acompañar en el proceso de morir. A su vez, en los programas de formación médica son escasas las referencias al entrenamiento en herramientas técnicas especialmente necesarias en casos de enfermedades limitantes para la vida: técnicas comunicacionales, estrategias de contención emocional, manejo de la empatía y compromiso personal, construcción de la alianza terapéutica y toma de decisiones difíciles.

Es habitual escuchar cómo el temor al desborde emocional y la percepción de falta de recursos para su contención por parte del personal sanitario deriva en actitudes de distanciamiento emocional y evitación. Philippe Ariès hace corresponder esta actitud con el tratamiento de la muerte que caracteriza nuestra época, en tanto que “si los médicos y las enfermeras retasan lo máximo posible el momento de avisar a la familia, y si jamás se deciden a alertar al propio enfermo, es por temor a verse comprometidos en una cadena de reacciones sentimentales que tanto a ellos como al enfermo o la familia, les harían perder el control de sí”.

En este tiempo se han reunido e implementado en muchos hospitales públicos equipos interdisciplinarios de cuidados integrales para la contención emocional y asistencia de pacientes y familiares; para ello, especialistas en Cuidados Paliativos hemos sido convocados por nuestra experiencia en la tarea. Desde ya, resultaría por demás beneficioso aumentar la disponibilidad de este recurso especializado, tanto durante la pandemia como más allá de ella, siendo que nos encontramos muy lejos de alcanzar el acceso a los cuidados paliativos a todo aquel que lo requiera, tal lo contemplado en la Ley de muerte digna sancionada en el año 2012. No obstante, podemos también reconocer en este escenario excepcional una invitación a repensar las representaciones que nos atraviesan culturalmente y en consecuencia a nuestro sistema de salud, para que estos saberes y prácticas de cuidado consigan instalarse como característica transversal de la tarea asistencial.

Ana Azrilevich es psicóloga especialista en Cuidados Paliativos.

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