Miles de personas se concentran junto a la estatua de Lenin en la estación Finlandia de San Petersburgo.

 

El 16 de abril de 1917, hace justo cien años, el líder bolchevique llegó a la estación Finlandia, en Petrogrado (hoy San Petersburgo), después de vivir la Revolución de febrero y la abdicación del zar desde el exilio en Suiza.

 

SAN PETERSBURGO

 

La Revolución de febrero y la abdicación del zar Nicolás II sorprendieron a Lenin en el exilio en Suiza. Las celebraciones, sin embargo, no duraron demasiado: para Lenin, observar estos acontecimientos desde la distancia no era una opción. Aunque decidido a regresar a Petrogrado, la travesía en una Europa en guerra distaba de estar exenta de complicaciones. Francia, aliada de Rusia en la Primera Guerra Mundial, denegó como el resto de países de la Entente la autorización, y una travesía por el Mediterráneo para entrar en Rusia por el sur quedaba descartada por ser demasiado larga y peligrosa.

Uno tras otro –disfraces, pasaportes falsos o extranjeros, cruzar ilegalmente todas las fronteras–, todos los planes para llegar hasta Petrogrado se fueron abandonando. Aunque el tren que lo llevaría a él y otros disidentes políticos hasta Rusia es lo más recordado de este episodio de la revolución, cómo se llegó a esta particular solución resulta no obstante una historia mucho más interesante y que no desmerecería figurar en una novela o película de espías.

El socialdemócrata alemán Alexander Parvus, un personaje controvertido y con numerosos, y en ocasiones turbios, contactos –motivo por el cual Lenin siempre mantuvo una prudente distancia–, sirvió de enlace con el embajador alemán en el Imperio otomano, Hans Freiherr von Wangenheim, quien consiguió la autorización de Berlín y facilitó los recursos para la operación. Lo que siguió fue una suerte de desafío soterrado entre Lenin y von Wagenheim por ver quién conseguía superar en astucia al otro y aprovecharse de él: mientras el embajador alemán veía en los bolcheviques un instrumento con el que desencadenar el desconcierto en Rusia, y evitar así que el nuevo Gobierno Provisional mantuviese sus compromisos bélicos con los aliados obligando a Alemania a seguir combatiendo simultáneamente en dos frentes, Lenin, por su parte, consideraba la ayuda alemana como un medio para sus propios fines, que eran la revolución socialista en Rusia y su propagación al resto del continente y del mundo.

Por pertenecer a un país neutral, los socialistas suizos fueron los encargados de mediar en las negociaciones entre los bolcheviques y los alemanes, que finalizaron el 4 de abril. El secretario general del Partido Socialista suizo, Fritz Platten, asumió la plena responsabilidad de la operación, que, a insistencia de Lenin, habría de realizarse con discreción. Con todo, los bolcheviques no pudieron evitar pese a todas sus precauciones la acusación de ser agentes del káiser.

El 9 de abril de 1917, a las 15:10 horas, los 32 exiliados rusos subieron a un tren en Zúrich. A pesar de los intentos de los bolcheviques, en la estación les aguardaba ya un grupo de airados emigrantes rusos, a cuyos insultos los viajeros respondieron cantando La Internacional y La Marsellesa. El tren les condujo hasta el municipio fronterizo de Gottmadingen, donde les esperaba el célebre tren alemán y dos oficiales del país con conocimientos de ruso. Lenin exigió que al tren se le asignase el estatus de extraterritorial –los guardias alemanes no podrían tener acceso a los documentos ni al equipaje de los viajeros– y que nadie pudiese entrar en él una vez comenzase el trayecto (de ahí la leyenda del tren “blindado”).

Desde el sur, el tren cruzaría todo el país hasta llegar a Sassnitz, en el norte de Alemania. Allí tomaron un ferry que los llevó hasta Trelleborg, en Suecia. El 13 de abril los bolcheviques rusos se desplazaron hasta Estocolmo, donde fueron recibidos por simpatizantes locales. El viaje continuaría poco después hasta Harapanda, desde donde cruzaron la frontera con Finlandia e hicieron escala en Tornio y Helsinki antes de tomar el tren definitivo a Petrogrado. Allí el clima político no parecía jugar a su favor. Según un testimonio, durante el receso de una sesión del Gobierno Provisional en marzo, Aleksandr Kerenski –el futuro primer ministro de Rusia, entonces ministro de Justicia– dijo en broma: “Espere, Lenin está de camino, entonces comenzará todo en serio”. El comentario fue recogido con risas.

 

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Manifestación de miembros del Partido Comunista ruso en 2013 en el centro de San Petersburgo. - AFP

 

 

Lenin llega a Petrogrado

 

El 16 de abril llegaba a la estación Finlandia, procedente de Helsinki, el vapor H2-293 de fabricación estadounidense. Hasta aquella fecha el Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia bolchevique (POSDR-b) –más conocido simplemente como Partido bolchevique– , como el resto de partidos demócratas y socialistas, había apoyado con más o menos reservas al Gobierno Provisional: de los 400 diputados del Soviet de Petrogrado, por ejemplo, sólo 19 votaron en contra de la transferencia de poder al Gobierno Provisional. “El problema fundamental es establecer una república democrática”, escribía el diario Pravda en su primer número. “El proletariado busca conseguir libertad para la lucha por el socialismo, su meta última”, afirmaba, por su parte, el Soviet de Moscú.

Los socialistas se atenían con ello a la hoja de ruta establecida por el marxismo ortodoxo de la Segunda Internacional, desarrollada a partir de una versión escolástica de los escritos de Marx y Engels según la cual el desarrollo capitalista era imprescindible para sentar las bases del socialismo. En los consejos de obreros y soldados el sentimiento era muy diferente, y la demanda a transferir todo el poder a los soviets, mayoritaria. El comité del barrio de Vyborg, por ejemplo, llegó a imprimir carteles con este llamamiento, un eslógan –“todo el poder a los soviets”– que después se haría mundialmente famoso.

El economista marxista Nikolái Sujánov nos ha legado una viva descripción –que Trotsky recoge en su Historia de la Revolución rusa– de la llegada de Lenin a Petrogrado. Una comitiva institucional aguardaba al dirigente bolchevique en la estación para entregarle un ramo de flores y recibirlo con honores, pero también desconfianza. “Lenin entró, o más bien corrió hasta la 'sala del zar' con su gorra, las mejillas tersas por el frío y un lujoso ramo de flores en sus brazos”, escribe Sujánov.

“Corriendo hasta el centro de la sala, se detuvo frente a [el presidente del Soviet de Petrogrado, Nikolái] Chjeidze como si hubiera encontrado un obstáculo completamente inesperado. Allí, Chjeidze, sin abandonar su apariencia melancólica, pronunció el siguiente 'discurso de gratitud' cuidadosamente, preservando no sólo el espíritu y la voz de un instructor moral: 'Camarada Lenin, en nombre del Soviet de Petrogrado y de la revolución toda, le doy la bienvenida a Rusia... pero consideramos que la principal tarea de la democracia revolucionaria ahora es defender nuestra revolución contra todo tipo de ataques, de dentro y de fuera... Esperamos que se una a nosotros en la consecución de este fin.' [...]"

Sujánov prosigue: "Lenin, según parece, sabía bien como lidiar con ello. Se mantuvo de pie observando, como si lo que estaba sucediendo no fuese con él, su mirada recorrió la sala, miró al público que le rodeaba e incluso examinó el techo de la 'sala del zar' mientras reordenaba el ramo de flores (que apenas armonizaba con su figura) y, finalmente, alejándose de los delegados del Comité Ejecutivo, 'respondió': 'Estimados camaradas, soldados, marinos y trabajadores, estoy contento de poder saludaros en la victoriosa revolución rusa, de saludaros como la vanguardia del ejército proletario internacional... la hora no está lejos, como nos recuerda nuestro camarada Karl Liebknecht, de que el pueblo apunte sus armas contra sus explotadores capitalistas... La revolución rusa que habéis conseguido ha abierto una nueva época".

El discurso de Lenin entusiasmó tanto a los soldados presentes que éstos pidieron que les acompañase al exterior para dirigirse desde uno de los vehículos blindados a una manifestación que había frente a la estación. “La noche entrante hizo la procesión especialmente impresionante”, escribe Sujánov. “Habiéndose apagado las luces de los blindados restantes, el penetrante rayo de luz del proyector del vehículo sobre el que Lenin se encontraba apuñalaba la noche. Y recortaba, en la oscuridad de las calles, a los grupos de excitados obreros, soldados y marinos, los mismos que habían conseguido la gran revolución y luego dejado que el poder se les escurriera entre los dedos. La banda de música dejó de tocar para permitir a Lenin repetir o variar su discurso ante la llegada de nuevos oyentes".

 

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Agujero en la estatua de Lenin tras el atentado en 2009. - AF

 

Frente a la estación, hoy reformada, se alza todavía un monumento soviético que recuerda aquel momento, y que en 2009 fue víctima de un atentado por parte de desconocidos, probablemente militantes de ultraderecha, que colocaron en el pedestal un explosivo que al detonar causó ligeros desperfectos en la estatua de bronce (concretamente un agujero de entre 80 y 100 centímetros en el abrigo de la figura de Lenin).

Desde la estación Finlandia, la comitiva se trasladó hasta la mansión Brandt –popularmente conocida como “el palacio de Kschessinska” debido a que en ella vivió la bailarina Mathilde Kschessinska, amante del zar Nicolás II–, que funcionaba como cuartel general de los bolcheviques luego de haberla requisado. “Nunca olvidaré aquel discurso atronador, sobrecogedor y asombroso no sólo para mí, un hereje que había entrado por accidente, sino para los creyentes, para todos ellos”, recuerda Sujánov. “Afirmo que nadie allí –continúa– había esperado algo parecido. Parecía como si los elementos y el espíritu de la destrucción universal hubiesen emergido de sus mazmorras, no conociendo obstáculo ni duda, ni dificultad personal o consideración personal, para sobrevolar la sala de banquetes del palacio de Kschessinska sobre las cabezas de los embrujados discípulos.”

Al día siguiente Lenin presentaría al partido un resumen de su discurso, conocido como las Tesis de abril, considerado ampliamente como uno de los documentos más importantes de la revolución, el que empujó a los trabajadores, soldados y marinos a cruzar el Rubicón.

 
Las tesis de abril

 

'Las tareas del proletariado para la presente revolución', que es el título oficial de las Tesis de abril, apareció en el diario Pravda el 20 de abril (7 de abril según el antiguo calendario juliano), y en él Lenin criticaba la política del Gobierno Provisional de mantener la guerra y no señalar un plazo para la convocatoria de una Asamblea Constituyente, y pedía retirarle todo apoyo.

“La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado”, sostenía Lenin. E inmediatamente llamaba a sus camaradas a intensificar la labor de propaganda con un programa sencillo y claro:

“Desenmascarar a este gobierno, que es un gobierno de capitalistas, en vez de propugnar la inadmisible e ilusoria 'exigencia' de que deje de ser imperialista. [...] Explicar a las masas que los soviets de diputados obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario y que, por ello, mientras este gobierno se someta a la influencia de la burguesía, nuestra misión sólo puede consistir en explicar los errores de su táctica de un modo paciente, sistemático, tenaz y adaptado especialmente a las necesidades prácticas de las masas. [... ] No una república parlamentaria -volver a ella desde los soviets de diputados obreros sería dar un paso atrás- sino una república de los soviets de diputados obreros y campesinos en todo el país”.

Entre las medidas a implantar por este futuro gobierno de consejos, Lenin mencionaba, entre otras, limitar la remuneración de los funcionarios públicos al salario medio de un obrero cualificado y hacerlos revocables en todo momento, nacionalizar las tierras y trasladar la cuestión de la reforma agraria a los consejos de campesinos o la creación de una banca pública nacional.

Las propuestas de Lenin no fueron acogidas con entusiasmo por sus correligionarios. El teórico marxista Gueorgui Plejánov las calificó de “delirantes” e incluso los editores de Pravda afirmaron que “en cuanto al esquema general del camarada Lenin, nos parece inaceptable, pues comienza con la asunción de que la revolución democrático-burguesa ha terminado, y cuenta con una inmediata transformación de esta revolución en una revolución socialista”. El propio Lenin se tomó estas reacciones con filosofía: “El pueblo ruso –dijo– es cien veces más revolucionario que nosotros”. La crisis política estaba abierta y los campos comenzaban a reorganizarse. El tablero para una segunda revolución estaba dispuesto.

 

 

Publicado enCultura
Domingo, 16 Abril 2017 07:33

Cuba: problemas y desafíos

Cuba: problemas y desafíos

 

A lo anteriormente expuesto (y propuesto) en mis tres artículos pasados, que me vi obligado a dividir por razones de espacio en nuestro periódico, agrego ahora, que para salir del marasmo económico y dar una sacudida saludable a la población es ineludible un aumento general de salarios para estimular la productividad y un plan general de creación de empleo basado en un censo popular de las necesidades fijadas por los habitantes en asambleas barriales, localidad por la localidad. Con los ahorros que dejaría la reducción de la burocracia y de sus procedimientos y trabas, se podría invertir aún más de lo que se hace actualmente en ciencia y tecnología para dar trabajo al excedente importante de trabajadores calificados y evitar tanto su emigración como el subempleo de la capacidades crecientes resultantes de la revolución en el plano educativo.

Los velos que ocultan a los cubanos su propia historia se deben eliminar. No es posible mantener los vetos stalinistas que impiden conocer realmente qué hicieron antes y después de 1959 todas las tendencias, en particular las que se reclaman del movimiento obrero (comunistas, trotskistas, anarquistas). No es posible evitar un balance de porqué se derrumbó la Unión Soviética sin disparar un solo tiro y sin que los millones de miembros de su partido burocratizado movieran un dedo. No es posible ignorar porqué se disolvió el Partido Comunista más grande de Occidente (el PC italiano) y sus restos se hicieron social-liberales y porqué agonizan los partidos comunistas francés y español. Quien no conoce su propia historia, repite los groseros errores de pasado y no puede recoger los aciertos.

Lo más urgente es estimular por todos los modos posibles una real participación popular en la elaboración y discusión de los lineamientos para cada sector de la vida nacional, y no sólo en la aprobación plebiscitaria a posteriori de lo decidido por el aparato estatal.

La imitación de lo que era el resultado negativo de la historia rusa y el voluntarismo bien intencionado costaron muy caro a la revolución y al pueblo cubanos. No hay modelos externos. Cuba no es China ni es Vietnam. Tiene solamente 12 millones de habitantes, los recursos son escasos y, sobre todo, carece de campesinos y de un sector rural que pueda permitir la acumulación de capital para una mayor industrialización. A Cuba no van a afluir grandes inversiones capitalistas atraídas por la magnitud del mercado (que es muy pequeño). Trump se encargará además de dificultar otras inversiones menores y el comercio de la isla, que sigue dependiendo del pago con sus propios recursos. Aunque la autarquía es imposible, sólo podrá contar con el ahorro de los cubanos, con las remesas de los cubanos, con la decisión y resistencia de los cubanos. La democracia y las libertades políticas son fundamentales porque aseguran consenso, indispensable para enfrentar al imperialismo, su bloqueo y las crecientes dificultades resultantes de la crisis de los gobiernos progresistas, como el venezolano, que podrían verse obligados a no dar más créditos ni apoyos a Cuba. Como el mítico gigante Anteo, sólo el estrecho contacto con el pueblo cubano puede salvar la revolución.

Ni Rusia ni China (no hablemos del trágico régimen dinástico de Corea del Norte) son socialistas. Rusia y China tienen sus propios intereses nacionalistas y desconocen la solidaridad internacionalista mientras, por el contrario, deben resolver prioritariamente el problema que les presenta la presidencia Trump en la principal potencia militar y económica mundial. Por supuesto, si hubiese inversiones y ayuda de esos países, serían más que bienvenidas, pero Cuba, como el resto del mundo, para Moscú y para Beijing es algo negociable con Estados Unidos.

La identificación en Cuba entre el partido y el Estado hizo que La Habana antes que todos reconociese a Salinas de Gortari como presidente y que el PC cubano callase sobre el fraude cometido contra un defensor de la revolución cubana, o que Cuba apoyase en la guerra de Las Malvinas a la dictadura anticomunista argentina sin que el PC cubano se diferenciase en esto del Estado.

La política exterior del Estado capitalista cubano no podrá evitar acuerdos o incluso concesiones a otros estados, pero el Partido Comunista debe explicar constantemente el precio que el Estado cubano deberá pagar y las posibles consecuencias negativas de esos acuerdos o de esas concesiones. Eso es urgente, sobre todo porque en América Latina, donde el apoyo de los pueblos es fundamental para Cuba frente al imperialismo, los gobiernos burgueses serán cada vez más proimperialistas y cada vez más represivos y se están incubando estallidos sociales por doquier y la relación gobierno-gobierno para Cuba es cada vez menos importante y en cambio es más indispensable retornar a 1960, cuando Cuba era un faro, una esperanza.

No dispongo de espacio suficiente para seguir sugiriendo lo que otros ya están exponiendo en Cuba misma. Sólo puedo afirmar que sólo una campaña masiva de autocrítica con amplia participación de todos hará posible sacudirse la burocracia y que sin ella se corre un serio riesgo de desarrollo del capitalismo mafioso, no del socialismo.

El mundo vive en su momento más negro pues ni siquiera es segura la supervivencia de la civilización en el caso de una gran catástrofe ecológica marcada por sequías, tornados, inundaciones, elevación de los mares o de una guerra entre potencias nucleares. Es también el periodo más negro de la historia cubana y no hay mucho tiempo para reaccionar. Marx decía que la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos. Ahora su salvación y la de la humanidad están en manos del trabajador colectivo, de los que producen todo y son oprimidos.

¡Qué los trabajadores realmente decidan!

 

 

Ver notas anteriores:

 

Cuba, problemas y desafíos (I)

Cuba, problemas y desafíos (II)

Cuba, problemas y desafíos (III)

 

Publicado enInternacional
Domingo, 02 Abril 2017 07:40

Cuba: problemas y desafíos

Encuentro entre Fidel Castro y Nikita Jrushchov.



El socialismo es un sistema plenamente democrático basado en la abundancia y la autogestión generalizada y en comunas libres y asociadas y conduce gradualmente a la desaparición del Estado. Obviamente, esta definición no corresponde a la realidad cubana. Por eso Fidel Castro daba por sentado que en Cuba no existía el socialismo y que éste era aún una meta a alcanzar. Sólo los enemigos del socialismo –para desprestigiar la idea de una alternativa– y los nostálgicos de Stalin dicen hoy que la isla es socialista y que el socialismo se puede construir en un solo país, para colmo pobre y con apenas 12 millones de habitantes.

La revolución democrática y antimperialista cubana se realizó en una colonia virtual de Estados Unidos. Se vio obligada por eso a recurrir a los sucesores de Stalin poco después de la muerte de éste. Es decir, en un momento en que en la Unión Soviética comenzaban a quedar atrás el terror y la reconstrucción del nacionalismo imperial, de los uniformes y jerarquías de la burocracia, de los grados militares y del papel de la Iglesia ortodoxa como pilar del orden que con Stalin habían sido un inmundo eructo de la vieja historia rusa.

La Unión Soviética hasta la desaparición de los soviets, la muerte de Lenin, el triunfo de Stalin y el fin de la democracia interna en el partido bolchevique, en 1923, fue un esfuerzo heroico por comenzar a construir el socialismo en un Estado atrasado, aún capitalista. Después, bajo Stalin buscó su modernización capitalista acelerada a la rusa, como Pedro el Grande, con un Estado autoritario y burocrático que en lo económico copiaba del capitalismo avanzado técnicas y modos de producción y dominación.

Rusia pasó en el siglo pasado por tres revoluciones: la de 1905, democrática, que fue aplastada; la de febrero de 1917, también democrático burguesa, dirigida por los partidos socialistas, que se hundió en el caos, y la democrático socialista de octubre, que culminó con la destrucción del capitalismo y el esfuerzo por construir el socialismo y que tuvo al partido de Lenin y Trotsky como instrumento, mucho más que como dirección.

Esta revolución consiguió impedir que Rusia cayese bajo una dictadura militar y se convirtiese en semicolonia francoinglesa, abrió el camino al desarrollo cultural y técnico del país y modificó el mundo, pero a costa de una terrible guerra civil y una hambruna que hicieron que la economía retrocediese 20 años. El resultado, triunfante Stalin, fue un capitalismo de Estado propietario de las tierras y de los medios de producción, en el que debido a la incultura de los obreros y el analfabetismo generalizado, el personal estatal y las costumbres fueron mayoritariamente heredados del zarismo.

El pequeño partido socialista revolucionario, rápidamente asfixiado por su burocratización, fue tragado por el Estado capitalista con el cual se había identificado. En la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el Estado era dueño de todo, pero la burocracia estatal –y no el partido– era quien gobernaba, y sin tener la propiedad jurídica de los medios de producción, los controlaba y disfrutaba de modo privado. Los altos jefes del partido eran al mismo tiempo ministros y miembros de ese aparato burocrático estatal, conservador y contrario a toda innovación.

Esa capa ahogaba a la sociedad. Una reforma de la burocracia con métodos burocráticos y desde la propia burocracia era imposible, como demostrarían la reforma Kossygin de 1965 o el intento de reforma de Andropov en 1982, aleccionado por el levantamiento de los consejos obreros húngaros que había presenciado y por lo que pudo medir después como jefe de la KGB en la URSS misma.

Fue esa burocracia la que dio un abrazo de oso a la revolución cubana, a la que inicialmente se había opuesto y a la que sólo reconoció dos años después de su triunfo, pues consideraba a Fidel Castro y sus compañeros aventureros pequeño burgueses.

Cuba, desde 1960, tuvo así un Estado capitalista con un gobierno revolucionario antimperialista sin tener aún un partido socialista revolucionario. Su alianza con la Unión Soviética le impuso después una organización y formas de funcionamiento heredadas del estalinismo, como el partido único monolítico, sin democracia interna, la fusión entre ese partido y el Estado capitalista, la sumisión del primero al segundo y la planificación burocrática centralizada.

Sin embargo, Cuba jamás fue un instrumento del Kremlin y ya en la crisis de los cohetes en 1962 demostró su independencia y su capacidad crítica, y aunque su partido está burocratizado, carece de vida interna democrática y es un instrumento conservador, tiene aún en sus filas a muchos socialistas sinceros y revolucionarios.

Esa es una de las bases del consenso de que goza aún, pese a todo, el gobierno cubano. Pero la principal base de dicho consenso es la certidumbre de que si Estados Unidos lograse acabar con los restos de las conquistas de la revolución cubana, Cuba sería una colonia sólo formalmente independiente, como Santo Domingo o Panamá.

El estalinismo logró que la palabra socialismo sea odiosa incluso en países con gran tradición socialista, como Checoslovaquia, Hungría y Alemania. Por eso, cuando la URSS se disolvió de modo inglorioso y los burócratas se transformaron en capitalistas mafiosos, el Pacto de Varsovia se derrumbó como un castillo de naipes, pero no así Cuba. Ésta resistió como a pesar del estalinismo resistieron los soviéticos a la invasión nazi, salvando al mundo de un triunfo del nazifascismo desde Cádiz a Vladivostok, pues sus habitantes, antes que ser esclavos preferían morir.

El antimperialismo subsiste porque tiene sus raíces en la historia cubana y es un factor importante, a pesar de la despolitización de la juventud cubana actual, resultante de décadas de crisis económica y de una creciente contradicción entre su nivel de preparación y de cultura y el burocratismo asfixiante, y no obstante la pérdida de prestigio de un equipo que no cuenta ya con Fidel. Esa es la base para el optimismo (sigue).


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Algunas reflexiones sobre los sujetos en la historia

La denominación “Ensayo General” le fue atribuida al levantamiento ruso de 1905 por parte de algunos de los protagonistas de aquel periodo revolucionario cuyo punto culminante fue Octubre de 1917. Y, en efecto, aquel suministró los ingredientes principales de éste: huelga general, insurrección y, especialmente, Consejos Obreros (Soviets). Sin embargo, la idea de “ensayo”, que parece un acto de voluntad por parte de un actor, se presta a un gran equívoco. Todo sucede como si tal actor, omnisciente y poderoso, pudiera jugar con la historia mediante un ejercicio de prueba y error. Lo peor es que ese actor pretende haber existido: el Partido. En esa medida aquellos que hemos denominado protagonistas se convierten en artífices de los acontecimientos históricos, en titiriteros de los sujetos sociales.

 

Nada más equivocado, los autores de la denominación se referían, en sentido figurado, a la Historia o, cuando más, a la clase obrera, considerada como el sujeto social de la revolución, en el entendido, claro está, de que este sujeto se construye y se reconstruye permanentemente. Es el propio proceso el que produce, mediante sucesivas diferenciaciones, dentro de los conjuntos sociales, los activistas, los dirigentes, las corrientes ideológicas, las diversas formas organizativas que se decantan. Dicho de otra manera: los partidos deben ser, a su vez, explicados históricamente. Y es un efecto del conjunto de la sociedad en todas sus dimensiones, tanto económicas como sociales, tanto políticas como culturales. Justamente es uno de los rasgos más asombrosos y maravillosos de un periodo revolucionario.

 

I

 

El Imperio Ruso de principios del Siglo XX, con sus contradicciones y paradojas, nos ofrece una contundente demostración. Nada de lo ocurrido se podría explicar si no tuviéramos en cuenta, entre otros elementos históricos, sus alcances en el campo de la cultura cuyas contribuciones sobra recordar; la formación de una notable capa de intelectuales obligada a permanecer por largos períodos en el exilio, en las fértiles y agitadas capitales europeas; el trauma de las guerras frecuentes que colocaba en el primer plano de la sociedad un enorme ejército; la incesante insubordinación de las múltiples nacionalidades oprimidas, y, en fin, la resistencia sorda y no pocas veces violenta de campesinos y obreros sometidos a una inmisericorde explotación.


Los diversos elementos se alternan y se combinan en diversas proporciones, se fusionan o se diferencian, especialmente en esos periodos vertiginosos de revolución. Para colmo de las paradojas, en 1905 se pone de presente un componente religioso: es un cura, el pope Gapón, quien promueve la gran manifestación para llevar al Zar una simple súplica confiada que fue respondida de manera violenta en lo que se conoció como el Domingo sangriento de San Petersburgo. Era él quien había promovido la primera y más amplia organización “legal” –sociedad de obreros de talleres y fábricas– en un momento en que todas eran prohibidas. No gratuitamente, algunos han señalado que uno de los principales logros de aquella revolución fue precisamente la pérdida definitiva del respeto y la confianza en el Zar a quien el pueblo con sentimiento religioso consideraba su “padrecito”.

 

Este acontecimiento decisivo puso a prueba todo lo que había de manifestaciones y núcleos revolucionarios que se activaron una vez puesta en marcha la confrontación y hasta su derrota definitiva en diciembre de 1905. Y no eran pocos, aunque puede decirse que su fortalecimiento, tanto organizativo –con centenares de nuevos activistas hasta entonces sin partido– como en su presencia pública e influencia, fue un resultado del propio levantamiento. Ya se encontraban, el Partido Socialista Revolucionario, el Partido Obrero Socialdemócrata y diversos grupos anarquistas1, pero no fue por su iniciativa que se gestó esta revolución. El primero, sin duda el más amplio, tenía, sin embargo, su mayor implantación en el campesinado, de acuerdo con la tradición rusa de los grupos de intelectuales que miraban hacia el mundo rural como fuente original de la redención social. En eso se diferenciaban los socialdemócratas cuyo objetivo explícito era el proletariado. Hay que tener en cuenta, además, que, hundiendo sus raíces en el populismo de finales del siglo XIX, la mayoría de todos estos núcleos desarrollaban en el territorio ruso, obligados en cierta forma por las circunstancias, una práctica conspirativa, y algunos no renunciaban al terrorismo y al atentado personal.

 

II

 

La utilización del término “núcleos” y no Partidos, no es gratuita, corresponde a la realidad organizativa. Y cabe aquí resaltar un rasgo fundamental de la experiencia rusa, el desarrollo organizativo en dos planos geográficos: el de la emigración y el clandestino del territorio ruso; no siempre en armonía. Los Partidos acababan de formarse, a instancias, principalmente, de los grupos en el exilio: el Social Revolucionario en 1901 y el Posdr en su segundo congreso de 1903 (el primero en 1898 había sido prácticamente simbólico). Justamente, el principal problema abordado en dicho Congreso (Lenin: “¿Qué Hacer?”) era la resistencia de la multiplicidad de núcleos socialdemócratas existente en Rusia a conformarse como un movimiento nacional integrado. Al desatarse el proceso revolucionario ya se había producido, por lo tanto, la escisión en bolcheviques y mencheviques, sin embargo, a la mayoría de los socialdemócratas revolucionarios los tenía sin cuidado; todos aspiraban, en su fuero interno, a la conservación de la unidad, sentimiento que se mantuvo hasta muchos años después. Cuando Trotski, que había entrado clandestinamente a Rusia en marzo de 1905, fue nombrado Presidente del primer Soviet de Petersburgo, era en la práctica un socialdemócrata independiente; en 1917 sería acogido por el “Comité Interdistrital de San Petersburgo” (ni bolchevique ni menchevique) presidido por Riazánov el futuro Director del Instituto Marx-Engels de Moscú2. En todo caso, la participación del conjunto de los revolucionarios fue notable. Muchos son los nombres que se podrían mencionar, por ejemplo Krasin que dirigía la estructura en Kíev, el eje de la organización clandestina del Posdr, o Uritsky quien sería después uno de los organizadores de la insurrección de octubre. Y otros, incluidos social revolucionarios, mencheviques, y anarquistas3. Muchos olvidados a pesar del papel destacado que jugaron en su momento.

 

III

 

El período que va de 1907 a 1914, que algunos denominan de la pausa o del receso, en realidad se puede subdividir en dos fases superpuestas y contrapuestas. En la primera continúa la represión más despiadada; a los asesinatos y ejecuciones se suman las deportaciones y el exilio. La vanguardia revolucionaria es diezmada. En Rusia prosiguen las labores en las condiciones de la más estricta clandestinidad las cuales impedían generalmente las consultas con la organización de los emigrados establecida en Europa. La acción directa militar vuelve a florecer; incluso en contra de las orientaciones de la dirección. Los socialistas revolucionarios forman la Organización de Combate; entre los socialdemócratas, los grupos de choque bolcheviques, especialmente en el Cáucaso donde encontramos por primera vez al poco conocido y sombrío Josef Dzhugasvili, el futuro Stalin. Pero en la segunda fase renacen y se fortalecen las organizaciones. Ingresa una nueva generación de revolucionarios tanto en Rusia como en la emigración, que se suman a los veteranos como Lenin en el Posdr y Chernov en el Partido Socialrevolucionario. Algunos nombres conocidos como Zinoviev, Kamenev y Bujarin y otros menos como Bogdanov, Radin, Sverchkov, Zlydianov y Volodarsky. Y vale la pena resaltar la figura eminente de la socialrevolucionaria María Spiridonova reconocida unánimemente en su momento. Provienen de diferentes clases y grupos sociales. Aquí debe subrayarse una vez más la contribución de soldados y marinos rebeldes, como rasgo específico de la revolución rusa. Antonov-Ovseienko, uno de los insubordinados de 1905, tendría después el comando de la insurrección de Octubre al frente de los Guardias Rojos.

 

Todos resultan involucrados en los grandes debates internacionales propiciados por la primera Guerra Mundial y por supuesto en la angustiosa y terrible situación producida por la misma dentro de la sociedad rusa. Es esta élite, que se entremezcla con miles y miles de activistas, con diversos grados de formación política, de compromiso y de actividad cotidiana, la que se encuentra al inicio de la crisis revolucionaria de 1917. Y fue esta coyuntura la que propició tanto el crecimiento de las organizaciones como la profundización de las divisiones. No obstante, como ya se dijo en una entrega anterior de esta serie4, la revolución de febrero se produjo sin que la hubieran previsto y mucho menos organizado los diferentes Partidos. Luego, en posteriores entregas, nos referiremos con algún detalle al desarrollo de los acontecimientos hasta su punto culminante. Por el momento, bástenos saber que en el breve pero intenso periodo que va hasta octubre es cuando se producen los cambios subjetivos más importantes.

 

Dos nuevos rasgos de la situación deberían añadirse. En primer lugar, el retorno de los emigrados. Entre ellos, Lenin en Abril, en una operación (el vagón “precintado”) que fue tan famosa como desgraciada por ser fuente de calumnias, y Trotski, en mayo. Atrás habían quedado las minucias doctrinarias del exilio. Así como los valiosos predecesores: Plejanov, Axelrod y la legendaria Vera Zasúlich. Se mantuvieron, aunque bajo una nueva luz, Mártov y Potrésov. La discusión se daba ahora con la referencia de la acción.

 

En segundo lugar, la reaparición de las agrupaciones anarquistas, que habían sido bastante golpeadas durante la represión y se habían extendido principalmente entre los campesinos. Estas agrupaciones fueron fundamentales tanto en las acciones como en la profundización del debate político, primero al lado de los Bolcheviques (y los socialrevolucionarios maximalistas) a propósito del carácter anti-burgués de la revolución, y luego en contra suya en la definición de la naturaleza del poder a construir. Se pueden recordar nombres como los de Gastev y Goltsman en el sindicato panruso del metal pero, sobre todo, en el movimiento de los comités de fábrica (Fabzabkoms) los de Maksímov, Petrovsky y Shatov. También Arshinov y Rybin, para no mencionar a Volin, antes citado. Fue el marinero anarquista Zhelezniakov quien tuvo a su cargo la disolución de la Asamblea Constituyente5.

 

IV

 

El punto clave y referente indiscutido de las definiciones y los deslindes era, en efecto, el Consejo Obrero. La consigna propugnada por Lenin era “Todo el poder a los Soviets” y el partido Bolchevique era consecuente con ella, a pesar de que en un principio era absoluta minoría, correspondiendo la mayoría, de manera abrumadora, a los social-revolucionarios y los mencheviques. Estos reflejaban, ciertamente, el estado de ánimo y de conciencia de los sectores populares; pero la composición va cambiando a medida que se desenvuelve la confrontación de las fuerzas. A pesar de la insistencia de esa mayoría (a partir de cierto momento, también en el Gobierno Provisional, con Kerensky) en el sentido de que el poder le correspondía por derecho propio a la burguesía, lo cierto es que esta clase carecía por completo de capacidad política y en la realidad se presentaba una dualidad de poder. A medida que se va revelando la auténtica realidad, emerge la subjetividad obrera y van tomando fuerza quienes tienen la mayor claridad y la mayor capacidad para tomar decisiones. Entre tanto, urgidos de definiciones acordes con la realidad, los socialrevolucionarios se dividen dando lugar a los maximalistas y a los socialistas revolucionarios de izquierda. A principios de septiembre ya los bolcheviques tienen mayoría en el Soviet de Petrogrado y semanas después en todo el país.

 

La fracción Bolchevique, que Lenin en 1912, renunciando a cualquier intento de reunificación, había declarado oficialmente como “El Partido”, asume un papel decisivo, absorbiendo grupos y personas de otras formaciones pero sobre todo a los “sin-partido”, dada su capacidad orgánica como núcleo aglutinante. Aunque las decisiones se tomaban en el órgano de poder amplio y legítimo de los Soviets, y así se materializó con la realización del Segundo Congreso de los Soviets de toda Rusia, base de la insurrección, era necesaria una organización con capacidad operativa –conspirativa–que pudiera no sólo ofrecer respuestas inmediatas en el momento que se necesitaban sino asegurar una preparación militar eficiente para la insurrección.

 

No cabe duda que en estos días luminosos quienes se destacaban y eran reconocidos directamente por las gentes del pueblo, como agitadores y propagandistas, como orientadores y dirigentes, eran, además de Trotski, Lunacharsky, Volodarsky y la maravillosa Alexandra Kolontai. Lenin, aunque casi invisible (tuvo que refugiarse después de las jornadas de julio en Finlandia) era, sin embargo, reconocido por su historia y, en el momento, admirado como el artífice de las condiciones para el éxito de la revolución proletaria. Como lo decía el propio Lunacharsky: el genio político de Lenin se revelaba en otra parte: en el trabajo de organización.

 

* * *

 

En fin, en estos meses de revolución los acontecimientos se atropellan y los sujetos tanto sociales como políticos, se transforman y se relevan, así como los innumerables personajes y líderes cuya importancia es indiscutible. En realidad, no se trata del viejo problema del papel del individuo en la historia sino de la historicidad de todos los sujetos. Lo que sucede es que la historiografía –que no la Historia– tiende a decantar y a seleccionar a partir del desenlace, lo cual conlleva una cierta tergiversación. Bien se dice que la historia la escriben los vencedores. Pero hay algo más importante: el papel de los sucesos posteriores, que en el caso de la revolución rusa significó una selección de hecho. Habría que retomar la tesis de Negri, según la cual el “poder constituyente” es la multiplicidad, el florecimiento de las ideas y las opciones, en cambio el “poder constituído” es la historia congelada en donde la necesidad de afirmación propicia la voluntad autoritaria y se detiene el movimiento.

 


1 A. Dubovik, “Los anarquistas rusos en el movimiento obrero a principios del siglo XX”. www.regeneracionlibertaria.org
2 I. Deutscher, “Trotsky, El Profeta Armado” Ediciones ERA, México, 1966
3 M. Eichenbaum-Volin, “La revolución desconocida”. http://www.portaloaca.com/historia/
4 Periódico desdeabajo, Nº232, febrero de 2017.
5 Además de Dubovik antes citado, puede consultarse A. Gorelin, “El anarquismo en la revolución rusa” (1922) en la compilación de Mintz, Buenos Aires, 2007 y la clásica obra de D. Guerin: “El Anarquismo”. Editorial Antorcha, 1984. O Antorcha virtual: www.antorcha.net

 


 

Recuadro 1

 

Lenin: Una impresión

 

Por Bertrand Russell*

 

La muerte de Lenin empobrece al mundo debido a la pérdida de uno de los hombres realmente grandes producidos por la guerra. Parece probable que nuestra era quedará en la historia como aquella de Lenin y de Einstein –los dos hombres que han logrado en un gran trabajo de síntesis, en una época analítica, uno en el pensamiento, y el otro en la acción. Lenin aparecía ante la indignada burguesía del mundo como un destructor, pero no fue el trabajo de destrucción lo que lo volvió preeminente. Otros podrían haber destruido, pero dudo que otro hombre vivo pudiera haber construido tan bien las nuevas fundaciones. Su mente era ordenada y creativa: era un constructor filosófico de sistemas en la esfera de la práctica. En las revoluciones, tres tipos de hombres pasan al primer plano. Están aquellos que aman la revolución porque tienen un temperamento anárquico y turbulento. Están aquellos que han sido amargados por agobios personales. Y están aquellos que tienen una concepción determinada de una sociedad diferente de la cual existe, quienes, si es que la revolución tiene éxito, se ponen a trabajar para crear un mundo estable de acuerdo con esta concepción. Lenin pertenecía a este tercer tipo– el más raro, pero por lejos el más benéfico de los tres.

 

Sólo una vez vi a Lenin: tuve una conversación de una hora con él en su habitación en el Kremlin en 1920. Pensé que se parecía más a Cromwell que a cualquier otro personaje histórico. Tal como Cromwell, se vio obligado a entrar en una dictadura por ser el único hombre competente de cosas en un movimiento popular. Tal como Cromwell, combinó una ortodoxia estrecha en pensamiento con una gran destreza y adaptabilidad para la acción, aunque nunca se permitió a si mismo terminar en concesiones que no tuvieran ningún otro propósito que el establecimiento del Comunismo. Él apareció, tal como era, completamente sincero y desprovisto de egoísmo. Estoy persuadido en que él sólo se preocupó por fines públicos, y no en su propio poder; creo que él habría dado un paso al costado en cualquier momento si, por medio de realizarlo, podría haber avanzado en la causa del Comunismo.

 

Su fuerza en la acción provino de una convicción inquebrantable. Sostenía sus creencias de un modo absoluto el cual es difícil en el Occidente más escéptico. Otras creencias apartes de las de él –por ejemplo, la creencia de que el clima o la raza podían afectar el carácter nacional de modos no explicables por causas económicas –las consideraba herejías de la burguesía o del sacerdotado. La llegada final del comunismo la consideraba como destinada, demostrable científicamente, tan certera como la llegada del próximo eclipse del sol. Esto lo mantuvo calmo en medio de las dificultades, heroico en medio de los peligros, capaz de considerar la totalidad de la Revolución Rusa como un episodio de la lucha mundial. En los primeros meses del régimen Bolchevique, él esperaba la caída en cualquier minuto; dudo si es que Scotland Yard estuviese más sorprendido por su éxito que lo que él estaba. Pero era un verdadero internacionalista; sentía que si la Revolución Rusa fracasaba, de todos modos habría acercado la revolución mundial.

 

La intensidad de sus convicciones, mientras que era la fuente de su fortaleza, también era la fuente de cierta crueldad y cierta rigidez de perspectiva. Él no podía creer que un país pudiese diferir de otro a excepción por la etapa del desarrollo económico que habían alcanzado. En mi registro de la entrevista que tuve con él, escrita inmediatamente después, encontré lo siguiente: “Le pregunté si es que y qué tan lejos él reconocida la peculiaridad de las condiciones inglesas. Él admitió que hay pocas probabilidades de revolución ahora, y que el hombre trabajador aún no será disgustado con el gobierno parlamentario. Espera que este resultado pueda ser provocado por un ministro del trabajo. Pero cuando le sugerí que lo que sea posible en Inglaterra pueda que ocurra sin derramamiento de sangre, él despidió a la sugerencia como siendo fantástica”. Espero que su opinión haya sido errónea. Pero fue parte integrante de lo que hizo su fuerza, y que sin su credo él nunca hubiera dominado a las fuerzas salvajes que habían sido desatadas en Rusia. Hombres de Estado de este calibre no aparecen en el mundo más que una vez por siglo, y pocos de nosotros puede que vivan para ver a un igual.

 

* Escritor británico, Premio Nobel de Literatura en 1950; humanista y activista social fundador del conocido Tribunal Russell que encargó de investigar y evaluar la política exterior de Estados Unidos y su intervención militar en Asia.

Publicado enEdición Nº233
Fidel: encarnación de símbolos y sueños

Sierra Maestra es hoy un lugar tan mítico como Macondo, pero no ciertamente por ser un producto de la imaginación, sino por la riqueza de interpretaciones y significados a los que da lugar. Y como todo sitio legendario también cuenta con personajes excepcionales que en su caso están presididos por dos seres que ya le pertenecen a la historia: Fidel Castro y el Che Guevara. Ahora, dado que todos los hitos alegóricos encierran una moraleja, una advertencia o un camino a un ideal, bien vale la pena preguntarse ¿Cuáles son los dispositivos que convierten a Sierra Maestra en un arquetipo en el inconsciente colectivo de la humanidad? Pues bien, más allá de respuestas taxativas, la explicación seguramente está contenida en el entorno global en el que la gesta de Sierra Maestra surgió envuelta, y que con el tiempo encarnó como símbolo de los valores que la impulsaron.

 

En una primera mirada saltan ante nuestros ojos hechos como que el descenso victorioso de los guerrilleros desde ese icónico paraje en 1959 tiene lugar, por ejemplo, cuando la guerra de independencia de Argelia -sucedida entre 1954 y 1962-, alcanza cotas elevadas de brutalidad represiva por parte de Francia, la potencia ocupante, desnudando ante el mundo las realidades de un capitalismo que en el Centro exhibía orgulloso la cara de un consumismo lujurioso que, por contraste, tenía su contracara en la miseria de las regiones que proporcionaban las materias básicas con las que las élites y las clases medias de ese Centro ostentaban registros de derroche material que ni siquiera esos mismos países han vuelto a experimentar. Sierra Maestra queda así convertida en un emblema, por ser una de las primeras muestras exitosas de la última oleada de descolonización, que si bien en el caso de Cuba no es formal, sí representa un proceso de liberación de los nuevos yugos impuestos por el capital transnacional.

 

De otro lado, en los Estados Unidos, el movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos -periodizado por los historiadores entre 1955 y 1968-, traslucía el interior de una sociedad segregada que en medio del derroche consumista de la población blanca negaba la condición humana a una parte importante de sus connacionales, por el color de su piel. Nombres como los de Martin Luther King y Malcom X, pero fundamentalmente éste último, que empieza a ocupar un lugar protagónico desde 1959 cuando presenta en la televisión de Nueva York el programa “El odio que produce el odio” -donde ensalza los ideales de la Nación del Islam y denuncia a los supremacistas blancos-, son un ejemplo de los esfuerzos de descolonización interior que en los países multiculturales emprenden los grupos étnicos subordinados. Malcom X reclamó, con soberbia, un papel protagónico para su gente y el derecho de los suyos a decidir su propio destino, ilustrando ese aspecto macabro del capital que implica que el bienestar de unos tiene como consecuencia la marginación del “Otro”. Malcom X y Fidel Castro tuvieron la oportunidad de conocerse y reunirse en Nueva York, cuando Fidel viajó a la asamblea de las Naciones Unidas en 1960, y coincidieron en que sus luchas formaban parte de los mismos sueños.

 

La matanza de al menos 200 argelinos durante una manifestación pacífica en París, en octubre de 1961, y que como reacción dio lugar a la creación de movimientos estudiantiles como el Comité Anticolonialista y el Frente Universitario Antifascista, fueron los gérmenes en los que incubó el gran movimiento de Mayo del 68, quizá la más grande revuelta estudiantil que el mundo haya visto, y que derivó en una huelga general de trabajadores con la participación de al menos 9 millones de obreros. La réplica del 68 en América Latina tuvo en la matanza de estudiantes de Tlatelolco, ese mismo año, la muestra de lo que fue la respuesta a los reclamos populares y a las manifestaciones de rebeldía de los jóvenes en nuestro continente. Las dictaduras militares del Cono Sur que la sucedieron, enmarcadas en una represión generalizada de tintes violentos, fueron los instrumentos que prepararon el terreno a la aplicación de las políticas ultraliberales -que aún siguen siendo doctrina convencional-, iniciadas en la década del setenta, por esos mismos gobiernos militares. De tal suerte, que la aureola de la revolución cubana, hija del triunfo de los guerrilleros de Sierra Maestra, no puede entenderse sin conocer el ambiente anticolonialista y de resistencia a los poderes centrales del que hizo parte, pues como es archiconocido, Cuba había sido convertida en el centro del juego y la prostitución regentados por las mafias norteamericanas, con la anuencia tácita del poder político de ese país.

 

La presencia del Che como guerrillero en el Congo, entre abril y noviembre de 1965, y los contactos que en esa ocasión estableciera con el Movimiento Popular para la Liberación de Angola y su líder Agostinho Neto, fueron el antecedente de la llamada Operación Carlota de 1975, en la que Cuba intervino de forma directa, desde noviembre de ese año, para sostener el gobierno de Luanda que encabezaba Neto. Es pues la coherencia y solidaridad con el compromiso anticolonialista un hecho innegable de la revolución cubana y de sus principales actores, y un símbolo de su entereza.

 

El movimiento contracultural y el anticapitalismo

 

En 1956 -año del arribo de los rebeldes a bordo del Granma a las costas cubanas- Allen Ginsberg, escritor norteamericano y una de las figuras centrales del movimiento Beatnik, publica el poema El aullido, que ya en su título refleja lo que fue la estentórea reacción de una generación que descubrió el desencanto de una vida burguesa aherrojada en las bodegas de las fábricas o en los cubículos de las oficinas, y cuyo mayor entretenimiento consistía en cegar el prado de su casa suburbana de madera y lavar el carro particular los fines de semana. El aullido es simultáneamente queja y amenaza, pero también comunicación estridente entre congéneres que en la inauguración del grito contracultural, en la meca del consumo, denunció el lado más oscuro de las vidas grises de la uniformidad masiva y acompasada de los horarios sincronizados del capital.

 

En el poema, Ginsberg hace desfilar la bencedrina y el peyote al lado del zen, Plotino y San Juan de la Cruz, el jazz y el sexo, los paisajes duros de Denver y Nueva York, la adoración al dólar, a la electricidad y los bancos, así como la búsqueda incesante de ignorar los lloros de los más jóvenes en los ejércitos y de los más viejos en los parques, en un mosaico de imágenes que reflejan lo absurdo de una heterogeneidad de situaciones contradictorias. En fin, ese grito encarnó masivamente en el hipismo que terminó representando, en algunos aspectos, el rechazo a esa vida falsamente complaciente de las clases medias y que tuvo en la denuncia de la guerra colonialista de Vietnam su acusación más trascendente a la faceta más oscura de la era industrial.

 

El rock como ruptura con los lentos y sincrónicos ritmos del pasado, y la anticoncepción como instrumento de domesticación de los efectos no deseados del encuentro de los cuerpos, permitió a las mujeres una mayor apropiación de sus vidas que ahora el capital introducía masivamente en las fábricas, sumando a la desconexión cultural con el pasado inmediato, comportamientos poco convencionales que significaron un giro radical en las costumbres. El sacrificio, como consecuencia del aullido contracultural no fue una excepción, Jimmy Hendrix, Janis Joplin muertos el mismo año y Jim Morrison, entre los más brillantes, son quizá las victimas más conocidas de los intentos de liberación que fueron confundidos con el escape temporal provocado por el consumo de sicotrópicos. La contracultura terminó limitando, de esa manera, su anticapitalismo, tan sólo a lo formal.

 

El pelo largo y las barbas, imagen con la que descendieron los insurgentes de Sierra Maestra, y que llevarían hasta el fin de sus días, fueron símbolo de ese periodo que contrariaba los rostros rasurados y el pelo al rape, distintivos de la asepsia de una época que como el primer período de la segunda postguerra había alcanzado en la sincronía de los movimientos masivos y en los códigos de la “higiene” de todo tipo, el ideal de la convivencia. Los sublevados de la Sierra, también en ese aspecto, coincidieron en reforzar los juveniles gritos de denuncia de una época que no pocos consideran el epítome de las múltiples rebeldías, de las que los intentos de construir sociedades desde parámetros distintos a la subordinación del trabajo por el capital aún provocan admiración por considerarse de las más radicales.

 

Las grandes amenazas son grandes desafíos

 

El terror sicológico de la amenaza nuclear como desenlace de la llamada Guerra Fría y que hizo decir a Albert Einstein “No sé cómo será la tercera guerra mundial, lo que sí se es que la Cuarta será con piedras y palos”, condujo a la proliferación de movimientos pacifistas, luego de la llamada crisis de los misiles. Pero, lamentablemente, fue la noción de equilibrio nuclear entre las potencias, es decir la construcción de un arsenal atómico cada vez más grande y sofisticado, lo que terminó imponiéndose como la mejor garantía de la no repetición de Hiroshima y Nagasaki en escala ampliada. En ese balanceo, la figura de Fidel Castro como el único actor occidental del juego que no vestía la camiseta de Occidente fue crucial, como también es sabido, por la cercanía geográfica de la isla a las costas del imperio y su lejanía ideológica. La retirada de los misiles nucleares de Cuba que hiciera la Unión Soviética y la operación análoga del desmantelamiento de armas similares instaladas por la Otan en Turquía, son quizá el ejemplo más elocuente de la búsqueda de ese “equilibrio” del terror en el que fue sumida la humanidad desde finales de la Segunda Guerra Mundial y que aún pende sobre todos nosotros como espada de Damocles, en una muestra clara de los lazos de prolongación entre modernidad y postmodernidad que develan su hilo común: los principios competitivos y totalizantes del capital.

 

La publicación de la Primavera Silenciosa, de Rachel Carson, en 1962, y del informe del Instituto Tecnológico de Massachusetts “Los límites del crecimiento”, de 1972, significaron un importante golpe contra las quimeras del capital no sólo acerca de la inocuidad de un aumento sin descanso de la riqueza material, sino de la posibilidad que tal aumento puede ser indefinido. La obra de Georgescu-Roegen, La ley de la entropía y el proceso económico, que vio la luz en 1971, dio argumentos sólidos, desde la academia, a la falsedad de las ilusiones de un capitalismo ilimitado, y así el movimiento ambientalista entró a formar parte de las advertencias más serias sobre las graves consecuencias del modo de vida impulsado en la modernidad. Y si bien es cierto que la revolución cubana abrazó con retraso relativo las reflexiones sobre las amenazas a los equilibrios ecosistémicos, no es menos cierto que, cuando en Rio de Janeiro, en junio de 1992, en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, al expresar Fidel que “Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre”, remarcó una arista de la amenaza no poco esquivada: que el problema del ambiente no es del ambiente, es de los seres humanos que dependen de la trama de la vida tal y como la conocemos.

 

Sin embargo, la adscripción de Cuba al campo del “socialismo realmente existente” hizo que no pocas corrientes de los llamados nuevos movimientos sociales (algunas expresiones del feminismo, del ambientalismo, de la etnicidad, etcétera), en la búsqueda de divorciarse de esa realidad, al querer sacar el agua sucia de la bañera, terminaran arrojando con ella al niño. Olvidaron que la estructura social tiene unas lógicas centrales, y que esas lógicas son las del capital. Es cierto que la ganancia, y la contradicción entre el capital y el trabajo no lo explican todo, como es el caso del patriarcado, por ejemplo, que ha sido transversal a muchas épocas históricas, pero tampoco es menos cierto que una sociedad sin patriarcado, valga el caso, pero dividida en clases antagónicas, aún si fuera posible, no haría justicia completa a los sueños de un mundo más amable. Y, pese a todo, la revolución cubana ha buscado introducir las múltiples facetas de la liberación, a pesar de las grandes limitaciones aún existentes, que le han permitido seguir simbolizando la esperanza de la confluencia de todas las emancipaciones pendientes.

 

Sí, la confusión de socialismo con Estado-centrismo es una deuda aplazada y una realidad que merece balances más serios de los que hasta ahora han sido hechos, incluso desde la izquierda. Pero, lo que no puede negarse es que el mito del pequeño David derrotando a Goliath llama, hoy más que nunca, a seguir el ejemplo de asumir los riesgos de iniciar caminos propios, y que la frase del Che “Hasta la victoria, siempre” -escrita en su carta de despedida, cuando inicia la aventura boliviana que lo conducirá al sacrificio y lo convertirá en una figura legendaria-, más allá de su sintaxis enrevesada, transmite la sensación de que definida la meta, lo importante es caminar hacia ella, y que hacerlo es de por sí, independientemente de los resultados inmediatos, una conquista. Hoy, cuando el pragmatismo hunde al mundo en un supuesto realismo posibilista, que no es más que resignación y aceptación del “no hay alternativa”, que como loza fúnebre sembrara Margaret Thatcher en el espíritu del planeta -incluso en el ánimo de muchos de los que sueñan con un mundo mejor-, ese lema del Che, que hiciera suyo la revolución cubana, señala otro aspecto que la ha incrustado en el inconsciente colectivo: el de la acción permanente y desinteresada hacía lo que otros consideran imposibles.

 

Las cenizas de Fidel ya comienzan a enfriarse, pero también a hacer parte indisoluble de esa gigantesca roca que es Sierra Maestra, que sigue creciendo como símbolo de lo que puede hacer un grupo de jóvenes decididos que a lo único que temen es a la inacción, a la indiferencia y a la incapacidad para soñar. Que despierten, pues, de nuevo, las utopías y la voluntad de hacer caminos que nos acerquen a su realización. La persistencia y el espíritu alerta para reiniciar cada vez que sea necesario, para reinventarse y continuar soñando al andar no es cualquier ejemplo, y los jóvenes de Sierra Maestra seguirán representando eso, más allá del deseo de unos pocos que insistirán, en nombre de una sedicente objetividad, en proseguir atentando contra Fidel, ahora contra su memoria, y en disparar contra el Che, aunque cada vez con balas más débiles e inofensivas, pues ciertos mitos los construyen los pueblos, precisamente como rocas, para protegerse de quienes buscan despojarlos de sus ilusiones.

Publicado enEdición Nº231
Rosa Luxemburgo, la rosa roja del socialismo

Espada y llama de la revolución, su nombre quedará grabado en los siglos como el de una de las más grandiosas e insignes figuras del socialismo internacional


Mehring dijo una vez que Luxemburgo era “la más genial discípula de Carlos Marx”. Brillante teórica marxista y polemista aguda, como agitadora de masas lograba conmover a grandes auditorios obreros. Uno de sus lemas favoritos era “primero, la acción”, estaba dotada de una fuerza de voluntad arrolladora. Una mujer que rompió con todos los estereotipos que en la época se esperaban de ella, vivió intensamente su vida personal y política.


Era muy pequeña cuando su familia se muda desde la localidad campesina de Zamosc hacia Varsovia, donde transcurre su niñez. Rozalia sufrió una enfermedad de la cadera, mal diagnosticada, que la deja convaleciente durante un año y le produce una leve renguera que dura toda su vida. Perteneciente a una familia de comerciantes, siente en carne propia el peso de la discriminación, como judía y como polaca en la Polonia rusificada.


La actividad militante de Rosa comienza a los 15 años, cuando se integra al movimiento socialista. Según su biógrafo P. Nettl, tenía esa edad cuando varios dirigentes socialistas fueron condenados a morir en la horca, algo que impactó profundamente en la joven estudiante. “En su último año de escuela era conocida como políticamente activa y se la juzgaba indisciplinada. En consecuencia, no le concedieron la medalla de oro por aprovechamiento académico, a la que era acreedora por sus méritos escolares. Pero la alumna más sobresaliente en los exámenes finales no solo era un problema en las aulas; para entonces era, de seguro, un miembro regular de las células subsistentes del Partido Revolucionario Proletariado”.


Alertada de que había entrado en el foco de la policía, Rosa emprende una huida clandestina hacia Zúrich, donde se convierte en dirigente del movimiento socialista polaco en el exilio. Allí conoce a Leo Jogiches, quien será amante y compañero personal de Rosa durante muchos años, y su camarada hasta al final.


Después de graduarse como Doctora en Ciencias Políticas -algo inusual para una mujer en ese entonces-, finalmente decide trasladarse a Alemania para integrarse en el SPD, el centro político de la Segunda Internacional. Allí conoce a Clara Zetkin, con quien sella una amistad que dura toda la vida.


La batalla por las ideas


En Berlín desde 1898, Rosa se propone medir sus armas teóricas con uno de los integrantes de la vieja guardia socialista, Eduard Bernstein, quien había comenzado una revisión profunda del marxismo. Según él, el capitalismo había logrado superar sus crisis y la socialdemocracia podía cosechar victorias en el marco de una democracia parlamentaria que parecía ensancharse crecientemente, sin revoluciones ni lucha de clases. El “debate Bernstein” sumó muchas plumas, sin embargo, fue Rosa Luxemburgo quien desplegó la refutación más aguda en el folleto “Reforma o Revolución”.


La Revolución Rusa de 1905, la primera gran explosión social en Europa después de la derrota de la Comuna de París, fue sentida como una bocanada de aire fresco por Luxemburgo. Escribió artículos y recorrió mítines como vocera de la experiencia rusa en Alemania, hasta que logra introducirse de forma clandestina en Varsovia para participar de forma directa en los acontecimientos. Es el “momento en que la evolución se transforma en revolución”, escribe Rosa. “Estamos viendo la Revolución Rusa, y seríamos unos asnos si no aprendiéramos de ella”.


La Revolución de 1905 abrió importantes debates que dividieron a la socialdemocracia. En esta cuestión, Rosa Luxemburgo coincidía con Trotsky y Lenin frente a los mencheviques, defendiendo que la clase trabajadora tenía que jugar un papel protagónico en la futura Revolución Rusa, enfrentada a la burguesía liberal. El debate sobre la huelga política de masas atravesó a la socialdemocracia europea en los años que siguieron. El ala más conservadora de los dirigentes sindicales en Alemania negaba la necesidad de la huelga general mientras que el “centro” del partido la consideraba como una herramienta únicamente defensiva, válida para defender el derecho al sufragio universal. Rosa Luxemburgo cuestiona el conservadurismo y el gradualismo de esa posición en su folleto “Huelga de masas, partido y sindicatos”, escrito desde Finlandia en 1906. Este debate reaparece hacia 1910, cuando Luxemburgo polemiza directamente con su anterior aliado, Karl Kautsky.


Socialismo o regresión a la barbarie


La agitación contra la Primera Guerra Mundial es un momento crucial en su vida, un combate contra la defección histórica de la socialdemocracia alemana que apoya a su propia burguesía, en contra de los compromisos asumidos por todos los Congresos socialistas internacionales.


En su biografía, Paul Frölich señala que cuando Rosa se entera de la votación del bloque de diputados del SPD, cae por un momento en una profunda desesperación. Pero, como mujer de acción que era, rápidamente responde. El mismo día que se votaban los créditos de guerra, en su casa se reunían Mehring, Karski y otros militantes. Clara Zetkin envía su apoyo y poco después se suma Liebcknecht. Juntos editan la revista La Internacional y fundan el grupo Spartacus.


En 1916 Rosa Luxemburgo publica “El folleto de Junius”, escrito durante su estadía en una de las tantas prisiones que se han transformado en residencia casi permanente. En este trabajo plantea una crítica implacable a la socialdemocracia y la necesidad de una nueva Internacional. Retomando una frase de Engels, Luxemburgo afirma que si no se avanza hacia el socialismo solo queda la barbarie. “En este momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. Esta guerra mundial es una regresión a la barbarie.”


En mayo de 1916, Spartacus encabeza un mitin del 1 de mayo contra la guerra, donde Liebknecht es arrestado, pero su condena a prisión provoca movilizaciones masivas. Se anuncia un tiempo nuevo.


1917: atreverse a la revolución


La revolución rusa de 1917 encontró en Rosa Luxemburgo una firme defensora. Sin dejar de plantear sus diferencias y críticas sobre el derecho a la autodeterminación o acerca de la relación entre la asamblea constituyente y los mecanismos de la democracia obrera --sobre esta última cuestión cambia de posición después de salir de la cárcel en 1918--, Luxemburgo escribe que “los bolcheviques representaron todo el honor y la capacidad revolucionaria de que carecía la socialdemocracia occidental. Su Insurrección de Octubre no sólo salvó realmente la Revolución Rusa; también salvó el honor del socialismo internacional.”


Cuando la sacudida de la revolución rusa impacta directamente en Alemania en 1918 con el surgimiento de consejos obreros, la caída del káiser y la proclamación de la República, Rosa aguarda impaciente la posibilidad de participar directamente de ese gran momento de la historia.


El Gobierno queda en manos de los dirigentes de la socialdemocracia más conservadora, Noske y Ebert, dirigentes del PSD --este partido se había escindido con la ruptura de los socialdemócratas independientes, el USPD--. En noviembre de ese año, el gobierno socialdemócrata llega a un pacto con el Estado mayor militar y los Freikorps para liquidar el alzamiento de los obreros y las organizaciones revolucionarias. Rosa y sus camaradas, fundadores de la Liga Espartaco, núcleo inicial del Partido Comunista Alemán desde diciembre de 1918, son duramente perseguidos.


El 15 de enero, un grupo de soldados detuvieron a Karl Liebknecht y a Rosa Luxemburgo cerca de las nueve de la noche. Rosa "llenó una pequeña valija y tomó algunos libros”, pensando que se trataba de otra temporada en la cárcel. Enterado del arresto, el gobierno de Noske dejó a Rosa y a Karl en manos de los enfurecidos Freikorps --cuerpo paramilitar de exveteranos del ejército del Kaiser--. Se organizó una puesta en escena: al salir de las puertas del Hotel Eden, los dirigentes Espartaquistas fueron golpeados en la cabeza con la culata de un rifle, arrastrados y rematados a tiros. El cuerpo de Rosa fue tirado al río desde el puente de Landwehr a sus sombrías aguas. Fue encontrado tres meses después.


Un año antes, en una carta desde la prisión dirigida a Sophie Liebknecht, en la víspera del 24 de diciembre de 1917, Rosa escribía con un profundo optimismo sobre la vida: "Es mi tercera navidad tras las rejas, pero no lo tome a tragedia. Yo estoy tan tranquila y serena como siempre. (...) Ahí estoy yo acostada, quieta y sola, envuelta en estos múltiples paños negros de las tinieblas, del aburrimiento, del cautiverio en invierno (...) y en ese momento late mi corazón con una felicidad interna indefinible y desconocida. (...) Yo creo que el secreto no es otra cosa más que la vida misma: la profunda penumbra de la noche es tan bella y suave como el terciopelo, si una sabe mirarla.”


Clara Zetkin, tal vez quien más la conocía, escribió sobre su gran amiga y camarada Rosa Luxemburgo, compartiendo ese optimismo después de su muerte: “En el espíritu de Rosa Luxemburgo el ideal socialista era una pasión avasalladora que todo lo arrollaba; una pasión, a la par, del cerebro y del corazón, que la devoraba y la acuciaba a crear. La única ambición grande y pura de esta mujer sin par, la obra de toda su vida, fue la de preparar la revolución que había de dejar el paso franco al socialismo. El poder vivir la revolución y tomar parte en sus batallas, era para ella la suprema dicha (...) Rosa puso al servicio del socialismo todo lo que era, todo lo que valía, su persona y su vida. La ofrenda de su vida, a la idea, no la hizo tan sólo el día de su muerte; se la había dado ya trozo a trozo, en cada minuto de su existencia de lucha y de trabajo. Por esto podía legítimamente exigir también de los demás que lo entregaran todo, su vida incluso, en aras del socialismo. Rosa Luxemburgo simboliza la espada y la llama de la revolución, y su nombre quedará grabado en los siglos como el de una de las más grandiosas e insignes figuras del socialismo internacional”.
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Por Josefina L. Martínez es historiadora y periodista. Pertenece a la redacción de La Izquierda Diario y es miembro del Colectivo Burbuja.

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Domingo, 28 Agosto 2016 05:55

“Las ideas importan menos ahora”

“Las ideas importan menos ahora”

La autora bielorrusa, cronista del declive de la Unión Soviética, reflexiona sobre el futuro de la nueva Rusia y la naturaleza del amor y la vejez

Opina Svetlana Alexiévich que la banalidad enmascara la vida real con mayor frecuencia de la deseada. Y la avalancha actual de información no ha mejorado las cosas. Por eso, para acercarse lo más posible a la verdad, la escritora bielorrusa de 68 años construye su relato desde hace décadas a partir de los testimonios de personas anónimas. Ganadora del último Nobel de Literatura, su obra está considerada como clave para entender la nueva Rusia con libros como El fin del ‘Homo sovieticus’ (Acantilado) o Voces de Chernóbil (Debate). En una visita a Madrid charla sobre el valor de las ideas, el amor y la vejez.


Pregunta. ¿Cómo ve Rusia en un futuro cercano?


Respuesta. Es imposible predecirlo. No sabemos qué se está cociendo en la caldera rusa. Puede que salga algo parecido al fascismo o puede haber un estancamiento. A menudo no se tiene en cuenta el factor paciencia. En Rusia la gente lleva tantos años sufriendo, tiene tanto aguante, que podemos estar así años. Pero estamos reviviendo la filosofía de una fortaleza asediada, rodeada de enemigos, de histeria militarista de tiempos pasados. Todos los días nos enseñan en televisión las adquisiciones de material militar: un nuevo buque de guerra, un nuevo avión, un nuevo tanque... Hay una propaganda muy agresiva en contra de EE UU, de Europa, de Ucrania. Hay una espiomanía que resurge. Es una locura. Se persigue a los homosexuales, y la Iglesia ortodoxa se ha vuelto más agresiva y no para de prohibir obras de teatro, libros... Ni la propaganda soviética era tan descarada como la de ahora.


P. Los rusos son más libres que antes, al menos desde el punto de vista material, según insiste el Gobierno de Putin. Usted habla de esa libertad como una cierta forma de espejismo.


R. Es que es muy relativa. Por ejemplo, se sabe que el 7% de la población acapara la riqueza del país. La gran mayoría vive con lo mínimo. ¿De qué libertad podemos hablar, por otro lado, con casos como el de Mijaíl Jodorkovski, que de la noche a la mañana pasó de ser millonario a preso? Después de 10 años en la cárcel, todavía no saben qué delitos imputarle.


P. Ha dicho que las ideas comunistas van a volver a Rusia. ¿Qué significa eso?


R. Muchos jóvenes rusos leen a Trotski, Marx y Engels. Ven a Stalin como una figura a imitar y se abren museos en su recuerdo. Está de moda. Detrás de esto subyace el hecho de que hay mucha gente que se siente derrotada e idealiza el pasado. Quieren que se mantenga la libertad de poder viajar por el mundo y que las tiendas estén llenas de productos. Pero, al mismo tiempo, quieren que haya un socialismo igualitario.


P. Todos los intentos de comunismo han fracasado.


R. Es cierto. China, Camboya..., en todos hubo derramamiento de sangre. Creo que es porque fueron muy prematuros.


P. Entonces, ¿cree que es posible intentar acercarse a un socialismo utópico si la sociedad está preparada?


R. Lo creo. Pero sería un socialismo más cercano al que ya disfrutan sociedades próximas como Francia, Alemania y Suecia. Creo que será un desarrollo paulatino, cuando se perfeccione la idea de una sociedad civil. Estoy convencida de que el futuro en Rusia pasa por la idea socialista, pero no podemos saber exactamente cuándo llegará.


P. ¿Qué hay que olvidar para salir adelante?


R. En Rusia se echa en falta una reflexión sobre el estalinismo, como sucedió en Alemania con el fascismo. Esto solo lo han hecho un pequeño grupo de intelectuales rusos. Mira lo que ha sucedido en Perm, una ciudad del norte del país. Existía allí un museo a las víctimas de las represiones estalinistas. Cuando Putin llegó al poder, echaron a la dirección del museo y pusieron a otras personas. Ahora es un museo en memoria de los trabajadores del gulag. Ya no es un museo de los que estuvieron encarcelados, sino de los carceleros. Otro ejemplo: han aprobado una ley que autoriza la persecución penal de personas que cuestionen la victoria de la Unión Soviética en la II Guerra Mundial. Estoy convencida de que las mujeres que hablaron conmigo para el libro La guerra tiene rostro de mujer se habrían negado a hacerlo ahora.


P. Usted suele referirse a los tiempos turbulentos que atravesamos no solo en Rusia, sino en todo el mundo, por el terrorismo, las guerras, el problema de la inmigración, la economía y los desastres ecológicos. ¿Qué papel deberían tener los intelectuales?


R. Desgraciadamente las ideas juegan ahora un papel menos importante en nuestras sociedades. Lo que se impone es la parte material, y lo lamento mucho. Necesitamos personalidades capaces de ofrecer al mundo una nueva visión, sistema, filosofía, valores que el mundo sigue necesitando. Vivimos una época llena de información, donde todo va más rápido, pero la información no tiene nada que ver con el misterio de la vida humana. Solo ofrece una mirada superficial. La vida es mucho más compleja. O las redes sociales, por cierto, en las que casi todo son banalidades. Lo que a mí me interesa, e intento hacer con mi literatura documental, es hablar del espíritu de los sentimientos del ser humano. Y estos giran, en mi opinión, en torno al amor y la muerte.


P. Ahora escribe dos libros, uno sobre el amor y otro sobre el envejecimiento.


R. Sí. He acabado con los libros sobre las personas que vivían con grandes ideas. Ahora me interesa el ser metafísico, el ser humano en su vida privada.


P. ¿Qué se ha encontrado?


R. Historias de hombres y mujeres que intentan ser felices y explican por qué no logran serlo. Está siendo muy complicado, porque a la gente le cuesta hablar más de sus sentimientos que de los hechos. En Rusia, las personas no consideran que su vida tenga interés. Aún estamos aprendiendo a construir la privacidad. El amor y la muerte son dos grandes misterios de la vida. Por ejemplo, respecto al envejecimiento, resulta que gozamos de 20 a 30 años más de esperanza de vida que antes y todavía no existe una filosofía que dé soporte a este extra, a este nuevo tiempo. Faltan ideas que cubran este nuevo periodo.


P. Han pasado 30 años de Chernóbil. ¿Qué significa aquella catástrofe ahora?


R. La gente sigue enfermándose y muriendo. Y lo peor: no hemos aprendido nada de aquello.

Publicado enCultura
Miércoles, 27 Julio 2016 18:03

Primera gran derrota mundial del socialismo

Primera gran derrota mundial del socialismo

 

Sin perder de vista, el primer intento de asaltar el cielo en la Comuna de París, y el episodio de solidaridad mundial con la lucha del pueblo vietnamita, la consigna ¡Proletarios de todos los países, Uníos!, bajo el ejemplo de las revueltas obreras en 1934, tuvo y ha tenido su máxima expresión humana e intelectual, con ocasión de la guerra civil española (1936-1939) y las Brigadas Internacionalistas dispuestas al combate por la libertad. Voluntarios extranjeros en número, entre 40.000* y 59.480** de 53 países.

 

Con arriesgo de la tradición, postura 'sistémica' y no autocrítica, en los análisis de izquierda; la Guerra Civil española alcanzó más compromiso y mapa, en los imaginarios por una sociedad revolucionaria, que todo el resto de las épicas contra el capitalismo en sus fases de globalización.

 

Fue una guerra que desencadenó en su ambición, Francisco Franco, el déspota general de ejército y dictador, alzado contra el gobierno republicano, democráticamente elegido del presidente Manuel Azaña, en las elecciones generales del 16 y 23 de febrero de 1036, al grito y las banderas del Frente Popular (republicanos, nacionalistas catalanes y asturianos, Central Nacional de Trabajadores, comunistas, socialistas, y el Partido Obrero de Unificación Marxista, Poum), con Francisco Largo Caballero como presidente del Consejo de ministros y Ministro de la Guerra. Antecedente un tanto olvidado, de la elección en 1950 de Jacobo Arbenz en Guatemala, y de Salvador Allende en Chile ‒Asturias 4 de septiembre 1970.

 

Una página con desborde de todas las pasiones, de heroísmo y de tragedia. Guerra que desde el bando de la Segunda República, enfrentó a la falange derechista, a la intervención con tropa del fascismo italiano, bajo el poder de Benito Mussolini; y al apoyo y bombardeo nazi de Hitler, que en su descarga más conocida, lanzó muerte sobre la tierra vasca. Un crimen que Pablo Picasso pudo inscrustar en la memoria por los años, con un arte que conmueve. Con los trazos de luz y oscuridad de su mural Guernica: blancos, grises y negros, y unos ojos ante todos los espantos –que una connotada izquierda descalificó, con reclamos de composición y de formas en “realismo socialista”.

 

La respuesta armada de los demócratas republicanos, patriotas españoles y militantes revolucionarios, en convocatoria legítima a su pueblo; tuvo eco en 1.200 cubanos y 600 argentinos Brigadistas. Llegó a un gran número de origen judío, cuyo combate contra el franquismo, iba de la mano en su lucha contra el creciente antisemitismo que ascendía poder en Europa. También alentó la participación de voluntarios, desde Colombia, Chile, México, Costa Rica. Asimismo, de Abisinia, Polonia, Albania, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria, Suecia, Suiza, Holanda Rumania, San Marino y Nueva Zelandia. Desde Francia llegaron más de 10.000, incluídos obreros mecánicos de la Renault y la Citrōen. Desde Alemania y Austria cerca de 5.000. Desde Italia 4.000. Y, 2.500 británicos, 2.000 estadounidenses, 1.700 yugoeslavos y 1.500 canadienses. También llegaron árabes y abisinios, hindúes y chinos, argelinos y sudafricanos. Con noticia, desde París arribaron.

 

Guerra civil española, con más compromiso y extensión más grande que todo el resto de las épicas. Una afirmación que aguanta. Aun, ante el hecho de que en una correlación del mundo y una geopolítica diferentes; el factor de retaguardia segura, de apoyo con artillería pesada y solidaridad con Vietnam, se mantuvo a toda costa, por parte de la Urss y China –en medio de su rompimiento, desde 1958. Ambas potencias protegieron de la CIA y el Pentágono, una secreta línea fronteriza, para el aprovisionamiento estratégico y el triunfo del Vietcong y la revolución vietnamita.

 

Como retrato del germen social, y de la profundidad y calidad del conflicto; la Historia señala que en Octubre de 1934, la CNT, la Alianza Obrera, la UGT y el Psoe, convocaron a la huelga general revolucionaria en Asturias. Intento derrotado y reprimido con saña, que sumó 1.400 muertos en las fábricas y barricadas, y 30.000 encarcelados que desbordaban las prisiones.

 

 
¡No pasarán!, emotividad: sin rectificación ni análisis concreto

 

 

La causa obrera, republicana y antifacista, tuvo en España, el abrigo y clarín de la revolución bolchevique, y de los resultados económicos en industrialización y colectivización de la URSS. En todo caso, urge una pregunta grande, que correlación de fuerzas militares existían cuando la sublevación fascista avanzó sobre Madrid. Largo Caballero niega una orden de movilización general y subestima la fortificación y obras de defensa de los puntos altos “posiciones dominantes”.

 

Primera gran derrota..., un enunciado que abre camino para otro, con consecuencias en la credibilidad para construir y acumular una alternativa radical: ¿Constituye la derrota de la Segunda República, el comienzo de la caída del “socialismo real”? Si no, ¿en qué momento se torció el mundo, a un periodo de unipolaridad-imperialista, que tiende a superárse ahora?

 

* Hugh Tomas. La guerra civil española 1961. Ruedo Ibérico
** Andreu Castells. Historiador

 

 

   
 
Ante la pregunta difícil, porqué la II Segunda República perdió la Guerra

 

En la búsqueda de respuesta, un recurso aproximado puede ser, la lectura de unos apartes (Pág. 176 de El Hombre que amaba los perros, del escritor, novelista, guionista, periodista y crítico nacido y residente en Cuba, Leonardo Padura)

 

“–Ya me sé de memoria ese cuento del tiempo, Caridad.
[...]
–¿Cuento? Vamos a ver... ¿Te creíste el cuento de que a Buenaventura Durruti lo mató una bala perdida?
Ramón miró a su madre y sintió que no podía pronunciar palabra.
–¿Tú crees que podemos ganar la guerra con un comandante anarquista que tiene más prestigio que ntodos los jefes comunistas?
– Durruti luchaba por la República –trató de razonar Ramón.
–Durruti era un anarquista, lo habría sido toda su vida. ¿Y has oído el cuento del traductor que desapareció, el tal Robles?
–Era un espía, ¿no?
–Un infeliz lameculos. Fue un cabeza de turco de una bronca interna entre los asesores militares y los de seguridad. Pero no lo escogieron al azar: ese Robles sabía demasiadas cosas y podía ser peligroso. No era un traidor: lo convirtieron en un traidor.
–¿Quieres decir que lo mataron sin que fuera un traidor?
–Sí, ¿y qué? Sabes a cuántos han ejecutado de un lado y otro en estos meses de guerra? –Caridad esperó la respuesta de Ramón.
–A muchos creo.
–A casi cien mil, Ramón. Mientras avanzan, los fascistas fusilan a todos los que consideran simpatizantes del Frente Popular, y de este lado los anarquistas matan a cualquiera que, según ellos, sea un enemigo burgués. ¿Y sabes por qué?
–Es la guerra –fue lo que se le ocurrió decir. Los fascistas sentaron esas reglas de juego...
–Es la necesidad. La de los fascistas, para no tener enemigos en la retaguardia, y la de los anarquistas, para seguir siendo anarquistas. Y nosotros no podemos permitir que la guerra se nos vaya de las manos. También nosotros hemos matado gente y vamos a tener que matar a muchos más, y tú...
Ramón levantó la mano para interrumpirla.
–¿Me habéis traído aquí para matar gente?
–¿Y qué coño hacías en el frente, Ramón?
–Es distinto, es la guerra.
– Y dale con la puta guerra... ¿conseguir que el Partido imponga su política
y los soviéticos sigan apoyándonos no es lo más importante para ganar esta guerra? ¿Limpiar la retaguardia de enemigos y espías no es la guerra? ¿Eliminar a los quintacolumnistas en Madrid no formaba parte de la guerra?
–En Paracuellos fusilaron a personas que no tenían nada que ver con la quinta columna, y yo sé que algunos de Partido estaban metidos en eso.
–¿Quién asegura que los muertos no eran saboteadores, tu o los de a Falange?
Ramón bajo a cabeza y contuvo su indignación.”
[...]
“Desde aquel día Ramón comenzaría a amarse Adriano. Fue el primero de los muchos nombres que usó...”
[...]
“Adriano se amentaría que le encargaran una misión tan inocua como acercarse a los locales del POUM y establecer las rutinas de sus dirigentes, especialmente las de Andreu Nin...”
[...]
“Muy pronto Adriano tuvo la certeza de que, por el bien de la causa, Andreu Nin era un hombre que debía morir (...) el renegado Nin era un enemigo declarado de los comunistas y había sido el primero en calificar (haciéndose eco de los alaridos de Trotski) de crímenes los juicios moscovitas de 1936 y de principios de aquel año, y en tachar de cómplices culpables a los «amigos de URSS» que defendieron su legalidad y pertenencia. También había sido de los que sostuvieron con mayor pasión la necesidad de a revolución junto a la guerra, la tesis de la lucha tota contra la república burguesa (que, a pesar de ser anti proletario, se sostenía con el apoyo de los que Nin calificaba como los conciliadores comunistas) y su desacuerdo con la ayuda soviética, como si para e gobierno hubiese sido posible resistir sin ella.”

 

 

  

 

 

 

 

 

Publicado enEdición Nº226
Miércoles, 06 Julio 2016 07:10

Decretazo para flexibilizar

Manuel Valls da un discurso ayer en la Legislatura francesa en defensa de la reforma laboral.

 

Si la izquierda no logra conseguir en las próximas 24 horas los votos para pasar una moción de censura, anular la norma de la Carta Magna y hasta hacer caer al gobierno, la reforma irá al Senado para su aprobación definitiva.

 

El primer ministro francés, el socialista Manuel Valls, echó mano ayer por segunda vez a un artículo constitucional que le permite evitar el debate en la Cámara baja –un virtual “decretazo” según la oposición– y logró así enviar al Senado nuevamente su reforma laboral, mientras en las calles miles de manifestantes seguían resistiéndola.


“La estrategia de unos y de otros a menos de un año de las presidenciales no debe bloquear el país. No es intransigencia, pero en este momento difícil internacional y europeo, no quiero dejar que las divisiones alimenten las fracturas”, argumentó Valls antes de anunciar que volvería a invocar el artículo 49.3 de la Constitución.


Tras una reunión con su dividido grupo parlamentario, el premier les advirtió: “Basta de jugar. Yo no juego. Asumo mis responsabilidades en interés del país”, en alusión al fracasado intento de última hora para pactar alguna enmienda y unir el voto de sus propios compañeros de partido. El 10 de mayo pasado el premier ya había utilizado el artículo 49.3 para evitar quedar expuesto a las divisiones en su bancada en la Cámara baja y hacer pasar el proyecto de reforma, que entre otras medidas propone privilegiar las negociaciones salariales por empresa en vez de por sector productivo, al Senado.


Allí el proyecto de reforma recibió una media sanción –a pesar de tres meses seguidos de masivas protestas de sindicatos, estudiantes y la izquierda en general–, pero como la oposición conservadora le impuso varias enmiendas, el texto tuvo que volver a la Cámara baja.


Ayer la Asamblea Nacional también aprobó algunas modificaciones antes de que el gobierno invoque el artículo 49.3, así que, si la izquierda no logra conseguir en las próximas 24 horas los votos para pasar una moción de censura, anular la norma de la Carta Magna y hasta hacer caer al gobierno, la reforma irá al Senado para una segunda lectura, y en caso de no haber cambios, será aprobada definitivamente.


A la misma hora en que Valls anunciaba su decisión de aplicar nuevamente el artículo 49.3, las centrales sindicales daban inicio a la décima segunda jornada de protestas ante lo que calificaron como “la deriva autoritaria” del gobierno de Hollande, en un intento por relanzar la ofensiva que busca hace tres meses impedir la aplicación de la ley, rechazada por cerca del 70 por ciento de los franceses, según los últimos sondeos.


Solo en la capital francesa, 45.000 manifestantes, según los organizadores, y entre 6.500 y 7.500, de acuerdo a la policía, salieron a la calle en una protesta que no fue tan grande como algunas de los últimos meses, pero tuvo un fuerte componente de bronca e indignación por la decisión del gobierno de volver a recurrir a un mecanismo constitucional que la oposición de izquierda considerada “antidemocrático”.


El secretario general de la CGT, Philippe Martínez, aseguró que la decisión de ayer de Valls “reconoce de nuevo su fracaso” a la hora de generar consenso alrededor de la reforma laboral. “Siento repudio y esperanza, las dos al mismo tiempo. Repudio porque todo esto no tiene nada de democrático y esperanza porque creo que una moción de censura es posible”, dijo Steeve, un militante del sindicato Fuerza Obrera, al diario parisino Libération.


Sin embargo, la oposición de derecha, concentrada en el partido Los Republicanos, no tendría intención de prestar sus votos para aprobar una moción de censura y, potencialmente, hacer caer al actual gobierno socialista.


La decisión de ayer de Valls “no agarró a nadie de sorpresa. Vuelve a ser una huida hacia delante. Estamos ante un gobierno que jamás ha sido tan impotente y débil como ahora”, indicó, no obstante, el secretario general de Los Republicanos, Eric Woerth, en un comunicado.


Woerth advirtió que no le sorprendería que ahora “la ira y la violencia tomen la calle”, pero evitó amenazar con una caída del gobierno socialista, posiblemente porque su propia fuerza vive un momento de gran división interna de cara a las primarias presidenciales que realizarán en noviembre próximo y que aún no tienen a un favorito claro.


Pese a que el gobierno apuesta a que las protestas de los sindicatos, estudiantes y partidos de izquierda decaigan durante el verano, los gremios ya anunciaron que mantendrán acciones puntuales en los peajes –un punto estratégico cuando millones de franceses se vayan a la costa– o alrededor de la popular competencia de ciclismo Tour de France, este mes.

 

 

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El congreso comunista aplaza definir el nuevo modelo cubano

Raúl Castro reconoce por primera vez la existencia de pequeñas y medianas empresas, pero advierte de que, a pesar de la nueva era de relaciones con EEUU, permanecerá el socialismo como sistema con un único partido para dirigirlo.

 

El Presidente de Cuba, Raúl Castro, inauguró el VII Congreso del Partido Comunista Cubano (PCC) con un informe de dos horas. Adelantó que el nuevo modelo no sería aprobado en este evento, como se había anunciado y reconoció la existencia de pequeñas y medianas empresas pero recalcando la prevalencia de la propiedad estatal. En lo político anunció límites de edad para los dirigentes y la permanencia del socialismo como sistema, con un único partido para dirigirlo.

Raúl Castro, quien ocupa también el cargo de Primer Secretario del PCC, aseguró que la definición del modelo social cubano requería un debate mayor que continuaría después del Congreso para ser aprobado por el Comité Central. Las diferencias tienen que ver con los sistemas de propiedad y producción, los cuales se han ido cambiando desde que se autorizó el trabajo autónomo, incluyendo las pequeñas y medianas empresas, las cuales mencionó Castro por primera vez sin ambages.

Sin embargo, dejó claro que no se permitiría la acumulación en pocas manos de los medios de servicio y producción privados ni de las riquezas que de ellos se deriven.


En este sentido recordó que la nueva estrategia de los EEUU está dirigida a influir en los trabajadores autónomos y en los empresarios nacidos al cobijo de la reforma. Dijo que confía en que la mayoría de estos cubanos son revolucionarios y patriotas pero que la nueva política de Washington sigue persiguiendo la destrucción de la Revolución Cubana. Sostuvo, además, que se necesita un mejor trabajo político ideológico, sobre todo entre los jóvenes, los trabajadores autónomos y la intelectualidad.


Para tranquilizar al ala más ortodoxa del Partido, Castro aseguró que el avance de las cooperativas sería lento, consolidando lo que ya existe y estudiando las consecuencias de cada paso futuro. Dijo además que la “empresa estatal socialista” sería la que controlaría el mayor espacio económico y que la pronta unificación monetaria beneficiaría su desarrollo, ya que en la actualidad la tasa de cambio la desfavorece frente a los privados.


Raúl Castro tampoco pudo en este Congreso hacer al tránsito generacional prometido en el pasado por lo que quedará para los próximos 4 años de forma gradual. De todas formas propuso poner límites de edad y tiempo en el cargo para todos los dirigentes del PCC, dos periodos de 5 años en el cargo, un máximo de 60 años para entrar al Comité Central y de 70 para el Buró Político, la instancia que centra el poder en la isla. Dijo que ya era hora de que muchos se fueran cuidar nietos y leer libros pero el silencio en la sala fue tal que tuvo que explicar que se trataba de una broma.

Anunció que se deberían debatir los cambios necesarios en la constitución para actualizarla respecto a las reformas que se han desarrollado. La carta magna declara, por ejemplo, ilegal la producción privada de bienes o servicios en base a mano de obra
contratada, lo cual califica de “explotación del hombre por el hombre”. Sin embargo, aseguró que se mantendrá en su redacción que el socialismo es inamovible y que al Partido Comunista es la fuerza rectora de la sociedad. Raúl Castro afirmó que si logran dividirlos en varios partidos será para debilitar la Revolución y destruirla.

Ironizó sobre el bipartidismo estadounidense diciendo que es como si Fidel y el mismo crearan dos partidos. Todavía es pronto para saber que saldrá de este VII Congreso pero está claro que difícilmente habrá consenso respecto al nuevo modelo, el cual recibió en la primera leída más de 600 solicitudes de rectificación. El desacuerdo tiene que ver con factores que se entrelazan, como el lento avance del traspaso generacional, la existencia de un sector político temeroso de que los cambies desemboquen en el capitalismo y de un grupo de dirigentes empresariales que añoran un desenlace al estilo soviético que ponga en sus manos las empresas que hoy administran.

Raúl Castro volvió a ratificar que abandonará la presidencia de Cuba en el año 2018 pero no mencionó si seguiría al frente del PCC después de esa fecha. Sea como sea la tarea que le queda por delante será ardua.

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