Hardt y Negri: ‘Asamblea’, o cómo articular las luchas de la multitud (II)

En esta segunda entrega del análisis de la última obra de Hardt y Negri, abordamos las propuestas que ofrecen ambos autores en Asamblea para la organización de los ciclos de luchas y la institución de nuevas formas de vida.

Tomando como punto de partida la afirmación según la cual “no sabemos de qué es capaz la multitud cuando se reúne en asamblea”, en su última obra Hardt y Negri plantean la necesidad de producir las condiciones necesarias para liberar la potencia creativa de todas aquellas expresiones subjetivas de carácter subversivo. Como ya apuntamos en la primera parte de este texto, los autores desarrollan esta tesis siguiendo dos ejes principales: el de la organización interna de los movimientos políticos y sociales y el de la institución de las formas de vida que se generan al margen del modelo neoliberal.

En este sentido, con la noción de asamblea se hace alusión al espacio en que la toma de decisiones se produce desde la horizontalidad y en base a los principios de la democracia absoluta, pero también al conjunto de dispositivos que cabe poner en funcionamiento para conseguir, tanto la destitución del poder constituido, como la constitución de una nueva articulación de las relaciones en el campo social. De esta manera, si los procesos de destitución y constitución se definen, en sentido estratégico, como el principal objetivo alrededor del cual plantear las luchas en el contexto actual, los autores apuntan a la organización y a la institución como las vías más adecuadas para llevar a la práctica tal aspiración.

Luchas sin vanguardias: el problema de la organización

En su producción anterior, Hardt y Negri hablan de manera profusa sobre las formas de articular la multitud. En Asamblea, los autores plantean de manera explícita el problema de la organización de las revueltas que se han producido los últimos años. Cabe recordar, por este lado, que nos encontramos en un contexto caracterizado no solo por la existencia de centros de poder diseminados, lo que conlleva que sea difícil plantear un combate focalizado y con unos objetivos claros, sino también, en muchas ocasiones, en un marco en el que destaca la ausencia de líderes, lo que en principio podría implicar dificultades a la hora de decidir la estrategia a seguir en las luchas. En este sentido, en Asamblea se aborda la cuestión de cómo tomar la iniciativa, por parte de los movimientos políticos y sociales, cuando el esquema tradicional de una vanguardia dirigente que representa los intereses de la masa ha dejado de ser, en buena medida, operativo.

Desde esta perspectiva que proponen los autores, el proletariado está formado en la actualidad por todas aquellas y todos aquellos capaces de generar una riqueza en términos colectivos y que, en este sentido, sufren de una manera u otra la explotación capitalista, tanto en lo que respecta a la producción estrictamente material como a la (re)producción inmaterial expresada en la creación de formas de vida. El espacio amplio y heterogéneo de la multitud cuenta así entre sus filas con las expresiones subjetivas que escapan del patrón patriarcal, heteronormativo y racista. Asimismo, junto con los sectores que integran la clase trabajadora tradicional, la multitud se conforma a través de lo que los autores llaman el proletariado intelectual o el cognitariado, las y los estudiantes, la mano de obra del sector terciario y los sectores productivos no tradicionales. Si se quiere decir en términos de Deleuze y Guattari, con la multitud se expresa en la actualidad el devenir minoritario de todo el mundo.

Los autores inciden así en uno de los puntos centrales de su obra. En la línea tanto de los movimientos autónomos italianos de los años setenta como de las demás luchas que se dan alrededor del año 68 en distintas partes del mundo, en Las verdades nómadas (1985) se plantea la necesidad de articular los movimientos llamados minoritarios que, cada vez más, ocupan un espacio central a la hora de dinamizar las luchas. En este texto, surgido de un intercambio epistolar entre Negri y Guattari cuando el primero se encontraba en la cárcel de máxima seguridad de Rebibbia, los autores empiezan por rechazar la organización centralista de las luchas. En su lugar, reivindican un multicentrismo funcional con capacidad para neutralizar los efectos del capitalismo y, al tiempo, para articular las luchas de los movimientos enfrentados al poder constituido. Asimismo, los autores plantean la posibilidad de llegar a una coimplicación multivalente entre la clase obrera tradicional y las trabajadoras y los trabajadores del sector terciario, así como con las precarias y precarios. Estos elementos constituyen el doble eje de lo que los autores definen como un método de agregación molecular, en referencia a las luchas que se dan por debajo del ámbito de la representación política.

De esta manera se avanzan, asimismo, algunos de los elementos que Negri tratará posteriormente en títulos como La fábrica de la estrategia (2004), desde la perspectiva de renovación del aparato conceptual marxista que apuntamos en la primera parte de este análisis. A partir del ejemplo que ofrece la toma del poder por parte de Lenin, aunque situados ahora en el contexto del capitalismo postindustrial, Negri trata de caracterizar la emergencia de una nueva subjetividad colectiva ―los soviets del nuevo siglo― alrededor de dos elementos principales. En primer lugar, la necesidad de organizar las luchas, así como las relaciones sociales en su conjunto, sobre la base de la toma colectiva y directa de las decisiones. En segundo lugar, las posibilidades que por esta parte ofrecen los procesos productivos basados en el avance de los dispositivos tecnológicos; sobre todo en la medida en que tales dispositivos pueden contribuir a una actividad más autónoma, es decir, desligada de los procesos capitalistas de atribución de valor, por parte de las nuevas figuras productivas.

Como se puede observar, los rasgos característicos del espacio que constituye la multitud, como un todo abierto y dinámico, atravesado por una heterogeneidad radical aunque con capacidad para proponer unos objetivos en común, obligan a plantear la cuestión de la organización interna del movimiento o los movimientos. En este sentido, el dilema sobre la necesidad o no de una organización para las luchas expresa, en opinión de los autores, un falso problema: no hay duda de que los ciclos de luchas y los movimientos que los protagonizan necesitan proponer unos objetivos y la orientación más adecuada para conseguirlos. En todo caso, esto no supone que se deban recuperar los liderazgos caracterizados por la concentración de funciones y la dirección vertical, de arriba a bajo, con que se ejerce el poder. Son los movimientos mismos, desde el interior y en sentido horizontal, los que deben decidir hacia dónde y cómo se orientan las luchas. En este sentido, si con la noción de liderazgo se hace alusión a la posibilidad de organizar las acciones de manera eficaz, regular y masiva, con capacidad para conmover las relaciones a todos los niveles, más que eliminar esta posibilidad, se trata de llevar el liderazgo al lugar de la inteligencia colectiva que se pone de manifiesto en el interior de los propios movimientos. No se trata, pues, de rechazar la noción de liderazgo, sino de eliminar su carácter trascendente y, por tanto, separado del movimiento.

La propuesta de Asamblea pasa así por invertir el plano en que la tradición marxista ha elaborado buena parte del análisis de las luchas contra el capital. Como apuntan los autores, de lo que se trata ahora es de dar la vuelta a las dos mitades del centauro, de manera que la parte pensante y, en este sentido, las decisiones y el poder ejecutivo sobre la estrategia a seguir se alberguen en la base, en manos de la militancia y del movimiento. Reservando asimismo la posibilidad, en sentido táctico y de manera provisional, de abstraer una parte del movimiento para que se encargue de tareas de tipo representativo. En vez de mantener el esquema según el cual el proletariado debe devenir una clase en sí y para sí a través de la mediación y la organización de una cúpula dirigente, los autores reivindican la posibilidad de organizar las luchas sobre un plano de inmanencia, en la medida en que es el movimiento mismo el que puede diseñar, a través de sus acciones, un principio fuerte y compartido de articulación colectiva.

Igualmente, Asamblea alerta sobre el peligro de reproducir las relaciones que se dan en el interior del sistema capitalista cuando se trata de organizar las luchas. Lo que, dicho así, puede parecer una evidencia, no lo es tanto si tenemos en cuenta el contexto biopolítico en el que nos movemos. De esta manera, si se trata de combatir el poder de mando capitalista, el tipo de organización que se de a sí mimo el movimiento debe prefigurar y constituir un ensayo ―si bien a dimensión reducida― del conjunto de relaciones a las que se trata de dar vida con cada nuevo ciclo de luchas. En este sentido, puede servir como base y ejemplo el potencial productivo de la multitud, que late rebelde bajo las redes de la explotación capitalista.

Luchas descentralizadas: el problema de la institución

Una vez que se han dado algunas claves para pensar la organización de las luchas en manos de los movimientos, falta por apuntar cómo se puede llegar a concretar los efectos de tales luchas mediante la creación de un proceso institucional de carácter abierto e inacabado, aunque duradero y estable. Con estas dos líneas, siguiendo la lectura de Maquiavelo que los autores no abandonan a lo largo de su obra, tendríamos garantizadas para los movimientos y sus ciclos de luchas la virtud (que se concentra en las capacidades estratégicas de la multitud) y la fortuna (que se expresa, como veremos a continuación, a través de la creación institucional del común).

Para empezar, si se trata de instituir las relaciones de la multitud es porque Hardt y Negri no rechazan la toma del poder como vía para construir un nuevo orden social. Esto es lo que lleva a los autores a abandonar la terminología que habían utilizado hasta este momento, en referencia a la tensión que se produce entre la capacidad productiva de la multitud y la capacidad de absorción del capitalismo. En los títulos anteriores, siguiendo la distinción spinoziana entre la potestas y la potentia, los autores definían el poder imperial, propio del capitalismo en la actualidad, mediante el término de biopoder, reservando la noción de biopolítica para la potencia creativa de la multitud. Ahora, en Asamblea, Hardt y Negri utilizan el mismo término ―poder― para referirse a la gestión de la propiedad capitalista (Poder) y a la articulación del espacio del común (poder) ―si bien utilizando la mayúscula o la minúscula para la letra inicial en cada caso―.

Así pues, quizá de forma más clara que en ningún otro lugar de su obra, los autores inciden en Asamblea sobre este punto: de la misma manera que no se trata de abandonar el espacio de la organización y del liderazgo, sino de dotarlo de un contenido liberador y eficaz para las luchas colectivas en el contexto actual, ahora se trata de tomar el espacio del poder no solo de otro modo, sino, sobre todo, con unos objetivos distintos de los que plantea el sistema capitalista. En definitiva, se trata de crear un espacio estable para las relaciones autónomas de la multitud y, pues, para la construcción y la defensa de la riqueza que emerge del común.

En este sentido, si ―como ya apuntamos en el texto anterior― hasta ahora los autores habían utilizado la noción de éxodo, en Asamblea, en cambio, esta estrategia del poder dual, que se expresa desde el interior y en contra del sistema, se complementa tomando elementos de otras dos vías que no rechazan, en este caso, la toma del poder institucional: la del reformismo antagonista y la de la hegemonía.

Mediante la noción de éxodo se trata de prefigurar, a pequeña escala y partiendo de la organización de los propios movimientos, la articulación futura de un espacio amplio y estable de relaciones al margen del sistema capitalista. Entre los ejemplos actuales que ofrecen los autores encontramos los centros sociales ocupados de Italia en los años setenta y, más recientemente, las acampadas surgidas alrededor del ciclo de luchas de 2011. La segunda vía trata de infiltrarse, por medios electorales, en las instituciones, con el objetivo de transformarlas desde el interior. Proyectos de carácter municipalista y partidos como Podemos o Syriza ―aunque este caso constituye un ejemplo del fracaso de la hipótesis basada en el reformismo antagonista―, se encontrarían entre las propuestas de este tipo. Por último, la estrategia de la hegemonía plantea la destitución más o menos rápida del orden establecido, sin desestimar la vía electoral, a lo que debe seguir la construcción de un nuevo espacio institucional a todos los niveles. Las experiencias que se han dado en algunos países de América Latina durante las dos últimas décadas, pueden constituir una muestra por esta parte. En este sentido, se trataría de hacer confluir las tres líneas ―los tres rostros de Dioniso para el (auto)gobierno de la multitud, como apuntan los autores― con el propósito de llevar más allá el alcance, habitualmente relativo, y de fortalecer la capacidad de resistencia, a menudo frágil, de los proyectos de carácter prefigurativo.

Así pues, el nuevo espacio institucional debe impugnar la propiedad capitalista en favor de la producción cooperativa del común. Al mismo tiempo, la nueva creación institucional debe desbordar los límites impuestos por la soberanía y su materialización en el seno del aparato estatal. Decae así, igualmente, el peso de los mecanismos de representación en la esfera de lo político. Superar la soberanía quiere decir, en este caso, que no se acepta ni la abstracción que supone un sujeto unificado como el de pueblo ―o el de nación―, ni la alienación de la capacidad de decisión que, sobre este cuerpo político, acaba ejerciendo el modelo representativo. Como apuntan los autores, el objetivo de disminuir al máximo la distancia entre gobernantes y gobernados debe constituir, por esta parte, uno de los motores del nuevo espacio institucional. En este sentido, el comunismo se reivindica desde la posibilidad de llevar a la práctica procesos de producción, circulación y atribución del valor, así como también de expresión y de participación política, que ni caigan bajo las redes del Mercado ni se encuentren encerrados en los límites del Estado. Por este lado, como indican los autores, experiencias como el confederalismo democrático kurdo o las comunidades autónomas zapatistas ofrecen un ejemplo de buena parte de los aspectos implicados en la construcción de un nuevo espacio institucional.

Como dijimos al principio, Asamblea constituye por esta parte un espacio en el que desarrollar y concretar, en el que poner a trabajar conjuntamente las principales herramientas conceptuales que Hardt y Negri han forjado con su obra a lo largo de los últimos veinte años.

Por Miquel Martínez Josep Artés

Profesores de Filosofía

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Bong levanta su puño en alto, aferrando uno de sus cuatro premios Oscar.

Un análisis de la ceremonia de la Academia de Hollywood

En el triunfo del film coreano hay un factor a tener en cuenta: en los últimos años, la Academia hizo un esfuerzo importante por ampliar su base de votantes con gente de cine que no necesariamente vive o trabaja en Hollywood. 

 

El libro Guinness de los récords ya debe estar preparando una entrada especial para el caso Parasite, la extraordinaria película coreana que en la noche del domingo (la madrugada del lunes para la Argentina) se convirtió en la gran ganadora de la ceremonia del Oscar de la Academia de Hollywood. Por primera vez desde la creación del premio, 92 años atrás, una película de habla no inglesa ganó la estatuilla al mejor film. Es la primera vez también que la película ganadora del Oscar a lo que hasta el año pasado se conocía como mejor film extranjero --y a partir de esta edición ha pasado a llamarse mejor film internacional-- hace doblete con el premio principal. Si a eso se le suma que su director, el talentoso Bong Joon-ho , también fue coronado como mejor director y autor del mejor guion original, el caso es ciertamente único. Hasta el domingo, ninguna película coreana había ganado un Oscar y de pronto, en una sola noche, Parasite obtuvo cuatro de los seis a los que estaba nominado.

Cinematografía poderosa como pocas, plena de talentos muy diversos, la coreana es una presencia constante en el circuito de festivales internacionales, pero se diría que esta feroz sátira social sobre la lucha de clases en la sociedad capitalista contemporánea tomó ahora a Hollywood por asalto, un poco como sus proletarios personajes protagónicos toman posesión de una lujosa casa ajena en Seúl. Algo así como si la familia Bong, proveniente de ese subsuelo que es toda película producida fuera de la Meca del cine, hubiera llegado de pronto a la colina de Hollywood y se hubiera apoderado del famoso cartel que la identifica.

Uno más entre los varios récords que rompe Parasite es el de quebrar una vieja maldición: por primera vez desde 1955 –cuando Marty, de Delbert Mann, se llevó ambos premios-- también la película ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes (como fue el caso del film de Bong en mayo del año pasado, en lo que constituye el primer triunfo del cine coreano en la muestra más influyente del mundo) gana el Oscar. Esta situación no sólo fortalece a Cannes en su rol de descubridor de talentos –Bong ya tenía presentados en la Croisette tres de sus films previos—sino también en su pelea con Netflix, que parece es también la de la Academia de Hollywood. Hay dos aliados allí, muy distintos entre sí, pero unidos frente a lo que consideran un enemigo común.

Si este año hubo una gran perdedora en la ceremonia no fue 1917, la película del británico Sam Mendes, que aparecía en todas las encuestas como la favorita a llevarse el premio principal y debió conformarse con tres estatuillas (estrictamente técnicas: fotografía, mezcla de sonido y efectos visuales) de las diez a las que aspiraba. La gran derrotada –hasta la humillación incluso-- fue El irlandés, la mejor película de Martin Scorsese en 30 años, que terminó ignorada olímpicamente: no consiguió ni uno de los diez Oscar a los que estaba nominado. La causa hay que buscarla, seguramente, en su compañía productora, Netflix.

Como en Cannes, en Hollywood también parece haber una resistencia férrea al modelo de exhibición de la plataforma online, que a todas luces no es vista como un par en la comunidad cinematográfica local, por más que la N roja haya hecho con The Irishman ese tipo de película que antes hacían los grandes estudios –con estrellas de la magnitud de Robert De Niro y Al Pacino— y que ahora se resisten a llevar a cabo, privilegiando en cambio las versiones de cómics que Scorsese abiertamente desprecia.

La ovación de pie de todo el Dolby Theatre al director de Taxi Driver, cuando el coreano Bong, con su Oscar al mejor director en la mano, confesó que se había formado como estudiante de cine con la obra de Martin Scorsese, puede haber sido un gesto hipócrita de la comunidad de Hollywood. Al fin y al cabo, fueron precisamente los que estaban allí quienes le negaron sus votos a El irlandés. Pero también puede ser leído como un mensaje especial a Marty: la cosa no es con vos, es con Netflix.

El año pasado, ¿Roma, de Alfonso Cuarón, podría habría ganado el Oscar a la mejor película de no haber sido producida por la odiada plataforma? La respuesta hoy, con Parasite en los más alto del podio, lleva a pensar que sí. Que la Academia quizás ya estaba preparada para premiar una película hablada en otro idioma que no fuera inglés. Además, el mexicano Cuarón forma parte de la comunidad de Hollywood hace años, donde ha hecho películas de gran presupuesto para sus principales compañías. A diferencia de Bong, es uno más de los “happy few” de Beverly Hills, esos sobre quienes ahora se lanza la troupe de Parasite. Pero la maldición Netflix cayó entonces sobre Roma como ahora sobre El irlandés, que sufrió todavía más. A mayor presupuesto, más dolorosa la caída.

Habrá que ver qué consecuencias tiene este segundo revés consecutivo –este año casi un insulto— en la política de producción y exhibición de la plataforma. Y en sus finanzas. Se sabe que Netflix ha tomado una deuda importante para acumular producción propia, pero su férrea resistencia a estrenar en salas (una decisión a escala global) y la prepotencia con la que quiere imponer su política de lanzamientos exclusivos online pareciera estar poniendo a la compañía en una situación difícil, por decir lo menos. Quizás desista de buscar prestigio y reconocimiento en el mundo del cine y se refugie en las series, que siempre fueron su fuerte.

Volviendo al triunfo de Parasite, hay otro factor a tener en cuenta. En los últimos años, la Academia ha hecho un esfuerzo importante por ampliar su base de votantes con gente de cine que no necesariamente vive ni trabaja en Hollywood (hay varios argentinos residentes en Buenos Aires incluso). Eso puede haber influido. Antes, en tiempos de Jack Valenti, de la Motion Picture Association of America (Mpaa), una suerte de Donald Trump de Hollywood, eso nunca hubiera sucedido. De hecho Valenti (fallecido en 2007), cuando percibió que el cine coreano se fortalecía en calidad y en cantidad en su mercado interno y por lo tanto eso menguaba el rendimiento del cine estadounidense en las salas de Seúl, hizo todo lo que pudo por debilitarlo y doblarle el brazo a su legislación, que imponía una fuerte cuota de pantalla para el cine local. No lo logró. Como declaró hace unos días Bong: “En los países europeos y americanos se asombrarían por la cantidad de espectadores coreanos que van a ver las películas nacionales. El porcentaje de habitantes que van a ver películas coreanas es mucho mayor que en la mayoría de los países del mundo. Solo le ganan India, los Estados Unidos y Francia. El cine coreano es muy querido dentro de Corea. Eso es un gran incentivo para la producción”.

Allí donde claramente no hubo sorpresas, fue en los rubros de interpretación. Ganaron los que se sabía que iban a ganar: Joaquin Phoenix (Guasón) y Renée Zellweger (Judy) se llevaron los premios al mejor actor y actriz respectivamente, mientras que las estatuillas a los intérpretes secundarios fueron para Brad Pitt (Había una vez en... Hollywood) y Laura Dern (Historia de un matrimonio), también favoritos en sus rubros. Es sin embargo sintomático el caso de Phoenix porque representa a un film de una oscuridad y un nihilismo fuera de norma no sólo para la Academia de Hollywood sino también para una franquicia como DC Comics. Una película muy influenciada por el cine de Scorsese sin duda, que desde ese lugar tangencial también pareciera haber sido reconocido como el gran maestro que es, a pesar de que los casi 8.500 académicos con derecho a voto se resistan a reconocerlo.

Otro eterno postergado es Quentin Tarantino, que no logra seducir a Hollywood ni siquiera cuando hace una película enteramente dedicada a su leyenda (más bien negra, es cierto) y que lleva hasta el nombre de la ciudad en su título. Los académicos solamente se avinieron a elegir a Brad Pitt como actor secundario por Había una vez… y a las venerables señoras que se ocuparon, desde la dirección artística, en reconstruirla tal como era en 1969, cuando el clan Manson asesinó a Sharon Tate, aquí salvada por un giro contrafáctico muy propio del director.

No importa: el hombre de la noche, Bong, también tuvo palabras de agradecimiento para Tarantino y sin duda (ya que anunció un par de veces su voluntad de festejar con unos tragos) no se perdió la oportunidad de tomar con él unas botellas de soju, la clásica bebida alcohólica coreana. Con ese tono campechano que tiene, Bong dijo que le gustaría que la Academia de Hollywood le permitiera “partir en cinco la estatuilla y compartirla con mis compañeros de rubro”. Y allí también hizo escuela. A partir de su declaración, los siguientes ganadores se sintieron en la necesidad de darse un baño de humildad (incluso Joaquin Phoenix, en su largo y errático discurso, donde empezó hablando del amor a la humanidad y terminó hablando de las vacas) y expresar su deseo de compartir su premio con sus contrincantes, compungidos en la platea. Más allá del exceso de shows musicales, que por momentos convirtieron a la velada en una variante de la ceremonia del Grammy, fue una noche ciertamente extraña, especial, que a diferencia de las veladas anteriores sin duda quedará para el recuerdo. Finalmente, después de muchos años, el Oscar principal se lo llevó una película que, por muchos motivos, no será fácil de olvidar. 

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La fuerza de choque que asusta a Bolivia. ¿Qué es la Resistencia Juvenil Cochala? 

Encapuchados, motorizados, con remeras que los identifican y portando armas caseras, los miembros del colectivo se hicieron más visibles en el contexto del golpe. 

 

Tres puñaladas certeras casi terminan con su vida. El periodista Adair Pinto había decidido salir con amigos, buscando un poco de distracción en una Bolivia literalmente dada vuelta. Sin imaginarlo, fue víctima de la Resistencia Juvenil Cochala (RJC). Este grupo de jóvenes que actúa como fuerza de choque tomó gran impulso en los conflictos posteriores a las elecciones del 20 octubre de 2019, primero haciéndose eco de las denuncias de fraude orquestadas por la OEA, y luego exigiendo directamente la renuncia del entonces presidente Evo Morales. 

Encapuchados, motorizados, con remeras que los identifican y portando armas caseras, los miembros del colectivo actúan como fuerza de choque frente a cualquier movilización de la militancia del MAS en Bolivia. Ahora, y de cara a las elecciones generales del tres de mayo, se perfilan como una "institución de resistencia" que busca extenderse a nivel nacional. Reniegan de la política pero tienen vínculos innegables con líderes cívicos como Luis Fernando Camacho, y cuentan incluso con el visto bueno del gobierno de facto encabezado por Jeanine Añez.

La RJC surgió a partir de la unión de siete jóvenes sin militancia política pero con un claro rechazo a la figura del mandatario depuesto de Bolivia, Evo Morales. Durante los días de mayor conflictividad en las calles, en octubre de 2019, la Resistencia agrupó a 150 personas. Actualmente supera los 5 mil miembros. Cochala es la forma coloquial con que se nombra a los nacidos en Cochabamba.

Los miembros de la Resistencia se mueven siempre en motos y justifican su accionar bajo el paraguas de la "defensa de la democracia". Empezaron a copar las calles, incluso antes de elegir ese nombre, en barrios cochabambinos para apoyar los paros contra Morales, cuando todavía era presidente. Argumentan que siempre lo hicieron de manera pacífica, pero esa supuesta calma se ve empañada por una serie de agresiones registradas contra manifestantes, dirigentes y trabajadores de prensa. Adair Pinto, periodista de la radio FM Potencia Dinámica, fue la última víctima de la RJC.

La madrugada del sábado primero de febrero, Pinto se encontraba en un local bailable con amigos, en la zona norte de Cochabamba. Su agresor, Roger Revuelta, ingresó con un grupo de personas al boliche para amenazarlo de muerte. "Entró este grupo que argumentaba ser de la RJC y empezaron a insultarme por la labor periodística que desempeño", contó Pinto en diálogo con Página/12. Por su programa radial, Pinto dedicó varios programas a investigar y exponer el peligroso funcionamiento de la Resistencia. "En ese momento este miembro de la RJC, Roger Revuelta, me muestra de su celular una foto de mi hermana, me dice que la iba a violar, y que yo me iba a morir ese día", recordó.

El hostigamiento no terminó ahí. Al salir del local bailable, Pinto se preparaba para subir a un taxi. "Al lado del chofer viene el señor que me amenazó de muerte, y de violar a mi hermana, me asesta tres puñaladas en lugares vitales. Si no hubiera reaccionado me hubiera llegado una al corazón, la otra al estómago, la otra cerca a la vena aorta en el muslo derecho", comentó. El agresor Revuelta fue rápidamente detenido. Tras una audiencia que duró más de tres horas, Revuelta fue llevado al penal de San Sebastián para cumplir prisión preventiva por cuatro meses, bajo el cargo de homicidio en grado tentativo. El imputado contaba además con dos antecedentes penales, uno por violencia familiar y otro también por lesiones. Revuelta es uno de los principales cabecillas de la RJC. Pinto al sobrevivió al ataque de milagro. Continúa bajo tratamiento médico y teme nuevas amenazas.

La agresión sobre el joven periodista fue la primera ocasión en que un solo miembro de la Resistencia ataca directamente a otra persona: se caracterizan por amedrentar a sus víctimas en patota. Tal vez el caso más resonante dentro de esa lógica fue el de la alcaldesa de Vinto por el MAS, Patricia Arce. En la edición de Página/12 del pasado ocho de noviembre, el fallecido periodista Sebastián Moro describió los hechos con precisión: "Arce fue secuestrada, retenida y agredida por sujetos que la liberaron tras obligarla a arrodillarse, bañarla con pintura roja y cortarle el cabello, entre otros sometimientos". La alcaldesa fue rescatada por la Policía en el puente Huayculi del municipio de Quillacollo, cuatro horas después. Los jóvenes de la Resistencia fueron los protagonistas estelares de la salvaje agresión.

Muchos bolivianos temen cada vez que alguien pronuncia el nombre de la RJC. Anibal Urquieta, vecino de El Alto, vio como sus miembros se inflitraban en las primeras manifestaciones contra el gobierno de facto. "De repente en las calles aparecieron grupos paramilitares que parecían salidos de un guión cinematográfico hollywoodense: andaban armados con garrotes y púas. Usaban también bates y portaban chalecos. Para las fuerzas de seguridad era necesario matar y herir, ellos parecían cumplir una segunda función, el amedrentamiento".

Los integrantes de la Resistencia siempre están listos para interrumpir cualquier movilización del masismo, o incluso arremeter contra los principales símbolos de la cultura indígena, como la wiphala. El 17 de enero, miembros de la RJC, encapuchados, desalojaron con insultos, gritos y empujones a un grupo de mujeres de pollera de la rotonda de Cala Cala, uno de sus bastiones. Habían cometido el "delito" de juntarse ahí.

Pero luego de alzarse con el preciado botín de la renuncia forzada de Evo Morales, ¿qué funciones cumple la Resistencia? Para el sociólogo del Centro De Estudios Superiores Universitarios de Cochabamba, Chaly Crespo, este grupo de jóvenes ya cumplió el propósito para el que fue creado. "Ahora se deberían desarticular. Imagino que ya tienen otros intereses con los cívicos que están en proceso electoral. En su momento fueron una resistencia, un movimiento espontáneo. Pero actualmente ya no se justifica su existencia. Hoy ya serían un grupo de choque", aseguró Crespo en declaraciones al diario Página Siete.

Los miembros de la Resistencia se manejan con estatutos y una mesa directiva que prohíbe a sus miembros incursionar en el escenario político. "Si alguien quiere pertenecer a algún partido político tiene que salirse”, agregó Molina, en una de sus pocas declaraciones a la prensa. Sin embargo, pese a que descartan vínculos políticos, los miembros de RJC escoltaron y protegieron al exlíder cívico Luis Fernando Camacho, durante una visita a Cochabamba el pasado 28 de noviembre. Por ese entonces, el dirigente ya tenía firmes intereses de ser candidato a la presidencia en las próximas elecciones generales.

La Resistencia cuenta además con el apoyo explicito del gobierno de facto. El ministro Arturo Murillo dijo que la RJC fue "muy útil" durante los días del conflicto. "Los cochabambinos estamos muy agradecidos por todo su labor que realizaron anteriormente. Si quieren ser un grupo de seguridad, pueden presentar sus papeles al ministerio de Gobierno, todo tiene que ser documentado. Necesitamos orden", señaló Murillo en conferencia de prensa. Es decir, una invitación directa a incorporarse al aparato represivo del Estado.

Sin un rumbo definido, la RJC intenta avanzar en Bolivia. Por lo pronto, sus miembros anunciaron que participarán como observadores en las elecciones del próximo tres de mayo. No parece poco premio para un grupo surgido espontáneamente y por amor a los vehículos de dos ruedas.

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Integrantes de la Policía Nacional Civil y de las fuerzas armadas, junto con diputados ofi cialistas, ingresaron al recinto para apuntalar una sesión extraordinaria convocada por el mandatario Nayib Bukele. El Ejecutivo llamó a sus seguidores a participar en una "insurrección" para forzar al Parlamento a aprobar un préstamo de 109 millones de dólares que destinaría a un programa de seguridad. El presidente entró al recinto y en el estrado se puso a orar. La oposición lo acusó de urdir un "autogolpe" de Estado. Foto Ap. / Agencias

El presidente exige a diputados aprobar la solicitud de un préstamo para su estrategia de seguridad interna

 

San Salvador., Efectivos de la Policía Nacional Civil y de las fuerzas armadas irrumpieron ayer en la sede de la Asamblea Legislativa con algunos de los diputados oficialistas que se presentaron para participar en una sesión extraordinaria convocada por el presidente Nayib Bukele.

El mandatario convocó a sus seguidores a rodear la sede del Legislativo e hizo un llamado a la insurrección para forzar al Parlamento a aprobar un préstamo de 109 millones de dólares que impulse la Fase tres del Plan Control Territorial, su estrategia de seguridad interna.

Bukele llegó al recinto, a cuya sesión sólo acudió una veintena de los 84 diputados.

La oposición a Bukele denunció un intento de autogolpe de Estado contra la Asamblea Legislativa con el argumento de que debe votar el préstamo.

Bukele lanzó un ultimátum de una semana a la Asamblea, de mayoría opositora, para que apruebe el préstamo para el rubro de seguridad, clave para el plan nacional de lucha contra las pandillas y epicentro del actual enfrentamiento entre ambos poderes.

Al dirigirse desde una tarima a seguidores y empleados estatales congregados en las cercanías, Bukele expresó: Les pido paciencia, si estos sinvergüenzas (los diputados) no aprueban esta semana el Plan Control Territorial los volvemos a convocar el domingo (que viene).

El crédito, que será usado para el equipamiento del ejército y la policía, es clave para avanzar en el plan del gobierno contra las violentas pandillas.

Momentos antes de lanzar el ultimátum, en un hecho insólito, Bukele ingresó al estrado que normalmente ocupa la directiva del Congreso en el salón de sesiones y se dispuso a orar: La decisión que vamos a tomar ahora la vamos a poner en manos de Dios. Vamos hacer una oración.

Luego se paró, salió del recinto y se dirigió a sus seguidores afuera del Congreso, a quienes aseguró que durante su oración Dios le dijo que tuviera paciencia con los legisladores. Desde su llegada al poder en junio de 2019, Bukele gobierna con una minoría en el Congreso unicamaral.

Cuando el mandatario se presentó al recinto, el Parlamento estaba inusualmente custodiado por efectivos militares provistos de chalecos antibalas y fusiles de asalto M-16.

Todo ocurrió a pesar de que el presidente de la Asamblea, Mario Ponce, convocó el sábado a los parlamentarios a sesionar sobre el polémico préstamo este lunes, luego de que fracasó esa noche un intento de celebrar una sesión extraordinaria.

El viernes surgió una confrontación entre Bukele y el Legislativo, cuando el presidente –apoyado en una resolución del consejo de ministros– llamó a la Asamblea a sesionar de manera extraordinaria el fin de semana para aprobar el préstamo.

En tanto, el partido derechista Alianza Republicana Nacionalista, que anunció que no votará a favor de la petición del gobierno, pidió al secretario general de la OEA que active los mecanismos establecidos en la Carta Democrática Interame ricana para evitar el rompimiento del orden constitucional.

Por su parte, el izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, en el cual alguna vez militó Bukele, exigió al mandatario frenar sus amenazas, propias de una dictadura.

La Unión Europea expresó en un comunicado la gran preocupación que ha causado el enfrentamiento entre las instituciones en el país centroamericano. Y la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social pidió el retiro de las fuerzas armadas del recinto legislativo, entre otras medidas, para desactivar la crisis.

Las pandillas son responsables de gran parte de la crisis social en El Salvador, uno de los países sin guerra más violentos del mundo, con un promedio anual de 35.6 homicidios por cada 100 mil habitantes en 2019.

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El Sinn Fein, la sorpresa de las elecciones en Irlanda

Un ascenso histórico del antiguo brazo político del ya inactivo IRA

La propuesta del partido de izquierda logró captar el voto joven, en un país con un notable crecimiento económico donde sin embargo persisten las desigualdades.

El partido Sinn Fein lidera las elecciones legislativas celebradas el pasado sábado en Irlanda por un estrecho margen, según las primeras cifras oficiales. El antiguo brazo político del Ejército Republicano Irlandés (IRA) logró instalarse en una pelea voto a voto junto a los dos partidos que tradicionalmente dominan la política irlandesa, Fine Gale y Fiana Fáil. 

La propuesta del partido de izquierda logró captar el descontento de la juventud irlandesa, en un país con un notable crecimiento económico donde sin embargo persisten las desigualdades. Independientemente del resultado final, cualquiera de los partidos deberá formar alianzas para gobernar, un escenario que por el momento asoma complicado.

En concreto, el Sinn Fein logró bajo el liderazgo de Mary Lou McDonald un 23,94 por ciento de los votos, según las primeras proyecciones, mientras que el Fiana Fáil obtendría un 21,27 por ciento de votos y el Fine Gael del primer ministro saliente, Leo Varadkar, lograría un 21,08 por ciento del total de los sufragios. El recuento se inició a las 9 horas locales (las 6 en Argentina), pero los resultados definitivos podrían tardar días en darse a conocer.

Si se mantiene la tendencia, el izquierdista Sinn Fein, antiguo brazo político del ya inactivo IRA, terminaría con el bipartidismo en Irlanda gracias al apoyo de los más jóvenes y de aquellos a los que la recuperación económica dejó atrás. Su líder, la dublinesa Mary Lou McDonald, supo movilizar a los afectados por las desigualdades que han creado nueve años de gobierno del democristiano Fine Gael y de su primer ministro, Leo Varadkar, quien llegaba a estos comicios con viento de cola: la economía nacional crece al ritmo más alto de Europa y roza el pleno empleo.

El lento recuento de votos de los comicios, que comenzó el domingo, determinará el reparto final de escaños en la Cámara Baja de Dublin, de 160 diputados, si bien las primeras proyecciones dejan a cualquiera de las tres fuerzas (Sinn Fein, Fiana Fáil y Fine Gael) lejos de la mayoría absoluta.

En ese contexto, los partidos deberán buscar apoyos para formar gobierno con diputados independientes y formaciones minoritarias, como los verdes o laboristas. Por el momento, los tradicionales democristianos y centristas aclararon que no formarán Ejecutivo con el Sinn Fein por su pasado violento y sus políticas económicas, que tachan de populistas.

McDonald, que representa a una nueva generación de republicanos sin relación con el IRA, recogió rápidamente el guante. Sostuvo que el bipartidismo "sigue negando" la evidencia e "ignoran" el mensaje del electorado en estos comicios. "Quiero tener un gobierno para el pueblo. Lo ideal sería un gobierno en el que no estén ni Fine Gael ni Fianna Fáil. He empezado a contactar con los otros partidos para explorar durante los próximos días nuestras posibilidades", expuso la líder del Sinn Fein, actual tercera fuerza de la legislatura.

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Domingo, 09 Febrero 2020 06:09

Líbano, la tierra de la revolución

Líbano, la tierra de la revolución

Manifestantes democráticos y no sectarios, furiosos ante la corrupción administrativa, condenan al parlamento como un lugar donde empresarios y terratenientes pueden ser vendidos y comprados, y demandan elecciones no confesionales y una votación popular para la presidencia. Repitamos el viejo lugar común: ¿les suena familiar?

Bueno, claro que sí. Pero en este caso se trata de Beirut en noviembre de 1938, y del Congreso Nacional y Democrático que había sido integrado por el Partido Comunista Libanés. Incluía a la clase media libanesa, economistas, socialistas, tenderos, estudiantes e incluso sindicalistas de todas las religiones, junto con la élite adinerada que se oponía al zaim tradicional, a las grandes familias que habían dominado el país –como lo hacen aún– durante más de un siglo. No llegó a ningún lado.
Protestaban contra el continuo y opresor mandato de los franceses –quienes desde siempre habían demandado un presidente cristiano para su pequeño Estado favorito en Medio Oriente–, pero luego llegó la Segunda Guerra Mundial, cuando la caída de Francia en 1940 entregó a Líbano por breve tiempo al gobierno de Vichy, y más tarde la “liberación” del país por los británicos y Francia Libre en 1941, tras de lo cual las demandas de independencia unieron por un corto lapso a musulmanes y cristianos contra Francia. Se mantuvieron juntos como nacionalistas libaneses.

Como es usual bajo ocupación extranjera, las diferencias sectarias importaban menos que la libertad. Cuando los franceses encerraron a las recalcitrantes autoridades libanesas, tanto cristianas como musulmanas, en la vieja fortaleza de Rachaya, hubo violentas protestas en todo el país. Pero cuando los franceses decidieron irse el sistema sectario libanés resurgió. Igual ocurrió en Siria. Los dos países compartirían la misma fecha de independencia. Y el mismo sombrío legado de confesionalismo, que los franceses habían estimulado insidiosamente durante su mandato, de 1923 a 1946.

Si bien el mandato francés había beneficiado en gran medida a los cristianos, para quienes el general Henri Gouraud amplió el nuevo Líbano a expensas de Siria, incluso la administración francesa se irritaba de cuando en cuando por los constantes reclamos confesionales de cristianos y musulmanes. De hecho, el gobierno del Frente Popular encabezado por León Blum en París fue criticado por los libaneses por su perspectiva no sectaria. Ahora que la mayoría sunita en Siria se había separado de ellos, los sunitas de Líbano se vieron reducidos a una minoría. El brigadier Stephen Longrigg, uno de los historiadores menos emotivos de ese periodo, detectó con rapidez cómo las pertinaces debilidades del país se podían observar incluso después de la Primera Guerra Mundial: “La falta de solidaridad nacional, la devoción a fines sectarios o personales, la interminable disputa por posiciones y poder, las intervenciones de los dignatarios religiosos… la dificultad de erradicar el dispendio, el abuso y la corrupción… las demandas excesivas del confesionalismo”.

Cuando la depresión mundial aplastó la economía libanesa (ligada inevitablemente a las finanzas francesas), hubo extensas huelgas, protestas callejeras y violencia. Los salarios cayeron 50 por ciento, lejano paralelo con la crisis actual, pero en la década de 1920 las protestas fueron instigadas sobre todo por carniceros, taxistas y abogados. Los cristianos estaban divididos, igual que hoy, pero los musulmanes chiítas eran desdeñados en gran medida por cristianos, sunitas y franceses. Pobres, en su mayoría sin estudios, considerados un elemento casi “extranjero” en Líbano –como lo siguen siendo para algunos sunitas y cristianos–, fue su comunidad hermana, los alauitas de Siria, la que capturó la atención de los franceses. Pero, dentro de Líbano, ahora segregados de la mayoría sunita en Siria, los chiítas se convertían en una poderosa minoría, al tiempo que los sunitas de Líbano, separados de sus hermanos y hermanas de Siria, eran una minoría menos poderosa.

Por desgracia, el creciente poder de la Alemania nazi comenzó a ejercer influencia sobre los libaneses. El Partido Nacional Socialista Sirio, que postulaba una Siria “más grande”, surgió con todo y camisas pardas y reverencia a sus líderes; hoy cuenta con 100 mil miembros en Medio Oriente y su emblema de un molino de viento rojo, blanco y negro evoca la suástica, como era la intención. Surgió la Falange Cristiana Maronita con desfiles, escuadrones paramilitares y un joven campeón de futbol, Pierre Gemayel, como líder. Su inspiración fue su visita a los Juegos Olímpicos de 1936 a Berlín. “Y entonces vi esa disciplina y ese orden”, me contó cuando era un anciano. “Y me pregunté, ‘¿por qué no podemos hacer lo mismo en Líbano?... Y nosotros en Medio Oriente necesitábamos disciplina, más que cualquier otra cosa.” Siria, por cierto, pescó la misma plaga a finales de la década de 1930. Tuvo sus movimientos de “camisas blancas” y “camisas de acero”.

Resulta interesante que los libaneses, entonces y ahora, desearan ahogar sus identidades sectarias con la nomenclatura política occidental. Un marciano o marciana que aterrizara en Líbano, si no fueran afectos al café árabe, podrían pensar que habían llegado a Europa. Se suponía que la Falange pertenecía al Partido de Unidad Libanesa. Más tarde se convertiría en el Partido Social Demócrata. Y, por tanto, actualmente hombres confesionales y a veces de hierro se ocultan detrás del Partido Nacional Liberal (cristianos de la corriente de Chamille Chamoun), el Movimiento Libre Patriótico (cristianos de Michel Aoun), el Movimiento Futuro (sunitas de Saad Hariri) y el Partido Socialista Progresista (drusos de Walid Jumblatt). Amal (el movimiento Esperanza, encabezado por Nabih Berri) es el partido chiíta más formal. Solo Hezbolá –el Partido de Dios– asocia su nombre con su fe religiosa (chiíta).

Tal vez el estudio académico más relevante para los manifestantes en las calles del centro de Beirut actual siga siendo la magnífica historia de la sociedad libanesa escrito por el finado Kamal Salibi, Una casa de muchas mansiones. De religión protestante, Salibi se preguntaba si las distintas comunidades del país deberían “ser representadas en el gobierno por liderazgos fieles a sus ethos confesionales o tribales, o su representación debería recaer en elementos más dados a la razón y la moderación”. En el primer caso, el gobierno “podría degenerar en una arena para el establecimiento de feudos confesionales tradicionales… y esto solo puede conducir al caos político”. En el segundo, la representación del país en el gobierno “no reflejaría su verdadera naturaleza social”, presumiblemente porque “la razón y la moderación” no eran tan fáciles de encontrar en Líbano como Salibi hubiera deseado.

Y aquí llegamos al centro nuclear de la crisis libanesa. ¿Podría Líbano llegar a ser un Estado moderno si alejaba su política del confesionalismo, pero retenía el sectarismo social? Si se acepta que musulmanes y cristianos no podrían casarse en el país –y que ese divorcio (un ingreso sumamente redituable para las iglesias de todos los credos) solo podía ser decidido por clérigos–, ¿en verdad se podría hacer todo esto a un lado y elegir a los líderes sobre la base de sus capacidades, más que de su religión? ¿En especial cuando los cristianos, por divididos que estuviesen, se miraban como representativos de la civilización europea bajo la amenaza constante de los musulmanes, mientras los musulmanes sentían pertenecer al nacionalismo árabe o, más adelante, al nacionalismo islámico o sencillamente a la “nación” del islam?

Salibi creía que el gobierno y la oposición, los liderazgos cristianos y musulmanes, deseaban impedir el desarrollo económico porque este “haría ver a los ciegos”: educar a la gente de las ciudades y poblados –estas palabras son mías– era un peligro para las élites instruidas. Puesto que los refinados y acaudalados cristianos y musulmanes sunitas controlaban los bancos y la economía, también serían culpados cuando la corrupción quedara expuesta. Las crisis económicas podían atribuirse a los extranjeros –primero a los refugiados palestinos, hoy a los sirios y los iraníes–, pero las primeras dos décadas de la independencia fueron de un éxito económico casi sin paralelo.

Entonces, en 1966, Intra Bank, dirigido por un palestino cristiano, cayó en bancarrota. Casi tan poderoso como el Banco de Líbano, controlaba empresas importantes en todo el país, entre ellas la aerolínea nacional y otras de desarrollo inmobiliario, turismo e industria. El banco, como el profesor Fawwaz Traboulsi declararía expresamente en su propia historia del país, financiaba elecciones, distribuía regalos en efectivo disfrazados de préstamos y pagaba sobornos de todo tipo. Investigación reciente sugiere que instituciones financieras occidentales pudieron haber causado el colapso –Intra tenía más activos que pasivos cuando fue destruido–, pero los resultados fueron catastróficos. Bancos más pequeños se vinieron abajo, y hubo una fuga masiva de capitales… exactamente igual que ahora.

De hecho, vale la pena preguntar si la actual revolución –en la que los manifestantes demandan poner fin a la corrupción y al sectarismo, y una nueva constitución– habría estallado si la economía del país, hace mucho tiempo abandonada por las potencias europeas, aún gozara de la prodigalidad de las décadas de 1950 y 1960. Después de la guerra civil de 1975-90, mientras la divisa se mantuvo en paridad de 1,500 a uno con el dólar estadunidense, la economía funcionó. Las remesas podían sustituir a los impuestos, y las propiedades eran un seguro contra la inflación o el colapso económico.

La corrupción era sostenible –por los bancos, por los líderes políticos y empresariales– sobre la base de que el sistema sectario protegía al país bajo lo que se conocía como Pacto Nacional. Si éste se derrumbaba –si la representación parlamentaria basada en el confesionalismo (un presidente cristiano, un primer ministro sunita, un chiíta como presidente del parlamento, etc. ad infinitum) ya no era capaz de proteger la economía libanesa–, entonces tanto el sistema económico como el sectario perderían credibilidad. Y eso es lo que con el tiempo ocurrió.

Resulta irónico, y trágico, que quienes hoy demandan una nueva constitución, una nueva forma de gobernar Líbano, poner fin a la corrupción institucional, no tienen aliados. Y quienes hasta hace poco estaban dispuestos a morir por la libertad del sur del país –Hezbolá– resultan ser los apoyos más poderosos de quienes han causado el empobrecimiento del pueblo: porque los lugares en el parlamento y en el gabinete son a final de cuentas más importantes para Hezbolá (y Siria) que el cambio político que el partido pro iraní habría demandado en Líbano bajo otras circunstancias.

Hay buena razón para esto. Todo político en Líbano reconocerá en privado que los chiítas, si estuvieran representados en el parlamento conforme a su verdadera población actual, deberían tener más de los 27 lugares a los que tienen derecho en la actualidad. Existe un acuerdo tácito según el cual Hezbolá no protestará por su desproporcionada falta de representación mientras se le permita mantener una milicia fuertemente armada. En otras palabras, el mayor movimiento chiíta puede conservar sus armas –infinitamente más poderosas que las del ejército libanés–, siempre y cuando no pida más lugares en el parlamento. Temerosos de perturbar este equilibrio –que los periodistas describen siempre como un “delicado balance”, aunque de hecho es sectario e injusto–, los libaneses prefieren aceptar una fuerza paramilitar chiíta “ilegal” que una futura república islámica. O, por lo menos, esta es la explicación que se da a menudo.

El sistema de elecciones por padrón asegura que los votantes también apoyen candidatos de una secta diferente de la suya, pero esto en sí mismo crea una ilusión “democrática” fraudulenta: que los líderes políticos son populares fuera de las comunidades a las que pertenecen. Partidarios del Movimiento Libre Patriótico del presidente cristiano Michel Aoun –dirigido por el yerno del presidente, Gebral Bassil– son alineados con Hezbolá (y por consiguiente con Siria). Pero Bassil no solo es líder partidista y yerno del presidente; también es ministro del exterior. Incluso se apareció en Davos este mes, afirmando que los gastos de su avión privado a Suiza fueron cubiertos por “un amigo”.

Bassil es el blanco principal de los manifestantes en Beirut. Él afirma estar brillante de limpio. Y eso decimos todos. Pero no conozco a nadie en Líbano que no tenga una historia verificable de corrupción. Estoy bien consciente, por ejemplo, de un trato acordado en los 24 meses pasados entre un prominente político libanés –no Bassil– y un banquero libanés igualmente prominente. El político pidió al banquero hacer un cuantioso préstamo a un pariente, diciéndole que si no lo concedía perdería su empleo. El banquero pagó. Conozco los nombres, la cantidad y la fecha.

No dudo que sus abogados me demandarían si escribiera más. Pero cada libanés tiene una historia personal –y, en la mayoría de los casos, probablemente cierta– de malos manejos semejantes. La corrupción masiva no es solo una acusación: es un hecho. ¿Cómo puede, por ejemplo, un miembro del aparato de seguridad darse el lujo de pagar decenas de miles de dólares para la boda de su hija cuando la población del país lleva 45 años sin poder disfrutar de energía eléctrica las 24 horas? Si los días dorados de la economía liberal libanesa pudieran regresar, esto se perdonaría u olvidaría por otro medio siglo. Pero Líbano ocupa el tercer lugar entre los países más endeudados del mundo. La libra libanesa está a punto de implosionar. Y, para la mayoría de las personas, el dinero se está agotando.

Riad al-Solh, primer ocupante del cargo de primer ministro después de la independencia, buscó integrar las comunidades religiosas del país en una nación, y hacerlo en tal forma que las sectas convivieran en amistad y amor, y no mediante el miedo y la pasividad. Solh, uno de los que fueron hechos prisioneros por los franceses en Rachaya en 1943, describía el sistema confesional del país como un veneno. Pero, como escribió alguna vez mi difunto colega Patrick Seale, la contradicción no resuelta entre una sociedad construida sobre “antiguas solidaridades confesionales” y un “Estado nacional construido sobre una identidad nacional común” continuó infectando a Líbano. Y así es hasta la fecha.

La historia moderna de Líbano contiene todas las pistas sobre la revolución actual. Yo solía decir que su tragedia (y sí, todavía culpo sobre todo a los franceses) fue que el país nunca podrá convertirse en un Estado moderno. Si se erradicara el confesionalismo, dejaría de existir, porque el sectarismo es actualmente la identidad de Líbano. El país era un Rolls-Royce con asientos forrados de piel y un gabinete para bebidas… pero con ruedas cuadradas. No estoy seguro de que una metáfora tan fácil haga justicia al sombrío futuro que hoy confronta a los libaneses.

Cuando las clases dominantes solo pueden reproducirse en forma cada vez más corrupta y aquellos a quienes se supone que representan solo exigen que se vayan, se tiene una revolución en más de un sentido. Sí, lo que ocurre hoy en Líbano es una continuación del despertar árabe de hace casi una década. Pero, como todos sabemos, cuando una población decide que sus gobernantes deben irse, a menudo es el momento en que naciones extranjeras más grandes y poderosas irrumpen para tomar el control. Entonces surgen los dictadores locales, ansiosos de atender el llamado de esos extranjeros a quienes tanto les importan las masas empobrecidas y hacinadas que anhelan respirar el aire de la libertad.


© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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Albert Fert, premio Nobel de Física 2007 WIKIMEDIACOMMONS | JEVILLEGAS

Albert Fert, el premio Nobel de Física en 2007, argumenta que, en 2030, el 20% del consumo de energía mundial vendrá de la transmisión digital de los datos

Si tuviéramos la capacidad de diseñar el ordenador o móvil ideal, ¿cómo sería? Muchos usuarios se centrarían en la estética, otros en la funcionalidad o la originalidad. Pero en realidad, los físicos como Albert Fert (Carcassone, Francia, 1938), que desde la semana pasada se encuadra como investigador distinguido en el departamento de Física de Materiales de la Universidad del País Vasco, se preocupan por la capacidad de almacenamiento, el consumo de energía y la duración de la batería.

"Lo más incómodo de los teléfonos actuales es tener que recargarlos constantemente", explica a SINC el premio Nobel de Física en 2007, junto al alemán Peter Grünberg, durante una de sus últimas visitas a España en el festival Passion for Knowledge. Varias compañías ya están en proceso de fabricación de estos móviles que podrán durar de siete a quince días sin ser recargados.

"Después no tengo una idea particular de cómo será ese móvil del futuro", confiesa el descubridor de la magnetorresistencia gigante (1988), un efecto de la mecánica cuántica que ha permitido miniaturizar los lectores de los discos duros de los ordenadores y aumentar su capacidad de almacenamiento.

Esto dio lugar a la espintrónica, una tecnología que manipula el estado cuántico de las partículas –el espín del electrón– para aplicaciones en la industria informática. Gracias a sus propiedades, el resultado serán móviles, ordenadores y discos duros, entre otros, más eficientes, rápidos y con mayor capacidad de almacenamiento.

Pero para Fert, hasta ahora director científico de la Unidad Mixta de Física del CNRS/Thalès en Francia, el reto en la mejora de los ordenadores y discos duros es encontrar nuevos materiales que permitan reducir el consumo de energía. "El 20% del consumo de electricidad del mundo en 2030 vendrá de la transmisión digital de los datos", dice el físico, recordando un estudio publicado en la revista Challenges.

¿A qué equivale buscar en Google?

Los data centers o centros de procesamientos de datos, espacios donde se gestiona toda la información por parte de grandes empresas y organizaciones, son sin duda los mayores consumidores de energía, más incluso que los propios ordenadores personales. 

"Como cada vez más cosas pasan por internet, el consumo energético de los data center aumentará en los próximos diez años en un factor 10", señala el físico francés, que subraya que un centro de datos de Google en EE UU gasta tanta energía como la ciudad de San Francisco.

¿Pero a qué equivale la energía que gastamos con la navegación por la red? "Una información que siempre doy es que treinta búsquedas en Google corresponden a la energía necesaria para hervir un litro de agua", puntualiza Fert. Con este dato no es difícil extrapolar la ingente cantidad de electricidad que se consume, y que afecta directamente al medio ambiente, solo para mantenernos informados.

Fert lo tiene claro: "Gastamos inútilmente cuando buscamos en internet. Con un ordenador podríamos encontrarlo directamente pero, por pereza, volvemos a pasar por Google y creamos enlaces para llegar a una web". Ni siquiera las energías renovables, como la solar y la eólica, son capaces en la actualidad de compensar el gasto energético de los ordenadores.

A pesar de las predicciones para la próxima década, con la creación de la computación en la nube y conexiones de inteligencia artificial, que no harán más que incrementar el consumo, solo la tecnología será capaz de reducir este gasto. Y es aquí donde la espintrónica de Fert tiene algo que decir.

Menos energía y más espacio

El premio Nobel francés plantea una cuestión frente a este problema: "¿Cómo continuar mejorando las tecnologías de la información a la vez que se frena un poco esta hemorragia de consumo energético?". Para ello, pronto llegará una nueva generación de ordenadores que consumirán mucho menos y estarán basados en efectos de la mecánica cuántica.

"En la actualidad, en los ordenadores lo que consume la energía es la memoria RAM, el almacenamiento de datos que para cumplir su labor tiene que estar continuamente proporcionando energía", declara a SINC el físico.

Ahora la producción de almacenamiento masivo ya se está produciendo en Samsung o IBM –que llevó al mercado la magnetorresistencia gigante en 1997– con los STT-RAM (spin-transfer torque magnetic random-access memory) que están basados en principios de la espintrónica, en particular sobre fenómenos cuánticos como es el efecto túnel cuántico que depende del espín, una propiedad cuántica de los electrones.

El investigador colaboraba con el centro de investigación vasco nanoGUNE para desarrollar una nueva generación de microprocesadores con la compañía Intel. Gracias a la espintrónica, busca soluciones para mejorar la eficiencia de microprocesadores con nuevos materiales.

"Aún hoy las puertas lógicas de los ordenadores consumen mucha energía. El proyecto con Intel se basa en aislantes topológicos, unos sistemas bidimensionales con propiedades muy especiales que permiten transformar señales magnéticas en señales eléctricas de manera muy económica y eficaz", explica el físico.

En los últimos años el desarrollo de la espintrónica se ha acelerado hacia múltiples direcciones, y no solo culmina en discos duros y productos de STT-RAM.

Un ordenador que imita el cerebro

Una de las aplicaciones son los ordenadores y sistemas neuromórficos, es decir computadoras inspiradas en el cerebro. "Esto está empezando", recalca el físico. En la actualidad, los ordenadores bioinspired reproducen las sinapsis y las neuronas con microcircuitos.

"Pero hacen falta cientos de transistores para hacer una neurona y decenas para hacer una sinapsis, y el resultado son ordenadores enormes que consumen también mucha energía como los del programa Alphago, que gastan 10.000 veces más energía que el jugador de Go que tiene enfrente", especifica el francés.

Estas máquinas utilizan un tipo de cálculo diferente, más bien neuronal, al que usan los ordenadores habituales, principalmente digital. En este caso, tienen compuestos específicos basados en otros materiales nanofísicos.

"En toda la informática actual, lo que gasta mucha energía es que hay vaivenes incesantes entre operación lógica y memoria. Incluso en los microprocesadores entre la memoria SRAM (Static Random Access Memory, por sus siglas en inglés) y puertas lógicas es este tipo de escritura y lectura continuo lo que gasta energía", ilustra Fert.

Pero en el cerebro, el proceso difiere: "La memoria y la transferencia de señales a la memoria ocurren a la vez. En cuanto una señal pasa de neurona a neurona, cada vez que se atraviesa una sinapsis, esta cambia y es memorizada", dice el físico. Los señales analógicas del cerebro permiten una visión con más matices que se transmiten por millones de sinapsis y neuronas.

¿Será posible algún día usar ordenadores que imitan al cerebro? Para ello habría que realizar una sinapsis con 50 transistores y una neurona con 500. "Esto es enorme. Si quisiéramos realizar algo con la potencia del cerebro necesitaríamos un ordenador del tamaño de Madrid", confiesa.

Esta tecnología, desarrollada especialmente por la investigadora francesa Julie Grollier, con la que ha trabajado Fert, todavía es limitada. "Aún no existen los componentes ni los efectos que permiten imitar las neuronas y las sinapsis", dice. "Estamos solo al principio", concluye el premio Nobel.

Por Adeline Marcos - Agencia SINC

08/02/2020 - 16:56h

Domingo, 09 Febrero 2020 05:41

Los sueños dictatoriales de Trump

Los sueños dictatoriales de Trump

Ahora que el Senado controlado por los republicanos ha “absuelto” a Donald Trump (foto) en un juicio fulero, ahora que tiene licencia para hacer lo que le dé la gana, ¿existe un peligro real de que se convierta en un dictador?

Según el representante Jerrold Nadler (D-N. Y.), el presidente del Comité Judicial de la Cámara de Representantes y uno de los administradores del “impeachment” (juicio), el presidente ya era un dictador, incluso antes de que el Senado lo eximiera de toda culpa.

Desde la perspectiva de Chile, un país que sufrió durante 17 años las vesanías del general Augusto Pinochet, la acusación de Nadler puede parecer un tanto descabellada y hasta absurda. Trump no ha llevado a cabo, como Pinochet lo hizo, violaciones sistemáticas a los derechos humanos. No ha encarcelado y torturado a disidentes, exiliado y “desaparecido” a opositores, ni ha cerrado el Congreso o clausurado medios de comunicación hostiles. Es cierto que el presidente estadounidense ha causado un daño grave a su país y al mundo a través de políticas contra el medio ambiente, y que ha cercenado los derechos de trabajadores, mujeres, minorías étnicas e inmigrantes. Y ha librado una guerra contra la ciencia, la verdad y la convivencia civil, utilizando corruptamente su poder para enriquecerse a sí mismo y a su familia e interviniendo en países extranjeros en forma temeraria e insensata. Conductas crueles e irresponsables, sí, que no pueden entenderse, sin embargo, como dictatoriales.

Hay un aspecto, no obstante, de la acusación de Nadler que resuena reconociblemente en Chile, anunciando un futuro peligroso. Trump comparte con Pinochet la convicción arrogante de que goza de impunidad absoluta, la creencia de que está por encima de la ley. Tantos otros hombres fuertes que el presidente admira — Putin, Kim Jong Un, el húngaro Viktor Orban, el turco Erdogan, Duterte en las Filipinas o al-Sissi en Egipto, para qué hablar de Bolsonaro en Brasil—exhiben también similares síntomas. Personas autoritarias como Trump o Pinochet no pueden imaginar un porvenir en el que tendrán que rendir cuentas por su conducta. Pinochet, al igual que Trump, peroraba en eternos discursos narcisistas y paranoicos, proyectándose a sí mismo como el salvador de la humanidad (Trump dijo que era "el Elegido"), el último baluarte de la civilización occidental, alguien atacado a mansalva e injustamente por las élites y los intelectuales. Y Trump, al igual que Pinochet, piensa que el poder ejecutivo no está sujeto a control alguno: cree que puede perdonarse a sí mismo, que la Constitución le da el derecho de "hacer lo que me dé la gana", y que puede obstruir cualquier investigación sobre posibles fechorías al negar el acceso a documentos y testimonios.

Si Trump, entones, no es un dictador en el sentido literal del término, ganas no le faltan.

Esta actitud antecedió, por supuesto, a su presidencia. Ya se había acostumbrado a evitar las consecuencias de vilezas periódicas, sin que lo disuadieran ni quiebras financieras ni acusaciones de agresiones sexuales. Tampoco lo hicieron recapacitar los incesantes escándalos o tantas estafas turbias en que se vio envuelto. Si la experiencia esencial de vida de Trump, confirmada durante su mandato en la Casa Blanca, es que puede comportarse repetidamente mal y salirse con la suya, ¿cómo será su conducta desenfrenada en un futuro próximo? ¿Cómo se puede contener a alguien que, ahora que le soltaron las poca amarras que tenía, se considera falsamente reivindicado? ¿Podría su broma de que no perdería apoyo si le disparara a alguien en la Quinta Avenida resultar terriblemente cierta?

Mirado desde Chile, sin embargo, este paralelo entre Trump y Pinochet permite una leve dosis de optimismo. Los dictadores —y los aspirantes a dictadores— a menudo preparan su propio derrumbe. Se enamoran de sí mismos y de su presunta omnipotencia de manera que, infectados con la fiebre de la impunidad, tienden a excederse y cometer errores garrafales. El caso de Pinochet es claro. Se permitía ultrajar salvajemente a sus adversarios, rodeado de voces que le murmuraban una retahíla de elogios, y fue así que, confundiendo su dominio totalitario con una popularidad total, terminó llamando a un plebiscito que estaba seguro de ganar. ¿No controlaba acaso todos los órganos del Estado y todos los instrumentos del miedo? A pesar de ello, en octubre de 1988 perdió rotundamente, y ya en 1990, no era presidente. Por cierto que su pernicioso legado persiste, llevando a que, 30 años después de finalizar su imperio, se ha desencadenado una inmensa rebelión popular que está tratando de confrontar y superar los problemas del país torcido que nos dejó. Ojalá que Trump no tenga una influencia igualmente duradera y nefasta.

Los chilenos fueron capaces de derrotar al dictador y sus delirios de grandeza debido a lo que yo llamaba en ese momento la "Estrategia de Resistencia de los Conejos". Este nombre ciertamente extraño para acorralar y destituir a un tirano provenía de un cuento infantil, "La Rebelión de los Conejos Mágicos", que escribí hace más de 40 años atrás durante mi exilio. En esa fábula, un megalómano y egocéntrico Rey Lobo conquista la tierra de los conejos y decreta que los antiguos habitantes ya no existen. Pese a una represión implacable contra esas criaturas, los conejos siguen invadiendo el reino del autócrata incompetente y torpe, penetrando en las fotos tomadas por un mono fotógrafo, hasta que el trono de su Majestad Lobuna es derribado por dientes empecinadamente mordisqueantes. Desde la distancia de mi destierro, profeticé que el espíritu del pueblo chileno no podía ser suprimido eternamente, que emergeríamos de las sombras y derribaríamos al déspota que nos había robado los sueños. La ficción de esos conejos circuló clandestinamente en Chile y, espero, tuvo algún efecto remoto en quienes la leyeron cuando se negaban a someterse a la tiranía.

¿Puede la misma historia, concebida por un exiliado hace tantas décadas y hecha realidad por el sacrificio de los ciudadanos de Chile y su determinación de decidir su propio destino, encontrar un eco hoy en la patria de Lincoln y Martin Luther King? En vista de que presagiaba el derrocamiento de Pinochet, ¿podría predecir la eventual caída de Trump, que puede también ser ciego a su precariedad innata, ejecutando actos criminales a destajo?

Que Trump sea derrotado como el Rey Lobo, como Pinochet, como tantos líderes autoritarios que pensaban que eran invencibles e invulnerables, dependerá del pueblo de los Estados Unidos. ¿Serán sus ciudadanos cómplices de un hombre que destruye rabiosamente su país, tritura su Constitución, pone en peligro el futuro del planeta? ¿O se han de rebelar como los conejos y los intrépidos hombres y mujeres de Chile y, en las elecciones de noviembre, encontrarán el modo de destronar rotundamente al hombre más poderoso de la tierra enseñándole que debe responder a la mayoría más poderosa de un pueblo pacífico?

Ariel Dorfman es escritor chileno. Sus últimos libros son una novela, "Allegro” y un folleto “Chile: Juventud Rebelde”, publicados por Fondo de Cultura Económica. Vive con su esposa en Santiago de Chile y Durham, N.C., donde es un distinguido profesor emérito en la Universidad de Duke.

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Sábado, 08 Febrero 2020 05:49

El discurso paranoico de Bolsonaro

El discurso paranoico de Bolsonaro

La nueva extrema derecha mundial necesita creer que vino a rescatar a un mundo al borde del caos por culpa de gobiernos de izquierda y de la tortuosa infiltración del “comunismo” y del “marxismo” en todos los rincones de la sociedad. El mundo caminaba hacia el desastre, pero llegaron providencialmente los lideres mesiánicos de la extrema derecha.

Por eso esta extrema derecha siente que está siendo atacada por todos los lados. Porque no le perdonan haber asumido la responsabilidad de salvar al mundo del socialismo y del caos –que es lo mismo-. Por eso los medios, los líderes y partidos de izquierda, los sindicatos, el mundo cultural, la educación pública -forman parte de un mismo enemigo que debe ser combatido, insultado y agredido diariamente. Deben ser desenmascarados como instrumentos útiles de la destrucción de los valores y las organizaciones tradicionales de la sociedad, la familia y la religión.

En esa misión conquistan a las fuerzas de la derecha tradicional, derrotada sistemáticamente por la izquierda, porque no le hicieron la guerra que se necesita para triunfar. Los gobernantes de la extrema derecha mienten a diario, no importa que sean desmentidos, crean hechos, imponen su agenda en el debate nacional.

La derecha brasileña, que tiene como gobernante a una caricatura del presidente de Estados Unidos, sufre con la misma paranoia que los demás líderes de derecha dispersos por el mundo. Pero lo hace en condiciones bastante peores. Trump puede exhibir una economía con buen desempeño, demuestra poder en el mundo, a pesar del aislamiento al que ha condenado a EE.UU., y tiene apoyo parlamentario suficiente para evitar su impeachment. Se presenta como la única vía para que EE.UU. sea rescatado de la decadencia a la que lo habían condenado los demócratas y puede presumir de que EE.UU. está más fuerte que nunca. Trump aparece con los mejores índices de apoyo de su gobierno, mientras los demócratas se enredan con el comienzo de sus primarias.
Bolsonaro (foto) es una pobre caricatura de Trump. Intenta poner en practica métodos similares: el mismo discurso del rescate del país del caos, la misma forma agresiva de tratar a los medios, el llamamiento a soluciones violentas para los conflictos, una política económica ultra neoliberal. Pero los resultados no son los mismos del lado de abajo del Ecuador.

La economía brasileña está mas estancada que nunca. Los índices sociales son pésimos. El aislamiento político del gobierno es cada vez más grande. Encuestas electorales anuncian la derrota del gobierno, cuyo apoyo sigue decreciendo, siendo un tercio del que tuvo en 2018.

La paranoia sólo aumenta en esa situación. La nominación de la película Democracia en vertigo, de la joven cineasta brasileña Petra Costa, como finalista del Oscar, ha provocado un verdadero tsunami en la derecha brasileña. El gobierno se sirvió de un espacio público, institucional, para atacar a Petra, usando así recursos públicos para acusarla de perjudicar la imagen del país en el mundo. Periodistas de la derecha han tratado de hacer reseñas negativas de la película, disimulando pésimamente que se trataba de un punto de vista político con el que criticaban a Petra por hacer un arte político. Aunque se sepa que la película no es favorita para triunfar, el sólo hecho de que esté nominada al Oscar, pone extremadamente nerviosa a la derecha.

No sólo eso. Por la solidaria intermediación del presidente argentino Alberto Fernández, el Papa va a recibir a Lula el miércoles 13, pocos días después del Óscar. Lula ya ha declarado que es una necesidad visitar al Papa para agradecerle todo lo que Francisco ha hecho por él y por el pueblo oprimido del mundo.

Lula ha solicitado autorización para viajar, porque tendría que prestar declaración el día 12 en Brasilia en uno de los tantos procesos absurdos en su contra. Lula ha recibido, entre otros homenajes, el título de Ciudadano Ilustre Parisino, otorgado por la alcaldesa de París, Ana Hidalgo.  Pero en este viaje, el primero que hace desde que quedó en libertad, Lula prefiere ir tan sólo al Vaticano y retornar inmediatamente a Brasil.
Hollywood y el Vaticano se suman así al largo listado de complacientes con el comunismo, que alimentan el paranoico discurso de Bolsonaro.

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Hardt y Negri: ‘Asamblea’, o cómo cartografiar los últimos ciclos de luchas (I)

Tomando como punto de partida Asamblea, el título más reciente de Hardt y Negri, recorremos la producción conceptual con la que ambos autores analizan los últimos ciclos de luchas.

Ahora que se cumplen dos décadas desde la publicación de Imperio (2000), Michael Hardt y Antonio Negri completan con su última obra, Asamblea (2019), el análisis que durante estos últimos años han llevado a cabo sobre las resistencias y los contrapoderes capaces de poner en cuestión los intentos del capitalismo por monopolizar las relaciones políticas, sociales y económicas.

El recorrido de los autores comienza así con la entrada del nuevo milenio, no solo analizando sino también acompañando el ciclo de luchas surgido alrededor del movimiento por una globalización alternativa, en el marco del capitalismo en fase avanzada y en plena ofensiva e intento de expansión del modelo neoliberal. Unos años más tarde, y ante la necesidad de poner el foco sobre las alternativas que se pueden dibujar ante un poder que se pretende imperial, los autores saludarán en Multitud (2004) la formación de una nueva subjetividad colectiva atravesada por la heterogeneidad y con un potencial creativo capaz de descentrar las formas de atribución de valor propias de la extracción capitalista. De la misma manera, siguiendo en esta línea de destituir las relaciones propias del capitalismo para constituir un nuevo orden de relaciones a todos los niveles, en Commonwealth (2009) los autores trabajarán sobre el concepto del común como espacio ontológico propio de la multitud y en el que esta subjetividad, esta inteligencia colectiva, es capaz de dar lugar a nuevas formas de riqueza encarnadas en el ámbito de la producción material y, en general, en la creación de formas de vida.

De esta manera, y después de elaborar en Declaración (2012) una crónica urgente sobre la ola de revueltas que emerge en 2011 en distintas partes del mundo ―de las primaveras árabes al 15M, pasando por Occupy Wall Street―, en Asamblea los autores llaman la atención sobre la necesidad de analizar los problemas de organización que surgen alrededor de los movimientos sociales y políticos, así como de encontrar formas de articulación para las nuevas relaciones que, en cada nuevo ciclo de luchas, desde principios del siglo XX ―y aun antes, si orientamos el punto de referencia hacia acontecimientos como el alzamiento zapatista― se han dado como alternativa al orden impuesto, a escala global, por el sistema capitalista.

En este sentido, con Asamblea se trata de poner a trabajar la producción conceptual a la que han dado lugar Hardt y Negri a lo largo de la serie de textos precedentes, cerrando así una línea de análisis que nos permite recorrer la línea roja ―en ocasiones latente y subterránea― de las revueltas que durante las últimas décadas han puesto en duda la estabilidad sistémica neoliberal. De esta manera, poniendo el foco en las experiencias concretas de los movimientos sociales, así como en las nuevas formas de actividad orientada a la producción de valor, Asamblea sistematiza un conjunto de respuestas a la principal cuestión que atraviesa tanto la obra conjunta de los autores como la importante producción anterior de Negri, y que se puede analizar a través de dos ejes entrelazados: el problema de la organización de las luchas, si miramos hacia el interior de los movimientos políticos y sociales; y el problema de la institución, si miramos hacia el exterior, hacia la conformación de las relaciones en el campo social.

Abordamos, en este texto, el marco en el que los autores desarrollan su obra, con el fin de explicitar desde qué posición tratan Hardt y Negri de pensar el presente. Para una segunda entrega, reservamos el análisis de los dos ejes que acabamos de mencionar: el relativo a las líneas de organización, con las que dotar de mayor fortaleza a las luchas, y el relativo a la creación institucional bajo premisas disimétricas a las del poder capitalista.

Nuevos ciclos de luchas, nuevos instrumentos para el análisis

Los elementos que acabamos de apuntar aparecen como resultado de un proceso de renovación del cuerpo teórico y de los mecanismos de intervención del marxismo. Por esta parte, Asamblea se expresa de manera explícita ―como se puede ver en los apartados titulados “Debates marxistas”― y, de manera más o menos clara, en los demás capítulos. Los autores inciden, con este trabajo de actualización del análisis y de las prácticas marxistas, en lo que constituye una constante en su producción. Asimismo, en la obra de Negri, con títulos como Los libros de la autonomía obrera (1970-1978) o Marx más allá de Marx (1979) ―así como en la trayectoria militante del autor, cuya experiencia se puede seguir en grupos como Potere operaio o Autonomia―, se encuentra también presente la necesidad de recuperar, desde una lectura abierta y crítica, los principales elementos con los que el marxismo ha analizado las relaciones de producción y de poder dentro del sistema capitalista.

Por este lado, si bien en las últimas décadas las condiciones en que se dan los procesos de producción han mutado, al mismo tiempo que lo han hecho los medios necesarios para la creación de riqueza, la explotación sigue presente como signo ineludible de la expropiación que el poder capitalista lleva a cabo sobre la sociedad en su conjunto. Como señalan los autores de manera clara en Asamblea, este proceso de privatización de los beneficios que lleva a cabo el capitalismo tiene en la actualidad un carácter abiertamente parasitario, en la medida en que el tipo de actividades que se realizan ya no necesitan, en muchas ocasiones, ni de la organización ni de los medios que antes disponía el capitalista.

El poder de mando global se ejerce ahora sobre procesos de producción de tipo intelectual, afectivo ―en un sentido amplio― con capacidad para funcionar de manera cooperativa y autónoma. A esto se refieren Hardt y Negri cuando recuerdan los cambios que han llevado, a partir del año 68, a la constitución de una nueva fuerza de trabajo cuya producción solo se puede entender en términos sociales y desde la cooperación colectiva, y que surge como resultado del declive progresivo del obrero masa propio de la producción fordista y del obrero especializado propio de la gran industria. Asimismo, el avance de las nuevas tecnologías y su aplicación a los procesos productivos ―cuyo ejemplo más destacado se encuentra en la robotización o la toyotización de las actividades― ha provocado un cambio sustancial en las luchas: si las posibilidades de éxito por parte del movimiento obrero se encontraban en un principio en la capacidad por hacerse con los medios de producción, el tipo de trabajo que se desarrolla en la actualidad implica que en muchas ocasiones la fuerza de trabajo disponga de los medios necesarios, no solo para llevar a cabo su actividad sino, además, para hacerlo sin necesidad de intermediación alguna. Hardt y Negri toman como punto de partida el análisis que expone Marx en los Grundrisse sobre la mecanización de la producción, alertando del peligro de caer en planteamientos ingenuos respecto de la tecnología. Dicho de otro modo, la liberación del proletariado no depende tanto de los avances tecnológicos como de la capacidad de apropiación que muestre sobre estos avances y sus potencialidades productivas.

De hecho, las posibilidades de supervivencia por parte del sistema se encuentran en buena medida ligadas a su capacidad de conformar, de manera estructural, un modelo de subjetividad compatible con las exigencias del gobierno neoliberal. Siguiendo las huellas del análisis que lleva a cabo Foucault sobre el poder, Hardt y Negri parten así desde una concepción de carácter biopolítico. El poder se cierne sobre la vida en su conjunto en la medida en que no trata solo de incidir en sentido extensivo, ocupando la totalidad del territorio, sino también en sentido intensivo, es decir, mediante la conformación del medio y de las subjetividades que lo han de habitar. El poder capitalista, si bien necesita mantener centros de mando e instaurar ciertas jerarquías, se distribuye así de forma inmanente. Con esto el sistema no solo trata de determinar las relaciones de producción ―lo que el marxismo clásico entiende por el ámbito de la infraestructura― sino también, y de manera acompasada, las relaciones de reproducción ―lo que desde la perspectiva marxista clásica se inserta en el ámbito de la superestructura―.

En en este contexto, la ley del valor ya no solo debe captar las relaciones que se dan entre los muros de la fábrica y, por tanto, en espacios de tiempo delimitados y sobre unidades simples de producción, de carácter objetivo y susceptibles, por tanto, de ser contabilizadas en términos de valor de cambio. La huella de la explotación sobre la actividad de la fuerza de trabajo, tal y como quedaba albergada en la mercancía, resulta, así, cada vez más tenue para el análisis. De esta manera, un análisis sobre la ley del valor que trate de responder a las condiciones del contexto actual, debe captar el resultado de la extracción de beneficios que el capitalismo lleva a cabo a gran escala, sobre el conjunto de las relaciones que constituyen el campo social, sin límites en el tiempo y en un espacio abierto para la acción. Por decirlo con el “Post-scriptum sobre las sociedades de control” de Deleuze, que los autores citan en más de una ocasión, el análisis sobre el valor producido y su alienación se debe dar en un contexto en el que la vieja fábrica deviene al fin alma empresarial, capaz de propagarse por la sociedad en su conjunto. Esto es, en definitiva, lo que Hardt y Negri definen como la subsunción ―por absorción, colonización, captura― real de las formas de vida por el capital.

Nuevos ciclos de luchas, nuevos objetivos

En todo caso, los autores rechazan la determinación teleológica, finalista que la dialéctica clásica reserva para los cambios en la sociedad. En términos eminentemente materialistas, para Hardt y Negri solo las relaciones que se dan en el campo social, así como la capacidad de orientación y organización de las rupturas y los acontecimientos que se liberan con cada nuevo ciclo de luchas, pueden decidir el alcance de los procesos de cambio. De la misma manera, teniendo en cuenta el contexto biopolítico y la necesidad por parte del sistema capitalista de eliminar todo espacio de exterioridad, los autores rechazan que sea la confrontación directa con el poder de mando el único motor de las transformaciones sociales. Esto no implica abandonar el antagonismo como elemento alrededor del cual explicar las relaciones de fuerza en el seno de la sociedad. De lo que se trata es de entender tal antagonismo en términos positivos, de creación de alternativas, y no solo desde la necesidad de combatir de manera frontal los embates del poder.

En este sentido, si bien en muchas ocasiones es necesario crear diques de contención frente a la violencia que se genera desde los poderes establecidos, o que segregan los grupos de extrema derecha, a medio y largo plazo se trata de abrir espacios que escapen de la influencia del sistema; espacios que, en todo caso, no se deben configurar desde la pureza de las identidades políticas, como reductos para una minoría militante, sino como territorios amplios en los que articular las distintas singularidades que caen bajo las exigencias del sistema y que, al mismo tiempo, pueden vivir bajo parámetros de relación y de producción que dejen atrás la explotación neoliberal.

Es de esta manera que cabe entender nociones como la de éxodo, en este caso por el lado de la construcción de subjetividades subversivas y, pues, desde la posibilidad de conjugar las resistencias con la creación de alternativas. De manera más exacta todavía, se trata de hacer que las resistencias constituyan en sí mismas, al menos de forma germinal, un indicio sobre las relaciones que se pueden articular más allá del radio de acción del modelo neoliberal. Como se puede leer en distintas partes de su obra, los autores recuerdan la afirmación de George Jackson, miembro del partido Black Panther, que exhortaba a no olvidar tomar un arma antes de emprender cada nueva huida. Este elemento supone, de hecho, una de las líneas que Hardt y Negri no han dejado de explorar a lo largo de su producción: la utilización de la fuerza en sentido democrático y, así, como una forma de combatir los efectos negativos que el modelo neoliberal inocula, de manera estructural, sobre la población en su conjunto. Pero sobre todo, así se puede entender la importancia que conceden los autores a las acampadas que surgieron alrededor de las protestas de 2011 y que sirvieron para poner en duda las bases del sujeto que el neoliberalismo ha construido los últimos tiempos, contando con los materiales que disponen los medios de comunicación de masas, los instrumentos de control avanzado, la deuda como mecanismo de alienación de la riqueza o el modelo representativo en el ámbito de la decisión política.

Hardt y Negri recuperan, pues, para su última obra uno de los aspectos principales de su pensamiento: la prioridad ontológica de las luchas y la producción de los movimientos sociales y políticos sobre los intentos de control y extracción de beneficios que pone en juego el poder capitalista. Esto coincide con la afirmación radical de la inmanencia que los autores reivindican en el conjunto de su producción. Siguiendo en este caso los pasos de Spinoza ―y de la lectura que lleva a cabo Negri sobre la obra del autor de la Ética en La anomalía salvaje (1981)―, la constitución ontológica del ámbito de lo social depende de unas composiciones de cuerpos determinadas ―atravesadas por un conjunto de discursos―, entre las cuales circulan una serie de afectos de distinto tipo. En definitiva, la acción de la multitud tiene la capacidad de dar lugar a la vida en su totalidad; de la misma manera que el capitalismo, en la medida en que incide sobre la vida extrayendo y privatizando la potencia creativa de la multitud, se define en última instancia como un poder de muerte. La distinción propia del marxismo entre el trabajo vivo ―por el que el proletariado crea un conjunto de relaciones capaces de transformar la realidad― y el trabajo muerto ―por el que el capitalista extrae la plusvalía―, resuena así en el análisis que llevan a cabo los autores. Al fin y al cabo, como recuerda Negri en una de las entrevistas que ha concedido con motivo de la publicación de Asamblea, “ya no podemos seguir moviéndonos sobre la base de una crítica que no sea colorida, que no esté cargada de los sabores de la vida”.

Por Miquel Martínez  / Josep Artés

Profesores de Filosofía


publicado

2020-02-07 10:00

Publicado enSociedad