Martes, 07 Abril 2020 06:31

Confinamiento: efectos colaterales

Confinamiento: efectos colaterales

Nada nos hace pensar que saldremos de ésta fortalecidos y solidarios. Más bien será el aturdimiento el que se imponga, y los impulsos más oscuros del “sálvese quien pueda”. Por supuesto que habrá excepciones: las redes comunitarias se reforzarán como una necesidad vital, la amistad se habrá puesto a prueba y, para algunos, saldrá fortalecida.

Álvaro Minguito

Juan Gorostidi

7 abr 2020 06:38

Tras tres semanas de confinamiento —en Italia cinco, en Wuhan once—, comienza a cristalizar en muchos la impresión de que esta experiencia compartida —pero no común; cada uno la vive en condiciones y desde bagajes bien diferentes—– marcará época. Quiero decir que, al haberla vivido en pandemia —todos afectados— y haber sido la primera experiencia socialmente traumática para los que ahora tienen entre 20 y 40 años —una franja de edad demasiado amplia, comparada con lo que eran las generaciones en el siglo XX—, en adelante se referirán a ella como un antes y un después; una prueba impuesta —no elegida, este es el dato determinante— que cambió las implícitas reglas de juego, que desbarató alianzas y “contratos sociales”, complicidades aparentemente sólidas; que deslindó territorios que quedarán como surcos indelebles; arrugas y muecas que costará interpretar a los que vengan después.

Cada generación ha vivido pasajes así: las verdaderas pruebas de realidad para ideales e ilusiones que se llevan por delante a muchos. Y los sobrevivientes no pueden evitar cierta sensación de supervivientes de naufragio con pérdidas irreparables. Para nuestros padres fue la guerra; para nosotros los años del fin del franquismo y la “transición”; para los que tenían cinco o seis años menos, la pandemia de la heroína… Después vino la caída del muro —¿qué fue aquello para los habitantes de Berlín Oriental, para los chechenos, para los habitantes de la antigua Yugoslavia…?—, la entrada en el nuevo siglo con el 11S y el 11M, etc. Algunos de los que ahora tienen alrededor de 40 pretenden que el 15M del 2011 fue su experiencia iniciática, pero esa insistencia me ha parecido a menudo sospechosa, forzada por quienes querían reivindicar su propio ‘mayo francés, checo, mexicano…’. No, me temo que éste es su verdadero mayo… y no tiene nada de glorioso —tampoco aquellos lo fueron tanto como muchos han pretendido a posteriori—.

En el confinamiento se produce un parón: “La economía entra en hibernación”, dicen los titulares. Pero, en realidad, es el espacio el que realmente se achica, como para los que tienen la experiencia del presidio, quienes vivieron impuestos confinamientos cuarteleros: experiencias que marcan un antes y un después, y que permiten cierto reconocimiento para los que las compartieron. Nadie las eligió —insisto en que esta característica es fundamental—. Dicen que el tiempo se detiene pero, en realidad, es el espacio el que se restringe y, por su efecto, el tiempo se dilata. He ahí la clave: esa vivencia del tiempo extenso que nos saca de la corriente de la vida cotidiana. Es una experiencia fundamental para los monjes, o para los que realizan retiros intensivos de meditación, por ejemplo: las actividades —los estímulos— se reducen ahí de forma drástica (no se habla, se renuncia a las conexiones audiovisuales o digitales, se sigue una rígida disciplina en horarios y “aburrimiento” de interminables sentadas sin hacer nada más que cultivar una atención que choca contra el muro de una mente-cuerpo indignados, sublevados ante semejante atropello…). Claro que uno puede adaptarse a ese ritmo hasta convertirlo en la nueva rutina —la rutina de la cárcel, la rutina del convento, más alienante aún que la de la calle— neutralizando así los potenciales de distorsión o de transformación de dichas disciplinas… pero ése es otro asunto.

Si no nos es posible vivir el confinamiento como “el tigre que cabalgamos”, puede resultar una experiencia muy amarga. Comentamos ya entre nosotros de los ataque de ansiedad, de las depresiones explícitas o latentes, de la caída de algunas máscaras en una convivencia demasiado intensa… asuntos que dejarán heridas indelebles. Las consultas psiquiátricas se colapsarán, los psicólogos no darán abasto, el consumo de drogas legales e ilegales se disparará… Aunque dicen que la violencia machista ha disminuido en datos de agresiones —hay una presión para la contención a cualquier precio—, todos contenemos la respiración ante la subida de la presión y el peligro de explosión. Y esto en los países ricos. ¿Qué rastro dejará en lugares donde los cadáveres se abandonan en las calles, donde la policía o el ejército intervendrán para tratar de evitar saqueos de una población acosada por el hambre, donde la guerra social será explícita con declaraciones de “estado de sitio” —“¡disparad contra los que no acaten las órdenes!, brama Durerte”—?

En el mejor de los casos, una sensación de irrealidad se irá apoderando de la gente y, cuando las autoridades permitan aflojar el confinamiento, una impresión de tierra quemada nos atravesará. Saldremos a la calle como zombis, obligados quizá a usar guantes y mascarillas, mirándonos como de vuelta de experiencias inconfesables, quizá porque no hubo ninguna experiencia, solo un aturdimiento tan vacío como amargo.

Una de las noticias para mí más significativas e inquietantes de estas semanas se produjo cuando los medios de comunicación de Euskadi hicieron públicos los datos de su encuesta focus, realizada en medio de la primera semana de confinamiento. En ella, como es habitual, se preguntaba a la gente sobre cómo vivían su presente y como preveían el futuro; sobre sus temores y expectativas. Y he ahí el dato: la franja de edad que más temía el contagio por el virus era la de los jóvenes: hasta un 93% estaba muy asustada, más que la de cualquier otro grupo de edad, aunque ellos fueran los menos vulnerables. No estaban tan asustados por el futuro, por la economía, etc. sino por la posible infección vírica —por supuesto, esta encuesta no se hizo a franjas sociales invisibles: emigrantes sin papeles o en situación precaria, etc.—. La gente que, por primera vez en su vida, se sentía abocada a un encierro no deseado frente a un “enemigo invisible” comenzaba a entrar en pánico —y era la primera semana de confinamiento—. La pregunta me resultó inevitable: “¿Estaría esta población —no solamente los jóvenes— dispuesta a renunciar a diversos grados de libertad si ése fuera el precio a pagar para conjurar la amenaza vírica —control estatal de variables vitales; de movimientos, de contactos, etc.—, siguiendo los modelos asiáticos como en parte el chino o el coreano del sur?”. La respuesta no me deja lugar a dudas, y por eso las autoridades ya hacen ajustes legales —aquí, a diferencia de los países asiáticos, hay leyes de privacidad de datos— para que cada vez más medidas de control social se impongan en nombre de la seguridad. “Los datos son el nuevo capital”, escuchábamos, y los gigantes de la recopilación y control de datos —Google, Facebook, Microsoft…— hace mucho que cotizaban al alza. La paradoja macabra es que hoy se reivindica a Bill Gates como al profeta que ya hace cinco años predijo la pandemia y denunció la falta de previsión de los gobiernos para predecirla; y creó la mayor fundación privada para la investigación sobre la vacuna. Huelga decir que las principales farmacéuticas se han apresurado a hacer donaciones a las “fundaciones altruistas” de Gates. Los siguientes capítulos de esta historia no son difíciles de predecir.

Estamos aturdidos por este golpe de realidad pandémica. A pesar de las declaraciones piadosas de intelectuales, clérigos o políticos bajo sospecha, nada nos hace pensar que saldremos de ésta fortalecidos y solidarios. Más bien será el aturdimiento el que se imponga, y los impulsos más oscuros del “sálvese quien pueda”. Por supuesto que habrá excepciones. Las pequeñas redes comunitarias se reforzarán como una necesidad vital; la amistad se habrá puesto a prueba y, para algunos, saldrá fortalecida. Caerán antiguos frentes y surgirán nuevas vinculaciones. El pasaje a la madurez de muchos jóvenes resultará ya insoslayable.

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“Europa fue el primer muerto del coronavirus”

El trastorno planetario provocado por la propagación del Covid-19 no tiene espejos en la historia. Siete años después de que China pusiera en marcha su programa más ambicioso de reconquista del mundo reactualizando el mito de la Ruta de la Seda, esa ruta se convirtió en un sendero de muerte. En 2013, Beijing desplegó una red de infraestructuras repartida por los cinco continentes mediante comunicaciones marítimas y ferroviarias entre China y Europa, pasando por Kazajistán, Rusia, Bielorrusia, Polonia, Alemania, Portugal, Francia o el Reino Unido. El sueño de 1.000 millones de dólares dio lugar a la tercera extinción del siglo XXI: la primera fue financiera, con la crisis bancaria de 2008; la segunda fue la extinción de las libertades cuando el exanalista de la Central de Inteligencia Americana (CIA) Edward Snowden reveló la extensión y la profundidad del espionaje planetario orquestado por Estados Unidos y sus agencias de seguridad; la tercera es sanitaria.

Ya nadie se pregunta hacia dónde va el mundo sino, más bien, si mañana habrá un mundo. Las máscaras del tecnoliberalismo y su construcción global, es decir, la globalización, se han caído. La máscara, ese objeto tan precioso para sobrevivir, se volvió el revelador del abismo mundial; sin máscaras se corrió el telón de la ausencia de consenso a escala europea para enfrentar la crisis sanitaria y financiera, o pactar ordenadamente el cierre de las fronteras; sin máscaras, la Organización Mundial de la Salud (OMS), supuestamente a cargo de la salud del planeta, demostró que era un gigante burocrático sin incidencia en la realidad; sin máscaras, la cooperación internacional apareció como una ficción desesperada. Las divergencias entre estadounidenses y europeos nunca fueron tan insuperables, tanto como las que atraviesan a los Estados que componen la Unión Europea. Entre insultos, incomprensión, golpes bajos y visiones antagónicas entre la preservación de la vida o la salud o la de la economía y las finanzas, los dirigentes de las potencias sobresalieron por su incapacidad para diseñar un horizonte.

El mundo que existía desde la Segunda Guerra Mundial dejó de respirar. Donald Trump enterró el multilateralismo heredado del siglo XX, mientras el coronavirus ponía la cruz sobre un sistema internacional que de “sistema” solo tenía el nombre.

Muchos de estos acontecimientos han sido anticipados por Bertrand Badie a lo largo de una obra consagrada a las relaciones internacionales. Profesor en Sciences Po París y en el Centro de Estudios e Investigaciones Internacionales (CERI), Badie desarrolló una obra del otro lado de los consensos. En 1995 se adelantó enLa fin des territoires [El fin de los territorios], en 1999 exploró cómo sería Un monde sans souveraineté [Un mundo sin soberanía] y en 2004 empezó a tejer el análisis sobre la inercia de los poderosos, es decir, la impotencia de los potentes y publicó L'impuissance de la puissance. Essai sur les incertitudes et les espoirs des nouvelles relations internationales. Los ensayos siguientes lo acercaron a la configuración actual: El tiempo de los humillados. Una patología de las relaciones internacionales y Diplomacia del contubernio. Los desvíos oligárquicos del sistema internacional (ambos editados por la Universidad Nacional de Tres de Febrero). En esta entrevista, realizada en plena crisis mundial, el profesor le sigue los pasos a un mundo que se cae y esboza los contornos del próximo.

Hemos cambiado de paradigma con esta crisis sanitaria. Usted sugiere que, desde ahora, la seguridad de los Estados ya no es geopolítica sino sanitaria.

Así es, y hay un conjunto de cosas. Están la seguridad sanitaria, la seguridad medioambiental, la seguridad alimentaria y la seguridad económica. Conforman varias seguridades que ya no son militares sino de naturaleza social. Se trata de un gran cambio con respecto al mundo de antes. En este momento, por primera vez en la historia, estamos descubriendo la realidad de la globalización. Este descubrimiento no atañe a los Estados, sino que toca a cada individuo. Esto es lo nuevo. En la historia, es raro que los individuos aprendan en directo, en su propia carne, en su vida cotidiana, cómo son realmente las transformaciones de la vida internacional. Antes estaban las guerras para acercar este aprendizaje, pero las guerras afectaban indirectamente a la población. Aquí, todo el mundo está afectado. Podemos entonces esperar un cambio de la visión del mundo y de los comportamientos sociales. Esta tragedia puede conducir a una transformación brutal de la visión que tenemos del mundo y de nuestro medio ambiente. Tal vez, se dejarán de lado todos los viejos esquemas, es decir, los esquemas como el de la concepción militar y guerrera de la seguridad, entiéndase, un mundo fragmentado entre Estados-nación en competencia infinita y una concepción de las diferencias que remite siempre a esa dualidad de la vida entre amigos y enemigos. Hoy ya no hay amigo o enemigo sino asociados que están expuestos a los mismos desafíos. Esto cambia completamente la gramática de la sociología y de la ciencia de las relaciones internacionales. El otro ha dejado de ser un rival, el otro es alguien de quien dependo y que depende de mí. Esto nos debe conducir hacia otra concepción de las relaciones sociales y de las relaciones internacionales, en la que estoy obligado a admitir que, para ganar, necesito que el otro gane; tengo que admitir que, para no morir, necesito que el otro no caiga enfermo. Esto es algo completamente nuevo. 

Sin embargo, los desacuerdos entre los Estados nunca habían sido tan abismales. Las relaciones entre Europa y Estados Unidos han empeorado con esta crisis sanitaria mientras que, dentro de la Unión Europea, los antagonismos se han profundizado en el momento más dramático de la humanidad.

En la situación actual nos encontramos con desacuerdos entre Estados Unidos y el resto del mundo a los que ya estamos acostumbrados. Pero también vemos profundos desacuerdos dentro de Europa con, por ejemplo, el rechazo de Alemania a los famosos “coronabonos”, es decir, la mutualización de las deudas. Ese será justamente el gran enigma cuando salgamos de la crisis. Seguimos estando coyunturalmente en un esquema de desacuerdos enormes y de competencia tal vez más agudos que antes. Pero eso es porque estamos en una situación de urgencia y, en estos casos, el reflejo natural es esconderse detrás de un muro, cerrar las puertas y las ventanas. Podemos esperar que el miedo suscitado por esta crisis conduzca a que se reconozca que no será viable enfrentar en forma duradera este tipo de nuevo desafío sin una profunda cooperación internacional. Es comprensible que los desacuerdos y la competencia entre los Estados sean densos en medio del incendio. Sin embargo, es necesario entender que, a corto plazo, habrá que cambiar de programa.

Queda entonces la tarea de redefinir una nueva geopolítica.

La geopolítica ha muerto. La visión tradicional, geográfica, de las relaciones internacionales no vale más porque estamos en un mundo unido. La realidad ha dejado de ser la confrontación entre regiones del mundo y Estados para volverse la capacidad o la incapacidad de gestionar la globalización.

El colapso sanitario explotó en un mundo ya muy trastornado por el surgimiento casi planetario de movimientos sociales y por la redefinición de las propuestas políticas marcadas por la nostalgia nacionalista. Las tres figuras emergentes de este contexto son los negacionistas de la pandemia: Donald Trump, Boris Johnson y Jair Bolsonaro.

La pandemia intervino en un contexto doble que no se debe olvidar. El primero es el ascenso vertiginoso del neonacionalismo en diferentes latitudes: en Estados Unidos, Gran Bretaña, Brasil, Europa e incluso en los países del Sur. Ese nacionalismo lleva a los dirigentes en el poder a promover o halagar a las opiniones públicas fomentando la ilusión de una respuesta nacional o de protección frente a los peligros. Ello agrava la situación porque esta tentación demagógica viene a complicar la gestión multilateral de esta crisis. El segundo contexto remite a que recién salimos de un año 2019 absolutamente excepcional. 2019 fue el año en que se dieron una multitud de movimientos sociales a través del mundo: América Latina, Europa, Asia, África, Oriente Medio. Estos movimientos sociales reclamaban lo mismo: un cambio de políticas. Las revueltas sociales denunciaban el neoliberalismo y la debilidad de la respuesta de los Estados y, también, de las instituciones y de las estructuras políticas. Hoy, para los Estados, la gran dificultad se sitúa en el hecho de que tratan de responder a corto plazo y con un perfil nacionalista mientras que, al mismo tiempo, cuentan con muy poca legitimidad en el seno de sus sociedades. La consecuencia de este esquema han sido las dudas, los tanteos y la ineficacia demostrada por los gobiernos. Una situación semejante obligará a cambiar la gramática de los gobiernos.

Hay, en toda esta tragedia, una contradicción cruel: justo antes de la crisis sanitaria, China se encontraba en plena expansión. En 2013 empezó a reactualizar el mito de la Ruta de la Seda y para ello desplegó una impresionante red de comunicación y de infraestructuras a través del mundo. Pero esa Ruta de la Seda mutó en ruta de la muerte.

Es cierto y hay dos puntos esenciales. En primer lugar, esta crisis que se inició en Wuhan golpeó muy fuerte a la economía china y, diría, a la propia credibilidad de los políticos chinos y sus políticas. La crisis también reveló las debilidades del sistema chino. No olvidemos que el virus nació debido a la fragilidad del sistema sanitario y alimentario de China: el coronavirus nació en esos mercados que no responden a las reglas elementales de higiene. Fue la base de su propagación. La credibilidad china se vio disminuida debido a esta fragilidad sanitaria. Al mismo tiempo, hay una paradoja: China ingresó antes que nadie en esta crisis, pero también salió de ella antes que los demás y de forma eficaz. No estoy seguro de que Europa tenga la misma capacidad de reacción que China. Salvo si, por desgracia, China conoce una segunda ola de contaminación, es muy probable que esté de pie cuando Estados Unidos y los países de Europa sigan de rodillas. China está tratando de probarlo enviando médicos y equipos y ofreciendo ayuda a los países que están en plena tormenta. Esto puede significar que cuando nosotros continuemos peleando contra el virus China se habrá levantado y tendrá, entonces, una ventaja frente a las viejas potencias.

A lo largo de esta crisis hemos asistido a una suerte de geopolítica de chez soi, es decir, una geopolítica de casa para adentro. Cada país se concentró en su problemática cuando el imperativo no era financiero como en la crisis de 2008, sino sanitario.

La urgencia es doble. Es sanitaria ahora y será económica y financiera muy rápidamente. El problema radica en que Europa ha sido la primera víctima del coronavirus. Europa fue el primer muerto. Todos los reflejos que se esperan de Europa están ausentes. La primera intervención de Christine Lagarde, la directora del Banco Central Europeo (BCE), fue catastrófica. Hasta llegó a invitar a los Estados a que se las arreglaran por su cuenta. Luego, la respuesta de la Comisión Europea resultó igualmente débil. El desacuerdo entre los principales países europeos (Alemania, Francia, España, Italia, Países Bajos) en torno de la gestión de la mutualización de las deudas muestra hasta qué punto se carece de un resorte europeo. Luego de la Segunda Guerra Mundial, Europa se construyó por primera vez en su historia porque los europeos tenían miedo de una tercera guerra mundial y sabían que no podría reconstruirse ni salir de las ruinas únicamente con el esfuerzo nacional. Por eso se eligió una reconstrucción colectiva. Hoy, como todas esas metas han sido alcanzadas, la dinámica europea ha dejado de existir. No obstante, es precisamente allí donde está la clave de su porvenir. El miedo que los europeos tenían en 1945 lo vuelven a sentir ahora con el coronavirus. Los europeos van a descubrir que esa necesidad de reconstrucción que había en 1945 persistirá en cuanto salgamos de este drama sanitario. Tal vez, la conjugación de estos dos factores conduzca a que Europa renazca al final de esta crisis. Pero claro, cuando llegue ese momento habrá que cambiarlo todo. 

Aunque los paralelismos puedan resultar tramposos, muchos analistas trazan un paralelo entre la situación actual y la crisis de 1929. Luego de aquella hecatombe vino la Segunda Guerra Mundial y, justo antes, el ascenso del nacionalismo. ¿Acaso el virus no podría volver a fecundar un contexto semejante?

Es demasiado pronto para saber cómo serán las consecuencias. Las cosas pueden ir en los dos sentidos. Pero quisiera igualmente señalar que, antes del fascismo y el nazismo, el primer resultado de la crisis de 1929 fue el keynesianismo y Franklin D. Roosevelt, es decir, la reorientación de la economía mundial que permitió su salvación. No hay que tener una visión exclusivamente pesimista sobre los efectos de esta crisis. Creo que todo dependerá de la manera en que el miedo actual evolucione y de cómo ese miedo sea gestionado políticamente. Si el miedo desaparece rápidamente, se corre el riesgo de que volvamos a comenzar con el viejo sistema. Si el miedo perdura, tal vez esto nos conduzca hacia las transformaciones que necesitamos. Sin embargo, desde ahora, se plantea el gran problema de la gestión política del miedo. ¿Quién se hará cargo? Seguramente, la extrema derecha utilizará ese miedo como recurso electoral explicando que es urgente reconstruir las naciones, los Estados y restaurar el nacionalismo. No obstante, la extrema derecha no es la única oferta política existente. 

Sí, pero ya antes de esta crisis la extrema derecha se erigió como planteo político reestructurado y con mucha legitimidad.

Hay mucho de eso. Si se observan los Estados europeos, todos tienen un sistema político descompuesto. En Francia no hay más partidos políticos, en Alemania la socialdemocracia no cesa de debilitarse mientras que los demócrata-cristianos de la canciller Angela Merkel están sumidos en una crisis, en Italia la democracia cristiana y el Partido Comunista desaparecieron, e incluso en Gran Bretaña el sistema partidario que antaño estaba tan bien estructurado ya no existe más. Estamos en plena recomposición política. La versión optimista quiere que esta recomposición política desemboque en el nacimiento de partidos con capacidades de llevar las riendas de la globalización. De hecho, actualmente, ningún partido político sabe qué es la globalización. Tal vez advenga un keynesianismo político. Por el contrario, el horizonte negativo sería que esa recomposición no se lleve a cabo. 

En uno de sus últimos libros y, más recientemente, cuando estallaron las insurgencias sociales en 2018 y 2019, usted planteó que estábamos ingresando en el segundo acto de la globalización. ¿Acaso esta crisis no ha barrido con ese segundo acto?

No, para nada, es el mismo. No hay que disociar lo que ocurrió en 2019 de lo que está pasando ahora. Es lo mismo, es decir, el redescubrimiento angustiado de una urgencia social. Ese es el segundo acto de la globalización, el cual consiste en distinguir globalización de neoliberalismo, es decir, dejar de confiarle al mercado la gestión exclusiva de la globalización. En el curso de este segundo acto se trata de construir una globalización humana y social. Estas fueron las demandas de 2019 y los mismos reclamos vuelven ahora con urgencia ante la crisis del coronavirus. Si somos optimistas, podemos esperar que esta crisis termine por acelerar el advenimiento del segundo acto de una globalización humana y social. De lo contrario, cabría pensar que la catástrofe sanitaria no hizo sino complicar y atrasar la marcha hacia la segunda secuencia. 

2019 nos mostró a una humanidad ligada por lo que usted llamó un perfil intersocial. ¿Persiste aún esa dimensión de conexión, de diálogo y de compenetración entre identidades sociales?

Sí, claro, tanto más cuanto que esta crisis nos revela que las relaciones intersociales se vuelven determinantes a través del planeta. Estas relaciones intersociales son incluso más importantes que las relaciones entre los Estados, los gobiernos o los militares. El porvenir del planeta está en las interacciones sociales, en la tectónica de las sociedades, es decir, en esa capacidad propia de las sociedades para interactuar entre ellas más allá de la voluntad de los gobiernos.

Uno de los ejes constantes de su reflexión ha sido plantear la forma en que, en las relaciones internacionales modernas, es el Sur quien fija la agenda del Norte y, también, cómo ello desembocó en una representación geopolítica marcada por la impotencia de los poderosos. El coronavirus ha dejado al desnudo esa impotencia.

¡Estamos más que nunca en ese esquema!. Estamos viendo cómo los instrumentos clásicos de la potencia no pueden hacer absolutamente nada frente al coronavirus. Estados Unidos, que es la superpotencia de las potencias, conoce una propagación de la infección superior a la de China y Europa. Hemos dejado de estar en el registro de la potencia. Los recursos clásicos de la potencia nada pueden hacer. Debemos pasar ahora de la potencia a la innovación. Solo ganaremos si convertimos la vieja concepción de la potencia en capacidad de innovación para encontrar nuevos tratamientos, una vacuna, así como los medios técnicos capaces de remodelar la globalización para que esta no sea, como hoy, una fuente de dramas. Estamos ante un nuevo umbral de la historia. 

Un nuevo umbral con un interrogante dramático: ¿qué ocurrirá cuando el coronavirus se expanda en los países del Sur carentes de toda estructura sanitaria?

Esa eventualidad anuncia una catástrofe. Si la pandemia llega al Sur, será todavía más dramática y lastimará más profundamente al planeta entero. Ello prueba que los centros de gravedad de nuestra historia y de nuestro porvenir están en el Sur. El auténtico momento de la verdad se planteará cuando África se vea confrontada masivamente a esta tragedia.

Se han caído tantas máscaras con esta crisis global. La búsqueda de una vacuna, por ejemplo. Cada país la elabora por su cuenta: Francia, Estados Unidos, Rusia, China, Cuba. Y en el medio está el espectáculo indecente de la OMS: no tiene voz, ni influencia, ni capacidad alguna de organizar acciones coordinadas. Se ve como un monstruo vacío y burocrático.

Este tipo de anarquías son frecuentes en las situaciones de urgencia porque se establece una competencia entre un conjunto de actores que trata, más o menos sinceramente, de encontrar un remedio. Es algo paradójicamente normal porque así se estimula y se aceleran las investigaciones. Ahora claro, si estuviésemos en un mundo ordenado, la OMS habría debido encargarse de la definición de los protocolos de investigación y de los protocolos terapéuticos. Pero la OMS se ha vuelto alguien que cada tarde lee comunicados carentes de interés. Pero la naturaleza humana termina siempre por triunfar. El problema consiste en saber qué sacrificio habrá que hacer para todo esto. Un muerto es un muerto de más y ahora vamos ya por miles de muertos. Pienso que la humanidad renacerá de todo esto más fuerte y más consciente.

Por Eduardo Febbro (NUSO) 6/04/2020

Claude TRUONG-NGOC

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Esta entrevista se publicó en Nueva Sociedad.

Publicado enInternacional
Crisis climática: más duradera y letal que el coronavirus

El coronavirus es una enfermedad que esperamos que sea temporal, con impactos temporales, pero el cambio climático ha estado allí por muchos años y se mantendrá por muchas décadas, y requiere de acción continua», afirmó António Guterres, secretario general de Naciones Unidas (ONU), al presentar el informe mundial sobre el clima, que alertó sobre el continuo aumento de la temperatura, la fusión de los hielos (tanto en el Ártico como en la Antártida), el aumento de emisiones de dióxido de carbono (CO2) y el incremento del nivel del mar. De continuar el cambio climático, la ONU advirtió graves impactos socioeconómicos, en la salud, desplazamientos forzados y crisis alimentarias.

La Organización Metereológica Mundial (OMM –organismo de Naciones Unidas–) presentó la “Declaración sobre el estado del clima mundial 2019”, que sistematizó estudios de una veintena de instituciones científicas e informes de organismos climáticos nacionales. El documento alerta que el quinquenio 2015-2019 comprende los cinco años más cálidos de la historia, confirma que 2019 fue el segundo año más cálido de la historia (con una temperatura media mundial de 1,1 grado centígrado por encima de los niveles preindustriales) y señala que hubo un pico en las concentraciones de CO2 (gas clave en el calentamiento global).

La OMM asegura que los récords de temperatura en la Antártida estuvieron acompañados de “episodios de fusión de hielo a gran escala, hechos que incidirán en el ascenso del nivel del mar a un ritmo cada vez mayor”. Y destaca que es “constante y prolongada” la pérdida de hielo en el Ártico. Al mismo tiempo, y con directa relación, en 2019 “el nivel medio del mar a escala mundial alcanzó el valor más elevado del que se tienen datos”.

Los glaciares son fundamentales reservorios de agua dulce, amenazados en muchas regiones por actividades extractivas (como la megaminería en la Cordillera de los Andes). En 2019, el “balance de masa” de glaciares a nivel global resultó negativo. El organismo de Naciones Unidas alerta que el retroceso de los glaciares se dio por 32 año consecutivo y detalló que, desde 2010, se registraron ocho de los diez años “con peores resultados” en cuanto a la desaparición de glaciares.

El portugués Guterres hizo hincapié en que las inundaciones, incendios y tormentas extremas “cobran su precio mortal en vidas humanas” e hizo una llamado a la acción: “Se nos acaba el tiempo para conjurar los peores impactos de la alteración climática y proteger a nuestras sociedades de los efectos inevitables que se avecinan”. Afirmó que se está muy lejos de cumplir los objetivos del Acuerdo de París (limitar el aumento de la temperatura a 1,5 grados centígrados).

Petteri Taalas, titular del OMM, adelantó que –como los gases de efecto invernadero siguen en aumento– “es probable que en los próximos cinco años se produzca un nuevo récord de temperatura mundial anual”.

La crisis climática impactará de llena en la salud de la población. Naciones Unidas no tiene dudas: “La salud de las personas y los sistemas sanitarios pagan un precio cada vez más alto a causa de las condiciones de calor extremo”. Un ejemplo fueron las altas temperaturas de 2019 en Europa, Australia, India y Japón. Precisa que los efectos en la salud incluyen enfermedades y muertes relacionadas con el calor; lesiones y pérdidas de vidas humanas asociadas a tormentas violentas e inundaciones; incidencia de enfermedades transmitidas por vectores y por el agua contaminada; empeoramiento de las enfermedades cardiovasculares y respiratorias por la contaminación del aire.

El informe de la Organización Metereológica Mundial recuerda que la variabilidad del clima es uno de los factores que más inciden en el aumento del hambre en el mundo. Precisa que, luego de una década en baja, en 2018 comenzó a ascender el número de personas que padecen hambre: ya son 820 millones. Y destaca que, entre 2006 y 2016, la agricultura en los países en desarrollo concentró el 26 por ciento de las pérdidas ocasionados por desastres climáticos.

Un aspecto muchas veces ignorado es la migración forzada que provoca la crisis climática. La ONU contabilizó 17,2 millones de personas en 2018 y aumentó a 22 millones en 2019. Desde ciclones y huracanes hasta tormentas extendidas e inundaciones. Irán, Filipinas y Etiopía fueron algunos de los países afectados.

Entre los fenómenos extremos menciona grandes inundaciones en Estados Unidos, norte de Argentina y Uruguay, con pérdidas estimadas de 22.500 millones de dólares.

El titular de la OMM, Petteri Taalas, lamentó lo que sucede con la pandemia del conoravirus y las miles de muertes, pero alertó que la crisis climática “es mucho peor”.

“El virus tendrá un impacto económico a corto plazo, pero las pérdidas serán masivas si pensamos en el calentamiento global. Estamos hablando de un problema de mayor magnitud, con consecuencias en la salud de las personas y en nuestras sociedades mucho más graves», alertó.

El informe tiene un apartado específico sobre los océanos, responsables de absorber el 90 por ciento del calor que queda atrapado en la Tierra por el aumento de las concentraciones de gases de efecto invernadero. “El contenido calorífico de los océanos, que es un indicador de esa acumulación de calor, alcanzó niveles sin precedentes en 2019”, alertó el organismo de Naciones Unidas y resumió: “Los océanos se están calentando a un ritmo vertiginoso”.

Por Darío Aranda | 07/04/2020 | Ecología social

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/257699-crisis-climatica-mas-duradera-y-letal-que-el-coronavirus

Publicado enMedio Ambiente
Domingo, 05 Abril 2020 06:46

La belleza de la herida  

La belleza de la herida  

“Mi padre criaba caballos y yo era un chico asmático. El ambiente me enfermaba. A los quince me revolcaba con los peones de la cuadra, adoraba la compañía de los palafreneros. Hasta que me descubrió probándome la ropa interior de mi madre” recuerda Francis Bacon. “Se quedó tan asqueado que me puso de patitas en la calle. Y confió mi educación a un amigo suyo, que me llevó a recorrer Europa como formación. Y se enamoró de mí. Imagínense, fuimos a Berlín, en esa época desenfrenada que pintaba Grosz”.

“Pero con los años el desenfreno se vuelve una catástrofe”, recapacita más tarde.

Uno de sus amantes lo tira por la ventana, su médico se horroriza: tiene el ojo derecho lesionado, un amasijo. Inminente, una cirugía plástica. A otro de sus amantes lo conoce cuando entra en su taller para robar. Y él le dice que le da dinero con la condición de que se acostaran. Están juntos ocho años. Hasta que el amante se suicida. Todas sus relaciones se vuelven cada día más complicadas. A veces sale por las noches a levantar con un rollito de billetes en el bolsillo.

“Es difícil envejecer para un homosexual porque la homosexualidad depende de la belleza”, dice.

Su estudio siempre fue un desorden mugriento en el que se mezclan los materiales, telas, cantidad de diarios viejos, fotos cortadas, objetos estrafalarios que alguna vez tendrán su uso. El polvo se va sedimentando. Lo suele usar cuando necesita, por ejemplo, reproducir una gabardina en un retrato. “Vivo en una inmundicia dorada”, se ríe siempre con una copa en la mano. Cuando se queda sin amigos, a veces alguien que arrastra del pub, muchachos que vienen a ver si pueden sacarle un centavo. “Últimamente hice autorretratos porque muchos se murieron a mi alrededor y me quedé solo. Nadie más ha quedado para pintar excepto yo mismo”.

El taller es un basurero que contrasta con su elegancia dandística. “Toda mi vida fue un caos”, dice. Y reconoce: “Siempre estuve a la deriva”. No le avergüenza tampoco hablar del alcohol, especialmente del champagne, su imprescindible champagne. Su inmersión en lo prohibido, dice, le da fuerzas para crear. Y también: “No hay belleza sin herida”, dice. Aunque nació en la católica Dublín en 1909 pinta obsesionado recreaciones truculentas del Papa Inocencio X de Velázquez. Quiere reproducir el grito más que el horror. El fantasma de Munch está cerca. Bacon es un hereje que se consagra a su arte con actitud religiosa.

Sus noches son disipación y abismo, un juego peligroso, como el azar que lo magnetiza en las mesas de ruleta donde pierde fortunas, pero qué puede alarmarlo si es uno de los artistas más cotizados del mundo. A la mañana temprano, a las seis, ya está en el taller recuperándose con una taza de té tras otra. “Una obra de arte debe contener una gota de veneno, el grano de arena que mande a la mierda la existencia”, dice.

Ahí están esos seres deformes. Por ejemplo, “Mujer vaciando el cántaro y niño paralítico gateando según Muybridge”. Edward Muybridge, un fotógrafo aventurero, descubrió a fines del siglo XIX cómo reflejar el movimiento de animales, hombres y mujeres desnudos que serían antecedente esencial del cinematógrafo, especialmente del porno. De aquí provienen los seres que pinta Bacon. Seres torsionados, luchando al montarse. Esa energía violenta eriza a quienes se acercan a su obra y no siempre la toleran porque allí se ven literalmente desnudos. Sus personajes son criaturas del espanto. Físicos y máscaras deformes, muecas atroces, pavor y repugnancia bajo la luz de una lamparita pelada que cuelga del techo, la única luz del taller, una luz de interrogatorio. “Si es posible hablar de algo, ¿para qué pintarlo?”, opina. Entonces pinta lo inapresable, la vulnerabilidad humana, su fragilidad. La memoria visual evoca las guerras. La segunda fue no hace tanto. Y esto influyó decisivamente en su consagración.

Tal vez convenga tener en cuenta el origen de su pintura. Cuando se ganaba la vida como decorador, después de salir de una muestra de Picasso en París, el joven Bacon compró acuarelas, largó la decoración y se entregó sin retorno a la pintura. Pronto pasó al óleo. Que conste, sin haber estudiado en una academia, sin maestros, excepto Rembrandt, Poussin, Goya, Van Gogh, Giacometti. Todo lo que pintó entre 1929 y 1944 no le conformaba y lo destruyó. Si Picasso pudo reflejar en Guernica el asesinato masivo, Bacon va por otro lado: no le interesa pintar la guerra de modo explícito. Más bien, intuitivo, reproduce sus consecuencias en una intimidad atormentada. Por qué no, deformidades postnucleares. Sin embargo, a pesar de sus visiones, o justamente por ellas, definiéndose de modo nietzcheano como un “desesperado jubiloso”, dice: “Tengo voracidad y voracidad como artista”.

El crítico David Sylvester, admirador incondicional de su obra, con quien conversa en varias entrevistas escribe: “Sus seres son tan repelentes que es difícil fijarse en otra cosa. Nada es complaciente”. Como ejemplo está su predilección por la carnicería, los seres humanos no se diferencian demasiado de las reses. En su mirada hay una ilustración de lector atento de Bataille, el de “Historia del ojo”, esa nouvelle feroz que concluye con el crimen orgiástico de un clérigo. Un tríptico suyo conmueve: recrea el suicidio de su amante George Dyer, sus tres momentos finales, el suicidio, el vómito, su muerte abrazado al inodoro. En el panel central surge un contorno sombrío que tiene un aire de pájaro de rapiña acechando al agonizante.

Su objetivo es una pintura clínica, “una especie de realismo que no implica ser frío. A priori no hay sentimientos pero, paradójicamente, puede producir un sentimiento mayor. Clínico es estar lo más cerca posible del realismo, en lo más profundo de uno. Algo exacto y tajante”. El crítico Frank Maubert, autor de un reportaje titulado “El olor a sangre humana no se me quita de los ojos”, le pregunta sobre la relación directa entre su vida y su obra. Bacon le responde: “Lo primero es trabajar sobre uno mismo. Yo querría lograr una pintura clínica, en el sentido en que “Macbeth” es clínica. Los grandes poetas son unos formidables activadores de imágenes. Sus palabras me resultan indispensables, me estimulan, me abren las puertas de lo imaginario”. No es casual que en su taller, entre tanta cosa, se vea una máscara mortuoria de William Blake”.

Sobre Bacon escriben Herbert Read, George Bataille, Michel Leiris, John Berger y Roland Barthes entre otros. Bertolucci lo utiliza en “El último tango en París”. Pasolini, según cuenta Terence Stamp, el efebo de “Teorema”, lo admira. Se codea con la más selecta intelectualidad francesa.

Pero, admirado por el mundito intelectual, muere solo en Madrid en 1992 a los ochenta y tres años en un hospital. Su amante español, un efebo, ni siquiera se acercó a verlo. El artista más revulsivo del siglo pasado y aún del presente muere abandonado.  

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La pandemia amenaza con dejar entre 14 y 22 millones de personas más en pobreza extrema en Latinoamérica

El coronavirus aleja aún más el objetivo de erradicar la carestía extrema, según la Cepal. En el horizonte más optimista, el 5,7% de su población estará en esa situación en 2030; en el más pesimista, el 11,9%

 Del bajo crecimiento a la recesión, sin solución de continuidad. El coronavirus ha transformado el sombrío horizonte económico en América Latina en el peor en más medio siglo, como recuerda a EL PAÍS el jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI) para la región, Alejandro Werner. El brazo económico de Naciones Unidas para el desarrollo del subcontinente, la Cepal, se ha sumado este viernes al pesimismo sobre el frenazo de la actividad a escala global y sobre el golpe que va a hacer en una región siempre expuesta a los vaivenes de las materias primas, la manufactura, el turismo y las remesas. El choque será especialmente fuerte en una métrica clave del desarrollo social: la pobreza extrema. Según las cifras del organismo, si el avance de la pandemia provocase una caída del 5% en el ingreso medio de la población activa, el número de latinoamericanos en pobreza extrema pasaría de los 67,5 millones actuales a 82 millones. Si la merma de ingresos para la población económicamente activa fuese del 10%, esa cifra se dispararía hasta los 90 millones de personas.

Incluso antes de la llegada del Covid-19, la región no iba en buena dirección para acabar con la lacra de la pobreza extrema una década vista, tal como marcaba la hoja de ruta de la ONU. Tras una década larga de mejora, la tasa de población en situación de carestía extrema en América Latina —de por sí la región más desigual del mundo— lleva algo más de un lustro encadenando aumentos sobre unas bases ya muy altas: del mínimo de 2012 (8,2%) se ha pasado hasta superar con creces el doble dígito. El bajo crecimiento y la menor pujanza redistributiva de muchos Gobiernos de la región ya se habían dejado sentir en los últimos tiempos en un indicador clave del avance social, pero la pandemia es la puntilla: sin el efecto Covid-19, este indicador habría alcanzado el 10,7% a finales de este año; con el coronavirus ya en el mapa de riesgos, se disparará hasta el 13,3%.

En el nuevo escenario, los cálculos más optimistas (que contemplan una reducción de la desigualdad del 1,5% y un aumento del PIB por habitante del 5%) apuntan a una pobreza extrema en el entorno del 2,9% en 2030; y en el más pesimista (sin cambio en el patrón distributivo y con un crecimiento per cápita del 1%), ligeramente inferior al 9%. Pero la sacudida del virus sobre los cimientos mismos de la economía es la puntilla: hoy el cálculo más optimista apunta a una pobreza extrema del 5,7% de la población en 2030 y en el más pesimista, el 11,9%.

“El mundo se enfrenta a una crisis sanitaria y humanitaria sin precedentes en el último siglo”, ha subrayado este viernes la secretaria ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena, en la presentación de un monográfico sobre las secuelas económicas y sociales del virus en el subcontinente. “El mundo no va a ser el mismo después de esta pandemia y la reactivación económica va a tomar su tiempo. No es una crisis financiera, sino de salud y bienestar. Y va a ser imprescindible el rol del Estado y no el del mercado: es el Estado, lo público, lo que nos va a sacar de esta crisis. No podemos volver a transitar por los mismos caminos que no han traído a estas grandes brechas”, ha dicho desde Santiago de Chile. “Estamos ante un cambio de época, de paradigma. Y tenemos que cambiar nuestro modelo de desarrollo”.

En el plano macroeconómico, la Cepal prevé un golpe múltiple para América Latina, fundamentalmente a través de seis canales: la disminución de la actividad económica en sus principales socios (Estados Unidos, Europa y China), abaratamiento de las materias primas, interrupción de las cadenas mundiales de valor, menor actividad turística, reducción de las remesas e intensificación de la aversión al riesgo en los mercados mundiales. “Estamos ante una profunda recesión”, ha alertado. Todavía es pronto para poner cifras, pero la Cepal cree que la previsión inicial de impacto, del 1,8% del PIB, ya se ha quedado obsoleta. “Si le sumamos el impacto que está teniendo en EE UU y Europa, más allá de China, ya hablamos del 3% o el 4%”. Aunque la dentellada económica de las medidas de distanciamiento social va a ser fuerte, Bárcena ha hecho un llamamiento a mantener o aumentar las medidas aplicadas hasta ahora: “Si no cumplimos las cuarentenas en América Latina y el Caribe el impacto económico será mucho mayor”, ha sentenciado.

Como respuesta a este nuevo panorama económico, ha dicho la jefa de la Cepal, “la integración regional es crucial para enfrentar la crisis, más allá de las diferencias políticas. Lo más urgente es reconstituir las cadenas regionales de valor para disminuir la volatilidad externa. Es, quizá, una oportunidad para mirarnos hacia dentro”. Esta vez “el salvavidas no van a ser las materias primas: el impulso va a venir de los paquetes fiscales”. Y América Latina “carece del espacio suficiente" para responder a la coyuntura con el mismo brío que las economías avanzadas. Ante esa tesitura, ha agregado, la opción más conveniente sería que la comunidad internacional apoyase a los países de renta media mediante un “recorte o reperfilamiento” de su deuda. “Necesitamos medidas que están fuera de la caja, innovadoras: necesitamos que el FMI y el Banco Mundial nos ayuden”.

En el plano puramente sanitario, Bárcena ha recordado que el nivel de camas de hospital disponibles en la región está muy lejos del de Europa, donde el coronavirus está haciendo estragos y está exhibiendo que ningún sistema de salud es lo suficientemente fuerte como para resistir un choque de esta magnitud. En la región, los únicos países que tienen un nivel de disponibilidad de camas similar al de la Unión Europea son, según los datos de la Cepal, Cuba y dos pequeñas naciones caribeñas: Barbados y San Cristóbal y Nieves. Y el gasto público sanitario medio del área supera por poco el 2,2%, la tercera parte de lo que recomienda la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Madrid - 03 ABR 2020 - 15:50 COT

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Sábado, 04 Abril 2020 05:59

Pregunta incómoda

Pregunta incómoda

El presidente Vladimir Putin logró en tiempo récord la aprobación de una controvertida reforma constitucional, y cuando se hizo evidente que era indispensable posponer la votación popular del 22 de abril, con la que se pretende legitimar su intención de perpetuarse en el poder, optó por ceder a otros el riesgo de encabezar la batalla cotidiana para vencer la pandemia del nuevo coronavirus.

Dirigió, desde luego, dos mensajes a la nación para ofrecer a todos los rusos una buena noticia –hasta ahora, y mientras aguanten las reservas, 37 días de asueto con goce de sueldo– y ha celebrado algunas videoconferencias para escuchar lo que hacen o sugieren los subordinados, confinado como está en su residencia de Novo-Ogoriovo.

Al mismo tiempo, Putin no quiere que su nombre se asocie con las decisiones inevitables que hay que tomar para frenar la propagación del Covid-19 y que tendrán un alto costo económico, el cual –agravada la situación por el dramático desplome de los precios del petróleo, provocado por un error de cálculo de su primer círculo– va a golpear a amplios sectores de la población.

Los responsables, desde la óptica de los operadores políticos del Kremlin, deben ser el primer ministro de Rusia y los gobernadores de las entidades de la Federación, sobre todo el alcalde de Moscú, la megápolis más grande del país, en quienes Putin delegó parte de sus facultades como mandatario.

Se entiende que la élite gobernante debe cuidar al pilar que sostiene sus privilegios, pues cuando éste falte, el régimen que se creó en torno a su persona, cual castillo de naipes, se va a desmoronar tan rápido como cayó el Muro de Berlín en 1989.

Entretanto, el bajo perfil que se recetó Putin en esta crisis epidemiológica para no dañar su imagen plantea una pregunta incómoda que puede incidir negativamente en su futuro como mandatario que se cree incontestable: ¿acaso no es una paradoja dotarse de facultades casi ilimitadas para, al surgir el primer momento adverso, cederlas a diestra y siniestra?

La respuesta que circula aquí por teléfono y por las redes sociales –donde todavía es posible el intercambio de opiniones a distancia– no resulta favorable a quien espera que su popularidad, por no tener que dar las malas noticias, se mantenga pese a los estragos que causa el Covid-19.

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Se duplicó la ventas de armas en Estados Unidos

Largas colas en armerías de todo el país

Los estadounidenses compraron en marzo pasado 1,9 millones de armas, el doble que el mes anterior y el segundo mayor pico de la historia. Los medios atribuyeron estos números al temor de que se produzcan grandes desórdenes por el brote de coronavirus. A medida que estallaba la pandemia las filas en las armerías del país se duplicaban o incluso triplicaban en estados como Michigan, según reportaron medios estadounidenses. El diario The New York Times comparó la compra de armas con la acumulación de papel higiénico o latas de conservas.

Las cifras son una estimación en base a los controles de antecedentes que el FBI realiza a los compradores. Aunque hay estados y ferias en los que no es necesario ese trámite, por lo que el número puede ser sensiblemente mayor. El pico anterior en la venta de armas ocurrió en 2013, tras la matanza en la escuela primaria Sandy Cook de Conectticut, que dejó 26 muertos. Ese momento coincidió con los esfuerzos del ex presidente Barack Obama por imponer restricciones a la compra de armas. "La gente está nerviosa de que haya un cierto desorden civil que podría surgir si un gran número de personas enferman y un gran número de instituciones dejan de funcionar con normalidad", evaluó el profesor de Derecho de la Universidad Estatal de Georgia, Timothy Lytton, en declaraciones a The New York Times. Agregó que la gente puede tener ansiedad por protegerse si los organismos del Estado comienzan a erosionarse.

En los locales de venta minorista aseguraron que la mayoría de las ventas son a personas que por primera vez tienen un arma. Desde los organismos encargados de controlar el manejo de armas expresaron su preocupación"Si no creías que necesitabas un arma antes de marzo de este año, ciertamente no necesitas salir corriendo y obtener una ahora", manifestó David Chipman, asesor del Giffords Gun Control Group.

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Al borde del desastre. Venezuela entre el conflicto político y la crisis del sistema de salud.

El sistema de salud venezolano llega a la coyuntura actual en una situación dramática. Mientras, el régimen y la oposición dejan escapar otra oportunidad para lograr una tregua y Estados Unidos recrudece sus ataques.

Desde Caracas.El coronavirus estuvo a punto de lograr lo impensable: un acuerdo entre la oposición y el gobierno venezolanos. En pleno escándalo mundial por la pandemia, Henrique Capriles, excandidato presidencial, abrió, el 25 de marzo, la posibilidad de que se llegue a un acuerdo entre oposición y gobierno para enfrentar la situación. Esa misma noche hubo dos reacciones casi paralelas. Nicolás Maduro aceptó: “Estoy de acuerdo con el planteamiento de Capriles”. Y entonces pidió al nuncio apostólico que sirviera de mediador y prestara la sede del Vaticano en Venezuela para entablar una reunión, lo más pronto posible, con los diferentes actores de la oposición. Pocos minutos más tarde, Juan Guaidó dijo estar dispuesto a hacer todo lo necesario, en un reconocimiento implícito de la necesidad de llegar a un acuerdo, aunque mantuvo reservas y planteó condiciones en torno a la distribución de la ayuda humanitaria, que, según él, debe ser realizada por organismos multilaterales y no por el gobierno de Maduro.

Previamente había habido gestos de distensión. Henry Ramos Allup, presidente de Acción Democrática, el principal partido de oposición, anunció el 10 de marzo que abandonaría la línea radical y abstencionista seguida hasta el momento y acudiría a las elecciones parlamentarias de este año. También en el ámbito internacional se vislumbra un nuevo panorama: el 23 de marzo la Unión Europea hizo público su pedido de que el Fondo Monetario Internacional financie a Venezuela e Irán en esta coyuntura y cesen las sanciones estadounidenses contra Caracas y Teherán. Sanciones que, en palabras de Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, “les impiden obtener ingresos por la venta de petróleo”. El secretario general de la Onu, António Guterres, también pidió que se ceda en las medidas coercitivas. Hasta allí parecía sobrevenir un apaciguamiento en la escalada de ataques y un posible escenario de diálogo, aunque fuera mientras durara esta coyuntura mundial.

Trump, otra vez 

A pocas horas de abierto ese escenario, el día 26 de mañana, el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció, en una conferencia de prensa del fiscal general William Barr, la presentación en tribunales de cargos contra el presidente Maduro y algunos de sus colaboradores por delitos de “narcoterrorismo, conspiración para la importación de cocaína y tenencia de armas y otros artefactos destructivos”. Acto seguido, puso precio a la cabeza del mandatario venezolano y a las de otros funcionarios y exfuncionarios. Como era de esperarse, la declaración del fiscal, luego corroborada por Trump en pleno vendaval viral, canceló cualquier intento de negociación y disparó discursos radicales de las partes enfrentadas en Caracas.

El gobierno de Trump pasó así de activar su radar financiero para bloquear a Venezuela en recursos, compras y ventas de petróleo, a dar luz verde a todo tipo de acción violenta que busque asesinar o capturar a Maduro y los suyos. Más que una salida militar, se trata de revivir las opciones parapoliciales a las que nos acostumbran las películas de la industria cultural más comercial. Esto sucede al lado de Colombia, un país sembrado de fuerzas irregulares, y a pocos días de que el mayor general retirado Clíver Alcalá Cordones confesara a las autoridades colombianas (luego del decomiso de un arsenal en el noreste de ese país) que planeaba invadir Venezuela junto con asesores estadounidenses para derrocar a Maduro. Paradójicamente, el general aparecía en la lista de personeros buscados por el Departamento de Justicia y a los pocos días viajó bajo arresto de Colombia a Estados Unidos.

A riesgo de que la situación resulte aún más esquizoide, a los pocos días, el 31 de marzo, con un planteo más civilista pero igual de prepotente, el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, propuso la conformación en Venezuela de un consejo de Estado conformado por el chavismo y la oposición, sin Guaidó ni Maduro, que se encargue de fijar nuevas elecciones. La figura no está contemplada en la Constitución venezolana y ya ha sido rechazada por el canciller Jorge Arreaza.

La respuesta de Miraflores no se ha hecho esperar. La fiscalía venezolana citó a Guaidó para que declare el jueves 2 de abril. Es posible que el líder opositor quede preso bajo sospecha por el caso de las armas incautadas en Colombia. Con Guaidó detenido sólo cabría esperar una escalada mayor entre Caracas y Washington.

No debe perderse de vista que, aunque la actitud belicosa de la administración Trump luce desproporcionada en la actual coyuntura sanitaria mundial, la campaña presidencial en Estados Unidos sigue en marcha. El tema Venezuela es clave en el voto latino del estado de Florida, un territorio relevante en cuanto a lo electoral.

En ese contexto deben leerse las palabras de Carrie Filipetti, subsecretaria de Estado para Cuba y Venezuela, quien ha dicho en los últimos días que Venezuela es un riesgo para la región y puede convertirse en un foco de la pandemia y un peligro para los países vecinos. Es un discurso llamativo en boca de una representante del gobierno estadounidense si se tienen en cuenta los datos oficiales sobre el covid-19: al cierre de esta edición, Venezuela tenía 150 casos y tres muertes por coronavirus, mientras que Estados Unidos tiene 240 mil casos y 5.600 muertes.

Colapso del sistema de salud

De todos modos, estos enfrentamientos se producen no sólo en el marco de las elecciones estadounidenses, sino también con un telón de fondo marcado por la objetiva debilidad de Venezuela en materia de salud pública. La salud venezolana ya estaba en una profunda crisis y podría verse desbordada rápidamente con la propagación del coronavirus.

Algunas relatorías de la Onu, como la publicada en noviembre de 2019 por el secretario general adjunto para Asuntos Humanitarios, Mark Lowcock, plantean que “el sistema de salud venezolano está al borde del colapso y muchos hospitales carecen de la infraestructura básica de agua y electricidad”. “Los pacientes hospitalizados, muchos de los cuales ya están gravemente enfermos, corren un alto riesgo de perder la vida a causa de las nuevas infecciones que adquieren mientras están en el hospital, ya que no es posible realizar una limpieza y de-sinfección básicas. Esto se agrava por la falta de medicamentos y la escasez de médicos y enfermeras para administrarlos. Enfermedades prevenibles, como el paludismo y la difteria, han vuelto con mucha fuerza. Las personas con enfermedades crónicas están entre las más vulnerables.”

En ese escenario, la Federación Médica Venezolana y otras organizaciones sociales alineadas con la oposición han señalado que los 46 hospitales públicos designados por el gobierno para encargarse de los casos de coronavirus no cuentan con las condiciones necesarias para atender a los pacientes. Lo cierto es que, por más que el gobierno se vanaglorie de una supuesta fortaleza en la esfera de la salud debido al apoyo de sus aliados (Cuba y China, entre ellos), el sistema sanitario sufre un gran deterioro. Si extrapolamos a Venezuela el nivel de demanda médica generada por el coronavirus en España e Italia, ya no estaremos hablando de un colapso, sino de un desastre en todos los planos de la vida nacional.

2 abril, 2020

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Suecos disfrutan de los cerezos en flor en un espacio público de Estocolmo durante la epidemia / Foto: Afp, Jonathan Nackstrand

Para desconcierto de sus vecinos, Suecia permanece reacia a las medidas de cuarentena. No ha suspendido las clases ni los torneos deportivos. Tampoco ha cerrado los bares y todavía son comunes las reuniones de amigos. Por detrás de esa decisión, asoma una guerra de epidemiólogos y modelos predictivos.

Mientras las cuarentenas draconianas, los regímenes punitivos y la vigilancia masiva se vuelven la norma mundial frente al coronavirus, Suecia ha tomado un camino mucho más relajado. Lo hace en contraste, sin dudas, con sus primos escandinavos, Dinamarca y Noruega. A nivel general, permanecen intocados los rudimentos de una vida ininterrumpida. La mayoría de los cafés, restaurantes y tiendas permanecen abiertos y abastecidos. También los gimnasios y cines. Se celebran aún vibrantes fiestas, para gran desconcierto y horror en los países vecinos.

El primer ministro, el socialdemócrata Stefan Löfven, ha abrazado el principio de la voluntariedad por sobre la coerción y ha emitido advertencias a los ciudadanos para que mantengan los viajes al mínimo y eviten todo lo que no sea esencial. A los mayores de 70 años se les ha dicho que cuiden sus movimientos y se queden en casa. En palabras del primer ministro durante un reciente discurso televisado, “nosotros los adultos debemos ser exactamente eso: adultos. No propagar el pánico ni los rumores. Nadie está solo en esta crisis, pero cada uno tiene una gran responsabilidad”.

A pesar de esto, las autoridades de Suecia han mostrado que tienen un pie en el freno, aunque uno que aprietan con cautela y lentamente. Las reuniones venían limitándose a no más de 500 personas –ese número se redujo el viernes 27 a no más de 50, una medida cuyo cumplimiento será controlado por el Estado–. Los bares sólo pueden proporcionar servicio de mesa. Los colegios y universidades han adoptado un formato virtual, en línea con las recomendaciones emitidas por el gobierno el 18 de marzo.

De todos modos, la Agencia de Salud Pública ejerce una poderosa influencia e insiste en que una cuarentena general no tendría justificación alguna. No se ha pedido la cancelación de torneos deportivos locales: el ejercicio y los deportes son iniciativas saludables. Los organizadores de eventos y seminarios son responsables de realizar una evaluación de riesgos y proporcionar información “sobre una buena higiene y acceso a instalaciones de lavado de manos para todos los participantes”.

El foco, más bien, está en la iniciativa individual, en minimizar los casos de transmisión mientras se logra la “inmunidad de rebaño” o se encuentra una vacuna. Si usted tiene más de 70 años, evite el transporte público, las idas al supermercado y las aglomeraciones. “En lugar de eso, pídales a sus amigos, familiares o vecinos que hagan las compras por usted, etcétera.” Trabaje desde casa si puede. “Es para disminuir la velocidad de transmisión y la cantidad de personas que necesitan atención hospitalaria.”

La clave de tales recomendaciones está en un juego de modelos predictivos. Y, como en todos los juegos de este tipo, abundan los riesgos. El relajado modelo sueco ha causado poca alarma en la población; en todo caso, le ha dado un gran impulso a la popularidad de los socialdemócratas. En Suecia, la sabiduría de las autoridades se da generalmente por descontado. Se trata de un poder tradicional y hasta asombroso del servicio civil sueco: “Los que saben se están haciendo cargo”.

El problema de los modelos predictivos 

El ejemplo sueco muestra un acercamiento diferente a las mediciones y proyecciones sobre la pandemia, algo que invariablemente implica mirar a través de una especie de bola de cristal. Paul Franks y Peter Nilsson, ambos epidemiólogos de la Universidad de Lund, sugieren que el gobierno hace sus apuestas con base en simulaciones realizadas por las autoridades de salud pública acerca de aumentos repentinos de la demanda hospitalaria. “A partir de estas simulaciones, está claro que el gobierno sueco prevé muchas menos hospitalizaciones por cada 100 mil habitantes que las predichas en otros países, incluidos Noruega, Dinamarca y Reino Unido.”

Las observaciones de Franks y Nilsson están llenas de la característica cautela científica. ¿Qué modelo predictivo prefiere usted? Las variantes de expertos británicos sugieren un mayor número de muertes para Suecia que el estimado por el gobierno de ese país, aunque las autoridades parecen agarrarse de la idea de que la mayoría de las personas infectadas no tendrán síntomas y sólo uno de cada cinco casos irá al hospital. Y, además, Reino Unido no es Suecia.

Nos enfrentamos a la naturaleza traicionera de los modelos predictivos de salud pública. Los de covid-19, por ejemplo, tienden a basarse en los ejemplos de China e Italia, además de datos recopilados durante brotes de ébola, Sars y Mers. Esto pone sobre la mesa la vieja cuestión de la demografía y la necesidad de reunir evidencia sobre la transmisión comunitaria local (hasta ahora, el material disponible en Suecia es bastante incompleto). Un hecho ineludible es que Suecia tiene una sola área metropolitana importante, por lo que cualquier modelo predictivo preciso requeriría material específico para casos de ese tipo. También deberían ser consideradas las formas de interacción entre distintas generaciones. En Suecia, menos comportamiento intergeneracional disminuiría el riesgo para los ancianos. Más de la mitad de los hogares suecos consisten en una sola persona, otro factor relevante.

Los pocos datos disponibles de Suecia tienden a centrarse en ingresos hospitalarios y fallecimientos, un punto subrayado por Franks y Nilsson. “Esto puede usarse para lograr una estimación de segunda mano de la transmisión comunitaria, proporcionando el dato aproximado de cuántas muertes ocurren entre los infectados.” Pero su precisión se ve algo comprometida por la distancia de dos semanas entre los diagnósticos y las muertes, lo que los hace un “instrumento muy grueso” para guiar la política de salud.

Con todo, el número de casos de covid-19 en Suecia no ha sido insignificante. El total, desde el primer caso registrado, el 4 de febrero, hasta el 30 de marzo, asciende a 4.028. Las muertes llegan a 146, aunque un número desproporcionado proviene de una comunidad somalí ubicada en barrios pobres y con familias extensas.

Batalla de epidemiólogos  

A pesar del mayor número de muertes en comparación con los otros países nórdicos, el epidemiólogo estatal Anders Tegnell confía en que la “estrategia” de Suecia funciona bien, pues ha mostrado una curva de infección relativamente plana en relación con Italia y España. “Queremos enlentecer la epidemia hasta que Suecia experimente una especie de pico, y si el pico no es demasiado dramático, podremos continuar así.”

Un gran número de ciudadanos, asumiendo su gran responsabilidad, ha optado por evitar el transporte público: Storstockholms Lokaltrafik (la compañía de transporte público en Estocolmo) anunció una caída del 50 por ciento en el número de pasajeros. Las escuelas están abiertas, pero muchos padres mantienen a sus hijos en casa. Las opciones remotas y de trabajo en casa han sido adoptadas por muchas empresas.

Las advertencias, aunque no estridentes, están a la orden del día. Está tomando forma una batalla epidemiológica. El principal asesor científico de Reino Unido, sir Patrick Vallance, ha elogiado el caso sueco, luego de haber sugerido al primer ministro de Reino Unido, Boris Johnson, seguir un camino similar durante el período en que ese país siguió el modelo de “inmunidad colectiva”. Por el contrario, una petición de más de 2 mil médicos, científicos y académicos que cuenta entre sus firmantes con el presidente de la Fundación Nobel, el profesor Carl-Henrik Heldin, ha pedido medidas más agresivas. “Es arriesgado dejar que las personas decidan qué hacer sin restricciones”, opina un paternalista Joacim Rocklöv, epidemiólogo de la Universidad de Umeå. “Como puede verse en otros países, esta es una enfermedad grave, y Suecia no es diferente de otros países.”

La viróloga Cecilia Söderberg-Nauclér, del Instituto Karolinska, no se ha guardado sus puntos de vista y alega con cierta contundencia que el gobierno ha cometido todos los errores posibles en la respuesta a una pandemia. “No estamos testeando lo suficiente, no estamos rastreando, no estamos aislando lo suficiente; hemos dejado suelto al virus.” Al hacerlo, Suecia se habría puesto en el camino a la catástrofe. Para evitar la cuarentena general, sostiene Söderberg-Nauclér, debería adoptarse un sistema de testeo en masa como el de Corea del Sur. El tiempo dirá.

3 abril, 2020

(Publicado originalmente en CounterPunch con el título “The Swedish Alternative: Coronavirus as a Grand Gamble”. Traducción y titulación en español de Brecha.)

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Jueves, 02 Abril 2020 06:51

Qué mundo queremos

Qué mundo queremos

Antes de la llegada del inesperado virus, filósofos y sociólogos nos avisaban de que nos encontrábamos ante los estertores de la segunda modernidad. De repente lo normal se ha vuelto extraño, nos empezamos a plantear qué es lo verdaderamente útil, funcional, importante.

En los últimos meses venía siguiendo con curiosidad artículos que hablaban de algunos movimientos dentro del propio sistema capitalista que ponían en cuestión desde dentro, al menos tímidamente, el paradigma teórico neoliberal hegemónico en las tres últimas décadas.

Este paradigma, recordemos, considera que la lógica del mercado debe regular todos los aspectos de la vida y que la intervención estatal ─con el objetivo de ajustar la oferta y la demanda o corregir las graves desigualdades sociales derivadas de la lógica del beneficio privado─ es nociva para el correcto funcionamiento del mismo y es, en último término, la causa de los problemas. El Estado debe únicamente garantizar el marco legal y de seguridad ─o represión─ que permita el libre funcionamiento de las reglas del mercado capitalista.

En las facultades de economía se enseñan preceptos propios de la economía clásica liberal como si se tratase de la única “ciencia económica” posible, después de haberse abandonado el modelo Keynesiano y proclamarse el “fin de la historia”, por parte de autores como Fukuyama y señalarse la imposibilidad del socialismo como haría Hayek, tras la caída del bloque soviético.

Recordemos también que el modelo keynesiano fue aquel que tras el crack del 29 y sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial consiguió generar un período de prosperidad social a través de la intervención de los estados del bienestar en el mercado, prestando servicios y generando demanda, contribuyendo al surgimiento de una gran clase media sobre la base de una economía del consumo de masas. En la década de los setenta ─con las políticas económicas avaladas por Friedman y lideradas por Reagan y Thatcher─ y de manera más acuciante en los noventa comenzó una nueva era de capitalismo neoliberal en la que se vació al Estado de su papel regulador, destruyendo y mercantilizando además los pocos sectores que se mantenían fuera de las lógicas del beneficio, como los servicios sanitarios o de salud, el sector energético o las telecomunicaciones. 

Las tremendas desigualdades sociales provocadas en esta última oleada de capitalismo neoliberal han generado más bien una numerosa legión de precarios sin identidad colectiva que no son capaces de reconocerse los unos en los otros. Pero la frustración y el descontento social generalizado y las cada vez más visibles e incontenibles consecuencias del deterioro ecológico y climático han permitido el levantamiento de algunas voces críticas dentro del propio sistema que, para salvarlo, hablan de la necesidad de “reiniciar” y de “reinventar” el capitalismo. 

Aparecía un artículo en esta línea en septiembre de 2019 nada menos que en el Financial Times, titulado “Capitalism. Time for reset”, donde se expresaba que era la hora de que las empresas se movieran por algo más que por la lógica del simple beneficio para sus accionistas, preocupándose por los trabajadores, el medioambiente, los clientes y la comunidad en general. Se manifestó en la misma línea la plataforma de empresas Bussiness Roundtable, poco antes.

Recientemente se hacían declaraciones similares desde el Foro de Davos de 2020. Por otra parte, cada vez son más los teóricos y las propuestas que hablan de la necesidad de un Green New Deal, donde pueden enmarcarse desde el más descarado marketing de lavado verde hasta otros intentos más bienintencionados por generar una suerte de Keynesianismo verde reformista. Tímidos pero, al fin y al cabo, movimientos dentro del propio capitalismo, que insinúan que los que quieren seguir manteniendo el barco a flote se plantean la necesidad de modificar ciertos mecanismos y que, por tanto, dan cuenta de que la máquina no marcha bien.

Me parece interesante recordar que el capitalismo no es ni la más antigua ni la más duradera forma de organizar la economía y la sociedad desde que existe la especie humana, que es posible que sume ya unos 200.000 años, 10.000 desde el surgimiento de las civilizaciones más antiguas. Al contrario, aunque sienta sus bases en el período colonialista de los siglos anteriores, quizá no lleguemos a contarle ni 300 años. Entre los logros del capitalismo y la industrialización se encuentran haber conseguido alterar la temperatura del planeta en sólo un siglo y medio. En los últimos 40 ha sido capaz de llenar el mar de plástico, generando una capacidad de destrucción sin precedentes.

Tomando como referencia el análisis de Polanyi, si bien el sistema capitalista se va fraguando durante dos siglos, es a finales del siglo XVIII cuando se produce la “gran transformación” que supone la reducción de la condición humana a la de un individuo egoísta, la definición del bien común como algo que solo puede resultar de la suma de egoísmos particulares, la ascensión del mercado libre como la forma dominante de organización social y la conversión o consideración como pura mercancía de la tierra (naturaleza), el trabajo (las personas) y el dinero.

Tanto Polanyi o Marx, como Federici nos advierten de que este proceso histórico fue de todo menos amable o libre de oposiciones y contramovimientos. Muy lejos de esto, “el capitalismo viene al mundo chorreando sangre” que diría el propio Marx. Por su parte Silvia Federici nos recuerda que por el camino fue también necesario “domesticar” a las mujeres, para que engendraran y proveyeran de los cuidados necesarios a la mano de obra, sana, limpia y alimentada requerida por los centros de producción capitalista.

Marx analizó magistralmente algunos de los principales problemas del capitalismo en plena consolidación del mismo. Si bien su diagnóstico prospectivo sobre el futuro cambio revolucionario y la llegada de un ulterior sistema comunista sin clases no parece haberse cumplido tal como él lo promovió e imaginó, Marx realizó una radiografía minuciosa de las lógicas del funcionamiento del sistema así como de sus fallos.

Por una parte, Marx pone de manifiesto que el capitalismo subvierte la lógica precedente “mercancía-dinero-mercancía”, donde el dinero es un medio para intercambiar cosas, por la de “dinero-mercancía-dinero”, donde la mercancía es un medio para conseguir más dinero, que a su vez permite conseguir más medios y mercancías que pueden ser vendidas para seguir ganando más dinero. Se impone así la lógica de la acumulación, del crecimiento por el crecimiento, frente a la verdadera satisfacción de necesidades.

Otra de las deformaciones del capitalismo que Marx destapó fue el “fetichismo de la mercancía”, proceso por el cual las cosas se convierten en un fetiche; se esconde el proceso de explotación laboral que hay detrás de la fabricación de las mercancías a las que rendimos culto y olvidamos que es el trabajo el que otorga el valor a las cosas producidas. El objeto se separa de aquel que lo fabrica, como si cobrara vida por sí mismo. Pero además, una de las distorsiones más importantes señaladas por Marx que el capitalismo provoca en la naturaleza humana es el de la “alienación”, consecuencia de la separación de los trabajadores de los medios de producción. Los trabajadores en el capitalismo están alienados del proceso de trabajo (no trabajan para sí mismos, para sus propias necesidades), del producto final (que no les pertenece), de sus compañeros de trabajo (con los que no cooperan) y de sí mismos (de su propio potencial humano).

Asimismo Marx identificó algunos de sus problemas intrínsecos fundamentales, sus propios cánceres. Los economistas clásicos, en su compilación de las bondades de “la mano invisible del mercado” olvidaron señalar la tendencia a la acumulación de poder propia del mismo, la tremenda desigualdad en la distribución de la riqueza que producía “el más justo de los sistemas”, su propensión cíclica a las crisis y su tendencia al monopolio y la concentración, todos estos mecanismos que vemos repetirse una y otra vez en los nichos de mercado que surgen de la falsa economía colaborativa.

Antes de la llegada del inesperado virus, filósofos y sociólogos nos avisaban de que nos encontrábamos ante los estertores de la segunda modernidad. Vividas ya la modernidad líquida y la sociedad postindustrial nos situamos en la última fase del capitalismo, el capitalismo del desastre, ese que se lucra sacando tajada de “resolver” las catástrofes y calamidades asociadas al cambio climático que él mismo provoca. Capitalismo y barbarie, que diría Rosa Luxemburgo, pero sin parar de generar beneficios para unos pocos hasta el último día de la apocalipsis final.

Existen, por supuesto, otras corrientes teóricas y económicas ─la economía ecológica, la economía del bien común, economía feminista, decrecimiento… ─ con una presencia irrisoria en las facultades de Economía y ADE, que plantean críticas más completas a la vez que alternativas constructivas a semejante panorama, desde una óptica más transformadora. Desde la economía ecológica autores como Naredo ponen sobre la mesa todas aquellas cuestiones que las empresas no contabilizan en su balance de costes y beneficios, sino que se consideran “externalidades”.

Son así consideradas la contaminación, la gestión de residuos, la huella de carbono, el deterioro de los ecosistemas marinos y terrestres, entre otros. Mientras se privatizan las ganancias, lo público y la sociedad en general ha de padecer y hacerse cargo de estas supuestas externalidades que no asumen como coste ni responsabilidad propia las empresas que las generan.

Desde la economía feminista Amaia Pérez Orozco nos recuerda además que existen muchos otros servicios y costes sociales que, sin remuneración alguna, caen sobre las espaldas de las mujeres, indispensables para sostener a la mal llamada esfera productiva. Estos “servicios” son básicamente todos aquellos trabajos verdaderamente imprescindibles para el sostenimiento de vida, los que tienen que ver con el cuidado de la misma, de la infancia o las personas mayores, sanas, enfermas, dependientes…. Desde la Economía del Bien Común se recalca la necesidad de poner un límite razonable a la diferencia de ingresos y de patrimonio de todos los miembros de la sociedad, reflexión absolutamente necesaria en este capitalismo donde el 1% de la población acapara el 82% de la riqueza.

Se nos recuerda también que mientras que en el resto de esferas de la vida (familia, amigos, vecindario…) los valores que sirven y guían nuestro comportamiento son pro─sociales (cooperación, empatía, altruismo, generosidad, solidaridad, amor…), consideramos normal que la economía y las empresas puedan comportarse, por el contrario, como perfectos psicópatas (practicando el egoísmo, el lucro individual, la insensibilidad, la competencia, la avaricia). Se nos ha hecho creer, en definitiva, que es a través de los “contravalores” que puede conseguirse la prosperidad de todas y todos. Lo contraintuitivo se convierte así en la lógica dominante. Desde la corriente del Decrecimiento se nos enseñan vías para la desaceleración paulatina y controlada de la producción económica, se nos muestran caminos para abandonar el dogma religioso del crecimiento como un fin en sí mismo, relocalizando, desindustrializando, autoproduciendo.

Pero de repente, el más simple y menos sofisticado de los organismos, un virus, destruye la normalidad, poniendo en evidencia la fragilidad del castillo de naipes de un capitalismo financiero fuertemente basado en las expectativas psicológicas de los accionistas. De repente lo normal se ha vuelto extraño, nos empezamos a plantear qué es lo verdaderamente útil, funcional, importante.

Una periodista y antropóloga llamada Gillian Tett escribió con gran acierto que “para entender cómo funciona una comunidad no hay que fijarse solamente en las zonas que podríamos llamar de ruido social, sobre las cuales todo el mundo desea hablar […], hay que fijarse también en los silencios sociales”. Y son esos silencios sociales los que ahora recuperan su sonido. De repente cae la luz sobre las zonas de sombra, como sobre esas externalidades que veíamos que no contabilizan las empresas o sobre todos esos servicios públicos que han sido desinflados y mercantilizados por el camino y que ahora nos resultan indispensables.

De repente se cae el velo y se vuelve lógico lo formulado por algunos pensadores anarquistas que nos hacían reflexionar sobre si todas las profesiones, labores y ocupaciones tienen un sentido real. ¿Necesitamos a un accionista o a un corredor de bolsa para vivir? ¿A un publicista, a un gerente, a un vendedor de seguros? ¿Es quizá la agricultora, el reponedor, el enfermero, la barrendera, la limpiadora, la maestra, el bombero, la repartidora, el cuidador, el músico, el cuentacuentos, la poeta, la profesora de baile, los que realizan las cosas realmente necesarias? ¿Tiene sentido que sean entonces los más precarios de la sociedad?

Se destapan mecanismos ocultos y nos hacemos preguntas: ¿de dónde vienen los alimentos que consumimos? ¿Es normal desplazarnos miles de kilómetros para descansar, como pretende la industria turística? ¿Si alteramos o deterioramos los ecosistemas, puede tener consecuencias sobre nuestras vidas? ¿Son inmutables las medidas de austeridad o son el dinero y los incentivos económicos, al fin y al cabo, decisiones creadas y tomadas por humanos? Mi vida cotidiana ¿tenía sentido? Nuestro modo de vivir y nuestras viviendas ¿valen la pena? ¿Vale la pena lo que somos y a lo que nos dedicamos? ¿Valen la pena el empleo y los cuidados, tal como están planteados?

Como nos ejemplifica China, el capitalismo no es necesariamente un sistema que va de la mano de la democracia, ni mucho menos son sinónimos o hermanas siamesas. De hecho como venimos comprobando, se lleva igual de bien o mejor con los regímenes de corte autoritario. ¿Será la crisis del coronavirus un golpe de muerte al capitalismo como augura Zizek o una nueva era donde China, inicialmente la nación más afectada por el virus, imponga su preeminencia económica y política, apoyada principalmente en el control tecnológico de la población, como vaticina Byung-hul Han? 

Mi naturaleza pesimista me lleva a inclinarme hacia un escenario donde, dadas las diferencias de medios y recursos, la ultraderecha buscará la manera en que terminemos concluyendo que necesitamos más mano dura, más control, más grandes empresarios superhéroes y también más mercado. Sacrificar la propia vida para que no pare la economía y nunca poner la economía al servicio de la vida. Pero la historia de la humanidad es el pulso constante entre movimientos que se confrontan y la cuestión es qué vamos a hacer nosotras y nosotros, desde los movimientos sociales transformadores.

La cuestión es si vamos a ser capaces de utilizar la luz que pasa por la grieta para romper el cuadro y el marco y pintar uno nuevo. Lo que toca plantearnos ahora es qué marcos de interpretación de la situación ponemos a disposición de la opinión pública, qué sentido le damos a esta nueva realidad y qué utopía hacia la que caminar vamos a dibujar y a poner sobre la mesa, desde la izquierda antiautoritaria, en este contexto de ruptura con la normalidad anterior.

Nos toca rescatar del sentido común de la gente aquellos elementos que les indican que es necesario procurarnos una organización social que nos proteja y dé cobijo a todas y todos como seres eco e inter-dependientes y como cuerpos vulnerables, que apunta el ecofeminismo. Pero nos toca hacerlo con altura de miras, con utopías de referencia que sirvan para todas las personas: urbanas, rurales, mujeres, hombres, niñas, adultas, ancianas… Nos toca demostrar que el capitalismo no es el único ni el mejor de los sistemas posibles pero, sobre todo, que tiene alternativa como forma de organización económica y social.

Considero que una de las primeras lógicas erradas que hay que destapar es la del beneficio y la acumulación como la motivación elemental a la hora de satisfacer las necesidades sociales. Porque, como diría César Rendueles, el capitalismo y el libre mercado son una rareza antropológica. Muchas personas empiezan a plantearse que quizá no es normal que la solución a la creciente necesidad y demanda de “geles alcohólicos” en un momento de crisis humanitaria sea subirles el importe, que resulta un poco extraño que tenga que ser el propio gobierno el que controle precios, porque lo que no se sostiene es que alguien intente lucrarse todavía más en una situación como esta. ¿Quizá no deberían simplemente valer lo que costó producirlos? Resulta algo kafkiano incluso que a alguien se le haya ocurrido, en un momento así, cambiar el color, el estampado y el diseño de las mascarillas y así venderlas más caras, para que no muera nunca el estilo y se pueda seguir yendo a la moda.

Pero además tenemos que inventar soluciones, y soluciones a gran escala y para eso será necesario hacernos muchas preguntas, algunas casi ontológicas. ¿Cómo creamos un sistema donde podamos asegurar que se cubren las necesidades básicas de toda la gente sin comprometer al planeta y por ende a nuestra propia especie? ¿Cuáles son esas necesidades? ¿Cómo creamos un modelo de sociedad que garantice la salud y proteja a las personas sin conculcar sus libertades? Y sobre todo, ¿cómo transitar a ese nuevo sistema sin generar sufrimiento humano?

¿Cómo cambiar las cosas siendo conscientes de que vivimos en un mundo donde el desarrollo tecnológico permite formas de control social que no tienen precedentes? ¿Cómo contrarrestamos la penetración de los fake news de la derecha, que nos está ganando la batalla cultural? ¿Cómo conseguir que no nos tome la delantera una solución neofascista? ¿Son las únicas opciones posibles el capitalismo democrático o el autoritario? ¿Qué hacer, aprendiendo las lecciones de los errores y terrores de la economía planificada? ¿Es viable una suerte de Green New Deal o el sistema está ya tocado de muerte? ¿Queremos mantenerlo vivo de forma artificial, darle la estocada final o ir sedándolo y procurarle una suerte de eutanasia? ¿Qué papel ha de jugar el Estado como entidad que permita garantizar el procomún y asegurar la redistribución? ¿Cómo garantizamos la democracia y qué democracia? ¿Cómo han de tomarse las decisiones para que no se produzcan derivas oligárquicas, de concentración y abuso de poder?

¿Cómo construimos ese nuevo mundo sin dejar atrás las luchas de los distintos movimientos sociales, recordando que todas las opresiones están entrelazadas, como plantea el enfoque de la interseccionalidad? Pero a la vez, ¿cómo lo hacemos para reconocernos todas y todos en un mínimo múltiplo común que nos sirva de pegamento? ¿Cuáles son aquellos logros de la modernidad de los que queremos seguir disfrutando (la posibilidad del espíritu crítico, la libertad, igualdad y fraternidad, el derecho a la duda y a la disensión, el desarrollo científico, los adelantos médicos, la esperanza de vida…)?

El enemigo es muy poderoso. Aquellos que, pese a estar también amenazados, quieren seguir enriqueciéndose, van a intentar volver a seducirnos con nuevas máquinas de persuasión y luego, si es necesario, con mecanismos propios del Estado del terror. Esta crisis puede conllevar el empobrecimiento masivo de una parte importante de la población, ¿pero la única manera de arreglar esto es alimentar una máquina que nos acaba destruyendo a nosotros mismos? ¿Sólo podemos salvarnos cavando nuestra propia tumba? ¿Tendremos que elegir entre la salud (ya sea por un virus o por restricciones debido a la contaminación o los desastres naturales) y la libertad? Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de libertad y de justicia?

Quizá la única respuesta esperanzadora a todos los problemas que estén por venir ─ya vengan de la mano de una emergencia climática, un virus, un terremoto o un colapso financiero─ sea siempre la misma. Quizá no tenemos todavía la receta exacta, pero sí muchos de los ingredientes. El amor como pegamento común, la solidaridad, la justicia social. El pacifismo y el antiautoritarismo. Poner en el centro el buen vivir, la práctica de una vida que merezca ser vivida y que no sea un privilegio de unas contra otras sino una posibilidad para todos y todas a la vez.

Una de las posibles claves que me veo tentada a señalar es al virus como metáfora. Quizá sea lo pequeño y no las grandes estructuras lo que más capacidad tiene de adaptarse y mutar, de reinventarse, lo más duradero en el tiempo, lo que se adapta mejor a un planeta que ya no puede sostener que se le extraiga ni exprima más desde la lógica de la conquista, dominación y la explotación. El dilema es cómo articulamos lo pequeño, evitando que algún nodo crezca y se convierta en colonizador y cancerígeno.

Es hora de que nos pongamos a trabajar, juntos e intensamente, en construir ese mundo que queremos, un modelo que permita descolonizar el imaginario capitalista que estructura nuestras mentes aprovechando la situación de ruptura. Es tiempo de generar políticas y medidas prácticas que ofrecer ante esta grieta que se abre. La grieta puede ser aprovechada para dar paso a la distopía del héroe individual a la que tanto nos tienen acostumbradas las series de las diversas plataformas, pero son también las crisis y rupturas abruptas las que hacen caer los órdenes antiguos. Aquí solo trazo algunas preguntas, que permitan ir esbozando respuestas, desde las ganas de entendimiento y la generosidad.

La buena noticia es que sólo es necesaria la acción decidida y firme de una parte suficiente─ que no toda─ de la población, dispuesta a comportarse de manera colectiva, para conseguir los cambios, como ya demostraron las que lucharon por los derechos laborales, civiles, de género, muchas veces desde la desobediencia civil y pacífica. La historia de los movimientos sociales está llena de ejemplos de avances y resistencias que son los que han contribuido a consolidar los progresos que merece la pena mantener, ejemplos que el poder se encarga de minimizar y silenciar.

Quizá el mundo que queremos se parezca un poco a este, más sosegado, con tiempo para contemplar, conversar, escribir, reflexionar, con aire limpio con que llenar nuestros pulmones… Parecido a este pero sin miedo, sin diferencias sociales derivadas de la familia que te haya tocado, de las condiciones del hogar que tienes la suerte o la desgracia de habitar, sin la soledad impuesta para las personas que no tienen familia o red. Por supuesto sin represión, sin caza de brujas, sin invención de chivos expiatorios entre los más débiles, tomando de nuevo las calles para la gente.

Por Noelia Sánchez Suárez

2 abr 2020 06:40

Publicado enSociedad