Domingo, 17 Noviembre 2019 05:44

El odio al indio

El odio al indio

Como una espesa niebla nocturna, el odio recorre vorazmente los barrios de las clases medias urbanas tradicionales de Bolivia. Sus ojos rebalsan de ira. No gritan, escupen; no reclaman, imponen. Sus cánticos no son de esperanza ni de hermandad, son de desprecio y discriminación contra los indios. Se montan en sus motos, se suben a sus camionetas, se agrupan en sus fraternidades carnavaleras y universidades privadas y salen a la caza de indios alzados que se atrevieron a quitarles el poder.

En el caso de Santa Cruz organizan hordas motorizadas 4x4 con garrote en mano a escarmentar a los indios, a quienes llaman "collas", que viven en los barrios marginales y en los mercados. Cantan consignas de que "hay que matar collas”, y si en el camino se les cruza alguna mujer de pollera la golpean, amenazan y conminan a irse de su territorio. En Cochabamba organizan convoyes para imponer su supremacía racial en la zona sur, donde viven las clases menesterosas, y cargan -como si fuera un destacamento de caballería- sobre miles de mujeres campesinas indefensas que marchan pidiendo paz. Llevan en la mano bates de béisbol, cadenas, granadas de gas; algunos exhiben armas de fuego. La mujer es su víctima preferida; agarran a una alcaldesa de una población campesina, la humillan, la arrastran por la calle, le pegan, la orinan cuando cae al suelo, le cortan el cabello, la amenazan con lincharla, y cuando se dan cuenta de que son filmadas deciden echarle pintura roja simbolizando lo que harán con su sangre.

En La Paz sospechan de sus empleadas y no hablan cuando ellas traen la comida a la mesa. En el fondo les temen, pero también las desprecian. Más tarde salen a las calles a gritar, insultan a Evo y, con él, a todos estos indios que osaron construir democracia intercultural con igualdad. Cuando son muchos, arrastran la Wiphala, la bandera indígena, la escupen, la pisan la cortan, la queman. Es una rabia visceral que se descarga sobre este símbolo de los indios al que quisieran extinguir de la tierra junto con todos los que se reconocen en él.

El odio racial es el lenguaje político de esta clase media tradicional. De nada sirven sus títulos académicos, viajes y fe porque, al final, todo se diluye ante el abolengo. En el fondo, la estirpe imaginada es más fuerte y parece adherida al lenguaje espontáneo de la piel que odia, de los gestos viscerales y de su moral corrompida.

Todo explotó el domingo 20, cuando Evo Morales ganó las elecciones con más de 10 puntos de distancia sobre el segundo, pero ya no con la inmensa ventaja de antes ni el 51% de los votos. Fue la señal que estaban esperando las fuerzas regresivas agazapadas: desde el timorato candidato opositor liberal, las fuerzas políticas ultraconservadoras, la OEA y la inefable clase media tradicional. Evo había ganado nuevamente pero ya no tenía el 60% del electorado; estaba más débil y había que ir sobre él. El perdedor no reconoció su derrota. La OEA habló de "elecciones limpias" pero de una victoria menguada y pidió segunda vuelta, aconsejando ir en contra de la Constitución, que establece que si un candidato tiene más del 40% de los votos y más de 10% de votos sobre el segundo es el candidato electo. Y la clase media se lanzó a la cacería de los indios. En la noche del lunes 21 se quemaron 5 de los 9 órganos electorales, incluidas papeletas de sufragio. La ciudad de Santa Cruz decretó un paro cívico que articuló a los habitantes de las zonas centrales de la ciudad, ramificándose el paro a las zonas residenciales de La Paz y Cochabamba. Y entonces se desató el terror.

Bandas paramilitares comenzaron a asediar instituciones, quemar sedes sindicales, a incendiar los domicilios de candidatos y líderes políticos del partido de gobierno. Hasta el propio domicilio privado del presidente fue saqueado; en otros lugares las familias, incluidos hijos, fueron secuestrados y amenazados de ser flagelados y quemados si su padre ministro o dirigente sindical no renunciaba a su cargo. Se había desatado una dilatada noche de cuchillos largos, y el fascismo asomaba las orejas.

Cuando las fuerzas populares movilizadas para resistir este golpe civil comenzaron a retomar el control territorial de las ciudades con la presencia de obreros, trabajadores mineros, campesinos, indígenas y pobladores urbanos -y el balance de la correlación de fuerzas se estaba inclinando hacia el lado de las fuerzas populares- vino el motín policial.

Los policías habían mostrado durante semanas una gran indolencia e ineptitud para proteger a la gente humilde cuando era golpeada y perseguida por bandas fascistoides. Pero a partir del viernes, con el desconocimiento del mando civil, muchos de ellos mostraron una extraordinaria habilidad para agredir, detener, torturar y matar a manifestantes populares. Claro, antes había que contener a los hijos de la clase media y, supuestamente, no tenían capacidad; sin embargo ahora, que se trataba de reprimir a indios revoltosos, el despliegue, la prepotencia y la saña represiva fueron monumentales. Lo mismo sucedió con las Fuerzas Armadas. Durante toda nuestra gestión de gobierno nunca permitimos que salieran a reprimir las manifestaciones civiles, ni siquiera durante el primer golpe de Estado cívico del 2008. Y ahora, en plena convulsión y sin que nosotros les preguntáramos nada, plantearon que no tenían elementos antidisturbios, que apenas tenían 8 balas por integrante y que para que se hagan presentes en la calle de manera disuasiva se requería un decreto presidencial. No obstante, no dudaron en pedir/imponer al presidente Evo su renuncia rompiendo el orden constitucional. Hicieron lo posible para intentar secuestrarlo cuando se dirigía y estaba en el Chapare; y cuando se consumó el golpe salieron a las calles a disparar miles de balas, a militarizar las ciudades, asesinar a campesinos. Y todo ello sin ningún decreto presidencial. Para proteger al indio se requería decreto. Para reprimir y matar indios sólo bastaba obedecer lo que el odio racial y clasista ordenaba. Y en sólo 5 días ya hay más de 18 muertos, 120 heridos de bala. Por supuesto, todos ellos indígenas.

La pregunta que todos debemos responder es ¿cómo es que esta clase media tradicional pudo incubar tanto odio y resentimiento hacia el pueblo, llevándola a abrazar un fascismo racializado y centrado en el indio como enemigo?¿Cómo hizo para irradiar sus frustraciones de clase a la policía y a las FF. AA. y ser la base social de esta fascistización, de esta regresión estatal y degeneración moral?

Ha sido el rechazo a la igualdad, es decir, el rechazo a los fundamentos mismos de una democracia sustancial.

Los últimos 14 años de gobierno de los movimientos sociales han tenido como principal característica el proceso de igualación social, la reducción abrupta de la extrema pobreza (de 38 al 15%), la ampliación de derechos para todos (acceso universal a la salud, a educación y a protección social), la indianización del Estado (más del 50% de los funcionarios de la administración pública tienen una identidad indígena, nueva narrativa nacional en torno al tronco indígena), la reducción de las desigualdades económicas (caída de 130 a 45 la diferencia de ingresos entre los más ricos y los más pobres); es decir, la sistemática democratización de la riqueza, del acceso a los bienes públicos, a las oportunidades y al poder estatal. La economía ha crecido de 9.000 millones de dólares a 42.000, ampliándose el mercado y el ahorro interno, lo que ha permitido a mucha gente tener su casa propia y mejorar su actividad laboral.

Pero esto dio lugar a que en una década el porcentaje de personas de la llamada “clase media", medida en ingresos, haya pasado del 35% al 60%, la mayor parte proveniente de sectores populares, indígenas. Se trata de un proceso de democratización de los bienes sociales mediante la construcción de igualdad material pero que, inevitablemente, ha llevado a una rápida devaluación de los capitales económicos, educativos y políticos poseídos por las clases medias tradicionales. Si antes un apellido notable o el monopolio de los saberes legítimos o el conjunto de vínculos parentales propios de las clases medias tradicionales les permitía acceder a puestos en la administración pública, obtener créditos, licitaciones de obras o becas, hoy la cantidad de personas que pugnan por el mismo puesto u oportunidad no sólo se ha duplicado -reduciendo a la mitad las posibilidades de acceder a esos bienes- sino que, además, los “arribistas”, la nueva clase media de origen popular indígena, tiene un conjunto de nuevos capitales (idioma indígena, vínculos sindicales) de mayor valor y reconocimiento estatal para pugnar por los bienes públicos disponibles.

Se trata, por tanto, de un desplome de lo que era una característica de la sociedad colonial: la etnicidad como capital, es decir, del fundamento imaginado de la superioridad histórica de la clase media por sobre las clases subalternas porque aquí, en Bolivia, la clase social sólo es comprensible y se visibiliza bajo la forma de jerarquías raciales. El que los hijos de esta clase media hayan sido la fuerza de choque de la insurgencia reaccionaria es el grito violento de una nueva generación que ve cómo la herencia del apellido y la piel se desvanece ante la fuerza de la democratización de bienes. Así, aunque enarbolen banderas de la democracia entendida como voto, en realidad se han sublevado contra la democracia entendida como igualación y distribución de riquezas. Por eso el desborde de odio, el derroche de violencia; porque la supremacía racial es algo que no se racionaliza, se vive como impulso primario del cuerpo, como tatuaje de la historia colonial en la piel. De ahí que el fascismo no sólo sea la expresión de una revolución fallida sino, paradójicamente también en sociedades postcoloniales, el éxito de una democratización material alcanzada.

Por ello no sorprende que mientras los indios recogen los cuerpos de alrededor de una veintena de muertos asesinados a bala, sus victimarios materiales y morales narran que lo han hecho para salvaguardar la democracia. Pero en realidad saben que lo que han hecho es proteger el privilegio de casta y apellido.

El odio racial solo puede destruir; no es un horizonte, no es más que una primitiva venganza de una clase histórica y moralmente decadente que demuestra que, detrás de cada mediocre liberal, se agazapa un consumado golpista.

Publicado en celag.org

Publicado enSociedad
"El lenguaje es una base constitutiva de la asignación de género"

La investigadora Sara Pérez analiza los motivos profundos del uso del lenguaje inclusivo

La especialista en análisis de discurso explica los motivos del lenguaje inclusivo, su confrontación con el discurso hegemónico, y la profundidad de las raíces que hace falta conmover para alcanzar la inclusión y la igualdad.

 

Profesora, investigadora y especialista en análisis del discurso, Sara Pérez explica a qué se llama “lenguaje inclusivo” y de qué depende que nuevos términos se popularicen e instalen. Analiza, además, la “ideología de género” como estrategia discursiva, el discurso político en la construcción de valor, y la prevención de la violencia de género dentro y fuera de las aulas.

--¿Qué se entiende por “lenguaje inclusivo”?

-A mí me gusta mucho la discusión sobre lenguaje inclusivo desde el momento de la propia denominación. Esta denominación de lenguaje inclusivo tiene que ver con un reclamo de un colectivo de seres humanos que no se sienten interpelados, interpeladas, interpelades, por algunas formas de uso del español, por ejemplo, el uso del plural “nosotros” para incluir a nosotras, nosotros. Por otro lado, la dicotomía entre masculino y femenino, o y a, no agota las expectativas, las necesidades y las posibilidad de identificación de personas que no desean ser interpeladas como o o como a, sino que prefieren una situación de transición o intermedia. Esto tiene que ver básicamente con un supuesto de partida: el lenguaje es una de las formas en las que vamos construyendo nuestra identidad; no es menor, el lenguaje es constitutivo. El lenguaje es una base constitutiva de la asignación de género, y entonces es ineludible. Toda discusión que tenga que ver con el género en el lenguaje en última instancia está teniendo que ver con cómo construimos nuestras identidades y cómo atravesamos esta experiencia subjetiva. Esto ocurre siempre de la mano del lenguaje, ineludible en nuestra vida social e individual.

--¿Por qué ahora?

--Esto no es nuevo. Tiene muchísimos años en distintos países y distintas lenguas. El uso no sexista del lenguaje antecede al lenguaje inclusivo. Lo primero en que coincidimos una gran mayoría de personas es en que el lenguaje es una facultad de todos los seres humanos. Su uso supone una representación acerca del mundo. Durante los '90 empezaron a pulular manuales de uso no sexista del lenguaje, esto es, usos que no discriminen a un conjunto de mujeres por su sexo. ¿Qué quiere decir uso no sexista? Por ejemplo, en los viejos diccionarios de la Real Academia Española (RAE) figuraba “embajadora” como esposa del embajador. Pensemos en las metáforas, arraigadas en nuestra vida. “Toro” alude a un tipo potente; “vaca”, a una mujer gorda. Y cuestiones vinculadas a “no llores como una nena”. Ahora las jóvenes feministas han resignificado esto último como “pelea como una nena”, “pelea como una abuela”. Lo que está en juego es si mediante el lenguaje reforzamos o reproducimos relaciones de poder o si tratamos de cambiarlas. Lo que están haciendo les chiques hoy es poner en tela de juicio, cuestionar, desafiar, un orden sexogenérico imperante, y junto con ese desafío, desafían la forma en que esto se pone de manifiesto en la lengua, en lo nodal del sistema de la lengua. Y esto es lo que más perturba.

--¿Qué hace que la lengua se modifique?

--Hay dos etapas. La primera, una etapa de visibilización de las mujeres, con el “todos y todas”, que comenzó con fuerza hace cosa de diez años. Luego aparece el uso de la e con las más jóvenes. Algunas compañeras dicen que no quieren que se las interpele con la e por lo que costó llegar al “todos y todas”, porque consideran que así se nos invisibiliza de nuevo. La e aparece en adolescentes de clases medias básicamente, con las chicas, pero se extiende muy rápidamente a todes les chiques. En Capital Federal cuesta mucho no decir “les pibes”. Hasta suena perturbador decir “los pibes”. Lo han impuesto a su manera con el propio uso. El problema del lenguaje inclusivo es que el “todos y todas” usaba de manera distinta un recurso que ya nos daba el sistema. En el sistema ya estaban la a y la o; su uso estaba habilitado, lo que hicimos fue empezar a usarlo un poco más. Pero la e como tal, como un género, no está en el sistema morfológico del español; está como una excepción para ciertos casos. Les pibes se agarraron de esa excepción, la explotan y la reproducen. Eligen esa forma y al hacerlo tocan una cuestión medular del sistema. Por eso es tan resistido y por eso cuesta tanto aprenderlo. Hay que aprender a hablar con la e. Probablemente el tiempo tome la decisión. El tiempo y el poder.

--¿En qué sentido el poder?

--Los cambios son más rápidos en la medida en que los discursos legítimos y las instituciones acompañan y respaldan esos cambios: la escuela, los medios masivos de comunicación, la literatura, todos aquellos lugares de construcción de variedades de prestigio de la lengua. Si la escuela prohíbe puede generar un movimiento de resistencia y no habilitar su uso en el ámbito escolar. Hay grupos conservadores, antiderechos, que se organizan en torno a exigir que se prohíba el lenguaje inclusivo en las escuelas. Hay otras escuelas que lo habilitan. En esto se cruzan muchos conflictos. La cuestión es hasta qué punto las personas estamos dispuestas a cambiar relaciones de poder para lograr que sean menos desiguales. Y en muchos casos, ser menos desiguales, para muchas personas supone conceder privilegios y cambiar el status quo, y hay personas a las que no les gusta cambiar el status quo. Es como los conflictos que tenés en tu casa cuando decís que a partir de ese día todes van a lavar los platos. A lo mejor todes van a la marcha a favor del aborto legal, seguro y gratuito, pero de ahí a levantar la mesa hay una distancia, porque una cosa es estar de acuerdo con una política pública y otra cosa es modificar nuestras propias prácticas. Cuando desde los estudios del lenguaje hablamos de un discurso hegemónico y de poder estamos hablando de la internalización en nuestras subjetividades de ese discurso hegemónico. El discurso hegemónico nos interpela a todes por igual. Cuando hablamos del discurso hegemónico, hablamos de ese discurso que se reproduce en los medios, en la escuela, en la esfera pública, en los partidos políticos, en casa, en las redes...

--Hay quienes hablan de “ideología de género”. ¿Qué hay detrás de esa consideración?

--Al estigmatizar la palabra “feminismo” se estigmatiza esa identidad, se estigmatiza y neutraliza la posibilidad de que algunas personas que reivindican esas ideas adopten ese cuerpo de ideas de manera sistemática. El movimiento de mujeres ha logrado avanzar muchísimo, soy optimista y también soy realista. Hay muchas resistencias todavía. He estado en reuniones con compañeras de barrio que me preguntaban cómo hacer, porque tenían vecinas que estaban de acuerdo con todas las reivindicaciones pero cuando las invitaban a sumarse decían “no, porque son feministas”. Una respuesta de distancia, que da cuenta del poder del discurso hegemónico. La “ideología de género” como categoría en español plantea que las cuestiones de género son una ideología, y que esta ideología la promueve el feminismo radical y tiene que ver con cuestionar el orden sexual biológico natural, donde hay varones y mujeres cada uno con sus roles específicos vinculados con sus capacidades biológicas.

--¿De qué manera se materializa esta posición?

--Esta construcción discursiva se presenta como una conceptualización científica, no religiosa, basada en lo que dice la ciencia, entonces construyen y desarrollan sus propias fuentes científicas, apelan a representaciones de gran divulgación y sostienen que la diferencia absoluta entre varones y mujeres tiene un respaldo genético, biológico. Que los roles están dados porque las mujeres tenemos la responsabilidad de ser madres y deseamos ser madres porque es nuestra función. Y que todo aquello que sale de allí es una ideología. Entonces cuestionan la categoría de género y usan la interpretación negativa de la palabra ideología como algo que no es científico y construyen esta categoría “ideología de género”. Dicen que la “ideología de género” es lo que defienden las feministas radicales y que es la “ideología de género” la que está detrás, por ejemplo, de la Educación Sexual Integral (ESI). Entonces, es una estrategia discursiva muy sofisticada para neutralizar cualquier tipo de discusión o avance que se busque en políticas educativas que lo que tratan de hacer precisamente es avanzar en la igualdad de derechos.

--Dentro de estos sectores hay quienes sostienen que el feminismo excluye.

--Hablar desde el feminismo no excluye a nadie. Como feminista, lo que estoy tratando es de construir una sociedad en la que todas las personas tengamos derecho a todos los derechos. Sucede que un montón de mujeres nos tuvimos que construir como feministas porque existe un orden sexogenérico que nos excluye de la toma de poder y nos genera situaciones económicas en las que somos siempre las perjudicadas. Las personas que hablamos de género y de igualdad de género hablamos de que existe un orden social desigual, de dominación, estructurado en función a cómo son construidas, percibidas y asignadas genéricamente ciertas cuestiones vinculadas con la construcción generizada de la sexualidad o del sexo. Hablamos de la identidad de género porque es la forma en la que nos autopercibimos respecto a esta dimensión identitaria. Hablar de una perspectiva de género supone pensar cada una de las instancias, por ejemplo de política pública, a partir de tener presente que existe una desigualdad estructural y una relación de dominación, que la identidad genérica es una identidad construida, que supone desigualdad en la sociedad contemporánea y que hay que tratar de modificar esa situación de desigualdad. No me gusta hablar de feminismo y machismo, prefiero hablar de un orden sexogenérico patriarcal. Y porque existe es que es necesario el feminismo. Para que la sociedad sea más justa necesitamos que sea feminista.

--¿Cómo interviene la iglesia en este tema?

--La iglesia construye las bases intelectuales de esta denominación pero repercutió muy rápido en grupos que se auto denominan organizaciones no gubernamentales de la sociedad civil preocupadas por nuestros hijos. Estos grupos conservadores, por ejemplo en España, han avanzado cuestionando la designación misma de la violencia de género. Prefieren hablar de la violencia contra las mujeres o violencia doméstica; porque hablar de violencia de género supone asumir que hay tratos diferenciales y discriminatorios e incluso violentos en la vida pública y privada por el mero hecho de nuestra identidad de género o de nuestra opción.

--¿Podrías ampliar la distinción entre violencia de género y violencia contra las mujeres?

--Hablar de violencia de género supone asumir que hay tratos discriminatorios e incluso violentos por el mero hecho de nuestra identidad de género. Por ahora nuestra ley, que es una gran ley, es una ley de violencia contra las mujeres, pero aclara que es por motivos de género, y esto es muy importante. Cuando hay un femicidio en Argentina hablamos de que alguien mata a una mujer por el hecho de ser mujer, no para robarle la cartera, por el tipo de vínculo que tenía. ¿Por qué un ex novio mata a una mujer? Porque no tolera la posibilidad de que esa mujer tenga una vida autónoma. En el fondo de ese vínculo lo que hay es una relación sexogenérica de poder. Cuando hablamos de violencia de género estamos hablamos de violencia en el ámbito de las relaciones socioafectivas primarias y vinculares pero también estamos hablando de violencia laboral, económica, mediática, institucional.

--¿Qué grado de influencia tiene el discurso político en la construcción de valor?

--Hay algo muy interesante que dice George Leicoff, un escritor norteamericano. En 1992 fue Clinton el que dijo: “es la economía, estúpido”. Es cierto, la economía es un factor importante. Sin embargo, Leicoff advierte que en el discurso político tienen mucho peso lo que él llama los valores y la moral. Y que mucha gente está dispuesta a votar en contra de sus intereses económicos siempre y cuando se le garanticen ciertos valores éticos y morales. Lo dice para Estados Unidos, estudiando el discurso de Trump, pero vale para lo que pasa acá. El problema es la corrupción. No importa si gano el 50% menos que antes, no importa si le pegan a los senegaleses en la calle, lo que me importa es que no vuelva tal. Esa construcción es discursiva. La categoría “corrupción” es fascinante. Implica que el corrompido es el que está mal; el corruptor nunca aparece. Como fenómeno discursivo es un concepto muy interesante y la metáfora también funciona productivamente. Vamos construyendo valores. Desde los '90 tenemos a la corrupción construida como valor. Esto es un valor internacional. El poder que tienen los grandes medios de comunicación es muy grande; el poder que tiene el discurso hegemónico también. Y con esto no me refiero a un canal de noticias, me refiero a las novelas, las series, las canciones. El discurso hegemónico nos permea; permea al Estado, permea a la educación... ¿Por qué tanta resistencia a la ESI?

--¿Por qué?

--Porque la Educación Sexual Integral permite una reflexión crítica y sistemática sobre la sexualidad, sobre nuestros deseos y nuestros derechos. La ESI en el marco de una perspectiva de género, de derechos humanos finalmente, te permite tomar conciencia de tus derechos.

Publicado enCultura
Gerhard Müller, cardenal y antes prefecto de la Congregación Doctrina de la Fe. EFE

- En el Vaticano existe una lucha entre los ultraconservadores que alcanzaron el poder con Juan Pablo II y los 'vencedores' del Concilio II, donde se ubica a Francisco

 

- El cardenal alemán Gerhard Müller es el enemigo más poderoso del Papa. Le calificó de "hereje" cuando él fue ambiguo sobre que los divorciados vuelvan a casarse 

 

Hace justo un año, mientras regresaba de un durísimo viaje a Irlanda en el que tuvo que enfrentarse con la lacra de los abusos a menores, y al tiempo que veía la luz el 'Informe Pensilvania' –en el que se demostraba que más de un millar de sacerdotes habían violado a niños durante décadas, con total impunidad–, el ex nuncio Carlo Maria Viganò lanzó la que se esperaba fuera la 'bomba definitiva' contra el pontificado del Papa Francisco. Una dura andanada, cuidadosamente elaborada por los sectores más ultracatólicos de la Curia vaticana, con el apoyo de grupúsculos mediáticos orquestados por el ex asesor de Donald Trump, Steve Bannon. En ella, acusaban a Jorge Mario Bergoglio de encubrir los abusos sexuales de un cardenal norteamericano, Theodore McCarrick, al que meses atrás él mismo había expulsado de la Iglesia.

El ataque contra Francisco era, o eso pensaban sus enemigos, la guinda final a cinco años de ataques continuados –primero, bajo el anonimato; posteriormente, con luces y taquígrafos– de un sector que había liderado la Iglesia católica con mano férrea desde la repentina –y nunca aclarada– muerte de Juan Pablo I y la elección de Juan Pablo II en octubre de 1978. Un sector que pretendía devolver a la Iglesia católica a los tiempos anteriores al Concilio Vaticano II.

Sin embargo, la jugada no salió bien: casi de inmediato, Viganò fue desacreditado, y las supuestas pruebas contra Francisco jamás aparecieron. Es más: se comprobó que Bergoglio sí había actuado contra McCarrick, quitándole la condición de cardenal, mientras que había sido el propio Viganò –defenestrado por el Papa como nuncio de EE.UU.– quien no había hecho cumplir unas supuestas sanciones impuestas por Benedicto XVI.

La lucha interna del Vaticano

¿Cuales son las razones de los enemigos del Papa? Simple y llanamente, una lucha en el interior de la Iglesia entre ese sector que alcanzó el poder tras la llegada de Juan Pablo II en 1978, apostando por la involución, la condena de teólogos díscolos y una férrea moral sexual; y los 'vencedores' del Concilio Vaticano II (1962-1965), que abogan por una Iglesia abierta al mundo, menos preocupada por el sexo y en diálogo con otras religiones. En el segundo grupo se ubica al Papa Francisco. Su apertura a los divorciados vueltos a casar o los gays, y las posibilidades de que se apruebe, durante el próximo Sínodo de la Amazonía –arranca el 6 de octubre–, la ordenación de curas casados o la concesión de algún tipo de ministerio –¿diaconado?– a las mujeres, hacen que la 'guerra civil' en la Iglesia, antes soterrada, se haga evidente para cualquier observador de la realidad.

La situación ha llegado a tal punto que el propio general de los jesuitas –la mayor congregación religiosa del mundo–, Arturo Sosa, denunció hace unos días en el Meeting de Rimini la existencia de un "complot" en el interior de la Iglesia para "que el Papa Francisco renuncie". "Él no lo hará", subrayó el llamado 'Papa negro', quien advirtió que la lucha va más allá: "Creo que la estrategia final de estos sectores no es tanto forzar al Papa Francisco a renunciar, cuanto afectar a la elección del próximo pontífice, creando las condiciones para que el siguiente Papa no continúe profundizando el camino que Francisco ha indicado y emprendido en su lugar".

¿Quién está detrás del complot contra el Papa? ¿Quiénes son, con nombres y apellidos, los 'enemigos' de Francisco? Aunque resulta difícil –la mayoría de ellos no se atreven a dar un paso adelante–, hay algunos 'capitanes' en esta lucha, que pretenden dar un golpe de Estado en la Iglesia y han llegado a acusar al Papa Francisco de "hereje" y de "promover un cisma".

Müller, el más poderoso

El más conocido de todos, y el que más poder atesoró, fue el cardenal alemán Gerhard Müller, quien fuera prefecto de la todopoderosa Congregación para la Doctrina de la Fe (la antigua Inquisición) hasta 2017. Desde entonces Müller aprovecha cualquier ocasión para arremeter contra Francisco, ya sea con su proyecto de reforma de la Curia que calificó de "error fatídico"–, ya sea con el borrador del documento que se debatirá en el Sínodo de la Amazonía, cuyas afirmaciones calificó de "herejías".

Tras su cese, Müller abandonó los cuarteles de invierno y se sumó, públicamente, al coro de prelados que ya advirtieron al Papa con declararle "hereje" después de que en 2015 se publicara la exhortación postsinodal 'Amoris Laetitia'. Un texto que abre la puerta a que los divorciados vueltos a casar por lo civil puedan comulgar. Una cuestión superada en todos los ámbitos de la sociedad, pero que en ciertos sectores de la Iglesia es considerado una "traición al mensaje de Cristo", como lo definió otro de los líderes de la oposición al Papa, el cardenal norteamericano Burke.

Burke fue uno de los cuatro cardenales de los 'Dubia' –documento en el que exigían a Francisco que aclarase su postura sobre los divorciados vueltos a casar, y que Bergoglio nunca contestó–, junto a Brandmuller –que también ha declarado "herético" el próximo Sínodo–, y los ya fallecidos Caffarra y Meissner. Todos ellos han criticado cada una de las decisiones de Francisco que supusieran algún avance en lo relativo a la moral sexual, la "ideología de género" o el papel de la mujer. Incluso, llegaron a impulsar un movimiento de personalidades católicas para declarar "heréticas" algunas de las decisiones de Bergoglio, que apenas lograron sumar unos centenares en todo el mundo. Son pocos, pero muy influyentes, y con tentáculos de poder en todos los organismos curiales, algo con el que el Papa quiere acabar con su proyecto de reforma de la Curia que, previsiblemente, verá la luz en marzo próximo.

Presión sobre el Papa emérito, Benedicto XVI

La situación ha llegado hasta tal punto que los ultraconservadores han utilizado la figura del papa emérito, Benedicto XVI (92 años) para contraponerlo a Bergoglio. Aunque Ratzinger ha querido dejar claro en más de una ocasión que "solo hay un Papa, y es Francisco", lo cierto es que las pocas visitas que recibe en el monasterio vaticano donde vive recluido son de los sectores más ultraconservadores, y las pocas declaraciones que concede se alinean, punto por punto, con los más rigoristas.

La última prueba fue la publicación de un documento, tras la famosa cumbre Antipederastia de febrero, en la que Benedicto XVI achaca a la teología surgida del Concilio Vaticano II un "colapso" que permitió una "moral laxa" que dejó la puerta abierta a abusadores y a la "revolución sexual". Un texto que molestó, y mucho, entre los cercanos a Francisco. Muchos ven en estos movimientos la mano de su secretario, Georg Ganswein, y del cardenal Robert Sarah, uno de los pocos opositores al Papa que aún mantiene un puesto relevante en la Curia, como prefecto del Culto Divino.

¿Y en España? Como ya desveló eldiario.es, no son pocos los prelados que muestran, en privado y con significativos silencios, su oposición a Bergoglio. Reig (Alcalá de Henares), Sanz (Oviedo), Herráez (Burgos), Demetrio (Córdoba) o Asenjo (Sevilla) son algunos de los más conocidos entre los obispos de hierro.

También, los en otros tiempos todopoderosos, cardenal Rouco Varela y obispo auxiliar de Madrid Juan Antonio Martínez Camino, ambos alineados en el sector más conservador, y que de cara a las elecciones de marzo buscan colocar al arzobispo de Oviedo como nuevo presidente de la Conferencia Episcopal. De este modo, la Iglesia española se convertiría en la más potente de las iglesias occidentales en mostrar (sin decirlo abiertamente, pero sí con la fuerza de los hechos) su oposición al Papa Francisco.

Más información en religiondigital.org

Por Jesús Bastante

04/09/2019 - 21:49h

Publicado enInternacional
En riesgo, 50% de las 6.700 lenguas indígenas del mundo, alerta ONU

Con cada lengua que desaparece el mundo pierde un acervo de saber tradicional, advirtió el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres.

Con motivo del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, recordó en un mensaje que actualmente hay 370 millones de personas indígenas en el mundo y gran parte de ellas "todavía carecen de derechos básicos y la discriminación y la exclusión sistemáticas siguen amenazando su modo de vida, su cultura e identidad".

El funcionario internacional expuso que "las lenguas son el vehículo que utilizamos para comunicarnos y están íntimamente ligadas a nuestra cultura, nuestra historia e identidad"

Reportó que casi la mitad de las 6 mil 700 lenguas que se calcula que hay en el mundo, en su mayoría indígenas, están en peligro de desaparecer.

Este año, el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, celebrado cada 9 de agosto, se dedicó a los idiomas originarios por ser 2019 el Año Internacional de las Lenguas Indígenas.

Cooperación, el camino

Por su parte, la Conferencia del Episcopado Mexicano, a través de la Comisión Episcopal de la Pastoral Social, expuso que contrarrestar la amenaza de la desaparición de lenguas indígenas requerirá los esfuerzos de cooperación de las comunidades de hablantes, especialistas en lenguas, organizaciones no gubernamentales y poderes públicos.

En un comunicado, la organización religiosa expuso que sensibilizar sobre la pérdida de lenguas y la diversidad lingüística sólo será eficaz si se consigue dotar de funciones contemporáneas positivas a las lenguas minoritarias desde el punto de vista de las necesidades de la vida moderna, dentro de la comunidad y también en los contextos nacional e internacional.

Al anunciar el 14 Encuentro Nacional de Pastoral de Pueblos Originarios, del 9 al 13 de septiembre, los representantes de la Iglesia católica detallaron que entre esos papeles positivos están el uso de estas lenguas en la vida cotidiana, en el comercio, la educación, las letras, las artes y los medios de comunicación.

Publicado enSociedad
Todo al mejor postor: el nuevo plan del Banco Mundial para privatizar tierras en el sur global

«Para el Banco Mundial, un promotor clave de la agricultura industrial en el Sur Global, esta resistencia es un problema, ya que los derechos tradicionales sobre la tierra se interponen en el modelo de desarrollo económico propuesto por el Banco. Según la institución, «los derechos de los indocumentados (sobre la tierra) plantean desafíos y riesgos para los inversionistas» y, en el caso de África, el desarrollo del continente está «frenado por la confusión con la propiedad de la tierra».


Los efectos de la rápida expansión de la agricultura industrial a gran escala para producir aceite de palma y otros productos agrícolas básicos han sido devastadores en todo el Sur Global en los últimos años. Está obligando a las personas a abandonar sus tierras y destruyendo los medios de subsistencia de millones de personas, al tiempo que contribuye al cambio climático a través de la deforestación y la destrucción del medio ambiente. La tendencia se ha intensificado desde la crisis alimentaria y financiera de 2008, cuando los altos precios de los productos básicos provocaron un aumento del interés en la agricultura a gran escala por los cultivos de alimentos y biocombustibles. Hoy continúa con millones de hectáreas de bosques, áreas de pastoreo y tierras de cultivo convertidas en plantaciones cada año.


El papel central del Banco Mundial en la expansión de plantaciones agrícolas a gran escala


El Banco Mundial ha desempeñado un papel fundamental en la promoción de estos acuerdos de tierras a gran escala. Durante años, a través de diferentes mecanismos que incluyen asistencia técnica y servicios de asesoría a gobiernos, condicionalidad de la ayuda y clasificaciones de negocios, el Banco ha alentado reformas regulatorias dirigidas a atraer la inversión privada extranjera para el crecimiento económico y el desarrollo. Para el 2014, la Corporación Financiera Internacional (CFI), la rama del sector privado del Banco Mundial, estaba administrando 156 proyectos en 34 países por un valor de $ 260 millones para servicios de asesoría para promover el desarrollo del sector privado.


Entre estos esfuerzos, el Banco lanzó en 2013 el proyecto Facilitando los Negocios en la Agricultura (EBA, por sus siglas en inglés) a solicitud del G8, como una de las llamadas “acciones facilitadoras” para la nueva Alianza para la Seguridad Alimentaria y la Nutrición que se formó en ese momento. El objetivo de la EBA es ayudar a crear “políticas que faciliten el hacer negocios en la agricultura y aumente el atractivo de las inversiones y la competitividad de los países”. Para lograr esto, la EBA identifica las “barreras legales” para los agronegocios y prescribe reformas de políticas para eliminarlos. Bajo la guía del Banco Mundial, los gobiernos deberían, por ejemplo, reducir las regulaciones sobre semillas y productos fitosanitarios, es decir, fertilizantes y pesticidas. Inicialmente centrado en 12 áreas temáticas, incluidas semillas, fertilizantes, comercio y maquinaria, el último informe de la EBA, publicado en 2017, presentó un nuevo indicador: la tierra.


Más de 3.000 millones de personas en todo el mundo, la mitad de la humanidad, dependen de la tierra para su sustento, la mayoría en los países en desarrollo. La mayoría de ellos no tienen títulos de propiedad sobre esta tierra; legalmente esa tierra es generalmente propiedad estatal o tierra consuetudinaria. En el Sur Global, los recursos naturales como el agua, los bosques, las sabanas, las tierras agrícolas y de pastoreo se utilizan y gestionan a nivel comunitario bajo leyes consuetudinarias. Las empresas de agronegocios a veces han tenido éxito en apropiarse de tierras consuetudinarias utilizando liderazgos tradicionales, como en el caso de SOCFIN en Sierra Leona. Sin embargo, la tierra consuetudinaria generalmente no se considera como una propiedad individual que se puede comprar o vender, sino que se valora como un bien común, un activo ancestral con un profundo significado social y cultural, que debe preservarse para las generaciones futuras.


Esta es la razón por la cual los agricultores, los pastores y los pueblos indígenas de todo el mundo han estado resistiendo la apropiación de sus tierras, protegiendo sus medios de vida y su identidad cultural y social. La resistencia a menudo se ha encontrado con represión y violencia por parte de milicias privadas o fuerzas de seguridad del gobierno, cobrándose la vida de cientos de defensores de tierras cada año. Sin embargo, con protestas y bloqueos, peticiones, recursos administrativos o acciones legales, muchas de estas luchas han tenido éxito en retrasar, interrumpir o paralizar el avance de plantaciones.


El indicador de tierras de la EBA: un ataque sin precedentes a los derechos sobre la tierra


Para el Banco Mundial, un promotor clave de la agricultura industrial en el Sur Global, esta resistencia es un problema, ya que los derechos tradicionales sobre la tierra se interponen en el modelo de desarrollo económico propuesto por el Banco. Según la institución, «los derechos de los indocumentados (sobre la tierra) plantean desafíos y riesgos para los inversionistas» y, en el caso de África, el desarrollo del continente está «frenado por la confusión con la propiedad de la tierra».


Esto puede explicar por qué el Banco, con fondos de los gobiernos de EE. UU., el Reino Unido y la Fundación Bill y Melinda Gates, todos firmes defensores de la agricultura corporativa, se ha embarcado en un esfuerzo nuevo y sin precedentes para abordar el «problema de la tierra» en los países en desarrollo. Al introducir un indicador de tierra en el proyecto EBA, el Banco ha creado un instrumento para prescribir reformas de políticas que facilitarán el acceso a la tierra para la agroindustria. Introducido como plan piloto en 38 países en el año 2017, se espera que el indicador de tierras se amplíe a 80 países en el informe de la EBA de 2019. Como se detalla en el informe del Instituto Oakland de 2019, «Todo al mejor postor: el nuevo plan del Banco Mundial para privatizar tierras en el sur global», este indicador clasifica a los países según sus “leyes y regulaciones que afectan el acceso a los mercados de tierras para productores y agronegocios”. La EBA identifica y evalúa las «cargas reglamentarias» que afectan el acceso privado a la tierra. Los puntajes que obtienen los países están destinados a condicionar la ayuda y el dinero de inversión.


Si bien el Banco afirma que su intención es proteger los derechos sobre la tierra y otorgar libertad y equidad en el acceso a la tierra, sus recetas se centran en una agenda totalmente diferente centrada en la promoción de la agricultura industrial a gran escala a expensas de los agricultores familiares, los pastores y los pueblos indígenas. Para regular los acuerdos de tenencia de la tierra de los países y «mejorar la productividad del uso de la tierra», el Banco solicita a los gobiernos que formalicen los derechos de propiedad privada, faciliten la venta y el arrendamiento de tierras para uso comercial, sistematicen la venta de tierras públicas mediante subasta al mejor postor, y mejoren los procedimientos de expropiación.


Al sugerir que los países de bajos ingresos no gestionan las tierras públicas de manera efectiva, el Banco recomienda la privatización de las tierras públicas como un camino a seguir: los gobiernos deben convertirse en corredores de tierras y ofrecer tierras públicas con «valor económico potencial» a los intereses privados, de modo que la tierra puede ser ofrecida a su «mejor uso». El enfoque del Banco, por lo tanto, proporciona una vía legal para aumentar el despojo de tierras, la concentración de tierras y su apropiación.


Esta agenda es evidente ya que el Banco alienta a los gobiernos a priorizar la formalización de los derechos a la tierra privada en “áreas agrícolas de alto potencial”. El Banco solo considera otras formas de acuerdos de tenencia de la tierra, como la tenencia de tierras comunales o consuetudinarias, «en áreas rurales con niveles más bajos de potencial agrícola». Sin embargo, los recursos naturales administrados por la comunidad tales como tierras de cultivo, agua, bosques y sabanas son esenciales para el sustento de millones de agricultores familiares, pastores y pueblos indígenas. En África, en general son las zonas donde se organiza el cultivo y el pastoreo, así como los barbechos y las reservas, la recolección de alimentos silvestres, la madera, la pesca y la caza.

Traducción Acción por la Biodiversidad

4 mayo 2019 

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Jueves, 04 Abril 2019 05:58

La lengua, identidad y aflicción

La lengua, identidad y aflicción

El psicoanalista Ricardo Nacht presentó en el I Encuentro Internacional: derechos lingüísticos como derechos humanos, celebrado recientemente en Córdoba, una reflexión sobre la politicidad de la lengua aquí. El texto de la ponencia.

 

Comienzo con un agradecimiento y un reconocimiento a Raúl Vidal por haber abierto la cuña que hizo posible que haya hoy psicoanalistas hablando en este encuentro. Espero que cuando haya terminado de leer lo que escribí para hoy se pueda medir en toda su magnitud el alcance (político) de su gesto.


Intentaré ser breve y claro, intentaré escribir sostenido en argumentos y hechos. La entrada y el comienzo entonces deberán ser directos. Intentaré ir directamente a lo Real de la lengua. Una aclaración: lo que leeré a continuación es producto de un gran robo. El título mismo lo es: Identidad y Aflicción es el título de un importante ensayo de Nicolás Casullo en el que produce lo que llamó una Remoción de lo Moderno: un decir que no a la identidad. El robo es a mansalva, sólo mencionaré algunos nombres. Dado que se trata de un gran robo y que la lengua es impropia, me dispenso de usar comillas. La lengua tampoco es de “todos” como dato “natural”, como vienen a decirnos: esto sólo esconde quién sería su propietario.


Dado que no hay lengua sin historia, toda relación entre estos dos términos pasa a ser, en la Modernidad, una relación política. Todo pensamiento y toda historia y toda lengua que no esté situada está perdida. Lo que es evidente a veces no es obvio. Toca insistir. Toca, para nosotros analistas, hacer un esfuerzo de pensamiento. Dado que pensar es tomar posición, si no pensamos desde aquí estamos perdidos; y también dominados: toda puesta en relación de la lengua con lo global, en cualquiera de sus formas, produce dominación, ese es su sentido; -produce obediencia. El real del que nos ocupamos no puede aprenderse como tal porque el pensamiento es obediente y dependiente de las condiciones sociales de producción: y esta es la función del pensamiento como ideología, dice Lacan.


Se trata, también en y por la lengua, de una historia (geopolítica) de conquista, de colonización, de crimen, y de cuerpos ordenados y penetrados por los Estados, que van dominando toda la geografía del mundo haciéndolo inmundo. Ya nos detendremos en la lengua penetrada y penetrante, en la nuestra, la que pasa por nuestras bocas, la que va de boca en boca. La que se hace escuchar en las vueltas criminales llenas de desprecio y en la superposición inverosímil entre las voces indígena/indio y negro entre nosotros, que alcanzan un grado tal de naturalidad que hacen que el crimen, y su historia en la lengua (“el aluvión zoológico”), se den en cualquier instante. No hay pensamiento situado que no haya encontrado y producido su anclaje crítico. Si situar un pensamiento crítico es tomar posición, ¿dónde hacerlo si no en la lengua, cómo hacerlo sino en la historia? Si el psicoanálisis es una práctica crítica, haremos de la querella de la lengua en Argentina, de la politicidad de la lengua, nuestro anclaje.


Formo parte de un colectivo de analistas (Zona de Frontera) que se dio como programa la lectura de libros escritos aquí, libros en los que se produce un pensamiento crítico situado. Qué sabemos de nuestra lengua y de nuestra historia es una pregunta necesaria para aflojar y poder abrir el nudo que sostiene a cada cuerpo, para así poder entrar en el agujero que producen la identidad, la Patria y el Estado. Para este colectivo, haber vuelto a abrir la pregunta de qué es la lengua, implicó tener que hacer un nuevo esfuerzo de pensamiento. La lengua no es un concepto, y menos universal, no es abstracta. La lengua es pulsional, transporta la llamada (pulsión) de muerte. Tampoco es un pensamiento: la lengua se practica. ¿Por qué, nosotros analistas, no sabíamos nada de nuestra lengua y nuestra historia y de cómo están cruzadas en la palabra Patria? Si lengua y frontera suele dar la lengua del exilio, me pregunto cuánto estaré penetrado por ella. La frontera, dice Josefina Ludmer, no es sólo el límite de un Estado, sino un instrumento conceptual particular: una zona inclusiva-exclusiva, una fisura que sutura. Zona de Frontera es entonces el lugar desde donde poder abrir eso que llamamos la identidad

Un cuerpo es algo que está hecho para ser marcado y cartesianamente clasificado, para ser penetrado por esa lengua; -no hay cuerpo sin esa marca escrita en la piel. Decir entonces que todo cuerpo está marcado es hablar de la historicidad de la lengua. Cada lengua produce vacilaciones propias dentro de la historia general del lenguaje, dice Lacan, que la vuelven, a tal o cual, más propicias para poner en evidencia la historia de Un sentido (siempre fijo). Vayamos hacia los que imperan en nuestra lengua.


Digamos también que tanto la historia como la lengua son un campo de batalla no decidido de antemano. Digamos también, benjamianamente, resistentemente, que la historia es el modo en que relampaguea en el presente, y en la lengua, el instante de peligro. Por algo se ha afirmado, y con razón, que la lengua, por la captura que produce, es fascista. Ésta es también la historia del capitalismo: ¿por dónde circula la economía si no es por la lengua? Dónde si no en la lengua ocurre eso que llamamos subjetivación; de allí la subjetividad, de allí el sujeto. La dimensión del o/Otro, de aquello que está siempre antes como punto de partida, es la historia de una relación de exclusión-inclusión y de un concepto: es la relación entre Europa y sus Otros expulsados conceptualmente por la vía regia de la identidad como concepto capital. Es la historia de los cuerpos ordenados disciplinariamente por un concepto moderno, aquel en el que se sostienen lo mismo y la diferencia; -aquello que todo cuerpo sostiene, aquello que mueve al mundo, al crimen y a la economía-. La identidad está en la lengua, la tenemos adentro, es el nudo que sostiene cada cuerpo: un agujero hecho de sexo, género, raza y clase. Cuatro términos que si bien se pueden distinguir, no se pueden separar. Será por esto que no hay concepto moderno más confuso, contradictorio, resbaladizo y ambiguo que éste, como afirma Eduardo Grüner. Es el concepto del Imperio y de la conquista, el de la frustración y de la agonía que exige todo aquello que no se alcanza. A esto se le ha dado en llamar también la Cosa: es la forma de la agonía que exige la Cosa para que se la alcance. Todo cuerpo está colonizado, todo cuerpo es una/esa Cosa. Es lo eternamente inalcanzable, núcleo duro y obsceno de un particular concreto que se esconde detrás de la universalidad abstracta de la ley.


Lo que llamamos síntoma es un nudo hecho de lengua, agujero, marca e historia; es lo que une estos diferentes registros, siempre de manera particular. Para lo que llamamos identidad (igualdad-equivalencia), seguimos la indicación crítica wittgensteniana: tomar en cuenta siempre los principios de partida. Siempre imperiales, siempre coloniales. Si toda lengua está penetrada, sólo hay entrelenguas, toda lengua es mestiza, toda lengua materna es bilingüe. Para lo que se pretende hacer valer como unidad, seguimos aquella potencia y voluntad de pensamiento crítico que postula una parcialidad radical: la relación entre el objeto parcial y la Historia da una heterogeneidad que se sustrae al concepto, a la unidad y a toda identidad. La lengua, que no es un concepto, será penetrada por unos cuantos. La mestización de las lenguas es una condición para poder abrir lo más olvidado, lo más rechazado y forcluido: el punto de fractura sobre el que se construyó, en la Modernidad, un sujeto nuevo y su lengua (en cada historia y en cada geografía). La mestización de las lenguas es lo que nos permitiría leer los libros escritos allí, aquí. Pero sobre todo y también, leer los libros muchas veces poco leídos, escritos aquí. Sólo así cobraría sentido (situado) que, como dice Lacan, en relación al Real (de la lengua, agrego), el nuestro sea un saber que avanza: allí está el sentido, dice, de lo que es una crítica de la ideología, parte integrante, dice, de una subversión que introducimos en el Real. Para cada lengua, según su identidad, su subversión.


Nos situamos. Aquí, “el desierto”. El desierto como el lugar sobre el que están escritos los fundamentos situados de nuestra literatura, de nuestra lengua tramada con nuestra historia. El desierto también como el territorio de una criminal cacería y domesticación de cuerpos y lenguas, como la forma siempre violenta con la que una identidad se impone en la lengua. Semejante violencia siempre ha traído aparejada la expropiación de territorios. El desierto como aquel territorio sin ley a ser penetrado por la lengua, por la cultura, por la ley. El sentido político de hacer estallar hoy el género en la lengua (feminismo mediante) pareciera claro. Los modos en los que la transmisión de la lengua se apoyan en la palabra género (uno de nuestros cuatro términos), no tanto. Si, como dice Piglia, somos los libros que hemos leído, la lengua que ha penetrado nuestros cuerpos está escrita. Como dice Carlos Gamerro, están los libros que inventaron la Argentina. ¿Y cómo se llama el libro de Ludmer que debiera atravesar todo lo que desde aquí podamos decir sobre la lengua?... se llama Aquí América Latina. Desierto, lengua y crimen vuelven a escribirse hoy, para este contexto y para esta historia. A Ludmer le interesa no qué significa una literatura sino cómo operan las ficciones en la definición y distribución de identidades. A modo de ejemplo citamos dos: La Argentina manuscrita –La cautiva en la conciencia nacional–, de Horacio González, y Las aventuras de la china Iron, de Gabriela Cabezón Cámara.


La manera en que tenemos tramada lengua e historia está escrita, y es política. Abramos la politicidad de nuestra lengua de manera breve, y espero clara. En “El género Gauchesco –Un tratado sobre la patria–”, Josefina Ludmer toma posición en la lengua citando a Chomsky. En mi opinión, dice él, la noción de lengua no es una noción lingüística, no es un concepto lingüístico, ni una definición lingüística. ¿Qué es el chino?, se pregunta. Son razones políticas las que definen qué es el chino. Son políticas las razones que explican lo que cada lengua tiene de particular.


La palabra género es a su vez la que trama una relación entre lengua, patria y Estado. Es por el género que la lengua penetra en los cuerpos, ahora escritos (¿qué si no letras como cicatrices es lo que soportan?). Es por el género que la lengua produce identidad fijando para cada uno y cada cuerpo lo que será su racismo, su clasismo y su sexismo. El género es la alianza, dice Ludmer, entre una voz oída y una palabra escrita. Sus enunciados no son ni frases ni proposiciones, sino la relación entre tonos y sentidos. La alianza, el género, es una relación de fuerzas poéticas y políticas entre voces y sentidos producidos por los enunciados del género; no existe antes ni fuera de ellos. Su lógica es deseada y postulada: un deber ser escrito como ser, dice Ludmer. Es todo lo que tiene la forma de lo ya sabido (aunque el ser no sepa ser como ser). Leo un párrafo de su libro: Y también inventaron entre todos, con ese mismo tono, una lengua penetrada de arrogancia, de xenofobia, de sexismo y de racismo. Con esos tonos escribieron sus ficciones legales para el Estado liberal. (Recordemos que Macri tiene fonoaudióloga y, como vemos, son políticas las razones que lo explican)


Vayamos hacia el hecho de que toda lengua está penetrada y es penetrante. Hacer un viaje por la lengua la lleva a Ludmer hacia El cuerpo del delito. Un libro muy poco leído, según Daniel Link. El crimen y el delito están en la lengua y produciendo riqueza, tal como Ludmer lo muestra citando a Marx. Su viaje va hacia los cuentos de educación y matrimonio de la coalición que fundó la cultura aristocrática en la Argentina, porque ellos inventaron, entre todos, dice, un tono y una manera de decir que quiso representar lo mejor de lo mejor de un país latinoamericano en el momento de su entrada en el mercado mundial (con ese tono se entraría, nos dicen hoy), y que se hizo clásico en Argentina.


Hablando de penetración, Oscar Masotta lo dice así: soy un nudo de repugnancias que yo no he puesto en mí. Afirmación que, según Carlos Gamerro, vale como una iluminación benjamiana que, dice, define el odio de clase y el asco racial mejor que ninguna otra que conozca. Raza, clase, asco y entonces el odio como destino inevitable. La identidad está en la lengua, son tonos (tanto de voces como de colores) y sentidos; una agonía.


Ahora acompañemos este tono con un toque de Benveniste: el cuerpo ante lo sonoro está desprovisto de piel; el sonido no retorna ni como imagen ni como reflexión. El sonido es la cosa misma, es el tiempo (la historia) de la cosa. La cosa, en cada lengua, ahora calzada entre sonido y sentido. El sonido está en la lengua como su deriva líquida, en su carencia de cierre, en su movimiento continuo y su conexión al goce del cuerpo. El sonido es la materialidad del lenguaje, es el soporte material de todo lo que se escucha.


Para finalizar quisiera detenerme en una pregunta para la que, entiendo, lo dicho hasta aquí debiera dejarnos a la puerta de una respuesta. Tomaremos a la pregunta misma como un síntoma del que nosotros, los analistas, debiéramos hacernos cargo en tanto nos pertenece: ¿cómo fue posible, qué hizo posible, que los organizadores de este Encuentro no hayan considerado, en un primer momento, ni la necesidad ni la conveniencia, de que hubiese psicoanalistas participando del campo de batalla al que la lengua llama hoy?


Detengámonos en la nuestra, o sea la que hablamos, en general, los analistas lacanianos cuando practicamos deportivamente un idiolecto (casi como una lengua pura y perfecta) hecho de palabras traducidas del francés, para expresar lo que fue pensado en otra lengua, en otro lugar, para otra historia; –para así poder soñar el sueño del pensamiento perfecto y la reflexión. Es el sueño dominante de la Universidad (de Buenos Aires, que es la que conozco) y de lo universal. Nos preguntamos, entonces, por la real razón que hizo posible que los organizadores de este Encuentro no hubiesen considerado necesario que hubiese analistas hablando aquí. Tuvimos que pedir un lugar, dado que pensamos, junto con algunos otros, que una práctica crítica que se realiza en la lengua obliga a tomar posición, en ella y en la historia. ¿Se jugaría ahí nuestro instante de peligro? Hacer entrar a Lacan en nuestra lengua sin haber primero tomado posición en ella no desemboca en ninguna práctica crítica, ni es capaz de producir la crítica ideológica que cada lengua por separado se merece.


Tocar o interpretar un síntoma, per vía di lévare, como indica Freud, requiere situarlo en su génesis y en su origen, situarlo en la historia, para así dar con su fuerza y su significación, aquello que Benjamin llamó la movilización de la experiencia histórica de los sujetos. Una interpretación crítica y activa es ya una transformación de lo Real, en la medida que altera radicalmente la relación del sujeto con la cultura (siempre de masas). Así movilizados dimos, en la historia de nuestra lengua, y gracias al trabajo de Fernando Alfón (La querella de la lengua en la Argentina), con el momento en el que comienza a afrancesarse nuestra cultura y nuestra lengua, y las razones que lo explican. Lo escribe J. B. Alberdi en 1838, en La emancipación de la lengua (texto desconocido por cada participante del colectivo del que formo parte). Alberdi intenta explicarse por qué la lengua de ciertos jóvenes de talento se va afrancesando, por qué aspiran a eso ciertos jóvenes galicados. Su pregunta, y la conjetura que deriva de ella, nos resultan de una actualidad apabullante: como la lengua, según él, es una faz del pensamiento, perfeccionar una lengua es perfeccionar el pensamiento. El francés, dice, llegó a la mayor simpleza, exactitud, brevedad y elegancia (así es la lengua estética del concepto); e imitar una lengua perfecta es imitar un pensamiento perfecto, es adquirir lógica, orden y claridad, es perfeccionar nuestro pensamiento mismo: ¿la función del pensamiento como ideología? Si la lengua perfecta está en otro lado, solo nos queda obedecer. Repito algo dicho al comienzo: toda puesta en relación de la lengua con lo global, en cualquiera de sus formas, produce dominación, ese es su sentido. No ser analistas obedientes requiere un esfuerzo (una voluntad y una potencia) de pensamiento crítico y de imaginación. Creemos haber dado así con aquello que nos ha hecho obedientes, creemos haber abierto un poco más aquello que ya se ha dicho de manera precisa y contundente: que estamos colonizados en nuestras categorías mentales. La lengua no es un concepto, tampoco una reflexión ni un pensamiento. La falta de una voluntad de pensamiento crítico sobre la lengua en Argentina es el síntoma que los psicoanalistas lacanianos (salvo pocas y honrosas excepciones –entre las cuales quisiéramos poder estar–) portaríamos en Buenos Aires. Y esa es la razón por la cual casi no tuvimos lugar en este Encuentro. Es así y no de otra manera, esa es hoy mi conjetura.


* Leído en el marco del I Encuentro Internacional: derechos lingüísticos como derechos humanos, Córdoba (29 de marzo de 2019), dentro de la mesa “Lo real de la lengua contraría lo real de la RAE”, junto a Raúl Vidal y Virginia Vogliotti.

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Arqueólogos datan en Perú el mayor sacrificio masivo de niños del Nuevo Mundo

Pruebas de un sacrificio masivo obtenidas en un sitio arqueológico del siglo XV en Perú, revelan que se realizó con el asesinato ritual de más de 140 niños y más de 200 llamas.

El estudio, publicado en Plos One, por Gabriel Prieto, de la Universidad Nacional de Trujillo, en Perú, y sus colegas, describe el mayor sacrificio masivo conocido de niños, y de llamas, en el Nuevo Mundo.

Los sacrificios humanos y de animales se conocen a partir de una variedad de culturas antiguas, a menudo realizados como parte de rituales funerarios, arquitectónicos o espirituales. Sin embargo, hay muy poca evidencia de esta práctica en la costa norte de Perú. El sitio de Huanchaquito-Las Llamas era parte del estado de Chimú, cultura dominante en la costa peruana en el siglo XV.

Este estudio informa sobre los hallazgos de las excavaciones entre 2011 y 2016, que revelaron cientos de cuerpos enterrados en un área de aproximadamente 700 metros cuadrados. Los restos humanos eran casi todos niños, y los de animales, todos juveniles, se identificaron como llamas, pero posiblemente fueron alpacas.

La evidencia anatómica y genética indica que se incluyeron niños y niñas entre 5 y 14 años de edad. Las marcas de corte que atraviesan los esternones y las costillas desplazadas sugieren que tanto a los pequeños como a las llamas les pueden haber abierto el pecho posiblemente durante la extracción ritual del corazón.

Los restos fueron datados con radiocarbono hacia 1450 dC, durante el apogeo del estado de Chimú. Una capa gruesa de barro que cubre los sedimentos del entierro indica que esta matanza masiva fue precedida, y quizás inspirada, por una gran tormenta o inundación.

Los autores señalan que este sacrificio fue claramente una gran inversión de recursos para la cultura Chimú. Mediante estudios futuros, los investigadores esperan entender mejor el ritual por medio de sus víctimas, analizando las historias de vida y los orígenes culturales de los niños sacrificados.

El coautor John Verano, profesor de antropología en la Universidad de Tulane, en Estados Unidos, agrega que este descubrimiento arqueológico fue una "sorpresa" para todos.

"No habíamos visto nada como esto antes, y no había ninguna sugerencia de fuentes etnohistóricas ni relatos históricos de sacrificios de niños o camélidos en una escala así en la costa norte de Perú. Tuvimos la suerte de poder excavar completamente el sitio y tener un equipo multidisciplinario de campo y laboratorio para realizar la excavación y el análisis preliminar del material. Este sitio abre un nuevo capítulo sobre la práctica del sacrificio de niños en el mundo antiguo", concluyó.

La ultraderecha mundial pasa al ataque

El pasado martes 5 de febrero, el cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, afirmó que “la amenaza más grande que en este momento tiene la humanidad” es la ley de género, la enseñanza de género y la “ideología de género”, que calificó de “imposición dictatorial”, “liberticida” y “de corte estalinista”. Una vez más, la expresión “ideología de género” servía para cargar contra el movimiento feminista, como viene haciendo Vox desde su irrupción en la política española.

Pero no se trata de un fenómeno español: en Colombia, las iglesias evangélicas llamaron desde los púlpitos a votar “no” en el plebiscito sobre los Acuerdos de Paz entre el Estado y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), en octubre de 2016, argumentando que tales acuerdos estaban teñidos de “ideología de género”. Y Jair Bolsonaro, en su discurso de toma de posesión de la presidencia de Brasil el 1 de enero, fue tajante: “Prometo combatir la ideología de género conservando nuestros valores”.


No es una novedad que la derecha y la Iglesia unan sus fuerzas para sabotear los avances de las mujeres en la conquista de sus derechos; la dictadura franquista es buena muestra de ello. Más reciente, pero tampoco novedosa, es la expresión “ideología de género” que el Papa Benedicto XVI definió como “el objetivo de liberar al ser humano de su biología”. Hace veinte años, Monseñor Óscar Alzamora Revoredo, obispo auxiliar en Lima, escribía que detrás del uso de la palabra género “se esconde también una ideología que busca hacer salir el pensamiento de los seres humanos de esta estructura bipolar” que los divide en hombres y mujeres, y calificaba de “revolucionario” este planteamiento.


Pero es en los últimos años, al calor de la fuerza de un movimiento feminista que se ha mostrado imparable a escala internacional, cuando ha cobrado relevancia la expresión “ideología de género”. Así explica este fenómeno la politóloga argentina Verónica Gago, una de las impulsoras del movimiento ‘Ni Una Menos‘ en Argentina: “Ideología de género es un concepto impulsado por la Iglesia católica que pretende organizar una contrainsurgencia sobre la fuerza y la potencia del feminismo”.


Hablar de contrainsurgencia implica la invención y demonización de un enemigo interno: en este caso, las feministas, supuestamente enemigas de los hombres, la familia y la religión Con Donald Trump al frente de Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil, Vox avanzando en España y partidos neofascistas –si asumimos que nos sirve esa categoría; el historiador Federico Finchelstein preferiría hablar de “populismo de derechas”–, ya existen pocas dudas de que la ultraderecha avanza en todo el mundo, y parece evidente también de que las feministas, junto a los y las migrantes, están en el centro de su diana. Esa estrategia global convive con variantes locales: en Francia, Marie Le Pen arremete contra la migración al tiempo que se autoproclama feminista y agita el miedo a que “la crisis migratoria acabe con los derechos de la mujer”.


En cualquier caso, lo habitual es que el antifeminismo conviva con la xenofobia y la defensa de los “valores tradicionales”. Vox pide la expulsión de los migrantes con la misma visceralidad que la supresión de la ley de violencia de género, al tiempo que dice apostar “por los valores, la familia y la vida”; Trump exhibe su misoginia junto a un ardiente discurso antimigratorio; en el Congreso brasileño, los diputados evangélicos se aliaron con los ruralistas –vinculados a los intereses de los terratenientes– y con quienes apoyan las armas, en la llamada “bancada BBB”: Buey, Biblia y Bala. Y, en Ecuador, el presidente Lenin Moreno aprovechó el femicidio de una mujer embarazada cometido por un migrante venezolano para agitar la xenofobia: “Les hemos abierto las puertas, pero no vamos a sacrificar la seguridad de nadie”, afirmó. En la misma operación, criminalizaba a la comunidad venezolana al tiempo que negaba la violencia machista entre sus congéneres.


Mujeres en defensa de los territorios


“La derecha está leyendo la potencia del feminismo en temas estratégicos, mientras las izquierdas tradicionales siguen infantilizando nuestra capacidad política. Incluso a nosotras nos cuesta dimensionar la potencia de ese internacionalismo de nuevo cuño que está surgiendo”, sostiene Verónica Gago. Pero, ¿por qué el feminismo se ha convertido en el principal enemigo a combatir de las derechas de todo el mundo? La politóloga lo resume en dos palabras: masividad y radicalidad.


“El movimiento feminista ha logrado ser masivo y radical al mismo tiempo, y eso lo convierte en una amenaza para los poderosos, porque pone en jaque las relaciones de obediencia en todos los ámbitos de la vida colectiva y el sistema político no está a salvo”. El feminismo ha logrado desbordar la temática de género: se ha incardinado, y esto es muy visible en América Latina, en el núcleo mismo de las luchas indigenistas y anticapitalistas, y “en la capacidad de modificar relaciones concretas en los sindicatos, las escuelas, la familia, la pareja o la fábrica”.


Así, “el feminismo fue saliendo del ‘gueto’ de la cuestión de género; y lo hizo no desde una posición de exterioridad, sino que se convierte en una dimensión interna de cada una de las luchas para radicalizarlas desde adentro, a la vez que produce planos de coordinación entre una conflictividad social en aumento”, añade Gago.


Esta capacidad para radicalizar las luchas se percibe en la efervescencia de los feminismos comunitarios e indígenas, y se encarna en el protagonismo femenino en las luchas contra proyectos extractivos como la megaminería, las grandes hidroeléctricas o los monocultivos.


Como ha señalado la antropóloga Rita Segato, el asesinato de la hondureña Berta Cáceres, como el de tantas mujeres latinoamericanas en defensa de sus territorios, fue un femicidio, pues aunque a los hombres se los mata también por resistir al avance de la frontera extractiva, en el caso de las mujeres se pretende eliminar “un estilo de hacer política, una politicidad propia de las mujeres” que, entre otras, es capaz de conectar la conquista de los territorios que habitan estas comunidades con la violencia contra los cuerpos de las mujeres.
Así lo expresó la añorada Berta Cáceres: “Si las mujeres no hablan de sus cuerpos entre sí, si no reconocen sus derechos al placer y a no sufrir violencia, no podrán entender que la militarización es una práctica de invasión territorial que se vincula con la violencia contra las mujeres, al utilizar las violaciones sexuales como arma de guerra”.


Esto sucede en los territorios que defienden las comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas, pero también en las ciudades: el pasado septiembre, en Buenos Aires secuestraron y torturaron a una maestra en cuyo vientre escribieron con un punzón: “Ollas no”. Su crimen había sido organizar ollas [asambleas] populares en los barrios y, con ello, sacar el trabajo reproductivo de su confinamiento doméstico y “visibilizar que son las mujeres las que se están haciendo cargo de la crisis de reproducción social que genera el neoliberalismo”, argumenta Gago.


La violencia machista se combina así con su dimensión clasista, racista y colonial, a semejanza de lo que ocurre en Europa, donde, en las elecciones andaluzas, un vídeo promocional de Vox, con Santiago Abascal y sus hombres a caballo, agitaba el símbolo de la Reconquista que finalizó en Granada el mismo año que los conquistadores españoles llegaron a América. “Lo que antes se negaba hoy aparece con exhibicionismo”, apunta Gago, y abre así el feminismo a “preguntas que van al núcleo de la crítica anticapitalista y descolonial, que deja de ser meramente ideológica para ser concreta”, como concretas son las escenas de violencia patriarcal, racista y colonial que se viven en los territorios rurales y urbanos.
En un momento de ascenso de la ultraderecha, esa nueva hegemonía se traduce en los discursos de los políticos y diarios de derechas. A primeros de febrero, Pablo Casado utilizó el pago de las pensiones para justificar su intención de derogar la ley que facilita el aborto en España: “Hay que tener más niños, no abortarlos”, afirmó, con un argumento propio de El cuento de la criada.


El 1 de febrero, el diario argentino La Nación publicó un polémico editorial titulado Niñas madres con mayúsculas, en el que ensalza el supuesto espíritu maternal de niñas embarazadas con 12 o 13 años. Pocos días antes, en la provincia de Jujuy, moría el bebé de una niña de 12 años que fue violada y a la que se le impidió abortar. Antes de la muerte del bebé, el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, había anunciado que una familia “importante” tenía intención de adoptar al bebé; llevaba así a la memoria de muchos argentinos las reminiscencias del robo de bebés que fue masivo durante la dictadura militar de 1976-83.


Pero, ¿por qué esta deriva neofascista? “Creo que el neoliberalismo no logra estabilizar unos modos de obediencia, no logra que se toleren los niveles de violencia que requiere la actual fase de acumulación del capital; y las derechas han leído la capacidad de desestabilización del mundo que tiene el movimiento feminista; por eso el fascismo, en los gobiernos y como micropolítica, promete una forma de estabilización para el neoliberalismo”, sostiene Gago. La italiana Silvia Federici, que en Calibán y la bruja explicó la relación entre la caza de brujas y la acumulación originaria en los orígenes del capitalismo, lleva tiempo alertando de que hoy vivimos una nueva caza de brujas, más aguda allá donde la lucha de clases es más acentuada.


Fue siempre así: las mujeres desobedientes, antes llamadas brujas, hoy feminazis, tuvieron y tienen la capacidad de desestabilizar el sistema. En este contexto, concluye Gago, “la pregunta que debemos hacernos es qué significa cuidar esa fuerza del movimiento”. Y es ahí que se abre todo un campo de experimentación, que abarca desde las alianzas estratégicas hasta las tácticas de autodefensa, pasando por la alerta ante las distintas formas de cooptación del movimiento, como las que despliega el mercado en su propuesta de un feminismo compatible con el capitalismo.

27 febrero, 2019

Publicado enSociedad
Roma: una gramática cinematográfica  de la identidad latinoamericana

Alfonso Cuarón ha logrado, con su película Roma, una aproximación precisa y, a la vez, poética, a la forma de vida de una nación latinoamericana de la segunda mitad del siglo veinte. Se trata de Roma, una colonia –lo que en Bogotá se denomina localidad o en Medellín comuna– enquistada en la pantagruélica mole de la ciudad de México. El año: 1970. Es México, pero igual puede ser Colombia o cualquiera otra de las naciones andinas.

 

Observar y deleitarse con Roma es recordar, para los que vivieron una época –y para los que no, imaginarla, entenderla– en toda su complejidad: países que pasan de ser rurales a urbanos; familias que, dentro de una larguísima tradición católica, comienzan a resquebrajarse; políticos que, como siempre, cantan sus promesas vacías en busca de votos y en medio de la miseria de sus electores. Eso, en un contexto general, pero, más allá de este amplio plano, el drama de una mujer, indígena, de la etnia mixteca, la cuarta minoría mexicana después de los nahuas, los mayas y los zapotecos, que vive y trabaja en la casa de una familia de clase media alta. Una familia presidida por un padre lejano y despótico, una madre profesora en la “prepa” (o bachillerato); la madre de esta última, y tres pequeños hijos del matrimonio. Dos empleadas domésticas que hablan en lengua mixteca entre ellas, una de ella Cleo, la protagonista, magistralmente interpretada por una actriz no profesional, Yalitza Aparicio. Dos dramas. De una parte, Sofía, la madre de los niños es abandonada por su esposo; de la otra, Cleo, es embarazada y luego rechazada por su novio, un practicante de las artes marciales que luego deviene paramilitar. Historias sencillas, típicas de una nación latinoamericana de los años setenta, que son presentadas por el arte de Cuarón de manera estremecedora.

 

La elección del blanco y negro no solo es acertada sino sublime; cada escena, cada imagen gana en dramatismo, en intensidad, en realce gracias a los claroscuros, las sombras y los mil matices del gris. Los encuadres, bien sea de los paisajes urbanos o rurales, así como los primeros planos, en especial, los de Cleo en su exquisita gestualidad, son de una puntualidad que bordea la perfección.

 

Cualquier ataque o juicio que se haga a la película en términos de lenta, larga o aburrida son muestra, seguramente, de la pobreza conceptual que aflige a algunos o muchos espectadores modernos, anestesiados por un cine que no permite la activa participación del espectador en la construcción de la lectura de la película. Todo lo contrario, Roma es de una intensidad pocas veces lograda en la cinematografía moderna. Y, paradoja de paradojas, quien produce esta obra maestra es Netflix, una empresa asociada al “streaming” y –en cierto sentido– a la comercialización exacerbada y a la banalización del cine. Sorprende gratamente que de los mismos toldos de Netflix –en su batalla de destronar a Hollywood–, surja una propuesta como Roma que invita a degustar el buen cine, el cine de autor, el cine riguroso, que no suele conmueve y apela a las emociones básicas del espectador moderno (las artes siempre deben conmover, de lo contrario no serían artes), sino que también propone verlo como se concibió desde un principio: más allá de contar historias bien contadas, es hacerlo con arte a través de la fuerza de la imagen, del dramatismo de la iluminación, del discurso de lo gestual, de la poética del ritmo y de la cadencia que seducen e hipnotizan al espectador desde la primera escena.

 

Cuartón domina el lenguaje cinematográfico y sus reglas: la sintaxis, la gramática, la morfología y la narrativa visual. Es un observador, igual que un gran novelista –a la manera de un Dostoievski, un Dickens o un Tolstoi–, de la condición humana y de las dinámicas sociales. Parecería que la memoria de su niñez, en esa casa, en esa colonia, raya en lo obsesivo. De ello da cuenta, una tras otra escena: la forma como Cleo es integrada, y al mismo tiempo, segregada de la familia; las protestas estudiantiles reprimidas violentamente; los temblores que sacuden la ciudad; las ventas ambulantes a la salida de los cines, las desafinadas bandas de guerra escolares que desfilan frente a la casa, los aviones que cruzan sin cesar el cielo citadino; los campos de verano; el mar, siempre el mar, que seduce y castiga a quien lo irrespeta; las cosquillas y los canticos para despertar o dormir a los niños, el acceso vedado a la sala de televisión para las empleadas; el acto de Cleo de limpiar la bocina del teléfono después de levantarla y hablar en ella (como si fuera un acto impuro); las explosiones emocionales de los patrones frente a las empleadas de la casa por hechos no atribuibles a ellas… las imágenes son hilvanadas una tras de otra para reconstruir una identidad latinoamericana de la segunda mitad del siglo veinte, con sus contradicciones y matices, sus verdades y sus mentiras, sus gritos y sus silencios.

 

Al escribir estas líneas se desconocen los reconocimientos que tendrá la película en los mediáticos premios Oscar. Ese resultado poco importa; con seguridad Roma es un hueso demasiado duro de roer para la academia hollywoodense y para un público norteamericano que no sabe seguir subtítulos –bien sea por pereza o por falta de práctica, o por las dos–. Lo que finalmente queda es una obra intensa, bella y demoledora en su denuncia social, de una época y de una sociedad burguesa: el retrato, seguramente incompleto e imperfecto; aun así, un retrato, de una identidad latinoamericana. Lo demás es inocuo.

Publicado enEdición Nº254
Jueves, 17 Enero 2019 06:21

El amor de antes, el amor de ahora

El amor de antes, el amor de ahora

Por qué la idea del poliamor despierta tanta curiosidad y fascinación, se pregunta la autora. ¿Será tal vez que la fantasía de estar con un tercero está siempre latente o porque sabemos que es imposible prometer un amor eterno?, arriesga. El amor virtual y el poliamor, desde la mirada psicoanalítica.


Desde hace ya algún tiempo, asistimos a una nueva modalidad en la comunicación: nadie está exento de leer un diario, mandar un Whatsapp o subir un post a una red social, pero hasta hace poco no podíamos imaginar la posibilidad de establecer un vínculo de pareja también por esta vía.


En estos tiempos de arrasadora virtualidad, parece irrumpir un modo muy particular de amor, un amor a distancia. Evitar el encuentro con el otro sexo, pero sobre todo protegerse del sufrimiento que la experiencia amorosa pueda ocasionar: amar a resguardo, dejando que el amor quede alojado en el plano del ideal en vez de salir al encuentro de lo que efectiva y sorpresivamente allí se produzca: ¿será éste el amor platónico de la posmodernidad?


Llegué a saber de la existencia del amor virtual gracias al trabajo con pacientes púberes y adolescentes.


Recuerdo un relato de S: “Me puse de novia por chat, lo conozco del otro colegio pero no lo veo, solo nos hablamos por acá, asi estoy más tranquila, no quiero complicarme, ¿para qué?”


Creo que es fundamental poder escuchar este “para qué”, pues señala el nudo de la cuestión: como si el amor se tratara de algo funcional o utilitario y no causal: no es lo mismo “amar porque”, a “amar para”, aquí el eje se desplaza.


En la actualidad el amor virtual sucede y esto tiene su lógica: no hay espacio, ni tiempo, ni objeto que quiera resignarse, ¿será este síntoma de época un facilitador de una nueva idea del amor: un amor “simple” y “sin complicaciones”?


En este nuevo tiempo donde prima la autosuficiencia y la prescindibilidad, cabría preguntarse si necesitamos del amor de “un-otro”.


Lo que resulta evidente es que el amor romántico, apasionado y exclusivo ha dejado su lugar a una modalidad novedosa: el amor libre, inclusivo y múltiple.


Si evocamos al mito de Aristófanes podremos acercarnos a una idea del amor que remite a la teoría de la “media naranja”: el amor como un modo de ser completado, acabado por el otro, que tendría aquello que a nosotros nos falta, por tanto solo nos resta encontrar quien sea su portador.


Lacan plantea una posición crítica respecto a esta idea proponiendo que no existe tal complemento y afirmando además que la relación sexual, el encuentro con el otro, es de por sí imposible (tanto en lo sexual como en lo discursivo): no hay sino encuentro fallido, mal-entendido. Por lo tanto, siempre buscaremos para no encontrar o lo que encontramos no será nunca lo que buscamos.


Donde más claramente se cristaliza esta contemporánea noción del amor es en el actualmente mediáticamente conocido “poliamor”, expresión que verifica que la idea originaria del amor ha empezado a caer en desuso.


Hasta hace no mucho tiempo, el contacto cuerpo a cuerpo, el poder pasar el tiempo juntos era como “tocar el cielo con las manos”, aquello a lo que toda pareja aspiraba con ansias. De hecho, las más apasionantes historias de amor (como Romeo y Julieta, por ejemplo), mostraban justamente esta tragedia: la imposibilidad de encontrarse les resultaba tan tortuoso que en eso se les iba la vida. Hoy, claramente, esto no sería un problema, ya que la ausencia del encuentro físico no es un impedimento para el amor. Verse o no verse resulta anecdótico, lo importante, sí, es poder nombrar el vínculo, definir qué somos; una vez determinado el rol, lo demás pasa a un segundo plano. Por lo tanto, podríamos pensar que la relación hoy no se construye día a día, encuentro tras encuentro sino que se pacta: “somos novios” y al parecer eso basta: la palabra es acto.


Tradicionalmente la idea del amor era entendida como un estar dispuesto a dar todo por el otro. En el amor romántico, amar lo era todo en la vida de un sujeto, se soñaba con llegar a encontrar el amor de la vida, creyéndose que esa persona existía y por tanto ese encuentro era posible. El amor tradicional era más aristofánico que lacaniano.


No surgen dudas al afirmar que amar es elegir, por lo tanto, resulta crucial rescatar el valor de apuesta en relación al amor y que por lo tanto dicha elección conlleva, inexorablemente, una pérdida. Amar es, por decirlo de un modo deleuziano, un acontecimiento: marca un antes y un después en la vida de un sujeto. ¿Cuántas veces nos encontramos diciendo que nunca volveremos a ser el que fuimos, al haber atravesado una experiencia amorosa?


Sucede que este punto nodal que define al amor como una decisión con su consecuente renuncia, en el poliamor parece no ponerse en juego. Entonces ¿será necesario redefinir el concepto de amor a la luz de estos tiempos que corren?


¿Podemos validar la existencia del amor diversificado o será el poliamor un oxímoron?


En principio, parecería desprenderse del concepto de “polivínculo” la idea de que aquí no hay renuncia: el amor múltiple puede habilitar a plantear que aquí nada se pierde, sería una versión del amor que nos recuerda que a diferencia de lo que sucedía en otros tiempos ahora no habría lugar a lo imposible.


Entonces tal vez el poliamor podría definirse como un modo de amar contemporáneo o tal vez como una excepción del amor o cabría la posibilidad de pensarlo como un semblante (entendiendo por semblante aquello que juega a ser pero que en esencia no es).


De todas formas, si bien el poliamor se instala con más fuerza actualmente, no se podrá afirmar que es realmente novedoso: Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre vivieron una larga y apasionada historia de amor libre (un modo más antiguo de nombrar lo mismo).


Algo más de 50 años juntos en una establecida y acordada pareja abierta que, según los relatos de cada uno de ellos, no hubiera podido funcionar de otra forma.
Una de las cuestiones en las que habría que poner el acento está sustentado en la idea de que no es necesario tener que elegir, allí se cede algo invaluable: la libertad. Por lo tanto ¿se podría hablar de un acto de amor frente a la elección de una no elección, o de lo que se tratará allí será más bien, de la inhibición del acto? La no aceptación de que algo siempre se pierde, esto es la asunción de que, ante la castración, no hay escapatoria posible.


Se podrá argumentar que en el poliamor también hay algo que se termina perdiendo indefectiblemente (si elijo A y B pierdo C) pero en definitiva lo que se pierde allí no sería más que su valor narcisista. La contracara de ello será lidiar con la responsabilidad de la incondicionalidad y el consecuente sentimiento de culpa que adviene frente a un posible conflicto o un eventual fracaso. En este sentido, la idea del polivínculo podrá ser entendido como un bálsamo, ya que trae aparejado un importante efecto de alivio. Ahora bien, ¿será que una relación abierta es menos exigida y por ello menos conflictiva? Por otro lado, si la prohibición genera el deseo, si la falta nos ubica como deseantes, ¿no podrá ser el poliamor el causante del aplastamiento del deseo? Todo esto está aún por verse.


Sea como fuere, creo que hay algo en el amor de antes y en el amor actual que se mantiene intacto, y es el punto en el que todo amor representa una ficción, es el que uno se inventa. Como dice Charly García, “un amor real es como dormir y estar despierto”.


Por lo tanto, de lo que se tratará es de decidir si se quiere ficcionar o no, a sabiendas de que aunque se esté con otro, aunque por momentos ambos estén inmersos en esa especie de “locura a dúo”, esa invención es necesariamente singular.


La pregunta necesaria es por qué la idea del poliamor despierta tanta curiosidad y fascinación, ¿será tal vez que la fantasía de estar con un tercero está siempre latente o porque en definitiva sabemos de la imposibilidad de prometer un amor que sea eterno? Acaso esta nueva modalidad de amor nos alivia, nos aligera aunque no por ello nos garantice nada.
Nunca hemos faltado tanto a la verdad como en nombre del amor, otorgando a la mentira cierta función protectora.


Cuántas veces hemos escuchado frases como: “nunca querré a nadie como a vos”, “te amo desde el día en que te conocí”, “sin vos me muero”. Ninguna de ellas puede ser contrastada pero a su vez sabemos de su insustentabilidad. ¿Cómo saber si amaremos por siempre, cómo medir el amor, cómo suponer la inminencia de la muerte frente a su ausencia?
El amor nos confronta con el hecho de que, como en toda ficción, llegará el momento del desenlace y el desencanto que podrá anunciar el final definitivo o tal vez no, que podrá llevar a una resignificación del amor, o no.


Y esto compete tanto al amor de antes como al amor de ahora, porque amar, para que siga siendo un acto y no devenga un simulacro, implica inevitablemente el atravesamiento de conflictos; si ello no ocurre en vez de amor, tal vez estemos hablando de otra cosa.


Q Psicoanalista.

 

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