Jueves, 17 Septiembre 2020 05:34

La emoción

El grito, de Edvard Munch

Un misterio y salto cualitativo en el acto psicoanalítico

Una indagación en el complejo campo de experiencias ligadas al aspecto cualitativo de la psiquis.

Fluctuación. ¿Qué es la emoción sino ese complejo campo de experiencias ligadas al aspecto cualitativo de la psiquis, más precisamente a la conciencia y sus fluctuaciones de onda, a la cualidad de la energía desligada, pasando por los diferentes registros psíquicos? A eso que, más allá de la representación, podemos nombrar como del orden del “aconteciendo”, una letra real.

Si la conciencia es el estadio más elevado de la elaboración de la materia en agrupamientos finos, capaz de captar los ecos y las fluctuaciones de campo de la materia de forma transdimensional, la emoción, entonces, sólo puede acontecer en el nivel y en el instante de esos ecos sucesivos, atravesando y “peinando” los registros psíquicos, tal como Freud lo señaló en la pizarra maravillosa. Es decir, en la complejidad de la existencia, en su dimensión espiritual, mediante diferentes formas del saber y del saber hacer, allí, la emoción parpadea, fulge y resuena, envoltura que no deja de moverse, envoltura topológica, abierta, siempre vital, designio del ancestral “motus est vita” que marcó el pulso de occidente contemporáneo por la referencia a un acontecimiento que se nombra clásico.

Lo clásico es el S1 con el que Occidente se inventa un origen y un nombre, una pertenencia a la antigüedad grecorromana, una intermitencia también para con los afanes y las atrocidades del tánatos destructor. Es su apuesta colectiva y contemporánea ligada a la realidad y no a los automatismos de la felicidad, una posible ética que garantice la dimensión de lo humano sensual. Esta vía es la que retoma el psicoanálisis sin reducirla ni resignarla a la simple mascarada del ideal. El psicoanálisis indaga en las vicisitudes de cómo eso humano tropieza y nace a la verdad, asegurando su transmisión.

Allí hay verdad en juego, por eso la emoción está en el punto de inflexión del acto psicoanalítico y de nuestro quehacer como psicoanalistas, y emerge como misterio y como salto cualitativo.

La emoción, por otra parte, señala esa relación, siempre creadora, entre la poética, la música y las ciencias conjeturales.

Tendencia. La emoción es asimismo una sensualidad y una estética, esa que el discurso psicoanalítico interroga con su ética del deseo, esa que dispone al analista a escuchar en su propio deseo de analizar. Aspecto cualitativo y elemento de la pulsión, no sólo por lo que allí hay de empuje, sino por su “tendencia”, tendencia a, hacia, precisamente enmarcando el devenir incierto del objeto “a” en la experiencia humana, como objeto imposible de la realidad. Eso que asimismo posibilita la relación con una letra real.

La emoción, define así, tal como Freud lo señalara, una relación a la cuestión problemática de ubicar en la neurosis obsesiva los devenires de la formación de síntoma. No sólo en relación con la ideación como realización y como solución de compromiso, sino de cómo lo que fluctúa y se desliza en la cadena de significantes, sobrevolándola, es precisamente la emoción, entre representaciones, ofreciendo una oportunidad única en la experiencia de la escucha analítica para situar allí la dimensión de lo humano.

La emoción en la relación transferencial se propone como un intervalo a ser escuchado en su cadencia, más allá del significante en juego, de un modo estético y musical, campo gravitatorio que arroja la experiencia más allá del sentido común. Esa tendencia requiere entonces de la disposición a analizar y sostener el goce que se pone allí en juego. El efecto de esa operación es el de un vacío precursor, un real en el saber.

Instante. Como ya hemos señalado, nuestra práctica como analistas es parecida a la experiencia de un oyente con la música. Una emoción que trasciende la relación con el objeto y por consiguiente atraviesa la lengua.

Lo humano posiblemente se delinea en un devenir de esa cualidad que atraviesa la experiencia de la propia lengua, más allá de toda literalidad, pero guardando relación con la letra transdimensional --la intergeneracional que se desliza entre planos translinguísticos--. Eso que llamamos emoción no es otra cosa que un eco de realidad inconsciente sobre el saber alrededor de la roca viva de la castración. La emoción sea así un eco de la “cosa”, el “das ding” señalado por Freud en relación con el trauma, pero arrojada al vacío por efecto de la relación transferencial, para proponer a partir de allí una nueva relación con lo real.

Es, por otra parte, considerar la emoción como onda / partícula que se determina por efecto de la escucha / oyente. Es esa misma idea freudiana sobre el deslizamiento de la emoción entre representaciones. Y la de Lacan, emoción entre los registros, RSI --Real, Simbólico, Imaginario--, y al acto psicoanalítico.

Por eso la emoción se propone instantánea, nos toma por sorpresa, eventualmente, nos hace “saltar las lágrimas”, instante de verdad que no puede definirse por ningún sentido preestablecido, ni por ninguna “imago”, ni siquiera por eso que podríamos señalar como determinación inconsciente. Por el contrario, es un instante de verdad indeterminado, un estético salto en el vacío, una caída, incluso si esa caída es en el amor, “falling in love”. Y para decirlo más precisamente, no es sin amor.

Está, por otra parte, en relación con el aspecto accidental y desencadenante de la estructura psíquica, es eso que permite deslizarnos entre los factores predisponentes del complejo parental y la novedad del acontecimiento.

En el aspecto metapsicológico y a nivel del intervalo significante, la emoción funciona como una aleatoriedad.

La emoción no es sin un apego específico con la realidad, por una parte, y con lo colectivo por otra, ya que garantiza por la vía de las relaciones de apuntalamiento su realización como destino espiritual.

La emoción es asimismo el fogonazo que causa a Dios en su primigenio “en el principio fue el verbo”, es también una centellante luz, esa que nos hace decir “eureka”.

Un encuentro amoroso con la cosa que “cada quien” tiene para descubrir y trabajar, inventando e inventándose en el curso de una vida.

Por Cristian Rodríguez, director del Espacio Psicoanalítico Contemporáneo (EPC) y miembro del Institute Gérard Haddad de París (IGH).

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Para muchos suecos, su epidemiólogo, Anders Tegnell, ha encarnado un enfoque racional de la pandemia de COVID-19. (Magnus Andersson/TT News Agency/vía REUTERS)

Rechazó el confinamiento que casi todo el mundo aplicó y escuelas, restaurantes, gimnasios y hasta las fronteras permanecieron abiertos en Suecia. Llegó a recibir amenazas de muerte pero hoy muestra logros importantes en la caída de la transmisión del coronavirus

 

Si en los Estados Unidos la fama de Anthony Fauci, principal epidemiólogo de la Casa Blanca hizo que Brad Pitt lo personificara en SNL, la de Anders Tegnell en Suecia le ha valido cosas más asombrosas, como que muchos ciudadanos se tatúen su cara. Y del mismo modo que el director del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas (NIAID) desde Ronald Reagan, el epidemiólogo del gobierno sueco ha despertado pasiones en contra por sus actos —en su caso, las responsabilidades del cargo van más allá del consejo— durante la pandemia de COVID-19.

Pocas personas en el mundo, y aun entre los 10 millones de habitantes de Suecia, conocían a Tegnell a comienzos de 2020; hoy, sin embargo, es “una de las figuras más famosas —y más polémicas— de la crisis global del coronavirus”, según lo describió Financial Times (FT). Este médico de 64 años, con gran experiencia en enfermedades infecciosas en África y Asia, decidió enfrentar el SARS-CoV-2 sin atender al manual habitual, que China aplicó con la cuarentena luego del brote en Wuhan y luego siguió buena parte del mundo. Así en Suecia la escuelas, los restaurantes, los gimnasios y las fronteras permanecieron abiertos.

“Para muchos suecos, su epidemiólogo estatal ha encarnado un enfoque racional, mientras otros países parecían sacrificar la ciencia en el altar de las emociones”, siguió el periódico financiero. “Muchos en la derecha estadounidense y británica han aprovechado a Tegnell como un campeón de las libertades que ellos sienten haber perdido durante el confinamiento”.

No obstante —aclaró Richard Milne, corresponsal del FT en los países escandinavos y bálticos— para una minoría local e internacional resultó una figura más problemática. “Los demócratas suecos, populistas, han pedido su renuncia luego de que miles de ancianos murieran en las residencias geriátricas”, ilustró. Esa consecuencia del COVID-19 llevó a Suecia hasta el quinto lugar en mayor mortalidad per capital en Europa, una tasa cinco veces mayor a la de su vecina Dinamarca y 10 veces mayor a la de Noruega y Finlandia. “The New York Times dijo que Suecia era ‘un estado paria’ y ‘una fábula para el mundo entero’".

Su fama, dijo Tegnell, se ha convertido en “un problema”; además, nunca había ambicionado tenerla. “Está a favor de la libertad de expresión pero los comentarios que lo comparan con Hitler o Stalin ‘no están bien’ y ha debido hablar con la policía por las amenazas de muerte”.

La moraleja de la fábula, al cabo de varios meses, no fue la esperada. Hoy Suecia tiene una caída estable en los casos. En opinión del epidemiólogo, el país tendrá “un bajo nivel de transmisión” con brotes locales ocasionales. “Lo que sucederá en otros países, creo, será más grave. Es probable que sean más vulnerables a esa clase de picos”, dijo al FT. La cantidad de casos en el otoño y el invierno europeo aumentará allí donde “no se cuente con un nivel de inmunidad que de algún modo pueda frenarlos”.

No se trata de un concepto sencillo: acaso la inmunidad colectiva sea la cuestión más discutida en la crisis extendida de COVID-19. Y si bien el experto aseguró que las políticas suecas nunca tuvieron como objetivo permitir que el virus siguiera su naturaleza hasta que una porción suficiente de los habitantes hubiera sido expuesta y la tasa de infección comenzara a bajar, argumentó que “la inmunidad es responsable, al menos en parte”, de la reciente baja notable de los casos en Suecia.

Una de las razones por las cuales el caso sueco se alza como singular es que el gobierno del país también lo es. Las decisiones de la agencia de salud pública nacional no están en manos de los políticos, sino de las autoridades independientes del sector. En la práctica eso tiene un nombre: Tegnell.

“Eso hace que su capacidad de independencia, mientras el resto del mundo se cerraba, parezca aún más notable”, destacó el corresponsal del FT, quien le preguntó al epidemiólogo sueco al respecto:

—¿No sería más fácil seguir la corriente?

—Sí, por supuesto que lo es. Pero no estoy solo —le respondió, en referencia a los 500 empleados de la agencia de salud pública, el gobierno y la mayor parte de la población de Suecia.

Tegnell repitió la frase que lo hizo famoso —o fastidioso, para algunos— cuando se negó al confinamiento en su país: “Es como usar un martillo para matar una mosca”. Su enfoque ha sido casi el opuesto: no apuntó a un insecto concreto sino a la posibilidad de la aparición de insectos y buscó otra clase de herramientas. En su caso, para desarrollar una estrategia que pueda funcionar durante años si llegase a ser necesario.

“Este tipo de confinamiento drástico, con aperturas y cierres, no nos parece viable”, siguió. “No se puede abrir y cerrar las escuelas. Va a ser un desastre. Y probablemente no se puede abrir y cerrar los restaurantes y cosas así demasiadas veces. Una vez o dos veces sí, pero luego la gente se cansaría y los comercios probablemente sufrirían más que si los cerraran completamente”.

El enfoque sueco se basó en considerar la salud pública en un sentido más amplio que tratar de mantener el sistema de salud en funcionamiento o reducir las muertes de la primera ola. “Es bueno tener la clase de experiencia que yo tengo”, dijo, a la vez como reaseguro y como defensa. "He trabajado en hospitales. He visto la epidemia de gripe y la gente que llega de a montones y satura los hospitales. He trabajado con el ébola en África. Me doy cuenta de los desastres que la enfermedad puede hacer a una sociedad y a un sistema”.

En Suecia continuaron los deportes infantiles, las clases en la escuela primaria, las sesiones de yoga, las visitas a los bares y los restaurantes, las compras. Y más: es uno de los pocos países que no recomienda el uso de máscaras en público. Por lo demás, el paisaje local es parecido al de los vecinos: los suecos han dejado de viajar y los hoteles y los restaurantes se han visto gravemente afectados.

Básicamente, las actividades públicas tienen restricciones detalladas sobre cuánta gente puede estar en un espacio y cómo se las tiene que tratar. “Este tipo de restricciones no existen casi en otro lado”, siguió el epidemiólogo. “Tratamos de concentrarnos realmente en los lugares que sabíamos que iban a ser realmente peligrosos. Ir a una tienda de música y comprar un álbum no va a hacer que se infecten cientos de personas”, dio como ejemplo.

Además de la epidemia del ébola, Tegnell viajó mucho por el mundo en campañas de vacunación de la Organización Mundial de la Salud (OMS). A esa formación, cree, le debe mucho su capacidad de “pensamiento amplio en la salud pública". Para él las escuelas no son solamente un lugar donde el virus se puede transmitir, sino también la parte más importante de la salud de una persona joven.

“Si uno tiene éxito en la escuela, su vida irá bien", argumentó al FT. "Si fracasa, su vida será mucho peor. Va a vivir menos. Va a ser más pobre. Eso, por supuesto, nos ronda la mente cuando nos ponemos a hablar sobre cerrar las escuelas”. Por eso cuando en junio regresó la premura por clausurar actividades en Europa y los Estados Unidos, sintió que “el mundo se había vuelto loco”.

Del mismo modo que ante el resto de los factores de la pandemia, Tegnell mantiene una perspectiva independiente sobre la vacuna contra el COVID-19: cuando llegue, si llega, no será una solución mágica. “No me inclino mucho por las soluciones fáciles a los problemas complejos, por creer que una vez que tengamos la vacuna podemos volver a vivir como hemos hecho siempre", cerró el diálogo con Milne. "Creo que es peligroso transmitir ese mensaje, porque no va a ser tan sencillo”.

15 de Septiembre de 2020

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Las farmacéuticas ganan: los estados europeos indemnizarán por efectos inesperados de las vacunas contra el coronavirus

La empresa que fabrica el suero de la Universidad de Oxford ya ha avisado de que están exentos de demandas por daños y otras farmacéuticas pretenden quedar liberadas de posibles daños no previstos

 

La vacuna de la Universidad de Oxford y de AstraZeneca saltó por enésima vez a los medios por la sospecha de un potencial efecto adverso grave en uno de los voluntarios vacunados. Concretamente, el individuo estaba afectado de una mielitis transversa. Este incidente llevó a la suspensión temporal del estudio hasta este sábado, 12 de septiembre, cuando se anunció su reanudación.

En realidad, este suceso es algo totalmente normal durante la realización de ensayos clínicos. Sin embargo, el seguimiento en tiempo real de las vacunas contra el coronavirus por parte de los medios y la población general ha mostrado una realidad que rara vez suele ser noticia. Los voluntarios que participan en estos estudios pueden sufrir ciertas enfermedades o problemas de salud, causados o no por el tratamiento que se está administrando.

Si tenemos en cuenta que la vacuna de AstraZeneca se está probando sobre miles de personas, es muy probable que surjan incidentes que requieren una mayor investigación para aclararlos. En ese sentido, que se anuncien estos efectos adversos y que se suspendan temporalmente los ensayos clínicos no es motivo de alarma, sino de confianza en que, efectivamente, estos estudios buscan conocer y mostrar la seguridad y eficacia de las vacunas con todas las garantías.

A pesar de que los ensayos clínicos de fase III son la última etapa de evaluación de tratamientos antes de su comercialización, en ocasiones ocurre que se identifican nuevos efectos adversos que no se han documentado previamente, tiempo después de salir al mercado. Esto puede suceder con reacciones adversas extremadamente raras (una por cada millón de pacientes, por ejemplo), o con efectos que solo aparecen a largo plazo o en individuos con unas características biológicas particulares, afectados por determinadas enfermedades o en tratamiento con ciertos fármacos. Por esta razón, los nuevos medicamentos que se comercializan siguen estando bajo supervisión sanitaria constante para detectar posibles problemas para la salud que se hayan escapado en los ensayos clínicos. Se trata de un proceso llamado farmacovigilancia.

En circunstancias normales, si una persona se trata con un medicamento ya comercializado y experimenta un efecto adverso que no se ha documentado previamente ni se ha añadido al prospecto, la responsabilidad legal y los pagos de las potenciales indemnizaciones suelen recaer en la empresa farmacéutica responsable. Bayer, por ejemplo, tuvo que pagar más de 900 millones de euros en indemnizaciones a afectados por el medicamento "Lipobay". Estas personas sufrieron graves efectos secundarios, como rabdomiólisis (destrucción del músculo esquelético), que no se habían documentado previamente. Además, la compañía farmacéutica tuvo que reconocer que su fármaco también pudo haber causado la muerte de un centenar de personas. Bayer finalmente retiró su fármaco del mercado.

Las vacunas tampoco son ajenas a este fenómeno. Como explica Belén Tarrafeta, farmacéutica experta en gestión sanitaria y acceso a medicamentos, "puede haber alertas sobre posibles efectos raros y muy infrecuentes que obliguen a retirar un producto cautelarmente, aunque luego no se pueda establecer nunca que aquello que se vio fuera consecuencia de la vacuna". Destaca el caso de la vacuna RotaShield para el rotavirus, que se retiró en 1999 del mercado en Estados Unidos por asociarse a invaginación intestinal en niños menores de un año, tras su comercialización. La vacuna de la polio también llevó a consecuencias inesperadas. "El caso de la polio inducida por la vacuna oral es un ejemplo de algo que nadie podría haber sospechado jamás: que el virus excretado de una persona vacunada oralmente pueda mutar en la naturaleza, recuperando su virulencia, para después contaminar a personas inmunodeprimidas o no inmunizadas", señala Tarrafeta.

Las demandas multimillonarias por efectos adversos de medicamentos no identificados antes de la comercialización pueden suponer la ruina de las compañías farmacéuticas o afectar gravemente a sus cuentas. No es, por tanto, casualidad que varios puntos conflictivos en las negociaciones entre los Estados europeos y las farmacéuticas traten sobre quién sería responsable y quién tendría que pagar si se produjeran demandas por daños y perjuicios asociados a efectos secundarios de las vacunas no identificados previamente.

El 30 de julio, Ruud Dobber, miembro del equipo ejecutivo de AstraZeneca declaró a la agencia Reuters que su empresa estaría exenta de demandas de responsabilidad por sus vacunas contra el coronavirus en múltiples países, pero no quiso aclarar cuáles. Dobber explicaba que esta "es una situación única en la que nosotros, como compañía, simplemente no podemos asumir el riesgo si... en cuatro años la vacuna está mostrando efectos secundarios. [...] En los contratos que tenemos en vigor, estamos pidiendo una indemnización. Para la mayoría de los países es aceptable asumir ese riesgo sobre sus hombros porque es de interés nacional".

La declaración pública de AstraZeneca no es un suceso aislado. A principios de agosto, múltiples farmacéuticas declararon a diversos medios que buscaban que los Estados se hicieran responsables de indemnizar si se diera el raro y fatídico caso de que aparecieran daños no previstos por la vacunación contra el coronavirus. La idea principal tras su petición era contar con un marco jurídico protector, en caso de que la rapidez en la investigación de las vacunas no llegue a detectar todos los posibles efectos adversos. Estas declaraciones llaman poderosamente la atención cuando, durante los últimos meses, las compañías farmacéuticas han enviado reiterados mensajes tranquilizadores a la población a través de los medios con una promesa principal: no permitirán que las prisas por comercializar las vacunas provoquen que estas lleguen al mercado sin haber demostrado rigurosamente su eficacia y seguridad.

La situación legal de Estados Unidos y Europa será, en teoría, muy diferente cuando llegue el momento de la comercialización de las vacunas contra la COVID-19. Como aclara Belén Tarrafeta: "En Estados Unidos las farmacéuticas están exentas de responsabilidad civil en caso de que haya problemas de seguridad con el producto si este se usa dentro de una autorización de uso de emergencia (EUA). De hecho, hay gran controversia sobre la intención de la FDA (la agencia de medicamentos estadounidense) de utilizar el mecanismo de EUA para la vacuna de COVID, porque es un proceso mucho menos riguroso que el procedimiento normal".

La EUA se utiliza en ocasiones especiales de emergencia sanitaria para acelerar el proceso de autorización en la importación y/o comercialización de algunos medicamentos (y otros productos sanitarios). Los requisitos de la EUA son menos exigentes que el proceso de aprobación normal y puede ocurrir que productos aprobados bajo la EUA no lleguen a pasar el proceso normal.

En Europa, la Agencia Europea del Medicamento (EMA) no contempla una autorización equivalente al EUA para la aprobación de las vacunas contra el coronavirus. Sí que ha puesto en marcha una autorización por la vía rápida para tratamientos y vacunas contra la COVID-19. Con este método, se acelera la aprobación sin disminuir los requisitos necesarios habituales ni ofrecer amparo legal a las farmacéuticas. Esta situación no es del agrado del sector farmacéutico, que ha solicitado que Europa imite el sistema EUA de Estados Unidos para que así estén protegidos frente a posibles demandas por las vacunas contra la COVID-19.

La EMA deja en manos de cada Estado la negociación con las farmacéuticas para acordar cuál será su responsabilidad legal a través de contratos en caso de demandas. En España, los laboratorios que están evaluando sus vacunas contra el coronavirus ya trasladaron en julio al Ministerio de Sanidad que era necesario establecer una fórmula legal que les protegiera de responsabilidades en el desafortunado caso de que aparezcan efectos adversos tras la comercialización. Como suele ser habitual en las negociaciones con las farmacéuticas, existen muchos detalles rodeados de secretismo. A principios de septiembre, España y el resto de los países de la Unión Europea anunciaron que abonarían a los laboratorios las posibles indemnizaciones a las que se tengan que enfrentar las farmacéuticas si aparecen efectos indeseados o inesperados por las vacunas contra el coronavirus tras su comercialización. En qué condiciones y hasta qué punto se pagarán estas indemnizaciones son detalles que, por el momento, no se han hecho públicos.

"Todo lleva su tiempo"

En estos momentos, los ensayos clínicos en fase III de las vacunas en una etapa más avanzada se encuentran más o menos a la mitad de su desarrollo. Averiguar con suficiente certeza su seguridad y eficacia llevará varios meses más. Como explica el cardiólogo e investigador Eric Topol, "aunque la mayoría de vacunas son seguras, se necesitan ensayos clínicos para demostrar que los participantes no desarrollan reacciones inmunitarias graves por la exposición al virus o una enfermedad inmunitaria compleja. Se necesitan datos de eficacia para demostrar que existe una supresión sustancial de las infecciones en el grupo de la vacuna, comparado con el placebo. Tanto los parámetros de seguridad como de eficacia necesitan poder estadístico suficiente. Todo esto lleva tiempo".

Poder estadístico e incluir a la población más variada posible resultan imprescindibles para conocer a fondo los efectos biológicos de cualquier tratamiento. Precisamente, las farmacéuticas Pfizer/BioNTech anunciaron recientemente que van a expandir el tamaño de su ensayo clínico en fase III de su vacuna: de 30.000 personas pasarán a ser 44.000 para incluir así a individuos de etnias diversas, adolescentes y también a pacientes que sufran otras enfermedades virales.

No existen atajos para averiguar la eficacia y seguridad de una vacuna, y acelerar en exceso las fases de investigación clínica podría llevar, en el peor de los casos, a un recelo hacia las vacunas sin precedentes. Que los Estados vayan a asumir económicamente los riesgos de efectos adversos no detectados previamente en las vacunas contra el coronavirus puede sumar un elemento más de desconfianza.

Por Esther Samper

15 de septiembre de 2020 23:13h

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La superficie del segundo planeta del sistema solar está a 864º F (462º C), ¡tan caliente como para derretir plomo! Foto: dottedhippo/iStock.

Este lunes se dio a conocer que en lo alto de la atmósfera de Venus se halló fosfina (PH3), uno de los potenciales marcadores biológicos y sustancias químicas que pueden evidenciar la presencia de organismos microbianos. Los científicos no afirman que su descubrimiento signifique que en las capas altas de la atmósfera de Venus hay vida y solo indican que la presencia de la fosfina muestra que en el planeta puede haber procesos químicos desconocidos para la ciencia.

La fosfina es un gas tóxico que no tiene color ni olor en estado puro, y en la Tierra está asociado con entes orgánicos. La inhalación de este gas, y sobre todo la exposición prolongada al mismo, puede causar náuseas, vómitos, bronquitis, falta de aliento, convulsiones, edema pulmonar, daño del hígado, problemas de la vista y del habla e incluso la muerte.

Se conocen solo dos formas de obtener la fosfina: en el proceso industrial —el gas se produjo para su uso como agente de guerra química en la Primera Guerra Mundial—, y como parte de algún tipo de función poco conocida en animales y microbios. Algunos científicos lo consideran un producto de desecho, mientras que otros no.

Los productos de fosfina, utilizada hoy en día en las industrias de los plásticos y semiconductores y también como insecticida en granos almacenados y para fabricar retardantes de llamas, huelen a ajo o a pescado podrido.

La Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades de EE.UU. (ATSDR, por sus siglas en inglés) indica que la fosfina puede inflamarse y explotar a temperatura ambiente, y en pequeñas cantidades puede surgir de forma natural a partir de la degradación de materia orgánica.

¿Qué tiene que ver con la vida extraterrestre?

Como en la Tierra la fosfina puede ser producto de microorganismos anaerobios, en 2019 la propusieron para considerar como una biofirma para buscar la vida en exoplanetas. El gas cumple con la mayoría de los criterios para ser catalogado de esta manera, pero su detección es bastante difícil.

La atmósfera de Venus contiene muchos compuestos de azufre y prácticamente carece de vapor de agua y oxígeno, lo que la convierte en un lugar extremadamente inadecuado para la aparición de formas de vida proteínicas, pero existen teorías que aceptan la posibilidad de que algunos microorganismos podrían adaptarse a las condiciones tan extremas y vivir en las capas altas de la atmósfera del planeta gracias a complejas reacciones químicas.

Las biofirmas —y la presencia de la fosfina sigue siendo un potencial marcador biológico— pueden ayudar a confirmar o refutar esta hipótesis. En el caso de Venus, los propios investigadores que formaron parte del estudio subrayaron que la detección de este gas no puede considerarse como una evidencia sólida de la presencia de vida microbiana, y únicamente apunta a procesos geológicos o químicos potencialmente desconocidos para la comunidad científica.

No obstante, el administrador de la NASA, Jim Bridenstine, ha calificado el hallazgo de un "avance más significativo hasta ahora en sustanciar el caso de la vida fuera de la Tierra". "Hace unos diez años la NASA descubrió vida microbiana a 120.000 pies en la atmósfera superior de la Tierra. Es hora de dar prioridad a Venus", escribió en su cuenta de Twitter.

15 septiembre 2020

(Con información de AP y RT)

Sábado, 12 Septiembre 2020 06:25

Covid y vacunas transgénicas

Covid y vacunas transgénicas

La persistencia de la pandemia de Covid-19 ha desatado una carrera desaforada por lograr una vacuna, el enfoque más estrecho. Las epidemias siempre son un momento de alza para la voraz industria farmacéutica, hiperconcentrada en 20 grandes trasnacionales que controlan la mayoría del mercado global y que no están interesadas en la salud, sino en sus ganancias (https://tinyurl.com/y67zqdx2).

Éstas aprovechan la oportunidad de que los gobiernos, urgidos por encontrar una fórmula rápida para salir del estado de crisis pandémico y el hartazgo de la población, están dispuestos a aportarles enormes recursos públicos –dinero, conocimientos e instalaciones públicas– y a relajar regulaciones y evaluación de inocuidad de las vacunas.

Se desarrollan a ritmo acelerado vacunas altamente experimentales, la mayoría transgénicas, con mecanismos de acción en nuestro organismo sobre los que existen grandes incertidumbres y muchos riesgos. Para las trasnacionales, es una bonanza inusitada poder experimentar masivamente, con cobertura y dinero públicos, en tecnologías similares a las terapias génicas en humanos, cuya investigación quedó restringida luego de provocar serios daños y hasta casos de muerte en sus inicios (https://tinyurl.com/yyy25o6y).

Según la Organización Mundial de la Salud, al 9 de septiembre había 35 vacunas para Covid-19 en estudios clínicos (en fases uno a tres de prueba en humanos) y 145 en estudios preclínicos. De las primeras 35 en prueba, 17 se basan en técnicas de ingeniería genética no probadas antes en humanos. Esas vacunas transgénicas han tomado mayormente tres enfoques: uno que usa un plásmido (pequeña molécula circular de ADN) como vector para introducir ADN en nuestras células, un segundo que introduce ARN directamente en las células y un tercero que introduce ADN por medio de un virus, que a su vez es manipulado con ingeniería genética para que no pueda replicarse.

Las vacunas convencionales se basan en insertar un virus muerto o atenuado (que supuestamente no infecta), que causa una reacción del sistema inmunológico, el cual aprende así a reconocer ese tipo de virus y previene futuras infecciones. Las vacunas transgénicas, en cambio, introducen ADN o ARN foráneo en nuestro organismo, donde codifican para crear una proteína similar a las del SARS-CoV2, utilizando nuestros propios recursos celulares, por ejemplo, para crear una proteína S o espiga (las “espinas” que forman una corona en el virus). Si funciona, ésta sería reconocida como ajena por nuestro sistema inmunológico, que produciría anticuerpos para prevenir próximas infecciones.

La forma de acción de esas vacunas de hecho nos convierte en transgénicos, al menos temporalmente, porque no es una proteína foránea ante la cual nuestro sistema reacciona (como las anteriores vacunas), sino que manipula a nuestro organismo para crear el supuesto enemigo a atacar.

En el tercer grupo de vacunas transgénicas (vectores virales no replicantes) se encuentran, entre otras empresas, las de Johnson y Johnson (Estados Unidos), CanSino Biologics de China y Sputnik V de Rusia, con las que México se comprometió a aportar voluntarios para la experimentación en humanos en fase tres.

También se basa en esa técnica la vacuna en desarrollo de AstraZeneca, en cuya producción masiva participarán Argentina y México, financiados en parte por la Fundación Carlos Slim. El gobierno de México acordó también participar en las pruebas de fase tres con Walvax, China, que desarrolla una vacuna transgénica basada en ARN, y con la empresa Sanofi-Pasteur, que desarrolla otro tipo de vacuna, basada en introducir pequeños trozos (subunidades) de proteínas.

Según señalan expertas en vacunas y biólogos moleculares, hay riesgos serios con estos productos transgénicos. Por ejemplo, una vez introducido el ADN o ARN en nuestras células para crear la proteínas S, no está claro cómo se detendrá la producción de ese antígeno ni qué efecto tendrá la presencia continuada del ADN/ARN sintético en las células, que además, en el caso de las de ADN, llega con un promotor génico muy activo.

Tampoco está claro qué células se verán afectadas, más allá de las objetivo, si las proteínas o el ADN introducido entra en el sistema circulatorio y llega a otros órganos. Los receptores ACE2, que son los que habilitan a las proteínas S a entrar en las células, existen en riñones, pulmones y testículos, lo cual podría provocar respuestas inflamatorias graves, reacciones autoinmunes u otros efectos desconocidos.

En experimentos con animales, este tipo de vacunas transgénicas han producido procesos inflamatorios severos y lo que llaman “respuesta paradójica”: el organismo ataca a otros virus presentes en nuestro cuerpo (todos los seres vivos convivimos con virus y bacterias naturalmente), produciendo inflamación y otras sintomatologías dañinas.

Los tiempos de evaluación de las vacunas que se están manejando no contemplan apreciar más que riesgos a corto plazo, pero las reacciones adversas pueden surgir posteriormente, por lo que los procesos de aprobación de vacunas llevan varios años, que ahora no se consideran.

Al mismo tiempo, no se toman las acciones necesarias para cambiar las causas de las pandemias –desde el sistema alimentario agroindustrial a la destrucción de la biodiversidad (https://tinyurl.com/ycfcksva)–, aunque existen múltiples advertencias de que hay otras pandemias en cierne. Parece ser el mayor experimento transgénico masivo en humanos y quienes ganarán son las trasnacionales farmacéuticas, que lucran con las causas y con la continuación de las pandemias.

Por Silvia Ribeiro, Investigadora del Grupo ETC

Las poblaciones de fauna salvaje han caído un 68% desde 1970

Pérdida de biodiversidad

Un informe del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) alerta de que la población de vertebrados ha descendido hasta un 94% en América Latina

 

La pérdida de biodiversidad es cada vez más alarmante. Tanto es así, que las poblaciones de fauna salvaje han caído una media del 68% desde 1970, según el Indice del Planeta Vivo publicado este jueves por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). El ritmo en el que los vertebrados van desapareciendo ha crecido un 8% respecto a los datos del último estudio, que fue publicado hace dos años.

La situación en la región de Latinoamérica y el Caribe se presenta especialmente dramática, ya que allí el descenso de población animal ha caído una media del 94% entre 1970 y 2016. Lo mismo ocurre con la caída de especies de agua dulce, que han disminuido un 84% en todos estos años.

Las causas de esta degradación tienen que ver, según los expertos del grupo conservacionista, con la actividad humana, que ha dañado "gravemente" los hábitats y los recursos naturales de los que depende la vida silvestre. De esta forma, la publicación señala directamente a la deforestación, la agricultura intensiva y el tráfico de especies como principales causantes de la pérdida de biodiversidad.

El ser humano se ha expandido por todos los rincones del planeta, extrayendo sus recursos sin límites. Esta realidad ha propiciado que el 75% de la superficie terrestre no helada haya sido modificada por el hombre. Apenas quedan lugares vírgenes en este mundo, lamenta el informe, que señala pequeños resquicios territoriales donde la biodiversidad permanece intacta (en Rusia, Canadá, Brasil o Australia).

"La conclusión es clara: la naturaleza está siendo transformada y destruida a una velocidad sin precedentes en la historia, con un coste muy alto para el bienestar del planeta y de la humanidad. La pérdida de biodiversidad es un auténtico reto para la economía, el desarrollo y la seguridad global", ha señalado Enrique Segovia, Director de Conservación de WWF España.

La publicación recalca también que la pérdida de biodiversidad tiene unas consecuencias directas en las formas de vida de los seres humanos, sobre todo en términos de seguridad alimentaria, ya que la caída de poblaciones animales y vegetales rompe el equilibrio de los ecosistemas y disminuye los recursos alimentarios de los que dispone el ser humano. Es por ello que desde WWF reclaman un cambio de rumbo global que ponga fin a los sistemas agrícolas y ganaderos de tipo intensivo, principales causantes de esta crisis ecológica. 

"Sabemos que esta gran transformación requerirá un esfuerzo colectivo global sin precedentes; que el aumento de los esfuerzos de conservación es imprescindible, pero que debe sumarse a los cambios en la forma de producir y consumir nuestros alimentos y energía. Los ciudadanos, los gobiernos y los líderes empresariales de todo el mundo deberán formar parte de un movimiento por el cambio con una escala, urgencia y ambición nunca antes vistas", concluye Segovia.

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AstraZeneca y Oxford pausan el ensayo de su vacuna contra la covid-19 tras la enfermedad de un voluntario 

La compañía ha señalado que ha aparecido una reacción "potencialmente inexplicable" en uno de los participantes en el estudio. España esperaba obtener tres millones de dosis de este fármaco en diciembre. 

 

AstraZeneca ha decidido pausar el ensayo de la vacuna que desarrolla contra la covid-19 debido a la aparición de "una enfermedad potencialmente inexplicable" en uno de los participantes del mismo, un movimiento que la compañía ha descrito como "rutinario".

"Como parte de los ensayos globales controlados y aleatorizados en curso de la vacuna contra el coronavirus de Oxford, nuestro proceso de revisión estándar ha pausado la vacunación para permitir la revisión de los datos de seguridad", ha indicado la compañía en un comunicado.

"Es una acción rutinaria que tiene que hacerse siempre que haya una enfermedad potencialmente inexplicable en uno de los ensayos, asegurando que mantengamos la integridad" de los mismos, ha añadido AstraZeneca, según ha recogido la prensa estadounidense.

La farmacéutica ha agregado que, en los ensayos grandes, "las enfermedades aparecerán por casualidad", pero estas condiciones "deben ser revisadas independientemente para comprobar (los datos) cuidadosamente".

Trabajan para "acelerar la revisión" de este "evento único"

En este contexto, AstraZeneca ha asegurado que trabaja para "acelerar la revisión" de este "evento único" con el objetivo de "minimizar cualquier impacto potencial en la línea de tiempo del ensayo".

Asimismo, ha asegurado que está "comprometida" con la "seguridad" de los participantes en el estudio, al tiempo que ha destacado los "más altos estándares de conducta" de sus ensayos.

Esta es la vacuna que había desarrollado AstraZeneca, con sede en Cambridge (Reino Unido), junto a la Universidad de Oxford y cuya eficacia se estaba experimentando en EEUU, Brasil y Sudáfrica después de que el ensayo hubiera dado resultados positivos en sus fases iniciales, cuando se probó con mil personas en el Reino Unido.

El pasado lunes, tanto el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, como el ministro de Sanidad, Salvador Illa, afirmaron que esperaban comenzar a contar con tres millones de dosis de esta vacuna en diciembre, después de que España se sumase a la compra centralizada de la UE de la vacuna de AstraZeneca contra la covid-19 el pasado agosto. Por su parte, la UE esperaba tener las dosis en noviembre.

Además, los Gobiernos de Argentina y México, así como la fundación mexicana Slim, llegaron en el mes de agosto a un acuerdo con AstraZeneca y con la Universidad de Oxford para fabricar la vacuna en sus países y, luego, distribuirla a todos los países de Latinoamérica, con excepción de Brasil.

09/09/2020 09:10 ACTUALIZADO: 09/09/2020 09:48

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 Gina Rippon, catedrática de Neuroimagen Cognitiva en la Aston University (Reino Unido).

ENTREVISTA — Catedrática de Neuroimagen Cognitiva

La investigadora de la Aston University (Reino Unido) explica que "si miras cientos de estructuras y rutas en mil cerebros no encontrarás características comunes que permitan etiquetarlos como masculinos o femeninos"

 

Una de las lecciones que ha dejado la pandemia de COVID-19 es que en biología no hay unos y ceros: la realidad es compleja y las excepciones, numerosas. La investigadora Gina Rippon (Reino Unido, 1950) defiende en El género y nuestros cerebros (Galaxia Gutenberg, 2020) que los cerebros de los seres humanos no pueden catalogarse de forma binaria según el género de su portador.

¿Reflejan nuestros cerebros que los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus? Rippon, catedrática de Neuroimagen Cognitiva en la Aston University (Reino Unido), repasa la historia de la neurociencia y el estudio de las diferencias sexuales del cerebro con dureza y una dosis de humor británico.

En las páginas de El género y nuestros cerebros hay psicología barata, neurobasura, salmones muertos y bebés. Muchos bebés. Hablamos con ella sobre el órgano más complejo de nuestro cuerpo y los mitos sexuales que lo rodean y damos por sentado. 

¿Existe un cerebro masculino y femenino?

La idea [de que existen] surgió a finales del siglo XVIII y está pasada de moda. Como hombres y mujeres tenían cuerpos, habilidades y roles diferentes, se daba por sentado que también tendrían cerebros diferentes. Así empezó lo que yo llamo una "caza de diferencias", pero ninguna investigación ha podido asignar un sexo a un cerebro. Es importante tenerlo en cuenta, porque muchas políticas, estrategias educativas y estereotipos de género se basan en la idea de que sí existe un cerebro masculino y uno femenino.

Entonces, si alguien estudiara mi cerebro ¿no podría adivinar mi sexo?

Si miras cientos de estructuras y rutas en mil cerebros no encontrarás características comunes que permitan etiquetarlos como masculinos o femeninos. Cada cerebro es diferente al resto. Existen partes que tienden a ser mayores en los hombres y rutas que pueden ser más largas en las mujeres, pero es un mosaico, no una división entre rosa y azul.

Antes pesábamos cráneos y ahora contamos con los escáneres más avanzados. ¿Por qué las nuevas tecnologías no han zanjado el debate sobre las diferencias sexuales en el cerebro?

Tendemos a buscar evidencias que confirmen lo que ya creemos. A los científicos nos gusta considerarnos objetivos, pero a menudo las preguntas que se hacen forman parte de un sesgo de confirmación. Ya no medimos el ángulo entre la punta de la nariz y el lóbulo de la oreja; en su lugar intentamos demostrar que la amígdala masculina es más gruesa que la femenina, pero todo forma parte de la misma idea. Cuando no encontramos diferencias creemos que hay algo mal con las métricas, en vez de pensar que igual no existen. Aun así, creo que la neurociencia del siglo XXI maneja mejor las preguntas: por eso debemos revisitarlas.

Hoy sabemos que el cerebro es plástico y tiene gran capacidad de adaptación. ¿Puede esto poner punto y final al debate?

Es difícil, pero debería hacer que avance. Pensábamos que el cerebro era algo fijo que tenía un guion biológico, con una plantilla para hombres y otra para mujeres, y que si no encontrábamos diferencias era por culpa de la tecnología. Ahora sabemos que este órgano cambia a lo largo de nuestra vida y que su desarrollo no termina durante la adolescencia. Cambia según nuestras experiencias y según lo que el mundo espera de nosotros, de nuestro comportamiento y del grupo al que deberíamos pertenecer. En ese sentido sería mejor hablar de un cerebro "feminizado" o "masculinizado" para reflejar que lo que sucede fuera es tan importante como lo que pasa dentro.

En el libro asegura que una diferencia estadística no tiene por qué ser "útil". ¿A qué se refiere?

Si miras los datos asociados a diferencias [sexuales] entre cerebros y comportamientos verás que hay mucha variabilidad dentro de cada grupo, con una superposición enorme. Las diferencias entre los grupos son muy pequeñas, mientras que las diferencias dentro de los grupos son muy amplias. Sin embargo, nuestra atención siempre ha estado en las primeras, que son tan pequeñas que pueden no ser significativas. Que haya un número estadístico no significa que puedas coger una mujer o un hombre al azar y predecir su personalidad o el tamaño de su hipocampo.

A las defensoras del concepto de "neurosexismo" se les acusa de negar que existan las diferencias sexuales e, incluso, la propia biología. ¿Es cierto?

Soy neurocientífica, sería raro que negara la biología. Estoy de acuerdo en que existen las diferencias sexuales, el problema es que algunos aseguran que tienen un significado evolutivo y que por eso se han mantenido. Tenemos que preguntarnos cómo de significativas son [para explicar] las diferencias en logros y salud. Asumir que todo lo que necesitas saber de alguien es su género no te dará la respuesta correcta: el sexo influye, pero hay otros factores a tener en cuenta.

Sus críticos también aseguran que ustedes piden no investigar ciertos temas y, por lo tanto, censuran la ciencia.

 Me molesta mucho ese argumento porque yo no digo que no haya que estudiar las diferencias sexuales. No las negamos ni las consideramos una verdad incómoda. De hecho, son tan importantes que queremos llegar al fondo del asunto, asegurarnos de que las investigaciones son fiables y válidas, y que las preguntas e interpretaciones son rigurosas.

La batalla en curso [contra el neurosexismo] tiene un decepcionante nivel de mala comprensión sobre lo que hacen los científicos en cada bando. Es un debate importante y no solo académico: es sobre cómo la gente vive sus vidas y cría a sus hijos.

¿Es la salud mental uno de esos ejemplos en los que es importante estudiar las diferencias sexuales?

En la salud mental, depresión, desórdenes alimenticios y de autoestima hay influencias sociales muy poderosas. También puede ser que el cerebro de las mujeres sea más susceptible a estas influencias y de ahí vengan las diferencias, pero no surgen automáticamente. Emergen en el contexto de una sociedad muy dividida por géneros [que enfatiza] las diferencias sexuales. Las diferencias biológicas juegan un papel, pero no son solo genes y hormonas. También puede ser que la biología haya sido moldeada por los estereotipos, expectativas y experiencias.

Define a los psicólogos evolucionistas como "defensores del ‘statu quo’". ¿Es esto un problema en otros campos?

Es algo que sucede en la propia neurociencia, que en sus orígenes trabajaba partiendo del statu quo. La psicología evolucionista consiste en mostrar una diferencia sexual, como el instinto maternal o la agresión, y luego retroceder para decir que tiene un significado evolutivo y que se ha mantenido a lo largo del tiempo porque es importante. Así acabas diciendo que las mujeres prefieren el rojo al azul porque necesitaban recolectar bayas en el pasado, mientra los hombres escaneaban el horizonte en busca de mamuts. 

¿Buscamos excusas científicas para justificar decisiones políticas?

El argumento esencialista dice que todas estas brechas de género están basadas en diferencias naturales que no deberíamos cambiar. Quienes se benefician de las desigualdades piensan que habría que dejar las cosas como están, y hay evidencias que muestran que aquellos que creen en la existencia de diferencias biológicas fundamentales tienden a apoyar menos las iniciativas que fomentan la diversidad. Creen que si hay menos mujeres en ciencia o en los gobiernos así es como debería ser.

¿Cómo cambiar la visión de la sociedad en este tema? Llevamos años absorbiendo mala ciencia y titulares sensacionalistas.

A la gente le encantan libros como Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus porque sienten que reflejan su propia experiencia. Si hay datos que apoyan [las diferencias sexuales] y les dan algo de credibilidad científica es más probable que lo crean. No gusta oír que, en realidad, no son verdades universales sino algo que hemos construido en la sociedad. Necesitamos destacar las consecuencias negativas de los estereotipos y explicar que el mundo no tiene por qué ser así. Debemos explicar que somos más similares que diferentes: no somos ni de Marte ni de Venus, somos todos de la Tierra.

¿Qué papel juega en esto la educación?

La educación también es importante. En los primeros años de vida, cuando los cerebros son más absorbentes, [los niños] están más expuestos a estereotipos de género, desde la ropa a los juegos. Así empezamos a encaminar sus cerebros de formas diferentes. Debemos asegurar que todos puedan alcanzar su potencial. Pequeños cambios, como prohibir anuncios y juguetes que apoyen estereotipos de género, pueden ayudar.

Aun así, la gente me pregunta si alguna vez tendremos una sociedad neutral en cuanto al género, y me dice que va a educar así a sus hijos. Yo creo que el único camino hacia adelante es tener una sociedad en la que el género sea irrelevante, en la que este no decida cómo una persona puede contribuir a la sociedad, qué habilidades tiene y qué se le da bien o mal.

Muchos científicos critican que no se publiquen más resultados negativos. ¿Son los estudios de diferencias sexuales la punta del iceberg?

 Sí, y es algo que pasa en la ciencia en general. Diseñamos un estudio para demostrar la hipótesis de que hay diferencias entre los cerebros, y cuando no las encontramos pensamos que quizá hicimos algo mal y no lo publicamos. La ciencia debería compartir todo lo que encuentra. De lo contrario, quien ojee la literatura académica pensará que hay miles de estudios que muestran diferencias en el cerebro de hombres y mujeres, cuando hay muchos más que no se han publicado.

¿Nos fijamos demasiado en las diferencias 'per se', en vez de en sus implicaciones?

Completamente cierto. Hemos gastado millones en medir pequeñas partes del cerebro, pero no sabemos cómo las diferencias estructurales se traducen en diferencias de comportamiento. Podemos medir todo lo que queramos, pero nada de eso explica que haya más hombres jóvenes que se suicidan, mujeres jóvenes con desórdenes alimenticios, menos investigadoras, o más hombres en prisión. Podemos decir que hay una asociación, pero no sabemos realmente lo que significa. 

La ciencia superó hace décadas el debate entre naturaleza y crianza, ¿por qué parece haberse mantenido en la sociedad?

Esta vieja dicotomía refleja los inicios del feminismo, que sostenía que las mujeres deberían ser capaces de hacer cualquier cosa, y cualquier explicación biológica era una especie de conspiración para mantenerlas en su sitio. Por eso defendían ignorar la biología y centrarse en la crianza. La gente piensa así todavía porque no se dan cuenta de cómo el mundo moldea nuestro cerebro. No es naturaleza ni crianza: están enmarañadas, e intentar agarrarse a un lado u otro nos ha limitado siempre.

En los últimos años se escucha cada vez más que el sexo humano no es binario, ¿qué opina del tema?

Hasta los biólogos dicen que no deberíamos pensar en términos binarios rígidos porque sabemos que la distinción no es tan clara. Aunque aceptemos que hay un sexo biológico binario, eso no determina en absoluto cuál debería ser tu identidad de género. Además, [el género] es un proceso biológico, pero es mucho más flexible y multidireccional de lo que pensábamos. Deberíamos decir a la gente que su identidad está determinada por quién sienten que son, pero a veces existe una tensión por mantener la vieja dicotomía.

¿La mala ciencia ha afectado a la lucha por la igualdad de género?

Sí, es la base de la desigualdad de género porque históricamente se ha creído que [las diferencias sexuales] eran por motivos biológicos. Esto socava el progreso en muchas iniciativas, no solo de género. Centrarse en la biología puede ser un problema porque esta no funciona en el vacío: tienes que cambiar la cultura en la que se desarrolla para asegurar que los esfuerzos por igualar la brecha de género valen la pena.

Una de las preguntas que deja sin resolver en 'El género y nuestros cerebros' es la llamada paradoja de la igualdad, por la que aquellos países más igualitarios tienen menos investigadoras. ¿Por qué cree que sucede?

Es muy simplista decir que las mujeres no hacen ciencia porque prefieren a la gente, mientras que los hombres prefieren las cosas, como si hubiera una preferencia biológica predeterminada. Esto lleva a sugerir que no hay que molestarse con iniciativas para impulsar la diversidad. La autoestima es muy importante: dirige nuestro comportamiento y es un mecanismo de supervivencia casi tan fundamental como el hambre y la sed. Hay muchas formas en las que una cultura puede socavar la autoestima de una persona, y si una persona con habilidades puede escoger dónde usarlas, puede decidir evitar los sitios donde no va a ser reconocida, recompensada ni ascendida. Es un gran ejemplo de la paradoja por la que la sociedad culpabiliza al individuo sin mirar su propio papel en el comportamiento de este.

Por Sergio Ferrer

6 de septiembre de 2020 22:03h

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Simulación de una fusión de agujero negro binario.Foto Afp

 

Descubren la colisión de dos hoyos negros que creó uno nuevo de tamaño jamás visto // Tardó 7 mil millones de años en revelarse a la ciencia

 

Washington. Los agujeros negros no dejan de causar extrañeza, incluso a los astrónomos. Acaban de detectar la señal de una antiquísima colisión violenta de dos de ellos que creó uno nuevo de tamaño jamás visto.

“Es la explosión más violenta desde el Big Bang que haya observado la humanidad”, señaló Alan Weinstein, del Instituto Tecnológico de California y miembro del equipo que efectuó el descubrimiento.

Demoró 7 mil millones de años en revelarse a la ciencia: un agujero negro masivo de un nuevo tipo, fruto de la fusión de dos agujeros negros, fue observado directamente por primera vez gracias a las ondas gravitacionales, anunciaron ayer dos estudios.

Este hallazgo constituye la primera prueba directa de la existencia de agujeros negros de masa intermedia (entre 100 y 100 mil veces más masivos que el Sol) y podría explicar uno de los enigmas de la cosmología, esto es, la formación de estos objetos supermasivos presentes en varias galaxias, incluida la Vía Láctea.

¡Es una puerta que se abre sobre un nuevo paisaje cósmico!, se felicitó en rueda de prensa Stavros Katsanevas, director de Virgo, uno de los dos detectores de ondas gravitacionales que captaron las señales de este nuevo agujero negro.

Se trata de regiones del espacio tan densas que ni siquiera dejan escapar la luz. Los observados hasta ahora eran de dos tamaños en general. Unos son “pequeños”, llamados agujeros negros estelares, formados cuando se colapsa una estrella y su tamaño es alrededor del de una ciudad pequeña. Los otros son los supermasivos, millones o miles de millones de veces más masivos que el Sol, en torno de los cuales giran galaxias enteras.

Según estimaciones de los astrónomos, no tenía sentido que los hubiera de dimensiones intermedias porque las estrellas que crecían demasiado antes de colapsar se consumen sin dejar agujeros negros.

Según los científicos, el colapso de una estrella no podía crear un agujero negro estelar mucho mayor que 70 veces la masa de nuestro Sol, explicó Nelson Christensen, del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia.

Sin embargo, en mayo de 2019 dos detectores captaron una señal que resultó ser la energía de dos agujeros negros estelares –cada uno de ellos demasiado grande para ser un estelar– que chocaban entre sí. Uno tenía 66 veces la masa de nuestro Sol y el otro 85 veces.

Resultado de ello fue el primer agujero negro intermedio que se haya descubierto con 142 veces la masa del Sol.

En la colisión se perdió una enorme cantidad de energía bajo la forma de una onda gravitatoria, que viaja por el espacio a la velocidad de la luz. Esa es la onda que captaron el año pasado los físicos en Estados Unidos y Europa por medio de detectores llamados LIGO y Virgo. Tras descifrar la señal y verificar el trabajo, los científicos publicaron los resultados este miércoles en las revistas Physical Review Letters y Astrophysical Journal Letters.

Debido a que los detectores permiten captar las ondas gravitatorias como señales de audio, los científicos pudieron escuchar la colisión, que por ser tan violenta y dramática, duró apenas una décima de segundo.

“Suena como un golpe sordo, no como gran cosa en un parlante”, concluyó Weinstein.

(Con información de Afp)

Comidas ultraprocesadas y refrescos favorecen el envejecimiento biológico

Análisis revela que el consumo frecuente de esos alimentos acorta una estructura protectora del patrimonio genético

 

París. Los alimentos industriales ultraprocesados, como algunas comidas preparadas, galletas, refrescos o hamburguesas, son baratos y fáciles de usar pero, según varios investigadores, favorecen el envejecimiento biológico si se consumen con frecuencia.

El estudio, que ha medido un marcador del envejecimiento biológico, la longitud de componentes genéticos llamados telómeros, en 886 españoles de más 55 años, considerando su consumo diario de esos alimentos, sugiere que una mala dieta puede hacer que las células envejezcan más rápido.

Los participantes, divididos en cuatro grupos, desde los grandes consumidores de alimentos ultraprocesados (tres o más por día) hasta los más moderados (menos de dos), dieron muestras de saliva, que se analizó genéticamente, y comunicaron su consumo diario de alimentos.

La ciencia ya determinó una relación entre estos alimentos ultraprocesados, en su mayoría demasiado grasos, dulces y salados, con enfermedades como la obesidad, la hipertensión, la diabetes y algunos cánceres.

Los grandes consumidores de estos alimentos (más de tres porciones o platos al día) casi duplicaban el riesgo de tener telómeros cortos en comparación con los que consumían menos, según el estudio presentado en el Congreso Europeo e Internacional sobre la Obesidad que se celebra en línea desde ayer y hasta el 4 de septiembre.

Los telómeros son estructuras protectoras que preservan la estabilidad y la integridad de nuestro patrimonio genético y, por tanto, del ADN necesario para el funcionamiento de cada célula del cuerpo. Cuando envejecemos se acortan porque cada vez que una célula se divide pierde una pequeña porción de ellos.

Este fenómeno se repite dando lugar a la senescencia o envejecimiento biológico de las células, que entonces dejan de dividirse y de funcionar normalmente.

La longitud de los telómeros se considera un marcador de la edad biológica a nivel celular.

Se necesitan más estudios para confirmar estas observaciones, según los autores, antes de que se pueda afirmar que hay una relación causa-efecto.

Los alimentos ultraprocesados suelen contener aromas, colorantes, emulsionantes y productos manipulados (aceites hidrogenados, almidones modificados).

Los participantes que más alimentos ultraprocesados consumían eran más susceptibles de tener antecedentes familiares de enfermedades cardiovasculares, diabetes y grasas sanguíneas anormales, y de picotear más entre las comidas.

También consumían más grasas, grasas saturadas, comida rápida y carnes procesadas, así como menos frutas y verduras.

El estudio, llevado a cabo por Lucía Alonso-Pedrero y sus colegas bajo la dirección de Amelia Martí, de la Universidad de Navarra (Pamplona, España), fue publicado en el American Journal of Clinical Nutrition.

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