¿Qué peligro supone el nuevo coronavirus y qué lo diferencia de los letales virus SARS o MERS?

El virus 2019-nCov pertenece al mismo grupo de los que causaron las epidemias de SARS o MERS, y que ocasionaron miles de muertes en todo el mundo

Sin embargo, hay diferencias entre ellos: el SARS provocaba la muerte al 9,6% de infectados y el MERS al 34%, mientras la mortalidad de este coronavirus ronda el 3%

Si no se toman medidas de prevención para evitar su expansión, el coronavirus puede terminar afectando a millones de personas, como ocurre con la gripe: entre 290.000 y 650.000 personas mueren cada año en todo el mundo por gripe común

El nuevo coronavirus, que se expande por China a pesar de las drásticas medidas tomadas por las autoridades del país, mantiene vigilantes a expertos en salud pública y microbiólogos. El virus 2019-nCov es una nueva cepa de coronavirus que hasta hace apenas unos meses no se había detectado en seres humanos. Como ha sucedido en otras muchas epidemias anteriores, este virus se había limitado a infectar a una determinada especie animal (aún se desconoce cuál), hasta que dio el salto a humanos cuando se dieron las circunstancias adecuadas para ello. Es la tercera vez que un coronavirus salta de animales a seres humanos desde el año 2003.

Pese a la gravedad con la que diferentes medios de comunicación narran esta epidemia, no hay razones para el alarmismo, pero sí para que los especialistas en enfermedades infecciosas mantengan un estrecho estudio, seguimiento y control de este virus. Múltiples organizaciones sanitarias a lo largo del mundo (OMS, CDC, Cruz Roja...) cuentan con planes y directrices definidos para actuar frente a una posible pandemia por virus respiratorios. No es algo fruto del capricho: la gran cuestión no está en saber si ocurrirá o no una gran pandemia en el futuro, sino en saber cuándo ocurrirá para actuar de la forma más eficaz posible.

Múltiples virus respiratorios como los virus de la gripe o los coronavirus tienen el potencial de provocar graves epidemias debido a que, de vez en cuando, aparecen nuevas cepas de virus que resultan totalmente nuevas para nuestro sistema inmunitario. Existen dos mecanismos principales que llevan a que esto ocurra cada cierto tiempo: las mutaciones constantes que sufren estos virus y la recombinación genética entre virus de distinta subespecie (virus diferentes que se mezclan entre ellos). Por otro lado, la vía respiratoria favorece la transmisión de estos nuevos virus, especialmente en lugares densamente poblados, lo que incrementa el riesgo de grandes epidemias. El resultado son epidemias como la gripe española en 1918, la gripe aviar, el SARS (Síndrome respiratorio agudo grave) en 2003 o el MERS (Síndrome respiratorio de Oriente Medio) en 2012.

Parecidos, pero con diferentes efectos

La aparición de un nuevo virus que afecta por primera vez a humanos justifica la aplicación de medidas sanitarias prudentes y un cuidadoso estudio y seguimiento. En un panorama globalizado donde los viajes internacionales son muy frecuentes, las probabilidades de pandemias se incrementan. Además, debido al desconocimiento inicial sobre la capacidad de los virus para transmitirse entre las personas y causar graves enfermedades y muertes, las autoridades sanitarias deben actuar contemplando escenarios inciertos. Sin embargo, cada nuevo virus que aparece en el ser humano puede mostrar una capacidad para expandirse y matar muy diferente.

Aunque el actual virus 2019-nCov pertenece al mismo grupo de virus de ARN que causaron el SARS o el MERS y provoca también neumonía, hay grandes diferencias entre ellos. De hecho, los análisis genéticos del virus de Wuhan indican que presenta importantes diferencias genéticas con el SARS (un 20%) y el MERS. Esto explicaría, por un lado, por qué los síntomas que provoca el nuevo coronavirus son un poco distintos de los coronavirus anteriores. El virus 2019-nCov, por ejemplo, rara vez provoca síntomas intestinales o moqueo nasal.

Los datos revelan que la capacidad para contagiar del nuevo coronavirus es limitada. Las actuales estimaciones sobre a cuántas personas podría transmitir el virus una persona infectada (R0) están en discusión y van desde 1,4 hasta 5,47 personas. En comparación, el MERS tenía un R0 menor a 1 y el SARS de 2-5.

Otro factor clave diferente entre el virus 2019-nCov y los otros coronavirus es su letalidad. El SARS provocaba la muerte al 9,6% de las personas infectadas identificadas y el MERS, al 34%. En estos momentos las cifras de mortalidad asociada a la infección por el nuevo coronavirus fluctúan bastante, pero se estima que se encuentran entre el 2 y el 3%. Se trata de una mortalidad muy baja en comparación con otras epidemias de nuevos virus respiratorios.

Además, la práctica totalidad de las personas que han fallecido por el virus se encontraban en grupos de riesgo: ancianos, niños de corta edad, individuos con diferentes enfermedades (inmunodepresión, bronquitis crónica...). Hasta el 28 de enero se han registrado 4.515 casos confirmados de coronavirus (los casos reales y no documentados son mucho mayores) y al menos 106 muertos.

Por el momento, la OMS todavía no ha declarado la emergencia internacional, pero muchos esperan que lo haga en los próximos días debido al goteo de casos de coronavirus fuera de China, en países como Francia, Estados Unidos o Australia.

Declarar emergencia no significaría que el virus 2019-nCov es más peligroso de lo que pensábamos, sino que constituye un riesgo nuevo para la salud pública de diferentes países debido a su propagación internacional y por ello requiere una respuesta internacional coordinada. No hay que olvidar que, por muy baja que resulte la mortalidad asociada a un virus, si no se toman medidas de prevención para evitar su expansión, puede terminar afectando a millones de personas. Esto es lo que ocurre con el virus de la gripe cada año sin que la población se alarme (entre 290.000 y 650.000 personas mueren cada año por la gripe), por la sencilla razón de que estas cifras de muertos forman parte de la rutina.

Por Esther Samper

27/01/2020 - 21:29h

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Martes, 28 Enero 2020 06:18

Filosofía de la salud

Filosofía de la salud

El capitalismo, sus médicos y sus medicamentos

 

Una sociedad enferma se lucra incluso con las enfermedades
 
Mientras la salud (o las enfermedades) de los pueblos sean un negociado de mercachifles en el que estén prendidos como vampiros muchos laboratorios, universidades, instituciones gubernamentales, hospitales y médicos... mientras existan personas y pueblos enteros sin seguridad médica... mientras reinen los hábitos y las manías patológicas que inoculan las mafias publicitarias en contra de la salud pública... viviremos una injusticia monstruosa que se ha naturalizado como parte del decorado miserable de las sociedades divididas en clases. Todos los días, durante las madrugadas, las filas de personas a las puertas de los hospitales, en espera de una consulta, padecen listas enromes de violaciones a los derechos humanos mientras, por ejemplo, la industria farmacéutica (13 de los 20 más voraces) instalada en Puerto Rico, recibe beneficios fiscales caimánicos y mueve saludables fortunas en el orden de 60 000 millones de dólares.
 
El capitalismo entrena a los médicos, a las enfermeras y a los trabajadores de la salud como se entrena a un ejército de mercenarios vendedores de análisis cínicos, estudios diagnósticos, cirugías, medicamentos y terapias. Las materias y reflexiones humanísticas, la conciencia social, brillan fulgurosamente por su ausencia y precariedad. Les uniforman las cabezas con aspiraciones y sueños burgueses (estereotipados hasta las náuseas) para que exhiban impúdicamente su lealtad convenenciera a los negocios de dueños de los laboratorios que ya antes entrenaron a sus jefes. “Pfizer es actualmente la mayor compañía farmacéutica, y se reporta 45 mil millones de dólares de rentabilidad. Las empresas multinacionales entre ellas Glaxo Smith Kline, Merck & CO., Bristol-Myers Squibb, AstraZeneca, Aventis, Johnson & Johnson, Novartis, Wyeth y Eli Lilly, acapararon el 58,4% del mercado alrededor de 322 mil millones de dólares en ganancias”.1
 
Hay que ver los desplantes de prepotencia y petulancia que pasean muchos jefes de sección, de guardia, de departamento... en cada clínica, hospital o laboratorio frente a las enfermeras, los estudiantes y los trabajadores que deben aprender primordialmente a convertir su humillación en buenas calificaciones, diplomas, nombramientos especiales o premios... como la asistencia a congresos, la publicación de “papers” y los regalitos de los laboratorios. No nos asustan, ni silencian, los medicuchos que se envuelven con enjambres terminológicos y estadísticos par inmolarse en el reino de la erudición archi-especializada y donde no sólo no se aceptan las denuncias más obvias sino que éstas son vistas como desplantes de “mal gusto”. De esos bonzos demagogos, tecnócratas y burócratas, están repletas las academias y asociaciones de especialistas... y muchos hospitales. No todos, claro... claro. Pero. Muchos estudiantes son adiestrados con excelencia “técnica” para sustentar la servidumbre de clase que justifica el negocito y justifica también algunas dádivas de la filantropía médica que, con su ética mesiánica, beneficia a algunos pobres en hospitales para pobres y con burocracia para pobres.
 
¿Es esto muy exagerado?
 
Los médicos, las enfermeras y los trabajadores de la salud suelen ser amaestrados para que adopten, como suyas y originales, ideas reaccionarias y conductas mediocres. Su heroicidades se reduce a ser serviles y mansos con el negocio y llevar al reino de su individualismo las glorias de las cuentas bancarias y los bienes terrenales. Su heroicidad tiene por alma mater una vanidad inmisericorde entrenada diariamente en el campo de concentración a que someten a sus “pacientes” y a los familiares de ellos. Muchos “doctorcitos” se hacen pagar su magnanimidad con agradecimientos eternos, y halagos, gracias a extorsionar a todo mundo con el viejo truco de regatear información, hablar con tono didáctico y condescendiente, jugar a que el tiempo nunca les alcanza y sacarse de la manga soluciones milagrosas. Muchas bajo el método de la escopeta... algún perdigón le pegará a la perdiz. Cuantos más medicamentos ensayen... mejores regalitos mandarán los laboratorios. Existe un ranquin internacional de premios en hoteles, líneas aéreas y merchandising variopinto. Lo aprenden los médicos, las enfermeras y los trabajadores de la salud desde las primeras lecciones.
 
Sueñan con infectarnos la vida con saliva de burócratas serviles a la carnicería neoliberal son “doctores” de inoculados de epidemia usurera entre los mercados farmacéuticos caldo infecto de la demagogia neoliberal el peso de la miseria y el crimen, el hambre, el desempleo, la injusticia galopante. Nosotros lo pagamos. Ellos se autonombran “doctores” para esconder su prepotencia y suficiencia de ignorantes funcionales indolentes a la miseria, desnutrición, hospitales destruidos, escuelas desvencijadas, podredumbre y hediondez a diestra y siniestra. Depresión, mal humor, desesperanza, hartazgo, tristeza, melancolía rabia... furia... odio. Cansancio y soledad, trabajadores humillados. Ancianos victimados con indolencia... enfermos carcomidos por la burocracia. Los niños miran atónitos el futuro que les heredamos. Es una Monstruosidad. Vivimos infestados de negligencia. Los más pobres están más desprotegidos, no están bien alimentados, no pueden ir al doctor, imposible pagar medicamentos y en general no tienen posibilidad de atender su salud. No es poca cosa.
 
Nosotros sabemos que la guerra contra la medicina corrupta debe ser una guerra contra el capitalismo, también. El negocio de los laboratorios farmacológicos ha sacado una tajada monstruosa. Y no hemos visto lo peor. Sabemos que las corporaciones fabricantes de medicamentos son dueñas de la seguridad de miles o millones de personas. Reina el cinismo. Sabemos que la crisis sanitaria expresa la irracionalidad capitalista. Los monopolios imponen sus negocios como si fuesen políticas de salud e imponen condiciones de mercado para especular con medicamentos y precios. Son dueños de la salud de millones de seres humanos.
 
¿Y el pensamiento ético en materia de salud?
 
Está claro que la pachanga obscena de comerciar con las enfermedades, al alcanzar sumas millonarias en cualquier moneda, requiere gerentes gubernamentales encargados de legalizar la tranza e idear mecanismos creativos para sacarle más jugo a las víctimas. Por eso construyen hospitales cuyo sello de clase garantiza un modelo de consumo perfecto para el nivel de corrupción alcanzado por los “doctorcitos” y sus compinches. Por ejemplo construyen hospitales para consumir los mil y un productos que, encarecidos a precio de gobierno, mejor convengan a las empresas proveedoras; por ejemplo gastarán a manos llenas los impuestos de los pueblos para congraciarse con empresas fabricantes de aparatologías y artículos de toda índole, para, recurrentemente, tapizar la ruta de las entregas con diezmos a granel para los intermediarios; por ejemplo pondrán salas de espera, quirófanos, habitaciones, pasillos, oficinas y salas de urgencias... al servicio de la lógica “fordista” aplicada a la atención médica. Todo esto tributario de desentenderse rápido de los “pacientes” para que no engorden los gastos que pudieran amenazar la pachanga de las corruptelas. Hoy, en la obscenidad extrema del sistema de corrupción médica, los pacientes son obligados a llevar a los hospitales sus sábanas, tenedores, agua, vendas y bacinicas... no hay muchos médicos protestando por eso.
 
Muchos médicos, y sus compinches, gustan de celebrar cifras de eficiencia y atención a los pacientes. Se embriagan en estadísticas exitosas que desbordan gráficas powerpoint, libros, tratados y enciclopedias. Si cada página editada con guarismos triunfalistas implicara a una persona atendida con eficiencia... no habría crisis sanitaria en el mundo. Y la medicina habría dejado de ser una industria burguesa para ser un derecho socialista inalienable.
 
En la cúspide del alma mater en los médicos medicamentalizados (es decir con la mente puesta en ayudar a vender medicamentos muchos de ellos innecesarios) están los laboratorios farmacéuticos anudados todos en una red multinacional de inversionistas que, cómo en todo comercio, rigen sus tareas por las leyes capitalistas de la oferta y la demanda. ¿Nos sorprendería saber cuántas veces han inventado epidemias, pandemias y contagios para hacer circular millones de vacunas, jeringas, pastillas, cremas o ungüentos? La base material capitalista de esta industria mundial sustenta una cúspide ideológica -metodológica- vestida de “ciencia” en la que se han protocolizado operaciones técnicas con operaciones financieras donde los que ganan son los dueños del negociado. ¿Se ofenderán mucho con este retrato?
 
¿Es poco filosófico?
 
No son pocos los médicos que viven de mentir y de mentirse. Fabrican fantasías y explicaciones desopilantes para ganar la “confianza” de sus pacientes-clientes. Si hubiese una colección mundial sobre las fantasías inventadas por muchos médicos sobre el comportamiento del organismo humano, y su relación con los químicos prescritos, tendíamos una enciclopedia del horror monumental. La “filosofía” burguesa de la “industria de salud” ha producido durante su historia un monstruo insaciable enredado con las más deplorables anécdotas de corrupción e impunidad. Lo que menos les importa es la erradicación de las enfermedades porque tal cosa disminuye los ingresos farmacéuticos. No importa que muchos de los productos “médicos” (de quirófanos, farmacias, hotelería hospitalaria y toda la parafernalia) no tengan eficacia probada... lo importante es cubrir las metas mensuales en materia de ventas y cobros. Es esa su “filosofía” y punto.
 
Su “filosofía” no se compromete con una lucha efectiva contra las enfermedades que agobian a los trabajadores, lo que importa son las regalías y el secuestro de las patentes para gozar de exclusividad en el usufructo de una enfermedad y más si se vuelve epidemia. Sin importar (hay casos de infamias insondables) cuán tóxicas sean para las personas las medicinas, las operaciones o los tratamientos, ni sus consecuencias colaterales, las enfermedades asociadas ni la muerte (que el capitalismo también ha convertido en negocio)
 
Su “filosofía” también consiste en invertir millonadas, para esconder bajo el tapete, los planes de negocios relativos a la investigación que ellos llaman “científica”. No es el bien social lo que determina inversiones ni lo que determina las políticas sanitarias... es descarnadamente, la búsqueda de beneficios financieros privados para un puñado de monopolios alcahueteados por los gobiernos serviles. Si para eso hay que manipular y falsificar datos, si para eso hay que publicar revistas, organizar congresos y entregar “premios nobel”... no se detendrá una industria tan pesada. No tendrá pruritos metodológicos o morales, una industria deshonesta que se disfraza con la palabra Ciencia para esconder su “filosofía” de los negocios.
 
La lista de ligerezas y errores con que se maneja la fabricación industrial de medicamentos es enorme. Hay denuncias y debates que generalmente se esconden porque afean el panorama. La industria farmacéutica tiene controles sobre la inmensa mayoría de publicaciones especializadas y las revistas de divulgación científica. La industria farmacéutica gasta fortunas en publicidad y en regalos para sus médicos favoritos. Se trata de una dictadura del negocio farmacéutico.
 
Los médicos son la tercera causa de muerte en los EE.UU.: causan 250.000 muertes por año.2 No todos, claro, no todos.
 
¿Está todo tan mal?
 

Contamos con Cuba, por ejemplo. Algunas tareas indispensables para superar las patologías generadas por la industria médico-farmacéutica del capitalismo deberían pasar a estas horas por la expropiación, sin pago, y bajo control obrero, de todo el negociado obsceno que hoy deambula impunemente por el mundo. No hay alternativas. El capitalismo es un delito3 y una maquinaria infernal de producir crisis ecológica, enfermedad y muerte. A estas horas es preciso reformular todas nuestras concepciones teórico-metodológicas en materia de salud y de políticas socialistas de salud. Aprovechar los mejores logros, los que son realmente útiles y liberarlos de las garras del capitalismo. Reformular nuestras ideas y preconcepciones sobre el organismo humano sus interdependencias con la naturaleza toda, su desarrollo y su situación actual. Reformular la investigación científica y los principios mismos de la actividad médica adaptados a la realidad concreta y las urgencias de esta etapa. Transformar los modelos de enseñanza y la educación médica en todos sus niveles. A estas horas es inexcusable garantizar la salud y los servicios en condiciones que permitan soberanía política en políticas concretas, democracia médica revolucionaria, erradicación del rezago médico y de las enfermedades de la pobreza. Prevención socialista y planificación, educación y la cultura de la salud, empleo digno para los trabajadores de la seguridad social... afincar una Filosofía socialista de la salud que privilegie la vida digna como un derecho concreto e inalienable. Vincular el problema de la salud con la preservación de los ecosistemas. Garantizar condiciones materiales de existencia, justas y democráticas. Los más avanzados descubrimientos de la medicina no pueden ser propiedad privada de un puñado de capitalistas. El movimiento obrero debe exigir su nacionalización inmediata al lado de la nacionalización de los grandes bancos, los latifundios y los monopolios que someten nuestras vidas a la dictadura del Capital. Sólo una economía socialista planificada racionalmente podrá desarrollar la riqueza de los conocimientos en materia de salud para ponerlos realmente al servicio de la humanidad y su desarrollo. Eso será realmente curativo.

Por Fernando Buen Abad Domínguez

Rebelion

Notas

 
1      http://www.militante.org/medicinas-laboratorios-monopolios-y-nuestra-salud
 
2      http://www.bibliotecapleyades.net/ciencia/ciencia_industryweapons02.htm
 
3      Antonio Salamanca http://www.aporrea.org/ideologia/a97634.html

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La diferencia entre las proteínas animales y las vegetales en la salud

Varios estudios han descubierto que la composición y el origen de las proteínas no influyen en sus efectos para la salud

¿Cuáles son mejores, las proteínas animales o las vegetales? Habrá quien diga que las proteínas vegetales son incompletas, y de peor calidad biológica, y quien argumente que las proteínas animales causan enfermedades. Los estudios han comprobado que ambas partes en conflicto se equivocan.

La calidad de las proteínas se mide  como la cantidad efectiva de aminoácidos que pasan a a sangre y se incorporan a tus células después de comer alimentos con proteínas. Desde hace décadas se usa el valor biológico, que resulta de restar el nitrógeno total excretado del nitrógeno ingerido para saber cuánta cantidad de proteína se ha desaprovechado.

Según el valor biológico, la proteína de suero de leche se absorbe en un 96%, mientras que las proteínas del tofu solo llegan al 64%. La explicación tradicional es que a la mayoría de los alimentos de origen vegetal les falta alguno de los nueve aminoácidos esenciales (la quinoa es una excepción), mientras que todas las fuentes de proteínas animales son completas. Si falta un aminoácido, la síntesis de proteínas en las células se detiene: es como si faltara una pieza de LEGO para completar la casa.

En efecto, la falta de un aminoácido es un cuello de botella, pero nuestro organismo tiene formas de superarlo. Se ha visto que, como adaptación evolutiva, podemos reciclar y conservar los aminoácidos en espera de que lleguen los suministros que faltan. Por ejemplo, a las lentejas casi no contienen los aminoácidos cisterna y metionina. Pero si más tarde tomas arroz o avena, que sí los tienen, completarás el puzzle. 

Por este motivo, comer más cantidad de proteínas, aunque sean incompletas, mejora la absorción. Teniendo en cuenta esto, la OMS ha cambiado de sistema de medida de la calidad de las proteínas para usar el índice PDCAAS (Protein Digestibility Corrected Amino Acid Score, Puntuación de aminoácidos corregida por la digestibilidad de las proteínas) que identifica qué aminoácidos son verdaderamente limitantes.

Por ejemplo, al arroz le falta el aminoácido lisina. Las personas en países en desarrollo que se alimentan únicamente de arroz sufren diarrea e inflamación de las mucosas. La deficiencia de lisina también puede afectar a algunas personas que siguen una dieta vegana, pero se corrige aumentando la ingesta de legumbres, semillas y frutos secos.

Las proteínas animales y la diabetes

Una dieta con más proteínas tiene muchas ventajas para perder peso y mantener la salud. Sin embargo, los estudios de poblaciones indican que el consumo elevado de proteína animal está asociado a una mayor incidencia de diabetes tipo 2, mientras que las proteínas vegetales no.

Una posible explicación es que las proteínas animales tienen una concentración más alta de aminoácidos ramificados (BCAA, leucina, isoleucina y valina) y sulfurosos (metionina y cisteína) que las vegetales. El consumo elevado de BCAA está asociado con la diabetes, aunque esto no quiere decir que sea la causa. Al revés el consumo de isoleucina aumenta la sensibilidad a la insulina. Un menor consumo de recudir los BCAA y la metionina puede aumentar la longevidad, pero a cambio, reducir las proteínas acorta la vida

Para deshacer este entuerto se hizo un estudio clínico aleatorio con personas diabéticas. Todas tenían una dieta con un 30% de proteínas, 30% de grasa y 40% de carbohidratos, pero un grupo obtenía las proteínas de la carne y los lácteos, y el otro de proteína refinada de guisante.

¿Por qué proteína concentrada de guisante? Para eliminar la posible influencia de los efectos beneficiosos de la fibra y los antioxidantes de las plantas en las verduras y hortalizas. Al final del experimento no había diferencias entre los dos grupos en la sensibilidad a la insulina, tensión arterial, colesterol, triglicéridos, glucosa ni marcadores de inflamación. La composición de los aminoácidos de las proteínas no tiene influencia.

En realidad, todas las proteínas se descomponen en aminoácidos durante la digestión, y tu cuerpo no es capaz de distinguir si un aminoácido viene de una lenteja o de un muslo de pollo. Como hemos visto, comer plantas nos beneficia de otros modos.

Por Darío Pescador

27/01/2020 - 21:20h

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Lunes, 27 Enero 2020 06:57

Clima e incertidumbre radical

Clima e incertidumbre radical

El cambio climático y la amplia relación entre las actividades humanas y la naturaleza es hoy un factor político de primera línea. Involucra la vida misma de los seres vivos y la organización de las sociedades dentro de la complejidad en que ahora las conocemos.

Tomemos a la naturaleza de modo general, como el mundo material, incluidos, por necesidad, los seres humanos. Y consideremos el medio ambiente precisamente como el elemento en que existen personas, animales, plantas, recursos y cosas. Éste considera las interrelaciones de los seres vivos y su entorno, de donde se desprende la noción del ambiente.

Se trata, pues, del espacio, próximo o distante, del ser humano y sobre el que éste actúa, pero que, sin duda, repercute a su vez sobre él. Este proceso determina de maneras diversas su modo de vida, su misma existencia. Igualmente, define la configuración de la sociedad, las formas del gobierno y las manifestaciones del poder.

Hay una dinámica de retroalimentación entre los fenómenos naturales y los que se denominan antrópicos, es decir, los que están producidos o modificados por la actividad humana.

Las formas de organización social y su propio desarrollo modifican constantemente el sistema, como sucede, por ejemplo, de modo directo con la tecnología, las leyes y las normas, los patrones de las inversiones, el acceso tan diferenciado a los recursos. La sociedad, entonces, participa como causa y consecuencia de modo constante, ya sea en términos inmediatos o en el mediano y largo plazos.

En la disputa actual sobre las condiciones del medio ambiente y sus manifestaciones se ponen de relieve diferentes modos de aproximarse al problema, entre ellos el que se deriva del conocimiento científico, el que surge de las ideologías, el que tiene que ver con los negocios, los intereses económicos y la rentabilidad del capital y también el asociado con la pura rapiña.

El conflicto es la marca de los debates sobre el cambio climático. Es cada vez más evidente, como pudo verse recientemente en la reunión de la élite mundial en Davos. Ahí están las declaraciones de Donald Trump, quien llamó "profetas de la fatalidad" a los que sostienen la alarma ambiental y, según dice, predicen el apocalipsis.

Nada lo conmueve: pérdidas de vidas, incendios masivos, inundaciones, tormentas, especies que pueden extinguirse, destrucción de ríos y océanos. No tiene duda alguna sobre la cuestión ambiental. No sospecha.

Ofrece que su país está comprometido a "conservar la majestuosidad de la creación de Dios y la belleza natural de nuestro mundo". Al mismo tiempo promueve la industria del carbón, el fracking para aumentar la extracción de gas y petróleo del subsuelo y se retira del Acuerdo de París sobre el cambio climático, firmado a finales de 2015.

En el proceso del crecimiento económico y los patrones prevalecientes de la generación de ganancias, basados en el uso de las fuentes convencionales de energía, como los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas que generan dióxido de carbono y otros de los denominados gases invernadero), está situada la parte esencial de la disputa sobre el cambio climático global y la resistencia a una transición más acelerada de las fuentes de energía.

El secretario del Tesoro de Estados Unidos dejó muy clara la postura de su gobierno y la que sostienen muchas grandes empresas. Calificó de inviables las medidas que se exponen en torno a las fuentes alternativas de energía. Afirmó que el acceso a energías más baratas es más importante para el crecimiento que invertir en tecnologías verdes.

Con respecto a los modelos existentes de transición energética dijo que no debemos engañarnos, pues no hay manera de modelar los riesgos climáticos en un horizonte de 30 años con suficiente nivel de certeza. Añadió que la economía mundial depende del acceso a costos razonables a las fuentes de energía en las próximas dos décadas para crear empleos y el crecimiento de la economía.

Certidumbre no hay, en efecto, sobre la evolución del cambio climático, pero sí hay tendencias observables y hechos concretos que no pueden despreciarse. En este caso, el secretario del Tesoro y funcionarios y políticos en todas partes habrían de adoptar, necesariamente, la perspectiva de la incertidumbre radical.

Esta idea expresa que no sólo no sabemos lo que va a pasar, sino que además es limitada la capacidad para describir lo que podría pasar. Esto lleva a distinguir el riesgo, que puede abordarse mediante la aplicación de las probabilidades, de lo que puede llamarse incertidumbre real a la que no puede aproximarse de tal manera.

Un asunto que no puede dejarse de lado es que cualquier transición energética impone costos y exigencias tecnológicas de muy distinto tipo. Obviamente, no todos los países pueden soportar tales costos y demandas de la misma manera. Dicha transición puede significar la creación de condiciones de una creciente distancia en materia de crecimiento y desarrollo.

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Crisis climática "Es un momento crucial por la inacción frente a la crisis climática, más incluso que por el ascenso del neofascismo"

La historiadora Jo Guldi apunta como los tres mayores retos securitarios la crisis climática, la desigualdad económica y la falta de gobernanza global en el marco del congreso 'La Era de la (In)Seguridad' organizado por el Common Action Forum.

 

La historiadora estadounidense Jo Guldi participó en el debate Amenazas contra los Derechos Humanos en la Era de la (In)Seguridad, organizado por Common Action Forum (CAF), junto al ex magistrado Baltasar Garzón y la concejala de Más Madrid Maysoun Douas y expuso que, como planea su libro Manifiesto por la historia, el pensamiento de largo plazo está en crisis y el cortoplacismo de ciclos electorales es incapaz de afrontar los tres mayores desafíos: el cambio climático y la desigualdad económica –que generan oleadas migratorias– y la falta de gobernanza global. "Temas de seguridad", sentenció.

En la radiografía que hace Guldi hoy, a diferencia del 1945 en que se fundó la ONU, los gobiernos y estados están en crisis frente al alza de tecnología, finanzas y banca. Es un momento histórico crucial, "la tormenta perfecta", alerta Guldi. "Más incluso que por el ascenso del neofascismo, por la inacción frente a la crisis climática".

Algo que, en su opinión resulta de tres tormentas menores: la brecha generacional que hace que quienes no vivirán el desastre se resistan a esforzarse; la brecha norte-sur donde el Primer Mundo explotador de combustibles y fuerza de trabajo del Tercero no impulsa su desarrollo y, por último, la corrupción de instituciones que priman el beneficio económico. "¿Cómo no preservar el bien común cuando la vida depende de ello?", se pregunta.

Según Guldi la lista de instituciones corruptas es larga: los partidos y estados, pues se permite que empresas les financien y determinen sus políticas; los bancos centrales en Latinoamérica y Europa “que no siguieron el modelo de la reserva federal americana de proteger empleo y contener inflación”; el sistema de impuestos porque las élites llevan sus fortunas a guaridas fiscales mientras se aplican política austericidas; la educación pública en el mundo desarrollado, financiada por empresas como petroleras “que adoctrinan en el milagro económico del fracking”, y hasta la ciencia climatológica porque “no es generosa compartiendo datos y no ha inventado mecanismos que permitan a ciudadanos controlar el entorno con responsabilidad”. 

“¿Acaso el sistema universitario prepara a los estudiantes para la crisis climática, para ser críticos con el Estado o dar respuesta a los refugiados? No”, resuelve esta profesora Asociada en la Southern Methodist University.

La historiadora mira con añoranza el 1974 que ve año culmen de la ONU como protectora de la cultura y el desarrollo mundiales “antes de que cediera peso al banco mundial quien usa a los estados en defensa de los intereses de EEUU y el dólar”. En esos 70 “la ONU contrataba a ingenieros agrónomos para asesorar a pequeños agricultores del mundo en cómo defender sus prácticas agrícolas que, si queremos reducir las emisiones de carbono, no deben ser solo el pasado, sino el futuro”, rememora la autora del ensayo Long Land War (Larga guerra por la tierra).

Perversión del lenguaje

Otra corrupción que ataca los derechos humanos es, para Guldi, lingüística, “pues se habla de "democracia" para justificar ataques y, vía medios de comunicación, el poder nos envuelve en discursos de ‘seguridad’ cuando estamos legando a nuestros hijos una era de anarquía y quizá conflictos si muchos llegan a pensar que este no es un mundo en que merezca la pena vivir, sino luchar”.

Guldi propuso a la asamblea progresista de CAF “crear un diccionario del mal, que desenmascare las palabras corrompidas y restablezca el sentido frente al ruido”.

Motivos de esperanza

Jo Guldi declaró a Público, que no es optimista porque el cambio de mentalidad y discurso necesario “puede tardar sesenta años y, en cambio, en diez ya el desastre climático será irremediable y gran parte de la humanidad morirá”.

Cumbres de la ONU como la de Madrid “se celebran desde 1962 pero jamás afrontan quién detenta la propiedad de tierra y agua y cómo eso genera desplazamientos masivos cuando los derechos humanos tener agua, tierra y aire para subsistir sin huir”. Reivindica el Estado nación, “herramienta creada para evitar la conflictividad y proteger”, las instituciones “útiles frente al caos”, y una gobernanza responsable global “que tras los años 70 no hemos conocido”.

“Si los gobiernos no despiertan y se comprometen no resolveremos los desafíos”, insiste. “Los estados se tienen que adaptar a los mercados, para que haya una economía verde, con energías renovables, sin trabajo infantil”. “Quizá sea una causa perdida de no ser por…” y enumera factores esperanzadores:

En primer lugar, la implicación cívica que “frente a la parálisis de EEUU donde seguimos aplicando categorías de la guerra fría” siga el modelo de asambleas civiles creadas en 2016 de Irlanda o foros como CAF para articular unas Naciones Unidas ciudadanas, que extienda una red de reuniones por el planeta.

Y en segundo lugar, las posibilidades democráticas de la gestión de macro-datos (Big Data). Guldi, hija de programadora informática, aprendió a programar con diez años, el instituto lo dejó para volcarse “en materias más exigentes” como las lenguas muertas, la geografía humana, crítica teórica y la deconstrucción y, “tras comprobar que todos aprendieron a programar, pero casi nadie historia y cambios políticos” se licenció en Historia en Trinity College, Cambridge y se doctoró Berkeley, California. Hoy ejerce en la SMU de su Texas natal donde usa, con sus alumnos, el análisis de datos masivos en estudios históricos.

“Ya es técnicamente posible para el activismo democrático monitorizar el trabajo de instituciones públicas y empresas”, manifiesta Jo Guldi, “y comprobar, por el análisis de textos masivos, si un parlamento o ayuntamiento ha avanzado o retrocedido en misoginia, qué oradores participan… La monitorización exhaustiva pendiente podría ser clave contra la corrupción. Aunque ello exigiría una transparencia de los datos bancarios jamás vista”

madrid

26/01/2020 09:50

Por maría iglesias

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Domingo, 26 Enero 2020 05:46

Capitalismo verde, exterminio amable

DAVID ARENAL

Si la COP25 fue un claro ejemplo de cómo las grandes compañías deforman la realidad e imponen su falaz relato mientras nos abocan al desastre, la Cumbre Social por el Clima y toda la panoplia de movilizaciones ecologistas que han sacudido el globo durante el pasado 2019 evidencian que la sociedad civil ha abierto los ojos.

 

Si el planeta Tierra fuese un ente consciente, habría dicho “basta” hace muchos —muchísimos— años. Basta de permitir que una de las especies a las que ha regalado la existencia destruya sistemáticamente todos y cada uno de sus ecosistemas, de sus especies, de su vida. Como no lo es, el final no lo marca su hartazgo, sino sus límites físicos; y permitidme el spoiler tempranero: esos límites ya han sido traspasados.

Los seres humanos hemos vivido por encima de las posibilidades de nuestro planeta durante demasiado tiempo, y de ninguna forma existe ni existirá una solución viable a la crisis climática que se encuadre dentro de esta lógica del crecimiento sostenido e ilimitado. Es física y científicamente imposible, y todas las propuestas que se muevan dentro de esos parámetros son falsas. Todas. Es así de sencillo.

LA CEGADORA BURBUJA VERDE

“Refugiado” en 2015, “Populismo” en 2016, “Aporofobia” en 2017 y “Microplástico” en 2018. Son los términos elegidos por la Fundéu como palabras más destacadas de los penúltimos cuatro años y, curiosamente, todas ellas reflejan a la perfección distintas aristas de la realidad de la crisis climática. El conflicto que enfrenta a las élites político-económicas contra la vida en el planeta está generando millones de refugiados, un fenómeno que el neofascismo está aprovechando para ganar votos mediante un populismo que criminaliza a las personas que huyen de la destrucción originada por esas mismas élites. La aporofobia patológica que sufren —y disfrutan— los grandes multimillonarios les permite observar, impasibles, cómo se cierne la catástrofe climática sobre las clases menos privilegiadas, mientras siguen cercenando vidas humanas y especies al completo con sus microplásticos.

 “Emoji” ha sido la palabra galardonada en 2019, pero siguiendo la tendencia que se ha ido dibujando desde 2015, “greenwashing” habría sido un perfecto colofón a este lustro. No solo por su creciente presencia fuera de los círculos más especializados del ecologismo, sino también por la importancia vital —literalmente— de su significado. Como lo que no se nombra, no existe, hay que introducir el greenwashing en la opinión pública con toda la fuerza que sea posible, porque sus implicaciones semánticas señalan con firmeza a Gobiernos y grandes corporaciones como responsables últimos de un desastre climático que, aunque sea víctima de una inusitada campaña de ocultamiento y negación, ha permeado profundamente en la sociedad, como bien demuestra la Fundéu.

El greenwashing —que podríamos traducir como “ecoblanqueamiento” o, más literalmente, “lavado verde”— alude a una serie de estrategias a través de las cuales los adalides del capitalismo, principales responsables de la crisis ecológica, construyen una suerte de burbuja en la que la lógica del crecimiento ilimitado es la única realidad viable; se autoerigen como los únicos actores que pueden revertir la gravísima espiral de destrucción de ecosistemas, y anuncian a bombo y platillo que, de hecho, ya lo están haciendo. Desgraciadamente, los ejemplos nos rodean allá donde estemos, así que la comprensión del concepto es automática.

El blanqueamiento puede llevarse a cabo en forma de operación de falsa bandera, como la que intentó Ecoembes al publicar un vídeo en su perfil oficial de Instagram en el que podía verse el logo de Juventud por el Clima —Fridays for Future España, una de las plataformas de activismo ecologista más importantes a nivel mundial—. La respuesta fue inmediata, con un comunicado en el que denunciaban públicamente la utilización ilícita de su nombre y aprovechaban para dejar una definición cristalina del comportamiento paradigmático de greenwashing: “No toleraremos el uso de nuestro trabajo para blanquear sus más que cuestionables políticas”.

Las posibilidades de lavar la propia imagen crecen de forma paralela a la dimensión de la empresa en cuestión, llegando a límites difícilmente imaginables que, sacando la cabeza fuera de la burbuja verde, se tornan risibles e insultantes por lo evidente de sus intenciones. Endesa, en el contexto del inicio de la Cumbre del Clima (COP25) en Madrid, hizo una ostentación de su poder de autoblanqueamiento, situado en una esfera superior incluso a derechos fundamentales del ser humano, como lo es el acceso a la información.

Su logo copaba las portadas de todos los diarios impresos más importantes del país —El Mundo, ABC, El País, La Vanguardia, El Periódico y La Razón, entre otros—, acompañado de titulares que, de una forma u otra, colocaban a la compañía como líder en la lucha contra el cambio climático. “Endesa lidera el cambio hacia una sociedad libre de emisiones” o “Endesa presenta sus soluciones para una sociedad libre de emisiones”. Lo que no aparecía —ni aparecerá— en ninguna de esas cabeceras es la clasificación de empresas españolas más contaminantes. Curiosamente, ahí, Endesa también es líder.

El liderazgo tiene esta cosa tan adictiva que hace que, una vez liderado algo, ya se quiere liderar todo. Incluso —y especialmente— si las realidades lideradas son una y su contraria, porque así se puede ocultar su inevitable colisión y beneficiarse de ambas. Al menos, hasta que una sea devastada por la otra.

EL NEOLIBERALISMO PRESENTA: LAS CONTRADICCIONES DE LIDERARLO TODO

La COP25 convirtió Ifema en un teatro en el que, durante casi dos semanas, se representó día tras día la misma obra: las contradicciones de liderarlo todo. Líderes en contribución a la destrucción del planeta, como Coca-Cola o Chevron —segunda empresa del mundo con más emisiones desde 1965—, fueron, igual que Endesa, los grandes protagonistas del evento.

El gigante de los refrescos, que por segundo año consecutivo se situó en 2019 como empresa más contaminante (en términos de desechos plásticos) del mundo, empapelaba las paredes con un greenwashing grotesco en el que pedía “reciclar juntos”; mientras que la petrolera organizaba charlas y encuentros para buscar soluciones al mismo desastre del que es subcampeona en responsabilidad. Liderar una realidad —la lucha contra el cambio climático— y su contraria —el capitalismo sádico de crecimiento ilimitado—.

Las élites político-económicas pusieron todo su empeño en interpretar al dedillo su papel en la función y, entre bambalinas, se informó al activismo ecologista de que su presencia en el escenario estaba prohibida.

La denominada “Zona verde”, espacio reservado para albergar la voz de la sociedad civil, estuvo repleta de directivos de las grandes corporaciones que diluían cualquier tipo de reivindicación con un mínimo cariz anticapitalista. Cuando no bastaba con eso, la seguridad del recinto acudía a expulsar del mismo a activistas que tratasen de liderar alguna de las líneas de discusión con ideas exoburbuja. ¿Quién se atreve a liderar en una reunión de líderes?

En este sentido, quedan pocas dudas respecto a la supremacía dogmática de las élites en la construcción del relato de la crisis climática. Una tarea que llevan a cabo en base a una meta incontestable: establecer unos marcos de realidad que logren mutilar la capacidad de cuestionamiento del modelo actual de producción y consumo, so pena de recibir, rápida y eficazmente, el estigma de figura disruptiva, antisistema y, por ende, despreciable.

EL COCHE, EL MURO Y EL DESDICHADO REMOLQUE

La batalla por el dominio de dicho relato es, sin ningún género de duda, condición sine qua non para poder siquiera soñar con la posibilidad de frenar el cambio climático y eludir sus secuelas más graves. Si la lógica capitalista de crecimiento ilimitado es, a la vez, causa última de la crisis climática y razón de ser de las élites político-económicas, darles a estas todo el poder de decisión es una contradicción con una dosis de autodestrucción absurda.

La humanidad se encuentra a bordo de un coche que se dirige frontalmente hacia un muro indestructible e imposible de atravesar. La sociedad civil ha sido relegada a viajar en el remolque, tapada con una lona que impide ver qué hay delante; los dueños de las grandes multinacionales, en cambio, manejan el volante. Su estrategia de conducción solo puede definirse como kamikaze, sabedores de que la dirección escogida tiene un único final: el muro.

En una incomprensible huida hacia adelante, han dejado pasar todas las salidas que permitían cambiar el rumbo, desviándolo del siniestro total, hasta llegar a un punto en el que solo queda frenar. Cuanto más tiempo se tarde, más dolorosa será la deceleración; pero el acelerador sigue pisado a fondo, quizá con la única esperanza de alcanzar una velocidad tal que permita al coche despegar del suelo y superar el muro por encima. En ese caso, el remolque quedará descolgado, con una inercia vertiginosa que nos hará papilla contra la pared. Todos muertos. Todas muertas. 

A veces, las metáforas y las analogías son herramientas cuyo uso periodístico —analítico, objetivo— corre el serio riesgo de alejarse de la realidad y adentrarse en el terreno de la dramatización. Mala cosa. En otros casos, la existencia toma unos derroteros que solo pueden explicarse dejando que la imaginación trace un camino paralelo, exponiendo su verdad a modo de espejo ficcionado. La crisis climática es uno de estos casos, y el ejemplo del coche contra el muro no deforma ningún aspecto de lo que está ocurriendo, solo lo extrapola. De hecho, la necesidad de contarlo en forma de fábula es, en sí misma, la constatación de esa lona que tapa los ojos de la sociedad civil.

El coche no es un coche, sino la vida en el planeta tal y como la conocemos. El volante que controla su dirección adquiere, en el mundo real, una forma mucho más abstracta y difícil de identificar: decisiones que se ocultan, cambios de cromos que condenan a millones de muertes y escenificaciones de democracia tras las que se esconden las más crueles tiranías. La figura del remolque representa la absoluta supresión de la voluntad popular, relegada a sufrir en silencio el traqueteo del camino escogido por el coche, cuya suspensión le permite atravesar todo tipo de baches sin que sus ocupantes sean apenas conscientes, mientras detrás nos descalabramos unos contra otras.

El papel de la ya mencionada lona es, quizá, el más relevante. En origen, fue concebida para evitar las protestas de aquellos ocupantes del remolque que veían cómo pasaban de largo, uno tras otro y cada vez a más velocidad, todos los desvíos que permitían salir de la ruta hacia la devastación. Con el paso del tiempo, su efectividad resultó ser aún mayor, pues las nuevas generaciones nacidas bajo su oscura inopia empezaron a olvidar la existencia de otras carreteras y, como mecanismo de defensa de su salud mental —cobarde y conformista—, ignoraron la existencia de ese muro del que advertían sus mayores con vehemencia.

Añadir el personaje de la lona es una forma de ponerle nombre a toda esa manipulación, desde los discursos políticos hasta los medios de comunicación, pasando por literatura, series, películas y toda referencia cultural, con la que se ha logrado falsear la imagen del capitalismo como único sistema viable. “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, dijo una vez Žižek. O Jameson. O este lo escribió porque se lo escuchó decir a alguien. En la penumbra es difícil distinguir quién habla, más aún si se está refiriendo a la propia negrura que se intenta ignorar. Negro sobre negro, sobre negro.

Por último, el vuelo del coche. “Eso sí que no”, ¿verdad? “Eso tiene que ser pura retórica. Cosa de los escritores y su ansia irrefrenable por dejar una impronta estilística en la realidad cuando la describen”. Que ese sea el tipo de respuesta que se activa al procesar la imagen de las élites económicas huyendo del colapso climático solo demuestra una cosa: la lona funciona a las mil maravillas.

Allá por 2017, Douglas Rushkoff, escritor y profesor de la Universidad de Nueva York especializado en nuevas tecnologías, fue contratado para dar una charla a cinco magnates, de la que sacó una conclusión tan clara como espeluznante. “No tenían ningún interés en evitar la desgracia; están convencidos de que ya no hay tiempo para ello. (…) Sencillamente, se limitan a aceptar el más oscuro de los escenarios y a reunir la mayor cantidad de dinero y tecnología que les permita aislarse, sobre todo si se quedan sin sitio en el cohete rumbo a Marte”, escribió.

El progreso ilimitado es un pie sobre el acelerador que no cesa de empujar, disminuyendo las ya pocas posibilidades de evitar “el acontecimiento” —eufemismo empleado por los multimillonarios que hablaron con Rushkoff—; sin embargo, también es concebido por quienes conducen como una posibilidad de mantener su asiento y lograr hacer volar el coche. Poco —nada— les importa que, en ese caso, el remolque quede desenganchado y se despedace contra el muro por culpa de la velocidad que ellos mismos le han conferido. Al fin y al cabo, nunca ha sido más que una carga. 

DECRECIMIENTO VOLUNTARIO O HECATOMBE

La inminencia del desastre está rebullendo los ánimos aquí, bajo la lona. El activismo ecosocial ha logrado abrirse camino hasta la parte delantera del remolque, y está haciendo pequeños agujeros a través de los que se puede observar cómo se cierne la sombra del muro. De la misma forma en que la oscuridad cegó a las generaciones nacidas bajo el yugo ideológico del capitalismo, las franjas de realidad que han empezado a atisbarse alimentan el espíritu contestatario de una juventud que, al fin, parece haber descubierto la verdad: su única opción de salir con vida pasa por hacerse con el control de ese coche que es, en realidad, la organización social de la especie humana en el planeta Tierra.

Conceptos como Capitalismo Verde, ecocapitalismo o Green New Deal nacen al amparo de unas desesperadas élites que ven amenazadas sus despóticas posiciones por vez primera. Manteniendo el símil, pretenden tapar los agujeros de la lona, sumiendo de nuevo a la sociedad en una ignorancia tan dócil como lucrativa y erradicando la más mínima intención de llegar hasta el volante. El destino será el mismo: el muro; mas el rumbo suicida será amenizado con una apacible sensación de estar arreglando las cosas.

Dicho de otro modo: nos están dando a elegir entre morir, así, a pelo, que a nadie le apetece, y morir con Bajo la piel, de Alice Wonder, sonando en bucle en nuestros oídos y llevándonos a un éxtasis rayano en el síndrome de Stendhal. El hedonismo es una debilidad muy poderosa, pero es vital desvelar que, tras esas dos funestas opciones, existe una tercera vía que evitaría la mortal colisión: la desaceleración. O, como la llama Jorge Riechmann, “metamorfosis y autoconstrucción decrecentista”.

Urge esclarecer que lo que está en juego no es la supervivencia del capitalismo como sistema hegemónico, eso es insalvable. El colapso llegará de forma temprana e inminente cuando el agotamiento de los recursos naturales sea irreversible, obligando a la humanidad a un empobrecimiento traumático. El combate que se está librando tiene como objetivo reducir la violenta desigualdad en el reparto de las consecuencias del cambio de modelo, si es que este llega a tiempo.

La trampa del greenwashing está en ocultar dicho colapso, jugando al trile con falsas soluciones como el capitalismo verde, un oxímoron que se desmonta con una aseveración tan sencilla como la siguiente: es físicamente imposible sustituir el parque automovilístico actual con coches eléctricos, porque la cantidad de minerales existente en el planeta es insuficiente. No hay ecocapitalismo que valga sin una reducción en los niveles de producción y consumo. Ni más ni menos.

En términos técnicos, el físico Antonio Turiel sitúa el potencial máximo de las fuentes renovables entre un 30% y un 40% del consumo energético mundial actual. Es decir, la extenuación de los combustibles fósiles, un fenómeno en el que ya estamos inmersos, traerá consigo un decrecimiento energético de entre 60 y 70 puntos porcentuales.

La complejidad del término “autoconstrucción decrecentista” no es una cabriola caprichosa de Riechmann, sino que define con acierto el reto que la humanidad tiene por delante: empezar a construir su empobrecimiento de forma paulatina y equitativa antes de que este llegue por la fuerza. Es cuestión de vida o muerte. En un mundo en el que 26 personas acumulan la misma riqueza que 3.800 millones (según un informe de Oxfam), con un índice de pobreza extrema —incapacidad para satisfacer necesidades básicas como la alimentación o el acceso a agua potable— que azota al 10% de la población total, un acontecimiento rupturista tan radical podría suponer el exterminio de cientos de millones de seres humanos que, sobreviviendo ya en el alambre, verían sus vidas literalmente cercenadas.

Por ello, la cuestión de clase debe ser el elemento central de la lucha climática, y algunas investigaciones están dejando evidencias de lo que ocurrirá si las clases trabajadoras no logran articular una fuerza suficientemente sólida como para ejercer presión. Suficientemente sólida como para llegar al volante. Phillip Alston, Relator Especial sobre pobreza extrema y derechos humanos de la ONU, elaboró un informe en el que hablaba de “apartheid climático”, un concepto con el que pretende aludir a los abyectos intentos de las élites de salir indemnes de su propia calamidad. “De manera perversa, mientras que los pobres son responsables de solo una fracción de las emisiones globales, son los que pagarán el precio del cambio climático y tendrán la menor capacidad para protegerse”, concluye el australiano.

Si la COP25 fue un claro ejemplo de cómo las grandes compañías deforman la realidad e imponen su falaz relato mientras nos abocan al desastre, con el único objetivo de poder seguir llenando a manos llenas sus ya rebosantes bolsillos, la Cumbre Social por el Clima (o contracumbre del clima) y toda la panoplia de movilizaciones ecologistas que han sacudido el globo durante el pasado 2019 evidencian que la sociedad civil ha abierto los ojos. Llegar hasta el volante, pisar el freno y tratar de equiparar las consecuencias de la desaceleración es el único camino. El resto son eufemismos, circunloquios destinados a desviar las miradas hacia eso que llaman capitalismo verde, pero que también podrían llamar exterminio amable.

 

Por DIEGO DELGADO GÓMEZ

@DIEGODELGOM

2020-01-26 06:35

Publicado enMedio Ambiente
scáner mejorado digitalmente que muestra el cerebro y la médula espinal MARK LYTHGOE & CHLOE HUTTON / WELLCOME IMAGES / THE NEUROIMMUNOLOGY CONSORTIUM

- Varios estudios e investigaciones recientes están derribando la tradicional separación entre salud física y mental

- La inflamación podría estar profunda y enormemente implicada en desórdenes cerebrales y mentales, igual que lo está en las enfermedades del cuerpo

- Se están probando fármacos antinflamatorios contra enfermedades como depresión, Alzheimer y Parkinson, con potencial para derribar barreras de la práctica clínica

 

Aunque pueda parecer extraño, #inflamación se ha convertido en un hashtag. De pronto parece estar en todos lados, haciendo de las suyas. En lugar de simplemente estar de nuestro lado luchando contra las infecciones y curando heridas, resulta que también tiene un lado oscuro: es la causa de muchos de nuestros males.

Ahora no cabe duda de que la inflamación es parte del problema de muchas enfermedades del cuerpo –tal vez todas–. Y estudiar las causas inflamatorias o inmunes de las enfermedades ha resultado en una serie de descubrimientos: desde tratamientos nuevos para la artritis reumatoide y otras enfermedades autoinmunes en los años 90, hasta la llegada de la inmunoterapia para algunos tipos de cáncer a partir de 2010.

De forma más generalizada, cada vez más a menudo se considera que la inflamación de menor grado, que sólo se detecta mediante un análisis de sangre, forma parte de las razones por las que experiencias comunes de la vida como la pobreza, el estrés, la obesidad y el envejecimiento son malos para la salud pública.

Rápidamente, el cerebro se está presentando como una de las nuevas fronteras de la inflamación. A los médicos como yo, que estudiamos la carrera en el siglo XX, nos enseñaron que había una barrera impermeable entre el cerebro y el sistema inmunológico. Sin embargo, en el siglo XXI ha quedado claro que en realidad están muy interconectados y que les gusta conversar todo el tiempo.

Ahora, los médicos están abiertos a la idea de que la inflamación podría estar profunda y enormemente implicada en desórdenes cerebrales y mentales, igual que lo está en las enfermedades del cuerpo.

Los progresos en el tratamiento de la esclerosis múltiple han mostrado el camino. Muchos de los nuevos medicamentos para esta enfermedad han sido diseñados y probados para proteger el daño cerebral que provoca el propio sistema inmunológico.

La esperanza razonablemente bien fundamentada –y enfatizo esas palabras en este punto– es que si uno se enfoca en la inflamación cerebral, se pueden descubrir formas de prevención y tratamiento de la depresión, la demencia y la psicosis, así como el impacto comprobado de medicamentos de inmunoterapia para la artritis, el cáncer y la esclerosis múltiple. De hecho, una droga originalmente patentada para la esclerosis múltiple ya se está probando como un posible tratamiento de inmunoterapia contra la esquizofrenia.

¿Representa esto una esperanza realista para el tratamiento de la depresión? Es más que razonable dudar de que la inflamación y la depresión estén correlacionadas, o que posean comorbilidad [presencia de uno o más trastornos además de la enfermedad o trastorno primario], por utilizar otro término médico nada apreciado, pero igualmente importante. Las preguntas científicas clave son sobre causalidad, no sobre correlación.

¿La inflamación causa depresión? Y si es así, ¿cómo lo hace? Un experimento que los científicos han diseñado para intentar responder estas preguntas es realizar dos resonancias magnéticas del cerebro: una antes y otra después de provocar una respuesta inflamatoria a propósito mediante la inyección de la vacuna contra la fiebre tifoidea. Si hay alguna diferencia entre las dos resonancias, esto demuestra que una inflamación en el cuerpo puede generar cambios en la forma en que funciona el cerebro. Si no, sería un problema para la teoría de que la inflamación puede provocar depresión.

Un reciente análisis procesó datos de 14 versiones independientes de este experimento. En promedio, los datos demostraron un importante impacto de la inflamación en la actividad cerebral. Estos resultados confirman que la inflamación en el cuerpo puede generar cambios en la forma en que funciona el cerebro. De modo alentador, también localizaron el efecto que tiene la inflamación en partes específicas del cerebro que ya se sabía que están involucradas en el proceso de depresión y muchos otros problemas de salud mental.

Si la inflamación puede provocar depresión, entonces los medicamentos antinflamatorios deberían funcionar como antidepresivos. Varios estudios han analizado datos clínicos de miles de pacientes tratados con drogas antinflamatorias contra la artritis y otras enfermedades frecuentemente asociadas con los síntomas de la depresión.

En líneas generales, los pacientes tratados con drogas antinflamatorias, en lugar de un placebo, mejoraron significativamente sus índices de salud mental. Sin embargo, los datos vienen con una advertencia: los estudios más amplios y rigurosos del grupo analizado fueron diseñados para probar los efectos de los medicamentos en la salud física, y eso dificulta la interpretación de los resultados como evidencia de sus beneficios en la salud mental.

El siguiente paso es realizar estudios que desde su inicio estén diseñados para probar los medicamentos antinflamatorios como antidepresivos, o para probar antidepresivos ya existentes por sus efectos antinflamatorios. Al hacerlo, debemos evitar repetir uno de los errores más habituales en relación a la depresión, que es pensar que es todo una misma cosa, siempre con la misma causa. Por eso no deberíamos buscar el próximo "taquillazo" para poder recetarle automáticamente lo mismo a todo el mundo.

Deberíamos buscar formas de combinar el tratamiento elegido con la causa de los síntomas psiquiátricos de una forma más personalizada. Y utilizar análisis de sangre que midan la inflamación puede ayudarnos a tomar esas decisiones.

Por ejemplo, el consorcio fundado por el Wellcome Trust ha iniciado recientemente la prueba de un nuevo fármaco antinflamatorio para tratar la depresión. Es uno de los primeros estudios clínicos de un antidepresivo que utilizará análisis de sangre para detectar inflamación en potenciales participantes. Si los análisis de sangre no muestran rastros de inflamación, entonces la persona no será reclutada para el estudio porque si no tiene inflamación, no hay razón para pensar que obtendrían algún beneficio de un tratamiento antinflamatorio.

Un ejemplo alternativo podría ser la ketamina, que hace poco ha sido aceptada en el Reino Unido como tratamiento contra la depresión. La ketamina funciona bloqueando un receptor de glutamato en el cerebro, pero no funciona igual en todas las personas. Sabemos que la inflamación puede aumentar el nivel de glutamato en el cerebro, así que se podría predecir que pacientes con mayor inflamación serían más receptivos a los efectos bloqueantes de la ketamina.

En el futuro, podríamos utilizar análisis de sangre o biomarcadores de inflamación para predecir qué personas con depresión pueden responder mejor a los beneficios de la ketamina.

El alcance terapéutico de estas nuevas perspectivas potencialmente va más allá de la depresión o los medicamentos. La industria farmacéutica y de la biotecnología está invirtiendo en probar medicamentos antinflamatorios contra enfermadades como Alzheimer y el Parkinson.

También es interesante el papel que juegan la dieta, la obesidad, el estrés, las enfermedades de las encías, el microbioma digestivo y otros factores de riesgo en inflamaciones de menor grado que podrían controlarse sin medicamentos. Actualmente hay decenas de estudios que miden los efectos antinflamatorios de intervenciones psicológicas, como la meditación o los ejercicios de mindfulness, así como los cambios de estilo de vida, dietas y programas de ejercicios.

Mi favorito es un estudio estadounidense que pretende comprobar la idea de que la inflamación de menor grado puede acelerar disfunciones cognitivas asociadas al envejecimiento y que lavarnos los dientes con más cuidado puede controlar la inflamación leve de encías (periodontitis) y así protegernos en el futuro de la senilidad. Este estudio todavía no ha concluido, así que todavía no se conocen los resultados. ¿Quién hubiera pensado que una sonrisa más brillante y la memoria a corto plazo estaban relacionados tan directamente?

Todo esto nos aporta una nueva e interesante perspectiva sobre cómo se relacionan entre sí el cuerpo, el cerebro y la mente. Y esto puede ser importante a la hora de pensar cómo diseñar científicamente y ofrecer los sistemas de cuidados físicos y de salud mental más efectivos. Esto es esencial en un momento en que los problemas de salud mental y la demencia representan una proporción cada vez mayor de las causas de discapacidad y los costes sociales y de sanidad a nivel mundial.

Actualmente, los servicios de salud física y mental están marcadamente segregados y reflejan un prejuicio filosófico contra la noción de que el cuerpo y la mente están profundamente relacionados.

Los vínculos que muchos pacientes reconocen en su propia experiencia de la enfermedad tienden a ser menospreciados por la mayoría de los servicios públicos de salud mental y física en el Reino Unido.

En contraste, los nuevos estudios sobre la inflamación y el cerebro están claramente alineados con los argumentos que promueven derribar esas barreras de la práctica clínica. Y por encima de todo, tienen el potencial de modificar la forma en que pensamos las enfermedades. La barrera entre mente y cuerpo, que durante tanto tiempo ha sido una convicción dogmática, parece que se está derrumbando.

 

Por Edward Bullmore   - Departamento de Psiquiatría, Universidad de Cambridge

*El profesor Edward Bullmore dirige el departamento de Psiquiatría de la Universidad de Cambridge. Es autor de La Mente Inflamada.

Traducido por Lucía Balducci

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Trasnacionales farmacéuticas: receta para el lucro
 
Al contrario de lo que se podría pensar, a la industria farmacéutica trasnacional no le interesa la salud. Su vocación es aumentar sus ya desmedidas ganancias y por ello el consumidor ideal de sus productos está siempre enfermo, ya que si se cura deja de comprar y si se muere también. Es una industria cerradamente oligopólica, agresiva para controlar amplios porcentajes de mercado a nivel mundial, obtener patentes exclusivas y altos porcentajes de ganancia, ejercer presión para lograr políticas globales y nacionales a su favor.

Aunque muchas otras industrias trasnacionales trabajan en el mismo sentido, aquí se trata de controlar la distribución y acceso a medicamentos, que en muchos casos define la vida o muerte de las personas afectadas.

Es una industria con alta concentración de mercado y que para defender sus intereses funciona a menudo como cártel. En ventas de fármacos, las 10 principales trasnacionales tienen más de la mitad del mercado global. Actualmente éstas son Pfizer, Novartis, Roche, Johnson y Johnson, Merck & Co, Sanofi, GlaxoSmithKline, Abbvie, Gilead Sciences y Teva Pharmaceuticals, seguidas de Amgen, AstraZeneca, Eli Lilly, Bristol Myers Squibb, Bayer, Novo Nordisk, Allegan, Takeda, Shire y Boheringer Ingelheim. Todas tienen una larguísima historia, algunas más de un siglo, aunque debido a fusiones y compras, algunas hayan cambiado de nombre. Varias tienen relación histórica con las que actualmente dominan los agrotóxicos, las semillas y transgénicos: Bayer es dueña de Monsanto, Novartis y AstraZeneca se unieron para formar Syngenta, etcétera. Les queda cerca la lógica de enfermar y vender la cura.

Según analistas de la industria, en 2018 las 10 mayores farmacéuticas tuvieron ventas de medicamentos por 523 mil millones, un mercado que se estima llegará al billón de dólares en 2020. Es un aumento notable en ventas y concentración de mercado desde 2017, año en que las principales 20 tuvieron ventas por 503 millones de dólares y las mayores 100, por 747 millones (Scrip Pharma, Outlook 2019).

Un reporte de la agencia gubernamental estadunidense GAO de 2018 muestra que las 25 mayores empresas farmacéuticas tuvieron un margen de ganancias de 15 a 20 por ciento anual entre 2006 y 2015, colocándose entre los rubros industriales con mayores porcentajes de retorno (Government Accountability Office, GAO-18-40). No obstante, casi todas han llegado a porcentajes de ganancia mucho mayores por momentos, debido al control monopólico de medicamentos y vacunas en gran demanda por epidemias o crisis de salud.

La industria farmacéutica trasnacional ha sido también clave para imponer las leyes de propiedad intelectual y extender cada vez más la validez de sus patentes a nivel global. Son quienes están detrás de su inclusión en la Organización Mundial de Comercio, en el TLCAN y otros tratados comerciales. Junto a la industria biotecnológica, de semillas e informática, pelean en todos esos ámbitos para prolongar los años de vigencia de patentes y marcas de sus productos e impedir que se pueda acceder a ellos sin pagarles.

Argumentan que necesitan tener patentes en los medicamentos para poder recuperar sus gastos en innovación y desarrollo. Por el contrario, varios reportes de análisis de sus innovaciones muestran que la gran mayoría de los nuevos fármacos lanzados al mercado por estas empresas son solamente copias de los que ya existían, con alguna pequeña modificación en la formulación o el uso, para poder aplicar otros 20 años de patente exclusiva.

Marcia Angell, editora de la revista científica New England Journal of Medicine por 17 años, mostró en su libro La verdad acerca de la industria farmacéutica que 67 por ciento de los nuevos medicamentos que lanzan a los mercados no son innovaciones, sino copias. La ahora extinta Oficina de Evaluación Tecnológica de Estados Unidos (OTA, por sus siglas en inglés) realizó un informe en 1996 sobre 348 nuevos productos de las 25 mayores compañías farmacéuticas durante siete años y encontró que 97 por ciento eran copias. De ese 3 por ciento restante que sí era innovador, 70 por ciento era producto de investigación pública. Aunque estos informes tienen años, la realidad de la industria sigue en la misma línea.

Hay también varios ejemplos de cómo el cártel farmacéutico trasnacional ha boicoteado a países productores de medicamentos genéricos (es decir, en los que la patente ha vencido), sobre todo en medicinas de alta demanda por situaciones de epidemia. En 2001, 39 grandes farmacéuticas bloquearon a Sudáfrica la venta de todos sus medicamentos, para presionar a que no compraran medicamentos genéricos para el sida. Cuando no lo lograron, negociaron en bloque un precio que aunque fue 10 veces más bajo que el precio comercial inicial de las farmacéuticas, era mucho mayor de lo que podía ser bajo fabricación propia.

Ahora la industria ha desarrollado la estrategia adicional de producir sus propios genéricos. Actualmente, Pfizer y Teva, ambas entre las 10 mayores trasnacionales, también son de las mayores productoras globales de algunos genéricos y en algunos medicamentos han logrado ser monopólicas en el mercado, logrando así el mismo efecto que una patente.

Es toda una industria contra la salud.

 

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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Durante las excavaciones en el yacimiento arqueológico de Shum Laka, en Camerún.Foto Pierre de Maret

Realizan nuevo análisis de secuencias de ADN de cuatro niños hallados en sitio de Camerún

Un nuevo análisis de secuencias de ADN humano antiguo sitúa el origen de la humanidad en al menos cuatro linajes ancestrales que vivieron en África hace entre 200 mil y 300 mil años.

El trabajo, que ha contado con la participación de científicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y que aparece publicado en el número más reciente de Nature, refuerza el argumento formulado por arqueólogos y genetistas de que los humanos modernos proceden de cuatro poblaciones africanas divergentes y separadas geográficamente.

África es la cuna del Homo sapiens y alberga la mayor diversidad genética humana del planeta. Sin embargo, los estudios de ADN antiguo de yacimientos arqueológicos africanos siguen siendo escasos, en parte debido al desafío que supone extraer material genético de esqueletos degradados en contextos tropicales.

Para este trabajo, los científicos han examinado el ADN de cuatro niños enterrados en el yacimiento arqueológico de Shum Laka, en Camerún, hace unos 8 mil y 3 mil años, durante la transición entre la Edad de Piedra y la Edad de los Metales. Por primera vez, han recuperado secuencias genéticas antiguas del oeste y centro de África. Algunas de ellas son las más antiguas recuperadas en los trópicos africanos.

Shum Laka, excavado por un equipo belga y camerunés hace más de 30 años, es un abrigo rocoso situado en la región montañosa de los Grassfields de Camerún, lugar que los lingüistas consideran desde hace mucho tiempo la cuna de las lenguas bantúes. Los hallazgos publicados ahora aportan pistas sobre este grupo extendido y diverso de lenguas habladas en la actualidad por más de un tercio de los africanos.

“La expansión de las lenguas bantúes y los grupos de poblaciones que las hablaban a lo largo de los pasados 4 mil años es una explicación a por qué la mayoría de los que ahora viven en el centro, este y sur de África están estrechamente emparentados entre ellos y con los africanos del centro y el oeste”, explicó Carles Lalueza-Fox, investigador del CSIC, que trabaja en el Instituto de Biología Evolutiva (centro mixto del primero y la Universitat Pompeu Fabra).

Los nuevos hallazgos aportan datos sobre las múltiples etapas que conforman la historia antigua del Homo sapiens.

Cazadores recolectores

Los investigadores examinaron el ADN de los niños de Shum Laka al tiempo que analizaron el de antiguos cazadores recolectores del este y sur de África, así como secuencias de diferentes grupos que viven en el continente. Una combinación de todos estos datos ha hecho posible reconstruir el pasado del ser humano atendiendo a un modelo de diferentes linajes divergentes.

Los cuatro niños analizados están más emparentados genéticamente con los actuales cazadores recolectores centroafricanos que con las poblaciones que hoy día hablan lenguas bantúes.

Imagen del cometa Churyumov–Gerasimenko tomada de cerca por la sonda Rosetta en 2014./ESA/ROSETTA/NAVCAM

Nuevas observaciones apoyan la llegada de material espacial precursor de vida a la Tierra.

El fósforo es mucho más que aquel nombre común de la cerilla, ya pasado de moda. Es un elemento químico indispensable para la vida, una parte crucial del ADN y el ARN así como de otras estructuras básicas de la biología molecular. En el ser humano es el segundo mineral más abundante y constituye el 1% del peso corporal. Por eso no es de extrañar que los investigadores se pregunten de dónde viene y cómo llegó a la Tierra tanta cantidad de fósforo, porque en el Universo su abundancia es mucho menor que en los seres vivos. Ahora, los astrónomos han hallado una posible ruta que va de la síntesis del fósforo en estrellas masivas en tiempos antiguos a su presencia en la Tierra y sobre todo en la vida que alberga.

El trabajo se basa en un estudio a distancia a través del conjunto de telescopios ALMA en una región de formación estelar en la constelación de Auriga así como en las medidas in situ de un cometa por los instrumentos de la sonda Rosetta. Se cree que el fósforo se formó en las estrellas y luego se extendió por el Universo cuando algunas de éstas explotaron en forma de supernova.

El equipo de investigadores, liderado por Víctor Rivilla, encontró que algunas estrellas jóvenes y masivas crean cavidades en la nube interestelar en la que se encuentran y allí se forman moléculas que contienen fósforo, especialmente de monóxido de fósforo. El mecanismo de formación combinaría la radiación con pulsos de energía emanados de la joven estrella.

De allí, las moléculas pueden anclarse en gránulos de polvo helado que lleguen a formar parte de cometas. Según su hipótesis, los elementos básicos de la vida habrían llegado a la Tierra en el bombardeo del naciente planeta por cometas. Cuando Rosetta, de la Agencia Europea del Espacio (ESA) se acercó y acompañó al cometa Churyumov–Gerasimenko a partir de 2014 a lo largo de su máxima aproximación al Sol, se hicieron muchas medidas y se encontraron indicios de fósforo. Ahora, el análisis en profundidad de los datos ha permitido confirmar la presencia de monóxido de fósforo en el cometa.

“La combinación de los datos de ALMA y de Rosetta ha revelado una especie de hilo químico durante todo el proceso de formación estelar, en el que el papel protagonista corresponde al monóxido de fósforo”, explica el italiano Victor Rivilla, que ha dirigido el estudio, publicado en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society. Rivilla recuerda que la vida apareció en la Tierra hace unos 4.000 millones de años, pero que todavía no comprendemos los procesos que la hicieron posible.
“El fósforo es esencial para la vida que conocemos”, señala Kathrin Altwegg, investigadora principal del instrumento Rosina de Rosetta, que hizo las medidas. “Dado que los cometas probablemente trajeron grandes cantidades de compuestos orgánicos a la Tierra, el monóxido de fósforo encontrado en el cometa puede fortalecer el vínculo entre los cometas y la vida en la Tierra”.

El cometa estudiado es de la familia de cometas de Júpiter y tiene un periodo de 6,5 años. Se cree que se acercó mucho al planeta gigante en 1959, lo que cambió su órbita. Tiene un núcleo de dos lóbulos y una dimensión máxima de 4,3 kilómetros. Rosetta mostró que bajo su superficie polvorienta hay material helado que apenas ha sufrido cambios desde que se formó antes que el Sol a partir del disco protoplanetario que dio lugar al Sistema Solar actual, lo que lo convierte en un sujeto ideal para trazar la ruta de los elementos químicos.

Para la observación con ALMA, se utilizaron 40 de sus antenas (situadas en Chile). Los espectros obtenidos mostraron la presencia de fósforo en las paredes de las cavidades citadas, en forma de óxido y de nitruro, lo que confirma que se puede sintetizar en el medio interestelar. Las estrellas no se suelen formar de una en una y el Sol probablemente no fue una excepción, explican los astrónomos del Observatorio Europeo Austral(ESO) y otras instituciones.

El cometa probablemente heredó la composición de la nebulosa en la que se formó, y en ella predomina también el óxido de fósforo, que estaría presente desde entonces dentro del cometa, y además en mayor proporción debido a su falta de reacción con otros elementos, en especial el hidrógeno. En cuanto a cómo llegó a la Tierra en cantidad suficiente para la vida, la concentración de fósforo en la corteza terrestre se estima en 930 partes por millón, aunque en gran parte no se puede utilizar en procesos biológicos porque está encerrado en minerales insolubles. Una fuente adicional serían los meteoritos y los cometas como el que estudió Rosetta de cerca.