Martes, 12 Enero 2016 06:50

Un mapa de señales del cuerpo

Un mapa de señales del cuerpo

La especialista subraya la necesidad de "habitar el propio cuerpo de manera consciente", algo que requiere un entrenamiento, en una época signada por la cultura de la belleza y la juventud, que comporta la negación de la vejez y la muerte.


El verano propone un tiempo distinto, con otras rutinas o sin ellas. Hay quienes descubren su cuerpo en esta época, cuando hay que mostrarlo. Otros, encuentran una oportunidad para mirarlo de otra manera. Mi cuerpo mi maestro. Guía holística de los síntomas corporales (Editorial Albatros) es un libro de la psicóloga Alicia López Blanco, que propone prestar atención a las señales del cuerpo, que a través de síntomas, dolores, enfermedades, pide un cambio. En este libro, López Blanco comparte el método de interpretación de los síntomas corporales, que desarrolló y puso a prueba a lo largo de más de 30 años de experiencia clínica como terapeuta corporal y psicóloga.


"En mi familia de origen, la enfermedad era moneda corriente. Se relacionaba amor con padecimiento y se valoraba la enfermedad como un medio de comunicación. Creo que este estilo primario de relacionarme con los síntomas me fue conformando como persona al tiempo que generó en mí algunas conductas reactivas: mi pasión por la danza y mi interés por investigar y aprender sobre la salud del organismo y la persona entera", cuenta.


–¿Se aprende a observar el propio cuerpo?


–Una cosa es observar la imagen reflejada en un espejo y otra habitar el propio cuerpo de manera consciente. El entrenamiento para lograr esto último implica el registro de lo que nuestro cuerpo nos comunica a través de sensaciones y sentimientos. Para entender el lenguaje de los síntomas necesitamos estar en el "aquí y ahora" de sus murmullos y tratar de decodificar con qué podrían estar relacionados. Muchas técnicas corporales promueven la conciencia corporal: la gimnasia consciente, la eutonía, el método Feldenkrais y la expresión corporal, entre otras.

–¿Qué podemos aprender de nuestros síntomas corporales?

–Todo síntoma corporal expresa, por un lado, una necesidad, y por otro, nos reclama que realicemos un cambio. Es evidente que no le estamos prestando atención a alguna cosa que nos provoca malestar, o si somos conscientes de eso, no estemos haciendo nada para que cambie. Puede relacionarse con nuestro estilo de vida o con cualquier cosa que necesitemos modificar: una relación disfuncional, una situación laboral, una falta de sentido de la vida, un problema de hábitat, una sensación de agobio, o lo que sea. El síntoma desnuda esa realidad y nos convoca a accionar en la dirección de nuestro bienestar.


–En sus años de experiencia como terapeuta, ¿encontró enfermedades de mujeres y enfermedades de hombres? Es decir, ¿enfermedades que se repiten en unos y otras?


–He observado que las mujeres somos mucho más sintomáticas que los hombres. Puede que sea porque estamos más atentas a nuestras sensaciones o porque somos más sensibles y proclives a "poner el cuerpo", algo que ve su máximo exponente en la maternidad. Sin que esto sea absoluto, y solo como tendencia, solemos tener más síntomas relacionados con el sistema endocrino, desajustes hormonales varios, o con el sistema inmune, enfermedades autoinmunes o cáncer, entre otras. Los hombres suelen padecer más trastornos del sistema cardiovascular o respiratorio.


–El cuerpo suele ser visto como un objeto a admirar o a consumir, rara vez se lo considera como un vehículo de malestares más profundos, ¿por qué es así?


–Pareciera haberse generado la creencia de que un "cuerpo perfecto" es sinónimo de una "vida perfecta", o su contrapartida, que sin un cuerpo considerado bueno es imposible tener una buena vida. Esta imagen ideal desafía valores sociales deseables como la aceptación de lo diferente, el respeto por las características personales y la apropiación de lo que cada etapa de la vida tiene para brindar. Estamos en una cultura que valora la juventud, la belleza, el "está todo bien" o el "no me vengas con pálidas", y suele dejar afuera realidades como el padecimiento y la muerte. Luego la vida misma se encarga de hacer contrastar a las personas con estos temas que lamentablemente no tienen la visibilidad necesaria. En mi libro trato de que los síntomas, las enfermedades, y los traumas en el cuerpo, derivados del maltrato y abuso de todo tipo, aumenten su presencia en el imaginario popular. De nada sirve negar o excluir lo que de todas maneras va a aparecer por la puerta menos esperada.


–Usted dice que cuando el cuerpo se enferma, nos está dando una señal de que algo no anda bien y reclama un cambio.¿Cómo incorporar esta mirada a la vida cotidiana, que exige estar siempre bien y medicarnos apenas aparece un síntoma?


–Si nos lo proponemos, todos podemos cambiar. Esa exigencia de estar siempre bien podemos desobedecerla y aceptar que estamos como podemos. Si no escuchamos lo que nuestro cuerpo nos pide, tarde o temprano empezará a hablar cada vez más fuerte y, cuando grite, puede que sea demasiado tarde. El poder está en nosotros, no en pastillas mágicas. Y con esto no quiero decir que no se tomen medicamentos si son necesarios, sino que además de eso algo tenemos que hacer nosotros para estar mejor.


El desequilibrio y la mesa


"Todos los estados patológicos pueden mejorarse a través de la alimentación", dice Susana Zurschmitten, licenciada en Nutrición, en el libro Alimentación para sanar. Nutrición del cuerpo, nutrición del alma (Editoral Albatros). "Siempre que se produzcan síntomas físicos de desequilibrio, hay herramientas dentro de nuestra alimentación cotidiana para ayudar a resolverlos o aliviarlos", plantea.


En el libro propone conocer los valores de los alimentos que ingerimos, pero no solo los nutritivos o energéticos sino aquellos que apelan a nuestros afectos que muchas veces quedaron registrados en ciertos rituales en torno a la comida o en ciertos platos.


"El cuerpo es noble. Cada cuidado que le demos nos lo devolverá en salud, energía, buena disposición, belleza", resume Zurschmitten. Porque la salud no está vista como ausencia de enfermedad sino como un estado que se traduce en energía, buena disposición y estado de ánimo, deseos de hacer, entre muchos otros aspectos que hacen a una vida mejor.

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Transgénicos contaminarán el maíz tradicional, admiten trasnacionales

Monsanto reconoció que los cultivos de maíz tradicional en México se contaminarán con semillas transgénicas en caso de que éstas se planten en el territorio nacional. Este es uno de los principales argumentos (que ahora la misma empresa admite) que expertos y organizaciones ambientalistas han presentado en contra de la siembra comercial del transgénico en el país, que es centro de origen de este grano.


En los oficios que han presentado, las compañías trasnacionales productoras de transgénicos –en el contexto de la acción colectiva que mantiene desde hace dos años la suspensión de la entrega de permisos gubernamentales para el cultivo del maíz– han expuesto argumentos que públicamente niegan.


En 2013, 53 ciudadanos y 20 organizaciones interpusieron ante tribunales un juicio de acción colectiva, admitido por el juzgado 12 de distrito en materia civil en el Distrito Federal, el cual determinó la suspensión de autorizaciones a las empresas. Las secretarías de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa) y de Medio Ambiente ya habían otorgado permisos para pruebas piloto y experimentales y estaban por concederlos para fines comerciales.


Las empresas han señalado que los transgénicos pueden coexistir con los maíces nativos sin consecuencias negativas, pero, de acuerdo con documentos presentados en el proceso judicial, la empresa Syngenta admitió en un oficio que si se siembra el grano modificado no se podrá realizar el libre intercambio de semillas sin que se contaminen los cultivos tradicionales.
Barreras físicas


Reconoció que para evitar el flujo de transgénicos hacia maíces nativos o criollos son necesarias las barreras físicas que impidan a productores y campesinos trasladar las semillas, intercambiarlas y hasta venderlas. Si se siembran transgénicos, nada de esto podría realizarse sin contagiar a los nativos. Hay que recordar que una de las prácticas recurrentes de los campesinos para elegir los granos es recolectarlos de distintos predios para utilizarlos en sus propias siembras.
Sumado a esto, la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados (Cibiogem), organismo gubernamental que se encarga de regular el tema, aseveró en una opinión enviada a los jueces que resultará más costoso a los campesinos usar las semillas transgénicas, ya que hay un incremento creciente de ellas.
Uno de los argumentos con los que se promueve el uso de estas semillas es que elevarán los rendimientos de maíz, pero la propia Sagarpa, que buscó ampararse contra la decisión judicial de suspender los permisos, reconoció que no hay tal aumento de producción.
Las trasnacionales buscan explotar los transgénicos comercialmente, sin fines científicos, lo cual queda claro en una respuesta dirigida al juez por Syngenta, en la cual reconoce que lo que pretenden es aprovechar y explotar en forma exclusiva su tecnología, según indican los documentos que fueron proporcionados por Colectivas AC, equipo de abogados que lleva la demanda.

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Cambio climático: el camino a recorrer tras la Cumbre de París

El 12 de diciembre, casi 200 países aprobaron el llamado "Acuerdo de París". Este documento de 32 páginas de extensión detalla minuciosamente el nuevo plan oficial de la humanidad para hacer frente a la crisis que supone el cambio climático. Las negociaciones para llegar al acuerdo se llevaron a cabo en un complejo fuertemente protegido ubicado en la zona parisina de Le Bourget. En virtud del "estado de emergencia" declarado tras los atentados terroristas que el 13 de noviembre provocaron la muerte de 130 personas en París, en todo el territorio francés estaban prohibidas las manifestaciones. Pese a ello, hubo activistas que no acataron la prohibición, también en virtud de un "estado de emergencia", frase con la que describen la situación del clima del planeta. Durante las dos semanas de la Cumbre de Naciones Unidas sobre Cambio Climático se llevaron a cabo manifestaciones, por momentos violentamente reprimidas por la policía, en las que personas de todo el mundo pidieron un tratado justo, ambicioso y vinculante a fin de evitar las peores consecuencias del cambio climático.


Dos días después del término de las negociaciones, el periodista británico George Monbiot sostuvo en Democracy Now!: "Lo que veo es un acuerdo sin plazos ni objetivos, con vagas y leves aspiraciones. Veo muchas palmadas en la espalda, mucha auto-felicitación, pero veo muy poco en términos del contenido real que se requiere para evitar el colapso de clima".


La postura de George Monbiot es opuesta a la de muchas personas comprometidas con la causa ambiental, quienes consideran el resultado de las negociaciones como un avance positivo. Michael Brune, director ejecutivo de Sierra Club, dijo: "Casi todos los países del mundo se comprometieron ya sea a reducir su propio nivel de emisiones de carbono o a poner un tope al aumento de sus emisiones. Hubo también un reconocimiento explícito de que aquello a lo cual se comprometieron no es suficiente y por tanto se estableció un proceso para evaluar el grado de avance que se alcanza y comprometerse entonces a efectuar mayores reducciones de forma ininterrumpida en los años siguientes".


La cumbre comenzó con el mayor encuentro de jefes de estado de la historia. El Dr. Hoesung Lee, presidente del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), organización de casi 2.000 científicos que publica el consenso de la comunidad científica mundial sobre el cambio climático, se dirigió a los líderes y enunció: "El clima ya está cambiando y sabemos que ello se debe a la actividad humana. De continuar de esta manera, nos arriesgamos a enfrentar impactos cada vez más graves e irreversibles: aumento del nivel del mar, sequías e inundaciones cada vez peores, escasez de agua y alimentos, aumento de los flujos de inmigración y refugiados a causa del clima, para mencionar solamente algunos". En casi todos los rincones del planeta, las conclusiones de la ciencia que estudia el clima se aceptan como un hecho.

Estados Unidos, principal país contaminante en la historia y sede de algunas de las compañías de extracción de combustibles fósiles más poderosas y políticamente influyentes a nivel mundial, es el único lugar donde se da crédito a quienes niegan el cambio climático.


Los especialistas en clima del IPCC proporcionaron distintos escenarios posibles frente al calentamiento global en los que describen de qué manera podría ser el mundo si el planeta alcanzara una serie de distintas temperaturas. Ya nos encontramos 1° Celsius por encima de la temperatura promedio de la era preindustrial y enfrentamos impactos devastadores. El principio rector del Acuerdo de París es la promesa de mantener "el aumento de la temperatura promedio del mundo muy por debajo de los 2° Celsius (lo que equivale a 3,6° F) en relación a los niveles preindustriales y desarrollar esfuerzos para limitar el aumento de la temperatura a 1,5° Celsius (o 2,7º F) por encima de los niveles preindustriales".


Esta diferencia, en apariencia pequeña, resulta de suma importancia. Con una rápida descarbonización de la economía mundial, con un rápido pasaje a energías renovables no contaminantes podríamos limitar el aumento de la temperatura a 1,5° Celsius. En ese escenario, los pequeños países insulares podrían sobrevivir al aumento del nivel del mar que se prevé. Con un aumento de 2° Celsius, el hielo polar se derrite, el agua se calienta y por tanto se expande y el nivel del mar se incrementa 91 cm.

Varios pequeños países insulares, como Maldivas o las Islas Marshall quedarían completamente sumergidos y desaparecerían. El objetivo de limitar el aumento de temperatura a un grado y medio por encima del nivel de la era pre-industrial se incluyó en el Acuerdo de París, pero como destaca George Monbiot: "Es como si se hubieran permitido adoptar 1,5° Celsius como objetivo al que aspirar ahora que esa meta ya es casi imposible de alcanzar".


La periodista y activista Naomi Klein habló también sobre el acuerdo. Klein sostuvo: "Pasará por encima de los límites cruciales establecidos por los científicos y pasará también por encima de los límites de la equidad. Sabemos, haciendo cálculos y sumando los objetivos que las principales economías presentaron en París, que esos objetivos nos llevan a un futuro muy peligroso. Nos llevan a un futuro con un calentamiento de 3 a 4 grados Celsius".


Asad Rehman, de Amigos de la Tierra, describió el límite de la equidad del que hablaba Naomi Klein: "Se trata de dar apoyo a los más vulnerables, las personas más pobres, que son quienes ya están perdiendo sus vidas y medios de sustento y que son quienes van a enfrentarse a impactos climáticos cada vez peores, principalmente por responsabilidad de los países ricos y desarrollados que han crecido y se han enriquecido gracias a la contaminación con carbono". En el Acuerdo de París, a este apoyo se le llama "Pérdidas y daños", que en los hechos significa un sistema de compensaciones de índole financiera por parte de los países ricos a los países pobres que sufren los graves impactos del cambio climático. Rehman agregó: "Los países ricos responsables de esta crisis pretenden ahora trasladar la carga de la responsabilidad de los ricos a los pobres. Mi gente habla del legado de Obama en lo que refiere al cambio climático. Desafortunadamente, el legado que dejará en este sentido es un cáliz de veneno para los pobres, al hacerles pagar realmente los impactos del cambio climático".


Una amplia coalición de organizaciones de acción contra el cambio climático prometieron un agresivo año de acciones directas orientadas a precipitar el fin de la era de los combustibles fósiles. Como me dijo Kumi Naidoo, de Greenpeace: "La mayoría de los que formamos parte de las organizaciones de la sociedad civil, nunca hablamos del 'camino hacia París', siempre hablamos del 'camino que pasa por París'.

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Última teoría sobre causas del cáncer apunta a estilo de vida

El medio ambiente y el estilo de vida del paciente podrían ser las causas de las tres cuartas partes de los casos de cáncer. Por tanto, solamente entre el 10 y el 30 por ciento de los casos, la enfermedad surge debido a factores aleatorios.


Los científicos internacionales recuerdan que la caótica división de las células madre, que es la consecuencia del cáncer, es provocada tanto por fallas internas del organismo como por causas externas: el tabaquismo, el alcohol o la radiación ultravioleta.


"Los factores externos juegan un papel muy importante, y la gente no debe escudarse en la mala suerte. No pueden seguir fumando y creer que el cáncer es solo mala suerte", explica el doctor Yusuf Hannun. "Si comparamos las causas de la enfermedad con una ruleta rusa, entonces las razones internas son solamente una bala de seis. Los fumadores añaden en el cargador dos o tres balas más y aprietan el gatillo".


Los investigadores señalan que no es terminante que si alguien está expuesto a factores de riesgo externos padecerá de cáncer.
Sin embargo, siempre existe esa posibilidad, así que no se debe confiar en la buena suerte. "A pesar de que hábitos saludables como no fumar, mantener una dieta sana y reducir la cantidad de alcohol no garantizan la protección contra el cáncer, reducen seriamente el riesgo de desarrollar esta enfermedad", asegura la investigadora Emma Smith.


Investigaciones anteriores habían dicho demostrar todo lo contrario, o sea que el cáncer surgía de manera aleatoria, por tanto la "mala suerte" era la principal causa de la enfermedad, en tanto el estilo de vida sólo influía en un pequeño por ciento.


(Con información de Russia Today)

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Científicos europeos lanzan un prototipo de vivienda espacial

Es una especie de cápsula plegable, con dos camas, aseos y un sistema de reciclado de aire y agua. Los científicos europeos presentaron esta semana un prototipo de vivienda espacial, como las que podrían instalarse en el futuro en Marte o en la Luna.
El SHEE, acrónimo en inglés de hábitat autodesplegable para entornos extremos, es como una casa prefabricada de 5.5 toneladas, capaz de viajar en una lanzadera espacial para desplegarse en unos minutos nada más tocar suelo en otro planeta.
Puede albergar, en 17 a 18 metros cuadrados y 50 metros cúbicos a dos astronautas completamente autónomos durante dos semanas, explicaron sus diseñadores, que viajaron a Estrasburgo (este de Francia) para presentar su creación.


Este proyecto costó 2.1 millones de dólares, que fueron financiados en 75 por ciento por la Unión Europea (UE).
El prototipo no está pensado para instalarlo en Marte: ni sus paredes de fibra de vidrio y resina ni su impermeabilidad se ajustan a las normas de un viaje interplanetario. Tampoco está equipado con una esclusa de entrada y salida para las escafandras, algo indispensable para Marte, explica Jérémi Gancet, experto en robótica, quien trabajó en este proyecto para la compañía belga Space Applications Services.


Como consecuencia, por ahora se aspira a probar el SHEE en la Tierra, en entornos aislados y hostiles, afirma Virginie Taillebot, ingeniera de Comex, empresa francesa especializada en tecnología submarina. Su trabajo consistió en contribuir en la regulación del agua, de la temperatura y de la atmósfera.


A prueba en España


La cápsula puede resultar útil, según Taillebot, en, por ejemplo, zonas golpeadas por desastres naturales, hasta las que puede transportarse por helicóptero.


Pero por encima de todo, lo que los diseñadores tienen en mente es el espacio.


En pocos meses el prototipo se instalará varias semanas en la zona de río Tinto, en Huelva, en el sur de España, para simular una experiencia en Marte.


Los creadores del SHEE confían además en que la Agencia Espacial Europea lo use para misiones de entrenamiento de sus astronautas.


Por su lado, la NASA investiga sobre módulos habitables, con la perspectiva de misiones a la Luna o a Marte, programadas para 2030. Proyectos complementarios, más que rivales, según Gancet, ingeniero belga que esboza las eventuales condiciones para una aplicación espacial.


Habría que instalar –explica– varios módulos SHEE, conectados, para formar una especie de aldea en el planeta rojo, en el que los astronautas pasarían por lo menos unos meses. Habría que reflexionar sobre cómo colocar, a su lado, depósitos de agua y de comida, así como de energía suficientes para cubrir sus necesidades.

Jueves, 17 Diciembre 2015 05:51

El salmón está llorando

El salmón está llorando

Ríen cuando se riega la noticia que dice que en breve podremos tener en nuestros platos lomos de salmón transgénico, puesto que este pasado mes de noviembre y por primera vez en la historia, la Administración de Medicinas y Alimentos de Estados Unidos (FDA) ha concluido que desde el punto de vista nutricional el salmón AquAdvantage es un alimento idéntico al salmón atlántico convencional. Ríen porque bien saben que transgénico o no, criado en granjas intensivas, en un monocultivo de salmón, estos animales engordan en condiciones ina¬ceptables. En Chile, potencia destacada en el sector, con una producción anual de 800 mil toneladas brutas de salmónidos, usan unos siete kilos de antibióticos por cada 10 toneladas de producción.


Ríen cuando la noticia explica que la modificación transgénica permite que los salmones en cuestión alcancen su peso comercial, unos cinco kilos y medio, entre los 16 y 18 meses, a diferencia de los 30 meses que requiere un salmón convencional. Ríen porque bien saben que criado en granjas intensivas lo que aumentará será la capacidad de producir salmones: si crecen más rápido podrán conseguir más ciclos en un mismo periodo y, por lo tanto, mayor será la sobrexplotación de las principales pesquerías pelágicas del planeta con las que se abastecen estas granjas del mar. Como el jurel, cuyas capturas en aguas chilenas, por ejemplo, han caído entre 1994 y 2010 de 4.4 millones de toneladas anuales a menos de 800 mil toneladas.


Ríen y piensan en la ballena azul, el más emblemático de los afectados por la contaminación que genera la industria intensiva de engorde de salmones enjaulados. Saben que con un salmón de crecimiento más rápido la contaminación se acelerará y los acuerdos que las empresas del salmón han adoptado para favorecer modelos de producción responsables, social y ambientalmente serán, como ya lo son ahora, sólo palabras bonitas de un negocio muy sucio. Las playas del sur de Chile y sus fondos marinos son depósitos de residuos plásticos, cables metálicos, redes viejas y otros elementos provenientes de esta industria.


Ríen porque este animal transgénico avance de la ciencia no está pensado para mejorar las condiciones laborales y sanitarias de su trabajo, que no son nada buenas. De hecho según el gobierno chileno más de 80 por ciento de las empresas del sector incumplen las normativas más elementales y sólo entre septiembre y octubre tres trabajadores han muerto en su puesto laboral, por accidentes en las lanchas que los transportan a las jaulas de cautivo o en labores de buceo para control de las mismas. Ríen cuando oyen el discurso que repite que los avances transgénicos han venido para salvar al mundo.


Ríen porque la noticia presenta al salmón transgénico como al superman que ayudará al desarrollo de un sector económico convertido en un activo fundamental para la economía chilena. Un sector, el de la industria del monocultivo intensivo de salmónidos para la exportación, que, ríen, saben que si aún se tiene en pie es porque lo está subsidiando toda la población chilena con sus impuestos. Se estima que antes de finales de año en Chile se despedirá a un primer grupo de 400 personas trabajadoras como parte de procesos de ajuste. Y entre las muchas causas de una tormenta perfecta, como dicen allí, está un crecimiento acelerado y una sobreproducción, con caída de los precios internacionales, que el salmón transgénico tal vez sólo empujará más y más. Al día de hoy la gran mayoría de empresas chilenas de salmonicultura están en una situación muy delicada; de hecho, sus acciones en bolsa han registrado como promedio una caída de 93 por ciento desde que salieron al mercado.


Ríen porque se imaginan los océanos primero invadidos por salmones colosales que comen y engordan sin cesar. Después, un océano desértico. Porque digan lo que digan los señores de la empresa de salmones transgénicos, tomen las medidas que tomen, sean estériles o sean criados tierra adentro, no es imposible que estos especímenes se reproduzcan en el mar.


Y ríen, con una mueca que ya no disimulan, cuando explican que todo esto no es cosa de salmones. Aprobar un animal transgénico es el primer paso –en un mundo entretejido por tratados de libre comercio– para impulsar el consumo masivo de productos de origen frankenanimal que serán producidos industrialmente mediante un pequeño puñado de compañías trasnacionales y comercializados por otras pocas grandes cadenas de supermercados, controlando los patrones de consumo de las poblaciones urbanas, a la vez de constituir un demoledor impacto para quien produce alimentos en modelos de pequeña y mediana escala.


Ríen.


Pero ríen para no llorar.


Por Gustavo Duch, coordinador de la revista Soberanía Alimentaria

Martes, 15 Diciembre 2015 06:43

La Drosophila melanogaster

La Drosophila melanogaster

Pensar la naturaleza comporta vivir en escalas inter y transgeneracionales. Bastante más y bastante diferente del presente. En un tiempo y una cultura que hace de la eficiencia y la eficacia, y con ellas de la productividad y el crecimiento, el mantra de su existencia.



La humanidad y la ciencia tienen una enorme deuda con la Drosophila melanogaster, comúnmente conocida como la mosca de la fruta, o también, la mosca del vinagre. Su corta vida, su rápida reproducción y los parecidos genéticos con los seres humanos la hacen propicia para comprender varias cosas: la evolución, la genética, las mutaciones y varias enfermedades.
En efecto, la secuenciación completa del genoma fue posible primero en 1998 y de manera definitiva en el año 2000, y permitió arrojar grandiosas luces sobre el mapa del genoma, conjuntamente con la Escherichia coli (bacteria intestinal), Saccharomyces cerevisiae (levadgenéticaura), Arabidopsis thaliana (planta), Caenorhabditis elegans (gusano), Mus musculus (el ratón casero), y el Sus scrofa (el cerdo salvaje).


El ciclo de vida de la Drosophila melanogaster dura aproximadamente dos semanas en temperaturas promedio de 22 oC. Gracias a que se pueden cultivar fácilmente en laboratorio, su ciclo de generación es breve, y tienen una muy alta productividad (las hembras pueden poner hasta 500 huevos en diez días). Las larvas maduras poseen grandes cromosomas en sus glándulas salivares, tan sólo poseen 4 pares de cromosomas (3 autosómicos y 1 sexual), y los machos no llevan a cabo ninguna recombinación, lo cual facilita sus estudios genéticos. En fin, las hembras ya pueden acoplarse a los machos entre las 8 y las 12 horas después de haber nacido. Cerca del 61% de las enfermedades mas comunes de los seres humanos poseen rasgos que genéticamente se emparentan con los genes de la mosca de la fruta y alrededor del 50% de las proteínas de esta mosca tienen rasgos análogos entre los mamíferos.


Hay que decir, por lo demás, que la longevidad de los seres humanos constituye, como un logro de la cultura, combinado con la propia evolución natural, una ventaja manifiesta —y, por consiguiente, una responsabilidad moral con respecto al espectro de la vida en el planeta—. En efecto, las proporciones entre el tamaño del cuerpo, el de su cabeza, los ritmos cardíacos y las expectativas de vida hacen del ser humano una de las especies más longevas sobre el planeta. Pero si ello es así, la carga de la demostración recae entonces sobre la cultura y la educación.


Existen diversas especies de vida corta, pero los ciclos de vida de la mosca de la fruta han sido propicios para comprender numerosos fenómenos de los procesos vitales, entre ellos la sexualidad, la reproducción, la genética e incluso la metabolómica.
La verdad es que la naturaleza se articula en un tejido amplio de numerosos tiempos vitales, muchos disyuntos de los de los seres humano y el tiempo humano es tan sólo uno referente adicional en la complejidad misma de la vida. Al fin y al cabo, tomando como base los ritmos circadianos, los tiempos de la naturaleza son al mismo tiempo de ciclos breves, medianos y largos, con muchos niveles intermedios; pero vista como un todo, la naturaleza existe con una escala temporal de largo alcance y de un muy grande calibre.


Ser contemporáneos —esto es, seres del siglo XXI—, comporta definir la existencia a partir de un dilema central: las relaciones entre genética y cultura, análogamente a como ser medievales significaba existir en el seno del dilema entre el pecado y la salvación. Pues bien, es posible parafrasear la primera idea diciendo que todo el dilema parece resolverse, hoy por hoy, en las relaciones entre los tiempos de la naturaleza y los tiempos de la cultura, o de la civilización, para el caso da igual.


"Vive rápido y muere joven", ha sido siempre una idea que hace que la existencia se hunda en el presente y descuente el futuro, y con él los sueños, los proyectos, las esperanzas y las ilusiones; incluso, hay que decirlo, las responsabilidades. Ese dictum nunca ha sido mejor acogido que en el mundo contemporáneo, cuando Europa, la más desarrollada de todas las civilizaciones, materialmente hablando, enfrenta desde hace muchos años tasas de natalidad por debajo de cero, y en los Estados Unidos las tasas de natalidad mantienen niveles de optimismo debido principalmente a la fuerza de los latinos, y cada vez menos, también de la población afrodescendiente.


En contraste, numerosas civilizaciones antiguas y hoy en día también numerosos pueblos mal llamados "primitivos o atrasados", definen su vida en función de los ritmos de la naturaleza y de los tiempos y ciclos naturales. Con ello, aprenden a pensar a largo plazo y a actuar también con una ventana inmensamente más amplia que la predominante en la civilización occidental.


Hagamos un pequeño experimento mental. Suponiendo que hablamos la lengua de la Drosophila melanogaster, si le planteamos: ¿Cómo piensas que podrías vivir en, digamos, 100 o 120 años? O bien, ¿no podrías actuar de otra forma, supuestas tus dos semanas de vida, de manera que avizores lo que pueda acontecer en 200 años? Con seguridad la mosca de la fruta nos miraría como si fuéramos locos.


Pues bien, pensar la naturaleza comporta vivir en escalas inter y transgeneracionales. Bastante más y bastante diferente del presente. En un tiempo y una cultura que hace de la eficiencia y la eficacia, y con ellas de la productividad y el crecimiento, el mantra de su existencia.


Si le planteamos a un tomador de decisiones (horribile dictum) —por ejemplo, un militar, un CEO, un político o un banquero— que piense en lo que puede acontecer en 500 años o en mil o dos mil años, sin duda, nos mirará igual que la Drosophila melanogaster: no entenderá nuestras palabras y nos considerará como locos. Se comportan como insectos que creen que todo el tiempo que existe es el suyo propio; y nada más.


Lo cierto es que el tejido de retos, desafíos y problemas de la crisis sistémicas y sistemáticas actuales exigen, absolutamente, otra estructura mental (mindset) perfectamente distinta a la habida hasta la fecha. Pero para un ser cuyas expectativas de vida son inmediatistas y efectistas, pensar en tiempos naturales es cosa de dementes. Según parece, impera la locura: esa, la malsana y patológica. "Disfruta el momento y vive el presente mientras dura": esa parece ser la lógica de la mosca de la fruta. Con una salvedad: en su caso la biología impera, mientras que, supuestamente, en el caso de los tomadores de decisiones pareciera ser importante la educación, la cultura, la filosofía y la ciencia. Palabras.


Cuando una especie no entiende a la naturaleza, esta lo comprende, le da su tiempo de espera, y si es necesario, pasa por encima suyo. Al fin y al cabo, la evolución es una idea que simple y llanamente significa el cambio de la vida. Y sí: a mediano y largo plazo las cosas cambian. La marca de calidad de la naturaleza es esa: el cambio y las variaciones. Pero la Drosophila melanogaster no parece/puede verlo de esta manera.

Miércoles, 02 Diciembre 2015 05:59

El genoma verde

El genoma verde

Las plantas cuentan con relojes endógenos que les permiten mantener la estabilidad interna de sus procesos biológicos. Un equipo liderado por Marcelo Yanovsky descubrió la funcionalidad del gen Gemin 2 vegetal frente a los efectos del cambio climático.


El tiempo es una categoría, construida en forma colectiva y en efecto mutable, que sirve a los seres humanos para advertir el cambio. En palabras del sociólogo alemán Norbert Elias puede definirse como "la puesta en relación de procesos factuales que se mueven continuamente". En esta línea, del mismo modo que existen dispositivos –como los relojes– que miden y otorgan sentido a las percepciones sobre el tiempo "externo"; por otra parte, también es posible identificar el tiempo "interno", tan periódico y predecible como el primero.


Desde esta perspectiva, la cronobiología se constituye como la disciplina que estudia el comportamiento de los ritmos biológicos en las funciones corporales. Ahora bien, bajo esta premisa, si se asume la presencia de ritmos endógenos que organizan las acciones vitales de las personas (como puede ser la distribución de horas destinadas al sueño y a la vigilia), ¿qué ocurre con los tiempos internos del resto de los seres vivos? En concreto, ¿cómo se sincroniza el reloj de las plantas?


Marcelo Yanovsky es doctor en Biología (UBA), investigador independiente del Conicet y, en la actualidad, dirige el prestigioso laboratorio de Genómica Vegetal del Instituto Leloir. Su infancia estuvo atravesada por cobayos, laboratorios y guardapolvos blancos. Desde pequeño, recibió la influencia de su padre, Jorge, médico especializado en el estudio del Chagas. Más tarde, cuando fue adolescente, su familia creó una empresa, pero su pasión por las plantas ya había florecido lo suficiente y optó por el camino de la ciencia. Hace 25 años posa su lupa sobre el reino vegetal, y en esta oportunidad, explica cómo funcionan y se ajustan los relojes internos de los seres vivos más sedentarios de todos, describe los últimos desarrollos vinculados al mundillo de la genética y evalúa las futuras aplicaciones de sus investigaciones al campo de la biotecnología.


–En el Instituto Leloir, usted se desempeña como jefe del Laboratorio de Genómica Vegetal. En concreto, ¿qué investigan?


–Las plantas cuentan con un genoma que reúne toda la información genética que contiene su programa de crecimiento y desarrollo en el ADN. Desde esta perspectiva, existen dos clases de genómica: la estructural y la funcional. Mientras la primera describe los genes, estudia su distribución y diferencia qué segmentos poseen información y cuáles no; la segunda analiza las acciones y el comportamiento, es decir, las funciones de cada gen. Mi equipo trabaja en esta última orientación, en particular, sobre aquellos genes que habilitan a las plantas a medir el tiempo, anticiparse a las estaciones y responder a la luz.


–¿Cronobiología? Algo similar a lo que Diego Golombek analiza en seres humanos...


–Sí, Diego es uno de los padres fundadores de la cronobiología y, de hecho, él me ayudó bastante cuando realicé mis primeros pasos en el área. Era mi consejero, pues, nadie se preocupaba por los relojes biológicos de las plantas, allá por 1995.


–En este sentido, ¿qué es un reloj biológico?


–Es un mecanismo que tienen todos los seres vivos que les permite medir el tiempo: anticiparse y adaptarse a los cambios ambientales vinculados a los ciclos de luz-oscuridad –relacionados con el movimiento de rotación de la Tierra– y, por otra parte, a las modificaciones referidas a las estaciones anuales –emparentadas con el movimiento de traslación del planeta alrededor del Sol–.


–De aquí, ¿qué funciones cumplen en las plantas?


–Por ejemplo, permiten controlar el proceso de fotosíntesis, la tolerancia al frío y regular el crecimiento de las hojas. Son grandes coordinadores que optimizan el funcionamiento en relación a las variables ambientales que más impactan en las plantas: luz, temperatura, humedad. Ese mismo reloj lo utilizan las plantas para medir el largo del día y sincronizar su desarrollo anual –hay algunas especies que florecen en primavera cuando los días se alargan mientras otras lo hacen hacia el final del verano cuando los días comienzan a acortarse–. De modo que estudiamos cómo son los genes que interactúan y los mecanismos que se ponen en juego.


–¿Qué ocurre con las plantas cuyo reloj interno se descompone?


–Una planta que no mide de manera correcta el tiempo no logra adaptarse. Existen especies cuyo reloj endógeno funciona muy lento y no se ajustan a días de 24 horas. En efecto, de manera artificial, es posible crear días de 30 horas con 15 horas de luz y 15 de oscuridad, para que logren sobrevivir. Del mismo modo, puede ocurrir el caso inverso: ejemplares cuyos relojes estén bien sincronizados en lapsos de 24 horas diarias que funcionan mal con días artificiales de 30 horas.


–Imagino que ello depende de la variabilidad genética...


–Exacto. Sucede algo parecido con los seres humanos: están los que se despiertan muy temprano y los que se acuestan tarde. Lo que se modifica, en definitiva, es el modo en que se interpreta el largo del día. Hace muchos siglos la humanidad se interesó por adaptar ciertas especies en determinadas latitudes. Ello ocasionó, en el proceso evolutivo, la selección inconsciente de genes específicos que producen que un reloj funcione más lento o más rápido de acuerdo a la necesidad de los agricultores.


–Ya que describe el estudio de los tiempos internos de los seres vivos como el producto inacabado de un proceso histórico que siempre deviene, ¿en qué momento la ciencia comienza a pensar en relojes biológicos?


–La historia de la cronobiología está muy emparentada con el desarrollo de la biología vegetal. Los ritmos biológicos son descubiertos en las plantas por los griegos cuando observan en el siglo 200 a. C. que las hojas cambiaban su posición en el transcurso del día. Luego, en el siglo XVIII, el astrónomo francés Jean-Jacques d'Ortous de Mairan observó que las hojas de las plantas estaban extendidas durante el día y se replegaban durante la noche. Tras colocar una maceta con una de sus plantas en sitios sin luz durante varios días, constató que las hojas se continuaban extendiendo y retrayéndose en la oscuridad. Era, tal vez, la primera sugerencia que indicaba que los seres vivos contaban con un reloj endógeno.


–Un momento, si el reloj es interno, ¿por qué son importantes los ciclos de luz-oscuridad?


–Porque si bien no dependen de los ciclos de luz-oscuridad para funcionar, deben sincronizarse todos los días. Para este ajuste diario son vitales las señales del ambiente. Existen sensores –pigmentos– que reciben la luz y que sincronizan los relojes.


–Es decir que la luz se encarga del proceso de "reset" de los relojes..

.
–Claro. A diario, se resetean al amanecer y al atardecer.


–Cuénteme en qué se basa su último descubrimiento: el "termostato" que protege a las plantas del cambio climático.
–Se vincula un poco con lo que recién te comentaba. Si bien los relojes son internos, necesitan del ambiente y de los ciclos de luz-oscuridad para sincronizarse a diario. No obstante, tampoco es bueno que respondan de una manera exagerada a lo que ocurre en su entorno. Por ejemplo, no sería positivo que un reloj se acelere con el calor o se enlentezca con el frío. El ciclo de luz-oscuridad no depende de la temperatura, por ello, estudiamos el proceso de regulación natural de los efectos de las temperaturas en las plantas.


–¿Cómo lo hacen?


–Buscamos ejemplares que cuenten con relojes que funcionan mal, es decir, plantas con algún gen mutado que ocasione la aceleración o la desaceleración de los ritmos. Luego, observamos cuáles son las piezas que se arruinaron.


–Y, en general, ¿qué piezas se arruinan?


–No sabemos bien cuáles se arruinan, pero sí podemos afirmar que hay algunas que son fundamentales. Hace unos años descubrimos, en colaboración con el doctor Alberto Kornblihtt, que existía una pieza vital que permitía que el reloj interno funcione de manera adecuada, encargada de regular la expresión génica de un proceso denominado splicing –empalme– alternativo. Hallamos un gen –Gemin 2– que atenúa los efectos de la temperatura y facilita la homeostasis de las plantas frente al cambio climático.


–¿Qué ocurre con las plantas que no tienen ese gen?


–Las plantas que no tienen el gen –porque, eventualmente, son mutantes– cuentan con un reloj muy sensible al cambio de temperaturas. En muchos casos, no toleran los efectos del cambio climático y no sobreviven. A su vez, evidenciamos un ciclo regulatorio que contribuye a que la temperatura no impacte sobre el reloj. Ahora bien, hasta el momento resulta muy complejo colocar ésta pieza en aquellos relojes que funcionan mal. El mundo se calienta y, en esta línea, buscamos opciones que desde la biología otorguen respuestas en relación al crecimiento y al desarrollo de las plantas.


–¿Qué impacto pueden tener sus investigaciones en el campo de la producción agrícola?


–El objetivo es mejorar los mecanismos de defensa de las plantas frente a los efectos derivados del cambio climático. Los golpes de calor impactan de modo negativo sobre la productividad de cualquier cultivo. Por ello, desde la genómica buscamos ayudar a las plantas a superar los picos de temperatura y el estrés, a partir de la manipulación de sus relojes internos.


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Miércoles, 02 Diciembre 2015 05:48

El cerebro no entiende de sexos

El cerebro no entiende de sexos

Después de años de polémica, un nuevo estudio publicado esta semana en la revista PNAS niega el dimorfismo sexual en la estructura del cerebro humano. En general, el trabajo apunta una falta de evidencia científica al hablar de cerebros masculinos y femeninos.

La investigación recoge el análisis de imágenes de resonancia magnética de más de 1.400 cerebros humanos.

Los autores identificaron un subconjunto de regiones del cerebro que muestran más diferencias entre sexos. Cerebro por cerebro, analizaron la forma de cada una de sus regiones para clasificarlas como más 'femeninas' o más 'masculinas', en función de la prevalencia de distintos rasgos en uno y otro sexo.


Aunque entre el 23% y el 53% de los cerebros tenía al menos una región más marcadamente femenina y masculina (lo que los científicos llamaron 'extremo femenino' y 'extremo masculino'), apenas entre el 0% y el 8% de los cerebros fueron totalmente catalogados como extremos para ambos géneros.

Los resultados sugieren que la mayoría de los cerebros son mosaicos heterogéneos con características intermedias. Es decir, los cerebros humanos no pertenecen a una categoría estructural femenina o masculina.

En la imagen pueden observarse los diferentes volúmenes (verde=grande, amarillo=pequeño) de las regiones del cerebro en 42 adultos que muestran la coincidencia entre las formas de los cerebros de las mujeres y los cerebros de los hombres.

Domingo, 29 Noviembre 2015 05:46

La última chance, en París

La última chance, en París

Después de Kioto en 1997 y Copenhague en 2009, muchos ven la COP 21 como la oportunidad final de hacer algo por el planeta, crear un protocolo mundial vinculante y darle un rol serio a la ONU. La resistencia de las potencias industriales.


"¿Podemos aún salvar el planeta?" La pregunta, a toda página, la formula la ultima edición del vespertino Le Monde en vísperas del inicio de la conferencia mundial sobre el clima, la COP 21, que se celebra en Francia entre el 30 de noviembre y el 11 de diciembre. Los 195 jefes de Estado pertenecientes a los países firmantes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (Cmnucc) buscarán en París un acrobático acuerdo para disminuir las emisiones de efecto invernadero que destruyen al planeta. Nada parece más difícil, ni más hipotético. Varios frentes se cruzan en esta mega cumbre: los países en vías de desarrollo y los emergentes se confrontan a las grandes potencias contaminantes (Estados Unidos, China, la Unión Europea, Rusia). Y las potencias entre sí se confrontan en torno del carácter vinculante o no de las decisiones que se adopten en París.


Ya antes que una batalla entre potencias sucias y promotores de la salvación de lo que nos queda de planeta, la cumbre se convirtió en una pugna entre la sociedad civil y el Estado francés. Los atentados terroristas de 13 de noviembre –130 muertos, 350 heridos– condujeron a la adopción del Estado de Emergencia, una medida que prohíbe muchas cosas, sobre todo las manifestaciones, y le otorga a los organismos de seguridad derechos astronómicos y sin control. Los imperativos de seguridad llevaron a que se anule la mega manifestación prevista para este domingo 29 de noviembre y que, también, se prohíba todo tipo de manifestaciones. Esto ha dejado afuera a la sociedad civil que pensaba marcar su postura en las calles. El ministro francés de Interior, Bernard Cazeneuve, admitió también que 24 militantes ecologistas considerados "activistas peligrosos" se encuentren actualmente bajo arresto domiciliario. El lector apreciará el abuso implícito en la forma de hacer pasar a un militante ecologista con el mismo perfil de peligrosidad que un terrorista asesino.


Sin dudas, el Estado francés quiere evitar que se repitan los graves accidentes que marcaron la cumbre sobre el clima que se llevó a cabo en Copenhague en 2009, cuando decenas de miles de personas se opusieron con furia al escandaloso espectáculo que dio la comunidad internacional. Se habían reunido para salvar al planeta y lo único que hicieron los países industrializados fue salvar sus intereses, es decir, no aprobar ningún texto vinculante, ni la más mínima medida o programa de protección. De hecho, la COP 21 de París retoma los trabajos allí donde los dejó Copenhague. Las potencias, principalmente Estados Unidos y China, habían logrado dejar afuera a las Naciones Unidas. Entre 2009 y 2015 lo que se logró es que le ONU recobrara su papel preponderante en este ciclo.


El fantasma de Kioto


El objeto central de la COP 21 consiste en reemplazar al difunto protocolo de Kioto para empezar a aplicar uno nuevo a partir de 2020. El protocolo de Kioto, firmado en 1997, había fijado los objetivos que debían cumplir los países desarrollados para reducir la emisión de gases contaminantes. Kioto fue un fracaso y un éxito. Fracaso porque sólo 37 Estados del mundo aceptaron las medidas vinculantes. Las grandes potencias emisoras de gases, Estados Unidos y China por ejemplo, no lo aplicaron –Estados Unidos ni siquiera lo ratificó–. El éxito está en que allí donde se llevó a la práctica al pie de la letra, el protocolo de Kioto superó la meta inicial del 5 por ciento y la reducción de gases alcanzó el 22 por ciento. Sin embargo, el fracaso volvió a cerrar el camino de la salvación. Como las potencias mundiales no lo aplicaron, la emisión de gases se incrementó en 24 por ciento entre el 2000 y el 2010.


París es entonces un momento clave. Para muchos, la COP 21 es considerada como "la última oportunidad" de hacer algo realmente serio por el planeta. "En el cambio climático se juega el destino de la humanidad ", dice Christiana Figueres, la secretaria ejecutiva de la ONU a cargo del cambio climático. "París 2015 es una fecha casi fatal", repiten a coro responsables de toda índole. Lejos de generar un consenso para preservar la humanidad, el cambio climático es objeto de una guerra interna en el capitalismo donde se combaten dos visiones: una, industrial, liberal y mercantilista pone en tela de juicio la realidad del cambio climático, otra, algo más global y responsable, pone el acento en la destrucción que el aumento de la temperatura acarrea en la tierra. Dentro de ese antagonismo entra otro: el que opone a los países más industrializados responsables supremos del calentamiento global y de las emisiones de gases de efecto invernadero, con los países menos desarrollados, a quienes se les exige un esfuerzo similar al de las potencias contaminantes con escasas compensaciones.


La intención, en París, es que los 195 países firmantes implementen medidas para atenuar las emisiones de gases contaminantes y fijen un marco para la próxima gran conferencia del clima que se llevará a cabo en 2020, con la cual se reemplazará definitivamente el protocolo de Kioto. Como se puede apreciar, el mundo juega con la seguridad climática como con una bomba de tiempo. Varios organismos internacionales ya consideran que París y sus acciones preparatorias llega demasiado tarde. Un estudio elaborado por el Climate Action Tracker (CAT, organización científica independiente con sede en Londres), advierte que los planes de acción climática presentados hasta ahora por los países miembros de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático no evitarían que el calentamiento global del planeta llegue a los 2, 7º C. En la capital francesa se busca que, a finales del siglo, la temperatura global no sobrepase los dos grados. Con lo cual, la cruzada a favor de una temperatura salvadora está perdida. Los científicos del IPCC (Panel Internacional del Cambio Climático, un organismo dependiente de la ONU) alegan que si se continua con el ritmo actual, la temperatura global ascenderá entre 3,7 y 4,8 grados en el ano 2100.


La diferencia entre la cumbre COP 21 y el protocolo de Kioto radica en que no se obligará a que los países reduzcan de manera obligada sus emisiones de CO2. El esquema que se ha presentado es el voluntario, es decir, cada país presenta sus propios compromisos. 170 naciones del mundo adelantaron hasta ahora sus propuestas. La ONU calcula que las llamadas "medidas voluntarias" fijadas para el horizonte 2025-2030 elevarán la temperatura a un pico de 2,7 grados. De todas formas, todos son conscientes de que, hasta 2030, la temperatura no disminuirá.


El gran salto al vacío de la COP 21 está en el carácter vinculante del acuerdo. La Unión Europea pugna por un texto que, al menos, tenga capítulos vinculantes. Estados Unidos pone trabas, sobre todo legislativas. Es altamente probable que el Congreso y el Senado norteamericano rechacen cualquier tratado vinculante. El carácter vinculatorio del tratado es el objeto de todas las controversia. Muchos países pueden hacer fracasar la cumbre al negarse a firmarlo. Y no es todo. El otro contenido polémico son las medidas de compensación destinadas a los países más pobres que deben adaptarse al cambio climático.

Desde 2020 comenzará a funcionar el llamado Fondo Verde del clima. Dotado de 100.000 millones de dólares, el Fondo compensará lo que ciertos países pierden al adaptarse a la tragedia climática. Esto es, en si, un absurdo, porque numerosos países en vías de desarrollo sufren ya de manera drástica los estragos del clima destruido por el club de potencias contaminantes. Como decía un indígena Papúa invitado a Francia, Mundlya Kepanga, "si se sigue destruyendo la naturaleza, todo esto existirá sólo en sus museos".

Publicado enMedio Ambiente