Sábado, 05 Mayo 2018 06:53

El valor del marxismo hoy

El valor del marxismo hoy

El 5 de mayo se cumplen 200 años del nacimiento de Karl Marx. Y este año, 170 de la aparición del Manifiesto comunista, su obra más difundida, escrita junto a su inseparable camarada Federico Engels. El materialismo dialéctico es una de las tres grandes concepciones de la civilización occidental, precedida por el cristianismo y luego por la individualista, que surgió con Montaigne en el siglo XVI y que históricamente corresponde al liberalismo y la concepción burguesa del mundo.


Una concepción es una visión de conjunto de la naturaleza y de la sociedad. Representa una filosofía, pero además una acción, una actitud militante y no espectadora. Y es la obra y la expresión de una época. La materialista dialéctica se desprende del conocimiento racional, científico, y por consiguiente, no termina con Marx y Engels. Por eso Marx dijo que él no era marxista, porque el materialismo dialéctico tiene la particularidad de poder negar sus propias afirmaciones, en tanto el análisis científico lo determine.1
Desde la caída de los regímenes del “socialismo real”, el materialismo dialéc-tico se presenta como una concepción abierta, sin pretensiones de infalibilidad, y sobre todo con una tradición de teoría al servicio de las clases y sectores explotados, oprimidos y alienados. En los aportes de sus fundadores y de sus continuadores están las raíces críticas del capitalismo y la promoción de la lucha revolucionaria en pos de una nueva sociedad, con una primera fase socialista y una segunda comunista, meta última de Marx y Engels, cuando cada individuo aportaría de acuerdo a sus posibilidades, y recibiría de acuerdo a sus necesidades. La teoría es plenamente reivindicable y es ajena a la pretensión doctrinaria de una filosofía de la historia o sociología de las clases que anuncie la inevitable victoria del proletariado, o de la idea de la inexorabilidad del progreso.
El capitalismo del siglo XXI


El capitalismo ha demostrado adaptabilidad y ha sobrevivido a las diversas crisis y a las luchas de las clases, capas y sectores explotados y oprimidos. Con los descubrimientos e inventos que más le sirven, ha conseguido desarrollar las fuerzas productivas, que en la actualidad se expanden especialmente con las tecnologías de la información y la comunicación. Además, la tendencia de la burguesía es a unificar sus empresas y su poder a escala mundial, lo que se ha denominado “globalización”. Y por encima de los organismos oficiales –como la Onu, la Otan, el Banco Mundial y el Fmi– existe un verdadero poder en las sombras, el denominado Club de Bilderberg, en el que desde hace décadas los principales líderes políticos y empresariales del mundo delinean las orientaciones de las organizaciones antedichas y de los estados nacionales. Al creciente poder centralizado que opera en el campo económico, político, militar, etcétera, se agrega el inmenso poder de los medios masivos de comunicación, de iglesias oscurantistas y de Ong “humanitarias” que “orientan” la opinión de las grandes masas en beneficio de esos poderes y no de ellas mismas.


El materialismo dialéctico nació con la revolución industrial y el proletariado moderno y pensó en esta clase como la revolucionaria por excelencia. Una clase constituida por los que sólo poseen su fuerza de trabajo, que tiene su fuente de ingresos en el salario y que se destaca por su elevada concentración en un mismo lugar de trabajo, una característica derivada de la gran industria. Sin embargo, con las revoluciones científico-técnicas ocurridas en los últimos dos siglos, el motor del desarrollo económico se ha desplazado de la industria a los servicios, y todas las modificaciones estructurales del capitalismo han fragmentado al proletariado y transformado el conjunto de la masa trabajadora.


El resultado es la existencia de una nueva clase trabajadora, también explotada, oprimida, alienada, pero con otras características. Además, ha aumentado la cantidad de marginados, carentes de una concepción revolucionaria, que se contentan –para decirlo con palabras de Lenin– con “las migajas” del festín de la burguesía trasnacional. Todo lo cual obliga a analizar las nuevas relaciones sociales entre las clases y sus luchas, que involucran también a otros componentes, como las etnias (muy importantes en ciertas regiones de nuestra América) y diversos sectores componentes del bloque popular.


Del socialismo en estado larvario al socialismo


El materialismo dialéctico debe asumir el fracaso del presunto “sistema socialista”, mejor definido como protosocialismo o socialismo en estado larvario,2 que no ha conducido al socialismo, lo que es muy bien utilizado por el bloque burgués dominante.


Fracaso que abre la interrogante: ¿hay motivos para pensar que habrá una transición socialista en el futuro? En todo caso, el desarrollo histórico no es lineal y lo confirma el capitalismo. Un “primer capitalismo” triunfó en Europa en el siglo XVI en la zona mediterránea, desapareció ante la reacción nobiliaria y reapareció en la Inglaterra de la revolución industrial, en los siglos XVIII y XIX.3


¿Qué han dejado dichas experiencias? De las afirmaciones de los principales teóricos vale rescatar dos conclusiones: que el socialismo es imposible de construir mientras haya pobreza material y espiritual de los pueblos, y que son inviables las construcciones aisladas en los marcos nacionales.


De lo expuesto, ¿puede inferirse que la humanidad debe optar por el capitalismo, pues quizás consiga superar sus deficiencias? No lo creemos, porque las razones para combatir al capitalismo son cada día mayores. Señalamos las principales. Pese a que toda la humanidad podría vivir bien, asistimos a una repugnante desigualdad: las ocho personas más ricas del mundo poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad, aproximadamente 3.500 millones. La cantidad de personas subalimentadas aumenta: de 777 millones en 2015 a 815 millones en 2016. Pero la ganancia está ante todo: en 2017 en Uruguay se tiraron toneladas de manzanas para evitar la caída de su precio.
El capitalismo además perturba peligrosamente a la naturaleza. Contamina el agua, el aire, la tierra, al tiempo que desaparecen especies animales y vegetales. Lo ha dicho el papa Francisco y Evo Morales lo ha sintetizado así: “o muere el capitalismo o muere la madre Tierra”.


Otro asunto “menor” es el de los problemas físicos y psíquicos perjudiciales para los seres humanos, que el capitalismo no ha creado, pero que agrava. El sedentarismo es uno de ellos. Hemos pasado de ser animales altamente activos a sedentarios. Desde la era industrial se ha acentuado la discordancia entre el pasado del género humano y el presente. Sabemos que es preciso equilibrar el ejercicio físico y el mental, pero las condiciones económicas, tecnológicas, y aun culturales, lo impiden para las grandes mayorías.
Aceptar el funcionamiento del capitalismo actual además vuelve imposible la equidad, naciones pobres no podrían vivir como las ricas, porque si todas adoptaran el modo de vida estadounidense se necesitarían cinco o seis planetas como la Tierra para abastecerlas. Con el 7 por ciento de la población mundial, Estados Unidos consume la cuarta parte de los recursos del planeta. Si todos los habitantes vivieran con el nivel de vida medio de Francia se necesitarían tres planetas. Al capitalismo lo disfrutan pocos y lo sufren muchos.


¿Son tiempos de revoluciones?


A nivel mundial en general no son tiempos de revoluciones, como los de la revolución francesa o la rusa. Para que haya una revolución es precisa una situación revolucionaria, caracterizada por que las clases dominantes no pueden mantener inmutable su dominación, porque se agravan la miseria y los sufrimientos del bloque social explotado y oprimido. Y porque hay intensa actividad de resistencia de las masas, de la población activa. Además, se precisa una crisis revolucionaria que agregue a esas condiciones la capacidad de los “de abajo” de accionar con fuerza para derribar al régimen cuestionado. La crisis del sistema capitalista se perfila de larga duración, y no habrá retroceso inmediato del sistema porque no hay quien lo derribe.


En tales condiciones, vale trabajar con base en la clase trabajadora –aunque sea diferente al proletariado fordista–, perfeccionando la lucha ideológica desde diversos puntos del mundo, contra la alienación propagada por el gran capital, para que se enhebren procesos, acercando progresivamente las legítimas y diversas experiencias de los pueblos en la búsqueda del socialismo y del comunismo. Para ello es primordial fortalecer el internacionalismo de los trabajadores, imprescindible ante el poder mundial de las grandes trasnacionales.


Parece atinado contribuir desde el “arriba” del poder estatal si se cuenta con él, por quienes buscan la meta socialista, aunque no sea una “dictadura del proletariado” (por ejemplo, China o Cuba), o en cualquier país, desde el “abajo” de las organizaciones sociales y políticas. Desde el poder estatal se contribuye con cierta planificación y defendiendo formas de propiedad colectivas y estatales, con vistas a eliminar el hambre, la miseria, la ignorancia. Y, por ese camino, posibilitar que efectivamente las grandes mayorías puedan pelear por sus derechos, haciendo viables la plena libertad y la igualdad, eliminando la propiedad capitalista.


En todos los casos –con o sin el poder estatal–, desde el “abajo” resulta acertado desarrollar la conciencia de clase de los trabajadores y de sus aliados populares, extender las organizaciones de masas y luchar por su funcionamiento democrático, al mismo tiempo que fortalecer las movilizaciones. Para que de esta manera, a través de una lucha de clases que será prolongada, se conduzca a la humanidad a los destinos soñados por tantos, entre otros por Marx y Engels. En suma, una meta que se irá perfeccionando a medida que la praxis de esas grandes masas lo permita.


1. Una elaboración más desarrollada de esto se encuentra en Marxismo, ese ocultado, de mi autoría (Arca, 2007).
2. Rudolf Bahro, La alternativa. Contribución crítica al socialismo realmente existente. Alianza Editorial, Madrid, 1979.
3. Jürgen Kuczynski, Breve historia de la economía. Colección Hechos, Ideas y Ciencia. Buenos Aires, 1961.

 

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Domingo, 22 Agosto 2010 07:04

¿Existen las clases sociales?

Los detractores del socialismo no pueden oír hablar de la existencia de explotación, imperialismo o explotadores. Se muestran iracundos cuando algún comensal o interlocutor les hace ver que las clases sociales son una realidad. Los portadores del nuevo catecismo posmoderno, dicen tener argumentos de peso para desmontar la tesis que aún postula su validez y su vigencia como categorías de análisis de las estructuras sociales y de poder. Lamentablemente, sólo es posible identificar, con cierto grado de sustancia, dos tesis. El resto entra en el estiércol de las ciencias sociales. Son adjetivos calificativos, insultos personales y críticas sin altura de miras. Yendo al grano, la primera tesis subraya que la contradicción explotados-explotadores es una quimera, por tanto, todos sus derivados, entre ellos las clases sociales, son conceptos anticuados de corto recorrido. Ya no hay clases sociales y si las hubiese, son restos de una guerra pasada. Desde la caída del muro de Berlín hasta nuestros días las clases sociales están destinadas a desaparecer, si no lo han hecho ya. El segundo argumento, corolario del primero, nos ubica en la caducidad de las ideologías y principios que les dan sustento, es decir el marxismo y el socialismo. Su conclusión es obvia, los dirigentes sindicales, líderes políticos e intelectuales que hacen acopio y se sirven de la categoría clases sociales para describir luchas y alternativas en la actual era de la información, vivirían de espaldas a la realidad. Nostálgicos enfrentados a molinos de viento que han perdido el tren de la historia. Para seguir adelante, hay que renovar, buscar conceptos en un mundo novísimo.

Sin duda en las dos últimas décadas del siglo XX y la primera del XXI han emergido procesos sociales, económicos, políticos y culturales que no sólo han reinventado la realidad sino los conceptos para describirla. Ello no es acontecimiento novedoso. La historia está llena de estas vicisitudes donde se inventan palabras. Basta leer libros de tecnociencias, informática, bioquímica o neurociencias para comprobar lo dicho. Incluso, una academia tan conservadora como la española de la lengua se ve obligada, cada cierto tiempo, a incorporar voces que emergen de la vida diaria hasta convertirse en una realidad difícil de soslayar. Sin embargo, no debe caerse en el absurdo de tirar el niño con el agua sucia dentro. Nuevas voces no invalidan las ya existentes. Pueden complementar o enriquecer el lenguaje.

La posibilidad de caer en el absurdo a la hora de renombrar objetos, oficios y situaciones, está a la orden el día. Los casos son variopintos. Así, nos podemos encontrar que un cocinero se ha convertido en un restaurador de alimentos; los recreos en los patios de los colegios, han pasado a denominarse segmentos lúdicos y los bares se consideran zonas de avituallamiento rápido. Esta moda sólo aporta confusión.

No es lo mismo un concepto viejo que otro anticuado. El imperialismo existe por mucho que les pese a quienes plantean su muerte en beneficio de la llamada interdependencia global o globalización. Su definición sigue siendo válida en tanto explica a) la concentración de la producción y del capital que dio origen a los monopolios; b) la fusión del capital bancario e industrial y la emergencia de una oligarquía financiera; c) el poder hegemónico de la exportación de capitales frente a las materias primas; d) la formación de las trasnacionales y reparto del mundo entre las empresas; f) las luchas por el control y el reparto territorial del mundo entre países dominantes; y g) facilita comprender las formas de internacionalización de los mercados, la producción y el trabajo.

Por consiguiente, los cambios del imperialismo señalan su versatilidad y capacidad de adaptación en medio de los cambios profundos que sufre el capitalismo. La globalización como concepto no sustituye al imperialismo como una realidad. Saber que el imperialismo actual dista del imperialismo del siglo XIX es sentido común y no requiere de muchas cábalas. El imperialismo goza de buena salud. Otro tanto ocurre con el concepto de clases sociales. En la actualidad muchos científicos sociales prefieren hablar de estratificación social y estructuras ocupacionales antes que acudir al concepto de clases sociales para explicar las desigualdades, la pobreza o la indigencia. Los ejemplos pueden continuar. También los conceptos de explotación y colonialismo internos ha caído en desgracia aunque la semiesclavitud, la trata de blancas y el trabajo infantil y el dominio étnico sean una realidad cada vez más extendida en el planeta. Es este contexto adverso para el pensamiento crítico donde ve la luz, en América Latina, una nueva realidad que trata de explicar este rechazo al uso de conceptos y categorías provenientes de la tradición humanista y marxiana: la colonialidad del saber y del poder.

Bajo el manto de parecer posmodernos, integrados a la llamada sociedad de la información y partícipes de la globalización neoliberal, se renuncia a ejercer el juicio crítico. Es más cómodo dejar de pensar, apoyándose en una supuesta caducidad de los conceptos, que darse a la molestia de averiguar cuáles son y han sido las transformaciones sufridas por las clases sociales durante las últimas décadas. Ello supondría reflexionar, atributo del cual carecen los nuevos robots alegres de pensamiento sistémico.

Por último sirva como provocación señalar las diferencias entre conceptos viejos y anticuados. La ley de gravitación universal tiene más de cinco siglos, por su data es desde luego longeva, pero sigue siendo válida. Quienes duden de su pertinencia, les aconsejo un ejercicio práctico, déjense caer de una altura de 50 metros y comprobaran si la ley de gravitación universal es anticuada y caduca. Lo mismo ocurre con las clases sociales. Negar su existencia es, por decir lo menos, un acto de ignorancia.

Por Marcos Roitman Rosenmann

 
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Domingo, 22 Agosto 2010 07:00

Trotsky, a modo de balance

León Trotsky, asesinado hace 70 años en México, fue para la izquierda el hombre más importante del siglo pasado y es hoy el único que sigue siendo indispensable para comprender aspectos fundamentales de la realidad de este siglo. En efecto, Stalin enterró la obra de Lenin, salvó al capitalismo mundial, vacunó a pueblos enteros contra la idea del socialismo y condujo al derrumbe inglorioso de la Unión Soviética y de los países socialistas de Europa oriental, mientras Mao, en quien muchos depositaron tantas esperanzas, condujo por su parte a la construcción de un partido que no sólo no es anticapitalista sino que cuenta con miles de millonarios en dólares en su seno y que se dedica a edificar a toda marcha un país capitalista basado en la terrible explotación de la naturaleza y de la mano de obra.

Trotsky, como todos los grandes hombres, tuvo grandes defectos y también errores de gran magnitud y trascendencia. Con Lenin, por ejemplo, reprimió a los marineros anarquistas de Kronstadt e ilegalizó sucesivamente a los socialistas revolucionarios y a los mencheviques de izquierda, que habían apoyado la revolución de octubre y formaban parte del gobierno y de los soviets (consejos obreros). Después votó la supresión de fracciones en el partido, lo cual sentó las bases para su transformación en un partido único identificado con un Estado heredado del zarismo, burocrático y jerárquico, y así abrió involuntariamente el camino a Stalin. La invasión extranjera y la guerra civil tuvieron para él prioridad sobre la construcción de una conciencia socialista y junto con Lenin puso al partido por sobre la clase obrera, sustituyéndola y sometiéndola al aplastar a la oposición obrera en el partido. Creyó en los años 20 que el partido podía representar a toda la clase obrera, desconociendo la pluralidad de ésta, y que podría dirigirla, dejando así de lado la necesidad de ganar democráticamente consenso para construir el socialismo pues éste no es obra de un partido sino de los trabajadores mismos. Por último, no le hizo caso a Lenin, que le proponía combatir conjuntamente a Stalin y concilió con éste y después también con Zinoviev y Kamenev que habían entronizado y servido a Stalin y volvieron a capitular ante el mismo.

Mientras Lenin era una flecha tendida hacia el objetivo colectivo, Trotsky, que no era un constructor de partidos sino un pensador revolucionario, tenía demasiado en cuenta su personalidad y estaba demasiado convencido de su superioridad intelectual. Eso le llevó, creyendo vencer, a aceptar la lucha impuesta por Stalin y Zinoviev sobre quién era más fiel al legado de Lenin, y esa larga defensa de la ortodoxia leninista demoró su comprobación de que el partido de Lenin había desaparecido irremediablemente y que era ya imposible reformarlo.

Trotsky igualmente no pudo apreciar en toda su magnitud el daño irreparable causado a la conciencia de los obreros de todo el mundo por las tremendas derrotas de los años 20 y 30 sufridas debido a la política de Stalin y de los partidos estalinistas, así como por la calificación de socialista a un régimen burocrático totalitario. Por eso, aunque previó ya en 1936 la posibilidad de la desaparición de la Unión Soviética a menos que hubiera una nueva revolución socialista, excluyó de su análisis sobre ésta la inexistencia en la URSS de los núcleos revolucionarios capaces de dirigirla, todos los cuales estaban siendo asesinados en los campos de exterminio.

La grandeza de Trotsky y su papel indispensable, su legado teórico, vendrán sobre todo del profeta desarmado, aunque ya había demostrado, con su teoría sobre la revolución permanente, que la lucha por la democracia se une indisolublemente con las tareas anticapitalistas. Porque mantuvo el internacionalismo frente al nacionalismo contrarrevolucionario de Stalin y luchó desde los años 20 por la democratización de la vida interna del partido y del Estado y por la separación entre ambos. Porque planteó lúcidamente la necesidad de desarrollar las sucesivas ocasiones revolucionarias, como la revolución china o la de España. Porque, con su teoría sobre el desarrollo desigual y combinado, armó posteriormente a otros como René Zavaleta Mercado, en la comprensión de que el capitalismo no sólo convive con formaciones precapitalistas sino que las subsume en un todo único y contradictorio, lo cual obliga a reconocer las diversidades para buscar una unidad dinámica y cambiante de ellas en el proceso revolucionario. Trotsky fue también quien analizó los gobiernos bonapartistas en los países dependientes dando la clave para evitar calificaciones vacías y tontas como el populismo o la búsqueda eterna de en qué consiste el progresismo de los gobiernos que se oponen al imperialismo.

Sin el análisis de Trotsky sobre la burocracia soviética y las burocracias en general en los períodos de transición es igualmente imposible comprender lo que pasa en los gobiernos revolucionarios. Y sin su énfasis en la independencia política de la clase obrera, aunque sea en un partido obrero basado en los sindicatos que favorezca la evolución política de los trabajadores y sin el énfasis que puso en la construcción de un núcleo en torno a principios sólidos y a una visión internacional, no se puede preservar nada fundamental del legado de Marx y de Lenin. Por consiguiente, no se puede leer y conservar a Trotsky religiosamente como hacen los fieles con sus libros sagrados y, evidentemente, León Trotsky no es responsable de la decena de grupos que lo caricaturizan.

Trotsky fue un pensador crítico, aunque no siempre suficientemente autocrítico, y partía siempre de las modificaciones y contradicciones en la realidad, no de una teoría preconcebida. Para él, que exigía rigor teórico, también el árbol de la vida es verde y el de la teoría es gris. Por eso Trotsky vive y sus asesinos fracasaron en su intento de acallar su pensamiento.

Por Guillermo Almeyra




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Sábado, 07 Agosto 2010 07:34

Ouverture: el libro no morirá

La supuesta desaparición del libro en su formato tradicional ha sido el tema de numerosos debates entre especialistas y amantes de la lectura. En el volumen Nadie acabará con los libros, Umberto Eco y Jean-Claude Carrière participan en esta discusión a lo largo de 272 páginas. Publicado por la editorial Lumen, está formado por una serie de entrevistas realizadas por Jean-Phlippe de Tonac e imágenes de André Kertész, se dividen en 15 capítulos, en los cuales Carrière, autor de guiones de películas clásicas, y Eco, filósofo, medievalista y escritor quien publicará su nueva novela El cementerio de Praga a fin de año, hablan no sólo del futuro del libro en papel, sino también de su pasión por los libros, sus lecturas, sus bibliotecas, su hechura como lectores. Nadie acabará con los libros se encuentra ya en venta y, a continuación, ofrecemos a nuestros lectores un adelanto de esa obra con autorización del sello Random-House Mondadori

JEAN-CLAUDE CARRIÈRE: durante la última cumbre de Davos, en 2008, se le preguntó a un futurólogo sobre los fenómenos que alterarían a la humanidad en los próximos 15 años y éste propuso que se consideraran esencialmente cuatro, que le parecían seguros. El primero, que un barril de petróleo costaría 500 dólares. El segundo concernía al agua, destinada a convertirse en un producto comercial de intercambio exactamente como el petróleo; en fin, que veremos las cotizaciones del agua en la Bolsa. La tercera previsión atañía a África, que en las próximas décadas, según el futurólogo, se convertiría con toda seguridad en una potencia económica, un hecho que todos esperamos.

El cuarto fenómeno, según este profeta profesional, era la desaparición del libro.

A estas alturas, por lo tanto, se trata de saber si la desaparición definitiva del libro, si de verdad llegara a producirse, podría entrañar para la humanidad las mismas consecuencias que la penuria programada del agua, por ejemplo, o que la inaccesibilidad del petróleo.

UMBERTO ECO: ¿El libro desaparecerá a causa de la aparición de Internet? Escribí sobre este tema hace tiempo, es decir, cuando la pregunta parecía pertinente. A estas alturas, cada vez que alguien me pide que me pronuncie al respecto, no puedo sino repetir el mismo texto.

Nadie acabará con los libros

En cualquier caso, nadie se da cuenta de que me repito, porque no hay nada más inédito que lo que ya se ha publicado y, además, porque la opinión pública (o por lo menos los periodistas) tienen siempre la idea fija de que el libro desaparecerá (o quizá los periodistas piensan que son los lectores los que tienen esa idea fija) y todos formulan incansablemente la misma pregunta.

En realidad, hay poco que decir al respecto. Con Internet hemos vuelto a la era alfabética. Si alguna vez pensamos que habíamos entrado en la civilización de las imágenes, pues bien, el ordenador nos ha vuelto a introducir en la galaxia Gutenberg y todos se ven de nuevo obligados a leer. Para leer es necesario un soporte. Este soporte no puede ser únicamente el ordenador. ¡Pasémonos dos horas leyendo una novela en el ordenador y nuestros ojos se convertirán en dos pelotas de tenis! En casa, tengo unas gafas Polaroid que me permiten proteger los ojos de las molestias de una lectura constante en pantalla, pero no es una solución suficiente. Además, el ordenador depende de la electricidad y no te permite leer en la bañera, ni tumbado de costado en la cama. El libro es, a fin de cuentas, un instrumento más flexible.

Ante la disyuntiva, hay una sola opción: o el libro sigue siendo el soporte para la lectura o se inventará algo que se parecerá a lo que el libro nunca ha dejado de ser, incluso antes de la invención de la imprenta. Las variaciones en torno al objeto libro no han modificado su función, ni su sintaxis, desde hace más de 500 años. El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor. No se puede hacer una cuchara que sea mejor que la cuchara. Hay diseñadores que intentan mejorar, por ejemplo, el sacacorchos, con resultados muy modestos: la mayoría de ellos no funciona. Philippe Starck intentó mejorar el exprimidor, pero su modelo (para salvaguardar una determinada pureza estética) deja pasar las semillas. El libro ha superado sus pruebas y no se ve cómo podríamos hacer nada mejor para desempeñar esa misma función. Quizá evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel. Pero seguirá siendo lo que es.

J.-C.C.: Parece que el libro electrónico, en sus últimas versiones, le hace la competencia directa al libro escrito. El modelo Reader contiene ya 160 sesenta títulos.

U.E.: Es evidente que un juez se llevará a casa con mayor facilidad las 25 mil páginas de escritos de un proceso en curso si las guarda en un libro electrónico. En muchos campos, el libro electrónico será cómodo, pero en circunstancias de uso no corrientes. Yo simplemente sigo preguntándome si, incluso con la tecnología más adecuada a las exigencias de la lectura, será de verdad mejor leer Guerra y paz en un libro electrónico. Ya veremos. En cualquier caso, no podremos seguir leyendo a Tolstói y todos los libros impresos en pasta de papel, porque éstos ya han empezado a descomponerse en nuestras bibliotecas.

Los Gallimard y los Vrin de los años 50 en su mayoría ya han desaparecido. La filosofía de la Edad Media de Gilson, que me resultó tan útil en la época en que preparaba mi tesis, hoy ni siquiera puedo cogerla. Las páginas se disgregan, literalmente. Podría comprar otra edición, desde luego, pero le tengo mucho apego a la mía antigua, con todas mis anotaciones de distintos colores que configuran la historia de mis diversas consultas.

JEAN-PHILIPPE DE TONNAC: Con la aparición de nuevos soportes, cada vez más adecuados empíricamente a las exigencias y al confort de la lectura, ya se trate de enciclopedias o de novelas online, ¿por qué no imaginar una lenta desafección hacia el objeto libro en su forma tradicional?

U.E.: Todo puede pasar, desde luego. Cabe que los libros mañana interesen sólo a una minoría de indómitos que podrían ir a satisfacer su curiosidad nostálgica en los museos, en las bibliotecas…

J.-C.C.: De seguir existiendo.

U.E.: Pero también podemos imaginar que esa formidable invención que es Internet desaparezca en un futuro. Exactamente como los dirigibles desaparecieron de nuestros cielos. Cuando el Hindenburg se incendió en Nueva York, poco antes de la guerra, el dirigible ya no tenía futuro. Lo mismo sucedió con el Concorde: el accidente de Gonesse en el año 2000 resultó mortal. En cualquier caso, esa es una historia extraordinaria: se inventa un avión que, en lugar de tardar ocho horas en atravesar el Atlántico, tarda tres. ¿Quién podría rebatir semejante progreso? Pues bien, se renuncia al Concorde, tras la catástrofe de Gonesse, estimando que ese avión resulta demasiado caro. ¿Es una razón seria? ¡También la bomba atómica sale carísima!

J.-P.T.: Les cito unas observaciones que hacía Hermann Hesse a propósito de una probable relegitimación del libro que, según su opinión, sería consecuencia de los progresos técnicos. En los años 30, Hesse afirmaba: Cuanto más se satisfagan con el tiempo ciertas necesidades populares de entretenimiento y enseñanza a través de otros inventos, más recuperará el libro su dignidad y autoridad... No hemos alcanzado todavía el punto en el que los nuevos inventos rivales, como la radio, el cine, etcétera, descarguen al libro de esa parte de sus funciones que no merecen la pena.

J.-C.C.: En este sentido no se equivocaba. El cine y la radio, así como la televisión, no le han quitado nada al libro, nada que no pudiera perder sin daños.

U.E.: En un momento determinado los hombres inventan la escritura. Podemos considerar la escritura como la prolongación de la mano, y en este sentido tiene algo casi biológico. Se trata de una tecnología de comunicación inmediatamente vinculada al cuerpo. Una vez inventada, ya no puedes renunciar a ella. Una vez más, es como haber inventado la rueda. Las ruedas de hoy siguen siendo las de la Prehistoria.

Al contrario, nuestras invenciones, cine, radio, Internet, no son biológicas.

J.-C.C.: Tiene razón en subrayarlo: nunca hemos tenido más necesidad de leer y escribir que en nuestros días. No podemos siquiera usar un ordenador si no sabemos leer y escribir. Y, además, de una forma más compleja que antaño, porque hemos integrado nuevos signos, nuevas claves. Nuestro alfabeto se ha ampliado. Resulta cada vez más difícil aprender a leer. Si nuestros ordenadores pudieran transcribir directamente lo que decimos, se produciría un regreso a la oralidad. Claro que esto plantea una nueva cuestión: ¿es posible expresarse sin saber leer ni escribir?

U. E.: Homero respondería sin ningún género de duda que sí.

J.-C.C.: Pero Homero pertenece a una tradición oral. Sus conocimientos los adquirió a través de esa tradición, en una época en que todavía nada se había escrito en Grecia. ¿Se puede imaginar hoy a un escritor que dicte su novela sin la mediación de la escritura y que no conozca nada de la literatura que lo ha precedido? Quizá su obra tendría la fascinación de la naïveté, del descubrimiento, de lo inaudito. Pero, en todo caso, parece que carecería de lo que nosotros, a falta de un término mejor, llamamos cultura. Rimbaud era un joven dotadísimo, autor de versos inimitables. Pero no era lo que llamamos un autodidacta. A sus 16 años, su cultura ya era clásica, sólida. Sabía componer versos latinos.

Por Umberto Eco y Jean-Claude Carrière
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Miércoles, 15 Abril 2009 13:07

Los inmortales

El 15 de abril de 1980 muriò Sartre. Habìa sobrevivido a los còlicos nefrìcos, a la "miniplejia", a la arteriopatìa cerebral, al glaucoma ocular, a la hipertensiòn, a varios derrames, a las chocheras de la apoplejìa, a la ceguera de la apoplejìa; y finalmente una insuficiencia renal lo liquidò.

 

 

Era mortal, por si no està claro.

 

Y todo lo que quiera saberse de este final estrepitoso està en La ceremonia del adiòs, de Simone de Beauvoir, su mujer, su castor, su socia intelectual.

 

El libro està dedicado a los que amaron a Sartre y a quienes le amarìamos en su posteridad. Sin embargo, a los amigos de Sartre (carroñeros que querìan vivir de su cadàver), no les vino bien el libro de Beauvoir. La atacaron de oportunista, de aprovechar la invalidez del escritor para hacer una suerte de exhibicionismo del hecho de ser su lector màs allegado. Le atacaron la frivolidad con que describiò la soltura de esfìnteres, la ceguera, los delirios. Les molestò sobretodo ver a su hèroe (que varios años antes clamaba por una verdadera revoluciòn y por una literatura comprometida) convertido en una piltrafa, en un dechado humano, en una ruina de la biologìa.

 

Lo cierto es que Simone de Beauvoir no sòlo presenciò y sufriò todo aquello que contò en ese libro con estoicismo, sino que ademàs lo reconstruyò sobre el diario llevado durante los dìas màs duros de aquella despedida, mientras hacìa de enfermera, de lectora de ciego y de mujer del hombre que habìa amado.

 

La virtud que le veo a ese libro es que describe con mucha exactitud el estado de un cuerpo averiado y el de una mente lùcida. Y es lo segundo lo que triunfa sobre lo primero.

 

Este libro es uno de mis preferidos. Lo leì hace años, cuando Camus me iluminaba el camino y Sartre con su ojo visco nos lanzaba cientos y cientos de perdigones. Ahora he resuelto incorporarlo a mi anaquel. Lo he conseguido en una vieja y maravillosa ediciòn de Edhasa, 1982, que viene acompañada ademàs por las largas entrevistas que le hizo Simone cuando Sartre estaba terminado. Es decir, cuando empezaba su posteridad, su legado, su genio.

 

El genio de Sartre, es uno de los ejes a los que conduce Simone sus preguntas. ¿Còmo llegò a sospechar un muchacho comùn y corriente que era un genio?, ¿còmo lo comprueba?, ¿còmo programa toda su vida para hacer de esa intuiciòn una hoja de ruta y no una mera infatuaciòn?, ¿què tenìa de excepcional ser un genio y no un zapatero?, ¿què es ser un genio? Beauvoir es incisiva, como un predador: persigue a Sartre hasta hacerlo decir lo que sabe que va a decir:

 

"El genio no es la inteligencia. El genio era la posibilidad de hacer una obra de arte perfecta. )( Escribir era escribir cosas perfectas. Sòlo se puede querer escribir para escribir cosas perfectas. Y èstas, al mismo tiempo, por otra parte, no son enteramente perfectas; sobrepasan un poco los lìmites de lo perfecto para ir màs lejos. Pero la idea de "escribir es escribir algo perfecto", es la idea clàsica. No tenìa ninguna prueba, pero me decìa que, puesto que querìa escribir, debìa escribir algo perfecto, se suponìa que lo harìa; por tanto yo era el hombre que escribirìa cosas perfectas. Era un genio."

 

A simple vista parece una respuesta elemental del tipo 1+1= 6.

 

Pero hace falta recordar la enormidad que compone la obra de Sartre en un anaquel para saber que el bizco se lo tomò en serio y no hizo nada superfluo con su vida. A mì la obra filosòfica de Sartre me importa tres cojones la verdad. Salvo San Genet y El idiota de la familia (las dos dedicadas a sendos genios de francia: Flaubert y Genet) y donde el Sartre filosòfo, el crìtico,el lector y el escritor se me hacen uno solo; salvo esas dos, digo, prefiero mil veces La nàusea, la historia del misàntropo Roquetin y el autodidacta, un par formidable de desadaptados que se dan cita en la clandestinidad de una biblioteca, y sobretodo ese libro de memorias llamado Las palabras.

 

Esos dos (por separado) componen lo màs genial que escribiò el bizco. Ahì està todo su legado de hombre inmortal.

 

Pero Simone de Beauvoir querìa siempre saber màs: "Usted no era de eso hombres que dicen: "hago una obra inmortal, soy inmortal." En usted no habìa nada de esto."

 

A nosotros los inmortales no nos importa la fama, querida. Por dios, què mierda te pasa. Cuando somos inmortales, nos vale un carajo la posteridad, la fama, la riqueza y todas las comedias de la eficacia humana. Tù lo sabes mejor que nadie, castor. Has escrito un libro magistral sobre un tipo que no se muere, que està harto de amar, de ver morirse a la gente que ama, de matar, de ser famoso. El libro es la obra de un genio. Todos los hombres son mortales... ¿no es asì que se titula? Allì nos muestras la inmortalidad como la aberrante encarnaciòn de un mito griego, como una condena eterna, como un lastre. Y sin embargo insistes en joderme con lo mismo, que la posteridad, que la inmortalidad, que toda esa mierda.

 

¿No te das cuenta que estoy harto?

¡Ya no tengo erecciones!

¿De què nos sirve la puta inmortalidad cuando ya no hay erecciones, Castor?

Eso le hubiera dicho yo, pero el vejete del Sartre le responde:

 

"A partir del momento en que uno es inmortal, que uno ha hecho una obra inmortal, la suerte està echada; sin embargo hay que situarse en la cotidianeidad. Entonces vale màs no tener la mirada puesta, excepto con el rabillo del ojo, en la inmortalidad y apostar por la vida; yo, ser viviente, escribo para personas vivientes, pensando que si tengo èxito, me leeràn incluso cuando estè muerto."

 

Y lo hacìa a propòsito, Simone. Tal vez asì lograba aproximarse al ùltimo proyecto intelectual de Sartre: una obra dialèctica, un pensamiento total e integrado del nosotros:

 

"Serìa necesario un pensamiento que fuera verdaderamente concebido por ti y por mì al mismo tiempo, en la acciòn del pensamiento, con las modificaciones en cada uno que provoca el pensamiento del otro, y serìa necesario llegar a un pensamiento nuestro, es decir en el que tù te reconocieras, pero al mismo tiempo me reconocieras, y yo me reconociera reconocièndote... )( mi situaciòn es, sin embargo, curiosa: en lìneas generales, yo he terminado mi carrera literaria. El libro que hacemos actualmente es un libro allende las cosa escritas. No es del todo un ser viviente, un viviente de màs edad el que habla contigo; me encuentro un poco liberado de mis obras... contigo quiero hacer una obra que estè màs allà de mi propia obra."

 

Otra, que no estuviera menopàusica, en su lugar, se hubiera abierto de piernas y le hubiera dicho: !prèñame!

 

Pero tratàndose de Simone de Beauvoir, aquì està el resultado: La obra màs allà de la obra. Cuando eran jòvenes y al tèrmino de una discusiòn apasionada uno de los dos triunfaba con brillantez, le decìa al otro: "!Lo tengo en la cajita!"

 

Ahora ambos estàn en la cajita.

No saldràn de ella.

Todos los hombres son mortales.


 

 

 

Por, BENJAMIN MALAUSSÉNE

www.unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com
Publicado enInternacional
Desde que uno comienza a leer la columna de Armando Montenegro  aparecida en el Diario El Espectador del 7 de diciembre pasado, siente su sesgo contra al referendo.  El titulo, “Contra el referendo”.   ¿El referendo busca que el agua sea gratis?, como construye esta falacia que además completa con la afirmación ligera según la cual por esta vía se haría escasa.  El referendo propone un mínimo vital gratuito solo y exclusivamente para usos  personales y domésticos y no agua gratuita.  El mínimo vital gratuito sin discriminación alguna es una forma de concretar el derecho humano fundamental al agua y mediante una ley el congreso lo reglamentará según las condiciones de cada región y ciudad.  Continúa, como si no hubiese leído la propuesta, desfigurándola.

Desde análisis económicos está demostrada la viabilidad del mínimo vital gratuito, que haría parte de los mínimos vitales que toda sociedad debe garantizar a las personas que la conforman.  Remito a la propuesta de Aurelio Suárez e Iván Cardona, que sustenta nuestra propuesta y plantea fuentes de financiación.  Es absurdo que las ineficiencias del sistema se trasladen a la sociedad mediante esquemas como el que los estratos económicos de más ingresos financien a los de menores ingresos, cuando es ella a través de tarifas e impuestos la que pone los recursos que permiten garantizar los derechos y está demostrado que las empresas públicas y las comunidades organizadas prestan y pueden prestar el servicio siendo eficientes y sostenibles.

Es que allí, en que la prestación del servicio de agua potable y saneamiento básico es un lucrativo negocio, reside la obsesión por hacer pensar que lo público es igual a corrupción y lo privado la “salvación” y el reino de la transparencia. La ley 142 de 1994 fue hecha para romper el monopolio estatal en la prestación de los servicios públicos y generar condiciones de mercado para el negocio.

El salario mínimo, la gratuidad del ciclo de educación básica, de los servicios básicos de salud, palabras extrañas a los oídos de quienes han hecho de los derechos fundamentales y los derechos sociales, servicios, “negocios”.  En este caso no estamos hablando de un derecho prestacional, que dependería de si hay o no hay plata, estamos hablando de consagrar un derecho humano fundamental, el suministro y acceso a la cantidad básica de agua potable para vivir con dignidad y afortunadamente es la búsqueda de la propia ONU y de muchos movimientos de ciudadanas y ciudadanos y de muchos estados.

Un referendo que convoca la soberanía del pueblo para tomar una decisión trascendental, ¿que hacer con el agua?, fuente de la vida.  Nos llama populistas en sentido peyorativo, y hace una absurda comparación entre consultar por pan, leche, luz, transporte, los cuadernos, el cine o los medicamentos, en lenguaje populista y engañero, nos dice populistas; jamás de los jamases a las organizaciones sociales y ambientalistas que promovemos esta iniciativa se nos ocurriría preguntar, consultar por la vía del referendo lo que señor Montenegro menciona.  No nos conoce; o nos desconoce…

Este es un mecanismo de participación pocas veces ensayado en Colombia y debe ser reservado para decisiones trascendentales como ésta.  El agua puede tejer el ordenamiento del país, la reconstrucción social, ella teje relaciones humanas, ya  de conflicto, ya de convivencia, ella es base de la economía, de la salud, de la conservación de nuestros ecosistemas.  De la manera como nos relacionemos con el agua depende nuestro presente y nuestro futuro.  Esta acción plebiscitaria no es pues por una pendejada.

El agua nos puede hacer sostenibles en lo económico, lo social, lo cultural y lo ambiental.  El agua puede permitir la reconciliación de la sociedad colombiana consigo misma y con su entorno y puede refrescar nuestra democracia.  ¿Populista esta propuesta?  La pregunta por el agua en la época en la que quieren hacerla simple mercadería y negocio de unos pocos le parece al señor Montenegro populismo.

Yo entiendo por populismo algo de lo que estamos viendo,  estar bien con las “masas” populares por encima de cualquier cosa y depender de un “caudillo” todo poderoso.  El populismo se va mas por la técnica política de la eficacia mediática y de las dadivas al pueblo y poco le importa la deliberación genuina del pueblo, de un pueblo bien informado y activo; de un pueblo que toma decisiones tan importantes como la de su propio bienestar basado en un manejo público del agua.

Esta es una pregunta fundadora, base de la existencia de la vida y de cualquier sociedad, ¿que hacer con el agua?  Una sociedad que se ponga de acuerdo sobre que hacer con la base de la existencia de la vida en su magnifica diversidad, es una sociedad capaz de superar los conflictos y vivir en democracia y paz y mirar al futuro pensando en los derechos de la presente y las futuras generaciones a vivir en un ambiente sano.

Además nos quiere asustar con posibles racionamientos futuros, que ya existen de hecho y en pueblos y ciudades donde los operadores privados han tomado el negocio.  El manejo público y sin animo de lucro del servicio de agua potable y saneamiento básico permite que se reinviertan en infraestructuras públicas los excedentes.  El manejo privado hace que las ganancias se vayan a manos particulares y de transnacionales como ya ocurre en Colombia.

A través de los contratos de concesión los privados han tomado para sí buena parte del inmenso patrimonio público presente en los sistemas de acueducto y alcantarillado como bien lo señala nuestro colega Oscar Gutiérrez en un artículo que les invito a leer.  Es que lo que defendemos es el acumulado social presente en los sistemas públicos y comunitarios de agua logrados en años de trabajo de nuestras gentes y de gestión pública bien hecha. 

El sistema tarifario impuesto se basa en cobrar al usuario y garantizar las ganancias del operador, no en la sostenibilidad y eficiencia económica del sistema, que lo garantizaríamos en manos públicas con la premisa ética de la transparencia en su gestión.  Además preguntemos a las multinacionales que fungen hoy como operadores especializados por sus inversiones en infraestructura, para que nos venga a decir que se perdería la posibilidad de recursos para las grandes obras que se requieren.

No menciona para nada el señor Montenegro a las miles de familias desconectadas del servicio de agua potable por falta de pago en flagrante violación del derecho humano fundamental al agua.  El sistema tarifario profundizará esta situación y el modelo de gestión y control a la prestación de los servicios impide la autonomía municipal, cuando existe la voluntad política para garantizarlo, pues es un sistema altamente centralizado y vertical.

Nos trata de populistas y hace comparaciones falaces, que no es así como se discute y argumenta, mintiendo. No es a nosotros a quienes se nos va ocurrir proponer un referendo para cualquier cosa…. Para exigir cine gratis y cuadernos… no.  Pero si para exigir libertad, para garantizar la defensa de lo público, para salvaguardar del negocio puro y duro a la sustancia de la vida, no para cualquier cosa, la comparación es odiosa y busca confundir y por eso miente.  Así no se discute.

Hace también eco el señor Montenegro de un argumento que nosotros como promotores y promotoras de este referendo hemos escuchado mucho: “lo que nada nos cuesta volvámoslo fiesta”, como si la gratuidad del mínimo vital condujese automáticamente al desperdicio.  El mínimo para usos personales y domésticos no se desperdicia.  El desperdicio se presenta en los usos económicos y suntuarios y además es imposible pensar un modelo de gestión público del agua sin una gestión ecosistémica y un tratamiento adecuado de las aguas residuales para lograr su reciclaje.  No estamos hablando de gratuidad total, de donde saco eso.

Escasa se hace el agua por la contaminación creciente, por el desvío de caudales, por su embotellamiento, por los usos monopólicos de las tecnologías, por la privatización de territorios incluidas las fuentes de agua.  Eso si hace escasa el agua, no garantizarle a nuestro pueblo el mínimo vital para usos personales y domésticos.  Y hay que cobrar, claro está, por todos los procesos hidroútiles, esos procesos que permiten almacenarla, transportarla, potabilizarla.

Y cobrar el uso económico del agua y más cara aún tendrá que ser el agua para usos suntuarios.  Y siempre el estado que con imaginación y pluralismo pactamos en el 91, ese Estado Social de Derecho, garantizando el acceso democrático al agua potable desde vigorosas empresas públicas como las que hemos tenido y tenemos que reconstruir y construir.

Un estado que no delegará nunca la gestión del agua, pues ella es base del estado del bienestar.  Ese es nuestro sueño.  En buena hora se presentan los argumentos a favor y en contra de esta histórica convocatoria a la soberanía popular para que nuestro pueblo tome una decisión fundamental para su calidad de vida y la conservación de nuestra base natural.  Este debate nos puede sacar de la fijación en el conflicto y ponernos frente a los debates sobre nuestro futuro como pueblo y como nación, el tiempo está para repensarnos como país, superar la manera agresiva y destructiva como se ejerce la política y abrir un camino de construcción de lo público y lo común como manera de construir una sociedad democrática, sostenible y en paz.

Por, Javier Márquez Valderrama
Coordinador del programa de Cultura y política Ambientalista
Corporación Ecológica y Cultural Penca de Sábila
Miembro Comité Nacional de Promotores y Promotoras
del referendo en defensa del agua
Diciembre 15 de 2008




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