Lunes, 27 Julio 2020 08:14

No es el virus

No es el virus

La crisis del virus llegó para quedarse y dejar secuelas. Su prevalencia será mayor que la mera gripe estacional, y anuncia una época donde las viremias y otros males “nuevos”lloverán cada vez más y no serán tan impredecibles como quieren hacernos creer los gobiernos, los medios y las iglesias. Conforme se desenvuelven las cuarentenas, las resistencias a ella, los “retornos” a un nuevo futuro, la necesidad de hacerse a la idea de demasiados cambios en la cotidianidad, también se adquiere una perspectiva de las cifras de muertos, heridos y desaparecidos, como en una guerra. Un mayor realismo ante la muerte misma, sus otras causas, sus otras estadísticas, permite relativizar (¿normalizar?) el impacto sicológico y de salud causado por el Covid-19 a su paso por el mundo.

Tanto o más se muere por cáncer, hambre, afecciones asociadas a los absurdos del consumo, los brutales daños al medio ambiente, o por las guerras, casi todas delincuenciales. Con otros datos nos tranquilizamos: ah, bueno, de por sí estamos jodidos, de por sí a todos nos toca. Silvia Ribeiro no deja de alertarnos en estas mismas páginas y en otras, como Desinformémonos, sobre las pandemias que vienen, los inminentes caminos de todos nuestros venenos.

En un mundo en el que mantenerse sano se dificulta progresivamente, aunque los “avances” de la medicina parecieran significar lo contrario, queda claro que la gran derrotada es la medicina alopática o científica. Como fuente de pensamiento, no de mero conocimiento. Prefirió la insensatez del poder al bien colectivo. Desechó la prevención como base de sus acciones. Abrazó los efectos y desdeñó las causas. El punto de quiebre se fraguó hace unos 40 años, cuando otra alopatía pareció posible, mas se orientó a la lógica del neoliberalismo en ciernes.

La noción de que la salud dependía de cuidarla, no de curar padecimientos, ganaba terreno en escuelas, hospitales e instituciones. Más médicos familiares y menos hiperespecialistas. Más cuidados en la vida diaria de cuerpo y mente y menos medicamentos industriales. Más y mejores servicios de primer nivel y menos elefantes blancos para gente que no pudo evitar enfermarse. Por el contrario, se dio un pacto entre el gremio médico y la industria farmacéutica, monstruo hipetrofiado en la bolsa de valores, sobre todo por razones económicas (el vil negocio), así como militares y políticas.

La alopatía erigió muros para aislar y devaluar cualquier otro pensamiento y otra práctica ante el hecho clínico y la construcción del bienestar humano. El mundo se inundó de medicamentos/drogas en carácter de mercancía que tanto salvan como matan, tanto alivian como agravan, que rara vez previenen y son enfermedad en sí mismas (hasta nombre en griego tiene: iatrogenia). En vez de aprovechar el manojo de caminos diferentes, que no tendrían que ser rivales, la medicina institucionalizada negó cualquier alianza con los enfoques homeopáticos, acupunturales, holísticos, las prácticas chamánicas, donde la magia procede de la experiencia y no al revés. Tampoco aceptó reformarse y cambiar el enfoque de curativo a preventivo, según la percepción sensata de Pasteur, Ehrilch et al. Los males de la salud se pueden evitar o moderar, lo cual resulta mejor para la vida y sale más barato.

Ariel Guzik es una de las mentes más interesantes hoy en México. Iridiólogo, inventor, científico y músico que trabaja con los sonidos y las canciones de la naturaleza (viento, agua, ballenas, fuerzas electromagnéticas), en un texto reciente reflexiona sobre la pandemia y lee en su trama “un enunciado de la ingenuidad humana y su capacidad de sometimiento”. En cuanto a los virus mismos, concluye que “son rastros encontrados en la escena del crimen”. Apunta que “la declaración de pandemia que de golpe determina y desdibuja nuestras vidas y que de un día a otro eclipsa calamidades, castiga los encuentros y acalla manifestaciones de viva voz, ha sido manejada mediáticamente desde la estrecha y circular perspectiva del virus, el control y los números. Exalta los imaginarios que hemos forjado desde el vasto universo preparatorio de la ficción. Me parece necesario exonerar al virus de su papel de causa única y foco central de este fenómeno”: https://diecisiete.org/expediente/la-humeda-virtud- del-llanto/?fbclid=IwAR29A5xH43ZqDTjN2ls3 DGy6CkNr9C- a24nnO3oAUN8Kt-IIn1a3f25ezQY

Desde su experiencia en la herbolaria y las medicinas tradicionales, Guzik cuestiona la concepción que tenemos de la pandemia, de nuestras rendiciones ante lo que nos presentan como “racional”. Su escrito abona la sensatez en una situación dirigida por la razón de Estado, el costo y beneficio para los mercados, el control represivo, el combate focalizado y medicalizado de un evento biológico que transcurre en diversas dimensiones.

Ingresamos a una nueva era de salud y enfermedad que redibuja los rostros de la vida, la muerte y el buen vivir deseable. Urge pensar todo de nuevo, antes de que se nos haga tarde. El problema no es el virus, sino lo que hace posible todo lo que desencadena.

Publicado enSociedad
Imagen: AFP

Hemos derrotado el modelo del héroe del cine hollywoodiense cuyos súper poderes, su valentía y su habilidad salvaban a una humanidad cobarde y asustada, acechada por el fin del mundo e incapaz de actuar colectivamente para rescatarse a si misma o al planeta.No hubo héroe solitario, ni un grupito de poderosos títeres que vencieron al invasor, a la enfermedad, al monstruo o a la pandemia. Al virus covid-19 lo enfrentamos juntos, a solas, encerrados, privados de casi todo lazo social y familiar y de las interacciones enriquecedoras con el flujo indomable de la realidad.

Super Man, el hombre araña, Hulk, Iron Man o los vengadores son una triste representación de la vanidad de un imperio industrial, militar, financiero y cultural que proyecta su coraje y su superioridad imaginaria en los ojos de una humanidad amordazada por el miedo, enfrentada por intereses mezquinos, y la salva del desastre. La ciencia ficción hollywoodiense nos ha ofrecido siempre la versión de una elite heroica y no la de una comunidad humana responsable, digna, fuerte y combativa. La potencia colectica con la que se enfrentó la pandemia es el desmentido más elocuente de esa narrativa envejecida y barata al mismo tiempo que la restauración de un mito sano y redentor: el de los grandes relatos fundadores, el de la saga homérica de Ulises. "El mundo nace. Homero canta. Es el pájaro de esta aurora", escribe Victor Hugo. Nuestra Ítaca, la isla a la que regresa Ulises en el relato homérico, fue nuestro hogar, fueron nuestros espacios estrechos y poblados con el infinito de la intimidad. No apareció ningún puñado de héroes en estos tiempos de tragedia, sino millones; una suerte de héroe y heroína plural y planetaria. Fue el aluvión humano retenido en sus casas contra una casta de presumidos súper humanos. El imperio ha vendido siempre esa noción primaria: sin él no hay paz, ni estabilidad, ni equilibrio, ni justicia, ni ley, ni razón, ni progreso, ni redención. Incluso en las películas donde solo queda un grupito modesto de supervivientes existiendo como ratas escondidas aparece el iluminado libertador que lo entrega todo de si mismo para liberar a los cautivos. Esas mega producciones expresan exactamente lo que no existe en la sociedad que los produce: la solidaridad, el sacrificio por el otro, la igualdad entre razas y orígenes, la bondad a costa de la propia vida, la generosidad espontánea, el altruismo, la paz. 

Donald Trump reescribió el guion de la ficción: incompetencia, egoísmo, vanidad, indolencia, ignorancia, cobardía del supuesto héroe, arrogancia, producción de muerte en vez de vida. El trumpismo no fue el garante de la paz y la salud mundial sino el sepulturero de su propia sociedad. Llevó su país a la tumba y no a la liberación. Hay un montón de negacionistas de su estirpe desparramados por el mundo: los caceroleros argentinos, mezcla de una biblia rota con un calefón oxidado: quienes firmaron esa carta deshonesta sobre “La democracia está en peligro”. Esa secta de ideología momificada inventó “la infectadura” como si poner la autoridad de un Estado al servicio de la vida fuese un golpe de Estado. Seguro que esos grupos sueñan con que se descuelgue del cielo una pantomima de héroe yanqui que los salve de la inocultable realidad y del peronismo que los está amparando a todos. O tal vez añoren a un general siglo XXI, con un montón de medallas en la solapa, una picana eléctrica en una mano y en la otra un manual anti “infectadura” escrito en Washington. Como al trumpismo, no les entra en el corazón la noción de lo mutuo y apuestan a cualquier precio por lo contrario, es decir, lo mío y lo privado que sustenta la esquizofrenia liberal. La destrucción del bien común y la privatización del mundo.

 Los héroes de pantalla, los caciques de la tribu troglodita ya no tienen nada que decirnos. Sus palabras son muerte, pobreza, violencia y dependencia. Esa derecha ya no está en el mundo, apenas lo contempla asomada a un balcón y, desde allí, sólo puede, cacerolear o tirar basura.

Ha muerto el héroe gringo de pantalla y ha renacido el individuo responsable, un hogareño forzado, nacional y al mismo tiempo globalizado. Furioso, solo, enfermo, pobre, sin trabajo, sin ver a sus hijos, a su familia o a su amor, en duelo por las pérdidas cercanas, malhumorado por el encierro, pero responsable. Ha desaparecido el presidente héroe porque ningún dirigente es heroico por si solo sin que la sociedad que lo escucha no sea también una heroica unidad de lucha, resistencia y renuncia. La pedagogía metódica del presidente Alberto Fernández contrasta con la cultura política confrontacional de la Argentina. La paciencia y la palabra acaban al final por desbancar la intimidación y la egolatría. Así ocurrió en Francia con la ecología. Esos “chicos inmaduros” se pasaron años andando en bicicleta, sembrando su mensaje, soportando las burlas, las cornetas socarronas de sus adversarios o el pito catalán en la televisión. Ahí están hoy al frente de un patrimonio aristocrático liberal como Burdeos, al timón de una ciudad industrial como Lyon. Un relato distinto trepa por la caprichosa verborragia del Rey Pinocho de gringonada. 

Trump, Bolsonaro, Boris Johnson, Vargas Llosa y el ejército de teleignorantes son Pinochos desnudados por la avalancha de la realidad. Viven como esos héroes de Hollywood en Pinocholandia, no en los territorios humanos. Robocop no vendrá a salvar a nadie, Terminator y la Mujer Maravilla terminarán casándose en su mundo solitario. The Avengers no están aquí para enfrentar la gran amenaza para la seguridad mundial. Sus hazañas hipnotizadoras producidas con cientos de millones de dólares eran el maquillaje perfecto de la cultura que los engendró y votó al Rey Pinocho. 

La pandemia nos dejó ante nuestro espejo más lúcido: no dependemos de ningún imperio colonial, de ningún hombre de acero sino del acero y la ternura de la condición humana. ¿ Cuánto tiempo de vida política le quedará al pinochismo trumpista y cuánto de existencia simbólica al héroe inflado de pixeles ?. Depende de nuestras acciones. Estamos en la línea exacta en que podemos convertirnos en disidentes del sueño vicioso en que nos metieron antes de la pandemia. En un imperdible ensayo publicado en 2014 por el filósofo argentino Ricardo Forster, "La Muerte del Héroe", Forster señalaba cómo el héroe había " quedado del otro lado de la historia »para convertirse en « mera representación espectacular". El filósofo escribe luego : "Cuando algunas décadas atrás se iniciaba la ofensiva contra los grandes relatos y se decretaba, a poco de recorrer el camino de las nuevas concepciones, su adiós definitivo, lo que en realidad se estaba desmoronando a un ritmo que no imaginábamos tan veloz, era la propia trama de la historia, la posibilidad misma de seguir identificando nuestras vidas como deudoras de una temporalidad trascendente, como integradas a un escenario atravesado por la lógica del sentido". Tal vez, ese héroe arrasado por relatos configurados para vender Pop-con, posters y figuritas de plástico esté palpitando ya en el centro de nuestras vidas. 

La pandemia dejó en ridículo al relato hollywoodense y nos devolvió, además de « las venerables escrituras », la certeza heroica de cada existencia humana, la curiosidad, el coraje, las memorias, el sentido de lo que es una casa. Los héroes tienen la misión de ser como una correa de transmisión de valores. Los de Hollywood han perdido toda pertinencia. No nos conciernen más. El héroe es la figura política del relato y esa figuración hollywoodense se ha quedado sin su propio mito. El estremecedor “no puedo respirar” de George Floyd ahogó también toda posibilidad de una nueva reproducción del mito. Los viajes son una de las grandes alegorías de la vida. Aquí no viajamos, pero el encierro, la inmovilidad, nos invitaron sin embargo a otro viaje, a otra forma de resistencia, a la reelaboración de nuestro propio heroísmo íntimo. En cada hogar hemos sido dueños y protagonistas del relato heroico. La respuesta a la necesidad de una renovación de lo ético y lo político no tendrá ni al imperio ni al pixel de pantalla como figuras sino a la convergencia fundamental que se plasmó durante el confinamiento. La suma de esos millones de héroes será la figura de la batalla fundacional que se inicia ahora.

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Publicado enCultura
Sábado, 18 Julio 2020 06:02

El capitalismo es la pandemia

El capitalismo es la pandemia

Cuando lo viral es político

 

Altamente competitivo en un sistema mundial igualmente competitivo, el Coronavirus no solo infecta cuerpos, sino discursos y pensamientos. Como el capitalismo devenido en pandemia, el bicho coloniza, domina, usa aliena, explota, depreda, contamina, violenta y mata. (Ilustraciones: Marcin Owczarek).

En los últimos meses han circulado enormes volúmenes de información relacionada con la evolución, selección y progresión del nuevo Coronavirus asociado al síndrome respiratorio agudo grave tipo 2 (SARS-CoV-2, acrónimo del inglés Severe Acute Respiratory Sindrome – associated CoronaVirus-2) o enfermedad por Coronavirus-19 (COVID-19, acrónimo a su vez del inglés coronavirus disease-2019). Asimismo, han proliferado artículos y debates acerca de la “guerra” entre la especie humana y el virus, gráficos sobre la progresión de casos positivos de infección y muertes humanas, especulaciones en torno a la selección de personas inmunes al mismo, así como argumentaciones alrededor de las implicancias políticas, sociales, económicas y ambientales asociadas tanto a la génesis de la pandemia como a lo que se avizora como un futuro incierto.

A tal punto ha llegado la sobrecarga de información acerca del virus y sus efectos que bien podría afirmarse que este virus se ha viralizado. Qué obviedad y qué tamaña novedad a la vez: un virus que no solo infecta cuerpos, sino que infecta discursos y pensamientos. El filósofo italiano Bifo (seudónimo de Franco Berardi) hace alusión a una pandemia que se nos presenta en forma de “una epidemia psíquica, de un virus lingüístico generado por un biovirus”.

Hablamos de un virus total, un virus de la globalidad, un virus que logra infiltrarse de un plano de la realidad al otro: nunca un virus logró tal competencia. Y es que buena parte del debate involucra el concepto de competencia. Pareciera ser que compiten las especies entre sí, que compiten los modelos de planeamiento, las lógicas y las racionalidades gubernamentales para enfrentar la pandemia. Compiten las naciones por los recursos materiales para equipar hospitales y por encontrar tests efectivos y vacunas. Compiten las compañías farmacéuticas por encontrar terapias efectivas y rentables contra el virus. Compiten los medios de comunicación por viralizar la información y la desinformación acerca del virus. Compiten las empresas en medio de la crisis por extraer un margen de ganancia a costa de la salud de sus trabajadorxs. Compiten las teorías y modelos sobre el origen del virus y sobre las proyecciones de su infectividad y mortalidad. Compiten las exégesis filosóficas sobre el devenir del planeta alertando acerca de la profundización de los mecanismos capitalistas de control social y represión, tal el caso de Byung-Chul Han, o por el contrario, entreviendo la posibilidad del advenimiento de un comunismo reinventado, en palabras de Zizek.

Estuvieron también quienes se preocuparon más por una filosofía de vida de lo inmediato, la de competir por el último rollo de papel higiénico o por el récord de frascos de alcohol en gel adquiridos. Luego están quienes no clasificaron para la competencia. Su realidad material en villas o barriadas les impidió desde acceder a la formación o al tiempo para formular teorías filosóficas o modelos explicativos, pasando por el poder adquirir alcohol en gel o hasta lo más elemental: disponer o no de acceso al agua potable o a una vivienda digna donde poder aislarse. Así fue como Ramona, en la villa 31, “perdió” en la competencia por recursos que fue favorable a sectores acaso más “necesitados”, tales como el grupo Techint, Ledesma, la Sociedad Rural o McDonald´s, que sí calificaron para recibir una importante ayuda del Estado. Sea como sea, a la larga se dirá que aquellos países que hayan logrado atravesar con menores sobresaltos la crisis habrán sido en definitiva quienes mostraron “mayor competencia” en el tema.

El origen de las especies y del SARS-CoV-2: ¿competir o compartir?

A la hora de desarrollar su teoría evolutiva sobre el origen de las especies y la selección natural, Charles Darwin[1] se basó en conceptos económicos de Thomas Robert Malthus[2]. Malthus sostenía que la población tiende a crecer en progresión geométrica (es decir, exponencial), mientras que los alimentos sólo aumentan en progresión aritmética (es decir, lineal), por lo que la población se encuentra siempre limitada por los medios de subsistencia. Darwin fue influido por estas ideas para forjar sus hipótesis según las cuales el principio de variación, el de herencia y el de selección determinan que aquellas variantes heredables asociadas a una mayor supervivencia y/o a dejar una mayor descendencia resultan seleccionadas.

Pero fue Thomas Henry Huxley, célebremente conocido como “el Bulldog de Darwin”, quien difundió las ideas del mismo interpretando que la evolución procede a través de una lucha a muerte entre especies, al estilo de un circo romano. Años después, el llamado “darwinismo social” era utilizado para justificar las versiones más extremas de la libre competencia y el individualismo. Las más perversas teorías eugenésicas del nazismo fueron desarrolladas al calor de estos conceptos. Paradójicamente, o quizás no tanto, el nieto de Thomas Huxley, Aldous, escribiría la novela distópica Un mundo feliz[3] varios años después de la muerte de su abuelo. Políticas como las de Trump o Bolsonaro, en las que se deja morir “por selección natural” a quienes menos recursos tienen, son dignas herederas de estos conceptos.

A pesar de estas ideas, el naturalista ácrata Pedro Kropotkin -gran admirador de Darwin- sostenía en El Apoyo Mutuo que las especies pueden evolucionar cooperando entre sí[4], cosa que Huxley habría sido incapaz de advertir por sus prejuicios victorianos. El prestigioso biólogo evolutivo contemporáneo Stephen Jay Gould retomó a Kropotkin para afirmar que quienes usan la selección natural como justificación para la opresión social no han comprendido a Darwin, y que es probable que el proceso de evolución haya sido efectivamente también en gran medida colaborativo[5]. En este mismo sentido, la bióloga contemporánea Lynn Margulis ha señalado numerosos ejemplos de cómo el mutualismo y la simbiosis entre especies han constituido un fuerte motor en la evolución[6].

Llamativamente, en sintonía con las hipótesis de Kropotkin, Margulis y Gould, una de las más recientes hipótesis para explicar el origen del SARS-CoV-2 es la existencia de un evento de recombinación genética entre dos virus: un virus de murciélago (similar al BatCoV-RaTG13 de la provincia de Yunnan) con un virus de pangolín, el mamífero más traficado del mundo[7][8]. Mientras que el genoma del virus de murciélago comparte mayor identidad de secuencia con el SARS-CoV-2 humano (96%)[9], el del pangolín, que comparte un 91%[10] a nivel general, presenta un 100% y un 98% de identidad en las secuencias aminoacídicas correspondientes a las proteínas de envoltura y membrana, respectivamente. Sin embargo, aún existe controversia respecto del origen del virus, si fue transmitido desde murciélagos o si hubo una especie intermedia como el pangolín. De hecho, para el SARS-CoV-1 y para el virus causante del síndrome respiratorio de Oriente Medio o MERS-CoV hubo especies intermedias y fueron dos mamíferos diferentes: el camello y la civeta o musang. Lo cierto es que, en cualquiera de los casos, la idea de que la irrupción del SARS-CoV-2 pudo haber tenido un origen artificial, léase a través de una manipulación genética en laboratorio, parece no ser consistente con los datos de secuenciación: el SARS-CoV-2 no se deriva de ninguna estructura de virus previamente utilizada ni se encuentran las “marcas” o “cicatrices” típicas de la manipulación mediante técnicas de laboratorio[11].

Pedagogía del Cuerpo Explotado

El modo de producción capitalista y la tecnociencia desarrollada en torno al mismo han concebido históricamente a la naturaleza como un recurso al cual depredar en clave extractivista. Resulta particularmente paradójica, a la vez que metafórica, la irrupción en escena de un virus minúsculo que nos utiliza como recurso para poder propagarse. Y es que, si bien somos enemigos del biologicismo o del determinismo que conduce al darwinismo social, resulta sí interesante que la metáfora, por contraposición al reduccionismo biológico, nos permite mayor potencia pedagógica, explicativa y predictiva. Paul Ricoeur plantea en La metáfora viva que la misma permite describir la realidad mediante un lenguaje simbólico y, por ende, prístino. El valor primordial de la metáfora no reside en ser ornamental, sino que ofrece nuevos niveles de información. Así las cosas, vale la pena recordar que es Marx quien encuentra que el concepto de parasitismo resulta una buena analogía para definir lo esencial del modo de ser de los capitalistas. En este sentido, Philippe Descola realiza un cuestionamiento antropológico a la distinción “naturaleza/cultura”. Advierte que la costumbre de dividir el universo entre lo cultural y lo natural no corresponde a ninguna expresión espontánea de la experiencia humana. Así es como como las teorías económicas de la época permearon las hipótesis evolutivas de Darwin, del mismo modo que la teoría política de Kropotkin se filtra en sus escritos de historia natural. Lo cultural, en definitiva, no puede reducirse a lo natural ni viceversa, así como tampoco es posible escindir ambas dimensiones como compartimentos estancos. Levins y Lewontin, dos prestigiosos biólogos norteamericanos, proponían un abordaje dialéctico para este tipo de problemas complejos en The dialectical biologist: la compenetración de las partes y el todo es una consecuencia de la intercambiabilidad del sujeto y el objeto, de causa y efecto.

Retomemos entonces la metáfora del virus que explota nuestros cuerpos con una lógica capitalista. Para poder subsistir y reproducirse, depende de la existencia y fuerza de trabajo de células como las de nuestro cuerpo. El patrón viral, el virus como patrón, no invierte ni aporta en “capital molecular constante”: maneja los medios de producción, sí, pero utiliza los de la célula trabajadora. Es ella quien aporta la energía, el agua, la infraestructura. Las células aportan mano de obra y sus propios medios, para beneficio y reproducción del patrón viral. Pareciera que el sistema de producción al que el virus somete a las células no es comparable con el de una fábrica del siglo XIX, sino que es más bien más analogable, vaya paradoja, con las lógicas del tardocapitalismo: precarización de la vida y del trabajo, explotación a domicilio o teletrabajo. Al aumentar el número de partículas virales y la alienación del trabajo celular, se llega eventualmente a una tensión entre las Fuerzas Productivas de la propia célula y las Relaciones Moleculares de Producción establecidas entre el virus y la célula enajenada. Si la célula se suicida (muerte celular programada o apoptosis) o es aniquilada por el sistema inmune previo a que el virus logre multiplicarse, el virus no logrará propagarse. Si el virus logra salir en grandes volúmenes de la célula, el hecho de que la célula muera o de que el propio virus la aniquile no resultará un problema para la expansión del virus. De modo similar, en otra escala, el virus debe lograr transferirse horizontalmente entre seres humanos. Si aniquila el cuerpo antes de poder infectar otro cuerpo, no podrá propagarse. En cambio, si la tasa de transferencia horizontal fuera suficientemente alta, si la mano de obra celular y el ejército de reserva de seres humanos fuera suficiente, no será un problema que la explotación a la que somete el virus a nuestro cuerpo ocasione algunas pérdidas: en términos de la estrategia de dominación viral puedan acaso considerarse como “accidentes laborales”.

Lxs condenadxs de la tierra

Cuando comenzó el cierre de fronteras y el aislamiento social preventivo y obligatorio (ASPO) en la Argentina, las tendencias de ese entonces auguraban 30 mil casos positivos de COVID-19 o más para principios de mayo. Que a principios de mayo haya habido poco más de 6 mil casos y alrededor de 300 muertes habla de una medida correcta, no de que haya sido exagerada o desacertada la proyección de casos en ausencia de la misma. Basta comparar con el número de casos, para la misma fecha, en otros países del continente en donde no se aplicó o bien se aplicó parcial o tardíamente, para demostrarlo: Ecuador (29 mil casos), Perú (65 mil casos), Brasil (156 mil casos). Se puede ponderar el número de casos en función de la cantidad total de habitantes por país: la conclusión es la misma. Se puede señalar que la definición de caso y el número de testeos es diferente en cada país en esas fechas ya distantes: observando el número de muertes Ecuador (1700 muertes), Perú (1800 muertes), Brasil (11 mil muertes), la conclusión es la misma. Que a nivel mundial la tendencia se haya desacelerado y a principios de junio “solo” haya 7 millones de casos y poco más de 400 mil muertes por COVID-19, también se explica en gran parte por este tipo de medidas en varios países del mundo.

Sin embargo, en las noticias, en las tendencias y curvas de casos y muertes que se muestran, se invisibiliza por lo general la tragedia de quienes siempre pagan las crisis. Mientras que en muchos lugares del país el número de casos positivos diarios crece relativamente poco, en las villas de CABA y en el Gran Buenos Aires, el número de nuevos casos se multiplicó (al menos inicialmente y veremos) de manera acelerada. Y es que la estrategia viral de dominación de células y cuerpos sinergiza con estrategias de dominación que se han viralizado en otros planos o niveles de la realidad: la dominación capitalista y la dominación patriarcal de esos cuerpos dominados.

Como se mencionaba anteriormente, un virus, un parásito obligado, cuya relación de tamaño frente un ser humano es similar a la de una gallina en comparación con el planeta Tierra, aparece como trágica metáfora de aquello que podemos denominar fase superior del parasitismo: una pequeña fracción de la humanidad, que representa solo el 0,02% de la biomasa sobre la Tierra, pero que ha impuesto valores y dispositivos, reglas y modos de producción hasta volverse un parásito total, un parásito de la totalidad. En Breviario de podredumbre, Emil Cioran describe “el ansia de primar”: “(…) Nos codeamos con sátrapas por todas partes: cada uno -según sus medios- se busca una multitud de esclavos o se contenta con uno solo. Nadie se basta a sí mismo: el más modesto encontrará siempre un amigo o una compañera para hacer valer su sueño de autoridad”.[12] El capitalismo, devenido en pandemia, coloniza, domina, usa, aliena, explota, depreda, contamina, violenta y mata: cuerpos, mentes, emociones, territorios, ríos, montañas, lagos y mares, suelo, aire y tierra. Nada en el planeta se encuentra a salvo de la codicia del capitalismo en tanto que viralización del ser parásito, nada escapa a las garras del capitalismo-pandemia. Es un prerrequisito, una condición de posibilidad para una pandemia de estas características, la existencia de un sistema-mundo capitalista, extractivista y colonial: tráfico y consumo de animales, desplazamiento de poblaciones humanas y animales por desmonte, hacinamiento en grandes ciudades, condiciones de pobreza, falta de acceso al agua y a la salud pública, enormes volúmenes de personas en tránsito por razones financieras, comerciales, turísticas, políticas, administrativas. Se requiere de todo este caldo de cultivo “artificial” para que un virus encuentre las condiciones propicias para volverse pandemia. Coronavirus, dengue, zika, chikungunya, hantavirus, incendios, cambio climático, glifosato… No se trata de plagas bíblicas: es el resultado lógico del modo de producción, económico, cultural y depredador que se nos impone. Lo que Rosa Luxemburgo vaticinaba como “socialismo o barbarie”, pero -al menos hasta el momento- sin el final que esperábamos.

A la vez, en forma dialéctica, la pandemia vuelve aún peores las condiciones de explotación, precarización y humillación de la clase trabajadora, con un aumento drástico en el número de asesinatos laborales o patronales de modo de asegurar la ganancia de empresarios y poderosos. Sin ir más lejos, ilustrando lo que significa el lucro de la salud, Bayer ha aumentado sus ganancias en un 20% en el primer trimestre del año comparado con el primer trimestre del año anterior. Mientras las grandes corporaciones farmacéuticas intentan imponer sus fármacos y se hacen un festín con la pandemia, mientras la Argentina paga 320 millones de dólares al FMI en concepto de intereses de deuda, millones de trabajadores en nuestro país y en todo el mundo se quedan sin empleo o ven recortados sus salarios. Es lo que algunos llaman la injusta distribución de la riqueza y que Fontanarrosa, a través de Inodoro Pereyra, denominaba “el generoso reparto de la pobreza”. Las alternativas que barajan quienes gobiernan son el aumento o bien en el número de muertes o bien en la cantidad de pobres. Pero en cambio el disminuir la riqueza de quienes más tienen no parece ser una posibilidad.

La pandemia, a su vez, refuerza las situaciones de violencia y los crímenes de odio contra mujeres y disidencias asociadas al ASPO, se descarga con mayor fuerza aún sobre estos sectores acentuando los privilegios de quienes no realizan tareas de trabajo doméstico o de crianza. Judith Butler explica que “la desigualdad social y económica asegurará que el virus discrimine. El virus por sí solo no discrimina, pero los humanos seguramente lo hacemos, modelados como estamos por los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia y el capitalismo. Es probable que en el próximo año seamos testigos de un escenario doloroso en el que algunas criaturas humanas afirmarán su derecho a vivir a expensas de otros, volviendo a inscribir la distinción espuria entre vidas dolorosas e ingratas, es decir, aquellos quienes a toda costa serán protegidos de la muerte y esas vidas que se considera que no vale la pena que sean protegidas de la enfermedad y la muerte.”[13]

Finalmente, en el caso de las poblaciones de villas, barriadas humildes y cárceles el sinergismo entre pandemia, capitalismo y violencia estatal se convierte lisa y llanamente en una pesadilla cuando las políticas de hacinamiento, falta de acceso a agua, ausencia de elementos de higiene y salud, en definitiva, cuando la militarización y el confinamiento en guetos se vuelve una opción viable. Son las relaciones sociales de producción asociadas al actual sistema-mundo capitalista, patriarcal, colonial y racista las que determinan, entre otras cosas, que en Chicago un latino o una afroamericana tengan más chances de morir por COVID-19 que un blanco; que en una villa de Buenos Aires no haya agua para poder higienizarse ni se pueda cumplir el “quedate en casa”; o que en cualquier lugar del mundo el ASPO aumente las chances de una mujer de ser violentada o asesinada en su casa.

La organización de lxs de abajo: solidaridad y apoyo mutuo

Hoy por hoy, capitalismo y pandemia nos amenazan de muerte. El capitalismo es la pandemia.

En línea con los argumentos de Margulis desarrollados arriba, Alberts y co-autores sostienen en Biología Molecular de la Célula, uno de los libros de cabecera de la carrera de Biología, que un cuerpo saludable es en definitiva una sociedad celular en donde el altruismo -en oposición a la supervivencia del más apto- es la regla[14]. Cada célula se organiza en asambleas colaborativas o tejidos y se divide, diferencia o muere según sea necesario para el bien del organismo. Lógicamente, ni las células humanas “deciden” ser trabajadoras altruistas, ni tampoco los virus se convencen a sí mismos de adoptar un modo de ser parasitario: ni la célula está compelida al “bien”, ni el virus al “mal”. Las categorías morales, como tales, no les convienen a seres de los cuales -en principio- no parecería poder predicarse la existencia de conciencia, libertad o intencionalidad. Un virus se encuentra determinado a ser un parásito, no puede sino ser un parásito, porque no tiene ni conciencia ni libre albedrío para transformarse en otra cosa diferente. En cambio, la sociedad humana no está determinada a desenvolverse de manera parasitaria, como se nos ha intentado hacer creer: el capitalismo no es “natural”. El hombre no necesariamente deba ser lobo del hombre, como planteaba Hobbes. Esto tampoco implica su opuesto, que el capitalismo sea “antinatural”: no estamos compelidos a arribar natural, inexorable e indefectiblemente al socialismo. Que las células que nos constituyen puedan cooperar entre sí no hace al ser humano necesariamente cooperativo o solidario en esencia. La naturaleza ha encontrado diferentes grados de libertad, de flexibilidad: ejemplos de todo tipo de modos de organización y producción, individualistas y competitivos, por un lado; cooperativos o altruistas, por el otro. Más importante aún, el capitalismo, como producto social, no puede ser explicado ni reducido al funcionamiento de un virus, de un cáncer o de un parásito, más allá de la célebre y atinada analogía de Marx. Lo que sí es necesario explicitar es que el capitalismo, como estructura, determina sí, la pérdida de nuestra libertad. Nos reduce a ser o bien explotadxs o bien explotadores. Es en nuestra propia posibilidad de recuperar la libertad que podemos elegir salirnos del modo de ser parasitario a través de priorizar nuestra facultad de organizarnos cooperativa y solidariamente.

La crisis sanitaria, social y económica se hace sentir sin dudas, y para que no se siga descargando sobre las espaldas de los sectores humildes y de la clase trabajadora en general, la única solución posible será tocar los intereses privados, hacer público todo aquello que no deba ser privado, suspender el pago de la deuda, denunciar cualquier tipo de violencia represiva, denunciar las condiciones de precarización laboral y los casos de asesinatos laborales: tender puentes entre quienes realmente necesitamos de los más dignos ejemplos del cuidado, desplegar los mejores y mayores niveles de solidaridad en y entre sectores de trabajadores.

Silvia Federici, escritora feminista, recupera el concepto de apoyo mutuo, acuñado por Kropotkin, para hacer referencia a las formas cualitativamente diferentes de cooperación proletarias dentro de los procesos de reproducción, las cuales limitan los efectos y el poder del capital y del Estado sobre las vidas de lxs trabajadorxs, evitando que innumerables trabajadores caigan en una ruina más profunda y plantando las semillas para crear una solidaridad generacional y de clase[15]. Uno de los mártires de Chicago, George Engel, decía en su discurso antes de ser ejecutado: “Yo no combato individualmente a los capitalistas; combato el sistema que da el privilegio”. El privilegio, que no es otra cosa que lo que aquí se llama “tener coronita”. Se podrá, eventualmente, detener la pandemia combatiendo individualmente al virus corona. Pero, en definitiva, no se podrá destruir lo que simbólicamente significa la corona, sin destruir el privilegio.

 

Escribe Matías Blaustein | Jun 15, 2020

[1]Darwin, C. (1964). On the origin of species: A facsimile of the first edition (Vol. 49). Harvard University Press.

[2]Malthus, T. R., Winch, D., & James, P. (1992). Malthus: ‘An Essay on the Principle of Population’. Cambridge University Press.

[3]Huxley, A. (1998). Brave New World. 1932. London: Vintage.

[4]Kropotkin, P. (2012). Mutual aid: A factor of evolution. Courier Corporation. Kropotkin, P. A. (1906).

[5]Gould, S. J. (1988). Kropotkin was no crackpot. Natural History, 7(97), 12-21.

[6]Margulis, L., & Sagan, D. (2008). Acquiring genomes: A theory of the origin of species. Basic books.

[7]Xiao, K., Zhai, J., Feng, Y., Zhou, N., Zhang, X., Zou, J. J., … & Zhang, Z. (2020). Iso-lation and characterization of 2019-nCoV-like coronavirus from Malayan pangolins. BioRxiv.

[8]Lam, T. T. Y., Shum, M. H. H., Zhu, H. C., Tong, Y. G., Ni, X. B., Liao, Y. S., … & Leung, G. M. (2020). Identifying SARS-CoV-2 related coronaviruses in Malayan pangolins. Nature, 1-6.

[9]Zhou, P., Yang, X. L., Wang, X. G., Hu, B., Zhang, L., Zhang, W., … & Chen, H. D. (2020). A pneumonia outbreak associated with a new coronavirus of probable bat origin. Nature, 579(7798), 270-273.

[10]Zhang, T., Wu, Q., & Zhang, Z. (2020). Probable pangolin origin of SARS-CoV-2 associated with the COVID-19 outbreak. Current Biology.

[11]Andersen, K. G., Rambaut, A., Lipkin, W. I., Holmes, E. C., & Garry, R. F. (2020). The proximal origin of SARS-CoV-2. Nature medicine, 1-3.

[12]Cioran, E. M. (1966). Précis de décomposition (Vol. 94). Gallimard.

[13]https://www.lavaca.org/notas/el-capitalismo-tiene-sus-limites-la-mirada-de-judith-butler-sobre-el-coronavirus/

[14]Alberts, B., Bray, D., Lewis, J., Raff, M., Roberts, K., & Watson, J. (1992). Biología Molecular de la Célula. 2da ed. Ed. Omega SA Barcelona, España

[15]Federici, S. (2015). Sobre el trabajo de cuidado de los mayores y los límites del marxismo. Nueva sociedad, (256), pp. 45-62.

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Abigail Disney y Stephen Tindal forman parte de "Millonarios por la Humanidad".   ________________________________________ Imagen: AFP

Ochenta y tres millonarios del mundo publicaron una carta al G20

"Tenemos una deuda enorme con los que realizan trabajos esenciales que son groseramente mal pagados”, dicen los signatarios de la carta, entre ellos, Abigail Disney y Jerry Greenfield (Ben and Jerry). 

 

Un nuevo grupo de 83 super-millonarios del mundo le escribió una carta al G20 para exhortar a los gobiernos a que les cobren más impuestos. “Nuestros gobiernos tienen que subir los impuestos a gente como nosotros. Inmediatamente. Sustancialmente. Y que sea permanente”, dice la carta publicada hoy por el matutino británico The Guardian.

Entre los signatarios se encuentran Jerry Greenfield, co-fundador de los helados Ben and Jerry, Abigail Disney, heredera del imperio Disney, y Stephen Tindall, el segundo hombre más rico de Nueva Zelanda. “No somos los que atienden a los enfermos en la terapia intensiva. No somos los que manejan las ambulancias. No somos los empleados que se ocupan de llenar las góndolas o distribuir la comida puerta a puerta. Pero tenemos dinero. Mucho dinero. Dinero que se necesita desesperadamente para que el mundo se recobre de la crisis. Y tenemos una deuda enorme con los que realizan trabajos esenciales que son groseramente mal pagados”, dice la carta.

El grupo autodenominado, “Millonaires for Humanity” (Millonarios por la Humanidad" es una ampliación con millonarios de otros países de los “Patriot Millonaires”, una organización estadounidense fundada en 2010. En su carta los “Millonaires for Humanity” dejan en claro que la filantropía o las organizaciones caritativas, tan tradicionales en los países anglosajones, son insuficientes para lidiar con esta crisis. “Los problemas causados y revelados por la covid-19 no pueden resolverse con caridad por más generosa que sea. Los líderes mundiales tienen que tomar la responsabilidad de recaudar los fondos necesarios e invertirlos de una manera justa”, dice la carta

El párrafo tiene dos destinatarios: el resto de los millonarios globales y los gobiernos. Al decir que no basta con la caridad están dirigiéndose a sus pares: los superricos. Al exigir voluntad política, exhorta a los gobiernos - al mismo tiempo que les ofrecen una inusual alianza política – a cambiar el regresivo sistema fiscal de los últimos 40 años.

La caritativa evasión fiscal

En marzo de este año la consultora Knight Frank calculó que había más de medio millón de personas con fortunas superiores a los 30 millones de dólares.

El más rico de todos, el fundador de Amazon, Jeff Bezos, es uno de los grandes beneficiarios de la pandemia: su fortuna creció en 75 mil millones de dólares desde el comienzo de la crisis hasta rondar la estratosférica cifra de 189 mil millones de dólares. Esta fortuna es tres veces el monto de la deuda que el gobierno argentino buscar reestructurar en estos momentos (66 mil millones)

Bezos donó 100 millones de dólares a la organización caritativa “Feeding America” que suministra ayuda alimentaria a los sectores relegados de los Estados Unidos. “Feeding America", que maneja unos 200 centros en todo el país, estaba obviamente agradecida. La donación era la máxima que había recibido en su historia y “muchísimas vidas cambiarán gracias a su generosidad”.

Esta generosidad representa menos del 0,1 por ciento de la fortuna de Bezos. Con un detalle adicional: Amazon se dedica a la evasión serial y global a gran escala. Lo que da con una mano, lo roba multiplicado por mil con la otra.

En 2018 la compañía pagó cero impuestos a nivel federal en Estados Unidos. Ese mismo año desembolsó unos 5 millones en el Reino Unido sobre más de 70 millones de ganancias, alrededor del 8%, cuando el impuesto corporativo británico es 19%. En 2017 la Unión Europea multó en 250 millones de euros a Amazon por “prácticas impositivas ilícitas”: el caso todavía está en la Corte Europea de Justicia.

Los gobiernos son obviamente co-responsables de esta situación. El mensaje de los “Millonaires for Humanity”es también para el G20 que desde el estallido financiero de 2008 viene hablando de un cambio de reglas impositivas a nivel mundial con sucesivaspromesas incumplidas de eliminar o al menos controlar los paraísos fiscales. En 2013 el G20 y la OCDE comenzaron a trabajar en un nuevo sistema para lidiar con la evasión tributaria de los grandes prestidigitadores impositivos a nivel global: las multinacionales. Desde entonces ha habido avances en cuentagotas y con rendijas legales para todos los gustos. Este fin de semana los ministros de finanzas del G20 se reúnen este 18 y 19 en Jeda, Arabia Saudita.

 Los Millonaires for Humanity apuestan a que la magnitud misma de la crisis comience a desequilibrar la balanza a favor de una reforma impositiva que no solo aumente la tasa efectiva que pagan las grandes fortunas sino que también lidie con el tema de la evasión y la elusión tributarias. “Nunca como ahora ha quedado expuesto que estamos absolutamente interconectados. No va a haber otra posibilidad de corregir este problema. A diferencia de decenas de millones de personas, no tenemos que preocuparnos de perder nuestros trabajos, nuestras casas o nuestra posibilidad de mantener a nuestras familias. Así que por favor. Cóbrenos más impuestos”, dice la carta. Y para que quede claro lo repiten tres veces: “Tax us. Tax us. Tax us” ¿Llegará el mensaje a nuestras pampas?

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El vacío humano: del robot alegre al operador sistémico

Lo humano del ser humano se ha congelado. La pandemia evidencia la fragilidad de nuestras existencias. No es propio de la especie pasar semanas o meses confinados en un espacio cerrado, muchas veces claustrofóbico. Las causas son diversas, pero siempre debido a la intervención del ser humano. En 2010, por falta de inversiones en seguridad, 33 mineros quedaron atrapados durante 69 días en la mina de San José, en Chile. Sus relatos son significativos. Forjar moral, evitar discusiones, racionar el alimento. Fue una situación extraordinaria en condiciones extremas. En semioscuridad, con un aire viciado, a cientos de metros de profundidad debieron cooperar, unirse y esperar un rescate. Vivir para ser liberados. Pero en 2020, una decisión política frente a una crisis producto del capitalismo salvaje, mezcla de opulencia y extrema pobreza, hambre inducida y especulación alimentaria, calentamiento global, extractivismo y contaminación, nos llamó a un confinamiento de urgencia.

Las clases dominantes y sus organizaciones son responsables del colapso no sólo sanitario, sino de la deshumanización. Sus ambiciones, desatinos y egoísmo competitivo, en nombre de la economía de mercado, ha manipulado la naturaleza. Las enfermedades zoonóticas se expanden. El Covid-19 pone el mundo "patas arriba". La salida, congelar lo humano. El mensaje: la vida social se aplaza hasta nueva orden. Nadie entra ni sale, un cerco a la movilidad. Ansiedad, miedo, pérdida de referentes, estrés, depresión, conductas autolíticas son algunos síntomas derivados de un aislamiento no deseado y de una socialización abruptamente paralizada. La naturaleza social nos obliga a expandir el mundo. Los abrazos, besos, apretones de mano, juegos, celebraciones, definen la cultura, incluido el ritual de la muerte. El velar al fallecido, el duelo, el entierro, fueron suspendidos. No ha sido posible socializar el dolor y la pena. La vida on line es una excrecencia.

No importa dónde, las sociedades humanas descansan en el contacto físico. La reproducción sexual es una demostración de lo dicho. La antropobiología del ser social es expansiva. Lenguaje, comunicación, sentimientos, emociones y gestos son un punto de partida, no de llegada. Lo humano no es lineal. Sin embargo, la utopía digital, versión actualizada de la idea de progreso, ha terminado por alterar el concepto de la existencia humana. Es el mundo que trae a la mano Bill Gates, Steve Jobs, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y sus acólitos. El sueño de Silicon Valley, nucleado en torno a la ideología de la inteligencia artificial. El ser humano como operador sistémico, ejecutor de un mundo que no le pertenece. No ya individuos, sino una suma de pixel para su identificación y control. Eric Sadin en su ensayo La silicolonización del mundo. La irresistible expansión del liberalismo digital apunta: “Se instaura otro género de alteridad que no hace sino responder a nuestros supuestos deseos y necesidades, y que está dedicada a respaldarnos, guiarnos, divertirnos o consolarnos. […] Es una alteridad de nuevo tipo, sin rostro y sin cuerpo, que se sustrae a todo conflicto y que solamente está consagrada a ofrecernos "lo mejor" en cada instante.

Hacer del mundo un lugar mejor y feliz es el lema que preside las empresas en Silicon Valley. La meta: empequeñecer lo humano y agigantar la inteligencia artificial. Arrebatarle la facultad de pensar. Un mundo de aplicaciones que hacen la vida más cómoda y llevadera. Nuevamente Sadin: “No es la extinción de la raza humana lo que instaura la visión del mundo siliconiana sino, de modo más preciso y bastante más malicioso, la erradicación de la figura humana. Es la ‘muerte del hombre’, el del siglo XXI, […] que, para su bien y el de la humanidad entera, debe ahora despojarse de sus prerrogativas históricas para delegárselas a sistemas más aptos de otra manera para ordenar perfectamente el mundo y garantizarle una vida libre de sus imperfecciones”. La guerra ­neocortical tiene su centro de operaciones en Silicon Valley. El general ruso ­Valery Gerásimov llamó la atención a esta realidad: “En el siglo XXI hemos visto una tendencia a desdibujar las líneas entre estados de guerras y de paz. Las guerras ya no se declaran”. La estrategia militar se desplaza al control de las emociones, los deseos, los sentimientos. Necesita los datos ­capturados por las empresas informáticas, ­Facebook, sin ir más lejos. Troles, falsas noticias y manipulación en tiempo real son las armas de esta guerra.

Éric Sadin nos alerta en su ensayo La humanidad aumentada. La ­administración digital del mundo: “El concepto moderno de humanidad entendido como un conjunto propio, transhistórico, evolutivo y a priori libre de su destino, se ha roto en beneficio de la emergencia de un compuesto orgánico sintético que rechaza in fine toda dimensión soberana y autónoma […] emerge una gubernamentalidad algorítmica, y no solamente aquella que permite a la acción política determinarse en función de una infinidad de estadísticas y de inferencias proyectivas, sino incluso aquella que ‘a escondidas’ gobierna numerosas situaciones colectivas e individuales. Es la forma indefinidamente ajustada de una ‘administración electrónica’ de la vida, cuyas intenciones de protección, de optimización, dependen en los hechos de un proyecto político no declarado, impersonal, expansivo y estructurante”. Sadin va más lejos, recurre a Steven Spielberg para apuntalar sus tesis: "Los seres humanos han creado un millón de explicaciones del significado de la vida, en el arte, en la poesía, en las fórmulas matemáticas. Ciertamente, los seres humanos deben ser la clave de la significación de la existencia, pero los seres humanos ya no existen". Es el tiempo de enfrentar esta guerra y revertir la dinámica donde pasamos de ser robots alegres a operadores sistémicos.

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Raoult encarnó una solución milagrosa en un intervalo de plena y profunda vulnerabilidad mundial. Imagen: EFE

Promotor de la hidroxicloroquina, encontró legitimidad en las redes sociales  

Detrás del abordaje científico populista hay una red de intereses políticos, de celos entre científicos e instituciones, intereses electorales y también económicos. 

 

Desde París.La propagación del Covid-10 causó un estrago monumental en el planeta. Desde Marsella, sur de Francia, el profesor Didier Raoult complicó al extremo la gestión de la crisis, dividió a los medios científicos, puso en tela de juicio casi todas las decisiones que se tomaron, descalificó los procedimientos de protección y al sistema de salud, humilló a los investigadores, armó un debate público intenso e irracional, mezcló ciencia y política, introdujo una desconfianza aún más critica de la que existía entre la sociedad y el poder político sin que su famoso tratamiento a base de hidroxicloroquina haya reproducido, a nivel mundial, los efectos que él le atribuyó y presentó como procedimiento milagroso. Cuenta, sin embargo, con el respaldo de millones de personas que ven en él el arquetipo del hombre contra el sistema, contra los intereses de los laboratorios farmacéuticos, la inoperancia de la dirigencia política, el cinismo de las finanzas y la inercia de la burocracia. Quien escribe sobre el profesor se expone a un alud de insultos, amenazas y otras agresiones de circulación común en las redes sociales. Detrás de este abordaje científico populista de la opinión mundial hay, de hecho, una red de intereses políticos, de celos entre científicos e instituciones, de intereses electorales y también económicos. Trazar una línea de tiempo racional permite comprobar las estrafalarias conductas del profesor, las falacias manifiestas de su tratamiento y las tramas que circulan detrás de él. Miles y miles de personas han muerto y seguirán muriendo. La claridad se impone como conducta; aquí, las estadísticas son arrasadoras: no hay, hasta el día de hoy, ningún país del mundo, ningún laboratorio, hospital público o privado o centro de investigaciones donde el tratamiento que el profesor francés presentó haya arrojado resultados indiscutibles. Más aún, el científico galardonado con 25 premios nacionales e internacionales irrumpió en el espacio público con una imponente mentira: el 25 de febrero de 2020 publicó en YouTube un video titulado "Coronavirus, final del juego". Allí afirmaba dos cosas, una falsa y la otra aberrante: "en China la cloroquina dio resultados espectaculares". La segunda: "el Covid-19 es probablemente la infección respiratoria más fácil de tratar". Era tal el embuste que YouTube y Facebook lo obligaron a cambiar el título por " Coronavirus, ¿hacia una salida de la crisis ?"

¿Genio incomprendido, charlatán ambicioso, científico brillante aturdido por su ego u oportunista sin moral?. La gama de valoraciones positivas o adversas es infinita. Lo cierto que su método de comunicación funcionó mejor que la hidroxicloroquina en un momento de miedo y confusión durante el cual todos los poderes estaban desbordados por la pandemia y la gente desesperada: Didier Raoult fue a buscar en las redes sociales y una opinión pública asustada la legitimidad que necesitaba. Prueba de ello, aún hoy, pese a la lenta evidencia que se fue instalando mundialmente sobre los límites de la hidroxicloroquina, el profesor dispone de una sólida base de defensores: más de un millón y medio de usuarios de las redes sociales están conectados con grupos que defienden al director del Instituto hospital Universitario Mediterráneo de infección. Raoult exportó hacia el exterior las fracturas francesas: la capital contra la provincia, Marsella contra París, ambas encarnadas por los archirrivales equipos de fútbol del Olympique de Marseillle y el PSG, el Sur contra el Norte, las elites contra el pueblo, los intereses privados contra el bien público, los protegidos contra los olvidados, así como la desconfianza de raíz que hay en Francia ante los poderes. El diario Le Monde realizó un prolijo retrato sobre la ubicación geográfica de la opinión pública que lo respalda, así como sobre el perfil de sus simpatizantes. Una gran mayoría de los flujos en las redes proviene del sur de Francia mientras que, en el mundo, Raoult tiene muchos seguidores en África, el Magreb y Brasil. Al principio, el profesor contaba con la aprobación de muchísima gente de la izquierda (extrema y radical). Luego, ese núcleo ideológico fue disminuyendo, aunque persiste entre ellos la idea de que “el tratamiento de Raoult es suministrado de forma incorrecta para que no funcione”. Esa mitología es poderosa entre todos los miembros del circulo pro Raoult: el profesor sería así objeto de un complot múltiple de las multinacionales farmacéuticas aliadas con el poder financiero y político. En la investigación de Le Monde surge una predominancia que va desde los chalecos amarillos y sus simpatizantes, pasa por la extrema izquierda y la izquierda radical; los soberanistas de ambos lados y llega hasta la derecha y la extrema derecha. El grupo Facebook “Didier Raoult Vs Coronavirus” acumula más de 470.000 miembros. Uno de sus animadores, Serge Benichou, retrata muy bien sus inclinaciones cuando escribe que “los movimientos antifascistas, feministas, bobos, ecologistas y veganos son los movimientos fascistas del Siglo XXI”.

Didier Raoult ejerció una suerte de populismo científico: construyó un pueblo en torno a su teoría y su figura y a una característica de la sociedad francesa. Raoult hizo de la ciencia un sondeo de opinión y del repudio al presidente Emmanuel Macron un argumento a su favor. El premiado profesor se filtró como un hombre providencial, un redentor de los condenados por el virus y el sistema, un sujeto libre y racional confrontado a la irracionalidad y los intereses y a un gobierno incapaz. También activó con sus intervenciones el oportunismo político de la oposición, la cual se sirvió de él para atacar al gobierno. En abril, el ex ministro francés de Salud, Philippe Douste-Blazy (derecha), difundió la petición "#NePerdonsPlusDeTemps" (no perdamos más tiempo) exigiendo que se ampliara el tratamiento con hidroxicloroquina. Lo respaldaron muchos médicos y científicos, entre ellos el exdirector científico del Instituto Nacional del Cáncer Fabien Calvo, el expresidente de la Alta Autoridad Sanitaria, Jean-Luc Harousseau, y el exdirector general de la Agencia Nacional para la Seguridad de Medicamentos y Productos Sanitarios, Dominique Maraninchi. En esos momentos críticos donde morían en los hospitales centenas de personas por día Página/12 pudo comprobar los efectos colaterales de los pronunciamientos de Raoult y sus amigos: los familiares de los pacientes arremetían contra los médicos para que usaran la hidroxicloroquina mientras que estos, día a día, constataban que en vez de funcionar como lo afirmaba el doctor la gente se moría. Un poco de sensatez: ¿alguien puede creer cabalmente que un médico que lleva tres días sin dormir, que tiene más de cien pacientes entre la vida y la muerte y otros cientos en estado grave se va a negar a suministrar un tratamiento porque un laboratorio privado lo presiona ?

El enredo se multiplicó varias veces. Primero cuando el presidente norteamericano, Donald Trump, dijo que la hidroxicloroquina era “un regalo del cielo" y la calificó como “punto de inflexión”. Promovió su uso a partir de marzo y el 18 de mayo Trump adelantó que la estaba tomando. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos advirtió de que podía causar problemas cardíacos, pero no hubo caso: el “punto de inflexión” jamás apareció. Su empleo se generalizó hasta que, en junio, como en la casi la totalidad de los países del mundo donde se la había probado (incluida China y la Organización Mundial de la Salud), la Administración de Alimentos y Medicamentos revocó la autorización de emergencia que había otorgado. No existía evidencia alguna de su eficacia y sus efectos secundarios podían ser mortales. En Francia ocurrió algo similar: bajo la presión popular, el gobierno la autorizó en casos graves (26 de marzo) para luego suspender el tratamiento (27 de mayo). El presidente francés, Emmanuel Macron, emitió signos contradictorios cuando, en medio de la controversia mundial, visitó al doctor en Marsella. Le dio legitimidad porque sus consejeros temían que los chalecos amarillos, muy apegados a las teorías de Raoult, se volvieran otro problema. La Agencia Europea de Medicamentos llegó a la misma conclusión: el remedio es ineficaz y sólo debería “utilizarse para ensayos clínicos o programas de emergencia”. El segundo desconcierto lo provocó la revista The Lancet a finales de mayo luego de publicar un estudio donde los autores consideraban que el método de Raoult era, además de "ineficaz", "nefasto". El estudio, sin embargo, tenía tantos errores y aproximaciones que fue retirado. Pese a todo, hasta la misma OMS suspendió temporalmente los ensayos tras la publicación, luego los reanudó y, al final, volvió a suspenderlos. EL 23 de junio, Raoult eligió su plataforma preferida de defensa (la democracia de la opinión pública), es decir, YouTube, para contraatacar, con la retórica populista y engañosa que ya lo caracteriza, a Estados Unidos, la Unión Europea y quien se oponga a su poción milagrosa: dijo que la prohibición es el resultado de "una fantasía" y de "una excitación fuera de lugar" y afirmó, así, sin pruebas: "hemos curado aquí a 4.000 personas (en el IHU de Marsella). No murieron por la hidroxicloroquina, ni tampoco sufrieron alteraciones del ritmo cardíaco. La mortalidad derivada de ese protocolo es de 0,5 por ciento".

En una entrevista publicada por Le Nouvel Observateur, Didier Raoult dijo : "lo único que cuenta es la estima de uno mismo". Se le nota. Didier Raoult se fabricó un auto mito en YouTube. Ni de lejos ni de cerca es ese "enemigo" de las elites, ni un "antibusiness", ni un científico rebelde. De Raoult se dice hoy un poco de todo: de ”jugador de póker” a “negacionista”. Sus allegados, muy discretos, aseguran que Raoult “creyó en ese tratamiento cuando en realidad no disponía de todas las pruebas”, que fue “parcialmente imprudente, de un optimismo exagerado”. Su rabia contra “el sistema” estalló cuando el presidente Emmanuel Macron no lo nombró a él sino a Jean-François Delfraissy como responsable del comité científico encargado de aconsejar al jefe del Estado. Jean-François Delfraissy circula en una red enemiga del centro que dirige Raoult en Marsella (IHU), la del Iserm y la del Instituto Pasteur. El profesor marsellés fue integrado al consejo, pero jamás asistió. Desde Marsella lanzó su improbable oferta científica. Sus respaldos nunca fueron los de abajo, sino la élite política de la derecha, provincial y nacional, ex ministros (Douste-Blazy, Renaud Muselier), empresarios (Bernard Arnault). Su responsable de comunicación, Yanis Roussel, figuraba en la lista de La República en Marcha (el partido presidencial) para las elecciones municipales del 28 de junio. Su look de rebelde anti sistema es también una creación. El mismo lo admite cuando dice que eso “los jode”. Raoult y la guardia que lo rodea se enfrascaron en dos batallas simultaneas, la una a través de la otra: para la gente de Marsella se trató de demostrar, a cada instante, que su estrategia, hacer test, aislar y tratar, era la correcta en contra de la promovida por el gobierno. Didier Raoult escribió 1.800 artículos en 40 años, más los libros. Su equipo, en Marsella, produjo 5.000 entre 2011 y 2016. Alucinante y poco verosímil, tanto más cuanto que unas 12 revistas de las 20 donde el profesor publica sus artículos están dirigidas por sus colaboradores. Esa creatividad científica se traduce en fondos: el Estado financia los hospitales y la investigación científica según la literatura científica que producen los científicos (sistema de medición Sigaps). Muchas de sus afirmaciones son exageradas y falsas. El pasado 23 de junio fue convocado por una comisión parlamentaria ante la cual dijo lo que se le dio más o menos la gana sin que nadie osara contradecirlo. Ante los parlamentarios, entre tantas exageraciones y verdades empañadas, Raoult afirmó que jamás había recomendado el uso de la hidroxicloroquina. Una rápida búsqueda en los archivos de los diarios prueba lo contrario. Su comunicación está siempre el límite interpretable de la verdad. En el IHU de Marsella, por ejemplo, se cita como un logro que, en esa región (las Bocas del Ródano) hubo tres veces menos muertos que en París. ”Como la hidroxicloroquina bajó la carga viral de los pacientes, la epidemia dura aquí apenas 15 días”, sostiene Eric Chabrière, profesor en el centro marsellés de Raoult. Es ficticio porque ello supone que o todos los enfermos de covid-19 fueron atendidos en el IUH, o que cada hospital y servicio de la región utilizó hidroxicloroquina. Es una extrapolación fantasiosa. Raoult encarnó una solución milagrosa en un intervalo de plena y profunda vulnerabilidad mundial en el mismo momento que los poderes públicos estaba limitados a proponer un primitivo confinamiento. La herencia ancestral del encierro como muro contra la circulación habrá sido, hasta ahora, más eficaz que el ego de un científico que, a su manera, se creyó Dios y terminó exportando los complejos y las tramas nacionales al resto del mundo.

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La pesadilla del coronavirus: Bogotá, entre el miedo y la esperanza

Aun cuando la pandemia todavía avanza sin clemencia en América Latina, las grandes urbes de esta región del globo se volvieron a poblar. Atrás, quedaron los largos días de encierro involuntario y un montón de promesas. Ahora, de regreso a la ‘normalidad’, este relato nos recuerda el discurrir de las primeras semanas de confinamiento en la capital de Colombia y su posterior ruptura.

 

Bogotá, hoy, parece otra ciudad. Incluso, peor –¿o mejor, realmente?–, Bogotá, hoy, parece una ciudad de otro planeta. La gente ha desaparecido repentinamente de las calles. Tampoco hay autos en las vías. Y la tóxica mancha gris, presente de manera habitual desde hace algún tiempo en el cielo de esta inmensa metrópoli andina, se ha esfumado también.

¿Qué pasó –entonces– con la Bogotá abarrotada de vehículos y buses atestados de pasajeros corriendo desenfrenadamente para sus trabajos desde la madrugada y luego a casa al morir el día? ¿Dónde están los miles de vendedores de toda clase de cachivaches que suelen ocupar los andenes de aquí y allá en modo rebusque? ¿Qué se hicieron los estudiantes y sus mochilas y sus risas y sus sueños? ¿Adónde han ido todos?

En su lugar, un magistral coro de pájaros de diversas especies –de regreso a sus viejos nidos: cedros, nogales, eucaliptos, cauchos sabaneros y guayacanes, desparramados por barrios y avenidas– no cesa de trinar, como antaño, regalándonos los más increíbles conciertos al amanecer. Y en las noches, cada noche, una nueva estrella se asoma en el cielo, ahora límpido. Y otra. Y una más.

Podría tratarse de una película de ficción –e incluso de un poema: la luna en lo alto sobre la ciudad vacía–. Pero, no. Es el día número 11 de un confinamiento obligatorio inimaginado para escondernos en nuestros hogares del ataque de un invisible y microscópico asesino que nos tiene a todos contra la pared, a unos rezando y a otros renegando.

La ciudad y las familias sufren una súbita metamorfosis. Cada quien trata de arreglárselas de la mejor manera. Pero, lo peor se avecina. El planeta está paralizado y la economía mundial tambalea. Bogotá y Colombia no escapan a ello.

Afuera, únicamente permanecen los prestadores de servicios esenciales: abarrotes, aseo, farmacias y funerarias, transportadores, domiciliarios, vigilantes y autoridades. Y, desde luego, un ejército que también ha sufrido pérdidas en sus propias filas por salvar las vidas de los más golpeados por el virus: el de los galenos, enfermeras, camilleros y auxiliares médicos, que adicionalmente y en no pocas ocasiones se han convertido en víctimas de la paranoia e ignorancia de unos cuantos ciudadanos que los insultan y agreden cuando los ven ingresar o salir de los edificiosdonde residen o de los supermercados donde se abastecen, por temor a ser contagiados.

 

El hambre no da tregua

 

Transcurren los días y en Bogotá, al igual que en el resto de Colombia y del globo entero, las ‘cifras’ comienzan a aumentar dramáticamente y pese a que en nuestra ciudad –según las autoridades– estas se encuentran por debajo de los estimativos iniciales, cada muerto nos duele y causa alarma. En tal parte, van ‘tantos’, dicen los noticiarios. Tantos contagiados. Tantos hospitalizados. Tantos en unidades de cuidados intensivos. Tantos fallecidos.

A estas alturas y sin dinero en el bolsillo para lo indispensable, aparecen en las calles los primeros que se resisten al encierro. Son los del rebusque. Los de las ventas de cachivaches en andenes y calles. Los de los malabares en los semáforos. Los que no pueden seguir esperando las ayudas gubernamentales ni las donaciones, porque sí llegan pero no alcanzan: las necesidades son superiores y «si no nos mata el coronavirus nos mata el hambre», repiten en cada esquina.

Poco a poco, y conforme lo autoriza el gobierno, a estos primeros hombres y mujeres, procedentes principalmente de las zonas marginales, se van sumando los obreros de las construcciones que quedaron paralizadas y luego los de las fábricas que dejaron de producir inesperadamente. Más tarde, se incorporarán otros trabajadores y posteriormente los demás grupos de población, han anunciado el presidente de la nación –un tantourgido de hacerlo– y la alcaldesa de la capital–no tan convencida de que sea el momento–.

De manera que, ahí van, bajo el miedo y la zozobra, bajo las carencias y las esperanzas, recorriendo las lluviosas calles de la ciudad, en una y otra dirección, luciendo el nuevo atuendo, la nueva prenda de vestir que se impone en el mundo de la moda 2020, igual en Europa que en América o en Asia que en África o en Oceanía: el tapabocas, esa mascarilla de la que no podremos desprendernos en mucho tiempo, pero que algunos tampoco usan, porque lo que está ocurriendo les parece una farsa o porque está agotada o porque su costo aumentó ridículamente –¡corruptamente! – y no tienen para comprarla.

Sí, podría tratarse de una película de ficción –e incluso de un poema: cualquier poema–. Pero, no. Es el día 17… 21… 29… 35… 43… 52… 60… de un confinamiento obligatorio inimaginado, que se prolonga cada tanto y que ha quebrado innumerables empresas y que ahora tiene a millares y millares sin empleo y sin para comer y sin para pagar el arriendo y sin para pagar los recibos de servicios públicos que no paran de llegar y que por el contrario vienen más caros, exagerada e injustificadamente más caros…

De forma «progresiva e inteligente», explica el gobierno, la ciudad y el país –como todas las ciudades y todos los países del mundo– van regresando a la ‘normalidad’ o intentando hacerlo. Hay que detener la otra pandemia, la de la fuerte crisis económica derivada del coronavirus. Por consiguiente, cada día hay más gente en la calle. Y también más riesgo de que el microscópico asesino alcance a quienes se descuiden.

Y ahí va el miedo, disfrazado de tapabocas. Y los muertos –sin funeral– rumbo al crematorio… ¿Aparecerá otra vez la tóxica mancha gris en el cielo? ¿Huirán los pájaros de nuevo? Sí, Bogotá, hoy, parece otra ciudad. Incluso, peor –¿o mejor, realmente?–, Bogotá, hoy, parece una ciudad de otro planeta… y el planeta parece otro planeta.

—Desde mi refugio, día 70 de confinamiento.

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Mario Henao Quevedo es periodista y guionista de nacionalidad colombiana; autor de diversos libros; ha escrito en desde abajo en varias ocasiones.

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La ONU pide una tregua mundial por la pandemia

Después de más de tres meses de negociaciones, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas alcanzó hoy un acuerdo y aprobó una resolución que apoya el pedido del secretario general António Guterres de una tregua mundial durante la pandemia.

Hasta ahora, la división entre Estados Unidos y China -enfrentados por la gestión y los orígenes de la pandemia- había hecho imposible la aprobación del texto, que finalmente salió adelante gracias a una nueva versión de compromiso impulsada en los últimos días.

La resolución fue aprobada por unanimidad y reclama un “cese de las hostilidades general e inmediato” en todos los conflictos que figuran en la agenda del Consejo de Seguridad y llama a las partes a facilitar una tregua humanitaria de al menos 90 días para que todas las personas puedan protegerse y tratarse en medio de la pandemia.

El texto, sin embargo, deja claro que la tregua no se aplica a las operaciones militares contra grupos considerados terroristas por los miembros del Consejo de Seguridad, como el Estado Islámico, Al Qaeda o el Frente al Nusra, una antigua filial de Al Qaeda en Siria.

Hace más de una semana, una amplia mayoría de los Estados miembros de la ONU aprobaron una resolución similar en la Asamblea General, el órgano deliberativo de Naciones Unidas que, a diferencia del Consejo de Seguridad, incluye a todos los países miembro, aunque sus decisiones no son vinculantes.

En una declaración conjunta, los 170 firmantes -entre los que además de naciones también se encontraban organizaciones de la sociedad civil y el Papa Francisco- apoyaron el mensaje de paz de Guterres y pidieron al mundo entero que concentre sus esfuerzos en la “lucha común” contra la pandemia de la Covid-19 en vez de continuar con conflictos armados que agravan las condiciones sanitarias.

El llamado a una tregua mundial está dirigido a la guerra en Siria, en Yemen, en Libia y conflictos de intensividad más baja e intermitentes en África, Asia, Medio Oriente y América Latina, con Colombia.

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El virólogo e investigador belga, Peter Piot, que ha pasado los últimos 40 años siguiéndoles la pista a distintos virus y luchando contra ellos

 El veterano virólogo belga opina que la segunda ola podría adoptar una forma distinta a la primera

 

Estamos solo al comienzo de la pandemia de coronavirus, aunque la segunda ola podría adoptar una forma distinta de la primera. Lo afirma el veterano virólogo Peter Piot, que ha pasado los últimos 40 años siguiéndoles la pista a distintos virus y luchando contra ellos. El profesor Piot (Lovaina, 1949) colaboró cuando tenía 27 años en el descubrimiento del ébola y ha liderado la lucha contra el VIH y el sida. El científico, director de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres en el Reino Unido, y asesor especial sobre el coronavirus para la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, , contrajo el SARS-CoV-2 a comienzos de este año. En esta entrevista habla de la manera en que la covid-19 ha cambiado su punto de vista sobre la enfermedad, de por qué necesitamos una vacuna y de las consecuencias de la pandemia a largo plazo.

Pregunta. Tras 40 años buscando virus, recientemente se las ha visto de cerca con el coronavirus. ¿Cómo se encuentra?

Respuesta.Tardé tres meses en recuperarme desde que me puse enfermo, pero ahora vuelvo a sentirme más o menos normal. Sin embargo, [mi experiencia] me ha enseñado que la covid-19 es algo más que gripe, o bien una enfermedad, que hace que el 1% tenga que recibir cuidados intensivos y muera. Entre esos dos extremos hay mucho. Pero me ha servido para entenderlo mejor. Ahora conozco el virus desde dentro, no solo por estudiarlo o luchar contra él. Es una perspectiva muy distinta.

P- ¿En qué sentido?

R. Ante todo, esta es una crisis relacionada con los seres humanos. Buena parte de las comunicaciones oficiales sobre la covid-19 hablan de aplanar la curva, y apenas de seres humanos. En segundo lugar, en cuanto a la percepción, el hecho es que no es una cuestión de “o gripe o cuidados intensivos”. Va a dejar a mucha gente con afecciones crónicas. Por eso, personalmente, me hace sentirme doblemente motivado para luchar contra el virus. Tras haber luchado contra virus la mayor parte de mi vida, ahora uno me ha alcanzado, pero pienso que es también la experiencia humana la que cambia las cosas. Es lo que en neerlandés denominamos ervaringsdeskundige [un experto que ha aprendido de la experiencia]. Viene de la política social. De modo que no se trata de que los expertos les digan a las personas lo que es bueno para ellas. También se habla con los afectados. Y yo procedo del movimiento del sida. En el VIH, ni se nos ocurría diseñar, desarrollar, y ni siquiera investigar sin involucrar a pacientes infectados de VIH. Y esa es más o menos mi forma de pensar.

 

P. En la actualidad hay más de nueve millones de casos de covid en todo el mundo y la pandemia se está extendiendo por Latinoamérica. ¿Cuál es su perspectiva de la situación actual?

R. Bueno, francamente, lo primero es que las cifras se quedan cortas, sin duda, porque estos son los casos confirmados. De modo que probablemente estemos más cerca de superar con creces los 20 millones, y pronto, el medio millón de muertes. Junto con el VIH, convertido ahora en una epidemia silenciosa que sigue matando a 600.000 personas cada año, y la gripe española [de 1918], el coronavirus es ciertamente no solo la mayor epidemia, sino también la mayor crisis social en tiempos de paz. Si pensamos en Europa, prácticamente todos los países han logrado contener la expansión del virus, y esa es una buena noticia. Las sociedades están volviendo a ponerse en marcha y relajando algunas medidas. Y ahora tenemos que prepararnos para la llamada segunda ola. Espero que no sea un tsunami, sino algo más parecido a los brotes que ya tenemos, por ejemplo, en una empresa cárnica de Alemania, o en lugares de ocio nocturno, en Corea. En el Reino Unido seguimos teniendo brotes en algunas residencias de ancianos. Creo que ahora tenemos que prepararnos para eso. Lo cierto es que estamos solo al comienzo de esta pandemia. Mientras haya personas propensas a infectarse, el virus estará muy dispuesto a hacerlo, porque necesita nuestras células para sobrevivir.

 

P. ¿Hay alguna razón para el optimismo?

R. La buena noticia es también la colaboración científica, que no tiene precedentes. Es difícil seguir el ritmo de la nueva información y de la ciencia que se está publicando sobre algo que, aunque parezca increíble, tiene solo cinco meses. A veces me digo: “Dios mío ¿cómo voy a mantenerme informado de todas las publicaciones?” Pero, por otra parte, es un problema bueno, porque en las anteriores epidemias la información no se compartía. También es insólito que las empresas y los países estén invirtiendo enormemente en el desarrollo de vacunas, medicamentos y demás. De modo que es un rayo de esperanza.

 

P. Si estamos solo al comienzo de la pandemia, ¿cuánto podría durar?

R. No dispongo de una bola de cristal, pero podría durar varios años. Yo diría que, a corto o medio plazo, una vacuna supondría una enorme diferencia, aunque dudo de que sea una vacuna eficaz al 100%. Hemos oído promesas de que en octubre dispondremos tal vez de cientos de millones de vacunas. A todos los efectos prácticos, es más probable que sea en 2021, y eso realmente podría ayudar a controlar la epidemia en gran medida. Pero seguiremos teniendo que cambiar nuestra forma de relacionarnos con los demás. Si nos fijamos en Japón, por ejemplo, desde hace generaciones se ponen mascarilla para proteger a los demás, incluso cuando tienen un simple resfriado. De modo que, además de esperar esta vacuna mágica, hace falta un cambio de conducta a gran escala.

 

P- El maratón de donantes organizado por la Comisión Europea ha recaudado casi 10.000 millones de euros en donaciones, que se repartirán entre vacunas, tratamientos, pruebas y el refuerzo de los sistemas sanitarios. En su opinión, ¿cuáles son las prioridades para gastar este dinero? ¿Y es suficiente?

R. Este maratón de donaciones es necesario por dos razones: para asegurarnos de que haya dinero y para garantizar el acceso equitativo a las vacunas y otros recursos. La mayor necesidad es el desarrollo de la vacuna y su fabricación. Pero lo más importante es que [los fondos] no son solo para investigación y desarrollo, sino también para crear mecanismos que permitan el acceso de países pobres o que no son productores de vacunas. Podría pensarse que es muchísimo dinero, pero no es suficiente.

 

P. ¿Por qué no?

R. Lo insólito, también, es que estamos hablando de miles de millones, no millones, de personas a las que hay que vacunar. Nunca se ha intentado. Aproximadamente 4.000 o 5.000 millones de personas necesitarán acceder a esta vacuna. Y eso significa también miles de millones de viales de vidrio para envasarla. Hace falta ocuparse de todas estas cosas básicas. Empresas y Gobiernos tienen que apostar e invertir en la fabricación de vacunas sin saber siquiera si esa vacuna va a funcionar de hecho. Es un gran reto, pero por eso hace tanta falta también dinero público, porque va a ser un bien público. Y está también el problema del “nacionalismo de la vacuna”. Empezó cuando Estados Unidos dijo que las vacunas producidas en Estados Unidos serían para los estadounidenses. Y si todos los países empiezan a hacer eso, la mayoría de los habitantes del mundo quedarán excluidos, porque solo unos cuantos países producen vacunas.

 

P. ¿Cómo nos aseguramos entonces de que no se deja a nadie de lado?

R. Es la gran pregunta. Pienso que, en definitiva, va a ser una cuestión política. Y por eso insisto en que el acceso equitativo debe formar parte de la iniciativa de donaciones puesta en marcha por la Comisión. No se trata solo de reunir dinero para desarrollar la vacuna. Se trata de reunir dinero para desarrollar una vacuna accesible para todos los que la necesiten. Es muy distinto.

 

P. El mes pasado, declaraba usted en una entrevista que aprendemos a medida que navegamos y que sin vacuna no podrá reanudarse la vida normal. ¿Sigue pensando lo mismo?

R. De manera un poco más matizada. Ahora digo que vamos aprendiendo a medida que corremos porque navegar es un poco lento. En estos momentos, todo el mundo corre. Y sigo pensando que, sin vacuna, va a ser extremadamente difícil recuperar una sociedad normal. Todo dependerá de que las vacunas protejan contra la transmisión. En otras palabras, de que si yo me vacuno no pueda coger la enfermedad o, como en el caso de la gripe, que la vacuna sea especialmente útil para prevenir el desarrollo de enfermedad grave y la mortalidad. Hay muchos elementos desconocidos. En mi opinión, constituye la mayor prioridad para la ciencia y para la respuesta, porque si no hay vacuna, significará que tendremos que convivir años con este virus.

 

P. ¿Hay alguna candidata a vacuna que le entusiasme y que pueda destacar sobre las demás?

R. No, porque hay unas cuantas. Pero lo hermoso en este momento es que hay muchos enfoques muy distintos para obtener una vacuna. Las hay de ARN (mensajero) y otras que utilizan métodos más tradicionales. Personalmente, soy agnóstico.

 

P.  Incluso aunque una vacuna pueda impedir que la gente enferme, ha mencionado que muchos padecerán afecciones crónicas. ¿Cómo debería organizarse la respuesta a más largo plazo?

R. Estamos todos ocupados con la crisis aguda y, aunque ahora tenemos un poco de tiempo para prepararnos para estos brotes de la segunda ola, también necesitamos mirar a más largo plazo. Esto es evidente en lo que respecta al impacto económico y social, pero también para el impacto en la salud mental que ha tenido no solo la epidemia, sino también las medidas para contrarrestarla –confinamiento, niños que no van al colegio, etcétera– que podrían realmente exacerbar las desigualdades y las injusticias sociales. A menudo, las epidemias revelan las líneas divisorias de la sociedad y acentúan las desigualdades. Es algo que va mucho más allá de los aspectos biológicos y médicos, pero es lo que tenemos que planificar ahora.

Por ANNETTE EKIN|HORIZON

02 jul 2020 - 01:35 COT

Este artículo ha sido originalmente publicado en inglés en Horizon, la revista de investigación e innovación de la UE. La investigación de este artículo fue financiada por la UE.

Traducción de NewsClips.

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EE.UU. compra casi todas las existencias del Remdesivir, el medicamento clave para la Covid-19

La administración Trump acapara la producción de tres meses del antiviral que fabrica la farmacéutica estadounidense Gilead

 

Estados Unidos ha adquirido casi todas las existencias del antiviral Remdesivir a su principal fabricante, Gilead Sciences, hasta septiembre. Cualquier otro país que quiera comprar el medicamento clave para tratar la Covid-19 durante los próximos tres meses lo tiene muy difícil. El Departamento de Salud y Servicios Humanos de la Administración Trump anunció el acuerdo con la farmacéutica estadounidense el lunes con el fin de asegurar la disponibilidad del fármaco a los hospitales del país que quieran comprarlo.

El uso de Remdesivir, el primer medicamento aprobado por las autoridades estadounidenses y europeas para tratar la enfermedad que provoca el coronavirus , ha demostrado que acelera la curación y reduce la mortalidad de los enfermos infectados con el SARS-CoV-2. Gilead, que posee patentes sobre el antiviral en más de 70 países, distribuyó por el mundo al principio de la pandemia cientos de miles de dosis para ensayos clínicos con el fin de agilizar la validación del medicamento contra la Covid-19.

Ahora la administración Trump ha comprado más de 500.000 dosis o que es lo mismo: toda la producción de Gilead para julio y el 90% de agosto y septiembre, de acuerdo con el comunicado difundido por el departamento de salud de EE.UU.

“El presidente Trump ha llegado a un acuerdo increíble para garantizar que los estadounidenses tengan acceso al primer tratamiento terapéutico autorizado para la Covid-19”, ha señalado el secretario de Salud y Servicios Humanos de los EE.UU., Alex Azar. “En la medida de lo posible, queremos asegurarnos de que cualquier paciente estadounidense que necesite Remdesivir pueda obtenerlo”, ha añadido el responsable de salud estadounidense. Estados Unidos sigue siendo el país más castigado por la pandemia con más de 127.000 muertes y 2,6 millones de contagiados.

El movimiento del Gobierno estadounidense, hecho de una forma totalmente unilateral, ha encendido las alertas entre los expertos y activistas por las implicaciones que esta manera de operar podría tener cuando, por ejemplo, esté disponible una vacuna. “La administración Trump está haciendo todo lo que está a nuestro alcance para aprender más sobre las terapias que salvan vidas para la Covid-19 y asegurar el acceso a estas opciones para el pueblo estadounidense”, ha recalcado Azar.

 “Como tienen acceso a la mayor parte del suministro de medicamentos (de Remdesivir) no queda nada para Europa”, ha apuntado el Dr. Andrew Hill, investigador visitante de la Universidad de Liverpool, al periódico The Guardian .

Cuando no se había probado el Remdesivir como fármaco eficaz contra la Covid-19, alrededor de 145 organizaciones civiles dedicadas a la salud pública de todo el mundo advirtieron del peligro de que Gilead se hiciera con el monopolio del medicamento, ya que amenazaría el acceso al tratamiento por parte de los países menos favorecidos. “Actualmente, no hay centros de producción para este antiviral fuera de los Estados Unidos, y la compañía ha reducido recientemente la escala de su programa de uso compasivo debido a la abrumadora demanda”, señalaban los firmantes, entre los cuales había Médicos Sin Fronteras.

Las organizaciones firmantes señalaron además que era “inaceptable que el fármaco” estuviera bajo el control exclusivo de Gilead si se tenía en cuenta que “el medicamento se desarrolló con una considerable financiación pública tanto para la investigación temprana como para los ensayos clínicos”.

Poco antes de la gran adquisición del Gobierno de Trump, Gilead anunció el lunes que iba a vender su fármaco a 390 dólares (unos 346 euros) el vial para los gobiernos de países desarrollados –un precio que ofrecerá rebajado a los países en vías de desarrollo–. De acuerdo a los patrones de tratamiento actuales, se espera que la gran mayoría de los pacientes reciban un tratamiento de cinco días utilizando seis viales de Remdesivir, lo que equivale a 2.340 dólares por paciente (2.082 euros), mientras el coste de las terapias más largas será de 3.818 euros.

De todos modos, cualquier país que ahora quiera adquirir una dosis de Remdesivir tendrá que esperar al menos hasta agosto. Todas la producción de julio está en manos estadounidenses y solo queda disponible el 10% de agosto y septiembre.

Los hospitales estadounidenses han estado usando dosis donadas por Gilead desde principios de mayo, cuando Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. (FDA) dio luz verde al Remdesivir, antiviral que se inventó para tratar pacientes con ébola pero fracasó en ese cometido. La farmacéutica estadounidense ha suministrado de forma gratuita 120.000 tratamientos pero la donación finalizaba en julio.

El departamento de salud estadounidense calcula que los hospitales pagarán aproximadamente unos 3.200 euros por tratamiento –que según calculan, requiere, un promedio de 6,25 viales por paciente–.

Lejos de haber menguado los estragos de la pandemia en el país, el Gobierno de Trump ha querido hacer acopio del antiviral ante la perspectiva de que la crisis sanitaria se prolongue hasta pasado verano. El epidemiólogo jefe de EE.UU. advirtió el martes ante el Senado que si no se toman medidas de precaución, el país se arriesga a llegar a los 100.000 casos diarios, una cifra muy por encima de los 40.000 actuales. “Estoy muy preocupado”, manifestó Fauci, director del Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas y Alergias de EE.UU. “Esto puede ponerse muy mal”, añadió.

La advertencia del epidemiólogo llega cuando varios estados del sur y oeste de EE.UU., que apenas habían sufrido el impacto de la pandemia hasta ahora están experimentando altas tasas de infecciones. Cuatro de los estados más afectados son Texas, Florida, California y Arizona. Algún que otro gobernador no se está tomando en serio la situación y se resiste a imponer restricciones para frenar la propagación.

Mientras, en España, el ministro de Ciencia e Innovación, Pedro Duque, aseguró que el Gobierno está negociando el precio con Gilead para rebajarlo de esos más de 2.000 euros por paciente y tratamiento. El ministro señaló que una cosa es la primera oferta que hace una compañía y otra, a lo que se llegue después de la negociación. “Tenemos expertos que ahora mismo se pondrán a hacer este tipo de negociaciones y estoy seguro de que lo que necesiten los españoles, lo van a tener”, afirmó Duque.

“La ética de cuánto debe costar un medicamento es un debate complejísimo, que se le ha dado vueltas muchas veces”, apuntó el ministro en la rueda de presa posterior al Consejo de Ministros del martes.

Con todo, el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, la valía del Remdesivir es matizable. El epidemiólogo español reconoció el lunes que el tratamiento con este medicamento “tiene algún efecto en la reducción” del tiempo de padecimiento del coronavirus y, por lo tanto, “ayuda”, pero “no es la panacea”.

En este sentido, Simón confía en que la investigación del coronavirus permita que se descubra un medicamento “más eficaz” que acabe con la enfermedad y que probablemente surgirán en las próximas semanas.

”No podemos considerarlo como el tratamientos que nos va a solucionar el problema”, ha insistido el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias quien, sin embargo, ha recalcado que “es una ayuda más”.

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