Sábado, 11 Noviembre 2017 07:23

Aquellos diez días

La revolución rusa fue la primera que derrotó a las clases dominantes y consiguió consolidarse en el poder, mostrando al mundo entero que los pobres (obreros y campesinos) podían vencer a los poderosos del mundo. Sin embargo, el segundo paso, la construcción de un mundo mejor al capitalista, mostró muchas más dificultades que las imaginadas por los dirigentes de la revolución de octubre.

 

“Fue el acontecimiento más importante del siglo XX”, escribió el historiador británico Edward Hallett Carr, autor de la monumental Historia de la Rusia soviética, 14 tomos de la más detallada reconstrucción de la cruzada revolucionaria. “La revolución fue hija de la guerra”, concluye su compatriota Eric Hobsbawm en su ambiciosa Historia del siglo XX.


Ciertamente, la revolución de 1917 cambió la historia, con tal profundidad que sus efectos se pueden rastrear hasta nuestros días, casi tres décadas después del colapso de la Unión Soviética. Anunció una nueva era en las relaciones entre las clases sociales, hundió al imperio más extenso de la época, asustó a las clases dominantes –que en pocos años pusieron en pie un Estado del bienestar que se mostró como el cortafuegos más eficaz ante el incendio revolucionario– y dio alas a las revueltas anticoloniales en el Tercer Mundo.


Pero el hecho de que las revoluciones fueran paridas por guerras se convirtió con el tiempo en un problema mayor, ya que tuvieron como resultado un poder jerárquico cuya cima estaba integrada por varones de clase media, en general blancos e ilustrados. Una estructura adecuada para derrotar a las clases dominantes, pero que obstaculizó la creación de mundos nuevos.


Si hubiera que poner la fecha inicial de la revolución rusa, habría que mentar el 23 de febrero de 1917 (en el calendario juliano, retrasado 13 días con respecto al gregoriano, vigente en el resto del mundo), cuando se celebraba el Día Internacional de la Mujer. Las obreras textiles de Petrogrado decidieron ir a la huelga y enviaron delegadas a las metalúrgicas para que se sumaran al movimiento. Fue el comienzo de la revolución de febrero, que hundió, en apenas cuatro días, la autocracia zarista.


Luego de tres años de guerra y de la inminente derrota de Rusia a manos de Alemania, la población de las ciudades pasaba hambre mientras en las trincheras morían por millares. El 23 de febrero unos 90 mil obreros y obreras de la capital imperial se declaraban en huelga. “Manifestaciones de mujeres en que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan”, desliza la pluma inquieta de León Trotski en su Historia de la revolución rusa.


El movimiento, describe, “empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias”. En pocas horas, al desesperado grito de “¡Pan!” se suman otros más audaces: “¡Abajo la autocracia!” y “¡Abajo la guerra!”. La principal avenida de Petrogrado, la perspectiva Nevski, contempla un desfile continuo de hambrientos. “Son masas compactas de obreros cantando himnos revolucionarios”, explica Trotski.


FRUTA MADURA.


En los tres días siguientes las multitudes rodean a los soldados y a la policía. Los cosacos son los primeros en levantar sus armas para no disparar contra las masas. La guarnición del zar contaba con 150 mil soldados. Descargan sobre los obreros, pero éstos responden y se entablan tiroteos. La población no tiene miedo, quizá porque una parte había visto morir a sus parientes más cercanos en las trincheras o porque el hambre era insoportable.


El 26 es una jornada decisiva. Los obreros se concentran en los suburbios para marchar hacia el centro, pero los soldados cortan los puentes. Atraviesan a pie el Neva helado, desafiando los disparos de las huestes zaristas. Pese a contabilizar más de 40 muertos, no se repliegan. Ese día comienzan a amotinarse las tropas. “No estamos ante una sublevación de soldados provocada por el rancho, sino ante un acto de alta iniciativa revolucionaria”, analiza el dirigente bolchevique.


La guarnición del zar “se iba fundiendo, derritiéndose” ante el avance arrollador de las multitudes. El 27 abdica el zar Nicolás II y se forma un gobierno provisional basado en una alianza entre liberales y socialistas. Los bolcheviques se sitúan desde el primer día en la oposición. El partido de Lenin era, relativamente, pequeño. Contaba con 24 mil miembros, pero fue creciendo de forma exponencial hasta octubre, a medida que el frente militar se desmoronaba y la impaciencia por la paz, el pan y la tierra segaba las bases sociales del nuevo y precario régimen.


Lo que siguió es bien conocido. Bajo la batuta de Lenin los bolcheviques toman el Palacio de Invierno el 25 de octubre (7 de noviembre) y le “ofrecen” el poder a los sóviets (consejos) de diputados obreros, campesinos y soldados. Fue una jornada memorable relatada minuciosamente por John Reed en Diez días que estremecieron el mundo, donde describe la actitud de los obreros como una “tempestad de indignación popular”, protagonizada por hombres endurecidos por la guerra y el hambre que, sin embargo, al concluir su hazaña “lloraban y se abrazaban unos a otros”.


Según Hobsbawm, “no fue necesario tomar el poder, sino simplemente ocuparlo”, porque cayó como fruta madura en manos del único partido que contaba con objetivos y una dirección decidida. Carr, por su parte, retrata a la inteliguentsia bolchevique como “un grupo sin equivalente en ningún otro lugar”, lo que explica en buena medida la capacidad del grupo dirigente para tomarle el pulso a la situación y trazar líneas de acción. Lenin era, fuera de dudas, el más capaz, pero en un equipo descollante en el que brillaban desde Trotski y Lunacharski hasta los artistas Vasili Kandinski y Serguéi Eisenstein, quienes apoyaron con fervor el poder soviético.


El desafío mayor para el nuevo gobierno comenzó meses después, cuando los generales zaristas emprenden una guerra contra el poder soviético (que sólo se había consolidado en un puñado de grandes ciudades, como Petrogrado y Moscú). Hasta 14 países intervinieron en la guerra civil para derrocar al gobierno de los sóviets, entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, Japón y Francia, consolidando un “Ejército Blanco” que estuvo cerca de derrotar a la revolución.


La guerra finalizó formalmente en 1923, pero dos años antes la victoria bolchevique estaba consumada. Los costos fueron terribles. Hasta 5 millones de muertos, en combate, por hambre o represión. Para Hobsbawm hay tres razones que explican la supervivencia de la revolución: un Partido Comunista, centralizado y disciplinado, que ya contaba con 600 mil miembros; la decisión de mantener a Rusia unida, lo que le permitió contar con el apoyo de la oficialidad zarista para crear el Ejército Rojo; y haber permitido a los campesinos ocupar la tierra, lo que Lenin definió como una reforma agraria desde abajo.


LA RECONSTRUCCIÓN.

Los pasos que dio la revolución para sobrevivir la condujeron hacia un lugar impensado, de modo que “cuando la nueva república soviética emergió de su agonía, se descubrió que conducían en una dirección muy distinta de la que había previsto Lenin en la estación de Finlandia”, en abril de 1917 al llegar del exilio, sostiene Hobsbawm.


La reconstrucción del Estado fue casi idéntica a la reconstrucción del ejército, aunque se lo denominara Rojo. Como señala Charles Bettelheim en Las luchas de clases en la Urss, no se creó un ejército “caracterizado por nuevas relaciones ideológicas y políticas”, sino que se reclutó en masa a los llamados “especialistas militares”, que eran oficiales zaristas que se sumaron, por propia voluntad o a la fuerza, a la tarea de defender la integridad territorial de su amada Rusia.


La idea de la “neutralidad de la técnica” (que defendía también Lenin) llevó a los bolcheviques, y a Trotski en particular como comandante del ejército, a colocar en el lugar de mando a los oficiales que provenían del ejército zarista. Aunque estuvieran controlados por comisarios políticos, encabezaban una institución vertical y autoritaria en la cual los soldados no podían controlar a los oficiales, como sí sucedió en el ejército rojo chino, que era un verdadero ejército popular.


Esos oficiales lucían “signos exteriores de respeto” y gozaban de condiciones de vida, desde la vivienda hasta la comida, que los colocaban por encima de los militares sin graduación. En realidad jugaron el mismo papel, jerárquico y de control, que los cuadros superiores y dirigentes del Partido Comunista, y los servicios de seguridad (la Checa primero y la Gpu después) respecto del conjunto de la sociedad rusa.


El viraje autoritario se profundiza hacia el final de la guerra civil, cuando reaparece el hambre provocada por la resistencia del campesinado a entregar sus cosechas al Estado, y se produce la rebelión de los marinos en Kronstadt, en marzo de 1921, quienes instalaron una comuna revolucionaria que fue aplastada en sangre por el Ejército Rojo con un costo de miles de muertos.


El décimo Congreso del Partido Comunista –también en marzo de 1921– consumó el viraje que colocó al partido en el lugar que debía ocupar la clase, consolidó un aparato central, desplazó a una parte de la vieja guardia y promovió la primera purga sistemática, con el visto bueno de Lenin. Como señala Carr, “la concentración del poder en el seno del partido se emparejaba con un proceso similar en los organismos del Estado”. Fue el comienzo de un proceso que llevó al predominio de Stalin con métodos de terrorismo de Estado o, mejor, de partido-Estado.


UN LEGADO PROBLEMÁTICO.


Con los años aparecieron tres explicaciones para dar cuenta de los caminos seguidos por la Urss, que se convirtieron en las tres principales tendencias del movimiento comunista internacional: la que defendió el “modelo ruso” como el verdadero socialismo; la corriente trotskista que señalaba que la Unión Soviética se había convertido en un “Estado obrero burocratizado”; y la que se inspiró en los análisis de Mao Zedong, que afirmaba que se había formado una “burguesía de Estado” a la sombra del poder soviético.


Lo cierto es que la Urss fue una experiencia exitosa para la modernización y la industrialización del país. Si no lo hubiera hecho a marchas forzadas, seguramente habría sido doblegada por la invasión nazi a partir de junio de 1941. La revolución de octubre pudo vencer a las fuerzas internas y externas de la reacción, poner en pie una poderosa nación, mejorar la calidad de vida, construir un Estado eficiente para el control de la población y asegurar la defensa del país.


Pero en modo alguno representó un avance hacia una sociedad más libre e igualitaria, y el entramado del poder soviético se reveló como un poderoso obstáculo para la emancipación social. Peor aun: cinceló un concepto de socialismo consistente en la concentración de los medios de producción en manos de un Estado controlado por el partido, que sigue siendo el modelo por el cual se guían buena parte de las izquierdas del mundo, como puede comprobarse estos días en América Latina.


Es una pesada herencia, pegajosa, difícil de trascender, toda vez que se han instalado como sentido común las ideas de que la propiedad estatal es superior (a la privada, cooperativa o comunal), que mercado y Estado son opuestos, que la sociedad deseable debe ser planificada desde instancias como los partidos, entre las más destacadas.


En sentido estricto, las izquierdas no han roto con el estalinismo, aunque denuncien sus “errores”, fórmula que encubre los crímenes en masa. En dos aspectos resulta esto evidente: el escaso interés por las libertades en el seno de las organizaciones, y la ambición de construir un socialismo estatista como horizonte de la sociedad deseable. La tensión antiestatal que anidaba en los socialistas del siglo XIX (sobre todo en Marx) y en el Lenin de El Estado y la revolución se disolvió en las mezquinas prácticas del ejercicio del poder.


Cuando en la década de 1980 sobrevino la desorganización de la economía, en gran medida porque la sociedad había dejado de colaborar con el régimen, el poder soviético sufrió una severa implosión. Con el tiempo se hizo evidente que se trataba de un sistema que se empeñó en aplastar la soberanía popular e intentó, a través de un vasto aparato de control, “ahogar la autonomía de la sociedad”, como destaca el comunista disidente Eugenio del Río (Rebelión, 21-X-2017).


A escala global, una de las peores consecuencias es que el Estado soviético generó una ristra de clones políticos que empeñaron los mejores esfuerzos de los trabajadores en imitar al “partido guía” con sede en Moscú, sacrificando la independencia de clase en el altar de la lucha por el poder.


La herencia que nos dejó a los latinoamericanos la política estalinista puede palparse en una cultura política contumaz que busca, una y otra vez, referencias en caudillos y en partidos cuya mayor autoridad es que detentan –o aspiran a detentar– el poder estatal, convertido en un fin en sí mismo y no ya en un medio más para transformar el mundo.

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Sábado, 11 Noviembre 2017 07:19

Crean una comisión de verdad

La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, Convivencia y No Repetición tendrá un carácter extrajudicial, es decir, sus hallazgos y publicaciones no podrán vincular a procesos judiciales a sus implicados.

 

Ya se conocen los integrantes de la Comisión de la Verdad que, como parte de lo pactado en el Acuerdo de Paz negociado en La Habana, entrará en funcionamiento el año próximo. Se trata de cinco mujeres y seis hombres diversos que tendrán la labor de investigar y presentar a la sociedad la verdad sobre el conflicto colombiano con el objetivo de comprender, reparar y avanzar en la construcción de paz que defiende un amplio sector de la sociedad colombiana, pese a los contradictores de derecha, sector empresarial y grupos ilegales que no están interesados en pasar la página de la guerra.


La Comisión Para el Esclarecimiento de la Verdad, Convivencia y No Repetición tendrá un carácter extrajudicial, es decir, sus hallazgos y publicaciones no podrán vincular a procesos judiciales a sus implicados. Sin embargo, la esperanza en la utilidad de su entrada en funcionamiento va más allá de poner a cualquiera tras las rejas sino que se cifra en conocer, al fin, las verdades sobre las causas, orígenes, víctimas y responsables de la larga guerra en Colombia. Su función, según el Acuerdo de Paz que avanza en una atropellada implementación en el Congreso, será contribuir al esclarecimiento de las violaciones e infracciones y ofrecer una explicación promoviendo el reconocimiento de las víctimas.


Por eso, entre sus 11 integrantes se encuentran personas que han acompañado de cerca las comunidades afectadas por el conflicto como el escritor Alfredo Molano, la gestora cultural Lucía González Duque, y María Patricia Tobón Yagarí, indígena y víctima. Quien presidirá será el sacerdote católico Francisco De Roux a quien han empezado a llamar el apóstol de la paz por su compromiso con la reconciliación. Además, un militar hace parte del grupo: el mayor del Ejército Carlos Guillermo Ospina Galvis. Ospina fue director de la Asociación Colombiana de Militares Víctimas del Conflicto Armado desde 2013.


También una periodista, Marta Cecilia Ruiz, asesora de la Revista Semana, fue elegida para integrante este organismo histórico que saldará una deuda pendiente en Colombia. Los abogados e investigados también hacen parte del grupo seleccionado por el Comité de Escogencia: Saúl Alonso Franco Agudelo, Carlos Marrín Beristain, Alejandra Miller Restrepo, María Ángela Salazar Murillo, y Alejandro Valencia Villa.


Para Soraya Bayuelo, lideresa de la región Montes de María donde paras, guerrillas y Estado aporrearon por décadas a los más inocentes, “este es un grupo excepcional, fueron escogidos con mucho acierto; todos tienen una capacidad de comprensión, ética y reconocimiento, y además algunos se destacan por su acompañamiento directo a nosotros las víctimas en nuestros momentos más difíciles”. Bayuela dice que es importante que los comisionados tengan un oído muy grande y el corazón abierto para desarrollar tan loable labor.


“El Padre Francisco, por ejemplo, es un hombre admirable y excepcional. Lucía González de seguro hará un aporte grandísimo con su mirada desde la cultura... Nosotros las víctimas nos sentimos representados en ellos y rechazamos a sectores de la política que desde el Congreso han señalado que esta escogencia va en contra de nosotros”, asegura la mujer a PáginaI12. “Me parece una falta de respeto la polémica que quieren generar, es una ofensa contra nosotros que hablen a nombre de las víctimas”, asegura.


“Estará bueno que en Colombia nos dejemos de distractores y nos centremos en la esencia, en que el proceso de paz que siga adelante, y que conozcamos la verdad”, agrega Soraya con júbilo porque, pese a que existen bastantes informes del conflicto y producciones de memoria en el país, esta será la primera Comisión de la Verdad en el país. También el Comité de Escogencia entregó al Fiscal General la terna de nombres para la Unidad de Desmantelamiento de Organizaciones Criminales, otro órgano contemplado en el Acuerdo de Paz. Se trata de Nubia Stella Chávez, Geisa Larrota Peña y Martha Janeth Mancera.


Esta Unidad también derivada del acuerdo de paz será responsable de investigar a los “responsables de homicidios y masacres o que atenten contra defensores/as de derechos humanos, movimientos sociales o movimientos políticos, incluyendo a las organizaciones criminales que hayan sido denominadas como sucesoras del paramilitarismo y sus redes de apoyo, y la persecución de las conductas criminales que amenacen la implementación de los acuerdos y la construcción de la paz”.

Publicado en Colombia

 

 

“Ahora... pienso que si lo escribo,
los otros lo leerán
como un cuento y, con los años,
lo será tal vez para mí”.
Borges, El otro

 

Imposible permanecer imperturbable con la persistente manía de nuestros analistas, cronistas e historiadores de la Revolución de Octubre de soslayar el nombre de Felipe Piñeros Otálora y su participación directa en los sucesos de 1917 en Petrogrado. Ni sus contemporáneos, entre ellos el respetado Ignacio Torres Giraldo, en la voluminosa obra en cinco tomos, Los inconformes, ni el profesor Renán Vega, en su enjundiosa Gente muy rebelde, en cuatro tomos, ni el académico (y amigo) Héctor-León Moncayo, en sus sesudos escritos sobre los hechos de Octubre se incomodan en mencionar ni una sola vez a Piñeros, nacido en noviembre de 1890 en Hatoviejo (hoy Villapinzón) y quien antes de cumplir los dieciséis años había probado su vocación anarquista.

Expulsado del internado de los capuchinos en Tunja, al descubrírsele en una requisa el opúsculo De por qué ser liberal no es pecado, así como El socialismo de Estado, Piñeros se dirigió a Girardot (no son claras las razones de ese destino, probablemente buscaba acercarse a un puerto en el Caribe); allí, a orillas del Magdalena, se vinculó con el movimiento obrero. Pasó luego a Puerto Salgar, Aracataca y finalmente, Barranquilla.

Escribió incendiarios artículos contra la injerencia norteamericana (la herida del zarpazo al istmo lejos estaba de sanar) y los abusos de las petroleras y bananeras cebadas “como buitres” en el sudor y (sobre todo) la sangre del campesinado y del movimiento obrero. Firmaba, Un Ravachol criollo.

Descubrió también su disposición para las lenguas. Antes de partir a Europa, en marzo de 1916, se había adentrado en los vericuetos del francés y el alemán (el inglés, junto al ruso, lo habría de dominar después de desembarcar en Bremen, en sucesivas estadías, primero en Manchester, y más tarde, en Helsinki (que aún permanecía bajo el yugo del zar). En esta última conoció a un hombre de personalidad demoledora, un convencido hasta los tuétanos de la viabilidad (y proximidad) de instaurar la dictadura del proletariado en Europa. Y más específicamente, en su Rusia natal. Ulianov-Lenín se había refugiado allí desde marzo de 1917, después de la instauración del Gobierno Provisional y desde ahí escribía incansablemente: proclamas, artículos, órdenes y directrices a los Soviets de toda la geografía rusa, así como comunicaciones cifradas a los camaradas que en Petrogrado enfrentaban por igual a mencheviques, socialrevolucionarios y a la burguesía, en general, que continuaba, esta última, ejerciendo influencia sobre un títere, el débil e iluso Kerenski, para primero, mantener la guerra contra Alemania, y segundo, aplastar a los bolcheviques e impedir que entregaran el poder a los Soviets. Ulianov-Lenin convenció, sin demasiado esfuerzo, al joven extranjero que el lugar para dirigirse no era otro que Petrogrado. Piñeros Otálora, que para entonces había mudado su nombre, y quien poseía un olfato nada despreciable para el acontecimiento histórico, tomó un paquebote en Helsinki y al día siguiente desembarcó en la entonces capital rusa.

De su existencia me enteré hace años, en casa del lamentado poeta Henry Luque Muñoz, en medio de uno de los interminables almuerzos que organizaba en su apartamento del barrio Gran América, cerca de Corferias, durante la revisión de su libro final, Arqueología del silencio (un hermoso y premonitorio canto a su propia muerte que habría de ocurrir poco después en extrañas circunstancias), el cual ofrecí publicar en Opus Magnum, una editorial independiente que por entonces dirigía. Esa tarde, tras degustar un cordero al horno a las finas hierbas, y bañada la conversación por sucesivos y diferentes vodkas, de los más sutiles a los más enervantes, que Luque Muñoz había aprendido a «preparar» con especies, romero, laurel, pimientos, hierbas y ajíes, durante su estadía en la Unión Soviética, lo mencionó, pero con otro nombre.

Mi amigo había viajado a Moscú, junto a su mujer, la bella y refinada Sarita González, que después dirigiría el Archivo Nacional, a trabajar en una asignación ofrecida a autores latinoamericanos interesados en aprender el idioma para luego traducir al español obras de los clásicos rusos. Su estadía terminó abruptamente con el desmoronamiento del régimen soviético. Entre los dos alcanzaron a traducir obras de Pushkin, Lermontov, Gogol, Chéjov, Turguéniev y Saltikov-Schedrin. En esos años hicieron amistad con intelectuales rusos, y por supuesto, con una significativa colonia académica latinoamericana, auspiciada por el gobierno soviético para promover la cultura rusa en nuestras latitudes.

En medio de los vahos y vapores con que cada vodka iba envolviendo nuestro precario raciocinio de esa velada vespertina, Luque Muñoz, más resistente a esos brebajes que mi inexperta garganta, descosió, casi casualmente:

—¿Te hablé de Yevgueni Mijáilevich Kalekrov? —preguntó y me guiñó el ojo tras echar su brazo sobre mi hombro.
—¿Algún escritor amigo de tu periplo soviético? —intenté adivinar.
—¡No! Un colombiano que vivió la Revolución de Octubre.
—¿Con ese nombre? —No pudo evitar una risotada. Temí que el vodka estuviese haciendo estragos en la hasta entonces formidable resistencia de Luque.

Se dirigió a la biblioteca (a la que nunca tuve acceso). Aproveché para pasar al baño y purgar el exceso de vodka. Al regresar, estaba allí, una sonrisa casi perversa, extendiendo un viejísimo cuaderno escolar, de tapas azules, doblado por la mitad, como para ser guardado en el bolsillo interior de una abrigo de invierno. Lo hojeé sin entender nada.

—Caligrafía cirílica —me excusé y lo devolví—. Parece un diario.

—El diario de Kalekrov. Escrito en Petrogrado, entre septiembre y noviembre de 1917.

Regresamos a la mesa donde había quedado el vodka y pasó a explicarme, con infinito detalle, cómo se había hecho a la posesión del diario. Una joya histórica, de incalculable valor, anotó. Lo recibió, en un sorpresivo gesto de desprendimiento, de una amiga rusa, –a la que se refirió como Tatiana Nikolaevna–. Había estado en posesión de su familia desde las gloriosas (y difíciles) jornadas de la revolución. Primero, perteneció a su abuela (la babushka), luego a su madre y ahora a ella, en una curiosa genealogía matrilineal. Tatiana, aclaró, con una sonrisa llena de culpabilidad (vi cómo se encendió su rostro), era una hermosa y rubicunda rusa rubia que levantaba el recelo de Sarita cada vez que nos visitaba. Guardaba el cuaderno con la misma veneración con que los rusos conservan cualquier documento emitido entre la Revolución de Febrero y la de Octubre: periódicos –en especial, diarios como Rabotchi Put (La voz de los obreros), Soldat (El soldado), Derevenskaia Biednota (Los campesinos pobres) y Rabotchi i Soldat (El obrero y el soldado)–, volantes, proclamas, afiches, cartas, diarios personales, edictos, telegramas, resoluciones, llamamientos a campesinos, soldados, cosacos y obreros, declaraciones, órdenes, discursos, artículos mimeografiados que pasaban de mano en mano. En fin, todo documento emitido por cualquiera de los bandos, partidos, instituciones, grupos, grupúsculos, sindicatos, soviets, dumas, comités; incluso los provenientes de la aristocracia y burguesía, hasta los de los más radicales e intransigentes bolcheviques, pasando por el espectro medio de mencheviques, socialrevolucionarios y bolcheviques “moderados”.

Era un cuaderno escolar (ya lo dije), producido en las imprentas de Minsk, de los que solían ser distribuidos (hasta mediados de la guerra, pues la escasez comenzó a notarse pronto) por todo el imperio zarista. La calidad y blancura del papel era notable, libre de manchas y hongos a pesar del tiempo transcurrido; el palor amarillento acumulado por años era apenas visible. El cuaderno, es decir, el diario de Kalekrov, no estaba íntegro. Faltaban algunas hojas al comienzo y al final. Otras (cuatro o cinco) estaban malogradas. La humedad, quizás la lluvia, había emborronado la tinta azul que poblaba esas páginas. Se conservaban unas cuarenta o más hojas, calculé, colmadas de líneas y líneas de una apretada y nerviosa caligrafía cirílica.

—¿Y de qué trata? —pregunté, intrigado por lo que revelaba mi amigo.
—Un diario de campo —se limitó a decir.

Lo miré atónito, esperando brindara más información. No dijo más, entre retozón y desafiante. Entendí que no debía seguir preguntando. Lo que sí hizo fue invitarme a otro vodka y acepté, a sabiendas que cruzaba el umbral de cordura para el resto de la tarde. Lo hice con el anhelo de sacar algo más de información sobre el misterioso asunto.

Después de no uno, sino dos vodkas más, servidos puros (parece inútil aclararlo), Luque abrió más información. Explicó que estaba traduciendo el diario, algo especialmente complicado pues usaba un ruso bastante precario, lleno de incorrecciones gramaticales y faltas de ortografía que hacía tortuoso el avance, además del esfuerzo natural de descifrar la titubeante, y no siempre correcta, caligrafía cirílica.

—No tengo duda de que el autor no era ruso, a pesar del nombre que ostenta la primera página. Se trata de una impostura.
—¿Una vil falsificación?
—No, no, no. Es un documento original, de los días de la revolución —aclaró—. Yevgueni Mijáilovoch Kalekrov no es más que un seudónimo usado con un propósito específico.
—Escapar de la persecución de sus enemigos en tiempos de turbulencia social y política.
—Por eso escribe en ruso. Y más que eso, pretende despejar (o intenta hacerlo) cualquier sospecha de ser extranjero, lo cual podía implicar, en esos momentos angustiosos, ser un espía alemán. La guerra europea estaba lejos de terminar, y de estos había por cantidades, sobre todo en Petrogrado, ciudad cosmopolita que daba albergue a personajes de muchas latitudes del imperio, pero también a extranjeros.
—¿Y deduces que era extranjero por su forma de escribir?
—Sí. A pesar de usar modismos y giros en boga en esos tiempos, su construcción gramatical es artificiosa y en muchos lugares incorrecta o al menos, acusa algunos aspectos impropios del ruso. Por ejemplo, ellos anteceden el adjetivo al sustantivo. Se dice Krásnaya ploshad, que es “roja plaza” para referirse a la Plaza Roja.
—Y Kalekrov cae en esos errores, de anteceder el sustantivo al adjetivo.
—También confunde tiempos verbales o la escogencia del verbo. No es lo mismo decir, en ruso, “Ahora voy a la escuela”, “Que cada día voy a la escuela”. Y Kalekrov, a pesar de tener, digamos, un aceptable nivel, revela su naturaleza foránea en ese tipo de giros.
—¿Y de qué lugar es, según tus conjeturas lingüísticas?
—Su idioma original es el español —enfatizó—. Un par de veces, ante la imposibilidad de encontrar el término exacto en ruso, lo pone en español. Por ejemplo, dice “madrugada” o “bochornoso”, en español, sin acudir al equivalente ruso.
—¿Y crees que era español? En España había muchos anarquistas desde esa época.
—Colombiano. —Luque me miró sin parpadear detrás de sus gruesos lentes de miope.
—¿Me estás tomando del pelo? No hay rastro de ningún compatriota que haya participado en la Revolución de Octubre.

—Escucha esta entrada del 6 de septiembre. —Luque abrió una página señalada con una banderita de color, y tradujo, mientras leía en el original—. “Llegué (o soñé, que llegué) en busca del rastro de un hombre que participó, en esta misma ciudad, en la revolución de 1905, llamado Semión Semionovich, pero que en realidad llevaba por nombre original, Frutos *** y que murió en el aplastamiento del Domingo Sangriento. Un hombre valeroso, nacido al otro lado del Atlántico, en una lejana tierra tropical. Ese hombre había venido a esta ciudad, a su vez, porque seguía el rastro de otro coterráneo suyo, quien estuvo involucrado en el atentado (exitoso) de 1881 contra Alejandro II y que provenía de las mismas tierras tórridas, un tal Nikolai Vassilievitch, que, en realidad, se llamaba Foción ***.” —Alzó los ojos—. Un hombre que viene a buscar a otro hombre, que vino a buscar el rastro de otro hombre.

—¿Y qué te hace pensar que este hombre, el del 17, era colombiano?

Luque pareció no escuchar mi pregunta.

—Oye esta otra, del 22 de octubre: “Anoche dormí mal. Pesadillas toda la “madrugada” (en español). Soñé de tierras lejanas. Salía de una choza, ubicada al filo de una cadena montañosa muy lejos del mar. Una neblina espesa envolvía todo, árboles, animales, ánimas. No era la neblina veloz e hiriente, como la que desprende el amanecer sobre el Neva y cubre en segundos la Perspectiva Nevski, sino un mantón denso, perezoso, informe. Un desfile de hombres bajaba por la ladera en dirección a una laguna en medio de unos altos picachos sembrados de “frailejones” (en español). Eran obreros, quizá esclavos. Iban en silencio. Me escondí tras un árbol. Pasaron sin percatarse de mi presencia, tal vez yo era invisible o estaba envuelto en la niebla. Pude precisar que llevaban, sentado sobre una litera, a otro hombre, al director de la fábrica o alguien así. Estaban todos casi desnudos, a pesar del frio y la llovizna que comenzaba a caer. El hombre de la litera miraba al frente, estático, abstraído en sus pensamientos, o ausente. Su tez era cobriza, los rasgos agudos, su frente amplia y aplanada, quizás alterada desde la niñez con tablillas para embellecer su perfil. Lo más notorio era su piel cubierta de un polvillo dorado. Oro. Me desperté muy agitado”.

—La leyenda de Guatavita —señalé, abismado.
—Eso no lo podría haber escrito un ruso de origen.
—No sé; pudo haber leído ese episodio en cualquier crónica. Y luego lo soñó.
—¿Y qué dices de la mención de los frailejones, en español?

Estaba desconcertado. La mitad de mí se inclinaba por un rampante escepticismo; la otra quería darle crédito a la hipótesis de Luque.

—¿Y cuál era su verdadero nombre? —Traté de puyarlo.
—Eso aún no lo sé.

Nos despedimos. No volvimos a hablar jamás del asunto. Meses más tarde, poco después de que su canto de cisne se publicó, una tarde recibí la llamada de un alumno suyo de la Javeriana.

—Henry Luque ha muerto —dijo el joven, poeta también, tras un breve saludo.

No entendí, no quise entender. Ninguna explicación, salvo la salvaje noticia. Después Sarita intentaría explicar lo inexplicable. Casi dos semanas atrás, unos criminales entraron a su piso y robaron, en ausencia de los dueños, los computadores y discos duros del poeta. Toda su obra. La publicada, revisada y corregida, lista a ser reeditada y, más grave aún, varios libros de poesía, de crítica, y traducciones en distintos puntos de avance, desde etéreos bocetos hasta obras terminadas. Una pérdida irreparable. Atroz. Henry cayó enfermo y murió días después, sin recuperar el conocimiento desde el primer ataque.

El resto de esta historia es una pesquisa adelantada a cuentagotas, con progresos ínfimos, fragmentarios, entre un proyecto y otro. Quince años han pasado desde ese almuerzo en su departamento. Dos hechos fortuitos me pusieron, por fin, en el sendero luminoso de la verdadera identidad de Kalekrov. El primero, un sorpresivo encuentro hace un par de años con Sarita, durante un homenaje a su esposo. Ella, inesperadamente, me entregó el diario de Yevgueni Mijáilevich.

—Hubiera sido la última voluntad de Henry contigo, de haberla podido expresar. Él sabía que podrías hacer buen uso de él.
No pude contener mi emoción. La abracé.
—Es una tragedia que no sepa leer ruso.
—No es necesario. He terminado la traducción que Henry dejó inacabada. Aquí está.

Me entregó una memoria usb. Allí he podido comprobar las múltiples referencias que hizo Kalekrov sobre su origen, un origen tan distante a la enigmática y hermosa Petrogrado, con sus cortos, fríos y lluviosos días de octubre, un origen tan lejano de la plaza Senatskaia, un origen tan apartado de la Perspectiva Nevski, del Neva, del Palacio de Invierno, del Smolny (el cuartel general de los Soviets y del Comité Revolucionario). Página tras página Kalekrov, además de relatar su activa participación en esas jornadas, el alzamiento, la solidaridad de las masas, la huelga generalizada, la entrega de armas a los obreros, la manifiesta debilidad del Gobierno Provisional, va desperdigando alusiones a una remota realidad: el asesinato, con hachuelas, de un líder político por dos artesanos reaccionarios; un país feudal en manos de terratenientes y líderes de la iglesia católica; el desmembramiento de ese país por la codicia gringa; un pueblo arrojado a un sinfín de guerras civiles por “rojos y azules” donde los que mueren son campesinos para despojarlos de sus tierras; una fría capital, aislada entre montañas, ignorante de las necesidades del pueblo con hambre que vive en las tierras bajas y en las altas de una geografía donde abundan selvas, ríos, nevados, valles y llanuras. ¿Qué más indicadores se pueden pedir?

El otro hecho providencial, en la intermitente reconstrucción de esta biografía, es haberme tropezado con un artículo publicado en El obrero rojo de Girardot el 7 de noviembre de 1916, y firmado por “Un Ravachol criollo”. Un llamado a la huelga de los obreros ferroviarios. En un premonitorio fragmento, afirma: «Un camarada ruso, de nombre Yevgueni Mijáilovoch Kalekrov, ha llegado de las lejanas estepas del Don y el Volga, para acompañar a los obreros nuestros es sus reivindicaciones justas». Allí comprendí todo. El Ravachol criollo, era el mismo Kalekrov, el uno y el otro, fundidos en una misma vocación. Solo faltaba identificar su nombre vernáculo. El periódico lo consulté en un microfilme en la Biblioteca Luis Ángel Arango. En la bandera se menciona a los «Colaboradores de este número». Hay tres o cuatro nombres, todos, menos uno, fácilmente trazables e identificables. Sobresale un tal Felipe Piñeros Otálora. Pesquisas posteriores, una libreta de calificaciones del internado de Tunja, la solicitud (la foto ha sido removida) de su pasaporte expedido en Barranquilla antes de embarcarse para Europa, un examen grafológico comparativo que encargué a un experto, y el nombre que aparece, reiteradamente en los archivos del Directorio Obrero del Litoral, de Barranquilla, de La sociedad obrera de Aracataca, del Mutuo Auxilio de Obreros de Girardot, del Directorio Socialista de Bogotá (que, a la vez, muestran su trayectoria desde la capital hasta Barranquilla, de donde parte hacia Europa), demuestran, lejos de toda especulación, quién era, en verdad, Kalekrov.

El laureado historiador soviético, Tchudziánov, sostiene en el apéndice 46 de El alzamiento de octubre, que Yevgueni Mijáilovoch Kalekrov —es decir, Felipe Piñeros Otálora—, murió en Petrogrado, a fines de noviembre de 1917, víctima de la represión desesperada de un contingente cosaco que se negaba a plegarse al triunfo de la revolución, cuando esta ya era irreversible. Veían en el misterioso extranjero, un seguro espía alemán al servicio de los bolcheviques. Después de Luque Muñoz, ahora que he develado la cadena infinita, descubro que el siguiente eslabón en ella soy yo.

*Escritor. Integrante del Consejo de Redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

Publicado en Internacional

Las ideas proyectadas por la Revolución de Octubre llegaron a Colombia cuando en el país distintos actores sociales ya habían reivindicado justicia para trabajadores y campesinos, y cuando habían adelantado iniciativas para constituir un partido socialista. Desde entonces la izquierda conoce disputas internas de diferente intensidad y consecuencias negativas.

Las ideas revolucionarias no llegaron a Latinoamérica de la mano de la Revolución Rusa. Ni tampoco los movimientos revolucionarios. La revolución mexicana, por ejemplo, fue un acontecimiento histórico original y de importancia trascendental, cuyos impactos en el pensamiento y en la acción política se sintieron durante mucho tiempo. Con más fuerza en los países de la gran cuenca del Caribe, pero también en los propiamente andinos y hasta en el Cono Sur. En Colombia, durante la época que necesariamente hemos de considerar, es bien sabido que uno de sus dirigentes revolucionarios más notables, Tomás Uribe Márquez, había hecho parte del equipo que, en 1911, en el sur, intentaba poner en marcha la transformación agraria durante la revolución mexicana. Lo importante es subrayar que cuando triunfa la Revolución de Octubre, en un país que se encontraba, obviamente, mucho más lejano que ahora, aquí ya existía una resistencia social, con su propia cultura política, que tendía a convertirse en un esfuerzo positivo de transformación social.


Sin duda, es posible objetar que cosa similar ocurría en todos los países del mundo. No obstante, hay una diferencia que también vale la pena subrayar. En los países europeos existía, en el movimiento obrero, en mayor o menor grado, un movimiento político organizado, la Social Democracia (II Internacional), que se consideraba referente casi exclusivo de cualquier aspiración de revolución social. En estas circunstancias, era lógico que el efecto más evidente de todo el proceso de la revolución rusa, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, fuera la ruptura de dicho movimiento. Al ser aparentemente dirigida por una variante del mismo, tenía que presentarse en la forma de una disputa por la hegemonía. Nada de eso tenía por qué presentarse aquí. A menos que se forzara la nota.

 

América nunca fue un territorio vacío

 

Dondequiera que exista resistencia social, siempre habrá un pensamiento que busque explicarla y justificarla. Larga y prolija ha sido la investigación sobre Latinoamérica, nada más en lo que se refiere a la época que podríamos llamar moderna. El problema reside precisamente en que, según las regiones y subregiones, vamos a encontrar distintas combinaciones de las diversas raíces culturales que han formado nuestras identidades nacionales. En todas partes encontramos rasgos de lo que, con poca precisión y mucho de peyorativo, se denomina “socialismo utópico”. Una combinación de liberalismo y de ideología cristiana que, por supuesto, no se reduce a sus componentes. Y, rápidamente, un robusto movimiento anarquista, aunque con desiguales desarrollos según los países. Importación de Europa dirán algunos. Comentario que al decir de Cappelletti es simplemente una estupidez: “La idea misma de patria y la ideología nacionalista nos han llegado de Europa” (1).

Es cierto que el anarquismo puede asociarse con la inmigración de trabajadores europeos que ya traían esas que eran las ideas más fuertes en la segunda mitad del siglo XIX, lo cual es suficientemente conocido respecto de Argentina. Pero lo más interesante es la fertilidad que encuentra. Habría que mirar otras tradiciones, incluidas algunas formas de cultura precolombinas. Es ese complejo cultural político y organizativo, que está asociado con dinámicas sociales y de lucha muy importantes, lo que existe en Latinoamérica cuando ocurre la Revolución Rusa. La noticia es recibida entre los trabajadores, con expectativa y esperanza –así como lo fue con terror por parte de las clases dominantes–. Es leída como la confirmación de las propias utopías revolucionarias. Casi en ninguna ocasión se le relacionó con el futuro de la socialdemocracia, ni siquiera en los países donde ya existían partidos de ese corte, y mucho menos con algún debate en particular. Desde luego, siempre hay núcleos e individuos mucho más enterados y mejor relacionados que están sobre la marcha de los acontecimientos, pero no configuran un hecho social.

 

Colombia no es una excepción histórica

 

Casi sobra decir que una particularidad de Colombia, en la formación de la clase obrera, es la exigua inmigración. Mauricio Archila señala que en 1938, del total de la población, la proporción de extranjeros residentes no alcanzaba a llegar ni siquiera al 1 por ciento (2). Aun así es claro que en las dos primeras décadas del siglo XX, las principales formas de agrupamiento y de resistencia cultural y política son de socialismo utópico o directamente anarquistas. Sobresalen, en estas últimas, la región (y las ciudades-puertos) del caribe (3). Tiene que ver, tal vez, con los antecedentes liberales. Por otra parte, es claro que la formación de la cultura política de la resistencia social en Colombia no puede desligarse de dos ingredientes básicos: el anticlericalismo, como respuesta a siglos de opresión y humillación por parte de la iglesia católica, y el sentimiento antimperialista (anti-yanqui) como resultado del reciente robo (separación) de Panamá.

No obstante, el partido liberal en la segunda década se mostró incapaz de capitalizar las expectativas populares. Es por eso que, sobre la base de las luchas sociales, logra levantarse, en 1916, un Partido Socialista que recoge las expectativas populares, pero orientadas hacia el terreno político electoral, en el cual, por cierto, comenzó a cosechar importantes éxitos. De carácter efímero pues, en 1922 el liberalismo presenta como candidato a la presidencia, al prestigioso general Benjamín Herrera, borrando del escenario el rival socialista.

La formación de una cultura política, desde luego, no es una cuestión puramente ideológica y mucho menos educativa o académica. Las luchas sociales se amplían e intensifican sin cesar en el período que va de 1910 a 1930. Con muchas transformaciones cualitativas. El registro que nos ofrece Archila es contundente (4). Pero hay otro salto cualitativo: la integración social nacional mediante la articulación de las regiones (5). Y algo más: la manifestación de otras luchas que, teniendo como base lo artesanal o lo obrero, se amplían y complejizan, conformando, junto con el proceso anterior, una suerte de bloque histórico. Se trata de las luchas que acertadamente ha investigado y destacado Renán Vega: las cívicas, las estratégicas de la ciudad de Bogotá, y las de las mujeres (6). Por otro lado, es necesario registrar la primera manifestación consistente de la resistencia indígena (Quintín Lame). Sobra señalar que las respuestas del régimen son cada vez más represivas.

Es entonces la vertiente más o menos anarquista la que toma fuerza, bajo la forma de sindicalismo revolucionario. La denominación es y será siempre equívoca. De una parte porque involucra una serie de ideas-fuerza, utopías, principios, formas de comportamiento, afectos y desafectos, características muy diversas, compatibles todas seguramente, pero que no constituyen propiamente un programa. Pero de otra, porque uno de sus principios es la negación de la política (entendida como lo electoral) y una permanente sospecha frente a las formas de representación. En este orden de ideas es muy difícil identificar su presencia y sobre todo su peso en los movimientos sociales.

 

Los ecos de una revolución en el ascenso de otra

 

La historia organizativa se va desenvolviendo a la par que crece y se amplía la lucha. En 1924 se reunió en Bogotá el Primer Congreso Obrero y paralelamente la conferencia socialista, para responder a la disolución dos años antes del partido. Eventos, ciertamente, de amplia confluencia. Las referencias nos muestran que podían contarse varias “tendencias”: anarquistas “confesos”, otros que no lo admitían y otros simplemente socialistas, más activistas que doctrinarios. Todos estos eran la mayoría. Pero también había socialistas reformistas, y liberales socialistas e incluso liberales a secas. Y lo más interesante: se presenta allí el grupo que se autodenominaba “comunista” el cual incluía al ya famoso periodista y escritor Luis Tejada (7). Fue este quien propuso la afiliación a la internacional comunista.

Es ahí donde puede ubicarse un nexo directo con la Revolución Rusa. Obviamente, ésta no era un hecho desconocido. En las numerosas publicaciones existentes se había saludado, en su momento, el triunfo de la revolución, y en los años subsiguientes no faltaron los eventos de homenaje y solidaridad. Los nombres de Lenin y Trotski eran ampliamente conocidos. En ese sentido no hay duda que, además de querer aprender del ejemplo de la Revolución Rusa, contemplaban la posibilidad de establecer una relación directa con aquellos revolucionarios. Sin embargo, no les podía caber en la cabeza la necesidad de establecer una relación orgánica que significara alguna forma de copia y menos de subordinación. Tal vez fue esa simple consideración la que hizo que fuera rechazada la propuesta de Tejada.

La historia del llamado grupo comunista es hasta cierto punto simpática. Eran los únicos que podían calificarse de “intelectuales” pues se encontraban al margen de las luchas directas. Se había formado alrededor de un ruso, S Savinski que manejaba una tintorería en Bogotá. Pero no se crea que se trataba de un revolucionario profesional y menos de un doctrinante. Incluso había salido de Rusia desde 1916. Pero tenía una virtud altamente apreciada por los intelectuales, ávidos de noticias de la revolución: sabía ruso y podía traducirles los periódicos y publicaciones que se recibían. El grupo no constituía pues una corriente política. Al respecto, no sobra anotar que nunca la Komintern contempló la posibilidad de darle carácter de sección a este grupo, aunque se lo solicitó (8).

En 1925 se convocó el Segundo Congreso Obrero, donde se aprobó la creación de la Confederación Obrera nacional (CON). A partir de allí se desarrolla la breve pero grandiosa historia del levantamiento social tal vez más significativo que se ha dado en nuestro país, que pasa por la formalización del Partido Socialista Revolucionario, en 1926, conoce diversas expresiones de lucha, enfrenta implacables represiones como la Masacre de las Bananeras en 1928, hasta su extinción en 1929 con el fracaso del proyecto insurreccional, luego de los levantamientos fallidos en varios lugares. Qué tanto le debió al estímulo del triunfo revolucionario en Rusia es algo tal vez imposible de precisar; lo cierto es que, al mismo tiempo, en otros lugares de América Latina y el Caribe, estaban en marcha procesos similares. Baste señalar la resistencia antimperialista en Nicaragua, encabezada por Sandino.

 

Liquidando el pasado

 

Tal fue el título que le puso Ignacio Torres Giraldo a la tercera y más vergonzosa de sus “autocríticas”. Pero vale también para designar el oprobioso periodo que va desde 1929 hasta 1932, en el cual la Revolución Rusa aparece bajo la forma de un organismo inquisitorial que juzga la validez de todo lo hecho hasta entonces, como requisito para asegurar, en adelante, que es un partido digno del legado revolucionario. Este organismo era, desde luego, el aparato de la recién formada Tercera Internacional Comunista, subordinado al Partido Comunista de la recién nacida “patria del proletariado mundial”.

En realidad, en un principio, como bien señala M. Caballero: “Los dirigentes de la Tercera Internacional nunca dieron muestras de creer seriamente que una revolución pudiese triunfar en América Latina, antes de hacerlo en Europa o en los países más grandes de Asia” (9). Es por eso que, al principio, formaba parte, junto con Francia, Bélgica, Italia, España y Portugal de un secretariado “latino”. De hecho, se tardaron bastante en hacer una reflexión medianamente seria sobre la realidad de estos países. Tan sólo en el Sexto Congreso (1928) se abordó su caracterización, por lo cual fue denominado, no sin humor, el del “Descubrimiento de América”. Lo grave es que sólo entonces descubren la existencia de la nueva potencia: los Estados Unidos.

En 1928 se crea, por fin, el Secretariado Latinoamericano que duró hasta 1935. Sin embargo, las relaciones con los revolucionarios colombianos venían desde 1925 cuando la CON logra su afiliación a la Internacional Sindical Roja (Profintern). Tres delegados suyos asisten en Moscú a su IV Congreso Internacional en 1928. Posteriormente, el Partido Socialista Revolucionario creado en 1926, solicita su incorporación a la Komintern la cual es aceptada en 1928, pero condicionada a un cuidadoso examen, el cual, en su peor período –de ahí hasta 1932–, significó una conversión de aparentes o reales discusiones en tenebrosas y retorcidas luchas intestinas. Sobra decir que la mayoría de las discusiones estaban marcadas por la premisa falaz introducida por la propia Komintern: el PSR había sido una organización aventurera de carácter putchista; había entonces que depurarla de los elementos culpables, para destacar en su reemplazo a los “auténticos bolcheviques”. Esto implicaba un primer falseamiento de la historia: inventar, con los que se iban seleccionando a posteriori, una supuesta fracción bolchevique.

Lo más grave es que en este juego de acusaciones y exculpaciones, los protagonistas se vieron obligados a reinventar su propia historia para argumentar que siempre habían estado en “el lado correcto” Pero los “elegidos” curiosamente resultaban al abrigo de las sospechas. El entonces joven Guillermo Hernández Rodríguez, liberal socialista, que aparecía en las reuniones como representante de los estudiantes, logra hacerse nombrar como delegado a la celebración del décimo aniversario de la revolución en Moscú (1927), allí consigue una beca de estudios en la Escuela Lenin, para luego regresar, tres años después, como “cuadro internacional”. Él sería, después de la expulsión y liquidación de lo mejor de la dirigencia revolucionaria, el primer flamante secretario del diezmado PSR convertido, en julio de 1930, en Partido Comunista Colombiano (10).

Bajo la represión eran las peores condiciones para librar una lucha ideológica y, menos, enfrentar calumnias ante instancias de difícil acceso no sólo político y burocrático sino también económico. De nada sirvió que el propio R. E. Mahecha hiciera una completa presentación en la Primera Conferencia de Partidos Comunistas en Buenos Aires en 1929, pues fue víctima de la más desvergonzada campaña de calumnias, incluso en contra de toda su vida de revolucionario. En una cronología de los principales acontecimientos colombianos elaborada para la Komintern puede leerse, a propósito de la huelga en Barranca en 1924: “Los obreros fueron derrotados por la traición del timador Raúl E. Mahecha”.

Sin embargo, el caso más lamentable de los acusados y luego perdonados, después de un humillante arrepentimiento, fue el de Ignacio Torres Giraldo. El 25 de agosto de 1929, en medio del fuego enemigo y del “fuego amigo”, Torres sale del país, en una suerte de deportación aceptada que nunca explicó muy bien. Llega a Europa y en deplorables condiciones económicas, inicia los contactos con la gente de los partidos comunistas (al mismo tiempo, R. Baquero está cablegrafiando a la Internacional cerrarle el paso). Finalmente logra, en diciembre del mismo año, presentarse en Moscú donde tuvo éxito en diversos trabajos durante más de cuatro años y recibió un intenso proceso también exitoso de reeducación. “Ahora comprendo mejor la actitud de las masas soviéticas hacia Stalin [...] Era el nuevo guía de la nueva humanidad que irradia el mundo. Stalin sólo tuvo un antecesor: Lenin” (11).

Después de su regreso a Colombia, se incorporó, con un papel relativamente gris, al Partido Comunista. Llama la atención que no les hubiera bastado las dos primeras autocríticas y hubiera tenido que llegar a la ya señalada que fue, por cierto, demoledora: “Así llega el partido a convertirse en un instrumento de la burguesía nacional vendida a los imperialistas [...]” (12). Esta conversión tuvo graves implicaciones: naturalmente por su autoridad de protagonista, pero además porque es el único que nos ofreció una amplia obra de historiador, de teórico y de autobiógrafo. Durante mucho tiempo esta obra sirvió de base para los análisis de historiadores, sociólogos y políticos. Pero es necesario leerla con cuidado, tiene todo el sesgo que proviene de ser el resultado de un “ajuste de cuentas”.

Es triste y lamentable. Como si la Revolución Rusa hubiera tenido que afirmar su presencia en estos países a través de una imagen distorsionada que no podía imponerse más que destruyendo y enterrando los verdaderos signos vitales de nuestro pasado revolucionario.

 

1. Cappelleti, A. Prólogo a “El anarquismo en América Latina”, compilación preparada por Carlos Rama y él, para la Biblioteca Ayacucho, Nº 155, Caracas, 1990.

2. Archila, M, Cultura e identidad obrera Ed. Cinep, Bogotá, 1991

3. Para el caso colombiano sigue siendo fundamental el libro ya clásico de Alfredo Gómez Anarquismo y anarco-sindicalismo en América Latina, Ed. Ruedo Ibérico, Barcelona, 1980.

4. Ibídem.

5. Ver Moncayo, H., Prólogo a Los Años escondidos, Uribe, María Tila, Ed Cestra, Cerec, 1ª. Edición Bogotá, abril de 1994.

6. Vega Cantor, R. , Gente muy rebelde, tomo 3. Ediciones Pensamiento Crítico. Bogotá, 2002.

7. Uribe, María Tila, op. cit.

8. Ver Jeifets, L y V. ,“El Partido Comunista Colombiano hacia la “transformación Bolchevique” En: Anuario colombiano de Historia social y de la cultura, Nº 28, Universidad Nacional, Bogotá, 2001.

9. Caballero, M. , La internacional Comunista y la Revolución Latinoamericana, Editorial Nueva Sociedad, Caracas, 1987. Primera edición en inglés en 1986.

10. Todo esto se conocía parcialmente o se sospechaba, pero ya ha sido comprobado y verificado gracias a la apertura de los archivos de la Komintern en Moscú después de 1991 y al enorme trabajo sobre Colombia hecho por Meschkat. Ver la compilación realizada por K. Meschkat y Rojas, JM, Liquidando el pasado, Taurus, Fescol, Bogotá, enero de 2009, primera edición.

11. Torres G., I., Cincuenta meses en Moscú, publicación póstuma. Universidad del Valle, Cali, 2005.

12. Torres G., I, Liquidando el pasado. Ver compilación Meschkat, K.

*Integrante del Consejo de Redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

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Jueves, 26 Octubre 2017 06:34

Eric Hobsbawn y América Latina

Poco antes de morir, en 2012, ya con 95 años, Eric Hobsbawn manifestó la voluntad de publicar un volumen con sus artículos y ensayos sobre América Latina. No tuvo tiempo de hacerlo, pero el historiador británico Lesley Bethell recogió la tarea y organizó un volumen, al que dio el título de Viva la Revolución, publicado el año pasado en Londres.

En su autobiografía Tiempos interesantes, publicada en 2002, Hobsbawn afirmó que la única región fuera de Europa que él consideraba que había conocido bien y donde se sentía plenamente en casa, era América Latina.

Sin embargo, en sus obras clásicas, la presencia de América Latina es marginal. En Era de las revoluciones hay sólo referencias de paso a nuestro continente. En Era del capital hay solamente media docena de páginas sobre América Latina, en el capítulo titulado Perdedores. En Era de los imperios hay pocas referencias y cuatro páginas dedicadas a la Revolución Mexicana. En Era de los extremos, América Latina pasa a ocupar lugar de destaque en el surgimento del Tercer Mundo, con referencias a varios acontecimientos históricos de importancia, de la Revolución Mexicana al Chile de Allende.

Este libro empieza con sus primeras impresiones sobre el continente, que significativamente son de su primer viaje a Cuba, en octubre de 1960, que se abre con la afirmación: "Salvo si hay una intervencion armada de Estados Unidos, Cuba será muy en breve el primer país socialista del hemisferio occidental".

Hobsbawn volverá varias veces a Cuba, que será una referencia permanente para el continente. Pero él será un crítico sistemático de la vida cubana, expresada en los movimentos guerrilleros.

Su interés sobre América Latina se volverá más sobre sus movimientos campesinos, por ello concentra sus viajes y sus análisis sobre Colombia –que le fue presentada por el gran intelectual colombiano Orlando Fals Borda– y Perú. La temática de bandidismo social lo lleva a volcarse incluso sobre Sendero Luminoso. Hobsbawn analizó muchísimo más los movimientos campesinos que los movimentos de los trabajadores urbanos latinoamericanos.

De todas maneras Hobsbawn no se considerabaun historiador latino-americano. De hecho, él nunca logró liberarse de la impronta europea, que fuertemente marca su obra, para comprender las particularidades latinoamericanas. Sobre las relaciones sociales en el campo, tiene siempre como referencia el feudalismo, no incorporando el amplio debate de 1960, protagonizado, antes de todo, por Rodolfo Stavenhagen y posteriormente incorporado por gran parte del pensamiento social del continente.

Al igual que Hobsbawn siempre mantuvo sobre el nacionalismo la marca del fenómeno en Europa, refiriéndose a Perón y a Vargas, así como a otros líderes "populistas" del continente como fascistas. Su libro sobre los nacionalismos no incorpora las particularidades del fenómeno, con el tono antimperialista que asume en nuestro continente. Los rasgos antineoliberales del nacionalismo latinoamericano aparecen para él siempre análogos al facismo y al nazismo.

Sin embargo, América Latina fue para Hobsbawn un gran laboratorio de experiencias políticas. "Así como para el biólogo Darwin, para mi, como historiador, la revelación de América Latina no fue regional, pero si general. Era un laboratorio de cambios, en su mayor parte distinta de lo que se podría esperar, un continente hecho para minar las verdades convencionales. Era una región donde la evolución histórica ocurría a lavelocidad de un tren expreso y que podía ser realmente observada durante la mitad de la vida de una única persona".

Cuando hace un balance, en su último texto general sobre el continente, escrito en 2002, 40 años después de su primera visita, Hobsbawn constata que "la revolución esperada" no había ocorrido. Pero él ya convivió con los nuevos gobiernos progresistas, manifestó simpatías por Hugo Chavez, pero hacia Lula y el PT es que él mantenía sus más grandes simpatías. ("Llevo su distintivo en mi llavero para recordar simpatías antiguas y contemporáneas y recuerdos de mis momentos con el PT y con Lula."

En su conjunto, el libro de más de 500 páginas, desde sus primeras impresiones, pasando análisis de las estructuras agrarias y del movimiento campesino, así como de los intentos revolucionarios, –México, Cuba, Chile–, hasta sus reflexiones finales, es un gran mosaico de interpretaciones del más grande historiador del siglo XX, sobre un continente en constante ebullición, de revoluciones y contrarrevoluciones.

Publicado en Sociedad

“En Rusia los maximalistas son los enemigos de los holgazanes. Son el aguijón para perezosos: han destruido hasta ahora todos los intentos de contener el torrente revolucionario, han impedido la formación de pantanos y de ciénagas que estancan. Por eso son odiados por las burguesías occidentales (...) que esperaban que al enorme esfuerzo de pensamiento y de acción que costó el nacimiento de la nueva vida, le siguiera una crisis de pereza mental, un repliegue de la actividad dinámica de los revolucionarios que fuera el principio de un definitivo ajuste del nuevo estado de cosas”. Antonio Gramsci


“Es cierto que en cada mitin decimos a los obreros y obreras: ‘¡Cread la vida nueva! ¡Construid! ¡Ayudad al poder los soviets!’. Pero tan pronto como la masa, tan pronto como un grupo de obreros y obreras asume nuestro llamamiento e intenta llevarlo a la práctica, alguno de nuestros órganos burocráticos, que se considera afectado, golpea en los dedos a esos iniciadores demasiado fogosos”. Alexandra Kolontai

“Una revolución no es un golpe de estado, no es una insurrección, no es una de aquellas cosas que aquí llamamos revolución por uso arbitrario de esta palabra.
Una revolución no se cumple sino en muchos años”. José Carlos Mariátegui


En la historiografía hegemónica -sea ésta conservadora, liberal o de izquierda- revolución y bolchevismo resultan sinónimos que se utilizan de manera indistinta para referirse al proceso vivido en Rusia hace 100 años. En este tipo de relatos se habla, incluso, de la “revolución bolchevique” de octubre de 1917. Lo mismo acontece con respecto al imaginario predominante en gran parte de la militancia partidaria y de muchas organizaciones del campo popular. El bolchevismo fue para todas ellas, para bien o para mal, la expresión unívoca de aquel proyecto transformador acontecido hace un siglo atrás, y las figuras casi excluyentes que lo lideraron pueden contarse con los dedos de las manos: Lenin, Trotsky, Bujarín y unos pocos más.


Si bien no restamos mérito a la corriente bolchevique -que por lo demás no era homogénea ni fue igual a sí misma desde su génesis hasta su eclipsamiento-, queremos resituarla en un contexto y realidad que la excedía con creces, y que tendió a ser opacada y hasta invisibilizada de manera explícita por aquellos relatos y lecturas que hicieron, del exclusivismo bolchevique, el prisma imponderable desde el cual reconstruir e interpretar al intrincado proceso revolucionario en Rusia. Ir más allá del bolchevismo y de sus figuras icónicas, creemos, permite explorar esas otras variantes, bifurcaciones, apuestas y alternativas que tuvieron encarnadura real y apoyo popular en algunas de las principales coyunturas y encerronas del proyecto emancipatorio vivido en los primeros años de la revolución.


Sin desmerecer las fechas que nos han legado efemérides ineludibles (atendiendo, por cierto, al calendario gregoriano, por el cual celebramos un 7 de noviembre lo acontecido el 25 de octubre), lo primero que deberíamos asumir es que, por definición, las revoluciones involucran complejos y prolongados procesos, multifacéticos y signados por diversas identidades, sujetos/as, dinámicas organizativas, repertorios de acción, realidades locales, regionales y nacionales, así como formas de opresión e insubordinación, que como tales jamás pueden ser reducidos a sucesos simplones ni a antagonismos binarios, por emblemáticos que éstos resulten. Es cierto que determinadas jornadas han fungido de síntesis o parteaguas en términos históricos, y han condensado una modificación sustancial de la relación de fuerzas entre las clases, grupos y proyectos en pugna en momentos particulares. No obstante, sería importante no acotar ni confundir un evento insurreccional clave -como el del 25 de octubre- con la revolución rusa en tanto proceso, y situar de nuevo a los personajes que se suelen absolutizar como héroes -hay que decirlo: tanto por derecha como por izquierda-, en el marco de un contexto más general, heterogéneo y colectivo, donde los y las protagonistas distan de ser individuales, y los proyectos emancipatorios, las apuestas organizativas y las estrategias de lucha exceden, con creces, a los formatos tradicionales que se encuentran arraigados en nuestro imaginario (por caso, los partidos políticos y la institucionalidad estatal).


Desde ya, no pretendemos restarles virtudes a aquellos “líderes” bolcheviques ni a sus instancias orgánicas, menos aún en la resolución de situaciones críticas como las vividas en octubre de 1917. Simplemente nos parece que resulta imperioso dotarlos de un rol un tanto más mundano y, de manera simétrica, otorgar una mayor centralidad a quienes supieron ser artífices anónimos/as y tras bambalinas de esa inédita y sumamente rica experiencia revolucionaria. Para decirlo en pocas palabras: disentimos tanto con quienes, desde un prisma liberal-conservador, leen estos acontecimientos en la clave de un “putsch” vanguardista o un golpe de estado autoritario; como con aquellos marxistas-leninistas que anclan la reconstrucción de los acontecimientos en la mera apología de los hechos consumados o en el exclusivismo bolchevique. Más allá de sus notables diferencias, ambos rascan donde no pica.


El propio Trotsky lanza al pasar, en una de las tantas reflexiones vertidas en su autobiografía, una hipótesis que nos resulta sugerente para enmarcar en esta dinámica más amplia y colectiva que proponemos, a la producción teórica de Marx y de Lenin: “Todo verdadero escritor -expresa- tiene momentos en que alguien más fuerte que él guía su mano”. En el caso de la extraordinaria coyuntura de las semanas previas a la insurrección de octubre, podemos conjeturar que lo que condiciona la escritura de Lenin en Finlandia -donde retoma el estudio riguroso de los clásicos del marxismo para abordar el problema del Estado y las tareas de la revolución- es la ascendente movilización de masas, que decide tomar las calles y forjar a diario iniciativas emancipatorias a lo largo y ancho de la convulsionada Rusia. Su centro de gravedad para teorizar es, por tanto, el estar adherido a esta inusitada realidad en curso, signada por una fase de intensificación de las luchas populares. A tal punto esto fue así que el libro quedó inconcluso como consecuencia del alegre “estorbo” del triunfo de la revolución. “En instantes como éstos -sugiere Trotsky- la conciencia teórica más elevada de la época, se fusiona con la acción directa de las capas más profundas, de las masas oprimidas más alejadas de toda teoría”. Podríamos complementar esta interpretación con las palabras del historiador Edward Thompson, quien nos advierte que “a medida que algunos de los principales actores de la historia se alejan de nuestra mirada -los políticos, los pensadores, los empresarios, los generales-, un inmenso reparto de actores secundarios, que habíamos tomado por meros figurantes en el proceso, ocupa el primer plano de la escena”.


No está de más recordar que La guerra civil en Francia, un texto que resultó fuente de inspiración libertaria y anti-estatal para aquel Lenin emigrado, fue en rigor un documento político redactado por Marx a pedido del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores (de hecho, sus integrantes fueron quienes firmaron como “autores” colectivos la primera edición de este material), con el propósito de brindar una lectura desde el punto de vista de la clase trabajadora, acerca de los sucesos ocurridos en París durante la instauración de la Comuna entre marzo y mayo de 1871, a tal punto que las diversas ediciones en inglés y en otras lenguas -por lo general como folleto- fueron vendidas entre los obreros a precios reducidos y se agotaron rápidamente. Asimismo, es interesante destacar que el interrogante teórico-práctico que obsesionó a Marx durante casi dos décadas (¿con qué sustituir al Estado burgués tras la conquista y destrucción del poder político a través de una revolución?), no pudo ser respondido por él en términos intelectuales o eruditos, sino que fueron las y los desposeídos parisinos que osaron “tomar el cielo por asalto”, quienes resolvieron este enigma y le enseñaron a Marx -a partir de su experiencia colectiva y sin receta alguna- la forma política “al fin descubierta” que debía asumir el autogobierno popular luego de la desarticulación del poder estatal y capitalista.


De manera análoga, podemos afirmar que la redacción -hace 100 años y en plena clandestinidad- de El Estado y la revolución por parte de Lenin, respondió no tanto a una necesidad o interrogante individual, como a una urgencia colectiva de aquellas masas que habían roto “las compuertas de la rutina social” y tenían a este militante como escriba y sistematizador de su pensamiento, en tanto clases populares con vocación auto-emancipatoria. Y tal como llega a admitir en aquellas mismas páginas de su autobiografía Trotsky, “los ‘dirigentes’ [las comillas son del original], acuciados por los propios acontecimientos, se limitaban a dar expresión a lo que respondía a las necesidades de las masas y a las exigencias de la historia”. Nuevamente, al igual que había ocurrido en París durante la experiencia de la Comuna, en Rusia fueron las propias masas quienes derribaron al régimen zarista e hicieron resurgir a los soviets como instancias de auto-organización, generando así una situación anómala de dualidad de poderes, que forzará a Lenin a profundizar en el estudio del Estado desde una perspectiva anticapitalista y de ruptura radical con el orden establecido, así como a la elaboración de una propuesta de transición al socialismo centrada en el protagonismo popular y en la progresiva superación de las relaciones de mando y obediencia.


En estos días de enorme agitación feminista, vale la pena también recordar que la revolución rusa de 1917 se inició un 8 de marzo en las barriadas obreras de Petrogrado, por iniciativa de trabajadoras que salieron a las calles a protestar en contra del zarismo y por la hambruna que padecían en sus hogares. Una huelga política de masas, liderada por mujeres y con consignas donde la centralidad estaba puesta en la dimensión reproductiva de la vida. Sí, en el mismo momento en que Lenin se encontraba exiliado en Zurich, balbuceando en cartas que ojalá sus nietos tuvieran la oportunidad de ver un proceso revolucionario en Rusia en algún futuro remoto, y Trotsky pasaba, también como emigrado, largas horas en la biblioteca de Nueva York estudiando la estructura económica de los Estados Unidos. De acuerdo a varias fuentes de la época, los representantes de los bolcheviques en territorio ruso trataron de calmar a las obreras que se preparaban para celebrar activamente el “día de la mujer” previsto para esa jornada. Sin embargo, aquellas osadas brujas hicieron caso omiso y, al igual que otras tantas figuras anónimas e imperceptibles desde el escenario público del poder, resultaron ser las verdaderas tejedoras del inicio de la revolución. Y dicen las malas lenguas que, a partir de ese 8 de marzo, se forjó en sentido estricto esta fecha emblemática de movilización popular, por parte de las mujeres, a escala planetaria.


Marcel Liebman, uno de los más lúcidos historiadores de la revolución rusa, supo afirmar de manera irónica que “el movimiento de febrero de 1917 representa un enigma para quienes no pueden imaginar una huelga sin dirigente, ni una revolución sin tenebrosos jefes que dirigen en la sombra a las ‘muchedumbres-juguete’”. En estos días de conmemoración de los 100 años de la revolución rusa, no está de más insistir en la necesidad de cepillar a contrapelo este intrincado proceso del que tanto tenemos, aún hoy, que aprender. Desafiar, tal como propuso desde los estudios subalternos Ranahit Guha, la univocidad de la versión dominante que jerarquiza sujetos e instrumentaliza luchas, para re-escribir aquella historia (o mejor aún: el crisol de historias) de manera tal que se escuchen y visibilicen esas otras voces bajas u opacadas, y se reintegren en el marco de una narración más variopinta y plural, donde la cronología -“vaca sagrada de la historiografía”, al decir de Guha- sea sacrificada en el altar de un tiempo más caprichoso y cíclico que lineal u homogéneo.


Por ello, además de descolonizar y despatriarcalizar los relatos y tradiciones hegemónicas en torno a la revolución rusa, y de revitalizar desde una epistemología militante “cualquier brote de iniciativa autónoma de inestimable valor para el historiador integral”, lo fundamental es no vislumbrar a Lenin ni al sin fin de grandes estrategas de la emancipación (desde el propio Marx a Gramsci y Rosa Luxemburgo, de Mariátegui y Amilcar Cabral al Che Guevara) como iluminados/as y sabelotodos/as que esclarecieron y guiaron a organizaciones y pueblos “ignorantes”, carentes de conciencia por sí mismos/as y meros/as ejecutantes de una estrategia que les era incorporada “desde afuera”. Si bien en todos los casos tuvieron un papel destacado en sus respectivos procesos revolucionarios, vale la pena recordar una de las tesis sobre Feuerbach escrita precisamente por el joven Marx, que critica aquellas lecturas unidireccionales que olvidan que “el educador a su vez debe ser educado”.


De ahí que quizás sea más equilibrado afirmar que fue la praxis colectiva y el devenir histórico-político dentro del cual se situaron con creatividad y audacia en tanto aprendices-sistematizadores/as (o educadores/as-educandos), lo que les permitió destacarse como dirigentes e intelectuales revolucionarios/as a cada uno/a de ellos/as en los proyectos donde intervinieron, por lo que resulta imprescindible resituar -comenzando por el propio Lenin- tanto sus liderazgos como los aportes teórico-prácticos que han generado, en el marco de procesos y sujetos de carácter colectivo, así como en función de una constelación de luchas e iniciativas emancipatorias, que constituyeron las verdaderas escuelas en la que se forjaron como intelectuales orgánicos/as de los pueblos.


El estancamiento del pensamiento crítico y la dogmatización han sido un peligro constante en los diferentes proyectos revolucionarios encarados por las fuerzas de izquierda, y hoy cobra nuevos bríos como tendencia en la actual coyuntura que vivimos. Acudir a autores/as, corrientes, matrices de análisis e itinerarios de trastocamiento del orden social y político, que en algún contexto u época diferente quizás prosperaron o resultaron viables para caracterizar y transformar otra realidad, resulta un ejercicio militante imprescindible, siempre y cuando no nos ahorre el ejercicio de pensar y actuar con cabeza propia, a partir del estudio riguroso y situado de nuestros territorios y desde el tiempo histórico que pretendemos revolucionar.


Como es sabido, la historia no se repite salvo como tragedia o como farsa. Por ello, frente al seductor recetario de manuales y esquemas abstractos en estos momentos sombríos donde prima el desconcierto y el desarme teórico, el planteo de Mariátegui de no calcar ni copiar constituye un faro estratégico, desde ya sin que esta consigna implique partir de cero, pero sí cepillando a contrapelo y asumiendo la necesaria revitalización crítica de los aportes que podamos recuperar de la revolución rusa. Entre ellos, quizás uno de los más actuales sea su apuesta por quebrantar los límites de lo posible a través de un radical proceso de desnaturalización de las relaciones sociales y las formas de concebir la realidad, que permitió no sólo la demolición del orden dominante desde sus cimientos mismos, sino también la edificación de novedosos organismos de autogobierno popular y proyectos emancipatorios asentados en la auto-activación de las masas, y que apuntaron a una profunda transformación, en el aquí y ahora, de todas las dimensiones de la vida cotidiana.


Desde esta perspectiva, la revolución resultó ser, más que un mero evento político dinamizado por un reducido número de núcleos “conscientes”, un trastocamiento integral de todo lo existente; algo así como un arcoíris o remolino de revoluciones, gestado desde abajo y a partir de la creciente articulación de un poder popular territorial enhebrado desde ya por los soviet, pero también por comunidades, movimientos, cooperativas, redes, asociaciones, consejos, comités, escuelas, grupos artísticos, círculos, comunas, células, sindicatos, colectivos, frentes, partidos, clubes, brigadas, destacamentos y demás plataformas, forjadas todas ellas al calor de un sinfín de identidades y luchas subalternas. Entre esta maraña de espacios de auto-organización, podemos mencionar a modo de ejemplo una de las experiencias más interesantes y menos conocidas: el Proletkult (abreviatura de Cultura Proletaria). Nacido semanas antes de la insurrección de octubre para aportar a la creación de una nueva cultura, este heterogéneo movimiento supo concebir a la educación y al arte como potentes fuerzas sociales para gestar y expandir “elementos de socialismo en el presente”, y llegó a contar al poco tiempo con cerca de 1400 secciones locales, decenas de miles de activistas desperdigados en las principales ciudades, y alrededor de medio millón de adherentes en todo el país, casi la mitad cantidad que ostentaba en ese entonces el Partido Comunista.


Ludovico Silva, uno de los intelectuales venezolanos más potentes para formarnos de manera des-manualizada, solía decir que “si los loros fueran marxistas, serían marxistas ortodoxos”. Por cierto, es sobre la base del análisis concreto de nuestra realidad específica -en la que finalmente actuamos e intervenimos a diario- que podemos traducir y (re)elaborar conceptos, rumbos de acción e ideas, así como construir una estrategia revolucionaria acorde a los desafíos que nos depara nuestro presente. No se trata, en suma, de “aplicar” esquemas o categorías prefabricadas, ni de concebir al marxismo como un sistema acabado o un conjunto de verdades irrefutables, sino de recrear sus presupuestos y basamentos, a partir de su confrontación con la cada vez más compleja realidad en la que estamos inmersos. No para transitar un itinerario imposible de replicar, sino para ensayar nuevos proyectos emancipatorios que nos permitan conquistar, esta vez de manera definitiva, el cielo por asalto, tal como supieron hacerlo -hace un siglo atrás y sin libreto alguno- esas apasionadas multitudes en las calles de aquella inmensa escuela a cielo abierto que fue Rusia.

Publicado en Política
Lunes, 23 Octubre 2017 10:32

El desenlace anunciado

A primera vista, la Revolución de Octubre parece un golpe de Estado llevado a cabo por un grupo de conspiradores, los Bolcheviques. Y así ha pasado a la mayoría de los textos de la historiografía del siglo XX, tanto los más serios como los de divulgación. Y sin embargo, es una imagen equivocada. El problema consiste en que ha sido sustentada y repetida muchas veces, lo mismo entre los contrarrevolucionarios que agitan siempre el espantajo del “puñado de terroristas”, que en las filas de la izquierda oficial, surgida de la propia revolución, interesada en reforzar la “receta” del Partido como supremo hacedor.

La refutación no es difícil. En una perspectiva histórica puede afirmarse que éste fue apenas un eslabón en una cadena de acontecimientos, incluso en un sentido estricto o reducido. Se trata de una misma revolución que arranca con el levantamiento de febrero y culmina con la promulgación de los decretos que darían inicio a la transformación social y política, poniendo fin a la dualidad de poder. En un sentido político práctico es claro que no puede entenderse octubre sin las jornadas de julio y la derrota del intento de golpe militar, y lo que es más importante, sin el levantamiento campesino que se venía desarrollando en forma paralela1. En términos empíricos, además, los hechos, en esos diez días fabulosos, lo corroboran.

 

La dualidad de poder ya no era posible

 

El gobierno provisional, que en julio pareció ganar un nuevo aliento, quedó definitivamente maltrecho después del golpe fallido de Kornílov, pese al fortalecimiento del papel de Kerenski como jefe de gobierno. Era evidente que a la burguesía (para no mencionar a los monárquicos), ya no le interesaba este arreglo político inestable e inepto. En el fondo continuaba abrigando la esperanza de una solución militar. Esta circunstancia hacía cada vez más inocua y patética la insistencia de los partidos conciliadores de encasillar el proceso en un molde puramente “democrático”. Como si fuera poco, entre los obreros y los soldados, y sobre todo entre las clases medias de Petrogrado y Moscú, el propio Kerenski perdía aceleradamente la popularidad que alguna vez había conquistado. Lo mismo, en cierta forma, entre los campesinos. En esa misma medida crecía la influencia de las corrientes y partidos verdaderamente revolucionarios.

Téngase en cuenta que se mantenía la angustia de una guerra absurda que no ofrecía más que derrotas, muertes y miseria. Había llegado al punto de que, estando en riesgo Petrogrado, se proponía su evacuación y el traslado del gobierno a Moscú. Sobra decir que para el gobierno el objetivo real era reducir la capacidad de acción de los revolucionarios cuya fuerza en la capital era notable. Los bolcheviques, respondieron inmediatamente que si el gobierno no era capaz de defender Petrogrado, y prefería cederlo a los alemanes, que renunciara en favor de otro que sí tuviera la dignidad y el valor requeridos. Este detalle tuvo gran importancia en la agitación insurreccional.

En fin, todo indicaba que ya casi nadie creía en el gobierno El problema consistía, en el fondo, en que la solución de la inestabilidad por el lado del poder oficializado pendía de un hilo cada vez más delgado: la convocatoria de una Asamblea Constituyente que cada vez se veía más lejana. En cambio, en los Soviets donde aumentaba la presencia de los Bolcheviques –claramente en el más radical, el de Petrogrado– aunque se respaldaba la oferta de la Asamblea, poco a poco se iba consolidando la idea de que era indispensable asumir de manera exclusiva y formal el poder que ya estaban ejerciendo en la práctica. Se planteaba la convocatoria de un Segundo gran Congreso de los Soviets de toda Rusia. Fue por ello que los partidos conciliadores, al perder el control sobre los soviets, propusieron y consiguieron realizar una supuesta “Conferencia Democrática” (no electiva sino por designación) el 14 de septiembre, de donde surgió un curioso “Consejo de la República Rusa” conocido como “Preparlamento” cuya primera sesión fue el 7 de octubre.

Como es obvio, se trataba de reconstruir y hasta cierto punto “modernizar”, de una vez, el viejo aparato de Estado con algunos cuerpos colegiados. Pero este viejo aparato se encontraba en una crisis irremediable. Para empezar, carecía ya de una estructura sólida de fuerzas armadas: la gran masa de los soldados y los marinos ni creía en los grandes objetivos militares ni aceptaba el mando de los oficiales.2 Poco a poco, especialmente en la guarnición de Petrogrado, los diferentes destacamentos se habían venido colocando a órdenes de los Soviets. En cierta forma, la dualidad de poder se estaba expresando en una dualidad militar. Quedaba solamente la burocracia aunque desconcertada y atravesada también por profundas contradicciones políticas. El intento en todo caso fue inútil. En el preparlamento los bolcheviques participaron solamente para dejar una constancia, luego de la cual se retiraron ruidosamente. Ya no era el momento de actuar como oposición.

En los Soviets, por su parte, las cosas estaban cambiando. Ante las nuevas exigencias de la situación política, los partidos políticos conciliadores perdían prestigio rápidamente. Obviamente esto sólo se podía reflejar en la medida en que se eligieran nuevos representantes. El caso más dramático era el de los socialrevolucionarios, dominantes en muchos de los soviets y especialmente en las organizaciones campesinas. En cambio, los bolcheviques, cuya claridad política y decisión eran cada vez mayores, obtenían la más amplia representación; a comienzos de septiembre lo habían mostrado en las principales ciudades industriales. No cabía duda de que al hacer las elecciones de los delegados al Congreso Nacional de los Soviets iban a alcanzar un triunfo contundente. Por lo pronto, sin embargo, el Comité Central Ejecutivo (Tsik), que debería convocarlo, reflejaba la antigua correlación de fuerzas. La convocatoria del Congreso, que estatutariamente debía realizarse en septiembre y había sido aplazado, se convirtió entonces en un motivo de tensión. Particularmente con el Soviet de Petrogrado que el 23 de septiembre eligió, de nuevo, como presidente, a Trotski quien, anteriormente, había advertido que si no se citaba formalmente, se convocaría de hecho. En esa sesión, por lo demás, al aceptar la presidencia, Trotski enunció, en un notable discurso, lo que debía ser la materialización táctica de la consigna de “todo el poder a los soviets”.

 

Limpia y silenciosamente

 

Durante la noche del 24 al 25 de octubre Guardias Rojos y Destacamentos de soldados, en una operación relámpago, ocupan uno tras otro varios puntos estratégicos en la ciudad de Petrogrado. Las estaciones del ferrocarril y las oficinas de correos; el Palacio de Táurida; el Banco Nacional; las centrales telefónicas y las plantas de energía eléctrica. Se han tomado algunos prisioneros y se ha disuelto el flamante preparlamento donde Kerenski el día anterior había amenazado con liquidar la conspiración. - En la mañana del 25 ya ha huido hacia el norte, en busca de refuerzos.- La ciudad estaba en poder de la revolución. Solamente quedaba el Palacio de Invierno donde intentaba reunirse lo que quedaba del gabinete ministerial. Fue la única resistencia militar apreciable, pero duró sólo 24 horas más; bastaron algunos cañonazos de salva del crucero Aurora que se encontraba en el Neva y la decisión de Antónov Ovseienko quien organizó el asalto. En ese instante preciso se inauguraba el Segundo Congreso de los Soviets de toda Rusia.

¿Cómo fue posible semejante asombrosa operación? La respuesta es sencilla: justamente porque no era un complot. Participaron en las acciones directas muy pocos, gracias justamente a que contaban con un enorme respaldo, una base social organizada y atenta. Y se enfrentaban a un gobierno desprestigiado, débil y aislado, casi un fantasma. Con la particularidad de que si en febrero el levantamiento busca ganarse el alma del soldado, en octubre la confraternización entre obreros y militares ya es un punto de partida. El poder popular ya existía. Octubre era el episodio final de todo un proceso de acumulación.

En efecto, el 9 de Octubre el Soviet de Petrogrado crea el Comité Militar Revolucionario con el fin inicial de organizar y garantizar la defensa de la ciudad frente a la amenaza del ejército alemán. Era, en realidad, la recuperación de una medida que ya se había tomado con ocasión del golpe militar de agosto. Lo mismo que otra institución cuyo origen remoto estaba en la revolución de 1905: la Guardia Roja. El carácter del Comité era, sin embargo, un tanto ambiguo y sorprendente. Como se ha dicho, al gobierno poco le importaba la amenaza alemana pero no podía confesarlo y tenía que aceptar la decisión. Algo similar les sucedía a los dirigentes de los partidos conciliadores que terminaron aceptando que la defensa era necesaria incluso frente a las amenazas de la “contrarrevolución”. El hecho es que el Soviet se dotaba así de un organismo -a cuya cabeza se colocó luego a Trotski- que formal y legalmente le permitía controlar militarmente la ciudad. Con la posibilidad de dirigir todas las áreas de operación y de intervenir, mediante comisarios, todos los componentes de la guarnición e incluso el Estado Mayor gubernamental de la Región. Como si fuera poco, al lado del Comité se creó otro organismo relacionado con la sección de soldados del Soviet: la conferencia permanente de la guarnición integrada por los comités de regimiento.

La ruptura de tal dualidad de mando se presentó, primero, el 16 de octubre cuando, desobedeciendo las órdenes del gobierno, los destacamentos que se pretendían enviar al frente, decidieron permanecer en la ciudad y luego, el 21, cuando el Estado Mayor rechaza la intervención de los comisarios. Se convoca entonces una reunión extraordinaria del Soviet donde por decisión unánime se notifica a todos los regimientos que deben obedecer solamente las instrucciones del Comité Militar Revolucionario. Al mismo tiempo, se comienza a armar los guardias rojos que en cada barrio comienzan a operar en armonía con las unidades militares. Todo esto es posible, naturalmente, porque ya las ideas revolucionarias en contra de las viejas jerarquías y sobre todo en contra del Gobierno de Kerenski, predominan entre los obreros y los soldados.

Fue este Comité Militar Revolucionario de Petrogrado el que planeó y coordinó la insurrección. Y ya sabemos la importancia que tenía la capital para cualquier iniciativa revolucionaria. Desde luego, el Soviet siempre planteó públicamente su política en términos defensivos -El gobierno debe renunciar, sólo si intenta oponerse por la fuerza nos veremos obligados a responder de la misma manera - No obstante, el proceso era mucho más amplio. Fenómenos similares se estaban presentando en Moscú, Kiev y otras ciudades, aunque mucho más de carácter político que militar. E implicaba los más amplios sectores sociales. Por ejemplo, el Congreso nacional de los Comités de Fábrica fundamental en términos de las iniciativas socialistas de control obrero ya había aprobado un respaldo incondicional a todo esfuerzo encaminado al derrocamiento del gobierno provisional. Es en este punto donde juega un papel crucial la realización del mencionado Segundo Congreso de los Soviets de toda Rusia, finalmente convocado para el día 25. Deliberadamente la insurrección se había hecho coincidir con éste, de manera que se pudiera verificar formalmente el traslado del poder, o mejor, la legitimación del único y verdadero poder en los Soviets.

 

El nuevo gobierno, de un nuevo tipo

 

En el Congreso la mayoría de los delegados, tal y como se esperaba, era bolchevique. En el nuevo buró, reflejando esta realidad, la composición fue la siguiente: 14 bolcheviques, 7 socialrevolucionarios, 3 mencheviques y un “internacionalista”. No obstante, la discusión fue encarnizada. El argumento más fuerte de parte de la oposición, especialmente de los Mencheviques que contaban entre sus filas al prestigioso y ya anciano Mártov, consistía en señalar que la insurrección –que ellos denominaban conspiración– había sido un acto de irresponsabilidad. Que habían dado lugar a una sangrienta guerra civil que sería fácilmente aprovechada por la contrarrevolución. La toma del Palacio de Invierno que en ese momento se estaba desarrollando, junto con los enfrentamientos que se daban en uno u otro lugar de la ciudad parecían confirmarlo. La única solución, a su juicio, era detener la guerra civil mediante una propuesta de gobierno de coalición con todos los grupos socialistas y democráticos.

La deliberación, sin embargo, no pudo avanzar más dado lo beligerante de las posiciones. Los mencheviques, una parte de los socialrevolucionarios y otros grupos como el Bund judío, además de algunos delegados del ejecutivo del soviet campesino, decidieron retirarse del Congreso. No había alternativa. La posición de los bolcheviques era contundente: aquí no ha habido ninguna conspiración sino un levantamiento popular; si triunfamos por qué tenemos que ceder y negociar con pequeños grupos que hoy en día no tienen ninguna significación social. Son Uds. grupos que ya tuvieron su oportunidad histórica y la perdieron. Todo el enjuiciamiento que se hacía del gobierno provisional, aunque implícito, caía sobre los opositores.3

Tal vez pudiera decirse que Mártov estaba sobreestimando la fuerza de los grupos conciliadores, sin embargo no es tan claro que los bolcheviques en cuanto Partido resumieran el conjunto de las corrientes y agrupamientos sociales explotados u oprimidos de toda Rusia. La descripción de la cotidianidad en aquellos días que hace Reed, por ejemplo, muestra que, además de los opositores a los bolcheviques (muchas veces por ignorancia) existía probablemente una amplia franja de personas, incluyendo obreros y soldados pero sobre todo empleados y pequeños comerciantes o artesanos, que estaban de acuerdo con derrocar el gobierno provisional e incluso con entregar el poder a los soviets, pero que no se sentían representados por los bolcheviques. Y eso sin contar con aquellos que preferían la “neutralidad” o la “indiferencia”. Y Trotski, por su parte, reconoce que en la propia guarnición de Petrogrado existía una minoría hostil: junkers, tres regimientos cosacos, el batallón de motociclistas y la división de tanques.4 Al respecto, por fortuna, la vida misma resolvió la contradicción así fuese a través de una dolorosa prueba de fuerza. Kerenski intentó un contragolpe pero no pudo reunir una base militar y social suficiente y fracasó.

En todo caso el Congreso continuó y los delegados se pusieron manos a la obra en la tarea transformadora. En primer lugar la Proclama sobre la Paz y el Decreto sobre la tierra. Y, por supuesto, la formación del primer gobierno revolucionario, provisionalmente elegido por el Congreso hasta la reunión de la Asamblea Constituyente. Se le dio el nombre de Consejo de Comisarios del Pueblo, una reminiscencia de la revolución francesa. Sin embargo lo significativo de esta figura consistía en que cada uno de ellos (salvo el Presidente, en este caso V.I. Lenin), tendría a su cargo la comisión que, en estrecha relación con las organizaciones sociales, administraría el “servicio del Estado” correspondiente (agricultura, trabajo, defensa, etc.), para asegurar la ejecución del programa señalado por el Congreso. En el momento, catorce Comisarios. En consecuencia: “El poder gubernamental pertenece al colegio formado por los presidentes de estas comisiones, es decir al Consejo de los Comisarios del Pueblo”5 Y lo más importante: “El control de la actividad de los comisarios y el derecho de revocarlos corresponde al Congreso de toda Rusia y a su Comité Ejecutivo Central”6

No había terminado la revolución, otras confrontaciones les esperaban, pero sí había comenzado una nueva etapa histórica, no sólo para Rusia sino para la humanidad entera.

1 Ver “Campesinos”, periódico desdeabajo Nº235, mayo 2017.
2 Ver “La revolución contra la guerra; la guerra contra la revolución”, periódico desdeabajo Nº236, junio 2017.
3 Ver el relato de John Reed, Diez días que estremecieron al mundo. Editorial Desde Abajo. Bogotá, agosto de 2017. También Deutscher, I. “Trotsky, el Profeta Armado”, Ediciones ERA, México, 1970
4 Trotski, L. “Historia de la revolución rusa”. Tomo II, p. 9. Ed. Sarpe, Madrid, 1985.
5 Citado en Reed, Ibídem.
6 Ibídem.

Publicado en Edición Nº240

Sostienen los más ilustres historiadores que los reyes Católicos, Isabel y Fernando, son los fundadores de la nación española. Algo que se consumó en el preciso instante en el que las tropas cristianas toman Granada el 2 de enero de 1492 culminando de este modo la llamada “reconquista”. En el preciso momento en que el emir Boabdil entregó las llaves de la ciudad al conde de Tendilla, Iñigo López de Mendoza se inicia uno de los periodos más tétricos que jamás haya vivido la humanidad. Meses después en el campamento de Santa Fe el día 17 de abril de 1492 se firmaron las Capitulaciones entre los Reyes Católicos y el aventurero Cristóbal Colón en las que se estipulaba cuáles iban a ser las normas por las que se tenía que regir este “contrato mercantil”. Colón se llevaría el 10% del botín además de ser nombrado Virrey, Almirante de la mar océana y gobernador general de las denominadas posteriormente como las “Indias”. Además sus descendientes heredarían sus bienes, sus títulos y tierras descubiertas.
Ambiciones desmedidas y delirios de grandeza más propias de un lunático o de un iluminado.


Podríamos decir que el descubrimiento del Nuevo Mundo fue un artero acto de piratería muy bien planificado al que incluso el Papa de Roma Alejandro VI con su bula Inter Caetera le brindó su bendición urbi et orbi. La autoridad de Dios omnipotente y omnipresente otorgó el dominio exclusivo y perpetuo de los territorios donde se clavó el pendón castellano con la condición que los evangelizaran. De este modo se justificó la rapiña, el expolio y las masacres cometidas contra los “gentiles” en un afán por imponer la autoridad de los nuevos amos y señores. Este decreto papal puede considerarse el detonante de la crueldad que caracterizó a todos los imperios coloniales que surgieron posteriormente. Es el génesis de la globalización que en el siglo XXI se manifiesta como la máxima expresión del imperialismo político y económico.


En ese entonces y tras finiquitar la guerra contra los musulmanes España iniciaba la aventura Imperial que la llevaría a expandirse por los cinco continentes. Las ansias de conquista material y espiritual marcarán los siguientes siglos plagados de gestas épicas y epopeyas en el nombre de Dios y su majestad el rey. Era necesario engrandecer la gloria de España para hacer frente a sus directos competidores Inglaterra, Francia y Portugal que pretendían hacerle sombra. Una desquiciada carrera por conquistar tierras, naciones, riquezas, súbditos, siervos y esclavos. Como bien queda descrito en el tratado de Tordesillas donde España y Portugal -representados por Isabel y Fernando y el rey Juan II- se repartieron las zonas de navegación y conquista del océano Atlántico y el Nuevo Mundo. Se despojó sin ningún remordimiento de sus tierras a los nativos que fueron considerados por derecho real como menores de edad y, por lo tanto, sujetos a la tutela de los españoles en las mitas, resguardos o encomiendas.


Pero no se nos puede olvidar que uno de los motivos prioritarios de esta magna empresa del descubrimiento fue la evangelización de los herejes blasfemos. Es decir, la redención de las razas inferiores, indígenas sin alma, salvajes antropófagos que había que domar y domesticar por la gracia de Dios. ¿Civilización o barbarie? Este es el dilema que se planteaba y con la espada y la cruz supieron dar una respuesta contundente a tamaño desafío. Dios le brindó este inmenso privilegio a la estirpe española porque Dios se consideraba español.


Para sublimar la identidad hispana se precisaba imperiosamente construir una narrativa en la que intervinieran los más preclaros exponentes de las letras, las artes, la pintura, la escultura o la música. Inventar mitos y leyendas, forjar los superhéroes de una raza invicta y por siempre victoriosa. Al fin y al cabo ellos fueron los que llevaron la luz al Nuevo Mundo apartando las tinieblas del averno. Todo es válido con tal de santificar a villanos y bellacos para transformarlos en insignes paladines.


Las Indias era el mejor reclamo para despertar las ambiciones de los buscadores de fortuna, de los aventureros que ansiaban someter reinos ignotos, adueñarse de incalculables riquezas del Dorado, Cipango y Catay, ciudades de oro y ríos de esmeralda, obsesionados por obtener títulos nobiliarios, fama, poseer tierras, saquear, esclavizar indígenas o africanos, mano de obra obligada a levantar los delirios imperiales para gloria del padre eterno y nuestro señor Jesucristo.


El imperio Español con arrogancia se creía el ombligo del mundo y el centro del universo. La lengua española y la religión católica se impusieron a la fuerza como vehículo vertebrador de los territorios conquistados en los que regía el pensamiento único e indivisible. Por riguroso mandato del monarca cualquier disidencia o rebelión se reprimía sanguinariamente y sin contemplaciones. Al verdugo no le temblaba la mano a la hora de cortar cabezas en el cadalso. En los casos más extremos se aplicó el exterminio para que reinara la paz y el orden.


Tal es el culto que se le rinde al supuesto descubridor de América Cristóbal Colón que son cientos y cientos los monumentos que existen en su honor a lo largo y ancho del mundo. Entre los altares y santuarios más soberbios hay que destacar el erigido en Barcelona con motivo del IV centenario del descubrimiento de América en 1892.


Se trata de un conjunto escultórico de proporciones ciclópeas cuyo autor es el arquitecto catalán Gaieta Buigas y Monrava. Una muestra irrefutable de que el egocentrismo y la megalomanía españolista no tienen límites. Al Almirante de la mar océana Cristóbal Colón, señor de los holocaustos, príncipe de los genocidios, se le ubica en lo alto de una columna o falo al estilo corintio de 57 metros de altura que reposa sobre un pedestal poligonal que lo custodian 8 leones de hierro en actitud vigilante. En las paredes de la base existen 8 bajorrelieves con los escudos de los reinos de España y otros 8 bajorrelieves en los que se narra la vida del almirante Cristóbal Colón - leyendas sacrosantas que están escritas a golpe de martillo y de cincel en el inconsciente colectivo hispano. En esta vil escenografía los protagonistas son los distintos personajes que intervinieron en la gesta del descubrimiento de América a los que cuatro ángeles ciñen sobre sus sienes con coronas de laurel. En un segundo plano se representan a los indígenas como si se trataran de unos animales asustadizos y timoratos; ¿seres irracionales? desnudos o semidesnudos que se acogen sumisos al manto protector de su majestad el rey y de Dios nuestro señor. ¿Se puede tolerar mayor ignominia y mayor humillación? De rodillas un indígena emplumado besa la cruz salvadora que le ofrece un fraile doctrinero como símbolo de la conversión. En otra escena un conquistador posa su mano en la cabeza de un indígena en señal de sometimiento o de obediencia eterna a sus amos. Han sido redimidos por la gracia benefactora del imperio español y es necesario que la humanidad entera reconozca tan inigualable privilegio.


Este esplendoroso monumento de bronce, hierro y piedra caliza -con un peso de 205 toneladas- fue inaugurado el 1 de junio de 1888 por la reina regente María Cristina. Un monumento al odio, al racismo extremo, a la esclavitud y la tortura que veneran e idolatran sus más connotados devotos. Hace 525 años Isabel la Católica y Cristóbal Colón en su lecho nupcial incubaron el maligno virus del imperialismo que desde entonces ha sembrado la muerte y la destrucción sobre la faz de la tierra.
Ver vídeo: ¿Cómo convertir el crimen del "descubrimiento de América" en una inolvidable epopeya?

Publicado en Internacional
Domingo, 08 Octubre 2017 10:18

Los sesenta, tan lejos y tan cerca

A pocos días de que el almanaque señale que ya pasaron cincuenta años del asesinato del ícono, Aldo Marchesi, autor de un estudio sobre la “izquierda radical” latinoamericana en los años sesenta de próxima aparición,1 da su opinión sobre las distintas facetas de su pensamiento y acción. El historiador destaca, entre otras cosas, las dificultades para analizar desde el hoy —opina— a una figura tan anclada en su época que a pesar de ello siempre renace como símbolo de rebeldía. Incluso en un tiempo como el actual, en el que la violencia social se manifiesta de forma tan abierta pero en el que se condena con demasiada facilidad a la “violencia de abajo”.

 

—¿Hay un legado del guevarismo? ¿Se puede ver al Che como una figura vigente en estos tiempos?
—Es bastante complejo pensar la manera en que las izquierdas se sitúan ante Guevara y su eventual trascendencia, fundamentalmente por los cambios que ha habido en torno a temas como la revolución o la violencia. Son asuntos en los que el cambio histórico ha sido extremadamente radical.
La reflexión sobre la violencia revolucionaria, que es un elemento central de la modernidad —no sólo de la izquierda, sino de todas las tendencias en la mayor parte del siglo XIX y del XX—, ha tenido una serie de transformaciones realmente importantes en las últimas décadas. La subjetividad de un Guevara puede verse en ese sentido como mucho más cercana a la de un Giuseppe Garibaldi que a la de los tiempos actuales.


Las dificultades para conectarse con ese pasado las ilustró muy bien el historiador Alessandro Portelli al contar la historia de un partisano que cada año iba a escuelas y liceos de Italia a recordar la épica de la lucha contra el fascismo. En los noventa el partisano notó que algo estaba cambiando en la manera en que lo percibían los jóvenes. Un día un estudiante le preguntó si él había matado a alguien. El hombre dijo que sí, que estaba combatiendo en una guerra. Y el estudiante le respondió: “Usted es tan asesino como los fascistas”. El tipo quedó mudo, no supo qué decir a alguien que no consideraba que fascistas y antifascistas defendían proyectos diametralmente opuestos sino que los igualaba en que unos y otros habían matado.


Ahí te das cuenta de la diferencia de tiempos históricos y de lo difícil que resulta pensar desde el hoy, después de tantos años de discurso sobre los derechos humanos, el humanismo, la no violencia, ciertos asuntos que eran centrales cinco décadas atrás.

 

“La subjetividad de un Guevara puede verse como mucho más cercana a la de un Giuseppe Garibaldi que a la de los tiempos actuales.”

 

Hay investigadores que vienen trabajando sobre cómo desde los noventa la historia pasó a ser contada no a partir de los proyectos históricos concretos, sino a partir de la idea de que todo se reduce a las figuras de víctima y victimario. Muchos autores pasaron a relatar el siglo XX como el siglo de la “gran matanza”, y, desde una visión “humanista” algo estrecha, englobaron bajo el mismo concepto de “asesinos” a rojos y blancos, a fascistas y comunistas, a los movimientos de liberación del Tercer Mundo y a los colonialistas, hasta a aliados y nazis, como si todos valieran lo mismo y la historia fuera una sucesión de crímenes, de gente matando a otra gente. Guevara ha sido visto desde ese ángulo como un “asesino perfecto”, obturando la visión sobre su proyecto.


—Esa imposibilidad de trasladarse a aquellos años, de la que hablabas antes, ¿no está vinculada a que ahora cuesta mucho encontrar proyectos emancipadores?
—En cierta manera sí, y al hecho de que la propia idea de revolución está en crisis. La palabra revolución se mantiene dentro del lenguaje político, pero muy pocos la invocan o la defienden. Y en los últimos treinta años es muy difícil encontrar en el mundo un proceso que se instale dentro de la lógica de las revoluciones clásicas (la francesa, la rusa, la china, la cubana, la mexicana, para poner ejemplos).

El otro asunto que dificulta la reflexión es la crisis de las izquierdas en la pos Guerra Fría, con el triunfo ideológico del liberalismo conservador y de ciertas ideas neoliberales, que en los noventa se convirtieron en la nueva utopía.

Aun con todos esos elementos que dificultan pensar el legado, creo que hay muchas cosas de Guevara que siguen siendo bien interesantes y tienen contemporaneidad.

—¿Cuáles serían?
—Uno puede identificar cuatro Guevaras: uno político, uno militar, otro que reflexiona sobre la ética en los procesos revolucionarios, y un cuarto que pone el acento en la emancipación del Tercer Mundo como punto central de su accionar y que habla de la necesidad de globalizar las luchas. Es en estos dos últimos aspectos que me parece que su legado podría ser visto como más vigente.
Pienso que varios elementos de los diagnósticos sobre la realidad latinoamericana que planteaba Guevara siguen siendo pertinentes: la idea de que existen grandes trabas para lograr cambios de fondo por medios legales, el marcado carácter reaccionario de ciertas clases dominantes en América Latina, las dificultades para construir un liberalismo democrático que dé espacio a los sectores populares. Estos temas, que el Che planteaba a principios de los sesenta, reaparecieron ahora con otro lenguaje, sobre todo con el fin del ciclo progresista.

A Guevara se lo percibe como el “radical” por excelencia, pero en los inicios de la revolución cubana él buscaba acuerdos y espacios de negociación y convivencia con distintos países de América Latina: viene a Uruguay y pronuncia su famoso discurso en la Universidad, se reúne en Argentina con el presidente Arturo Frondizi, en Brasil le dan una medalla de honor. Los límites se los fijaron las derechas conservadoras, sobre todo la brasileña y la argentina, con su reacción, que culminó con la expulsión de Cuba de la Oea en el 64.

Recién a mediados de los sesenta él llega a la conclusión de que los espacios de negociación política en América Latina son cada vez más estrechos y que el camino que queda para cambiar las cosas es la guerra revolucionaria. Ahí es que expande su idea del foco guerrillero, sobre la función ejemplarizante de la acción encarnada en esos superhombres que serían los guerrilleros que lograrían interpelar al conjunto de la sociedad, y que se expresa en algunos de sus trabajos, que en muchos casos son manuales de guerra.

 

“Muchos autores pasaron a relatar el siglo XX como el siglo de la ‘gran matanza’, y, desde una visión ‘humanista’ algo estrecha, englobaron bajo el mismo concepto de ‘asesinos’ a rojos y blancos, a fascistas y comunistas, a los movimientos de liberación del Tercer Mundo y a los colonialistas, como si todos valieran lo mismo.”

 

Tal vez esa sea la dimensión menos vigente de Guevara. Incluso por los desarrollos tecnológicos actuales, imaginar que pueda existir hoy una guerrilla rural o “ejércitos populares” capaces de mantener niveles de enfrentamiento viables con ejércitos regulares se hace casi imposible. Y si te ponés a pensar en qué derivaron aquellos movimientos armados, en qué terminaron las experiencias de violencia organizada y profesionalizada de parte de grupos de izquierda, verás que generaron un fortalecimiento de las estructuras represivas estatales y acabaron en masacres.

—Volviendo a lo que decías sobre la vigencia de los diagnósticos de Guevara, la realidad latinoamericana de hoy no es tan distante de aquella de hace 50 años. Incluso se podría decir que los niveles de violencia social en muchos países han aumentado y que los gobiernos progresistas han encontrado límites muy claros para revertir esas realidades.
—Ahí hay una paradoja. Por un lado, tenemos la crítica a la violencia revolucionaria como fenómeno autoritario per se, pero, por otro lado, vivimos en sociedades cada vez más violentas, que acumulan cada vez más armas, con niveles de enfrentamiento cada vez mayores. Evidentemente no tengo una propuesta para resolver esa paradoja, por más que me inclino por descartar la violencia.

El problema del camino hacia el cambio social en América Latina siempre está en la agenda. Ese debate fue central en los sesenta. En realidad venía de antes, de los cincuenta, cuando quedaron en evidencia los techos del reformismo y del populismo, pero fue en los sesenta que hizo eclosión. La opción por la violencia fue sólo una de las opciones de un repertorio que tuvo muchas otras.

Esa discusión sobre la “metodología” para el cambio ha perdido un poco de actualidad, pero no ha desaparecido. No quiere decir que hoy se dé en los mismos términos que hace cuarenta o cincuenta años, pero vuelve a estar allí.

Hoy no hay quien reivindique la acción guerrillera en América Latina, pero uno de los problemas de los sesenta es que se terminó reduciendo el tema de la violencia política a una forma muy concreta: el de la guerrilla. En realidad, en la tradición de la izquierda el repertorio de la protesta es amplísimo, y muchas están asociadas a formas de violencia que ahora se condenan con mucha ligereza.

—¿Cómo deberían reaccionar los campesinos o ambientalistas hondureños que son asesinados por decenas aún hoy? En Brasil hay ahora un debate en el movimiento sindical sobre el recurso a formas de acción directa como reacción a una reforma laboral propia de fines del siglo XIX...
—Sí, y se habla de “sesentismo” para criticar esas posturas, de “violentismo”. Por eso remarcaba que el tema de la violencia es un tema abierto, como abierta está la discusión sobre qué es violencia.

—Decías que había otros aspectos del legado de Guevara que te parecían relativamente vigentes...
—Uno es su idea de la guerra global, que trasciende de manera muy nítida lo estrictamente militar. Su famoso mensaje a la Tricontinental es una pieza en la que plantea toda una visión sobre cómo tiene que ser el conflicto político contemporáneo. La nación tiene en ese mensaje un lugar secundario, y el énfasis lo pone en la internacionalización del conflicto. La “contradicción principal”, para hablar en términos de los sesenta, que él plantea allí es la de imperialismo versus Tercer Mundo, y el llamado bloque socialista aparece no con un papel de vanguardia sino lateral: sirve si es funcional a las luchas de los “pueblos del Tercer Mundo”, y si no lo es, deja de servir.

 

“Tal vez la dimensión menos vigente sea la de imaginar que puedan existir ‘ejércitos populares’ capaces de mantener niveles de enfrentamiento viables con ejércitos regulares.”

 

Guevara pensó la política en un escenario global. La internacionalización que se ha ido acentuando desde los años sesenta le ha dado razón, y en ese sentido ha sido incluso anticipatorio; también acertó en imaginar al Tercer Mundo, a los países emergentes, como centro de los conflictos políticos del futuro, aunque las derivas de esos conflictos han ido en direcciones opuestas a las deseadas por él mismo, como las que se dan en el mundo árabe con la emergencia del Estado Islámico y otros grupos similares.

Y después está el tema de la dimensión de la ética en la política, un punto que él ubicaba en un lugar central. Esto se refleja, en particular, en la carta que le manda a Carlos Quijano, conocida bajo el título de “El socialismo y el hombre en Cuba”,2 y en los tiempos en que asume responsabilidades de gobierno, cuando polemiza con los soviéticos sobre los instrumentos de planificación de la economía o acerca de los estímulos para generar una nueva sociedad. Allí está la idea de que la revolución no debe apuntar sólo a cambiar las condiciones materiales de la gente, sino a construir un “hombre nuevo”, una forma diferente de vivir socialmente muy marcada por la idea de comunidad o por valores colectivos.

Es una idea que está en diálogo con muchas expresiones en los sesenta: la de la militancia como ética individual. En Guevara se da con fuerza especial en la manera que él toma la militancia: como un soldado. Ahí también aparece muy fuerte la idea de sacrificio. Hay textos muy duros en los que él asume que va a morir más temprano que tarde. “Cuando la muerte me encuentre”, es una frase que él repite. Es una forma de ver la acción colectiva, la militancia. Muchas veces se han establecido vínculos entre esa idea sacrificial y el peso del cristianismo en este continente, y la identificación de Guevara con Cristo ha sido muy común.

 

“Hoy no hay quien reivindique la acción guerrillera en América Latina, pero uno de los problemas de los sesenta es que se terminó reduciendo el tema de la violencia política a una forma muy concreta: la guerrilla.”

 

—La contracara de esta visión es lo que pasa después, cuando estos movimientos son derrotados.
—Y se produce una reversión total, al punto de que muchos protagonistas de aquellos años, integrantes de grupos guerrilleros, se bandearon hacia el otro lado al tomar conciencia de que se habían perdido en el camino de unos ideales colectivos y que no habían tenido existencia individual. Sin caer en esos extremos, en el individualismo, se generalizaron visiones muy críticas que pusieron énfasis en esa contradicción entre lo individual y lo colectivo, en cómo el sacrificio que llega hasta la entrega de la vida termina obturando la posibilidad de ser individuos, con ideas distintas, con relaciones humanas complejas. Esa literatura se profundizó luego y se extendió a temas no directamente políticos, como los vínculos entre los militantes y sus familias. En la última década se han multiplicado ejemplos en ese sentido —documentales, películas de ficción, ensayos, novelas— que hablan de la relación crítica que tienen con sus padres los “hijos de los sesenta y los setenta”. Algunos llegan a decirles a sus padres: “la militancia los llevó a abandonarnos, y vean cómo estamos”. Y a menudo los padres se quedan sin palabras. Aunque no estén explicitadas, se trata de críticas ideológicas a una manera de concebir la militancia de la que Guevara fue un abanderado.

 

“Guevara pensó la política en un escenario global. La internacionalización que se ha ido acentuando desde los sesenta le ha dado razón, y en ese sentido ha sido incluso anticipatorio.”

 

—Sacando toda la explotación comercial, pasando por encima de la “recuperación” capitalista de un ícono revolucionario, de ese “volveré y seré remera”, el Che ha sido presentado por propios y extraños como el rebelde por antonomasia. Cincuenta años después, ¿qué o quiénes encarnarían esa figura del rebelde con causa?
—Hay una dimensión rebelde de Guevara, claramente, pero si uno va más a fondo, más que como a un rebelde se lo debería ver como a un revolucionario que justifica racionalmente todo aquello por lo que lucha y los métodos que elige. Es un soldado revolucionario, no un rebelde romántico en un sentido más instintivo. Se han escrito toneladas de libros sobre la significación de Guevara como ícono, pero a mi juicio falta seguir explorando por ese lado. Más allá de lo que se habla sobre el vaciamiento de su prédica, que barras de fútbol lo evoquen, que en los asentamientos lo luzcan con orgullo, que Maradona se lo tatúe, quiere decir algo. En la lectura popular de Guevara hay una crítica al orden establecido, al imperialismo, al capitalismo, un rescate de la entrega, del poner el cuerpo, de desafío a los enclaves del sistema, aunque no se lo diga así.

En esta zona del mundo no hubo remplazo del Che. La política ha ido por otros rumbos. En otras zonas sí lo hubo, para mal, como en el mundo árabe, donde se lo ha sustituido con otro modelo muy distinto de héroe, el del fundamentalista. En Europa apareció el “indignado”, pero es un actor colectivo y de una significación muy distinta.
Allí se ve también cómo Guevara fue, por un lado, una figura muy de su época, difícil de transponer al hoy, pero al mismo tiempo encarna una crítica política a un sistema, y que sigue siendo convocante.

En definitiva, las formas de la rebeldía van cambiando pero tienen continuidades históricas, y el hecho de que cíclicamente Guevara aparezca tiene que ver con eso. Otro historiador italiano, Enzo Traverso, dice que la izquierda tiene una relación melancólica con su pasado. Me parece una manera muy precisa de ver la cosa: el pensamiento de izquierda ha tenido transformaciones muy positivas, como las reflexiones sobre el autoritarismo, pero no termina de establecer un diálogo racional, articulado, con su pasado. Aquellos que se sienten de izquierda, que reconocen que aquella experiencia histórica es constitutiva de su identidad política, con sus aciertos, errores y horrores, recurren a la melancolía porque no saben cómo resolver el duelo con ese pasado. Pasa algo así con los sesenta: no se termina de decidir qué tomar y qué dejar de esos años.

Publicado en Política

La mirada delicada y profunda de John Reed y su capacidad de estampar sentimientos y afectos en negro sobre blanco, lo convirtieron en uno de los más finos cronistas de los grandes hechos que sacudieron a la humanidad, como las revoluciones rusa y mexicana, a las que dedicó sus mejores párrafos. Su relato tiene el magnetismo del embrujo con el que atrapa al lector y la rigurosidad del analista comprometido con los seres humanos que se rebelan, la gente sencilla de abajo y a la izquierda, a la que amaba y por la que entregó su vida.

Por las páginas de este maravilloso libro desfilan los pobres de la ciudad y del campo. Los obreros que tomaron las fábricas y se alistaron, armas en mano, en la “guardia roja” devenida en fuerza de choque contra la reacción. Los soldados y los campesinos –indistinguibles en la Rusia zarista– que se organizaron en los frentes de combate desafiando a los generales, formaron los Sóviets de soldados que en los momentos decisivos de la revolución, torcieron el rumbo de la historia a favor de las tesis de Lenin, que llamaba a la toma del poder para entregarlo inmediatamente a los Sóviets de obreros, soldados y campesinos.

 

Raúl Zibechi

 

Edición 2017. Formato: 17 x 24 cm, 

P.V.P.: $ 40.000, USD $ 14 ISBN: 978-958-8926-42-1

 

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