La mirada delicada y profunda de John Reed y su capacidad de estampar sentimientos y afectos en negro sobre blanco, lo convirtieron en uno de los más finos cronistas de los grandes hechos que sacudieron a la humanidad, como las revoluciones rusa y mexicana, a las que dedicó sus mejores párrafos. Su relato tiene el magnetismo del embrujo con el que atrapa al lector y la rigurosidad del analista comprometido con los seres humanos que se rebelan, la gente sencilla de abajo y a la izquierda, a la que amaba y por la que entregó su vida.

Por las páginas de este maravilloso libro desfilan los pobres de la ciudad y del campo. Los obreros que tomaron las fábricas y se alistaron, armas en mano, en la “guardia roja” devenida en fuerza de choque contra la reacción. Los soldados y los campesinos –indistinguibles en la Rusia zarista– que se organizaron en los frentes de combate desafiando a los generales, formaron los Sóviets de soldados que en los momentos decisivos de la revolución, torcieron el rumbo de la historia a favor de las tesis de Lenin, que llamaba a la toma del poder para entregarlo inmediatamente a los Sóviets de obreros, soldados y campesinos.

 

Raúl Zibechi

 

Edición 2017. Formato: 17 x 24 cm, 

P.V.P.: $ 40.000, USD $ 14 ISBN: 978-958-8926-42-1

 

Publicado en Persistente memoria
Jueves, 31 Agosto 2017 06:26

Historia negra, novela negra

En las conversaciones literarias nunca deja de aprenderse, desde las más esenciales a las banales. En la Feria Internacional del Libro de Panamá, donde he venido a recibir el premio Panamá Negro, se ha discutido en una mesa en la que participo por qué a la novela policiaca se la llama novela negra.


Se arguyeron no pocas razones, pero uno de los participantes trató de zanjar el debate informando que todo viene del color negro que tuvieron desde el comienzo las tapas de los libros de la serie policial de la editorial Gallimard en Francia. Pero alguien más alegó que ya antes, novelitas de este tipo se publicaban en la revista Black Mask (Máscara Negra) en Estados Unidos, lo cual deja abierta la competencia en cuanto a la denominación de origen.


Novela negra es el sinónimo más difundido, y preferido, cuando queremos decir novela policiaca, o novela criminal, o novela sobre policías y criminales; y como el ambiente en que la trama se desarrolla es generalmente oscuro, de bajos fondos, como el de las novelas del género en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX, con clásicos como Raymond Chandler y Dashiell Hammett, el nombre no le viene mal.


En este tipo de literatura, que la hay desde la de consumo rápido, para leer y tirar, hasta verdaderas obras de arte, el personaje es por lo general un detective, oficial o privado, que resuelve los misterios que rodean un crimen y termina atrapando al hechor, la mayor parte de las veces debido a su propia sagacidad, atando cabos, o a lo que conocemos como olfato profesional de sabueso.


Y todo mundo está de acuerdo en que el género lo funda en la primera mitad del siglo XIX Edgard Allan Poe, cuyo personaje, Augusto Dupin, quien aparece por primera vez en El crimen de la calle Morgue, es el padre de todos los detectives de novelas, sin el cual nunca hubiera existido Sherlock Holmes, el sagaz investigador de Arthur Conan Doyle, o el amanerado detective Hércules Poirot creado por la infatigable Agatha Christie.


Un detective protagonista de una sola novela negra, no trascendería. Es su persistencia, mediante una sucesión de casos resueltos en distintos libros, como los personajes mencionados anteriormente, que el detective logra convertirse en un clásico; o como el famoso inspector Maigret creado por George Simenon, el prototipo del investigador tranquilo y bonachón, que debe rendir cuentas de sus ausencias a su esposa, y lejos de balazos, persecuciones espectaculares y escenas de cruda violencia, atrapa al criminal tendiéndole redes sutiles que fabrica en su cabeza.


Un investigador clásico, que devela crímenes en Inglaterra o en Francia, parte en la novela de un supuesto de solidez institucional, donde la ley se halla por encima de todas las cosas. Son policías honestos, respetan las estructuras de las entidades policiales a las que sirven, y responden ante fiscales incorruptibles y jueces probos. Apenas se atreven a probar licor en horas de servicio, como la copita de calvados de Maigret, y nada de golpizas a los prisioneros en los interrogatorios, para empezar.


Dependen, por tanto, de su propio intelecto, y de su experiencia profesional para llevar adelante una investigación, sin trasgredir límites. Todo lo contrario de América Latina, donde debemos partir de supuestos diferentes, o más bien contrarios.


En este caso, la deuda es más con la novela negra de Estados Unidos, que con la europea, basada en presupuestos cartesianos. Personajes como los detectives privados Sam Spade de Dashiell Hammett, o Philip Marlowe de Raymond Chandler, son ellos mismos sórdidos, marcados por el destino como perdedores, inclinados al alcoholismo, y con una visión cínica, o negra, de su propio oficio, y del mundo. Y deben enfrentarse a policías o jueces venales, capitalistas sin escrúpulos, y en general, al peso corrupto del poder.


En la novela negra de América Latina, los detectives, ya sea que trabajen para el Estado o lo hagan por su cuenta, deben moverse en aguas infectadas; y como la línea entre el bien y el mal apenas de distingue, tampoco ellos pueden tener clara su propia rectitud de conducta, y no pocas veces terminan contaminándose. Las instituciones están minadas por el poder del crimen organizado, y la policía y las estructuras judiciales han sido tomadas por el narcotráfico. Y los que quieren comportarse como héroes saben que lo hacen por su propia cuenta y riesgo.


Desde que se presentan en el lugar de los hechos, saben que todo huele a podrido, y que deberán marchar contracorriente, abriéndose paso entre una maraña de trampas. Un camino que conduce al desengaño, y de allí al cinismo, como el Zurdo Mendieta, el héroe, o antihéroe, de las novelas de Elmer Mendoza, cuyo teatro de operaciones es nada menos que el estado de Sinaloa, donde los cárteles del narcotráfico son los que definen las fronteras de la ética.


Entonces el género sirve, como en ninguna otra literatura, para retratar las sociedades en que vivimos, como una nueva manera de realismo literario, más eficaz que cualquier otro. O una especie de naturalismo del siglo XXI, lo negro, lo sucio, lo descarnado. Destapar el albañal. La novela policiaca se convierte así en un vehículo para contarnos cómo son los países en que vivimos, o para recordárnoslo.


La novela negra se convierte en el espejo de la corrupción trasnacional, como la alentada desde Brasil por Odebrecht, por ejemplo; el tráfico de drogas, un negocio también trasnacional, la conversión a ojos vista de no pocos estados de derecho en estados fallidos, o en narcoestados. El pillaje descarado con los bienes públicos, el enriquecimiento ilícito, el dinero fácil, el fracaso de la ley y el arrinconamiento de la justicia al desván de los trastos inservibles. La impunidad.


Cada sociedad tiene la literatura que se merece, o la que necesita. En este sentido, no pareciera sino que la novela negra está destinada a reinar en América Latina. n
Panamá, agosto de 2017
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Después de 53 años de clandestinidad desde que en 1964 fueron creadas como respuesta a la represión contra la región de Marquetalia, por primera vez el himno de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) se escuchó en el centro de Bogotá.

Junto al himno nacional de Colombia, cientos de ex guerrilleros de las FARC, muchos de ellos asumiendo por primera vez y de forma pública su militancia, corearon un himno cuya estrofa principal dice "Guerrilleros de las FARC /con el pueblo a triunfar /por la patria, la tierra y el pan. Guerrilleros de las FARC /a la voz de la unidad / alcanzad la libertad".

De manera simbólica, el primer mensaje le correspondió a Pablo Beltrán, comandante y jefe de la delegación de paz del Ejército de Liberación Nacional (ELN), quien mediante un video dio la bienvenida al nuevo partido de las FARC, subrayando la necesidad de la militancia en tiempos difíciles. Fueron también varias referencias las que se hicieron en el primer día de Congreso a la necesidad de que se produzca un cese del fuego y se lleve adelante un proceso de paz entre el ELN y el gobierno colombiano.

Una vez dada la bienvenida a todas y todos los delegados al Congreso que dará a luz a un nuevo partido que debe tener un rol crucial en la política colombiana, tomó la palabra su comandante en jefe, Rodrigo Londoño, más conocido como Timoleón Jiménez Timochenko, quien nos dejó el mensaje de que una vez terminada la guerra, ahora toca construir la paz, pero todo ello sin renunciar al proyecto de sociedad de las FARC, que buscará un régimen político democrático que promueva el bienestar de la sociedad, desde el respeto a los derechos humanos y la justicia social.

Pero la intervención principal de la jornada inaugural le correspondería al comandante Iván Márquez, jefe de la delegación de paz de las FARC-EP durante los diálogos de La Habana que propiciaron el acuerdo con el Estado colombiano.

Tras rememorar negociaciones pasadas que no llegaron a buen puerto, como las de Uribe, o las de Tlaxcala, Caguán o Caracas, hizo un balance del momento actual del proceso de paz en Colombia. Márquez aseveró que la paz alcanzada no es perfecta, pues es una paz negociada, basada en acuerdos –precarios en muchos casos–, pero debe ser una paz que abra las grandes alamedas del buen vivir y el bienestar de las grandes mayorías.

Sin embargo, no hubo espacio para el triunfalismo en la intervención del negociador jefe de la ex guerrilla, muy crítico del gobierno colombiano, al que interpeló mediante la expresión latina pacta sunt servanda (lo pactado obliga), una forma de decir que los acuerdos son para honrarlos, y una crítica velada a los reiterados incumplimientos que se vienen dando a los Acuerdos de Paz de La Habana, ya depositados ante el gobierno de Suiza, y por tanto, imposibles de modificar. Márquez subrayó la manifiesta debilidad de un gobierno que cede a las presiones, y que no controla los diferentes resortes de un Estado que debe velar por la realización de lo pactado.

Respecto de lo acordado, se hizo especial énfasis en el de la reincorporación a la vida política una vez completado el ciclo de lucha armada, aunque dejando claro que este tema, la reincorporación, no se puede dejar exclusivamente en manos del Estado.

Lo que sí es parte de los acuerdos y no se ha cumplido, es la amnistía para los guerrilleros. A pesar de haber sido liberados centenares de ex combatientes, es un asunto crucial para las FARC la liberación de todos y cada uno de los prisioneros políticos. Asimismo, fueron numerosas las referencias a Simón Trinidad, comandante del Bloque Caribe, extraditado por Álvaro Uribe a Estados Unidos en una operación que buscaba ligar a las FARC con el narcotráfico, y que actualmente cumple condena en el país norteamericano, a pesar de que se solicitó que pudiera ser parte del equipo negociador durante los diálogos de La Habana.

Pero también hubo tiempo en la intervención principal de la jornada inaugural para mirar al futuro, para trazar algunas de las líneas que se van a debatir durante los próximos tres días de congreso a puerta cerrada entre los más de mil delegados acreditados.

Tres fueron los ejes principales que Márquez colocó encima de la mesa para la discusión en su informe. En primer lugar, la expansión hacia lo urbano, dejar de ser una organización predominantemente de ámbito rural para apostar por una creciente y expansiva proyección en los centros urbanos del país. Un partido asentado en las ciudades que apueste por una economía alternativa.

En segundo lugar, y respecto del carácter de la nueva organización política, se propone crear un partido-movimiento, superando una falsa dicotomía entre partido de cuadros y partido de masas. La definición final la dará la propia praxis del nuevo grupo político, pero el compromiso es claro por una organización que se articule, y no necesariamente lidere, con las luchas reales a lo largo y ancho de Colombia.

Finalmente, y ya con las elecciones presidenciales de mayo 2018 en el horizonte, lo expuesto en el informe central al congreso fundacional no tuvo ninguna ambigüedad. El nuevo partido de las FARC-EP promoverá una convergencia política, una gran coalición que permita desnivelar la balanza en favor de las fuerzas que apuestan por la paz.

El mensaje final de Márquez fue el de la necesidad de la unidad, un guiño a los referentes políticos de las FARC-EP, Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, así como a Simón Bolívar: "Unidos seremos fuertes y mereceremos respeto, divididos y aislados pereceremos".

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Investigadores de la Universidad de California lograron retener las remembranzas beneficiosas y suprimir las perjudiciales en ratones

Ayudará a tratar el trastorno de estrés postraumático



Investigadores de la Universidad de California en Riverside, Estados Unidos, idearon un método para eliminar selectivamente los recuerdos de miedo en particular, debilitando las conexiones entre las células nerviosas (neuronas) involucradas en la formación de esas imágenes en la memoria.

Una visión, sonido u olor que hemos detectado no puede desencadenar más tarde el miedo, pero si el estímulo se asocia con un evento traumático, como un accidente automovilístico, se forma un recuerdo y las respuestas temibles son activadas por él.

Para sobrevivir en un ambiente dinámico, los animales desarrollan respuestas de miedo a situaciones peligrosas. Sin embargo, no todos los recuerdos en ese sentido, como los del trastorno de estrés postraumático (TEPT), son beneficiosos para nuestra supervivencia. Por ejemplo, mientras una respuesta extremadamente temible a la vista de un helicóptero no es útil para un veterano de guerra, una reacción rápida al sonido de un disparo sigue siendo necesaria. Por el contrario, para los supervivientes de accidentes de coche, no sería bueno revivir el trauma cada vez que se sientan en un auto.

En sus experimentos de laboratorio, Jun-Hyeong Cho, profesor asistente de Biología Molecular, Celular y de Sistemas, y Woong Bin Kim, su investigador posdoctoral, descubrieron que el recuerdo del miedo puede manipularse de tal manera que los beneficiosos son retenidos, mientras los perjudiciales para nuestra vida cotidiana se suprimen.

La investigación, hecha usando un modelo de ratón y publicada en Neuron, ofrece ideas sobre cómo pueden tratarse mejor el TEPS y fobias específicas. "En el cerebro, las neuronas se comunican entre sí por medio de conexiones sinápticas, en las que las señales de una neurona se transmiten a otra por medio de neurotransmisores", subrayó Cho, quien dirigió la investigación.

"Hemos demostrado que la formación del recuerdo del miedo asociada con una señal auditiva específica implica el fortalecimiento selectivo en las conexiones sinápticas que las transmiten a la amígdala, área del cerebro esencial para el aprendizaje del miedo y la memoria. También comprobamos que el debilitamiento selectivo de las conexiones borró el recuerdo del miedo por la señal auditiva", detalló.

En el laboratorio, Cho y Kim expusieron a ratones a dos sonidos: un tono alto y uno bajo. Ninguno de los dos produjo una respuesta de miedo en los roedores. A continuación, emparejaron sólo el agudo con una suave descarga en la pata de los animales. Después de esto, volvieron a exponer a los ratones a los dos tonos.

Para el tono alto (sin acompañamiento de la descarga), los ratones respondieron cesando todo el movimiento, llamado comportamiento de congelación. Los ratones no mostraron tal respuesta al sonido bajo (sin descarga). Los investigadores descubrieron que este entrenamiento conductual fortaleció las conexiones sinápticas que transmiten las señales de tono alto a la amígdala.

Entonces, los científicos emplearon un método llamado optogenética para debilitar la conexión sináptica con la luz, que borró el recuerdo de miedo para el tono alto. "Las neuronas que reciben las señales de tono de alto y bajo están entremezcladas", subraya Cho, miembro del Centro de Interacciones Glial-Neuronales en la Escuela de Medicina de la UC Riverside.

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Evo Morales nombró a los integrantes de la comisión para que informe sobre violaciones a los DD.HH. entre 1964 y 1982.

 

Bolivia estableció ayer una comisión de la verdad para investigar las violaciones a los derechos humanos cometidos durante gobiernos militares en las décadas 1960, 1970 y 1980, aunque las Fuerzas Armadas señalaron que existe poca información sobre esos años en sus archivos.


El presidente Evo Morales, en el poder desde 2006, nombró por decreto a cinco miembros de la comisión, entre ellos el veterano exlíder minero Edgar Ramírez, quienes tomaron posesión de su nuevo cargo en un acto público celebrado en el Palacio de Gobierno. La comisión nace casi 35 años después del último gobierno militar, que entregó el poder a uno civil tras esporádicas administraciones democráticas.


Morales señaló que, según la información histórica existente, entre 1964 y 1982 se registraron “al menos 1.392 políticos asesinados, 486 desaparecidos y 2.868 exiliados y confinados”.


El ícono de los desaparecidos es el líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz, muerto en 1980 durante el golpe encabezado por el entonces general Luis García Meza, hoy preso con una sentencia de 30 años.


La comisión era una exigencia de las víctimas y familiares de las dictaduras militares, para que la historia boliviana dilucide esos oscuros momentos políticos.
El presidente de la organizaci¢n Plataforma de Luchadores Sociales contra la Impunidad, por la Justicia y la Memoria Histórica del Pueblo Boliviano, Julio Llanos, dijo recientemente que la instancia debe ser para “un resarcimiento integral a las víctimas, para establecer una verdad histórica de los hechos”.


La comisión es el resultado de una ley que el mismo Morales aprobó en 2016. No obstante, las víctimas se habían quejado del retraso en la designación de los integrantes para llevar a cabo la investigaci¢n.


“Cuando hablamos de dictaduras y de golpes de Estado, hablamos de Estados Unidos y de todo un programa que obedece a una cuestión geopolítica de dominio y un dominio para saqueo de los recursos naturales”, afirmó el gobernante durante el acto oficial.


De acuerdo a la legislación, este comité‚ investigará asesinatos, desapariciones forzadas, torturas, detenciones arbitrarias y violencia sexual, cuando Bolivia estuvo gobernada por varios regímenes militares de la derecha en décadas pasadas. El fin es también identificar a los responsables y sugerir eventuales procesos legales.


El exlíder minero Ramírez, actualmente director del archivo de la estatal Corporación Minera de Bolivia (Comibol), subrayó en su discurso que “la comisión de la verdad es para desentrañar lo que verdaderamente ocurrió en Bolivia, que ha sido lacerado por varias dictaduras”.


La ley obliga a que el Ministerio de Defensa, las Fuerzas Armadas e instituciones públicas y privadas permitan el acceso a toda la documentación existente sobre esos años, según indic¢ el titular del área Reymi Ferreira. Empero, los militares reiteraron ayer que la información es escasa.


El jefe de las Fuerzas Armadas, Luis Ariñez, dijo que debe haber alguna información, pero descartó que en los archivos esté “toda la historia”. “Es posible que todos esos archivos hayan sido destruidos en su momento”, aunque aseguró que entregarán el material “que dispongamos”.


Morales tomó la decisión de crear la comisión tras un primer proceso para indemnizar a las víctimas, luego de una revisión de datos que realizó el Ministerio de Justicia. Pero las víctimas exigían la verdad histórica de los hechos y una indemnización integral, pues consideran que los montos cancelados eran irrisorios frente a los vejámenes sufridos.


La instancia investigadora es el segundo intento de Bolivia para averiguar qué ocurrió desde 1964 hasta 1982. La primera vez fue impulsada en 1982 por el entonces presidente izquierdista Hernán Siles, apenas instalado en el poder. La nueva comisión de la verdad esta integrada por Ramírez, Nila Heredia, exministra de Salud de Evo Morales; el exasesor jurídico de Gobierno, Eusebio Gironda; el exdirigente sindical Teodoro Barrientos, y la activista Isabel Viscarra.

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Trelew, Argentina.

El dinosaurio más grande del mundo, un titanosaurio hallado en el sur de Argentina, tiene al fin un nombre propio: Patagotitan mayorum.

El gigante de la Patagonia midió 37 metros y pesó unas 70 toneladas, como 10 elefantes juntos o un avión Boeing 737, y vivió hace entre 100 y 85 millones de años, informó este miércoles el investigador José Luis Carballido, del Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF), en una conferencia de prensa realizada en Trelew.

El nombre que recibió el más grande de todos los dinosaurios hallados en el planeta es parte de una investigación realizada por el equipo del MEF junto a otros expertos argentinos y de Estados Unidos, que fue publicada por la revista científica británica Proceedings of the Royal Society.

Fuerza y gran tamaño

El estudio permite entender aspectos de la evolución de los saurópodos. Patagotitan mayorum hace alusión a la procedencia geográfica de los fósiles, la Patagonia, y a "titán", que simboliza fuerza y gran tamaño, por lo que se puede interpretar como el "gigante de la Patagonia", explicaron los científicos.

El nombre específico mayorum fue puesto en honor a la familia Mayo, dueña de la estancia La Flecha, donde se hallaron los primeros fósiles. Un trabajador rural descubrió en 2012 el primer hueso de lo que sería uno de los más importantes hallazgos de la paleontología.

En la zona se encontraron más de 150 fósiles pertenecientes a los restos de al menos seis ejemplares de la misma especie de dinosaurio gigante, saurópodos. Esto permitió la reconstrucción anatómica más completa de los herbívoros más grandes en la historia del planeta.

Una réplica del esqueleto del dinosaurio está en exhibición en el Museo de Historia Natural de Estados Unidos. Es tan grande que la cabeza de la criatura se asoma hacia un pasillo del recinto.

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El presidente Morales destacó el crecimiento económico de Bolivia, pese al descenso del precio del petróleo. Resaltó que aumentó la inversión pública y la demanda interna de energía eléctrica y que hay nuevas industrias.

 

Evo Morales destacó el crecimiento económico de su país en las celebraciones por el 192º aniversario de la Independencia boliviana, festejo realizado por primera vez en la ciudad norteña de Cobija, fronteriza con Brasil. En un discurso pronunciado en la sesión especial del Parlamento, el gobernante señaló que el descenso del precio del petróleo, indexado el valor del gas natural, tuvo repercusiones en algunos indicadores y señaló que pese a ese inconveniente los valores financieros se mantienen en alza. “Ya no estamos en tiempos de lamento, se acabó el lamento boliviano, son tiempos de mucha fortaleza”, sostuvo el jefe de Estado durante el brindis que se organizó en el almuerzo ofrecido por el aniversario patrio. También en el marco del aniversario habló el vicepresidente Alvaro García Linera, quien aprovechó su discurso para criticar lo que definió como “medioambientalismo colonial elitista” proveniente de las naciones del norte, afirmando que esa visión da un trato desigual a la problemática del medioambiente en el mundo y es ciego a la necesidad de desarrollo de las naciones pobres.


En su discurso, Evo Morales indicó que entre 2006 y 2014, antes de que se desatara la crisis por el precio del petróleo, el promedio de crecimiento de América latina fue de 3,98 por ciento, mientras que el de Bolivia había sido de 4,95 por ciento. Según el mandatario, con la actual crisis económica, la región creció en promedio un 0,36 por ciento mientras que el indicador de Bolivia alcanzó el 4,8 por ciento. El líder de la fuerza Movimiento al Socialismo también resaltó que la inversión pública pasó de 629 millones de dólares en 2005 a los 6026 millones ejecutados en 2016, mientras que para este año se programó alcanzar un monto de 8229 millones.


Como otro símbolo de la buena salud de la que goza la economía boliviana, el presidente destacó además el aumento obtenido por los depósitos en el sistema financiero, que en 2016 llegaron a 21.500 millones de dólares y en junio se ubicaron en 21.777 millones. Morales se lamentó, por otra parte, por la caída de las reservas internacionales del pico máximo de 15.000 millones de dólares alcanzado en 2015 a 10.000 millones en 2016, si bien indicó que la recuperación comenzó en el primer semestre del año, al registrar 10.333 millones.


El bajo precio de los hidrocarburos incidió en los ingresos que percibe el país por la renta petrolera, que cayó de 5.000 millones de dólares alcanzados en 2014 a 1.700 millones en 2016. No obstante, dijo que antes de la nacionalización petrolera decretada en 2006, la renta para el Estado era de 300 millones de dólares y, en comparación, aseguró que para este año se esperaban recaudar 1855 millones aproximadamente.


Asimismo, el mandatario resaltó que la inversión anual en el sector de hidrocarburos tuvo un promedio de 2000 millones de dólares en los últimos once años y que para 2017 se prevén 1876 millones. La demanda interna de energía eléctrica subió de 700 a 1500 megavatios, lo que, según Morales, significa que hay crecimiento económico, hay nuevas industrias pequeñas, medianas y grandes. En un país con poco más de 10 millones de habitantes, al menos 1,6 millones de bolivianos salieron de la pobreza extrema en la última década y la diferencia de ingresos entre ricos y pobres a nivel nacional se redujo de 128 a 46 veces, indicó el mandatario.


Según afirmó el gobernante, la clase media aumentó en casi tres millones de personas, entre 2005 y 2016, y la esperanza de vida de los bolivianos subió en ocho años, de 64 a 72. En el discurso, Morales reiteró su preocupación por la tasa de desempleo, que llegó a 4,5 por ciento, aunque señaló que es la menor en comparación con el resto de la región.


En el ámbito internacional, solo se refirió a las controversias de su país con Chile por la demanda marítima y la naturaleza de las aguas del Silala, y pidió la nación austral que deponga las “actitudes hostiles” y retome el diálogo bilateral para resolver los problemas.


La presentación de Morales fue precedida por un discurso de Alvaro García Linera referido al cambio climático y al calentamiento global, que parecía justificar la decisión del oficialismo de aprobar una ley para intervenir en el parque Tipnis. El vicepresidente boliviano habló del tema en un discurso al inaugurar la sesión especial de la Asamblea Legislativa, en Cobija. “No hay nada más intensamente político que la naturaleza y el debate sobre el medioambiente”, sostuvo y reivindicó la necesidad de un “ecologismo socialista” que, además de proteger la naturaleza, incorpore también las necesidades del ser humano.


La Cámara de Diputados aprobó la semana pasada una ley que quita la intangibilidad del parque nacional Tipnis, para permitir la construcción de una carretera a través de la reserva, pese al rechazo y la resistencia de grupos indígenas y ecologistas. El vicepresidente dijo que los culpables del calentamiento global no sufren los efectos de la catástrofe ambiental, a diferencia de lo que ocurre con las naciones pobres que tienen menos responsabilidades, pero son las que más padecen por ese impacto. Además, sostuvo que Bolivia contribuye con un 0,1 por ciento de los gases de efecto invernadero, pero los árboles de su zona amazónica capturan y limpian el 2 por ciento del dióxido de carbono mundial y aportan el 2 por ciento del oxígeno del planeta.

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Domingo, 06 Agosto 2017 11:01

Hiroshima, nuestro amor

Hace unos días, tres árboles Gingko que mi mujer y yo habíamos plantado frente a nuestro hogar en Durham, Carolina del Norte, sufrieron un asalto a mansalva. Cuando salí a defenderlos de un tropel de trabajadores que excavaban hoyos gigantescos justo al lado de las raíces de esos árboles para enterrar cables de fibra óptica, largos y sinuosos y amarillos como serpientes, me animaba no solo el deseo de salvar a esos hermosos retoños de las depredaciones de la modernidad, sino también inspirado por la memoria de la primera vez, treinta y tres años atrás en Hiroshima, que supe de los Gingko, la primera vez que tuve la suerte de conocerlos.

–Tiene Usted que ver los Hibakujumoku, los árboles sobrevivientes –me dijo Akihiro Takahashi, el director del Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, casi comandándomelo imperiosamente al final de una larga conversación en su oficina–, tiene que ver los Gingko.

Me había estado relatando la historia de su propia supervivencia a la edad de catorce años después que la bomba atómica cayó sobre su ciudad el 6 de agosto de 1945, gracias a que se encontraba en su escuela a un kilómetro y medio del epicentro. Minuciosamente fue desplegando su experiencia: un centelleo de luz seguido por un estallido ensordecedor que le hizo perder la conciencia, despertando para hallarse, trastornado y cubierto de quemaduras, lanzado contra un muro a diez metros de distancia. Y lo que había visto cuando se dirigió hacia un río cercano para ver si las aguas le apaciguaban la piel calcinada. Una escena apocalíptica: cadáveres esparcidos como rocas, un bebé que lloraba en los brazos de su mamá incinerada, hombres atravesados por pedazos de vidrio deambulando por las ruinas de calles y puentes como fantasmas, con la ropa hecha harapos, el aire ennegrecido e irrespirable, barrios enteros ardiendo, 85 mil hombres, mujeres y niños muertos instantáneamente, los miles que sucumbieron después debido a lesiones y radiación. El cuerpo de Takahashi ostentaba señales de ese crimen de guerra y su persistente desenlace. Una de sus orejas estaba chata y deforme, y sus manos retorcidas y encrespadas, con uñas largas y negras que crecían de varios dedos. Una de esas manos gesticuló hacia la ciudad más allá del Museo donde los Gingko, insistió, por medio de un intérprete, probarían mejor de lo que él lo pudiera hacer, la perduración de la esperanza, la necesidad de buscar la paz y la reconciliación.

Y, en efecto, los tres árboles que visité en los templos de Hosen-Ji y Miyojoin-Ji y en los jardines de Shukkeien eran una maravilla, frondosos y magníficos y obstinados. Protegidos por la profundidad de sus raíces, germinando nuevos brotes casi inmediatamente después de la explosión, estos árboles venían a ser expertos en el arte de sobrevivir, una especie, me contó el intérprete, que tenía, según fósiles encontrados en China, 270 millones de años de antigüedad. Se estimaba que bien podía ser uno de los seres vivos con más existencia ininterrumpida en el planeta. Y algunos ejemplares llegaban a cumplir más de dos mil quinientos años. Y estos, los que miraba yo con reverencia en Hiroshima, habían brotado de verde en medio de cuerpos carbonizados y gritos de humanos agonizantes, mientras caía una lluvia negra.

Y fue así que, décadas más tarde, cuando los majestuosos robles que se sembraron hace setenta años atrás en Durham, comenzaron a morirse y fue necesario derribarlos, nos pareció natural, casi inevitable, reemplazarlos con árboles Gingko. Adquirimos dos ejemplares bonitos y los hicimos plantar, a nuestras expensas, en la vereda frente a nuestro hogar, e incluso persuadimos al municipio de que cultivara otro para el vecino. No se trataba tan solo de desafiar a la muerte –estos árboles perdurarían más allá de los robles, estarían acá cuando nosotros ya no respiráramos, a estos árboles no los derribarían con facilidad– sino también de una decisión estética. Los Gingko son elegantes y dúctiles, y sus hojas se presentan en delicados lóbulos verdes en forma de pequeños abanicos encantadores.

He ido regando todos los días esos árboles milagrosos y cada madrugada les doy la bienvenida, llegando en algunas ocasiones a hablar con ellos, canturrearles una que otra melodía.

No era extraño, entonces, que cuando presencié una caterva de trabajadores cavando zanjas al lado de los Gingko, poniendo sus raíces al alcance de los cables mortíferos, me lancé al rescate. Ayudado por mi castellano (todos los que labraban eran de origen hispano, probablemente indocumentados), los convencí con vehemencia de que alejaran sus fosas de los Gingko. Enseguida hice lo propio a lo largo de la calle donde otros árboles peligraban.

Por cierto, el destino de estos ejemplares específicos que fueron liberados de este trance es trivial comparado con las vidas arrasadas por el estallido nuclear, pero hay, sin embargo, un simbolismo más profundo que emerge de esta embestida del “Giga-Power” contra los Gingko que siguen agraciando nuestro vecindario. Es un conflicto, después de todo, entre la naturaleza en su forma más prístina, lenta y sublime y las exigencias una sociedad de alta velocidad que, armada de una prodigiosa capacidad tecnológica, se expande en forma supersónica, perforando atropelladamente cualquier espacio o territorio que se encuentre en su camino, con tal de lograr comunicaciones más rápidas y eficientes e instantáneas. Es una batalla que, como cada día es más evidente, la Tierra está perdiendo.

Lejos de mí oponerme al progreso y el contacto global, y menos todavía ahora en esta época en que el chovinismo aislacionista muestra sus garras. Me seduce la idea de que las múltiples hebras de la humanidad se entrelacen por medio de cables y fibras ópticas que podrían permitirnos ensayar la paz y el entendimiento entre diferentes culturas y naciones que Akihiro Takahashi soñó en Hiroshima. Pero me perturba la irresponsabilidad con que aceleramos hacia el futuro con nuestra tecnología arrogante, sin medir las consecuencias de nuestras acciones, cuántos Gingko –y no solo aquellos árboles, sino que todos los animales y especies– están amenazados hoy por nuestros deseos insaciables, nuestra búsqueda incesante del desarrollo, nuestra incapacidad de medir la alegría y la felicidad sino a través del último artefacto y la conexión más vertiginosa y la primacía del dinero y las ganancias.

Los Gingko de Hiroshima, esos tenaces hermanos y hermanas mayores de los tiernos retoños frente a nuestra casa en Carolina del Norte, fueron capaces de resistir las secuelas más devastadoras de la ciencia y la tecnología, la división del átomo, un poder destructivo que puede convertir el planeta entero en un cementerio.

Su supervivencia constituyó un mensaje de esperanza en medio de la lluvia negra de la desolación, la esperanza de que trataríamos la vida, como lo han hecho ellos, con reverencia, templando las fuerzas desenfrenadas que pueden llevarnos a todos a la extinción.

Cuán paradójico, cuán triste, cuán estúpido sería que, setenta y dos años después que Hiroshima abriera las compuertas al posible suicidio de la humanidad, no hayamos comprendido esa advertencia, ese llamado al futuro, lo que las hojas suaves de los Gingko todavía tratan de murmurarnos.

* Autor de La muerte y la doncella y, más recientemente, la novela Allegro, vive con su mujer en Estados Unidos y Chile.

Publicado en Sociedad
Domingo, 30 Julio 2017 06:23

Una irresistible sensación de libertad

El aniversario de “Cien años de soledad” sacude el ambiente literario de Colombia y de otras partes del mundo. Las celebraciones se extienden hasta fines de 2017, las reediciones se multiplican. Todo busca renovar el deslumbramiento provocado por la novela, la apasionada recepción de que disfrutó hace cinco décadas. En forma paralela, hay discusiones sobre su vigencia, el lugar de la mujer en su literatura y el zarandeado realismo mágico. Es buen momento para repasar cómo un libro sobre un pueblo ficticio de Colombia se convirtió en una de las novelas más universales del siglo XX.

 

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” ¿Cuántos lectores, en todo el mundo, guardan en su memoria este comienzo iluminado? ¿Y cuántos nuevos lectores –pienso sobre todo en los adolescentes posmodernos– podrán ser hoy cautivados por la intensidad y la exuberancia de esas aventuras alocadas? En realidad habría que preguntarse cuál fue la alquimia de Cien años de soledad, por qué llegó a leyenda o mito, qué mecanismo puso en funcionamiento para que escritores de primera línea y obra tan disímil como el británico Salman Rushdie, el checo Milan Kundera, el chino Mo Yan –Nobel de literatura en 2012–, el estadounidense Paul Auster y tantos otros, confesaran que en esa escritura de lo fundacional y de lo arcaico encontraron inspiración para sus historias.


Tal vez la pesquisa pueda iniciarse invocando una escena de origen que, junto a otras que los fieles del colombiano suelen recordar, forma parte de la leyenda que rodea la publicación. Imaginemos a Gabo con Mercedes y sus dos hijos en un viaje a las playas de Acapulco a principios de 1965. La impresión que tuvo, en cierto momento, de ser fulminado “por un cataclismo del alma” que apenas le permitió eludir a una vaca que se atravesó en la carretera. La excitación de su hijo Rodrigo –el futuro cineasta– cuando exclamó: “¡Yo también, cuando sea grande, voy a matar vacas en la carretera!”.
Pero sucede que al colombiano siempre le gustó confundir a la prensa, y cuando le preguntaban cómo se le había ocurrido Cien años... podía echar mano a esa anécdota o decir que en el mismo viaje se oyó repetir en voz alta la primera frase de una novela que le rondaba hacía tiempo, que de inmediato suspendió el paseo para regresar y escribirla, o que igual se fueron a la playa pero él no tuvo paz porque las voces le perforaban la cabeza.


Contaba, además, que de regreso trabajó sin pausa durante año y medio “hasta la línea final en que a Macondo se lo lleva el carajo”. Durante esos meses su mujer empeñó plancha, secador y tostadora para comer. Cuando parecía que el desenlace era inminente, las 500 páginas de la última copia recién mecanografiada volaron en una esquina de Ciudad de México y casi se pierden bajo la lluvia. Como si esto fuera poco, el dinero que tenían para enviarlas a su editor en Buenos Aires sólo alcanzó para la mitad y, en un desliz, despacharon la segunda parte. Como se ve, García Márquez cuidó que también el origen de la novela se hundiera en la bruma del mito, maquilló la realidad para hacerla más atractiva. Por algo en el epígrafe de Vivir para contarla, su autobiografía de 2002, escribió: “La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”.


Hasta la portada improvisada de la primera edición –un galeón azul contra un bosque espectral y en la base tres grandes flores amarillas– forma parte de esa leyenda, ya que la diseñada por Vicente Rojo, con la enigmática E al revés en el título, no llegó a tiempo, si bien se utilizó en la segunda edición. Es dato confirmado que un librero ecuatoriano corrigió la E en cada ejemplar que vendió, seguro de que se trataba de un error tipográfico. Muchos pensaron lo mismo.


El 30 de mayo de 1967, con 40 años de edad, los mismos que tenía el patriarca José Arcadio Buendía cuando reveló a sus hijos su descubrimiento de que “la Tierra era redonda como una naranja”, García Márquez presentó al mundo la novela de su vida, tan redonda y apetitosa como una naranja. Lo que siguió fue una avalancha inesperada: la historia de Macondo y de las siete generaciones de la familia Buendía no sólo identificaron a los pueblos de América Latina, sino que llegaron al corazón de lectores de todo el mundo. El libro fue traducido a más de cincuenta lenguas, esperanto incluido, lo publicaron más de cien editoriales, se vendieron más de 40 millones de copias, cifra que continúa incrementándose. Sin contar las ediciones pirata. Bellísima es la reciente edición de Random House, de tapa dura y buen tamaño, que incluye árbol genealógico y está ilustrada con profusión y colorido garcíamarquiano por la artista e ilustradora chilena Luisa Rivera. Canciones, películas, series de televisión, historietas, pinturas y esculturas se han inspirado en Cien años..., en sus personajes y nombres inolvidables, como Macondo, Úrsula Iguarán, Aureliano Buendía o Mauricio Babilonia, una figura secundaria que deviene ícono por el prodigio de llevar siempre sobre su cabeza una nube de mariposas amarillas.


Infancia, política, pedofilia.


Nacido en 1927 en un pueblito desvencijado llamado Aracataca, en el año 1940 García Márquez ya estaba en Bogotá, pero Aracataca, su bárbara “tierra caliente” colombiana, siempre lo perseguiría. De las memorias infantiles de ese pueblo desenrolló el hilo maravilloso de sus narraciones, que alcanza su punto culminante en Cien años..., aunque ya está presente en los relatos de juventud, marca el resto de su obra y reaparece en tanto que cierre y reescritura en Vivir para contarla. Se trata de una inmoderada literatura de lo inaugural, que diseña un marco espacio-temporal cimentado con tópicos imaginarios de lo primitivo. Comprende la historia personal, el origen familiar, la construcción de una casa, la fundación de un pueblo, la invención de un país y de América Latina. Recupera mitos grecorromanos y bíblicos, el Génesis, el paraíso, la utopía.


Pocas semanas después de la publicación de la novela, Ángel Rama escribía en Marcha: “Sería largo mostrar los tramos que llevan a esta irrefrenable sensación de libertad que sostiene Cien años de soledad y le otorga ese aire abierto que permite entrar y salir gozosamente de su materia. Las que originariamente fueron simplemente las ‘palabras en libertad’ de los poetas surrealistas, han devenido ahora ‘situaciones y personajes en libertad’, y es su grandeza y su permanente riesgo, porque todos se mueven sobre la cuerda floja, lo que determina el valor superior de este gran arte narrativo”.1


La novela se convirtió en texto de referencia para los gobiernos de izquierda de Europa del este, Asia y buena parte de América Latina. Las peripecias del coronel Aureliano Buendía, líder de varias revoluciones fracasadas contra un gobierno conservador, y temas como la pobreza en el campo y la explotación de la tierra por empresas extranjeras, favorecieron su difusión en los países socialistas.


Pero más allá de temas políticos y sociales, Cien años... definió una época de la literatura universal y se vio envuelta en tantas interpretaciones como lectores tuvo. No fue sólo la cima del llamado boom de la literatura latinoamericana, sino que hizo popular un estilo conocido como realismo mágico, atiborrado de escenas extraordinarias y de magia. Y en esa ficción, o desde esa ficción, en la cual el lector se pierde jubilosamente, corporiza graves temas de fondo, como las injusticias y la violencia del universo rural.
Por supuesto, hubo y habrá detractores. Los más acérrimos tal vez se encuentren en filas del feminismo, que no perdona al autor el tratamiento de las mujeres en la novela. Recientemente la escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero (1976) opinó sobre Cien años... en Casa América, de Madrid: “Es una historia de pedofilia, niñas prostituidas, incesto, virginidades inexpugnables, infidelidad, esposas sumisas, mujeres sin pecado que ascienden como la virgen María, mujeres a las que se viola en una maraña de descripciones que no dicen la palabra violación” . Parecidas acusaciones han merecido otros libros del autor, en especial La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (1978) y Memoria de mis putas tristes (2004), que llevan a la ficción algunos de esos temas.



Se hace camino al andar.


Hasta la publicación de Cien años... Gabo sobrevivió de los exiguos derechos de autor y las pocas traducciones de sus primeros libros, pero sobre todo de la ayuda de sus amigos, en particular Jomí García Ascot y María Luisa Elío, a quienes en eterno agradecimiento dedicó todas las ediciones de la novela menos la francesa, que fue para el escritor colombiano Álvaro Mutis, amigo desde los tiempos en que la familia García Márquez recurría al pretil de la ventana para que la leche no se malograra.


¿Cuáles fueron esos primeros libros, de escasa resonancia y poca venta, que condenaban a su autor a ser casi un desconocido? Sus dos primeras novelas, La hojarasca (1955) y El coronel no tiene quien le escriba (1961) –calificada por sus pares como perfecta–, la colección de cuentos Los funerales de la Mama Grande (1962) y La mala hora (1962), su tercera novela. Años más tarde, García Márquez confesó: “Mi problema grande de novelista era que después de aquellos libros me sentía metido en un callejón sin salida, y estaba buscando por todos lados una brecha para escapar. Sentía que me quedaban muchos libros pendientes, pero no concebía un modo convincente y poético de escribirlos”.


Mientras trabajaba en Cien años... se dio cuenta de que para narrar esas historias insurrectas que revoloteaban en su cabeza desde la adolescencia debía usar el mismo tono de su abuela cuando en su infancia le contaba patrañas colosales con una naturalidad pasmosa que desterraba cualquier vacilación.


Pero aun después de encontrar ese “modo convincente y poético”, García Márquez dudaba. Fuera del ámbito académico se conoce poco que, antes de terminar la novela, con el fin de explorar las reacciones de los lectores y prepararlos para su aparición –como hizo Onetti con las pedradas semanales de Periquito el Aguador que anunciaban en Marcha la senda urbana de El pozo–, publicó siete capítulos en periódicos y revistas que circulaban en más de veinte países: El Espectador de Bogotá, Primera Plana de Argentina, la problemática revista Mundo Nuevo, dirigida en París por Rodríguez Monegal, la mexicana Diálogos, la peruana Amaru, la colombiana Eco. Esos capítulos se olvidaron, porque se creyó que eran idénticos a los publicados en la primera edición. Pero hubo cambios: en el lenguaje, la estructura, la descripción de personajes. De ahí su valor para entender la génesis de la novela. Un solo ejemplo: Úrsula, la madre de José Arcadio, temía que su primogénito naciese con cola de cerdo por ser primos sus padres, pero él vino al mundo como “un hijo saludable”. En la edición final el autor acentúa el dramatismo y escribe: “Dio a luz un hijo con todas sus partes humanas”.


Capitán para rato.


En la nota citada, Rama repasó ese recorrido, subrayando los diversos tratamientos de “lo real” en la obra previa del colombiano y en la novela reciente: “la misma búsqueda de la realidad que signaba sus libros anteriores es la que aquí lo moviliza, pero en vez de encauzarse a través de una estricta elaboración realista que imponía pesar cada palabra, componer cada situación como una máquina perfecta de economía y austeridad expresiva, articular verosímilmente las operaciones insólitas de la realidad, ahora se encamina por una libérrima creación merced a la cual estima que toca ardiente y más próximamente lo real”.


Por aquel entonces Rama era el responsable de la editorial Arca. Desde los primeros libros de García Márquez, cuando pocos lo conocían, había difundido su obra con entusiasmo, y en 1965 le reeditó La hojarasca. Según la editora argentina Gloria Rodrigué, ex directora de Sudamericana y testigo de las gestiones de publicación de Cien años..., cuando Francisco Porrúa, el legendario asesor de esa editorial, le manifestó a García Márquez el interés de editarlo, éste respondió que “justo acababa de hacer un acuerdo con una editorial uruguaya, Arca, para publicar los libros, y que medio tenía comprometido, pero no firmado, el contrato para una novela que estaba terminando, Cien años de soledad”. Y añadió que “le gustaba tanto la idea de publicar en Sudamericana, editorial que siempre había admirado, que si podía deshacer los compromisos les iba a volver a escribir y se los iba a mandar”.2 Así fue como Uruguay perdió la legítima oportunidad de ser el país que publicase por primera vez Cien años de soledad.


Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Cortázar y el colombiano Álvaro Cepeda Samudio, entre otros escritores, intercambiaban sus lecturas de los originales. Según Álvaro Medina, cuando Cepeda concluyó la suya, exclamó: “No joda, el Gabo acaba de jalarse una cipote novela”. Vargas Llosa, más diplomático, escribió a Porrúa: “Los más viejos ya nos podemos morir, hay capitán para rato”.


Tal vez uno de los episodios más significativos que vivieron García Márquez y su mujer una vez que la primera edición llegó a las librerías ocurrió en un teatro de Buenos Aires. Los acompañaba Tomás Eloy Martínez, que evoca la sala en penumbra, el reflector que sigue a la pareja, el grito de “¡Bravo!” cuando iban a sentarse, los aplausos, otro grito: “¡Por su novela!”, y la sala entera poniéndose de pie. “En ese preciso instante –recuerda el argentino– vi que la fama bajaba del cielo envuelta en un deslumbrante aleteo de sábanas, como Remedios la Bella, y dejaba caer sobre García Márquez uno de esos vientos de luz que son inmunes a los estragos de los años”. Más adelante remató: “La vida de Gabo nunca volvió a ser igual. Y jamás quiso regresar a Buenos Aires”. Fue tal cual: una noche se fue a dormir casi como un desconocido y a la mañana siguiente lo perseguían por la calle como a una rockstar.


Quince años después ganó el premio Nobel de literatura. “No sé a qué hora sucedió todo –dijo en un congreso de la Real Academia de la Lengua Española–. Sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy no he hecho cosa distinta que levantarme todos los días temprano y sentarme ante un teclado, para llenar una página en blanco o una pantalla de computador, con la única misión de escribir una historia aún no contada por nadie, que le haga más feliz la vida a un lector inexistente.”


Una modalidad admisible para evaluar la obra de un escritor canonizado –que no abandonó el periodismo a lo largo de su vida– es la capacidad de reinventar representaciones del mundo que, aunque estuviesen presentes en la literatura anterior, cambian ahora de sentido. Es el caso de García Márquez y la novela que cumple cincuenta años. De la imaginación y la exuberancia con las que puso en escena una escritura del origen.


“Introducción a Cien años de soledad”, en Marcha, 2-IX-1967, pág 31.


(No puedo dejar de comentar que en una esquina de la página aparece por primera vez el poema de Idea Vilariño “Con los brazos atados”, dedicado a Vietnam. El título registra por error “abrazos”, aunque en el primer verso ya está el correcto “brazos”.)
2. “50 años. Cien años de soledad logró la cima sin publicidad”, Excelsior, Ciudad de México, 26-V-17.

Publicado en Cultura

Han dicho de ella que es guerrillera, la han querido judicializar, asesinar y desplazar. Lo último lo lograron y en ese hecho se ha centrado su lucha y resistencia. Con 75 años de edad, Ligia María Chaverra, conocida como la matriarca de la cuenca del Curvaradó, ubicada en las selvas chocoanas de Colombia, le ha puesto la cara a los paramilitares, al gobierno, a los empresarios, pero también a embajadores de todo el mundo. Desde las rústicas casas en medio de la selva, se ha desplazado hasta Costa Rica, México, Canadá, España, Suiza y Bélgica para denunciar que en 1997 las fuerzas militares en concordancia con estructuras paramilitares desplazaron y masacraron a los pobladores de Jiguamiandó y Curvaradó, departamento del Chocó.


“Dicen que soy guerrillera, pero yo he criado a ocho hijos y a 44 nietos. ¿Creen que he tenido tiempo para hacer la guerra?”, dice la matriarca. Para la comunidad, María Ligia no es otra cosa que una mujer que ha entregado su vida a la defensa del territorio, exigiendo igualdad de derechos para todas las personas sin distinción de género, raza o religión. Enseñando a niños, niñas, jóvenes y adultos la importancia de defender sus tierras fértiles de intereses económicos y políticos.


Hace 58 años llegó al Curvaradó donde se casa con Celdonio Martínez con quien tuvo 8 hijos. La vida parecía tranquila hasta que la Operación militar Septiembre Negro, diseñada por la Brigada 17 del Ejército colombiano en conjunto con paramilitares, que tuvo como epicentro el Curvaradó, la desplazó a ella, a su familia, y a 1500 pobladores. Luego empezó la militarización de la zona y Chaverra fue testigo de más de 70 crímenes entre asesinatos y desapariciones forzadas. Vio morir a vecinos, amigos y familiares.


Tras esa escalada de la violencia, vivió 6 meses escondida con sus nietos en las montañas chocoanas, donde la desnudez, el hambre, el frío pero sobre todo el miedo fueron las constantes. Cuando sonaban los disparos de un lado, debían desplazarse hacia otro lugar y así, sin ningún tipo de estabilidad vivió esos días con su familia. Al principio no sabía muy bien por qué los perseguían, “decían que se trataba de operaciones contra la guerrilla de las FARC”, pero cuando los pobladores volvieron al Curvaradó, el monocultivo de palma de aceite y de banano sembrados en lo que todavía para ellos era su hogar y sus tierras, explicó tal situación. “Por la palma fue nuestro despojo. La sangre de nuestros amigos y de nuestros hermanos ha abonado esa palma”, expresa incansablemente la matriarca.


La fe y creencias religiosas de esta lideresa la mantuvieron en pie y le permitieron seguir adelante en medio de la adversidad. Quienes la conocen, describen a Ligia como una persona religiosa, también como la expresión rural y afrodescendiente que mezcla discursos que practica en su propia vida. Puede hablar de gozarse una verbena, pero al tiempo guarda un fervor muy especial por la virgen María, y a su vez por el libertador Simón Bolívar. Su tabaco en la boca y su andar un poco cabizbaja han acompañado los pasos de quien ha liderado la permanencia en el territorio de las comunidades afro y mestizas en medio del conflicto armado colombiano.


Poco a poco su voz fue ganando espacios en la comunidad y esa fortaleza y credibilidad hizo que la población la escogiera como represente de las víctimas de esa operación militar, junto a la ONG, la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz. Juntos han denunciado ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, el drama en el que han vivido las comunidades del Chocó por el actuar gubernamental y paramilitar.


De ese trabajo, se constituyó Camelias, lugar blindado por medidas de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que entre otras cosas, condenó al Estado colombiano por su responsabilidad en las masacres que generaron el desplazamiento de Ligia María y de miles de familias afro y mestizas. Desde entonces, antes de ingresar al territorio donde habita Chaverra, se lee en un cartel, ‘Zona humanitaria Las Camelias, es tesoro lugar exclusivo de población civil. Prohibido el ingreso de actores armados’.


En medio de su labor como ama de casa y agricultora, ha continuado luchando para que el gobierno le cumpla a las comunidades, en medio de los señalamientos que dicen que María Ligia es integrante de la guerrilla de las FARC. Y es que sus conocidos aseguran que en diversas ocasiones esta líder afro ha sido perseguida y estigmatizada. Nunca ha negado la presencia de esa guerrilla en Curvaradó antes del desplazamiento, como tampoco ha dejado de plantear su posición política progresista, aunque eso no significa que piense igual a ellos.


En medio de la selva permanece custodiada con un esquema de protección que el gobierno fue obligado a brindarle. Sabe que es más que posible que su cabeza tenga precio, pero a pesar de su edad sigue potenciando sus valores al servicio de su familia y su comunidad. “Si me matan por decir la verdad, nada puedo hacer, quedarán mis hijos y mis nietos. Yo sólo he abierto camino para que otros sigan esta lucha”.


Hace unos meses, en la Zona Humanitaria Camelias se realizó una jornada cultural durante la semana de clases del Colegio de la comunidad. Allí se juntaron manos jóvenes negras y mestizas para rendir un homenaje a las enseñanzas, sabiduría, lucha y resistencia de Ligia María Chaverra. Hoy un mural de colores con la palabra resistencia, evidencia el legado que ha dejado la matriarca a las comunidades del Curvaradó.

 

Contagio Radio
26 julio 2017 0
Por: Mónica Lozano

Publicado en Colombia
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