Jueves, 20 Abril 2017 06:00

“La economía convencional esconde la ideología con ecuaciones matemáticas”

Escrito por ANDRÉS VILLENA
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La caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008 y, con ella, la puesta en cuestión del orden económico mundial no se ha saldado, desgraciadamente, con un cambio profundo en la orientación de las políticas públicas que rigen la vida social. A pesar de la persistencia y de la relativa buena salud del neoliberalismo, el malestar provocado por la crisis está llevando a que cada vez más economistas realicen trabajos para refutar los mitos económicos dominantes. Uno de estos casos es el de Eduardo Garzón (Logroño, 1988) que, con su ensayoDesmontando los mitos económicos de la derecha. Guía para que no te la den con queso (Ediciones Península), ha construido todo un antimanual para mostrar la verdadera cara de la economía dominante: un laberinto de razonamientos con apoyo matemático destinado a enmascarar una ideología al servicio de la conservación del statu quo y de los privilegios de las clases dominantes.

 

¿Cómo es el proceso de aprendizaje de la economía en la universidad? ¿Qué efectos acaba produciendo en los futuros economistas?


Se trata de un adoctrinamiento sutil. La ciencia económica es algo muy plural, con múltiples enfoques. El problema es que se enseña solo uno de ellos y se priva a los alumnos de conocer el resto de las perspectivas. Las personas que acaban estos estudios terminan pensando que el enfoque aprendido es el único posible y, después, ejerciendo como profesores, empresarios o tertulianos, actúan como si conociesen la verdad absoluta.


Muchos economistas le dirían que estos juicios económicos vienen apoyados por razonamientos matemáticos...


Cuando hablamos de la Economía, nos referimos a una ciencia social sujeta al libre albedrío del ser humano. Todo tiene mucho más que ver con la ética, con la moral, con la política y con el poder que con la resolución de un problema matemático. Por ejemplo, si un ayuntamiento tiene un presupuesto para construir o bien un colegio o bien una iglesia pero no las dos cosas, ese problema no tiene una única solución, no va a haber ninguna ciencia exacta que nos diga qué hacer. Eso dependerá más bien de las preferencias de cada una de las personas que se vayan a ver afectadas por esta decisión, lo que nos traslada a un ámbito subjetivo y de opinión. Por tanto, cuando uno intenta aplicar a esta realidad tan compleja y tan subjetiva herramientas matemáticas, no está utilizando instrumentos verdaderamente útiles para entenderla.


¿Y los modelos matemáticos? Son herramientas muy precisas...


La corriente convencional en Economía utiliza modelos matemáticos, pero partiendo de una serie de premisas que son como verdades indemostrables, que se dan por ciertas y que constituyen las reglas del juego que condicionan los resultados de la aplicación de la lógica matemática. Estas premisas no tienen por qué asemejarse en absoluto a la realidad. Una de las más conocidas afirma que el ser humano es un ser racional y que consume bienes y servicios de acuerdo con una función que define sus preferencias. Pero esto es ilógico, porque cada persona es diferente y, por tanto, tenemos preferencias distintas que, además, están sujetas a una multitud de variables incontrolables que no se pueden materializar en una ecuación. Esta es una de las trampas de la ciencia económica convencional: tratar de presentar una ciencia social como una ciencia exacta a través de fórmulas matemáticas y de ecuaciones, disfrazando algo que en realidad es una ideología.


Este enfoque dominante tiende a fortalecer el statu quoy los intereses de las clases poderosas. Si quieres prosperar en el mundo económico convencional, se te va a pedir que utilices bien los postulados oficiales. Por ejemplo, en la universidad se te pide una serie de méritos que serán mayores si se ajustan a los postulados convencionales; en cambio, si utilizas un enfoque más marginal, al estar menos valorado, lo tendrás mucho más difícil para obtener esos méritos, para publicar en las revistas científicas, etc. El sistema se retroalimenta mediante este mecanismo.


Afirma que el mercado es una criatura del Estado. Un economista convencional tiende a ver el mercado como un resultado del orden espontáneo, del libre intercambio entre las personas, cuanto más libre, mejor...


Cuando uno se aleja de los postulados oficiales, no cuesta mucho entender que el mercado tiene numerosas reglas, un lugar en el que se producen las transacciones comerciales, un procedimiento para realizarlas, etc. Todas estas reglas han sido creadas por el ser humano y por las autoridades competentes y responden a decisiones públicas que pueden ser autoritarias o democráticas. De hecho, cada uno de los mercados que existen en el mundo es distinto porque responde a decisiones políticas diferentes.


Cuando se dice que se va a “desregular” el mercado, en realidad, se lo quiere regular en función de otros intereses distintos a los existentes. El mercado siempre está regulado. Las Administraciones Públicas, mediante el salario mínimo, por ejemplo, lo regulan para proteger a los más débiles. Los liberales abogan por una regulación del mercado que no proteja a ningún colectivo frente a otro y en la que cada uno juegue con el poder que tiene. Este es el error del liberalismo: no tiene en cuenta que nacemos con unas reglas del juego trucadas y con agentes económicos que tienen muchísima más influencia y poder, por lo que se acaba imponiendo la ley del más fuerte.


¿Qué les diría a las personas de clase media o media baja desilusionadas con la política y que prefieren tener todo el dinero en sus bolsillos y depender de sus propios ahorros, sin intervención pública?


Pues les diría que un autónomo, por muy buena voluntad que tenga, si empieza un negocio y tiene que competir con las multinacionales, que tienen muchos más medios, poder e influencia, va a acabar perdiendo siempre. Y que la solución no es darle más libertad; la solución está precisamente en el control de los abusos de poder de esas grandes empresas, lo que requiere rediseñar las reglas de juego. Lo público, que no tiene por qué ser la política “en minúsculas”, es una herramienta que hay que utilizar de la mejor forma posible, sin corrupción, de manera democrática y participativa para disminuir estos efectos perversos. No olvidemos que en el sector privado también hay corrupción y que esta no depende de la naturaleza pública o privada de las instituciones. Lo que hay que hacer es limitar el poder de determinados agentes para que no se produzcan abusos, cambiar las reglas de juego, proteger a los más desfavorecidos y controlar a los más poderosos.


Dice que un Estado monetariamente soberano puede crear todo el dinero que haga falta. Pero esta creación de dinero puede terminar generando mucha inflación...

Dinero se crea todos los días y, además, por mecanismos no controlados por la soberanía popular, como el dinero bancario. Los bancos privados, al conceder créditos, incrementan la cantidad de dinero que hay en circulación. ¿Y se nos dice que eso no genera inflación y, sin embargo, cuando lo hace un Estado, sí? Se trata de una postura meramente ideológica: nos han ocultado que los bancos crean dinero y nos han dicho que sería muy perjudicial que el Estado lo hiciera. El Estado no está constreñido financieramente para crear todo el dinero que quiera. Eso no quiere decir que crear todo el dinero que se quiera sea bueno. Pero la idea aquí es darle la vuelta al argumento dominante: un Estado puede crear dinero sin que las cosas empeoren y es bueno disponer de esta herramienta cuando haga falta para garantizar la satisfacción de nuestras necesidades.


¿La creación de ese dinero bancario está detrás del descomunal incremento de los precios de la vivienda en el pasado?


Por supuesto, eso es algo que también se oculta. En realidad, lo que provocó ese incremento de los precios fue la burbuja especulativa: muchos compraban para después vender más caro. Para eso necesitas dinero y el dinero bancario estuvo detrás estimulando esa conducta. Hoy día el dinero es una herramienta secuestrada; en el pasado, las autoridades públicas la utilizaban con mayor o con menor éxito pero, al fin y al cabo, estaba supeditada a decisiones políticas más o menos democráticas. Pero ahora la creación de dinero solo responde a decisiones del sector privado, mientras que la vía para generar dinero desde lo público está constreñida por disposiciones y reglas sobre el déficit público, sobre su financiación, etc. La creación de dinero fue privatizada hace tiempo y cada vez se intenta privatizar más, y esto responde a decisiones ideológicas más que técnicas. Cuando los bancos crean dinero, hacen negocio con él; cuando el Estado lo crea, nadie se lucra. Esta es la diferencia.


¿Una salida del euro implicaría un colapso económico al dejarnos con una gigantesca deuda en una moneda fuerte?


Evidentemente, salirse de una zona monetaria común de manera no pactada genera muchísimo desequilibrio. Otra cosa es si el impacto negativo se compensa por los beneficios de recuperar tu moneda y dejar de regirte por un proyecto neoliberal como el euro. Pero yo creo que el debate no es si nos salimos del euro o no, porque esta es una sola entre muchas variables. Si nos salimos del euro, aunque podríamos acceder a muchas herramientas para mejorar nuestra situación, teniendo a Rajoy de presidente y aplicando políticas neoliberales como las actuales, podríamos acabar incluso peor, ya que al menos ahora tenemos una moneda fuerte que tiene sus ventajas. El debate está, más bien, en torno a la correlación de fuerzas existentes: qué políticas vamos a aplicar, a quiénes van a beneficiar estas... esto es lo importante. Si tenemos una correlación de fuerzas que nos permita beneficiar a la mayoría, sí tendría sentido salir de la moneda única. Lo ideal sería conseguir dicha correlación dentro de la eurozona, pero se trata de algo que se me antoja más difícil todavía.


De lo que dice se deduce que una izquierda en un Estado monetariamente soberano se convertiría en una fuerte amenaza para el statu quo...
Si una izquierda llegara al poder con soberanía monetaria y pudiera crear el dinero para beneficiar a la mayoría tendría mucho margen fiscal para cambiar los desequilibrios de renta y de riqueza. Sería una de las herramientas más importantes, aunque no la única. No es casualidad que cualquier opinión en este sentido sea atacada con brusquedad para que estas ideas tan peligrosas no prosperen.


¿La política monetaria puede ser de izquierdas?

Efectivamente. La política monetaria y la política fiscal son dos caras de la misma moneda y tienen que estar controladas por la ciudadanía para que no se cometan los abusos que se producen ahora mismo y que benefician a una minoría.


Hablando de ideas peligrosas, ¿cómo explica que en tan pocas semanas hayan sido publicados dos libros de Juan Ramón Rallo criticando la política monetaria que usted defiende?


No hace falta darle muchas vueltas. Su propio autor ha manifestado haberlos redactado para controlar y frenar una serie de movimientos que considera muy peligrosos. Son peligrosos para los poderosos porque significa poner de manifiesto que existe una herramienta económica para servir a la mayoría social. Entonces se intenta frenar antes de que nazca.


Afirma que podemos generar empleo mediante el trabajo garantizado. Los liberales expresan numerosas críticas a esta medida y, además, los partidarios de la Renta Básica Universal también tienen sus objeciones...


Peor que lo que hoy hay, con más de cuatro millones de desempleados, no puede ser. Si pones a buena parte de esa gente a trabajar en actividades que mejoren nuestro bienestar, dicho bienestar aumentará de manera vertiginosa. Al remunerar determinadas actividades que son necesarias para la sociedad, estas dejan de ser voluntarias y pasan a la esfera pública, dignificadas, lo que incrementa el PIB al contabilizar una actividad que antes no se consideraba. La renta básica es otra opción, además, perfectamente compatible con el trabajo garantizado. Creo que debemos aspirar a una renta básica mayoritariamente en especie, es decir, que cada ciudadano solo por el hecho de haber nacido ya tenga derecho a un alojamiento, a una educación, a una sanidad, a una determinada cantidad de alimentos, etc. Y, después, quiere y puede trabajar en una serie de actividades que redunden en el bienestar de todos, que pueda hacerlo. El Estado sería el último garante de este tipo de derechos reconocidos. No tiene por qué haber incompatibilidad entre una y otra medida, siempre que se diseñen bien. Es perfectamente factible complementar estas medidas sin que ninguna vea mermadas sus virtudes.

Información adicional

  • Antetítulo: EDUARDO GARZÓN / ECONOMISTA Y AUTOR DE ‘DESMONTANDO LOS MITOS ECONÓMICOS DE LA DERECHA’
  • Autor: ANDRÉS VILLENA
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