Viernes, 20 Marzo 2020 07:43

Miedo y asco en el capitalismo global: el coronavirus y la crisis de beneficios

Escrito por Isidro López  / Emmanuel Rodríguez
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Miedo y asco en el capitalismo global: el coronavirus y la crisis de beneficios

La crisis traída a primer plano por la extensión del coronavirus, no es una crisis financiera en origen, sino una crisis directa de la llamada

“economía real”.

 

La crisis global por la extensión del coronavirus va desencadenar una profundísima recesión mundial que puede dejar pequeña la de 2008. Desde luego, nada de lo que esta sucediendo estos días en términos propiamente económicos, y están sucediendo muchas cosas, pilla por sorpresa a quienes han venido siguiendo la situación económica global en los últimos años. Recordemos: todavía hace dos años, estábamos un plácido dominio del modelo de relación entre territorios capitalistas, por la vía de lo que llamamos globalización. Desde entonces ese entramado empezó a crujir ante las presiones, sobre todo americanas, que apuntaban a una vuelta a un modelo centrado en la supuesta soberanía económica de los Estados nación por medio de la competencia generalizada entre territorios y Estados. El aspecto más visible de este giro ha sido la guerra comercial a tres bandas entre EE UU, China y la UE.

La guerra comercial, y en general, el reajuste de posiciones políticas que ha sufrido la economía global en los dos últimos años, ha tenido como telón de fondo una perdurable crisis del beneficio capitalista que se arrastra con distintas intensidades desde 1973. Como ya se ha repetido hasta la saciedad, la gran apuesta capitalista de salida a la crisis de los años setenta fue la financiarización del capital, la reversión de tanta riqueza social como fuera posible a formas monetarias y líquidas. Frente al capital cristalizado en estructuras físicas permanentes, con sus ritmos de amortización predeterminados, el dinero y sus sustitutos dio a la nueva clase capitalista dominante, las finanzas y los mercados financieros, la posibilidad de centralizar el poder sobre el proceso de acumulación a través de la más abstracta de las formas de poder: el dinero y los instrumentos monetarios.

La crisis asiática de 1998, la crisis de la burbuja tecnológica de 2001 y, finalmente, el gran estallido de la burbuja inmobiliaria global en 2007, que con tanta fuerza se sintió en España, nos han ido retirando sucesivamente la ilusión de un capitalismo en el que las vías de beneficio fueran obtenidas por medios mayoritariamente financieros, principalmente por medio del uso extensivo de la deuda y el crédito para la recomposición de la rentabilidad. Se han vuelto a dejar una vez más al descubierto los gigantescos problemas de valorización y realización que arrastra el aparato productivo global, y que se experimentan como una situación de exceso permanente de capacidad productiva y competencia destructiva en los sectores capitalistas centrales, algo fácilmente comprobable en su forma mediada a través de los Estados: de nuevo, la guerra comercial.

De alguna manera, el giro que tomó la geoeconomia global en 2017 hacia el conflicto entre la triada EEUU-China-UE parte de un reconocimiento tácito de que la acumulación de capital, incluidas las vías financieras, no llega a producir beneficios para todos los agentes capitalistas, no hablemos de satisfacer unos mínimos criterios de ordenación política de las sociedades gobernadas por el capital financiero. Alguno de estos agentes tiene que perder la batalla por la rentabilidad y, de forma derivada, su posición jerárquica en el nuevo orden mundial. Este hecho se muestra en la debilidad del proceso de acumulación, del crecimiento o de la inversión, y en que durante los cinco o seis años los bancos centrales hayan inundado de liquidez a las instituciones financieras, sin que esta haya permeado significativamente al tejido productivo.

En este sentido, y ceñidos a la más inmediata actualidad, la crisis traída a primer plano por la extensión del coronavirus, no es una crisis financiera en origen, sino una crisis directa de la llamada “economía real”: de la actividad, de la inversión, del mercado de trabajo. Esta vez no ha hecho falta que reviente un castillo de naipes financiero, ha bastado una alerta de pandemia, para que el PIB se contraiga en todo el mundo, las quiebras se multipliquen y el paro amenace con desbordar todos los niveles conocidos. Por supuesto, esta crisis del aparato productivo va a tener todo tipo de síntomas financieros, y como bien se sabe, en la medida que son las finanzas quienes controlan los aparatos, serán las finanzas las que tengan la última palabra, salvo que se encuentren con algún obstáculo político serio, en la orientación que tome una crisis que, para mas excepcionalidad, no podrá ser sentida en toda su magnitud por sus protagonistas hasta que acaben los actuales encierros y cuarentenas.

Los últimos dos años han servido también para certificar la muerte del neoliberalismo doctrinal que fue discurso hegemónico durante los años de la globalización y sus instituciones. El neoliberalismo doctrinal ponía el libre mercado y sus mecanismos de ajuste en el centro de toda actividad económica y política. Como figura complementaria de este neoliberalismo doctrinal, lo que podríamos llamar“ neoliberalismo realmente existente” se ocupó más de conquistar el Estado que de negarlo, para promover los intereses de las finanzas, desde entonces convertidas en una suerte de figura metonímica para definir “el mercado”. Pues bien, ni el uno ni el otro tipo de neoliberalismo han superado las barreras anteriores a la declaración de esta crisis.

Ya en la cumbre de Davos de 2020, lugar de peregrinación neoliberal por excelencia, ha sido imposible escuchar panegíricos a favor de la libertad de mercado y del mercado autorregulador como panacea. Tampoco la irrupción de la crisis bajo la forma de crisis de salud pública parece que vaya a facilitarles de momento a los neoliberales la contraposición, tan clara como tramposa, entre Estado y Mercado como eje decisional de las políticas públicas durante la crisis. Como dijo Richard Nixon en 1970, antes de asestar el tiro de gracia al régimen de Bretton Woods: “We are all keynesians now”. Porque, efectivamente, la antigua posición dominante de los dos tipos de neoliberalismo —el doctrinal y el realmente existente— se ha ido desgajando en dos posiciones centrales de las que van colgando distintas variantes. Por un lado, se ha ido haciendo fuerte un discurso neokeynesiano que pone el acento en la desinversión que ha supuesto el ciclo neoliberal y que lee la hegemonía de las finanzas como un movimiento propiamente político de las élites, dirigido a obtener un mayor porcentaje de la riqueza social y a concentrar tanto renta como riqueza en el 1% mas rico y poderoso del planeta.

Observamos aquí el conocido discurso de las desigualdades sociales crecientes que se podría revertir mediante la combinación adecuada de política fiscal e inversión masiva. Esta posición ha emergido, no sin traumas, a partir de la constatación de la fortísima deslegitimación política frente a sus poblaciones que han sufrido los gobiernos, tanto socialdemocratas como conservadores, que siguieron al pie de la letra la vulgata neoliberal durante los años de la crisis, con sus rescates millonarios y su austeridad catastrófica. Para este discurso, los sectores tecnológicos y energéticos, desde el punto de vista del paradigma del Green New Deal, serían los grandes puntales del nuevo ciclo de crecimiento que propiciarían las políticas keynesianas, tanto fiscales como monetarias adecuadas. El QE for the people que inventaron las fundaciones progresistas británicas, con Anne Pettifor y la New Economics Foundation a la cabeza, puede ser el ejemplo más inmediato: fabricación masiva de dinero e inversión para una transformación del capitalismo de nuevo en capitalismo productivo. Siguiendo la tradición keynesiana, los beneficios aquí no son un problema. Al depender la capacidad productiva utilizada y rentable única y exclusivamente de la demanda, se trata de fabricar una nueva demanda masiva desde el Estado a la que necesariamente seguirá la inversión privada. 

Otro gran bloque de posiciones políticas en la crisis se ha ido fraguando a partir del ascenso de Trump al poder. Este pone el acento en la soberanía nacional de los Estados nación como salida política a la crisis a partir de la desglobalización. Endurecimiento de las condiciones para la libre circulación de trabajadores, proteccionismo mercantil a través del uso selectivo pero contundente de aranceles y tratados comerciales bilaterales con los que negociar alianzas políticas entre Estados nación frente a los grandes tratados multilaterales de la época de la globalización. Si el neokeynesianismo anteriormente mencionado sigue manteniendo en perspectiva, como área de acción, las grandes zonas políticas transnacionales, como la UE, la perspectiva neosoberanista apunta a la ruptura de estas grandes áreas transnacionales.

La irrupción de la crisis del coronavirus ha supuesto la aceleración de estas tendencias que no eran mas que tomas de posición frente a una crisis global perfectamente anticipada por parte de los agentes capitalistas. La lógica de las finanzas y, por extensión de la economía ortodoxa, se puede esbozar como una serie de causas estructurales que buscan un acontecimiento externo al que adosarse para poder presentarse como consecuencias y no como causas. Es comprensible, ni las finanzas, ni los aparatos políticos nacionales y transnacionales que las sostienen, van a decir, si lo pueden evitar, que el edificio financiero mundial está colapsando desde dentro. En 2007-2008 no tuvieron otro remedio porque la crisis apareció inmediatamente como una crisis bancaria, y aun así, tuvimos que soportar sus buenos tres años de escuchar que estábamos ante un problema de liquidez localizado, provocado por el mercado de hipotecas norteamericano, pero que la salud de la economía global era envidiable.

En este caso, y aunque por el momento no hay medio de comunicación, ni analista global que eche la mirada más atrás de tres semanas, basta mirar los informes financieros de una entidad tan “cuidadosa” con la “confianza de los inversores” como el FMI para ver que desde 2017 no han hecho más que anunciar una gran crisis global, lo mismo se puede decir en lo que se refiere a la inmensa mayoría de organismos económicos y financieros transnacionales. Esta lectura casi automática de la crisis del coronavirus como “la crisis global” que se estaba esperando, ha venido, por un lado, haciendo que las primeras respuestas ya estuvieran teñidas de las posiciones previas tomadas durante estos dos años y, por otro, en un claro caso de profecía autocumplida, han agravado considerablemente los perfiles de la crisis de producción y empleo.

La primera respuesta de China, que lleva desde 2012 incentivando su demanda interna y subiendo el contenido tecnológico de su producción para dejar de ser el sweatshop del mundo, con todo su despliegue propagandístico de capacidad de movilizar militarmente a su fuerza de trabajo, de construcción visible de hospitales en tiempo récord o, ahora recientemente, reclamando haber descubierto una vacuna contra el virus, ponen encima de la mesa claramente una voluntad hegemónica china que no se había visto tan claramente hasta estos días. Durante la guerra comercial, China nunca ha admitido querer ser otra cosa que un empleado preferencial de Estados Unidos, con cierta autonomía pero siempre sabiendo que su lugar es subordinado. La apuesta más fuerte de China, y de la que ha salido por ahora bastante bien parada, fue restringir la producción y el consumo durante los días de la cuarentena hasta un 20% de su capacidad total, forzando la primera oleada de crisis en los mercados financieros. Lo que se demostró en esos días es que China es el único país del mundo que puede bajar la producción a niveles muy por debajo de lo habitual y que los efectos del caos generado en los mercados financieros los sientan otros. En general, China ha aprovechado esta crisis para presentar su candidatura a nueva potencia hegemónica mundial apoyada en el keynesianismo interno y la militarización de la fuerza de trabajo. De haber sido interpretado de esta forma por el resto del mundo, hubiéramos entendido también que sus medidas frente a la extensión del virus no eran replicables en otros lugares.

Por su parte, Donald Trump y el gobierno de los Estados Unidos han puesto por delante la visibilidad de la soberanía nacional en las medidas de crisis: cierre de fronteras, suspensión de viajes desde Europa y de europeos, deportaciones de sin papeles y, aquí también, nuevas lineas de gasto público siempre subordinadas a la aserción de Estados Unidos como fuerza económica. De manera extraordinariamente simbólica, el posible envió de cheques a una población americana que no tiene ni baja por enfermedad, ni seguro de desempleo, ni por supuesto sanidad pública, viene a reforzar esa imagen del Estado soberano que pone dinero en el bolsillo de sus ciudadanos libres sin necesidad de intermediarios.

También Boris Johnson en Reino Unido ha querido subirse a este tipo de políticas trumpistas, lo que en principio Trump parecía favorecer al excluir al Reino Unido de la prohibición de volar a Estados Unidos. Johnson, candidato que logro su ascenso al 10 de Downing Street mediante la capitalización política del Brexit no puede ahora emular las medidas de la UE sin que le suponga ser pillado en un renuncio. Sin embargo, precisamente porque ya no se encuentra amparado por la UE y Estados Unidos parece solo a medias interesado en llevar al Reino Unido a rebufo, los fuertes ataques que esta sufriendo la libra esterlina en medio del caos generado por la apreciación del dolar y la bajada de los rendimientos de los bonos del tesoro americano a diez años, van muy probablemente a doblegar la posición soberanista británica haciendo comulgar a Johnson con los criterios europeos.

Caso de que todas las tendencias encadenadas a partir de la irrupción de la crisis del coronavirus tengan vida autónoma y capacidad de marcar el camino de las decisiones económicas bastante más allá del momento en que se controle el virus, debemos prestar atención a un factor especialmente importante: un factor que tiene visos de afectar más a la coyuntura económica global que el propio virus. Se trata de la decisión saudí de bajar unilateralmente el precio del petroleo y de aumentar la producción de crudo del Golfo. Esto es nada menos que, por un lado, una reversión de la tendencia a la cartelización de los países productores de petroleo para obtener rentas monopolistas desde los años setenta, y, por otro, un síntoma de la irrupción de la competencia y la bajada de rentabilidad en el sector energético en la misma línea que ambas cosas llevan afectando, también desde mediados de los años sesenta, a los entonces sectores industriales punteros.

En cualquier caso, y aunque la decisión se presenta de forma inmediata como un ataque a Rusia y su petróleo, es evidente que en el punto de mira están tanto las nuevas formas de perforación petrolífera, como, más importante aún, toda la transición energética hacia formas de sustitución de los combustibles fósiles, que agrupadas en el Green New Deal son una de las supuestas tablas de salvación del capitalismo global; amén de ser el único plan encima de la mesa para contener el cambio climático desde parámetros medianamente continuistas. Es de esperar que en los próximas semanas se produzcan quiebras en cadena de agentes financieros especializados en energía y muy especialmente de operadores en el mercado de futuros sobre el petroleo. Y de paso, que se desestabilicen las monedas de los países productores, con la posibilidad de crisis de deuda en varios países periféricos; alguno incluso en el club de los ultrarricos, como Noruega, que ha visto como su moneda se desplomaba por los suelos y ha necesitado de una operación de compra masiva por parte de su banco central.

La Unión Europea, por su parte, como nos tiene acostumbrados, ha sido el actor más histriónico en sus tomas de posición, así como en la solemnidad de sus declaraciones institucionales, si bien menos clara en sus lineas económicas a futuro. Por ahora, además de una escalada de las cifras empleadas en programas ya existentes, como el QE, y una profusión de millones dedicados a avales, es decir de apoyo al sistema financiero, ambas cosas relacionadas en sus cifras astronómicas con el descenso descontado de la factura energética por la bajada de precios del petróleo, hay poco tangible. Hay que tener en cuenta que los mismos riesgos de inflación, la bicha para el BCE, que aleja la bajada del precio del crudo encarece muchísimo el que, en principio, sigue siendo el proyecto central de reconstrucción productiva de la UE: el Green New Deal. Eso sí, el neokeynesianismo ambiente anterior a la crisis del coronavirus, se ha llevado hasta el paroxismo tanto en la Comisión Europea como en la mayoría de los países miembros. Todo ello acompañado de un discurso de keynesianismo de guerra y reconstrucción. De manera muy probablemente inconsciente, se está tocando sobre una lectura clásica de los efectos de la crisis de 2008, donde los multimillonarios rescates a la banca limitaron mucho la destrucción de valor necesaria para relanzar el proceso de acumulación desde parámetros keynesianos. De hecho, es opinión bastante extendida que jamás habría triunfado el keynesianismo como modelo de las economías capitalistas avanzadas sin la gigantesca destrucción de valor que fue la Segunda Guerra Mundial. Pues bien ese ajuste atroz es el que está lanzando la UE, que ahora mismo no esta condiciones de considerar la extensión del daño a la producción y los mercados de trabajo que está haciendo, pero si ve que la situación de alarma y estado de excepción da a los gobernantes de países donde la clase política está tan deslegitimada como Italia y España, poderes tan extraordinarios como temporales para anular cualquier forma de respuesta antagonista.

Isidro López  

Es miembro del Instituto DM.

Emmanuel Rodríguez

@emmanuelrog, es miembro del Instituto DM.

20 mar 2020 10:49

Información adicional

  • Autor:Isidro López  / Emmanuel Rodríguez
  • Fuente:El Salro diario
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