Lunes, 28 Septiembre 2020 05:36

Todos hundidos

Escrito por León Bendesky
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Todos hundidos

Ciertamente no es este un tiempo para utopías en el mundo. La situación que prevalece en las sociedades, todas ellas, favorecen en cambio las distopías que se formulan desde distintas perspectivas. Hay en ellas valores entendidos, preferencias políticas manifiestas o encubiertas y manipulación. Habría que devolver un lugar central a la reflexión, trabajo y compromiso colectivos; además de un cuestionamiento permanente del ejercicio del poder.

Sin eso último, sea lo que pase no augura nada feliz. Este no es el momento en que George Orwell, Aldous Huxley y otros más propusieron sus distintas visiones de un mundo por venir; hoy todo pasa más de prisa, o como se suele decir, "en tiempo real", condición cuyo contenido debería meditarse más.

Es obvio que en el escenario predominante se genera una gran incertidumbre en todos los planos de la vida privada y colectiva, más profunda de laque por su misma naturaleza define la existencia humana. Pero aun así no todo debería darse por perdido, pues podría ejercerse con más decisión y mejor orden neuronal alguna forma de pensamiento que cuestione con claridad lo que sucede.

Esto sería mejor, por supuesto, sin fanatismos de uno y otro lado de lo que solía figurarse como el pasillo entre derecha e izquierda, o conservadores y progresistas o el binomio que se quiera. Me parece que hoy una imagen útil es la de una estructura geométrica compleja de muchas aristas, que expresan las condiciones interconectadas de la vida en sociedad, las que cada vez más aparecen como formas de conflicto y con menos espacio para la colaboración y el entendimiento. Esta situación podrá, deseablemente, enriquecer el panorama intelectual y político, aunque puede, también, provocar más ensañamiento. Nada es seguro.

Formular buenas preguntas es el paso inicial para conseguir respuestas que sirvan de algo, o de mucho. Esto también escasea. Y los medios disponibles para enunciar ese tipo de preguntas y debatirlas no demuestran ser los más adecuados.

Ni por su forma ni por el control que se ejerce sobre ellos. En cambio, crece el ruido en el que se desenvuelven y la inmediatez que las enmarca; las redes sociales que tanto entusiasmo han generado se convierten en mecanismos insulsos, así como de fricción, incluso –desafortunadamente– cuando alientan la organización cuasi espontánea para cualquier propósito e intensión. La sociedad en manos de los intereses y criterios de los Zuckerbergs del mundo y cada vez más monopolizados, no es algo que se antoje para nada.

Hacer buenas preguntas, ayuda a fijar la atención, a pulir nuestros puntos de vista y definir la manera en que queremos hablar, comunicarnos, actuar o no. Hace ya más de una década, el francés Jaques Attali hizo un ejercicio de este tipo y puede servir como una referencia; ancla sus argumentos en la historia, la experiencia, el ámbito de las posibilidades alcanzables. Me refiero a su texto titulado: Una breve historia del futuro; ahí propone una controversia sobre el siglo XXI. Y vaya que estos 20 años se prestan al cuestionamiento profundo y la polémica que, mientras más civilizada, sería mejor. Parte de las condiciones que hoy vivimos, la expone con nitidez y de modo directo el escritor Antonio Muñoz Molina en La otra pandemia, texto sobre la situación política española, pero trasladable literalmente a muchas partes. Con respecto a los políticos establece: “No sé qué podemos hacer los ciudadanos normales, los no contagiados de odio, los que quisiéramos ver la vida política regida por los mismos principios de pragmatismo y concordia por los que casi todo el mundo se guía en la vida diaria.

Nos ponemos la mascarilla, guardamos distancias, salimos poco, nos lavamos las manos, hacemos nuestro trabajo lo mejor que podemos. Si no hacemos algo más esta gente va a hundirnos a todos”.

Observemos lo que acontece hoy en Estados Unidos con respecto al proceso electoral y la negación expresa de Donald Trump para admitir sin cortapisas que respetará el resultado electoral de noviembre. Esto ha abierto un escenario sin precedente en ese país que, si de algo se precia en su sistema político es precisamente de la cesión del poder cada cuatro años (incluye, claro la posibilidad de una relección).

Ronald Reagan, en su discurso de toma de posesión de la presidencia en 1981, planteó este asunto que es explícito en la Constitución. No es necesario estar de acuerdo política o ideológicamente con Reagan. Se trata de que una sociedad, un país tiene que sustentarse en leyes y no en ocurrencias o los deseos de un potencial tirano; tiene que sostenerse en instituciones firmes y aceptadas como la norma, sin los caprichos de un hombre como Trump que ha conseguido polarizar a su nación para su propio beneficio.

Un entorno que prevenga que políticos, legisladores y jueces persigan su conveniencia personal y, así, sean capaces de todo. Se abrirá una polémica sobre el voto, una controversia legal que puede llegar de nuevo hasta la Suprema Corte como ocurrió en el caso de George Bush II y Al Gore en el año 2000, pero con consecuencias mucho más graves e impredecibles. Se habla expresamente de que esta elección puede quebrar a Estados Unidos. Habrá quienes se regocijen con esa posibilidad y eso me parece irresponsable. Ese interregnum expresaría una verdadera decadencia política en Estados Unidos, sin remedio y con una fuerte ola expansiva.

Además, con una pandemia descontrolada, una economía destartalada, el enfrentamiento racial desatado y una desigualdad económica creciente. Como cité más arriba: "Si no hacemos algo más, esta gente va a hundirnos a todos".

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  • Autor:León Bendesky
  • Fuente:La Jornada
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