Imprimir esta página
Viernes, 30 Octubre 2020 08:18

Manifiesto internacional por una economía solidaria

Escrito por Varios autores
Valora este artículo
(1 Voto)
Manifiesto internacional por una economía solidaria

Nosotros, profesores e investigadores de diferentes continentes (África, América del Norte, América Latina, Asia y Europa), que venimos trabajando con los actores de la economía solidaria, quisiéramos a través de este texto interpelar a las autoridades públicas y al conjunto de movimientos sociales sobre el apoyo que pueden ofrecer a esta economía emergente.


Esta economía asume propósitos sociales, ecológicos y culturales y se opone a la creciente desigualdad, al calentamiento climático, a la pretensión de uniformar las pautas de comportamiento; y está en favor de una mayor justicia, del reparto equitativo de los recursos y de la expresión de las diversidades. En resumen, es una economía que necesitamos para el mañana, en un momento en que el agotamiento del sistema dominante se vuelve más evidente.


El desarrollo de la ciencia económica en el siglo XIX se ha dado a partir de una base epistemológica que descuida los recursos naturales, considerándolos inagotables, y selecciona el interés material individual como la única motivación humana. Esta visión creó riqueza material, pero también demostró una capacidad de destrucción sin precedentes. Ciertamente, estos efectos perversos pueden haber sido parcialmente contenidos por el Estado social, cuyos méritos fueron admitidos internacionalmente en 1944 a través de la declaración de Filadelfia. Esta declaración estableció que el desarrollo económico solo tiene sentido si está al servicio del desarrollo social, lo que condujo a la implementación de formas importantes de redistribución pública. Sin embargo, el compromiso establecido entre el mercado y el Estado fue desestabilizado por el consenso de Washington, que en 1989 abogó por reducir el alcance de la intervención pública, eliminar las restricciones a la inversión extranjera y la regulación económica y del mundo laboral con el consiguiente debilitamiento de la protección social y laboral. Desde entonces, la depredación de la naturaleza y el aumento de la desigualdad se han acentuado a tal punto que fue cuestionada la definición misma de economía, heredada del siglo XIX. Las perturbaciones engendradas por este modelo muestran su carácter obsoleto y su ignorancia sobre las consecuencias ecológicas y sociales inherentes a su objetivo de crecimiento ilimitado.

Los enfoques alternativos, que han sido minoritarios durante mucho tiempo, impugnan la asimilación entre la economía y el crecimiento sin límites. En los países del sur, la dinámica de la economía popular se ha analizado con mayor precisión, especialmente en los casos de África y Meso y Sur américa, y ha revelado cómo algunas experiencias permiten que la mayoría de la población encuentre soluciones que combinan las actividades del mercado informal con la reciprocidad, la ayuda mutua, el reparto de la producción doméstica y el trabajo reproductivo. En los países del norte, por otro lado, la experiencia histórica de la economía social ha demostrado que las empresas no capitalistas (asociaciones, cooperativas, organizaciones mutuales, etc.) existen y perduran. Las tradiciones de la economía popular y la economía social evidencian la resistencia persistente al orden dominante y relativizan el principio de ganancia a través de la referencia a valores colectivos. Sin embargo, ninguna de estas tradiciones ha logrado impulsar una transformación de gran magnitud. Es por eso que, desde hace unas décadas, en todo el mundo, varias iniciativas han tratado de articular estas dos tradiciones a través de la afirmación de una voluntad de cambio social. Estas iniciativas de solidaridad han sido descuidadas y desplazadas por la mayoría de los dirigentes públicos y privados. Consideradas minúsculas a sus ojos, han sido degradadas o mal caracterizadas y asimiladas a simples dispositivos precarios de inserción o como formas de negocios sociales. En resumen, son tratados como intentos filantrópicos para corregir marginalmente un sistema que permanece sin cambios.


La economía solidaria no se corresponde con esa caricatura. A menudo implementada por mujeres, que son las primeras en enfrentar el daño causado por la economía dominante, la economía solidaria existe y se impone como una búsqueda del buen vivir. Su importancia para el mañana tiene una dimensión epistemológica. Rechaza la ruptura entre naturaleza y cultura, así como entre sujeto y objeto, que gobernó la ciencia económica de ayer y adopta, por el contrario, un enfoque relacional que hace converger el conocimiento del Sur y el del Norte para pensar en las interacciones sociales y ambientales. Presente en cada continente, la economía solidaria sugiere alternativas en plural.


En África, hay tradiciones de los agrupamientos de aldeas, de gestión de los comunes como los bosques y las fuentes de agua, de mutualización de los medios materiales y de ayuda mutua para los trabajos agrícolas (sossoaga, Djunta-mon), de sistemas circulares de ahorro (Tontines). Estas tradiciones son hoy en día ampliadas por las cooperativas agro pastoriles y artesanales, por cooperativas de ahorro y crédito, por mutuales de seguros de salud, mutuales bajo formas de bancos como la Mamda en Marruecos, por numerosas experiencias agroecológicas en Senegal, en Togo, Cabo Verde o en Burkina Fasso.


En América Latina, se puede mencionar, entre otras, la recuperación de empresas por sus trabajadores, las cooperativas y asociaciones de agricultura familiar, los grupos de producción y consumo agroecológicos, las cooperativas de reciclaje, las monedas sociales, los servicios financieros solidarios de los bancos comunitarios y los fondos rotatorios de crédito. En esta gran variedad de experiencias originales, las universidades públicas se distinguen por su creación de incubadoras de economía solidaria.
En Asia, y en particular en Asia del Sur, donde son más importantes los problemas de pobreza multidimensional y desigualdad, muchas iniciativas comunitarias y colectivas son conducidas por mujeres y grupos marginados para aumentar su capacidad de autoproducción y su poder de actuar y luchar por el reconocimiento. Las prácticas van de la educación alternativa para la infancia hasta la finanza ética, pasando por las monedas locales complementarias, incluyendo también circuitos cortos como las asociaciones de productores y consumidores (Teikei en el Japón) u otras alianzas entre espacios urbanos y rurales.


En Europa, la economía solidaria también adquiere formas muy diversas aunque presenta rasgos comunes: la primacía de las personas y el trabajo sobre el capital, la democracia económica, el respeto a la naturaleza, la autonomía, la igualdad entre sexos, y una perspectiva política de transformación social. La economía solidaria incluye la esfera productiva, el consumo, y la distribución, el ahorro y las finanzas solidarias, el aprovisionamiento energético, los servicios de proximidad y otras innovaciones ciudadanas más o menos formalizadas alrededor de las monedas alternativas, los circuitos cortos alimentarios, los huertos colectivos y los grupos de ayuda mutua.


Los ajustes al sistema existente son necesarios, pero no suficientes. Las desbordantes experiencias iniciadas en el ámbito de la economía solidaria comportan nuevas relaciones entre economía y sociedad, siendo esta considerada en sus dimensiones humanas y no humanas.
Los actores involucrados en un enfoque de economía solidaria deberían ser más escuchados. La economía que necesitamos para mañana ya está aquí, su impulso depende de su propia capacidad y del advenimiento de una nueva generación de acción pública.


Siguen firmas.

Información adicional

  • Autor:Varios autores
Visto 463 vecesModificado por última vez en Viernes, 30 Octubre 2020 08:28