Le monde diplomatique Nº184

Le monde diplomatique Nº184 (6)

Colombia, la paz esquiva

 

Con la continuidad de la “guerra contra las drogas” impuesta por los Estados Unidos, y la decisión gubernamental de no reconocer lo acordado y avanzado con el Eln por el anterior gobierno, Colombia prosigue su ciclo de guerras irresolutas. ¿Hasta cuándo?

Viernes, 18 Enero 2019 11:29

Divide et impera

Escrito por
Rosenell Baud, detalle de la serie “Florilegio”, temple sobre papel hecho a mano, 10 x 15 cm (Cortesía de la autora)

El presidente Trump canceló una vez más su anunciada visita a su par colombiano, en esta ocasión prevista para diciembre con escala en Bogotá en su viaje para la reunión del G 20 en Argentina. Trump, pese a su reciente pérdida de las mayorías en la Cámara de Representantes, mantiene su decisión de imponer a Colombia la falsa guerra contra las drogas y usar al país en sus designios sobre Venezuela.

 

La agenda del gobierno de Donald Trump con Colombia puede ser comprendida como una guía tóxica envuelta en el celofán perfumado de nobles ideales patrióticos y loas a la amistad. La agenda real está perfilada por las líneas estratégicas regionales adoptadas por Trump conforme a los intereses que representa en un escenario global abordado con la divisa America First, consigna que se traduce para nuestra región en el conjunto de medidas desnudas y encubiertas dirigidas a profundizar el dominio territorial en el marco del enfrentamiento geoestratégico que sostiene con China por la supremacía planetaria.


Desde su posesión como Presidente de los Estados Unidos en enero de 2017, el gobierno de Trump desató un conjunto de acciones que varían cursos de política regional sostenidos por el establecimiento demócrata. En el caso de Colombia, los asuntos y los enfoques que privilegia la administración Trump afectan de manera grave diversos y vitales intereses nacionales, de un país considerado en la región como estrecho aliado y amigo de los Estados Unidos.


En la primera reunión que Trump sostuvo con el presidente Duque el 25 de septiembre de este año en Nueva York, la lucha contra los cultivos ilícitos y la situación con Venezuela fueron los ejes centrales del encuentro. Trece días antes de la reunión el presidente Maduro había viajado a China en busca de mayor soporte financiero para enfrentar las severas dificultades de su economía. En este momento Venezuela exporta hacia China el doble de la cantidad de petróleo que embarca hacia los Estados Unidos. En este siglo Venezuela se ha convertido en el receptor del 52 por ciento de la inversión del gigante asiático en la región latinoamericana. Y Venezuela es el país que posee las más grandes reservas de petróleo en el mundo.


Trump se dirigió a Duque en estos términos: “Su victoria fue monumental, lo cual quiere decir que el pueblo de Colombia está de acuerdo con lo que usted representa y usted ha librado una lucha y seguirá librando una lucha muy fuerte contra el narcotráfico. Y agregó: “Usted ha sido un gran amigo de Estados Unidos y estamos deseosos de seguir trabajando con usted”.


De la reunión de los dos mandatarios resultó revelador el hecho de que Trump llegase acompañado de algunos de los más destacados miembros de su gabinete y con mayor poder de decisión en asuntos militares. Con el mandatario estadounidense estuvo el vicepresidente Mike Pence, quizás el más notable cerebro republicano de una política exterior fundada en el uso sin restricciones del poderío militar y del despliegue de todo tipo de inteligencia para mantener la preeminencia planetaria de los Estados Unidos de América.


También fueron agendados el secretario de Estado Mike Pompeo, el asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, quien es el responsable de tomar cualquier decisión en cuestiones militares, y el general John Kelly, el jefe de su gabinete. Provienen del sector más ultraconservador del ala republicana y se han caracterizado por alentar el uso del poder militar estadounidense en diversos lugares del mundo, en aras de recuperar lo que consideran cómo una dramática pérdida de influencia. Pompeo viene de dirigir la CIA y se encarga ahora de la política exterior de los Estados Unidos. Kelly es un General del Cuerpo de Marines, con extraordinario conocimiento de América Latina; su dirección durante cuatro años (2012-2016) del Comando Sur da fe de ello.


Por su parte, Duque aprovechó la reunión para compartir con Trump la firma del decreto que le permite a la Policía confiscar la dosis mínima de marihuana en Colombia, dando de baja la despenalización que sobre el particular regía en el país desde 1974. Unos días antes, el miércoles 12 de septiembre, el presidente Duque señaló que no descartaba la posibilidad de que los cultivos de coca volviesen a ser fumigados con glifosato. El decreto y el anuncio eran las modestas señales de su disposición a cumplir con prontitud las directrices que le fueran trazadas en la reunión privada.


Justo un año antes, el 13 de septiembre de 2017, un memorando de la Casa Blanca había esgrimido la posibilidad de que Colombia fuese descertificada por no cumplir con sus obligaciones en virtud de los acuerdos internacionales contra el narcotráfico, debido al extraordinario crecimiento del cultivo de coca y la producción de cocaína durante los últimos tres años. En marzo de ese mismo año, en el informe anual que elabora el Departamento de Estado para que el poder Ejecutivo de la potencia del Norte decida si certifica o no a los países que decide examinar, señaló: “Colombia es el primer productor mundial de cocaína, así como un país fuente de heroína y marihuana. Aunque el Gobierno colombiano continúa contrarrestando la producción y el tráfico de drogas ilícitas a través de las operaciones de erradicación, la agresiva interdicción y la actividad policial, la producción potencial de cocaína en 2015 aumentó en un 60% a 495 toneladas métricas”.


Lo que no reveló el informe del Departamento de Estado fue el anunció que en julio del 2018 realizó el entonces del vicepresidente de la Republica Óscar Naranjo: entre 1999 y 2015 los gobiernos sucesivos fumigaron 1.800.000 hectáreas y esa acción sostenida no acabó con el arbusto, ni con la siembra. Generó más desplazamiento de comunidades y más talas de selva para nuevas siembras. Los campesinos también idearon formas de rociar con preparados de panela los cultivos, para impermeabilizarlos. Las fumigaciones elevaron los costes previsibles para la siembra industrial, pero también el precio de venta en las calles, y los márgenes de utilidad para los que lograban mantenerse o ingresar en el negocio.


La decisión sobre el uso del glifosato, compartida por el presidente Duque a Trump, tenía el antecente de lo decidido por Juan Manuel Santos, quien antes de entregar el poder ya había decidido el retorno del uso de tal agrotóxico, esta vez con drones. En el año 2015 se habían suspendido las fumigaciones aéreas con glifosato, por conceptos del Ministerio de Salud y de Medio Ambiente por los daños ocasionados en el ecosistema y en la salud de las comunidades.


Menos de un mes después del anuncio de la Casa Blanca del 13 de septiembre sobre una posible descertificación, el cinco de octubre de 2017, en la vereda Tandil, cerca de Tumaco, más de dos mil quinientos campesinos cultivadores de coca, desarmados, se movilizaron para tratar de impedir la erradicación forzosa de los cultivos de coca por parte de la Fuerza Pública. Muchos campesinos habían llegado de manera voluntaria a la protesta porque habían firmado acuerdos de erradicación voluntaria, otros habían recibido la orden de los propietarios de los cultivos de concurrir a la movilización. Estaban presentes quinientos soldados del Ejercito Nacional, doscientos policías, trescientos erradicadores e integrantes del Esmad. Se produjo un incidente y la Fuerza Pública disparó cegando la vida de siete campesinos. En ese tiempo, en menos de seis meses, se dieron más de ciento diez enfrentamientos violentos entre comunidades y grupos de erradicación forzada, con más de 20 civiles muertos.


Los erradicadores, unas veces son civiles protegidos por la policía, y otras veces son policías o soldados. Recuerdo la respuesta de los campesinos al preguntarles el año pasado cómo funcionaban las fumigaciones antes del cese de las mismas en el 2015: muy sencillo doctor –me respondieron– donde estábamos los pequeños cultivadors, indígenas o campesinos, nos fumigaban a todos. Y donde estaban los cultivos industriales inmensos, no fumigaban.


El retorno a la erradicación forzada violenta con fumigaciones significa que la política de erradicación se militariza de nuevo, en un país con más de quinientas mil personas que derivan su sustento de los cultivos de la hoja de coca. 77.000 familias habían firmado pactos de sustitución en el marco del punto cuarto de los Acuerdos de paz. Las familias se comprometían a tumbar la coca, a sustituir cultivos, y el Gobierno les pagaría unos auxilios económicos e implementaría unos proyectos productivos agrarios. Se trataba de privilegiar un enfoque de eliminación de los cultivos de coca fundado en el acuerdo, en la concertación con las comunidades. Existían también 90.000 familias que estaban a la espera de nuevos acuerdos de sustitución. Lo usual es que los pequeños cultivadores tengan entre una y cinco hectáreas. Retornar a la erradicación violenta significa abrir de nuevo un frente de guerra interno.


Después de la masacre del 5 de octubre de 2017, el gobierno de los Estados Unidos anunció que certificaba a Colombia, con el mensaje tácito, pero insoslayable, de que el nuevo Presidente colombiano tendría que cumplir las tareas que le asignaran.


El 24 de septiembre de 2018, tuvo lugar la reunión de delegados de 124 países organizada por el gobierno de Trump para definir acciones frente al problema global de las drogas. Al día siguiente, en el encuentro bilateral entre los presidentes Trump y Duque ya referenciado, el primero le señaló al segundo: si no logra resultados concretos en un asunto considerado de Seguridad Nacional, “será un presidente más para Colombia”.


Por supuesto, es claro que el gobierno de los Estados Unidos no ignora la inutilidad de las fumigaciones para eliminar, o al menos mitigar de manera severa, el problema del narcotráfico comprendido como el consumo que afecta a su población. Es necesario, entonces, preguntarse qué intereses y qué razones están detrás de sus decisiones en este campo. De la amenaza de descertificación y de la presión ejercida para que retornen las fumigaciones aéreas y se recrudezca una persecución con la Fuerza Pública que termina lucrando a quienes estan vinculados al comercio de narcóticos, y a algunos de los mandos encargados de la persecución. La militarización de la erradicación y la autorización al poder policial para perseguir las dosis mínimas, aumentan el control policial sobre la vida cotidiana de millones de personas. Eleva también de manera notoria el número de ciudadanos que no han delinquido y que son apresados por porte de pequeñas cantidades de una sustancia sicoactiva, arrojando a una parte de ellos a las fauces de un sistema penitenciario atiborrado, en el que las cárceles son todo lo contrario al eufeminista ideal de “centros de corrección”. (Ver recuadro)


El informe del Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos de la ONU, en 2017, señaló que en Colombia se cultivaron 171.000 hectáreas de coca y se produjeron 1.379 toneladas de cocaína (1). En 1995 existían 50.000 hectáreas de coca, multiplicadas a 170.000 en 2001 (2), año en el que ya estaba en pleno vigor el mal llamado Plan Colombia, difundido y justificado ante la opinión pública con el mismo discurso de protección de la nación estadounidese con en el que ahora se exige al país retornar a la “guerra contra las drogas”. Como se recordará, con aquel Plan, diseñado y aprobado por el Congreso de los Estados Unidos, el gobierno colombiano los autorizaba a enviar cientos de asesores y contratistas militares para enfrentar a las Farc, catalogada como la más poderosa fuente de producción y tráfico de narcóticos del mundo.


Con el paso de los años el Plan fue catalogado como un notable éxito transformador de la diplomacia estadounidense y las políticas bipartidistas en asuntos exteriores por la Comisión presidida por los senadores Roy Blunt (republicano) y Bent Cardin (demócrata), que elaboraron el Informe A Roadmap for U.S. Engagement with Colombia. Una de las bondades del Plan Colombia, señala el Informe en cuestión, consistió en que más del 90 por ciento de sus costos fue sufragado por los colombianos. El Informe fue entregado de mano al presidente Santos el 17 de mayo de 2017. Es importante recordar que Roy Blunt, de acuerdo a medios de comunicación de su país es “El hombre de la Monsanto” en el Congreso norteamericano (3).


En el 2016 dejaron de existir las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, pero la mediciones del 2017 mostraron que lejos de cesar o disminuir la producción y tráfico de cocaína, ambos niveles no sólo se mantuvieron sino que crecieron.


Si a la geopolítica del enfrentamiento de Estados Unidos con China, incorporamos la geopolítica del petróleo y de las drogas, y tenemos en cuenta que William Brownfield, embajador de Estados Unidos en Colombia hace algunos años, y actual Secretario de Estado Adjunto para asuntos de narcóticos, aseveró que en este momento –más de la mitad de la droga producida en Colombia sale por Venezuela (4), no es difícil comprender la presión del gobierno de Trump para encender de nuevo una guerra interna contra las drogas, librada entre colombianos.


Prender de nuevo esa guerra inocua contra el problema del consumo de cocaína de los estadounidenses significa seguir condenando a decenas de miles de niños y jóvenes estadounidenses a la adicción letal y al uso zafio de una planta milenaria que en muchas de nuestras comunidades indígenas cumple una función medicinal, de energía y claridad gracias a los sabedores que reciben sus conocimientos generación tras generación.


Pero también significa demoler la vía del acuerdo eficaz para reducir de modo real la extensión de los cultivos de coca para cocaína en Colombia. Un complejo consenso arduamente alcanzado en la mesa de negociaciones entre el Gobierno y las Farc. Un logro histórico del gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc que permanece sin ser conocido y valorado en todas sus repercusiones posibles para superar la doble plaga que nos ha azotado, aquí y allá, durante casi siete décadas: la cocaína como producto de exportación y la falsa guerra contra las drogas.

 

1. https://www.semana.com/nacion/articulo/coca-aumento-en-17-y-la-produccion-de-cocaina-en-31-segun-naciones-unidas/583537
2. http://www.proyectohombre.es/archivos/2.pdf
3. Contra el Miedo
4. https://www.voanoticias.com/a/droga-colombia-pasa-por-venezuela/3034639.html

 


Recuadro

 

Acostumbrados a la unilateralidad

 

En este escenario es indispensable visibilizar, primero, la unilateralidad y la no reciprocidad del procedimiento de descertificación, y la naturalidad con la que la asume el poder hegemónico en Colombia gracias, en el mejor de los casos, a la labor no reflexiva de los medios oficiosos de comunicación.
Y es necesario también preguntarse por la historia del uso geopolítico de los mercados de producción y de tráfico de narcóticos*. Como señala el investigador Michel Fonte: El concepto de geopolítica de la droga nace del hecho de que el narcotráfico es muy importante no solo por el flujo de dinero que mueve (las ganancias anuales las estiman entre 426.000 y 652.000 millones de dólares, informe “Transnational Crime and the Developing World” elaborado por la la organización Global Financial Integrity en marzo de 2017 con actualización de los datos 2014 , sino también por ser el principal instrumento de aportación para las organizaciones criminales y rebeldes de diferente inspiración ideológica, étnica y religiosa. Ninguna nación que quiere conservar o conseguir una posición dominante en el escenario planetario puede desatender las implicaciones que este comercio conlleva a nivel global, eso EE. UU. lo sabe muy bien desde siempre, a tal punto que derrocha muchos recursos y energías en la que es impropiamente apodada como “Guerra contra las drogas ”, de hecho, al gobierno norteamericano no le importa y nunca le interesó acabar con el narcotráfico, sino controlarlo a su antojo y de manera conforme a los objetivos estratégicos a corto, mediano y largo plazo.
La DEA es la agencia encargada, con la supervisión y colaboración de la CIA, de condicionar las dinámicas del mercado para determinar: 1) El sitio o los sitios de producción de la droga (países, regiones y departamentos) 2) La cantidad y la cualidad de las sustancias psicotrópicas elaboradas 3) Los sujetos que deben fabricar la droga y los que deben comercializarla 4) Los territorios de destinación de los narcóticos (continentes, naciones y macrorregiones) 5) Los beneficiarios de la venta 6) Los damnificados por el consumo 7) La logística del tráfico de los estupefacientes (por donde deben pasar y la cadena o cadenas de intermediación) 8) Los lugares, sectores y finalidades de la inversión de las ganancias originadas por el narcotráfico.

* Ver Politics of Heroine de Alfred Mc Coy, Cocaine Politics de Peter Dale Scott y Geopolítica de la droga de Michel Fonte.

Domingo, 16 Diciembre 2018 11:12

Libertad para Julian Assange

Escrito por
Libertad para Julian Assange

Orgulloso como Artabán, sonriente, rodeado por unos cincuenta fotógrafos y camarógrafos, Jim Acosta hizo efectivo, el 17 de noviembre pasado, su regreso con fanfarrias a la Casa Blanca. Algunos días antes había perdido su acreditación de corresponsal de Cable News Network (CNN), pero la Justicia estadounidense obligó al presidente Donald Trump a que anulara la sanción. “Era una prueba, y la ganamos nosotros -fanfarroneó Acosta–. Los periodistas tienen que saber que en este país la libertad de prensa es sagrada, y que están protegidos por la Constitución [para] investigar acerca de lo que hacen nuestros gobernantes y dirigentes.” Fundido encadenado, música, happy end…


Refugiado desde hace seis años en la embajada de Ecuador en Londres, Julian Assange acaso no pudo seguir en vivo por CNN un desenlace tan emotivo. Su existencia se parece a la de un prisionero. Prohibición de salir, bajo pena de ser arrestado por las autoridades británicas, y luego, con toda seguridad, extraditado a Estados Unidos; comunicaciones reducidas y vejámenes de todo tipo desde que, para complacer a Washington, el presidente ecuatoriano Lenín Moreno resolvió endurecer las condiciones de estadía de su “huésped” (véase Ramírez Gallegos, pág. 10).


Revelaciones imperdonables


La actual detención de Assange, así como también la amenaza de algunas decenas de años de prisión en una cárcel estadounidense (en 2010, Trump deseó que fuera ejecutado), le deben todo al sitio de información que dirige. WikiLeaks está en el origen de las principales revelaciones que incomodaron a los poderosos del mundo desde hace unos diez años: imágenes de crímenes de guerra estadounidenses en Afganistán y en Irak, espionaje industrial de Estados Unidos, cuentas secretas en las islas Caimán. La dictadura del presidente tunecino Zine El Abidine Ben Ali se vio estremecida por la divulgación de un comunicado secreto del Departamento de Estado estadounidense que calificaba a esta cleptocracia amiga de Washington como “régimen esclerosado” y “cuasi mafia”. Fue también WikiLeaks quien reveló que dos dirigentes socialistas franceses, François Hollande y Pierre Moscovici, habían ido, el 8 de junio de 2006, a la embajada de Estados Unidos en París para lamentar el vigor de la oposición del presidente Jacques Chirac a la invasión de Irak.


Lo que la “izquierda” menos le perdona a Assange es la publicación en su sitio de los correos pirateados de la campaña de Hillary Clinton. Estimando que este affaire favoreció los designios rusos y la elección de Trump, la izquierda olvida que WikiLeaks primero develó las maniobras de la candidata demócrata para sabotear la campaña de Bernie Sanders durante las primarias de su partido. En ese momento, los medios de comunicación de todo el mundo no se privaron de transmitir esa información, como lo habían hecho con información precedente, sin que por eso sus directores de publicación fueran asimilados con espías extranjeros y amenazados de prisión.
El encarnizamiento de las autoridades estadounidenses contra Assange se ve alentado por la cobardía de los periodistas que lo abandonan a su suerte, o que incluso se deleitan con su infortunio. Así, en el canal Msnbc, el animador estrella Christopher Matthews, ex cacique del Partido Demócrata, osó sugerir que los servicios secretos estadounidenses deberían “actuar a la manera israelí y secuestrar a Assange”…

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Aldo Giacometti

“Quizá no sea el tiempo de negociar, o no ha llegado el gobierno que de verdad quiera y pueda”

La paz, ese viejo sueño de la humanidad encuentra en Colombia un amplio territorio de anhelos, así como un mar de promesas, intentos de negociarla, logros parciales y fracasos. Desde cuando en 1984 el gobierno del entonces presidente Belisario Betancur abrió la fase que aún no llega a su fin de paz negociada con las guerrillas revolucionarias, múltiples diálogos y Mesas para darle curso se han llevado a cabo e instalado por los gobiernos que desde entonces ha conocido el país. De tales episodios brotaron, en una primera fase, firmas de paz entre las guerrillas con una columna vertebral urbana y el establecimiento, y en la segunda, la recién concretada firma con las Farc, de arraigada raíz campesina.


En esos años, que ya suman 34, el Ejército de Liberación Nacional (Eln) ha tenido asiento en varias Mesas bilaterales, frente a frente con el gobierno nacional en Costa Rica, México, Caracas, La Habana (vez anterior) …, todas ellas truncas. En todas y cada una de estas ocasiones participó, en una u otra de sus fases, Antonio García, segundo comandante al mando de esta guerrilla, y con quien este periódico sostuvo una entrevista vía electrónica en procura de respuestas ante un conjunto de interrogantes que hoy acompañan a líderes sociales, políticos, periodistas, de Colombia y otros países de la región y del mundo.


En ese ciclo de paz lograda con diversos grupos guerrilleros e intentos de diálogo abortados con otras, el pasado 30 de marzo de 2016 un nuevo intento fue oficializado entre esta veterana agrupación guerrillera y el gobierno nacional. Transcurridos dos años largos, con una agenda de 5 puntos concertada entre las partes, y luego de cuatro ciclos en Quito –Ecuador– la Mesa que debió ser trasladada a La Habana, no solo cojea sino que está sufriendo el corte de sus patas. La razón: las reglas de juego cambiaron: Ahora, a pesar de sus avances, los aspectos acordados no tienen peso alguno. así parece desprenderse de lo dicho una y otra vez por el presidente Duque: “Si quieren hablar de paz estamos listos, pero si y solo si le ponen fin a todas las actividades criminales y liberan todos los secuestrados”.


Al respecto, Antonio García subraya que “esa declaración desconoce que hubo un acuerdo de agenda, de orden temático y un orden de discusión con el anterior gobierno y dicho acuerdo debe respetarse”. Afirmación que este mando guerrillero no deja solo ahí. Puntualiza que el actual Gobierno “[…] desconoce que el Eln es una organización alzada en armas y que en esta condición no acepta el sometimiento al Estado […]. No somos una organización sometida a su normatividad, no hemos hecho ese acuerdo, al menos no está en la agenda. El derecho a la rebelión nos confiere la potestad para romper los monopolios atribuidos al Estado, según el Tratado de Westfalia” (1).


Desde la campaña electoral estaba casi seguro que de ser ungido como presidente, Duque no le daría continuidad a la negociación con ustedes, le escribimos a nuestro entrevistado, de lo cual podría inferirse que lo expresado ahora por el Presidente es una forma ‘disimulada’ de enfriar la negociación y descargar en la contraparte el costo político de romper la mesa, ¿qué piensa de eso?

García retoma cuáles fueron los términos acordados con el gobierno Santos: “Tres condiciones fueron las que nos puso: que las conversaciones fueran en el exterior, directas y secretas en la fase exploratoria, y en medio de la confrontación militar. El Eln no compartía algunas de ellas, pero se aceptaron, pues eran condiciones de tiempo, de espacio y operacionales mas no referidas a la naturaleza de nuestra organización”.

Así las cosas, para el Eln el Gobierno no es caballero en la Mesa. García amplía su opinión, “el asunto no es la Mesa, que está siempre ahí, o en cualquier lugar. El lío es quiénes se sienten en ella. El Eln está sentado y no ha dicho que vaya a romperla, además ha cumplido siempre. La delegación de Duque no asiste a las conversaciones. Eso lo pueden adornar como quieran o pueden vociferar cuanto quieran, pero es tan evidente que no requiere de explicaciones. Como presidente, Duque renuncia a continuar una responsabilidad de Estado y honrar los acuerdos del gobierno anterior (2). Mal precedente, ¿quién se atreverá a firmar acuerdos con futuros gobiernos? Y de nuestra parte, pregunto: ¿En qué ha incumplido el Eln?”.


Esta respuesta nos lleva a insistir en un interrogante anterior: parece que Duque no quiere asumir el costo de levantarse de la Mesa, ustedes tampoco, ¿cómo van a asumir ese tiempo de espera? ¿Consideran que tal paréntesis irá en contra del gobierno?


Tratado el tema antes, encontramos que nuestro interlocutor mantiene interés en retomarlo: Sería mezquino responder que queremos que sea el Presidente quien pague un costo político. No nos interesa eso. Es la sociedad en su conjunto quien resulta afectada. Nos interesa la paz de Colombia que traiga justicia, felicidad y equidad para las actuales y futuras generaciones. Lo cierto es que el actual y el anterior gobierno no están en condiciones de negociar, de establecer acuerdos que puedan cumplir. Como dice Trump sin tantas vueltas: ‘sí ganamos los ricos, ¿para qué negociar?’”.


Y continúa en la misma letra: “Quizá no sea el tiempo de negociar, o como dice el sentido común: no ha llegado el tiempo, o como diría otro: no ha llegado el gobierno que de verdad quiera y pueda. Pues son recurrentes las negociaciones y acuerdos incumplidos por los gobiernos a todas las protestas y conflictos sociales. Los gobiernos no pueden seguir mamando gallo”.


La respuesta, con tantos bemoles, nos deja dubitativos pues podemos pensar que esta guerrilla está de verdad dispuesta a una paz negociada, pero también a un alargue del conflicto armado por el tiempo que sea. El ciclo de las negociaciones de paz en Colombia seguirá abierto por mucho más tiempo, pensamos. Una perspectiva del conflicto armado, en cuyas escaramuzas, maniobras, distracciones y golpes de opinión es determinante el aspecto militar, pero asimismo la geopolítica, la misma que, con la caída del Muro de Berlín en 1989, condujo a las insurgencias urbanas a pensar que su escenario estaba cerrado y que era la hora de buscar una paz dialogada. Por eso, es una inquietud muy repetida: ¿De qué manera influye en el estado actual de la Mesa y en sus orientaciones como Comandante con la máxima responsabilidad militar, la situación internacional y, en particular, la de América Latina, o es que la Mesa expresa simplemente el deseo de derrota militar que no oculta un sector de quienes dominan en Colombia?


En el otro lado de la red, de un lugar tal vez lejano, en el monte o en la ciudad, cercano o lejos de una frontera, llega escrito. “El tiempo lleva implícito unas circunstancias, una realidad y muy seguramente el contexto internacional tiene una incidencia, pero lo esencial está en nuestro país. Por ejemplo, hay falta de consenso en la clase dominante, pues para unos la negociación debe hacerse como remate de un triunfo militar; para otros como parte de una victoria en curso, y de otros que consideran que para superar la confrontación militar se requiere la vía política, que contemple cambios en muchos órdenes, que no se trata sólo del silenciamiento de los fusiles”.


Suponemos que en este momento, posiblemente hizo una pausa o escuchó una noticia en radio como acostumbran los guerrilleros. “Hace unos días volví a leer una entrevista con María Alejandra Villamizar en 2005, ahí encontramos las mismas exigencias que hoy nos hace Duque, pero colocadas por Uribe; no es una coincidencia. A parte de lo anterior, y lo más grave es que se asume como política de Estado, que al no haber consensos en los sectores de la clase dominante, ni en los poderes del Estado, cualquier acuerdo debe someterse a sucesivas negociaciones que terminan triturando cualquier acuerdo, eso aconteció y sigue aconteciendo con el acuerdo con las Farc, sin desconocer que ellos cometieron errores en su forma de negociar; aunque también, en los contenidos de la negociación expresan su visión, una negociación más centrada en ellos mismos”.


En lo concerniente con la paz, el presidente Duque obra apegado al relato opositor del Centro Democrático y su discurso tras el resultado del Referendo, que acusa a Santos de “burlarse y dar un golpe de Estado” a la victoria del No. Por tanto, a la Mesa le está tocando el barro y un lapso de dificultades más grandes que las normales de una negociación. En este marco, es primordial saber si con el propósito de no cerrar el diálogo, ¿el Eln estará listo a recomenzar de cero. Está dispuesto a aceptar que ante un nuevo gobierno y su ventaja, el paso sea definir una nueva agenda que guíe la negociación? Pronto, en el buzón de entrada nos llegó un mensaje electrónico. “El que no quiere negociar no es el Eln, ni hemos amenazado con cerrar nada, solo se trata de continuar en los puntos que se acordaron. Hay un problema de fondo, es la manera como los gobiernos hacen sus empalmes, en cómo le dan continuidad como Estado a los asuntos que son de orden constitucional como es el asunto de la paz. Si el problema es de este orden, es pertinente que haya una política de Estado clara, al igual que los roles para las delegaciones de los gobiernos, pues se requiere saber con quién se negocia, si es con el poder ejecutivo, con el legislativo, con el judicial o con el militar; o si es con un empleado, a quien le interesa más el salario que el futuro del país”.


Negociación versus sometimiento


El tiempo, en medio de las matrices de opinión existentes acerca de la insurgencia, corre a favor del gobierno, ¿qué van a hacer? ¿Van a esperar indefinidamente? ¿En esta circunstancia, no tendrían que replantear el diseño estratégico? En ese caso, ¿en cuáles aspectos en cuál mínimo pondrían el énfasis? Es notorio que nuestro entrevistado piensa más en el país como conjunto y no en nosotros, como sus entrevistadores. Su respuesta más que un sí o un no es una explicación: “Nosotros acordamos una Agenda, un orden temático, que se anunció con toda formalidad. Todo mundo la conoció el 30 de marzo de 2016. ¿Por qué nosotros debemos cambiar un acuerdo que hicimos con el gobierno anterior? Ese es un asunto de Estado. y la paz no es un juego. ¿Por qué nosotros tenemos que resolver un problema del establecimiento?”.


Y sigue de inmediato. “Si quieren usar el tiempo como presión, lo pueden seguir haciendo, en eso perdemos todos, pero aceptar imposiciones no va con nosotros. Corresponde que Duque envíe su delegación a la Mesa y ahí, con mucho gusto, se conversan las cosas. Ahí, lo que sea razonable y en el marco del respeto que somos una organización rebelde alzada en armas, se examinará con igual respeto y consideración. Nuestra delegación tiene la orientación de mantenerse en la Mesa”.


Retomando las consideraciones que recalcan y difunden una y otra vez los medios de comunicación, preguntamos: en una perspectiva o viraje, de recomenzar, ¿estarían dispuestos a ofrecer un cese unilateral de fuego, incluyendo lo que el gobierno llama devolución de secuestrados? Con énfasis, dando por sentado que el Eln constituye otro Estado, ya sea en formación o ejerciendo en territorios pequeños y delimitados dentro del Estado que es conocido como Colombia, el segundo al mando del Eln escribe: “Los gobiernos son caprichosos. Santos dijo que la negociación debía ser en medio de la confrontación militar. Luego, se le ocurrió que debía ser como a él se le antojara”.


En este punto, García precisa el procedimiento en una conversación para dar fin a las hostilidades. “El principio elemental de una negociación es que se habla sobre lo que las dos partes acuerdan, y no lo que una sola quiera. Es así de sencillo”. Un sencillo que en los hechos no resulta así. “Siendo francos, a costa de qué el Eln debe hacer lo que el gobierno quiere, pues si a nosotros se nos antojara exigir otro tanto, estaríamos con el mismo derecho. Si aceptáramos las imposiciones del gobierno no estaríamos en una negociación, sino en un proceso que se llama sometimiento. Nosotros no estamos para eso. Si hablamos de reciprocidad podríamos considerar el asunto”. Y quien está al otro lado de la red recuerda una vez más que, “hemos hecho gestos puntuales, la mayoría sin reciprocidad del gobierno, por eso los gobiernos se malacostumbran y creen que todo es a precio de huevo –un dicho que toca replantear, pues ahora los huevos están muy caros”.


¿Y los secuestrados? “Sobre el tema de las retenciones, en derecho se denominan acciones de privación de la libertad, es pertinente tratarlo con franqueza. Todos los gobiernos del mundo, todos, sin excepción, realizan acciones de privación de la libertad por diversas razones, motivos o justificaciones: políticos, tributarios, control social y protección, etcétera. ¿En qué se diferencian de las que hace una organización rebelde en armas? La única diferencia es que ellos dicen que pueden hacerlas, dizque porque son legales, porque están dentro de sus leyes. Conclusión: las que hacen los gobiernos son legales y las nuestras no. ¡Qué bonito!, la relatividad del derecho y la justicia. Como si la legalidad fuera ‘patente de corso’ para hacer de manera ‘legal’ cualquier delito. Es un asunto político”.

Y prosigue en su alegato: “Pregunto, ¿qué son las cárceles?, no me digan que son centros d reclusión voluntaria o espacios de retiros. Para salir de allá también hay que pagar, así los detenidos cumplan las condenas; hay mucha gente sin causa justificada o sin condena establecida, no por uno o dos años, ¿cómo puede llamarse este fenómeno? Como les decía antes, la rebelión armada es la ruptura de esos tres monopolios de los Estados, ahí radica el fondo del asunto. Si ellos lo hacen, nosotros también. La rebelión es una ruptura de la legalidad existente sobre la que se soportan dichos monopolios”.

Cabe reconocer que hay coherencia doctrinaria en esta consideración con desafío que hace García. Pero, nos interesa tocar la coyuntura y volvemos a la carga: ¿no creen que un “gesto de paz” es el paso que esperan, tanto la comunidad internacional como los más amplios sectores de la opinión pública? “Sería muy bueno un gesto de paz recíproco, no lo estoy negando, pues las dos partes debemos ser generosas, que bueno sería. Pero es como todo, aquí volvería a cumplirse la máxima de la vida, que solo es generoso el pobre, que comparte el pedazo de pan con el necesitado; mientras el rico, en medio de la opulencia, solo ofrece las migajas”.

La guerra y la política

En toda lucha militar hay cinco aspectos que son determinantes, según el pensamiento de Sun Tzu: la vía, el tiempo, el terreno, el mando y la disciplina. En lo relativo a la negociación de un conflicto no hay un modelo acerca de los pasos a dar. No hay una experiencia reconocida con aporte universal. La clave es descubrir y afrontar ante las cosas inesperadas. Todos sabemos que en el logro de una solución política está de por medio el efecto de la correlación de fuerza en la opinión. Aquí, el gobierno cuenta con factores a favor y se siente más fuerte, con pretensiones para imponer sus criterios. Entonces, ¿cómo se plantean ustedes torcerle el cuello a la correlación de fuerzas existente entre las partes en conflicto? “Tanto el gobierno como nosotros tenemos nuestras estrategias, unas son públicas y otras secretas. De las públicas estamos hablando, de las otras nos reservamos. Vamos a persistir porque consideramos justo que se respete un acuerdo. Si se violan los acuerdos ahora, apenas empezando, ¿qué será después? Estamos en una negociación, lo que ustedes plantean es hacer la guerra en la mesa. Nosotros nos apartamos de ese criterio, pues una negociación, si es con voluntad, no debe colocarse alrededor de la mesa los batallones, las brigadas o las divisiones, porque en ese instante se convertiría en un campo de batalla, y lo que se trata es de superarla”.


La respuesta nos lleva a recordar que el Eln no es un ejército, como en su caso se autodefinían las Farc, sino una organización político-militar, que ahora le está dando más peso a lo político: ¿Y no han pensado, inquerimos, que el movimiento por la paz y los 8 millones que votaron distinto también están esperando lo mismo? ¿No tienen demasiada confianza en ese movimiento? “Ojalá pudiésemos escuchar a los ocho millones directamente, que nos contaran qué es lo que quieren y a quién le hacen las exigencias” –empieza por escribir Antonio García. Y prosigue: “No nos vamos a comer el cuento que dicen que dijeron; estamos muy grandecitos para eso. No es la primera negociación en la que estamos. Preferimos la certeza a la confianza. Confianza viene de con-fio, de fiar. La confianza nace de un camino de certezas. La movilización cierta es la de los estudiantes que poco son escuchados, al igual de los demás sectores sociales que protestan y nadie los escucha, y cuando por milagro los escuchan es para mamarles gallo y seguir los incumplimientos. Por eso, poco confían en el gobierno, al que siempre le fían y casi nunca paga. En sentido contrario, al gobierno le interesa la certeza de nuestros gestos, que no actuemos militarmente, y quieren que la sociedad y nosotros les fiemos los cambios, las transformaciones. Hagámosle primero a las certezas”.


En el lugar de las certezas, la reciente firma con las Farc es un capítulo con preguntas pendientes. ¿Las Farc repitieron el modelo de otra desmovilización?, ante la desventaja en la correlación política entre las fuerzas populares y las del poder. O, ¿sin tamaño, las Farc intentaron un procedimiento diferente de dejación de armas que no empelotara el cumplimiento de los Acuerdos? Que lo dejara desvestido ante las trampas institucionales y burocráticas, y los intereses del Estado y el poder. Son preguntas que por supuesto, le quitan fondo y blanco a la Mesa Gobierno-Eln. En concreto, si ustedes llegaran a admitir que la opinión pública quiere la paz, “como sea”, ¿estarían dispuestos a “someterse a la justicia”, a ‘rendirse’? O ¿preferirían, como en su momento lo hicieron las Fuerzas armadas de liberación nacional (Faln) en Venezuela y recientemente la ETA, unilateralmente, dar por terminado el proyecto revolucionario armado? “Cada organización y cada pueblo son autónomos de escoger sus propios caminos, es una lección dejada por la historia, por la soberanía de sus actores. Por nuestra parte, hemos sostenido con claridad que someterse no le ha pasado al Eln por la cabeza, menos claudicar. Para nosotros la búsqueda de la paz debe ser un camino hacia los cambios para bien de los colombianos, sobre todo de los más empobrecidos, es el mismo camino hacia una democratización de la sociedad y un camino de revolución; pues revolución debe ser cambio, equidad, empoderamiento de la sociedad, que los de abajo gobiernen y cada día sean más como seres humanos disfrutando de una vida mejor. En esta ruta de sociedad o de ‘paz para la sociedad’ nos identificamos con muchos sectores y organizaciones sociales del país, lo que habría que mirar es si eso es posible de conseguirse en una Mesa, o de qué otra manera. Habría que preguntarle a los sectores que controlan el poder económico, político, militar y demás, si están en la misma ruta, pues todos dicen ser ‘demócratas’, pero a la hora de las verdades les duele mucho el bolsillo. Como puede ver, eso no sólo depende de nosotros, sino de cómo puede ser posible concretar un deseo de cambio de la sociedad; porque el Eln existe como expresión de esa necesidad de cambio. Si la dirección de un proceso de paz no abre las puertas para los cambios, el Eln no va”.


Leemos con atención la respuesta y continuamos desgranando el momento que vive el país y su entorno: El gobierno de Duque ha logrado que la Unión Europea avale su exigencia con respecto a ustedes, ¿rompe esta complacencia la neutralidad que debieran mantener con respecto a la mesa en curso? ¿Esto obliga a recomponer los acompañantes de la misma, ya de por sí diezmados por el rechazo del gobierno a la presencia de Venezuela en ella? “En las conversaciones que nuestra delegación ha mantenido con la comunidad internacional, personalidades nacionales e internacionales, se recibe el apoyo a la continuidad de las negociaciones. Ahora, es fastidioso meterse en los problemas de los demás. Siempre ha sido fácil querer que otros hagan lo que uno nunca hizo en el pasado. Me sucedió hace unos años, había un país europeo que se consideraba muy pacífico y nos cuestionaba el uso de explosivos en la guerra, hasta que me vi obligado a mostrarle una factura de una empresa de dicho país donde constaba un envío, a la industria militar del gobierno colombiano, de materia prima para fabricar explosivos; aún recuerdo la cara que puso; no volvió a tocar el tema. […] Para no meterme en honduras, quien esté de buena fe, con verdadera voluntad, es quien debe estar, cada cual escoge su camino, pero todo país tiene sus aliados, unos de oportunidad y otros estratégicos, en eso no nos llamemos a engaños […]. Siempre estaremos agradecidos de quienes con honestidad ayudan en la construcción de la paz. Cuando se configuró el grupo de países garantes negociamos un relativo equilibrio entre las dos partes, es eso lo que vale”.


Entorno regional, soberanía y guerra híbrida


Para la mayoría de analistas y estudiosos de la geopolítica regional es claro que con el agotamiento de los gobiernos progresistas el espacio y favorecimiento para una negociación entre iguales, con beneficio general para quienes habitan Colombia, ha quedado atrás, ahora gana espacio la derrota del contrario, así sea en la Mesa. Mirando hacia Venezuela, y la tensión de su relación con los Estados Unidos, así como el interés de este país en que caiga el gobierno de Nicolás Maduro, incluso vía magnicidio o golpe de Estado –para lo cual han logrado concretar una alianza con buena parte de los países de la región, incluida Colombia–, con el escenario de una guerra civil abierto, continuamos con la impersonal entrevista, ¿afecta este escenario la negociación de paz que ustedes intentan proseguir con el gobierno Duque?


"Todo lo que afecte el vecindario nos afectará a los colombianos. Si no hay paz en la región, muy difícilmente la habrá en nuestro país”. Este sentido de mirada global, tan ajena en Colombia, donde la mayoría de sus dirigentes y población han crecido ensimismados, contemplándose en sus fortalezas y debilidades, nos lleva a pensar que lo que ahora está sucediendo ante nuestros ojos pasa desapercibido para la mayoría, por lo cual desean que el gobierno del país vecino caiga, a como de lugar, como si ello no tuviera consecuencias inmediatas y mediatas. Mientras así compartimos, recordamos que debemos acabar de leer la respuesta para dar paso a otra posible pregunta.


"Hay un derecho o normatividad internacional que debe respetarse, la soberanía de los pueblos, gobiernos y naciones para tratar y solucionar sus diferencias, sus problemas. Los demás lo que deben hacer es cooperar. Estados Unidos y sus aliados han hecho de todo, desde cuando estaba Chávez, bloquear, impedir y golpear los procesos de cambio. Lógico, en la Venezuela de 2002, hubiesen querido que aconteciera lo del Chile de Allende en 1973, pero no fue. ¿A qué costo para la sociedad, para el pueblo? (3). Venezuela ha demostrado su compromiso por la paz de Colombia, por encima de muchos incrédulos. El escenario de negociación, o lo que nosotros llamamos espacio, se negoció que fuera en el entorno de Colombia y sobre todo en América del Sur. Al Gobierno le gusta más Estados Unidos, y los tienen de aliados, deberíamos compensar con China o Rusia, por aquello de los equilibrios”.


¿Y no temen que un escenario de ese tenor inscriba a nuestro país en un posible conflicto entre potencias, donde actuemos como simples peones, como le ocurrió a Siria? “Nosotros, precisa Antonio García, no somos los que andamos ofreciéndonos a la Otan para sus planes intervencionistas en otras latitudes, como gran potencia militar regional, o somos los que tenemos como objetivo de nuestra Doctrina Militar el ser líder militar regional, como sí lo tienen las Fuerzas Armadas del Estado colombiano, es bueno que lean la Doctrina Damasco. Para hacer esto no se requiere justificaciones internas, pues el gobierno colombiano ya había decretado el fin del conflicto, y se prepara para una ‘guerra hibrida’ en el entorno regional y continental, que mucho se estudió en la Universidad Nueva Granada”.

Tomando en consideración los dardos soltados por nuestro entrevistado, vamos estructurando una nueva inquietud: Los acuerdos de paz logrados por las Farc han entrado en un escenario poco claro, tanto por su incumplimiento por parte del Gobierno como por el rearme de una parte de esa fuerza. Valorando tal realidad, y con la interrupción o ruptura de la negociación que ustedes llevaban con el gobierno ¿podríamos decir que la anhelada fase de paz duradera en Colombia ha quedado en el congelador? ¿Qué implicará esto para el país y que opciones le quedan a los movimientos sociales para no verse afectados de manera violenta por esta realidad?

“La intensidad de la confrontación militar dicen que ha bajado. Para nosotros no, pues hay una ofensiva del gobierno, y cuando nos logra golpear le dan un gran despliegue. Pero no acontece lo mismo cuando reciben nuestros golpes, se han especializado en ocultar los ataques exitosos de nuestra fuerza (4). La guerra mediática para nosotros juega, como también la paz mediática juega para la opinión. Pero la cruda realidad son los centenares de asesinatos de dirigentes sociales a lo largo de este último año, eso dice qué tan cierta es la paz, o mejor la crudeza de la realidad. Dicen los entendidos que cuando se hacen solicitudes a los gobiernos y estos las conceden en el marco de la institucionalidad, sin que nada cambie, se llama reformismo, pero la cruda realidad del capitalismo actual y de siempre, es que solo acepta las reformas cuando siente la amenaza de una revolución, le da temor y cede”.


La respuesta nos lleva a pensar en la inexistencia de una teoría global que le de base a una acción revolucionaria que rompa al capitalismo, como también a la inexistencia de apoyos por parte de país alguno para que fuerzas irregulares alternativas se mantengan en pie y avancen, de ahí que escribamos en el nuevo mensaje: pero, precisamente, esa situación de posible revolución es lo que se reconoce ampliamente como perdida o, por lo menos, envolatada, ¿consideran ustedes que aún es posible una revolución en Colombia? Y de ser así, ¿cuáles son las ideas fuerza y las acciones básicas que así lo posibilitaran? La historia jamás es en línea recta, hay muchas curvas, así como subidas y bajadas. Sería muy fácil luchar cuando uno tuviese más fuerza que el oponente –dice el segundo al mando en esta guerrilla–, de eso se trata una guerra de resistencia, los pueblos tienen más edad que un individuo, ellos van entregando a las nuevas generaciones los objetivos de su futuro; eso está suficientemente claro en el Eln”. Cuandopensamos que ya había argumentado, prosigue: “Si no hubiese razones para luchar por los cambios y transformaciones de una realidad injusta, no existiría la guerrilla y tampoco habría las movilizaciones de estas semanas, tan masivas y de carácter nacional, donde se muestra muy poca capacidad del gobierno para buscar y construir soluciones. Cuando al menos en Colombia se acepte la existencia de los presos políticos, podrá decirse que un gobierno ha empezado a pensar en la solución política como una posibilidad real, le respondo esta pregunta de manera inversa, porque de toda esta lucha actual se seguirán llenando las cárceles con dirigentes y activistas sociales, y los muertos, por la misma razón, siguen sin parar”.


Las respuestas de nuestro entrevistado dan un ángulo mayor en la mirada de la disputa por la Mesa, por su (re)instalación o quiebre, lo que estará en disputa durante los años que dure el gobierno Duque, y la paz negociada, esa ventana abierta en 1984 por primera vez tardará unos años más en ver cerrado su ciclo. El segundo al mando del Eln deja en claro la disposición de esta fuerza insurgente para negociar la paz como para afrontar la guerra. ¿Tienen fuerza los movimientos sociales para cambiar este escenario?

1. Según este Tratado, los monopolios aludidos al Estado son: el uso de la fuerza y de las armas, el monopolio para recoger tributos o impuestos y aplicar su normatividad jurídica, en la que cabe el monopolio para realizar acciones de privación de libertad.
2. En su disertación coloca un ejemplo: “Qué tal que un arrendatario de una vivienda, por el solo hecho que la empresa arrendadora cambie de dueño, al día siguiente se encuentre en la calle desconociendo que había firmado con el anterior dueño un contrato legal, con respaldo jurídico. Es un asunto elemental, de sentido común. De cortesía diría otro”.
3. Y enfatiza: “A los gringos no le interesa la democracia o la gente, pues no vengan con el cuento que en Chile se imponía a Pinochet para reposicionar la democracia. La historia no puede seguir siendo la justificación de la ignominia: yo debí ser bueno en el pasado”.
4. “Ocultan numerosos ataques contra instalaciones militares con cargas explosivas de gran envergadura, cierran calles o sus instalaciones para que los medios no lleguen ni se enteren. También cuando sus embarcaciones, como nodrizas o tanquetas son igualmente atacadas por nuestras fuerzas, por ningún lado se sabe, pero pregúntele a la gente en las regiones donde están ubicadas nuestras fuerzas”.

 


Correlación de fuerzas y fakenews

Cabe decir aquí que según la historia, las negociaciones de conflictos armados toman uno u otro sendero, uno u otro ritmo, de acuerdo a la correlación de fuerzas que se desprende del campo de batalla, de manera que en Colombia, pese al mayor peso de las Fuerzas Armadas oficiales la guerra irregular está en tablas. Entonces, cada una de las partes estará tratando de asestar un golpe que incline la Mesa a su favor. Sin embargo, algo en que concuerdan los analistas es que el Eln no cuenta con la fuerza militar para eso, ¿qué sigue, entonces? Desde el Eln los términos son de reafirmación en la Agenda que acordaron: “Si tenemos o no capacidad operativa para que el actual gobierno respete lo acordado –enfatiza Antonio García–, por ahora no ha sido discutido como un mecanismo para la implementación. La afirmación que ustedes señalan suena a eso: que para negociar algo con el Estado hay que tener capacidad militar para hacerlo cumplir. Si eso es así, habría que examinar el asunto. Aunque sobre este tema también hay enfoques caprichosos: a los gobiernos y los operadores de opinión les gusta decir que la guerrilla del Eln no tiene capacidad militar, pero cuando se hace cualquier acción militar ponen el grito en cielo, entonces uno no los entiende”.


Con su presencia en la Mesa, el Eln quedó a la vista, en el escenario de los titulares y la política de por medio, con mayor blanco de la “maniobra política” del poder y de los fake news, en ese marco que no es exclusivo de la clandestinidad, tiene el Eln cómo contrarrestar y cómo aclarar el mensaje dominante? La respuesta aporta en una definición acerca de cómo conciben una negociación. “Estamos, se trata de una negociación, no de lo que se quiera decir por un micrófono. En una negociación el instrumento es la mesa de conversaciones, la agenda que se pacta, las regulaciones que pactan las dos partes para adelantar el debate. Si se tratara de adelantar una campaña política, los instrumentos y los acuerdos serían de otra naturaleza. No hay nada que hayamos incumplido a la luz de lo acordado, quien está incumpliendo es el gobierno al no querer hacer presencia en la Mesa”.

 


Coca, narcotráfico, ética y el Catatumbo

 

Cada día es más frecuente escuchar por los medios de comunicación que ustedes son narcotraficantes, ¿cómo han pensado contrarrestar esta propaganda oficial y mediática?
“Dicen que en una guerra lo primero que se pierde es la verdad. Inglaterra mintió sobre Irak, siguen mintiendo Inglaterra y Francia sobre Siria, y las agresiones militares continúan. La propaganda no es un tipo de guerra sutil o un accesorio de ella, no, es la misma guerra, y es más brutal que la física. Por ejemplo, en una guerra una persona se muere, y ya. Pero con la guerra mediática se sigue matando la historia, la dignidad y por tanto el futuro. ¿Narcotraficantes nosotros? ¡Ave María!, como diría un paisa, primero eleno muerto, que ... Pues ¿se podrían imaginar al cura Camilo Torres o al cura Manuel Pérez con un alijo de cocaína? En el Eln primero está nuestro espíritu de servicio por encima de todo”.


Entonces, ¿tal información es desinformación?
“No hay la menor duda. Jamás han agarrado ni van a agarrar a un militante nuestro con un gramo de cocaína, menos tenemos laboratorios o rutas o ventas en el exterior. Como tampoco andamos como la DEA armando trampas para agarrar y penalizar incautos, para luego quedarse con los alijos de cocaína; ni tampoco lo que hacen otras agencias financiando operaciones de intervención a otros países con este tipo de negocios. La gente nos conoce, tenemos historia en nuestras regiones”.


¿Cuál es la relación entonces que tienen con este asunto?
“Cobramos un impuesto, como lo hacemos con cualquier actividad productiva. Ahora, si el gobierno o los gobiernos quieren pasar por rigurosos, penalizando el daño que causan actividades ilícitas, deberían empezar con la corrupción, que es el robo, de frente y con apoyo de la ley y de las instituciones de los bienes, recursos y riquezas de todas las gentes; por eso la población se queda sin salud, sin educación y pare de contar. Al Eln la gente lo puede ver sin tapujos, nuestra gente sabe como vivimos, como vestimos y comemos, muy humildemente, como todos los pobres de Colombia y del mundo”.


Cuando los medios aluden a este tema del narcotráfico, en relación con el Eln, lo relacionan con la famosa “disputa” por territorios y “corredores” con las mafias. Así explican, por ejemplo, ciertas acciones en el Chocó y, en especial, el enfrentamiento con el Epl en el Catatumbo. ¿Creen que es posible quitarse de encima ese “San Benito”? ¿Cómo?


“El enfrentamiento con el grupo del Epl, o como popularmente los llama la gente, “los pelusos” o “paramegas”, ese es otro cuento. Con el llamado Mando Nacional del Epl, la conducción estratégica del Eln realizó varias reuniones para establecer acuerdos, pero nunca se cumplieron donde ellos existen, en el Catatumbo, pues no están en otro lado; siempre los incumplieron. La razón del incumplimiento estaba en la alianza que tenían y tienen con los paramilitares en la región, para repartirse el control territorial y supuestamente el vacío dejado por las Farc, y por tanto controlar los negocios. Esa alianza se demostró, los paramegas están revueltos con los paramilitares, incluso varios de sus mandos operativos en el territorio son paramilitares; alguna gente nos dice que debemos llegar a un acuerdo con ellos, ¿cómo hacer acuerdos con los paramilitares?, ¿será que se puede? Complicado este asunto. Nosotros no somos los que estamos negando la naturaleza revolucionaria de una fuerza, si es ella la que hace las alianzas, y eso viene desde hace rato, desde cuando estaba vivo Megateo.


Si una fuerza paramilitar nos quiere cortar un corredor de movilidad, nosotros no podemos quedarnos quietos, pues es elemental mantener la libertad de movimientos y de acción, es uno de los tres principios de la guerra. No somos ingenuos, los paramilitares son una fuerza funcional al Estado, eso está documentado ahora y en el pasado.


El tema del ‘San Benito’, es un asunto mediático, y en eso el que tiene el micrófono es el que habla, pero nosotros no vamos a asustarnos por eso y dejar de hacer lo que tenemos que hacer. Por fortuna toda guerra deja sus registros. Por ejemplo, luego de los ataques que nuestra unidades realizaron el 1 de noviembre, contra varios grupos paramegas, ubicados en las veredas de Mesitas, Limoncito y Castrillón, en la Provincia de Ocaña, los paramegas sacaron unos comunicados hablando falsedades sobre nuestra actuación; nuestros mandos permitieron la entrada a los sitios de los combates de unas comisiones del Cicr y de la Defensoría del Pueblo para que miraran lo que había sucedido, que hablaran con la población y ellos mismos se llevaran la información de manera directa. Seria bueno escuchar lo que esas instituciones tengan para informar, por eso de la objetividad que hay que tener con la opinión”.


La condición impersonal de la entrevista nos impide ver el rostro de quien nos responde. En todo caso, imaginamos al segundo al mando del Eln repasando las debilidades no superadas como guerrilleros, el efecto de sus operaciones y la distancia con la opinión pública, los coletazos en ciertos territorios de la “guerra contra las drogas” atizada por los Estados Unidos, el efecto de la crisis económica, política, social y humana de Venezuela sobre toda la frontera, la inanición en que cayó la Mesa de negociación, y otros muchos aspectos que cuestionan la existencia, o cuando menos la posibilidad histórica del Eln, la última de las insurgencias sobrevivientes en Colombia, dispuesta, como lo deja entrever Antonio García, para la guerra o para la paz.

Para la mayoría de las personas resulta difícil de entender que la noción de Derechos Humanos es de naturaleza ética, política, y va más allá de cualquier legislación positiva u ordenamiento jurídico. El filósofo cede su lugar al abogado. Se escudriña entonces, una y otra vez, en las Constituciones nacionales (derechos y libertades fundamentales), sin advertir la enorme paradoja que ello significa pues serían límites autoimpuestos a su propia soberanía. En particular, a lo que sería la legitimidad de que goza el Estado nacional para el uso de la fuerza. No sorprende, por lo tanto, que las organizaciones de la sociedad civil, conscientes de semejante contrasentido, pero necesitadas de justificaciones jurídicas, hayan buscado, y encontrado, un apoyo en los tratados internacionales. Como dicen algunos: los Derechos Humanos son lo que la legislación internacional dice que son. Curiosamente, el punto de partida de toda la normatividad internacional en esta materia, la Declaración Universal aprobada por la Asamblea de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, no siendo propiamente un instrumento vinculante, es más bien una tentativa de consenso político universal. Es cierto que buena parte del globo estuvo ausente pues se encontraba en ese entonces conformada por territorios coloniales, y que la Unión Soviética junto con los países de Europa Oriental, después de haber trabajado en su elaboración y redacción, decidió abstenerse, pero también es verdad que, pese a todo, o más bien, gracias precisamente a su contenido contencioso, se convirtió en un ingrediente fundamental de la cultura política contemporánea.


En general, los Tratados sobre Derechos Humanos son, sin embargo, un fruto, sin duda el más apreciado, de la guerra. Hunden sus raíces en lo que hoy se conoce como el Derecho Humanitario. Y no es una excepción el conjunto normativo que emerge de las Naciones Unidas, desde su Carta Constitutiva en 1945 hasta los Pactos de 1966. No se necesita ser un especialista para advertir que nace marcado por la terrible experiencia de la Segunda Guerra Mundial y por la necesidad de condenar y evitar, como se decía, la repetición de las atrocidades cometidas por el nazismo. Pero es al mismo tiempo el resultado de una transacción entre los dos grandes bloques de vencedores: la Unión Soviética y los Estados Unidos. Los mismos que desde ese mismo momento se van a enfrentar en lo que se conoce como la “Guerra Fría”, anunciada por el presidente Truman en 1946.


Colombia, o más exactamente su gobierno, no confluye en la corriente de aprobación de la Declaración Universal por una especial preocupación por la defensa y protección de los Derechos Humanos –los gobiernos que se han sucedido después han tenido la ocasión de demostrar que los tienen sin cuidado– sino, de manera menos gloriosa, porque formaba fila detrás de la política de Estados Unidos. Recordemos que ese mismo año, en abril, caía asesinado el líder popular J.E. Gaitán, justo en el momento en que se desarrollaba en Bogotá la IX Conferencia Panamericana punto de partida de la OEA, consagración del “patio trasero” de la potencia. Un año antes se había firmado el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, Tiar (militar), redactado precisamente por Alberto Lleras Camargo. El gobierno colombiano asiste pues a dicha histórica Asamblea, dejando atrás un reguero de cadáveres, desolación y ruina. Con una novedad: la política exterior era entonces el resultado de un acuerdo bipartidista. Años antes, en contraposición al partido Liberal, el ala laureanista de los conservadores fungía de antiyanqui, no tanto por ser antimperialista como por sus declaradas simpatías hacia el eje nazifascista. El acuerdo logrado era ahora total. Y es entonces cuando Colombia comienza a liderar la cruzada anticomunista en América Latina y el Caribe.

Gabriel Beltrán, Neuronas (Cortesía del autor)

La famosa carta de Marx a su padre Heinrich, escrita en Berlín el 10 de noviembre de 1837 es un documento fundamental para entender el tránsito de Marx desde el derecho a la filosofía, y para comprender también la evolución y el rumbo que a partir de allí tomará su pensamiento.

 

Para la época, especialmente, en su examen titulado “Reflexiones de un joven para elegir profesión” de 1835, nuestro futuro filósofo ya había evidenciado parte de su formación, en especial, su vinculación con la tradición humanista europea y con la filosofía clásica alemana y el problema del determinismo y las posibilidades de la libertad. Igualmente, había dado muestras de sus valores, entre ellos, la apuesta por el bien común y la función social de la profesión, a saber: “trabajar de la mejor manera por la humanidad” (1). Pues bien, la carta al padre confirmará, con más detalle, los intereses, los trabajos, las lecturas, los escritos y hasta las traducciones que realizó Marx en esa época, así como el inicio de sus relaciones con el idealismo y Hegel.


La carta inicia con cierto pathos: anuncia o, mejor, expone una metamorfosis, la cual es considerada bellamente como “un canto de cisne”, es decir, la muerte o la conclusión de algo, más específicamente, en este caso, de una etapa vital. Pero, igualmente, toda metamorfosis es un tránsito, un paso en una nueva dirección. Esta nueva dirección es descrita por Marx, que aún guarda sus estribillos de poeta, como una “obertura de un gran y nuevo poema que busca Forma en colores todavía borrosos o espléndidos” (2).


Unas líneas de la primera página permiten entrever el tinte hegeliano de la concepción marxista de la historia, postura que Marx abandonara posteriormente. Esto es notorio cuando afirma que la historia universal es, como su propia vida, “obra del espíritu”: “en general considero la vida, como la expresión de un actuar espiritual que germina y toma forma en todas las direcciones, en el saber, el arte y la vida privada”(3). Marx menciona esto, justamente, porque en ciertos momentos la historia universal necesita auto-comprenderse, verse como autodespliegue, lo mismo sucede con la vida individual en ciertos dinteles de la existencia. La impronta hegeliana consiste en ver la historia como “espíritu objetivo”, la cual requiere ser apropiada para superar la enajenación en que se nos aparece, se nos presenta. Lo mismo tenemos que hacer con la vida humana: verla como un despliegue, traducirla y convertirla en autoconciencia, para que no se nos aparezca ajena, extraña, meramente externa.


Marx menciona en la carta lo que ha sido su periplo vital en el último año, a saber, su estancia en la Universidad de Berlín. Recordemos que Marx había estado antes en la Universidad de Bonn. En realidad, a Marx le gustaba Bonn y de hecho se tomó muy en serio sus noches “regadas de alcohol y de los desmanes que en aquellos tiempos se permitían a los estudiantes, al fin y al cabo hijos de clases acomodados” (4), sin embargo, era a su padre a quien no le gustaba ese ambiente. Por eso ingresa en la de Berlín el 22 de octubre de 1836, es decir, un año y unos días antes de escribir la carta.


Para este momento ya estaba comprometido con Jenny Von Westphalen, por eso esta época es la de un Marx enamorado, que sintió que su estado espiritual debía expresarse por medio de la lírica, razón por la cual le llegó a escribir tres tomos de poesía a Jenny. Sin embargo, había ido a estudiar jurisprudencia y “sentía el impulso” de emprender tales estudios junto a los de filosofía. Marx recuerda en el famoso Prologo de La contribución de la crítica de la economía política, de 1859, esta época, al decir: “mis estudios personales han sido los de Jurisprudencia a la que, sin embargo, sólo me dediqué como disciplina secundaria, al lado de la Filosofía y la Historia” (5).


Estas indicaciones permiten entender un aspecto fundamental, pues Marx estaba trabajando sobre el Derecho, pero va a descubrir la necesidad de la filosofía. Esto es evidente en la alusión que hace a la traducción que en la época él hizo de las Pandectas (6), de sus dos primeros libros, y a la obra jurídica de 300 cuartillas que escribió, pero que no se ha conservad0, en la cual partía de una Metafísica del derecho hasta arribar a una Filosofía del derecho.


Lo que interesa de este episodio, de esta obra escrita por Marx, es lo perturbador que resultaba “la contraposición entre lo real y lo que debe ser, que es propia del idealismo” (7), y que él ve como la causa de la división “torpe e incorrecta” entre una Metafísica del Derecho (principios) y la Filosofía del Derecho (derecho positivo). Aquí el trasfondo es, pues, Hegel. En primer lugar, porque la alusión de Marx a la “forma no científica del dogmatismo matemático”, así lo confirma. Expliquemos este punto: en la matemática “el sujeto merodea alrededor de la cosa, razona aquí y allá sin que la cosa misma se conforme a sí misma desplegándose en toda su riqueza y como algo viviente”, lo cual no permitía “comprender lo verdadero” (8). Esto mismo es lo que explica Hegel en la Fenomenología del espíritu, donde dice: “el movimiento de la demostración matemática no forma parte de lo que es el objeto, sino que es una operación exterior a la cosa” (9). Y lo verdadero no es externo, sino implica que el sujeto penetre en la racionalidad del mundo. Por eso, lo verdadero es el automovimiento, el autodespliegue de la cosa, con sus determinaciones, captado, y aprehendido por la razón, vertido en el concepto. Es la unidad del pensamiento y el ser. En la matemática no sucede eso, sólo hay una demostración externa. Por lo demás, en el caso de la geometría, ésta opera deductivamente: partiendo de axiomas generales se obtienen axiomas derivados, particulares, mientras la dialéctica implica las contradicciones, las oposiciones, hasta ascender a la unidad. Es curioso, pero Marx alude también al ejemplo del triángulo que pone Hegel en la Fenomenología.


En Hegel lo real es racional, de tal manera que el hombre es parte de esa racionalidad inmanente del mundo y sólo debe ganar la autoconsciencia de esa racionalidad para superar la oposición en que el mundo se le ofrece. Marx afirmará, como Hegel, que la naturaleza, el Estado, el Derecho, son “expresión concreta del mundo viviente del pensamiento”, lo que equivale a decir que son productos de la materialización de la razón en el tiempo.


En segundo lugar, al aludir a la división que realizó entre “doctrina del Derecho Formal y Material”, a la separación de Forma y materia (contenido) Marx reconoce otro desacierto. El error de esa separación consiste, nos dice, en “creer que la una podría y debería desarrollarse separadamente de la otra”. Y era un error, porque, como dijo Hegel, “la forma es ella misma el devenir intrínseco del contenido concreto” (10). Lo que está haciendo Marx en este apartado de la Carta, es reconocer los errores de su lectura de Hegel. Por eso dice: “de esta manera llegué a una clasificación de la materia tal y como se puede proyectar para su clasificación más fácil y superficial; pero el espíritu del Derecho y su verdad perecieron” (11).


El resultado de todo esto es que Marx al final se da cuenta de la “falsedad del todo” y que “sin la filosofía no se podía penetrar en el asunto” (12). De tal manera que se da en él un tránsito desde el deseo de estudiar el derecho junto a la filosofía a percatarse plenamente de la necesidad de la filosofía y de “arrojarse con buena conciencia una vez más en sus brazos”.


En estas páginas, Marx nos revela dos cosas más: su inicial pretensión de sistema, de integrarlo todo, forzando las cosas, dentro de una construcción intelectual; y, por otro lado, nos indica su método de trabajo que lo va a acompañar toda la vida: “hacer extractos de todos los libros que leía […] y, al lado de estos, hacer anotaciones y reflexiones” (13). Es gracias a este método, como pudimos, posteriormente, acceder a los cuadernos Spinoza o a los manuscritos tecnológicos de 1851.


Esta excitación filosófica se iba dando coetáneamente con traducciones de los antiguos, tácito y Ovidio, y algunos trabajos literarios, en un absoluto descuido de su salud, “la naturaleza, el arte y el mundo”, los amigos, hasta que se cerró el telón: lo que “me era más sagrado cayó hecho añicos y nuevos dioses tuvieron que ser introducidos. Del idealismo, que yo, dicho sea de paso, comparaba y alimentaba de ideas kantianas y fichteanas, pasé a considerar el buscar la idea en la realidad misma” (14), y fue así como, a pesar de haber leído algo de la “melodía grotesca y pétrea” de la filosofía hegeliana, Marx cayó de lleno en los brazos de su enemigo: Hegel.


En estos meses, Marx continúa sus estudios de Derecho, estudia a Savigny, “traduce en parte la Retórica de Aristóteles”, lee El avance del saber de Francis Bacon, un autor que le va a ser muy grato a Marx, pues valorará de él la atención que le prestó a las artes mecánicas y sin duda lo influyó en los estudios de filosofía de la tecnología que emprendió hacia 1851, tema que ha sido estudiado profundamente por E. Dussel (15). Es en esta época donde Marx ingresa en el “Club de Doctores”, sin ser doctor, pues ese título sólo lo recibirá en 1841, y allí conocerá a Bauer, a Rutemberg y a los demás hegelianos de Izquierda, empeñados en introducir la razón en todas las esferas de la realidad, y contra quienes dará batalla posteriormente en La sagrada familia y en La ideología alemana.


La carta termina con un conjunto de consideraciones en torno a sus posibilidades laborales, y con muy sentidas palabras para con su padre, manifestándole el deseo de reunirse pronto con él y con su madre.
Por último, hay que decir que lo que Marx nos muestra en la Carta es su itinerario intelectual durante ese año, sus lecturas, traducciones, forcejeos intelectuales, sus intereses, pero muy especialmente su llegada a la obra de Hegel, el cual será el ángel contra el cual batallará durante toda su vida. Por eso tiene razón Rafael Gutiérrez Girardot cuando sostiene: “La influencia de Hegel sobre Marx fue, pues, no sólo decisiva en un periodo de su vida, sino esencial y permanente”(16).

 

Bucaramanga, septiembre 25 de 2018.

1. Citado en Rubén Jaramillo Vélez, “Presentación”. En: Escritos de juventud sobre el derecho. Textos 1837-1847. Barcelona, Anthropos, 2008, p. 7.
2. Marx, Karl., Carta al padre (Traducción de Rubén Jaramillo Vélez). En: Ibíd., p. 41.
3. Ibíd., p. 42.
4. Bermudo, José Manuel. Marx: Del ágora al mercado, Buenos Aires, EMSE EDAAP S.L., 2015, p. 15.
5. Marx, Karl. Escritos sobre materialismo histórico, Madrid, Alianza Editorial, 2012, p. 174.
6. Recopilación del derecho romano realizada por el emperador Justiniano en el siglo VI de nuestra era.
7. Marx, Karl, Carta al padre, op., cit., p. 43.
8. Ibíd.
9. Hegel, Fenomenología del espíritu, México: Fondo de Cultura Económica, 2002, p. 29.
10. Ibíd., p. 38.
11. Marx, Karl, Carta al padre, op., cit., p. 44.
12. Ibíd., p. 45.
13. Ibíd., p. 45-46.
14. Ibíd., p. 46.
15. Dussel, Enrique, 16 tesis de economía política. Interpretación filosófica. México, siglo XXI editores, 2014, pp. 335-402.
16. Gutiérrez, Rafael. “Marginalia”. En: La identidad hispanoamericana y otras polémicas (Estudio Introductorio y antología de Damián Pachón Soto), Bogotá, Universidad Santo Tomás, 2012, p. 182.

 

Lunes, 10 Diciembre 2018 07:38

El salario, más que mínimo, vital

Escrito por
Fernando Molina

En Colombia, ¿permite el salario mínimo vivir en dignidad a quien lo devenga? La pregunta, pertinente en tanto cada año por estos días se da cita la Mesa de concertación laboral, tiene respuesta conocida: un quejido lastimero, desprendido de una vida, muchas vidas, de cientos de miles, de quienes no tienen para malvivir más que la venta de su fuerza de trabajo, cerca de 1.800.000 que en nuestro país devengan 781.242 pesos más los 88.211 de subsidio de transporte, menguado recurso del cual también se valen su núcleo familiar para pasar el día a día. Un millón de pensionados también viven al límite bajo tal ingreso, lo que obliga a muchos de ellos a proseguir por otras vías su esfuerzo laboral.


El mundo del trabajo en nuestro país es de una inmensa precariedad: integrada la población económicamente activa por 25 millones de personas, 12 millones de la misma labora en la informalidad, 6,5 millones cuentan con empleo precario y el 9,5 por ciento está desempleada (2.370.000 personas). El 85 por ciento del total de quienes trabajan gana menos de dos salarios mínimos. El 50 por ciento de este conjunto de hombres y mujeres, que cada día tienen que salir a vender su fuerza de trabajo, recibe por la misma un ingreso inferior al salario mínimo. Un 15 por ciento (3.740.000 personas), parte constitutiva de la llamada clase media, devenga más de dos salarios mínimos y debe cubrir una canasta básica familiar (CBF) que asciende a $ 3.200.000 pesos. No es casual, por tanto, que el país cuente con 13 millones de pobres por ingresos insuficientes, y que al mismo tiempo registre como el segundo más desigual de la región y el séptimo en todo el mundo (1).


Para quienes obtienen el salario mínimo, el trabajo y la remuneración correspondiente no están en equilibrio y ésta no se corresponde con el nivel de las necesidades que implican el costo de la CBF, estimada en 1.300.000 pesos, mucho menos para hacer realidad un mínimo vital, como lo estipula la propia Carta Constitucional en su artículo 53, así como el artículo 112 del Estatuto del Trabajo (2). El mínimo vital se entiende como el ingreso requerido por una persona para cubrir todas aquellas necesidades básicas que le demanda la existencia misma, y así poder vivir en dignidad, sin carencias y limitantes en techo, vestido, alimento, salud, educación, recreación, cultura, y tantos otros aspectos que todos tenemos que atender sin restricciones para no sentirnos negados o excluidos, como lo estipula la Declaración Universal de Derechos Humanos, de 1948 (Ver informe especial).


Es claro que en el país el salario mínimo recibido por los trabajadores rasos no corresponde a este mínimo vital y escasamente alcanza para lo más básico que requiere el trabajador, a fin de reproducir su fuerza de trabajo, así como para que su cónyuge y su prole estén bajo un techo seguro y tengan un plato en la mesa que satisfaga las demandas de energía esencial que requiere su cuerpo, de modo que funcionen al límite, pero no para mucho más. En estas condiciones, la posibilidad de recreación y descanso, de asistir a una sala de cine o a una obra de teatro, a un parque a recrearse, de ir a otras partes de su país y del mundo, quedan como lujos, añoranzas, sitios y sucesos que escasamente la televisión creará como falsa ilusión de gozar y conocer.


No es extraño, por tanto, que en cada familia dos o más de sus integrantes tengan que vender su fuerza de trabajo para responder por las demandas de cada día, como tampoco que uno o varios de ellos deban laborar no 8 horas del día sino 12, 14 o más, en uno o en varios trabajos, tal vez uno de ellos estable y tras cumplir con su jornada formal salir a desplegar oficios varios por cuenta propia.


De esta manera, de ser el trabajo un derecho por ejercer libremente, entendido como espacio de realización personal y colectiva, y oportunidad para poner en práctica saberes y compartir con otros en pos de un mundo mejor, un espacio, por tanto, de satisfacción diaria ante las circunstancias en que es llevado a cabo, termina siendo todo lo contrario: un espacio que niega sueños y capacidades; una rutina diaria a la cual se asiste por obligación pero no por mucho más.


Esta realidad nos enfrenta a una de las derrotas inocultables vividas por la clase obrera, pero también por el conjunto social en la última parte del siglo XX: tener que trabajar más de 8 horas diarias. Tres ochos, y entre ellos 8 horas de trabajo, fue la divisa por la cual se batieron miles de miles en el siglo XIX, reglamentada como triunfo en 1919, luego de la Primera Guerra Mundial, en el Tratado de Versalles, presionados los poderes tradicionales de entonces para ello por las acciones de la Revolución Soviética, que la instituyó como beneficio para su población, obligando al capitalismo a copiar y así neutralizar la ofensiva obrera de la época.


Otra derrota vendría en el curso de este mismo siglo, también para el conjunto social: la idealizada liberación de la humanidad que propiciaría la tecnología, creando todas las condiciones para la reducción de la jornada de trabajo y facilitando, así, la “pereza” como derecho y espacio para la creación libre y colectiva, abriendo todas las condiciones para dejar atrás la alienación que acompaña la venta de la fuerza de trabajo.


Como lo constatan en su día a día los millones que no tienen otra opción que salir al mercado laboral a vender lo único que tienen, ahora no sólo se trabajan más de 8 horas diarias sino que, además, el nivel de productividad de quien ejecuta algún oficio es mucho mayor que lo aportado por sus pares de hace 50 o más años, generando, por consiguiente, mayor plusvalía a su patrón. No son casuales, entonces, los niveles de rentabilidad que hoy conoce la humanidad y los de concentración de la riqueza, todo ello potenciado por la especulación en los mercados y la financiarización que cruza al sistema social como un todo.


Pero esa situación de precariedad no parece aún suficiente para el capital. El ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, repitiendo un ‘mantra’ que lo acompaña desde las épocas en que estuvo al servicio del gobierno de Álvaro Uribe, insiste en que “el salario mínimo en Colombia es un chiste, ridículamente alto, y debe ser reducido”, para lo cual utiliza un recurso retórico con disfraz de argumento técnico, esgrimido por la Ocde: la distancia entre el salario mínimo y el promedio de los salarios del país es muy estrecha. Dado que el salario promedio está alrededor de 1.250.000 pesos, los 869.453 pesos del salario mínimo actual (salario directo más subsidio de transporte) son un valor muy cercano al 70 por ciento, mientras que en México ese porcentaje es del 29,4 por ciento, en Chile asciende hasta el 47,4 por ciento y en un país europeo como España es aproximadamente del 37 por ciento.


Bueno, sí, ¿pero eso qué significado tiene si es que puede asignársele alguno? Al esgrimir las cifras, lo que, por ejemplo, no nos cuentan es que en España menos del uno por ciento de los asalariados percibe dicho salario mínimo, pues la remuneración de la mayoría es considerablemente superior, mientras que en Colombia al menos una tercera parte de los asalariados devenga el mencionado salario mínimo.


Ahora, si en un ejercicio de lógica suponemos que todos los asalariados devengan el salario mínimo, el valor de éste sería igual al promedio; es decir, representaría el ciento por ciento de tal promedio. ¿Sería ese un dato que permita afirmar que es un salario alto? No, evidentemente, pues, si hablamos en términos de salarios relativos, tan solo podemos decir que son mayores o menores a determinado dato tomado como parámetro. Altos o bajos son adjetivos que, en el caso de las remuneraciones, únicamente empiezan a tener sentido si los medimos en términos de satisfacción de necesidades y de reproducción del conjunto material de la sociedad.


En otras palabras, afirmar que la distancia entre el salario promedio y el mínimo debe ser elevada porque sí, sin más elementos argumentales, no es más que una “trampa cazabobos” que, o bien es resultado de la perversión del entendimiento o de la intencionalidad, y en cualquiera de los casos no es más que el proceder de las lógicas convencionales del “pensamiento único”, que ha tenido como resultado el indiscutido aumento de las asimetrías sociales que hoy nadie sensato niega. En cifras, lo que propone el Ministro enriquecido con los bonos de agua, es decir, con significativas dentelladas al presupuesto de los pequeños municipios del país, es que el salario de la tercera parte de colombianos pobres sea reducido a un valor de 256.000 pesos si nos guiáramos por el porcentaje mostrado para México, o de 321.000 si lo hiciéramos por el de España.


Otros derechos al desagüe


Desde la década de los 80 del siglo pasado, la participación de los salarios en la renta nacional está en descenso en todo el mundo. En Estados Unidos, donde la participación salarial registró tradicionalmente un índice elevado, los salarios han decaído del 66 al 60 por ciento en los últimos 35 años, en una tendencia que da muestras de acelerarse. La desregulación y la flexibilización laboral han tenido un papel importante y desastroso en ese hecho. Problemas como el abaratamiento del despido, la práctica desaparición de la negociación colectiva –sustituida por la negociación individual del trabajador con la empresa– y contratos como los de “cero horas”, en los que, aunque el trabajador debe estar disponible en todo momento para trabajar, su tiempo de labor y de remuneración queda limitado a los intervalos en los cuales la empresa quiera utilizarlo, han aumentado a tal grado la volatilidad de los ingresos de las personas, hasta el punto en que hoy son muy pocos los trabajadores que tienen seguridad sobre el monto por percibir en un período.


El fin del modelo fordista, en el cual el empleo industrial y las organizaciones de trabajadores de ese sector jalonaban al conjunto de los asalariados por mejores condiciones laborales, no ha podido ser asimilado, quizá porque no ha sido lo suficientemente entendido, debilitando la correlación de fuerzas sociales en contra de los grupos subordinados. El retroceso de la sindicalización es uno de sus efectos y ha dado lugar a que, en las negociaciones, la debilidad sea una de las constantes que conducen a perder todavía más conquistas, cosechadas décadas atrás.


En este panorama, presentar el salario como hecho nefasto para el crecimiento, y el aumento de las ganancias como la cara buena y aceptable del asunto, fue un triunfo ideológico de la economía convencional que hoy es esgrimido y aceptado como si habláramos de un axioma. El principio de la respuesta está en remarcar que la fuerza de trabajo es una “mercancía ficticia” y que el salario, presentado como su “precio”, no es otra cosa que un malabarismo social para dejar a los trabajadores a merced del capital, y a la sociedad en grave riesgo de una distopía, tal como lo exponía Karl Polanyi a comienzos de la segunda mitad del siglo XX: “La supuesta mercancía llamada ‘fuerza de trabajo’ no puede ser manipulada, usada indiscriminadamente, o incluso dejarse ociosa, sin afectar también al individuo humano que sea el poseedor de esa mercancía peculiar. Al disponer de la fuerza de trabajo de un hombre, el sistema dispondría incidentalmente de la entidad física, psicológica y moral que es el ‘hombre’ al que se aplica ese título. Privados de la cobertura protectora de las instituciones culturales, los seres humanos perecerían por los efectos del desamparo social; morirían víctimas de una aguda dislocación social a través del vicio, la perversión, el crimen y la inanición” (3).


Por tanto, el salario, así se quiera velar su naturaleza, es una categoría de la distribución del ingreso social y, por más que la economía convencional insista en presentar su valor ‘ideal’ como dato técnico, lo cierto es que, como hecho social que mide la participación de los trabajadores en el producto nacional, su definición resulta ser de carácter político y refleja el poder real de los asalariados. La imposición por decreto del salario mínimo como una constante, en la que el valor fijado por el gobierno colombiano no ha hecho más que ratificar las posiciones de los empresarios, es simple reflejo del inexistente peso de los trabajadores en la estructura del Estado.


En estas condiciones, la Mesa de concertación laboral, para que no reproduzca –como hasta ahora lo hace– el ritual anual de tire y afloje de un salario mínimo que no garantiza ni el propio sentido de lo estipulado en la Carta Constitucional, y que no compromete sino a una minoría de la población económicamente activa, debiera pasar por alto la discusión concerniente al salario mínimo, y adentrarse en la realidad y la complejidad del país y del mundo del trabajo hoy realmente existente.


Es necesario, entonces, discutir otros modelos de jornada laboral por iniciativa de quienes representan a la clase trabajadora, de suerte que las 8 horas de trabajo pasen a ser cosa del pasado, dándoles paso a jornadas de 6 o menos horas, como resultado concreto de la mayor productividad que hoy se tiene en el trabajo, pero también como opción para quebrar el desempleo estructural que registra el país. Como resultado concreto, menos horas de labor sin reducción de la remuneración salarial total.


De igual modo, se impone la discusión sobre cómo avanzar hacia un modelo de país en el cual la justicia y la felicidad sean dos de sus premisas fundamentales, como crear industria urbana y rural de distinto tipo; con especificaciones por región, grupos humanos, cultura y saberes; ambientalmente amable, y con capacidad para satisfacer el mercado interno y cubrir una parte del externo.

Serían una industria y un modelo laboral por potenciar que acojan la participación directa, con voz y voto de quienes asisten a un puesto de trabajo, en forma tal que su labor no sea sólo operar una máquina o dinamizar un proceso cualquiera sino, además, participar controlando y dirigiendo la razón misma de ser de la empresa a la cual está integrado. Y, por esta vía, participar del diseño del tipo de país que requerimos.


Sería ésta una discusión con patrones y gobierno para construir modelos propios que permitan dejar atrás el desempleo estructural que afecta a Colombia, a la par de romper la informalidad laboral, el subempleo, el desempleo disfrazado, y, con todo ello, los salarios precarios e insuficientes, creando condiciones reales para que el mínimo percibido cada mes pase a ser vital.


Tal polémica tripartita, con iniciativa obrera, permitiría comprometerse en encontrar fórmulas para superar la desigualdad social que postra a millones de connacionales, excluidos, negados en un continuum de desarrollos sociales que hoy pudieran servir para que todos vivamos mejor, no sólo unos cuantos, y así realizar, por fin, el potencial de la ciencia y la tecnología como productoras y multiplicadoras de saberes para liberar a la humanidad de la esclavitud del trabajo. Como prolongación de ello, oportunidad para elevar la capacidad creadora de mujeres y hombres y –¡cómo no!– vía para la redistribución de los bienes que deben ser de todos, sentando así las bases para la justicia, la libertad y la solidaridad efectivas.


La discusión sobre el salario mínimo, como la han llevado hasta ahora, es un debate anual ritualizado, por superar. Validos de la iniciativa alternativa hay que desnudar ante el país los privilegios de que gozan los más ricos a todo nivel, como efecto directo del control que ejercen del poder, y de un mundo del trabajo reglamenetado de acuerdo a sus requerimientos. Hay que impedir, así, que prosiga la discusión esteril sobre el alza en uno o dos puntos más de la tasa de inflación, cerrando así el paso a propuestas como las de la Asociación Nacional de Instituciones Financieras (Anif) el pasado 26 de octubre, al aprovechar la instalación de la Mesa de concertación de política salariales y laborales, y sentar de una en el 4 por ciento su apuesta de reajuste del salario mínimo para 2019 (4), dejando claro que, a pesar de ser el sector que más gana en el país, nada quieren saber de salario vital y de posibilidad de vida digna para las mayorías, mucho menos de redistribuir riqueza ni de construir un país de todos y para todos.


Es una iniciativa y un debate pertinente que exigiría adelantarse en el curso, por lo menos durante todo un año, con mesas y submesas desplegadas por todo el país, en que sindicalizados y no sindicalizados, trabajadores por contrato a término indefinido y reglados por otro tipo de éste, subempleados y desempleados, deliberen y dibujen el país que realmente requerimos, presentando ante su contraparte el debate sobre la justicia social como imperativo para el futuro y para el ahora.


Sería una saludable confrontación de modelos de país por llevarse a cabo, además, en barrios y veredas, allí donde millones tienen hoy sus pequeños talleres y negocios de mercadeo, quebrando por esa vía la estructura sindical tradicional, dinamizando y dándole sentido de actualidad a esa histórica forma organizativa que en Colombia, por diferentes motivos, nunca ha logrado representar a las mayorías.


Temas, todos ellos, y otros más, sobre los que no habrá concertación ni cercanía de ningún tipo, pero vitales de encarar para diseñar entre los de abajo el país que deseamos. Debate y acción necesarios para retomar la iniciativa obrera y tejer una bandera de múltiples colores bajo la cual arropar a los 25 millones que conforman la población económicamente activa del país (con beneficio extendido para el total de quienes habitan este territorio, parte del sistema mundial), fuerza suficiente para hacer realidad el sueño de que el trabajo no sea factor de opresión sino de libertad.

 

1. La República, 16 de noviembre de 2017, https://www.larepublica.co/economia/segun-el-banco-mundial-colombia-es-el-segundo-pais-mas-desigual-de-america-latina-2570469.
2. Art. 112. Salario mínimo vital y móvil. Salario mínimo vital es aquel que percibe el trabajador como contraprestación y será el adecuado para atender las necesidades del trabajador y las de su familia en el orden material, moral y cultural; y móvil para proteger su poder adquisitivo frente a las fluctuaciones de la economía. Con todo, la remuneración mínima, vital y móvil aumentará en consideración a la cantidad y calidad del trabajo.
3. Polanyi Karl, La gran transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, F.CE., México, D.F, 2003. p. 123.
4. “Presidente Duque busca una concertación laboral”, en Mintrabajo es noticia, http://www.mintrabajo.gov.co/prensa/mintrabajo-es-noticia/2018/-/asset_publisher/nMorWd1x7tv1/content/presidente-duque-busca-una-concertacion-laboral.