Miércoles, 10 Junio 2020 06:30

La geometría de la crisis económica

La geometría de la crisis económica

Al abordar la crisis desencadenada por la pandemia de covid 19 enseguida aparecen las evaluaciones económicas. Se escuchan o leen análisis sobre la severa caída de las economías nacionales y predicciones de sus posibles evoluciones apelando a gráficas. Entre las más citadas están las que describen una crisis en L, con una caída pronunciada del producto bruto que se mantiene por largo tiempo. Otros vaticinan una recuperación más rápida, llamada en U. Algunos creen que habrá caídas y subidas alternadas por lo cual el dibujo es de una W.

Desde los medios globales especializados en economía se advertía sobre la “sopa de letras del alfabeto” para describir la crisis (1). Con entusiasmo redoblado, la lista de posibles curvas se amplió aún más, y hasta se amplió a seis tipos distintos (crisis en L, V, U, S, Z y W) (2). 

Todo eso está revestido de un barniz propio de la sabiduría de los expertos, con complejos cálculos económicos para obtener indicadores, pero que de todos modos se resumen en unas simples curvas. Trazos entre dos ejes. Hay allí al menos dos presupuestos que casi nadie discute pero que merecen ser analizados. Por un lado, la simplificación extrema de la estructura y dinámica económica de un país, y por el otro, que todo eso ello se puede expresar en un número, casi siempre el Producto Bruto Interno (PBI), dando por válido que resume la esencia de toda una economía nacional. Desde esos dos presupuestos se dibuja la geometría de la crisis actual y de sus posibles futuros.

Descartes detrás de las gráficas

Ese formidable esfuerzo de simplificación comienza por concebir a los países como sistemas simples, asumiendo que se pueden conocer todos sus componentes y las relaciones entre ellos. Es como si Brasil fuese una máquina y cada una de sus piezas estuviese identificada y se saben cuáles son sus funciones. Se pretende conocer cómo funcionan componentes tan distintos como las fábricas en una ciudad en un extremo del país o los agricultores en el otro extremo, y los modos por los cuales interaccionan para constituir la economía nacional. De ese modo, los economistas convencionales proponen ajustes o recambios para “acelerar” o “frenar” la economía.

Esa perspectiva puede representarse en una gráfica simple, como si el PBI fuese la “velocidad” con la que crece (o no) la economía nacional.Por ejemplo, el 28 de mayo de 2020 la CEPAL en su informe sobre los impactos de la pandemia predecía contracciones en todos los países. Sus estimaciones iban de – 4%para Chile y Uruguay, pasando por el – 5,2% para Brasil y llegando al – 6,5% de Argentina (3). A medida que avanzaron las semanas, los reportes dentro de cada país fueran cada vez peores.

Cuando se utilizan analogías como máquinas o gráficas en base a un número es inevitable recordar a René Descartes. En el siglo XVII Descartes insistía en que la realidad podía ser encarada como si fuera un reloj y si se conocían cada una de las piezas de esa maquinaria se podría entender su funcionamiento y predecir cambios al futuro. Al mismo tiempo Descartes utilizaba todo tipo de esquemas e imágenes en sus libros, por ejemplo para describir fenómenos ópticos. En eso se originan múltiples tensiones que siguen presentes hasta el día de hoy y llegan a esas gráficas de la crisis por el coronavirus.

Es que Descartes era un extremista del escepticismo, dudando incluso de los datos empíricos ya que la verdad sólo se lograría por la experimentación. Como las imágenes están más allá de ese método, serían apenas una ilusión. Traducido al día de hoy, las curvas de caídas y recuperaciones económicas también serían una ilusión, o al menos una representación deformada de la realidad ante la cual habría que estar alerta. Pero al mismo tiempo, al repasar los libros de Descartes es evidente que usaba los esquemas con mucha intensidad y originalidad al explicar sus ideas. Justamente eso es lo que hoy en día practican los economistas y consultores con sus dibujos.

En efecto, las gráficas y modelos de la economía contemporánea de algún modo repiten esa tensión. Deben lidiar con dos propósitos irreconciliables: representar directa y acertadamente la realidad que abordan, aunque como esa representación es una deformación deberían evitarlas. El economista dirá que es “obvio” que las gráficas del PBI no representan a todos los componentes de una economía nacional pero eso no impide reconocer que muchos de ellos, junto a empresarios, políticos o periodistas, usan esas imágenes como si así fuera. Esa concepción cartesiana del “motor” económico es muy clara en el equipo de Paulo Guedes, el ministro de economía de Jair Bolsonaro, al pretender saber cómo funciona esa maquinaria y así predecir que cada semana de aislamiento o cuarentenas representa pérdidas por 20.000 millones de reales (4).

Indicadores y metáforas

En Brasil como en todos los demás países las gráficas de la crisis utilizan las subas y bajas en el PBI, el Producto Bruto Interno. Este es un número calculado a partir del valor económico de los bienes y servicios producidos dentro de un país en un cierto período de tiempo. Sus orígenes están en la II Guerra Mundial, a partir del trabajo del economista Simón Kuznets en Estados Unidos, con el propósito de tener un número que resumiera el estado de la economía del país, de las capacidades de compra de las familias y de la salud de las empresas.

Pero con el paso de los años, el PBI se convirtió en mucho más que eso, a medida que el desarrollo pasó a ser entendido como crecimiento en el producto. Todos celebraban sus aumentos y se alarmaban con sus caídas, haciendo que el PBI fuese un objeto de deseo en sí mismo. Se transformó en un número que parecía develar las esencias de una economía. Fue adoptado por legiones de economistas, y desde allí se extendió a empresas, bancos y gobiernos. En uno de los libros de texto más usados en economía, Paul Samuelson y William Nordhaus, premios Nobel en esa categoría, afirman que el PBI fue una de las más grandes invenciones del siglo XX (5).

Ese ascenso fue de la mano con el creciente tránsito de muchos economistas hacia la consultoría y la política. Ellos se sumaron a los políticos en ofrecer planes de crecimiento, eliminación de los obstáculos al crecimiento, aceleramiento del crecimiento, y muchas otras variedades de ese tipo.

Pero al mismo tiempo se acumula la evidencia en sus limitaciones. No sólo es iluso que ese número represente a toda una economía, sino que hay componentes que son explícitamente excluidos, como el trabajo no remunerado de miles de mujeres o la producción de agua que brinda la Naturaleza, y aún si fueran incorporados es muy discutible cómo valorarlos económicamente. Tampoco es menor que las curvas del PBI imponen una homogeneidad irreal al cobijar situaciones tan distintas como un empresario que exporta carne o el que maneja el bar del barrio. El PBI hace desaparecer las desigualdades. Es por eso que, una vez más, Descartes tenía razón y el PBI es también una imagen distorsionada.

El uso del PBI y los dibujos de gráficas terminan siendo representaciones unas dentro de otras, y sirven para sostener metáforas. La economía contemporánea está repleta de ellas, fortalecidas de tal manera que dejaron de ser un recurso estilístico para convertirse ellas mismas en una nueva realidad. Se habla de una economía “fuerte” o “débil”, de “acelerar” o “frenar” el PBI, e incluso se otorga una condición casi metafísica al mercado como si fuera un ser en sí mismo.

Apelar a metáforas para describir la crisis, por ejemplo describiéndola como una U, tiene sus ventajas pero también muchas de las desventajas que aquí apenas se comentan. Se las disimula bajo el halo del saber experto, de las ecuacionesy modelos matemáticos, aunque por más variables que se sumen, como siempre se parte de supuestos en ello retornan las tensiones cartesianas. Seguimos sin poder romper las ataduras con Descartes.

Al ser representaciones metafóricas, al final de cuentas la estimación de la crisis que hace cualquier vecino en el barrio, en su esencia puede ser tan válida como la de los analistas económicos o los catedráticos universitarios. En la geometría de la crisis se desvanece la pretendida superioridad del saber del experto y es necesario escuchar todas las voces.

Por Eduardo Gudynas | 10/06/2020

Notas

(1)  Alphabet soup: Understanding the shape of a COVID-19 recession, por D. Rodeck, Forbes, 19 Abril.

(2) Just one in 10 fund managers expect V-shaped recovery for US economy, C. Smith, Financial Times, 25 Mayo.

(3) Informe sobre el impacto económico en América Latina y el Caribe de la enfermedad por coronavirus (COVID-19), CEPAL, Santiago de Chile.

(4) Governo estima que cada semana de isolamentogeraperda de R$ 20 bilhões no PIB, D. CaramFolha São Paulo, 13 mayo, https://www1.folha.uol.com.br/mercado/2020/05/governo-estima-perda-de-r-20-bilhoes-no-pib-para-cada-semana-de-isolamento.shtml

(5) Macroeconomics, P.A. Samuelson y W.D. Nordhaus, McGraw Hill, 2010.

Eduardo Gudynas es analista en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social), Uruguay. @EGudynas Este artículo está basado en uno publicado en el Semanario Voces (Montevideo) que es parte de una serie sobre la actual crisis.

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Una calle peatonal de São Paulo, el pasado viernes.Fernando Bizerra Jr. / EFE

En el escenario más benigno la crisis sanitaria provocará un retroceso del PIB del 6,6% este año, mientras que en el más adverso el cataclismo rozaría el 12%. La caída será superior a la media mundial, según el Banco de España

 

Ser uno de los continentes menos afectados por el coronavirus en términos relativos no significa que el impacto de la crisis económica desatada por la pandemia no vaya a ser grueso, incluso más de lo que se preveía hasta ahora. América Latina, de Tijuana a Ushuaia, se expone a una caída de renta acumulada de entre el 11% (en un escenario “acotado”, con confinamientos de ocho semanas y recuperación más o menos rápida de la demanda interna) y el 22% (en uno de “confinamiento prolongado”, en el entorno de las 12 semanas, y mayor tensión de las condiciones financieras) entre este año y el próximo, según una simulación del Banco de España a partir de datos propios, el FMI, Consensus Forecasts y Thomson Reuters. Las cifras, no obstante, están notablemente por encima de lo proyectado hasta ahora por organismos como el propio Fondo Monetario o el Banco Mundial y tienen como punto de partida el crecimiento del PIB previsto para la región antes de que la pandemia redefiniese el concepto “normalidad”, tanto en lo humano como en lo económico.

El subcontinente cerrará 2020, que va camino de ser el peor año para la economía mundial en casi un siglo, con un retroceso del PIB de entre el 6,5% y el 11,5%, el mayor desde que hay registros y que hace palidecer el 5,2% que proyectaba el FMI hace solo dos semanas y el 4,6% del Banco Mundial. Esos números ya son papel mojado, con un retroceso mayor que el esperado para la economía mundial “en parte porque la proyección de crecimiento antes de la pandemia era inferior en las economías latinoamericanas y, en parte, porque el canal de la contracción de la demanda interna —el más significativo— es más pronunciado en estas economías, al estar más cerradas a los intercambios de bienes y servicios que la media mundial”. Lo que no cambia es la fecha orientativa en la que se empezará a ver la luz al final de un túnel que no estaba en ninguna hoja de ruta: en “ausencia de nuevos brotes de la epidemia más adelante", la economía global (y, con ella, la latinoamericana) empezarán a recuperarse a partir de la segunda mitad de este año.

Todavía en fase de contención sanitaria, con confinamientos más o menos estrictos pero activos en prácticamente todos los países de la región, “el alcance de la disrupción resulta todavía muy incierto”, apostillan los técnicos del Banco de España. Pero ya se empiezan a atisbar algunas trazas que acompañarán a América Latina (y al mundo) en los próximos meses: menor comercio internacional, con las materias primas, de las que tanto depende América del Sur, en el ojo del huracán; flujos turísticos claramente a la baja; tiranteces en unos mercados financieros sometidos a una presión inédita desde la Gran Recesión de una década atrás; contracción abrupta de la demanda interna, “que se está reflejando en un menor consumo de los hogares y en un retroceso de la inversión empresarial”; y efectos negativos sobre la oferta por la interrupción forzada de la producción en varios sectores. “Además, la incertidumbre sobre las perspectivas puede reducir el consumo y la inversión más allá del horizonte más inmediato, abocando a la destrucción de empresas y de puestos de trabajo, a un aumento de los impagos y al endurecimiento de las condiciones de financiación de algunos agentes, lo que puede retroalimentar un círculo vicioso y elevar la persistencia de la crisis”.

El coronavirus supone un choque múltiple para la región: todos los sectores se ven, en mayor o menor grado, afectados. Con un grado de apertura económica (exportaciones) menor que otras regiones, los países latinoamericanos están, por lo general, menos expuestos a las vicisitudes del exterior. Sin embargo, el grado de enganche de las economías que sí son muy dependientes de otros países (México de Estados Unidos; Chile, Perú y Brasil de China) es enorme, con encadenamientos productivos que se complican en tiempos como estos, en los que muchas cadenas de valor han saltado por los aires. A eso hay que sumar la evolución negativa de las materias primas —entre ellas el petróleo, sí, pero no solo—, de las que América Latina es exportador neto y cuyo precio ha caído drásticamente desde la irrupción de la pandemia partiendo de niveles ya de por sí menores a la media histórica, según los datos recopilados por el Banco de España. Y del turismo, un área de actividad sobre la que el coronavirus ha supuesto un misil sobre su línea de flotación y que tiene una importancia relativa sobre el PIB notablemente superior que en el resto de emergentes.

El punto de partida también pesa. “América Latina parte de una situación más delicada que el resto de las economías emergentes y avanzadas para enfrentarse a la pandemia”, subrayan los técnicos del Banco de España, que recuerdan que ya en la segunda mitad de 2019, en la que dos de las tres grandes potencias del área —México y Argentina— ya habían entrado en números rojos, “el crecimiento de la región continuó siendo muy débil como consecuencia del bajo dinamismo de la demanda interna”. Latinoamérica ya era, desde mucho antes de la crisis sanitaria, una isla de bajo crecimiento en un mar emergente que también empezaba a dar señales de agotamiento.

Por Ignacio Fariza

Madrid - 29 abr 2020 - 05:32 COT

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La economía mundial crecerá en 2019 y 2020 al ritmo más bajo desde la Gran Recesión, según la OCDE

El 'think tank' de los países ricos vuelve a rebajar la previsión de crecimiento para 2020 y llama a los Gobiernos a aplicar estímulos fiscales de largo plazo centrados en la emergencia ambiental y en la digitalización

Los malos presagios sobre la economía global se suceden semana tras semana, informe tras informe: en octubre fue el turno del Fondo Monetario Internacional (FMI) y ahora le toca a la OCDE. En un clima de creciente tensión comercial, menor demanda privada e inversión lastrada por la incertidumbre, el crecimiento mundial se quedará este año y el próximo en el 2,9%, su nivel más bajo desde la Gran Recesión y casi medio punto por debajo de la medida del último lustro. Hasta aquí, lo esperado —salvo unas leves correcciones a la baja— en el último informe sobre las perspectivas económicas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), publicado este jueves y que ya en septiembre —en una tónica que se repite desde hace un par de años— advertía del debilitamiento económico global. Lo que sí debe preocupar, y mucho, señala el organismo con sede en París, es que la ralentización no responde a un “shock cíclico”, sino a “cambios estructurales” que los Gobiernos siguen sin atender. Están los que se podrían catalogar ya como clásicos: las tensiones comerciales, pese a las recientes señales de distensión entre Washington y Pekín, y geopolíticas. Pero en esta ocasión, el ente comandado por el mexicano Ángel Gurría agrega dos variantes más: la digitalización y, muy especialmente, el cambio climático, que sitúa como problemas “estructurales” que deben ser atendidos con urgencia.

“El cambio climático y la digitalización son cambios estructurales en marcha para nuestras economías”, subraya la economista jefe de la OCDE, Laurence Boone, al comienzo del último informe del año sobre las perspectivas de la economía mundial, presentado en la capital francesa. A ambos factores se suma, continúa, que “la política comercial y la geopolítica se están apartando del orden multilateral de la década de los noventa”. “Sería un error considerar estos cambios como factores temporales: son estructurales y, en ausencia de una dirección política clara en estos cuatro temas, la incertidumbre seguirá cerniéndose sobre nosotros, dañando las perspectivas de crecimiento”. El organismo carga las tintas contra la “falta de una dirección política” para intentar paliar sus efectos en momentos en que el mundo experimenta un incremento de fenómenos meteorológicos extremos, como huracanes o inundaciones “que podrían provocar disrupciones significativas en la actividad económica a corto plazo, así como daños de larga duración al capital y las tierras, además de provocar flujos migratorios desordenados”, enumera Boone. Por eso, insiste, los Gobiernos “deben actuar rápidamente”, porque “sin una orientación clara en los precios del carbono, estándares y regulación, y sin la inversión pública necesaria, las empresas aplazarán decisiones de inversión, con nefastas consecuencias para el crecimiento y el empleo”.

El panorama es malo, pero el riesgo de recesión permanece lejano, contrariamente a los lúgubres pronósticos que han ido ganando predicamento en los últimos meses. Pero el resfriado en los principales motores de crecimiento empieza a ser más que preocupante: de entre las grandes economías, el frenazo es especialmente brusco en la zona euro, que pasará de rozar el 2% de crecimiento en 2018 al 1,2% este año y el 1,1% en 2020, lastrada por sus dos principales polos industriales, Alemania e Italia —“en buena medida, como reflejo de la mayor dependencia del comercio internacional”—; y Estados Unidos, que pasará de rozar el 3% al 2,3% en 2019 y el 2% el próximo ejercicio pese al buen tono general del consumo. La economía china, por su parte, proseguirá su senda bajista bajo el mantra del “aterrizaje suave” —“aunque la ralentización podría ser más brusca de lo previsto”—: en 2020 el crecimiento quedará por debajo del 6% por primera vez en tres décadas, lastrado por una guerra comercial con EE UU que añade un grado adicional de presión a ambas orillas del Pacífico. En un panorama tan sombrío, India emerge como una de las escasa buenas noticias mundiales, con una expansión que —tras el tijeretazo del último año— recuperará el suelo del 6% en 2020.

La importancia de la palanca fiscal

Aunque varía notablemente entre países —“EE UU tiene más que la eurozona y Japón”, subrayan los economistas de la OCDE—, el margen de los bancos centrales para relanzar el crecimiento es cada vez más estrecho. Ante este agotamiento, el club de los 36 países más industrializados del planeta llama a dar un paso al frente en la inversión pública, el que más resistencias está encontrando encuentra. “Si el crecimiento y la inflación se ralentizaran más de los previsto, la política monetaria debería seguir flexibilizándose. Pero [ese movimiento] debería ir acompañado de estímulos fiscales contracíclicos”, agregan los técnicos de la OCDE. “Hay una necesidad urgente de acciones más atrevidas para relanzar el crecimiento y los Gobiernos deben enfocarse no solo en los beneficios a corto plazo de los estímulos fiscales, sino en las ganancias de largo plazo. La creación de vehículos inversores nacionales podrían ayudar a diseñar planes para encarar los fallos de mercado y tener en cuenta las externalidades positivas para la sociedad en su conjunto”.

El margen de acción en política fiscal fluctúa, y mucho, entre países. Las diferencias son especialmente acentuadas en Europa. La OCDE cita explícitamente tres casos —Alemania, Países Bajos y Suecia— de naciones con deuda pública en niveles relativamente bajos y la actividad económica picando a la baja, en los que se “podrían implementar estímulos adicionales” y aprovechar “los intereses negativos a largo plazo, que ofrecen una oportunidades para afrontar la escasez de infraestructuras y reforzar el crecimiento a largo plazo”. En el lado opuesto, el organismo apela a la prudencia en países fuertemente endeudados y en los que las proyecciones no apuntan precisamente a una reducción de los pasivos a corto y medio plazo: Bélgica, Francia, Italia o Reino Unido, además de Japón y EE UU fuera del Viejo Continente. También en España, Portugal y Grecia, donde aunque la deuda está previsto que caiga, “el margen para políticas fiscales discrecionales es limitado” y una flexibilización adicional “podría socavar la sostenibilidad de la deuda y reducir el espacio fiscal para combatir futuras recesiones”. En todos los casos, la OCDE llama a una “mayor coordinación entre las palancas monetaria y fiscal para hacer frente a la desaceleración en un momento en el que la inflación permanece no solo bajo control sino en niveles inferiores a los deseables en casi todas las economías desarrolladas.

Por Silvia Ayuso / Ignacio Fariza

París / Madrid 21 NOV 2019 - 05:04 COT

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La economía mexicana se sume en la incertidumbre tras caer en el tercer trimestre

El estancamiento económico asienta las dudas que ya sobrevolaban sobre la política económica de López Obrador

La segunda mayor economía de América Latina prolonga su paso sobre el peligroso filo de la recesión. El PIB mexicano cayó un 0,4% interanual entre julio y septiembre, un abrupto descenso que ya es el segundo consecutivo —tras el del segundo trimestre de este año— desde la crisis financiera global. El crecimiento, aunque siempre por debajo de su potencial como economía emergente, empieza a tornarse en una atonía preocupante para un país que necesita del dinamismo para sacar a millones de personas de la pobreza. En relación con el trimestre precedente (mayo a junio), la economía mexicana registró un mínimo crecimiento del 0,1%, mientras en los nueve primeros meses del año, el país norteamericano registró una evolución neutra (0%) que preocupa cada vez más analistas, acostrumbrados ya a recortar las previsiones para el gigante latinoamericano. México esquivó por poco la recesión en julio y enfrenta, de cara a fin de año, un pronóstico poco alentador.

El estancamiento económico, principalmente en el sector industrial, asienta las dudas que ya sobrevolaban sobre la política económica de Andrés Manuel López Obrador.La estimación provisional hecha pública este miércoles por la oficina estadística mexicana (Inegi) ha terminado de confirmar lo que ya se anticipaba: la mayoría de los organismos internacionales y analistas creen muy difícil que este año deje un crecimiento mayor al 1%. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ya había rebajado el pasado 15 de octubre su perspectiva de crecimiento para México hasta el 0,4% y la Cepal (el brazo de Naciones Unidas para el desarrollo de la región) estimó un 0,2% para el primer año de López Obrador en el Gobierno, uno de los pronósticos más duros hasta ahora.

Las cifras publicadas este miércoles dejan muy lejos ya la idea de un crecimiento del 4% anual que había prometido el presidente. La política de austeridad implementada por la Administración mexicana, con importantes recortes en salud, ciencia y cultura, ha pasado factura al escenario económico nacional. El bajo gasto público ejercido por el Gobierno es uno de los puntos más señalados en la explicación de la contracción económica. Hace apenas dos semanas que la Cepal advirtió de la existencia de focos rojos en donde era necesario “poner especial atención” en materia de inversión, como la desigualdad social.

“Con austeridad, gastando bien, se puede crecer”, había defendido el presidente al esquivar la recesión en julio. Pero la suma entre austeridad y poca inversión privada excusa en la baja seguridad jurídica han funcionado como un mal cóctel para la economía mexicana. “Para que haya un crecimiento económico en México, se necesita de la inversión privada”, reconoció recientemente Carlos Slim, uno de los empresarios que más expectativas ha puesto sobre este Gobierno.

Por sectores, el ligerísimo repunte de la economía mexicana a tasa trimestral está respaldado principalmente por el aumento del 3,5% de las actividades primarias. Este sector incluye principalmente a la agricultura y ganadería, pero en él que se encuentra también la industria petrolera, uno de los ejes del proyecto económico de López Obrador, en el que los planes de inversión siguen sin dar los frutos esperados. En el lado contrario, lo que más ha golpeado al país es el frenazo sufrido por las actividades secundarias: la manufactura —muy dependiente de EE UU y, en general, de una economía global que no da más que malas noticias— cayó un 1,8% a tasa anual, y las terciarias —el sector servicios— no pasó del 0%. El peso reaccionaba con una ligera caída a la publicación de los datos: a media mañana (hora de Ciudad de México), la moneda retrocedía tres décimas frente al dólar.

Los números acentúan, en fin, la preocupación por el debilitamiento de la economía doméstica y una baja expansión interna. Después de todo, México fue uno de los que mejor parado salió en el último informe de comercio exterior de la Cepal este martes en una región que sufrió una caída del 10%. El Banco de México reconoció tras rebajar su previsión de crecimiento a un rango entre el 0,2 y el 0,7% que existía una “debilidad más profunda de los componentes de la demanda interna” de lo que decían las estimaciones.

Por Georgina Zerega

México 30 OCT 2019 - 18:26 COT

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Un monitor de televisión informa de la nueva rebaja de tipos en EEUU, en el patio de negociación de la Bolsa de Nueva York, en Wall Street. REUTERS/Brendan McDermid

El presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, dice que hará falta una "sustancial revaluación" de las perspectivas económicas para forzar un nuevo cambio en el precio del dinero.

El Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC, por sus siglas en inglés) de la Reserva Federal de EEUU (Fed) ha decidido bajar los tipos de interés en 25 puntos básicos, hasta situarlos en un rango objetivo de entre el 1,50% y el 1,75%, en plenos temores de desaceleración económica global, según ha informado este miércoles. Se trata de la tercera rebaja consecutiva que realiza la autoridad monetaria este año.

La decisión de la Reserva Federal tras su reunión de política monetaria de dos días se ha vuelto a tomar sin consenso: ha tenkido ocho votos a favor y dos en contra (la presidenta del Banco de la Reserva Federal de Kansas City, Esther George, y el presidente del Banco de la Reserva Federal de Boston, Eric Rosengren, se han mostrado a favor de mantener los tipos sin cambios).

La Fed ha explicado que en las ultimas semanas el mercado de trabajo se ha mantenido "sólido" y la actividad económica del país ha seguido creciendo a un ritmo "moderado". No obstante, la institución ha notado que la inversión empresarial y las exportaciones "han permanecido débiles".

Así, el banco central estadounidense ha justificado su decisión en las "implicaciones" de los desarrollos globales para las perspectivas económicas, así como las "débiles" presiones inflacionistas. De cara a decidir los futuros ajustes en el precio del dinero, la autoridad monetaria ha subrayado que "monitorizará" las implicaciones de los nuevos datos para las perspectivas de la economía.

La bajada de tipos se produce poco después de que se conociese este mismo miércoles la continuada ralentización de la economía estadounidense con una tasa anualizada en el tercer trimestre del año del 1,9%, después del 3,1% en el comienzo del año y 2% en el segundo trimestre.

La economía estadounidense, no obstante, ha dado señales dispares sobre su estado. Por un lado, el mercado laboral mantiene su solidez, con una tasa de desempleo por debajo del 4%, en niveles no vistos en medio siglo; mientras que la inflación sigue contenida y por debajo de la meta anual del 2% marcada por la Fed. Por otro, la guerra comercial desatada con China por el proteccionismo comercial del presidente estadounidense, Donald Trump, ha aumentado la preocupación entre los empresarios, con multimillonarios aranceles tanto a la exportación como a la importación.

Powell avisa

Tras la reunión del Comité Federal de Mercado Abierto, el presidente de la Fed, Jerome Powell, declaró que hará falta una "sustancial revaluación" de las perspectivas económicas para forzar un nuevo cambio en los tipos de interés, al señalar que se encuentran "bien posicionados" tras la rebaja de un cuarto de punto anunciada.

Sería necesaria una "sustancial revaluación de nuestras perspectivas" para cambiar los tipos de interés, afirmó Powell en una rueda de prensa. "La política monetaria se encuentra bien posicionada", agregó tras la rebaja del precio del dinero.

La Fed anunció este miércoles un nuevo recorte de los tipos de interés, el tercero consecutivo, hasta dejarlos entre el 1,5 % y el 1,75 %, en plenos temores de desaceleración económica global y en Estados Unidos.

Powell subrayó que las presiones inflacionarias aún se encuentran apagadas. "El 2% de inflación: eso es lo que debe ocurrir", sostuvo, y precisó que espera que se alcance ese nivel a mitad del próximo año.

Sobre las tensiones comerciales con China, Powell indicó que eran parte de las cuestiones que nublan el horizonte económico. "Una sostenida reducción en la incertidumbre comercial sería buena para la confianza empresarial inmediata y, sobre el tiempo, para la actividad empresarial", dijo.

La próxima reunión de la Reserva Federal, la última del año, tendrá lugar a mediados de diciembre.

WASHINGTON

30/10/2019 19:49 Actualizado: 30/10/2019 20:43

AGENCIAS

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El comercio latinoamericano cae un 10% en medio del frenazo económico global

El descenso proyectado por la Cepal sitúa a los intercambios regionales en el nivel más bajo en una década

América Latina no se quiere a sí misma como socio comercial y el frenazo global no ayuda. Los intercambios dentro de la región se contraerán un 10% en 2019 tras dos años de recuperación, según las proyecciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) publicadas este martes en su informe anual Perspectivas del comercio internacional. La reducción coloca a los intercambios regionales en el nivel más bajo en una década y pone de manifiesto las conexiones deficientes entre los países del bloque.

Paradójicamente, los lazos con el vecino de enfrente son más tenues que con el que vive dos calles más allá. Las proyecciones de la Cepal muestran que el comercio dentro de Latinoamérica cae más que los intercambios entre el subcontinente y el resto del mundo, que están previstos que se reduzcan en apenas un 0,1%. Es decir, la región deja de comerciar consigo misma antes que con los demás países.

Con este descenso, apenas el 15,5% del comercio del subcontinente será con países de la región, una tasa muy baja comparada a la de otras partes del mundo − Europa tiene un 60% de intercambios regionales−. La secretaria ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena, apunta a la necesidad de superar ese rezago. “Llegamos a estar en 21% cuando se creó Mercosur [1991]; al menos deberíamos llegar a ese porcentaje y aún así estaríamos por debajo de Europa y Asia”, asegura.

Más allá de sus fronteras, los países latinoamericanos también están comerciando menos con el resto del mundo. La Cepal proyecta que para 2019 el valor de las exportaciones disminuya un 2% y el de las importaciones, un 3%. Cuanta mayor es la dependencia en productos básicos, mayor es la caída. El precio de 26 de las 30 principales exportaciones de la región ha bajado, entre ellos el del azúcar de palma − un 33% −, el carbón −un 22% − y el petróleo − un 10%−. Venezuela, antigua potencia petrolera que vive inmersa en una profunda crisis económica, vuelve a tocar fondo. En 2019, el país importará un 60% y venderá un 50% menos al resto del mundo que en 2018, según las predicciones de la Cepal.

En el otro lado de la cuerda, México es uno de los países que mejor aguanta el tirón. Sus exportaciones crecerán casi el 3% en 2019. La guerra comercial entre las dos grandes potencias le ha beneficiado, gracias a la sustitución en EE UU de las importaciones chinas por las mexicanas. “México no necesita al resto de la región porque está incorporado a las cadenas de producción global”, resume Ignacio Martínez, economista de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Pero el caso mexicano es una de las pocas excepciones. El estancamiento de la demanda global e interna explica parte del declive del comercio regional. Las ventas a la Unión Europea se han desplomado casi un 8% y el crecimiento de los envíos a China se ha ralentizado. Paralelamente, el apetito de la región por sus propios productos también se hunde por un crecimiento económico letárgico que la Cepal proyecta en un 0,2% para 2019.

Ante este panorama, la receta pasa por mejores carreteras y puertos y por una mayor integración, según el organismo. Alicia Bárcena sostiene que la región debe “repensar su reinserción en el comercio internacional” más allá de los productos básicos. Menos petróleo y más smartphones, ese es el objetivo. “Latinoamérica tiene una historia de extraer materia prima y sacarla al exterior. Un patrón que no hemos podido resolver”, afirma.

Además, el organismo estima que se necesita invertir un 6% del PIB anual en infraestructura y en servicios, frente al 1,8% actual, para enfrentar el problema. En la actualidad, solo un 23% de las carreteras en América Latina están pavimentadas. “No hay un corredor logístico de Sudamérica al centro y norte del continente y los itinerarios aeroportuarios son principalmente de Asia”, coincide Ignacio Martínez, de la UNAM. Como ejemplo, la red ferroviaria es un parche de vías con siete anchos distintos. Un rompecabezas de hierro que da idea del desafío al que se enfrentan los intercambios comerciales de la región en pleno frenazo global.

Por Jon Martín Cullell

México 29 OCT 2019 - 20:38 COT

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El FMI alerta de que la economía global crecerá este año a su ritmo más lento desde la Gran Recesión

El Fondo pronostica para 2019 una subida del PIB mundial de solo el 3% por el bajón del comercio y la industria

 

Hace casi dos años ya que Donald Trump dijo ante la élite financiera y empresarial del mundo que iba a colocar a América primero. “EE UU nunca volverá a hacer la vista gorda ante las prácticas económicas injustas”, aseguró en el Foro de Davos en enero de 2018. Han sido dos años regados de retórica nacionalista y de medidas y contramedidas proteccionistas. Desde entonces, la economía del mundo se ha ido frenando de forma paulatina. El FMI anunció el martes que la ralentización continuará este año con un crecimiento global del 3%, el más bajo desde la crisis de la década pasada, conocida como la Gran Recesión.

No ha tenido buena suerte Kristalina Georgieva en su puesta de largo al frente del Fondo Monetario Internacional (FMI). La búlgara que antes ocupó altos cargos en la Comisión Europea y el Banco Mundial se estrena como directora gerente del Fondo con un jarro de agua fría sobre la economía mundial. La actividad crecerá poco este año. El próximo lo hará algo más, un 3,4%. Pero —tal y como repitió la economista jefa del Fondo, Gita Gopinath, en una comparecencia en Washington— esta recuperación futura es “precaria” y sometida a muchas amenazas.

“El crecimiento apagado es consecuencia de las crecientes barreras al comercio, de la elevada incertidumbre que rodea al comercio y a la geopolítica; de tensiones en economías emergentes y de factores estructurales como el bajo crecimiento de la productividad y el rápido envejecimiento en países desarrollados”, asegura el informe presentado el martes.

Esta enumeración sonará conocida a los que sigan los informes de organismos multilaterales y gabinetes de estudios. Hace meses que se repiten de forma casi idéntica. Pese a que parezca repetido, es cada vez más preocupante, porque la mera continuación de estos riesgos los convierte en más y más reales. Y golpean a todo el mundo. Así, los pronósticos que emite ahora el FMI son más pesimistas que los del pasado julio en prácticamente todos los países y áreas analizadas.

Gopinath dio algunas cifras que dan que pensar. La economista mostró su alegría por el acuerdo comercial preliminar entre China y EE UU. Pero dejó claro que los riesgos siguen vigentes; y que en la lista de prioridades mundiales destaca la pronta retirada de las barreras comerciales impuestas últimamente. “Esto podría impulsar la confianza, revitalizar la inversión e impulsar el crecimiento”, añadió. En sus previsiones, el FMI no incluye la posibilidad de un Brexit sin acuerdo. Si este se produjera, el Reino Unido perdería entre el 3% y el 5% de su PIB, dijo Gopinath. La situación sería peor sin la actuación de los bancos centrales. Gracias a su política monetaria expansiva, el crecimiento es cinco décimas mayor.

Preocupa Europa

Preocupan especialmente por su anémico crecimiento la eurozona (con países como Alemania e Italia creciendo muy poco o estancados) y Japón (cuyo aumento del PIB se quedará este año y el próximo por debajo del 1%). A España le rebaja también la previsión (2,2% este año y 1,8% el siguiente), pero sigue muy por encima de la media europea.

El EE UU trumpiano tampoco se salva de la quema. El FMI rebaja dos décimas su previsión de crecimiento para 2019 respecto a lo que decía tan solo tres meses atrás, dejándolo en el 2,4% este año y 2,1% el próximo, unas tasas aún respetables pero también a la baja. “Con las incertidumbres que rodean a muchos países y el enfriamiento previsto en China y EE UU y los importantes riesgos a la baja, es muy posible que se materialice un ritmo de crecimiento global aún más apagado”, añade el documento.

Lo peor de las previsiones que acaba de publicar el FMI no son las cifras en sí, que son malas pero no catastróficas. Sino la idea de que si no se hace nada para evitarlo, podrán ir a peor. “Para prevenir un resultado así, habría que enfocar las políticas decididamente a evitar tensiones comerciales y a reforzar la cooperación multilateral”, añade el documento.

Estas previsiones podrían empeorar aún más si la escalada proteccionista de EE UU con China y Europa continúa, o si el Brexit acababa resolviéndose sin acuerdo. Por eso, los analistas del FMI ven con buenos ojos los avances en ambos aspectos del pasado fin de semana. Pero nadie aquí quiere echar las campanas al vuelo, conscientes de que lo que un día son avances al día siguiente pueden convertirse en retrocesos.

Una de las preocupaciones del FMI es el retroceso del sector industrial. Este bajón se explica por tres factores que se refuerzan los unos a los otros: una importante caída en la producción y venta de vehículos, una baja confianza empresarial por culpa de las tensiones comerciales y tecnológicas entre EE UU y China; y un retroceso en la demanda china debida a los esfuerzos de las autoridades por reducir la deuda e impulsada por la escalada arancelaria.

Cuando habló en Davos en 2018, Trump justificaba que su política de poner a su país primero era algo que el resto de líderes del mundo deberían copiar. “América primero no significa América solo. Cuando la economía de América crece, crece todo el mundo”, decía entonces. La perspectiva que da el tiempo demuestra que esto no es así. Porque las trabas comerciales son la primera causa del enfriamiento de la economía global. Y, después de mucho anunciarla, esta es ya una realidad.

ENVIADO ESPECIAL, Washington 15 OCT 2019 - 11:03 COT

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El capitalismo financiero prepara la recesión 2.0

os bancos estadounidenses poseen colectivamente 157 billones de dólares en derivados, aproximadamente el doble del PIB mundial. Esto es un 12% más de lo que poseían al comienzo de la crisis de 2008

 

En los últimos 30 años, el capital financiero se ha convertido en dominante en las principales economías capitalistas, superando a la élite industrial en poder e influencia. Esta evolución ha llevado a que el sector productivo se vea cada vez más sometido a la dinámica volátil del sector financiero.

La centralidad de las finanzas en la actual economía mundial se pone de manifiesto por la creciente frecuencia de las grandes crisis financieras, a las que inevitablemente han seguido las recesiones. Desde que se inició la liberalización de los mercados de capitales durante la era Thatcher-Reagan a principios de los años ochenta, se han producido al menos 12 grandes crisis financieras. La más reciente ha sido la crisis mundial de 2007-2008, que también provocó lo que ahora se conoce como la Gran Recesión, de la que muchas de las economías desarrolladas no se han recuperado todavía. 

Las causas de la financierización

Se considera que el proceso y la característica más distintiva del capitalismo contemporáneo es la financierización. En la época de Marx, la financierización como mecanismo clave para crear beneficios se consideraba una aberración periódica. En los últimos años, sin embargo, se ha convertido en la forma dominante de extraer beneficios. ¿Cómo ha ocurrido esto?

La financierización se deriva esencialmente de la crisis de la producción que comenzó a finales de los años setenta. Esto tomó la forma de una crisis de sobreproducción que superó a la economía capitalista global después de los llamados Treinta años gloriosos de expansión después de la Segunda Guerra Mundial.

La sobreproducción tenía sus raíces en la rápida y exitosa reconstrucción económica de Alemania y Japón y en el rápido crecimiento de economías en vías de industrialización como Brasil, Corea del Sur y Taiwán. Esto añadió una enorme capacidad productiva y una mayor competencia mundial, mientras que la desigualdad en los ingresos dentro de los países y entre ellos limitó el crecimiento del poder adquisitivo y de la demanda efectiva. Esta crisis clásica de sobreproducción –o subconsumo, por utilizar la formulación de Paul Sweezy– llevó a una disminución de la rentabilidad.

Hubo tres salidas de la crisis de rentabilidad que sufrió el capital: la reestructuración neoliberal, la globalización y la financierización. La reestructuración neoliberal significaba esencialmente redistribuir los ingresos de la clase media a los ricos para incentivar a estos últimos a invertir en la producción. 

La globalización de la producción implicó la ubicación de instalaciones de producción en países con salarios bajos para aumentar la rentabilidad. Si bien estas dos estrategias trajeron consigo un aumento de la rentabilidad a corto plazo, a medio y largo plazo fueron contraproducentes, ya que provocaron un descenso de la demanda efectiva al recortar o impedir el aumento de los salarios de los trabajadores.

Dimensiones clave de la financierización

Eso nos deja la financierización, que tenía una serie de aspectos clave, pero hay que destacar tres.

En primer lugar, la financierización implicaba la creación masiva de endeudamiento en la población para sustituir los ingresos estancados con el fin de crear demanda de bienes y servicios. Gran parte de esta deuda fue financiada por la inyección de dinero prestado por los gobiernos asiáticos reciclando dinero en efectivo a los Estados Unidos procedente de los excedentes comerciales de los que disfrutaban con este último. La principal vía fue a través de la provisión de los llamados préstamos de vivienda de alto riesgo a una gran parte de la población. Se trataba de préstamos que se concedían indiscriminadamente a compradores de viviendas con poca capacidad de reembolso, por lo que eran esencialmente bombas de relojería.

En segundo lugar, la financierización implicaba las llamadas innovaciones en ingeniería financiera que facilitaría la liquidez. Uno de los más importantes –y, en última instancia, el más perjudicial– fue la titulización, que consistía en hacer que los contratos tradicionalmente inmóviles, como las hipotecas, fueran líquidos o móviles y negociables. Las hipotecas titulizadas, que podrían negociarse, llevarían a la desaparición de la originaria relación acreedor-deudor.

Además, la ingeniería financiera permitió que la hipoteca de alto riesgo original se combinara con hipotecas de mejor calidad y se vendiera como valores más complejos. Pero incluso cuando los valores hipotecarios se combinaban y recombinaban y se negociaban de una institución a otra no podían escapar a su cualidad subyacente. 

Cuando millones de propietarios de las hipotecas de alto riesgo ya no podían hacer frente a sus pagos debido a sus bajos ingresos, esta evolución se extendió como una reacción en cadena a los billones de títulos hipotecarios que se negociaban en todo el mundo, perjudicando su calidad y llevando a la bancarrota a quienes poseían cantidades significativas de ellos, como el banco de inversión de Wall Street, Lehman Brothers. 

Los títulos avalados por hipoteca (o MBS, mortgage-backed security) fueron solo un ejemplo de las innovaciones de la ingeniería financiera, conocidas como “derivados”, que tenían por objeto facilitar la liquidez, pero que terminaron alentando el endeudamiento masivo sobre el frágil supuesto de capital o de riqueza real. Los operadores del mercado caracterizados por una elevada proporción entre deuda y capital propio fueron descritos como “muy apalancados”. El alto nivel de apalancamiento de Wall Street antes de la crisis quedó demostrado por el hecho de que el valor del volumen total de instrumentos financieros derivados se estimaba en 740 billones, en comparación con un PIB mundial de 70 billones de dólares.

Los matemáticos contratados por las instituciones de Wall Street formularon las ecuaciones más complejas para fomentar la ilusión de calidad cuando en realidad los valores descansaban sobre activos de valor cuestionable.

La tercera característica clave de la financierización fue que muchos de los operadores, instituciones y productos clave que se encontraban a la vanguardia del proceso no estaban regulados o estaban mal regulados. Así surgió la llamada “industria bancaria en la sombra” junto con la industria bancaria tradicional regulada, con instituciones financieras no tradicionales como Goldman Sachs, Morgan Stanley y American International Group (AIG) que sirvieron como la primera ola masiva de un tsunami que trajo consigo la introducción de la titulización, la ingeniería financiera y productos novedosos como los MBS, las obligaciones de deuda colateral (CDO) y los swaps de incumplimiento crediticio (CDS).

La implosión de las hipotecas de alto riesgo de 2007 reveló la dinámica esencial de la financierización como motor de la economía, es decir, que dependía de la creación e inflación de burbujas especulativas. La obtención de beneficios se basaba en la creación de una deuda masiva con una base muy débil sobre el valor real o sobre el capital. Mientras persistía la ilusión de que los MBS eran valores sólidos, Wall Street funcionaba como un casino, con inversores que utilizaban diferentes productos financieros para apostar por los movimientos de los valores de los activos y sus productos derivados con el fin de hacer una fortuna.

Una masacre significaba comprar valores al “precio justo” en el “momento justo”, y luego venderlos una vez que su precio había aumentado significativamente y antes de que decayeran. Sin embargo, una vez que los acontecimientos pusieron al descubierto los frágiles cimientos de los valores de alto riesgo, los operadores del mercado entraron en pánico y salieron corriendo, vendiendo sus activos lo antes posible para recuperar algo de valor, un proceso que aceleró el hundimiento de los valores a un nivel negativo.

El fracaso de la reforma

Cuando Barack Obama se convirtió en presidente de los Estados Unidos en 2008, una de sus prioridades era arreglar el sistema financiero mundial. Diez años después, es evidente que, debido a una combinación de timidez por parte del Gobierno y de resistencia por parte del capital financiero, poco se ha reformado, a pesar de los compromisos de alto nivel con la reforma financiera mundial asumidos por la Cumbre del Grupo de los 20 en Pittsburgh en 2009. 

En primer lugar, el problema de “demasiado grande para quebrar” ha empeorado. Los grandes bancos, que fueron rescatados por el Gobierno de los Estados Unidos en 2008, se han vuelto aún más grandes, y los ‘seis grandes’ bancos estadounidenses ―JP Morgan Chase, Citigroup, Wells Fargo, Bank of America, Goldman Sachs y Morgan Stanley― poseen, colectivamente, un 43 % más de depósitos, un 84 % más de activos y el triple de dinero en efectivo que tenían antes de la crisis de 2008. Esencialmente, han duplicado el riesgo que derribó el sistema bancario en 2008. 

En segundo lugar, los productos que desencadenaron la crisis de 2008 siguen siendo objeto de comercio. Esto incluía alrededor de 6,7 billones de dólares en títulos respaldados por hipotecas, cuyo valor se ha mantenido solo porque la Reserva Federal compró 1,7 billones de dólares. Los bancos estadounidenses poseen colectivamente 157 billones de dólares en derivados, aproximadamente el doble del PIB mundial. Esto es un 12 % más de lo que poseían al comienzo de la crisis de 2008. 

En tercer lugar, las nuevas estrellas del firmamento financiero –el consorcio de inversores institucionales formado por fondos de cobertura, fondos de capital riesgo, fondos soberanos, fondos de pensiones y otras entidades de inversión– siguen recorriendo la red mundial sin control, operando desde bases virtuales denominadas paraísos fiscales, buscando oportunidades de arbitraje en divisas o valores, o dimensionando la rentabilidad de las empresas para posibles compras de acciones. La propiedad de los aproximadamente 100 billones de dólares en manos de estos refugios fiscales flotantes para los superricos se concentra en 20 fondos.

En cuarto lugar, los operadores financieros están acumulando beneficios en un mar de liquidez proporcionado por los bancos centrales, cuya liberación de dinero barato en aras de poner fin a la recesión consecuencia de la crisis financiera ha dado lugar a la emisión de billones de dólares de deuda, elevando el nivel mundial de deuda a 325 billones de dólares, más de tres veces el tamaño del PIB mundial. Existe un consenso entre los economistas de todo el espectro político de que este aumento de la deuda no puede continuar indefinidamente sin provocar una catástrofe. 

En quinto lugar, en lugar de controlar más estrechamente el sector financiero, algunos países han seguido a las economías capitalistas avanzadas para liberalizarlo. En China, la segunda economía más grande del mundo, esto ha creado una peligrosa conjunción de factores que podrían llevar a una implosión financiera: un mercado de valores volátil, una burbuja inmobiliaria y un sector bancario paralelo no regulado. El número de puntos vulnerables de la economía mundial ha aumentado y todos son candidatos para la próxima gran crisis.

Conclusiones

¿Qué es lo que hay que hacer? 

En un estudio reciente patrocinado por el Transnational Institute que se publicará a finales de este año, expongo una justificación detallada de 10 imperativos importantes para el sector financiero mundial. Estos son: 

  1. Restringir las operaciones de los fondos de capital riesgo y cerrar los paraísos fiscales.
  2. Prohibir los valores respaldados por hipotecas y los derivados.
  3. Avanzar hacia la banca de reserva del 100 %.
  4. Nacionalizar las instituciones financieras que son demasiado grandes para quebrar.
  5. Reinstituir la Ley Glass-Steagall que colocó una “muralla china” entre la banca comercial y la banca de inversión.
  6. Poner límites drásticos a la remuneración de los ejecutivos.
  7. Eliminar gradualmente las agencias de calificación crediticia como Moody's y Standard and Poor.
  8. Convocar una nueva Conferencia de Bretton Woods para establecer nuevas instituciones y reglas para la gobernanza financiera mundial, poner fin al monopolio del dólar como moneda de reserva mundial y establecer nuevos y justos acuerdos para el desarrollo y la financiación del clima.
  9. Hacer que los bancos centrales rindan cuentas.
  1. Avanzar hacia la plena unión política, fiscal y monetaria en los países de la zona euro o salir del euro.

Las medidas propuestas constituyen un “programa de mínimos”, o un conjunto de medidas que refuerzan las defensas del mundo contra otra crisis financiera, aunque no eliminan la posibilidad de que ocurra tal cosa.

El capitalismo como sistema es estructuralmente propenso a generar crisis financieras, y el programa esbozado anteriormente asume un sistema económico global que continúa funcionando bajo sus reglas. La implementación exitosa de estas reformas sería un paso gigantesco en un proceso más largo de cambio transformador. Sin embargo, ese cambio no puede tener lugar sin abordar fundamentalmente otras dimensiones clave del capitalismo, especialmente su motor: el deseo insaciable de obtener cada vez mayores beneficios. 

Para algunos, la necesidad más urgente es cómo reformar el capitalismo. En su opinión, un programa de reforma financiera tendría que integrarse en un programa más amplio de reforma drástica del capitalismo. 

Esta empresa tendría que abordar seriamente la falta de demanda arraigada en la creciente desigualdad. Tendría que reconocer valientemente sus raíces en las relaciones desiguales de poder entre el capital y el trabajo, cómo este poder desigual se traduce en una creciente desigualdad, y cómo la desigualdad se traduce en una demanda anémica que frena la expansión de la producción. 

Para otros, la situación exige una solución más allá de una reforma del capitalismo, incluso de tipo keynesiano radical. Desde su perspectiva, la búsqueda constante de rentabilidad es una fuente fundamental de inestabilidad que, en última instancia, socavará todos los esfuerzos por reformarlo.

Además, lo que hay que abordar no es solo la desigualdad social y la falta de demanda, sino el impulso del sistema productivo para crecer a expensas de la biosfera. Lo que se necesita, dicen, es un programa poscapitalista, hecho aún más urgente por la catástrofe climática que se está desarrollando. De hecho, en algunos círculos, se considera cada vez más necesaria una estrategia de decrecimiento.

En medio de este debate cada vez más acalorado sobre los sistemas alternativos, hay dos cosas sobre las que existe un consenso. Primero, que continuar en el camino actual de un capitalismo financiero poco regulado llevará a otra catástrofe financiera, quizás una peor que la crisis de 2007-2008. En segundo lugar, que alejarse de este camino hacia la ruina requerirá asumir y romper el poder del capital financiero.

19 de Junio de 2019

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Walden Bello es profesor adjunto internacional de Sociología en la Universidad Estatal de Nueva York en Binghamton e investigador asociado del TNI. Ha escrito o es coautor de 23 libros, dos de los cuales se publicarán este año: Counterrevolution:The Global Rise of the Far Right (Nova Scotia: Fernwood, 2019) y Paper Dragons: Why Financial Crises Happen and Why China Will be Next (Londres: Zed Press, 2019).

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Traducción de Cuca Hernández, Attac España.

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Este artículo forma parte del informe Estado del poder 2019, editado en español por Transnational Institute, Fuhem Ecosocial y Attac España que aparecerá íntegramente el viernes 21 de junio en las páginas web de las tres organizaciones.

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Miércoles, 29 Noviembre 2017 18:19

La farándula de la ciencia

La farándula de la ciencia

Para argumentar la importancia de divulgar la ciencia en Colombia se compara, como siempre, con Europa y EE.UU, dejando de lado las condiciones que llevaron a estos países a esa posición de vanguardia. Por ejemplo, la inversión en CyT allí supera el 2.5 por ciento del PIB, mientras que en Colombia es el 0.3.

Desde hace un par de años en Colombia aumenta la divulgación y visibilización de la ciencia a tal punto que ahora se realizan eventos para enseñar a la comunidad académica a explicar sus publicaciones ante el público en general. Esto, basado en la idea de que en Colombia sí hay ciencia pero hace falta divulgarla. Sin embargo, esta idea lo que hace es ocultar dos realidades evidentes: 1. Colciencias nunca ha tenido un presupuesto adecuado para el reto de desarrollar la Ciencia y Tecnología (CyT desde ahora) en nuestro país y 2. Colciencias ha inflado los índices de medición del GrupLac para estar bien posicionado en las mediciones internacionales.

Para argumentar la importancia de divulgar la ciencia en Colombia se compara, como siempre, con Europa y EE.UU, dejando de lado las condiciones que llevaron a estos países a esa posición de vanguardia. Por ejemplo, la inversión en CyT allí supera el 2.5 por ciento del PIB, mientras que en Colombia es del 0.3. Además, aquellos países y grupos de tales, han sostenido esos porcentajes durante décadas y sin descanso, dado que desde hace décadas comprendieron que solo en el largo plazo esta prioridad logra los propósitos buscados. Así pues, estos cambios no se consiguen en un periodo presidencial.

Algunos científicos del país, en su afán de mostrar los avances de sus investigaciones se han ido convirtiendo de a poco en “instagramers” y “tuiteros” de las redes sociales en los que muestran algunas gráficas o imágenes en centros de investigación con leyendas del tipo: “Aquí aprendiendo de los mejores con los mejores” refiriéndose, claro está, a algún amigo suyo. Hay una inmensa preocupación, por mostrar la pertinencia de la CyT en el país, pero una poca preocupación por desarrollarla adecuadamente, a tal punto que nos parece que estamos avanzando cuando compramos un instrumento de laboratorio que sabemos manejar pero que no entendemos el detalle de su funcionamiento para así producir algo nuevo con él. Perspectiva científica que nos sigue manteniendo en el subdesarrollo económico, pues un par de años después tendremos que pagarle al vendedor por el mantenimiento o reparación cuyo valor, en algunos casos, excede el precio que se pagó por el instrumento.

Una muestra de lo anotado es la idea del director actual de Colciencias, Dr. César Ocampo, que propone poner en órbita cinco satélites para monitorear el medio ambiente y el territorio colombiano, esto es sin duda una gran idea. Sin embargo, al leer el artículo publicado por El Tiempo sobre los detalles del proyecto, lo que en realidad se quiere hacer es contratar una compañía extranjera que construya satélites, los ponga en órbita y nos entregue las imágenes o datos para ser analizados. Lo que convierte la gran oportunidad de darle al país un envión para que entre en la era espacial, en un plan para hacer un análisis de imágenes que luego serán puestas en las redes sociales para hacer farándula científica.

Valdría la pena, en una perspectiva de largo plazo, iniciar con ese dinero el plan Colombia Espacial e iniciar la construcción y puesta en marcha del primer satélite colombiano en órbita. Esto no se haría en un año sino en 5 o 10, pero nos daría la oportunidad de poner en un proyecto de esa magnitud a los mejores científicos e ingenieros del país, pues la complejidad de este tipo de proyectos es alta, cosa que sabe muy bien el Dr. Ocampo por su experiencia en la NASA. Luego, cuando logremos el primero, los siguientes serán cuestión de tiempo y lograremos una capacidad que estaría a la par de México, Argentina y Brasil. En ese momento, nos podríamos dedicar a divulgar los resultados mediante aplicaciones para teléfonos celulares y, si se quiere, programas de ciencia ciudadana donde sea la gente la que haga el análisis de las imágenes en línea con una página web destinadas para esto, y así contribuir al conocimiento de nuestro país.


No podemos seguir siendo importadores de ciencia que sabemos usar pero que solo entendemos para “mejorar” los registros de Colciencias. Los científicos del país tenemos la obligación de ponerle un freno a esta tendencia que premia los índices y castiga las investigaciones a largo plazo, porque no producen artículos rápidamente. Recuerden: las fotos con rectores y personalidades no son publicables.

Sábado, 02 Septiembre 2017 10:21

La deuda pública es explosiva

La deuda pública es explosiva

En la contabilidad de los países se diferencia entre tres tipos de agentes: los hogares, las empresas (sociedades no financieras) y el sector público. La gráfica muestra que entre el 2007 y el 2016 su endeudamiento ha aumentado. Y, sobre todo, se destaca el de las empresas y el del sector público.

 

Los cambios han sido significativos. Entre 2007 y 2016, en las economías avanzadas (EA), la deuda total pasó de 230 por ciento del PIB a 260. En las economías emergentes la relación entre el saldo de la deuda y el PIB, aumentó de 120 a 160 por ciento. Y en dólares, el valor de la deuda total pasó de 110 a 150 billones. Estas tendencias son la expresión de una debilidad estructural de la economía mundial, y de una creciente volatilidad financiera.

 

 

grafico  La deuda

 

Preocupa el aumento de la deuda del sector público

 

La deuda del sector público crece más rápidamente que la de los hogares y de las empresas. En Estados Unidos, entre el 2007 y el 2016, el saldo de la deuda pública pasó de 58 a 99 por ciento del PIB. En Francia del 64 al 97. En Grecia del 104 al 179. En Italia del 102 al 133. En Japón del 147 al 201. En Bélgica del 91 al 106 por ciento. En las economías emergentes (Brasil, China, India, Colombia...) también se observa un crecimiento importante de la deuda pública, pero a un ritmo inferior. En Colombia, la deuda pública pasó de 43,8 por ciento del PIB en el 2007 a 52 por ciento en el 2016, así que el país también está inmerso en este proceso de creciente endeudamiento.

 

El aumento de la deuda pública tiene tres explicaciones. La primera se podría resumir en la llamada ley de Wagner. La segunda tiene que ver con la caída de la tributación. Y la tercera con la creciente volatilidad de los sistemas financieros.

 

La Ley de Wagner

 

Desde finales del siglo XIX, el economista Adolph Wagner afirmaba que, en todos los países, el gasto público, como porcentaje del PIB, debía crecer. Y que esta tendencia ascendente era inevitable. Las apreciaciones de Wagner se han cumplido, y algunos dicen que sus predicciones se pueden considerar como una “ley”. En opinión del autor, a medida que el país se desarrolla y las tareas colectivas son más complejas, es inevitable que el Estado tenga que ofrecer mayor cantidad de bienes y servicios, y que las actividad de supervisión y control sean más complejas.

 

Numerosas acciones que realiza el gobierno (educación, ciencia y tecnología, protección ambiental, seguridad, salud, etc.) tienen costos crecientes. Por ejemplo, las investigaciones en ciencia y tecnología cada vez son más exigentes y requieren un volumen mayor de recursos públicos. En todos los países del mundo el gasto público tiende a subir.

 

En Colombia el gasto público tiene que subir para que el país pueda tener un desarrollo comparable a los miembros de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (Ocde). Y ahora en la etapa del posacuerdo de La Habana, la modernización del campo exige que haya un aumento significativo de los recursos públicos. En sus cuentas optimistas, el Ministerio de Hacienda hace proyecciones en las que el gasto público se reduciría. Tales estimaciones no son realistas.

 

La menor tributación a los ricos

 

A pesar de que el gasto público es creciente, los países son cada vez más reacios a aumentar los impuestos, especialmente cuando los afectados son los ricos. Los informes recientes de Oxfam muestran que en el mundo entero se está presentando una especie de “carrera de mínimos”, y los países parecen estar compitiendo entre sí para reducir los impuestos. En este carrera hacia abajo, el límite inferior lo ponen los paraísos fiscales. Es evidente, entonces, que si el gasto sube, y los ingresos no crecen, el déficit se incrementa y no queda otro camino que recurrir al endeudamiento.

 

En Colombia, la última reforma tributaria fue un fracaso en términos de equidad. Para que los mayores gastos puedan financiarse, es necesario que crezcan los ingresos, especialmente los tributarios. En lugar de aumentarle los impuestos a los ricos, la reforma se los disminuyó. Se redujo la tarifa de los impuestos a la renta y al patrimonio, y se dio un paso muy débil en los impuestos a los dividendos. Puesto que el gobierno de Santos ha mostrado que no está dispuestos a mejorar el recaudo de una manera progresiva, afectando más a los ricos, el déficit del sector público se incrementa y la deuda sube.

 

La volatilidad financiera

 

Entre la deuda pública y la volatilidad financiera se presenta una especie de causalidad circular: el mayor endeudamiento estimula la volatilidad y, a su vez, ésta facilita el crecimiento de la deuda del sector público.

 

Para conseguir los recursos que necesitan, los gobiernos emiten título (TES en el caso de Colombia), que se negocian en los mercados financieros. Los especuladores que mueven su dinero de un país a otro compran aquellos bonos gubernamentales que ofrecen mayor rentabilidad, y presionan a los gobiernos para que los emitan de una forma atractiva. Al ofrecer un mayor rentabilidad, la deuda pública se encarece, y los especuladores se benefician a costa de la estabilidad financiera de los países. En este proceso, los capitales, que vuelan como golondrinas, de un país a otro, estimulan la volatilidad financiera. Los gobiernos se endeudan para pagar viejas deudas, y en esta dinámica se crean burbujas que alimentan la especulación y la volatilidad.

 

El servicio de la deuda (amortización a capital e intereses) es el gasto más alto del gobierno colombiano. A medida que el tamaño de la deuda va aumentando, es necesario destinar una porción mayor del presupuesto al pago de los intereses. Esta secuencia es perversa porque se reduce el margen disponible para responder a necesidades urgentes de la sociedad.

 

Estabilidad financiera por la vía de impuestos progresivos

 

Los impuestos progresivos, con tarifas que suben a medida que aumenta el ingreso, son el mejor mecanismo para estabilizar las finanzas públicas y reducir el monto de la deuda. No obstante, esta solución tiene costos políticos que los gobiernos no parecen dispuestos a asumir. Vale la pena traer a colación la pregunta de Oxfam: ¿por qué los más ricos, el 1 por ciento de la población, logran capturar el Estado, frente a la mirada complaciente y pasiva del 99 por ciento?

 

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Publicado enEdición Nº238
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